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Archive for the ‘Segregación’ Category

Andrew Johnson es, sin lugar a dudas,  uno de los residentes más controversiales de entre quienes han llegado a la Casa Blanca. A Johnson, quien llegó a la presidencia gracias al asesinato de Lincoln, le corresponde el récord de ser el primer presidente residenciando en la historia estadounidense. Juicio del que se salvó por los pelos.

En esta nota, la crítica  literaria Jennifer Szalai reseña el más reciente libro de Robert S. Levine titulado The Failed Promise Reconstruction, Frederick Douglass, and the Impeachment of Andrew Johnson (W.W. Norton & Company, 2021). En este libro, el Dr Levine, profesor de literatuta de la Universidad de Maryland, busca rescatar la figura de Johnson, lo que, según Szalai, no logra.


Biografía de Andrew Johnson, decimoséptimo presidente de los Estados Unidos

Cuando Frederick Douglass conoció a Andrew Johnson

Jennifer Szalai

The New York Times    30 de agosto de 2021

Andrew Johnson, que asumió el cargo más alto después del asesinato de Lincoln en 1865, no solo fue un presidente accidental sino también racista; sobre eso, dice Robert S. Levine, no puede haber ninguna duda.

Photo of Robert Levine

Robert S. Levine

Pero como señala Levine en The Failed Promise, su fascinante aunque defectuoso nuevo libro sobre la Reconstrucción y el eventual juicio político de Johnson, varios líderes negros y republicanos radicales tenían la esperanza de que Johnson demostraría ser un defensor más ardiente de los derechos del pueblo negro que el propio Lincoln.

Lincoln había tardado un tiempo en comprometerse con la causa antiesclavista; también lo había hecho Johnson, pero después de la Proclamación de Emancipación de 1863, comenzó a llamar a la esclavitud «un cáncer en nuestra sociedad», y dijo en voz baja que Lincoln se estaba moviendo demasiado lentamente contra la Confederación para «aplastar la rebelión». En 1864, hablando a una entusiasta audiencia negra en Nashville, Johnson, el gobernador militar de Tennessee en ese momento, emitió una promesa audaz: «De hecho, seré tu Moisés, y te guiaré a través del Mar Rojo de guerra y esclavitud, a un futuro más justo de libertad y paz».

Con este esbelto libro, Levine pretende hacer varias cosas a la vez. A diferencia de otros volúmenes sobre el juicio político de Johnson, que se centran principalmente en los republicanos radicales que querían que fuera destituido de su cargo, The Failed Promise analiza de cerca la perspectiva de Frederick Douglass y otros líderes negros. Levine también trata de recrear la incertidumbre de la época, ofreciendo lecturas cuidadosas de documentos contemporáneos en lugar de enfatizar los relatos retrospectivos que han sido moldeados por el beneficio de la retrospectiva.

Con ese fin, el libro comienza con la famosa descripción mordaz de Douglass de Johnson en la segunda toma de posesión de Lincoln en marzo de 1865. Como Douglass escribiría 16 años después en Life and Times of Frederick Douglass, notó que Johnson lo miraba con una mirada de «amargo desprecio y aversión». Douglass se volvió hacia su compañero y le dijo: «Sea lo que sea Andrew Johnson, ciertamente no es amigo de nuestra raza».

A Failed Promise Robert Levine coverLevine, un profesor de inglés que ha escrito extensamente sobre Douglass, aconseja que el relato de Douglass, quien dramatiza su clarividencia, debe leerse con una medida de escepticismo. Como orador y escritor talentoso, Douglass a veces podía contar historias «mucho después del hecho de que eludió ambigüedades o conflictos», escribe Levine. Life and Times describe la «elección triunfal» de Lincoln en 1860 en los términos más brillantes, pasando por alto la rápida desilusión de Douglass. Un año después de esa «elección triunfal», se burlaba de la «interferencia a favor de la esclavitud del presidente LINCOLN» y la «imbecilidad indefensa» de la administración.

Parte del argumento de Levine es que Johnson, quien según todos los informes estaba borracho en la segunda toma de posesión de Lincoln, no estaba necesariamente condenado a ser el desastroso presidente que demostró ser. Como demócrata pro-Unión del Sur (y eventualmente antiesclavista) durante la Guerra Civil, Johnson no solo se había ganado el cariño de los republicanos y había profundizado a sabiendas su propia carrera política, sino que había puesto en riesgo su propia vida a sabiendas.

El senador Charles Sumner fue uno de los republicanos radicales que se mostró optimista sobre Johnson, declarándose «satisfecho de que es el amigo sincero del negro, y listo para actuar por él con decisión». Del mismo modo, las relaciones de Johnson con los afroamericanos fueron, escribe Levine, en gran medida «amables» desde el principio. El activista afroamericano John Mercer Langston dijo que estaba satisfecho con las garantías de Johnson «de que sus conciudadanos de color deberían encontrar en él un amigo siempre consciente de su bienestar».

Pero Douglass se apresuró a ver lo que Johnson estaba haiendo. Antes del final de su primer año en el cargo, Johnson había anunciado una Proclamación de Amnistía para los ex confederados, permitiendo a los terratenientes del sur que le solicitaron personalmente que se aferraran a su propiedad. En lugar de referirse a la Reconstrucción, insistió en el término «restauración». En el sur, turbas blancas envalentonadas descendieron sobre los negros, perpetrando las masacres de 1866 en Memphis y Nueva Orleans. Douglass, como parte de una delegación de estadounidenses negros que visitó la Casa Blanca para argumentar a favor del sufragio negro, le dijo a Johnson: «Usted otorga derechos a sus enemigos y priva de derechos a sus amigos».

Johnson, terco y de piel delgada, respondió a las críticas indignándose y poniéndose a la defensiva, incluso al borde de perder el control, escribe Levine. Si no hubiera sido por la creciente oposición, continúa, «podría haber surgido un Johnson más benigno y pragmático».

La proposición no es convincente, por decirlo suavemente. Levine pone mucho peso en el hecho de que en 1865, Johnson había expresado en privado un plan para el sufragio negro limitado. Sin embargo, al mismo tiempo, Johnson insistía públicamente en que el sufragio demasiado radical desaconsería «una guerra de las razas». Y independientemente de lo que Johnson haya dicho, lo que realmente hizo  no podría ser más claro. Usó su poder para socavar la Reconstrucción a cada paso, presidiendo lo que la historiadora Annette Gordon-Reed ha llamado un «genocidio a cámara lenta».

Levine narra ágilmente el camino hacia el eventual juicio político de Johnson, incluida una extraña oferta de trabajo que Johnson extendió extraoficialmente a Douglass para convertirse en el comisionado de la Oficina de Libertos, una agencia que Johnson parecía estar haciendo todo lo demás en su poder para perjudicar o incluso destruir.

Andrew Johnson Impeachment Ticket sold at auction on 21st July | Bidsquare

Pero cuando Johnson fue finalmente residenciado, no fue por su subversión de la Reconstrucción; fue por no obtener la aprobación del Congreso antes de despedir a su Secretario de Guerra. Los artículos de juicio político eran «secamente legalistas», casi todos ellos se centraron en violaciones de la Ley de Tenencia del Cargo, aprobada por el Congreso justo el año anterior. Los republicanos estaban tratando de retratar a Johnson como un infractor de la ley mientras evitaban estudiadamente el asunto de la raza. Esta fijación en los tecnicismos, dice Levine, «permitió al Congreso destituir a Johnson no por hacer daño a cientos de miles de personas negras en el sur, sino por despedir a un hombre blanco».

Teniendo en cuenta lo endémico que era el racismo tanto en el Norte como en el Sur, sin duda había razones prácticas para esto, pero Levine muestra vívidamente cómo Douglass, como lo hizo durante la Guerra Civil, siguió tratando de llamar la atención sobre el panorama moral más amplio. Incluso antes del juicio político, Douglass estaba explicando a las audiencias cómo Johnson explotó los «defectos» en la Constitución que permitían a un «presidente malo y malvado» asumir «poderes reales». Después del juicio, Douglass explicó que Johnson debería haber sido destituido de su cargo por intentar devolver a los estadounidenses negros a una «condición solo menos miserable que la esclavitud de la que la guerra por la Unión los había rescatado». Hacer un juicio político sobre la Ley de Tenencia del Cargo había enterrado la desgracia de Johnson bajo una pila de objeciones legalistas.

Los impugnadores pueden haber estado tratando de ser pragmáticos, pero ir a lo seguro no funcionó; Johnson se impuso por un solo voto. Como dijo una vez uno de sus biógrafos, Hans Trefousse:»Si destituyes por razones que no son las verdaderas, realmente no puedes ganar».

Sigue a Jennifer Szalai en Twitter: @jenszalai.

 

 

 

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Comparto esta nota de la historidora Heather Cox Richardson conmemorando los 56 años de la firma de la Voting Rights Act. Cox Richardson hace un excelente recuento del proceso que llevó a  la firma de esta histórica ley y de las amenazas actuales al derecho al voto de las minorías en Estados Unidos y, por ende, a la democracia estadounidense.

La Dr. Cox Richardson trabaja en Boston College y es autora, entre otros libros,   de To Make Men Free: A History of the Republican Party (2014). Es la creadora de una popular columna diara, Letters from America, analizando desde una perspectiva histórica la situación política y social estadounidense.


It Is Time to Update the Voting Rights Act - Center for American Progress

Letters from America  

Heather Cox Richardson

6 de agosto de 2021

Monadnock Ledger-Transcript - Lyceum continues with Heather Cox Richardson  on Sunday

Heather Cox Richardson

Hace hoy cincuenta y seis años, el 6 de agosto de 1965, el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Ley de Derecho al Voto. La necesidad de la ley se explicó en su título completo: «Una ley para hacer cumplir la decimoquinta enmienda a la Constitución, y para otros fines».

A raíz de la Guerra Civil, los estadounidenses trataron de crear una nueva nación en la que la ley tratara a los hombres negros y a los hombres blancos como iguales. En 1865, ratificaron la Decimotercera Enmienda a la Constitución, prohibiendo la esclavitud excepto como castigo por crímenes. En 1868, ajustaron la Constitución de nuevo, garantizando que cualquier persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos, excepto ciertos indígenas americanos, era un ciudadano, abriendo el sufragio a los hombres negros. En 1870, después de que los legisladores de Georgia expulsaran a sus colegas negros recién sentados, los estadounidenses defendieron el derecho de los hombres negros a votar añadiendo ese derecho a la Constitución.

Las tres enmiendas —la Decimotercera, La Decimocuarta y la Decimoquinta— le dieron al Congreso el poder de hacerlas cumplir. En 1870, el Congreso estableció el Departamento de Justicia para hacer precisamente eso. Los sureños blancos reaccionarios habían estado usando las leyes estatales, y la falta de voluntad de los jueces y jurados estatales para proteger a los estadounidenses negros de las pandillas blancas y los empleadores tramposos, para mantener a los negros subordinados. Los hombres blancos se organizaron como el Ku Klux Klan para aterrorizar a los hombres negros y evitar que ellos y sus aliados blancos votaran para cambiar ese sistema. En 1870, el gobierno federal intervino para proteger los derechos de los negros y procesar a los miembros del Ku Klux Klan.

Ciudadanía por nacimiento: qué es la enmienda 14 de la Constitución de  Estados Unidos (y cuán posible es que Trump acabe con ella) - BBC News Mundo

Con el poder federal ahora detrás de la protección constitucional de la igualdad, amenazando con la cárcel para aquellos que violaron la ley, los opositores blancos del voto negro cambiaron su argumento en contra.

En 1871, comenzaron a decir que no tenían ningún problema con que los hombres negros votaran por motivos raciales; su objeción al voto negro era que los hombres negros, sólo por esclavitud, eran pobres e incultos. Estaban votando por legisladores que les prometían servicios públicos como carreteras y escuelas, y que solo se podían pagar con impuestos.

La idea de que los votantes negros eran socialistas —de hecho, usaron ese término en 1871— significó que los norteños blancos que habían luchado para reemplazar la sociedad jerárquica del Viejo Sur con una sociedad basada en la igualdad comenzaron a cambiar su tono. Miraron hacia otro lado, ya que los hombres blancos impedieron que los hombres negros votaran, primero con el terrorismo y luego con las leyes electorales estatales que usaban cláusulas de abuelo, que recortaban a los hombres negros sin mencionar la raza al permitir que un hombre votara si su abuelo lo había hecho; pruebas de alfabetización en las que los registradores blancos pueden decidir quién aprueba; los impuestos electorales; y así sucesivamente. Los estados también redujeron los distritos de manera desigual para favorecer a los demócratas, que dirigían un partido segregacionista totalmente blanco. En 1880 el Sur era sólidamente demócrata, y lo seguiría siendo hasta 1964.

Los estados del sur siempre celebraron elecciones: solo se había previsto que los demócratas las ganarían.

Merrell R. Bennekin on Twitter: "U.S. adopts 15th Amendment, March 30, 1870  Following its ratification by the requisite three-fourths of the states,  the 15th Amendment, granting African-American men the right to vote,Los estadounidenses negros nunca aceptaron este estado de cosas, pero su oposición no ganó una poderosa atención nacional hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Durante esa guerra, los estadounidenses de todos los ámbitos de la vida habían enfocado en derrotar al fascismo, un sistema de gobierno basado en la idea de que algunas personas son mejores que otras. Los estadounidenses defendieron la democracia y, a pesar de todo lo que los estadounidenses negros lucharon en unidades segregadas, y que los disturbios raciales estallaron en ciudades de todo el país durante los años de guerra, y que el gobierno internó a los estadounidenses de origen japonés, los legisladores comenzaron a reconocer que la nación no podría definirse efectivamente como una democracia si las personas negras y marrones vivían en viviendas deficientes,  recibió una educación deficiente, no podía avanzar de los trabajos de poca importancia y no podía votar para cambiar ninguna de esas circunstancias.

Mientras tanto, los afroamericanos y las personas de color que habían luchado por la nación en el extranjero llevaron a casa su determinación de ser tratados por igual, especialmente a medida que el colapso financiero de los países europeos aflojó su control sobre sus antiguas colonias africanas y asiáticas, dando vida a nuevas naciones.

Thurgood Marshall (1908-1993) •

Thurgood Marshall

Aquellos interesados en promover los derechos de los negros recurrieron, una vez más, al gobierno federal para anular las leyes estatales discriminatorias. Estimulados por el abogado Thurgood Marshall, los jueces utilizaron la cláusula de debido proceso y la cláusula de igualdad de protección de la Decimocuarta Enmienda para argumentar que las protecciones en la Carta de Derechos se aplicaban a los estados, es decir, los estados no podían privar a ningún estadounidense de la igualdad. En 1954, la Corte Suprema bajo el presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, el ex gobernador republicano de California, utilizó esta doctrina cuando dictó el caso Brown v. Decisión de la Junta de Educación que declara inconstitucionales las escuelas segregadas.

Los reaccionarios blancos respondieron con violencia, pero los afroamericanos continuaron defendiendo sus derechos. En 1957 y 1960, bajo la presión del presidente republicano Dwight Eisenhower, el Congreso aprobó leyes de derechos civiles diseñadas para facultar al gobierno federal para hacer cumplir las leyes que protegen el voto negro.

En 1961, el Comité Coordinador Estudiantil No Violento (SNCC) y el Consejo de Organizaciones Federadas (COFO) comenzaron esfuerzos intensivos para registrar a los votantes y organizar a las comunidades para apoyar el cambio político. Debido a que solo el 6,7% de los negros de Mississippi estaban registrados, MIssissippi se convirtió en un punto focal, y en el «Freedom Summer» de 1964, organizado bajo Bob Moses (quien falleció el 25 de julio de este año), los voluntarios se dispusieron a registrar a los votantes. El 21 de junio, miembros del Ku Klux Klan, al menos uno de los cuales era oficial de la ley, asesinaron a los organizadores James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner cerca de Filadelfia, Mississippi, y, cuando fueron descubiertos, se rieron de la idea de que serían castigados por los asesinatos.

Ese año, el Congreso aprobó la Ley de Derechos Civiles de 1964, que fortaleció los derechos de voto. El 7 de marzo de 1965, en Selma, Alabama, los manifestantes liderados por John Lewis (quien pasaría a servir 17 términos en el Congreso) se dirigieron a Montgomery para demostrar su deseo de votar. Los agentes del orden los detuvieron en el puente Edmund Pettus y los golpearon salvajemente.

El 15 de marzo, el presidente Johnson pidió al Congreso que aprobara una legislación que defendiera el derecho al voto de los estadounidenses. Así fue. Y en este día de 1965, la Ley del Derecho al Voto se convirtió en ley. Se convirtió en una parte tan fundamental de nuestro sistema legal que el Congreso lo reautorizó repetidamente, por amplios márgenes, tan recientemente como en 2006.

Pero en el 2013 en su decisión del caso Shelby County v. Holder, la Corte Suprema bajo el presidente del Tribunal Supremo John Roberts destripó la disposición de la ley que requiere que los estados con historiales de discriminación de votantes obtengan la aprobación del Departamento de Justicia antes de que cambien sus leyes de votación. Inmediatamente, las legislaturas de esos estados, ahora dominadas por los republicanos, comenzaron a aprobar medidas para suprimir el voto. Ahora, a raíz de las elecciones de 2020, los estados dominados por los republicanos han aumentado la tasa de supresión de votantes, y el 1 de julio de 2021, la Corte Suprema permitió dicha supresión con la decisión de Brnovich v. DNC.

1965 Voting Rights Act - A Brief History of Civil Rights in the United  States - HUSL Library at Howard University School of Law

Si se permite a los republicanos elegir quién votará en los estados, dominarán el país de la misma manera que los demócratas convirtieron el Sur en un estado de partido único después de la Guerra Civil. Alarmados por lo que equivaldrá a la pérdida de nuestra democracia, los demócratas están pidiendo que el gobierno federal proteja los derechos de voto.

Y, sin embargo, 2020 dejó muy claro que si los republicanos no pueden impedir que los demócratas voten, no podrán ganar las elecciones. Y así, los republicanos están insistiendo en que los estados por sí solos pueden determinar quién puede votar y que cualquier legislación federal es una extralimitación tiránica. Una encuesta reciente de Pew muestra que más de dos tercios de los votantes republicanos no creen que votar sea un derecho y creen que se puede limitar.

Y entonces, aquí estamos, en una crisis existencial sobre los derechos de voto y si son los estados o el gobierno federal los que deben decidirlos.

June 25, 2013 – The Supreme Court Decides Shelby County v. Holder | Legal  Legacy

En este momento, hay dos importantes proyectos de ley de derechos de voto ante el Congreso. Los demócratas han introducido la Ley para el Pueblo, una medida radical que protege el derecho al voto, pone fin al gerrymandering partidista, detiene el flujo de efectivo a las elecciones y requiere nuevas pautas éticas para los legisladores. También han introducido la Ley de Derechos de Voto John Lewis, que se centra más estrechamente en el voto y restaura las protecciones proporcionadas en la Ley de Derechos de Voto de 1965.

Los senadores republicanos han anunciado su oposición a cualquier proyecto de ley de derechos de voto, por lo que cualquier ley que se apruebe tendrá que sortear el filibusterismo en el Senado, que no se puede romper sin 10 senadores republicanos. Los demócratas podrían romper el filibusterismo para un proyecto de ley de derechos de voto, pero los senadores Joe Manchin (D-WV) y Kyrsten Sinema (D-AZ) indicaron a principios de este verano que no apoyarían tal medida.

Y, sin embargo, hay señales de que un proyecto de ley de derechos de voto no está muerto. Los senadores demócratas han seguido trabajando para llegar a un proyecto de ley que pueda pasar por su partido, y no tiene sentido hacerlo si, al final, saben que no pueden convertirlo en una ley. «Todo el mundo está trabajando de buena fe en esto», dijo Manchin a Mike DeBonis del Washington Post. «Es la aportación de todos, no solo la mía, pero creo que la mía, tal vez… nos hizo a todos hablar y rodar en la dirección en la que teníamos que volver a lo básico», dijo.

Volver a lo básico es una muy buena idea. La idea básica de que no podemos tener igualdad ante la ley sin igualdad de acceso a la boleta electoral nos dio las Enmiendas Decimotercera, Decimocuarta y Decimoquinta a la Constitución, y estableció el poder del gobierno federal sobre los estados para hacerlas cumplir.

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Fuentes:

https://www.washingtonpost.com/politics/2021/06/08/how-is-john-lewis-voting-rights-act-different-hr-1/

https://www.ourdocuments.gov/doc.php

https://www.newsweek.com/only-third-republicans-think-voting-fundamental-right-poll-1612336

https://www.pewresearch.org/fact-tank/2021/07/22/wide-partisan-divide-on-whether-voting-is-a-fundamental-right-or-a-privilege-with-responsibilities/

https://cha.house.gov/report-voting-america-ensuring-free-and-fair-access-ballot

https://cha.house.gov/sites/democrats.cha.house.gov/files/2021_Voting%20in%20America_v5_web.pdf

https://www.washingtonpost.com/politics/democrats-craft-revised-voting-rights-bill-seeking-to-keep-hopes-alive-in-the-senate/2021/07/28/855b93fc-efc5-11eb-81d2-ffae0f931b8f_story.html

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Captura de Pantalla 2021-08-06 a la(s) 12.33.55American Experience es una serie de la televisión pública estadounidense (PBS) dedicada al análisis de la historia de Estados Unidos. Su contenido es tan bueno que lo he usado en varios de los cursos que dicto. A propósito de la celebración de los controversiales Olimpiadas de Tokio, American Experience reunió en un webinar a la historiadora Amira Rose Davis, al columnista deportivo William C. Rhoden y al  creador y presentador de The Humanity Archive Jermaine Fowler para hablar sobre la intersección de los deportes y la política en los Juegos Olímpicos.

Quienes estén interesados en estos temas pueden acceder al video aquí.

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Comparto con mis lectores esta excelente reseña del más reciente libro de la historiadora Elizabeth Hinton, escrita por Keeanga-Yamahtta Taylor del Departamento de Estudios Afroamericanos de la Universidad de Princeton. Titulado America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion Since the 1960s, el libro de Hinton examina  las rebeliones de las comunidades afromericanas posteriores a la aprobación de las reformas en que culminó el movimiento de los derechos civiles. La Dra. Hinton es profesora asociada en los departamentos de Historia y Estudios Afromericanos de la Universidad de Yale.


Opinion | It's Police Violence That Spurs Black Rebellion - The New York  Times

La historia desconocida de los levantamientos negros

Keeanga-Yamahia Taylor

Black Agenda Report   1 de julio de  2021

Desde la declaración del cumpleaños de Martin Luther King, Jr. como feriado federal, nuestro país ha celebrado el movimiento por los derechos civiles, valorizando sus tácticas de no violencia como parte de nuestra narrativa nacional de progreso hacia una unión más perfecta. Sin embargo, rara vez nos preguntamos sobre la corta vida útil de esas tácticas. En 1964, la no violencia parecía haber seguido su curso, cuando Harlem y Filadelfia se encendieron en llamas para protestar contra la brutalidad policial, la pobreza y la exclusión, en lo que fueron denunciados como disturbios. Siguieron levantamientos aún más grandes y destructivos en Los Ángeles y Detroit, y, después del asesinato de King, en 1968, en todo el país: un tumulto ardiente que llegó a ser visto como emblemático de la violencia urbana y la pobreza negras. El giro violento en la protesta negra fue condenado en su propio tiempo y continúa siendo lamentado como un trágico retiro de los nobles objetivos y comportamiento del movimiento impulsado por las iglesias afroamericanas.

En el quincuagésimo aniversario de la Marcha sobre Washington, en agosto de 2013, el entonces presidente Barack Obama  cristalizó esta representación histórica cuando dijo:  “si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que, durante el transcurso de cincuenta años, hubo momentos en que algunos de nosotros, afirmando presionar por el cambio, perdimos nuestro camino. La angustia de los asesinatos provocó disturbios contraproducentes. Las quejas legítimas contra la brutalidad policial se inclinaron en la fabricación de excusas para el comportamiento criminal. La política racial podía cortar en ambos sentidos, ya que el mensaje transformador de unidad y hermandad era ahogado por el lenguaje de la recriminación”. Así, dijo Obama, “es como se estancó el progreso. Así se desvió la esperanza. Así es como nuestro país se mantuvo dividido”.

America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion  Since the 1960s (English Edition) eBook: Hinton, Elizabeth: Amazon.es:  Tienda KindleEsta percepción de los disturbios como el declive del movimiento no violento ha marginado el estudio de los mismos dentro del campo de la historia. Como resultado, la creencia generalizada sobre “los disturbios” de los años sesenta subestima enormemente la escala de la insurgencia negra y su significado político. En su nuevo libro, America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion Since the 1960s, la historiadora de Yale Elizabeth Hinton recupera un período mucho más largo e intenso de rebelión negra, que continuó en los años setenta. Al hacerlo, desafía el rechazo de lo que ella describe como el “giro violento” en la protesta negra, forjando un nuevo terreno en nuestra comprensión de las tácticas empleadas por los afroamericanos en respuesta a la violencia extralegal de la policía y los residentes blancos y los problemas no resueltos de la desigualdad racial y económica.

Utilizando datos compilados por el Comité del Senado sobre Operaciones Gubernamentales y el Centro Lemberg para el Estudio de la Violencia, Hinton compila una impresionante lista de más de mil levantamientos, mucho más allá de aquellos con los que estamos más familiarizados. Hemos subestimado enormemente el grado en que Estados Unidos estuvo literalmente en llamas de 1968 a 1972, años que Hinton describe convincentemente como el “período de crisol de rebelión”. De hecho, sólo en 1970 hubo más de seiscientas rebeliones. Hinton también llega a la conclusión clave de que casi todas estas rebeliones se produjeron en respuesta a la escalada de intervenciones policiales, intimidación y acoso. Ella escribe: “La historia de la rebelión negra en todas las regiones y décadas demuestra una realidad fundamental: la violencia policial precipita la violencia comunitaria”.

En el verano de 1968, en Stockton, California, dos oficiales de policía intentaron sin éxito disolver una fiesta en un desarrollo de vivienda pública. La situación escaló rápidamente cuando llegaron más de cuarenta policías blancos más, escribe Hinton, convirtiendo la “fiesta en una protesta”. La policía ordenó a la multitud que se dispersara; en su lugar, arrojaron a la policía con piedras y botellas. La policía hizo algunas detenciones, pero apenas restableció el orden. Al día siguiente, dos oficiales fueron enviados a investigar los informes de un disturbio en el gimnasio del proyecto de vivienda; los residentes encerraron a los policías dentro del gimnasio y, escribe Hinton, durante más de dos horas, una multitud de doscientas cincuenta personas “lanzó bombas incendiadas, piedras y botellas contra el edificio gritando ‘¡cerdos!’ y otros insultos”. Más de un centenar de policías, agentes del comisarío y patrulleros de carreteras llegaron al lugar; la multitud liberó a los dos oficiales, pero continuó lanzando bombas incendiarias contra el gimnasio, los automóviles cercanos e incluso una escuela primaria. Muchos de ellos eran adolescentes. Finalmente, la policía llamó a sus padres, una estrategia que funcionó cuando los niños finalmente se fueron a casa.

Harvard's Elizabeth Hinton named 2018 Carnegie Fellow – Harvard Gazette

Elizabeth Hinton

En Akron, Ohio, en agosto de 1970, la policía intentó disolver una pelea entre jóvenes negros; una multitud que los atacó con piedras durante varias horas. Al día siguiente, la violencia se intensificó, ya que los jóvenes lanzaron escombros más pesados, como bloques de hormigón y botellas de vidrio, y dañaron automóviles e hirieron a transeúntes. Finalmente, después de dos días de escaramuzas con la policía, escribe Hinton, “mil personas, en su mayoría en edad de escuela secundaria, salieron lanzando piedras y otros objetos”. La policía desplegó más de treinta botes de gas lacrimógeno para dispersar a los rebeldes, pero la presencia de la policía fue, en sí misma, la provocación. Los agentes se trasladaron al perímetro para poder vigilar pero no agitar más a la multitud. Esta fue una estrategia de corta duración: luego hicieron otra demostración de fuerza, lo que provocó otra ronda de conflicto que, según los informes, resultó en la destrucción de la propiedad.

 

Rebeliones similares ocurrieron desde Lorman, Mississippi, a Gum Spring, Virginia, en 1968, y Pine Bluff, Arkansas, a Erie, Pennsylvania, en 1970. Aunque el Sur es visto como el sitio del movimiento no violento de derechos civiles y el Norte como donde murieron sus nobles objetivos, la gran escala de levantamientos negros, desde las ciudades del sur hasta las ciudades del medio oeste, revela una insatisfacción generalizada con la protesta pacífica como un medio para lograr el cambio social, lo que puede sugerir que reconsideremos la suposición de que el movimiento de derechos civiles tuvo éxito. Para Hinton, la magnitud de los levantamientos, que involucraron a decenas de miles de afroamericanos comunes y corrientes, desafía la idea de que estos fueron “disturbios” sin sentido que involucraron a personas díscolos o equivocadas. También lo hace el hecho de que la violencia negra casi siempre vino en respuesta a la violencia blanca dirigida a controlar las aspiraciones y vidas de los negros. Hinton escribe: “Estos eventos no representaron una ola de criminalidad, sino una insurgencia sostenida. La violencia fue en respuesta a momentos de racismo tangible —’un solo incidente’, como dijo [el presidente Lyndon] Johnson— casi siempre tomando la forma de un encuentro policial. Sin embargo, las decenas de miles de afroamericanos que participaron en esta violencia colectiva se rebelaban no sólo contra la brutalidad policial. Se estaban rebelando contra un sistema más amplio que había arraigado condiciones desiguales y violencia contra los negros a lo largo de generaciones”.

Hinton no solo recupera la resistencia negra; también expone una larga, e ignorada, historia de violencia política blanca, utilizada para mantener el estatus subordinado de las comunidades negras. El libro de Hinton comienza familiarizando a los lectores con la historia del vigilantismo blanco posterior a la emancipación, que duró hasta bien entrado el siglo XX. El más infame de estos asaltos tuvo lugar en 1921, en Tulsa, Oklahoma, donde trescientos afroamericanos fueron masacrados  por sus vecinos blancos. Pero, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de afroamericanos escaparon del asfixiante racismo del sur de Estados Unidos, fueron recibidos en otros lugares por turbas blancas ansiosas por mantenerlos confinados en enclaves segregados. No es exagerado decir que  decenas de miles  de personas blancas participaron en formas de violencia alborotadas  para, como escribe Hinton, “vigilar “las actividades de los negros y limitar su acceso a los empleos, el ocio, la franquicia y a la esfera política”.

Revuelta de Watts en 1965

La policía blanca no sólo se mostró reacia a arrestar a los perpetradores blancos; en muchos casos, participaron en la violencia. Hinton dedica un capítulo entero a las formas en que los supremacistas blancos y la policía convergieron, en nombre de la ley y el orden, para dominar a las comunidades negras rebeldes. Fuera de las grandes áreas metropolitanas, las fuerzas policiales con poco personal recurrieron a ciudadanos blancos para patrullar y controlar las protestas negras. Según Hinton, en agosto de 1968, en Salisbury, Maryland, el departamento de policía “instaló una fuerza de voluntarios totalmente blanca de 216 miembros para ayudar a la fuerza regular de 40 hombres en caso de un motín”. En otros casos, los policías blancos permitieron que los residentes blancos acosaran, golpearan, dispararan e incluso asesinaran a los afroamericanos sin represalias. En la pequeña ciudad de Cairo, Illinois, una rebelión negra en 1967 reunió a policías blancos y vigilantes blancos en un esfuerzo concertado para aislar y reprimir a los afroamericanos. Después del levantamiento inicial, provocado por la sospechosa muerte de un soldado negro en la cárcel de la ciudad, los residentes blancos formaron un grupo de vigilantes apodado el Comité de los Diez Millones, un nombre inspirado en una carta escrita por el ex presidente Dwight Eisenhower, que pedía un “comité de diez millones de ciudadanos” para restaurar la ley y el orden después de los levantamientos en Detroit y Newark. La policía de El Cairo delegó a este grupo para patrullar los barrios negros, incluido el complejo de viviendas públicas Pyramid Courts, donde vivía la mayoría de los casi tres mil negros de El Cairo. En 1969, los “sombreros blancos”, como los miembros del comité se habían llamado a sí mismos, dispararon contra Pyramid Courts. Cuando los residentes negros tomaron las armas en defensa propia, periódicamente se impusieron toques de queda, pero se aplicaron solo a los residentes de Pyramid Courts. En respuesta, la Guardia Nacional fue usada periódicamente para vigilar Pyramid Courts. Pero la policía local también disparó contra en el residencial con ametralladoras desde un vehículo blindado (descrito por los lugareños negros como el Gran Intimidador). Nadie murió, pero las familias negras a veces dormían en bañeras para evitar los disparos. Los hombres negros también dispararon a las luces de la calle para oscurecer la vista de los francotiradores blancos. Esto equivalía a una guerra contra los residentes negros de El Cairo, que duró hasta 1972. Hinton cuenta que el alcalde de El Cairo concedió una entrevista a ABC News, en 1970, en la que dijo, de los ciudadanos negros: “Si tenemos que matarlos, tendremos que matarlos… Me parece que esta es la única forma en que vamos a resolver nuestro problema”. Hinton señala que, en todos los cientos de rebeliones de este período, “la policía no arrestó a un solo ciudadano blanco… a pesar de que los ciudadanos blancos habían sido perpetradores e instigadores. Los blancos podrían atacar a los negros y no enfrentar consecuencias; los negros fueron criminalizados y castigados por defenderse a sí mismos y a sus comunidades”.

From the War on Poverty to the War on Crime: The Making of Mass  Incarceration in America: Hinton, Elizabeth: 9780674737235: Amazon.com:  BooksHinton se basa en los argumentos de su libro anterior, From the War on Poverty to the War on Crime, para explicar cómo las rebeliones del período 1968-72 llegaron a ser pasadas por alto. La declaración de Lyndon Johnson de una “guerra contra el crimen”, en 1965, dotó de nuevos recursos a las fuerzas del orden locales, reduciendo la necesidad de usar la Guardia Nacional y las tropas federales para acabar con las rebeliones negras. La ausencia de intervención federal eliminó estos conflictos del foco nacional, convirtiéndolos en asuntos locales. Mientras tanto, la acumulación de fuerzas de policía locales, vagamente empaquetadas como “policía comunitaria”, promovió la invasión policial de todos los aspectos de la vida social de los negros, transformando las transgresiones juveniles típicas en excusas para los ataques policiales contra los jóvenes negros. Los lugares donde se congregaban los jóvenes negros, incluidos los desarrollos de viviendas públicas, las escuelas públicas e históricamente los colegios y universidades negros, ahora eran sitios de vigilancia policial y posible arresto. Estos encuentros entre la policía y los jóvenes negros prepararon el escenario para lo que Hinton describe como “el ciclo” de abuso policial, en el que las incursiones policiales provocaron una respuesta violenta, lo que justificó una mayor presencia policial y, en otro giro, respuestas más combativas. En este período, que vio el ascenso del Partido Pantera Negra y la radicalización de la política negra mucho más allá de la expectativa de simplemente lograr la igualdad con los blancos, los jóvenes negros en las comunidades de clase trabajadora lucharon contra los intentos de la policía de criminalizar sus actividades diarias o de atraparlos en el sistema de justicia penal que altera la vida.

La resistencia negra tomó diferentes formas, desde residentes negros que golpeaban a la policía con ladrillos y botellas hasta francotiradores negros que disparaban contra la policía, con el propósito de expulsarlos de sus comunidades. Los francotiradores negros, en particular, sirvieron a las fantasías políticas que demonizaban todas las formas de resistencia negra como patológicas y merecedoras de una pacificación violenta. De 1967 a 1974, el número de policías muertos en el cumplimiento del deber saltó de setenta y seis a ciento treinta y dos, la cifra anual más alta de la historia. Pero esos totales fueron empequeñecidos por el número de jóvenes negros asesinados por la policía en el mismo período. Hinton informa que, entre 1968 y 1974, “los negros fueron víctimas de uno de cada cuatro asesinatos policiales”, lo que resultó en que casi cien hombres negros menores de veinticinco años murieran a manos de la policía en cada uno de esos años. En comparación, hoy solo una de cada diez personas muertas por la policía es negra, según los Centros para el Control de Enfermedades. (Hinton cita esta cifra, pero señala que puede representar un subregistro).

Soldados reprimiendo protestas en Detroit

Este ciclo de abuso no podía continuar. El período de rebeldía había terminado a finales de los años setenta. No fue la reforma la que puso fin, sino la represión. La prisión se convirtió en una forma de tratar con los jóvenes negros combativos. A mediados de los años setenta, según Hinton, el setenta y cinco por ciento de los afroamericanos encarcelados eran menores de treinta años. La rebelión como rechazo colectivo de los actos cotidianos de violencia policial se volvió poco frecuente, escribe, ya que “los estadounidenses negros se habían resignado más o menos a la vigilancia policial de la vida cotidiana”. Durante los últimos cuarenta años, los levantamientos en respuesta al abuso policial “han tendido a estallar solo después de incidentes excepcionales de brutalidad policial o justicia abortada”.

En algunas de las secciones más importantes de America on Fire, Hinton desentraña sistemáticamente los fracasos de la reforma policial. Hace más de cincuenta años, la Comisión Kerner llegó a la conclusión condenatoria de que, a menos que hubiera una redistribución masiva de recursos en las comunidades negras, los patrones de segregación en todo Estados Unidos se profundizarían y, junto con ellos, el resentimiento y las represalias de los afroamericanos. Como se observa en el informe:

Ningún estadounidense—blanco o negro—puede escapar a las consecuencias de la continua decadencia social y económica de nuestras principales ciudades. Sólo un compromiso con la acción nacional a una escala sin precedentes puede dar forma a un futuro compatible con los ideales históricos de la sociedad estadounidense. La mayor necesidad es generar una nueva voluntad, la voluntad de gravarnos a nosotros mismos en la medida necesaria, para satisfacer las necesidades vitales de la nación.

Pero, sin mecanismos claros para hacer cumplir las recomendaciones de esta comisión, estas   fueron ignoradas. La Comisión Kerner estableció un modelo para las comisiones sobre raza, policía y desigualdad que ha persistido hasta el presente, creando un rico archivo de audiencias públicas que documentan el racismo y el abuso dirigido a los ciudadanos negros que ha llevado a que se haga muy poco al respecto.

Kerner Commission - Wikipedia

Comisión Kerner

Esta sombría realidad es evidencia de la miopía de la premisa liberal de que exponer un problema es el primer paso en su resolución. De hecho, como explicó la Comisión Kerner, solucionar esos problemas requeriría una acción sin precedentes. Significaría usar los poderes del poder judicial y la burocracia federal para desmantelar los sistemas de segregación residencial, segregación escolar y la segmentación racial de los lugares de trabajo estadounidenses. También significaría aprovechar los recursos financieros para poner fin a la pobreza endémica que hizo que los afroamericanos sean desproporcionadamente vulnerables y visibles para la policía en primer lugar. En cambio, pocos meses después de la publicación del Informe Kerner, Richard Nixon  llevó a cabo una exitosa campaña presidencial impugnando la rebelión negra como mero “crimen” mientras argumentaba que podía restaurar la ley y el orden en las ciudades de la nación. Cuando se postuló para la reelección, en 1972, Nixon combinó su tema de la ley y el orden y una nueva declaración de una “guerra contra las drogas” con un mensaje anti-bienestar social que se convertiría en un tema de la política republicana durante una generación, cohesionando una nueva “mayoría silenciosa” blanca en torno a la política del resentimiento racial y subordinando las demandas de la minoría negra. Hinton pinta un panorama sombrío, en el que la doble agenda de la administración Reagan, de fortalecer la aplicación de la ley mientras se debilitan los programas sociales, ayudó a mantener las condiciones que legitimaron los poderes en expansión de la policía y el crecimiento de las poblaciones carcelarias. Aunque el aumento de las tasas de homicidios parecía atenuar la lógica de que más medidas de control del crimen harían a las personas más seguras, cualquier escepticismo se describió fácilmente como una preocupación insuficiente por la seguridad y el crimen. Políticamente, los funcionarios electos se incitaron unos a otros a exigir leyes más duras, castigos más duros, una aplicación más estricta. Entre 1970 y 1980, el número de personas encarceladas en prisiones federales y estatales aumentó en un cincuenta por ciento.

Más de cincuenta años después de la Comisión Kerner, hemos visto en los últimos ocho años el regreso de las rebeliones negras en respuesta a la creciente desigualdad que ha sido manejada por las fuerzas de la policía racista y abusiva. Esto no es historia que se repite; es evidencia de que los problemas que dieron lugar a rebeliones negras anteriores no se han resuelto. Hinton observa que el “movimiento contemporáneo por la justicia racial se ha basado en tradiciones anteriores, creando un tipo de protesta militante y no violenta que mezcló las tácticas de acción directa del movimiento de derechos civiles con las críticas al racismo sistémico que a menudo se identifican con el poder negro”. Hinton argumenta que la persistencia de la desigualdad, junto con los nuevos ciclos de violencia entre los policías y las fuerzas del orden, es evidencia de que debemos “ir más allá de la reforma”. Pero el tamaño de esa tarea parece detener a Hinton en seco. Ella no es ingenua sobre la dificultad de efectuar los cambios que son necesarios para frenar a la policía abusiva y al mismo tiempo resolver las desigualdades profundas y de larga data que siempre legitiman la policía. Con esto en mente, evita la tentación de envolver cuidadosamente esta historia con sugerencias simplistas para más políticas públicas que no tienen ninguna posibilidad de aprobación o que inevitablemente no se aplicarán. Sin embargo, sugiere que se reformen las fórmulas de impuestos regresivos que privan de financiamiento a los programas públicos. También pide que se establezca un sistema de justicia “basado en el principio de reparación en lugar de retribución”. Pero estas recomendaciones palidecen en comparación con el poder de la protesta colectiva que ella expertamente documenta a lo largo del libro.

Los Angeles Riots of 1992 | Summary, Deaths, & Facts | Britannica

Los Ángeles, 1992

No hay respuestas fáciles a la pregunta de cómo poner fin al ciclo de policía racista y abusivo, pero la fuerza de la resistencia y la rebelión ha sido la forma más eficaz de exponer el problema y presionar a las autoridades para que actúen. La mayor diferencia entre ahora y el período de rebelión de crisol anterior es que los levantamientos de hoy son cada vez más multirraciales. Desde el levantamiento en Los Ángeles en 1992 y ciertamente las rebeliones del verano pasado, latinx y la gente blanca común se han inspirado en la rebelión como una forma legítima de protesta. Las rebeliones del verano pasado involucraron a miles de personas blancas que también estaban enojadas por los abusos de la policía y por la creciente injusticia de nuestra sociedad. Las demandas de los manifestantes de “desfinanciar a la policía” reunieron a nuevas coaliciones para desafiar las realidades políticas entrelazadas de financiar la aplicación de la ley e ignorar los servicios de bienestar social, al tiempo que inyectaron nuevos argumentos en la discusión pública de este problema tan antiguo de abuso policial racista. Esto no acabará con la brutalidad policial, pero puede ampliar el número de personas que también se ven a sí mismas como víctimas de políticas públicas deformes. Cuanto más grande es el movimiento, más difícil es mantener el status quo.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez.

 

 

 

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Nuevamente comparto un trabajo del historiador Federico Mare, quien  esta vez analiza el significado histórico y político de los monumentos confederados que tanta polémica causaron en Estados Unidos durante el año 2020.  Estos momumentos son muestra material del discurso de la Lost Cause analizado por Mare en una entrada previa titulada «La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter


‘Black Lives Matter’ y la iconoclastia contra los monumentos confederados

Federico Mare

Sin Permiso   25 de junio de 2021

La fotografía que ilustra el presente ensayo fue tomada en el Stone Mountain Park, condado de DeKalb, estado de Georgia, en lo que se conoce como Deep South, el Sur Profundo de los Estados Unidos. Una bucólica tarde del verano de 2015, gran cantidad de familias blancas sureñas aguardan un show nocturno de luces láser al pie del memorial de Stone Mountain, en el corazón de los Apalaches meridionales. Mantas, reposeras, canastos, heladeras portátiles y otros bártulos típicos de un día de picnic manchan el verde esmeralda de la pradera. Más atrás, la lente del fotógrafo captura la presencia del tren turístico que ha traído hasta el parque al enjambre de espectadores.

Johnny Reb by owl65 on DeviantArtEl memorial de Stone Mountain rinde homenaje a los héroes de la vieja causa sudista, deidades tutelares de un panteón cívico-militar en clave revisionista, es decir, anti-Yankee, anti-unionista, anti-nordista. Pero no se trata de un monumento confederado más, no. Es el mayor de todo el país. Stone Mountain representa algo así como la versión sureña rebelde del Mount Rushmore. Constituye la plasmación más fatua, cursi, extravagante, de la megalomanía patriotera de Johnny Reb [i], con su regionalismo recalcitrante y propensiones xenofóbicas.

El bajorrelieve está hecho sobre un promontorio de roca adamelita, a 120 metros del suelo, y representa a los tres próceres más populares del Viejo Sur separatista: los generales Robert E. Lee y Thomas Stonewall Jackson, junto al presidente de los Estados Confederados de América Jefferson Davis, los tres a caballo. Este proyecto monumental se puso en marcha hacia 1916, pero recién concluyó en 1972, luego de varias interrupciones y reanudaciones. Diversos artistas trabajaron sucesivamente en la obra, a lo largo de varias décadas. Con sus 23 metros de alto y 48 de ancho, constituye el bajorrelieve más grande del mundo.

En la concepción, ejecución y financiación de semejante proyecto faraónico, que insumió millonadas y millonadas de dólares, trabajaron codo a codo las Hijas Unidas de la Confederación y el gobierno estadual de Georgia. Pero la injerencia y el mecenazgo del segundo Ku Klux Klan (el «imperio invisible», como le decían entonces) fue un secreto a voces desde el primer momento. No sorprende, por ende, que muchos reclamen hoy su eliminación por medio del arenado o chorreado abrasivo. Hubo manifestaciones en contra y a favor de su permanencia. Desde agosto del año pasado, el parque permanece cerrado.

El país del Tío Sam está lleno de monumentos confederados. El de Stone Mountain es el más grande de todos, sin duda, pero de ningún modo el único. Hay cientos y cientos. Y a muchxs estadounidenses no les resultan nada simpáticos, especialmente a quienes son afrodescendientes. Con justa razón, ven en ellos símbolos ultrajantes del antiguo Sur esclavista y secesionista.

Los monumentos confederados constituyen una de las expresiones más emblemáticas del mito romántico de la Lost Cause. Este mito racista –pseudohistoria al servicio de la white supremacy o «supremacía blanca»– lleva un siglo y medio envenenando la sociedad y la cultura estadounidenses (véase mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter).

Charlottesville: Cubren monumento confederado con tela negra

Desde los trágicos sucesos de 2017, cuando una joven que reclamaba el retiro de la estatua ecuestre del general Lee en el Emancipation Park de Charlottesville (Virginia) fue asesinada, gran número de monumentos confederados han sido removidos o vandalizados a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, de Massachusetts a Texas, y de Florida a California. Hubo no sólo retiros de monumentos confederados dispuestos por las autoridades (retiros hechos con grúas, camiones y cuadrillas de empleados municipales), como en Demopolis, San Antonio, Lexington, Helena, Lynchburg y Kansas City; sino también acciones populares iconoclastas por fuera de la ley. Muchas esculturas, memoriales y placas conmemorativas que honran al Viejo Sur separatista sufrieron vandalizaciones de diverso grado e índole en numerosas ciudades: Atlanta, Filadelfia, Houston, Tampa, Baltimore, West Palm Beach, etc. Estatuas baleadas o derribadas con sogas, monumentos intervenidos con grafitis, esculturas cubiertas con pintura, etc.

Incluso se registró un pintoresco episodio de tarring & feathering[ii]. Fue en la localidad rural de Gold Canyon, Arizona, el 16 de agosto de 2017, cuatro jornadas después de los incidentes de Charlottesville. Una placa de piedra a la vera de la Ruta Federal 80, en homenaje a Jefferson Davis –el único presidente que tuvieron los efímeros Estados Confederados de América (1861-65)–, apareció cubierta con alquitrán y plumas, en señal de repudio y agravio.

Pero hubo también vandalizaciones de signo ideológico opuesto. Por ejemplo, el busto de Lincoln en Chicago un día amaneció quemado. En Madison, Wisconsin, la estatua del abolicionista Hans Christian Heg fue derribada, decapitada y arrojada a un lago. En Boston, el Memorial del Holocausto de Nueva Inglaterra, hecho con paneles de vidrio, fue dañado a piedrazos por un activista neonazi. Estamos, pues, en presencia de una guerra simbólica por los espacios públicos entre el supremacismo blanco y el movimiento de derechos civiles. Cada bando defiende sus liex de mémoire o «lugares de memoria» (al decir de Pierre Nora), a la vez que ataca los del adversario.

jim crow

La mayoría de los monumentos confederados fueron levantados en los dos primeros decenios del siglo pasado, una época de fuertes tensiones raciales: endurecimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow, creación de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, retorno de un demócrata sureño de ideas racistas (Woodrow Wilson) a la presidencia de los EE.UU. luego de muchísimos años, refundación del Ku Klux Klan, estreno de la película El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, etc. El año pico de este revival sudista fue 1911, cuando se cumplió el cincuentenario del inicio de la guerra de Secesión (batalla de Fort Sumter, abril de 1861).

El otro momento de auge en el proceso de monumentalización de la Lost Cause –aunque de menor magnitud– fue el centenario de la guerra civil, en el primer lustro de la década del 60. Esta época coincidió –no casualmente, por cierto– con el recrudecimiento del conflicto racial (expansión del movimiento de derechos civiles con Martin Luther King y emergencia del tercer KKK).

Existen centenares de monumentos confederados desperdigados por todo el vasto país del Tío Sam: estatuas ecuestres, obeliscos, bustos, etc. Si a estos monumentos se les suman las placas conmemorativas, la cifra supera cómodamente el millar. No vaya a creerse que estas evocaciones nostálgicas a la «gesta» confederada –mayoritariamente localizadas en el Sur– son todas añejas. Algunas son relativamente nuevas, como el Monumento a los Veteranos Confederados de Arizona, en Phoenix, erigido hacia 1999 (aunque removido el año pasado).

Lo cierto es que, en reacción a la tragedia virginiana de Charlottesville, el proceso de desmonumentalización de la Lost Cause alcanzó una gran magnitud, una intensidad sorprendente. Sin embargo, la ola iconoclasta de 2017 fue casi un hecho menor al lado de la segunda ola –verdadero tsunami– del año pasado, tras el asesinato de George Floyd en Mineápolis, a manos de la policía de Minnesota. En 2017, hubo 36 monumentos removidos. En 2020, casi el triple: 94. La causa de este incremento prodigioso es obvia: la masificación del movimiento Black Lives Matter (BLM) contra la violencia racista. La oleada iconoclasta anticonfederada de 2017-2020 constituye, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos culturales, sociológicos, más llamativos de los Estados Unidos de la era Trump. Solamente en Texas se han removido 31 memoriales.

Una mirada a la tragedia de Charlottesville | Newsweek México

Una acalorada polémica, muy densa en sus implicaciones ideológicas y políticas, soliviantó al país del Tío Sam. La sociedad estadounidense se polarizó, se fracturó en dos; y también sus medios de comunicación, sus historiadores e intelectuales, sus legisladores y funcionarios. La memoria, una vez más, fue campo de batalla. El pasado, por enésima vez, dividió aguas y devino objeto de disputa. Dos paradigmas de la historia nacional, dos políticas de la memoria, se batieron a duelo. ¿Cuál fue la postura del expresidente Trump? Una «equidistancia salomónica» que claramente favorecía al supremacismo blanco: no apoyó explícitamente la violencia racista contra las minorías afroamericanas, pero condenó enérgicamente el «vandalismo» del BLM, porque ambos extremos eran –sostuvo– igualmente malos para el orden republicano (equiparación de las acciones iconoclastas con los crímenes de odio racial, de los monumentos dañados con las personas asesinadas). Sin embargo, a nadie se le escapó la tibieza o parquedad con que Trump se distanció del supremacismo blanco, y la vehemencia o énfasis que manifestó en su reprobación de la iconoclastia anticonfederada. Por lo demás, su polémica decisión de comenzar su campaña electoral de 2020 en la mismísima Tulsa, la ciudad sureña de Oklahoma donde ocurrió la peor masacre racista en la historia de Estados Unidos, eligiendo como fecha nada menos que el 19 de junio (efeméride afroamericana del Juneteenth o Día de la Emancipación)[iii], fue mayoritariamente interpretada como una provocación, que sus detractores denunciaron y sus admiradores festejaron.

Charleston aparece en el manifiesto racista difundido en Internet como  objetivo de un ataque | CNNEl proceso de desmonumentalización comenzó en junio de 2015, al calor de la ola de indignación que desató la matanza racista de Charleston (Carolina del Sur), que dejó un saldo aterrador de nueve muertos en una iglesia metodista. La circunstancia de que el asesino, el joven Dylann S. Roof, fuese un segregacionista fanático que había hecho ostentación de su identidad neoconfederada por Internet, exhibiendo fotos donde se lo veía sosteniendo con orgullo la rebel flag (la vieja bandera del Sur esclavista y secesionista), generó un gran debate en torno a la legitimidad de la presencia de dicho símbolo, y otros afines (placas conmemorativas, estatuas, obeliscos, memoriales, topónimos, etc.), en los espacios públicos.

A caballo de esta gran controversia nacional, en muchos puntos del país diversas organizaciones de derechos civiles –el Southern Poverty Law Center, entre otras– reclamaron la remoción de la simbología y la onomástica confederadas, en el marco más amplio del movimiento BLM, incoado en 2013 tras la absolución judicial del asesino de Trayvon Martin. A corto plazo, muy pocas de estas iniciativas tuvieron éxito. Sólo en un puñado de ciudades hubo logros tangibles (en Austin por ej., donde una estatua de Jefferson Davis fue retirada del campus de la Universidad de Texas en agosto de 2015).

Pero en 2017, la desmonumentalización dio un gran salto adelante cuando, entre abril y mayo, las autoridades de Nueva Orleáns –en el corazón mismo del Sur Profundo– tuvieron el coraje de remover cuatro monumentos confederados en un lapso de apenas 25 días, decisión histórica que el supremacismo blanco resistió con vehemencia. A partir de allí, las remociones se hicieron más frecuentes, en un clima de creciente crispación: St. Louis, Orlando…

James Alex Fields Jr., Who Murdered Heather Heyer in Charlottesville, Faces  Life in Prison Plus 419 Years | Vogue

Heather Heyer

Y se multiplicaron notablemente tras la tragedia de Charlottesville, donde una mujer de 32 años llamada Heather Heyer, que reclamaba pacíficamente por el retiro de la estatua ecuestre del general Lee del Emancipation Park,[iv] fue brutalmente asesinada por un manifestante ultraderechista, y donde cerca de cuarenta personas resultaron heridas. Sábado nefando, siniestro, cuya causa directa, ostensible, indubitable, es la vigencia del mito racista de la Lost Cause en el imaginario estadounidense; vigencia exacerbada, desde ya, por el fenómeno Trump.

¿El detonante de la tragedia? Un proyecto que planteó la remoción del antedicho monumento en la pequeña ciudad virginiana del condado de Albemarle, donde otrora viviera el prócer independentista Thomas Jefferson. Diversos grupos de extrema derecha (supremacistas blancos, neoconfederados, milicianos, bikers, neonazis, etc.) lanzaron una cruzada en defensa de la controvertida estatua. La expresión más conspicua y virulenta de esta reacción fue el movimiento Unite the Right, en cuyas movilizaciones callejeras se ha desplegado todo el rancio repertorio simbólico del Ku Klux Klan: consignas patrioteras y segregacionistas, banderas rebeldes con la cruz de San Andrés estrellada, capuchas blancas, la siniestra MIOAK (la insignia de los klansmen), y hasta antorchas tiki ardiendo en la oscuridad de la noche, al estilo Mississippi en llamas… El conflicto por la estatua ecuestre de Lee del Emancipation Park derivó en una larga querella judicial, que todavía sigue en curso. Al día de hoy, el monumento permanece en su sitio, aunque ha sufrido varias vandalizaciones.

Make It Right – Independent Media Institute

En 2018, la periodista Kali Holloway creó el proyecto Make It Right (MIR), destinado a crear conciencia en torno a la necesidad de desmonumentalizar el pasado esclavista y segregacionista del Sur. “Oficialmente, la guerra civil terminó con la derrota de la Confederación en 1865. Pero más de 150 años después del fin de la guerra, cerca de 1.700 monumentos a la Confederación cubren el paisaje de Estados Unidos, y no solo el de los estados sureños. Desde el año 2000, más de 30 nuevos monumentos han sido erigidos. Estas estatuas y placas romantizan la brutalidad de la esclavitud y glorifican a los traidores de los Estados Unidos”. El proyecto MIR trabaja “con múltiples grupos –activistas, artistas, historiadores y medios de comunicación– para remover los monumentos confederados y contar la verdad de la historia”. Su acción propagandística ha sido fecunda.

En la vereda opuesta no se quedaron de brazos cruzados… La legislatura de Alabama, por citar un ejemplo, sancionó en mayo de 2017 una ley prohibiendo a las autoridades municipales remover o renombrar monumentos con más de cuarenta años de antigüedad, sin autorización estadual. Esa restricción dificulta enormemente la desmonumentalización de la Lost Cause en Alabama, puesto que los memoriales sudistas datan, en su inmensa mayoría, de 1911-15 y 1961-65, el cincuentenario y el centenario de la guerra de Secesión. Alabama es uno de los estados más racistas de EE.UU., y uno de los que acumulan más monumentos confederados en sus espacios públicos. Diversas demandas se han interpuesto contra la Memorial Preservation Act. La judicialización del conflicto ameritaría otro escrito aparte.

Pero, ¿por qué esta disputa? ¿Cuál es el secreto de la importancia concedida a los monumentos confederados, tanto por sus valedores como por sus detractores? Nora, el historiador francés mencionado algunos párrafos más arriba, no investigó esos liex de mémoire en especial, sino los que, en su país, se hallan asociados a la Tercera República (1870-1940). No obstante, con cautela, algunas de sus ideas pueden ser extrapoladas a los memoriales y monumentos confederados.

La siguiente observación resulta particularmente pertinente y esclarecedora para el caso que aquí nos ocupa:

Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Por eso la defensa por parte de las minorías de una memoria refugiada en focos privilegiados y celosamente custodiados ilumina con mayor fuerza aún la verdad de todos los lugares de memoria. Sin vigilancia conmemorativa, la historia los aniquilaría rápidamente. Son bastiones sobre los cuales afianzarse. Pero si lo que defienden no estuviera amenazado, ya no habría necesidad de construirlos.[v]

No habría monumentos confederados como los del general Lee, no habría monumentos unionistas-abolicionistas como los del presidente Lincoln, si el pasado –o mejor dicho, cierta selección e interpretación del pasado– no fuese, como es, un anclaje identitario para determinados grupos antagónicos de la sociedad que no quieren, ni pueden, armonizar sus autopercepciones (sectores racistas de la población blanca, minorías negras orgullosas de su afrodescendencia, fuerzas de derecha, partidos de izquierda, etc.). Tampoco los habría si la espontaneidad de los recuerdos colectivos, fluida e inorgánica como es, bastase para contrarrestar el olvido. He aquí, pues, a mi modo de ver, la clave del asunto.

The state of the white supremacy and neo-Nazi groups in the US - ABC NewsLa querella de los monumentos confederados tiene como trasfondo, como sustrato, la persistencia del racismo –y de la lucha contra el racismo– en la sociedad estadounidense. Lxs supremacistas se aferran a dichos monumentos porque sienten que la white supremacy fue herida de muerte en los 60, mientras que lxs simpatizantes del BLM bregan por la desmonumentalización porque advierten que la utopía igualitaria, jamás concretada plenamente, zozobra más que nunca con la derechización que produjo Trump como presidente (uno de los mandatarios más reaccionarios que han pisado la Casa Blanca).

Sin embargo, subsiste un interrogante. Son muchas las facetas de la sociedad y la cultura estadounidenses que, directa o indirectamente, remiten al viejo conflicto irresuelto entre supremacistas e igualitaristas: los distintos niveles de ingreso e instrucción entre angloamericanxs y afroamericanxs, los prejuicios racistas (por ej., la creencia de que los negros son más propensos a cometer robos y violaciones sexuales que los blancos), los innumerables casos de violencia policial contra jóvenes afrodescendientes (golpizas, maltratos verbales y psicológicos, asesinatos), la animosidad racial de jurados y jueces en los procesos judiciales, la estratificación residencial, etc. Los monumentos confederados son una arista del problema, entre tantas otras. ¿Por qué razón, entonces, han sido estos, y no cualquiera de las otras iniquidades racistas, la mecha que detonó todo?

David Freedberg | Image Knowledge Gestaltung

David Freedberg

Parafraseando a historiador del arte David Freedberg, la respuesta sería: el poder de las imágenes. Las estatuas y otros monumentos constituyen imágenes, y como tales, no son nada inocuas. Tienen cierto poder sobre nosotros, cierta capacidad de sugestión. Nos provocan. Nos fascinan o enfurecen. Influyen en nuestra subjetividad, ya sea abiertamente en nuestro consciente, ya sea de modo sutil en nuestro inconsciente. Nos apasionan. Nos movilizan. Señala Freedberg al respecto:

Mucho se ha estudiado los grandes movimientos iconoclastas de Bizancio en los siglos VIII y IX, de la Europa de la Reforma, de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. Cualquiera puede aportar un ejemplo de alguna imagen atacada: todos sabemos cuando menos de algún período histórico durante el cual la iconoclasia era espontánea o estaba legalizada. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas; ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza; y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. Como es natural, los motivos de tales actos se han estudiado y continúan discutiéndose interminablemente; pero en todos los casos hemos de aceptar que es la imagen –en mayor o menor grado– la que lleva al iconoclasta a tales niveles de ira. Esto cuando menos podemos asentar como indiscutible, por más que sepamos que la imagen es un símbolo de otra cosa y que es esta cosa la que se ataca, rompe, arranca o destroza.[vi]

Aunque los monumentos confederados sean “un símbolo de otra cosa”, y que, en definitiva, es esa “otra cosa” (el Viejo Sur esclavista y secesionista, el segregacionismo de las leyes de Jim Crow, la cultura racista actual) “la que se ataca” y defiende, la que se quiere remover o vandalizar en señal de rechazo, o bien, preservar o reparar en señal de identificación, lo cierto es que no deja de haber cierto trasfondo de fetichismo en tales prácticas anicónicas e icónicas, por muy subterráneo e imperceptible que sea ese trasfondo. De todo el abanico de opciones susceptibles de generar una reacción en cadena –en contra y a favor–, han sido las estatuas, los obeliscos, las placas conmemorativas, los memoriales, etc., los que han concentrado mayor atención de ambos bandos.

El regodeo y la saña de la muchedumbre desmonumentalizadora es por demás sintomática, sugerente, igual que lo es la vehemencia de sus oponentes. Estos, por caso, han llegado a la violencia terrorista y el asesinato para demostrar su apego sentimental por la estatua ecuestre del general Lee en Charlottesville… Nada casual hay en ello. Es evidente que los monumentos confederados, en tanto íconos, resultan particularmente irritantes y ofensivos para unos, y seductores y admirables para otros.

Las imágenes son cosa seria, aunque los intelectuales solamos subestimarlas debido a nuestra deformación profesional (predominio excesivo de las palabras, del discurso). ¿Cuántas rebeliones y revoluciones del siglo XX hubiesen quedado grabadas a fuego en nuestra memoria sin la ayuda de fotografías o filmaciones de incidentes iconoclastas, o de muestras exultantes de iconismo popular como la exhibición de banderas?

Entre las muchas ciudades norteamericanas que, durante estos últimos cuatro años, retiraron monumentos confederados de sus espacios públicos, están Montgomery, Houston, Dallas, San Diego, Little Rock, Raleigh, Charleston, Lexington, Decatur, Clarksville, Charlotte… También la mítica Birmingham de Alabama, el reducto segregacionista que Martin Luther King, en el 63, eligió como prueba de fuego para el movimiento de derechos civiles, y donde resultó arrestado. En otras urbes, como Jacksonville, los proyectos de remoción aún no se han concretado, ora porque el proceso deliberativo sigue en curso, ora porque acciones judiciales los han dejado en suspenso. Pero es muy probable que a corto plazo varios de ellos se efectivicen. Por otra parte, no olvidemos que en muchos lugares se registraron acciones directas de tipo «vandálico», por fuera del orden legal, como en Indianápolis, Los Ángeles, Denver, Sacramento y Portland: derribos, grafitis, etc.

La estatua del general confederado Thomas Stonewall Jackson está colocada en el complejo del capitolio del estado de Virginia Occidental.

Estatua del General Stonewall Jackson.

Virginia, el estado con más monumentos confederados de todo el país, merece un párrafo aparte. En marzo del año pasado, al comienzo de la pandemia, una reforma legal habilitó la remoción de los mismos. La reforma entró en vigencia en julio, y desde entonces muchas esculturas y placas conmemorativas han sido retiradas: Appomattox, Norfolk, Fredericksburg, Leesburg, Farmville, Virginia Beach… También hubo derribos y vandalizaciones en el contexto de las protestas y revueltas del BLM, como en Portsmouth y Roanoke. La aristocrática Richmond, capital estadual y otrora capital del Sur secesionista, la ciudad con más memoriales confederados de la nación (algo así como la meca del urbanismo megalómano y nostálgico de la Lost Cause, especialmente en lo que concierne a su Monument Avenue), ha vivido situaciones de todo tipo: iconoclastia revoltosa de masas, remociones efectuadas por las autoridades y retiros frustrados o demorados por la oposición encarnizada de la derecha supremacista. Las estatuas de Jefferson Davis y Williams Carter Wickham fueron derribadas, igual que el Monumento Howitzer. Las esculturas en homenaje a Stonewall Jackson, J. E. B. Stuart y Matthew Fontaine Maury fueron retiradas por el gobierno local. El gigantesco monumento ecuestre de bronce del general Lee todavía sigue en su altísimo pedestal de mármol, pero hay planes oficiales para removerlo. El año pasado, durante las movilizaciones multitudinarias del BLM, la escultura fue intervenida con grafitis, aunque su colosal tamaño impidió que se la tirara abajo. Se trata del último monumento en pie de la Monument Avenue. Creada por el escultor francés Antonin Mercié, fue inaugurada pomposamente en 1890. El anuncio de su remoción por parte del gobernador Ralph Northam, en junio de 2020, soliviantó a los sectores supremacistas, que han plantado una desesperada batalla judicial por su conservación, una nueva Gettysburg en pleno siglo XXI…

El rey belga pide perdón por la cruel y violenta colonización del Congo

Leopoldo II

Cabe hacer una importante acotación. El cimbronazo iconoclasta del BLM de 2017-2020 trascendió las fronteras de Estados Unidos. El racismo y la lucha contra el racismo no son coto exclusivo del Tío Sam. En Gran Bretaña y Bélgica, diversos monumentos asociados a la trata de esclavos y la opresión colonial han sido removidos, derribados o intervenidos con grafitis: la estatua de Edward Colston en Bristol, las esculturas de Robert Milligan y John Cass en Londres, el monumento de Leopoldo II en Amberes, los bustos dedicados a este monarca europeo –déspota genocida del Congo Belga– en Gante y Lovaina… También se registraron episodios de iconoclastia antiimperialista-antirracista en las Antillas francesas y Barbados, protagonizados mayormente por las comunidades negras o afrodescendientes. En Sudáfrica, un busto del magnate minero Cecil Rhodes –jingoísta recalcitrante y adalid de la supremacía blanca– fue descabezado por manifestantes de Ciudad del Cabo, y una estatua de Martinus Theunis Steyn –último presidente de la república bóer separatista de Orange– fue desmantelada en Bloemfontein. La desmonumentalización de la Pax Britannica victoriana tuvo coletazos en India y Nueva Zelanda, donde hindúes y maoríes no han olvidado ni perdonado los crímenes y agravios del Reino Unido. Asimismo, tanto en Estados Unidos como en Canadá, Colombia y Chile hubo acciones iconoclastas indigenistas contra monumentos asociados al «descubrimiento», la conquista y colonización europeas de América: el de Colón en Boston y St. Paul, el de Macdonald en Montreal, el de Belalcázar en Popayán, el de Valdivia en Concepción… Un claro ejemplo de efecto dominó.

Decapitan en Sudáfrica una estatua del colonizador británico Cecil Rhodes

Estatua de Cecil Rhode decapitada, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

“¿Por qué las personas destruyen las imágenes?”, se pregunta Freedberg en otro libro más reciente. Y prosigue su reflexión con más interrogantes incisivos:

¿Qué motiva estos actos individuales y colectivos de violencia contra algo que –al fin y al cabo– es una mera representación en madera, piedra, lienzo o papel? ¿Cómo podemos pensar la iconoclasia en el mundo contemporáneo? Para muchos, la extraordinaria ubicuidad y la repetición de las imágenes desvirtúa su aura pero, sin embargo, los ataques continúan. De hecho, los medios de comunicación tienden a visibilizarlos, haciéndolos cada vez más evidentes.[vii]

Al analizar el Beeldenstorm, el gran estallido iconoclasta de 1566 en la rebelión antiespañola y protestante de Flandes, Freedberg se interroga:

Pero, ¿por qué fueron atacadas las imágenes con tal ferocidad? Después de todo, éstas no eran en sí mismas los tiranos. ¿Hasta qué punto los actos de destrucción de los atacantes eran indiscriminados o selectivos? ¿Atacaban obras de arte reconocidas con mayor o menor vehemencia que otras imágenes, o los iconoclastas eran ciegos e indiferentes? ¿Fueron los ataques espontáneos u organizados? En un principio, los brotes parecían espontáneos, pero pronto surgieron evidencias que demostraban que muchos de los ataques, si no todos, habían sido organizados.

La mayoría de estas preguntas, y otras muchas, surgen también al abordar otros episodios iconoclastas. Al igual que en los Países Bajos, los ataques aparentemente espontáneos a menudo resultaron ser organizados y, en efecto, remarcaron eficazmente los resentimientos y las patologías individuales. Determinadas obras de arte fueron señaladas para su destrucción, puesto que ofrecían una mayor posibilidad de ganar publicidad para la causa. La ferocidad de los ataques fue seguramente atribuible, al menos en parte, a la frustración y la rabia ante la ausencia del tirano, dirigiéndose en cambio a su representación. Ciertamente era más fácil atacar a su imagen que a su prototipo viviente.[viii]

Podríamos afirmar algo similar en relación a la iconoclastia anticonfederada del BLM. Hubo monumentos que no podrían haber sido vandalizados sin un esfuerzo planificado y coordinado, como en el caso de varias estatuas de considerable tamaño y peso derribadas con sogas por grupos numerosos de manifestantes, que actuaron velozmente para no darle tiempo a la policía. La elección de ciertas esculturas especialmente significativas tampoco parece casual. Por lo demás, la vehemencia destructiva contra las mismas, el encarnizamiento con que fueron atacadas, sugiere que se dio un fenómeno psicológico de proyección: como los opresores de carne y hueso no están físicamente presentes, se descarga la ira vindicatoria contra aquellas imágenes que los representan, olvidando por un instante que se trata de un procedimiento de transferencia o sustitución.

“Las recurrencias son sorprendentes”, reflexiona Freedberg. “Incluso un estudio superficial deja claro con qué frecuencia la política se mezcla con la teología y cómo patologías individuales pueden cruzarse y a menudo exacerbar los contextos históricos específicos de determinados momentos y movimientos iconoclastas”. Y luego acota:

Amazon.com: La destruccion de la Estatua de Bel por Cornelis Cort: Home &  Kitchen

La destrucción de la estatua de Bel  por Maarten van Heemskerck, 1567

Tomemos, por ejemplo, el cupido que orina en la boca de una antigua estatua ya destruida en el grabado La destrucción de la estatua de Bel, una estampa de 1567 realizada por Maarten van Heemskerck. La acción es prácticamente idéntica a la de un joven que orina sobre el rostro de una estatua caída de Saddam Hussein en 2003. Queda claro que ya no se trata de dioses (de las personas o del arte), sino que simplemente se han derrumbado y ahora tan solo son falsos ídolos que pueden ser insultados de un modo impensable si siguiesen vivos o continuasen siendo deidades. Sin embargo, actos como estos sugieren que este tipo de insultos son percibidos y sentidos como algo verdaderamente importante debido a que transmiten la sensación de ser agresiones físicas a un prototipo viviente.

En esta combinación de religión, política y sensualidad de las imágenes la persistencia asombrosa de formas aparentemente similares de profanación y destrucción se hace aún más comprensible. Los actos iconoclastas y de censura adquieren formas estereotipadas. Esto es el resultado de una etiología común: el acto para eliminar lo viviente en una imagen o su profanación corporal, de modo que su estatus material descalifique su estatus sagrado o superior (ya sea estética o políticamente).

[…] Ver este tipo de imágenes agredidas y dañadas siempre provoca un shock. Los espectadores perciben que dichos ataques no solo se aplican sobre los cuerpos que ven, sino también, de forma inquietante, en cierto modo, sobre sus propios cuerpos. Este sentido de empatía con los objetos observados es lo que garantiza su efectividad. […] Precisamente esto último es lo que demuestra más poderosamente la vida de la imagen, ofreciendo la indicación más clara de la habilidad con la que fue hecha.

Todo esto nos obliga a pensar más detenidamente acerca de la visualización de la iconoclasia solamente en términos históricos o políticos. En ocasiones, los primeros resultan tan clamorosos que parecen anular las limitaciones de estos últimos. No es solo una cuestión relacionada con la persona concreta que representa la imagen. […] Nada de esto puede explicar adecuadamente la violencia con la que fueron eliminadas y las múltiples formas de destrucción de lo que parecía estar vivo aunque tan solo fuera, de hecho, una mera reproducción de lo real.

Siempre hay algo más. La voluntad de destruir una obra a menudo indica el empeño por negar que, en cierto modo, la imagen es algo viviente. Precisamente, es esta capacidad la que la convierte en algo peligroso, en objeto que precisa ser eliminado, mutilado y destruido. Los temas históricos no se pueden resolver al margen de los psicológicos.[ix]

The hashtag #BlackLivesMatter first appears, sparking a movement - HISTORY

Esto se aplica también a la iconoclastia del BLM. El intenso goce material o corporal –y no solo simbólico o metonímico– con que se destruyeron los monumentos confederados revela que hubo un componente psíquico más profundo en este accionar punitivo. Si por unos instantes no se sintiera inconscientemente que las estatuas del general Lee están vivas, el pasado y la política no serían suficientes para explicar tanta pasión y tanto celo iconoclastas. Llega un punto en que la psicología se vuelve irreductible a la historia y la sociología, por mucho que estas nos ayuden a comprender el comportamiento humano a la luz de factores económicos y culturales de carácter contextual.

Aunque la tormenta iconoclasta contra la Lost Cause amainó este año, con el demócrata y «progresista» Joe Biden de presidente, cabe esperar que recrudezca en cualquier momento, tan pronto como el BLM experimente un nuevo auge de protestas y revueltas. No hay de qué extrañarse: los lugares de memoria están saturados de ideología, y, por ende, de política. Cuando el consenso se diluye, cuando el conflicto social se agudiza y sale con ímpetu a la superficie, ¿cómo pretender que los monumentos confederados permanezcan al margen, a salvo? Menos aún si, en tanto obras de arte figurativas, calculadamente vívidas en su artilugio mimético, ejercen ese influjo irresistible de amor-odio que Freedberg llamó, con quirúrgica precisión semántica, the power of the images, el poder de las imágenes.

NOTAS

[i] Personaje imaginario que simboliza al Sur estadounidense en general, y a los antiguos Estados Confederados de América (1861-65) en particular. Se lo representa con chaqueta, pantalones y gorra de color gris –el uniforme que usaban los soldados sudistas–, y a menudo, sosteniendo un arma o la rebel flag. Su contraparte simétrica es Billy Yank, prosopopeya o personificación del Norte.

[ii] El tarring & feathering es una tradición de castigo popular, no oficial, típica de los países anglosajones, actualmente en desuso. Se lo practicaba con quienes transgredían los valores morales de la plebe: criminales, usureros, comerciantes especuladores, terratenientes abusivos, empresarios explotadores, rompehuelgas, adversarios políticos, funcionarios impopulares, policías o militares represores, recaudadores de impuestos, etc. Las víctimas eran inmovilizadas y desnudadas, rociadas con alquitrán de pino caliente y luego cubiertas con plumas, a modo de represalia y escarmiento, de humillación y escarnio públicos. Los orígenes de esta punición popular se remontan a la Inglaterra medieval. Fue muy utilizada por los rebeldes norteamericanos durante la revolución y guerra de Independencia, y también por los pioneros del Far West en el siglo XIX. Durante la centuria pasada fue perdiendo vigencia, hasta su virtual extinción.

[iii] La efeméride hace referencia a la abolición de la esclavitud en Texas, último baluarte esclavista del Sur en la guerra de Secesión. El 19 de junio de 1865, poco después de que el Ejército Confederado de Trans-Mississippi se rindiera, el general nordista Gordon Granger proclamó desde Galveston la liberación de toda la esclavatura texana, de por sí muy numerosa y recientemente acrecentada por la inmigración de plantadores sudistas exiliados desde el este: Alabama, Georgia, etc.

[iv] El monumento retrata al mítico general sudista montando a Traveller, su corcel más famoso. La escultura está hecha en bronce, y fue instalada en 1924, en pleno auge de la Lost Cause y del segundo Ku Klux Klan, cuando todo el Sur se llenó de monumentos confederados. Su autor es el artista plástico Henry Shrady, célebre por su estatua ecuestre del Gral. Grant frente al Capitolio, en Washington DC. Shrady murió prematuramente, y la obra debió ser concluida por otro escultor, el italiano Leo Lentelli.

[v] Nora, Pierre, Pierre Nora en Les liex de mémoire. Santiago de Chile, Trilce, 2009, pp. 24-25.

[vi] Freedberg, David, El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta. Madrid, Cátedra, 1992, p. 29.

[vii] Freedberg, Iconoclasia: historia y psicología de la violencia contra las imágenes. Bs. As., Sans Soleil, 2017, p. 15.

[viii] Ibid., p. 40.

[ix] Ibid., pp. 51-58.

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Comparto con mis lectores este interesante trabajo del historiador argentino Federico Mare sobre la llamada causa perdida (Lost Cause). Tras su derrota en la guerra civil, el Sur desarrolló una narrativa explicando su rebelión como una acto «autodeterminación». Es  así como, el conflicto civil para a sser representado como una guerra de independencia en la que el Sur luchaba por su libertad frente a la agresión del Norte. De acuerdo con los antiguos confederados, su rebelión no había sido causado por su deseo de mantener la esclavitud como la base económica de su sociedad, sino por su deseo de salvar su forma de vida y su «libertad».

Mare analiza muy bien el origen, desarrollo y significado del mito de la  Lost Cause, vinculándole con las actuales luchas raciales en Estados Unidos.


La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter

El 12 de agosto de 2017, una mujer murió asesinada en la ciudad sureña de Charlottesville, Virginia, a manos de un activista de extrema derecha, por reclamar la remoción de un monumento del general Robert Edward Lee. La noticia conmocionó a los Estados Unidos. Tras la tragedia, cobró impulso, en muchas partes del país, el movimiento anticonfederado de desmonumentalización. Numerosos memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas, etc., fueron retirados o vandalizados. Cuando parecía que la revuelta iconoclasta era cosa del pasado, el crimen de George Floyd en Mineápolis –perpetrado por la policía de Minnesota el 25 de mayo de 2020, en medio de la crisis pandémica– la revitalizó. Más aún: la potente caja de resonancia del Black Lives Matter (BLM), con sus protestas y puebladas masivas, le dio al movimiento desmonumentalizador una magnitud inédita, nunca antes alcanzada. El presente ensayo aborda un aspecto del imaginario cultural estadounidense que resulta clave para contextualizar y comprender estos sucesos.

No vaya a creerse que el revisionismo histórico de derecha es privativo de Argentina. Los Estados Unidos también tienen uno. Y goza, por cierto, de muy buena salud. Aquí, en estas latitudes australes desde donde escribo, el camino preferido de los historiadores revisionistas de derecha (Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta, Manuel Gálvez y epígonos) ha sido siempre la apología e idealización de Juan Manuel de Rosas y su época. Allá, en el país del Tío Sam, la senda predilecta de los revisionistas conservadores más recalcitrantes ha sido, tradicionalmente, la justificación ideológica y la evocación romántica del Viejo Sur, vale decir, el Sur del Antebellum (1783-1861) y de la guerra de Secesión (1861-65), así como del primer Ku Klux Klan y los redeemers en la era de la Reconstrucción (1865-77).

Historians to the Rescue! - Lawyers, Guns & Money

Esta tradición historiográfica recibe el nombre de Lost Cause of the Confederacy (causa perdida de la Confederación), o, más a menudo, simplemente Lost Cause. Sus fundadores fueron el periodista Edward Pollard (1832-1872), el general retirado Jubal Early (1816-1894) y el expresidente de los Estados Confederados Jefferson Davis (1808-1889). Luego vendrían muchos más, tanto a fines del siglo XIX y a lo largo del XX, como en lo que va del nuevo milenio. Pero Pollard, Early y Davis fueron los pioneros. Ellos sentaron las bases del revisionismo histórico sudista.

Su pathos es la nostalgia; su ethos, el panegírico. Hace gala de una retórica deslumbrante, pero el rigor científico no está entre sus mayores virtudes. Es un discurso plagado de tergiversaciones, omisiones y exageraciones tendenciosas, que nace y termina en la General Order No. 9, el discurso de despedida del general Lee a sus tropas, con motivo de la rendición del Sur. La sentimental General Order No. 9 es la musa inspiradora del relato de la Lost Cause, y también su lecho de Procusto.

Cuartel General, Ejército de Virginia del Norte, 10 de abril de 1865

Orden General

Nº 9

Después de cuatro años de arduo servicio marcado por un coraje y fortaleza insuperables, el Ejército de Virginia del Norte se ha visto obligado a rendirse ante las cifras y los recursos.

No necesito decir a los valientes supervivientes de tantas batallas combatidas, que han permanecido firmes hasta el final, que he consentido este resultado sin ninguna desconfianza hacia ellos, pero la sensación de que el valor y la devoción no podrían conseguir nada que pudiera compensar las pérdidas que supondría la continuación de la contienda, han hecho que decida evitar el inútil sacrificio de aquellos que prestaron servicios y se ganaron el afecto de sus compatriotas.

Según los términos del acuerdo, oficiales y hombres pueden regresar a sus hogares y permanecerán allí hasta el intercambio. Podéis estar satisfechos siendo conscientes del deber fielmente realizado; y yo sinceramente ruego que Dios misericordioso os bendiga y proteja.

Con una incesante admiración por vuestra constancia y devoción hacia vuestro país, y un recuerdo agradecido por vuestra consideración amable y generosa hacia mí, os saludo a todos con una cariñosa despedida.

R. E. Lee, General, Orden General nº 9.

La Lost Cause, la causa perdida de la Confederación, es la política de la memoria del supremacismo blanco sureño. La segregación racial institucionalizada (leyes de Jim Crow) que el movimiento de derechos civiles y el Black Power, en los 60, pusieron en crisis y lograron erradicar, lo mismo que la cultura racista de facto que ha pervivido hasta hoy en el Sur profundo (y no solo allí), reconocen, en aquella narrativa histórica mitologizada, un componente medular de su imaginario político y cultural. El relato es más o menos así:

Había una vez, en tiempos del Antebellum (antes de la guerra de Secesión), un Sur próspero, pacífico y feliz. Era una sociedad jerárquica, donde primaban el orden y la armonía. Un organismo sano donde cada órgano cumplía su función. Cada quien ocupaba su lugar en el viejo Dixie (Sur), y todos hacían lo que debían hacer, conforme a la ley natural y divina.

Archivo:1890s pre civil war scene.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

La cabeza, la élite blanca de los plantadores, gobernaba el cuerpo social con prudencia, sabiduría, probidad y todas las otras virtudes inherentes a la aristocracia. En justa recompensa por ello, la riqueza y el prestigio estaban en sus manos. Los gentlemen sureños eran hombres rectos y cultos, honorables y gallardos. Eran epítomes de la caballerosidad, y nada tenían que envidiarles a los nobles del Viejo Continente, aunque no detentaran títulos de nobleza. Poseían grandes plantaciones de algodón u otros cultivos, mansiones señoriales y muchos esclavos negros, a los que trataban paternalmente, con suma benignidad. Eran buenos patriotas y cristianos devotos (mayormente episcopales, es decir, anglicanos). Los más jóvenes, cortejaban a las Southern belles (bellezas sureñas) con su sofisticado arte de la galantería, cual cortesanos de Versalles en tiempos del Rey Sol.

Más abajo, la clase media: granjeros, artesanos, pequeños y medianos comerciantes, trabajadores de oficios, capataces, maestros de escuela, predicadores… Ciudadanos blancos de condición más modesta, gentes laboriosas y ahorrativas, de vida austera y sencilla. También eran –como los plantadores– buenos patriotas y cristianos devotos (bautistas sobre todo).

En la base de la pirámide social, la esclavatura, la gran masa de esclavos africanos y afrodescendientes. Negros fieles y obedientes, solícitos y diligentes, inocentes y felices, humildes y agradecidos. Y también ovejas mansas del Señor.

Es el Sur idílico, bucólico, que Dan Emmett, allá por 1859, inmortaliza en su canción Dixie, algo así como el canto del cisne de la cultura sureña del Antebellum; canción proesclavista compuesta en reacción a las críticas del abolicionismo Yankee, luego devenida, durante la guerra civil, en himno popular de la Confederación.

Me gustaría estar en la tierra del algodón

Los viejos tiempos allí no se olvidan […]

En Dixieland donde nací […]

Me gustaría estar en Dixie

Lejos, lejos

En Dixieland voy a tomar mi posición

Para vivir y morir en Dixie

Lejos, lejos, lejos hacia el sur, en Dixie.

Pero sigamos narrando el mito. Un día, el Norte tiránico, con sus abusos y agravios, con su prepotencia y agresividad, forzó al Sur a separarse de la Unión y declarar la guerra, en salvaguardia de sus derechos y modo de vida, de su libertad y dignidad (la defensa de la esclavitud fue una preocupación secundaria). La secesión era completamente legítima, pues no transgredía la letra y el espíritu de la Constitución estadounidense. Había que proteger a Dixie de Lincoln, el peor déspota populista que tuvo América en su historia.

Early, Jubal A. (1816–1894) – Encyclopedia Virginia

Los sureños eran mejores soldados. Combatían con más coraje y destreza que los Yankees. Sus generales, formados en West Point, eran los mejores estrategas de Norteamérica: Robert E. Lee, Albert Sidney Johnston, Thomas Stonewall Jackson… La mejor caballería era también la confederada. Pero los Yankees eran mucho más numerosos, y poseían más dinero, más tecnología, más industrias, más recursos. Sus generales (Grant, Sherman, Sheridan, etc.) eran desleales e inescrupulosos, ventajistas y crueles. El general Lee era infalible en sus decisiones estratégicas y tácticas, pero algunos de sus lugartenientes cometieron errores que se pagaron caro. Y así, la guerra civil la ganó finalmente el Norte.

El Sur quedó diezmado, devastado, empobrecido. Y durante largo tiempo, estuvo ocupado por las tropas federales, gobernado por interventores militares foráneos designados en Washington. Se anunció oficialmente, con bombos y platillos, que vendrían años de reparación y reconciliación para el Sur. Fue una cínica mentira. La llamada Reconstrucción resultó ser una época aún más funesta que la guerra civil, una época de opresión y corrupción, de despojo y subversión, de maltratos y humillaciones.

Los negros, desmadrados por la abolición de la esclavitud, pervertidos y soliviantados por la demagogia del ala radical del Partido Republicano (derogación de los Black Codes, otorgamiento de derechos civiles y políticos, promesas o iniciativas de reforma agraria como la forty acres and a mule, asistencialismo del Freedmen’s Bureau, farsa electoral, etc.), se entregaron a la vagancia, al alcoholismo y el libertinaje sexual, al robo y las usurpaciones de tierras, a la venganza y el crimen, a la politiquería sórdida del clientelismo y el fraude. Al volverse freedmen (libertos), los negros se depravaron por completo; y los antiguos amos, desamparados, quedaron expuestos a su revanchismo feroz, a menudo sangriento.

Dixie, además, se llenó de carpetbaggers, blancos norteños que venían a hacer su agosto: funcionarios demagógicos del Partido Republicano, oficiales sedientos de promoción rápida, maestros y médicos de ideas extremistas, ministros religiosos abolicionistas, periodistas y reformadores radicalizados, mercachifles oportunistas, leguleyos deshonestos y otros forasteros advenedizos… Todos ellos tenían un mismo modus operandi: caían de repente y con vehemencia, como una plaga de langostas, como una invasión de harpías; lucraban con rapacidad, devorándolo todo; y cuando nada más quedaba por engullir, desaparecían en un abrir y cerrar de ojos, con sus inmundas carpet bags (maletas de viaje ordinarias hechas con alfombra reciclada) repletas de dólares mal habidos.

El infortunio, para colmo, se vio agravado por blancos sureños traidores que, movidos por el interés y la codicia, se incorporaron al Partido Republicano y prestaron su activa colaboración a los intrusos Yankees, obteniendo una buena tajada por su defección: los scalawags. Con su proceder digno de Judas, se ganaron el desprecio y el odio de la gente sureña de bien.

Hasta que un día, Dixie se puso de pie. Muchos ciudadanos blancos, disconformes con la Reconstrucción, añorando los tiempos del Antebellum, empezaron a unirse y organizarse. Eran los redeemers, los redentores del Sur. Hombres principistas, abnegados, lucharon con denuedo por su tierra natal. Sus objetivos eran nobles: restituir a los estados sureños su autonomía política perdida, y restaurar la paz social implantando un nuevo régimen de supremacía blanca. No pocos redeemers tomaron las armas, y nucleados en una hermandad secreta llamada Ku Klux Klan –digna emulación de los templarios, los cruzados y los caballeros del Rey Arturo– combatieron con heroísmo a los enemigos de Dixie: negros bellacos, carpetbaggers execrables y scalawags predestinados al noveno círculo del infierno dantesco.

La lucha pronto dio sus frutos. Las odiosas tropas Yankees fueron evacuadas. Los republicanos radicales acabaron siendo desalojados del poder por los demócratas borbónicos (conservadores). Los estados sureños volvieron a autogobernarse. Las leyes de Jim Crow, sin restablecer el esclavismo clásico del Antebellum (la transformación de la esclavatura en mano de obra asalariada no tuvo marcha atrás), garantizaron al menos la vigencia de un orden jerárquico aggiornado, basado en la diferenciación y separación de las razas. Y así, por fin, Dixie volvió a ser una sociedad armónica y feliz.

Thomas Nast: His Period and His Pictures (1904) Part 7 — DonkeyHotey

Esta tradición historiográfica tan alejada de la realidad, tan cercana al mito, empezó a formarse no bien concluyó la guerra civil, con el discurso de despedida del general Lee en Appomattox. Fue creciendo, poco a poco, con la efeméride del Confederate Memorial Day, cada 26 de abril; con la aparición de artículos y libros revisionistas, como la obra señera de Pollard The Lost Cause (1866); con la proliferación de asociaciones conmemorativas (Veteranos Confederados Unidos e Hijas Unidas de la Confederación, entre otras); con la construcción de monumentos a los próceres militares y civiles del Sur separatista, como Lee, Stonewall Jackson y Davis (especialmente los de la Monument Avenue, en Richmond); con la inauguración, en 1896, del Museo de la Guerra Civil Estadounidense. Hacia principios del siglo XX, la tradición de la Lost Cause ya había alcanzado su madurez, y estaba firmemente arraigada en el imaginario blanco sureño. Las artes de la época (literatura, teatro, música, pintura, etc.), con su nostalgia omnipresente del viejo Dixie, con su épica marcial del uniforme gris y la rebel flag, así lo evidencian.

Lost Cause of the Confederacy - Wikipedia

El 3 de junio de 1907, con motivo del 99º aniversario del natalicio de Jefferson Davis (el único presidente que tuvieron los Estados Confederados de América en su corta existencia de cuatro años), se realizó un desfile a caballo por las calles de Richmond, Virginia, la antigua capital del Sur secesionista. Fue un acto multitudinario, cuidadosamente organizado, de gran colorido y solemnidad. Miles de añosos veteranos de la Confederación, pulcramente ataviados con sus uniformes de gala y condecoraciones de guerra, cabalgaron hasta el Jefferson Davis Monument enarbolando un sinnúmero de banderas rebeldes, con sus trece estrellas blancas y su cruz azul de San Andrés recortada sobre fondo rojo. Muchas esposas, viudas e hijas de soldados confederados participaron del homenaje. Desafiando el paso del tiempo, el general retirado George Washington Custis Lee, hijo mayor de Robert E. Lee, encabezó el desfile. Tenía a la sazón 74 años de edad. Asumió complacido, orgulloso, el rol que todos esperaban de él: ser una reliquia viviente del Viejo Sur en pleno siglo XX. Una periodista virginiana, Edyth Gertrude Carter Beveridge, capturó con su cámara, para la posteridad, esta conmemoración patriotera rayana en lo grotesco.

The end of the South's Religion of the Lost Cause (COMMENTARY)El relato de la Lost Cause vino a cumplir, en los Estados Unidos de la posguerra civil, una doble función ideológica de importancia capital. Por un lado, religó al Nuevo Sur con el Viejo, exorcizando los sentimientos de culpa, vergüenza y desánimo de muchos sureños blancos. Por otro, reconcilió al Nuevo Sur con el resto del país, y al resto del país con el Nuevo Sur. Recapitulemos sus premisas: 1) la esclavitud no había sido tan mala después de todo, debido a su carácter paternalista; 2) fue la defensa de las autonomías estaduales, más que los intereses creados de los plantadores, lo que condujo a la secesión y la guerra civil; 3) los sureños se escindieron de la Unión no por gusto, sino obligados por las circunstancias; 4) la victoria del Norte fue más demográfica, tecnológica y económica que propiamente militar; 5) el Gral. Lee nunca cometió un error, aunque sí algunos de sus subalternos; 6) los soldados y oficiales confederados merecen el respeto y la admiración de todos –incluso de sus antiguos enemigos– por su valentía, eficiencia, honorabilidad y patriotismo; 7) la política republicana de Reconstrucción, presa del radicalismo, incurrió en demasiados excesos e injusticias; 8) finalizada la ocupación militar, los redeemers pusieron las cosas en su lugar; 9) la violencia del KKK fue en legítima defensa; 10) el nuevo orden sureño del separate but equal (separados pero iguales) consiguió pacificar y armonizar la convivencia de razas, sin transgredir la Enmienda XIV de la Constitución. Pocas veces la historiografía moderna ha estado tan saturada de mitopoiesis, tan abocada a la idealización y falsificación del pasado, como en las narrativas de la Lost Cause.

Muere el último galán que quedaba vivo de 'Lo que el viento se llevó' |  Cultura | Cadena SEREl romanticismo de la Lost Cause dejó una huella indeleble en la literatura y el cine estadounidenses del siglo XX. Lo encontramos, tempranamente, en la trilogía novelística de Thomas Dixon sobre la Reconstrucción, publicada entre 1902 y 1907: The Leopard’s SpotsThe ClansmanThe Traitor. Y más tarde, en la saga que Faulkner le dedicó a los Sartoris, igual que en Lo que el viento se llevó (1936), la obra cumbre de Margaret Mitchell. Lo hallamos también en películas emblemáticas de Hollywood como El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, basada en la precitada trilogía de Dixon, donde los clansmen, los encapuchados del KKK, idealizados cual paladines de un cantar de gesta medieval, realizan épicas cabalgatas al son del Walkürenritt de Wagner, y ajustician a un negro facineroso que trató de violar a una joven blanca de angelical inocencia. Y lo encontramos, desde luego, en la célebre adaptación cinematográfica que Victor Fleming hizo del bestseller de Mitchell, estrenada en el 39. No podemos olvidarnos, tampoco, de Gods & Generals, tanto en su versión novelística original de Jeff Shaara, que data de 1993, como en su versión fílmica ulterior de Ronald F. Maxwell, que vio la luz en 2003.

Añadamos a la lista los innumerables westerns revisionistas cuyos héroes son veteranos del Ejército confederado, o bushwhackers (guerrilleros sudistas) prófugos, que emigran al Lejano Oeste en busca de supervivencia, libertad o aventuras: vaqueros, pistoleros, bandoleros, justicieros, etc., siempre envueltos en un seductor halo romántico asociado a su «sureñidad» rebelde. Un buen ejemplo es el film El fugitivo Josey Wales (1976), dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, basado en la novela de Forrest Carter The Rebel Outlaw: Josey Wales (1972). Al inicio de la película, Josey, un apacible granjero de Misuri, decide unirse a la bushwhacking (guerrilla confederada) luego de que una banda de rufianes jayhawkers (partisanos nordistas) incendia su granja y mata a su familia.

Norte y Sur”, para todos los públicos. | DessjuestLa TV estadounidense también rindió tributo a la Lost Cause, y no pocas veces. Mencionemos, como botón de muestra, la serie Norte y Sur de David L. Wolper, exhibida por primera vez a mediados de los 80 en la pantalla de la ABC. La tira, basada en la trilogía novelística de John Jakes, se hace eco, a través de Orry Main (Patrick Swayze) y otros personajes, de muchos de los mitologemas y estereotipos más arraigados acerca del viejo Dixie: la caballerosidad sureña, las Southern belles, la magnificencia aristocrática de la plantación, el esclavismo benévolo, el heroísmo sobrehumano de los soldados confederados, la abnegación patriota de las ladies sureñas, el extremismo de los abolicionistas norteños, etc. A decir verdad, Norte y Sur no es rabiosamente sudista y confrontativa, sino salomónicamente equidistante y conciliatoria. Muestra también que había plantadores crueles, esclavos infelices, blancos sureños insatisfechos con la esclavitud y muchos Yankees de buen corazón. Norte y Sur retrata la guerra de Secesión como un inexorable choque de civilizaciones muy distintas, en más de un aspecto diametralmente opuestas. Pero en el fondo, hermanadas por una misma nacionalidad: la estadounidense. Civilizaciones que, por lo demás, con sus luces y sombras, resultan ambas entrañables, queribles por igual, si nos esforzamos en comprender sus cosmovisiones y modos de vida, sin caer en los extremos de los esclavistas más obtusos y los abolicionistas más fanáticos… La serie de Wolper es un ejemplo paradigmático de cómo las narrativas de la Lost Cause consiguieron reconciliar al Nuevo Sur con el resto de los Estados Unidos, y viceversa.

Ni siquiera la ciencia ficción más fantasiosa logró sustraerse a los cantos de sirena de la Lost Cause. John Carter, el personaje de la serie marciana de Edgar Rice Burroughs (uno de los héroes pulp fiction más populares, probablemente el más emblemático del subgénero sword & planet), es un caballero sureño de pura cepa, orgulloso de su patria chica y de su veteranía como oficial de caballería del general Lee. En sus andanzas por el planeta Barsoom (Marte), a muchos millones de kilómetros de la Tierra, insiste en presentarse ante los marcianos como el capitán (confederado) John Carter de Virginia, sin hacer alusión a su condición terrícola y humana, ni a su nacionalidad estadounidense, obviando el hecho de que su rango militar es sólo una remembranza (la guerra de Secesión había terminado, los Estados Confederados de América ya no existían más y el Ejército de Virginia del Norte tampoco). Rice Burroughs creó este personaje hacia 1911, en pleno revival de la «sureñidad» neoconfederada, cuando –por caso– la educadora e historiadora Miss Millie Rutherford, integrante conspicua de las Hijas Unidas de la Confederación, lideraba una cruzada que propugnaba la reescritura –en clave sudista– de los manuales escolares de historia. El apego tozudo, casi petulante, del capitán Carter a la identidad virginiana, a la mística confederada, está reflejado, asimismo, en la adaptación cinematográfica de Andrew Stanton, lanzada por Disney en 2012.

Todas las obras mencionadas en los párrafos precedentes, amén de reflejar en sus tramas el imaginario de la Lost Cause, han contribuido decisivamente a masificarlo y naturalizarlo, sobre todo la superproducción de Fleming, acaso el largometraje más famoso en la historia del cine. Resulta difícil exagerar el daño político que este arte nostálgico del viejo Dixie, independientemente de sus méritos o deméritos estéticos, le ocasionó al movimiento afroamericano de derechos civiles con su retahíla de mitos y estereotipos racistas.

El film Lo que el viento se llevó es elocuente en su adhesión al supremacismo blanco sureño, aun cuando dicho supremacismo esté sensiblemente atemperado –por razones oportunistas de marketing– respecto al libro de Mitchell, carente por completo de corrección política. Aparecen house negroes (negros domésticos) bonachones y joviales que no necesitan –ni quieren– ser emancipados de la esclavitud, Yankees invasores más malvados que Satanás, carpetbaggers scalawags corruptos, freedmen pervertidos por la demagogia radical, etc. etc.

Carpetbagger - Wikipedia, la enciclopedia libre

Caricatura donde el KKK amenaza con linchar a los Carpetbaggers, en Tuscaloosa, Alabama, Independent Monitor, 1868. Wikipedia

No sólo eso: la segunda parte del largometraje contiene referencias subrepticias al Ku Klux Klan que distan mucho de ser negativas. Frank Kennedy (Carroll Nye), Ashley Wilkes (Leslie Howard) y otros caballeros sureños de Georgia, hombres de bien que están hartos de los atropellos de la Reconstrucción, asisten a «misteriosos» conciliábulos… David Selznick, el productor de la película, les pidió a los guionistas que evitaran hacer mención expresa al KKK, una organización clandestina y terrorista que, no obstante hallarse en declive a fines de la década del 30, seguía existiendo y generando polémica. Pero la escena está, y a nadie se le escapó su significado, pues la novela de Mitchell –galardonada con un Pulitzer– era un éxito colosal de ventas desde hacía más de tres años; y en ella, la participación de Frank, Ashley y los demás gentlemen de Atlanta en la sociedad secreta de los encapuchados está no sólo explicitada, sino también narrada con tintes románticos.

De modo que, como dice el refrán, a buen entendedor, pocas palabras. El film Lo que el viento se llevó despliega, durante sus casi cuatro horas de duración, un racismo insidioso por demás eficaz en su interpelación ideológica.

La vitalidad que el movimiento neoconfederado de la Liga del Sur exhibe actualmente en Alabama y otros estados meridionales, lo mismo que la contumaz persistencia del KKK, demuestran cuánto éxito tuvieron los narradores de la Lost Cause a la hora de modelar la subjetividad de su público. También lo demuestran, por supuesto, la tragedia de Charlottesville, protagonizada por la coalición de ultraderecha Unite The Right, y la virulenta resistencia al movimiento de desmonumentalización del pasado confederado, que tantos logros y repercusión ha cosechado estos últimos años, con la oleada de remociones y vandalizaciones de memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas y otros símbolos del rancio Dixie separatista. La ideología sureña del supremacismo blanco no hubiese llegado tan lejos sin el concurso de la Lost Cause; mito reaccionario que ya tiene a sus espaldas un siglo y medio de historia.

La tarde del jueves 4 de abril de 1968, en el Lorraine Motel de Memphis, Tennessee, un francotirador segregacionista apostado en el baño gatilló su Remington 760. La bala dio en el blanco, a 60 metros de distancia: un afroamericano de mediana edad que tomaba aire en el balcón del segundo piso, muy cerca de la habitación 306 donde estaba hospedado. La víctima, impactada de lleno en la cabeza, se desplomó en el suelo. Fue un magnicidio. El afroamericano en cuestión era nada menos que un nobel de la paz, el máximo referente del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos: Martin Luther King. Ya no haría más giras, ni pronunciaría más discursos.

El arma que le arrebató la vida a Martin Luther King en centésimas de segundo fue cargada con odio racial durante más de 150 años. Ese odio sería ininteligible, imposible de comprender, sin el ideologema de la causa perdida de la Confederación. Hay que tener esto presente cada vez que nuestra cinefilia, por inercia o placer, nos haga volver a ver Lo que el viento se llevó. Si este ensayo ha servido para comprender por qué el BLM ha dedicado tanto tiempo y energía, tanta pasión, a remover o destruir los monumentos confederados del Sur, entonces ha cumplido con su misión. La saña iconoclasta, por muy excéntrica e inexplicable que nos parezca, siempre esconde un por qué.

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The Black Church: This Is Our Story, This Is Our Song: Gates Jr., Henry  Louis: 9781984880338: Amazon.com: BooksEl pasado 2 de junio el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates Jr. conversó sobre su más reciente libro  con Jim Basker, presidente del Gilder Lehrman Institute of American History. Titulado The Black Church: This is our This is Our Song, el libro de Gates explora los 400 años de historia de la iglesia negra en Estados Unidos, y el papel que ésta ha jugado en la historia de la comunidad afroamericana. Este libro acompaña a una serie de televisón del mismo título.

El Dr. Gates es profesor en la Universidad Alphonse Fletcher y director del Hutchins Center for African and African American Research en Harvard Univeristy. Con una carrera de más de cuarenta años, Gates es uno de los estudiosos de la historia y la literatura afroamericana  más destacados y mediáticos. Entre sus libros destacan In Loose Canons: Notes on the Culture Wars (1992), Speaking of Race, Speaking of Sex: Hate Speech, Civil Rights, and Civil Liberties (1994), Colored People: A Memoir (1994), The Future of the Race (1996), Thirteen Ways of Looking at a Black Man (1997), The Trials of Phillis Wheatley: America’s First Black Poet and Her Encounters with the Founding Fathers (2003), America Behind the Color Line: Dialogues with African Americans (2004), In Search of Our Roots (2009) y Stony the Road: Reconstruction, White Supremacy, and the Rise of Jim Crow (2019).

Gates también ha participado en varios documentales de televisión  emitidos por el Public Broadcasting Service (PBS). Fue presentador de las series African American Lives (2006-08), Faces of America (2010) y Finding Your Roots (2012-). Otros de sus trabajos teleivisivos incluyen  la miniserie documental Wonders of the African World (1999), Black in Latin America (2011), The African Americans: Many Rivers to Cross (2013) y Reconstruction: America After the Civil War (2019).

Quienes estén interesados en esta conversación pueden ir aquí.

A Conversation with Henry Louis Gates, Jr. - June 2nd, 2021 on Vimeo

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El pasado 31 de mayo conmemoramos 100 años de la masacre de Tulsa, Oklahoma.  Ese día una turba de supremacistas blancos atacaron a la vigorosa y existosa comunidad afromericana de dicha ciudad, matando a por lo menos 300 personas. Durante unas 18 horas los blancos mataron, quemaron y saquearon. Ese día fue destruida toda una sección de la ciudad, 35 cuadras donde ubicaban residencias, teatros, consultorios médicos, escuelas, hospitales, salas de cine, floristerías, etc. Toda una comunidad fue destruida.

El centenario de este acto de terrorismo racial generó toda una serie de actividades y publicaciones de todo tipo. Curiosamente, uno de los escritos conmemorativos que más me impresionó no fue producto del trabajo de un historiador, sino de un actor de cine. En este artículo de Tom Hanks publicado en el New York Times, se subraya la necesidad de sociedad estadounidense de un conocimiento más crítico de su historia y, en especial, de la violencia racial que la ha caracterizado.


Deben saber la verdad sobre la masacre racial de Tulsa

Tom Hanks

New York Times   7 de junio de 2021

Me considero un historiador aficionado que habla demasiado en las cenas con amistades, en las que inicio conversaciones con preguntas como: “¿Sabías que el canal de Erie es la razón por la que Manhattan se convirtió en el centro económico de Estados Unidos?”. Algunos de los proyectos en los que trabajo son obras de entretenimiento basadas en hechos históricos. ¿Sabían que el segundo presidente estadounidense alguna vez defendió en un tribunal a los soldados británicos que les dispararon a muerte a los bostonianos coloniales y que logró que la mayoría quedara libre de castigo?

Según recuerdo, cuatro años de mi educación incluyeron estudios de historia estadounidense. Los grados quinto y octavo, dos semestres en el bachillerato, tres cuartas partes del programa que cursé en una universidad comunitaria. Desde entonces, he leído textos de historia por placer y he visto documentales como primera opción. Muchas de esas obras y esos libros académicos narraban las vivencias de gente blanca y la historia blanca. Las pocas figuras negras —Frederick Douglass, Harriet Tubman, el reverendo Martin Luther King Jr.— eran aquellas que habían logrado mucho a pesar de la esclavitud, la segregación y las injusticias institucionales en la sociedad estadounidense.

Sin embargo, pese a todo lo que he estudiado, jamás leí una sola página en ningún libro escolar de historia sobre cómo, en 1921, una muchedumbre de personas blancas incendió un lugar conocido como el Black Wall Street, asesinó a 300 de sus ciudadanos negros y desplazó a miles de afroestadounidenses que vivían en Tulsa, Oklahoma.

Lo mismo le ha ocurrido a mucha gente: en su mayoría, la historia la escribían personas blancas que se basaban en personas blancas, como yo, mientras que la historia de las personas de color —incluidos los horrendos disturbios de Tulsa— se excluía muy a menudo. Hasta hace relativamente poco tiempo, la industria del entretenimiento, que ayuda a determinar qué forma parte de la historia y qué queda en el olvido, hacía lo mismo. Eso incluye proyectos en los que yo participé. Yo sabía sobre el ataque al Fuerte Sumter, la batalla de Little Bighorn y el ataque a Pearl Harbor, pero no supe nada sobre la masacre de Tulsa sino hasta el año pasado, gracias a un artículo de The New York Times.

Tulsa 1921, la masacre racista de la que nos enteramos por Watchmen —  Agente Provocador

En vez de enterarme de eso, en mis clases de historia aprendí que la Ley del Sello en el Reino Unido contribuyó al motín del té, que “nosotros” éramos un pueblo libre porque la Declaración de Independencia decía que “todos los hombres son creados iguales”. Que la rebelión del whiskey comenzó por un impuesto al whiskey. Que los Artículos de la Confederación y las Leyes de Extranjería y Sedición fueron esfuerzos absurdos. Con justa razón, mis clases dedicaron tiempo a Sacco y Vanzetti, al Partido Progresista de Teddy Roosevelt y a los hermanos Wright. Nuestros libros de texto contaban la historia de la compra de Luisiana, de la inundación de Johnstown, Pensilvania, del gran terremoto de San Francisco y de George Washington Carver y los cientos de productos que desarrolló a partir del cacahuate.

Pero Tulsa jamás figuró más que como una ciudad en la pradera. En uno de esos años escolares, se le dedicaron unos párrafos a la primera marcha para colonizar las tierras no asignadas, conocida como Oklahoma Land Rush, pero la quema en 1921 de la población negra que vivía ahí nunca se mencionó. Desde entonces, me he percatado de que tampoco hubo mención de la violencia, tanto a pequeña como a gran escala, contra las comunidades negras, sobre todo entre el final de la Reconstrucción y las victorias del movimiento por los derechos civiles; no se contaba nada de la matanza de residentes negros en Slocum, Texas, a manos de una turba de personas blancas en 1910 ni del Verano Rojo de terrorismo supremacista blanco en 1919. A muchos estudiantes como yo se nos decía que el linchamiento de estadounidenses negros era una tragedia, pero no que estos asesinatos públicos eran comunes y que a menudo eran elogiados por los periódicos y las fuerzas de seguridad locales.

Red Summer of 1919 Flashcards | Quizlet

Para un niño blanco que vivió en vecindarios blancos de Oakland, California, mi ciudad en los años sesenta y setenta parecía un lugar diverso e integrado, aunque a veces se sentía tenso y polarizado, algo que quedaba claro en muchos autobuses del transporte público. La división entre el Estados Unidos blanco y el negro se veía tan sólida como cualquier frontera internacional, incluso en una de las ciudades más integradas de la nación. Las escuelas Bret Harte Junior High y Skyline High School tenían estudiantes asiáticos, latinos y negros, pero la mayoría del alumnado de esos institutos era blanco. Ese no parecía ser el caso en otros bachilleratos públicos de la ciudad.

Nos dieron clases sobre la Proclamación de Emancipación, el Ku Klux Klan, el audaz heroísmo y los buenos modales de Rosa Parks, e incluso sobre la muerte de Crispus Attucks en la masacre de Boston. Partes de ciudades estadounidenses habían ardido en llamas en distintos momentos desde los disturbios de Watts en 1965, y Oakland era la sede del Partido Pantera Negra y del centro de inducción de reclutas de la era de la guerra de Vietnam, así que la historia se desarrollaba justo frente a nuestros ojos, en nuestra propia ciudad. Los problemas eran innumerables, las soluciones teóricas, las lecciones escasas y los titulares incesantes.

La verdad sobre Tulsa y la reiterada violencia de algunos estadounidenses blancos contra estadounidenses negros se ignoraba de manera sistemática, tal vez porque se consideraba una lección demasiado honesta y dolorosa para nuestros jóvenes oídos blancos. Por lo tanto, las escuelas predominantemente blancas no la incluían en sus temarios, las obras de ficción histórica dirigidas a las masas no la revelaban y la industria en la que elegí trabajar no abordó esos temas en películas ni en series sino hasta hace poco. Al parecer, los profesores y los directivos escolares blancos omitían el tema incendiario por el bien del statu quo —si acaso sabían sobre la masacre de Tulsa, porque algunos seguramente no estaban enterados de ella—, con lo que pusieron los sentimientos blancos por encima de la experiencia negra y, en este caso, literalmente por encima de las vidas negras.

KGOU Readers Club - Tulsa 1921: Reporting a Massacre | KGOU

¿Cómo habría cambiado nuestra perspectiva si a todos nos hubieran hablado de lo ocurrido en Tulsa en 1921 desde el quinto grado? Hoy en día, esta omisión me parece trágica, una oportunidad desperdiciada, un momento valioso de enseñanza malgastado. Cuando las personas escuchan sobre el racismo sistémico en Estados Unidos, el mero uso de esas palabras suscita la ira de aquellas personas blancas que insisten en que desde el 4 de julio de 1776 todos hemos sido libres, que todos fuimos creados de la misma manera, que cualquier estadounidense puede volverse presidente y tomar un taxi en el centro de Manhattan sin importar el color de su piel, que, en efecto, el progreso estadounidense hacia la justicia para todos quizá sea lento pero es persistente. Díganles eso a los sobrevivientes de Tulsa, que ahora tienen 100 años de edad, y a su descendencia. Y cuenten la verdad a los descendientes blancos de aquellos que estuvieron en la multitud que destruyó Black Wall Street.

Actualmente, pienso que las obras de ficción basadas en hechos históricos con fines de entretenimiento deben retratar el yugo del racismo en nuestra nación por el bien de las pretensiones de verosimilitud y autenticidad de esta forma de arte. Hasta hace poco, la masacre racial de Tulsa no se veía en películas ni programas de televisión. Gracias a varios proyectos que ahora están en plataformas de emisión en continuo, como Watchmen y Lovecraft Country, este ya no es el caso. Tal como otros documentos históricos que mapean nuestro ADN cultural, estas obras reflejarán quiénes somos realmente y ayudarán a determinar cuál es nuestra historia completa y qué es lo que debemos recordar.

Hollywood Is Finally Shining a Light on the Tulsa Race Massacre -- Right  When We Need It Most | Entertainment Tonight

¿Acaso nuestras escuelas deben enseñar lo que de verdad pasó en Tulsa? Sí, y también deben frenar la lucha para diseñar los planes de estudio de manera que se omitan injusticias raciales históricas con el argumento de evitar la incomodidad de los estudiantes. La historia de Estados Unidos es complicada, pero el conocimiento nos hace personas más sabias y fuertes. Lo sucedido en 1921 es una verdad, un portal hacia nuestra paradójica historia compartida. No se permitió la existencia de un Wall Street afroestadounidense; se redujo a cenizas. Más de 20 años después, ganamos la Segunda Guerra Mundial a pesar de la segregación racial institucionalizada. Más de 20 años después de eso, las misiones del programa Apolo pusieron a 12 hombres en la Luna mientras que otros luchaban para poder votar, y la publicación de los papeles del Pentágono demostró hasta qué grado están dispuestos a mentirnos sistemáticamente nuestros funcionarios electos. Cada una de estas lecciones es una crónica de nuestra búsqueda de estar a la altura de la promesa de nuestra tierra, de nuestro intento de contar verdades que, en Estados Unidos, deben considerarse más que evidentes.

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En términos generales, la segunda guerra mundial debilitó las barreras que limitaban a los grupos minoritarios y a las mujeres en los Estados Unidos. La demanda de soldados y trabajadores,   unida a la movilidad que provocó la guerra, posibilitaron un relajamiento de las limitaciones raciales y de género. Sin embargo, esto no significó el fin del racismo ni del machismo. De ahí que una vez finalizada la guerra se fortalecieran algunas de las barreras debilitadas por ésta. Es necesario concluir que, para las mujeres y las minorías étnicas, la guerra fue un periodo de considerable progreso no sólo económico, sino también social. Sólo para los japoneses-americanos la guerra fue un periodo trágico.

La demanda de mano de obra provocó un aumento en la emigración de afro-americanos de las áreas sureñas a las ciudades industriales.  Este proceso mejoró las condiciones de vida de miles de afro-americanos, pero también generó tensiones raciales, en ocasiones violentas. Por ejemplo, en 1943 se registraron motines raciales en Detroit que costaron la vida de 35 personas, 24 de ellas negras. Las organizaciones afro-americanas redoblaron sus esfuerzos en sus lucha contra la segregación racial. La segregación en las  fuerzas armadas fue tema muy delicado. A los afro-americanos se les cerró el acceso a la fuerza aérea y la marina de guerra, y se les asignó a unidades exclusivamente de negros. Para finales de la guerra, algunos campos de entrenamiento habían sido integrados  parcialmente y a los afro-americanos se les permitía servir en barcos de guerra junto a marinos blancos. Estos cambios no fueron fáciles, pero sí significativos.

Comparto un artículo de Carlos Hernández-Echevarría analizando las experiencias de los afroestadounidenses, peleando por la «libertad» y la «democracia» en un ejército segregado.


Miembros del escuadrón Tuskegee en Ramitelli, Italia, marzo de 1945.
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Segregados: soldados afroamericanos en la II Guerra Mundial

CARLOS HERNÁNDEZ-ECHEVARRÍA

La Vanguardia   6 de agosto de 2020

En la célebre imagen de los seis soldados estadounidenses plantando su bandera en Iwo Jima no hay ningún negro. Tampoco entre las famosas once fotos que tomó Robert Capa durante la primera oleada del desembarco de Normandía. Y no es que no hubiera ningún afroamericano en la lucha: más de un millón sirvieron en el ejército de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial, pero lo hicieron en un ejército en el que la segregación por razas era tan estricta como en el sur del país.

A la inmensa mayoría de los negros se les destinó a labores esenciales, pero menores: enterraban cadáveres, conducían camiones, reparaban tanques, cocinaban, limpiaban… y los pocos que sí tuvieron la oportunidad de entrar en combate, lo hicieron en unidades donde solo había negros. Del puñado de afroamericanos que alcanzó el grado de oficial, a ninguno se le permitió mandar sobre un blanco, aunque fuera un simple recluta.

Soldados negros almacenando munición en una isla de las Vanuatu, en el Pacífico sur, c. 1941-45.

Soldados negros almacenando munición en una isla de las Vanuatu, en el Pacífico sur, c. 1941-45.
 Dominio público

EE.UU. luchó una guerra contra los peores regímenes racistas con unas fuerzas armadas en las que el racismo era rampante, y, cuando vencieron, los victoriosos soldados negros que habían devuelto a medio mundo la libertad, regresaron a un país donde seguían siendo ciudadanos de segunda. Y fueron ellos, los veteranos negros de la Segunda Guerra Mundial, los que en buena parte levantaron el movimiento por los derechos civiles que puso fin a la segregación un par de décadas más tarde.

Un ejército blanco antes de Pearl Harbor

Empezando por la misma guerra de Independencia, los afroamericanos han luchado en todas las contiendas en las que ha participado EE.UU. Sin embargo, cuando estalló el conflicto en Europa en 1939, las fuerzas armadas del país eran casi enteramente blancas: apenas el 1% de los militares, unos 4.000, eran negros y solamente 12 habían alcanzado el rango de oficial. El Ejército solo los aceptaba en cuatro de sus unidades, la Armada solo les permitía trabajar en las cocinas y los Marines no tenían un solo soldado negro.

Todo esto empezó a cambiar, como casi siempre, por una mezcla de presión y necesidad. Un año antes del ataque japonés en Pearl Harbor, el gobierno de EE.UU. empezó a organizar un sistema nacional de reclutamiento ante el temor a una guerra. Aunque su propio ministro de Defensa había dicho que “el alistamiento de negros desmoralizará a las unidades y debilitará su efectividad mezclando a blancos y negros”, la presión de las organizaciones a favor de los derechos civiles obligó al presidente Roosevelt a llegar a una solución de compromiso.

A principios de 1940 decidió eliminar los límites al número de militares negros y, ante la amenaza de una manifestación masiva en Washington, prohibió por decreto la discriminación racial en la industria de defensa. Sin embargo, las desigualdades más profundas persistían: la segregación se mantenía intacta, con negros y blancos sirviendo en unidades separadas, y los oficiales afroamericanos no podían mandar salvo a otros negros. Cuando se anunció la medida, se especificó que los cambios no pretendían en ningún caso “que se entremezclen reclutas negros y blancos en los mismos regimientos”.

Un policía militar en moto ante la entrada para negros de este cuerpo en Columbus, EE.UU., 1942.

Un policía militar en moto ante la entrada para negros de este cuerpo en Columbus, EE.UU., 1942.
 Dominio público

Como ha sucedido siempre en la historia de la segregación racial, “separados” es en realidad un eufemismo para decir “discriminados”. La gran mayoría de los centros militares de entrenamiento estaban en el Sur, donde se exigía a los reclutas que cumplieran las leyes segregacionistas, pero la discriminación estaba también muy presente en el interior de las propias bases.

Por poner un ejemplo, el sargento afroamericano Henry Jones denunciaba en 1943 que, de las mil butacas del teatro de su base, se permitía a los negros ocupar 20 en la última fila. Tampoco podían usar otros espacios segregados y apenas podían sentarse en un puñado de asientos en el autobús, lo que les obligaba a ir caminando a todos sitios.

Ese racismo tan asentado tenía consecuencias mucho más allá del entrenamiento. Un estudio de la Escuela de Guerra del Ejército de EE. UU. había declarado en 1925 que los soldados afroamericanos eran “descuidados, inestables, irresponsables” y también “inmorales y mentirosos”. Con ese pretexto, se les destinaba en la inmensa mayoría de los casos no a unidades de combate, sino a tareas manuales. El mismo informe defendía que los negros “se consideran de forma natural inferiores”, y, por tanto, ni siquiera los que alcanzaran el rango de oficial podrían mandar a blancos.

Los héroes negros de la Segunda Guerra Mundial

La realidad se iba a encargar de desmentir todas esas falsedades. Incluso esa gran mayoría que servía en unidades de mucho trabajo y poco prestigio demostró su valía. Los conductores negros de los camiones que formaban el llamado “Expreso de la bola roja” fueron fundamentales para mantener en lucha a los tanques del general Patton a través de Europa. Durante más de ochenta días y en viajes de ida y vuelta de más de cincuenta horas, cruzaron Francia una y otra vez, conduciendo sin faros durante la noche para no dar pistas a los aviones nazis y sorteando las minas como podían.

Los pocos que sí pudieron servir en unidades de combate 100% negras también mostraron lo equivocados que estaban los expertos de la Escuela de Guerra. Los aviadores de Tuskegee, el primer “experimento” militar en que los militares permitieron la formación de pilotos negros, volaron en más de 15.000 misiones escoltando bombarderos y su pericia les valió más de 150 condecoraciones.

Lo mismo se puede decir del Batallón de Tanques 161, que liberó más de treinta ciudades europeas, o del Batallón de Globos Antiaéreos 320, que no salió en las fotos de Robert Capa, pero que sí desembarcó en Normandía y salvó muchas vidas protegiendo de los aviones nazis a las unidades blancas.

Instantánea del escuadrón Tuskegee después de la II Guerra Mundial.

Instantánea del escuadrón Tuskegee después de la II Guerra Mundial.
 Denisevosburgh1 / CC BY-SA 4.0

A pesar de la férrea segregación que vivieron las Fuerzas Armadas de EE.UU. durante toda la guerra, el alto mando no tuvo más remedio que hacer una pequeña excepción durante unas semanas en 1944. Era un helador 16 de diciembre cuando las tropas nazis aparecieron donde no se las esperaba, en el bosque de las Ardenas, y solo en los primeros 17 días de batalla provocaron más de 40.000 bajas estadounidenses. Ante esa situación de extrema necesidad, Eisenhower y los otros generales decidieron que negros y blancos podían luchar mano a mano.

La “desmoralización” que pronosticaba el ministro de Defensa cuatro años antes no se dio, más bien lo contrario. Los refuerzos afroamericanos fueron fundamentales para alcanzar la victoria, y cuando el alto mando solicitó voluntarios negros para aceptar misiones en combate, más de 4.500 se ofrecieron.

Aunque la famosa serie Hermanos de sangre se centra en la gesta de la 101 Aerotransportada en las Ardenas, fue el general en jefe de esa división el que recomendó que se condecorara al batallón negro 969, que se convirtió en la primera unidad afroamericana de combate en recibir una distinción.

La posguerra y el amargo regreso

Tras la victoria, muchas unidades negras participaron en la ocupación de Alemania. Era toda una ironía que esos soldados tuvieran que ayudar a eliminar los restos del nazismo cuando ellos mismos eran víctimas del racismo institucional tanto fuera como dentro del Ejército. Las autoridades militares estadounidenses las situaron lejos de las grandes ciudades y, según algunos autores, desconfiaban de situarlos en posiciones de poder frente a alemanes, que a fin de cuentas eran blancos.

Esos soldados, sin embargo, estaban objetivamente a gusto en Alemania, o tal vez más a gusto que de vuelta en EE.UU. Un año después de la victoria ante los nazis, los militares negros elegían reengancharse y seguir en el Ejército el triple que los blancos, y el 85% de los reclutas negros solicitaba servir en Europa, la mayoría en Alemania. Los testimonios de muchos de ellos hablan de su buena relación con la población local y del enfado de sus compañeros blancos ante ello.

Soldados blancos y negros asisten a una actuación del músico Lionel Hampton en Francfort, Alemania, 1946.

Soldados blancos y negros asisten a una actuación del músico Lionel Hampton en Francfort, Alemania, 1946.
 Bettmann / Getty Images

La realidad es que cuando regresaron, algunos convertidos en auténticos héroes de guerra, se encontraron la misma situación de discriminación que tenían antes de marchar. Muchos de ellos sufrieron palizas y humillaciones incluso llevando el uniforme. La “doble victoria” que propugnaban las organizaciones de derechos civiles, vencer al fascismo en el extranjero y al racismo en EE.UU., solo se había logrado a medias. Los elevados ideales que había prometido Roosevelt para el mundo no se habían hecho realidad en su propia casa.

Fue el presidente Truman quien decidió en 1948 desegregar las Fuerzas Armadas estadounidenses, iniciando un proceso que tardaría varios años en completarse. Sin embargo, para muchos de los soldados negros que habían contribuido decisivamente a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el mundo no podía seguir igual. Muchos abandonaron el Sur gracias las ayudas educativas para veteranos de guerra o con los oficios que había aprendido durante su servicio militar. Otros dieron un impulso decisivo al movimiento por los derechos civiles que acabó con la segregación en los años sesenta. Después de lo vivido, no podían seguir siendo ciudadanos de segunda.

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The Atlantic es una de las revistas más antiguas en Estados Unidos, pues se viene publicando desde 1857. A lo largo de los últimos 165 años, The Atlantic le ha dedicado sus páginas a temas que podríamos considerar liberales como la abolición de la esclavitud y la lucha por los derechos civiles, así como también a temas literarios. En sus páginas han han publicado escritores como James Russell Lowell, Mark Twain, Ernest Hemingway, Julia Ward Howe y Ta-Nehisi Coates.

Siguiendo su tradición de enfocar criticamente a la sociedad estadounidense, The Atlantic acaba de lanzar un proyecto «sobre la historia estadounidense, la vida de los afroamericanos y la resiliencia de la memoria»  llamado Inheritance. Su obejtivo es rescatar el conocimiento, las historias y los personajes olvidados del pasado estadounidense y, en especial, de los afroestadounidenses. Sus creadores quieren enfatizar en el papel que la capacidad de sobrevivir de los afroamericanos ha jugado en en la historia estadounidense.

Este proyecto consiste de una serie de artículos muy bien diagramados e ilustrados, escritos por periodistas y colaboradores del Atlantic. Quienes estén interesados pueden ir a aquí.

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