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Archive for the ‘Historia de Estados Unidos’ Category

Fallece historiador ganador del Pulitzer David McCullough

Ayer 7 de agosto de 2022 murió a los 89 años el historiador, biógrafo y periodista estadounidense David McCullough. A lo largo de una larga y fructífera carrera como narrador e investigador del pasado de Estados Unidos, McCullogh produjo una cantidad impresionante de libros sobre temas muy diversos. Entre ellos destacan The Johnstown Flood (1968), The Great Bridge (1972), The Path Between the Seas (1977), Mornings on Horseback (1981), Brave Companions (1991), Truman (1992), John Adams (2001), 1776 (2005), The Greater Journey: Americans in Paris (2011), The Wright Brothers (2015), The American Spirit: Who We Are and What We Stand For (2017), and The Pioneers (2019).

McCullough ganó  premios prestigiosos como el Pulitzer (en dos ocasiones), el National Book Award y  el Francis Parkman Prize (dos veces). Fue honrado con la Presidential Medal of Freedom, el National Book Foundation Distinguished Contribution to American Letters Award, la National Humanities Medal y la Gold Medal for Biography otorgada por la American Academy of Arts and Letters. Fue elegido miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias, así como de la Academia Americana de Artes y Letras, y recibió 56 títulos honorarios.

McCullough también tuvo una presencia destacada en  la televisión pública, como presentador de Smithsonian World, The American Experience y narrador de numerosos documentales, incluido The Civil War de Ken Burns.  John Adams la miniserie de siete partes de HBO basada en su biografía del segundo presidente de Estados Unidos, producida por Tom Hanks, fue aclamada.

Qué descanse en paz.

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En esta reseña del libro de Matthew E. Stanley Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War, Dale Kretz nos presenta a la guerra civil estadounidense como  una conmoción revolucionaria que no solo aplastó la esclavitud, sino que también avivó la esperanza de una emancipación anticapitalista en los Estados Unidos.  Según Kretz, Stanley analiza cómo la inconografía y la discursiva  de la guerra civil sobreviven y son usados por la izquierda radical estadounidense hasta la guerra fría.

Dale Kretz es profesor de historia en el Departamento de Historia de la Universidad de California en Santa Barbara. Tanto su trabajo de investigación y su docencia se centran en la historia de los  afroamericanos. Es autor de Administering Freedom: The State of Emancipation after the Freedmen’s Bureau (UNC Press, 2022).

Matthew E. Stanley es doctor en Historia por la Universidad de Cincinnati y profesor  en la Universidad Estatal de Albany (Albany, Georgia), donde imparte cursos sobre esclavitud, la guerra civil y la Reconstrucción. Es también autor de The Loyal West: War and Reunion in Middle America (University of Illinois Press, 2016).


Trabajadores trabajando en ruinas después de la Guerra Civil de los Estados Unidos, alrededor de 1865. (Fotos de archivo / Getty Images)

 

El legado abolicionista de la Guerra Civil pertenece a la izquierda

Dale Kretz 

Jacobin   April 6, 2022

Reseña del libro de  Matthew E. Stanley Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War (University of Illinois Press, 2021).

¿Cómo debemos recordar la Guerra Civil? Para muchos liberales de hoy, la historia es la del Norte ganando la guerra pero perdiendo la paz, consintiendo una reconciliación seccional que dejó intacta la supremacía blanca. El racismo ganó, simple y llanamente.

Pero esto es solo una parte de la historia. El declive precipitado de la afiliación sindical, la militancia laboral en el lugar de trabajo y los eruditos marxistas en la academia han conspirado para oscurecer lo que el historiador Matthew Stanley saca a la luz en su reciente libro: que la Guerra Civil, para los trabajadores blancos y negros por igual, fue una piedra de toque duradera para las luchas populares desde la Reconstrucción hasta el Nuevo Trato, dando forma a la conciencia de clase en el proceso.

Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War muestra cómo los trabajadores industriales, los agricultores y los radicales desplegaron una “lengua vernácula antiesclavista” en sus luchas contra la Gilded Age y el capitalismo de la Era Progresista. Se presentaron a sí mismos como los portadores naturales de la antorcha del ideal del trabajo libre antes de la guerra, que, argumentaron, apuntaba no solo a la chattel slavery, sino también al trabajo asalariado, anunciando lo que Karl Marx imaginó como una “nueva era de emancipación del trabajo”.

Stanley detalla la construcción colectiva de una “Guerra Civil roja”, construida por trabajadores radicales en innumerables salas sindicales, pisos de talleres y cajas de jabón de terceros. En esta visión de tonos carmesí, John Brown, Frederick Douglass y Abraham Lincoln aparecieron como parangones del abolicionismo, la vanguardia de la “abolición-democracia” de W.E.B. Du Bois. Y aunque el Ejército de la Unión había aplastado a la aristocracia terrateniente del Poder esclavista, la expansión capitalista había generado nuevos intereses monetarios y creado nuevas formas de dominio corporativo. Ese despotismo exigía una nueva generación de emancipadores.

“La guerra dio un tipo de amo por otro”

Los Knight of Labor, una federación sindical fundada en 1869 que alcanzó un pico de 800,000 miembros a mediados de la década de 1880, fue una organización prominente que blandió el lenguaje de la Guerra Civil para luchar contra la “esclavitud asalariada”. “La guerra dio un tipo de amo por otro”, explicó un Caballero en una reunión de la Asociación Azul y Gris en 1886, “y la riqueza que una vez fue propiedad de los amos del Sur ha sido transferida a los monopolistas del Norte y se ha multiplicado por cien en poder, y ahora está esclavizando más que la guerra liberada”. Los Caballeros abogaron por una alianza interracial basada en la clase para librar esta próxima etapa de la guerra por la emancipación. Demostraron ser notablemente hábiles para organizar a los sureños negros y convencer a sus homólogos blancos de la necesidad de ello.

En las décadas de 1880 y 1890, los partidos de reforma agraria como los Greenbackers y los Populistas movilizaron a los “productores” a través de líneas seccionales y raciales. Los veteranos fueron fundamentales para estas campañas. Pero las colaboraciones “Azul-Gris” en el Partido Populista evocaron algo muy diferente a las reuniones nacionalistas blancas de la época que a menudo tenían el mismo nombre bicromático; Dedicados en cambio a “causas aún no ganadas”, como argumenta Stanley, los “trabajadores-veteranos radicales y sus camaradas usaron las palabras y heridas de la guerra para imaginar una alternativa de izquierda” de la clase productora liberada del yugo de la esclavitud económica.

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El líder del Partido Socialista de América, Eugene V. Debs

Apropiadamente, mientras los populistas hablaban en dialecto neo-abolicionista, sus oponentes reciclaron viejos insultos que una vez lanzaron a sus antepasados anteriores a la guerra. Denunciados como jacobinos, socialistas y comunistas, muchos populistas, al menos por un tiempo, se deleitaron en salvar las “divisiones de tiempos de guerra a lo largo de las líneas de clase” mientras sus antagonistas agitaban la camisa sangrienta o lloraban por la Causa Perdida. Los populistas aprovecharon la memoria de la Guerra Civil para un tipo muy diferente de conmemoración, una “reconciliación basada en la oposición mutua a las élites, a las condiciones del capitalismo industrial o al sistema económico en general”.

Mientras que el movimiento populista se extinguió a mediados de la década de 1890, el vocabulario antiesclavista perduró en otros proyectos basados en la clase. El Partido Socialista Americano, fundado en 1901, se basó en gran medida en la lengua vernácula antiesclavista. Los socialistas hablaron con frecuencia de la lucha de clases como un “conflicto incontenible” y una “crisis inminente”. El líder socialista Eugene V. Debs cultivó una autoimagen como un segundo Gran Emancipador, un radical del Medio Oeste que prometió “organizar a los esclavos del capital para votar su propia emancipación”. Preguntó: “¿Quién será el John Brown de la esclavitud asalariada?” y respondió en otra parte: “El Partido Socialista”.

El reto de Gompers

Pero como muestra Stanley, la apropiación de la iconografía de la Guerra Civil por parte de la izquierda radical no pasó desapercibida. La represión del gobierno federal del radicalismo obrero y la política de izquierda durante y después de la Primera Guerra Mundial elevó una corriente “reformista” de la memoria de la Guerra Civil sobre la revolucionaria. La narrativa reformista valoraba el orden social, el legalismo y la lealtad al estado, arrebatando la imagen de Lincoln a los rojos y cubriéndolo con ropa patriótica.

La American Federation of Labor (AFL) desempeñó un papel de liderazgo en la reutilización de Lincoln. Stanley escribe que el presidente conservador de la AFL, Samuel Gompers, “concibió la Guerra Civil no como una etapa inclusiva de la inminente revolución proletaria, sino como un evento nostálgico de prueba nacional, rejuvenecimiento y armonía”. Para Gompers, esto significaba no solo un equilibrio entre el trabajo y el capital, sino, lo que es igual de importante, entre los trabajadores blancos, con énfasis en los blancos, de todas las regiones del país. El sindicalismo artesanal que defendía excluía a los trabajadores negros en masa.

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Atrás quedó el Lincoln que desafió los derechos de propiedad a gran escala con la confiscación no compensada en tiempos de guerra; Lincoln de la AFL defendió la conciliación, el compromiso y la curación. La lengua vernácula antiesclavista sufrió una desradicalización similar. La “emancipación” ahora señalaba una ruptura con el partidismo y la militancia laboral, un proceso incremental de reforma dentro del capitalismo guiado por el liderazgo obrero conservador. Quizás lo más perverso es que Lincoln fue elegido como el gran emancipador de los trabajadores blancos, con una retórica antiesclavista rediseñada para acomodar la segregación en el lugar de trabajo.

En resumen, la política de lealtad de la AFL —económica, patriótica y racial— asimiló el trabajo organizado en el cuerpo político estadounidense en términos conservadores.

La Guerra Civil Radical

Un recuerdo de la Guerra Civil radical siguió vivo.

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Fotografía del abolicionista Frederick Douglass cuando tenía alrededor de veintinueve años. (Galería Nacional de Retratos / Wikimedia Commons)

En la década de 1930, la Guerra Civil roja floreció en la organización del Partido Comunista, particularmente con los sureños negros, que eran vistos como naturalmente hostiles a la clase dominante blanca. “Cuando los comunistas negros Hosea Hudson y Angelo Herndon compararon sus esfuerzos de organización con un abolicionismo restaurado que podría ‘terminar el trabajo de liberar a los negros’, los camaradas blancos estuvieron de acuerdo”, escribe Stanley. Cuando James S. Allen, un historiador marxista de la Reconstrucción y editor del periódico del Partido Comunista, el Southern Worker, escribió una defensa de los Scottsboro Boys, “representó para muchos blancos del sur una amenaza reconstituida de carpetbagger”. El propio Allen “vio al Partido Comunista como un medio para ‘completar las tareas inconclusas de la Reconstrucción revolucionaria’“.

La Guerra Fría finalmente diezmó a la izquierda obrera y con ella al ejemplo revolucionario anticapitalista y antirracista de la Guerra Civil. Pero el estudio exhaustivamente investigado e iluminador de Stanley revela cuán duradera ha sido la contrainsurgencia cultural de la memoria de la Guerra Civil. Como miles de activistas y organizadores sindicales habían insistido durante mucho tiempo, y como demasiados estadounidenses han olvidado hace mucho tiempo, la lucha de la década de 1860 nunca fue solo nacional o racial, sino sobre la liberación de todas las formas de despotismo. Fue un golpe a la supremacía blanca que anunció una emancipación más amplia, un golpe más devastador al dominio de la propiedad.

Para los socialistas de hoy, la historia de la Guerra Civil Americana puede ser nuevamente fuente de inspiración en la elaboración de una política anticapitalista y antirracista,  y de una lengua vernácula radical para la solidaridad y la transformación revolucionaria. La “Guerra Civil Roja” es nuestra.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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El Instituto Gilder Lehrman de Historia Americana y el Gettysburg College anunciaron que el Gilder Lehrman Lincoln Award 2022 ha sido concedido a la Dra. Caroline E. Janney, por su libro  Ends of War: The Unfinished Fight of Lee’s Army after Appomattox (The University of North Carolina Press). El  Gilder Lehrman Lincoln Award 2022 se otorga anualmente al mejor trabajo académico en inglés dedicado al estudio de  Abraham Lincoln o de la era de la guerra civil estadounidense.

Amazon.com: Remembering the Civil War: Reunion and the Limits of Reconciliation (Littlefield History of the Civil War Era) eBook : Janney, Caroline E.: Kindle StoreCaroline E. Janney es la John L. Nau III Professor of the American Civil War y Directora de  John L. Nau Center for the History of the Civil War en la University of Virginia. Ha presidido la Society of Civil War Historians y editora de la  Civil War America de la University of North Carolina Press. Entre sus varios libros, destacan Remembering the Civil War: Reunion and the Limits of Reconciliation (2013) y Buying and Selling Civil War Memory in Gilded Age America (2021).

Traduzco la descripción del libro que acompaña el anuncio del premio: “Janney’s Ends of War es una nueva historia dramática de las semanas y meses posteriores a la batalla de Appomattox. Revela que la rendición de Lee fue menos un final que el comienzo de un interregno marcado por la incertidumbre militar y política, la confusión legal y logística, y los continuos estallidos de violencia. Janney lleva a los lectores desde las deliberaciones de las autoridades gubernamentales y militares hasta las experiencias a nivel del suelo de los soldados comunes. En última instancia, lo que se desarrolla es la desordenada narrativa del nacimiento de la Causa Perdida, sentando las bases para la desafiante resistencia de la rebelión en los años que siguieron.”

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El mes de febrero es dedicado en Estados Unidos a la historia afroamericana. Por ello, Diálogo Atlántico, blog del Instituto Franklin UHA, publica una nota del Dr. Rubén Peinado Abarrio, reseñando seis películas con temas afroamericanos.  Son estas: Selma (2014), Judas y el mesías negro (2021), Doce años como esclavo (2013), Los chicos del barrio (Boyz n the Hood, 1991),  Moonlight (2016) y Killer of Sheep (1978). 

El Dr. Peinado Abarrio es Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y  profesor en la Universidad de Zaragoza.


Black-History-Month

Black History Month: Un itinerario cinematográfico para conmemorar la historia negra de Estados Unidos

Diálogo Atlántico    3 de febrero de 2021

Cada país tiene sus propios fantasmas. En Estados Unidos, la esclavitud institucionalizada y su legado de racismo ocupan un lugar central en el imaginario colectivo. Iniciativas periodísticas como los proyectos Inheritance y 1619 se han propuesto dibujar una nación vertebrada en torno a la negritud, objetivo similar al del Black History Month, que durante el mes de febrero conmemora a figuras y momentos clave de la diáspora africana. Con motivo de la celebración, proponemos un itinerario cinematográfico que alterna grandes acontecimientos y héroes nacionales con luchas desde abajo y experiencias fuera de foco. Unos y otras sirven para convertir nuestras pantallas en espacios de recuerdo y homenaje.

Selma (Ava DuVernay, 2014)

Verano de 1963: cuatro niñas se disponen a abandonar una iglesia baptista de Alabama cuando la bomba plantada por miembros del Ku Klux Klan la hace saltar por los aires. En una cinta donde predomina el acercamiento solemne a la figura de Martin Luther King, es esta representación de terrorismo doméstico la que permanece en la retina del público. Con su puesta en escena, su iluminación, y su uso del ruido, el silencio y la cámara lenta, DuVernay muestra la fragilidad de la existencia afroamericana, sumergiéndonos en un horror que convierte un momento banal en parteaguas, tanto para las víctimas individuales como para todo el Movimiento por los Derechos Civiles.

 

Judas y el mesías negro (Shaka King, 2021)

Dos actitudes -no siempre excluyentes- surgen como respuesta a esa violencia blanca: una pacífica, cargada de amor cristiano y orientada a la integración, y otra beligerante y revolucionaria, articulada en torno al Nacionalismo Negro. Como líder de los Panteras Negras de Illinois, Fred Hampton seguía la segunda ruta, y así lo atestiguan los incendiarios discursos que salpican el film de King. Por ello, entre escenas de violencia potencial y consumada, brilla con luz propia el cortejo entre Hampton (Daniel Kaluuya) y Deborah Johnson (Dominique Fishback): los futuros amantes intiman mientras recitan un apasionado discurso del héroe común, Malcolm X. Como en el poema de Yeats, también de la lucha puede nacer una belleza terrible.

 

Moonlight (Barry Jenkins, 2016)

En una sociedad en la que la masculinidad tóxica ofrece refugio ante la precariedad histórica del cuerpo negro, el deseo consumado de dos adolescentes homosexuales adquiere valor subversivo. Ante las mismas aguas en las que Chiron (Ashton Sanders) había sido bautizado por una figura paterna de breve aparición -evocación de un ideal de amor en un mundo hostil-, tiene lugar este instante de intimidad, que permite olvidar temporalmente el acoso escolar y la homofobia y atreverse a abrazar una identidad sexual en construcción.

 

Killer of Sheep (Charles Burnett, 1978)

Saltamos de una joven pareja bañada por la luz de la luna a un matrimonio que baila al son de la elegante voz de Dinah Washington. Con caricias desesperadas, la esposa (Kaycee Moore) pelea por sacar a su marido (Henry Sanders) de la parálisis emocional propiciada por la precariedad económica y su trabajo alienante en un matadero. En este clásico perdido durante décadas, Burnett traslada al barrio angelino de Watts de los años 70 el impacto emocional y los hallazgos formales del neorrealismo, al tiempo que huye de los estereotipos de drogas, tiroteos y pandillas en el gueto.

 

Los chicos del barrio (John Singleton, 1991)

Recorremos ahora los cinco kilómetros que separan Watts de Compton, donde Furious (Laurence Fishburne) disecciona el complejo entramado de intereses que obstaculizan la justifica racial en Estados Unidos. Con un didacticismo tan efectista como efectivo, Singleton proyecta una espiral de catástrofe: los jóvenes negros permanecen sujetos a la violencia causada por el alcohol, las drogas y la falta de expectativas, el crimen devalúa el precio de las propiedades, sus dueños venden a bajo precio y son desplazados, con la consiguiente subida de precios que solo compradores blancos pueden permitirse. Como terrible consecuencia final: la dispersión y erosión de las comunidades negras.

 

12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013)

De la gentrificación retrocedemos a la manifestación más extrema del supremacismo blanco: la esclavitud basada en la raza. McQueen evoca el terror con la milimétrica composición del linchamiento de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), pero también abre ventanas desde las que celebrar la fuerza y belleza del legado cultural afroamericano. De entre todas ellas, nos quedamos con la imagen de comunión durante los cánticos espirituales en el funeral de un esclavo de la plantación. En un primer plano de poco más de un minuto, Ejiofor consigue transmitir el trayecto que va desde la desesperanza individual hasta el drama colectivo, y de ahí a la convicción de que un futuro mejor aguarda, ya sea a esta generación o a las siguientes. Esta escena, al igual que el resto del itinerario, funciona a un tiempo como recordatorio de la vulnerabilidad de las vidas negras y como monumento a la resiliencia de la comunidad afroamericana.

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Durante la pandemia, el Instituto de Cultura Puertorriqueño ha desarrollado un exitoso programa de conferencias virtuales sobre temas de Puerto Rico y el Caribe.  Bajo el nombre Coloqueo, este programa ha producido casi 200 episodios. El más reciente de ellos, el número 194,  llamó poderosamente mi atención por tratar un tema relacionado a la historia estadounidense: el papel que jugó el Caribe durante la guerra de independencia de Estados Unidos. Se trata de la pesentación de dos libros del Dr. José E. Muratti Toro, que recogen su tesis doctoral: El Caribe en la guerra de independencia de los Estados Unidos: la justificación de la preferencia e Historiografía, historicismo y el rescate de lo invisible: reflexión sobre el acercamiento teórico al Caribe en la guerra de independencia de los Estados Unidos, ambos publicados por la Editorial 360. Presentan estos libros dos destacadísimos historiadores puertorriqueños, el Dr. Jorge Rogríguez Beruff y el Dr. Mario Cancel Sepulveda.

Quienes quieran ver esta presentación pueden ir aquí.

Emblema | ICP

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Además del video, incluyo la transcripción de la entrevista.

“Gangsters of Capitalism”: Jonathan Katz on the Parallels Between Jan. 6 and 1934 Anti-FDR Coup Plot

Democracy Now   January 26, 2022

We speak to award-winning journalist Jonathan Katz about his new book “Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire.” The book follows the life of the Marines officer Smedley Butler and the trail of U.S. imperialism from Cuba and the Philippines to Haiti, the Dominican Republic, Nicaragua and Panama. The book also describes an effort by banking and business leaders to topple Franklin D. Roosevelt’s government in 1934 in order to establish a fascist dictatorship. The plot was exposed by Butler, who famously declared, “War is a racket.” The far-right conspiracy to overthrow liberal democracy has historical parallels to the recent January 6 insurrection, says Katz.

Transcript

This is a rush transcript. Copy may not be in its final form.

AMY GOODMAN: This is Democracy Now!, democracynow.org, The War and Peace Report. I’m Amy Goodman, with Juan González.

As the January 6th House committee and federal prosecutors continue investigation into last year’s deadly insurrection at the U.S. Capitol and Donald Trump’s efforts to overturn the election, we turn to look at a largely forgotten effort to topple the U.S. government in the past.

It was 1934. Some of the nation’s most powerful bankers and business leaders plotted to overthrow President Franklin Delano Roosevelt in order to block the New Deal and establish a fascist dictatorship. The coup plotters included the head of General Motors, Alfred P. Sloan, as well as J.P. Morgan Jr. and the former president of DuPont, Irénée du Pont. The men asked the celebrated Marine Corps officer Smedley Butler to lead a military coup. But Butler refused and revealed what he knew to members of Congress. This is a clip of General Smedley Butler speaking in 1934.

MAJOR GENSMEDLEY BUTLER: I appeared before the congressional committee, the highest representation of the American people, under subpoena to tell what I knew of activities which I believed might lead to an attempt to set up a fascist dictatorship.

The plan, as outlined to me, was to form an organization of veterans to use as a bluff, or as a club at least, to intimidate the government and break down our democratic institutions. The upshot of the whole thing was that I was supposed to lead an organization of 500,000 men which would be able to take over the functions of government.

I talked with an investigator for this committee who came to me with a subpoena on Sunday, November 18. He told me they had unearthed evidence linking my name with several such veteran organizations. As it then seemed to me to be getting serious, I felt it was my duty to tell all I knew of such activities to this committee.

My main interest in all this is to preserve our democratic institutions. I want to retain the right to vote, the right to speak freely and the right to write. If we maintain these basic principles, our democracy is safe. No dictatorship can exist with suffrage, freedom of speech and press.

AMY GOODMAN: At the time, Marine Major General Smedley Butler was one of the most celebrated Marine officers in the country, having played key roles in U.S. invasions and occupations across the globe, including in Cuba, Nicaragua, Puerto Rico, Haiti, Mexico and the Philippines. But Smedley Butler later spoke out against U.S. imperialism, famously writing, “War is a racket. It always has been. It is possibly the oldest, easily the most profitable, surely the most vicious. … It is the only one in which the profits are reckoned in dollars and the losses in lives. … It is conducted for the benefit of the very few, at the expense of the very many,” Butler said.

We’re joined now by the award-winning author Jonathan Katz, author of the new book Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire, also the author of The Big Truck That Went By: How the World Came to Save Haiti and Left Behind a Disaster.

Welcome back to Democracy Now!, Jonathan. This is a fascinating book. I mean, for people who don’t know about, for example, this attempted coup of 1934, can you talk more about exactly how it unfolded? The parallels to these days are quite interesting, but let’s start with the original story that took place, what, like 90 years ago.

Gerald MacGuire and the Plot to Overthrow Franklin Roosevelt | Connecticut  History | a CTHumanities Project

Gerald C. MacGuire

JONATHAN KATZ: Yeah. So, it actually starts in 1933. A representative of a prominent Wall Street brokerage house named Gerald C. MacGuire starts trying to recruit Smedley Butler to — it actually starts out as like kind of an internal plot to get him to speak against Franklin D. Roosevelt taking the dollar off the gold standard at an American Legion conference in Chicago, but it broadens from there. And by 1934, MacGuire is sending Butler postcards from the French Riviera, where he’s just arrived from fascist Italy, from Berlin, and then he comes to Butler’s hometown of Philadelphia and asks him to lead a column of half a million World War I veterans up Pennsylvania Avenue for the purpose of intimidating Franklin Delano Roosevelt into either resigning outright or handing off all his executive powers to a all-powerful, unelected cabinet secretary who the plotters who were backing MacGuire were going to name.

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JUAN GONZÁLEZ: And, Jonathan, didn’t Butler also claim, in addition to these corporate leaders, that there were folks like Prescott Bush involved in this, the father of George Herbert Walker Bush and grandfather of George W. Bush?

JONATHAN KATZ: So, there’s actually a kind of a game of broken telephone going on with his name being involved in this. So, Bush was actually — Prescott Bush was actually too much involved with the actual Nazi Party in Germany to be involved with the business plot. Bush was a partner at Brown Brothers Harriman, which is still a major investment bank based in New York, across the street from Zuccotti Park, their headquarters. And Bush was the — Brown Brothers Harriman was the subject of a different investigation by the same congressional committee, because that committee’s ambit was to investigate all forms of sort of fascist influence and all attempts to subvert American democracy. And because Brown Brothers was part of a separate investigation, they end up sort of in the same folder at the National Archives, and then it ends up sort of getting mixed up in a documentary that came out about 10 years ago. So that’s actually a misunderstanding. Butler never brought up Prescott Bush’s name. But it was because Prescott Bush was too involved with the actual Nazis to be involved with something that was so homegrown as the business plot.

JUAN GONZÁLEZ: And in terms of why they were recruiting Butler, his importance in the early and mid-20th century as a military hero, could you talk about that, as well?

JONATHAN KATZ: Yeah. So, Butler was — you know, he was the Zelig. He was like the Forrest Gump of American imperialism in the early 20th century. He joined the Marines in 1898. He lied about his age. He was 16 years old. And he joined to fight in the Spanish-American War, or the Spanish-Cuban-American War, against Spanish imperialism in Cuba. But from there, he rides a wave of imperial war, and he’s everywhere. He’s in the Philippines. He invades China twice. He helps seize the land for the Panama Canal. He overthrows governments in Nicaragua, in Haiti. He invades the Dominican Republic, etc. He’s also a general during World War I.

And so he had this very, very long and renowned résumé in the Marine Corps — he was twice the recipient of the Medal of Honor — that made him a big star in America. And he was also — he had a reputation as being sort of a Marines general, like he was somebody who had the deep and abiding respect of his enlisted men. And because of that résumé of having overthrown a lot of democracies overseas and also having, you know, the loyalty of so many members of the Marine Corps, that, for the best — the best as we can tell, is why Gerry MacGuire, and probably his boss Grayson Murphy, went to Butler to lead their putsch.

AMY GOODMAN: Now, we want to get into this early history, because it is fascinating. When you, you know, mention the Philippines, when you mention Cuba and Puerto Rico, people are not really aware — most people, I think — of what the U.S. role was. But just on this plot in 1934, what did General Motors and J.P. Morgan have to do with this? What was the Liberty League? And how far did this go?

JONATHAN KATZ: So, the reason why we know about the Liberty League’s involvement is because Gerry MacGuire, who is the representative of this Wall Street firm, tells Butler at this meeting in 1934 that very soon an organization is going to emerge to back the putsch. And he describes them as being sort of the villagers in the opera, that they would sort of be operating behind the scenes. And a couple weeks later, on the front page of The New York Times, this new organization is announced, the Liberty League, and it started by the du Ponts, Alfred P. Sloan, all of the people that you just mentioned, and is also directly connected to MacGuire, the guy who’s recruiting Butler, because his boss, Grayson M.P. Murphy, who is really, I think, the linchpin of this thing, is the treasurer of the Liberty League.

Hake's - "AMERICAN LIBERTY LEAGUE" RARE ANTI-FDR BUTTON C. 1934.

And what the Liberty League was, was it was basically a consortium of extremely wealthy capitalist industrialists who hated Franklin Roosevelt. They also had the involvement of two former Democratic presidential candidates, Al Smith and John W. Davis, who were anti-New Deal Democrats. And basically, you know, their public-facing goal — and they were very open about this — was to dismantle the New Deal, which FDR was trying to use to save Americans, to put millions of Americans back to work and save Americans from the Depression.

What we don’t know is how far the — maybe the more senior members of the Liberty League, like the du Ponts, had gotten in the planning. And the reason why we don’t know is because the congressional committee that Butler testifies in front of, which is headed by John W. McCormack, who goes on to become the longtime speaker of the House, Samuel Dickstein, who was a Democrat of New York, they cut their investigation short. The only people who testify are Butler, a newspaper reporter who Butler has enlisted in sort of an independent investigation, Gerry MacGuire and the lawyer for one of the maybe lower-level industrialists who’s behind this, the heir to the Singer sewing machine fortune. And so, absent that more detailed investigation, we just don’t know the extent to which the du Ponts, for instance, actually were involved in the planning of the business plot. They may have already been fully involved and just stopped planning once Butler blew the whistle, or it’s possible that Murphy hadn’t got them involved yet. We just can’t say.

JUAN GONZÁLEZ: And what was the reaction of the press at the time to the claims of Butler? It might be instructive, given the things that we’re going through today.

JONATHAN KATZ: Yeah. It was ridicule. So, you know, this was big news at the time. The story ran on the front page of The New York Times, but the Times, you know, they kind of divided it in half, and half of the column inches on the front were just sort of these, like, hilarious denials by the accused. Time magazine, which was owned by Henry Luce, the billionaire son — or, millionaire son of missionaries to China, you know, ran sort of a satirical piece mocking Butler. The Times mocked Butler further in an unsigned editorial. It was basically peals of laughter.

And a couple months later, once the committee had issued its final report — again, they didn’t do a full investigation, but they did enough to say that they were able to, in their words, verify all the pertinent statements made by General Butler and that, you know, something was planned and may have been put into action at such a time as the plotters, however many there were, saw fit. That conclusion got far, far less attention. And to a certain extent, it really — it kind of — you know, it severely damaged, I would say, Butler’s reputation among the establishment, among the American elite. And it sort of helped consign the business plot to maybe not the dustbin, but kind of the forgotten marginalia of American history.

AMY GOODMAN: So, this is critical. I mean, you’re talking about them fighting FDR, calling him a socialist, the New Deal, and then jump forward almost a century to today. Talk about the parallels you see with the Capitol insurrection and beyond that.

JONATHAN KATZ: Yeah, the parallels are legion — no pun intended. I mean, so, one clear set of parallels is that Gerald MacGuire, who’s the bond salesman who tries to recruit Butler, one of the places that he went in Europe in 1934 to gain inspiration for this plot — again, it was a totally homegrown thing, but he was looking to fascist movements in Europe for inspiration — was to Paris, where, six weeks before MacGuire arrived in Paris, there was a riot of far-right and fascist groups. They tried to storm the Parliament in Paris to prevent the handover of power to a center-left prime minister. They were animated by a kind of a crazy conspiracy theory, an antisemitic conspiracy theory, that involved somebody who had committed suicide. Sort of, you know, there was a conspiracy that he hadn’t really killed himself. And that group, one of the groups that participated in that riot, called the Croix-de-Feu, or the Fiery Cross, was, in MacGuire’s terms, exactly the sort of organization that he wanted Butler to lead.

You know, you look at that, that is one of the closest historical parallels to what happened on January 6, you know, sort of a motley assortment of groups, some of which hate each other, others were kind of unaligned, but they’re all sort working together in this effort to overthrow a democracy, prevent the transfer of power to a center-left prime minister, who they see as a stalking horse for communism or socialism. And really, I mean, that’s one of the closest historical antecedents. And there are many others, including, I mean, just the fact that it was a fascist coup being plotted in the United States to overthrow American democracy at a time when liberal democracy was seen by a lot of people as being on the way out. And, you know, we see the same things here today.

JUAN GONZÁLEZ: And, Jonathan, if you could just briefly, in a few seconds, give us a sense of how Butler changed from being a soldier of imperialism to an anti-imperialist? What caused him to have this transformation?

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JONATHAN KATZ: Yeah, I mean, so that was really like the central question that I was trying to answer for myself in writing Gangsters of Capitalism. I would say that there wasn’t one single moment. To a certain extent, Butler is kind of returning to his roots. Among other fascinating things about the guy, he’s a Quaker from Philadelphia’s Main Line. And he gets into his first war at the age of 16, fighting against imperialism and tyranny. And to a certain extent, over the course of his career, he sees that the primary beneficiaries of his and his Marines’ interventions are the banks, are Wall Street, are American politicians. And then he sees the ways in which, you know — excuse me — imperialism abroad gets reimported as authoritarianism and fascism at home. And that’s really why he ends up spending the last 10 years of his life decrying the military-industrial complex, writing War Is a Racket, and trying to — ultimately, trying and, of course, failing to prevent the outbreak of World War II and the United States’ entry into it.

AMY GOODMAN: Well, we want to thank you so much, Jonathan Katz, for joining us, award-winning journalist, author. His latest book, Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire. His writings appear on TheRacket.news.

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El último Gilder Lehrman Institute Book Break del año 2021 estará dedicado al libro de Claire Bellerjeau y Tiffany Yecke titualdo Espionage and Enslavement in the Revolution: The True Story of Robert Townsend and Elizabeth
Aquellos interesados en participar de esta actvidad pueden ir aquí.
Traduzco la descripción del contenido de este libro.
«En enero de 1785, una joven afroamericana llamada Elizabeth fue puesta a bordo del Lucretia en el puerto de Nueva York, con destino a Charleston, donde sería vendida a su quinto maestro en solo veintidós años. Dejando atrás a un niño pequeño que tenía pocas esperanzas de volver a ver, Elizabeth se enfrentó a la cruda realidad de ser vendida al sur a una vida bastante diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No tenía idea de que Robert Townsend, un hijo de la familia de Nueva York por la que fue esclavizada, la localizaría, salvaguardaría a su hija y la devolvería a Nueva York, ni cómo su historia ayudaría a convertir a uno de los primeros espías de Estados Unidos en un abolicionista. Robert Townsend es mejor conocido como uno de los espías más confiables de George Washington, pero pocos saben cómo trabajó para poner fin a la esclavitud. A medida que se desarrolla la historia de Robert y Elizabeth, figuras prominentes de la historia se cruzan en su camino, incluidos Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, John André y John Adams, así como participantes en la Masacre de Boston, los Hijos de la Libertad, la Batalla de Long Island, las negociaciones de Franklin en París y el complot de traición de Benedict Arnold»
Traducido por Norberto Barreto Velázquez 

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En este artículo publicado en el diario New York Times, la historiadora Martha S. Jones rescata del olvido a la esclava Abigail. Propiedad de John Jay, Abigail acompañó a la familia Jay a París, donde su dueño fue parte de la negociación del tratado que reconoció la independencia de los Estados Unidos. Es una historia fascinante que recoge las contradicciones de quienes lucharon por la libertad de las Trece Colonias. Mientras Jay, en unión a John Adams y Benjamín Franklin, buscaba afirmar la independecia de su país, Abigail luchaba, sin éxito, por alcanzar su libertad.

Jones es profesora de Historia en la Universidad Johns Hopkins y autora de Vanguard: How Black Women Broke Barriers, Won the Vote, and Insisted on Equality for All. @marthasjones


Mujer, negra, esclava y poeta | En el campo de lavanda

Esclavizada a un padre fundador, buscó la libertad en Francia

Martha S. Jones

The New York Times  23 de noviembre de 2021

A pesar de sus muchos marcadores de memoria, hay algunas historias sobre el pasado que París no cuenta. Soy una historiadora afroamericana que pasa cada verano en París con mi familia. En junio pasado, cuando se levantaron los cierres de la pandemia, llegaron los invitados, ansiosos por descubrir los aspectos más destacados de la ciudad y superar las guías.

Las condiciones no eran ideales, pero cuando me pidieron que compartiera algo sobre la historia de la ciudad, los invité a descubrir cómo Francia y los Estados Unidos estuvieron unidos hace mucho tiempo en la brutalidad de la esclavitud transatlántica.

Presenté a mis visitantes a una mujer esclavizada a quien conozco por un solo nombre, Abigail. Traída de los Estados Unidos a París por uno de los fundadores de Estados Unidos, John Jay, murió allí en un intento fallido de ganar su libertad.

Vanguard: How Black Women Broke Barriers, Won the Vote - Virginia Humanities

Los marcadores de memoria de la ciudad, lieux  des memoires, cuentan fácilmente la historia de hombres como Jay, quien finalizó los términos de la libertad para los nuevos Estados Unidos allí en 1783. Fue uno de los hombres que firmaron el Tratado de París en septiembre, resolviendo la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Aún así, la historia de Abigail hasta hoy sigue siendo fácil de pasar por alto.

He buscado a Abigail hace mucho tiempo, casi 10 años. Primero me quedé perpleja sobre su vida y muerte como recién llegada a París cuando me topé con los muchos homenajes de la ciudad a los fundadores estadounidenses. Saliendo del Museo  de Orsay y dirigiéndome a la orilla derecha a través de la  Passerelle  Léopold-Sédar-Senghor, con los barcos turísticos bateaux mouches  pasando por debajo, me encontré con una estatua de bronce de 10 pies de altura de Thomas Jefferson, otro fundador de los Estados Unidos, planes para su finca de Virginia, Monticello, en la mano.

Caminando a lo largo de la rue Benjamin-Franklin del distrito 16, me aventuré a la pequeña Plaza de Yorktown para descubrir que la figura sentada en lo alto de un zócalo de piedra era el propio Franklin. Recién salido de observar a la gente desde una mesa de la acera en el café Les Deux Magots, una vez el refugio de las luminarias del siglo 20 James Baldwin y Richard Wright, di la vuelta a la esquina en la rue Jacob. Haciendo una pausa en el número 56, leí la placa de mármol rosa que marca el sitio del Hôtel  d’York, donde tres de los hombres que dieron forma a la independencia de Estados Unidos, los comisionados de paz de los Estados Unidos Benjamin Franklin, John Adams y John Jay, finalizaron el Tratado de París.

Estos lugares legendarios son, reconocí, blanqueados. No hay mención de las personas esclavizadas, como Abigail, que estaba obligada a trabajar en los hogares parisinos de los Fundadores. Ningún sitio explica que durante el tiempo de John Jay en la capital francesa, mientras negociaba la libertad de la nueva nación, también se ocupó de la falta de libertad de los demás.

John Jay Homestead • John Jay by John Trumbull

John Jay

Abigail viene a nosotros refractada a través de las preocupaciones de aquellos que conspiraron para mantenerla atada a la familia Jay, y recuperar su voz distintiva es difícil de lograr a través de registros que ella, como mujer esclavizada, tuvo poca mano en la construcción. Aún así, para dar una explicación más completa de la fundación de nuestra nación y los muchos primeros estadounidenses que contribuyeron a ella, he recopilado pequeños fragmentos del pasado que traen a Abigail más claramente a la vista. Como historiadora, me preocupa que nunca aprenda lo suficiente sobre ella, y todavía estoy seguro de que Abigail junto con John Jay deben ser recordados.

Gran parte de lo que sabemos sobre los fatídicos 18 meses de Abigail en París proviene de las cartas sobrevivientes de John Jay, Benjamin Franklin y sus familias mientras trabajaban para frustrar sus esfuerzos por liberarse. Las misivas se pasaban entre los hogares de los pueblos de Passy y Chaillot, pequeños enclaves fronterizos con París. Las cartas llevaban noticias de París a Londres, donde Jay cuidó de sus negocios familiares y de su salud.

Abigail había estado vinculada a la familia Jay desde al menos 1776, aunque nada en la Declaración de Independencia de ese año cambió su estatus. El Índice de Registros de Esclavitud de Nueva York informa cómo el padre y el abuelo de John Jay invirtieron en el comercio de esclavos a Nueva York, y el propio John Jay mantuvo al menos a 17 personas esclavizadas durante su vida. En 1779, Abigail se encontró en un viaje que se cruzaba con las antiguas rutas de comercio de esclavos, acompañando a la familia Jay cuando partió hacia Europa.

Su grupo se detuvo en Martinica, una colonia azucarera del Caribe francés impulsada por mano de obra esclavizada, donde Jay compró a un niño llamado Benoit, quien lo acompañó a la misión diplomática de Jay en Madrid, la que alguna vez fue capital del imperio esclavista de España. En 1782, los Jays se dirigían a París, el centro de un imperio en el que el comercio de esclavos y un despiadado régimen de plantaciones llenaban las arcas de las familias en las ciudades portuarias francesas. La esclavitud unió las Américas y Europa con un desprecio casual pero insensible en el siglo 18.

Cuando Jay se dirigió a Londres en octubre de 1783, su esposa, Sarah, y su sobrino Peter Jay Munro manejaron los asuntos de la familia. Abigail asistió a la Sra. Jay, especialmente después del nacimiento de tres hijos lejos de casa. Sarah Jay escribió agradecido a su madre: «La atención y las pruebas de fidelidad que hemos recibido  de Abbe, exigen y siempre tendrán mis reconocimientos, difícilmente pueden imaginar lo útil que es para nosotros».

En París, el aislamiento impuso una tensión especial a Abigail. Fue la única persona esclavizada que acompañó a los Jays desde América, hizo muy pocos amigos y añoró a sus propios seres queridos al otro lado del Atlántico. Sólo más tarde, en 1784, James Hemings llegaría a París, esclavizado por Thomas Jefferson. La hermana de James, Sally, la siguió en 1787, pero Abigail, habiendo muerto en 1783, nunca tuvo la oportunidad de reunirse con estos esclavos estadounidenses que también vivían en París.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

En la primavera de 1783, la señora Jay escribió de manera reveladora a su propia hermana Kitty: «Abbe está bien y estaría encantada de saber si todavía es amante de un esposo». Abigail, nos enteramos, estaba lejos de una persona querida, un esposo, y le preocupaba que esos lazos pudieran haberse desgastado durante los años que pasó separada.

Nada en los registros sobrevivientes describe a Abigail; nos queda imaginarla. ¿Era alta o baja, ligera o redonda, oscura o clara? ¿Caminaba con seguridad, o era cautelosa la mayor parte del tiempo? No sabemos su edad. Aún así, podemos decir cómo se sintió. En el verano de 1783, Abigail no estaba bien. Jay informó que un dolor de muelas y reumatismo la mantuvieron confinada la mayor parte del tiempo. Pero sus problemas no eran solo los del cuerpo.

Abigail estaba inquieta en su mente. Tal vez estaban demasiados años lejos de amigos y familiares. O, sugirió la Sra. Jay, podría haberse vuelto celosa de un miembro francés del personal doméstico o haber sido influenciada por una lavandera «inglesa» que la atizó con la promesa de salarios a cambio de trabajo. En París, los lazos de esclavitud se aflojaron lo suficiente como para permitir a Abigail repensar su futuro.

Era finales de octubre cuando Abigail decidió poner a prueba el control de la esclavitud sobre ella y se dirigió a las calles de París no tenía intención de volver. A petición de la señora Jay, William Temple Franklin, compañero de su abuelo Benjamin Franklin, buscó la ayuda del teniente de policía de París, Jean-Charles-Pierre Lenoir, mediante un lettre  de cachet, una solicitud que a veces se utiliza para disciplinar a los miembros del hogar que se consideran fuera de lugar. La policía pronto encontró  a Abigail en compañía de la misma lavandera que había prometido pagarle el salario, y la llevaron al Hôtel de la Force, una cárcel de la ciudad donde las celdas de las mujeres eran conocidas como La Petite Force. Jay escribió a su esposo, preocupada por efecto que tal lugar podría tener en la salud de Abigail. Lenoir aseguró que podría ser detenida indefinidamente si los Jays aceptaba pagar una cantidad modesta por las comidas de Abigail. Peter Jay Munro le explicó a su tía que durante sus visitas con Abigail, ella se negó a regresar a la casa de la familia a menos que se le prometió el pasaje de regreso a Estados Unidos.

John Jay desestimó las preocupaciones de Abigail y escribió a Munro, alentando a que fuera coaccionada: «Creo que sería mejor posponer su visita al Hotel de la Force por algunas semanas». Jay creía que las llamadas de Munro “probablemente serían recibidas con más gratitud”, y luego pasó a menospreciar a Abigail, comentando: «Las mentes pequeñas no pueden soportar atenciones y a las personas de esa clase deberían preferirse de ser concedidas que ofrecidas». Jay aconsejó que la familia siguiera el consejo de Benjamin Franklin y dejara que Abigail permaneciera en la cárcel por más tiempo; Franklin había sugerido que de 15 a 20 días de confinamiento tendrían el efecto deseado. Era una forma de disciplina destinada a doblegar la voluntad de Abigail.

La Force Prison - Wikipedia

Durante las siguientes semanas, se acercó el invierno mientras Abigail permanecía confinada y su salud dio un grave giro. La disposición de la joven se “endureció” y una enfermedad física la envió a la enfermería. Abigail luego se volvió “penitente”, informó Peter Jay Munro, y pidió regresar a la casa de los Jays en Francia. William Templeton Franklin arregló su liberación y la Sra. Jay hizo una nota de que había adelantado 60 libras, probablemente el cargo por las comidas de Abigail, para asegurar su regreso. De vuelta en la residencia de Jay, Abigail casi de inmediato se terminó  encamada. «Esperamos que se recupere», escribió Sarah Jay a su esposo. Pero en dos semanas, Abigail estaba muerta. Lo que sucedió entonces, ni las cartas de jay ni las de la familia Franklin confiesan.

Esperaba que los signos del tiempo que Abigail estuvo en París hubieran sobrevivido. ¿Podría encontrar algo parecido a un monumento a ella? Empecé a buscar dónde había vivido, los pueblos de Passy y Chaillot. Tal vez había sido enterrada allí. Hoy en día la zona está de moda, con calles bordeadas de boutiques de alta gama. Una tienda de libros raros, Anne  Lamort  Livres  Anciens,en la rue Benjamin-Franklin, exhibió una copia de «Les Chaînes de L’Esclavage»(«Las cadenas de la esclavitud») de Jean-Pierre Marat de 1792 en su ventana delantera, casi como para alentar mi búsqueda. Está a pocos pasos del Trocadero, que hoy es un cruce de caminos para seis bulevares principales, adornados por fuentes, jardines bien cuidados y el neoclásico Palais de  Chaillot,construido en 1937 para anclar la Exposición  Internacional de la ciudad. Vislumbré una vista perfecta de postal de la Torre Eiffel en las aberturas entre los edificios erigidos durante la era del barón Haussmann, quien rehizo el paisaje urbano a mediados del siglo 19 en su estilo característico.

Rue Benjamin-Franklin | French-American Cultural Foundation

Tal vez Abigail fue enterrada cerca. Me dirigí al sitio del cementerio del siglo 18 de Passy, a lo largo de la estrecha rue de l’Annonciation,  donde algunas de las casas de élite de uno y dos pisos de la época de Abigail todavía están en pie, pintadas ahora en pasteles apagados y aseguradas por paredes y puertas. La calle está llena de charlas de café y compradores que se lanzan a hacer mandados. Las cosas se calmaron cuando me volví hacia la rue  Lekain, donde los residentes de Passy fueron enterrados en un momento. No hay señales ahora de ese cementerio temprano. Los enterrados allí en el siglo 18 fueron enterrados hace mucho tiempo o tenían sus huesos almacenados bajo tierra en las catacumbas de la ciudad.

Tal vez había pistas sobre las semanas de detención de Abigail en los registros de los archivos de la Prefectura  de Policía. Hace unos veranos, busqué entre las antiguas  lettres  de cachet, incluidas las solicitudes privadas de detención de miembros del hogar, conservadas en habitaciones reservadas en un recinto policial en funcionamiento. Es un lugar imponente, construido de acero y hierro de finales del siglo 20, con pequeñas ventanas que aumentan la sensación penal. Examiné cientos de registros que relatan las vidas de los muchos desafortunados atrapados en disputas por su conducta descarriada: esposos contra esposas, padres contra hijos y amos contra sirvientes, muchos de los cuales aterrizaron en las celdas de lugares como el Hôtel de la Force. A pesar de pasar un día pasando páginas polvorientas y frágiles de la década de 1780, no encontré ni un solo documento con el nombre de Abigail. Incluso eso podría haber sido una especie de monumento a su terrible experiencia.

Encontrar algún rastro de Abigail en el sitio donde fue encarcelada, La Petite Force, resultó más prometedor. Una pared de la cárcel permanece en pie donde la rue Pavée  y la rue  Malher se encuentran en el barrio de Marais. Me uní por las calles estrechas, esquivando los cafés al aire libre que se han apoderado de muchas aceras durante la pandemia. Luego,  mirando hacia arriba, reconocí el contorno del muro que marcaba el límite más septentrional de la cárcel. Me enteré de que el lugar había comenzado como el hogar de Henri-Jacques  Nompar  de Caumont, el duque de la Force. Cuando se lo entregó a la ciudad, construyó allí un modelo de reforma penal con ventanas, cuartos separados para mujeres y una enfermería, todo lo cual Abigail llegó a conocer.

France, Paris, Bibliotheque Historique de la Ville de Paris or BHVP, public  library specializing in the history of the city of Paris, founded in 1871  and located since 1969 in the LamoignonA un lado de la pared del siglo 18 de la cárcel todavía se encuentra el Hôtel de Lamoignon, hoy  Bibliothèque  Historique de la Ville de Paris. Me dirigí allí para ver mejor su patio, solo para encontrarme con un bibliotecario de referencia que estaba feliz de buscar en su colección digital imágenes de La Petite Force. Allí estaba, en su pantalla: tres pisos de piedra y hierro, un arco cerrado para una entrada. Me senté durante un largo momento en la tranquila zona de recepción de la biblioteca, imaginando a Abigail: llegando allí, insistiendo en quedarme y finalmente cayendo fatalmente enferma.’

París no tiene un verdadero monumento a Abigail, ningún lugar que recuerda a un esclavo estadounidense que murió allí en el advenimiento de la libertad estadounidense. Casi todos los signos de su corta y precaria vida se perdieron hace mucho tiempo o se borraron definitivamente. Es una larga caminata, pero sabía que tenía que hacer una última parada: el Jardin du Luxembourg, donde las rosas estaban en flor.

Allí, justo detrás del lugar de reunión del senado nacional de Francia, se encuentra un homenaje a los pueblos esclavizados de Francia que vivieron y murieron en esclavitud, una experiencia que la nación declaró un crimen contra la humanidad en la Ley de Reconocimiento de la Trata de Esclavos y la Esclavitud de 2001, conocida con el nombre de su campeona, Christiane  Taubira,  como la Ley Taubira.  En este sitio, cada 10 de mayo, Francia rinde homenaje a los esclavizados. Las palabras grabadas en un monumento de granito, instalado en 2011, acreditan a las personas esclavizadas, por su lucha y búsqueda de la dignidad, con sentar las bases de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la república francesa. Aquí, las personas esclavizadas son honradas como entre los fundadores de Francia.

En París, para Abigail, y para otros vinculados por los fundadores estadounidenses durante su misión por la libertad, un tributo similar se siente muy atrasado. Por ahora, este recorrido por el París de Abigail tendrá que ser suficiente.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez 

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Este domingo 19 de diciembre del 2021, y como parte de los Brook Breaks del Gilder Lehrman Institute, el historiador Allen C. Guelzo comentará su más reciente libro, Robert E. Lee: A Life. Publicado en 2021 por Alfred A. Knopf, esta biografía de uno de los personajes más controversiales de la historia de Estados Unidos, ha sido elogiada tanto por histporiadores como por críticos literarios.

Guelzo es profesor en la Universidad de Princenton y ganador, entre otros premios, del  Bradley Prize en 2018.

Los interesados pueden registrarse aquí.


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El 22 de noviembre de este año conmemoramos 58 años de la muerte de John Fitzgerald Kennedy (JFK). De visita en la ciudad de Dallas (Texas) junto a su esposa Jacqueline, Kennedy fue asesinado mientras recorría las calles en una carro descapotable. La muerte de JFK estremeció a la nación estadounidense. Es uno de varios momentos en que los estadounidenses se han dado de frente con la mentira de su alegada excepcionalidad. Este magnicidio ha dado vida a innumerables teorías conspiratorias, que como bien señala James K. Galbraith en este escrito, el gobierno estadounidense ha alimentado al no hacer públicos todos los documentos que posee relacionados a lo que ocurrió en Texas hace ya casi sesenta años.

Galbraith es trustee de Economists for Peace and Security y profesor en la LBJ School of Public Affairs de la University of Texas en Austin. Entre 1993  1997, se desempeñó como asesor técnico principal para la reforma macroeconómica de la Comisión de Planificación Estatal de China. Es autor de Inequality: What Everyone Needs to Know (Oxford University Press, 2016) y Welcome to the Poisoned Chalice: The Destruction of Greece and the Future of Europe (Yale University Press, 2016).


Assassination of John F. Kennedy - Facts, Investigation, Photos | HISTORY -  HISTORY

Otra vez, el encubrimiento de JFK

Project Syndicate

Reflexionemos juntos sobre la última demora en poner a disposición del público los registros completos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Fue hace 58 años. Ya transcurrió más tiempo desde el 26 de octubre de 1992 —cuando el Congreso determinó que se pusieran a disposición del público, completa e inmediatamente, casi todos los registros sobre el asesinato de JFK— que entre el atentado y la aprobación de esa ley.

El difunto senador John Glenn, de Ohio —un héroe-astronauta de la época de Kennedy—, escribió la ley de 1992. Esa ley estipula que «se debe suponer que todos los registros gubernamentales relacionados con el asesinato […] son para su publicación inmediata y que toda la documentación debe ser, finalmente, puestos a disposición del público». La ley afirma que «solo en casos excepcionales hay motivos legítimos para continuar protegiendo esos registros».

El Congreso especificó con precisión cuáles podrían ser esos casos. Proteger la identidad de un agente de inteligencia que «requiera protección en la actualidad» era uno de ellos. De igual manera, las fuentes o métodos de inteligencia «utilizados en la actualidad» merecían protección. En algunos casos, la privacidad podía ser de primordial importancia. Finalmente, había cláusulas que eximían a cualquier otra cuestión relacionada con «la defensa, operaciones de inteligencia o tareas de relaciones exteriores cuya revelación perjudicaría en forma comprobable la seguridad nacional de Estados Unidos».

Después de 25 años esas cláusulas vencieron y la ley exige que el presidente certifique que «es necesario continuar posponiendo [su difusión] para proteger a la defensa militar, las operaciones de inteligencia, las fuerzas del orden o las tareas de relaciones exteriores contra perjuicios identificables cuya gravedad sea tal que supere al beneficio público de revelar la información». El 22 de octubre el presidente Joe Biden firmó esa certificación, supuestamente temporal, y asignó a las agencias federales relevantes la revisión de todos los registros restantes y la presentación de un informe, para el 1 de octubre de 2022, que identifique los casos en que el riesgo de esos peligros identificables todavía existe.

President Trump pledged to open classified JFK assassination files. What  happened to that?

Lee Harvey Oswald custodiado por policias texanos.

¿Qué «peligro identificable» puede haber? En su relato de la historia, The New York Times nos recuerda que después de una «investigación [exhaustiva] de un año de duración, el juez de la Corte Suprema Earl Warren determinó que Lee Harvey Oswald actuó en forma independiente». Hace 58 años que Oswald (como Kennedy) está muerto. ¿Si actuó solo y una investigación exhaustiva lo comprobó hace 57 años, qué secreto puede haber? Si actuó solo, no hay terceros culpables. Ni entonces, ni 29 años más tarde, ni en la actualidad.

El Times hace la distinción entre «investigadores y conspiracionistas». Se podría suponer que los investigadores son quienes aceptan los resultados de la Comisión Warren, mientras que los conspiracionistas, no. Pero, más allá de los pocos que se ganaron la vida defendiendo a la Comisión de sus numerosos críticos, ¿por qué habría alguien que no desconfiase de la historia oficial estar interesado en este caso? De hecho, como lo admite el Times, la gente está interesada y las encuestas demuestran que «la mayoría de los estadounidenses cree que hubo otras personas involucradas».

En otras palabras, la mayoría de los estadounidenses acepta la teoría conspiratoria. Perciben que la historia del «tirador solitario» no es compatible con la afirmación de que la defensa nacional, las operaciones de inteligencia o las relaciones internacionales en 2021 se verían afectadas por la difusión de todos los documentos, sin censura, como lo exige la ley, casi 58 años después del asesinato de Kennedy a manos de ese tirador solitario.

JFK assassination: Many theories, but no 'real evidence' of a conspiracy

El teniente de policía J.C. Day sostiene en alto el rifle de cerrojo con mira telescópica que supuestamente se usó en el asesinato del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Foto AP

No acuso a Biden, ni a las agencias cuyos consejos aceptó sobre estas cuestiones, de infringir la ley. Po el contrario, acepto su palabra de que, en su opinión, la difusión completa de todos los documentos sí comprometería a los militares, al sector de inteligencia y a las relaciones internacionales.

No cuesta mucho entender por qué. Supongamos, como un mero ejercicio, que hubo una conspiración. Supongamos que los documentos restantes, junto con los ya publicados, probarían —o permitirían que los ciudadanos probaran— lo que la mayoría de los estadounidenses ya creen. En ese caso, sería obvio que el ocultamiento involucró a funcionarios gubernamentales estadounidenses de alto nivel, incluidos los líderes de las propias agencias a las que se les asignó la revisión de los registros en la actualidad. Y, por una cuestión de lógica, de eso se desprende que en cada cohorte posterior, y con cada presidente, se siguió ocultando la verdad. ¿No es esa la única situación posible en que los intereses actuales de esas agencias podrían verse afectados?

La ironía es que al retener los registros el gobierno ya admitió, sin decirlo, que la Comisión Warren mintió y que hay secretos infames que está decidido a proteger. Acepta, sin decirlo, que hubo una conspiración y que se sigue ocultando la verdad. De no ser así todos los registros hubieran sido publicados mucho tiempo atrás. No hace falta ser conspiracionista para darse cuenta.

Recuerden lo que digo: la fecha límite de Biden en 2022 llegará y pasará. El escándalo seguirá. Nadie que recuerde 1963 vivirá para ver que el gobierno estadounidense admita toda la verdad sobre el asesinato de Kennedy… y la fe del pueblo estadounidense en la democracia seguirá deteriorándose. Solo hay una forma de evitarlo: publicar todos los registros, sin restricciones, y hacerlo ahora.

Traducción al español por Ant-Translation.

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