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Archive for the ‘Prejuicio racial’ Category

Timothy Snyder es uno de los  analistas más destacados  de la historia de Europa del Este y del Holocausto.  Profesor de historia en la Universidad de Yale, el Dr. Snyder es autor de varios libros sobre atrocidades políticas, entre los que destacan  Bloodlands Europe Between Hitler and Stalin (Peguin Ramdon House, 2010) Black Earth The Holocaust as History and Warning (Peguin Ramdon House, 2015).

El pasado 29 de junio del presente año, Snyder publicó una excelente columna de opinión en el diario New York Times,  enfocando un tema de crucial importancia: la guerra contra la Historia (sí, en mayúscula) que se viene dando en varios países europeos, entre ellos la Rusia de Putin. Lo que le prepocupa a este historiador estadounidense es lo que él denomina como “leyes de memoria”, es decir, “acciones gubernamentales diseñadas para guiar la interpretación pública del pasado”. Leyes como la aprobada en Polonia para encubrir la participación de sus ciudadanos en el Holocausto o las medidas tomadas en Rusia para esconder los crímenes de Stalin.

Lo interesante de esta columna de Snyder es cómo víncula lo que ha estado ocurriendo en la Europa oriental con lo que se viene desarrollando en Estados Unidos. Como es sabido, la elección de Trump en 2016 empoderó a la derecha recalcintrante y a los supremacistas raciales. Uno sus blancos de ataque ha sido la enseñanza de la historia en Estados Unidos. Para estos grupos de la sociedad estadounidense, la enseñanza de la historia debe tener como objetivo crear ciudadanos patriotas, no críticos de su país y sus instituciones. Es así como cuestionaron, con la venia de la administración Trump, programas de estudios de minorías y  proyectos como 1619, conmemorando 500 años de la llegada de esclavos a lo que hoy es Estados Unidos. Desafortundamente, la salida del empresario neoyorquino de la Casa Blanca no acabó con esta ofensiva en contra de la historia. Actualmente, la sociedad estadounidense está inmersa en una guerra cultural sobre la ensañanza de la historia entre quienes quieren una historia edulcorada que deje fuera o preste poca atención a temas controversiales y sensitivos como la esclavitud, y quienes defiende la necesidad de una historia crítica y, por ende,  incomoda para quienes buscan esconder los pecados de la nación estadounidense. En fin, como diría el gran historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, la historia sigue siendo un arma.

En su columna, Snyder analiza cómo  manipular la historia a través de la aprobación de leyes  o reglamentos que limitan su enseñanza e investigación, constituye una amenaza para la democracia estadounidense.


Discurso Visual

Diego Rivera, La Plaza Roja, 1928, óleo.

La guerra contra la historia es una guerra contra la democracia

Timothy Snyder

The New York Times   29 de junio de 2021

En marzo de 1932, la portada de la revista Fortune presentaba una pintura de la Plaza Roja de Diego Rivera. Una multitud incontable de hombres sin rostro marcharon con pancartas rojas, rodeando una locomotora estampada con hoz y martillo. Esta era la imagen de modernización comunista que los soviéticos deseaban transmitir durante el primer plan quinquenal de Stalin: el logro fue impersonal, técnico, incuestionable. La Unión Soviética se estaba transformando de un remanso agrario en una potencia industrial a través de una comprensión disciplinada de las realidades objetivas de la historia. Sus ciudadanos celebraron la revolución, como sugería la pintura de Rivera, incluso cuando los moldeó en un nuevo tipo de pueblo.

Pero en marzo de 1932, cientos de miles de personas ya estaban muriendo de hambre en la Ucrania soviética, el granero del país. La rápida industrialización se financió destruyendo la vida agraria tradicional. El plan quinquenal había traído la “deskulakización”, la deportación de campesinos considerados más prósperos que otros, y la “colectivización”, la apropiación de tierras agrarias por parte del Estado. Un resultado fue la hambruna masiva: primero en Kazajistán, luego en el sur de Rusia y especialmente en la Ucrania soviética. Los líderes soviéticos eran conscientes en 1932 de lo que estaba sucediendo, pero insistieron en las requisas en Ucrania de todos modos. El grano que la gente necesitaba para sobrevivir fue confiscado y exportado por la fuerza. El escritor Arthur Koestler, que vivía en la Ucrania soviética en ese momento, recordó la propaganda que presentaba a los hambrientos como provocadores que preferían ver sus propios vientres hinchados en lugar de aceptar el logro soviético.

Ucrania era la república soviética más importante más allá de Rusia, y Stalin la entendía como díscola y desleal. Cuando la colectivización de la agricultura en Ucrania no produjo los rendimientos que Stalin esperaba, su respuesta fue culpar a las autoridades locales del partido, al pueblo ucraniano y a los espías extranjeros. A medida que se extraían alimentos en medio de la hambruna, fueron principalmente los ucranianos los que sufrieron y murieron —unos 3,9 millones de personas en la república, según el mejorcálculo, más del 10 por ciento de la población total. En las comunicaciones con camaradas de confianza, Stalin no ocultó que estaba dirigiendo políticas específicas contra Ucrania. A los habitantes de la república se les prohibió salir de ella; a los campesinos se les impedía ir a las ciudades a mendigar; las comunidades que no lograron establecer objetivos de cereales quedaron aisladas del resto de la economía; las familias fueron privadas de su ganado. Por encima de todo, el grano de Ucrania fue incautado sin piedad, mucho más allá de cualquier cosa que la razón pudiera ordenar. Incluso la semilla de maíz fue confiscada.

Journalist Gareth Jones' 1935 murder examined by BBC Four - BBC News

Gareth Jones

La Unión Soviética tomó medidas drásticas para garantizar que estos acontecimientos pasaran desapercibidos. Se prohibió la presencia de periodistas extranjeros a Ucrania. La única persona que sí reportó sobre la hambruna en inglés bajo su propio nombre, el periodista galés Gareth Jones, fue asesinado más tarde. El corresponsal en Moscú de The New York Times, Walter Duranty, explicó la hambruna como el precio del progreso. Decenas de miles de refugiados hambrientos cruzaron la frontera con Polonia, pero las autoridades polacas optaron por no dar a conocer su difícil situación: se estaba negociando un tratado con la U.S.S.R. En Moscú, el desastre fue presentado, en el congreso del partido de 1934, como una segunda revolución triunfante. Las muertes fueron recategorizadas de “hambre” a “agotamiento”. Cuando el siguiente censo contó millones de personas menos de las esperadas, los estadísticos fueron ejecutados. Mientras tanto, los habitantes de otras repúblicas, en su mayoría rusos, se mudaron a las casas abandonadas de los ucranianos. Como beneficiarios de la calamidad, no estaban interesados en sus fuentes.

Después de que la Unión Soviética llegara a su fin en 1991, los ciudadanos de una Ucrania recién independiza comenzaron a conmemorar a los muertos de la hambruna de 1932-33, a la que llaman el Holodomor. En 2006, el Parlamento ucraniano reconoció los hechos en cuestión como un genocidio. En 2008, la Duma rusa respondió con una resolución que proporcionaba un relato muy diferente de la hambruna. Incluso cuando los legisladores rusos parecían reconocer la catástrofe, la volvieron en contra de las principales víctimas. La resolución declaró que “no hay pruebas históricas de que la hambruna se organizara según líneas étnicas”, y mencionó deliberadamente seis regiones en Rusia antes de mencionar a Ucrania.

Este orden se volvió habitual en la prensa estatal rusa: las menciones de la hambruna incluían una lista torpemente larga de regiones, minimizando la especificidad de la tragedia ucraniana. La hambruna se presentó como resultado de errores administrativos por parte de un aparato estatal neutral. Todos fueron víctimas, y nadie lo fue. En una carta de 2008 a su homólogo ucraniano, el presidente ruso Dmitri Medvedev aplastó el evento en un acto de represión “contra todo el pueblo soviético”.

Al año siguiente, Medvedev estableció la Comisión Presidencial de la Federación Rusa para Contrarrestar los Intentos de Falsificar la Historia en detrimento de los intereses de Rusia, un panel de políticos, oficiales militares e historiadores aprobados por el Estado que aparentemente se encargaron de defender la historia oficial del papel de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Hizo poco en la práctica, pero estableció un principio importante: que la historia era lo que servía a los intereses nacionales de Rusia y que todo lo demás era revisionismo. Este principio se aplicó inevitablemente a la historia de la hambruna. En los medios estatales rusos, los historiadores rusos señalaron repetidamente que las personas que ejecutaban las órdenes de Stalin en Ucrania eran a su vez ucranianos. (Esto era, por supuesto, cierto, pero algo similar se puede decir de casi todas las políticas coloniales y genocidas. El ministerio de relaciones exteriores ruso tomó la posición en 2017 de que los ucranianos que recuerdan la hambruna tenían “un objetivo: ampliar la brecha entre Rusia y Ucrania”.

 

40,000 Russian troops on Ukraine border - CNN Video

Soldados rusos en Ucrania, 2014.

Esta incapacidad para reconocer una tragedia condujo a una incapacidad para reconocer a un pueblo. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2014, una de las razones era que Ucrania no era un Estado real. Vladimir Putin, por entonces (otra vez) presidente, comparó la situación en Ucrania con la Revolución Bolchevique: una época de caos y guerra civil, cuando un ejército enviado desde Rusia podía decidir las cosas. Los abogados internacionales rusos argumentaron que la invasión y la anexión estaban justificadas por la desaparición del Estado ucraniano.

En el momento de la invasión, había un museo propio del gulag en Rusia, un sitio para recordar millones de muertes y decenas de millones de encarcelamientos: la reconstrucción de Perm-36, un campo de “régimen especial” particularmente notorio para prisioneros políticos. Durante la invasión de Ucrania, el sitio fue tomado por el estado ruso, sus exhibiciones revisadas para centrarse en la experiencia de los guardias de la prisión en lugar de los prisioneros, que habían sido desproporcionadamente ucranianos. Raphael Lemkin, el abogado polaco-judío que acuñó la palabra “genocidio”, opinaba que la política soviética en Ucrania equivalía a una. Durante la guerra, su panfleto que lo decía fue colocado en el índice de “materiales extremistas” de Rusia, junto con una serie de publicaciones sobre la historia de la Ucrania soviética. La posesión de estos documentos podría llevar a una sentencia de prisión.

Estas políticas rusas pertenecen a un creciente cuerpo internacional de lo que se llaman “leyes de memoria”: acciones gubernamentales diseñadas para guiar la interpretación pública del pasado. Tales medidas funcionan afirmando una visión obligatoria de los acontecimientos históricos, prohibiendo la discusión de hechos o interpretaciones históricas o proporcionando directrices vagas que conducen a la autocensura. Las primeras leyes de memoria generalmente fueron diseñadas para proteger la verdad sobre los grupos de víctimas. El ejemplo más importante, aprobado en Alemania Occidental en 1985, criminalizó la negación del Holocausto. Tal vez como era de esperar, otros países siguieron ese precedente y prohibieron la negación de otras atrocidades históricas. La ley de Alemania Occidental fue controvertida para algunos defensores de la libertad de expresión; las medidas sucesivas fueron impugnadas sobre la base de que el Holocausto se encontraba en una categoría especial. Sin embargo, estas primeras leyes podrían defenderse como intentos de proteger a los más débiles contra los más fuertes, y una historia en peligro de extinción contra la propaganda.

Claims Conference Statement Re: Facebook Policy Change: Holocaust Denial  and Distortion - Claims Conference

Rusia ha puesto patas arriba la lógica original de las leyes de memoria. No son los hechos sobre los vulnerables, sino los sentimientos de los poderosos los que deben protegerse. El lenguaje utilizado para alcanzar este objetivo es elegido con mucho cuidado. Durante la invasión rusa de Ucrania, Putin promulgó la engañosamente llamada “Ley contra la rehabilitación del nazismo”. Su premisa era que los tribunales de Nuremberg, donde algunos nazis fueron juzgados, habían dictado un juicio exhaustivo sobre las atrocidades de las décadas de 1930 y 40. La ley prohibió específicamente, con sanciones penales, “la información falsa sobre las actividades de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial”. En otras palabras, cualquier mención de crímenes no juzgados en Nuremberg podría equipararse a una negación de las atrocidades nazis. No se juzgó ninguna acción soviética allí, por supuesto, porque los soviéticos estaban entre los vencedores y los jueces.

Un gesto hacia la protección de la santidad del Holocausto se convirtió en un control sobre todo el universo de atrocidades no nazis. Señalar que la Unión Soviética había comenzado la guerra como un aliado nazi, según esta lógica, era cometer un crimen; un ciudadano ruso que mencionó en una publicación en las redes sociales que la Alemania nazi y la Unión Soviética invadieron Polonia fue procesado. Este año, el Parlamento ruso está considerando una ley más amplia que criminalizaría la equiparación de los objetivos y métodos de los altos mandos y militares soviéticos y nazis. Quizás lo más llamativo de esta propuesta es que sus defensores definen sus propósitos terapéuticamente. Es “un error insultar la memoria de la nación victoriosa”. La victoria fue soviética, no rusa; Judíos, bielorrusos y ucranianos sufrieron más que los rusos. No se trata de proteger los hechos históricos, sino de cultivar el sentimiento nacional.

The 1776 Report: Collector's Edition: The President's Advisory 1776  Commission: 9798716362826: Amazon.com: BooksEn noviembre pasado, cinco días después de que la última ley de memoria rusa saliera de un comité presidencial, el presidente estadounidense, Donald Trump, creó la Comisión Asesora del Presidente 1776. Su “Informe de 1776”,  publicado justo cuando el mandato de Trump llegó a su fin en enero, definió su tarea como la “restauración de la educación estadounidense”. El informe respondió al  Proyecto 1619, un intento de acercar la historia de la esclavitud al centro de las narrativas nacionales, que esta revista publicó en 2019. El informe de la comisión reprodujo la estructura de la política de memoria rusa, reconociendo un mal histórico y luego relativizándolo de una manera impactante. Se discutió la esclavitud, pero sólo como uno de los numerosos “desafíos a los principios de Estados Unidos”, una lista que también incluía el “progresismo” y la “política de identidad”. La práctica de la esclavitud en Estados Unidos se definió como una “negación de los principios estadounidenses básicos” y “el intento de sustitución de una teoría de los derechos de grupo en su lugar”, que, según los autores, “son los antepasados directos de algunas de las teorías destructivas que hoy dividen a nuestro pueblo y desgarran el tejido de nuestro país”.

La “teoría crítica de la raza” es el nuevo espantapájaros de la derecha. la  izquierda no debe caer en la trampa

La alusión a los “derechos de grupo” parece ser una referencia a la Teoría Crítica de la Raza: un conjunto de argumentos de décadas de antigüedad sobre cómo funciona el racismo en la ley y la sociedad que recientemente se ha convertido en una fijación de los políticos republicanos. Asociado con la U.C.L.A. y la profesora de la Facultad de Derecho de Columbia Kimberlé Crenshaw y otros académicos afroamericanos, la Teoría Crítica de la Raza pregunta por qué la discriminación no terminó con la Ley de Derechos Civiles de 1964 y recomienda un escrutinio crítico de las leyes centrándose en sus consecuencias en lugar de en las intenciones declaradas de sus autores. El Informe de 1776 se fija en el flagelo relacionado de la “política de identidad”, un “credo” por el cual los “supuestos opresores” deben “expiar e incluso ser castigados a perpetuidad por sus pecados y los de sus antepasados”. Estas ideas recibieron más atención en el Informe de 1776 que la esclavitud.

Esta primavera, las leyes de la memoria llegaron a Estados Unidos. Los legisladores estatales republicanos propusieron docenas de proyectos de ley diseñados para guiar y controlar la comprensión estadounidense del pasado. Al momento de escribir este artículo, cinco estados (Idaho, Iowa, Tennessee, Texas y Oklahoma) han aprobado leyes que dirigen y restringen las discusiones de la historia en las aulas. El Departamento de Educación de un sexto (Florida) ha aprobado directrices con el mismo efecto. Otras 12 legislaturas estatales todavía están considerando leyes de memoria.

Los detalles de estas leyes varían. La ley de Idaho es la más kafkiana en su censura: afirma la libertad de expresión y luego prohíbe el discurso divisivo. La ley de Iowa ejecuta la misma pirueta totalitaria. Las leyes de Tennessee y Texas van más lejos en la especificación de lo que los maestros pueden y no pueden decir. En  Tennessee, los maestros no deben enseñar que el estado de derecho es “una serie de relaciones de poder y luchas entre grupos raciales o de otro tipo”. Tampoco pueden negar el preámbulo de la Declaración de Independencia, palabras que Thomas Jefferson presumiblemente nunca tuvo la intención de ser parte de una ley de censura estadounidense. La ley de Idaho menciona la Teoría Crítica de la Raza; la directiva de la junta escolar de Florida lo prohíbe en las aulas. La  ley de Texas prohíbe a los maestros exigir a los estudiantes que entiendan el Proyecto 1619. Es un objetivo perverso: los maestros tienen éxito si los estudiantes no entienden algo.

The Significance of the 1619 Project – The Panther

Pero la característica más común entre las leyes, y la más familiar para un estudiante de leyes represivas de la memoria en otras partes del mundo, es su atención a los sentimientos. Cuatro de cada cinco de ellos, en un lenguaje casi idéntico, proscriben cualquier actividad curricular que dé lugar a “incomodidad, culpa, angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica a causa de la raza o el sexo del individuo”.

La historia no es terapia, y la incomodidad es parte de crecer. Como maestro, no puedo excluir la posibilidad, por ejemplo, de que mis estudiantes no judíos sientan angustia psicológica al aprender lo poco que Estados Unidos hizo por los refugiados judíos en la década de 1930. Sé por mi experiencia enseñando el Holocausto que a menudo causa incomodidad psicológica para los estudiantes aprender que Hitler admiraba a Jim Crow y el mito del Salvaje Oeste. Los maestros de las escuelas secundarias no pueden excluir la posibilidad de que la historia de la esclavitud, los linchamientos y la supresión de votantes incomode a algunos estudiantes no negros. Las nuevas leyes de memoria invitan a los maestros a autocensurarse, sobre la base de lo que los estudiantes podrían sentir, o decir que sienten. Las leyes de memoria ponen el poder de censura en manos de los estudiantes y sus padres. No es exactamente inusual que las personas blancas en Estados Unidos expresen la opinión de que están siendo tratadas injustamente; ahora tal opinión podría paralizar las clases de historia.

La suposición es que la angustia psicológica sobre la raza surge principalmente cuando se plantea el tema. Eso podría tener sentido desde la perspectiva de una persona blanca cuya preocupación es no ser considerada como racista, y que puede concluir que la mejor manera de evitar el riesgo de tal incomodidad es mantener al sujeto fuera de la mesa. Pero, ¿qué se necesitaría realmente para eliminar “la incomodidad, la culpa, la angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica” a causa de la raza de las vidas de los negros, o de los días escolares de los estudiantes negros? ¿Qué pasaría si los estudiantes afroamericanos en un estado con una ley de memoria hablaran en clase para decir que enseñar la historia de los padres fundadores sin referencia a su esclavitud les causaba incomodidad y angustia específicamente como personas negras?

Las leyes de memoria surgen en un momento de pánico cultural cuando los políticos nacionales de repente están despotricando contra las enseñanzas “revisionistas”. En Rusia, los supuestos revisionistas son personas que escriben críticamente sobre Stalin, o honestamente sobre la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos, los “revisionistas” son personas que escriben sobre la raza. En ambos casos, “revisionismo” tiende a significar las partes de la historia que desafían el sentido de rectitud de los líderes o hacen que sus partidarios se sientan incómodos.

El genocidio ucraniano provocado por la URSS del que nadie habla - Historia  - Historia

Niños ucranianos.

En Rusia, es tentador imaginar que el estalinismo tenía que ver fundamentalmente con la gestión. La hambruna en Ucrania fue un error de cálculo administrativo. El terror de finales del decenio de 1930 fue un error lamentable. La alianza con Hitler era una necesidad geopolítica. Para los estadounidenses, estas justificaciones rusas parecen ridículas, porque no tenemos sentimientos de culpa o vergüenza por los eventos en cuestión, ni una apuesta emocional en ser inocentes, ni conexión con la narrativa. No tenemos problemas para ver que el hambre, el gulag y el terror eran algo más que excesos administrativos, y no podemos pasar por alto fácilmente una alianza con Hitler. Por la misma razón, cualquiera que mire a los Estados Unidos desde el exterior inmediatamente ve que nuestras nuevas leyes de memoria protegen el legado del racismo. Sólo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Las leyes de memoria estadounidenses ni siquiera suelen referirse a eventos históricos específicos sobre los que hacen cumplir las ortodoxias; en este sentido son un paso más avanzados que las leyes de memoria rusas. Pero los momentos en que las nuevas leyes se aventuran en la especificidad son esclarecedores. “Ejemplos de teorías que distorsionan los eventos históricos y son inconsistentes con los estándares aprobados por la Junta Estatal”, dice la nueva política del Departamento de Educación de Florida,  “incluyen la negación o minimización del Holocausto y la enseñanza de la Teoría Crítica de la Raza, es decir, la teoría de que el racismo no es simplemente el producto del prejuicio, sino que el racismo está incrustado en la sociedad estadounidense y sus sistemas legales para defender la supremacía de las personas blancas”.

Esta es una sorprendente repetición de la táctica retórica de la ley de memoria rusa de 2014: en ambos, los crímenes de los nazis se despliegan para silenciar una historia de sufrimiento: en Rusia para disuadir las críticas de la era de Stalin, en Florida para prohibir la educación sobre el racismo. Y en ambos casos, las medidas en cuestión en realidad hacen que el Holocausto sea imposible de entender. Si es ilegal en Rusia discutir el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, entonces es imposible discutir cómo, dónde y cuándo comenzó la Segunda Guerra Mundial. Si es ilegal en Florida enseñar sobre el racismo sistémico, entonces los aspectos del Holocausto relevantes para los jóvenes estadounidenses no se torce. Las leyes raciales alemanas se basaron en el precedente establecido por Jim Crow en los Estados Unidos. Pero dado que Jim Crow es racismo sistémico, que tiene que ver con la sociedad y la ley estadounidenses, el tema parece estar prohibido en las escuelas de Florida.

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La ley de memoria rusa que se apoya en el Holocausto lo degrada; la medida de Florida que compara la negación del Holocausto con la Teoría Crítica de la Raza la trivializa. Hay una manera más generosa y constructiva de abordar la historia afroamericana y judía. Aunque ha sido extravagantemente caricaturizado por sus detractores, un argumento central de la Teoría Crítica de la Raza es una observación directa y, para un historiador, intuitiva: la discriminación no es simplemente una cuestión de actitudes o instituciones, sino de su interacción en la sociedad a lo largo del tiempo. Este análisis es ampliamente aplicable. Es tentador ver el Holocausto como una cuestión de prejuicio racial alemán; entonces podemos distanciarnos fácilmente asegurándonos de que no somos alemanes ni antisemitas. Pero es imposible explicar cómo casi seis millones de personas fueron asesinadas en un momento y lugar determinados simplemente refiriéndose a actitudes.

Las atrocidades comienzan en la vida cotidiana, por lo que necesitamos herramientas y conceptos para despegar lo familiar y lo exculpatorio. Empecé a escribir este ensayo después de hacer lo que hago la mayoría de los días, dejar a mis hijos en la escuela. Después de llegar a Viena el verano pasado, tuve que apresurarme para encontrar una escuela para mis hijos. Hubo una pandemia; Yo era extranjero; y hubo algunos momentos de incertidumbre. Fue un gran alivio para mí cuando mis hijos fueron admitidos en una buena escuela. ¿Qué habría hecho si luego me hubiera enterado de que las ranuras se abrieron porque algunos otros niños habían sido expulsados de la escuela? Lo más probable es que no hubiera mirado demasiado de cerca; una reacción humana sería suponer que esos otros niños deben haber merecido la expulsión, al igual que mis hijos merecen la admisión.

Ahora imaginemos que estoy en Viena, buscando una escuela, pero estamos en 1938. Hitler ha llegado y el Estado austriaco se ha derrumbado. Los niños judíos están abandonando las escuelas mientras sus familias huyen del país. Mis hijos, que han estado en una lista de espera para una escuela muy deseable, de repente tienen plazas. ¿Qué haría? Las autoridades escolares me ahorran sentimientos al no mencionar cómo se abrieron los lugares. Tal vez yo no soy un antisemita, y tal vez el director de la escuela tampoco lo sea. Pero sin embargo, algo antisemita está sucediendo, e independientemente de cómo evaluo mis propios motivos, me siento atraído. Para mí y para los otros padres en mi situación, a quienes sin duda llegaría a reconocer y conocer, llegaría a parecer normal que ya no hubiera niños judíos en la escuela.

Cuando afirmamos que la discriminación es sólo el resultado de prejuicios personales, nos liberamos de responsabilidad. Sólo nuestra historia importa, y lo que importa en nuestra historia es nuestra inocencia. La única manera de preservar la descripción neutral de una situación como esa es expulsar de la historia a las otras personas involucradas. Los padres que quieren pensar que lo que hicieron fue normal podrían ser atraídos a pensar en los judíos como más allá de la comunidad nacional. Los judíos se vuelven menos que humanos para que podamos decirnos a nosotros mismos que somos humanos. El antisemitismo que surge de esta coyuntura no radica sólo en la mente y no sólo en las instituciones: reside en algún punto intermedio, en un sistema que ahora está funcionando de una manera nueva. Sabemos a dónde nos llevó. Los judíos fueron excluidos del voto y de las profesiones. Fueron separados de sus bienes, de sus hogares y de sus vidas.

Kristallnacht | Definition, Date, Facts, & Significance | Britannica

En Austria, en 1938, lo que antes era imposible se hizo posible de repente. El estado austríaco dejó de existir, y algunos austriacos se aprovecharon abusando de los judíos. Los nazis austriacos tenían listas de apartamentos y automóviles judíos, y los tomaron para sí mismos tan pronto como pudieron. Los judíos eran objeto de humillación, violencia, violación y, en algunos casos, asesinato. Un estudiante de historia de Europa central y oriental puede ver en los acontecimientos del 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, en Tulsa, Okla., un cierto parecido con lo que sucedió en Austria, aunque la violencia en Estados Unidos estaba más concentrada.

En ese momento, Oklahoma era un estado de Jim Crow. Greenwood era un próspero barrio negro en Tulsa. En ese día de primavera, los tulsanos blancos entraron y destruyeron Greenwood, quemando edificios y asesinando a ciudadanos negros a gran escala. Contaron con el apoyo de algunos policías. Después, como en Viena, las relaciones de propiedad se alteraron para siempre, lo que tuvo un efecto impalpable pero inconfundible en las actitudes.

Sin embargo, al igual que en Austria, la violencia racial no dio lugar a un debate sobre el racismo. Al contrario: como detalla el historiador Scott Ellsworth en su nuevo libro sobre la masacre, The Ground Breaking, el poder sistémico del racismo se revela en los largos silencios. En Tulsa, la prensa local dejó de mencionar los hechos. Los documentos relativos a la masacre desapasaron de los archivos estatales. Los libros de texto de historia de Oklahoma no tenían nada que decir. A los jóvenes de Tulsa y Oklahoma se les negó la oportunidad de pensar en su propia historia por sí mismos. El silencio prevaleció durante décadas.

Cien años después de la masacre de Tulsa, casi al día de hoy, la Legislatura de Oklahoma aprobó su ley de memoria. Las instituciones educativas de Oklahoma ahora tienen prohibido seguir prácticas en las que “cualquier individuo debe sentir incomodidad, culpa, angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica” en cualquier tema relacionado con la raza. (Esto ya ha llevado a que al menos una universidad comunitaria cancele una clase sobre raza y etnia). El gobernador de Oklahoma ha afirmado que la masacre de Tulsa todavía se puede enseñar en las escuelas. Los profesores han expresado sus dudas. Dado que el objetivo de la ley es proteger los sentimientos sobre los hechos, los maestros sentirán presión para discutir el evento de una manera que no dé lugar a controversia.

Tulsa Race Massacre - HISTORY

Tulsa, Oklahoma, 1 de junio de 1921.

Los hechos tienden a ser controvertidos. Sería polémico señalar, por ejemplo, que la masacre de Tulsa fue uno de los muchos casos de limpieza racial en los Estados Unidos, o que sus consecuencias se manifiestan en Oklahoma hasta el día de hoy. Sería polémico señalar que los pogromos raciales, junto con los azotes, los tiroteos y los linchamientos, son herramientas tradicionales para intimidar a los afroamericanos y mantenerlos alejados de las urnas.

En la mayoría de los casos, las nuevas leyes de memoria estadounidenses han sido aprobadas por legislaturas estatales que, en la misma sesión, han aprobado leyes diseñadas para dificultar la votación. La administración de la memoria permite la supresión de votantes. La historia de negar el voto a los negros es vergonzosa. Esto significa que es menos probable que se enseñe cuando los maestros tienen el mandato de proteger a los jóvenes de sentir vergüenza. La historia de negar a los negros el voto involucra a la ley y a la sociedad. Esto significa que es menos probable que se enseñe cuando los maestros tienen el mandato de decirles a los estudiantes que el racismo es sólo un prejuicio personal.

Mi experiencia como historiador de la matanza en masa me dice que todo lo que vale la pena conocer es desconcertante; mi experiencia como profesor me dice que el proceso vale la pena. Tratar de proteger a los jóvenes de la culpa les impide ver la historia como lo que fue y convertirse en los ciudadanos que podrían ser. Parte de convertirse en un adulto es ver su vida en sus entornos más amplios. Sólo ese proceso permite un sentido de responsabilidad que, a su vez, activa el pensamiento sobre el futuro.

La democracia requiere responsabilidad individual, que es imposible sin una historia crítica. Prospera en un espíritu de autoconciencia y autocorrección. El autoritarismo, por otro lado, es infantilizante: no deberíamos tener que sentir ninguna emoción negativa; los temas difíciles deben ser retenidos de nosotros. Nuestras leyes de la memoria equivalen a terapia, una cura parlante. En la representación del mundo por parte de las leyes, las palabras de los blancos tienen el poder mágico de disolver las consecuencias históricas de la esclavitud, los linchamientos y la supresión de votantes. El racismo se acabó cuando los blancos lo dicen.

Empezamos diciendo que no somos racistas. Sí, eso se sintió bien. Y ahora debemos asegurarnos de que nadie diga nada que pueda molestarnos. La lucha contra el racismo se convierte en la búsqueda de un lenguaje que haga que las personas blancas se sientan bien. Las propias leyes modelan la retórica deseada. Sólo estamos tratando de ser justos. Nos comportamos de manera neutral. Somos inocentes.

Traducción: Norberto Barreto Velázquez

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Estudiantes de Carlisle en 1885

After 140 Years, Native Youth Lead Return of 10 Children’s Remains from Carlisle Indian School in PA

Democracy Now    19 de julio de 2021

The remains of nine Indigenous children were buried by the Rosebud Sioux in South Dakota after being transferred back from the former Carlisle Indian School in Pennsylvania, where the children were forcibly sent over 140 years ago. Carlisle was the first government boarding school off reservation land, and it set the standard for other schools with its motto, “Kill the Indian, Save the Man.” The schools were known for their brutal assimilation practices that forced students to change their clothing, language and culture. The Rosebud Sioux Tribe negotiated the return of the children’s remains buried at the school, and a caravan of Rosebud Sioux youth returned them to their tribe this week. Dozens of other Native American and Alaskan Native families have asked Carlisle to return their relatives’ bodies. Knowledge of the boarding schools is still being recovered as many survivors are reluctant to revisit the trauma, says Christopher Eagle Bear, a member of the Sicangu Youth Council. “These schools, they played a key part in trying to sever that connection to who we are as Lakota,” he says. “They took away our language, and they made it impossible for us to be who we really are.”

AMY GOODMAN: In 1879, the first Indigenous children, sons and daughters of Rosebud Sioux chiefs, arrived at the Carlisle Indian Industrial School they were forced to attend in Pennsylvania. This weekend, some of them returned home, after they were ripped from their families more than a century ago.

Carlisle was the first government boarding school run that was off of reservation land, and it set the standard for other schools, with its motto, “Kill the Indian, Save the Man.” The schools were known for their brutal assimilation practices, forcing students to change their clothing, language and culture. More than 10,000 children were taken to the Carlisle school before it closed in 1918.

The remains of Friend Bear Hollow Horn and eight other Native children who died 140 years ago at a Carlisle, Penn., boarding school were returned to the Rosebud Sioux Indian Reservation in South Dakota on Friday, July 16, 2021. (Dan Gleiter / PennLive)

Los restos Friend  Bear Hollow Horn y otros ocho niños nativos que murieron hace 140 años en un internado de Carlisle, Penn., fueron devueltos a la reserva india Sioux de Rosebud en Dakota del Sur.  (Dan Gleiter / PennLive)

Many of the kids died and were buried in a cemetery on site instead of being returned to their parents. In the past week, 10 of them, their remains were returned home. One was returned to the Alaskan Aleut Tribe. The other nine were returned to representatives of the Rosebud Sioux Tribe of South Dakota. Five of them were among the first students brought to Carlisle.

On Wednesday, Interior Department Secretary Debra Haaland, who is a member of the Laguna Pueblo and whose great-grandfather was sent to Carlisle, spoke at a ceremony at the Carlisle barracks. She recently announced the creation of the Federal Indian Boarding School Truth Initiative to investigate policies that forced children to assimilate. After Wednesday’s ceremony, a caravan of Rosebud Sioux youth left the barracks with the children’s remains and traveled to South Dakota. The caravan made several stops, including a prayer service stop in Sioux City, Iowa.

ROSEBUD SIOUX YOUTH: [singing] Remember me. When the sun comes up in the morning sky, there I will be, soaring with the eagles so high, feeling free.

AMY GOODMAN: Most of the nine children were reburied Saturday morning on the Rosebud Sioux Reservation in South Dakota.

For more, we’re joined by one of the Rosebud Sioux Youth Council who played a key role in all of this: Christopher Eagle Bear, a member of the Sicangu Youth Council, joining us from Sicangu Oyate Nation in South Dakota.

We welcome you to Democracy Now!, Christopher. Thanks so much for being with us. Can you take us on the journey that you have gone on — this wasn’t the first time you went to Carlisle — to bring the remains of your family and the ancestors of others at Rosebud Sioux Reservation?

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Estudiantes ejercitándose en el gimnasio de Carlisle

CHRISTOPHER EAGLE BEAR: Hi. Good morning. Thank you for having me.

Yes, so, when we first started, we were a youth council that was primarily just kids, you know? This is six years ago. A lot of us were still in high school or still in middle school. And so, when we started, we went over there. And for us, it was the first time — for a lot of us, actually, it was the first time we were getting a good understanding of what a boarding school was, because boarding schools aren’t really talked about, growing up, where I come from, you know? There’s a traumatic event — something traumatic happened that made you not want to talk about it, made you not want to recreate the pain, or whatever it was, and your parents just wanted you to be protected from all of that horrificness. And so, when we went to Carlisle, it was very — it was an eye-opener to who we are today as the Lakota people, you know? Everything that makes us who we are was kind of detached from us from these boarding schools.

And so, six years later, when we come back around, to come back again to bring back these kids, it was very, very eye-opening, in the sense of the things we had to learn so that we can move forward. And what that was was the knowledge of our spirituality, our way of life. And these schools, they played a key part in trying to sever that connection to who we are as Lakota. You know, they took away our language, and they made it impossible for us to be who we really are. And so, when the kids that did make it home, they came back with that traumatic experience, and they didn’t want to continue it forward for the next generations to come.

And so, I guess I want to say that, as we moved forward, it was very — it all started with a single question that one of the members, a part of the youth group, said, and that was just a simple “Why don’t we bring them home?” Then, that one question set off a big movement that, six years later, we were able to — not only our tribe, but all the other tribes involved — that we were able to bring a child home, brought them home. And ours was just the first of, you know, what I hope to come, big things some day, you know?

AMY GOODMAN: So, you were there on Wednesday at the ceremony at Carlisle when the remains of the children were handed over. Interior Secretary Deb Haaland spoke there, and then this weekend she appeared on PBS NewsHour, after attending that repatriation ceremony.

JUDY WOODRUFF: Secretary Haaland, you also wrote recently about the challenge of loving your own country, a country that was responsible for committing these acts. How do you explain that to others, to other Native Americans who look at this and question, “How can you love a country that has done this?”

INTERIOR SECRETARY DEB HAALAND: Well, first of all, my ancestral homelands are here, and I can’t go anywhere else. This is my home, and this is where my family is. This is where my history is. We’ve been here for tens of thousands of years, and we want to make sure that we are defending this land for future generations. I believe very strongly in democracy. And if you look at tribes across the country, so many Indian tribes had long-standing historical democracies in their communities. And I am confident that our country can live up to its promise to people, to our citizens, and I want to be a part of that.

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Los miembros de la tribu llevan los restos de nueve niños Rosebud que regresan a casa del internado de Pensilvania al que fueron llevados hace 100 años el viernes 16 de julio de 2021 en Whetstone Landing.
Erin Bormett / Argus Leader

AMY GOODMAN: That’s Interior Secretary Deb Haaland speaking to Judy Woodruff on PBS. Of course, Interior Secretary Deb Haaland is the first Native American cabinet member. This is Deb Haaland speaking last month.

INTERIOR SECRETARY DEB HAALAND: For more than a century, the Interior Department was responsible for operating the Indian boarding schools across the United States and its territories. We are therefore uniquely positioned to assist in the effort to recover the dark history of these institutions that have haunted our families for too long. It’s our responsibility. … Today, I’m announcing and sharing with you all, first, that the department will launch the Federal Indian Boarding School Initiative. At no time in history have the records or documentation of this policy been compiled or analyzed to determine the full scope of its reaches and effects. We must uncover the truth about the loss of human life and the lasting consequences of these schools.

AMY GOODMAN: That’s Interior Secretary Deb Haaland, before that, congressmember from New Mexico, first Native cabinet member in U.S. history. Christopher Eagle Bear, take us on that journey that you went — Wednesday, the repatriation ceremony at Carlisle — and where you went from there with the remains of the children.

The disinterred remains of nine Rosebud Sioux children were wrapped in buffalo robes  and placed in cedar boxes for their final trip home to South Dakota, more than 140 years after they were forced to attend the Carlisle Indian Industrial School in Pennsylvania. Here, Ione Quigley, left, Rosebud’s tribal historic preservation officer, helps removes the remains from a box for a ceremony to honor their return on Friday, July 16, 2021.  (Photo by Vi Waln for Indian Country Today)

Los restos desenterrados de nueve niños Sioux de Rosebud fueron envueltos en túnicas de búfalo y colocados en cajas de cedro para su último viaje a su hogar en Dakota del Sur, más de 140 años después de que se vieron obligados a asistir a la Escuela Industrial India Carlisle en Pennsylvania. (Foto de Vi Waln para Indian Country Today)

 

CHRISTOPHER EAGLE BEAR: On Wednesday, at the Carlisle industrial military school, which it is now, we were given the right to hold a ceremony, which was a transferring of the spirit ceremony. And when we first went there, we didn’t expect it to be what it was. You know, we were really just thinking it was just going to be a little thing. And so, it was a really big surprise to see Interior Secretary Haaland there, as well as all the other big officials that came along, too.

And so, when we went on, it was very — it was actually very beautiful. The morning was very calm. It was very cool. And whenever the ceremony started, all the emotions came with it. There was this thickness in the room. You know, when you walked in there, you just wanted to — well, essentially, it felt like you just wanted to express through emotion that words cannot put into — that you cannot put into words. And so, the ceremony itself, it took about two hours to commence, so that we can do it properly, in the way it’s supposed to be done by our spiritual leaders, how they told us it should be.

And so, we were really fortunate to know that Secretary Deb Haaland came, because it just shows that, you know, as Native American people, we still have an extension to one another, to where we still want to — if one’s up here, we all want to be up here. And as a Native American, we know that when one of us rises, we all rise. And so, it’s really a good feeling to know that someone in her position is listening to what we’re doing, you know, is paying attention to how we move forward with the Repatriation Act. And hopefully, as we move forward, there will be other ceremonies with other tribes that move forward with their bringing home their children.

AMY GOODMAN: And we will certainly follow them. And I want to thank you, Christopher Eagle Bear, for joining us, a member of the Sicangu Youth Council, speaking to us from South Dakota.

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Comparto con mis lectores esta excelente reseña del más reciente libro de la historiadora Elizabeth Hinton, escrita por Keeanga-Yamahtta Taylor del Departamento de Estudios Afroamericanos de la Universidad de Princeton. Titulado America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion Since the 1960s, el libro de Hinton examina  las rebeliones de las comunidades afromericanas posteriores a la aprobación de las reformas en que culminó el movimiento de los derechos civiles. La Dra. Hinton es profesora asociada en los departamentos de Historia y Estudios Afromericanos de la Universidad de Yale.


Opinion | It's Police Violence That Spurs Black Rebellion - The New York  Times

La historia desconocida de los levantamientos negros

Keeanga-Yamahia Taylor

Black Agenda Report   1 de julio de  2021

Desde la declaración del cumpleaños de Martin Luther King, Jr. como feriado federal, nuestro país ha celebrado el movimiento por los derechos civiles, valorizando sus tácticas de no violencia como parte de nuestra narrativa nacional de progreso hacia una unión más perfecta. Sin embargo, rara vez nos preguntamos sobre la corta vida útil de esas tácticas. En 1964, la no violencia parecía haber seguido su curso, cuando Harlem y Filadelfia se encendieron en llamas para protestar contra la brutalidad policial, la pobreza y la exclusión, en lo que fueron denunciados como disturbios. Siguieron levantamientos aún más grandes y destructivos en Los Ángeles y Detroit, y, después del asesinato de King, en 1968, en todo el país: un tumulto ardiente que llegó a ser visto como emblemático de la violencia urbana y la pobreza negras. El giro violento en la protesta negra fue condenado en su propio tiempo y continúa siendo lamentado como un trágico retiro de los nobles objetivos y comportamiento del movimiento impulsado por las iglesias afroamericanas.

En el quincuagésimo aniversario de la Marcha sobre Washington, en agosto de 2013, el entonces presidente Barack Obama  cristalizó esta representación histórica cuando dijo:  “si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que, durante el transcurso de cincuenta años, hubo momentos en que algunos de nosotros, afirmando presionar por el cambio, perdimos nuestro camino. La angustia de los asesinatos provocó disturbios contraproducentes. Las quejas legítimas contra la brutalidad policial se inclinaron en la fabricación de excusas para el comportamiento criminal. La política racial podía cortar en ambos sentidos, ya que el mensaje transformador de unidad y hermandad era ahogado por el lenguaje de la recriminación”. Así, dijo Obama, “es como se estancó el progreso. Así se desvió la esperanza. Así es como nuestro país se mantuvo dividido”.

America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion  Since the 1960s (English Edition) eBook: Hinton, Elizabeth: Amazon.es:  Tienda KindleEsta percepción de los disturbios como el declive del movimiento no violento ha marginado el estudio de los mismos dentro del campo de la historia. Como resultado, la creencia generalizada sobre “los disturbios” de los años sesenta subestima enormemente la escala de la insurgencia negra y su significado político. En su nuevo libro, America on Fire: The Untold History of Police Violence and Black Rebellion Since the 1960s, la historiadora de Yale Elizabeth Hinton recupera un período mucho más largo e intenso de rebelión negra, que continuó en los años setenta. Al hacerlo, desafía el rechazo de lo que ella describe como el “giro violento” en la protesta negra, forjando un nuevo terreno en nuestra comprensión de las tácticas empleadas por los afroamericanos en respuesta a la violencia extralegal de la policía y los residentes blancos y los problemas no resueltos de la desigualdad racial y económica.

Utilizando datos compilados por el Comité del Senado sobre Operaciones Gubernamentales y el Centro Lemberg para el Estudio de la Violencia, Hinton compila una impresionante lista de más de mil levantamientos, mucho más allá de aquellos con los que estamos más familiarizados. Hemos subestimado enormemente el grado en que Estados Unidos estuvo literalmente en llamas de 1968 a 1972, años que Hinton describe convincentemente como el “período de crisol de rebelión”. De hecho, sólo en 1970 hubo más de seiscientas rebeliones. Hinton también llega a la conclusión clave de que casi todas estas rebeliones se produjeron en respuesta a la escalada de intervenciones policiales, intimidación y acoso. Ella escribe: “La historia de la rebelión negra en todas las regiones y décadas demuestra una realidad fundamental: la violencia policial precipita la violencia comunitaria”.

En el verano de 1968, en Stockton, California, dos oficiales de policía intentaron sin éxito disolver una fiesta en un desarrollo de vivienda pública. La situación escaló rápidamente cuando llegaron más de cuarenta policías blancos más, escribe Hinton, convirtiendo la “fiesta en una protesta”. La policía ordenó a la multitud que se dispersara; en su lugar, arrojaron a la policía con piedras y botellas. La policía hizo algunas detenciones, pero apenas restableció el orden. Al día siguiente, dos oficiales fueron enviados a investigar los informes de un disturbio en el gimnasio del proyecto de vivienda; los residentes encerraron a los policías dentro del gimnasio y, escribe Hinton, durante más de dos horas, una multitud de doscientas cincuenta personas “lanzó bombas incendiadas, piedras y botellas contra el edificio gritando ‘¡cerdos!’ y otros insultos”. Más de un centenar de policías, agentes del comisarío y patrulleros de carreteras llegaron al lugar; la multitud liberó a los dos oficiales, pero continuó lanzando bombas incendiarias contra el gimnasio, los automóviles cercanos e incluso una escuela primaria. Muchos de ellos eran adolescentes. Finalmente, la policía llamó a sus padres, una estrategia que funcionó cuando los niños finalmente se fueron a casa.

Harvard's Elizabeth Hinton named 2018 Carnegie Fellow – Harvard Gazette

Elizabeth Hinton

En Akron, Ohio, en agosto de 1970, la policía intentó disolver una pelea entre jóvenes negros; una multitud que los atacó con piedras durante varias horas. Al día siguiente, la violencia se intensificó, ya que los jóvenes lanzaron escombros más pesados, como bloques de hormigón y botellas de vidrio, y dañaron automóviles e hirieron a transeúntes. Finalmente, después de dos días de escaramuzas con la policía, escribe Hinton, “mil personas, en su mayoría en edad de escuela secundaria, salieron lanzando piedras y otros objetos”. La policía desplegó más de treinta botes de gas lacrimógeno para dispersar a los rebeldes, pero la presencia de la policía fue, en sí misma, la provocación. Los agentes se trasladaron al perímetro para poder vigilar pero no agitar más a la multitud. Esta fue una estrategia de corta duración: luego hicieron otra demostración de fuerza, lo que provocó otra ronda de conflicto que, según los informes, resultó en la destrucción de la propiedad.

 

Rebeliones similares ocurrieron desde Lorman, Mississippi, a Gum Spring, Virginia, en 1968, y Pine Bluff, Arkansas, a Erie, Pennsylvania, en 1970. Aunque el Sur es visto como el sitio del movimiento no violento de derechos civiles y el Norte como donde murieron sus nobles objetivos, la gran escala de levantamientos negros, desde las ciudades del sur hasta las ciudades del medio oeste, revela una insatisfacción generalizada con la protesta pacífica como un medio para lograr el cambio social, lo que puede sugerir que reconsideremos la suposición de que el movimiento de derechos civiles tuvo éxito. Para Hinton, la magnitud de los levantamientos, que involucraron a decenas de miles de afroamericanos comunes y corrientes, desafía la idea de que estos fueron “disturbios” sin sentido que involucraron a personas díscolos o equivocadas. También lo hace el hecho de que la violencia negra casi siempre vino en respuesta a la violencia blanca dirigida a controlar las aspiraciones y vidas de los negros. Hinton escribe: “Estos eventos no representaron una ola de criminalidad, sino una insurgencia sostenida. La violencia fue en respuesta a momentos de racismo tangible —’un solo incidente’, como dijo [el presidente Lyndon] Johnson— casi siempre tomando la forma de un encuentro policial. Sin embargo, las decenas de miles de afroamericanos que participaron en esta violencia colectiva se rebelaban no sólo contra la brutalidad policial. Se estaban rebelando contra un sistema más amplio que había arraigado condiciones desiguales y violencia contra los negros a lo largo de generaciones”.

Hinton no solo recupera la resistencia negra; también expone una larga, e ignorada, historia de violencia política blanca, utilizada para mantener el estatus subordinado de las comunidades negras. El libro de Hinton comienza familiarizando a los lectores con la historia del vigilantismo blanco posterior a la emancipación, que duró hasta bien entrado el siglo XX. El más infame de estos asaltos tuvo lugar en 1921, en Tulsa, Oklahoma, donde trescientos afroamericanos fueron masacrados  por sus vecinos blancos. Pero, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de afroamericanos escaparon del asfixiante racismo del sur de Estados Unidos, fueron recibidos en otros lugares por turbas blancas ansiosas por mantenerlos confinados en enclaves segregados. No es exagerado decir que  decenas de miles  de personas blancas participaron en formas de violencia alborotadas  para, como escribe Hinton, “vigilar “las actividades de los negros y limitar su acceso a los empleos, el ocio, la franquicia y a la esfera política”.

Revuelta de Watts en 1965

La policía blanca no sólo se mostró reacia a arrestar a los perpetradores blancos; en muchos casos, participaron en la violencia. Hinton dedica un capítulo entero a las formas en que los supremacistas blancos y la policía convergieron, en nombre de la ley y el orden, para dominar a las comunidades negras rebeldes. Fuera de las grandes áreas metropolitanas, las fuerzas policiales con poco personal recurrieron a ciudadanos blancos para patrullar y controlar las protestas negras. Según Hinton, en agosto de 1968, en Salisbury, Maryland, el departamento de policía “instaló una fuerza de voluntarios totalmente blanca de 216 miembros para ayudar a la fuerza regular de 40 hombres en caso de un motín”. En otros casos, los policías blancos permitieron que los residentes blancos acosaran, golpearan, dispararan e incluso asesinaran a los afroamericanos sin represalias. En la pequeña ciudad de Cairo, Illinois, una rebelión negra en 1967 reunió a policías blancos y vigilantes blancos en un esfuerzo concertado para aislar y reprimir a los afroamericanos. Después del levantamiento inicial, provocado por la sospechosa muerte de un soldado negro en la cárcel de la ciudad, los residentes blancos formaron un grupo de vigilantes apodado el Comité de los Diez Millones, un nombre inspirado en una carta escrita por el ex presidente Dwight Eisenhower, que pedía un “comité de diez millones de ciudadanos” para restaurar la ley y el orden después de los levantamientos en Detroit y Newark. La policía de El Cairo delegó a este grupo para patrullar los barrios negros, incluido el complejo de viviendas públicas Pyramid Courts, donde vivía la mayoría de los casi tres mil negros de El Cairo. En 1969, los “sombreros blancos”, como los miembros del comité se habían llamado a sí mismos, dispararon contra Pyramid Courts. Cuando los residentes negros tomaron las armas en defensa propia, periódicamente se impusieron toques de queda, pero se aplicaron solo a los residentes de Pyramid Courts. En respuesta, la Guardia Nacional fue usada periódicamente para vigilar Pyramid Courts. Pero la policía local también disparó contra en el residencial con ametralladoras desde un vehículo blindado (descrito por los lugareños negros como el Gran Intimidador). Nadie murió, pero las familias negras a veces dormían en bañeras para evitar los disparos. Los hombres negros también dispararon a las luces de la calle para oscurecer la vista de los francotiradores blancos. Esto equivalía a una guerra contra los residentes negros de El Cairo, que duró hasta 1972. Hinton cuenta que el alcalde de El Cairo concedió una entrevista a ABC News, en 1970, en la que dijo, de los ciudadanos negros: “Si tenemos que matarlos, tendremos que matarlos… Me parece que esta es la única forma en que vamos a resolver nuestro problema”. Hinton señala que, en todos los cientos de rebeliones de este período, “la policía no arrestó a un solo ciudadano blanco… a pesar de que los ciudadanos blancos habían sido perpetradores e instigadores. Los blancos podrían atacar a los negros y no enfrentar consecuencias; los negros fueron criminalizados y castigados por defenderse a sí mismos y a sus comunidades”.

From the War on Poverty to the War on Crime: The Making of Mass  Incarceration in America: Hinton, Elizabeth: 9780674737235: Amazon.com:  BooksHinton se basa en los argumentos de su libro anterior, From the War on Poverty to the War on Crime, para explicar cómo las rebeliones del período 1968-72 llegaron a ser pasadas por alto. La declaración de Lyndon Johnson de una “guerra contra el crimen”, en 1965, dotó de nuevos recursos a las fuerzas del orden locales, reduciendo la necesidad de usar la Guardia Nacional y las tropas federales para acabar con las rebeliones negras. La ausencia de intervención federal eliminó estos conflictos del foco nacional, convirtiéndolos en asuntos locales. Mientras tanto, la acumulación de fuerzas de policía locales, vagamente empaquetadas como “policía comunitaria”, promovió la invasión policial de todos los aspectos de la vida social de los negros, transformando las transgresiones juveniles típicas en excusas para los ataques policiales contra los jóvenes negros. Los lugares donde se congregaban los jóvenes negros, incluidos los desarrollos de viviendas públicas, las escuelas públicas e históricamente los colegios y universidades negros, ahora eran sitios de vigilancia policial y posible arresto. Estos encuentros entre la policía y los jóvenes negros prepararon el escenario para lo que Hinton describe como “el ciclo” de abuso policial, en el que las incursiones policiales provocaron una respuesta violenta, lo que justificó una mayor presencia policial y, en otro giro, respuestas más combativas. En este período, que vio el ascenso del Partido Pantera Negra y la radicalización de la política negra mucho más allá de la expectativa de simplemente lograr la igualdad con los blancos, los jóvenes negros en las comunidades de clase trabajadora lucharon contra los intentos de la policía de criminalizar sus actividades diarias o de atraparlos en el sistema de justicia penal que altera la vida.

La resistencia negra tomó diferentes formas, desde residentes negros que golpeaban a la policía con ladrillos y botellas hasta francotiradores negros que disparaban contra la policía, con el propósito de expulsarlos de sus comunidades. Los francotiradores negros, en particular, sirvieron a las fantasías políticas que demonizaban todas las formas de resistencia negra como patológicas y merecedoras de una pacificación violenta. De 1967 a 1974, el número de policías muertos en el cumplimiento del deber saltó de setenta y seis a ciento treinta y dos, la cifra anual más alta de la historia. Pero esos totales fueron empequeñecidos por el número de jóvenes negros asesinados por la policía en el mismo período. Hinton informa que, entre 1968 y 1974, “los negros fueron víctimas de uno de cada cuatro asesinatos policiales”, lo que resultó en que casi cien hombres negros menores de veinticinco años murieran a manos de la policía en cada uno de esos años. En comparación, hoy solo una de cada diez personas muertas por la policía es negra, según los Centros para el Control de Enfermedades. (Hinton cita esta cifra, pero señala que puede representar un subregistro).

Soldados reprimiendo protestas en Detroit

Este ciclo de abuso no podía continuar. El período de rebeldía había terminado a finales de los años setenta. No fue la reforma la que puso fin, sino la represión. La prisión se convirtió en una forma de tratar con los jóvenes negros combativos. A mediados de los años setenta, según Hinton, el setenta y cinco por ciento de los afroamericanos encarcelados eran menores de treinta años. La rebelión como rechazo colectivo de los actos cotidianos de violencia policial se volvió poco frecuente, escribe, ya que “los estadounidenses negros se habían resignado más o menos a la vigilancia policial de la vida cotidiana”. Durante los últimos cuarenta años, los levantamientos en respuesta al abuso policial “han tendido a estallar solo después de incidentes excepcionales de brutalidad policial o justicia abortada”.

En algunas de las secciones más importantes de America on Fire, Hinton desentraña sistemáticamente los fracasos de la reforma policial. Hace más de cincuenta años, la Comisión Kerner llegó a la conclusión condenatoria de que, a menos que hubiera una redistribución masiva de recursos en las comunidades negras, los patrones de segregación en todo Estados Unidos se profundizarían y, junto con ellos, el resentimiento y las represalias de los afroamericanos. Como se observa en el informe:

Ningún estadounidense—blanco o negro—puede escapar a las consecuencias de la continua decadencia social y económica de nuestras principales ciudades. Sólo un compromiso con la acción nacional a una escala sin precedentes puede dar forma a un futuro compatible con los ideales históricos de la sociedad estadounidense. La mayor necesidad es generar una nueva voluntad, la voluntad de gravarnos a nosotros mismos en la medida necesaria, para satisfacer las necesidades vitales de la nación.

Pero, sin mecanismos claros para hacer cumplir las recomendaciones de esta comisión, estas   fueron ignoradas. La Comisión Kerner estableció un modelo para las comisiones sobre raza, policía y desigualdad que ha persistido hasta el presente, creando un rico archivo de audiencias públicas que documentan el racismo y el abuso dirigido a los ciudadanos negros que ha llevado a que se haga muy poco al respecto.

Kerner Commission - Wikipedia

Comisión Kerner

Esta sombría realidad es evidencia de la miopía de la premisa liberal de que exponer un problema es el primer paso en su resolución. De hecho, como explicó la Comisión Kerner, solucionar esos problemas requeriría una acción sin precedentes. Significaría usar los poderes del poder judicial y la burocracia federal para desmantelar los sistemas de segregación residencial, segregación escolar y la segmentación racial de los lugares de trabajo estadounidenses. También significaría aprovechar los recursos financieros para poner fin a la pobreza endémica que hizo que los afroamericanos sean desproporcionadamente vulnerables y visibles para la policía en primer lugar. En cambio, pocos meses después de la publicación del Informe Kerner, Richard Nixon  llevó a cabo una exitosa campaña presidencial impugnando la rebelión negra como mero “crimen” mientras argumentaba que podía restaurar la ley y el orden en las ciudades de la nación. Cuando se postuló para la reelección, en 1972, Nixon combinó su tema de la ley y el orden y una nueva declaración de una “guerra contra las drogas” con un mensaje anti-bienestar social que se convertiría en un tema de la política republicana durante una generación, cohesionando una nueva “mayoría silenciosa” blanca en torno a la política del resentimiento racial y subordinando las demandas de la minoría negra. Hinton pinta un panorama sombrío, en el que la doble agenda de la administración Reagan, de fortalecer la aplicación de la ley mientras se debilitan los programas sociales, ayudó a mantener las condiciones que legitimaron los poderes en expansión de la policía y el crecimiento de las poblaciones carcelarias. Aunque el aumento de las tasas de homicidios parecía atenuar la lógica de que más medidas de control del crimen harían a las personas más seguras, cualquier escepticismo se describió fácilmente como una preocupación insuficiente por la seguridad y el crimen. Políticamente, los funcionarios electos se incitaron unos a otros a exigir leyes más duras, castigos más duros, una aplicación más estricta. Entre 1970 y 1980, el número de personas encarceladas en prisiones federales y estatales aumentó en un cincuenta por ciento.

Más de cincuenta años después de la Comisión Kerner, hemos visto en los últimos ocho años el regreso de las rebeliones negras en respuesta a la creciente desigualdad que ha sido manejada por las fuerzas de la policía racista y abusiva. Esto no es historia que se repite; es evidencia de que los problemas que dieron lugar a rebeliones negras anteriores no se han resuelto. Hinton observa que el “movimiento contemporáneo por la justicia racial se ha basado en tradiciones anteriores, creando un tipo de protesta militante y no violenta que mezcló las tácticas de acción directa del movimiento de derechos civiles con las críticas al racismo sistémico que a menudo se identifican con el poder negro”. Hinton argumenta que la persistencia de la desigualdad, junto con los nuevos ciclos de violencia entre los policías y las fuerzas del orden, es evidencia de que debemos “ir más allá de la reforma”. Pero el tamaño de esa tarea parece detener a Hinton en seco. Ella no es ingenua sobre la dificultad de efectuar los cambios que son necesarios para frenar a la policía abusiva y al mismo tiempo resolver las desigualdades profundas y de larga data que siempre legitiman la policía. Con esto en mente, evita la tentación de envolver cuidadosamente esta historia con sugerencias simplistas para más políticas públicas que no tienen ninguna posibilidad de aprobación o que inevitablemente no se aplicarán. Sin embargo, sugiere que se reformen las fórmulas de impuestos regresivos que privan de financiamiento a los programas públicos. También pide que se establezca un sistema de justicia “basado en el principio de reparación en lugar de retribución”. Pero estas recomendaciones palidecen en comparación con el poder de la protesta colectiva que ella expertamente documenta a lo largo del libro.

Los Angeles Riots of 1992 | Summary, Deaths, & Facts | Britannica

Los Ángeles, 1992

No hay respuestas fáciles a la pregunta de cómo poner fin al ciclo de policía racista y abusivo, pero la fuerza de la resistencia y la rebelión ha sido la forma más eficaz de exponer el problema y presionar a las autoridades para que actúen. La mayor diferencia entre ahora y el período de rebelión de crisol anterior es que los levantamientos de hoy son cada vez más multirraciales. Desde el levantamiento en Los Ángeles en 1992 y ciertamente las rebeliones del verano pasado, latinx y la gente blanca común se han inspirado en la rebelión como una forma legítima de protesta. Las rebeliones del verano pasado involucraron a miles de personas blancas que también estaban enojadas por los abusos de la policía y por la creciente injusticia de nuestra sociedad. Las demandas de los manifestantes de “desfinanciar a la policía” reunieron a nuevas coaliciones para desafiar las realidades políticas entrelazadas de financiar la aplicación de la ley e ignorar los servicios de bienestar social, al tiempo que inyectaron nuevos argumentos en la discusión pública de este problema tan antiguo de abuso policial racista. Esto no acabará con la brutalidad policial, pero puede ampliar el número de personas que también se ven a sí mismas como víctimas de políticas públicas deformes. Cuanto más grande es el movimiento, más difícil es mantener el status quo.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez.

 

 

 

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The Black Church: This Is Our Story, This Is Our Song: Gates Jr., Henry  Louis: 9781984880338: Amazon.com: BooksEl pasado 2 de junio el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates Jr. conversó sobre su más reciente libro  con Jim Basker, presidente del Gilder Lehrman Institute of American History. Titulado The Black Church: This is our This is Our Song, el libro de Gates explora los 400 años de historia de la iglesia negra en Estados Unidos, y el papel que ésta ha jugado en la historia de la comunidad afroamericana. Este libro acompaña a una serie de televisón del mismo título.

El Dr. Gates es profesor en la Universidad Alphonse Fletcher y director del Hutchins Center for African and African American Research en Harvard Univeristy. Con una carrera de más de cuarenta años, Gates es uno de los estudiosos de la historia y la literatura afroamericana  más destacados y mediáticos. Entre sus libros destacan In Loose Canons: Notes on the Culture Wars (1992), Speaking of Race, Speaking of Sex: Hate Speech, Civil Rights, and Civil Liberties (1994), Colored People: A Memoir (1994), The Future of the Race (1996), Thirteen Ways of Looking at a Black Man (1997), The Trials of Phillis Wheatley: America’s First Black Poet and Her Encounters with the Founding Fathers (2003), America Behind the Color Line: Dialogues with African Americans (2004), In Search of Our Roots (2009) y Stony the Road: Reconstruction, White Supremacy, and the Rise of Jim Crow (2019).

Gates también ha participado en varios documentales de televisión  emitidos por el Public Broadcasting Service (PBS). Fue presentador de las series African American Lives (2006-08), Faces of America (2010) y Finding Your Roots (2012-). Otros de sus trabajos teleivisivos incluyen  la miniserie documental Wonders of the African World (1999), Black in Latin America (2011), The African Americans: Many Rivers to Cross (2013) y Reconstruction: America After the Civil War (2019).

Quienes estén interesados en esta conversación pueden ir aquí.

A Conversation with Henry Louis Gates, Jr. - June 2nd, 2021 on Vimeo

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El pasado 31 de mayo conmemoramos 100 años de la masacre de Tulsa, Oklahoma.  Ese día una turba de supremacistas blancos atacaron a la vigorosa y existosa comunidad afromericana de dicha ciudad, matando a por lo menos 300 personas. Durante unas 18 horas los blancos mataron, quemaron y saquearon. Ese día fue destruida toda una sección de la ciudad, 35 cuadras donde ubicaban residencias, teatros, consultorios médicos, escuelas, hospitales, salas de cine, floristerías, etc. Toda una comunidad fue destruida.

El centenario de este acto de terrorismo racial generó toda una serie de actividades y publicaciones de todo tipo. Curiosamente, uno de los escritos conmemorativos que más me impresionó no fue producto del trabajo de un historiador, sino de un actor de cine. En este artículo de Tom Hanks publicado en el New York Times, se subraya la necesidad de sociedad estadounidense de un conocimiento más crítico de su historia y, en especial, de la violencia racial que la ha caracterizado.


Deben saber la verdad sobre la masacre racial de Tulsa

Tom Hanks

New York Times   7 de junio de 2021

Me considero un historiador aficionado que habla demasiado en las cenas con amistades, en las que inicio conversaciones con preguntas como: “¿Sabías que el canal de Erie es la razón por la que Manhattan se convirtió en el centro económico de Estados Unidos?”. Algunos de los proyectos en los que trabajo son obras de entretenimiento basadas en hechos históricos. ¿Sabían que el segundo presidente estadounidense alguna vez defendió en un tribunal a los soldados británicos que les dispararon a muerte a los bostonianos coloniales y que logró que la mayoría quedara libre de castigo?

Según recuerdo, cuatro años de mi educación incluyeron estudios de historia estadounidense. Los grados quinto y octavo, dos semestres en el bachillerato, tres cuartas partes del programa que cursé en una universidad comunitaria. Desde entonces, he leído textos de historia por placer y he visto documentales como primera opción. Muchas de esas obras y esos libros académicos narraban las vivencias de gente blanca y la historia blanca. Las pocas figuras negras —Frederick Douglass, Harriet Tubman, el reverendo Martin Luther King Jr.— eran aquellas que habían logrado mucho a pesar de la esclavitud, la segregación y las injusticias institucionales en la sociedad estadounidense.

Sin embargo, pese a todo lo que he estudiado, jamás leí una sola página en ningún libro escolar de historia sobre cómo, en 1921, una muchedumbre de personas blancas incendió un lugar conocido como el Black Wall Street, asesinó a 300 de sus ciudadanos negros y desplazó a miles de afroestadounidenses que vivían en Tulsa, Oklahoma.

Lo mismo le ha ocurrido a mucha gente: en su mayoría, la historia la escribían personas blancas que se basaban en personas blancas, como yo, mientras que la historia de las personas de color —incluidos los horrendos disturbios de Tulsa— se excluía muy a menudo. Hasta hace relativamente poco tiempo, la industria del entretenimiento, que ayuda a determinar qué forma parte de la historia y qué queda en el olvido, hacía lo mismo. Eso incluye proyectos en los que yo participé. Yo sabía sobre el ataque al Fuerte Sumter, la batalla de Little Bighorn y el ataque a Pearl Harbor, pero no supe nada sobre la masacre de Tulsa sino hasta el año pasado, gracias a un artículo de The New York Times.

Tulsa 1921, la masacre racista de la que nos enteramos por Watchmen —  Agente Provocador

En vez de enterarme de eso, en mis clases de historia aprendí que la Ley del Sello en el Reino Unido contribuyó al motín del té, que “nosotros” éramos un pueblo libre porque la Declaración de Independencia decía que “todos los hombres son creados iguales”. Que la rebelión del whiskey comenzó por un impuesto al whiskey. Que los Artículos de la Confederación y las Leyes de Extranjería y Sedición fueron esfuerzos absurdos. Con justa razón, mis clases dedicaron tiempo a Sacco y Vanzetti, al Partido Progresista de Teddy Roosevelt y a los hermanos Wright. Nuestros libros de texto contaban la historia de la compra de Luisiana, de la inundación de Johnstown, Pensilvania, del gran terremoto de San Francisco y de George Washington Carver y los cientos de productos que desarrolló a partir del cacahuate.

Pero Tulsa jamás figuró más que como una ciudad en la pradera. En uno de esos años escolares, se le dedicaron unos párrafos a la primera marcha para colonizar las tierras no asignadas, conocida como Oklahoma Land Rush, pero la quema en 1921 de la población negra que vivía ahí nunca se mencionó. Desde entonces, me he percatado de que tampoco hubo mención de la violencia, tanto a pequeña como a gran escala, contra las comunidades negras, sobre todo entre el final de la Reconstrucción y las victorias del movimiento por los derechos civiles; no se contaba nada de la matanza de residentes negros en Slocum, Texas, a manos de una turba de personas blancas en 1910 ni del Verano Rojo de terrorismo supremacista blanco en 1919. A muchos estudiantes como yo se nos decía que el linchamiento de estadounidenses negros era una tragedia, pero no que estos asesinatos públicos eran comunes y que a menudo eran elogiados por los periódicos y las fuerzas de seguridad locales.

Red Summer of 1919 Flashcards | Quizlet

Para un niño blanco que vivió en vecindarios blancos de Oakland, California, mi ciudad en los años sesenta y setenta parecía un lugar diverso e integrado, aunque a veces se sentía tenso y polarizado, algo que quedaba claro en muchos autobuses del transporte público. La división entre el Estados Unidos blanco y el negro se veía tan sólida como cualquier frontera internacional, incluso en una de las ciudades más integradas de la nación. Las escuelas Bret Harte Junior High y Skyline High School tenían estudiantes asiáticos, latinos y negros, pero la mayoría del alumnado de esos institutos era blanco. Ese no parecía ser el caso en otros bachilleratos públicos de la ciudad.

Nos dieron clases sobre la Proclamación de Emancipación, el Ku Klux Klan, el audaz heroísmo y los buenos modales de Rosa Parks, e incluso sobre la muerte de Crispus Attucks en la masacre de Boston. Partes de ciudades estadounidenses habían ardido en llamas en distintos momentos desde los disturbios de Watts en 1965, y Oakland era la sede del Partido Pantera Negra y del centro de inducción de reclutas de la era de la guerra de Vietnam, así que la historia se desarrollaba justo frente a nuestros ojos, en nuestra propia ciudad. Los problemas eran innumerables, las soluciones teóricas, las lecciones escasas y los titulares incesantes.

La verdad sobre Tulsa y la reiterada violencia de algunos estadounidenses blancos contra estadounidenses negros se ignoraba de manera sistemática, tal vez porque se consideraba una lección demasiado honesta y dolorosa para nuestros jóvenes oídos blancos. Por lo tanto, las escuelas predominantemente blancas no la incluían en sus temarios, las obras de ficción histórica dirigidas a las masas no la revelaban y la industria en la que elegí trabajar no abordó esos temas en películas ni en series sino hasta hace poco. Al parecer, los profesores y los directivos escolares blancos omitían el tema incendiario por el bien del statu quo —si acaso sabían sobre la masacre de Tulsa, porque algunos seguramente no estaban enterados de ella—, con lo que pusieron los sentimientos blancos por encima de la experiencia negra y, en este caso, literalmente por encima de las vidas negras.

KGOU Readers Club - Tulsa 1921: Reporting a Massacre | KGOU

¿Cómo habría cambiado nuestra perspectiva si a todos nos hubieran hablado de lo ocurrido en Tulsa en 1921 desde el quinto grado? Hoy en día, esta omisión me parece trágica, una oportunidad desperdiciada, un momento valioso de enseñanza malgastado. Cuando las personas escuchan sobre el racismo sistémico en Estados Unidos, el mero uso de esas palabras suscita la ira de aquellas personas blancas que insisten en que desde el 4 de julio de 1776 todos hemos sido libres, que todos fuimos creados de la misma manera, que cualquier estadounidense puede volverse presidente y tomar un taxi en el centro de Manhattan sin importar el color de su piel, que, en efecto, el progreso estadounidense hacia la justicia para todos quizá sea lento pero es persistente. Díganles eso a los sobrevivientes de Tulsa, que ahora tienen 100 años de edad, y a su descendencia. Y cuenten la verdad a los descendientes blancos de aquellos que estuvieron en la multitud que destruyó Black Wall Street.

Actualmente, pienso que las obras de ficción basadas en hechos históricos con fines de entretenimiento deben retratar el yugo del racismo en nuestra nación por el bien de las pretensiones de verosimilitud y autenticidad de esta forma de arte. Hasta hace poco, la masacre racial de Tulsa no se veía en películas ni programas de televisión. Gracias a varios proyectos que ahora están en plataformas de emisión en continuo, como Watchmen y Lovecraft Country, este ya no es el caso. Tal como otros documentos históricos que mapean nuestro ADN cultural, estas obras reflejarán quiénes somos realmente y ayudarán a determinar cuál es nuestra historia completa y qué es lo que debemos recordar.

Hollywood Is Finally Shining a Light on the Tulsa Race Massacre -- Right  When We Need It Most | Entertainment Tonight

¿Acaso nuestras escuelas deben enseñar lo que de verdad pasó en Tulsa? Sí, y también deben frenar la lucha para diseñar los planes de estudio de manera que se omitan injusticias raciales históricas con el argumento de evitar la incomodidad de los estudiantes. La historia de Estados Unidos es complicada, pero el conocimiento nos hace personas más sabias y fuertes. Lo sucedido en 1921 es una verdad, un portal hacia nuestra paradójica historia compartida. No se permitió la existencia de un Wall Street afroestadounidense; se redujo a cenizas. Más de 20 años después, ganamos la Segunda Guerra Mundial a pesar de la segregación racial institucionalizada. Más de 20 años después de eso, las misiones del programa Apolo pusieron a 12 hombres en la Luna mientras que otros luchaban para poder votar, y la publicación de los papeles del Pentágono demostró hasta qué grado están dispuestos a mentirnos sistemáticamente nuestros funcionarios electos. Cada una de estas lecciones es una crónica de nuestra búsqueda de estar a la altura de la promesa de nuestra tierra, de nuestro intento de contar verdades que, en Estados Unidos, deben considerarse más que evidentes.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como “a Cold War watershed” (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro “inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.” (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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Comparto con mis lectores  las  reseñas de dos películas  y un documental publicadas en el seminario puertorriqueño Claridad, que recogen, como bien señala su autora, el papel que han jugado las instituciones policiacas del gobierno estadounidense en la persecución de las minorías raciales en los Estados Unidos. El primero de los largos metraje, Judas and the Black Messiah, enfoca el asesinato por la policia de Chicago -en contubernio con el FBI- del joven líder de las Panteras Negras Fred Hampton. La segunda película, titulada The United States vs. Billie Holiday, es una producción  del servicio de suscripción  de vídeo Hulu. Dirigida por Lee Daniels, este largo metraje recoje la historia de la gran cantante afroamericana Billie Holiday y de los problemas que enfrentó con el Buró Antinarcóticos. El documental reseñado (MLK/FBI) retrata la persución   del FBI  contra el Dr. Martín Luther King. Para quienes gustamos del cine, y en particular del cine histórico, estas reseñas no podrán menos que despertar nuestra curiosidad por estas películas que parecen estar destinadas a convertirse en clásicos y documentos de una era muy difícil en la historia de Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 16 de abril de 2021


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La persecución continua del F.B.I.: Judas and the Black Messiah, MLK/FBI, The United States vs. Billie Holiday

María Cristina

Claridad    16 de abril de 2021

A pesar de que creo que Mississippi Burning (Alan Parker 1988) es un excelente filme que catalogo como político por centrarse en la irracional segregación sureña de los Estados Unidos, entiendo que la manera de presentar el FBI es lo más alejado de la verdad en ese tiempo y antes y después. Aunque Judas and the Black MessiahMLK/FBI  The United States vs. Billie Holiday enfocan en la persecución de la población afroamericana, el historial de esta agencia se extiende a cualquier grupo que ellos consideren ser una amenaza contra el gobierno de los Estados Unidos y a cualquier persona que exprese ideas “comunistas” según definido por ellos. A pesar del secreteo que siempre ha caracterizado al FBI, poco a poco han circulado documentos oficiales que revelan la intensidad de su carpeteo y acciones para poner fin, de una manera (desprestigiando) u otra (asesinato). Estos tres filmes son ejemplos de ello.

Judas and the Black Messiah 

Director: Shaka King; guionistas: Will Berson y Shaka King; cinematógrafo: Sean Bobbitt

Uno de los muchos aciertos de este filme—aparte de su temática—es que la recreación de época se presenta dentro de una realidad que capta la efervescencia de la década de los 1960 con toda su normalidad que puede ser agrupaciones de jóvenes entusiasmados por cambiar sus circunstancias, pero especialmente el mundo heredado y la sociedad que los reprime. Señalo esto porque a pesar de ser un proyecto muy prometedor, los cinco filmes del británico-caribeño Steve McQueen agrupados bajo el título Small Axe, intentan, pero no logran, ese sentido de urgencia de la época de turbulencia de la generación Windrushen el Reino Unido. Judas and the Black Messiahnos permite ser parte del momento, ver las maquinaciones del FBI, la utilización de un infiltrado (Bill O’Neal) para desprestigiar y, cuando esto no funciona, asesinar al joven Fred Hampton (1948-1969), líder de los Black Panthers en Chicago.

Daniel Kaluuya, obtiene el Bafta a mejor actor de reparto, por su  interpretación en 'Judas and the Black Messiah' - AlbertoNews - Periodismo  sin censura

Shaka King, director, coguionista y coproductor, muy astutamente enfoca en una sola etapa de la muy corta vida de Hampton (excelentemente interpretado por el británico Daniel Kaluuya): su ascenso a presidir la seccional de los Black Panthers en Illinois, la intensidad de su persecución de parte del FBI y su asesinato. Se dan tres episodios simultáneamente: el reclutamiento e infiltración de O’Neal (LaKeith Stanfield) y sus constantes dudas de si el dinero y la protección que recibe de la agencia valida su traición; el centralismo de Hampton en la lucha por una unidad de grupos y una línea de acción conjunta; el montaje del FBI para poner fin a lo que ellos mismos han fabricado como amenaza al gobierno establecido. Aunque conocemos lo sucedido (además de lo que recientemente se ha descubierto de las acciones del FBI), la historia personal y colectiva nos ofrece una esperanza de que la posibilidad del cambio existe. Por eso lo que queda en nuestra memoria son los esfuerzos de Hampton por crear el Rainbow Coalition y unir organizaciones políticas multiculturales como Black Panthers, Young Patriots y los Young Lords junto al apoyo de gangas rivales de Chicago para trabajar por cambios sociales dentro de las comunidades pobres y marginadas.

MLK/FBI

Director: Sam Pollard 2020

Edgar Hoover ha sido a través de los años una figura casi mítica por su malicia, astucia y persistencia en perseguir a cualquier persona o grupo que concibiera como enemigo de los Estados Unidos. Esa lista incluye a cualquier disidente de su propia definición de la ley y el orden. Además, parece obsesivo con sostener su versión de los que es la fibra moral—una versión fundamentalista de la sexualidad que no aplica a él—de los Estados Unidos que hace a este país mejor que cualquiera. Es su acumulación de poder lo que le permite violar precisamente los derechos humanos en los que se basa la Constitución de este país. Para él los derechos y la justicia sólo aplican a los “true Americans” lo que excluye a todos los que no provengan de la Europa blanca. Y si dentro de comunidades de descendencia italiana, irlandesa, judía y otros grupos étnicos favorecidos se desarrollan grupos activistas cuyo fin sea cambiar/alterar el gobierno actual, serán perseguidos de igual manera. Los estudiantes universitarios en contra de la Guerra de Vietnam, los grupos urbanos de jóvenes que abogaban por igual trato y derechos, los grupos religiosos y laicos que marchaban por la igualdad de derechos fueron fichados y perseguidos por unidades creadas específicamente para sabotear todas sus acciones. Martin Luther King se convirtió en un obsesivo objetivo para Hoover como demuestra este documental.

MLK/FBI, el documental que rastrea el ataque del FBI a Martin Luther King Jr.  – Luis Guillermo Digital

La historia que se presenta cubre de 1955 a 1968 y traza el inicio y el ascenso de Martin Luther King como activista de los derechos civiles y uno de los líderes más carismáticos, conocedores y determinados de conseguir la igualdad para toda la población de los Estados Unidos. Lo que Hoover consideraba sublevación, MLK y los integrantes de estos movimientos lo entendían como libertad y justicia para todxs. Nadie estaba exento de ser vigilado, acusado y encarcelado tanto por la policía local como por los agentes federales. Todxs tenían conocimiento de esto, aunque no supieran la extensión de esa persecución. Con excelente pietaje que cubre estos años, con archivos que ahora son públicos, con entrevistas con allegados a MLK y ex agentes del FBI, el documental cuestiona la veracidad de los documentos expuestos y, especialmente, los todavía protegidos bajo “Archivos privados de J. Edgar Hoover” y la gran pregunta de ¿cómo fue posible que con la vigilancia extrema que le tenían a MLK, no supieran de antemano que esa persona lo iba a asesinar en el balcón de la habitación del motel Lorraine en Memphis, Tennessee el 4 de abril de 1968? Con su muerte, el FBI cierra su archivo y toda la supuesta evidencia que tenían, para en algún momento utilizar en su contra, queda en ese infame archivo privado de Hoover.

The United States vs. Billie Holiday

Director: Lee Daniels; guionista: Suzan-Lori Parks; autora: Johann Hari; cinematógrafo: Andrew Dunn.

La recreación de época y la maravillosa voz de Andra Day interpretando las canciones que Billie Holiday hizo famosas son los puntos excepcionales de este filme. Es una pena que la historia sobre esta etapa de la vida de Holiday, especialmente desde finales de la década de 1940 hasta su muerte por cirrosis entre otros desgastes de salud, no tenga una narrativa coherente y compleja como debe ser la presentación de personajes en literatura o cine. Holiday aparece como una mujer con una voz única en el mundo musical del momento, pero lo que se enfatiza es cómo su alcoholismo, adicción a drogas y su impotencia de alejarse de relaciones destructivas y abusivas la convierten en una víctima. Su grupo de amigos la cuidan, complacen, aconsejan cuando ella se los permite, pero a fin de cuenta Holiday los echa a un lado para seguir a los hombres que se enriquecerán de su talento sin importarle el daño que le puedan hacer.

Watch The United States vs. Billie Holiday Streaming Online | Hulu (Free  Trial)

Desarrollar la historia a través de un romance al principio imaginario y luego dañino entre Holiday y el agente del FBI (encubierto y descubierto), Jimmy Fletcher (Trevante Rhodes), es bastante dudoso porque requiere entrampar a la mujer que supuestamente admira tanto. Además, Fletcher se presenta como un tipo que quiere hacer bien su trabajo, que cree que ser parte del FBI es una forma de ser parte del centro de poder, pero que supuestamente deplora a tipos como Harry Anslinger (Garrett Hedlund), el encargado de entrampar y arruinar la vida de Holiday. Por su parte, se presenta a Holiday con poca información de su pasado y de cómo llega a ser tan admirada y a tener tantos seguidores que logra llenar la sala de espectáculos más importante de Nueva York, Carnegie Hall. Lo que lxs espectadores vemos es una mujer talentosa, pero determinada a acabar con su vida con relaciones tan dañinas que no hay marcha atrás. A pesar de las fallas del filme Lady Sings the Blues (Sidney Furie 1972) por enfocar primordialmente en su adicción a drogas, protagonizado por Diana Ross, aquí sí hay un desarrollo de personaje que capta todas sus contradicciones.

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Según el diario The New York Times, un grupo de 17 historiadores han estado coordinando a través de Zoom, la publicación de lo que sería el primer balance histórico de la presidencia de Donald J. Trump. Nos guste o no, es inevitable reconocer el impacto, a corto y a largo plazo, de los cuatro años de Trump en la Casa Blanca. Siendo así, resulta imprescindible analizar y entender ese triste periodo.

Este proyecto -dirigido por el historiador Julian A. Zelizer– será publicado en el año 2022 por la Princenton University Press  con el título The Presidency of Donald J. Trump: A First Historical Assessment. Cada uno de los 17 historiadores estará a cargo de un capítulo analizando un tema específico. La temática del libro será muy amplia. Por ejemplo, Jason Scott Smith   (University of New Mexico) escribirá un capítulo sobre infraestructura que incluirá el tema del famoso muro, Merlin Chowkwanyun (Columbia University) analizará el manejo de la pandemia, Beverly Gage (Yale University) enfocará  las tumultuosas relaciones de  Trump con el FBI, Keeanga-Yamahtta Taylor (Princeton) estudiará el tema racial a través del movimiento Black Lives Matter y Mae Ngai (Columbia Unversity) atenderá las controversiales politicas migratorias del exmandatario.

Habrá que esperar con paciencia la publicación de esta obra, que debería sentar las bases para un análisis histórico profundo de la presidencia de Donald J. Trump.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 24 de marzo de 2021

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A la hora de explicar el arraigo y popularidad de Donald J. Trump entre millones de estadounidense imperan dos factores: el económico y el racial. El primero hace alusión a los efectos de más de trienta años de neoliberalismo “reaganiano”  sobre las clases media y baja blanca estadounidenses. Su empobrecimiento y abandono por parte de los principales partidos políticos -y en especial los Democratas- las hizo muy receptivas a la demagogia de Trump.  Las fabricas se fueron a China o a México, los estadounidense de baja nivel educativo vieron sus opciones económicas reducirse, los ricos se hicieron más ricos y  los pobres cayeron víctimas de opiáceos y de la avariacia de ciertas compañías farmaceuticas.  El esperado goteo (trickle-down) de la riqueza no llegó.

En cuanto al tema racial, es necesario reconocer que, contrario a lo que muchos pensaron, la victoria de Obama en 2008 no marcó el fin de los conflictos raciales en Estados Unidos. Por el contrario, la presencia de un negro en la Casa Blanca exacerbó los ánimos raciales y preparó el camino para el éxito del discurso racista de Trump.  Sitiéndose amenazados y preocupados por perder sus privilegios ante el crecimiento y avance de las minorías raciales, millones de estadounidense vieron en Trump el líder necesario para hacer a Estados Unidos blanco de nuevo. Con Trump en la presidencia, supremacistas blancos y otros grupos extremistas se sintieron el libertad de expresar abiertamente lo que pensaba o sentían en privado.

¿Cuál de estas explicaciones es la correcta? No creo en explicaciones simples, por lo que veo necesario recurrir a ambas para entender cómo llegamos a la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021. Ese día, miles de estadounidenses, en su inmensa mayoría  blancos, llegaron a Washington D.C. convocados por el Presidente para cuestionar la certificación congresional de la victoria de Joe Biden. En lo que los medios identificaron erróneamente como algo inédito en la historia de Estados Unidos, los seguidores de Trump marcharon sobre el Congreso y con una facilidad pasmosa lo tomaron por la fuerza. Luego vino un despliegue de lo peor de la sociedad estadounidense.

Quienes participaron en el ataque al Congreso se hicieron parte de una tradición estadounidense, la de cuestionar los resultados electorales cuando no favorecen a un sector social o racial.

En este escrito, el periodista británico Toby Luckhurst reseña los eventos que ocurrieron en Wilmington, Carolina del Norte, cuando en 1898 una turba de hombres blancos derrocaron a una coalición racialmente mixta, que democráticamente habían ganado el control de la ciudad.


Wilmington 1898: When white supremacists overthrew a US government

Toby Luckhurst

BBC News

A mob stands outside the burnt offices of the Wilmington Daily Record

The mob burned down the offices of the Wilmington Daily Record a caption

Following state elections in 1898, white supremacists moved into the US port of Wilmington, North Carolina, then the largest city in the state. They destroyed black-owned businesses, murdered black residents, and forced the elected local government – a coalition of white and black politicians – to resign en masse.

Historians have described it as the only coup in US history. Its ringleaders took power the same day as the insurrection and swiftly brought in laws to strip voting and civil rights from the state’s black population. They faced no consequences.

Wilmington’s story has been thrust into the spotlight after a violent mob assaulted the US Capitol on 6 January, seeking to stop the certification of November’s presidential election result. More than 120 years after its insurrection, the city is still grappling with its violent past.

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After the end of the US Civil War in 1865 – which pitted the northern Unionist states against the southern Confederacy – slavery was abolished throughout the newly-reunified country. Politicians in Washington DC passed a number of constitutional amendments granting freedom and rights to former slaves, and sent the army to enforce their policies.

But many southerners resented these changes. In the decades that followed the civil war there were growing efforts to reverse many of the efforts aimed at integrating the freed black population into society.

Wilmington in 1898 was a large and prosperous port, with a growing and successful black middle class. Undoubtedly, African Americans still faced daily prejudice and discrimination – banks for instance would refuse to lend to black people or would impose punishing interest rates. But in the 30 years after the civil war, African Americans in former Confederate states like North Carolina were slowly setting up businesses, buying homes, and exercising their freedom. Wilmington was even home to what was thought to be the only black daily newspaper in the country at that time, the Wilmington Daily Record.

300+ Unfair politics ideas | african american history, black history,  history facts“African Americans were becoming quite successful,” Yale University history professor Glenda Gilmore told the BBC. “They were going to universities, had rising literacy rates, and had rising property ownership.”

This growing success was true across the state of North Carolina, not just socially but politically. In the 1890s a black and white political coalition known as the Fusionists – which sought free education, debt relief, and equal rights for African Americans – won every state-wide office in 1896, including the governorship. By 1898 a mix of black and white Fusionist politicians had been elected to lead the local city government in Wilmington.

But this sparked a huge backlash, including from the Democratic Party. In the 1890s the Democrats and Republicans were very different to what they are today. Republicans – the party of President Abraham Lincoln – favoured racial integration after the US Civil War, and strong government from Washington DC to unify the states.

But Democrats were against many of the changes to the US. They openly demanded racial segregation and stronger rights for individual states. “Think of the Democratic party of 1898 as the party of white supremacy,” LeRae Umfleet, state archivist and author of A Day of Blood, a book about the Wilmington insurrection, told the BBC.

Democratic politicians feared that the Fusionists – which included black Republicans as well as poor white farmers – would dominate the elections of 1898. Party leaders decided to launch an election campaign based explicitly on white supremacy, and to use everything in their power to defeat the Fusionists. “It was a concerted, co-ordinated effort to use the newspapers, speechmakers and intimidation tactics to make sure the white supremacy platform won election in November 1898,” Ms Umfleet said.

White militias – including a group known as the Red Shirts, so named for their un

iforms – rode around on horseback attacking black people and intimidating would-be voters. When black people in Wilmington tried to buy guns to protect their property, they were refused by white shopkeepers, who then kept a list of those who sought weapons and ammo.

Red Shirts pose at the polls in North Carolina

Enter a captioThe Red Shirts militia intimidated and attacked blacn

Newspapers meanwhile spread claims that African Americans wanted political power so they could sleep with white women, and made up lies about a rape epidemic. When Alexander Manly, owner and editor of the Wilmington Daily Record, published an editorial questioning the rape allegations and suggesting that white women slept with black men of their own free will, it enraged the Democratic party and made him the target of a hate campaign.

The day before the state-wide election in 1898, Democratic politician Alfred Moore Waddell gave a speech demanding that white men “do your duty” and look for black people voting.

And if you find one, he said, “tell him to leave the polls and if he refuses kill, shoot him down in his tracks. We shall win tomorrow if we have to do it with guns.”

The Democratic party swept to victory in the state elections. Many voters were forced away from polling stations at gunpoint or refused to even try to vote, for fear of violence.

But the Fusionist politicians remained in power in Wilmington, with the municipal election not due until the next year. Two days after the state election Waddell and hundreds of white men, armed with rifles and a Gatling gun, rode into the town and set the Wilmington Daily Record building alight. They then spread through the town killing black people and destroying their businesses. The mob swelled with more white people as the day went on.

Wilmington Coup 1898 | Downtown Wilmington, NC

As black residents fled into the woods outside the town, Waddell and his band marched to the city hall and forced the resignation of the local government at gunpoint. Waddell was declared mayor that same afternoon.

“It [was] a full-blown rebellion, a full-blown insurrection against the state government and the local government,” Prof Gilmore said.

Within two years, white supremacists in North Carolina imposed new segregation laws and effectively stripped black people of the vote through a combination of literacy tests and poll taxes. The number of registered African American voters reportedly dropped from 125,000 in 1896 to about 6,000 in 1902.

“Black people in Wilmington didn’t think that something like this would ever happen,” Prof Gilmore said. “There was a Republican governor in the state, their congressman was a black man. They thought that things were actually getting better. But part of the lesson about it was as things got better, white people fought harder.”

Deborah Dicks Maxwell is president of the local branch of the National Association for the Advancement of Colored People [NAACP] in Wilmington. Born and raised in the town, she didn’t learn about the attack until she was in her thirties.

“It was something that those who are here [in Wilmington] knew but it was not widely talked about,” she told the BBC. “It’s not in the school curriculum like it should be – no one wants to admit this happened.”

It was not until the 1990s that the city began to discuss its past. In 1998 local authorities commemorated the 100th anniversary of the attack, and two years later set up a commission to establish the facts. Since then the city has erected plaques at key points to commemorate the events, and has created the 1898 Monument and Memorial Park – something Ms Dicks Maxwell described as “small but significant”.

Given what the city has gone through, it’s no surprise that its residents and historians who have covered its past drew parallels between the 1898 insurrection and the attack on the US Capitol this month. Ms Dicks Maxwell and her NAACP branch had for months after the US election been highlighting what they saw as the similarities between what happened in Wilmington and how politicians today in the US were trying to undermine the election results.

“Earlier that day we had a press conference denouncing our local congressman for supporting Trump, [saying] that there would be a possible coup and that we did not want another coup to ever occur in this country,” she said. Just hours later the mob marched on the US Capitol.

Christopher Everett is a documentary maker who made a film about the 1898 insurrection, Wilmington on Fire. When Mr Everett saw the attack on the Capitol he thought of Wilmington.

“No one was held accountable for the 1898 insurrection. Therefore it opened up the floodgates, especially in the south, for them to… strip African Americans’ civil rights,” he told the BBC. “That’s the first thing that came to my mind after the DC insurrection – you’re opening the door for something else to happen, or even worse.”

The 1898 attack was not covered up. University buildings, schools and public buildings throughout the state were all named after the instigators of the insurrection. Men would later claim to have taken part in the attack to boost their stature in the Democratic Party. As the decades passed, history books started to claim the attack was in fact a race riot started by the black population and put down by white citizens.

“Even after the massacre, a lot of these folks who participated in and orchestrated the insurrection became immortalised – statues, buildings named after them, throughout the country, especially in North Carolina,” Mr Everett said.

CWilmington insurrection of 1898 - Wikiwandharles Aycock – one of the organisers of the white supremacy electoral campaign – became governor of North Carolina in 1901. His statue now stands in the US Capitol, which rioters entered on 6 January.

Mr Everett is now filming a sequel to his documentary to examine how Wilmington is grappling with its past. He said many local leaders are working to “bring the city of Wilmington back to the spirit of 1897, when you had this Fusion movement of white folks and black folks working together and making Wilmington an example of what the new south could have been after the civil war.”

“Wilmington was a model for the white supremacy movement with the insurrection,” he said. “But now Wilmington could also be a model to show how we can work together and overcome the stain of white supremacy as well.”

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Andrew Johnson · 1868 Una batalla política por la reunificación del país

El fin de la guerra civil estadounidense dio paso a un nuevo problema: ¿qué hacer con los derrotados estados sureños? Esta pregunta llevó a una crisis constitucional que abrió la puerta al primer juicio de residenciamiento en la historia estadounidense.

Tras el asesinato de Abraham Lincoln asumió la presidencia el Vicepresidente Andrew Johnson, un sureño que no sólo había sido miembro del Partido Demócrata, sino que también había poseído esclavos. Johnson era hijo de la tradición de Andrew Jackson y, por ende, se consideraba un defensor del hombre común frente a la aristocracia corrupta de noreste. El nuevo presidente simpatizaba con los blancos pobres y no tenía mucha empatía para los esclavos. Cuando estalló la guerra civil, Johnson era Senador por el estado de Tennesse, pero se mantuvo fiel a la Unión. Los Republicanos lo eligieron candidato a la vicepresidencia para promover la unidad y cortejar el apoyo de los sureños unionistas. En su gestión como Presidente, Johnson dejó claro que era un creyente en la supremacía de los blancos y, por ende, se opuso a la concesión de derechos políticos a los negros. Su simpatía para con los estados sureños fue más que evidente y le   llevó a una colisión con el Congreso.

En mayo de 1865, Johnson hizo público su plan para readmitir a los estados sureños en la Unión. El plan presidencial ofrecía amnistía a todo sureño que hiciera un juramento de lealtad a la constitución de los Estados Unidos. Sólo quedaban fuera los altos dirigentes civiles y militares de la Confederación, quienes sólo podían ser perdonados por el Presidente mismo. Para que los estados fuesen reintegrados a la unión, los sureños debían también ratificar la Enmienda 13, aboliendo la esclavitud. Rápidamente, los estados confederados aceptaron el plan de Johnson y pudieron elegir gobiernos propios. Para el otoño de 1865 diez de los once estados confederados habían cumplido con los requisitos del plan de Johnson

White League and Ku Klux Klan alliance, in illustration, by Thomas Nast, in Harper's Weekly, October 24, 1874La primera reacción de los congresistas Republicanos al plan del presidente fue favorable. Tanto moderados como radicales decidieron darle una oportunidad a Johnson y a su plan. Éstos esperaban que los nuevos gobiernos sureños aprovecharan la gran oportunidad que el plan Johnson significaba y actuaran de buena fe. Desafortunadamente, esto no ocurrió porque los nuevos gobiernos sureños buscaron resucitar la esclavitud a través de una serie de leyes, conocidas como los códigos negros. Estas leyes buscaban obligar a los negros libres a regresar a trabajar a las plantaciones.  Además, Johnson le otorgó un perdón a básicamente a todo antiguo líder de la Confederación que se lo solicitó. Envalentonados, los sureños eligieron antiguos funcionarios confederados para representarles en el Congreso de los Estados Unidos. Antiguos generales y coroneles, legisladores y hasta el vicepresidente de la Confederación fueron electos al Congreso federal en representación de los estados sureños.

La actitud y las acciones de los sureños enfurecieron a los congresistas Republicanos, quienes decidieron no reconocer a los nuevos legisladores sureños. Para ello, aplicaron una cláusula de la constitución que le reconoce al Congreso el poder de aceptar o rechazar legisladores. De esta forma, todos los congresistas sureños electos bajo el plan de Johnson fueron rechazados por el Congreso.  En respuesta, los estados sureños eliminaron las alusiones raciales en los códigos negros, pero en la práctica sólo aplicaban las leyes a los negros libres.  Para complicar aún más las cosas, se desató una ola de violencia y terror contra los negros libres en diversos estados del sur.  Todo ello llevó a los congresistas republicanos a concluir que el Sur estaba deliberadamente evadiendo la Enmienda 13, y que era necesaria la intervención del Congreso.

En marzo de 1865 el Congreso creó la Oficina de  Libertos  (Freedmen Bureau) para brindar ayuda de emergencia a los antiguos esclavos.  Esta oficina había tenido un éxito limitado.  La Oficina de Libertos operó escuelas ayudando a crear las bases para un sistema de educación pública en el sur. También ayudó a los negros a denunciar los abusos de que eran víctimas. A principios de 1866, el Congreso aprobó extender la vida de esta oficina asignándoles fondos de forma directa y autorizando a sus agentes a investigar casos de maltrato de libertos. Además, el Congreso aprobó una ley de derechos civiles, confiriéndole la ciudadanía norteamericana a los negros. Esta ley definía como ciudadano a toda persona nacida en los Estados Unidos, aunque dejaba fuera a los amerindios. De acuerdo con esta ley, los negros estarían cubiertos por todas las leyes norteamericanas que garantizaban la seguridad y la propiedad de los ciudadanos estadounidenses.

The Freedman´s BureauEn febrero de 1866, el presidente Johnson vetó la nueva ley de la Oficina de Libertos y la Ley de derechos civiles. Además, lanzó un fuerte ataque contra los radicales, acusándoles de traidores que no querían restaurar la Unión.

Los radicales toman control

¿Quiénes eran estos congresistas radicales que provocaron la ira del presidente Johnson?  La mayoría de los unionadicales eran individuos formados al calor de los debates en torno a la esclavitud. Éstos procedían, principalmente, de la zona de Nueva Inglaterra o del medio oeste. Les unía la creencia en la igualdad de derechos políticos y de oportunidades económicas, por lo que creían necesario un gobierno central fuerte. Según ellos, el establecimiento del trabajo libre, la educación universal pública y la igualdad de derechos llevarían al sur a disfrutar del mismo nivel de riqueza, progreso y movilidad social que poseía el norte. Su opinión del Sur no era la mejor, pues le consideraban una región en donde reinaba la ignorancia, se practicaba una agricultura de despilfarro, se rechazaba la manufactura, se despreciaba el trabajo honesto y estaba controlada por una oligarquía majadera. Los radicales querían transformar al Sur desarrollando la pequeña propiedad agraria, fomentando la manufactura, promoviendo la educación, cultivando el respeto al trabajo honesto y extendiendo la igualdad de derechos políticos entres sus habitantes.  Para los radicales, la prioridad no era reestablecer la Unión, sino rehacer al sur.

Charles Sumner

Para los radicales, el gobierno federal debía jugar un papel protagónico en la reconstrucción del sur, sobre todo, garantizando los derechos civiles y el voto de los libertos. Republicanos radicales como Thaddeus Stevens (Pennsylvania) y Charles Sumner (Massachussets) abogaban por una intervención federal directa que protegiera a  los negros y les brindara oportunidades educativas, sociales y económicas.

 

Los vetos de Johnson unificaron a los legisladores republicanos bajo el liderato de los republicanos radicales, quienes decidieron retar el poder del presidente. En abril de 1866, los radicales obtuvieron el respaldo de las dos terceras parte de los legisladores necesarios para aprobar las leyes vetadas por Johnson. Este fue un momento histórico porque por primera vez en la historia de los Estados Unidos el Congreso fue por encima de un veto presidencial.  En junio de 1866, el Congreso aprobó la enmienda la Enmienda 14 declarando ciudadano norteamericano a toda persona nacida en los Estados Unidos. Según la enmienda ningún estado “aprobará o hará cumplir ninguna ley que restrinja los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; ni ningún estado privará a persona alguna de su vida, de su libertad, sin el debido procedimiento de ley, ni negará a nadie, dentro de su jurisdicción, al igual protección de las leyes”. Esta enmienda histórica buscaba proteger los derechos de los libertos frente los abusos y atropellos de los sureños garantizando la constitucionalidad de la Ley de Derechos Civiles vetada por Johnson y aprobada por el Congreso.

En las elecciones de 1866, los Republicanos aumentaron su mayoría tanto en la Cámara como en el Senado, y ganaron control de todos los estados del norte. Los Republicanos entendieron su contundente victoria como un mandato, como una muestra de aprobación popular de sus posiciones, como una especie de referéndum que Johnson perdió. La victoria electoral unificó a los congresistas republicanos en su propósito de tomar control de la reconstrucción. Con ello quedó definido el escenario de un choque histórico y peligroso entre las ramas legislativa y ejecutiva del gobierno de los Estados Unidos.

Los Republicanos tomaron la iniciativa rápido aprobando una serie de leyes a comienzos del año 1867. En marzo, los republicanos aprobaron la Ley de la Reconstrucción que fue vetada por Johnson y vuelta a probara por el Congreso por encima del veto presidencial. Esta ley organizaba al sur como un territorio conquistado y ocupado, pues le dividía en cinco distritos militares, cada uno comandado por un general del ejército de la Unión. Para que se retirasen las tropas federales y los estados se reintegrasen a la Unión, era necesario que éstos le concediera en el derecho al voto a los libertos y privara de ese mismo derecho a los confederados que participaron en la rebelión. Cada comandante militar debía registrar a todos los votantes de su distrito, blancos y negros, y supervisar que se llevaran a cabo elecciones para escoger una convención estatal. Ésta debería redactar nuevas constituciones que garantizaran el derecho al voto de los negros en cada estado. Además, los estados sureños debían ratificar la Enmienda 14. Cuando todo ello ocurriese, los estados sureños serían readmitidos a la Unión.

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Edwin M. Stanton

Los republicanos también aprobaron la Ley de Tenencia de un Cargo Público que hacía obligatorio el consentimiento del Senado para remover de su cargo a todo funcionario cuyo nombramiento tuvo que ser confirmado por el Senado. En otras palabras, obligaba a Johnson a solicitar el consentimiento senatorial para poder destituir funcionarios públicos que aunque pudieron haber sido nombrados por el presidente, debieron ser confirmados por el Senado. Con ello, el Senado quería proteger al Secretario de Guerra Edwin M. Stanton, quien había sido nombrado por Lincoln y favorecía la reconstrucción radical del sur. Como Secretario de Guerra, podía hacer mucho para favorecer a los republicanos radicales y bloquear las acciones del presidente. Esta ley atentaba contra los poderes reconocidos por la constitución al presidente de los Estados Unidos, pues exigía que Johnson trasmitiera sus órdenes al ejército a través de su oficial de mayor rango el General Ulises S. Grant.

Johnson no pudo evitar que se aprobaran ambas leyes y hasta pareció dar señales de aceptar el control congresional de la reconstrucción, pues nombró los generales recomendados por Stanton y Grant para comandar los cincos distritos militares creados por la Ley de Reconstrucción. Sin embargo, esto era una maniobra de Johnson para ganar tiempo, pues tan pronto acabó la sesión del Congreso destituyó a Stanton y le sustituyó por Grant, pues creía que el general sería mucho más fácil de controlar. Además, el presidente sustituyó a cuatro de los comandantes de distritos militares del sur. Grant sorprendió a Johnson al objetar públicamente las movidas del presidente. Cuando el Congreso volvió a reunirse anuló la destitución de Stanton. Resultado de imagen para johnson impeachment"

El 21 de febrero de 1868, Johnson oficialmente despidió a Stanton y el secretario se atrincheró en su oficina y se negó a obedecer al presidente. El 24 de febrero de 1868 por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el Congreso inició un proceso de residenciamiento para destituir al presidente. Siguiendo el mandato establecido por la constitución, la Cámara de Representantes inició el proceso de residenciamiento contra Johnson acusándole de once cargos de mala conducta presidencial, siete de ellos por haber violado la Ley de tenencia de un cargo público.  Una vez establecidas las acusaciones en la Cámara, el Senado pasó a enjuiciar al presidente. Tras un juicio de once semanas de duración, Johnson se salvó de ser el primer presidente en ser destituido por un voto, pues se requería que dos terceras partes de los senadores le condenaran (36) y sólo 35 senadores lo encontraron culpable de los cargos de que se le acusaba.  Siete republicanos moderados votaron a favor de Johnson porque no estaban seguros de la constitucionalidad de la Ley  de tenencia de un cargo público, que en efecto fue más tarde declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo. Para este grupo de legisladores, destituir a Johnson hubiera sido un acto muy extremo, pues habría establecido un antecedente muy peligroso. En otras palabras, para ellos era más importante salvaguardar el sistema político estadounidense que castigar a Johnson.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 15 de noviembre de 2019

 

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