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El cine americano posterior al 11-S

Linda Mokdad

Estudios de Política Exterior  AFKAR/IDEAS No. 46  Verano 2015

Desde 2001, Hollywood ha recurrido al realismo, la historia y la personificación para incorporar un discurso de victimización y trauma en sus películas.

A la luz de las consecuencias inmediatas y duraderas del 11 de septiembre de 2001, tanto nacionales como internacionales, estudiar la construcción histórica de los ataques terroristas sigue siendo una tarea difícil, aunque apremiante. Ya se vea el 11-S como justificación de la “guerra contra el terror” o como excusa ilegítima para la expansión ilimitada del poder ejecutivo –la firma de la Ley Patriota (USA Patriot Act), las prácticas de la detención indefinida y de entregas extraordinarias (extraordinary rendition), el recurso a la tortura o las invasiones de Irak y Afganistán–, la narración cinematográfica de ese día es motivo de complejos debates y enfrentamientos en torno a la historia. En la trama de determinadas películas tras el 11-S se ha apostado por un marco estadounidense o nacional para aislar o contener el significado de los atentados, mientras que en otras se ha insistido en situar esa jornada de 2001 en un contexto global que pone de relieve la historia de la política exterior de Estados Unidos y su intervención en otros lugares del mundo. También ha habido relatos que, de modo ambivalente, han oscilado entre estas dos posturas, acomodando pero también reajustando la historia, para remodelar el papel de EE UU más allá de sus fronteras. A partir de estas tramas, este artículo describe cómo en el cine hollywoodiense posterior al 11-S se observan tres tendencias importantes en las representaciones de Oriente Medio o de los árabes/musulmanes.

Primero, varias de estas películas activan estrategias que señalan una inquietud con respecto al “realismo”. Segundo, también muestran la tendencia a situar el 11-S y la “guerra contra el terror” en otros escenarios e historias habitualmente utilizados para designar la relación problemática entre Oriente Medio y Washington (incluido el fundamentalismo islámico, las invasiones de Afganistán e Irak, el conflicto árabe-israelí o la lucha por el petróleo). Por último, el cine posterior al 11-S sugiere la supresión de la persona con respecto a la figura del árabe/musulmán, sustituida por una inversión creciente en el trauma y psicotrauma del norteamericano. En última instancia, estas pautas dejan entrever que Hollywood ha usado y abusado del 11-S y la posterior “guerra contra el terror” como oportunidades de moderar, regular y, a menudo, reelaborar los encuentros y enfrentamientos históricos entre Washington y Oriente Medio.

Apuesta por el ‘realismo’

El énfasis que las películas posteriores al 11-S ponen en el realismo no se explica solo por lo ocurrido ese día. De hecho, como película rodada años antes de los ataques –pero después del primer ataque a las Torres Gemelas–, Estado de sitio (Edward Zwick, 1998) ha sido calificada a menudo de pionera por el modo en que emplea la historia al construir y representar a personajes árabes y araboestadounidenses. Con una trama basada en una ola de ataques perpetrados por una red terrorista islámica fundamentalista en respuesta a la captura de un clérigo iraquí por el ejército estadounidense, Estado de sitio aborda Oriente Medio y el problema del terrorismo en un marco más amplio de la política exterior y la geopolítica norteamericanas. De hecho, a diferencia del género de cine de acción hollywoodiense, con títulos como Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994), Decisión crítica (Stuart Baird, 1996) o Reglas de compromiso (William Friedkin, 2000), que presentaban temerariamente a malos de caricatura y, por ende, imágenes de terroristas árabes o musulmanes fácilmente desechables, los productores de Estado de sitiose esforzaron claramente por evitar acusaciones de intolerancia racial o religiosa. De forma irónica, este tratamiento conscientemente sobrio del terrorismo puede ser en parte responsable de que se boicoteara la película, y de los estragos que causó entre los grupos de defensa de árabes y musulmanes. Hussein Ibish, de la ADC (American-Arab Anti-Discrimination Committee), distinguía esta película de muchos otros productos de Hollywood que caían en estereotipos sobre árabes y musulmanes, y afirmaba: “[Las representaciones anteriores] eran tontas y unidimensionales. Estado de sitio pretende ser un producto socialmente responsable”. (“Los musulmanes se sienten asediados”, 1998).

Si bien Estado de sitio demuestra que la gran industria del cine ya había empezado a responder y a incorporar la crítica poscolonial y el multiculturalismo, tales estrategias regulan y gestionan cada vez más las historias, ahora “intrusivas”, del “Otro” árabe/musulmán tras los ataques de 2001. Esto es, el cine norteamericano posterior al 11-S apunta a un interés aun más fetichista por el realismo y la historia. Al recurrir o confiar en el periodismo incrustado, títulos como Gunner Palace (Petra Epperlein y Michael Tucker, 2004), En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007), Restrepo (Sebastian Junger y Tim Hetherington, 2010) y La noche más oscura (Kathryn Bigelow, 2012) tratan de dotar de autoridad a sus “verdades” sobre árabes/musulmanes o la “guerra contra el terror”. Además, muchas de esas películas toman prestadas técnicas o estrategias del cine documental (incluidos los movimientos bruscos cámara en mano o la vertiginosa fotografía de guerra), para dar más protagonismo y reforzar la identificación con la perspectiva de los soldados estadounidenses.

Vuelta al pasado

La inversión en el realismo del cine posterior al 11-S comprometido con Oriente Medio, consolidada por el uso del periodismo incrustado o técnicas de documental, se ve reforzada por las referencias a las situaciones históricas y geopolíticas, una información muchas veces reprimida en las películas anteriores al 11-S. Por ejemplo, Syriana (Stephen Gaghan, 2005), inspirada en el bestseller autobiográfico del antiguo agente de la CIA, Robert Baer, See No Evil, establece conexiones explícitas entre el militarismo y la política exterior de Washington, los monopolios de los recursos petrolíferos, la explotación de trabajadores paquistaníes en Oriente Medio y el fundamentalismo islámico. Red de mentiras (Ridley Scott, 2008) también reproduce debates en torno a la contribución de la política exterior de la CIA y de EE UU al auge del terrorismo en Oriente Medio. Un corazón invencible (Michael Winterbottom, 2007) vuelve sobre el asesinato real del reportero del Wall Street Journal, Daniel Pearl, perpetrado por extremistas religiosos. Argo se remonta a la crisis de los rehenes de Irán, en 1980. Y aun viaja más atrás Múnich (Steven Spielberg, 2005), trasladándonos hasta la crisis de los rehenes de las Olimpiadas de Múnich, en 1972, para formular una tesis sobre el 11-S y el terrorismo en nuestros días.

En cierto modo, podríamos considerar un avance la atención que estas películas prestan a la historia y a los aspectos geopolíticos, o la complicidad de la política exterior estadounidense. A diferencia de Black Sunday (John Frankenheimer, 1977), The Delta Force (Menahem Golan, 1986) o Navy Seals (Lewis Teague, 1990), estas películas pueden sugerir análisis de los conflictos entre EE UU y Oriente Medio más complejos y reflexivos que las representaciones monolíticas anteriores de árabes y musulmanes que a menudo los han mostrado, a ellos y su relación con la violencia, aislados de la historia. Ahora bien, al integrar el 11-S en otros puntos del conflicto de Oriente Medio, el cine posterior al 11-S ha generado una y otra vez analogías históricas y relatos teleológicos simplistas e interesados. Por ejemplo, Múnich, en lugar de situar en primer término el contexto histórico inmediato que da pie a la masacre de 1972 en las Olimpiadas de Múnich, ubica y filtra “Múnich” a través de la memoria del Holocausto y los hechos del 11-S. En otras palabras, el Holocausto, la masacre de Múnich y el 11-S se presentan como ejemplos de violencia que son parte de la misma trayectoria histórica. Mike Chopra-Gant ha afirmado que la última imagen del World Trade Center (con la que acaba Múnich) establece una “relación causal directa” que resulta “simplista y reduccionista”. La pretensión de Golda Meir en la película de que la masacre en la ciudad alemana “es algo nuevo” y que “lo que pasó en Múnich lo cambia todo” recuerda a la ya conocida retórica posterior al 11-S sobre la excepcionalidad norteamericana, que dio a la Casa Blanca licencia para invadir Afganistán e Irak, imponiendo y aprobando la violencia israelí como respuesta al terrorismo.

Inversión creciente en el trauma y psicotrauma del norteamericano

La tendencia del cine estadounidense posterior al 11-S a producir imágenes más realistas de Oriente Medio, así como a aportar más datos históricos (aunque reformulados y revisados) a la hora de retratar a árabes o musulmanes, no puede considerarse sin pensar en la tercera estrategia habitual utilizada en estas películas. Aunque aceptemos que, en el mejor de los casos, puedan abordar el papel de la política exterior de Washington en su lucha contra la violencia procedente de Oriente Medio, debe plantearse en qué medida su potencial de crítica se ve mermado por el modo en que sitúan y contraponen estadounidenses y árabes/musulmanes.

Para la mayoría de películas centradas en Oriente Medio posteriores al 11-S, sería casi imposible ignorar la violencia causada por la invasión de Afganistán o Irak (Green Zone: distrito protegido, Paul Greengrass, 2010) o las torturas que tuvieron lugar en las cárceles clandestinas de la CIA (El sospechoso, Gavin Hood, 2007 o La noche más oscura, 2012). Sin embargo, lo que debe tenerse en cuenta es el modo en que esta violencia se representa y reparte entre colectivos distintamente codificados. Si la movilización o reproducción de estrategias relacionadas con el periodismo incrustado ha priorizado a menudo las experiencias de los estadounidenses, los árabes/musulmanes están muy vehiculados, tecnologizados y asociados al pasado y la historia. El ejemplo más reciente, y tal vez el más extremo, de película posterior al 11-S en que prevalece la persona (y la psique) del soldado americano por encima de los árabes/musulmanes a quienes mata es El francotirador (Clint Eastwood, 2014). Basada en la historia real del francotirador miembro del cuerpo de los Navy SEAL, Chris Kyle, la crítica que hace de la guerra se limita básicamente a plantear el impacto negativo que ha tenido en el soldado, al tiempo que subestima o racionaliza la pérdida de vidas árabes. El francotirador contó con una gran publicidad (positiva y negativa), pero no es más que una de las muchas películas de guerra posteriores al 11-S en que se distingue entre ciudadanos norteamericanos y árabes, pidiendo al público que se sumerja completamente del lado de los primeros. Una estrategia habitual para fomentar la identificación con los estadounidenses tras el 11-S consiste en dedicarse a rodar películas sobre la guerra y la vuelta a casa, centradas en el trastorno de estrés postraumático. Títulos como Badland (Francesco Lucente, 2007), Homeland (Christoper C. Young, 2009), En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008) o En el valle de Elah otorgan un trato de excepción al estadounidense, distinguiéndolo del árabe/musulmán.

A diferencia del personaje masculino invulnerable y militarizado del cine de acción hollywoodiense de los años ochenta y noventa,  muchas tramas militares posteriores al 11-S ponen de relieve la vulnerabilidad del soldado estadounidense. Por ejemplo, incluso una película como En el valle de Elah, que aborda el abuso sufrido por civiles iraquíes a manos de los soldados, relativiza esos abusos, atribuyéndolos al trauma y postrauma sufrido por las tropas estadounidenses. Tal como sugiere el propio título, el soldado norteamericano es el valeroso pero vulnerable David que se enfrenta al poderoso y monstruoso Goliat. Estas películas posteriores al 11-S, pues, pueden probar una voluntad aun mayor de mostrar abusos y torturas, incluso los cometidos por los propios americanos, pero se racionalizan como una respuesta aceptable y un comportamiento comprensible por parte de una persona y una nación traumatizados. El abuso contra civiles iraquíes que se muestra en En el valle de Elah se capta, vehicula y mantiene a distancia gracias a la tecnología de la videocámara, y se califica de perteneciente al “pasado.” El soldado norteamericano traumatizado y postraumatizado, en cambio, invita a la identificación emocional y engendra mucho más afecto, al estar situado en el “presente” de la película, y dotado de una voz y una trayectoria como personaje que se niega al árabe/musulmán. En estos casos, las inquietudes inmediatas del presente superan los pecados del pasado, abstraídos y vehiculados.

El cine de guerra y vuelta a casa posterior al 11-S, que alterna recuerdos de la batalla y problemas de readaptación posteriores al conflicto, se convierte en el vehículo perfecto para distinguir entre americanos y árabes/musulmanes, al mostrar registros temporales tan dispares. Asimismo, el visionado y revisionado de las escenas de tortura grabadas en La noche más oscura no solo produce y reproduce el personaje musulmán criminalizado y legible, sino que, además, lo priva de cualquier humanidad.

En conclusión, aunque el cine posterior al 11-S pueda sugerir unos retratos más sensibles de los árabes/musulmanes, al reconocer la historia y hasta la complicidad de Washington, toda crítica que puedan ofrecer, en definitiva, se ve empañada por el modo en que la historia se reajusta para redimir y dar prioridad a los norteamericanos. En última instancia, Hollywood ha recurrido al realismo, la historia y la personificación en el cine posterior al 11-S para incorporar un discurso de victimización y trauma.

Linda Mokdad es Profesora auxiliar de Inglés y Estudios Cinematográficos, St. Olaf College. Northfield.

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TomDispatch

Naming Our Nameless War 

How Many Years Will It Be?
By Andrew J. Bacevich

For well over a decade now the United States has been “a nation at war.” Does that war have a name?

It did at the outset.  After 9/11, George W. Bush’s administration wasted no time in announcing that the U.S. was engaged in a Global War on Terrorism, or GWOT.  With few dissenters, the media quickly embraced the term. The GWOT promised to be a gargantuan, transformative enterprise. The conflict begun on 9/11 would define the age. In neoconservative circles, it was known as World War IV.

Upon succeeding to the presidency in 2009, however, Barack Obama without fanfare junked Bush’s formulation (as he did again in a speech at the National Defense University last week).  Yet if the appellation went away, the conflict itself, shorn of identifying marks, continued.

Does it matter that ours has become and remains a nameless war? Very much so.

Names bestow meaning.  When it comes to war, a name attached to a date can shape our understanding of what the conflict was all about.  To specify when a war began and when it ended is to privilege certain explanations of its significance while discrediting others. Let me provide a few illustrations.

With rare exceptions, Americans today characterize the horrendous fraternal bloodletting of 1861-1865 as the Civil War.  Yet not many decades ago, diehard supporters of the Lost Cause insisted on referring to that conflict as the War Between the States or the War for Southern Independence (or even the War of Northern Aggression).  The South may have gone down in defeat, but the purposes for which Southerners had fought — preserving a distinctive way of life and the principle of states’ rights — had been worthy, even noble.  So at least they professed to believe, with their preferred names for the war reflecting that belief.

Schoolbooks tell us that the Spanish-American War began in April 1898 and ended in August of that same year.  The name and dates fit nicely with a widespread inclination from President William McKinley’s day to our own to frame U.S. intervention in Cuba as an altruistic effort to liberate that island from Spanish oppression.

Yet the Cubans were not exactly bystanders in that drama.  By 1898, they had been fighting for years to oust their colonial overlords.  And although hostilities in Cuba itself ended on August 12th, they dragged on in the Philippines, another Spanish colony that the United States had seized for reasons only remotely related to liberating Cubans.  Notably, U.S. troops occupying the Philippines waged a brutal war not against Spaniards but against Filipino nationalists no more inclined to accept colonial rule by Washington than by Madrid.  So widen the aperture to include this Cuban prelude and the Filipino postlude and you end up with something like this:  The Spanish-American-Cuban-Philippines War of 1895-1902.  Too clunky?  How about the War for the American Empire?  This much is for sure: rather than illuminating, the commonplace textbook descriptor serves chiefly to conceal.

Strange as it may seem, Europeans once referred to the calamitous events of 1914-1918 as the Great War.  When Woodrow Wilson decided in 1917 to send an army of doughboys to fight alongside the Allies, he went beyond Great.  According to the president, the Great War was going to be the War To End All Wars.  Alas, things did not pan out as he expected.  Perhaps anticipating the demise of his vision of permanent peace, War Department General Order 115, issued on October 7, 1919, formally declared that, at least as far as the United States was concerned, the recently concluded hostilities would be known simply as the World War.

In September 1939 — presto chango! — the World Warsuddenly became the First World War, the Nazi invasion of Poland having inaugurated a Second World War, also known asWorld War II or more cryptically WWII.  To be sure, Soviet dictator Josef Stalin preferred the Great Patriotic War. Although this found instant — almost unanimous — favor among Soviet citizens, it did not catch on elsewhere.

Does World War II accurately capture the events it purports to encompass?  With the crusade against the Axis now ranking alongside the crusade against slavery as a myth-enshrouded chapter in U.S. history to which all must pay homage, Americans are no more inclined to consider that question than to consider why a playoff to determine the professional baseball championship of North America constitutes a “World Series.”

In fact, however convenient and familiar, World War II is misleading and not especially useful.  The period in question saw at least two wars, each only tenuously connected to the other, each having distinctive origins, each yielding a different outcome.  To separate them is to transform the historical landscape.

On the one hand, there was the Pacific War, pitting the United States against Japan.  Formally initiated by the December 7, 1941, attack on Pearl Harbor, it had in fact begun a decade earlier when Japan embarked upon a policy of armed conquest in Manchuria.  At stake was the question of who would dominate East Asia.  Japan’s crushing defeat at the hands of the United States, sealed by two atomic bombs in 1945, answered that question (at least for a time).

Then there was the European War, pitting Nazi Germany first against Great Britain and France, but ultimately against a grand alliance led by the United States, the Soviet Union, and a fast fading British Empire.  At stake was the question of who would dominate Europe.  Germany’s defeat resolved that issue (at least for a time): no one would.  To prevent any single power from controlling Europe, two outside powers divided it.

This division served as the basis for the ensuing Cold War,which wasn’t actually cold, but also (thankfully) wasn’t World War III, the retrospective insistence of bellicose neoconservatives notwithstanding.  But when did the Cold Warbegin?  Was it in early 1947, when President Harry Truman decided that Stalin’s Russia posed a looming threat and committed the United States to a strategy of containment?  Or was it in 1919, when Vladimir Lenin decided that Winston Churchill’s vow to “strangle Bolshevism in its cradle” posed a looming threat to the Russian Revolution, with an ongoing Anglo-American military intervention evincing a determination to make good on that vow?

Separating the war against Nazi Germany from the war against Imperial Japan opens up another interpretive possibility.  If you incorporate the European conflict of 1914-1918 and the European conflict of 1939-1945 into a single narrative, you get a Second Thirty Years War (the first having occurred from 1618-1648) — not so much a contest of good against evil, as a mindless exercise in self-destruction that represented the ultimate expression of European folly.

So, yes, it matters what we choose to call the military enterprise we’ve been waging not only in Iraq and Afghanistan, but also in any number of other countries scattered hither and yon across the Islamic world.  Although the Obama administration appears no more interested than the Bush administration in saying when that enterprise will actually end, the date we choose as its starting point also matters.

Although Washington seems in no hurry to name its nameless war — and will no doubt settle on something self-serving or anodyne if it ever finally addresses the issue — perhaps we should jump-start the process.  Let’s consider some possible options, names that might actually explain what’s going on.

The Long War: Coined not long after 9/11 by senior officers in the Pentagon, this formulation never gained traction with either civilian officials or the general public.  Yet the Long War deserves consideration, even though — or perhaps because — it has lost its luster with the passage of time.

At the outset, it connoted grand ambitions buoyed by extreme confidence in the efficacy of American military might.  This was going to be one for the ages, a multi-generational conflict yielding sweeping results.

The Long War did begin on a hopeful note.  The initial entry into Afghanistan and then into Iraq seemed to herald “home by Christmas” triumphal parades.  Yet this soon proved an illusion as victory slipped from Washington’s grasp.  By 2005 at the latest, events in the field had dashed the neo-Wilsonian expectations nurtured back home.

With the conflicts in Iraq and Afghanistan dragging on, “long” lost its original connotation.  Instead of “really important,” it became a synonym for “interminable.”  Today, the Long Wardoes succinctly capture the experience of American soldiers who have endured multiple combat deployments to Iraq and Afghanistan.

For Long War combatants, the object of the exercise has become to persist.  As for winning, it’s not in the cards. TheLong War just might conclude by the end of 2014 if President Obama keeps his pledge to end the U.S. combat role in Afghanistan and if he avoids getting sucked into Syria’s civil war.  So the troops may hope.

The War Against Al-Qaeda: It began in August 1996 when Osama bin Laden issued a “Declaration of War against the Americans Occupying the Land of the Two Holy Places,” i.e., Saudi Arabia.  In February 1998, a second bin Laden manifesto announced that killing Americans, military and civilian alike, had become “an individual duty for every Muslim who can do it in any country in which it is possible to do it.”

Although President Bill Clinton took notice, the U.S. response to bin Laden’s provocations was limited and ineffectual.  Only after 9/11 did Washington take this threat seriously.  Since then, apart from a pointless excursion into Iraq (where, in Saddam Hussein’s day, al-Qaeda did not exist), U.S. attention has been focused on Afghanistan, where U.S. troops have waged the longest war in American history, and on Pakistan’s tribal borderlands, where a CIA drone campaign is ongoing.  By the end of President Obama’s first term, U.S. intelligence agencies were reporting that a combined CIA/military campaign had largely destroyed bin Laden’s organization.  Bin Laden himself, of course, was dead.

Could the United States have declared victory in its unnamed war at this point?  Perhaps, but it gave little thought to doing so.  Instead, the national security apparatus had already trained its sights on various al-Qaeda “franchises” and wannabes, militant groups claiming the bin Laden brand and waging their own version of jihad.  These offshoots emerged in the Maghreb, Yemen, Somalia, Nigeria, and — wouldn’t you know it — post-Saddam Iraq, among other places.  The question as to whether they actually posed a danger to the United States got, at best, passing attention — the label “al-Qaeda” eliciting the same sort of Pavlovian response that the word “communist” once did.

Americans should not expect this war to end anytime soon.  Indeed, the Pentagon’s impresario of special operations recently speculated — by no means unhappily — that it would continue globally for “at least 10 to 20 years.”   Freely translated, his statement undoubtedly means: “No one really knows, but we’re planning to keep at it for one helluva long time.”

The War For/Against/About Israel: It began in 1948.  For many Jews, the founding of the state of Israel signified an ancient hope fulfilled.  For many Christians, conscious of the sin of anti-Semitism that had culminated in the Holocaust, it offered a way to ease guilty consciences, albeit mostly at others’ expense.  For many Muslims, especially Arabs, and most acutely Arabs who had been living in Palestine, the founding of the Jewish state represented a grave injustice.  It was yet another unwelcome intrusion engineered by the West — colonialism by another name.

Recounting the ensuing struggle without appearing to take sides is almost impossible.  Yet one thing seems clear: in terms of military involvement, the United States attempted in the late 1940s and 1950s to keep its distance.  Over the course of the 1960s, this changed.  The U.S. became Israel’s principal patron, committed to maintaining (and indeed increasing) its military superiority over its neighbors.

In the decades that followed, the two countries forged a multifaceted “strategic relationship.”  A compliant Congress provided Israel with weapons and other assistance worth many billions of dollars, testifying to what has become an unambiguous and irrevocable U.S. commitment to the safety and well-being of the Jewish state.  The two countries share technology and intelligence.  Meanwhile, just as Israel had disregarded U.S. concerns when it came to developing nuclear weapons, it ignored persistent U.S. requests that it refrain from colonizing territory that it has conquered.

When it comes to identifying the minimal essential requirements of Israeli security and the terms that will define any Palestinian-Israeli peace deal, the United States defers to Israel.  That may qualify as an overstatement, but only slightly.  Given the Israeli perspective on those requirements and those terms — permanent military supremacy and a permanently demilitarized Palestine allowed limited sovereignty — the War For/Against/About Israel is unlikely to end anytime soon either.  Whether the United States benefits from the perpetuation of this war is difficult to say, but we are in it for the long haul.

The War for the Greater Middle East: I confess that this is the name I would choose for Washington’s unnamed war and is, in fact, the title of a course I teach.  (A tempting alternative is the Second Hundred Years War, the “first” having begun in 1337 and ended in 1453.)

This war is about to hit the century mark, its opening chapter coinciding with the onset of World War I.  Not long after the fighting on the Western Front in Europe had settled into a stalemate, the British government, looking for ways to gain the upper hand, set out to dismantle the Ottoman Empire whose rulers had foolishly thrown in their lot with the German Reich against the Allies.

By the time the war ended with Germany and the Turks on the losing side, Great Britain had already begun to draw up new boundaries, invent states, and install rulers to suit its predilections, while also issuing mutually contradictory promises to groups inhabiting these new precincts of its empire.  Toward what end?  Simply put, the British were intent on calling the shots from Egypt to India, whether by governing through intermediaries or ruling directly.  The result was a new Middle East and a total mess.

London presided over this mess, albeit with considerable difficulty, until the end of World War II.  At this point, by abandoning efforts to keep Arabs and Zionists from one another’s throats in Palestine and by accepting the partition of India, they signaled their intention to throw in the towel. Alas, Washington proved more than willing to assume Britain’s role.  The lure of oil was strong.  So too were the fears, however overwrought, of the Soviets extending their influence into the region.

Unfortunately, the Americans enjoyed no more success in promoting long-term, pro-Western stability than had the British.  In some respects, they only made things worse, with the joint CIA-MI6 overthrow of a democratically elected government in Iran in 1953 offering a prime example of a “success” that, to this day, has never stopped breeding disaster.

Only after 1980 did things get really interesting, however.  The Carter Doctrine promulgated that year designated the Persian Gulf a vital national security interest and opened the door to greatly increased U.S. military activity not just in the Gulf, but also throughout the Greater Middle East (GME).  Between 1945 and 1980, considerable numbers of American soldiers lost their lives fighting in Asia and elsewhere.  During that period, virtually none were killed fighting in the GME.  Since 1990, in contrast, virtually none have been killed fighting anywhere except in the GME.

What does the United States hope to achieve in its inherited and unending War for the Greater Middle East?  To pacify the region?  To remake it in our image?  To drain its stocks of petroleum?  Or just keeping the lid on?  However you define the war’s aims, things have not gone well, which once again suggests that, in some form, it will continue for some time to come.  If there’s any good news here, it’s the prospect of having ever more material for my seminar, which may soon expand into a two-semester course.

The War Against Islam: This war began nearly 1,000 years ago and continued for centuries, a storied collision between Christendom and the Muslim ummah.  For a couple of hundred years, periodic eruptions of large-scale violence occurred until the conflict finally petered out with the last crusade sometime in the fourteenth century.

In those days, many people had deemed religion something worth fighting for, a proposition to which the more sophisticated present-day inhabitants of Christendom no longer subscribe.  Yet could that religious war have resumed in our own day?  Professor Samuel Huntington thought so, although he styled the conflict a “clash of civilizations.”  Some militant radical Islamists agree with Professor Huntington, citing as evidence the unwelcome meddling of “infidels,” mostly wearing American uniforms, in various parts of the Muslim world.  Some militant evangelical Christians endorse this proposition, even if they take a more favorable view of U.S. troops occupying and drones targeting Muslim countries.

In explaining the position of the United States government, religious scholars like George W. Bush and Barack (Hussein!) Obama have consistently expressed a contrary view.  Islam is a religion of peace, they declare, part of the great Abrahamic triad.  That the other elements of that triad are likewise committed to peace is a proposition that Bush, Obama, and most Americans take for granted, evidence not required.  There should be no reason why Christians, Jews, and Muslims can’t live together in harmony.

Still, remember back in 2001 when, in an unscripted moment, President Bush described the war barely begun as a “crusade”?  That was just a slip of the tongue, right?  If not, we just might end up calling this one the Eternal War.

Andrew J. Bacevich is a professor of history and international relations at Boston University and a TomDispatch regular. His next book, Breach of Trust: How Americans Failed Their Soldiers and Their Countrywill appear in September.

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En un artículo publicado recientemente en la revista The American Conservative titulado “How we became Israel”, el historiador norteamericano Andrew Bacevich examina la israelificación de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos. El término no es mío, sino del propio Bacevich, y hace referencia al alegado creciente uso por Estados Unidos de tácticas y estrategias practicadas por el estado de Israel. Bacevich no es un autor ajeno a este blog, ya  que he reseñado varios de sus escritos porque le considero uno de los analistas más honestos y, por ende, valientes de la política exterior de su país. En el contexto de un posible ataque israelí contra Irán –que arrastraría a los Estados Unidos a una guerra innecesaria y muy peligrosa– me parece necesario reseñar este artículo, ya que analiza elementos muy importantes de las actuales relaciones israelíes-norteamericanas.

Bacevich comienza su artículo  con una reflexión sobre la paz y la violencia. Según éste,  la paz tiene significados que varían de acuerdo con el país o gobierno que los defina. Para unos, la paz es sinónimo de armonía basada en la tolerancia y el respeto. Para otros, no es más que un eufemismo para dominar. Un país comprometido con la paz recurre a la violencia como último recurso y esa había sido, según Bacevich, la actitud histórica de los Estados Unidos. Por el contrario, si un país ve la paz como sinónimo de dominio, hará un uso menos limitado de la violencia Ese es el caso de Israel desde hace mucho tiempo y lo que le preocupa al autor es que, según él,  desde fines de la guerra fría también ha sido la actitud de los Estados Unidos.  De acuerdo con Bacevich:

“As a consequence, U.S. national-security policy increasingly conforms to patterns of behavior pioneered by the Jewish state. This “Israelification” of U.S. policy may prove beneficial for Israel. Based on the available evidence, it’s not likely to be good for the United States.”

Es claro que para Bacevich la llamada israelificación de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos no es buen negocio para su nación. El autor le dedica el resto de su artículo a analizar este fenómeno.

Como parte de su análisis, el autor hace una serie de observaciones muy críticas y pertinentes sobre Israel. Comienza  examinando la visión sobre la paz del actual primer ministro israelí, partiendo de unas expresiones hechas por Benjamin Netanyahu en 2009, reclamando la total desmilitarización de la franja de Gaza y de la margen occidental del río Jordán como requisitos para un acuerdo de paz con los palestinos. Para Bacevich, estas exigencias no tienen sentido alguno porque los palestinos pueden ser una molestia para Israel, pero no constituyen una amenaza dada la enorme superioridad militar de los israelíes, cosa que se suele olvidar, añadiría yo, con demasiada facilidad y frecuencia. Bacevich concluye que para los israelíes la paz se deriva de la seguridad absoluta, basada no en la ventaja sino en la supremacía militar.

La insistencia en esa supremacía ha hecho necesario que Israel lleve a cabo lo que el autor denomina como “anticipatory action”, es decir, acciones preventivas contra lo que los israelíes han percibido como amenazas (“perceived threats”). Uno de los ejemplos que hace referencia el autor es el ataque israelí contra las facilidades nucleares iraquíes en 1981.  Sin embargo, con estas acciones los israelíes no se han limitado a defenderse, sino que  convirtieron la percepción de amenaza en oportunidad de expansión territorial. Bacevich da como ejemplos los ataques israelíes contra Egipto en 1956 y 1967 que, según él, no ocurrieron porque los egipcios tuvieran la capacidad de destruir a Israel. Tales ataques se dieron porque abrían la oportunidad de la ganancia territorial por vía de la conquista. Ganancia que en el caso de la guerra de 1967 ha tenido serias consecuencias estratégicas para Israel.

Bacevich examina otro elemento clave de la política de seguridad israelí: los asesinatos selectivos (“targeted assassinations”).  Los israelíes  han convertido la eliminación física de sus adversarios ­­–a través del uso del terrorismo, añadiría yo– en el sello distintivo del arte de la guerra israelí, eclipsando así métodos militares convencionales y dañando la imagen internacional de Israel.

Lo que  Bacevich no entiende y le preocupa, es por qué Estados Unidos han optado por seguir los pasos de Israel. Según éste, desde la administración del primer Bush, su país ha oscilado hacia la búsqueda del dominio militar global, hacia el uso de acciones militares preventivas y hacia a los asesinatos selectivos (en referencia al uso de vehículos aéreos no tripulados ­­–los llamados “drones”-  como arma antiterrorista creciente). Todo ello justificado, como en el caso de Israel,  como medida defensiva y como herramienta de seguridad nacional. Al autor se la hace difícil entender esta israelificación porque contrario a Israel, Estados Unidos es un país grande, con una gran población y sin enemigos  cercanos. En otras palabras, los norteamericanos tienen opciones y ventajas que los israelíes no poseen. A pesar de ello, Estados Unidos ha sucumbido “into an Israeli-like condition of perpetual war, with peace increasingly tied to unrealistic expectations of adversaries and would-be adversaries acquiescing in Washington’s will.”

Para Bacevich, este proceso de israelificación comenzó con la Operación Tormenta del Desierto, un conflicto tan rápido e impactante como la guerra de los siete días. Clinton contribuyó a este proceso con  intervenciones militares frecuentes (Haití, Bosnia, Serbia, Sudán, etc.). El segundo Bush –fiel creyente de la estrategia del “ Full Spectrum Dominance” (Dominación de espectro completo)– se embarcó en la liberación y transformación del mundo islámico. Bajo su liderato, Estados Unidos hizo, como Israel, uso de la guerra preventiva. De acuerdo con el autor, invadir Irak era visto por Bush y su gente como un acción preventiva contra lo que se percibía como una amenaza, pero también como  una oportunidad. Al atacar a Saddam Hussein, Bush no adoptó el concepto  de disuasión (“deterrence”) de la guerra fría, sino la versión israelí. La estrategia de “deterrence” de la guerra fría buscaba disuadir al oponente de llevar a cabo acciones bélicas mientras que la versión israelí está fundamentada en el uso desproporcionado de la fuerza. A los israelíes no les basta con amedrentar y han dejado atrás el bíblico ojo por ojo. Para ellos es necesario castigar desproporcionadamente para enviar una mensaje  de fuerza a sus enemigos. Basta recordar los 1,397 palestinos muertos en Gaza durante las tres semanas que duró la Operación Plomo Fundido a finales de 2008 y principios de 2009. De ellos, 345 eran menores de edad. [Según B’TSELEMThe Israeli Information Center for Human Rights in the Occupied Territories–, entre setiembre de 2000 y setiembre de 2012, las fuerzas de seguridad israelíes mataron a 6,500 palestinos en los territorios ocupados y a 69 en Israel. Durante ese mismo periodo, los palestinos asesinaron a 754 civiles y 343 miembros de las fuerzas de seguridad israelíes.]

De acuerdo con Bacevich, el objetivo de la administración Bush al invadir Irak era también enviar un mensaje: esto le puede pasar a quienes reten la voluntad de Estados Unidos. Desafortunadamente para Bush, la invasión y ocupación de Irak resultó un fracaso similar a la invasión israelí del Líbano en 1982.

El proceso de israelificación analizado por Bacevich tomó una nuevo giró bajo la presidencia de Obama, quien transformó el uso de los drones para asesinatos selectivos en la pieza clave de la política de seguridad nacional de Estados Unidos.

Bacevich concluye que, a pesar de que no favorece los intereses de Estados Unidos, el proceso de israelificación de la política de seguridad nacional estadounidense ya se ha completado, y que será muy difícil revertirlo dado el clima político reinante en la nación norteamericana.

Lo primero que debo señalar es que el uso del asesinato selectivo por el gobierno estadounidense como arma política no comenzó con los drones. Basta recordar los hallazgos del famoso Comité Church que en la década de 1970 investigó las actividades del aparato de inteligencia norteamericano en el Tercer Mundo. En un informe de catorce volúmenes, este comité legislativo documentó las actividades ilegales llevadas a cabo por la CIA, entre ellas, el asesinato e intento de asesinato de líderes del Tercer Mundo. ¿Cuántas veces ha intentado la CIA matar a Fidel Castro? ¿Cuántos miembros del Vietcong fueron capturados, torturados y asesinados por la CIA y sus asociados a través del Programa Phoenix en los años 1960? Lo que han hecho los drones es transformar la eliminación física de los enemigos  de Estados Unidos en un proceso a control remoto y, por ende, “seguro” para los estadounidenses.

A pesar estas críticas, considero que este ensayo es valioso por varias razones. Primero, porque refleja la creciente preocupación entre sectores académicos, militares y gubernamentales norteamericanos por la enorme influencia que ejerce Israel sobre la política exterior y doméstica de los Estados Unidos. Afortunadamente, no todos los estadounidenses creen que Estados Unidos debe apoyar a Israel incondicionalmente, especialmente, cuando es claro que tal apoyo tiene un gran costo político y económico para Estados Unidos. Segundo, porque desarrollar una discusión pública y abierta de este tema es extremadamente necesario para contrarrestar la influencia del “lobby” pro-israelí en los Estados Unidos (y a nivel mundial). En ese sentido, este ensayo cumple una función muy importante al criticar la política de seguridad de Israel desde una óptica  honesta. Bacevich no teme llamar las cosas por su nombre y no duda en describir la actual política de seguridad israelí como una basada en asesinatos selectivos y el uso desproporcionado de la fuerza, y que, además, no busca la paz, sino el dominio y la expansión territorial.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 11 de noviembre de 2012

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democracynowDemocracy Now! (¡Democracia Ahora!) es un programa noticioso norteamericano transmitido diariamente a través de más de 750 estaciones de radio y televisión. Su principal conductora y directora ejecutiva, Amy Goodman, es una prestigiosa y galardonada periodista norteamericana, coautora de varios libros y respetada a nivel mundial. Democracy Now! es, sin lugar dudas, una prueba del valor e importancia del periodismo independiente como alternativa a la cobertura noticiosa de las principales cadenas radiales y televisivas del mundo. Diariamente, millones de personas en el mundo obtienen al escuchar o ver Democracy Now!, información y una perspectiva periodística muy diferente a la que encontrarían en noticiarios tradicionales.

El pasado 13 de mayo, Amy Goodman realizó una interesante entrevista al gran historiador norteamericano Howard Zinn. Autor del ya clásico libro A People´s History of the United States (publicado en español por Ediciones Siglo XXI  bajo el título La otra historia de los Estados Unidos), Zinn es uno de los analistas más lúcidos de la sociedad y la historia estadounidense. En su entrevista con Goodman, Zinn enfoca temas como la política exterior del Presidente Barack Obama y su visión de la historia de los Estados Unidos. Zinn también comenta sobre el estreno en el History Channel de un documental titulado The People Speak basado en la lectura de pasajes de su libro A People´s History of the United States por actores como Matt Damon, Josh Brolin, Viggo Mortensen, Danny Glover, Marisa Tomei y Don Cheadle.

Aquí incluyo la entrevista divida en tres partes:

Primera parte

Segunda Parte

Tercera parte

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