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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


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Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

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Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

Capítulo 14: 2004, la guerra contra el terrorismo marca las elecciones |  Internacional | Cadena SER

De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

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Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: "Los líderes han huido" |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

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En este artículo publicado en la revista cibérnetica Sin permiso, el profesor Olmedo Beluche analiza el papel que jugó un abogado estadounidense llamado William Nelson Cromwell, en el desarrollo de los eventos que llevaron a la independencia de Panamá y la construcción del canal.

Beluche es ensayista, periodista, sociólogo y politólogo. Enseña en Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá.  Entres sus obras destacan Estado, nación y clases sociales en Panamá (1990), La verdad sobre la invasión (Panamá: CELA, 1990), Diez años de luchas políticas y sociales en Panamá (1980-1990) (Panamá, 1994), Pobreza y neoliberalismo en Panamá (Panamá, 1997), La invasión a Panamá: preguntas y respuestas (Panamá: Editorial Portobelo/Librería El Campus, 1998)  y Panamá: ¿proyecto o nación? (1999).


Panamá: Lo que no se dice de la separación de Colombia

Olmedo Beluche

Sin permiso  31 de octubre de 2021

Érase una vez una empresa de capital francés que inició las obras para construir un canal por el istmo de Panamá, allá por 1880. Pero la Compañía Universal del Canal Interoceánico, como la llamaron, fue dando tumbos hasta que, en 1888, paralizó la construcción.

¿Por qué? Los niños de primaria en Panamá saben que “la culpa fue del mosquito que producía la fiebre amarilla”. Los de secundaria, los que estudian, caen en cuenta que también le falló el diseño a Fernando de Lesseps, que intentó un canal a nivel que se estrelló contra el Corte Culebra. Muy pocos, a nivel universitario, se enteran de que hubo un tercer culpable: la corrupción.

Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá - Wikipedia, la  enciclopedia libre

Sí. Los gerentes franceses de la compañía resultaron ser unos pillos que le robaron millones de francos a los incautos inversionistas de clase media en Francia que compraron acciones de esta empresa creyendo que el canal los inundaría de riquezas. El escándalo, que fue asociado al nombre de Panamá, llegó a los estrados judiciales siendo condenados a penas de cárcel varios directivos.

Pero los pillos siguen siendo pillos y no se componen ni con la cárcel. Algunos de los directivos y accionistas mayoritarios idearon un plan para seguir chupándole la sangre al Canal de Panamá. En 1892-1894, se dieron a la tarea de reorganizar la empresa bajo otro nombre, la Compañía Nueva del Canal Interoceánico. Lo primero que gestionaron fue una prórroga para terminar la obra. Una prórroga de diez años que culminaba en 1904. Anote la fecha.

Pero un sinvergüenza nunca deja de serlo, así que estos señores nunca pretendieron, ni juntaron capital suficiente para completar la obra. Solo buscaban ganar tiempo para vender sus “derechos” a un tercero, y así sacar hasta la última gota del negocio. ¿Quién tenía interés, capacidad para comprarles las acciones y continuar la obra? El gobierno de Estados Unidos de América.

HSTM Historic Stocks Market Index | Compagnie Nouvelle du Canal de Panama  1894 Société Anonyme

En 1894, los franceses tuvieron la buena idea de contratar a uno de los abogados más influyentes en la política y en los negocios del naciente imperio norteamericano: William Nelson Cromwell. La firma Sullivan and Cromwell, que todavía existe, estaba bien ligada a capitalistas como J. P. Morgan, la General Electric y otros negocios de alto peso en Wall Street. De su seno salieron políticos influyentes como los hermanos Allan y John Foster Dulles, que dirigieron la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Gracias a ese contrato que hizo la Compañía Nueva, y a que en manos de ese bufete estaban las acciones de la Panama Rail Road Co., o Compañía del Ferrocarril de Panamá, tanto Cromwell como la firma de abogados jugaría un papel inconfesable en los sucesos de 1903.

Archivo:William Nelson Cromwell.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

William Nelson Cromwell

La última década del siglo XIX se caracterizó por lo que se ha llamado fase imperialista del capitalismo, cuando las grandes potencias se repartieron el mundo para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Estados Unidos terminó de dar su salto con la Guerra de 1898 contra España a la que le arrebató sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas. Al poseer territorios e intereses en Asia, los norteamericanos se vieron compelidos a dar urgencia a la construcción de un canal que permitiera a su armada naval cuidar sus intereses en ambos océanos.

Entre 1894 y 1903 las autoridades norteamericanas negociaron con franceses, colombianos y nicaragüenses. Aquí es donde el papel de Cromwell se hizo clave. Por un lado, unió a un grupo de capitalistas norteamericanos para comprar en secreto un gran grupo de acciones de la Compañía Nueva, que estaba devaluadas.  Plan que denominó “Americanización del Canal”. Se afirma que invirtieron 3.5 millones de dólares por unas acciones que revenderían a su gobierno por 40 millones de dólares. Buen negocio, ¿verdad?

Panamá - Panama Rail Road Co. - 1865/1869 - Lote de 2 - Catawiki

La participación de prominentes empresarios y políticos norteamericanos en este negociado fue lo que en verdad inclinó la balanza a favor del canal por Panamá, y no como pinta el mito de las supuestas estampillas con volcanes de Nicaragua que habría regalado Bunau Varilla a los senadores.

Una vez listo el grueso del asunto había que proceder con los detalles, así que Teodoro Roosevelt, buen amigo de Cromwell, exigió a Colombia el cese de la Guerra de los Mil Días, sentó a los dos partidos, liberales y conservadores, en la mesa y con su mediación salió el Pacto de Neerlandia y el del acorazado Wisconsin en noviembre de 1902.

Siguiente paso, obligar al embajador colombiano a firmar un tratado sin mucha consulta con su país. El 22 de enero de 1903 se firmó el Tratado Herrán-Hay, que contenía: lo que se llamaría Zona del Canal con jurisdicción norteamericana; un pago de 40 millones de dólares a los accionistas “franceses” (y norteamericanos); 10 millones de adelanto a al estado colombiano, y Panamá por supuesto; y una anualidad de 250 mil dólares cuando el canal estuviera en funcionamiento.

Los colombianos y panameños decentes de aquel tiempo sabían leer y sumar, y no eran menos listos que los actuales, así que empezaron con los cuestionamientos: ¿Cómo vamos a partir el Istmo por la mitad y ceder la soberanía a una potencia extranjera allí? ¿Eso no contradice la constitución y el derecho internacional? ¿Por qué a Colombia le tocan 10 y a los accionistas 40? ¿Con qué derechos si ellos solo poseen una concesión que vence en un año y un poco de chatarra en un hueco a medio excavar? ¿Pero si la Compañía del ferrocarril ya paga 250 mil de anualidad, ahora que se quedarán con ella y tendrán el canal seguirán pagando lo mismo?

Todo esto se lo preguntaban panameños tan ilustres como los liberales Carlos A. Mendoza y Belisario Porras, y conservadores como Juan B. Pérez y Soto y Oscar Terán, entre otros. Esa era su opinión a mitad de 1903, al margen de si algunos cambiaron posteriormente. El crecimiento del rechazo al tratado, a nuestra manera de ver, llevó al juicio sumario y fusilamiento de Victoriano Lorenzo, el 15 de mayo de 1903, fue una advertencia para acallar cualquier intento de resistencia.

Cuando Cromwell advirtió que podía fracasar el tratado en el Congreso colombiano, empezó a montar el Plan B: separar a Panamá de Colombia y nombrar una Junta de Gobierno leal a sus intereses que legitimara el tratado. Para ello recurrió a sus subalternos en la Compañía del Ferrocarril: José A. Arango, abogado residente de la empresa, y Manuel Amador Guerrero, funcionario a sueldo del ferrocarril.

Prepararon el plan, pero dándole hasta el último momento la oportunidad al Congreso colombiano de aprobar el Tratado Herrán-Hay. La separación sólo sucedería si no se aprobaba el tratado y no tenía otro móvil que el tratado. Todo el cuento de que los colombianos nos tenían “olvidados” fue inventado después y no era verdad, éramos uno de los departamentos más importantes y con mayor influencia en Colombia.

Canal de Panamá - Biblioteca Digital Mundial

Cuando el senado colombiano resolvió no aprobar el tratado, sino proponer a Estados Unidos esperar hasta 1904, a que los franceses perdieran su concesión, sacarlos del medio, para que le pagaran 25 millones de dólares al estado colombiano, Cromwell empezó a ejecutar su Plan B y convocó a Amador Guerrero a Nueva York a finales de agosto.

Esperaron para actuar hasta el 30 de octubre, cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin aprobar el tratado. En ese momento, Roosevelt dio la orden de mover sus acorazados al Istmo por ambos mares. Diez acorazados y miles de soldados norteamericanos invadieron Panamá desde el 3 de noviembre y días sucesivos. Detallito que no cuentan a los niños en la escuela.

Quienes hacen frente a los soldados colombianos que llegaron a Colón la madrugada del 3 de noviembre, son el administrador yanqui de la Compañía del Ferrocarril, coronel Shaler y las tropas del acorazado Nashville, que instalaron nidos de ametralladoras. El 5 de noviembre fue decisiva la llegada del acorazado Dixie a Cristóbal con 500 soldados norteamericanos.

Quien se imagina a los “próceres” dirigiendo al pueblo contra los “opresores colombianos”, mejor que deje de leer cuentos infantiles. La foto que describe el hecho es que la izada de la bandera panameña en Colón el 6 de noviembre estuvo a cargo de un oficial de inteligencia norteamericano vestido de gala, llamado Murray Black.

La otra foto está dada por el Tratado Hay-Bunau Varilla, firmado no por casualidad 15 días después, que contenía todo lo repudiable del Tratado Herrán-Hay, pero empeorado. La otra foto la encontramos el artículo 136 de la Constitución de 1904, que permitía que Estados Unidos interviniera en todo el territorio ístmico con la excusa de imponer el orden público.

Separación de Panamá de Colombia - Wikipedia, la enciclopedia libreCromwell y sus socios obtuvieron los 40 millones de dólares, pero además él recibió del estado norteamericano otra cantidad millonaria por la Panama Rail Road Co. Para coronar sus ambiciones y probar su control sobre el gobierno panameño, fue nombrado como cónsul y agente fiscal de Panamá en Nueva York. A alguien del gobierno panameño se le ocurrió que de los 10 millones de dólares que le tocaban a Panamá, convenía separar 6 millones para crear un Fondo de la Posteridad, que sería invertido en bienes inmobiliarios y especulación financiera en Estados Unidos. Adivinen quién administró ese fondo por décadas.

Es evidente que el 3 de noviembre de 1903, ni nos hicimos independientes ni soberanos, nos convertimos en colonia o protectorado de Estados Unidos. Situación contra la que tuvieron que pelear generaciones de panameños que sí lucharon por la independencia, como los jóvenes heroicos del 9 de Enero de 1964.

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La revista The Economist ha desarrollado una sección en la que invita a opinar a analistas, diplomáticos y pensadores de relevancia global sobre un tema muy pertinente a esta bitácora: el futuro del poder estadounidense. Entre quienes ha colaborado con The Economist destacan Gordon Brown, Paul Kennedy, Gérard Araud, Arundhati Roy y Niall Ferguson. Este último publicó el pasado 20 de agosto un interesante artículo titulado “Por qué el fin del imperio de Estados Unidos no será pacífico”,  analizando desde su perspectiva conservadora la decadencia estadounidense y sus posibles consecuencias. Su visión no es muy optimista, pues nos recuerda que, «el fin de un imperio rara vez, o nunca, es un proceso indoloro».

Ferguson es  senior fellow del Hoover Institution  de Stanford University y director general de Greenmantle, una firma de asesoría político-económica. Prolifero escritor, es autor de importantes trabajos de análisis histórico, entre los que destacan Empire: How Britain Made the Modern World (Penguin, 2003), The Pity of War (Penguin, 1998); The House of Rothschild Empire and Civilization y Kissinger, 1923-1968: The Idealist (Penguin, 2015), que ganó el Premio Arthur Ross del Consejo de Relaciones Exteriores.


Interview with Prof. Niall Ferguson: A Brief History of Tomorrow (Part one)  | St. Gallen Symposium

Niall Ferguson

Por qué el fin del imperio de Estados Unidos no será pacífico

Niall Ferguson

The Economist.  20 de agosto de 2021

«Las multitudes permanecieron sumidas en la ignorancia… y sus líderes, buscando sus votos, no se atrevieron a deshacerse de ellos». Así lo escribió Winston Churchill sobre los vencedores de la Primera Guerra Mundial en The Gathering Storm. Recordó amargamente recordó «la negativa a enfrentar hechos desagradables, el deseo de popularidad y el éxito electoral independientemente de los intereses vitales del estado». Los lectores estadounidenses, observando la ignominiosa partida de su gobierno de Afganistán y escuchando el tenso esfuerzo del presidente Joe Biden para justificar el desastre afgano que ha provocado, podrían encontrar incómodamente familiar parte de la crítica de Churchill a la Gran Bretaña de entreguerras.Amazon.com: The Gathering Storm (Winston S. Churchill The Second World Wa  Book 1) eBook : Churchill, Winston S.: Tienda Kindle

El estado mental de Gran Bretaña fue el producto de una combinación de agotamiento nacional y «sobrecarga imperial», para tomar prestada una frase de Paul Kennedy, un historiador de Yale. Desde 1914, la nación había soportado la guerra, la crisis financiera y en 1918-19 una terrible pandemia, la gripe española. El panorama económico se vio ensombrecido por una montaña de deuda. Aunque el país seguía siendo el emisor de la moneda global dominante, ya no era insuperable en ese rol. Una sociedad altamente desigual inspiró a los políticos de la izquierda a exigir la redistribución, si no el socialismo absoluto. Una proporción significativa de la intelectualidad fue más allá, abrazando el comunismo o el fascismo.

Mientras tanto, la clase política establecida prefirió ignorar el deterioro de la situación internacional. El dominio global de Gran Bretaña se vio amenazado en Europa, en Asia y en el Medio Oriente. El sistema de seguridad colectiva, basado en la Sociedad de Naciones, que se había establecido en 1920 como parte del acuerdo de paz de posguerra, se estaba desmoronando, dejando solo la posibilidad de alianzas para complementar los recursos imperiales escasamente extendidos. El resultado fue el desastroso fracaso de no reconocer la escala de la amenaza totalitaria y no acumular los medios para disuadir a los dictadores.

¿Nos ayuda la experiencia de Gran Bretaña a entender el futuro del poder estadounidense? Los estadounidenses prefieren extraer lecciones de la historia de los Estados Unidos, pero puede ser más esclarecedor comparar al país con su predecesor, el hegemón global anglófono, ya que en hoy en día Estados Unidos se parece en muchos aspectos a la Gran Bretaña del período de entreguerras.

Como todas las analogías históricas, esta no es perfecta. La vasta amalgama de colonias y otras dependencias que Gran Bretaña gobernó en la década de 1930 no tiene una contraparte estadounidense en la actualidad. Esto permite a los estadounidenses reafirmar su idea de que no son un imperio, incluso cuando retiran a sus soldados y civiles de Afganistán después de una presencia de 20 años.

A pesar de su alta mortalidad por covid-19, Estados Unidos no se está recuperando del tipo de trauma que Gran Bretaña experimentó en la Primera Guerra Mundial, cuando un gran número de hombres jóvenes fueron masacrados (casi 900,000 murieron, alrededor del 6% de los hombres de 15 a 49 años murieron, por no hablar de 1.7 millones de heridos). Estados Unidos tampoco se enfrenta a una amenaza tan clara y presente como la que la Alemania nazi representó para Gran Bretaña. Aún así, las semejanzas son sorprendentes, y van más allá del fracaso de ambos países para imponer el orden en Afganistán. («Está claro», señaló The Economist  en febrero de 1930, después de que las reformas modernizadoras «prematuras» desencadenaran una revuelta, «que Afganistán no tendrá nada de Occidente»). Y las implicaciones para el futuro del poder estadounidense son desconcertantes.

World War I casualties - Wikipedia

En las últimas décadas se han escrito tantos libros y artículos prediciendo el declive estadounidense que el declinism se ha convertido en un cliché. Pero la experiencia de Gran Bretaña entre las décadas de 1930 y 1950 es un recordatorio de que hay peores destinos que un declive suave y gradual.

Sigue el dinero

Comencemos con las montañas de deuda. La deuda pública de Gran Bretaña después de la Primera Guerra Mundial aumentó del 109% del PIB en 1918, a poco menos del 200% en 1934. La deuda federal de Estados Unidos es diferente en aspectos importantes, pero es comparable en magnitud. Alcanzará casi el 110% del PIB este año, incluso más alto que su pico anterior inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. La Oficina de Presupuesto del Congreso estima que podría superar el 200% para 2051.

Una diferencia importante entre los Estados Unidos de hoy y el Reino Unido hace aproximadamente un siglo es que el vencimiento promedio de la deuda federal estadounidense es bastante corto (65 meses), mientras que más del 40% de la deuda pública británica tomó la forma de bonos perpetuos o anualidades. Esto significa que la deuda estadounidense de hoy es mucho más sensible a los movimientos en las tasas de interés que la de Gran Bretaña.

Otra diferencia clave es el gran cambio que ha habido en las teorías fiscales y monetarias, gracias en gran medida a la crítica de John Maynard Keynes a las políticas de entreguerras de Gran Bretaña.

La decisión de Gran Bretaña en 1925 de devolver la libra esterlina al patrón oro y al precio sobrevalorado de antes de la guerra condenó a Gran Bretaña a ocho años de deflación. El aumento del poder de los sindicatos significó que los recortes salariales se quedaron atrás con relación a los recortes de precios durante la depresión. Esto contribuyó a la pérdida de empleos. En su nadir en 1932, la tasa de desempleo era del 15%. Sin embargo, la depresión de Gran Bretaña fue leve, sobre todo porque el abandono del patrón oro en 1931 permitió la flexibilización de la política monetaria. La caída de las tasas de interés reales significó una disminución en la carga del servicio de la deuda, creando un nuevo margen de maniobra fiscal.

Tal reducción en los costos del servicio de la deuda parece poco probable para Estados Unidos en los próximos años. Los economistas liderados por el ex secretario del Tesoro, Lawrence Summers, han pronosticado peligros inflacionarios de las actuales políticas fiscales y monetarias. Donde las tasas de interés reales británicas generalmente disminuyeron en la década de 1930, en Estados Unidos se proyecta que se vuelvan positivas a partir de 2027 y aumenten constantemente hasta alcanzar el 2,5% a mediados de siglo. Es cierto que los pronósticos de aumento de las tasas han sido erróneos antes, y la Reserva Federal no tiene prisa por endurecer la política monetaria. Pero si las tasas aumentan, el servicio de la deuda de Estados Unidos costará más, exprimiendo otras partes del presupuesto federal, especialmente los gastos discrecionales como la defensa.

Eso nos lleva al quid de la cuestión. La gran preocupación de Churchill en la década de 1930 era que el gobierno estaba postergando, la razón subyacente de su política de apaciguamiento, en lugar de rearmarse enérgicamente en respuesta al comportamiento cada vez más agresivo de Hitler, Mussolini y el gobierno militarista del Japón imperial. Un argumento clave de los apaciguadores fue que las restricciones fiscales y económicas, sobre todo el alto costo de administrar un imperio que se extendía desde Fiji hasta Gambia, desde Guayana hasta Vancouver, hacían imposible un rearme más rápido.

Hitler, Stalin, Mussolini - Especiales - 14/09/2018 - EL PAÍS Uruguay

Puede parecer fantasioso sugerir que Estados Unidos enfrenta amenazas comparables hoy en día, no solo de China, sino también de Rusia, Irán y Corea del Norte. Sin embargo, el mero hecho de que parezca fantasioso ilustra el punto. La mayoría de los estadounidenses, como la mayoría de los británicos entre guerras, simplemente no quieren contemplar la posibilidad de una gran guerra contra uno o más regímenes autoritarios, además de los ya extensos compromisos militares del país. Es por eso que la disminución proyectada del gasto de defensa estadounidense como proporción del PIB, del 3,4% en 2020 al 2,5% en 2031, causará consternación solo a los churchillianos. Y pueden esperar la misma recepción hostil, las mismas acusaciones de belicismo, que Churchill tuvo que soportar.

El poder es relativo

Una disminución relativa en comparación con otros países es otro punto de semejanza. Según las estimaciones del historiador económico Angus Maddison, la economía británica en la década de 1930 había sido superada en términos de producción no solo por Estados Unidos (ya en 1872), sino también por Alemania (en 1898 y nuevamente, después de los desastrosos años de guerra, hiperinflación y depresión, en 1935) y la Unión Soviética (en 1930). Es cierto que el Imperio Británico en su conjunto tenía una economía más grande que el Reino Unido, especialmente si se incluyen los Dominios, tal vez el doble de grandes. Pero la economía estadounidense era aún más grande y seguía siendo más del doble del tamaño de la de Gran Bretaña, a pesar del impacto más severo de la Gran Depresión en los Estados Unidos.

Estados Unidos hoy tiene un problema similar de disminución relativa de la producción económica. Sobre la base de la paridad del poder adquisitivo, que permite los precios más bajos de muchos productos nacionales chinos, el PIB de China alcanzó al de Estados Unidos en 2014. Sobre una base de dólar corriente, la economía estadounidense sigue siendo más grande, pero la brecha se proyecta que se estrecha. Este año, el PIB en dólares corrientes de China será de alrededor del 75% del de Estados Unidos. En 2026 será del 89%.

No es ningún secreto que China plantea un desafío económico mayor que el soviético, ya que la economía de este último nunca fue más del 44% del tamaño de la de Estados Unidos durante la guerra fría. Tampoco es información clasificada que China esté tratando de ponerse al día con Estados Unidos en muchos sectores tecnológicos con aplicaciones de seguridad nacional,  desde la inteligencia artificial hasta la computación cuántica. Y las ambiciones del líder de China, Xi Jinping, también son bien conocidas, junto con su renovación de la hostilidad ideológica del Partido Comunista Chino hacia la libertad individual, el estado de derecho y la democracia.

El sentimiento estadounidense hacia el gobierno chino se ha agriado notablemente en los últimos cinco años. Pero eso no parece traducirse en interés público en contrarrestar activamente la amenaza militar china. Si Pekín invade Taiwán, la mayoría de los estadounidenses probablemente se harán eco del primer ministro británico, Neville Chamberlain, quien describió notoriamente el intento alemán de dividir Checoslovaquia en 1938 como «una disputa en un país lejano,  entre personas de las que no sabemos nada».

Una fuente crucial de debilidad británica entre las guerras fue la revuelta de la intelectualidad contra el Imperio y, más en general, contra los valores británicos tradicionales. Churchill recordó con disgusto el debate de la Unión de Oxford en 1933 que había llevado a cabo la moción: «Esta Cámara se niega a luchar por el Rey y el país». Como señaló: «Era fácil reírse de un episodio así en Inglaterra, pero en Alemania, en Rusia, en Italia, en Japón, la idea de una Gran Bretaña decadente y degenerada echó raíces profundas e influyó en muchos cálculos». Esto, por supuesto, es precisamente la forma en que la nueva generación de diplomáticos e intelectuales nacionalistas «guerreros lobo» de China consideran a Estados Unidos hoy.

Nazis, fascistas y comunistas por igual tenían buenas razones para pensar que los británicos estaban sucumbiendo al odio a sí mismos. «Ni siquiera sabía que el Imperio Británico se está muriendo»

George Orwell - Wikipedia, la enciclopedia libre

George Orwell

George Orwell escribió sobre su tiempo como policía colonial en su ensayo «Shooting an Elephant». No muchos intelectuales alcanzaron la idea de Orwell de que la de Gran Bretaña era, sin embargo, «mucho mejor que los imperios más jóvenes que iban a suplantarla». Muchos, a diferencia de Orwell, abrazaron el comunismo soviético, con resultados desastrosos para la inteligencia occidental. Mientras tanto, un número sorprendente de miembros de la élite social aristocrática se sintieron atraídos por Hitler. Incluso los lectores del Daily Express estaban más inclinados a burlarse del Imperio que a celebrarlo. «Big White Carstairs» en la columna Beachcomber era una caricatura aún más absurda del tipo colonial que el Coronel Blimp de David Low.

El fin de los imperios

Aunque el imperio de Estados Unidos no se manifieste en  dominios, colonias y protectorados como el británico, la percepción de dominio internacional, y los costos asociados con la sobrecarga imperial, son similares. Tanto la izquierda como la derecha en Estados Unidos ahora ridiculizan o injurian rutinariamente la idea de un proyecto imperial. «El imperio estadounidense se está desmoronando», se regodea Tom Engelhardt, periodista de The Nation. A la derecha, el economista Tyler Cowen imagina sardónicamente «cómo podría ser la caída del imperio estadounidense». Al mismo tiempo que  Cornel West, el filósofo progresista afroamericano,  ve «Black Lives Matter y la lucha contra el imperio estadounidense  [como] uno y el mismo», dos republicanos pro-Trump, Ryan James  Girdusky  y Harlan Hill, llaman a la pandemia «el último ejemplo de cómo el imperio estadounidense no tiene ropa».

La derecha todavía defiende el relato tradicional de la fundación de la república, como un rechazo del dominio colonial británico, contra los intentos de la izquierda «despierta» de reformular la historia estadounidense como principalmente una historia de esclavitud y luego segregación. Pero pocos en ambos lados del espectro político anhelan la era de hegemonía global que comenzó en la década de 1940.

En resumen, al igual que los británicos en la década de 1930, los estadounidenses en la década de 2020 se han enamorado del imperio, un hecho que los observadores chinos han notado y disfrutan. Sin embargo, el imperio permanece. Por supuesto, Estados Unidos tiene pocas colonias verdaderas: Puerto Rico y las Islas Vírgenes de los Estados Unidos en el Caribe, Guam y las Islas Marianas del Norte en el Pacífico norte, y Samoa Americana en el Pacífico sur. Para los estándares británicos, es una lista insignificante de posesiones. Sin embargo, la presencia militar estadounidense es casi tan omnipresente como lo fue la de Gran Bretaña. El personal de las fuerzas armadas estadounidenses se encuentra en más de 150 países. El número total desplegado más allá de las fronteras de los 50 estados es de alrededor de 200.000.

Por qué EE.UU. tiene unas 800 bases militares por todo el mundo? - RT

La adquisición de responsabilidades globales tan extensas no fue fácil. Pero es una ilusión creer que deshacerse de ellos será más fácil. Esta es la lección de la historia británica a la que los estadounidenses deben prestar más atención. La   decisión del presidente Joe Biden de una «retirada final» de Afganistán fue solo la última señal de un presidente estadounidense de que el país quiere reducir sus compromisos en el extranjero. Barack Obama comenzó el proceso saliendo de Irak demasiado apresuradamente y anunciando en 2013 que «Estados Unidos no es el policía del mundo». La doctrina de «Estados Unidos primero» de Donald Trump era solo una versión populista del mismo impulso: él también tenía el dolor de salir de Afganistán y sustituir los aranceles por la contrainsurgencia.

El problema, como ilustra perfectamente la debacle de este mes en Afganistán, es que la retirada del dominio mundial rara vez es un proceso pacífico. Independientemente de cómo lo exprese, anunciar que está renunciando a su guerra más larga es una admisión de derrota, y no solo a los ojos de los talibanes. China, que comparte un corto tramo de su vasta frontera terrestre con Afganistán, también está observando de cerca. También lo es Rusia, con zloradstvo—ruso para Schadenfreude. No fue una mera coincidencia que Rusia interviniera militarmente tanto en Ucrania como en Siria pocos meses después de la renuncia de Obama a ejercer como policía global.

Why is the Taliban's Kabul victory being compared to the fall of Saigon? -  BBC News

La creencia de Biden (expresada a Richard Holbrooke  en 2010) de que uno podría salir de Afganistán como Richard Nixon salió de Vietnam y «salirse con la suya» es una mala historia: la humillación de Estados Unidos en Indochina tuvo consecuencias. Envalentonó a la Unión Soviética y a sus aliados para que se hicieran problemas en otros lugares: en el sur y el este de África, en América Central y en Afganistán, que invadió en 1979. Recrear la caída de Saigón en Kabul tendrá efectos adversos comparables.

El fin del imperio estadounidense no fue difícil de prever, incluso en el apogeo de la arrogancia neoconservadora después de la invasión de Irak en 2003. Había al menos cuatro debilidades fundamentales de la posición global de Estados Unidos en ese momento, como argumenté por primera vez en Colossus: The Rise and Fall of America’s Empire (Penguin, 2004). Estas son un déficit de mano de obra (pocos estadounidenses tienen algún deseo de pasar largos períodos de tiempo en lugares como Afganistán e Irak); un déficit fiscal (véase supra); un déficit de atención (la tendencia del electorado a perder interés en cualquier a gran escala intervención después de aproximadamente cuatro años); y un déficit de historia (la renuencia de los responsables de la formulación de políticas a aprender lecciones de sus predecesores, y mucho menos de otros países).

El  imperialismo británico nunca padeció estos déficits. Otra diferencia, en muchos aspectos más profunda que el déficit fiscal, es la posición de inversión internacional neta (PIIN) negativa de los Estados Unidos, que es poco menos del -70% del PIB. Una PIIN negativa significa esencialmente que la propiedad extranjera de activos estadounidenses excede la propiedad estadounidense de activos extranjeros. Por el contrario, Gran Bretaña todavía tenía una NIIP enormemente positiva entre las guerras, a pesar de las cantidades de activos en el extranjero que se habían liquidado para financiar la Primera Guerra Mundial. Desde 1922 hasta 1936 estuvo constantemente por encima del 100% del PIB. En 1947 se redujo al 3%.

Vender la plata imperial restante (para ser precisos, obligando a los inversores británicos a vender activos en el extranjero y entregar los dólares) fue una de las formas en que Gran Bretaña pagó por la Segunda Guerra Mundial. América, el gran imperio deudor, no tiene un nido de huevo equivalente. Puede permitirse pagar el costo de mantener su posición dominante en el mundo sólo vendiendo aún más de su deuda pública a extranjeros. Esa es una base precaria para el estatus de superpotencia.

Enfrentando nuevas tormentas

El argumento de Churchill en The Gathering Storm no era que el ascenso de Alemania, Italia y Japón fuera un proceso imparable, condenando a Gran Bretaña al declive. Por el contrario, insistió en que la guerra podría haberse evitado si las democracias occidentales hubieran tomado medidas más decisivas a principios de la década de 1930. Cuando el presidente Franklin Roosevelt le preguntó cómo debería llamarse la guerra, Churchill respondió «de inmediato»: «La guerra innecesaria».

De la misma manera, no hay nada inexorable en el ascenso de China, y mucho menos en el de Rusia, mientras que todos los países menores alineados con ellos son casos de canasta económica, desde Corea del Norte hasta Venezuela. La población de China está envejeciendo aún más rápido de lo previsto; su fuerza laboral se está reduciendo. La altísima deuda del sector privado está pesando sobre el crecimiento. Su mal manejo del brote inicial de covid-19 ha perjudicado enormemente su posición internacional. También corre el riesgo de convertirse en el villano de la crisis climática, ya que no puede dejar fácilmente el hábito de quemar carbón para alimentar su industria.

Y, sin embargo, es demasiado fácil ver una secuencia de eventos que podrían conducir a otra guerra innecesaria, muy probablemente sobre Taiwán, que  Xi codicia y que Estados Unidos está (ambiguamente) comprometido a defender contra la invasión, un compromiso que carece cada vez más de credibilidad a medida que cambia el equilibrio del poder militar en el este de Asia. (La creciente vulnerabilidad de los portaaviones estadounidenses a los misiles balísticos anti-buque chinos como el DF-21D es solo un problema para que el Pentágono carece de una buena solución).

Ascenso pacífico': China busca sustituir a EEUU como superpotencia |  HISPANTV

Si la disuasión estadounidense fracasa y China apuesta por un golpe de estado, los Estados Unidos se enfrentarán a la sombría elección entre librar una guerra larga y dura—como lo hizo Gran Bretaña en 1914 y 1939— o plegarse, como sucedió en Suez en 1956.

Churchill dijo que escribió The Gathering Storm para mostrar:

cómo la malicia de los malvados se vio reforzada por la debilidad de los virtuosos; cómo la estructura y los hábitos de los Estados democráticos, a menos que estén unidos en organismos más grandes, carecen de esos elementos de persistencia y convicción que por sí solos pueden dar seguridad a las masas humildes; cómo, incluso en asuntos de autoconservación … los consejos de prudencia y moderación pueden convertirse en los principales agentes del peligro mortal… [cómo] se puede encontrar que el curso medio adoptado de los deseos de seguridad y una vida tranquila conduce directamente al ojo de buey del desastre.

Churchill terminó este libro con una de sus muchas máximas concisas: «Los hechos son mejores que los sueños». Los líderes estadounidenses en los últimos años se han vuelto demasiado aficionados a los sueños, desde la fantasía de «dominio de espectro completo» de los neoconservadores bajo George W. Bush hasta la oscura pesadilla de la «carnicería» estadounidense conjurada por Donald Trump. A medida que se reúne otra tormenta global, puede ser hora de enfrentar el hecho de que Churchill entendió demasiado bien: el fin de un imperio rara vez, o nunca, es un proceso indoloro.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En este artículo, el historiador Jeremy Suri enfoca uno de los grandes problemas del imperio estadounidense: el militarismo. Suri es claro al señalar que el predominio militar estadounidense ha rendido muy pocos beneficios a ese país. No sólo eso, sino que lo ha llevado a insistir en soluciones militares para problemas políticos, debilitándole, no fortaleciéndole.

El Dr. Suri es  profesor de historia en la Universidad de Texas, Austin, y en la Escuela de Asuntos Públicos Lyndon B. Johnson. Es el autor de Power and Protest: Global Revolution and the Rise of DetenteHenry Kissinger and the American century. (Harvard University Press. 2009); Liberty’s Surest Guardian: Rebuilding Nations After War from the Founders to Obama (Free Press. 2012) y  The Impossible Presidency: The Rise and Fall of America’s Highest Office (Basic Books. 2017). 


US army shuts website after hacking attack - BBC News

La historia es clara. El ejército de Estados Unidos es demasiado grande.

Jeremy Suri

The New York Times   30 de agosto de 2021

Durante gran parte de su historia, Estados Unidos fue un país grande con un pequeño ejército en tiempos de paz. La Segunda Guerra Mundial cambió eso permanentemente: los líderes estadounidenses decidieron que un país con nuevas obligaciones globales necesitaba un ejército muy grande en tiempos de paz, incluido un arsenal nuclear y una red mundial de bases. Esperaban que su abrumadora capacidad militar evitara otra guerra mundial, disuadera a los adversarios y alentara a los países extranjeros a seguir nuestros deseos.

Sin embargo, este dominio militar apenas ha producido los beneficios prometidos. El colapso del gobierno apoyado por Estados Unidos en Afganistán, después de 20 años de esfuerzo y miles de millones de dólares, es solo el último revés en una larga narrativa de fracaso.

Afghanistan says goodbye to US troops and faces up to an uncertain future |  The Independent

La guerra en Afganistán es mucho más que una intervención fallida. Es una clara evidencia de cuán contraproducente es el dominio militar global para los intereses estadounidenses. Esta hegemonía militar ha traído más derrotas que victorias y socavado los valores democráticos en el país y en el extranjero.

La historia es clara: estaríamos mejor con objetivos militares y estratégicos más modestos y moderados. La opinión pública estadounidense también parece haberse movido  en esta dirección. Nuestro país necesita reexaminar el valor del dominio militar.

La dependencia de la fuerza militar ha enredado repetidamente a los Estados Unidos en conflictos distantes, costosos y largos con consecuencias contraproducentes, en Vietnam, Líbano, Irak, Afganistán y otros lugares. Los líderes estadounidenses han asumido consistentemente que la superioridad militar compensará las limitaciones diplomáticas y políticas. Una y otra vez, a pesar de los éxitos en el campo de batalla, nuestro ejército se ha quedo corto en el logro de los objetivos establecidos.

Saigon-hubert-van-es

En la Guerra de Corea, la sobreestimación del poder militar estadounidense convenció al presidente Harry Truman de autorizar al Ejército a cruzar a Corea del Norte y acercarse a la frontera de China. Esperaba que los soldados estadounidenses pudieran reunir la dividida península coreana, pero en cambio la incursión desató una guerra más amplia con China y un conflicto estancado. Ahora, después de siete décadas de despliegues militares estadounidenses en la península, el régimen comunista en Corea del Norte es tan fuerte como siempre, con un creciente arsenal nuclear.

En Vietnam, los «mejores y más brillantes» expertos alrededor del presidente Lyndon Johnson le aconsejaron que el poder abrumador de Estados Unidos aplastaría la insurgencia y reforzaría las defensas anticomunistas. Todo lo contrario. La escalada militar estadounidense aumentó la popularidad de la insurgencia al tiempo que creó una mayor dependencia de Vietnam del Sur de los Estados Unidos. Después de una ofensiva de Vietnam del Norte en 1975, los aliados entrenados por Estados Unidos colapsaron, al igual que lo hicieron en Afganistán este verano.

La culpa no es de los soldados, sino de la misión. Las fuerzas militares no sustituyen la ardua labor de crear instituciones de gobernanza representativas y eficaces. Las sociedades estables deben tener una base de formas pacíficas de comercio, educación y participación ciudadana.

En todo caso, el registro muestra que una gran presencia militar distorsiona el desarrollo político, dirigiéndolo hacia el combate y las intervenciones policíacas, no hacia el desarrollo social. Las ocupaciones militares estadounidenses han funcionado mejor donde las instituciones de gobierno precedieron a la llegada de soldados extranjeros, como en Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial.

Los líderes estadounidenses han dependido tanto de nuestras fuerzas armadas porque son tan vastas y fáciles de desplegar. Este es el peligro de crear una fuerza tan grande: el presupuesto anual para el ejército de los Estados Unidos ha crecido a más de $700 mil millones, y es más probable que lo usemos, y es menos probable que construyamos mejores sustitutos.

The Military Speaks Out

Esto significa que cuando se requieren trabajos no militares en el extranjero, como la capacitación de administradores del gobierno local, el ejército de los Estados Unidos interviene. Otras agencias no tienen la misma capacidad. Enviamos soldados donde necesitamos civiles porque los soldados obtienen los recursos. Y ese problema empeora a medida que los militares usan su peso para presionar por más dinero del Congreso.

En casa, el crecimiento de las fuerzas armadas significa que la sociedad estadounidense se ha vuelto más militarizada. Los departamentos de policía ahora están equipados con equipo de campo de batalla y equipo militar, algunos de ellos excedentes del Ejército. Los ex soldados se han unido a los grupos extremistas violentos que se han multiplicado en la última década. Menos del 10 por ciento de los estadounidenses han servido en el ejército, pero el 12 por ciento de los acusados en el asalto al Capitolio el 6 de enero tenían  experiencia militar.

Por supuesto, el ejército de los Estados Unidos es una de las partes más profesionales y patrióticas de nuestra sociedad. Nuestros líderes uniformados han defendido consistentemente el estado de derecho, incluso contra un presidente que intenta socavar una elección. El problema se deriva de lo hinchadas que se han vuelto sus organizaciones y con qué frecuencia se usan indebidamente.

Debemos ser honestos sobre lo que los militares no pueden hacer. Debemos asignar nuestros recursos a otras organizaciones y agencias que realmente harán que nuestro país sea más resistente, próspero y seguro. Nos beneficiaremos al regresar a nuestra historia como un gran país con un pequeño ejército en tiempos de paz.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

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La guerra de Vietnam es uno de los eventos más traumáticos en la historia estadounidense, pues dividió a los Estados Unidos como no lo habían estado desde la guerra civil. A nivel académico, el conflicto indochino ha captado la atención de un buen número de historiadores, políticos científicos, sociólogos, entre otros. Entre sus principales analistas podríamos mencionar a Gabriel Kolko, Robert Buzzanco, George C. Herring, Fredrik Logewall, David Kaiser, Mark Bowden, Mark Philip Bradley, Robert K. Brigham, William J. Duiker, Christopher Goscha, David S. Marr, Sophie Quinn-Judge, lya Gaiduk, Chen Jian, Qiang Zhai y Neil Sheehan.

En esta reseña, el historiador Paul Buhle analiza dos libros recientemente publicados que enfocan la resistencia de quienes se negaron a ir a pelear a Vietnam: desertores, prisioneros de guerra y objetores. Se trata del libro de Paul Bendikt Glatz,  Vietnam’s Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European Exile, and Amnesty. (Lexington Books, 2021) y del trabajo de Tom Wilbur y Jerry Lembke, Dissenting POWs: From Vietnam’s Hao Lo Prison to America Today. (Monthly Review Press, 2021).


Lessons from history: how a mass movement ended war in vietnam – Solidarity  Online

Alabados sean los que se negaron a matar

 PAUL BUHLE

The Progressiv Magazine  7 de setiembre de 2021

Hubiera sido bueno tener libros como estos en nuestras manos hace medio siglo, cuando la derrota de los Estados Unidos en Vietnam se había hecho clara, y la derecha política (pero también el centro, los republicanos y demócratas de línea dura por igual) tildaron a los pacifistas como traidores a las tropas y a la nación. Que las propias tropas se habían vuelto contra la guerra era el mejor o, mejor dicho, el peor secreto guardado del día.

Los posibles reclutas, incluido quien reseña, tenían tres opciones obvias: aceptar el reclutamiento; negarse y ser amenazado con prisión; o ir al extranjero, muy probablemente a Canadá. Aquellos que necesitaban huir de los militares recibían, con frecuencia, ayuda en Europa, donde la guerra era muy impopular. Pero existía otra categoría: prisioneros de guerra en Vietnam que se dieron cuenta de que la guerra estaba claramente equivocada y querían dar a conocer su descubrimiento en los medios de comunicación, se atrevieran estos a hacerlo o no.

Esta última categoría es especialmente fascinante, sin duda porque la derecha ha creado banderas y carteles, eventos pseudopatrióticos, campañas políticas y mucho más en nombre del tema de los prisioneros de guerra y los MIA. El estatus heroico orquestado del difunto senador John McCain personificó esta causa. Incluso los críticos de la guerra, al menos dentro del Congreso, se sintieron obligados a llamar a McCain un «héroe nacional», cuando algunos de sus compañeros militares eran más propensos a pensar en él como un «perro caliente» y un barco de exhibición que anhelaba emociones y recompensas contra la lógica de la seguridad.

Monthly Review | Dissenting POWs: From Vietnam's Hoa Lo Prison to America  TodayJerry Lembke, quien coescribió Dissenting POWs  con Tom Wilbur, es bien conocido por desacreditar el mito de los «manifestantes escupiendo» a los GI que regresan en aeropuertos u otros lugares públicos con un desprecio lleno de flema. Estos eventos nunca tuvieron lugar, y no pudieron ser documentados. Wilbur, su colaborador, es hijo de un prisionero de guerra, que ha trabajado como académico y miembro del personal de una ONG en Vietnam.

Los autores señalan que la historia de los prisioneros de guerra contra la guerra se ha pasado por alto en gran medida, si no por completo. Algunos de los episodios dramáticos y cómicamente poco dramáticos incluyen una fallida incursión estadounidense en el Son Tây en Vietnam del Norte. Al igual que el éxito imaginado, los héroes imaginados allí, como John McCain, fueron fuertemente mitificados.

Curiosamente, a medida que avanzaba la guerra y aumentaban las protestas en el campus universitarios o la comunidad, los pilotos capturados y otros tenían más probabilidades de tener el pelo largo y simpatía por los pacifistas (es decir, dudaban de sus asignaciones). Las visitas de delegados estadounidenses izquierdistas y liberales a Vietnam aumentaron la sensación de incredulidad. Pero también lo hizo la atención médica a los prisioneros, cuando se supo, que era excelente para los estándares de lo que se podía hacer en las circunstancias.

«Entre un tercio y la mitad de los prisioneros de guerra estaban desilusionados con la guerra en 1971», dicen los autores, entonces las explicaciones oficiales, ampliamente vistas en los medios de comunicación, tuvieron que atribuir estas actitudes al «lavado de cerebro», un término que se difundió por primera vez durante la Guerra de Corea. En realidad, la guerra entre oficiales y soldados rasos había superado el conflicto entre los prisioneros y sus cuidadores,  según muchos relatos.

Gran parte del libro examina cuidadosamente a un puñado de estos hombres desilusionados, uno por uno, mientras el Pentágono trataba de callarlos de una manera u otra. Los antojos de los altos mandos militares por los consejos de guerra se desmoronaron porque provocar publicidad negativa. Al final, aquellos que hablaron desde su conciencia tuvieron un papel noble y notable en la historia.

La amnesia se instaló en Hollywood. Lo que los autores llaman películas de «pow-rescue and MIA-recovery», como la serie Rambo,  fueron hiladas con la misma tela que la notoria bandera POW-MIA y la comercialización pesada de varios otros proyectos. Al final del libro, los autores citan a figuras heroicas como  Ann Wright  y Pat Tilman como sucesores de los valientes disidentes, planteando objeciones abiertamente desde la experiencia de sus propias vidas militares.

Vietnam's Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European  Exile, and Amnesty (War and Society in Modern American History): Glatz,  Paul Benedikt: 9781793616708: Amazon.com: Books

El libro Vietnam’s Prodigal Heroes cubre mucho espacio, desde la primera aparición de desertores hasta su tan esperada reivindicación. Es, como  Dissenting POWs, un libro de memoria, tanto perdida como restaurada.

Este libro es inusual por su examen minucioso de la prensa europea, donde la maquinaria de propaganda del Departamento de Estado se debilitó y casi se derrumbó bajo la realidad de la deserción. Se registraron al menos medio millón de casos de «ausencias no autorizadas», y para 1971, una tasa de 73,5 «ausencias» por cada mil soldados insinuaba la desilusión que existía entre las tropas.

En comparación con la guerra de Corea, que en realidad fue impopular pero como se peleó en medio de la Guerra Fría no enfrentó oposición de los reclutas, el «fenómeno del desertor» surgió en el contexto de los desafíos del movimiento de derechos civiles al racismo, la nueva cultura popular de permisividad y pacifista, y sobre todo la pura impopularidad de la invasión estadounidense de Vietnam.

Es francamente emocionante leer sobre el santuario que se ofreció a los soldados en Francia y Suecia, así como el trabajo de organización de activistas franceses y estadounidenses en el extranjero para alentarlos a ellos y a otros, con todo, desde información hasta vivienda. En otros lugares, como en Alemania, la oposición popular al esfuerzo de Estados Unidos también se convirtió en una estrategia importante de la izquierda, haciendo retroceder la lealtad a la OTAN de los principales partidos políticos. Los «Cuatro Intrépidos», desertores que se presentaron en la Unión Soviética, llegaron a los titulares, a menudo en forma de titulares de ataque de The New York Times y otros medios estadounidenses que buscaban desacreditarlos.

El papel del desertor creció naturalmente junto con la impopularidad de la guerra. El Departamento de Estado y la CIA inventaron formas de socavar la seguridad de los desertores y los resistentes al reclutamiento. Se hicieron intentos frenéticos de dividirlos en categorías «confusas» y «desleales». Los activistas de apoyo legal en los Estados Unidos buscaron ayudar, y se formaron nuevos grupos como el National Black Antiwar Antidraft Union. En el frente político europeo, los socialdemócratas suecos arrasaron con una victoria electoral gracias en gran medida a los jóvenes votantes atraídos por la postura antibélica del partido.

Heed the Call!”: Black Women, Anti-imperialism, and Black Anti-War Activism  | AAIHS

El  Deserter Activism (activismo desertor) sacudió a los funcionarios estadounidenses que buscaban usar todos los medios de retribución. Por otro lado, a los desertores les resultaba difícil adaptarse a la vida en el exilio, especialmente en aquellos años en que el inglés no era tan fácilmente hablado por los locales. Nuevas instituciones de ayuda, incluido el Proyecto de Exilio Americano, buscaron llenar el vacío y, a la larga, ayudaron a establecer las bases para una especie de reconciliación, permitiendo a la mayoría de los estadounidenses regresar a casa sin amenaza de arresto.

Al final, el Proyecto de Amnistía encontró un camino a seguir. Los Senadores Eugene McCarthy y George McGovern dieron su bendición a una amnistía, pero Hubert Humphrey representó fielmente a la corriente liberal al rechazar esta solución. El indulto de Gerald Ford al presidente Nixon puede haber cambiado el rumbo de la opinión pública, o tal vez fue el paso del tiempo lo que llevó a Jimmy Carter a emitir el perdón general.

Desafortunadamente, este indulto negó los beneficios de  veteranos a los desertores, limitando sus oportunidades de muchas maneras. Al centrarse en una distinción entre los delincuentes reclutados (que recibieron el perdón completo) y los delincuentes militares (que no lo hicieron), Carter reforzó las líneas de clase y color que siempre habían estado en el corazón de la Guerra Fría.

Este último elemento explica que no hubiera un final feliz para una historia que implica no solo un gran coraje personal, sino también el trabajo dedicado de miles de activistas por la paz.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

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Comparto este trabajo del Dr. Andrea Betti,analizando el efecto de los antentados terroristas de 11 de setiembre de 2001 en el sistema internacional y su impacto en la política exterior de Estados Unidos. Betti es  profesor de Teoría de las Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas.

Han pasado 20 años desde los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Algunas de las preguntas principales de analistas y observadores en estos días son de qué manera ha cambiado el sistema internacional en las últimas dos décadas y cómo se ha visto afectada la política exterior de Estados Unidos.

Aunque los intereses nacionales de un país no suelen variar en tan solo dos décadas, es indudable que algo ha cambiado en el comportamiento internacional de Estados Unidos. Las razones han de encontrarse, sobre todo, en una serie de sucesos que han tenido lugar en el sistema internacional.

En una época de relativo éxito de las opciones populistas, es bastante natural relacionar el comportamiento de Estados Unidos con su situación política interna. Muchos análisis científicos y periodísticos han descrito en detalle la presunta regresión democrática que estaría caracterizando la política nacional estadounidense.

Para explicar la actitud aislacionista y nacionalista de Estados Unidos en los últimos años se suele mencionar la prevalencia de la política identitaria, el abuso de las cuestiones divisivas y polarizadoras (wedge issues), el uso desproporcionado de la propaganda (y de las falsedades) en las redes sociales, el ascenso de líderes autoritarios y demagógicos, el choque entre extremistas y defensores del statu quo y la consecuente incapacidad de los dos mayores partidos, republicanos y demócratas, para consensuar reformas sensatas frente a problemas de interés nacional.

Sin embargo, hay una tendencia a exagerar el impacto de tales factores nacionales y no siempre se han tenido en debida cuenta los factores internacionales, menos atractivos desde el punto de vista mediático, pero de gran influencia a la hora de determinar la posición internacional de un país.

Las transformaciones se aceleraron

Los atentados del 11 de septiembre no hicieron más que acelerar el impacto de algunas de las grandes transformaciones internacionales que comenzaron con el fin de la Guerra Fría. En primer lugar, la desaparición de la Unión Soviética fue ciertamente una buena noticia desde el punto de vista del avance de los valores democráticos. Sin embargo, para los países de la OTAN supuso la desaparición de una amenaza clara y fácilmente identificable que había permitido la definición de objetivos comunes.

EE. UU. y el mundo 20 años después del 11-S

Hoy en día, las amenazas son más difusas, más difíciles de identificar en un estado o un territorio concreto. Su impacto puede variar mucho, lo cual cambia su manera de ser percibidas y el tipo de alarma que provocan. El ejemplo más evidente se dio con la intervención estadounidense en Irak en 2003, que reflejaba la existencia de enfoques diferentes entre europeos y estadounidenses sobre cómo combatir el terrorismo. Frente a este tipo de amenazas, es más difícil llegar a acuerdos, incluso entre aliados.

En segundo lugar, el fin de la Guerra Fría intensificó un proceso de globalización que, después de una primera fase, en los años noventa, de grandes promesas de bienestar para todos, empezó a mostrar su cara menos agradable.

La libre circulación de bienes, personas y capitales no significaba solo oportunidades, sino también riesgos, por ejemplo, unas nuevas desigualdades, evidentes con la crisis de 2008, o unos nuevos desafíos en materia de acogida e integración de personas, evidentes con las frecuentes crisis migratorias.

Populismo y globalización

La globalización ha supuesto la aparición de nuevas inseguridades que favorecen la huida de muchos electores de los partidos centristas hacia soluciones más extremas y demagógicas. En este sentido, son varios los analistas que explican el populismo como una consecuencia y una reacción contra la globalización. No casualmente, desde el punto de vista internacional, el populismo se acompaña, a menudo, con un mensaje aislacionista y nacionalista, presentado como el único antídoto en un entorno internacional inseguro.

Por estas razones, cuando se analiza el aislacionismo de Estados Unidos en estos últimos tiempos no se puede recurrir solo a explicaciones nacionales. Como argumentó Peter Gourevitch hace más de 40 años, la distribución internacional del poder político y económico puede tener efectos decisivos en la política interna de un país, incluso cuando se trata de una superpotencia como Estados Unidos.

Las presiones económicas y militares globales reducen el abanico de las opciones a disposición de un líder político. Es muy probable que en los próximos años la tendencia de Estados Unidos a enfocarse más en sus intereses nacionales continuará, sea quien sea el presidente o el partido en el poder. Es la consecuencia de un nuevo entorno multipolar, en el que varias potencias compiten entre sí, mientras que ninguna de ellas tiene la suficiente influencia política y económica para imponer las decisiones a las demás o para garantizar la seguridad internacional.

How 9/11 Changed U.S. Foreign Policy

El liderazgo de EE UU se tambalea

Es verdad que el sistema de relaciones internacionales que Estados Unidos construyó después de la Segunda Guerra Mundial para proporcionar seguridad a sus aliados y para contener a sus rivales sigue vigente, por ejemplo, en organizaciones internacionales como la ONU o la OTAN.

Sin embargo, es también cierto que la redistribución de poder a nivel internacional dificulta la posibilidad de que Estados Unidos siga jugando el papel de líder del sistema. Por un lado, escasean los recursos para poder hacerlo, por ejemplo, en Afganistán, mientras que, por el otro, su legitimidad se tambalea frente a potencias que exigen un papel protagónico.

Esto no significa que el orden internacional liberal esté destinado a desaparecer a corto plazo, y con ello las relaciones transatlánticas, el libre comercio o los valores democráticos. Cambios de esta envergadura pueden requerir mucho tiempo.

Lo que sí es cierto es que tanto sus aliados como sus adversarios tienen que prepararse para un mundo en el que Estados Unidos se dedicará cada vez más a sus intereses nacionales de una manera que podrá resultar, a veces, insolidaria y agresiva. Esto no será simplemente la consecuencia de un líder u otro, sino el efecto de unas transformaciones globales difíciles de parar.

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En esta corta nota, el Dr.

El  autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Es, además,  profesor de política exterior de EE.UU. en la Escuela Diplomática y de Seguridad Internacional en el  UCM-CESEDEN. García Cantalapiedra es investigador colaborador en el Instituto Franklin-UAH e investigador principal sobre EE.UU. del Real Instituto Elcano.

 


The cost of the Afghanistan war: Lives, money and equipment lost

Por qué Estados Unidos se ha retirado de Afganistán

 

Introducción

7279 días transcurrieron entre “Jawbreaker”, la inserción de oficiales de la CIA en Afganistán a bordo de un helicóptero de fabricación soviética Mi-17 con el número simbólico de cola 91101 el 26 de septiembre de 2001, y el momento en que el general de división Christopher Donahue, comandante de la 82 División Aerotransportada, subió a bordo de un C-17 en Kabul el 30 de agosto de 2021 para convertirse en el último estadounidense en abandonar Afganistán. 7279 días.

Antecedentes – “Es Pakistán, estúpido”

Durante estos 20 años el acrónimo para describir la zona de operaciones era siempre AF-PAK, narrativa que, paradójicamente, ha desaparecido, a pesar de que es imposible hablar de este tema separando uno de otro. Se suele olvidar que tras el derrocamiento de los talibanes y la destrucción de Al Qaeda en Afganistán, la Administración Bush tenía claro el problema de fondo que podía hacer intratable Afganistán: las relaciones entre India Y Pakistán sobre Cachemira. Así impulsó y protegió el diálogo comprehensivo entre Pakistán y la India, razón última de fondo de la política de Pakistán hacia Afganistán, la guerra contra los soviéticos y la creación del Talibán. Pakistán y, en última instancia su ejército y su servicio de inteligencia, el ISI, buscaron desesperadamente, tras la derrota de la guerra de 1971 con India “profundidad estratégica” con un régimen “amigo” en Kabul y un programa nuclear, que se desarrollaría en secreto. El fracaso de los sucesivos planes salidos de todas las negociaciones y el mantenimiento de las redes talibanes desde Pakistán hacía imposible cualquier “victoria militar”. Esto llevó a las operaciones a partir de 2014 y el progresivo abandono del país con la creación de un estado viable y capaz de mantener su estabilidad y seguridad. El problema es que como en el conflicto de Vietnam (uso de la ruta Ho Chi Minh a través de Camboya), esto no podía ser posible mientras hubiera un país que saboteara continuamente estos esfuerzos y fuera el santuario de los talibanes.

Por qué, entonces, Estados Unidos se retira de Afganistán

NATO vows to keep funding Afghan military through 2020 – POLITICO

  • Los aliados, y sobre todo los europeos de la OTAN empezaron a mostrar “fatiga de combate” (junto con problemas políticos internos ante las operaciones y las bajas) y mantenían la mayor parte de ellos una serie de limitaciones nacionales (caveats) y en las reglas de enfrentamiento diferentes a las fuerzas norteamericanas, de Gran Bretaña, Canadá o Australia. Ya desde el principio apoyaron el plan de desescalada propuesto por la Administración Obama. La OTAN asumiría el liderazgo de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán el 11 de agosto de 2003. Por mandato de las Naciones Unidas, el objetivo principal de la ISAF era permitir al gobierno afgano proporcionar seguridad efectiva en todo el país y desarrollar nuevas fuerzas de seguridad afganas. A partir de 2011, la responsabilidad de la seguridad se transfirió gradualmente a las fuerzas afganas y asumieron la responsabilidad total de la seguridad a fines de 2014. El 1 de enero de 2015 se lanzó una nueva misión más pequeña que no es de combate (“Resolute Support”) para proporcionar más capacitación, asesoramiento y asistencia a las fuerzas e instituciones de seguridad afganas.
  • En la Cumbre de la OTAN de julio de 2018 en Bruselas, los Aliados y sus socios operativos se comprometieron a extender el sostenimiento financiero de las fuerzas de seguridad afganas hasta 2024. Esta financiación está actualmente congelada.
Afghan Talks With Taliban Reflect a Changed Nation - The New York Times

Representantes de los Talibanes en las negociaciones con los estadounidenses en Doha, Qatar.

  • En febrero de 2020, EE. UU. y los talibanes firmaron un acuerdo sobre la retirada de todas las fuerzas internacionales de Afganistán para mayo de 2021. En abril de 2021, tras varias rondas de consultas, los ministros de Defensa y Exteriores aliados decidieron iniciar la retirada de tropas de Afganistán el 1 de mayo de 2021 y completarla en unos meses. También decidieron seguir apoyando a Afganistán de otras formas. Así lo confirmaron los Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en la Cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio de 2021. La OTAN mantenía 7000 fuerzas a parte de las norteamericanas.

Como vemos, EE. UU. y los aliados occidentales ya se habían “retirado” de Afganistán hace tiempo. El problema ha sido la narrativa de retirada y derrota producida por los talibanes, pero sobre todo por nuestros propios medios de comunicación y gobiernos. Ahora veremos publicaciones hablando de un nuevo capítulo del Gran Juego en Asia, sin embargo, este lleva en marcha más de una década.

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Este próximo domingo 12 de setiembre de 2021, el Brook Break del Gilder Lehrman Institute presentará a la historiadora Ada Ferrer, quien hablará de su libro Cuba: An American History (Scribner, 2021). En esta obra, la Dra. Ferrer examina la historia de Cuba y su relación con los Estados Unidos.

Ferrer es Julius Silver Professor of History and Latin American and Caribbean Studies en la Universidad de Nueva York, donde enseña desde 1995. Es autora de Insurgent Cuba: Race, Nation, and Revolution, 1868–1898 (The University of North Carolina Press, 1999), ganador del Premio Berkshire Book 2000 al mejor primer libro de una mujer en cualquier campo de la historia, y de  Freedom’s Mirror: Cuba and Haiti in the Age of Revolution (Cambridge Un iversity Press 2014), que ganó el Premio Frederick Douglass del Gilder Lehrman Center de la Universidad de Yale, así como múltiples premios de la American Historical Association.

Quienes estén interesados pueden registrarse aquí.

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Este año se cumplen veinte años del ataque contra las Torres Gemelas y el Pentagono. Este es, sin lugar a dudas, uno de los eventos más trascendentales de este siglo, pues se siguen sintiendo sus consecuencias, directas e indirectas. Por ello no debe ser una sorpresas que tal hito capte la atención de las instituciones académicas y de investigación, los «think tanks», los medios y la sociedad civil tanto en Estados Unidos como otros países. Una de esas instituciones es el Gilder Lehrman Institute que, en unión al 9/11 Memorial and Museum y el History Channelrealizará una serie de interesantes actividades en conmemoración de los ataques terroristas del 11 de setiembre de 2001.


Defining images from the 9/11 attacks | Reuters.com

Una colaboración con HISTORY en la programación especial del 9/11

El 9/11 Memorial and Museum y el Gilder Lehrman Institute (GLI) se enorgullecen de colaborar con   el History Channel en un proyecto que analiza el camino que condujo a los trágicos eventos del 11 de septiembre de 2001. Este proyecto forma parte la cobertura de HISTORY del vigésimo aniversario del 9/11, que también incluye un proyecto del Museo del 9/11, otro colaborador frecuente de GLI.

Hay tres componentes en el trabajo que GLI está haciendo en conjunto con la programación del History Channel:

Domingo, 29 de agosto: HISTORY Sponsors 9/11 Book Breaks Special:  The Only Plane in the Sky Book Breaks, nuestra popular exploración semanal de libros de los principales historiadores estadounidenses, estará dedicada al libro seminal de Garrett Graff  The Only Plane in the Sky: An Oral History of 9/11.

The Only Plane in the Sky: The Oral History of 9/11 | Sarajevo Publishing

Regístrese aquí para asistir.

El largo camino hacia el 9/11: una línea de tiempo digital

La línea de tiempo cuenta la historia de la política exterior entre Estados Unidos y Oriente Medio y veinticinco eventos que condujeron a los ataques del 9/11 y la respuesta de estados Unidos, a partir de 1932. La línea de tiempo estará en el sitio web del Instituto Gilder Lehrman y vinculada desde el sitio web de HISTORY. Ha sido creado para ser utilizado por maestros, estudiantes y el público en general para ayudar a dar sentido a los eventos que afectaron las relaciones entre los Estados Unidos y el Medio Oriente que conducen al 9/11, cubriendo todo, desde la formación de Arabia Saudita y las primeras preocupaciones de los Estados Unidos sobre el petróleo hasta el ataque de Al Qaeda en 2000 contra el USS Cole.

Focos en dos fuentes primarias

Dos documentos fundamentales sobre la participación de Estados Unidos en el Medio Oriente se destacarán como parte de nuestra exploración de la historia del 9/11:

  • George H. W. Bush, Discurso a la Nación anunciando la acción militar aliada en el Golfo Pérsico, 16 de enero de 1991,en el que el presidente George H. W. Bush anunció el comienzo de la campaña militar para poner fin a una ocupación iraquí del vecino KuwaitGeorge H. W. Bush Announces Start of Persian Gulf War - HISTORY
  • Telegrama del Departamento de Estado de los Estados Unidos, «Anuncio del presidente sobre Irán», 8 de abril de 1980,en el que el presidente Jimmy Carter anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán como resultado de la crisis de rehenes de 1979-1981.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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El regreso de los talibanes al poder ha levantado serias preocupaciones por el futuro de las afganas. Muchos temen, no sin razón, que los talibanes restablezcan un regimen opresivo que coarte las libertades y derechos de las mujeres.

En esta breve nota publicada en JSTOR, el escritor Matthew Wills comentá un artículo publicado en el año 2003 por la socióloga Kim Berry, analizando cómo, tanto estadounidenses y talibanes, usaron  a las afganas políticamente. De su análisis quedan claro dos cosas. Primero,  las politicas estadounidenses de los años 1980 allanaron el camino de los fundamentalistas al poder, y , por ende, fueron responsables de los problemas de las mujeres en Afganistán.  Segundo, que en la invasión de 2001, el bienestar de las afganas no era, realmente, una prioridad para los políticos en Washington.


Rules the Taliban Imposed on Women When It Last Took Over Afghanistan

¿Una guerra para liberar a las mujeres afganas?

Matthew Wills 

JSTOR   23 de agosto de 2021

La difícil situación de las niñas y las mujeres bajo el gobierno de los talibanes fue uno de los principales asuntos para promover  la invasión del Afganistán en 2001. Dos décadas después, con la retirada de las fuerzas extranjeras del país y el regreso de los talibanes al poder, la difícil situación de las mujeres y niñas afganas ha vuelto a ocupar un lugar central.

Kim Berry | Critical Race, Gender & Sexuality Studies

Kim Berry

El sociólogo Kim Berry detalla cómo el conocimiento público de las «estrategias represivas de género» de los talibanes se extendió durante la concepción inicial de la “guerra contra el terrorismo” después del 9/11. Pero, ¿podría un esfuerzo militar para perseguir a los autores intelectuales de los ataques del 9/ll ser también una guerra de liberación para las mujeres?

Berry argumenta que hubo “omisiones críticas y tergiversaciones” en el uso simbólico de mujeres y niñas afganas durante la movilización para la guerra.

Por un lado, la historia del apoyo estadounidense a los talibanes y sus precursores fue ignorada. Durante la guerra soviético-afgana (1979-1989), Estados Unidos y sus aliados canalizaron unos $10.000 millones de dólares a los muyahidines fundamentalistas. Esto, escribe Berry, estableció las “condiciones materiales e ideológicas para la eventual dominación de los islámicos en la política afgana”.

Una vez que los soviéticos se retiraron de Afganistán, en 1989, el vacío de poder resultante llevó a muchos afganos a dar la bienvenida a los talibanes, formados por elementos de los muyahidines, en nombre de la ley y el orden. Los funcionarios estadounidenses, por otro lado, estaban preocupados por las perspectivas de que UNOCAL, una compañía petrolera con sede en Texas, construyera un gasoducto de gas natural y de una ofensiva talibán contra el opio. El estatus de las mujeres era mucho menos importante para los estadounidenses.

Todo esto cambió, al menos retóricamente, después del 9/11. Por ejemplo, en un discurso por radio, la primera dama Laura Bush argumentó que “la lucha contra el terrorismo es también una lucha por los derechos de las mujeres”. La representante Carolyn Maloney usó un burka en el Congreso, mientras que el Departamento de Estado emitió un informe  que detallaba la misoginia de los talibanes. Los principales medios de comunicación lo siguieron, incluida una historia de portada de Time  titulada “Levantando el velo”.

User Clip: Rep. Carolyn Maloney wears burka on House floor (discussing  Taliban treatment of Afghan women) | C-SPAN.org

Pero entonces la agenda declarada de liberar a las mujeres se encontró con la realidad de Afganistán. Grupos como la Alianza del Norte, aliada con la fuerza de invasión liderada por Estados Unidos, a menudo estaban compuestos por ex muyahidines que podían ser tan violentamente patriarcales como los talibanes. Aliados individuales anti-talibanes como el general Rashid Dostum fueron acusados por grupos de derechos humanos de “asesinatos en masa, tortura, secuestro y violación”.

Mientras tanto, el eufemismo de “daños colaterales” abarcaba bombardeos y ataques con misiles de crucero que mataron a civiles, es decir, mujeres y niñas, así como hombres y niños. Berry cita a un crítico de la guerra que argumentó que la supuesta preocupación por las mujeres puso un “brillo feminista en algunos de los bombardeos más brutales”.

Al final, escribe Berry, tanto los estadounidenses como los talibanes usaron a las mujeres como símbolos para sus respectivas causas.

Wars Are Not Fought to Liberate Women' - FAIR

Para los talibanes, el control de las mujeres simbolizaba la adhesión a la combinación de las tradiciones pastunes con una interpretación radical del Islam, su receta para la creación de una sociedad ideal. Estados Unidos ha utilizado a las mujeres afganas como símbolo para legitimar su campaña de bombardeos… y más ampliamente para legitimar su “guerra contra el terrorismo”.

Todo esto hizo que fuera una forma contradictoria de “luchar por los derechos y la dignidad de las mujeres”, como dijo Laura Bush.

Berry, K. (2003). THE SYMBOLIC USE OF AFGHAN WOMEN IN THE WAR ON TERROR. Humboldt Journal of Social Relations, 27(2), 137-160. http://www.jstor.org/stable/23524156

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

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