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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”.  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras “estadounidenses”

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su “invisibilidad”.


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

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En 1865,  el Congreso estadounidense aprobó  una enmienda a la constitución de los Estados Unidos aboliendo la esclavitud. Esta enmienda, la número trece, fue ratificada por todos los estados de la Unión (los estados sureños rebeldes no participaron).  Aunque histórica, la enmienda 13  no acabó, realmente, con la esclavitud en Estados Unidos, sino que dejó las puertas abiertas a la injusticia y al abuso. En su primera sección, la enmienda establece que “ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto.” En los ciento cincuenta y cinco años de su existencia, esta sección ha sido utilizada para esclavizar a miles de personas, la mayoría de ellos negros. Acusados y convictos, en muchos casos por acusaciones frívolas o inventadas, negros, blancos pobres, latinos e imigrantes terminaron trabajando como esclavos en granjas estatales en el Sur, apagando fuegos forestales en el Oeste, etc.

En esta artículo publicado en The New York Times, el gran historiador estadounidense Eric Foner aborda este tema con la claridad que ha caracterizado su trabajo académico. Quienes estén intersados en este asunto podrían complementar la lectura del trabajo de Foner con el excelente documental 13th (2016) de la directora Ava DuVernay.


 We Are Not Done With Abolition

Eric Foner

New York Times     December 16, 2020

Convicts working on a prison farm in 1934.

Credit…Lomax Collection, via Library of Congress

Early this month, a group of Democratic members of Congress introduced an Abolition Amendment to the U.S. Constitution. Why, in the year 2020, does the Constitution need an amendment dealing with the abolition of slavery? Wasn’t that accomplished over a century and a half ago?

The problem is that the Thirteenth Amendment, ratified in 1865, which prohibits slavery throughout the country, allows for “involuntary servitude” as a “punishment for crime.” This loophole made possible the establishment of a giant, extremely profitable, system of convict labor, mainly affecting African-Americans, in the Jim Crow South. That system no longer exists but its legacy remains in the widespread forced labor of prisoners, who are paid far below the minimum wage. The Abolition Amendment would eliminate the Thirteenth Amendment’s “criminal exemption” by adding these words to the Constitution: “Neither slavery nor involuntary servitude may be imposed as a punishment for a crime.”

When enacted, the Thirteenth Amendment was recognized as a turning point in the history of the United States, indeed the entire world. When the House of Representatives approved it as the Civil War drew to a close, wild scenes of celebration followed. Members threw their hats in the air and embraced one another. Passage, wrote one newspaper, was “the crowning event of the war, indeed of the century.”

The Amendment’s wording, including the criminal exemption, was based on Thomas Jefferson’s proposed but never enacted Land Ordinance of 1784, which would have barred slavery in all the new nation’s territories. From there, it migrated to the Northwest Ordinance of 1787, which prohibited slavery in territories north of the Ohio River. Scholars have not explained why Jefferson devised this language. Perhaps he thought that labor was good for the character and would aid in the rehabilitation of prisoners. But the coupling of a ban on slavery with an exemption for convicted criminals quickly became embedded in American law. By the time of the Civil War, it could be found in the constitutions of a large majority of the free states. Such language survives in nearly half the state constitutions.

 

During the 1850s, Republicans, including Abraham Lincoln, popularized the claim that the Northwest Ordinance demonstrated that their new party was following the intentions of the founding fathers when it sought to bar slavery from the western territories. When it came time during the Civil War to write an amendment abolishing slavery, Charles Sumner, the abolitionist Senator from Massachusetts, proposed wording based on the 1791 French Declaration of the Rights of Man and the Citizen. His colleague Jacob Howard of Michigan rejected the idea of using a French model. “Good old Anglo-Saxon language” was adequate, he declared, and Congress gravitated to the wording of Jefferson’s ordinance.

Because of its very familiarity, the text of the Thirteenth Amendment did not undergo necessary scrutiny. The criminal exemption was almost never mentioned in congressional debates, contemporary newspapers or at antislavery conventions that endorsed the proposed amendment.

Petition · amend the 13th amendment · Change.org

But the clause did not go unnoticed by white Southerners. The all-white governments established in the South by President Andrew Johnson after the war’s end enacted laws known as the Black Codes, which sought to use the courts to consign African-Americans to involuntary labor. Black Americans who failed to sign a contract to work for a white employer could be convicted of vagrancy, fined and, if unable to pay, sold at public auction.

“Cunning rebels,” one congressman complained in 1866, were using “the exceptional clause” to reduce freed persons to slavery. In 1867, the National Anti-Slavery Standard, an abolitionist journal published in New York City, called for the passage of a new amendment eliminating the words “except as a punishment for crime.” Today’s abolition amendment seeks to accomplish the same result by other means.

Also in 1867, a Republican congressman from Iowa, John A. Kasson, introduced a resolution clarifying the “true intent” of the 13th Amendment. It was not meant, he insisted, to authorize the “sale or other disposition” of people convicted of crime. If prisoners were required to labor, this should be under the supervision of public authorities, not private individuals or companies. The resolution passed the House, but did not come to a vote in the Senate.

By this time, Congress had enacted, over Johnson’s veto, the Civil Rights Act of 1866, which mandated racial equality in judicial punishments, and had approved the 14th Amendment, requiring states to provide to all people the “equal protection of the laws.” These, senators thought, would prevent the use of the courts to victimize African-Americans, rendering Kasson’s resolution unnecessary. Time would prove them tragically wrong.

During Radical Reconstruction, when hundreds of thousands of African-Americans voted for the first time and large numbers held public office, racial bias in the criminal justice system and the forced labor of those convicted of crime remained minor problems. There were hardly any prisons or prisoners in the South. But with the overthrow of Reconstruction and the imposition of the comprehensive system of white supremacy known as Jim Crow, the prison population expanded rapidly.

Southern states filled their jails with African-Americans, often former slaves convicted of minor crimes. They then rented them out as labor for the owners of railroads, plantations and factories, or required them to work on chain gangs building roads and other public projects, or inside prison walls for private businesses.

The labor of prisoners became a significant source of revenue for Southern states. The system also took hold, but in a much smaller way, in the North.

Without violating the 13th Amendment, Republicans in post-Reconstruction Texas complained, “the courts of law are employed to re-enslave the colored race.” Plantations, they added, “are worked, as of old, by slaves, under the name of convicts.”

Conditions were barbarous and the supply of convicts seemingly endless. “One dies, get another,” became a popular refrain among those who profited from the labor of prisoners.

Credit…William Widmer for The New York Times

To this day, many convicts are required to work while incarcerated. As janitors, plumbers and the like they help make prisons function. They produce goods like furniture for government offices. This year, prisoners have been making hand sanitizer to help combat the pandemic and fighting California wildfires.

 

With the expansion of private prisons, more and more inmates work for private contractors, sometimes in factory settings within prison walls. In recent years, many companies have used or benefited from the labor of prisoners.

As late as the 1980s, the Department of Justice concluded that the 13th Amendment attaches “some of the characteristics of slavery” to prisoners, including exemption from minimum-wage laws. Indeed, courts have ruled that inmates working in prisons have no constitutional right to payment at all.

A few years ago, the documentary film “13th” linked the origin of today’s racially biased mass incarceration to the criminal exemption clause. But the members of Congress who voted on the 13th Amendment did not anticipate the later emergence of a new system of involuntary servitude in the South.

We hear a great deal in judicial circles about the “original intent” or “original meaning” of constitutional provisions. But the 13th Amendment shows that unanticipated consequences can be as significant as intended ones. The amendment, which destroyed the largest slave system the modern world has known, was deservedly an occasion for celebration. Especially given our heightened awareness of the inequities of our criminal justice system, it is high time the criminal exemption was eliminated, as the abolition amendment proposes.

Like any change in the Constitution, the abolition amendment would need the approval of two-thirds of Congress and three-quarters of the states, a daunting requirement. It is certain to encounter resistance from those who profit from prison labor, now a multibillion-dollar industry, as well as those who deem unpaid labor a just punishment.

But approval would recognize the basic human rights of those convicted of crime. Reinforcing the idea that all people who work should be paid for their labor, it would be a major step in bringing to fruition the “new birth of freedom” promised by the Civil War.


Eric Foner is an emeritus professor of history at Columbia University and the author, most recently, of The Second Founding: How the Civil War and Reconstruction Remade the Constitution.

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Cultures of United States Imperialism (New Americanists): Amy Kaplan,  Donald E. Pease: 9780822314134: Amazon.com: BooksAcabo de enterarme que en julio de este terrible año murió la Dra. Amy Kaplan. En 1993, la Dra. Kaplan editó, junto a Donald Pease, Cultures of United States Imperialism, un libro paradigmático que nos sirvió de guía e inspiración a quienes en la década de 1990 buscabamos darle un nuevo aire a los estudios del imperialismo estadounidense.  Esta obra analizó, de forma magistral, la ausencia o invisiblidad del imperialismo en el análisis de la cultura estadounidense, y subrayó la importancia de estudiarle como una parte esencial de la historia de Estados Unidos.

Profesora en la Universidad de Pennsylvania, la Dr. Kaplan dejó trabajos de lectura obligada para quienes quieran entender la complicada relación de los estadounidenses con las prácticas, ideas e instituciones imperialistas  de Estados Unidos.

Su muerte es una perdida irreparable. !Qué descanse en paz!

Amy Kaplan | Department of English

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La Smithsonian National Postal Museum’s Maynard Sundman Lecture Series invita a su próximo webinair titulado “Under Three Flags, the Postal History of the Spanish-Cuban/American War” por Yamil Kouri Jr. Ganador del 2020 Luff Award for Exceptional Contributions to Philately, el Sr. Kouri dialogará sobre su más reciente libro analizando el impacto de la guerra hispano-cubano-estadounidense sobre el servicio postal de los países involucrados en tal conflicto.

La conferencia será el día 9 de diciembre a las 4:00PM EST. Los interesados pueden registrarse aquí.

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La revista digital 80 grados acaba de publicar un corto ensayo de Rafael Rodríguez Cruz sobre el impacto que tuvo la mal llamada gripe española entre los habitantes autóctonos de Alaska. Debo reconocer que es un tema que desconocía, pero  lo que relata el autor no me ha sorprendido para nada. Rodríguez Cruz  describe cómo la pandemia de 1918 se cebó sobre la población amerindia de Alaska y la reacción genocida de la minoría blanca que habitaba ese territorio.  Para evitar que se contagiaran los habitantes blancos el gobierno local  le prohibió a los habitantes locales sus actvidades económicas tradicionales, especialmente, el trapping o caza de animales. Esto tuvo consecuencias desatrosas para estos pueblos amerindios.

Comparto con mis lectores este escrito.

El 13 de enero de 1919, el entonces gobernador del territorio de Alaska, Thomas Riggs, compareció ante el Congreso de Estados Unidos solicitando fondos federales para combatir la influenza o gripe. Alaska era un territorio recién incorporado en el que residían cerca de 20,000 ciudadanos blancos y aproximadamente 30,000 indígenas. La gripe llegó tardíamente al lugar, pero se regó como pólvora. Aunque los datos son aún inciertos, para fines de 1918 el conteo de muertes excedía de 2,000. Riggs venía ahora ante el Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes con una lista de gastos incurridos por el gobierno territorial en la lucha en contra de la pandemia. Pocos días antes el Senado Federal había aprobado $100,000 para las arcas del gobierno territorial de Alaska. Riggs buscaba la aprobación final por la Cámara. Lo interesante de su reclamo es que, en enero de 1919, el gobierno de Alaska no tenía un problema presupuestario. De hecho, le sobraba dinero.

Thomas Riggs Jr. - Wikipedia

Thomas Riggs

¿Cuál era el motivo de la petición de Alaska y por qué acudía Riggs ante el gobierno federal, si al gobierno territorial le sobraba la plata? ¿No se suponía, acaso, que la Cruz Roja era la institución llamada a proveer socorro en eventualidades como esta? El testimonio de Riggs revela la verdadera naturaleza colonial y genocida de la anexión de Alaska. Sí, en Alaska murieron cerca de 2,000 personas entre 1917 y 1919 debido a la gripe, pero casi todas eran indígenas. Riggs testificó que esta disparidad se debía a que las comunidades originarias exhibían una mayor vulnerabilidad ante la enfermedad. «La influenza ataca más violentamente a los nativos que a las personas blancas; estos simplemente no tienen poder de resistencia», indicó él. Un detalle interesante de sus respuestas ante los miembros del comité fue que Riggs no conectó todas las muertes directamente con el «poco poder de resistencia» biológica de los indígenas. Muchas se debían a la hambruna y a la falta de ropa y cobijo para el duro invierno durante la pandemia.

Thomas Sisson, presidente del comité, le pidió a Riggs que explicara la anomalía de que las comunidades originarias del territorio de Alaska estuvieran muriéndose de hambre y congelación en medio de la pandemia. En todas las regiones de Estados Unidos, puntualizó él, los indígenas se sufragaban sus propios gastos y procuraban sus propios alimentos. Además, obtenían abrigos y pieles mediante la caza. Tal había sido hasta hace poco el caso de las comunidades originarias de Alaska, que desde tiempos inmemoriales se dedicaban al «trapping». El problema declaró Riggs es que, tan pronto aparecieron las primeras señales de la influenza española en el territorio, su administración puso a los indígenas en cuarentena, prohibiéndoles que se desplazaran por el territorio y practicaran el trapping. ¿Por qué? Pues para prevenir que se contagiaran los ciudadanos blancos. Al fin y al cabo, añadió él, los «indios» no tenían ni derechos legales ni tierra para vender. Es más, no pagaban impuestos. «Si se trata de socorrer a la población blanca, no me hace falta ni un centavo federal», prosiguió Riggs. El dinero era para alimentar a los «indios» en cuarentena y prevenir, por medios policíacos, que se salieran de sus villorrios, regando la influenza.

  • Mr. Sisson: ¿Por qué no están trapping los esquimales?
  • Mr. Riggs: La mayor parte están muertos, y los que no están muertos deben de ser controlados, para que no vayan a otras comunidades.

 

What Alaskans learned from 'the mother of all pandemics' in 1918 - Alaska  Public Media

¿Quiénes eran, entonces, los indígenas que quedaban en las comunidades en enero de 1919? Sobre todo, niños y niñas menores de edad, o sea, criaturas huérfanas. El cuadro que mostró Riggs de la situación en las comunidades indígenas era pavoroso. Sobre mil cadáveres de mujeres y hombres indígenas yacían sobre el hielo sin ser sepultados. No había médicos ni medicinas para socorrer a los vivos. Incluso la Cruz Roja se negaba a aventurarse a las regiones más remotas y frígidas del territorio. La poca ayuda que recibían los indígenas era en forma de alimentos y ropas que llevaban los empleados del Departamento de Educación de Alaska y algunos pobladores blancos compasivos. Cientos y cientos de huérfanos, a menudo concentrados en grupos de 300 o más, eran alimentados y suplidos de mantas y ropa. De hecho, Riggs había acudido al gobierno federal no para pedir ayuda para la gente blanca, sino para que le reembolsaran al gobierno territorial los costos de vigilar a los indios en cuarentena y mantener a los huérfanos en los villorrios. Al fin y al cabo, los indígenas de Alaska no tenían nada que vender ni nada que se les pudiera confiscar. «No es justo –expresó Riggs– que los 20,000 habitantes blancos de Alaska, que sí pagan impuestos, tengan que hacerse cargo de los pupilos del gobierno federal que fueron heredados de Rusia». Tan solo los costos de alimentar los perros de los trineos, finalizó él, ascienden a miles y miles de dólares de los taxpayers. Cada perro de trineo recibía $30 de alimentación diaria.

What the Arctic reveals about coronavirus | CRYOPOLITICSLos efectos de la influenza de 1918-1919 entre la población originaria de Alaska van más allá de la cifra de muertos. Nada se habló de prohibir el trapping por los blancos, quienes fueron precisamente los que llevaron la infección a las comunidades indígenas. Pero no todo era tragedia. Para el gobierno racista de Alaska, la pandemia, al generar cientos de huérfanos, creaba una oportunidad única para imponer la cultura blanca a los niños y niñas indígenas, ahora en custodia de los funcionarios del régimen territorial. Así lo expresó, sin filtros lingüísticos, el gobernador Riggs al leer documentos del Departamento de Educación de Alaska que hablaban del tema: «Oportunidad espléndida para el avance educacional de los esquimales». Cobrando una cifra de $10 al mes por cada huérfano, una plaga de misioneros cristianos inculcaba la visión de que los antiguos chamanes y religiosos eran discípulos del Diablo. Esto, a una población indígena que había vivido por siempre en armonía con la naturaleza. Yuuyaraq (la vía humana) era para estas comunidades la palabra que expresaba una vida conformada a la naturaleza. Se trataba de una cosmogonía de paz muy parecida, en detalle y hermosura, a la de los Dakota en Mni Sota Makoce (hoy Minnesota), antes de su expulsión del lugar por el gobierno territorial en 1863. A las madres Dakota encarceladas en las reservaciones les daban animales podridos para que alimentaran a sus criaturas. Las de Alaska estaban muertas. Es la vieja regla de la política indígena y expansionista del gobierno de Estados Unidos, de que las naciones más indefensas fueron (y siguen siendo) las más abusadas y avasalladas por el invasor blanco. Todavía hoy perduran en las comunidades originarias de Alaska las cicatrices dejadas por el cruel genocidio de 1918-1919 y el abuso de los misioneros.

Referencias:

  1. U.S. Congress. House Committee on Appropriations. Influenza in Alaska and Puerto Rico. Subcommittee of House Committee on Appropriations. Sixty-Fifth Congress, Third Session, Washington: Government Printing Office, 1919.
  2. Alaska Division of Public Health. 1918 Pandemic Influenza Mortality in Alaska. Alaska Government, 2018.
  3. Napoleon, Harry. Yuuyaraq: The way of the Human Being. Alaska Native Knowledge Network, 1991.

Westerman, Gwen y Bruce White. Mni Sota Makoce: The Land of the Dakota. Minnesota Historical Society, 2012.

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Las elecciones presidenciales de 1876 fueron unas históricas caracterizadas por el fraude, la intimidación y la violencia. Los Republicanos nominaron como su candidato al gobernador de Ohio Rutherford B. Hayes, un político insípido, pero integro. Los Demócratas nominaron al gobernador de Nueva York Samuel J. Tilden. Ambos favorecían el gobierno propio para el Sur (es decir, no interferir ni intervenir en los asuntos políticos del Sur) y, además, la reconstrucción no era una de sus prioridades.

Esta elección ha sido una de las más cerradas en la historia de los Estados Unidos. Hayes obtuvo el 48% de los votos populares y 185 votos electorales, mientras que Tilden le superó en votos populares con el 50% de éstos, pero sólo alcanzó 184 votos electorales. Ninguno de los dos candidatos obtuvo el número de votos electorales necesarios para ser electo presidente, lo que provocó una seria crisis política. Para resolver esta crisis el Congreso nombró un comité compuesto por cinco senadores, cinco representantes y cinco jueces del Tribunal Supremo, ocho Republicanos y siete Demócratas. El comité votó en estricta línea partidista a favor de reconocer la elección de Hayes, lo que generó las protestas  de los Demócratas. Éstos controlaban la Cámara de Representantes y amenazaron con bloquear la juramentación de Hayes. Para superar esta crisis se llevaron a cabo negociaciones secretas que culminaron con un acuerdo en febrero de 1877: los Demócratas aceptaron la elección del Hayes a cambio de que éste nombrara a un sureño en su gabinete, no interfiriera en la política del Sur y se comprometiera a retirar las tropas federales que quedaban en el sur.

Poco tiempo después de su juramentación como Presidente de los Estados Unidos, Hayes ordenó la salida de las tropas federales de Florida y Carolina del Sur. La salida de los soldados conllevó la eventual derrota de los gobernadores Republicanos de ambos estados. Al adoptar una política de no interferencia en los asuntos del Sur, los Republicanos abandonaron a los afroamericanos. Aunque formaban parte de la constitución, las Enmiendas 14 y 15 quedaron sin efecto en el Sur porque fueron sistemáticamente ignoradas por los gobiernos sureños. Con ello murió la era de la Reconstrucción y se inició una era vergonzosa caracterizada por la supremacía de los blancos, la violencia racial, la violación sistemática de los derechos de los ciudadanos afroamericanos y la segregación de los negros.


Chief Justice Morrison R. Waite administering the oath of office to Rutherford B. Hayes, 1877.

Chief Justice Morrison R. Waite administering the oath of office to Rutherford B. Hayes, 1877.

The Presidential Election of 1876

In the summer of 1876 the United States celebrated a centenary of independence. Although it was a jubilee year, the American Republic was also deeply troubled. The desperate battles of the Civil War had ended more than a decade before; yet Abraham Lincoln’s call for ‘malice toward none’ remained an unfulfilled appeal, as Federal troops continued to occupy some of the former Confederate States. President Ulysses S. Grant’s second term of office was drawing to a close under a barrage of criticism directed at corruption in his government. The coming Presidential election would take place in November.

It promised to be an exciting fight, but no one foresaw that the struggle between Republican Rutherford B. Hayes and Democrat Samuel J. Tilden would result in an unparalleled scandal and bring America perilously close to another civil conflict. Indeed, the roots of the dispute were firmly woven into the Civil War and its tragic aftermath.

On April 9th, 1865 General Robert E. Lee surrendered the Army of Northern Virginia and the guns at Appomattox stopped firing. The Civil War drew to a close. In four years of grim fighting the troops of both sides had developed a respect for each other, a bond of harsh experiences mutually endured. Now Yankees shared their rations with Confederates and traded wartime stories.

The day after the surrender, Abraham Lincoln returned to Washington after a visit to Richmond. A wildly cheering crowd called for a speech, but the President demurred. Instead, he asked the military band to strike up ‘Dixie’. For a brief moment there seemed to be hope of genuine reconciliation. It was unquestionably Lincoln’s fervent hope. Then, only days later, John Wilkes Booth fired a fatal bullet into the President’s head at Ford’s Theatre in Washington.

Election Cartoon, 1876 Photograph by Granger

With Lincoln’s death, the ‘Radicals’ in the Republican Party gained the upper hand. For men like Thaddeus Stevens of Pennsylvania and Charles Sumner of Massachusetts, the South fully deserved the revenge they had planned. The bitter years of ‘Reconstruction’ followed. Government tax-collectors enjoyed a bonanza below the Mason-Dixon Line. General Lee’s magnificent home at Arlington was seized for taxes. Properties worth thousands of dollars were sold for a few hundred and Federal Treasury agents laid claim to supposedly abandoned land. Even General William Tecumseh Sherman, whose army made the famous march from Atlanta to the sea, burning and destroying everything in its path, spoke in compassionate terms to a veterans’ gathering shortly after the war:

It was in this atmosphere that white Southerners fought to regain control of South Carolina, Texas, Virginia, Florida and other states of the former Confederacy; the newly emancipated slaves fought for a place in a society previously denied them; and political scavengers fought to hang on to the spoils of war. Gradually, however, the South returned to the control of its native white population. In doing so, it became more solidly attached to the Democratic Party than ever before.

Due to the presence of Federal troops and officials in positions of power, Ulysses S. Grant was able to carry eight southern states for the Republican Party in the Presidential election of 1868. Grant won a second term in 1872, but this time only six southern states were in the Republican camp. The grip of Radical Republican power was fading. Perhaps more significant, the immediate post-war zeal in the North for African-American welfare had diminished.

 

Republican election poster

Republican election poster, 1876.

 

As the election of 1876 approached, Grant’s Republican administration reeled under a heavy attack by the press when a great whisky scandal broke. Western distillers had been flagrantly evading Federal taxes, and Grant’s own private secretary, General Babcock, was implicated. The President’s enemies gleefully pointed to corruption in the White House. Instead of dissociating himself from Babcock, Grant leaped to his defence.

Indeed, Grant displayed an almost incredible loyalty to dubious colleagues during his Presidency. His support of Babcock largely contributed to an acquittal. But this was just part of the rapidly mounting troubles faced by the Republican Party.

In March 1876, just eight months before the election, Secretary of War William Belknap was charged with malfeasance in office by the House of Representatives. Rather than remove Belknap from his post, Grant merely accepted the cabinet member’s resignation. One month later it was James G. Blaine’s turn to embarrass the Administration. As Republican leader in the House of Representatives, Blaine was in a most influential position. When the press charged that he had taken favours from the Union Pacific Railroad, the tag of ‘Grantism’ received new life as a synonym for political avarice.

The scandals could not have come at a more inopportune time, for the Republicans desperately needed a politically untarnished standard-bearer in the coming election and Blaine was a strong candidate. Despite the publicity, Blaine’s name was prominent when the Republicans met at Cincinnati, Ohio, on June 14th to nominate a contender for the Presidency. Recognising that public attention had to be focused on something other than the Administration’s record, Blaine attacked the South and stirred up fears of a new war. In doing so, he alienated those members of his party who sought a genuine rapprochement with the old Confederacy. On the seventh ballot, he lost the nomination to a ‘dark horse’ candidate, Rutherford B. Hayes of Ohio. Hayes was a compromise between the extreme wings of the Party. Above all, his personal record and political integrity could not be seriously challenged.

The 53-year-old Hayes had a good, if not spectacular, background. Born in Delaware, Ohio, he had been raised by a widowed mother who, fortunately, enjoyed financial security. He received a degree from the Harvard Law School in 1845 and subsequently accepted a number of fugitive slave cases. During the Civil War, Hayes rose to the rank of brevet major-general of volunteers, participated in many actions and was severely wounded. While the war still raged he was elected to Congress. He was later elected Governor of Ohio on three separate occasions and put through a number of reforms.

In accepting the nomination, Hayes vowed to end the spoils system and called for an end to ‘the distinction between North and South in our common country’. This conciliatory statement was in sharp contrast to Resolution Number 16 of the Party Platform which went so far as to question the loyalty of the Democratic majority in the House of Representatives. This allegation reflected the presence of Congressmen who had fought for the Confederacy.

The Democrats had no problem in devising their campaign strategy. The entire nation was aware of the Administration’s shortcomings. Corruption was the issue and the Democratic Party promised reform. On June 27th they held their convention in St Louis, Missouri. In an auditorium jammed with 5,000 people, Governor Samuel J. Tilden of New York scored a landslide victory on the second ballot.

 

Samuel J. Tilden is announced as the Democratic presidential nominee

Samuel J. Tilden is announced as the Democratic presidential nominee.

 

Tilden was a unique figure, and certainly one of the most interesting to cross the American political scene. This frail, cold, articulate bachelor commanded a crusading zeal from his supporters. As a boy, Tilden was withdrawn and showed little inclination to mix with young people. Politics, however, fascinated him and his father fostered that interest. At the age of 15 he used his own money to buy Adam Smith’s Wealth of Nations. By 1841 he was a qualified lawyer with a continuing and consuming interest in politics. His brilliant grasp of political matters brought him to the attention of Democratic leaders who sought his counsel. For some time Tilden studiously avoided candidacy for high public office, but his own abilities soon brought him national recognition.

A particularly significant event was Tilden’s exposure and prosecution of New York’s notorious racketeer, ‘Boss’ William M. Tweed. His popularity soared and he was elected Governor of New York. Then he broke up the Canal Ring, a group of crooks and unscrupulous politicians. Tilden’s name became associated with integrity in politics. This was just what the Democratic Party wanted as a contrast to the Republican Administration.

The battle lines were clearly defined. Left to themselves, it is possible that Hayes and Tilden might have kept the election campaign free from distortion of facts and bitter personal invective, but it was not to be. Tilden was subjected to a number of damaging of charges. There seemed to be no limit to the accusations: that he was a liar, swindler, perjurer, counterfeiter and even an absurd claim that he had been in league with the infamous Tweed. In line with their basic campaign strategy, the Republicans alleged that Tilden had supported the Confederacy, the right of secession and the continuation of slavery. This all stemmed from his opposition to Lincoln in 1860, but that was because he was a Democrat and feared a Republican victory would bring disaster to the United States. This feeling had no bearing on his fundamental loyalty to the Union, and once the war began he had urged the quick suppression of the Confederacy.

As election day approached, excitement grew with each rally and parade. It was, after all, the centenary of American independence. Even politically apathetic citizens came out for Hayes or Tilden with great enthusiasm. But on polling day, November 7th, calm prevailed as people made their way to voting centres. It was a stillness soon to be shattered. Hayes’ hopes began to sink as swing states such as Connecticut, Indiana and New Jersey went to Tilden. When New York finally fell into Tilden’s camp, Hayes admitted defeat to those around him and went to bed.

Tilden was not only leading in the popular vote: he had 184 of the far more important electoral votes to Hayes’ 166. The 19 votes of South Carolina, Florida, and Louisiana were had not yet been declared, but they were in the heartland of the Democratic South. At the Republican National Headquarters, exhausted and dispirited party workers began to go home. On the morning of November 8th, the press of both parties was crowded with news of Tilden’s victory. Even the militantly Republican New York Tribune conceded the election.

The New York Times, however, would do no more than admit a Democratic lead. Two days after the election, John C. Reid, the newspaper’s influential editor, sat in the editorial room with two assistants. It was after 3am when a message arrived from the State Democratic Committee: ‘Please give your estimate of the electoral votes secured by Tilden. Answer at once.’ Reid was astounded. If they urgently needed such information, then the Democrats were not certain of victory. In a matter of minutes he conceived a scheme to wrest the election away from Tilden and put Rutherford B. Hayes into the White House. Tilden had 18 more electoral votes than Hayes, but if the 19 from South Carolina, Louisiana and Florida were secured by the Republicans, Hayes would win by one vote, 185 to 184.

Tilden (left) and Hayes

Samuel J. Tilden (left) and Rutherford B. Hayes (right).

Reid, accompanied by a Republican official, hurried into the night and awakened Zachariah Chandler, National Republican Chairman. Chandler agreed to Reid’s proposal: telegrams must be sent immediately to Republican officials in the three states, with the following message: ‘Hayes is elected if we have carried South Carolina, Florida and Louisiana. Can you hold your state? Answer immediately.’ The meaning was clear: those states were to be held at any cost. At the same time, Republican headquarters proclaimed Hayes’ election.

The key to the plot’s success lay in the state canvassing boards. They had the power to certify the votes and cast out those that, in the board’s opinion, were questionable. The need for absolute honesty by the boards in exercising their power was self evident, but the personnel of some made comedy of that requirement. Of course, all of the boards were Republican and backed by Federal troops.

Initially, Hayes dissociated himself from the plan, saying: ‘I think we are defeated … I am of the opinion that the Democrats have carried the country and elected Tilden.’ A few weeks later, however, he changed his mind: ‘I have no doubt that we are justly and legally entitled to the Presidency.’

From the beginning there was an outside chance that Hayes could have carried South Carolina and Louisiana on the strength of votes from African-Americans and ‘carpetbaggers’ (a pejorative term for Northerners who moved South during the Reconstruction). Florida’s heavily Democratic white majority, however, made that state a dim prospect for Republican hopes. But they had to have Florida or Tilden would win by 188 to 181. During the actual election campaign, all three states witnessed a wide variety of attempts by both sides to cow voters and fraud was rampant. In one shameful tactic, the Democrats tried to distribute ballots with the Republican emblem prominently displayed over the names of Democratic candidates. It was worth the chance in the hope of picking up votes from illiterate voters. On the Republican side, one inspired person devised ‘little jokers’. These were tiny Republican tickets inside a regular ballot. A partisan clerk could slip them into the ballot box with little chance of being detected.

In Louisiana, Tilden held a comfortable majority over Hayes. And in New Orleans, the Democratic elector with the smallest plurality had more than 6,000 votes over his Republican opponent. The canvassing board solved the problem in that state by simply throwing out 13,000 Tilden votes against only 2,000 for Hayes. Then the electors for Hayes were certified.

The prelude to the election in South Carolina was a bloody affair. The Governor was Daniel H. Chamberlain of Massachusetts, a strict dogmatist on the race question and thoroughly loathed by white South Carolinians. In addition to the Presidential election, there was a gubernatorial race. The Democrats were running a war hero, former Confederate General Wade Hampton. ‘Rifle clubs’ were organised over the entire state by Hampton’s supporters and there were numerous clashes with African-American groups. As far back as July 8th, there had been a sharp fight in Aiken County at which African-Americans suffered a severe defeat. Chamberlain appealed to President Grant for help. Grant described the rifle clubs as ‘insurgents’ and sent all readily available troops to South Carolina. The resultant fury at this action was compounded when the Republican canvassing board ensured the certification of Hayes’ electors.

The Election of 1876 & The End of Reconstruction

Florida was the most critical problem. As the polling booths closed, each side claimed victory. Once again, the canvassing board held the decision in its hands. The three-man board was dominated by two Republicans, Florida’s Secretary of State and its Comptroller. The third man was the Democratic Attorney General. The board had the right to exclude ‘irregular, false or fraudulent’ votes. In a complete travesty of integrity, the board voted for Hayes by virtue of its Republican majority. Thus, Florida’s key electoral votes went to Hayes. The Republican Governor certified them with the official blessing of the state. The outraged Democrats held a meeting and had the Attorney General certify the Tilden electors. With this action, a new and dangerous complication entered the scene. Democrats, claiming dishonesty by the canvassing boards, were certifying their own electors by whatever legal or quasi-legal means they could. To further complicate matters, Florida Democrats elected G. F. Drew as Governor and he appointed a new board of canvassers who promptly judged Tilden’s electors to be victorious. In South Carolina, where Wade Hampton had been elected Governor, there were unqualified demands to disenfranchise the Hayes electors.

As a precaution, General Grant ordered Federal troops into all three state capitals, directing General Sherman ‘to see that the proper and legal boards of canvassers are unmolested in the performance of their duties’. That meant Hayes would win. At this point, Samuel Tilden’s followers almost begged him to denounce the plot publicly, but he would no nothing to prejudice the legal process. This is somewhat difficult to understand in view of his previous anti-fraud successes.

The Senate and House of Representatives convened for the second session of the 44th Congress on December 4th, 1876. It was just two days before the date set for Presidential electors chosen in each state to meet and declare their choice for President and Vice-President of the United States. It was the responsibility of each state Governor and Secretary of State to affix the official state seal to the voting certificates and send them to the President of the Senate in Washington D.C. who would then count them before a joint session of Congress.

Since the Senate was controlled by Republicans, the Democratic House demanded the right to decide which votes were valid. The Senate, understandably, refused. Here was an incredible situation; each day bringing the United States closer to March 4th, the date when Grant’s term expired. Who would succeed him and how would it be done? Rumblings of a new civil war rolled ominously across America. There were drills and parades and wartime units began to reform. Even cool heads discussed the possibility of the National Guard, under the command of Democratic Governors in most states, marching on Washington to install Tilden by force, if necessary. In that case, the Regular Army under Grant would oppose the Guard as Hayes had been ‘legally’ elected.

Amazon.com: Presidential Campaign 1876 Ncontemporary American Newspaper  Cartoon Attacking William Eaton Chandler Who Directed Republican Tactics In  The Rutherford B Hayes And Samuel J Tilden Election In Which Twe: Posters &  PrintsIt was an unthinkable prospect. Fortunately, there were men of influence on both sides who saw that a peaceful solution was absolutely mandatory. On December 14th, the House appointed a committee to approach the Senate in the hope that a tribunal could be created; one ‘whose authority none can question and whose decision all will accept as final’. After much debate, an Electoral Commission was approved. Congress proceeded to set up a group of 15 men; five from the Senate, five from the House and five from the Supreme Court. Presumably, the Court Justices would be non-partisan. Both Hayes and Tilden declared the Commission unconstitutional, but they reluctantly agreed to accept its verdict.

It was clear to everyone what would happen without the Commission. Republican Senator Thomas Ferry of Michigan, presiding officer of the Senate, would open the certificates before a joint session and declare Hayes the winner by 185 to 184 electoral votes. The House would then immediately adjourn to its own chambers where Speaker Samuel Randall would declare no electoral majority and throw the election into a vote by each state delegation in the House. That would assure Tilden’s victory, and on March 4th, 1877 both Hayes and Tilden would be in Washington to be inaugurated as President of the United States. Senator Roscoe Conkling of New York described this route as a ‘Hell-gate paved and honeycombed with dynamite’. It was no understatement.

The Commission held its first session just four weeks before the inauguration. Democratic members of the Commission pressed for a searching examination of the honesty of the canvassing boards. The Republican members claimed that the legal state authorities had filed legitimate certificates and Congress had no power to interfere.

The Commission finally voted along party lines with the decision going to Hayes, 8 to 7. On Friday, March 2nd at 4am, the Senate awarded the last certificate to Hayes. It was just two days before the inauguration. The fury of the South was matched by its Democratic allies in the North. All eyes turned to Samuel J. Tilden. If he claimed that the will of the American people had been frustrated by partisan duplicity and fraud, then America faced civil war. Instead, Tilden said: ‘It is what I expected.’

Electoral map of 1876: Republican wins in red, Democrat in blue, non-states in grey.

Electoral map of 1876: Republican wins in red, Democrat in blue, non-states in grey.

 

Open conflict might still have been a possibility except for a meeting that has since been the subject of much speculation. One week before the inauguration, Southern Democrats and Republicans met at the Wormley Hotel in Washington in an effort to find some compromise before it was too late. There is ample evidence to suggest that a quid pro quo was reached; the South to agree to Hayes’ election if the North would agree to abandon all efforts to maintain carpetbag regimes in the South. That meant withdrawal of Federal troops. In return, the South presumably agreed not to take reprisals against African-Americans or carpetbag officials.

For that matter, the South and its Democratic friends in the North already held a powerful sword over the head of the United States Army. They attached a clause to the Army Appropriations Bill that outlawed the use of Federal troops to sustain state governments in the South without Congressional approval. When the Senate refused the clause, the House simply adjourned and left the Army without funds to pay soldiers. Morale collapsed and the end of Reconstruction was at hand.

After the decision, Tilden commented: ‘I can retire to private life with the consciousness that I shall receive from posterity the credit for having been elected to the highest position in the gift of the people, without any of the cares.’ That summer he sailed for Europe for a year’s vacation. Rutherford B. Hayes took the oath of office in private, kissing the open Bible at Psalm 118:13 ‘… the Lord helped me’.

There was no inaugural parade or ball. There was little to celebrate.

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La explosión y hundimiento del acorazado USS Maine el 15 de febrero de 1898 llevó a Estados Unidos a una guerra desigual contra España. Fondeado en la Bahía de la Habana, en el Maine murieron 266 marinos. El contexto de tensión en que se dio esta explosión, unido al  uso político que se le dio para justificar tal guerra, han llevado a más de uno a elaborar teorías conspiratorias para explicar este evento que cambió la historia no sólo de Cuba, sino también de Puerto Rico y las Filipinas. Comparto con mis lectores este trabajo del Profesor Edmundo Fayanas Escuer con la que, debo reconocer, es la explicación más detallada de las múltiples investigaciones y teorías sobre el hundimiento del Maine que haya leído.


El acorazado norteamericano Maine: ¿qué sucedió?

Edmundo Fayanas Escuer

Nueva Tribuna   22 de octubre de 2020

La guerra hispano-estadounidense fue un conflicto bélico, que enfrentó a España y a los Estados Unidos en el año 1898. Fue el resultado de la intervención norteamericana en la guerra de Independencia cubana.

El siglo XIX representó para el Imperio español un claro declive, mientras que los Estados Unidos pasaron de convertirse en un país recién fundado, a ser una potencia regional media. En el caso español, la decadencia venía de siglos anteriores, pero se aceleró primero con la invasión napoleónica, que a su vez provocaría la independencia f1de gran parte de las colonias americanas, y posteriormente la inestabilidad política, que desangró al país social y económicamente.

Las tensiones por Cuba entre España y Estados Unidos se llevaban teniendo desde los años 1870, cuando empiezan los movimientos nacionalistas cubanos ocasión aprovechada por los norteamericanos para potenciarla.

España se encontraba en una hipotética guerra contra EEUU en clara desventaja:

  • El aspecto militar era de una gran desigualdad para España, que disponía de una armada obsoleta y anticuada.
  • EEUU tenía más de 62 millones de habitantes en el año 1890, por unos 18 millones en España,
  • EEUU luchaba cerca de su territorio, mientras que España tenía que mandar tropas al otro lado del planeta, a Cuba o Filipinas.
  • EUU tenía grandes zonas industrializadas, mientras que España era principalmente agrícola.

España tenía un gobierno débil, liderado por Práxedes Mateo Sagasta, y sacudido por el malestar social, la corrupción política y económica y las sucesivas guerras de independencia que, desde 1865, se venían librando en Cuba y Filipinas. Mantener las últimas colonias era vital para la estabilidad del país.

Sin embargo, la agitación nacionalista española, en la que la prensa escrita tuvo una influencia clave, provocó que el gobierno español no pudiera ceder y vender Cuba a EEUU, como por ejemplo antes había vendido Florida a ese país, en el año 1821.

Si el gobierno español vendía Cuba, sería visto como una traición por una parte de la sociedad española. El gobierno prefirió librar una guerra perdida de antemano, antes que arriesgarse a una nueva revolución, es decir, optó por una demolición controlada para preservar el Régimen de la Restauración.

La guerra fue relativamente breve. La explosión del acorazado Maine el quince de febrero del año 1898 fue el casus belli de esta guerra. Aún hoy se sigue discutiendo si fue un accidente, un ataque intencionado español o un ataque de bandera falsa de los propios norteamericanos.

Como veremos posteriormente, no fue provocado por los españoles. Simplemente se discute si fue un terrible accidente o provocado por los propios norteamericanos, cosa que a lo largo de la historia veremos que ha sido una práctica bastante habitual.

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Entonces la opinión pública estadounidense, convenientemente agitada por sus medios de comunicación, clamaban venganza. La guerra se declaró oficialmente un mes después. Aunque para las tropas norteamericanas la lucha en territorio cubano no fue tan favorable como se esperaban, como sucedió en las batallas terrestres de El Caney y de las Colinas de San Juan.

Sin embargo, las dos incontestables victorias navales norteamericanas con la batalla naval de Cavite en Filipinas del uno de mayo, y la batalla naval de Santiago de Cuba del tres de julio, donde fue destrozada la armada española, decantó la guerra a favor de los Estados Unidos.

La toma de Santiago de Cuba y la superioridad militar de las tropas norteamericanas, apoyadas en todo momento por las fuerzas cubanas al mando del general Calixto García, obligaron a los españoles, que ya estaban virtualmente acabados, a rendirse en el año 1898. El suceso abrió paso a la ocupación norteamericana de Cuba hasta el año 1902.

Estas derrotas provocaron, que el gobierno español pidiera en el verano de 1898 negociar la paz, que por intermediación de Francia, se plasmaría en el Tratado de París del diez de diciembre.

Los resultados del Tratado de París fueron la pérdida de la isla de Cuba, que se proclamó república independiente, pero quedó bajo tutela de Estados Unidos, así como de Puerto Rico, Filipinas y Guam, que pasaron a ser dependencias coloniales de Estados Unidos. En Filipinas, la ocupación estadounidense degeneró en la guerra filipino-estadounidense entre los años 1899-1902.

El resto de posesiones españolas del Pacífico fueron vendidas al Imperio alemán, mediante el Tratado hispano-alemán, del doce de febrero del año 1899, por el cual, España cedió al Imperio alemán sus últimos archipiélagos, las Marianas con la excepción de la isla de Guam, que pasaron a manos de los Estados Unidos, las Palaos y las Carolinas, a cambio de 25 millones de pesetas, ya que eran indefendibles por España.

¿Cómo fue el hundimiento del acorazado norteamericano Maine?

La tripulación del buque, constaba de 355 personas, estando formado por 26 oficiales, 290 marineros, y 39 infantes de marina. De estos, 261 perecieron en su hundimiento:

  • Dos oficiales y 251 marineros/infantes de marina, murieron en la explosión o en el hundimiento.
  • Siete más, fueron rescatados, pero murieron por las heridas recibidas.
  • Un oficial, murió posteriormente por una afección cerebral, causada por la explosión del barco…
  • De los 94 supervivientes, únicamente 19 resultaron heridos.

En enero del año 1898, el Maine fue enviado desde Cayo Hueso en el estado de Florida, a La Habana, para así proteger los intereses norteamericanos durante la guerra de la independencia cubana.

Tres semanas después, a las 21:40 del quince de febrero de 1898, hubo una explosión a bordo del acorazado Maine en el puerto de La Habana. Investigaciones posteriores revelaron que más de 5t de las cargas de pólvora de los cañones de 203 y 152 mm habían detonado, destruyendo un tercio de la parte delantera del buque.

Los restos del buque se hundieron rápidamente y quedaron en el fondo del puerto. La mayor parte de la tripulación se encontraba descansando en los dormitorios de tropa en la parte delantera del buque. Como hemos visto, 266 hombres perdieron la vida en la explosión o poco después, y otros ocho a consecuencia de sus heridas.

El capitán Sigsbee y la mayoría de los oficiales sobrevivieron a la explosión, ya que sus dormitorios estaban en la parte trasera del buque. En conjunto, hubo solo 89 supervivientes, de los que 18 eran oficiales. El veintiuno de marzo, un consejo de guerra naval en Cayo Hueso declaró que la causa de la explosión había sido una mina.

Los periódicos New York Journal y el New York World, que eran propiedad respectivamente de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, dieron al hundimiento del acorazado Maine una intensa cobertura informativa, pero usaron tácticas de prensa amarilla.

Ambos periódicos exageraron y distorsionaron la información, alcanzando a veces la fabricación de noticias cuando no había disponible ninguna, que se ajustara a su línea editorial. Durante la semana siguiente al hundimiento, el Journal dedicaba ocho páginas y media a noticias, editoriales e imágenes sobre la tragedia.

Sus editores enviaron un equipo de reporteros y artistas a la Habana, incluido Frederic Remington y Hearst anunció una recompensa de 50.000 dólares para la captura de los culpables y para la condena de los criminales, que enviaron a 266 marinos americanos a la muerte.

El New York World, aunque sin llegar a los estridentes niveles y tono del Journal, entró sin embargo, en una teatralidad similar, insistiendo continuamente en que el Maine había sido bombardeado o minado.

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Pulitzer decía en privado, que nadie fuera de un manicomio podía realmente creer que España había decidido destruir el Maine. Sin embargo, esto no detuvo al New York World en su insistencia de que la única expiación que España podía ofrecer a los Estados Unidos por la pérdida del buque y de la vida de sus marinos era la completa independencia de Cuba.

Se achacó a las autoridades españolas, que no hubieran garantizado la seguridad del puerto de La Habana. Los norteamericanos manipulados por las noticias que llegaban de la guerra en Cuba, fueron conducidos a un auténtico estado de histeria.

La destrucción del Maine no provocó la inmediata declaración de guerra a España. Sin embargo, creó una atmósfera, que prácticamente impedía una solución pacífica. La guerra comenzó en abril de 1898, dos meses después del hundimiento. Los defensores de la guerra comenzaron a utilizar el grito “¡Recordad el Maine, al infierno con España!”.

LAS DISTINTAS INVESTIGACIONES

Hubo una investigación encargada por el Gobierno de España a los oficiales navales Del Peral y De Salas. Además, se encargó investigaciones al respecto a dos tribunales de la Armada estadounidense, el presidido por Sampson en el año1898 y el presidido por Vreeland en el año 1911.

El almirante Hyman G. Rickover encargó una investigación privada en el año 1976 acerca de la explosión. Posteriormente, la National Geographic Society realizó una investigación en el año 1999, utilizando simulaciones por ordenador. Todas las investigaciones llegaron a la conclusión de que fue la explosión de los almacenes de munición de proa la causante de la explosión del buque, pero tuvieron conclusiones diferentes sobre la causa de dicha explosión.

USS Maine (ACR 1)

El Maine hundido en la bahía de la Habana

Investigación española del año 1898

La investigación estaba encabezada por Del Peral y De Salas, reunió pruebas por mediación de los oficiales de artillería naval, que examinaron los restos del Maine. Del Peral y De Salas identificaron la combustión espontánea del carbón almacenado en las carboneras, localizadas junto a los almacenes de munición del Maine, como la causa de la explosión, aunque no se descartaba la posibilidad de que otros combustibles, como pinturas o productos secantes ocasionaran la explosión.

También, se incluían las siguientes observaciones:

  • Si hubiera sido una mina la causa de la explosión, se habría observado una columna de agua.
  • El viento y las aguas se encontraban en calma, por lo cual una mina de la época no podría haber sido detonada por contacto. Solo hubiera sido posible por electricidad, pero no se encontraron cables de ningún tipo.
  • No se encontraron peces muertos en el agua, como hubiera sido de esperar tras una explosión subacuática.
  • Los almacenes de munición normalmente no explotan cuando un buque se hunde tras impactar con una mina.

La prensa estadounidense de la época no informó de las conclusiones de esta investigación.

La Investigación de Sampson del año 1898

f10El gobierno de los Estados Unidos poco después del hundimiento ordenó la constitución de una comisión de investigación de la Armada, encabezada por el capitán William T Sampson. El gobernador español de Cuba, Ramón Blanco y Erenas había propuesto en su lugar una comisión conjunta hispano-estadounidense, Esta fue rechazada por el cónsul estadounidense en la isla.

El capitán Sigsbee había escrito que: “Muchos oficiales españoles, incluidos los representantes del General Blanco, están ahora con nosotros para expresarnos sus condolencias”.

En un telegrama, el ministro de Ultramar, Segismundo Moret, había aconsejado al gobernador Ramón Blanco “recoger todos los datos posibles que puedan probar que la tragedia del Maine no puede sernos atribuida.”

La armada norteamericana siguió el protocolo y se nombró al comandante en jefe de la escuadra del Atlántico Norte para hacerlo. El comandante, elaboró una lista de oficiales jóvenes para la Comisión.

Con el tiempo, se impusieron las regulaciones de la Armada y su presidencia recayó sobre el Capitán Sampson, que tenía un rango mayor que el de Sigsbee. La comisión empezó el veintiuno de febrero del año 1998 y tomó testimonio a los supervivientes, testigos y buzos enviados a investigar el pecio.

La comisión de Sampson concluyó sus resultados con dos partes:

  • El procedimiento, que consistía principalmente de testimonios, y las conclusiones, que fueron los hechos, según lo determinado por el tribunal.
  • La conclusión, el tribunal no dejó registros de cómo había llegado a las conclusiones basadas en los testigos, que eran frecuentemente incoherentes.

f9Otra inconsistencia fue que solo hubo un testigo técnico, el comandante George Converse, de la base de torpederos de Newport en Rhode Island. El Capitán Sampson leyó al comandante Converse una situación hipotética, en la que un fuego en una carbonera hiciera entrar en ignición los almacenes de proyectiles de 152 mm, con el resultado de una explosión que hundiera el buque.

Tras efectuar la lectura, preguntó al Comandante Converse sobre la factibilidad de tal escenario. Este simplemente afirmó, sin entrar en detalles, que no podía imaginarse cómo algo así podía suceder.

La Comisión concluyó que el Maine había sido volado por una mina, la cual había causado la explosión de los almacenes de munición de proa. Llegaron a esta conclusión basándose en el hecho, de que la mayoría de los testigos declararon, que habían oído dos explosiones y que esa parte de la quilla estaba doblada hacia adentro.

El informe oficial de la comisión, que se presentó al Departamento de la Armada en Washington, Distrito de Columbia, el 21 de marzo, especificaba lo siguiente:

“En la cuaderna 18 la quilla está partida en dos, y el doble fondo está roto en un ángulo similar al formado por las planchas del fondo exterior… En opinión del Tribunal, este efecto podría tener su origen en una única explosión de una mina situada bajo el fondo en torno a la cuaderna 18, y un poco a babor del buque” (parte del 5º hallazgo de la corte).

f8“En opinión del Tribunal, el Maine fue destruido por la explosión de una mina submarina que causó la explosión parcial de dos o más de sus almacenes de munición delanteros”. (7º hallazgo de la corte).

“El Tribunal no ha podido obtener evidencia de la fijación de la responsabilidad de la destrucción del Maine a cualquier persona o personas” (8º hallazgo de la corte).

La investigación de Vreeland del año 1911

Se tomó la decisión de hacer un segundo tribunal de investigación en el año 1910. Las razones fueron la recuperación de los cuerpos de las víctimas, que podrían ser enterradas en los Estados Unidos y también un deseo de realizar una investigación más a fondo.

El hecho de que el gobierno cubano quisiera que el pecio fuera retirado del puerto de La Habana, podría haber desempeñado un papel, por lo menos la oportunidad de examinar los restos del naufragio con mayor detalle, de lo que había sido posible en el año1898, al mismo tiempo que se llevaba a cabo el requerimiento cubano.

El hecho de que esta investigación pudiera celebrarse sin el riesgo de la guerra, como había sucedido en el año 1898, hizo que hubiera una mayor objetividad de la que había sido posible anteriormente. Además, se daba el caso de que varios de los miembros de la junta del año 1910 serían ingenieros certificados, y estarían más capacitados para evaluar los resultados, que los oficiales de la Armada en el año 1898.

f7A partir de diciembre del año 1910 se construyó una ataguía alrededor de los restos del naufragio y el agua fue bombeada fuera, dejando al descubierto los restos del naufragio a finales del año 1911.

Entre el veinte de noviembre y el dos de diciembre de 1911, un tribunal de investigación encabezada por el Almirante Charles Vreeland inspeccionó los restos. Llegaron a la conclusión de que una explosión externa había provocado la explosión de los almacenes de munición.

Sin embargo, esta explosión fue más hacia la popa y de menor potencia, que la indicada por la comisión de Sampson. La comisión de Vreeland también encontró, que la flexión de la cuaderna 18 fue causado por la explosión de los almacenes de munición, no por la explosión externa.

Después de la investigación, los restos humanos localizados fueron enterrados en el Cementerio Nacional de Arlington y la parte intacta del casco del Maine fue puesta a flote y hundida ceremonialmente en alta mar el dieciséis de marzo del año 1912.

Investigación del año 1974 de Rickover

f6El almirante Hyman Richover intrigado por el desastre, comenzó una investigación privada en el año 1974. Utilizando información de las dos comisiones oficiales, periódicos, documentación oficial e información sobre la construcción y municiones del Maine, llegó a la conclusión de que la explosión no estuvo causada por una mina.

En su lugar, se especuló con la entrada en autocombustión del carbón, que se encontraba en las carboneras cercanas a los pañoles de munición como la causa más probable. Rickover publicó en el año 1976, un libro acerca de esta especulación, titulado “How the Battleship Maine Was Destroyed”.

Dana Wegner escribió “Theodore Roosevelt, the U.S. Navy and the Spanish–American War” en el año 2001, donde revisó la investigación de Rickover, ofreciendo detalles adicionales.

Según Wegner, Rickover preguntó a historiadores navales de la Agencia para el Desarrollo e Investigación de la Energía acerca del Maine tras leer un artículo del Washington Star News en el cual su autor, John M. Taylor, afirmaba que la Armada de los Estados Unidos, “hizo uso de oficiales poco capacitados técnicamente durante la investigación de la tragedia”.

Los historiadores, que entonces trabajaban con el almirante en el estudio del programa de propulsión nuclear de la US Navy, respondieron al almirante que no tenían detalles acerca del hundimiento del Maine. Rickover preguntó a los historiadores si podían investigar el hundimiento, estos, ahora intrigados por el suceso, estuvieron de acuerdo.

Se estudiaron todos los documentos pertinentes al tema. Estos, incluían los planos del buque y los informes de riesgo semanales del Maine, del año 1912, del ingeniero jefe del proyecto, William Furgueson.

Estos informes incluían numerosas fotos y anotaciones de Furgueson con los números de cuadernas y tracas de las partes correspondientes del pecio. Dos expertos en demoliciones navales y explosiones, fueron incluidos en el equipo. A partir de lo que mostraban las fotos, estos indicaron que “no había ninguna evidencia plausible de penetración desde el exterior”, y que la explosión tuvo lugar en el interior del buque.

Dana Wegner sugería, que según el estudio de Rickover, la combinación del diseño del buque, y el cambio del tipo de carbón utilizado, pudo haber facilitado la explosión del buque. Explicó que hasta la época de la construcción del Maine, se usaban mamparos comunes para separar las carboneras de los almacenes de munición, y que los buques norteamericanos, utilizaban antracita para alimentar sus calderas.

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Con el incremento de la construcción de buques de acero, la Armada de los Estados Unidos, comenzó a utilizar carbón bituminoso, que arde a una mayor temperatura, permitiendo por tanto alcanzar una mayor velocidad. Sin embargo, explicaba Wegner, mientras que la antracita no está sujeta a la autocombustión, el carbón bituminoso es considerablemente más volátil.

Ya se había informado de incendios en las carboneras de buques de la Armada antes del hundimiento del Maine, varios de los cuales estuvieron a punto de provocar explosiones. Wegner también citó, en el año 1997, el estudio de transferencia de calor, el cual concluía que un fuego en las carboneras del tipo sugerido por Rickover podría haber tenido lugar, detonando las municiones del buque.

La investigación del año 1998 por National Geographic

La National Geographic Magazine encargó, en el año 1998, un análisis a Advanced Marine Enterprises (AME). Esta investigación se realizó para conmemorar el centenario del hundimiento del Maine y se basó en modelos computerizados, una técnica que no estaba disponible en investigaciones anteriores.

Las conclusiones alcanzadas fueron que “aunque la autocombustión del carbón podría haber creado el nivel de temperatura de ignición para detonar los pañoles de munición adyacentes, esto no es probable que ocurriera en el Maine, ya que las planchas del fondo identificadas como sección 1 se habrían doblado hacia afuera, y no hacia adentro y que la suma de estos resultados, no es definitiva para probar que una mina fue la causa del hundimiento, pero sí para reforzar los argumentos a favor de esta teoría”.

Algunos expertos y varios analistas del AME, no estaban de acuerdo con esta conclusión. Wegner afirmaba que la opinión entre los integrantes del equipo de National Geographic estaba dividida entre los miembros más jóvenes que se centraban en los modelos computarizados, y los de más edad, que se basaron en su inspección de las fotos del pecio y su experiencia.

f4

Añadían que los datos utilizados por AME concernientes al diseño y almacenamiento de munición del Maine eran defectuosos.

Investigación del año 2002 de History Channel

The History Channel produjo un episodio en el año 2002, un documental titulado “Death of The USS Maine” que utilizaba fotografías, expertos navales e información de archivos para determinar las causas de la explosión.

La conclusión a la que llegaron fue que el carbón de las carboneras causó la explosión, y se identificó un punto débil en el mamparo, que separaba las carboneras de los pañoles de munición, que podría haber permitido que el fuego pasara de las carboneras a los almacenes de munición.

EL REFLOTE Y POSTERIOR HUNDIMIENTO

Durante varios años, el Maine permaneció hundido en el puerto de la Habana, aunque era evidente que en algún momento debería ser retirado. El Maine ocupaba un valioso espacio y la acumulación de sedimento en torno a su casco amenazaba con crear un banco de arena.

El nueve de mayo del año 1910, el Congreso autorizó fondos para la retirada del Maine, para el traslado de los cadáveres de su interior, se calculaba que había unos ochenta muertos y para así enterrarlos en el Cementerio Nacional de Arlington, así como para la retirada y transporte a Arlington del mástil principal. En ese momento, el Congreso no solicitó una nueva investigación.

f3El Maine entrando en La Habana

El cuerpo de ingenieros de la Armada construyó ataguías alrededor del Maine y, una vez completadas, se bombeó el agua hacia el exterior. Desde el treinta de junio del año 1911, el pecio del Maine quedó a la vista. Por delante de la cuaderna 41, el buque estaba totalmente destruido, siendo una masa de acero retorcido y corroído que no se parecía en nada a un barco. El resto del buque estaba gravemente corroído.

Los ingenieros de la Armada desmantelaron las dañadas superestructuras y cubiertas, que se echaron al mar. A mitad de camino entre la proa y la popa se construyó un tabique de hormigón y madera para sellar la parte trasera del buque. Se abrieron orificios en el fondo de la sección posterior para extraer el agua y se sellaron posteriormente con válvulas de fondo, a través de las cuales se hundiría posteriormente el buque.

El trece de febrero del año 1912, los ingenieros comenzaron a bombear agua en el interior de las ataguías. Tres días más tarde, el interior del Maine estaba a flote. Dos días después, el Maine fue remolcado. Los cadáveres hallados en su interior fueron trasladados al acorazado USS North Carolina para su repatriación.

El dieciséis de marzo, el Maine fue remolcado a cuatro millas de Cuba. Se abrieron las válvulas de fondo y fue hundido a 1.150 m de profundidad mientras el Birmingham y el North Carolina disparaban salvas de saludo.

Durante el rescate, se encontraron 66 cadáveres, de los cuales solo uno pudo ser identificado y devuelto a su pueblo natal, los otros fueron enterrados en el Cementerio Nacional de Arlington, donde permanecen enterrados 229 de sus tripulantes.

f2El tratado de paz de París obligaba a España a renunciar a sus colonias americanas y Filipinas

Monumento al Maine de Nueva York

El monumento al Maine diseñado, en el año 1913, por Harold Van Buren Magonigle fue realizado en la ciudad de Nueva York. Localizado en la esquina suroeste de Central Park en la puerta comercial del parque. El monumento consiste en una torre central con una fuente en su base y esculturas de Attilio Piccirilli a su alrededor.

Un grupo escultórico de figuras de bronce doradas encima de la torre representan a Columbia Triunfante, su carro, está formado por una concha tirado por tres hipocampos. El bronce utilizado en este grupo presuntamente provenía del metal recuperado de los cañones del Maine.

Todo demuestra que fue un accidente y nunca participaron los españoles. Sin embargo, los norteamericanos no realizaron un estudio adecuado y tenían ya la resolución prefabricada de antemano para así acusar a los españoles y ser la excusa perfecta para declarar una guerra que sabían que ganarían fácilmente y se harían dueños prácticamente de todo el Caribe.

El modelo de Cuba fue posteriormente usado por los norteamericanos en otros conflictos para así intervenir desde una posición de superioridad.


BIBLIOGRAFIA

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William Edward Burghardt  (W.E.B.) Du Bois fue uno de los intelectuales negros más importantes de la historia estadounidense. El alcance de la obra de Du Bois trascendió a nivel global y siempre buscó vincular el problema racial estadounidense con fuerzas como el imperialismo y el avance del capitalismo globalizador. Su debates y diferencias con Booker T. Washington, otros de los grandes pensadores afroamericanos del siglo XX, le colocan a la izquierda del movimiento contra lam segregación racial. Mientras Washington pregonaba a favor de la autoayuda, la solidaridad y el acomodo de los afroamericanos en un sociedad donde les lichaban, Du Bois defendió la organización y acción política,  la rebeldía. Su pensamiento y accionar le coviertieron en un referente para quienes en las décadas de 1950 y 1960 cuestionaron de forma directa la opresión de los blancos contra los negros, y exigieron la igualdad.

Comparto con mis lectores este artículo de Edward Carson profesor de la The Governor’s Academy, sobre el libro de Charisse Burden-Stelly y Gerald Horne’s W.E.B. Du Bois: A Life in American History.  


W.E.B. Du Bois, 1868-1963.

W.E.B. Du Bois: A Life in American History

In 2018, scholars celebrated the 150th anniversary of the birth of W.E.B. Du Bois via published essays, symposiums, and commemorative celebrations, such as the one held in his hometown of Great Barrington, Massachusetts—a community that once rejected the scholar due to his communist affiliation. Charisse Burden-Stelly and Gerald Horne’s W.E.B. Du Bois: A Life in American History is a timely book, addressing Du Bois’s challenges as a radical, with contemporary issues in mind. Today, terms like socialism, communism, and hash tags pronouncing Black Lives Matter are trendy among those suspicious of the police state and capitalism; however, one is reminded throughout this book of his exhaustively yet committed life devoted to socialism, democracy, and the souls of Black folks. And his work was not just confined to the Jim Crow South; the crisis of the race problem extended beyond its periphery to Du Bois’s home in New York. “It was no accident that African Americans were sited mostly in segregated neighborhoods, such as Harlem, and were subjected to harassment by often trigger-happy police officers” (131).

Amazon.com: W.E.B. Du Bois: A Life in American History (Black History  Lives) eBook: Horne, Gerald, Burden-Stelly, Charisse: Kindle StoreW.E.B. Du Bois: A Life in American History is a well-crafted compilation of primary and secondary sources. Burden-Stelly and Horne skillfully navigate the reader through twelve chapters of exquisite narratives, and ninety-five years of Du Bois’s life, using illustrative constructions of his transformation from his childhood in the Berkshires of Western Massachusetts, to his resting ground in Accra, Ghana. Along this journey, the reader is captivated by Du Bois as a global and domestic intellectual, an activist prophesying within an ever expansive radical framework. The authors persistently juxtapose the American color line to the endemic forces of global imperialism and capitalism, and how they were construed in a fashion shaped by a paradoxical Du Bois. A man who sought justice for Black Americans, but found himself rejected, particularly when it came to his regrettable endorsement of Woodrow Wilson in 1912, and again when he campaigned to support the war effort (80-81). “Du Bois had failed African Americans, who no longer trusted him and now rejected his leadership” (86). The nuance of such complexity entices the reader by examining his desire for a better world.

From the start, the reader senses Du Bois’s emotional longing for friendship during his adolescent years, when he was reminded of the color line, as a “[white] girl, a tall newcomer, refused my card—refused my peremptorily with a glance. Then it dawned upon me with a certain suddenness that I was different from the others; or like, mayhap, in heart and life, and longing, but shut out from their world by a vast veil” (3). This early dawn of race and the power of white supremacy sets the stage to further his intellectual prowess as an anti-racist—a thread referenced throughout the book. Moreover, it humanizes Du Bois as a man who often sought companionship, forcing one to empathize with the savior of a race. He is showcased as a disciplined Du Bois, one who managed an ever increasing travel, speaking, and writing schedule that seemed incomprehensible to mere mortals. The reader is reminded of the emotional toll Du Bois carried. His first wife, Nina Gomer (1896-1950), was invisible at times in the book, as she was in the life of Du Bois. As noted by Du Boisian biographer David Levering Lewis, she had “a sad record of psychosomatic debility and superego…and their relationship ended at the borders of Du Bois’s cosmic concerns.” While a great champion for the plight of women, a radical arguing for the expansion of the franchise to encompass women’s equality, such passion did not extend to his first marriage. As such, “while [Du Bois] has been criticized for his ‘masculinism,’ detractors have nonetheless acknowledged his vehement opposition to patriarchy and misogyny” (80). Unlike Nina, he found such stimulation and equality in his second wife, Shirley Graham—who helped move him further to the left (1951-1963) (170). Du Bois’s apex in marital bliss was aptly addressed as Burden-Stelly and Horne examined Du Bois distancing himself from Nina, after the death of his first born son.

His grief was exacerbated by the lynching of Sam Hose, ”[whose] mangled knuckles were on display in a store window—when he espied this ghastly sight, Du Bois could hardly contain himself” (31). However, a resilient Du Bois did not reside in self pity. The professor turned activist, feeling as though facts were not enough to challenge white supremacy and the Tuskegee Machine. Thus, what really mattered for the American Negro was political power.

NAACP | NAACP History: W.E.B. Dubois

Readers who are marginally familiar with Du Bois will find a home in the narrative of his combative rivalry with Booker T. Washington, yet such nonfiction is just a silhouette of their relationship. Burden-Stelly and Horne delve into a Faustian dual, pitting two giants against one another. Du Bois, who is depicted as the protagonist in this struggle, faced escalating odds against Washington, who engendered a northern capitalist class of insurmountable wealth and power, aided by industry and the White House of Theodore Roosevelt. Readers will quickly feel sympathy with Du Bois, and a sense of disdain toward Washington throughout this narrative; however, in an attempt to be fair to Washington, the authors balanced the complexity of this dual rivalry, and, noted that Du Bois was unaware of Washington’s double-dealing when it came to his legal support for suffrage in the Deep South, or how he funded lawyers to combat racist discrimination (37). While this was Washington incognito, the public battle centered on political power. In the end, one is drawn to a climax where the activist in Du Bois drives him to contest by organizing the NAACP. The reader escapes any notions of pedestrian storytelling, and is ushered into his life of rivalries, which extended well beyond Washington.

The portrait of Du Bois, as a pronounced intellectual framing a synthesis of analysis for the American Negro, and the darker people of the world, was captured throughout his political thought and evolution into the Communist Party USA. Starting from his sojourn to Germany, “Du Bois began attending socialist meetings in his neighborhood and took notice of their spectacular electoral rise and the wafer-thin distinctions that separated one faction in this fractious movement from another” (17). Burden-Stelly and Horne further their outline of Du Bois’s radicalism in an exemplary way, from his membership in the Socialist Party (SP) in 1911 to his evacuation of the SP in 1913, due to the exclusion of nonwhites (54).

There is a rich narrative of Du Bois’s burgeoning formulation in his radical orientation, as noted by the tension created from his teachings of Marxism while at Atlanta University. Du Bois struggled with a Republican Party that sought industry over the Negro, and a Democratic Party that placated Negroes in support of lynching. A great deal of space is devoted to him as an internationalist—organizing major conferences devoted to resolving colonialism as a globetrotter. Burden-Stelly and Horne analyze his concerns not only for the darker people of the world, but the changing dynamics regarding democracy. During his travels to Germany in 1933, he was alarmed at Germany’s xenophobia, as he notes, “there is a campaign of race prejudice carried on, openly, continuously, and determinedly against all non-Nordic races but specifically against the Jews, which surpasses in vindictive cruelty and public insult anything I have ever seen and I have seen much” (140). Such articulation draws a synthesis to the American empire of white supremacy, as Du Bois writes “[t]he Nazis made a mistake in beginning their propaganda in New York…. They should have started in Richmond or New Orleans. Hitler himself could learn a beautiful technique by visiting [the United States]” (141). Du Bois saw Stalin as a tyrant, however, followed that with “I still believe in Russia”, which provided the world the greatest revolution ever. After all, Du Bois proclaimed to be a Bolshevik.

W.E.B. Du Bois: A Life in American History provides the reader with much contextualization: a study of both the United States and world history. His motives were on stage, as he contemplated and ran for the U.S. Senate, and his fears of living out his life in a U.S. prison for treasonous acts. Burden-Stelly and Horne’s use of historical synthesis nicely fosters a pattern of development to the activist work of Malcolm X and Martin Luther King, Jr., during the civil rights movement of the 1950s and 1960s. A cautious reader will note a number of themes presented, such as the surveillance state, gender, police brutality, Black-Jewish relationship, propaganda, and Black liberation. While very little is discussed about Du Bois’s proclivities toward religion, there is enough to force the curious reader to take pause, and ask questions. I particularly enjoyed not only the primary sources and timeline of Du Bois’s life, but the clever use of sidebars in exploring a vast array of historical topics. Students and scholars will greatly enjoy this delightful read. One must compliment both Burden-Stelly and Horne for capturing Du Bois’s life in 228 pages.


Edward Carson  is the Dean of Multicultural Education at The Governor’s Academy. His research explores 20th century American race and religion. Joined by Gerald Horne and Phillip Luke Sinitiere, he is the co-editor of the book, Socialism and Democracy in W.E.B. Du Bois’s Life, Thought, and Legacy

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Tráiler de 'Da 5 Bloods', la película de Spike Lee para Netflix ...Que recuerde, no he reseñado películas en esta bitácora, pero acabo de ver una que lo amerita. Se trata del largometraje de Spike Lee  Da 5 Bloods. A través de la historia de cuatro veteranos negros que regresan a Vietnam en búsqueda de un tesoro y de los restos de un camarada, Lee enfoca de forma genial la inmoralidad de la intervención estadounidense en Indochina. Claramente enmarcada en el contexto actual de conflicto racial en Estados Unidos, esta película nos muestra, como bien señala unos de sus personajes, el impacto en cuatro veteranos -y sus allegados y familiares- de una guerra en la que pelearon en “defensa” de derechos que como afroamericanos, ellos no tenían.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima 5 de agosto de 2020

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semanario Claridad Archives - LVDSEl semanario Claridad es una publicación que este año cumple sesenta años defendiendo y promoviendo la independencia de Puerto Rico, la colonia más atigua del planeta. Durante este periodo ha enfrentado persecución política, ataques terroristas y los vaivanes socio-económicos y políticos de la sociedad puertorriqueña. La  entrega de quienes durante todos estos años han luchado por la supervivencia de este vocero de la nacionalidad puertorriqueña es encomiable.

En estos sensenta años Claridad ha sido mucho más que el vocero de una lucha política. Este semanario ha sido también un medio cultural, en donde academicos de diversas disciplinas  han  disfrutado de un espacio para compartir sus ideas. Comparto con mis lectores una corta nota titulada “1898, del otro lado“, escrita por la Dra. Dolores Aponte Ramos,  sobre el uso de la música “como recurso publicitario” durante la guerra hispano-cubano-estadounidense en 1898.


1898, del otro lado

Lola Aponte, de oficio hilandera.

Claridad

24 de julio de 2020

Nos propone Sun Tzu:  cuando se conduce a los hombres a la batalla con astucia, el impulso es como rocas redondas que se precipitan montaña abajo: ésta es la fuerza que produce la victoria.” ¿Cómo lograr el discurso que lograr mover las rocas?  ¿Quienes eran los soldados que en el 1897 fueron movidos a la guerra hispanoamericana? ¿Cómo hacerles partícipes de una ideología dominante en la cual se percibieran como salvadores en la lucha del bien versus el mal?  ¿Qué nociones del otro, del enemigo y de sí mismos los alentaba?

Esta guerra recurre a la prensa y a la música para crear el espíritu entre los soldados y ciudadanía de la necesidad de la guerra   Aquí propongo algunos textos visuales y musicales para darnos un sabor de la Guerra Hispanoamericana, conocida en los libros de historia militar de USA como “la guerra breve,”  Primero la representación de España como enemigo irracional y degradado.  Estas caricaturas ampliamente difundidas, crean “al otro” en cuanto  animalizado y brutal, asesino de los soldados el Maine, violador de la libertad.

Article Images | Origins: Current Events in Historical PerspectiveComo sabemos hacía ya décadas que latifundistas norteamericanos habían comprado enormes fincas en el Caribe hispano.  El interés por Cuba y Puerto Rico se había expresado incluso en la colaboración con los Partido Revolucionarios de ambas islas si bien fundados en New York.  Se había  materializado en el apoyo en armas a los mamvíses, ejército de guerrilla cubano organizado contra el estado español y asilo a figuras cimeras en la búsqueda de la independencia.  La imagen, sin embargo, no está dirigida hacia la intelligentsia militar, que conoce los intereses comerciales y expansionistas de esta guerra.  Esta imagen amarillista y metafórica está enfocada al lector promedio del periódico.  La auspicia el cuerpo militar, liderado por Teddy Roosevelt, para crear opinión pública.  Buscan y logran apoyo masivo a la primera guerra claramente imperialista de Estado Unidos.  Los cuerpos sangrientos, la ferocidad de contrincante, de proporciones corporales gigantescas son elocuentes en sí mismas.  Un importante grupo de jóvenes voluntariará para hacerse soldados a favor de tan justa causa. Formarán varios regimientos, voluntarios que servirán de linea de frontal de infantería.    En la imagen, Tio Sam protector de la Cuba feminina, presuntamente a punto de ser violada, mira con miedo a españoles de tez oscura que detiene su ataque mas no su gesto violento   Así la guerra se torna en una de protección de valores domésticos, un desarrollo contra la infamia antes que una búsqueda expansionista .  Los habitantes de las islas no parecen tener historia, y se nos muestran incapaces de  buscar redención propia, no parecen conocer la posibilidad siquiera de reclamar derechos, tampoco se les adjudica valores propios   Damiselas asustadizas, subyugadas ellas mismas ante su salvador  Sin duda la fantasía de dominación perfecta.  Es este la misma ideología que expresa su música.

Song sheet cover featuring Eugene Stratton in All Coons Look Alike ...

La música, como recurso publicitario,  mayormente producida alrededor de la casa de publicación Tin Pan Alley.  Entre los grandes éxitos del 1898 produjeron Yankee Doddle Dewey,  y Ma Fillipino Babe.  Esta compañía es responsable de otros top ten en el billboard de la época, tales como ˆ  All the Coons Look Alike to Me—(Todos los putos negros me parecen idénticos, traduzco temblándome el corazón)   Mientras Mark Twain se oponía a la intrusión militar como contraria al espíritu de la república, su país que había salido de su primera gran recesión estaba listo para adelantar la propuesta de intervención militar en el Caribe y cantaba a coro estas melodías.  Aquí tres fragmentos de canciones a las que siguen traducciones :  

A CALL FROM CUBA – J. R. Martin

 Rouse! Sons of Columbia, hear the cry of despair, Wrung from skeleton forms in the dreary night air;

Human forma herded there by a mandate from Spain, Without help, food or shelter, from sun, cold or rain; Age and infancy blend, no strong arm to defend, They wait in dull anguish the sorrowful end;

They’re our neighbors in Cuba; oh, hear their sad cry: “Save us, sons of Columbia, or haste, ere we die.”

Have we forfeited life because longing to be

Like your glorious union, in full liberty?

Our hearts are like lead ‘neath this load of despair,

You are brave, you are generous, hear this our prayer; By your own love of liberty, grant us the same,

Shield our homes and loved ones from the fury of Spain; Then the star spangled banner in triumph shall wave, O’er the land of the free, and the home of the brave.

We have suffered for years every outrage which Spain Could invent to insult us and fill lie with pain;

The music they love is the shriek of desviar

And the moan of lost innocence in the night air;

Oh God! hear our cry, from Thy throne up on high, Send deliverance from Spain, or permit us to die;

May the star spangled banner o’er Cuba soon wave, Blessed emblem of peace for the home of the brave.

AS WE GO MARCHING THROUGH CUBA – Wilbur Eastlake

Hark, ye freemen, to the drums that call yon to the fray. Liberty now needs her sons, the fight is on to-day; Truth and Justice will prevail and Tyranny decay

As we go marching through Cuba.

Ignorance of human rights, contempt for human kind

And neglect of Freedom’s growth hath made Earth’s rulers blind. Fling Old Glory to the breeze, ‘twill closer brave hearts bind

As we go marching through Cuba.

“REMEMBER THE MAINE” – Lilith V. Pinchbeck Hark! don’t you hear the trumpets?

The beating of the drum

And measured tread of marching feet Proclaim that war has come.

The battle cry rolls onward

As they thin the ranks from Spain— ‘T is no more “Remember the Alamo But “Remember, boys, the Maine!”


A CALL FROM CUBA – J. R. MartinDe pie, Hijos de Columbia, escuchen el grito de dolor, 

de retorcidos esqueletos en el triste aire de la noche

Manada de formas humanas reducidas por mandato de España:

sin ayuda, comida; ni cobijo del sol, el frío o la lluvia,

 infancia y vejez sufren, sin brazo que les defienda,

 esperan en angustia el triste final. 

Son nuestros vecinos, Cubanos; 

Escucha sus tristes gritos: “Sálvennos, hijos de Columbia,

aprisa,  o moriremos 

¿Débemos sacrificar nuestra vida por querer tener,

 una nación como la suya, gloriosa, llena de libertad? 

nuestros corazones son como plomo bajo esta carga de dolor

son ustedes bravos, generosos, escuchan nuestra 

!Qué su amor por la libertad nos ampare a nosotros por igual 

protejan nuestras casas y a nuestros amados de la furia de España!

Entonces, la bandera de estrellas y rayas, triunfante ondeará  

sobre la tierra del libre y el hogar del valiente. (fragmento, traducción nuestra)

AS WE GO MARCHING THROUGH CUBA – Wilbur Eastlake

Atención!!, hombre libres al tambor.  les llama al servicio de libertad que necesita de sus hijos

en la lucha de hoy, Verdad y Justicia vencerán; t tiranía caerá

Según marchamos por Cuba

huirán los gobernantes con su ignorancia por los derechos humanos, 

 su desprecio por la vida y el olvido de desarrollar la Libertad humana.

Su gloria se desvanecerá en el aire

cuando nuestros bravos corazones 

Marchen por Cuba

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