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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

Comparto con mis lectores otro artículo del Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez, miembro de la Mesa de Diálogo Martin Luther King, Jr. Según su página web, la mesa fue creada en Puerto Rico para “promover el legado de Martin Luther King, Jr., la resistencia y la acción activa no violenta y las teorías liberacionistas en la sociedad puertorriqueña como método para la abolición de todo tipo y forma de explotación, discrimen, exclusión, desigualdad y opresión y para promover la colaboración y la solidaridad.”

En esta ocasión el Reverendo Gutierrez Arroyo rescata las múltiples facetas del Martin Luther King  “invisibilizado”.

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Martin Luther King Jr. waves to supporters on the Mall in Washington, D.C., Aug. 28, 1963. AFP/GETTY IMAGES

Recobrando el King invisibilizado

Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez

Claridad  19 de abril de 2019

Las estructuras de poder nos han vendido por los pasados 50 años la figura de Martin Luther King, Jr. como la de un predicador, no de un profeta, cuyo único interés era la armonía racial. Es por esa razón que han convertido su sermón “Yo tengo un Sueño” como su discurso definitorio. Al descarnar y descontextualizar esta alocución las estructuras de poder han manipulado y suavizado la voz del profeta. Un sermón que debe entenderse desde su prédica del 1962 que se fundamenta en los tres males de la sociedad estadounidense: la pobreza, el racismo y el militarismo.

Por más de 50 años han intentado escondernos al verdadero King. Me gustaría presentarles al King que nos han negado en las celebraciones y en las investigaciones. El King que el sistema no desea que conozcamos, que es una amenaza para el sistema. Al King verdaderamente revolucionario.

En una carta que King envía a Coretta el 18 de julio de 1952 reflexiona sobre su lectura del libro “Looking Backward” de Bellamy donde afirma lo siguiente “Doy la bienvenida al libro porque gran parte de él está en línea con mis ideas básicas. Me imagino que ya sabes que soy mucho más socialista en mi teoría económica que capitalista. Y, sin embargo, no estoy tan opuesto al capitalismo al cual no he podido ver su mérito relativo. Se inició con un noble y elevado motivo, a saber, para bloquear los monopolios comerciales de los nobles, pero como la mayoría de los sistemas humanos, fue víctima de lo mismo contra lo que se estaba rebelando. Entonces hoy el capitalismo ha superado su utilidad. Ha traído un sistema que toma las necesidades de las masas para dar lujos a las clases. Entonces, creo que Bellamy tiene razón al ver el declive gradual del capitalismo “ (Carson, 1998).

El King anticapitalista

Un mes antes de ser ejecutado, en marzo del 1968, en casa de uno de su más importante colaboradores, Harry y Julie Belafonte, King le comentaba a un grupo de personas cercanas “es el sistema el problema, y nos está ahogando hasta la muerte”. A esta aseveración Andrew Young, un cercano colaborador y luego alcalde de la ciudad de Atlanta y Embajador de los Estados Unidos a las Naciones Unidas, les responde “Bueno, no sé, no es todo el sistema. Es sólo una parte y creo que lo podemos cambiar”. King responde “El problema es que vivimos en un sistema fallido. El capitalismo no permite que haya movimiento de recursos económicos. Con el sistema, un pequeño grupo de privilegiados son ricos más allá de la conciencia y casi todos los demás están condenados a la pobreza de alguna forma”. A pesar de reconocer los avances en derechos civiles, King afirma que “Lo que más me preocupa ahora es que todos los pasos que se han tomado hacia la integración, y de esos estoy convencido, es que nos estamos integrando a una casa en llamas”. King estaba claro de que el problema del racismo era un síntoma que estaba ligado al sistema económico, el capitalismo, la enfermedad. Les presento al King anticapitalista.

El reto, en nuestras luchas diarias, es no olvidar que la mayoría de los problemas, tanto sociales, políticos y económicos, que enfrentamos como país son los síntomas de una enfermedad llamada capitalismo. Es como dice el dicho “la enfermedad no esta en la sábana”. No reconocer esta cruda realidad nos lleva a poner parchos al sistema que causa profundas heridas de injusticia y opresión; parchos que no sana las heridas sino que las profundizan.

El King de la lucha de clases 

En su primera visita en febrero del 1968 en solidaridad con la huelga de los trabajadores de la basura en la ciudad de Memphis, Tennessee, King respondió, a preguntas de un periodista, que “en un sentido se podría decir que estamos enfrentados en una lucha de clases”. Sobre su perspectiva de la lucha de clase King afirmaba que “el racismo es un instrumento de la clase privilegiada, como forma de dividir la clase trabajadora dándole a los blancos un margen de ventaja económico marginal y motivar en su sicología las pretensiones de superioridad”. En el último año de su vida King regreso a la idea de la lucha de clases. Les presento al King de la lucha de clases.

King estaba claro que los síntomas del sistema (el racismo, el sexismo, la homofobia, xenofobia) son instrumentos que el sistema utiliza para mantenernos divididos e imponer su voluntad. Debemos reconocer las inequidades que el sistema crea. Debemos atender esas inequidades. King estaba claro que los síntomas del sistema no afectaban sólo a los negros sino que también tenía profundas consecuencias para los blancos. Lo importante es recordar y reconocer que el sistema usa nuestras diferencias para mantenerlos divididos y oprimidos.

El King antireformista

En otra ocasión afirmó, “por años he trabajado con la idea de reformar las instituciones existentes de la sociedad, un pequeño cambio aquí y un pequeño cambio allá. Ahora siento diferente. Yo pienso que tenemos que reconstruir la sociedad enteramente”. Les presento al King anti reformista.

King sabía que el reformismo no era una alternativa para superar el racismo y la pobreza. No podemos seguir construyendo un nuevo país en una sociedad (colonizada y capitalista) que está en llamas y que su fin se acerca. King nos advierte que el camino de la nueva sociedad no es reformar la colonia y el capitalismo. El sistema tiene que ser cambiado, transformado de raíz.

El King internacionalista

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz en el 1964 señaló lo siguiente sobre el aparthied: “Es en esta situación, en la cual a la gran masa de sudafricanos se le niega su humanidad, su dignidad, se les niega la oportunidad, se les niegan todos los derechos humanos; es en esta situación, que muchos de los más valientes y de los mejores sudafricanos sirven largos años en la cárcel, con algunos ya ejecutados; ante esta situación, en Estados Unidos y Gran Bretaña tenemos una responsabilidad única. Porque somos nosotros, a través de nuestras inversiones, a través de la incapacidad de nuestros gobiernos para actuar con decisión, los culpables de reforzar la tiranía sudafricana. Nuestra responsabilidad nos presenta una oportunidad única. Podemos unirnos en la única forma de acción no violenta que podría traer libertad y justicia a Sudáfrica, la acción que los líderes africanos han apelado, en un movimiento masivo por sanciones económicas”. Les presento al King internacionalista.

King reconocía que la explotación y el empobrecimiento en nuestros países son producto de las relaciones de injusticia y opresión con los países “desarrollados”, del imperialismo. Reconocía que el éxito de la lucha por la justicia y la libertad se fundamenta en la solidaridad internacional.

El King obrero

Estas reflexiones de King sobre el capitalismo lo llevaron acercarse al movimiento obrero. Señalaba en 1957 que “yo todavía creo que el movimiento obrero puede ser un instrumento poderoso para eliminar los demonios que enfrentamos en nuestra nación que le llamamos segregación y discriminación… con la unión de la poderosa influencia de los trabajadores y todas las personas de buena voluntad en la lucha por la libertad y la dignidad humana, puedo asegurarles que tenemos un instrumento poderoso”. En su discurso del 11 de diciembre del 1961 a la Cuarta Asamblea Constitucional de la AFL-CIO en la ciudad de Miami Beach en la Florida, King reafirmó el papel del movimiento obrero en la transformación de la sociedad capitalista. Le decía a la Asamblea que “para encontrar un gran diseño que resuelva los grandes problemas, el movimiento obrero tendrá que intervenir en la vida política de la Nación para marcar el curso que distribuya la abundancia a todos en vez de la concentración entre unos pocos”. Les presento al King obrero.

Entendía King que la unidad entre el movimiento obrero y el movimiento contra el racismo era fundamental y poderosa para derrotar los males de la sociedad y lograr su transformación. El éxito de la nueva sociedad se basa en la unidad de los sectores obreros y trabajadores con las luchas comunitarias y sectoriales. Una unidad, que King dice que es “un instrumento poderoso” de transformación.

Las estructuras de poder buscan maneras y formas, de acallar, manipular, la voz y el mensaje del profeta. Del profeta que enfrenta el poder, y sus diversas manifestaciones históricas, denunciando las acciones e inacciones que producen explotación, exclusión, empobrecimiento y muerte. El profeta que denuncia que los privilegios y comodidades de las clases en el poder son producto de relaciones de injusticia. Ese mismo profeta trae palabras de esperanza y aliento. Palabras que desean alimentar las ansias de libertad y fortalecer las prácticas de liberación.

Un estudio minucioso del ministerio y la práxis del Rev. King nos ha muestrado como encarnaba al profeta bíblico. Enfrentó; consistente, continua e insistentemente, a la sociedad estadounidense con su práctica de exclusión racial pero también con su práctica de explotación, empobrecimiento y violencia en todo el mundo. Creer que la única preocupación de King era la justicia racial es desvirtuar su mensaje y su militancia por la liberación y la justicia. Les presento al King revolucionario.

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La Public Broadcasting Service (PBS) – la red de televisión pública de los Estados Unidos- ha estrenado una nueva serie sobre el periodo posterior a la guerra civil, la llamada Reconstrucción. Presentada por el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates, Jr., Reconstruction: America After the Civil War analiza en cuatro episodios uno de los periodos claves de la historia estadounidense.

Comparto con mis lectores la descripción de la serie:

Henry Louis Gates Jr. presents a vital new four-hour documentary series on Reconstruction: America After the Civil War. The series explores the transformative years following the American Civil War, when the nation struggled to rebuild itself in the face of profound loss, massive destruction, and revolutionary social change. The twelve years that composed the post-war Reconstruction era (1865-77) witnessed a seismic shift in the meaning and makeup of our democracy, with millions of former slaves and free black people seeking out their rightful place as equal citizens under the law. Though tragically short-lived, this bold democratic experiment was, in the words of W. E. B. Du Bois, a ‘brief moment in the sun’ for African Americans, when they could advance, and achieve, education, exercise their right to vote, and run for and win public office.

Aquellos interesados en verla, pueden visitar su página web aquí.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 10 de abril de 2019

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Tras 51 años de su asesinato, Martin Luher King sigue siendo una figura cimera de la lucha contra el racismo, la desigualdad y el militarismo. Esta corta nota del Reverendo Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez, nos recuerda por qué.

KING, VIETNAM Y PUERTO RICO

Rev. Juan Ángel Gutiérrez Rodríguez

Claridad 5 de abril de 2019

Desconocemos el papel que jugó Puerto Rico en la crítica de King a la guerra de Vietnam. Es en el 1962 en su visita al Seminario Evangélico de Puerto Rico donde hace su primera crítica pública a la guerra. Debemos recordar que para ese tiempo la participación militar estadounidense en Vietnam es fundamentalmente de asesores militares y no es hasta el 1964 que se aumenta la participación militar directa en Vietnam.

El pasado 4 de abril se recuerdan 52 años de la denuncia pública del Dr. King a la guerra de Vietnam en la histórica Iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York. Para muchas personas este discurso es su sentencia de muerte. Fue ejecutado un año después en Memphis, Tennessee. Sin embargo, ya King desde el 1962, había hecho declaraciones en contra del militarismo y la guerra de Vietnam.

 Sobre esta visita nos dice el Lcdo. William Fred Santiago, en su libro “Venceremos. Recobro de Martin Luther King, Jr.; “No fue en Chicago. No fue en Riverside Church, NY. No fue frente a las Naciones Unidas. Fue en la capilla del Seminario Evangélico de Puerto Rico donde Martin Luther King denunció públicamente y rompió el silencio evangélico sobre la guerra de Vietnam. Todos los que estuvimos allí ese día recordamos la denuncia firme de King con relación a la guerra de Vietnam y también recordamos aquel debate entre un querido profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico y la firme y decidida denuncia de King a los EUA como un exportador de la violencia y la matanza de inocentes en la guerra de Vietnam…. Todavía en esa época gran parte del pueblo americano apoyaba esa guerra que King calificó como “injusta y cruel”. Después de lo dicho en Puerto Rico, su crítica sobre la guerra de Vietnam fue “in crescendo”.

El Dr. Luis Rivera Pagán, en su escrito “Martin Luther King, Jr. Una Memoria entre Praga y San Juan” nos cuenta de dicho suceso “esa plática fue una de las primeras ocasiones en que King comenzó a tejer una crítica honda y radical a las acciones militares norteamericanas en Vietnam, cuando todavía la mayor parte del pueblo estadounidense las apoyaba. Para la mayoría de quienes estuvimos presentes esa mañana en la capilla del Seminario Evangélico las palabras de King fueron una sorpresa. Esperábamos que hablase sobre la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos, de las hondas desigualdades socioeconómicas al interior de su nación y de la desobediencia civil como estrategia de resistencia y lucha. El tema eje, sin embargo, fue otro: Vietnam. Esbozó unos argumentos críticos que madurarían posteriormente en su famoso discurso del 4 de abril de 1967 en la Iglesia Riverside de Nueva York”.

 Recuerda Pagán que “cuestionado y disputado fuertemente en la sesión de preguntas y respuestas, King respondió con mucho ánimo, revelando, al menos para el oyente alerta, que en el agudo conflicto vietnamita, sus simpatías se inclinaban a la lucha de ese pueblo por su reunificación nacional y liberación de todo dominio imperial foráneo”.

 El querido profesor al que se refiere Fred Santiago es el Profesor Ángel M. Mergal. Señala Rivera Pagán en su libro “Senderos Teológicos. El pensamiento evangélico puertorriqueño” que “tras analizar la situación de los derechos civiles en los Estados Unidos y en respuesta a una pregunta del público, King criticó la intervención bélica de su nación en Vietnam. Ni corto ni perezoso, Mergal reaccionó con vigor, esgrimiendo la tesis de que al ser os comunistas unos bandidos (lawless), la guerra contra ellos era justa. No podían, en su opinión, confrontarse con medios de desobediencia civil que presuponen la existencia de una sociedad de legalidad y derecho, como la norteamericana. King, quien resultó ser un buen debatiente, con serenidad y convicción insistió en la coherencia de la no violencia para resolver conflictos nacionales e internacionales, a la vez que evadió caer en la trampa de la ideología anti comunista propia de la mentalidad de la guerra fría. El disgusto de Mergal al abandonar la capilla del Seminario era notorio”.

No es de sorprender la denuncia de King a la guerra. Desde muy temprano en su ministerio profético había esbozado su teoría de los tres males de la sociedad estadounidense: el racismo, la pobreza y el militarismo. Seis meses luego de su visita a Puerto Rico, el 8 de septiembre de 1962, King habla ante el Distrito 65 “Retail Wholesale and Department Store Union” en la cuidad de Monticello, New York, expone “los tres principales males sociales que están viviendo en nuestro mundo hoy”. Señala que estos son “el mal de la guerra, el mal de la injusticia económica y el mal de la injusticia racial”. En esa ocasión afirma lo siguiente sobre la guerra “la guerra apila nuestra nación con una deuda nacional más alta que montañas de oro. La guerra llena nuestra nación de huérfanos y viudas. La guerra envía hombres a sus hogares sicológicamente trastornados y físicamente incapacitados… La guerra es maldad, y debe existir personas en nuestra nación y en nuestro mundo, que serán parte de una minoría creativa y que desarrollarán una insatisfacción sobre todo lo que tiene que ver con la cuestión de la guerra”.

 Este hecho señala que su fuerte denuncia a la guerra de Vietnam en Puerto Rico es al menos 18 meses antes de su famoso discurso “Yo tengo un sueño” del 28 de agosto del 1963, 2 años antes de la escalada militar del ejército estadounidense del 1964 producto del ataque al destructor naval USS Maddox por el ejército de Vietnam del Norte y 5 años antes de su mensaje de denuncia pública en la Iglesia Riverside.

 Puerto Rico fue la plataforma inicial que uso King para su crítica directa a la Guerra de Vietnam.

Gutiérrez Rodríguez pertenece a la Mesa de Diálogo Martin Luther King Jr.

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El linchamiento de afroamericanos fue una práctica común de violencia racial  en Estados Unidos durante el periodo de la segregación racial. Miles de ciudadanos estadounidenses fueron torturados y asesinados de maneras brutales no sólo en el sur, sino también en otras regiones del país. Este es un tema al que le hemos dedicado espacio en esta bitácora ( Ver por ejemplo: https://norbertobarreto.blog/2019/02/05/the-history-of-american-anti-lynching-legislation/).

Los afroamericanos no fueron las únicas víctimas de este tipo de terrorismo racial. En el olvido quedaron los cientos de mexicanos que fueron linchados, especialmente, en los estados del llamado Oeste (Texas, Nuevo México y Arizona).

Esta corta reseña escrita por Matthew Wills y publicada en el JSTOR Daily , enfoca un artículo sobre este tema de los historiadores William D. Carrigan and Clive Webb, publicado en el Journal of Social History en el año 2003. Según Mills, Carrigan y Webb documentaron 597 linchamientos de mexicanos entre 1848 y 1928.

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The plague of lynchings of Mexican-Americans in the American West has long been excluded from history books. For the Journal of Social History, historians William D. Carrigan and Clive Webb analyzed hundreds of such extrajudicial killings that occurred between 1848 and 1928. They write:

Although widely recognized in the Mexican community on both sides of the border, and among some scholars, the story of mob violence against Mexicans remains relatively unknown to the wider public.

Defining lynching as “a retributive act of murder for which those responsible claim to be serving the interests of justice, tradition, or community good,” Carrigan and Webb catalogued 597 lynchings of persons of Mexican origin or descent in the United States. They stress that this is a conservative estimate. “It is obviously true that no amount of historical research will ever reveal every single lynching victim—no matter their race and ethnicity—that is anywhere near the actual number of victims.”

The locations of most of these cases were Texas (282), California (188), Arizona (59), and New Mexico (49). Breaking down the incidents, Carrigan and Webb found that the years between 1848-1879 had the astonishing lynching rate of 473 per 100,000 people. This was during the aftermath of the Mexican-American War, when a large part of Mexico was annexed and colonized by the U.S. Carrigan and Webb call this period one of “unparalleled danger from mob violence” for people of Mexican ancestry.

By the turn of the twentieth century, the rate had reduced to 27.4 lynching victims per 100,000. As a matter of comparison, in the same period rates of lynching for African Americans in the South varied from North Carolina’s 11 per 100,000 to Alabama’s 32.4 per 100,000.

As in the South, the West’s lynchings also included the “active collusion of law officers themselves.” The legal system also failed to sanction those who lynched. “For decades lynch mobs terrorized persons of Mexican origin or descent without reprisal from the wider community,” Carrigan and Webb write, noting that “most systemic abuse of legal authority was by the Texas Rangers. Their brutal repression of the Mexican population was tantamount to state-sanctioned terrorism.”

Texas had been carved out of Mexico by pro-slavery forces who would go on to enshrine white supremacy in their state constitution. “Well into the twentieth century,” write Carrigan and Webb about Texas, “the majority white culture continued to utilize extra-legal violence against Mexicans as a means of asserting its sovereignty over the region.” Lynching in Texas and elsewhere in the West was “one of the mechanisms by which Anglos consolidated their colonial control of the American West.”

The “primacy of racial prejudice” as motivation for lynching was underlined by the ritualized torture of victims, who were shot, burned, and mutilated before and after hanging. Anglos were also victims of lynch mobs, of course, but without the ceremony and public spectacle. The violence done to bodies of Mexican ancestry victims was “a symbolic message contained in the mob’s assertion of Anglo sovereignty.” Multiple lynchings were also unusually common. In 1877, for instance, the murder of a white man was “avenged” by the random slaughter of as many as forty people in Nueces County, Texas.

Carrigan and Webb date the last lynching of a person of Mexican origin to 1928. They attribute the ending of this social practice to constant pressure from Mexico forcing the U.S. government to take action. In one notorious 1911 case, the burning alive of a Mexican national by a Texas mob sparked riots outside the U.S. Embassy in Mexico City and  led to a boycott of U.S. goods. A burgeoning Mexican-American civil rights movement and the nation-wide campaign against mob violence helped diminish the dominant culture’s acceptance of mob-led racist terrorism.

Journal of Social History, Vol. 37, No. 2 (Winter, 2003), pp. 411-438
Oxford University Press

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Throughline es un nuevo podcast de la  National Public Radio (NPR) cuyo contenido podría ser de interés para los lectores de esta bitácora. Conducido por Ramtin Arablouei y Rund Abdelfatah, Throughline está dedicado a un análisis histórico que busca rescatar los temas que no se incluyen en los libros de textos, o en los discursos oficiales o dominantes.  A sus creadores les interesa dar contexto histórico a las noticias y discusiones públicas.

En el aire desde el 7 de febrero de este año, Throughline contiene sólo cinco episodios. El primero de ellos titulado How The CIA Overthrew Iran’s Democracy In 4 Days, analiza   el papel que jugó la CIA en el derrocamiento del Primer ministro Iraní Mohammad Mossadegh en 1953. El segundo episodio –On The Shoulders Of Giants–  analiza la historia de las protestas de los deportistas afroamericanos contra el racismo y la violencia racial. El tercer episodio (The Forgotten War) analiza el significado de la guerra de Corea en las relaciones de Estados Unidos con el régimen norcoreano. El cuarto episodio titulado High Crimes And Misdemeanors, examina el primer juicio de residenciamiento a un presidente estadounidense. El quinto y hasta ahora último episodio (American Shadows) enfoca de forma magistral el papel que las teorías de conspiraciones han jugado en la historia estadounidense desde el periodo colonial.

Todos aquellos interesados en la historia estadounidense – y la lucha contra las fake news y la manipulación de la historia- encontrarán útil e interesante este podcast.

Norberto Barreto Velazquez

Lima, Perú

 

 

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En este, el mes en que los estadounidenses celebran la herencia afro-americana, comparto con mis lectores este interesante escrito sobre el tema de la legislación que buscó frenar los linchamientos en Estados Unidos. Los linchamientos fueron parte de la violencia racial de la que fueron víctimas las minorías estadounidenses, especialmente, los afroamericanos. Casi 5,000 personas fueron linchadas en Estados Unidos entre 1882 y 1951, de los cuales dos terceras partes fueron ciudadanos negros.


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The History of American Anti-Lynching Legislation

We’re History   February 5, 2019

Onn October 26, 1921, President Warren G. Harding traveled to Birmingham, Alabama to participate in the city’s fiftieth anniversary celebration.  The Republican Harding, just seven months into his first term, was immensely popular.  But the speech he gave that day was soon condemned by the Birmingham Post as an “untimely and ill-considered intrusion into a question of which he evidently knows very little.”

What did Harding say that so offended the local newspaper?  After marveling at Birmingham’s industrial development, the President broached the subject of race relations.  Harding reminded the audience that black Americans had served just as honorably as whites in the recently completed world war, stating that their service brought many African Americans their “first real conception of citizenship – the first full realization that the flag was their flag, to fight for, to be protected by them, and also to protect them.”  He went on to condemn the lynching of black men and women and told the citizens of Birmingham that their future could be even brighter if they had “the courage to be right.”

Harding was not the first politician to claim to oppose lynching, and he would not be the last.  According to Tuskegee Institute statistics, over 4,700 Americans—two-thirds of them African American—were the victims of lynching between 1882 and 1951.  Lynching was a favorite tool of the Ku Klux Klan and other hate groups in the years after the Civil War, terrorizing black communities out of political activism and into silence for fear of their lives.  For decades, white southerners used lynching, Jim Crow laws, and voter suppression to maintain white supremacy and Democratic Party rule. After World War I, increased European immigration, fears of communism, and the Great Migration of African Americans from the South to major industrial cities in the North and Midwest led to increased instances of lynching.

Between 1882 and 1968, nearly 200 anti-lynching bills were introduced in Congress, and seven U.S. presidents between 1890 and 1952 asked Congress to pass a federal anti-lynching law.  Probably the most famous anti-lynching proposal was the Dyer Anti-Lynching Bill, first introduced in the U.S. House of Representatives by Missouri Republican Leonidas C. Dyer on April 8, 1918.  Dyer, known as a progressive reformer, came from St. Louis, where in 1917 white ethnic mobs had attacked blacks in race riots over strikebreaking and competition for jobs.  His proposed legislation made lynching a federal felony and gave the U.S. government the power to prosecute those accused of lynching.  It called for a maximum of five years in prison, a $5,000 fine, or both for any state or city official who had the power to protect someone from lynching but failed to do so or who had the power to prosecute accused lynchers but did not; a minimum of five years in prison for anyone who participated in a lynching; and a $10,000 fine on the county in which a lynching took place.  Those funds would be turned over to the victim’s family.  The Dyer bill also permitted the prosecution of law enforcement officials who failed to equally protect all citizens.

White southern Democrats in Congress opposed Dyer’s bill, and it went nowhere in 1918.  The next year, the National Association for the Advancement of Colored People (NAACP) published a report that disproved the claim that most lynchings were of black men accused of attacking white women.  In fact, the report stated, less than one-sixth of the 2,500 African Americans lynched between 1889 and 1918 had been accused of rape.  Dyer, who represented a district with a large black constituency and was horrified by both the violence and disregard for the law inherent in lynching, determined to keep pressing his anti-lynching bill.  In 1920, the Republican Party included a brief endorsement of anti-lynching legislation (though not Dyer’s specifically) in the platform on which Warren G. Harding was elected:  “We urge Congress to consider the most effective means to end lynching in this country which continues to be a terrible blot on our American civilization.”

Dyer unsuccessfully re-introduced the bill in 1920, but it got a boost in late 1921 when Harding endorsed it in his Birmingham speech.  Harding went to Birmingham just four months after the May 31-June 1 racial violence in Tulsa, Oklahoma, which saw white mobs attack black residents and business and led to the deaths of nearly forty African Americans.  On January 26, 1922, the U.S. House of Representatives successfully passed the Dyer bill, sending it to the Senate.  But it failed in the Senate as southerners filibustered it, arguing that that blacks were disproportionately responsible for crime and out-of-wedlock births and required more welfare and social assistance than other minority groups.  In other words, stronger social controls—like lynching—were necessary to keep African Americans in line.  Dyer introduced his bill before Congress in 1923 and again in 1924, but southerners continued to block it.

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The Costigan-Wagner Bill of 1934 was the next major piece of anti-lynching legislation put before the U.S. Congress.  It was co-sponsored by Senators Edward P. Costigan of Colorado and Robert F. Wagner of New York—both Democrats.  President Franklin D. Roosevelt, also a Democrat, was hesitant to support this bill, primarily due to the provision it included that allowed for punishment of sheriffs who failed to protect prisoners from lynch mobs.  While FDR certainly opposed lynching, he worried that supporting the Costigan-Wagner Bill would cost him white southern support in his 1936 reelection campaign.  Ultimately, it did not matter much: southern senators blocked the bill’s passage, and Roosevelt cruised to an easy re-election, defeating Kansas Governor Alf Landon by over eleven million popular votes and an Electoral College count of 523 to 8.

Other anti-lynching bills came and went through the years, but none ever passed Congress and went to a president’s desk.  Even as we enter the second decade of the twenty-first century, Congress has still never passed an anti-lynching law.

In June 2018, nearly a year after the August 2017 racial violence in Charlottesville, Virginia, the three current African American members of the United States Senate introduced a bill to make lynching a federal crime.  Senators Kamala Harris (D-Calif.), Cory Booker (D-N.J.), and Tim Scott (R-S.C.) drafted the bipartisan legislation that defines lynching as “the willful act of murder by a collection of people assembled with the intention of committing an act of violence upon any person.”  The senators call their bill the Justice for Victims of Lynching Act of 2018.  “For over a century,” said Senator Booker, “members of Congress have attempted to pass some version of a bill that would recognize lynching for what it is: a bias-motivated act of terror… we have righted that wrong and taken corrective action that recognizes this stain on our country’s history.”  The bill unanimously passed the U.S. Senate on December 19, 2018.  It still requires passage by the House of Representatives and a presidential signature to become law.

Though not fondly remembered by historians because of his weakness and corruption, President Warren G. Harding deserves credit for calling out the crime of lynching nearly a century ago.  Criticized as a small-town, backward-looking Midwesterner who longed for the easy days of his childhood, it turns out that at least on the issue of racial violence Harding was ahead of his time.

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Hamilton y la tergiversación histórica

Carlos Borrero

80 Grados     25 de enero de 2019

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No puede pasar desapercibido por la gente que Alexander Hamilton, el héroe del musical epónimo de Lin Manuel Miranda, defendía los mismos intereses económicos que hoy exigen para su propio enriquecimiento la imposición de penurias sobre las masas trabajadoras en general, y las de Puerto Rico en particular. La Rebelión del Whisky nos ofrece uno de los ejemplos más destacados de la ardiente defensa que hacía Hamilton de los ricos y poderosos. A pesar de su muy documentado papel activo para suprimir aquella rebelión contributiva la cual sacudió la frontera occidental de los recién formados Estados Unidos a principios de la década de los 1790, particularmente en el oeste de Pennsylvania, ese aspecto de Hamilton, el hombre, al igual que otras facetas similares se omiten de la obra de Miranda. La Rebelión del Whisky, un incidente transcendental en la temprana historia de EEUU, enfrentó los intereses de los pequeños granjeros contra los grandes monopolios destiladores de la costa este además de aquellos de los pobres endeudados contra los ricos acreedores.

El arbitrio sobre el whisky en 1791, el primer impuesto doméstico en EEUU, no sólo fue diseñado para favorecer a los intereses comerciales grandes por encima de aquellos de los pequeños propietarios –una política deliberada de concentración dentro de la industria destiladora– sino también impuso gran parte de la carga de la deuda que se había acumulado para sufragar la guerra independentista estadounidense sobre los granjeros pobres. Significativamente, Hamilton también exigía el pago a precio completo de los bonos de guerras adquiridos por inversionistas ricos de los veteranos de guerra endeudados a grandes descuentos, en algunos casos a 10 centavos el dólar.

Es en este sentido que la Rebelión del Whisky sólo puede entenderse como una continuación del descontento general entre las masas trabajadoras, particularmente las del campo, que estalló primero en la insurrección dirigida por Shays en el oeste de Massachusetts unos años antes y luego continuó con la rebelión de Fries unos años después.

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Hamilton, el hombre, no sólo fue uno de los arquitectos de las políticas a favor de la clase dominante, a la que éste se integró mediante su matrimonio con una de las hijas de la familia Schuyler, una de las dinastías más pudientes de la época, sino que también fue un participante y beneficiario directo de la actividad especulativa y saqueadora de la emergente oligarquía comercial y bancaria estadounidense. Por ejemplo, como asesor legal de la familia Schuyler, Hamilton facilitó unos acuerdos de negocio turbios entre sus suegros y la Holland Land Company que resultaron en el despojo fraudulento de terrenos de los Séneca en el estado de Nueva York. Estos terrenos fueron vitales para la construcción de canales y otros intereses de sus suegros. Aún más interesantes a este respecto fueron los esfuerzos legislativos del gran “patriota” Hamilton a nombre de intereses extranjeros –la Holland Land Company era holandés– que estaban prohibidos de ciertos negocios en el estado de Nueva York antes de su intervención directa.

¿Y qué hay de la supuesta historia ‘rags-to-riches’ de un inmigrante que Miranda nos pinta en su musical? En términos técnicos, Hamilton era un migrante interno de una colonia a otra dentro del mismo imperio cuando se trasladó a la ciudad de Nueva York desde la Isla Nieves a finales de 1772. Aunque es cierto que tuvo que superar obstáculos en su vida, la idea de que Hamilton era ‘pobre’ dista mucho de la verdad histórica. En realidad, sus vínculos con el sector comercial (importaciones y exportaciones) desde sus años de adolescencia en el Caribe lo posicionaron sólidamente dentro de la capa intermediaria de la sociedad colonial. Precisamente por eso pudo no sólo codear con importantes sectores comerciales y políticos una vez llegó al norte, sino también integrarse dentro de éstos, aunque con trabajo duro y determinación. En cualquier caso, la propia experiencia vivida de Hamilton no fue de ninguna manera un impedimento para el tipo de chovinismo nacional que éste adoptó hacia los demás, particularmente durante sus últimos años de vida política activa, ya sea en la forma de epítetos antiinmigrantes que lanzaba contra sus opositores políticos o su ferviente apoyo a los Actos de Extranjería y Sedición bajo la presidencia de Adams.

Tampoco es creíble su supuesto abolicionismo, el cual Miranda opone a la hipocresía del esclavista Jefferson. En primer lugar, la familia de su esposa poseían esclavos, hecho que no parece haberle molestado a Hamilton. (Algunos historiadores lo acusan de haber alquilado esclavos de vez en cuando; práctica muy común para la época.) Además de esto, sus relaciones comerciales se daban frecuentemente con dueños de esclavos y otros intereses vinculados a la trata humana.

En el análisis final, Hamilton no sólo ascendió a los círculos de poder económico y político dentro del joven EEUU, fue un ideólogo importante de la emergente burguesía norteamericana quien articulaba sin titubeos su actitud ante la gente trabajadora de la época. Una lectura seria de El Federalista revela, además del grado de sus tendencias antidemocráticas, el desdén que sentía por las masas – fueran blancos, negros o indígenas.

El musical de Miranda se basa principalmente en una biografía sobre Hamilton de 2005 escrita por Ron Chernow, quien también trabajó como asesor para la obra teatral. La versión acrítica y ‘saneada’ de la vida de Hamilton que nos presenta Miranda, separa al individuo de las fuerzas sociales contradictorias de su época histórica. Independientemente de la posición de uno respecto a los dotes artísticos de Miranda –pienso que el hombre es sumamente talentoso– su obra no reta para nada el orden social actual no importa cuánto le fascina a uno la cuestión de raza o ver a gente de color representar a figuras históricas blancas. La cuestión racial que permea el musical, en realidad, refleja los deseos de una capa social privilegiada, de la cual Miranda forma parte, compuesta por personas históricamente excluidas de las altas esferas del poder dentro de las salas de juntas corporativas, además de las instituciones sociales, culturales y educativas, debido en gran parte a su identidad racial, étnica o género. El musical de Miranda de ninguna manera busca llamar para un cambio profundo al orden actual. Más bien representa un llamado para mayor diversidad dentro de las capas superiores del orden existente.

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Como han destacado muchos comentaristas en la colonia y la metrópoli, Miranda apoyó a la ley Promesa la cual dio sanción legal a la imposición directa de una dictadura financiera sobre su ‘amado’ Puerto Rico. Como tal, no debería sorprender que tanto los liberales como sectores de la derecha le hayan elogiado por su interpretación de Hamilton o que entidades como The Rockerfeller Foundation o el Gilder Lehrman Institute inviertan millones de dólares para subsidiar el espectáculo y crear currículos para estudiantes de escuela pública en la ciudad de Nueva York. ¿Qué mejor manera para la clase dominante promover sus valores e ideología, particularmente a la juventud pobre de clase trabajadora en tiempos de creciente desigualdad social, que a través de un espectáculo moderno de historia biográfica saneada, pintada a multicolores, y puesta al son del rap?

El musical llega ahora a Puerto Rico, donde en medio de una prolongada crisis económica y crecientes tensiones sociales, y a pesar de las garantías ofrecidas por la HEEND, ha desatado una controversia luego de la decisión de trasladarlo de la UPR al Centro de Bellas Artes en Santurce. La postura asumida por la HEEND de suspender sus protestas en aras del espectáculo, incluso cuando los medios de vida de sus miembros están bajo el ataque directo de la administración universitaria en cumplimiento con los dictados de la oligarquía financiera que ésta le sirve, representó un acto de magnanimidad; el reconocimiento del ‘derecho a la cultura’ tanto del estudiantado como de la gente en general. La oligarquía financiera nunca ha sentido una obligación similar de ser magnánima con los pobres. Los HEEND no deben pedir disculpas por la continuación de sus protestas y menos aún a aquellos que defienden, directa o tácitamente, los intereses de los que saquean el país. Su lucha es más que legítima y debe ampliarse para incluir a otros sectores laborales y los estudiantes.

La decisión de los productores del espectáculo, y los intereses financieros de los que éstos dependen, de trasladarlo no fue más que otra expresión del desdén capitalista por la gente humilde. A pesar de sus intentos de explicar la decisión, Miranda, independientemente de sus sentimientos subjetivos, se encuentra atrapado en el medio. Es la misma posición en que se encontraba cuando no pudo articular una posición de principios con respecto a la imposición de una dictadura financiera sobre su ‘amado’ Puerto Rico. En el análisis final, es una posición que sólo refleja su incapacidad de trascender la perspectiva contradictoria de su clase. Tal es el dilema del pequeño burgués que expresa ideas nobles con sus palabras mientras se aferra a las ventajas materiales colgadas delante de él por sus amos capitalistas de hecho.

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