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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

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REDEN (Revista Española de Estudios Norteamericanos)

Año 2020. Volumen 2.

Convocatoria 2020: Abierta

Revista Española de Estudios Norteamericanos (REDEN) se trata de una publicación en inglés y de revisión por pares que se indexará en las páginas de impacto con objeto de convertirse en una revista de referencia en el ámbito de los Estudios Norteamericanos.

Con este fin, se abre la convocatoria de recepción de artículos para aquellos investigadores séniores que estén interesados en publicar sobre temas relacionados con las Ciencias Sociales y las Humanidades; en áreas de conocimiento como la historia, el pensamiento, la política, la economía, la sociología, las artes, la educación, la literatura o la lingüística. Asimismo, también son bienvenidos Trabajos de Fin de Máster de jóvenes investigadores que podrían ser incluidos dentro de estas dos secciones tras evaluación.

Antes de someter su artículo a evaluación asegúrese de que cumple las normas de publicación del Instituto Franklin-UAH que encontrará en esta página.

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V5La década de 1970 fue un periodo muy duro para el pueblo estadounidense. Divididos por una guerra lejana, los estadounidenses eligieron a un nuevo presidente, Richard M. Nixon, que prometió acabar con la participación de su país en la guerra de Vietnam y lo hizo, pero que también violó la ley y abusó de su poder, comprometiendo la imagen y la confianza del gobierno de los Estados Unidos. Tras miles de muertos y miles de millones de dólares invertidos, los últimos estadounidenses fueron expulsados de Vietnam en 1975. Esta derrota –la primera en la historia de Estados Unidos– sumió al país en un periodo de indecisión y duda. Para complicar las cosas, los gastos de la guerra, unidos al aumento en los costos de la energía, llevaron a la nación a una profunda crisis. Todo ello llevó a muchos a pensar que la decadencia del poderío y riqueza de los Estados Unidos era algo inevitable.

Nixon y Vietnam

            Al llegar a la Casa Blanca, Nixon buscó acabar la guerra ampliándola, es decir, aumentando su alcance y su intensidad para presionar a Vietnam del Norte. Pronto el Presidente entendió que eso no era lo que el pueblo estadounidense quería y cambió de estrategia, proponiéndoles a los norvietnamitas una retirada simultánea de tropas de Vietnam del Sur. Para convencer a Hanoi, Nixon ordenó el bombardeo secreto y clandestino de Camboya, un país  vecino y neutral por cuyo territorio los norvietnamitas enviaban y suministros y tropas a Vietnam del Sur.

Nixon también inició la llamada vietnamización de la guerra, es decir, el retiro gradual de tropas estadounidenses y el incremento de la participación de soldados survietnamitas en el conflicto. Esta nueva política no acalló las voces de los opositores de la guerra, que en 1969 llevaron a cabo manifestaciones masivas, como una marcha en Washington que reunió a medio millón de personas. Para complementar la ofensiva aérea en Camboya, Nixon ordenó la invasión –también secreta– de ese país. El Presidente quería destruir las rutas y bases de aprovisionamiento de los norvietnamitas, pero en el proceso lo que logró fue desestabilizar a Camboya, lo que permitirá que los Jemeres Rojos  (“Khmer Rouge”), una guerrilla maoísta, tomase el control  del gobierno camboyano. Bajo el liderado de un dictador despiadado llamado Pol Pot,  los Jemeres cometerán un terrible genocidio contra el pueblo camboyano.

En 1970, el periódico The New York Times hizo públicas las acciones encubiertas del gobierno estadounidense en Camboya, desatando una ola de indignación y rabia entre los opositores de la guerra. En varias universidades del país se llevaron a cabo huelgas y protestas. El 4 de mayo, la Guardia Nacional abrió fuego contra una muchedumbre de estudiantes en Kent State University (Cleveland), matando a cuatro personas.  El 14 de mayo dos estudiantes negros del Jackson State College en Misisipi murieron en un enfrentamiento con la policía y la Guardia Nacional. Ambos incidentes provocaron una serie de huelgas y cierres de universidades a lo largo de todo el país. Más de 450 universidades cerraron sus puertas y hubo problemas en cerca del 80% de los campus universitarios.  Curiosamente, una encuesta realizada para esta fecha reveló que a la mayoría de los estadounidenses les preocupaba más los disturbios en las universidades que la guerra en Indochina. Otra muestra del conservadurismo que imperaba en amplios sectores de la sociedad estadounidense.

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Kent State University , mayo 1970

A pesar de la apatía de la mayoría de los estadounidenses, la insatisfacción con la guerra siguió aumentando. La invasión de Camboya cayó muy mal entre algunos miembros de Congreso. En junio de 1970, el Senado votó a favor de repeler la Resolución del Golfo de Tonkín y de cortar los fondos de las operaciones militares en Camboya. Entre  los soldados también se manifestó el malestar contra la guerra, pues aumentó el número de deserciones.

Para complicarles las cosas a la administración Nixon, en 1971 salieron a las luz pública las atrocidades cometidas por un grupo de soldados dirigidos por el Teniente William L. Calley.  Aparentemente siguiendo órdenes de sus superiores, Calley  y los soldados bajo sus órdenes asesinaron, en marzo de 1968,  a 350 civiles vietnamitas en la villa de My Lai.  Gracias al trabajo investigativo del periodista Seymour Hersh, la historia de la masare de My Lai fue publicada por el New York Times en noviembre de 1969.  Calley fue acusado de asesinato y  sometido a una corte marcial en 1971, que le encontró culpable y le condenó a cadena perpetua. Considerado por unos como un héroe y por otros como un criminal de guerra, Calley sólo cumplió tres años de arresto domiciliario.

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Masacre de My Lai

Tras los incidentes de mayo de 1970, las protestas contra la guerra comenzaron a perder fuerza por varias razones. El movimiento sufrió divisiones internas que le debilitaron. Agencias federales como el FBI y la CIA infiltraron y desactivaron los grupos más radicales de la lucha contra la guerra. El programa de vietnamización redujo de forma dramática el número de soldados estadounidenses en Vietnam. De igual forma, Nixon prometió acabar con el reclutamiento forzoso para el 1973 y convertir así al ejército en una fuerza de voluntarios, lo que le quito un importante argumento a los opositores de la guerra, debilitando aún más al movimiento en las universidades.

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Protesta estudiantes de la Universidad de Columbia. Crédito: Patrick A. Burns/The New York Times

Mientras se protestaba en los Estados Unidos, el Secretario de Estado Henry Kissinger llevaba a cabo negociaciones con representantes de Vietnam del Norte. En 1972, estadounidenses y norvietnamitas firmaron un tratado que permitió la retirada de los Estados Unidos del conflicto vietnamita. Nixon había  cumplido su promesa de poner fin a la guerra de Vietnam. Sin embargo, la salida estadounidense no acabó con el conflicto entre Vietnam del Norte y del Sur. En 1975, Vietnam del Sur terminó siendo derrotado y con ello finalizaron más de treinta años de guerra en esa parte de la península indochina.

El legado de la guerra de Vietnam

            El conflicto vietnamita es, después de Afganistán, la guerra más larga en la historia de  los Estados Unidos. Entre 1961 y 1973, millones de estadounidenses pelearon en las selvas indochinas para frenar lo que sus líderes vieron como una agresión comunista. Unos 58,000 estadounidenses murieron y otros 300,000 resultaron heridos. Aún aquellos que regresaron sin heridas físicas sufrieron severos traumas psiquiátricos y psicológicos.

Para los veteranos de Vietnam no hubo paradas ni recibimientos de héroes, sino rechazo por haber participado en la guerra más impopular en la historia estadounidense. Víctimas del estrés postraumático, su reinserción social fue muy dura. Los veteranos enfrentaron problemas con las drogas y el alcohol, problemas familiares (divorcios) y problemas económicos (desempleo). Muchos de ellos recurrieron al suicidio como salida.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Para los indochinos, la guerra fue una gran tragedia. Se calcula que 1.5 millones de vietnamitas murieron. La infraestructura física y económica de la región fue devastada por la guerra. Países vecinos como Laos y Camboya también sufrieron las terribles consecuencias del conflicto. El caso camboyano es particularmente trágico porque allí los Jemeres Rojos mataron, entre 1975 y 1979, a 2 millones de sus compatriotas en una campaña genocida. Además, la guerra produjo unos 10 millones de refugiados y una buena parte de ellos emigraron a los Estados Unidos.

V3La derrota en Vietnam afectó la visión que tenían los Estados Unidos de sí mismos, pues les obligó a reconocer los límites de su poder. El país entró en lo que ha sido denominado como el síndrome de Vietnam, es decir, una menor propensión hacia las intervenciones militares en segundos y terceros países. En 1973, fue aprobada la Ley de Poderes de Guerra, obligando al Presidente a informarle al Congreso cualquier uso de la fuerza en las primeras cuarenta y ocho horas de haber ocurrido. De no haber una declaración de guerra, las hostilidades sólo pueden durar sesenta días.

La guerra afectó duramente a la economía estadounidense. Con un costo total de $150 mil millones; el conflicto consumió importantes recursos económicos que pudieron haber sido usados para enfrentar los problemas domésticos de la nación. La gran víctima de la guerra fueron los programas sociales de la Gran Sociedad del Presidente Johnson, cuyos fondos fueron severamente afectados por los gastos militares asociados al conflicto. Además, la guerra aumentó el déficit del gobierno federal y la inflación.

A nivel político, la guerra acabó con el consenso liberal desarrollado en la posguerra. Millones de estadounidenses cuestionaron la política exterior de su país y los discursos a favor de la guerra fría. Una de las grandes víctimas de la guerra de Vietnam fue la confianza que tenían millones de estadounidenses en su gobierno.  Las mentiras, las manipulaciones y los escándalos asociados a la guerra produjeron la desconfianza entre millones de ellos.  El cinismo creció y el descrédito de los liberales fortaleció a los conservadores.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 7 de octubre de 2019

 

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La guerra de Vietnam  marcó la historia de los Estados Unidos. Por casi diez años los estadounidenses pelearon en las junglas vietnamitas contra lo que consideraban una muestra del peligro del expansionismo comunista liderado por la Unión Soviética. Esta guerra tuvo serias consecuencias para los Estados Unidos, pues dividió profundamente la sociedad estadounidense. La oposición a la guerra fue severa y provocó brotes de violencia, sobre todo, en las universidades.

38e06199610ac078f5e08b2e8ca7cdc2En la segunda mitad del siglo XIX, los franceses establecieron su control sobre una vasta zona al sur de China que denominaron Indochina Francesa. La actual república vietnamita formó parte de esa colonia hasta que en la década de 1940 los nacionalistas indochinos aprovecharon el vacío de poder generado por la guerra mundial para declarar su independencia. Una vez finalizada la guerra, los franceses pretendieron retomar el control de su antigua colonia asiática, provocando una sangrienta guerra.   Los vietnamitas lograron derrotar a los franceses en 1954, pero vieron cómo la guerra fría determinaba el futuro de su país. En una conferencia de paz celebrada en Ginebra en julio de 1954, se decidió dividir   a Vietnam en dos hasta la celebración de un referéndum en 1957 para que  los vietnamitas decidirían si se mantenía tal división. Al norte existía un gobierno socialista aliado de la Unión Soviética y al sur se organizó un gobierno anti-comunista aliado y apoyado por los Estados Unidos. El referéndum nunca fue celebrado y Vietnam se convirtió así en un escenario importante de la guerra fría. En el sur surgió el Frente de Liberación Nacional (FLN) o Vietcong, un movimiento político-militar apoyado por el norte que buscaba la reunificación. El inicio de una guerra civil fue cosa de tiempo. Tanto soviéticos como estadounidenses apoyaron a sus respectivos aliados con armas y dinero. Sin embargo, el compromiso estadounidense fue mucho más profundo que el de los soviéticos, pues miles de soldados estadounidenses fueron enviados a pelear a Vietnam.  Las autoridades estadounidenses –Republicanos y Demócratas por igual– decidieron convertir su apoyo a Vietnam de Sur en una muestra del compromiso y la voluntad de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Para ellos, el prestigio y la credibilidad de los Estados Unidos estaban a prueba en Vietnam y, por lo tanto, era inevitable que los estadounidenses aceptaran el reto. Además, estaban convencidos de su superioridad moral y militar, y no contemplaron la posibilidad de un derrota

JFK

Kennedy y Vietnam

John F. Kennedy dio gran a importancia al Sudeste Asiático, pues decidió enfrentar lo que él interpretaba como la expansión comunista en la región. De ahí que ordenara envíos masivos de armas y aumentara el número de soldados estadounidenses en la región. Unos 7,000 soldados estadounidenses estaban destacados en Vietnam al comienzo de su presidencia. Tres años más tarde, ese número había crecido a 60,000 soldados. ¿Por qué JFK aumentó el compromiso estadounidense en Vietnam? Por varias  razones. Primero, su deseo de mantener una postura fuerte ante la expansión comunista. JFK veía al comunismo internacional como una fuerza monolítica controlada por los soviéticos y los chinos, y fue incapaz de ver que lo que ocurría en Vietnam era una guerra civil, no una agresión internacional. Además, JFK era un ferviente creyente en la famosa teoría del dominó, es decir, la idea de que la victoria del comunismo en un país generaba un efecto multiplicador en los países vecinos. En otras palabras, JFK creía que si los Estados Unidos permitían una victoria comunista en Vietnam, sería inevitable que países vecinos como Tailandia, Camboya o Laos terminasen  también bajo el control comunista. Kennedy quería evitar ese escenario aun a costa de aumentar la intervención directa de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita. Segundo, el temor al costo político de una derrota en Vietnam. JFK tenía  muy claro que sus acciones en Vietnam podían ser usadas por los republicanos para atacarle políticamente en los Estados Unidos y, por ende, no podía dar señales de debilidad o de fracaso.  Todo ello llevó a aumentar la presencia militar en el Sudeste Asiático.

Kennedy no sólo tenía que estar vigilante de la situación política reinante en los Estados Unidos, sino también  en su aliado Vietnam del Sur. El gobierno estadounidense apoyó la división de Vietnam y se convirtió en su principal aliado. Esa alianza resultó problemática ante la ausencia de un liderato survietnamita eficaz. En 1963, el gobierno de Vietnam del Sur estaba bajo el control de un carismático líder católico llamado Ngo Dihn Diem. El presidente vietnamita mantuvo una política represora, que desató una rebelión de los monjes budistas. Varios  monjes  se inmolaron quemándose vivos en protesta contra el gobierno de Diem. Las imágenes de monjes convertidos en antorchas humanas no cayó bien entre los funcionarios de la administración Kennedy. Ello unido al nepotismo, la corrupción y la  incapacidad del gobierno de  Diem para gobernar al país, llevaron a las autoridades estadounidenses a  promover su salida por medio de un golpe de estado. En noviembre de 1963, Diem fue capturado y asesinado por un grupo de militares survietnamitas, lo que dio paso a que Vietnam terminase controlado por varios gobiernos militares corruptos e incapaces de enfrentar al Vietcong. La inexistencia de un interlocutor político valido en Vietnam del Sur obligó a los estadounidenses a asumir el peso del conflicto.

Una de las grandes preguntas de la historia contemporánea de los Estados Unidos es qué hubiese hecho JFK en Vietnam de no haber sido asesinado en noviembre de 1963. Sus simpatizantes alegaban que Kennedy no habría empujado a los Estados Unidos al abismo en que se convirtió la guerra de Vietnam. Otros más escépticos creen que JFK habría mantenido su política anticomunista y que empujado por la teoría del dominó habría continuado la expansión del compromiso militar estadounidense en Vietnam. No hay una contestación definitiva a esta pregunta, pero algo es indiscutible, al ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, JFK  dejó a su sucesor con un serio problema en las manos

Johnson y la pesadilla vietnamita

end2Con la muerte de JFK la responsabilidad sobre qué hacer en Vietnam pasó a manos del Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ).  Aunque éste consideraba  a Vietnam un país poco importante, temía que una retirada estadounidense abriese las puertas a una intervención de los soviéticos o chinos. Johnson tampoco quería que los Estados Unidos parecieran una nación débil y/o vacilante. Además, el Presidente temía el costo político de una retirada de Vietnam, pues sabía que los republicanos  le atacarían acusándole de ceder ante la amenaza comunista. Empujado por sus temores domésticos e internacionales, LBJ optó por ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, llevándole a niveles impresionantes y peligrosos.

Johnson pretendía pelear una guerra contra el comunismo en Asia y poner en marcha la Gran Sociedad  en los Estados Unidos.  Este programa de reformas buscaba trasformar al país combatiendo la pobreza y  la injusticia racial. Creía que el poderío y la riqueza de los Estados Unidos le permitirían ganar en ambos frentes –el doméstico y el vietnamita– pero la historia demostró que estaba equivocado. La escalada de la intervención estadounidense en Vietnam llevada a cabo por la administración Johnson se convirtió en un hoyo negro que se tragó a la Gran Sociedad, y destruyó la carrera política de  Johnson.

La Resolución del golfo de Tonkín

En agosto de 1964 se desarrollaron unos confusos incidentes entre barcos de la Armada estadounidense y botes patrulla norvietnamitas en el Golfo de Tonkín. Alegadamente, unas lanchas norvietnamitas atacaron al Maddox y el Joy Turner, dos destructores de la Marina estadounidense. Aunque estos ataques no fueron del todo confirmados, fueron usados por el Presidente Johnson para conseguir una resolución legislativa autorizándole a “tomar todas la medidas necesarias” para proteger las fuerzas militares estadounidenses desplegadas en el Sudeste Asiático. Tal resolución fue aprobada en el Senado con 88 votos a favor y 2 en contra, mientras que en la Cámara de Representantes no hubo un solo voto en contra entre sus 406 miembros. Para LBJ, la Resolución del golfo de Tonkín se convirtió en una autorización legal, de duración indefinida, para intensificar y aumentar la participación estadounidense en la guerra de Vietnam.  En otras palabras, un cheque en blanco que le permitiría atacar a Vietnam del Norte y aumentar el número de soldados estadounidenses en el sur. Sin embargo, la resolución también se convirtió en un cuchillo de doble filo, pues al estar basada en un supuesto ataque norvietnamita que nunca fue confirmado del todo, los opositores de la guerra la usarán para acusar a LBJ de haberle mentido al Congreso.

En 1965, el Presidente ordenó el bombardeo de Vietnam del Norte por la Fuerza Aérea estadounidense. La idea de Johnson, era obligar a los norvietnamitas a negociar y cortar la ayuda que éstos brindaban al Vietcong.  De esta forma pensaba alcanzar la victoria Entre 1965 y 1968, los Estados Unidos dejaron caer unas 800 toneladas de bombas diarias sobre Vietnam del Norte, tres veces la cantidad lanzadas en la segunda guerra mundial. A la par, Johnson aumentó el número de soldados estadounidenses en Vietnam de 185,000 en 1965 a 385,000 en 1966. Sin embargo, los estadounidenses no pudieron quebrar la voluntad de lucha de los vietnamitas, quienes  sabían que los Estados Unidos no podrían pelear una guerra indefinida en el Sudeste Asiático. Además, contaban con el apoyo y la ayuda material de la China comunista y de la Unión Soviética. LBJ y sus asesores nunca entendieron que la guerra civil en Vietnam del Sur no era producto de una agresión comunista internacional, sino una manifestación del nacionalismo vietnamita. Ello les condenó al fracaso.

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La oposición a la guerra

La escalada de la guerra provocó la reacción de varios sectores de la sociedad estadounidense. Los primeros en reaccionar fueron los universitarios. En diversas  universidades del país se desarrollaron protestas contra la intervención estadounidense en Vietnam. Estudiantes y profesores desarrollaron debates y discusiones abiertas sobra la guerra, cuestionando la posición de LBJ. En 1966, las protestas contra la guerra en las universidades se desarrollaron a gran escala con la participación de miles de estudiantes. Intelectuales y religiosos se unieron a los estudiantes en la lucha contra la guerra. En 1967, varios personas prominentes se expresaron abiertamente en contra de la presencia militar de los Estados Unidos en el Sudeste Asiático.  Políticos demócratas como Robert Kennedy, William Fulbright y George McGovern, el escritor Benjamin Spock y el líder de los derechos civiles Martin Luther King criticaron la política belicista del Presidente Johnson.

Los críticos de la guerra resaltaron la injusticia social que escondía la guerra, pues eran los pobres y las minorías quienes cargaban con el peso del conflicto. El sistema de reclutamiento militar estadounidense favorecía a la clase alta y media porque eximía de ir a la guerra a quienes  estaban matriculados en alguna universidad. Dado que la mayoría de  los universitarios eran miembros de la clase media, estuvieron en una mejor posición para evitar ser reclutados y enviados a Vietnam. Por ello no debe ser una sorpresa que el 80% de los soldados enviados a Vietnam eran  pobres  o  hijos de familias trabajadoras.

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La cobertura televisiva de la guerra abonó al desarrollo de la oposición a ésta en los Estados Unidos. Noche tras  noche, los estadounidenses podían ver en la pantalla de sus televisores los efectos de la guerra: los bombardeos, el uso de napalm, los civiles muertos o mutilados, etc. Con horror, muchos estadounidenses vieron como las tropas de su país quemaban las villas y pueblos de los vietnamitas a quienes supuestamente estaban protegiendo del comunismo. Noche tras noche, los estadounidenses podían ver en las pantallas de su televisores los nombres de los estadounidenses muertos en Vietnam.

Es necesario aclarar que a pesar del desarrollo de un oposición activa, la mayoría de los estadounidenses continuaron apoyando o simplemente no adoptaron una posición con relación a la guerra de Vietnam.  Para finales de la década de 1960, la guerra había polarizado a los Estados Unidos  y lo peor estaba por venir.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 5 de octubre de 2019

 

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Acaba de ser publicado el número 17 de la revista Huellas de Estados Unidos con un dossier dedicado a la escritora y traductora argentina Márgara Averbach. Este número incluye, además, un ensayo analizando la doctrina Trump, una reseña de The Denial of Antiblackness: Multiracial Redemption & Black Suffering de João Vargas, comparando las raíces del racismo en Brasil y EEUU ,y un estudio sobre el largo metraje Lincoln (2012), entre otros.

Haz click para descargar en formato pdf

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El  Grupo de Trabajo Estudios sobre Estados Unidos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales  (CLACSO)  acaba de hacer público su segundo boletín, titulado Trump en su tercer año: incertidumbre e irrupción. Coordinado por Leandro Morgenfeld, Marco A. Gandásegui y Casandra Castorena, este boletín contiene cinco ensayos dedicados al análisis de la política exterior de Donald Trump, con un énfasis en América Latina. Los autores de estos trabajos son estudiosos latinoamericanos de la nación estadounidenses, especialmente, del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana. Quienes estén interesados en estos temas puedan acceder al boletín aquí.

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Imatge coberta - AnatomiadeunImperio - 491Gracias a la página del colega Leandro Morgenfeld me enteró de la publicación del libro Anatomía de un imperio Estados Unidos y América Latina (Universitat de València: 2019). Editado por Valeria L. Carbone y Mariana Mastrángelo, Anatomía de un imperio incluye una interesante colección de ensayos sobre el imperialismo estadounidense que enfocan temas tan diversos como el excepcionalismo estadounidense, el imperialismo cultural, la guerra filipino-estadounidense, el sindicalismo latinoamericano y el radicalismo negro. Entre los autores destacan, además de las editoras, Fabio Nigra, Pablo Pozzi y Morgenfeld. Comparto con mis lectores la descripción que de esta  valiosa obra hace la editorial de la Universidad de Valencia:

Reflexión sobre el problema del imperialismo norteamericano y las relaciones que este estableció con América Latina, desde final del siglo XIX hasta principios del XXI. La primera parte reúne artículos que giran en torno la exploración de los orígenes del expansionismo territorial estadounidense, y el análisis de algunas de las respuestas que surgieron en América Latina al avance del coloso yanqui dando lugar a los movimientos críticos del llamado antimperialismo latinoamericano. La segunda parte reúne una serie de estudios centrados en la complejidad que adoptó el imperialismo norteamericano en la segunda mitad del siglo XX. Se analiza la actuación imperialista de los Estados Unidos en Centroamérica y Sudamérica antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y se arroja luz sobre la compleja dinámica existente entre el refuerzo de la hegemonía estadounidense y la resistencia antimperialista de distintos actores regionales.

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Los comentarios de la Representante Alexandria Ocasio Cortez calificando como campos de concentración los centros donde han sido ubicados los migrantes detenidos por las autoridades estadounidenses, han causado revuelo y críticas, especialmente, de la derecha vinculada con la administración Trump. En este corto escrito, el profesor David M. Perry nos recuerda la antigua y siniestra presencia de campos de concentración en la historia de Estados Unidos. Desde el genocidio contra los naciones nativas hasta la conquista de las Filipinas, los campos de concentración han estado presentes en el desarrollo histórico de los Estados Unidos.

AOC

Yes, Tump´s Detention Centers are Concentration Camps

Pacific Standard June 20, 2019

DAVID M. PERRY

Every time I drive from my home to the airport, I pass the ruins of a concentration camp. I live in the Twin Cities, in Minnesota, where the Minneapolis−Saint Paul International Airport sits next to Fort Snelling. In the 1860s, United States soldiers imprisoned over 1,600 Dakota people in Fort Snelling, keeping them in horrible conditions as part of what the Minnesota Historical Society now acknowledges was a set of “genocidal policies pursued against Indigenous people throughout the U.S. … a campaign calculated to make them stop being Dakota.” Between 130 and 300 people died of cold and disease before the survivors were eventually forcibly expelled from the region, exiled from their lands, and driven to reservations further west.

Fort Snelling, built on the beautiful spot where the Mississippi and Minnesota rivers flow together, a place the Dakota called Bdote, is the concentration camp next door.

Is it fair to use the phrase “concentration camp” to describe the Trump administration’s string of prison camps, detention facilities, and other installations meant to incarcerate immigrants in highly concentrated numbers? That question has been a subject of national debate since at least the summer of 2018. Thanks to President Donald Trump’s new plan this week to expand the prison camp system, including the repurposing of a former Japanese internment site, the debate over semantics has arisen once more.

Addressing constituents on Instagram Live on Monday night, Representative Alexandria Ocasio-Cortez did not mince words: “The U.S. is running concentration camps on our Southern border, and that is exactly what they are: They are concentration camps.”

Conservatives predictably pushed back against this language, alleged that Ocasio-Cortez was appropriating the history of the Holocaust, and claimed therefore that her word choice was offensive to Jewish people. One of Ocasio-Cortez’s most vocal detractors was Representative Liz Cheney of Wyoming.

New Tent Camps Go Up In West Texas For Migrant Children Separated From Parents

Right-wing gentiles like Cheney are not credible advocates for Jewish Americans; their invocation of the Holocaust is a bad-faith ploy to distract Americans from the horrors of the current camps. But it’s a bad-faith attack that can easily find fertile ground in the American imagination because of a fundamental, and apparently widespread, misconception that the phrase “concentration camps” somehow belongs solely to the history of the Holocaust. It’s true that the Nazi regime built a particularly substantial network of prison camps and then slowly morphed them into factories for genocide in ways that were, and remain, unique. But concentration camps are disturbingly normal in this modern era. They have a global history that long predates the specific horrors of Nazi Germany. They also have a national history in the U.S. that is indelibly bound up in the formation and modern history of this nation.

The horrors of Trump’s prison camps have been clear since at least 2018, when The New Yorker published images of the prison for children in Tornillo, TexasSearing reporting from ProPublica included recordings of children screaming and an exposé of secret detention facilities. This past fall, the New York Times broke the news that the Trump administration was secretly deporting immigrant children to the Tornillo camp. At least 24 immigrants have died in Trump camps. Journalist Jonathan Katz catalogued the intentional savagery at these border camps, including torture through sleep deprivation, freezing-cold conditions, children stuck in vans for over 37 hours, detainees confined to dog kennels, starvation, and a lack of basic medicine.

Even if these camps were less hellish, Katz writes, there is still no such thing as a good concentration camp. Katz reminds us that international journalists deemed Dachau a nicely run facility in 1933. We all know how that escalated.

These conditions have led experts in the history of concentration camps to defend the use of that label in the current American context. Historian Andrea Pitzer, author of One Long Night: A Global History of Concentration Campsdefines concentration camps as facilities used for the “detention of civilians without trial based on group identity.” She traces the emergence of such camps to those erected by imperial Spain during the Cuban rebellion of 1896, by the U.S. not long after in the Philippines, and by the British in South Africa during the Boer War and beyond. These were not death camps per se, but vast numbers of people died in each by design, as governments tried to crush, expel, and isolate specific populations.

The same thing seems to be happening along the American Southern border. Pitzer writes that, in the face of a president openly expressing “animosity toward those interned [and under circumstances] in which a government detains people and harms them by separating children from their parents or deliberately putting them in danger,” we need to acknowledge the border camps as the latest entry in this terrible history. These are concentration camps, and denying as much merely prepares the way for worse atrocities to come.

There’s a specifically North American story here as well. Concentration camps were built whenever and wherever American soldiers concentrated and interned Native peoples before expelling them from their lands. The goal of these sites, as historian John Legg writes, using the example of Fort Snelling, was “to separate Dakota from white society following the U.S.–Dakota War,” and to transform Dakota land into “a white agricultural landscape.” These camps may have lacked the ovens of Auschwitz, but they were nonetheless an intentional tool of destruction. During the 20th century, Germans were interned during World War I in North Carolina and Georgia. Sites of Japanese internment during World War II—as well as camps that held German, Italian, and Native Alaskan populations—stretch from California to New England. Historian Kevin Kruse notes that the organizers of Japanese internment explicitly called their facilities “concentration camps.”

Conservatives would do well to remember, and acknowledge, that concentration camps are a standard feature of American history. If you live in North America, there’s almost certainly the site of a former camp not far from where you’re sitting as you read this essay. If you’re near the Southern border, alas, there’s also probably a camp operating somewhere close to you right now. The question isn’t whether it’s appropriate to characterize the Trump prison centers as “concentration camps,” but whether concentration camps will be as much a part of the future of the U.S. as they were part of our past.

 

 

 

 

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