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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

La revista REDEN (Revista Española de Estudios Norteamericanos del Instituto Franklin (Universidad de Alcalá de Henares) acaba de publicar un dossier dedicado al gótico estadounidense. Producto de la conferencia 50+ Shades of Gothic: The Gothic Across Genre and Media in US Popular Culture, este número especial incluye quince entrevistas a estudiosos de este género. Entre los temas que abarcan  se encuentran zombies, vampiros, casas embrujadas, comics, etc. Esta es una interesante faceta de la sociedad estadounidense que merece nuestra atención.

Comparto esta descripción del contenido del dossier escrita por Anna Marta Marini y Laura Álvarez Trigo, y publicada en Diálogo Atlántico, el blog del Instituto.


PopMeC CFP | 50+ Shades of Gothic: The Gothic Across Genre and Media in US  Popular Culture – PopMeC research blog

Conversaciones sobre el gótico estadounidense en REDEN

Anna Marta Marini y Laura Álvarez Trigo

Diálogo Atlántico    17 de mayo de 2022

En la primavera de 2021, cuando todavía estábamos llevando a cabo la mayoría de las actividades académicas de manera virtual por las medidas relacionadas con la pandemia, celebramos la fundación de nuestra asociación PopMeC —dedicada al estudio académico de la cultura popular estadounidense— organizando una conferencia virtual enfocada en la tradición del gótico estadounidense y su presencia persistente en la cultura popular de Estados Unidos. Con la idea de proponer un evento innovador y más entretenido, rompiendo con el formato tradicional de las ponencias plenarias, programamos la conferencia “50+ Shades of Gothic: The Gothic Across Genre and Media in US Popular Culture” según sesiones temáticas y contando con una serie de entrevistas con académicos de renombre en el campo de los estudios sobre el gótico. A lo largo de tales entrevistas se discutieron distintos aspectos relacionados con las expresiones y funciones del gótico en textos de cultura popular contemporánea estadounidense. Las entrevistas tuvieron lugar entre febrero y abril de 2021, y las grabaciones originales se pueden encontrar en YouTube.[1] Considerando la disponibilidad de les plenaries, decidimos recopilar las transcripciones en este número especial —editadas por entrevistades y entrevistadores mismes para darles una forma apta a su publicación. Esta colección sigue la publicación de REDEN vol. 3, no. 1 (2021), un número que contiene un dosier especial centrado en la exploración de las distintas expresiones de los modos góticos y su presencia en la cultura popular estadounidense contemporánea.

Las quince entrevistas que conforman este número especial Conversations on the Gothic in Popular Culture cubren diferentes arquetipos, paradigmas, y expresiones del género gótico, incluyendo zombies, vampiros, naturaleza y tropos relacionados por ejemplo con las casas embrujadas. Además, los textos consideran la importancia de los modos propios del gótico y de la ficción de terror en el acercamiento a temas y preocupaciones sociopolíticas que caracterizan la realidad contemporánea. Entre otras, se destacan cuestiones relacionadas con conflictos raciales y étnicos, espacios domésticos y la familia, y representaciones de género, todas ellas mediadas por procesos de construcción y perpetuación de la alteridad y por distintas formaciones de la noción de monstruosidad. Finalmente, las entrevistas muestran la articulación de los estudios sobre el gótico en tiempos presentes, enfocados en la comprensión de la evolución del género y su presencia en distintos medios incluyendo películas, series de televisión, cómics y videojuegos. Ante todo, estas discusiones evidencian cómo el gótico sigue siendo un género vivo con una presencia ubicua a través de textos y medios de cultura popular, así como en el ámbito de la investigación académica. Cada una de las entrevistas incluye un apartado de preguntas y respuestas que surgieron a raíz de la participación del público durante la grabación en vivo de estas sesiones plenarias. Consideramos importante incluir las cuestiones aportadas por el público pues estimularon más debate, sacando nuevas líneas de discusión que enriquecieron las entrevistas. Para concluir, cada transcripción editada se completó con un apartado de referencias bibliográficas que incluyen los textos de cultura popular mencionados a lo largo de las entrevistas.

Este número especial abre con una entrevista introductoria con Jeffrey A. Weinstock enfocada tanto en el gótico como en la relevancia de la cultura popular y su idoneidad como objeto de estudio académico. Las siguientes entrevistas están ordenadas según varios temas centrales: cyber gótico y posthumanismo (Xavier Aldana Reyes y Anya Heise-von der Lippe), casas embrujadas y espacios domésticos (Evert Jan van Leeuwen y Kevin Corstorphine), el gótico en la literatura infantil y los cómics (Michael Howarth y Julia Round), naturaleza, ciencia ficción y el ecogótico (Christy Tidwell y Michelle Poland & Elizabeth Parker), narrativas de zombies y vampiros (Kyle William Bishop y Sorcha Ní Fhlainn), representaciones étnicas y raciales (Maisha Wester y Enrique Ajuria Ibarra), y la relación entre el gótico y el Antropoceno (Justin Edwards). Como conclusión, David Punter debate la naturaleza del gótico, los mecanismos del terror, y las peculiaridades de la tradición gótica estadounidense.

[1] PopMeC Research “50+ Shades of Gothic | Keynotes.” YouTube, playlist.

https://www.youtube.com/playlist?list=PLUpjS5dcmuVkVFWf_Mj-gwK0S4BH0wnWl.

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Convocatoria

1er Congreso Latinoamericano de Estudios Sobre Estados Unidos

Fecha: 21 y 22 de septiembre de 2022

Modalidad online

 

La Red Latinoamericana de Estudios sobre Estados Unidos RELAESE, en cooperación con la Universidad Nacional de Colombia, lo invitan cordialmente a participar en el Primer Congreso Latinoamericano de Estudios sobre Estados Unidos.

El Congreso tiene como objetivo promover el intercambio de conocimiento y la difusión del trabajo que se realiza en la región latinoamericana respecto a las diferentes formas de estudiar, explicar y comprender a la superpotencia en general, así como sus interacciones en el ámbito hemisférico.

Con el propósito de desarrollar un diálogo entre académicos, investigadores y estudiantes de diferentes latitudes y formaciones disciplinarias, damos la bienvenida a propuestas que incluyan trabajos teóricos y empíricos dentro del campo transdisciplinario de los estudios estadounidenses, tanto en una perspectiva histórica como respecto a fenómenos más contemporáneos. Este campo académico comprende dos vertientes: de un lado, las temáticas vinculadas a las dimensiones políticas, sociales, económicas y culturales internas de los Estados Unidos, y del otro, el análisis de los vínculos e intercambios entre el país norteamericano y América latina.

Para los estudiantes, las propuestas deben corresponder a trabajos de tesis, en curso o finalizados, a nivel de pregrado y/o posgrado.

El programa académico de las jornadas se organizará en formato de secciones compuestas por paneles y/o mesas redondas. Cada panel incluirá entre tres y cuatro presentaciones, o una mesa redonda de hasta cinco participantes. Cada sesión debe tener un moderador. El idioma de la conferencia es el español, con un número limitado de paneles en inglés y portugués.

Para obtener más información, consulte el cronograma a continuación.

La recepción de las propuestas, así como de las ponencias se hará a través de cada uno de los nodos nacionales que conforman la red RELAESE.

La inscripción al Congreso no tiene ningún costo. 

Cronograma Congreso RELAESE 2022

10 de mayo Apertura de la convocatoria
 

Del 10 de mayo al 30 de junio

Recepción de propuestas

Los participantes podrán presentar

  • Ponencia individual

Enviar formato ponencia individual

  • Panel

Incluir un moderador y hasta cuatro panelistas. Se debe enviar tanto el formato de panel como el formato de ponencia individual por cada uno de los participantes.

  • Mesa redonda

Incluir un moderador y hasta cinco participantes. Enviar el formato de mesa redonda.

1 al 11 de julio Revisión de las propuestas por parte del Comité Académico
12 de julio Confirmación y envío de los mensajes de aceptación o rechazo de ponencias, paneles y mesas
 

26 de agosto

Plazo de envío de ponencias completas así:

• Nombre y afiliación institucional. Datos de contacto (mail y número de celular).

• Título de la ponencia.

• Mesa asignada (ver correo 8 de julio).

• Resumen de 250 palabras; 3-4 palabras clave.

• Artículo entre 5000 y 7000 palabras.

• Arial 12, interlineado 1,5, márgenes 2,5

• Incluir referencias, haciendo uso del estándar APA (Séptima edición)

21 y 22 de septiembre Realización del I Congreso Latinoamericano de Estudios sobre Estados Unidos. Modalidad Online
10 de octubre Envío de los certificados de participación

Las propuestas deben ser enviadas al correo electrónico: congreso.relaese@gmail.com

La fecha límite de envío de las propuestas: 30 de junio de 2022

 

Comité Organizador:

Gisela Cramer Universidad Nacional de Colombia

gcramer@unal.edu.co

Norberto Barreto Velázquez  Pontificia Universidad Católica del Perú

nbarreto@pucp.pe

Ana Laura Bochicchio Universidad Nacional de Tierra del fuego Argentina

albochicchio@untdf.edu.ar

Carlos Franco Universidad Nacional Experimental de las Artes Venezuela

carfrancogil@gmail.com

Diana Marcela Rojas Universidad Nacional de Colombia

dmrojasr@unal.edu.co

 

 

 

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80grados+ – PRENSA SIN PRISA

Comparto este artículo del Dr. Juan José Vélez Peña, enfocando el impacto en las  políticas educativas del proceso de transculturación al que los estadounidenses sometieron a Puerto Rico a partir de 1898. El autor también en enfoca la apropiación por las autoridades coloniales y sus colaboradores puertorriqueños  de la música popular afro-puertorriqueña.

Vélez Peña es doctor por la Universidad de Bremen en Alemania.


Genealogía de políticas educacionales y la colonialidad en Puerto Rico

Juan José Vélez Peña

Revista 80 grados  1 de abril de 2022

Introducción

En el siguiente texto analizaré el trasfondo sociohistórico y cultural de las políticas educacionales implementadas por el poder colonial norteamericano en Puerto Rico. Al final tematizaré brevemente la rearticulación discursiva de la música afropuertorriqueña como parte de las políticas pedagógico-educativas aludidas. Esto lo hago por la importancia que asume la reapropiación de la música popular, en toda Latinoamérica, por parte de discursos oficiales, como campo de implementación de políticas educacionales destinadas a diseñar una identidad nacional esencialista, homogenizada, en favor de proyectos coloniales, o bien, neocoloniales.

Aunque la reformulación de estas expresiones musicales fue llevada a cabo asumiendo que éstas eran el medio idóneo para acelerar el proceso de transculturación de los puertorriqueños, nunca han sido absorbidas ‘totalmente’ por las instancias que intentan instrumentalizarlas. Las prácticas musicales afropuertorriqueñas siempre se han ejercido logrando concretizar espacios de resistencia y contestación sociocultural. Su rearticulación discursiva ha tenido resultados hasta cierto punto paradójicos, contrarios a las metas perseguidas.

El texto consta de dos partes. En la primera, esbozo una contextualización histórico social de las estrategias pedagógicas colonizantes implementadas. En la segunda, procedo a describir la rearticulación de la música afropuertorriqueña por iniciativas pedagógicas.

Contextualización histórico-social

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, luego de la guerra e invasión en 1898 y del paso del colonialismo español al norteamericano, Estados Unidos de inmediato inició un proceso de usurpación económica e inferiorización sociocultural de los puertorriqueños. Como parte de esta estrategia el poder colonizante impuso el inglés como idioma oficial. Situación que perduró hasta los años 50 del siglo XX, cuando se restauró el español como lengua oficial. Esta fue una de muchas medidas político-administrativas llevadas a cabo para impulsar la asimilación de los valores foráneos provenientes del nuevo régimen.

Sin embargo, desde comienzos los puertorriqueños se enfrentaron a un profundo prejuicio racial. Pues, las autoridades norteamericanas no solo se valían de una racialización jerarquizada en la que los boricuas eran clasificados como >negros<, ubicándolos en la posición más inferior de su escala de valores, sino también, se entendía que eran transmisores del elemento cultural español, pueblo que consideraban decadente.[i]

Convencidos de su supuesta ‘superioridad’ cultural y religiosa, ocultando su política expansionista imperialista bajo el manto ideológico del destino manifiesto, iniciaron una serie de medidas ‘educacionales’ y culturales dirigidas a lograr la transculturación de los puertorriqueños.[ii]

El proceso de transculturación iniciado por el poder imperial norteamericano fue llevado a cabo por dos motivos principales. Por un lado, se realizó para justificar la invasión, sugiriendo que la sociedad y cultura puertorriqueña se caracterizaba por ser una arcaica y retrógrada, fruto del colonialismo español, situación que había que cambiar. Por el otro, para favorecer la aceptación pasiva por parte del pueblo al ‘renovado’ proyecto colonial, y así lograr instaurar y afianzar su hegemonía.

Desde sus comienzos, el proyecto de educación norteamericano en la isla se muestra como claro ejemplo político-social de imperialismo cultural. No obstante, es de notar que se trataba de un proyecto sumamente contradictorio. Pues se suponía que los puertorriqueños fueran ‘americanizados’ por quienes los despreciaban.[iii]

En este contexto no sorprende que, en caricaturas de la época, Puerto Rico sea representado por una figura infantil, acompañada por un Tío Sam bondadoso, generoso y condescendiente, pero dispuesto a civilizarlos, aun si fuera necesario hacerlo con mano dura.

Caricatura de 1899 de Louis Dalrymple archivada en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

 La imagen muestra un salón de clases adornado con la bandera norteamericana. En este espacio, dividido entre alumnos ejemplares sentados en butacas individuales equipadas con escritorio y los otros que han sido sentados, todos juntos, en un banco sin escritorio, directamente frente al profesor, bajo su vigilante y amenazante mirada. El profesor está representado por el tío Sam. Medio inclinado sobre su escritorio, mirando de forma hostil a los nuevos, demuestra su antipatía frente a éstos. Con un gesto abiertamente represivo, gesticula con una vara disciplinaria que lleva en su mano derecha, como advirtiéndoles lo que les espera, de no adaptarse y seguir sus reglas.

Los nuevos alumnos, representados como niños de tez oscura y pelo revuelto, están etiquetados con el nombre de sus países de proveniencia: Cuba, Puerto Rico, Hawái y Filipinas. Las nuevas colonias, trofeos de guerra, luego del conflicto con España en 1898. En sus caras se puede claramente leer su infelicidad y en su postura su miedo. En la parte trasera del salón, podemos ver el resto de la clase, compuesto por niños de complexión angloamericana. Todos irradian felicidad y disciplina, leyendo concentrados. Los libros que sostienen en sus manos llevan como título: California, Texas, Nuevo México, Arizona y Alaska, simbolizando la pertenencia de estos niños a los nuevos territorios anexionados adquiridos a mediados del siglo XIX por los EEUU, en gran parte como resultado de su guerra contra México.

Al fondo, un niño afro-estadounidense trabaja. Lo vemos limpiando una ventana, mirando intimidado lo que sucede con los nuevos. Junto a la puerta, vemos a un niño nativo norteamericano sentado solo. Obviamente no ha logrado ser integrado, pues el libro que pretende leer, titulado “ABC”, está puesto de cabeza. Fuera del salón, a través de la puerta, podemos ver a otro niño. Se trata de un niño chino, que, libro en mano, o bien ha llegado tarde, o aparentemente está esperando ser incluido en la escuela del Tío Sam.

En el libro ubicado sobre el escritorio del tío Sam podemos leer su título: “Primeras lecciones de Estados Unidos sobre gobierno propio”. El texto que acompaña la caricatura indica lo siguiente: Tío Sam (a su nueva clase de Civilización): Ahora, niños, deben aprender estas lecciones, ¡quieran o no! Pero echen un vistazo a la clase frente a ustedes, y recuerden que en un momento, ¡estarán tan contentos de estar aquí como lo están ellos!

La caricatura, una de tantas publicadas en periódicos y revistas publicadas a finales de 1890 y comienzos de 1900, muestra de forma ejemplar el discurso dominante norteamericano sobre la invasión de 1898 a Puerto Rico y a las otras excolonias españolas. En el mismo se sugiere que la “intervención” en la Guerra Hispanoamericana y la posterior ocupación de territorios en realidad se dio como acto de benevolencia, como parte de su misión de civilizar esos territorios y llevarles la democracia.

La propagación de este tipo de caricaturas racistas en los Estados Unidos formó parte de las estrategias destinadas a llevarle al pueblo norteamericano ese mensaje, para contribuir a convencerlo de la necesidad de apoyar la invasión y ocupación que estaba teniendo lugar. De ahí la representación de filipinos, hawaianos, cubanos y puertorriqueños como salvajes, que, gracias a la piedad y la benevolencia de sus invasores, iban a ser educados para que, en un futuro indefinido, lograran ser capaces de gobernarse por sí mismos. Y esto lo llevarían a cabo, aun si fuese necesario hacerlo por mano dura.

Otra muestra del desprecio racista de las autoridades norteamericanas frente a los puertorriqueños es el testimonio de no pocos de sus políticos.[iv] Muchos de los congresistas norteamericanos se expresaban con un abierto desprecio hacia los boricuas. El senador de Tejas Slayden, por ejemplo, al referirse a estos utilizó una metáfora, en aquel tiempo despectiva, hoy en día una noción generalizada en discursos culturales: la hibridez.

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Nosotros somos mayormente anglosajones mientras que ellos son una estructura mezclada con aportaciones liberales de sangre europea, asiática y africana. Ellos son en estos momentos mayormente híbridos. (Congressional Record, 1909: 2.921, p. 59.)

Rearticulación discursiva de la cultura musical afropuertorriqueña por parte de iniciativas pedagógicas estatales o privadas

El proceso de inferiorización cultural aludido fue articulado para conformar la base ideológica de un segundo proceso de inferiorización: el socio-económico. Este fue apoyado por medidas jurídicas que proveyeron el fundamento legal para la usurpación de la base económica del país. El mismo despertó la repulsión, protesta y rebelión del pueblo que una y otra vez se manifestó por medio de quemas de cañaverales y almacenes de tabaco y de café y a través de huelgas para mejorar las condiciones de trabajo y lograr obtener salarios justos.

Más tarde, a partir de mediados de los años 1950, luego de que movimientos políticos en favor de la independencia fueran violentamente reprimidos e inclusive muchos de sus miembros encarcelados o asesinados, comenzaron a surgir estrategias político-discursivas que, con el paso del tiempo, sustituyeron el hasta entonces dominante nacionalismo político por un nacionalismo de tipo cultural. Como parte esencial de ese proceso en el que se elaboraba una identidad nacional, proyecto cuyo norte consistía en integrar diferencias étnicas, sociales, de género y políticas en un discurso identitario homogéneo y monocultural, ya desde comienzos del siglo XX se creó e instauró la imagen de ‘la gran familia puertorriqueña’.

En Puerto Rico la metáfora la gran familia puertorriqueña muestra ejemplarmente cómo se expresa en nuestro medio el discurso multiculturalista neoliberal, basado en una universalidad abstracta. Este tópico es la versión boricua de la trillada democracia racial, sostenida por discursos de grupos criollos mestizos dominantes en Latinoamérica. Fue y continúa siendo lanzado por grupos de poder interesados en negar u ocultar la estratificación social en Puerto Rico y de negar la racialización jerarquizada, propia del racismo que sostiene las estructuras de dominio en el país.

División de Educación a la Comunidad - La escuela en la pantalla - YouTubeComo parte del proyecto pedagógico de elaboración e implementación de discursividades nacionalista-culturales por parte de la llamada cultura letrada, el Instituto de Cultura Puertorriqueño[v] y la División de Educación a la Comunidad, así como –más tarde– el Banco Popular de Puerto Rico asumieron un papel central. Desde allí se lanzaron y desarrollaron iniciativas (libros, películas, grabados, etc.) dirigidas a promover una imagen folklórica y blanqueada de las culturas musicales provenientes de las capas sociales bajas, mayormente compuesta por afropuertorriqueños.

Así se reformularon estos estilos, integrándolos, desde una perspectiva eurocéntrica, al canon estético, es decir, como manifestaciones de un primitivismo local que, de alguna manera, merecía ser tematizado. Pues estas ‘primitivas’ formas podrían servir de base, para – reelaborándolas– ‘elevarlas’ al arte.

Sin embargo, como indicamos anteriormente, la promoción y apoyo que recibieron los productos culturales subalternos, tuvieron efectos ambiguos para el proyecto de unificación identitario-cultural. Pues si bien la música popular boricua de ascendencia africana fue reformulada intentando folklorizarla, lo que desde una visión eurocéntrica implicaba su desvalorización, las investigaciones realizadas y la promoción de proyectos que se llevaron a cabo les fueron de gran provecho a los grupos subalternos de los cuales provenían. La documentación que se produjo contribuyó a la reafirmación de su diferencia como grupo, así como evidenció la diversidad cultural del país. La promoción de eventos culturales con música afropuertorriqueña les abrió plazas de trabajo a los músicos implicados, además de contribuir a la propagación de sus expresiones músico-culturales fuera de los grupos étnicos de los que provenían.

El proceso mediante el cual la música afropuertorriqueña fue rearticulada por discursos pedagógicos del Estado ha sido llamado de diferentes maneras por intelectuales puertorriqueños. Entre otras, se usan las expresiones “la institucionalización (del) poder colonial sobre lo puertorriqueño,” la “tecno-buroqueiñización del territorio no incorporado” (Enrique Toledo), “la identidad estatizada” (Elba Iris Pérez), “el dirigismo cultural” (Elba Iris Pérez), “el blanqueamiento” (Errol Montes-Pizarro) o “sponsored identities” (Arlene Torres). También fue certeramente denominado por Ramón López “oficialización estatal de la negritud.”

Precisamente quisiera terminar con una cita de Ramón en la que muy bien describe el proceso de rearticulación discursiva de la música afropuertorriqueña que acabo de presentar en esta segunda parte.:

A mediados de la década del 50 la plena puertorriqueña que por medio siglo había sido tocada-ejecutada (…) prohibida-aceptada y hasta insultada-elogiada fue por fin admitida-recogida en el inventario de ingredientes del Arte y la Cultura como parte de la incipiente oficialización estatal de la negritud como parte del mestizaje biológico-cultural puertorriqueño (…) Esta gestión condescendiente y ambigua pero fundamental y pionera se ubicó en los quehaceres institucionales de la División de Educación a la Comunidad y el Instituto de Cultura Puertorriqueña. (…) Todos estos proyectos fueron montajes intencionales realizados con mucha dedicación y celo profesional.  (López, Ramón, 2015)

Bibliografía

Congressional Record, 1909: 2.921 en: “La ruta del legado colonial” Luis Nieves Falcón, en:
Antología del pensamiento crítico puertorriqueño contemporáneo, pp. 56- 68.

Dávila, Arlene. 1997. Sponsored Identities: Cultural Politics in Puerto Rico.
Philadelphia: Temple University Press.

Hunt, M. 1987. Ideology and US Foreign Policy. New Haven: Yale University Press.

López, Ramón. 2015. “Tintorera del mar Gumersindo Mangual y la historia que no se puede”
en: Revista digital 80 grados prensa sin prisahttps://www.80grados.net/tintorera-del-mar-gumersindo-mangual-y-la-historia-que-no-se-puede/ San Juan, Puerto Rico. (23.01.21)

Montes, Pizarro, Errol. 2012. “Viajes de la música afrodescendiente: Más allá de la
metáfora de raíz”. en: Duprey, M. (ed.), Memorias de Bomba que Rumba: Memorias del Primer Simposio sobre la Bomba y la Rumba, (97-119). San Juan: Publicaciones puertorriqueñas.

Nieves Falcón, Luis. 2018. “La ruta del legado colonial” en: Antología del pensamiento crítico
puertorriqueño contemporáneo
 , (págs. 53 – 68). Luis Nieves Falcón … [et al.]; coordinación general de Anayra Santory Jorge ; Mareia Quintero Rivera. – 1a ed . – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : CLACSO.

Pérez, Elva Iris. 2009. “Un discurso dramático para la nación puertorriqueña 1934-1955”. en
El Amauta, Universidad de Puerto Rico recinto de Arecibo, 4.

Toledo Hernández, Enrique. 2011. La burocratización del poder colonial: de la
Americanización a la tecno-buroqueiñización del territorio no incorporado de Puerto Rico y el informe del “Task Force” de la Casa Blanca sobre el estatus político de Puerto Rico
. Río Piedras: Archivo Sociedad Sinergia

Tórres, Arlene. 1988. “La gran familia puertorriqueña: ‘ej prieta de beldá’ – the Great
Puerto Rican family is really really black”. En A. Torres, & N.E. Whitteen, Blackness in Latin America and the Caribbean (págs. 287 – 306). Bloomington: Indiana University Press.

 Notas

 [i] Uno de los políticos norteamericanos, refiriéndose a la guerra hispanoamericana, se expresó de la siguiente forma sobre España: “España fue juzgada y convicta ante el foro de la historia. Su religión ha sido una obstinada intolerancia llena de hipocresía cuyos sacramentos han sido solemnizados por la perversión y la tortura. Su liderazgo político internacional ha sido la infamia; su diplomacia la hipocresía; sus guerras masacres, su supremacía ha sido una afrenta y una maldición que ha condenado los continentes a la esterilidad y sus habitantes a la muerte”. (Hunt, 1987: 58; 46-91)

[ii] Como es conocido, el concepto transculturación fue acuñado por el antropólogo y etnomusicólogo cubano Fernando Ortiz en la primera mitad del siglo XX en oposición al criterio asimilacionista del concepto aculturación, utilizado por la antropología cultural estadounidense. Según su concepción: “…el vocablo transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso transitivo de una cultura a otra, porque éste no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz anglosajona acculturation, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y, además, significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación. Al fin, como bien sostiene la escuela de Malinowski, en todo abrazo de culturas sucede lo que en la cópula genética de los individuos: la criatura siempre tiene algo de ambos progenitores, pero también siempre es distinta de cada uno de los dos.” Ortiz, Fernando (2002 [1940]): Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (Advertencia de sus contrastes agrarios, económicos, históricos y sociales, su etnografía y su transculturación), Madrid: Cátedra, S. 260.

[iii] Según el discurso racista de las autoridades norteamericanas, desde el principio los puertorriqueños habían sido desafortunados. Pues se nutrieron de la cultura occidental a través de España, cuya civilización consideraban degenerada. De ahí que consideraran como necesario y urgente adelantar su proceso civilizatorio con la noble ayuda del “genio del pueblo norteamericano”. (Cf. Congressional Record, 1909: 3.632)

[iv] Otro ejemplo del racismo institucional norteamericano es el del Senador Kennedy de Ohio para el que el pueblo puertorriqueño era incapaz de ejercer el autogobierno: “El gran error que hemos cometido es asumir que los puertorriqueños tienen siquiera una pizca de capacidad para poder gobernarse por sí mismos. Si hubiésemos considerado la historia hubiésemos aprendido que de todas las razas los españoles son los que menos capacidad tienen para gobernarse”. (Congressional Record, 1909: 2.928, p. 59.)

[v] “Un grupo de prominentes líderes y educadores del PPD, preocupados por la creciente americanización y por lo que denominaban la erosión del patrimonio cultural (que generaba el proceso de industrialización), se dedicó a organizar entre círculos oficialistas un movimiento de afirmación de los valores y la creación cultural puertorriqueña. Este proyecto de promoción de una ‘cultura nacional’ como parte de la estructura política del Estado Libre Asociado (…) se cristalizó mediante la creación, por ley de 1955, del Instituto de Cultura Puertorriqueña.” Toledo-Hernández, Enrique. 2001 La burocratización del poder colonial: de la americanización a la tecno-buroqueiñación del territorio no incorporado de Puerto Rico y el informe del “Task Force” de la Casa Blanca sobre el estatus político de Puerto Rico.  Río Piedras: Archivo Sociedad Sinergia, p. 40.

[vi] Según Ramón en una conversación que tuvimos en su casa en Barranquitas en 2018.

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Comparto este artículo de Tony Pecinovsky analizando los vínculos con la izquierda del gran cantante, atleta y activista afroamericano Paul Robeson (1898-1976). Despojado de su pasaporte estadounidense en 1957, Robeson se convirtió en una de las víctimas más celebres del macartismo y la guerra fría. La causa de la ruina de Robeson, según el autor, fue su estrecha relación  con «la izquierda liderada por los comunistas durante un momento de histeria de derecha.»

Pecinovsky es periodista, activista y político, y presidente  de la Saint Louis Workers’ Education Society.


Paul Robenson  – El revolucionario

 Tony Pecinovsky

 Black Perspectives   8 de febrero de 202

Al momento de su muerte el 23 de enero de 1976, el obituario del New York Times señalaba que Paul Robeson se convirtió en un “recluso virtual”. Vivía en la casa de su hermana en un barrio de clase trabajadora en Filadelfia, completamente retirado de la vida pública. De un pináculo de aproximadamente $ 100,000 por año a principios de la década de 1940, los ingresos de Robeson habían disminuido a mediados de la década de 1950 a unos pocos miles de dólares, en gran parte como consecuencia de la revocación de su pasaporte estadounidense. Aunque sus finanzas se recuperaron un poco en la década de 1960, Robeson nunca recuperó el estatus de celebridad nacional que una vez disfrutó.

En este, el Mes de la historia afroamericana, debemos analizar el contexto de la marginación forzada de Robeson, así como la marginación de la izquierda liderada por los comunistas. Los dos están interconectados.

Ha mi حامی on Twitter: &quot;Here is the [thread] on my research behind this  Mixtape: India held a big celebration for Paul Robeson on his 60's birthday  in 1958, organized by Nehru's

Como señala Gerald Horne en su biografía de Robeson, “no se puede apreciar completamente cómo el sistema Jim Crow llegó a su fin sin una comprensión de la vida de Paul Robeson”. Del mismo modo, para apreciar el ascenso estratosférico de Robeson y su caída cataclísmica, debemos ver su vida a través de la lente de su afinidad de principios por la izquierda liderada por los comunistas durante un momento de histeria de derecha.

A medida que ascendía el Miedo Rojo (Red Scare) de finales de la década de 1940, el aparato represivo del gobierno de los Estados Unidos se centró en aquellos que no estaban dispuestos a consentir el anticomunismo. Robeson no solo apoyó y financió organizaciones dirigidas por comunistas, como el Congreso de Derechos Civiles (CRC) y el Consejo de Asuntos Africanos (CAA), sino que también desafió la hegemonía capitalista occidental al prestar apoyo vocalmente a la Unión Soviética, el único lugar donde “se sentía como un ser humano”, comentarios traidores desde el punto de vista de Washington.

Después de la acusación de 1948 del Partido Comunista, la principal dirección de los Estados Unidos, Robeson se convirtió en copresidente del Comité Nacional No Partidista para Defender los Derechos de los Doce Líderes Comunistas. En 1950, el pasaporte de Robeson fue revocado; fue vigilado incesantemente. Al no poder viajar al extranjero para obtener ingresos por conciertos, la capacidad de Robeson para financiar el CRC y la CAA se vio perjudicada.

Si bien la membresía de Robeson en el Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA) es impugnada, Martin Duberman señala que se ofreció a unirse públicamente en 1951; en parte para criticar a los inquisidores del Miedo Rojo, en parte en solidaridad con sus asediados camaradas. Sin embargo, la propuesta fue rechazada por los líderes de la CPUSA; se consideró que Robeson era más eficaz como líder en los movimientos por la igualdad y la liberación con su membresía ambigua. Gerald Horne se preguntó si Robeson había sido secretamente miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña, que era “más probable que la membresía de Estados Unidos”. Aproximadamente 20 años después de la muerte de Robeson, Gus Hall, líder comunista desde hace mucho tiempo, afirmó que Robeson era miembro, y que él y Henry Winston se reunían regularmente con él “para aceptar sus cuotas y renovar su membresía anual…”1 Independientemente de su membresía real, una cosa es cierta: al igual que otros radicales negros asociados con la izquierda liderada por los comunistas, Robeson trabajó para reforzar una Alianza Rojo-Negra. Por esto, tuvo que ser castigado.

In 1950, during the &quot;Red Scare&quot;, famed performer Paul Robeson had his US  Passport revoked because his views and opinions were cons… | Red scare,  Arches park, Threat

En 1943, Robeson fue considerado “probablemente el negro vivo más famoso” por la revista Time. Un año después, 12.000 personas se reunieron para desear feliz cumpleaños al atleta, artista, bajo-barítono y campeón de los derechos civiles. Según todos los informes, Robeson no tenía miedo de confrontar a los presidentes y líderes mundiales.

Internacionalista, Robeson se negó a limitar sus críticas al racismo y a Jim Crow. En una reunión patrocinada por el Consejo de Asuntos Africanos de 1946 en la Iglesia Bautista Abisinia, conectó las luchas por la igualdad a nivel nacional con la demanda de independencia y liberación internacional, específicamente en Sudáfrica. Dijo a la audiencia de 4.000 personas: “La libertad para los pueblos negros oprimidos de Sudáfrica es inseparable de la lucha por la libertad en todas partes: en China, en la India o en nuestro propio Sur”.

Este fue un tema recurrente. En un mitin patrocinado por la CAA en el Madison Square Garden al que asistieron 15,000 personas, Robeson apoyó la independencia colonial, al tiempo que desafió el impulso de la administración Truman hacia la Guerra Fría. Dijo: “El grito de los imperialistas de ‘Detener a Rusia’“ debe ser “ahogado por la voz del pueblo estadounidense que exige la unidad de los Tres Grandes [Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña] por la libertad colonial”.

Agregó: “’Stop Russia’ realmente significa detener la independencia colonial, detener la nueva democracia de Europa, detener los sindicatos, detener la organización y el voto de los negros”. En la cobertura del New York Times del mitin del Madison Square Garden, la CAA fue etiquetada como una “organización controlada por los comunistas apoyada principalmente por negros”, un comentario revelador que presagia la represión política racista por venir.

Robeson también abogó por la paz. En un mitin de Hands off Korea en julio de 1950, Robeson, junto con los comunistas Benjamin Davis, Jr. y Ferdinand Smith, vincularon el militarismo estadounidense con la lucha contra la ocupación colonial. Declaró: “No queremos guerra y no habrá ninguna… En todo el mundo impondremos la paz”.

Why Soviet Russia Named a Tomato After an American Celebrity - Gastro  ObscuraEn agosto, los funcionarios del Jardín prohibieron a Robeson y a la CAA alquilar las instalaciones. Las libertades civiles fueron sofocadas para dar cabida a activistas –como A. Philip Randolph y Walter White– más dispuestos a consentir el anticomunismo a cambio de concesiones de derechos civiles. En cualquier caso, las acciones del Jardín fueron denunciadas “como una negación de la libertad de expresión y el derecho de reunión”. Robeson convocó piquetes para protestar por la decisión, con la participación de 100 personas.

Según Alphaeus Hunton, socio de Robeson en la CAA, “no es casualidad que una organización negra progresista [la CAA] y un gran líder negro como Paul Robeson”, fueran atacados. Robeson, Hunton y la CAA ejemplificaron una aún potente alianza rojo-negra.

En diciembre de 1951, Robeson y William L. Patterson, jefe de la CDN, entregaron simultáneamente la histórica petición We Charge Genocide  a la ONU en Nueva York y París, respectivamente, ejerciendo presión internacional contra el racismo, Jim Crow y los horrores del linchamiento. La petición era una “catalogación repugnante” de atrocidades. “El dedo acusador en la portada de la petición, vendida por decenas de miles en varios idiomas en todo el mundo, fue el de Robeson”, señala Gerald Horne.

Aunque fue confinado en el país, el FBI y la CIA vigilaron a Robeson, la CAA y el CRC. Por ejemplo, cuando la CAA trató de utilizar el cine como un recurso educativo mediante la producción y proyección del documental South Africa Uncensoredque Robeson narró – la CIA solicitó fondos para obtener copias; ahora solo se sabe que existe una copia. La película documentó “crudo y arenoso… imágenes testimoniales de primera mano de las terribles condiciones soportadas” por los sudafricanos negros bajo el apartheid. Su “estética refleja la procedencia clandestina e ilícita de las imágenes de origen” y captura el “vil espectáculo de ocio blanco de disfrutar de puñetazos forzados entre trabajadores negros”. El final de la película “yuxtapone imágenes de discriminación y violencia policial en Harlem como un espejo retórico para su audiencia estadounidense prevista”, un espejo relevante hoy en día mientras continúa el asalto a las vidas negras.

Durante este tiempo, Robeson también ayudó a establecer un “Fondo Nacional de Libertad” para apoyar a las organizaciones que luchan por “el pleno estatus de ciudadanía igualitaria” de los afroamericanos; la CAA, el Consejo Nacional del Trabajo Negro y el periódico Freedom  de Robeson fueron beneficiarios del Fondo.2

Paul Robeson, del éxito fulgurante al olvido por su defensa de la libertad  | Cultura | EL PAÍSEn la edición introductoria de noviembre de 1950 de Freedom, Robeson hace una observación asombrosa. Señala que un “simpatizante” se había detenido a saludar mientras caminaba por Harlem; él preguntó: “’Paul, ¿naciste en Rusia?” “Me reí, por supuesto”, escribió Robeson, “pero luego me tomé el tiempo para contarle a mi amigo la historia que compone esta columna. Porque lo que la pregunta reflejaba era que, de alguna manera, los amos de la prensa y la radio habían convencido al menos a este amigo de que una persona que lucha por la paz, por la admisión de la China popular en la ONU, por la amistad con la Unión Soviética, por los derechos laborales y por la plena igualdad para los negros ahora, no puede ser un estadounidense “real”,  debe ser ‘nacido en Rusia’“. Este sentimiento está en el corazón de la marginación forzada de Robeson y el CPUSA, un sentimiento que efectivamente convirtió a Robeson y todo lo que representaba en algo extraño y antiestadounidense.

A lo largo de su vida, Robeson desafió a los “chicos de los recados, [y] al tío Toms … de palabra y de hecho desafiaré a muerte a este sistema vicioso [Jim Crow] “,continuó, “porque me niego a permitir que mi éxito personal, como parte de una fracción del uno por ciento del pueblo negro, explique las injusticias a catorce millones de mi pueblo; porque con toda la energía a mi mando, lucharé por el derecho del pueblo negro y otros estadounidenses oprimidos impulsados por el trabajo a tener hogares decentes, trabajos decentes y la dignidad que pertenece a cada ser humano”.

Fue por este compromiso con la igualdad afroamericana, la liberación negra, los derechos de los trabajadores, el internacionalismo, la paz y el socialismo, que Robeson fue castigado. Este Mes de la Historia Afroamericana con los continuos ataques a la Teoría Crítica de la Raza y la igualdad, es más importante que nunca recordar a Robeson el revolucionario.

  1. Véase Martin Duberman, Paul Robeson: A Biography (Nueva York, 1989), pág. 420; Gerald Horne, Paul Robeson: The Artist as Revolutionary (Londres, 2016); y Gus Hall, “Paul Robeson: Artist, Freedom Fighter, Hero, American Communist”, Political Affairs, julio de 1998.
  2. A menos que se indique lo contrario, las fuentes de lo anterior se toman de Horne, Paul Robeson, 2016 y Tony Pecinovsky, The Cancer of Colonialism: W. Alphaeus Hunton, Black Liberation y El Daily Worker, 1944-1946 (Nueva York, 2021).

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Esta semana una estatua fue derribada en el Viejo San Juan. Tras más de cien años en la Plaza San José, la estatua de Juan Ponce de León fue derrumbada anonimamente en protesta por  la visita del rey de España a la isla. Conquistador de Puerto Rico, Ponce de León es uno de muchos colonizadores -no todos españoles- que han determinado el desarrollo histórico puertorriqueño. Su récord es similar al de la mayoría de otros conquistadores: muerte, destrucción, robo. Con la caida de su estatua, Puerto Rico se sumó, tardiamente diría yo, al movimiento global en contra de símbolos supremacistas y coloniales desatado en 2020 con la muerte de George Floyd.

Que en la colonia más antigua de este planeta se derrumben estatuas de colonizadores no debería sorprender a nadie. Lo verdaderamente sorprendente es que no ocurriera muchos antes, lo que deja claro cuán colonizada es la sociedad puertorriqueña.

Esta es una gran oportunidad para una discusión seria del colonialismo y sus efectos en Puerto Rico. Las estatuas no son objetos inocentes, sino reflejos ideológicos y culturales que encarnan mentalidades, reafirman dominios y perpetúan símbolos. Su destrucción es a veces necesaria para exorcisar los demonios del racismo, del colonialismo y del fanatismo.

Comparto este editorial del diario Washington Post sobre la reubicación de la estatua de Teodoro Roosevelt que por años estuvo ubicada a la entrada del Museo Americano de Historia, en Central Park. Su autor busca un balance entre los logros, limitaciones y fallas de Roosevelt. Reconoce que, dado lo compleja y contradictoria que es la figura de Roosevelt,  la ubicación de su estatuta no era correcta, pues podía ser interpretada como un enaltecimiento del racismo, del imperialismo y del colonialismo estadounidense. En otras palabras, reconoce el fuerte simbolismo de la figura de Roosevelt a caballo acompañado por un amerindio y un negro.

Termino con una cita del gran Albert Memmi que me parece relevante:

“The colonialist’s existence is so closely aligned with that of the colonized that he will never be able to overcome the argument which states that misfortune is good for something. With all his power he must disown the colonized while their existence is indispensable to his own. Having chosen to maintain the colonial system, he must contribute more vigor to its defense than would have been needed to dissolve it completely. Having become aware of the unjust relationship which ties him to the colonized, he must continually attempt to absolve himself. He never forgets to make a public show of his own virtues, and will argue with vehemence to appear heroic and great. At the same time his privileges arise just as much from his glory as from degrading the colonized.”

(«La existencia del colonialista está tan estrechamente alineada con la del colonizado que nunca podrá superar el argumento que afirma que la desgracia es buena para algo. Con todo su poder debe repudiar a los colonizados mientras su existencia sea indispensable para los suyos. Habiendo optado por mantener el sistema colonial, debe contribuir con más vigor a su defensa de lo que se hubiera necesitado para disolverlo por completo. Habiendo tomado conciencia de la injusta relación que lo une a los colonizados, debe intentar continuamente absolverse. Nunca se olvida de hacer una demostración pública de sus propias virtudes, y discutirá con vehemencia para parecer heroico y grande. Al mismo tiempo, sus privilegios surgen tanto de su gloria como de la degradación de los colonizados«.)


Theodore Roosevelt statue at New York museum to be relocated | AP News

El legado y las complejidades de Teddy Roosevelt todavía están con nosotros

The Washington Post

24 de enero de 2022

Para la semana pasada, finalmente había llegado el momento, de hecho, probablemente ya estaba vencido, de retirar la estatua de bronce de Theodore Roosevelt que había estado durante 80 años en la entrada del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, en Central Park West. Se hizo objetable, como un inconfundiblemente colonial panegírico a la supremacía blanca, por las semejanzas acompañantes de dos figuras serviles a pie, un hombre africano y un hombre nativo americano, que flanqueaban la figura heroica de Roosevelt, montado a caballo.

Roosevelt, que no quería que se erigieran estatuas en homenaje a él, sigue siendo uno de los presidentes más venerados de este país, y entre los más consecuentes. También tenía defectos. Un sitio más feliz para esa estatua, para contextualizarla junto con la impresionante variedad de logros y deficiencias del 26º presidente, se encuentra entre las exhibiciones de un gran museo o biblioteca, en lugar de como una figura frente a la calle.

Y ahí es donde se dirige el monumento: a la nueva Biblioteca Presidencial Theodore Roosevelt de $ 250 millones, en las Badlands de Dakota del Norte. La biblioteca, diseñada por un destacado arquitecto, está programada para abrir al público en 2026.

La estatura de Roosevelt no debe confundirse con la de otras figuras cuyas semejanzas en bronce y piedra han sido eliminadas, o derribadas, en los últimos años. La mayoría de ellos eran héroes de la Confederación, traidores a los Estados Unidos que dedicaron sus vidas a una guerra destinada ante todo a preservar la esclavitud.

Por el contrario, el legado de Roosevelt  fue infinitamente más estratificado, difícilmente sin pecado, pero admirable en muchos niveles. Su lista de primicias es impresionante. Cualquier estadounidense que haya visitado un parque nacional o bosque ha sido tocado por uno de sus logros característicos. También tenía puntos de vista racistas, genocidas, en el caso de los nativos americanos, que eran típicos de los estadounidenses blancos de su tiempo.

Theodore Roosevelt statue removed from front of NYC's Museum of Natural  History | Fox News

A juzgar por la publicación inicial de la biblioteca, una «guía de historias» de 310 páginas que describe la misión y los valores, significa contar la historia de Roosevelt de manera inclusiva, con la intención de seguir el propio dicho de Roosevelt: «Para aprender algo del pasado es necesario saber, tan cerca como sea, la verdad exacta».

Eso significaría reconocer sus iniciativas innovadoras en la Casa Blanca. Fue el primer presidente de los Estados Unidos en nombrar a una persona judía para su gabinete (Oscar Straus, secretario de comercio y trabajo). El primero en invitar a un hombre negro, Booker T. Washington, a cenar en la Casa Blanca, una medida que encendió los llamados a un juicio político. El primero en visitar un país extranjero como presidente. El primero en hacer de la preservación del medio ambiente una pieza central de su administración, incluso mediante el establecimiento de cinco parques nacionales y otras reservas en más de 230 millones de acres de tierras públicas.

También fue un hombre de contradicciones. Después de su cena con Washington, no hizo nada para promover los derechos civiles. De hecho, complació a los sureños racistas dar de baja deshonrosamente a 167 soldados negros en un regimiento del Ejército de los Estados Unidos en Texas, incluidos seis ganadores de la Medalla de Honor, basados en cargos falsos. Racionalizó el proyecto colonial de los Estados Unidos invocando lo que ahora se vería como un poder blanco directo.

La biblioteca dice que humanizará a Roosevelt, no lo lionizará. Esa es la forma correcta de acercarse a un presidente cuyo legado sigue siendo poderoso y poderosamente complejo, más de un siglo después de que dejó el cargo.

El legado y las complejidades de Teddy Roosevelt todavía están con nosotros

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

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Además del video, incluyo la transcripción de la entrevista.

“Gangsters of Capitalism”: Jonathan Katz on the Parallels Between Jan. 6 and 1934 Anti-FDR Coup Plot

Democracy Now   January 26, 2022

We speak to award-winning journalist Jonathan Katz about his new book “Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire.” The book follows the life of the Marines officer Smedley Butler and the trail of U.S. imperialism from Cuba and the Philippines to Haiti, the Dominican Republic, Nicaragua and Panama. The book also describes an effort by banking and business leaders to topple Franklin D. Roosevelt’s government in 1934 in order to establish a fascist dictatorship. The plot was exposed by Butler, who famously declared, “War is a racket.” The far-right conspiracy to overthrow liberal democracy has historical parallels to the recent January 6 insurrection, says Katz.

Transcript

This is a rush transcript. Copy may not be in its final form.

AMY GOODMAN: This is Democracy Now!, democracynow.org, The War and Peace Report. I’m Amy Goodman, with Juan González.

As the January 6th House committee and federal prosecutors continue investigation into last year’s deadly insurrection at the U.S. Capitol and Donald Trump’s efforts to overturn the election, we turn to look at a largely forgotten effort to topple the U.S. government in the past.

It was 1934. Some of the nation’s most powerful bankers and business leaders plotted to overthrow President Franklin Delano Roosevelt in order to block the New Deal and establish a fascist dictatorship. The coup plotters included the head of General Motors, Alfred P. Sloan, as well as J.P. Morgan Jr. and the former president of DuPont, Irénée du Pont. The men asked the celebrated Marine Corps officer Smedley Butler to lead a military coup. But Butler refused and revealed what he knew to members of Congress. This is a clip of General Smedley Butler speaking in 1934.

MAJOR GENSMEDLEY BUTLER: I appeared before the congressional committee, the highest representation of the American people, under subpoena to tell what I knew of activities which I believed might lead to an attempt to set up a fascist dictatorship.

The plan, as outlined to me, was to form an organization of veterans to use as a bluff, or as a club at least, to intimidate the government and break down our democratic institutions. The upshot of the whole thing was that I was supposed to lead an organization of 500,000 men which would be able to take over the functions of government.

I talked with an investigator for this committee who came to me with a subpoena on Sunday, November 18. He told me they had unearthed evidence linking my name with several such veteran organizations. As it then seemed to me to be getting serious, I felt it was my duty to tell all I knew of such activities to this committee.

My main interest in all this is to preserve our democratic institutions. I want to retain the right to vote, the right to speak freely and the right to write. If we maintain these basic principles, our democracy is safe. No dictatorship can exist with suffrage, freedom of speech and press.

AMY GOODMAN: At the time, Marine Major General Smedley Butler was one of the most celebrated Marine officers in the country, having played key roles in U.S. invasions and occupations across the globe, including in Cuba, Nicaragua, Puerto Rico, Haiti, Mexico and the Philippines. But Smedley Butler later spoke out against U.S. imperialism, famously writing, “War is a racket. It always has been. It is possibly the oldest, easily the most profitable, surely the most vicious. … It is the only one in which the profits are reckoned in dollars and the losses in lives. … It is conducted for the benefit of the very few, at the expense of the very many,” Butler said.

We’re joined now by the award-winning author Jonathan Katz, author of the new book Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire, also the author of The Big Truck That Went By: How the World Came to Save Haiti and Left Behind a Disaster.

Welcome back to Democracy Now!, Jonathan. This is a fascinating book. I mean, for people who don’t know about, for example, this attempted coup of 1934, can you talk more about exactly how it unfolded? The parallels to these days are quite interesting, but let’s start with the original story that took place, what, like 90 years ago.

Gerald MacGuire and the Plot to Overthrow Franklin Roosevelt | Connecticut  History | a CTHumanities Project

Gerald C. MacGuire

JONATHAN KATZ: Yeah. So, it actually starts in 1933. A representative of a prominent Wall Street brokerage house named Gerald C. MacGuire starts trying to recruit Smedley Butler to — it actually starts out as like kind of an internal plot to get him to speak against Franklin D. Roosevelt taking the dollar off the gold standard at an American Legion conference in Chicago, but it broadens from there. And by 1934, MacGuire is sending Butler postcards from the French Riviera, where he’s just arrived from fascist Italy, from Berlin, and then he comes to Butler’s hometown of Philadelphia and asks him to lead a column of half a million World War I veterans up Pennsylvania Avenue for the purpose of intimidating Franklin Delano Roosevelt into either resigning outright or handing off all his executive powers to a all-powerful, unelected cabinet secretary who the plotters who were backing MacGuire were going to name.

Butlerdogs

JUAN GONZÁLEZ: And, Jonathan, didn’t Butler also claim, in addition to these corporate leaders, that there were folks like Prescott Bush involved in this, the father of George Herbert Walker Bush and grandfather of George W. Bush?

JONATHAN KATZ: So, there’s actually a kind of a game of broken telephone going on with his name being involved in this. So, Bush was actually — Prescott Bush was actually too much involved with the actual Nazi Party in Germany to be involved with the business plot. Bush was a partner at Brown Brothers Harriman, which is still a major investment bank based in New York, across the street from Zuccotti Park, their headquarters. And Bush was the — Brown Brothers Harriman was the subject of a different investigation by the same congressional committee, because that committee’s ambit was to investigate all forms of sort of fascist influence and all attempts to subvert American democracy. And because Brown Brothers was part of a separate investigation, they end up sort of in the same folder at the National Archives, and then it ends up sort of getting mixed up in a documentary that came out about 10 years ago. So that’s actually a misunderstanding. Butler never brought up Prescott Bush’s name. But it was because Prescott Bush was too involved with the actual Nazis to be involved with something that was so homegrown as the business plot.

JUAN GONZÁLEZ: And in terms of why they were recruiting Butler, his importance in the early and mid-20th century as a military hero, could you talk about that, as well?

JONATHAN KATZ: Yeah. So, Butler was — you know, he was the Zelig. He was like the Forrest Gump of American imperialism in the early 20th century. He joined the Marines in 1898. He lied about his age. He was 16 years old. And he joined to fight in the Spanish-American War, or the Spanish-Cuban-American War, against Spanish imperialism in Cuba. But from there, he rides a wave of imperial war, and he’s everywhere. He’s in the Philippines. He invades China twice. He helps seize the land for the Panama Canal. He overthrows governments in Nicaragua, in Haiti. He invades the Dominican Republic, etc. He’s also a general during World War I.

And so he had this very, very long and renowned résumé in the Marine Corps — he was twice the recipient of the Medal of Honor — that made him a big star in America. And he was also — he had a reputation as being sort of a Marines general, like he was somebody who had the deep and abiding respect of his enlisted men. And because of that résumé of having overthrown a lot of democracies overseas and also having, you know, the loyalty of so many members of the Marine Corps, that, for the best — the best as we can tell, is why Gerry MacGuire, and probably his boss Grayson Murphy, went to Butler to lead their putsch.

AMY GOODMAN: Now, we want to get into this early history, because it is fascinating. When you, you know, mention the Philippines, when you mention Cuba and Puerto Rico, people are not really aware — most people, I think — of what the U.S. role was. But just on this plot in 1934, what did General Motors and J.P. Morgan have to do with this? What was the Liberty League? And how far did this go?

JONATHAN KATZ: So, the reason why we know about the Liberty League’s involvement is because Gerry MacGuire, who is the representative of this Wall Street firm, tells Butler at this meeting in 1934 that very soon an organization is going to emerge to back the putsch. And he describes them as being sort of the villagers in the opera, that they would sort of be operating behind the scenes. And a couple weeks later, on the front page of The New York Times, this new organization is announced, the Liberty League, and it started by the du Ponts, Alfred P. Sloan, all of the people that you just mentioned, and is also directly connected to MacGuire, the guy who’s recruiting Butler, because his boss, Grayson M.P. Murphy, who is really, I think, the linchpin of this thing, is the treasurer of the Liberty League.

Hake's - &quot;AMERICAN LIBERTY LEAGUE&quot; RARE ANTI-FDR BUTTON C. 1934.

And what the Liberty League was, was it was basically a consortium of extremely wealthy capitalist industrialists who hated Franklin Roosevelt. They also had the involvement of two former Democratic presidential candidates, Al Smith and John W. Davis, who were anti-New Deal Democrats. And basically, you know, their public-facing goal — and they were very open about this — was to dismantle the New Deal, which FDR was trying to use to save Americans, to put millions of Americans back to work and save Americans from the Depression.

What we don’t know is how far the — maybe the more senior members of the Liberty League, like the du Ponts, had gotten in the planning. And the reason why we don’t know is because the congressional committee that Butler testifies in front of, which is headed by John W. McCormack, who goes on to become the longtime speaker of the House, Samuel Dickstein, who was a Democrat of New York, they cut their investigation short. The only people who testify are Butler, a newspaper reporter who Butler has enlisted in sort of an independent investigation, Gerry MacGuire and the lawyer for one of the maybe lower-level industrialists who’s behind this, the heir to the Singer sewing machine fortune. And so, absent that more detailed investigation, we just don’t know the extent to which the du Ponts, for instance, actually were involved in the planning of the business plot. They may have already been fully involved and just stopped planning once Butler blew the whistle, or it’s possible that Murphy hadn’t got them involved yet. We just can’t say.

JUAN GONZÁLEZ: And what was the reaction of the press at the time to the claims of Butler? It might be instructive, given the things that we’re going through today.

JONATHAN KATZ: Yeah. It was ridicule. So, you know, this was big news at the time. The story ran on the front page of The New York Times, but the Times, you know, they kind of divided it in half, and half of the column inches on the front were just sort of these, like, hilarious denials by the accused. Time magazine, which was owned by Henry Luce, the billionaire son — or, millionaire son of missionaries to China, you know, ran sort of a satirical piece mocking Butler. The Times mocked Butler further in an unsigned editorial. It was basically peals of laughter.

And a couple months later, once the committee had issued its final report — again, they didn’t do a full investigation, but they did enough to say that they were able to, in their words, verify all the pertinent statements made by General Butler and that, you know, something was planned and may have been put into action at such a time as the plotters, however many there were, saw fit. That conclusion got far, far less attention. And to a certain extent, it really — it kind of — you know, it severely damaged, I would say, Butler’s reputation among the establishment, among the American elite. And it sort of helped consign the business plot to maybe not the dustbin, but kind of the forgotten marginalia of American history.

AMY GOODMAN: So, this is critical. I mean, you’re talking about them fighting FDR, calling him a socialist, the New Deal, and then jump forward almost a century to today. Talk about the parallels you see with the Capitol insurrection and beyond that.

JONATHAN KATZ: Yeah, the parallels are legion — no pun intended. I mean, so, one clear set of parallels is that Gerald MacGuire, who’s the bond salesman who tries to recruit Butler, one of the places that he went in Europe in 1934 to gain inspiration for this plot — again, it was a totally homegrown thing, but he was looking to fascist movements in Europe for inspiration — was to Paris, where, six weeks before MacGuire arrived in Paris, there was a riot of far-right and fascist groups. They tried to storm the Parliament in Paris to prevent the handover of power to a center-left prime minister. They were animated by a kind of a crazy conspiracy theory, an antisemitic conspiracy theory, that involved somebody who had committed suicide. Sort of, you know, there was a conspiracy that he hadn’t really killed himself. And that group, one of the groups that participated in that riot, called the Croix-de-Feu, or the Fiery Cross, was, in MacGuire’s terms, exactly the sort of organization that he wanted Butler to lead.

You know, you look at that, that is one of the closest historical parallels to what happened on January 6, you know, sort of a motley assortment of groups, some of which hate each other, others were kind of unaligned, but they’re all sort working together in this effort to overthrow a democracy, prevent the transfer of power to a center-left prime minister, who they see as a stalking horse for communism or socialism. And really, I mean, that’s one of the closest historical antecedents. And there are many others, including, I mean, just the fact that it was a fascist coup being plotted in the United States to overthrow American democracy at a time when liberal democracy was seen by a lot of people as being on the way out. And, you know, we see the same things here today.

JUAN GONZÁLEZ: And, Jonathan, if you could just briefly, in a few seconds, give us a sense of how Butler changed from being a soldier of imperialism to an anti-imperialist? What caused him to have this transformation?

Imagen 1

JONATHAN KATZ: Yeah, I mean, so that was really like the central question that I was trying to answer for myself in writing Gangsters of Capitalism. I would say that there wasn’t one single moment. To a certain extent, Butler is kind of returning to his roots. Among other fascinating things about the guy, he’s a Quaker from Philadelphia’s Main Line. And he gets into his first war at the age of 16, fighting against imperialism and tyranny. And to a certain extent, over the course of his career, he sees that the primary beneficiaries of his and his Marines’ interventions are the banks, are Wall Street, are American politicians. And then he sees the ways in which, you know — excuse me — imperialism abroad gets reimported as authoritarianism and fascism at home. And that’s really why he ends up spending the last 10 years of his life decrying the military-industrial complex, writing War Is a Racket, and trying to — ultimately, trying and, of course, failing to prevent the outbreak of World War II and the United States’ entry into it.

AMY GOODMAN: Well, we want to thank you so much, Jonathan Katz, for joining us, award-winning journalist, author. His latest book, Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire. His writings appear on TheRacket.news.

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El Instituto Franklin de la Universidad del Alcalá de Henares (IF-UAH)  es la única institución universitarias española dedicada a la investigación y docencia graduada de temas relacionados con  Estados Unidos.  Fundado en 1987, el IF-UHA posee un programa de Maestría en estudios norteamericanos, grupos de investigación, una editorial y programas de becas de estudio e investigación. Además, de una colección de libros, publica varias revistas (Tribuna Norteamericana, Revista Española de Estudios Norteamericanos (REDEN) y Camino Real Estudios de las Hispanidades Norteamericanas) y posee una bitácora (Diálogo Atlántico). Envidiable para quienes, desde el subdesarrollo económico y mental, buscamos desarrollar la investigación y el estudio de Estados Unidos con un óptica latinoamericana.

En esta corta nota publicada en Diálogo Atlántico, el Dr. Ignacio Uría comenta el proceso que llevó a la creación e imposición al pueblo cubano de la enmienda Platt. Uría recoge muy bien el juego de intereses económicos, ideológicos, estratégicos  y raciales   que determinaron el desarrollo de las relaciones cubano-estadounidenses en un momento crucial de la historia de Cuba.

Este análisis les sirve de base para introducir su libro Viento norte. La primera ocupación militar norteamericana de Cuba (1899-1902), co-editado por la editorial  Los Libros de la Catarata y el Instituto Franklin-UAH como parte de la Colección de Estudios Norteamericanos. Esta obra será presentada mañana miércoles 19 de enero a las 7:30PM (hora de Madrid)  en el Congreso de Diputados de España. Desafortunadamente no habrá transmisión en línea de esta actividad.

Ignacio Uría es profesor contratado  de la Universidad de Alcalá y  Doctor por la Universidad de Navarra. Ha sido Visiting Researcher en Georgetown University  y Senior Associate Researcher en el Cuban Studies Institute.


Viento-norte-DA

Estados Unidos en Cuba: ¿anexión o independencia?

Ignacio Uría

Diálogo Atlántico     18 de enero de  2022

España perdió Cuba en 1898 y, partir de ese momento, la Isla dejó de interesarle a la gran mayoría de los españoles. Por eso, el periodo posterior a la derrota apenas se conoce en nuestro país. Sin embargo, se trató de una etapa clave para los cubanos, para Estados Unidos y para los doscientos mil españoles (el 10 % de la población) que se quedaron allí.

Entre 1899 y 1902, EE. UU. ocupó militarmente Cuba. Este hecho es capital en la historia norteamericana, ya que se trató su primera intervención en América y su ascenso a potencia regional llamada a empresas mayores. Gracias a esa intervención, Cuba se convirtió en un semiprotectorado estadounidense, situación imprevista cuando Washington declaró la guerra a España «por motivos humanitarios y solo el tiempo estrictamente necesario». Al menos, esa fue su declaración.

Sin embargo, EE. UU. permaneció en la Isla durante casi cuatro años e inició una renovación estructural que afectó a la educación y la judicatura, el ejército, la economía o las relaciones con la Iglesia católica. Incluso permitió la redacción de una nueva Constitución. Cuba se convirtió entonces en un laboratorio político con inmensas posibilidades económicas, sociales y estratégicas. Tan grandes que, desde el primer momento, se planteó convertirla en un nuevo estado de la Unión. El número 46, antes que Oklahoma, Nuevo México, Arizona, Alaska o Hawái, que aún no pertenecían a EE. UU.

En contra de la anexión estaban, por supuesto, los mambises cubanos, que llevaban cuatro décadas luchado contra España. A favor, se encontraba la colonia española, un próspero grupo compuesto por decenas de miles de personas que habían decidido permanecer en la Isla. ¿Motivos? Lazos familiares, propiedades y negocios, empleos… o la incapacidad de comprar un pasaje a España. Para ellos, Norteamérica suponía estabilidad política y el acceso a un mercado inmenso de 76 millones de consumidores que necesitaba el azúcar de Cuba.

original

En EE. UU., entre tanto, había disparidad de opiniones acerca de la anexión. Se oponían a ella los estados productores de tabaco (Virginia, Kentucky, Carolina del Norte o Tennessee) o de azúcar (ya fuera de caña, como Luisiana, o de remolacha, como California), amenazados todos por la producción cubana, más amplia y de mejor calidad. Tampoco la querían aquellos estados de mayoría blanca, opuestos a la integración de un territorio donde el 40 % de la población era negra. Y, finalmente, un grupo de legisladores —tanto republicanos como demócratas— para los que anexionarse a Cuba contradecía el ideario democrático estadounidense y traicionaba las promesas hechas a los independentistas.

Sin embargo, la Isla era clave desde el punto de vista militar por su situación a la entrada al Caribe, un mar que EE. UU. quería controlar a cualquier precio. También, por las grandes oportunidades económicas (el ferrocarril, las minas de cobre, la construcción…) y su privilegiada posición cercana al canal de Panamá, que pronto comenzaría a operar controlado por los norteamericanos una vez que los panameños se independizaran de Colombia.

Por todos estos motivos, la amenaza de la anexión sobrevoló durante toda la ocupación de Cuba, pero fue neutralizada porque los cubanos maniobraron con habilidad. ¿Cómo lo consiguieron? Convenciendo a Estados Unidos de que no hacía falta perturbar su política interna si podían conseguir lo mismo por medios más sencillos y baratos (como tener una base naval en Guantánamo, situación que pervive hoy). En síntesis, si alcanzaban la independencia, serían un aliado fiable.

A cambio, ciertamente, Cuba pagó un alto precio: la entrega de su política exterior a EE. UU. mediante la Enmienda Platt, una cláusula constitucional impuesta de Washington y que dividió a la clase política en dos bandos, los reformistas y los rupturistas. Sin embargo, gracias a esta concesión, Cuba alcanzó la libertad y un tratado de reciprocidad comercial que les garantizó el acceso al mercado estadounidense. La soberanía nació mediatizada, sin duda, pero suponía el primer paso hacia la verdadera independencia, alcanzada en 1902.

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Todas estas cuestiones son analizadas en el libro Viento norte. La primera ocupación militar norteamericana de Cuba (1899-1902), co-editado recientemente por Los Libros de la Catarata y el Instituto Franklin-UAH dentro de la Colección de Estudios Norteamericanos. Esta monografía incorpora documentación inédita de archivos estadounidenses (Library of Congress, National Archives and Records Administration, Harvard University…), cubanos (Archivo Nacional de Cuba) y españoles (Archivo Histórico Nacional), así como monografías y artículos académicos hasta 2021.

El miércoles 19 de enero a las 19:30 horas se celebrará la presentación del libro en la Sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados (Madrid).


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Smedley Darlington Butler es una  de las figuras más interesantes en el desarrollo del imperialismo estadounidense. Como oficial del Cuerpo de Infantes de Marina, participó en las principales intervenciones militares estadounidenses en las primersas décadas del siglo XX: Cuba, Nicaragua, Panamá, Haití, China y México. Sin embargo, también se convirtió en un duro crítico del uso de la fuerza para adelantar y promover los grandes intereses económicos de los Estados Unidos.

En en este trabajo el Dr. Patrick Iber reseña el libro del periodista Jonathan M. Katz titulado  Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire (MacMillan, 2022). Iber es profesor asociado de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison y autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America.


The Drinks of the Marine Corps: Smedley Butler and the Origin of “Old  Gimlet Eye” - National Museum of the Marine Corps

El marine que se volvió contra el imperio estadounidense

Patrick Iber

The New Republic    11 de enero de 2022

Hay algunas figuras cuyo lugar en la historia del pasado estadounidense es tan central que los escolares no pueden evitar conocerlas: George Washington, o Abraham Lincoln, o Rosa Parks. Pero también hay un grupo de personas que no han pasado a la leyenda nacional, y tal vez cuyas vidas no se consideran aptas para explicar a los niños. Es más probable que se hallen, si es que se encuentran, en las instituciones que a menudo atraen la atención de los jóvenes entre las edades de 18 y 22 años. Entre ellos, probablemente solo haya una sola persona que será descubierta casi exclusivamente por dos grupos generalmente no superpuestos: ávidos lectores del corpus de Noam Chomsky y miembros del Cuerpo de Marines. Ese hombre, de pie solitario a horcajadas sobre el centro en forma de lente de un peculiar diagrama de Venn, tiene el improbable nombre de Smedley Darlington Butler. El nombre refleja la herencia cuáquera de Pensilvania de Butler: su padre, Thomas Butler, fue congresista en el escaño que una vez ocupó el padre de su esposa, Smedley Darlington. Ambos eran familias prominentes, pero el joven Mayor Butler no seguiría una carrera en la política. Tenía 16 años cuando estalló la guerra hispano-cubano-estadounidense. Estados Unidos prometió que estaba entrando en la lucha para liberar a las colonias españolas de ultramar restantes de la tiranía. A pesar de la tradición cuáquera de pacifismo, Butler creía en la misión. “Apreté los puños cuando pensé en esos pobres demonios cubanos que estaban hambrientos y siendo asesinados por los bestiales tiranos españoles”, escribió más tarde. Cuando leyó sobre la explosión  del USS  Maine en el puerto de La Habana en 1898, que el “periodismo amarillo” de la época  pintó como un ataque español, decidió alistarse en los Marines. Su carrera militar lo llevaría de Cuba a China a Centroamérica, donde se convirtió en una leyenda en el Cuerpo de Marines, representando el valor marcial y la virtud. Famoso en su día, tema de ficción y cine, se retiró con  dos  Medallas de Honor y un mayor número de apodos —Old Gimlet Eye, the Leatherneck’s Friend, the Fighting Quaker— que atestiguaban su lugar en la cultura.

En los países que ayudó a ocupar, un recuerdo diferente de Smedley Butler persiste. En Haití, simplemente era conocido como “El Diablo”. En Nicaragua, las madres solían callar a sus hijos con el reclamo: “¡Silencio! El Mayor Butler te atrapará”. El tiempo de Butler en los Marines coincidió con su transformación de un auxiliar de la Marina a tener su propia identidad y propósito como infantería colonial. Esto podría ser suficiente para explicar por qué Butler haría una aparición en los escritos antiimperialistas de Noam Chomsky. Pero no es la razón. En su retiro en la década de 1930, Butler tuvo una segunda carrera exitosa como orador público. Contó historias de su servicio militar. Y lo hizo desde un punto de vista notablemente crítico, incluso confesional.

Escribiendo en la revista socialista Common Sense  en 1935, lo expresó de esta manera:

Pasé 33 años y 4 meses en servicio activo como miembro de la fuerza militar más ágil de nuestro país: el Cuerpo de Marines. Y durante ese período pasé la mayor parte de mi tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes, para Wall Street y para los banqueros. En resumen, yo era un extorsionador del capitalismo.

Estas son las citas que enviarán al entusiasta de Chomsky corriendo a las pilas de la biblioteca de la universidad. Mientras tanto, en la Biblioteca del Cuerpo de Marines en Quantico, los escritos contra la guerra de Butler están aislados de sus memorias y otros textos sobre él, en una estantería separada para el pensamiento radical que incluye las obras de Marx.

Imagen 1Si perdió su ventana juvenil para Butleriana, ya sea por no ser miembro del Cuerpo de Marines o por no dedicar un estante en su dormitorio a las obras recopiladas de Chomsky, el nuevo y atractivo libro de Jonathan M. Katz es una oportunidad para corregir la omisión. En Gangsters of Capitalism, Katz sigue a Butler a través de los archivos y a pie, recorriendo el camino de Butler en todo el mundo: desde Cuba hasta Filipinas, Nicaragua y Haití. A veces, las visitas de Katz a los terrenos de Butler revelan las formas en que el imperio apenas ha relajado su comprensión. A veces revelan cuán dramáticamente ha cambiado el mundo. Juntos, muestran la fuerza de la crítica de Butler y algunas de sus limitaciones.

Cuando Butler aterrizó en Cuba, llegó a la Bahía de Guantánamo. La corta campaña de combate terrestre del Ejército de los Estados Unidos ya había terminado esencialmente, y España se vio obligada a renunciar a sus reclamos sobre Cuba. Con fines propagandísticos, Estados Unidos atribuyó la victoria a sus propias tropas e ignoró la lucha mucho más larga de los cubanos por su propia independencia. La intervención de Estados Unidos pronto se dirigió a reducir los cambios sociales por los que los cubanos habían estado luchando junto con su independencia. El presidente McKinley, que había tratado de comprar Cuba a España en 1897, interpretó que la “estabilidad” en Cuba significaba que las relaciones de propiedad permanecerían en gran parte intactas. El poeta y mártir cubano  José Martí, quien murió en combate en 1895, había previsto tales imposiciones, preguntando: “Una vez que Estados Unidos esté en Cuba, ¿quién lo expulsará?”

Sin embargo, la autorización para la guerra del Congreso prohibió a los Estados Unidos adquirir el territorio directamente (como lo haría el país con Puerto Rico y las Islas Vírgenes). En cambio, los Estados Unidos esencialmente hicieron de Cuba un protectorado, insistiendo  en la inclusión de la “Enmienda Platt” en la constitución de Cuba. Esa enmienda otorgó a los Estados Unidos el derecho de intervenir con el propósito de “mantener un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”. Y además requería el arrendamiento de tierras que pudieran servir como una estación de carbón o naval: la Bahía de Guantánamo. Fue precisamente esta cualidad legalmente ambigua de ser controlado por los Estados Unidos pero no ser parte de él lo que, 100 años después, hizo que Guantánamo fuera atractivo como la prisión y el sitio negro más notorios de la guerra contra el terrorismo.

El siguiente destino de Butler fue Filipinas. Al igual que los cubanos, los filipinos habían estado luchando por la independencia de España y por el cambio social. Pero a diferencia del caso de Cuba, ninguna ley estadounidense prohibió a las islas la incorporación territorial directa. McKinley razonó  que los filipinos no eran aptos para el autogobierno, y que las islas podrían perderse fácilmente ante otra potencia. En su mente, Estados Unidos no tuvo más remedio que tomar las islas y “civilizar” a sus residentes. Pero el ejército estadounidense terminó en una prolongada guerra de guerrillas. Atrapadas en un atolladero aterrador, las tropas estadounidenses emplearon abusos que volverían a ocurrir en prácticamente todos los conflictos con dinámicas similares en los años posteriores. Temerosas y sin distinguir entre insurgentes (que también eran, en este caso, combatientes de la independencia) y civiles, las fuerzas estadounidenses atacaron aldeas, creando nuevos enemigos. Y emplearon la tortura, como la “cura de agua” aprendida de los españoles, que implicaba forzar la apertura de la boca y verter cubos de agua por las gargantas de las víctimas supinas hasta que se “hincharan como sapos”.

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Parte del entusiasmo por mantener el territorio filipino provino de la creencia de que abriría el acceso al gran mercado chino, y China demostró ser el próximo destino de Butler. Allí, Estados Unidos estaba interviniendo en la Rebelión de los Bóxers como parte de una alianza de ocho naciones  para sofocar el movimiento anti-extranjero. Butler recibió dos disparos, uno en el muslo y otro en un botón que salvó sus pulmones. Ascendido a capitán, todavía tenía solo 19 años cuando representó a los Primeros Marines mientras marchaban hacia la Ciudad Prohibida. Las tropas saquearon y mataron a residentes chinos de Beijing indiscriminadamente. “Supongo que no deberíamos haber tomado nada, pero la guerra es un infierno de todos modos y ninguno de nosotros estaba en el estado de ánimo para mejorarla”, escribió Butler más tarde.

El imperialismo de esta era fue alimentado por un sentido de superioridad civilizatoria y racial. En el extremo más suave del espectro, esto justificó el control condescendiente, y en el extremo brutal, justificó el asesinato y la deshumanización. Pero los costos de la ocupación generaron descontento: los informes de la conducta de Estados Unidos en Filipinas y en China horrorizaron a algunos en los Estados Unidos. Mark Twain, por ejemplo, se agrió con el imperio estadounidense y escribió  en 1901 sobre el satírico “Blessings-of-Civilization Trust” que los Estados Unidos ofrecieron. Imaginó al sujeto colonial, descrito como la “Persona sentada en la oscuridad”, pensando: “Debe haber dos Américas: una que libera al cautivo, y otra que le quita la nueva libertad de un otrora cautivo, y escoge una pelea con él sin nada en lo que fundarlo; luego lo mata para conseguir su tierra”. O, como escribió un soldado afroamericano simplemente sobre la Guerra de Filipinas: “Todo esto nunca habría ocurrido si el ejército de ocupación hubiera tratado [a los filipinos] como personas”.

La versión particular de Estados Unidos de “elevación” fue en gran parte comercial. Los marines se encontraron construyendo infraestructura y emprendiendo iniciativas de salud pública que permitirían el buen funcionamiento del comercio internacional. Pero el “comercio” estaba frecuentemente representado por intereses comerciales concretos. En las décadas siguientes, Butler se encontraría en Panamá, que Estados Unidos ayudó a  separarse de Colombia para que pudiera construir un canal allí. Intervino en conflictos civiles en Nicaragua y Haití, lo que llevó a largas ocupaciones estadounidenses de ambos países. Se suponía que la “diplomacia del dólar” de la época, una política de tratar de atraer a los bancos privados de Estados Unidos a la gestión de las finanzas de los países más pobres, reemplazaría las guerras de ocupación al estilo filipino por “sustituir dólares por balas”. Pero también requirió muchas balas, ya que a menudo eran los marines los que terminaban defendiendo la propiedad y las inversiones de los Estados Unidos. Los Estados Unidos se apoderaron de las aduanas sin aumentar los ingresos y dirigieron el reembolso a los bancos estadounidenses, privando a los gobiernos de fondos para el desarrollo.

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Soldados estadounidenses a la entrada Palacio de Gobierno de Haití .

Butler con frecuencia se encontraba lidiando con intereses financieros y corporativos que estaban presionando al gobierno de los Estados Unidos para que actuara. Le molestaba. Las cartas de Butler a casa en la década de 1910 contienen los comienzos de los sentimientos antiimperialistas que expresaría en la década de 1930. En Nicaragua, donde la intervención de los marines ayudó a establecer un gobierno conservador que aceptaría la gestión financiera de Estados Unidos, escribió: “Lo que me enoja es que toda la revolución está inspirada y financiada por estadounidenses que tienen “wild-cat business” aquí abajo y quieren hacerlas buenas poniendo un gobierno que declare un monopolio a su favor”. A veces, estos sentimientos estaban sazonados con un racismo manifiesto hacia la gente de los países a los que fue enviado. “Es terrible que perdamos a tantos hombres luchando en las batallas de estos d—d spigs, todo porque [el banco de Wall Street] Brown Bros. tiene algo de dinero aquí”. En Haití, el propio Butler fue responsable de la institución del trabajo de corvée para la construcción de carreteras, que era un reclutamiento de trabajo no remunerado que se aplicaba con violencia, incluido el asesinato de aquellos que intentaban escapar. “¿No es eso esclavitud?”, preguntó un sobreviviente.

Gangsters of Capitalism no es solo una biografía de Butler. El marine muerto hace mucho tiempo también sirve como Virgilio de Katz, guiándolo en un viaje alrededor del mundo y a través del infierno de la vida después de la muerte del imperio. El propio Katz se enteró de Butler como reportero de Associated Press en Haití. Con sede en la capital haitiana de Puerto Príncipe durante el terremoto de 2010, Katz informó sobre el desastre, que  mató al menos a 100.000 personas; escapó de la casa que servía como oficina de AP poco antes de que colapsara. La pobreza de Haití, la  más cruda del hemisferio, indudablemente agravó el desastre natural del terremoto en una tragedia humana. (Chile tuvo un terremoto de mayor magnitud el mismo año, y las muertes numerados en  cientos.)

Y la pobreza de Haití es inextricable de su trato castigador por parte del resto del mundo, incluido Estados Unidos. En el siglo XVIII, había sido la colonia más rica de Francia, con una economía que dependía de la mano de obra esclava para producir azúcar, café y otros productos tropicales. Su revolución de 1791 a 1804, que tomó la forma de una revuelta de esclavos, la convirtió en la primera república negra del mundo. Su abolición de la esclavitud aterrorizó a los propietarios de esclavos en todo el continente americano. El país recién independizado enfrentó décadas de represalias imperiales. A través de la diplomacia de las cañoneras, Francia obligó a Haití a aceptar una enorme indemnización a cambio de reconocimiento. Años más tarde, Estados Unidos también intervino, con el argumento de que su objetivo era evitar que las potencias europeas ocuparan países del hemisferio occidental para cobrar deudas. Más de la mitad de las reservas de oro de Haití fueron llevadas a Nueva York en 1914, y la ocupación siguió de 1915 a 1934. El pago final de la indemnización de Haití se hizo en 1947, no a Francia, sino al National City Bank de Nueva York, el actual Citibank.

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Oficiales estadounidenses, Haití, 1915.

Como la mayoría de las potencias imperiales, Estados Unidos describió su ocupación como altruista. Pero su idea de altruismo colocó los intereses comerciales estadounidenses y la “estabilidad” política en primer lugar. Aquellos que se levantaron en rebelión fueron brutalmente reprimidos. Estados Unidos insistió en cambios a la constitución para permitir la propiedad extranjera de la tierra, lo que requirió la disolución de la legislatura de Haití a punta de pistola. Las fuerzas de ocupación estadounidenses trabajaron con las élites locales para imponer su visión del orden social, bloqueando las desigualdades existentes y desmantelando los mecanismos a través de los cuales podrían abordarse. Mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan ido, estos legados permanecen.

Mientras Katz sigue a Butler por todo el mundo, descubre que los recuerdos de las intervenciones estadounidenses son complejos. En Panamá, los grafitis que piden la expulsión de Estados Unidos de América Latina son pintados por pandillas callejeras que usan los nombres de “Irak” o “Pentágono”. El alcalde de Balangiga en Filipinas, el sitio de un ataque mortal contra las tropas estadounidenses que llevó a represalias generalizadas y brutales, le cuenta a Katz sobre el servicio de su propio hermano en los Marines de los Estados Unidos. Cuando Katz trata de resumir los puntos de vista del alcalde como “Tienes que recordar y olvidar al mismo tiempo”, el alcalde acepta instantáneamente.

Algunas de las visitas de Katz producen evidencia más convincente de legados en curso que otras. Butler fue parte de una ocupación de la ciudad mexicana de Veracruz en 1914, que las compañías petroleras estadounidenses habían alentado a proteger sus inversiones durante la Revolución Mexicana. Pero conectar esa ocupación con la política energética nacionalista del actual presidente mexicano requiere muchos puntos. En otros lugares, la dinámica de la represión se ha invertido. En Nicaragua, el gobierno de Daniel Ortega utiliza la historia del imperialismo estadounidense para  justificar un gobierno autoritario. Y en China, un grupo de académicos que hablaron con Katz no están ansiosos por responder a sus preguntas sobre si China, cuyo comportamiento hacia las islas cercanas y su presión financiera sobre los gobiernos aliados sería reconocible para Butler, también podría actuar como una potencia imperial.

El retiro formal de Butler del Cuerpo de Marines se produjo en 1931. Había pasado algunos años en la década de 1920 como director de seguridad pública de Filadelfia, cuando tomó una línea dura contra el vicio mientras intentaba interrumpir las redes de protección operadas por oficiales de policía corruptos. Lo vio todo como parte de una lucha más amplia contra el “gangsterismo”. A finales de la década de 1920, sus hijos estaban en la universidad, y él necesitaba ingresos suplementarios. Pronto se dio cuenta de que había una audiencia para sus historias. A veces lo metían en problemas: lo pusieron bajo arresto domiciliario después de contar una historia sobre Mussolini atropellando a un niño. Pero sus observaciones privadas pronto se convirtieron en parte de la conversación pública en un país que experimenta la Gran Depresión y observa el desarrollo del fascismo y el militarismo en Europa.

51d8aZNSksL._SX355_BO1,204,203,200_En los Estados Unidos, Butler se opuso a su propagación. En 1934, testificó  ante el Congreso que había sido abordado por banqueros de Wall Street para organizar un golpe fascista contra Franklin Roosevelt. Si este “complot comercial” había avanzado hasta el punto de ser una amenaza seria sigue sin resolverse, pero Butler ciertamente había sido testigo de cómo las empresas cambiaban un gobierno que encontraban desagradable muchas veces en su carrera. “Mi interés”, dijo, “es mantener una democracia”. En 1935, algunos de sus discursos más populares fueron compilados en un panfleto llamado  War Is a Racket, que  caracteriza el conflicto militar como algo “llevado a cabo para el beneficio de unos pocos, a expensas de muchos”. Era, como dice Katz, “una jeremiada para una audiencia masiva” que esperaba que detuviera la próxima guerra.

Butler murió en 1940 y se desvaneció de la prominencia pública. Pero Katz argumenta que la vida de Smedley Butler es una que debemos recordar. Como para reforzar el punto, mientras Gangsters of Capitalism  estaba en prensa, los EE.UU. Los militares  se retiraron de Afganistán, poniendo fin a una guerra de 20 años que trajo más prosperidad al norte de Virginia que al propio Afganistán. En septiembre, la Patrulla Fronteriza hizo retroceder a un grupo de haitianos  que buscaban refugio en la frontera con Estados Unidos. Al mismo tiempo, la administración Biden buscó encontrar un contratista privado para contratar guardias de habla criolla para  operar un centro de detención de migrantes en la Bahía de Guantánamo, probablemente para haitianos detenidos en el mar. Todo esto hace que Butler sea tan relevante como si estuviera escribiendo ayer.

Parte del desafío de evaluar el legado de Butler es que ha sido recordado de maneras muy diferentes por diferentes personas. Un joven infante de marina podría aprender del Mayor Butler que se mantuvo como un valiente militar y que fue uno de los primeros teóricos de la contrainsurgencia. A este infante de marina en entrenamiento le gustaría tener la seguridad de que si son llamados a arriesgar su vida, lo harán por la defensa nacional, y que podrán estar orgullosos de lo que han hecho. Podrían estar inclinados a descartar al Mayor Butler antibélico como una manivela amarga.

Al mismo tiempo, deben saber que muchos veteranos se sienten atraídos por los textos ocultos de Butler mientras intentan comprender sus experiencias de despliegue. Podrían reconocer en Butler una advertencia sobre las limitaciones inherentes de poner las tareas de la violencia estatal en manos de jóvenes asustados, por valientes que sean. Que, incluso con la mejor de las intenciones, la principal preocupación del gobierno de los Estados Unidos nunca será el bienestar de las personas ocupadas, siempre será el de los estadounidenses, y esto producirá resentimiento. Podrían reconocer que la presencia de Estados Unidos cambia el equilibrio interno de poder en las sociedades, a menudo hacia el autoritarismo. Los estadounidenses a menudo dan por sentadas sus propias buenas intenciones, que luchan por comprender la resistencia a sus intentos de controlar y cambiar el mundo.

La explicación de Butler para esto, por supuesto, es que los intereses comerciales están moviendo los hilos, manipulando la política exterior en su beneficio. Estas son las líneas de “extorsionador para el capitalismo” a menudo citadas por el antiimperialista Chomsky, quien admira tanto a Butler el disidente que una vez colocó una pegatina de las palabras de Butler en la puerta de su oficina. Según esta forma de pensar, el ejército estadounidense proporciona las tropas de choque del capital global, en una conspiración para garantizar la rentabilidad de las corporaciones estadounidenses. Trate de encontrar la mentira, si lo desea, en la declaración de Butler: “Ayudé a que México, y especialmente Tampico, fuera seguro para los intereses petroleros estadounidenses en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba un lugar decente para que los chicos del National City Bank recaudaran ingresos en…. Ayudé a purificar Nicaragua para la casa bancaria internacional de Brown Brothers en 1909-1912”. No hay ninguno.

Pero también hay limitaciones para esa visión del mundo, y Butler, por muy bien posicionado que estuviera, no lo vio todo. Tenía razón en que el bienestar de la economía de los Estados Unidos, y de las corporaciones estadounidenses, tiene un lugar importante en el pensamiento estratégico de los Estados Unidos. Pero el gobierno de los Estados Unidos consiste en muchos departamentos superpuestos, y cuando se toman medidas en el extranjero, no solo obedecen a una sola lógica. La geopolítica, la ideología y las consideraciones domésticas a menudo se cruzan: Woodrow Wilson, al ordenar la ocupación de Veracruz, fue presionado  por las compañías petroleras estadounidenses; también actuó para detener la llegada de un cargamento de armas alemanas a Victoriano Huerta, el gobernante que representó la restauración de la dictadura en México. En eventos fuera del tiempo de Butler, está el ejemplo de la United Fruit Company  presionando  a la CIA para derrocar al gobierno de Guatemala en 1954 cuando se enfrentó a la nacionalización de su tierra. Pero por lo que vale, el ex jefe del Partido Comunista de Guatemala  pensó que  “nos habrían derrocado incluso si no hubiéramos cultivado plátanos”. A medida que Estados Unidos profundizaba su guerra en Vietnam, no había negocios estadounidenses de importancia.

El problema no es solo que la política exterior de Estados Unidos es codiciosa y que sus intenciones son malas; es que incluso cuando sus intenciones son buenas, también puede producir desastres.

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El Mayor General Smedley D. Butler con las mascotas de los Infantes de Marina, Quantico, Virginia, 1931. Fue Butler quien introdujo a los bulldogs ingleses como mascotas de los Marines en la década de 1920.

El modelo de Butler produce ideas. Las empresas estadounidenses presionan para que la política exterior de los Estados Unidos satisfaga sus necesidades, y el destino de la propiedad de los Estados Unidos recibe una deferencia desproporcionada. Pero reducir la política exterior de Estados Unidos a un “complot empresarial” puede producir una especie de antiimperialismo barato, en el que el mal comportamiento es simplemente el resultado de grupos de presión o intereses ocultos. Su simplicidad a veces desplaza las situaciones más complejas que también surgen. Una historia de la ocupación de Nicaragua de 1912 a 1933, escrita por  el erudito Michel Gobat, reveló que benefició a los pequeños agricultores y a las élites frustradas. Mostró cuán seriamente los Estados Unidos tomaron la tarea, a fines de la década de 1920, de supervisar el voto justo en el campo. Entrenó a una fuerza militar de élite, que pretendía supervisar las elecciones y luchar contra la rebelión izquierdista de Augusto Sandino. Y, sin embargo, después de que el ejército estadounidense abandonara Nicaragua, el jefe de la fuerza de élite que había entrenado tomó el poder en el país. Su familia lo mantuvo durante la mayor parte de las siguientes cuatro décadas en una dictadura brutal. No fue el resultado deseado; fue, como dice Gobat, uno de los “efectos iliberales del imperialismo liberal”. Esta es una crítica más profunda y desafiante que la que ofrece Butler. El problema no es solo que la política exterior de Estados Unidos es codiciosa y que sus intenciones son malas; es que incluso cuando sus intenciones son buenas, la naturaleza de su presencia también puede producir desastres.

Pero si hay momentos que requieren más sofisticación, es notable lo lejos que te llevará un poco de Mayor Butler vulgar. A Butler se le pagaba por sus discursos, después de todo, no por una disertación. En uno de sus viajes por el sendero Butler, en Haití, Katz está hablando con trabajadores de la construcción cerca de un parque industrial, que a su vez está cerca de la tumba de un hombre asesinado por los marines en 1919. Cuando Katz explica su proyecto de libro y que la mayoría de los estadounidenses no tienen idea de que su país alguna vez ocupó Haití, la mayoría de los trabajadores se ríen. Uno está incrédulo. “¡No creo que los estadounidenses no sepan de eso!”, grita. “¿Cómo es eso posible?” A veces el mundo es un lugar vulgar, donde otros pagan el precio de la ignorancia estadounidense.

 

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

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Hoy 17 de enero es un día feriado en Estados Unidos dedicado a la figura de Martin Luther King.  No creo que haya mejor forma de rendirle tributo que leer y escuchar sus sabias palabras. El 4 de abril de 1967 King pronunció un discurso en la Iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York, criticando duramente la participación estadounidense en la guerra de Vietnam y catalogando al gobierno de Estados Unidos como la principal fuente de violencia en el mundo.

Comparto con mis lectores el texto íntegro de este discurso que marcó un paso importante en la «radicalización» de King.

Para escuchar al Dr. King se puede ir aquí.


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Beyond Vietnam — A Time to Break Silence

Martin Luther King

April 4, 1967

[AUTHENTICITY CERTIFIED: Text version below transcribed directly from audio. (2)]

Mr. Chairman, ladies and gentlemen:

I need not pause to say how very delighted I am to be here tonight, and how very delighted I am to see you expressing your concern about the issues that will be discussed tonight by turning out in such large numbers. I also want to say that I consider it a great honor to share this program with Dr. Bennett, Dr. Commager, and Rabbi Heschel, and some of the distinguished leaders and personalities of our nation. And of course it’s always good to come back to Riverside church. Over the last eight years, I have had the privilege of preaching here almost every year in that period, and it is always a rich and rewarding experience to come to this great church and this great pulpit.

I come to this magnificent house of worship tonight because my conscience leaves me no other choice. I join you in this meeting because I’m in deepest agreement with the aims and work of the organization which has brought us together: Clergy and Laymen Concerned About Vietnam. The recent statements of your executive committee are the sentiments of my own heart, and I found myself in full accord when I read its opening lines: «A time comes when silence is betrayal.» And that time has come for us in relation to Vietnam.

The truth of these words is beyond doubt, but the mission to which they call us is a most difficult one. Even when pressed by the demands of inner truth, men do not easily assume the task of opposing their government’s policy, especially in time of war. Nor does the human spirit move without great difficulty against all the apathy of conformist thought within one’s own bosom and in the surrounding world. Moreover, when the issues at hand seem as perplexing as they often do in the case of this dreadful conflict, we are always on the verge of being mesmerized by uncertainty; but we must move on.

And some of us who have already begun to break the silence of the night have found that the calling to speak is often a vocation of agony, but we must speak. We must speak with all the humility that is appropriate to our limited vision, but we must speak. And we must rejoice as well, for surely this is the first time in our nation’s history that a significant number of its religious leaders have chosen to move beyond the prophesying of smooth patriotism to the high grounds of a firm dissent based upon the mandates of conscience and the reading of history. Perhaps a new spirit is rising among us. If it is, let us trace its movements and pray that our own inner being may be sensitive to its guidance, for we are deeply in need of a new way beyond the darkness that seems so close around us.

Over the past two years, as I have moved to break the betrayal of my own silences and to speak from the burnings of my own heart, as I have called for radical departures from the destruction of Vietnam, many persons have questioned me about the wisdom of my path. At the heart of their concerns this query has often loomed large and loud: «Why are you speaking about the war, Dr. King?» «Why are you joining the voices of dissent?» «Peace and civil rights don’t mix,» they say. «Aren’t you hurting the cause of your people,» they ask? And when I hear them, though I often understand the source of their concern, I am nevertheless greatly saddened, for such questions mean that the inquirers have not really known me, my commitment or my calling. Indeed, their questions suggest that they do not know the world in which they live.

In the light of such tragic misunderstanding, I deem it of signal importance to try to state clearly, and I trust concisely, why I believe that the path from Dexter Avenue Baptist Church — the church in Montgomery, Alabama, where I began my pastorate — leads clearly to this sanctuary tonight.

V5

I come to this platform tonight to make a passionate plea to my beloved nation. This speech is not addressed to Hanoi or to the National Liberation Front. It is not addressed to China or to Russia. Nor is it an attempt to overlook the ambiguity of the total situation and the need for a collective solution to the tragedy of Vietnam. Neither is it an attempt to make North Vietnam or the National Liberation Front paragons of virtue, nor to overlook the role they must play in the successful resolution of the problem. While they both may have justifiable reasons to be suspicious of the good faith of the United States, life and history give eloquent testimony to the fact that conflicts are never resolved without trustful give and take on both sides.

Tonight, however, I wish not to speak with Hanoi and the National Liberation Front, but rather to my fellow Americans.

Since I am a preacher by calling, I suppose it is not surprising that I have seven major reasons for bringing Vietnam into the field of my moral vision. There is at the outset a very obvious and almost facile connection between the war in Vietnam and the struggle I, and others, have been waging in America. A few years ago there was a shining moment in that struggle. It seemed as if there was a real promise of hope for the poor — both black and white — through the poverty program. There were experiments, hopes, new beginnings. Then came the buildup in Vietnam, and I watched this program broken and eviscerated, as if it were some idle political plaything of a society gone mad on war, and I knew that America would never invest the necessary funds or energies in rehabilitation of its poor so long as adventures like Vietnam continued to draw men and skills and money like some demonic destructive suction tube. So, I was increasingly compelled to see the war as an enemy of the poor and to attack it as such.

Perhaps a more tragic recognition of reality took place when it became clear to me that the war was doing far more than devastating the hopes of the poor at home. It was sending their sons and their brothers and their husbands to fight and to die in extraordinarily high proportions relative to the rest of the population. We were taking the black young men who had been crippled by our society and sending them eight thousand miles away to guarantee liberties in Southeast Asia which they had not found in southwest Georgia and East Harlem. And so we have been repeatedly faced with the cruel irony of watching Negro and white boys on TV screens as they kill and die together for a nation that has been unable to seat them together in the same schools. And so we watch them in brutal solidarity burning the huts of a poor village, but we realize that they would hardly live on the same block in Chicago. I could not be silent in the face of such cruel manipulation of the poor.

My third reason moves to an even deeper level of awareness, for it grows out of my experience in the ghettoes of the North over the last three years — especially the last three summers. As I have walked among the desperate, rejected, and angry young men, I have told them that Molotov cocktails and rifles would not solve their problems. I have tried to offer them my deepest compassion while maintaining my conviction that social change comes most meaningfully through nonviolent action. But they ask — and rightly so — what about Vietnam? They ask if our own nation wasn’t using massive doses of violence to solve its problems, to bring about the changes it wanted. Their questions hit home, and I knew that I could never again raise my voice against the violence of the oppressed in the ghettos without having first spoken clearly to the greatest purveyor of violence in the world today — my own government. For the sake of those boys, for the sake of this government, for the sake of the hundreds of thousands trembling under our violence, I cannot be silent.

For those who ask the question, «Aren’t you a civil rights leader?» and thereby mean to exclude me from the movement for peace, I have this further answer. In 1957 when a group of us formed the Southern Christian Leadership Conference, we chose as our motto: «To save the soul of America.» We were convinced that we could not limit our vision to certain rights for black people, but instead affirmed the conviction that America would never be free or saved from itself until the descendants of its slaves were loosed completely from the shackles they still wear. In a way we were agreeing with Langston Hughes, that black bard of Harlem, who had written earlier:

O, yes,
I say it plain,
America never was America to me,
And yet I swear this oath —
America will be!
Now, it should be incandescently clear that no one who has any concern for the integrity and life of America today can ignore the present war. If America’s soul becomes totally poisoned, part of the autopsy must read: Vietnam. It can never be saved so long as it destroys the deepest hopes of men the world over. So it is that those of us who are yet determined that America will be — are — are led down the path of protest and dissent, working for the health of our land.

As if the weight of such a commitment to the life and health of America were not enough, another burden of responsibility was placed upon me in 1954;1 and I cannot forget that the Nobel Peace Prize was also a commission, a commission to work harder than I had ever worked before for «the brotherhood of man.» This is a calling that takes me beyond national allegiances, but even if it were not present I would yet have to live with the meaning of my commitment to the ministry of Jesus Christ. To me the relationship of this ministry to the making of peace is so obvious that I sometimes marvel at those who ask me why I’m speaking against the war. Could it be that they do not know that the good news was meant for all men — for Communist and capitalist, for their children and ours, for black and for white, for revolutionary and conservative? Have they forgotten that my ministry is in obedience to the One who loved his enemies so fully that he died for them? What then can I say to the Vietcong or to Castro or to Mao as a faithful minister of this One? Can I threaten them with death or must I not share with them my life?

And finally, as I try to explain for you and for myself the road that leads from Montgomery to this place I would have offered all that was most valid if I simply said that I must be true to my conviction that I share with all men the calling to be a son of the living God. Beyond the calling of race or nation or creed is this vocation of sonship and brotherhood, and because I believe that the Father is deeply concerned especially for his suffering and helpless and outcast children, I come tonight to speak for them.

This I believe to be the privilege and the burden of all of us who deem ourselves bound by allegiances and loyalties which are broader and deeper than nationalism and which go beyond our nation’s self-defined goals and positions. We are called to speak for the weak, for the voiceless, for the victims of our nation and for those it calls «enemy,» for no document from human hands can make these humans any less our brothers.

And as I ponder the madness of Vietnam and search within myself for ways to understand and respond in compassion, my mind goes constantly to the people of that peninsula. I speak now not of the soldiers of each side, not of the ideologies of the Liberation Front, not of the junta in Saigon, but simply of the people who have been living under the curse of war for almost three continuous decades now. I think of them, too, because it is clear to me that there will be no meaningful solution there until some attempt is made to know them and hear their broken cries.

They must see Americans as strange liberators. The Vietnamese people proclaimed their own independence in 1954 — in 1945 rather — after a combined French and Japanese occupation and before the communist revolution in China. They were led by Ho Chi Minh. Even though they quoted the American Declaration of Independence in their own document of freedom, we refused to recognize them. Instead, we decided to support France in its reconquest of her former colony. Our government felt then that the Vietnamese people were not ready for independence, and we again fell victim to the deadly Western arrogance that has poisoned the international atmosphere for so long. With that tragic decision we rejected a revolutionary government seeking self-determination and a government that had been established not by China — for whom the Vietnamese have no great love — but by clearly indigenous forces that included some communists. For the peasants this new government meant real land reform, one of the most important needs in their lives.

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For nine years following 1945 we denied the people of Vietnam the right of independence. For nine years we vigorously supported the French in their abortive effort to recolonize Vietnam. Before the end of the war we were meeting eighty percent of the French war costs. Even before the French were defeated at Dien Bien Phu, they began to despair of their reckless action, but we did not. We encouraged them with our huge financial and military supplies to continue the war even after they had lost the will. Soon we would be paying almost the full costs of this tragic attempt at recolonization.

After the French were defeated, it looked as if independence and land reform would come again through the Geneva Agreement. But instead there came the United States, determined that Ho should not unify the temporarily divided nation, and the peasants watched again as we supported one of the most vicious modern dictators, our chosen man, Premier Diem. The peasants watched and cringed as Diem ruthlessly rooted out all opposition, supported their extortionist landlords, and refused even to discuss reunification with the North. The peasants watched as all this was presided over by United States’ influence and then by increasing numbers of United States troops who came to help quell the insurgency that Diem’s methods had aroused. When Diem was overthrown they may have been happy, but the long line of military dictators seemed to offer no real change, especially in terms of their need for land and peace.

The only change came from America, as we increased our troop commitments in support of governments which were singularly corrupt, inept, and without popular support. All the while the people read our leaflets and received the regular promises of peace and democracy and land reform. Now they languish under our bombs and consider us, not their fellow Vietnamese, the real enemy. They move sadly and apathetically as we herd them off the land of their fathers into concentration camps where minimal social needs are rarely met. They know they must move on or be destroyed by our bombs.

So they go, primarily women and children and the aged. They watch as we poison their water, as we kill a million acres of their crops. They must weep as the bulldozers roar through their areas preparing to destroy the precious trees. They wander into the hospitals with at least twenty casualties from American firepower for one Vietcong-inflicted injury. So far we may have killed a million of them, mostly children. They wander into the towns and see thousands of the children, homeless, without clothes, running in packs on the streets like animals. They see the children degraded by our soldiers as they beg for food. They see the children selling their sisters to our soldiers, soliciting for their mothers.

What do the peasants think as we ally ourselves with the landlords and as we refuse to put any action into our many words concerning land reform? What do they think as we test out our latest weapons on them, just as the Germans tested out new medicine and new tortures in the concentration camps of Europe? Where are the roots of the independent Vietnam we claim to be building? Is it among these voiceless ones?

We have destroyed their two most cherished institutions: the family and the village. We have destroyed their land and their crops. We have cooperated in the crushing — in the crushing of the nation’s only non-Communist revolutionary political force, the unified Buddhist Church. We have supported the enemies of the peasants of Saigon. We have corrupted their women and children and killed their men.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Now there is little left to build on, save bitterness. Soon, the only solid — solid physical foundations remaining will be found at our military bases and in the concrete of the concentration camps we call «fortified hamlets.» The peasants may well wonder if we plan to build our new Vietnam on such grounds as these. Could we blame them for such thoughts? We must speak for them and raise the questions they cannot raise. These, too, are our brothers.

Perhaps a more difficult but no less necessary task is to speak for those who have been designated as our enemies. What of the National Liberation Front, that strangely anonymous group we call «VC» or «communists»? What must they think of the United States of America when they realize that we permitted the repression and cruelty of Diem, which helped to bring them into being as a resistance group in the South? What do they think of our condoning the violence which led to their own taking up of arms? How can they believe in our integrity when now we speak of «aggression from the North» as if there were nothing more essential to the war? How can they trust us when now we charge them with violence after the murderous reign of Diem and charge them with violence while we pour every new weapon of death into their land? Surely we must understand their feelings, even if we do not condone their actions. Surely we must see that the men we supported pressed them to their violence. Surely we must see that our own computerized plans of destruction simply dwarf their greatest acts.

How do they judge us when our officials know that their membership is less than twenty-five percent communist, and yet insist on giving them the blanket name? What must they be thinking when they know that we are aware of their control of major sections of Vietnam, and yet we appear ready to allow national elections in which this highly organized political parallel government will not have a part? They ask how we can speak of free elections when the Saigon press is censored and controlled by the military junta. And they are surely right to wonder what kind of new government we plan to help form without them, the only party in real touch with the peasants. They question our political goals and they deny the reality of a peace settlement from which they will be excluded. Their questions are frighteningly relevant. Is our nation planning to build on political myth again, and then shore it up upon the power of new violence?

Here is the true meaning and value of compassion and nonviolence, when it helps us to see the enemy’s point of view, to hear his questions, to know his assessment of ourselves. For from his view we may indeed see the basic weaknesses of our own condition, and if we are mature, we may learn and grow and profit from the wisdom of the brothers who are called the opposition.

So, too, with Hanoi. In the North, where our bombs now pummel the land, and our mines endanger the waterways, we are met by a deep but understandable mistrust. To speak for them is to explain this lack of confidence in Western words, and especially their distrust of American intentions now. In Hanoi are the men who led the nation to independence against the Japanese and the French, the men who sought membership in the French Commonwealth and were betrayed by the weakness of Paris and the willfulness of the colonial armies. It was they who led a second struggle against French domination at tremendous costs, and then were persuaded to give up the land they controlled between the thirteenth and seventeenth parallel as a temporary measure at Geneva. After 1954 they watched us conspire with Diem to prevent elections which could have surely brought Ho Chi Minh to power over a united Vietnam, and they realized they had been betrayed again. When we ask why they do not leap to negotiate, these things must be remembered.

Also, it must be clear that the leaders of Hanoi considered the presence of American troops in support of the Diem regime to have been the initial military breach of the Geneva Agreement concerning foreign troops. They remind us that they did not begin to send troops in large numbers and even supplies into the South until American forces had moved into the tens of thousands.

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Masacre de My Lai

Hanoi remembers how our leaders refused to tell us the truth about the earlier North Vietnamese overtures for peace, how the president claimed that none existed when they had clearly been made. Ho Chi Minh has watched as America has spoken of peace and built up its forces, and now he has surely heard the increasing international rumors of American plans for an invasion of the North. He knows the bombing and shelling and mining we are doing are part of traditional pre-invasion strategy. Perhaps only his sense of humor and of irony can save him when he hears the most powerful nation of the world speaking of aggression as it drops thousands of bombs on a poor, weak nation more than eight hundred — rather, eight thousand miles away from its shores.

At this point I should make it clear that while I have tried in these last few minutes to give a voice to the voiceless in Vietnam and to understand the arguments of those who are called «enemy,» I am as deeply concerned about our own troops there as anything else. For it occurs to me that what we are submitting them to in Vietnam is not simply the brutalizing process that goes on in any war where armies face each other and seek to destroy. We are adding cynicism to the process of death, for they must know after a short period there that none of the things we claim to be fighting for are really involved. Before long they must know that their government has sent them into a struggle among Vietnamese, and the more sophisticated surely realize that we are on the side of the wealthy, and the secure, while we create a hell for the poor.

Somehow this madness must cease. We must stop now. I speak as a child of God and brother to the suffering poor of Vietnam. I speak for those whose land is being laid waste, whose homes are being destroyed, whose culture is being subverted. I speak of the — for the poor of America who are paying the double price of smashed hopes at home, and death and corruption in Vietnam. I speak as a citizen of the world, for the world as it stands aghast at the path we have taken. I speak as one who loves America, to the leaders of our own nation: The great initiative in this war is ours; the initiative to stop it must be ours.

This is the message of the great Buddhist leaders of Vietnam. Recently one of them wrote these words, and I quote:

Each day the war goes on the hatred increases in the heart of the Vietnamese and in the hearts of those of humanitarian instinct. The Americans are forcing even their friends into becoming their enemies. It is curious that the Americans, who calculate so carefully on the possibilities of military victory, do not realize that in the process they are incurring deep psychological and political defeat. The image of America will never again be the image of revolution, freedom, and democracy, but the image of violence and militarism (unquote).
If we continue, there will be no doubt in my mind and in the mind of the world that we have no honorable intentions in Vietnam. If we do not stop our war against the people of Vietnam immediately, the world will be left with no other alternative than to see this as some horrible, clumsy, and deadly game we have decided to play. The world now demands a maturity of America that we may not be able to achieve. It demands that we admit that we have been wrong from the beginning of our adventure in Vietnam, that we have been detrimental to the life of the Vietnamese people. The situation is one in which we must be ready to turn sharply from our present ways. In order to atone for our sins and errors in Vietnam, we should take the initiative in bringing a halt to this tragic war.

I would like to suggest five concrete things that our government should do [immediately] to begin the long and difficult process of extricating ourselves from this nightmarish conflict:

Number one: End all bombing in North and South Vietnam.

Number two: Declare a unilateral cease-fire in the hope that such action will create the atmosphere for negotiation.

Three: Take immediate steps to prevent other battlegrounds in Southeast Asia by curtailing our military buildup in Thailand and our interference in Laos.

Four: Realistically accept the fact that the National Liberation Front has substantial support in South Vietnam and must thereby play a role in any meaningful negotiations and any future Vietnam government.

Five: Set a date that we will remove all foreign troops from Vietnam in accordance with the 1954 Geneva Agreement.

Part of our ongoing — Part of our ongoing commitment might well express itself in an offer to grant asylum to any Vietnamese who fears for his life under a new regime which included the Liberation Front. Then we must make what reparations we can for the damage we have done. We must provide the medical aid that is badly needed, making it available in this country, if necessary. Meanwhile — Meanwhile, we in the churches and synagogues have a continuing task while we urge our government to disengage itself from a disgraceful commitment. We must continue to raise our voices and our lives if our nation persists in its perverse ways in Vietnam. We must be prepared to match actions with words by seeking out every creative method of protest possible.

Napalm

As we counsel young men concerning military service, we must clarify for them our nation’s role in Vietnam and challenge them with the alternative of conscientious objection. I am pleased to say that this is a path now chosen by more than seventy students at my own alma mater, Morehouse College, and I recommend it to all who find the American course in Vietnam a dishonorable and unjust one. Moreover, I would encourage all ministers of draft age to give up their ministerial exemptions and seek status as conscientious objectors. These are the times for real choices and not false ones. We are at the moment when our lives must be placed on the line if our nation is to survive its own folly. Every man of humane convictions must decide on the protest that best suits his convictions, but we must all protest.

Now there is something seductively tempting about stopping there and sending us all off on what in some circles has become a popular crusade against the war in Vietnam. I say we must enter that struggle, but I wish to go on now to say something even more disturbing.

The war in Vietnam is but a symptom of a far deeper malady within the American spirit, and if we ignore this sobering reality…and if we ignore this sobering reality, we will find ourselves organizing «clergy and laymen concerned» committees for the next generation. They will be concerned about Guatemala — Guatemala and Peru. They will be concerned about Thailand and Cambodia. They will be concerned about Mozambique and South Africa. We will be marching for these and a dozen other names and attending rallies without end, unless there is a significant and profound change in American life and policy.

And so, such thoughts take us beyond Vietnam, but not beyond our calling as sons of the living God.

In 1957, a sensitive American official overseas said that it seemed to him that our nation was on the wrong side of a world revolution. During the past ten years, we have seen emerge a pattern of suppression which has now justified the presence of U.S. military advisors in Venezuela. This need to maintain social stability for our investments accounts for the counterrevolutionary action of American forces in Guatemala. It tells why American helicopters are being used against guerrillas in Cambodia and why American napalm and Green Beret forces have already been active against rebels in Peru.

It is with such activity in mind that the words of the late John F. Kennedy come back to haunt us. Five years ago he said, «Those who make peaceful revolution impossible will make violent revolution inevitable.» Increasingly, by choice or by accident, this is the role our nation has taken, the role of those who make peaceful revolution impossible by refusing to give up the privileges and the pleasures that come from the immense profits of overseas investments. I am convinced that if we are to get on the right side of the world revolution, we as a nation must undergo a radical revolution of values. We must rapidly begin…we must rapidly begin the shift from a thing-oriented society to a person-oriented society. When machines and computers, profit motives and property rights, are considered more important than people, the giant triplets of racism, extreme materialism, and militarism are incapable of being conquered.

A true revolution of values will soon cause us to question the fairness and justice of many of our past and present policies. On the one hand, we are called to play the Good Samaritan on life’s roadside, but that will be only an initial act. One day we must come to see that the whole Jericho Road must be transformed so that men and women will not be constantly beaten and robbed as they make their journey on life’s highway. True compassion is more than flinging a coin to a beggar. It comes to see that an edifice which produces beggars needs restructuring.

A true revolution of values will soon look uneasily on the glaring contrast of poverty and wealth. With righteous indignation, it will look across the seas and see individual capitalists of the West investing huge sums of money in Asia, Africa, and South America, only to take the profits out with no concern for the social betterment of the countries, and say, «This is not just.» It will look at our alliance with the landed gentry of South America and say, «This is not just.» The Western arrogance of feeling that it has everything to teach others and nothing to learn from them is not just.

A true revolution of values will lay hand on the world order and say of war, «This way of settling differences is not just.» This business of burning human beings with napalm, of filling our nation’s homes with orphans and widows, of injecting poisonous drugs of hate into the veins of peoples normally humane, of sending men home from dark and bloody battlefields physically handicapped and psychologically deranged, cannot be reconciled with wisdom, justice, and love. A nation that continues year after year to spend more money on military defense than on programs of social uplift is approaching spiritual death.

America, the richest and most powerful nation in the world, can well lead the way in this revolution of values. There is nothing except a tragic death wish to prevent us from reordering our priorities so that the pursuit of peace will take precedence over the pursuit of war. There is nothing to keep us from molding a recalcitrant status quo with bruised hands until we have fashioned it into a brotherhood.

This kind of positive revolution of values is our best defense against communism. War is not the answer. Communism will never be defeated by the use of atomic bombs or nuclear weapons. Let us not join those who shout war and, through their misguided passions, urge the United States to relinquish its participation in the United Nations. These are days which demand wise restraint and calm reasonableness. We must not engage in a negative anticommunism, but rather in a positive thrust for democracy, realizing that our greatest defense against communism is to take offensive action in behalf of justice. We must with positive action seek to remove those conditions of poverty, insecurity, and injustice, which are the fertile soil in which the seed of communism grows and develops.

These are revolutionary times. All over the globe men are revolting against old systems of exploitation and oppression, and out of the wounds of a frail world, new systems of justice and equality are being born. The shirtless and barefoot people of the land are rising up as never before. «The people who sat in darkness have seen a great light.»2 We in the West must support these revolutions.

It is a sad fact that because of comfort, complacency, a morbid fear of communism, and our proneness to adjust to injustice, the Western nations that initiated so much of the revolutionary spirit of the modern world have now become the arch antirevolutionaries. This has driven many to feel that only Marxism has a revolutionary spirit. Therefore, communism is a judgment against our failure to make democracy real and follow through on the revolutions that we initiated. Our only hope today lies in our ability to recapture the revolutionary spirit and go out into a sometimes hostile world declaring eternal hostility to poverty, racism, and militarism. With this powerful commitment we shall boldly challenge the status quo and unjust mores, and thereby speed the day when «every valley shall be exalted, and every mountain and hill shall be made low, and the crooked shall be made straight, and the rough places plain.»3

A genuine revolution of values means in the final analysis that our loyalties must become ecumenical rather than sectional. Every nation must now develop an overriding loyalty to mankind as a whole in order to preserve the best in their individual societies.

This call for a worldwide fellowship that lifts neighborly concern beyond one’s tribe, race, class, and nation is in reality a call for an all-embracing — embracing and unconditional love for all mankind. This oft misunderstood, this oft misinterpreted concept, so readily dismissed by the Nietzsches of the world as a weak and cowardly force, has now become an absolute necessity for the survival of man. When I speak of love I am not speaking of some sentimental and weak response. I am not speaking of that force which is just emotional bosh. I am speaking of that force which all of the great religions have seen as the supreme unifying principle of life. Love is somehow the key that unlocks the door which leads to ultimate reality. This Hindu-Muslim-Christian-Jewish-Buddhist belief about ultimate — ultimate reality is beautifully summed up in the first epistle of Saint John: «Let us love one another, for love is God. And every one that loveth is born of God and knoweth God. He that loveth not knoweth not God, for God is love.» «If we love one another, God dwelleth in us and his love is perfected in us.»4 Let us hope that this spirit will become the order of the day.

We can no longer afford to worship the god of hate or bow before the altar of retaliation. The oceans of history are made turbulent by the ever-rising tides of hate. And history is cluttered with the wreckage of nations and individuals that pursued this self-defeating path of hate. As Arnold Toynbee says:

Love is the ultimate force that makes for the saving choice of life and good against the damning choice of death and evil. Therefore the first hope in our inventory must be the hope that love is going to have the last word (unquote).
We are now faced with the fact, my friends, that tomorrow is today. We are confronted with the fierce urgency of now. In this unfolding conundrum of life and history, there is such a thing as being too late. Procrastination is still the thief of time. Life often leaves us standing bare, naked, and dejected with a lost opportunity. The tide in the affairs of men does not remain at flood — it ebbs. We may cry out desperately for time to pause in her passage, but time is adamant to every plea and rushes on. Over the bleached bones and jumbled residues of numerous civilizations are written the pathetic words, «Too late.» There is an invisible book of life that faithfully records our vigilance or our neglect. Omar Khayyam is right: «The moving finger writes, and having writ moves on.»

We still have a choice today: nonviolent coexistence or violent coannihilation. We must move past indecision to action. We must find new ways to speak for peace in Vietnam and justice throughout the developing world, a world that borders on our doors. If we do not act, we shall surely be dragged down the long, dark, and shameful corridors of time reserved for those who possess power without compassion, might without morality, and strength without sight.

Now let us begin. Now let us rededicate ourselves to the long and bitter, but beautiful, struggle for a new world. This is the calling of the sons of God, and our brothers wait eagerly for our response. Shall we say the odds are too great? Shall we tell them the struggle is too hard? Will our message be that the forces of American life militate against their arrival as full men, and we send our deepest regrets? Or will there be another message — of longing, of hope, of solidarity with their yearnings, of commitment to their cause, whatever the cost? The choice is ours, and though we might prefer it otherwise, we must choose in this crucial moment of human history.

As that noble bard of yesterday, James Russell Lowell, eloquently stated:

Once to every man and nation comes a moment to decide,
In the strife of truth and Falsehood, for the good or evil side;
Some great cause, God’s new Messiah offering each the bloom or blight,
And the choice goes by forever ‘twixt that darkness and that light.
Though the cause of evil prosper, yet ‘tis truth alone is strong
Though her portions be the scaffold, and upon the throne be wrong
Yet that scaffold sways the future, and behind the dim unknown
Standeth God within the shadow, keeping watch above his own.
And if we will only make the right choice, we will be able to transform this pending cosmic elegy into a creative psalm of peace. If we will make the right choice, we will be able to transform the jangling discords of our world into a beautiful symphony of brotherhood. If we will but make the right choice, we will be able to speed up the day, all over America and all over the world, when «justice will roll down like waters, and righteousness like a mighty stream.»5

Book/CDs by Michael E. Eidenmuller, Published by McGraw-Hill (2008)

1 King stated «1954.» That year was notable for the Civil Rights Movement in the USSC’s  Brown v. Board of  Education ruling. However, given the statement’s discursive thrust, King may have meant to say «1964» — the year he won the Nobel Peace Prize. Alternatively, as noted by Steve Goldberg, King may have identified 1954’s «burden of responsibility» as the year he became a minister.

2 Isaiah 9:2/Matthew 4:16

3 Isaiah 40:4

4 1 John 4:7-8, 12

5 Amos 5:24

Audio Source: Linked directly to the Internet Archive

External Link: http://www.thekingcenter.org/

Research Note: This transcript rechecked for errors and subsequently revised on 10/3/2010.

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En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


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Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

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Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

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De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

OBAMASTAN

Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: &quot;Los líderes han huido&quot; |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

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