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Archive for the ‘Imperialismo norteamericano’ Category

La Revista Española de Estudios Norteamericanos  (REDEN) del Instituto Franklin, tiene abierta una convocatoria para la presentación de artículos. Estos deben enfocar temas relacionados con Estados Unidos, Canadá y México de caracter interdisciplinario.

Comparto la convocatoria para aquellos que pudieran estar interesados.


REDEN

Revista Española de Estudios Norteamericanos

Próximo número: noviembre 2021

Convocatoria de recepción de artículos: abierta hasta el 25 de junio de 2021

REDEN (Revista Española de Estudios Norteamericanos) es una publicación interdisciplinar de revisión por pares que el Instituto recupera de forma electrónica.

REDEN está dividida en dos secciones: Ciencias Sociales y Humanidad, y tiene como principal objetivos convertirse en una revista de referencia en el ámbito de los Estudios Norteamericanos en España.

Entendemos por Estudios Norteamericanos aquellos que conducen a un mejor conocimiento de los territorios y las comunidades, en todas sus manifestaciones, que componen el subcontinente norteamericano y su área de influencia, incluidos los Estados Unidos, México y Canadá, con especial atención a los Estados Unidos de América.

Los artículos incluidos en REDEN deberán tratar aspectos relativos a Norteamérica, en los ámbitos de las Ciencias Sociales y Humanidades; en áreas de conocimiento como la historia, el pensamiento, la política, la economía, la sociología, las artes, la educación, la literatura o la lingüística. Es interés del Instituto conocer, analizar e interpretar la realidad norteamericana en todas sus dimensiones, así como compararla con otras realidades, prestando una singular atención a las cuestiones de identidad y a las relaciones transatlánticas, en especial con España.

Antes de someter una propuesta para evaluación, asegúrese de que sigue las normas de publicación disponibles a continuación:

Extensión investigadores sénior: 6000 – 7000 palabras (incluyendo referencias y notas al final)
Extensión jóvenes investigadores: 2500 – 3000 palabras (incluyendo referencias y notas al final)
Idioma: inglés o español
Las referencias deben seguir el Manual de estilo MLA, 8ª Edición.
Fecha límite para la recepción de artículos: 25 de junio de 2021

 

Envío de artículos y contacto de información: Envíe su artículo a ana.serra@institutofranklin.net adjuntando el texto completo, una breve nota biográfica (100-120 palabras), nombre, afiliación y dirección de correo electrónico de contacto en un único documento (.doc, .docx, .odt).

 

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Los días 30 de abril y 1 de mayo de 2021, la Universidad de Massachussets-Amherst celebró una conferencia virtual para conmemorar los cincuenta años de la publicación de los famosos Pentagon Papers (Papeles del Pentágono). Esta colección de documentos sobre la intervención de Estados Unidos en Indochina entre 1945 y 1967, fue creada a instancias del entonces Secretario de Defensa Robert McNamara. Filtrados por un funcionario del Pentágono llamado Daniel Ellsberg al New York Times en 1971, los documentos dejaban claro cómo el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam tanto al público como al Congreso de Estados Unidos. Tan controversial era el contenido de estos documentos que Richard M. Nixon buscó bloquear su publicación, lo que fue evitado por una decisión histórica de la Corte Suprema en junio de 1972, reafirmando la libertad de prensa en Estados Unidos.

La conferencia celebrada por UMASS-Armherts, titulada Truth, Dissent, & the Legacy of Daniel Ellsberg,  reunió a un grupo de historiadores, periodistas, activistas y “whistleblowers”, quienes exploraron temas que han ocupado una parte importante en la vida Ellsberg: la guerra de Vietnam, las armas nucleares, la resistencia antibélica, los Papeles del Pentágono, Watergate, el “whistleblowing” y las guerras del siglo XXI.

En el panel plenario participaron Ellsberg y Edward Snowden, y fue moderado por la periodista Amy Goodman.

Todas las conferencias están disponlbles de forma gratuita en la página del Ellsberg Archive Project.

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El sistema electoral estadounidense puede resultar difícil de comprender por ser uno donde obtener la mayoría de los votos no garantiza ganar la presidencia.  Una de sus piezas claves y más difíciles de entender es el colegio electoral, pues es este  quien elige al presidente. Para aquellos interesados en  el origen de esta institución, el 2 de mayo el Book Break del Gilder Lehrman Instutite contará con la participación del Dr. Alexander Keyssar, quien comentará su libro Why do We Still Have the Electoral College? (Harvard University Press, 2020).  El Dr. Keyssar es profesor de Historia y Sociología en la John F. Kennedy School of Government en Harvard University.

Quienes estén interesados en esta actvidad pueden registrarse aquí.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como “a Cold War watershed” (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro “inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.” (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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Captura de Pantalla 2021-04-08 a la(s) 18.22.15La colega Valeria L. Carbone dictará un seminario virtual como parte del programa doctoral del Instituto de Relaciones internacionales de la Universidad de la Plata en Argentina. El curso, titulado Política, economía y sociedad en los Estados Unidos de América desde la segunda posguerra, comienza el 5 de mayo. Los interesados pueden ir aquí por más información.

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Comparto esta breve nota  del historiador Luis Valer del Portillo, analizando lo que él considera, los tres principales  retos a nivel de política exterior que enfrenta Joe Biden.


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Los grandes retos de la política exterior estadounidense

Luis Valer del Portillo

Diálogo Atlántico    8 de bril de 2021

Enero de 2021 supuso el inicio de una nueva etapa en el gobierno de los Estados Unidos con la toma de posesión del 46º Presidente, Joe Biden. Desde los primeros compases de su mandato ha puesto en marcha acciones y ha firmado decisiones ejecutivas que buscan reconducir la huella internacional del legado de Trump en áreas clave de la política exterior a la vez que afronta los grandes retos del futuro:

La cuestión climática

El anuncio en 2017 del abandono del Acuerdo de París supuso un serio daño a la imagen de liderazgo mundial de Estados Unidos en la lucha climática. Sin embargo, Biden dejó claro durante la campaña que volvería a incluir la firma de Estados Unidos en el Acuerdo, cosa que ordenó en una de sus primeras decisiones ejecutivas. John Kerry, quien estampó su firma en abril de 2016 sobre el Acuerdo de París, es el enviado especial contra el cambio climático. La cuestión climática es una prioridad para Estados Unidos, como uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero (suponiendo un 14,7 % del total, solo superado por China con un 27 %). Entre los principales puntos del programa de Biden-Harris estaba la descarbonización de la economía para 2035, para lo cual se han comprometido 1,7 miles de millones de dólares para poner en marcha esta transición. Sin duda, es un objetivo ambicioso pero complejo ya que requiere de medidas estrictas que llevarán a la reconversión del mercado laboral dentro del paquete de 10 millones de “empleos verdes”. Por otro lado, se pretende potenciar la inversión en tecnologías e industrias verdes bajas en carbono, infraestructuras de energías renovables, apoyado por un fuerte compromiso en innovación y desarrollo. Liderar con el ejemplo y guiar al resto de países del mundo consiguiendo que amplíen sus compromisos adquiridos al inicio del acuerdo –especialmente China– es un punto clave de la agenda climática.

El multilateralismo abandonado

El “America First” de Trump significó un paso atrás en materia de cooperación y presencia internacional. Esto se tradujo en la salida de consensos y foros globales como la UNESCO (2017), la Organización Mundial de la Salud (2020) y las trabas al funcionamiento de la Organización Mundial del Comercio. Biden, con su vocación multilateralista, pretende dar continuidad a la herencia de Obama; algo que ha resumido en la frase “America is back, diplomacy is back”. Por otro lado, los aliados tradicionales, especialmente los europeos, han visto cómo se les daba no solo el tradicional “toque de atención” por no cumplir con los gastos en defensa establecidos por la OTAN, sino que han escuchado las amenazas veladas del presidente Trump cuestionando la utilidad de la organización. Así, el compromiso con el multilateralismo y la fe en su funcionamiento por parte de Biden auguran un nuevo y esperanzador horizonte para la OTAN, Naciones Unidas y otros organismos de carácter internacional. En este plano, buscando potenciar el multilateralismo, destaca la elección de Anthony Blinken como secretario de Estado. Blinken, que es un europeísta (francófilo) e internacionalista de firmes convicciones, buscará retomar el legado de Obama en materia exterior, con quien ya fue vicesecretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Nombramiento clave, también, el de Jake Sullivan como consejero de Seguridad Nacional, quien ha dejado claro su convencimiento de que Estados Unidos debe reflotar la idea del liderazgo de puertas a dentro y a nivel global, defendiendo el concepto de American exceptionalism, también conocido como el excepcionalismo estadounidense.

El Pacífico y China

Biden anticipa una “competencia extrema” con China que seguirá siendo una preocupación mayor y si bien se espera que el enfoque que aplique no sea tan hard-line como el desplegado por Trump desde el inicio de la guerra comercial en 2018, la guerra arancelaria continuará. Más allá de cuestiones comerciales, hay otras de carácter estratégico y de seguridad que preocupan, como son las violaciones de derechos fundamentales de ciudadanos chinos en Xinjiang y Hong Kong, así como el expansionismo de Pekín en las aguas y atolones del Mar de la China Meridional. También la cuestión de Taiwán ocupa un lugar clave en las relaciones con China, especialmente tras las últimas decisiones ejecutivas de Trump realizando un acercamiento diplomático que no sentó nada bien en Pekín. La persona clave en las relaciones de la administración Biden con China es Kurt Campbell que será el coordinador de la Casa Blanca para el espacio del Indo-Pacífico.

En definitiva, tres son los grandes bloques que estructuran la acción exterior de los Estados Unidos dirigidos por Biden-Harris. Todo ello sin olvidar la importancia que se le ha dado a terminar con las long lasting wars (guerras de larga duración) en las que Washington está inmerso desde hace años.

 


Escrito por Luis Valer del Portillo (Zaragoza, 1993), graduado en Historia por la Universidad de Zaragoza. Ha realizado estudios de posgrado y master en Barcelona y Madrid, habiéndose especializado en geopolítica y asuntos internacionales de seguridad y políticas de defensa, con especial enfoque en Europa y su vecindad. Twitter:  @ValerPortillo/@geopol21 

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Comparto con mis lectores este interesantísimo ensayo del Dr. Martin Conway, criticando la complacencia con la que algunos historiadores han interpretado la elección de Joe Biden como el fin de Trump y del Trumpismo. Para Martin,  Trump es un síntoma de una enfermadad socio-politica y económica muy peligrosa, cuyos síntomas y causas no desaparecerán con la salida del estadounidense de la Casa Blanca. El Dr. Conway es profesor de historia europea en la Universidad de Oxford.


A Starting Point | Perspectives on History | AHA

Making Trump History

Martin Conway

H-Diplo   25 February 2021 

Historians seem to have a problem with Trump.  I do not mean by this the dominance of partisan hostility to Trump in the ranks of the historical profession, or even the way in which many historians have been offended by the way in which the president has treated history as a resource to be exploited, rather than a reality to be respected or understood.  The more substantial problem posed by Trump is that for many historians he simply should not exist.  The possibility that the conclusion of the evolution of the United States across the half-century since the 1960s could be the election – albeit against the weight of individual votes – of a man who boasts of his distaste for the goals of racial equality, wider health-care provision, and a narrowing of income differentials, seems to many historians to be somewhere between an institutional outrage and an absurd accident of history.  But the political is supplemented by the personal.  Trump’s swagger, and his disregard for bureaucratic procedure and legal constraints, stands as a refutation of deeply-held assumptions among historians about how the democratic politics of the U.S. are supposed to work. The complexity of institutional procedures, the careful reconciliation of competing interests, and above all the prestige of the presidency as the symbol of democratic legitimacy, have all been bulldozed by a man whose personal qualities – or lack of them – seem like an insult to the historical narrative.

However, as the narrow scale of the victory of Biden in 2020 amply demonstrates, these responses are not adequate.  The Trump phenomenon is here to stay, if not the man, or indeed his position of power.  His attempt to manipulate a crisis sufficient to enable him to ride out his electoral defeat provoked a circumstantial mobilisation in defence of institutions, and through that a wider assertion of the established norms of political debate.  But crises recede, and (as the outcome of the impeachment process probably pre-figured) realities return.

Whether or not Trump recovers his personal momentum to become the Republican candidate in 2024, it is already clear that the successful candidate who emerges from the Republican primaries ahead of that election will be defined, in policy terms at least, by the heritage of Trump.  Consequently, the recognition that, win or lose, Trump is not a parenthesis, has become part of the new orthodoxy that has emerged since November.[1] This presents a challenge to those whose job it is to analyse where U.S. politics might go over the coming years, but also to those who would pretend to understand the past from which he emerged.

 

Trump isn't going anywhere. It's time for Europe First | US news | The  Guardianputin

Nor is this a specifically American problem.  Trump has provided the West European political class with ample opportunity to find in the corruption and charlatanism of the Trump presidency familiar demonstrations of the crudity of American politics, contrasted against the supposed sophistication of the European model.  Their grounds for doing so are, however, distinctly insecure.  The Brexit referendum result in 2016, and the electoral victory of Boris Johnson in the UK in 2019, are just two of the most visible manifestations of the much wider vulnerability of European democratic structures to challenge from below, through the emergence of movements of economic and political protest across southern and central Europe, or from above, through – as in Hungary and Poland – the dismantling of constitutional and judicial structures.  French President Emmanuel Macron, German Chancellor Angela Merkel, and European Commission President Ursula von der Leyen may for now be the custodians of political legitimacy, but they risk becoming the ancien régime as the rumble of a new European 1848 draws closer.

How then might historians seek to understand this?  Probably they should start by throwing away the templates and narratives of the twentieth century.  Yes, of course, there was much in the actions and rhetoric that surrounded the chaotic invasion of the Capitol on 6 January 2021 that recalled the street violence of the Nazi Party; but such analogies can easily be stretched far beyond the plausible.  Occasional favourable references among right-wing politicians to the fascist past in Germany, Austria and Italy aside, there is little to suggest that the new politics has its origins in Europe’s mid-twentieth-century past.  That of course is one of the secrets of its success.  Like Trump’s approach to the U.S. Civil War, Europe’s populists wear their history lightly, seizing opportunistically on the injustices of the Treaty of Trianon in Hungary, the legacies of Communist rule in Poland, or the supposed grandeur of Benito Mussolini’s Fascist empire to invest their present-day campaigns with a little three-dimensional depth.  But this is not the main story.  Their politics is part of a new history, that of the twenty-first century.

Historians therefore need to bury their narratives of the twentieth century.  They can squabble politely over whether its endpoint lay in the demise of the socialist regimes in eastern Europe in 1989, the great implosion of the Soviet Union in the 1990s, or the new challenges so powerfully expressed by the attack on the Twin Towers on 9/11, and the subsequent surges of radicalised Islamic violence.[2] But what matters, in Europe as in America, is less the choice of dates, than the way in which these events form part of a larger process: the emergence of a new era, that we might term the History of the Present.

Understanding Economic InsecurityThere are multiple aspects to this new historical era: the financial crash of 2008-9, the emergence of an authoritarian China with massive economic power, and the sudden and disruptive transition from a print and televisual culture rooted in languages and national borders, to a global and digital world.  But, to understand the new politics of Trump and his European equivalents, three elements provide the trig points from which we can map the uncharted landscape.

The first is the demise of stable meanings of democracy, or indeed of the political.  The creation of a formal and disciplined political sphere was one of the great legacies of the modernization of Europe from the 1860s to the 1960s, giving birth to the complex organisational charts of European and American government which illustrated political-science textbooks of the later twentieth century, rather in the manner of guides to install central-heating systems.[3] But that has now gone.  The old politics continues to happen, but it does not rule.  Power has shifted from parliaments, parties, and the conventional institutions of political debate – notably the political press – to new spaces, some community-based, others digital, which lack the organisational skeleton of the old politics of the twentieth century.  They are amorphous and fast-changing currents, which can carry individuals and issues such as Black Lives Matter and QAnon to transitory prominence; but, after their demise, leave little trace behind them.  This is the new unpredictability of democratic politics, and yet it is not obviously democratic or political.  Instead, it effaces the divisions between the political and the wider worlds of communication and the entertainment media, creating a new world where footballers, tv celebrities, and rap artists communicate more directly and effectively with the public than do those who remain constrained within the label of politicians.  It is easy to bemoan these changes, and to see in them the demise of the democratic politics of old.[4] But it is also pointless to do so.  Democratic politics has burst its banks, and has become part of a much wider public sphere, in which the democratic process has been adulterated through the addition of a much wider range of emotions, grievances, but also forms of identity, and dreams of a better world, collective and individual.

Las conspiraciones de QAnon prenden en Canadá | Internacional | EL PAÍS

The second trig point is therefore the emergence of new citizens.  That term too is part of the legacies of the Age of Revolutions, redolent with the language of the American and French constitutions of the late eighteenth century.  But it has proved to have a long life.  It was challenged fundamentally by the comradeship of the Communist revolutionary project, and by the racial identities of the Nazi Volksgemeinschaft, and yet it proved sufficiently resilient to resurface in the second half of the twentieth century as the definition of the democratic citizen of modern societies.  The duties of these citizens were manifold: they were required to vote soberly and with due decorum, to pay their taxes, to obey the laws and the comprehensive regulatory structures of modern societies, and in the case of young men in many states, to serve in the conscript armies.  But that, of course, was only half of the deal.  The other half was the provision by the state of a predictable universe, through an ever wider range of social goods in the form of housing, education, and transport infrastructures, and the safety nets of welfare and health provision which mitigated the anxieties that had haunted previous generations. That model reached its high point around the 1970s, with the construction in the U.S. and Europe of larger and more complex institutions of government that anticipated the needs of citizens, and provided solutions which it would be far beyond the resources of citizens to bring about themselves.[5]

But, since the 1980s, that model has been in retreat.  Government – as we have learned painfully through the current pandemic – has lost the means to provide reliably for the health of its citizens.  Under the pressure of the newly fashionable languages of neo-liberalism and marketization, state institutions have been replaced by the new politics of the bazaar, in which rival companies and a range of semi-public and semi-private institutions compete to supplant provision by the state.  Few citizens positively willed this change, but they have adapted rapidly to its reality.  If the state provides so much less, so they are less willing to pay its taxes, obey its laws, or respect its leaders.  This is the mentality of what is often called the new populism – a term which seems inescapable in describing the politics of the present, but which simultaneously risks defining it in too narrowly political terms.[6] What is different about the politics of a Trump, Matteo Salvini, Vladimir Putin, or Viktor Orbán is not that they seek to use mendaciously the language of the common man (or woman) – the real majority – against some form of privileged elite.  Most of their supporters can see such claims as the all too transparent forms of marketing that they are.  But they make considered decisions that they would prefer to support the charlatans and adventurers against those whom they know to be more sober and qualified.

La UE se conjura para evitar el avance del populismo

Historians underestimate the seriousness of that decision-making by citizens at their peril.  Their decisions might be distracted at times by the slogans and emotions of outmoded nationalist or ethnic languages, but at heart most twenty-first-century citizens know what they want, and indeed what they do not want.  If there is one conclusion that emerges loud and clear from the great weight of studies that have been undertaken on the electorate of the Rassemblement national in France since the 1980s, and the studies of subsequent surges in populist political movements up to Trump and Brexit,[7] it is that the electors who voted for them knew what they were doing, and why they were doing it.  Three themes dominate: security, control, and the primacy of the personal.  These citizens want protection from crime, immigration, and its perceived socio-economic consequences, and from the alien threats – racial, environmental, and cultural – which stalk a much less predictable world.  They consequently also want control: control of their local neighbourhood and their national society, but also the control to decide what they want for themselves, rather than what others might deem to be good for them.  These are not proud Know Nothings, but they are deeply impatient of Know Alls.  They therefore also want the right to make their own decisions – call it freedom, if you want – be that in terms of their identity, sexuality, or values, or, more prosaically, in how they live their daily lives.  Political commentators often focus on the authoritarian and intolerant aspects of the new politics, as reflected in protest campaigns against the rights of gender or of race, but at the core of the new politics is often a surprising willingness to accept diversity, as long as it does not prejudice the wider unity of society.

Economic insecurity or immiseration? | occasional links & commentaryThis, then, is the third trig point of the new politics.  The agenda of politics has disappeared, and has done so in ways which exclude any simple return to the political frontiers of left and right of the twentieth century. Many of the old issues have not gone away: in a time of economic insecurity, present and future, the mobilising power of class will remain evident.  But its force manifests itself not through the representative institutional hierarchies of old, but through the new protest campaigns of factory gates and direct action, as well as the denunciation of the oligarchical wealthy through the tools of social media.  Class, moreover, is no longer the reliable determinant of political identity that it once was.  As the chaotic exuberance of the movement of the gilets jaunes in France in 2018-19 demonstrated, it co-exists with the other bearers of identity, be they ethnic, gendered, or community-based: the intoxicating solidarity of the imagined “we” against “them.”

The new politics therefore lacks what would have been regarded until recently as a coherent agenda.  The short attention span encouraged by a digital universe is replicated in politics through the shifting shapes of a rapidly moving succession of primarily visual images.  This, of course, is what Trump understood quicker than most.  Coherence and policy-making matter much less than the empty gesture or the transient announcement: declaring you are going to build a wall does not require you to build one.  Indeed, one suspects that very few of his supporters thought that he would build the wall, just as one might question how far those who voted leave in the Brexit referendum campaign actually intended to bring about the departure of the UK from the EU.  Political action too is more about the participants than the end result: the gilets jaunes occupying roundabouts on the edges of French provincial towns is rather different from the storming of the Bastille.  But to regard such actions as naïve or ineffectual is to misunderstand their purpose.  They are the means of expressing an identity or grievance, rather than the conventional pursuit of a goal, still less a wish to take power.  The era when political and ideological affiliations were for life has largely evaporated.  Instead, increasingly large numbers of citizens lend their votes and support to a series of diverse causes – often through a momentary liking of a tweet, or a signature on a digital petition – which respond to their emotions, group identity, or aspirations.[8]

There is much that is disconcerting in the new politics, but it would be wrong to dismiss it as the rise of a new barbarism.  The devil has not once again acquired all of the best tunes, and the new political world is one which can generate a wide range of outcomes.  Nor will it be necessarily as radical as it currently seems.  With time the disruptive impact of figures such as Trump may be channelled within new norms, enabling a continuity of institutional structures to reassert itself, within or without the Republican Party.  But, for now, it suffices to recognise that the mentality of incremental reformist change which was embedded in the machinery of West European and American politics in the later twentieth century has in large part disappeared.  The future could be many things, but it seems highly unlikely that it will be social democratic.[9] This requires historians to change their focus.  Institutional structures, ideological traditions, and indeed democratic norms, have been replaced by a less disciplined and more open politics, in which the aspiration to save the planet and end racism can co-exist alongside the wish to re-assert the nation-state and to control immigration. The multiple incoherences between and within such attitudes matter less than the pervasive sense of a daily referendum in which new practices of direct democracy co-exist with a visual theatre of rhetoric and gesture.  With greater skill than his many detractors would readily admit, Trump provided a first sketch of the character of the new politics.  But he too will quite rapidly come to seem out of date.  The unpredictable history of the present has only just begun.

Martin Conway is Professor of Contemporary European History at the University of Oxford and a Fellow of Balliol College, Oxford.  His books include The Sorrows of Belgium: Liberation and Political Reconstruction, 1944–1947 (Oxford University Press, 2012) and Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton University Press, 2020).

Notes


[1] Samuel Moyn, ‘Biden Says “America is Back.” But Will his Team of Insiders Repeat their Old Mistakes?,” The Guardian, 1 December 2020.

[2] See, notably, Eric J. Hobsbawm, Age of Extremes: The Short Twentieth Century 1914-1991 (London: Michael Joseph, 1994); Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (London: Hamish Hamilton, 1992).

[3] I have written about a characteristic example of these texts, Herman Finer’s The Major Governments of Modern Europe (London: Methuen, 1960), in Martin Conway, “Democracy in Western Europe after 1945,” in J. Kurunmäki, J. Nevers and H. te Velde, eds., Democracy in Modern Europe: A Conceptual History (New York: Berghahn Books, 2018), 231-256.

[4] See, for example, A.C. Grayling Democracy and its Critics (London, 2017).

[5] I have written about this in Conway, Western Europe’s Democratic Age, 1945-1968 (Princeton: Princeton University Press, 2020), 199-254.

[6] Jan-Werner Müller, What is Populism? (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2016).

[7] Pascal Perrineau, Le symptôme Le Pen: radiographie des électeurs du Front National (Paris: Fayard, 1997); Harold D. Clarke, Matthew Goodwin, and Paul Whiteley, Brexit: Why Britain Voted to Leave the European Union (Cambridge: Cambridge University Press, 2017); Roger Eatwell and Matthew Goodwin, “The Grip of Populism,” The Sunday Times, 7 October 2018.

[8] The concept of voters lending their support to a political party was articulated explicitly by Boris Johnson on the night of the result of the 2019 election, to describe the votes gained by the Conservative Party in areas of the North of England that had formerly voted for the Labour Party: “You may only have lent us your vote, you may not think of yourself as a natural Tory and you may intend to return to Labour next time round.” The Guardian, 13 December 2019.

[9] Tony Judt, Ill fares the Land: A Treatise on our Present Discontents (London: Allen Lane, 2010).

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LaFeber_hands

Ayer, 9 de marzo de 2021, murió a los 83 años el gran historiador estadounidense Walter LaFeber.  Uno de los grandes analistas de la historia de las relaciones exteriores de Estados Unidos, LaFeber hizo su doctorado en la Universidad de Wisconsin de la mano de William Appleman Williams, Fred Harvey Harrington y Philipp D. Curtain. Bajo la influencia de la escuela realista y con una temprana tendencia hacia las interpretaciones económicas, LaFeber desarrolló una impresionante carrera con obras imprescindibles como The New Empire: An Interpretation of American Expansion, 1860–1898 (1963), America, Russia and the Cold War, 1945-1966 (1967), The Panama Canal: The Crisis in Historical Perspective (1978), Inevitable Revolutions: The United States in Central America (1984), The Clash: U.S.-Japanese Relations Throughout History (1997), Michael Jordan and the New Global Capitalism (1999) y The Deadly Bet: LBJ, Vietnam, and the 1968 Election (2005). Su labor didáctica es igual de impresionante. LaFeber trabajó por más de treinta años en la Universidad de Cornell, ayudando a formar destacados historiadores de las relaciones exteriores de Estados Unidos. Entre sus estudiantes destacan Richard Immerman, Nancy F. Cott, Andrew Rotter, Frank Costigliola, entre otros.

Descanse en paz Maestro, y gracias.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 10 de marzo de 2021

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Con el azote global del Covid-19, el tema de las vacunas ha alcanzado aún mayor importancia de la que ya tenía. Un elemento clave de este asunto es el rechazo a la vacunación. Aún antes de la pandemia este ya era un serio problema. Por diversas razones  -ignorancia, miedo, desinformación, etc.-  millones de personas rechazaban la vacunación contra  diversas enfermedades, especialmente, en los países desarrollados. Una encuesta publicada  a principios de febrero de este año, reveló que el 51% de los estadounidenses rechazaría o retrasaría la aplicación de la vacuna contral el Covid.  Cómo convencer a estos millones de estadounidenses de aceptar la vacuna representa un serio reto para las autoridades políticas y sanitarias de los Estados Unidos. Comparto con  mis lectores este interesante artículo de Carlos Hernández-Echevarría sobre el importante papel que jugó Elvis Presley en la década de 1950 para combatir los temores que entonces provocaba la vacuna contra el polio. En este corto ensayo se entrecruzan cultura popular, ciencia y salud pública en la lucha contra lo que entonces era una seria amenaza a la salud de los estadounidenses.  Tal vez hayan algunas lecciones que aprender de cómo se manejo el tema de la vacunación en la llamada década opulenta.

Norberto Barreto Velázquez,

Lima, 7 de marzo, 2021


Cómo Elvis Presley ayudó a vencer el miedo a las vacunas

En 1952, en plena Guerra Fría, una encuesta reveló que el mayor miedo de los estadounidenses era un conflicto nuclear con la URSS. Sin embargo, inmediatamente después, lo que más los asustaba era la poliomielitis. El virus de “la polio” mataba cada verano a miles de niños y condenaba a muchos más a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas o conectados a un respirador. La peor pesadilla de los padres de la época.

Aquel año, EE. UU. había sufrido el peor brote de polio de toda su historia, con 3.000 muertos y unas 20.000 parálisis, pero por fin había aparecido la vacuna. El doctor Jonas Salk la había elaborado a través de virus muertos y se la había inyectado a un grupo de voluntarios entre los que estaban él mismo, su esposa y sus tres hijos. El 26 de marzo de 1953, el médico anunció en un programa de radio que todos habían desarrollado anticuerpos y ninguno había enfermado.

En su portada del día siguiente, el New York Times dijo que era “la culminación de uno de los más grandes esfuerzos colectivos de la historia”, pero no todo el mundo estaba convencido. Uno de los periodistas más influyentes del país, Walter Winchell, contó a sus millones de oyentes en abril de 1954 que la vacuna “podía ser asesina”.

Ya había sido probada en 7.500 niños sin efectos adversos, y durante ese año se amplió la vacunación a un millón más con buenos resultados. Pero entonces llegó la verdadera crisis.

Jonas Salk desarrolló la vacuna contra la polio.

Jonas Salk desarrolló la vacuna contra la polio. Dominio público

En 1955, uno de los laboratorios que fabricaba la vacuna cometió un error en su elaboración. El proceso por el que tenía que “matar” al virus antes de inyectárselo a la gente no funcionó, y la propia vacuna contagió de polio a 40.000 niños, causando parálisis a 200 y matando a 10. Se corrigió el proceso, se expulsó a la empresa del grupo de fabricantes y se continuó con el plan de vacunación, pero los temores aumentaron y muchos adolescentes y jóvenes seguían sin vacunarse.

Elvis al rescate

Nueva York fue una de las grandes promotoras de la vacuna, porque la ciudad había sido una de las que más habían sufrido en las epidemias de polio. Solamente en la de 1916 murieron 2.400 neoyorquinos, de los que el 80% eran niños menores de cinco años.

Tal vez por la falsa idea de que el virus solo afectaba a los más pequeños, muchos adolescentes y jóvenes estaban “pasando” de vacunarse. En octubre de 1956, un millón de habitantes de la ciudad ya habían recibido la inyección, pero solo el 10% de los adolescentes se la había puesto. El ayuntamiento quería convencer al resto.

Elvis Presley (dcha.) con el periodista Ed Sullivan en 1956.

Elvis Presley (dcha.) con el periodista Ed Sullivan en 1956.

Entonces Elvis Presley tenía solo 21 años, pero ya era una estrella. En su última visita al programa televisivo de Ed Sullivan le habían visto 60 millones de personas, más de un tercio de toda la población de EE. UU. Por eso mismo, cuando “el rey” se trasladó de nuevo a Nueva York para participar en el mismo show el 28 de octubre de 1956, le convencieron de que aprovechara el viaje para hacerse una foto muy especial.

Aquella tarde de domingo, después de que el artista ensayara su actuación, las cámaras se arremolinaron entre bambalinas en el mítico estudio de la CBS en Broadway para ver a la estrella remangarse. Mientras la concejala de Salud de Nueva York le sostenía el brazo izquierdo, su número dos inyectaba a un sonriente Elvis la vacuna creada por Jonas Salk.

Unas horas más tarde, “el rey” estaba cantando Love Me Tender sin el menor efecto secundario y habiendo dado, en palabras de la concejala, “un buen ejemplo a la juventud del país”.

Elvis siguió colaborando en la lucha contra la polio más allá de la foto. Al año siguiente grabó un anuncio solicitando donaciones para una organización que había sido clave en el descubrimiento de la vacuna, la Fundación Nacional de la Parálisis Infantil. Su fundador había sido el presidente Franklin Delano Roosevelt, que se había contagiado y había quedado en silla de ruedas poco antes de cumplir los 40.

A través de grandes campañas anuales conocidas como “la marcha de las monedas de 10 centavos”, la fundación había sido capaz de recaudar millones para impulsar la investigación de la enfermedad y atender a sus pacientes. Multitud de estrellas de Hollywood colaboraron con la causa y, además de contar con Elvis, la organización tenía su propio grupo de activistas adolescentes para convencer a ese grupo de que se vacunara.

FILE - In this 1957 file photo, Elvis Presley performs on tour in the summer of 1957, with Scotty Moore on guitar, left, and Bill Black on the stand up bass, right. Moore, the pioneering rock guitarist who played on

Elvis Presley durante una gira en el verano de 1957. 
 AP

Los TAP, o “Adolescentes contra la Polio”, celebraban vacunaciones masivas, fiestas con música en directo a las que solo se podía acceder con un certificado de vacunación o campañas para pedir a las adolescentes que no salieran en citas con chicos sin vacunar. También organizaban charlas de concienciación en los colegios, impartidas por víctimas de parálisis por polio.

Funcionó. Si en 1952 se dieron 60.000 casos de polio en EE. UU., diez años después eran 900, y para 1979 la enfermedad estaba oficialmente erradicada en el país. La poliomielitis sigue siendo hoy incurable, pero las vacunas han hecho que solo siga activa en tres países de todo el mundo. Un rotundo éxito de la ciencia con un poquito de ayuda del Rey del Rock.

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Llegamos al millón. Avance de las próximas entradas – Memorias del Viejo  PamplonaHoy es un día muy especial para este blog, pues cruzamos la barrera del millón de vistas o “hits”. Comencé este proyecto recién llegado al Perú en el año 2008. Cumplía dos objetivos, uno personal y otro académico. En el plano personal, necesitaba un espacio de expresión y de creatividad, y lo encontré. En estos casi trece años, mi blog me ha servido de refugio para salir de la rutina de las reuniones idiotas (aun por Zoom siguen siéndolo), de la modorra de la preparación de clases y de la frustración de ver cómo se reduce el tiempo para investigar. A nivel académico, creía (y sigo creyendo) en la necesidad de promover el estudio y la investigación sobre Estados Unidos -y su muchas veces tumultuosa relación con América Latina- desde una perspectiva latinoamericana. Debo reconocer que ese espacio ha mejorado mucho gracias a los trabajos de colegas como Leandro Morgenfeld, Fabio Nigra, Valeria L. Carbone, Diana M. Rojas, Fernando Purcell, Gisela Cramer, Marcial Ocasio, entre otros. Aun falta mucho por hacer, por ejemplo, crear una organización latinoamericana que agrupe a quienes nos dedicamos a estudiar a Estados Unidos.

Debo agradecer al amigo Jorge Moreno Matos, pues sin su apoyo y su promoción a través del Reportero de la Historia, este blog no habría transcendido.

Agradezco a todas y todos mis lectores.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 3 de marzo de 2021

 

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