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Archive for the ‘Racismo’ Category

Frederick Douglas

Hoy 4 de julio, los estadounidenses celebran el día de la declaración de su independencia. Para conmemorar tan relevante evento, comparto con ustedes un discurso titulado “What to Slave is the 4th of July” que fue pronunciado por Frederick Douglas el 4 de julio de 1852 en Rochester, Nueva York.  Douglas, quien nació esclavo, se convirtió en una de las voces más poderosas contra la esclavitud en los Estados Unidos.  Leído por James Earl Jones, este discurso forma parte de una serie de actuaciones organizadas por el gran historiador Howard Zinn bajo el título Voices of a People’s History of the United States.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú, 4 de julio de 2018

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Acaba de ser publicado un nuevo número de la revista Huellas de Estados Unidos. Este excelente proyecto de los colegas de la Cátedra de Estados Unidos  (UBA) ya suma catorce números, todos dedicados a promover un análisis latinoamericano de la historia estadounidense. Este número incluye ensayos sobre temas muy variados: la Guerra contra la Pobreza de Lyndon B. Johnson y el movimiento negro, los afiches (posters) del famoso Wild West de Buffalo Bill  y el asesinato “moral, intelectual e ideológico” de Martin Luther King. Este número también contiene ensayos sobre temas de gran actualidad, como el endeudamiento de los  estudiantes universitarios y la recién aprobada reforma tributaria impulsada por Donald Trump. Además de una sección de reseñas y ensayos bibliográficos, este número también incluye una conferencia dictada por el gran historiador estadounidense Eric Foner titulada La historia de la libertad en el “Siglo Estadounidense” (Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo, Buenos Aires, Argentina. 28 de septiembre de 2017).  Vayan, nuevamente, nuestras felicitaciones y agradecimientos al equipo editorial de Huellas de Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez

29 de abril de 2018

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mlkHoy, 4 de abril de 2018, se conmemoran los cincuenta años del asesinato del Reverendo Martin Luther King, Jr. en Memphis, Tennessee. El Dr. King  se encontraba en Memphis apoyando la histórica huelga de los recogedores de basura, que en su mayoría eran afroamericanos. Su asesinato desató una ola de violencia urbana y apagó una de las voces más críticas de la sociedad estadounidense de la década de 1960.

Creo que la mejor forma de recordar al Dr. King en un día como hoy, es compartiendo su análisis de tres problemas fundamentales de su era y de total actualidad: el militarismo, el racismo y la pobreza. El 31 de agosto de 1967, el Dr. King pronunció uno de sus  más importantes discursos ante la National Conference on New Politics. Conocido como The Three Evils of Society Address, este discurso formó parte de su People´s Poor Campaign, dirigida a combatir la injusticia económica más de allá de límites raciales.

Para oir este importante discurso ir aquí.

 

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La revista Huellas de Estados Unidos acaba de publicar su décimo tercer número con una selección de interesantes artículos enfocados, principalmente, a analizar el origen y significados del fenómeno Trump. Destaca el tema racial con trabajos de Valeria L. Carbonne (“Charlottesville: Historia de racismo y supremacía blanca“), Pablo Pozzi (“El Ku Klux Klan y el capitalismo” y  Ana Bochicchio (“¿Qué piensan los supremacistas blancos norteamericanos?”). Se incluye, además, la traducción de un capítulo del clásico libro de Michael Hunt Ideology and U.S. Foreign Policy (New Haven: Yale University Press, 1987). Agradecemos, nuevamente, a los editores de Huellas de Estados Unidos por su gran labor promoviendo el estudio de Estados Unidos en América Latina.

 

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Conferencia sobre la eugenesia celebrada en Kansas en 1925. / AGE PHOTOSTOCK

Conferencia sobre la eugenesia celebrada en Kansas en 1925. / AGE PHOTOSTOCK

La caída de la gran raza

El lío va a ser cuando lo descubra Donald Trump. El año próximo, mientras las internas norteamericanas derramen su luz sobre Occidente, se cumplirán cien años de un libro que influyó como pocos en la vida de ese país –y que tantos, después, quisieron olvidar.

Su autor, Madison Grant, había nacido en 1865 en Nueva York, en una de esas familias que se decían patricias porque habían desembarcado en el siglo XVII, cuando había que ser muy pobre para migrar a ese islote salvaje. Grant se educó en Yale y Columbia, se recibió de abogado, no ejerció porque no necesitaba y se dedicó, sobre todo, a la caza mayor. De ahí su interés por las ciencias naturales, que pronto se le volvió monomanía. En 1916, ya cincuentón, publicó su ópera magna: se llamaba The Passing of the Great Race –La Caída de la Gran Raza– y fue un éxito.

La Gran Raza era, por supuesto, la blanca, y el libro se dolía por su supuesta decadencia. Para explicarla empezaba por una clasificación donde dividía a los “caucasoides” –muy superiores a los “negroides” y “mongoloides”– en tres clases. Los “nórdicos” eran los mejores, después venían los “alpinos” y, al final, lacra viciosa perezosa y boba, los “mediterráneos”: griegos, italianos, españoles. De donde su tesis central: la inmigración indiscriminada de esos inferiores estaba destruyendo América; los brutos se reproducían tanto, con tal carga genética, que arruinaban el nórdico pueblo americano. Era una vergüenza, decía Grant, que sus compatriotas “quisieran vivir unas pocas generaciones de vida fácil y lujosa” importando esa mano de obra barata que arrasaría su raza.

América se derrumbaba, pero Grant le ofrecía sus soluciones: para los casos más extremos de la degradación proponía “un rígido sistema de selección a través de la eliminación de los débiles o incapacitados –los fracasados sociales– que en cien años nos permitirá deshacernos de los indeseables que colman nuestras cárceles, hospitales y manicomios”. Ni siquiera era necesario matarlos, decía: alcanzaba con esterilizarlos. “Es una solución práctica, piadosa e inevitable que puede ser aplicada a un círculo creciente de desechos sociales, empezando por el criminal, el enfermo y el loco para extenderla gradualmente a los tipos que podríamos llamar ya no defectuosos, sino débiles, y por fin a los tipos raciales inútiles”.

La eugenesia era una corriente poderosa, y La Caída fue su estandarte. Su prédica funcionó: pocos años después la Suprema Corte americana declaró constitucional la esterilización de los “débiles mentales”. En la década siguiente unas 60.000 mujeres fueron esterilizadas.

Fue uno de los grandes éxitos de Grant y los suyos; el mayor llegó cuando su insistencia consiguió acabar con la inmigración que había conformado su país. La Inmigration Act promulgada en 1924 por un Gobierno republicano estableció cuotas que limitaban al máximo la llegada de italianos, polacos, chinos, japoneses, judíos varios y cerró la primera gran ola migratoria americana.

La Caída de la Gran Raza se reimprime cada tanto, aunque sus editores no se atreven a poner en tapa la opinión de Adolf Hitler: “Este libro es mi biblia”. Dichas así, a lo bestia, sus ideas pueden sonar intolerables o ridículas. En su momento se consideraban científicas y produjeron efectos importantes: su recuerdo sirve para preguntarse qué ideas que tomamos en serio parecerán ridículas o intolerables en unas pocas décadas. Y, de todas formas, tras el mínimo barniz de la corrección política, sus conceptos reaparecen en cada patera mediterránea, en cada Trump gritando, en tantas charlas de café.

Madison Grant murió en 1937. Su libro se estudiaba, sus ideas influían, sus discípulos medraban. Él, mientras tanto, obsesionado por conservar, había dedicado sus últimas décadas al ecologismo, y descolló: se le debe, dicen, la supervivencia del bisonte y otras grandes bestias que el hombre amenazaba.


“Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) se licenció en historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y revistas de cocina, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo, recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Rey de España y la beca Guggenheim. Es autor de unos treinta libros que lo han encumbrado como uno de los grandes escritores latinoamericanos de nuestro tiempo.” (http://www.anagrama-ed.es/autor/1214)

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Video of the Week: The Ku Klux Klan parades down Pennsylvania Ave 1928

HNN June 23, 2015

 

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This Is How Racist America Was During the Civil War

HNN August 1, 2014

During the Civil War, many New York City newspapers were closely aligned with the anti-war, pro-Southern wing of the Democratic Party. Republicans called them “Copperheads” after the venomous snakes that originate in the area that had become the Confederacy. Their hatred of Abraham Lincoln was probably only surpassed by their virulent racism and hatred of Black Americans. Their pages were filled with racially offensive language that would be blipped out on the Daily Show with Jon Stewart and most newspapers today are hesitant about printing. I use the word “nigger” in this op ed. I do not use it lightly and I will only use it when quoting directly from newspaper articles from the era. I do not believe it is possible to convey the depth of racism in Northern society during the Civil War era without using this inflammatory and defamatory term.

In 1864 the Daily News was accused of receiving payments from Confederate agents to promote anti-war rallies in New York City and it inflamed racial tension by claiming that racial mixing or miscegenation was the “doctrine and dogma” of the Republican Party. The editorial page of the Weekly Day-Book, which from October 1861 to October 1863 was known as The Caucasian, carried the banner “White Men Must Rule America.”

In the months leading up to the July 1863 Draft Riots, John Mullaly, editor of the Roman Catholic Church’s newspaper, Metropolitan Record, called for armed resistance. At a Union Square rally May 19, 1863, Mullaly declared “the war to be wicked, cruel and unnecessary, and carried on solely to benefit the negroes, and advised resistance to conscription if ever the attempt should be made to enforce the law.” Following the July Draft riots, Mullaly was indicted for “inciting resistance to the draft.”

In its August 23, 1863 issue, the Herald, which had the largest circulation in the country, predicted that the Republican Party would eventually nominate and unite behind Abraham Lincoln when it realized he was the person “predestined and foreordained by Providence to carry on the war, free the niggers, and give all of the faithful a share of the spoils.” On October 7, 1863, the Herald described the Ohio gubernatorial election as a battle to decide “whether the copperheads or the niggerheads are more obnoxious to the great conservative body of the people.”

The 1864 Presidential election provided the Copperhead press an opportunity to express open, casual, and nasty racism. A key figure was journalist David Goodman Croly, who at one time or another worked for the New York Evening Post, the Herald, and the World. Croly helped to anonymously produce one of the more avowedly racist attacks on Republicans and African Americans produced during the Civil War, a 72-page pamphlet titled “Miscegenation: The Theory of the Blending of the Races, Applied to the White Man and the Negro.” The pamphlet charged that the Civil War was a war of “amalgamation” with the goal of “blending of the white and black,” starting with the intermixing of Negroes and Irish.

Many newspapers, including the World, argued the pamphlet was the work of abolitionists and represented their actual program, rather than an attempt to undermine abolition. The New York Freeman’s Journal & Catholic Register, a “peace at any cost” Democratic Party newspaper closely aligned with Fernando Wood, claimed that the “beastly doctrine of the intermarriage of black men and white women” had been “encouraged by the President of the United States” and that “filthy black niggers” were mingling with “white people and even ladies everywhere, even at the President’s levees.”

The editors of the New York Times, were eventually sucked in by the fraud. In a March 19, 1864 editorial, they wrote, “We regret to learn from numerous sources that we are on the point of witnessing intermarriage on a grand scale between the whites and blacks of this Republic. It has, as most of our readers are aware, been long held by logicians of the Democratic school, that once you admit the right of a negro to the possession of his own person, and the receipt of his own wages, you are bound either to marry his sister, or give your daughter in marriage to his son. The formula into which this argument has always been thrown was this: If all blacks are fit to be free every white man is bound to marry a black: ‘Niggers’ are blacks: Therefore every white man is bound to marry a ‘nigger.’ ”

A week later, on March 26, 1864, a Times editorial stated: “we have no hesitation in saying that if we had at the outset conceived it possible that hostility to Slavery would ever have led to wholesale intermarriage with negroes, or of all marriageable Republicans and their sisters, that party should never have received any countenance or support from this journal. We owe it to ourselves and posterity to say that the odious matrimonial arrangements, into which so many of those whose opinions on certain great questions of public policy we have hitherto shared, have taken us wholly by surprise.”

By March 30, 1864 the Times had realized it was a victim of a hoax. “Trusting entirely, as we stated at the time, to the assertions of the Copperhead press, we have made mention of sundry movements alleged to be in process for the more wide-spread diffusion of the new political gospel of Miscegenation . . .  [T]he Copperhead newspapers have been spreading false reports, which is scarcely conceivable.” However, not only did the paper not apologize for its racism, but it complained “[t]he Copperheads are responsible for this state of things. They have aroused the whole colored community, by their highly-colored pictures of the connubial fate that awaits them at Republican hands, to a state of intense excitement.”

Given the virulent racism of the anti-war Copperhead Democrats and the still open racism of both the pro-war Democrats and Unionist Republicans in New York City and the north, it is amazing that slavery in the United States ended at all. Emancipation was a tribute to the doggedness of abolitionists, Black and White, the need for Black manpower for the North to win the war, and major miscalculations by Southern secessionists who mistakenly exaggerated Northern opposition to slavery and support for Black rights.

Alan Singer is a historian and Professor of Secondary Education at Hofstra University, author of “New York and Slavery: Time to Teach the Truth” (2008), and editor of the “New York and Slavery: Complicity and Resistance” curriculum that received the 2005 National Council for the Social Studies program of excellence award.  This piece was written with research assistance from Joseph Palaia, graduate student, Hofstra University.

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