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Archive for the ‘Gran Depresión’ Category

El asalto al Capitolio por partidarios del Presidente Trump el 6 de enero de 2021 ha provocado infinidad de comentarios. Muchos lo han visto como un evento excepcional que no retrata ni refleja a los Estados Unidos.  Nada más alejado de la realidad.  En este artículo publicado por el diario La vanguardia, el escritor Francisco Martínez Hoyos  examina casos previos de violencia política y de intentonas golpistas.

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De Newburgh a los Proud Boys: el golpismo antes de Trump

FRANCISCO MARTÍNEZ HOYOS

El mundo entero presenció los hechos con más o menos incredulidad. En Estados Unidos, la democracia más antigua de cuantas existen en el planeta, una horda de partidarios del presidente Trump irrumpía en el Capitolio mientras el Congreso ratificaba la victoria electoral de Joe Biden. Tras los incidentes planea la inquietante sombra del golpismo. Por sorprendente que parezca al tratarse de una república como la norteamericana, con una arraigada tradición de libertades, no es la primera vez que se lanza allí una amenaza contra el poder emanado del pueblo.

Cuando se produjo el primer peligro para la república, la conspiración de Newburgh, aún no había terminado la guerra de Independencia contra los británicos. En marzo de 1783, las tropas del ejército patriota estaban descontentas porque llevaban meses sin cobrar y no habían recibido de las pensiones vitalicias prometidas, que consistían en la mitad de la paga. Se difundió entonces una carta anónima que proponía resolver el problema con un acto contra el Congreso que no llegaba especificarse.

Ante la gravedad, el general Washington intervino de inmediato. En un emotivo discurso, emplazó a sus oficiales a mantenerse fieles al poder legislativo. Todo quedó en un susto cuando el Congreso satisfizo algunos atrasos a los soldados y les ofreció, en lugar de la proyectada pensión, cinco años de paga completa.

La estabilidad política norteamericana volvió a verse amenazada a principios del siglo XIX. Esta vez, el responsable fue un antiguo héroe de la guerra de la Independencia, Aaron Burr, protagonista de una carrera política tan polémica como turbulenta. Tras ocupar la vicepresidencia en el gabinete de Thomas Jefferson, entre 1801 y 1805, intervino en un plan para crear un nuevo estado con territorios mexicanos que serían arrebatos a España. Tal vez, esta hipotética nación también estaría integrada por territorios del Oeste de Estados Unidos, que se desgajarían de la Unión.

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn.  Dominio público

¿Intentó, además, derrocar por la violencia al gobierno de Washington? Él aseguró que no, pero todo el asunto era lo bastante turbio como para que nada se pudiera dar por seguro. Uno de sus amigos y cómplices, el general James Wilkinson, que resultó ser un espía al servicio de los españoles, acabó por denunciar sus actividades. Burr sería juzgado por traición, aunque declarado inocente. Desde entonces, su controvertida figura ha suscitado un amplio debate.

A nivel estatal

No todo el golpismo se encaminaba a un cambio de poder en el conjunto del país. También se dieron intentonas en algunos los estados de la Unión, como Arkansas. Fue allí donde Joseph Brooks perdió las elecciones para gobernador en 1872. Al estar convencido de que su derrota no había sido justa, dos años después decidió alzarse en armas contra su antiguo rival, el también republicano Elisha Baxter. Contaba con el apoyo de una milicia de más de 600 hombres frente los 2.000 que respaldaban a Baxter.

La pugna violenta entre los dos líderes obligó al ejército federal a interponerse entre sus respectivos partidarios. Brooks acabó destituido, pero el presidente Grant le concedió un cargo en la administración de Correos de Little Rock.

Fue también en 1874 cuando la Liga Blanca, una organización paramilitar de antiguos confederados, se rebeló contra el gobierno de Luisiana en nombre del supremacismo blanco. Para sus partidarios, dar más oportunidades a la población negra significaba ejercer una tiranía. Ante los disturbios, las tropas federales tuvieron que intervenir y obligar a los rebeldes a retirarse.

Contra Roosevelt

Casi sesenta años después, en 1933, tuvo lugar un oscuro episodio, el Business Plot. Un prestigioso general retirado, Smedley Butler, afirmó que un grupo de capitalistas y banqueros le había tanteado para que encabezara un golpe de Estado fascista contra Roosevelt.

En aquellos momentos, en plena Gran Depresión, las gentes adineradas veían con suspicacia al presidente. Su política reformista, basada en la intervención del poder público sobre la economía, le había convertido en sospechoso de socialismo o comunismo. Lo cierto es que Roosevelt se proponía solucionar los problemas del capitalismo para que el sistema funcionara otra vez.

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar
 Dominio público

Se suponía que Butler debía derrocar al gobierno al frente de una organización de veteranos de la Primera Guerra Mundial. En esos momentos, el descontento cundía entre los antiguos soldados. Un año antes, un movimiento de protesta había reclamado en Washington el pago de los bonos prometidos por el Congreso. El general MacArthur, futuro héroe en la lucha contra los japoneses, reprimió sin contemplaciones a los manifestantes.

Según Butler, los conjurados buscaban a un hombre fuerte al servicio de Wall Street. Partidario convencido de la democracia, el antiguo militar se negó en redondo a proporcionarles cualquier tipo de apoyo. Sin embargo, las personas a las que implicó negaron su intervención y finalmente no pasó nada. La prensa restó importancia al asunto, como si todo hubiera sido una fantasía.

En 1958, el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. señaló que pudo existir un plan sobre el papel sin que se diera ningún intento de llevarlo a cabo. Otros autores han concedido mayor relevancia a la conspiración. En 2007, Scott Horton, abogado conocido por su labor a favor de los derechos humanos, afirmó que entre los cómplices del Business Plot se hallaba Prescott Bush. Este banquero fue el padre del presidente George H. W. Bush y el abuelo de George W. Bush. Su implicación, a día de hoy, es un tema controvertido.

La intentona fracasó, pero fue más seria de lo que muchos quisieron admitir. Para cuestionarla se argumentó que era inverosímil que un grupo de extremistas de derechas se pusiera en contacto con un hombre como Butler, de conocido antifascismo. Pero para Roberto Muñoz Bolaños precisamente su fama de progresista lo convertía en una figura interesante para los artífices del plan. Se trataba, según este historiador, de “crear una situación de inestabilidad, que permitiera un cambio político radical y un giro autoritario en el sistema político”.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

La mayoría de militares estadounidenses se han distinguido por su obediencia a las autoridades civiles, pero eso no significa que estén desprovistos de influencia. En 1961, al abandonar la presidencia, Eisenhower hizo un conocido discurso en el que advirtió a sus compatriotas contra los peligros del “complejo militar-industrial”, una alianza entre los mandos del Ejército y los fabricantes de armas. Unos y otros habían alcanzado el suficiente poder como para inmiscuirse en las decisiones de los políticos elegidos por el pueblo.

Este peligro se hizo patente durante la crisis de los misiles, en la que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de una guerra nuclear. Miembros de la cúpula militar presionaron para que el presidente Kennedy respondiera a Moscú con la máxima contundencia por la instalación en Cuba de armamento atómico. Si eso significaba el uso del arsenal nuclear, que así fuera.

En el momento de mayor tensión, Kennedy avisó a Jruschov, el mandatario ruso, de que el Pentágono podía patrocinar un golpe en su contra si no se encontraba una salida a la pugna entre ambos países.

Donald Trump ha alentado actitudes golpistas al anunciar que no estaba dispuesto a acatar el resultado de las elecciones de noviembre. Poca duda hay de que su política populista ha ahondado en Estados Unidos una fractura social con incalculables consecuencias. ¿Qué salida cabe? El asalto al Congreso nos hace recordar una conocida cita de Jefferson, acerca de los deberes de todos los demócratas: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”.

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Comparto este artículo publicado en Diálogo Atlántico  -blog del Instituto Franklin– sobre un grupo de escritoras que derribaron el monopolio masculino de la literatura proletariada estadounidense en la década de 1930. Su autora es la Doctora Luisa Juárez, profesora de la Universidad del Alcalá de Henares.


Getty Images - Fábrica Mujeres Años 30

El proletarianismo de Tillie Olsen y su vigencia en el presente social norteamericano

Diálogo Atlántico  10 de

Los años treinta fueron un periodo fértil para la denominada literatura proletaria en los Estados Unidos, un discurso a caballo entre las demandas formales del modernismo y la temática social propia del realismo, que sirvió como herramienta de activismo político por el cambio social. Las escritoras que participaron en este movimiento estético-político quedaron provisionalmente canonizadas a finales del siglo XX al aparecer sus nombres y algunas de sus obras en varias publicaciones académicas esenciales, a saber, el capítulo que Paul Lauter escribió para Columbia History of the American Novel (1991) y las grandes antologías de literatura norteamericana como la Norton o la Heath. Los nombres de Tillie Olsen, Josephine Herbst, Meridel Le Sueur, Mira Page, Fielding Burke o Tess Slesinger aparecieron junto al de autores consagrados como John Steinbeck, Sherwood Anderson, Henry Roth, o Mike Gold. Fue Gold quien más trabajó por dar coherencia al discurso del proletarianismo que surgió durante la Gran Depresión. La publicación de su manifiesto literario, que inevitablemente recuerda a las declaraciones modernistas que vieron la luz en los años veinte, definía en términos esencialistas el compromiso literario con los valores de la izquierda: el escritor proletario era por definición varón. Tras la Segunda Guerra Mundial, la fórmula literaria del proletarianismo perdió visibilidad, pero fueron las escritoras coetáneas a Gold quienes quedaron en el olvido más absoluto. Las críticas y directoras de editoriales feministas de la segunda ola rescataron y reeditaron las obras de estas autoras, cuyo legado posee una excepcional vigencia hoy día para entender la función del arte como palanca de cambio social y de agitación política.

The Unpossessed by Tess Slesinger

El proceso de arqueología literaria que describo tuvo lugar en los últimos años del siglo XX y partía de un serio compromiso intelectual y político con las categorías de género, raza y clase, cuya intersección iluminaba el sesgo androcéntrista blanco que había definido la herencia textual de la izquierda norteamericana. La lectura de Le Sueur, Slesinger, Olsen y otras refutaba la idea de que “work is male”. La galería de personajes y situaciones que las autoras retrataron suponían, y me atrevo a decir que en cierto modo siguen suponiendo, una provocación a las convenciones socioculturales: las reporteras que cubren las manifestaciones por salarios justos; las obreras en paro que esperan infructuosamente un trabajo en las oficinas de empleo; el sentimiento de indignidad con el que algunas mujeres aguardan su turno en las colas del hambre. También aparecían en estas obras referencias a nuevos trabajos desempeñados casi con exclusividad por mujeres en las nuevas urbes de la sociedad capitalista y consumista norteamericana de la primera mitad del siglo XX, y se denunciaban los efectos dañinos de un crecimiento económico basado en la explotación depredadora de recursos y trabajadores. Me refiero a personajes inspirados en una multitud de jóvenes secretarias y oficinistas que, abrazando la ideología patriarcal, ponían más entusiasmo en lograr un buen matrimonio que en lograr su autonomía por medio de una carrera profesional, y que terminaban siendo acosadas sexualmente en el trabajo; o las dependientas de grandes almacenes, a quienes se obligaba a seguir un código de vestimenta y maquillaje que mermaba el exiguo salario, llevándolas incluso a privarse de comida; o a las amas de casa y madres que padecían los efectos de la polución generada por las industrias cárnicas.

Tillie Olsen: One Woman, Many Riddles: Reid, Panthea: 9780813551876:  Amazon.com: BooksCasi todas estas autoras estuvieron ligadas al rotativo del movimiento comunista americano: New Masses. Además de relatos y poesía, las escritoras publicaron allí artículos políticos, reportajes, cartas y otros textos híbridos de difícil catalogación que ofrecían una visión crítica de los acontecimientos desde posturas que hoy llamaríamos feministas. En algunos casos, las noticias del periódico marxista servían de inspiración para la creación literaria, como ocurrió con el poema, “I Want You Women up North to Know” (1934), que Tillie Olsen publicaría en The Partisan. Olsen leyó una carta de Felipe Ibarro en New Masses en la que se denunciaban las condiciones laborales de las costureras de San Antonio, Texas. Profundamente afectada por los datos objetivos que ofrecía aquella carta al diario, Olsen puso su talento literario una vez más al servicio del activismo político, produciendo un poema sobre la explotación que sufrían sus hermanas trabajadoras del sur. El poema adopta un lenguaje lírico con imágenes aparentemente convencionales e inocuas de pájaros o flores, que resultan ser, además de una parodia de la literatura como mero ejercicio estético, una denuncia furiosa de la economía de frontera. Olsen logra un poderoso alegato contra la explotación laboral de las trabajadoras de ascendencia mejicana. El poema ofrece una visión cruda de aquellas mujeres consumidas por las labores de la aguja, que bordan exquisitas piezas durante horas sin fin, durante el día y en la oscuridad, hasta que se secan sus ojos y se agarrotan sus manos por una cantidad insignificante de dinero, que nunca aliviará la miseria material en la que viven. La carga política del texto apela a las conciencias de los consumidores, en este caso, señoras ricas que adquirían aquellos primorosos bordados en las tiendas bonitas de las ciudades. Sin embargo, Olsen no peca de ingenua pues entiende que será poco probable que las señoras ricas lean su poema y sabe que, de hacerlo, difícilmente se sentirán interpeladas por la denuncia allí descrita, y mucho menos se reconocerán como cómplices en aquel intercambio macabro. Por este motivo, el poema, al igual que hiciera la novela de Mike Gold, Jews without Money, termina con unas líneas que presagian la revolución de los trabajadores, objetivo del arte proletario:

“Women up North, I want you to know,

I tell you this can´t last forever.

I swear it won’t”


Luisa Juarez / Sobre el autor

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Great Depression: Causes and Definition | HISTORY.com. - HISTORY

La prosperidad económica que caracterizó a la década de 1920 acabó abruptamente  el 29 de octubre de 1929. Ese día los Estados Unidos entraron en una profunda crisis económica que duraría más de diez años y que amenazó el sistema de vida estadounidense.  Para 1932, entre 10 y 15 millones de estadounidenses estaban desempleados, cientos de negocios de diversos tamaños se habían ido a la quiebra  y por lo menos 5,000 bancos habían cerrado sus puertas. Nunca antes la economía  estadounidense había caído tan bajo. Muestra de ello eran los cientos de personas que a diario hacían largas filas para recibir un plato de sopa o una manzana gratis.

Al comienzo de  la crisis la presidencia de los Estados Unidos estaba ocupada por un político Republicano llamado Herbert Hoover, que no entendió las dimensiones del problema económico por el que estaban atravesando los Estados Unidos y, por ende, fue incapaz de tomar las medidas  necesarias. En 1932, fue electo presidente  Franklin D. Roosevelt, quien le había prometido al pueblo norteamericano un liderato activo y eficaz. Una vez en la Casa Blanca, Roosevelt puso en marcha un programa agresivo para enfrentar las consecuencias de la crisis económico. Este programa fue conocido como el Nuevo Trato y se caracterizó por una intensa experimentación  e intervención directa del gobierno federal en la economía.

El Nuevo Trato provocó el crecimiento  del tamaño e influencia del gobierno federal, transformándole en un Estado moderno.  El gobierno federal se convirtió en el proveedor de protección, ayuda directa, trabajo, préstamos y pagos del seguro social de millones de estadounidenses. Además, el gobierno intervino de forma directa en la economía de la nación para sustituir al sector privado como motor económico. El sector privado vio, no sin horror, como el Estado creó una serie de mecanismo para regularle, supervisarle y controlarle. En otras palabras, el Nuevo Trato aceleró el proceso de regulación federal iniciado durante la Era Progresista que buscaba generar orden a la vida económica del país. Por primera vez en la historia estadounidense el gobierno federal garantizó el derecho de los trabajadores a formar y unirse a sindicatos laborales.  Además, el gobierno jugó un papel fundamental redefiniendo las relaciones obrero-patronales al establecer salarios mínimos y máximo de horas de trabajo.

Stocks on track for worst December since the Great Depression | WGNO

El Nuevo Trato también fue fundamental en el desarrollo de un estado del bienestar o “welfare state” en los Estados Unidos. El gobierno aceptó  la responsabilidad sobre el bienestar colectivo e individual de millones de ciudadanos.  Nunca antes en la los ciudadanos habían recibido tanto del gobierno como durante el Nuevo Trato. Sin embargo, esa ayuda no era perfecta ni incluía a todos. En comparación del estado de bienestar desarrollado en Europa, el Nuevo Trato tuvo serias limitaciones. Por ejemplo, la administración Roosevelt no pudo incluir un seguro medico universal como parte del Seguro Social por la oposición de diversos sectores del país, entre ellos la Asociación Médica Norteamericana. Los trabajadores agrarios y domésticos también fueron dejados fuera del Seguro Social, lo que limitó su alcance.

El Nuevo Trato reconoció la pobreza como un mal económico, no como una falla personal o el resultado de flojera o vagancia. A pesar de ello, los reformistas no encontraron una solución para este asunto. Algunos de ellos creían que con el fin de la Depresión se lograría nuevamente que todos los norteamericanos estuvieran empleados y que ello reduciría la pobreza.  Desafortunadamente, eso no ocurrió y el fin de la Depresión no significó el fin de la pobreza.

Dorothea Lange

Dorothea Lange

Los novotratistas no se limitaron a atender los serios problemas socioeconómicos de su sociedad, pues también le dieron importancia a otras áreas, entre ellas, las artes. Entre 1935 y 1943,   los fotógrafos de la Farm Security Administration (Administración de Seguridad Agraria) recorrieron el país documentando la pobreza. También buscaban dar a conocer un segmento de la sociedad estadounidense desconocido para el resto del país. Una de las fotógrafas más importantes de ese proyecto fue Dorothea Lange (1896-1965), quien entre 1935 y 1939 produjo una impresionante obra  que tuvo alcance nacional a través de la prensa. Su trabajo se concentró  en fotos de pobres y marginados: campesinos, familias desplazadas, inmigrantes, japoneses internados, etc.

En esta nota publicada en el New York Times, Tess Taylor comenta su “pilgrimage” en algunas de zonas de California, específìcamente, del Imperial County, recorridos por Lange hace más de ochenta años. Sus comentarios resultan muy interesantes y las fotos que los acompañan son realmente impresionantes.

Para ver más fotos de Dorothea Lange se puede visitar la sección  que le dedica la página web de la Biblioteca del Congreso, seleccionando aquí.


Dorothea Lange.

Credit…Paul S. Taylor/The Dorothea Lange Collection, the Oakland Museum of California

The Californian photographer known for her images of the Great Depression is a guide to the complexity of the present.

By 

HOLTVILLE, Calif. — It’s late when I check into the Barbara Worth Country Club, 600 miles southeast of my home in the Bay Area. Spare rooms border dark fields, a dry golf course and a web of open irrigation troughs that help make Imperial County one of the biggest agricultural producers in California. Holtville calls itself the carrot capital of the world, and even now, after this season’s harvest, stray carrot tops bolt, blooming to seed.

Fifteen miles from my hotel is the border with Mexico, a boundary now marked by barbed wire that loops around the edges of the All-American Canal, an elaborate, 80-mile long aqueduct that diverts water from Colorado to irrigate farmland that would otherwise get around three inches of rain per year.

Migratory field workers pulling carrots in a field near Meloland, Imperial County, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Oklahoma migratory workers washing in a hot spring in the desert. Imperial Valley, Calif., 1937.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“They’ll sleep in the row (to hold a place in the field) to earn sixty cents a day.” — From Dorthea Lange’s caption notes.

Migratory labor housing near Holtville, Imperial Valley, Calif., during the carrot harvest in 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

When I arrive in April 2019, Donald Trump has just visited Imperial County to stump for his wall. But I’m not here to talk politics, exactly. Instead, I’m on a pilgrimage to visit as many of the places Dorothea Lange photographed in California as I can.

 

Ms. Lange came to Imperial County during the late 1930s, capturing a different generation of migrants drawn here from Mexico, the Philippines, Oklahoma and the Dakotas, looking for work in the carrot fields. In 1937, she photographed ramshackle tents lining a canal; a group of Model T’s making haphazard camp in a gully. In other shots, cabbage pickers bend deep and hoist baskets high on their shoulders.

Ms. Lange, best known for her Depression-era photographs of migrant laborers, began photographing bread lines and labor strikes near her San Francisco studio in 1932. In the 1920s, she had made her living as a society portraitist, photographing San Francisco’s wealthiest families — the Levi Strauss and the Haas families among them.

As the Great Depression worsened, she began photographing people she saw on the streets: men curled up sleeping or in line for food. In 1935, she married the economist Paul Taylor; they left San Francisco together to photograph the living conditions of agricultural laborers up and down the state, from Davis and Marysville all the way to Imperial County. The Farm Security Administration supported their work.

Pea pickers in California, 1936.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Mam, I’ve picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down.” — From Dorthea Lange’s notebook

A page of Dorothea Lange’s original caption notes, for the above image of “Pea Pickers,” that also includes her request for a “typewriter.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In 2017, I started reading Ms. Lange’s notebooks, now held at the Oakland Museum of California. On lined 3 by 5 inch pages, in penciled-in cursive, she captures American history in staccato fragments, jotting down what laborers paid for gas, rent and food; how much they could make picking a day’s worth of potatoes. On one June trip following the melon harvest in El Centro, under a heading “The camp,” she notes someone saying: “This is a hard life to swallow, but I can’t just rest here.”

“We come from all states and we can’t make a dollar in this field noways. Working from seven in the morning until 12 noon, we earn an average of 35 cents,” a worker told her in 1937.

Texas woman in a carrot pullers’ camp, Imperial Valley, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Not enough money for cotton sacks” reads another note; “All I’ve got is right here.”

“2 children 4-6.”

“Sold everything little by little.”

“We said we came from,” she writes in a note that ends in an eerie, indecipherable smudge: “They said, “Why don’t you go back there then?”

“This country’s a hard country” one woman told Ms. Lange. “If you die, you’re dead — that’s all.”

As a poet, I was drawn to the chorus of voices Ms. Lange recorded, which call across time. Her notebooks catalog concerns that feel sharply relevant eight decades later: the search for shelter, a fair wage and stable work.

Last year, from January to October, I drove across California, following routes Ms. Lange noted in her travels from 1935 to 1942, by which time she had been hired by the Office of War Information to document the process of Japanese internment.San Francisco residents of Japanese ancestry in 1942 at a civil control station for registration where they would then be interned in war relocation camps.

Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
The quarters at Manzanar, Calif., War Relocation Authority Center where people of Japanese ancestry were interned by the U.S. Army during WWII.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

As I visited encampments, internment centers and small agricultural towns, I used Ms. Lange’s images and words as a lens to help refract the messy complexity of California’s present. I grew up a mile from where Ms. Lange lived in Berkeley. My town, El Cerrito, populated quickly in the early 1940s by an influx of shipyard workers, has neat cottage bungalows with lemon trees on tight plots. Ms. Lange photographed these in 1942 as a hopeful emblem of the New California: an emergent middle class.

But the Bay Area today is no picture of middle class stability. My once modest neighborhood has skyrocketing home prices — a small three-bedroom that eight years ago cost $500,000 now lists for $1.3 million, while roughly 28,000 homeless people sleep on the streets in the Bay Area each night. Vacant lots, industrial blocks and underpasses nearby fill with semipermanent encampments. I bike my children to school each day through a maze of tents and trailers.

Following Ms. Lange’s images and notes has become a study in uneasy juxtapositions: rifts between enormous wealth and unsettled poverty, some of which feel new, some like a continuation of the past.

Farm Security Administration emergency migratory labor camp established for the 1939 spring pea harvest, Calipatria, Imperial Valley, Calif.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In Imperial County, which now has the highest unemployment rate in California, Eddie Preciado of Catholic Charities holds beds at the county’s one homeless shelter for men, offering shelter to migrant laborers who cross the border to pick corn.

“There’s still no dedicated housing for agricultural workers,” he told me. Down the road, a detention center run by Management Training Corporation for ICE holds 782 beds.

“Most middle-class jobs are in border security,” Mr. Preciado said.

In Nipomo, where Ms. Lange pulled over near a frozen pea field to make her famous photograph “Migrant Mother” in 1936, a new community of $1.2 million tract homes overlooks rows of factory-farmed strawberry fields edged with workers’ trailers.

A Mexican mother in California in 1935. “Sometimes I tell my children that I would like to go to Mexico, but they tell me ‘We don’t want to go, we belong here.’”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Destitute pea pickers in California. Mother of seven children. Age thirty-two. Nipomo, Calif., shows Florence Thompson with three of her children in the 1936 photograph known as “Migrant Mother.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

I asked a bartender at Jocko’s Steakhouse where I could find the spot where “Migrant Mother” was photographed.

“I don’t know,” he said “but people are still always coming through.”

Last spring, walking a section of Route 98 in Imperial County just after dawn, I remembered Ms. Lange’s images of Model T’s camped in arroyos. Those gullies are now lined with border security officers in shiny trucks parked at quarter-mile intervals to police those who make their way north.

Ms. Lange often said, “A camera is a tool for learning how to see without a camera.” I wonder what details she’d notice, what notes she’d take now.

A store owned by a Japanese-American who was sent to an internment camp in Oakland, Calif. The store had been closed the day after the Pearl Harbor attack.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

Tess Taylor (@Tessathon) is a poet and author. Her book of poems “Work & Days” was named one of the best books of poetry of 2016 by The Times. Her new collection of poetry “Last West: Roadsongs for Dorothea Lange” is part of the “Dorothea Lange: Words & Pictures” exhibition at the Museum of Modern Art.


 

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