Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Esclavitud’ Category

Thin LightAcabo de leer un libro extraordinario, The Thin Light of Freedom: The Civil War and Emancipations in the Heart of America. Su autor, Edward L. Ayers, es un historiador estadounidense, ex Presidente de la Universidad de Richmond y miembro fundador del  podcast de historia estadounidense Backstory.  The Thin Light of Freedom completa su obra In The Presence of Mine Enemies: War in the Heart of America, 1859-1863, ganadora del prestigioso Bancroft Prize del año 2004.

Ganador del 2018 Lincoln Prize, este libro examina la guerra de secesión estadounidense a partir de 1863, desde la perspectiva de dos condados estadounidenses claves por su ubicación estratégica: Franklin (Pensilvania-Unionista) y Augusta (Virginia-Confederado). Ello le permite a su autor hacer un examen  micro de un proceso histórico tan complejo como la guerra civil estadounidense.

Dada la magnitud de esta obra, me limitaré hacer algunos comentarios generales sobre su contenido.

Ayers

Edward L. Ayers

En más de una ocasión he escuchado  a colegas minimizar e inclusive negar la esclavitud como el factor clave de la guerra civil estadounidense. Quienes así piensan, por lo general justifican su argumento subrayando la disposición de Lincoln para un acomodo con el Sur que evitara la secesión y la guerra. Ayers hace un trabajo extraordinario subrayando la centralidad de la esclavitud  en el guerra civil estadounidense. Tal vez Lincoln estuvo dispuesto a llegar a un acuerdo sobre el futuro de la esclavitud, pero el Sur no. En otras palabras, es la tenaz resistencia de los esclavistas lo que lleva al Norte a adoptar una posición abolicionista. Según Ayers, la libertad para los negros avanzó más rápido de lo que sus defensores habían podido imaginar, gracias a la agresividad de los sureños. Para acabar con el Sur – y poner fin a la guerra – era necesario acabar con la esclavitud.

Ayers enfatiza que la emancipación y la Reconstrucción no eran inevitables resultados de la economía moderna, del poder del Norte o de la justicia. Las consecuencias de la guerra permanecieron en duda durante el conflicto y el periodo posterior. Pocos hubieran imaginado en 1860 que en cinco años la esclavitud sería destruida y que los libertos se convertirían en ciudadanos estadounidenses.

En la etapa posterior a la guerra –la llamada Reconstrucción– la actitud de los sureños también jugó un papel clave. Su resistencia y oposición ayudaron a que la revolución que la Reconstrucción significaba avanzara.

Sin embargo, no hay un final feliz. Los enemigos de la libertad de los negros no desaparecieron después de la Reconstrucción. Éstos no se rindieron y por décadas lucharon para hacer retroceder la expansión de la democracia en el Sur, socavando los derechos adquiridos por los negros en la década de 1860.

15disunion-blog480

The Battle of Nashville (Library of Congress)

No puedo terminara sin subrayar dos elementos impresionantes de este libro: lo bien que está escrito y sus fuentes. Esta es una obra con una narración extraordinaria que atrapa al lector sin perder profundidad académica. Ayers recurre a una variedad extraordinaria de fuentes primaras: periódicos, informes, cartas, etc. Destaca el uso de diarios para reconstruir cómo experimentaron la guerra soldados, esposas de soldados, civiles, etc.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 19 de julio de 2018

Read Full Post »

Frederick Douglas

Hoy 4 de julio, los estadounidenses celebran el día de la declaración de su independencia. Para conmemorar tan relevante evento, comparto con ustedes un discurso titulado “What to Slave is the 4th of July” que fue pronunciado por Frederick Douglas el 4 de julio de 1852 en Rochester, Nueva York.  Douglas, quien nació esclavo, se convirtió en una de las voces más poderosas contra la esclavitud en los Estados Unidos.  Leído por James Earl Jones, este discurso forma parte de una serie de actuaciones organizadas por el gran historiador Howard Zinn bajo el título Voices of a People’s History of the United States.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú, 4 de julio de 2018

Read Full Post »

imagesPaco Ignacio Taibo II es un prolifero escritor mexicano que combina muy bien la ficción (especialmente, la novela negra) y la narrativa histórica. Creador del genial investigador Belascoarán Shayne, Taibo II es autor  de un número impresionante de libros donde aborda temas de historia mexicana y latinoamericana en general. Destacan dos obras biográficas monumentales: Ernesto Guevara, también conocido como el Che (1996) y  Pancho Villa: una biografía narrativa (2006), donde enfoca dos figuras claves de la historia latinoamericana del siglo XX. Con una fuerte tendencia antisistema, no debe sorprender que Taibo II haya dedicado tiempo al rescate y análisis del movimiento anarco sindicalismo español con obras como Asturias 1934 (1980), Arcángeles: doce historias de revolucionarios herejes del siglo XX (1998) y Que sean fuego las estrellas (2015).

Me acabo de leer una de sus obras de narrativa histórica: El Álamo: una historia no apta para

Taibo

Paco Ignacio Taibo II

Hollywood ( 2011) y comparto aquí mis impresiones con mis lectores. En este corto y muy bien escrito libro, Taibo II desarrolla un efectivo trabajo  de desmitificación de la batalla del Álamo. Esta enfrentamiento entre fuerzas rebeldes texanas y efectivos del ejército mexicano fue uno de los principales episodios de la llamada revolución texana de 1836. Como bien documenta Taibo II, la  derrota de los rebeldes en el Álamo se convirtió en uno de los principales mitos fundacionales estadounidenses. A los que murieron en el Álamo se les ha convertido en símbolos del excepcionalismo estadounidense; en mártires de la libertad y la democracia. Taibo deja claro que uno de los elementos claves de la rebelión texana era la defensa de la esclavitud, no de la democracia. La especulación de tierras también jugó una papel importante en la rebelión texana. El autor baja del Olimpo al que han sido ensalzados, especialmente por Hollywood y Disney, los principales personajes estadounidenses de la batalla del Álamo: William Barret Travis, Dadid Crockett y James Bowie. Los presenta tal como lo que eran: aventureros, esclavistas, malos padres, borrachos, mentirosos, etc. Taibo  II no es menos duro con sus compatriotas, describiendo la  falta de visión y de liderato que reinó entre las tropas mexicanas, especialmente, las deficiencias de su máximo líder el General Antonio López de Santa Anna.

Aquellos interesados en la rebelión texana y en especial de la batalla del Álamo, encontrarán en este libro una visión crítica y profundamente desmitificadora de tales eventos. Quienes estén interesados en investigar estos temas, encontrarán una impresionante bibliografía que incluye fuentes tanto estadounidenses como mexicanas.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 13 de abril de 2018

Read Full Post »

we_shall_overcome_full_page.jpg

La década de 1960 fue testigo de la lucha de los afro-estadounidenses  por la igualdad social y política. Tras el fin de la guerra civil, los afro-estadounidenses  disfrutaron de un corto periodo de libertad e igualdad. Durante este periodo, ciudadanos negros llegaron ser electos alcaldes, gobernadores y representantes. Sin embargo, a finales de la década de 1870, éstos habían perdido sus derechos políticos gracias al desarrollo de un sistema de segregación racial. Este sistema conocido como “Jim Crow”  creó formas para negar  o limitar el derecho al voto de los afro-estadounidenses,  además de marginarles social y económicamente. Con el fin de separar las razas, se aprobaron leyes segregando racialmente las escuelas, los parques, y hasta las fuentes de agua. Los matrimonios entre blancos y negros fueron declarados ilegales en varios estados de la Unión.

linchamientos-eeuu.jpg

Los afro-estadounidenses  no sólo fueron arrebatados de sus derechos políticos, segregados y marginados, sino también fueron víctimas de la violencia racial. Entre 1880 y 1920, miles de afro-estadounidenses  fueron linchados por el mero hecho de ser negros.  Durante este largo periodo, el gobierno federal dejó abandonados y sin protección a miles de sus ciudadanos negros.

En los años 1960 se dio un renacer en la lucha de los afro-estadounidenses  por el reconocimiento de sus derechos políticos y por el fin de la segregación racial. Bajo el liderato de personas como Martin Luther King, Malcom X, Rosa Parks, Huey P. Newton y Bobby Seale, los afro-estadounidenses  usaron diversos tipos de medios para luchar contra quienes les oprimían y maltrataban (boicots, marchas, resistencia pacífica, resistencia armada, etc.). El resultado de esta lucha fue el desarrollo de un vasto movimiento a favor de los derechos civiles que logró la aprobación de leyes federales protegiendo los derechos de los ciudadanos afro-estadounidenses . Sin embargo, esta lucha constituyó una verdadera revolución, pues cambió considerablemente las relaciones y actitudes raciales en los Estados Unidos.

 Martin Luther King

Rosa-Parks

Rosa Parks

Una de las figuras claves de la lucha por los derechos civiles fue un joven pastor negro llamado Martin Luther King. Nacido en Atlanta en 1929, era hijo y hermano de pastores y vivió desde muy niño la segregación racial.  En 1954,   King se convirtió, a los veinticinco años de edad, en pastor de una iglesia bautista de la ciudad Montgomery. Un año más tarde, una mujer afroamericana llamada Rosa Parks se negó a cederle su asiento en un autobús público a una persona blanca, por lo que fue arrestada por violar las leyes segregacionistas vigentes en el estado de Alabama. En respuesta, el reverendo King encabezó un boicot contra el sistema de transportación pública de Montgomery que duró más de trescientos días. En 1956, el Tribunal Supremo declaró ilegal la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos, lo que marcó el fin del famoso boicot de Montgomery.

LBJ & MLK

Martin Luther King y Lyndon B. Johnson

King le dedicará los próximos trece años de su vida a la lucha por la igualdad racial por medio de marchas, boicots, bloqueos, toma de edificios, etc. Creyente en la resistencia pacífica promulgada por Henry David Thoreau y Gandhi, King rechazó el uso de la violencia y se opuso a la intervención de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, por lo que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1964.

King no sólo defendió el pacifismo, sino que también optó por aliarse con los sectores liberales en busca de reformas. Para él, la integración racial era posible y necesaria. King creía que sólo el cambio pacífico a través de la colaboración con los blancos traería el cambio que los afro-estadounidenses  estaban esperando y del que eran merecedores.

Este gran líder estadounidense fue asesinado el 4 de abril de 1968 en Memphis.  Su muerte provocó fuerte disturbios raciales, pero no frenó la lucha de los afro-estadounidenses  por sus derechos civiles.

La Ley de Derechos Civiles

El asesinato de  John F. Kennedy en noviembre de 1963 ocurrió en un momento que la lucha por los derechos civiles había ganado fuerza y contaba con el apoyo del presidente asesinado. La actitud que asumiría el nuevo residente de la Casa  Blanca preocupaba a los líderes negros, pues Lyndon B. Johnson (LBJ) no se había caracterizado por sus simpatías hacia la lucha de los afro-estadounidenses . Por el contrario, como Senador Johnson había bloqueado legislación a favor de los derechos civiles.

Afortunadamente para los afro-estadounidenses ,  LBJ entendió que la lucha por los derechos había cambiado el panorama político estadounidense. Además, éste quería unir a los Demócratas y demostrar que era un líder nacional por lo que adoptó el tema de los derechos civiles. Johnson hizo claro que estaba dispuesta a transar y uso todo su poder e influencia para conseguir que el Congreso aprobara  una ley de derechos civiles en 1964.

La aprobación de la Ley de Derechos Civiles  es uno de los episodios más importantes en la lucha de los afro-estadounidenses  por la igualdad.  Ésta es, además, la legislación más importante aprobada en los Estados Unidos con relación al tema de los derechos civiles desde el periodo de la Reconstrucción. La ley prohíbe la discriminación en los espacios públicos, ilegaliza la discriminación en el trabajo por sexo, raza u origen nacional, prohíbe la discriminación en programas federales y  autorizaba al Departamento de Justicia a iniciar casos legales para integrar escuelas y otras dependencias públicas.

El “Black Power”

No todos los afro-estadounidenses  adoptaron el pacifismo reformista predicado por Martin Luther King. Otros reclamaron cambios sociales inmediatos y optaron por la confrontación.  Éstos manifestaron su rencor hacia la sociedad blanca que restringía y limitaba sus aspiraciones, así como también  rechazaron la resistencia pacífica, la integración  y las alianzas de King.   Cansados, frustrados y sin fe en la justicia de los blancos, estos afro-estadounidenses  demandaron la creación de un poder negro o “Black Power”,  es decir, la creación de instituciones y movimientos políticos propios que dieran forma a una agenda propia de la comunidad afroamericana. En otras palabras, los defensores del “Black Power” querían definir su destino, no depender de los blancos para ello.

muhammed-ali-malcolm-x-book-review

Muhamad Ali y Malcom X

El movimiento “Black Power” estuvo fuertemente influenciada por las ideas de uno de los más importantes líderes afro-estadounidenses  de la historia, Malcom X.  Nacido como Malcom Little,  éste cambió su apellido a X como un acto simbólico de repudio al pasado esclavista. Tras una temporada en la cárcel por venta de drogas, Malcom fue liberado en 1952 y se convirtió al Islam.  Malcom se unió a una agrupación musulmana afroamericana llamada la Nación del Islam que era dirigida por Elijah Muhammad.  La inteligencia y oratorio de Malcom X le convirtieron muy pronto en una de las figuras más importantes de la comunidad musulmana afroamericana.

El pensamiento de Malcom tenía una fuerte tendencia separatista y nacionalista. Éste insistía en que los negros tomaran conciencia  y se levantaran en defensa de sus derechos para así alcanzar la independencia verdadera.  Según Malcom, los negros debían estar orgullosos de su negritud y de sus raíces africanas.  Crítico acérrimo de King, Malcom insistía que los afro-estadounidenses  debían conseguir su libertad usando cualquier medio posible, incluyendo la violencia.  En 1965, Malcom abandonó la Nación del Islam y fue asesinado por tres hombres vinculados a ese movimiento.

En 1966, Huey P. Newton y Bobby Seale fundaron el Partido de las Panteras Negras, el grupo más famoso en defensa de la autodeterminación de los afro-estadounidenses . Las Panteras Negras recurrieron a la violencia y se enfrentaron a la policía y el FBI en diversas ocasiones, pero fueron encarcelados o resultaron muertos, lo que terminó destruyendo al partido.

Bobby Seale, Huey Newton

Huey P. Newton y Bobby Seale

El movimiento “Black Power” tuvo un efecto importante para los afro-estadounidenses , pues fomentó el desarrollo de organizaciones comunitarias negras independientes de los blancos, ayudó a la creación de programas universitarios dedicados al estudio de los negros estadounidenses y sirvió para movilizar política y electoralmente a los afro-estadounidenses .  Además, sirvió para promover el orgullo racial  y la autoestima de los negros.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú

Read Full Post »

download-1El 2018 Lincoln Prize ha sido sido concedido al trabajo de Edward Ayers,  The Thin Light of Freedom: The Civil War and Emancipation in the Heart of America (W.W. Norton and Company). Este premio, que consiste de $50,000, es otorgado anualmente por  el Gilder Lehrman Institute of American History para reconocer el mejor trabajo investigativo sobre Lincoln y el periodo de la guerra civil. Ayers es un historiador estadounidense, ex Presidente de la Universidad de Richmond y miembro fundador de unos de los mejores podcast de historia estadounidense: Backstory. Ha sido merecedor tanto del Bancroft Prize como  del Beveridge Prize.

Vale mencionar a los finalistas de tan prestigioso premio:

  • Ron Chernow, Grant (Penguin Press).
  • Gordon Rhea, On to Petersburg: Grant and Lee, June 4-14, 1864 (LSU Press).
  • Tera Hunter, Bound in Wedlock:  Slave and Free Black Marriage in the Nineteenth Century(Harvard University Press).
  • Cate Lineberry, Be Free or Die (St. Martin’s Press).
  • Graham Peck, Making an Antislavery Nation(University of Illinois Press).
  • Adam I.P. Smith, The Stormy Present: Conservatism and the Problem of Slavery in Northern Politics: 1846—1865 (University of North Carolina Press).

Read Full Post »

 

hnn-logo-new

 

 

 

 

Slavery in America: Back in the Headlines

Daina Ramey Berry

HNN  November 23, 1014

 

People think they know everything about slavery in the United States, but they don’t. They think the majority of African slaves came to the American colonies, but they didn’t. They talk about 400 hundred years of slavery, but it wasn’t. They claim all Southerners owned slaves, but they didn’t. Some argue it was a long time ago, but it wasn’t.

Slavery has been in the news a lot lately. Perhaps it’s because of the increase in human trafficking on American soil or the headlines about income inequality, the mass incarceration of African Americans or discussions about reparations to the descendants of slaves. Several publications have fueled these conversations: Ta-Nehisi Coates’ The Case for Reparations in The Atlantic Monthly, French economist Thomas Picketty’s Capital in the Twenty First Century, historian Edward Baptist’s The Half Has Never Been Told: Slavery and The Making of American Capitalism, and law professor Bryan A. Stevenson’s Just Mercy: A Story of Justice and Redemption.

As a scholar of slavery at the University of Texas at Austin, I welcome the public debates and connections the American people are making with history. However, there are still many misconceptions about slavery.

I’ve spent my career dispelling myths about “the peculiar institution.” The goal in my courses is not to victimize one group and celebrate another. Instead, we trace the history of slavery in all its forms to make sense of the origins of wealth inequality and the roots of discrimination today. The history of slavery provides deep context to contemporary conversations and counters the distorted facts, internet hoaxes and poor scholarship I caution my students against.

Four myths about slavery

Myth One: The majority of African captives came to what became the United States.

Truth: Only 380,000 or 4-6% came to the United States. The majority of enslaved Africans went to Brazil, followed by the Caribbean. A significant number of enslaved Africans arrived in the American colonies by way of the Caribbean where they were “seasoned” and mentored into slave life. They spent months or years recovering from the harsh realities of the Middle Passage. Once they were forcibly accustomed to slave labor, many were then brought to plantations on American soil.

Myth Two: Slavery lasted for 400 years.

Popular culture is rich with references to 400 years of oppression. There seems to be confusion between the Transatlantic Slave Trade (1440-1888) and the institution of slavery, confusion only reinforced by the Bible, Genesis 15:13:

Then the Lord said to him, ‘Know for certain that for four hundred years your descendants will be strangers in a country not their own and that they will be enslaved and mistreated there.

Listen to Lupe Fiasco – just one Hip Hop artist to refer to the 400 years – in his 2011 imagining of America without slavery, “All Black Everything”:

[Hook]

You would never know

If you could ever be

If you never try

You would never see

Stayed in Africa

We ain’t never leave

So there were no slaves in our history

Were no slave ships, were no misery, call me crazy, or isn’t he

See I fell asleep and I had a dream, it was all black everything

[Verse 1]

Uh, and we ain’t get exploited

White man ain’t feared so he did not destroy it

We ain’t work for free, see they had to employ it

Built it up together so we equally appointed

First 400 years, see we actually enjoyed it

tt9cfqkm-1413841594.jpg

A plantation owner with his slaves. (National Media Museum from UK)

Truth: Slavery was not unique to the United States; it is a part of almost every nation’s history from Greek and Roman civilizations to contemporary forms of human trafficking. The American part of the story lasted fewer than 400 years.

How do we calculate it? Most historians use 1619 as a starting point: 20 Africans referred to as ”servants” arrived in Jamestown, VA on a Dutch ship. It’s important to note, however, that they were not the first Africans on American soil. Africans first arrived in America in the late 16th century not as slaves but as explorers together with Spanish and Portuguese explorers. One of the best known of these African “conquistadors” was Estevancio who traveled throughout the southeast from present day Florida to Texas. As far as the institution of chattel slavery – the treatment of slaves as property – in the United States, if we use 1619 as the beginning and the 1865 Thirteenth Amendment as its end then it lasted 246 years, not 400.

Myth Three: All Southerners owned slaves.

Truth: Roughly 25% of all southerners owned slaves. The fact that one quarter of the Southern population were slaveholders is still shocking to many. This truth brings historical insight to modern conversations about the Occupy Movement, its challenge to the inequality gap and its slogan “we are the 99%.”

Take the case of Texas. When it established statehood, the Lone Star State had a shorter period of Anglo-American chattel slavery than other Southern states – only 1845 to 1865 – because Spain and Mexico had occupied the region for almost one half of the 19th century with policies that either abolished or limited slavery. Still, the number of people impacted by wealth and income inequality is staggering. By 1860, the Texas enslaved population was 182,566, but slaveholders represented 27% of the population, controlled 68% of the government positions and 73% of the wealth. Shocking figures but today’s income gap in Texas is arguably more stark with 10% of tax filers taking home 50% of the income.

Myth Four: Slavery was a long time ago.

Truth: African-Americans have been free in this country for less time than they were enslaved. Do the math: Blacks have been free for 149 years which means that most Americans are two to three generations removed from slavery. However, former slaveholding families have built their legacies on the institution and generated wealth that African-Americans have not been privy to because enslaved labor was forced; segregation maintained wealth disparities; and overt and covert discrimination limited African-American recovery efforts.

The value of slaves

Economists and historians have examined detailed aspects of the enslaved experience for as long as slavery existed. Recent publications related to slavery and capitalism explore economic aspects of cotton production and offer commentary on the amount of wealth generated from enslaved labor.

My own work enters this conversation looking at the value of individual slaves and the ways enslaved people responded to being treated as a commodity. They were bought and sold just like we sell cars and cattle today. They were gifted, deeded and mortgaged the same way we sell houses today. They were itemized and insured the same way we manage our assets and protect our valuables.

y6br69t3-1413802703.jpg

Extensive Sale of Choice Slaves, New Orleans 1859, Girardey, C.E. (Natchez Trace Collection, Broadside Collection, Dolph Briscoe Center for American History)

Extensive Sale of Choice Slaves, New Orleans 1859, Girardey, C.E.

(Natchez Trace Collection, Broadside Collection, Dolph Briscoe Center for American History)

Enslaved people were valued at every stage of their lives, from before birth until after death. Slaveholders examined women for their fertility and projected the value of their “future increase.” As they grew up, enslavers assessed their value through a rating system that quantified their work. An “A1 Prime hand” represented one term used for a “first rate” slave who could do the most work in a given day. Their values decreased on a quarter scale from three-fourths hands to one-fourth hands, to a rate of zero, which was typically reserved for elderly or differently abled bondpeople (another term for slaves.)

Guy and Andrew, two prime males sold at the largest auction in US History in 1859, commanded different prices. Although similar in “all marketable points in size, age, and skill,” Guy commanded $1240 while Andrew sold for $1040 because “he had lost his right eye.” A reporter from the New York Tribune noted “that the market value of the right eye in the Southern country is $240.” Enslaved bodies were reduced to monetary values assessed from year to year and sometimes from month to month for their entire lifespan and beyond. By today’s standards, Andrew and Guy would be worth about $33,000-$40,000.

Slavery was an extremely diverse economic institution; one that extrapolated unpaid labor out of people in a variety of settings from small single crop farms and plantations to urban universities. This diversity is also reflected in their prices. Enslaved people understood they were treated as commodities.

“I was sold away from mammy at three years old,” recalled Harriett Hill of Georgia. “I remembers it! It lack selling a calf from the cow,” she shared in a 1930s interview with the Works Progress Administration. “We are human beings” she told her interviewer. Those in bondage understood their status. Even though Harriet Hill “was too little to remember her price when she was three, she recalled being sold for $1400 at age 9 or 10, “I never could forget it.”

Slavery in popular culture

Slavery is part and parcel of American popular culture but for more than 30 years the television mini-series Roots was the primary visual representation of the institution except for a handful of independent (and not widely known) films such as Haile Gerima’s Sankofa or the Brazilian Quilombo. Today Steve McQueen’s 12 Years a Slave is a box office success, actress Azia Mira Dungey has a popular web series called Ask a Slave, and in Cash Crop sculptor Stephen Hayes compares the slave ships of the 18th century with third world sweatshops.

From the serious – PBS’s award-winning Many Rivers to Cross – and the interactive Slave Dwelling Project- whereby school aged children spend the night in slave cabins – to the comic at Saturday Night Live, slavery is today front and center.

The elephant that sits at the center of our history is coming into focus. American slavery happened — we are still living with its consequences.

Daina Ramey Berry, Ph.D. is an associate professor of history and African and African Diaspora Studies at the University of Texas at Austin. She is also a Public Voices Fellow, author and award–winning editor of three books, currently at work on book about slave prices in the United States funded in part by the National Endowment for the Humanities. Follow her on Twitter: @lbofflesh. This articles was first published by Not Even Past.

Read Full Post »

A Forgotten Stage of the Atlantic Slave Trade

by Gregory E. O’Malley 

HNN September 21, 2014

156926-FPJOn January 9, 1786, thirty-five “Men, Women, boys and Girls” from Angola climbed aboard a small brig in Kingston’s busy harbor and returned to sea. They had recently survived an Atlantic crossing to Jamaica with hundreds of other captives, but the vagaries of the Atlantic slave market split them off for another voyage. Embarking on this second ocean passage, the smaller group of captives climbed aboard a much smaller vessel, called Mars. The crew also packed the hold with goods, so the Angolans maneuvered around barrels of rum, sugar, and pimento.

The observant among them gleaned from the sun or stars that this new voyage carried them north, instead of west. They surely noticed a change in the weather. Winter gripped North America, and even in Georgia that January, locals remarked at “the severity of it.” The Mars rocked and thrashed in violent waves whipped up by storms out of the northeast. Frigid rains and high seas drenched the deck with water that dripped and sloshed into the hold. Contrary winds caused an unexpectedly “long passage.” Provisions ran low.

The crew headed for the nearest harbor, but one of the Angolan women succumbed to cold or hunger and “died two days before [the Mars] got into port.” Mercifully, the other thirty-four prisoners survived to reach Savannah, Georgia—probably unaware that their intended destination had been a place called Charleston, farther up the coast. The merchant in charge of selling the survivors perceived them as “a very slight made People,” probably because their passage from Jamaica on short rations made them appear so. One man died “a few days after they arrived.” The others recovered enough for sale into American slavery, but it would eight months after sailing from Jamaica before the last of them sold.

As typically told, the story of the Atlantic slave trade ends after the ocean crossing. A transatlantic slave ship glides into an American port, planters flock to an auction on the pier, and enslaved people presumably march with new owners to nearby plantations. Slave trade histories usually end with such a sale, but for hundreds of thousands of enslaved African people the journey did not end there. Labor-hungry plantation owners were not the only buyers of weary survivors of the Middle Passage; merchant speculators sought human commodities as well.

Port records, merchant papers, and imperial correspondence all suggest that a thriving intercolonial slave trade dispersed as many as a quarter of the African people who arrived in the New World, extending their dangerous journeys to American plantations. Such “final passages,” after the Atlantic crossing, occurred for a variety of reasons. Some colonial markets were too small to attract vessels directly from Africa with hundreds of slaves, but could be profitably targeted by intercolonial traders with a few enslaved people and an assortment of goods; some European empires enjoyed stronger trading positions in Africa than others, creating supply and price discrepancies across imperial borders in the Americas, setting the stage for smuggling; some important sites of American slavery were inland, requiring overland distribution after the Middle Passage. Whatever the reasons, colonial port records document more than seven thousand such shipments originating in British American colonies alone. Thousands more ventures surely occurred—in other regions and in periods not covered by surviving records.

Despite the vast scale of such intercolonial trafficking, historians have been slow to recognize and examine it, a blind spot especially pronounced for the British Atlantic. The oversight may stem partly from the long shadow that Philip Curtin cast on the field. His path-breaking book, The Atlantic Slave Trade: A Census (1969), was framed by a simple and straightforward question: Just how many African people crossed the Atlantic in the slave trade? That question (and his attempt to answer it by synthesizing regional estimates from the extant secondary scholarship) was an essential starting point for slave trade studies. But in some ways, Curtin’s focus on quantifying the transatlantic migration circumscribed the field—in ways both obvious and more surprising. – See more at: http://historynewsnetwork.org/article/156926#sthash.K6rDShzB.dpuf

Most straightforward, for decades after Curtin’s book appeared, slave trade scholars focused on the so-called “numbers game,” with one scholar after another revising Curtin’s estimates. Some used census records and demographic modeling; others counted the captives in port records and shipping returns. Such efforts culminated in Voyages: The Transatlantic Slave Trade Database (www.slavevoyages.org), spearheaded by David Eltis, which seeks to document each individual voyage that carried Africans across the Atlantic. It is a prodigious work that documents more than 35,000 slave-trading ventures. The database improves our knowledge of the trade’s scale, organization, and mortality, and it stands as a monument to scholarly collaboration, with dozens of researchers contributing data. Despite these virtues, however, the database is limited to voyages that crossed the Atlantic—omitting the intercolonial trade—perhaps because that is how Curtin framed the question that launched the field.

More surprising perhaps, critics of such quantitative study have also focused on the Atlantic crossing at the expense of other phases of the trade. In recent years, a rich historiography has called for moving beyond the counting of enslaved people crossing the Atlantic to achieve a more humanizing portrayal—one that reckons more with what enslaved migrants endured, how they understood their journeys, and what cultures they carried with them. Marcus Rediker’s The Slave Ship: A Human History (2008) and Stephanie Smallwood’s Saltwater Slavery (2009), for example, focus explicitly on lived experiences aboard slave ships, on putting a human face on the millions of people who had been counted by other slave trade scholars. Yet these works, too, stop after the Atlantic crossing. They describe the infamous Middle Passage, but do not examine the networks of dispersal that forced beleaguered men and women onward—from Barbados to Savannah, from Jamaica to Panama, or from Charleston to the North American backcountry.

Yet hundreds of thousands of enslaved people did move on. Weary, often ill, angry, and often terrified, they arrived in a first American port only to be purchased by intercolonial speculators. American traders bought enslaved people in one port for transshipment to another, adding additional weeks and new dangers to the voyages of captives. Mortality in this intercolonial trade was devastating for people already debilitated by the Middle Passage. Furthermore, dispersal after the Atlantic crossing often separated transatlantic shipmates who shared language, culture, or even ties of kinship. And the importance of such intra-American trafficking extends beyond the devastating experiences of captives. The intercolonial slave trade spread the institution of slavery to new colonies and helped colonial merchants elaborate their trade networks. Many general traders in the Americas (and imperial policymakers) saw such slave trading as vital to opening a broader business with new customers, entangling the profits of slave trading with all manner of other commerce.

There is a certain irony to slave trade scholars focusing only on the Atlantic crossing—an irony captured in the phrase used to describe that journey. For most twenty-first-century readers, “Middle Passage” conjures thoughts of the horrific experiences of African captives in their forced Atlantic crossings, but the voyage was termed “middle” to reflect European, not African, experience. For European traders the transatlantic voyage typically formed the second leg of a three-part journey: a first passage, from Europe to Africa with trade goods; a “middle” passage, from Africa to America with slaves; and a third voyage, from America back to Europe with colonial staples. This “triangle” trade gave the Middle Passage its name. Despite these Eurocentric origins, scholars have claimed the term for the slave trade’s victims. But ironically, “Middle Passage” actually fits the experiences of African migrants better than most scholars have realized. The journeys of enslaved Africans did not begin at their ports of embarkation for the ocean crossing, nor did they end when transatlantic vessels reached the Americas. Instead, people often fell into slavery deep in the African interior, facing a first passage to the Atlantic coast; likewise, many enslaved people spread outward after the Middle Passage, often settling hundreds or even thousands of miles away from their first American landfall. Understanding the African migration experience—and the full profits of slave trading—requires reckoning with these final passages after the Atlantic crossing.

Gregory E. O’Malley is an Associate Professor of History at the University of California, Santa Cruz and the author of “Final Passages: The Intercolonial Slave Trade of British America, 1619-1807” (2014

Read Full Post »

Older Posts »