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Si de algo sirve el estudio de la historia, digan lo que digan los posmodernos, es para entender o aclarar el presente.  En mi caso, descubrí la utilidad de la historia de adolescente cuando buscaba respuestas a mis preguntas sobre la relación de mi patria, Puerto Rico, con los Estados Unidos. Así se inició un romance que dura hasta el día de hoy.

En la presente coyuntura de pandemia mundial y confinamiento social, el estudio del pasado se hace más relevante aun, pues no permite contextualizar nuestro terrible presente.

Comparto con ustedes un corto ensayo del Dr. Manuel Peinado, catedrático de la Universidad de Alcalá, que espero les sea útil para entender o acalarar estos tiempos dificiles que nos han tocado vivir.

Dr. Norberto Barreto Velazquez

2 de abril de 2020


 

Coronavirus en Estados Unidos: lo que nos enseña la historia

Diálogo Atlántico   2 de abril de 2020

Estados Unidos se acaba de convertir en el nuevo epicentro de la COVID-19, la nueva enfermedad transmitida por el coronavirus SARS-CoV-2: el país tiene ahora más casos de coronavirus que cualquier otro país del mundo. Desde que se detectó el primer caso en Seattle el 20 de enero, el virus ha contagiado al menos a 181.099 personas en los 50 estados, según las cifras oficiales (siempre más reducidas que las reales). De esos casos registrados, 3.606 son fallecidos, 1.550 de ellos en Nueva York.

En un país con 329 millones de habitantes, esas cifras significan una incidencia proporcionalmente mucho más baja que en España o Italia. Pero todo apunta a una escalada rápida provocada por el inevitable crecimiento exponencial que caracteriza el inicio de todas las epidemias.

Hay razones estructurales por las cuales Estados Unidos tiene dificultades para ofrecer una respuesta a la pandemia: la atención médica privatizada y cara, la deficiente red de asistencia social y la autoridad descentralizada. Esta última, además de una amenaza para la propia democracia, en la guerra biológica contra el coronavirus, es una deficiencia de primera magnitud.

¿Qué está ocurriendo exactamente? Observen la Figura 1. Las estrellas en negrita indican el día en el que diferentes países adoptaron medidas de mitigación consistentes en el confinamiento nacional, regional o local de las poblaciones afectadas. Estados Unidos aún no las ha adoptado. Para entender lo que está pasando allí hay que poner el foco en lo que sucede ahora y lo que sucedió hace más de un siglo. En la lucha contra la actual pandemia, el país se enfrenta a los mismos problemas constitucionales que dificultaron el control de la epidemia de gripe de 1918.

Figura 1. Los costes humanitarios del brote de coronavirus continúan aumentando, con más de 719,000 personas infectadas en todo el mundo. El número de fallecimientos confirmados ha superado los 33.900. Datos a 30 de marzo (Fuente).

 

La gripe de 1918, también conocida como gripe española, duró hasta 1920 y se considera la pandemia más mortal de la historia moderna. Desde su primer caso conocido, que tuvo lugar cerca de una base militar de Kansas en marzo de 1918, la gripe se extendió por todo el país. Al final de la pandemia, entre 50 y 100 millones de personas habían muerto en todo el mundo, incluidos más de 500.000 estadounidenses.

En 2007, dos estudios científicos intentaron explicar cómo influyeron en la propagación de la enfermedad las distintas respuestas ofrecidas en diferentes ciudades. Al comparar las tasas de mortalidad, el tiempo y las intervenciones de salud pública, los investigadores descubrieron que las tasas de mortalidad eran alrededor de un 50% más bajas en las ciudades que adoptaron medidas preventivas desde el principio en comparación con las que lo hicieron tarde o no lo hicieron (Figura 2C). Además, las ciudades que adelantaron el distanciamiento social se recuperaron económicamente mejor tras la pandemia.

Figura 2. A. Adoptar medidas de aislamiento social un día después eleva espectacularmente el número de contagiados (Luis Monje). B. Número de muertes previstas en Gran Bretaña y Estados Unidos en el caso de no adoptarse medidas de aislamiento social (Fuente). C. Diferencias de casos mortales registrados en diferentes ciudades norteamericanas. San Luis y Nueva York, las primeras en aplicar medidas de aislamiento fueron las que menos casos registraron (Fuente). D. Diferencias en el número de casos mortales registrados entre Filadelfia y San Luis. Dos ciudades que adoptaron medidas de aislamiento en fechas diferentes (Fuente).

 

Ahora como entonces, las intervenciones de aislamiento social son la primera línea de defensa contra una epidemia en ausencia de una vacuna. Estas medidas incluyen el cierre de escuelas, tiendas y restaurantes; imponer restricciones al transporte; ordenar el confinamiento social y prohibir las concentraciones públicas. Pero en cada zona del país se aplican directrices distintas.

La restricción de viajes a Europa que hizo la Administración estadounidense es una medida en la buena dirección: probablemente el país ganó unas horas, quizás un día o dos para frenar la expansión del virus. Pero no más. No es suficiente. Eso es contención cuando lo que se necesita en estos momentos es mitigación. Y es ahí donde el poder federal tropieza con la capacidad legislativa de los estados.

Aunque la mitad de los ciudadanos está sometida a diferentes grados de distanciamiento social, cada estado (e incluso cada condado o cada gran ciudad) actúa por su cuenta en función en la gravedad de la situación en su territorio, sin olvidar que las autoridades actúan influidas en ocasiones por un trasfondo social.

El presidente Trump tiene las manos constitucionalmente atadas a la hora de declarar un estado de alarma como el declarado en España. Sin embargo, el virus circulará por mucho que el presidente desee que desaparezca. Frente a la crisis del coronavirus el trumpismo no parece a la altura de las circunstancias, como ha ido demostrando el empecinamiento interesado del presidente y de los grupos negacionistas que lo sostienen en acabar con la cuarentena cuanto antes para volver a la normalidad.

El 9 de marzo Trump acusó de embusteros a los medios de comunicación y a los demócratas por conspirar “para inflamar la situación del coronavirus” y dijo equivocadamente que la gripe común era más peligrosa.

Abrumado por las cifras cada vez más preocupantes y por el informe del Imperial College que pronosticaba 2.200.000 muertes de estadounidenses de no adoptarse medidas (Figura 2B), el 30 de marzo, la Casa Blanca emitió las primeras recomendaciones federales de distanciamiento social que podrían durar hasta junio.

Pero son solo eso, recomendaciones, que no son suficientes en el combate actual. En 1918, la clave para acabar con la epidemia fue el aislamiento social. Y eso probablemente sigue siendo cierto un siglo después.

La prosperidad económica que caracterizó a la década de 1920 acabó abruptamente  el 29 de octubre de 1929. Ese día los Estados Unidos entraron en una profunda crisis económica que duraría más de diez años y que amenazó el sistema de vida estadounidense.  Para 1932, entre 10 y 15 millones de estadounidenses estaban desempleados, cientos de negocios de diversos tamaños se habían ido a la quiebra  y por lo menos 5,000 bancos habían cerrado sus puertas. Nunca antes la economía  estadounidense había caído tan bajo. Muestra de ello eran los cientos de personas que a diario hacían largas filas para recibir un plato de sopa o una manzana gratis.

Al comienzo de  la crisis la presidencia de los Estados Unidos estaba ocupada por un político Republicano llamado Herbert Hoover, que no entendió las dimensiones del problema económico por el que estaban atravesando los Estados Unidos y, por ende, fue incapaz de tomar las medidas  necesarias. En 1932, fue electo presidente  Franklin D. Roosevelt, quien le había prometido al pueblo norteamericano un liderato activo y eficaz. Una vez en la Casa Blanca, Roosevelt puso en marcha un programa agresivo para enfrentar las consecuencias de la crisis económico. Este programa fue conocido como el Nuevo Trato y se caracterizó por una intensa experimentación  e intervención directa del gobierno federal en la economía.

El Nuevo Trato provocó el crecimiento  del tamaño e influencia del gobierno federal, transformándole en un Estado moderno.  El gobierno federal se convirtió en el proveedor de protección, ayuda directa, trabajo, préstamos y pagos del seguro social de millones de estadounidenses. Además, el gobierno intervino de forma directa en la economía de la nación para sustituir al sector privado como motor económico. El sector privado vio, no sin horror, como el Estado creó una serie de mecanismo para regularle, supervisarle y controlarle. En otras palabras, el Nuevo Trato aceleró el proceso de regulación federal iniciado durante la Era Progresista que buscaba generar orden a la vida económica del país. Por primera vez en la historia estadounidense el gobierno federal garantizó el derecho de los trabajadores a formar y unirse a sindicatos laborales.  Además, el gobierno jugó un papel fundamental redefiniendo las relaciones obrero-patronales al establecer salarios mínimos y máximo de horas de trabajo.

El Nuevo Trato también fue fundamental en el desarrollo de un estado del bienestar o “welfare state” en los Estados Unidos. El gobierno aceptó  la responsabilidad sobre el bienestar colectivo e individual de millones de ciudadanos.  Nunca antes en la los ciudadanos habían recibido tanto del gobierno como durante el Nuevo Trato. Sin embargo, esa ayuda no era perfecta ni incluía a todos. En comparación del estado de bienestar desarrollado en Europa, el Nuevo Trato tuvo serias limitaciones. Por ejemplo, la administración Roosevelt no pudo incluir un seguro medico universal como parte del Seguro Social por la oposición de diversos sectores del país, entre ellos la Asociación Médica Norteamericana. Los trabajadores agrarios y domésticos también fueron dejados fuera del Seguro Social, lo que limitó su alcance.

El Nuevo Trato reconoció la pobreza como un mal económico, no como una falla personal o el resultado de flojera o vagancia. A pesar de ello, los reformistas no encontraron una solución para este asunto. Algunos de ellos creían que con el fin de la Depresión se lograría nuevamente que todos los norteamericanos estuvieran empleados y que ello reduciría la pobreza.  Desafortunadamente, eso no ocurrió y el fin de la Depresión no significó el fin de la pobreza.

Dorothea Lange

Dorothea Lange

Los novotratisas no se limitaron a atender los serios problemas socioeconómicos de su sociedad, pues también le dieron importancia a otras áreas, entre ellas, las artes. Entre 1935 y 1943,   los fotógrafos de la Farm Security Administration (Administración de Seguridad Agraria) recorrieron el país documentando la pobreza. También buscaban dar a conocer un segmento de la sociedad estadounidense desconocido para el resto del país. Una de las fotografas más importantes de ese proyecto fue Dorothea Lange (1896-1965), quien entre 1935 y 1939 produjo una impresionante obra fotográfica que tuvo alcance nacional a través de la prensa. Su trabajo se concentró  en fotos de pobres y marginados: campesinos, familias desplazadas, inmigrantes, japoneses internados, etc.

En esta nota publicada en el New York Times, Tess Taylor comenta su “pilgrimage” en algunas de zonas de California, especificamente, del Imperial County, recorridos por Lange hace más de ochenta años. Sus comentarios resultan muy interesantes y las fotos que los acompañan son realmente impresionantes.

Para ver más fotos de Dorothea Lange se puede visitar la sección  que le dedica la pagina web de la Biblioteca del Congreso, seleccionando aquí.


Dorothea Lange.

Credit…Paul S. Taylor/The Dorothea Lange Collection, the Oakland Museum of California

The Californian photographer known for her images of the Great Depression is a guide to the complexity of the present.

By 

HOLTVILLE, Calif. — It’s late when I check into the Barbara Worth Country Club, 600 miles southeast of my home in the Bay Area. Spare rooms border dark fields, a dry golf course and a web of open irrigation troughs that help make Imperial County one of the biggest agricultural producers in California. Holtville calls itself the carrot capital of the world, and even now, after this season’s harvest, stray carrot tops bolt, blooming to seed.

Fifteen miles from my hotel is the border with Mexico, a boundary now marked by barbed wire that loops around the edges of the All-American Canal, an elaborate, 80-mile long aqueduct that diverts water from Colorado to irrigate farmland that would otherwise get around three inches of rain per year.

Migratory field workers pulling carrots in a field near Meloland, Imperial County, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Oklahoma migratory workers washing in a hot spring in the desert. Imperial Valley, Calif., 1937.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“They’ll sleep in the row (to hold a place in the field) to earn sixty cents a day.” — From Dorthea Lange’s caption notes.

Migratory labor housing near Holtville, Imperial Valley, Calif., during the carrot harvest in 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

When I arrive in April 2019, Donald Trump has just visited Imperial County to stump for his wall. But I’m not here to talk politics, exactly. Instead, I’m on a pilgrimage to visit as many of the places Dorothea Lange photographed in California as I can.

 

Ms. Lange came to Imperial County during the late 1930s, capturing a different generation of migrants drawn here from Mexico, the Philippines, Oklahoma and the Dakotas, looking for work in the carrot fields. In 1937, she photographed ramshackle tents lining a canal; a group of Model T’s making haphazard camp in a gully. In other shots, cabbage pickers bend deep and hoist baskets high on their shoulders.

Ms. Lange, best known for her Depression-era photographs of migrant laborers, began photographing bread lines and labor strikes near her San Francisco studio in 1932. In the 1920s, she had made her living as a society portraitist, photographing San Francisco’s wealthiest families — the Levi Strauss and the Haas families among them.

As the Great Depression worsened, she began photographing people she saw on the streets: men curled up sleeping or in line for food. In 1935, she married the economist Paul Taylor; they left San Francisco together to photograph the living conditions of agricultural laborers up and down the state, from Davis and Marysville all the way to Imperial County. The Farm Security Administration supported their work.

Pea pickers in California, 1936.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Mam, I’ve picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down.” — From Dorthea Lange’s notebook

A page of Dorothea Lange’s original caption notes, for the above image of “Pea Pickers,” that also includes her request for a “typewriter.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In 2017, I started reading Ms. Lange’s notebooks, now held at the Oakland Museum of California. On lined 3 by 5 inch pages, in penciled-in cursive, she captures American history in staccato fragments, jotting down what laborers paid for gas, rent and food; how much they could make picking a day’s worth of potatoes. On one June trip following the melon harvest in El Centro, under a heading “The camp,” she notes someone saying: “This is a hard life to swallow, but I can’t just rest here.”

“We come from all states and we can’t make a dollar in this field noways. Working from seven in the morning until 12 noon, we earn an average of 35 cents,” a worker told her in 1937.

Texas woman in a carrot pullers’ camp, Imperial Valley, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Not enough money for cotton sacks” reads another note; “All I’ve got is right here.”

“2 children 4-6.”

“Sold everything little by little.”

“We said we came from,” she writes in a note that ends in an eerie, indecipherable smudge: “They said, “Why don’t you go back there then?”

“This country’s a hard country” one woman told Ms. Lange. “If you die, you’re dead — that’s all.”

As a poet, I was drawn to the chorus of voices Ms. Lange recorded, which call across time. Her notebooks catalog concerns that feel sharply relevant eight decades later: the search for shelter, a fair wage and stable work.

Last year, from January to October, I drove across California, following routes Ms. Lange noted in her travels from 1935 to 1942, by which time she had been hired by the Office of War Information to document the process of Japanese internment.San Francisco residents of Japanese ancestry in 1942 at a civil control station for registration where they would then be interned in war relocation camps.

Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
The quarters at Manzanar, Calif., War Relocation Authority Center where people of Japanese ancestry were interned by the U.S. Army during WWII.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

As I visited encampments, internment centers and small agricultural towns, I used Ms. Lange’s images and words as a lens to help refract the messy complexity of California’s present. I grew up a mile from where Ms. Lange lived in Berkeley. My town, El Cerrito, populated quickly in the early 1940s by an influx of shipyard workers, has neat cottage bungalows with lemon trees on tight plots. Ms. Lange photographed these in 1942 as a hopeful emblem of the New California: an emergent middle class.

But the Bay Area today is no picture of middle class stability. My once modest neighborhood has skyrocketing home prices — a small three-bedroom that eight years ago cost $500,000 now lists for $1.3 million, while roughly 28,000 homeless people sleep on the streets in the Bay Area each night. Vacant lots, industrial blocks and underpasses nearby fill with semipermanent encampments. I bike my children to school each day through a maze of tents and trailers.

Following Ms. Lange’s images and notes has become a study in uneasy juxtapositions: rifts between enormous wealth and unsettled poverty, some of which feel new, some like a continuation of the past.

Farm Security Administration emergency migratory labor camp established for the 1939 spring pea harvest, Calipatria, Imperial Valley, Calif.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In Imperial County, which now has the highest unemployment rate in California, Eddie Preciado of Catholic Charities holds beds at the county’s one homeless shelter for men, offering shelter to migrant laborers who cross the border to pick corn.

“There’s still no dedicated housing for agricultural workers,” he told me. Down the road, a detention center run by Management Training Corporation for ICE holds 782 beds.

“Most middle-class jobs are in border security,” Mr. Preciado said.

In Nipomo, where Ms. Lange pulled over near a frozen pea field to make her famous photograph “Migrant Mother” in 1936, a new community of $1.2 million tract homes overlooks rows of factory-farmed strawberry fields edged with workers’ trailers.

A Mexican mother in California in 1935. “Sometimes I tell my children that I would like to go to Mexico, but they tell me ‘We don’t want to go, we belong here.’”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Destitute pea pickers in California. Mother of seven children. Age thirty-two. Nipomo, Calif., shows Florence Thompson with three of her children in the 1936 photograph known as “Migrant Mother.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

I asked a bartender at Jocko’s Steakhouse where I could find the spot where “Migrant Mother” was photographed.

“I don’t know,” he said “but people are still always coming through.”

Last spring, walking a section of Route 98 in Imperial County just after dawn, I remembered Ms. Lange’s images of Model T’s camped in arroyos. Those gullies are now lined with border security officers in shiny trucks parked at quarter-mile intervals to police those who make their way north.

Ms. Lange often said, “A camera is a tool for learning how to see without a camera.” I wonder what details she’d notice, what notes she’d take now.

A store owned by a Japanese-American who was sent to an internment camp in Oakland, Calif. The store had been closed the day after the Pearl Harbor attack.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

Tess Taylor (@Tessathon) is a poet and author. Her book of poems “Work & Days” was named one of the best books of poetry of 2016 by The Times. Her new collection of poetry “Last West: Roadsongs for Dorothea Lange” is part of the “Dorothea Lange: Words & Pictures” exhibition at the Museum of Modern Art.


 

Como comentamos en noviembre del año pasado, el  Instituto Universitario de Investigación en Estudios Norteamericanos “Benjamin Franklin” de la Universidad de Alcalá (Instituto Franklin – UAH) es uno de los centros dedicados a los estudios estadounidenses más importantes de Europa. Entre sus publicacones destacan un blog titulado Diálogo Atlántico, al cual pretendo brindar atención este año.

Comparto con mis lectores una corta nota del Doctor Raúl César Cancio Fernández, publicada en el blog del Instituto,  sobre una fallida operación de  tropas de la  Unión “sobre Richmond, la capital confederada,  con el objeto de destruir las líneas de comunicación y suministro entre la ciudad y el ejército del general Robert E. Lee del Norte de Virginia, dispersar al gobierno confederado y liberar a los soldados unionistas confinados en condiciones inhumanas en el campo de prisioneros de Belle Isle.”

De acuerdo con el Dr. Cancio Fernández, esta acción pudo haber influido en el magnicicio del presidente Lincoln.

Norberto Barreto Velázquez

20 de febrero de 2020


4350304a.jpgLeap Year en Richmond, Virginia

Raúl César Cancio Fernández

Diálogo Atlántico

La Guerra de Secesión Americana contó, como nosotros hoy, con su año bisiesto, 1864, y, consecuentemente, también con su añadido 29 de febrero que, además, no fue un día inocuo ni mucho menos. El 12 de febrero de ese año, quincuagésimo quinto cumpleaños de Abraham Lincoln, el controvertido general de caballería Kilpatrick puso sobre la mesa del presidente una operación de incursión sobre Richmond, la capital confederada, con el objeto de destruir las líneas de comunicación y suministro entre la ciudad y el ejército del general Robert E. Lee del Norte de Virginia, dispersar al gobierno confederado y liberar a los soldados unionistas confinados en condiciones inhumanas en el campo de prisioneros de Belle Isle. Veremos después como, al parecer, había también un propósito no revelado.

Ulric Dahlgren

Coronel Ulric Dahlgren

El plan se articulaba en tres movimientos: en un primer estadio, la brigada de caballería del general Custer y la infantería del VI Cuerpo de Sedgwick ejecutarían un movimiento diversivo hacia Charlottesville, que confundiera a las defensas confederadas, y permitiera, por un lado, a la columna de Kilpatrick atacar la capital por el norte sobre el eje del Ferrocarril Central de Virginia y, paralelamente, otra columna comandada por el joven coronel Dahlgren, vadear el río James por Goochland Courthouse, atacando Richmond por el sudoeste.

Sin embargo, lo planeado se vio fatalmente alterado tanto por elementos naturales como humanos. En primer lugar, la madrugada de aquel 29 de febrero fue especialmente complicada meteorológicamente en la Península, con fuertes rachas de viento y aguanieve persistente que dificultó la maniobra de vadeo del James, a lo que se añadió la pésima elección del guía que debía indicarles el lugar de paso. Por otra parte, la maniobra de diversión no resultó completamente verosímil, lo que provocó que la columna de Kilpatrick, ante esa circunstancia y la ausencia de señales de su compañero, retuviera la marcha hacia Richmond, confundiendo, en medio de la incertidumbre, a un grupo de ancianos con la infantería rebelde a las puertas de la ciudad, retirándose hacia el río York y dejando sin cobertura a la fuerza de Dahlgren, que fue aniquilada en las inmediaciones de King&Queen Courthouse, después de una afanosa huida por los ríos Pamunkey y Mattaponi.

Cuando los confederados registraron el cuerpo sin vida de Dahlgren, supuestamente encontraron órdenes oficiales de asesinar al presidente Jefferson Davis y a todo su gabinete, extremo que, no obstante, sería desmentido por carta del general Meade a Lee fechada en 17 de abril siguiente. Sea como fuere, muchos sostienen que ese controvertido hallazgo es el origen del magnicidio que poco más de un año después ejecutara John Wilkes Booth en el Teatro Ford…  bis sextus dies ante calendas martii.

NYTEl diario The New York Times acaba de publicar un interesante estudio analizando las diferencias en el contenido y enfoque de ochos libros de textos de historia de Estados Unidos, usados en dos estados claves de la nación estadounidense: Texas y California. Sus hallazgos resultan, además de muy interesantes, tremendamente reveladores. Para comenzar hay que señalar que lo que aprendan en estos libros podría ser el único conocimiento que tendrían miles, tal vez millones, de estudiantes estadounidenses sobre la historia de su país, de ahí la gran importancia de su contenido y calidad.

Tanto las casas editoras como los autores de los libros son, alegadamente, los mismos, pero las diferencias son escandalosas, pues reflejan las divisiones  políticas e ideológicas, por no decir raciales, que caracterizan a la sociedad estadounidense. En otras palabras, los libros fueron customized  (personalizados) para satisfacer  las demandas de los políticos de cada estado (y de paso sus prejuicios y limitaciones) para garantizar así su compra por los gobiernos estatales y su uso en miles de escuelas públicas y privadas.

En el caso de los  libros usados en Texas -un estado conservador- destacan, según el Times, los mensajes raciales escondidos o disimulados en los textos, como minimizar el valor literario del Harlem Renassaince  o no mencionar que en los años 1950 los afroamericanos no tuvieron acceso al sueño de la casa suburbana por razones raciales.

En el actual contexto político, el contenido de estos libros y otros libros de texto usados en otros estados, podría ser determinante en la orientación política e ideológica de la nación estadounidense. En otras palabras, como bien lo definió el gran historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, la historia sigue siendo usada como un arma.

Terminaré citando al Times:

In a country that cannot come to a consensus on fundamental questions — how restricted capitalism should be, whether immigrants are a burden or a boon, to what extent the legacy of slavery continues to shape American life — textbook publishers are caught in the middle. On these questions and others, classroom materials are not only shaded by politics, but are also helping to shape a generation of future voters.

Aquellos interesados en este estudio pueden encontrarlo aquí.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

14 de enero de 2020

En esta breve nota publicada por el diario catalán La Vanguardia, Sergi Vich Sáez enfoca dos temas de gran importancia en la historia de la prensa estadounidense: las caricaturas y la llamada Yellow Press.

Pulitzer, Hearst y el origen de la “prensa amarilla”

“The Yellow Kids”
LEON BARRITT
Vim Magazine
June 29, 1898

A finales del siglo XIX, Estados Unidos era, para casi todo el mundo, el país de las oportunidades. A diario atraía a miles de inmigrantes venidos de todos los rincones del globo, y el principal puerto de entrada no era otro que el de Nueva York. Muy pocos tenían nociones de inglés, y se aferraban a la ansiada ayuda de algún pariente o amigo establecido con anterioridad.

No siempre había tanta suerte. La mayor parte se veían arrojados a las terribles fauces de una metrópoli con grandes bolsas de miseria y delincuencia. Nueva York estaba sufriendo profundas transformaciones que marcarían su futuro. La agregación de distintos municipios a Manhattan llevó a impulsar grandes infraestructuras, como el puente de Brooklyn . Se hablaba de construir un nuevo medio de comunicación, el metro, y se sentaban los cimientos de sus rascacielos.

En medio de esa vorágine, sus habitantes se mostraban ávidos de toda clase de noticias, y solo la prensa escrita podía satisfacer la demanda. Las cabeceras existentes eran tan numerosas como dispares las tiradas. Las había en casi todas las lenguas, como el prestigioso New Yorker Staats-Zeitung, en el que la colonia germana leía los ecos de sociedad. Las había incluso en yidis, como el izquierdista Die Zukunft. Pero las más importantes, como no podía ser de otra forma, estaban escritas en inglés.

Dos gigantes cara a cara

Los dos diarios de mayor tirada e influencia eran el New York World y el New York Journal, propiedad, respectivamente, de los multimillonarios Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst. Sin embargo, sus enormes ventas no iban de la mano de la veracidad de sus noticias. El periódico de Hearst, por ejemplo, publicó informaciones falsas para inducir a la guerra hispano-estadounidense, que estalló en 1898. Ambas cabeceras tendían a lo efectista y lo tremebundo, sin que importara demasiado que sus fuentes estuvieran contrastadas.

La primera aparición del chico amarillo (abajo a la derecha), que aquí todavía no viste el color que lo hizo famoso.

La primera aparición del chico amarillo (abajo a la derecha), que aquí todavía no viste el color que lo hizo famoso. (Dominio público)

Lo que buscaban estos grandes tabloides para hacer crecer la tirada era entretener a sus lectores. Una de las tácticas fue, a partir de 1893, la inserción en sus ediciones de suplementos a todo color con temas destinados a toda la familia, incluidos los más pequeños de la casa. Para ellos se confeccionaron varias páginas con dibujos caricaturescos y texto escaso.El éxito de la fórmula fue inmediato, no solo porque agradaba a padres y a hijos, sino porque pronto fue utilizada como un medio de alfabetización barato por los inmigrantes que apenas sabían inglés. El apoyo de la ilustración al texto, escrito al pie de la viñeta, facilitaba su comprensión.El niño amarilloUna de las tiras de mayor éxito fue la creada por el guionista y dibujante Richard Felton Outcault para las páginas del New York World de Pulitzer. La serie no tenía nombre. Cada tira se titulaba aludiendo al motivo o lugar por los que acaecían las aventuras de un grupo de chiquillos traviesos.

El chico amarillo, creación de Richard F. Outcault.

El chico amarillo, creación de Richard F. Outcault. (Dominio público)

En una de las aventuras, titulada “At the Circus in Hogan’s Alley” (En el circo del callejón de Hogan), del 5 de mayo de 1895, vio la luz un pillo pelón con modismos irlandeses llamado Mickey Dugan que pronto llamó la atención del público por sus ocurrencias. Iba vestido con una especie de bata lisa, luego teñida de amarillo, en la que aparecían graciosos textos. Su éxito fue tal que Hearst ofreció una jugosa cantidad a Outcault para que lo dibujara para su periódico.

El ilustrador de Ohio accedió. Solo impuso una condición: a partir de entonces, la serie se llamaría The Yellow Kid (El niño amarillo), el nombre por el que ya se la conocía popularmente.

Pulitzer no se quedó de brazos cruzados. Contrató a otro dibujante, George Luks, para que la serie continuara en su cabecera. Desde ese momento aparecería en los dos periódicos simultáneamente: en el de Pulitzer como Hogan’s Alley y en el de Hearst como The Yellow Kid.

El 25 de noviembre de 1896, en cinco viñetas de The Yellow Kid, un loro escondido en la caja de un fonógrafo emitía unas palabras colocadas dentro de un globo, o bocadillo, que salía de su boca.

No era la primera vez que se utilizaba ese recurso para que el lector supiese qué decía un personaje. Pero al globo se añadía la serialización en viñetas y el periódico como soporte, tres características que los especialistas consideraron esenciales para señalar el nacimiento de lo que se dio en llamar el noveno arte. Así se certificó en 1989 en un congreso en la ciudad italiana de Lucca. Gracias a aquella entrega de The Yellow Kid había nacido el cómic.

Página publicada el 15 de noviembre de 1896 en el 'New York Journal' de Hearst.

Página publicada el 15 de noviembre de 1896 en el ‘New York Journal’ de Hearst. (Dominio público)

Prensa amarilla

Pero eso no era todo. El sensacionalismo y la truculencia de las noticias aparecidas en estos periódicos, sus maquinaciones y la frecuente instrumentalización política molestaban a muchos profesionales del sector, que pronto los motejaron de “amarillos”, aludiendo al vestido del personaje del cómic publicado en ambos.

Finalmente, Erwin Wardman, editor del más serio New York Press, publicó en 1898 un artículo para definir lo que él entendía por aquella prensa que calificaba de indecente. Su título, que jugaba con las múltiples acepciones del término “yellow”, era el siguiente: “We called them Yellow because they are Yellow”, que podría traducirse por “Nosotros los llamamos amarillos porque son unos caguetas”. El concepto de prensa amarilla había tomado carta de naturaleza.


Sergi Vich Sáez, “Pulitzer, Hearst y el origen de la “prensa amarilla”La Vanguardia, 10 de diciembre de 2019.

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Según su página web, el  “Instituto Universitario de Investigación en Estudios Norteamericanos “Benjamin Franklin” de la Universidad de Alcalá (Instituto Franklin – UAH) es un centro de la Universidad de Alcalá fundado en 1987 para investigar sobre Norteamérica”. Este importante centro de estudios comprende, además,  “programas de doctorado, posgrado y enseñanzas especializadas.”

Como parte de su labor investigadora y docente, el Instituto Franklin posee un blog titulado Diálogo Atlántico y hace poco inauguró una serie de vídeos cortos bajo el nombre de Apuntes Franklin.   El segunodo  de estos videos cortos ha sido dedicado a una de las festividades más tradicionales de la sociedad estadounidenses, el llamado Día de Acción de Gracias. Comparto con mi lectores este video. Para quienes estén interesados en seguir estudios graduados sobre temas norteamericanos, el Instituto Franklin es una gran opción ya que posee becas y ayudas a la investigación, cuenta con una amplia  difusión de sus publicaciones, y desarrolla eventos de carácter científico.

Norberto Barreto Velázquez

25 de noviembre de 2019

 

Andrew Johnson · 1868 Una batalla política por la reunificación del país

El fin de la guerra civil estadounidense dio paso a un nuevo problema: ¿qué hacer con los derrotados estados sureños? Esta pregunta llevó a una crisis constitucional que abrió la puerta al primer juicio de residenciamiento en la historia estadounidense.

Tras el asesinato de Abraham Lincoln asumió la presidencia el Vicepresidente Andrew Johnson, un sureño que no sólo había sido miembro del Partido Demócrata, sino que también había poseído esclavos. Johnson era hijo de la tradición de Andrew Jackson y, por ende, se consideraba un defensor del hombre común frente a la aristocracia corrupta de noreste. El nuevo presidente simpatizaba con los blancos pobres y no tenía mucha empatía para los esclavos. Cuando estalló la guerra civil, Johnson era Senador por el estado de Tennesse, pero se mantuvo fiel a la Unión. Los Republicanos lo eligieron candidato a la vicepresidencia para promover la unidad y cortejar el apoyo de los sureños unionistas. En su gestión como Presidente, Johnson dejó claro que era un creyente en la supremacía de los blancos y, por ende, se opuso a la concesión de derechos políticos a los negros. Su simpatía para con los estados sureños fue más que evidente y le   llevó a una colisión con el Congreso.

En mayo de 1865, Johnson hizo público su plan para readmitir a los estados sureños en la Unión. El plan presidencial ofrecía amnistía a todo sureño que hiciera un juramento de lealtad a la constitución de los Estados Unidos. Sólo quedaban fuera los altos dirigentes civiles y militares de la Confederación, quienes sólo podían ser perdonados por el Presidente mismo. Para que los estados fuesen reintegrados a la unión, los sureños debían también ratificar la Enmienda 13, aboliendo la esclavitud. Rápidamente, los estados confederados aceptaron el plan de Johnson y pudieron elegir gobiernos propios. Para el otoño de 1865 diez de los once estados confederados habían cumplido con los requisitos del plan de Johnson

White League and Ku Klux Klan alliance, in illustration, by Thomas Nast, in Harper's Weekly, October 24, 1874La primera reacción de los congresistas Republicanos al plan del presidente fue favorable. Tanto moderados como radicales decidieron darle una oportunidad a Johnson y a su plan. Éstos esperaban que los nuevos gobiernos sureños aprovecharan la gran oportunidad que el plan Johnson significaba y actuaran de buena fe. Desafortunadamente, esto no ocurrió porque los nuevos gobiernos sureños buscaron resucitar la esclavitud a través de una serie de leyes, conocidas como los códigos negros. Estas leyes buscaban obligar a los negros libres a regresar a trabajar a las plantaciones.  Además, Johnson le otorgó un perdón a básicamente a todo antiguo líder de la Confederación que se lo solicitó. Envalentonados, los sureños eligieron antiguos funcionarios confederados para representarles en el Congreso de los Estados Unidos. Antiguos generales y coroneles, legisladores y hasta el vicepresidente de la Confederación fueron electos al Congreso federal en representación de los estados sureños.

La actitud y las acciones de los sureños enfurecieron a los congresistas Republicanos, quienes decidieron no reconocer a los nuevos legisladores sureños. Para ello, aplicaron una cláusula de la constitución que le reconoce al Congreso el poder de aceptar o rechazar legisladores. De esta forma, todos los congresistas sureños electos bajo el plan de Johnson fueron rechazados por el Congreso.  En respuesta, los estados sureños eliminaron las alusiones raciales en los códigos negros, pero en la práctica sólo aplicaban las leyes a los negros libres.  Para complicar aún más las cosas, se desató una ola de violencia y terror contra los negros libres en diversos estados del sur.  Todo ello llevó a los congresistas republicanos a concluir que el Sur estaba deliberadamente evadiendo la Enmienda 13, y que era necesaria la intervención del Congreso.

En marzo de 1865 el Congreso creó la Oficina de  Libertos  (Freedmen Bureau) para brindar ayuda de emergencia a los antiguos esclavos.  Esta oficina había tenido un éxito limitado.  La Oficina de Libertos operó escuelas ayudando a crear las bases para un sistema de educación pública en el sur. También ayudó a los negros a denunciar los abusos de que eran víctimas. A principios de 1866, el Congreso aprobó extender la vida de esta oficina asignándoles fondos de forma directa y autorizando a sus agentes a investigar casos de maltrato de libertos. Además, el Congreso aprobó una ley de derechos civiles, confiriéndole la ciudadanía norteamericana a los negros. Esta ley definía como ciudadano a toda persona nacida en los Estados Unidos, aunque dejaba fuera a los amerindios. De acuerdo con esta ley, los negros estarían cubiertos por todas las leyes norteamericanas que garantizaban la seguridad y la propiedad de los ciudadanos estadounidenses.

The Freedman´s BureauEn febrero de 1866, el presidente Johnson vetó la nueva ley de la Oficina de Libertos y la Ley de derechos civiles. Además, lanzó un fuerte ataque contra los radicales, acusándoles de traidores que no querían restaurar la Unión.

Los radicales toman control

¿Quiénes eran estos congresistas radicales que provocaron la ira del presidente Johnson?  La mayoría de los unionadicales eran individuos formados al calor de los debates en torno a la esclavitud. Éstos procedían, principalmente, de la zona de Nueva Inglaterra o del medio oeste. Les unía la creencia en la igualdad de derechos políticos y de oportunidades económicas, por lo que creían necesario un gobierno central fuerte. Según ellos, el establecimiento del trabajo libre, la educación universal pública y la igualdad de derechos llevarían al sur a disfrutar del mismo nivel de riqueza, progreso y movilidad social que poseía el norte. Su opinión del Sur no era la mejor, pues le consideraban una región en donde reinaba la ignorancia, se practicaba una agricultura de despilfarro, se rechazaba la manufactura, se despreciaba el trabajo honesto y estaba controlada por una oligarquía majadera. Los radicales querían transformar al Sur desarrollando la pequeña propiedad agraria, fomentando la manufactura, promoviendo la educación, cultivando el respeto al trabajo honesto y extendiendo la igualdad de derechos políticos entres sus habitantes.  Para los radicales, la prioridad no era reestablecer la Unión, sino rehacer al sur.

Charles Sumner

Para los radicales, el gobierno federal debía jugar un papel protagónico en la reconstrucción del sur, sobre todo, garantizando los derechos civiles y el voto de los libertos. Republicanos radicales como Thaddeus Stevens (Pennsylvania) y Charles Sumner (Massachussets) abogaban por una intervención federal directa que protegiera a  los negros y les brindara oportunidades educativas, sociales y económicas.

 

Los vetos de Johnson unificaron a los legisladores republicanos bajo el liderato de los republicanos radicales, quienes decidieron retar el poder del presidente. En abril de 1866, los radicales obtuvieron el respaldo de las dos terceras parte de los legisladores necesarios para aprobar las leyes vetadas por Johnson. Este fue un momento histórico porque por primera vez en la historia de los Estados Unidos el Congreso fue por encima de un veto presidencial.  En junio de 1866, el Congreso aprobó la enmienda la Enmienda 14 declarando ciudadano norteamericano a toda persona nacida en los Estados Unidos. Según la enmienda ningún estado “aprobará o hará cumplir ninguna ley que restrinja los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; ni ningún estado privará a persona alguna de su vida, de su libertad, sin el debido procedimiento de ley, ni negará a nadie, dentro de su jurisdicción, al igual protección de las leyes”. Esta enmienda histórica buscaba proteger los derechos de los libertos frente los abusos y atropellos de los sureños garantizando la constitucionalidad de la Ley de Derechos Civiles vetada por Johnson y aprobada por el Congreso.

En las elecciones de 1866, los Republicanos aumentaron su mayoría tanto en la Cámara como en el Senado, y ganaron control de todos los estados del norte. Los Republicanos entendieron su contundente victoria como un mandato, como una muestra de aprobación popular de sus posiciones, como una especie de referéndum que Johnson perdió. La victoria electoral unificó a los congresistas republicanos en su propósito de tomar control de la reconstrucción. Con ello quedó definido el escenario de un choque histórico y peligroso entre las ramas legislativa y ejecutiva del gobierno de los Estados Unidos.

Los Republicanos tomaron la iniciativa rápido aprobando una serie de leyes a comienzos del año 1867. En marzo, los republicanos aprobaron la Ley de la Reconstrucción que fue vetada por Johnson y vuelta a probara por el Congreso por encima del veto presidencial. Esta ley organizaba al sur como un territorio conquistado y ocupado, pues le dividía en cinco distritos militares, cada uno comandado por un general del ejército de la Unión. Para que se retirasen las tropas federales y los estados se reintegrasen a la Unión, era necesario que éstos le concediera en el derecho al voto a los libertos y privara de ese mismo derecho a los confederados que participaron en la rebelión. Cada comandante militar debía registrar a todos los votantes de su distrito, blancos y negros, y supervisar que se llevaran a cabo elecciones para escoger una convención estatal. Ésta debería redactar nuevas constituciones que garantizaran el derecho al voto de los negros en cada estado. Además, los estados sureños debían ratificar la Enmienda 14. Cuando todo ello ocurriese, los estados sureños serían readmitidos a la Unión.

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Edwin M. Stanton

Los republicanos también aprobaron la Ley de Tenencia de un Cargo Público que hacía obligatorio el consentimiento del Senado para remover de su cargo a todo funcionario cuyo nombramiento tuvo que ser confirmado por el Senado. En otras palabras, obligaba a Johnson a solicitar el consentimiento senatorial para poder destituir funcionarios públicos que aunque pudieron haber sido nombrados por el presidente, debieron ser confirmados por el Senado. Con ello, el Senado quería proteger al Secretario de Guerra Edwin M. Stanton, quien había sido nombrado por Lincoln y favorecía la reconstrucción radical del sur. Como Secretario de Guerra, podía hacer mucho para favorecer a los republicanos radicales y bloquear las acciones del presidente. Esta ley atentaba contra los poderes reconocidos por la constitución al presidente de los Estados Unidos, pues exigía que Johnson trasmitiera sus órdenes al ejército a través de su oficial de mayor rango el General Ulises S. Grant.

Johnson no pudo evitar que se aprobaran ambas leyes y hasta pareció dar señales de aceptar el control congresional de la reconstrucción, pues nombró los generales recomendados por Stanton y Grant para comandar los cincos distritos militares creados por la Ley de Reconstrucción. Sin embargo, esto era una maniobra de Johnson para ganar tiempo, pues tan pronto acabó la sesión del Congreso destituyó a Stanton y le sustituyó por Grant, pues creía que el general sería mucho más fácil de controlar. Además, el presidente sustituyó a cuatro de los comandantes de distritos militares del sur. Grant sorprendió a Johnson al objetar públicamente las movidas del presidente. Cuando el Congreso volvió a reunirse anuló la destitución de Stanton. Resultado de imagen para johnson impeachment"

El 21 de febrero de 1868, Johnson oficialmente despidió a Stanton y el secretario se atrincheró en su oficina y se negó a obedecer al presidente. El 24 de febrero de 1868 por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el Congreso inició un proceso de residenciamiento para destituir al presidente. Siguiendo el mandato establecido por la constitución, la Cámara de Representantes inició el proceso de residenciamiento contra Johnson acusándole de once cargos de mala conducta presidencial, siete de ellos por haber violado la Ley de tenencia de un cargo público.  Una vez establecidas las acusaciones en la Cámara, el Senado pasó a enjuiciar al presidente. Tras un juicio de once semanas de duración, Johnson se salvó de ser el primer presidente en ser destituido por un voto, pues se requería que dos terceras partes de los senadores le condenaran (36) y sólo 35 senadores lo encontraron culpable de los cargos de que se le acusaba.  Siete republicanos moderados votaron a favor de Johnson porque no estaban seguros de la constitucionalidad de la Ley  de tenencia de un cargo público, que en efecto fue más tarde declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo. Para este grupo de legisladores, destituir a Johnson hubiera sido un acto muy extremo, pues habría establecido un antecedente muy peligroso. En otras palabras, para ellos era más importante salvaguardar el sistema político estadounidense que castigar a Johnson.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 15 de noviembre de 2019