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Comparto con mis lectores este ensayo de la Dra. Jessica George  sobre la periodista, feminista y progresista Bessie Beatty (1886-1947). Debo reconocer que desconocía de la existencia de la señora Beatty. George analiza la vida de Beatty a partir de su primera asignación como reportera: los conflictos laborales en la ciudad de Goldfield en 1907. Esta experiencia marcó a Beatty, quien dedicó el resto de su vida a informar desde una perspectiva progresista y anticapitalista. Testigo presencial de la revolución rusa, Beatty desarrolla un fuerte vínculo con el experimento ruso y lo víncula con otras de sus banderas de lucha: el sufragismo.

Quienes estén interesado en el sufragismo y el progresismo estadounidense encontrarán fascinante a la figura de Bessie Beatty.

En su cuenta de Twitter  George se define como escritora maestra y diseñadora de contenidos educativos.  Posee un doctorado en Inglés de la Indiana University Bloomington


Un mujer con una misión

Jessica George

JSTOR Daily 21 de setiembre de 2022

En 1907, la estudiante universitaria de veintiún años Bessie Beatty se embarcó en tren desde Los Ángeles a Goldfield, Nevada, una ciudad minera a unas 400 millas al norte. Periodista del Los Angeles Herald, Beatty viajaba para informar sobre las Guerras Laborales de Goldfield, una serie de importantes contiendas entre los propietarios de minas y los sindicatos de mineros.

Animada por la última fiebre del oro de Estados Unidos, Goldfield era una ciudad vivaz, aunque singularmente enfocada. “La gente no tiene tiempo para divertirse”, escribió Beatty, “y si tuvieran tiempo no les importaría.  El juego que están jugando es más fascinante de lo que cualquier hombre ha ideado”. Para Beatty, ese juego era la contienda entre el trabajo y el capital. Ese año, el sindicato minero local de Goldfield, una asociación entre la Western Federation of Miners (WFM) y los Industrial Workers of the World (IWW), obtuvo dos victorias importantes, asegurando salarios más altos para los trabajadores calificados y no calificados y una voz para el sindicato en las políticas laborales relacionadas con el robo. La moral elevada de los trabajadores duró poco; más tarde ese invierno, las tropas federales fueron enviadas a ocupar la ciudad.

Beatty quedó paralizado por los acontecimientos de Goldfield. Brillaban intensamente, escribió, en “la negrura y la vasta esterilidad del desierto“. La ciudad brillante representaba la promesa del poder del trabajo, y sus experiencias allí darían forma al resto del trabajo de su vida.

En 1908, Beatty regresó a California y fue contratado como reportera para el San Francisco Bulletin, habiendo ganado la atención del editor gerente Fremont Older, escribe el historiador Lyubov Ginzburg. Su columna, “On the Margin”, cubrió una variedad de temas progresistas, incluido el sufragio femenino. En 1912, publicó una colección de sus artículos bajo el título, A Political Primer for the New Voter, que se anunció como un manual para las mujeres que recientemente les había sido reconocido el derecho al voto, incluidas las de California, que habían ganado el derecho al voto el año anterior.

A Political Primer for the New Voter. Introduction by William Kent | Bessie  Beatty | First edition

La cartilla tenía un “estilo claro y sencillo… inteligible para todos los capaces de votar”, según el congresista William Kent, autor de la introducción del manual. Cubrió una variedad de temas, como el proceso electoral, las ramas del gobierno, la historia de los partidos políticos y diferentes teorías económicas. Beatty se centró en el socialismo en particular. “El socialista contempla un individualismo superior como el resultado final de un colectivismo que proporcionará oportunidades para cada ser humano“, escribió.

Para Beatty, el sufragio femenino estaba directamente relacionado con la difícil situación del trabajo, ejemplificado por la cruzada por una jornada laboral de ocho horas, una medida en la boleta electoral en California. “Proteger la vida humana cuesta dinero. Reduce las ganancias“, escribió. “La pregunta que deben considerar los trabajadores humanitarios no es cómo hacer posible que las mujeres trabajen más de ocho horas, sino cómo pueden obtener salarios suficientes para ocho horas de trabajo que les permitan vivir”. La cartilla resuena con ideas extraídas del tiempo de Beatty en Goldfield, donde organizadores radicales como Vincent St. John de la IWW habían liderado la lucha por los trabajadores al tiempo que presagiaban el poder internacionalista del emergente movimiento sufragista radical en Estados Unidos.

El Corazón Rojo de Rusia

El “carácter internacional“ del socialismo adquirió un nuevo significado para Beatty varios años después, cuando convenció a sus superiores en el Boletín para que la enviaran al corazón de la Revolución Rusa como corresponsal de guerra. Partió en barco de vapor desde San Francisco en abril de 1917, solo dos meses después de la Revolución. El país estaba, describió en una columna de despedida a los lectores, atrincherado “en el momento más dramático de su historia… liberándose de la esclavitud que todo el mundo, excepto Rusia, aceptó como su destino inevitable y cambiante“.

Para feministas como Beatty, la causa rusa estaba íntimamente ligada a la de las sufragistas. La historiadora Julia L. Mickenberg escribe que en junio de 1917, el National Women’s Party (NWP) hizo un piquete fuera de la Casa Blanca cuando el presidente Woodrow Wilson se reunió con el gobierno provisional de Rusia para obtener el apoyo del país en la lucha contra Alemania en la Primera Guerra Mundial. “Dígale a nuestro gobierno que debe liberar a su pueblo antes de que pueda reclamar la libertad de Rusia como aliado”.

Women soldiers in their last stand before the Winter Palace

Mujeres soldados en su última parada ante el Palacio de Invierno.  Bessie Beatty Collection, Special Collections and College Archives and the Beatty Family, Occidental College, Los Angeles, California.

Ese mismo mes, Beatty llegó a Petrogrado (actual San Petersburgo) en el Trans-Siberian Express, en un momento en que “la libertad era joven … como la primavera, como las hojas de los árboles“. Pronto descubrió que “la Revolución que derrocó al zar y al absolutismo fue algo simple, bellamente lógico, gloriosamente unánime”. Lo que vino después fue más tenso ya que el pueblo ruso “comenzó a ser específico“ sobre el tipo de libertad que deseaban. La revolución era para cada hombre la suma de sus deseos“, reflexionó Beatty más tarde.

Durante ocho meses, informó desde Petrogrado, narrando la complicada política del país, así como sus continuos esfuerzos contra Alemania, mientras la guerra mundial se libraba junto con la revolución interna. El interés de Beatty en los derechos de las mujeres influyó en sus observaciones sobre las muy diferentes relaciones de género en Rusia. “No hubo movimiento feminista”, afirmó. “En lugar de convertirse en feministas, [las mujeres] se convirtieron en cadetes, socialrevolucionarios, mencheviques, maximalistas, bolcheviques, internacionalistas, o se unieron a uno u otro de los partidos y sombras de los partidos. Cuando Beatty entrevistó a soldados del “cuartel general del Batallón de Mujeres”, una le dijo: “Amo todas las armas. Amo todas las cosas que llevan la muerte a los enemigos de mi país.

A pesar de su fascinación por el papel de las mujeres en la Rusia revolucionaria, Beatty se dio cuenta de que las mujeres allí carecían de representación política activa. Fueron relegados a un segundo plano en las reuniones. “Sus esperanzas estaban invertidas en el éxito de la Revolución tan firmemente como las de sus hombres, pero tenían menos tiempo para hablar“, escribió. Beatty, mientras tanto, se sentó en el corazón político de la revolución, informando, entrevistando e incluso estrechando la mano de famosos revolucionarios, incluido León Trotsky. Sus días más peligrosos fueron al final de su estancia, durante la agitación de la Revolución de Octubre. Atrapada en el edificio telefónico cerca del Palacio de Invierno, observó la batalla entre los bolcheviques y los militares del gobierno provisional mientras el primero tomaba el control de los edificios gubernamentales.

En enero de 1918, Beatty declaró “la dictadura del proletariado… un hecho“, habiendo sido testigo de los arrestos finales de los miembros del gobierno provisional cuando los bolcheviques transformaron la capital en un “campo armado”. Partió de Petrogrado poco después, describiendo la ciudad como envuelta en tragedia y terror. Aunque siguió simpatizando con la revolución, Beatty se fue con una visión matizada de los acontecimientos, proponiendo que solo el tiempo “sería capaz de poner a los bolcheviques y los mencheviques, los cadetes y los socialrevolucionarios, en sus propios casilleros“.

A su regreso a los Estados Unidos, Beatty continuó escribiendo sobre Rusia, reflexionando sobre el significado de la Revolución y publicando una colección de sus informes de Petrogrado, titulada El Corazón Rojo de Rusia.  Más tarde regresó al país en un viaje de 1921 para Good Housekeeping y Hearst’s International Magazine, entrevistando a Trotsky, Vladimir Lenin, Georgy Chicherin y Mikhail Kalinin.

Durante el apogeo del primer Red Scare en enero de 1919, fue llamada ante el Comité Overman para testificar sobre el régimen bolchevique. Deliberadamente taciturna, “se negó a condenar a los bolcheviques“, según Mickenberg, reconociendo que el comité buscaba calumniar al socialismo estadounidense y al poderoso movimiento sufragista del país como propaganda bolchevique. Aunque no era una simpatizante de los bolcheviques, Beatty dijo al comité: “Creo que deberíamos tratar de entender lo que están tratando de hacer … para quitarle el poder adquisitivo al dinero“.

Una nueva era

El interés de Beatty en la política izquierdista y el movimiento obrero estadounidense continuó en la ciudad de Nueva York, donde asumió un puesto como editora en McCall’s Magazine en 1919.  Los editores de McCall la presentaron a los lectores como parte de “la primera fila de las mujeres progresistas en la costa del Pacífico“, dotada de una visión internacional vital. “Las ideas de la señorita Beatty sobre lo que quieren las mujeres y los niños se basan no solo en lo que sabe de Occidente; ha vivido con las mujeres de Suecia y Noruega, de China y Japón, de nuestro Norte y nuestro Sur y nuestro Este, conoce a mujeres y niños en todas partes”, escribieron.

Con la aprobación de la 19ª Enmienda por el Congreso en 1919, la participación política de las mujeres adquirió un nuevo significado. Ahora que tenían el voto, las mujeres asumían la misma responsabilidad por los males económicos y sociales del país. Como Beatty preguntó en la edición de octubre de 1919 de McCall’s, “La culpa pronto será nuestra si el mundo no es un lugar más feliz para la raza humana. ¿Cómo vamos a hacerlo? El sentimiento se remonta al escrito anterior de Beatty en A Political Primer, donde instó al ciudadano recién habilitado a “darse cuenta de su responsabilidad … A él le corresponde el derecho de decir si cree en la humanidad o en la marca del dólar“. Los intereses laborales impregnaron sus editoriales, que abogaban por cambios como el aumento del salario de los maestros y la igualdad de contratación en el lugar de trabajo.

Bessie Beatty Letters: Around The World In War Time," The Bulletin, No. 25,  May 7 1917 - Occidental College - Bessie Beatty Collection - CallimachusEn la década de 1920 en Greenwich Village, Beatty se familiarizó con un nuevo conjunto feminista radical, el club Heterodoxy. El grupo incluía a conocidos escritores, artistas y activistas, entre ellos Charlotte Perkins Gilman y Susan Glaspell y la líder sindical Elizabeth Gurley Flynn. El grupo se reunió “cada dos sábados durante cuarenta años para disfrutar de la compañía del otro, para compartir información y, a veces, para actuar sobre temas como el trabajo, los derechos civiles, el control de la natalidad, el sufragio y el pacifismo. Según la historiadora Joanna Scutts, varios otros miembros de la heterodoxia también habían viajado a Rusia durante la revolución. Al igual que Beatty, eran reacios a condenar a los bolcheviques, que en 1918 aprobaron el Código de Familia; “liberalizó las leyes de divorcio, permitió el acceso al aborto y ofreció licencia de maternidad pagada a mujeres casadas y solteras por igual”. Los bolcheviques ofrecieron nuevos objetivos políticos para las feministas estadounidenses (especialmente las mujeres blancas). A largo plazo, sin embargo, “el giro a Rusia por parte de las feministas estadounidenses que abrazaron el ‘movimiento internacional radical de mujeres’ finalmente fue contraproducente”, escribe Mickenburg, “tanto porque las ganancias prometidas por los soviéticos para las mujeres resultaron ilusorias como porque la mancha del bolchevismo sirvió para reducir el significado del feminismo en los Estados Unidos”.

El período de entreguerras aseguró la posición de Beatty como parte de la izquierda artística e intelectual. Se involucró en el mundo del teatro, escribiendo para MGM y co-escribiendo una obra de Broadway; durante la Gran Depresión se ofreció como voluntaria para el Actor’s Dinner Club, una organización que proporcionaba comidas a actores y dramaturgos con dificultades en la ciudad de Nueva York. Asumió un puesto en el National Label Council, promoviendo productos hechos por sindicatos, y en los últimos años de su vida, tomó un concierto presentando un popular programa de radio para WOR New York, donde entrevistó a figuras como Eleanor Roosevelt y realizó campañas de bonos de guerra para la Segunda Guerra Mundial.

Desde los desiertos de Nevada hasta la ciudad de Nueva York de F.D.R., Beatty pasó su vida adulta participando en las importantes intersecciones y evoluciones del pensamiento feminista y socialista que marcaron la transición de los años progresistas a la era del New Deal. Y aunque la relación entre los movimientos laborales y de mujeres a veces era tensa, Beatty nunca dejó de abogar por el papel del trabajador en la promoción de los derechos de las mujeres, en el país y en el extranjero.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

Fallece historiador ganador del Pulitzer David McCullough

Ayer 7 de agosto de 2022 murió a los 89 años el historiador, biógrafo y periodista estadounidense David McCullough. A lo largo de una larga y fructífera carrera como narrador e investigador del pasado de Estados Unidos, McCullogh produjo una cantidad impresionante de libros sobre temas muy diversos. Entre ellos destacan The Johnstown Flood (1968), The Great Bridge (1972), The Path Between the Seas (1977), Mornings on Horseback (1981), Brave Companions (1991), Truman (1992), John Adams (2001), 1776 (2005), The Greater Journey: Americans in Paris (2011), The Wright Brothers (2015), The American Spirit: Who We Are and What We Stand For (2017), and The Pioneers (2019).

McCullough ganó  premios prestigiosos como el Pulitzer (en dos ocasiones), el National Book Award y  el Francis Parkman Prize (dos veces). Fue honrado con la Presidential Medal of Freedom, el National Book Foundation Distinguished Contribution to American Letters Award, la National Humanities Medal y la Gold Medal for Biography otorgada por la American Academy of Arts and Letters. Fue elegido miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias, así como de la Academia Americana de Artes y Letras, y recibió 56 títulos honorarios.

McCullough también tuvo una presencia destacada en  la televisión pública, como presentador de Smithsonian World, The American Experience y narrador de numerosos documentales, incluido The Civil War de Ken Burns.  John Adams la miniserie de siete partes de HBO basada en su biografía del segundo presidente de Estados Unidos, producida por Tom Hanks, fue aclamada.

Qué descanse en paz.

La guerra de Vietnam provocó una fuerte resistencia popular que dividió profundamente a Estados Unidos. Hubo diversos medios de oposición a la guerra: marchas, conciertos, actos terroristas, etc. Miles de jóvenes estadounidenses optaron por huir del país para evitar ser reclutados por las fuerzas armadas y enviados al sudeste asiático. Se calcula que por lo menos 60,000 estadounidenses se convirtieron en draft dodgers, y que buena parte de ellos huyó a Canadá.

En este artículo publicado en la revista Medium, Rick Ayers comenta el libro de Dee Knight My Whirlwind Lives: A Political Memoir & Manifesto (Guernica Editions, 2022) en el que su autor recuerda y analiza su pasado como draft dodger en los años 1960. Ayers, sin embargo, lleva su análisis más allá del contenido de la obra de Knight, ya que incluye su experiencia como opositor de la guerra de Vietnam y evasor del reclutamiento militar. El pasado de Ayers le añade a su ensayo una mayor relevancia, pues éste jugó papel importante entre los grupos radicales que se enfrentaron al gobierno estadounidense en las décadas de 1960 y 1970. Ayers fue miembro de Weather Underground, un grupo catalagado por el FBI como terrorista, que reclamó el crédito por 25 ataques con bombas contra edificios y oficinas públicas, incluidos el Capitolio, el Pentágono, la oficina del Fiscal General de California y una estación de policía de la ciudad de Nueva York.

Ayers es profesor asociado de educación en la Universidad de San Francisco. Posee un doctorado de la UC Berkeley Graduate School of Education. Es coautor, con su hermano William Ayers, de Teaching the Taboo: Courage and Imagination in the Classroom. Es coautor con Amy Crawford de Great Books for High School Kids: A Teacher’s Guide to Books That Can Change Teens’ Lives; y es autor de Studs Terkel’s Working: A Teaching Guide.

Dee Knight ha sido organizador sindical y activista político.

A quienes le interes el tema de la resistencia violenta contra la guerra de Vietnam les recomiendo el podcast Mother Country Radicals producido por Crooked Media & Audacy


When President Carter Pardoned Draft Dodgers, Only Half Came Back - HISTORY

Las vías del exilio: resistentes a la guerra estadounidenses en Canadá

Rick Ayers

Medium 4 de agosto de 2022

En octubre de 1967 recibí y devolví a  la junta de reclutamiento la tarjeta en la que se convocaba a unirme a las fuerzas armadas. Para ese momento el  movimiento contra la guerra era grande y creciente, nuestras protestas se intensificaron y nuestra militancia se acentuó, pero nada de lo que hicimos detuvo la agresión genocida de nuestro gobierno contra el pueblo de Vietnam. El Día Nacional de la Resistencia, muchos de nosotros que éramos estudiantes universitarios, protegidos por el privilegio de un aplazamiento 2-S, declaramos que ya no aceptaríamos esa exención. Saboteamos el sistema con nuestros cuerpos negándonos a luchar en la guerra.

Las cosas se movieron rápidamente. En noviembre, mi junta local me reclasificó 1A y me ordenó que me presentara para la inducción. Intenté una apelación, pero duró poco. El abogado asignado a mí por la junta de reclutamiento, que se suponía que debía apoyar mi apelación, me denunció como comunista y dijo que esperaba que me reclutaran pronto. Con una fecha de inducción fijada para marzo de 1968, me enfrenté a tres opciones: entrar en el ejército como soldado antibélico (donde temía sufrir palizas por ser izquierdista), ir a prisión (donde probablemente estaría dos o tres años), o ir a Canadá, donde aceptaban a los estadounidenses y no los devolvían. Me dirigí hacia el norte.

Canadá a finales de los años 1960 fue el punto de aterrizaje para miles de personas que se resistían al reclutamiento (“draft dodgers”) o desertaban del Ejército. Migrar a Canadá no fue el final de la historia. Además de la vida personal de estos nuevos canadienses (trabajos, amores, crecimiento), el panorama político del que formaban parte era infinitamente complicado. Las nuevas y convincentes memorias de Dee Knight, My Whirlwind Lives, expresan la forma y la sensación de esos años e iluminan los problemas que estaban en juego. Captura las muchas formas en que los estadounidenses en Canadá se reunieron para cuestionar y debatir lo que estábamos haciendo allí y cómo continuar la lucha por la paz y la justicia.

My Whirlwind Lives: Navigating Decades of Storms - Dee Knight

Mi primer punto de contacto con los nuevos inmigrantes, así como con Dee, fue el Programa Anti-Draft de Toronto, un centro comunitario que proporcionaba asesoramiento, ayuda legal, redes de supervivencia y organización política. Conocí a Bernie Jaffe allí y me encontré con amigos de Ann Arbor que estaban haciendo la misma caminata hacia el norte. Todo estaba en debate. Por ejemplo, ¿debemos considerarnos exiliados o expatriados? Hubo serias implicaciones con cada término. Aquellos que se sentían disgustados con toda la empresa estadounidense, que querían salir para siempre, preferían expatriados. Otros argumentaron que todavía éramos parte de la lucha contra la guerra, y que habíamos sido exiliados, y que éramos, entonces, exiliados.

Había otra dimensión en esta distinción. Si solo estuviéramos enfocados en los Estados Unidos, solo mirando hacia el sur, ¿nos negábamos arrogantemente a entender la política canadiense, las enormes luchas allí en torno a los programas sociales, la soberanía de las Primeras Naciones, la independencia de Quebec? Ahora que éramos nuevos canadienses, ¿no éramos responsables de estar donde estábamos? Dee Knight nos lleva a través de estos dilemas y su activismo en ambos frentes, oponiéndose al imperialismo estadounidense y uniéndose a las luchas sociales en Ontario.

En agosto de 1968, me senté en la sala de estar de un amigo en Toronto viendo los disturbios de la policía en la convención del Partido Demócrata. Fue angustioso ver a mis amigos golpeados, la lucha política de mis camaradas contra la guerra llegando a un punto crítico. ¿Y dónde estaba? Seguro en Canadá. Sentado. ¿Fue esto? ¿Ausentarme de la guerra fue la totalidad de mi contribución? Fue una sensación terrible. Muchas personas hoy en día consideran abandonar los Estados Unidos a medida que los movimientos políticos fascistas ascienden, para protegerse a sí mismos, para proteger a sus hijos. Pero los exiliados suelen enfrentarse a una profunda sensación de ambivalencia y contradicción. Lo hice; Dee Knight lo hizo. Yo estaba ahí fuera, lejos de las líneas del frente, mientras mis hermanos y hermanas estaban atrapados en el vórtice, todavía en el caldero, todavía luchando. El exilio es una opción posible, pero no es ni fácil ni dolorosa, no es el final de las dudas o los miedos, las preguntas o las decisiones difíciles que se avecinan.

En sus memorias, Dee Knight también explora las divisiones de clase y raciales en la comunidad de exiliados estadounidenses. Generalmente los dodgers eran universitarios, con la movilidad social y los contactos para salir adelante del draft. Los desertores, que eran cada vez más numerosos a medida que los años 1960 avanzaban hacia los años 1970, eran en su mayoría de clase trabajadora, a menudo negros o hispanos. Habían sido arrastrados al reclutamiento y luego se enfrentaron de cerca a la realidad de la invasión y ocupación imperial, y tomaron la valiente decisión de unirse a la gran migración lejos de la guerra. La propia ley de inmigración canadiense era un mecanismo de clasificación opresivo, con un sistema de puntos que daba prioridad a aquellos con más dinero, más educación. A menudo, los desertores del ejército eran los que seguían siendo fugitivos, incluso en el norte.

11 ways people dodged the Vietnam draft

Cuando me mudé a Vancouver, me involucré con proyectos que priorizaban trabajar con desertores. No nos llamábamos ni expatriados ni exiliados, sino refugiados. Establecimos un albergue gratuito, así como asesoramiento. Organizamos oportunidades de trabajo e incluso algunos matrimonios de inmigración. Frente a un sistema de inmigración imposible, comenzamos a aprender cómo hacer documentos de identificación canadienses falsos. Violar la ley parecía completamente legítimo frente a la guerra ilegal y genocida que se estaba librando.

El siguiente capítulo para mí me llevó al otro lado del movimiento de resistencia: al ejército. Mientras que en 1968 pensaba que la cultura militar era fanática  y aislante, para 1969 estaba claro por mi trabajo con desertores que la maquinaria militar estadounidense estaba en crisis, se estaba desmoronando, ante la derrota que estaban sufriendo en Vietnam. En 1969, los veteranos de Vietnam contra la guerra, así como los soldados en servicio activo, eran una fuerza líder en actividades contra la guerra y la línea del frente en todas las grandes manifestaciones. Así que volví a Chicago, junto con mi pareja y su hija, para entregarme y aceptar la inducción. Organicé abiertamente el sentimiento contra la guerra mientras entrenaba en Fort Leonard Wood, Misurí, y Fort Polk, Lousiana, que es otra historia. Pero nunca pude dejar que me enviaran a Vietnam, así que en marzo de 1970, fui AWOL  (ausente sin permiso) y mi camino entró en otra encrucijada con la historia de Dee Knight, la lucha por la amnistía.

En la mayoría de los países, el fin de una guerra significa una amnistía general para los combatientes de todos los bandos. Dado que muchos han estado luchando, nunca habría un fin al conflicto a menos que permitieran que la mayoría de la gente volviera a entrar. Pero la amnistía era una píldora difícil de tragar para los belicistas estadounidenses. Lo que estaba en juego era cómo entender la guerra misma, la guerra para explicar la guerra. Los políticos querían algún tipo de amnistía condicional, tal vez requiriendo unos pocos años de servicio civil o tal vez dando un castigo más severo a los desertores del ejército que a los evasores del reclutamiento. La comunidad contra el reclutamiento y contra la guerra luchó durante años, de 1972 a 1977, por una amnistía total e incondicional.

Antiwar demonstrators burning their draft cards on the steps of the Pentagon during the Vietnam War, 1972.

Opositores a la guerra de Vietnam quemando sus tarjetas de reclutamiento, 1970.

De hecho, volví de estar en la clandestinidad bajo esa amnistía. Volé de Toronto a Nueva York en marzo de 1977. La policía del aeropuerto Kennedy me tiró al suelo en un dramático arresto, pero luego me envió a Fort Dix, New Jersye. Allí me alojaron con cientos de otros AWOLs que regresaban. En unas pocas semanas simplemente me dieron de alta, con un estatus «menos que honorable».

Dee Knight da una buena explicación de los muchos altibajos de la lucha por la amnistía, incluido un análisis exhaustivo por él mismo y el abierto desertor del ejército Jack Calhoun de los debates de amnistía. Destaca las preguntas reales con las que todavía estamos lidiando. ¿Por qué consideramos honorable matar para el imperio y resistir el asesinato cobardemente? ¿Por qué los combatientes contra la guerra no son honrados como veteranos? ¿Por qué John McCain, un criminal de guerra que bombardeó a civiles, es considerado como un gran estadounidense, y aquellos que forzaron el fin de la guerra se describen como el problema?

Todo tiene que ver con la próxima guerra y la posterior. Los belicistas necesitaban manchar la resistencia, mentir sobre los horrores de la guerra y por qué Estados Unidos perdió, por temor a que el apetito por la invasión y la agresión se erosionara entre la población estadounidense. Las guerras e invasiones posteriores de Granada y Panamá, Irak y Afganistán, todas dependieron de mantener intactas las mentiras de la inocencia y las buenas intenciones estadounidenses. My Whirlwind Lives es un recordatorio importante de lo que está en juego en la guerra, en las vidas de aquellos que son invadidos y en las vidas de aquellos en el centro imperialista.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

En esta corta y hermosa nota, la gran historiadora estadounidense Heather Cox Richardson rinde un merecidísimo homenaje al Regimiento 54 de Infantería, un cuerpo voluntario de soldados negros que combatió con valor y honor en la guerra civil estadounidense. Su gesta al atacar la murallas de Fort Wagner el 18 de julio de 1863,  fue recreada en la película de Edward Zwick Glory (1989) -ganadora de tres premios Oscar.


54o regimiento de infantería de Massachusetts Organización atención  tempranayBatalla de Grimball's Landing

Julio 17, 2022

Heather Cox Richardson

El 18 de julio de 1863, al anochecer, los soldados negros de la 54ª Infantería Voluntaria de Massachusetts del Ejército de los Estados Unidos cargaron contra las murallas de Fort Wagner, una fortificación en Morris Island frente al puerto de Charleston en Carolina del Sur. Debido a que Fort Wagner cubría la entrada sur del puerto, fue clave para permitir que el gobierno de los Estados Unidos tomara la ciudad.

GloryPosterBroderickLos 600 soldados del 54º conformaron el primer regimiento negro de la Unión, organizado después de que la Proclamación de Emancipación pidiera el alistamiento de soldados afroamericanos. El líder del 54 era un abolicionista de Boston de una familia líder: el coronel Robert Gould Shaw.

Shaw y sus hombres habían salido de Boston a finales de mayo de 1863 hacia Beaufort, Carolina del Sur, donde la Unión había ganado un punto de apoyo temprano en su guerra para evitar que los confederados desmembraran el país. Los hombres del 54 sabían que no eran como otros soldados: eran símbolos de lo bien que los hombres negros lucharían por su país. Esto, a su vez, sería una declaración de si los hombres negros podrían ser realmente iguales a los hombres blancos bajo las leyes del país, de una vez por todas, ya que en esta era, luchar por el país les dio a los hombres un reclamo clave de ciudadanía.

Todo el país estaba mirando… y los soldados lo sabían.

En la oscuridad en Fort Wagner, el 54 de Massachussets  demostró que los hombres negros eran iguales a cualquier hombre blanco en el campo de batalla. Lucharon con la determinación que hizo que los regimientos afroamericanos durante la Guerra Civil sufrieran pérdidas mayores que las de los regimientos blancos. El asalto al fuerte mató, hirió o perdió a más de 250 de los 600 hombres e hizo que el sargento William Harvey Carney, anteriormente esclavizado, fuera el primer afroamericano en recibir una Medalla de Honor. Gravemente herido, Carney defendió la bandera de los Estados Unidos y la llevó de vuelta a las líneas de la Unión. Los soldados de los Estados Unidos no tomaron el fuerte esa noche, pero nadie podía pasar por alto que los hombres negros habían demostrado ser iguales a sus camaradas blancos.

La batalla de Fort Wagner dejó 30 hombres de los 54 muertos en el campo, incluido el coronel Shaw, e hirió a 24 más que más tarde morirían a causa de sus heridas. Quince fueron capturados; 52 estaban desaparecidos y se presumía muertos. Otros 149 resultaron heridos. Los confederados tenían la intención de deshonrar al coronel Shaw cuando lo enterraron en una fosa común con sus hombres; en cambio, la familia lo encontró apropiado.

En 2017 tuve la oportunidad de pasar una velada en la casa donde los soldados heridos del 54 fueron llevados después de la batalla.

Es algo humillante estar en esa casa que todavía se ve tanto como lo hizo en 1863 y darse cuenta de que los hombres, llevados calientes y agotados y sangrando y asustados en ella un siglo y medio antes eran solo personas como tú y yo, que hicieron lo que sintieron que tenían que hacer frente a Fort Wagner,  y luego soportaron el viaje en bote de regreso a Beaufort, y fueron llevados por un tramo de escalones, y luego se acostaron en cunas en habitaciones pequeñas y abarrotadas, y esperaban que lo que habían hecho valiera la pena el horrible costo.

No soy de los que creen en fantasmas, pero te juro que podrías sentir la sangre en los pisos.

Traducción de Norberto Barreto Velázquez


A este tema ya la habíamos dedicado tiempo en el año 2011 (LOS SOLDADOS NEGROS EN LA GUERRA CIVIL NORTEAMERICANA) y en 2013 (LA CREACIÓN DEL 54 DE MASSACHUSETTS).

 

Josephine Baker es, sin lugar a dudas, un personaje fascinante. Esta mujer negra estadounidense vivió como quiso, y en el camino rompió barreras y dejó clara la hipocrecia de la sociedad occidental. Luchó no sólo contra el racismo, sino también contra el fascismo. Arriesgo vida y hacienda defendiendo a su patria adoptiva, Francia; pero no olvidó a sus hermanos afroamericanos, víctimas de la violencia racial y el desdén de su sociedad.

Comparto esta reseña -escrita por Marisa Meltzer– del libro de Damien Lewis Agent Josephine: American Beauty, French Hero, British Spy. No he leído el libro, pero igual me parece que Meltzer hace un trabajo interesante rezaltando lo que considera los elementos valiosos del libro, sin dejar de criticarlo.

Marisa Meltzer es una escritora independiente radicada en Nueva York, cuyos trabajos han  aparecido en The Wall Street Journal, Slate, New York Magazine y el New York Times, entre otros. Es autora de Girl Power: The Nineties Revolution in Music (Faber and Faber, 2010).

Lewis es un autor y cineasta británico. Durante décadas trabajó como reportero de guerra y conflictos. Ha escrito más de quince libros, algunos de los cuales han sido publicados en más de treinta idiomas, entre los que destacan The Nazi Hunters (Quercus, 2015), Tears of the Desert: Surviving The Genocide – One Woman’s True Story (Hodder & Stoughton 2008) y  Slave (Public Affairs, 2004)


Josephine Baker: la extraordinaria vida de la bailarina y espía que Francia  honra en el Panteón de París - BBC News Mundo

Josephine Baker: Belleza americana, heroína francesa, espía británica

Por Marisa Meltzer

New York Times  12 de julio de 2022

En la primera mitad del siglo XX, Josephine Baker fue una de las mujeres más famosas del mundo. Nacida en la pobreza en St. Louis, se convirtió en una estrella del escenario de París en la década de 1920. Las historias de ella caminando por los Campos Elíseos con su mascota (y a veces coprotagonista), un guepardo llamado Chiquita, ya la habían convertido en leyenda. En su libro Agent Josephine: American beauty, French hero, British Spy (Publi Affairs, 2022), el prolífico historiador Damien Lewis va un paso más allá al pulir esta leyenda, argumentando que Baker era una espía para los británicos.

O, más o menos, una espía. Lewis emplea un lenguaje cuidadoso para cubrir la audaz afirmación del título. En la nota de su autor, escribe que Baker le dijo a su biógrafo, Marcel Sauvage, “muy poco sobre sus actividades en tiempos de guerra en nombre de los Aliados, y muy deliberadamente. Rara vez o nunca habló o escribió en detalle sobre cualquiera de sus trabajos en tiempos de guerra, y fue a su tumba en 1975 llevándose consigo muchos de sus secretos”. Unas páginas más tarde: “Baker también había desempeñado un papel poco conocido y clandestino durante la guerra, como combatiente de la Resistencia y muy posiblemente también como agente especial o espía”.

Agent JosephineBaker fue ciertamente un miembro activo de la Resistencia francesa. En su antigua casa, Château de Milande, hay un ala entera dedicada a su trabajo de guerra. Lewis es un escritor verborrágico que puede dedicar innumerables páginas a su propia biografía: “Mi padre y mi madrastra, Lesley, viven en Francia, en un hermoso castillo de la época medieval que compraron en una casi ruina con ganado que todavía vive en algunos de los edificios”. A veces, se hace sonar como el Indiana Jones de la investigación de archivos, impregnando el proceso de drama: “Sabía que los archivos que quería existían y supuestamente estaban abiertos al público, pero donde ningún funcionario parecía ser capaz de poner sus manos sobre ellos”.

En su narración cinematográfica, Baker tuvo una terrible gira por Alemania y Austria en 1928, donde experimentó de primera mano el ascenso del fascismo. Durante los primeros días de la guerra se ofreció como voluntaria en un banco de alimentos de París. Se volvió más activa una vez que los nazis comenzaron a ocupar su hogar adoptivo, firmando con el Servicio Secreto de Inteligencia de Gran Bretaña, una agencia similar a la CIA que trabajaba con el servicio de contraespionaje francés, la Oficina Deuxième. Convocó a un grupo en su castillo poco después de la caída de París en 1940 para escuchar un discurso de De Gaulle.

Maurice Chevalier se utiliza en el libro como una especie de lámina para el heroísmo y la valentía de Baker. Las dos estrellas compartieron un escenario en París, pero con enfoques diferentes. Mientras ella trabajaba para la Resistencia, él cantaba canciones populares ligeras y edificantes en la Radio París, controlada por alemania. Lewis cita la opinión con relación a Chevalier: “un gran artista pero un hombre muy pequeño”.

En el relato de Lewis, hay ecos deliberados de Mata Hari, la bailarina de cabaret de la Primera Guerra Mundial que fue declarada culpable de vender secretos a los alemanes y fusilada. Baker ciertamente negoció sus conexiones, incluido el uso de su amistad con Miki Sawada, la esposa del embajador japonés en Francia, para obtener acceso a la embajada. Y aprovechó su propio estatus como celebridad, y una persona que no encajaba en ninguna parte y en todas partes, como cobertura, empleando una gira por Lisboa y Marruecos para huir de Francia.

Joséphine Baker. Bailar hasta morir - Fundación BBVA PerúTrajo consigo una colección de mascotas exóticas, incluyendo su Gran Danés, Bonzo; Glouglou el mono; Mica el tamarino león dorado; Gugusse el tití; y dos ratones blancos llamados Bigoudi y Point d’Interrogation. La afirmación de Lewis, que para Baker, el amor incondicional por los animales era probablemente más fácil que las relaciones con los humanos, es simplista y probablemente precisa. De cualquier manera, pasa rápidamente de esta inusual incursión en el análisis psicológico para volver a sus fortalezas literarias, hechos y acción.

A veces se siente como si Lewis se contentara con aceptar la narrativa que Baker creó conscientemente para sí misma. El libro entra y sale de la biografía, desde la Segunda Guerra Mundial hasta su dura juventud como hija de una madre adolescente; fue criada en gran parte por su abuela, que había nacido en la esclavitud. Estados Unidos es retratado como un país donde el racismo es a la vez desenfrenado y abierto. Pero Francia está idealizada. Lewis cita al dueño de un club parisino que le dice a un cliente racista estadounidense que “estás en Francia … y aquí tratamos a todas las razas por igual”. Lewis acepta incuestionablemente la afirmación, una visión demasiado simplista y francamente inexacta de un país que lucha con la raza hasta el día de hoy. Pero entonces, este es después de todo un libro que comienza con la cita de Baker: “Se logra más por amor que por odio. / El odio es la caída de cualquier raza o nación”.

Se cumplen 110 años del nacimiento de Josephine Baker, la 'Venus Negra'Un tema fascinante en un momento crucial de su vida, Baker todavía no cobra vida en la página y sigue siendo inasequible. Tal vez su capacidad para ocultar y encantar son la razón por la que era tan buena en el espionaje, pero Lewis no se toma mucho tiempo para explorar la cuestión de cómo concibió su propia historia. “No miento. Mejoro en la vida”, dijo una vez a un periodista. Pero ella es una mujer compleja, una que poseía un libro de oraciones judío, llevaba una djellaba en Marrakech y tuvo un funeral católico romano cuando murió en 1975.

Un tema fascinante es el del grupo de personajes secundarios que la rodean en sus aventuras. Está el capitán Maurice Léonard Abtey, que viajó al trabajo en París en kayak en el Sena; el padre Dillard, un luchador jesuita de la resistencia nacido en un castillo; Hans Müssig, alias Thomas Lieven, “un equivalente teutónico a James Bond” cuya historia de vida se convirtió en un libro apenas velado con el título excepcional “No siempre puede ser caviar”.

Wilfred “Biffy” Dunderdale es particularmente memorable. Hijo de un magnate naviero (y supuesto modelo a seguir para 007), viaja en un Rolls-Royce con chofer, usa un portacigarrillos de ébano y usa eslabones dorados de Cartier. (El famoso joyero francés hace tantos cameos en el libro que Cartier debería considerar el patrocinio, o al menos vender réplicas del brazalete que Baker encargó a un amante, grabado con las letras PFQA, para “plus fort que l’amour”.)

Josephine Baker's 'induction' into France's Pantheon smacks of tokenismLewis señala que, en última instancia, los años de guerra fueron la mayoría de edad de Baker y un verdadero despertar. Baker regresó a los escenarios estadounidenses en 1951, donde se le negó una habitación en Nueva York, recibió llamadas telefónicas amenazantes del Ku Klux Klan y fue objeto de rumores de que era una simpatizante comunista. Y, sin embargo, estaba lista para enfrentarse a su país de origen y sus problemas; Baker habló en la Marcha sobre Washington en 1963 antes del discurso “Tengo un sueño” del Dr. Martin Luther King.

¿Realmente importa si Josephine Baker era un miembro particularmente activo de la Resistencia francesa, o un espía real? No al gobierno francés. Al final, obtuvo la Medaille de la Résistance Avec Palme, la Croix de Guerre y la Legion d’Honneur, y fue enterrada en el Panteón. Todos los accesorios, en definitiva, de una verdadera heroína francesa.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

Mateo Wills comienza esta corta nota con  un planteamiento categórico: prohibir los abortos no acaba con éstos, pero criminaliza su práctica. Luego continua examinando como a partir de la segunda mitada del siglo XIX en el estado de Illinois se usó la prohibición del aborto para perseguir a las mujeres pobres e inmigrantes. Para ello se fundamenta en un artículo de la Dra. Leslie J. Reagan analizando cómo las autoridades de la ciudad de Chicago usaron mecanismos ética y moralmente cuestionables para perseguir a todos los que de una forma estuvieron involucrados en un aborto. Vale la pena citarle

Según Reagan, “la tolerancia popular del aborto moderó la aplicación” , por lo que aquellos que tuvieron abortos generalmente no fueron arrestados, procesados o encarcelados. Pero las “investigaciones oficiales y la exposición pública” todavía se usaban para disciplinarlos y castigarlos. “Los procedimientos de investigación en sí mismos constituían una forma de castigo y control”, incluso para amigos y familiares, ya que se suponía que las hermanas, por ejemplo, conocían los detalles íntimos de la vida reproductiva de sus hermanos.

De esta forma se creo un sistema punitivo en el que se vieron atrapadas, como siempre, las mujeres pobres, inmigrantes y de minorías étnicas.

La Dra. Reagan es profesora en el Departamento de Historia de la University of Illinois Urbana-Champaign, donde dicta cursos de Historia de los Estados Unidos, historia de la medicina, salud pública y ciencia, mujeres, género y  sexualidad, es autora de Dangerous Pregnancies: Mothers, Disabilities, and Abortion in Modern America. University of California Press, 2010).

Wills es escritor y bloguero.


National Police GazetteVigilancia del aborto

Mateo Wills

JSTOR  12 de julio de 2022

Prohibir el aborto no detiene los abortos, por supuesto, pero sí castiga a los involucrados. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los estados estadounidenses anularon la aceptación de abortos por parte de la ley común antes de las dieciséis semanas y  aumentaron su poder policial para controlar los cuerpos de las mujeres. Illinois, por ejemplo, criminalizó el aborto en 1867 y prohibió los abortivos, medicamentos o dispositivos utilizados para inducir abortos, en 1871.

La académica Leslie J. Reagan explora cómo las autoridades de Chicago hicieron cumplir estos códigos penales durante las próximas siete décadas. “El estado procesó principalmente a los abortistas, la mayoría de las veces después de que una mujer había muerto, y los fiscales se basaron para obtener evidencia en declaraciones de muerte recopiladas de mujeres cercanas a la muerte debido a abortos ilegales”, señala Reagan.

Según Reagan, “la tolerancia popular del aborto moderó la aplicación”, por lo que aquellos que tuvieron abortos generalmente no fueron arrestados, procesados o encarcelados. Pero las “investigaciones oficiales y la exposición pública” todavía se usaban para disciplinarlos y castigarlos. “Los procedimientos de investigación en sí mismos constituían una forma de castigo y control”, incluso para amigos y familiares, ya que se suponía que las hermanas, por ejemplo, conocían los detalles íntimos de la vida reproductiva de sus hermanos.

En los registros de cuarenta y cuatro investigaciones forenses del condado de Cook que examinó, Reagan encontró que todas las mujeres que tuvieron abortos eran inmigrantes de clase trabajadora o hijas de inmigrantes. El enfoque del estado “en regular el uso del aborto por parte de las mujeres de clase trabajadora” significó que la vigilancia policial eximió en gran medida a las mujeres de clase media y alta.

La mayoría de las mujeres que tuvieron abortos estaban casadas, pero el estado concentró su aplicación en “mujeres solteras y sus parejas”. Es decir, las parejas masculinas podían ser arrestadas y encarceladas por embarazar a las mujeres en primer lugar y/o ayudar en un aborto; era común que estos hombres fueran encarcelados antes de las investigaciones del forense.

La clave para los enjuiciamientos de los abortistas fueron las “declaraciones de muerte” (“dying declaration(s)”) extraídas de mujeres que morían por abortos ilegales. Un ejemplo de estos “interrogatorios humillantes sobre asuntos sexuales por parte de funcionarios masculinos” data de 1916. Carolina Petrovitis era una inmigrante lituana y casada y madre de tres hijos. El médico llamado por los vecinos le negó la atención hasta que escuchó una declaración que implicaba a un abortista, una práctica estándar con algunos médicos. Después de que Petrovitis admitió que una partera le había practicado un aborto, fue enviada a un hospital. Allí, las autoridades, alertadas por el médico original, trajeron a la policía. Cuando le dijeron que iba a morir, se le pidió a Petrovitis detalles sobre quién realizó el aborto, los instrumentos utilizados y el nombre del padre. La declaración de muerte de Petrovitis, una excepción a las reglas de rumores que podrían usarse en la corte, fue firmada con su marca justo antes de que pereciera.

Reagan detalla cómo los médicos y los hospitales “sirvieron al estado en la recopilación de pruebas”. La Asociación Médica Americana, que tenía su sede en Chicago, había liderado la acusación de prohibir el aborto en todo el país. Sin embargo, algunos médicos estaban preocupados por los derechos de privacidad de sus pacientes. (Otros, por supuesto, realizaron abortos). La ley de Illinois no requería que los médicos reportaran evidencia, pero aquellos reacios a hacerlo “quedaron atrapados en el medio entre sus responsabilidades con sus pacientes y las demandas del gobierno”.

En 1904, se estimó que “de seis a diez mil abortos [fueron] inducidos en Chicago cada año”. Algunos de estos fueron por mujeres embarazadas en casa. En la década de 1920, un estudio de la Oficina de Niños de Chicago estimó que al menos el once por ciento de las muertes relacionadas con el embarazo y la maternidad siguieron a abortos ilegales.

Reagan informa que para todas las investigaciones, nunca hubo más de un puñado de enjuiciamientos reales anualmente. La oficina del fiscal del estado “nunca ganó más de uno o dos de ellos” al año. Las acciones legales contra el aborto aumentaron en las primeras décadas del siglo XX, pero el número de condenas apenas cambió en la década de 1940.

En la década de 1940, los fiscales cambiaron de táctica, allanando lugares donde se realizaban abortos en lugar de esperar las muertes por el procedimiento, ya que los avances médicos en la década de 1930 habían hecho mucho para salvar a las mujeres de abortos fallidos. “El sistema siguió siendo punitivo para las mujeres atrapadas en él”, concluye Reagan.

Comparto esta nota de Jacinto Antón publicada en el diario español El país, reseñando varios libros recién publicados y traducidos al castellano, dedicados al tema de los nativo americanos y las guerras de conquista y exterminio llevada a cabo en su contra en Estados Unidos. Entre los libros que reseña Antón destacan: Tecumseh y el Profeta, los hermanos shawnees que desafiaron a Estados Unidos (Desperta Ferro, 2021) de Peter Cozzens y El camino a Rainy Mountain (Nórdica, 2022) del ganador del premio Pulitzer Navarre Scott Momaday.

Antón es un periodista y dramaturgo español, autor de varios artículos sobre temas de arqueología, teatro e historia.


Reseña de "Tecumseh y el profeta, de Peter Cozzens

El noble y valiente jefe shawnee Tecumseh lidera la nueva incursión de libros sobre los indios norteamericanos

JACINTO ANTÓN

El País 10 de julio de 2022

¿Quién ha sido el más grande líder indio? ¿Toro Sentado? ¿Caballo Loco? ¿Nube Roja? ¿Cochise? ¿Jerónimo? ¿Quanah Parker? ¿Pontiac? En EE. UU. mucha gente dará una respuesta que puede sorprender en otros países: Tecumseh. El jefe shawnee fue un personaje crucial de la resistencia de las tribus de nativos norteamericanos contra la agresiva expansión de la recién nacida república estadounidense a inicios del siglo XIX. Guerrero legendario y gallardo caudillo admirado hasta por sus enemigos, Tecumseh formó una insólita e irresistible pareja político-religioso-militar con su hermano, un turbio chamán tuerto llamado Tenskwatawa y conocido como El Profeta. Juntos  tuvieron en jaque a las autoridades estadounidenses creando la más poderosa confederación india de la historia y reuniendo el doble de guerreros de los que Toro Sentado y Caballo Loco desplegaron tres generaciones más tarde en Little Bighorn. Su biógrafo Peter Cozzens (Wheaton, Illinois, 65 años), autor de Tecumseh y el Profeta, los hermanos shawnees que desafiaron a Estados Unidos (Desperta Ferro, 2021), recalca en una entrevista con EL PAÍS que el líder incluso pudo haber cambiado la historia de Norteamérica de no haber caído en combate en 1813 durante una batalla en la denominada Guerra Angloestadounidense de 1812, en la que apoyaba con su contingente indio a los británicos.

Tecumseh y el Profeta. Los hermanos shawnee que desafiaron a Estados  UnidosDesperta Ferro Ediciones - Editorial Tirant Lo Blanch

Nacido en 1768 en Piqua, un poblado shawnee cerca de lo que hoy es Springfield (Ohio), y que fue arrasado por la milicia de Kentucky, Tecumseh era hijo de un gran guerrero y fue un arrojado combatiente él mismo desde los 12 años, sí como hábil cazador. Su nombre se relaciona con una estrella fugaz y un puma totémico, significando algo así como “puma celestial que se cruza en el camino”. Cozzens resigue su vida marcada por la inquietud de los indios de los bosques al avance de los colonos y las continuas batallas entre unos y otros, ante la duplicidad de los británicos y el oportunismo de algunas tribus como los potawatomis. Por ahí aparecen personajes apasionantes como Daniel Boone, un joven Halcón Negro, el naturalista Audubon o el jefe hechicero Main Poc, Mano marchita, que llevaba un cinto de cabelleras humanas. Pese a que los shawnee, famosos por su ethos militar, practicaban de las maneras más imaginativas la tortura ritual (en cambio tenían prohibida por religión las violaciones), Tecumseh fue siempre contrario a maltratar a los prisioneros, aunque a veces se le desmadraban los guerreros.

El ensayo de Cozzens, una inmersión pormenorizada y apasionante por un mundo de tribus, cinturones wampum, pinturas de guerra, mosquetes y tomahawks (como en El último mohicano o Fort Wheeling pero un poco más tarde), de enfrentamientos sangrientos en bosques interminables, y sobre todo una crónica del choque de dos culturas y dos formas de vida, es una de las obras más notables de toda una serie de libros dedicados a los indios que nos están llegando en los últimos años y que manifiestan un nuevo interés por el tema. Entre esos libros, la considerada la gran obra sobre los kiowas (otro pueblo tradicionalmente denostado y al que llega su hora de reivindicación, como sucedió hace unos años con sus grandes aliados los comanches): El camino a Rainy Mountain (Nórdica, 2022), de Navarre Scott Momaday, nativo kiowa y ganador del Pulitzer de ficción en 1969. El libro, que su autor abre y cierra con la peregrinación a la tumba de su abuela india, es una emotiva inmersión personal en el mundo y la cosmogonía kiowa, con fragmentos de la historia y de los mitos y leyendas de un pueblo de guerreros que llegó a las Grandes Llanuras meridionales de Norteamérica desde el norte cargando con su ídolo sagrado de la danza del sol y adoptando por el camino el caballo, Preciosa crónica poética de la gran aventura vital de los kiowas, El camino a Rainy Mountain tiene momentos de alto lirismo (“La lengua kiowa es difícil de entender, pero el espíritu de la tormenta la entiende”, la mañana de primavera era honda y hermosa y nuestros corazones latían acelerados, y en ese momento supimos lo que era estar vivo”). Y también impagables datos prácticos como que la forma de saber si una flecha está bien hecha (los kiowas las hacían excepcionales, más de una de sus víctimas daría fe de ello, si pudiera) es porque tiene marcas de dientes: las enderezaban con ellos. Entre las historias hermosas, la del caballo que murió de vergüenza por la cobardía de su jinete.El camino a Rainy Mountain - Libro - nordicalibros.com

En otro registro, el narrativo, que ha dado en los últimos tiempos títulos como Ni aquí ni allá —alabado por Colm Toibín y Margaret Atwood—, del miembro activo de las tribus cheyene y arapajó Tommy Orange, sobre las vidas de doce nativos que acuden a un gran powpow, cada uno con su razón personal, un poco a lo Thornton Wilder, o Días sin final, de Sebastian Barry, sobre dos soldados de caballería en las guerras sioux (ambas de 2018 y en las dos en AdN Alianza de Novelas), saludar con entusiasmo Los cazarrecompensas (2022), una arrebatadora historia a lo La venganza de Ulzana de búsqueda de un turbulento apache (Soldado), obra de Elmore Leonard y publicada por Alfredo Lara en su colección Frontera de Valdemar.

Reseñar también el inolvidable Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue (Anagrama, 2018), probablemente la mejor novela literaria sobre los apaches que se ha escrito, y aprovechar para recordar que la mejor historia de esas gentes adustas es el magnífico Las guerras apaches, de David Roberts (Edhasa, 2005), convertido en un gran clásico como ya lo es, con referencia a otra tribu vilipendiada, El imperio de la luna de agosto, auge y caída de los comanches (Turner, 2011), de S. C. Gwynne. En 2019 Capitán Swing publicó La historia indígena de EE UU, de Roxane Dunbar-Ortiz, un recorrido desde el punto de vista del activismo indio. Con perspectiva de género, es muy interesante Prisioneras salvajes, relatos y confesiones de mujeres cautivas de los indios de Norteamérica (Universidad de Valencia, 2012), de Elena Ortells.

LA TIERRA LLORA | LA AMARGA HISTORIA DE LAS GUERRAS INDIAS POR LA CONQUISTA  DEL OESTE Traficantes de SueñosPor supuesto, si un libro sobre los indios destaca por su alcance e influencia en los últimos años es el extraordinario La tierra llora, la amarga historia de las guerras indias por la conquista del oeste (Desperta Ferro, 2017), del propio Cozzens, un libro capaz de revitalizar o despertar el interés por los nativos norteamericanos y su historia de la manera que lo hizo hace la friolera de 46 años Enterrad mi corazón en Woundek Knee, de Dee Brown. Tengo mi ejemplar de 1976 ante los ojos (Bruguera Libro Amigo), de páginas amarillentas como si hubiera pasado todo este tiempo con el teniente Dunbar en el remoto Fort Sedgwick (sólo le falta una flecha pawnee clavada en la cubierta). En todo caso, a Cozzens, que nunca conoció personalmente a Dee Brown, fallecido en 2002 con 94 años, sorprendentemente no le gusta demasiado la comparación entre sus libros. “Enterrad mi corazón en Wounded Knee no hizo intento alguno de una visión histórica equilibrada, que es un objetivo clave de La tierra llora”, justifica. “Dee Brown estableció como propósito de su libro la presentación de ‘la conquista del Oeste americano como las víctimas la experimentaron’, de ahí el subtítulo, Una historia india del Oeste americano. La definición de Brown de víctimas fue severamente circunscrita. Muchas tribus, notablemente los crows, shoshones y pawnees unieron su destino a los blancos. Enterrad mi corazón en Wounded Knee descartó a eses tribus como ‘mercenarios’ sin ningún intento de entenderlas o explicar sus motivos. Semejante enfoque unilateral en el estudio de la historia al final no sirve para nada bueno; es imposible juzgar honestamente la verdadera injusticia hecha a los indios sin una comprensión profunda y matizada de la perspectiva blanca, así como la de todas las tribus indias”.

Del renovado interés por los indios y el suyo propio, el estudioso señala: “Hace mucho tiempo que siento que ningún otro periodo de la historia de EE UU ha estado tan empapado de mito o mal caracterizado como la conquista de las tierras nativas por la república estadounidense que marchaba hacia el oeste en los siglo XVIII y XIX. He tratado de hacer mi mejor esfuerzo para presentar la historia en todos sus complejos matices y tragedia”.

Volviendo a Tecumseh, al que los diarios estadounidenses pintaban como un Robin Hood rojo, Cozzens recuerda que los shawnees eran una de las más de doce pequeñas tribus que ocupaban lo que hoy es el medio oeste americano y la región de los Grandes Lagos. “Todas eran culturalmente similares, pero los shawnees son únicos en que produjeron a dos de los líderes más influyentes en la historia de los indios norteamericanos, que resultó que eran hermanos. Tecumseh y Tenskwatawa deben ser considerados dos de los más destacados hermanos en la historia de EE UU considerada en toda su extensión”.

¿Podía Tecumseh haber cambiado la historia de EE UU? “Absolutamente, la alianza intertribal que él y su hermano crearon fue la más formidable a la que tuvieron nunca que enfrentarse los EE UU. De no haber estado los británicos preocupados luchando contra Napoleón al mismo tiempo que libraban la guerra de 1812 contra los estadounidenses hubieran podido enviar más tropas al Canadá, suficientes sin duda para haber inclinado la balanza en favor de los británicos y sus aliados, los hermanos shawnee. Si británicos e indios hubieran prevalecido, los modernos Estados de Wisconsin y Michigan probablemente se habrían convertido en tierra india, cambiando la cara de los EE UU y el curso del asentamiento en el Oeste”.

A la cuestión de si Tecumseh era realmente un personaje tan noble (en lo público, en lo privado parece que era mal marido de sus varias esposas y mal padre), responde categóricamente: “Si, lo fue, con cualquier criterio que se mire. Se opuso a la práctica de los indios del bosque de torturar a los prisioneros, no hacía la guerra contra mujeres y niños, y rescató de la masacre a varios centenares de prisioneros estadounidenses que sus guerreros habían capturado en batalla en la Guerra de 1812. Encarnó para EE UU todo cuanto había de grande y noble en el carácter indio”. ¿Qué nos hubiera sorprendido más de Tecumseh de haberlo podido conocer? “Creo que su gran sentido del humor. Su habilidad para superar injusticias pasadas cometidas contra él y su pueblo hasta que lo empujaban al límite. Él y su gente aguantaron grandes provocaciones y la pérdida de mucha de la tierra que era su hogar antes de ir a la guerra”.

Peter Cozzens - Wikipedia

Peter Cozzens

Al preguntarle a Cozzens qué queda por reconocer y qué reparaciones por hacer en relación con el genocidio de los nativos norteamericanos, responde: “Haría falta un libro para responder. Sin embargo, quiero matizar que no considero la palabra genocidio una etiqueta apropiada cuando tratamos con los muchos errores cometidos con los indios. El Gobierno estadounidense nunca persiguió una política de genocidio físico; incluso los más ardientes partidarios de los derechos indios, sin embargo, no creían que la cultura o la sociedad indias merecieran ser preservadas. En ese sentido podríamos hablar de genocidio cultural”.

 

Si eras indio, ¿quiénes eran peores, los estadounidenses, los británicos, los franceses, los españoles…? “Depende de la época. Sin duda, no hubiese querido yo ser azteca o inca enfrentado a los españoles. Por otro lado, los gobernadores españoles de Florida trataron bien a los indios dos siglos después. Los británicos formaron repetidas alianzas con las tribus de los bosques contra los estadounidenses sólo para acabar traicionándolos. Los estadounidenses se contuvieron muy poco para arrancar a los indios sus tierras, pero al menos el Gobierno nunca toleró el genocidio físico”.

De todos los hechos y personajes de la historia de los indios, ¿cuáles le parecen más relevantes o le conmueven en mayor medida? “Encuentro la revitalización cultural y religiosa de las doctrinas del profeta shawnee, Tenskwatawa, particularmente interesantes, junto con su transformación personal de inadaptado alcohólico a poderoso orador y líder espiritual, demonizado por sus enemigos al revés que su hermano. También encuentro muy fascinante y dramático el fracaso de las tribus del Oeste norteamericano por unirse de manera significativa (con la excepción de sioux y cheyenes) contra la expansión estadounidense”.

Por interés personal, ¿hay novedades de Little Bighorn? “Me parece que la historia está bastante explicada. Los hechos, hasta el punto que pueden ser conocidos, han sido repetidamente regurgitados. Es en gran medida una cuestión de decidir cada uno si Custer actuó juiciosamente o no”.

 

En este breve ensayo el escritor Matthew Wills comenta un artículo de la historiadora de la religión Rachel McBride Lindsey, analizando la intersección, a finales del siglo XIX,  del fisiculturismo con lo que ella denomina como cristianismo muscular. El primero lo asocia con la figura de un culturista austriaco llegado a Estados Unidos en 1893 de nombre Eugen Sandow. El austriaco alcanzó fama y popularidad, Wills habla de la Sandow-mania, abriendo el camino en la sociedad y cultura estadounidenses para futuros culturistas.

El cristianismo muscular fue un movimiento que “enfatizó en el autosacrificio, el patriotismo, la masculinidad, la cultura física y los deportes”. Este rechazó, por considerarla afeminada, la visión tradicional de Jesús “con el pelo largo y suelto, una continencia mansa y una mirada de pasividad y resignación a su destino”. En cambio desarrolló una imagen de un Jesús musculoso que encajaba muy bien con la figura de Sandow, de ahí que se complementaran.

Comparto este interesante trabajo donde se combina el deporte, la religión y la fragilidad de las masculinidades estadounidenses a finales del siglo XIX.

McBride es un profesora de religión y cultura estadounidense en el Departamento de Estudios Teológicos de la Universidad de Saint Louis. Wills es un escritor y fotografo neuyorquino.


Photograph: German strongman Eugene Sandow lifting weights and dumbbells, c. 1890

Eugene Sandow  c. 1890
 Getty

Buff Boys of America: Eugen Sandow y Jesús

Matthew Wills

JSTOR Daily       6 de julio de 2022

En1893, el fisiculturista prusiano Eugen Sandow comenzó actuar, con tableaux vivants, en teatros respetables en los Estados Unidos. Esta gira lo llevó muy lejos de sus orígenes de espectáculos paralelos de carnaval. Ante una audiencia de élites, se hizo pasar por Hércules, Aquiles, el Gladiador Luchador, la Galia Moribunda y otros ejemplos de fuerza masculina tomados de la antigua Grecia y Roma. Las fotografías de su cuerpo vestido de hoja de higuera estaban de moda, incluso eludiendo la censura de la oficina de correos gracias a sus alusiones a la Antigüedad Clásica.

La Sandow-mania estableció el modelo para las celebridades culturistas por venir. Se convirtió en la “encarnación consumada de la forma clásica no menos que un modelo ideal de hombría física contemporánea“, según  la experta en estudios religiosos Rachel McBride Lindsey. Pero este “enfermizo niño prusiano [que] se convirtió en un ícono de la masculinidad musculosa estadounidense”, tenía cierta competencia de otro ícono nacido en el extranjero. “Luchando por el título del modelo más ubicuo de  hombría moral y física entre los hombres blancos protestantes estadounidenses estaba Jesús”, escribe Lindsey. “Los contornos de la virilidad codificados en el tendón de Sandow se representaron en representaciones contemporáneas de Jesús como el tipo físico modelo”.

Reps for Jesus? Muscular Christianity - Physical Culture Study

Un Jesús musculoso fue el marcador más visual de la Muscular Christianity. Este movimiento teológico/filosófico se originó en Gran Bretaña y fue retomado en los Estados Unidos a finales del siglo XIX por protestantes evangélicos. El movimiento hizo hincapié en el autosacrificio, el patriotismo, la masculinidad, la cultura física y los deportes. Especialmente los deportes de equipo. Personificado por la YMCA y promocionado en el culto al aire libre personificado por Teddy Roosevelt, el nuevo evangelio de la salud y la virilidad fue una reacción contra la emasculación percibida de los hombres blancos estadounidenses. Se decía que los anglosajones se estaban volviendo flácidos en los trabajos de oficina; ser reemplazado en trabajos de color azul por inmigrantes no blancos; y el sufrimiento, como siempre, bajo el yugo de las mujeres emancipadas.

Tanto el Sandow “teutónico”, llamado contemporáneamente el “Hércules moderno”, como Jesús, el “hombre supremamente varonil”, según uno de los principales publicistas estadounidenses del cristianismo muscular, establecieron una nueva definición para el hombre estadounidense “perfecto”. Se reflejaron el uno al otro.

Strength and How to Obtain It: Sandow, Eugen: 9781475105698: Books -  Amazon.caSandow bombeó hierro y vendió su libro Strength and How To Obtain It (1897; todavía impreso), pero la transformación de un galileo judío supuestamente del primer siglo en una fantasía protestante anglosajona del siglo XIX fue casi milagrosa. Siglos de iconografía cristiana habían retratado a Jesús con el pelo largo y suelto, una continencia mansa y una mirada de pasividad y resignación a su destino. Los cristianos musculosos condenaron todo esto como afeminado. Golpearon a Jesús, envolviéndolo en músculo y convirtiéndolo en un ario rubio.

Este fue el mismo período que vio el surgimiento de la antropometría, la medición del hombre, para determinar la “perfección somática masculina” y la jerarquía racial. Los estudiantes de las universidades de élite fueron medidos, de más de cincuenta maneras diferentes en Harvard, por ejemplo, como “el viejo proyecto de proporción humana abstracta” fue “recalibrado a un sistema de diferencia racializada a través de instrumentación especializada”. Se midieron cráneos de todas las “razas”, se establecieron tipologías y categorías, con el premio de la blancura sobre todo definido como protestante y nórdico / teutónico / anglosajón. (The Mismeasure of Man de Stephen Jay Gould de 1981  detalla cuán absurda y activamente fraudulenta era en realidad esta “ciencia”).

Todo esto preparó el escenario para la eugenesia, incluida  la esterilización ordenada por el estado y el cierre de la puerta de inmigración en 1924. Una docena de años antes de que se cerraran las puertas, un “débil escuálido” de un preadolescente llamado Angelo Siciliano llegó a Brooklyn, Nueva York, con su familia calabresa. En 1922, Siciliano cambió su nombre a Charles Atlas, bajo el cual heredó el manto de Sandow y encontró fama y fortuna como vendedor de un esquema de culturismo para niños flacos en la playa de todas partes. Los italianos, después de todo, finalmente fueron bienvenidos a la blancura.

El momento Sandow/Jesús, concluye Lindsay, fue uno de “mayor ansiedad nacional tras la rápida transformación demográfica, intelectual y política”. No muy diferente de hoy, cuando las representaciones de Jesús como una figura similar a Rambo, a veces incluso completa con AR-15, y el Donald Trump de setenta y seis años como una figura elegante y treintañera de Jesús, se pueden encontrar entre la iconografía de la derecha.

Fuente:

«The Mirror of All Perfection«: Jesus and the Strong Man in America, 1893-1920

Por: Rachel McBride Lindsey

American Quarterly, Vol. 68, No. 1 (March 2016), pp. 23–47

 Los debates en torno a cómo debe ser interpretada la ley máxima estadounidense son tan viejos como la constitución misma. La naturaleza de ésta ha abonado a esta discusión, pues si bien es cierto que partes de la constitución no se prestan a mucho debate sobre su interpretación, la realidad es que gran parte del texto está redactada de manera amplia, lo que deja un ancho margen para que la Corte Suprema interprete sus disposiciones antes de aplicarlas a circunstancias jurídicas y fácticas particulares.

Desde su ratificación han existido dos formas básicas de entender la constitución: quienes han defendido una interpretación literal y quienes han propuesto una interpretación pragmática. Para los primeros, la constitución no evoluciona, está escrita en piedra y, por ende, se le debe interpretar de forma literal. Lo que ésta no diga o no contenga, no es constitucional. Los pragmáticos creen que la interpretación de la constitución debe responder a la evolución de la sociedad estadounidense.

En el siglo XIX la segunda visión estuvo encarnada por el cuarto, y más famoso, Juez Presidente del más alto tribunal estadounidense, John Marshall. En medio de la fiebre nacionalista que reinó en Estados Unidos a comienzo del siglo XIX, la corte de Marshall tuvo que decidir si era constitucional la creación de un banco nacional.  En su posición a favor de la constitucionalidad del banco, Marshall adoptó a loose construction of the constitution, rechazando así el enfoque estricto o literal.

Hoy en día a quienes creen en una interpretación literal de la constitución se les conoce como originalistas. Tras más de cuarenta años de cabildeo, política activa y la inversión de millones de dólares en cabilldeo, controlan la Corte Suprema de Estados Unidos. La misma que acaba de liquidar Roe vs. Wade, ampliar el derecho a portar armas y bendecir que se rece en las escuelas.

Como bien analiza Joshua Zeitz en este artículo publicado en Politico, la justificación histórica  de los originalistas es falsa y errada. Zeitz es historiador y autor de Building the Great Society: Inside Lyndon Johnson’s White House (Viking, 2018)


The Supreme Court's Originalist Evasions | Liza Batkin | The New York  Review of Books

El falso ‘originalismo’ de la Corte Suprema

Josué Zeitz

POLITICO  26 de junio de 2022

“El originalismo ha sido la teoría constitucional reinante de los conservadores legales desde la elección de Ronald Reagan”, escribió recientemente un colaborador de la National Review, con una aprobación entusiasta. La teoría, que considera la jurisprudencia como congelada en el tiempo, rechaza rotundamente la idea de la Constitución como un documento vivo y en evolución y, en cambio, exige que interpretemos sus disposiciones exactamente como los redactores pretendían.

Esta semana, lo que una vez fue un concepto intelectual marginal, confinado a los círculos legales conservadores, logró su ascenso final. En una decisión que pretende basarse en un profundo conocimiento histórico de los puntos de vista de la generación fundadora sobre el control de armas, la mayoría conservadora en la Corte Suprema derribó una ley del estado de Nueva York que limitaba el porte oculto de armas de fuego. Redactada por el juez Clarence Thomas, la decisión aplica un marco originalista estricto para concluir que “si una regulación de armas de fuego es consistente con la tradición histórica de esta nación, un tribunal puede concluir que la conducta del individuo cae fuera del mandato no calificado de la Segunda Enmienda”.

La decisión de Thomas, respaldada por sus cinco colegas designados por los republicanos, se basa en la decisión originalista anterior de la corte en el Distrito de Columbia contra Heller, que ubicó en la Segunda Enmienda un  derecho constitucional individual a poseer armas de fuego.

Elections Archives - Page 2 of 69 - WhoWhatWhyHay muchas razones para estar en desacuerdo con el originalismo como filosofía jurídica. ¿Debería una sociedad del siglo 21 realmente interpretar su Constitución según los estándares de 1787, una era anterior a la introducción del armamento semiautomático, la energía de vapor, la penicilina, los automóviles, los trenes, las luces eléctricas y la plomería interior? De alguna manera, sin embargo, ese es un debate sin sentido en este momento. Con los originalistas ocupando seis de los nueve escaños de la Corte Suprema, todos vivimos en un mundo originalista.

El problema funcional con el originalismo es que requiere una comprensión muy, muy firme de la historia, una comprensión que ninguno de los nueve jueces, y ciertamente pocos de sus empleados legales de 20 y tantos años, recién acuñados de los programas de Juris Doctor, poseen.

Es difícil convertirse en un experto en historia política, legal o social estadounidense. Sin embargo, es bastante fácil elegir ejemplos históricos que apuntalen un final en busca de una justificación, que es precisamente lo que hizo la mayoría de la Corte Suprema esta semana, dos veces.

En su reciente decisión de control de armas, al igual que en su reciente decisión sobre el aborto, la mayoría de la Corte Suprema mostró cuán intelectualmente frágil es realmente el proyecto originalista.

Muchos estadounidenses encuentran la Segunda Enmienda mal construida y confusa. Los historiadores no. En el siglo 18, cuando el Congreso aprobó y los estados ratificaron la enmienda, el consenso político sostuvo que los derechos y las obligaciones eran dos caras de la misma moneda. “Los derechos de las personas a las que se les ordena ser observados por la ley municipal son de dos tipos”, escribió Sir William Blackstone, la eminencia gris de la erudición legal angloamericana. “Primero, los que se deben de cada ciudadano, que generalmente se llaman deberes cívicos; y segundo, como pertenecerle, que es la aceptación más popular de los derechos… recíprocamente, los derechos y los deberes de cada uno”.

En lo que respecta a la posesión de armas, el derecho a portar armas está inextricablemente relacionado con la obligación del ciudadano de  servir en una milicia y de proteger a la comunidad de enemigos nacionales y extranjeros.

El concepto de una comunidad “bien regulada”, una en la que prevalecía el orden y una que los ciudadanos varones tenían el deber de defender, no era una peculiaridad retórica específica de la Segunda Enmienda. Era un término generalizado. La generación fundadora compartía la creencia generalizada de que había una tensión entre “la libertad natural y los principios de igual seguridad establecidos en una sociedad bien regulada”. En este contexto, la mayoría de los estadounidenses en la década de 1790 habrían encontrado la Segunda Enmienda muy clara. El gobierno federal no podía impedir que los ciudadanos cumplieran con su obligación de proteger a sus comunidades, es decir, mediante el mantenimiento de milicias armadas.

La constitución del estado de Pensilvania, adoptada en 1776, y a menudo citada incoherentemente por los opositores al control de armas, fue perfectamente clara en este punto cuando afirmó que “el pueblo tiene derecho a portar armas para la defensa de sí mismo y del estado”. En particular, esta disposición no apareció junto con las secciones que establecen los derechos individuales a la libertad de expresión y religión. Había una distinción, observó Albert Gallatin, quien más tarde se desempeñó como congresista de Pensilvania y secretario del Tesoro de los Estados Unidos, entre “una declaración de los derechos de las personas en general o consideradas como individuos”. Y en este punto, la constitución de Pensilvania era inequívoca. “Los hombres libres de esta comunidad y sus hijos serán entrenados y armados para su defensa bajo las regulaciones, restricciones y excepciones que la asamblea general ordene por ley”.

Scribble Scrabble, el seudónimo de un influyente polemista en Massachusetts (era común que los hombres prominentes escribieran con seudónimo), se hizo eco de esta lógica prevaleciente cuando sostuvo que la “Declaración de Derechos de Massachusetts asegura a la gente el uso de armas en defensa común”. En cuanto al derecho individual a portar armas, existía, sostuvo Scribble Scrabble, “siendo un derecho natural, y no rendido por la constitución”, a menos y hasta que la “legislatura lo considere apropiado para prohibir”. Es decir, bajo los términos de la nueva constitución de la mancomunidad, el derecho a portar armas unido al servicio de la milicia estaba garantizado constitucionalmente; el derecho a portar armas a título individual era un derecho natural y de derecho consuetudinario que la legislatura podía proscribir.

En el caso de la Segunda Enmienda, el Congreso trató de calmar las preocupaciones de los antifederalistas que temían el surgimiento de un gran ejército permanente que pudiera acabar con las libertades de los estadounidenses, al igual que el ejército británico había hecho en las décadas de 1760 y 1770. La enmienda establecía que el Congreso nunca podría privar a las personas del derecho a poseer armas de fuego en el despacho de su obligación de cumplir con el servicio de la milicia. El derecho a poseer un arma para la autoprotección individual era diferente, una cuestión de derecho consuetudinario que, como señaló Scribble Scrabble, podía ampliarse, modificarse o eliminarse mediante la legislación.

The 2nd Amendment is 231 years old and should be treated as such | Sheneman  - nj.com

La distinción entre los derechos colectivos y las obligaciones de portar armas y los derechos individuales a la posesión de armas fue ampliamente entendida. En Virginia, Thomas Jefferson intentó incluir un derecho individual específico a portar armas en la constitución estatal, para complementar la disposición existente que salvaguarda a las milicias. Su esfuerzo fracasó. Esfuerzos similares fracasaron en otros estados.

Se podría argumentar que las primeras constituciones estatales eran distintas de la Constitución federal aprobada por convención en 1787. Pero estos primeros documentos estatales informaron profundamente el esfuerzo federal en Filadelfia. La discusión en torno a su adopción da una comprensión de cómo los estadounidenses pensaban acerca de los derechos a finales del siglo 18.

Madison

James Madison

Pero para apreciar cómo la generación fundadora pensó sobre la regulación de las armas de fuego, podemos ver lo que hicieron, y no solo lo que dijeron. James Madison, el autor de la Declaración de Derechos, introdujo dos veces una legislación estatal en Virginia que impondría sanciones a cualquier individuo que “porte un arma fuera de su terreno cerrado, a menos que mientras cumple con el deber militar”.

Has leído bien. El autor de la Segunda Enmienda redactó una legislación estatal que fue efectivamente un precursor de la ley del estado de Nueva York que la Corte Suprema acaba de anular. El proyecto de ley, que realmente tenía como objetivo regular la caza de ciervos, no fue aprobado. Pero demostró claramente que Madison también veía la posesión individual de armas dentro de la prerrogativa regulatoria del estado.

En la República Temprana, las autoridades locales y estatales con frecuencia confiscaban armas de personas que consideraban una amenaza para la seguridad pública, o simplemente desleales. Pensilvania negó a cualquier individuo que “se negara o descuidara tomar el juramento o la afirmación” de lealtad a la mancomunidad el derecho a mantener armas de fuego en su “casa o en otro lugar”. Massachusetts impuso la misma restricción a “aquellas personas que son notoriamente desafectas a la Causa de América, o que se niegan a asociarse para defender por armas las colonias de los Estados Unidos”. Dicho de otra manera: sin lealtad, sin servicio de milicia; sin servicio de milicia, sin armas.

Los estados de la República Primitiva comúnmente regulaban el porte oculto de armas. En Ohio, “quien lleve un arma o armas, ocultas sobre o sobre su persona, como una pistola, un cuchillo bowie, un dirk o cualquier otra arma peligrosa, será considerado culpable”.

También regulaban comúnmente la pólvora, limitando la cantidad de municiones que un individuo podía mantener y almacenar a la vez. ¿Por qué? Porque era peligroso. Pueblos enteros podrían incendiarse y quemarse hasta los cimientos. La lógica del originalismo sugeriría que, por lo tanto, los estados tienen derecho a regular los tamaños de las revistas.

Según los propios y tenues estándares del originalismo, el derecho de los estados a restringir la posesión individual de armas es tan estadounidense como el pastel de manzana. Pero la Decimocuarta Enmienda plantea sus propios desafíos.

La Declaración de Derechos originalmente prohibía lo que el Congreso podía hacer. Los Estados, por otro lado, eran libres de limitar la libertad de expresión, reunión, religión y posesión de armas de fuego, el derecho al debido proceso, el derecho a un juicio con jurado. Y con frecuencia lo hacían.

La Decimocuarta Enmienda cambió esta ecuación. Ratificado en 1868, estableció que “Ningún estado hará o hará cumplir ninguna ley que limite los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; tampoco ningún Estado privará a ninguna persona de la vida, la libertad o la propiedad, sin el debido proceso legal; ni negar a ninguna persona dentro de su jurisdicción la igual protección de las leyes”.

Pasarían décadas antes de que la Corte Suprema usara la Decimocuarta Enmienda para “incorporar” la Declaración de Derechos y, por lo tanto, extender sus disposiciones a los estados. Pero esa fue la trayectoria inconfundible.

TSHA | Black CodesEl Congreso republicano que escribió y aprobó la Decimocuarta Enmienda lo hizo en reacción a un conjunto muy específico de circunstancias. Después de la Guerra Civil, los antiguos estados confederados aprobaron una ola de “Códigos Negros” que intentaron restaurar la esclavitud en todo menos en el nombre. Los códigos negros a nivel estatal impresionaron a los niños negros para que trabajaran, restringieron el derecho de reunión y expresión de los ex esclavos y, en particular, les prohibieron poseer armas de fuego. Los redactores de la enmienda claramente tenían la intención de extender las protecciones otorgadas por la Declaración de Derechos a los estados. Estas protecciones incluían el derecho a portar armas, como argumentan consistentemente los originalistas conservadores, incluido el juez Thomas, en su decisión.

Una vez más, una cosa es elegir ejemplos históricos. Otra cosa es conocer la historia de uno.

Jonathan Bingham, el autor principal de la enmienda, fue muy claro. La nueva disposición tiene por objeto exigir la igualdad de trato ante la ley. Los Estados no pueden conceder a algunas personas el derecho a la libertad de expresión o reunión (o a la posesión de armas), pero no a otras, estrictamente por motivos de raza. La idea no era que los ciudadanos tuvieran derecho a la posesión individual de armas. Era que los Estados no podían discriminar por motivos de raza.

Además, los republicanos en 1868 estaban profundamente comprometidos con el mantenimiento de las “milicias negras”, formadas por los gobiernos estatales de reconstrucción, que protegían a esos mismos gobiernos estatales del derrocamiento violento por parte de los miembros del Klan y otros mientras las unidades paramilitares se aliaban con el Partido Demócrata. Al igual que en 1787, durante la Reconstrucción, los redactores constitucionales vieron los derechos de armas a través del prisma de la obligación colectiva y comunitaria.

La administración de Ulysses S. Grant reaccionó con gran preocupación cuando los miembros del Klan en Carolina del Sur intentaron desarmar a las milicias negras cuyas armas habían sido suministradas por el gobierno estatal liderado por los republicanos. En particular, en sus esfuerzos de aplicación, el fiscal general y el fiscal federal de Carolina del Sur basaron su argumento en el derecho y la obligación de los ciudadanos, los ciudadanos negros, de cumplir con el servicio de la milicia y, por lo tanto, salvaguardar sus comunidades locales y el estado. La cuestión en cuestión, argumentaron, era un intento organizado de “robar a la gente sus armas y evitar que mantengan y porten armas que les proporciona el Gobierno del Estado. ¿No es eso una conspiración para derrotar los derechos de los ciudadanos, garantizados por la Constitución de los Estados Unidos y garantizados por la decimocuarta enmienda?”

Nada de esto quiere decir que a los ciudadanos se les deba o no permitir poseer armas. Esa es otra pregunta.

Pero por su propia e inestable lógica, simplemente no hay un argumento convincente y originalista para un derecho constitucional  a  la propiedad individual de armas. Los redactores de la Declaración de Derechos sostuvieron firmemente que el derecho a poseer armas existía únicamente en concierto con la obligación de cumplir con el servicio de la milicia y preservar una paz bien regulada.

Eso no significa que los estados no puedan permitir que los ciudadanos posean y porten armas, abiertas u ocultas. Si el estado de Texas quiere ir por ese camino, su legislatura puede (y ha aprobado) leyes positivas a tal efecto. Pero no hay base histórica para un estándar constitucional que niegue a Nueva York o Nueva Jersey la capacidad de restringir la posesión individual de armas.

El tribunal también se basó ampliamente en la historia para apuntalar su decisión de anular el derecho constitucional de las mujeres a interrumpir un embarazo, argumentando que “el abrumador consenso de las leyes estatales vigentes en 1868,” cuando se ratificó la Decimocuarta Enmienda, criminalizó el aborto. Esto es demasiado inteligente a medias. Según el estándar originalista de la mayoría, debemos guiarnos por las leyes y tradiciones vigentes cuando se adoptó la Constitución. A finales del siglo 18, cuando el Congreso redactó la Declaración de Derechos, el derecho consuetudinario sostenía que el aborto no era criminal hasta el momento de la “aceleración”, el momento en que una mujer sintió por primera vez que un feto se movía o pateaba. Sólo ella podía dar fe de los hechos. En los tribunales ingleses y coloniales, si una mujer testificaba que su feto no había sido rápido, se la eximía de cargos. Bien entrado el siglo 19, los anuncios de medicamentos de aborto patentados ocuparon un lugar destacado en periódicos y revistas. Los estados comenzaron a prohibir el aborto solo a mediados y finales del siglo 19, en gran parte en respuesta a los esfuerzos de los médicos (hombres) para deslegitimar a las parteras y otros paraprofesionales. Según la lógica originalista, esas leyes eran inconstitucionales y no deberían ser una base para una interpretación posterior. Mi punto no es que el aborto esté protegido constitucionalmente porque era un derecho de derecho consuetudinario en 1787. Más bien, la mayoría de la corte está escogiendo su historia, aferrándose a cualquier ejemplo histórico que respalde el final que espera lograr.

Curiosamente, en el espacio de 24 horas, la mayoría de la corte movió los postes de la meta (1790 para las armas, 1850 más o menos, para el aborto) para determinar qué estándar histórico debería informar los límites de la exégesis constitucional.

El problema más amplio es que el originalismo esencialmente requiere que los jueces y sus empleados legales obtengan un doctorado en historia estadounidense (y probablemente, también, inglés moderno temprano). Una teoría jurídica construida sobre fundamentos históricos no funciona si los juristas no están bien versados en historia. De lo contrario, el originalismo se convierte en un juego poco serio de selección de ejemplos, un resultado político en busca de un argumento de apoyo.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

Comparto este trabajo del gran historiador puertorriqueño Mario Cancel sobre un tema que merece mayor atención comparativa de parte de la historiografía puertorriqueña: las actividades de los aparatos represivos imperiales en lo que Lanny Thompson ha denominado el insular empire.

Cancel enfoca la vigilancia y represión de que fue objeto el Partido Nacionalista puertorriqueño y su principal líder, Pedro Albizu Campos, en la décadas de 1920 y 1930. El autor destaca el papel que jugaron varias agencias federales en este proceso: la Office of Naval Intelligence, el Bureau of Insular Affairs y el FBI.

A quienes estén interesados en el uso de las colonias como laboratorios  para el desarrollo de políticas de represión y vigilancia que luego serían transplantadas a la metrópoli estadounidense, recomiendo la lectura del extraordinario libro de Alfred W. McCoy, Policing America’s Empire: the United States, the Philippines  and the Rise of the Surveillance State ( The University of Wisconsin Press, 2009)

El Dr. Cancel es profesor en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico y autor de innumerables trabajos  de historia, crítica literaria, poesía e historiografía.


Pedro Albizu Campos y la independencia de Puerto Rico | Informe Fracto

Nacionalistas: vigilancia y represión entre 1927 y 1936

La vigilancia sobre el nacionalismo puertorriqueño, su organización más agresiva, el Partido Nacionalista, y su liderato, en especial el licenciado Pedro Albizu Campos no deja de sorprender cuando se le observa desde la distancia. La estructura partidaria y el caudillo mulato no solo fueron objeto de la sátira de intelectuales socialistas moderados como Luis Abella Blanco y escritores de pulp fiction como Wenzell Brown, según he comentado en otras columnas en este medio. La devaluación del nacionalismo elaborada por la literatura satírica, cuyo alcance siempre puede ser cuestionado, fue reforzada por medio de un intenso proceso de criminalización cuyos efectos perduran hasta el presente. El nacionalismo también llamó la atención de las agencias de orden público puertorriqueñas y estadounidenses. La representación que de aquel sector elaboraron las fuerzas policiales, los funcionarios del Estado y la prensa comercial, penetró la llamada opinión pública de manera permanente.

Del mismo modo que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se asoció al nacionalismo al enemigo fascista con algún éxito, tras el fin del conflicto y a lo largo de la Primera Guerra Fría (1946-1953) se le asoció con el adversario comunista. Lo cierto es que el Partido Nacionalista tuvo relaciones contradictorias con uno y otro extremo del espectro totalitario. Ello explica en parte la eficacia de ambas asociaciones. Desde la perspectiva de la cultura política del capitalismo liberal dominante y de los sectores que apoyaban el control estadounidense del territorio, aquellas alianzas resultaban lógicas e innegables. El esclarecimiento crítico de las convergencias y divergencias ideológicas entre aquellos sectores y el nacionalismo apenas comienza, según deduzco de una serie de investigaciones en curso en las últimas dos décadas.

La heterogeneidad de la militancia nacionalista, y esto habrá que discutirlo con más detalle en otro momento, explica que su militancia nunca se pusiera de acuerdo en cuanto a qué actitud tomar ante propuestas manifiestamente antiestadounidenses como el fascismo y el comunismo, según se desprende de la “Carta a Irma” (1939) del abogado José Monserrate Toro Nazario, uno de los documentos más ricos en matices y menos investigado del archivo nacionalista. La “carta pública” que nunca se difundió, ha sido impugnada por los investigadores pronacionalistas una y otra vez por sus señalamientos hacia figuras destacadas del movimiento nacionalista. Ello, unido al manejo superficial y demagógico que han hecho de la pieza los investigadores antinacionalistas, ha impedido una discusión serena del texto, hecho que me parece lamentable. El tema sigue en el tintero pero en algún momento habrá que enfrentarlo de forma crítica.

Naval IntelligenceEl nacionalismo y Albizu Campos fueron proscritos desde una diversidad de lugares asociados al adversario y al poder político.1 Como se sabe, desde 1927 la Office of Naval Intelligence (ONI) llamó la atención sobre las actividades de Albizu Campos en el Caribe. La ONI había sido fundada en 1882 mediante la Orden General 292 emitida por el Secretario de Guerra William H. Hunt (1823-1884).2 La agencia cumplió una función decisiva en la justificación de la declaración de guerra de Estados Unidos a España en 1898 sobre la base de la explosión del acorazado Maine y su presunta condición de acto terrorista o de provocación. Sus agentes vigilaron las presentaciones públicas de Albizu Campos durante su viaje de propaganda por algunos países de Hispanoamérica y el Caribe iniciados en aquel año, y señalaron sus expresiones “antiestadounidenses” en República Dominicana, país ocupado por Estados Unidos entre 1916 y 1924; y Haití, ocupado por Estados Unidos entre 1915 y 1934. En ambos casos la deuda externa impagada y los intereses económicos de Estados Unidos en los territorios, unido a la competencia de intereses alemanes, justificaron la agresión.

Frank McIntyre - Wikipedia

General Frank McIntyre

En octubre de 1927 el Gen. Frank McIntyre (1865-1944), quien fuera jefe del Bureau of Insular Affairs y responsable por los territorios de Filipinas y Puerto Rico entre 1912 y 1929, envió un memo al Secretario de Guerra Dwight Filley Davis (1879-1945) sobre el asunto. Davis era egresado de Harvard, como Albizu Campos, fue Secretario de Guerra del presidente Calvin Coolidge entre 1925 y 1929 y luego Gobernador de Filipinas entre 1929 y 1932. Davis y McIntyre conocían muy bien el circuito colonial. Davis además era una figura muy popular por su relación con el tenis, deporte que practicó profesionalmente entre 1895 y 1904. En noviembre de 1927, Evan E. Young (1878-1946), miembro de la legación estadounidense en República Dominicana entre 1925 y 1929 y diplomático con amplia experiencia internacional, hizo lo propio en una nota a su Secretario de Estado el abogado Frank Billings Kellogg (1856-1937). Lo que le interesaba era “el fraseo exacto de sus artículos noticiosos y de sus discursos”3

Los funcionarios citados no eran figuras de poca monta en la política estadounidense hemisférica. Albizu Campos y el nacionalismo nunca fueron devaluados ni considerados como un enemigo pequeño. Todo lo contrario. El interés de aquellos era informarse sobre el abogado egresado de Harvard que hacía “propaganda antinorteamericana”. El dato no me parece peregrino. Todo indica que mucho antes de mayo de 1930, cuando obtuvo la presidencia del Partido Nacionalista, ya Albizu Campos era considerado “extremadamente antiamericano” y “peligroso” por las autoridades federales. La ONI permanecía activa durante la gobernación del Alm. William Leahy (1875-1959) entre 1939 y 1940, momento en el cual las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos estaban siendo revisadas en un sentido “liberal” en el marco de la Gran Depresión, el Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial, a la vez que la influencia del Partido Popular Democrático (PPD) se fortalecía.

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Foto de un adolescente puertorriqueño enviándole un mensaje al gobernador William D. Leahy, durante una manifestación en San Juan. San Juan, Puerto Rico. 1939. @ricardoolivenc1

De igual modo, a partir de 1932, cuando la organización comenzó a chocar con las autoridades coloniales en medio de la crisis económica, social y humana de la Gran Depresión, la Insular Police (IP), una fuerza creada durante los primeros días de la invasión de 1898, combinó la vigilancia con la represión. A partir de 1935 el Federal Bureau of Investigations (FBI), agencia fundada en 1908 que ya se había profesionalizado bajo la dirección de J. Edgar Hoover (1895-1972), profundizó sus trabajos en Puerto Rico respondiendo a la preocupación de ciertos funcionarios del poder colonial. El activismo nacionalista les preocupada mucho.

A todo ello habría que añadir el hecho de que, entre 1936 y 1944, los militantes independentistas del Partido Liberal Puertorriqueño que fundaron Acción Social Independentista (ASI) organizada en 1936 y el PPD en 1938, tomaron distancia de sus posturas siguiendo las pautas del caudillo Luis Muñoz Marín, quien atravesaba por un peculiar proceso de moderación política. La moderación política no resolvió todos los problemas del joven PPD. El celo del FBI también justificó la vigilancia de Muñoz Marín desde noviembre de 1940, según se desprende de los archivos de aquella agencia. El recién electo senador era “reputedly the ranking official of the Communist Party in the West Indies and the Caribbean Sea area”4, asunto al cual retornaré en otro momento. El agente que recomendó poner a Muñoz Marín bajo la lupa del FBI fue Guy Hottel (1902-1990), graduado de la George Washington University, estrella del futbol y jefe de la oficina del FBI en Washington desde 1936. Aquel agente se hizo famoso por el célebre “Guy Hottel Memo” de marzo de 1950, documento que giraba en torno a los reportes en torno a objetos voladores no identificados (OVNI) y sus tripulantes humanoides de 3 pies de estatura vestidos con ropa de metal, tema que había llamado la atención de los medios de comunicación masiva “after the infamous events in Roswell in July 1947”.5

Por último, entre 1948 y 1956 el PPD, que ya había purgado a los independentistas del seno de la organización entre 1936 y 1947 y se había transformado en el vocero más file de las políticas estadounidenses en el país, extremó la censura al nacionalismo y legitimó su contención a través de recursos como la Ley 53 o de la Mordaza (1948). La discursividad alrededor de la cual giraba la censura y se legitimaba la represión, sin embargo, no había cambiado mucho. La mirada del PPD no difería de la de la ONI, la IP y el FBI y, en gran medida, la reproducía y profundizaba por cuenta de las necesidades concretas que le impuso su acceso al poder desde 1944 y la necesidad de mantenerlo. El circuito del asedio al nacionalismo no estaba completo con ello.

Es importante recordar que no todos los antagonistas del nacionalismo estaban fuera del partido: muchos pululaban dentro de aquel. En 1930, cuando Albizu Campos obtuvo la Presidencia del Partido Nacionalista, los militantes más moderados, los que representaban la cultura política del nacionalismo de 1922, veían la agresividad de la “acción inmediata” propuesta por Albizu Campos durante la Asamblea como un riesgo mayor, por lo que muchos decidieron retirarse de la vida pública. Durante los años 1932 a 1936, cuando la organización militarizó a sus juventudes en medio de la crisis económica y las tensiones políticas que generaba la vigilancia y la represión, tema ampliamente discutido en un libro reciente de José Manuel Dávila Marichal6, el Partido Nacionalista se purgó naturalmente sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Las divisiones internas se sucedieron y drenaron la vitalidad organizativa. Un ejemplo de ello fue la crisis por la que atravesó la Junta Nacionalista de Mayagüez en 1934. La queja por la militarización del partido fue clave en el conflicto. Los disidentes mayagüezanos defendían un tipo de nacionalismo que difería tanto de la praxis de 1922 como de la de 1930: ni el ateneísmo romántico de los primeros, ni la “acción inmediata” de los segundos les seducían. Los líderes de aquella revuelta fueron los historiadores y juristas Juan A. y Salvador Perea, el mulato y luego coleccionista de libros Regino Cabassa7, y Emilio Soler López descendiente de cafetaleros catalanes. No sólo encabezaron la resistencia al proceso de militarización sino que fundaron una Junta Independiente en la ciudad. La elucidación de la disidencia de Mayagüez debe ser interpretada a la luz de los argumentos de Toro Nazario en la “Carta a Irma” de 1939, asunto que me propongo elaborar próximamente.

Amílcar Tirado, en un valioso documento publicado en 1993 durante el centenario de Albizu campos, aseguraba que el fenómeno de 1930, el ascenso de Albizu Campos a la presidencia y la “acción inmediata”, suponía el triunfo del nacionalismo ponceño ante el de la capital.8 No pongo en duda su argumento. Pero los eventos de 1934 suponían el reto de otro nacionalismo, el mayagüezano. Aquella era una manifestación crítica de las posturas de 1930, sin que ello representara un retroceso ideológico a las posturas de 1922. La relevancia de este fenómeno es que demuestra la diversidad de la imaginación nacionalista, tema que no se ha discutido con propiedad favoreciendo con ello una imagen homogénea y estática del nacionalismo treintista. El liderato disidente de Mayagüez estuvo activo en la posteriormente en la Junta de Mayagüez Pro Independencia de Puerto Rico formada en el contexto del primer Proyecto Tydings (1936), para luego reorganizarse en un Partido Independentista local.9

En términos generales, el año 1934 fue determinante para el proceso de desmantelamiento del nacionalismo militante a partir de 1936. Los costos políticos de aquel conjunto de tensiones están todavía por evaluarse de manera cuidosa. La tesis del investigador Rodríguez Reyes es que desde el 1934, las autoridades federales adoptaron una política más agresiva y comenzaron a echar los cimientos del caso incoado por el Gran Jurado federal en 1936.10 En enero de 1934, el Mayor General Blanton Winship (1869-1947), abogado militar, veterano del 1898 y de la Gran Guerra, fue nombrado gobernador con la encomienda tácita de enfrentar con “mano dura” la amenaza nacionalista. La recomendación del exgobernador y abogado James R. Beverley (1894-1967) es emblemática: el funcionario recomendó que se enviara a “alguien que tenga el coraje para hacer su trabajo sea este popular o no” y preguntaba específicamente por Winship11.

تويتر \ Ricardo Olivencia على تويتر: "Foto de una manifestación pidiendo la  renuncia del gobernador Blanton Winship. San Juan, Puerto Rico. 1937  https://t.co/Y0wDzn2jt0"


Foto de una manifestación pidiendo la renuncia del gobernador Blanton Winship. San Juan, Puerto Rico. 1937 @ricardoolivenc1

Las objeciones de Winship a la prédica de Albizu Campos no eran nuevas. Durante el proceso de venta de los “Bonos de la República” en Wall Street en 1931 Winship, entonces asesor legal de las fuerzas armadas, recomendó que se procesara judicialmente a Albizu Campos y sus asociados. Una vez en la gobernación, Winship contó con una serie de recursos que superaban aquellos a los que el Partido Nacionalista podía recurrir. La Guardia Nacional, el Regimiento 295 y 296 recién creados, era activados cuando los conflictos civiles se profundizaban. También contaba con la Fuerzas Armadas de Estados Unidos y su Regimiento 65 de Infantería que podían ser llamadas a servicio en caso de necesidad. Las amenazas de movilización fueron recurrentes en medio de la crisis general del 1930, asunto que tampoco ha sido investigado con detenimiento.

En diciembre de 1933, por ejemplo, ante las protestas de los consumidores, los representantes del capital y la industria en Puerto Rico recomendaron al gobernador Robert H. Gore (1886-1972) que activara la Guardia Nacional y al Regimiento 65 de Infantería para ayudar a las empresas a frenar los reclamos de los trabajadores y los consumidores. El gobierno respondió reclutando más efectivos para la policía y adelantando el nombramiento de 150 agentes especiales antimotín rearmados con subametralladoras Tommy Boys y Thompson. Junto a ello se autorizó la activación y el despliegue de la Guardia Nacional en los conflictos generados por la ciudadanía.12

Lo cierto es que en 1935 la crisis hasta ahora descrita había llegado a un extremo. A mediados de aquel año se delató la existencia de una conjura al interior del partido con el propósito de sacar a Albizu Campos de la presidencia. La situación poco tenía que ver con la disidencia del grupo de San Juan en 1930 o con la de 1934 en Mayagüez. El complot por despojar a Albizu Campos de la presidencia se radicalizó y, dentro de los planes de los intrigantes, se consideró el asesinato político como remedio. Todo sugiere que el exsecretario del Partido Nacionalista José Lameiro, una figura que no he podido investigar a la saciedad y quien había sido expulsado por insubordinación, era el cerebro de la conjura.13 La inestabilidad de la organización pudo haber justificado la acción del Gran Jurado federal de 1936. Si a ello se añadía el temor a que los nacionalistas se sublevaran con el fin de inestabilizar proceso electoral de noviembre de aquel año, se comprenderá la premura de aquel proceso. La “acción inmediata” postulada por Albizu Campos requería crearle una “crisis” a Estados Unidos en Puerto Rico por lo que aquella era una coyuntura excelente para ello.

Las preguntas que trataré de responder son, sin embargo, otras. ¿Cómo se representaba el FBI a aquel abogado antiamericano graduado de Harvard a la atura del 1936? ¿A que fuentes de información recurrió? ¿Quiénes estaban interesados y quienes se beneficiaban de aquel proceso? Y, claro está, ¿cómo compara la imagen de Albizu Campos con la de Muñoz Marín? ¿En qué medida los fantasmas del fascismo y el comunismo fueron invertido por el FBI para manufacturar aquellas imágenes? A revisar ambos perfiles me dedicaré en la próxima reflexión.

1 Para una breve genealogía de la vigilancia y persecución del nacionalismo previo a los procesos de 1936 recomiendo Harry Rodríguez Reyes (1993 / 1997) “Los procesos judiciales incoados contra Pedro Albizu Campos” en La nación puertorriqueña: ensayos en torno a Pedro Albizu Campos (San Juan: Editorial de la UPR): 215-216.

2 Rear Admiral A. P. Niblack (1920). The History and aims of the Office of Naval Intelligence (Washington: G.P.O.) URL http://www.ibiblio.org/hyperwar/NHC/History-Aims-ONI-1920/History-Aims-ONI-1920.html

3 H. Rodríguez Reyes, p. 215.

4 Freedom of Information and Privacy Acts Release of Subject: Luis Muñoz-Marin. File#: 100-5745. Section1: f. 2.

5 “UFOs And the Guy Hottel Memo” (March 25, 2013) FBI-News-Stories. URL https://www.fbi.gov/news/stories/ufos-and-the-guy-hottel-memo

6 J.M. Dávila Marichal (2022) “Capítulo II. Militarizando al Partido nacionalista” en Pedro Albizu campos y el Ejército Libertados del Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1939) (San Juan: Laberinto): 63-126.

7 Sobre Regino Cabassa se ha publicado en una edición personal muy pequeña un volumen: Dennis de Jesús Rodríguez (2018) Diario de don Regino Cabassa Túa. Una biografía necesaria (Mayagüez). El volumen tiene un prólogo del Dr. Edwin Irizarry Mora y una nota del nacionalista Rafael Cancel Miranda.

8 Amílcar Tirado (1993 / 1997), “La forja de un líder: Pedro Albizu Campos (1924-1930)” en La nación puertorriqueña: ensayos en torno a Pedro Albizu Campos. (San Juan: Editorial de la UPR): 65-81.

9 Los interesados pueden consultar Mario R. Cancel Sepúlveda (9 de agosto de 2010) “El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)” en Puerto Rico entre siglos. URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/08/09/partido-nacionalista-obreros-mayaguez-1934/

10 H. Rodríguez Reyes, p. 217.

11 H. Rodríguez Reyes, p. 217

12 Mario R. Cancel-Sepúlveda (12 de abril de 2009) “La Gran Depresión de 1929: violencia y sociedad” en Puerto Rico: su transformación en el tiempo URL: https://historiapr.wordpress.com/2009/04/12/la-gran-depresion-de-1929-violencia-y-sociedad/

13 J. M. Dávila Marichal, p. 139 ss.

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