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En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


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Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

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Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

Capítulo 14: 2004, la guerra contra el terrorismo marca las elecciones |  Internacional | Cadena SER

De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

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Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: "Los líderes han huido" |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

En este artículo publicado en la revista cibérnetica Sin permiso, el profesor Olmedo Beluche analiza el papel que jugó un abogado estadounidense llamado William Nelson Cromwell, en el desarrollo de los eventos que llevaron a la independencia de Panamá y la construcción del canal.

Beluche es ensayista, periodista, sociólogo y politólogo. Enseña en Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá.  Entres sus obras destacan Estado, nación y clases sociales en Panamá (1990), La verdad sobre la invasión (Panamá: CELA, 1990), Diez años de luchas políticas y sociales en Panamá (1980-1990) (Panamá, 1994), Pobreza y neoliberalismo en Panamá (Panamá, 1997), La invasión a Panamá: preguntas y respuestas (Panamá: Editorial Portobelo/Librería El Campus, 1998)  y Panamá: ¿proyecto o nación? (1999).


Panamá: Lo que no se dice de la separación de Colombia

Olmedo Beluche

Sin permiso  31 de octubre de 2021

Érase una vez una empresa de capital francés que inició las obras para construir un canal por el istmo de Panamá, allá por 1880. Pero la Compañía Universal del Canal Interoceánico, como la llamaron, fue dando tumbos hasta que, en 1888, paralizó la construcción.

¿Por qué? Los niños de primaria en Panamá saben que “la culpa fue del mosquito que producía la fiebre amarilla”. Los de secundaria, los que estudian, caen en cuenta que también le falló el diseño a Fernando de Lesseps, que intentó un canal a nivel que se estrelló contra el Corte Culebra. Muy pocos, a nivel universitario, se enteran de que hubo un tercer culpable: la corrupción.

Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá - Wikipedia, la  enciclopedia libre

Sí. Los gerentes franceses de la compañía resultaron ser unos pillos que le robaron millones de francos a los incautos inversionistas de clase media en Francia que compraron acciones de esta empresa creyendo que el canal los inundaría de riquezas. El escándalo, que fue asociado al nombre de Panamá, llegó a los estrados judiciales siendo condenados a penas de cárcel varios directivos.

Pero los pillos siguen siendo pillos y no se componen ni con la cárcel. Algunos de los directivos y accionistas mayoritarios idearon un plan para seguir chupándole la sangre al Canal de Panamá. En 1892-1894, se dieron a la tarea de reorganizar la empresa bajo otro nombre, la Compañía Nueva del Canal Interoceánico. Lo primero que gestionaron fue una prórroga para terminar la obra. Una prórroga de diez años que culminaba en 1904. Anote la fecha.

Pero un sinvergüenza nunca deja de serlo, así que estos señores nunca pretendieron, ni juntaron capital suficiente para completar la obra. Solo buscaban ganar tiempo para vender sus “derechos” a un tercero, y así sacar hasta la última gota del negocio. ¿Quién tenía interés, capacidad para comprarles las acciones y continuar la obra? El gobierno de Estados Unidos de América.

HSTM Historic Stocks Market Index | Compagnie Nouvelle du Canal de Panama  1894 Société Anonyme

En 1894, los franceses tuvieron la buena idea de contratar a uno de los abogados más influyentes en la política y en los negocios del naciente imperio norteamericano: William Nelson Cromwell. La firma Sullivan and Cromwell, que todavía existe, estaba bien ligada a capitalistas como J. P. Morgan, la General Electric y otros negocios de alto peso en Wall Street. De su seno salieron políticos influyentes como los hermanos Allan y John Foster Dulles, que dirigieron la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Gracias a ese contrato que hizo la Compañía Nueva, y a que en manos de ese bufete estaban las acciones de la Panama Rail Road Co., o Compañía del Ferrocarril de Panamá, tanto Cromwell como la firma de abogados jugaría un papel inconfesable en los sucesos de 1903.

Archivo:William Nelson Cromwell.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

William Nelson Cromwell

La última década del siglo XIX se caracterizó por lo que se ha llamado fase imperialista del capitalismo, cuando las grandes potencias se repartieron el mundo para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Estados Unidos terminó de dar su salto con la Guerra de 1898 contra España a la que le arrebató sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas. Al poseer territorios e intereses en Asia, los norteamericanos se vieron compelidos a dar urgencia a la construcción de un canal que permitiera a su armada naval cuidar sus intereses en ambos océanos.

Entre 1894 y 1903 las autoridades norteamericanas negociaron con franceses, colombianos y nicaragüenses. Aquí es donde el papel de Cromwell se hizo clave. Por un lado, unió a un grupo de capitalistas norteamericanos para comprar en secreto un gran grupo de acciones de la Compañía Nueva, que estaba devaluadas.  Plan que denominó “Americanización del Canal”. Se afirma que invirtieron 3.5 millones de dólares por unas acciones que revenderían a su gobierno por 40 millones de dólares. Buen negocio, ¿verdad?

Panamá - Panama Rail Road Co. - 1865/1869 - Lote de 2 - Catawiki

La participación de prominentes empresarios y políticos norteamericanos en este negociado fue lo que en verdad inclinó la balanza a favor del canal por Panamá, y no como pinta el mito de las supuestas estampillas con volcanes de Nicaragua que habría regalado Bunau Varilla a los senadores.

Una vez listo el grueso del asunto había que proceder con los detalles, así que Teodoro Roosevelt, buen amigo de Cromwell, exigió a Colombia el cese de la Guerra de los Mil Días, sentó a los dos partidos, liberales y conservadores, en la mesa y con su mediación salió el Pacto de Neerlandia y el del acorazado Wisconsin en noviembre de 1902.

Siguiente paso, obligar al embajador colombiano a firmar un tratado sin mucha consulta con su país. El 22 de enero de 1903 se firmó el Tratado Herrán-Hay, que contenía: lo que se llamaría Zona del Canal con jurisdicción norteamericana; un pago de 40 millones de dólares a los accionistas “franceses” (y norteamericanos); 10 millones de adelanto a al estado colombiano, y Panamá por supuesto; y una anualidad de 250 mil dólares cuando el canal estuviera en funcionamiento.

Los colombianos y panameños decentes de aquel tiempo sabían leer y sumar, y no eran menos listos que los actuales, así que empezaron con los cuestionamientos: ¿Cómo vamos a partir el Istmo por la mitad y ceder la soberanía a una potencia extranjera allí? ¿Eso no contradice la constitución y el derecho internacional? ¿Por qué a Colombia le tocan 10 y a los accionistas 40? ¿Con qué derechos si ellos solo poseen una concesión que vence en un año y un poco de chatarra en un hueco a medio excavar? ¿Pero si la Compañía del ferrocarril ya paga 250 mil de anualidad, ahora que se quedarán con ella y tendrán el canal seguirán pagando lo mismo?

Todo esto se lo preguntaban panameños tan ilustres como los liberales Carlos A. Mendoza y Belisario Porras, y conservadores como Juan B. Pérez y Soto y Oscar Terán, entre otros. Esa era su opinión a mitad de 1903, al margen de si algunos cambiaron posteriormente. El crecimiento del rechazo al tratado, a nuestra manera de ver, llevó al juicio sumario y fusilamiento de Victoriano Lorenzo, el 15 de mayo de 1903, fue una advertencia para acallar cualquier intento de resistencia.

Cuando Cromwell advirtió que podía fracasar el tratado en el Congreso colombiano, empezó a montar el Plan B: separar a Panamá de Colombia y nombrar una Junta de Gobierno leal a sus intereses que legitimara el tratado. Para ello recurrió a sus subalternos en la Compañía del Ferrocarril: José A. Arango, abogado residente de la empresa, y Manuel Amador Guerrero, funcionario a sueldo del ferrocarril.

Prepararon el plan, pero dándole hasta el último momento la oportunidad al Congreso colombiano de aprobar el Tratado Herrán-Hay. La separación sólo sucedería si no se aprobaba el tratado y no tenía otro móvil que el tratado. Todo el cuento de que los colombianos nos tenían “olvidados” fue inventado después y no era verdad, éramos uno de los departamentos más importantes y con mayor influencia en Colombia.

Canal de Panamá - Biblioteca Digital Mundial

Cuando el senado colombiano resolvió no aprobar el tratado, sino proponer a Estados Unidos esperar hasta 1904, a que los franceses perdieran su concesión, sacarlos del medio, para que le pagaran 25 millones de dólares al estado colombiano, Cromwell empezó a ejecutar su Plan B y convocó a Amador Guerrero a Nueva York a finales de agosto.

Esperaron para actuar hasta el 30 de octubre, cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin aprobar el tratado. En ese momento, Roosevelt dio la orden de mover sus acorazados al Istmo por ambos mares. Diez acorazados y miles de soldados norteamericanos invadieron Panamá desde el 3 de noviembre y días sucesivos. Detallito que no cuentan a los niños en la escuela.

Quienes hacen frente a los soldados colombianos que llegaron a Colón la madrugada del 3 de noviembre, son el administrador yanqui de la Compañía del Ferrocarril, coronel Shaler y las tropas del acorazado Nashville, que instalaron nidos de ametralladoras. El 5 de noviembre fue decisiva la llegada del acorazado Dixie a Cristóbal con 500 soldados norteamericanos.

Quien se imagina a los “próceres” dirigiendo al pueblo contra los “opresores colombianos”, mejor que deje de leer cuentos infantiles. La foto que describe el hecho es que la izada de la bandera panameña en Colón el 6 de noviembre estuvo a cargo de un oficial de inteligencia norteamericano vestido de gala, llamado Murray Black.

La otra foto está dada por el Tratado Hay-Bunau Varilla, firmado no por casualidad 15 días después, que contenía todo lo repudiable del Tratado Herrán-Hay, pero empeorado. La otra foto la encontramos el artículo 136 de la Constitución de 1904, que permitía que Estados Unidos interviniera en todo el territorio ístmico con la excusa de imponer el orden público.

Separación de Panamá de Colombia - Wikipedia, la enciclopedia libreCromwell y sus socios obtuvieron los 40 millones de dólares, pero además él recibió del estado norteamericano otra cantidad millonaria por la Panama Rail Road Co. Para coronar sus ambiciones y probar su control sobre el gobierno panameño, fue nombrado como cónsul y agente fiscal de Panamá en Nueva York. A alguien del gobierno panameño se le ocurrió que de los 10 millones de dólares que le tocaban a Panamá, convenía separar 6 millones para crear un Fondo de la Posteridad, que sería invertido en bienes inmobiliarios y especulación financiera en Estados Unidos. Adivinen quién administró ese fondo por décadas.

Es evidente que el 3 de noviembre de 1903, ni nos hicimos independientes ni soberanos, nos convertimos en colonia o protectorado de Estados Unidos. Situación contra la que tuvieron que pelear generaciones de panameños que sí lucharon por la independencia, como los jóvenes heroicos del 9 de Enero de 1964.

El 22 de noviembre de este año conmemoramos 58 años de la muerte de John Fitzgerald Kennedy (JFK). De visita en la ciudad de Dallas (Texas) junto a su esposa Jacqueline, Kennedy fue asesinado mientras recorría las calles en una carro descapotable. La muerte de JFK estremeció a la nación estadounidense. Es uno de varios momentos en que los estadounidenses se han dado de frente con la mentira de su alegada excepcionalidad. Este magnicidio ha dado vida a innumerables teorías conspiratorias, que como bien señala James K. Galbraith en este escrito, el gobierno estadounidense ha alimentado al no hacer públicos todos los documentos que posee relacionados a lo que ocurrió en Texas hace ya casi sesenta años.

Galbraith es trustee de Economists for Peace and Security y profesor en la LBJ School of Public Affairs de la University of Texas en Austin. Entre 1993  1997, se desempeñó como asesor técnico principal para la reforma macroeconómica de la Comisión de Planificación Estatal de China. Es autor de Inequality: What Everyone Needs to Know (Oxford University Press, 2016) y Welcome to the Poisoned Chalice: The Destruction of Greece and the Future of Europe (Yale University Press, 2016).


Assassination of John F. Kennedy - Facts, Investigation, Photos | HISTORY -  HISTORY

Otra vez, el encubrimiento de JFK

Project Syndicate

Reflexionemos juntos sobre la última demora en poner a disposición del público los registros completos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Fue hace 58 años. Ya transcurrió más tiempo desde el 26 de octubre de 1992 —cuando el Congreso determinó que se pusieran a disposición del público, completa e inmediatamente, casi todos los registros sobre el asesinato de JFK— que entre el atentado y la aprobación de esa ley.

El difunto senador John Glenn, de Ohio —un héroe-astronauta de la época de Kennedy—, escribió la ley de 1992. Esa ley estipula que «se debe suponer que todos los registros gubernamentales relacionados con el asesinato […] son para su publicación inmediata y que toda la documentación debe ser, finalmente, puestos a disposición del público». La ley afirma que «solo en casos excepcionales hay motivos legítimos para continuar protegiendo esos registros».

El Congreso especificó con precisión cuáles podrían ser esos casos. Proteger la identidad de un agente de inteligencia que «requiera protección en la actualidad» era uno de ellos. De igual manera, las fuentes o métodos de inteligencia «utilizados en la actualidad» merecían protección. En algunos casos, la privacidad podía ser de primordial importancia. Finalmente, había cláusulas que eximían a cualquier otra cuestión relacionada con «la defensa, operaciones de inteligencia o tareas de relaciones exteriores cuya revelación perjudicaría en forma comprobable la seguridad nacional de Estados Unidos».

Después de 25 años esas cláusulas vencieron y la ley exige que el presidente certifique que «es necesario continuar posponiendo [su difusión] para proteger a la defensa militar, las operaciones de inteligencia, las fuerzas del orden o las tareas de relaciones exteriores contra perjuicios identificables cuya gravedad sea tal que supere al beneficio público de revelar la información». El 22 de octubre el presidente Joe Biden firmó esa certificación, supuestamente temporal, y asignó a las agencias federales relevantes la revisión de todos los registros restantes y la presentación de un informe, para el 1 de octubre de 2022, que identifique los casos en que el riesgo de esos peligros identificables todavía existe.

President Trump pledged to open classified JFK assassination files. What  happened to that?

Lee Harvey Oswald custodiado por policias texanos.

¿Qué «peligro identificable» puede haber? En su relato de la historia, The New York Times nos recuerda que después de una «investigación [exhaustiva] de un año de duración, el juez de la Corte Suprema Earl Warren determinó que Lee Harvey Oswald actuó en forma independiente». Hace 58 años que Oswald (como Kennedy) está muerto. ¿Si actuó solo y una investigación exhaustiva lo comprobó hace 57 años, qué secreto puede haber? Si actuó solo, no hay terceros culpables. Ni entonces, ni 29 años más tarde, ni en la actualidad.

El Times hace la distinción entre «investigadores y conspiracionistas». Se podría suponer que los investigadores son quienes aceptan los resultados de la Comisión Warren, mientras que los conspiracionistas, no. Pero, más allá de los pocos que se ganaron la vida defendiendo a la Comisión de sus numerosos críticos, ¿por qué habría alguien que no desconfiase de la historia oficial estar interesado en este caso? De hecho, como lo admite el Times, la gente está interesada y las encuestas demuestran que «la mayoría de los estadounidenses cree que hubo otras personas involucradas».

En otras palabras, la mayoría de los estadounidenses acepta la teoría conspiratoria. Perciben que la historia del «tirador solitario» no es compatible con la afirmación de que la defensa nacional, las operaciones de inteligencia o las relaciones internacionales en 2021 se verían afectadas por la difusión de todos los documentos, sin censura, como lo exige la ley, casi 58 años después del asesinato de Kennedy a manos de ese tirador solitario.

JFK assassination: Many theories, but no 'real evidence' of a conspiracy

El teniente de policía J.C. Day sostiene en alto el rifle de cerrojo con mira telescópica que supuestamente se usó en el asesinato del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Foto AP

No acuso a Biden, ni a las agencias cuyos consejos aceptó sobre estas cuestiones, de infringir la ley. Po el contrario, acepto su palabra de que, en su opinión, la difusión completa de todos los documentos sí comprometería a los militares, al sector de inteligencia y a las relaciones internacionales.

No cuesta mucho entender por qué. Supongamos, como un mero ejercicio, que hubo una conspiración. Supongamos que los documentos restantes, junto con los ya publicados, probarían —o permitirían que los ciudadanos probaran— lo que la mayoría de los estadounidenses ya creen. En ese caso, sería obvio que el ocultamiento involucró a funcionarios gubernamentales estadounidenses de alto nivel, incluidos los líderes de las propias agencias a las que se les asignó la revisión de los registros en la actualidad. Y, por una cuestión de lógica, de eso se desprende que en cada cohorte posterior, y con cada presidente, se siguió ocultando la verdad. ¿No es esa la única situación posible en que los intereses actuales de esas agencias podrían verse afectados?

La ironía es que al retener los registros el gobierno ya admitió, sin decirlo, que la Comisión Warren mintió y que hay secretos infames que está decidido a proteger. Acepta, sin decirlo, que hubo una conspiración y que se sigue ocultando la verdad. De no ser así todos los registros hubieran sido publicados mucho tiempo atrás. No hace falta ser conspiracionista para darse cuenta.

Recuerden lo que digo: la fecha límite de Biden en 2022 llegará y pasará. El escándalo seguirá. Nadie que recuerde 1963 vivirá para ver que el gobierno estadounidense admita toda la verdad sobre el asesinato de Kennedy… y la fe del pueblo estadounidense en la democracia seguirá deteriorándose. Solo hay una forma de evitarlo: publicar todos los registros, sin restricciones, y hacerlo ahora.

Traducción al español por Ant-Translation.

Comparto la grata noticia de la salida del número 21 de la revista Huellas de Estados Unidos: estudios, perspectivas y debates desde América Latina, publicación digital dedicaca al estudio de la historia estadounidense desde una perspectiva latinoamericana. 

Vaya nuestro agradecimiento a sus editores.


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Amigxs y colegas,

Con gran satisfacción y luego de un gran esfuerzo para publicar un nuevo número, anunciamos la salida del número 21 de nuestra Revista Huellas de Estados Unidos: estudios, perspectivas y debates desde América Latina

Los invitamos a ingresar a nuestro sitio web para acceder a la publicación completa: http://www.huellasdeeua.com/index.html  

Los invitamos también a sumarse a nuestra página de Facebook, donde podrán encontrar información tanto de la Revista como de diversas actividades, oportunidades de publicación, futuras convocatorias y otras novedades: https://www.facebook.com/huellasdeeua

A lxs autores que participaron de este número, muchas gracias por sus contribuciones y por confiar en nosotros para dar a conocer sus trabajos.
Un agradecimiento especial dirigimos a los evaluadores, revisores y colaboradores, sin cuyo apoyo no podríamos sacar este esfuerzo adelante.

Agradecemos la difusión, y esperamos ansiosos sus comentarios y futuras producciones.

¡Muchas Gracias!

En esta edición:




A 20 años de los ataques del 11 de septiembre


Reseñas y Ensayos Bibliográficos


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La American Historical Association (AHA) celebrará los días 19, 20, 21, 22 y 23 de octubre la 2021 Texas Conference on Introductory History Courses. Como parte de esta actividad se llevarán a cabo dos reuniones plenarias y seis cursos temáticos. La primera ereunión plenaria estará a cargo de Leonard N. Moore, quien hablará sobre la enseñanza de la historia afroamericana a personas blancas. La segunda plenaria estará a cargo de Stephanie M. Foote, Daniel J. McInerney, Tomiko M. Meeks y  Amy Powers, quienes conversarán sobre el tema de la humanidad y la enseñanza.

Quienes estén interesados pueden ir aquí para inscribirse.

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En este artículo, la crítica de teatro Maya Phillips analiza el desarrollo de la primera sala de teatro negra estadounidense, el Teatro Africano. En setiembre de 1821 el Teatro Africano  se inauguró nada más y dada menos con la puesta en escena de  Ricardo III. Localizado en una casa en la calle Thompson en Manhattan, el Teatro Africano tuvo tanto éxito que atrajo la atención, no siempre constructiva,  de los blancos y eventualmente entró en crisis y desapareció. Pero como bien señala Philips, su legado sobrevivió como ejemplo de los problemas que han enfrentado y enfrentan las expresiones culturales de las minorías raciales estadounidenses.


A drawing of James Hewlett in the title role of “Richard III.”

Un dibujo de James Hewlett en el papel principal de «Ricardo III». Crédito… vía Wiki Commons

Un teatro negro floreció en Nueva York. Hace 200 años

Por Maya Phillips

The New York Times  22 de septiembre de 2021

Este mes hace 200 años llegó Ricardo III de Shakespeare a un escenario de la ciudad de Nueva York. Este rey se paró frente a una audiencia negra. Y fue interpretado por un hombre negro.

Fue la estrella de una producción del Teatro Africano, ampliamente considerado el primer teatro negro en los Estados Unidos. Aunque su vida fue corta, solo dos o tres años, pero su fundador, sus intérpretes y su legado cambiaron el drama estadounidense.

La historia del Teatro Africano refleja muchas de las conversaciones que todavía ocurren en torno a la raza y la forma de arte hoy en día. ¿Cómo pueden los productores y artistas negros obtener el apoyo y los recursos que necesitan para contar sus historias? ¿Cómo es un espacio exclusivamente negro?

¿Cómo nace? ¿Y cómo sobrevive?

El Teatro Africano comenzó con un mayordomo de barcos: William Alexander Brown, un hombre negro libre nacido en las Indias Occidentales que, en 1816, compró una casa en el número 38  de Thompson Street en Manhattan, que pronto se convirtió en el centro del vecindario.

Los domingos estaban maduros para el entretenimiento, con los neoyorquinos negros recién salidos de la iglesia hambrientos de ocio. En su patio trasero, Brown comenzó lo que se conoció como el African Grove, donde se servía brandy, ginebra y vino, y se servía pastel y helado, mientras que James Hewlett, un compañero mayor de barco, cantaba para los invitados.

 

A playbill for the African Company production of “Tom & Jerry; Or, Life in London.”

Una cartelera de  la producción «Tom & Jerry; O la vida en Londres»de la African Company «. Crédito… Sara Krulwich/The New York Times

No pasó mucho tiempo antes de que más artistas se unieran a Hewlett, quien se convertiría en el actor principal de lo que se llamó el Teatro Africano. El lunes 17 de septiembre de 1821, se inauguró con «Ricardo III». Este no fue el espectáculo más ostentoso; el primer rey fue interpretado por un hombre esclavizado que llevaba una túnica improvisada confeccionada con una cortina de ventana, y la obra fue condensada para un elenco más pequeño.

Y, sin embargo, fue un éxito. Hewlett asumiría el papel de Richard y más tarde recorrería el país interpretando monólogos shakespirianos, convirtiéndolo en el primer intérprete afroamericano de Shakespeare. Un miembro más joven de la compañía, Ira Aldridge, viajaría más tarde al extranjero, donde hizo una carrera como intérprete negro de Shakespeare de renombre internacional.

Por el precio de 25 centavos, o, para un asiento más agradable, 50 centavos, el Teatro Africano entretuvo a cientos de neoyorquinos negros con obras clásicas y originales, junto con óperas y ballets. Organizó un «Otelo» al mes siguiente; otras ofertas, menos conocidas hoy en día, incluían «Tom y Jerry; O, La vida en Londres»; «El pobre soldado»; y «Obi; O Jack de tres dedos».

El propio Brown escribió «The Drama of King Shotaway», un relato de un levantamiento del Caribe negro que se considera la primera obra escrita por un autor negro, aunque el texto se ha perdido en la historia.

Guiones perdidos, detalles vagos y el final repentino de un teatro: este es esencialmente un cuento de fantasmas. A pesar de que el Teatro Africano se hizo tan popular que el público blanco también comenzó a asistir, Brown enfrentó una batalla por la supervivencia  de la compañía.

Cuando se atrevió a competir con un teatro blanco cercano, cada uno presentando producciones rivales de Shakespeare, fue acosado por la policía y su teatro fue allanado. Sus intérpretes fueron atacados. Cambió el nombre del teatro y lo movió varias veces, abriendo y cerrando, y reabriendo hasta que el pozo financiero se agotó.

Ira Aldridge, a pioneering Black Shakespearean actor (shown here in “Titus Andronicus”), got his start at the African Theater.

Ira Aldridge, un actor shapesperiano  negro (que se muestra aquí en «Titus Andronicus»), se inició en el Teatro Africano. Biblioteca del Congreso

Parte de la razón por la que se pasa por alto el momento es que el teatro de Brown se siente tan aislado del resto de la historia del teatro negro, según Harvey Young, un erudito en teatro y decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Boston. «[Con] Du Bois o Langston Hughes o Lorraine Hansberry, se puede ver inmediatamente la batuta no solo pasando sino multiplicándose, y luego impactando generaciones tras generaciones de personas», dijo Young en una entrevista. «Es más difícil rastrear la influencia de William Brown».

Afortunadamente, el teatro es un deporte de espectadores, por lo que un momento en el escenario, aunque fugaz, sobrevivirá mientras un solo miembro de la audiencia pueda recordarlo. Y Brown tenía una audiencia considerable, alrededor de 300 a 400 personas, estiman los estudiosos, que podía recordar lo que su compañía trajo al escenario.

«Muestra este tipo de persistencia de la memoria en la cultura», dijo Heather S. Nathans, profesora de teatro en la Universidad de Tufts. «A pesar de que el teatro en sí no dura, definitivamente permanece en la memoria de la ciudad, en la memoria de los espectadores negros, en la memoria de los espectadores blancos que lo aplaudieron o que se opusieron a él».

Las reacciones de los espectadores blancos que difamaron al teatro son especialmente reveladoras.

Una vez que el Teatro Africano pasó de un espacio estrictamente negro a uno integrado, hubo una desconexión brutal entre lo que los diferentes públicos esperaban que sucediera en el escenario.

Las audiencias negras de clase media buscaban lo más alto, como Shakespeare, pero las audiencias blancas de clase baja y clase media a menudo asistían al espectáculo, esperando algo crudo y cómico y en línea con sus nociones estereotipadas de lo que se suponía que era el arte negro.

Eso fue entonces, pero también habla de ahora, según Marvin McAllister, el autor de White People Do Not Know How to Behave at Entertainments Designed for Ladies and Gentlemen of Colour: William Brown’s African and American Theater.

«Con lo que William Brown estaba lidiando, con lo que los líderes negros posteriores han lidiado, es con esta dicotomía realmente compleja: es un artista negro que el paisaje teatral en Nueva York a principios de la década de 1820 quiere y rechaza», dijo McAllister. «La gente quiere ver lo que la Compañía Africana va a hacer… pero al mismo tiempo, quieren rechazar o negar su capacidad de hacer ciertas cosas, como, por ejemplo, Shakespeare legítimo».

Se trataba de algo más que unas pocas líneas en un guión; tal arte negro sugería una profundidad intelectual y libertad que contradecía peligrosamente las ideas en las que se basaban las leyes de la sociedad.

Es por esta razón que a menudo la curiosidad del público blanco sobre el teatro cambiaría rápidamente al resentimiento, dijo Douglas Jones, profesor de inglés en la Universidad de Rutgers y autor de «The Captive Stage: Performance and the Proslavery Imagination of the Antebellum North».

«Estaba probando afirmaciones falsas de inferioridad negra inherente», dijo Jones. «Es decir, si pudieran hacer estas formas de alta cultura, entonces las formas en que estamos justificando la esclavitud o la ciudadanía negra de segunda clase, eso se va por la ventana».

¿Cómo hace el teatro que la negritud sea «legible» o se vea en todas sus dimensiones? Esa es la pregunta que Jones dice que Brown enfrentó, y ahora, dice, dramaturgos negros contemporáneos  como  Aleshea Harris,  Branden Jacob-Jenkins,  Suzan-Lori Parks  y Jeremy O. Harris están haciendo lo mismo, aunque con diferentes tácticas.

El 200 aniversario del Teatro Africano (que se conmemoró en el Día del Teatro Negro de la Cumbre Internacional del Teatro Negro de 2021 el 17 de septiembre) coincide con un momento importante en la historia de Broadway, cuando todas las nuevas producciones dramáticas programadas para este otoño, siete en total,  son de dramaturgos negros.

Es un momento para celebrar. Y, sin embargo, también es un momento para reconocer lo difícil que ha sido para los artistas negros llegar al escenario y a nuestra historia. Después de todo, Brown creó el primer teatro negro en el país, y rápidamente fracasó.

No fue hasta el Renacimiento de Harlem, y luego después de la Segunda Guerra Mundial, en las décadas de 1950 y 1960, que el teatro negro tendría su tiempo en el centro de atención.

Pero eso no significa que la historia del Teatro Africano no sea una historia que valga la pena contar. «Hay otra narrativa», dijo Young, de la Universidad de Boston. «Aquí está el tipo que crea una compañía de teatro, golpea un desafío, lo intenta de nuevo, golpea un desafío, lo intenta de nuevo y luego, en tres años, se rinde y se va.

«Pero si nos fijamos en este momento, Rubén Santiago-Hudson en ‘Lackawanna Blues’, ‘Pass Over’ en Broadway, un mes, tres meses de actividad, realmente puede inspirar a la gente por generaciones», agregó Young. «Y estamos hablando de una persona que se mantuvo en ello durante tres años. Eso es significativo».

Cuando una epidemia de fiebre amarilla se disparó a través de Nueva York, la audiencia de Brown se disipó; en octubre de 1822 el National Advocate, un periódico, anunció que el teatro estaba cerrando debido a la fiebre. Hewlett, el principal actor de la compañía, se fue unos meses después.

Lo que le sucedió a Brown, y cuándo exactamente el teatro cerró para siempre, no están claros. La última obra conocida para una producción de teatro africano fue fechada en junio de 1823.

La historia de Brown y el Teatro Africano se olvida con demasiada frecuencia en la historia más amplia del teatro estadounidense. Dos obras modernas, sin embargo, «The African Company Presents Richard the Third» de Carlyle Brown, y «Red Velvet«de Lolita Chakrabarti – han renovado la atención a este fascinante capítulo.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

El escritor y guionista estadounidense Paul Aster ha publicado una novela dedicada a una de las figuras más interesantes de la historia estadounidense en el último tramo del siglo XIX,  Stephen Crane. Reportero de guerra, poeta, periodista y autor de una de las más importantes novelas de la guerra civil estadounidense (The Red Badge of Courage), Crane vivió una vida corta, pero intensa. En su novela, titulada La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral, 2021), Auster rescata del olvido a este agudo observador de su momento histórico.

Comparto esta entrevista a Auster publicada por el diario El Español.


Stephen Crane: Un hombre vio una bola de oro en el cielo – Trianarts

Paul Auster rescata al gran periodista olvidado de EEUU: «Sin él, Hemingway no habría sido lo mismo»

 

Gonzalo Barbero 

El Español     16 de setiembre de 2021 

 

Paul Auster regresa con La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral), una investigación colosal en torno a un periodista fascinante y olvidado. La historia a través de la mirada de un hombre que vivió el final de siglo XIX y predijo el siguiente sin vivirlo apenas. Una aproximación que como el autor ha explicado durante una rueda de prensa organizada por Seix Barral, trata de ser «honesta», huyendo de academicismos y entendiendo su libro como «un escritor frente a otro».

Paul Auster

Paul Auster

Auster ha agradecido a los medios españoles el interés por un libro que se publica dos meses antes que en Estados Unidos. «Debo agradecer un interés que, lamentablemente, ya no existe por parte de los medios de mi país por la literatura. Es muy emocionante». Después de 4, 3, 2, 1 (Seix Barral), Auster no descansa y se embarca en una labor de investigación extensísima, intentando entender una figura colosal de las letras estadounidenses, así como la historia de un país con un pie en el Salvaje Oeste, y otro en lo que el siglo XX habría de deparar. 

 

Nacido el día de los difuntos, como una premonición de una vida que se apagó a los 28 años en Alemania por tuberculosis. Su labor, la del periodismo, le arrastró por Cuba durante la guerra hispanoamericana, Europa y los bajos fondos de su país, conociendo de cerca la miseria de las grandes ciudades

«Crane se dedicaba al periodismo por una necesidad económica», ha explicado Auster, «fue repudiado por sus colegas, lo consideraban un artista, no un periodista«. Sus crónicas se basaban en contar historias humanas, con una gran atención a lo que otros decían, recogiendo el pulso de su tiempo con gran sensibilidad. «Crane tenía un ojo fenomenológico enorme, era capaz de tener impresiones visuales que muchos de nosotros no tenemos y convertirlas en crónicas bellísimas».

Stephen Crane Collection by Stephen Crane | Audiobook | Audible.com

Una serie de atributos en los que el autor se ve reflejado. «Tengo más interés por los cuentos que por las novelas a la hora de escribir, prefiero centrarme en las historias y los personajes». Auster confiesa que es mayor, aunque no está «acabado «. Su oficio sigue representando «ciertas dificultades, como lo ha hecho siempre». Para escribir este libro confiesa haberse centrado en leer y entender mejor a un autor que sigue contando con lagunas biográficas insalvables. Un encuentro con Crane basado puramente en el estilo y el oficio de ambos escritores, divididos por un siglo de historia

Crane vivió un tiempo de cambio fascinante, colaborando con distintos diarios y asistiendo a momentos cruciales del fin de siglo, a uno y otro lado del océano. Una edad de oro del periodismo en la que, solo en la ciudad de Nueva York, se editaban miles de ediciones distintas cada día. «Era un mundo de palabras, la gente tenía una capacidad a la hora de escribir que hemos perdido en nuestro tiempo». Ese mismo poder desorbitado de la prensa permitió al magnate de la comunicación William Randolph Hearst iniciar una guerra a través de los titulares de sus diarios. Crane estuvo allí y trató con gran humanidad la huida de los españoles de La Habana en plena guerra hispanoamericana.

La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral)Capaz de observar escenas mundanas y convertirlas en crónicas que se asentaban en las grandes tragedias humanas. Una facultad que no impidió que el autor fuese relegado a un lugar secundario en el panteón de las letras norteamericanas. Demasiado adelantado a su tiempo, su prosa incómoda le granjeó un gran número de detractores. Ahora Auster se aproxima a la figura de un periodista que no tuvo miedo de describir tragedias como el genocidio de los nativos americanos.

«No se puede construir una sociedad sana sin examinar las verdades que la conforman», comenta el autor sobre la política de su propio país. Atravesado por la polarización, Auster da un paso adelante sacando pecho por quien fue «demasiado liberal para un tiempo conservador».

«No trato de demostrar nada con este libro, solo quiero transmitir el legado de alguien que ha sido olvidado paulatinamente. Crane murió muy joven y desapareció antes de que la gente supiese que estaba ahí«. Un personaje fundamental que impactó a autores como Hemingway o F. Scott Fitzgerald en su forma de escribir, desprovista de florituras y centrada en historias humanas. «Hemingway se inspiró mucho en Crane, llegó citarle como una de sus principales referencias a la hora de escribir» explica Auster. Sin olvidar a Joseph Conrad, con quien mantuvo una tempestuosa amistad, «sin declaraciones públicas de afecto, aunque muy cercana».

Crane sobrevivió a la «maldición del dinero». En el difícil equilibrio de la precariedad económica de su oficio, Crane vivió acosado por las deudas que su forma de escribir no podía sufragar. «En cierto momento sus amigos tuvieron que donarle dinero para que pudiese salir de la pobreza». En 1951, John Huston adaptó su novela El rojo emblema del valor a la gran pantalla, y Nicholas Ray tomó un verso de uno de sus poemas para ponerle nombre a una de sus películas: En un lugar solitario (1950). Una pequeña muestra del impacto que Crane tuvo en la cultura de su país años más tarde, a pesar del repudio de sus contemporáneos.

La revista The Economist ha desarrollado una sección en la que invita a opinar a analistas, diplomáticos y pensadores de relevancia global sobre un tema muy pertinente a esta bitácora: el futuro del poder estadounidense. Entre quienes ha colaborado con The Economist destacan Gordon Brown, Paul Kennedy, Gérard Araud, Arundhati Roy y Niall Ferguson. Este último publicó el pasado 20 de agosto un interesante artículo titulado “Por qué el fin del imperio de Estados Unidos no será pacífico”,  analizando desde su perspectiva conservadora la decadencia estadounidense y sus posibles consecuencias. Su visión no es muy optimista, pues nos recuerda que, «el fin de un imperio rara vez, o nunca, es un proceso indoloro».

Ferguson es  senior fellow del Hoover Institution  de Stanford University y director general de Greenmantle, una firma de asesoría político-económica. Prolifero escritor, es autor de importantes trabajos de análisis histórico, entre los que destacan Empire: How Britain Made the Modern World (Penguin, 2003), The Pity of War (Penguin, 1998); The House of Rothschild Empire and Civilization y Kissinger, 1923-1968: The Idealist (Penguin, 2015), que ganó el Premio Arthur Ross del Consejo de Relaciones Exteriores.


Interview with Prof. Niall Ferguson: A Brief History of Tomorrow (Part one)  | St. Gallen Symposium

Niall Ferguson

Por qué el fin del imperio de Estados Unidos no será pacífico

Niall Ferguson

The Economist.  20 de agosto de 2021

«Las multitudes permanecieron sumidas en la ignorancia… y sus líderes, buscando sus votos, no se atrevieron a deshacerse de ellos». Así lo escribió Winston Churchill sobre los vencedores de la Primera Guerra Mundial en The Gathering Storm. Recordó amargamente recordó «la negativa a enfrentar hechos desagradables, el deseo de popularidad y el éxito electoral independientemente de los intereses vitales del estado». Los lectores estadounidenses, observando la ignominiosa partida de su gobierno de Afganistán y escuchando el tenso esfuerzo del presidente Joe Biden para justificar el desastre afgano que ha provocado, podrían encontrar incómodamente familiar parte de la crítica de Churchill a la Gran Bretaña de entreguerras.Amazon.com: The Gathering Storm (Winston S. Churchill The Second World Wa  Book 1) eBook : Churchill, Winston S.: Tienda Kindle

El estado mental de Gran Bretaña fue el producto de una combinación de agotamiento nacional y «sobrecarga imperial», para tomar prestada una frase de Paul Kennedy, un historiador de Yale. Desde 1914, la nación había soportado la guerra, la crisis financiera y en 1918-19 una terrible pandemia, la gripe española. El panorama económico se vio ensombrecido por una montaña de deuda. Aunque el país seguía siendo el emisor de la moneda global dominante, ya no era insuperable en ese rol. Una sociedad altamente desigual inspiró a los políticos de la izquierda a exigir la redistribución, si no el socialismo absoluto. Una proporción significativa de la intelectualidad fue más allá, abrazando el comunismo o el fascismo.

Mientras tanto, la clase política establecida prefirió ignorar el deterioro de la situación internacional. El dominio global de Gran Bretaña se vio amenazado en Europa, en Asia y en el Medio Oriente. El sistema de seguridad colectiva, basado en la Sociedad de Naciones, que se había establecido en 1920 como parte del acuerdo de paz de posguerra, se estaba desmoronando, dejando solo la posibilidad de alianzas para complementar los recursos imperiales escasamente extendidos. El resultado fue el desastroso fracaso de no reconocer la escala de la amenaza totalitaria y no acumular los medios para disuadir a los dictadores.

¿Nos ayuda la experiencia de Gran Bretaña a entender el futuro del poder estadounidense? Los estadounidenses prefieren extraer lecciones de la historia de los Estados Unidos, pero puede ser más esclarecedor comparar al país con su predecesor, el hegemón global anglófono, ya que en hoy en día Estados Unidos se parece en muchos aspectos a la Gran Bretaña del período de entreguerras.

Como todas las analogías históricas, esta no es perfecta. La vasta amalgama de colonias y otras dependencias que Gran Bretaña gobernó en la década de 1930 no tiene una contraparte estadounidense en la actualidad. Esto permite a los estadounidenses reafirmar su idea de que no son un imperio, incluso cuando retiran a sus soldados y civiles de Afganistán después de una presencia de 20 años.

A pesar de su alta mortalidad por covid-19, Estados Unidos no se está recuperando del tipo de trauma que Gran Bretaña experimentó en la Primera Guerra Mundial, cuando un gran número de hombres jóvenes fueron masacrados (casi 900,000 murieron, alrededor del 6% de los hombres de 15 a 49 años murieron, por no hablar de 1.7 millones de heridos). Estados Unidos tampoco se enfrenta a una amenaza tan clara y presente como la que la Alemania nazi representó para Gran Bretaña. Aún así, las semejanzas son sorprendentes, y van más allá del fracaso de ambos países para imponer el orden en Afganistán. («Está claro», señaló The Economist  en febrero de 1930, después de que las reformas modernizadoras «prematuras» desencadenaran una revuelta, «que Afganistán no tendrá nada de Occidente»). Y las implicaciones para el futuro del poder estadounidense son desconcertantes.

World War I casualties - Wikipedia

En las últimas décadas se han escrito tantos libros y artículos prediciendo el declive estadounidense que el declinism se ha convertido en un cliché. Pero la experiencia de Gran Bretaña entre las décadas de 1930 y 1950 es un recordatorio de que hay peores destinos que un declive suave y gradual.

Sigue el dinero

Comencemos con las montañas de deuda. La deuda pública de Gran Bretaña después de la Primera Guerra Mundial aumentó del 109% del PIB en 1918, a poco menos del 200% en 1934. La deuda federal de Estados Unidos es diferente en aspectos importantes, pero es comparable en magnitud. Alcanzará casi el 110% del PIB este año, incluso más alto que su pico anterior inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. La Oficina de Presupuesto del Congreso estima que podría superar el 200% para 2051.

Una diferencia importante entre los Estados Unidos de hoy y el Reino Unido hace aproximadamente un siglo es que el vencimiento promedio de la deuda federal estadounidense es bastante corto (65 meses), mientras que más del 40% de la deuda pública británica tomó la forma de bonos perpetuos o anualidades. Esto significa que la deuda estadounidense de hoy es mucho más sensible a los movimientos en las tasas de interés que la de Gran Bretaña.

Otra diferencia clave es el gran cambio que ha habido en las teorías fiscales y monetarias, gracias en gran medida a la crítica de John Maynard Keynes a las políticas de entreguerras de Gran Bretaña.

La decisión de Gran Bretaña en 1925 de devolver la libra esterlina al patrón oro y al precio sobrevalorado de antes de la guerra condenó a Gran Bretaña a ocho años de deflación. El aumento del poder de los sindicatos significó que los recortes salariales se quedaron atrás con relación a los recortes de precios durante la depresión. Esto contribuyó a la pérdida de empleos. En su nadir en 1932, la tasa de desempleo era del 15%. Sin embargo, la depresión de Gran Bretaña fue leve, sobre todo porque el abandono del patrón oro en 1931 permitió la flexibilización de la política monetaria. La caída de las tasas de interés reales significó una disminución en la carga del servicio de la deuda, creando un nuevo margen de maniobra fiscal.

Tal reducción en los costos del servicio de la deuda parece poco probable para Estados Unidos en los próximos años. Los economistas liderados por el ex secretario del Tesoro, Lawrence Summers, han pronosticado peligros inflacionarios de las actuales políticas fiscales y monetarias. Donde las tasas de interés reales británicas generalmente disminuyeron en la década de 1930, en Estados Unidos se proyecta que se vuelvan positivas a partir de 2027 y aumenten constantemente hasta alcanzar el 2,5% a mediados de siglo. Es cierto que los pronósticos de aumento de las tasas han sido erróneos antes, y la Reserva Federal no tiene prisa por endurecer la política monetaria. Pero si las tasas aumentan, el servicio de la deuda de Estados Unidos costará más, exprimiendo otras partes del presupuesto federal, especialmente los gastos discrecionales como la defensa.

Eso nos lleva al quid de la cuestión. La gran preocupación de Churchill en la década de 1930 era que el gobierno estaba postergando, la razón subyacente de su política de apaciguamiento, en lugar de rearmarse enérgicamente en respuesta al comportamiento cada vez más agresivo de Hitler, Mussolini y el gobierno militarista del Japón imperial. Un argumento clave de los apaciguadores fue que las restricciones fiscales y económicas, sobre todo el alto costo de administrar un imperio que se extendía desde Fiji hasta Gambia, desde Guayana hasta Vancouver, hacían imposible un rearme más rápido.

Hitler, Stalin, Mussolini - Especiales - 14/09/2018 - EL PAÍS Uruguay

Puede parecer fantasioso sugerir que Estados Unidos enfrenta amenazas comparables hoy en día, no solo de China, sino también de Rusia, Irán y Corea del Norte. Sin embargo, el mero hecho de que parezca fantasioso ilustra el punto. La mayoría de los estadounidenses, como la mayoría de los británicos entre guerras, simplemente no quieren contemplar la posibilidad de una gran guerra contra uno o más regímenes autoritarios, además de los ya extensos compromisos militares del país. Es por eso que la disminución proyectada del gasto de defensa estadounidense como proporción del PIB, del 3,4% en 2020 al 2,5% en 2031, causará consternación solo a los churchillianos. Y pueden esperar la misma recepción hostil, las mismas acusaciones de belicismo, que Churchill tuvo que soportar.

El poder es relativo

Una disminución relativa en comparación con otros países es otro punto de semejanza. Según las estimaciones del historiador económico Angus Maddison, la economía británica en la década de 1930 había sido superada en términos de producción no solo por Estados Unidos (ya en 1872), sino también por Alemania (en 1898 y nuevamente, después de los desastrosos años de guerra, hiperinflación y depresión, en 1935) y la Unión Soviética (en 1930). Es cierto que el Imperio Británico en su conjunto tenía una economía más grande que el Reino Unido, especialmente si se incluyen los Dominios, tal vez el doble de grandes. Pero la economía estadounidense era aún más grande y seguía siendo más del doble del tamaño de la de Gran Bretaña, a pesar del impacto más severo de la Gran Depresión en los Estados Unidos.

Estados Unidos hoy tiene un problema similar de disminución relativa de la producción económica. Sobre la base de la paridad del poder adquisitivo, que permite los precios más bajos de muchos productos nacionales chinos, el PIB de China alcanzó al de Estados Unidos en 2014. Sobre una base de dólar corriente, la economía estadounidense sigue siendo más grande, pero la brecha se proyecta que se estrecha. Este año, el PIB en dólares corrientes de China será de alrededor del 75% del de Estados Unidos. En 2026 será del 89%.

No es ningún secreto que China plantea un desafío económico mayor que el soviético, ya que la economía de este último nunca fue más del 44% del tamaño de la de Estados Unidos durante la guerra fría. Tampoco es información clasificada que China esté tratando de ponerse al día con Estados Unidos en muchos sectores tecnológicos con aplicaciones de seguridad nacional,  desde la inteligencia artificial hasta la computación cuántica. Y las ambiciones del líder de China, Xi Jinping, también son bien conocidas, junto con su renovación de la hostilidad ideológica del Partido Comunista Chino hacia la libertad individual, el estado de derecho y la democracia.

El sentimiento estadounidense hacia el gobierno chino se ha agriado notablemente en los últimos cinco años. Pero eso no parece traducirse en interés público en contrarrestar activamente la amenaza militar china. Si Pekín invade Taiwán, la mayoría de los estadounidenses probablemente se harán eco del primer ministro británico, Neville Chamberlain, quien describió notoriamente el intento alemán de dividir Checoslovaquia en 1938 como «una disputa en un país lejano,  entre personas de las que no sabemos nada».

Una fuente crucial de debilidad británica entre las guerras fue la revuelta de la intelectualidad contra el Imperio y, más en general, contra los valores británicos tradicionales. Churchill recordó con disgusto el debate de la Unión de Oxford en 1933 que había llevado a cabo la moción: «Esta Cámara se niega a luchar por el Rey y el país». Como señaló: «Era fácil reírse de un episodio así en Inglaterra, pero en Alemania, en Rusia, en Italia, en Japón, la idea de una Gran Bretaña decadente y degenerada echó raíces profundas e influyó en muchos cálculos». Esto, por supuesto, es precisamente la forma en que la nueva generación de diplomáticos e intelectuales nacionalistas «guerreros lobo» de China consideran a Estados Unidos hoy.

Nazis, fascistas y comunistas por igual tenían buenas razones para pensar que los británicos estaban sucumbiendo al odio a sí mismos. «Ni siquiera sabía que el Imperio Británico se está muriendo»

George Orwell - Wikipedia, la enciclopedia libre

George Orwell

George Orwell escribió sobre su tiempo como policía colonial en su ensayo «Shooting an Elephant». No muchos intelectuales alcanzaron la idea de Orwell de que la de Gran Bretaña era, sin embargo, «mucho mejor que los imperios más jóvenes que iban a suplantarla». Muchos, a diferencia de Orwell, abrazaron el comunismo soviético, con resultados desastrosos para la inteligencia occidental. Mientras tanto, un número sorprendente de miembros de la élite social aristocrática se sintieron atraídos por Hitler. Incluso los lectores del Daily Express estaban más inclinados a burlarse del Imperio que a celebrarlo. «Big White Carstairs» en la columna Beachcomber era una caricatura aún más absurda del tipo colonial que el Coronel Blimp de David Low.

El fin de los imperios

Aunque el imperio de Estados Unidos no se manifieste en  dominios, colonias y protectorados como el británico, la percepción de dominio internacional, y los costos asociados con la sobrecarga imperial, son similares. Tanto la izquierda como la derecha en Estados Unidos ahora ridiculizan o injurian rutinariamente la idea de un proyecto imperial. «El imperio estadounidense se está desmoronando», se regodea Tom Engelhardt, periodista de The Nation. A la derecha, el economista Tyler Cowen imagina sardónicamente «cómo podría ser la caída del imperio estadounidense». Al mismo tiempo que  Cornel West, el filósofo progresista afroamericano,  ve «Black Lives Matter y la lucha contra el imperio estadounidense  [como] uno y el mismo», dos republicanos pro-Trump, Ryan James  Girdusky  y Harlan Hill, llaman a la pandemia «el último ejemplo de cómo el imperio estadounidense no tiene ropa».

La derecha todavía defiende el relato tradicional de la fundación de la república, como un rechazo del dominio colonial británico, contra los intentos de la izquierda «despierta» de reformular la historia estadounidense como principalmente una historia de esclavitud y luego segregación. Pero pocos en ambos lados del espectro político anhelan la era de hegemonía global que comenzó en la década de 1940.

En resumen, al igual que los británicos en la década de 1930, los estadounidenses en la década de 2020 se han enamorado del imperio, un hecho que los observadores chinos han notado y disfrutan. Sin embargo, el imperio permanece. Por supuesto, Estados Unidos tiene pocas colonias verdaderas: Puerto Rico y las Islas Vírgenes de los Estados Unidos en el Caribe, Guam y las Islas Marianas del Norte en el Pacífico norte, y Samoa Americana en el Pacífico sur. Para los estándares británicos, es una lista insignificante de posesiones. Sin embargo, la presencia militar estadounidense es casi tan omnipresente como lo fue la de Gran Bretaña. El personal de las fuerzas armadas estadounidenses se encuentra en más de 150 países. El número total desplegado más allá de las fronteras de los 50 estados es de alrededor de 200.000.

Por qué EE.UU. tiene unas 800 bases militares por todo el mundo? - RT

La adquisición de responsabilidades globales tan extensas no fue fácil. Pero es una ilusión creer que deshacerse de ellos será más fácil. Esta es la lección de la historia británica a la que los estadounidenses deben prestar más atención. La   decisión del presidente Joe Biden de una «retirada final» de Afganistán fue solo la última señal de un presidente estadounidense de que el país quiere reducir sus compromisos en el extranjero. Barack Obama comenzó el proceso saliendo de Irak demasiado apresuradamente y anunciando en 2013 que «Estados Unidos no es el policía del mundo». La doctrina de «Estados Unidos primero» de Donald Trump era solo una versión populista del mismo impulso: él también tenía el dolor de salir de Afganistán y sustituir los aranceles por la contrainsurgencia.

El problema, como ilustra perfectamente la debacle de este mes en Afganistán, es que la retirada del dominio mundial rara vez es un proceso pacífico. Independientemente de cómo lo exprese, anunciar que está renunciando a su guerra más larga es una admisión de derrota, y no solo a los ojos de los talibanes. China, que comparte un corto tramo de su vasta frontera terrestre con Afganistán, también está observando de cerca. También lo es Rusia, con zloradstvo—ruso para Schadenfreude. No fue una mera coincidencia que Rusia interviniera militarmente tanto en Ucrania como en Siria pocos meses después de la renuncia de Obama a ejercer como policía global.

Why is the Taliban's Kabul victory being compared to the fall of Saigon? -  BBC News

La creencia de Biden (expresada a Richard Holbrooke  en 2010) de que uno podría salir de Afganistán como Richard Nixon salió de Vietnam y «salirse con la suya» es una mala historia: la humillación de Estados Unidos en Indochina tuvo consecuencias. Envalentonó a la Unión Soviética y a sus aliados para que se hicieran problemas en otros lugares: en el sur y el este de África, en América Central y en Afganistán, que invadió en 1979. Recrear la caída de Saigón en Kabul tendrá efectos adversos comparables.

El fin del imperio estadounidense no fue difícil de prever, incluso en el apogeo de la arrogancia neoconservadora después de la invasión de Irak en 2003. Había al menos cuatro debilidades fundamentales de la posición global de Estados Unidos en ese momento, como argumenté por primera vez en Colossus: The Rise and Fall of America’s Empire (Penguin, 2004). Estas son un déficit de mano de obra (pocos estadounidenses tienen algún deseo de pasar largos períodos de tiempo en lugares como Afganistán e Irak); un déficit fiscal (véase supra); un déficit de atención (la tendencia del electorado a perder interés en cualquier a gran escala intervención después de aproximadamente cuatro años); y un déficit de historia (la renuencia de los responsables de la formulación de políticas a aprender lecciones de sus predecesores, y mucho menos de otros países).

El  imperialismo británico nunca padeció estos déficits. Otra diferencia, en muchos aspectos más profunda que el déficit fiscal, es la posición de inversión internacional neta (PIIN) negativa de los Estados Unidos, que es poco menos del -70% del PIB. Una PIIN negativa significa esencialmente que la propiedad extranjera de activos estadounidenses excede la propiedad estadounidense de activos extranjeros. Por el contrario, Gran Bretaña todavía tenía una NIIP enormemente positiva entre las guerras, a pesar de las cantidades de activos en el extranjero que se habían liquidado para financiar la Primera Guerra Mundial. Desde 1922 hasta 1936 estuvo constantemente por encima del 100% del PIB. En 1947 se redujo al 3%.

Vender la plata imperial restante (para ser precisos, obligando a los inversores británicos a vender activos en el extranjero y entregar los dólares) fue una de las formas en que Gran Bretaña pagó por la Segunda Guerra Mundial. América, el gran imperio deudor, no tiene un nido de huevo equivalente. Puede permitirse pagar el costo de mantener su posición dominante en el mundo sólo vendiendo aún más de su deuda pública a extranjeros. Esa es una base precaria para el estatus de superpotencia.

Enfrentando nuevas tormentas

El argumento de Churchill en The Gathering Storm no era que el ascenso de Alemania, Italia y Japón fuera un proceso imparable, condenando a Gran Bretaña al declive. Por el contrario, insistió en que la guerra podría haberse evitado si las democracias occidentales hubieran tomado medidas más decisivas a principios de la década de 1930. Cuando el presidente Franklin Roosevelt le preguntó cómo debería llamarse la guerra, Churchill respondió «de inmediato»: «La guerra innecesaria».

De la misma manera, no hay nada inexorable en el ascenso de China, y mucho menos en el de Rusia, mientras que todos los países menores alineados con ellos son casos de canasta económica, desde Corea del Norte hasta Venezuela. La población de China está envejeciendo aún más rápido de lo previsto; su fuerza laboral se está reduciendo. La altísima deuda del sector privado está pesando sobre el crecimiento. Su mal manejo del brote inicial de covid-19 ha perjudicado enormemente su posición internacional. También corre el riesgo de convertirse en el villano de la crisis climática, ya que no puede dejar fácilmente el hábito de quemar carbón para alimentar su industria.

Y, sin embargo, es demasiado fácil ver una secuencia de eventos que podrían conducir a otra guerra innecesaria, muy probablemente sobre Taiwán, que  Xi codicia y que Estados Unidos está (ambiguamente) comprometido a defender contra la invasión, un compromiso que carece cada vez más de credibilidad a medida que cambia el equilibrio del poder militar en el este de Asia. (La creciente vulnerabilidad de los portaaviones estadounidenses a los misiles balísticos anti-buque chinos como el DF-21D es solo un problema para que el Pentágono carece de una buena solución).

Ascenso pacífico': China busca sustituir a EEUU como superpotencia |  HISPANTV

Si la disuasión estadounidense fracasa y China apuesta por un golpe de estado, los Estados Unidos se enfrentarán a la sombría elección entre librar una guerra larga y dura—como lo hizo Gran Bretaña en 1914 y 1939— o plegarse, como sucedió en Suez en 1956.

Churchill dijo que escribió The Gathering Storm para mostrar:

cómo la malicia de los malvados se vio reforzada por la debilidad de los virtuosos; cómo la estructura y los hábitos de los Estados democráticos, a menos que estén unidos en organismos más grandes, carecen de esos elementos de persistencia y convicción que por sí solos pueden dar seguridad a las masas humildes; cómo, incluso en asuntos de autoconservación … los consejos de prudencia y moderación pueden convertirse en los principales agentes del peligro mortal… [cómo] se puede encontrar que el curso medio adoptado de los deseos de seguridad y una vida tranquila conduce directamente al ojo de buey del desastre.

Churchill terminó este libro con una de sus muchas máximas concisas: «Los hechos son mejores que los sueños». Los líderes estadounidenses en los últimos años se han vuelto demasiado aficionados a los sueños, desde la fantasía de «dominio de espectro completo» de los neoconservadores bajo George W. Bush hasta la oscura pesadilla de la «carnicería» estadounidense conjurada por Donald Trump. A medida que se reúne otra tormenta global, puede ser hora de enfrentar el hecho de que Churchill entendió demasiado bien: el fin de un imperio rara vez, o nunca, es un proceso indoloro.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este artículo, el historiador Jeremy Suri enfoca uno de los grandes problemas del imperio estadounidense: el militarismo. Suri es claro al señalar que el predominio militar estadounidense ha rendido muy pocos beneficios a ese país. No sólo eso, sino que lo ha llevado a insistir en soluciones militares para problemas políticos, debilitándole, no fortaleciéndole.

El Dr. Suri es  profesor de historia en la Universidad de Texas, Austin, y en la Escuela de Asuntos Públicos Lyndon B. Johnson. Es el autor de Power and Protest: Global Revolution and the Rise of DetenteHenry Kissinger and the American century. (Harvard University Press. 2009); Liberty’s Surest Guardian: Rebuilding Nations After War from the Founders to Obama (Free Press. 2012) y  The Impossible Presidency: The Rise and Fall of America’s Highest Office (Basic Books. 2017). 


US army shuts website after hacking attack - BBC News

La historia es clara. El ejército de Estados Unidos es demasiado grande.

Jeremy Suri

The New York Times   30 de agosto de 2021

Durante gran parte de su historia, Estados Unidos fue un país grande con un pequeño ejército en tiempos de paz. La Segunda Guerra Mundial cambió eso permanentemente: los líderes estadounidenses decidieron que un país con nuevas obligaciones globales necesitaba un ejército muy grande en tiempos de paz, incluido un arsenal nuclear y una red mundial de bases. Esperaban que su abrumadora capacidad militar evitara otra guerra mundial, disuadera a los adversarios y alentara a los países extranjeros a seguir nuestros deseos.

Sin embargo, este dominio militar apenas ha producido los beneficios prometidos. El colapso del gobierno apoyado por Estados Unidos en Afganistán, después de 20 años de esfuerzo y miles de millones de dólares, es solo el último revés en una larga narrativa de fracaso.

Afghanistan says goodbye to US troops and faces up to an uncertain future |  The Independent

La guerra en Afganistán es mucho más que una intervención fallida. Es una clara evidencia de cuán contraproducente es el dominio militar global para los intereses estadounidenses. Esta hegemonía militar ha traído más derrotas que victorias y socavado los valores democráticos en el país y en el extranjero.

La historia es clara: estaríamos mejor con objetivos militares y estratégicos más modestos y moderados. La opinión pública estadounidense también parece haberse movido  en esta dirección. Nuestro país necesita reexaminar el valor del dominio militar.

La dependencia de la fuerza militar ha enredado repetidamente a los Estados Unidos en conflictos distantes, costosos y largos con consecuencias contraproducentes, en Vietnam, Líbano, Irak, Afganistán y otros lugares. Los líderes estadounidenses han asumido consistentemente que la superioridad militar compensará las limitaciones diplomáticas y políticas. Una y otra vez, a pesar de los éxitos en el campo de batalla, nuestro ejército se ha quedo corto en el logro de los objetivos establecidos.

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En la Guerra de Corea, la sobreestimación del poder militar estadounidense convenció al presidente Harry Truman de autorizar al Ejército a cruzar a Corea del Norte y acercarse a la frontera de China. Esperaba que los soldados estadounidenses pudieran reunir la dividida península coreana, pero en cambio la incursión desató una guerra más amplia con China y un conflicto estancado. Ahora, después de siete décadas de despliegues militares estadounidenses en la península, el régimen comunista en Corea del Norte es tan fuerte como siempre, con un creciente arsenal nuclear.

En Vietnam, los «mejores y más brillantes» expertos alrededor del presidente Lyndon Johnson le aconsejaron que el poder abrumador de Estados Unidos aplastaría la insurgencia y reforzaría las defensas anticomunistas. Todo lo contrario. La escalada militar estadounidense aumentó la popularidad de la insurgencia al tiempo que creó una mayor dependencia de Vietnam del Sur de los Estados Unidos. Después de una ofensiva de Vietnam del Norte en 1975, los aliados entrenados por Estados Unidos colapsaron, al igual que lo hicieron en Afganistán este verano.

La culpa no es de los soldados, sino de la misión. Las fuerzas militares no sustituyen la ardua labor de crear instituciones de gobernanza representativas y eficaces. Las sociedades estables deben tener una base de formas pacíficas de comercio, educación y participación ciudadana.

En todo caso, el registro muestra que una gran presencia militar distorsiona el desarrollo político, dirigiéndolo hacia el combate y las intervenciones policíacas, no hacia el desarrollo social. Las ocupaciones militares estadounidenses han funcionado mejor donde las instituciones de gobierno precedieron a la llegada de soldados extranjeros, como en Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial.

Los líderes estadounidenses han dependido tanto de nuestras fuerzas armadas porque son tan vastas y fáciles de desplegar. Este es el peligro de crear una fuerza tan grande: el presupuesto anual para el ejército de los Estados Unidos ha crecido a más de $700 mil millones, y es más probable que lo usemos, y es menos probable que construyamos mejores sustitutos.

The Military Speaks Out

Esto significa que cuando se requieren trabajos no militares en el extranjero, como la capacitación de administradores del gobierno local, el ejército de los Estados Unidos interviene. Otras agencias no tienen la misma capacidad. Enviamos soldados donde necesitamos civiles porque los soldados obtienen los recursos. Y ese problema empeora a medida que los militares usan su peso para presionar por más dinero del Congreso.

En casa, el crecimiento de las fuerzas armadas significa que la sociedad estadounidense se ha vuelto más militarizada. Los departamentos de policía ahora están equipados con equipo de campo de batalla y equipo militar, algunos de ellos excedentes del Ejército. Los ex soldados se han unido a los grupos extremistas violentos que se han multiplicado en la última década. Menos del 10 por ciento de los estadounidenses han servido en el ejército, pero el 12 por ciento de los acusados en el asalto al Capitolio el 6 de enero tenían  experiencia militar.

Por supuesto, el ejército de los Estados Unidos es una de las partes más profesionales y patrióticas de nuestra sociedad. Nuestros líderes uniformados han defendido consistentemente el estado de derecho, incluso contra un presidente que intenta socavar una elección. El problema se deriva de lo hinchadas que se han vuelto sus organizaciones y con qué frecuencia se usan indebidamente.

Debemos ser honestos sobre lo que los militares no pueden hacer. Debemos asignar nuestros recursos a otras organizaciones y agencias que realmente harán que nuestro país sea más resistente, próspero y seguro. Nos beneficiaremos al regresar a nuestra historia como un gran país con un pequeño ejército en tiempos de paz.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

Los Archivos Nacionales (NARA) son el principal repositorio documental de los Estados Unidos. Creada en 1934 por una ley del Congreso, NARA es una institución independiente encargada de la preservación y documentación de los registros gubernamentales e históricos del gobierno estadounidense. Entre sus tareas está aumentar el acceso público a los documentos que resguarda. Para ello han recurrido a diversas estrategias a lo largo de su historia.  Una de ellas ha sido digitalizar y compartir documentos a través de su página web.

Comparto con mis lectores esta interesante y muy bien ilustrada nota, adaptada de las publicaciones de Rachel Bartgis en en el blog de NARA, Pieces of History. Acompañan a este trabajo imágenes de documentos digitalizados sobre el uso de esclavos por las fuerzas confederadas durante la guerra civil.


Explorando las «Nóminas de Esclavos Confederados»

NARA 16 de setiembre de 2021

 

Durante la guerra civil estadounidense, el ejército confederado requirió que los esclavizadores prestaran a sus esclavos a los militares. A lo largo de la Confederación, desde Florida hasta Virginia, estas personas esclavizadas sirvieron como cocineras y lavanderas, trabajaron en condiciones letales para extraer nitrato de potasio necesario crear pólvora, trabajaron en fábricas de artillería y cavaron las extensas redes de trincheras defensivas que defendían ciudades como Petersburg, Virginia.
Black and white photograph of men building fortifications in Petersburg, Virginia

Parapetos confederados, Petersburg, Virginia, 1865National Archives Identifier 524565

Para rastrear esta extensa red de miles de personas esclavizadas y el pago que sus esclavizadores recibieron por su arrendamiento, el Departamento de Intendencia Confederado creó la serie de registros ahora llamada «Nóminas de Esclavos Confederados». Esta serie está totalmente digitalizada y disponible para ver en el Catálogo de archivos nacionales.

 

Payroll record showing names of enslaved persons, work completed and wage for labor paid to enslavers

«Nómina de esclavos confederados 2269».National Archives Identifier 79425315 

Antes de la Guerra Civil, Moses Hunt era un trabajador de campo en una plantación llamada White Hill, que ahora está parcialmente protegida en el límite moderno del Campo de Batalla Nacional de Petersburgo. La Confederate Slave Payroll 1099» muestra que Charles Friend contrató a Moses y a otro hombre llamado Henry para construir movimientos de tierra en Williamsburg en la primavera de 1862.
Portion of payroll record showing wages of enslaved persons

«Nómina de esclavos confederados 18.» National Archives Identifier 24486055

Inusual entre estas «nóminas de esclavos confederados», Ashley Ferry Nitre Works, Charleston Nitre Works y Nitre Works District No. 4 emplearon a mujeres esclavizadas como trabajadoras. Durante la guerra civil, la fabricación de pólvora se convirtió en una seria preocupación para la Confederación. Una de las formas en que la Confederación adquirió nitrato de potasio, un elemento crítico de la pólvora, fue a través de la creación de «lechos nitre», grandes pozos rectangulares llenos de estiércol podrido y paja y cubiertos semanalmente con orina y líquido de privados y fosas sépticas. Las personas empleadas por la Confederación para hacer este trabajo nocivo eran esclavos. Aprende más sobre las mujeres esclavizadas de las Obras Confederadas de Nitre en el
blog Pieces of History.
Payroll record documenting labor of enslaved persons

Nómina de esclavos confederados 1099.» National Archives Identifier 66392823

Puede ver la serie completa de «Nóminas de esclavos confederados» en el Catálogo de lo Archivos Nacionales:National Archives Identifier 719477

Muchas gracias a Rachel Bartgis, técnica conservadora de los Archivos Nacionales en College Park, Maryland. Esta nota fue adaptada de las publicaciones de Rachel en el Pieces of History blog: 

Obtenga más información sobre las «Nóminas de esclavos confederados» en el artículo de Victoria Macchi publicado en el National Archives News, titulado  “Confederate Slave Payrolls Shed Light on Lives of 19th-Century African American Families.”

Traducción Norberto Barreto Velázquez