Feeds:
Entradas
Comentarios

Comparto este interesante artículo de la colega Valeria L. Carbone sobre los eventos del 6 de enero de 2021. La Dra. Carbone analiza si lo ocurrido ese día en el Capitolio puede ser considerado un golpe de estado o no. Adem´ás, recuerda un episodio ocurrido en 1898 en la ciudad de Wilmington (Carolina del Sur) cuando un grupo de  exconfederados supremacistas blancos, derrocaron violentamente al gobierno local porque estaba compuesto mayoritariamente por negros.

Carbone es historiadora, especialista en Estados Unidos, doctorada en la Universidad de Buenos Aires. Es autora de  Una historia del movimiento negro estadounidense en la era post derechos civiles (1968-1988) (Universidad de Valencia, 2020) y coeditora de la Revista Huellas de Estados Unidos.

Este artículo es la primera publicación de  Valeria’s Newsletter, a newsletter about A vantage point of the US of A. Esperemos que a esta le sigan más.

@Val_Carbone


El golpe fascista del 6 de enero - World Socialist Web Site

¿Golpe de estado?… Not so fast. But don’t calm down (Ni tanto, ni tan poco)

 

Valeria L. Carbone

19 de enero de 2022

El 6 de enero de 2022 se cumplió un año de lo que será conmemorado como el epítome de la crisis de representatividad política devenida en crisis de legitimidad que viene atravesando Estados Unidos: el asalto al Capitolio.

El escritor Marlon Weems describió este episodio llanamente:

El 6 de enero de 2021, una turba de partidarios de [Donald J.] Trump, compuesta por milicias supremacistas blancas, miembros del ejército y fuerzas del orden, atacaron el Capitolio de los Estados Unidos en una insurrección armada. El objetivo de los insurrectos era detener la transferencia pacífica del poder político.

El 1 de julio de 2021 se formó el House Select Committee to Investigate the January 6th Attack on the United States Capitol con el expreso objetivo de investigar tanto lo acontecido el 6 de enero como sus antecedentes y atenuantes. Los nueve miembros del comité (siete representantes demócratas y dos republicanos) comenzaron sus audiencias públicas el 27 de julio y en enero de 2022 aún llamaban a declarar a miembros del gabinete de Trump, entre ellos, el ex vicepresidente Mike Pence.

A medida que avanzaba la investigación, ciertos analistas y especialistas dejaron de hablar de “insurrección”, o inclusive de “ataque terrorista doméstico al Capitolio” (caracterización utilizada por la Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos), para hablar de intento de golpe de estado.

A lo largo de seis meses, la investigación del January 6th Committe expuso que lo que en un principio se describió como una manifestación espontánea, un incidente aislado que – por efectos del hombre-masa – se tornó violento ante el fragor de las circunstancias (a pesar de que esa masa humana iba, de antemano, armada), tuvo altos niveles de organización, coordinación y premeditación. La misma contó con el involucramiento (en diferentes grados) de personalidades ultra-conservadoras, legisladores que asumían su banca esa misma jornada, personajes de la cadena Fox News, prominentes figuras del Partido Republicano y miembros del círculo íntimo de Trump.

Trecientas indagatorias, 50 intimaciones y miles de páginas de documentos confidenciales después, se reveló desde la existencia de un “Plan de Seis Puntos” elaborado por John Eastman (abogado personal de Trump) con instrucciones para anular las elecciones presidenciales, la existencia de una presentación de power point del Coronel retirado de la Armada Phil Waldron sobre cómo desconocer y reemplazar a los electores de Joe Biden, hasta el despido de autoridades electorales en medio del proceso de recuento, el envío de falsos certificados al colegio electoral y del posible secuestro del “responsable de que las cosas se descarrilasen” en la ceremonia de certificación, el vice-presidente Pence, por parte de una muchedumbre enardecida.

Sumado a la gran cantidad de indicios públicos y advertencias sobre la erupción de episodios de violencia (el Washington Post hizo un detallado seguimiento al respecto), parece haber pocas dudas de la existencia de una conspiración política para alterar el resultado de las elecciones o,  al menos, retrasar la confirmación del presidente demócrata electo lo suficiente como para restarle legitimidad tanto a su victoria como a su mandato.

Los antecedentes históricos latinoamericanos – incluido el rol jugado en ellos por la potencia regional – nos sugieren que hablar de “golpe de estado” es no solo impreciso, sino forzado. Por un lado, las Fuerzas Armadas estadounidenses no tuvieron un rol activo en el desarrollo de los acontecimientos. Inclusive hay quienes sugieren que el retraso de más de tres horas en la intervención de la Guardia Nacional (la fuerza doméstica de reserva del Ejército y la Fuerza Aérea) se debió a la reticencia de sus autoridades a intervenir y lo que de ello se podría inferir (ya sea de la represión a los manifestantes en defensa del proceso en curso que habilitaba a la administración entrante o que el por entonces comandante en jefe apelara a la fuerza militar para detener la transferencia de poder). Por otro, si bien grupos supremacistas se encontraban entre la multitud, milicias armadas como los Proud Boys, los Oath Keepers o los Boogaloo Boys expresaron lealtad al ex presidente, y 81 de las 700 personas acusadas por el Departamento de Justicia por su participación en la insurrección son o fueron miembros de las Fuerzas Armadas, no ha podido demostrarse su accionar como grupo armado organizado con planes de sostener a Trump en el poder.

Lo que queda por determinar es en qué grado el ex presidente estuvo – por acción u omisión, en palabras de la vice-presidenta del Comité, la republicana Liz Cheney – involucrado en el desarrollo de los acontecimientos y puede ser responsabilizado de lo que culminó en la avanzada sobre al Capitolio.

1898

Levantamiento, revuelta, motín, disturbios, insurrección, golpe de estado o conspiración. La visión de una turba armada avanzando sobre el símbolo del sistema democrático estadounidense llevó a incrédulos de todas partes del globo a afirmar: “esto no ha pasado nunca en la historia de los Estados Unidos”.

Sin embargo, lo insólito no hace a lo inédito. Lo que sigue es la breve historia de, sí, el primer golpe de estado en la historia de los Estados Unidos.

En 1898, un grupo de blancos demócratas pro-confederados y milicias supremacistas, derrocaron violentamente al gobierno local democraticamente electo de Wilmington, Carolina del Norte, la ciudad de mayoría negra más progresista del sur.

En las tres décadas que siguieron a la emancipación de las personas esclavizadas (1863) y el fin de la guerra de secesión, Wilmington se había convertido en una ciudad donde la población afrodescendiente había logrado cierta movilidad y progreso social, económico y político. Dicho progreso permitió a un segmento de la población negra convertirse en una pujante clase media profesional y comercial, y ocupar cargos políticos (tanto en la alcaldía y la legislatura como en puestos de menor rango). Sin embargo, ello no fue acompañado de un proceso de “reconciliación racial”.

Hacia fines del siglo XIX, la oposición blanca era no solo una minoría política sino demográfica: los blancos apenas superaban el 20% de la población. Durante años, esa oposición luchó (por medios legales y no tanto) contra el “negro rule”, pero hacía fines del siglo XIX y ante el menor resguardo del gobierno federal, se potenció la campaña de propaganda negativa, desinformación, intimidación y violencia política que concluyó con el golpe al gobierno birracial local y expulsó a la mayoría de los habitantes afro-estadounidenses de la ciudad.

Tom Hanchett, Sorting the New South City

La coalición gobernante formada por el Populist Party (partido de los trabajadores rurales blancos pobres) y el Partido Republicano (que, gracias a las medidas avanzadas por su ala radical en relación a los derechos cívico-políticos de los negros desde los años de Abraham Lincoln, era el partido por el que estos se inclinaban), constituyó un fenómeno conocido como fusion politics: una alianza de intereses tanto clasistas como raciales. Pero del otro lado también había intereses de raza-clase: los representados por los demócratas sureños, antiguos plantadores blancos pertenecientes al establishment político-económico que, con el fin de la guerra, se habían visto desplazados del ejercicio hegemónico del poder. La plataforma del Partido Demócrata de 1898 no podía expresarlo mejor: “Este es un país de hombres blancos, y los hombres blancos deben controlarlo y gobernarlo”.

El 10 de noviembre de 1898, un ex Coronel Confederado organizó – con la venia de miembros del partido demócrata – un grupo de unos 2000 hombres blancos y los lideró primero al saqueo de la armería y luego a la toma de la casa de gobierno. Bajo amenazas de violencia, obligaron a los dirigentes negros y blancos de la coalición del Fusion Party a renunciar. Luego de instalar su propio gobierno encabezado por Alfred Moore Waddell, se dedicaron a incendiar propiedades particulares y comerciales de los habitantes negros de la ciudad con el expreso objetivo de “reinstalar la supremacía blanca”.

Según el informe realizado por la 1898 Wilmington Race Riot Commission, el golpe fue planificado y patrocinado por líderes políticos y medios de comunicación locales, y ejecutado por milicianos armados, muchos de ellos ex miembros o simpatizantes del Ku Klux Klan. Si bien datos oficiales registraron la muerte de 60 afro-estadounidenses, se estima que el número exacto de los asesinados está en el rango de los doscientos. Ciudadanos negros debieron abandonar la ciudad ante amenazas de represalias. Si bien ningún blanco murió durante la masacre, los medios locales y nacionales describieron el incidente como un “motín racial” provocado y perpetrado por negros, una narrativa que se reprodujo durante décadas. Fue recién en 1998 que se estableció la referida comisión, encargada de realizar el primer informe oficial a cargo del Departamento de Recursos Culturales de Carolina del Norte.

Ninguna autoridad estadual o federal intervino en respuesta a lo sucedido. El gobernador republicano de Carolina del Norte siquiera atinó a solicitar asistencia al poder ejecutivo nacional, encabezado por el también republicano William McKinley. En 1900, el Fiscal General de los Estados Unidos inició una investigación, pero nunca nadie fue juzgado.  

El golpe y la masacre diezmaron el poder político y económico de los ciudadanos negros de Wilmington. Una de las primeras medidas del gobierno golpista fue la sanción de una enmienda, aún vigente en la Constitución estadual, que requería a los votantes aprobar una prueba de alfabetización para empadronarse. Esta ley se convirtió en precedente para las leyes de restricción electoral propias del sistema de segregación racial vigentes hasta 1965. Como consecuencia, en 1902, el número de votantes negros registrados en la ciudad se redujo de más de 125.000 a 6.100. Para 1908, todos los estados sureños habían sancionado medidas similares con la intención de privar a los afro-estadounidenses de sus derechos políticos. Ningún ciudadano negro logró ocupar un cargo público en Wilmington hasta 1972. Y fue recién en 1992 que un afro-estadounidense fue electo para una banca en el Congreso.

Así, la violencia y el terrorismo blanco resolvió lo que elecciones democráticas y la práctica política no promovían ya a través de canales institucionales: terminar con la participación de los negros en la vida socio-económica y política de la ciudad.

2022

Todo ejercicio de memoria histórica nos invita a establecer comparaciones y paralelismo.

Una de las diferencias más inmediatas que pueden establecerse con Wilmington es que los sucesos del 6 de enero de 2021 se encuentran hoy bajo escrutinio político y del Departamento de Justicia. Hasta el momento, 738 personas fueron arrestadas y acusadas de delitos de diversa índole, y algunas pocas están cumpliendo simbólicas condenas de prisión, entre ellos, el Shaman del Capitolio.

Sin embargo, importantes figuras con conexiones con el ex presidente se han negado a presentarse ante la Comisión o declarar ante la justicia, como el ex jefe de gabinete Mark Meadows, el asesor Stephen Miller, el abogado del Departamento de Justicia Jeffrey Clark, la vocera Kayleigh McEnany, el asesor de seguridad nacional Teniente Coronel Michael Flynn, John Eastman, e integrantes del gabinete de Pence. Stephen Bannon, el oscuro asesor de Trump durante su primer año de mandato, fue uno de los que se negó a prestar declaración, hoy detenido por desacato y obstrucción de la justicia.

Otro paralelismo, pero que en este caso precede al 6 de enero, es el movimiento en pos de la restricción de derechos electorales. Desde 2013 – año en que la Corte Suprema declaró inconstitucional una de las cláusulas de la ley de derechos al voto de 1965 que obligaba a la supervisión y pre-autorización federal de cambios en los requisitos y procedimientos electorales de estados con una larga historia de segregación y discriminación racial -, leyes que restringen o imposibilitan el ejercicio del derecho al voto fueron sancionadas en los 50 estados. Según el Brennan Center, 2021 ha sido “un año sin precedentes” para la legislación electoral. Luego de la elección presidencial que registró uno de los mayores índices de participación popular, 19 estados promulgaron 33 leyes que dificultan el ejercicio del derecho al voto y la minoría republicana del senado se niega a debatir un proyecto de ley federal de protección de derechos electorales.

Por último, si bien 2021 no fue un golpe, sí podríamos decir que se trata de una conspiración… en curso. Y no solo eso. Está adoptando ciertas características propias de la resistencia guerrillera. En enero de 2021, el Department of Homeland Security (DHS) publicó un boletín sobre amenazas a la seguridad interna que postuló:

“[Algunos] extremistas violentos ideológicamente motivados, con objeciones al ejercicio de la autoridad gubernamental y la transición presidencial, así como otros percibidos agravios alimentados por falsos discursos, podrían continuar movilizándose para incitar o cometer violencia”.

La supremacía y el extremismo blanco fueron declarados como las mayores amenazas a la seguridad interna tanto por el Federal Bureau of Investigations (FBI) como por el DHS mucho antes de las elecciones del 2020. Según este último, las “fuerzas del 6 de enero” siguen vivas y vigentes, se están organizando en nuevos grupos extremistas, fortaleciendo milicias armadas, propagando teorías conspirativas, incitando el accionar de grupos de odio y promoviendo la amenaza de posibles atentados terroristas “contra sistemas de infraestructura crítica, incluidos el eléctrico, de telecomunicaciones y sanitario”.

Por su parte, el director del FBI, Christopher Wray, afirmó en su testimonio de septiembre de 2020 ante el Comité de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes que:

·         “[L]os promotores del violento extremismo doméstico – como ser la concepción sobre la extralimitación del gobierno o de las fuerzas del orden, las condiciones sociopolíticas, el racismo, el antisemitismo, la islamofobia, la misoginia y las reacciones a las medidas legislativas – permanecen constantes”.

·         “En la categoría de terrorismo doméstico, el extremismo violento por motivos raciales es, creo, el mayor dentro del grupo. Y dentro del grupo de extremistas violentos por motivos raciales, las personas que suscriben a algún tipo de ideología de supremacismo blanco, son el grupo más importante y numeroso.”

A un año del cambio de gobierno, Trump y el ala de extrema derecha del Partido Republicano a la que el personaje dio su “ismo”, perdieron la batalla, pero vienen ganando la guerra. En el plano político, los republicanos son “técnicamente” la minoría en ambas cámaras del Congreso, pero han logrado impedir el avance de la agenda legislativa de la Administración Biden. Asimismo, cooptaron el discurso y la retórica política, logrando que – a pesar de la recuperación de la economía y de la tasa de empleo, y la popularidad de su plan de gobierno – el índice de aprobación de gestión haya bajado sistemáticamente hasta ubicarse en el 43%. Finalmente, si bien la legalidad de la presidencia de Biden ha sido respaldada a nivel institucional en todos los niveles de gobierno (local, estadual, federal) y judicial (desde tribunales inferiores hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos), un segmento significativo de los ciudadanos políticamente activos desconoce la legitimidad de la presente Administración y creen que hay que inclinarse por opciones abiertamente anti-democráticas para recuperar el poder.

Una encuesta sobre realizada por el Public Religion Research Institute arroja datos, al menos, preocupantes:

  • 31% (y 68% republicanos) creen que las elecciones presidenciales de 2020 fueron fraudulentas.
  • el 82% de la audiencia de Fox News y el 97 % de canales de extrema derecha (One America News NetworkNewsmax) cree que Biden no ganó legítimamente las elecciones.
  • 18 % (30% republicanos, 17% independientes, 11% demócratas) cree que la violencia podría estar justificada para “salvar a Estados Unidos”.
  • Al menos uno de cada cinco estadounidenses cree que alguna de las teorías  conspirativas de Q’Anon tienen algún fundamento.

Lo que indica todo esto es que 2020 marcó el cenit de un proceso de deslegitimación del sistema representativo estadounidense que se ha gestado desde arriba y que está teniendo sus frutos: el descreimiento de amplios sectores de la población sobre los sistemas electorales de representación, el rol de las instituciones democráticas y el aval a opciones anti-populares que aseguren legalmente el poder de las minorías políticas. En otras palabras, “democracias sin respaldo popular”.

El Instituto Franklin de la Universdidad del Alcalá de Henares (IF-UAH)  es la única institución universitarias española dedicada a la investigación y docencia graduada de temas relacionados con  Estados Unidos.  Fundado en 1987, el IF-UHA posee un programa de Maestría en estudios norteamericanos, grupos de investigación, una editorial y programas de becas de estudio e investigación. Además, de una colección de libros, publica varias revistas (Tribuna Norteamericana, Revista Española de Estudios Norteamericanos (REDEN) y Camino Real Estudios de las Hispanidades Norteamericanas) y posee una bitácora (Diálogo Atlántico). Envidiable para quienes, desde el subdesarrollo económico y mental, buscamos desarrollar la investigación y el estudio de Estados Unidos con un óptica latinoamericana.

En esta corta nota publicada en Diálogo Atlántico, el Dr. Ignacio Uría comenta el proceso que llevó a la creación e imposición al pueblo cubano de la enmienda Platt. Uría recoge muy bien el juego de intereses económicos, ideológicos, estratégicos  y raciales   que determinaron el desarrollo de las relaciones cubano-estadounidenses en un momento crucial de la historia de Cuba.

Este análisis les sirve de base para introducir su libro Viento norte. La primera ocupación militar norteamericana de Cuba (1899-1902), co-editado por la editorial  Los Libros de la Catarata y el Instituto Franklin-UAH como parte de la Colección de Estudios Norteamericanos. Esta obra será presentada mañana miércoles 19 de enero a las 7:30PM (hora de Madrid)  en el Congreso de Diputados de España. Desafortunadamente no habrá transmisión en línea de esta actividad.

Ignacio Uría es profesor contratado  de la Universidad de Alcalá y  Doctor por la Universidad de Navarra. Ha sido Visiting Researcher en Georgetown University  y Senior Associate Researcher en el Cuban Studies Institute.


Viento-norte-DA

Estados Unidos en Cuba: ¿anexión o independencia?

Ignacio Uría

Diálogo Atlántico     18 de enero de  2022

España perdió Cuba en 1898 y, partir de ese momento, la Isla dejó de interesarle a la gran mayoría de los españoles. Por eso, el periodo posterior a la derrota apenas se conoce en nuestro país. Sin embargo, se trató de una etapa clave para los cubanos, para Estados Unidos y para los doscientos mil españoles (el 10 % de la población) que se quedaron allí.

Entre 1899 y 1902, EE. UU. ocupó militarmente Cuba. Este hecho es capital en la historia norteamericana, ya que se trató su primera intervención en América y su ascenso a potencia regional llamada a empresas mayores. Gracias a esa intervención, Cuba se convirtió en un semiprotectorado estadounidense, situación imprevista cuando Washington declaró la guerra a España «por motivos humanitarios y solo el tiempo estrictamente necesario». Al menos, esa fue su declaración.

Sin embargo, EE. UU. permaneció en la Isla durante casi cuatro años e inició una renovación estructural que afectó a la educación y la judicatura, el ejército, la economía o las relaciones con la Iglesia católica. Incluso permitió la redacción de una nueva Constitución. Cuba se convirtió entonces en un laboratorio político con inmensas posibilidades económicas, sociales y estratégicas. Tan grandes que, desde el primer momento, se planteó convertirla en un nuevo estado de la Unión. El número 46, antes que Oklahoma, Nuevo México, Arizona, Alaska o Hawái, que aún no pertenecían a EE. UU.

En contra de la anexión estaban, por supuesto, los mambises cubanos, que llevaban cuatro décadas luchado contra España. A favor, se encontraba la colonia española, un próspero grupo compuesto por decenas de miles de personas que habían decidido permanecer en la Isla. ¿Motivos? Lazos familiares, propiedades y negocios, empleos… o la incapacidad de comprar un pasaje a España. Para ellos, Norteamérica suponía estabilidad política y el acceso a un mercado inmenso de 76 millones de consumidores que necesitaba el azúcar de Cuba.

original

En EE. UU., entre tanto, había disparidad de opiniones acerca de la anexión. Se oponían a ella los estados productores de tabaco (Virginia, Kentucky, Carolina del Norte o Tennessee) o de azúcar (ya fuera de caña, como Luisiana, o de remolacha, como California), amenazados todos por la producción cubana, más amplia y de mejor calidad. Tampoco la querían aquellos estados de mayoría blanca, opuestos a la integración de un territorio donde el 40 % de la población era negra. Y, finalmente, un grupo de legisladores —tanto republicanos como demócratas— para los que anexionarse a Cuba contradecía el ideario democrático estadounidense y traicionaba las promesas hechas a los independentistas.

Sin embargo, la Isla era clave desde el punto de vista militar por su situación a la entrada al Caribe, un mar que EE. UU. quería controlar a cualquier precio. También, por las grandes oportunidades económicas (el ferrocarril, las minas de cobre, la construcción…) y su privilegiada posición cercana al canal de Panamá, que pronto comenzaría a operar controlado por los norteamericanos una vez que los panameños se independizaran de Colombia.

Por todos estos motivos, la amenaza de la anexión sobrevoló durante toda la ocupación de Cuba, pero fue neutralizada porque los cubanos maniobraron con habilidad. ¿Cómo lo consiguieron? Convenciendo a Estados Unidos de que no hacía falta perturbar su política interna si podían conseguir lo mismo por medios más sencillos y baratos (como tener una base naval en Guantánamo, situación que pervive hoy). En síntesis, si alcanzaban la independencia, serían un aliado fiable.

A cambio, ciertamente, Cuba pagó un alto precio: la entrega de su política exterior a EE. UU. mediante la Enmienda Platt, una cláusula constitucional impuesta de Washington y que dividió a la clase política en dos bandos, los reformistas y los rupturistas. Sin embargo, gracias a esta concesión, Cuba alcanzó la libertad y un tratado de reciprocidad comercial que les garantizó el acceso al mercado estadounidense. La soberanía nació mediatizada, sin duda, pero suponía el primer paso hacia la verdadera independencia, alcanzada en 1902.

Viento norte Boceto Nuevo_0

Todas estas cuestiones son analizadas en el libro Viento norte. La primera ocupación militar norteamericana de Cuba (1899-1902), co-editado recientemente por Los Libros de la Catarata y el Instituto Franklin-UAH dentro de la Colección de Estudios Norteamericanos. Esta monografía incorpora documentación inédita de archivos estadounidenses (Library of Congress, National Archives and Records Administration, Harvard University…), cubanos (Archivo Nacional de Cuba) y españoles (Archivo Histórico Nacional), así como monografías y artículos académicos hasta 2021.

El miércoles 19 de enero a las 19:30 horas se celebrará la presentación del libro en la Sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados (Madrid).


Smedley Darlington Butler es una  de las figuras más interesantes en el desarrollo del imperialismo estadounidense. Como oficial del Cuerpo de Infantes de Marina, participó en las principales intervenciones militares estadounidenses en las primersas décadas del siglo XX: Cuba, Nicaragua, Panamá, Haití, China y México. Sin embargo, también se convirtió en un duro crítico del uso de la fuerza para adelantar y promover los grandes intereses económicos de los Estados Unidos.

En en este trabajo el Dr. Patrick Iber reseña el libro del periodista Jonathan M. Katz titulado  Gangsters of Capitalism: Smedley Butler, the Marines, and the Making and Breaking of America’s Empire (MacMillan, 2022). Iber es profesor asociado de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison y autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America.


The Drinks of the Marine Corps: Smedley Butler and the Origin of “Old  Gimlet Eye” - National Museum of the Marine Corps

El marine que se volvió contra el imperio estadounidense

Patrick Iber

The New Republic    11 de enero de 2022

Hay algunas figuras cuyo lugar en la historia del pasado estadounidense es tan central que los escolares no pueden evitar conocerlas: George Washington, o Abraham Lincoln, o Rosa Parks. Pero también hay un grupo de personas que no han pasado a la leyenda nacional, y tal vez cuyas vidas no se consideran aptas para explicar a los niños. Es más probable que se hallen, si es que se encuentran, en las instituciones que a menudo atraen la atención de los jóvenes entre las edades de 18 y 22 años. Entre ellos, probablemente solo haya una sola persona que será descubierta casi exclusivamente por dos grupos generalmente no superpuestos: ávidos lectores del corpus de Noam Chomsky y miembros del Cuerpo de Marines. Ese hombre, de pie solitario a horcajadas sobre el centro en forma de lente de un peculiar diagrama de Venn, tiene el improbable nombre de Smedley Darlington Butler. El nombre refleja la herencia cuáquera de Pensilvania de Butler: su padre, Thomas Butler, fue congresista en el escaño que una vez ocupó el padre de su esposa, Smedley Darlington. Ambos eran familias prominentes, pero el joven Mayor Butler no seguiría una carrera en la política. Tenía 16 años cuando estalló la guerra hispano-cubano-estadounidense. Estados Unidos prometió que estaba entrando en la lucha para liberar a las colonias españolas de ultramar restantes de la tiranía. A pesar de la tradición cuáquera de pacifismo, Butler creía en la misión. “Apreté los puños cuando pensé en esos pobres demonios cubanos que estaban hambrientos y siendo asesinados por los bestiales tiranos españoles”, escribió más tarde. Cuando leyó sobre la explosión  del USS  Maine en el puerto de La Habana en 1898, que el “periodismo amarillo” de la época  pintó como un ataque español, decidió alistarse en los Marines. Su carrera militar lo llevaría de Cuba a China a Centroamérica, donde se convirtió en una leyenda en el Cuerpo de Marines, representando el valor marcial y la virtud. Famoso en su día, tema de ficción y cine, se retiró con  dos  Medallas de Honor y un mayor número de apodos —Old Gimlet Eye, the Leatherneck’s Friend, the Fighting Quaker— que atestiguaban su lugar en la cultura.

En los países que ayudó a ocupar, un recuerdo diferente de Smedley Butler persiste. En Haití, simplemente era conocido como “El Diablo”. En Nicaragua, las madres solían callar a sus hijos con el reclamo: “¡Silencio! El Mayor Butler te atrapará”. El tiempo de Butler en los Marines coincidió con su transformación de un auxiliar de la Marina a tener su propia identidad y propósito como infantería colonial. Esto podría ser suficiente para explicar por qué Butler haría una aparición en los escritos antiimperialistas de Noam Chomsky. Pero no es la razón. En su retiro en la década de 1930, Butler tuvo una segunda carrera exitosa como orador público. Contó historias de su servicio militar. Y lo hizo desde un punto de vista notablemente crítico, incluso confesional.

Escribiendo en la revista socialista Common Sense  en 1935, lo expresó de esta manera:

Pasé 33 años y 4 meses en servicio activo como miembro de la fuerza militar más ágil de nuestro país: el Cuerpo de Marines. Y durante ese período pasé la mayor parte de mi tiempo de bandido altamente calificado al servicio de las grandes, para Wall Street y para los banqueros. En resumen, yo era un extorsionador del capitalismo.

Estas son las citas que enviarán al entusiasta de Chomsky corriendo a las pilas de la biblioteca de la universidad. Mientras tanto, en la Biblioteca del Cuerpo de Marines en Quantico, los escritos contra la guerra de Butler están aislados de sus memorias y otros textos sobre él, en una estantería separada para el pensamiento radical que incluye las obras de Marx.

Imagen 1Si perdió su ventana juvenil para Butleriana, ya sea por no ser miembro del Cuerpo de Marines o por no dedicar un estante en su dormitorio a las obras recopiladas de Chomsky, el nuevo y atractivo libro de Jonathan M. Katz es una oportunidad para corregir la omisión. En Gangsters of Capitalism, Katz sigue a Butler a través de los archivos y a pie, recorriendo el camino de Butler en todo el mundo: desde Cuba hasta Filipinas, Nicaragua y Haití. A veces, las visitas de Katz a los terrenos de Butler revelan las formas en que el imperio apenas ha relajado su comprensión. A veces revelan cuán dramáticamente ha cambiado el mundo. Juntos, muestran la fuerza de la crítica de Butler y algunas de sus limitaciones.

Cuando Butler aterrizó en Cuba, llegó a la Bahía de Guantánamo. La corta campaña de combate terrestre del Ejército de los Estados Unidos ya había terminado esencialmente, y España se vio obligada a renunciar a sus reclamos sobre Cuba. Con fines propagandísticos, Estados Unidos atribuyó la victoria a sus propias tropas e ignoró la lucha mucho más larga de los cubanos por su propia independencia. La intervención de Estados Unidos pronto se dirigió a reducir los cambios sociales por los que los cubanos habían estado luchando junto con su independencia. El presidente McKinley, que había tratado de comprar Cuba a España en 1897, interpretó que la “estabilidad” en Cuba significaba que las relaciones de propiedad permanecerían en gran parte intactas. El poeta y mártir cubano  José Martí, quien murió en combate en 1895, había previsto tales imposiciones, preguntando: “Una vez que Estados Unidos esté en Cuba, ¿quién lo expulsará?”

Sin embargo, la autorización para la guerra del Congreso prohibió a los Estados Unidos adquirir el territorio directamente (como lo haría el país con Puerto Rico y las Islas Vírgenes). En cambio, los Estados Unidos esencialmente hicieron de Cuba un protectorado, insistiendo  en la inclusión de la “Enmienda Platt” en la constitución de Cuba. Esa enmienda otorgó a los Estados Unidos el derecho de intervenir con el propósito de “mantener un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual”. Y además requería el arrendamiento de tierras que pudieran servir como una estación de carbón o naval: la Bahía de Guantánamo. Fue precisamente esta cualidad legalmente ambigua de ser controlado por los Estados Unidos pero no ser parte de él lo que, 100 años después, hizo que Guantánamo fuera atractivo como la prisión y el sitio negro más notorios de la guerra contra el terrorismo.

El siguiente destino de Butler fue Filipinas. Al igual que los cubanos, los filipinos habían estado luchando por la independencia de España y por el cambio social. Pero a diferencia del caso de Cuba, ninguna ley estadounidense prohibió a las islas la incorporación territorial directa. McKinley razonó  que los filipinos no eran aptos para el autogobierno, y que las islas podrían perderse fácilmente ante otra potencia. En su mente, Estados Unidos no tuvo más remedio que tomar las islas y “civilizar” a sus residentes. Pero el ejército estadounidense terminó en una prolongada guerra de guerrillas. Atrapadas en un atolladero aterrador, las tropas estadounidenses emplearon abusos que volverían a ocurrir en prácticamente todos los conflictos con dinámicas similares en los años posteriores. Temerosas y sin distinguir entre insurgentes (que también eran, en este caso, combatientes de la independencia) y civiles, las fuerzas estadounidenses atacaron aldeas, creando nuevos enemigos. Y emplearon la tortura, como la “cura de agua” aprendida de los españoles, que implicaba forzar la apertura de la boca y verter cubos de agua por las gargantas de las víctimas supinas hasta que se “hincharan como sapos”.

watercure

Parte del entusiasmo por mantener el territorio filipino provino de la creencia de que abriría el acceso al gran mercado chino, y China demostró ser el próximo destino de Butler. Allí, Estados Unidos estaba interviniendo en la Rebelión de los Bóxers como parte de una alianza de ocho naciones  para sofocar el movimiento anti-extranjero. Butler recibió dos disparos, uno en el muslo y otro en un botón que salvó sus pulmones. Ascendido a capitán, todavía tenía solo 19 años cuando representó a los Primeros Marines mientras marchaban hacia la Ciudad Prohibida. Las tropas saquearon y mataron a residentes chinos de Beijing indiscriminadamente. “Supongo que no deberíamos haber tomado nada, pero la guerra es un infierno de todos modos y ninguno de nosotros estaba en el estado de ánimo para mejorarla”, escribió Butler más tarde.

El imperialismo de esta era fue alimentado por un sentido de superioridad civilizatoria y racial. En el extremo más suave del espectro, esto justificó el control condescendiente, y en el extremo brutal, justificó el asesinato y la deshumanización. Pero los costos de la ocupación generaron descontento: los informes de la conducta de Estados Unidos en Filipinas y en China horrorizaron a algunos en los Estados Unidos. Mark Twain, por ejemplo, se agrió con el imperio estadounidense y escribió  en 1901 sobre el satírico “Blessings-of-Civilization Trust” que los Estados Unidos ofrecieron. Imaginó al sujeto colonial, descrito como la “Persona sentada en la oscuridad”, pensando: “Debe haber dos Américas: una que libera al cautivo, y otra que le quita la nueva libertad de un otrora cautivo, y escoge una pelea con él sin nada en lo que fundarlo; luego lo mata para conseguir su tierra”. O, como escribió un soldado afroamericano simplemente sobre la Guerra de Filipinas: “Todo esto nunca habría ocurrido si el ejército de ocupación hubiera tratado [a los filipinos] como personas”.

La versión particular de Estados Unidos de “elevación” fue en gran parte comercial. Los marines se encontraron construyendo infraestructura y emprendiendo iniciativas de salud pública que permitirían el buen funcionamiento del comercio internacional. Pero el “comercio” estaba frecuentemente representado por intereses comerciales concretos. En las décadas siguientes, Butler se encontraría en Panamá, que Estados Unidos ayudó a  separarse de Colombia para que pudiera construir un canal allí. Intervino en conflictos civiles en Nicaragua y Haití, lo que llevó a largas ocupaciones estadounidenses de ambos países. Se suponía que la “diplomacia del dólar” de la época, una política de tratar de atraer a los bancos privados de Estados Unidos a la gestión de las finanzas de los países más pobres, reemplazaría las guerras de ocupación al estilo filipino por “sustituir dólares por balas”. Pero también requirió muchas balas, ya que a menudo eran los marines los que terminaban defendiendo la propiedad y las inversiones de los Estados Unidos. Los Estados Unidos se apoderaron de las aduanas sin aumentar los ingresos y dirigieron el reembolso a los bancos estadounidenses, privando a los gobiernos de fondos para el desarrollo.

_119335725_gettyimages-514690734

Soldados estadounidenses a la entrada Palacio de Gobierno de Haití .

Butler con frecuencia se encontraba lidiando con intereses financieros y corporativos que estaban presionando al gobierno de los Estados Unidos para que actuara. Le molestaba. Las cartas de Butler a casa en la década de 1910 contienen los comienzos de los sentimientos antiimperialistas que expresaría en la década de 1930. En Nicaragua, donde la intervención de los marines ayudó a establecer un gobierno conservador que aceptaría la gestión financiera de Estados Unidos, escribió: “Lo que me enoja es que toda la revolución está inspirada y financiada por estadounidenses que tienen “wild-cat business” aquí abajo y quieren hacerlas buenas poniendo un gobierno que declare un monopolio a su favor”. A veces, estos sentimientos estaban sazonados con un racismo manifiesto hacia la gente de los países a los que fue enviado. “Es terrible que perdamos a tantos hombres luchando en las batallas de estos d—d spigs, todo porque [el banco de Wall Street] Brown Bros. tiene algo de dinero aquí”. En Haití, el propio Butler fue responsable de la institución del trabajo de corvée para la construcción de carreteras, que era un reclutamiento de trabajo no remunerado que se aplicaba con violencia, incluido el asesinato de aquellos que intentaban escapar. “¿No es eso esclavitud?”, preguntó un sobreviviente.

Gangsters of Capitalism no es solo una biografía de Butler. El marine muerto hace mucho tiempo también sirve como Virgilio de Katz, guiándolo en un viaje alrededor del mundo y a través del infierno de la vida después de la muerte del imperio. El propio Katz se enteró de Butler como reportero de Associated Press en Haití. Con sede en la capital haitiana de Puerto Príncipe durante el terremoto de 2010, Katz informó sobre el desastre, que  mató al menos a 100.000 personas; escapó de la casa que servía como oficina de AP poco antes de que colapsara. La pobreza de Haití, la  más cruda del hemisferio, indudablemente agravó el desastre natural del terremoto en una tragedia humana. (Chile tuvo un terremoto de mayor magnitud el mismo año, y las muertes numerados en  cientos.)

Y la pobreza de Haití es inextricable de su trato castigador por parte del resto del mundo, incluido Estados Unidos. En el siglo XVIII, había sido la colonia más rica de Francia, con una economía que dependía de la mano de obra esclava para producir azúcar, café y otros productos tropicales. Su revolución de 1791 a 1804, que tomó la forma de una revuelta de esclavos, la convirtió en la primera república negra del mundo. Su abolición de la esclavitud aterrorizó a los propietarios de esclavos en todo el continente americano. El país recién independizado enfrentó décadas de represalias imperiales. A través de la diplomacia de las cañoneras, Francia obligó a Haití a aceptar una enorme indemnización a cambio de reconocimiento. Años más tarde, Estados Unidos también intervino, con el argumento de que su objetivo era evitar que las potencias europeas ocuparan países del hemisferio occidental para cobrar deudas. Más de la mitad de las reservas de oro de Haití fueron llevadas a Nueva York en 1914, y la ocupación siguió de 1915 a 1934. El pago final de la indemnización de Haití se hizo en 1947, no a Francia, sino al National City Bank de Nueva York, el actual Citibank.

american-occupation-troops-in-haiti-bettmann

Oficiales estadounidenses, Haití, 1915.

Como la mayoría de las potencias imperiales, Estados Unidos describió su ocupación como altruista. Pero su idea de altruismo colocó los intereses comerciales estadounidenses y la “estabilidad” política en primer lugar. Aquellos que se levantaron en rebelión fueron brutalmente reprimidos. Estados Unidos insistió en cambios a la constitución para permitir la propiedad extranjera de la tierra, lo que requirió la disolución de la legislatura de Haití a punta de pistola. Las fuerzas de ocupación estadounidenses trabajaron con las élites locales para imponer su visión del orden social, bloqueando las desigualdades existentes y desmantelando los mecanismos a través de los cuales podrían abordarse. Mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan ido, estos legados permanecen.

Mientras Katz sigue a Butler por todo el mundo, descubre que los recuerdos de las intervenciones estadounidenses son complejos. En Panamá, los grafitis que piden la expulsión de Estados Unidos de América Latina son pintados por pandillas callejeras que usan los nombres de “Irak” o “Pentágono”. El alcalde de Balangiga en Filipinas, el sitio de un ataque mortal contra las tropas estadounidenses que llevó a represalias generalizadas y brutales, le cuenta a Katz sobre el servicio de su propio hermano en los Marines de los Estados Unidos. Cuando Katz trata de resumir los puntos de vista del alcalde como “Tienes que recordar y olvidar al mismo tiempo”, el alcalde acepta instantáneamente.

Algunas de las visitas de Katz producen evidencia más convincente de legados en curso que otras. Butler fue parte de una ocupación de la ciudad mexicana de Veracruz en 1914, que las compañías petroleras estadounidenses habían alentado a proteger sus inversiones durante la Revolución Mexicana. Pero conectar esa ocupación con la política energética nacionalista del actual presidente mexicano requiere muchos puntos. En otros lugares, la dinámica de la represión se ha invertido. En Nicaragua, el gobierno de Daniel Ortega utiliza la historia del imperialismo estadounidense para  justificar un gobierno autoritario. Y en China, un grupo de académicos que hablaron con Katz no están ansiosos por responder a sus preguntas sobre si China, cuyo comportamiento hacia las islas cercanas y su presión financiera sobre los gobiernos aliados sería reconocible para Butler, también podría actuar como una potencia imperial.

El retiro formal de Butler del Cuerpo de Marines se produjo en 1931. Había pasado algunos años en la década de 1920 como director de seguridad pública de Filadelfia, cuando tomó una línea dura contra el vicio mientras intentaba interrumpir las redes de protección operadas por oficiales de policía corruptos. Lo vio todo como parte de una lucha más amplia contra el “gangsterismo”. A finales de la década de 1920, sus hijos estaban en la universidad, y él necesitaba ingresos suplementarios. Pronto se dio cuenta de que había una audiencia para sus historias. A veces lo metían en problemas: lo pusieron bajo arresto domiciliario después de contar una historia sobre Mussolini atropellando a un niño. Pero sus observaciones privadas pronto se convirtieron en parte de la conversación pública en un país que experimenta la Gran Depresión y observa el desarrollo del fascismo y el militarismo en Europa.

51d8aZNSksL._SX355_BO1,204,203,200_En los Estados Unidos, Butler se opuso a su propagación. En 1934, testificó  ante el Congreso que había sido abordado por banqueros de Wall Street para organizar un golpe fascista contra Franklin Roosevelt. Si este “complot comercial” había avanzado hasta el punto de ser una amenaza seria sigue sin resolverse, pero Butler ciertamente había sido testigo de cómo las empresas cambiaban un gobierno que encontraban desagradable muchas veces en su carrera. “Mi interés”, dijo, “es mantener una democracia”. En 1935, algunos de sus discursos más populares fueron compilados en un panfleto llamado  War Is a Racket, que  caracteriza el conflicto militar como algo “llevado a cabo para el beneficio de unos pocos, a expensas de muchos”. Era, como dice Katz, “una jeremiada para una audiencia masiva” que esperaba que detuviera la próxima guerra.

Butler murió en 1940 y se desvaneció de la prominencia pública. Pero Katz argumenta que la vida de Smedley Butler es una que debemos recordar. Como para reforzar el punto, mientras Gangsters of Capitalism  estaba en prensa, los EE.UU. Los militares  se retiraron de Afganistán, poniendo fin a una guerra de 20 años que trajo más prosperidad al norte de Virginia que al propio Afganistán. En septiembre, la Patrulla Fronteriza hizo retroceder a un grupo de haitianos  que buscaban refugio en la frontera con Estados Unidos. Al mismo tiempo, la administración Biden buscó encontrar un contratista privado para contratar guardias de habla criolla para  operar un centro de detención de migrantes en la Bahía de Guantánamo, probablemente para haitianos detenidos en el mar. Todo esto hace que Butler sea tan relevante como si estuviera escribiendo ayer.

Parte del desafío de evaluar el legado de Butler es que ha sido recordado de maneras muy diferentes por diferentes personas. Un joven infante de marina podría aprender del Mayor Butler que se mantuvo como un valiente militar y que fue uno de los primeros teóricos de la contrainsurgencia. A este infante de marina en entrenamiento le gustaría tener la seguridad de que si son llamados a arriesgar su vida, lo harán por la defensa nacional, y que podrán estar orgullosos de lo que han hecho. Podrían estar inclinados a descartar al Mayor Butler antibélico como una manivela amarga.

Al mismo tiempo, deben saber que muchos veteranos se sienten atraídos por los textos ocultos de Butler mientras intentan comprender sus experiencias de despliegue. Podrían reconocer en Butler una advertencia sobre las limitaciones inherentes de poner las tareas de la violencia estatal en manos de jóvenes asustados, por valientes que sean. Que, incluso con la mejor de las intenciones, la principal preocupación del gobierno de los Estados Unidos nunca será el bienestar de las personas ocupadas, siempre será el de los estadounidenses, y esto producirá resentimiento. Podrían reconocer que la presencia de Estados Unidos cambia el equilibrio interno de poder en las sociedades, a menudo hacia el autoritarismo. Los estadounidenses a menudo dan por sentadas sus propias buenas intenciones, que luchan por comprender la resistencia a sus intentos de controlar y cambiar el mundo.

La explicación de Butler para esto, por supuesto, es que los intereses comerciales están moviendo los hilos, manipulando la política exterior en su beneficio. Estas son las líneas de “extorsionador para el capitalismo” a menudo citadas por el antiimperialista Chomsky, quien admira tanto a Butler el disidente que una vez colocó una pegatina de las palabras de Butler en la puerta de su oficina. Según esta forma de pensar, el ejército estadounidense proporciona las tropas de choque del capital global, en una conspiración para garantizar la rentabilidad de las corporaciones estadounidenses. Trate de encontrar la mentira, si lo desea, en la declaración de Butler: “Ayudé a que México, y especialmente Tampico, fuera seguro para los intereses petroleros estadounidenses en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba un lugar decente para que los chicos del National City Bank recaudaran ingresos en…. Ayudé a purificar Nicaragua para la casa bancaria internacional de Brown Brothers en 1909-1912”. No hay ninguno.

Pero también hay limitaciones para esa visión del mundo, y Butler, por muy bien posicionado que estuviera, no lo vio todo. Tenía razón en que el bienestar de la economía de los Estados Unidos, y de las corporaciones estadounidenses, tiene un lugar importante en el pensamiento estratégico de los Estados Unidos. Pero el gobierno de los Estados Unidos consiste en muchos departamentos superpuestos, y cuando se toman medidas en el extranjero, no solo obedecen a una sola lógica. La geopolítica, la ideología y las consideraciones domésticas a menudo se cruzan: Woodrow Wilson, al ordenar la ocupación de Veracruz, fue presionado  por las compañías petroleras estadounidenses; también actuó para detener la llegada de un cargamento de armas alemanas a Victoriano Huerta, el gobernante que representó la restauración de la dictadura en México. En eventos fuera del tiempo de Butler, está el ejemplo de la United Fruit Company  presionando  a la CIA para derrocar al gobierno de Guatemala en 1954 cuando se enfrentó a la nacionalización de su tierra. Pero por lo que vale, el ex jefe del Partido Comunista de Guatemala  pensó que  “nos habrían derrocado incluso si no hubiéramos cultivado plátanos”. A medida que Estados Unidos profundizaba su guerra en Vietnam, no había negocios estadounidenses de importancia.

El problema no es solo que la política exterior de Estados Unidos es codiciosa y que sus intenciones son malas; es que incluso cuando sus intenciones son buenas, también puede producir desastres.

Butlerdogs

El Mayor General Smedley D. Butler con las mascotas de los Infantes de Marina, Quantico, Virginia, 1931. Fue Butler quien introdujo a los bulldogs ingleses como mascotas de los Marines en la década de 1920.

El modelo de Butler produce ideas. Las empresas estadounidenses presionan para que la política exterior de los Estados Unidos satisfaga sus necesidades, y el destino de la propiedad de los Estados Unidos recibe una deferencia desproporcionada. Pero reducir la política exterior de Estados Unidos a un “complot empresarial” puede producir una especie de antiimperialismo barato, en el que el mal comportamiento es simplemente el resultado de grupos de presión o intereses ocultos. Su simplicidad a veces desplaza las situaciones más complejas que también surgen. Una historia de la ocupación de Nicaragua de 1912 a 1933, escrita por  el erudito Michel Gobat, reveló que benefició a los pequeños agricultores y a las élites frustradas. Mostró cuán seriamente los Estados Unidos tomaron la tarea, a fines de la década de 1920, de supervisar el voto justo en el campo. Entrenó a una fuerza militar de élite, que pretendía supervisar las elecciones y luchar contra la rebelión izquierdista de Augusto Sandino. Y, sin embargo, después de que el ejército estadounidense abandonara Nicaragua, el jefe de la fuerza de élite que había entrenado tomó el poder en el país. Su familia lo mantuvo durante la mayor parte de las siguientes cuatro décadas en una dictadura brutal. No fue el resultado deseado; fue, como dice Gobat, uno de los “efectos iliberales del imperialismo liberal”. Esta es una crítica más profunda y desafiante que la que ofrece Butler. El problema no es solo que la política exterior de Estados Unidos es codiciosa y que sus intenciones son malas; es que incluso cuando sus intenciones son buenas, la naturaleza de su presencia también puede producir desastres.

Pero si hay momentos que requieren más sofisticación, es notable lo lejos que te llevará un poco de Mayor Butler vulgar. A Butler se le pagaba por sus discursos, después de todo, no por una disertación. En uno de sus viajes por el sendero Butler, en Haití, Katz está hablando con trabajadores de la construcción cerca de un parque industrial, que a su vez está cerca de la tumba de un hombre asesinado por los marines en 1919. Cuando Katz explica su proyecto de libro y que la mayoría de los estadounidenses no tienen idea de que su país alguna vez ocupó Haití, la mayoría de los trabajadores se ríen. Uno está incrédulo. “¡No creo que los estadounidenses no sepan de eso!”, grita. “¿Cómo es eso posible?” A veces el mundo es un lugar vulgar, donde otros pagan el precio de la ignorancia estadounidense.

 

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

Hoy 17 de enero es un día feriado en Estados Unidos dedicado a la figura de Martin Luther King.  No creo que haya mejor forma de rendirle tributo que leer y escuchar sus sabias palabras. El 4 de abril de 1967 King pronunció un discurso en la Iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York, criticando duramente la participación estadounidense en la guerra de Vietnam y catalogando al gobierno de Estados Unidos como la principal fuente de violencia en el mundo.

Comparto con mis lectores el texto íntegro de este discurso que marcó un paso importante en la «radicalización» de King.

Para escuchar al Dr. King se puede ir aquí.


mlkheader

Beyond Vietnam — A Time to Break Silence

Martin Luther King

April 4, 1967

[AUTHENTICITY CERTIFIED: Text version below transcribed directly from audio. (2)]

Mr. Chairman, ladies and gentlemen:

I need not pause to say how very delighted I am to be here tonight, and how very delighted I am to see you expressing your concern about the issues that will be discussed tonight by turning out in such large numbers. I also want to say that I consider it a great honor to share this program with Dr. Bennett, Dr. Commager, and Rabbi Heschel, and some of the distinguished leaders and personalities of our nation. And of course it’s always good to come back to Riverside church. Over the last eight years, I have had the privilege of preaching here almost every year in that period, and it is always a rich and rewarding experience to come to this great church and this great pulpit.

I come to this magnificent house of worship tonight because my conscience leaves me no other choice. I join you in this meeting because I’m in deepest agreement with the aims and work of the organization which has brought us together: Clergy and Laymen Concerned About Vietnam. The recent statements of your executive committee are the sentiments of my own heart, and I found myself in full accord when I read its opening lines: «A time comes when silence is betrayal.» And that time has come for us in relation to Vietnam.

The truth of these words is beyond doubt, but the mission to which they call us is a most difficult one. Even when pressed by the demands of inner truth, men do not easily assume the task of opposing their government’s policy, especially in time of war. Nor does the human spirit move without great difficulty against all the apathy of conformist thought within one’s own bosom and in the surrounding world. Moreover, when the issues at hand seem as perplexing as they often do in the case of this dreadful conflict, we are always on the verge of being mesmerized by uncertainty; but we must move on.

And some of us who have already begun to break the silence of the night have found that the calling to speak is often a vocation of agony, but we must speak. We must speak with all the humility that is appropriate to our limited vision, but we must speak. And we must rejoice as well, for surely this is the first time in our nation’s history that a significant number of its religious leaders have chosen to move beyond the prophesying of smooth patriotism to the high grounds of a firm dissent based upon the mandates of conscience and the reading of history. Perhaps a new spirit is rising among us. If it is, let us trace its movements and pray that our own inner being may be sensitive to its guidance, for we are deeply in need of a new way beyond the darkness that seems so close around us.

Over the past two years, as I have moved to break the betrayal of my own silences and to speak from the burnings of my own heart, as I have called for radical departures from the destruction of Vietnam, many persons have questioned me about the wisdom of my path. At the heart of their concerns this query has often loomed large and loud: «Why are you speaking about the war, Dr. King?» «Why are you joining the voices of dissent?» «Peace and civil rights don’t mix,» they say. «Aren’t you hurting the cause of your people,» they ask? And when I hear them, though I often understand the source of their concern, I am nevertheless greatly saddened, for such questions mean that the inquirers have not really known me, my commitment or my calling. Indeed, their questions suggest that they do not know the world in which they live.

In the light of such tragic misunderstanding, I deem it of signal importance to try to state clearly, and I trust concisely, why I believe that the path from Dexter Avenue Baptist Church — the church in Montgomery, Alabama, where I began my pastorate — leads clearly to this sanctuary tonight.

V5

I come to this platform tonight to make a passionate plea to my beloved nation. This speech is not addressed to Hanoi or to the National Liberation Front. It is not addressed to China or to Russia. Nor is it an attempt to overlook the ambiguity of the total situation and the need for a collective solution to the tragedy of Vietnam. Neither is it an attempt to make North Vietnam or the National Liberation Front paragons of virtue, nor to overlook the role they must play in the successful resolution of the problem. While they both may have justifiable reasons to be suspicious of the good faith of the United States, life and history give eloquent testimony to the fact that conflicts are never resolved without trustful give and take on both sides.

Tonight, however, I wish not to speak with Hanoi and the National Liberation Front, but rather to my fellow Americans.

Since I am a preacher by calling, I suppose it is not surprising that I have seven major reasons for bringing Vietnam into the field of my moral vision. There is at the outset a very obvious and almost facile connection between the war in Vietnam and the struggle I, and others, have been waging in America. A few years ago there was a shining moment in that struggle. It seemed as if there was a real promise of hope for the poor — both black and white — through the poverty program. There were experiments, hopes, new beginnings. Then came the buildup in Vietnam, and I watched this program broken and eviscerated, as if it were some idle political plaything of a society gone mad on war, and I knew that America would never invest the necessary funds or energies in rehabilitation of its poor so long as adventures like Vietnam continued to draw men and skills and money like some demonic destructive suction tube. So, I was increasingly compelled to see the war as an enemy of the poor and to attack it as such.

Perhaps a more tragic recognition of reality took place when it became clear to me that the war was doing far more than devastating the hopes of the poor at home. It was sending their sons and their brothers and their husbands to fight and to die in extraordinarily high proportions relative to the rest of the population. We were taking the black young men who had been crippled by our society and sending them eight thousand miles away to guarantee liberties in Southeast Asia which they had not found in southwest Georgia and East Harlem. And so we have been repeatedly faced with the cruel irony of watching Negro and white boys on TV screens as they kill and die together for a nation that has been unable to seat them together in the same schools. And so we watch them in brutal solidarity burning the huts of a poor village, but we realize that they would hardly live on the same block in Chicago. I could not be silent in the face of such cruel manipulation of the poor.

My third reason moves to an even deeper level of awareness, for it grows out of my experience in the ghettoes of the North over the last three years — especially the last three summers. As I have walked among the desperate, rejected, and angry young men, I have told them that Molotov cocktails and rifles would not solve their problems. I have tried to offer them my deepest compassion while maintaining my conviction that social change comes most meaningfully through nonviolent action. But they ask — and rightly so — what about Vietnam? They ask if our own nation wasn’t using massive doses of violence to solve its problems, to bring about the changes it wanted. Their questions hit home, and I knew that I could never again raise my voice against the violence of the oppressed in the ghettos without having first spoken clearly to the greatest purveyor of violence in the world today — my own government. For the sake of those boys, for the sake of this government, for the sake of the hundreds of thousands trembling under our violence, I cannot be silent.

For those who ask the question, «Aren’t you a civil rights leader?» and thereby mean to exclude me from the movement for peace, I have this further answer. In 1957 when a group of us formed the Southern Christian Leadership Conference, we chose as our motto: «To save the soul of America.» We were convinced that we could not limit our vision to certain rights for black people, but instead affirmed the conviction that America would never be free or saved from itself until the descendants of its slaves were loosed completely from the shackles they still wear. In a way we were agreeing with Langston Hughes, that black bard of Harlem, who had written earlier:

O, yes,
I say it plain,
America never was America to me,
And yet I swear this oath —
America will be!
Now, it should be incandescently clear that no one who has any concern for the integrity and life of America today can ignore the present war. If America’s soul becomes totally poisoned, part of the autopsy must read: Vietnam. It can never be saved so long as it destroys the deepest hopes of men the world over. So it is that those of us who are yet determined that America will be — are — are led down the path of protest and dissent, working for the health of our land.

As if the weight of such a commitment to the life and health of America were not enough, another burden of responsibility was placed upon me in 1954;1 and I cannot forget that the Nobel Peace Prize was also a commission, a commission to work harder than I had ever worked before for «the brotherhood of man.» This is a calling that takes me beyond national allegiances, but even if it were not present I would yet have to live with the meaning of my commitment to the ministry of Jesus Christ. To me the relationship of this ministry to the making of peace is so obvious that I sometimes marvel at those who ask me why I’m speaking against the war. Could it be that they do not know that the good news was meant for all men — for Communist and capitalist, for their children and ours, for black and for white, for revolutionary and conservative? Have they forgotten that my ministry is in obedience to the One who loved his enemies so fully that he died for them? What then can I say to the Vietcong or to Castro or to Mao as a faithful minister of this One? Can I threaten them with death or must I not share with them my life?

And finally, as I try to explain for you and for myself the road that leads from Montgomery to this place I would have offered all that was most valid if I simply said that I must be true to my conviction that I share with all men the calling to be a son of the living God. Beyond the calling of race or nation or creed is this vocation of sonship and brotherhood, and because I believe that the Father is deeply concerned especially for his suffering and helpless and outcast children, I come tonight to speak for them.

This I believe to be the privilege and the burden of all of us who deem ourselves bound by allegiances and loyalties which are broader and deeper than nationalism and which go beyond our nation’s self-defined goals and positions. We are called to speak for the weak, for the voiceless, for the victims of our nation and for those it calls «enemy,» for no document from human hands can make these humans any less our brothers.

And as I ponder the madness of Vietnam and search within myself for ways to understand and respond in compassion, my mind goes constantly to the people of that peninsula. I speak now not of the soldiers of each side, not of the ideologies of the Liberation Front, not of the junta in Saigon, but simply of the people who have been living under the curse of war for almost three continuous decades now. I think of them, too, because it is clear to me that there will be no meaningful solution there until some attempt is made to know them and hear their broken cries.

They must see Americans as strange liberators. The Vietnamese people proclaimed their own independence in 1954 — in 1945 rather — after a combined French and Japanese occupation and before the communist revolution in China. They were led by Ho Chi Minh. Even though they quoted the American Declaration of Independence in their own document of freedom, we refused to recognize them. Instead, we decided to support France in its reconquest of her former colony. Our government felt then that the Vietnamese people were not ready for independence, and we again fell victim to the deadly Western arrogance that has poisoned the international atmosphere for so long. With that tragic decision we rejected a revolutionary government seeking self-determination and a government that had been established not by China — for whom the Vietnamese have no great love — but by clearly indigenous forces that included some communists. For the peasants this new government meant real land reform, one of the most important needs in their lives.

end2

For nine years following 1945 we denied the people of Vietnam the right of independence. For nine years we vigorously supported the French in their abortive effort to recolonize Vietnam. Before the end of the war we were meeting eighty percent of the French war costs. Even before the French were defeated at Dien Bien Phu, they began to despair of their reckless action, but we did not. We encouraged them with our huge financial and military supplies to continue the war even after they had lost the will. Soon we would be paying almost the full costs of this tragic attempt at recolonization.

After the French were defeated, it looked as if independence and land reform would come again through the Geneva Agreement. But instead there came the United States, determined that Ho should not unify the temporarily divided nation, and the peasants watched again as we supported one of the most vicious modern dictators, our chosen man, Premier Diem. The peasants watched and cringed as Diem ruthlessly rooted out all opposition, supported their extortionist landlords, and refused even to discuss reunification with the North. The peasants watched as all this was presided over by United States’ influence and then by increasing numbers of United States troops who came to help quell the insurgency that Diem’s methods had aroused. When Diem was overthrown they may have been happy, but the long line of military dictators seemed to offer no real change, especially in terms of their need for land and peace.

The only change came from America, as we increased our troop commitments in support of governments which were singularly corrupt, inept, and without popular support. All the while the people read our leaflets and received the regular promises of peace and democracy and land reform. Now they languish under our bombs and consider us, not their fellow Vietnamese, the real enemy. They move sadly and apathetically as we herd them off the land of their fathers into concentration camps where minimal social needs are rarely met. They know they must move on or be destroyed by our bombs.

So they go, primarily women and children and the aged. They watch as we poison their water, as we kill a million acres of their crops. They must weep as the bulldozers roar through their areas preparing to destroy the precious trees. They wander into the hospitals with at least twenty casualties from American firepower for one Vietcong-inflicted injury. So far we may have killed a million of them, mostly children. They wander into the towns and see thousands of the children, homeless, without clothes, running in packs on the streets like animals. They see the children degraded by our soldiers as they beg for food. They see the children selling their sisters to our soldiers, soliciting for their mothers.

What do the peasants think as we ally ourselves with the landlords and as we refuse to put any action into our many words concerning land reform? What do they think as we test out our latest weapons on them, just as the Germans tested out new medicine and new tortures in the concentration camps of Europe? Where are the roots of the independent Vietnam we claim to be building? Is it among these voiceless ones?

We have destroyed their two most cherished institutions: the family and the village. We have destroyed their land and their crops. We have cooperated in the crushing — in the crushing of the nation’s only non-Communist revolutionary political force, the unified Buddhist Church. We have supported the enemies of the peasants of Saigon. We have corrupted their women and children and killed their men.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Now there is little left to build on, save bitterness. Soon, the only solid — solid physical foundations remaining will be found at our military bases and in the concrete of the concentration camps we call «fortified hamlets.» The peasants may well wonder if we plan to build our new Vietnam on such grounds as these. Could we blame them for such thoughts? We must speak for them and raise the questions they cannot raise. These, too, are our brothers.

Perhaps a more difficult but no less necessary task is to speak for those who have been designated as our enemies. What of the National Liberation Front, that strangely anonymous group we call «VC» or «communists»? What must they think of the United States of America when they realize that we permitted the repression and cruelty of Diem, which helped to bring them into being as a resistance group in the South? What do they think of our condoning the violence which led to their own taking up of arms? How can they believe in our integrity when now we speak of «aggression from the North» as if there were nothing more essential to the war? How can they trust us when now we charge them with violence after the murderous reign of Diem and charge them with violence while we pour every new weapon of death into their land? Surely we must understand their feelings, even if we do not condone their actions. Surely we must see that the men we supported pressed them to their violence. Surely we must see that our own computerized plans of destruction simply dwarf their greatest acts.

How do they judge us when our officials know that their membership is less than twenty-five percent communist, and yet insist on giving them the blanket name? What must they be thinking when they know that we are aware of their control of major sections of Vietnam, and yet we appear ready to allow national elections in which this highly organized political parallel government will not have a part? They ask how we can speak of free elections when the Saigon press is censored and controlled by the military junta. And they are surely right to wonder what kind of new government we plan to help form without them, the only party in real touch with the peasants. They question our political goals and they deny the reality of a peace settlement from which they will be excluded. Their questions are frighteningly relevant. Is our nation planning to build on political myth again, and then shore it up upon the power of new violence?

Here is the true meaning and value of compassion and nonviolence, when it helps us to see the enemy’s point of view, to hear his questions, to know his assessment of ourselves. For from his view we may indeed see the basic weaknesses of our own condition, and if we are mature, we may learn and grow and profit from the wisdom of the brothers who are called the opposition.

So, too, with Hanoi. In the North, where our bombs now pummel the land, and our mines endanger the waterways, we are met by a deep but understandable mistrust. To speak for them is to explain this lack of confidence in Western words, and especially their distrust of American intentions now. In Hanoi are the men who led the nation to independence against the Japanese and the French, the men who sought membership in the French Commonwealth and were betrayed by the weakness of Paris and the willfulness of the colonial armies. It was they who led a second struggle against French domination at tremendous costs, and then were persuaded to give up the land they controlled between the thirteenth and seventeenth parallel as a temporary measure at Geneva. After 1954 they watched us conspire with Diem to prevent elections which could have surely brought Ho Chi Minh to power over a united Vietnam, and they realized they had been betrayed again. When we ask why they do not leap to negotiate, these things must be remembered.

Also, it must be clear that the leaders of Hanoi considered the presence of American troops in support of the Diem regime to have been the initial military breach of the Geneva Agreement concerning foreign troops. They remind us that they did not begin to send troops in large numbers and even supplies into the South until American forces had moved into the tens of thousands.

My_Lai_massacre

Masacre de My Lai

Hanoi remembers how our leaders refused to tell us the truth about the earlier North Vietnamese overtures for peace, how the president claimed that none existed when they had clearly been made. Ho Chi Minh has watched as America has spoken of peace and built up its forces, and now he has surely heard the increasing international rumors of American plans for an invasion of the North. He knows the bombing and shelling and mining we are doing are part of traditional pre-invasion strategy. Perhaps only his sense of humor and of irony can save him when he hears the most powerful nation of the world speaking of aggression as it drops thousands of bombs on a poor, weak nation more than eight hundred — rather, eight thousand miles away from its shores.

At this point I should make it clear that while I have tried in these last few minutes to give a voice to the voiceless in Vietnam and to understand the arguments of those who are called «enemy,» I am as deeply concerned about our own troops there as anything else. For it occurs to me that what we are submitting them to in Vietnam is not simply the brutalizing process that goes on in any war where armies face each other and seek to destroy. We are adding cynicism to the process of death, for they must know after a short period there that none of the things we claim to be fighting for are really involved. Before long they must know that their government has sent them into a struggle among Vietnamese, and the more sophisticated surely realize that we are on the side of the wealthy, and the secure, while we create a hell for the poor.

Somehow this madness must cease. We must stop now. I speak as a child of God and brother to the suffering poor of Vietnam. I speak for those whose land is being laid waste, whose homes are being destroyed, whose culture is being subverted. I speak of the — for the poor of America who are paying the double price of smashed hopes at home, and death and corruption in Vietnam. I speak as a citizen of the world, for the world as it stands aghast at the path we have taken. I speak as one who loves America, to the leaders of our own nation: The great initiative in this war is ours; the initiative to stop it must be ours.

This is the message of the great Buddhist leaders of Vietnam. Recently one of them wrote these words, and I quote:

Each day the war goes on the hatred increases in the heart of the Vietnamese and in the hearts of those of humanitarian instinct. The Americans are forcing even their friends into becoming their enemies. It is curious that the Americans, who calculate so carefully on the possibilities of military victory, do not realize that in the process they are incurring deep psychological and political defeat. The image of America will never again be the image of revolution, freedom, and democracy, but the image of violence and militarism (unquote).
If we continue, there will be no doubt in my mind and in the mind of the world that we have no honorable intentions in Vietnam. If we do not stop our war against the people of Vietnam immediately, the world will be left with no other alternative than to see this as some horrible, clumsy, and deadly game we have decided to play. The world now demands a maturity of America that we may not be able to achieve. It demands that we admit that we have been wrong from the beginning of our adventure in Vietnam, that we have been detrimental to the life of the Vietnamese people. The situation is one in which we must be ready to turn sharply from our present ways. In order to atone for our sins and errors in Vietnam, we should take the initiative in bringing a halt to this tragic war.

I would like to suggest five concrete things that our government should do [immediately] to begin the long and difficult process of extricating ourselves from this nightmarish conflict:

Number one: End all bombing in North and South Vietnam.

Number two: Declare a unilateral cease-fire in the hope that such action will create the atmosphere for negotiation.

Three: Take immediate steps to prevent other battlegrounds in Southeast Asia by curtailing our military buildup in Thailand and our interference in Laos.

Four: Realistically accept the fact that the National Liberation Front has substantial support in South Vietnam and must thereby play a role in any meaningful negotiations and any future Vietnam government.

Five: Set a date that we will remove all foreign troops from Vietnam in accordance with the 1954 Geneva Agreement.

Part of our ongoing — Part of our ongoing commitment might well express itself in an offer to grant asylum to any Vietnamese who fears for his life under a new regime which included the Liberation Front. Then we must make what reparations we can for the damage we have done. We must provide the medical aid that is badly needed, making it available in this country, if necessary. Meanwhile — Meanwhile, we in the churches and synagogues have a continuing task while we urge our government to disengage itself from a disgraceful commitment. We must continue to raise our voices and our lives if our nation persists in its perverse ways in Vietnam. We must be prepared to match actions with words by seeking out every creative method of protest possible.

Napalm

As we counsel young men concerning military service, we must clarify for them our nation’s role in Vietnam and challenge them with the alternative of conscientious objection. I am pleased to say that this is a path now chosen by more than seventy students at my own alma mater, Morehouse College, and I recommend it to all who find the American course in Vietnam a dishonorable and unjust one. Moreover, I would encourage all ministers of draft age to give up their ministerial exemptions and seek status as conscientious objectors. These are the times for real choices and not false ones. We are at the moment when our lives must be placed on the line if our nation is to survive its own folly. Every man of humane convictions must decide on the protest that best suits his convictions, but we must all protest.

Now there is something seductively tempting about stopping there and sending us all off on what in some circles has become a popular crusade against the war in Vietnam. I say we must enter that struggle, but I wish to go on now to say something even more disturbing.

The war in Vietnam is but a symptom of a far deeper malady within the American spirit, and if we ignore this sobering reality…and if we ignore this sobering reality, we will find ourselves organizing «clergy and laymen concerned» committees for the next generation. They will be concerned about Guatemala — Guatemala and Peru. They will be concerned about Thailand and Cambodia. They will be concerned about Mozambique and South Africa. We will be marching for these and a dozen other names and attending rallies without end, unless there is a significant and profound change in American life and policy.

And so, such thoughts take us beyond Vietnam, but not beyond our calling as sons of the living God.

In 1957, a sensitive American official overseas said that it seemed to him that our nation was on the wrong side of a world revolution. During the past ten years, we have seen emerge a pattern of suppression which has now justified the presence of U.S. military advisors in Venezuela. This need to maintain social stability for our investments accounts for the counterrevolutionary action of American forces in Guatemala. It tells why American helicopters are being used against guerrillas in Cambodia and why American napalm and Green Beret forces have already been active against rebels in Peru.

It is with such activity in mind that the words of the late John F. Kennedy come back to haunt us. Five years ago he said, «Those who make peaceful revolution impossible will make violent revolution inevitable.» Increasingly, by choice or by accident, this is the role our nation has taken, the role of those who make peaceful revolution impossible by refusing to give up the privileges and the pleasures that come from the immense profits of overseas investments. I am convinced that if we are to get on the right side of the world revolution, we as a nation must undergo a radical revolution of values. We must rapidly begin…we must rapidly begin the shift from a thing-oriented society to a person-oriented society. When machines and computers, profit motives and property rights, are considered more important than people, the giant triplets of racism, extreme materialism, and militarism are incapable of being conquered.

A true revolution of values will soon cause us to question the fairness and justice of many of our past and present policies. On the one hand, we are called to play the Good Samaritan on life’s roadside, but that will be only an initial act. One day we must come to see that the whole Jericho Road must be transformed so that men and women will not be constantly beaten and robbed as they make their journey on life’s highway. True compassion is more than flinging a coin to a beggar. It comes to see that an edifice which produces beggars needs restructuring.

A true revolution of values will soon look uneasily on the glaring contrast of poverty and wealth. With righteous indignation, it will look across the seas and see individual capitalists of the West investing huge sums of money in Asia, Africa, and South America, only to take the profits out with no concern for the social betterment of the countries, and say, «This is not just.» It will look at our alliance with the landed gentry of South America and say, «This is not just.» The Western arrogance of feeling that it has everything to teach others and nothing to learn from them is not just.

A true revolution of values will lay hand on the world order and say of war, «This way of settling differences is not just.» This business of burning human beings with napalm, of filling our nation’s homes with orphans and widows, of injecting poisonous drugs of hate into the veins of peoples normally humane, of sending men home from dark and bloody battlefields physically handicapped and psychologically deranged, cannot be reconciled with wisdom, justice, and love. A nation that continues year after year to spend more money on military defense than on programs of social uplift is approaching spiritual death.

America, the richest and most powerful nation in the world, can well lead the way in this revolution of values. There is nothing except a tragic death wish to prevent us from reordering our priorities so that the pursuit of peace will take precedence over the pursuit of war. There is nothing to keep us from molding a recalcitrant status quo with bruised hands until we have fashioned it into a brotherhood.

This kind of positive revolution of values is our best defense against communism. War is not the answer. Communism will never be defeated by the use of atomic bombs or nuclear weapons. Let us not join those who shout war and, through their misguided passions, urge the United States to relinquish its participation in the United Nations. These are days which demand wise restraint and calm reasonableness. We must not engage in a negative anticommunism, but rather in a positive thrust for democracy, realizing that our greatest defense against communism is to take offensive action in behalf of justice. We must with positive action seek to remove those conditions of poverty, insecurity, and injustice, which are the fertile soil in which the seed of communism grows and develops.

These are revolutionary times. All over the globe men are revolting against old systems of exploitation and oppression, and out of the wounds of a frail world, new systems of justice and equality are being born. The shirtless and barefoot people of the land are rising up as never before. «The people who sat in darkness have seen a great light.»2 We in the West must support these revolutions.

It is a sad fact that because of comfort, complacency, a morbid fear of communism, and our proneness to adjust to injustice, the Western nations that initiated so much of the revolutionary spirit of the modern world have now become the arch antirevolutionaries. This has driven many to feel that only Marxism has a revolutionary spirit. Therefore, communism is a judgment against our failure to make democracy real and follow through on the revolutions that we initiated. Our only hope today lies in our ability to recapture the revolutionary spirit and go out into a sometimes hostile world declaring eternal hostility to poverty, racism, and militarism. With this powerful commitment we shall boldly challenge the status quo and unjust mores, and thereby speed the day when «every valley shall be exalted, and every mountain and hill shall be made low, and the crooked shall be made straight, and the rough places plain.»3

A genuine revolution of values means in the final analysis that our loyalties must become ecumenical rather than sectional. Every nation must now develop an overriding loyalty to mankind as a whole in order to preserve the best in their individual societies.

This call for a worldwide fellowship that lifts neighborly concern beyond one’s tribe, race, class, and nation is in reality a call for an all-embracing — embracing and unconditional love for all mankind. This oft misunderstood, this oft misinterpreted concept, so readily dismissed by the Nietzsches of the world as a weak and cowardly force, has now become an absolute necessity for the survival of man. When I speak of love I am not speaking of some sentimental and weak response. I am not speaking of that force which is just emotional bosh. I am speaking of that force which all of the great religions have seen as the supreme unifying principle of life. Love is somehow the key that unlocks the door which leads to ultimate reality. This Hindu-Muslim-Christian-Jewish-Buddhist belief about ultimate — ultimate reality is beautifully summed up in the first epistle of Saint John: «Let us love one another, for love is God. And every one that loveth is born of God and knoweth God. He that loveth not knoweth not God, for God is love.» «If we love one another, God dwelleth in us and his love is perfected in us.»4 Let us hope that this spirit will become the order of the day.

We can no longer afford to worship the god of hate or bow before the altar of retaliation. The oceans of history are made turbulent by the ever-rising tides of hate. And history is cluttered with the wreckage of nations and individuals that pursued this self-defeating path of hate. As Arnold Toynbee says:

Love is the ultimate force that makes for the saving choice of life and good against the damning choice of death and evil. Therefore the first hope in our inventory must be the hope that love is going to have the last word (unquote).
We are now faced with the fact, my friends, that tomorrow is today. We are confronted with the fierce urgency of now. In this unfolding conundrum of life and history, there is such a thing as being too late. Procrastination is still the thief of time. Life often leaves us standing bare, naked, and dejected with a lost opportunity. The tide in the affairs of men does not remain at flood — it ebbs. We may cry out desperately for time to pause in her passage, but time is adamant to every plea and rushes on. Over the bleached bones and jumbled residues of numerous civilizations are written the pathetic words, «Too late.» There is an invisible book of life that faithfully records our vigilance or our neglect. Omar Khayyam is right: «The moving finger writes, and having writ moves on.»

We still have a choice today: nonviolent coexistence or violent coannihilation. We must move past indecision to action. We must find new ways to speak for peace in Vietnam and justice throughout the developing world, a world that borders on our doors. If we do not act, we shall surely be dragged down the long, dark, and shameful corridors of time reserved for those who possess power without compassion, might without morality, and strength without sight.

Now let us begin. Now let us rededicate ourselves to the long and bitter, but beautiful, struggle for a new world. This is the calling of the sons of God, and our brothers wait eagerly for our response. Shall we say the odds are too great? Shall we tell them the struggle is too hard? Will our message be that the forces of American life militate against their arrival as full men, and we send our deepest regrets? Or will there be another message — of longing, of hope, of solidarity with their yearnings, of commitment to their cause, whatever the cost? The choice is ours, and though we might prefer it otherwise, we must choose in this crucial moment of human history.

As that noble bard of yesterday, James Russell Lowell, eloquently stated:

Once to every man and nation comes a moment to decide,
In the strife of truth and Falsehood, for the good or evil side;
Some great cause, God’s new Messiah offering each the bloom or blight,
And the choice goes by forever ‘twixt that darkness and that light.
Though the cause of evil prosper, yet ‘tis truth alone is strong
Though her portions be the scaffold, and upon the throne be wrong
Yet that scaffold sways the future, and behind the dim unknown
Standeth God within the shadow, keeping watch above his own.
And if we will only make the right choice, we will be able to transform this pending cosmic elegy into a creative psalm of peace. If we will make the right choice, we will be able to transform the jangling discords of our world into a beautiful symphony of brotherhood. If we will but make the right choice, we will be able to speed up the day, all over America and all over the world, when «justice will roll down like waters, and righteousness like a mighty stream.»5

Book/CDs by Michael E. Eidenmuller, Published by McGraw-Hill (2008)

1 King stated «1954.» That year was notable for the Civil Rights Movement in the USSC’s  Brown v. Board of  Education ruling. However, given the statement’s discursive thrust, King may have meant to say «1964» — the year he won the Nobel Peace Prize. Alternatively, as noted by Steve Goldberg, King may have identified 1954’s «burden of responsibility» as the year he became a minister.

2 Isaiah 9:2/Matthew 4:16

3 Isaiah 40:4

4 1 John 4:7-8, 12

5 Amos 5:24

Audio Source: Linked directly to the Internet Archive

External Link: http://www.thekingcenter.org/

Research Note: This transcript rechecked for errors and subsequently revised on 10/3/2010.

La página American Experience del Public Broadcasting System, recoje esta breve nota de Kirstin Butler sobre uno de los íconos estadounidenses de la segunda guerra mundial: Rosie the Riveter.  Butler identifica el origen, evolución y limitaciones, especialmente raciales, de una imagen que se convertió en símbolo del esfuerzo colectivo de los civiles estadounidenses durante la «guerra buena».


Imagen 1.jpgRosie la remachadora no es quien crees que es

 Kirstin Butler

16 de diciembre de 2021  American Experience

A principios de 1942, la Oficina de Estadísticas Laborales predijo un gran problema: a menos que se tomaran medidas, una escasez de seis millones de trabajadores detendría la productividad del país a fines de 1943. Apenas unos meses después de que Estados Unidos entrara formalmente en la Segunda Guerra Mundial, los hombres estadounidenses se iban al servicio activo en el extranjero, y era fundamental evitar interrupciones en la industria. La solución era tan clara como el problema. “Con la excepción de los pocos cientos de miles de niños en edad previa al reclutamiento”, afirmó un estudio del gobierno, “esta brecha tendrá que ser cubierta casi por completo por las mujeres”.

El presidente Roosevelt encargó a la Oficina de Información de Guerra (OIG), una agencia de propaganda federal recién formada, que vendiera la idea de las trabajadoras al país. “Estos trabajos tendrán que ser glorificados como un servicio de guerra patriótico si se quiere persuadir a las mujeres estadounidenses para que los tomen y se adhieran a ellos”, dijo un informe de la OIG. “Su importancia para una nación involucrada en una guerra total debe ser presentada de manera convincente. Se unieron al esfuerzo del gobierno la industria privada y los medios de comunicación estadounidenses, que juntos generaron algunas de las imágenes más duraderas y conocidas de la época.

A finales de 1942, el artista de Pittsburgh J. Howard Miller produjo una pintura para la Westinghouse Electric and Manufacturing Company. La imagen de una trabajadora con overoles de mezclilla y un pañuelo de lunares rojos y blancos, con una insignia de identificación de empleado de Westinghouse pegada a su solapa, se reprodujo en carteles para su exhibición dentro de las fábricas de municiones de la compañía. La imagen de Miller tuvo una gestión limitada y en gran parte privada, apareciendo en los talleres de Westinghouse durante un período de dos semanas, del 15 al 28 de febrero de 1943, antes de que la compañía incluyera la siguiente en una serie de sus pinturas. Al igual que el cartel “¡Podemos hacerlo!”, a continuación, cada pintura llevaba un mensaje diferente destinado a aumentar la producción, aumentar la moral, evitar el ausentismo o prevenir huelgas. Sin embargo, más allá de las paredes de la fábrica de Westinghouse, la mujer vendada seguía siendo desconocida. El tema de Miller tampoco tuvo nombre, pero no por mucho tiempo.

166311624_10158333553882462_340244609731430237_n

Mujeres trabajando en  Puget Sound Naval Shipyard.  U.S. National Archives

También en febrero de 1943, una canción escrita por Redd Evans y John Jacob Loeb y cantada por The Four Vagabonds llegó a las ondas de radio estadounidenses. “Rosie the Riveter” contó una historia que sucedía en todo el país: las mujeres iban a trabajar en números récord, haciendo trabajos diferentes a los que habían hecho. “Todo el día, llueva o truene”, decía la letra, “ella es parte de la línea de montaje / Ella está haciendo historia, trabajando por la victoria / Rosie la remachadora”. Según la viuda de Loeb, ninguna mujer soltera inspiró la canción; el nombre Rosie fue elegido por su atractivo aliterativo. En el nombre, sin embargo, nació un arquetipo estadounidense.

 

Para cuando el artista Norman Rockwell pintó lo que se convirtió en la portada del Saturday Evening Post del 29 de mayo de 1943, Rosie era un personaje bien conocido; una mujer trabajadora y patriótica. En su hora de almuerzo de la línea de montaje, se sienta vestida de mezclilla con una pistola de remache en su regazo. Para completar su composición, que Rockwell dijo que se basaba en la pintura del profeta Isaías de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, Rosie se paró sobre una copia de Mein Kampf, erradicando así el fascismo con su propio poder. El uso posterior del arte de Rockwell por parte del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos para anunciar bonos de guerra aseguró que la suya fuera la imagen que los estadounidenses identificarían con Rosie the Riveter durante toda la guerra.

Sin embargo, Miller y Rockwell representaron solo una visión cuidadosamente seleccionada de quién conformaba la fuerza laboral de Estados Unidos en tiempos de guerra. Las mujeres negras trabajaron por cientos de miles durante la guerra, pero no fueron reconocidas por el gobierno y los principales medios de comunicación. ”Rosie the Riveter es propaganda clásica 101”, dice la historiadora Emma McClendon. “Tienes a esta mujer yendo a trabajar, ayudando al esfuerzo de guerra, ¿y qué lleva puesta? Un mono de mezclilla azul y un pañuelo rojo, y ella es blanca. Entonces, en ese sentido, se convierte en este ícono de América, del rojo, blanco y azul”.

Imagen 1

Mujeres soldadoras en la planta de Landers, Frary y Clark en New Britain, Connecticut, 1943. Gordon Parks/Biblioteca del Congreso

La OIG no representó la diversidad de mujeres que realizan trabajos de guerra, pero su campaña de reclutamiento fue un éxito. “Prácticamente no hay trabajos, se ha encontrado, que no puedan adaptarse las trabajadoras”, informó Newsweek en agosto de 1943. “Están en los astilleros, aserraderos, acerías, fundiciones. Son soldadores, electricistas, mecánicos e incluso caldereros. Operan tranvías, autobuses, grúas y tractores”. En marzo de 1941, 10,8 millones de mujeres en el país estaban empleadas; en agosto de 1944, ese número había aumentado a 18 millones. Aún así, las mujeres recibían uniformemente salarios más bajos que los hombres por el mismo trabajo. Y cuando terminó la guerra, las mujeres fueron las primeras en perder sus trabajos a manos de los veteranos que regresaban.

El póster de Miller no se asoció ampliamente con Rosie durante otras cuatro décadas. A partir de la década de 1980, la imagen de “¡Podemos hacerlo!” proliferó, encontrando su camino en la cultura pop a través de una serie de reproducciones, desde publicidad y muñecas bobblehead hasta campañas políticas y sellos postales. Originalmente creado solo para un anuncio de servicio público interno, el arte de Miller se convirtió en un ícono feminista ampliamente reconocido. Las representaciones contemporáneas de Rosie también han sido más inclusivas, imaginando una gama más amplia de identidades, por lo que también se expande quién puede encarnar las letras de Evans y Loeb: “hay algo cierto sobre / Rojo, blanco y azul sobre / Rosie the Riveter”.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

En este artículo del historiador Peter Cole publicado en el revista Jacobin, se nos recuerda lo que ocurrió en Wounded Knee, precisamente, el 29 de diciembre de 1890. Ese día soldados estadounidenses masacraron a unos 300 hombres mujeres y niños miembros de la tribu Lakota. Una muestra clara de la violencia, sobre todo racial, que ha caracterizado a la historia estadounidense desde sus comienzos.

Cole es profesor de historia en  la Western Illinois University y autor de Wobblies on the Waterfront and Dockworker Power: Race and Activism in Durban and the San Francisco Bay Area.


Masacre de Wounded Knee - Wikipedia, la enciclopedia libre

Recordando la masacre de Wounded Knee

PETER COLE

Jacobin  29 de dicieimbre de 2021

Al amanecer del 29 de diciembre de 1890, unos 350 amerindios Lakota se despertaron, después de haber sido obligados por el Ejército de los Estados Unidos a acampar la noche anterior junto al Wounded Knee Creek en Dakota del Sur. El 7º Regimiento de Caballería de los Estados Unidos los había “escoltado” allí el día anterior y, ahora, rodeó a los indios con la intención de arrestar al Jefe Big Foot (también llamado Spotted Elk) y desarmar a los guerreros.

Cuando estalló un desacuerdo, los soldados del ejército abrieron fuego, incluso con ametralladoras Hotchkiss. En cuestión de minutos, cientos de niños, hombres y mujeres fueron derribados. Tal vez hasta trescientos muertos y decenas de heridos esa mañana.

Pocos estadounidenses saben ahora que los tiroteos más mortíferos en la historia de Estados Unidos fueron masacres de pueblos nativos. Hoy es el aniversario de la mayor masacre de este tipo.

El nombre común del evento, “La batalla de Wounded Knee”, oscurece los verdaderos horrores de ese día. Porque esto no fue una “batalla”, fue una masacre.

El sueño de un pueblo

Los pueblos indígenas fueron los primeros en experimentar la ira de los conquistadores europeos. Si bien nadie sabe cuántas personas vivían en lo que ahora es Estados Unidos, las estimaciones oscilan entre dos y ocho millones antes de la llegada de los europeos. Para 1900, quedaban alrededor de doscientos mil, casi todos consignados a remotos páramos en el interior del oeste que las élites consideraban inútiles.

Los Lakota, compuestos por siete bandas, eran los más grandes y poderosos de un grupo más grande de amerindios que vivían en las llanuras del norte y son conocidos como los Sioux. Durante la mayor parte del siglo XIX, resistieron ferozmente la invasión de la autoridad y el pueblo estadounidense en su tierra natal.

Pocos ciudadanos estadounidenses o inmigrantes europeos vivieron en el vasto interior hasta después de la Guerra Civil. Luego, gracias en gran parte al gobierno de los Estados Unidos, millones de personas fluyeron hacia el oeste a bordo de las líneas ferroviarias transcontinentales financiadas por el gobierno. Las inmensas tierras, arrebatadas a las naciones indias, y los abundantes recursos naturales atrajeron a personas blancas que querían cultivar, criar ganado y explotar los recursos mineros. Esperaban vivir vidas independientes y, tal vez, enriquecerse.

La conquista del Oeste

El gobierno de los Estados Unidos también envió al Ejército para proteger a los “colonos” de los indios cada vez más enojados.

El gobierno y la ciudadanía consideraban que las tierras en las que los indios habían vivido durante milenios eran propiedad de los Estados Unidos. En consecuencia, los nativos fueron asesinados, desplazados o forzados a “reservas”. Estados Unidos obligó a las naciones indias a firmar tratados, sacrificando sus tierras tradicionales por otras parcelas mucho más pequeñas, a menudo lejos de casa.

En general, estas “negociaciones” eran de la variedad “o bien”, como en: firmar el tratado o ser asesinado. A los indios de las llanuras también se les prometió algo de dinero y raciones de comida para reemplazar su caza de búfalos y estilos de vida semi-nómadas, en los que se basaba toda su cultura.

La mayoría de los indios despreciaban estos tratados y sólo los aceptaban bajo la amenaza de un exterminio violento. El jefe sioux Spotted Tail, por ejemplo, declaró: “No queremos vivir como el hombre blanco… El Gran Espíritu nos dio cotos de caza, nos dio el búfalo, el alce, el ciervo y el antílope. Nuestros padres nos han enseñado a cazar y vivir en las llanuras, y estamos contentos”.

Después de la Guerra Civil, docenas de naciones indias se encontraron atrapadas entre las políticas destructivas del gobierno y la invasión de colonos en curso. No es sorprendente que muchos indios se resistieran. Así que a lo largo de las décadas de 1860, 1870 y 1880, los Estados Unidos se involucraron en docenas de guerras contra los Arapaho, Kiowa, Comanche, Nez Perce, Bannock, Apache, Ute, Blackfoot, Navajo y otros.

Las Tribus Nativas De América Del Norte: Tratado De Fort LaramieLa guerra más conocida tuvo lugar entre los Estados Unidos y Los Lakota Sioux (con aliados Cheyenne y Arapaho del Norte) en los territorios de Dakota, Montana y Wyoming. En 1868, el Tratado de Fort Laramie había puesto fin a la Guerra del Río Powder y había dejado de lado una “Gran Reserva Sioux a perpetuidad”. Sin embargo, muchas bandas sioux no habían firmado, incluyendo Hunkpapa Sioux de Chief Sitting Bull, Oglala de Chief Red Cloud y Brulé de Spotted Tail. En respuesta a las incursiones de los colonos y para defender su tierra y estilo de vida, los sioux asaltaron asentamientos blancos, intimidaron a agentes federales y acosaron a mineros, colonos y ferrocarriles.

A medida que la guerra renovada arreciaba, el coronel George Custer del 7º Regimiento de Caballería dirigió una fuerza a las Colinas Negras, el sagrado corazón de los Sioux, en el suroeste de Dakota del Sur. Custer lo hizo en contra del Tratado de Fort Laramie, que garantizaba que las Colinas Negras permanecerían “fuera de los límites” de los asentamientos blancos. Cuando Custer reportó enormes depósitos de oro, una estampida de buscadores blancos inundó, seguidos por el Ejército para “protección”.

El New York Herald, uno de los principales periódicos de la nación, resumió el sentimiento general de los estadounidenses blancos:

Es inconsistente con nuestra civilización y con el sentido común permitir que el indio deambule por un país tan fino como el que rodea las Colinas Negras, impidiendo su desarrollo para poder disparar y descuartizar a sus vecinos. Eso nunca puede ser. Esta región debe ser tomada de la india.

(En 1980, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó en Estados Unidos contra la Nación Sioux de Indios  que la toma de las Black Hills, de hecho, había roto el Tratado de Fort Laramie y otorgó a los Sioux una compensación. Aunque debido al interés compuesto el total ha aumentado a casi $ 1.5 mil millones, los Sioux  se niegan a aceptar este dinero, viéndolo como un soborno. En cambio, todavía quieren que les devuelvan su tierra).

Los tratados no fueron cumplidos, el Ejército exigió que todos los indios se presentaran a las reservaciones antes del 31 de enero de 1876, o serían perseguidos. Cuando la mayoría se negó, el Ejército envió tropas a la cuenca del río Little Bighorn en el centro sur de Montana.

Poco después, Custer subestimó a su enemigo Sioux y Cheyenne, dividió a sus muy pocas tropas y atacó un enorme campamento de varios miles de guerreros. Famosamente, sus tropas fueron rodeadas y aniquiladas en lo que se conoce como el “Custer’s Last Stand”, que en realidad fue más una batalla itinerante.

Aturdido por esta derrota, el Ejército redobló sus esfuerzos para derrotar a los Lakota, comprometiendo miles de tropas más a esta guerra. Una por una, bandas de indios se vieron obligadas a rendirse y se limitaron a las reservas. Toro Sentado, hábilmente, se trasladó con su pueblo a Canadá, en 1877, donde el Ejército de los Estados Unidos no pudo seguirlo.

Sin embargo, en 1881, después de años de hambre debido al exterminio constante de bisontes, Toro Sentado y su gente regresaron a los Estados Unidos y se rindieron, la última banda Lakota en hacerlo. La estrategia del Ejército de matar de hambre a los indios, matando a su principal fuente de alimento, había funcionado a la perfección tal como el coronel Richard Dodge predijo en 1867: “Cada búfalo muerto es un indio desaparecido”.

Amazon.com: Black Hills Gold Rush Towns (Images of America): 9780738577494:  Cerney, Jan, Sago, Roberta, Minnilusa Historical Association: BooksMientras tanto, las Colinas Negras se convirtieron en la región minera de oro más rentable de la nación, produciendo una enorme riqueza para los mineros blancos, incluido un hombre llamado George Hearst, que se convirtió en uno de los hombres más ricos de la nación. Su hijo, William Randolph Hearts, convirtió esa fortuna en el imperio periodístico más poderoso de la nación.

Los Sioux terminaron en Pine Ridge y otras cuatro reservas dispersas por Dakota del Sur, Dakota del Norte y Nebraska.

Los tratados no valían nada, a fines de la década de 1880 el gobierno redujo las raciones de carne sioux, mientras que muchos de sus ganados murieron de enfermedades. Los sioux estaban cada vez más desesperados: sus tierras tomadas, los bisontes, que en algún momento se contaban por muchos millones, solo quedaban unos pocos miles, toda su forma de vida diezmada. Y, ahora, se morían de hambre.

Muchos indios de las llanuras restantes, incluidos los sioux, buscaron consuelo y respuestas en la religión. Wovoka, un profeta de los indios de la Gran Cuenca (Paiute), prometió a los Sioux que volverían a la prominencia y que los blancos serían aniquilados, si abrazaban la Danza de los Fantasmas, no muy diferente de las visiones que los cristianos podrían experimentar con el ayuno y la soledad.

Wikipedia:Featured picture candidates/Sitting Bull - Wikipedia

Toro Sentado

A medida que la Danza de los Fantasmas se extendía como un reguero de pólvora, a los oficiales del Ejército les preocupaba que este renacimiento religioso pudiera conducir a un levantamiento sioux. Para aplastar esta posibilidad, el Ejército ordenó el arresto de Toro Sentado, un punto de reunión de la Danza Fantasma, donde vivía en la Reserva Standing Rock. (Por supuesto, este lugar y la gente recientemente se hicieron famosos debido a la heroica posición de Standing Rock Sioux al resistirse al oleoducto Dakota Access de cruzar algunas de sus tierras sagradas y poner en peligro sus suministros de agua). Pero Toro Sentado se negó a ir en silencio, se resistió al arresto, por lo que fue asesinado a tiros.

Con Toro Sentado eliminado, el Ejército buscó a Big Foot y sus seguidores, que pronto se dirigieron a la Reserva Pine Ridge, donde esperaban estar a salvo junto a la banda de Red Cloud.

El 28 de diciembre de 1890, los soldados del 7º de Caballería, la misma unidad que había sufrido una derrota ignominiosa con Custer, interceptaron a 350 indios cerca de Pine Ridge. El Ejército acorraló a los nativos hambrientos y congelados, con el Jefe Big Foot sufriendo de neumonía, y los hizo acampar en Wounded Knee.

Los soldados estadounidenses, que sumaban quizás quinientos, comenzaron a desarmar a los indios a la mañana siguiente. Uno puede imaginar la tensión, la Danza fantasma que ha provocado un renovado sentido de orgullo y empoderamiento entre los Sioux derrotados. El Ejército tenía la tarea de mantener a los sioux pacificados y confinados a las reservas. Toro Sentado había sido asesinado dos semanas antes; ahora, el Ejército trató de arrestar y desarmar a otra banda de guerreros sioux.

Black Coyote, sin embargo, se resistió a renunciar a su arma, tal vez porque era sordo y no podía entender inglés. En la refriega que siguió, sonó un disparo.

Al instante, los soldados estadounidenses abrieron fuego con sus armas, incluidas las cuatro ametralladoras Hotchkiss. Entre las armas más poderosas de la época, el Ejército las había utilizado contra los indios anteriormente.

Los ametralladores no solo apuntaron a los guerreros que luchaban por las armas que podían encontrar, sino que también rastrillaron tipis llenos de niños y mujeres. Los que corrían hacia un barranco cercano también fueron cortados.

Aunque los indios en su mayoría habían sido desarmados, algunos todavía poseían armas o se apoderaban de algunas de las ya confiscadas. Mientras las ametralladoras cortaban a los indefensos, la gente se dispersaba en todas direcciones. Los soldados, que ya no seguían órdenes ni disciplinaban, perseguían y mataban a cualquier indio, armado o no.

Wounded Knee Massacre,\ 130th anniversary De | IMAGO

El general del ejército Nelson Miles visitó este campo de exterminio unos días después. Expresó su sorpresa de que las mujeres con bebés en sus brazos habían sido derribadas, a varias millas del sitio inicial de la “batalla”, lo que indica que los soldados persiguieron sistemáticamente a todos los que huyeron.

Dee Brown, autor de la popular historia Bury My Heart at Wounded Knee, sitúa el número de indios muertos en unos trescientos, incluyendo al menos un centenar de niños y mujeres, así como Big Foot. Todos fueron enterrados en fosas comunes. Veinticinco soldados estadounidenses también murieron, muchos muy posiblemente por fuego amigo.

Según Black Elk, hecho famoso en Black Elk Speaks: Being the Life Story of a Holy Man of the Oglala Sioux de John Neihardt, publicado en 1961,  y quien sobrevivió a Wounded Knee:

No sabía entonces cuánto se había terminado. Cuando miro hacia atrás ahora desde esta alta colina de mi vejez, todavía puedo ver a las mujeres y niños masacrados que yacen amontonados y dispersos a lo largo del barranco torcido tan llano como cuando los vi con los ojos jóvenes. Y puedo ver que algo más murió allí en el barro sangriento, y fue enterrado en la ventisca. El sueño de un pueblo murió allí. Fue un hermoso sueño… el aro de la nación está roto y disperso. Ya no hay centro y el árbol sagrado está muerto.

Uno de muchos

Wounded Knee se describe comúnmente como la última “batalla” en las guerras entre Estados Unidos e India. Podría ser visto como el tiroteo masivo más mortífero en la historia de Estados Unidos. Ciertamente no fue el único.

El ejército estadounidense mató a unos 250 shoshone durante la masacre del río Bear en el sureste de Idaho en 1863. Como se discutió recientemente en  Smithsonian, “200 soldados bajo el mando del coronel Patrick Connor mataron a 250 o más Shoshone, incluyendo al menos noventa mujeres, niños y bebés. Los shoshone fueron fusilados, apuñalados y golpeados hasta la muerte. Algunos fueron conducidos al río helado para ahogarse o congelarse”.

Pilgrimage Reflections - Collegeville Institute

En el este de Colorado en 1864, ocurrió la masacre de Sand Creek.  Allí, soldados estadounidenses atacaron a los pacíficos indios Cheyenne y Arapaho “con carabinas y cañones”, matando al menos a 150 indios, la mayoría de ellos mujeres, niños y ancianos. Antes de partir, las tropas quemaron la aldea y mutilaron a los muertos, llevándose partes del cuerpo como trofeos”.

En 1870, el ejército estadounidense mató accidentalmente al grupo “equivocado” de indios, en la masacre de Baker o Marías. En el centro-norte de Montana, a lo largo del río Marías, el mayor Eugene Baker ordenó a sus soldados atacar una aldea de pacíficos Pies Negros. Cuando un subordinado le informó que este grupo no era el que buscaban las tropas, Baker respondió: “Eso no hace ninguna diferencia, una banda u otra de ellos; todos son Piegans [Pies Negros] y los atacaremos”. Alrededor de 175 pies negros desarmados fueron asesinados, la gran mayoría niños y mujeres.

Innumerables asesinatos de un número menor de indios ocurrieron a lo largo de la historia de los Estados Unidos, incluido un número incalculable debido a la recompensa de 1755  puesta en las “cabezas” de los indios Wabanaki en Maine y la matanza de veinte indios Conestoga  por los “Paxton Boys” en 1763 en Pensilvania.

Estos y otros asesinatos masivos de indios siguen siendo desconocidos para la gran mayoría de los estadounidenses. Wounded Knee (y Bear River, Sand Creek y Marías) simplemente no existen en la memoria colectiva de los no nativos. Las vidas nativas todavía no encajan en la narrativa más amplia de la historia de los Estados Unidos.

Por supuesto, los indios no lo han olvidado. En 1973, doscientos miembros del Movimiento Indio Americano (AIM), una organización militante de derechos civiles parcialmente inspirada en los Panteras Negras, regresaron a Wounded Knee para exigir que el gobierno federal cumpliera con las obligaciones del tratado del siglo XIX. Rápidamente rodeados por la policía y agentes federales, los partidarios de AIM se involucraron en un enfrentamiento de setenta y un días que dejó dos nativos muertos y un agente federal paralizado, la llamada Segunda Batalla de Wounded Knee.

Dos años más tarde, otro enfrentamiento entre AIM y la policía federal en la reserva de Pine Ridge dejó dos agentes del FBI muertos y Leonard Peltier declarado culpable de asesinato en primer grado, aunque siempre ha mantenido su inocencia. Actualmente, sus partidarios, incluida Amnistía Internacional, que afirma que su juicio fue injusto, esperaban clemencia del presidente Obama durante sus últimos días en el cargo.

En los últimos años, los miembros de los Arapaho del Norte de Wyoming y cheyenne del norte de Montana, junto con las tribus Arapaho y Cheyenne del Sur de Oklahoma y sus aliados, conmemoran la Masacre de Sand Creek con una marcha de cuatro días. Caminan o corren casi doscientas millas, desde la ubicación de los asesinatos, ahora un Sitio Histórico Nacional, hasta el edificio del capitolio estatal en Denver.

On the anniversary of Wounded Knee, a reading list | MPR NewsDesafortunadamente, muchos estadounidenses no saben de Wounded Knee y otras masacres indígenas. El trágico tiroteo en Orlando a principios de este año pone de relieve esta invisibilidad cuando esa tragedia, que dejó cuarenta y nueve muertos, fue repetidamente etiquetada como el “peor tiroteo en la historia de Estados Unidos”. De hecho, como nos recuerda Roxanne Dunbar-Ortiz, los nativos americanos no han desaparecido aunque se olvide su papel en la historia de Estados Unidos.

Durante los últimos meses, las acciones inspiradas e inspiradoras de los sioux de Standing Rock han obligado a todos los estadounidenses a reconocer la existencia y la resistencia de los indios. También demuestran cómo puede ser un movimiento social multiétnico liderado por  indígenas. Toro Sentado estaría orgulloso de estos defensores del agua, sus descendientes.

Pasados y presentes, los sioux y otros indios americanos han trazado un camino de desafío e independencia a pesar de los esfuerzos genocidas de los conquistadores europeos y los colonos estadounidenses. Hoy, recordamos un capítulo particularmente brutal en el esfuerzo violento para acabar con los primeros pueblos de Estados Unidos.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

El último Gilder Lehrman Institute Book Break del año 2021 estará dedicado al libro de Claire Bellerjeau y Tiffany Yecke titualdo Espionage and Enslavement in the Revolution: The True Story of Robert Townsend and Elizabeth
Aquellos interesados en participar de esta actvidad pueden ir aquí.
Traduzco la descripción del contenido de este libro.
«En enero de 1785, una joven afroamericana llamada Elizabeth fue puesta a bordo del Lucretia en el puerto de Nueva York, con destino a Charleston, donde sería vendida a su quinto maestro en solo veintidós años. Dejando atrás a un niño pequeño que tenía pocas esperanzas de volver a ver, Elizabeth se enfrentó a la cruda realidad de ser vendida al sur a una vida bastante diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No tenía idea de que Robert Townsend, un hijo de la familia de Nueva York por la que fue esclavizada, la localizaría, salvaguardaría a su hija y la devolvería a Nueva York, ni cómo su historia ayudaría a convertir a uno de los primeros espías de Estados Unidos en un abolicionista. Robert Townsend es mejor conocido como uno de los espías más confiables de George Washington, pero pocos saben cómo trabajó para poner fin a la esclavitud. A medida que se desarrolla la historia de Robert y Elizabeth, figuras prominentes de la historia se cruzan en su camino, incluidos Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, John André y John Adams, así como participantes en la Masacre de Boston, los Hijos de la Libertad, la Batalla de Long Island, las negociaciones de Franklin en París y el complot de traición de Benedict Arnold»
Traducido por Norberto Barreto Velázquez 

Captura de Pantalla 2021-12-25 a la(s) 14.59.31.png

En este artículo publicado en el diario New York Times, la historiadora Martha S. Jones rescata del olvido a la esclava Abigail. Propiedad de John Jay, Abigail acompañó a la familia Jay a París, donde su dueño fue parte de la negociación del tratado que reconoció la independencia de los Estados Unidos. Es una historia fascinante que recoge las contradicciones de quienes lucharon por la libertad de las Trece Colonias. Mientras Jay, en unión a John Adams y Benjamín Franklin, buscaba afirmar la independecia de su país, Abigail luchaba, sin éxito, por alcanzar su libertad.

Jones es profesora de Historia en la Universidad Johns Hopkins y autora de Vanguard: How Black Women Broke Barriers, Won the Vote, and Insisted on Equality for All. @marthasjones


Mujer, negra, esclava y poeta | En el campo de lavanda

Esclavizada a un padre fundador, buscó la libertad en Francia

Martha S. Jones

The New York Times  23 de noviembre de 2021

A pesar de sus muchos marcadores de memoria, hay algunas historias sobre el pasado que París no cuenta. Soy una historiadora afroamericana que pasa cada verano en París con mi familia. En junio pasado, cuando se levantaron los cierres de la pandemia, llegaron los invitados, ansiosos por descubrir los aspectos más destacados de la ciudad y superar las guías.

Las condiciones no eran ideales, pero cuando me pidieron que compartiera algo sobre la historia de la ciudad, los invité a descubrir cómo Francia y los Estados Unidos estuvieron unidos hace mucho tiempo en la brutalidad de la esclavitud transatlántica.

Presenté a mis visitantes a una mujer esclavizada a quien conozco por un solo nombre, Abigail. Traída de los Estados Unidos a París por uno de los fundadores de Estados Unidos, John Jay, murió allí en un intento fallido de ganar su libertad.

Vanguard: How Black Women Broke Barriers, Won the Vote - Virginia Humanities

Los marcadores de memoria de la ciudad, lieux  des memoires, cuentan fácilmente la historia de hombres como Jay, quien finalizó los términos de la libertad para los nuevos Estados Unidos allí en 1783. Fue uno de los hombres que firmaron el Tratado de París en septiembre, resolviendo la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Aún así, la historia de Abigail hasta hoy sigue siendo fácil de pasar por alto.

He buscado a Abigail hace mucho tiempo, casi 10 años. Primero me quedé perpleja sobre su vida y muerte como recién llegada a París cuando me topé con los muchos homenajes de la ciudad a los fundadores estadounidenses. Saliendo del Museo  de Orsay y dirigiéndome a la orilla derecha a través de la  Passerelle  Léopold-Sédar-Senghor, con los barcos turísticos bateaux mouches  pasando por debajo, me encontré con una estatua de bronce de 10 pies de altura de Thomas Jefferson, otro fundador de los Estados Unidos, planes para su finca de Virginia, Monticello, en la mano.

Caminando a lo largo de la rue Benjamin-Franklin del distrito 16, me aventuré a la pequeña Plaza de Yorktown para descubrir que la figura sentada en lo alto de un zócalo de piedra era el propio Franklin. Recién salido de observar a la gente desde una mesa de la acera en el café Les Deux Magots, una vez el refugio de las luminarias del siglo 20 James Baldwin y Richard Wright, di la vuelta a la esquina en la rue Jacob. Haciendo una pausa en el número 56, leí la placa de mármol rosa que marca el sitio del Hôtel  d’York, donde tres de los hombres que dieron forma a la independencia de Estados Unidos, los comisionados de paz de los Estados Unidos Benjamin Franklin, John Adams y John Jay, finalizaron el Tratado de París.

Estos lugares legendarios son, reconocí, blanqueados. No hay mención de las personas esclavizadas, como Abigail, que estaba obligada a trabajar en los hogares parisinos de los Fundadores. Ningún sitio explica que durante el tiempo de John Jay en la capital francesa, mientras negociaba la libertad de la nueva nación, también se ocupó de la falta de libertad de los demás.

John Jay Homestead • John Jay by John Trumbull

John Jay

Abigail viene a nosotros refractada a través de las preocupaciones de aquellos que conspiraron para mantenerla atada a la familia Jay, y recuperar su voz distintiva es difícil de lograr a través de registros que ella, como mujer esclavizada, tuvo poca mano en la construcción. Aún así, para dar una explicación más completa de la fundación de nuestra nación y los muchos primeros estadounidenses que contribuyeron a ella, he recopilado pequeños fragmentos del pasado que traen a Abigail más claramente a la vista. Como historiadora, me preocupa que nunca aprenda lo suficiente sobre ella, y todavía estoy seguro de que Abigail junto con John Jay deben ser recordados.

Gran parte de lo que sabemos sobre los fatídicos 18 meses de Abigail en París proviene de las cartas sobrevivientes de John Jay, Benjamin Franklin y sus familias mientras trabajaban para frustrar sus esfuerzos por liberarse. Las misivas se pasaban entre los hogares de los pueblos de Passy y Chaillot, pequeños enclaves fronterizos con París. Las cartas llevaban noticias de París a Londres, donde Jay cuidó de sus negocios familiares y de su salud.

Abigail había estado vinculada a la familia Jay desde al menos 1776, aunque nada en la Declaración de Independencia de ese año cambió su estatus. El Índice de Registros de Esclavitud de Nueva York informa cómo el padre y el abuelo de John Jay invirtieron en el comercio de esclavos a Nueva York, y el propio John Jay mantuvo al menos a 17 personas esclavizadas durante su vida. En 1779, Abigail se encontró en un viaje que se cruzaba con las antiguas rutas de comercio de esclavos, acompañando a la familia Jay cuando partió hacia Europa.

Su grupo se detuvo en Martinica, una colonia azucarera del Caribe francés impulsada por mano de obra esclavizada, donde Jay compró a un niño llamado Benoit, quien lo acompañó a la misión diplomática de Jay en Madrid, la que alguna vez fue capital del imperio esclavista de España. En 1782, los Jays se dirigían a París, el centro de un imperio en el que el comercio de esclavos y un despiadado régimen de plantaciones llenaban las arcas de las familias en las ciudades portuarias francesas. La esclavitud unió las Américas y Europa con un desprecio casual pero insensible en el siglo 18.

Cuando Jay se dirigió a Londres en octubre de 1783, su esposa, Sarah, y su sobrino Peter Jay Munro manejaron los asuntos de la familia. Abigail asistió a la Sra. Jay, especialmente después del nacimiento de tres hijos lejos de casa. Sarah Jay escribió agradecido a su madre: «La atención y las pruebas de fidelidad que hemos recibido  de Abbe, exigen y siempre tendrán mis reconocimientos, difícilmente pueden imaginar lo útil que es para nosotros».

En París, el aislamiento impuso una tensión especial a Abigail. Fue la única persona esclavizada que acompañó a los Jays desde América, hizo muy pocos amigos y añoró a sus propios seres queridos al otro lado del Atlántico. Sólo más tarde, en 1784, James Hemings llegaría a París, esclavizado por Thomas Jefferson. La hermana de James, Sally, la siguió en 1787, pero Abigail, habiendo muerto en 1783, nunca tuvo la oportunidad de reunirse con estos esclavos estadounidenses que también vivían en París.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

En la primavera de 1783, la señora Jay escribió de manera reveladora a su propia hermana Kitty: «Abbe está bien y estaría encantada de saber si todavía es amante de un esposo». Abigail, nos enteramos, estaba lejos de una persona querida, un esposo, y le preocupaba que esos lazos pudieran haberse desgastado durante los años que pasó separada.

Nada en los registros sobrevivientes describe a Abigail; nos queda imaginarla. ¿Era alta o baja, ligera o redonda, oscura o clara? ¿Caminaba con seguridad, o era cautelosa la mayor parte del tiempo? No sabemos su edad. Aún así, podemos decir cómo se sintió. En el verano de 1783, Abigail no estaba bien. Jay informó que un dolor de muelas y reumatismo la mantuvieron confinada la mayor parte del tiempo. Pero sus problemas no eran solo los del cuerpo.

Abigail estaba inquieta en su mente. Tal vez estaban demasiados años lejos de amigos y familiares. O, sugirió la Sra. Jay, podría haberse vuelto celosa de un miembro francés del personal doméstico o haber sido influenciada por una lavandera «inglesa» que la atizó con la promesa de salarios a cambio de trabajo. En París, los lazos de esclavitud se aflojaron lo suficiente como para permitir a Abigail repensar su futuro.

Era finales de octubre cuando Abigail decidió poner a prueba el control de la esclavitud sobre ella y se dirigió a las calles de París no tenía intención de volver. A petición de la señora Jay, William Temple Franklin, compañero de su abuelo Benjamin Franklin, buscó la ayuda del teniente de policía de París, Jean-Charles-Pierre Lenoir, mediante un lettre  de cachet, una solicitud que a veces se utiliza para disciplinar a los miembros del hogar que se consideran fuera de lugar. La policía pronto encontró  a Abigail en compañía de la misma lavandera que había prometido pagarle el salario, y la llevaron al Hôtel de la Force, una cárcel de la ciudad donde las celdas de las mujeres eran conocidas como La Petite Force. Jay escribió a su esposo, preocupada por efecto que tal lugar podría tener en la salud de Abigail. Lenoir aseguró que podría ser detenida indefinidamente si los Jays aceptaba pagar una cantidad modesta por las comidas de Abigail. Peter Jay Munro le explicó a su tía que durante sus visitas con Abigail, ella se negó a regresar a la casa de la familia a menos que se le prometió el pasaje de regreso a Estados Unidos.

John Jay desestimó las preocupaciones de Abigail y escribió a Munro, alentando a que fuera coaccionada: «Creo que sería mejor posponer su visita al Hotel de la Force por algunas semanas». Jay creía que las llamadas de Munro “probablemente serían recibidas con más gratitud”, y luego pasó a menospreciar a Abigail, comentando: «Las mentes pequeñas no pueden soportar atenciones y a las personas de esa clase deberían preferirse de ser concedidas que ofrecidas». Jay aconsejó que la familia siguiera el consejo de Benjamin Franklin y dejara que Abigail permaneciera en la cárcel por más tiempo; Franklin había sugerido que de 15 a 20 días de confinamiento tendrían el efecto deseado. Era una forma de disciplina destinada a doblegar la voluntad de Abigail.

La Force Prison - Wikipedia

Durante las siguientes semanas, se acercó el invierno mientras Abigail permanecía confinada y su salud dio un grave giro. La disposición de la joven se “endureció” y una enfermedad física la envió a la enfermería. Abigail luego se volvió “penitente”, informó Peter Jay Munro, y pidió regresar a la casa de los Jays en Francia. William Templeton Franklin arregló su liberación y la Sra. Jay hizo una nota de que había adelantado 60 libras, probablemente el cargo por las comidas de Abigail, para asegurar su regreso. De vuelta en la residencia de Jay, Abigail casi de inmediato se terminó  encamada. «Esperamos que se recupere», escribió Sarah Jay a su esposo. Pero en dos semanas, Abigail estaba muerta. Lo que sucedió entonces, ni las cartas de jay ni las de la familia Franklin confiesan.

Esperaba que los signos del tiempo que Abigail estuvo en París hubieran sobrevivido. ¿Podría encontrar algo parecido a un monumento a ella? Empecé a buscar dónde había vivido, los pueblos de Passy y Chaillot. Tal vez había sido enterrada allí. Hoy en día la zona está de moda, con calles bordeadas de boutiques de alta gama. Una tienda de libros raros, Anne  Lamort  Livres  Anciens,en la rue Benjamin-Franklin, exhibió una copia de «Les Chaînes de L’Esclavage»(«Las cadenas de la esclavitud») de Jean-Pierre Marat de 1792 en su ventana delantera, casi como para alentar mi búsqueda. Está a pocos pasos del Trocadero, que hoy es un cruce de caminos para seis bulevares principales, adornados por fuentes, jardines bien cuidados y el neoclásico Palais de  Chaillot,construido en 1937 para anclar la Exposición  Internacional de la ciudad. Vislumbré una vista perfecta de postal de la Torre Eiffel en las aberturas entre los edificios erigidos durante la era del barón Haussmann, quien rehizo el paisaje urbano a mediados del siglo 19 en su estilo característico.

Rue Benjamin-Franklin | French-American Cultural Foundation

Tal vez Abigail fue enterrada cerca. Me dirigí al sitio del cementerio del siglo 18 de Passy, a lo largo de la estrecha rue de l’Annonciation,  donde algunas de las casas de élite de uno y dos pisos de la época de Abigail todavía están en pie, pintadas ahora en pasteles apagados y aseguradas por paredes y puertas. La calle está llena de charlas de café y compradores que se lanzan a hacer mandados. Las cosas se calmaron cuando me volví hacia la rue  Lekain, donde los residentes de Passy fueron enterrados en un momento. No hay señales ahora de ese cementerio temprano. Los enterrados allí en el siglo 18 fueron enterrados hace mucho tiempo o tenían sus huesos almacenados bajo tierra en las catacumbas de la ciudad.

Tal vez había pistas sobre las semanas de detención de Abigail en los registros de los archivos de la Prefectura  de Policía. Hace unos veranos, busqué entre las antiguas  lettres  de cachet, incluidas las solicitudes privadas de detención de miembros del hogar, conservadas en habitaciones reservadas en un recinto policial en funcionamiento. Es un lugar imponente, construido de acero y hierro de finales del siglo 20, con pequeñas ventanas que aumentan la sensación penal. Examiné cientos de registros que relatan las vidas de los muchos desafortunados atrapados en disputas por su conducta descarriada: esposos contra esposas, padres contra hijos y amos contra sirvientes, muchos de los cuales aterrizaron en las celdas de lugares como el Hôtel de la Force. A pesar de pasar un día pasando páginas polvorientas y frágiles de la década de 1780, no encontré ni un solo documento con el nombre de Abigail. Incluso eso podría haber sido una especie de monumento a su terrible experiencia.

Encontrar algún rastro de Abigail en el sitio donde fue encarcelada, La Petite Force, resultó más prometedor. Una pared de la cárcel permanece en pie donde la rue Pavée  y la rue  Malher se encuentran en el barrio de Marais. Me uní por las calles estrechas, esquivando los cafés al aire libre que se han apoderado de muchas aceras durante la pandemia. Luego,  mirando hacia arriba, reconocí el contorno del muro que marcaba el límite más septentrional de la cárcel. Me enteré de que el lugar había comenzado como el hogar de Henri-Jacques  Nompar  de Caumont, el duque de la Force. Cuando se lo entregó a la ciudad, construyó allí un modelo de reforma penal con ventanas, cuartos separados para mujeres y una enfermería, todo lo cual Abigail llegó a conocer.

France, Paris, Bibliotheque Historique de la Ville de Paris or BHVP, public  library specializing in the history of the city of Paris, founded in 1871  and located since 1969 in the LamoignonA un lado de la pared del siglo 18 de la cárcel todavía se encuentra el Hôtel de Lamoignon, hoy  Bibliothèque  Historique de la Ville de Paris. Me dirigí allí para ver mejor su patio, solo para encontrarme con un bibliotecario de referencia que estaba feliz de buscar en su colección digital imágenes de La Petite Force. Allí estaba, en su pantalla: tres pisos de piedra y hierro, un arco cerrado para una entrada. Me senté durante un largo momento en la tranquila zona de recepción de la biblioteca, imaginando a Abigail: llegando allí, insistiendo en quedarme y finalmente cayendo fatalmente enferma.’

París no tiene un verdadero monumento a Abigail, ningún lugar que recuerda a un esclavo estadounidense que murió allí en el advenimiento de la libertad estadounidense. Casi todos los signos de su corta y precaria vida se perdieron hace mucho tiempo o se borraron definitivamente. Es una larga caminata, pero sabía que tenía que hacer una última parada: el Jardin du Luxembourg, donde las rosas estaban en flor.

Allí, justo detrás del lugar de reunión del senado nacional de Francia, se encuentra un homenaje a los pueblos esclavizados de Francia que vivieron y murieron en esclavitud, una experiencia que la nación declaró un crimen contra la humanidad en la Ley de Reconocimiento de la Trata de Esclavos y la Esclavitud de 2001, conocida con el nombre de su campeona, Christiane  Taubira,  como la Ley Taubira.  En este sitio, cada 10 de mayo, Francia rinde homenaje a los esclavizados. Las palabras grabadas en un monumento de granito, instalado en 2011, acreditan a las personas esclavizadas, por su lucha y búsqueda de la dignidad, con sentar las bases de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la república francesa. Aquí, las personas esclavizadas son honradas como entre los fundadores de Francia.

En París, para Abigail, y para otros vinculados por los fundadores estadounidenses durante su misión por la libertad, un tributo similar se siente muy atrasado. Por ahora, este recorrido por el París de Abigail tendrá que ser suficiente.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez 

Este domingo 19 de diciembre del 2021, y como parte de los Brook Breaks del Gilder Lehrman Institute, el historiador Allen C. Guelzo comentará su más reciente libro, Robert E. Lee: A Life. Publicado en 2021 por Alfred A. Knopf, esta biografía de uno de los personajes más controversiales de la historia de Estados Unidos, ha sido elogiada tanto por histporiadores como por críticos literarios.

Guelzo es profesor en la Universidad de Princenton y ganador, entre otros premios, del  Bradley Prize en 2018.

Los interesados pueden registrarse aquí.


Captura de Pantalla 2021-12-13 a la(s) 10.49.37

En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


life1a

Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

5_afganistan_tanques

Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

Capítulo 14: 2004, la guerra contra el terrorismo marca las elecciones |  Internacional | Cadena SER

De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

OBAMASTAN

Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: "Los líderes han huido" |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

A %d blogueros les gusta esto: