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Comparto con mis lectores este interesante capítulo del libro de la historiadora Josefina L. Martínez, ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy . Esta obra analiza el papel que han jugado las mujeres en el desarrollo del movimiento obrero y, en especial, en huelgas a nivel global. En el caso específico del capítulo que comparto, Martínez enfoca una huelga en la Lawrence (Massachussets) llevada a cabo en marzo de 1912. Aquellos interesados en la historia obrera, de género y de la intersección entre ambas, podrían encontrar muy útil este capítulo.


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Manifestación en Lawrence (Massachusetts) durante la huelga de 1912.
LAWRENCE HISTORY CENTER PHOTOGRAPH COLLECTION

La huelga de Pan y Rosas

Josefina L. Martínez

Ctxt.com     16/01/2021

Desde que comenzó la pandemia hemos visto en varios países la irrupción de luchas de mujeres trabajadoras cruzadas por la explotación y los agravios del racismo y las migraciones. El grito de las jornaleras contra los abusos en el campo, la protesta de las enfermeras y limpiadoras en los hospitales, las trabajadoras del hogar contra la esclavitud moderna o las vecinas autoorganizadas para frenar los desahucios. Estas experiencias muestran la potencialidad de apostar por la construcción de un feminismo de clase, alejado tanto del punitivismo moralista de las disputas en redes sociales como de los techos de cristal del feminismo meritocrático.

El libro ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy recupera algunas de estas luchas, sus dolores y también sus deseos de emancipación. Pero el hilo rojo y morado que entrevera género y clase no comienza hoy. Por eso la primera parte está dedicada a huelgas de mujeres en la historia: la huelga de Pan y Rosas en 1912 en EE.UU., la revuelta de las mujeres contra el aumento de los precios en Barcelona, Málaga y Alicante en 1918, las huelgas de las inquilinas en las primeras décadas del siglo XX o las luchas de las trabajadoras textiles contra el Corte Inglés en la Transición española. Varios capítulos están basados en artículos publicados en los últimos años en CTXT, ahora reeditados, junto con historias nuevas. Para la publicación del libro, ilustrado por Emma Gascó, se ha lanzado una campaña de crowdfunding en Verkami. Presentamos aquí, como adelanto editorial, el capítulo sobre la huelga de Pan y Rosas, una de las más importantes de la historia de la clase obrera en Estados Unidos. Protagonizada por decenas de miles de trabajadoras textiles, jóvenes, inmigrantes y precarias, se desarrolló en Lawrence entre el 11 de enero y el 14 de marzo de 1912.

La mañana del 11 de enero el frío cortaba la respiración en Lawrence, Massachusetts. Antes de las 6 de la mañana, miles de bocas tragaron pequeños trozos de pan en cocinas oscuras, las mujeres alimentaron a los niños y se calzaron los abrigos. Minutos después, los portales escupían figuras que se multiplicaban al doblar la esquina; polleras, sombreros y botines cruzaban puentes y aceleraban el paso, mientras el humo de las chimeneas y el chillido de los silbatos indicaba el camino de tan temprana procesión. El torrente se precipitaba por calles y avenidas, bifurcándose en los portones de cada fábrica: la Everett Mills, la Pacific Mills, la Washington Mills, unas 30 en total. Lawrence abría sus fauces, enormes mandíbulas mecánicas, trituradoras de ladrillo y metal, para engullir esa masa de carne y nervios, músculos y cerebros. En cada taller, los hilos se tensaban y los brazos se acoplaban a las máquinas, iniciando el traqueteo infernal que iba a martillear los tímpanos durante 10 horas.

Portada del libro. Ilustración: Emma Gascó

La ciudad había sido fundada en 1845 por la Asociación de empresarios de Boston en un lote de tierras despobladas de Nueva Inglaterra. Abbot Lawrence la había imaginado como un modelo ideal de laboriosidad y puritanismo donde las jóvenes solo se ocuparían unos años en la confección, hasta que llegara la edad de casarse y estuvieran listas para engendrar hijos devotos. Cuarenta años después, las ‘chicas de Lawrence’ seguían trabajando con la espalda doblada 14 horas al día en talleres mugrientos, pariendo hijos que entraban a trabajar antes de tener un solo pelo en la caraHacia 1910, Lawrence se transformó en uno de los centros de la industria textil norteamericana –sus fábricas procesaban el 25% del total del tejido de lana en Estados Unidos–, una urbe de casi 86.000 habitantes, en su mayoría trabajadores y trabajadoras no cualificadas que llegaban en oleadas desde el sur de Italia, Polonia, Lituania, Grecia, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia para abastecer la creciente demanda de mano de obra. En su Informe sobre la huelga de los trabajadores textiles de Lawrence de 1912, el Gobierno Federal indicaba que al menos la mitad de la población mayor de 14 años se ocupaba en la industria textil de lana y algodón y más del 80% de la población era extranjera.

Ese día invernal, sin embargo, debajo de la rutina aparente, circulaba una potente corriente subterránea, una tensión que se transmitía en las miradas, en frases intercambiadas en diferentes lenguas, en rostros endurecidos. Las polacas fueron las primeras. 200 mujeres que, al recibir la paga semanal y comprobar que les habían bajado el salario, estallaron con furia y pararon la producción. Bajaron los brazos y con esa declaración de inmovilidad, dejando caer hilos y agujas, condenaron a las máquinas a su impotencia de cacharros sin alma. Con ese gesto, iniciaron una huelga que iba a ser imparable.  Short Pay, short pay! All out! ¡Menos salario, todas afuera! Durante 63 días, trabajadoras y trabajadores inmigrantes sostuvieron una huelga que desafió a las corporaciones textiles más importantes de Estados Unidos, enfrentó a los gobiernos, a la policía y la milicia armada, a los medios de comunicación conservadores y al clero reaccionario, hasta conseguir un triunfo.

La lucha tuvo varios hitos: la creación de un comité de huelga, con 56 miembros, donde estaban representadas más de veinte comunidades étnicas y nacionales; la organización de cocinas populares que garantizaron dos comidas diarias a miles de huelguistas y sus familias; una caja de resistencia que recibió aportes desde todo el país; los piquetes móviles de las mujeres para burlar a la policía. Y lo que quizás sea el evento más conocido: el “éxodo de los niños”, cuando las trabajadoras enviaron en tren a cientos de sus hijos hacia otras ciudades, para ser alimentados y cuidados por familias solidarias durante la huelga.

Al parecer, los días previos al 11 de enero ya había circulado el rumor de la huelga en varios idiomas. El disparador fue una reducción salarial de unos pocos centavos en las nóminas. Una ley reciente establecía la reducción de la jornada laboral para mujeres y menores de edad, que debía pasar de 56 a 54 horas semanales. Y como en la industria textil la mayoría eran mujeres, tenía un gran impacto en la ciudad. Los empresarios aceptaron recortar la jornada de trabajo, pero a cambio redujeron también los salarios, no pensaban perder ni un céntimo en esta operación.

20 centavos equivalían a varias barras de pan, pero fue mucho más que eso lo que desencadenó el conflicto. Según la Comisión del Trabajo de Massachusetts, el salario mínimo que necesitaba una familia obrera para sobrevivir era de 8,28 dólares por semana, mientras un tercio de los hogares cobraba por debajo de esa cifra, menos de siete dólares. Por un piso con tres piezas, se pagaba entre dos y tres dólares semanales; el salario no alcanzaba. Si eras abogado o cura, tenías una esperanza de vida de 64 años, pero si eras una trabajadora textil, con suerte podías superar los 40 años. Eran frecuentes las enfermedades respiratorias, provocadas por la inhalación de partículas de algodón y productos tóxicos. A esto se sumaba un récord nacional de accidentes laborales: brazos amputados, dedos arrancados, piernas machacadas. La pujante industria norteamericana se alimentaba de sangre fresca, y no era una metáfora.

Cuando se supo que las polacas habían bloqueado la producción, miles de trabajadoras se reunieron espontáneamente fuera de las plantas, gritando: “¡Todas afuera!”. En minutos, una lluvia de piedras y trozos de hielo volaron hacia las ventanas, una buena forma de llamar la atención de quienes todavía dudaban. Al día siguiente, las trabajadoras se dirigieron al salón de la asociación franco-belga, constituyeron el comité de huelga y pidieron ayuda a la IWW (Industrial Workers of the World). Este era un sindicato militante y combativo que, a diferencia de la conservadora central AFL, organizaba a los trabajadores no cualificados, los más precarios, los afroamericanos y las mujeres. La IWW enviaba a sus mejores organizadores, los wobblys, a todos los puntos del país para apoyar las huelgas y organizar las cajas de resistencia.

Enseguida, el comité de huelga lanzó un mensaje a las trabajadoras y trabajadores de Lawrence: “Ahora que la asociación de los capitalistas ha mostrado la unidad de todos nuestros adversarios, os llamamos como hermanos y hermanas a unir vuestras manos junto con nosotros en este gran movimiento. Nuestra causa es justa… Trabajadores y trabajadoras, dejad vuestros martillos, tirad vuestras herramientas, dejad que las máquinas se paren, que la energía deje de hacer girar las ruedas y los telares, dejad la maquinaria, apagad los fuegos, paralizad las plantas, paralizad la ciudad”.

Pájaros de fuego, chicas rebeldes

Las investigadoras Anne F. Mattina y Domenique Ciavattone señalan que los tres ingredientes claves para el triunfo de la huelga fueron el papel de la IWW, las redes de solidaridad creadas por las organizaciones nacionales de inmigrantes y el activismo militante de las mujeres obreras.

One Big Union: Ireland and the Wobbly World | Irish Centre for the  Histories of Labour & Class, NUI GalwayElizabeth Gurley Flinn fue una de las principales organizadoras de la huelga. La ‘Chica Rebelde’, como se la conocía popularmente, tenía 21 años cuando llegó a Lawrence, enviada por la IWW. Hija de socialistas irlandeses, militaba desde muy joven. Durante la huelga de Lawrence, organizó reuniones especiales para las mujeres, tomando en cuenta las dificultades que tenían para organizarse. Lo explicaba así: “Las mujeres querían hacer piquetes. Eran huelguistas, tanto como esposas y valientes luchadoras”. Otra organizadora destacada era Annie Walzenback, de 34 años. Había ingresado en las fábricas textiles cuando tenía 14. Hablaba inglés, alemán, polaco y yiddish. Era una agitadora y organizadora de los piquetes diarios, junto a sus dos hermanas. Se dice que una noche, 2.000 mujeres la acompañaron hasta su casa después de una manifestación, solo para asegurarse de que llegara bien y no fuera detenida por la policía, que la tenía fichada. Finalmente, la noche del 15 de febrero fue trasladada directamente desde su cama a la cárcel por las fuerzas policiales.

El papel de estos experimentados organizadores y organizadoras de la IWW fue fundamental para la lucha que sacudió a Lawrence, pero la fuerza de propulsión brotaba de la rebelión de las trabajadoras inmigrantes. Esas mujeres jugaron un papel crucial por su presencia en múltiples espacios: en las fábricas, en los piquetes callejeros y en los barrios. Allí mantenían redes, tejidas durante años, cuando intercambiaban con sus vecinas un poco de comida o se ayudaban para cuidar a los niños. Durante la huelga, aquellos contactos permitieron que la información diaria circulara de casa en casa, en tiempos en que no había redes sociales ni teléfonos móviles.

Tan solo un año antes, muchas trabajadoras habían comentado entre ellas, con los ojos llenos de rabia y dolor, los acontecimientos ocurridos en la fábrica Triangle Shirwaist de Nueva York, cuando un incendio causó la muerte de 146 trabajadoras. Cuando comenzó ese incendio, las operarias que estaban en el octavo piso pudieron escapar, pero en el noveno las mujeres se dieron cuenta demasiado tarde de lo que ocurría. 50 trabajadoras se lanzaron por las ventanas huyendo del humo abrasador y murieron por el impacto: pájaros de fuego. Otras fueron aplastadas en las escaleras de incendio o en el hueco del ascensor. Y el resto murieron asfixiadas y quemadas. Todo esto ocurrió en menos de media hora. Una verdadera tragedia causada por la codicia patronal, que conmovió a la clase trabajadora de este a oeste. Días después, 400.000 personas marcharon en una procesión de homenaje a las mujeres de Triangle. En su mayoría, se trataba de jóvenes trabajadoras e inmigrantes, muy parecidas a las que unos meses después se lanzarían a la huelga en Massachusetts. Parecía como si todo ese dolor acumulado hubiera explotado en Lawrence, desatando la huelga.

Flashback Photo: The 1912 Bread and Roses Strike - New England Historical  Society

Los mítines multitudinarios se traducían en simultáneo a 30 idiomas, superando las divisiones étnicas y nacionales al interior de la clase obrera. Desde siempre, las patronales habían utilizado esas diferencias para enemistar a unos trabajadores contra otros, debilitando su fuerza colectiva. Pero ahora eso ya no funcionaba. Las mujeres descubrieron la táctica de formar piquetes móviles para desbordar a las fuerzas policiales y a las milicias armadas. Todos los días marchaban en largas cadenas humanas, con los brazos entrelazados, cortejos de miles de personas, cantando y gritando. Se cuenta que un grupo de mujeres italianas desarmó a un policía; entre varias le quitaron la placa, la porra y hasta los pantalones, antes de arrojarlo al río helado. Uno de los empresarios dijo, horrorizado, acerca de aquellas mujeres: “Tienen demasiada astucia y demasiado carácter. Están por todos lados, y se está poniendo cada vez peor”. El intendente también dejó caer una frase que se hizo famosa: “Un policía puede controlar a diez hombres, mientras que hacen falta 10 policías para controlar a una sola mujer”.

Durante la primera semana de huelga hubo una tormenta de nieve y la temperatura llegó a 10 grados bajo cero. El 15 de enero, miles de huelguistas montaron un piquete para impedir la entrada de rompehuelgas en las instalaciones de la Washington and Wood Mills. Cuando llegaron hasta la Prospect Mill, lanzaron piedras y bolas de hielo. Se dirigían hacia la Atlantic y Pacific Mills cuando la policía los interceptó, lanzando agua helada a los manifestantes con mangueras de apagar incendios.

“Pueden usar su manguera, pero se está encendiendo en el corazón de los trabajadores una llama de revuelta proletaria que ninguna manguera de incendios en el mundo puede apagar”, declaró después Joseph Ettor. En los barrios, los panaderos polacos bajaron los precios para los huelguistas, mientras que los peluqueros se negaban a atender a los rompehuelgas. En las calles, miles de personas cruzaban miradas cómplices, se reconocían fácilmente porque llevaban insignias con el lema: “No seas rompehuelgas” o con las siglas de la IWW.

Amazon.com: Lawrence Strike 1912 Ncartoon 1912 By Art Young On The Lawrence  Massachusetts Textile Worker Strike Of That Year Poster Print by (24 x 36):  Posters & PrintsLa represión y la batalla por la opinión pública

La jornada del 29 de enero fue un punto de inflexión. Ese día la policía asesinó a la trabajadora Anna LoPizzo durante una concentración y varios dirigentes de la huelga fueron detenidos.

La ofensiva represiva iba creciendo semana a semana. El alcalde Michael Scanlon había desplegado a la policía local, pero al tomar nota de la determinación de las huelguistas, el 15 de enero convocó a la milicia armada y llegó a declarar la ley marcial. Varios escuadrones de la milicia (antecesora de la Guardia Nacional) se establecieron en Lawrence, reforzados por la policía de Boston y francotiradores de los Marines.

Así trascurrían las semanas, las fuerzas se tensaban y las huelguistas no daban el brazo a torcer, a pesar del hambre y el frío. Pero lo que terminó de definir el futuro de la huelga fue el “éxodo de los niños” y la feroz represión. Entonces se logró ganar la batalla por la opinión pública. A principios de febrero apareció un aviso en el periódico socialista de Nueva York, The Call:

RECIBID A LOS NIÑOS

Los niños de Lawrence tienen hambre. Su padres y madres están luchando, pero el hambre puede romper la huelga. Estas mujeres y hombres están dispuestos a sufrir, pero no pueden ver el dolor de sus hijos o soportar sus llantos pidiendo comida. Se solicita a aquellos trabajadores y simpatizantes de la huelga que puedan acoger al hijo de un huelguista hasta que la huelga termine, que envíen con urgencia su nombre y domicilio al Call. Hacedlo de inmediato.

En pocas horas hubo cientos de llamados y cartas ofreciendo un lugar para los niños de Lawrence. La táctica se había inspirado en tradiciones de lucha del movimiento obrero europeo, a propuesta de varios activistas. En pocos días, la enfermera Margaret Sanger junto con Elizabeth Gurley Flinn y otros miembros del comité organizaron todo. Un primer grupo de 119 niños viajó a Nueva York el 10 de febrero. Un millar de personas recibió a los pequeños con euforia en la Estación Central. Cuando un segundo grupo llegó a Nueva York, el 17 de febrero, se organizó una manifestación. En las fotos vemos los pequeños rostros orgullosos. Una pancarta decía: “Piden pan, reciben bayonetas”. La noticia seguía corriendo en toda la prensa nacional y otras ciudades también querían recibir a los niños de Lawrence. Su “éxodo” representaba todo lo humano de esta lucha contra la codicia de los empresarios. Y para tratar de frenar esa corriente de simpatía, el alcalde de Lawrence no tuvo mejor idea que prohibir los viajes de niños. Pero una nueva delegación de 200 pequeños ya estaba preparada para montar al tren, el 24 de febrero. Ese día, decenas de madres con sus hijos se dirigieron a la estación, donde se encontraron con un inmenso dispositivo policial.

Cuando el tren se acercaba a los andenes, las mujeres trataron de avanzar. Entonces llovieron los palos, golpes y empujones, la policía cargando contra mujeres y niños. –¡Tened cuidado con los niños, los estáis matando! –gritó Tema Camitta, del comité de solidaridad de Philadelphia. Minutos después, se produjeron más de 50 arrestos y una docena de niños fue trasladada en coches de la milicia. Una multitud de huelguistas se lanzó sobre ellos, muchos eran los padres desesperados buscando a sus hijos. Y la represión continuó.

Barre, the Socialist Labor Party Hall, and the Lawrence Strike of 1912 -  Old Labor Hall

El New York Times informó al día siguiente que para “desanimar cualquier intento de los huelguistas de rescatar a los niños, cuatro compañías de infantería y un escuadrón de caballería rodearon la estación de trenes”. Lo que no sabían aquellas mujeres, cuando resistieron como leonas para que la policía no les arrancara de los brazos a sus pequeños, era que, en ese preciso instante, habían ganado la huelga. Después de la represión se produjo tal escándalo a nivel nacional, que los empresarios se vieron obligados a ceder. Pocos días después, una asamblea multitudinaria aprobó por aclamación el acuerdo alcanzado.

Josefina L. Martinez

A la hora de explicar el arraigo y popularidad de Donald J. Trump entre millones de estadounidense imperan dos factores: el económico y el racial. El primero hace alusión a los efectos de más de trienta años de neoliberalismo “reaganiano”  sobre las clases media y baja blanca estadounidenses. Su empobrecimiento y abandono por parte de los principales partidos políticos -y en especial los Democratas- las hizo muy receptivas a la demagogia de Trump.  Las fabricas se fueron a China o a México, los estadounidense de baja nivel educativo vieron sus opciones ecnómicas reducirse, los ricos se hicieron más ricos y  los pobres cayeron víctimas de opiáceos y de la avariacia de ciertas compañías farmaceuticas.  El esperado goteo (trickle-down) de la riqueza no llegó.

En cuanto al tema racial, es necesario reconocer que, contrario a lo que muchos pensaron, la victoria de Obama en 2008 no marcó el fin de los conflcitos raciales en Estados Unidos. Por el contrario, la presencoa de un negro en la Casa Blanca exacerbó los ánimos raciales y preparó el camino para el éxito del discurso racista de Trump.  Sitiéndose amenazados y preocupados por perder sus privelegios ante el crecimiento y avance de las minorías raciales, millones de estadounidense vieron en Trump el líder necesario para hacer a Estados Unidos blanco de nuevo. Con Trump en la presidencia, supremacistas blancos y otros grupos extremistas se sintieron el libertad de expresar abiertamente lo que pensaba o sentían en privado.

¿Cuál de estas explicaciones es la correcta? No creo en explicaciones simples, por lo que veo necesario recurrir a ambas para entender cómo llegamos a la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021. Ese día, miles de estadounidenses, en su inmensa mayoría  blancos, llegaron a Washington D.C. covocados por el Presidente para cuestionar la certificación congresional de la victoria de Joe Biden. En lo que los medios identificaron erróneamente como algo inédito en la historia de Estados Unidos, los seguidores de Trump marcharon sobre el Congreso y con una facilidad pasmosa lo tomaron por la fuerza. Luego vino un despliegue de lo peor de la sociedad estadounidense.

Quienes participaron en el ataque al Congreso se hicieron parte de una tradición estadounidense, la de cuestionar los resultados electorales cuando no favorecen a un sector social o racial.

En este escrito, el periodista británico Toby Luckhurst reseña los eventos que ocurrieron en Wilmington, Carolina del Norte, cuando en 1898 una turba de hombres blancos derrocaron a una coalición racialmente mixta, que democráticamente habían ganado el control de la ciudad.


Wilmington 1898: When white supremacists overthrew a US government

Toby Luckhurst

BBC News

A mob stands outside the burnt offices of the Wilmington Daily Record

The mob burned down the offices of the Wilmington Daily Record a caption

Following state elections in 1898, white supremacists moved into the US port of Wilmington, North Carolina, then the largest city in the state. They destroyed black-owned businesses, murdered black residents, and forced the elected local government – a coalition of white and black politicians – to resign en masse.

 

Historians have described it as the only coup in US history. Its ringleaders took power the same day as the insurrection and swiftly brought in laws to strip voting and civil rights from the state’s black population. They faced no consequences.

 

Wilmington’s story has been thrust into the spotlight after a violent mob assaulted the US Capitol on 6 January, seeking to stop the certification of November’s presidential election result. More than 120 years after its insurrection, the city is still grappling with its violent past.

Short presentational grey line

After the end of the US Civil War in 1865 – which pitted the northern Unionist states against the southern Confederacy – slavery was abolished throughout the newly-reunified country. Politicians in Washington DC passed a number of constitutional amendments granting freedom and rights to former slaves, and sent the army to enforce their policies.

 

But many southerners resented these changes. In the decades that followed the civil war there were growing efforts to reverse many of the efforts aimed at integrating the freed black population into society.

 

Wilmington in 1898 was a large and prosperous port, with a growing and successful black middle class. Undoubtedly, African Americans still faced daily prejudice and discrimination – banks for instance would refuse to lend to black people or would impose punishing interest rates. But in the 30 years after the civil war, African Americans in former Confederate states like North Carolina were slowly setting up businesses, buying homes, and exercising their freedom. Wilmington was even home to what was thought to be the only black daily newspaper in the country at that time, the Wilmington Daily Record.

 

300+ Unfair politics ideas | african american history, black history,  history facts“African Americans were becoming quite successful,” Yale University history professor Glenda Gilmore told the BBC. “They were going to universities, had rising literacy rates, and had rising property ownership.”

 

This growing success was true across the state of North Carolina, not just socially but politically. In the 1890s a black and white political coalition known as the Fusionists – which sought free education, debt relief, and equal rights for African Americans – won every state-wide office in 1896, including the governorship. By 1898 a mix of black and white Fusionist politicians had been elected to lead the local city government in Wilmington.

 

But this sparked a huge backlash, including from the Democratic Party. In the 1890s the Democrats and Republicans were very different to what they are today. Republicans – the party of President Abraham Lincoln – favoured racial integration after the US Civil War, and strong government from Washington DC to unify the states.

 

But Democrats were against many of the changes to the US. They openly demanded racial segregation and stronger rights for individual states. “Think of the Democratic party of 1898 as the party of white supremacy,” LeRae Umfleet, state archivist and author of A Day of Blood, a book about the Wilmington insurrection, told the BBC.

 

Democratic politicians feared that the Fusionists – which included black Republicans as well as poor white farmers – would dominate the elections of 1898. Party leaders decided to launch an election campaign based explicitly on white supremacy, and to use everything in their power to defeat the Fusionists. “It was a concerted, co-ordinated effort to use the newspapers, speechmakers and intimidation tactics to make sure the white supremacy platform won election in November 1898,” Ms Umfleet said.

White militias – including a group known as the Red Shirts, so named for their un

iforms – rode around on horseback attacking black people and intimidating would-be voters. When black people in Wilmington tried to buy guns to protect their property, they were refused by white shopkeepers, who then kept a list of those who sought weapons and ammo.

Red Shirts pose at the polls in North Carolina

Enter a captioThe Red Shirts militia intimidated and attacked blacn

Newspapers meanwhile spread claims that African Americans wanted political power so they could sleep with white women, and made up lies about a rape epidemic. When Alexander Manly, owner and editor of the Wilmington Daily Record, published an editorial questioning the rape allegations and suggesting that white women slept with black men of their own free will, it enraged the Democratic party and made him the target of a hate campaign.

 

The day before the state-wide election in 1898, Democratic politician Alfred Moore Waddell gave a speech demanding that white men “do your duty” and look for black people voting.

 

And if you find one, he said, “tell him to leave the polls and if he refuses kill, shoot him down in his tracks. We shall win tomorrow if we have to do it with guns.”

 

The Democratic party swept to victory in the state elections. Many voters were forced away from polling stations at gunpoint or refused to even try to vote, for fear of violence.

But the Fusionist politicians remained in power in Wilmington, with the municipal election not due until the next year. Two days after the state election Waddell and hundreds of white men, armed with rifles and a Gatling gun, rode into the town and set the Wilmington Daily Record building alight. They then spread through the town killing black people and destroying their businesses. The mob swelled with more white people as the day went on.

 

Wilmington Coup 1898 | Downtown Wilmington, NC

 

As black residents fled into the woods outside the town, Waddell and his band marched to the city hall and forced the resignation of the local government at gunpoint. Waddell was declared mayor that same afternoon.

 

“It [was] a full-blown rebellion, a full-blown insurrection against the state government and the local government,” Prof Gilmore said.

Within two years, white supremacists in North Carolina imposed new segregation laws and effectively stripped black people of the vote through a combination of literacy tests and poll taxes. The number of registered African American voters reportedly dropped from 125,000 in 1896 to about 6,000 in 1902.

“Black people in Wilmington didn’t think that something like this would ever happen,” Prof Gilmore said. “There was a Republican governor in the state, their congressman was a black man. They thought that things were actually getting better. But part of the lesson about it was as things got better, white people fought harder.”

Deborah Dicks Maxwell is president of the local branch of the National Association for the Advancement of Colored People [NAACP] in Wilmington. Born and raised in the town, she didn’t learn about the attack until she was in her thirties.

“It was something that those who are here [in Wilmington] knew but it was not widely talked about,” she told the BBC. “It’s not in the school curriculum like it should be – no one wants to admit this happened.”

 

It was not until the 1990s that the city began to discuss its past. In 1998 local authorities commemorated the 100th anniversary of the attack, and two years later set up a commission to establish the facts. Since then the city has erected plaques at key points to commemorate the events, and has created the 1898 Monument and Memorial Park – something Ms Dicks Maxwell described as “small but significant”.

Given what the city has gone through, it’s no surprise that its residents and historians who have covered its past drew parallels between the 1898 insurrection and the attack on the US Capitol this month. Ms Dicks Maxwell and her NAACP branch had for months after the US election been highlighting what they saw as the similarities between what happened in Wilmington and how politicians today in the US were trying to undermine the election results.

“Earlier that day we had a press conference denouncing our local congressman for supporting Trump, [saying] that there would be a possible coup and that we did not want another coup to ever occur in this country,” she said. Just hours later the mob marched on the US Capitol.

 

Christopher Everett is a documentary maker who made a film about the 1898 insurrection, Wilmington on Fire. When Mr Everett saw the attack on the Capitol he thought of Wilmington.

 

“No one was held accountable for the 1898 insurrection. Therefore it opened up the floodgates, especially in the south, for them to… strip African Americans’ civil rights,” he told the BBC. “That’s the first thing that came to my mind after the DC insurrection – you’re opening the door for something else to happen, or even worse.”

 

The 1898 attack was not covered up. University buildings, schools and public buildings throughout the state were all named after the instigators of the insurrection. Men would later claim to have taken part in the attack to boost their stature in the Democratic Party. As the decades passed, history books started to claim the attack was in fact a race riot started by the black population and put down by white citizens.

“Even after the massacre, a lot of these folks who participated in and orchestrated the insurrection became immortalised – statues, buildings named after them, throughout the country, especially in North Carolina,” Mr Everett said.

 

CWilmington insurrection of 1898 - Wikiwandharles Aycock – one of the organisers of the white supremacy electoral campaign – became governor of North Carolina in 1901. His statue now stands in the US Capitol, which rioters entered on 6 January.

 

Mr Everett is now filming a sequel to his documentary to examine how Wilmington is grappling with its past. He said many local leaders are working to “bring the city of Wilmington back to the spirit of 1897, when you had this Fusion movement of white folks and black folks working together and making Wilmington an example of what the new south could have been after the civil war.”

 

“Wilmington was a model for the white supremacy movement with the insurrection,” he said. “But now Wilmington could also be a model to show how we can work together and overcome the stain of white supremacy as well.”

 

Como bien ha analizado la historiadora Joanne Freeman en su excelente libro Field of Blood: Congressional Violence in Antebellum America (Farrar, Straus and Giroux, 2018), previo a la guerra civil el Capitolio era un lugar peligroso. Separados cada vez más por el tema de la esclavitud, los legisladores recurrieron a métodos más violentos para tratar de imponer su posición. En otras palabras, la guerra de secesión se comenzó a pelear en los hemiciclos del Congreso años antes de que la primera bomba confederada cayera sobre Fort Sumter el fatídico día 12 de abril de 1861.

En este nota que comparto con mis lectores, la escritora Livia Gershon comenta uno de los episodios más famosos de violencia ocurridos en el Capitolio. El 22 de mayo de 1856, el Representante Preston S. Brooks, un esclavista de Carolina del Sur, atacó con una bastón al senador por el estado de Massachussets y abolicionistas, Charles Sumner. El severo ataque fue en respuesta a un discurso de Sumner criticando a la esclavitud y a los senadores que la defendían.

En el contexto del asalto contra del Capitolio el pasado 6 de enero, creo conveniente continuar subrayando que la violencia es un elemento intrínseco en la historia política estadounidense.


A dramatic portrayal of the 1856 attack and severe beating of Massachusetts senator Charles Sumner by Representative Preston S. Brooks of South Carolina.

A dramatic portrayal of the 1856 attack and severe beating of Massachusetts senator Charles Sumner by Representative Preston S. Brooks of South Carolina
via LOC

Political Divisions Led to Violence in the U.S. Senate in 1856

The horrific caning of Charles Sumner on the floor of the Senate in 1856 marked one of the most divisive moments in U.S. political history.

As we prepare for a new term of government in the wake of the recent insurrection at the U.S. Capitol, we might wonder just how contentious federal politics can get. But let’s not forget that time when South Carolina congressman Preston Smith Brooks assaulted Massachusetts senator Charles Sumner with a cane in the Senate chamber, beating him so badly that his skull was exposed and he lost consciousness, was covered in blood, and nearly died. As historian Manisha Sinha writes, this 1856 attack highlighted and magnified the divisions that would cause the country to come apart less than five years later.

Charles Sumner | American Battlefield TrustWhen Sumner joined the Senate in 1851, Sinha writes, his anti-slavery beliefs quickly made him enemies. Opponents blocked him from committee appointments, denied him the floor, and heckled him when he spoke.

Brooks’s attack came after Sumner gave his May 1856 speech “The Crime Against Kansas,” in which he condemned the actions of pro-slavery forces. Brooks claimed that he was provoked by Sumner’s insulting words about another senator, who was a distant relation of his. But, Sinha points out, under the prevailing southern code of honor, the appropriate response to a personal insult from a social equal would be a challenge to duel. Instead, Brooks resorted to a form of violence reserved for social inferiors—notably including the enslaved. Many southerners praised Brooks specifically for using a demeaning form of physical force. As a public letter to Brooks from five Charleston residents put it, “You have put the Senator from Massachusetts where he should be. You have applied a blow to his back… His submission to your blows has now qualified him for the closest companionship with a degraded class.”

Charles Sumner

Senator Charles Sumner was beaten nearly to death by Representative Preston Brooks on the Senate floor in 1856
via Flickr/Boston Public Library

Sinha writes that abolitionists drew the same comparison, to different ends. The New York Tribune asked if Congress was “a slave plantation where Northern members act under the lash, the bowie-knife, and the pistol.” Robert Morris, a Black Boston lawyer, wrote to Sumner that “no persons felt more keenly and sympathized with you more deeply and sincerely than your colored constituents in Boston.”

The attack on Sumner also highlighted divisions in the nation when it came to ideas of masculinity. Some in the South reviled Sumner’s “unmanly submission.” This was in line with pro-slavery rhetoric that tied abolitionism to feminism and accused white male abolitionists of effeminate “sickly sentimentality.” Northerners, on the other hand, were more likely to embrace a bourgeois idea of masculinity rooted in self-control and to view Brooks’s attack on an unarmed man as cowardly.

For many in the North, Sinha writes, the incident called to mind the question of whether slavery was compatible with a republican form of government. The New England Anti-Slavery Convention warned that slaveholders were trying to “crush out” freedom of speech on the floor of Congress, as they had done on their plantations.

As we think about division in our own time, it’s worth considering the historical context of political anger and division in the past.

El asalto al Capitolio por partidarios del Presidente Trump el 6 de enero de 2021 ha provocado infinidad de comentarios. Muchos lo han visto como un evento excepcional que no retrata ni refleja a los Estados Unidos.  Nada más alejado de la realidad.  En este artículo publicado por el diario La vanguardia, el escritor Francisco Martínez Hoyos  examina casos previos de violencia política y de intentonas golpistas.

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De Newburgh a los Proud Boys: el golpismo antes de Trump

FRANCISCO MARTÍNEZ HOYOS

El mundo entero presenció los hechos con más o menos incredulidad. En Estados Unidos, la democracia más antigua de cuantas existen en el planeta, una horda de partidarios del presidente Trump irrumpía en el Capitolio mientras el Congreso ratificaba la victoria electoral de Joe Biden. Tras los incidentes planea la inquietante sombra del golpismo. Por sorprendente que parezca al tratarse de una república como la norteamericana, con una arraigada tradición de libertades, no es la primera vez que se lanza allí una amenaza contra el poder emanado del pueblo.

Cuando se produjo el primer peligro para la república, la conspiración de Newburgh, aún no había terminado la guerra de Independencia contra los británicos. En marzo de 1783, las tropas del ejército patriota estaban descontentas porque llevaban meses sin cobrar y no habían recibido de las pensiones vitalicias prometidas, que consistían en la mitad de la paga. Se difundió entonces una carta anónima que proponía resolver el problema con un acto contra el Congreso que no llegaba especificarse.

Ante la gravedad, el general Washington intervino de inmediato. En un emotivo discurso, emplazó a sus oficiales a mantenerse fieles al poder legislativo. Todo quedó en un susto cuando el Congreso satisfizo algunos atrasos a los soldados y les ofreció, en lugar de la proyectada pensión, cinco años de paga completa.

La estabilidad política norteamericana volvió a verse amenazada a principios del siglo XIX. Esta vez, el responsable fue un antiguo héroe de la guerra de la Independencia, Aaron Burr, protagonista de una carrera política tan polémica como turbulenta. Tras ocupar la vicepresidencia en el gabinete de Thomas Jefferson, entre 1801 y 1805, intervino en un plan para crear un nuevo estado con territorios mexicanos que serían arrebatos a España. Tal vez, esta hipotética nación también estaría integrada por territorios del Oeste de Estados Unidos, que se desgajarían de la Unión.

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn.  Dominio público

¿Intentó, además, derrocar por la violencia al gobierno de Washington? Él aseguró que no, pero todo el asunto era lo bastante turbio como para que nada se pudiera dar por seguro. Uno de sus amigos y cómplices, el general James Wilkinson, que resultó ser un espía al servicio de los españoles, acabó por denunciar sus actividades. Burr sería juzgado por traición, aunque declarado inocente. Desde entonces, su controvertida figura ha suscitado un amplio debate.

A nivel estatal

No todo el golpismo se encaminaba a un cambio de poder en el conjunto del país. También se dieron intentonas en algunos los estados de la Unión, como Arkansas. Fue allí donde Joseph Brooks perdió las elecciones para gobernador en 1872. Al estar convencido de que su derrota no había sido justa, dos años después decidió alzarse en armas contra su antiguo rival, el también republicano Elisha Baxter. Contaba con el apoyo de una milicia de más de 600 hombres frente los 2.000 que respaldaban a Baxter.

La pugna violenta entre los dos líderes obligó al ejército federal a interponerse entre sus respectivos partidarios. Brooks acabó destituido, pero el presidente Grant le concedió un cargo en la administración de Correos de Little Rock.

Fue también en 1874 cuando la Liga Blanca, una organización paramilitar de antiguos confederados, se rebeló contra el gobierno de Luisiana en nombre del supremacismo blanco. Para sus partidarios, dar más oportunidades a la población negra significaba ejercer una tiranía. Ante los disturbios, las tropas federales tuvieron que intervenir y obligar a los rebeldes a retirarse.

Contra Roosevelt

Casi sesenta años después, en 1933, tuvo lugar un oscuro episodio, el Business Plot. Un prestigioso general retirado, Smedley Butler, afirmó que un grupo de capitalistas y banqueros le había tanteado para que encabezara un golpe de Estado fascista contra Roosevelt.

En aquellos momentos, en plena Gran Depresión, las gentes adineradas veían con suspicacia al presidente. Su política reformista, basada en la intervención del poder público sobre la economía, le había convertido en sospechoso de socialismo o comunismo. Lo cierto es que Roosevelt se proponía solucionar los problemas del capitalismo para que el sistema funcionara otra vez.

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar
 Dominio público

Se suponía que Butler debía derrocar al gobierno al frente de una organización de veteranos de la Primera Guerra Mundial. En esos momentos, el descontento cundía entre los antiguos soldados. Un año antes, un movimiento de protesta había reclamado en Washington el pago de los bonos prometidos por el Congreso. El general MacArthur, futuro héroe en la lucha contra los japoneses, reprimió sin contemplaciones a los manifestantes.

Según Butler, los conjurados buscaban a un hombre fuerte al servicio de Wall Street. Partidario convencido de la democracia, el antiguo militar se negó en redondo a proporcionarles cualquier tipo de apoyo. Sin embargo, las personas a las que implicó negaron su intervención y finalmente no pasó nada. La prensa restó importancia al asunto, como si todo hubiera sido una fantasía.

En 1958, el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. señaló que pudo existir un plan sobre el papel sin que se diera ningún intento de llevarlo a cabo. Otros autores han concedido mayor relevancia a la conspiración. En 2007, Scott Horton, abogado conocido por su labor a favor de los derechos humanos, afirmó que entre los cómplices del Business Plot se hallaba Prescott Bush. Este banquero fue el padre del presidente George H. W. Bush y el abuelo de George W. Bush. Su implicación, a día de hoy, es un tema controvertido.

La intentona fracasó, pero fue más seria de lo que muchos quisieron admitir. Para cuestionarla se argumentó que era inverosímil que un grupo de extremistas de derechas se pusiera en contacto con un hombre como Butler, de conocido antifascismo. Pero para Roberto Muñoz Bolaños precisamente su fama de progresista lo convertía en una figura interesante para los artífices del plan. Se trataba, según este historiador, de “crear una situación de inestabilidad, que permitiera un cambio político radical y un giro autoritario en el sistema político”.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

La mayoría de militares estadounidenses se han distinguido por su obediencia a las autoridades civiles, pero eso no significa que estén desprovistos de influencia. En 1961, al abandonar la presidencia, Eisenhower hizo un conocido discurso en el que advirtió a sus compatriotas contra los peligros del “complejo militar-industrial”, una alianza entre los mandos del Ejército y los fabricantes de armas. Unos y otros habían alcanzado el suficiente poder como para inmiscuirse en las decisiones de los políticos elegidos por el pueblo.

Este peligro se hizo patente durante la crisis de los misiles, en la que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de una guerra nuclear. Miembros de la cúpula militar presionaron para que el presidente Kennedy respondiera a Moscú con la máxima contundencia por la instalación en Cuba de armamento atómico. Si eso significaba el uso del arsenal nuclear, que así fuera.

En el momento de mayor tensión, Kennedy avisó a Jruschov, el mandatario ruso, de que el Pentágono podía patrocinar un golpe en su contra si no se encontraba una salida a la pugna entre ambos países.

Donald Trump ha alentado actitudes golpistas al anunciar que no estaba dispuesto a acatar el resultado de las elecciones de noviembre. Poca duda hay de que su política populista ha ahondado en Estados Unidos una fractura social con incalculables consecuencias. ¿Qué salida cabe? El asalto al Congreso nos hace recordar una conocida cita de Jefferson, acerca de los deberes de todos los demócratas: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”.

Una de las pocas cosas que podríamos denominar como “positivas” de la pandemia, es que el distanciamiento social nos obligó a buscar nuevos mecanismos para compartir y circular el conocimiento. Es así como las videoconferencias en la red -los famosos webinar­- se convirtieron en herramientas muy útiles para  acceder a conferencias, seminarios y presentaciones de las que en “tiempos normales” no habríamos podido participar. Gracias a Zoom, Blackboard Collaborate, Facebook Life y otras plataformas, he podido acceder conferencias de colegas en Estados Unidos, Puerto Rico, Inglaterra, Argentina, etc.

Una de esas actividades es la presentación del libro de la colega Valeria L. Carbone, Una historia del movimiento negro estadounidense en la era post derechos civiles (1968-1988) (Universidad de Valencia, 2020). Producto de su tesis doctoral “Racismo, Raza y clase en la lucha de base y resistencia de los afro-estaunidenses durante 1968-1988” (UBA, 2017), este libro examina el desarrollo de la lucha de los afro estadounidenses en el periodo posterior a aprobación de las históricas  Ley de Derechos Civiles (1964) y la Ley de Derecho al Voto (1865). Como no he leído esta obra, comparto la descripción que la acompaña:

La presente obra analiza la evolucion de la lucha y la resistencia de los afro-norteamericanos a lo largo de las décadas de 1970 y 1980 desde una perspectiva que incorp ora las categorías de racismo, raza y clase. Desde la centralidad de las elaboraciones discursivas e institucionales de las nociones de raza y racismo, así como desde el papel fundamental que ha adquirido la ideología de la supremacía de la raza blanca en el devenir historico estadounidense, la poblacion negra ha entendido su lucha desde la nocion de raza como lugar de resistencia, lo que ha delimitado sus acciones a la hora de perfilar estrategias de lucha colectiva. El estudio de determinados movimientos significativos de cada region del territorio (centro-oeste, el sur profundo, noreste, este) evidencia como estos permiten establecer conexiones y continuidades en cuanto a problemas, tácticas y estrategias, formas de organizacion, retoricas discursivas y tipos de participacion, que dieron forma a un complejo, heterogéneo y versátil proceso de incesante movilizacion nacional mediante el cual la comunidad negra desafio al racismo institucional estadounidense bajo las consignas de raza y clase.

Antes de finalizar debo destacar dos cosas. Primero, que la publicación de este libro coincidió con  la intensificación de los conflictos raciales provocada por el asesinato de George Floyd en mayo de 2020.  Segundo, que publicaciones académicas en castellano analizando la historia estadounidense son escazas o de difícil acceso dados los problemas de distribución que nos separan. Ambos factores hacen del libro de la Dra. Carbone una importante aportación que debe ser reconocida.

Invito a quienes estén interesados en estos temas a ver la presentación de este libro aquí.

Norberto Barreto Velazquez

Lima, 3 de enero de 2021

 

 

In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”.  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras “estadounidenses”

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su “invisibilidad”.


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

En 1865,  el Congreso estadounidense aprobó  una enmienda a la constitución de los Estados Unidos aboliendo la esclavitud. Esta enmienda, la número trece, fue ratificada por todos los estados de la Unión (los estados sureños rebeldes no participaron).  Aunque histórica, la enmienda 13  no acabó, realmente, con la esclavitud en Estados Unidos, sino que dejó las puertas abiertas a la injusticia y al abuso. En su primera sección, la enmienda establece que “ni en los Estados Unidos ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto.” En los ciento cincuenta y cinco años de su existencia, esta sección ha sido utilizada para esclavizar a miles de personas, la mayoría de ellos negros. Acusados y convictos, en muchos casos por acusaciones frívolas o inventadas, negros, blancos pobres, latinos e imigrantes terminaron trabajando como esclavos en granjas estatales en el Sur, apagando fuegos forestales en el Oeste, etc.

En esta artículo publicado en The New York Times, el gran historiador estadounidense Eric Foner aborda este tema con la claridad que ha caracterizado su trabajo académico. Quienes estén intersados en este asunto podrían complementar la lectura del trabajo de Foner con el excelente documental 13th (2016) de la directora Ava DuVernay.


 We Are Not Done With Abolition

Eric Foner

New York Times     December 16, 2020

Convicts working on a prison farm in 1934.

Credit…Lomax Collection, via Library of Congress

Early this month, a group of Democratic members of Congress introduced an Abolition Amendment to the U.S. Constitution. Why, in the year 2020, does the Constitution need an amendment dealing with the abolition of slavery? Wasn’t that accomplished over a century and a half ago?

The problem is that the Thirteenth Amendment, ratified in 1865, which prohibits slavery throughout the country, allows for “involuntary servitude” as a “punishment for crime.” This loophole made possible the establishment of a giant, extremely profitable, system of convict labor, mainly affecting African-Americans, in the Jim Crow South. That system no longer exists but its legacy remains in the widespread forced labor of prisoners, who are paid far below the minimum wage. The Abolition Amendment would eliminate the Thirteenth Amendment’s “criminal exemption” by adding these words to the Constitution: “Neither slavery nor involuntary servitude may be imposed as a punishment for a crime.”

When enacted, the Thirteenth Amendment was recognized as a turning point in the history of the United States, indeed the entire world. When the House of Representatives approved it as the Civil War drew to a close, wild scenes of celebration followed. Members threw their hats in the air and embraced one another. Passage, wrote one newspaper, was “the crowning event of the war, indeed of the century.”

The Amendment’s wording, including the criminal exemption, was based on Thomas Jefferson’s proposed but never enacted Land Ordinance of 1784, which would have barred slavery in all the new nation’s territories. From there, it migrated to the Northwest Ordinance of 1787, which prohibited slavery in territories north of the Ohio River. Scholars have not explained why Jefferson devised this language. Perhaps he thought that labor was good for the character and would aid in the rehabilitation of prisoners. But the coupling of a ban on slavery with an exemption for convicted criminals quickly became embedded in American law. By the time of the Civil War, it could be found in the constitutions of a large majority of the free states. Such language survives in nearly half the state constitutions.

 

During the 1850s, Republicans, including Abraham Lincoln, popularized the claim that the Northwest Ordinance demonstrated that their new party was following the intentions of the founding fathers when it sought to bar slavery from the western territories. When it came time during the Civil War to write an amendment abolishing slavery, Charles Sumner, the abolitionist Senator from Massachusetts, proposed wording based on the 1791 French Declaration of the Rights of Man and the Citizen. His colleague Jacob Howard of Michigan rejected the idea of using a French model. “Good old Anglo-Saxon language” was adequate, he declared, and Congress gravitated to the wording of Jefferson’s ordinance.

Because of its very familiarity, the text of the Thirteenth Amendment did not undergo necessary scrutiny. The criminal exemption was almost never mentioned in congressional debates, contemporary newspapers or at antislavery conventions that endorsed the proposed amendment.

Petition · amend the 13th amendment · Change.org

But the clause did not go unnoticed by white Southerners. The all-white governments established in the South by President Andrew Johnson after the war’s end enacted laws known as the Black Codes, which sought to use the courts to consign African-Americans to involuntary labor. Black Americans who failed to sign a contract to work for a white employer could be convicted of vagrancy, fined and, if unable to pay, sold at public auction.

“Cunning rebels,” one congressman complained in 1866, were using “the exceptional clause” to reduce freed persons to slavery. In 1867, the National Anti-Slavery Standard, an abolitionist journal published in New York City, called for the passage of a new amendment eliminating the words “except as a punishment for crime.” Today’s abolition amendment seeks to accomplish the same result by other means.

Also in 1867, a Republican congressman from Iowa, John A. Kasson, introduced a resolution clarifying the “true intent” of the 13th Amendment. It was not meant, he insisted, to authorize the “sale or other disposition” of people convicted of crime. If prisoners were required to labor, this should be under the supervision of public authorities, not private individuals or companies. The resolution passed the House, but did not come to a vote in the Senate.

By this time, Congress had enacted, over Johnson’s veto, the Civil Rights Act of 1866, which mandated racial equality in judicial punishments, and had approved the 14th Amendment, requiring states to provide to all people the “equal protection of the laws.” These, senators thought, would prevent the use of the courts to victimize African-Americans, rendering Kasson’s resolution unnecessary. Time would prove them tragically wrong.

During Radical Reconstruction, when hundreds of thousands of African-Americans voted for the first time and large numbers held public office, racial bias in the criminal justice system and the forced labor of those convicted of crime remained minor problems. There were hardly any prisons or prisoners in the South. But with the overthrow of Reconstruction and the imposition of the comprehensive system of white supremacy known as Jim Crow, the prison population expanded rapidly.

Southern states filled their jails with African-Americans, often former slaves convicted of minor crimes. They then rented them out as labor for the owners of railroads, plantations and factories, or required them to work on chain gangs building roads and other public projects, or inside prison walls for private businesses.

The labor of prisoners became a significant source of revenue for Southern states. The system also took hold, but in a much smaller way, in the North.

Without violating the 13th Amendment, Republicans in post-Reconstruction Texas complained, “the courts of law are employed to re-enslave the colored race.” Plantations, they added, “are worked, as of old, by slaves, under the name of convicts.”

Conditions were barbarous and the supply of convicts seemingly endless. “One dies, get another,” became a popular refrain among those who profited from the labor of prisoners.

Credit…William Widmer for The New York Times

To this day, many convicts are required to work while incarcerated. As janitors, plumbers and the like they help make prisons function. They produce goods like furniture for government offices. This year, prisoners have been making hand sanitizer to help combat the pandemic and fighting California wildfires.

 

With the expansion of private prisons, more and more inmates work for private contractors, sometimes in factory settings within prison walls. In recent years, many companies have used or benefited from the labor of prisoners.

As late as the 1980s, the Department of Justice concluded that the 13th Amendment attaches “some of the characteristics of slavery” to prisoners, including exemption from minimum-wage laws. Indeed, courts have ruled that inmates working in prisons have no constitutional right to payment at all.

A few years ago, the documentary film “13th” linked the origin of today’s racially biased mass incarceration to the criminal exemption clause. But the members of Congress who voted on the 13th Amendment did not anticipate the later emergence of a new system of involuntary servitude in the South.

We hear a great deal in judicial circles about the “original intent” or “original meaning” of constitutional provisions. But the 13th Amendment shows that unanticipated consequences can be as significant as intended ones. The amendment, which destroyed the largest slave system the modern world has known, was deservedly an occasion for celebration. Especially given our heightened awareness of the inequities of our criminal justice system, it is high time the criminal exemption was eliminated, as the abolition amendment proposes.

Like any change in the Constitution, the abolition amendment would need the approval of two-thirds of Congress and three-quarters of the states, a daunting requirement. It is certain to encounter resistance from those who profit from prison labor, now a multibillion-dollar industry, as well as those who deem unpaid labor a just punishment.

But approval would recognize the basic human rights of those convicted of crime. Reinforcing the idea that all people who work should be paid for their labor, it would be a major step in bringing to fruition the “new birth of freedom” promised by the Civil War.


Eric Foner is an emeritus professor of history at Columbia University and the author, most recently, of The Second Founding: How the Civil War and Reconstruction Remade the Constitution.

Cultures of United States Imperialism (New Americanists): Amy Kaplan,  Donald E. Pease: 9780822314134: Amazon.com: BooksAcabo de enterarme que en julio de este terrible año murió la Dra. Amy Kaplan. En 1993, la Dra. Kaplan editó, junto a Donald Pease, Cultures of United States Imperialism, un libro paradigmático que nos sirvió de guía e inspiración a quienes en la década de 1990 buscabamos darle un nuevo aire a los estudios del imperialismo estadounidense.  Esta obra analizó, de forma magistral, la ausencia o invisiblidad del imperialismo en el análisis de la cultura estadounidense, y subrayó la importancia de estudiarle como una parte esencial de la historia de Estados Unidos.

Profesora en la Universidad de Pennsylvania, la Dr. Kaplan dejó trabajos de lectura obligada para quienes quieran entender la complicada relación de los estadounidenses con las prácticas, ideas e instituciones imperialistas  de Estados Unidos.

Su muerte es una perdida irreparable. !Qué descanse en paz!

Amy Kaplan | Department of English

La Smithsonian National Postal Museum’s Maynard Sundman Lecture Series invita a su próximo webinair titulado “Under Three Flags, the Postal History of the Spanish-Cuban/American War” por Yamil Kouri Jr. Ganador del 2020 Luff Award for Exceptional Contributions to Philately, el Sr. Kouri dialogará sobre su más reciente libro analizando el impacto de la guerra hispano-cubano-estadounidense sobre el servicio postal de los países involucrados en tal conflicto.

La conferencia será el día 9 de diciembre a las 4:00PM EST. Los interesados pueden registrarse aquí.

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La revista digital 80 grados acaba de publicar un corto ensayo de Rafael Rodríguez Cruz sobre el impacto que tuvo la mal llamada gripe española entre los habitantes autóctonos de Alaska. Debo reconocer que es un tema que desconocía, pero  lo que relata el autor no me ha sorprendido para nada. Rodríguez Cruz  describe cómo la pandemia de 1918 se cebó sobre la población amerindia de Alaska y la reacción genocida de la minoría blanca que habitaba ese territorio.  Para evitar que se contagiaran los habitantes blancos el gobierno local  le prohibió a los habitantes locales sus actvidades económicas tradicionales, especialmente, el trapping o caza de animales. Esto tuvo consecuencias desatrosas para estos pueblos amerindios.

Comparto con mis lectores este escrito.

El 13 de enero de 1919, el entonces gobernador del territorio de Alaska, Thomas Riggs, compareció ante el Congreso de Estados Unidos solicitando fondos federales para combatir la influenza o gripe. Alaska era un territorio recién incorporado en el que residían cerca de 20,000 ciudadanos blancos y aproximadamente 30,000 indígenas. La gripe llegó tardíamente al lugar, pero se regó como pólvora. Aunque los datos son aún inciertos, para fines de 1918 el conteo de muertes excedía de 2,000. Riggs venía ahora ante el Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes con una lista de gastos incurridos por el gobierno territorial en la lucha en contra de la pandemia. Pocos días antes el Senado Federal había aprobado $100,000 para las arcas del gobierno territorial de Alaska. Riggs buscaba la aprobación final por la Cámara. Lo interesante de su reclamo es que, en enero de 1919, el gobierno de Alaska no tenía un problema presupuestario. De hecho, le sobraba dinero.

Thomas Riggs Jr. - Wikipedia

Thomas Riggs

¿Cuál era el motivo de la petición de Alaska y por qué acudía Riggs ante el gobierno federal, si al gobierno territorial le sobraba la plata? ¿No se suponía, acaso, que la Cruz Roja era la institución llamada a proveer socorro en eventualidades como esta? El testimonio de Riggs revela la verdadera naturaleza colonial y genocida de la anexión de Alaska. Sí, en Alaska murieron cerca de 2,000 personas entre 1917 y 1919 debido a la gripe, pero casi todas eran indígenas. Riggs testificó que esta disparidad se debía a que las comunidades originarias exhibían una mayor vulnerabilidad ante la enfermedad. «La influenza ataca más violentamente a los nativos que a las personas blancas; estos simplemente no tienen poder de resistencia», indicó él. Un detalle interesante de sus respuestas ante los miembros del comité fue que Riggs no conectó todas las muertes directamente con el «poco poder de resistencia» biológica de los indígenas. Muchas se debían a la hambruna y a la falta de ropa y cobijo para el duro invierno durante la pandemia.

Thomas Sisson, presidente del comité, le pidió a Riggs que explicara la anomalía de que las comunidades originarias del territorio de Alaska estuvieran muriéndose de hambre y congelación en medio de la pandemia. En todas las regiones de Estados Unidos, puntualizó él, los indígenas se sufragaban sus propios gastos y procuraban sus propios alimentos. Además, obtenían abrigos y pieles mediante la caza. Tal había sido hasta hace poco el caso de las comunidades originarias de Alaska, que desde tiempos inmemoriales se dedicaban al «trapping». El problema declaró Riggs es que, tan pronto aparecieron las primeras señales de la influenza española en el territorio, su administración puso a los indígenas en cuarentena, prohibiéndoles que se desplazaran por el territorio y practicaran el trapping. ¿Por qué? Pues para prevenir que se contagiaran los ciudadanos blancos. Al fin y al cabo, añadió él, los «indios» no tenían ni derechos legales ni tierra para vender. Es más, no pagaban impuestos. «Si se trata de socorrer a la población blanca, no me hace falta ni un centavo federal», prosiguió Riggs. El dinero era para alimentar a los «indios» en cuarentena y prevenir, por medios policíacos, que se salieran de sus villorrios, regando la influenza.

  • Mr. Sisson: ¿Por qué no están trapping los esquimales?
  • Mr. Riggs: La mayor parte están muertos, y los que no están muertos deben de ser controlados, para que no vayan a otras comunidades.

 

What Alaskans learned from 'the mother of all pandemics' in 1918 - Alaska  Public Media

¿Quiénes eran, entonces, los indígenas que quedaban en las comunidades en enero de 1919? Sobre todo, niños y niñas menores de edad, o sea, criaturas huérfanas. El cuadro que mostró Riggs de la situación en las comunidades indígenas era pavoroso. Sobre mil cadáveres de mujeres y hombres indígenas yacían sobre el hielo sin ser sepultados. No había médicos ni medicinas para socorrer a los vivos. Incluso la Cruz Roja se negaba a aventurarse a las regiones más remotas y frígidas del territorio. La poca ayuda que recibían los indígenas era en forma de alimentos y ropas que llevaban los empleados del Departamento de Educación de Alaska y algunos pobladores blancos compasivos. Cientos y cientos de huérfanos, a menudo concentrados en grupos de 300 o más, eran alimentados y suplidos de mantas y ropa. De hecho, Riggs había acudido al gobierno federal no para pedir ayuda para la gente blanca, sino para que le reembolsaran al gobierno territorial los costos de vigilar a los indios en cuarentena y mantener a los huérfanos en los villorrios. Al fin y al cabo, los indígenas de Alaska no tenían nada que vender ni nada que se les pudiera confiscar. «No es justo –expresó Riggs– que los 20,000 habitantes blancos de Alaska, que sí pagan impuestos, tengan que hacerse cargo de los pupilos del gobierno federal que fueron heredados de Rusia». Tan solo los costos de alimentar los perros de los trineos, finalizó él, ascienden a miles y miles de dólares de los taxpayers. Cada perro de trineo recibía $30 de alimentación diaria.

What the Arctic reveals about coronavirus | CRYOPOLITICSLos efectos de la influenza de 1918-1919 entre la población originaria de Alaska van más allá de la cifra de muertos. Nada se habló de prohibir el trapping por los blancos, quienes fueron precisamente los que llevaron la infección a las comunidades indígenas. Pero no todo era tragedia. Para el gobierno racista de Alaska, la pandemia, al generar cientos de huérfanos, creaba una oportunidad única para imponer la cultura blanca a los niños y niñas indígenas, ahora en custodia de los funcionarios del régimen territorial. Así lo expresó, sin filtros lingüísticos, el gobernador Riggs al leer documentos del Departamento de Educación de Alaska que hablaban del tema: «Oportunidad espléndida para el avance educacional de los esquimales». Cobrando una cifra de $10 al mes por cada huérfano, una plaga de misioneros cristianos inculcaba la visión de que los antiguos chamanes y religiosos eran discípulos del Diablo. Esto, a una población indígena que había vivido por siempre en armonía con la naturaleza. Yuuyaraq (la vía humana) era para estas comunidades la palabra que expresaba una vida conformada a la naturaleza. Se trataba de una cosmogonía de paz muy parecida, en detalle y hermosura, a la de los Dakota en Mni Sota Makoce (hoy Minnesota), antes de su expulsión del lugar por el gobierno territorial en 1863. A las madres Dakota encarceladas en las reservaciones les daban animales podridos para que alimentaran a sus criaturas. Las de Alaska estaban muertas. Es la vieja regla de la política indígena y expansionista del gobierno de Estados Unidos, de que las naciones más indefensas fueron (y siguen siendo) las más abusadas y avasalladas por el invasor blanco. Todavía hoy perduran en las comunidades originarias de Alaska las cicatrices dejadas por el cruel genocidio de 1918-1919 y el abuso de los misioneros.

Referencias:

  1. U.S. Congress. House Committee on Appropriations. Influenza in Alaska and Puerto Rico. Subcommittee of House Committee on Appropriations. Sixty-Fifth Congress, Third Session, Washington: Government Printing Office, 1919.
  2. Alaska Division of Public Health. 1918 Pandemic Influenza Mortality in Alaska. Alaska Government, 2018.
  3. Napoleon, Harry. Yuuyaraq: The way of the Human Being. Alaska Native Knowledge Network, 1991.

Westerman, Gwen y Bruce White. Mni Sota Makoce: The Land of the Dakota. Minnesota Historical Society, 2012.