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Archive for the ‘Colonialismo’ Category

Comparto este trabajo del gran historiador puertorriqueño Mario Cancel sobre un tema que merece mayor atención comparativa de parte de la historiografía puertorriqueña: las actividades de los aparatos represivos imperiales en lo que Lanny Thompson ha denominado el insular empire.

Cancel enfoca la vigilancia y represión de que fue objeto el Partido Nacionalista puertorriqueño y su principal líder, Pedro Albizu Campos, en la décadas de 1920 y 1930. El autor destaca el papel que jugaron varias agencias federales en este proceso: la Office of Naval Intelligence, el Bureau of Insular Affairs y el FBI.

A quienes estén interesados en el uso de las colonias como laboratorios  para el desarrollo de políticas de represión y vigilancia que luego serían transplantadas a la metrópoli estadounidense, recomiendo la lectura del extraordinario libro de Alfred W. McCoy, Policing America’s Empire: the United States, the Philippines  and the Rise of the Surveillance State ( The University of Wisconsin Press, 2009)

El Dr. Cancel es profesor en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico y autor de innumerables trabajos  de historia, crítica literaria, poesía e historiografía.


Pedro Albizu Campos y la independencia de Puerto Rico | Informe Fracto

Nacionalistas: vigilancia y represión entre 1927 y 1936

La vigilancia sobre el nacionalismo puertorriqueño, su organización más agresiva, el Partido Nacionalista, y su liderato, en especial el licenciado Pedro Albizu Campos no deja de sorprender cuando se le observa desde la distancia. La estructura partidaria y el caudillo mulato no solo fueron objeto de la sátira de intelectuales socialistas moderados como Luis Abella Blanco y escritores de pulp fiction como Wenzell Brown, según he comentado en otras columnas en este medio. La devaluación del nacionalismo elaborada por la literatura satírica, cuyo alcance siempre puede ser cuestionado, fue reforzada por medio de un intenso proceso de criminalización cuyos efectos perduran hasta el presente. El nacionalismo también llamó la atención de las agencias de orden público puertorriqueñas y estadounidenses. La representación que de aquel sector elaboraron las fuerzas policiales, los funcionarios del Estado y la prensa comercial, penetró la llamada opinión pública de manera permanente.

Del mismo modo que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se asoció al nacionalismo al enemigo fascista con algún éxito, tras el fin del conflicto y a lo largo de la Primera Guerra Fría (1946-1953) se le asoció con el adversario comunista. Lo cierto es que el Partido Nacionalista tuvo relaciones contradictorias con uno y otro extremo del espectro totalitario. Ello explica en parte la eficacia de ambas asociaciones. Desde la perspectiva de la cultura política del capitalismo liberal dominante y de los sectores que apoyaban el control estadounidense del territorio, aquellas alianzas resultaban lógicas e innegables. El esclarecimiento crítico de las convergencias y divergencias ideológicas entre aquellos sectores y el nacionalismo apenas comienza, según deduzco de una serie de investigaciones en curso en las últimas dos décadas.

La heterogeneidad de la militancia nacionalista, y esto habrá que discutirlo con más detalle en otro momento, explica que su militancia nunca se pusiera de acuerdo en cuanto a qué actitud tomar ante propuestas manifiestamente antiestadounidenses como el fascismo y el comunismo, según se desprende de la “Carta a Irma” (1939) del abogado José Monserrate Toro Nazario, uno de los documentos más ricos en matices y menos investigado del archivo nacionalista. La “carta pública” que nunca se difundió, ha sido impugnada por los investigadores pronacionalistas una y otra vez por sus señalamientos hacia figuras destacadas del movimiento nacionalista. Ello, unido al manejo superficial y demagógico que han hecho de la pieza los investigadores antinacionalistas, ha impedido una discusión serena del texto, hecho que me parece lamentable. El tema sigue en el tintero pero en algún momento habrá que enfrentarlo de forma crítica.

Naval IntelligenceEl nacionalismo y Albizu Campos fueron proscritos desde una diversidad de lugares asociados al adversario y al poder político.1 Como se sabe, desde 1927 la Office of Naval Intelligence (ONI) llamó la atención sobre las actividades de Albizu Campos en el Caribe. La ONI había sido fundada en 1882 mediante la Orden General 292 emitida por el Secretario de Guerra William H. Hunt (1823-1884).2 La agencia cumplió una función decisiva en la justificación de la declaración de guerra de Estados Unidos a España en 1898 sobre la base de la explosión del acorazado Maine y su presunta condición de acto terrorista o de provocación. Sus agentes vigilaron las presentaciones públicas de Albizu Campos durante su viaje de propaganda por algunos países de Hispanoamérica y el Caribe iniciados en aquel año, y señalaron sus expresiones “antiestadounidenses” en República Dominicana, país ocupado por Estados Unidos entre 1916 y 1924; y Haití, ocupado por Estados Unidos entre 1915 y 1934. En ambos casos la deuda externa impagada y los intereses económicos de Estados Unidos en los territorios, unido a la competencia de intereses alemanes, justificaron la agresión.

Frank McIntyre - Wikipedia

General Frank McIntyre

En octubre de 1927 el Gen. Frank McIntyre (1865-1944), quien fuera jefe del Bureau of Insular Affairs y responsable por los territorios de Filipinas y Puerto Rico entre 1912 y 1929, envió un memo al Secretario de Guerra Dwight Filley Davis (1879-1945) sobre el asunto. Davis era egresado de Harvard, como Albizu Campos, fue Secretario de Guerra del presidente Calvin Coolidge entre 1925 y 1929 y luego Gobernador de Filipinas entre 1929 y 1932. Davis y McIntyre conocían muy bien el circuito colonial. Davis además era una figura muy popular por su relación con el tenis, deporte que practicó profesionalmente entre 1895 y 1904. En noviembre de 1927, Evan E. Young (1878-1946), miembro de la legación estadounidense en República Dominicana entre 1925 y 1929 y diplomático con amplia experiencia internacional, hizo lo propio en una nota a su Secretario de Estado el abogado Frank Billings Kellogg (1856-1937). Lo que le interesaba era “el fraseo exacto de sus artículos noticiosos y de sus discursos”3

Los funcionarios citados no eran figuras de poca monta en la política estadounidense hemisférica. Albizu Campos y el nacionalismo nunca fueron devaluados ni considerados como un enemigo pequeño. Todo lo contrario. El interés de aquellos era informarse sobre el abogado egresado de Harvard que hacía “propaganda antinorteamericana”. El dato no me parece peregrino. Todo indica que mucho antes de mayo de 1930, cuando obtuvo la presidencia del Partido Nacionalista, ya Albizu Campos era considerado “extremadamente antiamericano” y “peligroso” por las autoridades federales. La ONI permanecía activa durante la gobernación del Alm. William Leahy (1875-1959) entre 1939 y 1940, momento en el cual las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos estaban siendo revisadas en un sentido “liberal” en el marco de la Gran Depresión, el Nuevo Trato y la Segunda Guerra Mundial, a la vez que la influencia del Partido Popular Democrático (PPD) se fortalecía.

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Foto de un adolescente puertorriqueño enviándole un mensaje al gobernador William D. Leahy, durante una manifestación en San Juan. San Juan, Puerto Rico. 1939. @ricardoolivenc1

De igual modo, a partir de 1932, cuando la organización comenzó a chocar con las autoridades coloniales en medio de la crisis económica, social y humana de la Gran Depresión, la Insular Police (IP), una fuerza creada durante los primeros días de la invasión de 1898, combinó la vigilancia con la represión. A partir de 1935 el Federal Bureau of Investigations (FBI), agencia fundada en 1908 que ya se había profesionalizado bajo la dirección de J. Edgar Hoover (1895-1972), profundizó sus trabajos en Puerto Rico respondiendo a la preocupación de ciertos funcionarios del poder colonial. El activismo nacionalista les preocupada mucho.

A todo ello habría que añadir el hecho de que, entre 1936 y 1944, los militantes independentistas del Partido Liberal Puertorriqueño que fundaron Acción Social Independentista (ASI) organizada en 1936 y el PPD en 1938, tomaron distancia de sus posturas siguiendo las pautas del caudillo Luis Muñoz Marín, quien atravesaba por un peculiar proceso de moderación política. La moderación política no resolvió todos los problemas del joven PPD. El celo del FBI también justificó la vigilancia de Muñoz Marín desde noviembre de 1940, según se desprende de los archivos de aquella agencia. El recién electo senador era “reputedly the ranking official of the Communist Party in the West Indies and the Caribbean Sea area”4, asunto al cual retornaré en otro momento. El agente que recomendó poner a Muñoz Marín bajo la lupa del FBI fue Guy Hottel (1902-1990), graduado de la George Washington University, estrella del futbol y jefe de la oficina del FBI en Washington desde 1936. Aquel agente se hizo famoso por el célebre “Guy Hottel Memo” de marzo de 1950, documento que giraba en torno a los reportes en torno a objetos voladores no identificados (OVNI) y sus tripulantes humanoides de 3 pies de estatura vestidos con ropa de metal, tema que había llamado la atención de los medios de comunicación masiva “after the infamous events in Roswell in July 1947”.5

Por último, entre 1948 y 1956 el PPD, que ya había purgado a los independentistas del seno de la organización entre 1936 y 1947 y se había transformado en el vocero más file de las políticas estadounidenses en el país, extremó la censura al nacionalismo y legitimó su contención a través de recursos como la Ley 53 o de la Mordaza (1948). La discursividad alrededor de la cual giraba la censura y se legitimaba la represión, sin embargo, no había cambiado mucho. La mirada del PPD no difería de la de la ONI, la IP y el FBI y, en gran medida, la reproducía y profundizaba por cuenta de las necesidades concretas que le impuso su acceso al poder desde 1944 y la necesidad de mantenerlo. El circuito del asedio al nacionalismo no estaba completo con ello.

Es importante recordar que no todos los antagonistas del nacionalismo estaban fuera del partido: muchos pululaban dentro de aquel. En 1930, cuando Albizu Campos obtuvo la Presidencia del Partido Nacionalista, los militantes más moderados, los que representaban la cultura política del nacionalismo de 1922, veían la agresividad de la “acción inmediata” propuesta por Albizu Campos durante la Asamblea como un riesgo mayor, por lo que muchos decidieron retirarse de la vida pública. Durante los años 1932 a 1936, cuando la organización militarizó a sus juventudes en medio de la crisis económica y las tensiones políticas que generaba la vigilancia y la represión, tema ampliamente discutido en un libro reciente de José Manuel Dávila Marichal6, el Partido Nacionalista se purgó naturalmente sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Las divisiones internas se sucedieron y drenaron la vitalidad organizativa. Un ejemplo de ello fue la crisis por la que atravesó la Junta Nacionalista de Mayagüez en 1934. La queja por la militarización del partido fue clave en el conflicto. Los disidentes mayagüezanos defendían un tipo de nacionalismo que difería tanto de la praxis de 1922 como de la de 1930: ni el ateneísmo romántico de los primeros, ni la “acción inmediata” de los segundos les seducían. Los líderes de aquella revuelta fueron los historiadores y juristas Juan A. y Salvador Perea, el mulato y luego coleccionista de libros Regino Cabassa7, y Emilio Soler López descendiente de cafetaleros catalanes. No sólo encabezaron la resistencia al proceso de militarización sino que fundaron una Junta Independiente en la ciudad. La elucidación de la disidencia de Mayagüez debe ser interpretada a la luz de los argumentos de Toro Nazario en la “Carta a Irma” de 1939, asunto que me propongo elaborar próximamente.

Amílcar Tirado, en un valioso documento publicado en 1993 durante el centenario de Albizu campos, aseguraba que el fenómeno de 1930, el ascenso de Albizu Campos a la presidencia y la “acción inmediata”, suponía el triunfo del nacionalismo ponceño ante el de la capital.8 No pongo en duda su argumento. Pero los eventos de 1934 suponían el reto de otro nacionalismo, el mayagüezano. Aquella era una manifestación crítica de las posturas de 1930, sin que ello representara un retroceso ideológico a las posturas de 1922. La relevancia de este fenómeno es que demuestra la diversidad de la imaginación nacionalista, tema que no se ha discutido con propiedad favoreciendo con ello una imagen homogénea y estática del nacionalismo treintista. El liderato disidente de Mayagüez estuvo activo en la posteriormente en la Junta de Mayagüez Pro Independencia de Puerto Rico formada en el contexto del primer Proyecto Tydings (1936), para luego reorganizarse en un Partido Independentista local.9

En términos generales, el año 1934 fue determinante para el proceso de desmantelamiento del nacionalismo militante a partir de 1936. Los costos políticos de aquel conjunto de tensiones están todavía por evaluarse de manera cuidosa. La tesis del investigador Rodríguez Reyes es que desde el 1934, las autoridades federales adoptaron una política más agresiva y comenzaron a echar los cimientos del caso incoado por el Gran Jurado federal en 1936.10 En enero de 1934, el Mayor General Blanton Winship (1869-1947), abogado militar, veterano del 1898 y de la Gran Guerra, fue nombrado gobernador con la encomienda tácita de enfrentar con “mano dura” la amenaza nacionalista. La recomendación del exgobernador y abogado James R. Beverley (1894-1967) es emblemática: el funcionario recomendó que se enviara a “alguien que tenga el coraje para hacer su trabajo sea este popular o no” y preguntaba específicamente por Winship11.

تويتر \ Ricardo Olivencia على تويتر: "Foto de una manifestación pidiendo la  renuncia del gobernador Blanton Winship. San Juan, Puerto Rico. 1937  https://t.co/Y0wDzn2jt0"


Foto de una manifestación pidiendo la renuncia del gobernador Blanton Winship. San Juan, Puerto Rico. 1937 @ricardoolivenc1

Las objeciones de Winship a la prédica de Albizu Campos no eran nuevas. Durante el proceso de venta de los “Bonos de la República” en Wall Street en 1931 Winship, entonces asesor legal de las fuerzas armadas, recomendó que se procesara judicialmente a Albizu Campos y sus asociados. Una vez en la gobernación, Winship contó con una serie de recursos que superaban aquellos a los que el Partido Nacionalista podía recurrir. La Guardia Nacional, el Regimiento 295 y 296 recién creados, era activados cuando los conflictos civiles se profundizaban. También contaba con la Fuerzas Armadas de Estados Unidos y su Regimiento 65 de Infantería que podían ser llamadas a servicio en caso de necesidad. Las amenazas de movilización fueron recurrentes en medio de la crisis general del 1930, asunto que tampoco ha sido investigado con detenimiento.

En diciembre de 1933, por ejemplo, ante las protestas de los consumidores, los representantes del capital y la industria en Puerto Rico recomendaron al gobernador Robert H. Gore (1886-1972) que activara la Guardia Nacional y al Regimiento 65 de Infantería para ayudar a las empresas a frenar los reclamos de los trabajadores y los consumidores. El gobierno respondió reclutando más efectivos para la policía y adelantando el nombramiento de 150 agentes especiales antimotín rearmados con subametralladoras Tommy Boys y Thompson. Junto a ello se autorizó la activación y el despliegue de la Guardia Nacional en los conflictos generados por la ciudadanía.12

Lo cierto es que en 1935 la crisis hasta ahora descrita había llegado a un extremo. A mediados de aquel año se delató la existencia de una conjura al interior del partido con el propósito de sacar a Albizu Campos de la presidencia. La situación poco tenía que ver con la disidencia del grupo de San Juan en 1930 o con la de 1934 en Mayagüez. El complot por despojar a Albizu Campos de la presidencia se radicalizó y, dentro de los planes de los intrigantes, se consideró el asesinato político como remedio. Todo sugiere que el exsecretario del Partido Nacionalista José Lameiro, una figura que no he podido investigar a la saciedad y quien había sido expulsado por insubordinación, era el cerebro de la conjura.13 La inestabilidad de la organización pudo haber justificado la acción del Gran Jurado federal de 1936. Si a ello se añadía el temor a que los nacionalistas se sublevaran con el fin de inestabilizar proceso electoral de noviembre de aquel año, se comprenderá la premura de aquel proceso. La “acción inmediata” postulada por Albizu Campos requería crearle una “crisis” a Estados Unidos en Puerto Rico por lo que aquella era una coyuntura excelente para ello.

Las preguntas que trataré de responder son, sin embargo, otras. ¿Cómo se representaba el FBI a aquel abogado antiamericano graduado de Harvard a la atura del 1936? ¿A que fuentes de información recurrió? ¿Quiénes estaban interesados y quienes se beneficiaban de aquel proceso? Y, claro está, ¿cómo compara la imagen de Albizu Campos con la de Muñoz Marín? ¿En qué medida los fantasmas del fascismo y el comunismo fueron invertido por el FBI para manufacturar aquellas imágenes? A revisar ambos perfiles me dedicaré en la próxima reflexión.

1 Para una breve genealogía de la vigilancia y persecución del nacionalismo previo a los procesos de 1936 recomiendo Harry Rodríguez Reyes (1993 / 1997) “Los procesos judiciales incoados contra Pedro Albizu Campos” en La nación puertorriqueña: ensayos en torno a Pedro Albizu Campos (San Juan: Editorial de la UPR): 215-216.

2 Rear Admiral A. P. Niblack (1920). The History and aims of the Office of Naval Intelligence (Washington: G.P.O.) URL http://www.ibiblio.org/hyperwar/NHC/History-Aims-ONI-1920/History-Aims-ONI-1920.html

3 H. Rodríguez Reyes, p. 215.

4 Freedom of Information and Privacy Acts Release of Subject: Luis Muñoz-Marin. File#: 100-5745. Section1: f. 2.

5 “UFOs And the Guy Hottel Memo” (March 25, 2013) FBI-News-Stories. URL https://www.fbi.gov/news/stories/ufos-and-the-guy-hottel-memo

6 J.M. Dávila Marichal (2022) “Capítulo II. Militarizando al Partido nacionalista” en Pedro Albizu campos y el Ejército Libertados del Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1939) (San Juan: Laberinto): 63-126.

7 Sobre Regino Cabassa se ha publicado en una edición personal muy pequeña un volumen: Dennis de Jesús Rodríguez (2018) Diario de don Regino Cabassa Túa. Una biografía necesaria (Mayagüez). El volumen tiene un prólogo del Dr. Edwin Irizarry Mora y una nota del nacionalista Rafael Cancel Miranda.

8 Amílcar Tirado (1993 / 1997), “La forja de un líder: Pedro Albizu Campos (1924-1930)” en La nación puertorriqueña: ensayos en torno a Pedro Albizu Campos. (San Juan: Editorial de la UPR): 65-81.

9 Los interesados pueden consultar Mario R. Cancel Sepúlveda (9 de agosto de 2010) “El Partido Nacionalista, los obreros y Mayagüez (1934)” en Puerto Rico entre siglos. URL: https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2010/08/09/partido-nacionalista-obreros-mayaguez-1934/

10 H. Rodríguez Reyes, p. 217.

11 H. Rodríguez Reyes, p. 217

12 Mario R. Cancel-Sepúlveda (12 de abril de 2009) “La Gran Depresión de 1929: violencia y sociedad” en Puerto Rico: su transformación en el tiempo URL: https://historiapr.wordpress.com/2009/04/12/la-gran-depresion-de-1929-violencia-y-sociedad/

13 J. M. Dávila Marichal, p. 139 ss.

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Esta semana una estatua fue derribada en el Viejo San Juan. Tras más de cien años en la Plaza San José, la estatua de Juan Ponce de León fue derrumbada anonimamente en protesta por  la visita del rey de España a la isla. Conquistador de Puerto Rico, Ponce de León es uno de muchos colonizadores -no todos españoles- que han determinado el desarrollo histórico puertorriqueño. Su récord es similar al de la mayoría de otros conquistadores: muerte, destrucción, robo. Con la caida de su estatua, Puerto Rico se sumó, tardiamente diría yo, al movimiento global en contra de símbolos supremacistas y coloniales desatado en 2020 con la muerte de George Floyd.

Que en la colonia más antigua de este planeta se derrumben estatuas de colonizadores no debería sorprender a nadie. Lo verdaderamente sorprendente es que no ocurriera muchos antes, lo que deja claro cuán colonizada es la sociedad puertorriqueña.

Esta es una gran oportunidad para una discusión seria del colonialismo y sus efectos en Puerto Rico. Las estatuas no son objetos inocentes, sino reflejos ideológicos y culturales que encarnan mentalidades, reafirman dominios y perpetúan símbolos. Su destrucción es a veces necesaria para exorcisar los demonios del racismo, del colonialismo y del fanatismo.

Comparto este editorial del diario Washington Post sobre la reubicación de la estatua de Teodoro Roosevelt que por años estuvo ubicada a la entrada del Museo Americano de Historia, en Central Park. Su autor busca un balance entre los logros, limitaciones y fallas de Roosevelt. Reconoce que, dado lo compleja y contradictoria que es la figura de Roosevelt,  la ubicación de su estatuta no era correcta, pues podía ser interpretada como un enaltecimiento del racismo, del imperialismo y del colonialismo estadounidense. En otras palabras, reconoce el fuerte simbolismo de la figura de Roosevelt a caballo acompañado por un amerindio y un negro.

Termino con una cita del gran Albert Memmi que me parece relevante:

“The colonialist’s existence is so closely aligned with that of the colonized that he will never be able to overcome the argument which states that misfortune is good for something. With all his power he must disown the colonized while their existence is indispensable to his own. Having chosen to maintain the colonial system, he must contribute more vigor to its defense than would have been needed to dissolve it completely. Having become aware of the unjust relationship which ties him to the colonized, he must continually attempt to absolve himself. He never forgets to make a public show of his own virtues, and will argue with vehemence to appear heroic and great. At the same time his privileges arise just as much from his glory as from degrading the colonized.”

(«La existencia del colonialista está tan estrechamente alineada con la del colonizado que nunca podrá superar el argumento que afirma que la desgracia es buena para algo. Con todo su poder debe repudiar a los colonizados mientras su existencia sea indispensable para los suyos. Habiendo optado por mantener el sistema colonial, debe contribuir con más vigor a su defensa de lo que se hubiera necesitado para disolverlo por completo. Habiendo tomado conciencia de la injusta relación que lo une a los colonizados, debe intentar continuamente absolverse. Nunca se olvida de hacer una demostración pública de sus propias virtudes, y discutirá con vehemencia para parecer heroico y grande. Al mismo tiempo, sus privilegios surgen tanto de su gloria como de la degradación de los colonizados«.)


Theodore Roosevelt statue at New York museum to be relocated | AP News

El legado y las complejidades de Teddy Roosevelt todavía están con nosotros

The Washington Post

24 de enero de 2022

Para la semana pasada, finalmente había llegado el momento, de hecho, probablemente ya estaba vencido, de retirar la estatua de bronce de Theodore Roosevelt que había estado durante 80 años en la entrada del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, en Central Park West. Se hizo objetable, como un inconfundiblemente colonial panegírico a la supremacía blanca, por las semejanzas acompañantes de dos figuras serviles a pie, un hombre africano y un hombre nativo americano, que flanqueaban la figura heroica de Roosevelt, montado a caballo.

Roosevelt, que no quería que se erigieran estatuas en homenaje a él, sigue siendo uno de los presidentes más venerados de este país, y entre los más consecuentes. También tenía defectos. Un sitio más feliz para esa estatua, para contextualizarla junto con la impresionante variedad de logros y deficiencias del 26º presidente, se encuentra entre las exhibiciones de un gran museo o biblioteca, en lugar de como una figura frente a la calle.

Y ahí es donde se dirige el monumento: a la nueva Biblioteca Presidencial Theodore Roosevelt de $ 250 millones, en las Badlands de Dakota del Norte. La biblioteca, diseñada por un destacado arquitecto, está programada para abrir al público en 2026.

La estatura de Roosevelt no debe confundirse con la de otras figuras cuyas semejanzas en bronce y piedra han sido eliminadas, o derribadas, en los últimos años. La mayoría de ellos eran héroes de la Confederación, traidores a los Estados Unidos que dedicaron sus vidas a una guerra destinada ante todo a preservar la esclavitud.

Por el contrario, el legado de Roosevelt  fue infinitamente más estratificado, difícilmente sin pecado, pero admirable en muchos niveles. Su lista de primicias es impresionante. Cualquier estadounidense que haya visitado un parque nacional o bosque ha sido tocado por uno de sus logros característicos. También tenía puntos de vista racistas, genocidas, en el caso de los nativos americanos, que eran típicos de los estadounidenses blancos de su tiempo.

Theodore Roosevelt statue removed from front of NYC's Museum of Natural  History | Fox News

A juzgar por la publicación inicial de la biblioteca, una «guía de historias» de 310 páginas que describe la misión y los valores, significa contar la historia de Roosevelt de manera inclusiva, con la intención de seguir el propio dicho de Roosevelt: «Para aprender algo del pasado es necesario saber, tan cerca como sea, la verdad exacta».

Eso significaría reconocer sus iniciativas innovadoras en la Casa Blanca. Fue el primer presidente de los Estados Unidos en nombrar a una persona judía para su gabinete (Oscar Straus, secretario de comercio y trabajo). El primero en invitar a un hombre negro, Booker T. Washington, a cenar en la Casa Blanca, una medida que encendió los llamados a un juicio político. El primero en visitar un país extranjero como presidente. El primero en hacer de la preservación del medio ambiente una pieza central de su administración, incluso mediante el establecimiento de cinco parques nacionales y otras reservas en más de 230 millones de acres de tierras públicas.

También fue un hombre de contradicciones. Después de su cena con Washington, no hizo nada para promover los derechos civiles. De hecho, complació a los sureños racistas dar de baja deshonrosamente a 167 soldados negros en un regimiento del Ejército de los Estados Unidos en Texas, incluidos seis ganadores de la Medalla de Honor, basados en cargos falsos. Racionalizó el proyecto colonial de los Estados Unidos invocando lo que ahora se vería como un poder blanco directo.

La biblioteca dice que humanizará a Roosevelt, no lo lionizará. Esa es la forma correcta de acercarse a un presidente cuyo legado sigue siendo poderoso y poderosamente complejo, más de un siglo después de que dejó el cargo.

El legado y las complejidades de Teddy Roosevelt todavía están con nosotros

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

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In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: «No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.»* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el «administrador» de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su «invisivilidad».  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras «estadounidenses»

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como «Baselandia». Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su «invisibilidad».


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

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Aeon_LogoAeon es una revista digital que se publica desde del año 2010, dedicada  a la producción y diseminación «of the most profound and provocative thinking on the web.» Semanalmente publican artículos de temas muy  variados, donde destacan la filosofía, las ciencias y las artes.

En su edición del 8 de agosto de 2019, Aeon comparte con sus lectores un documento de gran utilidad para entender los debates raciales y sociales en la sociedad estadounidense de la década de 1960. El 26 de octubre de 1965, el escritor y activista afroamericano James Baldwin y el intelectual conservador William F. Buckley debatieron en la famosa Cambridge Union Debating Society. La discusión giró alrededor de una de las preguntas claves de la historia estadounidense: Has the American Dream been achieved at the expense of the American Negro? Este interrogante va directo al papel que jugó la esclavitud en el desarrollo de lo Estados Unidos.

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La Cambridge Union Debating Society fue fundada en el año 1815, y desde entonces ha sido una foro para la discusión y debate de ideas. En  sus más de doscientos años de vida, la Union ha contado con figuras como Anthony Eden, David Lloyd George,  Winston Churchill, Theodore Roosevelt, Jawaharlal Nehru, el Dalai Lama, Desmond Tutu, Judi Dench,  Vanessa Redgrave, Stephen Hawkings, entre otros.

El debate entre Baldwin y Buckley se da en el contexto de la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles, la guerra de Vietnam y el desarrollo de la contracultura. Buckley y Baldwin reflejan las grandes diferencias en como los progresistas y  los conservadores entendían (y entienden)  la historia estadounidense, la justicia social y el racismo. 

No puedo dejar de citar a Baldwin, que con la claridad que lo caracterizaba señaló lo siguiente:

This means, in the case of an American Negro, born in that glittering republic, and the moment you are born, since you don’t know any better, every stick and stone and every face is white. And since you have not yet seen a mirror, you suppose that you are, too. It comes as a great shock around the age of 5, or 6, or 7, to discover that the flag to which you have pledged allegiance, along with everybody else, has not pledged allegiance to you. (1)

Los interesados en esta joya pueden acceder aquí.


(1) https://www.rimaregas.com/2015/06/07/transcript-james-baldwin-debates-william-f-buckley-1965-blog42/

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El panafricanismo y el nacionalismo negro no son temas ajenos a esta bitácora. En varias ocasiones hemos abordado ambos, especialmente al enfocar la figura de Marcus Garvey. Lo que no hemos atendido en la visión internacional y geopolítica de éstos. En este interesante ensayo publicado en JStor Daily, Mohammed Elnaiem, estudiante graduado de Sociología en la Universidad de Cambridge, analiza la compleja relación entre la intelectualidad negra estadounidense y el ascenso del Imperio Japonés.

September 1905. Japan had just become the first Asian power to defeat a European Empire with the conclusion of the Russo-Japanese War. For more than a year, the Japanese Empire and Tsarist Russia had been vying for control over Korea and Manchuria. On September 5th, Japan forced a Russian retreat, sending shockwaves across the intellectual sphere of black America and the colonial world. As Bill V. Mullen of Purdue University eloquently notes in his 2016 book, W.E.B. Du Bois: Revolutionary Across the Color Line, Du Bois was so moved that he declared: “The magic of the word ‘white’ is already broken.” Du Bois was convinced that “the awakening of the yellow races is certain… the awakening of the brown and black races will follow in time.”

For anti-colonial intellectuals and black activists in the U.S., the Japanese victory presented a moment of realization: If, with the right strategy, European colonialists could be forced to retreat from far east Asia, why couldn’t they be forced to leave the Caribbean and Africa?

By the time World War I began, Du Bois would write a seminal essay, “The African Roots of War,” wherein he would ask why African workers and laborers would participate in a war they couldn’t understand. Why, he wondered, would “Africans, Indians and other colonial subjects” fight for the sole aim of “the exploitation of the wealth of the world mainly outside the European circle of nations?” He demanded that they take inspiration from “the awakened Japanese.” By the end of World War I, African American and Japanese intellectuals would develop a transpacific camaraderie.

For Du Bois and his contemporaries, the Japanese victory proved that the empire could be a fulcrum for the colored peoples of the world, a means by which European expansion could be dislodged. But what a paradox this was: The Japanese empire, which sought nothing but the occupation of Korea, Manchuria, and if possible, the whole Far East, was being cheered on by self-identified anti-colonial intellectuals.

Regardless, Japan cast its spell on black consciousness, and by the end of World War I, African American and Japanese intellectuals would develop a transpacific camaraderie. African Americans would praise Japanese diplomacy, and Japanese intellectuals—left-wing or right-wing—would condemn Jim Crow. To understand this relationship, one must look to Paris.

The Paris Peace Conference & the End of WWI

To conclude the first World War, U.S. President Woodrow Wilson laid out a structure that would inspire the UN decades later. In Paris, he announced his fourteen points for a new world order built on peace and self-determination of oppressed peoples. He called it the League of Nations.

 William Monroe Trotter
William Monroe Trotter

Meanwhile, in the States, the lynching of blacks went unanswered and segregation continued unabated. A liberal abroad, and a so-called pragmatist at home, Wilson was seen as hypocritical by many of the black-left intelligentsia. In fact, William Monroe Trotter—an eminent voice against segregation in the early twentieth century, and a man who once campaigned for Wilson’s presidency—became one of his greatest foes.

Trotter gained nationwide infamy after being kicked out of the White House for challenging Wilson. He had been invited to speak on civil rights issues, but challenged the president on racial segregation among federal employees. Trotter called this segregation humiliating. Wilson responded firmly, exclaiming, “Your tone, sir, offends me.” Trotter was subsequently expelled from the premises.

From then on, Trotter made it his mission to embarrass Wilson on the global stage. When Wilson declared his plan to espouse his “fourteen points” for a global, post-war order at the Paris Peace Conference in 1919, Trotter not only proposed a fifteenth point for racial equality, but travelled to Paris to protest and ensure its inclusion in the negotiations.

A. Phillip Randolph, a pioneer of the civil rights movement, sought to highlight the symbolism of Trotter’s actions. As Yuichiro Onishi, an African Americanist at the University of Minnesota notes, in a March 1919 issue of The Messenger, Randolph remarked that:

Trotter wanted to use his presence as a weapon to demonstrate Washington’s failure to reconcile Jim Crow laws with the liberal principles that Wilson espoused abroad. It was an ingenious, albeit unprepared, plan: Trotter arrived too late.

At the time, Japanese politicians seemed to be watching U.S. race relations closely. It could have been coincidental or it could it have been intentional, but Baron Nobuaki Makino, a senior diplomat in the Japanese government and the principal delegate for the Empire, proposed Japan’s “racial equality bill” at the meeting to found the League of Nations. Japan only said that all nations were equal, but this seemingly offended Wilson (and the leaders of Australia and the UK). The proposal was immediately struck down.Was it love? Solidarity? Or a pragmatic way to highlight the hypocrisy of the United States?

The symbolic value of these actions nonetheless reignited African American intellectual admiration for Japan. Fumiko Sakashita, a professor at Ritsumeikan University in Japan, shows how Japanese intellectuals were humbled by this. One Pan-Asian, and self-described “right-wing literary,” Kametaro Mitsukawa, hyperbolically asked why “black people exhibit the portrait of our baron Nobuaki Makino alongside that of the liberator Abraham Lincoln on the walls of their houses?” A correspondent in Chicago, Sei Kawashima, told his readers that “Japan’s proposal of abolishing racial discrimination at the peace conference… gave black people a great psychological impact at that time.”

That it did. Marcus Garvey, a leading nationalist and Pan-Africanist who advocated for African Americans to return to Africa, was so impassioned that he believed that after the Great War, “the next war will be between the Negroes and the whites unless our demands for justice are recognized… With Japan to fight with us, we can win such a war.”

Marcus Garvey

Japan’s newfound interest in African American affairs only blossomed. As Sakashita notes, Fumimaro Konoe, a delegate at the Paris Peace Conference and future prime minister of Japan, wrote in his book that “black rage against white persecutions and insults” were at an all-time high. Fusae Ichikawa, a Japanese woman suffragist, wrote an article about the struggle of black women, which she saw first hand after touring the country with the NAACP. She called it a “disgrace to civilization.” It’s not entirely clear why Japanese thinkers glanced across the Pacific with such concern for the U.S.’s blacks. Was it love? Solidarity? Or a pragmatic way to highlight the hypocrisy of the United States?

Even in Paris, Onishi argues, Japan won German concessions in Shantung China, and demanded control in the Marshalls, the Marianas, and the Carolines. “Reference to lynching,” Onishi writes “served as one of the best rhetorical defences of Japan’s imperialist policy.” Whatever the intentions of Japanese intellectuals may have been, in other words, the Japanese government found this preoccupation useful and even promoted it.

Some black intellectuals caught on to this, and suspicion arose. “A word of warning, however, to the unsuspecting,” wrote A. Phillip Randolph and Chandler Owen in 1919. “The smug and oily Japanese diplomats are no different from Woodrow Wilson, Lloyd George or Orlando. They care nothing for even the Japanese people and at this very same moment are suppressing and oppressing mercilessly the people of Korea and forcing hard bargains upon unfortunate China.”

Garvey’s followers disagreed, seeing Japan as a source of messianic salvation.

Decades later, during World War II, when Japan began to steer towards the direction of Fascist Italy and Nazi Germany, an African American ambivalence would develop towards Tokyo. As described by Kenneth C. Barnes, a professor of history at the University of Central Arkansas, there were on the one hand the Neo-Garveyites, those who infused his belief of an apocalyptic race war with religious, redemptive overtones. You could find them in the unlikeliest of places; as black sharecroppers in rural Mississippi County, Arkansas, for instance. On the other hand, there were the liberals, socialists, and mainstream black intellectuals who compared Jim Crow at home to Japanese repression abroad, reminding Washington that, at least in their view, the U.S. was the very monster it was fighting.

Japan in the Axis & a Divided Black Diaspora

In 1921, in the small community of Nodena in Misissippi County, Arkansas, a man was lynched. Henry Lowry was a forty-year-old black sharecropper. A mob of six hundred people poured gasoline over his body and set it ablaze atop a bonfire. Perhaps it was the only way to die with dignity, or maybe he wanted to end the misery, but Lowry grabbed the first pieces of hot coal he could find and swallowed them.

The event was traumatic for the blacks of Mississippi County. One in five residents of the county was black. Many of them were enraged, and many became susceptible to the oratory of Marcus Garvey, a Jamaican immigrant who called for black self-reliance, economic independence, and a military alliance among blacks and Japanese against white power. Not long after Lowry was lynched, eight chapters of the Universal Negro Improvement Association (UNIA), Garvey’s organization, were formed in Mississippi County.

By 1934, the influence of the UNIA had already made its mark on the sharecroppers, and many were devout followers. In that year, a Filipino man who was honourably discharged from the Navy showed up in Mississippi County, Arkansas, one day. He was a former member of the Pacific Movement of the Eastern World, an organisation linked to the UNIA that tried to organize blacks to commit treason and support Japan in the war effort.

His real name was Policarpio Manansala, but he went by the name Ashima Takis. He was Filipino but faked a Japanese accent. Manansala had thousands of followers in the rural south. In his study on Mississipi county, Barnes recounts the story of how Takis attracted a Filipino-Mexican couple and a black man. They were arrested after giving a speech contending that “this country could be taken over entirely by the colored races” if they united with Japan. They did their time, but managed to evade the prosecutor’s recommendation that they be arrested for anarchy and an alleged plot to overthrow the government. They got off easier than most.

In fact, during the second world war, hundreds of African Americans were arrested on charges of sedition, including Elijah Muhammed, the mentor of Malcolm X and the spiritual leader of the Nation of Islam. One article in the Times Daily, dated August 19, 1942, talked about Robert Jordan, a “West Indian negro,” and four others who were arrested on a sedition conspiracy indictment due to their role in an Ethiopian Pacific movement which envisioned “a coalition of Africa and Japan in an Axis-dominated world.” The four leaders in charge were arrested amid a lecture they gave to hundreds of African Americans in a Harlem hall.

But this approach was not the only one. Others sought to resist black oppression through another discourse. Particularly after the Pearl Harbor attack, Japan became a rhetorical target for the African American elite, Sakashita notes. Insofar as Japan was an ally of Hitler’s Germany and Mussolini’s Italy, it needed to be critiqued in the “war against Hitlerism at home, and Hitlerism abroad.” Just as liberals and socialists criticized the internment of Japanese Americans in concentration camps set up by the United States government—asking, as one George Schuyler did, if “this may be a prelude to our own fate”—they took the opportunity to remind the U.S. that its condemnations of Japan were warranted, although hypocritical.

One cartoon featured in the Baltimore Afro-American put this prevailing sentiment the best. As Sakashita reconstructs it, it shows “a grinning Hitler and smiling slant-eyes Japanese soldiers witness hanging and burning… [a] lynching.” The cartoon didn’t stop short of marshalling the very American patriotism that the U.S. used in its war effort to say that the U.S. was complicit in fascism at home. For some blacks, even in the latter half of the twentieth century, Japan remained as “leader of the darker races.” For others, it was a wartime enemy. What is for certain is that Imperial Japan was a preoccupation of the black radical imagination.

 

 

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Pocos son los historiadores puertorriqueños que estudian a Estados Unidos. Este es un hecho imperdonable para un país que es colonia estadounidense desde 1898. El impacto de la historia de la metrópoli norteamericana sobre su colonia caribeña ha sido directo y en ocasiones severo. Sin embargo, los historiadores puertorriqueños miran muy poco hacia el norte. Una clara excepción es el trabajo de José Anazagasty Rodríguez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. En lo que va del siglo XXI, el Dr. Anazagasty Rodríguez ha desarrollado una interesante producción académica centrada en cómo lo estadounidense han visto y representado a Puerto Rico. Entre sus trabajos podemos mencionar «We the People» La representación americana de los puertorriqueños, 1989-1926 (coeditado con Mario R. Cancel en 2008), “1898”, McGee y el imperialismo progresista» (80 grados, octubre 2014),  «Las Abejeras del Capital en Porto Rico«  (80 grados, junio 2014), «Golightly en Porto Rico» (80 grados, diciembre 2017).

El profesor Anazagasty Rodríguez acaba de publicar en el periódico digital 80 grados, la primera parte de un artículo donde continua su análisis de los vínculos del Partido Comunista de Estados Unidos y Puerto Rico, iniciado en su trabajo «El Fanguito y los Comunistas» (80 grados, enero 2014).  Artículo que comparto a continuación.


80 grados

1930: El pensamiento comunista-estadounidense sobre Puerto Rico

80 grados   4 de mayo de 2018

El Partido Comunista de los Estados Unidos (PCEU) ha denunciado y condenado la colonización de Puerto Rico a lo largo de toda su historia, solidarizándose con los trabajadores y los independentistas puertorriqueños. Apenas unos meses atrás, Carol Ramos, una activista puertorriqueña vinculada al PCEU, aseveró que apoyar a los puertorriqueños era parte del movimiento de resistencia, lo que los comunistas debían expresar con su obra política. Ciertamente, varios líderes del PCEU, como William Z. Foster y Gus Hall, así lo han expresado a lo largo de la historia del partido.

En dos artículos previos para 80grados examiné los escritos de esos dos dirigentes comunistas sobre Puerto Rico. En “El Fanguito y los Comunistas” detallé cómo William Z. Foster, Secretario General del partido entre 1945 y 1957, describió su experiencia en el arrabal puertorriqueño. En “Unbelievable Slums” examiné cómo Gus Hall, que dirigió el PCEU por más de 40 años, representó la pobreza y los arrabales puertorriqueños en los primeros años de la década de los setenta, en su artículo para Political Affairs, “The Colonial Plunder of Puerto Rico”. En ambos casos los arrabales puertorriqueños fueron el signo de la condición colonial puertorriqueña, así como de la pobreza, la explotación de los trabajadores y lo que Foster y Hall relataron como el latrocinio estadounidense en la Isla. Los arrabales eran para ambos un ejemplo lamentable de las consecuencias del colonialismo, uno que revelaba también la opresión y explotación colonialista-capitalista que vivían los puertorriqueños. La denuncia de esas condiciones de explotación y pobreza fueron además una exhortación a la movilización comunista en apoyo a la lucha independentista puertorriqueña. Pero, la denuncia de los comunistas estadounidenses antecedió los años cuarenta.

En la década de los treinta los comunistas se expresaron sobre Puerto Rico en varias ocasiones, publicando panfletos y ensayos sobre la situación en la Isla. En 1930, Harry Gannes publicó Yankee Colonies, panfleto en el que discutió varios aspectos sobre la condición colonial de Puerto Rico. The Communist, revista del PCEU, publicó cinco artículos sobre Puerto Rico en los treinta: A “Model” Colony of Yankee Imperialism de D.R.D., publicado en tres partes en 1931; The Struggle for Puerto Rican Independence de Harry Robinson en 1936; y Bring the New Deal to Puerto Rico de James F. Ford en 1939. Para propósitos de este artículo me concentraré únicamente en Yankee Colonies y discutiré los restantes, los publicados en The Communist, más adelante.  The Communist fue una revista del PCEU, que con posterioridad se convirtió en Political Affairs, en la que Gus Hall publicó “The Colonial Plunder of Puerto Rico.”

Yankee Colonies de Harry Gannes fue publicado por International Pamphlets y dirigido por Labor Research Association, una oficina de estadísticas sobre el trabajo y los trabajadores vinculada al PCEU. Gannes fue uno de los fundadores de la Young Workers League, predecesora de la Young Communist League. Fue además uno de los editores en asuntos internacionales del The Daily Worker, periódico del PCEU. Este prominente comunista estadounidense escribió los libros When China Unites: An Interpretive History of the Chinese Revolution (1937) y Spain in Revolt (1936). Aparte de Yankee Colonies publicó varios panfletos: Graft and Gangsters (1931), Kentucky Miners Fight (1932), The Economic Crisis (1932), Soviets in Spain (1935), War in Africa (1935), Spain Defends Democracy (1936), How the Soviet Union Helps Spain (1936) y The Munich Betrayal (1938). Gannes viajó a China y Europa usando el nombre de Henry George Jacobs, por lo que las autoridades estadounidenses lo acusaron de fraude en 1939. Alrededor de esa misma fecha enfermó gravemente como consecuencia de un tumor cerebral. Gannes falleció el 3 de enero de 1941.

Gannes comenzó el panfleto Yankee Colonies augurando otra guerra mundial, una con Estados Unidos e Inglaterra como enemigos. Una eventual guerra entre esas potencias inquietó a muchos en aquella época. En ambas naciones se consideraron los diversos escenarios de esa posible guerra. Este teatro de la guerra comenzó en la década de los veinte. Las fuerzas armadas estadounidenses evaluaron los escenarios posibles de esa guerra después de la Conferencia Naval de Ginebra en 1927, elaborando el designado War Plan Red, aprobado en 1930. Aunque los británicos también consideraron una posible guerra con su antigua colonia estos no desarrollaron un plan similar. Canadá, todavía un “dominio” británico, y previo al Estatuto de Westminster de 1931, ya lo había hecho en 1921, antes que Estados Unidos. Su Defense Scheme No. 1, contemplaba inclusive invadir los Estados Unidos después de un ataque estadounidense. Para Gannes, la rivalidad inter-imperialista entre Inglaterra y Estados Unidos, particularmente en Norte y Sur América, estimulaba la guerra en ambos países:

There is a drive for markets now going on among all the imperialist powers. During the first seven months of 1930, American exports dropped 30 per cent. The home market in the United States is rapidly shrinking. The United States and the British Empire battle for control of the markets in all Latin-American countries, particularly in Argentina, Brazil and Chile. Hand in hand with the struggle for world markets goes the tremendous rise in armaments.

Para él, esa competencia, y los eventos “revolucionarios” en India, China y Egipto, requerían prestarle más atención al “imperio de Wall Street.” En efecto, su panfleto tenía como objeto el análisis del imperialismo estadounidense, que se inició con la Guerra Hispanoamericana de 1898. En Yankee Colonialism, Gannes subrayó las actividades colonialistas de Estados Unidos en Filipinas, Puerto Rico e Islas Vírgenes.

Su análisis del imperialismo estaba evidentemente fundamentado en el marxismo-leninismo. Desde esa perspectiva, y como ilustra la figura, la necesidad de nuevos mercados estimulaba el imperialismo y el colonialismo estadounidense, así como la rivalidad inter-imperialista. El creciente armamentismo era para Gannes un indicador de esa tendencia. En ese contexto las colonias estadounidenses no solo representaban mercados cautivos, sino también puestos de avanzada militar, lo que coincide con la postura de Alfred T. Mahan con respecto a las colonias y el poder naval, que todavía inspiraba el imaginario naval estadounidense. Según Gannes, el Imperialismo estadounidense produjo tanto colonias directas como semi-colonias:

There are two main types of colonies which imperialism chains to its chariot wheels. Especially in considering American imperialism is this important. Its colonial empire within the so-called independent countries, such as Cuba, Nicaragua, Haiti, Santo Domingo, Panama and Mexico, is of far vaster extent than its outright colonies. In these semi-colonial countries the struggle for domination and control is keener, as conflicting imperialist interests are represented.

Para Gannes, si los conflictos inter-imperialistas eran más agudos en las semi-colonias las posesiones consumadas, las colonias directas como Puerto Rico y Filipinas, representaban las vigas de acero sobre las que descansaba el expansionismo estadounidense.  Allí estaban ubicadas las bases navales más importantes, las que además salvaguardaban importantes rutas comerciales. Para Gannes, esas colonias estaban en medio de las escenas de guerras venideras.

Las consecuencias de la Guerra Hispanoamericana de 1898 le abrieron puertas a Estados Unidos, ahora una nueva fuerza imperial, en Asia y América Latina. Como explicó Gannes, las colonias que ahora poseía le facilitaban a Estados Unidos la expansión geopolítica y comercial en esas regiones, con el Canal de Panamá como enlace entre estas: “It now became the aim of the imperialist masters, not only to make of the Caribbean Sea an American lake, but to let the waters of this lake flow through the Isthmus of Panama, via a Wall Street owned canal, and to bridge the Pacific Ocean with Yankee-controlled islands.”

A finales del siglo 19, la guerra contra España era el único medio disponible para que Estados Unidos adquiriera colonias directas, pues los otros centros imperiales ya se habían repartido casi todo el planeta. Como explicó Gannes: “War was the only way open for the acquisition of new territories. Colonies had to be wrested from other powers. Spain owned the colonies most desired by the United States business class. War against Spain was declared. Flimsy pretexts were invented and forgotten in the scramble for greater prizes.” Después de la guerra con España, como ilustra la tabla, Estados Unidos adquirió como colonias a Filipinas, Hawái, Puerto Rico y Guam. En 1898 esa nación también ocupó la isla Wake y las islas Midway y en el próximo año adquirió a Samoa. Finalmente, le compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917.  En total, Estados Unidos adquirió entre 1898 y 1917 unas 125,328 millas cuadradas de nuevo territorio, con una población en 1930 de más de 14 millones de habitantes.

Según Gannes, el Caribe era para los Estados Unidos y su capital nacional una entrada importante a los mercados latinoamericanos, pero también una senda abierta a su materia prima. La inversión de capital estadounidense allí ya era considerable. Para Gannes, si bien Estados Unidos contaba con diversas colonias en el Caribe, el capital las trataba como una unidad, haciendo pocas distinciones entre colonias directas o indirectas. Pero, para el gobierno y capital estadounidense el Caribe era mucho más importante por su valor estratégico-militar y porque les facilitaba su ingreso a mercados mucho más importantes. Para Gannes, Puerto Rico e Islas Vírgenes eran desde la perspectiva militar estadounidense, eslabones significativos en su “cadena de hierro” en el Caribe.

Gannes le consagró la mayor parte de Yankee Colonies a Filipinas, dedicándole menos espacio a Puerto Rico e Islas Vírgenes. Con respecto a Puerto Rico ofreció una breve descripción de la isla, la que llamó “Porto Rico.” Repitió, al hacerlo, algunas de las convenciones estadounidenses para referirse a la colonia.  La describió como una isla comparativamente pequeña y sobrepoblada. Gannes, reduciendo la diversidad racial de los puertorriqueños, describió la población como una predominantemente caucásica, con el 73% de la población blanca y un 27% negra.

Gannes luego comentó las políticas coloniales estadounidenses en la isla, destacando la Ley Foraker de 1900 y la Ley Jones de 1917. Describió la primera como una ley más reaccionaria que la legislación española con respecto a la Isla previo a la Guerra Hispanoamericana, lo que también han argumentado varios puertorriqueños, que usualmente se refieren a la Carta Autonómica de 1897. Gannes criticó también la Ley Jones por haberle conferido a los puertorriqueños una ciudadanía estadounidense de “tercera clase,” una por debajo de la ciudadanía de segunda clase, que es la que usualmente se asocia con ciudadanos discriminados constantemente, como los negros en Estados Unidos.  Rosendo Matienzo Cintrón se expresó de forma similar con respecto a la ciudadanía estadounidense en “La guachafita fá,” un artículo para La Correspondencia de Puerto Rico en 1911.  Gannes también acusó a los Estados Unidos de usar el puesto de gobernador como premio a los protegidos del ejecutivo federal:

The Governor-Generalship of Porto Rico is a particularly juicy plum for the political protégés of the capitalist party that happens to be in power in Washington. In addition to a yearly salary of $ 10,000, paid by the U. S. Government, he receives from the Porto Rican legislature an annuity of $25,000 to cover “incidental expenses.” Besides, he is furnished, rent free, a magnificent palace and grounds; and the legislature chips in for the payment of whatever servants are needed to maintain him in his accustomed standards of luxury. An automobile is also provided for his “excellency” at the expense of the starving masses.

En adición, Gannes acentuó el empobrecimiento y la desposesión sufrida por los puertorriqueños, la precariedad producto de las actividades del capital estadounidense en la isla-colonia, particularmente en los sectores tabacaleros y azucareros. Para Gannes, la situación de la mayoría de los puertorriqueños era frágil, afectados grandemente por la desnutrición, la hambruna y diversas enfermedades. El comunista citó números de la Cruz Roja para indicar el creciente empobrecimiento de la mayoría de los puertorriqueños, de paso rechazando que la causa de ese empobrecimiento fuese el paso del huracán San Felipe II por Puerto Rico en 1928:

American imperialists like to blame the hurricane of September 1928, for the inescapable fact that the conditions of the Porto Rican workers and peasants are constantly sinking to lower depths. This is the best excuse they can find. But no greater hurricane ever hit Porto Rico than when the imperialist forces landed, and were followed by the long reach of the big banks.

Finalmente, Gannes denunció la creciente dependencia puertorriqueña en los productos importados, y el que los puertorriqueños tuvieran que exportar casi todos sus productos agrícolas. Para Gannes, Puerto Rico estaba totalmente atrapado en las garras del imperialismo estadounidense, tanto en términos políticos como económicos.

Gannes aprovechó sus comentarios sobre Puerto Rico para criticar a Santiago Iglesias Pantín, el Partido Socialista y la Pan-American Federation of Labor. Según Gannes, el Partido Socialista, como el Partido Laboral Británico, colaboraba constantemente con las fuerzas imperialistas.  También lo criticó por apoyar el estadoísmo y por aliarse con el Partido Republicano, un partido para Gannes controlado por hacendados y banqueros, explotadores de los trabajadores puertorriqueños. Gannes inclusive criticó al Partido Nacionalista por llevar a cabo una lucha “half-hearted” por la independencia de Puerto Rico. Por supuesto, tampoco tuvo nada bueno que decir de los unionistas y los republicanos. Gannes anunció la formación de un partido comunista en la colonia:

A Communist Party is being formed in Porto Rico, to carry on a relentless struggle for the absolute, immediate and complete independence of Porto Rico from American imperialism. One of the main tasks of the Communists is to fight against the traitorous role of Iglesias and the Socialist Party who, through the instrumentality of the Pan-American Federation of Labor, help American imperialism not only in Porto Rico, but throughout Latin America.

En Puerto Rico, el Partido Comunista se fundó en 1934, cuatro años después de la publicación del panfleto de Gannes. Es difícil establecer si él se refería a la formación de ese partido o a alguna división dentro del Partido Socialista de entonces, a alguna facción comunista del partido que no favoreciera el estadoísmo. Es posible además que Gannes tuviera contactos con algunos puertorriqueños en Nueva York o que hubiese adquirido información sobre el comunismo puertorriqueño de la Liga Antiimperialista, a la que se refirió en su panfleto. Se refería a la All-America Anti-Imperialist League, también conocida como la Anti-Imperialist League of the Americas. Esta se fundó en 1925 y estuvo activa hasta 1933. Se convirtió entonces en la American League Against War and Fascism. Según Gannes, esta ya estaba operando en Puerto Rico, Filipinas, América Latina y Estados Unidos. Hasta el momento no he conseguido información sobre las actividades de la Liga, si alguna, en Puerto Rico. Juan Antonio Corretjer se integró a la Liga Anti-imperialista de Las Américas mientras estuvo en Nueva York a finales de la década de los veinte.

Gannes terminó su panfleto convocando a los trabajadores, tanto en Estados Unidos como en las colonias, a la acción política a favor de la independencia de las colonias. Para él, Estados Unidos nunca les concedería la independencia, por lo que la que la única opción era arrebatárselas a los imperialistas. Para él, eso requería un frente unido que aglutinara a los trabajadores no solo en Estados Unidos, sino en Filipinas, Puerto Rico y Hawái.

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¿Por qué mirar una vez más el 1898?

Mario Cancel Sepúlveda

80 grados   24 de octubre de 2014
americanizacionescuela¿Por qué volver a mirar hacia el 1898? Después de 116 años de relaciones económico-políticas, intercambio cultural intenso y tras una conmemoración crítica de un centenario, la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos debería estar bien digerida. La impresión que produce una mirada a ese largo periodo de tiempo es que Estados Unidos llegó para quedarse y que habrá que esperar, yo no lo veré, otro imperio invasor en el futuro para que Puerto Rico deje de ser americano. Me imagino que recordar el 1898 en un incierto año 2414, será lo mismo que pensar en el 1493: el hecho se reducirá al desembarco de un puñado de gente y una confrontación con una población de nativos agrestes. Es probable que la invasión de 1898 se reduzca a una nota al calce o un relato folclórico como ha sucedido con el 1595 o el 1797. Muy pocos le reconocerán relevancia a un asunto consumado y distante.Mirar hacia el 1898 fue casi un “deber moral” durante el siglo 20. La posibilidad de un centenario era atemorizante para algunos. La historiografía positivista crítica, la reflexión modernista y nacionalista, la ensayística de la década del 1930 y la reflexión académica de 1950, atravesaron ese Rubicón hace tiempo. La nueva historia social y la historiografía geopolítica de aliento caribeñista de las década de 1970 al 1990, ofrecieron unos contextos microscópicos y macroscópicos que habían sido pasado por alto por sus predecesores. La producción de la historiografía post-social, la que casualmente se denominó “novísima”, intentó con relativo éxito aproximaciones desde lugares inéditos como la cotidianidad y la discursividad, concentrando su indagación en las lógicas culturales de los invadidos y los invasores. Pero a fines de la década de 1990 y principios de este insípido siglo 21, el debate teórico y ¿generacional? resultó más atractivo que cualquier otra cosa. Los temas historiográficos se convirtieron en pretexto de discusiones teóricas. Y el asunto de “cómo se conoce el pasado” resultaba más relevante que “qué cosas se conocen del pasado”.Aquella anomalía propició una situación, desde mi punto de vista, extravagante y enriquecedora. Las tradiciones interpretativas modernistas y postmodernistas se vieron obligadas a coexistir. Hasta hace algunos años podía desayunar con un viejo intelectual de la “generación” del 1950, y tomar una carbonatada en un restaurante de comida rápida con un postmodernista.

En un curso general de historia de Puerto Rico en el Recinto Universitario de Mayagüez, luego de discutir con reserva las corrientes culturales que convergen en la noción de lo puertorriqueño (la problemática teoría de las “tres fuentes”) sugerí un asunto polémico. Pregunté si la presencia etnocultural anglosajona en Puerto Rico (antes y) después de 1898 debía ser considerada un componente (i)legítimo de la cultura puertorriqueña. Lo cierto es que lo sucedido alrededor del 1898 guarda, cierta correspondencia con lo que pasó después de1508. El 1898 fue un proceso de recolonización cultural y reconstrucción política. La anglosajonización y/o americanización, se constituyó en una promesa y un problema. Tanto en 1508 como en 1898, se desarrolló una relación asimétrica.

Una diferencia visible y vulgar entre el pos 1508 y el pos 1898, había sido la ausencia del mestizaje biológico masivo que caracterizó al primero: la separación racial, ineficaz en el siglo 16, funcionó en el siglo 20. A pesar del contraste entre el proceso de colonización y el de recolonización, hacia 1930 se aceptaba que la cultura anglosajona era un componente de relevancia del puertorriqueño común. Desde 1950 a esta parte, me parece innegable, la integración de modelos culturales estadounidenses ha avanzado sin cesar en el escenario del mercado y el consumo. La revolución de los medios masivos de comunicación y la revolución de la Internet, han servido para acelerar un proceso que no termina. La pregunta sobre el elemento anglosajón como una “cuarta fuente”, quedó, como era de esperarse, sin respuesta.

Mis lecturas de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses que produjeron materiales intelectuales sobre “our new possession” entre 1898 y 1926, tarea que elaboré con el Dr. José Anazagasty Rodríguez en dos volúmenes publicados en 2008 y 2011, me habían demostrado que la conciencia de la anglosajonidad en aquellos escritores era enorme. El imperialismo sajón y el 1898 eran la expresión del cumplimiento de un deber providencial. Aquel discurso de la anglosajonidad sirvió para articular una imagen despreciativa de la hispanidad que se dejaba “atrás” (en el pasado) con el propósito de legitimar una “ruptura” en nombre de la “modernización”. Convencer a los colonos de la validez de ese argumento no parecía complicado: los “nativos”, seres simples e ineducados, metáfora del “buen salvaje”, eran pura tabula rasa, naturalmente dóciles y fieles. A lo sumo, el puertorriqueño, identificado con el jíbaro y el indio, no era visto sino como la víctima de una hispanidad descuidada, inhumana y cruel, por lo que no podía señalarse como responsable de su pusilanimidad.

El problema de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses estaría en otra parte. Con las elites educadas locales la situación sería distinta. Los ideólogos separatistas anexionistas vinculados al 1898 en el estilo de Julio Henna y Roberto Todd, no tuvieron ningún problema en hacer suyo aquel discurso propenso a la anti-hispanidad del imperialismo benévolo. De igual manera, la imagen agresivamente antiespañola que dominaba los textos estadounidenses, convergía con la que poseían los ideólogos del separatismo independentista antes de 1898: Ramón E. Betances y Segundo Ruiz Belvis. Aquel conjunto de pensadores siempre han sido difíciles de convocar como modelos de hispanofilia, inclusive en el momento más feroz de aquella fiebre. La devaluación de la hispanidad también rindió un valioso servicio para las elites intelectuales liberales y autonomistas que, aunque esperaban mucho de España, miraban con asombro hacia Estados Unidos cuando se trataba de asuntos como la abolición, la economía y la educación. Salvador Brau Asencio y Francisco del valle Atiles son quizá el mejor modelo de ello.

Sin embargo, para quienes resintieron la invasión de 1898 y no llegaron a ver en la anglosajonidad un aliado en la ruta de la modernización, el desprecio anglosajón por la hispanidad acabó por transformarse en una injuria. La versión de la identidad nacional que aquellos sectores asumieron acabó en ver en la hispanidad, con sus virtudes y sus defectos, una condición sine qua non de la puertorriqueñidad. El nacionalismo político del momento de José De Diego (1914), José Coll y Cuchí (1923) y Pedro Albizu Campos (1930) representó un contrapunto interesante. Su análisis cultural y su revisión del pasado español a la luz de la modernización con la que se sueña, significó un contrapunto para la propuesta de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses.

Ante aquella glosa de la modernización que miraba con reticencia hacia el pasado, elaboraron otro relato de la modernización que miraba con reverencia hacia el pasado. Un elemento en común en ambos proyectos utópicos es que ninguno quería regresar al pasado. El progresismo y el liberalismo de ambas es evidente: lo que difiere es la función que se le adjudica a la hispanidad en el futuro imaginado.

Ambas utopías se apoyaban, debo reconocerlo, en una versión parcial y nebulosa del periodo ante bellum 1898. Frederick A. Ober (1899) y R. A. Van Middeldyk (1903), producen una imagen tan ilusoria y frágil como la de Brau Asencio (1903). El pasado que se vivió al lado del hispano (la nostalgia que producía el malo conocido), y el futuro que se aguardaba al lado del sajón (el optimismo que generaba el bueno por conocer), no diferían en un asunto. Al momento de precisar su tema central -la “nación”-, ambos la concebían como un apéndice o dependencia de otro. Bajo aquellas circunstancias, a nadie debe sorprender que el 1898 hubiese sido apropiado como una “frontera confusa”. En el caso de los estadounidenses, servía para completar el sueño de elaborar un imperio ultramarino donde cebarse materialmente y completar su obra civilizadora. En el caso de los puertorriqueños, significaría un tipo de año cero o un renacimiento que marcaba un antes y un después reconocibles. Las soluciones ideológicas a la “confusión” no fueron eficaces. El planteamiento de un problema de esa naturaleza siempre ameritará nuevas revisiones.

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Educación e imperio

por EFRÉN RIVERA RAMOS

El Nuevo Día, 19 de septiembre de 2013

indexUn libro publicado recientemente por la Editorial de la Universidad de Wisconsin arroja nueva luz sobre la relación entre las reformas educativas, el colonialismo y la modernización de Puerto Rico en la primera mitad del siglo 20.

En la obra, titulada “Negotiating Empire: The Cultural Politics of Schools in Puerto Rico, 1898-1952”, su autora, la profesora Solsiree del Moral, de la Universidad de Amherst, documenta la centralidad de las escuelas públicas puertorriqueñas en el proceso de configuración de una nueva sociedad colonial embarcada en una profunda transformación social, política y cultural.

El libro complementa la valiosa investigación de Aida Negrón de Montilla, que analizó los esfuerzos de americanización a través del sistema de educación pública desplegados por los comisionados de instrucción designados por el presidente de Estados Unidos. Del Moral escudriña el período desde otra perspectiva: la de los maestros, padres y estudiantes de la época. Constituye, pues, una historia escrita “desde abajo”, que ilustra las complejidades de las respuestas de la heterogénea comunidad escolar a las políticas educativas de la nueva metrópolis imperial.

Sobresale en este trabajo meticuloso el examen constante de las variables de la raza, el género y la clase social, no sólo en la composición del magisterio de entonces, sino en el abordaje de los administradores y el liderato profesional, intelectual y político a los problemas de la educación en Puerto Rico.

Las consideraciones de género se detallan particularmente en el capítulo tres, dedicado al examen de la ciudadanía, el género y las escuelas. La autora examina desde las discusiones sobre las supuestas debilidades de las maestras para enfrentar los retos de la escolarización en el mundo rural hasta la estructura patriarcal de las asociaciones magisteriales y los debates sobre para qué debían educarse las niñas en la nueva sociedad emergente.

Resulta reveladora la referencia a la relación entre el analfabetismo, la masculinidad y la guerra, en el contexto del rechazo masivo del ejército estadounidense de los varones puertorriqueños que no sabían leer y escribir y sus efectos en la discusión pública del momento. El análisis revalida la necesidad de encarar sin ambages el tema del género en cualquier proyecto de reforma escolar. En el capítulo cuatro se destacan los asuntos de la raza y la clase social, ambos estrechamente vinculados tanto a las visiones imperiales sobre Puerto Rico como a las respuestas de las élites puertorriqueñas a la nueva situación. La intersección de raza y clase social se torna particularmente aguda en el caso de la creciente diáspora puertorriqueña en Estados Unidos.

El texto analiza un estudio sobre los niños puertorriqueños en Nueva York encomendado por la Cámara de Comercio de esa ciudad en 1935 a un grupo de científicos sociales. Los investigadores concluyeron que los estudiantes boricuas constituían un grupo inferior intelectualmente en comparación con otros sectores de la población. Recomendaron que se restringiera la migración de Puerto Rico hacia Estados Unidos.

La respuesta de prominentes educadores puertorriqueños no fue mejor. Para impugnar el estudio, un subcomisionado de educación de Puerto Rico alegó que la muestra no era representativa de los puertorriqueños de la isla, pues la mayoría de los estudiantes estudiados eran negros y pobres. Otro indicio, según la autora, de cómo el imaginario sobre la diáspora se ha ido moldeando tanto por la visiones circuladas por sectores diversos de la sociedad estadounidense como por los grupos profesionales, intelectuales y políticos dominantes en Puerto Rico.

Una contribución importante del libro es la conexión que establece entre las políticas educativas implantadas en Puerto Rico y las desarrolladas por los reformadores estadounidenses para Hawai, Filipinas, los pueblos indígenas, las comunidades negras del Sur y los grupos de nuevos inmigrantes. Coloca, además, las iniciativas impulsadas en Puerto Rico en el contexto mayor de los desarrollos pedagógicos del momento en la América Latina y el Caribe.

Se trata de una lectura iluminadora del pasado con aplicaciones de valor para el presente.

Fuente: http://www.elnuevodia.com/columna-educacioneimperio-1597160.html

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Acabo de leer un interesantísimo artículo escrito por el historiador Andrew J. Rotter y titulado “Empires of the Senses: How Seeing, Hearing, Smelling, and Touching Shaped Imperial Encounters” (Diplomatic History, 35:1, January 2011, p. 3-19). Rotter, profesor en Colgate University, es un estudioso de las relaciones internacionales de Estados Unidos con Asia y miembro de un grupo, afortunadamente en crecimiento, de historiadores que  han ido más allá de los enfoques tradicionales en el estudio de la historia de las relaciones exteriores norteamericanas. Éstos han incorporado la cultura como parte de su análisis de las relaciones internaciones, enfocando elementos como clase, género, raza y religión. En el caso específico del artículo que comentaré, el autor enfoca un tema completamente nuevo para mí: los sentidos.

Andrew J. Rotter

El autor comienza su ensayo con un planteamiento que comparto plenamente: el imperialismo es un fenómeno complejo de interacción, que conlleva negociación, vigilancia e imposición, resistencia y acomodo. El imperialismo no es un proceso sencillo, unilateral o limitado a la conquista y/o explotación de un territorio. Por el contrario, el imperialismo es muy proceso complejo, en donde hay espacios de encuentro e intercambio, con sombras y matices.

Que todas las relaciones humanas son moldeadas por los sentidos, incluido el imperialismo, es la idea guía que este ensayo. Según Rotter, el imperialismo conlleva interacciones indiscutiblemente personales, pero mediadas por la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto. A través del estudio comparativo del imperio inglés en India y del norteamericano en las Filipinas, el autor se propone mostrar cómo los sentidos ayudaron a colonizadores y sujetos coloniales a comprenderse y a conocerse.  Esto no quiere decir que no tuvieran diferencias en sus percepciones sensoriales, porque como bien señala el autor, los sentidos no son solo expresiones biológicas, sino también claras construcciones sociales.

El planteamiento central de Rotter es que tanto británicos como norteamericanos se veían como civilizadores y creían que parte de su labor civilizadora era establecer en sus colonias lo que el autor denomina como un orden sensorial.  En otras palabras, la misión civilizadora de los británicos en India y norteamericanos en las Filipinas  conllevó la imposición de un orden de los sentidos considerado por éstos como “civilizado”. Obviamente, tanto los indios como los filipinos tenían ideas diferentes a la de sus colonizadores sobre qué era considerado sensorialmente civilizado y, por ende, aceptable. Estas diferencias provocaron un enfrentamiento sensorial que produjo, según el autor,  choques pero también puntos de encuentro entre ingleses, indios, filipinos y norteamericanos.

Al comparar las experiencias británica y norteamericana el autor busca superar el provincialismo característico de las “narrativas nacionales” (bastante marcado en la historiografía norteamericana, subrayaría yo). El autor es muy claro al señalar que ninguna nación o imperio debe ser considerada única, lo que constituye un rechazo directo del excepcionalismo estadounidense. El estudio comparativo le permitirá al autor poner a prueba su hipótesis de “que el civilizar a otros re-ordenándoles sus sentidos era, de hecho, un proyecto occidental, o por lo menos anglosajón.” (7)  Además, el autor alega, con toda la razón, que el enfoque comparativo permite identificar diferencias y similitudes entre las prácticas imperialistas, ya que no hay un solo imperialismo.

Rotter le dedica el grueso de su ensayo al análisis del proceso de civilización al que fueron sometidos los sentidos en las Filipinas y la India. De éstos reseñaré tres: el oído, el gusto y el tacto.

De acuerdo con el autor, tanto británicos como norteamericanos buscaron civilizar los sonidos “salvajes” de sus colonias, reduciendo el volumen de sus sujetos coloniales. ¿Qué le molestaba a los colonizadores? Los gritos llamando al rezo en las mezquitas, la música a gran volumen en los templos hindúes, las bandas de músicas filipinas, la insistencia de las campanas de las iglesias católicas filipinas; en fin, las calles llenas de vida bulliciosa y de difícil comprensión para la mente anglosajona. Para los colonizadores, el bullicio de sus colonias además de intolerable e incivilizado, era producto de una seria indisciplina sónica que debía ser resuelta a través de la educación.   Británicos y estadounidenses buscaron a través de la enseñanza del inglés –un idioma civilizado– controlar el volumen de lo que los filipinos e indios hablaban en voz alta para que sonaran como pueblos civilizados.

La educación serviría también para inculcar modales entre los asiáticos. De ahí que  tanto británicos como  norteamericanos usaron las escuelas para combatir lo que consideraban un problema permanente de Asia: los pedos y los eructos en público. Los colonizadores inculcaron lo que el autor denomina como modales sónicos, clasificando y condenando como muestras de descortesía –de ausencia de civilización– ambas acciones, que parece que eran bastantes comunes entre  sus sujetos coloniales.

El sentido del gusto fue usado extensamente por británicos y norteamericanos para describir  a sus colonias como extrañas e indisciplinadas.  En general, los colonizadores rechazaron la comida de sus colonias. Aunque en el caso de los británicos,  hubo algunos que  regresaron a casa con  un cocinero indio, la mayoría rechazó la cocina india por el temor a ser contaminados. Los norteamericanos mostraron miedo y desprecio por la comida filipina, pues pensaban que la inferioridad filipina era contagiosa. Tanto británicos como estadounidenses tuvieron problemas con el uso que se hacía de las especies en sus colonias.

Una de las historias más ilustrativas de este ensayo tiene que ver con el tema gusto  y la comida. Según Rotter,  en 1913 una maestra filipina llamada Paz Marquez le escribió una carta a su prometido porque estaba preocupada por la visita del entonces gobernador de las Filipinas Francis Burton Harrison a su provincia. A la Señorita Marquez le preocupaba qué dar de comer al Gobernador Harrison:

“Alguien propuso un típico almuerzo filipino. Pero no, porque es una idea ridícula. Queremos convencer a los americanos de  que somos suficientemente civilizados para ser independientes y seremos rechazados si comemos en una hoja de plátano” (15)

De acuerdo al autor, la Señorita Márquez cerraba su misiva le preguntándole a su prometido si efectivamente era incivilizado comer en una hoja de plátano. Esta carta refleja varias cosas. En primer lugar, el deseo del sujeto colonial por mostrarse apto –civilizado– ante los ojos del colonizador y juez de su proceso civilizatorio, prerrequisito para alcanzar su independencia. La Señorita Marquez, como también buena parte de sus compatriotas, no se cuestiona ni el discurso ni la relación colonial. No, a ella lo que le preocupaba era quedar bien y lograr la aceptación del poder imperial representado por nada menos que el gobernador colonial. Sin embargo,  esta carta también refleja un proceso de acomodo, de juego. La Señorita Marquez sabe que el norteamericano no aprecia y, por ende, no come la comida filipina; entonces, ¿para qué cocinársela? Mejor recurrir al engaño, dándole al estadounidense lo que éste come y de paso “demostrar” lo logros de su proceso civilizador. Es una pena que no sepamos qué comió Harrison y si lo disfrutó.

El tacto, como los demás sentidos, fue “racializado” tanto por británicos como por estadounidenses, quienes temían contagiarse de alguna enfermedad si tocaban a los naturales de sus colonias. De acuerdo con  Rotter, el color oscuro de la piel de indios y filipinos fascinaba y repugnaba a británicos y norteamericanos. Éstos temían lo que creían escondía el color de la piel de sus sujetos coloniales: suciedad. El autor menciona una caricatura que ilustra de forma magistral su planteamiento.  Titulada “Cares of a Growing Family”, la caricatura muestra al Presidente William McKinley observando a un grupo de niños negros que representan al recién adquirido imperio insular –Puerto Rico, Cuba y las Filipinas. El Presidente está sentado sobre una caja de jabones que tiene una inscripción muy clara: “Soap, Haye you tried?” (“Jabón, ¿lo has probado?”).  Esta caricatura racista y paternalista refleja muy bien la preocupación sanitaria de los norteamericanos y su relación con el color de la piel de los nuevos miembros de la familia estadounidense. El jabón se convierte así, en otra aportación imperial y civilizadora.

Cares of a Growing Family, 1898

Para protegerse de la India y de los indios, los británicos se aislaron en sus cuarteles y recurrieron a los llamados “cholera belts”. Estos eran una pieza de ropa usada comúnmente por los soldados británicos en la India, que consistía de una cinturón o faja ancha de franela o seda que protegía al cuerpo de la humedad y frío, erróneamente asociados al cólera. Los estadounidenses recurrieron a los “stomach bandages” para evitar el vómito, la diarrea y el calambre abdominal.

El contacto sexual entre colonizadores y colonizados estuvo asociado al tema del tacto.  Este era  asunto  que preocupaba a las autoridades coloniales, especialmente, por el peligro de las enfermedades venéreas.  De ahí que tomaran medidas para controlar la prostitución como la Indian Contagious Diseases Act of 1868 que obligaba a las prostitutas a registrarse  y hacerse exámenes médicos. Los norteamericanos tomaron medidas similares en las Filipinas. En ambos casos se eximía del examen médico a los  soldados porque ello les hubiese sometido a un contacto físico inapropiado e indigno para hombres civilizados.

El autor concluye su ensayo señalando que ni británicos ni estadounidenses lograron imponer un nuevo régimen sensorial a indios filipinos. Sin embargo, sí lograron fomentar que sus sujetos coloniales se comportaran como seres “civilizados” en el uso de sus sentidos. Tanto los líderes del Partido del Congreso indio como los “ilustrados” filipinos –es decir, las clases dirigentes–  se convirtieron en promotores de la sanidad pública, insistiendo que sus pueblos adoptaran medidas sanitarias, aprendieron a comer con cuchillo y tenedor, y se vistieron con ropas occidentales. En palabras del autor: “Los subalternos se esforzaron en aprender los modales occidentales, esperando no ofender los sentidos.” (18).

Tanto en las Filipinas como en la India, la relación colonial conllevó resistencia y ajuste,  y el eventual desarrollo de acomodos y acuerdos no solo a nivel político, sino también a nivel sensorial. El esfuerzo occidental para imponer su cultural sensorial provocó una respuesta local. Según Rotter, este encuentro terminó cambiando las cuatro culturas sensoriales involucradas: el curry se convirtió en un plato nacional británico, se desarrolló un gusto por los textiles indios y filipinos, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos se hizo más común que los médicos tocaran a sus pacientes, los estadounidenses aprendieron a apreciar las frutas tropicales filipinas, etc.

Este es un interesantísimo ensayo y una gran aportación al estudio del imperialismo norteamericano, y del imperialismo en general. Rotter hace un estudio cultural y comparativo del colonialismo estadounidense en las Filipinas desde una óptica teórica y metodológicamente novedosa, examinando un tema que me resultó fascinante: los sentidos. El autor no estudia los acostumbrados temas políticos, sociales y/o económicos. Por el contrario, realiza un interesante análisis cultural de  la experiencia sensorial británica en la India y estadounidense en las Filipinas. Además, el autor desarrolla algo poco común en la historiografía norteamericana del imperialismo y las relaciones internacionales: un estudio comparativo. Este tampoco es un análisis tradicional del imperialismo, ya que el autor enfoca el intercambio cultural entre colonizado y colonizador, enfatizando los puntos de encuentro entre éstos: los intercambios, los acuerdos, los compromisos. El colonialismo es presentado como una proceso dinámico y de dos vías, en el que tanto colonia como metrópoli se ven afectados.

No puedo cerrar sin señalar que este ensayo es producto de una investigación que no ha finalizado, cosa que el autor reconoce. Esto explica que en algunos momentos la justificación de sus postulados –como el nivel comparativo– pueda resultar un tanto general y carente de contundencia, lo que  no le quita méritos a un trabajo que aporta una visión refrescante al análisis del imperialismo. Será cosa de esperar a que Rotter culmine su investigación y comparta sus hallazgos finales.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

23 de enero de 2012

NOTA: Todos los énfasis y las traducciones del inglés con mías.

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