Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Mujeres’ Category

Comparto con mis lectores este interesante capítulo del libro de la historiadora Josefina L. Martínez, ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy . Esta obra analiza el papel que han jugado las mujeres en el desarrollo del movimiento obrero y, en especial, en huelgas a nivel global. En el caso específico del capítulo que comparto, Martínez enfoca una huelga en Lawrence (Massachussets) llevada a cabo en marzo de 1912. Aquellos interesados en la historia obrera, de género y de la intersección entre ambas, podrían encontrar muy útil este capítulo.


images_cms-image-000024994

Manifestación en Lawrence (Massachusetts) durante la huelga de 1912.
LAWRENCE HISTORY CENTER PHOTOGRAPH COLLECTION

La huelga de Pan y Rosas

Josefina L. Martínez

Ctxt.com     16/01/2021

Desde que comenzó la pandemia hemos visto en varios países la irrupción de luchas de mujeres trabajadoras cruzadas por la explotación y los agravios del racismo y las migraciones. El grito de las jornaleras contra los abusos en el campo, la protesta de las enfermeras y limpiadoras en los hospitales, las trabajadoras del hogar contra la esclavitud moderna o las vecinas autoorganizadas para frenar los desahucios. Estas experiencias muestran la potencialidad de apostar por la construcción de un feminismo de clase, alejado tanto del punitivismo moralista de las disputas en redes sociales como de los techos de cristal del feminismo meritocrático.

El libro ¡No somos esclavas! Huelgas de mujeres trabajadoras, ayer y hoy recupera algunas de estas luchas, sus dolores y también sus deseos de emancipación. Pero el hilo rojo y morado que entrevera género y clase no comienza hoy. Por eso la primera parte está dedicada a huelgas de mujeres en la historia: la huelga de Pan y Rosas en 1912 en EE.UU., la revuelta de las mujeres contra el aumento de los precios en Barcelona, Málaga y Alicante en 1918, las huelgas de las inquilinas en las primeras décadas del siglo XX o las luchas de las trabajadoras textiles contra el Corte Inglés en la Transición española. Varios capítulos están basados en artículos publicados en los últimos años en CTXT, ahora reeditados, junto con historias nuevas. Para la publicación del libro, ilustrado por Emma Gascó, se ha lanzado una campaña de crowdfunding en Verkami. Presentamos aquí, como adelanto editorial, el capítulo sobre la huelga de Pan y Rosas, una de las más importantes de la historia de la clase obrera en Estados Unidos. Protagonizada por decenas de miles de trabajadoras textiles, jóvenes, inmigrantes y precarias, se desarrolló en Lawrence entre el 11 de enero y el 14 de marzo de 1912.

La mañana del 11 de enero el frío cortaba la respiración en Lawrence, Massachusetts. Antes de las 6 de la mañana, miles de bocas tragaron pequeños trozos de pan en cocinas oscuras, las mujeres alimentaron a los niños y se calzaron los abrigos. Minutos después, los portales escupían figuras que se multiplicaban al doblar la esquina; polleras, sombreros y botines cruzaban puentes y aceleraban el paso, mientras el humo de las chimeneas y el chillido de los silbatos indicaba el camino de tan temprana procesión. El torrente se precipitaba por calles y avenidas, bifurcándose en los portones de cada fábrica: la Everett Mills, la Pacific Mills, la Washington Mills, unas 30 en total. Lawrence abría sus fauces, enormes mandíbulas mecánicas, trituradoras de ladrillo y metal, para engullir esa masa de carne y nervios, músculos y cerebros. En cada taller, los hilos se tensaban y los brazos se acoplaban a las máquinas, iniciando el traqueteo infernal que iba a martillear los tímpanos durante 10 horas.

Portada del libro. Ilustración: Emma Gascó

La ciudad había sido fundada en 1845 por la Asociación de empresarios de Boston en un lote de tierras despobladas de Nueva Inglaterra. Abbot Lawrence la había imaginado como un modelo ideal de laboriosidad y puritanismo donde las jóvenes solo se ocuparían unos años en la confección, hasta que llegara la edad de casarse y estuvieran listas para engendrar hijos devotos. Cuarenta años después, las ‘chicas de Lawrence’ seguían trabajando con la espalda doblada 14 horas al día en talleres mugrientos, pariendo hijos que entraban a trabajar antes de tener un solo pelo en la caraHacia 1910, Lawrence se transformó en uno de los centros de la industria textil norteamericana –sus fábricas procesaban el 25% del total del tejido de lana en Estados Unidos–, una urbe de casi 86.000 habitantes, en su mayoría trabajadores y trabajadoras no cualificadas que llegaban en oleadas desde el sur de Italia, Polonia, Lituania, Grecia, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia para abastecer la creciente demanda de mano de obra. En su Informe sobre la huelga de los trabajadores textiles de Lawrence de 1912, el Gobierno Federal indicaba que al menos la mitad de la población mayor de 14 años se ocupaba en la industria textil de lana y algodón y más del 80% de la población era extranjera.

Ese día invernal, sin embargo, debajo de la rutina aparente, circulaba una potente corriente subterránea, una tensión que se transmitía en las miradas, en frases intercambiadas en diferentes lenguas, en rostros endurecidos. Las polacas fueron las primeras. 200 mujeres que, al recibir la paga semanal y comprobar que les habían bajado el salario, estallaron con furia y pararon la producción. Bajaron los brazos y con esa declaración de inmovilidad, dejando caer hilos y agujas, condenaron a las máquinas a su impotencia de cacharros sin alma. Con ese gesto, iniciaron una huelga que iba a ser imparable.  Short Pay, short pay! All out! ¡Menos salario, todas afuera! Durante 63 días, trabajadoras y trabajadores inmigrantes sostuvieron una huelga que desafió a las corporaciones textiles más importantes de Estados Unidos, enfrentó a los gobiernos, a la policía y la milicia armada, a los medios de comunicación conservadores y al clero reaccionario, hasta conseguir un triunfo.

La lucha tuvo varios hitos: la creación de un comité de huelga, con 56 miembros, donde estaban representadas más de veinte comunidades étnicas y nacionales; la organización de cocinas populares que garantizaron dos comidas diarias a miles de huelguistas y sus familias; una caja de resistencia que recibió aportes desde todo el país; los piquetes móviles de las mujeres para burlar a la policía. Y lo que quizás sea el evento más conocido: el “éxodo de los niños”, cuando las trabajadoras enviaron en tren a cientos de sus hijos hacia otras ciudades, para ser alimentados y cuidados por familias solidarias durante la huelga.

Al parecer, los días previos al 11 de enero ya había circulado el rumor de la huelga en varios idiomas. El disparador fue una reducción salarial de unos pocos centavos en las nóminas. Una ley reciente establecía la reducción de la jornada laboral para mujeres y menores de edad, que debía pasar de 56 a 54 horas semanales. Y como en la industria textil la mayoría eran mujeres, tenía un gran impacto en la ciudad. Los empresarios aceptaron recortar la jornada de trabajo, pero a cambio redujeron también los salarios, no pensaban perder ni un céntimo en esta operación.

20 centavos equivalían a varias barras de pan, pero fue mucho más que eso lo que desencadenó el conflicto. Según la Comisión del Trabajo de Massachusetts, el salario mínimo que necesitaba una familia obrera para sobrevivir era de 8,28 dólares por semana, mientras un tercio de los hogares cobraba por debajo de esa cifra, menos de siete dólares. Por un piso con tres piezas, se pagaba entre dos y tres dólares semanales; el salario no alcanzaba. Si eras abogado o cura, tenías una esperanza de vida de 64 años, pero si eras una trabajadora textil, con suerte podías superar los 40 años. Eran frecuentes las enfermedades respiratorias, provocadas por la inhalación de partículas de algodón y productos tóxicos. A esto se sumaba un récord nacional de accidentes laborales: brazos amputados, dedos arrancados, piernas machacadas. La pujante industria norteamericana se alimentaba de sangre fresca, y no era una metáfora.

Cuando se supo que las polacas habían bloqueado la producción, miles de trabajadoras se reunieron espontáneamente fuera de las plantas, gritando: “¡Todas afuera!”. En minutos, una lluvia de piedras y trozos de hielo volaron hacia las ventanas, una buena forma de llamar la atención de quienes todavía dudaban. Al día siguiente, las trabajadoras se dirigieron al salón de la asociación franco-belga, constituyeron el comité de huelga y pidieron ayuda a la IWW (Industrial Workers of the World). Este era un sindicato militante y combativo que, a diferencia de la conservadora central AFL, organizaba a los trabajadores no cualificados, los más precarios, los afroamericanos y las mujeres. La IWW enviaba a sus mejores organizadores, los wobblys, a todos los puntos del país para apoyar las huelgas y organizar las cajas de resistencia.

Enseguida, el comité de huelga lanzó un mensaje a las trabajadoras y trabajadores de Lawrence: “Ahora que la asociación de los capitalistas ha mostrado la unidad de todos nuestros adversarios, os llamamos como hermanos y hermanas a unir vuestras manos junto con nosotros en este gran movimiento. Nuestra causa es justa… Trabajadores y trabajadoras, dejad vuestros martillos, tirad vuestras herramientas, dejad que las máquinas se paren, que la energía deje de hacer girar las ruedas y los telares, dejad la maquinaria, apagad los fuegos, paralizad las plantas, paralizad la ciudad”.

Pájaros de fuego, chicas rebeldes

Las investigadoras Anne F. Mattina y Domenique Ciavattone señalan que los tres ingredientes claves para el triunfo de la huelga fueron el papel de la IWW, las redes de solidaridad creadas por las organizaciones nacionales de inmigrantes y el activismo militante de las mujeres obreras.

One Big Union: Ireland and the Wobbly World | Irish Centre for the  Histories of Labour & Class, NUI GalwayElizabeth Gurley Flinn fue una de las principales organizadoras de la huelga. La ‘Chica Rebelde’, como se la conocía popularmente, tenía 21 años cuando llegó a Lawrence, enviada por la IWW. Hija de socialistas irlandeses, militaba desde muy joven. Durante la huelga de Lawrence, organizó reuniones especiales para las mujeres, tomando en cuenta las dificultades que tenían para organizarse. Lo explicaba así: “Las mujeres querían hacer piquetes. Eran huelguistas, tanto como esposas y valientes luchadoras”. Otra organizadora destacada era Annie Walzenback, de 34 años. Había ingresado en las fábricas textiles cuando tenía 14. Hablaba inglés, alemán, polaco y yiddish. Era una agitadora y organizadora de los piquetes diarios, junto a sus dos hermanas. Se dice que una noche, 2.000 mujeres la acompañaron hasta su casa después de una manifestación, solo para asegurarse de que llegara bien y no fuera detenida por la policía, que la tenía fichada. Finalmente, la noche del 15 de febrero fue trasladada directamente desde su cama a la cárcel por las fuerzas policiales.

El papel de estos experimentados organizadores y organizadoras de la IWW fue fundamental para la lucha que sacudió a Lawrence, pero la fuerza de propulsión brotaba de la rebelión de las trabajadoras inmigrantes. Esas mujeres jugaron un papel crucial por su presencia en múltiples espacios: en las fábricas, en los piquetes callejeros y en los barrios. Allí mantenían redes, tejidas durante años, cuando intercambiaban con sus vecinas un poco de comida o se ayudaban para cuidar a los niños. Durante la huelga, aquellos contactos permitieron que la información diaria circulara de casa en casa, en tiempos en que no había redes sociales ni teléfonos móviles.

Tan solo un año antes, muchas trabajadoras habían comentado entre ellas, con los ojos llenos de rabia y dolor, los acontecimientos ocurridos en la fábrica Triangle Shirwaist de Nueva York, cuando un incendio causó la muerte de 146 trabajadoras. Cuando comenzó ese incendio, las operarias que estaban en el octavo piso pudieron escapar, pero en el noveno las mujeres se dieron cuenta demasiado tarde de lo que ocurría. 50 trabajadoras se lanzaron por las ventanas huyendo del humo abrasador y murieron por el impacto: pájaros de fuego. Otras fueron aplastadas en las escaleras de incendio o en el hueco del ascensor. Y el resto murieron asfixiadas y quemadas. Todo esto ocurrió en menos de media hora. Una verdadera tragedia causada por la codicia patronal, que conmovió a la clase trabajadora de este a oeste. Días después, 400.000 personas marcharon en una procesión de homenaje a las mujeres de Triangle. En su mayoría, se trataba de jóvenes trabajadoras e inmigrantes, muy parecidas a las que unos meses después se lanzarían a la huelga en Massachusetts. Parecía como si todo ese dolor acumulado hubiera explotado en Lawrence, desatando la huelga.

Flashback Photo: The 1912 Bread and Roses Strike - New England Historical  Society

Los mítines multitudinarios se traducían en simultáneo a 30 idiomas, superando las divisiones étnicas y nacionales al interior de la clase obrera. Desde siempre, las patronales habían utilizado esas diferencias para enemistar a unos trabajadores contra otros, debilitando su fuerza colectiva. Pero ahora eso ya no funcionaba. Las mujeres descubrieron la táctica de formar piquetes móviles para desbordar a las fuerzas policiales y a las milicias armadas. Todos los días marchaban en largas cadenas humanas, con los brazos entrelazados, cortejos de miles de personas, cantando y gritando. Se cuenta que un grupo de mujeres italianas desarmó a un policía; entre varias le quitaron la placa, la porra y hasta los pantalones, antes de arrojarlo al río helado. Uno de los empresarios dijo, horrorizado, acerca de aquellas mujeres: “Tienen demasiada astucia y demasiado carácter. Están por todos lados, y se está poniendo cada vez peor”. El intendente también dejó caer una frase que se hizo famosa: “Un policía puede controlar a diez hombres, mientras que hacen falta 10 policías para controlar a una sola mujer”.

Durante la primera semana de huelga hubo una tormenta de nieve y la temperatura llegó a 10 grados bajo cero. El 15 de enero, miles de huelguistas montaron un piquete para impedir la entrada de rompehuelgas en las instalaciones de la Washington and Wood Mills. Cuando llegaron hasta la Prospect Mill, lanzaron piedras y bolas de hielo. Se dirigían hacia la Atlantic y Pacific Mills cuando la policía los interceptó, lanzando agua helada a los manifestantes con mangueras de apagar incendios.

“Pueden usar su manguera, pero se está encendiendo en el corazón de los trabajadores una llama de revuelta proletaria que ninguna manguera de incendios en el mundo puede apagar”, declaró después Joseph Ettor. En los barrios, los panaderos polacos bajaron los precios para los huelguistas, mientras que los peluqueros se negaban a atender a los rompehuelgas. En las calles, miles de personas cruzaban miradas cómplices, se reconocían fácilmente porque llevaban insignias con el lema: “No seas rompehuelgas” o con las siglas de la IWW.

Amazon.com: Lawrence Strike 1912 Ncartoon 1912 By Art Young On The Lawrence  Massachusetts Textile Worker Strike Of That Year Poster Print by (24 x 36):  Posters & PrintsLa represión y la batalla por la opinión pública

La jornada del 29 de enero fue un punto de inflexión. Ese día la policía asesinó a la trabajadora Anna LoPizzo durante una concentración y varios dirigentes de la huelga fueron detenidos.

La ofensiva represiva iba creciendo semana a semana. El alcalde Michael Scanlon había desplegado a la policía local, pero al tomar nota de la determinación de las huelguistas, el 15 de enero convocó a la milicia armada y llegó a declarar la ley marcial. Varios escuadrones de la milicia (antecesora de la Guardia Nacional) se establecieron en Lawrence, reforzados por la policía de Boston y francotiradores de los Marines.

Así trascurrían las semanas, las fuerzas se tensaban y las huelguistas no daban el brazo a torcer, a pesar del hambre y el frío. Pero lo que terminó de definir el futuro de la huelga fue el “éxodo de los niños” y la feroz represión. Entonces se logró ganar la batalla por la opinión pública. A principios de febrero apareció un aviso en el periódico socialista de Nueva York, The Call:

RECIBID A LOS NIÑOS

Los niños de Lawrence tienen hambre. Su padres y madres están luchando, pero el hambre puede romper la huelga. Estas mujeres y hombres están dispuestos a sufrir, pero no pueden ver el dolor de sus hijos o soportar sus llantos pidiendo comida. Se solicita a aquellos trabajadores y simpatizantes de la huelga que puedan acoger al hijo de un huelguista hasta que la huelga termine, que envíen con urgencia su nombre y domicilio al Call. Hacedlo de inmediato.

En pocas horas hubo cientos de llamados y cartas ofreciendo un lugar para los niños de Lawrence. La táctica se había inspirado en tradiciones de lucha del movimiento obrero europeo, a propuesta de varios activistas. En pocos días, la enfermera Margaret Sanger junto con Elizabeth Gurley Flinn y otros miembros del comité organizaron todo. Un primer grupo de 119 niños viajó a Nueva York el 10 de febrero. Un millar de personas recibió a los pequeños con euforia en la Estación Central. Cuando un segundo grupo llegó a Nueva York, el 17 de febrero, se organizó una manifestación. En las fotos vemos los pequeños rostros orgullosos. Una pancarta decía: “Piden pan, reciben bayonetas”. La noticia seguía corriendo en toda la prensa nacional y otras ciudades también querían recibir a los niños de Lawrence. Su “éxodo” representaba todo lo humano de esta lucha contra la codicia de los empresarios. Y para tratar de frenar esa corriente de simpatía, el alcalde de Lawrence no tuvo mejor idea que prohibir los viajes de niños. Pero una nueva delegación de 200 pequeños ya estaba preparada para montar al tren, el 24 de febrero. Ese día, decenas de madres con sus hijos se dirigieron a la estación, donde se encontraron con un inmenso dispositivo policial.

Cuando el tren se acercaba a los andenes, las mujeres trataron de avanzar. Entonces llovieron los palos, golpes y empujones, la policía cargando contra mujeres y niños. –¡Tened cuidado con los niños, los estáis matando! –gritó Tema Camitta, del comité de solidaridad de Philadelphia. Minutos después, se produjeron más de 50 arrestos y una docena de niños fue trasladada en coches de la milicia. Una multitud de huelguistas se lanzó sobre ellos, muchos eran los padres desesperados buscando a sus hijos. Y la represión continuó.

Barre, the Socialist Labor Party Hall, and the Lawrence Strike of 1912 -  Old Labor Hall

El New York Times informó al día siguiente que para “desanimar cualquier intento de los huelguistas de rescatar a los niños, cuatro compañías de infantería y un escuadrón de caballería rodearon la estación de trenes”. Lo que no sabían aquellas mujeres, cuando resistieron como leonas para que la policía no les arrancara de los brazos a sus pequeños, era que, en ese preciso instante, habían ganado la huelga. Después de la represión se produjo tal escándalo a nivel nacional, que los empresarios se vieron obligados a ceder. Pocos días después, una asamblea multitudinaria aprobó por aclamación el acuerdo alcanzado.

Josefina L. Martinez

Read Full Post »

Seguimos conmerando el centenario de la aprobación de la 19ª Enmienda reconociendo el derecho al voto a las estadounidenses. En esta ocasión compartó una corta nota de Alisha Haridasani Gupta, reportera del New York Times, sobre el sufragismo estadounidense.


27 Pictures Of Badass Suffragists From American History

Sufragistas: una lucha con actitud por el voto femenino en EE.UU.

Alisha Haridasani Gupta

Clarín       9 de setiembre de 2020

Cuando en agosto Kamala Harris subió al escenario en una escuela secundaria de Delaware, después que Joe Biden anunciara que la había elegido como compañera de fórmula, intentó definirse como muchas cosas a la vez: senadora, mujer negra, mujer india, fiscal. Pero su papel más importante, “el que más importa”, dijo, es “momala”, madrastra de los dos hijos de su marido, Cole y Ella. Al elegir llevar la insignia de madre en el punto más alto de su carrera, Harris se insertó en un molde pertinaz en el que desde hace mucho se espera que encajen las mujeres poderosas: la figura cálida, maternal y amable que, como escribió Joan Williams, profesora de Derecho y directora del Center for Work Life Law, en una columna de opinión de The New York Times, se “centra en su familia y su comunidad, en lugar de trabajar en el interés propio”.

La idea de que las aptitudes vistas en una mujer están indisolublemente ligadas a su papel de cuidadora abnegada es una de las que han tenido un papel clave en la lucha de décadas por el derecho de la mujer al voto, sostiene Allison K. Lange, autora de Picturing Political Power: Images in the Women’s Suffrage Movement (Representar el poder político: Imágenes del movimiento por el sufragio femenino).

Es que a fines del siglo XIX y principios del XX, tanto los líderes pro-sufragio como los anti-sufragio utilizaron ideas sobre lo que las mujeres “deberían” ser para argumentar a favor y en contra del derecho al voto. Ambos bandos de esa grieta aprovecharon el surgimiento de la tecnología de la impresión y la fotografía para emprender lo que los historiadores definen como una de las primeras campañas políticas visuales coordinadas en la historia de los Estados Unidos. Y las sufragistas “fueron tan hábiles con las herramientas que tenían en ese momento como lo son ahora los manifestantes y los activistas”, en tanto utilizaban medios visuales para perfeccionar su mensaje y crear una marca reconocible al instante, escribe Susan Ware, historiadora y autora de Why They Marched: Untold Stories of the Women Who Fought For the Right of Vote (Por qué marchaban: Historias nunca contadas de las mujeres que lucharon por el derecho al voto). El resultado fue una vibrante propaganda de ambos lados, que ayudó a generar personajes y temas –desde la “comehombres” con sed de poder hasta la mujer moderna y trabajadora que podía compatibilizar todo– transmitidos a lo largo de las décadas y que siguen profundamente arraigados en la cultura actual.

Sufragistas en lucha por el voto femenino Estados Unidos.

Sufragistas en lucha por el voto femenino Estados Unidos.

Un tema recurrente en los antisufragistas –algunos de ellos mujeres– era que las mujeres supuestamente debían ser cuidadoras virtuosas y que darles el derecho al voto iría en detrimento de sus responsabilidades domésticas, como el cuidado de los hijos, la administración del hogar y el “mantenerse linda”, dijo Lange en una entrevista telefónica.

Ni bien se planteó la demanda del voto, quienes se oponían al sufragio femenino comenzaron a argumentar en contra de él, a menudo con medios visuales. Utilizaban grabados que se vendían como decoración para presentar sus ideales de “maternidad” y “femineidad” como diametralmente opuestos al sucio mundo de la política y la búsqueda agresiva del éxito en la vida pública. Las imágenes creadas en 1869 por una de las casas de grabados más destacadas de la época, Currier & Ives, a menudo pintaban a las mujeres que luchaban por el voto como “monstruos feos y desvergonzados”, que amenazaban con derribar el statu quo, reflexionó Lange. A menudo iban vestidas con atuendos considerados escandalosos –faldas que dejaban al descubierto los tobillos, pantalones anchos y cortos o bombachas rurales– y se entregaban a lo que en general se habría considerado un comportamiento inmoral, como fumar, beber o ignorar el llanto de un bebé. “Esos grabados se proponían atacar la femineidad de las mujeres, su sentido del decoro y su respetabilidad”, agrega Kate Clarke Lemay, historiadora y curadora de la Galería Nacional de Retratos. “Se les destinaban epítetos como comehombres”.

Para contrarrestar los ataques de sus adversarios, en la década de 1870 las sufragistas comenzaron a posar para retratos que se vendían con el fin de recaudar dinero para la causa. Esperaban que esas imágenes ayudaran a mostrar su movimiento bajo una luz más elegante, muy lejos de las caricaturas que circulaban. Todo, desde sus poses hasta su ropa, fue cuidadosamente estudiado para ayudar a difundir una imagen de inteligencia, moralidad y refinamiento.

Untold Stories of Black Women in the Suffrage Movement - YouTube

Las sufragistas negras, que a menudo eran marginadas en los grupos de sufragistas blancas, también crearon sus propios retratos con la esperanza de contrarrestar los estereotipos racistas y sexistas. A mediados del siglo XIX, la abolicionista y sufragista Sojourner Truth vendía tarjetas con su retrato en sus giras de conferencias como forma de afirmar su respetabilidad y la propiedad de su trabajo. Cuando líderes sufragistas negras posteriores como Ida B. Wells-Barnett y Mary McLeod Bethune posaron para retratos, al igual que Stanton y Anthony, se vistieron con ropa elegante y usaron joyas para proyectar riqueza y refinamiento.

NAWSA, (National American Woman Suffrage Association) Collection (Selected  Special Collections: Rare Book and Special Collections Division, Library of  Congress)En la década de 1910, cuando el movimiento cambió de enfoque para lograr una enmienda del sufragio federal e hizo uso de la prensa nacional para conseguir apoyo para esa campaña, las sufragistas se inclinaron por las imágenes de mujeres como figuras puras y heroicas, dijo Lemay. En marzo de 1913, Paul y la NAWSA (la Asociación Pro Sufragio de la Mujer, según sus siglas en inglés) organizaron un enorme desfile de sufragistas en Washington, el día antes de la toma de posesión del presidente Woodrow Wilson. Miles de mujeres con vestidos blancos y algunas incluso montadas a caballo marcharon por la capital.

A la mañana siguiente, la noticia del desfile ocupó gran parte de la portada de The Washington Post. El titular decía: “La belleza, la gracia y el arte de la mujer desconciertan a la capital–Millas de ondulante femineidad presentan una fascinante atracción sufragista”. Al parecer, las primeras caricaturas de las sufragistas representadas como “feas” habían sido refutadas con éxito.

Al mismo tiempo, la NAWSA también trabajaba para revertir la representación antisufragista de la maternidad, planteando como argumento a través de afiches y grabados que el sufragio no le quitaría valor. De hecho, argumentaban que el voto no solo beneficiaba los intereses de las madres, porque les permitía abogar políticamente por los temas que les preocupaban, sino también que el hecho de ser madres haría que las mujeres fueran mejores votantes.

En 1906, Jane Addams, pionera del movimiento de casas de acogida y miembro de la junta de la NAWSA, articuló esa línea de pensamiento en la convención anual de la agrupación. “El trabajo doméstico urbano ha fracasado en parte porque no se ha consultado a las mujeres, las amas de casa tradicionales”, dijo, y los gobiernos “exigen la ayuda de mentes acostumbradas al detalle y a la variedad de trabajo, a un sentido de la obligación por la salud y el bienestar de los niños y a la responsabilidad por la limpieza y la comodidad de otras personas”.

Esta visión idealizada de las sufragistas como inteligentes, bellas, solícitas y maternales dio lugar, dijo Lange, a la idea de que la participación de la mujer en la política no destruiría la vida doméstica. De que ambas cosas no son mutuamente excluyentes y de que una alimenta a la otra.

Mellon Foundation Grant to Radcliffe's Schlesinger Library Will Catalyze  New Scholarship on American Women's Suffrage and the Still-Unrealized  Promise of Female Citizenship | HASTACEn el siglo que siguió a la ratificación de la 19ª Enmienda –que prohibió la discriminación en las urnas por motivos de sexo–, estos debates sobre la femineidad y la maternidad persisten. Y la pregunta sobre cómo los manejan las mujeres que están bajo la mirada pública ha surgido una y otra vez, obligando al creciente número de mujeres que se presentan a elecciones “a negociar su imagen pública desde el punto de vista de su condición de madres, esposas, hijas”, escribe Lange en su libro. Lo vimos en 2008, cuando Sarah Palin, la ex gobernadora de Alaska que fue candidata a la vicepresidencia junto al senador John McCain, se presentó constantemente como una hockey mom, una madre que lleva a sus hijos cada día a jugar al hockey.

Y lo vimos en 1984, cuando a Geraldine Ferraro, que venía de hacer historia al formar parte de la fórmula presidencial de un partido importante, en Mississippi el Comisionado de Agricultura del estado le preguntó si podía preparar muffins de arándanos.

“Claro que puedo”, respondió Ferraro. “¿Y usted?”


©The New York Times.

Traducido por Elisa Carnelli

Read Full Post »

When Cigarettes Were Good for Women

by Blain Roberts

HNN  March 17, 2014

A recent advertisement in the Sports Illustrated swimsuit edition for blu eCigs, a popular brand of electronic cigarettes, hit what one public health expert has called “a new high in terms of chutzpah.” It is audacious, though a more literal description might be that the ad hit a new low: it’s a crotch shot, showing a woman’s body cropped from just above her pierced belly button to her mid-thighs. A miniscule black bikini bottom, adorned with the company’s logo, barely covers what’s underneath.  Posed provocatively around the bikini, the woman’s hands appear ready to remove the item of clothing, if you can call it that. The caption reads, “Slim. Charged. Ready to Go.”

Doctors and public health advocates worry about ads like these, which associate e-cigarettes with female sexuality in a bid to attract male consumers, especially teenage boys, who may be tempted to take up vaping and thus put themselves at risk for nicotine addiction.

Beyond the health consequences of such marketing tactics, anyone who cares about the effects of exploiting and sexualizing women’s bodies has obvious reason for concern, too. After all, the blu eCig model seems as much the commodity as the e-cigarette. She is objectified by the ad’s producers, as she will be, presumably, by its consumers as well.

Tobacco and women’s bodies have a long history, to which e-cigarettes (technically tobacco-less) are indebted. Yet this ad belies the complexity of this past. Surprisingly, the sexual sell in the tobacco market—and tobacco use itself—provided modern American women a way to lay claim to their desires, sexual and otherwise.

For years, Americans frowned upon both female tobacco use and female sexuality. Throughout the nineteenth century, the Victorian understanding of separate spheres, which deemed women morally superior and sexually passive, proscribed a variety of activities, like sex (outside of procreation), drinking, business, and politics. These pursuits and pleasures were for men, as was enjoying tobacco—whether it was by chewing it or smoking it in a pipe or cigar, all sensual activities that bordered on the sexual. Tobacco use was simply off-limits to respectable, middle-class women, white and black. Only prostitutes, actresses, and bohemians indulged in the tobacco habit, which sealed its association with a lack of womanly virtue.

Change came fitfully.  In the 1880s and ‘90s, the American Tobacco Company, the Durham, North Carolina, manufacturer that pioneered the selling of cigarettes, bucked traditional standards. It wasn’t that the company targeted potential female smokers; rather, it introduced salacious trade cards into cigarette packs to appeal to men. The cards featured pictures of women scantily dressed, at least by the conventions of the day. Uncovered arms and legs were in abundance, as were stockings, ribbons, and fringe. The cards were brazen acknowledgements of women’s sexuality. Respectable Americans were not ready, and critics pounced.

Image via Duke University Library.

Yet by the 1910s and ‘20s, a full-blown challenge to Victorianism was underway, with young women leading the charge. They demanded the right to bob their hair, wear cosmetics and short skirts, and, like their male peers, dance, drink alcohol, have sex, and, of course, smoke cigarettes. As Zelda Sayre Fitzgerald, a precocious teenage smoker and quintessential Jazz Age figure put it, flappers altered everything about their behavior and appearance and “went into the battle.”  The battle to break free from restrictive norms and assert their individuality was waged, and largely won, in cities and on college campuses, in cars and in nightclubs, and in tobacco advertising campaigns, which increasingly supported women’s new desires. Liggett and Myers, maker of Chesterfields, released a magazine ad in 1926 with the tag line “Blow Some My Way.” The illustration featured a woman gazing longingly at her cigarette-smoking companion.

Several years later, a woman in a Chesterfield spot, shown lighting her partner’s cigarette, said coyly,  “Somehow, I just like to give you a light.”  The Chesterfield slogan, “They Satisfy,” drove home the message: female sexuality and tobacco use were now celebrated.”

By the 1930s and ‘40s, the use of female sexuality to promote tobacco had even migrated to the tobacco farms of the Southeast. This region grew much of the tobacco sold in the United States, and during the lean years of the Depression, it needed to pump up demand. Trade boards sponsored beauty pageants for rural women (all white, given Jim Crow customs), who vied for the title of tobacco queen and sometimes competed in skimpy two-piece outfits made out of dried tobacco leaves. Hardly asked to shun the product, women and tobacco were one and the same.

This fact alone made the photographs taken of the beauties arresting, but the images were also suffused with sexual innuendo and phallic images. These photos show contestants and queens putting themselves up for evaluation and auction, like tobacco brought to market for sale. They leisurely puff on foot-long cigarettes and smoke corncob pipes as men, standing in intimate proximity, look on with rapt attention.  What these men were thinking was an open question. In one photograph from the mid-1940s, a North Carolina tobacco queen held a tobacco leaf over her breasts. It was obvious that with one movement she could have been topless.

Image via North Carolina Department of Archives.

Used for marketing purposes, these images were intended for tobacco consumers everywhere, but it’s worth emphasizing that this unusual iconography was intended, in part, to chip away at deep-rooted objections to female smoking in rural areas, where only 8 per cent of women smoked, compared to about 40 percent in cities. The photographs glamorized the sensuous pleasures of tobacco use, suggesting to farm women that smoking, and freer expressions of sexuality, were theirs to claim. Women in more conservative parts of America who subsequently picked up the tobacco habit thus redefined what it meant to be female in their communities.  In the South especially, where a Gordian knot of patriarchy and white supremacy depended upon the sexual subordination of women, this was not an inconsequential development.

All of this culminated in the famous Virginia Slims campaign, launched by the Richmond, Virginia-based Phillip Morris Company in 1968, to promote the new, slimmer cigarette made just for women. Capitalizing on the modern women’s movement, Phillip Morris embraced the language of feminism to demonstrate, as the tag line proclaimed, “You’ve Come a Long Way, Baby.” Ads contrasted the contemporary, sexually liberated woman, Virginia Slims in hand, with her oppressed female forebears. In one magazine spot, images of a turn-of-the century housewife suffering from the drudgery of household chores—like churning butter!—were paired with the tongue-in-cheek rhyme, “I want a girl, just like the girl that married Dear Old Dad. She’ll wash the floors, polish up the doors, and never make me mad. She won’t smoke or be a suffragette, she will always be my loving pet.” Underneath, the Virginia Slims smoker smiled knowingly at the reader.

The modern woman had come a long way, and tobacco, as this history demonstrates, had helped get her there. Still, there were clearly pitfalls in this strategy of advancing women’s emancipation. Lung disease and death seem a poor trade-off for not having to wash the floors.

Moreover, the line between sexual empowerment and sexual objectification was a thin one, easily transgressed. Sometimes it was difficult to determine who controlled the sexuality on display. The recent blu eCigs advertisement highlights this problem in a striking way: it’s hard to argue that the bikini-clad woman is empowered when you can’t even see her face. This ad, in short, provides a cautionary reminder. When it comes to fighting for women’s liberation, we must be careful in selecting our weapons.

Blain Roberts is associate professor of history at California State University, Fresno. She is the author of Pageants, Parlors, and Pretty Women:  Race and Beauty in the Twentieth-Century South

Read Full Post »