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Archive for the ‘Mujeres’ Category

Seguimos conmerando el centenario de la aprobación de la 19ª Enmienda reconociendo el derecho al voto a las estadounidenses. En esta ocasión compartó una corta nota de Alisha Haridasani Gupta, reportera del New York Times, sobre el sufragismo estadounidense.


27 Pictures Of Badass Suffragists From American History

Sufragistas: una lucha con actitud por el voto femenino en EE.UU.

Alisha Haridasani Gupta

Clarín       9 de setiembre de 2020

Cuando en agosto Kamala Harris subió al escenario en una escuela secundaria de Delaware, después que Joe Biden anunciara que la había elegido como compañera de fórmula, intentó definirse como muchas cosas a la vez: senadora, mujer negra, mujer india, fiscal. Pero su papel más importante, “el que más importa”, dijo, es “momala”, madrastra de los dos hijos de su marido, Cole y Ella. Al elegir llevar la insignia de madre en el punto más alto de su carrera, Harris se insertó en un molde pertinaz en el que desde hace mucho se espera que encajen las mujeres poderosas: la figura cálida, maternal y amable que, como escribió Joan Williams, profesora de Derecho y directora del Center for Work Life Law, en una columna de opinión de The New York Times, se “centra en su familia y su comunidad, en lugar de trabajar en el interés propio”.

La idea de que las aptitudes vistas en una mujer están indisolublemente ligadas a su papel de cuidadora abnegada es una de las que han tenido un papel clave en la lucha de décadas por el derecho de la mujer al voto, sostiene Allison K. Lange, autora de Picturing Political Power: Images in the Women’s Suffrage Movement (Representar el poder político: Imágenes del movimiento por el sufragio femenino).

Es que a fines del siglo XIX y principios del XX, tanto los líderes pro-sufragio como los anti-sufragio utilizaron ideas sobre lo que las mujeres “deberían” ser para argumentar a favor y en contra del derecho al voto. Ambos bandos de esa grieta aprovecharon el surgimiento de la tecnología de la impresión y la fotografía para emprender lo que los historiadores definen como una de las primeras campañas políticas visuales coordinadas en la historia de los Estados Unidos. Y las sufragistas “fueron tan hábiles con las herramientas que tenían en ese momento como lo son ahora los manifestantes y los activistas”, en tanto utilizaban medios visuales para perfeccionar su mensaje y crear una marca reconocible al instante, escribe Susan Ware, historiadora y autora de Why They Marched: Untold Stories of the Women Who Fought For the Right of Vote (Por qué marchaban: Historias nunca contadas de las mujeres que lucharon por el derecho al voto). El resultado fue una vibrante propaganda de ambos lados, que ayudó a generar personajes y temas –desde la “comehombres” con sed de poder hasta la mujer moderna y trabajadora que podía compatibilizar todo– transmitidos a lo largo de las décadas y que siguen profundamente arraigados en la cultura actual.

Sufragistas en lucha por el voto femenino Estados Unidos.

Sufragistas en lucha por el voto femenino Estados Unidos.

Un tema recurrente en los antisufragistas –algunos de ellos mujeres– era que las mujeres supuestamente debían ser cuidadoras virtuosas y que darles el derecho al voto iría en detrimento de sus responsabilidades domésticas, como el cuidado de los hijos, la administración del hogar y el “mantenerse linda”, dijo Lange en una entrevista telefónica.

Ni bien se planteó la demanda del voto, quienes se oponían al sufragio femenino comenzaron a argumentar en contra de él, a menudo con medios visuales. Utilizaban grabados que se vendían como decoración para presentar sus ideales de “maternidad” y “femineidad” como diametralmente opuestos al sucio mundo de la política y la búsqueda agresiva del éxito en la vida pública. Las imágenes creadas en 1869 por una de las casas de grabados más destacadas de la época, Currier & Ives, a menudo pintaban a las mujeres que luchaban por el voto como “monstruos feos y desvergonzados”, que amenazaban con derribar el statu quo, reflexionó Lange. A menudo iban vestidas con atuendos considerados escandalosos –faldas que dejaban al descubierto los tobillos, pantalones anchos y cortos o bombachas rurales– y se entregaban a lo que en general se habría considerado un comportamiento inmoral, como fumar, beber o ignorar el llanto de un bebé. “Esos grabados se proponían atacar la femineidad de las mujeres, su sentido del decoro y su respetabilidad”, agrega Kate Clarke Lemay, historiadora y curadora de la Galería Nacional de Retratos. “Se les destinaban epítetos como comehombres”.

Para contrarrestar los ataques de sus adversarios, en la década de 1870 las sufragistas comenzaron a posar para retratos que se vendían con el fin de recaudar dinero para la causa. Esperaban que esas imágenes ayudaran a mostrar su movimiento bajo una luz más elegante, muy lejos de las caricaturas que circulaban. Todo, desde sus poses hasta su ropa, fue cuidadosamente estudiado para ayudar a difundir una imagen de inteligencia, moralidad y refinamiento.

Untold Stories of Black Women in the Suffrage Movement - YouTube

Las sufragistas negras, que a menudo eran marginadas en los grupos de sufragistas blancas, también crearon sus propios retratos con la esperanza de contrarrestar los estereotipos racistas y sexistas. A mediados del siglo XIX, la abolicionista y sufragista Sojourner Truth vendía tarjetas con su retrato en sus giras de conferencias como forma de afirmar su respetabilidad y la propiedad de su trabajo. Cuando líderes sufragistas negras posteriores como Ida B. Wells-Barnett y Mary McLeod Bethune posaron para retratos, al igual que Stanton y Anthony, se vistieron con ropa elegante y usaron joyas para proyectar riqueza y refinamiento.

NAWSA, (National American Woman Suffrage Association) Collection (Selected  Special Collections: Rare Book and Special Collections Division, Library of  Congress)En la década de 1910, cuando el movimiento cambió de enfoque para lograr una enmienda del sufragio federal e hizo uso de la prensa nacional para conseguir apoyo para esa campaña, las sufragistas se inclinaron por las imágenes de mujeres como figuras puras y heroicas, dijo Lemay. En marzo de 1913, Paul y la NAWSA (la Asociación Pro Sufragio de la Mujer, según sus siglas en inglés) organizaron un enorme desfile de sufragistas en Washington, el día antes de la toma de posesión del presidente Woodrow Wilson. Miles de mujeres con vestidos blancos y algunas incluso montadas a caballo marcharon por la capital.

A la mañana siguiente, la noticia del desfile ocupó gran parte de la portada de The Washington Post. El titular decía: “La belleza, la gracia y el arte de la mujer desconciertan a la capital–Millas de ondulante femineidad presentan una fascinante atracción sufragista”. Al parecer, las primeras caricaturas de las sufragistas representadas como “feas” habían sido refutadas con éxito.

Al mismo tiempo, la NAWSA también trabajaba para revertir la representación antisufragista de la maternidad, planteando como argumento a través de afiches y grabados que el sufragio no le quitaría valor. De hecho, argumentaban que el voto no solo beneficiaba los intereses de las madres, porque les permitía abogar políticamente por los temas que les preocupaban, sino también que el hecho de ser madres haría que las mujeres fueran mejores votantes.

En 1906, Jane Addams, pionera del movimiento de casas de acogida y miembro de la junta de la NAWSA, articuló esa línea de pensamiento en la convención anual de la agrupación. “El trabajo doméstico urbano ha fracasado en parte porque no se ha consultado a las mujeres, las amas de casa tradicionales”, dijo, y los gobiernos “exigen la ayuda de mentes acostumbradas al detalle y a la variedad de trabajo, a un sentido de la obligación por la salud y el bienestar de los niños y a la responsabilidad por la limpieza y la comodidad de otras personas”.

Esta visión idealizada de las sufragistas como inteligentes, bellas, solícitas y maternales dio lugar, dijo Lange, a la idea de que la participación de la mujer en la política no destruiría la vida doméstica. De que ambas cosas no son mutuamente excluyentes y de que una alimenta a la otra.

Mellon Foundation Grant to Radcliffe's Schlesinger Library Will Catalyze  New Scholarship on American Women's Suffrage and the Still-Unrealized  Promise of Female Citizenship | HASTACEn el siglo que siguió a la ratificación de la 19ª Enmienda –que prohibió la discriminación en las urnas por motivos de sexo–, estos debates sobre la femineidad y la maternidad persisten. Y la pregunta sobre cómo los manejan las mujeres que están bajo la mirada pública ha surgido una y otra vez, obligando al creciente número de mujeres que se presentan a elecciones “a negociar su imagen pública desde el punto de vista de su condición de madres, esposas, hijas”, escribe Lange en su libro. Lo vimos en 2008, cuando Sarah Palin, la ex gobernadora de Alaska que fue candidata a la vicepresidencia junto al senador John McCain, se presentó constantemente como una hockey mom, una madre que lleva a sus hijos cada día a jugar al hockey.

Y lo vimos en 1984, cuando a Geraldine Ferraro, que venía de hacer historia al formar parte de la fórmula presidencial de un partido importante, en Mississippi el Comisionado de Agricultura del estado le preguntó si podía preparar muffins de arándanos.

“Claro que puedo”, respondió Ferraro. “¿Y usted?”


©The New York Times.

Traducido por Elisa Carnelli

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When Cigarettes Were Good for Women

by Blain Roberts

HNN  March 17, 2014

A recent advertisement in the Sports Illustrated swimsuit edition for blu eCigs, a popular brand of electronic cigarettes, hit what one public health expert has called “a new high in terms of chutzpah.” It is audacious, though a more literal description might be that the ad hit a new low: it’s a crotch shot, showing a woman’s body cropped from just above her pierced belly button to her mid-thighs. A miniscule black bikini bottom, adorned with the company’s logo, barely covers what’s underneath.  Posed provocatively around the bikini, the woman’s hands appear ready to remove the item of clothing, if you can call it that. The caption reads, “Slim. Charged. Ready to Go.”

Doctors and public health advocates worry about ads like these, which associate e-cigarettes with female sexuality in a bid to attract male consumers, especially teenage boys, who may be tempted to take up vaping and thus put themselves at risk for nicotine addiction.

Beyond the health consequences of such marketing tactics, anyone who cares about the effects of exploiting and sexualizing women’s bodies has obvious reason for concern, too. After all, the blu eCig model seems as much the commodity as the e-cigarette. She is objectified by the ad’s producers, as she will be, presumably, by its consumers as well.

Tobacco and women’s bodies have a long history, to which e-cigarettes (technically tobacco-less) are indebted. Yet this ad belies the complexity of this past. Surprisingly, the sexual sell in the tobacco market—and tobacco use itself—provided modern American women a way to lay claim to their desires, sexual and otherwise.

For years, Americans frowned upon both female tobacco use and female sexuality. Throughout the nineteenth century, the Victorian understanding of separate spheres, which deemed women morally superior and sexually passive, proscribed a variety of activities, like sex (outside of procreation), drinking, business, and politics. These pursuits and pleasures were for men, as was enjoying tobacco—whether it was by chewing it or smoking it in a pipe or cigar, all sensual activities that bordered on the sexual. Tobacco use was simply off-limits to respectable, middle-class women, white and black. Only prostitutes, actresses, and bohemians indulged in the tobacco habit, which sealed its association with a lack of womanly virtue.

Change came fitfully.  In the 1880s and ‘90s, the American Tobacco Company, the Durham, North Carolina, manufacturer that pioneered the selling of cigarettes, bucked traditional standards. It wasn’t that the company targeted potential female smokers; rather, it introduced salacious trade cards into cigarette packs to appeal to men. The cards featured pictures of women scantily dressed, at least by the conventions of the day. Uncovered arms and legs were in abundance, as were stockings, ribbons, and fringe. The cards were brazen acknowledgements of women’s sexuality. Respectable Americans were not ready, and critics pounced.

Image via Duke University Library.

Yet by the 1910s and ‘20s, a full-blown challenge to Victorianism was underway, with young women leading the charge. They demanded the right to bob their hair, wear cosmetics and short skirts, and, like their male peers, dance, drink alcohol, have sex, and, of course, smoke cigarettes. As Zelda Sayre Fitzgerald, a precocious teenage smoker and quintessential Jazz Age figure put it, flappers altered everything about their behavior and appearance and “went into the battle.”  The battle to break free from restrictive norms and assert their individuality was waged, and largely won, in cities and on college campuses, in cars and in nightclubs, and in tobacco advertising campaigns, which increasingly supported women’s new desires. Liggett and Myers, maker of Chesterfields, released a magazine ad in 1926 with the tag line “Blow Some My Way.” The illustration featured a woman gazing longingly at her cigarette-smoking companion.

Several years later, a woman in a Chesterfield spot, shown lighting her partner’s cigarette, said coyly,  “Somehow, I just like to give you a light.”  The Chesterfield slogan, “They Satisfy,” drove home the message: female sexuality and tobacco use were now celebrated.”

By the 1930s and ‘40s, the use of female sexuality to promote tobacco had even migrated to the tobacco farms of the Southeast. This region grew much of the tobacco sold in the United States, and during the lean years of the Depression, it needed to pump up demand. Trade boards sponsored beauty pageants for rural women (all white, given Jim Crow customs), who vied for the title of tobacco queen and sometimes competed in skimpy two-piece outfits made out of dried tobacco leaves. Hardly asked to shun the product, women and tobacco were one and the same.

This fact alone made the photographs taken of the beauties arresting, but the images were also suffused with sexual innuendo and phallic images. These photos show contestants and queens putting themselves up for evaluation and auction, like tobacco brought to market for sale. They leisurely puff on foot-long cigarettes and smoke corncob pipes as men, standing in intimate proximity, look on with rapt attention.  What these men were thinking was an open question. In one photograph from the mid-1940s, a North Carolina tobacco queen held a tobacco leaf over her breasts. It was obvious that with one movement she could have been topless.

Image via North Carolina Department of Archives.

Used for marketing purposes, these images were intended for tobacco consumers everywhere, but it’s worth emphasizing that this unusual iconography was intended, in part, to chip away at deep-rooted objections to female smoking in rural areas, where only 8 per cent of women smoked, compared to about 40 percent in cities. The photographs glamorized the sensuous pleasures of tobacco use, suggesting to farm women that smoking, and freer expressions of sexuality, were theirs to claim. Women in more conservative parts of America who subsequently picked up the tobacco habit thus redefined what it meant to be female in their communities.  In the South especially, where a Gordian knot of patriarchy and white supremacy depended upon the sexual subordination of women, this was not an inconsequential development.

All of this culminated in the famous Virginia Slims campaign, launched by the Richmond, Virginia-based Phillip Morris Company in 1968, to promote the new, slimmer cigarette made just for women. Capitalizing on the modern women’s movement, Phillip Morris embraced the language of feminism to demonstrate, as the tag line proclaimed, “You’ve Come a Long Way, Baby.” Ads contrasted the contemporary, sexually liberated woman, Virginia Slims in hand, with her oppressed female forebears. In one magazine spot, images of a turn-of-the century housewife suffering from the drudgery of household chores—like churning butter!—were paired with the tongue-in-cheek rhyme, “I want a girl, just like the girl that married Dear Old Dad. She’ll wash the floors, polish up the doors, and never make me mad. She won’t smoke or be a suffragette, she will always be my loving pet.” Underneath, the Virginia Slims smoker smiled knowingly at the reader.

The modern woman had come a long way, and tobacco, as this history demonstrates, had helped get her there. Still, there were clearly pitfalls in this strategy of advancing women’s emancipation. Lung disease and death seem a poor trade-off for not having to wash the floors.

Moreover, the line between sexual empowerment and sexual objectification was a thin one, easily transgressed. Sometimes it was difficult to determine who controlled the sexuality on display. The recent blu eCigs advertisement highlights this problem in a striking way: it’s hard to argue that the bikini-clad woman is empowered when you can’t even see her face. This ad, in short, provides a cautionary reminder. When it comes to fighting for women’s liberation, we must be careful in selecting our weapons.

Blain Roberts is associate professor of history at California State University, Fresno. She is the author of Pageants, Parlors, and Pretty Women:  Race and Beauty in the Twentieth-Century South

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