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Archive for the ‘Guerra de Vietnam’ Category

La guerra de Vietnam provocó una fuerte resistencia popular que dividió profundamente a Estados Unidos. Hubo diversos medios de oposición a la guerra: marchas, conciertos, actos terroristas, etc. Miles de jóvenes estadounidenses optaron por huir del país para evitar ser reclutados por las fuerzas armadas y enviados al sudeste asiático. Se calcula que por lo menos 60,000 estadounidenses se convirtieron en draft dodgers, y que buena parte de ellos huyó a Canadá.

En este artículo publicado en la revista Medium, Rick Ayers comenta el libro de Dee Knight My Whirlwind Lives: A Political Memoir & Manifesto (Guernica Editions, 2022) en el que su autor recuerda y analiza su pasado como draft dodger en los años 1960. Ayers, sin embargo, lleva su análisis más allá del contenido de la obra de Knight, ya que incluye su experiencia como opositor de la guerra de Vietnam y evasor del reclutamiento militar. El pasado de Ayers le añade a su ensayo una mayor relevancia, pues éste jugó papel importante entre los grupos radicales que se enfrentaron al gobierno estadounidense en las décadas de 1960 y 1970. Ayers fue miembro de Weather Underground, un grupo catalagado por el FBI como terrorista, que reclamó el crédito por 25 ataques con bombas contra edificios y oficinas públicas, incluidos el Capitolio, el Pentágono, la oficina del Fiscal General de California y una estación de policía de la ciudad de Nueva York.

Ayers es profesor asociado de educación en la Universidad de San Francisco. Posee un doctorado de la UC Berkeley Graduate School of Education. Es coautor, con su hermano William Ayers, de Teaching the Taboo: Courage and Imagination in the Classroom. Es coautor con Amy Crawford de Great Books for High School Kids: A Teacher’s Guide to Books That Can Change Teens’ Lives; y es autor de Studs Terkel’s Working: A Teaching Guide.

Dee Knight ha sido organizador sindical y activista político.

A quienes le interes el tema de la resistencia violenta contra la guerra de Vietnam les recomiendo el podcast Mother Country Radicals producido por Crooked Media & Audacy


When President Carter Pardoned Draft Dodgers, Only Half Came Back - HISTORY

Las vías del exilio: resistentes a la guerra estadounidenses en Canadá

Rick Ayers

Medium 4 de agosto de 2022

En octubre de 1967 recibí y devolví a  la junta de reclutamiento la tarjeta en la que se convocaba a unirme a las fuerzas armadas. Para ese momento el  movimiento contra la guerra era grande y creciente, nuestras protestas se intensificaron y nuestra militancia se acentuó, pero nada de lo que hicimos detuvo la agresión genocida de nuestro gobierno contra el pueblo de Vietnam. El Día Nacional de la Resistencia, muchos de nosotros que éramos estudiantes universitarios, protegidos por el privilegio de un aplazamiento 2-S, declaramos que ya no aceptaríamos esa exención. Saboteamos el sistema con nuestros cuerpos negándonos a luchar en la guerra.

Las cosas se movieron rápidamente. En noviembre, mi junta local me reclasificó 1A y me ordenó que me presentara para la inducción. Intenté una apelación, pero duró poco. El abogado asignado a mí por la junta de reclutamiento, que se suponía que debía apoyar mi apelación, me denunció como comunista y dijo que esperaba que me reclutaran pronto. Con una fecha de inducción fijada para marzo de 1968, me enfrenté a tres opciones: entrar en el ejército como soldado antibélico (donde temía sufrir palizas por ser izquierdista), ir a prisión (donde probablemente estaría dos o tres años), o ir a Canadá, donde aceptaban a los estadounidenses y no los devolvían. Me dirigí hacia el norte.

Canadá a finales de los años 1960 fue el punto de aterrizaje para miles de personas que se resistían al reclutamiento (“draft dodgers”) o desertaban del Ejército. Migrar a Canadá no fue el final de la historia. Además de la vida personal de estos nuevos canadienses (trabajos, amores, crecimiento), el panorama político del que formaban parte era infinitamente complicado. Las nuevas y convincentes memorias de Dee Knight, My Whirlwind Lives, expresan la forma y la sensación de esos años e iluminan los problemas que estaban en juego. Captura las muchas formas en que los estadounidenses en Canadá se reunieron para cuestionar y debatir lo que estábamos haciendo allí y cómo continuar la lucha por la paz y la justicia.

My Whirlwind Lives: Navigating Decades of Storms - Dee Knight

Mi primer punto de contacto con los nuevos inmigrantes, así como con Dee, fue el Programa Anti-Draft de Toronto, un centro comunitario que proporcionaba asesoramiento, ayuda legal, redes de supervivencia y organización política. Conocí a Bernie Jaffe allí y me encontré con amigos de Ann Arbor que estaban haciendo la misma caminata hacia el norte. Todo estaba en debate. Por ejemplo, ¿debemos considerarnos exiliados o expatriados? Hubo serias implicaciones con cada término. Aquellos que se sentían disgustados con toda la empresa estadounidense, que querían salir para siempre, preferían expatriados. Otros argumentaron que todavía éramos parte de la lucha contra la guerra, y que habíamos sido exiliados, y que éramos, entonces, exiliados.

Había otra dimensión en esta distinción. Si solo estuviéramos enfocados en los Estados Unidos, solo mirando hacia el sur, ¿nos negábamos arrogantemente a entender la política canadiense, las enormes luchas allí en torno a los programas sociales, la soberanía de las Primeras Naciones, la independencia de Quebec? Ahora que éramos nuevos canadienses, ¿no éramos responsables de estar donde estábamos? Dee Knight nos lleva a través de estos dilemas y su activismo en ambos frentes, oponiéndose al imperialismo estadounidense y uniéndose a las luchas sociales en Ontario.

En agosto de 1968, me senté en la sala de estar de un amigo en Toronto viendo los disturbios de la policía en la convención del Partido Demócrata. Fue angustioso ver a mis amigos golpeados, la lucha política de mis camaradas contra la guerra llegando a un punto crítico. ¿Y dónde estaba? Seguro en Canadá. Sentado. ¿Fue esto? ¿Ausentarme de la guerra fue la totalidad de mi contribución? Fue una sensación terrible. Muchas personas hoy en día consideran abandonar los Estados Unidos a medida que los movimientos políticos fascistas ascienden, para protegerse a sí mismos, para proteger a sus hijos. Pero los exiliados suelen enfrentarse a una profunda sensación de ambivalencia y contradicción. Lo hice; Dee Knight lo hizo. Yo estaba ahí fuera, lejos de las líneas del frente, mientras mis hermanos y hermanas estaban atrapados en el vórtice, todavía en el caldero, todavía luchando. El exilio es una opción posible, pero no es ni fácil ni dolorosa, no es el final de las dudas o los miedos, las preguntas o las decisiones difíciles que se avecinan.

En sus memorias, Dee Knight también explora las divisiones de clase y raciales en la comunidad de exiliados estadounidenses. Generalmente los dodgers eran universitarios, con la movilidad social y los contactos para salir adelante del draft. Los desertores, que eran cada vez más numerosos a medida que los años 1960 avanzaban hacia los años 1970, eran en su mayoría de clase trabajadora, a menudo negros o hispanos. Habían sido arrastrados al reclutamiento y luego se enfrentaron de cerca a la realidad de la invasión y ocupación imperial, y tomaron la valiente decisión de unirse a la gran migración lejos de la guerra. La propia ley de inmigración canadiense era un mecanismo de clasificación opresivo, con un sistema de puntos que daba prioridad a aquellos con más dinero, más educación. A menudo, los desertores del ejército eran los que seguían siendo fugitivos, incluso en el norte.

11 ways people dodged the Vietnam draft

Cuando me mudé a Vancouver, me involucré con proyectos que priorizaban trabajar con desertores. No nos llamábamos ni expatriados ni exiliados, sino refugiados. Establecimos un albergue gratuito, así como asesoramiento. Organizamos oportunidades de trabajo e incluso algunos matrimonios de inmigración. Frente a un sistema de inmigración imposible, comenzamos a aprender cómo hacer documentos de identificación canadienses falsos. Violar la ley parecía completamente legítimo frente a la guerra ilegal y genocida que se estaba librando.

El siguiente capítulo para mí me llevó al otro lado del movimiento de resistencia: al ejército. Mientras que en 1968 pensaba que la cultura militar era fanática  y aislante, para 1969 estaba claro por mi trabajo con desertores que la maquinaria militar estadounidense estaba en crisis, se estaba desmoronando, ante la derrota que estaban sufriendo en Vietnam. En 1969, los veteranos de Vietnam contra la guerra, así como los soldados en servicio activo, eran una fuerza líder en actividades contra la guerra y la línea del frente en todas las grandes manifestaciones. Así que volví a Chicago, junto con mi pareja y su hija, para entregarme y aceptar la inducción. Organicé abiertamente el sentimiento contra la guerra mientras entrenaba en Fort Leonard Wood, Misurí, y Fort Polk, Lousiana, que es otra historia. Pero nunca pude dejar que me enviaran a Vietnam, así que en marzo de 1970, fui AWOL  (ausente sin permiso) y mi camino entró en otra encrucijada con la historia de Dee Knight, la lucha por la amnistía.

En la mayoría de los países, el fin de una guerra significa una amnistía general para los combatientes de todos los bandos. Dado que muchos han estado luchando, nunca habría un fin al conflicto a menos que permitieran que la mayoría de la gente volviera a entrar. Pero la amnistía era una píldora difícil de tragar para los belicistas estadounidenses. Lo que estaba en juego era cómo entender la guerra misma, la guerra para explicar la guerra. Los políticos querían algún tipo de amnistía condicional, tal vez requiriendo unos pocos años de servicio civil o tal vez dando un castigo más severo a los desertores del ejército que a los evasores del reclutamiento. La comunidad contra el reclutamiento y contra la guerra luchó durante años, de 1972 a 1977, por una amnistía total e incondicional.

Antiwar demonstrators burning their draft cards on the steps of the Pentagon during the Vietnam War, 1972.

Opositores a la guerra de Vietnam quemando sus tarjetas de reclutamiento, 1970.

De hecho, volví de estar en la clandestinidad bajo esa amnistía. Volé de Toronto a Nueva York en marzo de 1977. La policía del aeropuerto Kennedy me tiró al suelo en un dramático arresto, pero luego me envió a Fort Dix, New Jersye. Allí me alojaron con cientos de otros AWOLs que regresaban. En unas pocas semanas simplemente me dieron de alta, con un estatus «menos que honorable».

Dee Knight da una buena explicación de los muchos altibajos de la lucha por la amnistía, incluido un análisis exhaustivo por él mismo y el abierto desertor del ejército Jack Calhoun de los debates de amnistía. Destaca las preguntas reales con las que todavía estamos lidiando. ¿Por qué consideramos honorable matar para el imperio y resistir el asesinato cobardemente? ¿Por qué los combatientes contra la guerra no son honrados como veteranos? ¿Por qué John McCain, un criminal de guerra que bombardeó a civiles, es considerado como un gran estadounidense, y aquellos que forzaron el fin de la guerra se describen como el problema?

Todo tiene que ver con la próxima guerra y la posterior. Los belicistas necesitaban manchar la resistencia, mentir sobre los horrores de la guerra y por qué Estados Unidos perdió, por temor a que el apetito por la invasión y la agresión se erosionara entre la población estadounidense. Las guerras e invasiones posteriores de Granada y Panamá, Irak y Afganistán, todas dependieron de mantener intactas las mentiras de la inocencia y las buenas intenciones estadounidenses. My Whirlwind Lives es un recordatorio importante de lo que está en juego en la guerra, en las vidas de aquellos que son invadidos y en las vidas de aquellos en el centro imperialista.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Lyndon B. Johnson (LBJ)  es uno de los presidentes más contradictorios de la historia de Estados Unidos.  Le toca el triste honor de ser uno de los principales responsables de que  la guerra de Vietnam se convirtiera en una tragedia que dividió y enfrentó a los estadounidenses. Su insistencia en pelear una guerra que no podía ganar costó la vida de miles de sus conciudadanos y de millones de vietnamitas. Además, abonó al fin de la hegemonía económica global que la nación norteamericana había disfrutado desde mediados de los años 1940.  Sin embargo, el LBJ puede ser considerado el último gran novotratista; el gran heredero de Franklin D. Roosevelt. Bajo su dirección e inspiración se iniciaron importantísimos programas que buscaban extirpar la injusticia racial,  combatir la pobreza y reducir la desigualdad, ampliando el apoyo del gobierno federal a las minorías étnicas y los sectores más vulnerables de la sociedad. Desafortunadamente, por lo que se le recuerda es por el famoso estribillo de una canción de quienes en los años 1960 marchaban y protestaban contra la guerra de Vietnam: “Hey, Hey, LBJ; How many kids did you kill today? “ (Oye, oye, LBJ; ¿Cuántos niños mataste hoy?).

Comparto este breve escrito de la gran historiadora estadounidense Heather Cox Richardson  sobre los logros del que debió ser un programa para rehacer a Estados Unidos sobre bases más justas e igualitarias.  La Dra. Cox es experta en la guerra civil y profesora en Boston College.

Johnson, el sucesor de Kennedy que soñó la gran sociedad21 de mayo de 2022

Heather Cox Richardson

22 de mayo de 2022

El 22 de mayo de 1964, en un discurso de graduación en la Universidad de Michigan, el presidente Lyndon B. Johnson puso nombre a una nueva visión para los Estados Unidos. La llamó “la Gran Sociedad” y expuso la visión de un país que no se limitó a ganar dinero, sino que utilizó su prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial para” enriquecer y elevar nuestra vida nacional”. Esa Gran Sociedad exigiría el fin de la pobreza y la injusticia racial.

Pero haría más que eso, prometió: permitiría a cada niño aprender y crecer, y crearía una sociedad donde las personas usarían su tiempo libre para construir y reflexionar, donde las ciudades no solo responderían a las necesidades físicas y las demandas del comercio, sino que también servirían “al deseo de belleza y al hambre de comunidad”. Protegería el mundo natural y sería “un lugar donde los hombres están más preocupados por la calidad de sus objetivos que por la cantidad de sus bienes”.

“Pero sobre todo”, dijo, miraría hacia adelante. “La Gran Sociedad no es un puerto seguro, un lugar de descanso, un objetivo final, una obra terminada. Es un desafío constantemente renovado, que nos llama hacia un destino donde el significado de nuestras vidas coincida con los maravillosos productos de nuestro trabajo”.

Johnson propuso reconstruir las ciudades, proteger el campo e invertir en educación para establecer “cada mente joven … libre para escanear los confines más lejanos del pensamiento y la imaginación”. Admitió que el gobierno no tenía las respuestas para abordar los problemas en el país, “si lo prometo”, dijo. “Vamos a reunir el mejor pensamiento y el conocimiento más amplio de todo el mundo para encontrar esas respuestas para Estados Unidos. Tengo la intención de establecer grupos de trabajo para preparar una serie de conferencias y reuniones de la Casa Blanca: sobre las ciudades, sobre la belleza natural, sobre la calidad de la educación y sobre otros desafíos emergentes. Y a partir de estas reuniones y de esta inspiración y de estos estudios comenzaremos a establecer nuestro rumbo hacia la Gran Sociedad”.

La visión de Johnson de una Gran Sociedad vino de un lugar muy diferente a la reelaboración de la sociedad lanzada por su predecesor, Franklin D. Roosevelt, en la década de 1930. El New Deal de Roosevelt había utilizado al gobierno federal para abordar la mayor crisis económica en la historia de los Estados Unidos, nivelando el campo de juego entre trabajadores y empleadores para permitir que los trabajadores mantuvieran a sus familias. Johnson, por el contrario, operaba en un país que disfrutaba de un crecimiento récord. Lejos de simplemente salvar al país, podía darse el lujo de dirigirlo hacia cosas más grandes.

Inmediatamente, la administración se dedicó a abordar cuestiones de derechos civiles y pobreza. Bajo la presión de Johnson, el Congreso aprobó la Ley de Derechos Civiles de 1964 que prohíbe el voto, el empleo o la discriminación educativa por motivos de raza, religión, sexo u origen nacional. Johnson también ganó la aprobación de la Ley de Oportunidades Económicas de 1964, que creó una Oficina de Oportunidades Económicas que supervisaría toda una serie de programas contra la pobreza, y de la Ley de Cupones para Alimentos, que ayudó a las personas que no ganaban mucho dinero a comprar alimentos.

The Great Society - Two Americas & The Great Society: 1960's

Caída de la pobreza en Estados Unidos gracias a la Gran Sociedad

Cuando los republicanos postularon al senador de Arizona Barry Goldwater para presidente en 1964, pidiendo que se revirtiera la regulación empresarial y los derechos civiles a los años anteriores al New Deal, los votantes a los que les gustaba bastante el nuevo sistema dieron a los demócratas una mayoría tan fuerte en el Congreso que Johnson y los demócratas pudieron aprobar 84 nuevas leyes para poner en marcha la Gran Sociedad.

Consolidaron los derechos civiles con la Ley de Derechos Electorales de 1965 que protegía el voto de las minorías, crearon empleos en los Apalaches y establecieron programas de capacitación laboral y desarrollo comunitario. La Ley de Educación Primaria y Secundaria de 1965 otorgó ayuda federal a las escuelas públicas y estableció el programa Head Start para proporcionar educación temprana integral para niños de bajos ingresos. La Ley de Educación Superior de 1965 aumentó la inversión federal en universidades y proporcionó becas y préstamos a bajo interés a los estudiantes.

La Ley del Seguro Social de 1965 creó Medicare, que proporcionó seguro de salud para los estadounidenses mayores de 65 años, y Medicaid, que ayudó a cubrir los costos de atención médica para las personas con ingresos limitados. El Congreso avanzó en la guerra contra la pobreza al aumentar los pagos de asistencia social y subsidiar el alquiler para las familias de bajos ingresos.

El Congreso asumió los derechos de los consumidores con una nueva legislación protectora que requería que los cigarrillos y otros productos peligrosos llevaran etiquetas de advertencia, requería que los productos llevaran etiquetas que identificaran al fabricante y requería que los prestamistas revelaran el costo total de los cargos financieros en los préstamos. El Congreso también aprobó legislación que protege el medio ambiente, incluida la Ley de Calidad del Agua de 1965 que estableció estándares federales para la calidad del agua.

Antiwar Songs (AWS) - Hey, Hey, LBJ

Pero el gobierno no se limitó a abordar la pobreza. El Congreso también habló de las aspiraciones de Belleza y Propósito de Johnson cuando creó la Fundación Nacional de Artes y Humanidades. Esta ley creó tanto el Fondo Nacional para las Artes como el Fondo Nacional para las Humanidades para asegurarse de que el énfasis de la época en la ciencia no pusiera en peligro las humanidades. En 1967 también establecería la Corporación para la Radiodifusión Pública, seguida en 1969 por la Radio Pública Nacional.

Los opositores a este amplio programa obtuvieron 47 escaños en la Cámara de Representantes y tres escaños en el Senado en las elecciones de mitad de período de 1966, y U.S. News and World Report escribió que “la gran fiesta” había terminado.

Y, sin embargo, gran parte de la Gran Sociedad todavía vive, aunque ahora está bajo desafíos más significativos cada día por parte de aquellos que rechazan la idea de que el gobierno federal tiene un papel que desempeñar en la configuración de nuestra sociedad.

“Para bien o para mal”, dijo Johnson a los graduados de la Universidad de Michigan en 1964, “su generación ha sido designada por la historia para lidiar con esos problemas y llevar a Estados Unidos hacia una nueva era. Usted tiene la oportunidad nunca antes ofrecida a ninguna persona en cualquier edad. Usted puede ayudar a construir una sociedad donde las demandas de la moralidad, y las necesidades del espíritu, se puedan realizar en la vida de la Nación.

“Entonces, ¿se unirá a la batalla para dar a cada ciudadano la plena igualdad que Dios ordena y la ley requiere, cualquiera que sea su creencia, raza o el color de su piel?”, Preguntó.

“¿Te unirás a la batalla para dar a cada ciudadano un escape del peso aplastante de la pobreza?…”

“Hay almas tímidas que dicen que esta batalla no se puede ganar; que estamos condenados a una riqueza sin alma. No estoy de acuerdo. Tenemos el poder de dar forma a la civilización que queremos. Pero necesitamos su voluntad, su trabajo, sus corazones, si queremos construir ese tipo de sociedad”.

Notas:

https://www.presidency.ucsb.edu/documents/remarks-the-university-michigan

La cita de U.S. News and World Report está en Mary C. Brennan, Turning Right in the Sixties: The Conservative Capture of the GOP, p. 119.

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Hoy 17 de enero es un día feriado en Estados Unidos dedicado a la figura de Martin Luther King.  No creo que haya mejor forma de rendirle tributo que leer y escuchar sus sabias palabras. El 4 de abril de 1967 King pronunció un discurso en la Iglesia Riverside de la ciudad de Nueva York, criticando duramente la participación estadounidense en la guerra de Vietnam y catalogando al gobierno de Estados Unidos como la principal fuente de violencia en el mundo.

Comparto con mis lectores el texto íntegro de este discurso que marcó un paso importante en la «radicalización» de King.

Para escuchar al Dr. King se puede ir aquí.


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Beyond Vietnam — A Time to Break Silence

Martin Luther King

April 4, 1967

[AUTHENTICITY CERTIFIED: Text version below transcribed directly from audio. (2)]

Mr. Chairman, ladies and gentlemen:

I need not pause to say how very delighted I am to be here tonight, and how very delighted I am to see you expressing your concern about the issues that will be discussed tonight by turning out in such large numbers. I also want to say that I consider it a great honor to share this program with Dr. Bennett, Dr. Commager, and Rabbi Heschel, and some of the distinguished leaders and personalities of our nation. And of course it’s always good to come back to Riverside church. Over the last eight years, I have had the privilege of preaching here almost every year in that period, and it is always a rich and rewarding experience to come to this great church and this great pulpit.

I come to this magnificent house of worship tonight because my conscience leaves me no other choice. I join you in this meeting because I’m in deepest agreement with the aims and work of the organization which has brought us together: Clergy and Laymen Concerned About Vietnam. The recent statements of your executive committee are the sentiments of my own heart, and I found myself in full accord when I read its opening lines: «A time comes when silence is betrayal.» And that time has come for us in relation to Vietnam.

The truth of these words is beyond doubt, but the mission to which they call us is a most difficult one. Even when pressed by the demands of inner truth, men do not easily assume the task of opposing their government’s policy, especially in time of war. Nor does the human spirit move without great difficulty against all the apathy of conformist thought within one’s own bosom and in the surrounding world. Moreover, when the issues at hand seem as perplexing as they often do in the case of this dreadful conflict, we are always on the verge of being mesmerized by uncertainty; but we must move on.

And some of us who have already begun to break the silence of the night have found that the calling to speak is often a vocation of agony, but we must speak. We must speak with all the humility that is appropriate to our limited vision, but we must speak. And we must rejoice as well, for surely this is the first time in our nation’s history that a significant number of its religious leaders have chosen to move beyond the prophesying of smooth patriotism to the high grounds of a firm dissent based upon the mandates of conscience and the reading of history. Perhaps a new spirit is rising among us. If it is, let us trace its movements and pray that our own inner being may be sensitive to its guidance, for we are deeply in need of a new way beyond the darkness that seems so close around us.

Over the past two years, as I have moved to break the betrayal of my own silences and to speak from the burnings of my own heart, as I have called for radical departures from the destruction of Vietnam, many persons have questioned me about the wisdom of my path. At the heart of their concerns this query has often loomed large and loud: «Why are you speaking about the war, Dr. King?» «Why are you joining the voices of dissent?» «Peace and civil rights don’t mix,» they say. «Aren’t you hurting the cause of your people,» they ask? And when I hear them, though I often understand the source of their concern, I am nevertheless greatly saddened, for such questions mean that the inquirers have not really known me, my commitment or my calling. Indeed, their questions suggest that they do not know the world in which they live.

In the light of such tragic misunderstanding, I deem it of signal importance to try to state clearly, and I trust concisely, why I believe that the path from Dexter Avenue Baptist Church — the church in Montgomery, Alabama, where I began my pastorate — leads clearly to this sanctuary tonight.

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I come to this platform tonight to make a passionate plea to my beloved nation. This speech is not addressed to Hanoi or to the National Liberation Front. It is not addressed to China or to Russia. Nor is it an attempt to overlook the ambiguity of the total situation and the need for a collective solution to the tragedy of Vietnam. Neither is it an attempt to make North Vietnam or the National Liberation Front paragons of virtue, nor to overlook the role they must play in the successful resolution of the problem. While they both may have justifiable reasons to be suspicious of the good faith of the United States, life and history give eloquent testimony to the fact that conflicts are never resolved without trustful give and take on both sides.

Tonight, however, I wish not to speak with Hanoi and the National Liberation Front, but rather to my fellow Americans.

Since I am a preacher by calling, I suppose it is not surprising that I have seven major reasons for bringing Vietnam into the field of my moral vision. There is at the outset a very obvious and almost facile connection between the war in Vietnam and the struggle I, and others, have been waging in America. A few years ago there was a shining moment in that struggle. It seemed as if there was a real promise of hope for the poor — both black and white — through the poverty program. There were experiments, hopes, new beginnings. Then came the buildup in Vietnam, and I watched this program broken and eviscerated, as if it were some idle political plaything of a society gone mad on war, and I knew that America would never invest the necessary funds or energies in rehabilitation of its poor so long as adventures like Vietnam continued to draw men and skills and money like some demonic destructive suction tube. So, I was increasingly compelled to see the war as an enemy of the poor and to attack it as such.

Perhaps a more tragic recognition of reality took place when it became clear to me that the war was doing far more than devastating the hopes of the poor at home. It was sending their sons and their brothers and their husbands to fight and to die in extraordinarily high proportions relative to the rest of the population. We were taking the black young men who had been crippled by our society and sending them eight thousand miles away to guarantee liberties in Southeast Asia which they had not found in southwest Georgia and East Harlem. And so we have been repeatedly faced with the cruel irony of watching Negro and white boys on TV screens as they kill and die together for a nation that has been unable to seat them together in the same schools. And so we watch them in brutal solidarity burning the huts of a poor village, but we realize that they would hardly live on the same block in Chicago. I could not be silent in the face of such cruel manipulation of the poor.

My third reason moves to an even deeper level of awareness, for it grows out of my experience in the ghettoes of the North over the last three years — especially the last three summers. As I have walked among the desperate, rejected, and angry young men, I have told them that Molotov cocktails and rifles would not solve their problems. I have tried to offer them my deepest compassion while maintaining my conviction that social change comes most meaningfully through nonviolent action. But they ask — and rightly so — what about Vietnam? They ask if our own nation wasn’t using massive doses of violence to solve its problems, to bring about the changes it wanted. Their questions hit home, and I knew that I could never again raise my voice against the violence of the oppressed in the ghettos without having first spoken clearly to the greatest purveyor of violence in the world today — my own government. For the sake of those boys, for the sake of this government, for the sake of the hundreds of thousands trembling under our violence, I cannot be silent.

For those who ask the question, «Aren’t you a civil rights leader?» and thereby mean to exclude me from the movement for peace, I have this further answer. In 1957 when a group of us formed the Southern Christian Leadership Conference, we chose as our motto: «To save the soul of America.» We were convinced that we could not limit our vision to certain rights for black people, but instead affirmed the conviction that America would never be free or saved from itself until the descendants of its slaves were loosed completely from the shackles they still wear. In a way we were agreeing with Langston Hughes, that black bard of Harlem, who had written earlier:

O, yes,
I say it plain,
America never was America to me,
And yet I swear this oath —
America will be!
Now, it should be incandescently clear that no one who has any concern for the integrity and life of America today can ignore the present war. If America’s soul becomes totally poisoned, part of the autopsy must read: Vietnam. It can never be saved so long as it destroys the deepest hopes of men the world over. So it is that those of us who are yet determined that America will be — are — are led down the path of protest and dissent, working for the health of our land.

As if the weight of such a commitment to the life and health of America were not enough, another burden of responsibility was placed upon me in 1954;1 and I cannot forget that the Nobel Peace Prize was also a commission, a commission to work harder than I had ever worked before for «the brotherhood of man.» This is a calling that takes me beyond national allegiances, but even if it were not present I would yet have to live with the meaning of my commitment to the ministry of Jesus Christ. To me the relationship of this ministry to the making of peace is so obvious that I sometimes marvel at those who ask me why I’m speaking against the war. Could it be that they do not know that the good news was meant for all men — for Communist and capitalist, for their children and ours, for black and for white, for revolutionary and conservative? Have they forgotten that my ministry is in obedience to the One who loved his enemies so fully that he died for them? What then can I say to the Vietcong or to Castro or to Mao as a faithful minister of this One? Can I threaten them with death or must I not share with them my life?

And finally, as I try to explain for you and for myself the road that leads from Montgomery to this place I would have offered all that was most valid if I simply said that I must be true to my conviction that I share with all men the calling to be a son of the living God. Beyond the calling of race or nation or creed is this vocation of sonship and brotherhood, and because I believe that the Father is deeply concerned especially for his suffering and helpless and outcast children, I come tonight to speak for them.

This I believe to be the privilege and the burden of all of us who deem ourselves bound by allegiances and loyalties which are broader and deeper than nationalism and which go beyond our nation’s self-defined goals and positions. We are called to speak for the weak, for the voiceless, for the victims of our nation and for those it calls «enemy,» for no document from human hands can make these humans any less our brothers.

And as I ponder the madness of Vietnam and search within myself for ways to understand and respond in compassion, my mind goes constantly to the people of that peninsula. I speak now not of the soldiers of each side, not of the ideologies of the Liberation Front, not of the junta in Saigon, but simply of the people who have been living under the curse of war for almost three continuous decades now. I think of them, too, because it is clear to me that there will be no meaningful solution there until some attempt is made to know them and hear their broken cries.

They must see Americans as strange liberators. The Vietnamese people proclaimed their own independence in 1954 — in 1945 rather — after a combined French and Japanese occupation and before the communist revolution in China. They were led by Ho Chi Minh. Even though they quoted the American Declaration of Independence in their own document of freedom, we refused to recognize them. Instead, we decided to support France in its reconquest of her former colony. Our government felt then that the Vietnamese people were not ready for independence, and we again fell victim to the deadly Western arrogance that has poisoned the international atmosphere for so long. With that tragic decision we rejected a revolutionary government seeking self-determination and a government that had been established not by China — for whom the Vietnamese have no great love — but by clearly indigenous forces that included some communists. For the peasants this new government meant real land reform, one of the most important needs in their lives.

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For nine years following 1945 we denied the people of Vietnam the right of independence. For nine years we vigorously supported the French in their abortive effort to recolonize Vietnam. Before the end of the war we were meeting eighty percent of the French war costs. Even before the French were defeated at Dien Bien Phu, they began to despair of their reckless action, but we did not. We encouraged them with our huge financial and military supplies to continue the war even after they had lost the will. Soon we would be paying almost the full costs of this tragic attempt at recolonization.

After the French were defeated, it looked as if independence and land reform would come again through the Geneva Agreement. But instead there came the United States, determined that Ho should not unify the temporarily divided nation, and the peasants watched again as we supported one of the most vicious modern dictators, our chosen man, Premier Diem. The peasants watched and cringed as Diem ruthlessly rooted out all opposition, supported their extortionist landlords, and refused even to discuss reunification with the North. The peasants watched as all this was presided over by United States’ influence and then by increasing numbers of United States troops who came to help quell the insurgency that Diem’s methods had aroused. When Diem was overthrown they may have been happy, but the long line of military dictators seemed to offer no real change, especially in terms of their need for land and peace.

The only change came from America, as we increased our troop commitments in support of governments which were singularly corrupt, inept, and without popular support. All the while the people read our leaflets and received the regular promises of peace and democracy and land reform. Now they languish under our bombs and consider us, not their fellow Vietnamese, the real enemy. They move sadly and apathetically as we herd them off the land of their fathers into concentration camps where minimal social needs are rarely met. They know they must move on or be destroyed by our bombs.

So they go, primarily women and children and the aged. They watch as we poison their water, as we kill a million acres of their crops. They must weep as the bulldozers roar through their areas preparing to destroy the precious trees. They wander into the hospitals with at least twenty casualties from American firepower for one Vietcong-inflicted injury. So far we may have killed a million of them, mostly children. They wander into the towns and see thousands of the children, homeless, without clothes, running in packs on the streets like animals. They see the children degraded by our soldiers as they beg for food. They see the children selling their sisters to our soldiers, soliciting for their mothers.

What do the peasants think as we ally ourselves with the landlords and as we refuse to put any action into our many words concerning land reform? What do they think as we test out our latest weapons on them, just as the Germans tested out new medicine and new tortures in the concentration camps of Europe? Where are the roots of the independent Vietnam we claim to be building? Is it among these voiceless ones?

We have destroyed their two most cherished institutions: the family and the village. We have destroyed their land and their crops. We have cooperated in the crushing — in the crushing of the nation’s only non-Communist revolutionary political force, the unified Buddhist Church. We have supported the enemies of the peasants of Saigon. We have corrupted their women and children and killed their men.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Now there is little left to build on, save bitterness. Soon, the only solid — solid physical foundations remaining will be found at our military bases and in the concrete of the concentration camps we call «fortified hamlets.» The peasants may well wonder if we plan to build our new Vietnam on such grounds as these. Could we blame them for such thoughts? We must speak for them and raise the questions they cannot raise. These, too, are our brothers.

Perhaps a more difficult but no less necessary task is to speak for those who have been designated as our enemies. What of the National Liberation Front, that strangely anonymous group we call «VC» or «communists»? What must they think of the United States of America when they realize that we permitted the repression and cruelty of Diem, which helped to bring them into being as a resistance group in the South? What do they think of our condoning the violence which led to their own taking up of arms? How can they believe in our integrity when now we speak of «aggression from the North» as if there were nothing more essential to the war? How can they trust us when now we charge them with violence after the murderous reign of Diem and charge them with violence while we pour every new weapon of death into their land? Surely we must understand their feelings, even if we do not condone their actions. Surely we must see that the men we supported pressed them to their violence. Surely we must see that our own computerized plans of destruction simply dwarf their greatest acts.

How do they judge us when our officials know that their membership is less than twenty-five percent communist, and yet insist on giving them the blanket name? What must they be thinking when they know that we are aware of their control of major sections of Vietnam, and yet we appear ready to allow national elections in which this highly organized political parallel government will not have a part? They ask how we can speak of free elections when the Saigon press is censored and controlled by the military junta. And they are surely right to wonder what kind of new government we plan to help form without them, the only party in real touch with the peasants. They question our political goals and they deny the reality of a peace settlement from which they will be excluded. Their questions are frighteningly relevant. Is our nation planning to build on political myth again, and then shore it up upon the power of new violence?

Here is the true meaning and value of compassion and nonviolence, when it helps us to see the enemy’s point of view, to hear his questions, to know his assessment of ourselves. For from his view we may indeed see the basic weaknesses of our own condition, and if we are mature, we may learn and grow and profit from the wisdom of the brothers who are called the opposition.

So, too, with Hanoi. In the North, where our bombs now pummel the land, and our mines endanger the waterways, we are met by a deep but understandable mistrust. To speak for them is to explain this lack of confidence in Western words, and especially their distrust of American intentions now. In Hanoi are the men who led the nation to independence against the Japanese and the French, the men who sought membership in the French Commonwealth and were betrayed by the weakness of Paris and the willfulness of the colonial armies. It was they who led a second struggle against French domination at tremendous costs, and then were persuaded to give up the land they controlled between the thirteenth and seventeenth parallel as a temporary measure at Geneva. After 1954 they watched us conspire with Diem to prevent elections which could have surely brought Ho Chi Minh to power over a united Vietnam, and they realized they had been betrayed again. When we ask why they do not leap to negotiate, these things must be remembered.

Also, it must be clear that the leaders of Hanoi considered the presence of American troops in support of the Diem regime to have been the initial military breach of the Geneva Agreement concerning foreign troops. They remind us that they did not begin to send troops in large numbers and even supplies into the South until American forces had moved into the tens of thousands.

My_Lai_massacre

Masacre de My Lai

Hanoi remembers how our leaders refused to tell us the truth about the earlier North Vietnamese overtures for peace, how the president claimed that none existed when they had clearly been made. Ho Chi Minh has watched as America has spoken of peace and built up its forces, and now he has surely heard the increasing international rumors of American plans for an invasion of the North. He knows the bombing and shelling and mining we are doing are part of traditional pre-invasion strategy. Perhaps only his sense of humor and of irony can save him when he hears the most powerful nation of the world speaking of aggression as it drops thousands of bombs on a poor, weak nation more than eight hundred — rather, eight thousand miles away from its shores.

At this point I should make it clear that while I have tried in these last few minutes to give a voice to the voiceless in Vietnam and to understand the arguments of those who are called «enemy,» I am as deeply concerned about our own troops there as anything else. For it occurs to me that what we are submitting them to in Vietnam is not simply the brutalizing process that goes on in any war where armies face each other and seek to destroy. We are adding cynicism to the process of death, for they must know after a short period there that none of the things we claim to be fighting for are really involved. Before long they must know that their government has sent them into a struggle among Vietnamese, and the more sophisticated surely realize that we are on the side of the wealthy, and the secure, while we create a hell for the poor.

Somehow this madness must cease. We must stop now. I speak as a child of God and brother to the suffering poor of Vietnam. I speak for those whose land is being laid waste, whose homes are being destroyed, whose culture is being subverted. I speak of the — for the poor of America who are paying the double price of smashed hopes at home, and death and corruption in Vietnam. I speak as a citizen of the world, for the world as it stands aghast at the path we have taken. I speak as one who loves America, to the leaders of our own nation: The great initiative in this war is ours; the initiative to stop it must be ours.

This is the message of the great Buddhist leaders of Vietnam. Recently one of them wrote these words, and I quote:

Each day the war goes on the hatred increases in the heart of the Vietnamese and in the hearts of those of humanitarian instinct. The Americans are forcing even their friends into becoming their enemies. It is curious that the Americans, who calculate so carefully on the possibilities of military victory, do not realize that in the process they are incurring deep psychological and political defeat. The image of America will never again be the image of revolution, freedom, and democracy, but the image of violence and militarism (unquote).
If we continue, there will be no doubt in my mind and in the mind of the world that we have no honorable intentions in Vietnam. If we do not stop our war against the people of Vietnam immediately, the world will be left with no other alternative than to see this as some horrible, clumsy, and deadly game we have decided to play. The world now demands a maturity of America that we may not be able to achieve. It demands that we admit that we have been wrong from the beginning of our adventure in Vietnam, that we have been detrimental to the life of the Vietnamese people. The situation is one in which we must be ready to turn sharply from our present ways. In order to atone for our sins and errors in Vietnam, we should take the initiative in bringing a halt to this tragic war.

I would like to suggest five concrete things that our government should do [immediately] to begin the long and difficult process of extricating ourselves from this nightmarish conflict:

Number one: End all bombing in North and South Vietnam.

Number two: Declare a unilateral cease-fire in the hope that such action will create the atmosphere for negotiation.

Three: Take immediate steps to prevent other battlegrounds in Southeast Asia by curtailing our military buildup in Thailand and our interference in Laos.

Four: Realistically accept the fact that the National Liberation Front has substantial support in South Vietnam and must thereby play a role in any meaningful negotiations and any future Vietnam government.

Five: Set a date that we will remove all foreign troops from Vietnam in accordance with the 1954 Geneva Agreement.

Part of our ongoing — Part of our ongoing commitment might well express itself in an offer to grant asylum to any Vietnamese who fears for his life under a new regime which included the Liberation Front. Then we must make what reparations we can for the damage we have done. We must provide the medical aid that is badly needed, making it available in this country, if necessary. Meanwhile — Meanwhile, we in the churches and synagogues have a continuing task while we urge our government to disengage itself from a disgraceful commitment. We must continue to raise our voices and our lives if our nation persists in its perverse ways in Vietnam. We must be prepared to match actions with words by seeking out every creative method of protest possible.

Napalm

As we counsel young men concerning military service, we must clarify for them our nation’s role in Vietnam and challenge them with the alternative of conscientious objection. I am pleased to say that this is a path now chosen by more than seventy students at my own alma mater, Morehouse College, and I recommend it to all who find the American course in Vietnam a dishonorable and unjust one. Moreover, I would encourage all ministers of draft age to give up their ministerial exemptions and seek status as conscientious objectors. These are the times for real choices and not false ones. We are at the moment when our lives must be placed on the line if our nation is to survive its own folly. Every man of humane convictions must decide on the protest that best suits his convictions, but we must all protest.

Now there is something seductively tempting about stopping there and sending us all off on what in some circles has become a popular crusade against the war in Vietnam. I say we must enter that struggle, but I wish to go on now to say something even more disturbing.

The war in Vietnam is but a symptom of a far deeper malady within the American spirit, and if we ignore this sobering reality…and if we ignore this sobering reality, we will find ourselves organizing «clergy and laymen concerned» committees for the next generation. They will be concerned about Guatemala — Guatemala and Peru. They will be concerned about Thailand and Cambodia. They will be concerned about Mozambique and South Africa. We will be marching for these and a dozen other names and attending rallies without end, unless there is a significant and profound change in American life and policy.

And so, such thoughts take us beyond Vietnam, but not beyond our calling as sons of the living God.

In 1957, a sensitive American official overseas said that it seemed to him that our nation was on the wrong side of a world revolution. During the past ten years, we have seen emerge a pattern of suppression which has now justified the presence of U.S. military advisors in Venezuela. This need to maintain social stability for our investments accounts for the counterrevolutionary action of American forces in Guatemala. It tells why American helicopters are being used against guerrillas in Cambodia and why American napalm and Green Beret forces have already been active against rebels in Peru.

It is with such activity in mind that the words of the late John F. Kennedy come back to haunt us. Five years ago he said, «Those who make peaceful revolution impossible will make violent revolution inevitable.» Increasingly, by choice or by accident, this is the role our nation has taken, the role of those who make peaceful revolution impossible by refusing to give up the privileges and the pleasures that come from the immense profits of overseas investments. I am convinced that if we are to get on the right side of the world revolution, we as a nation must undergo a radical revolution of values. We must rapidly begin…we must rapidly begin the shift from a thing-oriented society to a person-oriented society. When machines and computers, profit motives and property rights, are considered more important than people, the giant triplets of racism, extreme materialism, and militarism are incapable of being conquered.

A true revolution of values will soon cause us to question the fairness and justice of many of our past and present policies. On the one hand, we are called to play the Good Samaritan on life’s roadside, but that will be only an initial act. One day we must come to see that the whole Jericho Road must be transformed so that men and women will not be constantly beaten and robbed as they make their journey on life’s highway. True compassion is more than flinging a coin to a beggar. It comes to see that an edifice which produces beggars needs restructuring.

A true revolution of values will soon look uneasily on the glaring contrast of poverty and wealth. With righteous indignation, it will look across the seas and see individual capitalists of the West investing huge sums of money in Asia, Africa, and South America, only to take the profits out with no concern for the social betterment of the countries, and say, «This is not just.» It will look at our alliance with the landed gentry of South America and say, «This is not just.» The Western arrogance of feeling that it has everything to teach others and nothing to learn from them is not just.

A true revolution of values will lay hand on the world order and say of war, «This way of settling differences is not just.» This business of burning human beings with napalm, of filling our nation’s homes with orphans and widows, of injecting poisonous drugs of hate into the veins of peoples normally humane, of sending men home from dark and bloody battlefields physically handicapped and psychologically deranged, cannot be reconciled with wisdom, justice, and love. A nation that continues year after year to spend more money on military defense than on programs of social uplift is approaching spiritual death.

America, the richest and most powerful nation in the world, can well lead the way in this revolution of values. There is nothing except a tragic death wish to prevent us from reordering our priorities so that the pursuit of peace will take precedence over the pursuit of war. There is nothing to keep us from molding a recalcitrant status quo with bruised hands until we have fashioned it into a brotherhood.

This kind of positive revolution of values is our best defense against communism. War is not the answer. Communism will never be defeated by the use of atomic bombs or nuclear weapons. Let us not join those who shout war and, through their misguided passions, urge the United States to relinquish its participation in the United Nations. These are days which demand wise restraint and calm reasonableness. We must not engage in a negative anticommunism, but rather in a positive thrust for democracy, realizing that our greatest defense against communism is to take offensive action in behalf of justice. We must with positive action seek to remove those conditions of poverty, insecurity, and injustice, which are the fertile soil in which the seed of communism grows and develops.

These are revolutionary times. All over the globe men are revolting against old systems of exploitation and oppression, and out of the wounds of a frail world, new systems of justice and equality are being born. The shirtless and barefoot people of the land are rising up as never before. «The people who sat in darkness have seen a great light.»2 We in the West must support these revolutions.

It is a sad fact that because of comfort, complacency, a morbid fear of communism, and our proneness to adjust to injustice, the Western nations that initiated so much of the revolutionary spirit of the modern world have now become the arch antirevolutionaries. This has driven many to feel that only Marxism has a revolutionary spirit. Therefore, communism is a judgment against our failure to make democracy real and follow through on the revolutions that we initiated. Our only hope today lies in our ability to recapture the revolutionary spirit and go out into a sometimes hostile world declaring eternal hostility to poverty, racism, and militarism. With this powerful commitment we shall boldly challenge the status quo and unjust mores, and thereby speed the day when «every valley shall be exalted, and every mountain and hill shall be made low, and the crooked shall be made straight, and the rough places plain.»3

A genuine revolution of values means in the final analysis that our loyalties must become ecumenical rather than sectional. Every nation must now develop an overriding loyalty to mankind as a whole in order to preserve the best in their individual societies.

This call for a worldwide fellowship that lifts neighborly concern beyond one’s tribe, race, class, and nation is in reality a call for an all-embracing — embracing and unconditional love for all mankind. This oft misunderstood, this oft misinterpreted concept, so readily dismissed by the Nietzsches of the world as a weak and cowardly force, has now become an absolute necessity for the survival of man. When I speak of love I am not speaking of some sentimental and weak response. I am not speaking of that force which is just emotional bosh. I am speaking of that force which all of the great religions have seen as the supreme unifying principle of life. Love is somehow the key that unlocks the door which leads to ultimate reality. This Hindu-Muslim-Christian-Jewish-Buddhist belief about ultimate — ultimate reality is beautifully summed up in the first epistle of Saint John: «Let us love one another, for love is God. And every one that loveth is born of God and knoweth God. He that loveth not knoweth not God, for God is love.» «If we love one another, God dwelleth in us and his love is perfected in us.»4 Let us hope that this spirit will become the order of the day.

We can no longer afford to worship the god of hate or bow before the altar of retaliation. The oceans of history are made turbulent by the ever-rising tides of hate. And history is cluttered with the wreckage of nations and individuals that pursued this self-defeating path of hate. As Arnold Toynbee says:

Love is the ultimate force that makes for the saving choice of life and good against the damning choice of death and evil. Therefore the first hope in our inventory must be the hope that love is going to have the last word (unquote).
We are now faced with the fact, my friends, that tomorrow is today. We are confronted with the fierce urgency of now. In this unfolding conundrum of life and history, there is such a thing as being too late. Procrastination is still the thief of time. Life often leaves us standing bare, naked, and dejected with a lost opportunity. The tide in the affairs of men does not remain at flood — it ebbs. We may cry out desperately for time to pause in her passage, but time is adamant to every plea and rushes on. Over the bleached bones and jumbled residues of numerous civilizations are written the pathetic words, «Too late.» There is an invisible book of life that faithfully records our vigilance or our neglect. Omar Khayyam is right: «The moving finger writes, and having writ moves on.»

We still have a choice today: nonviolent coexistence or violent coannihilation. We must move past indecision to action. We must find new ways to speak for peace in Vietnam and justice throughout the developing world, a world that borders on our doors. If we do not act, we shall surely be dragged down the long, dark, and shameful corridors of time reserved for those who possess power without compassion, might without morality, and strength without sight.

Now let us begin. Now let us rededicate ourselves to the long and bitter, but beautiful, struggle for a new world. This is the calling of the sons of God, and our brothers wait eagerly for our response. Shall we say the odds are too great? Shall we tell them the struggle is too hard? Will our message be that the forces of American life militate against their arrival as full men, and we send our deepest regrets? Or will there be another message — of longing, of hope, of solidarity with their yearnings, of commitment to their cause, whatever the cost? The choice is ours, and though we might prefer it otherwise, we must choose in this crucial moment of human history.

As that noble bard of yesterday, James Russell Lowell, eloquently stated:

Once to every man and nation comes a moment to decide,
In the strife of truth and Falsehood, for the good or evil side;
Some great cause, God’s new Messiah offering each the bloom or blight,
And the choice goes by forever ‘twixt that darkness and that light.
Though the cause of evil prosper, yet ‘tis truth alone is strong
Though her portions be the scaffold, and upon the throne be wrong
Yet that scaffold sways the future, and behind the dim unknown
Standeth God within the shadow, keeping watch above his own.
And if we will only make the right choice, we will be able to transform this pending cosmic elegy into a creative psalm of peace. If we will make the right choice, we will be able to transform the jangling discords of our world into a beautiful symphony of brotherhood. If we will but make the right choice, we will be able to speed up the day, all over America and all over the world, when «justice will roll down like waters, and righteousness like a mighty stream.»5

Book/CDs by Michael E. Eidenmuller, Published by McGraw-Hill (2008)

1 King stated «1954.» That year was notable for the Civil Rights Movement in the USSC’s  Brown v. Board of  Education ruling. However, given the statement’s discursive thrust, King may have meant to say «1964» — the year he won the Nobel Peace Prize. Alternatively, as noted by Steve Goldberg, King may have identified 1954’s «burden of responsibility» as the year he became a minister.

2 Isaiah 9:2/Matthew 4:16

3 Isaiah 40:4

4 1 John 4:7-8, 12

5 Amos 5:24

Audio Source: Linked directly to the Internet Archive

External Link: http://www.thekingcenter.org/

Research Note: This transcript rechecked for errors and subsequently revised on 10/3/2010.

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En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


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Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

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Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

Capítulo 14: 2004, la guerra contra el terrorismo marca las elecciones |  Internacional | Cadena SER

De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

OBAMASTAN

Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: "Los líderes han huido" |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

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La guerra de Vietnam es uno de los eventos más traumáticos en la historia estadounidense, pues dividió a los Estados Unidos como no lo habían estado desde la guerra civil. A nivel académico, el conflicto indochino ha captado la atención de un buen número de historiadores, políticos científicos, sociólogos, entre otros. Entre sus principales analistas podríamos mencionar a Gabriel Kolko, Robert Buzzanco, George C. Herring, Fredrik Logewall, David Kaiser, Mark Bowden, Mark Philip Bradley, Robert K. Brigham, William J. Duiker, Christopher Goscha, David S. Marr, Sophie Quinn-Judge, lya Gaiduk, Chen Jian, Qiang Zhai y Neil Sheehan.

En esta reseña, el historiador Paul Buhle analiza dos libros recientemente publicados que enfocan la resistencia de quienes se negaron a ir a pelear a Vietnam: desertores, prisioneros de guerra y objetores. Se trata del libro de Paul Bendikt Glatz,  Vietnam’s Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European Exile, and Amnesty. (Lexington Books, 2021) y del trabajo de Tom Wilbur y Jerry Lembke, Dissenting POWs: From Vietnam’s Hao Lo Prison to America Today. (Monthly Review Press, 2021).


Lessons from history: how a mass movement ended war in vietnam – Solidarity  Online

Alabados sean los que se negaron a matar

 PAUL BUHLE

The Progressiv Magazine  7 de setiembre de 2021

Hubiera sido bueno tener libros como estos en nuestras manos hace medio siglo, cuando la derrota de los Estados Unidos en Vietnam se había hecho clara, y la derecha política (pero también el centro, los republicanos y demócratas de línea dura por igual) tildaron a los pacifistas como traidores a las tropas y a la nación. Que las propias tropas se habían vuelto contra la guerra era el mejor o, mejor dicho, el peor secreto guardado del día.

Los posibles reclutas, incluido quien reseña, tenían tres opciones obvias: aceptar el reclutamiento; negarse y ser amenazado con prisión; o ir al extranjero, muy probablemente a Canadá. Aquellos que necesitaban huir de los militares recibían, con frecuencia, ayuda en Europa, donde la guerra era muy impopular. Pero existía otra categoría: prisioneros de guerra en Vietnam que se dieron cuenta de que la guerra estaba claramente equivocada y querían dar a conocer su descubrimiento en los medios de comunicación, se atrevieran estos a hacerlo o no.

Esta última categoría es especialmente fascinante, sin duda porque la derecha ha creado banderas y carteles, eventos pseudopatrióticos, campañas políticas y mucho más en nombre del tema de los prisioneros de guerra y los MIA. El estatus heroico orquestado del difunto senador John McCain personificó esta causa. Incluso los críticos de la guerra, al menos dentro del Congreso, se sintieron obligados a llamar a McCain un «héroe nacional», cuando algunos de sus compañeros militares eran más propensos a pensar en él como un «perro caliente» y un barco de exhibición que anhelaba emociones y recompensas contra la lógica de la seguridad.

Monthly Review | Dissenting POWs: From Vietnam's Hoa Lo Prison to America  TodayJerry Lembke, quien coescribió Dissenting POWs  con Tom Wilbur, es bien conocido por desacreditar el mito de los «manifestantes escupiendo» a los GI que regresan en aeropuertos u otros lugares públicos con un desprecio lleno de flema. Estos eventos nunca tuvieron lugar, y no pudieron ser documentados. Wilbur, su colaborador, es hijo de un prisionero de guerra, que ha trabajado como académico y miembro del personal de una ONG en Vietnam.

Los autores señalan que la historia de los prisioneros de guerra contra la guerra se ha pasado por alto en gran medida, si no por completo. Algunos de los episodios dramáticos y cómicamente poco dramáticos incluyen una fallida incursión estadounidense en el Son Tây en Vietnam del Norte. Al igual que el éxito imaginado, los héroes imaginados allí, como John McCain, fueron fuertemente mitificados.

Curiosamente, a medida que avanzaba la guerra y aumentaban las protestas en el campus universitarios o la comunidad, los pilotos capturados y otros tenían más probabilidades de tener el pelo largo y simpatía por los pacifistas (es decir, dudaban de sus asignaciones). Las visitas de delegados estadounidenses izquierdistas y liberales a Vietnam aumentaron la sensación de incredulidad. Pero también lo hizo la atención médica a los prisioneros, cuando se supo, que era excelente para los estándares de lo que se podía hacer en las circunstancias.

«Entre un tercio y la mitad de los prisioneros de guerra estaban desilusionados con la guerra en 1971», dicen los autores, entonces las explicaciones oficiales, ampliamente vistas en los medios de comunicación, tuvieron que atribuir estas actitudes al «lavado de cerebro», un término que se difundió por primera vez durante la Guerra de Corea. En realidad, la guerra entre oficiales y soldados rasos había superado el conflicto entre los prisioneros y sus cuidadores,  según muchos relatos.

Gran parte del libro examina cuidadosamente a un puñado de estos hombres desilusionados, uno por uno, mientras el Pentágono trataba de callarlos de una manera u otra. Los antojos de los altos mandos militares por los consejos de guerra se desmoronaron porque provocar publicidad negativa. Al final, aquellos que hablaron desde su conciencia tuvieron un papel noble y notable en la historia.

La amnesia se instaló en Hollywood. Lo que los autores llaman películas de «pow-rescue and MIA-recovery», como la serie Rambo,  fueron hiladas con la misma tela que la notoria bandera POW-MIA y la comercialización pesada de varios otros proyectos. Al final del libro, los autores citan a figuras heroicas como  Ann Wright  y Pat Tilman como sucesores de los valientes disidentes, planteando objeciones abiertamente desde la experiencia de sus propias vidas militares.

Vietnam's Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European  Exile, and Amnesty (War and Society in Modern American History): Glatz,  Paul Benedikt: 9781793616708: Amazon.com: Books

El libro Vietnam’s Prodigal Heroes cubre mucho espacio, desde la primera aparición de desertores hasta su tan esperada reivindicación. Es, como  Dissenting POWs, un libro de memoria, tanto perdida como restaurada.

Este libro es inusual por su examen minucioso de la prensa europea, donde la maquinaria de propaganda del Departamento de Estado se debilitó y casi se derrumbó bajo la realidad de la deserción. Se registraron al menos medio millón de casos de «ausencias no autorizadas», y para 1971, una tasa de 73,5 «ausencias» por cada mil soldados insinuaba la desilusión que existía entre las tropas.

En comparación con la guerra de Corea, que en realidad fue impopular pero como se peleó en medio de la Guerra Fría no enfrentó oposición de los reclutas, el «fenómeno del desertor» surgió en el contexto de los desafíos del movimiento de derechos civiles al racismo, la nueva cultura popular de permisividad y pacifista, y sobre todo la pura impopularidad de la invasión estadounidense de Vietnam.

Es francamente emocionante leer sobre el santuario que se ofreció a los soldados en Francia y Suecia, así como el trabajo de organización de activistas franceses y estadounidenses en el extranjero para alentarlos a ellos y a otros, con todo, desde información hasta vivienda. En otros lugares, como en Alemania, la oposición popular al esfuerzo de Estados Unidos también se convirtió en una estrategia importante de la izquierda, haciendo retroceder la lealtad a la OTAN de los principales partidos políticos. Los «Cuatro Intrépidos», desertores que se presentaron en la Unión Soviética, llegaron a los titulares, a menudo en forma de titulares de ataque de The New York Times y otros medios estadounidenses que buscaban desacreditarlos.

El papel del desertor creció naturalmente junto con la impopularidad de la guerra. El Departamento de Estado y la CIA inventaron formas de socavar la seguridad de los desertores y los resistentes al reclutamiento. Se hicieron intentos frenéticos de dividirlos en categorías «confusas» y «desleales». Los activistas de apoyo legal en los Estados Unidos buscaron ayudar, y se formaron nuevos grupos como el National Black Antiwar Antidraft Union. En el frente político europeo, los socialdemócratas suecos arrasaron con una victoria electoral gracias en gran medida a los jóvenes votantes atraídos por la postura antibélica del partido.

Heed the Call!”: Black Women, Anti-imperialism, and Black Anti-War Activism  | AAIHS

El  Deserter Activism (activismo desertor) sacudió a los funcionarios estadounidenses que buscaban usar todos los medios de retribución. Por otro lado, a los desertores les resultaba difícil adaptarse a la vida en el exilio, especialmente en aquellos años en que el inglés no era tan fácilmente hablado por los locales. Nuevas instituciones de ayuda, incluido el Proyecto de Exilio Americano, buscaron llenar el vacío y, a la larga, ayudaron a establecer las bases para una especie de reconciliación, permitiendo a la mayoría de los estadounidenses regresar a casa sin amenaza de arresto.

Al final, el Proyecto de Amnistía encontró un camino a seguir. Los Senadores Eugene McCarthy y George McGovern dieron su bendición a una amnistía, pero Hubert Humphrey representó fielmente a la corriente liberal al rechazar esta solución. El indulto de Gerald Ford al presidente Nixon puede haber cambiado el rumbo de la opinión pública, o tal vez fue el paso del tiempo lo que llevó a Jimmy Carter a emitir el perdón general.

Desafortunadamente, este indulto negó los beneficios de  veteranos a los desertores, limitando sus oportunidades de muchas maneras. Al centrarse en una distinción entre los delincuentes reclutados (que recibieron el perdón completo) y los delincuentes militares (que no lo hicieron), Carter reforzó las líneas de clase y color que siempre habían estado en el corazón de la Guerra Fría.

Este último elemento explica que no hubiera un final feliz para una historia que implica no solo un gran coraje personal, sino también el trabajo dedicado de miles de activistas por la paz.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

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En esta corta nota, el Dr.

El  autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Es, además,  profesor de política exterior de EE.UU. en la Escuela Diplomática y de Seguridad Internacional en el  UCM-CESEDEN. García Cantalapiedra es investigador colaborador en el Instituto Franklin-UAH e investigador principal sobre EE.UU. del Real Instituto Elcano.

 


The cost of the Afghanistan war: Lives, money and equipment lost

Por qué Estados Unidos se ha retirado de Afganistán

 

Introducción

7279 días transcurrieron entre “Jawbreaker”, la inserción de oficiales de la CIA en Afganistán a bordo de un helicóptero de fabricación soviética Mi-17 con el número simbólico de cola 91101 el 26 de septiembre de 2001, y el momento en que el general de división Christopher Donahue, comandante de la 82 División Aerotransportada, subió a bordo de un C-17 en Kabul el 30 de agosto de 2021 para convertirse en el último estadounidense en abandonar Afganistán. 7279 días.

Antecedentes – “Es Pakistán, estúpido”

Durante estos 20 años el acrónimo para describir la zona de operaciones era siempre AF-PAK, narrativa que, paradójicamente, ha desaparecido, a pesar de que es imposible hablar de este tema separando uno de otro. Se suele olvidar que tras el derrocamiento de los talibanes y la destrucción de Al Qaeda en Afganistán, la Administración Bush tenía claro el problema de fondo que podía hacer intratable Afganistán: las relaciones entre India Y Pakistán sobre Cachemira. Así impulsó y protegió el diálogo comprehensivo entre Pakistán y la India, razón última de fondo de la política de Pakistán hacia Afganistán, la guerra contra los soviéticos y la creación del Talibán. Pakistán y, en última instancia su ejército y su servicio de inteligencia, el ISI, buscaron desesperadamente, tras la derrota de la guerra de 1971 con India “profundidad estratégica” con un régimen “amigo” en Kabul y un programa nuclear, que se desarrollaría en secreto. El fracaso de los sucesivos planes salidos de todas las negociaciones y el mantenimiento de las redes talibanes desde Pakistán hacía imposible cualquier “victoria militar”. Esto llevó a las operaciones a partir de 2014 y el progresivo abandono del país con la creación de un estado viable y capaz de mantener su estabilidad y seguridad. El problema es que como en el conflicto de Vietnam (uso de la ruta Ho Chi Minh a través de Camboya), esto no podía ser posible mientras hubiera un país que saboteara continuamente estos esfuerzos y fuera el santuario de los talibanes.

Por qué, entonces, Estados Unidos se retira de Afganistán

NATO vows to keep funding Afghan military through 2020 – POLITICO

  • Los aliados, y sobre todo los europeos de la OTAN empezaron a mostrar “fatiga de combate” (junto con problemas políticos internos ante las operaciones y las bajas) y mantenían la mayor parte de ellos una serie de limitaciones nacionales (caveats) y en las reglas de enfrentamiento diferentes a las fuerzas norteamericanas, de Gran Bretaña, Canadá o Australia. Ya desde el principio apoyaron el plan de desescalada propuesto por la Administración Obama. La OTAN asumiría el liderazgo de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán el 11 de agosto de 2003. Por mandato de las Naciones Unidas, el objetivo principal de la ISAF era permitir al gobierno afgano proporcionar seguridad efectiva en todo el país y desarrollar nuevas fuerzas de seguridad afganas. A partir de 2011, la responsabilidad de la seguridad se transfirió gradualmente a las fuerzas afganas y asumieron la responsabilidad total de la seguridad a fines de 2014. El 1 de enero de 2015 se lanzó una nueva misión más pequeña que no es de combate (“Resolute Support”) para proporcionar más capacitación, asesoramiento y asistencia a las fuerzas e instituciones de seguridad afganas.
  • En la Cumbre de la OTAN de julio de 2018 en Bruselas, los Aliados y sus socios operativos se comprometieron a extender el sostenimiento financiero de las fuerzas de seguridad afganas hasta 2024. Esta financiación está actualmente congelada.
Afghan Talks With Taliban Reflect a Changed Nation - The New York Times

Representantes de los Talibanes en las negociaciones con los estadounidenses en Doha, Qatar.

  • En febrero de 2020, EE. UU. y los talibanes firmaron un acuerdo sobre la retirada de todas las fuerzas internacionales de Afganistán para mayo de 2021. En abril de 2021, tras varias rondas de consultas, los ministros de Defensa y Exteriores aliados decidieron iniciar la retirada de tropas de Afganistán el 1 de mayo de 2021 y completarla en unos meses. También decidieron seguir apoyando a Afganistán de otras formas. Así lo confirmaron los Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en la Cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio de 2021. La OTAN mantenía 7000 fuerzas a parte de las norteamericanas.

Como vemos, EE. UU. y los aliados occidentales ya se habían “retirado” de Afganistán hace tiempo. El problema ha sido la narrativa de retirada y derrota producida por los talibanes, pero sobre todo por nuestros propios medios de comunicación y gobiernos. Ahora veremos publicaciones hablando de un nuevo capítulo del Gran Juego en Asia, sin embargo, este lleva en marcha más de una década.

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John Dower es un destacado historiador estadounidense miembro emérito del Departamento de Historia del Massachussets Institute of Technology. En su larga y fructífera carrera,  el Dr. Dower  se ha destacado como analista de la historia japonesa y de las relaciones exteriores de Estados Unidos. El análisis de la guerra ha ocupado una parte importante de su trabajo académico. Su libro Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II (1999) ganó varios premios prestigiosos, entre ellos, el Pulitzer y el Bancroft. Es autor, además, de War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War (1986), Japan in War and Peace: Selected Essays (1994),  Cultures of War: Pearl Harbor/Hiroshima/9-11/Iraq (2010), and Ways of Forgetting, Ways of Remembering: Japan in the Modern World (2012). 

En el siguiente artículo publicado en TomDispatch, Dower enfoca cómo a lo largo de su historia, los estadounidenses han, no sólo recordado, sino también olvidado las guerras en las que han participado para preservar así su auto-representación de víctimas, tema que discute a profundidad en su último libro The Violent American Century: War and Terror Since World War Two (2018).


The last near-century of American dominance was extraordinarily violent |  Business Standard News

Pérdida de memoria en el jardín de la violencia

JOHN DOWER

TomDisptach  30 de julio de 2021

Hace algunos años, un artículo periodístico atribuyó a un visitante europeo la irónica observación de que los estadounidenses son encantadores porque tienen una memoria muy corta. Cuando se trata de las guerras de la nación, no estaba del todo incorrecto. Los estadounidenses abrazan las historias militares del tipo heroico «banda de hermanos [estadounidenses]», especialmente en la Segunda Guerra Mundial. Poseen un apetito aparentemente ilimitado por los recuentos de la Guerra Civil, de lejos el conflicto más devastador del país en lo que respecta a las muertes.

Ciertos momentos históricos traumáticos como «el Álamo» y «Pearl Harbor» se han convertido en palabras clave —casi dispositivos mnemotécnicos— para reforzar el recuerdo de la victimización estadounidense a manos de antagonistas nefastos. Thomas Jefferson y sus pares en realidad establecieron la línea de base para esto en el documento fundacional de la nación, la Declaración de Independencia, que consagra el recuerdo de «los despiadados salvajes indios», una demonización santurrona que resultó ser repetitiva para una sucesión de enemigos percibidos más tarde. «11 de septiembre» ha ocupado su lugar en esta invocación profundamente arraigada de la inocencia violada, con una intensidad que raya en la histeria.

John W. Dower | The New Press

John Dower

Esa «conciencia de víctima» no es, por supuesto, única de los estadounidenses. En Japón después de la Segunda Guerra Mundial, esta frase —higaisha ishiki  en japonés— se convirtió en el centro de las críticas de izquierda a los conservadores que se obsesionaron con los muertos de guerra de su país y parecían incapaces de reconocer cuán gravemente el Japón imperial había victimizado a otros, millones de chinos y cientos de miles de coreanos. Cuando los actuales miembros del gabinete japonés visitan el Santuario Yasukuni, donde se venera a los soldados y marineros fallecidos del emperador, están alimentando la conciencia de las víctimas y son duramente criticados por hacerlo por el mundo exterior, incluidos los medios de comunicación estadounidenses.

En todo el mundo,  los días y los monumentos conmemorativos de guerra garantizan la preservación de ese recuerdo selectivo. Mi estado natal de Massachusetts también hace esto hasta el día de hoy al enarbolar la bandera «POW-MIA» en blanco y negro de la Guerra de Vietnam en varios lugares públicos, incluido Fenway Park, hogar de los Medias Rojas de Boston, todavía afligidos por los hombres que luchaban que fueron capturados o desaparecieron en acción y nunca regresaron a casa.

De una forma u otra, los nacionalismos populistas de hoy son manifestaciones de la aguda conciencia de víctima. Aún así, la forma estadounidense de recordar y olvidar sus guerras es distintiva por varias razones. Geográficamente, la nación es mucho más segura que otros países. Fue la única entre las principales potencias que escapó de la devastación en la Segunda Guerra Mundial, y ha sido inigualable en riqueza y poder desde entonces. A pesar del pánico por las amenazas comunistas en el pasado y las amenazas islamistas y norcoreanas en el presente, Estados Unidos nunca ha estado seriamente en peligro por fuerzas externas. Aparte de la Guerra Civil, sus muertes relacionadas con la guerra han sido trágicas, pero notablemente más bajas que las cifras de muertes militares y civiles de otras naciones, invariablemente incluidos los adversarios de Estados Unidos.

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Soldados filipinos, 1899.

La asimetría en los costos humanos de los conflictos que involucran a las fuerzas estadounidenses ha sido el patrón desde la aniquilación de los amerindios y la conquista estadounidense de Filipinas entre 1899 y 1902. La Oficina del Historiador del Departamento de Estado cifra el número de muertos en esta última guerra en «más de 4.200 combatientes estadounidenses y más de 20.000 filipinos», y procede a añadir que «hasta 200.000 civiles filipinos murieron de violencia, hambruna y enfermedades». (Entre otras causas precipitantes de esas muertes de no combatientes, está  la matanza por tropas estadounidense de búfalos de agua de los que dependían los agricultores para producir sus cultivos). Trabajos académicos recientes eleven el número muertes de civiles filipinos.

 

La misma asimetría mórbida caracteriza las muertes relacionadas con la guerra en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo de 1991 y las invasiones y ocupaciones de Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001.

Bombardeo terrorista de la Segunda Guerra Mundial a Corea y Vietnam al 9/11

Si bien es natural que las personas y las naciones se centran en su propio sacrificio y sufrimiento en lugar de en la muerte y la destrucción que ellos mismos infligen, en el caso de los Estados Unidos ese astigmatismo cognitivo está relegado por el sentido permanente del país de ser excepcional, no sólo en el poder sino también en la virtud. En apoyo al «excepcionalismo estadounidense», es un artículo de fe que los valores más altos de la civilización occidental y judeocristiana guían la conducta de la nación, a lo que los estadounidenses agregan el apoyo supuestamente único de su país a la democracia, el respeto por todos y cada uno de los individuos y la defensa incondicional de un orden internacional «basado en reglas».

Tal autocomplacencia requiere y refuerza la memoria selectiva. «Terror», por ejemplo, se ha convertido en una palabra aplicada a los demás, nunca a uno mismo. Y sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, los planificadores de bombardeos estratégicos estadounidenses y británicos consideraron explícitamente su bombardeo de bombas incendiadas contra ciudades enemigas como bombardeos terroristas, e identificaron la destrucción de la moral de los no combatientes en territorio enemigo como necesaria y moralmente aceptable. Poco después de la devastación aliada de la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945, Winston Churchill, cuyo busto circula dentro y fuera de la Oficina Oval presidencial en Washington, se refirió  al «bombardeo de ciudades alemanas simplemente por el bien de aumentar el terror, aunque bajo otros pretextos».

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Hiroshima, setiembre de 1945.

En la guerra contra Japón, las fuerzas aéreas estadounidenses adoptaron esta práctica con una venganza casi alegre, pulverizando 64 ciudades  antes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Sin embargo, cuando los 19 secuestradores de al-Qaeda bombardearon el World Trade Center y el Pentágono en 2001, el «bombardeo terrorista» destinado a destruir la moral se desprendió de este precedente angloamericano y quedó relegado a «terroristas no estatales». Al mismo tiempo, se declaró que atacar a civiles inocentes era una atrocidad totalmente contraria a los valores «occidentales» civilizados y una prueba prima facie del salvajismo inherente al Islam.

La santificación del espacio que ocupaba el destruido World Trade Center como «Zona Cero» —un término previamente asociado con las explosiones nucleares en general e Hiroshima en particular— reforzó esta hábil manipulación de la memoria. Pocas o ninguna figura pública estadounidense reconoció o le importó que esta nomenclatura gráfica se apropiaba de Hiroshima, cuyo gobierno de la ciudad sitúa el número de víctimas mortales del bombardeo atómico «a finales de diciembre de 1945, cuando los efectos agudos del envenenamiento por radiación habían disminuido en gran medida», en alrededor de 140.000. (El número estimado de muertos en Nagasaki es de 60.000 a 70.000). El contexto de esos dos ataques —y de todas las bombas incendiadas de ciudades alemanas y japonesas que les precedieron— obviamente difiere en gran medida del terrorismo no estatal y de los atentados suicidas con bombas infligidos por los terroristas de hoy.  No obstante, «Hiroshima» sigue siendo el símbolo más revelador y preocupante de los bombardeos terroristas en los tiempos modernos, a pesar de la eficacia con la que, para las generaciones presentes y futuras, la retórica de la «Zona Cero» posterior al 9/11 alteró el panorama de la memoria y ahora connota la victimización estadounidense.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

La memoria corta también ha borrado casi todos los recuerdos estadounidenses de la extensión estadounidense de los bombardeos terroristas a Corea e Indochina. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el United States Strategic Bombing Survey calculó  que las fuerzas aéreas angloamericanas en el teatro europeo habían lanzado 2,7 millones de toneladas de bombas, de las cuales 1,36 millones de toneladas apuntaron a Alemania. En el teatro del Pacífico, el tonelaje total caído por los aviones aliados fue de 656.400, de los cuales el 24% (160.800 toneladas) se usó en islas de origen de Japón. De estas últimas, 104.000 toneladas «se dirigieron a 66 zonas urbanas». Impactante en ese momento, en retrospectiva, estas cifras han llegado a parecer modestas en comparación con el tonelaje de explosivos que las fuerzas estadounidenses descargaron en Corea y más tarde en Vietnam, Camboya y Laos.

La historia oficial de la guerra aérea en Corea (The United States Air Force in Korea 1950-1953)  registra que las fuerzas aéreas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos volaron más de un millón de incursiones y, en total, dispararon un total de 698.000 toneladas de artillería contra el enemigo. En su libro de memorias de 1965  Mission with LeMay, el general Curtis LeMay, que dirigió el bombardeo estratégico tanto de Japón como de Corea, señaló: «Quemamos casi todas las ciudades de Corea del Norte y Corea del  Sur… Matamos a más de un millón de civiles coreanos y expulsamos a varios millones más de sus hogares, con las inevitables tragedias adicionales que en consecuencia se producirían».

Otras fuentes sitúan el número estimado de civiles muertos en la Guerra de Corea hasta  tres millones, o posiblemente incluso más. Dean Rusk, un partidario de la guerra que luego se desempeñó como secretario de Estado,  recordó que Estados Unidos bombardeó «todo lo que se movía en Corea del Norte, cada ladrillo de pie encima de otro». En medio de esta «guerra limitada», los funcionarios estadounidenses también se cuidaron de dejar claro en varias ocasiones que no habían descartado  el uso de armas nucleares. Esto incluso implicó ataques nucleares simulados en Corea del Norte por B-29 que operaban desde Okinawa en una operación de 1951 con nombre en código Hudson Harbor.

En Indochina, como en la Guerra de Corea, apuntar a «todo lo que se movía» era prácticamente un mantra entre las fuerzas combatientes estadounidenses, una especie de contraseña que legitimaba la matanza indiscriminada. La historia reciente de la guerra de Vietnam, extensamente investigada por Nick Turse, por ejemplo, toma su título de una orden militar para «matar a cualquier cosa que se mueva». Los documentos publicados por los National Archives en 2004 incluyen una transcripción de una conversación telefónica de 1970 en la que Henry Kissinger  transmitió  las órdenes del presidente Richard Nixon de lanzar «una campaña masiva de bombardeos en Camboya». Cualquier cosa que vuele sobre cualquier cosa que se mueva».

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Masacre de My Lai

En Laos, entre 1964 y 1973, la CIA ayudó a dirigir el bombardeo aéreo per cápita más pesado de la historia, desatando más de dos millones de toneladas de artefactos en el transcurso de 580.000 bombardeos, lo que equivale a un avión cargado de bombas cada ocho minutos durante aproximadamente una década completa. Esto incluía alrededor de 270 millones de bombas de racimo. Aproximadamente el 10% de la población total de Laos fue asesinada. A pesar de los efectos devastadores de este ataque, unos 80 millones de las bombas de racimo lanzadas no detonaron, dejando el país devastado plagado de mortíferos artefactos explosivos sin detonar hasta el día de hoy.

La carga útil de las bombas descargadas en Vietnam, Camboya y Laos entre mediados de la década de 1960 y 1973 se calcula comúnmente que fue de entre siete y ocho millones de toneladas, más de 40 veces el tonelaje lanzado sobre las islas japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Las estimaciones del total de muertes varían, pero todas son extremadamente altas. En un artículo del Washington Post  en 2012, John Tirman  señaló  que «según varias estimaciones académicas, las muertes de militares y civiles vietnamitas oscilaron entre 1,5 millones y 3,8 millones, con la campaña liderada por Estados Unidos en Camboya resultando en 600.000 a 800.000 muertes, y la mortalidad de la guerra laosiana estimada en alrededor de 1 millón».

Civil War Casualties | American Battlefield Trust

Estadounidenses muertos en batalla

En el lado estadounidense, el Departamento de Asuntos de Veteranos sitúa las muertes en batalla en la Guerra de Corea en 33.739. A partir del Día de los Caídos de 2015, el largo muro del profundamente conmovedor Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington estaba inscrito con los nombres de  58.307  militares estadounidenses asesinados entre 1957 y 1975, la gran mayoría de ellos a partir de 1965. Esto incluye aproximadamente  1.200 hombres  listados como desaparecidos (MIA, POW, etc.), los hombres de combate perdidos cuya bandera de recuerdo todavía ondea sobre Fenway Park.

Corea del Norte y el espejo agrietado de la guerra nuclear

Hoy en día, los estadounidenses generalmente recuerdan vagamente a Vietnam, y Camboya y Laos no lo recuerdan en absoluto. (La etiqueta inexacta «Guerra de Vietnam» aceleró este último borrado.) La Guerra de Corea también ha sido llamada «la guerra olvidada», aunque un monumento a los veteranos en Washington, D.C., finalmente se le dedicó en 1995, 42 años después del armisticio que suspendió el conflicto. Por el contrario, los coreanos no lo han olvidado. Esto es especialmente cierto en Corea del Norte, donde la enorme muerte y destrucción sufrida entre 1950 y 1953 se mantiene viva a través de interminables iteraciones oficiales de recuerdo, y esto, a su vez, se combina con una implacable campaña de propaganda que llama la atención sobre la Guerra Fría y la intimidación nuclear estadounidense posterior a la Guerra Fría. Este intenso ejercicio de recordar en lugar de olvidar explica en gran medida el actual ruido de sables nucleares del líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.

Con sólo un ligero tramo de imaginación, es posible ver imágenes de espejo agrietadas en el comportamiento nuclear y la política arriesgada de los presidentes estadounidenses y el liderazgo dinástico dictatorial de Corea del Norte. Lo que refleja este espejo desconcertante es una posible locura, o locura fingida, junto con un posible conflicto nuclear, accidental o de otro tipo.

North Korea leader Kim Jong Un could have 60 nuclear weapons: South Korea  minister estimates atomic bomb count - CBS News

Kim Jong-un

Para los estadounidenses y gran parte del resto del mundo, Kim Jong-un parece irracional, incluso seriamente desquiciado. (Simplemente combine su nombre con «loco» en una búsqueda en Google). Sin embargo, al agitar su minúsculo carcaj nuclear, en realidad se está uniendo al juego de larga data de la «disuasión nuclear» y practicando lo que se conoce entre los estrategas estadounidenses como la «teoría del loco». Este último término se asocia más famosamente  con Richard Nixon y Henry Kissinger durante la Guerra de Vietnam, pero en realidad está más o menos incrustado en los planes de juego nuclear de Estados Unidos. Como se rearticula en «Essentials of Post-Cold War Deterrence«, un  documento secreto de política redactado por un subcomité en el Comando Estratégico de Estados Unidos en 1995 (cuatro años después de la desaparición de la Unión Soviética), la teoría del loco postula que la esencia de la disuasión nuclear efectiva es inducir «miedo» y «terror» en la mente de un adversario, para lo cual «duele retratarnos a nosotros mismos como demasiado racionales y de cabeza fría».

 

Cuando Kim Jong-un juega a este juego, se le ridiculiza y se teme que sea verdaderamente demente. Cuando son practicados por sus propios líderes y el sacerdocio nuclear, los estadounidenses han sido condicionados a ver a los actores racionales en su mejor momento.

El terror, al parecer, en el siglo XXI, como en el XX, está en el ojo del espectador.

 Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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Los días 30 de abril y 1 de mayo de 2021, la Universidad de Massachussets-Amherst celebró una conferencia virtual para conmemorar los cincuenta años de la publicación de los famosos Pentagon Papers (Papeles del Pentágono). Esta colección de documentos sobre la intervención de Estados Unidos en Indochina entre 1945 y 1967, fue creada a instancias del entonces Secretario de Defensa Robert McNamara. Filtrados por un funcionario del Pentágono llamado Daniel Ellsberg al New York Times en 1971, los documentos dejaban claro cómo el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam tanto al público como al Congreso de Estados Unidos. Tan controversial era el contenido de estos documentos que Richard M. Nixon buscó bloquear su publicación, lo que fue evitado por una decisión histórica de la Corte Suprema en junio de 1972, reafirmando la libertad de prensa en Estados Unidos.

La conferencia celebrada por UMASS-Armherts, titulada Truth, Dissent, & the Legacy of Daniel Ellsberg,  reunió a un grupo de historiadores, periodistas, activistas y «whistleblowers», quienes exploraron temas que han ocupado una parte importante en la vida Ellsberg: la guerra de Vietnam, las armas nucleares, la resistencia antibélica, los Papeles del Pentágono, Watergate, el «whistleblowing» y las guerras del siglo XXI.

En el panel plenario participaron Ellsberg y Edward Snowden, y fue moderado por la periodista Amy Goodman.

Todas las conferencias están disponlbles de forma gratuita en la página del Ellsberg Archive Project.

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In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: «No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.»* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el «administrador» de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su «invisivilidad».  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras «estadounidenses»

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como «Baselandia». Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su «invisibilidad».


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

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Tráiler de 'Da 5 Bloods', la película de Spike Lee para Netflix ...Que recuerde, no he reseñado películas en esta bitácora, pero acabo de ver una que lo amerita. Se trata del largometraje de Spike Lee  Da 5 Bloods. A través de la historia de cuatro veteranos negros que regresan a Vietnam en búsqueda de un tesoro y de los restos de un camarada, Lee enfoca de forma genial la inmoralidad de la intervención estadounidense en Indochina. Claramente enmarcada en el contexto actual de conflicto racial en Estados Unidos, esta película nos muestra, como bien señala unos de sus personajes, el impacto en cuatro veteranos -y sus allegados y familiares- de una guerra en la que pelearon en «defensa» de derechos que como afroamericanos, ellos no tenían.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima 5 de agosto de 2020

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