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Archive for the ‘Guerra de Vietnam’ Category

La guerra de Vietnam es uno de los eventos más traumáticos en la historia estadounidense, pues dividió a los Estados Unidos como no lo habían estado desde la guerra civil. A nivel académico, el conflicto indochino ha captado la atención de un buen número de historiadores, políticos científicos, sociólogos, entre otros. Entre sus principales analistas podríamos mencionar a Gabriel Kolko, Robert Buzzanco, George C. Herring, Fredrik Logewall, David Kaiser, Mark Bowden, Mark Philip Bradley, Robert K. Brigham, William J. Duiker, Christopher Goscha, David S. Marr, Sophie Quinn-Judge, lya Gaiduk, Chen Jian, Qiang Zhai y Neil Sheehan.

En esta reseña, el historiador Paul Buhle analiza dos libros recientemente publicados que enfocan la resistencia de quienes se negaron a ir a pelear a Vietnam: desertores, prisioneros de guerra y objetores. Se trata del libro de Paul Bendikt Glatz,  Vietnam’s Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European Exile, and Amnesty. (Lexington Books, 2021) y del trabajo de Tom Wilbur y Jerry Lembke, Dissenting POWs: From Vietnam’s Hao Lo Prison to America Today. (Monthly Review Press, 2021).


Lessons from history: how a mass movement ended war in vietnam – Solidarity  Online

Alabados sean los que se negaron a matar

 PAUL BUHLE

The Progressiv Magazine  7 de setiembre de 2021

Hubiera sido bueno tener libros como estos en nuestras manos hace medio siglo, cuando la derrota de los Estados Unidos en Vietnam se había hecho clara, y la derecha política (pero también el centro, los republicanos y demócratas de línea dura por igual) tildaron a los pacifistas como traidores a las tropas y a la nación. Que las propias tropas se habían vuelto contra la guerra era el mejor o, mejor dicho, el peor secreto guardado del día.

Los posibles reclutas, incluido quien reseña, tenían tres opciones obvias: aceptar el reclutamiento; negarse y ser amenazado con prisión; o ir al extranjero, muy probablemente a Canadá. Aquellos que necesitaban huir de los militares recibían, con frecuencia, ayuda en Europa, donde la guerra era muy impopular. Pero existía otra categoría: prisioneros de guerra en Vietnam que se dieron cuenta de que la guerra estaba claramente equivocada y querían dar a conocer su descubrimiento en los medios de comunicación, se atrevieran estos a hacerlo o no.

Esta última categoría es especialmente fascinante, sin duda porque la derecha ha creado banderas y carteles, eventos pseudopatrióticos, campañas políticas y mucho más en nombre del tema de los prisioneros de guerra y los MIA. El estatus heroico orquestado del difunto senador John McCain personificó esta causa. Incluso los críticos de la guerra, al menos dentro del Congreso, se sintieron obligados a llamar a McCain un “héroe nacional”, cuando algunos de sus compañeros militares eran más propensos a pensar en él como un “perro caliente” y un barco de exhibición que anhelaba emociones y recompensas contra la lógica de la seguridad.

Monthly Review | Dissenting POWs: From Vietnam's Hoa Lo Prison to America  TodayJerry Lembke, quien coescribió Dissenting POWs  con Tom Wilbur, es bien conocido por desacreditar el mito de los “manifestantes escupiendo” a los GI que regresan en aeropuertos u otros lugares públicos con un desprecio lleno de flema. Estos eventos nunca tuvieron lugar, y no pudieron ser documentados. Wilbur, su colaborador, es hijo de un prisionero de guerra, que ha trabajado como académico y miembro del personal de una ONG en Vietnam.

Los autores señalan que la historia de los prisioneros de guerra contra la guerra se ha pasado por alto en gran medida, si no por completo. Algunos de los episodios dramáticos y cómicamente poco dramáticos incluyen una fallida incursión estadounidense en el Son Tây en Vietnam del Norte. Al igual que el éxito imaginado, los héroes imaginados allí, como John McCain, fueron fuertemente mitificados.

Curiosamente, a medida que avanzaba la guerra y aumentaban las protestas en el campus universitarios o la comunidad, los pilotos capturados y otros tenían más probabilidades de tener el pelo largo y simpatía por los pacifistas (es decir, dudaban de sus asignaciones). Las visitas de delegados estadounidenses izquierdistas y liberales a Vietnam aumentaron la sensación de incredulidad. Pero también lo hizo la atención médica a los prisioneros, cuando se supo, que era excelente para los estándares de lo que se podía hacer en las circunstancias.

“Entre un tercio y la mitad de los prisioneros de guerra estaban desilusionados con la guerra en 1971”, dicen los autores, entonces las explicaciones oficiales, ampliamente vistas en los medios de comunicación, tuvieron que atribuir estas actitudes al “lavado de cerebro”, un término que se difundió por primera vez durante la Guerra de Corea. En realidad, la guerra entre oficiales y soldados rasos había superado el conflicto entre los prisioneros y sus cuidadores,  según muchos relatos.

Gran parte del libro examina cuidadosamente a un puñado de estos hombres desilusionados, uno por uno, mientras el Pentágono trataba de callarlos de una manera u otra. Los antojos de los altos mandos militares por los consejos de guerra se desmoronaron porque provocar publicidad negativa. Al final, aquellos que hablaron desde su conciencia tuvieron un papel noble y notable en la historia.

La amnesia se instaló en Hollywood. Lo que los autores llaman películas de “pow-rescue and MIA-recovery”, como la serie Rambo,  fueron hiladas con la misma tela que la notoria bandera POW-MIA y la comercialización pesada de varios otros proyectos. Al final del libro, los autores citan a figuras heroicas como  Ann Wright  y Pat Tilman como sucesores de los valientes disidentes, planteando objeciones abiertamente desde la experiencia de sus propias vidas militares.

Vietnam's Prodigal Heroes: American Deserters, International Protest, European  Exile, and Amnesty (War and Society in Modern American History): Glatz,  Paul Benedikt: 9781793616708: Amazon.com: Books

El libro Vietnam’s Prodigal Heroes cubre mucho espacio, desde la primera aparición de desertores hasta su tan esperada reivindicación. Es, como  Dissenting POWs, un libro de memoria, tanto perdida como restaurada.

Este libro es inusual por su examen minucioso de la prensa europea, donde la maquinaria de propaganda del Departamento de Estado se debilitó y casi se derrumbó bajo la realidad de la deserción. Se registraron al menos medio millón de casos de “ausencias no autorizadas”, y para 1971, una tasa de 73,5 “ausencias” por cada mil soldados insinuaba la desilusión que existía entre las tropas.

En comparación con la guerra de Corea, que en realidad fue impopular pero como se peleó en medio de la Guerra Fría no enfrentó oposición de los reclutas, el “fenómeno del desertor” surgió en el contexto de los desafíos del movimiento de derechos civiles al racismo, la nueva cultura popular de permisividad y pacifista, y sobre todo la pura impopularidad de la invasión estadounidense de Vietnam.

Es francamente emocionante leer sobre el santuario que se ofreció a los soldados en Francia y Suecia, así como el trabajo de organización de activistas franceses y estadounidenses en el extranjero para alentarlos a ellos y a otros, con todo, desde información hasta vivienda. En otros lugares, como en Alemania, la oposición popular al esfuerzo de Estados Unidos también se convirtió en una estrategia importante de la izquierda, haciendo retroceder la lealtad a la OTAN de los principales partidos políticos. Los “Cuatro Intrépidos”, desertores que se presentaron en la Unión Soviética, llegaron a los titulares, a menudo en forma de titulares de ataque de The New York Times y otros medios estadounidenses que buscaban desacreditarlos.

El papel del desertor creció naturalmente junto con la impopularidad de la guerra. El Departamento de Estado y la CIA inventaron formas de socavar la seguridad de los desertores y los resistentes al reclutamiento. Se hicieron intentos frenéticos de dividirlos en categorías “confusas” y “desleales”. Los activistas de apoyo legal en los Estados Unidos buscaron ayudar, y se formaron nuevos grupos como el National Black Antiwar Antidraft Union. En el frente político europeo, los socialdemócratas suecos arrasaron con una victoria electoral gracias en gran medida a los jóvenes votantes atraídos por la postura antibélica del partido.

Heed the Call!”: Black Women, Anti-imperialism, and Black Anti-War Activism  | AAIHS

El  Deserter Activism (activismo desertor) sacudió a los funcionarios estadounidenses que buscaban usar todos los medios de retribución. Por otro lado, a los desertores les resultaba difícil adaptarse a la vida en el exilio, especialmente en aquellos años en que el inglés no era tan fácilmente hablado por los locales. Nuevas instituciones de ayuda, incluido el Proyecto de Exilio Americano, buscaron llenar el vacío y, a la larga, ayudaron a establecer las bases para una especie de reconciliación, permitiendo a la mayoría de los estadounidenses regresar a casa sin amenaza de arresto.

Al final, el Proyecto de Amnistía encontró un camino a seguir. Los Senadores Eugene McCarthy y George McGovern dieron su bendición a una amnistía, pero Hubert Humphrey representó fielmente a la corriente liberal al rechazar esta solución. El indulto de Gerald Ford al presidente Nixon puede haber cambiado el rumbo de la opinión pública, o tal vez fue el paso del tiempo lo que llevó a Jimmy Carter a emitir el perdón general.

Desafortunadamente, este indulto negó los beneficios de  veteranos a los desertores, limitando sus oportunidades de muchas maneras. Al centrarse en una distinción entre los delincuentes reclutados (que recibieron el perdón completo) y los delincuentes militares (que no lo hicieron), Carter reforzó las líneas de clase y color que siempre habían estado en el corazón de la Guerra Fría.

Este último elemento explica que no hubiera un final feliz para una historia que implica no solo un gran coraje personal, sino también el trabajo dedicado de miles de activistas por la paz.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

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En esta corta nota, el Dr.

El  autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Es, además,  profesor de política exterior de EE.UU. en la Escuela Diplomática y de Seguridad Internacional en el  UCM-CESEDEN. García Cantalapiedra es investigador colaborador en el Instituto Franklin-UAH e investigador principal sobre EE.UU. del Real Instituto Elcano.

 


The cost of the Afghanistan war: Lives, money and equipment lost

Por qué Estados Unidos se ha retirado de Afganistán

 

Introducción

7279 días transcurrieron entre “Jawbreaker”, la inserción de oficiales de la CIA en Afganistán a bordo de un helicóptero de fabricación soviética Mi-17 con el número simbólico de cola 91101 el 26 de septiembre de 2001, y el momento en que el general de división Christopher Donahue, comandante de la 82 División Aerotransportada, subió a bordo de un C-17 en Kabul el 30 de agosto de 2021 para convertirse en el último estadounidense en abandonar Afganistán. 7279 días.

Antecedentes – “Es Pakistán, estúpido”

Durante estos 20 años el acrónimo para describir la zona de operaciones era siempre AF-PAK, narrativa que, paradójicamente, ha desaparecido, a pesar de que es imposible hablar de este tema separando uno de otro. Se suele olvidar que tras el derrocamiento de los talibanes y la destrucción de Al Qaeda en Afganistán, la Administración Bush tenía claro el problema de fondo que podía hacer intratable Afganistán: las relaciones entre India Y Pakistán sobre Cachemira. Así impulsó y protegió el diálogo comprehensivo entre Pakistán y la India, razón última de fondo de la política de Pakistán hacia Afganistán, la guerra contra los soviéticos y la creación del Talibán. Pakistán y, en última instancia su ejército y su servicio de inteligencia, el ISI, buscaron desesperadamente, tras la derrota de la guerra de 1971 con India “profundidad estratégica” con un régimen “amigo” en Kabul y un programa nuclear, que se desarrollaría en secreto. El fracaso de los sucesivos planes salidos de todas las negociaciones y el mantenimiento de las redes talibanes desde Pakistán hacía imposible cualquier “victoria militar”. Esto llevó a las operaciones a partir de 2014 y el progresivo abandono del país con la creación de un estado viable y capaz de mantener su estabilidad y seguridad. El problema es que como en el conflicto de Vietnam (uso de la ruta Ho Chi Minh a través de Camboya), esto no podía ser posible mientras hubiera un país que saboteara continuamente estos esfuerzos y fuera el santuario de los talibanes.

Por qué, entonces, Estados Unidos se retira de Afganistán

NATO vows to keep funding Afghan military through 2020 – POLITICO

  • Los aliados, y sobre todo los europeos de la OTAN empezaron a mostrar “fatiga de combate” (junto con problemas políticos internos ante las operaciones y las bajas) y mantenían la mayor parte de ellos una serie de limitaciones nacionales (caveats) y en las reglas de enfrentamiento diferentes a las fuerzas norteamericanas, de Gran Bretaña, Canadá o Australia. Ya desde el principio apoyaron el plan de desescalada propuesto por la Administración Obama. La OTAN asumiría el liderazgo de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) en Afganistán el 11 de agosto de 2003. Por mandato de las Naciones Unidas, el objetivo principal de la ISAF era permitir al gobierno afgano proporcionar seguridad efectiva en todo el país y desarrollar nuevas fuerzas de seguridad afganas. A partir de 2011, la responsabilidad de la seguridad se transfirió gradualmente a las fuerzas afganas y asumieron la responsabilidad total de la seguridad a fines de 2014. El 1 de enero de 2015 se lanzó una nueva misión más pequeña que no es de combate (“Resolute Support”) para proporcionar más capacitación, asesoramiento y asistencia a las fuerzas e instituciones de seguridad afganas.
  • En la Cumbre de la OTAN de julio de 2018 en Bruselas, los Aliados y sus socios operativos se comprometieron a extender el sostenimiento financiero de las fuerzas de seguridad afganas hasta 2024. Esta financiación está actualmente congelada.
Afghan Talks With Taliban Reflect a Changed Nation - The New York Times

Representantes de los Talibanes en las negociaciones con los estadounidenses en Doha, Qatar.

  • En febrero de 2020, EE. UU. y los talibanes firmaron un acuerdo sobre la retirada de todas las fuerzas internacionales de Afganistán para mayo de 2021. En abril de 2021, tras varias rondas de consultas, los ministros de Defensa y Exteriores aliados decidieron iniciar la retirada de tropas de Afganistán el 1 de mayo de 2021 y completarla en unos meses. También decidieron seguir apoyando a Afganistán de otras formas. Así lo confirmaron los Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en la Cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio de 2021. La OTAN mantenía 7000 fuerzas a parte de las norteamericanas.

Como vemos, EE. UU. y los aliados occidentales ya se habían “retirado” de Afganistán hace tiempo. El problema ha sido la narrativa de retirada y derrota producida por los talibanes, pero sobre todo por nuestros propios medios de comunicación y gobiernos. Ahora veremos publicaciones hablando de un nuevo capítulo del Gran Juego en Asia, sin embargo, este lleva en marcha más de una década.

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John Dower es un destacado historiador estadounidense miembro emérito del Departamento de Historia del Massachussets Institute of Technology. En su larga y fructífera carrera,  el Dr. Dower  se ha destacado como analista de la historia japonesa y de las relaciones exteriores de Estados Unidos. El análisis de la guerra ha ocupado una parte importante de su trabajo académico. Su libro Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II (1999) ganó varios premios prestigiosos, entre ellos, el Pulitzer y el Bancroft. Es autor, además, de War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War (1986), Japan in War and Peace: Selected Essays (1994),  Cultures of War: Pearl Harbor/Hiroshima/9-11/Iraq (2010), and Ways of Forgetting, Ways of Remembering: Japan in the Modern World (2012). 

En el siguiente artículo publicado en TomDispatch, Dower enfoca cómo a lo largo de su historia, los estadounidenses han, no sólo recordado, sino también olvidado las guerras en las que han participado para preservar así su auto-representación de víctimas, tema que discute a profundidad en su último libro The Violent American Century: War and Terror Since World War Two (2018).


The last near-century of American dominance was extraordinarily violent |  Business Standard News

Pérdida de memoria en el jardín de la violencia

JOHN DOWER

TomDisptach  30 de julio de 2021

Hace algunos años, un artículo periodístico atribuyó a un visitante europeo la irónica observación de que los estadounidenses son encantadores porque tienen una memoria muy corta. Cuando se trata de las guerras de la nación, no estaba del todo incorrecto. Los estadounidenses abrazan las historias militares del tipo heroico “banda de hermanos [estadounidenses]”, especialmente en la Segunda Guerra Mundial. Poseen un apetito aparentemente ilimitado por los recuentos de la Guerra Civil, de lejos el conflicto más devastador del país en lo que respecta a las muertes.

Ciertos momentos históricos traumáticos como “el Álamo” y “Pearl Harbor” se han convertido en palabras clave —casi dispositivos mnemotécnicos— para reforzar el recuerdo de la victimización estadounidense a manos de antagonistas nefastos. Thomas Jefferson y sus pares en realidad establecieron la línea de base para esto en el documento fundacional de la nación, la Declaración de Independencia, que consagra el recuerdo de “los despiadados salvajes indios”, una demonización santurrona que resultó ser repetitiva para una sucesión de enemigos percibidos más tarde. “11 de septiembre” ha ocupado su lugar en esta invocación profundamente arraigada de la inocencia violada, con una intensidad que raya en la histeria.

John W. Dower | The New Press

John Dower

Esa “conciencia de víctima” no es, por supuesto, única de los estadounidenses. En Japón después de la Segunda Guerra Mundial, esta frase —higaisha ishiki  en japonés— se convirtió en el centro de las críticas de izquierda a los conservadores que se obsesionaron con los muertos de guerra de su país y parecían incapaces de reconocer cuán gravemente el Japón imperial había victimizado a otros, millones de chinos y cientos de miles de coreanos. Cuando los actuales miembros del gabinete japonés visitan el Santuario Yasukuni, donde se venera a los soldados y marineros fallecidos del emperador, están alimentando la conciencia de las víctimas y son duramente criticados por hacerlo por el mundo exterior, incluidos los medios de comunicación estadounidenses.

En todo el mundo,  los días y los monumentos conmemorativos de guerra garantizan la preservación de ese recuerdo selectivo. Mi estado natal de Massachusetts también hace esto hasta el día de hoy al enarbolar la bandera “POW-MIA” en blanco y negro de la Guerra de Vietnam en varios lugares públicos, incluido Fenway Park, hogar de los Medias Rojas de Boston, todavía afligidos por los hombres que luchaban que fueron capturados o desaparecieron en acción y nunca regresaron a casa.

De una forma u otra, los nacionalismos populistas de hoy son manifestaciones de la aguda conciencia de víctima. Aún así, la forma estadounidense de recordar y olvidar sus guerras es distintiva por varias razones. Geográficamente, la nación es mucho más segura que otros países. Fue la única entre las principales potencias que escapó de la devastación en la Segunda Guerra Mundial, y ha sido inigualable en riqueza y poder desde entonces. A pesar del pánico por las amenazas comunistas en el pasado y las amenazas islamistas y norcoreanas en el presente, Estados Unidos nunca ha estado seriamente en peligro por fuerzas externas. Aparte de la Guerra Civil, sus muertes relacionadas con la guerra han sido trágicas, pero notablemente más bajas que las cifras de muertes militares y civiles de otras naciones, invariablemente incluidos los adversarios de Estados Unidos.

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Soldados filipinos, 1899.

La asimetría en los costos humanos de los conflictos que involucran a las fuerzas estadounidenses ha sido el patrón desde la aniquilación de los amerindios y la conquista estadounidense de Filipinas entre 1899 y 1902. La Oficina del Historiador del Departamento de Estado cifra el número de muertos en esta última guerra en “más de 4.200 combatientes estadounidenses y más de 20.000 filipinos”, y procede a añadir que “hasta 200.000 civiles filipinos murieron de violencia, hambruna y enfermedades”. (Entre otras causas precipitantes de esas muertes de no combatientes, está  la matanza por tropas estadounidense de búfalos de agua de los que dependían los agricultores para producir sus cultivos). Trabajos académicos recientes eleven el número muertes de civiles filipinos.

 

La misma asimetría mórbida caracteriza las muertes relacionadas con la guerra en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo de 1991 y las invasiones y ocupaciones de Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001.

Bombardeo terrorista de la Segunda Guerra Mundial a Corea y Vietnam al 9/11

Si bien es natural que las personas y las naciones se centran en su propio sacrificio y sufrimiento en lugar de en la muerte y la destrucción que ellos mismos infligen, en el caso de los Estados Unidos ese astigmatismo cognitivo está relegado por el sentido permanente del país de ser excepcional, no sólo en el poder sino también en la virtud. En apoyo al “excepcionalismo estadounidense”, es un artículo de fe que los valores más altos de la civilización occidental y judeocristiana guían la conducta de la nación, a lo que los estadounidenses agregan el apoyo supuestamente único de su país a la democracia, el respeto por todos y cada uno de los individuos y la defensa incondicional de un orden internacional “basado en reglas”.

Tal autocomplacencia requiere y refuerza la memoria selectiva. “Terror”, por ejemplo, se ha convertido en una palabra aplicada a los demás, nunca a uno mismo. Y sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, los planificadores de bombardeos estratégicos estadounidenses y británicos consideraron explícitamente su bombardeo de bombas incendiadas contra ciudades enemigas como bombardeos terroristas, e identificaron la destrucción de la moral de los no combatientes en territorio enemigo como necesaria y moralmente aceptable. Poco después de la devastación aliada de la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945, Winston Churchill, cuyo busto circula dentro y fuera de la Oficina Oval presidencial en Washington, se refirió  al “bombardeo de ciudades alemanas simplemente por el bien de aumentar el terror, aunque bajo otros pretextos”.

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Hiroshima, setiembre de 1945.

En la guerra contra Japón, las fuerzas aéreas estadounidenses adoptaron esta práctica con una venganza casi alegre, pulverizando 64 ciudades  antes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Sin embargo, cuando los 19 secuestradores de al-Qaeda bombardearon el World Trade Center y el Pentágono en 2001, el “bombardeo terrorista” destinado a destruir la moral se desprendió de este precedente angloamericano y quedó relegado a “terroristas no estatales”. Al mismo tiempo, se declaró que atacar a civiles inocentes era una atrocidad totalmente contraria a los valores “occidentales” civilizados y una prueba prima facie del salvajismo inherente al Islam.

La santificación del espacio que ocupaba el destruido World Trade Center como “Zona Cero” —un término previamente asociado con las explosiones nucleares en general e Hiroshima en particular— reforzó esta hábil manipulación de la memoria. Pocas o ninguna figura pública estadounidense reconoció o le importó que esta nomenclatura gráfica se apropiaba de Hiroshima, cuyo gobierno de la ciudad sitúa el número de víctimas mortales del bombardeo atómico “a finales de diciembre de 1945, cuando los efectos agudos del envenenamiento por radiación habían disminuido en gran medida”, en alrededor de 140.000. (El número estimado de muertos en Nagasaki es de 60.000 a 70.000). El contexto de esos dos ataques —y de todas las bombas incendiadas de ciudades alemanas y japonesas que les precedieron— obviamente difiere en gran medida del terrorismo no estatal y de los atentados suicidas con bombas infligidos por los terroristas de hoy.  No obstante, “Hiroshima” sigue siendo el símbolo más revelador y preocupante de los bombardeos terroristas en los tiempos modernos, a pesar de la eficacia con la que, para las generaciones presentes y futuras, la retórica de la “Zona Cero” posterior al 9/11 alteró el panorama de la memoria y ahora connota la victimización estadounidense.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

La memoria corta también ha borrado casi todos los recuerdos estadounidenses de la extensión estadounidense de los bombardeos terroristas a Corea e Indochina. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el United States Strategic Bombing Survey calculó  que las fuerzas aéreas angloamericanas en el teatro europeo habían lanzado 2,7 millones de toneladas de bombas, de las cuales 1,36 millones de toneladas apuntaron a Alemania. En el teatro del Pacífico, el tonelaje total caído por los aviones aliados fue de 656.400, de los cuales el 24% (160.800 toneladas) se usó en islas de origen de Japón. De estas últimas, 104.000 toneladas “se dirigieron a 66 zonas urbanas”. Impactante en ese momento, en retrospectiva, estas cifras han llegado a parecer modestas en comparación con el tonelaje de explosivos que las fuerzas estadounidenses descargaron en Corea y más tarde en Vietnam, Camboya y Laos.

La historia oficial de la guerra aérea en Corea (The United States Air Force in Korea 1950-1953)  registra que las fuerzas aéreas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos volaron más de un millón de incursiones y, en total, dispararon un total de 698.000 toneladas de artillería contra el enemigo. En su libro de memorias de 1965  Mission with LeMay, el general Curtis LeMay, que dirigió el bombardeo estratégico tanto de Japón como de Corea, señaló: “Quemamos casi todas las ciudades de Corea del Norte y Corea del  Sur… Matamos a más de un millón de civiles coreanos y expulsamos a varios millones más de sus hogares, con las inevitables tragedias adicionales que en consecuencia se producirían”.

Otras fuentes sitúan el número estimado de civiles muertos en la Guerra de Corea hasta  tres millones, o posiblemente incluso más. Dean Rusk, un partidario de la guerra que luego se desempeñó como secretario de Estado,  recordó que Estados Unidos bombardeó “todo lo que se movía en Corea del Norte, cada ladrillo de pie encima de otro”. En medio de esta “guerra limitada”, los funcionarios estadounidenses también se cuidaron de dejar claro en varias ocasiones que no habían descartado  el uso de armas nucleares. Esto incluso implicó ataques nucleares simulados en Corea del Norte por B-29 que operaban desde Okinawa en una operación de 1951 con nombre en código Hudson Harbor.

En Indochina, como en la Guerra de Corea, apuntar a “todo lo que se movía” era prácticamente un mantra entre las fuerzas combatientes estadounidenses, una especie de contraseña que legitimaba la matanza indiscriminada. La historia reciente de la guerra de Vietnam, extensamente investigada por Nick Turse, por ejemplo, toma su título de una orden militar para “matar a cualquier cosa que se mueva”. Los documentos publicados por los National Archives en 2004 incluyen una transcripción de una conversación telefónica de 1970 en la que Henry Kissinger  transmitió  las órdenes del presidente Richard Nixon de lanzar “una campaña masiva de bombardeos en Camboya”. Cualquier cosa que vuele sobre cualquier cosa que se mueva”.

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Masacre de My Lai

En Laos, entre 1964 y 1973, la CIA ayudó a dirigir el bombardeo aéreo per cápita más pesado de la historia, desatando más de dos millones de toneladas de artefactos en el transcurso de 580.000 bombardeos, lo que equivale a un avión cargado de bombas cada ocho minutos durante aproximadamente una década completa. Esto incluía alrededor de 270 millones de bombas de racimo. Aproximadamente el 10% de la población total de Laos fue asesinada. A pesar de los efectos devastadores de este ataque, unos 80 millones de las bombas de racimo lanzadas no detonaron, dejando el país devastado plagado de mortíferos artefactos explosivos sin detonar hasta el día de hoy.

La carga útil de las bombas descargadas en Vietnam, Camboya y Laos entre mediados de la década de 1960 y 1973 se calcula comúnmente que fue de entre siete y ocho millones de toneladas, más de 40 veces el tonelaje lanzado sobre las islas japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Las estimaciones del total de muertes varían, pero todas son extremadamente altas. En un artículo del Washington Post  en 2012, John Tirman  señaló  que “según varias estimaciones académicas, las muertes de militares y civiles vietnamitas oscilaron entre 1,5 millones y 3,8 millones, con la campaña liderada por Estados Unidos en Camboya resultando en 600.000 a 800.000 muertes, y la mortalidad de la guerra laosiana estimada en alrededor de 1 millón”.

Civil War Casualties | American Battlefield Trust

Estadounidenses muertos en batalla

En el lado estadounidense, el Departamento de Asuntos de Veteranos sitúa las muertes en batalla en la Guerra de Corea en 33.739. A partir del Día de los Caídos de 2015, el largo muro del profundamente conmovedor Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington estaba inscrito con los nombres de  58.307  militares estadounidenses asesinados entre 1957 y 1975, la gran mayoría de ellos a partir de 1965. Esto incluye aproximadamente  1.200 hombres  listados como desaparecidos (MIA, POW, etc.), los hombres de combate perdidos cuya bandera de recuerdo todavía ondea sobre Fenway Park.

Corea del Norte y el espejo agrietado de la guerra nuclear

Hoy en día, los estadounidenses generalmente recuerdan vagamente a Vietnam, y Camboya y Laos no lo recuerdan en absoluto. (La etiqueta inexacta “Guerra de Vietnam” aceleró este último borrado.) La Guerra de Corea también ha sido llamada “la guerra olvidada”, aunque un monumento a los veteranos en Washington, D.C., finalmente se le dedicó en 1995, 42 años después del armisticio que suspendió el conflicto. Por el contrario, los coreanos no lo han olvidado. Esto es especialmente cierto en Corea del Norte, donde la enorme muerte y destrucción sufrida entre 1950 y 1953 se mantiene viva a través de interminables iteraciones oficiales de recuerdo, y esto, a su vez, se combina con una implacable campaña de propaganda que llama la atención sobre la Guerra Fría y la intimidación nuclear estadounidense posterior a la Guerra Fría. Este intenso ejercicio de recordar en lugar de olvidar explica en gran medida el actual ruido de sables nucleares del líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.

Con sólo un ligero tramo de imaginación, es posible ver imágenes de espejo agrietadas en el comportamiento nuclear y la política arriesgada de los presidentes estadounidenses y el liderazgo dinástico dictatorial de Corea del Norte. Lo que refleja este espejo desconcertante es una posible locura, o locura fingida, junto con un posible conflicto nuclear, accidental o de otro tipo.

North Korea leader Kim Jong Un could have 60 nuclear weapons: South Korea  minister estimates atomic bomb count - CBS News

Kim Jong-un

Para los estadounidenses y gran parte del resto del mundo, Kim Jong-un parece irracional, incluso seriamente desquiciado. (Simplemente combine su nombre con “loco” en una búsqueda en Google). Sin embargo, al agitar su minúsculo carcaj nuclear, en realidad se está uniendo al juego de larga data de la “disuasión nuclear” y practicando lo que se conoce entre los estrategas estadounidenses como la “teoría del loco”. Este último término se asocia más famosamente  con Richard Nixon y Henry Kissinger durante la Guerra de Vietnam, pero en realidad está más o menos incrustado en los planes de juego nuclear de Estados Unidos. Como se rearticula en “Essentials of Post-Cold War Deterrence“, un  documento secreto de política redactado por un subcomité en el Comando Estratégico de Estados Unidos en 1995 (cuatro años después de la desaparición de la Unión Soviética), la teoría del loco postula que la esencia de la disuasión nuclear efectiva es inducir “miedo” y “terror” en la mente de un adversario, para lo cual “duele retratarnos a nosotros mismos como demasiado racionales y de cabeza fría”.

 

Cuando Kim Jong-un juega a este juego, se le ridiculiza y se teme que sea verdaderamente demente. Cuando son practicados por sus propios líderes y el sacerdocio nuclear, los estadounidenses han sido condicionados a ver a los actores racionales en su mejor momento.

El terror, al parecer, en el siglo XXI, como en el XX, está en el ojo del espectador.

 Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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Los días 30 de abril y 1 de mayo de 2021, la Universidad de Massachussets-Amherst celebró una conferencia virtual para conmemorar los cincuenta años de la publicación de los famosos Pentagon Papers (Papeles del Pentágono). Esta colección de documentos sobre la intervención de Estados Unidos en Indochina entre 1945 y 1967, fue creada a instancias del entonces Secretario de Defensa Robert McNamara. Filtrados por un funcionario del Pentágono llamado Daniel Ellsberg al New York Times en 1971, los documentos dejaban claro cómo el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam tanto al público como al Congreso de Estados Unidos. Tan controversial era el contenido de estos documentos que Richard M. Nixon buscó bloquear su publicación, lo que fue evitado por una decisión histórica de la Corte Suprema en junio de 1972, reafirmando la libertad de prensa en Estados Unidos.

La conferencia celebrada por UMASS-Armherts, titulada Truth, Dissent, & the Legacy of Daniel Ellsberg,  reunió a un grupo de historiadores, periodistas, activistas y “whistleblowers”, quienes exploraron temas que han ocupado una parte importante en la vida Ellsberg: la guerra de Vietnam, las armas nucleares, la resistencia antibélica, los Papeles del Pentágono, Watergate, el “whistleblowing” y las guerras del siglo XXI.

En el panel plenario participaron Ellsberg y Edward Snowden, y fue moderado por la periodista Amy Goodman.

Todas las conferencias están disponlbles de forma gratuita en la página del Ellsberg Archive Project.

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In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”.  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras “estadounidenses”

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su “invisibilidad”.


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

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Tráiler de 'Da 5 Bloods', la película de Spike Lee para Netflix ...Que recuerde, no he reseñado películas en esta bitácora, pero acabo de ver una que lo amerita. Se trata del largometraje de Spike Lee  Da 5 Bloods. A través de la historia de cuatro veteranos negros que regresan a Vietnam en búsqueda de un tesoro y de los restos de un camarada, Lee enfoca de forma genial la inmoralidad de la intervención estadounidense en Indochina. Claramente enmarcada en el contexto actual de conflicto racial en Estados Unidos, esta película nos muestra, como bien señala unos de sus personajes, el impacto en cuatro veteranos -y sus allegados y familiares- de una guerra en la que pelearon en “defensa” de derechos que como afroamericanos, ellos no tenían.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima 5 de agosto de 2020

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Ya es una tradición de esta bitácora dar la bienvenida a los nuevos números de la revista Huellas de los Estados Unidos. Estudios, Perspectivas y Debates desde América Latina.  Publicada por los colegas de la Cátedra de Historia de Estados Unidos de la UBA, Huellas es una de pocas publicaciones en castellano dedicadas al estudio de la historia estadounidense. Por lo tanto, considero, además de un honor, un compromiso ayudar en su difusión.

Con este ya son 18 los números publicados por Huellas, lo que es todo un logro y una muestra del tesón de quienes han desarrollado este proyecto hasta convertirlo en un referente para quienes estudiamos la historia de Estados Unidos en el mundo Iberoamericano. Vaya para ellos mi felicitación y agradecimiento.

Copio el índice de este número para que puedan acceder a sus artículos.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú


 

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V5La década de 1970 fue un periodo muy duro para el pueblo estadounidense. Divididos por una guerra lejana, los estadounidenses eligieron a un nuevo presidente, Richard M. Nixon, que prometió acabar con la participación de su país en la guerra de Vietnam y lo hizo, pero que también violó la ley y abusó de su poder, comprometiendo la imagen y la confianza del gobierno de los Estados Unidos. Tras miles de muertos y miles de millones de dólares invertidos, los últimos estadounidenses fueron expulsados de Vietnam en 1975. Esta derrota –la primera en la historia de Estados Unidos– sumió al país en un periodo de indecisión y duda. Para complicar las cosas, los gastos de la guerra, unidos al aumento en los costos de la energía, llevaron a la nación a una profunda crisis. Todo ello llevó a muchos a pensar que la decadencia del poderío y riqueza de los Estados Unidos era algo inevitable.

Nixon y Vietnam

            Al llegar a la Casa Blanca, Nixon buscó acabar la guerra ampliándola, es decir, aumentando su alcance y su intensidad para presionar a Vietnam del Norte. Pronto el Presidente entendió que eso no era lo que el pueblo estadounidense quería y cambió de estrategia, proponiéndoles a los norvietnamitas una retirada simultánea de tropas de Vietnam del Sur. Para convencer a Hanoi, Nixon ordenó el bombardeo secreto y clandestino de Camboya, un país  vecino y neutral por cuyo territorio los norvietnamitas enviaban y suministros y tropas a Vietnam del Sur.

Nixon también inició la llamada vietnamización de la guerra, es decir, el retiro gradual de tropas estadounidenses y el incremento de la participación de soldados survietnamitas en el conflicto. Esta nueva política no acalló las voces de los opositores de la guerra, que en 1969 llevaron a cabo manifestaciones masivas, como una marcha en Washington que reunió a medio millón de personas. Para complementar la ofensiva aérea en Camboya, Nixon ordenó la invasión –también secreta– de ese país. El Presidente quería destruir las rutas y bases de aprovisionamiento de los norvietnamitas, pero en el proceso lo que logró fue desestabilizar a Camboya, lo que permitirá que los Jemeres Rojos  (“Khmer Rouge”), una guerrilla maoísta, tomase el control  del gobierno camboyano. Bajo el liderado de un dictador despiadado llamado Pol Pot,  los Jemeres cometerán un terrible genocidio contra el pueblo camboyano.

En 1970, el periódico The New York Times hizo públicas las acciones encubiertas del gobierno estadounidense en Camboya, desatando una ola de indignación y rabia entre los opositores de la guerra. En varias universidades del país se llevaron a cabo huelgas y protestas. El 4 de mayo, la Guardia Nacional abrió fuego contra una muchedumbre de estudiantes en Kent State University (Cleveland), matando a cuatro personas.  El 14 de mayo dos estudiantes negros del Jackson State College en Misisipi murieron en un enfrentamiento con la policía y la Guardia Nacional. Ambos incidentes provocaron una serie de huelgas y cierres de universidades a lo largo de todo el país. Más de 450 universidades cerraron sus puertas y hubo problemas en cerca del 80% de los campus universitarios.  Curiosamente, una encuesta realizada para esta fecha reveló que a la mayoría de los estadounidenses les preocupaba más los disturbios en las universidades que la guerra en Indochina. Otra muestra del conservadurismo que imperaba en amplios sectores de la sociedad estadounidense.

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Kent State University , mayo 1970

A pesar de la apatía de la mayoría de los estadounidenses, la insatisfacción con la guerra siguió aumentando. La invasión de Camboya cayó muy mal entre algunos miembros de Congreso. En junio de 1970, el Senado votó a favor de repeler la Resolución del Golfo de Tonkín y de cortar los fondos de las operaciones militares en Camboya. Entre  los soldados también se manifestó el malestar contra la guerra, pues aumentó el número de deserciones.

Para complicarles las cosas a la administración Nixon, en 1971 salieron a las luz pública las atrocidades cometidas por un grupo de soldados dirigidos por el Teniente William L. Calley.  Aparentemente siguiendo órdenes de sus superiores, Calley  y los soldados bajo sus órdenes asesinaron, en marzo de 1968,  a 350 civiles vietnamitas en la villa de My Lai.  Gracias al trabajo investigativo del periodista Seymour Hersh, la historia de la masare de My Lai fue publicada por el New York Times en noviembre de 1969.  Calley fue acusado de asesinato y  sometido a una corte marcial en 1971, que le encontró culpable y le condenó a cadena perpetua. Considerado por unos como un héroe y por otros como un criminal de guerra, Calley sólo cumplió tres años de arresto domiciliario.

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Masacre de My Lai

Tras los incidentes de mayo de 1970, las protestas contra la guerra comenzaron a perder fuerza por varias razones. El movimiento sufrió divisiones internas que le debilitaron. Agencias federales como el FBI y la CIA infiltraron y desactivaron los grupos más radicales de la lucha contra la guerra. El programa de vietnamización redujo de forma dramática el número de soldados estadounidenses en Vietnam. De igual forma, Nixon prometió acabar con el reclutamiento forzoso para el 1973 y convertir así al ejército en una fuerza de voluntarios, lo que le quito un importante argumento a los opositores de la guerra, debilitando aún más al movimiento en las universidades.

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Protesta estudiantes de la Universidad de Columbia. Crédito: Patrick A. Burns/The New York Times

Mientras se protestaba en los Estados Unidos, el Secretario de Estado Henry Kissinger llevaba a cabo negociaciones con representantes de Vietnam del Norte. En 1972, estadounidenses y norvietnamitas firmaron un tratado que permitió la retirada de los Estados Unidos del conflicto vietnamita. Nixon había  cumplido su promesa de poner fin a la guerra de Vietnam. Sin embargo, la salida estadounidense no acabó con el conflicto entre Vietnam del Norte y del Sur. En 1975, Vietnam del Sur terminó siendo derrotado y con ello finalizaron más de treinta años de guerra en esa parte de la península indochina.

El legado de la guerra de Vietnam

            El conflicto vietnamita es, después de Afganistán, la guerra más larga en la historia de  los Estados Unidos. Entre 1961 y 1973, millones de estadounidenses pelearon en las selvas indochinas para frenar lo que sus líderes vieron como una agresión comunista. Unos 58,000 estadounidenses murieron y otros 300,000 resultaron heridos. Aún aquellos que regresaron sin heridas físicas sufrieron severos traumas psiquiátricos y psicológicos.

Para los veteranos de Vietnam no hubo paradas ni recibimientos de héroes, sino rechazo por haber participado en la guerra más impopular en la historia estadounidense. Víctimas del estrés postraumático, su reinserción social fue muy dura. Los veteranos enfrentaron problemas con las drogas y el alcohol, problemas familiares (divorcios) y problemas económicos (desempleo). Muchos de ellos recurrieron al suicidio como salida.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Para los indochinos, la guerra fue una gran tragedia. Se calcula que 1.5 millones de vietnamitas murieron. La infraestructura física y económica de la región fue devastada por la guerra. Países vecinos como Laos y Camboya también sufrieron las terribles consecuencias del conflicto. El caso camboyano es particularmente trágico porque allí los Jemeres Rojos mataron, entre 1975 y 1979, a 2 millones de sus compatriotas en una campaña genocida. Además, la guerra produjo unos 10 millones de refugiados y una buena parte de ellos emigraron a los Estados Unidos.

V3La derrota en Vietnam afectó la visión que tenían los Estados Unidos de sí mismos, pues les obligó a reconocer los límites de su poder. El país entró en lo que ha sido denominado como el síndrome de Vietnam, es decir, una menor propensión hacia las intervenciones militares en segundos y terceros países. En 1973, fue aprobada la Ley de Poderes de Guerra, obligando al Presidente a informarle al Congreso cualquier uso de la fuerza en las primeras cuarenta y ocho horas de haber ocurrido. De no haber una declaración de guerra, las hostilidades sólo pueden durar sesenta días.

La guerra afectó duramente a la economía estadounidense. Con un costo total de $150 mil millones; el conflicto consumió importantes recursos económicos que pudieron haber sido usados para enfrentar los problemas domésticos de la nación. La gran víctima de la guerra fueron los programas sociales de la Gran Sociedad del Presidente Johnson, cuyos fondos fueron severamente afectados por los gastos militares asociados al conflicto. Además, la guerra aumentó el déficit del gobierno federal y la inflación.

A nivel político, la guerra acabó con el consenso liberal desarrollado en la posguerra. Millones de estadounidenses cuestionaron la política exterior de su país y los discursos a favor de la guerra fría. Una de las grandes víctimas de la guerra de Vietnam fue la confianza que tenían millones de estadounidenses en su gobierno.  Las mentiras, las manipulaciones y los escándalos asociados a la guerra produjeron la desconfianza entre millones de ellos.  El cinismo creció y el descrédito de los liberales fortaleció a los conservadores.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 7 de octubre de 2019

 

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La guerra de Vietnam  marcó la historia de los Estados Unidos. Por casi diez años los estadounidenses pelearon en las junglas vietnamitas contra lo que consideraban una muestra del peligro del expansionismo comunista liderado por la Unión Soviética. Esta guerra tuvo serias consecuencias para los Estados Unidos, pues dividió profundamente la sociedad estadounidense. La oposición a la guerra fue severa y provocó brotes de violencia, sobre todo, en las universidades.

38e06199610ac078f5e08b2e8ca7cdc2En la segunda mitad del siglo XIX, los franceses establecieron su control sobre una vasta zona al sur de China que denominaron Indochina Francesa. La actual república vietnamita formó parte de esa colonia hasta que en la década de 1940 los nacionalistas indochinos aprovecharon el vacío de poder generado por la guerra mundial para declarar su independencia. Una vez finalizada la guerra, los franceses pretendieron retomar el control de su antigua colonia asiática, provocando una sangrienta guerra.   Los vietnamitas lograron derrotar a los franceses en 1954, pero vieron cómo la guerra fría determinaba el futuro de su país. En una conferencia de paz celebrada en Ginebra en julio de 1954, se decidió dividir   a Vietnam en dos hasta la celebración de un referéndum en 1957 para que  los vietnamitas decidirían si se mantenía tal división. Al norte existía un gobierno socialista aliado de la Unión Soviética y al sur se organizó un gobierno anti-comunista aliado y apoyado por los Estados Unidos. El referéndum nunca fue celebrado y Vietnam se convirtió así en un escenario importante de la guerra fría. En el sur surgió el Frente de Liberación Nacional (FLN) o Vietcong, un movimiento político-militar apoyado por el norte que buscaba la reunificación. El inicio de una guerra civil fue cosa de tiempo. Tanto soviéticos como estadounidenses apoyaron a sus respectivos aliados con armas y dinero. Sin embargo, el compromiso estadounidense fue mucho más profundo que el de los soviéticos, pues miles de soldados estadounidenses fueron enviados a pelear a Vietnam.  Las autoridades estadounidenses –Republicanos y Demócratas por igual– decidieron convertir su apoyo a Vietnam de Sur en una muestra del compromiso y la voluntad de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Para ellos, el prestigio y la credibilidad de los Estados Unidos estaban a prueba en Vietnam y, por lo tanto, era inevitable que los estadounidenses aceptaran el reto. Además, estaban convencidos de su superioridad moral y militar, y no contemplaron la posibilidad de un derrota

JFK

Kennedy y Vietnam

John F. Kennedy dio gran a importancia al Sudeste Asiático, pues decidió enfrentar lo que él interpretaba como la expansión comunista en la región. De ahí que ordenara envíos masivos de armas y aumentara el número de soldados estadounidenses en la región. Unos 7,000 soldados estadounidenses estaban destacados en Vietnam al comienzo de su presidencia. Tres años más tarde, ese número había crecido a 60,000 soldados. ¿Por qué JFK aumentó el compromiso estadounidense en Vietnam? Por varias  razones. Primero, su deseo de mantener una postura fuerte ante la expansión comunista. JFK veía al comunismo internacional como una fuerza monolítica controlada por los soviéticos y los chinos, y fue incapaz de ver que lo que ocurría en Vietnam era una guerra civil, no una agresión internacional. Además, JFK era un ferviente creyente en la famosa teoría del dominó, es decir, la idea de que la victoria del comunismo en un país generaba un efecto multiplicador en los países vecinos. En otras palabras, JFK creía que si los Estados Unidos permitían una victoria comunista en Vietnam, sería inevitable que países vecinos como Tailandia, Camboya o Laos terminasen  también bajo el control comunista. Kennedy quería evitar ese escenario aun a costa de aumentar la intervención directa de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita. Segundo, el temor al costo político de una derrota en Vietnam. JFK tenía  muy claro que sus acciones en Vietnam podían ser usadas por los republicanos para atacarle políticamente en los Estados Unidos y, por ende, no podía dar señales de debilidad o de fracaso.  Todo ello llevó a aumentar la presencia militar en el Sudeste Asiático.

Kennedy no sólo tenía que estar vigilante de la situación política reinante en los Estados Unidos, sino también  en su aliado Vietnam del Sur. El gobierno estadounidense apoyó la división de Vietnam y se convirtió en su principal aliado. Esa alianza resultó problemática ante la ausencia de un liderato survietnamita eficaz. En 1963, el gobierno de Vietnam del Sur estaba bajo el control de un carismático líder católico llamado Ngo Dihn Diem. El presidente vietnamita mantuvo una política represora, que desató una rebelión de los monjes budistas. Varios  monjes  se inmolaron quemándose vivos en protesta contra el gobierno de Diem. Las imágenes de monjes convertidos en antorchas humanas no cayó bien entre los funcionarios de la administración Kennedy. Ello unido al nepotismo, la corrupción y la  incapacidad del gobierno de  Diem para gobernar al país, llevaron a las autoridades estadounidenses a  promover su salida por medio de un golpe de estado. En noviembre de 1963, Diem fue capturado y asesinado por un grupo de militares survietnamitas, lo que dio paso a que Vietnam terminase controlado por varios gobiernos militares corruptos e incapaces de enfrentar al Vietcong. La inexistencia de un interlocutor político valido en Vietnam del Sur obligó a los estadounidenses a asumir el peso del conflicto.

Una de las grandes preguntas de la historia contemporánea de los Estados Unidos es qué hubiese hecho JFK en Vietnam de no haber sido asesinado en noviembre de 1963. Sus simpatizantes alegaban que Kennedy no habría empujado a los Estados Unidos al abismo en que se convirtió la guerra de Vietnam. Otros más escépticos creen que JFK habría mantenido su política anticomunista y que empujado por la teoría del dominó habría continuado la expansión del compromiso militar estadounidense en Vietnam. No hay una contestación definitiva a esta pregunta, pero algo es indiscutible, al ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, JFK  dejó a su sucesor con un serio problema en las manos

Johnson y la pesadilla vietnamita

end2Con la muerte de JFK la responsabilidad sobre qué hacer en Vietnam pasó a manos del Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ).  Aunque éste consideraba  a Vietnam un país poco importante, temía que una retirada estadounidense abriese las puertas a una intervención de los soviéticos o chinos. Johnson tampoco quería que los Estados Unidos parecieran una nación débil y/o vacilante. Además, el Presidente temía el costo político de una retirada de Vietnam, pues sabía que los republicanos  le atacarían acusándole de ceder ante la amenaza comunista. Empujado por sus temores domésticos e internacionales, LBJ optó por ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, llevándole a niveles impresionantes y peligrosos.

Johnson pretendía pelear una guerra contra el comunismo en Asia y poner en marcha la Gran Sociedad  en los Estados Unidos.  Este programa de reformas buscaba trasformar al país combatiendo la pobreza y  la injusticia racial. Creía que el poderío y la riqueza de los Estados Unidos le permitirían ganar en ambos frentes –el doméstico y el vietnamita– pero la historia demostró que estaba equivocado. La escalada de la intervención estadounidense en Vietnam llevada a cabo por la administración Johnson se convirtió en un hoyo negro que se tragó a la Gran Sociedad, y destruyó la carrera política de  Johnson.

La Resolución del golfo de Tonkín

En agosto de 1964 se desarrollaron unos confusos incidentes entre barcos de la Armada estadounidense y botes patrulla norvietnamitas en el Golfo de Tonkín. Alegadamente, unas lanchas norvietnamitas atacaron al Maddox y el Joy Turner, dos destructores de la Marina estadounidense. Aunque estos ataques no fueron del todo confirmados, fueron usados por el Presidente Johnson para conseguir una resolución legislativa autorizándole a “tomar todas la medidas necesarias” para proteger las fuerzas militares estadounidenses desplegadas en el Sudeste Asiático. Tal resolución fue aprobada en el Senado con 88 votos a favor y 2 en contra, mientras que en la Cámara de Representantes no hubo un solo voto en contra entre sus 406 miembros. Para LBJ, la Resolución del golfo de Tonkín se convirtió en una autorización legal, de duración indefinida, para intensificar y aumentar la participación estadounidense en la guerra de Vietnam.  En otras palabras, un cheque en blanco que le permitiría atacar a Vietnam del Norte y aumentar el número de soldados estadounidenses en el sur. Sin embargo, la resolución también se convirtió en un cuchillo de doble filo, pues al estar basada en un supuesto ataque norvietnamita que nunca fue confirmado del todo, los opositores de la guerra la usarán para acusar a LBJ de haberle mentido al Congreso.

En 1965, el Presidente ordenó el bombardeo de Vietnam del Norte por la Fuerza Aérea estadounidense. La idea de Johnson, era obligar a los norvietnamitas a negociar y cortar la ayuda que éstos brindaban al Vietcong.  De esta forma pensaba alcanzar la victoria Entre 1965 y 1968, los Estados Unidos dejaron caer unas 800 toneladas de bombas diarias sobre Vietnam del Norte, tres veces la cantidad lanzadas en la segunda guerra mundial. A la par, Johnson aumentó el número de soldados estadounidenses en Vietnam de 185,000 en 1965 a 385,000 en 1966. Sin embargo, los estadounidenses no pudieron quebrar la voluntad de lucha de los vietnamitas, quienes  sabían que los Estados Unidos no podrían pelear una guerra indefinida en el Sudeste Asiático. Además, contaban con el apoyo y la ayuda material de la China comunista y de la Unión Soviética. LBJ y sus asesores nunca entendieron que la guerra civil en Vietnam del Sur no era producto de una agresión comunista internacional, sino una manifestación del nacionalismo vietnamita. Ello les condenó al fracaso.

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La oposición a la guerra

La escalada de la guerra provocó la reacción de varios sectores de la sociedad estadounidense. Los primeros en reaccionar fueron los universitarios. En diversas  universidades del país se desarrollaron protestas contra la intervención estadounidense en Vietnam. Estudiantes y profesores desarrollaron debates y discusiones abiertas sobra la guerra, cuestionando la posición de LBJ. En 1966, las protestas contra la guerra en las universidades se desarrollaron a gran escala con la participación de miles de estudiantes. Intelectuales y religiosos se unieron a los estudiantes en la lucha contra la guerra. En 1967, varios personas prominentes se expresaron abiertamente en contra de la presencia militar de los Estados Unidos en el Sudeste Asiático.  Políticos demócratas como Robert Kennedy, William Fulbright y George McGovern, el escritor Benjamin Spock y el líder de los derechos civiles Martin Luther King criticaron la política belicista del Presidente Johnson.

Los críticos de la guerra resaltaron la injusticia social que escondía la guerra, pues eran los pobres y las minorías quienes cargaban con el peso del conflicto. El sistema de reclutamiento militar estadounidense favorecía a la clase alta y media porque eximía de ir a la guerra a quienes  estaban matriculados en alguna universidad. Dado que la mayoría de  los universitarios eran miembros de la clase media, estuvieron en una mejor posición para evitar ser reclutados y enviados a Vietnam. Por ello no debe ser una sorpresa que el 80% de los soldados enviados a Vietnam eran  pobres  o  hijos de familias trabajadoras.

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La cobertura televisiva de la guerra abonó al desarrollo de la oposición a ésta en los Estados Unidos. Noche tras  noche, los estadounidenses podían ver en la pantalla de sus televisores los efectos de la guerra: los bombardeos, el uso de napalm, los civiles muertos o mutilados, etc. Con horror, muchos estadounidenses vieron como las tropas de su país quemaban las villas y pueblos de los vietnamitas a quienes supuestamente estaban protegiendo del comunismo. Noche tras noche, los estadounidenses podían ver en las pantallas de su televisores los nombres de los estadounidenses muertos en Vietnam.

Es necesario aclarar que a pesar del desarrollo de un oposición activa, la mayoría de los estadounidenses continuaron apoyando o simplemente no adoptaron una posición con relación a la guerra de Vietnam.  Para finales de la década de 1960, la guerra había polarizado a los Estados Unidos  y lo peor estaba por venir.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 5 de octubre de 2019

 

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mlkHoy, 4 de abril de 2018, se conmemoran los cincuenta años del asesinato del Reverendo Martin Luther King, Jr. en Memphis, Tennessee. El Dr. King  se encontraba en Memphis apoyando la histórica huelga de los recogedores de basura, que en su mayoría eran afroamericanos. Su asesinato desató una ola de violencia urbana y apagó una de las voces más críticas de la sociedad estadounidense de la década de 1960.

Creo que la mejor forma de recordar al Dr. King en un día como hoy, es compartiendo su análisis de tres problemas fundamentales de su era y de total actualidad: el militarismo, el racismo y la pobreza. El 31 de agosto de 1967, el Dr. King pronunció uno de sus  más importantes discursos ante la National Conference on New Politics. Conocido como The Three Evils of Society Address, este discurso formó parte de su People´s Poor Campaign, dirigida a combatir la injusticia económica más de allá de límites raciales.

Para oir este importante discurso ir aquí.

 

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