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Archive for the ‘Guerra de Vietnam’ Category

 

V5La década de 1970 fue un periodo muy duro para el pueblo estadounidense. Divididos por una guerra lejana, los estadounidenses eligieron a un nuevo presidente, Richard M. Nixon, que prometió acabar con la participación de su país en la guerra de Vietnam y lo hizo, pero que también violó la ley y abusó de su poder, comprometiendo la imagen y la confianza del gobierno de los Estados Unidos. Tras miles de muertos y miles de millones de dólares invertidos, los últimos estadounidenses fueron expulsados de Vietnam en 1975. Esta derrota –la primera en la historia de Estados Unidos– sumió al país en un periodo de indecisión y duda. Para complicar las cosas, los gastos de la guerra, unidos al aumento en los costos de la energía, llevaron a la nación a una profunda crisis. Todo ello llevó a muchos a pensar que la decadencia del poderío y riqueza de los Estados Unidos era algo inevitable.

Nixon y Vietnam

            Al llegar a la Casa Blanca, Nixon buscó acabar la guerra ampliándola, es decir, aumentando su alcance y su intensidad para presionar a Vietnam del Norte. Pronto el Presidente entendió que eso no era lo que el pueblo estadounidense quería y cambió de estrategia, proponiéndoles a los norvietnamitas una retirada simultánea de tropas de Vietnam del Sur. Para convencer a Hanoi, Nixon ordenó el bombardeo secreto y clandestino de Camboya, un país  vecino y neutral por cuyo territorio los norvietnamitas enviaban y suministros y tropas a Vietnam del Sur.

Nixon también inició la llamada vietnamización de la guerra, es decir, el retiro gradual de tropas estadounidenses y el incremento de la participación de soldados survietnamitas en el conflicto. Esta nueva política no acalló las voces de los opositores de la guerra, que en 1969 llevaron a cabo manifestaciones masivas, como una marcha en Washington que reunió a medio millón de personas. Para complementar la ofensiva aérea en Camboya, Nixon ordenó la invasión –también secreta– de ese país. El Presidente quería destruir las rutas y bases de aprovisionamiento de los norvietnamitas, pero en el proceso lo que logró fue desestabilizar a Camboya, lo que permitirá que los Jemeres Rojos  (“Khmer Rouge”), una guerrilla maoísta, tomase el control  del gobierno camboyano. Bajo el liderado de un dictador despiadado llamado Pol Pot,  los Jemeres cometerán un terrible genocidio contra el pueblo camboyano.

En 1970, el periódico The New York Times hizo públicas las acciones encubiertas del gobierno estadounidense en Camboya, desatando una ola de indignación y rabia entre los opositores de la guerra. En varias universidades del país se llevaron a cabo huelgas y protestas. El 4 de mayo, la Guardia Nacional abrió fuego contra una muchedumbre de estudiantes en Kent State University (Cleveland), matando a cuatro personas.  El 14 de mayo dos estudiantes negros del Jackson State College en Misisipi murieron en un enfrentamiento con la policía y la Guardia Nacional. Ambos incidentes provocaron una serie de huelgas y cierres de universidades a lo largo de todo el país. Más de 450 universidades cerraron sus puertas y hubo problemas en cerca del 80% de los campus universitarios.  Curiosamente, una encuesta realizada para esta fecha reveló que a la mayoría de los estadounidenses les preocupaba más los disturbios en las universidades que la guerra en Indochina. Otra muestra del conservadurismo que imperaba en amplios sectores de la sociedad estadounidense.

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Kent State University , mayo 1970

A pesar de la apatía de la mayoría de los estadounidenses, la insatisfacción con la guerra siguió aumentando. La invasión de Camboya cayó muy mal entre algunos miembros de Congreso. En junio de 1970, el Senado votó a favor de repeler la Resolución del Golfo de Tonkín y de cortar los fondos de las operaciones militares en Camboya. Entre  los soldados también se manifestó el malestar contra la guerra, pues aumentó el número de deserciones.

Para complicarles las cosas a la administración Nixon, en 1971 salieron a las luz pública las atrocidades cometidas por un grupo de soldados dirigidos por el Teniente William L. Calley.  Aparentemente siguiendo órdenes de sus superiores, Calley  y los soldados bajo sus órdenes asesinaron, en marzo de 1968,  a 350 civiles vietnamitas en la villa de My Lai.  Gracias al trabajo investigativo del periodista Seymour Hersh, la historia de la masare de My Lai fue publicada por el New York Times en noviembre de 1969.  Calley fue acusado de asesinato y  sometido a una corte marcial en 1971, que le encontró culpable y le condenó a cadena perpetua. Considerado por unos como un héroe y por otros como un criminal de guerra, Calley sólo cumplió tres años de arresto domiciliario.

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Masacre de My Lai

Tras los incidentes de mayo de 1970, las protestas contra la guerra comenzaron a perder fuerza por varias razones. El movimiento sufrió divisiones internas que le debilitaron. Agencias federales como el FBI y la CIA infiltraron y desactivaron los grupos más radicales de la lucha contra la guerra. El programa de vietnamización redujo de forma dramática el número de soldados estadounidenses en Vietnam. De igual forma, Nixon prometió acabar con el reclutamiento forzoso para el 1973 y convertir así al ejército en una fuerza de voluntarios, lo que le quito un importante argumento a los opositores de la guerra, debilitando aún más al movimiento en las universidades.

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Protesta estudiantes de la Universidad de Columbia. Crédito: Patrick A. Burns/The New York Times

Mientras se protestaba en los Estados Unidos, el Secretario de Estado Henry Kissinger llevaba a cabo negociaciones con representantes de Vietnam del Norte. En 1972, estadounidenses y norvietnamitas firmaron un tratado que permitió la retirada de los Estados Unidos del conflicto vietnamita. Nixon había  cumplido su promesa de poner fin a la guerra de Vietnam. Sin embargo, la salida estadounidense no acabó con el conflicto entre Vietnam del Norte y del Sur. En 1975, Vietnam del Sur terminó siendo derrotado y con ello finalizaron más de treinta años de guerra en esa parte de la península indochina.

El legado de la guerra de Vietnam

            El conflicto vietnamita es, después de Afganistán, la guerra más larga en la historia de  los Estados Unidos. Entre 1961 y 1973, millones de estadounidenses pelearon en las selvas indochinas para frenar lo que sus líderes vieron como una agresión comunista. Unos 58,000 estadounidenses murieron y otros 300,000 resultaron heridos. Aún aquellos que regresaron sin heridas físicas sufrieron severos traumas psiquiátricos y psicológicos.

Para los veteranos de Vietnam no hubo paradas ni recibimientos de héroes, sino rechazo por haber participado en la guerra más impopular en la historia estadounidense. Víctimas del estrés postraumático, su reinserción social fue muy dura. Los veteranos enfrentaron problemas con las drogas y el alcohol, problemas familiares (divorcios) y problemas económicos (desempleo). Muchos de ellos recurrieron al suicidio como salida.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

Para los indochinos, la guerra fue una gran tragedia. Se calcula que 1.5 millones de vietnamitas murieron. La infraestructura física y económica de la región fue devastada por la guerra. Países vecinos como Laos y Camboya también sufrieron las terribles consecuencias del conflicto. El caso camboyano es particularmente trágico porque allí los Jemeres Rojos mataron, entre 1975 y 1979, a 2 millones de sus compatriotas en una campaña genocida. Además, la guerra produjo unos 10 millones de refugiados y una buena parte de ellos emigraron a los Estados Unidos.

V3La derrota en Vietnam afectó la visión que tenían los Estados Unidos de sí mismos, pues les obligó a reconocer los límites de su poder. El país entró en lo que ha sido denominado como el síndrome de Vietnam, es decir, una menor propensión hacia las intervenciones militares en segundos y terceros países. En 1973, fue aprobada la Ley de Poderes de Guerra, obligando al Presidente a informarle al Congreso cualquier uso de la fuerza en las primeras cuarenta y ocho horas de haber ocurrido. De no haber una declaración de guerra, las hostilidades sólo pueden durar sesenta días.

La guerra afectó duramente a la economía estadounidense. Con un costo total de $150 mil millones; el conflicto consumió importantes recursos económicos que pudieron haber sido usados para enfrentar los problemas domésticos de la nación. La gran víctima de la guerra fueron los programas sociales de la Gran Sociedad del Presidente Johnson, cuyos fondos fueron severamente afectados por los gastos militares asociados al conflicto. Además, la guerra aumentó el déficit del gobierno federal y la inflación.

A nivel político, la guerra acabó con el consenso liberal desarrollado en la posguerra. Millones de estadounidenses cuestionaron la política exterior de su país y los discursos a favor de la guerra fría. Una de las grandes víctimas de la guerra de Vietnam fue la confianza que tenían millones de estadounidenses en su gobierno.  Las mentiras, las manipulaciones y los escándalos asociados a la guerra produjeron la desconfianza entre millones de ellos.  El cinismo creció y el descrédito de los liberales fortaleció a los conservadores.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 7 de octubre de 2019

 

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La guerra de Vietnam  marcó la historia de los Estados Unidos. Por casi diez años los estadounidenses pelearon en las junglas vietnamitas contra lo que consideraban una muestra del peligro del expansionismo comunista liderado por la Unión Soviética. Esta guerra tuvo serias consecuencias para los Estados Unidos, pues dividió profundamente la sociedad estadounidense. La oposición a la guerra fue severa y provocó brotes de violencia, sobre todo, en las universidades.

38e06199610ac078f5e08b2e8ca7cdc2En la segunda mitad del siglo XIX, los franceses establecieron su control sobre una vasta zona al sur de China que denominaron Indochina Francesa. La actual república vietnamita formó parte de esa colonia hasta que en la década de 1940 los nacionalistas indochinos aprovecharon el vacío de poder generado por la guerra mundial para declarar su independencia. Una vez finalizada la guerra, los franceses pretendieron retomar el control de su antigua colonia asiática, provocando una sangrienta guerra.   Los vietnamitas lograron derrotar a los franceses en 1954, pero vieron cómo la guerra fría determinaba el futuro de su país. En una conferencia de paz celebrada en Ginebra en julio de 1954, se decidió dividir   a Vietnam en dos hasta la celebración de un referéndum en 1957 para que  los vietnamitas decidirían si se mantenía tal división. Al norte existía un gobierno socialista aliado de la Unión Soviética y al sur se organizó un gobierno anti-comunista aliado y apoyado por los Estados Unidos. El referéndum nunca fue celebrado y Vietnam se convirtió así en un escenario importante de la guerra fría. En el sur surgió el Frente de Liberación Nacional (FLN) o Vietcong, un movimiento político-militar apoyado por el norte que buscaba la reunificación. El inicio de una guerra civil fue cosa de tiempo. Tanto soviéticos como estadounidenses apoyaron a sus respectivos aliados con armas y dinero. Sin embargo, el compromiso estadounidense fue mucho más profundo que el de los soviéticos, pues miles de soldados estadounidenses fueron enviados a pelear a Vietnam.  Las autoridades estadounidenses –Republicanos y Demócratas por igual– decidieron convertir su apoyo a Vietnam de Sur en una muestra del compromiso y la voluntad de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Para ellos, el prestigio y la credibilidad de los Estados Unidos estaban a prueba en Vietnam y, por lo tanto, era inevitable que los estadounidenses aceptaran el reto. Además, estaban convencidos de su superioridad moral y militar, y no contemplaron la posibilidad de un derrota

JFK

Kennedy y Vietnam

John F. Kennedy dio gran a importancia al Sudeste Asiático, pues decidió enfrentar lo que él interpretaba como la expansión comunista en la región. De ahí que ordenara envíos masivos de armas y aumentara el número de soldados estadounidenses en la región. Unos 7,000 soldados estadounidenses estaban destacados en Vietnam al comienzo de su presidencia. Tres años más tarde, ese número había crecido a 60,000 soldados. ¿Por qué JFK aumentó el compromiso estadounidense en Vietnam? Por varias  razones. Primero, su deseo de mantener una postura fuerte ante la expansión comunista. JFK veía al comunismo internacional como una fuerza monolítica controlada por los soviéticos y los chinos, y fue incapaz de ver que lo que ocurría en Vietnam era una guerra civil, no una agresión internacional. Además, JFK era un ferviente creyente en la famosa teoría del dominó, es decir, la idea de que la victoria del comunismo en un país generaba un efecto multiplicador en los países vecinos. En otras palabras, JFK creía que si los Estados Unidos permitían una victoria comunista en Vietnam, sería inevitable que países vecinos como Tailandia, Camboya o Laos terminasen  también bajo el control comunista. Kennedy quería evitar ese escenario aun a costa de aumentar la intervención directa de los Estados Unidos en el conflicto vietnamita. Segundo, el temor al costo político de una derrota en Vietnam. JFK tenía  muy claro que sus acciones en Vietnam podían ser usadas por los republicanos para atacarle políticamente en los Estados Unidos y, por ende, no podía dar señales de debilidad o de fracaso.  Todo ello llevó a aumentar la presencia militar en el Sudeste Asiático.

Kennedy no sólo tenía que estar vigilante de la situación política reinante en los Estados Unidos, sino también  en su aliado Vietnam del Sur. El gobierno estadounidense apoyó la división de Vietnam y se convirtió en su principal aliado. Esa alianza resultó problemática ante la ausencia de un liderato survietnamita eficaz. En 1963, el gobierno de Vietnam del Sur estaba bajo el control de un carismático líder católico llamado Ngo Dihn Diem. El presidente vietnamita mantuvo una política represora, que desató una rebelión de los monjes budistas. Varios  monjes  se inmolaron quemándose vivos en protesta contra el gobierno de Diem. Las imágenes de monjes convertidos en antorchas humanas no cayó bien entre los funcionarios de la administración Kennedy. Ello unido al nepotismo, la corrupción y la  incapacidad del gobierno de  Diem para gobernar al país, llevaron a las autoridades estadounidenses a  promover su salida por medio de un golpe de estado. En noviembre de 1963, Diem fue capturado y asesinado por un grupo de militares survietnamitas, lo que dio paso a que Vietnam terminase controlado por varios gobiernos militares corruptos e incapaces de enfrentar al Vietcong. La inexistencia de un interlocutor político valido en Vietnam del Sur obligó a los estadounidenses a asumir el peso del conflicto.

Una de las grandes preguntas de la historia contemporánea de los Estados Unidos es qué hubiese hecho JFK en Vietnam de no haber sido asesinado en noviembre de 1963. Sus simpatizantes alegaban que Kennedy no habría empujado a los Estados Unidos al abismo en que se convirtió la guerra de Vietnam. Otros más escépticos creen que JFK habría mantenido su política anticomunista y que empujado por la teoría del dominó habría continuado la expansión del compromiso militar estadounidense en Vietnam. No hay una contestación definitiva a esta pregunta, pero algo es indiscutible, al ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, JFK  dejó a su sucesor con un serio problema en las manos

Johnson y la pesadilla vietnamita

end2Con la muerte de JFK la responsabilidad sobre qué hacer en Vietnam pasó a manos del Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ).  Aunque éste consideraba  a Vietnam un país poco importante, temía que una retirada estadounidense abriese las puertas a una intervención de los soviéticos o chinos. Johnson tampoco quería que los Estados Unidos parecieran una nación débil y/o vacilante. Además, el Presidente temía el costo político de una retirada de Vietnam, pues sabía que los republicanos  le atacarían acusándole de ceder ante la amenaza comunista. Empujado por sus temores domésticos e internacionales, LBJ optó por ampliar el compromiso estadounidense en Vietnam, llevándole a niveles impresionantes y peligrosos.

Johnson pretendía pelear una guerra contra el comunismo en Asia y poner en marcha la Gran Sociedad  en los Estados Unidos.  Este programa de reformas buscaba trasformar al país combatiendo la pobreza y  la injusticia racial. Creía que el poderío y la riqueza de los Estados Unidos le permitirían ganar en ambos frentes –el doméstico y el vietnamita– pero la historia demostró que estaba equivocado. La escalada de la intervención estadounidense en Vietnam llevada a cabo por la administración Johnson se convirtió en un hoyo negro que se tragó a la Gran Sociedad, y destruyó la carrera política de  Johnson.

La Resolución del golfo de Tonkín

En agosto de 1964 se desarrollaron unos confusos incidentes entre barcos de la Armada estadounidense y botes patrulla norvietnamitas en el Golfo de Tonkín. Alegadamente, unas lanchas norvietnamitas atacaron al Maddox y el Joy Turner, dos destructores de la Marina estadounidense. Aunque estos ataques no fueron del todo confirmados, fueron usados por el Presidente Johnson para conseguir una resolución legislativa autorizándole a “tomar todas la medidas necesarias” para proteger las fuerzas militares estadounidenses desplegadas en el Sudeste Asiático. Tal resolución fue aprobada en el Senado con 88 votos a favor y 2 en contra, mientras que en la Cámara de Representantes no hubo un solo voto en contra entre sus 406 miembros. Para LBJ, la Resolución del golfo de Tonkín se convirtió en una autorización legal, de duración indefinida, para intensificar y aumentar la participación estadounidense en la guerra de Vietnam.  En otras palabras, un cheque en blanco que le permitiría atacar a Vietnam del Norte y aumentar el número de soldados estadounidenses en el sur. Sin embargo, la resolución también se convirtió en un cuchillo de doble filo, pues al estar basada en un supuesto ataque norvietnamita que nunca fue confirmado del todo, los opositores de la guerra la usarán para acusar a LBJ de haberle mentido al Congreso.

En 1965, el Presidente ordenó el bombardeo de Vietnam del Norte por la Fuerza Aérea estadounidense. La idea de Johnson, era obligar a los norvietnamitas a negociar y cortar la ayuda que éstos brindaban al Vietcong.  De esta forma pensaba alcanzar la victoria Entre 1965 y 1968, los Estados Unidos dejaron caer unas 800 toneladas de bombas diarias sobre Vietnam del Norte, tres veces la cantidad lanzadas en la segunda guerra mundial. A la par, Johnson aumentó el número de soldados estadounidenses en Vietnam de 185,000 en 1965 a 385,000 en 1966. Sin embargo, los estadounidenses no pudieron quebrar la voluntad de lucha de los vietnamitas, quienes  sabían que los Estados Unidos no podrían pelear una guerra indefinida en el Sudeste Asiático. Además, contaban con el apoyo y la ayuda material de la China comunista y de la Unión Soviética. LBJ y sus asesores nunca entendieron que la guerra civil en Vietnam del Sur no era producto de una agresión comunista internacional, sino una manifestación del nacionalismo vietnamita. Ello les condenó al fracaso.

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La oposición a la guerra

La escalada de la guerra provocó la reacción de varios sectores de la sociedad estadounidense. Los primeros en reaccionar fueron los universitarios. En diversas  universidades del país se desarrollaron protestas contra la intervención estadounidense en Vietnam. Estudiantes y profesores desarrollaron debates y discusiones abiertas sobra la guerra, cuestionando la posición de LBJ. En 1966, las protestas contra la guerra en las universidades se desarrollaron a gran escala con la participación de miles de estudiantes. Intelectuales y religiosos se unieron a los estudiantes en la lucha contra la guerra. En 1967, varios personas prominentes se expresaron abiertamente en contra de la presencia militar de los Estados Unidos en el Sudeste Asiático.  Políticos demócratas como Robert Kennedy, William Fulbright y George McGovern, el escritor Benjamin Spock y el líder de los derechos civiles Martin Luther King criticaron la política belicista del Presidente Johnson.

Los críticos de la guerra resaltaron la injusticia social que escondía la guerra, pues eran los pobres y las minorías quienes cargaban con el peso del conflicto. El sistema de reclutamiento militar estadounidense favorecía a la clase alta y media porque eximía de ir a la guerra a quienes  estaban matriculados en alguna universidad. Dado que la mayoría de  los universitarios eran miembros de la clase media, estuvieron en una mejor posición para evitar ser reclutados y enviados a Vietnam. Por ello no debe ser una sorpresa que el 80% de los soldados enviados a Vietnam eran  pobres  o  hijos de familias trabajadoras.

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La cobertura televisiva de la guerra abonó al desarrollo de la oposición a ésta en los Estados Unidos. Noche tras  noche, los estadounidenses podían ver en la pantalla de sus televisores los efectos de la guerra: los bombardeos, el uso de napalm, los civiles muertos o mutilados, etc. Con horror, muchos estadounidenses vieron como las tropas de su país quemaban las villas y pueblos de los vietnamitas a quienes supuestamente estaban protegiendo del comunismo. Noche tras noche, los estadounidenses podían ver en las pantallas de su televisores los nombres de los estadounidenses muertos en Vietnam.

Es necesario aclarar que a pesar del desarrollo de un oposición activa, la mayoría de los estadounidenses continuaron apoyando o simplemente no adoptaron una posición con relación a la guerra de Vietnam.  Para finales de la década de 1960, la guerra había polarizado a los Estados Unidos  y lo peor estaba por venir.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 5 de octubre de 2019

 

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mlkHoy, 4 de abril de 2018, se conmemoran los cincuenta años del asesinato del Reverendo Martin Luther King, Jr. en Memphis, Tennessee. El Dr. King  se encontraba en Memphis apoyando la histórica huelga de los recogedores de basura, que en su mayoría eran afroamericanos. Su asesinato desató una ola de violencia urbana y apagó una de las voces más críticas de la sociedad estadounidense de la década de 1960.

Creo que la mejor forma de recordar al Dr. King en un día como hoy, es compartiendo su análisis de tres problemas fundamentales de su era y de total actualidad: el militarismo, el racismo y la pobreza. El 31 de agosto de 1967, el Dr. King pronunció uno de sus  más importantes discursos ante la National Conference on New Politics. Conocido como The Three Evils of Society Address, este discurso formó parte de su People´s Poor Campaign, dirigida a combatir la injusticia económica más de allá de límites raciales.

Para oir este importante discurso ir aquí.

 

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Vietnam: 40 años de una masacre

Por Luis Mazarrasa Mowinckel

EL PAÍS  04 de mayo de 2015
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Un tanque norvietnamita cruza delante del palacio presidencial en Saigón el 30 de abril de 1975. / Reuters

El 30 de abril de 1975 los telediarios mostraban la imagen en blanco y negro de un tanque con la bandera del Vietcong derribando la verja metálica del Palacio Presidencial de Saigón. La Guerra de Vietnam había terminado. Atrás quedaba un conflicto de altísima intensidad que había durado quince años, si se cuenta a partir del comienzo de la actividad guerrillera del Vietcong contra el Gobierno de Vietnam del Sur, en 1959, o incluso 34 si se considera como punto de partida los ataques de las guerrillas de Ho Chi Minh contra el colonialismo francés.

La Guerra de Vietnam, que tomaba por asalto a diario los noticieros de los años sesenta y setenta, fue el enfrentamiento bélico más fotografiado y filmado de la historia, el mayor filón que haya existido para un corresponsal de guerra y el que dejó también casi tantas bandas sonoras como los filmes sobre la II Guerra Mundial.

Esa cobertura exhaustiva del conflicto, sobre todo a partir de la total implicación del Ejército de EE UU a favor de Vietnam del Sur en 1964, fue precisamente un factor fundamental en su desarrollo, ya que incendió a la opinión pública mundial, incluida la norteamericana, que reclamó masivamente la retirada de esa potencia de la guerra en un país del Sureste asiático.

El origen de la contienda que terminó con la victoria de las tropas del Norte y la reunificación de Vietnam en 1975 se encuentra en la lucha del Viet Minh –el ejército guerrillero al mando del líder Ho Chi Minh- en los años cincuenta contra la potencia colonial que desde 1883 había integrado el país, junto con Laos y Camboya, en la Indochina Francesa.

Efectivamente, tras la derrota del invasor japonés al término de la II Guerra Mundial la actividad guerrillera y las ansias independentistas de los vietnamitas se recrudecieron. Así, con la rendición del ejército colonial en 1954 a los vietnamitas del general Giap, en lo que se calificó como el desastre de Dien Bien Phu, Francia se vio obligada a abandonar sus colonias en Indochina.

Los Acuerdos de Ginebra de ese mismo año establecieron una frontera temporal a lo largo del río Ben Hai, a la altura del Paralelo 17, que separó hasta las elecciones de 1956 el norte del país, con un Gobierno comunista que había liderado la victoria, de un Vietnam del Sur, capitalista y cuyos dirigentes se habían alineado con la Francia colonial.

Sin embargo, ante la previsible victoria de Ho Chi Minh –el líder del Norte apoyado por China- en las elecciones acordadas en Ginebra por todas las partes, el primer ministro del Sur, Ngo Dinh Diem, convocó un referéndum en su territorio que lo reafirmó en el cargo, suspendió los comicios y estableció como definitiva la frontera que dividía a la República Democrática de Vietnam del Norte –con capital en Hanoi- y a Vietnam del Sur, con un gobierno instalado en Saigón, también dictatorial, anticomunista y fuertemente ligado a los intereses de Estados Unidos, que desde la marcha de los franceses había inundado el sur de asesores militares.

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Cartel de propaganda en el Museo de Arte de Vietnam. / luis mazarrasa

La flagrante violación de los acuerdos de paz provocó el fin del alto el fuego y la reanudación, pues, de los ataques del Ejército del Norte en los alrededores del Paralelo 17 y de su guerrilla aliada del Vietcong en numerosos puntos del Sur donde se había infiltrado.

1964 marca el inicio de la implicación total de EE UU en el conflicto. El presidente Lyndon B. Johnson, que ha sucedido al asesinado John F. Kennedy, aprovecha el incidente del Golfo de Tonkín, en agosto de ese año –cuando dos buques norteamericanos fueron supuestamente atacados-, como pretexto para bombardear Vietnam del Norte y ordenar el desembarco masivo de marines en las playas de Danang. A finales de 1965 ya eran 184.000 los soldados estadounidenses en el territorio y dos años más tarde, medio millón.

Años después del fin de la contienda se reveló que, en realidad, el destructor Maddox sufrió un ataque al encontrarse en aguas jurisdiccionales norvietnamitas apoyando una operación de tropas de Vietnam del Sur, mientras que el Turner Joy no sufrió agresión alguna. Además, también se demostró que Lyndon Johnson ya disponía de un borrador de la resolución del suceso con fecha anterior a que el incidente de Tonkín hubiera ocurrido.

Las razones que en un principio los presidentes Kennedy y Johnson declararon a la opinión pública norteamericana para justificar la implicación en una guerra: la agresión a un país aliado por los comunistas de Ho Chi Minh y la “evidente” amenaza de un contagio a todo el Sureste asiático en caso de la victoria del Norte, que podría inducir a Tailandia, Camboya, Laos y Corea del Sur a integrarse en el bloque socialista, fueron perdiendo fuerza a medida que las noticias mostraban la terrible devastación provocada por los bombardeos de los B-52 en ciudades y aldeas y los testimonios de numerosos veteranos licenciados del combate y de otros tantos objetores a filas que rechazaban “ir a masacrar a unos campesinos de un país tan lejano”, como declaró algún marine a la vuelta a casa.

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Dos niños corren por una carretera intentando escapar de un ataque con napalm, en Trang Bang, a 26 millas de Saigón, el 8 de junio de 1972. / Reuters

Mientras el conflicto se enconaba, EE UU bombardeaba incesantemente Hanoi y otras ciudades del Norte y el presidente de Vietnam del Sur era asesinado en un golpe de Estado apoyado por la propia Administración norteamericana, las fuerzas armadas de Ho Chi Minh protagonizaban espectaculares golpes de mano, como la Ofensiva del Tet en 1968, que marcó el punto de inflexión en la guerra. Las imágenes en directo de la mismísima embajada de EE UU en Saigón tomada durante unas horas por un grupo de guerrilleros, que actuaban en coordinación con otros que atacaron más de cien ciudades y pueblos protegidos por los marines, conmocionaron aún más a una sociedad que meses más tarde viviría las manifestaciones pacifistas del verano  del amor en 1968 en California y las más violentas del mayo francés.

A ello se sumó la revelación de masacres cometidas por los marines en distritos como My Lai, donde el 16 de marzo de 1968 tres pelotones asesinaron a cientos de campesinos, mujeres, ancianos y niños, y las imágenes de la destrucción causada por los bombardeos y la utilización masiva por parte de EE UU de armas químicas, como el napalm y otras.

En 1970, el descrédito del Gobierno norteamericano por la guerra de Vietnam alcanza su cenit a raíz del golpe de estado tramado por los servicios de inteligencia estadounidenses contra el rey de la vecina Camboya, Norodom Sihanouk. Los soldados norteamericanos cruzaron la frontera para respaldar al dictador Lon Nol como mandatario del país y la Administración de Richard Nixon, el nuevo presidente de EE UU, se vio inmersa en otra guerra hasta entonces llevada en secreto.

Para entonces Estados Unidos ya había perdido más de 40.000 soldados en la Guerra de Vietnam, algo inaceptable para su opinión pública. Por contra, los cinco millones de víctimas vietnamitas –entre combatientes y civiles- no suponían lastre alguno para el Gobierno de Lê Duân, sucesor del recién fallecido Ho Chi Minh. Nadie cuestionaba el precio que habría de pagarse por una guerra nacionalista de liberación.

El 27 de enero de 1973 Estados Unidos, los dos Vietnam y el Vietcong firmaron en París un alto el fuego, la retirada total de las tropas estadounidenses, la liberación de prisioneros y la creación de un Consejo Nacional de Reconciliación. Por primera vez en 115 años el país se veía libre de la presencia de militares extranjeros. EE UU sufría la primera derrota de su historia, que le había causado más de 58.000 militares muertos.

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Atentado del Vietcong en la embajada de Estados Unidos en Saigón. / Agencia Keystone

Pero los Acuerdos de París no trajeron la paz inmediata, con el Sur tremendamente debilitado por la marcha de EE UU y las deserciones masivas de sus tropas. Las hostilidades se reanudaron y en enero de 1975 el Ejército del Norte cruzaba el Paralelo 17 en dirección a Saigón, esta vez sin ceder el protagonismo a los guerrilleros Vietcong.

El general Nguyen Van Thieu, a la cabeza de la República de Vietnam del Sur desde 1967, vio como la promesa de ayuda económica de EE UU para la fase de transición después de los Acuerdos de París era rechazada por la nueva Administración de Gerald Ford, al frente de un país con las heridas del conflicto vietnamita en carne viva y la vergüenza de la dimisión de Richard Nixon una año antes, en 1974, por el caso Watergate.

Con las ciudades del centro del país: Hue, Danang, Nha Trang… cayendo en manos del Norte como fichas de dominó, Van Thieu se atrincheró con sus pocos leales en Saigón hasta el 21 de abril de 1975, cuando dimitió y huyó camino del exilio. Nueve días más tarde, el 30 de abril, Saigón –que las nuevas autoridades de un Vietnam reunificado cambiarían el nombre por Ciudad de Ho Chi Minh- caía en medio de la euforia nacionalista. Las imágenes de la apresurada huida del embajador norteamericano y del personal de la CIA a bordo de helicópteros, horas antes desde las azoteas de sus edificios hacia portaaviones anclados en el Mar del Sur de China, serían la última humillación mediática para EE UU, envuelto en un conflicto que, como declararía años más tarde Robert S. McNamara, el ideólogo de los bombardeos sobre Hanoi y uno de los cocineros del embuste del incidente de Tonkín, fue un tremendo error: “No fuimos conscientes que los vietnamitas no luchaban solo por imponer el comunismo, sino por un ideal nacionalista”.

Hoy, cuando Vietnam celebra los cuarenta años de paz casi por primera vez en su convulsa historia, el país pasa por un espectacular desarrollo económico en el que la pobreza extrema prácticamente se ha erradicado y llueven las inversiones nacionales y extranjeras, aunque sus campos de verdes arrozales todavía sufren las secuelas de los bombardeos y la guerra química. Y medio millón de niños, muchos de ellos nacidos cuatro décadas después, padece terribles deformidades como consecuencia de la irrigación de la jungla con el agente naranja, el defoliante utilizado por EE UU para destruir el ecosistema del país. Su componente principal, la dioxina, daña el ADN de las personas expuestas y se estima que puede transmitir sus efectos durante tres generaciones.

Con un modelo calcado de su gigante vecino chino, Vietnam es una dictadura de partido único en lo político y sin asomo de libertad de expresión ni disidencia y, al mismo tiempo, se halla inmerso en un capitalismo casi salvaje en lo económico.

Luis Mazarrasa Mowinckel es autor de Viajero al curry (Ed. Amargord) y de la Guía Azul de Vietnam y de numerosos reportajes sobre este país.

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ast Days in Vietnam Civilians evacuating ahead of Communist troops about to enter Saigon in this documentary opening Friday. Credit Juan Valdez/American Experience Films, WGBH

Last Days in Vietnam Civilians evacuating ahead of Communist troops about to enter Saigon in this documentary opening Friday. Credit Juan Valdez/American Experience Films, WGBH

 

Witnesses to the Collapse
‘Last Days in Vietnam’ Looks at Fall of Saigon
By A. O. SCOTT    

The New York Times  September 4, 2014
Perhaps the most striking thing about “Last Days in Vietnam,” Rory Kennedy’s eye-opening documentary about the 1975 evacuation of the American Embassy in Saigon, is how calmly it surveys what was once among the angriest topics in American political life. The story is full of emotion and danger, heroism and treachery, but it is told in a mood of rueful retrospect rather than simmering partisan rage. Ms. Kennedy, whose uncle John F. Kennedy expanded American involvement in Vietnam and whose father, Robert F. Kennedy, became one of the ensuing war’s most passionate critics, explores its final episode with an open mind and lively curiosity. There are old clips that have never been widely seen and pieces of information that may surprise many viewers.
Pictures, moving and still, have always been part of the American collective memory of Vietnam. The fall of Saigon conjures up the image of a helicopter on a rooftop as desperate people try to climb aboard. One thing I learned from “Last Days in Vietnam” is that it was not the roof of the embassy, as is sometimes assumed, but of the building where the C.I.A. station chief lived, in another part of the city. What happened at the embassy — and in the waters off the coast of Saigon — was desperate and dramatic and much more complicated.

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The Paris Peace Accords of 1973 had provisionally maintained the partition of Vietnam into North and South. As soon as the American forces were gone, the Communist North began to unify the country by force, sweeping quickly through Da Nang and other Southern cities and closing in on Saigon by April of 1975. For tangled reasons that Ms. Kennedy and her interview sources manage to clarify impressively, plans for evacuation were delayed until the 11th hour. Thousands of Vietnamese who had loyally served the American cause and the South Vietnamese government were in imminent danger, and “Last Days in Vietnam” is largely a chronicle of efforts to get them and their families out.

 

 Evacuees board a helicopter. Credit Bettmann, Corbis/American Experience Films

Evacuees board a helicopter. Credit Bettmann, Corbis/American Experience Films

The narrators are an assortment of American and Vietnamese men who witnessed the events firsthand, and whose accounts are deftly woven into a conciseand gripping film. Some are well known, like Henry A. Kissinger, the secretary of state and national security adviser at the time, and Richard L. Armitage, who went on to serve in the State Department in the administration of George W. Bush. At the time, he was a naval officer, and he remains a natural-born storyteller with a gruff sense of humor and a vivid sense of detail. Hour-by-hour accounts of the airlifts that brought thousands of people from the embassy to American ships are provided by embassy guards, journalists and military personnel. We hear from residents of Saigon who made it out, and also from some who didn’t.
The central figure in the drama is the American ambassador, Graham Martin, who died in 1990 and could not be interviewed for “Last Days in Vietnam.” That is unfortunate, but the portrait that emerges from archival news footage and the memories of others is fascinating in its ambiguity. As the North Vietnamese armies routed the Southern forces, he refused to plan an exit strategy, believing in the face of overwhelming evidence that South Vietnam would survive.

 The crew members aboard the U.S.S. Kirk signal an arriving helicopter to send its passengers out, on April 29, 1975. Credit Hugh Doyle/American Experience Films

The crew members aboard the U.S.S. Kirk signal an arriving helicopter to send its passengers out, on April 29, 1975. Credit Hugh Doyle/American Experience Films

This almost delusional stubbornness — which Ms. Kennedy’s interviewees still marvel at 40 years later — revealed another side as the Communist capture of Saigon (now Ho Chi Minh City) drew near. Defying prudent advice and at some risk to his own safety, Ambassador Martin delayed his own departure from the embassy for as long as he could, so that as many Vietnamese as possible could escape.
Not that this is a story with a happy ending. What followed was brutality and repression on the part of the victors, and a refugee crisis among their victims. Now that so much time has passed, and relations between the United States and Vietnam have normalized, it might have been good to hear a voice or two from the other side, to learn what was going through the minds of the soldiers entering Saigon as the Americans left. But this omission does not diminish what Ms. Kennedy has accomplished, which is fairly and compassionately to reconstruct a messy episode in history.

 

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50 Years Ago Congress Gave the President a Blank Check for War 

by Leonard Steinhorn

HNN August 3, 2014

 

Walt Rostow showing LBJ a map of Khe Sanh in 1968

 

Fifty years ago, on August 10, 1964, President Lyndon Johnson signed what is known as the Gulf of Tonkin Resolution. It is a day that should live in infamy.

On that day, the President gave himself the power “to take all necessary steps, including the use of armed forces,” to fight the spread of communism in Southeast Asia and assist our ally in South Vietnam “in defense of its freedom.”

Or as former Secretary of Defense Robert McNamara put it decades later, it gave “complete authority to the president to take the nation to war.”

History has shown that the resolution was built on a foundation of misinformation, fabrication, and willful evasion of the truth. Contrary to what the President claimed, there was no unprovoked “act of aggression” against the American  destroyers that were patrolling the Tonkin Gulf, and a second alleged incident never even took place.

But the Johnson administration was looking for a pretext to escalate the war. “We don’t know what happened,” National Security Adviser Walter W. Rostow told the president after Congress passed the resolution, “but it had the desired result.”

The Gulf of Tonkin Resolution may have had the desired result, but the war it unleashed didn’t.

By the time Lyndon Johnson left office more than four years later, we had amassed over half a million troops in Vietnam, lost nearly 37,000 soldiers, dropped more bomb tonnage than we had in all of World War II, released chemical weapons – Napalm and Agent Orange – throughout Southeast Asia, and burned thousands of South Vietnamese homes and villages to the ground.

Yet it was increasingly clear by then that we could not win the war.

Rather than stopping any dominoes from falling in Southeast Asia, the Gulf of Tonkin Resolution set in motion a series of dominoes in our own country  that would profoundly alter our politics, economy, and culture for years to come.

Perhaps the most significant decision President Johnson made beyond using his newly authorized power to escalate the war was to hide the cost of the war and resist any tax increase to pay for it. Johnson feared that any congressional debate over funding the war would come at the expense of his Great Society program.

He wanted both guns and butter, but he worried that Congress would choose guns over butter. So once again he resorted to obfuscation and deception to get his way.

What resulted was a cascading series of economic  consequences that would transform our nation and undermine the Great Society he so dearly wanted to protect.

To pay for the war without gutting his robust domestic agenda, Johnson resorted to deficit spending which fueled an already overheating economy that was now being asked to divert its productivity away from consumer goods and toward the war effort.

Consumer demand began to outstrip supply, and that let the inflation genie out of the bottle. Less than five years after the Gulf of Tonkin Resolution passed, inflation more than quadrupled.

Johnson couldn’t hide the rising cost of the war for long, and by 1968 he asked for a 10 percent tax surcharge on all but the poorest Americans. But it came at a cost: Congress demanded, and he had to accept, a 10 percent reduction in domestic discretionary spending. Barely three years after birthing the Great Society, he began to starve it to pay for the war. It never fully recovered.

To middle and working class Americans, the backbone of the New Deal coalition, the war’s economic impact was taking a toll. Though inflation meant pay raises once a year, prices for food and consumer goods were rising every month which then ate away at any increase in their wages.

Their standard of living began to stagnate. Nor were taxes indexed to inflation in those years, so every pay increase risked pushing them into a higher tax bracket, which took even more money from their pockets in addition to the tax surcharge they would have to pay.

These were largely Democratic voters who generally supported the president and the war – many had their own boys fighting in Vietnam – so if they were looking for blame they weren’t about to point the finger at a deceptive and misguided war policy.

Instead, they saw higher taxes, higher domestic spending, and lots of fanfare for a Great Society that didn’t seem to include them. They also saw domestic unrest and urban riots.

To them, they were hard-working Americans who played by the rules yet were now forced to tread water just to keep from falling behind while government seemed to be giving everything away to the poor. That domestic programs themselves were getting squeezed by the war was a detail that got lost in the heat of the moment.

Couple these growing resentments with the fact that it was their boys, not the children of the well-educated, who were being sent off to war. From their perspective, the liberal elites were taxing them to coddle the poor, yet when it came to defending our nation these same liberal elites sheltered their sons in colleges and universities.

Those seeking to understand the rise of Reagan Democrats and white working class Republican populists – and the corresponding demise of the New Deal majority – need look no further. The cultural and political divide that began in the Sixties was a direct result of the deceit that brought us the Vietnam War.

And what was then a still fragile liberal consensus that government could mitigate the hardships of poverty – a consensus that enabled passage of the Great Society legislation – began to erode.

That an administration could dissemble us into war would lead to another cultural and political repercussion of Vietnam: our growing and seemingly permanent distrust of government.

Trust in government peaked at 76 percent in 1964, not coincidentally the same year as the Gulf of Tonkin Resolution, and declined precipitously in the years thereafter, reaching what was then a low of 25 percent in 1980, according to the University of Michigan’s National Election Studies.

Not all of this decline is due to Vietnam, but a war built on the original sin of deception, fiction, and illusion deserves a good deal of the blame.

Almost daily, Americans were treated to an official  version of the war that had us winning. The  Johnson administration trumpeted body counts and bombing raids and assured us, in the famous words of General William Westmoreland, that there was “light at the end of the tunnel.”

But there was no light. The dark reality we saw every night on television contradicted what our leaders were telling us. We saw bloodied soldiers, troops burning villages, body bags, fear and despair and little of the triumphalism that was emanating from the Pentagon.

When the Vietcong launched their Tet Offensive in  January 1968, striking at the U.S. Embassy and other key sites in the heart of Saigon, Americans had a hard time reconciling the official version with what they were witnessing.

Thus was born the credibility gap between the American government and its citizens.

And nowhere did it grow wider than among journalists, who were greeted with untruths during the daily military briefings in Vietnam – known as the Five O’clock Follies – and saw through such euphemisms as “pacification,” which in truth meant torching Vietnamese huts and shooting those who resisted, and “collateral damage,” which in reality meant civilian deaths.

Reflexive skepticism of government remains a defining characteristic of contemporary journalism.

Watergate, which calcified the credibility gap, also grew out of Vietnam when President Richard Nixon authorized his secretive White House Plumbers to retaliate against Daniel Ellsberg, whose leak of the Pentagon Papers laid bare the duplicity behind the Gulf of Tonkin Resolution and the U.S. prosecution of the war.

Years later Senator Wayne Morse of Oregon, one of two who voted against the Gulf of Tonkin Resolution, told Ellsberg that if members of Congress had seen the evidence from the Pentagon Papers in 1964, “the Tonkin Gulf Resolution would never have gotten out of committee, and if it had been brought to the floor, it would have been voted down.”

What Lyndon Johnson saw as a ploy to grant him war powers ended up harming so many and transforming our nation in ways the President surely never intended. It would end up engulfing the liberalism he so loved. The Gulf of Tonkin Resolution and the hubris behind it were the linchpins of Johnson’s Shakespearean Vietnam tragedy – and ours as well.

Leonard Steinhorn is a professor of communication and affiliate professor of history at American University, where he teaches politics, strategic communication, and courses on the presidency and recent American history. He is the author of the much discussed book on baby boomers, The Greater Generation: In Defense of the Baby Boom Legacy, and co-author of the critically acclaimed By the Color of Our Skin: The Illusion of Integration and The Reality of Race.

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No End of a lesson- Unlearned

William R. Polk

HNN June 15, 2014

America appears once again to be on the brink of a war. This time the war is likely to be in Syria and/or in Iraq. If we jump into one or both of these wars, they will join, by my count since our independence, about 200 significant military operations (not all of which were legally “wars”) as well as countless “proactive” interventions, regime-change undertakings, covert action schemes and search-and-destroy missions. In addition the United States has provided weapons, training and funding for a variety of non-American military and quasi-military forces throughout the world. Within recent months we have added five new African countries. History and contemporary events show that we Americans are a warring people.

So we should ask: what have we learned about ourselves, our adversaries and the process in which we have engaged?

The short answer appears to be “very little.”

As both a historian and a former policy planner for the American government, I will very briefly here (as I have mentioned in a previous essay, I am in the final stages of a book to be called A Warring People, on these issues), illustrate what I mean by “very little.”

I begin with us, the American people. There is overwhelming historical evidence that war is popular with us. Politicians from our earliest days as a republic, indeed even before when we were British colonies, could nearly always count on gaining popularity by demonstrating our valor. Few successful politicians were pacifists.

Even supposed pacifists found reasons to engage in the use of force. Take the man most often cited as a peacemaker or at least a peaceseeker, Woodrow Wilson. He promised to “keep us out of war,” by which he meant keeping us out of big, expensive European war. Before becoming president, however, he approved the American conquest of Cuba and the Philippines and described himself as an imperialist; then, as president, he occupied Haiti, sent the Marines into the Dominican Republic and ordered the Cavalry into Mexico. In 1918, he also put American troops into Russia. Not only sending soldiers: his administration carried out naval blockades, economic sanctions, covert operations — one of which, allegedly, involved an assassination attempt on a foreign leader — and furnished large-scale arms supplies to insurgents in on-going wars.

The purpose, and explanation, of our wars varied. I think most of us would agree that our Revolution, the First World War and the Second World War were completely justified. Probably Korea was also. The United States had no choice on the Civil war or, perhaps, on the War of 1812. Many, particularly those against the Native Americans would today be classified as war crimes. It is the middle range that seem to me to be the most important to understand. I see them like this.

Some military ventures were really misadventures in the sense that they were based on misunderstandings or deliberate misinformation. I think that most students of history would put the Spanish-American, Vietnamese, Iraqi and a few other conflicts in this category. Our government lied to us — the Spaniards did not blow up the Maine; the Gulf of Tonkin was not a dastardly attack on our innocent ships and Iraq was not about to attack us with a nuclear weapon, which it did not have.

But we citizens listened uncritically. We did not demand the facts. It is hard to avoid the charge that we were either complicit, lazy or ignorant. We did not hold our government to account.

Several war and other forms of intervention were for supposed local or regional requirements of the Cold War. We knowingly told one another that the “domino theory” was reality: so a hint of Communist subversion or even criticism of us sent us racing off to protect almost any form of political association that pretended to be on our side. And we believed or feared that even countries that had little or no connections with one another would topple at the touch — or even before their neighbors appeared to be in trouble. Therefore, regardless of their domestic political style, monarchy, dictatorship. democracy., it mattered not, they had to be protected. Our protection often included threats of invasion, actual intervention, paramilitary operations, subversion and/or bribery, justified by our proclaimed intent to keep them free. Or at least free from Soviet control. Included among them were Guatemala, Nicaragua, Brazil, Chile, Italy, Greece, Syria, Lebanon, Iran, Indonesia, Vietnam and various African countries.

Some interventions were for acquisition of their resources or protection of our economic assets. Guatemala, Chile, Iraq, Iran and Indonesia come to mind.

Few, if any, were to establish the basis of peace or even to bring about ceasefires. Those tasks we usually left to the United Nations or regional associations.

The costs have been high. Just counting recent interventions, they have cost us well over a hundred thousand casualties and some multiple of that in wounded; they have cost “the others” — both our enemies and our friends — large multiples of those numbers. The monetary cost is perhaps beyond counting both to them and to us. Figures range upward from $10 trillion.

The rate of success of these aspects of our foreign policy, even in the Nineteenth century, was low. Failure to accomplish the desired or professed outcome is shown by the fact that within a few years of the American intervention, the condition that had led to the intervention recurred. The rate of failure has dramatically increased in recent years. This is because we are operating in a world that is increasingly politically sensitive. Today even poor, weak, uneducated and corrupt nations become focused by the actions of foreigners. Whereas before, a few members of the native elite made the decisions, today we face “fronts.” parties, tribes and independent opinion leaders. So the “window of opportunity” for foreign intervention, once at least occasionally partly open, is now often shut.

Delta Force of Task Force 20 alongside troops of 3rd Battalion, 327th Infantry Regiment, at Uday Hussain and Qusay Hussein’s hideout (Wikipedia)

I will briefly focus on five aspects of this transformation:

First, nationalism has been and remains the predominant way of political thought of most of the world’s people. Its power has long been strong (even when we called it by other names) but it began to be amplified and focused by Communism in the late Nineteenth century. Today, nationalism in Africa, much of Asia and parts of Europe is increasingly magnified by the rebirth of Islam in the salafiyah movement.

Attempts to crush these nationalist-ideological-religious-cultural movements militarily have generally failed. Even when, or indeed especially when, foreigners arrive on the scene, natives put aside their mutual hostilities to unite against them. We saw this particularly vividly and painfully in Somalia. The Russians saw it in Çeçnaya and the Chinese, among the Uyghur peoples of Xinjiang (former Chinese Turkistan).

Second, outside intervention has usually weakened moderate or conservative forces or tendencies within each movement. Those espousing the most extreme positions are less likely to be suborned or defeated than the moderates. Thus particularly in a protracted hostilities, are more likely to take charge than their rivals. We have seen this tendency in each of the guerrilla wars in which we got involved; for the situation today, look at the insurgent movements in Syria and Iraq. (For my analysis of the philosophy and strategy of the Muslim extremists, see my essay “Sayyid Qutub’s Fundamentalism and Abu Bakr Naji’s Jihadism” on my website.)

What is true of the movements is even more evident in the effects on civic institutions and practices within an embattled society. In times of acute national danger, the “center” does not hold. Centrists get caught between the insurgents and the regimes. Insurgents have to destroy their relationship to society and government if they are to “win.” Thus, in Vietnam for example, doctors and teachers, who interfaced between government and the general population were prime targets for the Vietminh in the 1950s.

And, as the leaders of governments against whom the insurgents are fighting become more desperate, they suppress those of their perceived rivals or critics they can reach. By default, these people are civilians who are active in the political parties, the media and the judiciary . And, as their hold on power erodes and “victory” becomes less likely, regimes also seek to create for themselves safe havens by stealing money and sending it abroad. Thus, the institutions of government are weakened and the range of enemies widens. We have witnessed these two aspects of “corruption” — both political and economic — in a number of countries. Recent examples are Vietnam and Afghanistan.

In Vietnam at least by 1962 the senior members of the regime had essentially given up the fight. Even then they were preparing to bolt the country. And the army commanders were focused on earning money that they sold the bullets and guns we gave them to the Vietminh. In Afghanistan, the regime’s involvement in the drug trade, its draining of the national treasury into foreign private bank accounts (as even Mr. Karzai admitted) and in “pickpocketing” hundreds of millions of dollars from aid projects is well documented.  (See the monthly reports of the American Special Inspector General for Afghan Reconstruction.)

Third, our institutional memory of programs, events and trends is shallow. I suggest that it usually is no longer than a decade. Thus, we repeat policies even when the record clearly shows that they did not work when previously tried. And we address each challenge as though it is unprecedented. We forget the American folk saying that when you find yourself in a hole, the best course of action is to stop digging. it isn’t only that our government (and the thousands of “experts,” tacticians and strategists it hires) do not “remember” but also that they have at hand only one convenient tool — the shovel. What did we learn from Vietnam? Get a bigger, sharper shovel.

Fourth, despite or perhaps in part because of our immigrant origins, we are a profoundly insular people. Few of us have much appreciation of non-American cultures and even less fellow feeling for them. Within a generation or so, few immigrants can even speak the language of their grand parents. Many of us are ashamed of our ethnic origins.

Thus, for example, at the end of the Second World War, despite many of us being of German or Italian or Japanese cultural background, we were markedly deficient in people who could help implement our policies in those countries. We literally threw away the language and culture of grandparents. A few years later, when I began to study Arabic, there were said to be only five Americans not of Arab origin who knew the language. Beyond language, grasp of the broader range of culture petered off to near zero. Today, after the expenditure of significant government subsidies to universities (in the National Defense Education Act) to teach “strategic” languages, the situation should be better. But, while we now know much more, I doubt that we understand other peoples much better.

If this is true of language, it is more true of more complex aspects of cultural heritage. Take Somalia as an example. Somalia was not, as the media put it, a “failed state”; it was and is a “non-state.” That is, the Somalis do not base their effective identify as members of a nation state. Like almost everyone in the world did before recent centuries, they thought of themselves as members of clans, tribes, ethnic or religious assemblies or territories. It is we, not they, who have redefined political identity. We forget that the nation-state is a concept that was born in Europe only a few centuries ago and became accepted only late in the Nineteenth century in Germany and Italy. For the Somalis, it is still an alien construct. So, not surprisingly, our attempt to force them or entice them to shape up and act within our definition of statehood has not worked. And Somalia is not alone. And not only in Africa. Former Yugoslavia is a prime example: to be ‘balkanized’ has entered our language. And, if we peek under the flags of Indonesia, Burma, Pakistan, Afghanistan, Iraq, the Congo, Mali, the Sudan and other nation-states we find powerful forces of separate ethnic nationalisms.

The effects of relations among many of the peoples of Asia and Africa and some of the Latin Americans have created new political and social configurations and imbalances within and among them. With European and American help the governments with which we deal have acquired more effective tools of repression. They can usually defeat the challenges of traditional groups. But, not always. Where they do not acquire legitimacy in the eyes of significant groups — “nations” — states risk debilitating, long-term struggles. These struggles are, in part, the result of the long years of imperial rule and colonial settlement. Since Roman times, foreign rulers have sought to cut expenses by governing through local proxies. Thus, the British turned over to the Copts the unpopular task of colleting Egyptian taxes and to the Assyrians the assignment of controlling the Iraqi Sunnis. The echo of these years is what we observe in much of the “Third World” today. Ethnic, religious and economic jealousies abound and the wounds of imperialism and colonialism have rarely completely healed. We may not be sensitive to them, but to natives they may remain painful. Americans may be the “new boys on the block,” but these memories have often been transferred to us.

Finally, fifth, as the preeminent nation-state America has a vast reach. There is practically no area of the world in which we do not have one sort of interest or another. We have over a thousand military bases in more than a hundred countries; we trade, buy and sell, manufacture or give away goods and money all over Latin America, Africa, Asia and Europe. We train, equip and subsidize dozens of armies and even more paramilitary or “Special” forces. This diversity is, obviously, a source of strength and richness, but, less obviously, it generates conflicts between what we wish to accomplish in one country and what we think we need to accomplish in another. At the very least, handling or balancing our diverse aims within acceptable means and at a reasonable cost is a challenge.

It is a challenge that we seem less and less able to meet.

Take Iraq as an example. As a corollary of our hostility to Saddam Husain, we essentially turned Iraq over to his enemies, the Iraqi Shia Muslim. (I deal with this in my Understanding Iraq, New York: HarperCollins, 2005, 171 ff.) There was some justification for this policy. The Shia community has long been Iraq’s majority and because they were Saddam’s enemies, some “experts” naively thought they would become our friends. But immediately two negative aspects of our policy became evident: non-specialists: first, the Shiis took vengeance on the Sunni Muslim community and so threw the country into a vicious civil war. What we called pacification amounted to ethnic cleansing. And, second, the Shia Iraqi leaders (the marjiaah) made common cause with coreligionist Iranians with whom we were nearly at war all during the second Bush administration. Had war with Iran eventuated, our troops in Iraq would have been more hostages than occupiers. At several points, we had the opportunity to form a more coherent, moral and safer policy. I don’t see evidence that our government or our occupation civil and military authorities even grasped the problem; certainly they did not find ways to work toward a solution. Whatever else may be said about it, our policy was dysfunctional.

I deserve to be challenged on this statement: I am measuring (with perhaps now somewhat weakened hindsight) recent failures against what we tried to do in the Policy Planning Council in the early 1960s. If our objective is, as we identify it, to make the world at least safe, even if not safe for democracy, we are much worse off today than we were then. We policy planners surely then made many significant mistakes (and were often not heeded), but I would argue that we worked within a more coherent framework than our government does today. Increasingly, it seems to me that we are in a mode of leaping from one crisis to the next without having understood the first or anticipating the second. I see no strategic concept; only tactical jumps and jabs.

So what to do?

At the time of the writing of the American Constitution, one of our Founding Fathers, Gouverneur Morris, remarked that part of the task he and others of the authors put it, was “to save the people from their most dangerous enemy, themselves.” Translated to our times, this is to guard against our being “gun slingers.” All the delegates were frightened by militarism and sought to do the absolute minimum required to protect the country from attack. They refused the government permission to engage in armed actions against foreigners except in defense. I believe they would have been horrified, if they could have conceived it, by the national security state we have become. They certainly did not look to the military to solve problems of policy. They would have agreed, I feel sure, that very few of the problem we face in the world today could be solved by military means So, even when we decide to employ military means, we need to consider not only the immediate but the long-term effects of our actions. We have, at least, the experience and the intellectual tools to do so. So why have we not?

We have been frequently misled by the success of our postwar policies toward both Germany and Japan. We successfully helped those two countries to embark upon a new era. And, during the employment of the Truman Doctrine in Greece, the civil war there ended. There were special reasons for all three being exceptions. Perhaps consequent to those successes, when we decided to destroy the regimes of Saddam Husain and Muammar Qaddafi, we gave little thought of what would follow. We more or less just assumed that things would get better. They did not. The societies imploded. Had we similarly gone into Iran, the results would have been a moral, legal and economic disaster. Now we know — or should know — that unless the risk is justified, as our Constitution demands it be by an imminent armed attack on the United States, we should not make proactive war on foreign nations. We have sworn not to do so in the treaty by which we joined the United Nations. In short, we need to be law abiding, and we should look before we leap.

Our ability to do any of these things will depend on several decisions.

The first is to be realistic: there is no switch we can flip to change our capacities. To look for quick and easy solutions is part of the problem, not part of the solution.

The second is a matter of will and the costs and penalties that attach to it. We would be more careful in foreign adventures if we had to pay for them in both blood and treasure as they occurred. That is, “in real time.” We now avoid this by borrowing money abroad and by inducing or bribing vulnerable members of our society and foreigners to fight for us.. All our young men and women should know that they will be obliged to serve if we get into war, and we should not be able to defer to future generations the costs of our ventures. We should agree to pay for them through immediate taxes rather than foreign loans.

The third is to demand accountability. Our government should be legally obligated to tell us the truth. If it does not, the responsible officials should be prosecuted in our courts and, if they violate our treaties or international law, they should have to come before the World Court of Justice. We now let them off scot-free. The only “culprits” are those who carry out their orders.

Fourth, in the longer term, the only answer to the desire for better policy is better public education. For a democracy to function, its citizens must be engaged. They cannot be usefully engaged if they are not informed. Yet few Americans know even our own laws on our role in world affairs. Probably even fewer know the history of our actions abroad — that is, what we have done in the past with what results and at what cost.

And as a people we are woefully ignorant about other peoples and countries. Polls indicate that few Americans even know the locations of other nations. The saying that God created war to teach Americans geography is sacrilegious. If this was God’s purpose, He failed. And beyond geography, concerning other people’s politics, cultures and traditions, there is a nearly blank page. Isn’t it time we picked up the attempt made by such men as Sumner Wells (with his An Intelligent American’s Guide to the Peace and his American Foreign Policy Library), Robert Hutchins, James Conant and others (with the General Education programs in colleges and universities) and various other failed efforts to make us a part of humanity?

On the surface, at least, resurrecting these programs is just a matter of (a small amount of) money. But results won’t come overnight. Our education system is stogy, our teachers are poorly trained and poorly paid, and we, the consumers, are distracted by quicker, easier gratifications than learning about world affairs. I had hoped that we would learn from the “real schools” of Vietnam and other failures, but we did not. The snippets of information which pass over our heads each day do not and cannot make a coherent pattern. Absent a matrix into which to place “news,” it is meaningless. I have suggested in a previous essay that we are in a situation like a computer without a program. We get the noise, but without a means to “read” it, it is just gibberish.

Our biggest challenge therefore comes down to us: unless or until we find a better system of teaching, of becoming aware that we need to learn and a desire to acquire the tools of citizenship, we cannot hope to move toward a safer, more enriching future.

This is a long-term task.

We had better get started.

William R. Polk was a professor of history at the University of Chicago. During the Kennedy and part of the Johnson administrations, he was the member of the Policy Planning Council responsible for North Africa, the Middle East and Central Asia. Among his books are “Understanding Iraq, Violent Politics and Understanding Iran.” He is vice chairman of the W.P. Carey Foundation

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