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Archive for the ‘Guerra hispanoamericana’ Category

¿Por qué mirar una vez más el 1898?

Mario Cancel Sepúlveda

80 grados   24 de octubre de 2014
americanizacionescuela¿Por qué volver a mirar hacia el 1898? Después de 116 años de relaciones económico-políticas, intercambio cultural intenso y tras una conmemoración crítica de un centenario, la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos debería estar bien digerida. La impresión que produce una mirada a ese largo periodo de tiempo es que Estados Unidos llegó para quedarse y que habrá que esperar, yo no lo veré, otro imperio invasor en el futuro para que Puerto Rico deje de ser americano. Me imagino que recordar el 1898 en un incierto año 2414, será lo mismo que pensar en el 1493: el hecho se reducirá al desembarco de un puñado de gente y una confrontación con una población de nativos agrestes. Es probable que la invasión de 1898 se reduzca a una nota al calce o un relato folclórico como ha sucedido con el 1595 o el 1797. Muy pocos le reconocerán relevancia a un asunto consumado y distante.Mirar hacia el 1898 fue casi un “deber moral” durante el siglo 20. La posibilidad de un centenario era atemorizante para algunos. La historiografía positivista crítica, la reflexión modernista y nacionalista, la ensayística de la década del 1930 y la reflexión académica de 1950, atravesaron ese Rubicón hace tiempo. La nueva historia social y la historiografía geopolítica de aliento caribeñista de las década de 1970 al 1990, ofrecieron unos contextos microscópicos y macroscópicos que habían sido pasado por alto por sus predecesores. La producción de la historiografía post-social, la que casualmente se denominó “novísima”, intentó con relativo éxito aproximaciones desde lugares inéditos como la cotidianidad y la discursividad, concentrando su indagación en las lógicas culturales de los invadidos y los invasores. Pero a fines de la década de 1990 y principios de este insípido siglo 21, el debate teórico y ¿generacional? resultó más atractivo que cualquier otra cosa. Los temas historiográficos se convirtieron en pretexto de discusiones teóricas. Y el asunto de “cómo se conoce el pasado” resultaba más relevante que “qué cosas se conocen del pasado”.Aquella anomalía propició una situación, desde mi punto de vista, extravagante y enriquecedora. Las tradiciones interpretativas modernistas y postmodernistas se vieron obligadas a coexistir. Hasta hace algunos años podía desayunar con un viejo intelectual de la “generación” del 1950, y tomar una carbonatada en un restaurante de comida rápida con un postmodernista.

En un curso general de historia de Puerto Rico en el Recinto Universitario de Mayagüez, luego de discutir con reserva las corrientes culturales que convergen en la noción de lo puertorriqueño (la problemática teoría de las “tres fuentes”) sugerí un asunto polémico. Pregunté si la presencia etnocultural anglosajona en Puerto Rico (antes y) después de 1898 debía ser considerada un componente (i)legítimo de la cultura puertorriqueña. Lo cierto es que lo sucedido alrededor del 1898 guarda, cierta correspondencia con lo que pasó después de1508. El 1898 fue un proceso de recolonización cultural y reconstrucción política. La anglosajonización y/o americanización, se constituyó en una promesa y un problema. Tanto en 1508 como en 1898, se desarrolló una relación asimétrica.

Una diferencia visible y vulgar entre el pos 1508 y el pos 1898, había sido la ausencia del mestizaje biológico masivo que caracterizó al primero: la separación racial, ineficaz en el siglo 16, funcionó en el siglo 20. A pesar del contraste entre el proceso de colonización y el de recolonización, hacia 1930 se aceptaba que la cultura anglosajona era un componente de relevancia del puertorriqueño común. Desde 1950 a esta parte, me parece innegable, la integración de modelos culturales estadounidenses ha avanzado sin cesar en el escenario del mercado y el consumo. La revolución de los medios masivos de comunicación y la revolución de la Internet, han servido para acelerar un proceso que no termina. La pregunta sobre el elemento anglosajón como una “cuarta fuente”, quedó, como era de esperarse, sin respuesta.

Mis lecturas de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses que produjeron materiales intelectuales sobre “our new possession” entre 1898 y 1926, tarea que elaboré con el Dr. José Anazagasty Rodríguez en dos volúmenes publicados en 2008 y 2011, me habían demostrado que la conciencia de la anglosajonidad en aquellos escritores era enorme. El imperialismo sajón y el 1898 eran la expresión del cumplimiento de un deber providencial. Aquel discurso de la anglosajonidad sirvió para articular una imagen despreciativa de la hispanidad que se dejaba “atrás” (en el pasado) con el propósito de legitimar una “ruptura” en nombre de la “modernización”. Convencer a los colonos de la validez de ese argumento no parecía complicado: los “nativos”, seres simples e ineducados, metáfora del “buen salvaje”, eran pura tabula rasa, naturalmente dóciles y fieles. A lo sumo, el puertorriqueño, identificado con el jíbaro y el indio, no era visto sino como la víctima de una hispanidad descuidada, inhumana y cruel, por lo que no podía señalarse como responsable de su pusilanimidad.

El problema de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses estaría en otra parte. Con las elites educadas locales la situación sería distinta. Los ideólogos separatistas anexionistas vinculados al 1898 en el estilo de Julio Henna y Roberto Todd, no tuvieron ningún problema en hacer suyo aquel discurso propenso a la anti-hispanidad del imperialismo benévolo. De igual manera, la imagen agresivamente antiespañola que dominaba los textos estadounidenses, convergía con la que poseían los ideólogos del separatismo independentista antes de 1898: Ramón E. Betances y Segundo Ruiz Belvis. Aquel conjunto de pensadores siempre han sido difíciles de convocar como modelos de hispanofilia, inclusive en el momento más feroz de aquella fiebre. La devaluación de la hispanidad también rindió un valioso servicio para las elites intelectuales liberales y autonomistas que, aunque esperaban mucho de España, miraban con asombro hacia Estados Unidos cuando se trataba de asuntos como la abolición, la economía y la educación. Salvador Brau Asencio y Francisco del valle Atiles son quizá el mejor modelo de ello.

Sin embargo, para quienes resintieron la invasión de 1898 y no llegaron a ver en la anglosajonidad un aliado en la ruta de la modernización, el desprecio anglosajón por la hispanidad acabó por transformarse en una injuria. La versión de la identidad nacional que aquellos sectores asumieron acabó en ver en la hispanidad, con sus virtudes y sus defectos, una condición sine qua non de la puertorriqueñidad. El nacionalismo político del momento de José De Diego (1914), José Coll y Cuchí (1923) y Pedro Albizu Campos (1930) representó un contrapunto interesante. Su análisis cultural y su revisión del pasado español a la luz de la modernización con la que se sueña, significó un contrapunto para la propuesta de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses.

Ante aquella glosa de la modernización que miraba con reticencia hacia el pasado, elaboraron otro relato de la modernización que miraba con reverencia hacia el pasado. Un elemento en común en ambos proyectos utópicos es que ninguno quería regresar al pasado. El progresismo y el liberalismo de ambas es evidente: lo que difiere es la función que se le adjudica a la hispanidad en el futuro imaginado.

Ambas utopías se apoyaban, debo reconocerlo, en una versión parcial y nebulosa del periodo ante bellum 1898. Frederick A. Ober (1899) y R. A. Van Middeldyk (1903), producen una imagen tan ilusoria y frágil como la de Brau Asencio (1903). El pasado que se vivió al lado del hispano (la nostalgia que producía el malo conocido), y el futuro que se aguardaba al lado del sajón (el optimismo que generaba el bueno por conocer), no diferían en un asunto. Al momento de precisar su tema central -la “nación”-, ambos la concebían como un apéndice o dependencia de otro. Bajo aquellas circunstancias, a nadie debe sorprender que el 1898 hubiese sido apropiado como una “frontera confusa”. En el caso de los estadounidenses, servía para completar el sueño de elaborar un imperio ultramarino donde cebarse materialmente y completar su obra civilizadora. En el caso de los puertorriqueños, significaría un tipo de año cero o un renacimiento que marcaba un antes y un después reconocibles. Las soluciones ideológicas a la “confusión” no fueron eficaces. El planteamiento de un problema de esa naturaleza siempre ameritará nuevas revisiones.

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Las Abejeras del Capital en Porto Rico

Jose Anazagasty Rodríguez

80 grados    13 de junio de 2014

 

NYT PR July 27 1898

Después de la guerra hispanoamericana varias casas publicadoras, revistas, y periódicos divulgaron numerosos textos que recogían las experiencias y observaciones de las visitas de diversos viajeros estadounidenses a Puerto Rico. Estos viajeros articularon a través de sus narrativas el discurso colonial de la era inicial del imperialismo transcontinental estadounidense. Son por ello un objeto de estudio imprescindible de la “historia de lo imaginario” propuesta por Arcadio Díaz. Fue Díaz quien precisamente afirmó la necesidad de examinar diversas “zonas oscuras” del ’98, entre las que incluyo las relaciones con el espacio, y por supuesto, con la naturaleza.

La inspección y descripción absoluta y detallada de la colonia y su gente, incluyendo el paisaje, fue el propósito fundamental de esas narrativas de viaje. Sus descripciones, aunque enmarcadas en el realismo descriptivo, produjeron una visión estética de la naturaleza isleña articulada a través de varios significados que puntualizaron su riqueza simbólica y material. Puesto que esas representaciones iban dirigidas a la audiencia estadounidense requirieron que sus autores integraran el paisaje tropical de Puerto Rico, raro y confuso para muchos estadounidenses, al ámbito de su cultura. Para ello los autores movilizaron tropos conocidos por sus lectores en Estados Unidos, entre ellos la figura retórica del Edén. Muchos de esos escritores representaron la Isla como un jardín edénico, recurriendo a lo que Carolyn Merchant llamó la “narrativa de la restauración del Edén,” una narrativa familiar a los estadounidenses.

Aparte de convertir el paisaje de la recién adquirida colonia en un objeto familiar el tropo justificó, apelando a la jardinería, la colonización de la naturaleza isleña y sus habitantes. Efectivamente, la etimología de la palabra colonizar traza una conexión a las palabras colonus y colere, labrador y cultivar, respectivamente. La jardinería representaba para el nuevo colonus, los estadounidenses, el conjunto de técnicas necesarias para el control y manejo de los recursos naturales de la nueva colonia. Era la alegoría ajustada a la práctica de cultivar, de culturar la naturaleza apropiada y expropiada, es decir, colonizada.

La jardinería incluye la construcción de un espacio, de un jardín. La narrativa edénica de los textos estadounidenses produjo, en efecto, y a través de varias “geografías imaginativas,” espacios, el ordenamiento territorial y colonial del paisaje puertorriqueño. Pero se trataba ya en el 98 de lo que Henri Lefebvre llamó la producción capitalista del espacio. Pero, la producción del espacio es siempre corolario de la producción de la naturaleza. Y como he planteado en otros contextos existe una conexión entre la narrativa de la recuperación del Edén y lo que Neil Smith llamó la producción capitalista de la naturaleza. En los textos americanos, la conversión de la naturaleza isleña en recursos, el inventario textual y prospección económica de los mismos, así como su valuación monetaria, todo presente en varios textos estadounidenses, contribuyeron a instituir las formas en que la naturaleza sería alterada, capitalizada, circulada, intercambiada y consumida, material e ideológicamente, como bien material en términos de la lógica abstracta de su valor de intercambio en el mercado capitalista. En otras palabras la alegoría edénica movilizada por varios textos estadounidenses animó y justificó la intervención y ordenación capitalista-colonialista de la explotación y manejo de los recursos naturales de la Isla.

La producción capitalista de la naturaleza envuelve la subsunción formal y real de la naturaleza a las redes del capitalismo. Los textos estadounidenses que de una forma u otra escribieron sobre la naturaleza en Puerto Rico contribuyeron a ello, principalmente a la subsunción formal de la misma, aparte de sentar las bases para su prevista subsunción real a las abarcadoras redes del capital. Esto apunta a que la problemática de los estadounidenses, en adición a la delineación de la administración política a seguir en Puerto Rico, ya expuesto en detalle por Lanny Thompson, incluía además prescribir e instituir las formas de explotar y administrar los recursos naturales de la nueva colonia. Sus descripciones del entorno natural puertorriqueño participaron de la apropiación y la organización de su explotación comercial. Contribuyeron así a la ampliación de la subsunción formal, funcionando, naturalmente, como una estrategia primaria del capital para la apropiación y subordinación expresa, precisa y determinada de los recursos naturales.

Los estudiosos del tema, entre ellos Manuel Valdés Pizzini, Mario R. Cancel, José Anazagasty, José E. Martínez y Carlos I Hernández, entre otros, ya han conectado las prácticas de significación de varios de los textos estadounidenses con las prácticas económicas del capitalismo colonial, incluyendo su manejo de los recursos naturales de la isla.Estos textos, más allá de delinear la forma de administración política de lo que muchos llamaron Porto Rico también mostraron, proyectaron y justificaron la expansión económica del capital estadounidense en la Isla. Para ello detallaron el potencial económico de la colonia, incluyendo las posibilidades de invertir capital allí, la disponibilidad de materia prima y recursos naturales, la infraestructura adecuada y la reserva de trabajadores, entre otras cosas. Uno de los propósitos de muchos de estos textos y sus proyecciones económicas fue seducir a los inversionistas y comerciantes potenciales, interesarlos en las posibilidades agrícolas, comerciales e industriales de la isla.

La prospección de la isla también fue científica; Puerto Rico fue objeto de las observaciones y prácticas científicas estadounidenses realizadas por varios científicos de ese país alrededor de la Isla. Muchos de estos científicos, a través de diversos textos, también participaron de la producción capitalista de la naturaleza. Se esperaba que los científicos, particularmente aquellos al servicio del Estado, ayudaran a manejar el ambiente y sus recursos de forma racional. Por ejemplo, y como demostró Manuel Valdés Pizzini, diversos procesos ideológicos y discursivos ligados a la ciencia participaron del diseño de estrategias para el manejo estadounidense de los bosques después de la Guerra Hispanoamericana. Los estadounidenses, a la vez que devaluaron el manejo español de los bosques, recurrieron a discursos particulares de la dasonomía y la silvicultura—la racionalidad científica—para legitimar su ordenamiento y manejo particular—colonial—de los bosques puertorriqueños.

Pero en la mayoría de los casos la problemática, ahora científica, no era únicamente determinar la forma racional de manejar los recursos naturales de la colonia caribeña sino también detectar los recursos rentables y prescribir su explotación lucrativa, lo que requirió, como explica J.R. Mcneill en Colonial Crucible, la institucionalización de una ciencia ambiental. Esa ciencia, también ideológica y discursiva, participó de la producción capitalista de la naturaleza y el manejo de los recursos naturales.

La Estación Experimental de Puerto Rico, ubicada en Mayagüez, fue una importante manifestación de la institucionalización del manejo científico y racional de los recursos naturales, particularmente en el ámbito de la agricultura. Los investigadores afiliados a esa estación dirigieron muchas de sus investigaciones no solo al estudio de fenómenos naturales sino además a la “mejor” explotación y comercialización de diversos recursos naturales y agrícolas. Muchos de los hallazgos y recomendaciones económicas de esas investigaciones fueron publicados en diversas revistas y periódicos, incluyendo Porto Rico Progress. Un buen ejemplo es el artículo “Bees in Porto Rico,” publicado en 1910 justamente en esa revista. Este fue escrito por W.V. Tower, un entomólogo especialista en abejas afiliado a la mencionada estación y fue publicado tanto en inglés como en español.

Tower comenzó su artículo con algunos detalles sobre la introducción de las abejas a Puerto Rico, indicando que las mismas fueron introducidas posiblemente por un tal Mr. Filippi, quien ubicó colmenas de abejas italianas en la finca Juanita en Las Marías. También señaló que la mayoría de esas colmenas fueron destruidas por un huracán en 1899 pero que las abejas sobrevivientes produjeron colmenas silvestres en Las Marías. Tower afirmó esto último fundamentado en las anécdotas de los “vecinos” de Las Marías, quienes le comentaron haberse topado varias veces con colmenas de abejas silvestres. Para el entomólogo la descripción de aquellas abejas silvestres por parte de los vecinos apuntaba a que se trataba de abejas italianas, las sobrevivientes de las colmenas de Filippi.

Tower, desde la Estación Experimental de Puerto Rico, promovía el avance de “apiarios comerciales.” Destacaba en su ensayo que en apenas dos años desde que comenzó el proyecto ya habían enviado abejas a unas cincuenta personas. El entomólogo procedió entonces a confirmar el potencial lucrativo de los apiarios: “Desde que me encargue de esta obra, he estado siempre en busca de plantas apropiadas para abejas, y soy de opinión que Puerto Rico tiene gran cantidad de plantas melíferas, y dudo que exista una localidad en donde las abejas no resulten un buen negocio.”

abejas

Caja de abejas. Foto en “Rearing Queen Bees in Porto Rico”, publicado en 1918.

Su apoyo a la producción comercial de miel fue seguido por una serie de recomendaciones dirigidas a maximizar la productividad y potencial comercial de los apiarios, de la producción comercial de miel. Primero, recomendó localizar los apiarios en las faldas de los cerros y en las tierras dedicadas al cultivo del café, y aquellos lugares con varias plantas melíferas. Segundo, ofreció un inventario cabal de plantas melíferas: guamá, palma real, cocotero, moca, jobo, palo blanco, grosellas, higüerillo, y guara. Tercero, subrayó la importancia de las abejas en la fertilización de flores, como las de naranjo, lo que aumentaría las cosechas de frutas. De hecho, señaló que la presencia de más abejas hubiese evitado la escasez de flores de naranjo ese año, 1910, lo que pudo haber garantizado una mejor cosecha de naranjas. Cuarto, Tower recomendó aglutinar los esfuerzos hacia la producción de miel de extracción, objetando la producción de los panales y las secciones de a libra, los que según explicaba eran difíciles de embarcar y distribuir en los mercados, aunque la miel puertorriqueña solo se exportaba a Estados Unidos y en ocasiones a Alemania.

Tower, aunque afirmaba que la producción de los panales y las secciones de a libra podían explotarse para el consumo local, favorecía que los principiantes recurrieran la producción de miel de extracción, por ser este un método más fácil de manejar. Además, la producción de miel de extracción era, afirmaba el entomólogo, menos trabajosa para las abejas, pues evitaba que estas tuvieran que producir panales nuevos constantemente. Añadió también que la producción de miel de extracción facilitaba dominar las abejas porque reducía la tendencia de estas a formar enjambres, lo que no sucedía con los otros modos de producción de miel. Para él, la producción de enjambres disminuía la “fuerza productora de la colmena,” y con ello el potencial comercial de la apicultura. Finalmente, ese modo de producción de miel de extracción, el “método artificial,” permitía producir cera con menos miel, lo que se traducía, explicaba él, en ganancias monetarias, dependiendo claro está del precio de la miel vis-a-vis la cera en los mercados. Finalmente, recomendó seguir usando abejas italianas, porque aunque estas eran las más difíciles de subyugar eran muy buenas defendiéndose de las polillas de cera.

Tower, vaticinaba, si se seguían sus recomendaciones, y gracias a las favorables condiciones ambientales de la Isla, como la presencia de diversas plantas melíferas y la presencia de abejas italianas saludables, un buen éxito económico para la apicultura comercial en Puerto Rico: “El porvenir de los apicultores puertorriqueños es brillantísimo. No se conocen enfermedades que molesten a las abejas. La putrefacción de la cría—terrible enfermedad que puede estudiarse en una de las islas vecinas así como en los Estados Unidos—no ha sido introducida en Puerto Rico.”

Tower, y muchos científicos como él, participando de la subsunción formal de la naturaleza, de las abejeras y su miel en su caso, contribuyeron a la marcha de la naturaleza como estrategia de acumulación capitalista en Puerto Rico. Los científicos asistieron el “imperialismo ecológico”, el control capitalista-estadounidense del flujo de recursos naturales procedentes de la isla. Los estadounidenses, claro está, no fueron los únicos en proyectar y explotar los recursos naturales de la Isla o de convertirlos en bienes lucrativos formal y realmente. Los españoles y los puertorriqueños mismos hicieron lo suyo. Además, la Estación Experimental de Puerto Rico promovió la participación de apicultores locales, inclusive enviándoles abejas y entrenándolos. No promovió, como ocurrió con otros recursos, el control absoluto del capital estadounidense sobre la producción de miel. Pero el proyecto colonial-capitalista de los estadounidenses extendió e intensificó la producción capitalista de la naturaleza, particularmente de su integración formal, como nunca antes, y con la racionalidad científica de su parte.

 

José Anazagasty Rodríguez

José Anazagasty Rodríguez  es Catedrático Asociado en el programa de Sociología del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Es especialista en sociología ambiental, estudios americanos y teoría social, y ha realizado investigaciones en la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico. Es co-editor, con Mario R. Cancel, de los libros “We the people: la representación americana de los puertorriqueños 1898-1926 (2008)” y “Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011)”.

 

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Rare photos of Spanish-American war were ‘simply waiting to be re-discovered’

Daily Mail  Online  May 10, 2014

Rare pictures of the U.S. Navy taken during the Spanish-American war have been unearthed after being found hidden away in storage by military archivists.

They were only brought to light again when the photo archive team was preparing for a major renovation and archivists Dave Colamaria and Jon Roscoe stumbled across the pictures.

Lisa Crunk, head of the photo archives branch at the Naval History and Heritage Command, said: ‘The plates were individually wrapped in tissue paper and include full captions and dates, which were likely prepared by the photographer, Douglas White.

´Research on Mr White discovered that he was a special war correspondent of the San Francisco Examiner during the Philippines War.

‘Once it was realised what we had uncovered, there was tremendous excitement amongst the staff, especially the historians.

‘The images are an amazing find, though they were never really lost – they were simply waiting to be rediscovered.’

Plans are now in place for the entire collection to be re-housed into new archival enclosures and shelving units.

 

The USS Raleigh in action in 1898.<br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br /><br />
The cruiser took part in the Battle of Manila Bay/Cavite on May 1, 1898

The USS Raleigh in action in 1898. The cruiser took part in the Battle of Manila Bay/Cavite on May 1, 1898

Another U.S. Navy vessel to be involved in the conflict was the USS Boston, pictured here in 1898. It was also involved in the Battle of Manila

Another U.S. Navy vessel to be involved in the conflict was the USS Boston, pictured here in 1898. It was also involved in the Battle of Manila

The USS Petrel was also part of the fleet, which took part in the war. The vessel, pictured here in 1898, is described as a gun boat

The USS Petrel was also part of the fleet, which took part in the war. The vessel, pictured here in 1898, is described as a gun boat

An image of the wreck of the Spanish armed transporter Cebu, taken sometime after a battle

An image of the wreck of the Spanish armed transporter Cebu, taken sometime after a battle

The Spanish cruiser, the Castilla, was lost in the Battle of Manila Bay with 25 men killed and 80 wounded

The Spanish cruiser, the Castilla, was lost in the Battle of Manila Bay with 25 men killed and 80 wounded

This image of the Spanish Fleet in the Suez Canal was one of many uncovered in storage at the Naval History and Heritage Command

This image of the Spanish Fleet in the Suez Canal was one of many uncovered in storage at the Naval History and Heritage Command

Apprentice boys pictured aboard the USS Olympia, the flagship of the Asiatic Squadron

Apprentice boys pictured aboard the USS Olympia, the flagship of the Asiatic Squadron

American sailors pictured during the Spanish-American war. They are Dave Ireland, Purdy, Tom Griffin and John King

American sailors pictured during the Spanish-American war. They are Dave Ireland, Purdy, Tom Griffin and John King

Captain Dennis Geary of the California Heavy Artillery rides his horse through Cavite in the Philippines

Captain Dennis Geary of the California Heavy Artillery rides his horse through Cavite in the Philippines

The crew of the Spanish cruiser Reina Cristina in prayer before battle on April 24, 1898

The crew of the Spanish cruiser Reina Cristina in prayer before battle on April 24, 1898

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Spanish-American Filipino War Footage

The Spanish-American-Filipino War is the first US war that was filmed.  Here are a collection of short clips from the Library of Congress.

We may watch one or more in class.  Feel free to watch as many as you’d like.  For audience in 1898, footage of war was a major attraction.  However, not all the scenes are “actuality” footage, but reenactments by film companies–created, no doubt–to satisfy audience demands

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An Isolationist United States? If Only That Were True
Tim Reuter

Forbes, October 10, 2013

“Peace, commerce, and honest friendship with all nations, entangling alliances with none.”  Thomas Jefferson, First Inaugural Address.

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on.  (Photo credit: Wikipedia)

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on. (Photo credit: Wikipedia)

George Orwell once wrote that if “thought corrupts language, language can also corrupt thought.”  He derided his contemporaries for how their use and abuse of the term fascism emptied the word of any meaning.  The subsequent inability to define fascism degraded it “to the level of a swearword,” and a slur for use against anyone or anything deemed undesirable.

The same holds true for the word isolationism, and its use in American foreign policy discussions.  Proponents of American empire hurl the words isolationism and isolationist at their critics to tar them as ignoramuses and kooks.  The neoconservative movement’s scion, super hawk Bill Kristol, has dismissed, the non-interventionist and possible 2016 presidential candidate, Senator Rand Paul as a “neo-isolationist.”

Charles Krauthammer was more explicit in a Washington Post op-ed on August 1:

“The Paulites, pining for the splendid isolation of the 19th century, want to leave the world alone on the assumption that it will then leave us alone.  Which rests on the further assumption that international stability — open sea lanes, free commerce, relative tranquility — comes naturally, like the air we breathe.  If only that were true. Unfortunately, stability is not a matter of grace.  It comes about only by Great Power exertion… World order is maintained by American power and American will.  Take that away and you don’t get tranquility.  You get chaos.”

The specter of renewed intervention in the Middle East (attacking Syria) may have passed, but the slur remains.  Neoconservative intellectuals, obsessed with American military might, have stamped non-interventionists and the war weary public alike as isolationists.

But in the history of American foreign affairs, isolation has never meant a lonely existence.  Instead, it implied security.  The “splendid isolation” phrase mocked by Krauthammer comes from late Nineteenth Century British statesman who viewed Britain’s interests as distinct from continental Europe’s.  The English Channel separated British security concerns from the continent’s power politics and wars.  This geographic isolation helped demarcate differences between colonial security interests, which Britain routinely acted on, and homeland security.

Something similar was true for the United States.  German Chancellor Otto von Bismarck put the matter well: “The Americans are truly a lucky people.  They are bordered to the north and south by weak neighbors and to the east and west by fish.”  The Founding Fathers agreed.

Americans had the geographic luck of distance from Europe and its conflicts.  Out of this ability to avoid unnecessary wars that jeopardized life and liberty, came the Founders’ caution.  Before Jefferson’s aforementioned quip, George Washington stated the matter bluntly in his Farewell Address.  “It is our true policy to steer clear of permanent alliances with any portion of the foreign world.”

Such counsel contained a powerful strain of realism.  Strict neutrality was the infant nation’s best hope for survival amid international turmoil.  The global nature of the French Revolutionary and Napoleonic Wars threatened to ensnare and destroy the republic with one misstep or ill-fated alliance.  President James Madison nearly did just that in the War of 1812 when British forces burned Washington D.C.

In the republic’s harrowing early years, one should note the impossibility of isolation or having no foreign contact.  The world war meant the U.S. needed diplomatic relations and readiness for conflict.  Sometimes the two overlapped, such as when hostilities began in 1812 over the repeated impressment of American sailors into the Royal Navy.  But, the key for the Founders was to comprehend foreign threats and respond appropriately.

Prescribed aloofness from European power politics never concerned diplomacy or trade.  The Founders encouraged the latter, while the former became easier after Napoleon’s fall in 1815.  Indeed, diplomacy was critical to bolstering U.S. security.

The Louisiana Purchase of 1803 did more than add land.  It reduced the presence of France, and then Spain, in North America and secured American control of the Mississippi River.  The Adams-Onís Treaty of 1819 built off of Jefferson’s work.  It exchanged vague boundary claims in present-day Texas for Spanish Florida, and consolidated American control of land east of the Mississippi River.  Moreover, New Spain (Mexico and Central America) became independent soon thereafter.

In 1823, President James Monroe warned European nations against re-colonizing Latin America.  Such efforts would constitute a serious threat to U.S. security.  Despite America’s inability to enforce the Monroe Doctrine, and whether by design or accident, Britain tacitly approved.  Spanish re-conquest likely meant a reestablished mercantilist system.  If the Royal Navy kept prospective colonizers out, those new markets would likely stay open.  This overlap of British economic interests and American geopolitical interests benefited the United States immensely.

As Europe settled into peace, foreign crises abated and the market revolution began.  Over the succeeding years, U.S. economic growth exploded, the restraints of weakness fell away, and politicians’ desire to exercise power grew.  From 1815 to the Civil War, Americans made plenty of mischief abroad.  The U.S. declared one war (against Mexico 1846-1848), threatened another with Britain over border disputes regarding Canada out west (1845-1847), and issued ultimatums to Spain about freeing Cuba (the 1854 Ostend Manifesto).

The justification for this belligerency may sound familiar, freedom.  In July 1845, a young writer named John L. O’Sullivan published an editorial entitled “Annexation” in The United States Democratic Review.  This piece mixed freedom with foreign policy, and turned a famous phrase.  O’Sullivan opined about America’s “manifest destiny” to “overspread the continent allotted by Providence for the free development of our yearly multiplying millions.”

O’Sullivan did not mean territorial acquisition by force.  Instead, the spread of free peoples and success of free institutions would exercise a gravitational pull.  American energy and productivity would inexorably draw North America’s foreign territories into the Union.  California, then part of Mexico, was a case in point.

“Already the advance guard of the irresistible army of Anglo-Saxon emigration has begun to pour down upon it, armed with the plough and the rifle, and marking its trail with schools and colleges, courts and representative halls, mills and meeting-houses.  A population will soon be in actual occupation of California, over which it will be idle for Mexico to dream of dominion.”

Stated succinctly, freedom’s power lay internally.  Americans’ success as free people marked them as chosen by God to show the way to a better future.  Moreover, once the U.S. conquered North America, no European power would equal its strength.  O’Sullivan concluded:

“Away, then, with all idle French talk of balances of power on the American continent [emphasis in the original]… And whosoever may hold the balance, though they should cast into the opposite scale all the bayonets and cannon, not only of France and England, but of Europe entire, how would it kick the beam against the simple solid weight of two hundred and fifty, or three hundred millions-and American millions-destined to gather beneath the flutter of the stripes and stars, in the fast hastening year of the Lord 1945!”

Others shared such sentiments, including the new president.  In his first annual message to Congress in December 1845, President James Polk stated, “the expansion of free principles and our rising greatness as a nation are attracting the attention of the powers of Europe.”  That attention brought about the threat of a “ ‘balance of power’ ” system imposed “on this continent to check our advancement.”

The solution was territorial acquisition.  A trans-continental United States would, excluding British Canada, end European intrigue and mischief making in North America.  If it came at the expense of others, then so be it.  Such thinking was not confined to the younger generation.  President Andrew Jackson said of Mexico’s breakaway Texas province in 1844: it was “the key to our safety” and would “lock the door against future danger.”  Texas was duly annexed in February 1845, while the Oregon territory and California followed soon thereafter.

But ultimately, America’s exaltation of freedom did not stop with continental conquest.  It turned outward after Reconstruction and the beginning of the Industrial Revolution.  While not inevitable, the transition from Jefferson’s “empire of liberty,” to an imperial power built off early expansionist impulses.

As European nations carved up Africa, Americans watched a horror show closer to home.  In February of 1895, Cuba’s Spanish masters brutally suppressed an insurrection.  Mass arrests, concentration camps, and destruction of property continually wracked the island.  Such carnage, inflamed by mass media, attracted renewed American interest in obtaining Cuba.  However, the reasons for annexation had changed with the times.

Early interest fit into O’Sullivan’s model of gravitational pull.  As Monroe’s Secretary of State (1817-1825), John Quincy Adams labeled Puerto Rico and Cuba “natural appendages of the North American continent.”  Once free, both could “gravitate only towards the North American Union.”  His contemporaries and successors agreed: Madison tried to buy the island in 1810 and annexationists eagerly awaited its freedom in 1848 as revolution gripped Europe.  Yet, Cuba stayed Spanish real estate.

With wealth and power by the end of the Nineteenth Century, American opinions on imperialism had changed.  Given its proximity, Cuba was a logical target.  Some, such as Senator Henry Cabot Lodge of Massachusetts, appealed to security concerns.  He called Cuba a “necessity” to the defense of the Panama Canal upon its completion.  Others, namely Senator Morgan of Alabama, thought the prior generations’ wisdom was obsolete.  He unabashedly stated, “Cuba should become an American colony.”

While Cuba burned, jingoists kept agitating for colonialism on newer, and more expansive, grounds.  In April 1898, with war declared on Spain, freedom’s forceful expansion reached its supreme perversion in a speech by Senator Albert Beveridge of Indiana.  “The progress of a mighty people and their free institutions” begun at the Nineteenth Century’s start was nearing its apex.  “Fate has written our policy for us; the trade of the world must and shall be ours.”  This quest for an empire of trade wrested Cuba, Puerto Rico, Guam, and the Philippines from Spain in three months.

The turn from the past finished four years later in a faraway land.  On July 4, 1902 President Theodore Roosevelt extended pardons to all those involved in the Filipino insurrection.  This gesture came after roughly a million Filipinos died in a guerilla war against U.S. forces.  Upwards of 75,000 American soldiers suppressed the rebellion, captured Aguinaldo (the rebellion’s leader), and solidified American control over the nation’s new Pacific trade post.  All that remained was to “civilize and Christianize” the “little brown brothers.”  While it might take a while, Governor-General William Howard Taft estimated “fifty or one hundred years,” the empire would endure.

The neocons’ chest thumping about American power relies on alleged international benefits, open seas, outweighing the negatives of expense or quagmires.  They seemingly do not consider, or care about, domestic consequences; centralized power, distorted perceptions of the military’s role in protecting society, and intellectuals playing social engineers.

Some statesmen, in their humility, knew better.  Eighty-one years before Roosevelt’s pivot to imperialism, John Quincy Adams channeled his father’s generation.  On July 4, 1821, he issued as sublime a statement of U.S. foreign policy ever written.

“But she [America] goes not abroad, in search of monsters to destroy.  She is the well-wisher to the freedom and independence of all. She is the champion and vindicator only of her own… She well knows that by once enlisting under other banners than her own, were they even the banners of foreign independence, she would involve herself beyond the power of extrication, in all the wars of interest and intrigue, of individual avarice, envy, and ambition, which assume the colors and usurp the standard of freedom.  The fundamental maxims of her policy would insensibly change from liberty to force [emphasis added].”

How prophetic.  Yet, it seems the era of intervention that climaxed under President George W. Bush is at its end.  Its foundational ideas are in retreat despite the bellowing of its loudest spokesmen.   The next, and final, step for such bankrupt ideas and the isolationist slur is residence in the dustbin of history.

This article is available online at:
http://www.forbes.com/sites/timreuter/2013/10/10/an-isolationist-united-states-if-only-that-were-true/

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Theodore Roosevelt’s Birthplace

Asian American History in NYC
Posted on September 5, 2013
TR-house-2-225x300This simple brownstone at 28 East 20th Street in Manhattan is a replica of the original building that once occupied the same site. That townhouse was the birthplace of Theodore Roosevelt, the twenty-sixth president of the United States.

TR was certainly not Asian American, but he played important roles in several key moments of Asian American history. For example, at the beginning of the Spanish-American War, he resigned his position as assistant secretary of the Navy to form and fight with the Rough Riders cavalry unit in a war that ultimately made the Philippines an American colony–and began Filipino migration to the US mainland. And his actions as president directly shaped the experiences of two major Asian American groups: Japanese Americans and Korean Americans.

In 1905, TR helped negotiate an end to the Russo-Japanese War then taking place in northeast Asia. At the time, several thousand Korean immigrants lived in the Territory of Hawaii and on the US West Coast, and they petitioned TR to defend Korea’s independence and territorial integrity, particularly from Japan. Two Koreans (including future South Korean president Syngman Rhee) also met with TR at his home, Sagamore Hill, in Oyster Bay, Long Island, to plead their country’s cause.

Little did any of the Koreans know that TR had secretly agreed to allow Japan to annex Korea, which became an official Japanese colony in 1910. Roosevelt admired the rise of modern Japan and also believed that Japanese domination of Korea would ensure reciprocal support for continued American occupation of the Philippines.

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Portsmouth Peace Conference participants: Baron Komura and Kogoro Takahira (left), M. Witte and Baron Rosen (right), and President Theodore Roosevelt (center). Library of Congress.

Regardless of TR’s motives, the Japanese annexation of Korea not only caused great unrest there but also helped fuel the Korean independence movement, which flourished both on the West Coast and Hawaii, and in China and Siberia.

About seven months after TR negotiated the 1905 Treaty of Portsmouth, ending the Russo-Japanese War, an earthquake and subsequent fire destroyed much of San Francisco, a city that had attracted significant Japanese immigration since the 1890s. During the rebuilding process, the San Francisco Board of Education mandated that Japanese American students would have to attend the segregated Oriental School, located in Chinatown. The city had long segregated Chinese American students, but Japanese American kids studied in integrated schools before the quake. The Board’s move was an overtly and unapologetically racist response to growing Japanese immigration to the West Coast. And it not only angered Japanese immigrant parents but provoked an international incident with Japan.

Unwilling to risk war with the rising Pacific power, TR negotiated with Japanese officials and with authorities in California. The result was the Gentlemen’s Agreement of 1907, in which San Francisco allowed Japanese American children to attend integrated schools, while the Japanese government no longer issued passports to male laborers hoping to immigrate to the US (although Japanese men already in the US could still bring their wives and children to join them). More quietly, TR issued an executive order barring Japanese immigrants living in the Territory of Hawaii (a magnet for Japanese immigration) from moving to the US mainland.

San Francisco’s Oriental Public School, 1914. Courtesy Bancroft Library, UC Berkeley.

San Francisco’s Oriental Public School, 1914. Bancroft Library, UC Berkeley.

The Gentlemen’s Agreement averted an international crisis, but it did not satisfy California’s white supremacists, who continued to organize against Japanese Americans. The Agreement also reflected the power hierarchy that TR himself helped create. Chinese American children remained segregated in the Oriental School, but now they were joined by San Francisco’s handful of Korean American kids. Japan might claim Korea, but it did little to protect Koreans abroad–and the Gentlemen’s Agreement did not include them.

Sources for this post include Richard S. Kim, The Quest for Statehood: Korean Immigrant Nationalism and U.S. Sovereignty, 1905-1945; New York Times; and the files of the Survey of Race Relations on the Pacific Coast, Hoover Institution.

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