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Archive for the ‘Estudios Afro Americanos’ Category

Comparto esta nota de la historidora Heather Cox Richardson conmemorando los 56 años de la firma de la Voting Rights Act. Cox Richardson hace un excelente recuento del proceso que llevó a  la firma de esta histórica ley y de las amenazas actuales al derecho al voto de las minorías en Estados Unidos y, por ende, a la democracia estadounidense.

La Dr. Cox Richardson trabaja en Boston College y es autora, entre otros libros,   de To Make Men Free: A History of the Republican Party (2014). Es la creadora de una popular columna diara, Letters from America, analizando desde una perspectiva histórica la situación política y social estadounidense.


It Is Time to Update the Voting Rights Act - Center for American Progress

Letters from America  

Heather Cox Richardson

6 de agosto de 2021

Monadnock Ledger-Transcript - Lyceum continues with Heather Cox Richardson  on Sunday

Heather Cox Richardson

Hace hoy cincuenta y seis años, el 6 de agosto de 1965, el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Ley de Derecho al Voto. La necesidad de la ley se explicó en su título completo: “Una ley para hacer cumplir la decimoquinta enmienda a la Constitución, y para otros fines”.

A raíz de la Guerra Civil, los estadounidenses trataron de crear una nueva nación en la que la ley tratara a los hombres negros y a los hombres blancos como iguales. En 1865, ratificaron la Decimotercera Enmienda a la Constitución, prohibiendo la esclavitud excepto como castigo por crímenes. En 1868, ajustaron la Constitución de nuevo, garantizando que cualquier persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos, excepto ciertos indígenas americanos, era un ciudadano, abriendo el sufragio a los hombres negros. En 1870, después de que los legisladores de Georgia expulsaran a sus colegas negros recién sentados, los estadounidenses defendieron el derecho de los hombres negros a votar añadiendo ese derecho a la Constitución.

Las tres enmiendas —la Decimotercera, La Decimocuarta y la Decimoquinta— le dieron al Congreso el poder de hacerlas cumplir. En 1870, el Congreso estableció el Departamento de Justicia para hacer precisamente eso. Los sureños blancos reaccionarios habían estado usando las leyes estatales, y la falta de voluntad de los jueces y jurados estatales para proteger a los estadounidenses negros de las pandillas blancas y los empleadores tramposos, para mantener a los negros subordinados. Los hombres blancos se organizaron como el Ku Klux Klan para aterrorizar a los hombres negros y evitar que ellos y sus aliados blancos votaran para cambiar ese sistema. En 1870, el gobierno federal intervino para proteger los derechos de los negros y procesar a los miembros del Ku Klux Klan.

Ciudadanía por nacimiento: qué es la enmienda 14 de la Constitución de  Estados Unidos (y cuán posible es que Trump acabe con ella) - BBC News Mundo

Con el poder federal ahora detrás de la protección constitucional de la igualdad, amenazando con la cárcel para aquellos que violaron la ley, los opositores blancos del voto negro cambiaron su argumento en contra.

En 1871, comenzaron a decir que no tenían ningún problema con que los hombres negros votaran por motivos raciales; su objeción al voto negro era que los hombres negros, sólo por esclavitud, eran pobres e incultos. Estaban votando por legisladores que les prometían servicios públicos como carreteras y escuelas, y que solo se podían pagar con impuestos.

La idea de que los votantes negros eran socialistas —de hecho, usaron ese término en 1871— significó que los norteños blancos que habían luchado para reemplazar la sociedad jerárquica del Viejo Sur con una sociedad basada en la igualdad comenzaron a cambiar su tono. Miraron hacia otro lado, ya que los hombres blancos impedieron que los hombres negros votaran, primero con el terrorismo y luego con las leyes electorales estatales que usaban cláusulas de abuelo, que recortaban a los hombres negros sin mencionar la raza al permitir que un hombre votara si su abuelo lo había hecho; pruebas de alfabetización en las que los registradores blancos pueden decidir quién aprueba; los impuestos electorales; y así sucesivamente. Los estados también redujeron los distritos de manera desigual para favorecer a los demócratas, que dirigían un partido segregacionista totalmente blanco. En 1880 el Sur era sólidamente demócrata, y lo seguiría siendo hasta 1964.

Los estados del sur siempre celebraron elecciones: solo se había previsto que los demócratas las ganarían.

Merrell R. Bennekin on Twitter: "U.S. adopts 15th Amendment, March 30, 1870  Following its ratification by the requisite three-fourths of the states,  the 15th Amendment, granting African-American men the right to vote,Los estadounidenses negros nunca aceptaron este estado de cosas, pero su oposición no ganó una poderosa atención nacional hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Durante esa guerra, los estadounidenses de todos los ámbitos de la vida habían enfocado en derrotar al fascismo, un sistema de gobierno basado en la idea de que algunas personas son mejores que otras. Los estadounidenses defendieron la democracia y, a pesar de todo lo que los estadounidenses negros lucharon en unidades segregadas, y que los disturbios raciales estallaron en ciudades de todo el país durante los años de guerra, y que el gobierno internó a los estadounidenses de origen japonés, los legisladores comenzaron a reconocer que la nación no podría definirse efectivamente como una democracia si las personas negras y marrones vivían en viviendas deficientes,  recibió una educación deficiente, no podía avanzar de los trabajos de poca importancia y no podía votar para cambiar ninguna de esas circunstancias.

Mientras tanto, los afroamericanos y las personas de color que habían luchado por la nación en el extranjero llevaron a casa su determinación de ser tratados por igual, especialmente a medida que el colapso financiero de los países europeos aflojó su control sobre sus antiguas colonias africanas y asiáticas, dando vida a nuevas naciones.

Thurgood Marshall (1908-1993) •

Thurgood Marshall

Aquellos interesados en promover los derechos de los negros recurrieron, una vez más, al gobierno federal para anular las leyes estatales discriminatorias. Estimulados por el abogado Thurgood Marshall, los jueces utilizaron la cláusula de debido proceso y la cláusula de igualdad de protección de la Decimocuarta Enmienda para argumentar que las protecciones en la Carta de Derechos se aplicaban a los estados, es decir, los estados no podían privar a ningún estadounidense de la igualdad. En 1954, la Corte Suprema bajo el presidente del Tribunal Supremo Earl Warren, el ex gobernador republicano de California, utilizó esta doctrina cuando dictó el caso Brown v. Decisión de la Junta de Educación que declara inconstitucionales las escuelas segregadas.

Los reaccionarios blancos respondieron con violencia, pero los afroamericanos continuaron defendiendo sus derechos. En 1957 y 1960, bajo la presión del presidente republicano Dwight Eisenhower, el Congreso aprobó leyes de derechos civiles diseñadas para facultar al gobierno federal para hacer cumplir las leyes que protegen el voto negro.

En 1961, el Comité Coordinador Estudiantil No Violento (SNCC) y el Consejo de Organizaciones Federadas (COFO) comenzaron esfuerzos intensivos para registrar a los votantes y organizar a las comunidades para apoyar el cambio político. Debido a que solo el 6,7% de los negros de Mississippi estaban registrados, MIssissippi se convirtió en un punto focal, y en el “Freedom Summer” de 1964, organizado bajo Bob Moses (quien falleció el 25 de julio de este año), los voluntarios se dispusieron a registrar a los votantes. El 21 de junio, miembros del Ku Klux Klan, al menos uno de los cuales era oficial de la ley, asesinaron a los organizadores James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner cerca de Filadelfia, Mississippi, y, cuando fueron descubiertos, se rieron de la idea de que serían castigados por los asesinatos.

Ese año, el Congreso aprobó la Ley de Derechos Civiles de 1964, que fortaleció los derechos de voto. El 7 de marzo de 1965, en Selma, Alabama, los manifestantes liderados por John Lewis (quien pasaría a servir 17 términos en el Congreso) se dirigieron a Montgomery para demostrar su deseo de votar. Los agentes del orden los detuvieron en el puente Edmund Pettus y los golpearon salvajemente.

El 15 de marzo, el presidente Johnson pidió al Congreso que aprobara una legislación que defendiera el derecho al voto de los estadounidenses. Así fue. Y en este día de 1965, la Ley del Derecho al Voto se convirtió en ley. Se convirtió en una parte tan fundamental de nuestro sistema legal que el Congreso lo reautorizó repetidamente, por amplios márgenes, tan recientemente como en 2006.

Pero en el 2013 en su decisión del caso Shelby County v. Holder, la Corte Suprema bajo el presidente del Tribunal Supremo John Roberts destripó la disposición de la ley que requiere que los estados con historiales de discriminación de votantes obtengan la aprobación del Departamento de Justicia antes de que cambien sus leyes de votación. Inmediatamente, las legislaturas de esos estados, ahora dominadas por los republicanos, comenzaron a aprobar medidas para suprimir el voto. Ahora, a raíz de las elecciones de 2020, los estados dominados por los republicanos han aumentado la tasa de supresión de votantes, y el 1 de julio de 2021, la Corte Suprema permitió dicha supresión con la decisión de Brnovich v. DNC.

1965 Voting Rights Act - A Brief History of Civil Rights in the United  States - HUSL Library at Howard University School of Law

Si se permite a los republicanos elegir quién votará en los estados, dominarán el país de la misma manera que los demócratas convirtieron el Sur en un estado de partido único después de la Guerra Civil. Alarmados por lo que equivaldrá a la pérdida de nuestra democracia, los demócratas están pidiendo que el gobierno federal proteja los derechos de voto.

Y, sin embargo, 2020 dejó muy claro que si los republicanos no pueden impedir que los demócratas voten, no podrán ganar las elecciones. Y así, los republicanos están insistiendo en que los estados por sí solos pueden determinar quién puede votar y que cualquier legislación federal es una extralimitación tiránica. Una encuesta reciente de Pew muestra que más de dos tercios de los votantes republicanos no creen que votar sea un derecho y creen que se puede limitar.

Y entonces, aquí estamos, en una crisis existencial sobre los derechos de voto y si son los estados o el gobierno federal los que deben decidirlos.

June 25, 2013 – The Supreme Court Decides Shelby County v. Holder | Legal  Legacy

En este momento, hay dos importantes proyectos de ley de derechos de voto ante el Congreso. Los demócratas han introducido la Ley para el Pueblo, una medida radical que protege el derecho al voto, pone fin al gerrymandering partidista, detiene el flujo de efectivo a las elecciones y requiere nuevas pautas éticas para los legisladores. También han introducido la Ley de Derechos de Voto John Lewis, que se centra más estrechamente en el voto y restaura las protecciones proporcionadas en la Ley de Derechos de Voto de 1965.

Los senadores republicanos han anunciado su oposición a cualquier proyecto de ley de derechos de voto, por lo que cualquier ley que se apruebe tendrá que sortear el filibusterismo en el Senado, que no se puede romper sin 10 senadores republicanos. Los demócratas podrían romper el filibusterismo para un proyecto de ley de derechos de voto, pero los senadores Joe Manchin (D-WV) y Kyrsten Sinema (D-AZ) indicaron a principios de este verano que no apoyarían tal medida.

Y, sin embargo, hay señales de que un proyecto de ley de derechos de voto no está muerto. Los senadores demócratas han seguido trabajando para llegar a un proyecto de ley que pueda pasar por su partido, y no tiene sentido hacerlo si, al final, saben que no pueden convertirlo en una ley. “Todo el mundo está trabajando de buena fe en esto”, dijo Manchin a Mike DeBonis del Washington Post. “Es la aportación de todos, no solo la mía, pero creo que la mía, tal vez… nos hizo a todos hablar y rodar en la dirección en la que teníamos que volver a lo básico”, dijo.

Volver a lo básico es una muy buena idea. La idea básica de que no podemos tener igualdad ante la ley sin igualdad de acceso a la boleta electoral nos dio las Enmiendas Decimotercera, Decimocuarta y Decimoquinta a la Constitución, y estableció el poder del gobierno federal sobre los estados para hacerlas cumplir.

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Fuentes:

https://www.washingtonpost.com/politics/2021/06/08/how-is-john-lewis-voting-rights-act-different-hr-1/

https://www.ourdocuments.gov/doc.php

https://www.newsweek.com/only-third-republicans-think-voting-fundamental-right-poll-1612336

https://www.pewresearch.org/fact-tank/2021/07/22/wide-partisan-divide-on-whether-voting-is-a-fundamental-right-or-a-privilege-with-responsibilities/

https://cha.house.gov/report-voting-america-ensuring-free-and-fair-access-ballot

https://cha.house.gov/sites/democrats.cha.house.gov/files/2021_Voting%20in%20America_v5_web.pdf

https://www.washingtonpost.com/politics/democrats-craft-revised-voting-rights-bill-seeking-to-keep-hopes-alive-in-the-senate/2021/07/28/855b93fc-efc5-11eb-81d2-ffae0f931b8f_story.html

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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Captura de Pantalla 2021-08-06 a la(s) 12.33.55American Experience es una serie de la televisión pública estadounidense (PBS) dedicada al análisis de la historia de Estados Unidos. Su contenido es tan bueno que lo he usado en varios de los cursos que dicto. A propósito de la celebración de los controversiales Olimpiadas de Tokio, American Experience reunió en un webinar a la historiadora Amira Rose Davis, al columnista deportivo William C. Rhoden y al  creador y presentador de The Humanity Archive Jermaine Fowler para hablar sobre la intersección de los deportes y la política en los Juegos Olímpicos.

Quienes estén interesados en estos temas pueden acceder al video aquí.

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Comparto este interesante artículo del historiador Chad Pearson analizando al Ku Klux Klan como una asociación de patrones  (empresarios) que usaba la violencia y el terror para garantizar el control de la mano de obra negra en el Sur. El Dr. Pearson es  profesor de historia en el Collin College. Es autor de Reform or Repression: Organizing America’s Anti-Union Movement (University of Pennsylvania Press, 2016) y coeditor con Rosemary Feurer de Against Labor: How U.S. Employers Organized to Defeat Union Activism (University of Illinois Press, 2017). Su actual proyecto, titulado Capital’s Terrorists: Klansmen, Lawmen, and Employers in the Long Nineteenth Century será publicado por la University of North Carolina Press.


Ku Klux Klan | Definition & History | Britannica

El Ku Klux Klan también fue una asociación de jefes

CHAD PEARSON

Jacobin  27 de julio de 2021

La Guerra Civil revolucionó las relaciones laborales sureñas. Las personas esclavizadas huyeron de las plantaciones, tomaron las armas contra sus brutales explotadores y forjaron nuevos horizontes políticos. El futuro parecía prometedor.

Para los propietarios de plantaciones, sin embargo, esta transformación fue una pesadillla:  los trabajadores que tenían en servidumbre habían librado una “huelga general”, como W.E.B. Du Bois la llamó más tarde, dejándolos financieramente vulnerables e intensamente sacudidos. Este grupo racista y revanchista no se limitó a llorar sus derrotas, sino que se organizaron.

A través de los años de la Reconstrucción, la clase dominante sureña se resistió ferozmente a la eflorescencia de la libertad negra. Los restrictivos códigos negros, las políticas pro-plantadores del presidente Andrew Johnson, los disturbios racistas en Memphis y Nueva Orleans y, sobre todo, el terrorismo generalizado del Ku Klux Klan demostraron brutalmente los límites de la emancipación. Liderado por antiguos dueños de esclavos, el Klan reunía varias formas de violencia para impedir que los afroamericanos votaran o asistieran a las escuelas, intimidar a los carpetbaggers del norte y garantizar, según un documento sin fecha del Klan, que las personas liberadas continúen con su trabajo correspondiente”.

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Membership card of A.F. Handcock in the Invisible Empire Knights of the Ku Klux Klan (1928)

Los capítulos del Klan, repartidos de manera desigual en muchas partes del Sur, prometieron abordar los problemas laborales más apremiantes de los plantadores. Después de enterarse de la existencia de esta organización, Nathan Bedford Forrest — el ex comerciante de esclavos, principal carnicero en la batalla de 1864 en Fort Pillow, y el primer Gran Mago de la organización — expresó su aprobación de su secretividad, actividades y objetivos: “Eso es algo bueno; eso es muy bueno. Podemos usarla para mantener a los negros en su lugar”.

Mantenerlos  en su lugar no fue una tarea fácil: los afroamericanos abandonaron ansiosamente las granjas y plantaciones, lo que causó una escasez generalizada de mano de obra. Alfred Richardson, un afroamericano de Georgia, observó que los plantadores seguían profundamente frustrados porque no podían cultivar sus productos. Pero el KKK demostró ser una de las mejores herramientas de los empleadores del Sur para imponer violentamente su voluntad.

Los problemas laborales de los plantadores

Durante décadas, los historiadores han debatido la mejor manera de caracterizar al KKK, una organización terrorista supremacista blanca lanzada por veteranos confederados que surgió por primera vez en Pulaski, Tennessee, en 1866 antes de extenderse por todo el sur. Cientos de miles se unieron a ésta, aunque obtener un recuento detallado de los miembros reales es prácticamente imposible debido al secretismo de la organización.

Sin embargo, muchas cosas no están en discusión: los miembros del Klan estaban estrechamente vinculados al Partido Demócrata y usaban la violencia —azotes, ahorcamientos, ahogamientos, violencia sexual, expulsiones— contra afroamericanos y republicanos “insubordinados” de todas las razas. Los miembros del Klan también utilizaron formas “más suaves” de represión, incluyendo la quema de escuelas y libros y la creación en listas negras de maestros procedentes del Norte. También buscaron evitar que los afroamericanos se educaran. Según Z. B. Hargrove de Georgia, los miembros del Klan ocasionalmente azotaban a personas liberadas “por ser demasiado inteligentes”.

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Nathan Bedford Forrest. (Wikimedia Commons)

El racismo unió a los miembros blancos del Klan independientemente de las diferencias de clase, pero no todos jugaron un papel igual en la organización. El liderazgo del Klan consistía principalmente en propietarios de plantaciones, abogados, editores de periódicos y propietarios de tiendas con movilidad descendente, los más perjudicados por la transformación radical de la economía y las relaciones laborales del Sur.

Estos hombres estaban enfurecidos por su posición económica en declive y la ascensión de los hombres negros a posiciones de poder político. El líder del Klan con sede en Carolina del Norte, Randolph Abbott Shotwell, se quejó de que los hombres negros recién empoderados habían ayudado al gobierno federal a derribar “los derechos del amo” y privar de derechos a “una gran proporción de los hombres más capaces y mejores en la raza naturalmente dominante”.

Las miembros resentidos de la élite como Shotwell y Forres estaban decididos a restablecer su poder. Abundante evidencia sugiere que el Klan de la era de la Reconstrucción funcionó como una asociación de patronos con objetivos que, de alguna manera, se asemejaban a los objetivos de otras organizaciones empresariales anti-laborales.

Los líderes del Klan exigieron que las masas negras realizaran una función: participar en formas de trabajo agotadoras y brutalmente intensas que se asemejaban a la vida de las plantaciones anteriores a la Guerra Civil. Los miembros del Klan trataron de evitar que los afroamericanos abandonaran los lugares de trabajo, participaran en reuniones políticas, buscaran educación, accedieran a armas de fuego o se unieran a organizaciones destinadas a desafiar a sus explotadores. Como un observador de Georgia le dijo a un comité de investigación del Congreso en 1871, “Creo que su propósito es controlar el gobierno del estado y controlar el trabajo negro, lo mismo que lo hicieron bajo la esclavitud”.

Cotton Field - Landscape

Campo algodonero

Mientras que los miembros del Klan insistieron en que las masas negras pasaran sus horas de vigilia plantando y recogiendo cultivos, muchos se negaron a creer que estos mismos trabajadores merecían paga por sus esfuerzos. Según un informe de 1871 de Tennessee, con frecuencia “el empleador enmarca alguna excusa y reñía con el trabajador, quien se veía obligado a dejar su cosecha y su salario por el terror al Klan, que, en todos los casos, simpatizaba con los empleadores blancos”. Estos casos eran más parecidos a la esclavitud que al sistema de trabajo libre prometido por la emancipación.

El Klan como asociación de patronos

Pocos estudiosos han etiquetado al Klan como una asociación de empleadores, y la mayoría de los historiadores de la gestión han ignorado la Reconstrucción del Sur. El importante libro de Clarence Bonnett de 1922, Employers’ Associations in the United States: A Study of Typical Associations, es mudo sobre el Klan, centrándose exclusivamente en las organizaciones dirigidas por empresas que se formaron a finales del siglo XIX en el norte para contrarrestar el movimiento laboral cada vez más agitado.

Sin embargo, la definición de Bonnett es flexible, permitiéndonos aplicarla a las acciones de las organizaciones de vigilantes de la Reconstrucción: “Una asociación de patronos es un grupo que está compuesto o fomentado por los empleadores y que busca promover el interés de estos en los asuntos laborales. El grupo, en consecuencia, es (1) una organización formal o informal de empleadores, o (2) una colección de individuos cuya agrupación es fomentada por los empleadores”.

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Libertos votando, New Orleans, 1867.    (Wikimedia Commons)

Por supuesto, las asociaciones de empleadores del Klan de la era de la Reconstrucción y de la Era Progresista enmarcaron sus respectivos problemas laborales de manera muy diferente. Mientras que los miembros de las alianzas de empleadores y ciudadanos del norte promocionaban la libertad de la que supuestamente disfrutaban los trabajadores industriales (a saber, no afiliarse a sindicatos), los miembros del Klan no tenían ningún interés en tratar de ganar legitimidad de las masas afroamericanas.

Esto no quiere decir que las asociaciones de empleadores con sede en el Norte aceptaran estallidos de disturbios laborales. Ellos también utilizaron técnicas coercitivas, como guardias privados y secuestros, palizas y ahorcamientos, y se beneficiaron de las rápidas intervenciones de la policía y los guardias nacionales. Pero retóricamente, las asociaciones de empleadores de la Era Progresista a menudo empleaban el lenguaje Lincolnesque  de “trabajo libre”, señalando a las masas de trabajadores “libres” que lo mejor para ellos era trabajar diligentemente y cooperar con sus jefes. Aquellos que optaron por caminos más belicosos a menudo eran despedidos y colocados en una lista negra -reprimidos, sí, pero muy diferente de lo que experimentaron los libertos.

Los miembros del Klan hablaban el lenguaje sin adornos del dominio racial y de clase, y lo siguieron adelante con extrema brutalidad. Si medimos el número de asesinatos y palizas, el Klan fue mucho más violento que la mayoría de las asociaciones de empleadores con sede en el Norte. El historiador Stephen Budiansky ha calculado  que los vigilantes blancos asesinaron a más de tres mil personas durante el período de Reconstrucción.

Ku Klux Klan: Origin, Members & Facts - HISTORY

Sin embargo, los miembros del Klan eran estratégicos, empleando amenazas, secuestros y azotes para lograr los objetivos principales de las clases dominantes del Sur. Esto significaba mantener a la gente liberada alejada de las urnas electorales, romper reuniones políticas y asesinar a los hombres y mujeres más irremediablemente rebeldes. “Los asaltantes blancos”, ha señalado el historiador Douglas Egerton, “no simplemente atacaron a los negros por ser negros”. En cambio, usaron la intimidación y la violencia contra lo que consideraban hombres y mujeres vagos, poco confiables, irrespetuosos y desafiantes.

Las acciones espantosas como azotes y ahorcamientos sirvieron a las necesidades de la gerencia, ayudando a disciplinar a un número incontable de trabajadores. El cultivador de algodón de Mississippi Robert Philip Howell, por ejemplo, expresó su agradecimiento al Klan porque, en 1868, sus miembros ayudaron a resolver sus problemas con los “negros libres”: “si no hubiera sido por su miedo mortal al Ku-Klux, no creo que pudiéramos haberlos manejado tan bien como lo hicimos”.

Sharecroppers in Georgia · Textbook

Aparceros negros en Georgia

Tampoco el hecho de que los blancos pobres y de clase trabajadora participaran en los capítulos del Klan significa que no deberíamos considerar al KKK como una organización de jefes: lograr el control laboral casi siempre ha implicado coordinar grupos de participantes entre clases. Después de todo, las asociaciones de empleadores, en su mayoría con sede en el norte, no podrían haber logrado romper las huelgas y acabar con los sindicatos sin las movilizaciones de rompe huelgas durante los conflictos laborales.

El Klan, entonces, era una asociación de empleadores particularmente despiadada, particularmente racista,  pero era igual era una asociación de empleadores. Y fue brutalmente efectiva.

El miedo cubrió a la clase obrera negra, en su mayoría agrícola. Aunque los negros en todo el Sur ya no eran “propiedad”, la amenaza de la violencia organizada por el Klan se cernía sobre ellos. Demasiados pasos en falso, incluidas formas sutiles y frecuentes de insubordinación, podrían conducir a encuentros no deseados con hombres encapuchados seguidos de amenazas, palizas e incluso la muerte. Los miembros del Klan eran los despiadados ejecutores de la administración, asegurando que las masas mantuvieran la cabeza baja y trabajaran eficientemente.

Algunas personas liberadas se unieron a organizaciones de resistencia como las Ligas de la Unión. Estas organizaciones aliadas de los republicanos estaban activas en estados como Alabama, donde los miembros celebraban reuniones, movilizaban a los votantes y, a menudo, actividades muy alejadas de sus deberes “apropiados” en el lugar de trabajo.

Pero en respuesta, los miembros del Klan conspiraron entre sí antes de allanar las casas de los miembros de la Liga, azotar a los residentes, arrebatar sus armas y exigir que se mantuvieran alejados de las urnas electorales. Perdonaban vidas sólo cuando sus víctimas prometían abandonar las ligas. Sólo en Alabama, los miembros del Klan asesinaron a  unos quince miembros de la Liga entre 1868 y 1871.

Contrarrevolución de la propiedad”

Asegurar que los afroamericanos permanecieran atados (a veces literalmente) a granjas, plantaciones y otros lugares de trabajo mientras recibían poca compensación era uno de los objetivos centrales de las élites del Sur, las mismas personas que se beneficiaron de la esclavitud antes de la Guerra Civil. Mientras que los blancos de todas las clases se unieron a las ramas del Klan — y participaron con entusiasmo en ataques contra maestros del Norte, administradores del Freedmen Bureau y miembros de la Liga sindical — las élites llevaban la voz cantante.

Esta fue una “Contrarrevolución de la Propiedad”, como dijo  W. E.B. Du Bois. Los reformadores de la era de la Reconstrucción no proporcionaron una libertad genuina a los antiguos esclavos, escribió, en parte “porque la dictadura militar detrás del trabajo no funcionó con éxito frente al Ku Klux Klan”. Al igual que las asociaciones de empleadores con sede en el Norte, el KKK luchó por los intereses de los miembros más poderosos de la sociedad, repartiendo violencia y terror en nombre de los empleadores agrícolas.

Sharecropping and the Great Migration North - ​​Uncle Jessie White

Deberíamos apreciar los enormes avances emancipadores de la Guerra Civil sin perder de vista las formas en que la clase dominante sureña luchó para aferrarse al poder. Lo hicieron en parte desempeñando roles de liderazgo en el Klan y apoyando activamente a las numerosas organizaciones de vigilantes racistas que exigían la subordinación laboral.

Al destacar sus intereses de clase fundamentales, podemos entender mejor las razones de sus actos estratégicos de terror. Estos hombres perdieron quizás el conflicto más significativo para la democracia en la historia de Estados Unidos, pero no dejaron de luchar contra las fuerzas de liberación.

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

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Timothy Snyder es uno de los  analistas más destacados  de la historia de Europa del Este y del Holocausto.  Profesor de historia en la Universidad de Yale, el Dr. Snyder es autor de varios libros sobre atrocidades políticas, entre los que destacan  Bloodlands Europe Between Hitler and Stalin (Peguin Ramdon House, 2010) Black Earth The Holocaust as History and Warning (Peguin Ramdon House, 2015).

El pasado 29 de junio del presente año, Snyder publicó una excelente columna de opinión en el diario New York Times,  enfocando un tema de crucial importancia: la guerra contra la Historia (sí, en mayúscula) que se viene dando en varios países europeos, entre ellos la Rusia de Putin. Lo que le prepocupa a este historiador estadounidense es lo que él denomina como “leyes de memoria”, es decir, “acciones gubernamentales diseñadas para guiar la interpretación pública del pasado”. Leyes como la aprobada en Polonia para encubrir la participación de sus ciudadanos en el Holocausto o las medidas tomadas en Rusia para esconder los crímenes de Stalin.

Lo interesante de esta columna de Snyder es cómo víncula lo que ha estado ocurriendo en la Europa oriental con lo que se viene desarrollando en Estados Unidos. Como es sabido, la elección de Trump en 2016 empoderó a la derecha recalcintrante y a los supremacistas raciales. Uno sus blancos de ataque ha sido la enseñanza de la historia en Estados Unidos. Para estos grupos de la sociedad estadounidense, la enseñanza de la historia debe tener como objetivo crear ciudadanos patriotas, no críticos de su país y sus instituciones. Es así como cuestionaron, con la venia de la administración Trump, programas de estudios de minorías y  proyectos como 1619, conmemorando 500 años de la llegada de esclavos a lo que hoy es Estados Unidos. Desafortundamente, la salida del empresario neoyorquino de la Casa Blanca no acabó con esta ofensiva en contra de la historia. Actualmente, la sociedad estadounidense está inmersa en una guerra cultural sobre la ensañanza de la historia entre quienes quieren una historia edulcorada que deje fuera o preste poca atención a temas controversiales y sensitivos como la esclavitud, y quienes defiende la necesidad de una historia crítica y, por ende,  incomoda para quienes buscan esconder los pecados de la nación estadounidense. En fin, como diría el gran historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, la historia sigue siendo un arma.

En su columna, Snyder analiza cómo  manipular la historia a través de la aprobación de leyes  o reglamentos que limitan su enseñanza e investigación, constituye una amenaza para la democracia estadounidense.


Discurso Visual

Diego Rivera, La Plaza Roja, 1928, óleo.

La guerra contra la historia es una guerra contra la democracia

Timothy Snyder

The New York Times   29 de junio de 2021

En marzo de 1932, la portada de la revista Fortune presentaba una pintura de la Plaza Roja de Diego Rivera. Una multitud incontable de hombres sin rostro marcharon con pancartas rojas, rodeando una locomotora estampada con hoz y martillo. Esta era la imagen de modernización comunista que los soviéticos deseaban transmitir durante el primer plan quinquenal de Stalin: el logro fue impersonal, técnico, incuestionable. La Unión Soviética se estaba transformando de un remanso agrario en una potencia industrial a través de una comprensión disciplinada de las realidades objetivas de la historia. Sus ciudadanos celebraron la revolución, como sugería la pintura de Rivera, incluso cuando los moldeó en un nuevo tipo de pueblo.

Pero en marzo de 1932, cientos de miles de personas ya estaban muriendo de hambre en la Ucrania soviética, el granero del país. La rápida industrialización se financió destruyendo la vida agraria tradicional. El plan quinquenal había traído la “deskulakización”, la deportación de campesinos considerados más prósperos que otros, y la “colectivización”, la apropiación de tierras agrarias por parte del Estado. Un resultado fue la hambruna masiva: primero en Kazajistán, luego en el sur de Rusia y especialmente en la Ucrania soviética. Los líderes soviéticos eran conscientes en 1932 de lo que estaba sucediendo, pero insistieron en las requisas en Ucrania de todos modos. El grano que la gente necesitaba para sobrevivir fue confiscado y exportado por la fuerza. El escritor Arthur Koestler, que vivía en la Ucrania soviética en ese momento, recordó la propaganda que presentaba a los hambrientos como provocadores que preferían ver sus propios vientres hinchados en lugar de aceptar el logro soviético.

Ucrania era la república soviética más importante más allá de Rusia, y Stalin la entendía como díscola y desleal. Cuando la colectivización de la agricultura en Ucrania no produjo los rendimientos que Stalin esperaba, su respuesta fue culpar a las autoridades locales del partido, al pueblo ucraniano y a los espías extranjeros. A medida que se extraían alimentos en medio de la hambruna, fueron principalmente los ucranianos los que sufrieron y murieron —unos 3,9 millones de personas en la república, según el mejorcálculo, más del 10 por ciento de la población total. En las comunicaciones con camaradas de confianza, Stalin no ocultó que estaba dirigiendo políticas específicas contra Ucrania. A los habitantes de la república se les prohibió salir de ella; a los campesinos se les impedía ir a las ciudades a mendigar; las comunidades que no lograron establecer objetivos de cereales quedaron aisladas del resto de la economía; las familias fueron privadas de su ganado. Por encima de todo, el grano de Ucrania fue incautado sin piedad, mucho más allá de cualquier cosa que la razón pudiera ordenar. Incluso la semilla de maíz fue confiscada.

Journalist Gareth Jones' 1935 murder examined by BBC Four - BBC News

Gareth Jones

La Unión Soviética tomó medidas drásticas para garantizar que estos acontecimientos pasaran desapercibidos. Se prohibió la presencia de periodistas extranjeros a Ucrania. La única persona que sí reportó sobre la hambruna en inglés bajo su propio nombre, el periodista galés Gareth Jones, fue asesinado más tarde. El corresponsal en Moscú de The New York Times, Walter Duranty, explicó la hambruna como el precio del progreso. Decenas de miles de refugiados hambrientos cruzaron la frontera con Polonia, pero las autoridades polacas optaron por no dar a conocer su difícil situación: se estaba negociando un tratado con la U.S.S.R. En Moscú, el desastre fue presentado, en el congreso del partido de 1934, como una segunda revolución triunfante. Las muertes fueron recategorizadas de “hambre” a “agotamiento”. Cuando el siguiente censo contó millones de personas menos de las esperadas, los estadísticos fueron ejecutados. Mientras tanto, los habitantes de otras repúblicas, en su mayoría rusos, se mudaron a las casas abandonadas de los ucranianos. Como beneficiarios de la calamidad, no estaban interesados en sus fuentes.

Después de que la Unión Soviética llegara a su fin en 1991, los ciudadanos de una Ucrania recién independiza comenzaron a conmemorar a los muertos de la hambruna de 1932-33, a la que llaman el Holodomor. En 2006, el Parlamento ucraniano reconoció los hechos en cuestión como un genocidio. En 2008, la Duma rusa respondió con una resolución que proporcionaba un relato muy diferente de la hambruna. Incluso cuando los legisladores rusos parecían reconocer la catástrofe, la volvieron en contra de las principales víctimas. La resolución declaró que “no hay pruebas históricas de que la hambruna se organizara según líneas étnicas”, y mencionó deliberadamente seis regiones en Rusia antes de mencionar a Ucrania.

Este orden se volvió habitual en la prensa estatal rusa: las menciones de la hambruna incluían una lista torpemente larga de regiones, minimizando la especificidad de la tragedia ucraniana. La hambruna se presentó como resultado de errores administrativos por parte de un aparato estatal neutral. Todos fueron víctimas, y nadie lo fue. En una carta de 2008 a su homólogo ucraniano, el presidente ruso Dmitri Medvedev aplastó el evento en un acto de represión “contra todo el pueblo soviético”.

Al año siguiente, Medvedev estableció la Comisión Presidencial de la Federación Rusa para Contrarrestar los Intentos de Falsificar la Historia en detrimento de los intereses de Rusia, un panel de políticos, oficiales militares e historiadores aprobados por el Estado que aparentemente se encargaron de defender la historia oficial del papel de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Hizo poco en la práctica, pero estableció un principio importante: que la historia era lo que servía a los intereses nacionales de Rusia y que todo lo demás era revisionismo. Este principio se aplicó inevitablemente a la historia de la hambruna. En los medios estatales rusos, los historiadores rusos señalaron repetidamente que las personas que ejecutaban las órdenes de Stalin en Ucrania eran a su vez ucranianos. (Esto era, por supuesto, cierto, pero algo similar se puede decir de casi todas las políticas coloniales y genocidas. El ministerio de relaciones exteriores ruso tomó la posición en 2017 de que los ucranianos que recuerdan la hambruna tenían “un objetivo: ampliar la brecha entre Rusia y Ucrania”.

 

40,000 Russian troops on Ukraine border - CNN Video

Soldados rusos en Ucrania, 2014.

Esta incapacidad para reconocer una tragedia condujo a una incapacidad para reconocer a un pueblo. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2014, una de las razones era que Ucrania no era un Estado real. Vladimir Putin, por entonces (otra vez) presidente, comparó la situación en Ucrania con la Revolución Bolchevique: una época de caos y guerra civil, cuando un ejército enviado desde Rusia podía decidir las cosas. Los abogados internacionales rusos argumentaron que la invasión y la anexión estaban justificadas por la desaparición del Estado ucraniano.

En el momento de la invasión, había un museo propio del gulag en Rusia, un sitio para recordar millones de muertes y decenas de millones de encarcelamientos: la reconstrucción de Perm-36, un campo de “régimen especial” particularmente notorio para prisioneros políticos. Durante la invasión de Ucrania, el sitio fue tomado por el estado ruso, sus exhibiciones revisadas para centrarse en la experiencia de los guardias de la prisión en lugar de los prisioneros, que habían sido desproporcionadamente ucranianos. Raphael Lemkin, el abogado polaco-judío que acuñó la palabra “genocidio”, opinaba que la política soviética en Ucrania equivalía a una. Durante la guerra, su panfleto que lo decía fue colocado en el índice de “materiales extremistas” de Rusia, junto con una serie de publicaciones sobre la historia de la Ucrania soviética. La posesión de estos documentos podría llevar a una sentencia de prisión.

Estas políticas rusas pertenecen a un creciente cuerpo internacional de lo que se llaman “leyes de memoria”: acciones gubernamentales diseñadas para guiar la interpretación pública del pasado. Tales medidas funcionan afirmando una visión obligatoria de los acontecimientos históricos, prohibiendo la discusión de hechos o interpretaciones históricas o proporcionando directrices vagas que conducen a la autocensura. Las primeras leyes de memoria generalmente fueron diseñadas para proteger la verdad sobre los grupos de víctimas. El ejemplo más importante, aprobado en Alemania Occidental en 1985, criminalizó la negación del Holocausto. Tal vez como era de esperar, otros países siguieron ese precedente y prohibieron la negación de otras atrocidades históricas. La ley de Alemania Occidental fue controvertida para algunos defensores de la libertad de expresión; las medidas sucesivas fueron impugnadas sobre la base de que el Holocausto se encontraba en una categoría especial. Sin embargo, estas primeras leyes podrían defenderse como intentos de proteger a los más débiles contra los más fuertes, y una historia en peligro de extinción contra la propaganda.

Claims Conference Statement Re: Facebook Policy Change: Holocaust Denial  and Distortion - Claims Conference

Rusia ha puesto patas arriba la lógica original de las leyes de memoria. No son los hechos sobre los vulnerables, sino los sentimientos de los poderosos los que deben protegerse. El lenguaje utilizado para alcanzar este objetivo es elegido con mucho cuidado. Durante la invasión rusa de Ucrania, Putin promulgó la engañosamente llamada “Ley contra la rehabilitación del nazismo”. Su premisa era que los tribunales de Nuremberg, donde algunos nazis fueron juzgados, habían dictado un juicio exhaustivo sobre las atrocidades de las décadas de 1930 y 40. La ley prohibió específicamente, con sanciones penales, “la información falsa sobre las actividades de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial”. En otras palabras, cualquier mención de crímenes no juzgados en Nuremberg podría equipararse a una negación de las atrocidades nazis. No se juzgó ninguna acción soviética allí, por supuesto, porque los soviéticos estaban entre los vencedores y los jueces.

Un gesto hacia la protección de la santidad del Holocausto se convirtió en un control sobre todo el universo de atrocidades no nazis. Señalar que la Unión Soviética había comenzado la guerra como un aliado nazi, según esta lógica, era cometer un crimen; un ciudadano ruso que mencionó en una publicación en las redes sociales que la Alemania nazi y la Unión Soviética invadieron Polonia fue procesado. Este año, el Parlamento ruso está considerando una ley más amplia que criminalizaría la equiparación de los objetivos y métodos de los altos mandos y militares soviéticos y nazis. Quizás lo más llamativo de esta propuesta es que sus defensores definen sus propósitos terapéuticamente. Es “un error insultar la memoria de la nación victoriosa”. La victoria fue soviética, no rusa; Judíos, bielorrusos y ucranianos sufrieron más que los rusos. No se trata de proteger los hechos históricos, sino de cultivar el sentimiento nacional.

The 1776 Report: Collector's Edition: The President's Advisory 1776  Commission: 9798716362826: Amazon.com: BooksEn noviembre pasado, cinco días después de que la última ley de memoria rusa saliera de un comité presidencial, el presidente estadounidense, Donald Trump, creó la Comisión Asesora del Presidente 1776. Su “Informe de 1776”,  publicado justo cuando el mandato de Trump llegó a su fin en enero, definió su tarea como la “restauración de la educación estadounidense”. El informe respondió al  Proyecto 1619, un intento de acercar la historia de la esclavitud al centro de las narrativas nacionales, que esta revista publicó en 2019. El informe de la comisión reprodujo la estructura de la política de memoria rusa, reconociendo un mal histórico y luego relativizándolo de una manera impactante. Se discutió la esclavitud, pero sólo como uno de los numerosos “desafíos a los principios de Estados Unidos”, una lista que también incluía el “progresismo” y la “política de identidad”. La práctica de la esclavitud en Estados Unidos se definió como una “negación de los principios estadounidenses básicos” y “el intento de sustitución de una teoría de los derechos de grupo en su lugar”, que, según los autores, “son los antepasados directos de algunas de las teorías destructivas que hoy dividen a nuestro pueblo y desgarran el tejido de nuestro país”.

La “teoría crítica de la raza” es el nuevo espantapájaros de la derecha. la  izquierda no debe caer en la trampa

La alusión a los “derechos de grupo” parece ser una referencia a la Teoría Crítica de la Raza: un conjunto de argumentos de décadas de antigüedad sobre cómo funciona el racismo en la ley y la sociedad que recientemente se ha convertido en una fijación de los políticos republicanos. Asociado con la U.C.L.A. y la profesora de la Facultad de Derecho de Columbia Kimberlé Crenshaw y otros académicos afroamericanos, la Teoría Crítica de la Raza pregunta por qué la discriminación no terminó con la Ley de Derechos Civiles de 1964 y recomienda un escrutinio crítico de las leyes centrándose en sus consecuencias en lugar de en las intenciones declaradas de sus autores. El Informe de 1776 se fija en el flagelo relacionado de la “política de identidad”, un “credo” por el cual los “supuestos opresores” deben “expiar e incluso ser castigados a perpetuidad por sus pecados y los de sus antepasados”. Estas ideas recibieron más atención en el Informe de 1776 que la esclavitud.

Esta primavera, las leyes de la memoria llegaron a Estados Unidos. Los legisladores estatales republicanos propusieron docenas de proyectos de ley diseñados para guiar y controlar la comprensión estadounidense del pasado. Al momento de escribir este artículo, cinco estados (Idaho, Iowa, Tennessee, Texas y Oklahoma) han aprobado leyes que dirigen y restringen las discusiones de la historia en las aulas. El Departamento de Educación de un sexto (Florida) ha aprobado directrices con el mismo efecto. Otras 12 legislaturas estatales todavía están considerando leyes de memoria.

Los detalles de estas leyes varían. La ley de Idaho es la más kafkiana en su censura: afirma la libertad de expresión y luego prohíbe el discurso divisivo. La ley de Iowa ejecuta la misma pirueta totalitaria. Las leyes de Tennessee y Texas van más lejos en la especificación de lo que los maestros pueden y no pueden decir. En  Tennessee, los maestros no deben enseñar que el estado de derecho es “una serie de relaciones de poder y luchas entre grupos raciales o de otro tipo”. Tampoco pueden negar el preámbulo de la Declaración de Independencia, palabras que Thomas Jefferson presumiblemente nunca tuvo la intención de ser parte de una ley de censura estadounidense. La ley de Idaho menciona la Teoría Crítica de la Raza; la directiva de la junta escolar de Florida lo prohíbe en las aulas. La  ley de Texas prohíbe a los maestros exigir a los estudiantes que entiendan el Proyecto 1619. Es un objetivo perverso: los maestros tienen éxito si los estudiantes no entienden algo.

The Significance of the 1619 Project – The Panther

Pero la característica más común entre las leyes, y la más familiar para un estudiante de leyes represivas de la memoria en otras partes del mundo, es su atención a los sentimientos. Cuatro de cada cinco de ellos, en un lenguaje casi idéntico, proscriben cualquier actividad curricular que dé lugar a “incomodidad, culpa, angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica a causa de la raza o el sexo del individuo”.

La historia no es terapia, y la incomodidad es parte de crecer. Como maestro, no puedo excluir la posibilidad, por ejemplo, de que mis estudiantes no judíos sientan angustia psicológica al aprender lo poco que Estados Unidos hizo por los refugiados judíos en la década de 1930. Sé por mi experiencia enseñando el Holocausto que a menudo causa incomodidad psicológica para los estudiantes aprender que Hitler admiraba a Jim Crow y el mito del Salvaje Oeste. Los maestros de las escuelas secundarias no pueden excluir la posibilidad de que la historia de la esclavitud, los linchamientos y la supresión de votantes incomode a algunos estudiantes no negros. Las nuevas leyes de memoria invitan a los maestros a autocensurarse, sobre la base de lo que los estudiantes podrían sentir, o decir que sienten. Las leyes de memoria ponen el poder de censura en manos de los estudiantes y sus padres. No es exactamente inusual que las personas blancas en Estados Unidos expresen la opinión de que están siendo tratadas injustamente; ahora tal opinión podría paralizar las clases de historia.

La suposición es que la angustia psicológica sobre la raza surge principalmente cuando se plantea el tema. Eso podría tener sentido desde la perspectiva de una persona blanca cuya preocupación es no ser considerada como racista, y que puede concluir que la mejor manera de evitar el riesgo de tal incomodidad es mantener al sujeto fuera de la mesa. Pero, ¿qué se necesitaría realmente para eliminar “la incomodidad, la culpa, la angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica” a causa de la raza de las vidas de los negros, o de los días escolares de los estudiantes negros? ¿Qué pasaría si los estudiantes afroamericanos en un estado con una ley de memoria hablaran en clase para decir que enseñar la historia de los padres fundadores sin referencia a su esclavitud les causaba incomodidad y angustia específicamente como personas negras?

Las leyes de memoria surgen en un momento de pánico cultural cuando los políticos nacionales de repente están despotricando contra las enseñanzas “revisionistas”. En Rusia, los supuestos revisionistas son personas que escriben críticamente sobre Stalin, o honestamente sobre la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos, los “revisionistas” son personas que escriben sobre la raza. En ambos casos, “revisionismo” tiende a significar las partes de la historia que desafían el sentido de rectitud de los líderes o hacen que sus partidarios se sientan incómodos.

El genocidio ucraniano provocado por la URSS del que nadie habla - Historia  - Historia

Niños ucranianos.

En Rusia, es tentador imaginar que el estalinismo tenía que ver fundamentalmente con la gestión. La hambruna en Ucrania fue un error de cálculo administrativo. El terror de finales del decenio de 1930 fue un error lamentable. La alianza con Hitler era una necesidad geopolítica. Para los estadounidenses, estas justificaciones rusas parecen ridículas, porque no tenemos sentimientos de culpa o vergüenza por los eventos en cuestión, ni una apuesta emocional en ser inocentes, ni conexión con la narrativa. No tenemos problemas para ver que el hambre, el gulag y el terror eran algo más que excesos administrativos, y no podemos pasar por alto fácilmente una alianza con Hitler. Por la misma razón, cualquiera que mire a los Estados Unidos desde el exterior inmediatamente ve que nuestras nuevas leyes de memoria protegen el legado del racismo. Sólo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Las leyes de memoria estadounidenses ni siquiera suelen referirse a eventos históricos específicos sobre los que hacen cumplir las ortodoxias; en este sentido son un paso más avanzados que las leyes de memoria rusas. Pero los momentos en que las nuevas leyes se aventuran en la especificidad son esclarecedores. “Ejemplos de teorías que distorsionan los eventos históricos y son inconsistentes con los estándares aprobados por la Junta Estatal”, dice la nueva política del Departamento de Educación de Florida,  “incluyen la negación o minimización del Holocausto y la enseñanza de la Teoría Crítica de la Raza, es decir, la teoría de que el racismo no es simplemente el producto del prejuicio, sino que el racismo está incrustado en la sociedad estadounidense y sus sistemas legales para defender la supremacía de las personas blancas”.

Esta es una sorprendente repetición de la táctica retórica de la ley de memoria rusa de 2014: en ambos, los crímenes de los nazis se despliegan para silenciar una historia de sufrimiento: en Rusia para disuadir las críticas de la era de Stalin, en Florida para prohibir la educación sobre el racismo. Y en ambos casos, las medidas en cuestión en realidad hacen que el Holocausto sea imposible de entender. Si es ilegal en Rusia discutir el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, entonces es imposible discutir cómo, dónde y cuándo comenzó la Segunda Guerra Mundial. Si es ilegal en Florida enseñar sobre el racismo sistémico, entonces los aspectos del Holocausto relevantes para los jóvenes estadounidenses no se torce. Las leyes raciales alemanas se basaron en el precedente establecido por Jim Crow en los Estados Unidos. Pero dado que Jim Crow es racismo sistémico, que tiene que ver con la sociedad y la ley estadounidenses, el tema parece estar prohibido en las escuelas de Florida.

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La ley de memoria rusa que se apoya en el Holocausto lo degrada; la medida de Florida que compara la negación del Holocausto con la Teoría Crítica de la Raza la trivializa. Hay una manera más generosa y constructiva de abordar la historia afroamericana y judía. Aunque ha sido extravagantemente caricaturizado por sus detractores, un argumento central de la Teoría Crítica de la Raza es una observación directa y, para un historiador, intuitiva: la discriminación no es simplemente una cuestión de actitudes o instituciones, sino de su interacción en la sociedad a lo largo del tiempo. Este análisis es ampliamente aplicable. Es tentador ver el Holocausto como una cuestión de prejuicio racial alemán; entonces podemos distanciarnos fácilmente asegurándonos de que no somos alemanes ni antisemitas. Pero es imposible explicar cómo casi seis millones de personas fueron asesinadas en un momento y lugar determinados simplemente refiriéndose a actitudes.

Las atrocidades comienzan en la vida cotidiana, por lo que necesitamos herramientas y conceptos para despegar lo familiar y lo exculpatorio. Empecé a escribir este ensayo después de hacer lo que hago la mayoría de los días, dejar a mis hijos en la escuela. Después de llegar a Viena el verano pasado, tuve que apresurarme para encontrar una escuela para mis hijos. Hubo una pandemia; Yo era extranjero; y hubo algunos momentos de incertidumbre. Fue un gran alivio para mí cuando mis hijos fueron admitidos en una buena escuela. ¿Qué habría hecho si luego me hubiera enterado de que las ranuras se abrieron porque algunos otros niños habían sido expulsados de la escuela? Lo más probable es que no hubiera mirado demasiado de cerca; una reacción humana sería suponer que esos otros niños deben haber merecido la expulsión, al igual que mis hijos merecen la admisión.

Ahora imaginemos que estoy en Viena, buscando una escuela, pero estamos en 1938. Hitler ha llegado y el Estado austriaco se ha derrumbado. Los niños judíos están abandonando las escuelas mientras sus familias huyen del país. Mis hijos, que han estado en una lista de espera para una escuela muy deseable, de repente tienen plazas. ¿Qué haría? Las autoridades escolares me ahorran sentimientos al no mencionar cómo se abrieron los lugares. Tal vez yo no soy un antisemita, y tal vez el director de la escuela tampoco lo sea. Pero sin embargo, algo antisemita está sucediendo, e independientemente de cómo evaluo mis propios motivos, me siento atraído. Para mí y para los otros padres en mi situación, a quienes sin duda llegaría a reconocer y conocer, llegaría a parecer normal que ya no hubiera niños judíos en la escuela.

Cuando afirmamos que la discriminación es sólo el resultado de prejuicios personales, nos liberamos de responsabilidad. Sólo nuestra historia importa, y lo que importa en nuestra historia es nuestra inocencia. La única manera de preservar la descripción neutral de una situación como esa es expulsar de la historia a las otras personas involucradas. Los padres que quieren pensar que lo que hicieron fue normal podrían ser atraídos a pensar en los judíos como más allá de la comunidad nacional. Los judíos se vuelven menos que humanos para que podamos decirnos a nosotros mismos que somos humanos. El antisemitismo que surge de esta coyuntura no radica sólo en la mente y no sólo en las instituciones: reside en algún punto intermedio, en un sistema que ahora está funcionando de una manera nueva. Sabemos a dónde nos llevó. Los judíos fueron excluidos del voto y de las profesiones. Fueron separados de sus bienes, de sus hogares y de sus vidas.

Kristallnacht | Definition, Date, Facts, & Significance | Britannica

En Austria, en 1938, lo que antes era imposible se hizo posible de repente. El estado austríaco dejó de existir, y algunos austriacos se aprovecharon abusando de los judíos. Los nazis austriacos tenían listas de apartamentos y automóviles judíos, y los tomaron para sí mismos tan pronto como pudieron. Los judíos eran objeto de humillación, violencia, violación y, en algunos casos, asesinato. Un estudiante de historia de Europa central y oriental puede ver en los acontecimientos del 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, en Tulsa, Okla., un cierto parecido con lo que sucedió en Austria, aunque la violencia en Estados Unidos estaba más concentrada.

En ese momento, Oklahoma era un estado de Jim Crow. Greenwood era un próspero barrio negro en Tulsa. En ese día de primavera, los tulsanos blancos entraron y destruyeron Greenwood, quemando edificios y asesinando a ciudadanos negros a gran escala. Contaron con el apoyo de algunos policías. Después, como en Viena, las relaciones de propiedad se alteraron para siempre, lo que tuvo un efecto impalpable pero inconfundible en las actitudes.

Sin embargo, al igual que en Austria, la violencia racial no dio lugar a un debate sobre el racismo. Al contrario: como detalla el historiador Scott Ellsworth en su nuevo libro sobre la masacre, The Ground Breaking, el poder sistémico del racismo se revela en los largos silencios. En Tulsa, la prensa local dejó de mencionar los hechos. Los documentos relativos a la masacre desapasaron de los archivos estatales. Los libros de texto de historia de Oklahoma no tenían nada que decir. A los jóvenes de Tulsa y Oklahoma se les negó la oportunidad de pensar en su propia historia por sí mismos. El silencio prevaleció durante décadas.

Cien años después de la masacre de Tulsa, casi al día de hoy, la Legislatura de Oklahoma aprobó su ley de memoria. Las instituciones educativas de Oklahoma ahora tienen prohibido seguir prácticas en las que “cualquier individuo debe sentir incomodidad, culpa, angustia o cualquier otra forma de angustia psicológica” en cualquier tema relacionado con la raza. (Esto ya ha llevado a que al menos una universidad comunitaria cancele una clase sobre raza y etnia). El gobernador de Oklahoma ha afirmado que la masacre de Tulsa todavía se puede enseñar en las escuelas. Los profesores han expresado sus dudas. Dado que el objetivo de la ley es proteger los sentimientos sobre los hechos, los maestros sentirán presión para discutir el evento de una manera que no dé lugar a controversia.

Tulsa Race Massacre - HISTORY

Tulsa, Oklahoma, 1 de junio de 1921.

Los hechos tienden a ser controvertidos. Sería polémico señalar, por ejemplo, que la masacre de Tulsa fue uno de los muchos casos de limpieza racial en los Estados Unidos, o que sus consecuencias se manifiestan en Oklahoma hasta el día de hoy. Sería polémico señalar que los pogromos raciales, junto con los azotes, los tiroteos y los linchamientos, son herramientas tradicionales para intimidar a los afroamericanos y mantenerlos alejados de las urnas.

En la mayoría de los casos, las nuevas leyes de memoria estadounidenses han sido aprobadas por legislaturas estatales que, en la misma sesión, han aprobado leyes diseñadas para dificultar la votación. La administración de la memoria permite la supresión de votantes. La historia de negar el voto a los negros es vergonzosa. Esto significa que es menos probable que se enseñe cuando los maestros tienen el mandato de proteger a los jóvenes de sentir vergüenza. La historia de negar a los negros el voto involucra a la ley y a la sociedad. Esto significa que es menos probable que se enseñe cuando los maestros tienen el mandato de decirles a los estudiantes que el racismo es sólo un prejuicio personal.

Mi experiencia como historiador de la matanza en masa me dice que todo lo que vale la pena conocer es desconcertante; mi experiencia como profesor me dice que el proceso vale la pena. Tratar de proteger a los jóvenes de la culpa les impide ver la historia como lo que fue y convertirse en los ciudadanos que podrían ser. Parte de convertirse en un adulto es ver su vida en sus entornos más amplios. Sólo ese proceso permite un sentido de responsabilidad que, a su vez, activa el pensamiento sobre el futuro.

La democracia requiere responsabilidad individual, que es imposible sin una historia crítica. Prospera en un espíritu de autoconciencia y autocorrección. El autoritarismo, por otro lado, es infantilizante: no deberíamos tener que sentir ninguna emoción negativa; los temas difíciles deben ser retenidos de nosotros. Nuestras leyes de la memoria equivalen a terapia, una cura parlante. En la representación del mundo por parte de las leyes, las palabras de los blancos tienen el poder mágico de disolver las consecuencias históricas de la esclavitud, los linchamientos y la supresión de votantes. El racismo se acabó cuando los blancos lo dicen.

Empezamos diciendo que no somos racistas. Sí, eso se sintió bien. Y ahora debemos asegurarnos de que nadie diga nada que pueda molestarnos. La lucha contra el racismo se convierte en la búsqueda de un lenguaje que haga que las personas blancas se sientan bien. Las propias leyes modelan la retórica deseada. Sólo estamos tratando de ser justos. Nos comportamos de manera neutral. Somos inocentes.

Traducción: Norberto Barreto Velázquez

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Comparto este interesante artículo de la profesora Alyssa Goldstein Sepinwall, analizando cómo Hollywood ha ignorado o mal representado la gesta de la revolución haitiana. La Dr. Goldstein Sepinwall es profesora de Historia en la  California State University-San Marcos. Sus especialidades de investigación incluyen las revoluciones francesa y haitiana, la historia haitiana moderna, la esclavitud y el cine, el colonialismo francés, la historia franco-judía, la historia y los videojuegos, y la historia del género. Su libro más reciente, Slave Revolt on Screen: The Haitian Revolution in Film and Video Games  fue publicado en junio de 2021 por la University Press of Mississippi.


La batalla por Palm Tree Hill por enero Suchodolski, 1845 (Wikimedia Commons)

Cómo Hollywood ha ignorado la revolución haitiana

 Alyssa Goldstein Sepinwall 

Black Perspectives  16 de ulio de 2021 

Los afro-estadounidenses han estado interesados durante mucho tiempo en Haití. Décadas antes del llamado “giro haitiano” dado por la academia estadounidense  en el siglo XXI, los académicos afro-estadounidenses habían sido pioneros en el estudio de la historia haitiana en inglés. En el  Journal of Negro History y en otros lugares,  Mercer Cook,  Rayford Logan y otros publicaron  estudios fundacionales sobre el Haití colonial (Saint-Domingue francés), la revolución haitiana y la independencia haitiana. De manera similar, en el arte y la literatura, las figuras del Renacimiento de Harlem vieron a Haití como un faro de la autodeterminación negra. Como el primer sitio en las Américas donde los afrodescendientes derrocaron a sus opresores blancos, Haití inspiró durante mucho tiempo a los pensadores afro-estadounidenses.

Al igual que sus contrapartes académicos, los actores y directores afro-estadounidenses han tratado de hacer que la revolución haitiana (1791-1804) sea más conocida en los Estados Unidos. El intento del actor Danny Glover de hacer una película sobre la revolución en las décadas de 2000 y 2010 es el ejemplo más famoso. Pero como observo en mi libro Slave Revolt on Screen: The Haitian Revolution in Film and Video Games, estrellas como Harry Belafonte, Sidney Poitier, William Marshall y Ellen Holly también buscaron hacer películas sobre héroes revolucionarios haitianos, incluidos Toussaint Louverture, Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

El emperador Jones (1933) - FilmaffinitySin embargo, ha resultado mucho más difícil para los artistas negros hacer películas sobre la revolución que para los historiadores escribir sobre ella. Un factor es el costo. Con una película épica que requiere mucho más dinero para producir que una monografía, y las divisiones desiguales del capital cinematográfico resultantes de los legados económicos de la esclavitud y el racismo, incluso las estrellas negras más importantes de Hollywood no han podido dar luz verde a sus propias películas sobre temas como la revolución de Haití. Otra razón tiene que ver con la imaginación históricamente limitada de los productores blancos en este sentido. A Glover se  le preguntó “¿Dónde están los héroes blancos?” antes de que se le negara la financiación para su biopic de Toussaint. Y cuando se le pidió a Belafonte que protagonizara un remake de  El emperador Jones  (que caricaturizó la historia de Christophe), intentó hacer una película más respetuosa sobre la revolución haitiana. Pero los productores le dijeron que si se negaba a interpretar el papel como estaba escrito, “Tendremos una estrella negra que lo hará”.

De hecho, como han demostrado estudiosos como Valerie Smith  y  Donald Bogle,  Hollywood ha recurrido durante mucho tiempo a tropos racistas al representar la vida y la cultura negras. Smith explica que el racista Nacimiento de una nación (1915) de D.W. Griffith tuvo una influencia descomunal: las imágenes establecidas en esa película fueron “reproducidas a lo largo de la historia del cine estadounidense, tipos que van desde hombres y mujeres indolentes, serviles y bufonestas hasta viciosos violadores negros”. El desafío de lograr que los productores financien una película sobre la Revolución de Haití se ha visto exacerbado por el hecho de que este evento no encaja en el tipo de historias de historia negra que los estudios prefieren. A diferencia de la trama ficticia de  Django Desencadenado, la Revolución haitiana fue planeada por pueblos afrodescendientes sin la ayuda de un héroe blanco. A diferencia de la insurrección liderada por Nat Turner (presentada en  El nacimiento de una nación de NateParker), los haitianos derrocaron a sus opresores y forzaron el fin de la esclavitud.

Lydia Bailey (1952) - Rotten Tomatoes

Contrariamente a la creencia popular, Hollywood no ha ignorado por completo la revolución haitiana. Pero dadas estas desigualdades, no es sorprendente que la única película de estudio ambientada durante la Revolución haitiana no fuera escrita por afro-estadounidenses, sino por blancos de izquierda. Lydia Bailey  (1952) de Fox no fue precisamente el tipo de película sobre la revolución haitiana que los escritores afro-estadounidenses han propuesto: sus protagonistas no eran Louverture y Dessalines, sino dos estadounidenses blancos que se enamoraban en medio de la revolución.

La historia de por qué se hizo Lydia Bailey,  y la insistencia del estudio en centrar a los personajes blancos, es demasiado complicada de detallar aquí. Pero vale la pena señalar dos cosas sobre la película. Primero, Fox lo hizo en medio de una ola de imágenes de mensajes sociales de posguerra sobre el racismo. En 1947 Fox había publicado  Gentleman’s Agreement,una película pionera que destacaba el feo problema del antisemitismo estadounidense, incluso entre aquellos que afirmaban haberse opuesto a los nazis. Recién salidos del éxito de esa película, los guionistas de Lydia Bailey Philip Dunne y Michael Blankfort lo pretendían como una salva contra el racismo anti-negro. Hicieron que la revolución haitiana fuera análoga a la de Estados Unidos, en lugar de un ataque salvaje de los negros contra los blancos franceses que los blancos estadounidenses la habían retratado durante mucho tiempo. Esta representación anticipó la erudición de las Revoluciones Atlánticas por varias décadas. En la película, la protagonista blanca Albion Hamlin se encuentra con Toussaint Louverture y decide que la violencia revolucionaria haitiana contra los franceses está justificada. Al enterarse de la esclavitud, Albion le dice a un amigo haitiano (interpretado por William Marshall), “Si yo fuera un nativo hoy en día cuya libertad se viera amenazada por los despiadados de Napoleón, mataría a todos los hombres blancos sobre los que pudiera poner mis manos”. La postura antirracista de la película también fue influenciada por la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP). Trabajando con Fox como parte de las iniciativas de derechos civiles de la posguerra, el líder dela NAACP, Walter White, instó al estudio a retratar a los personajes negros haitianos de la película respetuosamente mientras ayudaba a las audiencias a comprender el significado histórico de Haití.

En muchos sentidos, Lydia Bailey  se apartó notablemente de los estereotipos más antiguos de Hollywood. Por lo tanto, muchos escritores negros elogiaron la película como un hito en la representación de los negros en la pantalla. En enero de 1952, antes del estreno,  Ebony  proclamó: “La historia negra será glorificada en una película importante de Hollywood por primera vez”. Otro artículo de Ebony  exclamó: “Por primera vez se ha construido una película alrededor de un país negro con grandes líderes… Nunca una imagen ha llevado una acusación tan tremenda de esclavitud”. En julio,  Jet  llamó a Lydia Bailey  la “primera imagen que realmente representa la valentía de los negros cuyo amor por la libertad no se derritió frente a las armas”.

LYDIA BAILEY Daybill Movie poster Anne Francis | Moviemem Original Movie  PostersSin embargo, la prensa negra también presentó críticas a  Lydia Bailey. Durante la producción, un editor de California Eagle  escuchó rumores de una escena atroz (lo que implica que los negros y los blancos tenían olores diferentes). Ella escribió: “Lydia Bailey  puede estar dando empleo a 180 actores negros, pero [esto] me da vuelta el estómago”. El escritor preguntó cómo “una industria que no emplea a los negros como escritores” podría hacer “una imagen sincera y sensible relacionada con la vida negra”. Walter White tuvo una visión más positiva una vez que vio la película final (con esa escena alterada). Le dijo a los lectores: “Les ruego que no se pierdan” a  Lydia Bailey. Aun así, White cuestionó la sorprendente imposición de la película de un baltimoreano blanco en el círculo íntimo de Toussaint.

En general, dado el clima de la época, los periódicos negros vieron a Lydia Bailey  como  un hito.  Marion Campfield, del Defensor de Chicago, bromeó sobre su “desdén por la autenticidad histórica”, pero instó a los espectadores a apoyarlo con visitas repetidas. Lo más crucial, argumentó, fue el tratamiento de Fox de “la valiente lucha de Haití para vivir con orgullo con sensibilidad y dignidad”. Elogió el guion por hacer que los haitianos ejemplificara la libertad y la igualdad, en lugar de los franceses. En Los  Angeles Sentinel,Hazel Lamarre declaró: “Hollywood … se ha dejado abierto a la crítica cuando se hacen películas que tratan con personas de color”. Pero agregó: “’Lydia Bailey’ está fuera de esta clase”. Lamarre calificó la película de “inspiradora”. Un crítico en el  California Eagle  predijo que a los blancos del sur no les gustaría la película, pero que era “la mejor para salir de Hollywood”.

Setenta años después, llama la atención que Lydia Bailey  siga siendo la única película de Hollywood centrada en la Revolución. La voluntad de los estudios de hacer películas que justificaran la violencia revolucionaria negra se disipó en medio de la histeria anticomunista, así como la ansiedad de los blancos  sobre el movimiento de derechos civiles. La ola de mejores películas de historia negra que los escritores esperaban en 1952 no se materializó.

A raíz de Black Panther, visto de manera similar como histórica,¿los productores estarán más dispuestos a financiar películas sobre la Revolución Haitiana? Sin duda, hay motivos para el escepticismo. La comedia de Chris Rock de 2014  Top Five  relató un biopic de la Revolución haitiana que fracasa en la taquilla porque los blancos ignoran o son hostiles a las historias de revuelta de esclavos. El punto de Rock aún no está desactualizado: los financiadores y el público blanco todavía no parecen estar listos para una historia centrada en las personas esclavizadas que recurren a la violencia para liberarse. Aún así, como  brenda Stevenson ha predicho,el impulso de las películas recientes y la creciente influencia de los cineastas negros pueden hacer que sea “difícil dar marcha atrás”. De hecho, un reciente informe de McKinsey se hizo eco de lo que los principales escritores y productores negros han enfatizado,que Hollywood pierde miles de millones al año al no ingitar sus proyectos. Si los estudios están dispuestos a escuchar, las audiencias finalmente pueden llegar a ver películas de gran presupuesto con la Revolución haitiana en la pantalla, escritas desde perspectivas negras.

  1. Véase Millery Polyné, From Douglass to Duvalier: U.S. African Americans, Haiti, and Pan Americanism, 1870-1964  (Gainesville: University Press of Florida, 2010); Maurice Jackson y Jacqueline Bacon, eds.,  African Americans and the Haitian Revolution  (Nueva York: Routledge, 2010); Leslie Alexander, “The Black Republic: The Influence of the Haitian Revolution on Northern Black Political Consciousness, 1816–1862, en Alyssa G. Sepinwall, ed.,  Haitian History: New Perspectives  (Nueva York: Routledge, 2012), 197 – 214; y Brandon Byrd,  The Black Republic: African Americans and the Fate of Haiti  (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2019).

 

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

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Fruto de la polarización y del recrudecimiento de los debates raciales, la sociedad estadounidense experimenta una serie de guerras culturales que giran en torno, entre otras cosas, a la discusión sobre el significado no sólo de los símbolos, sino  de la Confederación misma. La remoción de las estatuas de los “héroes del Sur” forma parte principal de este proceso.

Comparto este artículo de Tyler D. Parry -profesor  en el Departamento de Estudios Afroamericanos y de la Diáspora Africana de la Universidad de Nevada, Las Vegas- que nos recuerda que la historia del Sur no se reduce a las estatuas de Lee o de “Stonewall” Jackson. Por el contrario, Dr. Parry hace un trabajo excelente rescatando el papel que los afroamericanos han jugado en la historia sureña enfoncando varias figuras destacadas de Carolina del Sur.


Los conservadores están tratando una vez más de borrar la historia negra

Tyler D. Parry

Washington Post  14 de julio de 2021

Imagen 1

Robert Smalls, nacido en Beaufort, S.C., en 1839, hizo un audaz escape de la esclavitud mientras se libraba la Guerra Civil y pasó a servir cinco términos en el Congreso como representante de Carolina del Sur. (Colección de fotografías Brady-Handy, Biblioteca del Congreso, División de Grabados y Fotografías)

A medida que los legisladores estatales republicanos impulsan leyes que regulan el currículo y los monumentos confederados caen, la batalla política sobre la historia de la nación se ha intensificado. Qué voces y perspectivas se recuerdan se ha convertido en un tema primordial de esta guerra cultural, uno que los conservadores parecen decididos a explotar.

Las consecuencias de tales acciones ya se están experimentando, ya que dos maestros, uno en Florida  y otro en  Tennessee, fueron despedidos por no cumplir con los nuevos mandatos que prohíben la enseñanza de la “teoría crítica de la raza” (critical race theory) en las escuelas desde el nido hasta secundaria. Los temores de hacer una evaluación honesta del racismo institucional, que impulsan tales leyes, tienen implicaciones directas en la forma en que la historia se muestra y se conmemora públicamente. De hecho, al enterarse de que la Cámara de Representantes aprobó una  medida  el 29 de junio para eliminar los monumentos confederados del Capitolio de los Estados Unidos, el experto conservador  Matt Walsh afirmó:”Lo que el Congreso está diciendo hoy, es que a los estados del sur simplemente no se les permite honrar a nadie que vivió o sirvió a su estado desde la parte media del siglo 19 hasta el comienzo del 20”.

Yes, Virginia – there is Critical Race Theory in our schools | Articles |  fairfaxtimes.com

Pero eso simplemente no es cierto. De hecho, hay millones de sureños de esta época que vale la pena honrar. Muchos de ellos, sin embargo, han sido borrados de nuestra historia porque eran negros. La educación del nido hasta la secundaria ha minimizado durante mucho tiempo sus contribuciones y se ha negado a entenderlos como “sureños” que lucharon para hacer de su lugar de nacimiento un lugar más justo y equitativo para todos sus habitantes.

Durante más de un siglo, celebrar la historia confederada dependió de borrar los muchos movimientos liderados por afroamericanos dentro de la región. Los escritores en la era de Jim Crow esbozaron una visión romántica del período antebellum que retrataba a los blancos del sur como gallardos agrarios que simplemente querían vivir libres del industrialismo del norte. Aquellos que poseían personas esclavizadas fueron representados como figuras paternas que promovían los valores cristianos, mientras que las personas de ascendencia africana fueron retratados como receptores pasivos de la civilización cristiana y rara vez se les dio una voz en esta narrativa mítica.

Sin embargo, muchos afroamericanos del Sur trabajaron por el cambio social y nunca se rindieron a la supremacía blanca o al racismo institucionalizado. Los ejemplos de estos esfuerzos abundan, pero en ninguna parte fue esto más frecuente o poderoso que en Carolina del Sur entre 1868 y 1876 durante el período conocido como “la Reconstrucción”, cuando los afroamericanos nacidos en el Sur estubieron a la vanguardia de las campañas para la mejora social. Reclamar estas narrativas conlleva complejidad y precisión a nuestra comprensión del pasado y del Sur — y desafía los esfuerzos políticos que buscan manipular el pasado para promover la supremacía blanca, entonces y ahora.

Aunque a menudo se pasa por alto en los currículos generales del nido hasta secundaria, el breve momento de la Reconstrucción fue un cambio crucial hacia la formación de una mejor república estadounidense, ya que estableció un estándar para el activismo reformista que todavía proporciona un plan para las campañas modernas de justicia social. Y fueron los hombres y mujeres negros del sur durante este período quienes lideraron la carga del cambio social.

The South Carolina Constitutional Convention of 1868 | Charleston County  Public Library

En 1868, Carolina del Sur celebró una convención constitucional, en la que la mayoría de los delegados eran negros. Crearon y aprobaron una nueva constitución estatal que, entre sus muchos elementos, declaró el fin de la discriminación basada en la raza y asignó fondos para la educación pública gratuita. La destrucción de las políticas racistas y la expansión de los servicios educativos para todos los nativos de Carolina del Sur fue un sello distintivo de este momento de posguerra, y estableció un camino para la excelencia de los negros del Sur que está muy subestimado en las historias locales, estatales y nacionales.

Consideremos a alguien como Robert Smalls, nacido esclavo en Beaufort, Carolina del Sur, en 1839. Usando su conocimiento de las vías fluviales de las zonas y sus habilidades como piloto de barcos, él, su familia y miembros de su comunidad escaparon de la esclavitud pilotando un vapor de algodón confederado y entregándolo al Ejército de la Unión. Continuó su notable carrera en el período de posguerra sirviendo en posiciones gubernamentales en todo el estado, culminando en cinco términos no consecutivos n la Cámara de Representantes de los Estados Unidos entre 1874 y 1895.

Henry E. Hayne es otro ejemplo. Nacido en Charleston, Carolina del Sur, durante la década de 1840, trabajó diligentemente para ampliar el acceso educativo a las poblaciones más marginadas de la sociedad. Alentado por los objetivos de reconstrucción de los “republicanos radicales”, Hayne sirvió en una variedad de posiciones gubernamentales estatales antes de convertirse en el primer estudiante negro en inscribirse en la Universidad de Carolina del Sur en 1873. Su matrícula fue notablemente impactante, ya que alentó a una avalancha de estudiantes negros a inscribirse en una institución que solo una década antes estaba reservada para los hijos de los esclavistas más ricos del estado.

Radical members of the South Carolina Legislature | Graphic Arts

Miembros radicales de la legislatura de Carolina del Sur. Atribuido a J. G. Gibbes, sin fecha [1868?]. Albúmina impresión de plata. GA 2009.01025 y GA 2009.01024

Además de la maniobra de Hayne, la legislatura multirracial de Carolina del Sur hizo que la educación superior en el estado fuera más accesible al hacer que la universidad fuera gratuita y proporcionar a los estudiantes de todas las razas la oportunidad de competir por becas estatales que subvertirían cualquier dificultad financiera que pudieran encontrar durante sus años de estudio. Esta expansión de la financiación pública dio oportunidades a libertos sureños como William Henry Heard, quien pasó sus primeros años de posguerra en Georgia aprendiendo a leer y escribir programando sesiones de estudio independientes en torno a sus deberes como trabajador agrícola. Heard finalmente obtuvo una beca y asistió a la Universidad de Carolina del Sur, un punto de inflexión crítico en su vida profesional. Después de dejar la escuela, ascendió rápidamente a través de las filas de la Iglesia Episcopal Metodista Africana, y en 1895, fue nombrado embajador de los Estados Unidos en Liberia.

La universidad racialmente integrada no sólo amplió el acceso a las poblaciones marginadas, sino que algunos testimonios también sugieren que fracturó la jerarquía racial establecida en la era antebellum. T. McCants Stewart, un abogado y clérigo negro que asistió a la escuela durante la Reconstrucción, describió la notable camaradería compartida por los estudiantes: “Quiero que se entienda claramente que la Universidad de Carolina del Sur no está en posesión de ninguna raza. … Las dos razas estudian juntas, visitan las habitaciones de la otra, juegan a la pelota juntas y caminan juntas a la ciudad, sin que los negros se sientan honrados o los blancos deshonrados”.

Y no fueron solo los funcionarios electos o los graduados universitarios los que sirvieron a sus estados. Celia Dial Saxon, una nativa negra de Carolina del Sur nacida en 1857, recibió título como docente en la Escuela Normal del Estado en 1877 y dedicó casi seis décadas de su vida a educar y elevar a la población estudiantil negra del estado. Su impacto fue tan significativo que, a su muerte en 1935, el salón funerario solo se podía estar de pie y miles de personas esperaban afuera para presentar sus respetos a una mujer que había servido incansablemente a su comunidad.

 

En definitiva, la creencia de que el pasado del Sur sólo es digno de desprecio nacional, o que los esclavistas y segregacionistas encapsulan la totalidad de la historia de la región, muestra cómo los activistas negros del Sur han sido borrados de su memoria regional. Porque incluso durante los períodos más violentos de la esclavitud, la Reconstrucción y Jim Crow, los líderes negros siempre estuvieron presentes y directos. Saber esto es crucial para entender nuestro patrimonio, así como el activismo de hoy. Si los americanos creen verdaderamente que el Sur está desprovisto de individuos que vale la pena honrar en el Capitolio de los Estados Unidos o estudiar en las aulas de todo el país, es sólo porque colectivamente no hemos podido considerar que la totalidad de la historia de los Estados Unidos no necesita girar en torno a las narrativas de los hombres blancos ricos.

Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

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Nuevamente comparto un trabajo del historiador Federico Mare, quien  esta vez analiza el significado histórico y político de los monumentos confederados que tanta polémica causaron en Estados Unidos durante el año 2020.  Estos momumentos son muestra material del discurso de la Lost Cause analizado por Mare en una entrada previa titulada “La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter.”


‘Black Lives Matter’ y la iconoclastia contra los monumentos confederados

Federico Mare

Sin Permiso   25 de junio de 2021

La fotografía que ilustra el presente ensayo fue tomada en el Stone Mountain Park, condado de DeKalb, estado de Georgia, en lo que se conoce como Deep South, el Sur Profundo de los Estados Unidos. Una bucólica tarde del verano de 2015, gran cantidad de familias blancas sureñas aguardan un show nocturno de luces láser al pie del memorial de Stone Mountain, en el corazón de los Apalaches meridionales. Mantas, reposeras, canastos, heladeras portátiles y otros bártulos típicos de un día de picnic manchan el verde esmeralda de la pradera. Más atrás, la lente del fotógrafo captura la presencia del tren turístico que ha traído hasta el parque al enjambre de espectadores.

Johnny Reb by owl65 on DeviantArtEl memorial de Stone Mountain rinde homenaje a los héroes de la vieja causa sudista, deidades tutelares de un panteón cívico-militar en clave revisionista, es decir, anti-Yankee, anti-unionista, anti-nordista. Pero no se trata de un monumento confederado más, no. Es el mayor de todo el país. Stone Mountain representa algo así como la versión sureña rebelde del Mount Rushmore. Constituye la plasmación más fatua, cursi, extravagante, de la megalomanía patriotera de Johnny Reb [i], con su regionalismo recalcitrante y propensiones xenofóbicas.

El bajorrelieve está hecho sobre un promontorio de roca adamelita, a 120 metros del suelo, y representa a los tres próceres más populares del Viejo Sur separatista: los generales Robert E. Lee y Thomas Stonewall Jackson, junto al presidente de los Estados Confederados de América Jefferson Davis, los tres a caballo. Este proyecto monumental se puso en marcha hacia 1916, pero recién concluyó en 1972, luego de varias interrupciones y reanudaciones. Diversos artistas trabajaron sucesivamente en la obra, a lo largo de varias décadas. Con sus 23 metros de alto y 48 de ancho, constituye el bajorrelieve más grande del mundo.

En la concepción, ejecución y financiación de semejante proyecto faraónico, que insumió millonadas y millonadas de dólares, trabajaron codo a codo las Hijas Unidas de la Confederación y el gobierno estadual de Georgia. Pero la injerencia y el mecenazgo del segundo Ku Klux Klan (el «imperio invisible», como le decían entonces) fue un secreto a voces desde el primer momento. No sorprende, por ende, que muchos reclamen hoy su eliminación por medio del arenado o chorreado abrasivo. Hubo manifestaciones en contra y a favor de su permanencia. Desde agosto del año pasado, el parque permanece cerrado.

El país del Tío Sam está lleno de monumentos confederados. El de Stone Mountain es el más grande de todos, sin duda, pero de ningún modo el único. Hay cientos y cientos. Y a muchxs estadounidenses no les resultan nada simpáticos, especialmente a quienes son afrodescendientes. Con justa razón, ven en ellos símbolos ultrajantes del antiguo Sur esclavista y secesionista.

Los monumentos confederados constituyen una de las expresiones más emblemáticas del mito romántico de la Lost Cause. Este mito racista –pseudohistoria al servicio de la white supremacy o «supremacía blanca»– lleva un siglo y medio envenenando la sociedad y la cultura estadounidenses (véase mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter).

Charlottesville: Cubren monumento confederado con tela negra

Desde los trágicos sucesos de 2017, cuando una joven que reclamaba el retiro de la estatua ecuestre del general Lee en el Emancipation Park de Charlottesville (Virginia) fue asesinada, gran número de monumentos confederados han sido removidos o vandalizados a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, de Massachusetts a Texas, y de Florida a California. Hubo no sólo retiros de monumentos confederados dispuestos por las autoridades (retiros hechos con grúas, camiones y cuadrillas de empleados municipales), como en Demopolis, San Antonio, Lexington, Helena, Lynchburg y Kansas City; sino también acciones populares iconoclastas por fuera de la ley. Muchas esculturas, memoriales y placas conmemorativas que honran al Viejo Sur separatista sufrieron vandalizaciones de diverso grado e índole en numerosas ciudades: Atlanta, Filadelfia, Houston, Tampa, Baltimore, West Palm Beach, etc. Estatuas baleadas o derribadas con sogas, monumentos intervenidos con grafitis, esculturas cubiertas con pintura, etc.

Incluso se registró un pintoresco episodio de tarring & feathering[ii]. Fue en la localidad rural de Gold Canyon, Arizona, el 16 de agosto de 2017, cuatro jornadas después de los incidentes de Charlottesville. Una placa de piedra a la vera de la Ruta Federal 80, en homenaje a Jefferson Davis –el único presidente que tuvieron los efímeros Estados Confederados de América (1861-65)–, apareció cubierta con alquitrán y plumas, en señal de repudio y agravio.

Pero hubo también vandalizaciones de signo ideológico opuesto. Por ejemplo, el busto de Lincoln en Chicago un día amaneció quemado. En Madison, Wisconsin, la estatua del abolicionista Hans Christian Heg fue derribada, decapitada y arrojada a un lago. En Boston, el Memorial del Holocausto de Nueva Inglaterra, hecho con paneles de vidrio, fue dañado a piedrazos por un activista neonazi. Estamos, pues, en presencia de una guerra simbólica por los espacios públicos entre el supremacismo blanco y el movimiento de derechos civiles. Cada bando defiende sus liex de mémoire o «lugares de memoria» (al decir de Pierre Nora), a la vez que ataca los del adversario.

jim crow

La mayoría de los monumentos confederados fueron levantados en los dos primeros decenios del siglo pasado, una época de fuertes tensiones raciales: endurecimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow, creación de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, retorno de un demócrata sureño de ideas racistas (Woodrow Wilson) a la presidencia de los EE.UU. luego de muchísimos años, refundación del Ku Klux Klan, estreno de la película El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, etc. El año pico de este revival sudista fue 1911, cuando se cumplió el cincuentenario del inicio de la guerra de Secesión (batalla de Fort Sumter, abril de 1861).

El otro momento de auge en el proceso de monumentalización de la Lost Cause –aunque de menor magnitud– fue el centenario de la guerra civil, en el primer lustro de la década del 60. Esta época coincidió –no casualmente, por cierto– con el recrudecimiento del conflicto racial (expansión del movimiento de derechos civiles con Martin Luther King y emergencia del tercer KKK).

Existen centenares de monumentos confederados desperdigados por todo el vasto país del Tío Sam: estatuas ecuestres, obeliscos, bustos, etc. Si a estos monumentos se les suman las placas conmemorativas, la cifra supera cómodamente el millar. No vaya a creerse que estas evocaciones nostálgicas a la «gesta» confederada –mayoritariamente localizadas en el Sur– son todas añejas. Algunas son relativamente nuevas, como el Monumento a los Veteranos Confederados de Arizona, en Phoenix, erigido hacia 1999 (aunque removido el año pasado).

Lo cierto es que, en reacción a la tragedia virginiana de Charlottesville, el proceso de desmonumentalización de la Lost Cause alcanzó una gran magnitud, una intensidad sorprendente. Sin embargo, la ola iconoclasta de 2017 fue casi un hecho menor al lado de la segunda ola –verdadero tsunami– del año pasado, tras el asesinato de George Floyd en Mineápolis, a manos de la policía de Minnesota. En 2017, hubo 36 monumentos removidos. En 2020, casi el triple: 94. La causa de este incremento prodigioso es obvia: la masificación del movimiento Black Lives Matter (BLM) contra la violencia racista. La oleada iconoclasta anticonfederada de 2017-2020 constituye, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos culturales, sociológicos, más llamativos de los Estados Unidos de la era Trump. Solamente en Texas se han removido 31 memoriales.

Una mirada a la tragedia de Charlottesville | Newsweek México

Una acalorada polémica, muy densa en sus implicaciones ideológicas y políticas, soliviantó al país del Tío Sam. La sociedad estadounidense se polarizó, se fracturó en dos; y también sus medios de comunicación, sus historiadores e intelectuales, sus legisladores y funcionarios. La memoria, una vez más, fue campo de batalla. El pasado, por enésima vez, dividió aguas y devino objeto de disputa. Dos paradigmas de la historia nacional, dos políticas de la memoria, se batieron a duelo. ¿Cuál fue la postura del expresidente Trump? Una «equidistancia salomónica» que claramente favorecía al supremacismo blanco: no apoyó explícitamente la violencia racista contra las minorías afroamericanas, pero condenó enérgicamente el «vandalismo» del BLM, porque ambos extremos eran –sostuvo– igualmente malos para el orden republicano (equiparación de las acciones iconoclastas con los crímenes de odio racial, de los monumentos dañados con las personas asesinadas). Sin embargo, a nadie se le escapó la tibieza o parquedad con que Trump se distanció del supremacismo blanco, y la vehemencia o énfasis que manifestó en su reprobación de la iconoclastia anticonfederada. Por lo demás, su polémica decisión de comenzar su campaña electoral de 2020 en la mismísima Tulsa, la ciudad sureña de Oklahoma donde ocurrió la peor masacre racista en la historia de Estados Unidos, eligiendo como fecha nada menos que el 19 de junio (efeméride afroamericana del Juneteenth o Día de la Emancipación)[iii], fue mayoritariamente interpretada como una provocación, que sus detractores denunciaron y sus admiradores festejaron.

Charleston aparece en el manifiesto racista difundido en Internet como  objetivo de un ataque | CNNEl proceso de desmonumentalización comenzó en junio de 2015, al calor de la ola de indignación que desató la matanza racista de Charleston (Carolina del Sur), que dejó un saldo aterrador de nueve muertos en una iglesia metodista. La circunstancia de que el asesino, el joven Dylann S. Roof, fuese un segregacionista fanático que había hecho ostentación de su identidad neoconfederada por Internet, exhibiendo fotos donde se lo veía sosteniendo con orgullo la rebel flag (la vieja bandera del Sur esclavista y secesionista), generó un gran debate en torno a la legitimidad de la presencia de dicho símbolo, y otros afines (placas conmemorativas, estatuas, obeliscos, memoriales, topónimos, etc.), en los espacios públicos.

A caballo de esta gran controversia nacional, en muchos puntos del país diversas organizaciones de derechos civiles –el Southern Poverty Law Center, entre otras– reclamaron la remoción de la simbología y la onomástica confederadas, en el marco más amplio del movimiento BLM, incoado en 2013 tras la absolución judicial del asesino de Trayvon Martin. A corto plazo, muy pocas de estas iniciativas tuvieron éxito. Sólo en un puñado de ciudades hubo logros tangibles (en Austin por ej., donde una estatua de Jefferson Davis fue retirada del campus de la Universidad de Texas en agosto de 2015).

Pero en 2017, la desmonumentalización dio un gran salto adelante cuando, entre abril y mayo, las autoridades de Nueva Orleáns –en el corazón mismo del Sur Profundo– tuvieron el coraje de remover cuatro monumentos confederados en un lapso de apenas 25 días, decisión histórica que el supremacismo blanco resistió con vehemencia. A partir de allí, las remociones se hicieron más frecuentes, en un clima de creciente crispación: St. Louis, Orlando…

James Alex Fields Jr., Who Murdered Heather Heyer in Charlottesville, Faces  Life in Prison Plus 419 Years | Vogue

Heather Heyer

Y se multiplicaron notablemente tras la tragedia de Charlottesville, donde una mujer de 32 años llamada Heather Heyer, que reclamaba pacíficamente por el retiro de la estatua ecuestre del general Lee del Emancipation Park,[iv] fue brutalmente asesinada por un manifestante ultraderechista, y donde cerca de cuarenta personas resultaron heridas. Sábado nefando, siniestro, cuya causa directa, ostensible, indubitable, es la vigencia del mito racista de la Lost Cause en el imaginario estadounidense; vigencia exacerbada, desde ya, por el fenómeno Trump.

¿El detonante de la tragedia? Un proyecto que planteó la remoción del antedicho monumento en la pequeña ciudad virginiana del condado de Albemarle, donde otrora viviera el prócer independentista Thomas Jefferson. Diversos grupos de extrema derecha (supremacistas blancos, neoconfederados, milicianos, bikers, neonazis, etc.) lanzaron una cruzada en defensa de la controvertida estatua. La expresión más conspicua y virulenta de esta reacción fue el movimiento Unite the Right, en cuyas movilizaciones callejeras se ha desplegado todo el rancio repertorio simbólico del Ku Klux Klan: consignas patrioteras y segregacionistas, banderas rebeldes con la cruz de San Andrés estrellada, capuchas blancas, la siniestra MIOAK (la insignia de los klansmen), y hasta antorchas tiki ardiendo en la oscuridad de la noche, al estilo Mississippi en llamas… El conflicto por la estatua ecuestre de Lee del Emancipation Park derivó en una larga querella judicial, que todavía sigue en curso. Al día de hoy, el monumento permanece en su sitio, aunque ha sufrido varias vandalizaciones.

Make It Right – Independent Media Institute

En 2018, la periodista Kali Holloway creó el proyecto Make It Right (MIR), destinado a crear conciencia en torno a la necesidad de desmonumentalizar el pasado esclavista y segregacionista del Sur. “Oficialmente, la guerra civil terminó con la derrota de la Confederación en 1865. Pero más de 150 años después del fin de la guerra, cerca de 1.700 monumentos a la Confederación cubren el paisaje de Estados Unidos, y no solo el de los estados sureños. Desde el año 2000, más de 30 nuevos monumentos han sido erigidos. Estas estatuas y placas romantizan la brutalidad de la esclavitud y glorifican a los traidores de los Estados Unidos”. El proyecto MIR trabaja “con múltiples grupos –activistas, artistas, historiadores y medios de comunicación– para remover los monumentos confederados y contar la verdad de la historia”. Su acción propagandística ha sido fecunda.

En la vereda opuesta no se quedaron de brazos cruzados… La legislatura de Alabama, por citar un ejemplo, sancionó en mayo de 2017 una ley prohibiendo a las autoridades municipales remover o renombrar monumentos con más de cuarenta años de antigüedad, sin autorización estadual. Esa restricción dificulta enormemente la desmonumentalización de la Lost Cause en Alabama, puesto que los memoriales sudistas datan, en su inmensa mayoría, de 1911-15 y 1961-65, el cincuentenario y el centenario de la guerra de Secesión. Alabama es uno de los estados más racistas de EE.UU., y uno de los que acumulan más monumentos confederados en sus espacios públicos. Diversas demandas se han interpuesto contra la Memorial Preservation Act. La judicialización del conflicto ameritaría otro escrito aparte.

Pero, ¿por qué esta disputa? ¿Cuál es el secreto de la importancia concedida a los monumentos confederados, tanto por sus valedores como por sus detractores? Nora, el historiador francés mencionado algunos párrafos más arriba, no investigó esos liex de mémoire en especial, sino los que, en su país, se hallan asociados a la Tercera República (1870-1940). No obstante, con cautela, algunas de sus ideas pueden ser extrapoladas a los memoriales y monumentos confederados.

La siguiente observación resulta particularmente pertinente y esclarecedora para el caso que aquí nos ocupa:

Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Por eso la defensa por parte de las minorías de una memoria refugiada en focos privilegiados y celosamente custodiados ilumina con mayor fuerza aún la verdad de todos los lugares de memoria. Sin vigilancia conmemorativa, la historia los aniquilaría rápidamente. Son bastiones sobre los cuales afianzarse. Pero si lo que defienden no estuviera amenazado, ya no habría necesidad de construirlos.[v]

No habría monumentos confederados como los del general Lee, no habría monumentos unionistas-abolicionistas como los del presidente Lincoln, si el pasado –o mejor dicho, cierta selección e interpretación del pasado– no fuese, como es, un anclaje identitario para determinados grupos antagónicos de la sociedad que no quieren, ni pueden, armonizar sus autopercepciones (sectores racistas de la población blanca, minorías negras orgullosas de su afrodescendencia, fuerzas de derecha, partidos de izquierda, etc.). Tampoco los habría si la espontaneidad de los recuerdos colectivos, fluida e inorgánica como es, bastase para contrarrestar el olvido. He aquí, pues, a mi modo de ver, la clave del asunto.

The state of the white supremacy and neo-Nazi groups in the US - ABC NewsLa querella de los monumentos confederados tiene como trasfondo, como sustrato, la persistencia del racismo –y de la lucha contra el racismo– en la sociedad estadounidense. Lxs supremacistas se aferran a dichos monumentos porque sienten que la white supremacy fue herida de muerte en los 60, mientras que lxs simpatizantes del BLM bregan por la desmonumentalización porque advierten que la utopía igualitaria, jamás concretada plenamente, zozobra más que nunca con la derechización que produjo Trump como presidente (uno de los mandatarios más reaccionarios que han pisado la Casa Blanca).

Sin embargo, subsiste un interrogante. Son muchas las facetas de la sociedad y la cultura estadounidenses que, directa o indirectamente, remiten al viejo conflicto irresuelto entre supremacistas e igualitaristas: los distintos niveles de ingreso e instrucción entre angloamericanxs y afroamericanxs, los prejuicios racistas (por ej., la creencia de que los negros son más propensos a cometer robos y violaciones sexuales que los blancos), los innumerables casos de violencia policial contra jóvenes afrodescendientes (golpizas, maltratos verbales y psicológicos, asesinatos), la animosidad racial de jurados y jueces en los procesos judiciales, la estratificación residencial, etc. Los monumentos confederados son una arista del problema, entre tantas otras. ¿Por qué razón, entonces, han sido estos, y no cualquiera de las otras iniquidades racistas, la mecha que detonó todo?

David Freedberg | Image Knowledge Gestaltung

David Freedberg

Parafraseando a historiador del arte David Freedberg, la respuesta sería: el poder de las imágenes. Las estatuas y otros monumentos constituyen imágenes, y como tales, no son nada inocuas. Tienen cierto poder sobre nosotros, cierta capacidad de sugestión. Nos provocan. Nos fascinan o enfurecen. Influyen en nuestra subjetividad, ya sea abiertamente en nuestro consciente, ya sea de modo sutil en nuestro inconsciente. Nos apasionan. Nos movilizan. Señala Freedberg al respecto:

Mucho se ha estudiado los grandes movimientos iconoclastas de Bizancio en los siglos VIII y IX, de la Europa de la Reforma, de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. Cualquiera puede aportar un ejemplo de alguna imagen atacada: todos sabemos cuando menos de algún período histórico durante el cual la iconoclasia era espontánea o estaba legalizada. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas; ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza; y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. Como es natural, los motivos de tales actos se han estudiado y continúan discutiéndose interminablemente; pero en todos los casos hemos de aceptar que es la imagen –en mayor o menor grado– la que lleva al iconoclasta a tales niveles de ira. Esto cuando menos podemos asentar como indiscutible, por más que sepamos que la imagen es un símbolo de otra cosa y que es esta cosa la que se ataca, rompe, arranca o destroza.[vi]

Aunque los monumentos confederados sean “un símbolo de otra cosa”, y que, en definitiva, es esa “otra cosa” (el Viejo Sur esclavista y secesionista, el segregacionismo de las leyes de Jim Crow, la cultura racista actual) “la que se ataca” y defiende, la que se quiere remover o vandalizar en señal de rechazo, o bien, preservar o reparar en señal de identificación, lo cierto es que no deja de haber cierto trasfondo de fetichismo en tales prácticas anicónicas e icónicas, por muy subterráneo e imperceptible que sea ese trasfondo. De todo el abanico de opciones susceptibles de generar una reacción en cadena –en contra y a favor–, han sido las estatuas, los obeliscos, las placas conmemorativas, los memoriales, etc., los que han concentrado mayor atención de ambos bandos.

El regodeo y la saña de la muchedumbre desmonumentalizadora es por demás sintomática, sugerente, igual que lo es la vehemencia de sus oponentes. Estos, por caso, han llegado a la violencia terrorista y el asesinato para demostrar su apego sentimental por la estatua ecuestre del general Lee en Charlottesville… Nada casual hay en ello. Es evidente que los monumentos confederados, en tanto íconos, resultan particularmente irritantes y ofensivos para unos, y seductores y admirables para otros.

Las imágenes son cosa seria, aunque los intelectuales solamos subestimarlas debido a nuestra deformación profesional (predominio excesivo de las palabras, del discurso). ¿Cuántas rebeliones y revoluciones del siglo XX hubiesen quedado grabadas a fuego en nuestra memoria sin la ayuda de fotografías o filmaciones de incidentes iconoclastas, o de muestras exultantes de iconismo popular como la exhibición de banderas?

Entre las muchas ciudades norteamericanas que, durante estos últimos cuatro años, retiraron monumentos confederados de sus espacios públicos, están Montgomery, Houston, Dallas, San Diego, Little Rock, Raleigh, Charleston, Lexington, Decatur, Clarksville, Charlotte… También la mítica Birmingham de Alabama, el reducto segregacionista que Martin Luther King, en el 63, eligió como prueba de fuego para el movimiento de derechos civiles, y donde resultó arrestado. En otras urbes, como Jacksonville, los proyectos de remoción aún no se han concretado, ora porque el proceso deliberativo sigue en curso, ora porque acciones judiciales los han dejado en suspenso. Pero es muy probable que a corto plazo varios de ellos se efectivicen. Por otra parte, no olvidemos que en muchos lugares se registraron acciones directas de tipo «vandálico», por fuera del orden legal, como en Indianápolis, Los Ángeles, Denver, Sacramento y Portland: derribos, grafitis, etc.

La estatua del general confederado Thomas Stonewall Jackson está colocada en el complejo del capitolio del estado de Virginia Occidental.

Estatua del General Stonewall Jackson.

Virginia, el estado con más monumentos confederados de todo el país, merece un párrafo aparte. En marzo del año pasado, al comienzo de la pandemia, una reforma legal habilitó la remoción de los mismos. La reforma entró en vigencia en julio, y desde entonces muchas esculturas y placas conmemorativas han sido retiradas: Appomattox, Norfolk, Fredericksburg, Leesburg, Farmville, Virginia Beach… También hubo derribos y vandalizaciones en el contexto de las protestas y revueltas del BLM, como en Portsmouth y Roanoke. La aristocrática Richmond, capital estadual y otrora capital del Sur secesionista, la ciudad con más memoriales confederados de la nación (algo así como la meca del urbanismo megalómano y nostálgico de la Lost Cause, especialmente en lo que concierne a su Monument Avenue), ha vivido situaciones de todo tipo: iconoclastia revoltosa de masas, remociones efectuadas por las autoridades y retiros frustrados o demorados por la oposición encarnizada de la derecha supremacista. Las estatuas de Jefferson Davis y Williams Carter Wickham fueron derribadas, igual que el Monumento Howitzer. Las esculturas en homenaje a Stonewall Jackson, J. E. B. Stuart y Matthew Fontaine Maury fueron retiradas por el gobierno local. El gigantesco monumento ecuestre de bronce del general Lee todavía sigue en su altísimo pedestal de mármol, pero hay planes oficiales para removerlo. El año pasado, durante las movilizaciones multitudinarias del BLM, la escultura fue intervenida con grafitis, aunque su colosal tamaño impidió que se la tirara abajo. Se trata del último monumento en pie de la Monument Avenue. Creada por el escultor francés Antonin Mercié, fue inaugurada pomposamente en 1890. El anuncio de su remoción por parte del gobernador Ralph Northam, en junio de 2020, soliviantó a los sectores supremacistas, que han plantado una desesperada batalla judicial por su conservación, una nueva Gettysburg en pleno siglo XXI…

El rey belga pide perdón por la cruel y violenta colonización del Congo

Leopoldo II

Cabe hacer una importante acotación. El cimbronazo iconoclasta del BLM de 2017-2020 trascendió las fronteras de Estados Unidos. El racismo y la lucha contra el racismo no son coto exclusivo del Tío Sam. En Gran Bretaña y Bélgica, diversos monumentos asociados a la trata de esclavos y la opresión colonial han sido removidos, derribados o intervenidos con grafitis: la estatua de Edward Colston en Bristol, las esculturas de Robert Milligan y John Cass en Londres, el monumento de Leopoldo II en Amberes, los bustos dedicados a este monarca europeo –déspota genocida del Congo Belga– en Gante y Lovaina… También se registraron episodios de iconoclastia antiimperialista-antirracista en las Antillas francesas y Barbados, protagonizados mayormente por las comunidades negras o afrodescendientes. En Sudáfrica, un busto del magnate minero Cecil Rhodes –jingoísta recalcitrante y adalid de la supremacía blanca– fue descabezado por manifestantes de Ciudad del Cabo, y una estatua de Martinus Theunis Steyn –último presidente de la república bóer separatista de Orange– fue desmantelada en Bloemfontein. La desmonumentalización de la Pax Britannica victoriana tuvo coletazos en India y Nueva Zelanda, donde hindúes y maoríes no han olvidado ni perdonado los crímenes y agravios del Reino Unido. Asimismo, tanto en Estados Unidos como en Canadá, Colombia y Chile hubo acciones iconoclastas indigenistas contra monumentos asociados al «descubrimiento», la conquista y colonización europeas de América: el de Colón en Boston y St. Paul, el de Macdonald en Montreal, el de Belalcázar en Popayán, el de Valdivia en Concepción… Un claro ejemplo de efecto dominó.

Decapitan en Sudáfrica una estatua del colonizador británico Cecil Rhodes

Estatua de Cecil Rhode decapitada, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

“¿Por qué las personas destruyen las imágenes?”, se pregunta Freedberg en otro libro más reciente. Y prosigue su reflexión con más interrogantes incisivos:

¿Qué motiva estos actos individuales y colectivos de violencia contra algo que –al fin y al cabo– es una mera representación en madera, piedra, lienzo o papel? ¿Cómo podemos pensar la iconoclasia en el mundo contemporáneo? Para muchos, la extraordinaria ubicuidad y la repetición de las imágenes desvirtúa su aura pero, sin embargo, los ataques continúan. De hecho, los medios de comunicación tienden a visibilizarlos, haciéndolos cada vez más evidentes.[vii]

Al analizar el Beeldenstorm, el gran estallido iconoclasta de 1566 en la rebelión antiespañola y protestante de Flandes, Freedberg se interroga:

Pero, ¿por qué fueron atacadas las imágenes con tal ferocidad? Después de todo, éstas no eran en sí mismas los tiranos. ¿Hasta qué punto los actos de destrucción de los atacantes eran indiscriminados o selectivos? ¿Atacaban obras de arte reconocidas con mayor o menor vehemencia que otras imágenes, o los iconoclastas eran ciegos e indiferentes? ¿Fueron los ataques espontáneos u organizados? En un principio, los brotes parecían espontáneos, pero pronto surgieron evidencias que demostraban que muchos de los ataques, si no todos, habían sido organizados.

La mayoría de estas preguntas, y otras muchas, surgen también al abordar otros episodios iconoclastas. Al igual que en los Países Bajos, los ataques aparentemente espontáneos a menudo resultaron ser organizados y, en efecto, remarcaron eficazmente los resentimientos y las patologías individuales. Determinadas obras de arte fueron señaladas para su destrucción, puesto que ofrecían una mayor posibilidad de ganar publicidad para la causa. La ferocidad de los ataques fue seguramente atribuible, al menos en parte, a la frustración y la rabia ante la ausencia del tirano, dirigiéndose en cambio a su representación. Ciertamente era más fácil atacar a su imagen que a su prototipo viviente.[viii]

Podríamos afirmar algo similar en relación a la iconoclastia anticonfederada del BLM. Hubo monumentos que no podrían haber sido vandalizados sin un esfuerzo planificado y coordinado, como en el caso de varias estatuas de considerable tamaño y peso derribadas con sogas por grupos numerosos de manifestantes, que actuaron velozmente para no darle tiempo a la policía. La elección de ciertas esculturas especialmente significativas tampoco parece casual. Por lo demás, la vehemencia destructiva contra las mismas, el encarnizamiento con que fueron atacadas, sugiere que se dio un fenómeno psicológico de proyección: como los opresores de carne y hueso no están físicamente presentes, se descarga la ira vindicatoria contra aquellas imágenes que los representan, olvidando por un instante que se trata de un procedimiento de transferencia o sustitución.

“Las recurrencias son sorprendentes”, reflexiona Freedberg. “Incluso un estudio superficial deja claro con qué frecuencia la política se mezcla con la teología y cómo patologías individuales pueden cruzarse y a menudo exacerbar los contextos históricos específicos de determinados momentos y movimientos iconoclastas”. Y luego acota:

Amazon.com: La destruccion de la Estatua de Bel por Cornelis Cort: Home &  Kitchen

La destrucción de la estatua de Bel  por Maarten van Heemskerck, 1567

Tomemos, por ejemplo, el cupido que orina en la boca de una antigua estatua ya destruida en el grabado La destrucción de la estatua de Bel, una estampa de 1567 realizada por Maarten van Heemskerck. La acción es prácticamente idéntica a la de un joven que orina sobre el rostro de una estatua caída de Saddam Hussein en 2003. Queda claro que ya no se trata de dioses (de las personas o del arte), sino que simplemente se han derrumbado y ahora tan solo son falsos ídolos que pueden ser insultados de un modo impensable si siguiesen vivos o continuasen siendo deidades. Sin embargo, actos como estos sugieren que este tipo de insultos son percibidos y sentidos como algo verdaderamente importante debido a que transmiten la sensación de ser agresiones físicas a un prototipo viviente.

En esta combinación de religión, política y sensualidad de las imágenes la persistencia asombrosa de formas aparentemente similares de profanación y destrucción se hace aún más comprensible. Los actos iconoclastas y de censura adquieren formas estereotipadas. Esto es el resultado de una etiología común: el acto para eliminar lo viviente en una imagen o su profanación corporal, de modo que su estatus material descalifique su estatus sagrado o superior (ya sea estética o políticamente).

[…] Ver este tipo de imágenes agredidas y dañadas siempre provoca un shock. Los espectadores perciben que dichos ataques no solo se aplican sobre los cuerpos que ven, sino también, de forma inquietante, en cierto modo, sobre sus propios cuerpos. Este sentido de empatía con los objetos observados es lo que garantiza su efectividad. […] Precisamente esto último es lo que demuestra más poderosamente la vida de la imagen, ofreciendo la indicación más clara de la habilidad con la que fue hecha.

Todo esto nos obliga a pensar más detenidamente acerca de la visualización de la iconoclasia solamente en términos históricos o políticos. En ocasiones, los primeros resultan tan clamorosos que parecen anular las limitaciones de estos últimos. No es solo una cuestión relacionada con la persona concreta que representa la imagen. […] Nada de esto puede explicar adecuadamente la violencia con la que fueron eliminadas y las múltiples formas de destrucción de lo que parecía estar vivo aunque tan solo fuera, de hecho, una mera reproducción de lo real.

Siempre hay algo más. La voluntad de destruir una obra a menudo indica el empeño por negar que, en cierto modo, la imagen es algo viviente. Precisamente, es esta capacidad la que la convierte en algo peligroso, en objeto que precisa ser eliminado, mutilado y destruido. Los temas históricos no se pueden resolver al margen de los psicológicos.[ix]

The hashtag #BlackLivesMatter first appears, sparking a movement - HISTORY

Esto se aplica también a la iconoclastia del BLM. El intenso goce material o corporal –y no solo simbólico o metonímico– con que se destruyeron los monumentos confederados revela que hubo un componente psíquico más profundo en este accionar punitivo. Si por unos instantes no se sintiera inconscientemente que las estatuas del general Lee están vivas, el pasado y la política no serían suficientes para explicar tanta pasión y tanto celo iconoclastas. Llega un punto en que la psicología se vuelve irreductible a la historia y la sociología, por mucho que estas nos ayuden a comprender el comportamiento humano a la luz de factores económicos y culturales de carácter contextual.

Aunque la tormenta iconoclasta contra la Lost Cause amainó este año, con el demócrata y «progresista» Joe Biden de presidente, cabe esperar que recrudezca en cualquier momento, tan pronto como el BLM experimente un nuevo auge de protestas y revueltas. No hay de qué extrañarse: los lugares de memoria están saturados de ideología, y, por ende, de política. Cuando el consenso se diluye, cuando el conflicto social se agudiza y sale con ímpetu a la superficie, ¿cómo pretender que los monumentos confederados permanezcan al margen, a salvo? Menos aún si, en tanto obras de arte figurativas, calculadamente vívidas en su artilugio mimético, ejercen ese influjo irresistible de amor-odio que Freedberg llamó, con quirúrgica precisión semántica, the power of the images, el poder de las imágenes.

NOTAS

[i] Personaje imaginario que simboliza al Sur estadounidense en general, y a los antiguos Estados Confederados de América (1861-65) en particular. Se lo representa con chaqueta, pantalones y gorra de color gris –el uniforme que usaban los soldados sudistas–, y a menudo, sosteniendo un arma o la rebel flag. Su contraparte simétrica es Billy Yank, prosopopeya o personificación del Norte.

[ii] El tarring & feathering es una tradición de castigo popular, no oficial, típica de los países anglosajones, actualmente en desuso. Se lo practicaba con quienes transgredían los valores morales de la plebe: criminales, usureros, comerciantes especuladores, terratenientes abusivos, empresarios explotadores, rompehuelgas, adversarios políticos, funcionarios impopulares, policías o militares represores, recaudadores de impuestos, etc. Las víctimas eran inmovilizadas y desnudadas, rociadas con alquitrán de pino caliente y luego cubiertas con plumas, a modo de represalia y escarmiento, de humillación y escarnio públicos. Los orígenes de esta punición popular se remontan a la Inglaterra medieval. Fue muy utilizada por los rebeldes norteamericanos durante la revolución y guerra de Independencia, y también por los pioneros del Far West en el siglo XIX. Durante la centuria pasada fue perdiendo vigencia, hasta su virtual extinción.

[iii] La efeméride hace referencia a la abolición de la esclavitud en Texas, último baluarte esclavista del Sur en la guerra de Secesión. El 19 de junio de 1865, poco después de que el Ejército Confederado de Trans-Mississippi se rindiera, el general nordista Gordon Granger proclamó desde Galveston la liberación de toda la esclavatura texana, de por sí muy numerosa y recientemente acrecentada por la inmigración de plantadores sudistas exiliados desde el este: Alabama, Georgia, etc.

[iv] El monumento retrata al mítico general sudista montando a Traveller, su corcel más famoso. La escultura está hecha en bronce, y fue instalada en 1924, en pleno auge de la Lost Cause y del segundo Ku Klux Klan, cuando todo el Sur se llenó de monumentos confederados. Su autor es el artista plástico Henry Shrady, célebre por su estatua ecuestre del Gral. Grant frente al Capitolio, en Washington DC. Shrady murió prematuramente, y la obra debió ser concluida por otro escultor, el italiano Leo Lentelli.

[v] Nora, Pierre, Pierre Nora en Les liex de mémoire. Santiago de Chile, Trilce, 2009, pp. 24-25.

[vi] Freedberg, David, El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta. Madrid, Cátedra, 1992, p. 29.

[vii] Freedberg, Iconoclasia: historia y psicología de la violencia contra las imágenes. Bs. As., Sans Soleil, 2017, p. 15.

[viii] Ibid., p. 40.

[ix] Ibid., pp. 51-58.

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Comparto con mis lectores este interesante trabajo del historiador argentino Federico Mare sobre la llamada causa perdida (Lost Cause). Tras su derrota en la guerra civil, el Sur desarrolló una narrativa explicando su rebelión como una acto “autodeterminación”. Es  así como, el conflicto civil para a sser representado como una guerra de independencia en la que el Sur luchaba por su libertad frente a la agresión del Norte. De acuerdo con los antiguos confederados, su rebelión no había sido causado por su deseo de mantener la esclavitud como la base económica de su sociedad, sino por su deseo de salvar su forma de vida y su “libertad”.

Mare analiza muy bien el origen, desarrollo y significado del mito de la  Lost Cause, vinculándole con las actuales luchas raciales en Estados Unidos.


La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter

El 12 de agosto de 2017, una mujer murió asesinada en la ciudad sureña de Charlottesville, Virginia, a manos de un activista de extrema derecha, por reclamar la remoción de un monumento del general Robert Edward Lee. La noticia conmocionó a los Estados Unidos. Tras la tragedia, cobró impulso, en muchas partes del país, el movimiento anticonfederado de desmonumentalización. Numerosos memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas, etc., fueron retirados o vandalizados. Cuando parecía que la revuelta iconoclasta era cosa del pasado, el crimen de George Floyd en Mineápolis –perpetrado por la policía de Minnesota el 25 de mayo de 2020, en medio de la crisis pandémica– la revitalizó. Más aún: la potente caja de resonancia del Black Lives Matter (BLM), con sus protestas y puebladas masivas, le dio al movimiento desmonumentalizador una magnitud inédita, nunca antes alcanzada. El presente ensayo aborda un aspecto del imaginario cultural estadounidense que resulta clave para contextualizar y comprender estos sucesos.

No vaya a creerse que el revisionismo histórico de derecha es privativo de Argentina. Los Estados Unidos también tienen uno. Y goza, por cierto, de muy buena salud. Aquí, en estas latitudes australes desde donde escribo, el camino preferido de los historiadores revisionistas de derecha (Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta, Manuel Gálvez y epígonos) ha sido siempre la apología e idealización de Juan Manuel de Rosas y su época. Allá, en el país del Tío Sam, la senda predilecta de los revisionistas conservadores más recalcitrantes ha sido, tradicionalmente, la justificación ideológica y la evocación romántica del Viejo Sur, vale decir, el Sur del Antebellum (1783-1861) y de la guerra de Secesión (1861-65), así como del primer Ku Klux Klan y los redeemers en la era de la Reconstrucción (1865-77).

Historians to the Rescue! - Lawyers, Guns & Money

Esta tradición historiográfica recibe el nombre de Lost Cause of the Confederacy (causa perdida de la Confederación), o, más a menudo, simplemente Lost Cause. Sus fundadores fueron el periodista Edward Pollard (1832-1872), el general retirado Jubal Early (1816-1894) y el expresidente de los Estados Confederados Jefferson Davis (1808-1889). Luego vendrían muchos más, tanto a fines del siglo XIX y a lo largo del XX, como en lo que va del nuevo milenio. Pero Pollard, Early y Davis fueron los pioneros. Ellos sentaron las bases del revisionismo histórico sudista.

Su pathos es la nostalgia; su ethos, el panegírico. Hace gala de una retórica deslumbrante, pero el rigor científico no está entre sus mayores virtudes. Es un discurso plagado de tergiversaciones, omisiones y exageraciones tendenciosas, que nace y termina en la General Order No. 9, el discurso de despedida del general Lee a sus tropas, con motivo de la rendición del Sur. La sentimental General Order No. 9 es la musa inspiradora del relato de la Lost Cause, y también su lecho de Procusto.

Cuartel General, Ejército de Virginia del Norte, 10 de abril de 1865

Orden General

Nº 9

Después de cuatro años de arduo servicio marcado por un coraje y fortaleza insuperables, el Ejército de Virginia del Norte se ha visto obligado a rendirse ante las cifras y los recursos.

No necesito decir a los valientes supervivientes de tantas batallas combatidas, que han permanecido firmes hasta el final, que he consentido este resultado sin ninguna desconfianza hacia ellos, pero la sensación de que el valor y la devoción no podrían conseguir nada que pudiera compensar las pérdidas que supondría la continuación de la contienda, han hecho que decida evitar el inútil sacrificio de aquellos que prestaron servicios y se ganaron el afecto de sus compatriotas.

Según los términos del acuerdo, oficiales y hombres pueden regresar a sus hogares y permanecerán allí hasta el intercambio. Podéis estar satisfechos siendo conscientes del deber fielmente realizado; y yo sinceramente ruego que Dios misericordioso os bendiga y proteja.

Con una incesante admiración por vuestra constancia y devoción hacia vuestro país, y un recuerdo agradecido por vuestra consideración amable y generosa hacia mí, os saludo a todos con una cariñosa despedida.

R. E. Lee, General, Orden General nº 9.

La Lost Cause, la causa perdida de la Confederación, es la política de la memoria del supremacismo blanco sureño. La segregación racial institucionalizada (leyes de Jim Crow) que el movimiento de derechos civiles y el Black Power, en los 60, pusieron en crisis y lograron erradicar, lo mismo que la cultura racista de facto que ha pervivido hasta hoy en el Sur profundo (y no solo allí), reconocen, en aquella narrativa histórica mitologizada, un componente medular de su imaginario político y cultural. El relato es más o menos así:

Había una vez, en tiempos del Antebellum (antes de la guerra de Secesión), un Sur próspero, pacífico y feliz. Era una sociedad jerárquica, donde primaban el orden y la armonía. Un organismo sano donde cada órgano cumplía su función. Cada quien ocupaba su lugar en el viejo Dixie (Sur), y todos hacían lo que debían hacer, conforme a la ley natural y divina.

Archivo:1890s pre civil war scene.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

La cabeza, la élite blanca de los plantadores, gobernaba el cuerpo social con prudencia, sabiduría, probidad y todas las otras virtudes inherentes a la aristocracia. En justa recompensa por ello, la riqueza y el prestigio estaban en sus manos. Los gentlemen sureños eran hombres rectos y cultos, honorables y gallardos. Eran epítomes de la caballerosidad, y nada tenían que envidiarles a los nobles del Viejo Continente, aunque no detentaran títulos de nobleza. Poseían grandes plantaciones de algodón u otros cultivos, mansiones señoriales y muchos esclavos negros, a los que trataban paternalmente, con suma benignidad. Eran buenos patriotas y cristianos devotos (mayormente episcopales, es decir, anglicanos). Los más jóvenes, cortejaban a las Southern belles (bellezas sureñas) con su sofisticado arte de la galantería, cual cortesanos de Versalles en tiempos del Rey Sol.

Más abajo, la clase media: granjeros, artesanos, pequeños y medianos comerciantes, trabajadores de oficios, capataces, maestros de escuela, predicadores… Ciudadanos blancos de condición más modesta, gentes laboriosas y ahorrativas, de vida austera y sencilla. También eran –como los plantadores– buenos patriotas y cristianos devotos (bautistas sobre todo).

En la base de la pirámide social, la esclavatura, la gran masa de esclavos africanos y afrodescendientes. Negros fieles y obedientes, solícitos y diligentes, inocentes y felices, humildes y agradecidos. Y también ovejas mansas del Señor.

Es el Sur idílico, bucólico, que Dan Emmett, allá por 1859, inmortaliza en su canción Dixie, algo así como el canto del cisne de la cultura sureña del Antebellum; canción proesclavista compuesta en reacción a las críticas del abolicionismo Yankee, luego devenida, durante la guerra civil, en himno popular de la Confederación.

Me gustaría estar en la tierra del algodón

Los viejos tiempos allí no se olvidan […]

En Dixieland donde nací […]

Me gustaría estar en Dixie

Lejos, lejos

En Dixieland voy a tomar mi posición

Para vivir y morir en Dixie

Lejos, lejos, lejos hacia el sur, en Dixie.

Pero sigamos narrando el mito. Un día, el Norte tiránico, con sus abusos y agravios, con su prepotencia y agresividad, forzó al Sur a separarse de la Unión y declarar la guerra, en salvaguardia de sus derechos y modo de vida, de su libertad y dignidad (la defensa de la esclavitud fue una preocupación secundaria). La secesión era completamente legítima, pues no transgredía la letra y el espíritu de la Constitución estadounidense. Había que proteger a Dixie de Lincoln, el peor déspota populista que tuvo América en su historia.

Early, Jubal A. (1816–1894) – Encyclopedia Virginia

Los sureños eran mejores soldados. Combatían con más coraje y destreza que los Yankees. Sus generales, formados en West Point, eran los mejores estrategas de Norteamérica: Robert E. Lee, Albert Sidney Johnston, Thomas Stonewall Jackson… La mejor caballería era también la confederada. Pero los Yankees eran mucho más numerosos, y poseían más dinero, más tecnología, más industrias, más recursos. Sus generales (Grant, Sherman, Sheridan, etc.) eran desleales e inescrupulosos, ventajistas y crueles. El general Lee era infalible en sus decisiones estratégicas y tácticas, pero algunos de sus lugartenientes cometieron errores que se pagaron caro. Y así, la guerra civil la ganó finalmente el Norte.

El Sur quedó diezmado, devastado, empobrecido. Y durante largo tiempo, estuvo ocupado por las tropas federales, gobernado por interventores militares foráneos designados en Washington. Se anunció oficialmente, con bombos y platillos, que vendrían años de reparación y reconciliación para el Sur. Fue una cínica mentira. La llamada Reconstrucción resultó ser una época aún más funesta que la guerra civil, una época de opresión y corrupción, de despojo y subversión, de maltratos y humillaciones.

Los negros, desmadrados por la abolición de la esclavitud, pervertidos y soliviantados por la demagogia del ala radical del Partido Republicano (derogación de los Black Codes, otorgamiento de derechos civiles y políticos, promesas o iniciativas de reforma agraria como la forty acres and a mule, asistencialismo del Freedmen’s Bureau, farsa electoral, etc.), se entregaron a la vagancia, al alcoholismo y el libertinaje sexual, al robo y las usurpaciones de tierras, a la venganza y el crimen, a la politiquería sórdida del clientelismo y el fraude. Al volverse freedmen (libertos), los negros se depravaron por completo; y los antiguos amos, desamparados, quedaron expuestos a su revanchismo feroz, a menudo sangriento.

Dixie, además, se llenó de carpetbaggers, blancos norteños que venían a hacer su agosto: funcionarios demagógicos del Partido Republicano, oficiales sedientos de promoción rápida, maestros y médicos de ideas extremistas, ministros religiosos abolicionistas, periodistas y reformadores radicalizados, mercachifles oportunistas, leguleyos deshonestos y otros forasteros advenedizos… Todos ellos tenían un mismo modus operandi: caían de repente y con vehemencia, como una plaga de langostas, como una invasión de harpías; lucraban con rapacidad, devorándolo todo; y cuando nada más quedaba por engullir, desaparecían en un abrir y cerrar de ojos, con sus inmundas carpet bags (maletas de viaje ordinarias hechas con alfombra reciclada) repletas de dólares mal habidos.

El infortunio, para colmo, se vio agravado por blancos sureños traidores que, movidos por el interés y la codicia, se incorporaron al Partido Republicano y prestaron su activa colaboración a los intrusos Yankees, obteniendo una buena tajada por su defección: los scalawags. Con su proceder digno de Judas, se ganaron el desprecio y el odio de la gente sureña de bien.

Hasta que un día, Dixie se puso de pie. Muchos ciudadanos blancos, disconformes con la Reconstrucción, añorando los tiempos del Antebellum, empezaron a unirse y organizarse. Eran los redeemers, los redentores del Sur. Hombres principistas, abnegados, lucharon con denuedo por su tierra natal. Sus objetivos eran nobles: restituir a los estados sureños su autonomía política perdida, y restaurar la paz social implantando un nuevo régimen de supremacía blanca. No pocos redeemers tomaron las armas, y nucleados en una hermandad secreta llamada Ku Klux Klan –digna emulación de los templarios, los cruzados y los caballeros del Rey Arturo– combatieron con heroísmo a los enemigos de Dixie: negros bellacos, carpetbaggers execrables y scalawags predestinados al noveno círculo del infierno dantesco.

La lucha pronto dio sus frutos. Las odiosas tropas Yankees fueron evacuadas. Los republicanos radicales acabaron siendo desalojados del poder por los demócratas borbónicos (conservadores). Los estados sureños volvieron a autogobernarse. Las leyes de Jim Crow, sin restablecer el esclavismo clásico del Antebellum (la transformación de la esclavatura en mano de obra asalariada no tuvo marcha atrás), garantizaron al menos la vigencia de un orden jerárquico aggiornado, basado en la diferenciación y separación de las razas. Y así, por fin, Dixie volvió a ser una sociedad armónica y feliz.

Thomas Nast: His Period and His Pictures (1904) Part 7 — DonkeyHotey

Esta tradición historiográfica tan alejada de la realidad, tan cercana al mito, empezó a formarse no bien concluyó la guerra civil, con el discurso de despedida del general Lee en Appomattox. Fue creciendo, poco a poco, con la efeméride del Confederate Memorial Day, cada 26 de abril; con la aparición de artículos y libros revisionistas, como la obra señera de Pollard The Lost Cause (1866); con la proliferación de asociaciones conmemorativas (Veteranos Confederados Unidos e Hijas Unidas de la Confederación, entre otras); con la construcción de monumentos a los próceres militares y civiles del Sur separatista, como Lee, Stonewall Jackson y Davis (especialmente los de la Monument Avenue, en Richmond); con la inauguración, en 1896, del Museo de la Guerra Civil Estadounidense. Hacia principios del siglo XX, la tradición de la Lost Cause ya había alcanzado su madurez, y estaba firmemente arraigada en el imaginario blanco sureño. Las artes de la época (literatura, teatro, música, pintura, etc.), con su nostalgia omnipresente del viejo Dixie, con su épica marcial del uniforme gris y la rebel flag, así lo evidencian.

Lost Cause of the Confederacy - Wikipedia

El 3 de junio de 1907, con motivo del 99º aniversario del natalicio de Jefferson Davis (el único presidente que tuvieron los Estados Confederados de América en su corta existencia de cuatro años), se realizó un desfile a caballo por las calles de Richmond, Virginia, la antigua capital del Sur secesionista. Fue un acto multitudinario, cuidadosamente organizado, de gran colorido y solemnidad. Miles de añosos veteranos de la Confederación, pulcramente ataviados con sus uniformes de gala y condecoraciones de guerra, cabalgaron hasta el Jefferson Davis Monument enarbolando un sinnúmero de banderas rebeldes, con sus trece estrellas blancas y su cruz azul de San Andrés recortada sobre fondo rojo. Muchas esposas, viudas e hijas de soldados confederados participaron del homenaje. Desafiando el paso del tiempo, el general retirado George Washington Custis Lee, hijo mayor de Robert E. Lee, encabezó el desfile. Tenía a la sazón 74 años de edad. Asumió complacido, orgulloso, el rol que todos esperaban de él: ser una reliquia viviente del Viejo Sur en pleno siglo XX. Una periodista virginiana, Edyth Gertrude Carter Beveridge, capturó con su cámara, para la posteridad, esta conmemoración patriotera rayana en lo grotesco.

The end of the South's Religion of the Lost Cause (COMMENTARY)El relato de la Lost Cause vino a cumplir, en los Estados Unidos de la posguerra civil, una doble función ideológica de importancia capital. Por un lado, religó al Nuevo Sur con el Viejo, exorcizando los sentimientos de culpa, vergüenza y desánimo de muchos sureños blancos. Por otro, reconcilió al Nuevo Sur con el resto del país, y al resto del país con el Nuevo Sur. Recapitulemos sus premisas: 1) la esclavitud no había sido tan mala después de todo, debido a su carácter paternalista; 2) fue la defensa de las autonomías estaduales, más que los intereses creados de los plantadores, lo que condujo a la secesión y la guerra civil; 3) los sureños se escindieron de la Unión no por gusto, sino obligados por las circunstancias; 4) la victoria del Norte fue más demográfica, tecnológica y económica que propiamente militar; 5) el Gral. Lee nunca cometió un error, aunque sí algunos de sus subalternos; 6) los soldados y oficiales confederados merecen el respeto y la admiración de todos –incluso de sus antiguos enemigos– por su valentía, eficiencia, honorabilidad y patriotismo; 7) la política republicana de Reconstrucción, presa del radicalismo, incurrió en demasiados excesos e injusticias; 8) finalizada la ocupación militar, los redeemers pusieron las cosas en su lugar; 9) la violencia del KKK fue en legítima defensa; 10) el nuevo orden sureño del separate but equal (separados pero iguales) consiguió pacificar y armonizar la convivencia de razas, sin transgredir la Enmienda XIV de la Constitución. Pocas veces la historiografía moderna ha estado tan saturada de mitopoiesis, tan abocada a la idealización y falsificación del pasado, como en las narrativas de la Lost Cause.

Muere el último galán que quedaba vivo de 'Lo que el viento se llevó' |  Cultura | Cadena SEREl romanticismo de la Lost Cause dejó una huella indeleble en la literatura y el cine estadounidenses del siglo XX. Lo encontramos, tempranamente, en la trilogía novelística de Thomas Dixon sobre la Reconstrucción, publicada entre 1902 y 1907: The Leopard’s SpotsThe ClansmanThe Traitor. Y más tarde, en la saga que Faulkner le dedicó a los Sartoris, igual que en Lo que el viento se llevó (1936), la obra cumbre de Margaret Mitchell. Lo hallamos también en películas emblemáticas de Hollywood como El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, basada en la precitada trilogía de Dixon, donde los clansmen, los encapuchados del KKK, idealizados cual paladines de un cantar de gesta medieval, realizan épicas cabalgatas al son del Walkürenritt de Wagner, y ajustician a un negro facineroso que trató de violar a una joven blanca de angelical inocencia. Y lo encontramos, desde luego, en la célebre adaptación cinematográfica que Victor Fleming hizo del bestseller de Mitchell, estrenada en el 39. No podemos olvidarnos, tampoco, de Gods & Generals, tanto en su versión novelística original de Jeff Shaara, que data de 1993, como en su versión fílmica ulterior de Ronald F. Maxwell, que vio la luz en 2003.

Añadamos a la lista los innumerables westerns revisionistas cuyos héroes son veteranos del Ejército confederado, o bushwhackers (guerrilleros sudistas) prófugos, que emigran al Lejano Oeste en busca de supervivencia, libertad o aventuras: vaqueros, pistoleros, bandoleros, justicieros, etc., siempre envueltos en un seductor halo romántico asociado a su «sureñidad» rebelde. Un buen ejemplo es el film El fugitivo Josey Wales (1976), dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, basado en la novela de Forrest Carter The Rebel Outlaw: Josey Wales (1972). Al inicio de la película, Josey, un apacible granjero de Misuri, decide unirse a la bushwhacking (guerrilla confederada) luego de que una banda de rufianes jayhawkers (partisanos nordistas) incendia su granja y mata a su familia.

Norte y Sur”, para todos los públicos. | DessjuestLa TV estadounidense también rindió tributo a la Lost Cause, y no pocas veces. Mencionemos, como botón de muestra, la serie Norte y Sur de David L. Wolper, exhibida por primera vez a mediados de los 80 en la pantalla de la ABC. La tira, basada en la trilogía novelística de John Jakes, se hace eco, a través de Orry Main (Patrick Swayze) y otros personajes, de muchos de los mitologemas y estereotipos más arraigados acerca del viejo Dixie: la caballerosidad sureña, las Southern belles, la magnificencia aristocrática de la plantación, el esclavismo benévolo, el heroísmo sobrehumano de los soldados confederados, la abnegación patriota de las ladies sureñas, el extremismo de los abolicionistas norteños, etc. A decir verdad, Norte y Sur no es rabiosamente sudista y confrontativa, sino salomónicamente equidistante y conciliatoria. Muestra también que había plantadores crueles, esclavos infelices, blancos sureños insatisfechos con la esclavitud y muchos Yankees de buen corazón. Norte y Sur retrata la guerra de Secesión como un inexorable choque de civilizaciones muy distintas, en más de un aspecto diametralmente opuestas. Pero en el fondo, hermanadas por una misma nacionalidad: la estadounidense. Civilizaciones que, por lo demás, con sus luces y sombras, resultan ambas entrañables, queribles por igual, si nos esforzamos en comprender sus cosmovisiones y modos de vida, sin caer en los extremos de los esclavistas más obtusos y los abolicionistas más fanáticos… La serie de Wolper es un ejemplo paradigmático de cómo las narrativas de la Lost Cause consiguieron reconciliar al Nuevo Sur con el resto de los Estados Unidos, y viceversa.

Ni siquiera la ciencia ficción más fantasiosa logró sustraerse a los cantos de sirena de la Lost Cause. John Carter, el personaje de la serie marciana de Edgar Rice Burroughs (uno de los héroes pulp fiction más populares, probablemente el más emblemático del subgénero sword & planet), es un caballero sureño de pura cepa, orgulloso de su patria chica y de su veteranía como oficial de caballería del general Lee. En sus andanzas por el planeta Barsoom (Marte), a muchos millones de kilómetros de la Tierra, insiste en presentarse ante los marcianos como el capitán (confederado) John Carter de Virginia, sin hacer alusión a su condición terrícola y humana, ni a su nacionalidad estadounidense, obviando el hecho de que su rango militar es sólo una remembranza (la guerra de Secesión había terminado, los Estados Confederados de América ya no existían más y el Ejército de Virginia del Norte tampoco). Rice Burroughs creó este personaje hacia 1911, en pleno revival de la «sureñidad» neoconfederada, cuando –por caso– la educadora e historiadora Miss Millie Rutherford, integrante conspicua de las Hijas Unidas de la Confederación, lideraba una cruzada que propugnaba la reescritura –en clave sudista– de los manuales escolares de historia. El apego tozudo, casi petulante, del capitán Carter a la identidad virginiana, a la mística confederada, está reflejado, asimismo, en la adaptación cinematográfica de Andrew Stanton, lanzada por Disney en 2012.

Todas las obras mencionadas en los párrafos precedentes, amén de reflejar en sus tramas el imaginario de la Lost Cause, han contribuido decisivamente a masificarlo y naturalizarlo, sobre todo la superproducción de Fleming, acaso el largometraje más famoso en la historia del cine. Resulta difícil exagerar el daño político que este arte nostálgico del viejo Dixie, independientemente de sus méritos o deméritos estéticos, le ocasionó al movimiento afroamericano de derechos civiles con su retahíla de mitos y estereotipos racistas.

El film Lo que el viento se llevó es elocuente en su adhesión al supremacismo blanco sureño, aun cuando dicho supremacismo esté sensiblemente atemperado –por razones oportunistas de marketing– respecto al libro de Mitchell, carente por completo de corrección política. Aparecen house negroes (negros domésticos) bonachones y joviales que no necesitan –ni quieren– ser emancipados de la esclavitud, Yankees invasores más malvados que Satanás, carpetbaggers scalawags corruptos, freedmen pervertidos por la demagogia radical, etc. etc.

Carpetbagger - Wikipedia, la enciclopedia libre

Caricatura donde el KKK amenaza con linchar a los Carpetbaggers, en Tuscaloosa, Alabama, Independent Monitor, 1868. Wikipedia

No sólo eso: la segunda parte del largometraje contiene referencias subrepticias al Ku Klux Klan que distan mucho de ser negativas. Frank Kennedy (Carroll Nye), Ashley Wilkes (Leslie Howard) y otros caballeros sureños de Georgia, hombres de bien que están hartos de los atropellos de la Reconstrucción, asisten a «misteriosos» conciliábulos… David Selznick, el productor de la película, les pidió a los guionistas que evitaran hacer mención expresa al KKK, una organización clandestina y terrorista que, no obstante hallarse en declive a fines de la década del 30, seguía existiendo y generando polémica. Pero la escena está, y a nadie se le escapó su significado, pues la novela de Mitchell –galardonada con un Pulitzer– era un éxito colosal de ventas desde hacía más de tres años; y en ella, la participación de Frank, Ashley y los demás gentlemen de Atlanta en la sociedad secreta de los encapuchados está no sólo explicitada, sino también narrada con tintes románticos.

De modo que, como dice el refrán, a buen entendedor, pocas palabras. El film Lo que el viento se llevó despliega, durante sus casi cuatro horas de duración, un racismo insidioso por demás eficaz en su interpelación ideológica.

La vitalidad que el movimiento neoconfederado de la Liga del Sur exhibe actualmente en Alabama y otros estados meridionales, lo mismo que la contumaz persistencia del KKK, demuestran cuánto éxito tuvieron los narradores de la Lost Cause a la hora de modelar la subjetividad de su público. También lo demuestran, por supuesto, la tragedia de Charlottesville, protagonizada por la coalición de ultraderecha Unite The Right, y la virulenta resistencia al movimiento de desmonumentalización del pasado confederado, que tantos logros y repercusión ha cosechado estos últimos años, con la oleada de remociones y vandalizaciones de memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas y otros símbolos del rancio Dixie separatista. La ideología sureña del supremacismo blanco no hubiese llegado tan lejos sin el concurso de la Lost Cause; mito reaccionario que ya tiene a sus espaldas un siglo y medio de historia.

La tarde del jueves 4 de abril de 1968, en el Lorraine Motel de Memphis, Tennessee, un francotirador segregacionista apostado en el baño gatilló su Remington 760. La bala dio en el blanco, a 60 metros de distancia: un afroamericano de mediana edad que tomaba aire en el balcón del segundo piso, muy cerca de la habitación 306 donde estaba hospedado. La víctima, impactada de lleno en la cabeza, se desplomó en el suelo. Fue un magnicidio. El afroamericano en cuestión era nada menos que un nobel de la paz, el máximo referente del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos: Martin Luther King. Ya no haría más giras, ni pronunciaría más discursos.

El arma que le arrebató la vida a Martin Luther King en centésimas de segundo fue cargada con odio racial durante más de 150 años. Ese odio sería ininteligible, imposible de comprender, sin el ideologema de la causa perdida de la Confederación. Hay que tener esto presente cada vez que nuestra cinefilia, por inercia o placer, nos haga volver a ver Lo que el viento se llevó. Si este ensayo ha servido para comprender por qué el BLM ha dedicado tanto tiempo y energía, tanta pasión, a remover o destruir los monumentos confederados del Sur, entonces ha cumplido con su misión. La saña iconoclasta, por muy excéntrica e inexplicable que nos parezca, siempre esconde un por qué.

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The Black Church: This Is Our Story, This Is Our Song: Gates Jr., Henry  Louis: 9781984880338: Amazon.com: BooksEl pasado 2 de junio el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates Jr. conversó sobre su más reciente libro  con Jim Basker, presidente del Gilder Lehrman Institute of American History. Titulado The Black Church: This is our This is Our Song, el libro de Gates explora los 400 años de historia de la iglesia negra en Estados Unidos, y el papel que ésta ha jugado en la historia de la comunidad afroamericana. Este libro acompaña a una serie de televisón del mismo título.

El Dr. Gates es profesor en la Universidad Alphonse Fletcher y director del Hutchins Center for African and African American Research en Harvard Univeristy. Con una carrera de más de cuarenta años, Gates es uno de los estudiosos de la historia y la literatura afroamericana  más destacados y mediáticos. Entre sus libros destacan In Loose Canons: Notes on the Culture Wars (1992), Speaking of Race, Speaking of Sex: Hate Speech, Civil Rights, and Civil Liberties (1994), Colored People: A Memoir (1994), The Future of the Race (1996), Thirteen Ways of Looking at a Black Man (1997), The Trials of Phillis Wheatley: America’s First Black Poet and Her Encounters with the Founding Fathers (2003), America Behind the Color Line: Dialogues with African Americans (2004), In Search of Our Roots (2009) y Stony the Road: Reconstruction, White Supremacy, and the Rise of Jim Crow (2019).

Gates también ha participado en varios documentales de televisión  emitidos por el Public Broadcasting Service (PBS). Fue presentador de las series African American Lives (2006-08), Faces of America (2010) y Finding Your Roots (2012-). Otros de sus trabajos teleivisivos incluyen  la miniserie documental Wonders of the African World (1999), Black in Latin America (2011), The African Americans: Many Rivers to Cross (2013) y Reconstruction: America After the Civil War (2019).

Quienes estén interesados en esta conversación pueden ir aquí.

A Conversation with Henry Louis Gates, Jr. - June 2nd, 2021 on Vimeo

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El pasado 31 de mayo conmemoramos 100 años de la masacre de Tulsa, Oklahoma.  Ese día una turba de supremacistas blancos atacaron a la vigorosa y existosa comunidad afromericana de dicha ciudad, matando a por lo menos 300 personas. Durante unas 18 horas los blancos mataron, quemaron y saquearon. Ese día fue destruida toda una sección de la ciudad, 35 cuadras donde ubicaban residencias, teatros, consultorios médicos, escuelas, hospitales, salas de cine, floristerías, etc. Toda una comunidad fue destruida.

El centenario de este acto de terrorismo racial generó toda una serie de actividades y publicaciones de todo tipo. Curiosamente, uno de los escritos conmemorativos que más me impresionó no fue producto del trabajo de un historiador, sino de un actor de cine. En este artículo de Tom Hanks publicado en el New York Times, se subraya la necesidad de sociedad estadounidense de un conocimiento más crítico de su historia y, en especial, de la violencia racial que la ha caracterizado.


Deben saber la verdad sobre la masacre racial de Tulsa

Tom Hanks

New York Times   7 de junio de 2021

Me considero un historiador aficionado que habla demasiado en las cenas con amistades, en las que inicio conversaciones con preguntas como: “¿Sabías que el canal de Erie es la razón por la que Manhattan se convirtió en el centro económico de Estados Unidos?”. Algunos de los proyectos en los que trabajo son obras de entretenimiento basadas en hechos históricos. ¿Sabían que el segundo presidente estadounidense alguna vez defendió en un tribunal a los soldados británicos que les dispararon a muerte a los bostonianos coloniales y que logró que la mayoría quedara libre de castigo?

Según recuerdo, cuatro años de mi educación incluyeron estudios de historia estadounidense. Los grados quinto y octavo, dos semestres en el bachillerato, tres cuartas partes del programa que cursé en una universidad comunitaria. Desde entonces, he leído textos de historia por placer y he visto documentales como primera opción. Muchas de esas obras y esos libros académicos narraban las vivencias de gente blanca y la historia blanca. Las pocas figuras negras —Frederick Douglass, Harriet Tubman, el reverendo Martin Luther King Jr.— eran aquellas que habían logrado mucho a pesar de la esclavitud, la segregación y las injusticias institucionales en la sociedad estadounidense.

Sin embargo, pese a todo lo que he estudiado, jamás leí una sola página en ningún libro escolar de historia sobre cómo, en 1921, una muchedumbre de personas blancas incendió un lugar conocido como el Black Wall Street, asesinó a 300 de sus ciudadanos negros y desplazó a miles de afroestadounidenses que vivían en Tulsa, Oklahoma.

Lo mismo le ha ocurrido a mucha gente: en su mayoría, la historia la escribían personas blancas que se basaban en personas blancas, como yo, mientras que la historia de las personas de color —incluidos los horrendos disturbios de Tulsa— se excluía muy a menudo. Hasta hace relativamente poco tiempo, la industria del entretenimiento, que ayuda a determinar qué forma parte de la historia y qué queda en el olvido, hacía lo mismo. Eso incluye proyectos en los que yo participé. Yo sabía sobre el ataque al Fuerte Sumter, la batalla de Little Bighorn y el ataque a Pearl Harbor, pero no supe nada sobre la masacre de Tulsa sino hasta el año pasado, gracias a un artículo de The New York Times.

Tulsa 1921, la masacre racista de la que nos enteramos por Watchmen —  Agente Provocador

En vez de enterarme de eso, en mis clases de historia aprendí que la Ley del Sello en el Reino Unido contribuyó al motín del té, que “nosotros” éramos un pueblo libre porque la Declaración de Independencia decía que “todos los hombres son creados iguales”. Que la rebelión del whiskey comenzó por un impuesto al whiskey. Que los Artículos de la Confederación y las Leyes de Extranjería y Sedición fueron esfuerzos absurdos. Con justa razón, mis clases dedicaron tiempo a Sacco y Vanzetti, al Partido Progresista de Teddy Roosevelt y a los hermanos Wright. Nuestros libros de texto contaban la historia de la compra de Luisiana, de la inundación de Johnstown, Pensilvania, del gran terremoto de San Francisco y de George Washington Carver y los cientos de productos que desarrolló a partir del cacahuate.

Pero Tulsa jamás figuró más que como una ciudad en la pradera. En uno de esos años escolares, se le dedicaron unos párrafos a la primera marcha para colonizar las tierras no asignadas, conocida como Oklahoma Land Rush, pero la quema en 1921 de la población negra que vivía ahí nunca se mencionó. Desde entonces, me he percatado de que tampoco hubo mención de la violencia, tanto a pequeña como a gran escala, contra las comunidades negras, sobre todo entre el final de la Reconstrucción y las victorias del movimiento por los derechos civiles; no se contaba nada de la matanza de residentes negros en Slocum, Texas, a manos de una turba de personas blancas en 1910 ni del Verano Rojo de terrorismo supremacista blanco en 1919. A muchos estudiantes como yo se nos decía que el linchamiento de estadounidenses negros era una tragedia, pero no que estos asesinatos públicos eran comunes y que a menudo eran elogiados por los periódicos y las fuerzas de seguridad locales.

Red Summer of 1919 Flashcards | Quizlet

Para un niño blanco que vivió en vecindarios blancos de Oakland, California, mi ciudad en los años sesenta y setenta parecía un lugar diverso e integrado, aunque a veces se sentía tenso y polarizado, algo que quedaba claro en muchos autobuses del transporte público. La división entre el Estados Unidos blanco y el negro se veía tan sólida como cualquier frontera internacional, incluso en una de las ciudades más integradas de la nación. Las escuelas Bret Harte Junior High y Skyline High School tenían estudiantes asiáticos, latinos y negros, pero la mayoría del alumnado de esos institutos era blanco. Ese no parecía ser el caso en otros bachilleratos públicos de la ciudad.

Nos dieron clases sobre la Proclamación de Emancipación, el Ku Klux Klan, el audaz heroísmo y los buenos modales de Rosa Parks, e incluso sobre la muerte de Crispus Attucks en la masacre de Boston. Partes de ciudades estadounidenses habían ardido en llamas en distintos momentos desde los disturbios de Watts en 1965, y Oakland era la sede del Partido Pantera Negra y del centro de inducción de reclutas de la era de la guerra de Vietnam, así que la historia se desarrollaba justo frente a nuestros ojos, en nuestra propia ciudad. Los problemas eran innumerables, las soluciones teóricas, las lecciones escasas y los titulares incesantes.

La verdad sobre Tulsa y la reiterada violencia de algunos estadounidenses blancos contra estadounidenses negros se ignoraba de manera sistemática, tal vez porque se consideraba una lección demasiado honesta y dolorosa para nuestros jóvenes oídos blancos. Por lo tanto, las escuelas predominantemente blancas no la incluían en sus temarios, las obras de ficción histórica dirigidas a las masas no la revelaban y la industria en la que elegí trabajar no abordó esos temas en películas ni en series sino hasta hace poco. Al parecer, los profesores y los directivos escolares blancos omitían el tema incendiario por el bien del statu quo —si acaso sabían sobre la masacre de Tulsa, porque algunos seguramente no estaban enterados de ella—, con lo que pusieron los sentimientos blancos por encima de la experiencia negra y, en este caso, literalmente por encima de las vidas negras.

KGOU Readers Club - Tulsa 1921: Reporting a Massacre | KGOU

¿Cómo habría cambiado nuestra perspectiva si a todos nos hubieran hablado de lo ocurrido en Tulsa en 1921 desde el quinto grado? Hoy en día, esta omisión me parece trágica, una oportunidad desperdiciada, un momento valioso de enseñanza malgastado. Cuando las personas escuchan sobre el racismo sistémico en Estados Unidos, el mero uso de esas palabras suscita la ira de aquellas personas blancas que insisten en que desde el 4 de julio de 1776 todos hemos sido libres, que todos fuimos creados de la misma manera, que cualquier estadounidense puede volverse presidente y tomar un taxi en el centro de Manhattan sin importar el color de su piel, que, en efecto, el progreso estadounidense hacia la justicia para todos quizá sea lento pero es persistente. Díganles eso a los sobrevivientes de Tulsa, que ahora tienen 100 años de edad, y a su descendencia. Y cuenten la verdad a los descendientes blancos de aquellos que estuvieron en la multitud que destruyó Black Wall Street.

Actualmente, pienso que las obras de ficción basadas en hechos históricos con fines de entretenimiento deben retratar el yugo del racismo en nuestra nación por el bien de las pretensiones de verosimilitud y autenticidad de esta forma de arte. Hasta hace poco, la masacre racial de Tulsa no se veía en películas ni programas de televisión. Gracias a varios proyectos que ahora están en plataformas de emisión en continuo, como Watchmen y Lovecraft Country, este ya no es el caso. Tal como otros documentos históricos que mapean nuestro ADN cultural, estas obras reflejarán quiénes somos realmente y ayudarán a determinar cuál es nuestra historia completa y qué es lo que debemos recordar.

Hollywood Is Finally Shining a Light on the Tulsa Race Massacre -- Right  When We Need It Most | Entertainment Tonight

¿Acaso nuestras escuelas deben enseñar lo que de verdad pasó en Tulsa? Sí, y también deben frenar la lucha para diseñar los planes de estudio de manera que se omitan injusticias raciales históricas con el argumento de evitar la incomodidad de los estudiantes. La historia de Estados Unidos es complicada, pero el conocimiento nos hace personas más sabias y fuertes. Lo sucedido en 1921 es una verdad, un portal hacia nuestra paradójica historia compartida. No se permitió la existencia de un Wall Street afroestadounidense; se redujo a cenizas. Más de 20 años después, ganamos la Segunda Guerra Mundial a pesar de la segregación racial institucionalizada. Más de 20 años después de eso, las misiones del programa Apolo pusieron a 12 hombres en la Luna mientras que otros luchaban para poder votar, y la publicación de los papeles del Pentágono demostró hasta qué grado están dispuestos a mentirnos sistemáticamente nuestros funcionarios electos. Cada una de estas lecciones es una crónica de nuestra búsqueda de estar a la altura de la promesa de nuestra tierra, de nuestro intento de contar verdades que, en Estados Unidos, deben considerarse más que evidentes.

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