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Archive for the ‘Abolicionismo’ Category

En esta corta y hermosa nota, la gran historiadora estadounidense Heather Cox Richardson rinde un merecidísimo homenaje al Regimiento 54 de Infantería, un cuerpo voluntario de soldados negros que combatió con valor y honor en la guerra civil estadounidense. Su gesta al atacar la murallas de Fort Wagner el 18 de julio de 1863,  fue recreada en la película de Edward Zwick Glory (1989) -ganadora de tres premios Oscar.


54o regimiento de infantería de Massachusetts Organización atención  tempranayBatalla de Grimball's Landing

Julio 17, 2022

Heather Cox Richardson

El 18 de julio de 1863, al anochecer, los soldados negros de la 54ª Infantería Voluntaria de Massachusetts del Ejército de los Estados Unidos cargaron contra las murallas de Fort Wagner, una fortificación en Morris Island frente al puerto de Charleston en Carolina del Sur. Debido a que Fort Wagner cubría la entrada sur del puerto, fue clave para permitir que el gobierno de los Estados Unidos tomara la ciudad.

GloryPosterBroderickLos 600 soldados del 54º conformaron el primer regimiento negro de la Unión, organizado después de que la Proclamación de Emancipación pidiera el alistamiento de soldados afroamericanos. El líder del 54 era un abolicionista de Boston de una familia líder: el coronel Robert Gould Shaw.

Shaw y sus hombres habían salido de Boston a finales de mayo de 1863 hacia Beaufort, Carolina del Sur, donde la Unión había ganado un punto de apoyo temprano en su guerra para evitar que los confederados desmembraran el país. Los hombres del 54 sabían que no eran como otros soldados: eran símbolos de lo bien que los hombres negros lucharían por su país. Esto, a su vez, sería una declaración de si los hombres negros podrían ser realmente iguales a los hombres blancos bajo las leyes del país, de una vez por todas, ya que en esta era, luchar por el país les dio a los hombres un reclamo clave de ciudadanía.

Todo el país estaba mirando… y los soldados lo sabían.

En la oscuridad en Fort Wagner, el 54 de Massachussets  demostró que los hombres negros eran iguales a cualquier hombre blanco en el campo de batalla. Lucharon con la determinación que hizo que los regimientos afroamericanos durante la Guerra Civil sufrieran pérdidas mayores que las de los regimientos blancos. El asalto al fuerte mató, hirió o perdió a más de 250 de los 600 hombres e hizo que el sargento William Harvey Carney, anteriormente esclavizado, fuera el primer afroamericano en recibir una Medalla de Honor. Gravemente herido, Carney defendió la bandera de los Estados Unidos y la llevó de vuelta a las líneas de la Unión. Los soldados de los Estados Unidos no tomaron el fuerte esa noche, pero nadie podía pasar por alto que los hombres negros habían demostrado ser iguales a sus camaradas blancos.

La batalla de Fort Wagner dejó 30 hombres de los 54 muertos en el campo, incluido el coronel Shaw, e hirió a 24 más que más tarde morirían a causa de sus heridas. Quince fueron capturados; 52 estaban desaparecidos y se presumía muertos. Otros 149 resultaron heridos. Los confederados tenían la intención de deshonrar al coronel Shaw cuando lo enterraron en una fosa común con sus hombres; en cambio, la familia lo encontró apropiado.

En 2017 tuve la oportunidad de pasar una velada en la casa donde los soldados heridos del 54 fueron llevados después de la batalla.

Es algo humillante estar en esa casa que todavía se ve tanto como lo hizo en 1863 y darse cuenta de que los hombres, llevados calientes y agotados y sangrando y asustados en ella un siglo y medio antes eran solo personas como tú y yo, que hicieron lo que sintieron que tenían que hacer frente a Fort Wagner,  y luego soportaron el viaje en bote de regreso a Beaufort, y fueron llevados por un tramo de escalones, y luego se acostaron en cunas en habitaciones pequeñas y abarrotadas, y esperaban que lo que habían hecho valiera la pena el horrible costo.

No soy de los que creen en fantasmas, pero te juro que podrías sentir la sangre en los pisos.

Traducción de Norberto Barreto Velázquez


A este tema ya la habíamos dedicado tiempo en el año 2011 (LOS SOLDADOS NEGROS EN LA GUERRA CIVIL NORTEAMERICANA) y en 2013 (LA CREACIÓN DEL 54 DE MASSACHUSETTS).

 

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En este ensayo, el historiador Geraldo Cadava contrapone el libro de Ada Ferrer Cuba: An American History y el ya famoso texto de Nikole Hannah-Jones The 1619 Project: A New Origin Story. Los objetivos de Cadava son dos. El primero es subrayar el efecto espejo que según él -siguiendo a Ferrer- existe entre la historia cubana y estadounidense. El segundo, criticar a Hannah-Jones por no tomar en cuenta que en la historia de Estados Unidos existen otras minorías además de los afroamericanos. Citando al historiador Frank Guridy(Columbia University), Cadava es muy claro en su crítica a Hannah-Jones: “Leer El Proyecto 1619 oscurece el hecho de que la lucha por la libertad de los negros, por sustancial que sea, no es más que una parte de las luchas más amplias por la libertad libradas por los pueblos indígenas, los asiático-americanos, los latinos de tonos más claros y oscuros,  y otras personas marginadas en este país”.

Geraldo Cadava es profesor de historia en Northwestern University. Sus investigaciones enfocan dos temas principales: la historia de los latinos en los Estados Unidos y el análisis de la frontera mexicano-estadounidense como fenómeno histórico. Es autor de dos libros: The Hispanic Republican: The Shaping of An American Political Identity, from Nixon to Trump (Ecco / HarperCollins, 2020) y Standing on Common Ground: The Making of a Sunbelt Borderland (Harvard University Press 2013).


Book Review: “Cuba: An American History” - Inextricably Linked, for Better  and Worse - The Arts Fuse

CUBA Y EE.UU.: ESPEJOS NECESARIOS

GERALDO CADAVA

Public Books  13 de abril de 2022

En noviembre de 1898, un grupo de hombres blancos en Wilmington, Carolina del Norte, anularon la elección de funcionarios negros para el gobierno local, lo que provocó un motín que llevó a la quema del distrito comercial negro de la ciudad y al asesinato de al menos 60 personas negras. Al mismo tiempo, los congresistas en los Estados Unidos estaban debatiendo cómo tratar a los ciudadanos indígenas, negros y mestizos de sus nuevas posesiones caribeñas después de la Guerra Hispanoamericana: Cuba y Puerto Rico. Para demostrar su capacidad para gobernarse a sí mismos, es decir, para aplacar al gobierno de los Estados Unidos, los líderes blancos del movimiento de independencia de Cuba dejaron de lado algunas de las ideas de los ciudadanos negros de la isla sobre la democracia racial y la igualdad.

Así fue como en1898, como tantos otros momentos en la historia de Estados Unidos y Cuba, es imposible entender completamente la historia de una nación sin la otra.

“Compartimos la misma sangre”, dijo Barack Obama a los cubanos, cuando visitó Cuba en marzo de 2016, el primer presidente de Estados Unidos en casi 100 años en hacerlo. “Ambos vivimos en un mundo nuevo, colonizado por europeos. Cuba, al igual que los Estados Unidos, fue construida en parte por esclavos traídos aquí desde África. Al igual que los Estados Unidos, el pueblo cubano puede rastrear su herencia tanto a los esclavos como a los propietarios de esclavos”.

Cuba: An American History: Ada Ferrer: 9781501154553: Amazon.com: BooksLa historia del discurso de Obama es contada por Ada Ferrer en las páginas finales de su nuevo libro, Cuba: An American History. Para Ferrer, la visita de Obama a Cuba y sus comentarios fueron un ejemplo perfecto de una dinámica que describe a lo largo del libro: Cuba y Estados Unidos se sostienen un espejo el uno al otro. La historia de los dos países ha estado entrelazada. Cubanos y estadounidenses se ven a sí mismos a través de los ojos del otro.

Mirarse en este espejo, explicó Ferrer en un reciente webinar sobre su libro, nos permite ver la historia “torcida”. En otras palabras, tiene el efecto de desafiar las historias familiares que los cubanos y los estadounidenses creen sobre sus países, permitiéndoles ver lo familiar desde nuevos ángulos. El discurso de Obama, y el espejo sobre el que escribe Ferrer, subrayan la profunda conexión entre naciones que, durante las últimas décadas, se han visto a sí mismas, y han sido vistas por otros, como antagonistas.

Ver la historia torcida es también el objetivo de Nikole Hannah-Jones en The 1619 Project: A New Origin Story. Comprender el papel fundamental, de hecho, central, que la esclavitud africana ha desempeñado en la creación de los Estados Unidos necesariamente transforma la forma en que consideramos los mitos preciados de la fundación de nuestro país en 1776.

A diferencia de Ferrer, Hannah-Jones no utiliza explícitamente la metáfora del espejo; aún así, sospecho que a ella le gustaría. En su prefacio a The 1619 Project, sugiere que las experiencias de los negros siempre han sido una especie de espejo que Estados Unidos podría sostenerse a sí mismo, para revelar una unión mucho menos perfecta. A los ciudadanos no negros de este país podría no gustarles lo que verían si pudieran mirar a los Estados Unidos a través de los ojos de los estadounidenses negros.

Los negros, escribe Hannah-Jones, “son los crudos recordatorios de algunas de las verdades más condenatorias [de los Estados Unidos]”. Una de estas verdades es que “ocho de cada diez personas negras no estarían en los Estados Unidos si no fuera por la institución de la esclavitud en una sociedad fundada en ideales de libertad”. Los estadounidenses tratan de ocultar historias de esclavitud porque “nos avergüenza”. Cuando los negros han utilizado la retórica de la libertad y los derechos que aparece en los documentos fundacionales de los Estados Unidos, ha sido, al menos en parte, “para revelar las graves hipocresías de esta nación”.

The 1619 Project Resource page - NEA EdJustice

Si las naciones y sus pueblos se sostienen espejos el uno al otro, también lo hacen Cuba y el Proyecto 1619. Más concretamente, Cuba ofrece otro reflejo de lo importante  que es el Proyecto 1619; específicamente, al demostrar la centralidad de la esclavitud en la evolución de las Américas. También en Cuba, la esclavitud de los africanos hizo posible la riqueza de los imperios europeos, disparó los deseos de los estadounidenses de anexar Cuba y mantener la esclavitud de las plantaciones en la isla, cuando les preocupaba que esta institución fuera abolida en su propio país  y animó los movimientos de independencia contra España en el siglo 19. La vida después de la muerte de la esclavitud es un debate urgente en Cuba hoy, al igual que en los Estados Unidos.

Y, sin embargo, Cuba también refleja cuánto más  el Proyecto 1619 podría haber sido, y debería haber sido. Esto es especialmente cierto si vamos a tomar en serio la afirmación histórica central del libro: que debemos ver 1619 como una nueva historia de origen para los Estados Unidos, una historia de origen que reconoce el papel que la esclavitud ha desempeñado en la creación de todo desde esa fecha. Si bien Obama conectó a Cuba y los Estados Unidos a través de su historia compartida de colonización y esclavitud, Hannah-Jones, a juzgar por lo que escribe en este libro, no está preocupada por tales vínculos.

Cuba y El Proyecto 1619 son libros esenciales. Aun así, el Proyecto 1619 es simultáneamente amplio y estrecho. Su objetivo es ofrecer un relato fundamental de la historia de los Estados Unidos, pero se centra exclusivamente en la introducción de la esclavitud africana por parte del imperio británico. Al hacerlo, empuja miopemente a un lado a los esclavos españoles e indígenas que también dieron forma al país en el que vivimos hoy. Por el contrario, Cuba es amplia, expansiva e inclusiva, contando una historia hemisférica de colonialismo, esclavitud e imperios, naciones y pueblos enredados, cuyos legados todavía están con nosotros.

Agence France-Presse 在 Twitter: "#INFOGRAFÍA Mapa del mundo con los flujos  de trata de esclavos registrados entre 1519 y 1867 entre África y América  #AFP @AFPgraphics https://t.co/aGlhDhOzKC" / Twitter

En el transcurso de la era del comercio transatlántico de esclavos, como muestra Ferrer, se trajeron exponencialmente más africanos esclavizados a las tierras que ahora conforman América Latina que los que fueron llevados a las colonias británicas y los Estados Unidos. Estas personas se vieron obligadas a participar en los patrones de explotación capitalista que desde entonces se han convertido en un sello distintivo de las Américas; se “mezclaron” (una palabra altamente saneada, sin duda) con poblaciones indígenas y europeas; e introdujeron prácticas lingüísticas, musicales y religiosas que perduran hoy en día, incluso en los Estados Unidos. Las historias de los latinoamericanos, los latinos y los negros, y, por supuesto, los afrolatinoamericanos y los afrolatinos se identifican con más de una de estas etiquetas, se han entrelazado de maneras que uno no entendería al leer The 1619 Project.

La historia narrativa de Ferrer de los últimos 500 años de Cuba es épica, autoritaria y profundamente perspicaz. Nuestra comprensión popular de la isla ha sido dominada por la Revolución Cubana de 1959; por lo tanto, es refrescante que, al menos cronológicamente hablando, los años transcurridos desde ese evento histórico innegablemente importante solo representen alrededor del 10 por ciento de la historia de Ferrer.

La isla es mucho más que Fidel Castro y el Che Guevara. De hecho, es imposible entender la revolución sin entender sus profundas raíces en el colonialismo español y la esclavitud, así como los movimientos del siglo 19 para derrocar esas instituciones por parte del líder militar afrocubano Antonio Maceo o el editor de periódicos, intelectual y líder independentista José Martí. Los cubanos siguen invocando los nombres de ambas figuras como luces guía en sus luchas por la justicia en la actualidad.

A lo largo de su libro, Ferrer no nos deja perder de vista lo importante que han sido la raza y la esclavitud en la creación de Cuba. Tampoco nos permite dejar de lado como intrascendente la relación entre Cuba y Estados Unidos.

La centralidad de la raza y el racismo en la historia de la nación es exactamente lo que Hannah-Jones parece querer que entendamos sobre los Estados Unidos también. Desde 1619, el deseo, o la necesidad sentida, de salvaguardar la esclavitud en los Estados Unidos motivó la construcción de instituciones, el establecimiento de leyes y el desarrollo de hábitos y tradiciones diseñados para lograr este objetivo. La esclavitud puede haber sido abolida en la década de 1860, pero eso no puso fin a las afirmaciones de la supremacía blanca a través de instituciones, leyes, hábitos y tradiciones.

Además, los esfuerzos de los “esclavizados y sus descendientes” para combatir la supremacía blanca, escribe Hannah-Jones, también “jugaron un papel central en la configuración de nuestras instituciones, tradiciones intelectuales, cultura, nuestra propia democracia”. Esta es, entonces, la historia contada por Hannah-Jones en sus tres ensayos (así como por muchos de los principales pensadores, académicos, periodistas y escritores de la nación en los otros ensayos, poemas y cuentos reunidos en The 1619 Project): las raíces racistas de los Estados Unidos, los esfuerzos liderados por negros para combatir la discriminación derivada de esta historia, y los legados perdurables de ambos.

El Proyecto 1619 hace una intervención política crítica. Necesitamos entender cómo la raza y la esclavitud se situaron en el centro de la historia de nuestra nación, y debemos recordar que este legado no terminó con la Guerra Civil, la Reconstrucción, la desegregación o el movimiento por los derechos civiles. En cambio, la raza y la esclavitud se han filtrado continuamente en todos los rincones de la vida estadounidense: movilidad económica, resultados de salud, temores blancos, violencia policial, encarcelamiento masivo, la infraestructura de las ciudades y una letanía de injusticias legales (a pesar de las afirmaciones, hoy, en cualquier caso, de que nuestras leyes son neutrales en cuanto a la raza). Esta es solo una lista parcial de los temas  que toca el Proyecto 1619.

Por supuesto, debemos derribar a los padres fundadores de los pedestales que hemos construido para ellos. Cuando los tallamos en piedra como partidarios infalibles de la democracia, la libertad y la igualdad, no estamos diciendo toda la verdad sobre ellos ni sobre ningún otro ser humano. Pero lo peor de todo es que cuando lionizamos estas cifras del pasado, como han argumentado todos los críticos de “Founders chic“, también erosionamos nuestra propia capacidad de decidir qué es correcto y justo en el presente. Además, como sugiere Hannah-Jones, los africanos esclavizados también fueron fundadores de este país, al igual que, yo diría, los pueblos nativos, los españoles y muchos otros.

The 1776 Report - Kindle edition by Arnn, Larry P.. Politics & Social  Sciences Kindle eBooks @ Amazon.com.Por lo tanto, sostener a Cuba y the 1619 Project como espejos el uno del otro no es ofrecer la misma crítica de The 1619 Project que la articulada por los autores de The 1776 Report. Tampoco pretende repetir los argumentos de los historiadores, principalmente más antiguos, principalmente blancos, cuyos preciados hechos sobre la Revolución Americana Hannah-Jones ha reformulado.

No, las preguntas que siguen persistiendo para mí son diferentes. Leer Cuba y The 1619 Project juntos me hizo preguntarme qué habría sido este último si Hannah-Jones hubiera integrado en su análisis de la raza y la esclavitud en los Estados Unidos la perspectiva ofrecida por Ferrer de la raza y la esclavitud en Cuba y en todas las Américas. ¿Qué pasaría si Hannah-Jones hubiera integrado la historia de la esclavitud en otras partes de las Américas antes de 1619 no simplemente como “más información”, como escribe en su prefacio, sino como una parte central del argumento del libro? ¿Y cuánto le habría costado  al Proyecto 1619 luchar e incorporar historias fuera de su marco actual?

Haber expandido la incisiva exposición del Proyecto 1619 de los Estados Unidos a las Américas solo habría fortalecido el caso que Hannah-Jones hace. Entonces, ¿por qué no habría contado esta historia ampliada? la historia que Barack Obama contó en La Habana en 2016, que las Américas, Cuba y Estados Unidos, en particular, tienen una historia compartida de raza y esclavitud, y que estas historias están vinculadas?

UNC ha ensombrecido el "Esquema 1619" de Nikole-Hannah Jones al negarle el  mandato | de Allison Gaines | Mayo de 2021 - Peace Music and Love

Nikole Hannah-Jones

Por un lado, Hannah-Jones podría haber tenido que titular su libro “The 1492 Project” en su lugar, incluso si eso se hubiera involucrado en la misma creación de mitos narrativos involucrados en la elección de cualquier momento como original. La historia de la esclavitud africana en las Américas, después de todo, no comenzó en lo que se convertiría en los Estados Unidos. En cambio, comenzó con la colonización española y portuguesa.

Los africanos esclavizados, nos dice Ferrer, llegaron por primera vez a Cuba a mediados del siglo 16. Las comunidades indígenas fueron diezmadas por la violencia y la enfermedad, incluso cuando los españoles, solo después de un debate serio, concluyeron que eran humanos que tenían almas que eran dignas de conversión. La destrucción de las poblaciones indígenas y la nueva letra de la ley que ordena que los indios sean tratados más humanamente fue, en parte, lo que llevó a los españoles a traer africanos esclavizados a las Américas.

Durante los siglos 16 y 17, el número de africanos en Cuba palideció en comparación con lo que se convirtieron durante el auge industrial de siglos posteriores. Sin embargo, por muy pocos que fueran, su presencia instigó e incrustó patrones de explotación capitalista, desigualdad racial y violencia, y mezcla y borrado cultural, y lo hizo décadas antes de la llegada, en 1619, de más de 20 africanos frente a la costa de Virginia, en un barco llamado The White Lion. Y no solo estaban en Cuba. Los africanos esclavizados también fueron llevados a territorios españoles que más tarde se convirtieron en México, Panamá, Perú, etc.

Tal vez, solo tal vez, los estadounidenses están empezando a entender, en gran parte a través del trabajo de académicos y activistas indígenas, así como historiadores de la América Latina colonial, que Cristóbal Colón no “descubrió” “América”. Como señala Ferrer, ni siquiera puso un pie en la tierra que se convirtió en los Estados Unidos.

Sin embargo, muchos estadounidenses todavía consideran que la llegada de Colón al “Nuevo Mundo” hizo posible el asentamiento posterior de las Américas por parte de los europeos, incluidos los colonos británicos que están en el centro del Proyecto 1619. Nuestra arraigada comprensión de Colón como un presagio de los Estados Unidos es la razón por la que muchas personas en este país continúan observando el Día de Colón, en lugar del Día de los Pueblos Indígenas, el 12 de octubre. Es el homónimo de una versión temprana de nuestro himno nacional, nuestro distrito federal, una prestigiosa universidad y tantas otras Columbias. Ferrer argumenta que al menos parte de por qué vemos el desembarco de Colón en las Américas como uno de los primeros episodios de la historia de Estados Unidos tiene que ver con las ambiciones imperialistas de nuestra nación desde el principio.

Colón no descubrió tanto un mundo nuevo como tropezó con uno muy antiguo. Aún así, es su llegada la que lanzó siglos de daño a las sociedades indígenas, a través de la enfermedad, la aculturación forzada, el trabajo forzado, el pillaje, la violación y el asesinato.

Los africanos del Nuevo Mundo incluyen al marroquí Estevanico, que acompañó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su viaje a través del continente norteamericano en las décadas de 1520 y 1530, y que puso un pie en las tierras que se convirtieron en Florida, Texas y Nuevo México. El número de africanos del Nuevo Mundo creció, especialmente después de que los escritos del sacerdote español Bartolomé de Las Casas, el primer obispo de Chiapas, llamaran la atención sobre el maltrato de los pueblos indígenas.

A medida que los africanos cautivos eran comercializados dentro de las Américas, algunos que hablaban español y portugués fueron llevados a las colonias británicas, donde se encontraron con hablantes de inglés. Son los antepasados de los afrolatinoamericanos y afrolatinos que viven en todo el continente americano de hoy, que continúan siendo empujados a los márgenes de los discursos sobre la negritud y la latinidad, o la latinoidad. Un par de los ensayos en The 1619 Project, sobre todo los de Khalil Gibran Muhammad y Tiya Miles, abordan estas historias más amplias, pero la propia Hannah-Jones no lo hace.

Después del período colonial, el Proyecto 1619 continúa centrándose claramente en los africanos traídos a los Estados Unidos por el imperio británico. Pero una perspectiva panamericana considerablemente más amplia se ofrece en la Cuba de Ferrer. Ferrer demuestra cómo Thomas Jefferson siempre tuvo la intención de que su “imperio por la libertad” incluyera las islas del Caribe. Después de que el imperio español comenzó a caer, quiso reclamar sus antiguas posesiones “pieza por pieza [sic]”. Aquí, una vez más, uno no puede entender completamente a los Estados Unidos sin entender a Cuba, y viceversa.

Ada Ferrer

Ada Ferrer

Los Estados Unidos, escribe Ferrer, intentaron anexar Cuba a principios del siglo 19. Pero no fue para extender la libertad. En cambio, los propietarios de esclavos querían extender el imperio de Jefferson porque les preocupaba el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos. Trataron de proteger la institución trasladándola a otro lugar. Poner la esclavitud fuera del alcance de los abolicionistas era su objetivo en Texas, los antiguos territorios mexicanos y Nicaragua también. Algunos cubanos, mexicanos y nicaragüenses apoyaron la esclavitud, o al menos hicieron la vista gorda ante ella, porque pensaron que podrían beneficiarse financieramente.

Los acontecimientos en los Estados Unidos también resonaron más allá de sus fronteras de otras maneras. Cuando se ratificó la 14ª Enmienda, en 1868, convirtió a los negros en ciudadanos de los Estados Unidos y les dio la misma protección ante la ley. Poco después, los africanos esclavizados en Puerto Rico y Cuba iniciaron levantamientos contra España que con el tiempo condujeron a la abolición de la esclavitud en esas islas. Al igual que con la violencia contra los negros en 1898 que afectó a los líderes negros en la recién anexionada Cuba, ver más allá del estado nos ayuda a entender lo que sucedió dentro de él.

Sin duda, no correspondía a Hannah-Jones y a los otros colaboradores de The 1619 Project incluir todo lo que Ferrer aborda en Cuba. Todos los libros tienen un enfoque, y ningún libro puede hacer todo.

Pero, ¿no debería un libro que nos pide que adoptemos “una nueva historia de origen” para nuestro país ayudar a tantos de nosotros como sea posible a sentirnos incluidos en esa historia, especialmente en un país tan diverso como el nuestro? ¿No debería un libro como ese tener un enfoque más riguroso y amplio de lo que se incluye y lo que se deja de lado, reconstituir los Estados Unidos como un todo, en lugar de dejarlo en partes atomizadas? ¿No debería ser ese el objetivo de una democracia verdaderamente multirracial?

La mutualidad y la solidaridad deben fluir en múltiples direcciones. Como me dijo el historiador Frank Guridy, quien enseña y escribe sobre las conexiones entre los afrocubanos y los afroamericanos y los movimientos sociales estadounidenses: “Leer El Proyecto 1619 oscurece el hecho de que la lucha por la libertad de los negros, por sustancial que sea, no es más que una parte de las luchas más amplias por la libertad libradas por los pueblos indígenas, los asiático-americanos, los latinos de tonos más claros y oscuros,  y otras personas marginadas en este país”.

Comprender las experiencias de diferentes grupos en relación entre sí, y, de hecho, cómo las líneas entre los diferentes grupos podrían ser más borrosas de lo que a menudo suponemos, ciertamente amplía y profundiza la forma en que pensamos sobre las injusticias a lo largo de la historia estadounidense. Pero también amplía las posibilidades para la lucha contra la injusticia.

Considere el caso Méndez v. Westminster de 1947, un caso de desegregación escolar que involucra a estudiantes mexicoamericanos en California que sentó un precedente para Brown v. Board of Education (1954). El abogado jefe de la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color (NAACP), Thurgood Marshall, presentó un escrito de amicus en Méndez v. Westminster; luego argumentó el  caso Brown v. Board antes de convertirse en juez de la Corte Suprema, en 1967.

Dizzy Gillespie And His Orchestra Featuring Chano Pozo | DiscogsO, consideremos el caso del baterista de jazz negro Chico Hamilton, de Los Ángeles, quien en 1965 grabó un álbum llamado El Chico, que incluía canciones tituladas “Conquistadores” y “Los Moros”.  Este álbum de un músico negro fue influenciado por el jazz latino y la bossa nova brasileña; a su vez, pasó a influir en la estrella de rock chicana Carlos Santana, quien lo cubrió en sus famosos conciertos de 1968 en el Fillmore de San Francisco. Asimismo, el músico afrocubano Chano Pozo escribió canciones para Dizzie Gillespie y fue percusionista en la banda de Gillespie. Pozo practicaba la religión afrocubana Santería, que tiene muchos miles de devotos en Estados Unidos.

En el capítulo final de su libro, titulado “Justicia”, Hannah-Jones escribe sobre cómo el “nacionalista negro” Marcus Garvey apoyó las reparaciones a principios del siglo 20. Sin embargo, no menciona que uno de los barcos de la flota Black Star Line de Garvey, que estableció para que las naciones lideradas por negros pudieran comerciar entre sí, se llamó SS Antonio Maceo, en honor al héroe afrocubano que ayudó a ganar la independencia de Cuba de España. Un capítulo cubano de la organización de Garvey, la Universal Negro Improvement Association, se refirió a Maceo como uno de los más grandes líderes de la raza negra. Hoy en día hay una escuela en Jamaica llamada Garvey Maceo High, que destaca la estrecha asociación entre estos dos líderes.

Hacia el final de Cuba, Ferrer escribe sobre un busto de Maceo que, al menos durante la década de 1940, se exhibió en la Universidad de Howard, donde Hannah-Jones trabaja hoy. No sé si el busto del feroz defensor antiesclavista todavía está en exhibición, o si está guardado en algún lugar, aunque he tratado de averiguarlo. Aún así, es tentador preguntarse si Hannah-Jones sabe sobre la estatua y lo que piensa sobre cómo alguien como Maceo podría encajar dentro de su narrativa de la historia de los Estados Unidos, y la historia de los Estados Unidos en general.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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En esta reseña del libro de Matthew E. Stanley Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War, Dale Kretz nos presenta a la guerra civil estadounidense como  una conmoción revolucionaria que no solo aplastó la esclavitud, sino que también avivó la esperanza de una emancipación anticapitalista en los Estados Unidos.  Según Kretz, Stanley analiza cómo la inconografía y la discursiva  de la guerra civil sobreviven y son usados por la izquierda radical estadounidense hasta la guerra fría.

Dale Kretz es profesor de historia en el Departamento de Historia de la Universidad de California en Santa Barbara. Tanto su trabajo de investigación y su docencia se centran en la historia de los  afroamericanos. Es autor de Administering Freedom: The State of Emancipation after the Freedmen’s Bureau (UNC Press, 2022).

Matthew E. Stanley es doctor en Historia por la Universidad de Cincinnati y profesor  en la Universidad Estatal de Albany (Albany, Georgia), donde imparte cursos sobre esclavitud, la guerra civil y la Reconstrucción. Es también autor de The Loyal West: War and Reunion in Middle America (University of Illinois Press, 2016).


Trabajadores trabajando en ruinas después de la Guerra Civil de los Estados Unidos, alrededor de 1865. (Fotos de archivo / Getty Images)

 

El legado abolicionista de la Guerra Civil pertenece a la izquierda

Dale Kretz 

Jacobin   April 6, 2022

Reseña del libro de  Matthew E. Stanley Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War (University of Illinois Press, 2021).

¿Cómo debemos recordar la Guerra Civil? Para muchos liberales de hoy, la historia es la del Norte ganando la guerra pero perdiendo la paz, consintiendo una reconciliación seccional que dejó intacta la supremacía blanca. El racismo ganó, simple y llanamente.

Pero esto es solo una parte de la historia. El declive precipitado de la afiliación sindical, la militancia laboral en el lugar de trabajo y los eruditos marxistas en la academia han conspirado para oscurecer lo que el historiador Matthew Stanley saca a la luz en su reciente libro: que la Guerra Civil, para los trabajadores blancos y negros por igual, fue una piedra de toque duradera para las luchas populares desde la Reconstrucción hasta el Nuevo Trato, dando forma a la conciencia de clase en el proceso.

Grand Army of Labor: Workers, Veterans, and the Meaning of the Civil War muestra cómo los trabajadores industriales, los agricultores y los radicales desplegaron una “lengua vernácula antiesclavista” en sus luchas contra la Gilded Age y el capitalismo de la Era Progresista. Se presentaron a sí mismos como los portadores naturales de la antorcha del ideal del trabajo libre antes de la guerra, que, argumentaron, apuntaba no solo a la chattel slavery, sino también al trabajo asalariado, anunciando lo que Karl Marx imaginó como una “nueva era de emancipación del trabajo”.

Stanley detalla la construcción colectiva de una “Guerra Civil roja”, construida por trabajadores radicales en innumerables salas sindicales, pisos de talleres y cajas de jabón de terceros. En esta visión de tonos carmesí, John Brown, Frederick Douglass y Abraham Lincoln aparecieron como parangones del abolicionismo, la vanguardia de la “abolición-democracia” de W.E.B. Du Bois. Y aunque el Ejército de la Unión había aplastado a la aristocracia terrateniente del Poder esclavista, la expansión capitalista había generado nuevos intereses monetarios y creado nuevas formas de dominio corporativo. Ese despotismo exigía una nueva generación de emancipadores.

“La guerra dio un tipo de amo por otro”

Los Knight of Labor, una federación sindical fundada en 1869 que alcanzó un pico de 800,000 miembros a mediados de la década de 1880, fue una organización prominente que blandió el lenguaje de la Guerra Civil para luchar contra la “esclavitud asalariada”. “La guerra dio un tipo de amo por otro”, explicó un Caballero en una reunión de la Asociación Azul y Gris en 1886, “y la riqueza que una vez fue propiedad de los amos del Sur ha sido transferida a los monopolistas del Norte y se ha multiplicado por cien en poder, y ahora está esclavizando más que la guerra liberada”. Los Caballeros abogaron por una alianza interracial basada en la clase para librar esta próxima etapa de la guerra por la emancipación. Demostraron ser notablemente hábiles para organizar a los sureños negros y convencer a sus homólogos blancos de la necesidad de ello.

En las décadas de 1880 y 1890, los partidos de reforma agraria como los Greenbackers y los Populistas movilizaron a los “productores” a través de líneas seccionales y raciales. Los veteranos fueron fundamentales para estas campañas. Pero las colaboraciones “Azul-Gris” en el Partido Populista evocaron algo muy diferente a las reuniones nacionalistas blancas de la época que a menudo tenían el mismo nombre bicromático; Dedicados en cambio a “causas aún no ganadas”, como argumenta Stanley, los “trabajadores-veteranos radicales y sus camaradas usaron las palabras y heridas de la guerra para imaginar una alternativa de izquierda” de la clase productora liberada del yugo de la esclavitud económica.

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El líder del Partido Socialista de América, Eugene V. Debs

Apropiadamente, mientras los populistas hablaban en dialecto neo-abolicionista, sus oponentes reciclaron viejos insultos que una vez lanzaron a sus antepasados anteriores a la guerra. Denunciados como jacobinos, socialistas y comunistas, muchos populistas, al menos por un tiempo, se deleitaron en salvar las “divisiones de tiempos de guerra a lo largo de las líneas de clase” mientras sus antagonistas agitaban la camisa sangrienta o lloraban por la Causa Perdida. Los populistas aprovecharon la memoria de la Guerra Civil para un tipo muy diferente de conmemoración, una “reconciliación basada en la oposición mutua a las élites, a las condiciones del capitalismo industrial o al sistema económico en general”.

Mientras que el movimiento populista se extinguió a mediados de la década de 1890, el vocabulario antiesclavista perduró en otros proyectos basados en la clase. El Partido Socialista Americano, fundado en 1901, se basó en gran medida en la lengua vernácula antiesclavista. Los socialistas hablaron con frecuencia de la lucha de clases como un “conflicto incontenible” y una “crisis inminente”. El líder socialista Eugene V. Debs cultivó una autoimagen como un segundo Gran Emancipador, un radical del Medio Oeste que prometió “organizar a los esclavos del capital para votar su propia emancipación”. Preguntó: “¿Quién será el John Brown de la esclavitud asalariada?” y respondió en otra parte: “El Partido Socialista”.

El reto de Gompers

Pero como muestra Stanley, la apropiación de la iconografía de la Guerra Civil por parte de la izquierda radical no pasó desapercibida. La represión del gobierno federal del radicalismo obrero y la política de izquierda durante y después de la Primera Guerra Mundial elevó una corriente “reformista” de la memoria de la Guerra Civil sobre la revolucionaria. La narrativa reformista valoraba el orden social, el legalismo y la lealtad al estado, arrebatando la imagen de Lincoln a los rojos y cubriéndolo con ropa patriótica.

La American Federation of Labor (AFL) desempeñó un papel de liderazgo en la reutilización de Lincoln. Stanley escribe que el presidente conservador de la AFL, Samuel Gompers, “concibió la Guerra Civil no como una etapa inclusiva de la inminente revolución proletaria, sino como un evento nostálgico de prueba nacional, rejuvenecimiento y armonía”. Para Gompers, esto significaba no solo un equilibrio entre el trabajo y el capital, sino, lo que es igual de importante, entre los trabajadores blancos, con énfasis en los blancos, de todas las regiones del país. El sindicalismo artesanal que defendía excluía a los trabajadores negros en masa.

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Atrás quedó el Lincoln que desafió los derechos de propiedad a gran escala con la confiscación no compensada en tiempos de guerra; Lincoln de la AFL defendió la conciliación, el compromiso y la curación. La lengua vernácula antiesclavista sufrió una desradicalización similar. La “emancipación” ahora señalaba una ruptura con el partidismo y la militancia laboral, un proceso incremental de reforma dentro del capitalismo guiado por el liderazgo obrero conservador. Quizás lo más perverso es que Lincoln fue elegido como el gran emancipador de los trabajadores blancos, con una retórica antiesclavista rediseñada para acomodar la segregación en el lugar de trabajo.

En resumen, la política de lealtad de la AFL —económica, patriótica y racial— asimiló el trabajo organizado en el cuerpo político estadounidense en términos conservadores.

La Guerra Civil Radical

Un recuerdo de la Guerra Civil radical siguió vivo.

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Fotografía del abolicionista Frederick Douglass cuando tenía alrededor de veintinueve años. (Galería Nacional de Retratos / Wikimedia Commons)

En la década de 1930, la Guerra Civil roja floreció en la organización del Partido Comunista, particularmente con los sureños negros, que eran vistos como naturalmente hostiles a la clase dominante blanca. “Cuando los comunistas negros Hosea Hudson y Angelo Herndon compararon sus esfuerzos de organización con un abolicionismo restaurado que podría ‘terminar el trabajo de liberar a los negros’, los camaradas blancos estuvieron de acuerdo”, escribe Stanley. Cuando James S. Allen, un historiador marxista de la Reconstrucción y editor del periódico del Partido Comunista, el Southern Worker, escribió una defensa de los Scottsboro Boys, “representó para muchos blancos del sur una amenaza reconstituida de carpetbagger”. El propio Allen “vio al Partido Comunista como un medio para ‘completar las tareas inconclusas de la Reconstrucción revolucionaria’“.

La Guerra Fría finalmente diezmó a la izquierda obrera y con ella al ejemplo revolucionario anticapitalista y antirracista de la Guerra Civil. Pero el estudio exhaustivamente investigado e iluminador de Stanley revela cuán duradera ha sido la contrainsurgencia cultural de la memoria de la Guerra Civil. Como miles de activistas y organizadores sindicales habían insistido durante mucho tiempo, y como demasiados estadounidenses han olvidado hace mucho tiempo, la lucha de la década de 1860 nunca fue solo nacional o racial, sino sobre la liberación de todas las formas de despotismo. Fue un golpe a la supremacía blanca que anunció una emancipación más amplia, un golpe más devastador al dominio de la propiedad.

Para los socialistas de hoy, la historia de la Guerra Civil Americana puede ser nuevamente fuente de inspiración en la elaboración de una política anticapitalista y antirracista,  y de una lengua vernácula radical para la solidaridad y la transformación revolucionaria. La “Guerra Civil Roja” es nuestra.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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El mes de febrero es dedicado en Estados Unidos a la historia afroamericana. Por ello, Diálogo Atlántico, blog del Instituto Franklin UHA, publica una nota del Dr. Rubén Peinado Abarrio, reseñando seis películas con temas afroamericanos.  Son estas: Selma (2014), Judas y el mesías negro (2021), Doce años como esclavo (2013), Los chicos del barrio (Boyz n the Hood, 1991),  Moonlight (2016) y Killer of Sheep (1978). 

El Dr. Peinado Abarrio es Doctor en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y  profesor en la Universidad de Zaragoza.


Black-History-Month

Black History Month: Un itinerario cinematográfico para conmemorar la historia negra de Estados Unidos

Diálogo Atlántico    3 de febrero de 2021

Cada país tiene sus propios fantasmas. En Estados Unidos, la esclavitud institucionalizada y su legado de racismo ocupan un lugar central en el imaginario colectivo. Iniciativas periodísticas como los proyectos Inheritance y 1619 se han propuesto dibujar una nación vertebrada en torno a la negritud, objetivo similar al del Black History Month, que durante el mes de febrero conmemora a figuras y momentos clave de la diáspora africana. Con motivo de la celebración, proponemos un itinerario cinematográfico que alterna grandes acontecimientos y héroes nacionales con luchas desde abajo y experiencias fuera de foco. Unos y otras sirven para convertir nuestras pantallas en espacios de recuerdo y homenaje.

Selma (Ava DuVernay, 2014)

Verano de 1963: cuatro niñas se disponen a abandonar una iglesia baptista de Alabama cuando la bomba plantada por miembros del Ku Klux Klan la hace saltar por los aires. En una cinta donde predomina el acercamiento solemne a la figura de Martin Luther King, es esta representación de terrorismo doméstico la que permanece en la retina del público. Con su puesta en escena, su iluminación, y su uso del ruido, el silencio y la cámara lenta, DuVernay muestra la fragilidad de la existencia afroamericana, sumergiéndonos en un horror que convierte un momento banal en parteaguas, tanto para las víctimas individuales como para todo el Movimiento por los Derechos Civiles.

 

Judas y el mesías negro (Shaka King, 2021)

Dos actitudes -no siempre excluyentes- surgen como respuesta a esa violencia blanca: una pacífica, cargada de amor cristiano y orientada a la integración, y otra beligerante y revolucionaria, articulada en torno al Nacionalismo Negro. Como líder de los Panteras Negras de Illinois, Fred Hampton seguía la segunda ruta, y así lo atestiguan los incendiarios discursos que salpican el film de King. Por ello, entre escenas de violencia potencial y consumada, brilla con luz propia el cortejo entre Hampton (Daniel Kaluuya) y Deborah Johnson (Dominique Fishback): los futuros amantes intiman mientras recitan un apasionado discurso del héroe común, Malcolm X. Como en el poema de Yeats, también de la lucha puede nacer una belleza terrible.

 

Moonlight (Barry Jenkins, 2016)

En una sociedad en la que la masculinidad tóxica ofrece refugio ante la precariedad histórica del cuerpo negro, el deseo consumado de dos adolescentes homosexuales adquiere valor subversivo. Ante las mismas aguas en las que Chiron (Ashton Sanders) había sido bautizado por una figura paterna de breve aparición -evocación de un ideal de amor en un mundo hostil-, tiene lugar este instante de intimidad, que permite olvidar temporalmente el acoso escolar y la homofobia y atreverse a abrazar una identidad sexual en construcción.

 

Killer of Sheep (Charles Burnett, 1978)

Saltamos de una joven pareja bañada por la luz de la luna a un matrimonio que baila al son de la elegante voz de Dinah Washington. Con caricias desesperadas, la esposa (Kaycee Moore) pelea por sacar a su marido (Henry Sanders) de la parálisis emocional propiciada por la precariedad económica y su trabajo alienante en un matadero. En este clásico perdido durante décadas, Burnett traslada al barrio angelino de Watts de los años 70 el impacto emocional y los hallazgos formales del neorrealismo, al tiempo que huye de los estereotipos de drogas, tiroteos y pandillas en el gueto.

 

Los chicos del barrio (John Singleton, 1991)

Recorremos ahora los cinco kilómetros que separan Watts de Compton, donde Furious (Laurence Fishburne) disecciona el complejo entramado de intereses que obstaculizan la justifica racial en Estados Unidos. Con un didacticismo tan efectista como efectivo, Singleton proyecta una espiral de catástrofe: los jóvenes negros permanecen sujetos a la violencia causada por el alcohol, las drogas y la falta de expectativas, el crimen devalúa el precio de las propiedades, sus dueños venden a bajo precio y son desplazados, con la consiguiente subida de precios que solo compradores blancos pueden permitirse. Como terrible consecuencia final: la dispersión y erosión de las comunidades negras.

 

12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013)

De la gentrificación retrocedemos a la manifestación más extrema del supremacismo blanco: la esclavitud basada en la raza. McQueen evoca el terror con la milimétrica composición del linchamiento de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), pero también abre ventanas desde las que celebrar la fuerza y belleza del legado cultural afroamericano. De entre todas ellas, nos quedamos con la imagen de comunión durante los cánticos espirituales en el funeral de un esclavo de la plantación. En un primer plano de poco más de un minuto, Ejiofor consigue transmitir el trayecto que va desde la desesperanza individual hasta el drama colectivo, y de ahí a la convicción de que un futuro mejor aguarda, ya sea a esta generación o a las siguientes. Esta escena, al igual que el resto del itinerario, funciona a un tiempo como recordatorio de la vulnerabilidad de las vidas negras y como monumento a la resiliencia de la comunidad afroamericana.

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El último Gilder Lehrman Institute Book Break del año 2021 estará dedicado al libro de Claire Bellerjeau y Tiffany Yecke titualdo Espionage and Enslavement in the Revolution: The True Story of Robert Townsend and Elizabeth
Aquellos interesados en participar de esta actvidad pueden ir aquí.
Traduzco la descripción del contenido de este libro.
«En enero de 1785, una joven afroamericana llamada Elizabeth fue puesta a bordo del Lucretia en el puerto de Nueva York, con destino a Charleston, donde sería vendida a su quinto maestro en solo veintidós años. Dejando atrás a un niño pequeño que tenía pocas esperanzas de volver a ver, Elizabeth se enfrentó a la cruda realidad de ser vendida al sur a una vida bastante diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No tenía idea de que Robert Townsend, un hijo de la familia de Nueva York por la que fue esclavizada, la localizaría, salvaguardaría a su hija y la devolvería a Nueva York, ni cómo su historia ayudaría a convertir a uno de los primeros espías de Estados Unidos en un abolicionista. Robert Townsend es mejor conocido como uno de los espías más confiables de George Washington, pero pocos saben cómo trabajó para poner fin a la esclavitud. A medida que se desarrolla la historia de Robert y Elizabeth, figuras prominentes de la historia se cruzan en su camino, incluidos Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, John André y John Adams, así como participantes en la Masacre de Boston, los Hijos de la Libertad, la Batalla de Long Island, las negociaciones de Franklin en París y el complot de traición de Benedict Arnold»
Traducido por Norberto Barreto Velázquez 

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Nuevamente comparto un trabajo del historiador Federico Mare, quien  esta vez analiza el significado histórico y político de los monumentos confederados que tanta polémica causaron en Estados Unidos durante el año 2020.  Estos momumentos son muestra material del discurso de la Lost Cause analizado por Mare en una entrada previa titulada «La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter


‘Black Lives Matter’ y la iconoclastia contra los monumentos confederados

Federico Mare

Sin Permiso   25 de junio de 2021

La fotografía que ilustra el presente ensayo fue tomada en el Stone Mountain Park, condado de DeKalb, estado de Georgia, en lo que se conoce como Deep South, el Sur Profundo de los Estados Unidos. Una bucólica tarde del verano de 2015, gran cantidad de familias blancas sureñas aguardan un show nocturno de luces láser al pie del memorial de Stone Mountain, en el corazón de los Apalaches meridionales. Mantas, reposeras, canastos, heladeras portátiles y otros bártulos típicos de un día de picnic manchan el verde esmeralda de la pradera. Más atrás, la lente del fotógrafo captura la presencia del tren turístico que ha traído hasta el parque al enjambre de espectadores.

Johnny Reb by owl65 on DeviantArtEl memorial de Stone Mountain rinde homenaje a los héroes de la vieja causa sudista, deidades tutelares de un panteón cívico-militar en clave revisionista, es decir, anti-Yankee, anti-unionista, anti-nordista. Pero no se trata de un monumento confederado más, no. Es el mayor de todo el país. Stone Mountain representa algo así como la versión sureña rebelde del Mount Rushmore. Constituye la plasmación más fatua, cursi, extravagante, de la megalomanía patriotera de Johnny Reb [i], con su regionalismo recalcitrante y propensiones xenofóbicas.

El bajorrelieve está hecho sobre un promontorio de roca adamelita, a 120 metros del suelo, y representa a los tres próceres más populares del Viejo Sur separatista: los generales Robert E. Lee y Thomas Stonewall Jackson, junto al presidente de los Estados Confederados de América Jefferson Davis, los tres a caballo. Este proyecto monumental se puso en marcha hacia 1916, pero recién concluyó en 1972, luego de varias interrupciones y reanudaciones. Diversos artistas trabajaron sucesivamente en la obra, a lo largo de varias décadas. Con sus 23 metros de alto y 48 de ancho, constituye el bajorrelieve más grande del mundo.

En la concepción, ejecución y financiación de semejante proyecto faraónico, que insumió millonadas y millonadas de dólares, trabajaron codo a codo las Hijas Unidas de la Confederación y el gobierno estadual de Georgia. Pero la injerencia y el mecenazgo del segundo Ku Klux Klan (el «imperio invisible», como le decían entonces) fue un secreto a voces desde el primer momento. No sorprende, por ende, que muchos reclamen hoy su eliminación por medio del arenado o chorreado abrasivo. Hubo manifestaciones en contra y a favor de su permanencia. Desde agosto del año pasado, el parque permanece cerrado.

El país del Tío Sam está lleno de monumentos confederados. El de Stone Mountain es el más grande de todos, sin duda, pero de ningún modo el único. Hay cientos y cientos. Y a muchxs estadounidenses no les resultan nada simpáticos, especialmente a quienes son afrodescendientes. Con justa razón, ven en ellos símbolos ultrajantes del antiguo Sur esclavista y secesionista.

Los monumentos confederados constituyen una de las expresiones más emblemáticas del mito romántico de la Lost Cause. Este mito racista –pseudohistoria al servicio de la white supremacy o «supremacía blanca»– lleva un siglo y medio envenenando la sociedad y la cultura estadounidenses (véase mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter).

Charlottesville: Cubren monumento confederado con tela negra

Desde los trágicos sucesos de 2017, cuando una joven que reclamaba el retiro de la estatua ecuestre del general Lee en el Emancipation Park de Charlottesville (Virginia) fue asesinada, gran número de monumentos confederados han sido removidos o vandalizados a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, de Massachusetts a Texas, y de Florida a California. Hubo no sólo retiros de monumentos confederados dispuestos por las autoridades (retiros hechos con grúas, camiones y cuadrillas de empleados municipales), como en Demopolis, San Antonio, Lexington, Helena, Lynchburg y Kansas City; sino también acciones populares iconoclastas por fuera de la ley. Muchas esculturas, memoriales y placas conmemorativas que honran al Viejo Sur separatista sufrieron vandalizaciones de diverso grado e índole en numerosas ciudades: Atlanta, Filadelfia, Houston, Tampa, Baltimore, West Palm Beach, etc. Estatuas baleadas o derribadas con sogas, monumentos intervenidos con grafitis, esculturas cubiertas con pintura, etc.

Incluso se registró un pintoresco episodio de tarring & feathering[ii]. Fue en la localidad rural de Gold Canyon, Arizona, el 16 de agosto de 2017, cuatro jornadas después de los incidentes de Charlottesville. Una placa de piedra a la vera de la Ruta Federal 80, en homenaje a Jefferson Davis –el único presidente que tuvieron los efímeros Estados Confederados de América (1861-65)–, apareció cubierta con alquitrán y plumas, en señal de repudio y agravio.

Pero hubo también vandalizaciones de signo ideológico opuesto. Por ejemplo, el busto de Lincoln en Chicago un día amaneció quemado. En Madison, Wisconsin, la estatua del abolicionista Hans Christian Heg fue derribada, decapitada y arrojada a un lago. En Boston, el Memorial del Holocausto de Nueva Inglaterra, hecho con paneles de vidrio, fue dañado a piedrazos por un activista neonazi. Estamos, pues, en presencia de una guerra simbólica por los espacios públicos entre el supremacismo blanco y el movimiento de derechos civiles. Cada bando defiende sus liex de mémoire o «lugares de memoria» (al decir de Pierre Nora), a la vez que ataca los del adversario.

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La mayoría de los monumentos confederados fueron levantados en los dos primeros decenios del siglo pasado, una época de fuertes tensiones raciales: endurecimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow, creación de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, retorno de un demócrata sureño de ideas racistas (Woodrow Wilson) a la presidencia de los EE.UU. luego de muchísimos años, refundación del Ku Klux Klan, estreno de la película El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, etc. El año pico de este revival sudista fue 1911, cuando se cumplió el cincuentenario del inicio de la guerra de Secesión (batalla de Fort Sumter, abril de 1861).

El otro momento de auge en el proceso de monumentalización de la Lost Cause –aunque de menor magnitud– fue el centenario de la guerra civil, en el primer lustro de la década del 60. Esta época coincidió –no casualmente, por cierto– con el recrudecimiento del conflicto racial (expansión del movimiento de derechos civiles con Martin Luther King y emergencia del tercer KKK).

Existen centenares de monumentos confederados desperdigados por todo el vasto país del Tío Sam: estatuas ecuestres, obeliscos, bustos, etc. Si a estos monumentos se les suman las placas conmemorativas, la cifra supera cómodamente el millar. No vaya a creerse que estas evocaciones nostálgicas a la «gesta» confederada –mayoritariamente localizadas en el Sur– son todas añejas. Algunas son relativamente nuevas, como el Monumento a los Veteranos Confederados de Arizona, en Phoenix, erigido hacia 1999 (aunque removido el año pasado).

Lo cierto es que, en reacción a la tragedia virginiana de Charlottesville, el proceso de desmonumentalización de la Lost Cause alcanzó una gran magnitud, una intensidad sorprendente. Sin embargo, la ola iconoclasta de 2017 fue casi un hecho menor al lado de la segunda ola –verdadero tsunami– del año pasado, tras el asesinato de George Floyd en Mineápolis, a manos de la policía de Minnesota. En 2017, hubo 36 monumentos removidos. En 2020, casi el triple: 94. La causa de este incremento prodigioso es obvia: la masificación del movimiento Black Lives Matter (BLM) contra la violencia racista. La oleada iconoclasta anticonfederada de 2017-2020 constituye, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos culturales, sociológicos, más llamativos de los Estados Unidos de la era Trump. Solamente en Texas se han removido 31 memoriales.

Una mirada a la tragedia de Charlottesville | Newsweek México

Una acalorada polémica, muy densa en sus implicaciones ideológicas y políticas, soliviantó al país del Tío Sam. La sociedad estadounidense se polarizó, se fracturó en dos; y también sus medios de comunicación, sus historiadores e intelectuales, sus legisladores y funcionarios. La memoria, una vez más, fue campo de batalla. El pasado, por enésima vez, dividió aguas y devino objeto de disputa. Dos paradigmas de la historia nacional, dos políticas de la memoria, se batieron a duelo. ¿Cuál fue la postura del expresidente Trump? Una «equidistancia salomónica» que claramente favorecía al supremacismo blanco: no apoyó explícitamente la violencia racista contra las minorías afroamericanas, pero condenó enérgicamente el «vandalismo» del BLM, porque ambos extremos eran –sostuvo– igualmente malos para el orden republicano (equiparación de las acciones iconoclastas con los crímenes de odio racial, de los monumentos dañados con las personas asesinadas). Sin embargo, a nadie se le escapó la tibieza o parquedad con que Trump se distanció del supremacismo blanco, y la vehemencia o énfasis que manifestó en su reprobación de la iconoclastia anticonfederada. Por lo demás, su polémica decisión de comenzar su campaña electoral de 2020 en la mismísima Tulsa, la ciudad sureña de Oklahoma donde ocurrió la peor masacre racista en la historia de Estados Unidos, eligiendo como fecha nada menos que el 19 de junio (efeméride afroamericana del Juneteenth o Día de la Emancipación)[iii], fue mayoritariamente interpretada como una provocación, que sus detractores denunciaron y sus admiradores festejaron.

Charleston aparece en el manifiesto racista difundido en Internet como  objetivo de un ataque | CNNEl proceso de desmonumentalización comenzó en junio de 2015, al calor de la ola de indignación que desató la matanza racista de Charleston (Carolina del Sur), que dejó un saldo aterrador de nueve muertos en una iglesia metodista. La circunstancia de que el asesino, el joven Dylann S. Roof, fuese un segregacionista fanático que había hecho ostentación de su identidad neoconfederada por Internet, exhibiendo fotos donde se lo veía sosteniendo con orgullo la rebel flag (la vieja bandera del Sur esclavista y secesionista), generó un gran debate en torno a la legitimidad de la presencia de dicho símbolo, y otros afines (placas conmemorativas, estatuas, obeliscos, memoriales, topónimos, etc.), en los espacios públicos.

A caballo de esta gran controversia nacional, en muchos puntos del país diversas organizaciones de derechos civiles –el Southern Poverty Law Center, entre otras– reclamaron la remoción de la simbología y la onomástica confederadas, en el marco más amplio del movimiento BLM, incoado en 2013 tras la absolución judicial del asesino de Trayvon Martin. A corto plazo, muy pocas de estas iniciativas tuvieron éxito. Sólo en un puñado de ciudades hubo logros tangibles (en Austin por ej., donde una estatua de Jefferson Davis fue retirada del campus de la Universidad de Texas en agosto de 2015).

Pero en 2017, la desmonumentalización dio un gran salto adelante cuando, entre abril y mayo, las autoridades de Nueva Orleáns –en el corazón mismo del Sur Profundo– tuvieron el coraje de remover cuatro monumentos confederados en un lapso de apenas 25 días, decisión histórica que el supremacismo blanco resistió con vehemencia. A partir de allí, las remociones se hicieron más frecuentes, en un clima de creciente crispación: St. Louis, Orlando…

James Alex Fields Jr., Who Murdered Heather Heyer in Charlottesville, Faces  Life in Prison Plus 419 Years | Vogue

Heather Heyer

Y se multiplicaron notablemente tras la tragedia de Charlottesville, donde una mujer de 32 años llamada Heather Heyer, que reclamaba pacíficamente por el retiro de la estatua ecuestre del general Lee del Emancipation Park,[iv] fue brutalmente asesinada por un manifestante ultraderechista, y donde cerca de cuarenta personas resultaron heridas. Sábado nefando, siniestro, cuya causa directa, ostensible, indubitable, es la vigencia del mito racista de la Lost Cause en el imaginario estadounidense; vigencia exacerbada, desde ya, por el fenómeno Trump.

¿El detonante de la tragedia? Un proyecto que planteó la remoción del antedicho monumento en la pequeña ciudad virginiana del condado de Albemarle, donde otrora viviera el prócer independentista Thomas Jefferson. Diversos grupos de extrema derecha (supremacistas blancos, neoconfederados, milicianos, bikers, neonazis, etc.) lanzaron una cruzada en defensa de la controvertida estatua. La expresión más conspicua y virulenta de esta reacción fue el movimiento Unite the Right, en cuyas movilizaciones callejeras se ha desplegado todo el rancio repertorio simbólico del Ku Klux Klan: consignas patrioteras y segregacionistas, banderas rebeldes con la cruz de San Andrés estrellada, capuchas blancas, la siniestra MIOAK (la insignia de los klansmen), y hasta antorchas tiki ardiendo en la oscuridad de la noche, al estilo Mississippi en llamas… El conflicto por la estatua ecuestre de Lee del Emancipation Park derivó en una larga querella judicial, que todavía sigue en curso. Al día de hoy, el monumento permanece en su sitio, aunque ha sufrido varias vandalizaciones.

Make It Right – Independent Media Institute

En 2018, la periodista Kali Holloway creó el proyecto Make It Right (MIR), destinado a crear conciencia en torno a la necesidad de desmonumentalizar el pasado esclavista y segregacionista del Sur. “Oficialmente, la guerra civil terminó con la derrota de la Confederación en 1865. Pero más de 150 años después del fin de la guerra, cerca de 1.700 monumentos a la Confederación cubren el paisaje de Estados Unidos, y no solo el de los estados sureños. Desde el año 2000, más de 30 nuevos monumentos han sido erigidos. Estas estatuas y placas romantizan la brutalidad de la esclavitud y glorifican a los traidores de los Estados Unidos”. El proyecto MIR trabaja “con múltiples grupos –activistas, artistas, historiadores y medios de comunicación– para remover los monumentos confederados y contar la verdad de la historia”. Su acción propagandística ha sido fecunda.

En la vereda opuesta no se quedaron de brazos cruzados… La legislatura de Alabama, por citar un ejemplo, sancionó en mayo de 2017 una ley prohibiendo a las autoridades municipales remover o renombrar monumentos con más de cuarenta años de antigüedad, sin autorización estadual. Esa restricción dificulta enormemente la desmonumentalización de la Lost Cause en Alabama, puesto que los memoriales sudistas datan, en su inmensa mayoría, de 1911-15 y 1961-65, el cincuentenario y el centenario de la guerra de Secesión. Alabama es uno de los estados más racistas de EE.UU., y uno de los que acumulan más monumentos confederados en sus espacios públicos. Diversas demandas se han interpuesto contra la Memorial Preservation Act. La judicialización del conflicto ameritaría otro escrito aparte.

Pero, ¿por qué esta disputa? ¿Cuál es el secreto de la importancia concedida a los monumentos confederados, tanto por sus valedores como por sus detractores? Nora, el historiador francés mencionado algunos párrafos más arriba, no investigó esos liex de mémoire en especial, sino los que, en su país, se hallan asociados a la Tercera República (1870-1940). No obstante, con cautela, algunas de sus ideas pueden ser extrapoladas a los memoriales y monumentos confederados.

La siguiente observación resulta particularmente pertinente y esclarecedora para el caso que aquí nos ocupa:

Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Por eso la defensa por parte de las minorías de una memoria refugiada en focos privilegiados y celosamente custodiados ilumina con mayor fuerza aún la verdad de todos los lugares de memoria. Sin vigilancia conmemorativa, la historia los aniquilaría rápidamente. Son bastiones sobre los cuales afianzarse. Pero si lo que defienden no estuviera amenazado, ya no habría necesidad de construirlos.[v]

No habría monumentos confederados como los del general Lee, no habría monumentos unionistas-abolicionistas como los del presidente Lincoln, si el pasado –o mejor dicho, cierta selección e interpretación del pasado– no fuese, como es, un anclaje identitario para determinados grupos antagónicos de la sociedad que no quieren, ni pueden, armonizar sus autopercepciones (sectores racistas de la población blanca, minorías negras orgullosas de su afrodescendencia, fuerzas de derecha, partidos de izquierda, etc.). Tampoco los habría si la espontaneidad de los recuerdos colectivos, fluida e inorgánica como es, bastase para contrarrestar el olvido. He aquí, pues, a mi modo de ver, la clave del asunto.

The state of the white supremacy and neo-Nazi groups in the US - ABC NewsLa querella de los monumentos confederados tiene como trasfondo, como sustrato, la persistencia del racismo –y de la lucha contra el racismo– en la sociedad estadounidense. Lxs supremacistas se aferran a dichos monumentos porque sienten que la white supremacy fue herida de muerte en los 60, mientras que lxs simpatizantes del BLM bregan por la desmonumentalización porque advierten que la utopía igualitaria, jamás concretada plenamente, zozobra más que nunca con la derechización que produjo Trump como presidente (uno de los mandatarios más reaccionarios que han pisado la Casa Blanca).

Sin embargo, subsiste un interrogante. Son muchas las facetas de la sociedad y la cultura estadounidenses que, directa o indirectamente, remiten al viejo conflicto irresuelto entre supremacistas e igualitaristas: los distintos niveles de ingreso e instrucción entre angloamericanxs y afroamericanxs, los prejuicios racistas (por ej., la creencia de que los negros son más propensos a cometer robos y violaciones sexuales que los blancos), los innumerables casos de violencia policial contra jóvenes afrodescendientes (golpizas, maltratos verbales y psicológicos, asesinatos), la animosidad racial de jurados y jueces en los procesos judiciales, la estratificación residencial, etc. Los monumentos confederados son una arista del problema, entre tantas otras. ¿Por qué razón, entonces, han sido estos, y no cualquiera de las otras iniquidades racistas, la mecha que detonó todo?

David Freedberg | Image Knowledge Gestaltung

David Freedberg

Parafraseando a historiador del arte David Freedberg, la respuesta sería: el poder de las imágenes. Las estatuas y otros monumentos constituyen imágenes, y como tales, no son nada inocuas. Tienen cierto poder sobre nosotros, cierta capacidad de sugestión. Nos provocan. Nos fascinan o enfurecen. Influyen en nuestra subjetividad, ya sea abiertamente en nuestro consciente, ya sea de modo sutil en nuestro inconsciente. Nos apasionan. Nos movilizan. Señala Freedberg al respecto:

Mucho se ha estudiado los grandes movimientos iconoclastas de Bizancio en los siglos VIII y IX, de la Europa de la Reforma, de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. Cualquiera puede aportar un ejemplo de alguna imagen atacada: todos sabemos cuando menos de algún período histórico durante el cual la iconoclasia era espontánea o estaba legalizada. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas; ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza; y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. Como es natural, los motivos de tales actos se han estudiado y continúan discutiéndose interminablemente; pero en todos los casos hemos de aceptar que es la imagen –en mayor o menor grado– la que lleva al iconoclasta a tales niveles de ira. Esto cuando menos podemos asentar como indiscutible, por más que sepamos que la imagen es un símbolo de otra cosa y que es esta cosa la que se ataca, rompe, arranca o destroza.[vi]

Aunque los monumentos confederados sean “un símbolo de otra cosa”, y que, en definitiva, es esa “otra cosa” (el Viejo Sur esclavista y secesionista, el segregacionismo de las leyes de Jim Crow, la cultura racista actual) “la que se ataca” y defiende, la que se quiere remover o vandalizar en señal de rechazo, o bien, preservar o reparar en señal de identificación, lo cierto es que no deja de haber cierto trasfondo de fetichismo en tales prácticas anicónicas e icónicas, por muy subterráneo e imperceptible que sea ese trasfondo. De todo el abanico de opciones susceptibles de generar una reacción en cadena –en contra y a favor–, han sido las estatuas, los obeliscos, las placas conmemorativas, los memoriales, etc., los que han concentrado mayor atención de ambos bandos.

El regodeo y la saña de la muchedumbre desmonumentalizadora es por demás sintomática, sugerente, igual que lo es la vehemencia de sus oponentes. Estos, por caso, han llegado a la violencia terrorista y el asesinato para demostrar su apego sentimental por la estatua ecuestre del general Lee en Charlottesville… Nada casual hay en ello. Es evidente que los monumentos confederados, en tanto íconos, resultan particularmente irritantes y ofensivos para unos, y seductores y admirables para otros.

Las imágenes son cosa seria, aunque los intelectuales solamos subestimarlas debido a nuestra deformación profesional (predominio excesivo de las palabras, del discurso). ¿Cuántas rebeliones y revoluciones del siglo XX hubiesen quedado grabadas a fuego en nuestra memoria sin la ayuda de fotografías o filmaciones de incidentes iconoclastas, o de muestras exultantes de iconismo popular como la exhibición de banderas?

Entre las muchas ciudades norteamericanas que, durante estos últimos cuatro años, retiraron monumentos confederados de sus espacios públicos, están Montgomery, Houston, Dallas, San Diego, Little Rock, Raleigh, Charleston, Lexington, Decatur, Clarksville, Charlotte… También la mítica Birmingham de Alabama, el reducto segregacionista que Martin Luther King, en el 63, eligió como prueba de fuego para el movimiento de derechos civiles, y donde resultó arrestado. En otras urbes, como Jacksonville, los proyectos de remoción aún no se han concretado, ora porque el proceso deliberativo sigue en curso, ora porque acciones judiciales los han dejado en suspenso. Pero es muy probable que a corto plazo varios de ellos se efectivicen. Por otra parte, no olvidemos que en muchos lugares se registraron acciones directas de tipo «vandálico», por fuera del orden legal, como en Indianápolis, Los Ángeles, Denver, Sacramento y Portland: derribos, grafitis, etc.

La estatua del general confederado Thomas Stonewall Jackson está colocada en el complejo del capitolio del estado de Virginia Occidental.

Estatua del General Stonewall Jackson.

Virginia, el estado con más monumentos confederados de todo el país, merece un párrafo aparte. En marzo del año pasado, al comienzo de la pandemia, una reforma legal habilitó la remoción de los mismos. La reforma entró en vigencia en julio, y desde entonces muchas esculturas y placas conmemorativas han sido retiradas: Appomattox, Norfolk, Fredericksburg, Leesburg, Farmville, Virginia Beach… También hubo derribos y vandalizaciones en el contexto de las protestas y revueltas del BLM, como en Portsmouth y Roanoke. La aristocrática Richmond, capital estadual y otrora capital del Sur secesionista, la ciudad con más memoriales confederados de la nación (algo así como la meca del urbanismo megalómano y nostálgico de la Lost Cause, especialmente en lo que concierne a su Monument Avenue), ha vivido situaciones de todo tipo: iconoclastia revoltosa de masas, remociones efectuadas por las autoridades y retiros frustrados o demorados por la oposición encarnizada de la derecha supremacista. Las estatuas de Jefferson Davis y Williams Carter Wickham fueron derribadas, igual que el Monumento Howitzer. Las esculturas en homenaje a Stonewall Jackson, J. E. B. Stuart y Matthew Fontaine Maury fueron retiradas por el gobierno local. El gigantesco monumento ecuestre de bronce del general Lee todavía sigue en su altísimo pedestal de mármol, pero hay planes oficiales para removerlo. El año pasado, durante las movilizaciones multitudinarias del BLM, la escultura fue intervenida con grafitis, aunque su colosal tamaño impidió que se la tirara abajo. Se trata del último monumento en pie de la Monument Avenue. Creada por el escultor francés Antonin Mercié, fue inaugurada pomposamente en 1890. El anuncio de su remoción por parte del gobernador Ralph Northam, en junio de 2020, soliviantó a los sectores supremacistas, que han plantado una desesperada batalla judicial por su conservación, una nueva Gettysburg en pleno siglo XXI…

El rey belga pide perdón por la cruel y violenta colonización del Congo

Leopoldo II

Cabe hacer una importante acotación. El cimbronazo iconoclasta del BLM de 2017-2020 trascendió las fronteras de Estados Unidos. El racismo y la lucha contra el racismo no son coto exclusivo del Tío Sam. En Gran Bretaña y Bélgica, diversos monumentos asociados a la trata de esclavos y la opresión colonial han sido removidos, derribados o intervenidos con grafitis: la estatua de Edward Colston en Bristol, las esculturas de Robert Milligan y John Cass en Londres, el monumento de Leopoldo II en Amberes, los bustos dedicados a este monarca europeo –déspota genocida del Congo Belga– en Gante y Lovaina… También se registraron episodios de iconoclastia antiimperialista-antirracista en las Antillas francesas y Barbados, protagonizados mayormente por las comunidades negras o afrodescendientes. En Sudáfrica, un busto del magnate minero Cecil Rhodes –jingoísta recalcitrante y adalid de la supremacía blanca– fue descabezado por manifestantes de Ciudad del Cabo, y una estatua de Martinus Theunis Steyn –último presidente de la república bóer separatista de Orange– fue desmantelada en Bloemfontein. La desmonumentalización de la Pax Britannica victoriana tuvo coletazos en India y Nueva Zelanda, donde hindúes y maoríes no han olvidado ni perdonado los crímenes y agravios del Reino Unido. Asimismo, tanto en Estados Unidos como en Canadá, Colombia y Chile hubo acciones iconoclastas indigenistas contra monumentos asociados al «descubrimiento», la conquista y colonización europeas de América: el de Colón en Boston y St. Paul, el de Macdonald en Montreal, el de Belalcázar en Popayán, el de Valdivia en Concepción… Un claro ejemplo de efecto dominó.

Decapitan en Sudáfrica una estatua del colonizador británico Cecil Rhodes

Estatua de Cecil Rhode decapitada, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

“¿Por qué las personas destruyen las imágenes?”, se pregunta Freedberg en otro libro más reciente. Y prosigue su reflexión con más interrogantes incisivos:

¿Qué motiva estos actos individuales y colectivos de violencia contra algo que –al fin y al cabo– es una mera representación en madera, piedra, lienzo o papel? ¿Cómo podemos pensar la iconoclasia en el mundo contemporáneo? Para muchos, la extraordinaria ubicuidad y la repetición de las imágenes desvirtúa su aura pero, sin embargo, los ataques continúan. De hecho, los medios de comunicación tienden a visibilizarlos, haciéndolos cada vez más evidentes.[vii]

Al analizar el Beeldenstorm, el gran estallido iconoclasta de 1566 en la rebelión antiespañola y protestante de Flandes, Freedberg se interroga:

Pero, ¿por qué fueron atacadas las imágenes con tal ferocidad? Después de todo, éstas no eran en sí mismas los tiranos. ¿Hasta qué punto los actos de destrucción de los atacantes eran indiscriminados o selectivos? ¿Atacaban obras de arte reconocidas con mayor o menor vehemencia que otras imágenes, o los iconoclastas eran ciegos e indiferentes? ¿Fueron los ataques espontáneos u organizados? En un principio, los brotes parecían espontáneos, pero pronto surgieron evidencias que demostraban que muchos de los ataques, si no todos, habían sido organizados.

La mayoría de estas preguntas, y otras muchas, surgen también al abordar otros episodios iconoclastas. Al igual que en los Países Bajos, los ataques aparentemente espontáneos a menudo resultaron ser organizados y, en efecto, remarcaron eficazmente los resentimientos y las patologías individuales. Determinadas obras de arte fueron señaladas para su destrucción, puesto que ofrecían una mayor posibilidad de ganar publicidad para la causa. La ferocidad de los ataques fue seguramente atribuible, al menos en parte, a la frustración y la rabia ante la ausencia del tirano, dirigiéndose en cambio a su representación. Ciertamente era más fácil atacar a su imagen que a su prototipo viviente.[viii]

Podríamos afirmar algo similar en relación a la iconoclastia anticonfederada del BLM. Hubo monumentos que no podrían haber sido vandalizados sin un esfuerzo planificado y coordinado, como en el caso de varias estatuas de considerable tamaño y peso derribadas con sogas por grupos numerosos de manifestantes, que actuaron velozmente para no darle tiempo a la policía. La elección de ciertas esculturas especialmente significativas tampoco parece casual. Por lo demás, la vehemencia destructiva contra las mismas, el encarnizamiento con que fueron atacadas, sugiere que se dio un fenómeno psicológico de proyección: como los opresores de carne y hueso no están físicamente presentes, se descarga la ira vindicatoria contra aquellas imágenes que los representan, olvidando por un instante que se trata de un procedimiento de transferencia o sustitución.

“Las recurrencias son sorprendentes”, reflexiona Freedberg. “Incluso un estudio superficial deja claro con qué frecuencia la política se mezcla con la teología y cómo patologías individuales pueden cruzarse y a menudo exacerbar los contextos históricos específicos de determinados momentos y movimientos iconoclastas”. Y luego acota:

Amazon.com: La destruccion de la Estatua de Bel por Cornelis Cort: Home &  Kitchen

La destrucción de la estatua de Bel  por Maarten van Heemskerck, 1567

Tomemos, por ejemplo, el cupido que orina en la boca de una antigua estatua ya destruida en el grabado La destrucción de la estatua de Bel, una estampa de 1567 realizada por Maarten van Heemskerck. La acción es prácticamente idéntica a la de un joven que orina sobre el rostro de una estatua caída de Saddam Hussein en 2003. Queda claro que ya no se trata de dioses (de las personas o del arte), sino que simplemente se han derrumbado y ahora tan solo son falsos ídolos que pueden ser insultados de un modo impensable si siguiesen vivos o continuasen siendo deidades. Sin embargo, actos como estos sugieren que este tipo de insultos son percibidos y sentidos como algo verdaderamente importante debido a que transmiten la sensación de ser agresiones físicas a un prototipo viviente.

En esta combinación de religión, política y sensualidad de las imágenes la persistencia asombrosa de formas aparentemente similares de profanación y destrucción se hace aún más comprensible. Los actos iconoclastas y de censura adquieren formas estereotipadas. Esto es el resultado de una etiología común: el acto para eliminar lo viviente en una imagen o su profanación corporal, de modo que su estatus material descalifique su estatus sagrado o superior (ya sea estética o políticamente).

[…] Ver este tipo de imágenes agredidas y dañadas siempre provoca un shock. Los espectadores perciben que dichos ataques no solo se aplican sobre los cuerpos que ven, sino también, de forma inquietante, en cierto modo, sobre sus propios cuerpos. Este sentido de empatía con los objetos observados es lo que garantiza su efectividad. […] Precisamente esto último es lo que demuestra más poderosamente la vida de la imagen, ofreciendo la indicación más clara de la habilidad con la que fue hecha.

Todo esto nos obliga a pensar más detenidamente acerca de la visualización de la iconoclasia solamente en términos históricos o políticos. En ocasiones, los primeros resultan tan clamorosos que parecen anular las limitaciones de estos últimos. No es solo una cuestión relacionada con la persona concreta que representa la imagen. […] Nada de esto puede explicar adecuadamente la violencia con la que fueron eliminadas y las múltiples formas de destrucción de lo que parecía estar vivo aunque tan solo fuera, de hecho, una mera reproducción de lo real.

Siempre hay algo más. La voluntad de destruir una obra a menudo indica el empeño por negar que, en cierto modo, la imagen es algo viviente. Precisamente, es esta capacidad la que la convierte en algo peligroso, en objeto que precisa ser eliminado, mutilado y destruido. Los temas históricos no se pueden resolver al margen de los psicológicos.[ix]

The hashtag #BlackLivesMatter first appears, sparking a movement - HISTORY

Esto se aplica también a la iconoclastia del BLM. El intenso goce material o corporal –y no solo simbólico o metonímico– con que se destruyeron los monumentos confederados revela que hubo un componente psíquico más profundo en este accionar punitivo. Si por unos instantes no se sintiera inconscientemente que las estatuas del general Lee están vivas, el pasado y la política no serían suficientes para explicar tanta pasión y tanto celo iconoclastas. Llega un punto en que la psicología se vuelve irreductible a la historia y la sociología, por mucho que estas nos ayuden a comprender el comportamiento humano a la luz de factores económicos y culturales de carácter contextual.

Aunque la tormenta iconoclasta contra la Lost Cause amainó este año, con el demócrata y «progresista» Joe Biden de presidente, cabe esperar que recrudezca en cualquier momento, tan pronto como el BLM experimente un nuevo auge de protestas y revueltas. No hay de qué extrañarse: los lugares de memoria están saturados de ideología, y, por ende, de política. Cuando el consenso se diluye, cuando el conflicto social se agudiza y sale con ímpetu a la superficie, ¿cómo pretender que los monumentos confederados permanezcan al margen, a salvo? Menos aún si, en tanto obras de arte figurativas, calculadamente vívidas en su artilugio mimético, ejercen ese influjo irresistible de amor-odio que Freedberg llamó, con quirúrgica precisión semántica, the power of the images, el poder de las imágenes.

NOTAS

[i] Personaje imaginario que simboliza al Sur estadounidense en general, y a los antiguos Estados Confederados de América (1861-65) en particular. Se lo representa con chaqueta, pantalones y gorra de color gris –el uniforme que usaban los soldados sudistas–, y a menudo, sosteniendo un arma o la rebel flag. Su contraparte simétrica es Billy Yank, prosopopeya o personificación del Norte.

[ii] El tarring & feathering es una tradición de castigo popular, no oficial, típica de los países anglosajones, actualmente en desuso. Se lo practicaba con quienes transgredían los valores morales de la plebe: criminales, usureros, comerciantes especuladores, terratenientes abusivos, empresarios explotadores, rompehuelgas, adversarios políticos, funcionarios impopulares, policías o militares represores, recaudadores de impuestos, etc. Las víctimas eran inmovilizadas y desnudadas, rociadas con alquitrán de pino caliente y luego cubiertas con plumas, a modo de represalia y escarmiento, de humillación y escarnio públicos. Los orígenes de esta punición popular se remontan a la Inglaterra medieval. Fue muy utilizada por los rebeldes norteamericanos durante la revolución y guerra de Independencia, y también por los pioneros del Far West en el siglo XIX. Durante la centuria pasada fue perdiendo vigencia, hasta su virtual extinción.

[iii] La efeméride hace referencia a la abolición de la esclavitud en Texas, último baluarte esclavista del Sur en la guerra de Secesión. El 19 de junio de 1865, poco después de que el Ejército Confederado de Trans-Mississippi se rindiera, el general nordista Gordon Granger proclamó desde Galveston la liberación de toda la esclavatura texana, de por sí muy numerosa y recientemente acrecentada por la inmigración de plantadores sudistas exiliados desde el este: Alabama, Georgia, etc.

[iv] El monumento retrata al mítico general sudista montando a Traveller, su corcel más famoso. La escultura está hecha en bronce, y fue instalada en 1924, en pleno auge de la Lost Cause y del segundo Ku Klux Klan, cuando todo el Sur se llenó de monumentos confederados. Su autor es el artista plástico Henry Shrady, célebre por su estatua ecuestre del Gral. Grant frente al Capitolio, en Washington DC. Shrady murió prematuramente, y la obra debió ser concluida por otro escultor, el italiano Leo Lentelli.

[v] Nora, Pierre, Pierre Nora en Les liex de mémoire. Santiago de Chile, Trilce, 2009, pp. 24-25.

[vi] Freedberg, David, El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta. Madrid, Cátedra, 1992, p. 29.

[vii] Freedberg, Iconoclasia: historia y psicología de la violencia contra las imágenes. Bs. As., Sans Soleil, 2017, p. 15.

[viii] Ibid., p. 40.

[ix] Ibid., pp. 51-58.

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The Black Church: This Is Our Story, This Is Our Song: Gates Jr., Henry  Louis: 9781984880338: Amazon.com: BooksEl pasado 2 de junio el gran historiador afroamericano Henry Louis Gates Jr. conversó sobre su más reciente libro  con Jim Basker, presidente del Gilder Lehrman Institute of American History. Titulado The Black Church: This is our This is Our Song, el libro de Gates explora los 400 años de historia de la iglesia negra en Estados Unidos, y el papel que ésta ha jugado en la historia de la comunidad afroamericana. Este libro acompaña a una serie de televisón del mismo título.

El Dr. Gates es profesor en la Universidad Alphonse Fletcher y director del Hutchins Center for African and African American Research en Harvard Univeristy. Con una carrera de más de cuarenta años, Gates es uno de los estudiosos de la historia y la literatura afroamericana  más destacados y mediáticos. Entre sus libros destacan In Loose Canons: Notes on the Culture Wars (1992), Speaking of Race, Speaking of Sex: Hate Speech, Civil Rights, and Civil Liberties (1994), Colored People: A Memoir (1994), The Future of the Race (1996), Thirteen Ways of Looking at a Black Man (1997), The Trials of Phillis Wheatley: America’s First Black Poet and Her Encounters with the Founding Fathers (2003), America Behind the Color Line: Dialogues with African Americans (2004), In Search of Our Roots (2009) y Stony the Road: Reconstruction, White Supremacy, and the Rise of Jim Crow (2019).

Gates también ha participado en varios documentales de televisión  emitidos por el Public Broadcasting Service (PBS). Fue presentador de las series African American Lives (2006-08), Faces of America (2010) y Finding Your Roots (2012-). Otros de sus trabajos teleivisivos incluyen  la miniserie documental Wonders of the African World (1999), Black in Latin America (2011), The African Americans: Many Rivers to Cross (2013) y Reconstruction: America After the Civil War (2019).

Quienes estén interesados en esta conversación pueden ir aquí.

A Conversation with Henry Louis Gates, Jr. - June 2nd, 2021 on Vimeo

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The Atlantic es una de las revistas más antiguas en Estados Unidos, pues se viene publicando desde 1857. A lo largo de los últimos 165 años, The Atlantic le ha dedicado sus páginas a temas que podríamos considerar liberales como la abolición de la esclavitud y la lucha por los derechos civiles, así como también a temas literarios. En sus páginas han han publicado escritores como James Russell Lowell, Mark Twain, Ernest Hemingway, Julia Ward Howe y Ta-Nehisi Coates.

Siguiendo su tradición de enfocar criticamente a la sociedad estadounidense, The Atlantic acaba de lanzar un proyecto «sobre la historia estadounidense, la vida de los afroamericanos y la resiliencia de la memoria»  llamado Inheritance. Su obejtivo es rescatar el conocimiento, las historias y los personajes olvidados del pasado estadounidense y, en especial, de los afroestadounidenses. Sus creadores quieren enfatizar en el papel que la capacidad de sobrevivir de los afroamericanos ha jugado en en la historia estadounidense.

Este proyecto consiste de una serie de artículos muy bien diagramados e ilustrados, escritos por periodistas y colaboradores del Atlantic. Quienes estén interesados pueden ir a aquí.

Captura de Pantalla 2021-05-13 a la(s) 23.06.05

 

 

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La Dra. Karin Wulf, directora del Omohundro Institute en el William & Mary College, pidió a un grupo de especialistas de la historia temprana de Estados Unidos que comentarán cómo  estaban experimentando el periodo de crisis pandémica y política, y cuál consideraban era la relevancia de su trabajo   y publicaciones.  El resultado es un grupo de interesantes reflexiones que comparto con mis lectores. Estas vienen acompañadas con  imágenes de las publicaciones más recientes de los investigadores consultados.


History typed on an vintage typewriter, old paper. close-upHistorians in Historic Times

KARIN WULF

The Scholarly Kitchen   January 14, 2021

A historian will tell you that every era, every group of people, every subject, and every last fragment of material about the past is historical. We are always living through history. We always benefit from rigorous historical research and scholarship.  And while history has conventionally been written from a privileged position, and about politics, wars, and economies, most of us work from more complex situations and on a more complex combination of phenomena that could any moment be reflected in the present. Historians of medicine, for example, have been working overtime explaining how socio-economic inequalities mapped onto historical pandemics and parallel what we see with COVID19. Historians of authoritarianism and white supremacy have been working overtime to show us how these movements have proliferated and been sustained over decades — even centuries. Historians of race, and particularly of slavery and Jim Crow in the United States, have been pointing to the iterative quality of politics and policy that have led to dynamics we saw play out last summer in episodes of police violence and protest. Last week’s riot and insurrection at the U.S. Capitol seems a particularly stark moment that will likely be pointed to for generations to come, either as a culmination or an origin or both.

I asked historians of the early Americas and United States who have published books in this year of pandemic and political crisis how they are feeling about living through this moment of pandemic and political crisis, and how the subject of their scholarship and/or the practice of history feels relevant and resonant. It’s a remarkable set of reflections, and I’m grateful to these scholars for taking the time and energy — when there is so little of either to spare — to contribute.

VSurviving Southampton: African American Women and Resistance in Nat  Turner's Community (Women, Gender, and Sexuality in American History):  Holden, Vanessa M.: 9780252085857: Amazon.com: Booksanessa M. Holden, University of Kentucky, author of Surviving Southampton:  African American Women and Resistance in Nat Turner’s Community (2021)

Like many Americans, I woke up on the morning of Wednesday, January 6th, to the news that Georgia would have at least one (likely two) Democrats as U.S. Senators as the result of runoff elections held on Tuesday the 5th. A coalition of activists and organizers had triumphed after years of hard-fought efforts to get out the vote, register new voters, and combat voter suppression. Black women and femmes knew Georgia could be blue and, after years of hard work, had realized their vision. In a state where most Americans unfamiliar with Black women’s history saw only solid red, they’d made a way out of possibility. That same afternoon I spoke with a colleague via Zoom. She was hopeful. I was cautious. “Violence,” I said, “I’m worried about the violent backlash. It has already started. It is going to get worse.” In the few seconds of silence that passed between us across computer screens my phone buzzed. My brother was texting to tell me that Vice President Pence was being removed from the senate chamber. On Twitter, raw footage of a Black Capitol police officer swatting at a white mob with a nightstick lit up my timeline. What had happened to him after he’d exited the camera frame?

Like many Black Americans I watched the day unfold while thinking of Black residents of Washington, D.C., the people of color who work as custodians, food service workers, and staff at the Capitol building, and the sharp contrast in law enforcement’s non-response to the invasion of the Capitol by white insurrectionists in comparison to militarized violent police responses across the country to peaceful protest by BIPOC and our allies. At the end of the day, photos of security standing near custodial staff (all apparently people of color) as they swept up broken glass began to circulate. Later we learned that insurrectionists smeared human excrement throughout the building.

How much had custodial staff been exposed to the deadly virus that day?

Like many historians I thought about my work. For me, completing and publishing a book about America’s most famous rebellion against slavery and enslavers, took on additional immediacy. The women, children, and men who I write about in Surviving Southampton: African American Women and Resistance in Nat Turner’s Community, found ways to preserve their community amidst overwhelming white violence in 1831. This year the Covid-19 pandemic brought into sharp focus systemic racial inequalities that Black historians have innovated entire historical fields to explore, document, and combat. Black death, from Covid-19 and police violence, has been ever present in our kinship networks, communities, neighborhoods, and on our newsfeeds. Survival requires labor: the day-to-day work, choices, and determination to endure. But, as I write in my book, the word survivor has more than one meaning. It is our word both for those who endure and for those who are bereaved. In Georgia, Black women and femmes did exhausting survival work to flip the Senate — work that will endure. In Kentucky, where I live, Black Lives Matter activists are raising funds to stave off the eviction crisis for vulnerable Black women and femmes even as armed militias plague the state capitol in Frankfort. When the camera moves on, what work of survival will we take up? What ways will we endure bereavement? And what of our work will endure?

Unworthy Republic : The Dispossession of Native Americans and the Road to Indian  Territory (Hardcover) - Walmart.com - Walmart.comClaudio Saunt, University of Georgia, author of Unworthy Republic:  The Disposssession of Native Americans and the Road to Indian Territory(2020)

“Unworthy Republic,” the title of my recent book on the expulsion of Native Americans from the eastern half of the United States in the 1830s, comes from a letter written by James Folsom, a Choctaw student studying at Miami University of Ohio in 1831. The United States had mistreated the Cherokee Nation, he wrote, and the American Republic would “go down to future eyes with scorn and reproach on her head.” As I was writing Unworthy Republic, the politics in the United States were changing around me, and the book’s subject — white supremacy, political cowardice, and economic opportunism — became more tightly relevant. That served as a motivating force, and I think made the work more present and urgent. In the 1830s, white supremacists threatened to take up arms to defend a grotesque vision of their rights, politicians pretended to take principled stands that were transparently self-serving, and profit-seekers disregarded everything but the dollars they coveted.  Folsom asserted that the United States would feel the legacy of injustice “in her legislative halls,” a prediction that came true on January 6. That injustice, he wrote, “never will be eradicated from her history.” I would like to think that if we had faced that history more fully, we would not have seen rioters in the U.S. Capitol building proudly bearing the Confederate flag and other symbols of white supremacy.

THE BOSTON MASSACRE: A Family History - HamiltonBook.com

Serena Zabin, Carleton College, author of The Boston Massacre: A Family History (2020)

On the night of March 5, 1770, armed agents of the state – British soldiers – shot into a crowd gathered in the street before the seat of imperial power in Boston. When the smoke cleared, five men lay dead or dying in the snow. This year, I published The Boston Massacre: A Family History for the two hundred and fiftieth anniversary of an event that is often characterized as the first bloodshed of the American Revolution. By March 5, 2020, the world was already swept up in the first wave of COVID-19, and the murders of George Floyd, Breanna Taylor, and others were soon to come. I had not written my book to speak to the contemporary issue of police brutality or to address what happens when the military and the police collapse their functions into each other. Nor had I intended to weigh in on violence done in the name of liberty. The heart of my book is about the personal relationships between neighbors, and even within families, that were splintered in the political and social upheavals of the American Revolution.  And yet, this family history of the eighteenth century clearly does have something to say about the events of the past nine months, something that is no less useful for being unintentional. As I began researching this event more than ten years ago, I had to trust that readers in the present would find it relevant. I just had no idea how right I would be.

City of Refuge: Slavery and Petit Marronage in the Great Dismal Swamp,  1763–1856 (Race in the Atlantic World, 1700–1900 Ser.): Nevius, Marcus P.:  9780820356426: Amazon.com: BooksMarcus Nevius, University of Rhode Island, author of City of Refuge: Slavery and Petit Marronage in the Great Dismal Swamp, 1763-1856 (2020)

On January 6, 2021, I observed the flood of white supremacist terrorists who “stormed” the U.S. Capitol building. On Twitter, I reacted in real time. About an hour before “breaching” the Capitol ground’s outer perimeter (mere yards from the west and east entrances to the building), the mob attended a rally, led by an incumbent lame duck president, near the White House. That president amplified yet again the baseless claims that the presidential election of 2020 had been “stolen” from him and his supporters. Injuring tens of U.S. Capitol police officers and other law enforcement officials, the mob feloniously broke into the Capitol building. While inside, they paraded about, carrying Confederate flags, chanting “Stop the Steal,” and targeting U.S. legislators who scurried to evacuate as the mob broke into their offices. One woman lost her life; at least one police officer paid the ultimate sacrifice in the duty to protect the Capitol; several in the mob lost their lives. The mobs’ actions took shape on national television, as awed newscasters on stations of all stripes nationally and internationally broadcast live the mob’s figurative and literal desecration of the nation as we know it.

This mob, however, did not storm the Capitol. It did not breach the building. To say either is to imbue the mob’s actions with the connotations of protest, of a war for a valiant cause. To do that is to validate the very rhetoric that animated the mob, instigated by a lame duck president, that believed it was disrupting an “illegal” (re: totally legitimate) process of confirming the votes that the independent states submitted to Congress by way of the Electoral College. The mob’s felonious entry into the Capitol was not valiant. If anything, it was, at base, a COVID-19 superspreader event.

A few days’ reflection have reminded me that my visceral reaction on January 6th, that “it should NEVER have come to this…” was wrong. As an historian of slavery, slave based economies, and black resistance in early America, I know all too well the examples that are not known widely enough — the 3/5ths Compromise; the Federal Fugitive Slave Law of 1793; the Missouri Compromise; the several bills comprising the Compromise of 1850; the Dred Scott decision of 1857 — the list goes on. Political compromises from 1787 to 1850 did not save the nation from Civil War; postbellum political compromises did even less to quell the nation’s sordid racial history. The truth, as scholars of many stripes know all too well, is that what we observed on January 6th was our nation’s deep seeded politics of hatred, borne of the nation’s original sin — slavery. The mob’s actions were a demonstration of this very truth. And a poignant warning that, as yet, we have much with which to reckon.

Past and Prologue : Politics and Memory in the American Revolution  (Hardcover) - Walmart.com - Walmart.comMichael D. Hattem, Yale University, author of Past and Prologue: Politics and Memory in the American Revolution (2020)

Part of the reason the power of history and historical narratives are so deeply embedded in our national political culture is because it was such an important part of the founding of the nation. We are the inheritors of that tradition, for better and worse. In just the last year, I have watched contemporary events and debates — such as The 1619 Project, the removal of Confederate monuments, the White House Conference on American History, and the 1776 Commission, to name just a few — and have been able to understand them as not just expressions of our contemporary politics but as part of our nation’s long-standing relationship between politics and history. That context that my work has offered has been important because it has not only made me more attuned to when politicians and political parties of both sides use representations of the past to manipulate their audience by drawing on their emotions and previously held beliefs, but has also made it possible for me to then ask important questions such as: who is the intended audience for specific depictions of American history, for what purposes are those depictions being used, and why do those depicting it expect it to resonate with their specific audience? Therefore, I think my work as a historian of memory and politics has made me a more critical “consumer” of history as used in the public square and I would like to think my book would do the same for its readers.
Slavery in the Age of Memory: Engaging the Past: Araujo, Ana Lucia:  9781350048485: Amazon.com: BooksAna Lucia Araujo, Howard University, author of Slavery in the Age of Memory: Engaging the Past (2020)

I have been studying the history and the legacies of slavery in the Atlantic World for nearly twenty years, and we know that the growing interest about the slavery past is closely associated with the persistence of racial inequalities, racism, and white supremacy. But all this could be perceived as an abstract idea. Of course, we have seen black social actors and their academic allies decrying the absence of public markers memorializing this past for several decades, but in the summer 2020 it was the first time that anti-racist public demonstrations (reacting to the assassination of George Floyd) reenacted these debates in tangible ways, not only in the United States, but also in Britain, France, Belgium, Portugal, and many other countries. Living through this time is a strange experience. As these monuments became the target of demonstrators denouncing anti-black racism, it is much more evident on how these devices embody the values of white supremacy. Suddenly, the topics that I discussed in a book to be released in October 2020, were popping up on my computer screen as current events in the summer 2020. The attack by white nationalists, white supremacists and nazis on the US Capitol of January 6, 2021 is also an expression of this context. It’s the culmination of a long history of slavery and racial violence that started centuries ago, but that reemerged in recent years through the actions of white terrorists such as Dylan Roof in Charleston and the mob to defend the statue of Robert E. Lee that happened in Charlottesville in 2017. The speed of the events and the fact that we are physically and emotionally tired make the task of the historian harder. But it offers me a great opportunity to see this history of the present, on which I worked for several years, unfolding before my eyes. At the same time, as someone researching the memory of slavery, I know that working on topics close to the present poses many challenges. And in the present context, it’s very hard to see these events from a broad enough perspective. Still, scholarship and the search for truth, no matter how challenging, are the best path forward.

Remembering the Enslaved Who Sued for Freedom Before the Civil War - The  New York TimesWilliam G. Thomas III, University of Nebraska and author, A Question of Freedom:  The Families Who Challenged Slavery from the Nation’s Founding to the Civil War (2020)

When I was researching and writing A Question of Freedom, a reckoning with the history of slavery and racism in the United States was already underway. I saw the book was one means to repair American history and confront the terrible menace of white supremacy unfolding at the time — the murder of Black church members at Emmanuel African Episcopal in 2015, the police shootings of unarmed Black men and women, and the violence of Charlottesville in 2017. I set out to write A Question of Freedom because I wanted to understand how slavery had gained sanction under the law and in the Constitution despite its obvious incompatibility with the founding principles of equality and natural rights. Slavery was a moral problem. And Revolutionary Americans knew it. What I did not realize at first was that slavery was always a dubious institution in the law. It had been fought and contested in the law from the nation’s founding and before. One of the main points I try to make is that particular families experienced slavery. Many Americans see slavery as an abstract institution, faceless and nameless. In most textbooks Black families are almost never mentioned by name. But there was nothing abstract about slavery. And Black families, like the Queens and the Mahoneys, who sued slaveholders for their freedom were at the center of the nation’s founding in a way most Americans have not acknowledged. Their freedom suits amounted to a concerted effort to bring the problem of slavery before the nation. Once I met with the descendants of these families, I wanted to tell the story in a way that made it clear that this history is still with us today, that this is palpably felt history. It affects real people, real families. In A Question of Freedom I wanted readers to experience what I was experiencing: the vibrant immediacy of the past, the heightened awareness that events 240 years ago have profound, indeed personal, consequences in our world today.

The Lost Tradition of Economic Equality in America, 1600–1870: Mandell,  Daniel R.: 9781421437118: Amazon.com: BooksDaniel Mandell, Truman State University, author of The Lost Tradition of Economic Equality in America, 1600-1870 (2020)

Quite clearly the subject of my book, American concerns about economic inequality, has been woven throughout this year’s crises in the U.S. This was particularly true of the pandemic, during which the stock market and the numbers of homeless and hungry have both skyrocketed; with the political wars, as one party pushed for massive federal assistance and the other insisted that low-wage workers should essentially be forced back to work regardless of the danger; and (perhaps a little less obviously so) with efforts to confront the racial inequalities imbedded in so many of our country’s concerns. But I was disappointed that the many speeches and extensive commentary on these issues never acknowledged that this country had a long tradition, going back to before its founding, that the health of our republic required avoiding extremes of great wealth or terrible poverty. In fact, I started on that book a decade ago because that history was never mentioned even as the widening wealth gap became a chasm with the Crash of 2007-2008. Alas my hope that the book would help revive that tradition seems, like so many other (and more significant) hopes and dreams, to be steamrollered by the crises of this moment. 

Hearing Enslaved Voices: African and Indian Slave Testimony in BritishSophie White, University of Notre Dame and author, Voices of the Enslaved: Love, Labor, and Longing in French Louisiana (2019); co-editor, Hearing Enslaved Voices: African and Indian Slave Testimony in British and French America, 1700–1848 (2020)

As an historian of race and slavery, I am constantly struck by lasting legacies, not least in the perpetuation of formal and informal rules aimed at continued disenfranchisement. I am just as struck by the recurring attempts to repudiate this disenfranchisement, and how this disavowal manifested itself both then and now. My research delves into the ways that enslaved individuals in colonial America spoke up, in courtroom testimony, about their subjugation. Thanks to archives that put these individuals’ words front and center, I show how, just as with the Black Lives Matter movement, they used their voices to call out inequities. And if we listen to what they had to say, we hear in their testimony a demand to be heard, to be seen, to be named, and above all, in a damning rebuttal of the premise of slavery, we see them put their full humanity on display.

Peter Alegi on Twitter: "https://t.co/LveH8EPAJP… "

Daryle Williams, University of Maryland, Co-PI enslaved.org and Editor, Journal of Slavery and Data Preservation (both launched, 2020)

2020 was a year when I spent a lot of time staring at Google Sheets. In the shorthand of morning domestic chatter, I merely needed to say “spreadsheets” in response to my husband’s query “what are you working on today?” A few dozens of those Sheets were created by me, for the Free Africans of Brazil Dataset, and many more were part of the terrific datasets published online for the launch of Enslaved: Peoples of the Historical Slave Trade. In time, Enslaved.org seeks to reshape the fields of slavery studies and inclusive scholarly communications, unleashing the power of linked open data to more fully see and understand experiences of enslavement for named individuals and their families. This important, collaboratively produced site aims to be a space where humanists and data scientists, academics and family historians, as well as continental Africans and people of the Diaspora re/un-cover black life matters in a fullness denied them by the archives of the transatlantic trade and its aftereffects. But in a year in which black peoples and allies took to the streets in revolt against the algorithms of oppression, I also wrestle with the fact all this work relies heavily upon the historical anti-black technologies of identification, tracking, and surveillance. From the musty ledger book and nominal registry to the stultifying and disciplining tedium of the spreadsheet, I wonder often, what are we to do when we make people into data.


To read more historians contextualizing this historical moment, I recommend first the excellent Made By History series on the Washington Post. It is edited by expert historians and sometimes they publish multiple op-eds a day written by expert historians. On the events on January 6th, Megan Kate Nelson has created a round-up of ongoing writing by historians, and Lindsay Chervinsky one for historians who have been writing about the political and other fallout including impeachment. On pandemic, Monica Green and other historians of medicine (with links) included her own and other work in this recent Twitter thread. The American Historical Association has collected a bibliography of COVID-related responses by historians.

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Como bien ha analizado la historiadora Joanne Freeman en su excelente libro Field of Blood: Congressional Violence in Antebellum America (Farrar, Straus and Giroux, 2018), previo a la guerra civil el Capitolio era un lugar peligroso. Separados cada vez más por el tema de la esclavitud, los legisladores recurrieron a métodos más violentos para tratar de imponer su posición. En otras palabras, la guerra de secesión se comenzó a pelear en los hemiciclos del Congreso años antes de que la primera bomba confederada cayera sobre Fort Sumter el fatídico día 12 de abril de 1861.

En este nota que comparto con mis lectores, la escritora Livia Gershon comenta uno de los episodios más famosos de violencia ocurridos en el Capitolio. El 22 de mayo de 1856, el Representante Preston S. Brooks, un esclavista de Carolina del Sur, atacó con una bastón al senador por el estado de Massachussets y abolicionistas, Charles Sumner. El severo ataque fue en respuesta a un discurso de Sumner criticando a la esclavitud y a los senadores que la defendían.

En el contexto del asalto contra del Capitolio el pasado 6 de enero, creo conveniente continuar subrayando que la violencia es un elemento intrínseco en la historia política estadounidense.


A dramatic portrayal of the 1856 attack and severe beating of Massachusetts senator Charles Sumner by Representative Preston S. Brooks of South Carolina.

A dramatic portrayal of the 1856 attack and severe beating of Massachusetts senator Charles Sumner by Representative Preston S. Brooks of South Carolina
via LOC

Political Divisions Led to Violence in the U.S. Senate in 1856

The horrific caning of Charles Sumner on the floor of the Senate in 1856 marked one of the most divisive moments in U.S. political history.

As we prepare for a new term of government in the wake of the recent insurrection at the U.S. Capitol, we might wonder just how contentious federal politics can get. But let’s not forget that time when South Carolina congressman Preston Smith Brooks assaulted Massachusetts senator Charles Sumner with a cane in the Senate chamber, beating him so badly that his skull was exposed and he lost consciousness, was covered in blood, and nearly died. As historian Manisha Sinha writes, this 1856 attack highlighted and magnified the divisions that would cause the country to come apart less than five years later.

Charles Sumner | American Battlefield TrustWhen Sumner joined the Senate in 1851, Sinha writes, his anti-slavery beliefs quickly made him enemies. Opponents blocked him from committee appointments, denied him the floor, and heckled him when he spoke.

Brooks’s attack came after Sumner gave his May 1856 speech “The Crime Against Kansas,” in which he condemned the actions of pro-slavery forces. Brooks claimed that he was provoked by Sumner’s insulting words about another senator, who was a distant relation of his. But, Sinha points out, under the prevailing southern code of honor, the appropriate response to a personal insult from a social equal would be a challenge to duel. Instead, Brooks resorted to a form of violence reserved for social inferiors—notably including the enslaved. Many southerners praised Brooks specifically for using a demeaning form of physical force. As a public letter to Brooks from five Charleston residents put it, “You have put the Senator from Massachusetts where he should be. You have applied a blow to his back… His submission to your blows has now qualified him for the closest companionship with a degraded class.”

Charles Sumner

Senator Charles Sumner was beaten nearly to death by Representative Preston Brooks on the Senate floor in 1856
via Flickr/Boston Public Library

Sinha writes that abolitionists drew the same comparison, to different ends. The New York Tribune asked if Congress was “a slave plantation where Northern members act under the lash, the bowie-knife, and the pistol.” Robert Morris, a Black Boston lawyer, wrote to Sumner that “no persons felt more keenly and sympathized with you more deeply and sincerely than your colored constituents in Boston.”

The attack on Sumner also highlighted divisions in the nation when it came to ideas of masculinity. Some in the South reviled Sumner’s “unmanly submission.” This was in line with pro-slavery rhetoric that tied abolitionism to feminism and accused white male abolitionists of effeminate “sickly sentimentality.” Northerners, on the other hand, were more likely to embrace a bourgeois idea of masculinity rooted in self-control and to view Brooks’s attack on an unarmed man as cowardly.

For many in the North, Sinha writes, the incident called to mind the question of whether slavery was compatible with a republican form of government. The New England Anti-Slavery Convention warned that slaveholders were trying to “crush out” freedom of speech on the floor of Congress, as they had done on their plantations.

As we think about division in our own time, it’s worth considering the historical context of political anger and division in the past.

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