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Posts Tagged ‘Guerra Fría’

Comparto este trabajo del Dr. Andrea Betti,analizando el efecto de los antentados terroristas de 11 de setiembre de 2001 en el sistema internacional y su impacto en la política exterior de Estados Unidos. Betti es  profesor de Teoría de las Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas.

Han pasado 20 años desde los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Algunas de las preguntas principales de analistas y observadores en estos días son de qué manera ha cambiado el sistema internacional en las últimas dos décadas y cómo se ha visto afectada la política exterior de Estados Unidos.

Aunque los intereses nacionales de un país no suelen variar en tan solo dos décadas, es indudable que algo ha cambiado en el comportamiento internacional de Estados Unidos. Las razones han de encontrarse, sobre todo, en una serie de sucesos que han tenido lugar en el sistema internacional.

En una época de relativo éxito de las opciones populistas, es bastante natural relacionar el comportamiento de Estados Unidos con su situación política interna. Muchos análisis científicos y periodísticos han descrito en detalle la presunta regresión democrática que estaría caracterizando la política nacional estadounidense.

Para explicar la actitud aislacionista y nacionalista de Estados Unidos en los últimos años se suele mencionar la prevalencia de la política identitaria, el abuso de las cuestiones divisivas y polarizadoras (wedge issues), el uso desproporcionado de la propaganda (y de las falsedades) en las redes sociales, el ascenso de líderes autoritarios y demagógicos, el choque entre extremistas y defensores del statu quo y la consecuente incapacidad de los dos mayores partidos, republicanos y demócratas, para consensuar reformas sensatas frente a problemas de interés nacional.

Sin embargo, hay una tendencia a exagerar el impacto de tales factores nacionales y no siempre se han tenido en debida cuenta los factores internacionales, menos atractivos desde el punto de vista mediático, pero de gran influencia a la hora de determinar la posición internacional de un país.

Las transformaciones se aceleraron

Los atentados del 11 de septiembre no hicieron más que acelerar el impacto de algunas de las grandes transformaciones internacionales que comenzaron con el fin de la Guerra Fría. En primer lugar, la desaparición de la Unión Soviética fue ciertamente una buena noticia desde el punto de vista del avance de los valores democráticos. Sin embargo, para los países de la OTAN supuso la desaparición de una amenaza clara y fácilmente identificable que había permitido la definición de objetivos comunes.

EE. UU. y el mundo 20 años después del 11-S

Hoy en día, las amenazas son más difusas, más difíciles de identificar en un estado o un territorio concreto. Su impacto puede variar mucho, lo cual cambia su manera de ser percibidas y el tipo de alarma que provocan. El ejemplo más evidente se dio con la intervención estadounidense en Irak en 2003, que reflejaba la existencia de enfoques diferentes entre europeos y estadounidenses sobre cómo combatir el terrorismo. Frente a este tipo de amenazas, es más difícil llegar a acuerdos, incluso entre aliados.

En segundo lugar, el fin de la Guerra Fría intensificó un proceso de globalización que, después de una primera fase, en los años noventa, de grandes promesas de bienestar para todos, empezó a mostrar su cara menos agradable.

La libre circulación de bienes, personas y capitales no significaba solo oportunidades, sino también riesgos, por ejemplo, unas nuevas desigualdades, evidentes con la crisis de 2008, o unos nuevos desafíos en materia de acogida e integración de personas, evidentes con las frecuentes crisis migratorias.

Populismo y globalización

La globalización ha supuesto la aparición de nuevas inseguridades que favorecen la huida de muchos electores de los partidos centristas hacia soluciones más extremas y demagógicas. En este sentido, son varios los analistas que explican el populismo como una consecuencia y una reacción contra la globalización. No casualmente, desde el punto de vista internacional, el populismo se acompaña, a menudo, con un mensaje aislacionista y nacionalista, presentado como el único antídoto en un entorno internacional inseguro.

Por estas razones, cuando se analiza el aislacionismo de Estados Unidos en estos últimos tiempos no se puede recurrir solo a explicaciones nacionales. Como argumentó Peter Gourevitch hace más de 40 años, la distribución internacional del poder político y económico puede tener efectos decisivos en la política interna de un país, incluso cuando se trata de una superpotencia como Estados Unidos.

Las presiones económicas y militares globales reducen el abanico de las opciones a disposición de un líder político. Es muy probable que en los próximos años la tendencia de Estados Unidos a enfocarse más en sus intereses nacionales continuará, sea quien sea el presidente o el partido en el poder. Es la consecuencia de un nuevo entorno multipolar, en el que varias potencias compiten entre sí, mientras que ninguna de ellas tiene la suficiente influencia política y económica para imponer las decisiones a las demás o para garantizar la seguridad internacional.

How 9/11 Changed U.S. Foreign Policy

El liderazgo de EE UU se tambalea

Es verdad que el sistema de relaciones internacionales que Estados Unidos construyó después de la Segunda Guerra Mundial para proporcionar seguridad a sus aliados y para contener a sus rivales sigue vigente, por ejemplo, en organizaciones internacionales como la ONU o la OTAN.

Sin embargo, es también cierto que la redistribución de poder a nivel internacional dificulta la posibilidad de que Estados Unidos siga jugando el papel de líder del sistema. Por un lado, escasean los recursos para poder hacerlo, por ejemplo, en Afganistán, mientras que, por el otro, su legitimidad se tambalea frente a potencias que exigen un papel protagónico.

Esto no significa que el orden internacional liberal esté destinado a desaparecer a corto plazo, y con ello las relaciones transatlánticas, el libre comercio o los valores democráticos. Cambios de esta envergadura pueden requerir mucho tiempo.

Lo que sí es cierto es que tanto sus aliados como sus adversarios tienen que prepararse para un mundo en el que Estados Unidos se dedicará cada vez más a sus intereses nacionales de una manera que podrá resultar, a veces, insolidaria y agresiva. Esto no será simplemente la consecuencia de un líder u otro, sino el efecto de unas transformaciones globales difíciles de parar.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como “a Cold War watershed” (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro “inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.” (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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El sociólogo norteamericano Norman Birnbaum examina la trascendencia histórica de los discursos pronunciados por John F. Kennedy en 1963, justo cuando estamos a punto de comemorar el cincuentenario del asesinato del trigésimo quinto presidente de Estados Unidos. 

Los otros discursos de Kennedy

Por Norman Birnbaum

16 de agosto de 2013

El país

Eva Vázquez

Eva Vázquez

La visita del presidente Kennedy a Berlín Occidental el 26 de junio de 1963, la entusiasta acogida de las multitudes y su apasionado discurso en el Ayuntamiento son ya legendarios. Allí proclamó que Estados Unidos defendería a la ciudad rodeada. Pero ya en agosto de 1961 Kennedy había comprendido que la construcción del Muro era, para la Unión Soviética y Alemania Oriental, el reconocimiento de la existencia de Berlín Occidental y sus ocupantes aliados. Hubo tensión entre las superpotencias (por el derecho de los aliados a entrar en Berlín Este), pero Jruschov y Kennedy retiraron sus carros de combate de Checkpoint Charlie. Algunos norteamericanos, como el general Clay, que había dirigido en 1948 el puente aéreo de abastecimiento a la ciudad, eran partidarios de derribar el Muro. Kennedy le escuchó con el mismo escepticismo que mostraría cuando los generales y asesores exigieron atacar Cuba durante la crisis de los misiles de noviembre de 1962. En Berlín, varios acuerdos locales sobre transacciones económicas y visitas familiares aliviaron a los habitantes de los dos lados. También se iniciaron los pasos hacia una reconciliación que sería el legado de Willy Brandt, continuado por Schmidt y Kohl.

En su breve discurso en el Ayuntamiento, Kennedy elogió el valor de los berlineses, denunció el poder comunista en términos muy duros y dijo que había escasas posibilidades de que la situación mejorase. Sus asesores Arthur Schlesinger y Theodore Sorensen, que estaban con él en Berlín, dieron a su siguiente discurso, en la Universidad Libre, un tono muy distinto, con la predicción de que el enfrentamiento entre los bloques sería sustituido por el reconocimiento de la coexistencia como interés común. Kennedy pidió a los ciudadanos de Occidente que, en lugar de malgastar energías en congratularse, promovieran la justicia social y económica en sus sociedades. Habló del movimiento de los derechos civiles y dijo que los “vientos de cambio” soplaban en contra del Telón de Acero: una frase tomada del primer ministro británico Harold Macmillan, que la había utilizado en Sudáfrica en 1960 para pedir el fin del apartheid.

Ese segundo discurso de Kennedy en Berlín expresó su visión política más general. En la primavera de 1963 estaba fue que eran factibles preocupado por la disparidad entre su imagen, muy muchas cosas que se favorable tanto en Estados Unidos como en el mundo, y creían imposibles unos logros que consideraba mediocres. No le gustaban los triunfalistas que veían la retirada de los misiles soviéticos de Cuba como una victoria sobre el adversario; él pensaba que se había evitado la guerra nuclear por los pelos. En la clase dirigente estadounidense, muchos, incluidos sus propios jefes militares, criticaban abiertamente que no hubiera aprovechado la crisis para expulsar a la URSS de Europa del Este o incluso para acabar con ella. Sabía que a Jrushchov le angustiaba la locura de Mao, dispuesto a asumir el peligro nuclear, y que muchos militares y políticos soviéticos no le perdonaban que dialogara con Estados Unidos. Kennedy temía otra crisis en la que los líderes políticos de las superpotencias no lograran arrebatar a sus generales el control de los acontecimientos. Los estadounidenses estaban aún atrapados en una cultura llena de imágenes de guerra nuclear y creían que ellos (y unos cuantos aliados obedientes) eran los únicos buenos. El presidente pensaba que la situación era aún muy delicada y deseaba contar con la cooperación soviética para fomentar la coexistencia. Pero antes tenía que tranquilizar a su propio país.

El 10 de junio pronunció en la American University de Washington un discurso en el que atrevió a ir mucho más allá que cualquier otro presidente. Insistió en la humanidad común de las poblaciones de los dos bloques, elogió a la Unión Soviética por sus sacrificios durante la guerra, se declaró dispuesto a colaborar para hacer posible, poco a poco, la coexistencia. Para su consternación, la reacción estadounidense fue tibia. En Rusia, la respuesta fue positiva, y el texto se publicó en la prensa, un hecho extraordinario para la época.

Kennedy estaba negociando con Jrushchov a traves de intermediarios extraoficiales. Su asesor científico, el físico Jerome Wiesner, había ido a Moscú para tantear la posibilidad de un acuerdo sobre la limitación de las pruebas nucleares. Tras el discurso del 10 de junio, Kennedy envió a Averell Harriman, que regresó con dicho tratado, que el Senado estadounidense ratificó por amplio margen ese otoño.

Mientras tanto, Estados Unidos se debatía con su más grave problema social. Los afroamericanos del sur exigían acabar con la segregación y que se les reconociera la plena igualdad civil teóricamente concedida desde hacía un siglo, y la sociedad estaba dividida. Al día siguiente de las palabras sobre la guerra fría, en un apasionado discurso televisado, Kennedy declaró que era un problema moral y necesitaba una respuesta moral. El discurso del 11 de junio no estaba planeado como el anterior, sino que fue una respuesta al intento del racista gobernador Wallace de Alabama de impedir que los afroamericanos asistieran a la universidad pública del Estado. En el plazo de unos días, Kennedy arriesgó su presidencia y sus posibilidades de reelección. Desafió el nacionalismo desmesurado y a quienes se beneficiaban de él y se atrevió a enfrentarse a las patologías más profundas del espíritu nacional. Cuando, dos semanas después, en la Universidad Libre de Berlín, pidió a las democracias occidentales que aceptaran los riesgos del progreso, era la encarnación de la autenticidad.

La guerra fría no terminó con la unificación de Alemania (profetizada por Kennedy en la Universidad Libre). Ya había perdido mucha intensidad. Sucesivos acuerdos internacionales, algunos tácitos e incluso negados, evitaron los peligros de conflictos involuntarios. Y las poblaciones de los dos bloques rechazaron la nuclearización de la política internacional.

Los choques continuaron. Pero, en 1973, Estados Unidos y la URSS no consintieron que Egipto e Israel les arrastraran y la URSS no a una guerra. Sus intervenciones como superpotencias consintieron que Egipto culminaron en derrotas militares y morales, para Estados e Israel les arrastraran a Unidos en Vietnam y para la Unión Soviética en Afganistán. una guerra La debacle del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia en 1968 se compensó con la brutalidad del apoyo estadounidense al golpe chileno de 1973. La temeridad de las superpotencias al estacionar nuevos misiles nucleares en Europa a finales de los setenta causó malestar en los dos bandos. La agitación hizo más poroso el Telón de Acero. En 1971 se firmaron los acuerdos de Helsinki, que tuvieron las consecuencias imprevistas. El bloque soviético aceptó las cláusulas sobre derechos humanos como algo inocuo. Pocos occidentales comprendieron su importancia: recuerdo a Kissinger dormitando en la reunión. Sin embargo, esas cláusulas fueron la base que dio legitimidad política a los grupos de oposición a las dictaduras en la Europa soviética y estimularon la democratización en Portugal y España.

Todo aquello podía no haber ocurrido. Poca gente lo predijo. Los discursos de Kennedy tuvieron gran trascendencia histórica porque mostraron que muchas cosas que se creían imposibles eran factibles. Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan y Bush padre abordaron las negociaciones con la URSS con normalidad. Los socialdemócratas y demócratas liberales de Alemania, con gran respaldo de la Iglesia protestante, lograron una serie de acuerdos con la República Democrática Alemana y la Unión Soviética. El Vaticano ejerció su propia diplomacia en el Este, con especial repercusión en Hungría y Polonia.

Los discursos de Kennedy de hace 50 años imaginaron la normalización de la política mundial y la eliminación gradual de la posibilidad de un fin apocalíptico para la humanidad. Hace 50 años, cualquier gran error político podía ser fatal. Hoy no son más que errores. Freud dijo que, cuando el psicoanálisis sustituía el sufrimiento neurótico por una infelicidad humana normal, eso era una gran victoria. El deseo de Kennedy de un mundo pacificado, hasta ahora, nos ha aportado una infelicidad normal, pero él se refirió además a algo más profundo. Si eso le costó su vida unos meses después es materia para otra reflexión.

Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/07/03/opinion/1372842683_799232.html

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En este interesante artículo publicado por la History News Network (HNN) el  historiador norteamericano Keith W. Olson (University of Maryland) examina la presidencia de Dwight D. Eisenhower (Ike). Olson concluye que en estos momentos en que el Partido Republicano –derrotado por Barack Obama en noviembre pasado– busca reiventarse, Eisenhower debería ser el modelo a seguir por los Republicanos. Para ello destaca el caracter moderado del que es, sin lugar dudas, el presidente Republicano más importante de la segunda mitad del siglo XX.

Republicans Should Like Ike | History News Network.

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Dwight D. Eisenhower, “Ike”

As Republican leaders continue to try to redefine their party identity they would do well to review the legacy of Republican President Dwight D. Eisenhower, arguably, the most successful president since World War II. As president he faced crises and challenges both foreign and domestic, different from those of today but equal in magnitude, as well as the need to maintain national leadership.

During the 1950s the containment of the nuclear-armed Soviet Union dominated all other concerns. From the Truman administration, Eisenhower also inherited a limited war in Korea. A year later he faced a French request for military aid to save their colonial empire in Southeast Asia. Also in 1954 — and again in 1958 — he confronted tense relations with the People’s Republic of China over territorial claims and policies in the Formosa Strait.

In October 1956 three of the nation’s closest allies — the United Kingdom, France, and Israel — invaded Egypt without informing Eisenhower. The war soon involved threats from the Soviet Union. Simultaneously, the Soviets invaded Hungary to crush the Hungarian Revolution, which had overthrown the communist government in that country. A year after the Suez crisis the Soviets launched the world’s first human-made satellite, called Sputnik, to orbit the earth. While not a military threat, Sputnik sparked serious public discussion about America’s ability to compete with the Soviets.

To all of these crises Eisenhower sought non-military resolutions.

In Korea he completed a negotiated settlement, a policy the Truman administration had started. Eisenhower likewise successfully negotiated with the People’s Republic of China and aggressively pressured Britain and France into withdrawing from the Suez.

Eisenhower’s political, and economic achievements reflected stability, continuity, and moderation. As president he favored an increase in the minimum wage and extended unemployment benefits to an additional four million workers. In 1956 he broadened Social Security to include new categories of occupations and thereby added 10.5 million wage earners, including public school teachers.

Two initiatives illustrated Eisenhower’s commitment to infrastructure. The first was the St. Lawrence Seaway Act, which provided construction of locks that linked the Great Lakes to the Atlantic Ocean. In 1956 Congress enacted his proposed Federal Aid Highway Act, the largest public works project in American history. He wanted the project to finance itself through a federal tax on gas and oil with states contributing ten percent of construction cost in their states. In 1958 the National Defense Education Act provided the first major aid to higher education since 1862. Under Eisenhower the budget of the National Science Foundation more than doubled.

For Eisenhower the economy, especially the federal budget, directly related to military strength and domestic prosperity. He inherited a budget deficit of approximately $10 billion. By 1956 he balanced the first of his balanced budgets. Steadfastly he maintained high federal income tax to uphold economic health. For incomes over $400,000, the federal income tax was 91 percent (albeit with deductions). Eisenhower also systematically reduced the military budget in actual dollars as well as in percentage of the total budget through his New Look policy.

The congressional elections of 1954, 1956, and 1958 returned Democratic majorities to both houses of Congress. His 1956 re-election meant that he faced Democratic control of Congress for the last six years of his presidency.

In his farewell address Eisenhower wanted “to share a few final thoughts with you my countrymen.” After this beginning, he immediately reported that “Our people expect their president and the Congress to find essential agreement on issues of great moment, the wise resolution of which will better shape the future of the nation.” He referred to this relationship as “mutually interdependent” and continued that “In this final relations, the Congress and the administration have, on most vital issues, cooperated well, to serve the national good rather than mere partisanship, and so have assured that the business of the nation should go forward.” He concluded that “my official relationship with the Congress end[s] in a feeling, on my part, of gratitude that we have been able to do so much together.”

The American voters responded enthusiastically to Eisenhower’s leadership. In 1952 he won election by more than 6.5 million votes. Four years later he won reelection by more than 9.5 million votes. Another measure of evaluation was approval rating. Harry Truman left office with a rating of 23 percent, the lowest of any post-World War II president (until George W. Bush, that is). In Eisenhower’s last year 61 percent approved of Americans approved of his performance. His eight-year average approval was 65 percent. The trust American had in their government to do what was right all or most of the time constituted yet another category of evaluation. In 1960 the trust in government reached 70 percent.

The more scholars have researched about Eisenhower and his administration the higher their assessments. Consistently in polls he now merits eighth, ninth, or tenth rank among all presidents. In 1996, for example, The Arthur M. Schlesinger, Jr. poll of historians placed Eisenhower tenth. The Siena College Institute found that “experts” listed him in the top ten in its 1994, 2002, and 2010 surveys. C-SPAN’s 2009 analysis by “sixty-five historians and professional observers of the presidency” placed Eisenhower eighth.

With hindsight, of course, not all of Eisenhower’s decisions, actions, and policies win applause — but the total record is overwhelmingly favorable. In terms of legislation, international relations, and economics he left solid achievements. Voters overwhelmingly supported his presidency and scholars admire his record. During his presidency Eisenhower’s achievements and his public image contributed to high public trust in government, belief in the role of government, and ability to form bipartisan coalitions to advance the national interest. Eisenhower’s record is one Republican leaders should celebrate, not ignore.

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Próximos a conmemorar el cincuentenario de la peor crisis de la Guerra Fría, comparto con ustedes esta interesante nota de Leandro Morgenfeld sobre la Crisis de los misiles. Morgenfeld es docente  de la UBA y un estudioso  de las relaciones argentino-estadounidenses. Padre de la bitácora Vecinos en conflicto, Morgenfeld es un analista agudo de las relaciones de América Latina y Estados Unidos.

La crisis de los misiles y el sistema interamericano

La crisis de los misiles y el sistema interamericano
Por Leandro Morgenfeld (http://www.marcha.org.ar/1/)
A pocos días de cumplirse 50 años de la denominada “Crisis de los misiles” que puso al mundo al borde de una guerra nuclear un análisis de lo sucedido y el sistema interamericano, impulsado por EE.UU., que resultó de dicho acontecimiento.
En octubre de 1962 se temió, como nunca antes, el estallido de la tercera guerra mundial. El enfrentamiento Washington-Moscú llegó al punto de máxima tensión y se vivieron días dramáticos, hasta que finalmente se vislumbró una salida diplomática. Hoy, medio siglo más tarde, todavía se discuten los entretelones de las negociaciones entre Kennedy, Jruschov y Castro. Lo que no cabe duda es que la crisis permitió a Washington reposicionarse en América y evitar una mayor influencia del proceso revolucionario cubano.
La crisis desatada tras el descubrimiento estadounidense de misiles soviéticos con capacidad nuclear en Cuba no sólo llevó al mundo al borde de la guerra, sino que tuvo consecuencias importantes en el sistema interamericano. La tensión internacional se desató cuando aviones espía de Estados Unidos lograron fotografiar la instalación de misiles soviéticos en la isla caribeña, a pocas millas de Florida. La temida tercera conflagración mundial estuvo a punto de estallar en ese momento. La crisis efectivamente no se circunscribió a los dramáticos 13 días que transcurrieron entre el descubrimiento estadounidense de los misiles soviéticos emplazados en Cuba (15 de octubre) y el acuerdo entre la Casa Blanca y el Kremlin (28 de octubre). Es necesario analizar el contexto de la crisis, no circunscribiéndolo a ese momento específico de laguerra fría, sino ahondando en la relación Washington-La Habana desde una perspectiva histórica, incluyendo los procesos más cercanos al estallido de la misma, como la invasión de Bahía de Cochinos y la Operación Mangosta. Sólo así pueden entenderse las razones de la decisión soviética de desplegar misiles nucleares en Cuba (para evitar lo que se consideraba como un probable nuevo ataque estadounidense a la Isla), aunque también esa riesgosa jugada tenía que ver con el enfrentamiento global entre Washington y Moscú, y en particular con el conflicto por Berlín que se desarrollaba en ese momento.
El despliegue militar soviético, según muestran documentos recientemente desclasificados, fue superior al que entonces habían considerado las autoridades de la Administración Kennedy (el número de militares que Moscú envió a Cuba llegó casi a 50.000). La primera semana del conflicto, desde que se descubrieron los misiles -sin hacerse público- hasta el famoso discurso de Kennedy en el que dio cuenta del hallazgo a través de las fotografías de los aviones U-2 y se dispuso el bloqueo naval a Cuba, bajo el eufemismo de una “cuarentena”, es clave para entender la posición estadounidense. A partir de documentación ahora desclasificada, puede entenderse cómo se llegó a tomar la decisión del bloqueo, aplazando otras alternativas más temerarias impulsadas por los halcones del Pentágono, como el ataque aéreo, que hubiera iniciado una escalada y un enfrentamiento nuclear de consecuencias imprevisibles. El haber contado con una semana, antes de que el hallazgo se hubiera filtrado, permitió a la Administración Kennedy barajar alternativas menos riesgosas que la del ataque a Cuba, que casi con seguridad hubiera provocado una escalada de consecuencias trágicas para la humanidad entera.
La segunda semana del conflicto, cuando ya era público, también es clave para comprender el desenlace final. Estados Unidos desplegó las estrategias de la “zanahoria” y el “garrote”. Las acciones militares y las declaraciones guerreristas de los gobiernos de Washington y Moscú estuvieron acompañadas de negociaciones diplomáticas sigilosas, a través de canales informales. Las mismas llegaron a buen puerto: el Kremlin se comprometió a retirar los misiles y la Casa Blanca a no invadir Cuba. Además, aunque esto no se hizo público, Estados Unidos prometió retirar los misiles de la OTAN que había emplazado en Turquía para amenazar a la Unión Soviética. La crisis, de todas formas, no se cerró definitivamente el 28 de octubre, sino que siguió hasta que se concretaron los acuerdos. A partir de entonces, se estableció una línea de comunicación directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para evitar en el futuro los cortocircuitos que en octubre de 1962 casi desembocaron en una guerra nuclear.
Más allá de las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la crisis provocó una movilización en todo el continente americano. Posibilitó a Washington reposicionarse en la región, luego de las dificultades que había tenido en enero de 1962 para excluir a Cuba del sistema interamericano (Argentina, Brasil, México, Chile, Bolivia y Ecuador se habían opuesto a expulsar a la isla de la OEA). La subordinación del continente tras los mandatos del Departamento de Estado, que se manifestó el 23 de octubre de 1962 (la OEA votó aplicar el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca para garantizar el bloqueo contra Cuba) fue posible, entre otras cuestiones, gracias al giro que se produjo en la relación entre Estados Unidos y Argentina tras el golpe contra Arturo Frondizi y la asunción de José María Guido. El canciller argentino Muñiz, en la OEA, dio impulso a la creación de una fuerza interamericana de intervención, que incluiría una “brigada argentina”, integrada por 10.000 efectivos militares, lista para interceder en cualquier lugar del continente. Además, Argentina participó en el bloqueo, enviando dos buques de guerra y aviones. Se produjo, en esos meses, un inédito alineamiento argentino tras las políticas del Departamento de Estado. Altos mandos de las fuerzas armadas visitaron frecuentemente el Pentágono, entre ellos el jefe del ejército, Onganía, quien adhirió en forma entusiasta a la Doctrina de Seguridad Nacional, impulsada por la Junta Interamericana de Defensa. Con este giro en la relación bilateral, se anticipaba la política de acercamiento a Washington que se profundizaría tras el golpe contra Illia, en 1966.
La crisis de los misiles, entonces, permitió a la Casa Blanca y al Pentágono avanzar en su política de aislar a Cuba del resto del continente y evitar que su influencia se expandiera. Ofreciendo ayuda financiera al gobierno de Guido, que zozobraba ante la aguda crisis económica y las presiones militares, Washington pudo profundizar su histórico objetivo estratégico de alentar la balcanización latinoamericana.

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Recibo con gran alegría y entusiasmo la aparición del primer número de la revista electrónica Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina. Publicación conjunta de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos y de la Cátedra de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Huellas de Estados Unidos es una revista dedicada al estudio critico de los Estados Unidos y de su relación con América Latina. En palabras de sus creadores:

 “En la revista “Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” nos proponemos un acercamiento a los estudios sobre los Estados Unidos de tipo realpolitik, lo que implica la idea de desarmar la construcción ideológica que el excepcionalismo ha fundado y que la literatura ortodoxa tradicional se ha encargado de difundir. Consideramos que vale la pena discutir con la historiografía clásica norteamericana centrada en las buenas intenciones de los padres de la patria – y como extensión posterior de ellos las generaciones políticas que han gobernado el país – ; para introducir una perspectiva capaz de problematizar a los Estados Unidos, reorientando su estudio a un nivel de análisis más profundo, y que da más acabada cuenta de los sucesos históricos.”

 Los creadores de esta revista reconocen la importancia del excepcionalismo como elemento ideológico fundacional en la Historia de los Estados Unidos y se proponen analizarle.

¿Por qué estudiar a los Estados Unidos? Esta es una pregunta que los creadores de esta revista se plantean de forma directa. Su respuesta es clara: para entender cómo los estadounidenses se piensan a sí mismo y su efecto en la formulación de la política exterior norteamericana. En otras palabras, los padres de este gran proyecto tienen claro la indudable influencia de la esfera doméstica –y de elementos discursivos y culturales– en el desarrollo de la política exterior estadounidense, y reconocen la necesidad imperiosa de estudiarles. Además, proponen el estudio de la historia de los Estados Unidos como una herramienta necesaria para enfrentarnos académicamente  a un elemento crucial de la historia mundial:  la hegemonía norteamericana. En otras palabras, dado el papel hegemónico e imperial desempeñado por los Estados Unidos, estudiar su historia resulta imprescindible para entender el mundo actual. Por último, plantean que conocer a los Estados Unidos, y en particular su historia, permite una mejor comprensión de uno de los elementos más importantes de la “Era Contemporánea”: el imperialismo. Elemento en el que los Estados Unidos han jugado un papel fundamental.

El primer número Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina está compuesto por cinco ensayos y  tres reseñas que pueden ser descargados en formato PDF:

  1. Márgara Averbach,  “Comunidad y solución en la narración de origen indio en los Estados Unidos”.
  2. Malena López Palmero, “Los ecos visuales de la incipiente colonización de Virginia: John White y Theodoro De Bry (1585-1590)”.
  3. Mariana Mastrángelo, “Releyendo a Carlos Pereyra y el mito de Monroe”.
  4. George Lipsitz, “Comprar y comprar: La cultura del consumismo y los estudios sobre Estados Unidos.”
  5. Costas Lapavitsas, “Capitalismo financiarizado: Crisis y expropiación”.
  6. Reseña: Thomas McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema Interamericano, 1880-1914“.
  7. Reseña: Hernán Comastri, “George Reisch y la Guerra Fría como debate intelectual”.
  8. Reseña: Raymon Gavins et al., “Remembering Jim Crow: African Americans tell About Life in the Segregated South.”

No tengo la menor duda de que  Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina ayudará a la promoción del estudio de la historia estadounidense en el mundo hispanoparlante, por lo que agradezco y felicito efusivamente a sus creadores, y en especial, a su Director Fabio Nigra y a su Secretaria de Redacción Valeria R. Carbone.

Norberto Barreto Velazquez, PhD

Lima, Perú, 7 de junio de 2011

Nota: El énfasis en la cita añadido por mí.

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