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Archive for the ‘Guerra de Irak’ Category

John Dower es un destacado historiador estadounidense miembro emérito del Departamento de Historia del Massachussets Institute of Technology. En su larga y fructífera carrera,  el Dr. Dower  se ha destacado como analista de la historia japonesa y de las relaciones exteriores de Estados Unidos. El análisis de la guerra ha ocupado una parte importante de su trabajo académico. Su libro Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II (1999) ganó varios premios prestigiosos, entre ellos, el Pulitzer y el Bancroft. Es autor, además, de War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War (1986), Japan in War and Peace: Selected Essays (1994),  Cultures of War: Pearl Harbor/Hiroshima/9-11/Iraq (2010), and Ways of Forgetting, Ways of Remembering: Japan in the Modern World (2012). 

En el siguiente artículo publicado en TomDispatch, Dower enfoca cómo a lo largo de su historia, los estadounidenses han, no sólo recordado, sino también olvidado las guerras en las que han participado para preservar así su auto-representación de víctimas, tema que discute a profundidad en su último libro The Violent American Century: War and Terror Since World War Two (2018).


The last near-century of American dominance was extraordinarily violent |  Business Standard News

Pérdida de memoria en el jardín de la violencia

JOHN DOWER

TomDisptach  30 de julio de 2021

Hace algunos años, un artículo periodístico atribuyó a un visitante europeo la irónica observación de que los estadounidenses son encantadores porque tienen una memoria muy corta. Cuando se trata de las guerras de la nación, no estaba del todo incorrecto. Los estadounidenses abrazan las historias militares del tipo heroico “banda de hermanos [estadounidenses]”, especialmente en la Segunda Guerra Mundial. Poseen un apetito aparentemente ilimitado por los recuentos de la Guerra Civil, de lejos el conflicto más devastador del país en lo que respecta a las muertes.

Ciertos momentos históricos traumáticos como “el Álamo” y “Pearl Harbor” se han convertido en palabras clave —casi dispositivos mnemotécnicos— para reforzar el recuerdo de la victimización estadounidense a manos de antagonistas nefastos. Thomas Jefferson y sus pares en realidad establecieron la línea de base para esto en el documento fundacional de la nación, la Declaración de Independencia, que consagra el recuerdo de “los despiadados salvajes indios”, una demonización santurrona que resultó ser repetitiva para una sucesión de enemigos percibidos más tarde. “11 de septiembre” ha ocupado su lugar en esta invocación profundamente arraigada de la inocencia violada, con una intensidad que raya en la histeria.

John W. Dower | The New Press

John Dower

Esa “conciencia de víctima” no es, por supuesto, única de los estadounidenses. En Japón después de la Segunda Guerra Mundial, esta frase —higaisha ishiki  en japonés— se convirtió en el centro de las críticas de izquierda a los conservadores que se obsesionaron con los muertos de guerra de su país y parecían incapaces de reconocer cuán gravemente el Japón imperial había victimizado a otros, millones de chinos y cientos de miles de coreanos. Cuando los actuales miembros del gabinete japonés visitan el Santuario Yasukuni, donde se venera a los soldados y marineros fallecidos del emperador, están alimentando la conciencia de las víctimas y son duramente criticados por hacerlo por el mundo exterior, incluidos los medios de comunicación estadounidenses.

En todo el mundo,  los días y los monumentos conmemorativos de guerra garantizan la preservación de ese recuerdo selectivo. Mi estado natal de Massachusetts también hace esto hasta el día de hoy al enarbolar la bandera “POW-MIA” en blanco y negro de la Guerra de Vietnam en varios lugares públicos, incluido Fenway Park, hogar de los Medias Rojas de Boston, todavía afligidos por los hombres que luchaban que fueron capturados o desaparecieron en acción y nunca regresaron a casa.

De una forma u otra, los nacionalismos populistas de hoy son manifestaciones de la aguda conciencia de víctima. Aún así, la forma estadounidense de recordar y olvidar sus guerras es distintiva por varias razones. Geográficamente, la nación es mucho más segura que otros países. Fue la única entre las principales potencias que escapó de la devastación en la Segunda Guerra Mundial, y ha sido inigualable en riqueza y poder desde entonces. A pesar del pánico por las amenazas comunistas en el pasado y las amenazas islamistas y norcoreanas en el presente, Estados Unidos nunca ha estado seriamente en peligro por fuerzas externas. Aparte de la Guerra Civil, sus muertes relacionadas con la guerra han sido trágicas, pero notablemente más bajas que las cifras de muertes militares y civiles de otras naciones, invariablemente incluidos los adversarios de Estados Unidos.

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Soldados filipinos, 1899.

La asimetría en los costos humanos de los conflictos que involucran a las fuerzas estadounidenses ha sido el patrón desde la aniquilación de los amerindios y la conquista estadounidense de Filipinas entre 1899 y 1902. La Oficina del Historiador del Departamento de Estado cifra el número de muertos en esta última guerra en “más de 4.200 combatientes estadounidenses y más de 20.000 filipinos”, y procede a añadir que “hasta 200.000 civiles filipinos murieron de violencia, hambruna y enfermedades”. (Entre otras causas precipitantes de esas muertes de no combatientes, está  la matanza por tropas estadounidense de búfalos de agua de los que dependían los agricultores para producir sus cultivos). Trabajos académicos recientes eleven el número muertes de civiles filipinos.

 

La misma asimetría mórbida caracteriza las muertes relacionadas con la guerra en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo de 1991 y las invasiones y ocupaciones de Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001.

Bombardeo terrorista de la Segunda Guerra Mundial a Corea y Vietnam al 9/11

Si bien es natural que las personas y las naciones se centran en su propio sacrificio y sufrimiento en lugar de en la muerte y la destrucción que ellos mismos infligen, en el caso de los Estados Unidos ese astigmatismo cognitivo está relegado por el sentido permanente del país de ser excepcional, no sólo en el poder sino también en la virtud. En apoyo al “excepcionalismo estadounidense”, es un artículo de fe que los valores más altos de la civilización occidental y judeocristiana guían la conducta de la nación, a lo que los estadounidenses agregan el apoyo supuestamente único de su país a la democracia, el respeto por todos y cada uno de los individuos y la defensa incondicional de un orden internacional “basado en reglas”.

Tal autocomplacencia requiere y refuerza la memoria selectiva. “Terror”, por ejemplo, se ha convertido en una palabra aplicada a los demás, nunca a uno mismo. Y sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, los planificadores de bombardeos estratégicos estadounidenses y británicos consideraron explícitamente su bombardeo de bombas incendiadas contra ciudades enemigas como bombardeos terroristas, e identificaron la destrucción de la moral de los no combatientes en territorio enemigo como necesaria y moralmente aceptable. Poco después de la devastación aliada de la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945, Winston Churchill, cuyo busto circula dentro y fuera de la Oficina Oval presidencial en Washington, se refirió  al “bombardeo de ciudades alemanas simplemente por el bien de aumentar el terror, aunque bajo otros pretextos”.

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Hiroshima, setiembre de 1945.

En la guerra contra Japón, las fuerzas aéreas estadounidenses adoptaron esta práctica con una venganza casi alegre, pulverizando 64 ciudades  antes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Sin embargo, cuando los 19 secuestradores de al-Qaeda bombardearon el World Trade Center y el Pentágono en 2001, el “bombardeo terrorista” destinado a destruir la moral se desprendió de este precedente angloamericano y quedó relegado a “terroristas no estatales”. Al mismo tiempo, se declaró que atacar a civiles inocentes era una atrocidad totalmente contraria a los valores “occidentales” civilizados y una prueba prima facie del salvajismo inherente al Islam.

La santificación del espacio que ocupaba el destruido World Trade Center como “Zona Cero” —un término previamente asociado con las explosiones nucleares en general e Hiroshima en particular— reforzó esta hábil manipulación de la memoria. Pocas o ninguna figura pública estadounidense reconoció o le importó que esta nomenclatura gráfica se apropiaba de Hiroshima, cuyo gobierno de la ciudad sitúa el número de víctimas mortales del bombardeo atómico “a finales de diciembre de 1945, cuando los efectos agudos del envenenamiento por radiación habían disminuido en gran medida”, en alrededor de 140.000. (El número estimado de muertos en Nagasaki es de 60.000 a 70.000). El contexto de esos dos ataques —y de todas las bombas incendiadas de ciudades alemanas y japonesas que les precedieron— obviamente difiere en gran medida del terrorismo no estatal y de los atentados suicidas con bombas infligidos por los terroristas de hoy.  No obstante, “Hiroshima” sigue siendo el símbolo más revelador y preocupante de los bombardeos terroristas en los tiempos modernos, a pesar de la eficacia con la que, para las generaciones presentes y futuras, la retórica de la “Zona Cero” posterior al 9/11 alteró el panorama de la memoria y ahora connota la victimización estadounidense.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

La memoria corta también ha borrado casi todos los recuerdos estadounidenses de la extensión estadounidense de los bombardeos terroristas a Corea e Indochina. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el United States Strategic Bombing Survey calculó  que las fuerzas aéreas angloamericanas en el teatro europeo habían lanzado 2,7 millones de toneladas de bombas, de las cuales 1,36 millones de toneladas apuntaron a Alemania. En el teatro del Pacífico, el tonelaje total caído por los aviones aliados fue de 656.400, de los cuales el 24% (160.800 toneladas) se usó en islas de origen de Japón. De estas últimas, 104.000 toneladas “se dirigieron a 66 zonas urbanas”. Impactante en ese momento, en retrospectiva, estas cifras han llegado a parecer modestas en comparación con el tonelaje de explosivos que las fuerzas estadounidenses descargaron en Corea y más tarde en Vietnam, Camboya y Laos.

La historia oficial de la guerra aérea en Corea (The United States Air Force in Korea 1950-1953)  registra que las fuerzas aéreas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos volaron más de un millón de incursiones y, en total, dispararon un total de 698.000 toneladas de artillería contra el enemigo. En su libro de memorias de 1965  Mission with LeMay, el general Curtis LeMay, que dirigió el bombardeo estratégico tanto de Japón como de Corea, señaló: “Quemamos casi todas las ciudades de Corea del Norte y Corea del  Sur… Matamos a más de un millón de civiles coreanos y expulsamos a varios millones más de sus hogares, con las inevitables tragedias adicionales que en consecuencia se producirían”.

Otras fuentes sitúan el número estimado de civiles muertos en la Guerra de Corea hasta  tres millones, o posiblemente incluso más. Dean Rusk, un partidario de la guerra que luego se desempeñó como secretario de Estado,  recordó que Estados Unidos bombardeó “todo lo que se movía en Corea del Norte, cada ladrillo de pie encima de otro”. En medio de esta “guerra limitada”, los funcionarios estadounidenses también se cuidaron de dejar claro en varias ocasiones que no habían descartado  el uso de armas nucleares. Esto incluso implicó ataques nucleares simulados en Corea del Norte por B-29 que operaban desde Okinawa en una operación de 1951 con nombre en código Hudson Harbor.

En Indochina, como en la Guerra de Corea, apuntar a “todo lo que se movía” era prácticamente un mantra entre las fuerzas combatientes estadounidenses, una especie de contraseña que legitimaba la matanza indiscriminada. La historia reciente de la guerra de Vietnam, extensamente investigada por Nick Turse, por ejemplo, toma su título de una orden militar para “matar a cualquier cosa que se mueva”. Los documentos publicados por los National Archives en 2004 incluyen una transcripción de una conversación telefónica de 1970 en la que Henry Kissinger  transmitió  las órdenes del presidente Richard Nixon de lanzar “una campaña masiva de bombardeos en Camboya”. Cualquier cosa que vuele sobre cualquier cosa que se mueva”.

My_Lai_massacre

Masacre de My Lai

En Laos, entre 1964 y 1973, la CIA ayudó a dirigir el bombardeo aéreo per cápita más pesado de la historia, desatando más de dos millones de toneladas de artefactos en el transcurso de 580.000 bombardeos, lo que equivale a un avión cargado de bombas cada ocho minutos durante aproximadamente una década completa. Esto incluía alrededor de 270 millones de bombas de racimo. Aproximadamente el 10% de la población total de Laos fue asesinada. A pesar de los efectos devastadores de este ataque, unos 80 millones de las bombas de racimo lanzadas no detonaron, dejando el país devastado plagado de mortíferos artefactos explosivos sin detonar hasta el día de hoy.

La carga útil de las bombas descargadas en Vietnam, Camboya y Laos entre mediados de la década de 1960 y 1973 se calcula comúnmente que fue de entre siete y ocho millones de toneladas, más de 40 veces el tonelaje lanzado sobre las islas japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Las estimaciones del total de muertes varían, pero todas son extremadamente altas. En un artículo del Washington Post  en 2012, John Tirman  señaló  que “según varias estimaciones académicas, las muertes de militares y civiles vietnamitas oscilaron entre 1,5 millones y 3,8 millones, con la campaña liderada por Estados Unidos en Camboya resultando en 600.000 a 800.000 muertes, y la mortalidad de la guerra laosiana estimada en alrededor de 1 millón”.

Civil War Casualties | American Battlefield Trust

Estadounidenses muertos en batalla

En el lado estadounidense, el Departamento de Asuntos de Veteranos sitúa las muertes en batalla en la Guerra de Corea en 33.739. A partir del Día de los Caídos de 2015, el largo muro del profundamente conmovedor Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington estaba inscrito con los nombres de  58.307  militares estadounidenses asesinados entre 1957 y 1975, la gran mayoría de ellos a partir de 1965. Esto incluye aproximadamente  1.200 hombres  listados como desaparecidos (MIA, POW, etc.), los hombres de combate perdidos cuya bandera de recuerdo todavía ondea sobre Fenway Park.

Corea del Norte y el espejo agrietado de la guerra nuclear

Hoy en día, los estadounidenses generalmente recuerdan vagamente a Vietnam, y Camboya y Laos no lo recuerdan en absoluto. (La etiqueta inexacta “Guerra de Vietnam” aceleró este último borrado.) La Guerra de Corea también ha sido llamada “la guerra olvidada”, aunque un monumento a los veteranos en Washington, D.C., finalmente se le dedicó en 1995, 42 años después del armisticio que suspendió el conflicto. Por el contrario, los coreanos no lo han olvidado. Esto es especialmente cierto en Corea del Norte, donde la enorme muerte y destrucción sufrida entre 1950 y 1953 se mantiene viva a través de interminables iteraciones oficiales de recuerdo, y esto, a su vez, se combina con una implacable campaña de propaganda que llama la atención sobre la Guerra Fría y la intimidación nuclear estadounidense posterior a la Guerra Fría. Este intenso ejercicio de recordar en lugar de olvidar explica en gran medida el actual ruido de sables nucleares del líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.

Con sólo un ligero tramo de imaginación, es posible ver imágenes de espejo agrietadas en el comportamiento nuclear y la política arriesgada de los presidentes estadounidenses y el liderazgo dinástico dictatorial de Corea del Norte. Lo que refleja este espejo desconcertante es una posible locura, o locura fingida, junto con un posible conflicto nuclear, accidental o de otro tipo.

North Korea leader Kim Jong Un could have 60 nuclear weapons: South Korea  minister estimates atomic bomb count - CBS News

Kim Jong-un

Para los estadounidenses y gran parte del resto del mundo, Kim Jong-un parece irracional, incluso seriamente desquiciado. (Simplemente combine su nombre con “loco” en una búsqueda en Google). Sin embargo, al agitar su minúsculo carcaj nuclear, en realidad se está uniendo al juego de larga data de la “disuasión nuclear” y practicando lo que se conoce entre los estrategas estadounidenses como la “teoría del loco”. Este último término se asocia más famosamente  con Richard Nixon y Henry Kissinger durante la Guerra de Vietnam, pero en realidad está más o menos incrustado en los planes de juego nuclear de Estados Unidos. Como se rearticula en “Essentials of Post-Cold War Deterrence“, un  documento secreto de política redactado por un subcomité en el Comando Estratégico de Estados Unidos en 1995 (cuatro años después de la desaparición de la Unión Soviética), la teoría del loco postula que la esencia de la disuasión nuclear efectiva es inducir “miedo” y “terror” en la mente de un adversario, para lo cual “duele retratarnos a nosotros mismos como demasiado racionales y de cabeza fría”.

 

Cuando Kim Jong-un juega a este juego, se le ridiculiza y se teme que sea verdaderamente demente. Cuando son practicados por sus propios líderes y el sacerdocio nuclear, los estadounidenses han sido condicionados a ver a los actores racionales en su mejor momento.

El terror, al parecer, en el siglo XXI, como en el XX, está en el ojo del espectador.

 Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”.  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras “estadounidenses”

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su “invisibilidad”.


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

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No End of a lesson- Unlearned

William R. Polk

HNN June 15, 2014

America appears once again to be on the brink of a war. This time the war is likely to be in Syria and/or in Iraq. If we jump into one or both of these wars, they will join, by my count since our independence, about 200 significant military operations (not all of which were legally “wars”) as well as countless “proactive” interventions, regime-change undertakings, covert action schemes and search-and-destroy missions. In addition the United States has provided weapons, training and funding for a variety of non-American military and quasi-military forces throughout the world. Within recent months we have added five new African countries. History and contemporary events show that we Americans are a warring people.

So we should ask: what have we learned about ourselves, our adversaries and the process in which we have engaged?

The short answer appears to be “very little.”

As both a historian and a former policy planner for the American government, I will very briefly here (as I have mentioned in a previous essay, I am in the final stages of a book to be called A Warring People, on these issues), illustrate what I mean by “very little.”

I begin with us, the American people. There is overwhelming historical evidence that war is popular with us. Politicians from our earliest days as a republic, indeed even before when we were British colonies, could nearly always count on gaining popularity by demonstrating our valor. Few successful politicians were pacifists.

Even supposed pacifists found reasons to engage in the use of force. Take the man most often cited as a peacemaker or at least a peaceseeker, Woodrow Wilson. He promised to “keep us out of war,” by which he meant keeping us out of big, expensive European war. Before becoming president, however, he approved the American conquest of Cuba and the Philippines and described himself as an imperialist; then, as president, he occupied Haiti, sent the Marines into the Dominican Republic and ordered the Cavalry into Mexico. In 1918, he also put American troops into Russia. Not only sending soldiers: his administration carried out naval blockades, economic sanctions, covert operations — one of which, allegedly, involved an assassination attempt on a foreign leader — and furnished large-scale arms supplies to insurgents in on-going wars.

The purpose, and explanation, of our wars varied. I think most of us would agree that our Revolution, the First World War and the Second World War were completely justified. Probably Korea was also. The United States had no choice on the Civil war or, perhaps, on the War of 1812. Many, particularly those against the Native Americans would today be classified as war crimes. It is the middle range that seem to me to be the most important to understand. I see them like this.

Some military ventures were really misadventures in the sense that they were based on misunderstandings or deliberate misinformation. I think that most students of history would put the Spanish-American, Vietnamese, Iraqi and a few other conflicts in this category. Our government lied to us — the Spaniards did not blow up the Maine; the Gulf of Tonkin was not a dastardly attack on our innocent ships and Iraq was not about to attack us with a nuclear weapon, which it did not have.

But we citizens listened uncritically. We did not demand the facts. It is hard to avoid the charge that we were either complicit, lazy or ignorant. We did not hold our government to account.

Several war and other forms of intervention were for supposed local or regional requirements of the Cold War. We knowingly told one another that the “domino theory” was reality: so a hint of Communist subversion or even criticism of us sent us racing off to protect almost any form of political association that pretended to be on our side. And we believed or feared that even countries that had little or no connections with one another would topple at the touch — or even before their neighbors appeared to be in trouble. Therefore, regardless of their domestic political style, monarchy, dictatorship. democracy., it mattered not, they had to be protected. Our protection often included threats of invasion, actual intervention, paramilitary operations, subversion and/or bribery, justified by our proclaimed intent to keep them free. Or at least free from Soviet control. Included among them were Guatemala, Nicaragua, Brazil, Chile, Italy, Greece, Syria, Lebanon, Iran, Indonesia, Vietnam and various African countries.

Some interventions were for acquisition of their resources or protection of our economic assets. Guatemala, Chile, Iraq, Iran and Indonesia come to mind.

Few, if any, were to establish the basis of peace or even to bring about ceasefires. Those tasks we usually left to the United Nations or regional associations.

The costs have been high. Just counting recent interventions, they have cost us well over a hundred thousand casualties and some multiple of that in wounded; they have cost “the others” — both our enemies and our friends — large multiples of those numbers. The monetary cost is perhaps beyond counting both to them and to us. Figures range upward from $10 trillion.

The rate of success of these aspects of our foreign policy, even in the Nineteenth century, was low. Failure to accomplish the desired or professed outcome is shown by the fact that within a few years of the American intervention, the condition that had led to the intervention recurred. The rate of failure has dramatically increased in recent years. This is because we are operating in a world that is increasingly politically sensitive. Today even poor, weak, uneducated and corrupt nations become focused by the actions of foreigners. Whereas before, a few members of the native elite made the decisions, today we face “fronts.” parties, tribes and independent opinion leaders. So the “window of opportunity” for foreign intervention, once at least occasionally partly open, is now often shut.

Delta Force of Task Force 20 alongside troops of 3rd Battalion, 327th Infantry Regiment, at Uday Hussain and Qusay Hussein’s hideout (Wikipedia)

I will briefly focus on five aspects of this transformation:

First, nationalism has been and remains the predominant way of political thought of most of the world’s people. Its power has long been strong (even when we called it by other names) but it began to be amplified and focused by Communism in the late Nineteenth century. Today, nationalism in Africa, much of Asia and parts of Europe is increasingly magnified by the rebirth of Islam in the salafiyah movement.

Attempts to crush these nationalist-ideological-religious-cultural movements militarily have generally failed. Even when, or indeed especially when, foreigners arrive on the scene, natives put aside their mutual hostilities to unite against them. We saw this particularly vividly and painfully in Somalia. The Russians saw it in Çeçnaya and the Chinese, among the Uyghur peoples of Xinjiang (former Chinese Turkistan).

Second, outside intervention has usually weakened moderate or conservative forces or tendencies within each movement. Those espousing the most extreme positions are less likely to be suborned or defeated than the moderates. Thus particularly in a protracted hostilities, are more likely to take charge than their rivals. We have seen this tendency in each of the guerrilla wars in which we got involved; for the situation today, look at the insurgent movements in Syria and Iraq. (For my analysis of the philosophy and strategy of the Muslim extremists, see my essay “Sayyid Qutub’s Fundamentalism and Abu Bakr Naji’s Jihadism” on my website.)

What is true of the movements is even more evident in the effects on civic institutions and practices within an embattled society. In times of acute national danger, the “center” does not hold. Centrists get caught between the insurgents and the regimes. Insurgents have to destroy their relationship to society and government if they are to “win.” Thus, in Vietnam for example, doctors and teachers, who interfaced between government and the general population were prime targets for the Vietminh in the 1950s.

And, as the leaders of governments against whom the insurgents are fighting become more desperate, they suppress those of their perceived rivals or critics they can reach. By default, these people are civilians who are active in the political parties, the media and the judiciary . And, as their hold on power erodes and “victory” becomes less likely, regimes also seek to create for themselves safe havens by stealing money and sending it abroad. Thus, the institutions of government are weakened and the range of enemies widens. We have witnessed these two aspects of “corruption” — both political and economic — in a number of countries. Recent examples are Vietnam and Afghanistan.

In Vietnam at least by 1962 the senior members of the regime had essentially given up the fight. Even then they were preparing to bolt the country. And the army commanders were focused on earning money that they sold the bullets and guns we gave them to the Vietminh. In Afghanistan, the regime’s involvement in the drug trade, its draining of the national treasury into foreign private bank accounts (as even Mr. Karzai admitted) and in “pickpocketing” hundreds of millions of dollars from aid projects is well documented.  (See the monthly reports of the American Special Inspector General for Afghan Reconstruction.)

Third, our institutional memory of programs, events and trends is shallow. I suggest that it usually is no longer than a decade. Thus, we repeat policies even when the record clearly shows that they did not work when previously tried. And we address each challenge as though it is unprecedented. We forget the American folk saying that when you find yourself in a hole, the best course of action is to stop digging. it isn’t only that our government (and the thousands of “experts,” tacticians and strategists it hires) do not “remember” but also that they have at hand only one convenient tool — the shovel. What did we learn from Vietnam? Get a bigger, sharper shovel.

Fourth, despite or perhaps in part because of our immigrant origins, we are a profoundly insular people. Few of us have much appreciation of non-American cultures and even less fellow feeling for them. Within a generation or so, few immigrants can even speak the language of their grand parents. Many of us are ashamed of our ethnic origins.

Thus, for example, at the end of the Second World War, despite many of us being of German or Italian or Japanese cultural background, we were markedly deficient in people who could help implement our policies in those countries. We literally threw away the language and culture of grandparents. A few years later, when I began to study Arabic, there were said to be only five Americans not of Arab origin who knew the language. Beyond language, grasp of the broader range of culture petered off to near zero. Today, after the expenditure of significant government subsidies to universities (in the National Defense Education Act) to teach “strategic” languages, the situation should be better. But, while we now know much more, I doubt that we understand other peoples much better.

If this is true of language, it is more true of more complex aspects of cultural heritage. Take Somalia as an example. Somalia was not, as the media put it, a “failed state”; it was and is a “non-state.” That is, the Somalis do not base their effective identify as members of a nation state. Like almost everyone in the world did before recent centuries, they thought of themselves as members of clans, tribes, ethnic or religious assemblies or territories. It is we, not they, who have redefined political identity. We forget that the nation-state is a concept that was born in Europe only a few centuries ago and became accepted only late in the Nineteenth century in Germany and Italy. For the Somalis, it is still an alien construct. So, not surprisingly, our attempt to force them or entice them to shape up and act within our definition of statehood has not worked. And Somalia is not alone. And not only in Africa. Former Yugoslavia is a prime example: to be ‘balkanized’ has entered our language. And, if we peek under the flags of Indonesia, Burma, Pakistan, Afghanistan, Iraq, the Congo, Mali, the Sudan and other nation-states we find powerful forces of separate ethnic nationalisms.

The effects of relations among many of the peoples of Asia and Africa and some of the Latin Americans have created new political and social configurations and imbalances within and among them. With European and American help the governments with which we deal have acquired more effective tools of repression. They can usually defeat the challenges of traditional groups. But, not always. Where they do not acquire legitimacy in the eyes of significant groups — “nations” — states risk debilitating, long-term struggles. These struggles are, in part, the result of the long years of imperial rule and colonial settlement. Since Roman times, foreign rulers have sought to cut expenses by governing through local proxies. Thus, the British turned over to the Copts the unpopular task of colleting Egyptian taxes and to the Assyrians the assignment of controlling the Iraqi Sunnis. The echo of these years is what we observe in much of the “Third World” today. Ethnic, religious and economic jealousies abound and the wounds of imperialism and colonialism have rarely completely healed. We may not be sensitive to them, but to natives they may remain painful. Americans may be the “new boys on the block,” but these memories have often been transferred to us.

Finally, fifth, as the preeminent nation-state America has a vast reach. There is practically no area of the world in which we do not have one sort of interest or another. We have over a thousand military bases in more than a hundred countries; we trade, buy and sell, manufacture or give away goods and money all over Latin America, Africa, Asia and Europe. We train, equip and subsidize dozens of armies and even more paramilitary or “Special” forces. This diversity is, obviously, a source of strength and richness, but, less obviously, it generates conflicts between what we wish to accomplish in one country and what we think we need to accomplish in another. At the very least, handling or balancing our diverse aims within acceptable means and at a reasonable cost is a challenge.

It is a challenge that we seem less and less able to meet.

Take Iraq as an example. As a corollary of our hostility to Saddam Husain, we essentially turned Iraq over to his enemies, the Iraqi Shia Muslim. (I deal with this in my Understanding Iraq, New York: HarperCollins, 2005, 171 ff.) There was some justification for this policy. The Shia community has long been Iraq’s majority and because they were Saddam’s enemies, some “experts” naively thought they would become our friends. But immediately two negative aspects of our policy became evident: non-specialists: first, the Shiis took vengeance on the Sunni Muslim community and so threw the country into a vicious civil war. What we called pacification amounted to ethnic cleansing. And, second, the Shia Iraqi leaders (the marjiaah) made common cause with coreligionist Iranians with whom we were nearly at war all during the second Bush administration. Had war with Iran eventuated, our troops in Iraq would have been more hostages than occupiers. At several points, we had the opportunity to form a more coherent, moral and safer policy. I don’t see evidence that our government or our occupation civil and military authorities even grasped the problem; certainly they did not find ways to work toward a solution. Whatever else may be said about it, our policy was dysfunctional.

I deserve to be challenged on this statement: I am measuring (with perhaps now somewhat weakened hindsight) recent failures against what we tried to do in the Policy Planning Council in the early 1960s. If our objective is, as we identify it, to make the world at least safe, even if not safe for democracy, we are much worse off today than we were then. We policy planners surely then made many significant mistakes (and were often not heeded), but I would argue that we worked within a more coherent framework than our government does today. Increasingly, it seems to me that we are in a mode of leaping from one crisis to the next without having understood the first or anticipating the second. I see no strategic concept; only tactical jumps and jabs.

So what to do?

At the time of the writing of the American Constitution, one of our Founding Fathers, Gouverneur Morris, remarked that part of the task he and others of the authors put it, was “to save the people from their most dangerous enemy, themselves.” Translated to our times, this is to guard against our being “gun slingers.” All the delegates were frightened by militarism and sought to do the absolute minimum required to protect the country from attack. They refused the government permission to engage in armed actions against foreigners except in defense. I believe they would have been horrified, if they could have conceived it, by the national security state we have become. They certainly did not look to the military to solve problems of policy. They would have agreed, I feel sure, that very few of the problem we face in the world today could be solved by military means So, even when we decide to employ military means, we need to consider not only the immediate but the long-term effects of our actions. We have, at least, the experience and the intellectual tools to do so. So why have we not?

We have been frequently misled by the success of our postwar policies toward both Germany and Japan. We successfully helped those two countries to embark upon a new era. And, during the employment of the Truman Doctrine in Greece, the civil war there ended. There were special reasons for all three being exceptions. Perhaps consequent to those successes, when we decided to destroy the regimes of Saddam Husain and Muammar Qaddafi, we gave little thought of what would follow. We more or less just assumed that things would get better. They did not. The societies imploded. Had we similarly gone into Iran, the results would have been a moral, legal and economic disaster. Now we know — or should know — that unless the risk is justified, as our Constitution demands it be by an imminent armed attack on the United States, we should not make proactive war on foreign nations. We have sworn not to do so in the treaty by which we joined the United Nations. In short, we need to be law abiding, and we should look before we leap.

Our ability to do any of these things will depend on several decisions.

The first is to be realistic: there is no switch we can flip to change our capacities. To look for quick and easy solutions is part of the problem, not part of the solution.

The second is a matter of will and the costs and penalties that attach to it. We would be more careful in foreign adventures if we had to pay for them in both blood and treasure as they occurred. That is, “in real time.” We now avoid this by borrowing money abroad and by inducing or bribing vulnerable members of our society and foreigners to fight for us.. All our young men and women should know that they will be obliged to serve if we get into war, and we should not be able to defer to future generations the costs of our ventures. We should agree to pay for them through immediate taxes rather than foreign loans.

The third is to demand accountability. Our government should be legally obligated to tell us the truth. If it does not, the responsible officials should be prosecuted in our courts and, if they violate our treaties or international law, they should have to come before the World Court of Justice. We now let them off scot-free. The only “culprits” are those who carry out their orders.

Fourth, in the longer term, the only answer to the desire for better policy is better public education. For a democracy to function, its citizens must be engaged. They cannot be usefully engaged if they are not informed. Yet few Americans know even our own laws on our role in world affairs. Probably even fewer know the history of our actions abroad — that is, what we have done in the past with what results and at what cost.

And as a people we are woefully ignorant about other peoples and countries. Polls indicate that few Americans even know the locations of other nations. The saying that God created war to teach Americans geography is sacrilegious. If this was God’s purpose, He failed. And beyond geography, concerning other people’s politics, cultures and traditions, there is a nearly blank page. Isn’t it time we picked up the attempt made by such men as Sumner Wells (with his An Intelligent American’s Guide to the Peace and his American Foreign Policy Library), Robert Hutchins, James Conant and others (with the General Education programs in colleges and universities) and various other failed efforts to make us a part of humanity?

On the surface, at least, resurrecting these programs is just a matter of (a small amount of) money. But results won’t come overnight. Our education system is stogy, our teachers are poorly trained and poorly paid, and we, the consumers, are distracted by quicker, easier gratifications than learning about world affairs. I had hoped that we would learn from the “real schools” of Vietnam and other failures, but we did not. The snippets of information which pass over our heads each day do not and cannot make a coherent pattern. Absent a matrix into which to place “news,” it is meaningless. I have suggested in a previous essay that we are in a situation like a computer without a program. We get the noise, but without a means to “read” it, it is just gibberish.

Our biggest challenge therefore comes down to us: unless or until we find a better system of teaching, of becoming aware that we need to learn and a desire to acquire the tools of citizenship, we cannot hope to move toward a safer, more enriching future.

This is a long-term task.

We had better get started.

William R. Polk was a professor of history at the University of Chicago. During the Kennedy and part of the Johnson administrations, he was the member of the Policy Planning Council responsible for North Africa, the Middle East and Central Asia. Among his books are “Understanding Iraq, Violent Politics and Understanding Iran.” He is vice chairman of the W.P. Carey Foundation

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