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En esta nota publicada en la edición argentina del Le Monde Diplomatique, Gilbert Achcar analiza el desarrollo de la política estadounidense en Iraq y Afganistán hasta la desastrosa retirada de la tierra de los talibanes. Achcar es profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres.  Es autor de The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising, (2012),  Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism  (2013) y  Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising  (2016).


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Estados Unidos y las lecciones de Vietnam

Gilbert Achcar

Le Monde Diplomatique  Octubre 2021

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha generado un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que abogan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurado por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

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Dos de ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de Septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos abandonó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más amenazante para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las Fuerzas Armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Daesh) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia

El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al librar la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, un déficit que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, entre cuyos creadores estaban Richard Cheney y Colin Powell, secretario de Defensa y cabeza del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un gran número de muertes. Además, el servicio militar había sido abolido en 1973 y el Pentágono ya no deseaba enviar al combate a estudiantes potencialmente rebeldes como durante la guerra de Vietnam. Por lo tanto, las intervenciones militares del futuro debían basarse principalmente en la guerra a distancia, en la que las nuevas tecnologías permitirían fabricar armas “inteligentes”. Los despliegues terrestres, limitados en número de soldados y tiempo, minimizarían la participación directa de los soldados estadounidenses en las misiones de combate. Aun así, en caso de ser necesaria una ofensiva de gran envergadura, sería desde una posición de superioridad abrumadora, de modo de evitar la “escalada” que implica enviar sucesivos refuerzos a lo largo de varios años.

Las operaciones militares llevadas adelante contra Irak en 1991 para “liberar” Kuwait se ajustaron a esta doctrina. Washington se tomó el tiempo como para concentrar una fuerza gigantesca en el teatro de operaciones (que incluía 540.000 soldados y casi 2.000 aviones), ya que el presidente George H. W. Bush no quería correr ningún riesgo en esta primera guerra estadounidense a gran escala desde la derrota vietnamita de 1975. Irak fue sometido a una campaña de destrucción masiva mediante misiles y bombardeos aéreos antes del avance de las tropas terrestres. Los combates duraron solo seis semanas, con limitadas pérdidas militares estadounidenses (148 muertos) y los objetivos fueron cumplidos: la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait y la sumisión de Irak al control de Estados Unidos.

Capítulo 14: 2004, la guerra contra el terrorismo marca las elecciones |  Internacional | Cadena SER

De los dos conflictos iniciados por George W. Bush bajo la bandera de la “guerra contra el terrorismo”, el primero, el de Afganistán, se ajustó inicialmente a la doctrina posterior a Vietnam: uso intensivo de la guerra a distancia, despliegue limitado de tropas estadounidenses y combate en el campo de batalla librado principalmente por las fuerzas locales, los señores de la guerra de la Alianza del Norte. En cambio, la invasión de Irak preveía desde el principio una ocupación prolongada del país, en una clara violación de las “lecciones de Vietnam”. Esto se justificaba con la idea infundada de que la población iraquí recibiría al ejército estadounidense como liberador, lo cual explica la desproporción entre el modesto número de soldados desplegados (130.000 soldados estadounidenses) y la tarea que les fue asignada. Es sabido lo que sucedió. La construcción de un Estado en Irak bajo la égida del ocupante fue un buen negocio para Irán. Y, mientras tanto, Washington se embarcaba progresivamente en la empresa paralela y no menos insensata de supervisar la construcción de un Estado en Afganistán. El resultado fue un segundo estancamiento, que hizo de esta guerra la más larga de la historia de Estados Unidos.

El presidente Barack Obama marcó un retorno decidido a la doctrina militar posterior a Vietnam.  El presidente Donald Trump lo siguió en esa misma línea. Obama se había opuesto a la invasión de Irak; garantizó la finalización de la retirada de Estados Unidos de Irak negociada por su predecesor y se mostró reticente a emprender nuevas aventuras bélicas. La intervención estadounidense en Libia en 2011 constó exclusivamente de ataques a distancia y fue limitada en el tiempo. Y Obama se abstuvo de intervenir directamente en Siria, hasta que el EI invadió el norte de Irak.

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Contra el EI, Obama libró una guerra a distancia, con un despliegue restringido de tropas terrestres para encuadrar el combate de las fuerzas locales: fuerzas gubernamentales reconstituidas, combatientes de la región autónoma kurda y milicias chiitas proiraníes en Irak; combatientes kurdos de izquierda en Siria. El éxito de la campaña anti-Daesh, de un costo relativamente bajo para Estados Unidos, contrastó fuertemente con el fracaso de las costosísimas invasiones de George W. Bush en Afganistán e Irak. Pero, al mismo tiempo, Obama superó con creces a su predecesor en el uso de drones, lo último en guerra a distancia, con un considerable número de muertos (2).

Trump siguió el mismo camino, a pesar de su obsesión por deshacer el trabajo de su predecesor. Tras haber intentado mejorar los términos de un acuerdo con los talibanes, se comprometió a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán para el 1 de mayo de 2021. Siguió haciendo un amplio uso de los drones y se aseguró de que esta práctica quedara fuera del control público, aun más de lo que ya estaba (3). Donde insistió en distinguirse de Obama fue en el uso de “ataques” más extensos que el uso de drones. Menos de tres meses después de asumir la Presidencia, Trump ordenó, uno tras otro, ataques de misiles contra sitios militares del ejército sirio el 7 de abril de 2017 y el lanzamiento de “la madre de todas las bombas” (GU-43/B MOAB, la bomba no nuclear más potente del arsenal estadounidense, nunca antes utilizada) sobre un objetivo ligado al EI-K en Afganistán el 13 de abril.

La continuidad de Biden

Biden, a su vez, ha adoptado plenamente esta continuidad. Durante su campaña electoral había manifestado su apoyo a la doctrina militar, inspirada en las “lecciones de Vietnam”, aplicada contra el EI en Irak y en Siria: “Hay una gran diferencia, escribía en 2020, entre los despliegues a gran escala y de duración indeterminada de decenas de miles de tropas de combate, que deben terminar, y el uso de unos cientos de soldados de las Fuerzas Especiales y de agentes de inteligencia para apoyar a los aliados locales contra un enemigo común. Estas misiones de menor envergadura son militar, económica y políticamente viables y sirven al interés nacional” (4).

BIDEN defiende la retirada y culpa a Afganistán: "Los líderes han huido" |  RTVE - YouTube

Asimismo, Biden se aseguró de que la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán se completara, otorgando solamente cuatro meses de tiempo extra, pero sin evitar la debacle de la que el mundo entero fue testigo. Al ordenar un nuevo ataque con misiles en Siria contra blancos vinculados a la presencia iraní en ese país a solo un mes de su toma de posesión, demostró, a semejanza de Trump, que no dudaría en recurrir a toda la gama de ataques a distancia. También consideró oportuno hacer una demostración pública del uso de drones bombardeando, el 29 de agosto, un blanco afgano, supuestamente un vehículo cargado de explosivos destinados a un nuevo atentado suicida en el aeropuerto de Kabul, similar al que ocasionó más de 180 muertos, entre ellos 13 militares estadounidenses, el 26 de agosto.

Ante una investigación condenatoria de The New York Times, el Pentágono se vio obligado a reconocer, el pasado 17 de septiembre, que se había confundido de blanco y había asesinado diez civiles, entre los cuales había siete niños (5). Ninguno de los responsables militares presentó su dimisión (6). Y es que el asesinato de civiles con alta frecuencia es un “daño colateral” inherente al uso mismo de los drones, como en el caso de todas las formas de guerra a distancia. Según un observatorio británico, Estados Unidos efectuó entre 2010 y 2020 más de 14.000 ataques con drones, matando entre 9.000 y 17.000 personas, entre las cuales hubo entre 910 y 2.200 civiles (7).

Paralelamente, Estados Unidos aumenta sus gastos militares con el fin de mantener su supremacía mundial y disuadir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, y amenazar con el destino de Irak a cualquier país menor que socave seriamente sus intereses. Todo para el deleite de su complejo militar-industrial. A pesar de la retirada de Afganistán, el nuevo gobierno de Biden presentó al Congreso un presupuesto de 715.000 millones de dólares para el año fiscal 2022. El 23 de septiembre, la Cámara de Representantes votó por una mayoría de 316 contra 113 añadir otros 25.000 millones, acercando este nuevo presupuesto al nivel récord de gasto nominal (no ajustado a la inflación) alcanzado en 2011 (8). Antes de la retirada de Irak.

  1. Gilbert Achcar, “The US Lost in Afghanistan. But US Imperialism Isn’t Going Anywhere”, Jacobin, New-York, 4 de septiembre de 2021, https://jacobinmag.com
  2. Emran Feroz, “Obama’s Brutal Drone Legacy Will Haunt the Biden Administration”, Foreign Policy, Washington, 17 de diciembre de 2020.
  3. Hina Shamsi, “Trump’s Secret Rules for Drone Strikes and Presidents’ Unchecked License to Kill”, American Civil Liberties Union (ACLU), 5 de mayo de 2021, www.aclu.org
  4. Hina Shamsi, ibidem.
  5. Eric Schmitt y Helene Cooper, “Pentagon acknowledges Aug. 29 drone strike in Afghanistan was a tragic mistake that killed 10 civilians”, TheNew York Times, 17 de septiembre de 2021.
  6. Peter Maas, “America’s Generals Are Cowards. Fire Them All”, The Intercept, 23 de septiembre de 2021, https://theintercept.com
  7. “Drone Warfare”, The Bureau of Investigative Journalism, Londres, https://www.thebureauinvestigates.com
  8. Joe Gould y Leo Shane III, “Plans for bigger defense budget get boost after House authorization bill vote”, Military Times, Viena (Virginia), 24 de septiembre de 2021.

Traducción: Emilia Fernández Tasende

 

 

 

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