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El historiador Nelson Lichtenstein (@NelsonLichtens1) -profesor en la University of California, Santa Barbara- reacciona en este artículo, a la orden ejecutiva firmada por Joe Biden el 9 de julio de 2021, buscando promover la competencia y combatir los monopolios. Lichtenstein nos brinda un conciso pero muy interesante análisis del desarrollo de lo que él denomina  “la gran tradición antimonopolística” estadounidense. El Dr. Lichtenstein es director del Center for the Study of Work, Labor, and Democracy.


Trust Busting the Two-Party System

Biden está restaurando la tradición de Estados Unidos de luchar contra las grandes empresas

Nelson Lichtenstein

The New York Times   July 13, 2021

El viernes, el presidente Biden firmó una amplia orden ejecutiva destinada a frenar el dominio corporativo, mejorar la competencia empresarial y dar a los consumidores y trabajadores más opciones y poder. La orden cuenta con 72 iniciativas que varían ampliamente en el tema: neutralidad de la red y ayuda auditivas más baratas, mayor  escrutinio de la big tech y una ofensiva contra las altas tarifas que cobran los transportistas marítimos.

El presidente calificó su orden como un regreso a las “tradiciones antimonopolísticas” de las presidencias de Roosevelt a principios del siglo pasado. Esto puede haber sorprendido a algunos oyentes, ya que la orden no ofrece una llamada inmediata para la ruptura de Facebook o Amazon, que es la idea distintiva del antimonopolio.

Pero la orden ejecutiva del Sr. Biden hace algo aún más importante que el abuso de confianza. Devuelve a Estados Unidos a la gran tradición antimonopolística que ha animado la reforma social y económica casi desde la fundación de la nación. Esta tradición se preocupa menos por cuestiones tecnocráticas como si las concentraciones de poder corporativo conducirán a precios al consumidor más bajos y más por preocupaciones sociales y políticas más amplias sobre los efectos destructivos que las grandes empresas pueden tener en nuestra nación.

Boston_tea_party

Boston Tea Party

En 1773, cuando los patriotas estadounidenses arrojaron té de la Compañía Británica de las Indias Orientales al puerto de Boston, estaban protestando no sólo por un impuesto injusto, sino también por la concesión de un monopolio por parte de la corona británica a un favorito de la corte. Ese sentimiento floreció en el siglo 19, cuando los estadounidenses de todas las tendencias vieron concentraciones de poder económico que corrompían tanto la democracia como el libre mercado. Los abolicionistas se basaron en el espíritu antimonopolio cuando denunciaron el poder esclavista, y Andrew Jackson trató de desmantelar el Segundo Banco de los Estados Unidos porque sostenía los privilegios de una élite comercial y financiera del este.

Las amenazas a la democracia se volvieron aún más apremiantes con el surgimiento de corporaciones gigantes, a menudo llamadas trusts. Cuando el Congreso aprobó la Ley Antimonopolio Sherman en 1890, su autor, el senador John Sherman de Ohio, declaró: “Si no soportamos a un rey como poder político, no debemos soportar a un rey por la producción, el transporte y la venta de cualquiera de las necesidades de la vida”. Cuarenta y cinco años después, el presidente Franklin Roosevelt se hizo eco de ese sentimiento cuando denunció a la realeza “económica” que había  “creado un nuevo despotismo”. Veía el poder industrial y financiero concentrado como una “dictadura industrial” que amenazaba la democracia.

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La Standard Oil y otros trusts se convirtieron en el blanco de demandas antimonopolísticas no solo porque aplastaron a los competidores y aumentaron los precios al consumidor, sino también porque corrompieron la política y explotaron a sus empleados. Dividir estas compañías gigantes en unidades más pequeñas podría ayudar, pero pocos reformadores pensaron que las iniciativas antimonopolio del gobierno ofrecían la solución principal al desequilibrio de poder tan cada vez más frecuente en el capitalismo moderno. Lo que se necesitaba era una mayor regulación gubernamental y sindicatos poderosos.

En la era progresista, los tribunales dictaminaron que una amplia variedad de corporaciones e industrias “de interés público” podrían estar sujetas a las regulaciones gubernamental — que cubre precios, productos e incluso normas laborales — que en los últimos años se ha restringido en gran medida a las compañías eléctricas y de transporte. Dos décadas más tarde, los partidarios del Nuevo Trato trataron de desafiar el poder monopólico no sólo mediante una renovación de los litigios antimonopolio, sino también alentando el crecimiento del sindicalismo con el fin de crear una democracia industrial dentro del corazón mismo de la propia corporación.

Esa tradición antimonopolio se desvaneció después de la Segunda Guerra Mundial, colapsando en un discurso árido que no hacía más que una pregunta: ¿La prevención de una fusión o la desintegración de una empresa reduciría los precios al consumidor? El profesor de derecho conservador Robert Bork y una generación de abogados y economistas de ideas afines convencieron a la administración Reagan, así como a los tribunales, de que la antimonopolio bloqueaba la creación de formas de negocio eficientes y amigables para el consumidor. Incluso liberales como Lester Thurow y Robert Reich consideraron que la antimonopolio era irrelevante si las empresas estadounidenses competían en el extranjero. En 1992, por primera vez en un siglo, ningún punto antimonopolio apareció en la plataforma del Partido Demócrata.

How Biden Executive Order Affects Big Tech on Antitrust, Net Neutrality |  News Logic

Biden firmando la orden ejecutiva

El Sr. Biden ha declarado correctamente que este “experimento” de 40 años ha fracasado. “Capitalismo sin competencia no es capitalismo”, proclamó en la firma de la orden ejecutiva. “Es explotación¨.

Tal vez la parte más progresista de la orden ejecutiva es su denuncia de la forma en que las grandes corporaciones suprimen los salarios. Lo hacen monopolizando su mercado laboral —piensen en las presiones salariales ejercidas por Walmart en una pequeña ciudad— y obligando a millones de sus empleados a firmar acuerdos de no competencia que les impiden aceptar un mejor trabajo en la misma ocupación o industria.

El presidente y su gabinete antimonopolio han volteado de cabeza a un aspecto importante de la competencia empresarial tradicional. Durante demasiado tiempo, aquellos que abogan por una mayor competencia entre las empresas han ofrecido a los empleadores una orden judicial por recortar los salarios y las prestaciones, así como por subcontratar los servicios y la producción. Pero el Sr. Biden imagina un mundo en el que las empresas compitan por los trabajadores. “Si su empleador quiere mantenerlo, él o ella debería hacer que valga la pena quedarse”, dijo el Sr. Biden el viernes. “Ese es el tipo de competencia que conduce a mejores salarios y mayor dignidad en el trabajo”.

La tradición antimonopolio de la nación surge una vez más.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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En la década de 1970, las agendas sociales y políticas que dominaron  en Estados Unidos durante los años 1960 fueron perdiendo fuerzas. Los antiguos radicales mantuvieron su activismo político a nivel de la base social en organizaciones comunitarias, cooperativas, etc.  Algunos de ellos se integraron al movimiento ambientalista y lucharon contra el impacto de pesticidas  en los alimentos. Los antiguos activistas trajeron consigo tácticas desarrolladas en las luchas de los años 1960.

La energía nuclear se convirtió en un tema de preocupación para los ambientalistas. El aumento en los precios y la escasez de petróleo provocaron la expansión de la energía nuclear como alternativa.  Para 1972, 42 plantas nucleares estaban operaban en los Estados Unidos y más de 100 estaban en planes de construcción. Los ambientalistas llamaron la alarma ante este crecimiento de la energía nuclear, enfatizando en la peligrosidad de ésta y los problemas asociados con el manejo de desperdicios nucleares.  El 28 de  marzo de 1979 ocurrió un accidente nuclear que pareció confirmar los temores de los ambientalistas: el reactor  de la  planta nuclear localizada en Three Mile Island en Pennsylvania sufrió la fusión parcial de su núcleo. Aunque controlado a tiempo, este accidente pudo haber provocado la liberación de grandes cantidades de material radioactivo y, por ende, una tragedia ambiental y humana de grandes proporciones.  El accidente alarmó al pueblo norteamericano, lo que unido a la presión de los ambientalitas provocó el abandono de varios proyectos de energía nuclear.

La preocupación de los estadounidenses con el tema de la contaminación transformó al ambientalismo en un movimiento de masas. Prueba de ello fue la celebración del primer Día de la Tierra el 22 de abril de 1972. Ese día, unos 22 millones de estadounidenses se reunieron en diversos lugares del país para expresar su preocupación con el futuro del planeta.  Este apoyo masivo influyó en  la creación de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la aprobación de la Ley de Especie en Peligro de Extinción en 1973.  En otras palabras, la protección ambiental se convirtió en un área de intervención del gobierno federal.

El medioambiente no fue el único tema que movió a los norteamericanos a acción sociopolítica. El movimiento a favor de la  protección de los consumidores también creció de forma considerable en los años 1970.  El movimiento pro-consumidores surgió a finales del siglo XIX durante la Era Progresista, y desde entonces buscaba eliminar prácticas dañinas y peligrosas para los consumidores.  Tras décadas de apatía, este movimiento resurgió con fuerza en la década de 1960 bajo el liderato de un joven activista y abogado llamado Ralph Nader. En 1969, Nader creó una organización  de protección del consumidor que sirvió de modelo para las docenas de organizaciones similares que surgieron en los años 1970 para combatir y denunciar los peligros  asociados al consumo de tabaco,  las prácticas deshonestas de las compañías aseguradoras y otros problemas. En 1972, el Congreso dio vida a la Comisión para la Seguridad de los Productos de Consumo en respuestas  a las acciones de los grupos defensores de los consumidores.

Comparto este artículo del Dr. Enrique Alonso García sobre el origen y significado de la celebración del primer Día de la Tierra en abril de 1972.  Alonso García es profesor en el Máster de Estudios Norteamericanos del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares. También ha sido catedrático UNESCO de Territorio y Medio Ambiente de la Universidad Rey Juan Carlos  y  profesor del Monterey Institute of International Studies de California, de la Marshall-Wythe School of Law del College of William and Mary (Virginia, EE.UU.) y de Harvard Law School.


Earth Week 1970 Poster - found on ebay. | Hippie culture, Earth week,  Concert posters

Del Día de la Tierra al Día Mundial del Medio Ambiente: ¿la internacionalización definitiva de la política ambiental norteamericana?

Enrique Alonso

Diálogo Atlántico   3 de junio de 2021

El Día de la Tierra, Earth Day, celebrado el 22 de abril desde 1970 constituye una celebración tan conocida en Estados Unidos –y en el resto del mundo– que, aunque el Día Mundial del Medio Ambiente, World Environment Day, sea celebrado el 5 de junio a lo largo y ancho del planeta, apenas se conoce allí. En el fondo ese desconocimiento tiene su explicación.

EE. UU. fue el país que por primera vez implantó, en la “década ambiental prodigiosa” del 69 al 79 (desde la promulgación de la pieza clave, la National Environmental Policy Act, NEPA, hasta la llegada de Reagan, aunque este la continuó utilizando mecanismos de mercado), la protección del medioambiente como función esencial del estado contemporáneo, un paso más allá del estado liberal del siglo XIX y del estado social de la primera mitad del siglo XX. Se creó así el primer entramado institucional general y sectorial, político, jurídico, científico y de gestión administrativa y regulación de los mercados, centrado en la necesidad de preservar el medio ambiente (incluidos, grandes “inventos” como las evaluaciones de impacto ambiental y una agencia a nivel gubernamental –la Environmental Protection Agency, EPA– para hacer valer dicha protección al máximo nivel, hablando de tú a tú al resto de los departamentos gubernamentales). Solo tres años después esas ideas se habían extendido por todo el mundo. En su origen, habían sido realmente una iniciativa popular, un grassroot movement, cuya llamada a una celebración espontánea el 22 de abril de 1970 se extendió como la pólvora desde el Distrito Federal de su capital al resto de los Estados y al resto del mundo. No es de extrañar que el 22 de abril se siga siendo celebrado el Earth Day por doquier como el auténtico día del planeta y del medioambiente.

first earth day, 1970 | Earth day posters, Earth day slogans, Earth dayNo toca hoy, 5 de junio, celebrar ese hito sino el del reconocimiento mundial de que esa creación tenía carácter universal. Convocada la primera cumbre ambiental mundial en Estocolmo en 1972 no solo aprobó los célebres Principios del orden ambiental global y creó la agencia a nivel internacional (el mal llamado “Programa” PNUMA) sino que de manera “oficial” dedicó el 5 de junio a esa visión global: el Día Mundial del Medio Ambiente, que este año se celebra con Pakistán como país anfitrión.

Este gran pacto de 1972 se vio en parte descompuesto 20 años después, cuando se empezaron a poner en marcha políticas más ambiciosas. Si bien las políticas clásicas habían generado consenso en sus grandes líneas (contaminación del aire, agua y suelo, gestión de sustancias y residuos peligrosos, etc.), las nuevas, más complejas de abordar, alejaron a EE. UU. de la senda global. En origen de manera “suave”, al no ratificar EE. UU., aunque reconociéndoles valor consuetudinario, los tratados sobre diversidad biológica, OMGs y acceso a recursos genéticos o la gestión del medio marino (CBD & UNCLOS). Pero se exacerbó, por los vaivenes de su política interna, con la no aceptación de obligaciones derivadas del compromiso inicial del tratado marco de la lucha contra el cambio climático (UNFCC 1994), al no ratificar el Protocolo de Kioto de 2012 y abandonar Trump el Acuerdo de París de 2015, con efectos desde el 4/11/2020.

La llegada de Biden a la presidencia revirtió esa última decisión el 19 de febrero de 2021, hasta el punto de que EE. UU. actuó de anfitrión de la Cumbre Mundial virtual del (¡cómo no¡) Día de la Tierra el pasado 22 de abril. La proclamación de dicho día por la Casa Blanca relanzó el liderazgo de EE. UU. de los años 70.

Pero ¿se hará ello realidad? Difícil pregunta, porque la lucha contra el cambio climático está íntimamente unida hoy en día, por ejemplo en la UE, a la agenda digital, a un paquete ambiental más amplio, el “Green Deal”, y a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, que abarcan múltiples temas sociales vinculados al sistema de valores (justicia ambiental y sus derivaciones).

Earth Day 2021: 5 ways you can help to restore our earth - Glass

La realidad de la UE solo se ha podido visibilizar el pasado 17 de diciembre con la aprobación del marco financiero plurianual (MFP) para el periodo 2021-2027, junto con el Plan Next Generation EU y el presupuesto de 2021.

¿Camina en la misma línea la Administración Biden?

Hace muy pocos días, el pasado viernes 28 de mayo, se hizo público el proyecto de presupuesto para 2022 enviado al Congreso. Llama la atención su enorme gasto, 6 trillones de dólares, el mayor de la historia de EE. UU. (aunque allí un trillón equivale a un millón de millones, no a un millón de billones, como es sabido). ¿Cuáles son las políticas ambientales que refleja el mismo?

Remembering the first Earth Day with Honors Dean François Amar - The Honors  College - University of Maine

Recordando que el ambicioso programa de ayudas directas a la recuperación económica ya está en vigor desde el 11 de marzo, para 2021 y 2022 (American Rescue Plan Act), el nuevo presupuesto deja claro el cambio: la EPA recibiría 11,2 billones de dólares, record histórico también.

Sus prioridades temáticas son: a) limpieza de suelos (los célebres brownfields) y depuración de aguas, en zonas degradadas de baja renta y ciberseguridad en los abastecimientos; c) estudios de sustancias peligrosas y su influencia en la salud pública, de nuevo centrado en la protección de las comunidades más vulnerables; d) revitalización y nuevos programas de justicia ambiental y derechos civiles; e) apoyo a servicios ambientales estatales, locales y de las tribus de nativos americanos; y f) cambio climático y energía, al fin y al cabo ya había anunciado en la proclamación del Earth Day un recorte de entre el 50 % y el 52 % de la emisiones de gases de efecto invernadero sobre las de 2005 para el año 2030.

Todo, pues, en líneas ajustadas al ideal de las políticas globales ambientales.

Con independencia de las negociaciones que ahora tendrán lugar en el Congreso, bienvenido sea, pues, el 5 de junio, también en EE. UU.

 

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En este interesante artículo, el periodista especializado en Estados Unidos, Carlos Hernández-Echevarría, analiza la historia del sentimiento anti-católico en la nación estadounidense.


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Cuando Estados Unidos odiaba y temía a los católicos

Carlos Hernández-Echevarría

La Vanguardia   4 de febrero de 2021

Cuando John Kennedy se presentó a la presidencia en 1960, tuvo que aclarar que, si ganaba, no dejaría que el papa Juan XXIII le dictara desde el Vaticano cómo gobernar. Joe Biden, desde hace unos días el segundo presidente católico de la historia de Estados Unidos, no ha pasado por nada parecido. Hoy ese discurso parecería ridículo, y eso es todo un signo del progreso de un país con una larga tradición de maltrato y discriminación hacia los católicos.

El anticatolicismo estaba presente en EE. UU. desde antes incluso de que se fundara el país. Hasta hace no mucho, los libros de historia de los niños estadounidenses empezaban con el relato de cómo los primeros colonos llegaron desde Inglaterra a las costas de Massachusetts para poder practicar su religión en libertad. Sin embargo, esos mismos libros olvidaban contar que los que habían huido de la opresión religiosa no tardaron mucho en convertirse en opresores.

Los colonos transportaron al “nuevo mundo” los prejuicios que en Inglaterra eran comunes contra la minoría católica. En 1700, la colonia de Massachusetts aprobó una “Ley contra los Jesuitas y los Curas Papistas” que los declaraba “incendiarios y perturbadores de la paz y la seguridad pública” y también “enemigos de la verdadera religión cristiana”. Por eso daba a esos sacerdotes un corto plazo para abandonar el territorio o serían condenados a cadena perpetua. Si a alguno se le ocurría escapar de prisión, recibiría la pena de muerte.

No es un caso único. El futuro estado de Rhode Island fue fundado por un hombre que había escapado de Massachusetts buscando más libertad religiosa, pero la colonia también acabó prohibiendo a los católicos ocupar cargos públicos.

En Maryland, fundada por un aristócrata católico para refugiar a los que compartían su fe, la ley pasó en unas décadas de reconocerles la libertad religiosa a imponerles todo tipo de restricciones: no podían ser profesores o abogados y tampoco votar. Tenían prohibido celebrar misa fuera de sus casas y bautizar a cualquiera que no fuera hijo de católicos.

Caricatura dibujada por Thomas Nast en 1876 en la que se presenta a obispos católicos como cocodrilos atacando a las escuelas públicas en connivencia con los políticos católicos irlandeses.

Caricatura de 1876 que presenta a obispos católicos como cocodrilos atacando a las escuelas públicas en connivencia con los políticos católicos irlandeses.
 Dominio público

Muchas de estas restricciones, por ejemplo en Nueva York, siguieron en vigor incluso tras ganar la independencia de Gran Bretaña y durante los primeros años de vida de los nuevos Estados Unidos de América. Solo en 1789 la nueva constitución estableció que el país no tendría religión oficial y que tampoco restringiría la práctica de ninguna fe. Además, especificó que las creencias religiosas “no pueden ser nunca un requisito para acceder a un cargo público” federal.

Los llamados “padres fundadores” habían creado un estado aconfesional, pero los prejuicios contra los católicos estaban muy lejos de desaparecer.

Inmigración y ‘fake news’

Entre 1820 y 1930, llegaron a EE. UU. unos 4,5 millones de inmigrantes irlandeses católicos. Esta inmensa oleada migratoria puso nerviosos desde el principio a muchos protestantes, que recibieron a los recién llegados con los prejuicios heredados de los primeros colonos y algunos nuevos. Era habitual acusarlos de querer derribar al gobierno por orden del papa, y sobre ellos se difundían las fake news más exageradas, a veces con consecuencias dramáticas.

En 1834, una turba le prendió fuego a un convento cerca de Boston. Habían corrido rumores de que la congregación había asesinado a una de sus monjas por intentar abandonar la orden, aunque resultó que estaba tan viva que testificó en el juicio contra los incendiarios.

Todos los edificios del complejo quedaron completamente arrasados, en parte por la pasividad de los bomberos, que no pusieron mucho esfuerzo en apagar el fuego. Solo un hombre fue a prisión por el crimen, pero después fue indultado.

Dibujo que representa las ruinas del convento quemado en 1834.

Dibujo que representa las ruinas del convento quemado en 1834.
 Dominio públic

Los bulos anticatólicos estaban a la orden del día y además eran un negocio muy rentable. Maria Monk, una mujer canadiense que había pasado por un albergue católico para prostitutas, vendió durante la década de 1830 cientos de miles de libros en los que decía falsamente que había sido monja y contaba toda suerte de historias sobre asesinatos de bebés en conventos.

Para difundir sus libros, Monk se asoció con algunos pastores protestantes radicales, aunque no está muy claro quién se quedó con los beneficios, porque ella murió en un hogar para indigentes después de ser detenida por robar a un cliente en un burdel.

A veces la violencia no se desataba por un rumor, sino por disputas políticas, sobre todo en las grandes ciudades, donde la población migrante católica iba creciendo y quería hacer valer su fuerza electoral. En 1844, el debate sobre qué biblia debía usarse en las escuelas públicas de Filadelfia provocó unos disturbios en los que ardieron varias viviendas de católicos y dos de sus iglesias y murieron al menos veinte personas.

Al enterarse de ello el arzobispo de Nueva York, un inmigrante irlandés, advirtió a las autoridades de que no consentiría lo mismo. “Si una sola iglesia católica se quema, Nueva York será un nuevo Moscú”, dijo en referencia al incendio de la capital rusa durante la invasión de Napoleón.

El partido que no sabía nada

Los católicos empezaban a organizarse políticamente, pero también los anticatólicos. Fue en esa época cuando surgió el partido Know-nothing, “no sé nada”. Tomó ese nombre porque en sus inicios era una sociedad secreta cuyos miembros debían responder así cuando se les preguntara por ella.

Unos años después se organizaron abiertamente bajo el nombre de Partido Nativo Americano o Partido Americano, y predicaron con bastante éxito el odio a los inmigrantes en general y a los católicos en particular. Sobre todo a los de origen irlandés y alemán.

En la década de 1850, el partido xenófobo llegó a tener más de un centenar de representantes en el Congreso, donde defendía que se prohibiera a los católicos desempeñar cargos públicos y abogaba por las deportaciones masivas de inmigrantes.

Además, gobernaba en ocho estados y en la ciudad de Chicago, donde el alcalde Levi Boone impedía a los católicos trabajar para el ayuntamiento o entrar en la policía. Pero los Know-nothing no se limitaban a impulsar el racismo en las instituciones, también lo hacían en la calle.

En una jornada electoral en agosto de 1855, los militantes del partido en Louisville, Kentucky, estaban decididos a que solo los “verdaderos americanos” votasen. Un tercio de la población de la ciudad eran católicos de ascendencia alemana o irlandesa, así que los Know-nothing desplegaron patrullas en el exterior de los centros electorales que pedían a los votantes una contraseña difundida de antemano entre los protestantes. A los que no la tenían les impedían el paso y a los que no se iban a casa, les daban una paliza.

Imagen del ciudadano ideal estadounidense según el movimiento Know Nothing.

Imagen del ciudadano ideal estadounidense según el partido Know-nothing.
 Dominio público

Por supuesto, el candidato a la alcaldía de los Know-nothing ganó aquellas elecciones, pero además el llamado “lunes sangriento” dejó 22 muertos. La catedral católica de la ciudad, construida tres años antes, fue destruida, y más de un centenar de casas y negocios de católicos acabaron ardiendo. Los tribunales no condenaron a nadie por ello.

Aquella década de 1850 fue el pico del poder del partido anticatólico, que en los siguientes años se partiría en dos por el debate sobre la legalidad de la esclavitud que empujó al país a una guerra civil. Sin embargo, otros grupos extremistas no tardarían en reclamar su legado.

Una ley seca contra los católicos

La siguiente gran oleada de inmigrantes no fue tan irlandesa, pero también fue católica. Entre 1880 y 1914, más de cuatro millones de italianos se trasladaron a EE. UU. y sufrieron los prejuicios que ya existían sobre su religión, además de una mayor dificultad para aprender el idioma.

Aparte de las acusaciones ya tradicionales de que iban a derribar la democracia por orden del papa, los católicos de la época se vieron arrastrados al gran debate de la época: la prohibición de la venta y consumo de alcohol.

El movimiento a favor de la ley seca tenía su mayor fortaleza en las zonas rurales de EE. UU., que contaban con muchos menos católicos que las grandes ciudades. Si uno busca entre los principales líderes abolicionistas de aquella era, encontrará muchas declaraciones anticatólicas.

El fundador de la Liga Anti Salones, William H. Anderson, decía que si las ciudades no apoyaban la ley seca era por “los extranjeros que no se lavan” y porque la Iglesia católica estaba “indignada por lo que consideran una victoria protestante”. El obispo episcopaliano James Cannon Jr. decía que los italianos o los polacos le daban “dolor de estómago” y que había que cerrarles la puerta del país.

Ningún lugar era tan odiado por los líderes abolicionistas como Nueva York, y no despreciaban a ningún líder político tanto como a su gobernador, el católico Al Smith. A la ciudad, donde un tercio de sus casi seis millones de habitantes había nacido en el extranjero, la llamaba el obispo Cannon “la sede de Satán”. También decía que sus habitantes católicos eran “la gente que quiere Smith, las personas sucias que encuentras por las aceras de Nueva York”.

Al Smith dando un discurso.

Al Smith dando un discurso.
 Dominio público

En 1924, cuando el Partido Demócrata se planteó por primera vez hacer a Al Smith candidato a presidente, su convención nacional fue una batalla campal. Primero los delegados discutieron agriamente sobre si condenar o no las actividades del Ku Klux Klan, que acababa de resurgir con enorme fuerza gracias, entre otras cosas, a su discurso anticatólico. Después de no lograrlo, tuvieron que votar 103 veces a lo largo de dos semanas para elegir entre el católico Smith y otro candidato apoyado por el KKK. A la vista de que el bloqueo era insuperable, ambos se retiraron para permitir la elección de un candidato desconocido.

Cuatro años después, Smith sí que consiguió ser el primer católico en convertirse en candidato presidencial de uno de los grandes partidos. Durante aquella campaña se le acusó de querer imponer el catolicismo como religión oficial y se imprimieron panfletos que lo acusaban de haber construido un túnel submarino entre el Vaticano y Nueva York para recibir órdenes del papa. Varios predicadores protestantes pidieron a sus fieles que no le votaran, y el obispo episcopaliano Cannon lo definió como “el clásico intolerante de la jerarquía católica romana irlandesa de Nueva York”.

El esfuerzo funcionó. La ley seca era impopular y le quedaban cinco años para la derogación, pero Smith se derrumbó en el Sur protestante y sufrió una derrota arrasadora. El recuerdo de esa catástrofe política pesó mucho durante años en el Partido Demócrata y muchos de sus líderes lo tenían en mente cuando, 32 años después, el católico John Kennedy se presentó a la presidencia. ¿Estaba EE. UU. preparado por fin?

De Kennedy a Biden

En 1960, muchos de los líderes demócratas más importantes eran católicos, jefes políticos de grandes ciudades donde los descendientes de los inmigrantes irlandeses o italianos ya eran mayoría. Sin embargo, temían que el resto del país diera a Kennedy el mismo trato que había dado a Smith.

El candidato logró disipar sus dudas venciendo en las primarias demócratas de West Virginia, donde el 95% de la población era protestante, después de pronunciar su famoso discurso sobre el catolicismo: “¿Vamos a decir que un tercio de la población de EE. UU. tiene vedada para siempre la Casa Blanca?”.

JFK

Jonh Fitzgerald Kennedy, el primer presidente católico de Estados Unidos.

Kennedy aún tuvo algunos problemas más. Un grupo de 150 ministros protestantes declaró antes de las elecciones que no sería independiente del papa salvo que renunciara abiertamente a su catolicismo.

La campaña de Nixon obtuvo un mejor resultado de lo esperado en algunos estados de fuerte tradición protestante, pero Kennedy ganó, y abrió el camino a que Joe Biden ni siquiera haya tenido que responder a muchas de las preguntas con las que él se encontró.

El anticatolicismo en EE. UU., que el historiador Arthur Schlessinger llamó “el sesgo más profundo de la historia del pueblo americano”, ha quedado aparentemente para los libros de historia.

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