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Archive for the ‘Nuevo Trato’ Category

Comparto otra interesante nota publicada en Diálogo Atlantico, blog del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares. En esta ocasión el Dr. Manuel Peinado enfoca un programa del Nuevo Trato que buscaba combatir las consecuencias del llamado Dust Bowl a través de un ambicioso proyecto de forestación.


Shelterbelt: El bosque protector de F.D. Roosevelt

Manuel Peinado

Diálogo Atlántico   16 de julio de 2020

Plains farms need trees LCCN98517930.jpgEl último Foro de Davos ha aprobado un proyecto para plantar un billón de árboles. Una iniciativa a la que, en una adhesión que es todo un oxímoron, también se ha sumado Donald Trump.

La preocupación por el estado de los bosques norteamericanos comenzó con James Madison, autor del primer discurso conservacionista de un presidente estadounidense. A Franklin Delano Roosevelt le cabe el honor de haber emprendido la primera plantación masiva de árboles en suelo estadounidense.

Cuando Roosevelt asumió por primera vez la presidencia en 1933, la nación estaba inmersa en una crisis económica, pero también ecológica. Desde 1930, una severa sequía azotaba las altas planicies, la región de las Grandes Llanuras a la que los primeros exploradores del ejército llamaron el Gran Desierto Americano. Durante los primeros treinta años del siglo XX esos inhóspitos páramos habían sido poblados por varias oleadas de colonos.

Millones de hectáreas de praderas naturales fueron transformadas en granjas y la tierra, que había permanecido compactada durante miles de años por las raíces de las hierbas y por el pisoteo de las manadas de bisontes, quedó abierta en canal por la reja del arado. Cuando la sequía golpeó, la tierra se secó rápidamente. Como unas cenizas sin llamas, se formaron ventiscas negras, unas tormentas de polvo y lodo tan potentes que llegaron a más de tres mil kilómetros de distancia, hasta el océano Atlántico, dejando a su paso una lluvia del limo fértil de la pradera. Como recogió Steinbeck en Las uvas de la ira, despojadas de suelo, las que una vez fueron granjas feraces se convirtieron en tierras sin valor, hundiendo a millones de colonos en la pobreza.

The Dust Bowl Black Sunday | Dust bowl

Una posible solución a esta catástrofe, que se conoció como el Dust Bowl, se le ocurrió a Roosevelt durante su campaña presidencial. Fue durante un día de calor abrasador cuando su comitiva se detuvo en las desoladas afueras de Butte, Montana. El candidato salió de su automóvil y observó una región desprovista de árboles por naturaleza. Roosevelt, que acababa de anunciar sus planes para crear el CCC, el Cuerpo Civil de Conservación, un programa federal de empleo masivo que estaría ligado las políticas del New Deal, tuvo una revelación: quizás la respuesta al Dust Bowl estaba en los árboles.

Poco después de su toma de posesión, Roosevelt pidió consejo al Servicio Forestal creado en 1905 por su primo Teddy. A finales de la primavera de 1934, el informe del Servicio Forestal llegó al Despacho Oval de la Casa Blanca en un momento que no podía haber sido más apropiado. La sequía sobrepasaba todo lo visto hasta entonces. Las ventiscas negras arrasaban todo el país desde las Rocosas hasta Chesapeake. Llovió polvo en Nueva York, en Washington e incluso en barcos que navegaban por el Atlántico. Los que vivían en las Grandes Llanuras sufrían desdichas insoportables.

Para enfrentarse a la terrible situación, Roosevelt finalmente anunció la propuesta que había estado madurando durante casi dos años. El 11 de julio, mientras estaba de vacaciones a bordo del USS Houston, emitió una orden ejecutiva que ordenaba «la plantación de franjas de protección forestal en la Región de las Llanuras como medio para mejorar las condiciones de sequía». La proclamación autorizaba el gasto de 15 millones de dólares, la primera partida de los 75 millones necesarios para construir una barrera contra el viento más desolador del mundo. Rápidamente, el proyecto se bautizó como el Shelterbelt, el cinturón protector.

La siembra comenzó en marzo de 1935. Las plantaciones continuaron durante toda la temporada de crecimiento de primavera. En total, el Servicio Forestal y los trabajadores federales contratados como apoyo lograron plantar ese año doscientos kilómetros de franjas forestales, que cubrían más de 15 000 hectáreas.

W. Scott Olsen – Trees – About Place Journal

Una vez que el programa se puso en marcha, muchos agricultores de las Grandes Llanuras lo abrazaron con entusiasmo. Con su colaboración, el Servicio Forestal había plantado en 1938 más de 34 millones de árboles en casi 50 000 hectáreas. Los interminables horizontes de las altiplanicies cerca del meridiano noventa y nueve empezaban a verse interrumpidos por las lejanas siluetas de los bosques.

Aunque muchos de sus últimos días los empleó agobiado por asuntos de Estado y por las emergencias de la guerra, hasta los últimos momentos Roosevelt todavía pensaba en su amado y políticamente atacado Shelterbelt. Tres días antes de su muerte, revisó un nuevo memorándum sobre el programa y envió una carta a su autor pidiéndole «un poco más de material sobre lo que está suponiendo la plantación de árboles para que las familias puedan mejorar el rendimiento de sus cultivos».

Al final, la gran visión de Roosevelt para transformar las Grandes Llanuras en un bosque se quedó corta, pero el proyecto dejó su huella en la región. Una evaluación de 1954 del Shelterbelt concluyó que se habían plantado más de 220 millones de árboles en treinta mil granjas. En total, el Servicio Forestal había plantado más de 18 600 millas lineales de franjas de árboles y la mayoría de ellas, más del 70 %, sobrevivió durante décadas.

Entre los campos y las granjas de las planicies altas por los que conduzco entre Omaha y South Pass, algunos rodales de álamos, fresnos y olmos siguen dando testimonio de la existencia de un programa planeado inicialmente como «el mayor trabajo técnico que el Servicio Forestal haya realizado jamás», pero que se convirtió, a los ojos de muchos, en «el proyecto más ridículo del New Deal».


Manuel Peinado / Sobre el autor

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en una cincuentena de artículos científicos.

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Great Depression: Causes and Definition | HISTORY.com. - HISTORY

La prosperidad económica que caracterizó a la década de 1920 acabó abruptamente  el 29 de octubre de 1929. Ese día los Estados Unidos entraron en una profunda crisis económica que duraría más de diez años y que amenazó el sistema de vida estadounidense.  Para 1932, entre 10 y 15 millones de estadounidenses estaban desempleados, cientos de negocios de diversos tamaños se habían ido a la quiebra  y por lo menos 5,000 bancos habían cerrado sus puertas. Nunca antes la economía  estadounidense había caído tan bajo. Muestra de ello eran los cientos de personas que a diario hacían largas filas para recibir un plato de sopa o una manzana gratis.

Al comienzo de  la crisis la presidencia de los Estados Unidos estaba ocupada por un político Republicano llamado Herbert Hoover, que no entendió las dimensiones del problema económico por el que estaban atravesando los Estados Unidos y, por ende, fue incapaz de tomar las medidas  necesarias. En 1932, fue electo presidente  Franklin D. Roosevelt, quien le había prometido al pueblo norteamericano un liderato activo y eficaz. Una vez en la Casa Blanca, Roosevelt puso en marcha un programa agresivo para enfrentar las consecuencias de la crisis económico. Este programa fue conocido como el Nuevo Trato y se caracterizó por una intensa experimentación  e intervención directa del gobierno federal en la economía.

El Nuevo Trato provocó el crecimiento  del tamaño e influencia del gobierno federal, transformándole en un Estado moderno.  El gobierno federal se convirtió en el proveedor de protección, ayuda directa, trabajo, préstamos y pagos del seguro social de millones de estadounidenses. Además, el gobierno intervino de forma directa en la economía de la nación para sustituir al sector privado como motor económico. El sector privado vio, no sin horror, como el Estado creó una serie de mecanismo para regularle, supervisarle y controlarle. En otras palabras, el Nuevo Trato aceleró el proceso de regulación federal iniciado durante la Era Progresista que buscaba generar orden a la vida económica del país. Por primera vez en la historia estadounidense el gobierno federal garantizó el derecho de los trabajadores a formar y unirse a sindicatos laborales.  Además, el gobierno jugó un papel fundamental redefiniendo las relaciones obrero-patronales al establecer salarios mínimos y máximo de horas de trabajo.

Stocks on track for worst December since the Great Depression | WGNO

El Nuevo Trato también fue fundamental en el desarrollo de un estado del bienestar o “welfare state” en los Estados Unidos. El gobierno aceptó  la responsabilidad sobre el bienestar colectivo e individual de millones de ciudadanos.  Nunca antes en la los ciudadanos habían recibido tanto del gobierno como durante el Nuevo Trato. Sin embargo, esa ayuda no era perfecta ni incluía a todos. En comparación del estado de bienestar desarrollado en Europa, el Nuevo Trato tuvo serias limitaciones. Por ejemplo, la administración Roosevelt no pudo incluir un seguro medico universal como parte del Seguro Social por la oposición de diversos sectores del país, entre ellos la Asociación Médica Norteamericana. Los trabajadores agrarios y domésticos también fueron dejados fuera del Seguro Social, lo que limitó su alcance.

El Nuevo Trato reconoció la pobreza como un mal económico, no como una falla personal o el resultado de flojera o vagancia. A pesar de ello, los reformistas no encontraron una solución para este asunto. Algunos de ellos creían que con el fin de la Depresión se lograría nuevamente que todos los norteamericanos estuvieran empleados y que ello reduciría la pobreza.  Desafortunadamente, eso no ocurrió y el fin de la Depresión no significó el fin de la pobreza.

Dorothea Lange

Dorothea Lange

Los novotratistas no se limitaron a atender los serios problemas socioeconómicos de su sociedad, pues también le dieron importancia a otras áreas, entre ellas, las artes. Entre 1935 y 1943,   los fotógrafos de la Farm Security Administration (Administración de Seguridad Agraria) recorrieron el país documentando la pobreza. También buscaban dar a conocer un segmento de la sociedad estadounidense desconocido para el resto del país. Una de las fotógrafas más importantes de ese proyecto fue Dorothea Lange (1896-1965), quien entre 1935 y 1939 produjo una impresionante obra  que tuvo alcance nacional a través de la prensa. Su trabajo se concentró  en fotos de pobres y marginados: campesinos, familias desplazadas, inmigrantes, japoneses internados, etc.

En esta nota publicada en el New York Times, Tess Taylor comenta su “pilgrimage” en algunas de zonas de California, específìcamente, del Imperial County, recorridos por Lange hace más de ochenta años. Sus comentarios resultan muy interesantes y las fotos que los acompañan son realmente impresionantes.

Para ver más fotos de Dorothea Lange se puede visitar la sección  que le dedica la página web de la Biblioteca del Congreso, seleccionando aquí.


Dorothea Lange.

Credit…Paul S. Taylor/The Dorothea Lange Collection, the Oakland Museum of California

The Californian photographer known for her images of the Great Depression is a guide to the complexity of the present.

By 

HOLTVILLE, Calif. — It’s late when I check into the Barbara Worth Country Club, 600 miles southeast of my home in the Bay Area. Spare rooms border dark fields, a dry golf course and a web of open irrigation troughs that help make Imperial County one of the biggest agricultural producers in California. Holtville calls itself the carrot capital of the world, and even now, after this season’s harvest, stray carrot tops bolt, blooming to seed.

Fifteen miles from my hotel is the border with Mexico, a boundary now marked by barbed wire that loops around the edges of the All-American Canal, an elaborate, 80-mile long aqueduct that diverts water from Colorado to irrigate farmland that would otherwise get around three inches of rain per year.

Migratory field workers pulling carrots in a field near Meloland, Imperial County, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Oklahoma migratory workers washing in a hot spring in the desert. Imperial Valley, Calif., 1937.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“They’ll sleep in the row (to hold a place in the field) to earn sixty cents a day.” — From Dorthea Lange’s caption notes.

Migratory labor housing near Holtville, Imperial Valley, Calif., during the carrot harvest in 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

When I arrive in April 2019, Donald Trump has just visited Imperial County to stump for his wall. But I’m not here to talk politics, exactly. Instead, I’m on a pilgrimage to visit as many of the places Dorothea Lange photographed in California as I can.

 

Ms. Lange came to Imperial County during the late 1930s, capturing a different generation of migrants drawn here from Mexico, the Philippines, Oklahoma and the Dakotas, looking for work in the carrot fields. In 1937, she photographed ramshackle tents lining a canal; a group of Model T’s making haphazard camp in a gully. In other shots, cabbage pickers bend deep and hoist baskets high on their shoulders.

Ms. Lange, best known for her Depression-era photographs of migrant laborers, began photographing bread lines and labor strikes near her San Francisco studio in 1932. In the 1920s, she had made her living as a society portraitist, photographing San Francisco’s wealthiest families — the Levi Strauss and the Haas families among them.

As the Great Depression worsened, she began photographing people she saw on the streets: men curled up sleeping or in line for food. In 1935, she married the economist Paul Taylor; they left San Francisco together to photograph the living conditions of agricultural laborers up and down the state, from Davis and Marysville all the way to Imperial County. The Farm Security Administration supported their work.

Pea pickers in California, 1936.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Mam, I’ve picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down.” — From Dorthea Lange’s notebook

A page of Dorothea Lange’s original caption notes, for the above image of “Pea Pickers,” that also includes her request for a “typewriter.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In 2017, I started reading Ms. Lange’s notebooks, now held at the Oakland Museum of California. On lined 3 by 5 inch pages, in penciled-in cursive, she captures American history in staccato fragments, jotting down what laborers paid for gas, rent and food; how much they could make picking a day’s worth of potatoes. On one June trip following the melon harvest in El Centro, under a heading “The camp,” she notes someone saying: “This is a hard life to swallow, but I can’t just rest here.”

“We come from all states and we can’t make a dollar in this field noways. Working from seven in the morning until 12 noon, we earn an average of 35 cents,” a worker told her in 1937.

Texas woman in a carrot pullers’ camp, Imperial Valley, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Not enough money for cotton sacks” reads another note; “All I’ve got is right here.”

“2 children 4-6.”

“Sold everything little by little.”

“We said we came from,” she writes in a note that ends in an eerie, indecipherable smudge: “They said, “Why don’t you go back there then?”

“This country’s a hard country” one woman told Ms. Lange. “If you die, you’re dead — that’s all.”

As a poet, I was drawn to the chorus of voices Ms. Lange recorded, which call across time. Her notebooks catalog concerns that feel sharply relevant eight decades later: the search for shelter, a fair wage and stable work.

Last year, from January to October, I drove across California, following routes Ms. Lange noted in her travels from 1935 to 1942, by which time she had been hired by the Office of War Information to document the process of Japanese internment.San Francisco residents of Japanese ancestry in 1942 at a civil control station for registration where they would then be interned in war relocation camps.

Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
The quarters at Manzanar, Calif., War Relocation Authority Center where people of Japanese ancestry were interned by the U.S. Army during WWII.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

As I visited encampments, internment centers and small agricultural towns, I used Ms. Lange’s images and words as a lens to help refract the messy complexity of California’s present. I grew up a mile from where Ms. Lange lived in Berkeley. My town, El Cerrito, populated quickly in the early 1940s by an influx of shipyard workers, has neat cottage bungalows with lemon trees on tight plots. Ms. Lange photographed these in 1942 as a hopeful emblem of the New California: an emergent middle class.

But the Bay Area today is no picture of middle class stability. My once modest neighborhood has skyrocketing home prices — a small three-bedroom that eight years ago cost $500,000 now lists for $1.3 million, while roughly 28,000 homeless people sleep on the streets in the Bay Area each night. Vacant lots, industrial blocks and underpasses nearby fill with semipermanent encampments. I bike my children to school each day through a maze of tents and trailers.

Following Ms. Lange’s images and notes has become a study in uneasy juxtapositions: rifts between enormous wealth and unsettled poverty, some of which feel new, some like a continuation of the past.

Farm Security Administration emergency migratory labor camp established for the 1939 spring pea harvest, Calipatria, Imperial Valley, Calif.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In Imperial County, which now has the highest unemployment rate in California, Eddie Preciado of Catholic Charities holds beds at the county’s one homeless shelter for men, offering shelter to migrant laborers who cross the border to pick corn.

“There’s still no dedicated housing for agricultural workers,” he told me. Down the road, a detention center run by Management Training Corporation for ICE holds 782 beds.

“Most middle-class jobs are in border security,” Mr. Preciado said.

In Nipomo, where Ms. Lange pulled over near a frozen pea field to make her famous photograph “Migrant Mother” in 1936, a new community of $1.2 million tract homes overlooks rows of factory-farmed strawberry fields edged with workers’ trailers.

A Mexican mother in California in 1935. “Sometimes I tell my children that I would like to go to Mexico, but they tell me ‘We don’t want to go, we belong here.’”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Destitute pea pickers in California. Mother of seven children. Age thirty-two. Nipomo, Calif., shows Florence Thompson with three of her children in the 1936 photograph known as “Migrant Mother.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

I asked a bartender at Jocko’s Steakhouse where I could find the spot where “Migrant Mother” was photographed.

“I don’t know,” he said “but people are still always coming through.”

Last spring, walking a section of Route 98 in Imperial County just after dawn, I remembered Ms. Lange’s images of Model T’s camped in arroyos. Those gullies are now lined with border security officers in shiny trucks parked at quarter-mile intervals to police those who make their way north.

Ms. Lange often said, “A camera is a tool for learning how to see without a camera.” I wonder what details she’d notice, what notes she’d take now.

A store owned by a Japanese-American who was sent to an internment camp in Oakland, Calif. The store had been closed the day after the Pearl Harbor attack.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

Tess Taylor (@Tessathon) is a poet and author. Her book of poems “Work & Days” was named one of the best books of poetry of 2016 by The Times. Her new collection of poetry “Last West: Roadsongs for Dorothea Lange” is part of the “Dorothea Lange: Words & Pictures” exhibition at the Museum of Modern Art.


 

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Malvivir entre algodones

Tereixa Constenla

El país   14 de mayo de 2014

En 1936 el fotógrafo Walker Evans y el periodista James Agee viajaron a Alabama para sumergirse en la realidad de los algodoneros por encargo de la revista Fortune. A pesar de que los paliativos del presidente Roosevelt ya estaban en marcha (el New Deal), los estadounidenses seguían arrastrando la Gran Depresión. Más de un millón de familias, que dependían de las idas y venidas de las cosechas en campos arrendados y atados a préstamos con los propietarios de la tierra, desprendían el aire desesperado de los okies que John Steinbeck reflejó en Las uvas de la ira (1939).

Floyd Burroughs junto a los niños de la familia Tingle en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Floyd Burroughs junto a los niños de la familia Tingle en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Agee y Evans se centraron en tres (los Tingle, los Fields y los Burroughs), seleccionadas como representativas de la media (ni entre las mejores ni entre las peores), para plasmar sus supervivencias épicas. Y no solo. También para analizar las estructuras económicas y el “márketing aspiracional” que mantenía aquel sistema que condenaba a más de ocho millones de personas a encerronas existenciales, a llevar una vida “tan profundamente privada y dañada y atrofiada en el transcurso de ese esfuerzo que solo se la puede llamar vida por cortesía biológica”, escribió Agee. El reportaje jamás salió en Fortune por razones ignoradas, aunque proporcionó algunas de las imágenes más icónicas de Evans (el retrato del aparcero Floyd Burroughs, por ejemplo) y la fuerza motriz del libro Elogiemos ahora a hombres famosos, publicado en 1940 con mínima repercusión (tendrían que pasar dos décadas para que fuese reivindicado como un clásico).

El reportaje original se esfumó hasta que en 2003 la hija de James Agee recuperó la colección de manuscritos que su padre dejó en su casa de Greenwich Village para cederla a la Universidad de Tennessee. Allí se descubrió el texto sobre el viaje a Alabama y, en 2012, casi ocho décadas después, se publicó al fin en Estados Unidos Algodoneros. Tres familias de arrendatarios, que ahora sale en España de la mano de la pequeña editorial Capitán Swing. Junto a las 30.000 palabras originales del artículo se incluyen las fotografías de Walker Evans, la cámara que arropó de dignidad la pobreza campesina.

Elizabeth Tingle, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Elizabeth Tingle, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Pero, se pregunta Adam Haslett, autor de Union Atlantic, en la introducción del libro, “¿por qué habríamos de dedicar nuestro tiempo a leer, setenta años después, un artículo rechazado acerca de un mundo desaparecido?”. Una razón es su sabiduría periodística: Agee elude el sensacionalismo –de ahí que descarte a los más míseros de los míseros- y contextualiza las vidas cotidianas en un marco político, económico y sociológico. “El capitalismo de pacotilla de los terratenientes se sustenta en parte en los vestigios de la deferencia feudal que muestran los granjeros atados a sus tierras”, afirma Haslett. Otra es visionaria: merece ser leído como una lección para el presente. “No hace falta ser un experto para percibir de qué forma nuestro propio sistema crediticio, administrado ya no por terratenientes de pacotilla sino por bancos, agencias de calificación de riesgos y compañías de gestión de cobros, ha establecido una impersonal variante financiero-capitalista de la trampa de endeudamiento que Agee describió hace 77 años”, añade.

Bud Fields, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Bud Fields, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

El texto es un zarpazo a la neutralidad periodística. Quizás John Houston entrevió la razón mejor que nadie: “Jim Agee era un Poeta de la Verdad; un hombre que no se preocupaba en absoluto por su apariencia, solamente por su integridad. Ésta la preservaba como algo más valioso que la vida. Llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión”. Agee, que fue guionista de La reina de África y que en 1958 ganaría un póstumo Pulitzer con Una muerte en familia, se sumerge (literalmente) en el entorno de los granjeros, analiza el sistema que lo sustenta y concluye: “Un ser humano cuya vida se nutre de una posición aventajada adquirida de la desventaja de otros seres humanos, y que prefiere que esto permanezca de este modo, es un ser humano solo por definición, y tiene mucho más en común con la chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo mar”. A veces es la poesía de Agee la que toma algunos párrafos al asalto, como en la descripción de Floyd Burroughs: “Como tantas personas que no saben leer ni escribir, maneja las palabras con torpe economía y belleza, como si fueran animales de granja abriendo un terreno escabroso”.

El artículo está estructurado como un informe, que desmenuza aspectos básicos (dinero, cobijo, comida, ropa, trabajo, temporada de recolección, educación, ocio y salud), y concluye con dos apéndices dedicados a los negros y a los terratenientes que, sin ser Simon Legree, el esclavista malvado de La cabaña del tío Tom, se guían por un marco de creencias que “justifican su posición y sus medios de vida”. Agee había decidido centrar el reportaje en los granjeros blancos para que la cuestión racial no contaminase lo demás pero tampoco les excluyó por completo, dado que uno de cada tres arrendatarios era negro. “Al negro lo odian por ser negro; lo odian porque creen que ninguna mujer blanca sin protección está a salvo a un kilómetros de distancia de él; lo odian porque trabajará por un jornal sobre el que un hombre blanco escupiría y porque aceptará un trato ante el que un hombre blanco mataría; naturalmente, lo odian más que nadie los blancos que por razones de fuerza mayor se hallan tan bajo en la escala social como él. Quizá huelga decir que trabaja por el jornal que le ofrecen porque tiene que vivir”.

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La Biblioteca y Archivo Presidencial Franklin D. Roosevelt acaba de inaugurar FRANKLIN, su portal de acceso libre a más de 300,000 documentos y fotos. Estoy totalmente seguro de que FRANKLIN, se convertirá en una herramienta muy útil para todos aquellos interesados en  el estudio de uno de los periodos más fascinantes de la historia norteamericana: la Era Roosevelt.

Franklin

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roosevelt102way_sq-6943e8ab2b83948dfb2f059bd2672e3dc2bd3cbb-s6-c30En 1921, Franklin D. Roosevelt (FDR) contrajo poliomelitis mientras vacacionaba con su familia. Esto limitó seriamente la movilidad, pero no la capacidad política del que considero uno de los tres presidentes más importantes en la historia de los Estados Unidos. A FDR le tocaron vivir los tiempos difíciles de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Padre el Nuevo Trato y artífice de la victoria estadounidense frente al fascismo, FDR cambió el carácter doméstico y la posición mundial de los Estados Unidos.

Por claras razones políticas, FDR escondió su limitación física, por lo que no debe sorprender que no se dejara ver en silla de ruedas y menos fotografiar. Sólo contamos con una foto tomada en 1941 en la que aparece el presidente en silla de ruedas en compañía de una niña.

Hace pocos días el Dr. Ray Begovich (profesor de periodismo en Franklin College, Indiana) se encontraba investigando en los Archivos Nacionales norteamericanos y para su sorpresa tropezó con un corto video en el que FDR es empujado en su silla de ruedas. El pietaje en cuestión, único en su clase,  fue tomado en el crucero USS Baltimore durante un visita de FDR a la base de Pearl Harbor en julio de 1944.

Aunque el video dura menos de un minuto, es uno de esos detalles curiosos que le pueden alegrar la mañana a un historiador.

Comparto mi alegría con mis lectores.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 15 de julio de 2013

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A comienzos del pasado mes de  noviembre tuve la oportunidad de visitar São Paulo y confirmar porque Brasil es considerado una potencia emergente. Sus rascacielos, su infraestructura y su ambiente son los de una urbe, los de la capital económica de un país que se abre paso entre las naciones más poderosas del planeta. De las muchas cosas que  llamaron mi atención en Brasil, debo destacar su industria del libro. La producción brasileña de libros es impresionante  por su tamaño, amplitud temática  y calidad. Quedé también muy impresionado con la gran cantidad de obras traducidas al portugués que son publicadas en Brasil. El lector brasileño tiene a su alcance trabajos históricos, sociológicos, políticos, culturales, antropológicos y de otras áreas de las ciencias sociales y las humanidades, escritos por autores norteamericanos, hispanoamericanos, europeos y asiáticos. Basta echar un vistazo al catálogo del Sindicato Nacional dos Editores do Livros para tener una idea de la amplitud de la producción brasileña de libros.

En São Paulo también encontré una interesante  producción   de historiadores brasileños sobre historia norteamericana. En este trabajo me propongo reseñar una de ellas,  el libro de Flávio Limoncic titulado Os inventores do New Deal: Estado e sindicatos no combate á Gran Depressão (Río de Janeiro, Civilição Brasileira, 2009). El Dr. Limoncic es profesor de historia en la Universidade Federal do Estado do Rio de Janeiro (UNIRIO). Su área de investigación es la historia laboral  de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Os inventores do New Deal es la versión editada de la tesis doctoral que presentara Limoncic ante el Instituto de Filosofia e Ciências Socias de la Universidade Federal de Rio de Janerio (IFCS-UFRJ).

Este libro enfoca el desarrollo de la política laboral del Nuevo Trato y su impacto en la historia del movimiento obrero norteamericano. Según Limoncic, Franklin D. Roosevelt y sus asesores interpretaron la Gran Depresión como una crisis de consumo provocada  por la desigualdad en la distribución de las rentas.  De ahí que consideraran necesario una redistribución del ingreso a través de aumentos de sueldos que traería consigo la imposición de la negociación colectiva como base de las relaciones laborales en los Estados Unidos. Para promover la negociación colectiva del trabajo, “los inventores del Nuevo Trato” aprobaron una  ley histórica –la Ley Wagner–, dando vida a la National Labor Relations Board (NLRB). Esta agencia del gobierno federal estaba encargada de administrar los instrumentos creados por el gobierno para fomentar la negociación colectiva, aumentar los ingresos de las trabajadores y con ello, el consumo.

Limoncic comienza su libro con una corta, pero muy valiosa presentación que sirve de introducción y donde resume, de forma magistral, las causas y el desarrollo de la crisis de 1929 en los Estados Unidos. Aquellos interesados en tener una visión general, pero a la vez seria del desarrollo de la Gran Depresión y el Nuevo Trato, encontrarán en esta introducción lo que están buscando. Ser capaz de sintetizar tal temática en un espacio tan breve –solo veintidós páginas– demuestra el gran dominio del autor sobre estos temas.

En el primer capítulo de su obra, Limoncic enfoca el desarrollo de las relaciones de laborales en los Estados Unidos antes del Nuevo Trato. El autor comienza analizando el desarrollo  de la historiografía laboral estadounidense, enfatizando en lo que él denomina como “a nova história do trabalho”. Hija de la década de 1960, esta nueva corriente historiográfica adoptó una actitud crítica que estuvo fuertemente influida por los trabajos clásicos de  E. P. Thompson, Eric Hobsbawn, Raymond Williams y Chsritopher Hill.  Esta nueva historia del trabajo mostró que después  de la unificación de dos principales sindicatos estadounidenses en 1955–la American Federation of Labor (AFL) y el Congress of Industrial Organizations (CIO)– el movimiento obrero norteamericano se convirtió en uno muy conservador.

En este capítulo el autor también enfoca un tema fundamental para entender el desarrollo del movimiento obrero estadounidense: el papel del poder judicial como regulador-controlador del movimiento obrero a lo largo del siglo XIX. Tras analizar varias importantes decisiones del Tribunal Supremo y otras cortes menores, el autor concluye que los cortes de justicia definieron las relaciones entre los trabajadores y sus patronos.  A pesar de que el Estado estadounidense era débil y su burocracia pequeña,  éste logró participar en la regulación social por medio de las acciones de su poder judicial. En otras palabras, fueron las cortes de justicia quienes impusieron restricciones  efectivas, a nivel tanto político como organizativo, sobre los sindicatos estadounidenses.

Afiche huelga textil, Lawrence (Massachussetts), 1912

Las decisiones de los tribunales norteamericanos que afectaron las relaciones de trabajo estuvieron determinadas por la idea de la libertad de contrato. De acuerdo con ésta, las partes contratantes (empleado-empleador) se debían poner de acuerdo sin que mediara coerción de ningún tipo. De ahí que se viera la contratación laboral como una acción individual y a los sindicatos como amenazas a la libertad de trabajo de cada individuo.  La tradición jurídica estadounidense en el siglo XIX privilegiaba al individuo como base de la organización social y rechazaba, por ende, la negociación colectiva del trabajo por medio de una serie instrumentos legales. Uno de ellos era la doctrina de la conspiración, es decir, que dos o más personas se pusieran de acuerdo para cometer un crimen. ¿De qué forma afectaba esto a los trabajadores? Porque la contratación colectiva era  considerada  una conspiración para “la operación natural del mercado, pues elevaba los salarios de forma artificial y destruía la competitividad económica”. En este individualismo craso, los intereses colectivos no estaban amparados por la ley.

Basados en la doctrina de la conspiración, los tribunales de justicia estadounidenses desarrollaron una jurisprudencia que definió las relaciones laborales. Tal jurisprudencia  negó a los trabajadores el derecho a la huelga o al boicot, si tales medidas violentaban los derechos de otros trabajadores a trabajar, afectaban la comunidad  o reducían el valor o el uso de la propiedad privada. En palabras de Limoncic: “Para maestros y jueces, la libertad e independencia republicanas   significaban la libertad de los individuos de usar sus propiedades,  inclusive su fuerza de trabajo, libres de  limitaciones producto de las   regulaciones colectivas”. (65)

El análisis de Limoncic sobre la evolución de la jurisprudencia anti-obrera desarrollada por los tribunales norteamericanos a los largo del siglo XIX me resulta muy interesante, pero demasiado legalista. El autor concentra su atención en las decisiones tomadas por los tribunales desde una óptica estrictamente legal y no enfoca los factores culturales, raciales, políticos o sociales que debieron influir la actitud de los jueces que dieron forma a la jurisprudencia anti-obrera. ¿Cuánto racismo, interés político, prejuicio social y/o cultural guiaron sus acciones? ¿Cuánto sus decisiones reflejaban prejuicios, tendencias culturales,  ideologías  o creencias de su época? Me preguntó si este “vacío” no será producto de las limitaciones propias de una tesis doctoral.

El segundo capítulo de Os inventores do New Deal está dedicado a la industria automovilística estadounidense y la Gran Depresión. Como bien señala Limoncic, el automóvil y la industria automovilística simbolizan los cambio que vivió la economía y la sociedad estadounidenses en las primeras décadas del siglo XX.  De ahí también su importancia en el desarrollo del movimiento obrero norteamericano.  El papel protagónico en este proceso estuvo a cargo de Henry Ford, pues su innovaciones revolucionaron el proceso de producción de automóviles. Según el autor,  la línea de montaje transformó a Ford en el primer productor mundial de automóviles y el patrono de miles de trabajadores.

En este capítulo el autor también deja claro cómo los cambios que sufrió la economía norteamericana en las primeras décadas del siglo XX, en especial el desarrollo de un economía de consumo, impactaron a los trabajadores estadounidenses. Según Limoncic, los trabajadores, y sus familias, dependían cada vez más de “de su inserción en el proceso productivo para su sustento”. (117) En otras palabras, los obreros dependían de su salario para consumir en una sociedad  cada vez más construida sobre el consumo.  A pesar de que la nueva producción en masa basada en el fordismo requería que los trabajadores se convirtiesen en consumidores de cantidades cada vez mayores de productos, los salarios que éstos recibían permanecieron bajos a lo largo de  las décadas de 1910 y 1920. Ya fuese esto un resultado de la contratación individual del trabajo, colectiva realizada por sindicatos débiles o simplemente determinada por las empresas de un mismo sector, los sueldos permanecieron bajos, limitando la capacidad adquisitiva de los obreros.  Por ejemplo, en 1918, una familia promedio con ingresos de $1,518 anuales,  sólo podía dedicar $330 de sus ingresos a gastos no relacionados a  la alimentación, la vestimenta o la vivienda.

La crisis de 1929 dejó claro para muchos que era necesario la creación de un  nuevo modelo de regulación del capitalismo. Según el autor, la crisis subrayó  la necesidad de nuevas leyes, nuevos hábitos y, sobre todo,  nuevos mecanismos reguladores que permitieran  salarios más altos para la clase trabajadora. El nuevo tipo de capitalismo que se desarrolló en los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX demandaba un nuevo orden económico en el que los trabajadores pudiesen consumir los productos que las fábricas estadounidenses elaboraban de forma masiva. Roosevelt y sus asesores, se convencieron de la urgencia de  aumentar la capacidad  adquisitiva de los millones de trabajadores norteamericanos.

El tercer capítulo del libro trata, precisamente, de los mecanismos legales creados por el Nuevo Trato para promover mejores sueldos para los trabajadores a través de la imposición de la negociación colectiva. En 1933, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la National Industrial Recovery Act (NIRA), proponiendo códigos para “regular” la competencia entre las industrias estadounidenses. A pesar de que la aceptación de tales códigos era voluntaria, la aprobación de la NIRA significó un  cambio importante en las relaciones entre el sector público y el privado. De ahí que fuera vista por algunos como el arribo de la planificación económica necesaria para poner fin a la rivalidad desordenada y caótica característica del capitalismo estadounidenses en la época previa a la Gran Depresión.

El movimiento obrero, y en especial la AFL, se beneficiaron de la aprobación de la NIRA porque la sección 7(a) de la ley garantizaba la organización sindical y la contratación colectiva del trabajo. Además, la ley estableció que los salarios mínimos y la extensión máxima de la  jornada laboral serían determinadas por medio de los códigos creados por medio de la NIRA. Para la AFL, esta ley significó que la intervención estatal con los sindicatos pasara de manos del poder judicial a manos de los poderes ejecutivo y legislativo, con quienes el sindicato tenía mejor relación.

La sección 7(a) establecía que las empresas debían permitir a sus trabajadores el derecho a la organización sindical y a la negociación colectiva a través de los representantes libremente elegidos por los obreros.  Los empleadores no podían influir, restringir, interferir o coercer las acciones de sus trabajadores. Los patronos no podrían tampoco forzar a sus trabajadores a pertenecer a un sindicato organizado por la empresa o “company unions” y seguir, además, un código de horas máximas de trabajo y de salario mínimo, así también como igualar las condiciones de trabajo de sus obreros.  Según el autor, con estas medidas los legisladores buscaron equilibrar la capacidad de consumo y de producción, y de paso la estabilidad política de la nación norteamericana.

Como era de esperar, la sección 7(a) produjo una gran polémica pública. Los empresarios agrupado en la National Assotiation of Manufacturers (NAM) se opusieron a las nuevas regulaciones laborales impuestas por la National Recovery Administration, agencia federal creada por la NIRA.  Los patronos buscaron  frenar la sindicalización de sus trabajadores formando “company unions” como si fuesen sindicatos independientes. Por su parte, la AFL resistió las embestidas de las corporaciones, poniendo a Roosevelt en una posición delicada. El Presidente necesitaba la cooperación de las corporaciones para que la NIRA fuese efectiva, pero también necesitaba de los sindicatos para que fiscalizaran la implantación de los códigos industriales.  Para enfrentar este dilema, el gobierno optó por crear la National Labor Board (NLB), compuesta por tres representantes obreros, dos corporativos y el Senador Robert Wagner como miembro imparcial y representante del interés público. Esta junta debería solucionar las controversias que surgiesen con relación a la Sección 7(a) de la NIRA. Como la NLB no solucionó los problemas asociados a la Sección 7(a) fue creada la primera National Labor  Relations Board (NLRB) en julio de 1934. Todos su miembros era nombrados por el Presidente  y ésta tenía poder de investigar conflictos laborales, organizar elecciones sindicales y realizar audiencias investigativas sobre violaciones de la Sección 7(a) de la NIRA.  Sin embargo, esta primera NLRB no tenía poder para penalizar a las corporaciones que no cooperaran o aceptaran sus decisiones, lo que limitó severamente su eficacia.

En 1935, la NIRA fue declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.  Limconcic concluye que la NIRA fue incapaz de promover la negociación colectiva porque tanto la NLB como la primera NRLB no contaron con los instrumentos legales necesarios y dependían de la buena voluntad de las corporaciones.

En el cuarto capítulo de su libro, Limoncic enfoque lo que el denomina “la segunda fase del Nuevo Trato”. Según el autor, la declaración de inconstitucionalidad de la NIRA llevó a la administración Roosevelt a dejar de buscar la cooperación de las corporaciones y recurrir a la regulación del mercado de trabajo por medio de dos piezas legales históricas: el seguro social y la segunda NLRB, ambas aprobadas en 1935.

Roosevelt firma le ley creando el Seguro Social

De acuerdo con Limoncic, el objetivo del seguro social era enfrentar los costos desiguales del bienestar social entre los estados. Los estados industriales del noreste y oeste de los Estados Unidos había establecidos programas de ayuda social (pensiones y ayuda al desempleado) cuyos costos eran cada vez mayores. Por otro lado, otros estados, principalmente sureños, no tenían programas similares y eran más atractivos para las empresas, en claro perjuicio para los estados que sí tenían programas de ayuda que aumentaban los costos del trabajo.  La creación del seguro social buscaba federalizar los costos de ayuda al desempleo y las pensiones para nivelar la competencia entre los estados. De ahí que fuese apoyado por los grandes estados industriales con programas de bienestar.

A pesar de que reconoce la importancia del seguro social, Limoncic considera que  la ley más importante aprobada durante el segundo Nuevo Trato fue la que creó la National Labor Relations Act  (NLRA) de julio de 1935. Conocida como la Ley Wagner en honor a su principal propulsor el Senador Robert Wagner, esta ley  buscaba garantizarle a los trabajadores el derecho a la representación sindical y el convenio colectivo. Para ello fue creada una segunda NLRB con poderes cuasi judiciales, pues sus decisiones debían ser revisadas por las cortes de apelación y, en última instancia, el Tribunal Supremo. Además, poseía poderes normativos cono definir prácticas ilegales de los empleadores y ejecutivos porque velaba porque los estatutos definidos por la ley Wagner fueran cumplidos por las empresas.  La segunda NLRB también poseía poderes investigativos y cualquiera de sus  tres miembros podía solicitar la comparecencia de testigos.

La Sección 8 de la Ley Wagner prohibía a las empresas intervenir, restringir o coercer las actividades sindicales de  sus empleados. La ley también prohibía la creación de uniones patronales o “company unions”   y que las empresas promovieran o entorpecieran la afiliación de cualquiera de sus empleado en una organización laboral.  La Ley Wagner buscaba fortalecer a los sindicatos permitiendo (promoviendo) la negociación colectiva como mecanismo para elevar la capacidad adquisitiva de los trabajadores y así fomentar el crecimiento de la demanda y, por ende, de la producción. Para ello eliminó las “company unions” y la tendencia de los tribunales a aplicar la “common law” para desarticular el movimiento obrero.  De ahí que ésta fuese recibida con los brazos abiertos por la AFL, cuyo presidente, William Greene, la denominó la Carta Magna del movimiento sindical.

Senador Robert F. Wagner

Según el autor, la aprobación de la NLRA cambió la percepción que tenía el Estado norteamericano de los sindicatos. Antes de la aprobación de esta ley, las uniones obreras eran vistas como organizaciones privadas que, por ende, no debían esperar ni recibir ningún beneficio del Estado. Con la NLRA, el gobierno federal comenzó a ver a los sindicatos –y la negociación colectiva que éstos llevaban a cabo con las corporaciones­­–  como piezas fundamentales para estabilizar la economía y fomentar el bienestar nacional.  En otras palabras, la ley convirtió el convenio colectivo del trabajo en una expresión del interés  público y a los sindicatos en agentes de ese interés.

Limocic cierra su libro dejando claro cómo al convertir a los sindicatos en “objetos de política pública”, el Estado norteamericano les despolitizó y les depuró de radicalismo y extremismos sociales y políticos, convirtiéndoles en socios de un nuevo orden económico que se extendió desde finales de la segunda guerra mundial hasta la década de 1970. Ello explica el fuerte conservadurismo que caracterizó al movimiento obrero norteamericano en la llamada era del consenso liberal.

Este libro es una pieza de gran valor por su análisis profundo y serio de un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos y del desarrollo del sindicalismo estadounidense.  En tiempos de crisis como los que vivimos, echar una ojeada a la Gran Depresión y el Nuevo Trato puede resultar un ejercicio muy útil. Por último, este libro es una prueba de cómo la historia de los Estados Unidos puede y debe ser tema de investigación en América Latina.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú,  29 de diciembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del portugués son mi responsabilidad.

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