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Archive for the ‘Nuevo Trato’ Category

Comparto otro trabajo de la historiadora Heather Cox Richardson, esta vez dedicado a la creación del programa de seguro social en Estados Unidos. Uno de los principales legados del Nuevo Trato, el seguro social cambió de forma drástica la relación entre el gobierno de Estados Unidos y sus ciudadanos. Por primera vez en su historia, el gobierno federal aceptó la responsabilidad sobre el bienestar colectivo e individual de millones de sus ciudadanos más vulnerables: los ancianos y los niños. Desde su creación en 1935, 69 millones de estadounidenses se han beneficiado de este programa.


La revolución con la que Roosevelt sacó a EE.UU. de la depresión y lo  preparó para la guerra

14 de agosto de 2021

Heather Cox Richardson

Letters from an American    15 de agosto de 2021

En este día de 1935, el presidente Franklin Delano Roosevelt  (FDR) firmó la Ley de Seguridad Social (Social Security Act). Si bien el New Deal había puesto en marcha nuevas medidas para regular los negocios y la banca y había proporcionado alivio laboral temporal para combatir la Depresión, esta ley cambió permanentemente la naturaleza del gobierno estadounidense.

La Ley de Seguridad Social es conocida por sus pagos a los estadounidenses mayores, pero hizo mucho más que eso. Estableció el seguro de desempleo; ayuda a los niños sin hogar, dependientes y desatendidos; fondos para promover el bienestar maternoinfantil; y servicios de salud pública. Fue una reelaboración radical de la relación del gobierno con sus ciudadanos, utilizando el poder de los impuestos para aunar fondos para proporcionar una red de seguridad social básica.

Frances Perkins: 100 Women of the Year | TimeLa fuerza impulsora detrás de la ley fue la Secretaria de Trabajo, Frances Perkins, la primera mujer en ocupar un puesto en un  gabinete presidencial y todavía tiene el récord de tener el mandato más largo en ese puesto: de 1933 a 1945.

Perkins trajo a la administración Roosevelt una visión del gobierno muy diferente de la de los republicanos que lo habían gobernado en país en la década de 1920. Mientras que hombres como el presidente Herbert Hoover habían insistido en la idea de un “individualismo intenso” en el que los hombres se abrían camino, manteniendo a sus familias por su cuenta, Perkins reconoció que las personas en las comunidades siempre se habían apoyado mutuamente. La visión de un hombre trabajador que apoyaba a su esposa e hijos era más mito que realidad: su propio marido sufría de trastorno bipolar, lo que la convirtió en el principal apoyo de su familia.

Cuando era niña, Perkins pasaba los veranos con su abuela, con quien era muy cercana, en la pequeña ciudad de Newcastle, Maine, donde fue testigo de una comunidad de apoyo. En la universidad, en Mount Holyoke, se especializó en química y física, pero después de que un profesor requirió que los estudiantes recorrieran una fábrica para observar las condiciones de trabajo, Perkins se comprometió a mejorar las vidas de aquellos atrapados en trabajos industriales. Después de la universidad, Perkins se convirtió en trabajadora social y, en 1910, obtuvo una maestría en economía y sociología de la Universidad de Columbia. Se convirtió en la jefa de la oficina de Nueva York de la Liga Nacional de Consumidores, instando a los consumidores a usar su poder adquisitivo para exigir mejores condiciones y salarios para los trabajadores que fabricaban los productos que estaban comprando.

Al año siguiente, en 1911, fue testigo del incendio de Triangle Shirtwaist en el que murieron 146 trabajadores, en su mayoría mujeres y niñas. Estaban atrapados en el edificio cuando se desató el incendio porque el dueño de la fábrica había ordenado cerrar las puertas de las escaleras y las salidas con llave para asegurarse de que nadie se deslizara afuera para un descanso. Incapaces de escapar del humo y el fuego en la fábrica, los trabajadores, algunos de ellos en llamas, saltaron de los pisos 8, 9 y 10 del edificio, muriendo en el pavimento.

Uncovering the History of the Triangle Shirtwaist Fire | History |  Smithsonian Magazine

El Triangle Shirtwaist Fire alejó a Perkins de las organizaciones voluntarias para mejorar la vida de los trabajadores, convenciéndola de la necesidad de la intervención para mejorar las duras condiciones de ltrabajo de la industrialización. Comenzó a trabajar con los políticos demócratas en Tammany Hall, que presidían las comunidades de la ciudad que reflejaban las ciudades rurales y que ejercían una forma de bienestar social para sus votantes, asegurándose de que tuvieran empleos, comida y refugio y que las esposas y los hijos tuvieran una red de apoyo si un esposo y un padre morían. En ese sistema, las voces de mujeres como Perkins eran valiosas, ya que su trabajo en los barrios de inmigrantes de la ciudad significaba que ellas eran las que sabían lo que las familias trabajadoras necesitaban para sobrevivir.

El abrumador desempleo, el hambre y el sufrimiento causados por la Gran Depresión hicieron que Perkins se diera cuenta de que los gobiernos estatales por sí solos no podían ajustar las condiciones del mundo moderno para crear una comunidad segura y solidaria para la gente común. Ella llegó a creer, como ella dijo: “El pueblo es lo que importa para el gobierno, y un gobierno debe tratar de dar a todas las personas bajo su jurisdicción la mejor vida posible”.

A través de sus conexiones con Tammany, Perkins conoció a  FDR, y cuando él le pidió que fuera su Secretaria de Trabajo, ella le dijo que quería que el gobierno federal proporcionara seguro de desempleo, seguro de salud y seguro de vejez. Más tarde recordó: “Recuerdo que parecía tan sobresaltado, y dijo: ‘Bueno, ¿crees que se puede hacer?'”.

La creación de un seguro federal de desempleo se convirtió en su principal preocupación. Los congresistas tenían poco interés en aprobar dicha legislación, pues les preocupaba que el seguro de desempleo y la ayuda federal a las familias dependientes socavaran la disposición de un hombre a trabajar. Pero Perkins reconoció que los desplazados por la Depresión habían añadido una nueva presión a la idea del seguro de vejez.

En Long Beach, California, el Dr. Francis Townsend había mirado por su ventana un día para ver a ancianas buscando comida en botes de basura. Horrorizado, ideó un plan para ayudar a los ancianos y estimular la economía al mismo tiempo. Townsend propuso que el gobierno proporcione a cada jubilado mayor de 60 años 200 dólares al mes, con la condición de que lo gasten en un plazo de 30 días, una condición diseñada para estimular la economía.

Social Security History

El plan de Townsend era muy popular. Más que eso, provocó que la gente de todo el país comenzara a idear sus propios planes para proteger a los ancianos y el tejido social de la nación, y juntos, comenzaron a cambiar la conversación pública sobre las políticas de bienestar social.

Estimularon al Congreso a la acción. PerkinsPrecordó que Townsend “sorprendió al Congreso de los Estados Unidos porque los ancianos tienen votos. Los chicos errantes no tenían votos; las mujeres desalojadas y sus hijos tenían muy pocos votos. Si los desempleados no se quedaban el tiempo suficiente en un solo lugar, no tenían voto. Pero las personas mayores vivían en un solo lugar y tenían votos, por lo que todos los congresistas habían escuchado a la gente del Plan Townsend”.

FDR armó un comité para idear un plan para crear una red de seguridad social básica, pero los miembros del comité no pudieron decidir cómo avanzar. Perkins continuó insistiendo en la idea de que debían llegar a un plan final, y finalmente encerró a los miembros del comité en una habitación. Como recordó: “Bueno, cerramos la puerta con llave y hablamos mucho. Puse un par de botellas de algo u otro para animar a sus espíritus rezagados. De todos modos, nos quedamos en sesión hasta aproximadamente las 2 de la mañana. Luego votamos finalmente, después de haber hecho nuestro juramento solemne de que este era el final; nunca lo íbamos a volver a revisar”.

En el momento en que el proyecto de ley llegó a una votación en el Congreso, era muy popular. La votación fue de 371 a 33 en la Cámara y 77 a 6 en el Senado.

Cuando se le pidió que describiera los orígenes de la Ley de Seguridad Social, Perkins reflexionó que sus raíces provenían de los inicios de la nación. Cuando Alexis de Tocqueville escribió Democracia en Estados Unidos en 1835, señaló, pensó que los estadounidenses eran excepcionalmente “tan generosos, tan amables, tan caritativamente dispuestos”. “Bueno, no sé nada sobre los tiempos en que De Tocqueville visitó Estados Unidos”, dijo, pero “sí sé que en el momento en que entré en el campo del trabajo social, estos sentimientos eran reales”.

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Con la Ley de Seguridad Social, Perkins ayudó a escribir en nuestras leyes un impulso político de larga data en Estados Unidos que contrastó dramáticamente con la filosofía de la década de 1920 de intenso individualismo. Reconoció que las ideas de los valores de la comunidad y la puesta en común de recursos para mantener el nivel del campo de juego económico y cuidar de todos están al menos tan profundamente arraigadas en nuestra filosofía política como la idea de cada hombre para sí mismo.

Cuando recordó los orígenes de la Ley de Seguridad Social, Perkins recordó: “Por supuesto, la Ley tuvo que ser enmendada, y ha sido enmendada, y enmendada, y enmendada, y enmendada, hasta que ahora se ha convertido en un proyecto grande e importante, por el cual, por cierto, creo que el pueblo de los Estados Unidos está profundamente agradecido. Una cosa que sé: la Seguridad Social está tan firmemente arraigada en la psicología estadounidense de hoy en día que ningún político, ningún partido político, ningún grupo político podría destruir esta Ley y aún así mantener nuestro sistema democrático. Es seguro. Es seguro para siempre, y para el beneficio eterno del pueblo de los Estados Unidos”.

—-

Notas:

https://www.ourdocuments.gov/doc.php

https://www.ssa.gov/history/perkins5.html

https://francesperkinscenter.org/life-new/

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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El Nuevo Trato fue mucho más que un programa de recuperación y reforma económica. Este también tuvo un importantísimo componente cultural que se expresó a través de la inversión de recursos del Estado en programas de literatura, música, teatro, arte, etc. Además de dar trabajo a miles de artistas, escritores, dramaturgos, actores y actrices, estos programas conllevaron una gran aportación en la democratización de la cultura en Estados Unidos.

Uno de los programas culturales más exitosos del Nuevo Trato fue el de fotografía. Fotógrafos y fotografas dejaron brillantes registros gráficos del dolor y la frustración que caracterizaron los años de la peor crisis económica en la historia estadounidense.  Comparto esta corta nota de  la escritora Ashawnta Jackson dedicada al programa de fotografía que fue auspiciado por la Farm Security Administration.


Imagen 1

Refugiados del Dust Bowl. Por Dorothea Lange

Los fotógrafos que capturaron la Gran Depresión

Ashawnta Jackson

JSTOR  2 de agosto de 2021

Recientemente, se ha hablado de revivir el Proyecto Federal de Escritores (FWP) un programa del Nuevo Trato  que empleaba a los escritores sin trabajo de la época. El FWP original dio trabajo a miles de escritores que produjeron guías,  historias orales, libros para niños y más.

Los fotógrafos también hicieron un importante trabajo patrocinado por el gobierno. Como explica el fotógrafo e historiador Michael L. Carlebach, el programa de fotografía patrocinado por la Farm Security Administration (FSA) “fue el primer intento del gobierno federal de proporcionar un amplio registro visual de la sociedad estadounidense”.

Imagen 2

Recolectores de guisantes cerca de Calipatria, Imperial Valley, California. Por Dorothea Lange.

De 1935 a 1944, la FSA empleó fotógrafos para tomar imágenes de los Estados Unidos. No se trataba tanto de arte como de un proyecto político, según Carlebach. Las imágenes de la FSA “tenían la intención de persuadir a los estadounidenses de que era necesario hacer

El programa fue dirigido por Roy Stryker, quien era jefe de la Sección Histórica de la FSA. En palabras de Carlebach, Stryker contrató a fotógrafos para capturar “imágenes que explicaban a Estados Unidos a los estadounidenses al mismo tiempo que recaudaban el apoyo público y del Congreso a los programas agrícolas más controvertidos de FDR”. El programa empleó fotógrafos que ahora son bien conocidos, Dorothea Lange, Walker Evans y Gordon Parks entre ellos, cada uno tomando fotos que incluso Stryker no podría haber imaginado. “Esperaba competencia”, dijo en una entrevista. “No esperaba ser soprendido por lo que comenzó a llegar a mi escritorio…. Cada día era para mí una educación y una revelación”.

Imagen 3

El recolector de fresas  tocando la guitarra en su tienda cerca de Hammond, Louisiana. LOC

Cruzando el país con cámaras en la mano, los fotógrafos tomaron imágenes ahora icónicas de paisajes, agricultores, trabajadores migrantes y aparceros en la América rural. Más tarde, su ámbito se ampliaría para incluir las áreas urbanas y el período previo a la Segunda Guerra Mundial.

Pero a pesar de estar impresionado por las fotos, Stryker también fue un duro crítico. Él era responsable de dar el sí final o no en las imágenes, y en lugar de simplemente decir no a una fotografía, hizo un agujero a través del negativo. Como escribe el estudioso del arte contemporáneo Andrew Stefan Weiner,“se estima que casi la mitad de los negativos filmados por los fotógrafos de la FSA fueron cancelados” de esta manera. Pero  los muchos que se quedaron hicieron su trabajo. Como escribe Carlebach, las imágenes tenían una gran demanda, y “a través de los servicios de cable, artículos de revistas, exposiciones itinerantes y folletos y folletos y folletos del gobierno, el público comenzó a responder favorablemente a las fotografías y, lo que es más importante, a expresar su apoyo para algunos de los programas novotratistas”.

Imagen 4

Obrero de construcción, Washington, D.C. LOC.

Como señala Weiner, las fotos de la FSA son “las imágenes más conocidas de la pobreza estadounidense”, y pueden servir como un poderoso modelo de “cómo las políticas públicas están mediadas a través de la representación y la percepción”. Pero incluso mientras la FSA estaba ejecutando el programa de fotografía, esa representación fue monitoreada cuidadosamente. Aunque Stryker advirtió a los fotógrafos que no manipularan a los sujetos o las imágenes por el bien del drama, reconoció los objetivos del programa. “Mi sentido de las relaciones públicas… creció rápidamente. Y lo estábamos consiguiendo con nuestras fotos… en un grado sorprendente”, escribió en una carta.

En ese momento, el programa enfrentó cargos de que era simplemente propaganda para el Nuevo Trato. Carlebach reconoce esto, pero también explica, “el uso de fotografías para educar y persuadir de ninguna manera altera su valor documental, ni tal uso mancha su veracidad.”

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

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FDR1

Cuando Franklin D. Roosevelt  (FDR) llegó a la Casa Blanca a principios de marzo de 1933,   Estados Unidos parecía avocado a la anarquía, la revolución o la destrucción. La nación vivía la peor crisis económica de su historia.  Para el invierno de 1932, los efectos de la  Gran Depresión habían superado la capacidad de las instituciones públicas de ayuda. El hambre amenazaba tanto a la población urbana como a la rural. En Nueva York, la ciudad más rica del país más rico del mundo, se reportaron 95 muertes por inanición.

Ante un clima de desesperanza general Roosevelt inició su gobierno buscando inyectar confianza al pueblo estadounidense. Roosevelt comenzó su campaña en su discurso inaugural, pidiéndole a sus conciudadanos que sólo le tuvieran miedo al miedo mismo.  El 12 de marzo, una semana después de asumir la presidencia, Roosevelt emitió por radio su primera “charla hogareña” (fireside chat). En ésta, como en las muchas que seguirían semanalmente, el Presidente se dirigió a sus conciudadanos de forma directa y familiar para informarles de las acciones que estaba tomando  su gobierno  para la enfrentar los efectos de la crisis y promover la recuperación económica. Las charlas radiales de Roosevelt se convirtieron en un excelente instrumento para mantener una comunicación directa con el pueblo, y  darles ánimo y esperanza. Su objetivo era claro: que el pueblo norteamericano recuperara la confianza  en el gobierno y en sí mismo.

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El pasado 9 de junio, el historiador Christopher Brockman compartió con Kirsten Carter, jefa de los Archivos de la Biblioteca Franklin D. Rooosevelt, los hallazgos de su análisis de las cartas que recibió FDR del pueblo estadounidense en respuesta a sus charlas hogareñas. En esta conversación Brockman explora una amplia gama de reacciones públicas a los fireside chats, y comparte una herramienta digital que creó para visualizarlas.

Dr. Brockman defendió su tesis “Building a Coalition by the Fireside: FDR, the American People, and the Radio” el año pasado en Lehigh University.

Quienes estén interesados pueden ver la conversación aquí.

 

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Franklin D. Roosevelt llegó a la Casa Blanca en momentos en que los Estados Unidos vivían una de las peores crisis de su historia.  En el invierno de 1932, los efectos de la  crisis habían superado la capacidad de las instituciones públicas de ayuda. El hambre amenazaba no sólo a la población urbana, sino también rural. En la ciudad de Nueva York se reportaron 95 muertes por inanición. El país parecía avocado a la anarquía, la revolución, la destrucción. Ante un clima de desesperanza general Roosevelt inició su mandato buscando inyectar confianza al pueblo estadounidense. Roosevelt comenzó esta campaña en su discurso inaugural pidiéndole a sus conciudadanos que sólo le tuvieran miedo al miedo mismo. Al día siguiente de su juramentación, Roosevelt emitió una proclama cerrando todos los bancos del país por cuatro días. Durante la crisis económica iniciada en 1929, la quiebra de bancos había minado la confianza de los norteamericanos, pues sólo en 1931 cerraron 2,000 instituciones bancarias.  El Presidente también convocó al Congreso a una sesión especial para que discutiera, entre otras cosas, la aprobación de una ley bancaria de emergencia. De acuerdo con esta ley, los bancos serían intervenidos por el gobierno federal y sólo se le permitiría abrir a aquellos que demostrasen solvencia. Los que no, recibirían ayuda del gobierno federal. Presionado por las circunstancias, el Congreso aprobó la ley rápidamente. La ley ayudó a disipar el pánico, pues tres cuartas partes de los bancos volvieron abrir sus puertas en los tres días siguientes avalados por el gobierno federal. Los ciudadanos recobraron así  la confianza  y  comenzaron a depositar su dinero  nuevamente en los bancos, poniendo fin a la crisis bancaria. Prueba de ello es que en 1934 sólo cerraron 61 bancos.

El 12 de marzo de 1933, una semana después de asumir la presidencia, Roosevelt emitió por radio su primera “charla hogareña” (fireside chat). En ésta, como en los cientos que seguirían semanalmente, el Presidente se dirigió a los estadounidenses de forma directa  para darles a conocer los pasos que su gobierno estaba tomando para la enfrentar las crisis. Las charlas radiales de Roosevelt se convirtieron en un excelente instrumento para mantener una comunicación directa con el pueblo, y darles ánimo y esperanza.  Su objetivo era claro: que el pueblo estadounidense  recuperara la confianza  en el gobierno y en sí mismo.

Comparto con mis lectores esta nota escrita por William A. Harris sudirector de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, conmemorando 88 años de esa histórica primera fireside chat de Roosevelt. Esta incluye un archivo de voz en donde Roosevelt aborda uno de los principales problemas que enfrentaba Estados Unidos en marzo de 1933: la crisis bancaria.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 11 de marzo de 2021


Celebrating the First Fireside Chat

William A. Harris, Deputy Director

FDR Library March 19, 2021

With water at the ready and microphones arrayed before him, the President prepares for a radio address, 1934. (FDR Library, 47-96 1783)

This week marks the 88th anniversary of FDR’s first “Fireside Chat.” Though not identified as such on March 12, 1933, the President’s address to the nation marked a key moment in his new Administration. He would speak directly to the American people over the airwaves about the banking crisis. And he would come to them not in the formal setting of an inauguration or a conference, but in a more personal manner. He would join them by radio in their homes, after dinner, and speak frankly, in plain terms, about the crisis and and his Administration’s efforts to stabilize the financial system and move forward.

FDR had already begun to fashion his radio style through statewide addresses to the citizens of New York during his gubernatorial years, 1932. (FDR Library, 09-1712M)

Not a distant or aloof leader speaking down to his subjects, FDR opened his remarks with “my friends,” and proceeded to engage listeners on terms that made sense to them. Those who might normally be tuning into programs such as the Manhattan Symphony Orchestra or D.W. Griffith’s Hollywood sat rapt before their sets as the President spoke with them, not at them. That these talks became known as “Fireside Chats” is easy to understand in listening to the March 12th broadcast. Here was a President in complete command of the medium–engaging, stalwart, respectful, and altogether confident that his hosts, the American people, who’d invited him into their homes, would join him in tackling the issues at hand.

FDR’s remarks to the American people on the banking crisis, his first “Fireside Chat,” March 12, 1933. (FDR Library, 65-9:2(1-2) [dig]. RLxA-4)

The President’s radio remarks had been publicized beforehand in newspapers and on radio. Carried by all major networks at the time (NBC Red, NBC Blue, and CBS), he spoke from the White House promptly at 10:00 Eastern Time. The White House had yet to organize the radio and newsreel setups with the efficiency that would come later through experience, but the broadcast proved a success, judging from coverage in the press the following day and from mail and telegrams that poured into the White House.

In this 1930s photograph, the complexities of broadcasting live from the White House are readily evident. Announcers and technicians crowd along the wall in the Diplomatic Reception Room before a “Fireside Chat.” (Photo courtesy of Library of Congress, Harris and Ewing Collection)

Don’t forget the newsreels. Usually after the live radio broadcast, the President filmed a portion of his remarks for newsreel cameras. This 1930s view of the opposite side of the room from the previous photo evidences how crowded the room would get with equipment and personnel. (Photo courtesy of Library of Congress, Harris and Ewing Collection)

The address had an immediate impact in terms of instilling confidence in the banking system and the Administration’s executive and legislative program. Over the next twelve years, FDR would continue to go directly to the American people by radio, forging a personal relationship with everyday Americans unlike any other President before. He was a trailblazer in harnessing the power of technology and media to achieve his goals, and the impacts of his visionary approach are still felt today.

FDR used this RCA model 4-A-1 carbon condenser microphone, now in the Library’s collection, to deliver some of his Fireside Chats from the White House during the 1930s. (FDR Library, 5-7-MO-1997-10)Enter a caption

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El asalto al Capitolio por partidarios del Presidente Trump el 6 de enero de 2021 ha provocado infinidad de comentarios. Muchos lo han visto como un evento excepcional que no retrata ni refleja a los Estados Unidos.  Nada más alejado de la realidad.  En este artículo publicado por el diario La vanguardia, el escritor Francisco Martínez Hoyos  examina casos previos de violencia política y de intentonas golpistas.

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De Newburgh a los Proud Boys: el golpismo antes de Trump

FRANCISCO MARTÍNEZ HOYOS

El mundo entero presenció los hechos con más o menos incredulidad. En Estados Unidos, la democracia más antigua de cuantas existen en el planeta, una horda de partidarios del presidente Trump irrumpía en el Capitolio mientras el Congreso ratificaba la victoria electoral de Joe Biden. Tras los incidentes planea la inquietante sombra del golpismo. Por sorprendente que parezca al tratarse de una república como la norteamericana, con una arraigada tradición de libertades, no es la primera vez que se lanza allí una amenaza contra el poder emanado del pueblo.

Cuando se produjo el primer peligro para la república, la conspiración de Newburgh, aún no había terminado la guerra de Independencia contra los británicos. En marzo de 1783, las tropas del ejército patriota estaban descontentas porque llevaban meses sin cobrar y no habían recibido de las pensiones vitalicias prometidas, que consistían en la mitad de la paga. Se difundió entonces una carta anónima que proponía resolver el problema con un acto contra el Congreso que no llegaba especificarse.

Ante la gravedad, el general Washington intervino de inmediato. En un emotivo discurso, emplazó a sus oficiales a mantenerse fieles al poder legislativo. Todo quedó en un susto cuando el Congreso satisfizo algunos atrasos a los soldados y les ofreció, en lugar de la proyectada pensión, cinco años de paga completa.

La estabilidad política norteamericana volvió a verse amenazada a principios del siglo XIX. Esta vez, el responsable fue un antiguo héroe de la guerra de la Independencia, Aaron Burr, protagonista de una carrera política tan polémica como turbulenta. Tras ocupar la vicepresidencia en el gabinete de Thomas Jefferson, entre 1801 y 1805, intervino en un plan para crear un nuevo estado con territorios mexicanos que serían arrebatos a España. Tal vez, esta hipotética nación también estaría integrada por territorios del Oeste de Estados Unidos, que se desgajarían de la Unión.

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn

Retrato de Aaron Burr, por John Vanderlyn.  Dominio público

¿Intentó, además, derrocar por la violencia al gobierno de Washington? Él aseguró que no, pero todo el asunto era lo bastante turbio como para que nada se pudiera dar por seguro. Uno de sus amigos y cómplices, el general James Wilkinson, que resultó ser un espía al servicio de los españoles, acabó por denunciar sus actividades. Burr sería juzgado por traición, aunque declarado inocente. Desde entonces, su controvertida figura ha suscitado un amplio debate.

A nivel estatal

No todo el golpismo se encaminaba a un cambio de poder en el conjunto del país. También se dieron intentonas en algunos los estados de la Unión, como Arkansas. Fue allí donde Joseph Brooks perdió las elecciones para gobernador en 1872. Al estar convencido de que su derrota no había sido justa, dos años después decidió alzarse en armas contra su antiguo rival, el también republicano Elisha Baxter. Contaba con el apoyo de una milicia de más de 600 hombres frente los 2.000 que respaldaban a Baxter.

La pugna violenta entre los dos líderes obligó al ejército federal a interponerse entre sus respectivos partidarios. Brooks acabó destituido, pero el presidente Grant le concedió un cargo en la administración de Correos de Little Rock.

Fue también en 1874 cuando la Liga Blanca, una organización paramilitar de antiguos confederados, se rebeló contra el gobierno de Luisiana en nombre del supremacismo blanco. Para sus partidarios, dar más oportunidades a la población negra significaba ejercer una tiranía. Ante los disturbios, las tropas federales tuvieron que intervenir y obligar a los rebeldes a retirarse.

Contra Roosevelt

Casi sesenta años después, en 1933, tuvo lugar un oscuro episodio, el Business Plot. Un prestigioso general retirado, Smedley Butler, afirmó que un grupo de capitalistas y banqueros le había tanteado para que encabezara un golpe de Estado fascista contra Roosevelt.

En aquellos momentos, en plena Gran Depresión, las gentes adineradas veían con suspicacia al presidente. Su política reformista, basada en la intervención del poder público sobre la economía, le había convertido en sospechoso de socialismo o comunismo. Lo cierto es que Roosevelt se proponía solucionar los problemas del capitalismo para que el sistema funcionara otra vez.

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar

Smedley Butler con uniforme en una imagen sin datar
 Dominio público

Se suponía que Butler debía derrocar al gobierno al frente de una organización de veteranos de la Primera Guerra Mundial. En esos momentos, el descontento cundía entre los antiguos soldados. Un año antes, un movimiento de protesta había reclamado en Washington el pago de los bonos prometidos por el Congreso. El general MacArthur, futuro héroe en la lucha contra los japoneses, reprimió sin contemplaciones a los manifestantes.

Según Butler, los conjurados buscaban a un hombre fuerte al servicio de Wall Street. Partidario convencido de la democracia, el antiguo militar se negó en redondo a proporcionarles cualquier tipo de apoyo. Sin embargo, las personas a las que implicó negaron su intervención y finalmente no pasó nada. La prensa restó importancia al asunto, como si todo hubiera sido una fantasía.

En 1958, el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. señaló que pudo existir un plan sobre el papel sin que se diera ningún intento de llevarlo a cabo. Otros autores han concedido mayor relevancia a la conspiración. En 2007, Scott Horton, abogado conocido por su labor a favor de los derechos humanos, afirmó que entre los cómplices del Business Plot se hallaba Prescott Bush. Este banquero fue el padre del presidente George H. W. Bush y el abuelo de George W. Bush. Su implicación, a día de hoy, es un tema controvertido.

La intentona fracasó, pero fue más seria de lo que muchos quisieron admitir. Para cuestionarla se argumentó que era inverosímil que un grupo de extremistas de derechas se pusiera en contacto con un hombre como Butler, de conocido antifascismo. Pero para Roberto Muñoz Bolaños precisamente su fama de progresista lo convertía en una figura interesante para los artífices del plan. Se trataba, según este historiador, de “crear una situación de inestabilidad, que permitiera un cambio político radical y un giro autoritario en el sistema político”.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

Nikita Kruschev y John Kennedy en un encuentro de 1961.

La mayoría de militares estadounidenses se han distinguido por su obediencia a las autoridades civiles, pero eso no significa que estén desprovistos de influencia. En 1961, al abandonar la presidencia, Eisenhower hizo un conocido discurso en el que advirtió a sus compatriotas contra los peligros del “complejo militar-industrial”, una alianza entre los mandos del Ejército y los fabricantes de armas. Unos y otros habían alcanzado el suficiente poder como para inmiscuirse en las decisiones de los políticos elegidos por el pueblo.

Este peligro se hizo patente durante la crisis de los misiles, en la que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de una guerra nuclear. Miembros de la cúpula militar presionaron para que el presidente Kennedy respondiera a Moscú con la máxima contundencia por la instalación en Cuba de armamento atómico. Si eso significaba el uso del arsenal nuclear, que así fuera.

En el momento de mayor tensión, Kennedy avisó a Jruschov, el mandatario ruso, de que el Pentágono podía patrocinar un golpe en su contra si no se encontraba una salida a la pugna entre ambos países.

Donald Trump ha alentado actitudes golpistas al anunciar que no estaba dispuesto a acatar el resultado de las elecciones de noviembre. Poca duda hay de que su política populista ha ahondado en Estados Unidos una fractura social con incalculables consecuencias. ¿Qué salida cabe? El asalto al Congreso nos hace recordar una conocida cita de Jefferson, acerca de los deberes de todos los demócratas: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”.

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Comparto otra interesante nota publicada en Diálogo Atlantico, blog del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares. En esta ocasión el Dr. Manuel Peinado enfoca un programa del Nuevo Trato que buscaba combatir las consecuencias del llamado Dust Bowl a través de un ambicioso proyecto de forestación.


Shelterbelt: El bosque protector de F.D. Roosevelt

Manuel Peinado

Diálogo Atlántico   16 de julio de 2020

Plains farms need trees LCCN98517930.jpgEl último Foro de Davos ha aprobado un proyecto para plantar un billón de árboles. Una iniciativa a la que, en una adhesión que es todo un oxímoron, también se ha sumado Donald Trump.

La preocupación por el estado de los bosques norteamericanos comenzó con James Madison, autor del primer discurso conservacionista de un presidente estadounidense. A Franklin Delano Roosevelt le cabe el honor de haber emprendido la primera plantación masiva de árboles en suelo estadounidense.

Cuando Roosevelt asumió por primera vez la presidencia en 1933, la nación estaba inmersa en una crisis económica, pero también ecológica. Desde 1930, una severa sequía azotaba las altas planicies, la región de las Grandes Llanuras a la que los primeros exploradores del ejército llamaron el Gran Desierto Americano. Durante los primeros treinta años del siglo XX esos inhóspitos páramos habían sido poblados por varias oleadas de colonos.

Millones de hectáreas de praderas naturales fueron transformadas en granjas y la tierra, que había permanecido compactada durante miles de años por las raíces de las hierbas y por el pisoteo de las manadas de bisontes, quedó abierta en canal por la reja del arado. Cuando la sequía golpeó, la tierra se secó rápidamente. Como unas cenizas sin llamas, se formaron ventiscas negras, unas tormentas de polvo y lodo tan potentes que llegaron a más de tres mil kilómetros de distancia, hasta el océano Atlántico, dejando a su paso una lluvia del limo fértil de la pradera. Como recogió Steinbeck en Las uvas de la ira, despojadas de suelo, las que una vez fueron granjas feraces se convirtieron en tierras sin valor, hundiendo a millones de colonos en la pobreza.

The Dust Bowl Black Sunday | Dust bowl

Una posible solución a esta catástrofe, que se conoció como el Dust Bowl, se le ocurrió a Roosevelt durante su campaña presidencial. Fue durante un día de calor abrasador cuando su comitiva se detuvo en las desoladas afueras de Butte, Montana. El candidato salió de su automóvil y observó una región desprovista de árboles por naturaleza. Roosevelt, que acababa de anunciar sus planes para crear el CCC, el Cuerpo Civil de Conservación, un programa federal de empleo masivo que estaría ligado las políticas del New Deal, tuvo una revelación: quizás la respuesta al Dust Bowl estaba en los árboles.

Poco después de su toma de posesión, Roosevelt pidió consejo al Servicio Forestal creado en 1905 por su primo Teddy. A finales de la primavera de 1934, el informe del Servicio Forestal llegó al Despacho Oval de la Casa Blanca en un momento que no podía haber sido más apropiado. La sequía sobrepasaba todo lo visto hasta entonces. Las ventiscas negras arrasaban todo el país desde las Rocosas hasta Chesapeake. Llovió polvo en Nueva York, en Washington e incluso en barcos que navegaban por el Atlántico. Los que vivían en las Grandes Llanuras sufrían desdichas insoportables.

Para enfrentarse a la terrible situación, Roosevelt finalmente anunció la propuesta que había estado madurando durante casi dos años. El 11 de julio, mientras estaba de vacaciones a bordo del USS Houston, emitió una orden ejecutiva que ordenaba «la plantación de franjas de protección forestal en la Región de las Llanuras como medio para mejorar las condiciones de sequía». La proclamación autorizaba el gasto de 15 millones de dólares, la primera partida de los 75 millones necesarios para construir una barrera contra el viento más desolador del mundo. Rápidamente, el proyecto se bautizó como el Shelterbelt, el cinturón protector.

La siembra comenzó en marzo de 1935. Las plantaciones continuaron durante toda la temporada de crecimiento de primavera. En total, el Servicio Forestal y los trabajadores federales contratados como apoyo lograron plantar ese año doscientos kilómetros de franjas forestales, que cubrían más de 15 000 hectáreas.

W. Scott Olsen – Trees – About Place Journal

Una vez que el programa se puso en marcha, muchos agricultores de las Grandes Llanuras lo abrazaron con entusiasmo. Con su colaboración, el Servicio Forestal había plantado en 1938 más de 34 millones de árboles en casi 50 000 hectáreas. Los interminables horizontes de las altiplanicies cerca del meridiano noventa y nueve empezaban a verse interrumpidos por las lejanas siluetas de los bosques.

Aunque muchos de sus últimos días los empleó agobiado por asuntos de Estado y por las emergencias de la guerra, hasta los últimos momentos Roosevelt todavía pensaba en su amado y políticamente atacado Shelterbelt. Tres días antes de su muerte, revisó un nuevo memorándum sobre el programa y envió una carta a su autor pidiéndole «un poco más de material sobre lo que está suponiendo la plantación de árboles para que las familias puedan mejorar el rendimiento de sus cultivos».

Al final, la gran visión de Roosevelt para transformar las Grandes Llanuras en un bosque se quedó corta, pero el proyecto dejó su huella en la región. Una evaluación de 1954 del Shelterbelt concluyó que se habían plantado más de 220 millones de árboles en treinta mil granjas. En total, el Servicio Forestal había plantado más de 18 600 millas lineales de franjas de árboles y la mayoría de ellas, más del 70 %, sobrevivió durante décadas.

Entre los campos y las granjas de las planicies altas por los que conduzco entre Omaha y South Pass, algunos rodales de álamos, fresnos y olmos siguen dando testimonio de la existencia de un programa planeado inicialmente como «el mayor trabajo técnico que el Servicio Forestal haya realizado jamás», pero que se convirtió, a los ojos de muchos, en «el proyecto más ridículo del New Deal».


Manuel Peinado / Sobre el autor

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en una cincuentena de artículos científicos.

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Great Depression: Causes and Definition | HISTORY.com. - HISTORY

La prosperidad económica que caracterizó a la década de 1920 acabó abruptamente  el 29 de octubre de 1929. Ese día los Estados Unidos entraron en una profunda crisis económica que duraría más de diez años y que amenazó el sistema de vida estadounidense.  Para 1932, entre 10 y 15 millones de estadounidenses estaban desempleados, cientos de negocios de diversos tamaños se habían ido a la quiebra  y por lo menos 5,000 bancos habían cerrado sus puertas. Nunca antes la economía  estadounidense había caído tan bajo. Muestra de ello eran los cientos de personas que a diario hacían largas filas para recibir un plato de sopa o una manzana gratis.

Al comienzo de  la crisis la presidencia de los Estados Unidos estaba ocupada por un político Republicano llamado Herbert Hoover, que no entendió las dimensiones del problema económico por el que estaban atravesando los Estados Unidos y, por ende, fue incapaz de tomar las medidas  necesarias. En 1932, fue electo presidente  Franklin D. Roosevelt, quien le había prometido al pueblo norteamericano un liderato activo y eficaz. Una vez en la Casa Blanca, Roosevelt puso en marcha un programa agresivo para enfrentar las consecuencias de la crisis económico. Este programa fue conocido como el Nuevo Trato y se caracterizó por una intensa experimentación  e intervención directa del gobierno federal en la economía.

El Nuevo Trato provocó el crecimiento  del tamaño e influencia del gobierno federal, transformándole en un Estado moderno.  El gobierno federal se convirtió en el proveedor de protección, ayuda directa, trabajo, préstamos y pagos del seguro social de millones de estadounidenses. Además, el gobierno intervino de forma directa en la economía de la nación para sustituir al sector privado como motor económico. El sector privado vio, no sin horror, como el Estado creó una serie de mecanismo para regularle, supervisarle y controlarle. En otras palabras, el Nuevo Trato aceleró el proceso de regulación federal iniciado durante la Era Progresista que buscaba generar orden a la vida económica del país. Por primera vez en la historia estadounidense el gobierno federal garantizó el derecho de los trabajadores a formar y unirse a sindicatos laborales.  Además, el gobierno jugó un papel fundamental redefiniendo las relaciones obrero-patronales al establecer salarios mínimos y máximo de horas de trabajo.

Stocks on track for worst December since the Great Depression | WGNO

El Nuevo Trato también fue fundamental en el desarrollo de un estado del bienestar o “welfare state” en los Estados Unidos. El gobierno aceptó  la responsabilidad sobre el bienestar colectivo e individual de millones de ciudadanos.  Nunca antes en la los ciudadanos habían recibido tanto del gobierno como durante el Nuevo Trato. Sin embargo, esa ayuda no era perfecta ni incluía a todos. En comparación del estado de bienestar desarrollado en Europa, el Nuevo Trato tuvo serias limitaciones. Por ejemplo, la administración Roosevelt no pudo incluir un seguro medico universal como parte del Seguro Social por la oposición de diversos sectores del país, entre ellos la Asociación Médica Norteamericana. Los trabajadores agrarios y domésticos también fueron dejados fuera del Seguro Social, lo que limitó su alcance.

El Nuevo Trato reconoció la pobreza como un mal económico, no como una falla personal o el resultado de flojera o vagancia. A pesar de ello, los reformistas no encontraron una solución para este asunto. Algunos de ellos creían que con el fin de la Depresión se lograría nuevamente que todos los norteamericanos estuvieran empleados y que ello reduciría la pobreza.  Desafortunadamente, eso no ocurrió y el fin de la Depresión no significó el fin de la pobreza.

Dorothea Lange

Dorothea Lange

Los novotratistas no se limitaron a atender los serios problemas socioeconómicos de su sociedad, pues también le dieron importancia a otras áreas, entre ellas, las artes. Entre 1935 y 1943,   los fotógrafos de la Farm Security Administration (Administración de Seguridad Agraria) recorrieron el país documentando la pobreza. También buscaban dar a conocer un segmento de la sociedad estadounidense desconocido para el resto del país. Una de las fotógrafas más importantes de ese proyecto fue Dorothea Lange (1896-1965), quien entre 1935 y 1939 produjo una impresionante obra  que tuvo alcance nacional a través de la prensa. Su trabajo se concentró  en fotos de pobres y marginados: campesinos, familias desplazadas, inmigrantes, japoneses internados, etc.

En esta nota publicada en el New York Times, Tess Taylor comenta su “pilgrimage” en algunas de zonas de California, específìcamente, del Imperial County, recorridos por Lange hace más de ochenta años. Sus comentarios resultan muy interesantes y las fotos que los acompañan son realmente impresionantes.

Para ver más fotos de Dorothea Lange se puede visitar la sección  que le dedica la página web de la Biblioteca del Congreso, seleccionando aquí.


Dorothea Lange.

Credit…Paul S. Taylor/The Dorothea Lange Collection, the Oakland Museum of California

The Californian photographer known for her images of the Great Depression is a guide to the complexity of the present.

By 

HOLTVILLE, Calif. — It’s late when I check into the Barbara Worth Country Club, 600 miles southeast of my home in the Bay Area. Spare rooms border dark fields, a dry golf course and a web of open irrigation troughs that help make Imperial County one of the biggest agricultural producers in California. Holtville calls itself the carrot capital of the world, and even now, after this season’s harvest, stray carrot tops bolt, blooming to seed.

Fifteen miles from my hotel is the border with Mexico, a boundary now marked by barbed wire that loops around the edges of the All-American Canal, an elaborate, 80-mile long aqueduct that diverts water from Colorado to irrigate farmland that would otherwise get around three inches of rain per year.

Migratory field workers pulling carrots in a field near Meloland, Imperial County, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Oklahoma migratory workers washing in a hot spring in the desert. Imperial Valley, Calif., 1937.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“They’ll sleep in the row (to hold a place in the field) to earn sixty cents a day.” — From Dorthea Lange’s caption notes.

Migratory labor housing near Holtville, Imperial Valley, Calif., during the carrot harvest in 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

When I arrive in April 2019, Donald Trump has just visited Imperial County to stump for his wall. But I’m not here to talk politics, exactly. Instead, I’m on a pilgrimage to visit as many of the places Dorothea Lange photographed in California as I can.

 

Ms. Lange came to Imperial County during the late 1930s, capturing a different generation of migrants drawn here from Mexico, the Philippines, Oklahoma and the Dakotas, looking for work in the carrot fields. In 1937, she photographed ramshackle tents lining a canal; a group of Model T’s making haphazard camp in a gully. In other shots, cabbage pickers bend deep and hoist baskets high on their shoulders.

Ms. Lange, best known for her Depression-era photographs of migrant laborers, began photographing bread lines and labor strikes near her San Francisco studio in 1932. In the 1920s, she had made her living as a society portraitist, photographing San Francisco’s wealthiest families — the Levi Strauss and the Haas families among them.

As the Great Depression worsened, she began photographing people she saw on the streets: men curled up sleeping or in line for food. In 1935, she married the economist Paul Taylor; they left San Francisco together to photograph the living conditions of agricultural laborers up and down the state, from Davis and Marysville all the way to Imperial County. The Farm Security Administration supported their work.

Pea pickers in California, 1936.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Mam, I’ve picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down.” — From Dorthea Lange’s notebook

A page of Dorothea Lange’s original caption notes, for the above image of “Pea Pickers,” that also includes her request for a “typewriter.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In 2017, I started reading Ms. Lange’s notebooks, now held at the Oakland Museum of California. On lined 3 by 5 inch pages, in penciled-in cursive, she captures American history in staccato fragments, jotting down what laborers paid for gas, rent and food; how much they could make picking a day’s worth of potatoes. On one June trip following the melon harvest in El Centro, under a heading “The camp,” she notes someone saying: “This is a hard life to swallow, but I can’t just rest here.”

“We come from all states and we can’t make a dollar in this field noways. Working from seven in the morning until 12 noon, we earn an average of 35 cents,” a worker told her in 1937.

Texas woman in a carrot pullers’ camp, Imperial Valley, Calif., 1939.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

“Not enough money for cotton sacks” reads another note; “All I’ve got is right here.”

“2 children 4-6.”

“Sold everything little by little.”

“We said we came from,” she writes in a note that ends in an eerie, indecipherable smudge: “They said, “Why don’t you go back there then?”

“This country’s a hard country” one woman told Ms. Lange. “If you die, you’re dead — that’s all.”

As a poet, I was drawn to the chorus of voices Ms. Lange recorded, which call across time. Her notebooks catalog concerns that feel sharply relevant eight decades later: the search for shelter, a fair wage and stable work.

Last year, from January to October, I drove across California, following routes Ms. Lange noted in her travels from 1935 to 1942, by which time she had been hired by the Office of War Information to document the process of Japanese internment.San Francisco residents of Japanese ancestry in 1942 at a civil control station for registration where they would then be interned in war relocation camps.

Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
The quarters at Manzanar, Calif., War Relocation Authority Center where people of Japanese ancestry were interned by the U.S. Army during WWII.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

As I visited encampments, internment centers and small agricultural towns, I used Ms. Lange’s images and words as a lens to help refract the messy complexity of California’s present. I grew up a mile from where Ms. Lange lived in Berkeley. My town, El Cerrito, populated quickly in the early 1940s by an influx of shipyard workers, has neat cottage bungalows with lemon trees on tight plots. Ms. Lange photographed these in 1942 as a hopeful emblem of the New California: an emergent middle class.

But the Bay Area today is no picture of middle class stability. My once modest neighborhood has skyrocketing home prices — a small three-bedroom that eight years ago cost $500,000 now lists for $1.3 million, while roughly 28,000 homeless people sleep on the streets in the Bay Area each night. Vacant lots, industrial blocks and underpasses nearby fill with semipermanent encampments. I bike my children to school each day through a maze of tents and trailers.

Following Ms. Lange’s images and notes has become a study in uneasy juxtapositions: rifts between enormous wealth and unsettled poverty, some of which feel new, some like a continuation of the past.

Farm Security Administration emergency migratory labor camp established for the 1939 spring pea harvest, Calipatria, Imperial Valley, Calif.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

In Imperial County, which now has the highest unemployment rate in California, Eddie Preciado of Catholic Charities holds beds at the county’s one homeless shelter for men, offering shelter to migrant laborers who cross the border to pick corn.

“There’s still no dedicated housing for agricultural workers,” he told me. Down the road, a detention center run by Management Training Corporation for ICE holds 782 beds.

“Most middle-class jobs are in border security,” Mr. Preciado said.

In Nipomo, where Ms. Lange pulled over near a frozen pea field to make her famous photograph “Migrant Mother” in 1936, a new community of $1.2 million tract homes overlooks rows of factory-farmed strawberry fields edged with workers’ trailers.

A Mexican mother in California in 1935. “Sometimes I tell my children that I would like to go to Mexico, but they tell me ‘We don’t want to go, we belong here.’”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division
Destitute pea pickers in California. Mother of seven children. Age thirty-two. Nipomo, Calif., shows Florence Thompson with three of her children in the 1936 photograph known as “Migrant Mother.”
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

I asked a bartender at Jocko’s Steakhouse where I could find the spot where “Migrant Mother” was photographed.

“I don’t know,” he said “but people are still always coming through.”

Last spring, walking a section of Route 98 in Imperial County just after dawn, I remembered Ms. Lange’s images of Model T’s camped in arroyos. Those gullies are now lined with border security officers in shiny trucks parked at quarter-mile intervals to police those who make their way north.

Ms. Lange often said, “A camera is a tool for learning how to see without a camera.” I wonder what details she’d notice, what notes she’d take now.

A store owned by a Japanese-American who was sent to an internment camp in Oakland, Calif. The store had been closed the day after the Pearl Harbor attack.
Credit…Dorothea Lange/Library of Congress Prints and Photographs Division

Tess Taylor (@Tessathon) is a poet and author. Her book of poems “Work & Days” was named one of the best books of poetry of 2016 by The Times. Her new collection of poetry “Last West: Roadsongs for Dorothea Lange” is part of the “Dorothea Lange: Words & Pictures” exhibition at the Museum of Modern Art.


 

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Malvivir entre algodones

Tereixa Constenla

El país   14 de mayo de 2014

En 1936 el fotógrafo Walker Evans y el periodista James Agee viajaron a Alabama para sumergirse en la realidad de los algodoneros por encargo de la revista Fortune. A pesar de que los paliativos del presidente Roosevelt ya estaban en marcha (el New Deal), los estadounidenses seguían arrastrando la Gran Depresión. Más de un millón de familias, que dependían de las idas y venidas de las cosechas en campos arrendados y atados a préstamos con los propietarios de la tierra, desprendían el aire desesperado de los okies que John Steinbeck reflejó en Las uvas de la ira (1939).

Floyd Burroughs junto a los niños de la familia Tingle en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Floyd Burroughs junto a los niños de la familia Tingle en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Agee y Evans se centraron en tres (los Tingle, los Fields y los Burroughs), seleccionadas como representativas de la media (ni entre las mejores ni entre las peores), para plasmar sus supervivencias épicas. Y no solo. También para analizar las estructuras económicas y el “márketing aspiracional” que mantenía aquel sistema que condenaba a más de ocho millones de personas a encerronas existenciales, a llevar una vida “tan profundamente privada y dañada y atrofiada en el transcurso de ese esfuerzo que solo se la puede llamar vida por cortesía biológica”, escribió Agee. El reportaje jamás salió en Fortune por razones ignoradas, aunque proporcionó algunas de las imágenes más icónicas de Evans (el retrato del aparcero Floyd Burroughs, por ejemplo) y la fuerza motriz del libro Elogiemos ahora a hombres famosos, publicado en 1940 con mínima repercusión (tendrían que pasar dos décadas para que fuese reivindicado como un clásico).

El reportaje original se esfumó hasta que en 2003 la hija de James Agee recuperó la colección de manuscritos que su padre dejó en su casa de Greenwich Village para cederla a la Universidad de Tennessee. Allí se descubrió el texto sobre el viaje a Alabama y, en 2012, casi ocho décadas después, se publicó al fin en Estados Unidos Algodoneros. Tres familias de arrendatarios, que ahora sale en España de la mano de la pequeña editorial Capitán Swing. Junto a las 30.000 palabras originales del artículo se incluyen las fotografías de Walker Evans, la cámara que arropó de dignidad la pobreza campesina.

Elizabeth Tingle, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Elizabeth Tingle, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Pero, se pregunta Adam Haslett, autor de Union Atlantic, en la introducción del libro, “¿por qué habríamos de dedicar nuestro tiempo a leer, setenta años después, un artículo rechazado acerca de un mundo desaparecido?”. Una razón es su sabiduría periodística: Agee elude el sensacionalismo –de ahí que descarte a los más míseros de los míseros- y contextualiza las vidas cotidianas en un marco político, económico y sociológico. “El capitalismo de pacotilla de los terratenientes se sustenta en parte en los vestigios de la deferencia feudal que muestran los granjeros atados a sus tierras”, afirma Haslett. Otra es visionaria: merece ser leído como una lección para el presente. “No hace falta ser un experto para percibir de qué forma nuestro propio sistema crediticio, administrado ya no por terratenientes de pacotilla sino por bancos, agencias de calificación de riesgos y compañías de gestión de cobros, ha establecido una impersonal variante financiero-capitalista de la trampa de endeudamiento que Agee describió hace 77 años”, añade.

Bud Fields, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

Bud Fields, en Alabama en 1936. / WALKER EVANS / CAPITÁN SWING

El texto es un zarpazo a la neutralidad periodística. Quizás John Houston entrevió la razón mejor que nadie: “Jim Agee era un Poeta de la Verdad; un hombre que no se preocupaba en absoluto por su apariencia, solamente por su integridad. Ésta la preservaba como algo más valioso que la vida. Llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión”. Agee, que fue guionista de La reina de África y que en 1958 ganaría un póstumo Pulitzer con Una muerte en familia, se sumerge (literalmente) en el entorno de los granjeros, analiza el sistema que lo sustenta y concluye: “Un ser humano cuya vida se nutre de una posición aventajada adquirida de la desventaja de otros seres humanos, y que prefiere que esto permanezca de este modo, es un ser humano solo por definición, y tiene mucho más en común con la chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo mar”. A veces es la poesía de Agee la que toma algunos párrafos al asalto, como en la descripción de Floyd Burroughs: “Como tantas personas que no saben leer ni escribir, maneja las palabras con torpe economía y belleza, como si fueran animales de granja abriendo un terreno escabroso”.

El artículo está estructurado como un informe, que desmenuza aspectos básicos (dinero, cobijo, comida, ropa, trabajo, temporada de recolección, educación, ocio y salud), y concluye con dos apéndices dedicados a los negros y a los terratenientes que, sin ser Simon Legree, el esclavista malvado de La cabaña del tío Tom, se guían por un marco de creencias que “justifican su posición y sus medios de vida”. Agee había decidido centrar el reportaje en los granjeros blancos para que la cuestión racial no contaminase lo demás pero tampoco les excluyó por completo, dado que uno de cada tres arrendatarios era negro. “Al negro lo odian por ser negro; lo odian porque creen que ninguna mujer blanca sin protección está a salvo a un kilómetros de distancia de él; lo odian porque trabajará por un jornal sobre el que un hombre blanco escupiría y porque aceptará un trato ante el que un hombre blanco mataría; naturalmente, lo odian más que nadie los blancos que por razones de fuerza mayor se hallan tan bajo en la escala social como él. Quizá huelga decir que trabaja por el jornal que le ofrecen porque tiene que vivir”.

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La Biblioteca y Archivo Presidencial Franklin D. Roosevelt acaba de inaugurar FRANKLIN, su portal de acceso libre a más de 300,000 documentos y fotos. Estoy totalmente seguro de que FRANKLIN, se convertirá en una herramienta muy útil para todos aquellos interesados en  el estudio de uno de los periodos más fascinantes de la historia norteamericana: la Era Roosevelt.

Franklin

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roosevelt102way_sq-6943e8ab2b83948dfb2f059bd2672e3dc2bd3cbb-s6-c30En 1921, Franklin D. Roosevelt (FDR) contrajo poliomelitis mientras vacacionaba con su familia. Esto limitó seriamente la movilidad, pero no la capacidad política del que considero uno de los tres presidentes más importantes en la historia de los Estados Unidos. A FDR le tocaron vivir los tiempos difíciles de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Padre el Nuevo Trato y artífice de la victoria estadounidense frente al fascismo, FDR cambió el carácter doméstico y la posición mundial de los Estados Unidos.

Por claras razones políticas, FDR escondió su limitación física, por lo que no debe sorprender que no se dejara ver en silla de ruedas y menos fotografiar. Sólo contamos con una foto tomada en 1941 en la que aparece el presidente en silla de ruedas en compañía de una niña.

Hace pocos días el Dr. Ray Begovich (profesor de periodismo en Franklin College, Indiana) se encontraba investigando en los Archivos Nacionales norteamericanos y para su sorpresa tropezó con un corto video en el que FDR es empujado en su silla de ruedas. El pietaje en cuestión, único en su clase,  fue tomado en el crucero USS Baltimore durante un visita de FDR a la base de Pearl Harbor en julio de 1944.

Aunque el video dura menos de un minuto, es uno de esos detalles curiosos que le pueden alegrar la mañana a un historiador.

Comparto mi alegría con mis lectores.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 15 de julio de 2013

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