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Archive for the ‘América Latina’ Category

8d858-huellasLa revista digital Huellas de Estados Unidos cumple diez años de vida. Durante este periodo ha desarrollado una labor importantísima promoviendo el estudio de la historia estadounidense en América Latina. Huellas se ha convertido en unos de los pocos medios académicos dedicados  a la publicación de trabajos analizando en castellano la historia del vecino del Norte.

Para celebrar estos diez años, Huellas publica su número veinte, en gran parte dedicado al análisis del ascenso de la derecha radical y su más reciente y preocupante expresión: el ataque al Capitolio del pasado 6 de enero. Asimismo, destaca la traducción de un ensayo de dos destacados académicos afroestadounidenses, Ibram X. Kendi y Keisha Blain.  Completan este número trabajos sobre el desarrollo de Hollywood en los últimos años del siglo XX, el poder financiero en los años 1970, el tema migratorio y el significado para América Latina de la administración Biden.

Felicitamos a los colegas Valeria Carbone y Fabio Nigra por estos diez años de arduo trabajo.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como «a Cold War watershed» (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro «inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.» (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

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El H-Net Book Channel acaba de publicar un ensayo bibliográfico que llamó poderosamente mi atención, ya que enfoca la historiografía reciente de las implicancias internacionales de la guerra civil estadounidense. Escrito por Chase McCarter, candidato doctoral en la Universidad de Nuevo México, este trabajo enfoca el impacto en América Latina de la guerra civil estadoununidense y del periodo de la Reconstrucción.


 The US Civil War Era and Latin America

It would be incorrect to argue that scholars have never considered the international dimensions of the US Civil War Era. However, the vast majority of the tens of thousands of books written about the antebellum US, the war, and Reconstruction usually foreground the domestic elements. In addition, the scholars who considered the international implications tended to focus on the relationship between the US and European powers. Recent studies, however, have begun to pay more attention to Latin America. This is particularly important because, as the author discusses in this essay, historians of the US Civil War Era and of Latin America have a great deal to say to each other. Being more attentive to Latin America also has important contemporary relevance in light of the persistent tensions among the nations of the Western Hemisphere. Chase McCarter is a Ph.D. candidate in the Department of History at the University of New Mexico and resource editor for H-CivWar. He studies the Civil War-era South with particular focus on the postwar migration of ex-Confederates to Latin America. –Book Channel Guest Editor Evan Rothera

In the late 1960s, US historians became increasingly interested in internationalizing the history of the US Civil War era. In his essay for C. Vann Woodward’s 1968 anthology, The Comparative Approach to American History, David M. Potter argued that the turmoil of the US Civil War era and the European revolutions of 1848 were both the product of nationalist struggles and were equally critical in the survival of liberal nationalism around the globe.1 Ian Tyrrell’s call in 1991 for a new history that decentered exceptionalist narratives in American historical writing gave birth to the transnational turn in US history and further influenced historians of the US Civil War era to explore the impact of the period’s major events outside the confines of US national borders. For example, Robert E. May’s anthology The Union, the Confederacy, and the Atlantic Rim (1995) brought together studies by Howard Jones, R. J. M. Blackett, Thomas Schoonover, and James M. McPherson to reveal the impact of the US Civil War on European and Latin American nations. Since the mid-1990s, scholars like Enrico Dal Lago, Peter S. Onuf, Andre Fleche, Timothy M. Roberts, Patrick J. Kelly, and a wave of others have deepened historical understanding of the US Civil War era by thinking about this period through a transnational framework.2

But historians still have more ground to cover. The role of Latin America in the ideologies, debates, and events that transpired in the United States during the Civil War era has been relatively understudied by historians. Historians have directed much more attention to European happenings and their impact on the United States during this period than to Latin American ones. But there is a growing interest in the role of Latin America in the coming of the Civil War, the war itself, and Reconstruction.

New histories of the US sectional crisis frame the prospect of slavery’s expansion in Latin America as a central issue of contention between proslavery advocates and abolitionists in the 1840s and 1850s. Matthew Karp’s This Vast Southern Empire: Slaveholders at the Helm of America Foreign Policy (2016) argues that Latin America was most certainly in the sights of proslavery advocates in the US government during the antebellum period. Karp contends that southern slave-owning elites were not an isolated class of individuals who clung to the dying institution of slavery in the US South. Rather, they were globally minded people and kept a close eye on threats to slavery across the Americas, especially in Cuba and Brazil, whom they saw as allies in an international fight against the forces of abolition. They also believed that the continuity of slavery in the Americas was key to the future prosperity and power of the United States (p. 2).

The mind-set of southern slaveholders Karp depicts in his study was related to the emergence of  what Dale Tomich labels “the second slavery” in his book, Through the Prism of Slavery: Labor, Capital, and World Economy (2003). “Second slavery” describes the remaking of slavery in concert with the expansion of industrial capitalism and the creation of new, highly profitable slave-based zones of commodity production throughout the Americas during the early nineteenth century.3 Throughout the book, Karp details how proslavery advocates within the US government sculpted foreign policy and the US military in efforts to strengthen and preserve this new form of slavery in the United States and Latin America. For the most part, proslavery advocates were successful at doing so until the institution collapsed with the defeat of the Confederacy during the Civil War (p. 3).

Robert E. May’s book Slavery, Race, and Conquest in the Tropics: Lincoln, Douglas, and the Future of Latin America (2013) is his latest addition in a forty-plus-year career of thinking about the transnational dynamics of the US Civil War era. In this study, May asserts that the 1858 Lincoln-Douglas debates featured a clash of ideas over slavery’s expansion in Latin America. Lincoln and Douglas’s feud over this topic also embodied a larger breakdown in relations between the North and South, which contributed to the outbreak of Civil War. Throughout the text, May traces the ideological evolution of both men on the issue of slavery’s expansion in Latin America. For Douglas, the acquisition of territory in Latin America was necessary for the growth and progress of the United States. Under his philosophy of popular sovereignty, Douglas argued that future US colonists in Latin America should have the right to establish slavery in their territories if they desired. Contrary to Douglas, Lincoln held an explicitly anti-expansionist position toward Latin America and believed that the prospect of slavery’s expansion there, where it did not yet exist, would put the Union in mortal danger. In fact, May explains that throughout Lincoln’s presidency he maintained an anti-expansionist attitude toward Latin America. Lincoln also favored exporting African Americans to colonies in Latin America where he believed that they could obtain a level of freedom and equality unavailable to them in the United States. Lincoln’s articulation of this position on Latin America during the Lincoln-Douglas debates informed Southerners that a Lincoln victory in the election of 1860 would destroy any hopes they had of expanding slavery southward. May suggests that the desire to preserve future prospects of expanding slavery into Latin America heavily influenced Southerners’ choice to secede in the wake of Lincoln’s victory. Overall, May’s analysis of the Lincoln-Douglas debates adds a transnational dimension to the sectional crisis and the outbreak of the Civil War by centering the future of slavery’s expansion in Latin America as a leading issue that contributed to the breakdown between North and South.

Rethinking the coming of the US Civil War in a transnational context has also pushed historians to explore the interconnections of the war itself with concurrent conflicts of the 1860s. Don H. Doyle has been at the center of scholarly efforts to do so. Most notably, his book The Cause of All Nations: An International History of the American Civil War (2014) categorizes the US Civil War as part of a broader struggle for democracy throughout the Atlantic world. His latest contribution, an edited anthology, American Civil Wars: The United States, Latin America, Europe, and the Crisis of the 1860s (2017), takes a more direct look at the role of the US Civil War in Latin America. Specifically, American Civil Wars demonstrates that the 1860s was a decade of multiple civil wars, separatist rebellions, slave uprisings, and emancipations throughout the Americas. Furthermore, democratic republics throughout the Americas defeated the attempted reconquest of the hemisphere by European monarchies.

For example, Stève Sainlaude’s essay, “France’s Grand Design and the Confederacy,” argues that the US Civil War neutralized the United States in Latin America as it dealt with the Confederacy. The war presented Napoleon III with an opportunity to reassert France’s former colonial empire in the Americas, which he tried and failed to do in the Second French Intervention in Mexico. This largely resulted from the Union’s victory in the Civil War and the US federal government’s financial and military aid to Benito Juárez’s republican army.

The victories of democratic republics throughout the Americas in the 1860s also prevented the destruction of the international antislavery movement. Rafael Marquese and Matt D. Childs’s respective contributions to this anthology show that the defeat of the Confederacy and abolition of slavery in the United States paved the way for the institution’s demise in Cuba and Brazil. Childs maintains that the US Civil War was the crisis that placed the possibility of abolition on the political horizon for Cuban slaveowners. Likewise, Marquese uses the analogy of a “protective wall” to describe the relationship of US slavery to Brazilian slavery. When this wall came down, it energized an already present and potent antislavery moment in Brazil, which would be vital to the passing of gradual emancipation laws in the 1870s and the final emancipation law in 1888.

In sum, this anthology reframes the US Civil War as a mere chapter in a hemisphere-wide and decade-long struggle between the forces of republicanism and monarchism and between proponents of slavery and emancipation. The Latin American conflicts of the 1860s that scholars have entangled with the US Civil War show that the war was anything but exceptional. Yet this study also emphasizes that the outbreak of the war was a critical factor in the eruption of conflicts in Latin America and that the outcome of the war was essential to the preservation of republicanism in the region.

This turn in the literature has naturally led scholars of US Reconstruction to branch out toward Latin America as well. United States Reconstruction across the Americas (2019), edited by William A. Link, establishes that post-Civil War global political, social, and economic developments entangled and influenced the central elements of Reconstruction (i.e., emancipation, nationalism, and the spread of market capitalism). Additionally, the emergence of the United States in the post-Civil War period as a global power was contingent on developments in several nations throughout the Americas.

Chapter 1, “The Cotton and Coffee Economies of the United States and Brazil, 1865-1904,” by Rafael Marquese, argues that the seemingly disparate transitions from slavery to free labor in Brazil and the US South were quite related. In the aftermath of US emancipation, planters in both nations sought a means by which to transition from slavery to free labor while maintaining the same level of exploitation. Brazilian planters, who saw the end of Brazilian chattel slavery on the horizon after the US Civil War, viewed sharecropping and tenancy in the South as a loss of planters’ power over laborers and the system of production. As an alternative, Brazilian planters instituted the colonato system, which preserved planter power over “the organization of labor and landscape management” (p. 29). Effectively, Brazilian planters were able to maintain some key exploitative elements of slavery under this labor system. Through this example, Marquese shows how the reconfiguration of capitalism during Reconstruction in the United States precipitated change in Latin American countries like Brazil.

From a different direction, Edward B. Rugemer’s essay, “Jamaica’s Morant Bay Rebellion and the Making of Radical Reconstruction,” illustrates the impact of the 1865 Morant Bay Rebellion on Reconstruction policymaking. The reports of the violent rebellion in Jamaica back in the United States, and fears that the same could occur in the South, influenced Congress to enact legislation and enforcement measures (e.g., the Civil Rights Act of 1866 and Reconstruction Acts of 1867) that would ensure political rights for black men and a future for them in the post-emancipation United States. Rugemer emphasizes the great consideration that Republicans gave to the meaning of the rebellion in terms of its implications for the course of Reconstruction, which further shows the direct impact the rebellion had on the shaping of Reconstruction policy.

In terms of diplomacy, Don H. Doyle’s essay, “Reconstruction and Anti-Imperialism: The United States and Mexico,” examines US foreign policy in the aftermath of the US Civil War. Doyle focuses on the US role in expelling the French from Mexico in 1867 as an indication of “spirit of republican camaraderie” that was inherent to US foreign policy in Latin America during the Reconstruction Era (pp. 6-7).

The transnational framing of US Reconstruction literature has also contributed to further scholarly interest in the ex-Confederate migration to Latin America. Todd W. Wahlstrom’s book The Southern Exodus to Mexico: Migration across the Borderlands after the American Civil War (2015) argues that the desire to create surrogate Souths in Mexico was not the driving force behind the migration of a few thousand ex-Confederates to the nation between 1865 and 1866. Rather, it was the pursuit of economic prosperity, which they hoped could be obtained through the creation of agricultural and commercially driven colonies and the exploitation of Mexico’s transborder economic opportunities. For these Southerners, remaining in the US South was not the sole focus of their vision for life after the Civil War. Wahlstrom explains that they believed their future was contingent on the creation of an “entrepôt of southern commerce” through the colonization of Latin America (p. xvii). This dream inevitably died with the failure of Southern colonization in places like Mexico, Brazil, Belize, and Venezuela, but Wahlstrom argues that it marked an important stepping stone in US efforts to “bridge economic borders” in Latin America during the second half of the nineteenth century (p. xxvii).

The literature review in this essay reflects the efforts of scholars of the US Civil War era to incorporate Latin America into what historians have traditionally described as the exceptional history of the United States. Taken together, these studies present strong evidence for the argument that the ideologies and events most identified with the coming of the US Civil War, the war itself, and Reconstruction were deeply entangled with occurrences and ideologies present in Latin America at the same time. More broadly, they demonstrate that US economic, social, and political development during the nineteenth century was internationally interdependent.

Notes

[1]. David M. Potter, “Civil War,” in The Comparative Approach to American History, ed. C. Vann Woodward (New York: Oxford University Press, 1968), 139.

[2]. See Enrico Dal Lago, Agrarian Elites: American Slaveholders and Southern Italian Landowners, 1815-1861 (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 2005), and Civil War and Agrarian Unrest: The Confederate South and Southern Italy (New York: Cambridge University Press, 2018); Peter S. Onuf and Nicholas Onuf, Nations, Markets, and War: Modern History and the American Civil War (Charlottesville: University of Virginia Press, 2006); Timothy Mason Roberts, Distant Revolutions: 1848 and the Challenge to American Exceptionalism (Charlottesville: University of Virginia Pres, 2009).

[3]. Dale W. Tomich, Through the Prism of Slavery: Labor, Capital, and World Economy (Lanham, MD: Rowman & Littlefield, 2003), 61.


Suggested Readings

Dawsey, Cyrus B., and James M. Dawsey. The Confederados: Old South Immigrants in Brazil. Tuscaloosa: The University of Alabama Press, 1995.

Doyle, Don H. The Cause of All Nations: An International History of the American Civil War. New York: Basic Books, 2015.

Fleche, Andre M. The Revolution of 1861: The American Civil War in the Age of Nationalist Conflict. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2012.

Guterl, Matthew Pratt. American Mediterranean: Southern Slaveholders in the Age of Emancipation. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2008.

Jarnagin, Laura. A Confluence of Transatlantic Networks: Elites, Capitalism, and Confederate Migration to Brazil. Tuscaloosa: The University of Alabama Press, 2008.

Kelly, Patrick J. “The Lost Continent of Abraham Lincoln.” The Journal of the Civil War Era 9, no. 2 (June 2019): 223-48.

——. “The North American Crisis of the 1860s.” The Journal of the Civil War Era 2, no. 3 (September 2012): 337-68.

Mahoney, Harry Thayer. Mexico and the Confederacy, 1860-1867. San Francisco: Austin & Winfield, 1998.

May, Robert E. Manifest Destiny’s Underworld: Filibustering in Antebellum America. Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 2002.

——. ed. The Union, the Confederacy, and the Atlantic Rim. West Lafayette, IN: Purdue University Press, 1995.

——. The Southern Dream of a Caribbean Empire, 1854-1861. Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1973.

Roark, James L. Masters Without Slaves: Southern Planters in the Civil War and Reconstruction. New York: W. W. Norton, 1977.

Rolle, Andrew F. The Lost Cause: Confederate Exodus to Mexico. Norman: University of Oklahoma Press, 1965.

Rugemer, Edward Bartlett. The Problem of Emancipation: The Caribbean Roots of the American Civil War. Baton Rouge: Louisiana State University Press, 2008.

Scott, Rebecca J. Degrees of Freedom: Louisiana and Cuba after Slavery. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2005.

Stevenson, Louise L. Lincoln in the Atlantic World. New York: Cambridge University Press, 2015.

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