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Posts Tagged ‘Segunda Guerra Mundial’

Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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El acorazado West Virgina arde en Pearl Harbor

Un día como hoy hace setenta años, los japoneses atacaron por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor en la isla de Oahu en Hawái. El ataque japonés fue la culminación de años de tensión y competencia entre ambos países por la hegemonía asiática.  La invasión japonesa de Manchuria (1931), el militarismo japonés y el  acercamiento del gobierno nipón a la Alemania nazi acabaron de envenenar las relaciones entre los Estados Unidos y Japón. Ante las crecientes tensiones diplomáticas con Japón, en mayo de 1940, el Presidente Franklin D. Roosevelt (FDR) envío la flota norteamericana del Pacífico a Hawái. En septiembre de 1940, Japón acordó una alianza con las Potencias del Eje, es decir, Alemania e Italia. Los Estados Unidos respondieron restringiendo el comercio con Japón y embargando la venta de gasolina de alto octanaje para aviones. Cada vez era más claro y peligroso el distanciamiento entre ambas potencias. Aprovechando el avance arrollador de las tropas alemanas en Europa, Japón ocupó la Indochina Francesa en julio de 1941, y en respuesta Roosevelt congeló los bienes económicos japoneses en los Estados Unidos además de cortar el suministro de combustible al Imperio Japonés. El embargo petrolero tenía repercusiones muy serias para los japoneses, pues el 80% de su combustible procedía de los Estados Unidos.

Vista de Pearl Harbor desde un avión aponés

Para finales de 1941, una confrontación nipona-norteamericana parecía cuestión de tiempo. La inteligencia militar estadounidense sospechaba que los japoneses atacarían en algún punto del océano Pacífico, pero no sabían dónde.  Para noviembre todas las fuerzas militares norteamericanas estaban en alerta, pero ello no pudo evitar que temprano en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941 aviones japoneses bombardearan la base naval de Pearl Harbor. Los aviones nipones habían despegado de un grupo de portaviones japoneses que había navegado miles de millas sin ser detectados. El ataque japonés fue muy efectivo, pues fueron hundidos 14 barcos de guerra (entre ellos ocho acorazados) casi doscientos aviones fueron destruidos y resultaron muertos 2,400 militares y 68 civiles estadounidenses. Afortunadamente para los Estados Unidos, ninguno de sus portaviones se encontraba en Pearl Harbor al momento del ataque, lo que será un factor determinante en el curso de la guerra.

El ataque a Pearl Harbor  estremeció a la nación norteamericana. El 8 de diciembre el Presidente Roosevelt denunció ante el Congreso el ataque japonés  y solicitó una declaración formal de guerra. Con sólo un voto en contra –el de la pacifista Jeannette Rankin– el Congreso aprobó la declaración de guerra contra Japón. En respuesta, Alemania e Italia , aliados de Japón, le declararon la guerra a los Estados Unidos. De esta forma los Estados Unidos entraron oficialmente a la segunda guerra mundial.

A propósito de esta fecha, el blog de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos ­­–Prologue: Pieces of History– publica una interesantísima nota sobre el proceso creativo del discurso pronunciado por FDR ante el Congreso el día 8 de diciembre. Según el autor de esta nota, identificado solamente como Jim, FDR recibió la noticia de lo ocurrido en Hawái pasada la 1P.M. (hora de Washington) y dedicó el resto de esa tarde a estudiar, junto con sus asesores, la información disponible sobre el ataque.

El Presidente decidió hablar ante el Congreso al día siguiente para informarle y pedirle una declaración de guerra contra Japón. Esa tarde FDR le dictó a su secretaria, Grace Tully,   un corto mensaje que estaba destinado a convertirse en uno de los más famosos en la historia de los Estados Unidos. Al momento de esta crisis, los escritores de discursos del Presidente (Samuel Rosenman y Robert Sherwood) no se encontraban en Washington por lo que Roosevelt tuvo que dedicar tiempo de uno de los días más agitados de su vida a preparar su mensaje. La Señora Tully mecanografió las palabras de Roosevelt y éste luego hizo importantes cambios al texto original, especialmente en la introducción.  El texto comenzaba: “Yesterday, December seventh, 1941, a date which will live in world history,” lo que Roosevelt cambió por “a date which will live in infamy,” proveyendo la fase más poderosa y recordada de su mensaje.

El texto fue sujeto de otros cambios tanto por FDR como por su amigo Harry Hopkins. Además, al pronunciar sus palabras ante el Congreso Roosevelt incorporó algunos cambios, actualizando la información disponible sobre el alcance de los ataques japoneses contra instalaciones militares norteamericanas en el Pacífico.

Roosevelt se dirige al Congreso

Los Archivos Nacionales poseen copias mecanografiadas de los borradores finales del discurso, pero no el documento que  Roosevelt leyó ante el Congreso y cuyo paradero es un misterio sin resolver.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 7 de diciembre de 2011

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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

bachevich

Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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Dramatización narrada por Viggo Mortensen del artículo del historiador Howard Zinn, “Empire or Humanity”, relatando cómo llegó al entendimiento de la naturaleza imperialista de los Estados Unidos. http://www.tomdispatch.com/post/174913/howard_zinn_the_end_of_empire_

 

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