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Las Abejeras del Capital en Porto Rico

Jose Anazagasty Rodríguez

80 grados    13 de junio de 2014

 

NYT PR July 27 1898

Después de la guerra hispanoamericana varias casas publicadoras, revistas, y periódicos divulgaron numerosos textos que recogían las experiencias y observaciones de las visitas de diversos viajeros estadounidenses a Puerto Rico. Estos viajeros articularon a través de sus narrativas el discurso colonial de la era inicial del imperialismo transcontinental estadounidense. Son por ello un objeto de estudio imprescindible de la “historia de lo imaginario” propuesta por Arcadio Díaz. Fue Díaz quien precisamente afirmó la necesidad de examinar diversas “zonas oscuras” del ’98, entre las que incluyo las relaciones con el espacio, y por supuesto, con la naturaleza.

La inspección y descripción absoluta y detallada de la colonia y su gente, incluyendo el paisaje, fue el propósito fundamental de esas narrativas de viaje. Sus descripciones, aunque enmarcadas en el realismo descriptivo, produjeron una visión estética de la naturaleza isleña articulada a través de varios significados que puntualizaron su riqueza simbólica y material. Puesto que esas representaciones iban dirigidas a la audiencia estadounidense requirieron que sus autores integraran el paisaje tropical de Puerto Rico, raro y confuso para muchos estadounidenses, al ámbito de su cultura. Para ello los autores movilizaron tropos conocidos por sus lectores en Estados Unidos, entre ellos la figura retórica del Edén. Muchos de esos escritores representaron la Isla como un jardín edénico, recurriendo a lo que Carolyn Merchant llamó la “narrativa de la restauración del Edén,” una narrativa familiar a los estadounidenses.

Aparte de convertir el paisaje de la recién adquirida colonia en un objeto familiar el tropo justificó, apelando a la jardinería, la colonización de la naturaleza isleña y sus habitantes. Efectivamente, la etimología de la palabra colonizar traza una conexión a las palabras colonus y colere, labrador y cultivar, respectivamente. La jardinería representaba para el nuevo colonus, los estadounidenses, el conjunto de técnicas necesarias para el control y manejo de los recursos naturales de la nueva colonia. Era la alegoría ajustada a la práctica de cultivar, de culturar la naturaleza apropiada y expropiada, es decir, colonizada.

La jardinería incluye la construcción de un espacio, de un jardín. La narrativa edénica de los textos estadounidenses produjo, en efecto, y a través de varias “geografías imaginativas,” espacios, el ordenamiento territorial y colonial del paisaje puertorriqueño. Pero se trataba ya en el 98 de lo que Henri Lefebvre llamó la producción capitalista del espacio. Pero, la producción del espacio es siempre corolario de la producción de la naturaleza. Y como he planteado en otros contextos existe una conexión entre la narrativa de la recuperación del Edén y lo que Neil Smith llamó la producción capitalista de la naturaleza. En los textos americanos, la conversión de la naturaleza isleña en recursos, el inventario textual y prospección económica de los mismos, así como su valuación monetaria, todo presente en varios textos estadounidenses, contribuyeron a instituir las formas en que la naturaleza sería alterada, capitalizada, circulada, intercambiada y consumida, material e ideológicamente, como bien material en términos de la lógica abstracta de su valor de intercambio en el mercado capitalista. En otras palabras la alegoría edénica movilizada por varios textos estadounidenses animó y justificó la intervención y ordenación capitalista-colonialista de la explotación y manejo de los recursos naturales de la Isla.

La producción capitalista de la naturaleza envuelve la subsunción formal y real de la naturaleza a las redes del capitalismo. Los textos estadounidenses que de una forma u otra escribieron sobre la naturaleza en Puerto Rico contribuyeron a ello, principalmente a la subsunción formal de la misma, aparte de sentar las bases para su prevista subsunción real a las abarcadoras redes del capital. Esto apunta a que la problemática de los estadounidenses, en adición a la delineación de la administración política a seguir en Puerto Rico, ya expuesto en detalle por Lanny Thompson, incluía además prescribir e instituir las formas de explotar y administrar los recursos naturales de la nueva colonia. Sus descripciones del entorno natural puertorriqueño participaron de la apropiación y la organización de su explotación comercial. Contribuyeron así a la ampliación de la subsunción formal, funcionando, naturalmente, como una estrategia primaria del capital para la apropiación y subordinación expresa, precisa y determinada de los recursos naturales.

Los estudiosos del tema, entre ellos Manuel Valdés Pizzini, Mario R. Cancel, José Anazagasty, José E. Martínez y Carlos I Hernández, entre otros, ya han conectado las prácticas de significación de varios de los textos estadounidenses con las prácticas económicas del capitalismo colonial, incluyendo su manejo de los recursos naturales de la isla.Estos textos, más allá de delinear la forma de administración política de lo que muchos llamaron Porto Rico también mostraron, proyectaron y justificaron la expansión económica del capital estadounidense en la Isla. Para ello detallaron el potencial económico de la colonia, incluyendo las posibilidades de invertir capital allí, la disponibilidad de materia prima y recursos naturales, la infraestructura adecuada y la reserva de trabajadores, entre otras cosas. Uno de los propósitos de muchos de estos textos y sus proyecciones económicas fue seducir a los inversionistas y comerciantes potenciales, interesarlos en las posibilidades agrícolas, comerciales e industriales de la isla.

La prospección de la isla también fue científica; Puerto Rico fue objeto de las observaciones y prácticas científicas estadounidenses realizadas por varios científicos de ese país alrededor de la Isla. Muchos de estos científicos, a través de diversos textos, también participaron de la producción capitalista de la naturaleza. Se esperaba que los científicos, particularmente aquellos al servicio del Estado, ayudaran a manejar el ambiente y sus recursos de forma racional. Por ejemplo, y como demostró Manuel Valdés Pizzini, diversos procesos ideológicos y discursivos ligados a la ciencia participaron del diseño de estrategias para el manejo estadounidense de los bosques después de la Guerra Hispanoamericana. Los estadounidenses, a la vez que devaluaron el manejo español de los bosques, recurrieron a discursos particulares de la dasonomía y la silvicultura—la racionalidad científica—para legitimar su ordenamiento y manejo particular—colonial—de los bosques puertorriqueños.

Pero en la mayoría de los casos la problemática, ahora científica, no era únicamente determinar la forma racional de manejar los recursos naturales de la colonia caribeña sino también detectar los recursos rentables y prescribir su explotación lucrativa, lo que requirió, como explica J.R. Mcneill en Colonial Crucible, la institucionalización de una ciencia ambiental. Esa ciencia, también ideológica y discursiva, participó de la producción capitalista de la naturaleza y el manejo de los recursos naturales.

La Estación Experimental de Puerto Rico, ubicada en Mayagüez, fue una importante manifestación de la institucionalización del manejo científico y racional de los recursos naturales, particularmente en el ámbito de la agricultura. Los investigadores afiliados a esa estación dirigieron muchas de sus investigaciones no solo al estudio de fenómenos naturales sino además a la “mejor” explotación y comercialización de diversos recursos naturales y agrícolas. Muchos de los hallazgos y recomendaciones económicas de esas investigaciones fueron publicados en diversas revistas y periódicos, incluyendo Porto Rico Progress. Un buen ejemplo es el artículo “Bees in Porto Rico,” publicado en 1910 justamente en esa revista. Este fue escrito por W.V. Tower, un entomólogo especialista en abejas afiliado a la mencionada estación y fue publicado tanto en inglés como en español.

Tower comenzó su artículo con algunos detalles sobre la introducción de las abejas a Puerto Rico, indicando que las mismas fueron introducidas posiblemente por un tal Mr. Filippi, quien ubicó colmenas de abejas italianas en la finca Juanita en Las Marías. También señaló que la mayoría de esas colmenas fueron destruidas por un huracán en 1899 pero que las abejas sobrevivientes produjeron colmenas silvestres en Las Marías. Tower afirmó esto último fundamentado en las anécdotas de los “vecinos” de Las Marías, quienes le comentaron haberse topado varias veces con colmenas de abejas silvestres. Para el entomólogo la descripción de aquellas abejas silvestres por parte de los vecinos apuntaba a que se trataba de abejas italianas, las sobrevivientes de las colmenas de Filippi.

Tower, desde la Estación Experimental de Puerto Rico, promovía el avance de “apiarios comerciales.” Destacaba en su ensayo que en apenas dos años desde que comenzó el proyecto ya habían enviado abejas a unas cincuenta personas. El entomólogo procedió entonces a confirmar el potencial lucrativo de los apiarios: “Desde que me encargue de esta obra, he estado siempre en busca de plantas apropiadas para abejas, y soy de opinión que Puerto Rico tiene gran cantidad de plantas melíferas, y dudo que exista una localidad en donde las abejas no resulten un buen negocio.”

abejas

Caja de abejas. Foto en “Rearing Queen Bees in Porto Rico”, publicado en 1918.

Su apoyo a la producción comercial de miel fue seguido por una serie de recomendaciones dirigidas a maximizar la productividad y potencial comercial de los apiarios, de la producción comercial de miel. Primero, recomendó localizar los apiarios en las faldas de los cerros y en las tierras dedicadas al cultivo del café, y aquellos lugares con varias plantas melíferas. Segundo, ofreció un inventario cabal de plantas melíferas: guamá, palma real, cocotero, moca, jobo, palo blanco, grosellas, higüerillo, y guara. Tercero, subrayó la importancia de las abejas en la fertilización de flores, como las de naranjo, lo que aumentaría las cosechas de frutas. De hecho, señaló que la presencia de más abejas hubiese evitado la escasez de flores de naranjo ese año, 1910, lo que pudo haber garantizado una mejor cosecha de naranjas. Cuarto, Tower recomendó aglutinar los esfuerzos hacia la producción de miel de extracción, objetando la producción de los panales y las secciones de a libra, los que según explicaba eran difíciles de embarcar y distribuir en los mercados, aunque la miel puertorriqueña solo se exportaba a Estados Unidos y en ocasiones a Alemania.

Tower, aunque afirmaba que la producción de los panales y las secciones de a libra podían explotarse para el consumo local, favorecía que los principiantes recurrieran la producción de miel de extracción, por ser este un método más fácil de manejar. Además, la producción de miel de extracción era, afirmaba el entomólogo, menos trabajosa para las abejas, pues evitaba que estas tuvieran que producir panales nuevos constantemente. Añadió también que la producción de miel de extracción facilitaba dominar las abejas porque reducía la tendencia de estas a formar enjambres, lo que no sucedía con los otros modos de producción de miel. Para él, la producción de enjambres disminuía la “fuerza productora de la colmena,” y con ello el potencial comercial de la apicultura. Finalmente, ese modo de producción de miel de extracción, el “método artificial,” permitía producir cera con menos miel, lo que se traducía, explicaba él, en ganancias monetarias, dependiendo claro está del precio de la miel vis-a-vis la cera en los mercados. Finalmente, recomendó seguir usando abejas italianas, porque aunque estas eran las más difíciles de subyugar eran muy buenas defendiéndose de las polillas de cera.

Tower, vaticinaba, si se seguían sus recomendaciones, y gracias a las favorables condiciones ambientales de la Isla, como la presencia de diversas plantas melíferas y la presencia de abejas italianas saludables, un buen éxito económico para la apicultura comercial en Puerto Rico: “El porvenir de los apicultores puertorriqueños es brillantísimo. No se conocen enfermedades que molesten a las abejas. La putrefacción de la cría—terrible enfermedad que puede estudiarse en una de las islas vecinas así como en los Estados Unidos—no ha sido introducida en Puerto Rico.”

Tower, y muchos científicos como él, participando de la subsunción formal de la naturaleza, de las abejeras y su miel en su caso, contribuyeron a la marcha de la naturaleza como estrategia de acumulación capitalista en Puerto Rico. Los científicos asistieron el “imperialismo ecológico”, el control capitalista-estadounidense del flujo de recursos naturales procedentes de la isla. Los estadounidenses, claro está, no fueron los únicos en proyectar y explotar los recursos naturales de la Isla o de convertirlos en bienes lucrativos formal y realmente. Los españoles y los puertorriqueños mismos hicieron lo suyo. Además, la Estación Experimental de Puerto Rico promovió la participación de apicultores locales, inclusive enviándoles abejas y entrenándolos. No promovió, como ocurrió con otros recursos, el control absoluto del capital estadounidense sobre la producción de miel. Pero el proyecto colonial-capitalista de los estadounidenses extendió e intensificó la producción capitalista de la naturaleza, particularmente de su integración formal, como nunca antes, y con la racionalidad científica de su parte.

 

José Anazagasty Rodríguez

José Anazagasty Rodríguez  es Catedrático Asociado en el programa de Sociología del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Es especialista en sociología ambiental, estudios americanos y teoría social, y ha realizado investigaciones en la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico. Es co-editor, con Mario R. Cancel, de los libros “We the people: la representación americana de los puertorriqueños 1898-1926 (2008)” y “Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011)”.

 

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Tiempos de Nemosine, blog  del Doctor Cruz M. Ortiz Cuadra, profesor de la Universidad de Puerto Rico (Humacao), publica unas interesantes fotos de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico. Creo que éstas podrían resultar de interés para los lectores de esta bitácora.

Para ver las fotos ir aquí: Fotos.

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Educación e imperio

por EFRÉN RIVERA RAMOS

El Nuevo Día, 19 de septiembre de 2013

indexUn libro publicado recientemente por la Editorial de la Universidad de Wisconsin arroja nueva luz sobre la relación entre las reformas educativas, el colonialismo y la modernización de Puerto Rico en la primera mitad del siglo 20.

En la obra, titulada “Negotiating Empire: The Cultural Politics of Schools in Puerto Rico, 1898-1952”, su autora, la profesora Solsiree del Moral, de la Universidad de Amherst, documenta la centralidad de las escuelas públicas puertorriqueñas en el proceso de configuración de una nueva sociedad colonial embarcada en una profunda transformación social, política y cultural.

El libro complementa la valiosa investigación de Aida Negrón de Montilla, que analizó los esfuerzos de americanización a través del sistema de educación pública desplegados por los comisionados de instrucción designados por el presidente de Estados Unidos. Del Moral escudriña el período desde otra perspectiva: la de los maestros, padres y estudiantes de la época. Constituye, pues, una historia escrita “desde abajo”, que ilustra las complejidades de las respuestas de la heterogénea comunidad escolar a las políticas educativas de la nueva metrópolis imperial.

Sobresale en este trabajo meticuloso el examen constante de las variables de la raza, el género y la clase social, no sólo en la composición del magisterio de entonces, sino en el abordaje de los administradores y el liderato profesional, intelectual y político a los problemas de la educación en Puerto Rico.

Las consideraciones de género se detallan particularmente en el capítulo tres, dedicado al examen de la ciudadanía, el género y las escuelas. La autora examina desde las discusiones sobre las supuestas debilidades de las maestras para enfrentar los retos de la escolarización en el mundo rural hasta la estructura patriarcal de las asociaciones magisteriales y los debates sobre para qué debían educarse las niñas en la nueva sociedad emergente.

Resulta reveladora la referencia a la relación entre el analfabetismo, la masculinidad y la guerra, en el contexto del rechazo masivo del ejército estadounidense de los varones puertorriqueños que no sabían leer y escribir y sus efectos en la discusión pública del momento. El análisis revalida la necesidad de encarar sin ambages el tema del género en cualquier proyecto de reforma escolar. En el capítulo cuatro se destacan los asuntos de la raza y la clase social, ambos estrechamente vinculados tanto a las visiones imperiales sobre Puerto Rico como a las respuestas de las élites puertorriqueñas a la nueva situación. La intersección de raza y clase social se torna particularmente aguda en el caso de la creciente diáspora puertorriqueña en Estados Unidos.

El texto analiza un estudio sobre los niños puertorriqueños en Nueva York encomendado por la Cámara de Comercio de esa ciudad en 1935 a un grupo de científicos sociales. Los investigadores concluyeron que los estudiantes boricuas constituían un grupo inferior intelectualmente en comparación con otros sectores de la población. Recomendaron que se restringiera la migración de Puerto Rico hacia Estados Unidos.

La respuesta de prominentes educadores puertorriqueños no fue mejor. Para impugnar el estudio, un subcomisionado de educación de Puerto Rico alegó que la muestra no era representativa de los puertorriqueños de la isla, pues la mayoría de los estudiantes estudiados eran negros y pobres. Otro indicio, según la autora, de cómo el imaginario sobre la diáspora se ha ido moldeando tanto por la visiones circuladas por sectores diversos de la sociedad estadounidense como por los grupos profesionales, intelectuales y políticos dominantes en Puerto Rico.

Una contribución importante del libro es la conexión que establece entre las políticas educativas implantadas en Puerto Rico y las desarrolladas por los reformadores estadounidenses para Hawai, Filipinas, los pueblos indígenas, las comunidades negras del Sur y los grupos de nuevos inmigrantes. Coloca, además, las iniciativas impulsadas en Puerto Rico en el contexto mayor de los desarrollos pedagógicos del momento en la América Latina y el Caribe.

Se trata de una lectura iluminadora del pasado con aplicaciones de valor para el presente.

Fuente: http://www.elnuevodia.com/columna-educacioneimperio-1597160.html

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Julian Go.  American Empire and the Politics of Meaning: Elite Political Cultures in the Philippines and Puerto Rico during U.S. Colonialism. Durham and London: Duke University Press, 2008.

Julian Go

Es innegable que el estudio de las prácticas, instituciones y discursos imperialistas norteamericanos ha avanzado considerablemente en los últimos años. Autores como Alfred W. McCoy, Paul Kramer, Ann Laura Stoler, Andrew Bacevich,  Chalmers Johnson, Greg Grandin, Amy Kaplan, Donald Pease, Charles S. Maier y Niall Ferguson, entre otros, han producido obras novedosas por su enfoque crítico y acercamiento teórico. Sin embargo, el estudio comparativo del imperialismo estadounidense sigue siendo un terreno poco explorado, a pesar de su innegable importancia.

El objetivo de este libro es contribuir de forma directa a subsanar esa deficiencia, analizando comparativamente el efecto del proyecto colonial norteamericano sobre las culturas políticas de las Filipinas y Puerto Rico en la primera década del siglo XX.  De forma más concreta, el autor busca explicar la reacción de  la elite política de ambas colonias al tutelaje colonial de los norteamericanos.  Go se pregunta cómo filipinos y puertorriqueños interaccionaron con el proyecto colonial estadounidense y cuál fue la influencia de éste en el desarrollo de la cultura política de las Filipinas y Puerto Rico.

Como cualquier otro poder imperial, los Estados Unidos no se limitaron al uso de la fuerza para consolidar su control colonial.  Las autoridades norteamericanas también recurrieron a la cultura para cimentar su control de las Filipinas y Puerto Rico tras la adquisición de las islas en 1898.  En ambas colonias, los estadounidenses pusieron en práctica una imposición silenciosa de símbolos, imágenes, ideas, héroes, fiestas nacionales, tradiciones, concepciones políticas, formas y prácticas coloniales.  Este proyecto colonial buscaba elevar cultural y políticamente a filipinos y puertorriqueños, y fomentar consensos que avalaran el colonialismo estadounidense.  Este libro busca explicar comparativamente cómo este proceso simultáneo afectó la cultura política de filipinos y puertorriqueños.  Go está profundamente interesado en determinar el efecto de este proceso de manipulación cultural sobre las elites políticas filipina y puertorriqueña para determinar los límites del “nation-building”, pieza clave de los proyectos imperiales norteamericanos hasta principios del siglo XXI.

 

Go divide su estudio en dos periodos.  El primero transcurre desde la llegada de los norteamericanos a tierras filipinas y puertorriqueñas hasta 1903.  En este periodo, ambas elites recibieron la ocupación norteamericana y domesticaron el proyecto colonial.  En otras palabras, si bien los norteamericanos buscaron imponer sus conceptos, modelos y modos de democracia, libertad, autogobierno y elecciones, las elite los adoptaron en sus propios términos, frustrando el impacto de los modelos y métodos estadounidenses.  Esto en parte, debido al desarrollo, por parte de filipinos y puertorriqueños, previo a la llegada de los norteamericanos, de sus propios esquemas políticos bajo una fuerte influencia del clientelismo.  Así, ambas elites  adoptaron los esquemas políticos traídos por los estadounidenses desde los significantes previamente desarrollados, domesticando elementos del proyecto colonial norteamericano.  Go identifica un segundo periodo, que se extiende hasta 1912, en el que cambian las formas en que las elites reaccionaron al proyecto de tutelaje.  Mientras los puertorriqueños dejaron de domesticar el proyecto colonial y aprendieron a usar los significados culturales impuestos por los norteamericanos, marginando así sus significados culturales preexistentes; los filipinos siguieron domesticándolo, pero revaluaron sus significados culturales preexistentes.

¿Qué provocó los cambios de actitud de la elite puertorriqueña?  ¿Por qué los filipinos no registraron una evolución similar?  Según Go, la crisis económica de 1899 (el huracán San Ciriaco y la perdida de los mercados del café) debilitó el poder e influencia de la elite puertorriqueña.  La base socioeconómica de los esquemas culturales de la elite entró en crisis, lo que unido a la actitud contraria de las autoridades coloniales –en reacción a la corrupción partidista de la elite– provocaron que ésta perdiera poder e influencia social y política.  Esa crisis le obligó a revaluar los esquemas norteamericanos y adoptarlos para frenar su perdida de poder político y social.

Por el contrario, la elite filipina no tuvo que enfrentar una crisis económica, ya que la economía local no se vio afectada negativamente por el cambio de metrópoli.  De acuerdo a  Go, la economía filipina era más diversa que la puertorriqueña y vivió un periodo de bonanza en los primeros años de dominio estadounidense.  Por lo tanto, el poder e influencia de la elite quedó inalterado y ésta no tuvo que repensar sus esquemas políticos.

Hay varios elementos de este libro que son dignos de resaltar. En primer lugar, la explicación que elabora Go de la “lógica” detrás del proyecto de tutelaje colonial.  ¿Cómo explicar que un grupo considerable de estadounidenses promoviese, defendiera y pusiera en práctica un proyecto colonial que buscaba educar a filipinos y puertorriqueños en los misterios de la democracia y el autogobierno?  ¿Era un ardid para justificar el control colonial?  ¿Era un reflejo de la tradición política norteamericana y de los valores políticos anticoloniales estadounidenses?  ¿Era una variante de excepcionalismo norteamericano?  Para Go, el proyecto colonial era parte de un política concertada y determinada por lógicas culturales; en otras palabras, el proyecto colonial era un producto cultural.  Éste no era una expresión del excepcionalismo estadounidense, ni un ardid, sino un proyecto fundamentado en las experiencias culturales de sus defensores y ejecutores.

Otro elemento que debemos resaltar es el análisis que desarrolla Go de los justificantes del proyecto colonial. El autor identifica varios esquemas culturales y narraciones usadas por los norteamericanos que sirvieron de lógica del control colonial de las Filipinas y Puerto Rico.  En primer lugar, los oficiales coloniales y militares compartían una visión de superioridad y misión racial.  Entrenar a los filipinos y puertorriqueños en el ejercicio de la democracia y el autogobierno era una responsabilidad de los estadounidenses dada la inferioridad-incapacidad racial de sus sujetos coloniales.  En segundo lugar, los norteamericanos que defendieron, promovieron y pusieron en marcha el proyecto de tutelaje colonial estaban bajo la influencia de la idea europea de la misión civilizadora, es decir, estaban convencidos de que era responsabilidad de las razas superiores elevar (civilizar) a las razas inferiores.  En tercer lugar, los estadounidenses compartían la fe en el reformismo, la eficiencia administrativa y la ingeniería social como medios de cambio social y político típicos del movimiento progresista de finales del siglo XIX.  La insistencia de Go en analizar a los agentes coloniales como productos del Progresismo es muy atinada, ya que  subraya la importancia innegable del pensamiento progresista en el desarrollo del imperialismo estadounidense.  Por último, los estadounidenses llevaron a cabo un esfuerzo consiente de legitimación del colonialismo que ejercían a través de la apropiación o incorporación de las demandas locales al proyecto colonial.  Este conjunto de ideas no sólo hizo posible, palpable y práctico el tutelaje colonial, sino que también definió sus límites.  Los norteamericanos veían su presencia en las Filipinas y Puerto Rico como parte de un proyecto que buscaba ayudar a puertorriqueños y filipinos a superar sus limitaciones (raciales, políticas y culturales) y transformarse en pueblos capaces para la  democracia y el autogobierno.  Sin embargo, el significado de estos conceptos estaba determinado por las estructuras culturales preexistentes de las autoridades coloniales. En otras palabras, eran los  norteamericanos quienes definían y establecían los límites de la democracia y el autogobierno que los filipinos debían aprender. Tales definiciones y límites estaban basados en los esquemas culturales y raciales de los oficiales coloniales.

El análisis de periodo de gobierno militar en Puerto Rico es otro elemento valioso de este libro.  Durante los primeros años de control norteamericano, los puertorriqueños fueron gobernados por los militares estadounidenses.  Este fue un importante periodo de transición que Go analiza de forma novedosa, enfatizando las acciones de los puertorriqueños y, en especial, los errores cometidos en perjuicio de sus aspiraciones políticas frente a la metrópoli. El autor presta mucha atención a la corrupción, la violencia política y los abusos de poder cometidos por la elite puertorriqueña en los primeros meses de dominio estadounidense.  La elite puertorriqueña defendía la concesión de la estadidad para la isla, pero presa de sus esquemas políticos –especialmente el partidismo– cometió una especie de suicidio político al insistir en prácticas que rechazaban los nuevos amos coloniales.  El comportamiento de la elite, según Go, jugó un papel muy importante en la actitud de los norteamericanos para con las aspiraciones políticas de los puertorriqueños.

El enfoque y análisis de Go del gobierno militar rompe, definitivamente, con las explicaciones tradicionales que enfatizan las acciones de los norteamericanos.  Por el contrario, Go pone la mirada en las acciones de la elite puertorriqueña (Partido Federal) y su efecto sobre la actitud y acciones de los estadounidenses.  Estos últimos reaccionaron a la corrupción partidista del Partido Federal retomando control de los gobiernos municipales, derogando el Gabinete Autonómico, fomentando el bipartidismo por medio del Partido Republicano y reorganizando los distritos electorales.  Sin embargo, al reconocer tanta “agencialidad” (agency) en el sujeto colonial –cosa por demás meritoria–, se pierde de vista al poder colonial, encarnado en sus agentes políticos y militares.  Independientemente de lo que hicieran o dejaran de hacer los locales, los colonizadores tenían sus prejuicios raciales, políticos e ideológicos.  Además, los oficiales estadounidenses eran parte de un proyecto colonial –claramente delineado por Go.  Por último, a la luz de la historiografía existente se podría alegar que, contrario a lo que plantea Go, los puertorriqueños no habrían tenido mayor margen de negociación con la nueva metrópoli.

Proclama del General Nelson A. Miles

Otro problema con este libro es la poca atención que le brinda Go al desarrollo histórico de las relaciones de los Estados Unidos con su colonia más cercana y familiar: Puerto Rico.  Da la impresión de que éstas comenzaron justo en 1898, cuando la realidad histórica es que la isla y su nueva metrópoli mantuvieron una relación cada vez más estrecha a lo largo del siglo XIX.  ¿Cuánto impactó ese trasfondo histórico la actitud de la “elite” puertorriqueña ante los nuevos señores coloniales?

Finalmente, debemos confesar que este no es un libro de lectura y comprensión fácil. Por el contrario, es una obra compleja cuya principal falla es que su construcción está basada en un concepto que el autor no deja del todo claro: elite.  Go define elite como los más ricos, los más educados y aquellos con el mayor poder político y económico en sus respectivas sociedades, pero no profundiza en el tema, lo que constituye una gran falla.  ¿Quiénes componían estas elites coloniales?  ¿De dónde provenía su poder? ¿Qué mecanismos usaban en el mantenimiento de su hegemonía?  Estas son preguntas que Go no contesta o contesta a medias.  En el caso de Puerto Rico, Go iguala elite local con los hacendados cafetaleros agrupados alrededor del Partido Autonomista, primero, y luego del Partido Federal.  Pero, ¿cuán real era el poder político y, sobre todo, económico de la “elite” en la sociedad puertorriqueña de finales del siglo XIX?  ¿Qué papel jugaron los  importantes sectores azucareros y comerciales en los primeros años de dominio norteamericano?

En conclusión, este libro es un intento meritorio de análisis comparativo del impacto del colonialismo norteamericano en las Filipinas y Puerto Rico que a mi juicio podrá inspirar a historiadores de ambas regiones a profundizar en la sugerente propuesta teórica de su autor.

 Norberto Barreto Velázquez, Ph.D.

NOTA: Esta reseña fue publicada en H-LatAm, H-Net Reviews el 17 de abril de 2011.

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En la edición de noviembre-diciembre de 2009 de Diálogo –periódico digital de la Universidad de Puerto Rico– aparece publicado un corto ensayo titulado “El molino de piedra” donde su autor, el Profesor Pablo Navarro Rivera, examina una de las instituciones más peculiares del imperialismo norteamericano, la Carlisle Indian Industrial  School (CIIS). La CIIS fue creada en 1879 para lidiar con el llamado problema indio (“Indian problem”).  Qué hacer con las naciones indias despojadas en nombre del progreso fue un problema para los norteamericanos desde el periodo colonial.  Para la década de 1870 el debate giraba en torno a la posibilidad de incorporar a los amerindios a la sociedad norteamericana.   Los creadores de la CIIS creían que era posible convertir a los nativo americanos en ciudadano útiles a través de la educación y  la transculturación forzosa de miles de jóvenes amerindios.

Estudiantes de Carlisle en 1885

Esta escuela ubicada en una antigua base militar,  atendió a 10,700 estudiantes entre 1879 y 1918. Durante ese periodo la CIIS llevó a cabo lo que Navarro Rivera denomina como un genocidio cultural: americanizar a miles de amerindios imponiéndoles el idioma inglés, la vestimenta, la religión y las costumbres anglosajonas. Se buscaba  “matar al salvaje” que habitaba en el indio y dar vida a un “ser civilizado”, es decir, americanizado. Los propulsores de la CIIS creían que los amerindios podrían incorporarse a la sociedad blanca sólo si experimentaban una transformación radical, es decir, si  dejaban de ser lo que eran y se convertían en copias al carbón de los estadounidenses blancos.

El proceso de transculturación comenzaba con la llegada de los estudiantes. Cuando éstos  arribaban a Carlisle, se les tomaba una foto que servía para comparar al salvaje que entraba con el ser civilizado que saldría, se les bañaba, se les cortaba el pelo y se les vestía como “gente civilizada”. El uso del idioma vernáculo estaba totalmente prohibido y los estudiantes eran vigilados para evitar la socialización entre miembros de las misma etnias. El uso del inglés era un requisito indispensable para todos los internos.

La CIIS junto a otras instituciones como el Hampton Institute (Hampton, Virginia) y  la Tuskegee Normal and Industrial Institute (Tuskegee, Alabama) se convirtieron en modelos de cómo lidiar con las minorías étnicas en los Estados Unidos. Según Navarro Rivera, tras la adquisición del imperio insular (Cuba y Puerto Rico), las autoridades norteamericanas aplicaron la experiencia adquirida con los minorías étnicas  norteamericanas a los pueblos conquistados en 1898.  Usando los esquemas raciales de su momento histórico, los  norteamericanos  que llegaron a las islas tras la guerra con España catalogaron a cubanos y puertorriqueños como “colored people” y, por ende, crearon sistemas educativos para educarles como eran educados los negros e indios en los EEUU. Además, crearon becas para enviarles a escuelas en los EEUU como la CIIS.

Según el Dr. Navarro Rivera,   60 niños puertorriqueños fueron enviados a Carlisle, hecho desatendido por  la historiografía puertorriqueña, “a pesar de su importancia para entender los primeros esfuerzos de adecuación colonial de Estados Unidos en Puerto Rico.” Su ensayo busca subsanar en parte ese desconocimiento analizando la experiencia de algunos de los puertorriqueños que fueron enviados a la CIIS.

El primer norteamericano encargado de la educación en Puerto Rico, el General John Eaton, fue también el primero en sugerir el envío de puertorriqueños a Carlisle. El primer Comisionado de Instrucción de Puerto Rico, Martin C. Brumbaugh, convenció en 1900 a la legislatura de la isla a asignar fondos para el envío de estudiantes puertorriqueños a los EEUU bajo la excusa de que  la isla “no contaba con buenas escuelas, no tenía instituciones de educación superior ni existían los recursos para construirlas.” El Comisionado recomendó el envío anual de 45 estudiantes a los Estados Unidos. Según Navarro, “Veinticinco varones irían a escuelas preparatorias y universidades y un segundo grupo de 20 jóvenes, varones y hembras, recibiría becas de $250 anuales del Gobierno para estudiar en lugares como Carlisle, Tuskegee y Hampton. Brumbaugh hizo posible con estas becas la extensión a Estados Unidos del proyecto educativo colonial que iniciaron en la Isla en 1898.”

Residencia de las niñas

Según el autor, solo 600 de los 10,700 alumnos que  estudiaron en Carlisle llegaron a graduarse.  Las fuentes no permiten determinar cuántos regresaron a sus lugares de origen, lo que “obstaculiza el estudio sobre el fenómeno del retorno.” Sí se sabe que   “un número significativo de puertorriqueños, tras irse de Carlisle, se quedaron en Estados Unidos o iniciaron una vida de continua migración entre dicho país y la Isla.”

Navarro   dedica  la parte final de su ensayo a examinar la experiencia de los puertorriqueños que estuvieron en Carlisle a través del estudio de la correspondencia de algunos de éstos. Desafortunadamente, no explica ni el origen ni la localización de estas fuentes. Lo que primero que señala el autor es que a los puertorriqueños que participaron en el programa no se les explicó con toda claridad la naturaleza de la escuela; en otras palabras, éstos no sabían que eran enviados a una escuela para indios. Navarro describe le caso de Juan José Osuna ­– quien llegaría a ser un reconocido educador puertorriqueño. Osuna llegó a Carlisle a los 15 años “bajo la impresión de que recibiría una educación profesional que lo prepararía para el campo del Derecho.” El autor también cita una carta de una estudiante de nombre Providencia Martínez:  “En ocasiones, cuando menciono la escuela para indios pienso que es un sueño. Realmente, no sabíamos que era una escuela regular para indios porque la Srta. Weekly no nos dijo la verdad.” El autor no aclara si este desconocimiento sobre la naturaleza de Carlisle fue producto de mal entendidos o de una estrategia de las autoridades coloniales estadounidenses.

Estudiantes ejercitándose en el gimnasio de Carlisle

Según el autor, en 1901 un grupo de estudiantes y padres le escribió a Luis Muñoz Rivera, uno de los principales líderes políticos puertorriqueños de principios del siglo XX, quejándose de Carlisle. Las cartas hicieron que Muñoz visitara la escuela en agosto de 1901. Según Navarro, Muñoz Rivera  escribió un artículo sobre su visita – artículo que desafortunadamente  el autor no identifica– donde señalaba que le preguntó a los puertorriqueños que encontró en Carlisle si querían regresar a la isla y que éstos le respondieron que querían quedarse en la escuela para aprender ingles.

Es curioso que Navarro señale que poco antes de la visita de Muñoz, tres estudiantes puertorriqueños se escaparon de la escuela. Otros dos estudiantes se escaparon en 1902. Del grupo que llegó en 1900, por lo menos 11 se retiraron de la escuela por solicitud de sus padres y 4 por razones de salud.  ¿Le mintieron los estudiantes puertorriqueños a Muñoz Rivera? Después de 1901, sólo 5 estudiantes puertorriqueños fueron admitidos a la escuela lo que lleva Navarro a concluir que:  “La evidencia sugiere que la experiencia negativa que tuvieron los puertorriqueños en Carlisle llevó al gobierno de Estados Unidos a suspender las becas que ofrecían en Puerto Rico para estudiar allí y, finalmente, ordenar que los puertorriqueños becados abandonaran CIIS en 1905.”

Este  ensayo rebela las intersecciones de la esferas domésticas y externas del imperialismo norteamericano.  Navarro muestra como una institución creada para atender a un sector de los sujetos coloniales domésticos o internos (los amerindios) es  también usada para buscar la americanización de los sujetos coloniales externos adquiridos en 1898. El autor deja claro el papel que jugó la  CIIS como instrumento del imperialismo estadounidense para atender los “problemas” que representaban las nuevas posesiones insulares.

Estudiantes de escuela elemental

Estudiantes de escuela elemental

Este ensayo de Navaro Rivera trabajo también deja claro la necesidad de que la historiografía puertorriqueña –yo añadiría, la latinoamericana en general– preste atención al papel que jugaron instituciones educativas, científicas, artísticas y profesionales estadounidenses en el desarrollo del imperialismo norteamericano en Puerto Rico (y América Latina).

Dos comentarios finales. Primero, extraño la ausencia de los filipinos en este ensayo. Dudo mucho que la avanzada americanizadora se limitara a cubanos y puertorriqueños y me gustaría saber si las fuentes revisadas por Navarro Rivera reflejan la presencia de estudiantes filipinos en la CIIS. Segundo, el autor no identifica de forma clara las fuentes que utiliza. Aunque este no es un ensayo publicado en un revista académica, el autor  y los editores debieron proveer la información básica sobre las fuentes que sustentas los argumentos de Navarro Rivera.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 14 de febrero de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad. A los interesados en este tema recomiendo visitar los siguientes:

  1. Pablo Navarro Rivera, “Acculturation Under Duress: The Puerto Rican Experience at the Carlisle Indian Industrial School 1898-1918”
  2. Carlisle Indian Industrial School Research Page
  3. Carlisle Indian Industrial School History

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He tropezado con una interesantísima selección de fotos de la Guerra hispanoamericana procedentes  de la Photographic Collection de la State Library and Archives of Florida. El estado de Florida, y en especial la ciudad de Tampa, jugaron un papel muy importante durante la guerra. Tampa sirvió de base de entrenamiento y operaciones para la campaña del Caribe. En esa ciudad se congregaron miles de soldados y toneladas de equipo bélico para la invasión de Cuba y Puerto Rico. La llegada de unos 30,000 soldados cambió la vida de lo que hasta ese entonces había sido una pequeña ciudad en la costa oriental de la Florida. Estas fotos   nos presentan el lado norteamericano del conflicto, de ahí su gran valor histórico. Espero que las disfruten.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 3 de agosto de 2009

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler,  Capellán Henry A. Brown,  Coronel Leonard Wood, y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt. (later 26th U.S. President).

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler, Capellán Henry A. Brown, Coronel Leonard Wood y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt.

Voluntarios cubanos.

Voluntarios cubanos.

Soldados marchando por la calles de Tampa

Soldados marchando por la calles de Tampa

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