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Archive for the ‘Guerra de Corea’ Category

John Dower es un destacado historiador estadounidense miembro emérito del Departamento de Historia del Massachussets Institute of Technology. En su larga y fructífera carrera,  el Dr. Dower  se ha destacado como analista de la historia japonesa y de las relaciones exteriores de Estados Unidos. El análisis de la guerra ha ocupado una parte importante de su trabajo académico. Su libro Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II (1999) ganó varios premios prestigiosos, entre ellos, el Pulitzer y el Bancroft. Es autor, además, de War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War (1986), Japan in War and Peace: Selected Essays (1994),  Cultures of War: Pearl Harbor/Hiroshima/9-11/Iraq (2010), and Ways of Forgetting, Ways of Remembering: Japan in the Modern World (2012). 

En el siguiente artículo publicado en TomDispatch, Dower enfoca cómo a lo largo de su historia, los estadounidenses han, no sólo recordado, sino también olvidado las guerras en las que han participado para preservar así su auto-representación de víctimas, tema que discute a profundidad en su último libro The Violent American Century: War and Terror Since World War Two (2018).


The last near-century of American dominance was extraordinarily violent |  Business Standard News

Pérdida de memoria en el jardín de la violencia

JOHN DOWER

TomDisptach  30 de julio de 2021

Hace algunos años, un artículo periodístico atribuyó a un visitante europeo la irónica observación de que los estadounidenses son encantadores porque tienen una memoria muy corta. Cuando se trata de las guerras de la nación, no estaba del todo incorrecto. Los estadounidenses abrazan las historias militares del tipo heroico “banda de hermanos [estadounidenses]”, especialmente en la Segunda Guerra Mundial. Poseen un apetito aparentemente ilimitado por los recuentos de la Guerra Civil, de lejos el conflicto más devastador del país en lo que respecta a las muertes.

Ciertos momentos históricos traumáticos como “el Álamo” y “Pearl Harbor” se han convertido en palabras clave —casi dispositivos mnemotécnicos— para reforzar el recuerdo de la victimización estadounidense a manos de antagonistas nefastos. Thomas Jefferson y sus pares en realidad establecieron la línea de base para esto en el documento fundacional de la nación, la Declaración de Independencia, que consagra el recuerdo de “los despiadados salvajes indios”, una demonización santurrona que resultó ser repetitiva para una sucesión de enemigos percibidos más tarde. “11 de septiembre” ha ocupado su lugar en esta invocación profundamente arraigada de la inocencia violada, con una intensidad que raya en la histeria.

John W. Dower | The New Press

John Dower

Esa “conciencia de víctima” no es, por supuesto, única de los estadounidenses. En Japón después de la Segunda Guerra Mundial, esta frase —higaisha ishiki  en japonés— se convirtió en el centro de las críticas de izquierda a los conservadores que se obsesionaron con los muertos de guerra de su país y parecían incapaces de reconocer cuán gravemente el Japón imperial había victimizado a otros, millones de chinos y cientos de miles de coreanos. Cuando los actuales miembros del gabinete japonés visitan el Santuario Yasukuni, donde se venera a los soldados y marineros fallecidos del emperador, están alimentando la conciencia de las víctimas y son duramente criticados por hacerlo por el mundo exterior, incluidos los medios de comunicación estadounidenses.

En todo el mundo,  los días y los monumentos conmemorativos de guerra garantizan la preservación de ese recuerdo selectivo. Mi estado natal de Massachusetts también hace esto hasta el día de hoy al enarbolar la bandera “POW-MIA” en blanco y negro de la Guerra de Vietnam en varios lugares públicos, incluido Fenway Park, hogar de los Medias Rojas de Boston, todavía afligidos por los hombres que luchaban que fueron capturados o desaparecieron en acción y nunca regresaron a casa.

De una forma u otra, los nacionalismos populistas de hoy son manifestaciones de la aguda conciencia de víctima. Aún así, la forma estadounidense de recordar y olvidar sus guerras es distintiva por varias razones. Geográficamente, la nación es mucho más segura que otros países. Fue la única entre las principales potencias que escapó de la devastación en la Segunda Guerra Mundial, y ha sido inigualable en riqueza y poder desde entonces. A pesar del pánico por las amenazas comunistas en el pasado y las amenazas islamistas y norcoreanas en el presente, Estados Unidos nunca ha estado seriamente en peligro por fuerzas externas. Aparte de la Guerra Civil, sus muertes relacionadas con la guerra han sido trágicas, pero notablemente más bajas que las cifras de muertes militares y civiles de otras naciones, invariablemente incluidos los adversarios de Estados Unidos.

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Soldados filipinos, 1899.

La asimetría en los costos humanos de los conflictos que involucran a las fuerzas estadounidenses ha sido el patrón desde la aniquilación de los amerindios y la conquista estadounidense de Filipinas entre 1899 y 1902. La Oficina del Historiador del Departamento de Estado cifra el número de muertos en esta última guerra en “más de 4.200 combatientes estadounidenses y más de 20.000 filipinos”, y procede a añadir que “hasta 200.000 civiles filipinos murieron de violencia, hambruna y enfermedades”. (Entre otras causas precipitantes de esas muertes de no combatientes, está  la matanza por tropas estadounidense de búfalos de agua de los que dependían los agricultores para producir sus cultivos). Trabajos académicos recientes eleven el número muertes de civiles filipinos.

 

La misma asimetría mórbida caracteriza las muertes relacionadas con la guerra en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo de 1991 y las invasiones y ocupaciones de Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001.

Bombardeo terrorista de la Segunda Guerra Mundial a Corea y Vietnam al 9/11

Si bien es natural que las personas y las naciones se centran en su propio sacrificio y sufrimiento en lugar de en la muerte y la destrucción que ellos mismos infligen, en el caso de los Estados Unidos ese astigmatismo cognitivo está relegado por el sentido permanente del país de ser excepcional, no sólo en el poder sino también en la virtud. En apoyo al “excepcionalismo estadounidense”, es un artículo de fe que los valores más altos de la civilización occidental y judeocristiana guían la conducta de la nación, a lo que los estadounidenses agregan el apoyo supuestamente único de su país a la democracia, el respeto por todos y cada uno de los individuos y la defensa incondicional de un orden internacional “basado en reglas”.

Tal autocomplacencia requiere y refuerza la memoria selectiva. “Terror”, por ejemplo, se ha convertido en una palabra aplicada a los demás, nunca a uno mismo. Y sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, los planificadores de bombardeos estratégicos estadounidenses y británicos consideraron explícitamente su bombardeo de bombas incendiadas contra ciudades enemigas como bombardeos terroristas, e identificaron la destrucción de la moral de los no combatientes en territorio enemigo como necesaria y moralmente aceptable. Poco después de la devastación aliada de la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945, Winston Churchill, cuyo busto circula dentro y fuera de la Oficina Oval presidencial en Washington, se refirió  al “bombardeo de ciudades alemanas simplemente por el bien de aumentar el terror, aunque bajo otros pretextos”.

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Hiroshima, setiembre de 1945.

En la guerra contra Japón, las fuerzas aéreas estadounidenses adoptaron esta práctica con una venganza casi alegre, pulverizando 64 ciudades  antes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Sin embargo, cuando los 19 secuestradores de al-Qaeda bombardearon el World Trade Center y el Pentágono en 2001, el “bombardeo terrorista” destinado a destruir la moral se desprendió de este precedente angloamericano y quedó relegado a “terroristas no estatales”. Al mismo tiempo, se declaró que atacar a civiles inocentes era una atrocidad totalmente contraria a los valores “occidentales” civilizados y una prueba prima facie del salvajismo inherente al Islam.

La santificación del espacio que ocupaba el destruido World Trade Center como “Zona Cero” —un término previamente asociado con las explosiones nucleares en general e Hiroshima en particular— reforzó esta hábil manipulación de la memoria. Pocas o ninguna figura pública estadounidense reconoció o le importó que esta nomenclatura gráfica se apropiaba de Hiroshima, cuyo gobierno de la ciudad sitúa el número de víctimas mortales del bombardeo atómico “a finales de diciembre de 1945, cuando los efectos agudos del envenenamiento por radiación habían disminuido en gran medida”, en alrededor de 140.000. (El número estimado de muertos en Nagasaki es de 60.000 a 70.000). El contexto de esos dos ataques —y de todas las bombas incendiadas de ciudades alemanas y japonesas que les precedieron— obviamente difiere en gran medida del terrorismo no estatal y de los atentados suicidas con bombas infligidos por los terroristas de hoy.  No obstante, “Hiroshima” sigue siendo el símbolo más revelador y preocupante de los bombardeos terroristas en los tiempos modernos, a pesar de la eficacia con la que, para las generaciones presentes y futuras, la retórica de la “Zona Cero” posterior al 9/11 alteró el panorama de la memoria y ahora connota la victimización estadounidense.

Dong Xoai June 1965

Civiles vietnamitas, Dong Xoai, junio de 1965

La memoria corta también ha borrado casi todos los recuerdos estadounidenses de la extensión estadounidense de los bombardeos terroristas a Corea e Indochina. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el United States Strategic Bombing Survey calculó  que las fuerzas aéreas angloamericanas en el teatro europeo habían lanzado 2,7 millones de toneladas de bombas, de las cuales 1,36 millones de toneladas apuntaron a Alemania. En el teatro del Pacífico, el tonelaje total caído por los aviones aliados fue de 656.400, de los cuales el 24% (160.800 toneladas) se usó en islas de origen de Japón. De estas últimas, 104.000 toneladas “se dirigieron a 66 zonas urbanas”. Impactante en ese momento, en retrospectiva, estas cifras han llegado a parecer modestas en comparación con el tonelaje de explosivos que las fuerzas estadounidenses descargaron en Corea y más tarde en Vietnam, Camboya y Laos.

La historia oficial de la guerra aérea en Corea (The United States Air Force in Korea 1950-1953)  registra que las fuerzas aéreas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos volaron más de un millón de incursiones y, en total, dispararon un total de 698.000 toneladas de artillería contra el enemigo. En su libro de memorias de 1965  Mission with LeMay, el general Curtis LeMay, que dirigió el bombardeo estratégico tanto de Japón como de Corea, señaló: “Quemamos casi todas las ciudades de Corea del Norte y Corea del  Sur… Matamos a más de un millón de civiles coreanos y expulsamos a varios millones más de sus hogares, con las inevitables tragedias adicionales que en consecuencia se producirían”.

Otras fuentes sitúan el número estimado de civiles muertos en la Guerra de Corea hasta  tres millones, o posiblemente incluso más. Dean Rusk, un partidario de la guerra que luego se desempeñó como secretario de Estado,  recordó que Estados Unidos bombardeó “todo lo que se movía en Corea del Norte, cada ladrillo de pie encima de otro”. En medio de esta “guerra limitada”, los funcionarios estadounidenses también se cuidaron de dejar claro en varias ocasiones que no habían descartado  el uso de armas nucleares. Esto incluso implicó ataques nucleares simulados en Corea del Norte por B-29 que operaban desde Okinawa en una operación de 1951 con nombre en código Hudson Harbor.

En Indochina, como en la Guerra de Corea, apuntar a “todo lo que se movía” era prácticamente un mantra entre las fuerzas combatientes estadounidenses, una especie de contraseña que legitimaba la matanza indiscriminada. La historia reciente de la guerra de Vietnam, extensamente investigada por Nick Turse, por ejemplo, toma su título de una orden militar para “matar a cualquier cosa que se mueva”. Los documentos publicados por los National Archives en 2004 incluyen una transcripción de una conversación telefónica de 1970 en la que Henry Kissinger  transmitió  las órdenes del presidente Richard Nixon de lanzar “una campaña masiva de bombardeos en Camboya”. Cualquier cosa que vuele sobre cualquier cosa que se mueva”.

My_Lai_massacre

Masacre de My Lai

En Laos, entre 1964 y 1973, la CIA ayudó a dirigir el bombardeo aéreo per cápita más pesado de la historia, desatando más de dos millones de toneladas de artefactos en el transcurso de 580.000 bombardeos, lo que equivale a un avión cargado de bombas cada ocho minutos durante aproximadamente una década completa. Esto incluía alrededor de 270 millones de bombas de racimo. Aproximadamente el 10% de la población total de Laos fue asesinada. A pesar de los efectos devastadores de este ataque, unos 80 millones de las bombas de racimo lanzadas no detonaron, dejando el país devastado plagado de mortíferos artefactos explosivos sin detonar hasta el día de hoy.

La carga útil de las bombas descargadas en Vietnam, Camboya y Laos entre mediados de la década de 1960 y 1973 se calcula comúnmente que fue de entre siete y ocho millones de toneladas, más de 40 veces el tonelaje lanzado sobre las islas japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Las estimaciones del total de muertes varían, pero todas son extremadamente altas. En un artículo del Washington Post  en 2012, John Tirman  señaló  que “según varias estimaciones académicas, las muertes de militares y civiles vietnamitas oscilaron entre 1,5 millones y 3,8 millones, con la campaña liderada por Estados Unidos en Camboya resultando en 600.000 a 800.000 muertes, y la mortalidad de la guerra laosiana estimada en alrededor de 1 millón”.

Civil War Casualties | American Battlefield Trust

Estadounidenses muertos en batalla

En el lado estadounidense, el Departamento de Asuntos de Veteranos sitúa las muertes en batalla en la Guerra de Corea en 33.739. A partir del Día de los Caídos de 2015, el largo muro del profundamente conmovedor Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington estaba inscrito con los nombres de  58.307  militares estadounidenses asesinados entre 1957 y 1975, la gran mayoría de ellos a partir de 1965. Esto incluye aproximadamente  1.200 hombres  listados como desaparecidos (MIA, POW, etc.), los hombres de combate perdidos cuya bandera de recuerdo todavía ondea sobre Fenway Park.

Corea del Norte y el espejo agrietado de la guerra nuclear

Hoy en día, los estadounidenses generalmente recuerdan vagamente a Vietnam, y Camboya y Laos no lo recuerdan en absoluto. (La etiqueta inexacta “Guerra de Vietnam” aceleró este último borrado.) La Guerra de Corea también ha sido llamada “la guerra olvidada”, aunque un monumento a los veteranos en Washington, D.C., finalmente se le dedicó en 1995, 42 años después del armisticio que suspendió el conflicto. Por el contrario, los coreanos no lo han olvidado. Esto es especialmente cierto en Corea del Norte, donde la enorme muerte y destrucción sufrida entre 1950 y 1953 se mantiene viva a través de interminables iteraciones oficiales de recuerdo, y esto, a su vez, se combina con una implacable campaña de propaganda que llama la atención sobre la Guerra Fría y la intimidación nuclear estadounidense posterior a la Guerra Fría. Este intenso ejercicio de recordar en lugar de olvidar explica en gran medida el actual ruido de sables nucleares del líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.

Con sólo un ligero tramo de imaginación, es posible ver imágenes de espejo agrietadas en el comportamiento nuclear y la política arriesgada de los presidentes estadounidenses y el liderazgo dinástico dictatorial de Corea del Norte. Lo que refleja este espejo desconcertante es una posible locura, o locura fingida, junto con un posible conflicto nuclear, accidental o de otro tipo.

North Korea leader Kim Jong Un could have 60 nuclear weapons: South Korea  minister estimates atomic bomb count - CBS News

Kim Jong-un

Para los estadounidenses y gran parte del resto del mundo, Kim Jong-un parece irracional, incluso seriamente desquiciado. (Simplemente combine su nombre con “loco” en una búsqueda en Google). Sin embargo, al agitar su minúsculo carcaj nuclear, en realidad se está uniendo al juego de larga data de la “disuasión nuclear” y practicando lo que se conoce entre los estrategas estadounidenses como la “teoría del loco”. Este último término se asocia más famosamente  con Richard Nixon y Henry Kissinger durante la Guerra de Vietnam, pero en realidad está más o menos incrustado en los planes de juego nuclear de Estados Unidos. Como se rearticula en “Essentials of Post-Cold War Deterrence“, un  documento secreto de política redactado por un subcomité en el Comando Estratégico de Estados Unidos en 1995 (cuatro años después de la desaparición de la Unión Soviética), la teoría del loco postula que la esencia de la disuasión nuclear efectiva es inducir “miedo” y “terror” en la mente de un adversario, para lo cual “duele retratarnos a nosotros mismos como demasiado racionales y de cabeza fría”.

 

Cuando Kim Jong-un juega a este juego, se le ridiculiza y se teme que sea verdaderamente demente. Cuando son practicados por sus propios líderes y el sacerdocio nuclear, los estadounidenses han sido condicionados a ver a los actores racionales en su mejor momento.

El terror, al parecer, en el siglo XXI, como en el XX, está en el ojo del espectador.

 Traducción de Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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El pasado martes 16 de marzo ocho personas fueron asesinadas en Georgia. Desafortundamente, este tipo  de eventos son comunes en Estados Unidos. Lo que hizo especial estas muertes es el hecho que seis de las  víctimas eran mujeres asiáticas. Esto ha activado las alarmas de  aquellos preocupados con el aumento en la violencia contra los asiático-estadounidenses producto de los efectos de la pandemia y, en especial, por el incremento de la retórica antichina en Estados Unidos. Desde el inicio de la pandemia se han registrado  3,800 casos de discriminación contra los asiáticos. Según el Center for the Study of Hate and Extremism, el número de crímenes de odio antiasiáticos estadounidenses reportados a la policía aumentaron un 149% entre 2019 y 2020.

La violencia contra los asiáticos no es un fenómeno nuevo en al historia estadoundisense. Basta recordar el trato que recibieron los miles de chinos que llegaron a Estados Unidos en el siglo XIX para construir ferrocarriles. A los chinos les toca el honor de ser el único pueblo al que se le negó al acceso a Estados Unidos a través de una ley aprobada por el Congreso en 1882.

Comparto esta breve nota publicada en la revista The Nation sobre la violencia contra los asiático y su vínculo con el desarrollo imperial de Estados Unidos.


 

Long before anxiety about Muslims, Americans feared the “yellow peril” of Chinese  immigration

Un anuncio de jabón de la década de 1880, subtitulado ‘The Chinese Must Go’. Biblioteca del Congreso

Anti-Asian Violence in America Is Rooted in US Empire

Christine AhnTerry K Park and Kathleen Richards

The Nation   March, 19, 2021

Shortly after the mass killing in Georgia—including six Asian women—earlier this week, US Secretary of State Antony Blinken denounced the violence, saying it “has no place in America or anywhere.” Blinken made the comments during his first major overseas trip to Asia with Defense Secretary Lloyd Austin, where Blinken warned China that the United States will push back against its “coercion and aggression,” and Austin cautioned North Korea that the United States was ready to “fight tonight.”

Yet such hawkish rhetoric against China—which was initially spread by Donald Trump and other Republicans around the coronavirus—has directly contributed to rising anti-Asian violence across the country. In fact, it’s reflective of a long history of US foreign policy in Asia centered on domination and violence, fueled by racism. Belittling and dehumanizing Asians has helped justify endless wars and the expansion of US militarism. And this has deadly consequences for Asians and Asian Americans, especially women.

Anti-Asian violence through US foreign policy has manifested in the wars that have killed millionstorn families apart, and led to massive displacement; in the nuclear tests and chemical weapons storage that resulted in environmental contamination in Okinawa, Guam, and the Marshall Islands; in the widespread use of napalm and Agent Orange in VietnamLaos, and Korea; in the US military bases that have destroyed villages and entire communities; in the violence perpetrated by US soldiers on Asian women’s bodies; and in the imposition of sanctions that result in economic, social, and physical harms to everyday people.

File:Filipino casualties on the first day of war.jpg - Wikipedia

Trincheras filipinas, 1899

These things can’t happen without dehumanization, and this dynamic has had dire consequences for Asian Americans, especially women. Of the 3,800 hate incidents reported against Asian Americans last year, 70 percent were directed at women. Exoticized and fetishized Asian American women have borne a dual burden of both racism and sexism, viewed on one hand as submissive and sexually available “lotus blossoms” and on the other as manipulative and dangerous “dragon ladies.”

Asian women are particularly harmed by US militarism and foreign policy—economically, socially, and physically. In Korea, women have long been collateral damage from militarized US foreign policy. The 1950–53 Korean War, which killed 4 million people, led to social and political chaos, separated families, and orphaned and widowed millions, creating conditions where women were without homes and work. This forced women into prostitution, according to Katherine H.S. Moon, an expert on US military prostitution in South Korea and author of the book Sex Among Allies.

Exhibitions Catch Glimpse of Korea

Huérfano coreano

Over a million Korean women have worked in “camptowns” that surround US military bases in South Korea. This system of military prostitution was controlled by the South Korean government and supported by the US military in order to strengthen military alliances and prop up the South Korean economy. Yet the women were stigmatized, “destined to invisibility and silence,” according to Moon.

These camptowns not only facilitated the immigration of thousands of Korean “war brides” to the United States, but also transported the system itself. As the US military steadily reduced its troop presence in Asia, camptown establishments, facing social upheaval and economic uncertainty, began sending their madams and sex workers to US domestic military sites through brokered marriages with US servicemen. Many of these exploited Korean women arrived in the US South, a region housing many domestic military bases, which saw the proliferation of military prostitution. By the 1980s, the Korean American sex trade would spread from these Southern military towns to elsewhere in the United States—including the Atlanta metropolitan area, site of Tuesday’s horrific mass shooting.

We see this anti-Asian violence now manifesting in ramped up US aggression toward China and the ubiquitous US military presence throughout the Asia-Pacific region. According to American University professor David Vine, there are approximately 300 US bases in the Asia-Pacific region circling China, which along with “aggressive naval and air patrols and military exercises, increases threats to Chinese security and encourages the Chinese government to respond by boosting its own military spending and activity.” The military buildup is raising regional military tensions, and increasing the risk of a deadly military clash or what should be an unthinkable war between two nuclear-armed powers.

Protestors hold signs that read "hate is a virus" and "stop Asian hate" at the End The Violence Towards Asians rally in Washington Square Park on February 20, 2021 in New York City.

If we are to successfully stop anti-Asian hatred here in the United States, we must recognize how US foreign policy perpetuates it and end US militarism and wars throughout the Asia-Pacific region. The Biden administration could start by formally ending the Korean War, which cost nearly $400 billion (in 2019 dollars) to fight, and continues to be a source of justification for military-centered policies by the United States, South Korea, Japan, and others in the region.


Christine AhnChristine Ahn is the executive director of Women Cross DMZ and coordinator of Korea Peace Now!

Terry K ParkTerry K Park is a lecturer in the Asian American Studies Program at the University of Maryland, College Park.

Kathleen RichardsKathleen Richards is the communications director of Women Cross DMZ.

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(Image: Library of Congress)

Obama: Ike Redivivus?

by Victor Davis Hanson

National Review Online March 11, 2014
In critique of the George W. Bush administration, and in praise of the perceived foreign-policy restraint of Obama’s first five years in the White House, a persistent myth has arisen that Obama is reminiscent of Eisenhower — in the sense of being a president who kept America out of other nations’ affairs and did not waste blood and treasure chasing imaginary enemies.

Doris Kearns Goodwin, Andrew Bacevich, Fareed Zakaria (“Why Barack Is like Ike”), and a host of others have made such romantic, but quite misleading, arguments about the good old days under the man they consider the last good Republican president.

Ike was no doubt a superb president. Yet while he could be sober and judicious in deploying American forces abroad, he was hardly the non-interventionist of our present fantasies, who is so frequently used and abused to score partisan political points.

There is a strange disconnect about Eisenhower’s supposed policy of restraint, especially in reference to the Middle East, and his liberal use of the CIA in covert operations. While romanticizing Ike, we often deplore the 1953 coup in Iran and the role of the CIA, but seem to forget that it was Ike who ordered the CIA intervention that helped to lead to the ouster of Mossadegh and to bring the Shah to absolute power. Ike thought that he saw threats to Western oil supplies, believed that Mossadegh was both unstable and a closet Communist, sensed the covert hand of the Soviet Union at work, was won over by the arguments of British oil politics, and therefore simply decided Mossadegh should go — and he did.

Ike likewise ordered the CIA-orchestrated removal of the leaders of Guatemala and the Congo. He bequeathed to JFK the plans for the Bay of Pigs invasion, which had been born on the former’s watch. His bare-faced lie that a U-2 spy plane had not been shot down in Russia did terrible damage to U.S. credibility at the time.

The Eisenhower administration formulated the domino theory, and Ike was quite logically the first U.S. president to insert American advisers into Southeast Asia, a move followed by a formal SEATO defense treaty to protect most of Southeast Asia from Communist aggression — one of the most interventionist commitments of the entire Cold War, which ended with over 58,000 Americans dead in Vietnam and helicopters fleeing from the rooftop of the U.S. embassy in Saigon.

Eisenhower’s “New Look” foreign policy of placing greater reliance on threats to use nuclear weapons, unleashing the CIA, and crafting new entangling alliances may have fulfilled its short-term aims of curbing the politically unpopular and costly use of conventional American troops overseas. Its long-term ramifications, however, became all too clear in the 1960s and 1970s. Mostly, Ike turned to reliance on nuke-rattling because of campaign promises to curb spending and balance the budget by cutting conventional defense forces — which earned him the furor of Generals Omar Bradley, Douglas MacArthur, and Matthew Ridgway.

In many ways, Eisenhower’s Mideast policy lapsed into incoherency, notably in the loud condemnation of the 1956 British-French operations in Suez (after Nasser had nationalized the Suez Canal), which otherwise might have weakened or toppled Nasser. This stance of Eisenhower’s (who was up for reelection) may have also contradicted prior tacit assurances to the British that the U.S. would in fact look the other way.

The unexpected American opposition eroded transatlantic relations for years as well as helped to topple the Eden government in Britain. Somehow all at once the U.S. found itself humiliating its two closest allies, empowering Nasser, and throwing its lot in with the Soviet Union and the oil blackmailers of Saudi Arabia — with ramifications for the ensuing decades.

Yet just two years later, Ike ordered 15,000 troops into Lebanon to prevent a coup and the establishment of an anti-Western government — precisely those anti-American forces that had been emboldened by the recent Suez victory of the pan-Arabist Nasser. We forget that Ike was nominated not just in opposition to the non-interventionist policies of Robert Taft, but also as an antidote to the purportedly milk-toast Truman administration, which had supposedly failed to confront global Communism and thereby “lost” much of Asia.

Eisenhower gave wonderful speeches about the need to curtail costly conventional forces and to avoid overseas commitments, but much of his defense strategy was predicated on a certain inflexible and dangerous reliance on nuclear brinksmanship. In 1952 he ran to the right of the departing Harry Truman on the Korean War, and unleashed Nixon to make the argument of Democratic neo-appeasement in failing to get China out of Korea. Yet when he assumed office, Eisenhower soon learned that hinting at the use of nuclear weapons did not change the deadlock near the 38th Parallel. Over 3,400 casualties (including perhaps over 800 dead) were incurred during the Eisenhower administration’s first six months. Yet the July 1953 ceasefire ended the war with roughly the same battlefield positions as when Ike entered office. Pork Chop Hill — long before John Kerry’s baleful notion about the last man to die in Vietnam — became emblematic of a futile battle on the eve of a negotiated stalemate.

Ike’s occasional opportunism certainly turned off more gifted field generals like Matthew Ridgway, who found it ironic that candidate Ike had cited a lack of American resolve to finish the Korean War with an American victory, only to institutionalize Ridgway’s much-criticized but understandable restraint after his near-miraculous restoration of South Korea. In addition, Ridgway deplored the dangerous false economy of believing that postwar conventional forces could be pruned while the U.S. could rely instead on threatening the use of nuclear weapons. He almost alone foresaw rightly that an emerging concept of mutually assured destruction would make the conventional Army and Marines as essential as ever.

As a footnote, Eisenhower helped to marginalize the career of Ridgway, the most gifted U.S. battlefield commander of his era. Ike bore grudges and was petty enough to write, quite untruthfully, that General James Van Fleet, not Ridgway, had recaptured Seoul — even though the former had not even yet arrived in the Korean theater. That unnecessary snub was reminiscent of another to his former patron George Marshall during the campaign of 1952. Ridgway, remember, would later talk Eisenhower out of putting more advisers into Vietnam.

The problem with the Obama administration is not that it does or does not intervene, given the differing contours of each crisis, but rather that it persists in giving loud sermons that bear no relationship to the actions that do or do not follow: red lines in Syria followed by Hamlet-like deliberations and acceptance of Putin’s bogus WMD removal plan; flip-flop-flip in Egypt; in Libya, lead from behind followed by Benghazi and chaos; deadlines and sanctions to no deadlines and no sanctions with Iran; reset reset with Russia; constant public scapegoating of his predecessors, especially Bush; missile defense and then no missile defense in Eastern Europe; Guantanamo, renditions, drones, and preventive detentions all bad in 2008 and apparently essential in 2009; civilian trials for terrorists and then not; and Orwellian new terms like overseas contingency operations, workplace violence, man-caused disasters, a secular Muslim Brotherhood, jihad as a personal journey, and a chief NASA mission being outreach to Muslims. We forget that the non-interventionist policies of Jimmy Carter abruptly ended with his bellicose “Carter Doctrine” — birthed after the Soviets invaded Afghanistan, American hostages were taken in Tehran and Khomeinists had taken power, China went into Vietnam, and Communist insurgencies swept Central America.

As for Dwight Eisenhower, of course he was an admirable and successful president who squared the circle of trying to contain expansionary Soviet and Chinese Communism at a time when the postwar American public was rightly tired of war, while balancing three budgets, building infrastructure, attempting to deal with civil rights, and promoting economic growth. Yet the Republican Ike continued for six months the identical Korean War policies of his unpopular Democratic predecessor Harry Truman, and helped to lay the foundation for the Vietnam interventions of his successors, Democrats John F. Kennedy and Lyndon Johnson. That the initial blow-ups in Korea and Vietnam bookended his own administration may have been a matter of luck, given his own similar interventionist Cold War policies.

Bush was probably no Ike (few are), and certainly Obama is not either. But to score contemporary political points against one and for the other by reinventing Eisenhower into a model non-interventionist is a complete distortion of history. So should we laugh or cry at the fantasies offered by Andrew Bacevich? He writes: “Remember the disorder that followed the Korean War? It was called the Eisenhower era, when budgets balanced, jobs were plentiful and no American soldiers died in needless wars.”

In fact, the post–Korean War “Eisenhower era” was characterized by only three balanced budgets (in at least one case with some budget gimmickry) out of the remaining seven Eisenhower years. In 1958 the unemployment rate spiked at over 7 percent for a steady six months. Bacevich’s simplistic notion that “jobs were plentiful” best applies to the first six months of 1953, when Ike entered office and, for the only time during his entire tenure, the jobless rate was below 3 percent — coinciding roughly with the last six months of fighting the Korean War. This was an age, remember, when we had not yet seen the West German, South Korean, and Japanese democratic and economic miracles (all eventually due to U.S. interventions and occupations), China and Russia were in ruins, Western Europe was still recovering from the war, Britain had gone on a nationalizing binge, and for a brief time the U.S. was largely resupplying the world, and mostly alone — almost entirely with its own oil, gas, and coal. Eisenhower’s term was characterized by intervention in Lebanon, fighting for stalemate in Korea, CIA-led coups and assassinations, the insertion of military advisers into Vietnam, new anti-Communist treaty entanglements to protect Southeast Asian countries, a complete falling out with our European allies, abject lies about spy flights over the Soviet Union, serial nuclear saber-rattling, and Curtis LeMay’s nuclear-armed overflights of the Soviet Union — in other words, the not-so-abnormal stuff of a Cold War presidency.

And the idea that, to quote from Doris Kearns Goodwin, Eisenhower “could then take enormous pride in the fact that not a single soldier had died in combat during his time” is, well, unhinged.

National Review Online contributor Victor Davis Hanson is a senior fellow at the Hoover Institution and the author, most recently, of The Savior Generals

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