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Posts Tagged ‘Estados Unidos’

Gracias a la generosidad de la amiga Lourdes García, he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Emilio Ocampo sobre la figura de Carlos María de Alvear, embajador de la Argentina en los Estados Unidos entre 1838 y 1852, titulado De La Doctrina Monroe al Destino Manifiesto: Alvear en Estados Unidos, 1835-1852 (Buenos Aires: Claridad, 2009).  Ocampo es un economista y banquero argentino convertido en historiador y autor de  varios libros,  entre ellos una obra titulada La última campaña del Emperador: Napoleón y la independencia de América (Buenos Aires, Argentina: Claridad, 2007), traducido al inglés por la University of Alabama Press bajo el título The Emperor’s Last Campaign: A Napoleonic Empire in America. Ocampo es también el creador de un interesante blog sobre historia argentina.

Carlos María de Alvear (1789-1852) fue un militar y político rioplatense que tuvo una participación destacada en el proceso de independencia  argentino. Una vez alcanzada la soberanía, Alvear jugó un papel importante en el desarrollo político de la Argentina, especialmente, en la guerra contra el Imperio Brasileño (1825-1828). Figura controversial por su relación con el caudillo Juan Manuel de Rosas, Alvear fue el primer embajador argentino en los Estados Unidos, posición que ocupó hasta su muerte en 1852. Como tal,  Alvear fue testigo de uno de los periodos más importantes de la historia norteamericana, lo que Ocampo llama el nacimiento de la “república imperial”. En otras palabras, Alvear vivió el desarrollo de un fuerte nacionalismo expansionista en la sociedad estadounidense, definido por la famosa frase “Destino Manifiesto”, y  que provocó la anexión de Texas y la guerra contra México. Gran admirador de los Estados Unidos, Alvear sufrió una profunda decepción que le llevó a criticar el expansionismo norteamericano como una amenaza para América Latina.

Emilio Ocampo

El objetivo de Ocampo es analizar la evolución de las opiniones y observaciones de Alvear  sobre los Estados Unidos a través del estudio de la  correspondencia y los despachos oficiales del embajador.  El producto de este interesante análisis es un valioso testimonio no sólo sobre un momento de gran importancia en el desarrollo del imperialismo estadounidense, sino también de la historia latinoamericana. Veamos algunos de los elementos más destacados de este libro.

En primer lugar, el autor ve el expansionismo norteamericano de mediados del siglo XIX como parte de un proceso de agresión neo-colonial contra América Latina. Según Ocampo, durante la gestión de Alvear como embajador, las repúblicas latinoamericanas enfrentaron la mayor amenaza desde su nacimiento a manos de “las tres grandes potencias marítimas de la época”: los EEUU, Francia y Gran Bretaña. Independientemente de que se puede cuestionar que los EEUU era una de las grandes potencias marítimas de ese periodo, el planteamiento de Ocampo sugiere que la guerra con México fue parte de un proceso más amplio de agresiones extranjeras contra países latinoamericanos en los años 1840 y 1850, producto de las “ambiciones expansionistas” francesas, británicas y norteamericanas. Los estadounidenses concentraron sus acciones contra el territorio mexicano, mientras que ingleses y franceses contra Argentina y el Uruguay. Debo reconocer que el carácter hemisférico de este planteamiento me sorprendió, pero no me convenció del todo.

La visión de Alvear de la Doctrina Monroe es otro tema muy interesante. Para el embajador,   la agresividad norteamericana contra México y la falta de interés estadounidense en ayudar a Argentina contra la agresividad anglo-francesa por el tema del Uruguay,  comprobaban que “los Estados Unidos había abandonado el principio fundamental en el que estaba basada la Doctrina Monroe”. (81) Para el embajador, la nueva versión de la Doctrina Monroe “no tenía como objetivos librar a las nuevas repúblicas americanas de la opresión colonial europea, sino dejar libre a los Estados Unidos para realizar sus sueños expansionistas en América del Norte”. (81) En otras palabras, para asegurar su hegemonía en el norte, los norteamericanos tenían que “neutralizar la ingerencia de las potencias europeas en su área de influencia”, dejándoles mano libre el América del Sur. Este planteamiento de Alvear me provoca dos comentarios. Primero, todo parece indicar que Alvear entendió la Doctrina Monroe como  un compromiso verdadero del gobierno norteamericano de mantener a los europeos fuera del continente americana y que esperaba que los Estados Unidos hicieran buena su promesa. ¿Vieron sus contemporáneos latinoamericanas la famosa doctrina del presidente Monroe desde el mismo prisma optimista de Alvear? Segundo, no me puedo dejar de preguntar,  ¿hasta qué punto podía EEUU hacer cumplir la Doctrina Monroe en la década de 1840? Creo que la respuesta es un rotundo no.

La llegada de miles de inmigrantes y el aumento poblacional  que ello provocaba era, según Alvear, una de las causas el expansionismo estadounidense. A este factor demográfico era necesario añadir un elemento cultural: el carácter emprendedor que impulsaba a los norteamericanos a expandirse. La esclavitud era otro elemento tomado en cuenta por Alvear a la hora de explicar el expansionismo de los Estados Unidos. Éste tenía claro que de Texas convertirse en estado de la Unión habría sido un estado esclavista , dándole más votos   a los defensores de la esclavitud  y, por ende, fortaleciendo esa institución.

Carlos María de Alvear

Como Gran Bretaña era incapaz de frenar a los Estados Unidos, era necesario, planteaba Alvear, que los países latinoamericanos adoptaran “los medios capaces para conservarse en posesión de la tierra que la Providencia les tiene acordada hasta ahora.” (78) Para ello, era necesario que los latinoamericanos tomaran conciencia del peligro que enfrentaban y copiaran la política migratoria estadounidense, fomentando la  llegada de inmigrantes europeos. Además, era necesario crear instituciones políticas –constituciones– que “permitieran una rápida generación de riqueza”. (93) Sólo así los latinoamericanos podrían contrarrestar la inminente hegemonía hemisférica norteamericana.

Dos temas son cruciales en este libro: la anexión de Texas y la guerra Mexicano-norteamericana. En 1836, colonos norteamericanos establecidos en el hasta entonces territorio mexicano de Texas, se rebelaron y ganaron su independencia. Los colonos habían llegado a Texas como parte de un suicida programa de colonización llevado a cabo por los mexicanos. Casi de forma inmediata la República de Texas solicitó su ingreso a la Unión norteamericana, pero le fue negado, ya que el ambiente en los Estados Unidos a mediados de la  década de 1830 no era el más propicio para la anexión de un territorio esclavista. No será hasta 1846 que la   anexión de Texas se haga realidad y provoque una desastrosa guerra para México. Alvear fue testigo del debate y proceso de anexión, como también del desarrollo de la guerra.  Sus comentarios y observaciones  son muy valiosos.

Alvear comienza sus observaciones sobre la anexión de Texas comentando el intento fallido del décimo presidente de los Estados Unidos, John Tyler. A pesar de que el intento de anexión de Tyler fue frenado por la oposición de  los abolicionistas, entre ellos John Quincy Adams, era claro para Alvear el desarrollo de una fuerte actitud anexionista y belicista en la opinión pública norteamericana. Según éste,

En comunicaciones anteriores he tenido el honor de instruir al Gobierno  de la tendencia ambiciosa que se  empezaba a desenvolver en el pueblo y   gobierno norteamericanos a adquirir nuevos territorios y posesiones a    costa de los nuevos Estados de Sudamérica, tendencia que crece y  aumenta  rápidamente siendo de notar que la moral de pública de este  país es tal, que el principio de la justicia o de fe guardada a los tratados  que los logan con México se mira con el más alto desprecio”. (99)

El crecimiento del chauvinismo en el pueblo norteamericano irritaba fuertemente a Alvear, en especial, por el creciente desprecio a las naciones latinoamericanas. El efecto de este proceso en el ánimo de Alvear es evidente, quien comenta con dureza,

Pero es preciso saber, aunque con dolor, que entre todos los pueblos cristianos que habitan el globo, el pueblo norteamericano es el que menos respeto tiene a la justicia y a la probidad y que sus costumbres se han alterado a tal punto y con tanta rapidez que han hecho poner en problema las alabanzas exageradas que hasta ahora se han dado a las formas democráticas.” (100)

La victoria del nacionalista James K. Polk en las elecciones de 1846 llevaría, según Alvear, a que la política expansionista norteamericana “se despliegue de un modo hipócrita  y pérfido caminando siempre a su objeto con precisión y tenaz perseverancia; tal es pues, la marcha y conducta de este pueblo cuya moral ha sido incauta y erróneamente preconizada como digno ejemplo y de imitación.” (102)

Alvear se pregunta que ha llevado a los estadounidenses a traicionar los principios sobre los que se creo su república anexando a Texas.  Para el que hasta entonces había sido un gran admirador de los Estados Unidos, esta debió ser una pregunta muy difícil. Según el embajador, el “rápido progreso” había alterado marcadamente “los hábitos y costumbres de este pueblo”, cambiando su moral y la de su gobierno. En otras palabras, los Estados Unidos habían  perdido su “compás moral” y por ello la justicia y la moral “han perdido toda fuerza en este país.” (105)

Tropas norteamericanas en el Zócalo

Sus observaciones sobre la guerra con México no son menos duras ni dolidas.  Sin embargo, El dolor que le provoca la actitud norteamericana no ciega su visión geopolítica, pues Alvear plantea que el objetivo de la guerra contra México no era Texas, sino California;  el acceso al océano Pacífico y a China. Además creía que la agresión contra México no era el fin, sino  el principio pues “el imperialismo se había instalado en la política exterior norteamericana y nada se podía hacerse al respecto. El embajador estaba convencido de que los Estados Unidos se lanzaría contra América Latina y, en especial, contra Panamá, Cuba, Chile, Perú y Ecuador.  De acuerdo con el embajador,

Un república americana considerada hasta ahora como la protectora de las demás se convierte de pronto en el enemigo más terrible supuesto que todos sus planes de engrandecimiento se fundan en todo el resto de la América como presa fácil de devorar”. (106)

Tal amenaza demandaba la reacción vigorosa de los países latinoamericanos que debían, entre otras cosas, conocer mejor a los Estados Unidos. Alvear es muy claro: los norteamericanos tenían agentes consulares en todos los países latinoamericanos, lo que demostraba su profundo interés en los asuntos de  las repúblicas latinoamericanas.  Desafortunadamente, sólo Argentina, Brasil y México tenían representación consular en los Estados Unidos, lo que debía ser corregido urgentemente.

Ocampo termina señalando que las observaciones de Alvear no eran producto de una reacción visceral contra el imperialismo norteamericano de mediados del siglo XIX, sino “el producto de más de un década de observador imparcial de la cultura y la sociedad norteamericanas”. (155) De igual nos señala que Alvear criticase duramente la política exterior de los Estados Unidos significase que rechazase o dejara de admirar “las instituciones políticas” y la “cultura cívica” norteamericanas. De ahí que recomendara en su testamento político que Argentina adoptase un sistema republicano  y federal. Propuestas que se vieron concretadas en la Constitución de 1853, un año después de su muerte en la ciudad víctima de una afección pulmonar.

El primer comentario que me provoca este libro tiene que ver con el  origen del imperialismo estadounidense. De acuerdo con el autor, “el imperialismo norteamericano nació cuando  [James K.] Polk le declaró la guerra a México” porque “hasta entonces los Estados Unidos nunca habían recurrido a las armas para engrandecer su territorio”. Aunque el propio Ocampo reconoce que su planteamiento deja fuera la violencia usada contra los pueblos aborígenes norteamericanos, es necesario subrayar que éste no deja de tener un gran valor, ya que reta la visión historiográfica tradicional de identificar como expansionismo, no como imperialismo, las adquisiciones territoriales estadounidenses previas a la guerra con España.  Concuerdo con Ocampo en que las prácticas imperiales estadounidenses no comenzaron con la adquisición del imperio insular (Filipinas, Guam y Puerto Rico) en 1898. Como el autor, creo que la guerra de agresión contra México constituyó un expresión imperialista que fue frenada no por eventos internacionales, sino por el conflicto doméstico provocado por el tema de la esclavitud entre 1848 y 1860. Contrario a Ocampo, incluyo la violencia contra las tribus indias como  parte de un proceso de agresión imperialista originado mucho antes de la independencia de los Estados Unidos.

En segundo lugar, es necesario destacar la gran importancia del análisis de las observaciones y comentarios de Alvear sobre una sociedad donde vivió los últimos catorce de años de su vida. Éstos constituyen un valiosísimo testimonio   un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos que reflejan una gran ojo geopolítico como al subrayar la importancia de la eventual construcción de un canal interoceánico en América Central o una total falta de visión política al descartar que el tema de la esclavitud podría provocar una guerra civil.

Por último, no puedo dejar de subrayar un tema muy afín a esta bitácora: el estudio y  conocimiento de los Estados Unidos. Para Alvear, era imprescindible que América Latina estudiara y conociera la sociedad y el sistema político estadounidenses para que estuviera en mejor posición de enfrentar lo que el embajador  veía como una amenaza inminente para la región: el imperialismo norteamericano.  Han trascurrido más  ciento cincuenta años de la muerte del Carlos María de Alvear y  este consejo sigue siendo valido y necesario.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2010

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No soy dado al autobombo, pero hay momentos en que es necesario compartir las buenas noticias con los amigos: acaba de ser publicado mi segundo libro, La amenaza colonial: El imperialismo norteamericano y las Filipinas, 1900-1934 (Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2010).

Comparto con ustedes la descripción que aparece en la contraportada del libro y que fue redactada por uno de los protagonistas principales del proceso de creación de esta obra, mi  querida esposa Magally Alegre Henderson.

“En 1898, los Estados Unidos libraron una corta pero muy exitosa guerra contra España, conocida como la guerra hispanocubano-norteamericana, que les concedió control sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. De todas estas posesiones, ninguna se encontraba más distante del imaginario norteamericano como las Filipinas, ni generó tan intenso debate político, ideológico y cultural en la sociedad estadounidense. La Amenaza Colonial analiza el impresionante cuerpo de ideas e imágenes sobre las islas y sus habitantes, creado por escritores, militares, funcionarios coloniales, periodistas, misioneros y viajeros norteamericanos; y cómo ésta producción cultural fue a su vez creada y recreada por los miembros del Congreso de los Estados Unidos en sus discusiones sobre el futuro político de las Filipinas.

La Amenaza Colonial resalta el papel protagónico que el Congreso norteamericano ha tenido en el desarrollo de prácticas, instituciones y políticas imperialistas de los Estados Unidos, desde una perspectiva que combina enfoques culturales, políticos, ideológicos y estratégicos.”

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú,  27 de noviembre de 2010

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En 1971 fue fundado el equipo Cosmos de Nueva York con el objetivo de promover el fútbol en los Estados Unidos.  Con el apoyo económico de la Warner Bros,   los directivos del Cosmos buscaron contratar estrellas del fútbol internacional.  Una de esas figuras fue el astro brasileño Pelé, quien en 1975 rechazó una oferta del Cosmos de $4 millones por considerarla insuficiente y porque estaba preocupado por la posible  reacción de sus compatriotas.  En este momento entró en escena un personaje muy particular: Henry Kissinger. El entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos  –un fanático de fútbol– le pidió al Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Antônio Francisco Azeredo da Silveira,  que interviniera a favor del equipo norteamericano. Kissinger fue claro con los brasileños: la presencia de Pelé en el Cosmos   sería “un activo enorme para Brasil” que adelantaría las relaciones entre ambas naciones. Los funcionarios brasileños llevaron el mensaje de Kissinger  a Pelé, quien terminó firmando con el Cosmos, donde permaneció hasta 1977.

Este episodio de diplomacia futbolística forma parte del excelente libro Kissinger e o Brasil (Rio de Janeiro, Zahar) publicado por Matias Spektor en el año 2009.  Spektor posee un Doctorado en Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford y se desempeña como Coordinador del Centro  de Estudios sobre Relações Internacionais da Fundação Getulio Vargas (Rio de Janeiro).

El libro de Spektor examina el desarrollo, a partir de 1969, de un proceso de acercamiento entre los Estados Unidos y Brasil que buscaba “construir una sociedad diplomática”. De acuerdo con el autor, este acercamiento no funcionó, pues tomó diez años superar las diferencias profundas que separaban a norteamericanos y brasileños.

Los dos artífices de este proceso lo fueron Kissinger y  Silveira. El estadounidense buscaba socios  que tomaran parte de la carga y de la responsabilidad internacional de los Estados Unidos en el marco de la guerra fría. La idea de Kissinger partía de su visión realista de la política internacional y de sus cálculos del costo para su país de mantener el orden internacional. Entre los países que Kissinger consideraba potenciales socios regionales de los Estados Unidos estaban Irán, Indonesia, África del Sur y el Brasil. Estos socios regionales deberían ayudar a los norteamericanos a mantener el orden y limitar así el intervencionismo estadounidense en el Tercer Mundo. Claro está, ello no significaba que Kissinger renunciara al “derecho” de su país a defender sus intereses. Se trataba de un gesto simbólico, gestual, psicológico y semántico que no pretendía ni aspiraba a alterar el balance geopolítico.

Silveira y Kissinger

Los brasileños aceptaron con recelo la propuesta norteamericana de “parceria” y ello no significó un alineamiento con la política exterior estadounidense como el que, según Spektor, ocurrió después del golpe de 1964. Éstos querían aprovechar  la oferta de Kissinger para “fortalecer el régimen, acelerar el proyecto conservador de modernización y conseguir concesiones comerciales”. Sin embargo, el gobierno militar brasileño no dejo de desconfiar de la intenciones norteamericanas y buscó mantener su independencia  diplomática a toda costa.  A partir de 1974, los militares brasileños buscaron utilizar la retórica de los norteamericanos para “mitigar el poder norteamericano sobre el Brasil y convencer a las grandes potencias de que Brasil merecía  un estatus especial en las relaciones internacionales”. En otras palabras, los brasileños tenían su propia agenda y no estaban dispuesto a “representar los intereses americanos”. De esta forma quedan claros los límites del poder estadounidense y la capacidad  de negociación de algunos países periféricos. Países como Brasil, Indonesia e Irán estaban dispuestos a aceptar la sociedad que les fue propuesta sólo si los Estados Unidos aceptaban limitar sus ambiciones, concretaban alianzas estratégicas y, sobre todo, enfatizaban la igualdad y el respeto entre los socios. Según Spektor, Kissinger estuvo dispuesto a ello, pero chocó con otros sectores del “establishment” diplomático norteamericano y, en especial, con el Departamento de Estado.

Spektor comienza enfocando a los  padres del programa de asociación: Kissinger y Silveira, enfatizando sus grandes diferencias. Kissinger era un hombre importante, famoso, poderoso  y responsable de la política exterior de la principal potencia mundial. Durante su gestión como Asesor de Seguridad Nacional y luego como Secretario de Estado, Kissinger fue protagonista de las negociaciones que permitieron el “fin” de la guerra de Vietnam, del acercamiento histórico a China, de la aproximación a la Unión Soviética  que facilitó el detente, de la expulsión de los soviéticos del Medio Oriente y de la preeminencia norteamericana en esa zona, del apoyo a sangrientas dictaduras anticomunistas en América Latina, África y Asia, etc.

Silveira era un diplomático de carrera sin la fama y el glamour de Kissinger que como los demás miembros de su generación, buscaba una mayor participación de su país en el escenario mundial. Un admirador de los Estados Unidos, donde había vivido por una temporada, Silveira creía que el papel principal de la diplomacia  brasileña debía ser preservar su autonomía frente al poderos vecino del norte. Éste veía a los posibles designios estadounidense como una amenaza para la soberanía económica y política de Brasil.

Silveira llevó a cabo una diplomacia agresiva alterando la posición brasileña en varios asuntos: acabó con el apoyo a Israel para apoyar a los países árabes y reconoció gobiernos marxistas en el Tercer Mundo, a pesar de formar parte de un gobierno controlado por militares anticomunistas.

Matias Spektor

Spektor es muy claro: lo que permitió el acercamiento norteamericano-brasileño de la década de 1970 fue la relación que desarrollaron Kissinger y Silveira. Ellos  moldearon exitosamente la actitud de sus respectivos presidentes en temas de relaciones exteriores. Fueron ellos quienes en tiempos de crisis salieron al rescate del proyecto de acercamiento bilateral. El objetivo del libro es explicar por qué éstos escogieron ese camino, dejando claro que contrario a lo que se ha pensado, los años 1970 no fueron un periodo  “de distanciamiento natural y progresivo entre Brasil y los Estados Unidos.”

El libro también busca llenar un vacío historiográfico. Para Spektor, es claro que en la primera mitad de la década de 1970 hubo un “ambicioso proyecto de aproximación” que la historiografía brasileña ha ignorado.  Además, el autor está convencido de que el fin de ese proyecto no fue no natural, ni inevitable. Su estudio, definitivamente, arroja luz sobre el desarrollo de las relaciones brasileño-norteamericana en un periodo en que éstas se han visto afectadas por eventos como el golpe de estado en Honduras y el tema de la energía nuclear en Irán.

Dos comentarios finales. En primer lugar, destaca el trabajo de archivo realizado por Spektor. Su investigación es realmente impresionante, pues combina fuentes brasileñas y norteamericanas de forma magistral. Entre sus fuentes destacan: el Arquivo Histórico do Ministerio das Relações Exteriores, el General Records of the Deapratment of State, los National Archives and Record Administration (NARA), Foreign Relations of the United States (FRUS), el Arquivo Azeredo da Silveira, el Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil da Fundação Getulio Vargas, etc. Es necesario destacar que el autor no se limitó a consultar fuentes escritas, sino que también recurrió a la historia oral, entrevistando a personajes relacionados a su investigación, entre ellos, al propio Kissinger.

En segundo lugar, el trabajo de Spektor rescata la importancia del individuo en el estudios de las relaciones diplomáticas. Ante la importante influencia de nuevas corrientes como la historia cultural sobre los estudios diplomáticos, se tiende a pasar por alto el papel crucial que juegan los individuos en el juego de la diplomacia.  Si algo queda claro en el libro de Spektor es que el acercamiento brasileño-norteamericano de los años 1970 fue posible por la presencia de Kissinger en la Casa Blanca y de Silveira en el Palacio de Itamaraty. La relación directa y personal entre  ambos, su interés y apoyo, fue lo que posibilitó la “parceria”.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 25 de julio de 2010

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Uno de los fenómenos más interesantes de la política estadounidense de principios del siglo XXI es el surgimiento del Tea Party (Partido del Te). Producto de las protestas populares en contra del rescate económico de la administración Bush (hijo) y de las políticas instauradas por Barack Obama a su llegada a la Casa Blanca, el  Tea Party toma su nombre de uno de los eventos más importantes en la etapa previa al inicio de la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sus miembros se oponen al incremento de los impuestos, la expansión del gobierno federal, la creación de un seguro de salud nacional, el déficit presupuestario, etc.

Dada su creciente popularidad, su naturaleza controversial y su fuerte conservadurismo, el Tea Party ha captado la atención de más de un analista estadounidense. Científicos políticos, sociólogos, economistas y politólogos han buscado entenderle y explicarle. Los historiadores no han estado ajenos a este fenómeno. Muestra de ello es el artículo publicado por TomDispatch el pasado mes de mayo bajo el título “History´s Mad Hatters: The Strange Career of the Tea Party Populism” (traducido al español y publicado por la revista SinPermiso con el título  “La tradición populista en Estados Unidos y la extravagante evolución del Tea Party”.) Escrito por los historiadores Steve Fraser (profesor visitante de la University of New York) y Joshua Freeman (profesor  de historia laboral en el Queens College de la City University of New York), este ensayo busca ubicar al Tea Party en el desarrollo del populismo estadounidense. Para ello, los autores elaboran un análisis general, pero muy valioso, de cuatro momentos en la evolución del populismo en los Estados Unidos: el movimiento Know Nothing de mediados del siglo XIX, el populismo agrario de los 1880 y 1890, la triada Long-Couhglin-Townsend de la era de la gran depresión y el populismo anti-segregacionista de los años 1960.

Pero antes de iniciar su análisis de la evolución del populismo,    Fraser y Freeman examinan el evento histórico de donde los seguidores del Tea Party han tomado el nombre de su movimiento.  El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos norteamericanos molestos con un nuevo impuesto del gobierno colonial británico abordaron el HMS Darmouth –un barco de la Compañía Británica de las Indias Orientales­– y arrojaron por la borda la carga de té que se encontraba en sus bodegas.  A este episodio se le conoce como el Boston Tea Party y constituye un antecedente de gran importancia en el proceso de independencia de las Trece Colonias norteamericanas. Los responsables de este reto a las autoridades británicas eran miembros de una organización secreta conocida como los Hijos de la Libertad. Un dato curioso es que quienes abordaron el Darmouth aquella mañana de diciembre de 1773 lo hicieron disfrazado de indios mohicanos y armados con tomahawks (hachas de guerras indias).

El Boston Tea Party provocó una dura reacción de parte de las autoridades británicas, quienes decidieron imponer su autoridad en Massachusetts cerrando el puerto de Boston y limitando severamente el gobierno propio de la colonia. La reacción británica fue  calificada por las demás colonias como intolerable  y llevó a la celebración del Primer Congreso Continental con representación de doce de las trece colonias.  Las diferencias entres colonos británicos fueron agrandándose hasta convertirse en una guerra.

Como quienes lanzaron el te a la bahía de Boston en 1773, los seguidores del Tea Party se rebelan  ante la injusticia a la que se sienten sometidos, y como aquéllos exclaman “No me pisotees”.  Según los autores, este sentimiento de víctima y el reclamo de justicia que le acompaña, son elementos constantes  del populismo norteamericano hasta su actual renacer en el Tea Party.  El populismo estadounidense también ha oscilado históricamente entre el deseo de crear algo nuevo y el deseo de restaurar un orden que sus seguidores han creído o imaginado perdido.

Los autores comienzan su análisis histórico del populismo estadounidense examinando el movimiento Know Nothing desarrollado en los Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850.  Lo primero que es necesario aclarar es el origen de nombre de esta primera manifestación del populismo norteamericano. De acuerdo con Fraser y Freeman, los seguidores de este movimiento comenzaron a reunirse en secreto y cuando alguien les preguntaba algo éstos respondía que no sabían nada (“know nothing”) y de ahí les quedo el calificativo. Con el apoyo de pequeños granjeros, “modestos hombres de negocios” y “gente trabajadora”, este movimiento llegó a convertirse en un partido político, el American Party.

Los “Know Nothings” poseían una rara combinación entre  nativismo y antiesclavismo, pues se oponían abiertamente a la inmigración de irlandeses y alemanes católicos (como también de los chinos) y su segmento norteño rechazaba la esclavitud. Éstos iniciaron una de las características más constantes del populismo en los Estados Unidos: el pensamiento conspirativo. Según los Know Nothings, “tanto el Papado como la elite de propietarios de plantaciones esclavistas del sur conspiraban para socavar la posibilidad de que existiera una sociedad democrática de hombres sin dueño al que servir.”  La llegada de miles de pobres inmigrantes católicos era parte de este complot que amenazaba la idea que tenían los “Know Nothings” de los Estados Unidos como una sociedad de “individuos independientes, libres e iguales.”

En las últimas décadas del siglo XIX se desarrollo lo que los autores denominan una “insurgencia económica y política” en las zonas agrícolas de los Estados Unidos. Esta insurgencia toma la forma de un partido político –el Partido Populista o Partido del Pueblo– que dio un vuelto interesante al escenario político estadounidense. El blanco de esta segunda etapa populista era el capitalismo corporativo y financiero que, según sus críticos,  estaba acabando con la libertad y la forma de vida de los granjeros. Para los populistas de fines del siglo XIX, las grandes empresas habían secuestrado al gobierno, convirtiéndole en un instrumento de la plutocracia. Además, de buscar rescatar al Estado de las garras de capital industrial y financiero, los populistas se adelantaron a su tiempo al proponer la elección directa de los senadores federales, la jornada de ocho horas, la creación de subsidios agrícolas y “la propiedad pública de los ferrocarriles e infraestructuras públicas”. Quienes apoyaban al Partido Populista también querían “restaurar una sociedad  de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales”.

Convención del Partido del Pueblo, 1890

La década de 1930 fue testigo de la tercera manifestación populista de importancia analizada por Fraser y Freeman. Ésta se desarrolló en el contexto de la peor crisis económica de la historia de los Estados Unidos, por lo que no debe ser una sorpresa su lucha contra el capitalismo corporativo. Según los autores, el populismo de los años 1930 aportó, además, un nuevo elemento al movimiento: la paranoia anticomunista.

Huey P. Long

El populismo de la era de gran depresión tuvo tres tendencias: el “Share Our Wealth” del Senador por Louisiana Huey P. Long, la “Union for Social Justice” del sacerdote católico Charles E. Coughlin y la campaña del Doctor Francis Townsend a favor de un sistema de pensiones para los ancianos. Aunque con orígenes y objetivos diferentes, estos tres movimientos se unieron para formar el Union Party, crítico de Franklin D. Roosevelt y del Nuevo Trato. El programa de Long incluía pensiones y educación gratuita para todos los ciudadanos, la creación de  un impuesto contra quienes tuvieran ingresos por encima del millón de dólares, el establecimiento de un salario mínimo y la construcción de proyectos públicos. Coughlin era una figura  de gran popularidad gracias a su programa de radio semanal que era transmitido desde Detroit a través de las ondas de CBS. Durante los cinco años que Coughlin mantuvo su programa radial, su voz  llegó a los hogares de millones de estadounidenses, convirtiéndole en la figura católica más influyente del país. Éste era una crítico acérrimo del capitalismo por considerarle contrario a los valores cristianos. Townsend lideró una cruzada a favor de los desempleados y los ancianos.  Este médico proponía la creación de una programa   que le garantizará una pensión de $200 a todos los ciudadanos mayores de 60 años. El programa de Townsend sería financiado por un “impuesto sobre la actividad empresarial”.

Charles E. Coughlin

Long y Coughlin tenían algo en común, su rechazo visceral al comunismo. El padre inclusive hablaba de una supuesta conspiración  entre bolcheviques y banqueros “para traicionar a Estados Unidos”. Coughling, además, dio claras muestras de simpatía por los nazis y manifestó un claro antisemitismo. Long y Coughlin también criticaron duramente a las grandes empresas y alegaban respaldar al “hombre olvidado” frente a los abusos del gobierno federal y de las corporaciones.  Como muestra del deseo populista de preservar un pasado idealizado, ambos se proclamaban defensores  de las “economías locales”, los “códigos morales tradicionales”  y “los estilos de vida establecidos”.

De acuerdo con Fraser y Freeman, a partir de la década de 1960, el populismo sufrió un giro “claramente hacia la derecha, tornándose cada vez más restauracionista y menos transformador, cada vez más anti-colectivista y menos anti-capitalista”.  Como parte de esta transformación, temas tradicionales, pero secundarios, como la ortodoxia religiosa, el chauvinismo, la xenofobia y la política de miedo y paranoia  pasaron a  un primer plano.

Para ilustrar este cambio, los autores enfocan dos figuras políticas sumamente importantes en los años sesenta:   Barry Goldwater y George Wallace. Goldwater era senador por el estado de Arizona y considerado uno de los políticos más conservadores de su época.  Candidato a la presidencia por el Partido Republicano en las elecciones de 1964, Goldwater se opuso a las leyes de derechos civiles en clara defensa de los derechos de los estados frente al gobierno federal. Éste era también enemigo  de cualquier tipo o forma de colectivismo, “entre las que obviamente incluía a los sindicatos y al Estado de bienestar”. El senador llegó a denunciar la existencia de una “una trama ‘roja’ para debilitar las mentes de los estadounidenses mediante un aumento de los niveles de flúor en el canal de suministro de agua potable”.

Wallace fue gobernador del estado de Alabama y un férreo defensor de la segregación racial. Los autores los denominan “el otro eslabón perdido entre el populismo económico de antaño y el populismo cultural de finales del siglo XX”. Este líder anti-elitista, chauvinista y racista, también asumió la defensa de los trabajadores, “favoreció la expansión del sector público”, aumentó los salarios de maestros de su estado e incrementó el gasto en salud y educación de Alabama (ofreciendo libros de textos gratuitos). Como candidato presidencial defendió la expansión de seguro social y del Medicare (un programa de seguro de salud del gobierno estadounidense para personas mayores de 65 años).

George Wallace

El impacto político de este claro ejemplo de las contradicciones que suelen caracterizar al populismo puede medirse en los resultados de las elecciones presidenciales de 1968. Ese año Wallace aspiró a la presidencia de los Estados Unidos como candidato por un tercer partido, enfrentando al tradicional bipartidismo norteamericano,  y obtuvo casi diez millones de votos (13.5% del voto popular y 46 voto electorales).

Fraser y Freeman cierran su ensayo preguntándose, “¿qué tiene que ver esta  narración episódica y accidentada del populismo estadounidense con el Tea Party?” Su respuesta es variada. En primer lugar, el Tea Party nos remite, según los autores, “a la pretensión de superioridad moral, sentido de desposesión, anti-elitismo, patriotismo revanchista, pureza racial y militancia del “No me pisotees” que siempre ha constituido, al menos en parte, la mixtura populista”.  En segundo lugar, el anti-capitalismo no juega “papel alguno” en el movimiento del Tea party. Aunque sus seguidores reaccionaron a los rescates financieros bancarios, esto no significa que manifiesten el sentimiento en contra de las grandes corporaciones típico de sus predecesores históricos.  Una posible explicación a este fenómeno podría estar en la composición social del Tea Party. Según los autores, la mayoría de los seguidores del movimiento tienen mejores ingresos que la media de la población norteamericana, un mayor nivel educativo  y, por ende, mejores posibilidades de conseguir trabajo.  En otras palabras, tienen menos razones para quejarse del capitalismo. En tercer lugar, para los seguidores del Tea Party la  posibilidad de un redistribución del ingreso constituye una amenaza a su bolsillo,  por lo que la  rechazan totalmente. En palabras de Frase y Freeman,

«El “No me pisotees”, que antaño había sido un grito de rebeldía, ahora se ha metamorfoseado en: “Esto es mío. No te atrevas
a gravarlo   con      impuestos”. Hoy el enemigo a abatir no es la empresa, sino el Estado”.

En cuarto lugar, los promotores de este populismo del siglo XXI son mayoritariamente blancos, hombres de edad avanzada reaccionando a la presencia de un negro en las Casa Blanca y de una mujer en la dirección de la Cámara de Representantes. Éstos parecen también reaccionar a la creciente percepción de la decadencia del poder de los Estados Unidos.   A lo que habría añadir el tradicional miedo populista a los inmigrantes y  el temor a ser desplazados por la minorías raciales.

Por último, los autores reconocen que el Tea Party es producto de la frustración de sectores de la sociedad estadounidense que siente, no sin razón, que han sido traicionados por el egoísmo de sus elites económica y política. Lo que está por verse es si esa indignación  moral y política dará paso a un movimiento de alcance nacional.

Este ensayo de  Freeman y Fraser me parece útil porque compendia muy bien el desarrollo histórico del populismo norteamericano. Sus comentarios pueden servir de base para aquellos interesados en profundizar en el estudio de uno de los movimientos políticos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos. En cuanto a su análisis del Tea Party, comparto sus observaciones, pero habría dado mayor énfasis al tema racial porque me parece que la presencia de un negro en Casa Blanca es el factor determinante detrás de las reacciones de muchos miembros del Tea Party.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 27 de junio de 2010

Nota: Todas las citas proceden de la versión en español del ensayo de Freeman y Fraser publicada por SinPermiso.

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La edición de julio de la revista paleo-conservadora norteamericana The American Conservative contiene un corto artículo del historiador norteamericano Andrew J. Bacevich que llamó mi atención. En su escrito titulado “Will Iraq Be  Forgotten Like Vietnam?”, Bacevich utiliza el tema de los más de 2,500 norteamericanos prisioneros de guerra  (Prissioners of War, POW) o perdidos en acción (Missing in Action, MIA) durante el conflicto de Vietnam para reflexionar en torno al tema de la memoria histórica en los Estados Unidos.

El autor comienza describiendo un cuadro que podría resultar familiar para quienes hayan vivido en un suburbio norteamericano: en el centro de Walpole (Massachussets) se encuentra, junto al asta de la bandera estadounidense, un estandarte negro con la siglas POW-MIA y la inscripción “You are not forgotten” (“No los hemos olvidado”). Esta bandera fue designada por el Congreso de los EEUU, en agosto de 1990, como “símbolo de la preocupación y compromiso de la nación norteamericana de resolver tanto como sea posible el destino de los norteamericanos que aún permanecen encancelados, perdidos o desaparecidos en el sudeste asiático” (U. S. Public Law 101-355, 10 de agosto de 1990).

Aunque la inscripción “You are not forgotten” enuncia un compromiso nacional de no olvidar a los perdidos en Vietnam, Bacevich reconoce que la realidad es otra, pues la mayoría de los estadounidenses –él incluído– hace tiempo que olvidó a quienes quedaron atrás en la junglas vietnamitas. Sólo los familiares de los POW-MIA mantienen vivo su recuerdo, pero este grupo está compuesto por un número muy limitado de personas.

A pesar de esta dura realidad, Bacevich plantea, no sin razón, que si la bandera ondeando en el centro de Walpole fuese removida, los habitantes de ese pueblo a 18 millas de Boston, levantarían su protesta e indignación.   ¿Por qué esta aparente contradicción? Para Bacevich la respuesta es sencilla: remover la bandera provocaría un “psychic void” (un vacío síquico) que los habitantes de Walpole no podrían tolerar porque, a pesar de los más de treinta años trascurridos desde su fin,  la guerra de Vietnam es un episodio inacabado de la historia estadounidense. Para el autor, desplegar la bandera de los POW-MIA es un testimonio de que Vietnam es “una parte del pasado que aún no ha sido totalmente relegada al pasado”. Esta acción conlleva, por un lado, el reconocimiento de un pérdida  como también de una gran falla nacional. Por el otro lado, también conlleva, nos dice Bacevich, la falsa pretensión de un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra de Vietnam en particular. En otras palabras, los perdidos en acción merecen volver a casa y el pueblo norteamericano merece saber por qué esos soldados fueron enviados al sudeste asiático.

Según Bacevich, esa reflexión histórica es prácticamente imposible porque  reexaminar lo ocurrido en Vietnam obligaría  a los norteamericanos a enfrentar “una plétora de verdades incómodas” no sólo sobre aquellos que  involucraron a la nación estadounidense en el conflicto indochino, sino también sobre la  forma de vida norteamericana y las premisas sobre las que ésta está basada. Muy pocos norteamericanos están dispuestos a enfrentar las duras realidades que abrir la puerta del tema vietnamita dejaría al descubierto porque ello les obligaría a revisar su forma de vida. Es por ello que, según Bacevich, prefieren calmar su conciencia con banderas, pretendiendo que les importa cuando en la realidad están desesperados por olvidar.

Para Bacevich, en la actualidad los norteamericanos continúan reproduciendo  el proceso de olvidar cuando pretenden recordar, pero no con relación a Vietnam. Hoy día es Irak la guerra que es necesario olvidar, dejar atrás para salvaguardar su forma de vida (yo añadiría, sus mitos nacionales, su comunidad imaginaria, su idea de nación cuyas acciones están siempre motivadas por objetivos nobles, su excepcionalismo y, sobre todo, su inocencia). De acuerdo con el autor, ya la administración Obama lo hizo al hacer causa común con los revisionistas de derecha que pretenden declarar la guerra en Irak un “gran triunfo” basados en el alegado éxito del “surge”, olvidando el costo humano de esa guerra antes y después del aumento de tropas norteamericanas a partir de 2007. La administración Obama está concentrado en su guerra en AfPak (Afganistán-Pakistán) y, convenientemente, ha dejado a Irak en el pasado.

Monumento a los Veteranos de Vietnam, Washington, D.C.

Bacevich cierra su escrito lanzando una interesante pregunta: ¿Se conocerá algún día la verdad sobre la guerra de Irak? Su respuesta es un categórico NO. Es muy probable que llegue el día que el Congreso estadounidense apruebe la construcción de un monumento a la guerra de Irak en la zona del Mall en la capital de los Estados Unidos, pero  según él, nunca investigará a fondo el fracaso norteamericano en tierras iraquíes porque “la verdad seguirá siendo inoportuna”. Desafortunadamente, la preferencia de los estadounidenses por una historia desinfectada y esterilizada continuará.

Norberto Barreto Velázquez.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad.

SOBRE EL PALEO CONSERVADURISMO PUEDEN SER CONSULTADOS LOS SIGUIENTES:

http://www.moral-politics.com/xpolitics.aspx?menu=Political_Ideologies&action=Draw&choice=PoliticalIdeologies.PaleoConservatism

http://usconservatives.about.com/od/typesofconservatives/a/PaleoCons.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paleoconservadurismo

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Los Doctores Pablo Pozzi y Fabio Nigra de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de la Universidad de  Buenos Aires, nos obsequian otra interesante y, sobre todo, valiosa compilación de ensayos de historia estadounidense. Titulado Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos (Argentina: Editorial Maipue, 2009, ISBN: 978-987-9493-49-6), el nuevo libro de Pozzi y Nigra reacciona ante la guerra de Irak y en especial,  al “desconocimiento  que campea sobre el tema” de la historia de los Estados Unidos.

A modo de introducción, los compiladores nos brindan un corto  prefacio donde comparten reflexiones muy importantes. Es claro que a Pozzi y Nigra les preocupa que  el desconocimiento  de la historia de los Estados Unidos lleve a la reproducción acrítica del discurso imperial norteamericano porque ello  promueve la aceptación del “status quo de dominación” y la promoción del “excepcionalismo, el racismo y el patrioterismo”. De ahí que lancen varias preguntas fundamentales: “¿Quiénes son los bárbaros? ¿Los que no tienen como lengua madre el discurso imperial? ¿O los que matan, violan, mutilan, torturan o fuerzan desapariciones de personas?”. Los ensayos que componen esta obra buscan responder a estas preguntas con una visión crítica de la historia norteamericana.

Los compiladores enfocan un tema que me resulta fundamental: la necesidad del  conocimiento de la historia norteamericana en América del Sur.  Según Pozzi y Nigra, los analistas suramericanos  basan su análisis en obras históricas producidas por los estadounidenses. Algunas de estas obras son críticas con la historia estadounidense, pero otras “presentan a las culturas  y a las sociedades anglosajonas como superiores y “civilizadas”, mientras que los luso-hispanos, eslavos, asiáticos o africanos  son tratados, en el mejor de los casos, como  en “vías de desarrollo”; o sea, en camino a ser norteamericanos”.  En otras palabras, reproducen el punto vista hegemónico norteamericano. Para Pozzi y Nigra, es fundamental que las sociedades sudamericanas –latinoamericanas, añadiría yo– rompan con esa dependencia construyendo “un conocimiento  sobre los Estados Unidos que parta de las preguntas que generan nuestras necesidades”.  Tal declaración de independencia académica e ideológica  es no sólo necesario  –¿útil?– para quienes como los compiladores se declaran anti-imperialistas, sino también para las burguesías latinoamericanas.  De forma muy atinada los compiladores señalan:

Para las burguesías sudamericanas, la carencia de conocimiento implica que sus   políticas  se establecen en base de pautas  y  prioridades establecidas en    Washington, lo que refuerza su carácter de lumpenburguesía, al decir de André   Gunder Frank.”

El objetivo de Invasiones bárbaras “es revertir esta situación” promoviendo el conocimiento de la historia norteamericana, pero de una historia que no sea “un espejo opositor de la dominante», sino que explique “desde nuestra perspectiva, esa historia, para ir estableciendo las bases políticas que defiendan nuestros intereses”.  No se trata de hacer “la otra historia” de los Estados Unidos, sino de hacer “nuestra”  historia de la nación norteamericana.

Este libro me resulta doblemente importante. Primero, por que recoge dieciséis ensayos cortos de la pluma de historiadores estadounidenses y latinoamericanos analizando el desarrollo del imperialismo norteamericano desde la guerra con México hasta la guerra de Vietnam. Estos trabajos constituyen un gran recurso pedagógico en la enseñanza de un historia amena y ágil. En segundo lugar, este libro es un llamado de atención   sobre la necesidad-utilidad del estudio de la historia norteamericana  en América del Sur. Pozzi y Nigra promueven el estudio de la historia norteamericana desde una perspectiva muy práctica, pues proponen la construcción una historia de los Estados Unidos que refleje los intereses de América del Sur. Ni la izquierda ni la derecha latinoamericana deben perder de vista que la influencia e importancia de los Estados Unidos hacen necesario y útil el estudio de la historia del imperio.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 20 de marzo, 2010

Nota: Agradezco a la amiga Cristina Hinojosa de la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú su diligencia en la adquisición de esta obra.

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En la edición de noviembre-diciembre de 2009 de Diálogo –periódico digital de la Universidad de Puerto Rico– aparece publicado un corto ensayo titulado “El molino de piedra” donde su autor, el Profesor Pablo Navarro Rivera, examina una de las instituciones más peculiares del imperialismo norteamericano, la Carlisle Indian Industrial  School (CIIS). La CIIS fue creada en 1879 para lidiar con el llamado problema indio (“Indian problem”).  Qué hacer con las naciones indias despojadas en nombre del progreso fue un problema para los norteamericanos desde el periodo colonial.  Para la década de 1870 el debate giraba en torno a la posibilidad de incorporar a los amerindios a la sociedad norteamericana.   Los creadores de la CIIS creían que era posible convertir a los nativo americanos en ciudadano útiles a través de la educación y  la transculturación forzosa de miles de jóvenes amerindios.

Estudiantes de Carlisle en 1885

Esta escuela ubicada en una antigua base militar,  atendió a 10,700 estudiantes entre 1879 y 1918. Durante ese periodo la CIIS llevó a cabo lo que Navarro Rivera denomina como un genocidio cultural: americanizar a miles de amerindios imponiéndoles el idioma inglés, la vestimenta, la religión y las costumbres anglosajonas. Se buscaba  “matar al salvaje” que habitaba en el indio y dar vida a un “ser civilizado”, es decir, americanizado. Los propulsores de la CIIS creían que los amerindios podrían incorporarse a la sociedad blanca sólo si experimentaban una transformación radical, es decir, si  dejaban de ser lo que eran y se convertían en copias al carbón de los estadounidenses blancos.

El proceso de transculturación comenzaba con la llegada de los estudiantes. Cuando éstos  arribaban a Carlisle, se les tomaba una foto que servía para comparar al salvaje que entraba con el ser civilizado que saldría, se les bañaba, se les cortaba el pelo y se les vestía como “gente civilizada”. El uso del idioma vernáculo estaba totalmente prohibido y los estudiantes eran vigilados para evitar la socialización entre miembros de las misma etnias. El uso del inglés era un requisito indispensable para todos los internos.

La CIIS junto a otras instituciones como el Hampton Institute (Hampton, Virginia) y  la Tuskegee Normal and Industrial Institute (Tuskegee, Alabama) se convirtieron en modelos de cómo lidiar con las minorías étnicas en los Estados Unidos. Según Navarro Rivera, tras la adquisición del imperio insular (Cuba y Puerto Rico), las autoridades norteamericanas aplicaron la experiencia adquirida con los minorías étnicas  norteamericanas a los pueblos conquistados en 1898.  Usando los esquemas raciales de su momento histórico, los  norteamericanos  que llegaron a las islas tras la guerra con España catalogaron a cubanos y puertorriqueños como “colored people” y, por ende, crearon sistemas educativos para educarles como eran educados los negros e indios en los EEUU. Además, crearon becas para enviarles a escuelas en los EEUU como la CIIS.

Según el Dr. Navarro Rivera,   60 niños puertorriqueños fueron enviados a Carlisle, hecho desatendido por  la historiografía puertorriqueña, “a pesar de su importancia para entender los primeros esfuerzos de adecuación colonial de Estados Unidos en Puerto Rico.” Su ensayo busca subsanar en parte ese desconocimiento analizando la experiencia de algunos de los puertorriqueños que fueron enviados a la CIIS.

El primer norteamericano encargado de la educación en Puerto Rico, el General John Eaton, fue también el primero en sugerir el envío de puertorriqueños a Carlisle. El primer Comisionado de Instrucción de Puerto Rico, Martin C. Brumbaugh, convenció en 1900 a la legislatura de la isla a asignar fondos para el envío de estudiantes puertorriqueños a los EEUU bajo la excusa de que  la isla “no contaba con buenas escuelas, no tenía instituciones de educación superior ni existían los recursos para construirlas.” El Comisionado recomendó el envío anual de 45 estudiantes a los Estados Unidos. Según Navarro, “Veinticinco varones irían a escuelas preparatorias y universidades y un segundo grupo de 20 jóvenes, varones y hembras, recibiría becas de $250 anuales del Gobierno para estudiar en lugares como Carlisle, Tuskegee y Hampton. Brumbaugh hizo posible con estas becas la extensión a Estados Unidos del proyecto educativo colonial que iniciaron en la Isla en 1898.”

Residencia de las niñas

Según el autor, solo 600 de los 10,700 alumnos que  estudiaron en Carlisle llegaron a graduarse.  Las fuentes no permiten determinar cuántos regresaron a sus lugares de origen, lo que “obstaculiza el estudio sobre el fenómeno del retorno.” Sí se sabe que   “un número significativo de puertorriqueños, tras irse de Carlisle, se quedaron en Estados Unidos o iniciaron una vida de continua migración entre dicho país y la Isla.”

Navarro   dedica  la parte final de su ensayo a examinar la experiencia de los puertorriqueños que estuvieron en Carlisle a través del estudio de la correspondencia de algunos de éstos. Desafortunadamente, no explica ni el origen ni la localización de estas fuentes. Lo que primero que señala el autor es que a los puertorriqueños que participaron en el programa no se les explicó con toda claridad la naturaleza de la escuela; en otras palabras, éstos no sabían que eran enviados a una escuela para indios. Navarro describe le caso de Juan José Osuna ­– quien llegaría a ser un reconocido educador puertorriqueño. Osuna llegó a Carlisle a los 15 años “bajo la impresión de que recibiría una educación profesional que lo prepararía para el campo del Derecho.” El autor también cita una carta de una estudiante de nombre Providencia Martínez:  “En ocasiones, cuando menciono la escuela para indios pienso que es un sueño. Realmente, no sabíamos que era una escuela regular para indios porque la Srta. Weekly no nos dijo la verdad.” El autor no aclara si este desconocimiento sobre la naturaleza de Carlisle fue producto de mal entendidos o de una estrategia de las autoridades coloniales estadounidenses.

Estudiantes ejercitándose en el gimnasio de Carlisle

Según el autor, en 1901 un grupo de estudiantes y padres le escribió a Luis Muñoz Rivera, uno de los principales líderes políticos puertorriqueños de principios del siglo XX, quejándose de Carlisle. Las cartas hicieron que Muñoz visitara la escuela en agosto de 1901. Según Navarro, Muñoz Rivera  escribió un artículo sobre su visita – artículo que desafortunadamente  el autor no identifica– donde señalaba que le preguntó a los puertorriqueños que encontró en Carlisle si querían regresar a la isla y que éstos le respondieron que querían quedarse en la escuela para aprender ingles.

Es curioso que Navarro señale que poco antes de la visita de Muñoz, tres estudiantes puertorriqueños se escaparon de la escuela. Otros dos estudiantes se escaparon en 1902. Del grupo que llegó en 1900, por lo menos 11 se retiraron de la escuela por solicitud de sus padres y 4 por razones de salud.  ¿Le mintieron los estudiantes puertorriqueños a Muñoz Rivera? Después de 1901, sólo 5 estudiantes puertorriqueños fueron admitidos a la escuela lo que lleva Navarro a concluir que:  “La evidencia sugiere que la experiencia negativa que tuvieron los puertorriqueños en Carlisle llevó al gobierno de Estados Unidos a suspender las becas que ofrecían en Puerto Rico para estudiar allí y, finalmente, ordenar que los puertorriqueños becados abandonaran CIIS en 1905.”

Este  ensayo rebela las intersecciones de la esferas domésticas y externas del imperialismo norteamericano.  Navarro muestra como una institución creada para atender a un sector de los sujetos coloniales domésticos o internos (los amerindios) es  también usada para buscar la americanización de los sujetos coloniales externos adquiridos en 1898. El autor deja claro el papel que jugó la  CIIS como instrumento del imperialismo estadounidense para atender los “problemas” que representaban las nuevas posesiones insulares.

Estudiantes de escuela elemental

Estudiantes de escuela elemental

Este ensayo de Navaro Rivera trabajo también deja claro la necesidad de que la historiografía puertorriqueña –yo añadiría, la latinoamericana en general– preste atención al papel que jugaron instituciones educativas, científicas, artísticas y profesionales estadounidenses en el desarrollo del imperialismo norteamericano en Puerto Rico (y América Latina).

Dos comentarios finales. Primero, extraño la ausencia de los filipinos en este ensayo. Dudo mucho que la avanzada americanizadora se limitara a cubanos y puertorriqueños y me gustaría saber si las fuentes revisadas por Navarro Rivera reflejan la presencia de estudiantes filipinos en la CIIS. Segundo, el autor no identifica de forma clara las fuentes que utiliza. Aunque este no es un ensayo publicado en un revista académica, el autor  y los editores debieron proveer la información básica sobre las fuentes que sustentas los argumentos de Navarro Rivera.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 14 de febrero de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad. A los interesados en este tema recomiendo visitar los siguientes:

  1. Pablo Navarro Rivera, «Acculturation Under Duress: The Puerto Rican Experience at the Carlisle Indian Industrial School 1898-1918”
  2. Carlisle Indian Industrial School Research Page
  3. Carlisle Indian Industrial School History

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A comienzos del pasado mes de  noviembre tuve la oportunidad de visitar São Paulo y confirmar porque Brasil es considerado una potencia emergente. Sus rascacielos, su infraestructura y su ambiente son los de una urbe, los de la capital económica de un país que se abre paso entre las naciones más poderosas del planeta. De las muchas cosas que  llamaron mi atención en Brasil, debo destacar su industria del libro. La producción brasileña de libros es impresionante  por su tamaño, amplitud temática  y calidad. Quedé también muy impresionado con la gran cantidad de obras traducidas al portugués que son publicadas en Brasil. El lector brasileño tiene a su alcance trabajos históricos, sociológicos, políticos, culturales, antropológicos y de otras áreas de las ciencias sociales y las humanidades, escritos por autores norteamericanos, hispanoamericanos, europeos y asiáticos. Basta echar un vistazo al catálogo del Sindicato Nacional dos Editores do Livros para tener una idea de la amplitud de la producción brasileña de libros.

En São Paulo también encontré una interesante  producción   de historiadores brasileños sobre historia norteamericana. En este trabajo me propongo reseñar una de ellas,  el libro de Flávio Limoncic titulado Os inventores do New Deal: Estado e sindicatos no combate á Gran Depressão (Río de Janeiro, Civilição Brasileira, 2009). El Dr. Limoncic es profesor de historia en la Universidade Federal do Estado do Rio de Janeiro (UNIRIO). Su área de investigación es la historia laboral  de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Os inventores do New Deal es la versión editada de la tesis doctoral que presentara Limoncic ante el Instituto de Filosofia e Ciências Socias de la Universidade Federal de Rio de Janerio (IFCS-UFRJ).

Este libro enfoca el desarrollo de la política laboral del Nuevo Trato y su impacto en la historia del movimiento obrero norteamericano. Según Limoncic, Franklin D. Roosevelt y sus asesores interpretaron la Gran Depresión como una crisis de consumo provocada  por la desigualdad en la distribución de las rentas.  De ahí que consideraran necesario una redistribución del ingreso a través de aumentos de sueldos que traería consigo la imposición de la negociación colectiva como base de las relaciones laborales en los Estados Unidos. Para promover la negociación colectiva del trabajo, “los inventores del Nuevo Trato” aprobaron una  ley histórica –la Ley Wagner–, dando vida a la National Labor Relations Board (NLRB). Esta agencia del gobierno federal estaba encargada de administrar los instrumentos creados por el gobierno para fomentar la negociación colectiva, aumentar los ingresos de las trabajadores y con ello, el consumo.

Limoncic comienza su libro con una corta, pero muy valiosa presentación que sirve de introducción y donde resume, de forma magistral, las causas y el desarrollo de la crisis de 1929 en los Estados Unidos. Aquellos interesados en tener una visión general, pero a la vez seria del desarrollo de la Gran Depresión y el Nuevo Trato, encontrarán en esta introducción lo que están buscando. Ser capaz de sintetizar tal temática en un espacio tan breve –solo veintidós páginas– demuestra el gran dominio del autor sobre estos temas.

En el primer capítulo de su obra, Limoncic enfoca el desarrollo de las relaciones de laborales en los Estados Unidos antes del Nuevo Trato. El autor comienza analizando el desarrollo  de la historiografía laboral estadounidense, enfatizando en lo que él denomina como “a nova história do trabalho”. Hija de la década de 1960, esta nueva corriente historiográfica adoptó una actitud crítica que estuvo fuertemente influida por los trabajos clásicos de  E. P. Thompson, Eric Hobsbawn, Raymond Williams y Chsritopher Hill.  Esta nueva historia del trabajo mostró que después  de la unificación de dos principales sindicatos estadounidenses en 1955–la American Federation of Labor (AFL) y el Congress of Industrial Organizations (CIO)– el movimiento obrero norteamericano se convirtió en uno muy conservador.

En este capítulo el autor también enfoca un tema fundamental para entender el desarrollo del movimiento obrero estadounidense: el papel del poder judicial como regulador-controlador del movimiento obrero a lo largo del siglo XIX. Tras analizar varias importantes decisiones del Tribunal Supremo y otras cortes menores, el autor concluye que los cortes de justicia definieron las relaciones entre los trabajadores y sus patronos.  A pesar de que el Estado estadounidense era débil y su burocracia pequeña,  éste logró participar en la regulación social por medio de las acciones de su poder judicial. En otras palabras, fueron las cortes de justicia quienes impusieron restricciones  efectivas, a nivel tanto político como organizativo, sobre los sindicatos estadounidenses.

Afiche huelga textil, Lawrence (Massachussetts), 1912

Las decisiones de los tribunales norteamericanos que afectaron las relaciones de trabajo estuvieron determinadas por la idea de la libertad de contrato. De acuerdo con ésta, las partes contratantes (empleado-empleador) se debían poner de acuerdo sin que mediara coerción de ningún tipo. De ahí que se viera la contratación laboral como una acción individual y a los sindicatos como amenazas a la libertad de trabajo de cada individuo.  La tradición jurídica estadounidense en el siglo XIX privilegiaba al individuo como base de la organización social y rechazaba, por ende, la negociación colectiva del trabajo por medio de una serie instrumentos legales. Uno de ellos era la doctrina de la conspiración, es decir, que dos o más personas se pusieran de acuerdo para cometer un crimen. ¿De qué forma afectaba esto a los trabajadores? Porque la contratación colectiva era  considerada  una conspiración para “la operación natural del mercado, pues elevaba los salarios de forma artificial y destruía la competitividad económica”. En este individualismo craso, los intereses colectivos no estaban amparados por la ley.

Basados en la doctrina de la conspiración, los tribunales de justicia estadounidenses desarrollaron una jurisprudencia que definió las relaciones laborales. Tal jurisprudencia  negó a los trabajadores el derecho a la huelga o al boicot, si tales medidas violentaban los derechos de otros trabajadores a trabajar, afectaban la comunidad  o reducían el valor o el uso de la propiedad privada. En palabras de Limoncic: “Para maestros y jueces, la libertad e independencia republicanas   significaban la libertad de los individuos de usar sus propiedades,  inclusive su fuerza de trabajo, libres de  limitaciones producto de las   regulaciones colectivas”. (65)

El análisis de Limoncic sobre la evolución de la jurisprudencia anti-obrera desarrollada por los tribunales norteamericanos a los largo del siglo XIX me resulta muy interesante, pero demasiado legalista. El autor concentra su atención en las decisiones tomadas por los tribunales desde una óptica estrictamente legal y no enfoca los factores culturales, raciales, políticos o sociales que debieron influir la actitud de los jueces que dieron forma a la jurisprudencia anti-obrera. ¿Cuánto racismo, interés político, prejuicio social y/o cultural guiaron sus acciones? ¿Cuánto sus decisiones reflejaban prejuicios, tendencias culturales,  ideologías  o creencias de su época? Me preguntó si este “vacío” no será producto de las limitaciones propias de una tesis doctoral.

El segundo capítulo de Os inventores do New Deal está dedicado a la industria automovilística estadounidense y la Gran Depresión. Como bien señala Limoncic, el automóvil y la industria automovilística simbolizan los cambio que vivió la economía y la sociedad estadounidenses en las primeras décadas del siglo XX.  De ahí también su importancia en el desarrollo del movimiento obrero norteamericano.  El papel protagónico en este proceso estuvo a cargo de Henry Ford, pues su innovaciones revolucionaron el proceso de producción de automóviles. Según el autor,  la línea de montaje transformó a Ford en el primer productor mundial de automóviles y el patrono de miles de trabajadores.

En este capítulo el autor también deja claro cómo los cambios que sufrió la economía norteamericana en las primeras décadas del siglo XX, en especial el desarrollo de un economía de consumo, impactaron a los trabajadores estadounidenses. Según Limoncic, los trabajadores, y sus familias, dependían cada vez más de “de su inserción en el proceso productivo para su sustento”. (117) En otras palabras, los obreros dependían de su salario para consumir en una sociedad  cada vez más construida sobre el consumo.  A pesar de que la nueva producción en masa basada en el fordismo requería que los trabajadores se convirtiesen en consumidores de cantidades cada vez mayores de productos, los salarios que éstos recibían permanecieron bajos a lo largo de  las décadas de 1910 y 1920. Ya fuese esto un resultado de la contratación individual del trabajo, colectiva realizada por sindicatos débiles o simplemente determinada por las empresas de un mismo sector, los sueldos permanecieron bajos, limitando la capacidad adquisitiva de los obreros.  Por ejemplo, en 1918, una familia promedio con ingresos de $1,518 anuales,  sólo podía dedicar $330 de sus ingresos a gastos no relacionados a  la alimentación, la vestimenta o la vivienda.

La crisis de 1929 dejó claro para muchos que era necesario la creación de un  nuevo modelo de regulación del capitalismo. Según el autor, la crisis subrayó  la necesidad de nuevas leyes, nuevos hábitos y, sobre todo,  nuevos mecanismos reguladores que permitieran  salarios más altos para la clase trabajadora. El nuevo tipo de capitalismo que se desarrolló en los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX demandaba un nuevo orden económico en el que los trabajadores pudiesen consumir los productos que las fábricas estadounidenses elaboraban de forma masiva. Roosevelt y sus asesores, se convencieron de la urgencia de  aumentar la capacidad  adquisitiva de los millones de trabajadores norteamericanos.

El tercer capítulo del libro trata, precisamente, de los mecanismos legales creados por el Nuevo Trato para promover mejores sueldos para los trabajadores a través de la imposición de la negociación colectiva. En 1933, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la National Industrial Recovery Act (NIRA), proponiendo códigos para “regular” la competencia entre las industrias estadounidenses. A pesar de que la aceptación de tales códigos era voluntaria, la aprobación de la NIRA significó un  cambio importante en las relaciones entre el sector público y el privado. De ahí que fuera vista por algunos como el arribo de la planificación económica necesaria para poner fin a la rivalidad desordenada y caótica característica del capitalismo estadounidenses en la época previa a la Gran Depresión.

El movimiento obrero, y en especial la AFL, se beneficiaron de la aprobación de la NIRA porque la sección 7(a) de la ley garantizaba la organización sindical y la contratación colectiva del trabajo. Además, la ley estableció que los salarios mínimos y la extensión máxima de la  jornada laboral serían determinadas por medio de los códigos creados por medio de la NIRA. Para la AFL, esta ley significó que la intervención estatal con los sindicatos pasara de manos del poder judicial a manos de los poderes ejecutivo y legislativo, con quienes el sindicato tenía mejor relación.

La sección 7(a) establecía que las empresas debían permitir a sus trabajadores el derecho a la organización sindical y a la negociación colectiva a través de los representantes libremente elegidos por los obreros.  Los empleadores no podían influir, restringir, interferir o coercer las acciones de sus trabajadores. Los patronos no podrían tampoco forzar a sus trabajadores a pertenecer a un sindicato organizado por la empresa o “company unions” y seguir, además, un código de horas máximas de trabajo y de salario mínimo, así también como igualar las condiciones de trabajo de sus obreros.  Según el autor, con estas medidas los legisladores buscaron equilibrar la capacidad de consumo y de producción, y de paso la estabilidad política de la nación norteamericana.

Como era de esperar, la sección 7(a) produjo una gran polémica pública. Los empresarios agrupado en la National Assotiation of Manufacturers (NAM) se opusieron a las nuevas regulaciones laborales impuestas por la National Recovery Administration, agencia federal creada por la NIRA.  Los patronos buscaron  frenar la sindicalización de sus trabajadores formando “company unions” como si fuesen sindicatos independientes. Por su parte, la AFL resistió las embestidas de las corporaciones, poniendo a Roosevelt en una posición delicada. El Presidente necesitaba la cooperación de las corporaciones para que la NIRA fuese efectiva, pero también necesitaba de los sindicatos para que fiscalizaran la implantación de los códigos industriales.  Para enfrentar este dilema, el gobierno optó por crear la National Labor Board (NLB), compuesta por tres representantes obreros, dos corporativos y el Senador Robert Wagner como miembro imparcial y representante del interés público. Esta junta debería solucionar las controversias que surgiesen con relación a la Sección 7(a) de la NIRA. Como la NLB no solucionó los problemas asociados a la Sección 7(a) fue creada la primera National Labor  Relations Board (NLRB) en julio de 1934. Todos su miembros era nombrados por el Presidente  y ésta tenía poder de investigar conflictos laborales, organizar elecciones sindicales y realizar audiencias investigativas sobre violaciones de la Sección 7(a) de la NIRA.  Sin embargo, esta primera NLRB no tenía poder para penalizar a las corporaciones que no cooperaran o aceptaran sus decisiones, lo que limitó severamente su eficacia.

En 1935, la NIRA fue declarada inconstitucional por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.  Limconcic concluye que la NIRA fue incapaz de promover la negociación colectiva porque tanto la NLB como la primera NRLB no contaron con los instrumentos legales necesarios y dependían de la buena voluntad de las corporaciones.

En el cuarto capítulo de su libro, Limoncic enfoque lo que el denomina “la segunda fase del Nuevo Trato”. Según el autor, la declaración de inconstitucionalidad de la NIRA llevó a la administración Roosevelt a dejar de buscar la cooperación de las corporaciones y recurrir a la regulación del mercado de trabajo por medio de dos piezas legales históricas: el seguro social y la segunda NLRB, ambas aprobadas en 1935.

Roosevelt firma le ley creando el Seguro Social

De acuerdo con Limoncic, el objetivo del seguro social era enfrentar los costos desiguales del bienestar social entre los estados. Los estados industriales del noreste y oeste de los Estados Unidos había establecidos programas de ayuda social (pensiones y ayuda al desempleado) cuyos costos eran cada vez mayores. Por otro lado, otros estados, principalmente sureños, no tenían programas similares y eran más atractivos para las empresas, en claro perjuicio para los estados que sí tenían programas de ayuda que aumentaban los costos del trabajo.  La creación del seguro social buscaba federalizar los costos de ayuda al desempleo y las pensiones para nivelar la competencia entre los estados. De ahí que fuese apoyado por los grandes estados industriales con programas de bienestar.

A pesar de que reconoce la importancia del seguro social, Limoncic considera que  la ley más importante aprobada durante el segundo Nuevo Trato fue la que creó la National Labor Relations Act  (NLRA) de julio de 1935. Conocida como la Ley Wagner en honor a su principal propulsor el Senador Robert Wagner, esta ley  buscaba garantizarle a los trabajadores el derecho a la representación sindical y el convenio colectivo. Para ello fue creada una segunda NLRB con poderes cuasi judiciales, pues sus decisiones debían ser revisadas por las cortes de apelación y, en última instancia, el Tribunal Supremo. Además, poseía poderes normativos cono definir prácticas ilegales de los empleadores y ejecutivos porque velaba porque los estatutos definidos por la ley Wagner fueran cumplidos por las empresas.  La segunda NLRB también poseía poderes investigativos y cualquiera de sus  tres miembros podía solicitar la comparecencia de testigos.

La Sección 8 de la Ley Wagner prohibía a las empresas intervenir, restringir o coercer las actividades sindicales de  sus empleados. La ley también prohibía la creación de uniones patronales o “company unions”   y que las empresas promovieran o entorpecieran la afiliación de cualquiera de sus empleado en una organización laboral.  La Ley Wagner buscaba fortalecer a los sindicatos permitiendo (promoviendo) la negociación colectiva como mecanismo para elevar la capacidad adquisitiva de los trabajadores y así fomentar el crecimiento de la demanda y, por ende, de la producción. Para ello eliminó las “company unions” y la tendencia de los tribunales a aplicar la “common law” para desarticular el movimiento obrero.  De ahí que ésta fuese recibida con los brazos abiertos por la AFL, cuyo presidente, William Greene, la denominó la Carta Magna del movimiento sindical.

Senador Robert F. Wagner

Según el autor, la aprobación de la NLRA cambió la percepción que tenía el Estado norteamericano de los sindicatos. Antes de la aprobación de esta ley, las uniones obreras eran vistas como organizaciones privadas que, por ende, no debían esperar ni recibir ningún beneficio del Estado. Con la NLRA, el gobierno federal comenzó a ver a los sindicatos –y la negociación colectiva que éstos llevaban a cabo con las corporaciones­­–  como piezas fundamentales para estabilizar la economía y fomentar el bienestar nacional.  En otras palabras, la ley convirtió el convenio colectivo del trabajo en una expresión del interés  público y a los sindicatos en agentes de ese interés.

Limocic cierra su libro dejando claro cómo al convertir a los sindicatos en “objetos de política pública”, el Estado norteamericano les despolitizó y les depuró de radicalismo y extremismos sociales y políticos, convirtiéndoles en socios de un nuevo orden económico que se extendió desde finales de la segunda guerra mundial hasta la década de 1970. Ello explica el fuerte conservadurismo que caracterizó al movimiento obrero norteamericano en la llamada era del consenso liberal.

Este libro es una pieza de gran valor por su análisis profundo y serio de un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos y del desarrollo del sindicalismo estadounidense.  En tiempos de crisis como los que vivimos, echar una ojeada a la Gran Depresión y el Nuevo Trato puede resultar un ejercicio muy útil. Por último, este libro es una prueba de cómo la historia de los Estados Unidos puede y debe ser tema de investigación en América Latina.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú,  29 de diciembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del portugués son mi responsabilidad.

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Retomo el análisis del libro Crucible of Empire que inicié a mediados de noviembre pasado. En esta ocasión enfocaré un corto, pero muy interesante ensayo de la historiadora norteamericana Anne L. Foster, titulado “Prohibiting Opium in the Philippines and the United States. The Creation of an Interventionist State”. La Dra. Foster es profesora asociada en el Departamento de Historia de la  Indiana State University. Ésta es autora de numerosos ensayos en diversas revistas  profesionales y coeditora, junto al sociólogo Julian Go, de una colección de ensayos titulada The American State in the Philippines: Global Perspectives (Duke University Press, 2003, ISBN: 0-8223-3099-7, publicado en las Filipinas por Anvil Press en 2005). Las áreas de especialidad de la profesora Foster son la historia de las relaciones exteriores de los Estados Unidos y del sudeste asiático.

En “Prohibiting Opium”, Foster examina la política norteamericana contra el consumo de opio en las Filipinas como parte de la orientación temática del libro que forma parte, es decir, como un mecanismo para examinar cómo las colonias estadounidenses influyeron en el desarrollo político de su metrópoli. Según la autora, el desarrollo de una política prohibiendo el consumo de opio en las Filipinas ha sido poco atendida, a pesar de su innegable importancia para entender el origen de las políticas anti-drogas en los Estados Unidos. Los norteamericanos prohibieron el opio en las Filipinas en 1908, seis años antes que en el territorio continental estadounidense, lo que le permite a Foster alegar que  el proceso filipino influyó de forma decisiva en la decisión en contra de los opiáceos en los Estados Unidos. Tal decisión conllevó la aprobación de la primera ley anti-narcóticos en la historia norteamericana.

Fumadero de opio, Manila, 1924.

Según Foster, la campaña en contra del opio en las Filipinas estuvo liderada por misioneros norteamericanos llegados a las islas después de 1898 y procedentes, en su mayoría, de la China. Estos misioneros vieron en la adquisición de las Filipinas una oportunidad para promover la prohibición del consumo de opio en los Estados Unidos. En otras palabras, la autora nos da un gran ejemplo de cómo se entrecruzan las esferas domésticas e imperial dentro de una relación colonial, pues los misioneros utilizan  la colonia como base para iniciar una política que se pretende exportar hacia la metrópoli.  De esta forma, la colonia deja de ser un mero receptor de las políticas e influencias procedentes de la metrópoli  y se convierte en un campo de experimentación social, legal y policial. Los frutos de tal experimentación  trascienden la sociedad colonial y terminan siendo implantados en la metrópoli.

Manila a principios del siglo XX.

Los objetivos de los misioneros chocaron con la actitud poco cooperadora de los oficiales coloniales norteamericanos, quienes no vieron con simpatía la prohibición del consumo de opio en las Filipinas. De acuerdo con Foster, el interés económico influyó  de manera decisiva en  la actitud de los oficiales coloniales porque el comercio de opio representaba una “fuente estable de ingresos” para el gobierno de las islas. Además, los oficiales coloniales se preguntaban, no sin alguna razón, por qué prohibir el opio en las Filipinas si su consumo era legal en la metrópoli.

La  estrategia de los misioneros en su lucha contra el opio en las Filipinas fue   asociar  su consumo con China y lo chino. Según Foster, ello respondió a una razón muy sencilla: la mayoría de ellos habían vivido en territorio chino, donde el  uso de la droga estaba muy extendido. Los misioneros estadounidenses habían sido testigos presenciales del efecto del uso del opio entre los chinos y usaron esas experiencias como argumento para conseguir su ilegalización en las Filipinas como un primer paso hacia su prohibición en los Estados Unidos. La presencia de chinos opiómanos en las Filipinas facilitó su labor, dándoles una justificación adicional.  Los  misioneros estadounidenses no eran los únicos en asociar el opio como un vicio chino, pues en los países del sudeste asiático era común la creencia de que los  chinos eran más propensos a su uso que los locales. En el caso filipino, el gobierno colonial español había limitado legalmente el consumo de opiáceos a los habitantes chinos de las islas, lo que unido al costo de este vicio, limitó el consumo de la droga entre los filipinos.

Los opositores del consumo de opio usaron la asociación de éste con los chinos para promover su prohibición tanto en los Estados Unidos como en las Filipinas. Sus argumentos eran muy sencillos. Primero, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos los chinos eran representados como extranjeros, es decir, como entes que no pertenecían a la “nación”. Si sólo los chinos fumaban opio, entonces, su ilegalización no afectaría a quienes sí eran considerados parte de  la “nación”. De esta forma, la prohibición de lo opiáceos  sólo afectaría no sólo a un sector minoritario, sino racial y culturalmente ajeno, foráneo, extraño.  Segundo, la obsesión de los chinos con el opio era presentada como evidencia de cómo éstos rechazaban la integración en la cultura norteamericana. El consumo de opio entre los chinos residentes en los Estados Unidos era visto como una práctica anti-norteamericana que reflejaba un claro rechazo de la cultura y la forma de vida estadounidenses; como una prueba de que los chinos no querían incorporarse a la cultura. Tercero, los fumaderos de opios eran presentados como centros de perdición,  donde jóvenes mujeres blancas eran corrompidas y convertidas en drogadictas, y en esclavas sexuales de hombres chinos. En conclusión, los estadounidenses usaron la imagen del opio como un vicio chino para marcar diferencias raciales, nacionales, culturales y hasta morales. De ahí que se alegara que la prohibición del consumo de opio sólo afectaría a un grupo minoritario y extranjero, que, además, rechazaba integrarse culturalmente y que corrompía con su vició a la sociedad estadounidense. Con ello se obviaba la amplitud y el carácter multiétnico del consumo de opio en los Estados Unidos.

De acuerdo con la autora, detrás de la oposición al consumo de opio se escondía un claro rechazo a la presencia china, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos. Los activistas anti-opio creían (¿albergaban la esperanza?)  que la ilegalización de los opiáceos llevaría a los chinos a regresar a su país, lo que facilitaría su implementación tanto en las Filipinas como en los Estados unidos.  No todos los observadores y analistas del tema del consumo de opio pensaban que la prohibición de éste fomentaría el regreso de miles de chinos a China. Un grupo de pesimistas alegaba que los opiómanos permanecerían tanto en los Estados Unidos  como en las Filipinas y que se convertirían en criminales, y en un serio problema social y criminal. De ahí que plantearan el tratamiento médico como solución al problema de la adicción al opio.

Tras la ilegalización del opio en 1914, los norteamericanos adoptaron el sistema de tratamiento existente en las Filipinas desde 1905.  En el sistema filipino, los adictos –de forma voluntaria o tras ser acusados por posesión de la droga– tenían la opción de recibir tratamiento médico gratuito. Los oficiales coloniales estaban muy orgullosos de este sistema porque creían que simbolizaba la dedicación y el compromiso del gobierno colonial con el bienestar de los filipinos, además, de su afán de ayudar a los adictos  a “volver a ser miembros productivos de la sociedad”. Este planteamiento me lleva a preguntarme si  el programa de tratamiento era visto como un elemento más de la representación del colonialismo norteamericano en las Filipinas como  un proceso de civilización e ilustración de sus habitantes. ¿Hasta qué  punto quienes aceptaban el  tratamiento ­­–es decir, la ley impuesta por el gobierno colonial– eran dignos de ser salvados, como los que habían aceptado el control norteamericano de las islas –también impuesto– habían sido dignos de ser civilizados por sus amos coloniales?  En otras palabras, ¿hasta qué punto este elemento se inserta en el  discurso colonial estadounidense en las Filipinas?

La ilegalización del opio en los Estados Unidos vino acompañado de un cambio  en la imagen del opiómano. Algunos médicos y oficiales de salud pública siguieron viéndole como a un enfermo que necesitaba asistencia médica y que no debía ser juzgado.  Sin embargo, otros galenos, oficiales sanitarios y, sobre todo, oficiales judiciales veían la adicción al opio como un vicio que debía ser castigado. Para ellos, el adicto era un criminal que debía ser encarcelado, no un enfermo. En este esquema represivo, el tratamiento estaba reservado para los prisioneros.  Según Foster, la distinción que se hacía entre quienes debían recibir tratamiento y quienes debían ir a la cárcel estaba enmarcada en las ideas de la época en torno a quien merecía ser salvado. En otras palabras, el gobierno estadounidense estaba más dispuesto a invertir dinero tratando a adictos de clase media,  “blancos y educados”  que en hacer los mismo con las minorías o los miembros de la clase trabajadora. Éstos últimos eran vistos como “una amenaza que debía ser removida de la sociedad en vez de  ayudarles a reintegrarse a ésta”.

Hamilton Wirght

Foster hace un recuento del proceso que llevó a la prohibición de la importación de opio a las Filipinas en 1905 (efectivo en 1908). De esta forma los Estados Unidos se convirtieron en la primera potencia colonial en el sudeste asiático que prohíbe el opio en su colonia, pero ello no alteró la legalidad de esa droga  en territorio metropolitano. Los misioneros y reformistas, especialmente el Obispo Episcopal de las Filipinas Charles H. Brent, iniciaron una campaña para prohibir el opio en las colonias cercanas y convencieron al Presidente Teodoro Roosevelt a convocar una  conferencia internacional en 1909. Las potencias coloniales europeas aceptaron la invitación norteamericana  y en preparación para tal reunión se acordó que todos los países participantes investigarían el tema del consumo de narcóticos tanto en la metrópoli como sus colonias. El Departamento de Estados de los Estados Unidos contrató a Hamilton Wright, un claro enemigo del opio, para que realizara tal investigación. Wright encontró que en los Estados Unidos existían miles de opiómanos. Además,  criticó que  la nación norteamericana promoviera la prohibición del opio en Asia cuando esa droga era legal en los Estados Unidos. Los medios noticiosos difundieron esta vergonzosa contradicción, lo que forzó la intervención del Congreso federal. En 1909, los legisladores estadounidenses aprobaron una ley prohibiendo la importación de opio listo para ser fumado. Según Foster, esta ley preparó el caminó para la aprobación, en 1914, de la Ley Harrison regulando la importancia, distribución y consumo de opiáceos en los Estados Unidos (la cocaína también fue incluida en esta ley).

Foster también enfoca el tema del tráfico de opio.  Como era de esperar, tras la prohibición de la droga ni los chinos regresaron a su país ni el consumo de opiáceos acabó. Por el contrario, la ilegalización del opio  abrió las puertas al negocio del contrabando de la droga. Las autoridades coloniales norteamericanas tomaron una serie de fuertes medidas para enfrentar el problema del contrabando. Para ello, recurrieron a tres instituciones coloniales policíaco-represivas:  la policía  municipal de la ciudad de Manila, el  Philippines Constabulary –un cuerpo  paramilitar creado por los norteamericanos que estaba compuesto por locales, pero comandado por estadounidenses– y el Servicio de Aduanas federal.  La autora presta especial atención a la presión que el gobierno norteamericano ejerció sobre los británicos para que éstos controlaran el contrabando de  opio desde sus colonas hacia las Filipinas.

La autora cierra su ensayo con una observación muy relevante. Según ella, se puede trazar parte de los orígenes de la llamada guerra contra las drogas en el desarrollo de un campaña largamente olvidada contra el trafico de opio en las Filipinas, que fue justificada como una mecanismo para proteger a los filipinos. De acuerdo con Foster, para combatir el contrabando de opio, los Estados Unidos promovieron  la prohibición regional y mundial de la droga. Además tuvieron que adoptar  acciones represivas en las islas y en los Estados Unidos que cambiaron las leyes y políticas estadounidenses. El gobierno norteamericano se embarcó en una campaña firme contra la prohibición de opio que se hizo cumplir a través de medidas represivas y policíacas contra los traficantes. Para Foster, tales medidas constituyen un importante antecedente de las políticas antidrogas estadounidenses adoptadas en las últimas décadas del siglo XX.

Este es un trabajo muy valioso, que enfoca el colonialismo como un proceso que se desarrolla en dos sentido, dejando claro cómo la colonia  fue usada  como campo de experimentación de políticas de control social, médico y legal, que luego fueron adoptadas por la metrópoli. La colonia deja así de ser un mero recipiente o víctima de las acciones y/o políticas metropolitanas para convertirse en protagonista del drama colonial. Para ello, Foster analiza, de forma clara y directa, un tema poco estudiado por la historiografía del imperialismo estadounidense, pero de gran relevancia y actualidad dado el papel que juegan los Estados Unidos en el consumo actual de drogas ilegales.  Foster también deja claro el impacto del control del opio en las Filipinas sobre las prácticas legales y policíacas norteamericanas, es decir, sobre el desarrollo del Estado en la sociedad estadounidense.

Antes de finalizar sólo me queda hacer un último comentario. Al concentrarse en la labor de los misioneros norteamericanos, la autora no atiende una pregunta que me resulta medular: ¿qué  papel jugaron los filipinos (políticos, religiosos, médicos, etc.) en este proceso? La ausencia de los sujetos coloniales en el ensayo de Foster me intriga y me lleva a preguntare si éste es más bien un problema de acceso a fuentes. Espero que este corto ensayo sea una pieza de un trabajo de mayor envergadura que le permita a Foster contestar esta pregunta y otras preguntas, además de seguir examinando las complejidades de la relación colonial de Estados Unidos y las Filipinas, la más controversial de sus colonias.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 18 de diciembre de 2009

Nota: Las traducciones del inglés son todas mías. Los interesados en el tema del opio podrían consultar los siguientes trabajos del Dr. Dale Geringer: “Prohibiting Opium in the Philippines –May 3rd 1905-2005” en Drugsense.com y “The Opium Exclusion Act of 1909” en Counterpunch.com

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Crucible 2La Editorial de la Universidad de Wisconsin acaba de publicar un libro que está destinado a convertirse en lectura obligatoria de todos aquellos interesados en el estudio del imperialismo norteamericano,  su  título: Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State (University of Wisconsin Press, 2009, ISBN: 978-029923104-0). Editado por el estudioso del sudeste asiático Alfred W. McCoy y el historiador puertorriqueño Francisco Scarano, Colonial Crucible es una obra de más de seiscientas páginas que recoge unos cuarenta ensayos escritos por académicos filipinos, puertorriqueños, españoles, norteamericanos y australianos. Los escritos de este  grupo amplio de investigadores  siguen un línea común: examinar cómo el imperio insular obtenido por los Estados Unidos en 1898 influyó el desarrollo del Estado norteamericano. En ese sentido buscan superar el estudio unidimensional del imperialismo estadounidense, analizando cómo las colonias o posesiones insulares han influido en el desarrollo político de los Estados Unidos.

Dada la magnitud de esta obra, me es imposible reseñarle toda. Lo que sí me propongo es reseñar algunos de los ensayos que me parezcan más interesantes y pertinentes, comenzando con uno de los dos trabajos que sirven de introducción a esta obra. Se trata del  ensayo “On the Tropic of Cancer: Transition and Transformation in the U. S. Imperialism” escrito por McCoy, Scarano y Courtney Johnson, profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Wisconsin.

Moro School Zamboanga, Mindanao

Escuela pública, Mindanao

Este ensayo comienza con tres planteamientos muy importantes. Primero, que el imperialismo norteamericano no fue excepcional, pero sí  diferente del resto de los imperialismos que le fueron contemporáneos. Según los autores, los Estados Unidos fueron un poder colonial paradójico que sólo poseyó una cadena de islas localizadas a lo largo del Trópico de Cáncer. Contrario a sus contrapartes europeos, los norteamericanos  controlaron sus principales posesiones por sólo unas décadas y gobernaron a un grupo reducido de personas (“few million people”). Segundo, que a pesar de su corta duración y del número reducido de seres humanos bajo su custodia, ese imperio tuvo un severo impacto sobre los Estados Unidos. Tercero, a pesar de su enorme importancia, el imperialismo estadounidense es el menos entendido de los imperialismos modernos. Según los autores, llenar ese vacío es el objetivo de este libro.

Estos tres planteamientos me parecen fundamentales. Primero que nada,  reconozco la necesidad de negar la excepcionalidad del imperialismo norteamericano, pero reconociendo que éste fue muy diferente a su homólogo inglés, francés u holandés. Diferenciar al imperialismo norteamericano es un factor fundamental para integrarle al estudio del imperialismo con mayúscula. Además, concuerdo totalmente con los autores en el impacto del imperialismo sobre la sociedad y el gobierno norteamericanos. Por último, me llena de enorme alegría y satisfacción que Scarano, McCoy y Johnson subrayen lo poco estudiado que es el imperialismo estadounidense, a pesar de  su inmensa importancia no sólo para los Estados Unidos, sino también para el resto de mundo y América Latina, en particular.  Ayudar a llenar ese vacío es la razón de ser de esta bitácora.

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Alfred McCoy

Uno de los puntos más  importantes de este ensayo es la representación que hacen sus autores del imperialismo como una vía en dos sentidos que afecta tanto  a las colonias  como  a sus metrópolis.  Citando trabajos del gran historiador  Charles S. Maier, los autores reconocen al imperialismo como un sistema que transforma tanto al centro como a la periferia.  El caso norteamericano no fue la excepción, pues el imperio insular adquirido en 1898 representó serios retos que terminaron transformando al Estado norteamericano. Siguiendo esa línea, los ensayos que componen Colonial Crucible buscan explorar los efectos  del imperialismo norteamericano de principios del siglo XX no sólo sobre las colonias, sino también sobre la geopolítica de los Estados Unidos y, especialmente, sobre el arte norteamericana de gobernar (“statecraft”).  Para los autores,   los cambios causados por el control  de las posesiones insulares en el mar Caribe y el océano Pacífico “radiaron gradualmente” hasta filtrarse en lo que ellos denominan como “los capilares de imperio norteamericano”, transformando a la sociedad y al estado metropolitano norteamericanos.

scarano

Francisco Scarano

El tema de la invisibilidad es un asunto inevitable al hablar del imperialismo norteamericano. Según Scarano, McCoy y Johnson, el imperialismo fue uno de los factores que dio forma al estado norteamericano moderno, pero su papel ha permanecido oculto (“obscured”) por el énfasis dado por la historiografía estadounidense a factores endógenos.  De ahí que el objetivo principal de este libro sea rescatar el impacto del imperialismo analizando el estado que se desarrolla en Washington a partir de la adquisición de las islas arrebatadas a España. En otras palabras, el libro busca superar “la insularidad de la historiografía norteamericana colocando la cuestión imperial en el centro de la historiografía metropolitana”. De esta forma se une el estudio de los colonos y de los colonizados, presentándoles como entes interdependientes.

Los ensayos recogidos  en Colonial Crucible argumentan que la expansión de 1898 dio vida a un estado imperial único (“unique”) que gobernó las colonias por medio de una burocracia reducida, pero muy poderosa. Los oficiales coloniales estadounidense estaban libres de la supervisión de Washington por lo que pudieron desarrollar experimentos sociales que hubiesen sido difíciles de llevar a cabo en los Estados Unidos, pero que una vez realizados en las colonias encontraron su camino hacia la metrópoli. En el proceso se  fortaleció a un gobierno federal que históricamente se había mostrado débil.

En áreas como la educación pública y la reforma carcelaria, los Estados Unidos habían desarrollado importantes cambios que luego aplicaron en sus colonias. Sin embargo, en áreas como la policía, la prohibición del consumo de drogas, la inteligencia policíaca y militar, la salud pública y el manejo ambiental, los norteamericanos innovaron en sus colonias y luego aplicaron sus innovaciones en la metrópoli.  Los autores subrayan que de  todos los

Native Guard

Miembros del Philippine Constabulary, pieza clave del aparato policiaco colonial en las Filipinas

programas aplicadas por el gobierno colonial el más efectivo fue el policíaco, pues permitió el desarrollo de un sistema de vigilancia que sirvió de modelo para crear un aparato de seguridad nacional durante la primera guerra mundial (McCoy acaba de publicar un libro sobre este tema titulado Policing America’s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State [The University of Wisconsin Press, 2009, ISBN 978-0-299-23414-0]). Otro buen ejemplo es el de las drogas, pues los autores subrayan que los norteamericanos prohibieron el consumo de opio en las Filipinas primero que en los Estados Unidos (Anne L. Foster aborda este tema en un brillante ensayo titulado “Prohibiting Opium in the Philippines  and the United States: The Creation of an Interventionist State” que  forma parte de este libro y que espero poder reseñar pronto).

Este ensayo es una excelente introducción a un libro que, sin lugar a dudas, hará por el estudio del imperialismo norteamericano lo que a finales de la década de 1990 hizo el libro Close Encounter of Empire (Duke University Press, 1998) por el estudio de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Colonial Crucible es como una regalo de Navidad largamente esperado.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 16 de noviembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías. Alfred W. McCoy acaba de publicar un ensayo en TomDispatch.com  («Welcome Home, War! How America´s Wars Are Sistematically Destroying Our Liberties«) abordando el tema de la construcción de una aparato represivo colonial en las Filipinas y sus implicancias en la historia reciente de los EEUU..

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