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Posts Tagged ‘Teodoro Roosevelt’

La Doctrina Monroe (DM) es uno de los componentes ideológicos más importantes en el desarrollo de la  política exterior de los Estados Unidos.  Por ello no debe sorprender la gran atención que ha recibido por parte de  numerosos y diversos investigadores. Una búsqueda sencilla en el catálogo cibernético de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos daría como resultado la existencia de más de 500 obras relacionadas con la famosa doctrina. La lista de autores es igualmente impresionante, pues entre quienes han dedicado tiempo a su estudio destacan Albert Bushnell Hart, Dexter Perkins, Arthur P. Whitaker, Samuel Flagg Bemis, Hiram Bingham, William Appleman Williams, Armin Rappaport, Ernest R. May, Edward P. Crapol, Gaddis Smith y Greg Grandin.

Sin embargo, es necesario reconocer que pesar de todo lo escrito, no todo está dicho sobre la Doctrina Monroe. El libro The Monroe Doctrine: Empire and Nation in Nineteenth-Century America (New York: Hill and Wang, 2011)del historiador Jay Sexton es una prueba de ello. Sexton, profesor en la Universidad de Oxford, utiliza la DM para examinar el desarrollo histórico de los Estados Unidos en el siglo XIX, transformando las palabras de Monroe en algo más que un pronunciamiento de política exterior. Para el autor, James Monroe no creó una doctrina; sus creadores fueron aquellos que a lo largo del siglo XIX  debatieron su significado, y la usaron para adelantar sus objetivos y causas. Sexton plantea, que la DM evolucionó en relación y/o respuesta a los cambios y dinámicas de  la política interna norteamericana, así como también al contexto geopolítico. Este proceso culminó a principios del siglo XX con su transformación en una pieza clave de la mitología nacional estadounidense. Sin embargo, este carácter icónico escondía, según el autor, la complejidad que caracterizó el desarrollo de la DM a lo largo del siglo XIX.

Jay Sexton

En su análisis de la DM Sexton enfoca tres procesos históricos del siglo XIX estadounidense: la lucha para apuntalar la independencia frente a Gran Bretaña, la consolidación de la unidad nacional y la expansión imperial.

El autor nos recuerda que la DM nace y se desarrolla en el contexto del ascenso hegemónico del imperio británico.  De forma muy convincente Sexton muestra que el británico fue el imperio  más poderoso del siglo XIX y subraya el carácter conflictivo de las relaciones de los Estados Unidos con su antigua metrópoli. El imperio británico proyectaba su sombra sobre los Estados Unidos, pues tras su independencia, la joven nación se mantuvo atrapada en las redes del sistema mundial británico. De acuerdo con el autor, era clara la subordinación-dependencia económica de los Estados Unidos frente a Gran Bretaña, pues entre ambas naciones existía una relación simbiótica en la que los ingleses eran los suplidores de capital, crédito y productos terminados, y mercado para las materias primas exportadas por los estadounidenses. Los beneficios que obtenían los norteamericanos de esta relación eran claros: además de capital de inversión, tenían acceso al mercado británico gracias a la reducción unilateral de las tarifas británicas, lo que dejaba a los estadounidenses en libertad de imponerles tarifas a los productos de su antigua metrópoli. A nivel diplomático, el poder de Gran Bretaña también significó problemas y beneficios para los Estados Unidos. Por ejemplo, tanto la compra de Luisiana  como el pago de la indemnizacion a México en 1848 fueron posibles gracias a préstamos de bancos  británicos. El reto para los norteamericanos era cómo aprovechar ese poder sin convertirse en un peón de los británicos.

A la dependencia en Gran Bretaña Sexton le suma la vulnerabilidad de la joven nación norteamericana. Sexton es muy claro, la Revolución no creó una nación. Esa nación se formó a lo largo del siglo XIX y conllevó compromisos políticos, cambios constitucionales, integración económica, despertares religiosos, el fin la esclavitud, expansión territorial, innovación tecnológica y el desarrollo de una ideología racista y nacionalista. Los Estados Unidos del siglo XIX eran una nación insegura por su debilidad externa frente a las potencias europeas y por su vulnerabilidad interna ante el peligro de la división y destrucción de la unión política entre los estados.

Según Sexton, el  mensaje de Monroe de 1823 recoge la inseguridad de los Estados Unidos y  la desconfianza tradicional hacia los británicos, pero también presagiaba la colaboración imperial anglo-norteamericana.  El Presidente y sus colaboradores actuaron con gran cuidado y aunque mostraron reservas de colaborar con sus primos europeos, también estaban preocupados de actuar sin el apoyo de éstos. Los miembros del gabinete de Monroe estaban de acuerdo en que una intervención exitosa de la Santa Alianza en el Hemisferio Occidental constituiría una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. ¿Por qué este temor? Según el autor, los artífices de la DM –James Monroe, John C. Calhoun, John Quincy Adams y William Wirt­– se veían inmersos en una lucha ideológica contra las monarquías europeas. Basados en una mentalidad que Sexton compara con la de  la Guerra Fría, éstos consideraban que era necesario contener la amenaza que representaban las potencias europeas. Para ellos, la colonización o intervención europea en el Hemisferio Occidental constituiría una amenaza directa para los Estados Unidos que  obligaría a la nación estadounidense a aumentar los impuestos, crear un fuerza militar permanente (“standing army”) y centralizar el poder político. Todo ello generaría protestas y problemas regionales, que pondrían en peligro a la Unión, promoviendo el separatismo. En otras palabras, el mensaje de Monroe vinculó de forma directa las percepciones de amenazas extranjeras y vulnerabilidades internas.

Monroe y su equipo llegaron a la conclusión  de que la seguridad de los Estados Unidos sólo estaría garantizada a través de la creación de un sistema hemisférico controlado por los norteamericanos. Para ello elaboraron una doctrina que mantenía la puerta abierta a la colaboración con Gran Bretaña sin aceptar las condiciones de la propuesta del Ministro George Canning, informaba a la Santa Alianza que los Estados Unidos verían cualquier intervención en Hispanoamérica como una amenaza y dejaba claro que el gobierno norteamericano no intervendría en Europa y, además, respetaría  las posesiones coloniales europeas. En otras palabras, la administración Monroe declaró unilateralmente que el anti-colonialismo y el no-intervencionismo regían en el Hemisferio Occidental, sentando así las bases de la DM: las clausulas de no-colonización y no-intervención. Esta declaración dejó claro lo que los europeos no podían hacer, pero evitó la pregunta de qué haría Estados Unidos, manteniendo la puerta abierta a la expansión territorial.

Las palabras pronunciadas por Monroe en 1823 perdieron importancia en la década de 1830 porque las razones que las hicieron importantes dejaron de ser relevantes. Según Sexton, la DM fue rescatada del olvido por los conflictos seccionales de la década de 1840, que generaron múltiples interpretaciones de ésta. En la década de 1860 se materializaron de forma simultánea dos antiguos temores de los líderes norteamericanos: la secesión de un grupo de estados –que además buscaron aliarse con poderes externos– y la intervención directa de un potencia europea en el Hemisferio Occidental. En respuesta, los norteamericanos construyeron una nueva DM  que se convirtió en un poderoso símbolo nacional reclamado como suyo por políticos de diverso origen. Según el autor, esta nueva DM sentó las bases del imperialismo norteamericano de finales del siglo XIX.

La invasión francesa de México y la creación de una monarquía marioneta gobernada por Maximiliano,  conllevó un gran reto para la DM y una amenaza ideológica a la visión republicana de los estadounidenses. Además, México era considerado vital por los norteamericanos para la seguridad nacional por las fronteras compartidas y las relaciones económicas. Complicado por la guerra civil, Abraham Lincoln asumió una actitud moderada ante la invasión francesa. De ahí que  entre 1861 y 1865, ni Lincoln ni su Secretario de Estado William H. Seward usaran en público la frase Doctrina Monroe.  Ante los problemas en casa, se evitó provocar a los franceses. Lincoln  no invocó la DM, pero sí buscó, como Monroe en 1823, usar el poder británico en beneficio de los Estados Unidos y le pidió a los británicos que presionaran a Francia sobre el tema de México.

La DM también jugó un papel importante durante la guerra civil. Tal como había intentado Stephen Douglas antes del inicio de las hostilidades, la DM fue usada durante el conflicto civil  como un mecanismo para buscar la reunificación de los estados. Según el autor, Seward le sugirió a Lincoln que le declarara la guerra a España o Francia por su intervencionismo en el Hemisferio Occidental, para cambiar así el foco de atención pública de la esclavitud. La DM también fue usada por los enemigos y opositores políticos de Lincoln en el norte,  quienes acusaron a Seward de debilidad en la defensa de la seguridad nacional de los Estados Unidos. Tanto demócratas como republicanos atacaron a la administración Lincoln por la no aplicación de la DM en el caso de México. Un grupo de senadores demócratas buscó introducir en el Congreso resoluciones pidiendo la aplicación estricta de DM en México. En 1864, el republicano por Maryland Henry Winter Davis logró que la Cámara de Representantes aprobara, de forma unánime, una resolución condenando la intervención francesa en México. La DM también formó parte de la campaña presidencial de 1864, ya que los oponentes de Lincoln –demócratas y republicanos– hicieron uso de ella para atacarle.

Maximiliano I

Según el autor, el resultado de todas estas movidas fue una discusión pública sin precedentes sobre la naturaleza de la DM, que definió como los norteamericanos entendían el papel de su país a nivel internacional.   Los políticos y los partidos competieron por ser los defensores más ardientes de la DM, y en el proceso defendieron la necesidad de la supremacía hemisférica estadounidense. Sexton es muy claro al señalar que sus acciones no estaban motivadas por  la defensa o solidaridad con América Latina, sino por el deseo de lucir como defensores de la seguridad nacional y promotores de los intereses nacionales, y con ello ganar votos. Además, tenían una visión negativa de América Latina ya que justificaban la aplicación de la DM basados en la alegada inferioridad racial de los latinoamericanos y la lealtad de éstos a la Iglesia Católica. Erróneamente explicaron la salida de Francia de México como un resultado exclusivo de la DM, ignorando la lucha de los mexicanos y la oposición que enfrentó la aventura napoleónica en la propia Francia. De acuerdo con Sexton, esta falsedad fue repetida por décadas por políticos y libros de textos. Sexton concluye que para finales de la guerra civil, la DM se había convertido en un importante símbolo nacionalista que apelaba a distintos sectores políticos. La DM pasó a representar una política exterior  más activa y asertiva.

El imperialismo es un elemento clave en este libro, ya que Sexton interpreta la llamada expansión continental norteamericana como una empresa imperial en la que DM jugó un papel  fundamental. Un elemento central en el análisis de Sexton es el concepto “imperial anticolonialism” (anti-colonialismo imperial), que el autor toma prestado a nada más y nada menos que al gran historiador estadounidense William Appleman Williams. Sexton habla de la simultaneidad e interdependencia del anticolonialismo y el imperialismo en el siglo XIX estadounidense, y les identifica como factores importantes para entender la evolución de la DM.  Según él, ambos conceptos se funden a nivel de las políticas internas y externas de los Estados Unidos en el período que estudia. El anti-colonialismo norteamericano se fundamenta, de acuerdo con el autor, en las luchas contra Gran Bretaña y quedó consignado en dos documentos de gran importancia histórica: la Constitución y las Ordenanzas del Noroeste. La nueva república también fue anticolonial en el sentido de que sus líderes se opusieron a la expansión colonial europea en el Hemisferio Occidental. Sin embargo, los principios anticoloniales de la república norteamericana estaban entrelazados con la creación de un imperio desde bien temprano en su historia republicana.

Este  proceso imperialista –así le llama el autor– conllevó: la expulsión de los indios de sus tierras, la emigración y colonización de los blancos, la expansión de la esclavitud y la conquista de territorio a otros países (guerra con México). Durante el siglo XIX, Estados Unidos también buscó proyectar su poder en otras regiones no anexadas como México y el Caribe. También  hubo quienes plantearon la transformación del mundo a imagen de los Estados Unidos, idea que, según el autor, ganó fuerza a lo largo del siglo XIX, fomentando una política intervencionista que a su vez hizo que muchos apoyaran la adquisición de colonias en 1898.

Como parte de su análisis del imperialismo estadounidense, el autor enfoca el papel que  la DM jugó en el expansionismo de mediados de la década de 1840. Una de las figuras claves de este periodo fue el Presidente James K. Polk. Además de un amigo del Sur y de la esclavitud, Polk fue también un nacionalista convencido de que la expansión territorial –la creación de un imperio transcontinental, le llama Sexton– beneficiaría a todos los estados de la Unión, uniéndoles en un fervor nacionalista que solucionaría el debate en torno a la esclavitud. Polk y otros nacionalistas de su época acogieron el destino imperial de los Estados Unidos revelado por la ideología del Destino Manifiesto, pero enfrentaron las limitaciones que imponía la tradición anticolonial norteamericana.  El problema de Polk era ganar apoyo popular para su política expansionista, ya que no todos los norteamericanos compartían sus ansias imperialistas.

Tropas norteamericanas en el Zócalo

La política exterior de Polk estuvo definida por una percepción exagerada de amenaza y por la transformación del mensaje de Monroe de 1823 en un llamado a la expansión. El objetivo de Polk era transformar a Estados Unidos en un imperio transcontinental a través de la adquisición de California. Para ello se inventó una supuesta conspiración británica para  tomar control de las ricas tierras y estratégicos puertos californianos. En su mensaje ante el Congreso en diciembre de 1845, el Presidente defendió el derecho de los Estados Unidos a expandirse como una acción defensiva y de reafirmación de la DM, evitando la colonización europea de territorio americano. En otras palabras, la guerra contra México no sería una agresión, sino una movida defensiva para evitar que Gran Bretaña tomara control de California.

Sexton reconoce que es común entre los historiadores preguntarse por qué los EEUU no formó un imperio colonial antes de 1898. Para el autor, quienes se hacen esta pregunta olvidan que tanto la expansión al Oeste como el sometimiento de las tribus amerindias fueron actos coloniales. Este proceso consumió gran parte de los recursos y la atención de los norteamericanos en el periodos posterior a la guerra civil, pero ello no conllevó que la nación se hiciera aislacionista. Todo lo contrario, después de la guerra civil los norteamericanos vivieron lo que Sexton denomina como un poderosos internacionalismo cultural. Durante el periodo de la globalización temprana –y las innovaciones tecnológicas y el aumento comercial que ésta conllevó– los estadounidenses se vieron a sí mismos como propagadores de la civilización.

En este contexto, la DM fue muy debatida, pero no desde la perspectiva que combinaba amenazas externas e internas  que predominó en el periodo previo  a la guerra civil. Sexton identifica tres grupos que participaron en este debate. El primero de ellos estaba compuesto por los conservadores aislacionistas, quienes veían a la DM como parte de una lucha irreconciliable entre el Viejo y el Nuevo Mundo. El segundo grupo –los liberales intervencionistas– planteaban que la DM tenía que ser actualizada para que reflejara la nueva situación internacional. El último grupo, dirigido por James Blaine, veía a la DM como un símbolo para una política exterior activa  y nacionalista.  Éstos querían que Estados Unidos tuviese el control comercial y estratégico sobre el Hemisferio Occidental e invocaban la DM para apoyar políticas  como la anexión de islas caribeñas, la construcción de una canal interoceánico y el establecimiento de la supremacía comercial estadounidense en América Latina, pero siempre escudándose detrás del anticolonialismo. Para la década de 1890, los defensores de una política activa y nacionalista se impusieron, pero ese no fue proceso libre de controversia y debate.

La crisis venezolana de 1895 marcó un momento muy importante en la evolución de la DM, ya que la actitud asumida por el Presidente Grover Cleveland y por el Secretario de Estado Richard Olney durante la crisis llevó la DM a donde nadie antes la había podido llevar. Éstos  declararon la soberanía norteamericana en el Hemisferio Occidental al lograr que los británicos acataran la DM. Cleveland y Olney  expandieron el alcance de la DM usándole como justificación para intervenir en la controversia británica-venezolana, pero también buscaban limitar su alcance para que no fuera usada para justificar intervenciones en América Latina.  Según ellos, Monroe  se limitó a condenar la colonización europea del Hemisferio Occidental y no propuso o justificó la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de los países de la región.

La crisis con España y la eventual guerra de 1898 abrió un periodo muy importante en el desarrollo de la DM. Quienes favorecían la intervención de Estados Unidos en Cuba ­–y luego la adquisición de ésta, las Filipinas, Guam y Puerto Rico– evitaron el uso de la DM. Imperialistas como Theodore Roosevelt,  Alfred T. Mahan y Henry Cabot Lodge no recurrieron a la DM porque ésta  estaba asociada a los demócratas conservadores como  Cleveland,  que querían evitar una intervención en Cuba. Éstos tampoco usaron la DM para justificar la adquisición de un imperio insular porque ésta encarnaba un excepcionalismo nacional que contradecía, según Sexton, la justificación de la expansión colonial. Los imperialistas apelaron a conceptos cosmopolitas como el deber civilizador y la responsabilidad racial.

Quienes sí usaron la DM fueron los opositores de la anexión de las colonias españolas, los anti-imperialistas. Éstos recurrieron a la tradición anticolonial, el realismo geopolítico y el racismo para rechazar el imperio insular. Los anti-imperialistas creían que la DM simbolizaba una tradición anticolonial que era violada por la  anexión de las Filipinas. De esta forma ignoraban el pasado imperial estadounidense, en especial, la guerra con México y la conquista del Oeste.

Los primeros años del siglo XX fueron testigos, de acuerdo con Sexton, del resurgir de la DM como el principal símbolo de la política exterior de los Estados Unidos. Tal renacer estuvo acompañado de nuevos significados que reflejaran la convergencia de las posiciones opuestas del debate 1898. En otras palabras, se dio una fusión entre la tradición realista y el  nuevo lenguaje que enfatizaba las responsabilidades y deberes civilizadores. Roosevelt es uno de los artífices de esta fusión, ya que presentó a la DM como un instrumento que promovía los intereses estadounidenses y de la civilización occidental. Según el autor, este casamiento entre el nacionalismo y el internacionalismo amplió el atractivo de la DM.  Los imperialistas no optaron por más anexiones coloniales y los anti-imperialistas siguieron siendo enemigos del colonialismo, pero no necesariamente de un imperialismo general.  Esto permitió crear un DM muchos más explícitamente intervencionista, pero que a la vez reflejaba dudas sobre la anexión de pueblos no blancos que habitaban territorios no continuos a los Estados Unidos.  Sexton usa la Enmienda Platt y la adquisición de la zona del canal de Panamá como ejemplos de esta conciliación entre anti-colonialismo y la promoción de intereses estratégicos y económicos estadounidenses. En ambas se camuflaron acciones imperialistas en términos anticoloniales (independencia de Cuba) y de la defensa de la auto-determinación (independencia de Panamá). Estas acciones generaron críticas, pero no un debate nacional como en 1898. En otras palabras, hubo muy poca oposición doméstica por la combinación de alegados elementos humanitarios y anticoloniales con una lógica estratégica y económica.

The Monroe Doctrine por William Allen Rogers

El último tema tocado por Sexton es el Corolario Roosevelt a la DM. Según el autor, en las primeras décadas del siglo XX la amenaza británica fue sustituida por la amenaza alemana, ya que los estadounidense percibieron, erróneamente, a Alemania como una amenaza para sus planes de hegemonía hemisférica. Las crisis con la deuda de Venezuela y de la República Dominicana y el peligro de posibles intervenciones europeas llevaron a Roosevelt a declarar su famoso Corolario. Roosevelt había favorecido una política exterior agresiva desde principios de la década de 1890 y usó la amenaza  europea como excusa y pretexto. Como no todos sus compatriotas compartían su visión de la política exterior, el Presidente se refugió en una tradición reverenciada: la DM. En vez de crear la Doctrina Roosevelt optó por usar un símbolo anticolonial para legitimar una política claramente intervencionista.  Según Sexton, Roosevelt temía enfrentar una oposición como la que se desató en 1898.

Theodore Roosevelt and his Big Stick in the Caribbean (1904) de William Allen Rogers

El corolario anunciaba de forma descarada la intención de los Estados Unidos de llevar a cabo una políica intervencionista, de convertirse en un gendarme internacional. Limitado por la oposición doméstica, Roosevelt no buscó la expansión territorial ni el colonialismo formal. Esto, sin embargo, no significó que renunciara  a la búsqueda de hegemonía hemisférica. Contrario a otros planteamientos anteriores –el  de Monroe en 1823 y el de Olney en  1895– el Corolario no mencionó la amenaza de una monarquía europea como medio de unión nacional ni buscaba aislara a los EEUU de las potencias europeas porque anunciaba el comienzo de un nuevo papel internacional para los Estados Unidos.

Este libro es uno muy valioso por varios factores. En primer lugar, porque su autor hace un análisis excelente de la evolución de la Doctrina Monroe a lo largo del siglo XIX. Sexton examina de forma magistral los diversos debates que se dieron en torno a la famosa doctrina demostrando su carácter controversial y reñido. No hubo una DM, sino varias que dependieron no solo de factores geopolíticos e internacionales, sino también domésticos. En esto último punto radica el segundo valor de este libro: su  autor no ve a la DM como un mero pronunciamiento de política exterior. Para él, la DM fue también un importante elemento en el desarrollo político de los Estados Unidos, especialmente vinculado a temas como la unidad nacional, la guerra civil, el expansionismo, etc. Es en estas dos esferas –la nacional y la internacional­– que la DM es construida y reconstruida a lo largo del siglo XIX hasta convertirse en un elemento  icónico de la historia norteamericana.

El tercer valor de este libro esta asociado al análisis que hace su autor del imperialismo norteamericano. Para Sexton, el imperialismo no fue una experiencia casi accidental que tuvieron los Estados Unidos a finales del siglo XIX como consecuencia de una corta e involuntaria, pero importantísima guerra contra España.  No, para el autor el imperialismo es un elemento constitutivo de la formación nacional estadounidense. Por ello cataloga sin tapujos a la conquista del Oeste y las guerras contra los indios como actos coloniales.  De esta forma se une a un número, afortunadamente en crecimiento, de historiadores que han superado la mitología del expansionismo continental y del imperialismo por accidente para enfrentar de forma  crítica las prácticas, instituciones y discursos del imperialismo estadounidense. Este valiente reconocimiento me parece un aportación singular, especialmente cuando se analiza una de los elementos más importantes de tal imperialismo, la Doctrina Monroe.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 23 de setiembre de 2012

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Retomo el análisis del libro Crucible of Empire que inicié a mediados de noviembre pasado. En esta ocasión enfocaré un corto, pero muy interesante ensayo de la historiadora norteamericana Anne L. Foster, titulado “Prohibiting Opium in the Philippines and the United States. The Creation of an Interventionist State”. La Dra. Foster es profesora asociada en el Departamento de Historia de la  Indiana State University. Ésta es autora de numerosos ensayos en diversas revistas  profesionales y coeditora, junto al sociólogo Julian Go, de una colección de ensayos titulada The American State in the Philippines: Global Perspectives (Duke University Press, 2003, ISBN: 0-8223-3099-7, publicado en las Filipinas por Anvil Press en 2005). Las áreas de especialidad de la profesora Foster son la historia de las relaciones exteriores de los Estados Unidos y del sudeste asiático.

En “Prohibiting Opium”, Foster examina la política norteamericana contra el consumo de opio en las Filipinas como parte de la orientación temática del libro que forma parte, es decir, como un mecanismo para examinar cómo las colonias estadounidenses influyeron en el desarrollo político de su metrópoli. Según la autora, el desarrollo de una política prohibiendo el consumo de opio en las Filipinas ha sido poco atendida, a pesar de su innegable importancia para entender el origen de las políticas anti-drogas en los Estados Unidos. Los norteamericanos prohibieron el opio en las Filipinas en 1908, seis años antes que en el territorio continental estadounidense, lo que le permite a Foster alegar que  el proceso filipino influyó de forma decisiva en la decisión en contra de los opiáceos en los Estados Unidos. Tal decisión conllevó la aprobación de la primera ley anti-narcóticos en la historia norteamericana.

Fumadero de opio, Manila, 1924.

Según Foster, la campaña en contra del opio en las Filipinas estuvo liderada por misioneros norteamericanos llegados a las islas después de 1898 y procedentes, en su mayoría, de la China. Estos misioneros vieron en la adquisición de las Filipinas una oportunidad para promover la prohibición del consumo de opio en los Estados Unidos. En otras palabras, la autora nos da un gran ejemplo de cómo se entrecruzan las esferas domésticas e imperial dentro de una relación colonial, pues los misioneros utilizan  la colonia como base para iniciar una política que se pretende exportar hacia la metrópoli.  De esta forma, la colonia deja de ser un mero receptor de las políticas e influencias procedentes de la metrópoli  y se convierte en un campo de experimentación social, legal y policial. Los frutos de tal experimentación  trascienden la sociedad colonial y terminan siendo implantados en la metrópoli.

Manila a principios del siglo XX.

Los objetivos de los misioneros chocaron con la actitud poco cooperadora de los oficiales coloniales norteamericanos, quienes no vieron con simpatía la prohibición del consumo de opio en las Filipinas. De acuerdo con Foster, el interés económico influyó  de manera decisiva en  la actitud de los oficiales coloniales porque el comercio de opio representaba una “fuente estable de ingresos” para el gobierno de las islas. Además, los oficiales coloniales se preguntaban, no sin alguna razón, por qué prohibir el opio en las Filipinas si su consumo era legal en la metrópoli.

La  estrategia de los misioneros en su lucha contra el opio en las Filipinas fue   asociar  su consumo con China y lo chino. Según Foster, ello respondió a una razón muy sencilla: la mayoría de ellos habían vivido en territorio chino, donde el  uso de la droga estaba muy extendido. Los misioneros estadounidenses habían sido testigos presenciales del efecto del uso del opio entre los chinos y usaron esas experiencias como argumento para conseguir su ilegalización en las Filipinas como un primer paso hacia su prohibición en los Estados Unidos. La presencia de chinos opiómanos en las Filipinas facilitó su labor, dándoles una justificación adicional.  Los  misioneros estadounidenses no eran los únicos en asociar el opio como un vicio chino, pues en los países del sudeste asiático era común la creencia de que los  chinos eran más propensos a su uso que los locales. En el caso filipino, el gobierno colonial español había limitado legalmente el consumo de opiáceos a los habitantes chinos de las islas, lo que unido al costo de este vicio, limitó el consumo de la droga entre los filipinos.

Los opositores del consumo de opio usaron la asociación de éste con los chinos para promover su prohibición tanto en los Estados Unidos como en las Filipinas. Sus argumentos eran muy sencillos. Primero, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos los chinos eran representados como extranjeros, es decir, como entes que no pertenecían a la “nación”. Si sólo los chinos fumaban opio, entonces, su ilegalización no afectaría a quienes sí eran considerados parte de  la “nación”. De esta forma, la prohibición de lo opiáceos  sólo afectaría no sólo a un sector minoritario, sino racial y culturalmente ajeno, foráneo, extraño.  Segundo, la obsesión de los chinos con el opio era presentada como evidencia de cómo éstos rechazaban la integración en la cultura norteamericana. El consumo de opio entre los chinos residentes en los Estados Unidos era visto como una práctica anti-norteamericana que reflejaba un claro rechazo de la cultura y la forma de vida estadounidenses; como una prueba de que los chinos no querían incorporarse a la cultura. Tercero, los fumaderos de opios eran presentados como centros de perdición,  donde jóvenes mujeres blancas eran corrompidas y convertidas en drogadictas, y en esclavas sexuales de hombres chinos. En conclusión, los estadounidenses usaron la imagen del opio como un vicio chino para marcar diferencias raciales, nacionales, culturales y hasta morales. De ahí que se alegara que la prohibición del consumo de opio sólo afectaría a un grupo minoritario y extranjero, que, además, rechazaba integrarse culturalmente y que corrompía con su vició a la sociedad estadounidense. Con ello se obviaba la amplitud y el carácter multiétnico del consumo de opio en los Estados Unidos.

De acuerdo con la autora, detrás de la oposición al consumo de opio se escondía un claro rechazo a la presencia china, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos. Los activistas anti-opio creían (¿albergaban la esperanza?)  que la ilegalización de los opiáceos llevaría a los chinos a regresar a su país, lo que facilitaría su implementación tanto en las Filipinas como en los Estados unidos.  No todos los observadores y analistas del tema del consumo de opio pensaban que la prohibición de éste fomentaría el regreso de miles de chinos a China. Un grupo de pesimistas alegaba que los opiómanos permanecerían tanto en los Estados Unidos  como en las Filipinas y que se convertirían en criminales, y en un serio problema social y criminal. De ahí que plantearan el tratamiento médico como solución al problema de la adicción al opio.

Tras la ilegalización del opio en 1914, los norteamericanos adoptaron el sistema de tratamiento existente en las Filipinas desde 1905.  En el sistema filipino, los adictos –de forma voluntaria o tras ser acusados por posesión de la droga– tenían la opción de recibir tratamiento médico gratuito. Los oficiales coloniales estaban muy orgullosos de este sistema porque creían que simbolizaba la dedicación y el compromiso del gobierno colonial con el bienestar de los filipinos, además, de su afán de ayudar a los adictos  a “volver a ser miembros productivos de la sociedad”. Este planteamiento me lleva a preguntarme si  el programa de tratamiento era visto como un elemento más de la representación del colonialismo norteamericano en las Filipinas como  un proceso de civilización e ilustración de sus habitantes. ¿Hasta qué  punto quienes aceptaban el  tratamiento ­­–es decir, la ley impuesta por el gobierno colonial– eran dignos de ser salvados, como los que habían aceptado el control norteamericano de las islas –también impuesto– habían sido dignos de ser civilizados por sus amos coloniales?  En otras palabras, ¿hasta qué punto este elemento se inserta en el  discurso colonial estadounidense en las Filipinas?

La ilegalización del opio en los Estados Unidos vino acompañado de un cambio  en la imagen del opiómano. Algunos médicos y oficiales de salud pública siguieron viéndole como a un enfermo que necesitaba asistencia médica y que no debía ser juzgado.  Sin embargo, otros galenos, oficiales sanitarios y, sobre todo, oficiales judiciales veían la adicción al opio como un vicio que debía ser castigado. Para ellos, el adicto era un criminal que debía ser encarcelado, no un enfermo. En este esquema represivo, el tratamiento estaba reservado para los prisioneros.  Según Foster, la distinción que se hacía entre quienes debían recibir tratamiento y quienes debían ir a la cárcel estaba enmarcada en las ideas de la época en torno a quien merecía ser salvado. En otras palabras, el gobierno estadounidense estaba más dispuesto a invertir dinero tratando a adictos de clase media,  “blancos y educados”  que en hacer los mismo con las minorías o los miembros de la clase trabajadora. Éstos últimos eran vistos como “una amenaza que debía ser removida de la sociedad en vez de  ayudarles a reintegrarse a ésta”.

Hamilton Wirght

Foster hace un recuento del proceso que llevó a la prohibición de la importación de opio a las Filipinas en 1905 (efectivo en 1908). De esta forma los Estados Unidos se convirtieron en la primera potencia colonial en el sudeste asiático que prohíbe el opio en su colonia, pero ello no alteró la legalidad de esa droga  en territorio metropolitano. Los misioneros y reformistas, especialmente el Obispo Episcopal de las Filipinas Charles H. Brent, iniciaron una campaña para prohibir el opio en las colonias cercanas y convencieron al Presidente Teodoro Roosevelt a convocar una  conferencia internacional en 1909. Las potencias coloniales europeas aceptaron la invitación norteamericana  y en preparación para tal reunión se acordó que todos los países participantes investigarían el tema del consumo de narcóticos tanto en la metrópoli como sus colonias. El Departamento de Estados de los Estados Unidos contrató a Hamilton Wright, un claro enemigo del opio, para que realizara tal investigación. Wright encontró que en los Estados Unidos existían miles de opiómanos. Además,  criticó que  la nación norteamericana promoviera la prohibición del opio en Asia cuando esa droga era legal en los Estados Unidos. Los medios noticiosos difundieron esta vergonzosa contradicción, lo que forzó la intervención del Congreso federal. En 1909, los legisladores estadounidenses aprobaron una ley prohibiendo la importación de opio listo para ser fumado. Según Foster, esta ley preparó el caminó para la aprobación, en 1914, de la Ley Harrison regulando la importancia, distribución y consumo de opiáceos en los Estados Unidos (la cocaína también fue incluida en esta ley).

Foster también enfoca el tema del tráfico de opio.  Como era de esperar, tras la prohibición de la droga ni los chinos regresaron a su país ni el consumo de opiáceos acabó. Por el contrario, la ilegalización del opio  abrió las puertas al negocio del contrabando de la droga. Las autoridades coloniales norteamericanas tomaron una serie de fuertes medidas para enfrentar el problema del contrabando. Para ello, recurrieron a tres instituciones coloniales policíaco-represivas:  la policía  municipal de la ciudad de Manila, el  Philippines Constabulary –un cuerpo  paramilitar creado por los norteamericanos que estaba compuesto por locales, pero comandado por estadounidenses– y el Servicio de Aduanas federal.  La autora presta especial atención a la presión que el gobierno norteamericano ejerció sobre los británicos para que éstos controlaran el contrabando de  opio desde sus colonas hacia las Filipinas.

La autora cierra su ensayo con una observación muy relevante. Según ella, se puede trazar parte de los orígenes de la llamada guerra contra las drogas en el desarrollo de un campaña largamente olvidada contra el trafico de opio en las Filipinas, que fue justificada como una mecanismo para proteger a los filipinos. De acuerdo con Foster, para combatir el contrabando de opio, los Estados Unidos promovieron  la prohibición regional y mundial de la droga. Además tuvieron que adoptar  acciones represivas en las islas y en los Estados Unidos que cambiaron las leyes y políticas estadounidenses. El gobierno norteamericano se embarcó en una campaña firme contra la prohibición de opio que se hizo cumplir a través de medidas represivas y policíacas contra los traficantes. Para Foster, tales medidas constituyen un importante antecedente de las políticas antidrogas estadounidenses adoptadas en las últimas décadas del siglo XX.

Este es un trabajo muy valioso, que enfoca el colonialismo como un proceso que se desarrolla en dos sentido, dejando claro cómo la colonia  fue usada  como campo de experimentación de políticas de control social, médico y legal, que luego fueron adoptadas por la metrópoli. La colonia deja así de ser un mero recipiente o víctima de las acciones y/o políticas metropolitanas para convertirse en protagonista del drama colonial. Para ello, Foster analiza, de forma clara y directa, un tema poco estudiado por la historiografía del imperialismo estadounidense, pero de gran relevancia y actualidad dado el papel que juegan los Estados Unidos en el consumo actual de drogas ilegales.  Foster también deja claro el impacto del control del opio en las Filipinas sobre las prácticas legales y policíacas norteamericanas, es decir, sobre el desarrollo del Estado en la sociedad estadounidense.

Antes de finalizar sólo me queda hacer un último comentario. Al concentrarse en la labor de los misioneros norteamericanos, la autora no atiende una pregunta que me resulta medular: ¿qué  papel jugaron los filipinos (políticos, religiosos, médicos, etc.) en este proceso? La ausencia de los sujetos coloniales en el ensayo de Foster me intriga y me lleva a preguntare si éste es más bien un problema de acceso a fuentes. Espero que este corto ensayo sea una pieza de un trabajo de mayor envergadura que le permita a Foster contestar esta pregunta y otras preguntas, además de seguir examinando las complejidades de la relación colonial de Estados Unidos y las Filipinas, la más controversial de sus colonias.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 18 de diciembre de 2009

Nota: Las traducciones del inglés son todas mías. Los interesados en el tema del opio podrían consultar los siguientes trabajos del Dr. Dale Geringer: “Prohibiting Opium in the Philippines –May 3rd 1905-2005” en Drugsense.com y “The Opium Exclusion Act of 1909” en Counterpunch.com

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Teodoro Roosevelt

Teodoro Roosevelt

La revista Diplomacy & Statecraft le dedica su último número del año 2008 a la figura de Teodoro Roosevelt.  Uno de los principales artífices de la expansión norteamericana de fines del siglo XIX, Roosevelt es, además, una de las figuras claves de la historia estadounidense. Hijo de una prestigiosa y antigua familia neoyorquina, Roosevelt encarna el compromiso de algunos miembros de la elite estadounidense con los valores de la Era Progresista. Una niñez enfermiza a causa del asma que lo agobiaba le hizo un fanático de la vida intensa  (“strenuous life” ) y del ejercicio físico. Educado en Harvard, Roosevelt se destaca desde muy joven en el servicio público al ser electo congresista estatal. Una desagracia familiar –la muerte de su madre y esposa el mismo día– le alejan de la vida pública. Busca entonces refugio en un granja en Dakota del Norte donde se dedicó a criar ganado. Tras su regreso a la política su ascenso fue meteórico: Jefe de la Policía de Nueva York, Subsecretario de Marina de Guerra, Coronel de Caballería durante la guerra hispanoamericana, Gobernador de Nueva York, Vicepresidente y Presidente de los Estados Unidos. Historiador, cazador, soldado, vaquero, boxeador y político, Roosevelt hizo de  la “strenuous life” su filosofía de vida.

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt no sólo vivió de forma intensa, sino que también gobernó intensamente  enfrentando a los famosos “trusts” (monopolios), promoviendo la conservación del medio ambiente, defendiendo los intereses de los consumidores y promoviendo los intereses internacionales de su país. Este presidente imperial fortaleció la Marina de guerra, le arrancó Panamá a los colombianos para construir el famoso canal, defendió la retención de las Filipinas, intervino en la guerra ruso-japonesa por lo que  ganó un Premio Nobel de la Paz, redefinió la Doctrina Monroe,  llegó a un acuerdo de caballeros con Japón para controlar  la inmigración japonesa, etc. Hijo de su momento histórico, Roosevelt compartió gran parte de los prejuicios e ideas raciales que predominaban en  la sociedad norteamericana.

Complejo por demás, Roosevelt es una figura fascinante.

De los nueve ensayos que Diplomacy & Statecraft dedica a la figura de Roosevelt, hay dos que llamaron mi atención: ““Under the Influence of Diplomacy & Statecraft 1Mahan”: Theodore and Franklin Roosevelt and their Understanding of American National Interest” de J. Simon Rofe y “Nation-Building in the Philippines: Rooseveltian Statecraft for Imperial Modernization in an Emergent Transatlantic World Order”  de  Annick Cizel.

El Dr. J. Simon  Rofe es profesor del Department of Politics and International Relations de la University of Leicester (Gran Bretaña).  Su área de especialidad son las relaciones exteriores de los Estados Unidos en el siglo XX. Es autor de Franklin Roosevelt’s Foreign Policy and the Welles Mission (Palgrave: New York, 2007).  En su ensayo, el Dr. Rofe analiza la influencia de la obra del Amirante Alfred T. Mahan en el pensamiento geopolítico de Teodoro y Franklin D. Roosevelt.  Mahan fue un historiador naval norteamericano que en 1890 publicó un libro destinado a convertirse en un clásico de los estudios estratégicos: The Influence of Sea Power Upon History.  Este libro influyó a toda una generación de políticos, legisladores, militares e intelectuales norteamericanos (entre ellos Henry Cabot Lodge, Henry Brooks Adams y Richard P. Hobson),  y constituye una de las principales influencias  de la expansión imperialistas de fines del siglo XIX. Es pertinente subrayar que el impacto de la ideas de Mahan no se limitó a los Estados Unidos.  Por ejemplo, el Kaiser Gulliermo II alabó The Influence of Sea Power Upon History y reconoció la influencia de su autor.
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Uno de los aciertos del ensayo de Rofe es su análisis de los argumentos de Mahan. El autor comienza cuestionando la interpretación tradicional  de la obra de Mahan –la fuerza de un Estado se deriva de su poder naval. Siguiendo los argumentos de Jon Tetsuro Sumida (University of Maryland), Rofe plantea que el pensamiento de Mahan era más complicado de lo que generalmente se cree. Según Rofe,  Mahan veía el poder naval como “an essential component of military deterrence” (“como un  elemento esencial de disuasión militar” ).   De ahí que considerara el poderío naval  como  una herramienta diplomática y que insistiera en que los temas navales fueran vistos como parte de una política exterior integrada. El tamaño de la Marina de Guerra de los Estados Unidos era para Mahan un asunto de interés nacional y así debía ser tratado por el gobierno estadounidense. Según Rofe, Mahan realizó un análisis sistemático de la posición geopolítica de los Estados Unidos a nivel global no en términos moralistas, sino extremadamente realistas. Su visión integra bases navales, colonias,  mercados y acorazados en una cosmovisión claramente imperial.

Tras analizar el pensamiento de Mahan, el autor busca determinar cuál fue su influencia sobre los Roosevelts. Para ello analiza la correspondencia que desarrolló Franklin D. Roosevelt en su primer año como  Secretario Adjunto de la Marina de Guerra (1913-1914) con su famoso primo y con el propio Almirante Mahan. Rofe  concluye que:

“Ambos hombres, conciente o inconcientemente, integraron los conceptos de Mahan en sus visiones de cómo los Estados Unidos debían operar mundialmente”.

Alfred-Thayer-Mahan

Alfred T. Mahan

Teodoro y Franklin incorporaron como presidentes la  filosofía geopolítica de Mahan. Fue  Mahan quien les hizo ver con claridad la relación entre imperio y poderío naval, de ahí que ambos fueran  grandes benefactores de la Marina de Guerra de los  Estados Unidos. En otras palabras, Mahan les hizo entender  que imperio (es decir, la defensa y proyección de los intereses económicos y estratégicos  estadounidenses) y el tamaño y poderío de la Marina estaban inevitablemente unidos.

Por otro lado, Annick Cizel es Profesor Asociado en la Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris 3), donde forma parte del equipo del Center for Research on the English Speaking World. Su especialidad es la historia de los Estados Unidos, principalmente,  la política exterior norteamericana en África durante la guerra fría.

En su ensayo, el Dr. Cizel examina el papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Según el autor,  Roosevelt veía la presencia norteamericana en   las islas en términos muy personales, pues se sentía muy orgulloso del   llamado experimento filipino –es decir, del control colonial de las Filipinas justificado como una empresa civilizadora y de creación nacional  (“nation-making process”). Cizel plantea que el experimento filipino ejemplificaba las dotes de hombre de Estado (“statecraft”) de Roosevelt –de presidente imperial, añadiría yo– pues le permitía proyectar a los Estados Unidos como un poder asiático (y de paso, mundial), como una potencia naval   y como un modelo de imperio benevolente.  Las Filipinas eran, por ende, una pieza clave en la visión geopolítica de Roosevelt, no sólo por su importancia estratégica, sino también simbólica. El control de las islas era un instrumento muy útil para proyectar al mundo el poder y la superioridad (material y moral) de los Estados Unidos.
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El ensayo de Rofe  es novedoso por la fuentes primarias que trabaja y por la aplicación de una interpretación amplia de las ideas de Mahan.  Además, el autor recoge de manera sucinta y relativamente clara los rasgos más sobresalientes del pensamiento de uno de los personajes más influyente en la transformación de la política exterior norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Rofe demuestra  que Mahan es el hilo que une la visión geopolítica de dos de los presidentes más importantes en la historia estadounidense.   De paso deja claro la pertinencia y la fuerza del pensamiento de Mahan más allá de su muerte en 1914.

El trabajo de Cizel deja claro el importante papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Para Roosevelt, las Filipinas cumplían un rol doble. Por un lado,  el control de las islas era el pase de membresía al exclusivo grupo de potencias  imperiales. Las Filipinas eran  posesión estratégica que  permitían la proyección y defensa de los intereses estadounidenses en Asia. En otras palabras, el control de las Filipinas permitía a Roosevelt participar en el juego político internacional desde un posición estratégica privilegiada. Por el otro lado, el alegado altruismo (el colonialismo ilustrado) de los estadounidenses en las islas diferenciaba  a los Estados Unidos del restos de  las potencias coloniales. El alegar que  los Estados Unidos poseían una colonia no para su beneficio, sino para beneficio exclusivo de los colonizados permitía mantener la superioridad moral sobre las demás potencias coloniales.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 13 de agosto de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías.

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He tropezado con una interesantísima selección de fotos de la Guerra hispanoamericana procedentes  de la Photographic Collection de la State Library and Archives of Florida. El estado de Florida, y en especial la ciudad de Tampa, jugaron un papel muy importante durante la guerra. Tampa sirvió de base de entrenamiento y operaciones para la campaña del Caribe. En esa ciudad se congregaron miles de soldados y toneladas de equipo bélico para la invasión de Cuba y Puerto Rico. La llegada de unos 30,000 soldados cambió la vida de lo que hasta ese entonces había sido una pequeña ciudad en la costa oriental de la Florida. Estas fotos   nos presentan el lado norteamericano del conflicto, de ahí su gran valor histórico. Espero que las disfruten.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 3 de agosto de 2009

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler,  Capellán Henry A. Brown,  Coronel Leonard Wood, y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt. (later 26th U.S. President).

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler, Capellán Henry A. Brown, Coronel Leonard Wood y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt.

Voluntarios cubanos.

Voluntarios cubanos.

Soldados marchando por la calles de Tampa

Soldados marchando por la calles de Tampa

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En 1898, los Estados Unidos pelearon una breve, pero importante guerra con España. La llamada guerra hispanoamericana marcó la transformación de la nación norteamericana en una potencia mundial.  Gracias a esa guerra, los Estados Unidos se hicieron dueños de un imperio insular que incluía el control directo de Puerto Rico y las islas Filipinas, e indirecto de Cuba. En Puerto Rico, los norteamericanos fueron recibidos como libertadores. Los cubanos, debilitados por años de guerra, tuvieron que aceptar la infame enmienda Platt, convirtiendo a su país en un protectorado de los Estados Unidos. Los filipinos recibieron a los estadounidenses como aliados y les ayudaron a derrotar a las fuerzas españolas sitiadas en Manila. Sin embargo, una vez los nacionalistas filipinos comprobaron que los norteamericanos no llegaban como libertadores, sino como conquistadores, desataron una rebelión que le costó a los Estados Unidos más sangre y dinero que la guerra con España.

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La guerra filipino-norteamericana –la primera guerra de liberación nacional del siglo XX– fue un conflicto muy controversial que generó una gran oposición en los Estados Unidos, especialmente, entre los sectores anti-imperialistas. No todos los norteamericanos celebraron la adquisición de un imperio insular. Hubo un grupo de intelectuales, políticos y hombres de negocios que criticaron la política imperialista del entonces presidente William McKinley. El comportamiento de las tropas norteamericanos provocó la indignación de los anti-imperialistas, quienes abiertamente denunciaron la quema de iglesias, la profanación  de cementerios y la ejecución de prisioneros. Sin embargo, lo que más causó revuelo en la sociedad norteamericana fueron las denuncias del uso de tortura contra prisioneros filipinos,  especialmente, lo que a principios del siglo XX fue conocido como  la “water cure”,  y que hoy denominaríamos “waterboarding” o ahogamiento provocado.

En un interesante ensayo titulado “The Water Cure: Debating Torture and Counterinsurgency—a Century Ago” publicado por la revista New Yorker, el historiador norteamericano Paul A. Kramer enfoca  este episodio de la historia norteamericana. Me parece que el análisis de este corto ensayo cobra particular importancia en momentos en que la sociedad norteamericana “descubre” el alcance de las políticas de la administración de George W. Bush  con relación al uso de la tortura, y debate qué hacer al respecto.

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Paul A. Kramer

Kramer es profesor de historia en la Universidad de Iowa y según el History News Network, es uno de los historiadores jóvenes más destacados de los Estados Unidos. Kramer es autor de importantes trabajos analizando la guerra filipino-norteamericana y el colonialismo norteamericano en las Filipinas. Entre sus obras destacan: The Blood of Government: Race, Empire, the United States and the Philippines (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2006), “Race-Making and Colonial Violence in the U. S. Empire: The Philippine-American War as Race War”, (Diplomatic History, Vol. 30, No. 2, April 2006, 169-210), “The Darkness that Enters the Home: The Politics of Prostitution during the Philippine-American War” (en Ann Stoler, ed., Haunted by Empire: Geographies of Intimacy in North American History,  Durham: Duke University Press, 2006, 366-404) y “Empires, Exceptions and Anglo-Saxons: Race and Rule Between the British and U. S. Empires, 1880-1910” (Journal of American History, Vol. 88, March 2002, 1315-53).  Sus trabajos forman parte de una corriente historiográfica innovadora que en los últimos años ha venido refrescando el estudio de la relaciones exteriores de los Estados Unidos, y del imperialismo norteamericano en particular.

Kramer hace un recuento detallado de este periodo desafortunado de la historia norteamericana. Según éste, las primeras denuncias de torturas aparecieron en los periódicos norteamericanos un año después de comenzada la guerra.  Ello a pesar de la censura impuesta por las autoridades militares a la información procedente de las Filipinas. Curiosamente, quienes hicieron esas primeras denuncias fueron soldados norteamericanos en las Filipinas en cartas personales dirigidas a sus familiares en los Estados Unidos. En mayo de 1900, el periódico Omaha World-Herald publicó una carta del soldado A. F. Miller del Regimiento Voluntario de Infantería #32 (en ese entonces, el ejército norteamericano era uno pequeño por lo que fue necesario usar tropas voluntarias procedentes de varios estados de la Unión tanto en la guerra hispanoamericana como en la guerra filipino-norteamericana).  En su carta, el soldado Miller revelaba el uso de la tortura contra los prisioneros de guerra y en particular, el uso de la “water cure” como mecanismo para obtener información de los filipinos. Según el soldado Miller, los filipinos eran colocados de espaldas, sujetadas por varios soldados y se les colocaba un pedazo de madera redonda en la boca para obligarlos a mantenerla abierta. Una vez sometido el prisionero filipino, se procedía a verter grandes cantidades de agua en su boca y fosas nasales hasta provocarles asfixia. Este “tratamiento” se repetía hasta que los torturadores “conseguían” las información que estaban buscando. Miller era muy claro en su apreciación del efecto del “water cure”: “Puedo decirles que es una tortura terrible”.watercure

Según Kramer, la reacción inicial de los anti-imperialista ante estas denuncias fue muy cautelosa por dos razones básicas: primero, porque las acusaciones eran muy difíciles de sustentar y, segundo, porque el imperialismo se había convertido en un tema central en las elecciones presidenciales de 1900 y no querían perjudicar a su candidato –el demócrata William Jennings Bryan– provocando acusaciones de anti-norteamericanismo por cuestionar el comportamiento de los soldados estadounidenses en las Filipinas. Tras la derrota de Bryan, los antiimperialista  sintieron que ya no tenían nada que perder e hicieron suyas las denuncias de torturas y malos tratos en las Filipinas. Según Kramer, Herbert Welsh –un reformista antiimperialista radicado en la ciudad de Filadelfia– se convirtió en el  abanderado de “la exposición y castigo de las atrocidades” cometidas por soldados estadounidenses. Para Welsh, los Estados Unidos sólo recuperarían su posición entre las naciones civilizadas  si se hacía justicia en el caso de la torturas.

En el Congreso, el senador republicano George F. Hoar, un ferviente opositor a la guerra, propuso que se llevara a cabo una investigación especial sobre el comportamiento de las tropas  norteamericanas en las Filipinas.  La investigación, llevada a cabo por el Comité de las Filipinas presidido por el poderoso senador y ferviente imperialistas Henry Cabot Lodge, comenzó en enero de 1902. Durante diez semanas  testificaron  oficiales militares y civiles, y surgieron una serie de temas relacionados no sólo con el problema de la tortura, sino también con la ocupación norteamericana de las Filipinas. El testimonio de William H. Taft, gobernador de las Filipinas y futuro presidente de los Estados Unidos, resultó ser uno de los momentos cruciales.  Acosado por las preguntas del Senador Charles A. Culberson, Taft reconoció que en las Filipinas se habían cometido “cruelties” como la “water cure”, pero añadió que las autoridades militares habían condenado tales métodos e inclusive realizado varias cortes marciales para investigar y castigar a los culpables.

En representación de la administración Roosevelt (McKinley fue asesinado en setiembre de 1901 por un anarquista) testificó el Secretario de la Guerra Elihu Root. Este abogado corporativo es uno de los personajes más importantes en el desarrollo de las políticas imperialistas estadounidenses de principios del siglo XX, entre ellas, la enmienda Platt.  El Secretario tildó de exageradas las denuncias y comentarios referentes al uso de tortura en las Filipinas y acusó a los nacionalistas filipinos  de haber llevado a cabo una guerra cruel y bárbara.  Desafortunadamente para Root, paralelo con su testimonio dio inicio en Manila una corte marcial contra el Mayor Littleton Waller, acusado de haber ordenado el fusilamiento de once guías y portadores filipinos.  En octubre de 1901, un grupo de rebeldes filipinos le infligió una sorpresiva derrota al ejército norteamericano al matar a 48 soldados estadounidenses en la villa de Balangiga en la isla de Samar.  Los eventos de Balangiga provocaron una dura reacción de los militares norteamericanos y, sin lugar dudas, influyeron el ánimo del Mayor Waller. Éste se encontraba en Samar y al mando de una expedición que terminó trágicamente, pues “perdido, febril y paranoico”, Waller pensó que sus guías le conducían a una trampa y les asesinó. Durante la corte marcial, el Mayor Waller testificó que había recibido órdenes del General Jacob H. Smith de convertir la isla de Samar en un “páramo aullante” (“howling wilderness”). Según Waller, sus órdenes eran claras: “matar y quemar” con la mayor intensidad posible, matar a cualquier filipino mayor de diez años de edad. Las órdenes de Smith no sólo eran producto de los eventos en Balangiga, sino que salvaron al Mayor Waller, quien fue exculpado de las acusaciones de que era objeto.  [El General Smith fue juzgado en una corte marcial acusado no de asesinato, sino por conducta que “perjudicaba el buen orden y la disciplina militar”. Por recomendación del Secretario Root, Smith pasó a retiro y no se le sometió a mayor castigo.]

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El testimonio de Waller causó gran indignación y revuelo en la sociedad norteamericana. Para complicar aún más las cosas para la administración Roosevelt, un veterano de la guerra filipino-norteamericana llamado Charles S. Riley testificó ante el comité del Senado haber sido testigo presencial del uso de “water cure” en un prisionero filipino de nombre Tobeniano Ealdama. Las acusaciones de Riley fueron confirmadas por otros veteranos, forzando al gobierno a llevar a cabo una corte marcial contra el Capitán Edwin Glenn, oficial acusado de haber torturado a Ealdama. El juicio de Glenn duró una semana y contó con el testimonio de la alegada víctima, quien describió cómo había sido torturado. El testimonio del acusado es muy interesante porque sus argumentos resuenan hoy en día entre los defensores del “water boarding” y del “extreme rendition”. Según Glenn, la tortura de Ealdama estaba justificada por “razones militares”  y constituía “un uso legítimo de la fuerza justificado por las leyes de la guerra”. El acusado fue encontrado culpable y condenado a perder un mes de paga y a pagar un multa de cincuenta dólares.  Parece que la corte marcial no dañó la carrera militar del capitán, pues según Kramer, Glenn se retiró del ejército con el rango de Brigadier General.

Según Kramer, los testimonios de Waller, Glenn, Riley y otros veteranos llevaron al gobierno,  apoyado por periodista a favor de la guerra, a iniciar una intensa campaña en defensa del Ejército. Para ello recurrieron a argumentos patrióticos condenando a quienes se atrevían a criticar las acciones de soldados norteamericanos. También se recurrió al racismo al tildar a los filipinos de salvajes que no estaban cobijados por las leyes de la guerra entre naciones civilizadas. En otras palabras, no se podía dar un trato civilizado a un grupo de salvajes.

El 4 de julio de 1902, el presidente Teodoro Roosevelt dio fin oficial a la guerra filipino-norteamericana declarando la victoria de las fuerzas norteamericanas. Ello ayudó a que el tema de las atrocidades fueran quedando en el olvido. Aunque los antiimperialistas continuaron criticando la conducta de las fuerzas militares en las Filipinas, las noticias procedentes de la Filipinas  ya no causaban revuelo entre los norteamericanos.  Es así como la “water cure”, la quema de villas y el asesinato indiscriminado pasaron a formar parte de la amnesia imperialista norteamericana hasta ser rescatados por este ensayo de Paul A. Kramer.

En momentos en que los estadounidenses discuten qué hacer con los oficiales de la CIA y los funcionarios de la administración Bush hijo involucrados en la tortura de prisioneros de la llamada guerra contra el terrorismo, este pequeño ensayo debería servir para recordarles que aún están a tiempo para enmendar pecados del pasado, y de paso recuperar parte del respeto internacional perdido tras un periodo demasiado largo de una arrogante insensatez.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 29 de abril de 2009

Nota: Todas las traducciónes del ensayo de Kramer son mías.

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