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Archive for the ‘Opio’ Category

Retomo el análisis del libro Crucible of Empire que inicié a mediados de noviembre pasado. En esta ocasión enfocaré un corto, pero muy interesante ensayo de la historiadora norteamericana Anne L. Foster, titulado “Prohibiting Opium in the Philippines and the United States. The Creation of an Interventionist State”. La Dra. Foster es profesora asociada en el Departamento de Historia de la  Indiana State University. Ésta es autora de numerosos ensayos en diversas revistas  profesionales y coeditora, junto al sociólogo Julian Go, de una colección de ensayos titulada The American State in the Philippines: Global Perspectives (Duke University Press, 2003, ISBN: 0-8223-3099-7, publicado en las Filipinas por Anvil Press en 2005). Las áreas de especialidad de la profesora Foster son la historia de las relaciones exteriores de los Estados Unidos y del sudeste asiático.

En “Prohibiting Opium”, Foster examina la política norteamericana contra el consumo de opio en las Filipinas como parte de la orientación temática del libro que forma parte, es decir, como un mecanismo para examinar cómo las colonias estadounidenses influyeron en el desarrollo político de su metrópoli. Según la autora, el desarrollo de una política prohibiendo el consumo de opio en las Filipinas ha sido poco atendida, a pesar de su innegable importancia para entender el origen de las políticas anti-drogas en los Estados Unidos. Los norteamericanos prohibieron el opio en las Filipinas en 1908, seis años antes que en el territorio continental estadounidense, lo que le permite a Foster alegar que  el proceso filipino influyó de forma decisiva en la decisión en contra de los opiáceos en los Estados Unidos. Tal decisión conllevó la aprobación de la primera ley anti-narcóticos en la historia norteamericana.

Fumadero de opio, Manila, 1924.

Según Foster, la campaña en contra del opio en las Filipinas estuvo liderada por misioneros norteamericanos llegados a las islas después de 1898 y procedentes, en su mayoría, de la China. Estos misioneros vieron en la adquisición de las Filipinas una oportunidad para promover la prohibición del consumo de opio en los Estados Unidos. En otras palabras, la autora nos da un gran ejemplo de cómo se entrecruzan las esferas domésticas e imperial dentro de una relación colonial, pues los misioneros utilizan  la colonia como base para iniciar una política que se pretende exportar hacia la metrópoli.  De esta forma, la colonia deja de ser un mero receptor de las políticas e influencias procedentes de la metrópoli  y se convierte en un campo de experimentación social, legal y policial. Los frutos de tal experimentación  trascienden la sociedad colonial y terminan siendo implantados en la metrópoli.

Manila a principios del siglo XX.

Los objetivos de los misioneros chocaron con la actitud poco cooperadora de los oficiales coloniales norteamericanos, quienes no vieron con simpatía la prohibición del consumo de opio en las Filipinas. De acuerdo con Foster, el interés económico influyó  de manera decisiva en  la actitud de los oficiales coloniales porque el comercio de opio representaba una “fuente estable de ingresos” para el gobierno de las islas. Además, los oficiales coloniales se preguntaban, no sin alguna razón, por qué prohibir el opio en las Filipinas si su consumo era legal en la metrópoli.

La  estrategia de los misioneros en su lucha contra el opio en las Filipinas fue   asociar  su consumo con China y lo chino. Según Foster, ello respondió a una razón muy sencilla: la mayoría de ellos habían vivido en territorio chino, donde el  uso de la droga estaba muy extendido. Los misioneros estadounidenses habían sido testigos presenciales del efecto del uso del opio entre los chinos y usaron esas experiencias como argumento para conseguir su ilegalización en las Filipinas como un primer paso hacia su prohibición en los Estados Unidos. La presencia de chinos opiómanos en las Filipinas facilitó su labor, dándoles una justificación adicional.  Los  misioneros estadounidenses no eran los únicos en asociar el opio como un vicio chino, pues en los países del sudeste asiático era común la creencia de que los  chinos eran más propensos a su uso que los locales. En el caso filipino, el gobierno colonial español había limitado legalmente el consumo de opiáceos a los habitantes chinos de las islas, lo que unido al costo de este vicio, limitó el consumo de la droga entre los filipinos.

Los opositores del consumo de opio usaron la asociación de éste con los chinos para promover su prohibición tanto en los Estados Unidos como en las Filipinas. Sus argumentos eran muy sencillos. Primero, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos los chinos eran representados como extranjeros, es decir, como entes que no pertenecían a la “nación”. Si sólo los chinos fumaban opio, entonces, su ilegalización no afectaría a quienes sí eran considerados parte de  la “nación”. De esta forma, la prohibición de lo opiáceos  sólo afectaría no sólo a un sector minoritario, sino racial y culturalmente ajeno, foráneo, extraño.  Segundo, la obsesión de los chinos con el opio era presentada como evidencia de cómo éstos rechazaban la integración en la cultura norteamericana. El consumo de opio entre los chinos residentes en los Estados Unidos era visto como una práctica anti-norteamericana que reflejaba un claro rechazo de la cultura y la forma de vida estadounidenses; como una prueba de que los chinos no querían incorporarse a la cultura. Tercero, los fumaderos de opios eran presentados como centros de perdición,  donde jóvenes mujeres blancas eran corrompidas y convertidas en drogadictas, y en esclavas sexuales de hombres chinos. En conclusión, los estadounidenses usaron la imagen del opio como un vicio chino para marcar diferencias raciales, nacionales, culturales y hasta morales. De ahí que se alegara que la prohibición del consumo de opio sólo afectaría a un grupo minoritario y extranjero, que, además, rechazaba integrarse culturalmente y que corrompía con su vició a la sociedad estadounidense. Con ello se obviaba la amplitud y el carácter multiétnico del consumo de opio en los Estados Unidos.

De acuerdo con la autora, detrás de la oposición al consumo de opio se escondía un claro rechazo a la presencia china, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos. Los activistas anti-opio creían (¿albergaban la esperanza?)  que la ilegalización de los opiáceos llevaría a los chinos a regresar a su país, lo que facilitaría su implementación tanto en las Filipinas como en los Estados unidos.  No todos los observadores y analistas del tema del consumo de opio pensaban que la prohibición de éste fomentaría el regreso de miles de chinos a China. Un grupo de pesimistas alegaba que los opiómanos permanecerían tanto en los Estados Unidos  como en las Filipinas y que se convertirían en criminales, y en un serio problema social y criminal. De ahí que plantearan el tratamiento médico como solución al problema de la adicción al opio.

Tras la ilegalización del opio en 1914, los norteamericanos adoptaron el sistema de tratamiento existente en las Filipinas desde 1905.  En el sistema filipino, los adictos –de forma voluntaria o tras ser acusados por posesión de la droga– tenían la opción de recibir tratamiento médico gratuito. Los oficiales coloniales estaban muy orgullosos de este sistema porque creían que simbolizaba la dedicación y el compromiso del gobierno colonial con el bienestar de los filipinos, además, de su afán de ayudar a los adictos  a “volver a ser miembros productivos de la sociedad”. Este planteamiento me lleva a preguntarme si  el programa de tratamiento era visto como un elemento más de la representación del colonialismo norteamericano en las Filipinas como  un proceso de civilización e ilustración de sus habitantes. ¿Hasta qué  punto quienes aceptaban el  tratamiento ­­–es decir, la ley impuesta por el gobierno colonial– eran dignos de ser salvados, como los que habían aceptado el control norteamericano de las islas –también impuesto– habían sido dignos de ser civilizados por sus amos coloniales?  En otras palabras, ¿hasta qué punto este elemento se inserta en el  discurso colonial estadounidense en las Filipinas?

La ilegalización del opio en los Estados Unidos vino acompañado de un cambio  en la imagen del opiómano. Algunos médicos y oficiales de salud pública siguieron viéndole como a un enfermo que necesitaba asistencia médica y que no debía ser juzgado.  Sin embargo, otros galenos, oficiales sanitarios y, sobre todo, oficiales judiciales veían la adicción al opio como un vicio que debía ser castigado. Para ellos, el adicto era un criminal que debía ser encarcelado, no un enfermo. En este esquema represivo, el tratamiento estaba reservado para los prisioneros.  Según Foster, la distinción que se hacía entre quienes debían recibir tratamiento y quienes debían ir a la cárcel estaba enmarcada en las ideas de la época en torno a quien merecía ser salvado. En otras palabras, el gobierno estadounidense estaba más dispuesto a invertir dinero tratando a adictos de clase media,  “blancos y educados”  que en hacer los mismo con las minorías o los miembros de la clase trabajadora. Éstos últimos eran vistos como “una amenaza que debía ser removida de la sociedad en vez de  ayudarles a reintegrarse a ésta”.

Hamilton Wirght

Foster hace un recuento del proceso que llevó a la prohibición de la importación de opio a las Filipinas en 1905 (efectivo en 1908). De esta forma los Estados Unidos se convirtieron en la primera potencia colonial en el sudeste asiático que prohíbe el opio en su colonia, pero ello no alteró la legalidad de esa droga  en territorio metropolitano. Los misioneros y reformistas, especialmente el Obispo Episcopal de las Filipinas Charles H. Brent, iniciaron una campaña para prohibir el opio en las colonias cercanas y convencieron al Presidente Teodoro Roosevelt a convocar una  conferencia internacional en 1909. Las potencias coloniales europeas aceptaron la invitación norteamericana  y en preparación para tal reunión se acordó que todos los países participantes investigarían el tema del consumo de narcóticos tanto en la metrópoli como sus colonias. El Departamento de Estados de los Estados Unidos contrató a Hamilton Wright, un claro enemigo del opio, para que realizara tal investigación. Wright encontró que en los Estados Unidos existían miles de opiómanos. Además,  criticó que  la nación norteamericana promoviera la prohibición del opio en Asia cuando esa droga era legal en los Estados Unidos. Los medios noticiosos difundieron esta vergonzosa contradicción, lo que forzó la intervención del Congreso federal. En 1909, los legisladores estadounidenses aprobaron una ley prohibiendo la importación de opio listo para ser fumado. Según Foster, esta ley preparó el caminó para la aprobación, en 1914, de la Ley Harrison regulando la importancia, distribución y consumo de opiáceos en los Estados Unidos (la cocaína también fue incluida en esta ley).

Foster también enfoca el tema del tráfico de opio.  Como era de esperar, tras la prohibición de la droga ni los chinos regresaron a su país ni el consumo de opiáceos acabó. Por el contrario, la ilegalización del opio  abrió las puertas al negocio del contrabando de la droga. Las autoridades coloniales norteamericanas tomaron una serie de fuertes medidas para enfrentar el problema del contrabando. Para ello, recurrieron a tres instituciones coloniales policíaco-represivas:  la policía  municipal de la ciudad de Manila, el  Philippines Constabulary –un cuerpo  paramilitar creado por los norteamericanos que estaba compuesto por locales, pero comandado por estadounidenses– y el Servicio de Aduanas federal.  La autora presta especial atención a la presión que el gobierno norteamericano ejerció sobre los británicos para que éstos controlaran el contrabando de  opio desde sus colonas hacia las Filipinas.

La autora cierra su ensayo con una observación muy relevante. Según ella, se puede trazar parte de los orígenes de la llamada guerra contra las drogas en el desarrollo de un campaña largamente olvidada contra el trafico de opio en las Filipinas, que fue justificada como una mecanismo para proteger a los filipinos. De acuerdo con Foster, para combatir el contrabando de opio, los Estados Unidos promovieron  la prohibición regional y mundial de la droga. Además tuvieron que adoptar  acciones represivas en las islas y en los Estados Unidos que cambiaron las leyes y políticas estadounidenses. El gobierno norteamericano se embarcó en una campaña firme contra la prohibición de opio que se hizo cumplir a través de medidas represivas y policíacas contra los traficantes. Para Foster, tales medidas constituyen un importante antecedente de las políticas antidrogas estadounidenses adoptadas en las últimas décadas del siglo XX.

Este es un trabajo muy valioso, que enfoca el colonialismo como un proceso que se desarrolla en dos sentido, dejando claro cómo la colonia  fue usada  como campo de experimentación de políticas de control social, médico y legal, que luego fueron adoptadas por la metrópoli. La colonia deja así de ser un mero recipiente o víctima de las acciones y/o políticas metropolitanas para convertirse en protagonista del drama colonial. Para ello, Foster analiza, de forma clara y directa, un tema poco estudiado por la historiografía del imperialismo estadounidense, pero de gran relevancia y actualidad dado el papel que juegan los Estados Unidos en el consumo actual de drogas ilegales.  Foster también deja claro el impacto del control del opio en las Filipinas sobre las prácticas legales y policíacas norteamericanas, es decir, sobre el desarrollo del Estado en la sociedad estadounidense.

Antes de finalizar sólo me queda hacer un último comentario. Al concentrarse en la labor de los misioneros norteamericanos, la autora no atiende una pregunta que me resulta medular: ¿qué  papel jugaron los filipinos (políticos, religiosos, médicos, etc.) en este proceso? La ausencia de los sujetos coloniales en el ensayo de Foster me intriga y me lleva a preguntare si éste es más bien un problema de acceso a fuentes. Espero que este corto ensayo sea una pieza de un trabajo de mayor envergadura que le permita a Foster contestar esta pregunta y otras preguntas, además de seguir examinando las complejidades de la relación colonial de Estados Unidos y las Filipinas, la más controversial de sus colonias.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 18 de diciembre de 2009

Nota: Las traducciones del inglés son todas mías. Los interesados en el tema del opio podrían consultar los siguientes trabajos del Dr. Dale Geringer: “Prohibiting Opium in the Philippines –May 3rd 1905-2005” en Drugsense.com y “The Opium Exclusion Act of 1909” en Counterpunch.com

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Crucible 2La Editorial de la Universidad de Wisconsin acaba de publicar un libro que está destinado a convertirse en lectura obligatoria de todos aquellos interesados en el estudio del imperialismo norteamericano,  su  título: Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State (University of Wisconsin Press, 2009, ISBN: 978-029923104-0). Editado por el estudioso del sudeste asiático Alfred W. McCoy y el historiador puertorriqueño Francisco Scarano, Colonial Crucible es una obra de más de seiscientas páginas que recoge unos cuarenta ensayos escritos por académicos filipinos, puertorriqueños, españoles, norteamericanos y australianos. Los escritos de este  grupo amplio de investigadores  siguen un línea común: examinar cómo el imperio insular obtenido por los Estados Unidos en 1898 influyó el desarrollo del Estado norteamericano. En ese sentido buscan superar el estudio unidimensional del imperialismo estadounidense, analizando cómo las colonias o posesiones insulares han influido en el desarrollo político de los Estados Unidos.

Dada la magnitud de esta obra, me es imposible reseñarle toda. Lo que sí me propongo es reseñar algunos de los ensayos que me parezcan más interesantes y pertinentes, comenzando con uno de los dos trabajos que sirven de introducción a esta obra. Se trata del  ensayo “On the Tropic of Cancer: Transition and Transformation in the U. S. Imperialism” escrito por McCoy, Scarano y Courtney Johnson, profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Wisconsin.

Moro School Zamboanga, Mindanao

Escuela pública, Mindanao

Este ensayo comienza con tres planteamientos muy importantes. Primero, que el imperialismo norteamericano no fue excepcional, pero sí  diferente del resto de los imperialismos que le fueron contemporáneos. Según los autores, los Estados Unidos fueron un poder colonial paradójico que sólo poseyó una cadena de islas localizadas a lo largo del Trópico de Cáncer. Contrario a sus contrapartes europeos, los norteamericanos  controlaron sus principales posesiones por sólo unas décadas y gobernaron a un grupo reducido de personas (“few million people”). Segundo, que a pesar de su corta duración y del número reducido de seres humanos bajo su custodia, ese imperio tuvo un severo impacto sobre los Estados Unidos. Tercero, a pesar de su enorme importancia, el imperialismo estadounidense es el menos entendido de los imperialismos modernos. Según los autores, llenar ese vacío es el objetivo de este libro.

Estos tres planteamientos me parecen fundamentales. Primero que nada,  reconozco la necesidad de negar la excepcionalidad del imperialismo norteamericano, pero reconociendo que éste fue muy diferente a su homólogo inglés, francés u holandés. Diferenciar al imperialismo norteamericano es un factor fundamental para integrarle al estudio del imperialismo con mayúscula. Además, concuerdo totalmente con los autores en el impacto del imperialismo sobre la sociedad y el gobierno norteamericanos. Por último, me llena de enorme alegría y satisfacción que Scarano, McCoy y Johnson subrayen lo poco estudiado que es el imperialismo estadounidense, a pesar de  su inmensa importancia no sólo para los Estados Unidos, sino también para el resto de mundo y América Latina, en particular.  Ayudar a llenar ese vacío es la razón de ser de esta bitácora.

Alfred_McCoy

Alfred McCoy

Uno de los puntos más  importantes de este ensayo es la representación que hacen sus autores del imperialismo como una vía en dos sentidos que afecta tanto  a las colonias  como  a sus metrópolis.  Citando trabajos del gran historiador  Charles S. Maier, los autores reconocen al imperialismo como un sistema que transforma tanto al centro como a la periferia.  El caso norteamericano no fue la excepción, pues el imperio insular adquirido en 1898 representó serios retos que terminaron transformando al Estado norteamericano. Siguiendo esa línea, los ensayos que componen Colonial Crucible buscan explorar los efectos  del imperialismo norteamericano de principios del siglo XX no sólo sobre las colonias, sino también sobre la geopolítica de los Estados Unidos y, especialmente, sobre el arte norteamericana de gobernar (“statecraft”).  Para los autores,   los cambios causados por el control  de las posesiones insulares en el mar Caribe y el océano Pacífico “radiaron gradualmente” hasta filtrarse en lo que ellos denominan como “los capilares de imperio norteamericano”, transformando a la sociedad y al estado metropolitano norteamericanos.

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Francisco Scarano

El tema de la invisibilidad es un asunto inevitable al hablar del imperialismo norteamericano. Según Scarano, McCoy y Johnson, el imperialismo fue uno de los factores que dio forma al estado norteamericano moderno, pero su papel ha permanecido oculto (“obscured”) por el énfasis dado por la historiografía estadounidense a factores endógenos.  De ahí que el objetivo principal de este libro sea rescatar el impacto del imperialismo analizando el estado que se desarrolla en Washington a partir de la adquisición de las islas arrebatadas a España. En otras palabras, el libro busca superar “la insularidad de la historiografía norteamericana colocando la cuestión imperial en el centro de la historiografía metropolitana”. De esta forma se une el estudio de los colonos y de los colonizados, presentándoles como entes interdependientes.

Los ensayos recogidos  en Colonial Crucible argumentan que la expansión de 1898 dio vida a un estado imperial único (“unique”) que gobernó las colonias por medio de una burocracia reducida, pero muy poderosa. Los oficiales coloniales estadounidense estaban libres de la supervisión de Washington por lo que pudieron desarrollar experimentos sociales que hubiesen sido difíciles de llevar a cabo en los Estados Unidos, pero que una vez realizados en las colonias encontraron su camino hacia la metrópoli. En el proceso se  fortaleció a un gobierno federal que históricamente se había mostrado débil.

En áreas como la educación pública y la reforma carcelaria, los Estados Unidos habían desarrollado importantes cambios que luego aplicaron en sus colonias. Sin embargo, en áreas como la policía, la prohibición del consumo de drogas, la inteligencia policíaca y militar, la salud pública y el manejo ambiental, los norteamericanos innovaron en sus colonias y luego aplicaron sus innovaciones en la metrópoli.  Los autores subrayan que de  todos los

Native Guard

Miembros del Philippine Constabulary, pieza clave del aparato policiaco colonial en las Filipinas

programas aplicadas por el gobierno colonial el más efectivo fue el policíaco, pues permitió el desarrollo de un sistema de vigilancia que sirvió de modelo para crear un aparato de seguridad nacional durante la primera guerra mundial (McCoy acaba de publicar un libro sobre este tema titulado Policing America’s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State [The University of Wisconsin Press, 2009, ISBN 978-0-299-23414-0]). Otro buen ejemplo es el de las drogas, pues los autores subrayan que los norteamericanos prohibieron el consumo de opio en las Filipinas primero que en los Estados Unidos (Anne L. Foster aborda este tema en un brillante ensayo titulado “Prohibiting Opium in the Philippines  and the United States: The Creation of an Interventionist State” que  forma parte de este libro y que espero poder reseñar pronto).

Este ensayo es una excelente introducción a un libro que, sin lugar a dudas, hará por el estudio del imperialismo norteamericano lo que a finales de la década de 1990 hizo el libro Close Encounter of Empire (Duke University Press, 1998) por el estudio de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Colonial Crucible es como una regalo de Navidad largamente esperado.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 16 de noviembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías. Alfred W. McCoy acaba de publicar un ensayo en TomDispatch.com  (“Welcome Home, War! How America´s Wars Are Sistematically Destroying Our Liberties“) abordando el tema de la construcción de una aparato represivo colonial en las Filipinas y sus implicancias en la historia reciente de los EEUU..

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