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Archive for the ‘Educación colonial’ Category

Acabo de leer un interesantísimo artículo escrito por el historiador Andrew J. Rotter y titulado “Empires of the Senses: How Seeing, Hearing, Smelling, and Touching Shaped Imperial Encounters” (Diplomatic History, 35:1, January 2011, p. 3-19). Rotter, profesor en Colgate University, es un estudioso de las relaciones internacionales de Estados Unidos con Asia y miembro de un grupo, afortunadamente en crecimiento, de historiadores que  han ido más allá de los enfoques tradicionales en el estudio de la historia de las relaciones exteriores norteamericanas. Éstos han incorporado la cultura como parte de su análisis de las relaciones internaciones, enfocando elementos como clase, género, raza y religión. En el caso específico del artículo que comentaré, el autor enfoca un tema completamente nuevo para mí: los sentidos.

Andrew J. Rotter

El autor comienza su ensayo con un planteamiento que comparto plenamente: el imperialismo es un fenómeno complejo de interacción, que conlleva negociación, vigilancia e imposición, resistencia y acomodo. El imperialismo no es un proceso sencillo, unilateral o limitado a la conquista y/o explotación de un territorio. Por el contrario, el imperialismo es muy proceso complejo, en donde hay espacios de encuentro e intercambio, con sombras y matices.

Que todas las relaciones humanas son moldeadas por los sentidos, incluido el imperialismo, es la idea guía que este ensayo. Según Rotter, el imperialismo conlleva interacciones indiscutiblemente personales, pero mediadas por la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto. A través del estudio comparativo del imperio inglés en India y del norteamericano en las Filipinas, el autor se propone mostrar cómo los sentidos ayudaron a colonizadores y sujetos coloniales a comprenderse y a conocerse.  Esto no quiere decir que no tuvieran diferencias en sus percepciones sensoriales, porque como bien señala el autor, los sentidos no son solo expresiones biológicas, sino también claras construcciones sociales.

El planteamiento central de Rotter es que tanto británicos como norteamericanos se veían como civilizadores y creían que parte de su labor civilizadora era establecer en sus colonias lo que el autor denomina como un orden sensorial.  En otras palabras, la misión civilizadora de los británicos en India y norteamericanos en las Filipinas  conllevó la imposición de un orden de los sentidos considerado por éstos como “civilizado”. Obviamente, tanto los indios como los filipinos tenían ideas diferentes a la de sus colonizadores sobre qué era considerado sensorialmente civilizado y, por ende, aceptable. Estas diferencias provocaron un enfrentamiento sensorial que produjo, según el autor,  choques pero también puntos de encuentro entre ingleses, indios, filipinos y norteamericanos.

Al comparar las experiencias británica y norteamericana el autor busca superar el provincialismo característico de las “narrativas nacionales” (bastante marcado en la historiografía norteamericana, subrayaría yo). El autor es muy claro al señalar que ninguna nación o imperio debe ser considerada única, lo que constituye un rechazo directo del excepcionalismo estadounidense. El estudio comparativo le permitirá al autor poner a prueba su hipótesis de “que el civilizar a otros re-ordenándoles sus sentidos era, de hecho, un proyecto occidental, o por lo menos anglosajón.” (7)  Además, el autor alega, con toda la razón, que el enfoque comparativo permite identificar diferencias y similitudes entre las prácticas imperialistas, ya que no hay un solo imperialismo.

Rotter le dedica el grueso de su ensayo al análisis del proceso de civilización al que fueron sometidos los sentidos en las Filipinas y la India. De éstos reseñaré tres: el oído, el gusto y el tacto.

De acuerdo con el autor, tanto británicos como norteamericanos buscaron civilizar los sonidos “salvajes” de sus colonias, reduciendo el volumen de sus sujetos coloniales. ¿Qué le molestaba a los colonizadores? Los gritos llamando al rezo en las mezquitas, la música a gran volumen en los templos hindúes, las bandas de músicas filipinas, la insistencia de las campanas de las iglesias católicas filipinas; en fin, las calles llenas de vida bulliciosa y de difícil comprensión para la mente anglosajona. Para los colonizadores, el bullicio de sus colonias además de intolerable e incivilizado, era producto de una seria indisciplina sónica que debía ser resuelta a través de la educación.   Británicos y estadounidenses buscaron a través de la enseñanza del inglés –un idioma civilizado– controlar el volumen de lo que los filipinos e indios hablaban en voz alta para que sonaran como pueblos civilizados.

La educación serviría también para inculcar modales entre los asiáticos. De ahí que  tanto británicos como  norteamericanos usaron las escuelas para combatir lo que consideraban un problema permanente de Asia: los pedos y los eructos en público. Los colonizadores inculcaron lo que el autor denomina como modales sónicos, clasificando y condenando como muestras de descortesía –de ausencia de civilización– ambas acciones, que parece que eran bastantes comunes entre  sus sujetos coloniales.

El sentido del gusto fue usado extensamente por británicos y norteamericanos para describir  a sus colonias como extrañas e indisciplinadas.  En general, los colonizadores rechazaron la comida de sus colonias. Aunque en el caso de los británicos,  hubo algunos que  regresaron a casa con  un cocinero indio, la mayoría rechazó la cocina india por el temor a ser contaminados. Los norteamericanos mostraron miedo y desprecio por la comida filipina, pues pensaban que la inferioridad filipina era contagiosa. Tanto británicos como estadounidenses tuvieron problemas con el uso que se hacía de las especies en sus colonias.

Una de las historias más ilustrativas de este ensayo tiene que ver con el tema gusto  y la comida. Según Rotter,  en 1913 una maestra filipina llamada Paz Marquez le escribió una carta a su prometido porque estaba preocupada por la visita del entonces gobernador de las Filipinas Francis Burton Harrison a su provincia. A la Señorita Marquez le preocupaba qué dar de comer al Gobernador Harrison:

“Alguien propuso un típico almuerzo filipino. Pero no, porque es una idea ridícula. Queremos convencer a los americanos de  que somos suficientemente civilizados para ser independientes y seremos rechazados si comemos en una hoja de plátano” (15)

De acuerdo al autor, la Señorita Márquez cerraba su misiva le preguntándole a su prometido si efectivamente era incivilizado comer en una hoja de plátano. Esta carta refleja varias cosas. En primer lugar, el deseo del sujeto colonial por mostrarse apto –civilizado– ante los ojos del colonizador y juez de su proceso civilizatorio, prerrequisito para alcanzar su independencia. La Señorita Marquez, como también buena parte de sus compatriotas, no se cuestiona ni el discurso ni la relación colonial. No, a ella lo que le preocupaba era quedar bien y lograr la aceptación del poder imperial representado por nada menos que el gobernador colonial. Sin embargo,  esta carta también refleja un proceso de acomodo, de juego. La Señorita Marquez sabe que el norteamericano no aprecia y, por ende, no come la comida filipina; entonces, ¿para qué cocinársela? Mejor recurrir al engaño, dándole al estadounidense lo que éste come y de paso “demostrar” lo logros de su proceso civilizador. Es una pena que no sepamos qué comió Harrison y si lo disfrutó.

El tacto, como los demás sentidos, fue “racializado” tanto por británicos como por estadounidenses, quienes temían contagiarse de alguna enfermedad si tocaban a los naturales de sus colonias. De acuerdo con  Rotter, el color oscuro de la piel de indios y filipinos fascinaba y repugnaba a británicos y norteamericanos. Éstos temían lo que creían escondía el color de la piel de sus sujetos coloniales: suciedad. El autor menciona una caricatura que ilustra de forma magistral su planteamiento.  Titulada “Cares of a Growing Family”, la caricatura muestra al Presidente William McKinley observando a un grupo de niños negros que representan al recién adquirido imperio insular –Puerto Rico, Cuba y las Filipinas. El Presidente está sentado sobre una caja de jabones que tiene una inscripción muy clara: “Soap, Haye you tried?” (“Jabón, ¿lo has probado?”).  Esta caricatura racista y paternalista refleja muy bien la preocupación sanitaria de los norteamericanos y su relación con el color de la piel de los nuevos miembros de la familia estadounidense. El jabón se convierte así, en otra aportación imperial y civilizadora.

Cares of a Growing Family, 1898

Para protegerse de la India y de los indios, los británicos se aislaron en sus cuarteles y recurrieron a los llamados “cholera belts”. Estos eran una pieza de ropa usada comúnmente por los soldados británicos en la India, que consistía de una cinturón o faja ancha de franela o seda que protegía al cuerpo de la humedad y frío, erróneamente asociados al cólera. Los estadounidenses recurrieron a los “stomach bandages” para evitar el vómito, la diarrea y el calambre abdominal.

El contacto sexual entre colonizadores y colonizados estuvo asociado al tema del tacto.  Este era  asunto  que preocupaba a las autoridades coloniales, especialmente, por el peligro de las enfermedades venéreas.  De ahí que tomaran medidas para controlar la prostitución como la Indian Contagious Diseases Act of 1868 que obligaba a las prostitutas a registrarse  y hacerse exámenes médicos. Los norteamericanos tomaron medidas similares en las Filipinas. En ambos casos se eximía del examen médico a los  soldados porque ello les hubiese sometido a un contacto físico inapropiado e indigno para hombres civilizados.

El autor concluye su ensayo señalando que ni británicos ni estadounidenses lograron imponer un nuevo régimen sensorial a indios filipinos. Sin embargo, sí lograron fomentar que sus sujetos coloniales se comportaran como seres “civilizados” en el uso de sus sentidos. Tanto los líderes del Partido del Congreso indio como los “ilustrados” filipinos –es decir, las clases dirigentes–  se convirtieron en promotores de la sanidad pública, insistiendo que sus pueblos adoptaran medidas sanitarias, aprendieron a comer con cuchillo y tenedor, y se vistieron con ropas occidentales. En palabras del autor: “Los subalternos se esforzaron en aprender los modales occidentales, esperando no ofender los sentidos.” (18).

Tanto en las Filipinas como en la India, la relación colonial conllevó resistencia y ajuste,  y el eventual desarrollo de acomodos y acuerdos no solo a nivel político, sino también a nivel sensorial. El esfuerzo occidental para imponer su cultural sensorial provocó una respuesta local. Según Rotter, este encuentro terminó cambiando las cuatro culturas sensoriales involucradas: el curry se convirtió en un plato nacional británico, se desarrolló un gusto por los textiles indios y filipinos, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos se hizo más común que los médicos tocaran a sus pacientes, los estadounidenses aprendieron a apreciar las frutas tropicales filipinas, etc.

Este es un interesantísimo ensayo y una gran aportación al estudio del imperialismo norteamericano, y del imperialismo en general. Rotter hace un estudio cultural y comparativo del colonialismo estadounidense en las Filipinas desde una óptica teórica y metodológicamente novedosa, examinando un tema que me resultó fascinante: los sentidos. El autor no estudia los acostumbrados temas políticos, sociales y/o económicos. Por el contrario, realiza un interesante análisis cultural de  la experiencia sensorial británica en la India y estadounidense en las Filipinas. Además, el autor desarrolla algo poco común en la historiografía norteamericana del imperialismo y las relaciones internacionales: un estudio comparativo. Este tampoco es un análisis tradicional del imperialismo, ya que el autor enfoca el intercambio cultural entre colonizado y colonizador, enfatizando los puntos de encuentro entre éstos: los intercambios, los acuerdos, los compromisos. El colonialismo es presentado como una proceso dinámico y de dos vías, en el que tanto colonia como metrópoli se ven afectados.

No puedo cerrar sin señalar que este ensayo es producto de una investigación que no ha finalizado, cosa que el autor reconoce. Esto explica que en algunos momentos la justificación de sus postulados –como el nivel comparativo– pueda resultar un tanto general y carente de contundencia, lo que  no le quita méritos a un trabajo que aporta una visión refrescante al análisis del imperialismo. Será cosa de esperar a que Rotter culmine su investigación y comparta sus hallazgos finales.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

23 de enero de 2012

NOTA: Todos los énfasis y las traducciones del inglés con mías.

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En la edición de noviembre-diciembre de 2009 de Diálogo –periódico digital de la Universidad de Puerto Rico– aparece publicado un corto ensayo titulado “El molino de piedra” donde su autor, el Profesor Pablo Navarro Rivera, examina una de las instituciones más peculiares del imperialismo norteamericano, la Carlisle Indian Industrial  School (CIIS). La CIIS fue creada en 1879 para lidiar con el llamado problema indio (“Indian problem”).  Qué hacer con las naciones indias despojadas en nombre del progreso fue un problema para los norteamericanos desde el periodo colonial.  Para la década de 1870 el debate giraba en torno a la posibilidad de incorporar a los amerindios a la sociedad norteamericana.   Los creadores de la CIIS creían que era posible convertir a los nativo americanos en ciudadano útiles a través de la educación y  la transculturación forzosa de miles de jóvenes amerindios.

Estudiantes de Carlisle en 1885

Esta escuela ubicada en una antigua base militar,  atendió a 10,700 estudiantes entre 1879 y 1918. Durante ese periodo la CIIS llevó a cabo lo que Navarro Rivera denomina como un genocidio cultural: americanizar a miles de amerindios imponiéndoles el idioma inglés, la vestimenta, la religión y las costumbres anglosajonas. Se buscaba  “matar al salvaje” que habitaba en el indio y dar vida a un “ser civilizado”, es decir, americanizado. Los propulsores de la CIIS creían que los amerindios podrían incorporarse a la sociedad blanca sólo si experimentaban una transformación radical, es decir, si  dejaban de ser lo que eran y se convertían en copias al carbón de los estadounidenses blancos.

El proceso de transculturación comenzaba con la llegada de los estudiantes. Cuando éstos  arribaban a Carlisle, se les tomaba una foto que servía para comparar al salvaje que entraba con el ser civilizado que saldría, se les bañaba, se les cortaba el pelo y se les vestía como “gente civilizada”. El uso del idioma vernáculo estaba totalmente prohibido y los estudiantes eran vigilados para evitar la socialización entre miembros de las misma etnias. El uso del inglés era un requisito indispensable para todos los internos.

La CIIS junto a otras instituciones como el Hampton Institute (Hampton, Virginia) y  la Tuskegee Normal and Industrial Institute (Tuskegee, Alabama) se convirtieron en modelos de cómo lidiar con las minorías étnicas en los Estados Unidos. Según Navarro Rivera, tras la adquisición del imperio insular (Cuba y Puerto Rico), las autoridades norteamericanas aplicaron la experiencia adquirida con los minorías étnicas  norteamericanas a los pueblos conquistados en 1898.  Usando los esquemas raciales de su momento histórico, los  norteamericanos  que llegaron a las islas tras la guerra con España catalogaron a cubanos y puertorriqueños como “colored people” y, por ende, crearon sistemas educativos para educarles como eran educados los negros e indios en los EEUU. Además, crearon becas para enviarles a escuelas en los EEUU como la CIIS.

Según el Dr. Navarro Rivera,   60 niños puertorriqueños fueron enviados a Carlisle, hecho desatendido por  la historiografía puertorriqueña, “a pesar de su importancia para entender los primeros esfuerzos de adecuación colonial de Estados Unidos en Puerto Rico.” Su ensayo busca subsanar en parte ese desconocimiento analizando la experiencia de algunos de los puertorriqueños que fueron enviados a la CIIS.

El primer norteamericano encargado de la educación en Puerto Rico, el General John Eaton, fue también el primero en sugerir el envío de puertorriqueños a Carlisle. El primer Comisionado de Instrucción de Puerto Rico, Martin C. Brumbaugh, convenció en 1900 a la legislatura de la isla a asignar fondos para el envío de estudiantes puertorriqueños a los EEUU bajo la excusa de que  la isla “no contaba con buenas escuelas, no tenía instituciones de educación superior ni existían los recursos para construirlas.” El Comisionado recomendó el envío anual de 45 estudiantes a los Estados Unidos. Según Navarro, “Veinticinco varones irían a escuelas preparatorias y universidades y un segundo grupo de 20 jóvenes, varones y hembras, recibiría becas de $250 anuales del Gobierno para estudiar en lugares como Carlisle, Tuskegee y Hampton. Brumbaugh hizo posible con estas becas la extensión a Estados Unidos del proyecto educativo colonial que iniciaron en la Isla en 1898.”

Residencia de las niñas

Según el autor, solo 600 de los 10,700 alumnos que  estudiaron en Carlisle llegaron a graduarse.  Las fuentes no permiten determinar cuántos regresaron a sus lugares de origen, lo que “obstaculiza el estudio sobre el fenómeno del retorno.” Sí se sabe que   “un número significativo de puertorriqueños, tras irse de Carlisle, se quedaron en Estados Unidos o iniciaron una vida de continua migración entre dicho país y la Isla.”

Navarro   dedica  la parte final de su ensayo a examinar la experiencia de los puertorriqueños que estuvieron en Carlisle a través del estudio de la correspondencia de algunos de éstos. Desafortunadamente, no explica ni el origen ni la localización de estas fuentes. Lo que primero que señala el autor es que a los puertorriqueños que participaron en el programa no se les explicó con toda claridad la naturaleza de la escuela; en otras palabras, éstos no sabían que eran enviados a una escuela para indios. Navarro describe le caso de Juan José Osuna ­– quien llegaría a ser un reconocido educador puertorriqueño. Osuna llegó a Carlisle a los 15 años “bajo la impresión de que recibiría una educación profesional que lo prepararía para el campo del Derecho.” El autor también cita una carta de una estudiante de nombre Providencia Martínez:  “En ocasiones, cuando menciono la escuela para indios pienso que es un sueño. Realmente, no sabíamos que era una escuela regular para indios porque la Srta. Weekly no nos dijo la verdad.” El autor no aclara si este desconocimiento sobre la naturaleza de Carlisle fue producto de mal entendidos o de una estrategia de las autoridades coloniales estadounidenses.

Estudiantes ejercitándose en el gimnasio de Carlisle

Según el autor, en 1901 un grupo de estudiantes y padres le escribió a Luis Muñoz Rivera, uno de los principales líderes políticos puertorriqueños de principios del siglo XX, quejándose de Carlisle. Las cartas hicieron que Muñoz visitara la escuela en agosto de 1901. Según Navarro, Muñoz Rivera  escribió un artículo sobre su visita – artículo que desafortunadamente  el autor no identifica– donde señalaba que le preguntó a los puertorriqueños que encontró en Carlisle si querían regresar a la isla y que éstos le respondieron que querían quedarse en la escuela para aprender ingles.

Es curioso que Navarro señale que poco antes de la visita de Muñoz, tres estudiantes puertorriqueños se escaparon de la escuela. Otros dos estudiantes se escaparon en 1902. Del grupo que llegó en 1900, por lo menos 11 se retiraron de la escuela por solicitud de sus padres y 4 por razones de salud.  ¿Le mintieron los estudiantes puertorriqueños a Muñoz Rivera? Después de 1901, sólo 5 estudiantes puertorriqueños fueron admitidos a la escuela lo que lleva Navarro a concluir que:  “La evidencia sugiere que la experiencia negativa que tuvieron los puertorriqueños en Carlisle llevó al gobierno de Estados Unidos a suspender las becas que ofrecían en Puerto Rico para estudiar allí y, finalmente, ordenar que los puertorriqueños becados abandonaran CIIS en 1905.”

Este  ensayo rebela las intersecciones de la esferas domésticas y externas del imperialismo norteamericano.  Navarro muestra como una institución creada para atender a un sector de los sujetos coloniales domésticos o internos (los amerindios) es  también usada para buscar la americanización de los sujetos coloniales externos adquiridos en 1898. El autor deja claro el papel que jugó la  CIIS como instrumento del imperialismo estadounidense para atender los “problemas” que representaban las nuevas posesiones insulares.

Estudiantes de escuela elemental

Estudiantes de escuela elemental

Este ensayo de Navaro Rivera trabajo también deja claro la necesidad de que la historiografía puertorriqueña –yo añadiría, la latinoamericana en general– preste atención al papel que jugaron instituciones educativas, científicas, artísticas y profesionales estadounidenses en el desarrollo del imperialismo norteamericano en Puerto Rico (y América Latina).

Dos comentarios finales. Primero, extraño la ausencia de los filipinos en este ensayo. Dudo mucho que la avanzada americanizadora se limitara a cubanos y puertorriqueños y me gustaría saber si las fuentes revisadas por Navarro Rivera reflejan la presencia de estudiantes filipinos en la CIIS. Segundo, el autor no identifica de forma clara las fuentes que utiliza. Aunque este no es un ensayo publicado en un revista académica, el autor  y los editores debieron proveer la información básica sobre las fuentes que sustentas los argumentos de Navarro Rivera.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 14 de febrero de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad. A los interesados en este tema recomiendo visitar los siguientes:

  1. Pablo Navarro Rivera, “Acculturation Under Duress: The Puerto Rican Experience at the Carlisle Indian Industrial School 1898-1918”
  2. Carlisle Indian Industrial School Research Page
  3. Carlisle Indian Industrial School History

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