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Archive for the ‘La mitología nacional norteamericana’ Category

La edición de julio de la revista paleo-conservadora norteamericana The American Conservative contiene un corto artículo del historiador norteamericano Andrew J. Bacevich que llamó mi atención. En su escrito titulado “Will Iraq Be  Forgotten Like Vietnam?”, Bacevich utiliza el tema de los más de 2,500 norteamericanos prisioneros de guerra  (Prissioners of War, POW) o perdidos en acción (Missing in Action, MIA) durante el conflicto de Vietnam para reflexionar en torno al tema de la memoria histórica en los Estados Unidos.

El autor comienza describiendo un cuadro que podría resultar familiar para quienes hayan vivido en un suburbio norteamericano: en el centro de Walpole (Massachussets) se encuentra, junto al asta de la bandera estadounidense, un estandarte negro con la siglas POW-MIA y la inscripción “You are not forgotten” (“No los hemos olvidado”). Esta bandera fue designada por el Congreso de los EEUU, en agosto de 1990, como “símbolo de la preocupación y compromiso de la nación norteamericana de resolver tanto como sea posible el destino de los norteamericanos que aún permanecen encancelados, perdidos o desaparecidos en el sudeste asiático” (U. S. Public Law 101-355, 10 de agosto de 1990).

Aunque la inscripción “You are not forgotten” enuncia un compromiso nacional de no olvidar a los perdidos en Vietnam, Bacevich reconoce que la realidad es otra, pues la mayoría de los estadounidenses –él incluído– hace tiempo que olvidó a quienes quedaron atrás en la junglas vietnamitas. Sólo los familiares de los POW-MIA mantienen vivo su recuerdo, pero este grupo está compuesto por un número muy limitado de personas.

A pesar de esta dura realidad, Bacevich plantea, no sin razón, que si la bandera ondeando en el centro de Walpole fuese removida, los habitantes de ese pueblo a 18 millas de Boston, levantarían su protesta e indignación.   ¿Por qué esta aparente contradicción? Para Bacevich la respuesta es sencilla: remover la bandera provocaría un “psychic void” (un vacío síquico) que los habitantes de Walpole no podrían tolerar porque, a pesar de los más de treinta años trascurridos desde su fin,  la guerra de Vietnam es un episodio inacabado de la historia estadounidense. Para el autor, desplegar la bandera de los POW-MIA es un testimonio de que Vietnam es “una parte del pasado que aún no ha sido totalmente relegada al pasado”. Esta acción conlleva, por un lado, el reconocimiento de un pérdida  como también de una gran falla nacional. Por el otro lado, también conlleva, nos dice Bacevich, la falsa pretensión de un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra de Vietnam en particular. En otras palabras, los perdidos en acción merecen volver a casa y el pueblo norteamericano merece saber por qué esos soldados fueron enviados al sudeste asiático.

Según Bacevich, esa reflexión histórica es prácticamente imposible porque  reexaminar lo ocurrido en Vietnam obligaría  a los norteamericanos a enfrentar “una plétora de verdades incómodas” no sólo sobre aquellos que  involucraron a la nación estadounidense en el conflicto indochino, sino también sobre la  forma de vida norteamericana y las premisas sobre las que ésta está basada. Muy pocos norteamericanos están dispuestos a enfrentar las duras realidades que abrir la puerta del tema vietnamita dejaría al descubierto porque ello les obligaría a revisar su forma de vida. Es por ello que, según Bacevich, prefieren calmar su conciencia con banderas, pretendiendo que les importa cuando en la realidad están desesperados por olvidar.

Para Bacevich, en la actualidad los norteamericanos continúan reproduciendo  el proceso de olvidar cuando pretenden recordar, pero no con relación a Vietnam. Hoy día es Irak la guerra que es necesario olvidar, dejar atrás para salvaguardar su forma de vida (yo añadiría, sus mitos nacionales, su comunidad imaginaria, su idea de nación cuyas acciones están siempre motivadas por objetivos nobles, su excepcionalismo y, sobre todo, su inocencia). De acuerdo con el autor, ya la administración Obama lo hizo al hacer causa común con los revisionistas de derecha que pretenden declarar la guerra en Irak un “gran triunfo” basados en el alegado éxito del “surge”, olvidando el costo humano de esa guerra antes y después del aumento de tropas norteamericanas a partir de 2007. La administración Obama está concentrado en su guerra en AfPak (Afganistán-Pakistán) y, convenientemente, ha dejado a Irak en el pasado.

Monumento a los Veteranos de Vietnam, Washington, D.C.

Bacevich cierra su escrito lanzando una interesante pregunta: ¿Se conocerá algún día la verdad sobre la guerra de Irak? Su respuesta es un categórico NO. Es muy probable que llegue el día que el Congreso estadounidense apruebe la construcción de un monumento a la guerra de Irak en la zona del Mall en la capital de los Estados Unidos, pero  según él, nunca investigará a fondo el fracaso norteamericano en tierras iraquíes porque “la verdad seguirá siendo inoportuna”. Desafortunadamente, la preferencia de los estadounidenses por una historia desinfectada y esterilizada continuará.

Norberto Barreto Velázquez.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad.

SOBRE EL PALEO CONSERVADURISMO PUEDEN SER CONSULTADOS LOS SIGUIENTES:

http://www.moral-politics.com/xpolitics.aspx?menu=Political_Ideologies&action=Draw&choice=PoliticalIdeologies.PaleoConservatism

http://usconservatives.about.com/od/typesofconservatives/a/PaleoCons.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paleoconservadurismo

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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

bachevich

Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

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