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Posts Tagged ‘Partido del Te’

Comparto con todos ustedes mi participación el pasado 8 de noviembre en el programa HablaPUCP, donde fui entrevistado por el Dr. Eduardo Dargent sobre el resultado de las elecciones estadounidenses.

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El Tea Party se ha convertido en uno de los fenómenos políticos más importantes de la historia de los Estados Unidos. De ahí la gran cantidad de artículos y ensayos tratando de entenderle y de precisar cuál será su influencia en las elecciones presidencias del 2012. La edición de17 de agosto de 2011 del New York Times publica un artículo que va precisamente en ese sentido y cuyos argumentos me parecieron muy valiosos. Escrito por David E. Campbell y Robert D. Putnam, “Crashing the Tea Party” analiza cuál podría ser el efecto político para el Partido Republicano de seguir atado al Tea Party.  Campbell es profesor de ciencias políticas en la Universidad Notre Dame y Putnam es profesor de política pública en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.

Los autores plantean que los norteamericanos muestran una clara tendencia hacia el conservadurismo fiscal, es decir, a favor de un gobierno más pequeño, opuestos a la redistribución del ingreso y en contra de que el gobierno ayude a los pobres (tarea que debía estar en manos de las “private charities”).  Aquí creo que Putnam y Campbell caen en el común error de la academia norteamericana de no reconocer que hay más de un tipo de norteamericano. ¿Quiénes son los norteamericanos que caen dentro del patrón señalado por los autores? ¿Los afroamericanos educados y de clase media? ¿Los afroamericanos pobres y golpeados severamente por la crisis económica? ¿Los cubanos de Florida? ¿Los chicanos de Arizona? ¿Los blancos pobres? ¿Blancos del sur? ¿Blancos del noreste? ¿Blancos del Midwest?

Lo interesante, según los autores, es que a pesar de esta tendencia conservadora de la sociedad estadounidense, la antipatía hacía el Tea Party ha aumentado notablemente. Para justificar este planteamiento, Campbell y Putnam recurren a dos encuestasdel New York Time y CBS News. En la primera encuesta, celebrada en abril del 2010, el 18% de los encustados tenía una opinión desfavorable del Tea Party, el 21% tenían una opinión favorable y el 46% no opinaba. Catorce meses más tarde la segunda encuesta  demuestra que la simpatía por el Tea Party bajó a 20% mientras el rechazo creció hasta alcanzar el 40%.  Explicar por qué ocurre esto es el objetivo principal de este corto ensayo.

En su búsqueda repuestas, Campbell y Putnam llevan a cabo una revaluación crítica del Tea Party que me resultó muy pertinente.  En primer lugar, es necesario señalar que los planteamientos de los autores están basados en una serie de entrevistas realizadas en el verano norteamericano a un grupo representativo de 3,000 personas.

Lo primero que cuestionan los autores es la alegada inocencia política  de los miembros del Tea Party. Contrario a lo que se no has hecho crear, los simpatizantes del Tea Party no son un grupo de neófitos apolíticos forzados a entrar a la política por las circunstancias socioeconómicas. Según los autores, los simpatizantes del Tea Party estaban políticamente activos muchos antes de que este movimiento naciera. Además, muchos de ellos eran miembros activos del Partido Republicano.

En segundo lugar, los autores niegan que el Tea Party sea un producto de la recesión económica. Según Campbell y Putnam, quienes apoyan al Tea Party no pertenecen a los grupos sociales que más han sufrido las consecuencias de la crisis económica que vive la nación estadounidense. Desafortunadamente, los autores no profundizan con relación a este importante tema.

Interesantemente, los autores también cuestionan que el tamaño del gobierno sea otra factor de importancia detrás de los seguidores del Tea Party.

Una vez desmitificado el Tea Party, Campbell y Putnam identifican las cosas en común que tienen sus simpatizantes. En primer lugar y para sorpresa de nadie, son mayoritariamente blancos. Éstos compartían una opinión muy mala tanto inmigrantes como de afroamericanos mucho antes de que Barack Obama llegara a la Casa Blanca, y la sigue teniendo. En este punto me parece que los autores son bastante cuidadosos de no acusar directamente a los miembros del Tea Party de algo que me parece evidente: racismo. Sin el tema racial es imposible entender a este movimiento que, en parte, fue activado por la elección de un negro a la Presidencia.

El conservadurismo es otro elemento común entre los simpatizantes del Tea Party. Los autores mencionan el rechazo del aborto como un elemento fundamental de este movimiento. Este tema lleva a Campbell y Putnam al punto que querían llegar: la religión. Si algo identifica a los miembros del Tea Party es su mezcla de religión y política. Éstos consideran imprescindible que la religión juegue un papel más importante en la política norteamericana.  En su visión, Estados Unidos es un país que se ha olvidado de Dios y está pagando por ello. De ahí los exabruptos religiosos de una Michele Bachman y los llamadas a la oración del Gobernador de Texas Rick Perry. Esto también explica los fuertes vínculos de este movimiento con la derecha cristiana de los Estados Unidos.

Según los autores, el tema religioso es fundamental para entender el aumento en la oposición al Tea Party. Putnam y Campbell alegan que la mayoría de los estadounidenses son cada vez más conservadores económicamente hablando, pero a la vez se han ido alejando de la idea de mezclar política y religión.  En otras palabras, el fanatismo religioso es el talón de Aquiles del Tea Party –y de los Republicanos por asociación.

Los autores cierran su ensayo con un planteamiento categórico: los Republicanos arriesgan mucho al unir su destino con el del Tea Party, pues les podría pasar lo que le ocurrió a George S. McGovern –candidato a la presidencia por el Partido Demócrata en 1972– a quien el apoyo estridente de los pacifistas que se oponían a la guerra de Vietnam le costó el apoyo de los moderados y, por ende, la elección.

Habrá que esperar para ver si, como plantean Campbell y Putnam, el Tea Party termina siendo víctima de su fanatismo religioso. Crucemos los dedos.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

17 de agosto de 2011

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Uno de los fenómenos más interesantes de la política estadounidense de principios del siglo XXI es el surgimiento del Tea Party (Partido del Te). Producto de las protestas populares en contra del rescate económico de la administración Bush (hijo) y de las políticas instauradas por Barack Obama a su llegada a la Casa Blanca, el  Tea Party toma su nombre de uno de los eventos más importantes en la etapa previa al inicio de la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sus miembros se oponen al incremento de los impuestos, la expansión del gobierno federal, la creación de un seguro de salud nacional, el déficit presupuestario, etc.

Dada su creciente popularidad, su naturaleza controversial y su fuerte conservadurismo, el Tea Party ha captado la atención de más de un analista estadounidense. Científicos políticos, sociólogos, economistas y politólogos han buscado entenderle y explicarle. Los historiadores no han estado ajenos a este fenómeno. Muestra de ello es el artículo publicado por TomDispatch el pasado mes de mayo bajo el título “History´s Mad Hatters: The Strange Career of the Tea Party Populism” (traducido al español y publicado por la revista SinPermiso con el título  “La tradición populista en Estados Unidos y la extravagante evolución del Tea Party”.) Escrito por los historiadores Steve Fraser (profesor visitante de la University of New York) y Joshua Freeman (profesor  de historia laboral en el Queens College de la City University of New York), este ensayo busca ubicar al Tea Party en el desarrollo del populismo estadounidense. Para ello, los autores elaboran un análisis general, pero muy valioso, de cuatro momentos en la evolución del populismo en los Estados Unidos: el movimiento Know Nothing de mediados del siglo XIX, el populismo agrario de los 1880 y 1890, la triada Long-Couhglin-Townsend de la era de la gran depresión y el populismo anti-segregacionista de los años 1960.

Pero antes de iniciar su análisis de la evolución del populismo,    Fraser y Freeman examinan el evento histórico de donde los seguidores del Tea Party han tomado el nombre de su movimiento.  El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos norteamericanos molestos con un nuevo impuesto del gobierno colonial británico abordaron el HMS Darmouth –un barco de la Compañía Británica de las Indias Orientales­– y arrojaron por la borda la carga de té que se encontraba en sus bodegas.  A este episodio se le conoce como el Boston Tea Party y constituye un antecedente de gran importancia en el proceso de independencia de las Trece Colonias norteamericanas. Los responsables de este reto a las autoridades británicas eran miembros de una organización secreta conocida como los Hijos de la Libertad. Un dato curioso es que quienes abordaron el Darmouth aquella mañana de diciembre de 1773 lo hicieron disfrazado de indios mohicanos y armados con tomahawks (hachas de guerras indias).

El Boston Tea Party provocó una dura reacción de parte de las autoridades británicas, quienes decidieron imponer su autoridad en Massachusetts cerrando el puerto de Boston y limitando severamente el gobierno propio de la colonia. La reacción británica fue  calificada por las demás colonias como intolerable  y llevó a la celebración del Primer Congreso Continental con representación de doce de las trece colonias.  Las diferencias entres colonos británicos fueron agrandándose hasta convertirse en una guerra.

Como quienes lanzaron el te a la bahía de Boston en 1773, los seguidores del Tea Party se rebelan  ante la injusticia a la que se sienten sometidos, y como aquéllos exclaman “No me pisotees”.  Según los autores, este sentimiento de víctima y el reclamo de justicia que le acompaña, son elementos constantes  del populismo norteamericano hasta su actual renacer en el Tea Party.  El populismo estadounidense también ha oscilado históricamente entre el deseo de crear algo nuevo y el deseo de restaurar un orden que sus seguidores han creído o imaginado perdido.

Los autores comienzan su análisis histórico del populismo estadounidense examinando el movimiento Know Nothing desarrollado en los Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850.  Lo primero que es necesario aclarar es el origen de nombre de esta primera manifestación del populismo norteamericano. De acuerdo con Fraser y Freeman, los seguidores de este movimiento comenzaron a reunirse en secreto y cuando alguien les preguntaba algo éstos respondía que no sabían nada (“know nothing”) y de ahí les quedo el calificativo. Con el apoyo de pequeños granjeros, “modestos hombres de negocios” y “gente trabajadora”, este movimiento llegó a convertirse en un partido político, el American Party.

Los “Know Nothings” poseían una rara combinación entre  nativismo y antiesclavismo, pues se oponían abiertamente a la inmigración de irlandeses y alemanes católicos (como también de los chinos) y su segmento norteño rechazaba la esclavitud. Éstos iniciaron una de las características más constantes del populismo en los Estados Unidos: el pensamiento conspirativo. Según los Know Nothings, “tanto el Papado como la elite de propietarios de plantaciones esclavistas del sur conspiraban para socavar la posibilidad de que existiera una sociedad democrática de hombres sin dueño al que servir.”  La llegada de miles de pobres inmigrantes católicos era parte de este complot que amenazaba la idea que tenían los “Know Nothings” de los Estados Unidos como una sociedad de “individuos independientes, libres e iguales.”

En las últimas décadas del siglo XIX se desarrollo lo que los autores denominan una “insurgencia económica y política” en las zonas agrícolas de los Estados Unidos. Esta insurgencia toma la forma de un partido político –el Partido Populista o Partido del Pueblo– que dio un vuelto interesante al escenario político estadounidense. El blanco de esta segunda etapa populista era el capitalismo corporativo y financiero que, según sus críticos,  estaba acabando con la libertad y la forma de vida de los granjeros. Para los populistas de fines del siglo XIX, las grandes empresas habían secuestrado al gobierno, convirtiéndole en un instrumento de la plutocracia. Además, de buscar rescatar al Estado de las garras de capital industrial y financiero, los populistas se adelantaron a su tiempo al proponer la elección directa de los senadores federales, la jornada de ocho horas, la creación de subsidios agrícolas y “la propiedad pública de los ferrocarriles e infraestructuras públicas”. Quienes apoyaban al Partido Populista también querían “restaurar una sociedad  de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales”.

Convención del Partido del Pueblo, 1890

La década de 1930 fue testigo de la tercera manifestación populista de importancia analizada por Fraser y Freeman. Ésta se desarrolló en el contexto de la peor crisis económica de la historia de los Estados Unidos, por lo que no debe ser una sorpresa su lucha contra el capitalismo corporativo. Según los autores, el populismo de los años 1930 aportó, además, un nuevo elemento al movimiento: la paranoia anticomunista.

Huey P. Long

El populismo de la era de gran depresión tuvo tres tendencias: el “Share Our Wealth” del Senador por Louisiana Huey P. Long, la “Union for Social Justice” del sacerdote católico Charles E. Coughlin y la campaña del Doctor Francis Townsend a favor de un sistema de pensiones para los ancianos. Aunque con orígenes y objetivos diferentes, estos tres movimientos se unieron para formar el Union Party, crítico de Franklin D. Roosevelt y del Nuevo Trato. El programa de Long incluía pensiones y educación gratuita para todos los ciudadanos, la creación de  un impuesto contra quienes tuvieran ingresos por encima del millón de dólares, el establecimiento de un salario mínimo y la construcción de proyectos públicos. Coughlin era una figura  de gran popularidad gracias a su programa de radio semanal que era transmitido desde Detroit a través de las ondas de CBS. Durante los cinco años que Coughlin mantuvo su programa radial, su voz  llegó a los hogares de millones de estadounidenses, convirtiéndole en la figura católica más influyente del país. Éste era una crítico acérrimo del capitalismo por considerarle contrario a los valores cristianos. Townsend lideró una cruzada a favor de los desempleados y los ancianos.  Este médico proponía la creación de una programa   que le garantizará una pensión de $200 a todos los ciudadanos mayores de 60 años. El programa de Townsend sería financiado por un “impuesto sobre la actividad empresarial”.

Charles E. Coughlin

Long y Coughlin tenían algo en común, su rechazo visceral al comunismo. El padre inclusive hablaba de una supuesta conspiración  entre bolcheviques y banqueros “para traicionar a Estados Unidos”. Coughling, además, dio claras muestras de simpatía por los nazis y manifestó un claro antisemitismo. Long y Coughlin también criticaron duramente a las grandes empresas y alegaban respaldar al “hombre olvidado” frente a los abusos del gobierno federal y de las corporaciones.  Como muestra del deseo populista de preservar un pasado idealizado, ambos se proclamaban defensores  de las “economías locales”, los “códigos morales tradicionales”  y “los estilos de vida establecidos”.

De acuerdo con Fraser y Freeman, a partir de la década de 1960, el populismo sufrió un giro “claramente hacia la derecha, tornándose cada vez más restauracionista y menos transformador, cada vez más anti-colectivista y menos anti-capitalista”.  Como parte de esta transformación, temas tradicionales, pero secundarios, como la ortodoxia religiosa, el chauvinismo, la xenofobia y la política de miedo y paranoia  pasaron a  un primer plano.

Para ilustrar este cambio, los autores enfocan dos figuras políticas sumamente importantes en los años sesenta:   Barry Goldwater y George Wallace. Goldwater era senador por el estado de Arizona y considerado uno de los políticos más conservadores de su época.  Candidato a la presidencia por el Partido Republicano en las elecciones de 1964, Goldwater se opuso a las leyes de derechos civiles en clara defensa de los derechos de los estados frente al gobierno federal. Éste era también enemigo  de cualquier tipo o forma de colectivismo, “entre las que obviamente incluía a los sindicatos y al Estado de bienestar”. El senador llegó a denunciar la existencia de una “una trama ‘roja’ para debilitar las mentes de los estadounidenses mediante un aumento de los niveles de flúor en el canal de suministro de agua potable”.

Wallace fue gobernador del estado de Alabama y un férreo defensor de la segregación racial. Los autores los denominan “el otro eslabón perdido entre el populismo económico de antaño y el populismo cultural de finales del siglo XX”. Este líder anti-elitista, chauvinista y racista, también asumió la defensa de los trabajadores, “favoreció la expansión del sector público”, aumentó los salarios de maestros de su estado e incrementó el gasto en salud y educación de Alabama (ofreciendo libros de textos gratuitos). Como candidato presidencial defendió la expansión de seguro social y del Medicare (un programa de seguro de salud del gobierno estadounidense para personas mayores de 65 años).

George Wallace

El impacto político de este claro ejemplo de las contradicciones que suelen caracterizar al populismo puede medirse en los resultados de las elecciones presidenciales de 1968. Ese año Wallace aspiró a la presidencia de los Estados Unidos como candidato por un tercer partido, enfrentando al tradicional bipartidismo norteamericano,  y obtuvo casi diez millones de votos (13.5% del voto popular y 46 voto electorales).

Fraser y Freeman cierran su ensayo preguntándose, “¿qué tiene que ver esta  narración episódica y accidentada del populismo estadounidense con el Tea Party?” Su respuesta es variada. En primer lugar, el Tea Party nos remite, según los autores, “a la pretensión de superioridad moral, sentido de desposesión, anti-elitismo, patriotismo revanchista, pureza racial y militancia del “No me pisotees” que siempre ha constituido, al menos en parte, la mixtura populista”.  En segundo lugar, el anti-capitalismo no juega “papel alguno” en el movimiento del Tea party. Aunque sus seguidores reaccionaron a los rescates financieros bancarios, esto no significa que manifiesten el sentimiento en contra de las grandes corporaciones típico de sus predecesores históricos.  Una posible explicación a este fenómeno podría estar en la composición social del Tea Party. Según los autores, la mayoría de los seguidores del movimiento tienen mejores ingresos que la media de la población norteamericana, un mayor nivel educativo  y, por ende, mejores posibilidades de conseguir trabajo.  En otras palabras, tienen menos razones para quejarse del capitalismo. En tercer lugar, para los seguidores del Tea Party la  posibilidad de un redistribución del ingreso constituye una amenaza a su bolsillo,  por lo que la  rechazan totalmente. En palabras de Frase y Freeman,

“El “No me pisotees”, que antaño había sido un grito de rebeldía, ahora se ha metamorfoseado en: “Esto es mío. No te atrevas
a gravarlo   con      impuestos”. Hoy el enemigo a abatir no es la empresa, sino el Estado”.

En cuarto lugar, los promotores de este populismo del siglo XXI son mayoritariamente blancos, hombres de edad avanzada reaccionando a la presencia de un negro en las Casa Blanca y de una mujer en la dirección de la Cámara de Representantes. Éstos parecen también reaccionar a la creciente percepción de la decadencia del poder de los Estados Unidos.   A lo que habría añadir el tradicional miedo populista a los inmigrantes y  el temor a ser desplazados por la minorías raciales.

Por último, los autores reconocen que el Tea Party es producto de la frustración de sectores de la sociedad estadounidense que siente, no sin razón, que han sido traicionados por el egoísmo de sus elites económica y política. Lo que está por verse es si esa indignación  moral y política dará paso a un movimiento de alcance nacional.

Este ensayo de  Freeman y Fraser me parece útil porque compendia muy bien el desarrollo histórico del populismo norteamericano. Sus comentarios pueden servir de base para aquellos interesados en profundizar en el estudio de uno de los movimientos políticos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos. En cuanto a su análisis del Tea Party, comparto sus observaciones, pero habría dado mayor énfasis al tema racial porque me parece que la presencia de un negro en Casa Blanca es el factor determinante detrás de las reacciones de muchos miembros del Tea Party.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 27 de junio de 2010

Nota: Todas las citas proceden de la versión en español del ensayo de Freeman y Fraser publicada por SinPermiso.

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