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Archive for the ‘Hegemonía norteamericana’ Category

 
El pais  29 de noviembre de 2013
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Raquel Marín

Recientemente, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, proclamó lo que en los hechos ya resultaba evidente a mediados de la década pasada: el ocaso de la doctrina Monroe.Un conjunto de factores estructurales de diversa índole, de tendencias globales y regionales y de transformaciones de envergadura en muchos países del continente —incluido, por supuesto, EE UU— fueron confirmando los límites y los costes de la diplomacia coercitiva, de la capacidad de Washington de intervenir unilateralmente en los asuntos internos de América Latina y de lograr, sin consultar a nadie, la satisfacción de sus principales objetivos en el área.

Quizás de modo un tanto ingenuo, algunos observadores en la región detectaron en las palabras de Kerry una nueva vocación de aislacionismo de Estados Unidos respecto a Latinoamérica. Con escasa base empírica, hubo otros que percibieron que el gesto de Kerry era la constatación de que Estados Unidos ya se había “ido” de América Latina. La consecuencia natural de esas dos lecturas fue enseguida una sola: bye bye Monroe, adiós Estados Unidos.

Probablemente resulte más preciso reconocer que el fin de la doctrina Monroe no implica el “retiro” o el “olvido” de Estados Unidos con relación a América Latina. Es posible que resulte útil comenzar a hablar de la doctrina Troilo como una suerte de sustituto simbólico a propósito de las relaciones interamericanas. Aníbal Troilo no fue un político latinoamericano, sino uno de los más grandes bandoneonistas argentinos. Nocturno a mi barrio fue una composición suya especial: no solo la escribió en 1968, sino que fue la única que interpretó en 1972. Su letra viene al caso. En aquel soberbio tango, Troilo decía: “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando”. La letra tanguera se puede usar para discernir cómo, a pesar de las apariencias y de algunos diagnósticos altisonantes que han ido surgiendo en la propia América Latina, los datos concretos más recientes muestran que Estados Unidos nunca se “fue” de la región: hello Troilo.

Según un estudio, en 2012 la inversión fue cinco veces mayor que en los cinco años anteriores

Por ejemplo, es cierto que el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se desvaneció en 2005 en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata. Pero Estados Unidos ya suscribió y ratificó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con México y Canadá, el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y República Dominicana y los tratados de comercio bilaterales con Chile, Colombia, Perú y Panamá. Mientras Mercosur no ha definido una mirada medianamente consistente hacia el Atlántico ni tiene una perspectiva consensuada con relación al otro océano que baña las costas de América Latina, la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, Perú y México) se suma, por interés propio, a la denominada pivot strategy mediante la cual Estados Unidos busca afirmar su proyección de poder en Asia, acompañada por aliados regionales, y rodear a Beijing para limitar la influencia china en la cuenca del Pacífico. Paralelamente, Estados Unidos continúa siendo, a pesar del avance de China en América Latina, el principal inversor en México y la cuenca del Caribe según el último informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en la materia. Además de acuerdo a la misma fuente, y a pesar de la persistente crisis económica interna, “en 2012 las empresas transnacionales de Estados Unidos fueron responsables del 24%” de la inversión extranjera directa en América Latina; “un porcentaje mayor que el de los cinco años anteriores”.

En cuanto a políticas contra el narcotráfico, y al margen de que se cuestione en la región la llamada “guerra contra las drogas”, Washington ha llevado a cabo el Plan Colombia, la Iniciativa Andina, el Plan Mérida, la Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe y la Iniciativa de Seguridad Regional para Centroamérica. La creación en 2009 del Consejo Sudamericano de Defensa fue trascendental, pero se produjo después de que Estados Unidos volviera a restablecer en 2008 la IV Flota que había sido disuelta en 1950 y que ahora tiene como misión principal combatir el crimen organizado transnacional. Es cierto que en diciembre de 2000 se cerró la infausta Escuela de las Américas, donde se adiestraron tantos dictadores de la región, pero el total de latinoamericanos entrenados en Estados Unidos entre 1999 y 2011 fue, según el sitio web Just the Facts (www.justf.org) de 195.807 —superior a algunas de las décadas de mayor contacto intramilitar en el continente—. A ello hay que sumar la consolidación de bases en Centroamérica y el Caribe y la ampliación de facilidades militares, como el despliegue de radares y el aumento de operaciones contra las drogas, en esa zona próxima que Washington considera su “tercera frontera”.

Por más diversificación de la asistencia que han buscado los Estados latinoamericanos, la ayuda total a la región de Estados Unidos sigue destacándose sobre el resto de países: 17.317 millones de dólares para el periodo 2009-2014. La asistencia militar y policial de Estados Unidos a América Latina, 6.821 millones de dólares entre 2009-2014, supera la cantidad brindada por cualquier otra nación extrarregional. Si bien la región apuntó a tener fuentes distintas en cuanto a la provisión de armamentos, el total de ventas de armas de EE UU a Latinoamérica fue de 11.191 millones de dólares entre 2006 y 2011. Aunque Estados Unidos se replegó de Ecuador al finiquitarse su uso de la base de Manta y no logró que fuese constitucional el acuerdo con Colombia para usar siete bases militares de ese país, Washington logró sellar dos compromisos con Brasilia —el acuerdo de cooperación en defensa de abril de 2010 y el acuerdo de seguridad en información militar de noviembre de ese mismo año— e iniciar la readecuación de un acuerdo de cooperación en defensa con Perú de 1952. Corresponde aclarar asimismo que según el Stockholm International Peace Research Institute, EE UU es el segundo proveedor de armamentos de Brasil después de Francia y antes de Alemania y Suecia.

En todo momento del año hay hasta 4.000 efectivos militares desplegados a lo largo y ancho de la región

En buena parte de la opinión pública y política persiste la idea de que la cuestión de los drones (vehículos aéreos no tripulados) y de las fuerzas de operaciones especiales se manifiesta fuera de la región; en especial, en Asia Central, Próximo Oriente y el norte de África. Sin embargo, los drones operan en los límites entre Estados Unidos y México y ya hay ensayos con dichos vehículos para interceptar cargamentos de drogas en el Caribe, al mismo tiempo que, según una nota del The Washington Post de julio de este año, los militares estadounidenses han empleado drones, los llamados ScanEagles, en Colombia. Por su parte, las Special Operations Command South, en el marco del Comando Sur con sede en Miami, vienen desarrollando ejercicios con varias fuerzas armadas de la región y el Air Force Special Operations Command ha estado activo en América Central desde 2009. Cabe destacar que en el último año ha surgido un interés de las firmas constructoras de drones en Estados Unidos para desplazar a Israel como principal proveedor de los mismos, mientras que el almirante William McRaven, al frente del Special Operations Command, indicó en 2012 la voluntad del Pentágono de expandir el rol de las fuerzas de operaciones especiales en América Latina, a pesar de no ser esta un área desde donde se ponga en jaque la seguridad nacional de Estados Unidos. Las afirmaciones de McRaven coinciden con lo expresado a principios de este año por el general Sean Mulholland del US Special Command South. Hay que añadir que, según una nota de comienzo de 2013 de Associated Press, en todo momento del año hay hasta 4.000 efectivos militares de Estados Unidos desplegados a lo largo y ancho de América Latina.

En síntesis, Estados Unidos no ha sido pasivo ni irrelevante en materia de relaciones interamericanas, ya sea en lo económico, en lo político, en lo asistencial y en lo militar. Nunca se “fue” de la región: está ahí. La doctrina Monroe perdió vigencia, pero eso no significa que Estados Unidos se haya retirado de América Latina. En realidad, Washington siempre está “llegando” a la región: bye bye Monroe, hello Troilo.

El gran desafío para la región es saber cómo manejar esas relaciones y cómo avanzar en la autonomía internacional de América Latina, salvaguardando los intereses nacionales de cada país. La región se equivoca si confunde el reconocimiento de parte de Estados Unidos de nuevas realidades mundiales y continentales con inactividad por parte de Washington respecto a la región. El error podría ser mayúsculo si no se entiende que es imperativo para Latinoamérica desagregar temas y discernir coyunturas en sus relaciones con Estados Unidos: al final del día ese país es, simultáneamente, proveedor de orden y desorden en el continente.

Juan Gabriel Tokatlian es director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de UTDT.

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Acaba de salir el úlimo número de la revista Huellas de Estados Unidos de la Cátedra de Historia de Estados Unidos de la UBA. Componen este número un interesante grupo de trabajos sobre aspectos ideológicos de política exterior estadounidense y sobre el tema del consenso político. Completan este número un par de valiosos documentos sobre el racismo. Todos los ensayos y reseñas están disponibles en PDF.

Comparto aquí el índice de este número.
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Revisando viejos archivos, encontré este ensayo sobre el expansionismo norteamericano que escribí hace ya varios años por encargo del Departamento de Educación del gobierno de Puerto Rico. Desafortunadamente,  el libro de ensayos del que debió formar parte nunca fue publicado. Lo comparto con mis lectores con la esperanza  que les sea interesante o útil.  

 La expansión territorial es una de las características más importantes del desarrollo histórico de los Estados Unidos. En sus primeros cien años de vida la nación norteamericana experimentó un impresionante crecimiento territorial. Las trece colonias originales se expandieron  hasta convertirse en  un país atrapado por dos océanos. Como veremos, este fue un proceso complejo que se dio a través de la anexión, compra y conquista de nuevos territorios

Es necesario aclarar que la expansión territorial norteamericana fue algo más que un simple proceso de crecimiento territorial, pues estuvo asociada a elementos de tipo cultural, político, ideológico, racial y estratégico. El expansionismo es un elemento vital en la historia de los Estados Unidos, presente desde el mismo momento de la fundación de las primeras colonias británicas en Norte América. Éste fue considerado un elemento esencial en los primeros cien años de historia de los Estados Unidos como nación independiente, ya que se veía no sólo como algo económica y geopolíticamente necesario, sino también como una expresión de  la esencia nacional norteamericana.

No debemos olvidar que la  fundación de las trece colonias que dieron vida a los Estados Unidos formó parte de un proceso histórico más amplio: la expansión europea  de los siglos XVI y XVII. Durante ese periodo las principales naciones de Europa occidental se lanzaron a explorar y conquistar  dando forma a vastos imperios en Asia y América. Una de esas naciones fue Inglaterra, metrópoli de las trece colonias norteamericanas. Es por ello que el expansionismo norteamericano puede ser considerado, hasta cierta forma, una extensión del imperialismo inglés.

Los Estados Unidos  experimentaron dos tipos de expansión en su historia: la continental y la extra-continental. La primera es la expansión territorial contigua, es decir, en territorios adyacentes  a los Estados Unidos.  Ésta fue  vista como algo natural y justificado pues se ocupaba terreno  que se consideraba “vacío” o habitado por pueblos “inferiores”. La llamada expansión extra-continental se dio a finales del siglo XIX y llevó a los norteamericanos a trascender los límites del continente americano para adquirir territorios alejados de los Estados Unidos (Hawai, Guam y Filipinas). Ésta  provocó una fuerte oposición y un intenso debate en torno a la naturaleza misma de la nación norteamericana, pues muchos le consideraron contraria a la tradición y las instituciones políticas de los Estados Unidos.

 El Tratado de París de 1783

El primer crecimiento territorial de los Estados Unidos se dio en el mismo momento de alcanzar su independencia. En 1783, norteamericanos y británicos llegaron a acuerdo por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de las  trece colonias y se fijaron los límites geográficos de la nueva nación. En el Tratado de París las fronteras de la joven república fueron definidas de la siguiente forma: al norte los Grandes Lagos, al oeste el Río Misisipí y al sur el paralelo 31. Con ello la joven república duplicó su territorio.

Los territorios adquiridos en 1783 fueron objeto de polémica,  pues surgió la pregunta de qué hacer con ellos. La solución a este problema fue la creación de las Ordenanzas del Noroeste (Northwest Ordinance, 1787). Con ésta ley se creó un sistema de territorios en preparación para convertirse en estados. Los nuevos estados entrarían a la unión norteamericana en igualdad de condiciones y derechos que los trece originales. De esta forma los líderes norteamericanos rechazaron el colonialismo y crearon un mecanismo para la incorporación política de nuevos territorios. Las Ordenanzas del Noroeste sentaron un precedente histórico que no sería roto hasta 1898: todos los territorios adquiridos por los Estados Unidos en su expansión continental serían incorporados como estados de la Unión cuando éstos cumpliesen los requisitos definidos para ello.

La compra de Luisiana

La república estadounidense nace en medio de un periodo muy convulso de la historia de la Humanidad: el periodo de las Revoluciones Atlánticas. Entre 1789 y 1824, el mundo atlántico vivió un etapa de gran violencia e inestabilidad política producida por el estallido de varias revoluciones socio-políticas (Revolución Francesa, Guerras napoleónicas, Revolución Haitiana, Guerras de independencia en Hispanoamérica). Estas revoluciones tuvieron un impacto severo en las relaciones exteriores de los Estados Unidos y en su proceso de expansión territorial.

Para el año 1801 Europa disfrutaba de un raro periodo de paz. Aprovechando esta situación   Napoleón Bonaparte obligó a España a cederle a Francia el territorio de Luisiana. Con ello el emperador francés buscaba crear un imperio americano usando como base la colonia francesa de Saint Domingue (Haití). Luisiana era una amplia extensión de tierra al oeste de los Estados Unidos en donde se encuentran ríos muy importantes para la transportación.

Esta transacción preocupó profundamente a los funcionarios del gobierno norteamericano por varias razones. Primero, ésta ponía en peligro del acceso norteamericano al río Misisipí y al puerto y la ciudad de Nueva Orleáns, amenazando así la salida al Golfo de México, y con ello al comercio del oeste norteamericano. Segundo, el control francés de Luisiana cortaba las posibilidades de expansión al Oeste. Tercero, la presencia de una potencia europea agresiva y poderosa como vecino de los Estados Unidos no era un escenario que agradaba al liderato estadounidense. En otras palabras, la adquisición de Luisiana por Napoleón amenazaba las posibilidades de expansión territorial y representaba una seria amenaza a la economía y la seguridad nacional de los Estados Unidos. Por ello no nos debe sorprender que algunos sectores políticos norteamericanos propusieran una guerra para evitar el control napoleónico sobre Luisiana. A pesar de la seriedad de este asunto, el liderato norteamericano optó por una solución diplomática. El presidente Thomas Jefferson ordenó al embajador norteamericano en Francia, Robert Livingston, comprarle Nueva Orleáns a Napoleón. Para sorpresa de Livingston, Napoleón aceptó vender toda la Luisiana porque el reinició de la guerra en Europa y el fracaso francés en Haití frenaron sus sueños de un imperio americano. En 1803, se llegó a un acuerdo por el cual los Estados Unidos adquirieron Luisiana por $15,000,000, lo que constituyó uno de los mejores negocios de bienes raíces de la historia.

La compra de Luisiana representó un problema moral y político para el Presidente Jefferson, pues éste era un defensor de una interpretación estricta de la constitución estadounidense. Jefferson pensaba que la constitución no autorizaba la adquisición de territorios, por lo que la compra de Luisiana podía ser inconstitucional. A pesar de sus reservas constitucionales, el presidente adoptó una posición pragmática y apoyó la compra de Luisiana. Para entender porque Jefferson hizo esto es necesario enfocar su visión de la política exterior y del expansionismo norteamericano. Jefferson era el más claro y ferviente defensor del expansionismo entre los fundadores de la nación norteamericana. Éste tenía un proyecto expansionista muy ambicioso que pretendía lograr de forma pacífica.  Según él, los Estados Unidos tenían el deber de ser ejemplo para los pueblos oprimidos expandiendo la libertad por el mundo. De esta forma Jefferson se convirtió en uno de los creadores de la idea de que los Estados Unidos eran una nación predestinada a guiar al mundo a una nueva era por medio del abandono de la razón de estado y la aplicación de las convicciones morales a la política exterior. Esta idea de Jefferson estaba asociada a la distinción entre  republicanismo y monarquía. Las monarquías respondían a los intereses de los reyes y las repúblicas como los Estados Unidos a los intereses del pueblo, por ende, las repúblicas eran pacíficas y las monarquías no. Jefferson rechazaba la idea de que las repúblicas debían de permanecer pequeñas para sobrevivir. Éste creía posible la expansión pacífica de los Estados Unidos, es decir, la transformación de la nación norteamericana en un imperio sin sacrificar la libertad y el republicanismo democrático.

Territorio adquirido en la compra de Luisiana

Para Jefferson, conservar el carácter agrario del país era imprescindible para salvaguardar la naturaleza republicana de los Estados Unidos, pues era necesario que el país continuara siendo una sociedad de ciudadanos libres e independientes. Sólo a través de la expansión se podía garantizar la abundancia de tierra y, por ende, la subsistencia de las instituciones republicanas norteamericanas. Al apoyar la compra de Luisiana, Jefferson superó sus escrúpulos con relación a la interpretación de la constitución para garantizar su principal razón de estado: la expansión.

La era de los buenos sentimientos

Años de controversias relacionadas a los derechos comerciales de los Estados Unidos culminaron en 1812 con el estallido de una guerra contra Gran Bretaña. El fin de la llamada Guerra de 1812 trajo consigo un periodo de estabilidad y consenso nacional conocido como la  Era de los buenos sentimientos. Sin embargo,  a nivel internacional la situación de los Estados Unidos era todavía complicada, pues era necesario resolver dos asuntos muy importantes: mejorar las relaciones con Gran Bretaña y definir la frontera sur. La solución de ambos asuntos estuvo relacionada con la expansión territorial.

Mejorar las relaciones con Gran Bretañas tras dos guerras resultó ser una tarea delicada que fue facilitada por realidades económicas: Gran Bretaña era el principal mercado de los Estados Unidos.En 1818, los británicos y norteamericanos resolvieron algunos de sus problemas a través de la negociación. Los reclamos anglo-norteamericanos sobre el territorio de  Oregon era  uno de ellos. Los británicos tenían una antigua relación  con la región gracias a sus intereses en el comercio de pieles en la costa noroeste del  Pacífico.  Por su parte, los norteamericanos basaban sus reclamos en los viajes del Capitán Robert Gray (1792) y en famosa la expedición de Lewis y Clark  (1804-1806). En 1818, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron una ocupación conjunta de Oregon.  De acuerdo a ésta, el territorio permanecería abierto por un periodo de diez años.

Una vez resuelto los problemas con Gran Bretaña los norteamericanos se enfocaron en las disputas con España con relación a Florida. El interés norteamericano en la Florida era viejo y basado en necesidades estratégicas: evitar que Florida cayera en manos de una potencia europea. En 1819, España y los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís por el que Florida pasó a ser un territorio norteamericano a cambio de que los Estados Unidos pagaran los reclamos de los residentes de la península hasta un total de $5 millones. La adquisición de Florida también puso fin a los temores de los norteamericanos de un posible ataque por su frontera sur.

La Doctrina Monroe

El fin de la era de las revoluciones atlánticas a principios de la década de 1820 generó nuevas preocupaciones en los  Estados Unidos. Los líderes estadounidenses vieron con recelo los acontecimientos en Europa, donde las fuerzas más conservadoras controlaban las principales reinos e imperaba un ambiente represivo y extremadamente reaccionario.  El principal temor  de los norteamericanos era la posibilidad da una intervención europea para reestablecer el control español en sus excolonias americanas. A los británicos también les preocupaba tal contingencia  y tantearon la posibilidad de una alianza con los Estados Unidos. La propuesta británica provocó un gran debate entre los miembros de la administración del presidente James Monroe. El Secretario de Estado John Quincy Adams  desconfiaba de los británicos y temía que cualquier compromiso con éstos pudiese limitar las posibilidades de expansión norteamericana. Adams temía la posibilidad de una intervención europea en América, pero estaba seguro que  de darse  tal intervención Gran Bretaña se opondría de todas maneras para defender sus intereses, sobre todo, comerciales. Por ello concluía que los Estados Unidos no sacarían ningún beneficio aliándose con Gran Bretaña. Para él, la mejor opción para los Estados Unidos era mantenerse actuando solos.

Los argumentos de Adams influyeron la posición del presidente Monroe quien rechazó la alianza con los británicos. El 2 de diciembre de 1823, Monroe leyó un importante mensaje ante el Congreso. Parte del  contenido de este mensaje pasaría a ser conocido como la Doctrina Monroe. En su mensaje, Monroe enfatizó la singularidad (“uniqueness”) de los Estados Unidos y definió el llamado principio de la “noncolonization,” es decir, el rechazo norteamericano a la colonización, recolonización y/o transferencia de territorios americanos. Además, Adams estableció una política de exclusión de Europa de los asuntos americanos y definió  así las ideas principales de la Doctrina Monroe. Las palabras de Monroe constituyeron una declaración formal de que los Estados Unidos pretendían convertirse en el poder dominante en el hemisferio occidental.

Es necesario aclarar que la Doctrina Monroe fue una fanfarronada porque en 1823 los Estados Unidos no tenían el  poderío para hacerla cumplir. Sin embargo, esta doctrina será una de las piedras angulares de la política exterior norteamericana en América Latina hasta finales del siglo XX y una de las bases ideológicas del expansionismo norteamericano.

El Destino Manifiesto

John L. O’Sullivan

En 1839, el periodista norteamericano John L. O’Sullivan escribió un artículo periodístico justificando la expansión territorial de los Estados Unidos. Según O’Sullivan, los Estados Unidos eran un pueblo  escogido por Dios y destinado a expandirse a lo largo de América del Norte. Para O’Sullivan, la expansión no era una opción para los norteamericanos, sino un destino que éstos no podían renunciar ni evitar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. O’Sullivan también creía que los norteamericanos tenían una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores.  Las ideas de O’Sullivan no eran nuevas, pero llegaron en un momento de gran agitación nacionalista y expansionista en la historia de los Estados Unidos.  Éstas fueron adaptadas bajo una frase que el propio O’Sullivan acuñó, el destino manifiesto, y se convirtieron en la justificación básica del expansionismo norteamericano.

La idea del destino manifiesto estaba enraizada en la visión de los Estados Unidos como una nación excepcional destinada a civilizar a los pueblos atrasados y expandir la libertad por el mundo. Es decir, en una visión mesiánica y mística que veía en la expansión norteamericana la expresión de la voluntad de Dios. Ésta estaba también basada en un concepto claramente racista que dividía a los seres humanos en razas superiores e inferiores. De ahí que se pensara que era deber de las razas superiores “ayudar” a las inferiores. Como miembros de una “raza superior”, la anglosajona, los norteamericanos debían cumplir con su deber y misión.

La anexión de Oregon

Como sabemos, en 1819, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron ocupar de forma conjunta el territorio de Oregon. Ambos países reclamaban ese territorio como suyo y al no poder ponerse de acuerdo optaron por compartirlo.  Por los próximos veinte cinco años, miles de colonos norteamericanos emigraron y se establecieron en Oregon estimulados por el gobierno de los Estados Unidos.

Las elecciones presidenciales de 1844 estuvieron dominadas por el tema de la expansión. La candidatura de James K. Polk por los demócratas estuvo basada en la propuesta de “recuperar” Oregon y anexar Texas. Polk era un expansionista realista que presionó a los británicos dando la impresión de ser intransigente y estar dispuesto a una guerra, pero que en el momento apropiado fue capaz de negociar. En 1846, el Presidente Polk solicitó la retirada británica del territorio de Oregon aprovechando que complicada por problemas en su imperio, Gran Bretaña no estaba en condiciones para resistir tal pedido.  Tras una negociación se acordó establecer la frontera en el paralelo 49 y todo el territorio al sur de esa  frontera pasó a ser parte de los Estados Unidos.

American Progress, John Gast , 1872

Texas

En 1821, un ciudadano norteamericano llamado Moses Austin fue autorizado por el gobierno mexicano a establecer 300 familias estadounidenses en Texas, que para esa época era un territorio mexicano. La llegada de Austin y su grupo de emigrantes marcó el origen de una colonia norteamericana en Texas. El número de norteamericanos residentes en Texas creció considerablemente  hasta alcanzar un total de 20,000 en el año 1830. Las relaciones con el gobierno de México se afectaron negativamente cuando los mexicanos, preocupados por el gran número de norteamericanos residentes en Texas, buscaron reestablecer el control político del territorio. Para ello los mexicanos recurrieron a frenar la emigración de ciudadanos estadounidenses y a limitar el gobierno propio que disfrutaban los texanos (norteamericanos residentes en Texas). Todo ello llevó a los texanos a tomar acciones drásticas. En 1836, éstos se rebelaron contra el gobierno mexicano buscando su independencia.  Tras una derrota inicial en la Batalla del Álamo, los texanos derrotaron a los mexicanos en la Batalla de San Jacinto y con ello lograron su independencia.

Después de derrotar a los mexicanos y declararse independientes, los texanos solicitaron se admitiera a Texas como un estado de la unión norteamericana. Este pedido provocó un gran debate en los Estados Unidos, pues no todos los norteamericanos estaban contentos con la idea de que Texas, un territorio esclavista, se convirtiera en un estado de la unión. Los sureños eran los principales defensores de la concesión de la estadidad a Texas, pues sabían que con ello aumentaría la representación de los estados esclavistas en el Congreso (la asamblea legislativa estadounidense). Los norteños se  oponían a la concesión de la estadidad a Texas porque no quería fortalecer políticamente a la esclavitud dando vida a un nuevo estado esclavista. Además, algunos norteamericanos estaban temerosos de la posibilidad de un guerra innecesaria con México por causa de Texas, pues creían que el gobierno mexicano no toleraría que los Estados Unidos anexaran su antiguo territorio.

El tema de Texas sacó a flote las complejidades y contradicciones de la expansión norteamericana. La expansión podría traer consigo la semilla de la libertad como alegaban algunos, pero también de la esclavitud y la autodestrucción nacional. Cada nuevo territorio sacaba a relucir la pregunta sobre el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos y esto provocaba intensos debates e inclusive la amenaza de la secesión de los estados sureños.

La guerra con México

La elección de Polk como presidente de los Estados Unidos aceleró el proceso de estadidad para Texas. Éste era un ferviente creyente de la idea del destino manifiesto y de la expansión territorial. Durante su campaña presidencial, Polk se comprometió con la anexión de Texas. En 1845, Texas fue no sólo anexada, sino también incorporada como un estado de la Unión. Ello obedeció a tres razones: la necesidad de asegurar la frontera sur, evitar intervenciones extranjeras en Texas y el peligro de una movida texana a favor de Gran Bretaña. Como habían planteado los opositores a la concesión de la estadidad a Texas, México no aceptó la anexión de Texas y  rompió sus relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Con la anexión de Texas, los Estados Unidos hicieron suyos los problemas fronterizos que existían entre los texanos y el gobierno de México, lo que eventualmente provocó una guerra con ese país. La superioridad militar de los norteamericanos sobre los mexicanos fue total. Las tropas estadounidenses llegaron inclusive a ocupar la ciudad capital del México.

Las fáciles victorias norteamericanos desataron un gran nacionalismo en los Estados Unidos y llevaron a algunos norteamericanos a favorecer la anexión de todo el territorio mexicano. Los sureños se opusieron a la posible anexión de todo México por razones raciales, pues consideraban a los mexicanos racialmente incapaces de incorporarse a los Estados Unidos.  Algunos estados del norte, bajo la influencia de un fuerte sentimiento expansionista, favorecieron la anexión de todo México. Tras grandes debates sólo fue anexado una parte del territorio mexicano.

Territorio arrebatado a México en 1848

En el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848)  que puso fin a la guerra, los Estados Unidos duplicaron su territorio al adquirir los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Utah, y Nevada; México perdió la mitad de su territorio; México reconoció la anexión de Texas y los Estados Unidos acordaron pagarle  a México una indemnización de  $15 millones. Con ello los Estados Unidos lograron expandirse del océano Atlántico hasta el océano Pacífico. La guerra aumentó del poder de los Estados Unidos, fortaleció la seguridad del país y se abrió posibilidades de comercio con Asia a través de los puertos californianos. Sin embargo, la expansión alcanzada también expuso las debilidades domésticas de los Estados Unidos, exacerbando el  debate en torno a la esclavitud en los nuevos territorios, lo que endureció el problema del seccionalismo y llevó a la guerra civil. La victoria sobre México también promovió la expansión en territorios en poder de los amerindios norteamericanos lo que desembocó en  las llamadas guerras indias y en la reubicación forzosa de miles de nativos americanos.

Expansionismo y esclavitud

La década de 1850 estuvo caracterizada por un profundo debate en torno al futuro de la esclavitud en los Estados Unidos. Los estados sureños vieron en la expansión territorial un mecanismo para fortalecer la esclavitud incorporando territorios esclavistas a la unión norteamericana. Con ello pretendían alterar el balance político de la nación a su favor creando una mayoría de estados esclavistas. Es necesario señalar que los esfuerzos de los estados sureños fueran bloqueados por el  Norte que se oponía  a la expansión de la esclavitud.

El principal objetivo de los expansionistas en este periodo fue la isla de Cuba por ser ésta una colonia esclavista de gran importancia económica y estratégica para los Estados Unidos. En 1854, los norteamericanos trataron, sin éxito, de comprarle Cuba a España por $130 millones de dólares. Los Estados Unidos tendrían que esperar más de cuarenta años para  conseguir por las armas lo que no lograron por la diplomacia.

La compra de Alaska

William H. Seward

En el periodo posterior a la guerra civil la política exterior norteamericana estuvo desorientada, lo que frenó el renacer de las ansias expansionistas. El resurgir del expansionismo estuvo asociado a la figura del Secretario de Estado William H. Seward (1801-1872). Seward era un ferviente expansionista que tenía interés en la creación de un imperio norteamericano que incluyera  Canadá, América Latina y Asia. Los planes imperialistas de Seward no pudieron concretarse y éste tuvo que conformarse con la adquisición de Alaska.

Alaska había sido explorada a lo largo de los siglos XVII y XVIII por británicos, franceses, españoles y rusos. Sin embargo, fueron estos últimos quienes iniciaron la colonización del territorio. En 1867, los Estados Unidos y Rusia entraron en conversaciones con relación al futuro de Alaska. Ambos países tenían interés en la compra-venta de Alaska por diferentes razones. Para Seward, la compra de Alaska era necesaria para garantizar la seguridad del noroeste norteamericano y expandir el comercio con Asia. Por sus parte, los rusos necesitaban dinero, Alaska era un carga económica y la colonización del territorio había sido muy difícil. Además, el costo de la defensa de Alaska era prohibitivo para Rusia. En marzo de 1867 se llegó a un acuerdo de compra-venta por $7.2 millones.

El problema de Seward no fue comprar Alaska, sino convencer a los norteamericanos de la necesidad de ello. La compra enfrentó fuerte oposición, pues se consideraba que Alaska era un territorio inservible. De ahí que se le describiera con frases como  “Seward´s Folly,” Seward´s Icebox,” o “Polar Bear Garden.” Tras mucho debate, la compra fue eventualmente aceptada y aprobada por el Congreso. Lo que en su momento pareció una locura resultó ser un gran negocio para los Estados Unidos, pues hoy en día Alaska produce el 25% del petróleo de los Estados Unidos y posee el 30% de las reservas de petróleo estadounidenses.

Hawai

Para comienzos de la década de 1840, Hawai se había convertido en una de las paradas más importantes para los barcos norteamericanos en un ruta a China. Esto generó el interés de ciertos sectores de la sociedad norteamericana.  Los primeros norteamericanos en establecerse en las islas fueron comerciantes y misioneros.  A éstos le siguieron inversionistas interesados en la producción de azúcar. Antes de 1890 el principal objetivo norteameamericano no era la anexión de Hawai, sino prevenir que otra potencia controlara el archipiélago. La actitud norteamericana hacia Hawai cambió gracias a la labor misionera, la creciente importancia de la producción azucarera como consecuencia de la reciprocidad comercial con los Estados Unidos y la importancia estratégica de las islas. El crecimiento de la población no hawaiana (norteamericanos, japoneses y chinos)  despertó la preocupación de los locales, quienes se sentían invadidos y temerosos de perder el control de su país ante la creciente influencia de los extranjeros.  La muerte en 1891  del rey Kalākaua y el ascenso al trono de  su hermana Liliuokalani provocó una fuerte reacción de parte de la comunidad norteamericana en la islas, pues la reina era una líder nacionalista que quería reafirmar la soberanía hawaiana. Los azucareros y misioneros norteamericanos la destronan en 1893 y solicitaron la anexión a los Estados Unidos. Contrario a los esperado por los norteamericanos residentes en Hawai, la estadidad no les fue concedida. Además, el Presidente Grover Cleveland encargó a James Blount investigar lo ocurrido en Hawai.  Blount viajó  a las islas y redactó un informa muy criticó de las acciones de los norteamericanos en Hawai, concluyendo que a mayoría de los hawaianos favorecían a la monarquía. Cleveland era un anti-imperialista convencido por lo que el informe de Blount lo colocó en un gran dilema: ¿restaurar por la fuerza a la reina o anexar Hawai?  Lo controversial de ambas posibles acciones llevó a Cleveland a no hacer nada.

Liliuokalani, última reina de Hawaii

Ante la imposibilidad de la estadidad, los norteamericanos en Hawai optaron por organizar un gobierno republicano. El estallido de la Guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 abrió las puertas a la anexión de  Hawai. Noventa  y cinco  años más tarde el Presidente William J. Clinton firmó una  disculpa oficial por el derrocamiento de la reina Liliuokalani.

La expansión extra-continental

Como hemos visto, a lo largo del siglo XIX los norteamericanos se expandieron ocupando territorios contiguos como Luisiana,  Texas y California. Sin embargo, para finales del siglo XIX la expansión territorial norteamericana entró en una nueva etapa caracterizada por la adquisición de territorios ubicados fuera  de los límites geográficos de América del Norte. La    adquisición  de Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawai dotó a los Estados Unidos de un imperio insular.

La expansión de finales del siglo XIX difería del expansionismo de años anteriores por varias razones. Primero, los  territorios adquiridos no sólo no eran contiguos, sino que algunos de ellos estaban ubicados muy lejos de los Estados Unidos. Segundo, estos territorios tenían una gran concentración poblacional. Por ejemplo, a la llegada de los norteamericanos a Puerto Rico la isla tenía casi un millón de habitantes. Tercero, los territorios estaban habitados por pueblos no blancos con culturas, idiomas y religiones muy diferentes a los Estados Unidos. En las Filipinas los norteamericanos encontraron católicos, musulmanes y cazadores de cabezas. Cuarto, los territorios estaban ubicados en zonas peligrosas o estratégicamente complicadas. Las Filipinas estaban rodeadas de colonias europeas y demasiado cerca de una potencia emergente y agresiva: Japón. Quinto, algunos de esos territorios resistieron violentamente la dominación norteamericana. Los filipinos no aceptaron pacíficamente el dominio norteamericano y se rebelaron. Pacificar las Filipinas les costó a los norteamericanos miles de vidas y millones de dólares. Sexto, contrario a lo que había sido la tradición norteamericana, los nuevos territorios no fueron incorporados, sino que fueron convertidos en colonias de los Estados Unidos. Todos estos factores explican porque algunos historiadores ven en las acciones norteamericanas de finales del siglo XIX un rompimiento con el pasado expansionistas de los Estados Unidos. Sin embargo, para otros historiadores –incluyendo quien escribe– la expansión de 1898 fue un episodio más de un proceso crecimiento imperialista iniciado a fines del siglo XVIII.

Para explicar la  expansión extra-continental se han usado varios argumentos. Algunos historiadores  han alegado que los norteamericanos se expandieron más allá de sus fronteras geográficas por causas económicas. Según éstos, el desarrollo industrial que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX hizo que los norteamericanos fabricaran más productos de los que podían consumir. Esto provocó excedentes que generaron serios problemas económicos como el desempleo, la inflación, etc. Para superar estos problemas los norteamericanos salieron a buscar nuevos mercados donde vender sus productos y fuentes de materias primas. Esa búsqueda provocó la adquisición de colonias y la expansión extra-continental.

Otros historiadores han favorecidos explicaciones de tipo ideológico. Según éstos, la idea de que la expansión era el destino de los Estados Unidos jugó, junto al sentido de misión, un papel destacado en el expansionismo norteamericanos de finales del siglo XIX. Los norteamericanos tenían un destino que cumplir y nada ni nadie podía detenerlos porque era la expresión de la voluntad divina.

La religión y la raza también ha jugado un papel importante en la explicación de las acciones imperialistas de los Estados Unidos. Según algunos historiadores, los norteamericanos fueron empujados por el afán misionero, es decir, por la idea de que la expansión del cristianismo era la voluntad de Dios. En otras palabras, para muchos norteamericanos la expansión era necesaria para llevar con ella la palabra de Dios a pueblos no cristianos.  Como miembros de una raza superior –la anglosajona– los estadounidenses debían cumplir un papel civilizador entre las razas inferiores y para ello era necesaria la expansión extra-continental.

Alfred T. Mahan

Los factores militares y estratégicos también han jugado un papel de importancia en la explicación del comportamiento imperialista de los norteamericanos. Según algunos historiadores, la necesidad de bases navales para la creciente marina de guerra de los Estados Unidos fue otra causa del expansionismo extra-continental. Éstos apuntan a la figura del Capitán Alfred T. Mahan como una fuerza influyente en el desarrollo del expansionismo extra-continental . En 1890, Mahan publicó un libro titulado The Influence of Sea Power upon History que influyó considerablemente a toda una generación de líderes norteamericanos. En su libro Mahan proponía la construcción de una marina de guerra poderosa que fuera capaz de promover y defender los intereses estratégicos y comerciales de los Estados Unidos. Según Mahan, el crecimiento de la Marina debía estar acompañado de la adquisición de colonias para la construcción de bases navales y carboneras.

Una de las explicaciones más novedosas del porque del expansionismo imperialista recurre al género. Según la historiadora norteamericana Kristin Hoganson, el impulso imperialista era una manifestación de la crisis de  la masculinidad norteamericana amenazada por el sufragismo femenino y las nuevas actitudes y posiciones femeninas. En otras palabras, algunos norteamericanos como Teodoro Roosevelt defendieron y promovieron el imperialismo como un mecanismo para reafirmar el dominio masculino sobre la sociedad norteamericana.

La expansión norteamericana de finales del siglo XIX fue un proceso muy complejo y, por ende, difícil de explicar con una sola causa. En otras palabras, es necesario prestar atención a todas las posibles explicaciones del imperialismo norteamericano para poder entenderle.

La Guerra hispano-cubano-norteamericana

En 1898, los Estados Unidos y España pelearon una corta, pero muy importante guerra. La principal causa de la llamada guerra hispanoamericana fue la isla de Cuba. Para finales del siglo XIX, el otrora poderoso imperio español estaba compuesto por las Filipinas, Cuba y Puerto Rico. De éstas la más importante era, sin lugar a dudas, Cuba porque esta isla era la principal productora de azúcar del mundo. La riqueza de Cuba era fundamental para el gobierno español, de ahí que los españoles mantuvieron un estricto control sobre la isla. Sin embargo, este control no pudo evitar el desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista entre los cubanos. Hartos del colonialismo español, en 1895 los cubanos se rebelaron provocando una sangrienta guerra de independencia.  Al comienzo de este conflicto el gobierno norteamericano buscó mantenerse neutral, pero el interés histórico en la isla, el desarrollo de la guerra, las inversiones norteamericanas en la isla (unos $50 millones) y la cercanía de Cuba (a sólo 90 millas de la Florida) hicieron imposible que los norteamericanos no intervinieran buscando acabar con la guerra. La situación se agravó cuando el 15 de febrero de 1898 un barco de guerra norteamericano, el USS Maine, anclado en la bahía de la Habana, explotó  matando a 266 marinos. La destrucción del Maine  generó un gran sentimiento anti-español en los Estados Unidos que obligó al gobierno norteamericano a declararle la guerra a España.

El Maine hundido en la bahía de la Habana

La guerra fue una conflicto corto que los Estados Unidos ganaron con mucha facilidad gracias a su enorme superioridad militar y económica. En el Tratado de París que puso fin a la guerra hispanoamericana, España renunció a Cuba, le cedió Puerto Rico a los norteamericanos como compensación por el costo de la guerra y entregó las Filipinas a los Estados Unidos a cambio $20,000,000. A pesar de lo corto de su duración, esta guerra tuvo consecuencias muy importantes. Primero, la guerra marcó la transformación de los Estados Unidos en una potencia mundial. El poderío que demostraron los norteamericanos al derrotar fácilmente a España dio a entender al resto del mundo que la nación norteamericana se había convertido en un país poderoso al que había que tomar en cuenta y respetar. Segundo, gracias a la guerra los Estados Unidos se convirtieron en una nación con colonias en Asia y el Caribe lo que cambió su situación geopolítica y estratégica. Tercero, la guerra cambió la historia de varios países: España se vio debilitada y en medio de una crisis; Cuba ganó su independencia, pero permaneció bajo la influencia y el control indirecto de los Estados Unidos; las Filipinas no sólo vieron desaparecer la oportunidad de independencia, sino que también fueron controladas por los norteamericanos por medio de una controversial guerra; Puerto Rico pasó a ser una colonia de los Estados Unidos.

Con la expansión extra-continental de finales del siglo XIX se cerró la expansión territorial de los Estados Unidos, pero no su crecimiento imperialista ni su transformación en la potencia dominante del siglo XX.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

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Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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Los Doctores Pablo Pozzi y Fabio Nigra de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de la Universidad de  Buenos Aires, nos obsequian otra interesante y, sobre todo, valiosa compilación de ensayos de historia estadounidense. Titulado Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos (Argentina: Editorial Maipue, 2009, ISBN: 978-987-9493-49-6), el nuevo libro de Pozzi y Nigra reacciona ante la guerra de Irak y en especial,  al “desconocimiento  que campea sobre el tema” de la historia de los Estados Unidos.

A modo de introducción, los compiladores nos brindan un corto  prefacio donde comparten reflexiones muy importantes. Es claro que a Pozzi y Nigra les preocupa que  el desconocimiento  de la historia de los Estados Unidos lleve a la reproducción acrítica del discurso imperial norteamericano porque ello  promueve la aceptación del “status quo de dominación” y la promoción del “excepcionalismo, el racismo y el patrioterismo”. De ahí que lancen varias preguntas fundamentales: “¿Quiénes son los bárbaros? ¿Los que no tienen como lengua madre el discurso imperial? ¿O los que matan, violan, mutilan, torturan o fuerzan desapariciones de personas?”. Los ensayos que componen esta obra buscan responder a estas preguntas con una visión crítica de la historia norteamericana.

Los compiladores enfocan un tema que me resulta fundamental: la necesidad del  conocimiento de la historia norteamericana en América del Sur.  Según Pozzi y Nigra, los analistas suramericanos  basan su análisis en obras históricas producidas por los estadounidenses. Algunas de estas obras son críticas con la historia estadounidense, pero otras “presentan a las culturas  y a las sociedades anglosajonas como superiores y “civilizadas”, mientras que los luso-hispanos, eslavos, asiáticos o africanos  son tratados, en el mejor de los casos, como  en “vías de desarrollo”; o sea, en camino a ser norteamericanos”.  En otras palabras, reproducen el punto vista hegemónico norteamericano. Para Pozzi y Nigra, es fundamental que las sociedades sudamericanas –latinoamericanas, añadiría yo– rompan con esa dependencia construyendo “un conocimiento  sobre los Estados Unidos que parta de las preguntas que generan nuestras necesidades”.  Tal declaración de independencia académica e ideológica  es no sólo necesario  –¿útil?– para quienes como los compiladores se declaran anti-imperialistas, sino también para las burguesías latinoamericanas.  De forma muy atinada los compiladores señalan:

Para las burguesías sudamericanas, la carencia de conocimiento implica que sus   políticas  se establecen en base de pautas  y  prioridades establecidas en    Washington, lo que refuerza su carácter de lumpenburguesía, al decir de André   Gunder Frank.”

El objetivo de Invasiones bárbaras “es revertir esta situación” promoviendo el conocimiento de la historia norteamericana, pero de una historia que no sea “un espejo opositor de la dominante”, sino que explique “desde nuestra perspectiva, esa historia, para ir estableciendo las bases políticas que defiendan nuestros intereses”.  No se trata de hacer “la otra historia” de los Estados Unidos, sino de hacer “nuestra”  historia de la nación norteamericana.

Este libro me resulta doblemente importante. Primero, por que recoge dieciséis ensayos cortos de la pluma de historiadores estadounidenses y latinoamericanos analizando el desarrollo del imperialismo norteamericano desde la guerra con México hasta la guerra de Vietnam. Estos trabajos constituyen un gran recurso pedagógico en la enseñanza de un historia amena y ágil. En segundo lugar, este libro es un llamado de atención   sobre la necesidad-utilidad del estudio de la historia norteamericana  en América del Sur. Pozzi y Nigra promueven el estudio de la historia norteamericana desde una perspectiva muy práctica, pues proponen la construcción una historia de los Estados Unidos que refleje los intereses de América del Sur. Ni la izquierda ni la derecha latinoamericana deben perder de vista que la influencia e importancia de los Estados Unidos hacen necesario y útil el estudio de la historia del imperio.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 20 de marzo, 2010

Nota: Agradezco a la amiga Cristina Hinojosa de la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú su diligencia en la adquisición de esta obra.

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Hoy tengo el gusto de reseñar el trabajo de un compañero bloguero, Oscar Segura  Heros, titulado ¿El fin de la era americana?, que  aparece publicado en la edición de julio-septiembre de 2009 de la revista peruana Qué hacer. Segura Heros, padre de la bitácora  Real Policy, es periodista y analista de temas de seguridad, derechos humanos y relaciones internacionales.

El ensayo de Segura gira en torno a una pregunta fundamental: ¿son los Estados Unidos tan influyentes como hace veinte años? La respuesta del autor es un claro y rotundo no. Para llegar a esta conclusión el autor se embarca en una análisis directo de los rasgos de la decadencia del poderío de los Estados Unidos.

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El primer tema que toca  Segura Heros es el militar, subrayando el costo que conlleva el mantenimiento de cientos de bases y miles de soldados alrededor del mundo –tema que examinamos al reseñar el ensayo de Immanuel Wallerstein. Mantener su imperio de bases militares le cuesta a los norteamericanos miles de millones de dólares en momentos que su economía está “exhausta”.  Los fracasos en Irak y Afganistán también son una muestra clara de los límites crecientes del poderío norteamericano. A pesar  de su vasta capacidad militar y los  miles de soldados desplegados en ambos países, los Estados Unidos no han podido imponerse en sus dos intervenciones más costosas.  Pero no sólo no han podido imponerse, sino que en el caso afgano parecen avocados a una derrota.

Al tema militar, Segura añade el económico, subrayando la crisis por la que atraviesan los Estados Unidos en la actualidad, la peor desde 1929. Según el autor, la quiebra de General Motors es el símbolo más patente de la caída del poderío económico estadounidense y una prueba de que “el lugar de Estados Unidos como potencia económica es más una interrogante que una certeza”.  Además, la extensión mundial de la crisis económica ha llevado a una revaluación internacional del neoliberalismo defendido por Wall Street casi como una credo. Como resultado, la percepción mundial de la economía norteamericana ha sufrido daños severos,  generando desconfianza en el capitalismo estadounidense como modelo económico. Todo ello, a su vez, socavó, la legitimidad que tradicionalmente había disfrutado Washington para definir la agenda económica mundial.

Los Estados Unidos también parecen estar perdiendo la batalla “del conocimiento  y la innovación científica”, dos de los pilares de su superioridad económica y militar. De forma muy atinada el autor identifica una de las causas más importantes, pero menos mencionadas, de este problema: la paranoia post 11/9  llevó a la aplicación de restricciones migratorias que cortaron el flujo de cerebros procedentes de otras regiones del planeta. Sin los ingenieros, químicos, físicos, matemáticos o biólogos procedentes de América Latina, Pakistán, India, China o Europa del Este que no pudieron o dejaron de emigrar a los Estados Unidos, la nación norteamericana perdió importantísimos recursos que no pueden ser sustituidos por los egresados estadounidenses de un sistema educativo fragmentado, desigual e incapaz de llenar las necesidades de profesionales cualificados de la economía norteamericana. (Sobre los problemas de la educación, en los Estados Unidos puede ser consultado el artículo de Paul Krugman que aparece en la  edición de la revisa Sin permiso del 11 de octubre de 2009.)

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Seguras también da en el blanco al señalar que uno de los problemas actuales de los Estados Unidos es su tendencia al encierro. En el pasado no tan remoto, el gobierno estadounidense buscaba que otros países se abrieran comercial, cultural y tecnológicamente. Hoy, víctimas de un creciente conservadurismo,  los Estados Unidos optan por cerrarse. Yo añadiría,   y a excluirse, pues se han mantenido al margen de esfuerzos y mecanismos internacionales con un amplio apoyo mundial. En otras palabras, en temas ambientales, armamentistas y de derecho internacional los Estados Unidos ha tendido a ir contra la corriente en un unilateralismo que ha ayudado muy poco a cambiar la imagen que millones de seres humanos tienen  del país.

Segura lanza una crítica que me parece muy pertinente: el poco apoyo que la política exterior estadounidense da a temas sociales. Según el autor, los Estados Unidos no asumen “la lucha contra la pobreza y los temas sociales como una prioridad de su política exterior”. Este “error”  ha permitido que opciones radicales, autoritarias y antinorteamericanas “ganen espacio y que el discurso democratizador pierda sustento.” Concuerdo con Segura, pero igual me pregunto si la lucha contra la pobreza ha sido una prioridad de la política doméstica del gobierno estadounidense. Los ecos liberales de los años 1960 con la Gran Sociedad a la cabeza dejaron de ser hace mucho una prioridad nacional, por qué tendría que ser internacional.

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Segura concluye que el futuro de un mundo unipolar con los Estados Unidos a la cabeza es cada vez más remoto. Según él, los norteamericanos seguirán ejerciendo un papel importante  dado su poderío militar y su influencia política, pero que “intervenir permanentemente fuera de sus fronteras ya no será una prioridad”.  En otras palabras, que el aislacionismo regresará con fuerza a definir la política exterior de los Estados Unidos.

El autor cierra su interesante ensayo advirtiendo a quienes celebran el eventual fin de la hegemonía estadounidense  que ésta no producirá necesariamente “un mundo multipolar armonioso”. Por el contrario, un mundo libre de la hegemonía estadounidense podría estar dominado por la anarquía, el individualismo estatal y la violencia.

Este corto ensayo analiza de manera clara y directa lo que parece cada vez más evidente: la decadencia del poderío norteamericano. Su lectura puede resultar de gran utilidad para aquellos interesados en entender las causas y los rasgos de este proceso histórico, cuyas consecuencias están aún por verse.

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Chalmers Johnson

Chalmers Johnson

En un ensayo titulado “There Good Reasons to Liquidate Our Empire and Ten Steps to Take to Do So” (TomDispatch.com, 30 de julio de 2009), el historiador norteamericano Chalmers Johnson enfoca uno de los elementos más característicos del imperialismo norteamericano: la extensión de sus bases militares alrededor del mundo.  Johnson es profesor emérito de la Universidad de California (San Diego) y uno de los críticos más filosos de la política exterior norteamericana. Este antiguo asesor de CIA es  autor de un trilogía clave  en el desarrollo de la historiografía reciente del imperialismo norteamericano: Blowback: The Costs and Consequences of American Empire (New York: Metropolitan Books, 2000), The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (New York: Metropolitan Books, 2004) y Nemesis: The Last Days of the American Republic (Metropolitan Books, 2006).

A Johnson le preocupa el efecto que pueda tener el imperio de bases militares sobre el programa reformista del Presidente Barack Obama. Para el autor, las bases militares ­–y el militarismo del que son una expresión– podrían tener tres consecuencias devastadoras para los Estados Unidos: sobre extender (“over-stretch”) militarmente a los Estados Unidos, provocar un estado perpetuo de guerra y/o llevar a la nación norteamericana a la ruina económica. Todo ello podría provocar un colapso similar al que sufrió la Unión Soviética. Palabras fuertes de un historiador sin pelos en la lengua.  Veamos a que se refiere Johnson.

Citando un inventario realizado por el Pentágono en 2008, Johnson alega que los Estados Unidos poseen 865 bases militares en 46 países y territorios estadounidenses. Según ese mismo inventario, los Estados Unidos tenían desplegados 196,000 soldados en sus bases. Por ejemplo, en Japón hay 46,364 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses, acompañados por 45,753 familiares y apoyados por 4,178 empleados civiles norteamericanos.  Sólo en la pequeña isla de Okinawa hay 13,975 soldados norteamericanos.

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Para Johnson, tal despliegue de poder militar no sólo es innecesario para garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos, sino que también excesivamente costoso. Citando un artículo de Anita Dancs, analista del “think tank” Foreign Policy in Focus, Johnson arguye que los Estados Unidos gastan $250 mil millones anuales en el mantenimiento de sus bases militares con un solo objetivo: garantizar su control de un imperio que nunca necesitaron y que “no pueden sostener”.

El autor identifica tres razones que, según él, hacen necesaria la eliminación de ese imperio de bases como un paso inevitable para el bienestar de los Estados Unidos:

  1. Los Estados Unidos ya no son capaces de mantener su hegemonía global  sin convocar a un desastre nacional. Según Johnson, los Estados Unidos no pueden mantener su rol hegemónico por razones económicas, pues son un país al borde de la bancarrota y en franca decadencia económica. Obviar esas realidades insistiendo en retener sus bases mundiales podría llevar al gobierno norteamericano a la insolvencia. Para justificar sus argumentos el autor recurre a cifras muy impresionantes, pues según él, para el 2010 el déficit presupuestario norteamericano será de $1.75 trillones, cifra que no incluye el presupuesto militar para el 2009 ascendente a $640 mil millones,  ni el costo de las guerras en Irak y Afganistán.  Johnson concluye que el pago de tal deuda tomara generaciones.
  2. Los Estados Unidos están destinados a ser derrotados en Afganistán. Según Johnson, las autoridades norteamericanos no han sido capaces de reconocer que tanto ingleses como soviéticos fracasaron en sus empresas militares en Afganistán empleando las mismas estrategias usadas por los Estados Unidos hoy en día. Esto constituye “uno de nuestros  más grandes errores estratégicos”.  Johnson critica que las acciones estadounidenses en Afganistán no estén basadas en el reconocimiento de la historia de una región que históricamente ha resistido con éxito la presencia de fuerzas foráneas. Éste crítica las tácticas estadounidenses, en especial, el uso de aviones a control remotos o “drones”, porque éstos provocan la muerte de civiles afganos inocentes,  enajenando el apoyo de quienes supuestamente los estadounidenses están “salvando para la democracia”. Además, las operaciones militares estadounidenses en Afganistán y Pakistán carecen de una inteligencia precisa sobre ambos países  y reflejan, por ende, una visión miope de la realidad política de la región.  Johnson cree que los Estados Unidos deben reconocer que la guerra en Afganistán está ya perdida y no desperdiciar más tiempo, vidas humanas y dinero en un conflicto que no pueden ganar.
  3. Es necesario que los Estados Unidos pongan fin a la vergüenza que acompaña su imperio de bases. El autor visualiza las bases militares como una especie de campo de juego sexual (“sexual playground”) donde los soldados norteamericanos comprometen con su conducta la imagen de los Estados Unidos. Según Johnson, miles de soldados norteamericanos son destinados a países cuya cultura no entienden y que, además, han sido enseñados a ver a sus habitantes como entes inferiores, lo que provoca serios problemas en su comportamiento, sobre todo, sexual. Para probar este punto el autor nos brinda cifras muy interesantes y reveladoras sobre la violencia sexual de que son objetos los residentes de las zonas aledañas a las bases militares norteamericanas ­–además de las mujeres que forman parte de las fuerzas armadas estadounidenses– y de cómo las autoridades militares norteamericanas no hacen, prácticamente, nada para frenar y castigar los delitos sexuales que comenten sus soldados. Para Johnson la solución está en reducir el tamaño de las fuerzas armadas trayendo de vuelta a los Estados Unidos a miles de soldados estadounidenses, desmantelando las bases donde éstos están desplegados.

Johnson no sólo identifica las razones que hacen necesario que los Estados Unidos desmantelen su imperio de bases, sino que también nos brinda diez medidas que él considera necesarias para ello. Entre ellas destacan: poner fin al mito creado por el complejo militar-industrial de que el establecimiento militar norteamericano es valioso en términos económicos, pues produce empleos e investigación científica. Johnson recomienda poner fin al uso de la fuerza como “el principal medio para alcanzar los objetivos de la política exterior” estadounidense.  El autor también sugiere reducir el tamaño del ejército, darle más ayuda médica a los veteranos afectados física o mentalmente, eliminar el ROTC, dejar de ser el principal exportador mundial de armas y restaurar la disciplina y la responsabilidad por sus acciones entre las tropas estadounidenses. NS_Rota

Johnson cierra su ensayo reconociendo que a lo largo de la historia pocos imperios han renunciado a “sus dominios” para salvar sus instituciones políticas. Es necesario, según el autor, que los Estados Unidos aprendan de dos ejemplos recientes (Gran Bretaña y la Unión Soviética) y tomen las medidas necesarias para frenar los efectos del imperialismo. El autor concluye su trabajo pronosticando que si los estadounidenses no aprenden de los errores  de los imperios que le antecedieron, será imposible evitar la “caída y decadencia” de los Estados Unidos de América.

Este corto ensayo nos brinda información valiosa sobre la extensión del militarismo norteamericano a nivel mundial y de sus consecuencias. Es claro que Johnson ve el mantenimiento de las  cientos  de bases militares norteamericanas como una rémora que compromete valiosos recursos económicos que podrían ser usados para enfrentar algunos de los serios problemas que enfrenta la nación estadounidense. Su enfoque es claramente aislacionista y moralista. Para él, los Estados Unidos deben reconocer que ya no son lo ricos y poderosos que solían ser, y concentrarse en sí mismos. Su tono refleja una visión muy pesimista del futuro de los Estados Unidos. Para Johnson, la nación norteamericana es un país en franca decadencia gracias a su obsesión belicista.  Es curioso que a principios del siglo XX analistas y críticos de la política exterior norteamericana, especialmente de la retención de las Filipinas como colonia y de la expansión de la marina de guerra, pronosticaron exactamente lo que hoy Johnson denuncia de forma tan severa.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 10 de septiembre de 2009

Nota: todas las traducciones del inglés son mías.

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Continúo con la selección de escritos relacionados al debate sobre la naturaleza del imperialismo norteamericano desarrollado en la primera década de siglo  XXI. En esta ocasión recojo una lista mínima de artículos y ensayos sobre el tema publicados en diversas revistas y periódicos. Espero sea de interés y ayuda.

daedalusCARLOS DA FONSECA, “Deus Está do Nosso Lado: Excepcionalismo e Religião nos EUA”. Contexto Internacional, 29:1, Janeiro/junho 2007, 149-185.

NIALL FERGUSON, “The Unsconscious Colussus: Limits of (& Alternatives to) American Empire”. Daedalus, 134, 2005, 18-33.

SUSAN GILLMAN, “The New, Newest Thing: Have American Studies Gone Imperial?”. American Literary History, 17:1, 2005, 196-214.iplomatic History
MARY ANN HEISS, “The Evolution of the Imperial idea and U. S. National Indentity”. Diplomatic History, 26:4, Fall 2002, 511-540.
DAVID C. HENDRICKSON, “The Curious Case of American Hegemony Imperial Aspirations and National Decline.” World Policy Journal, XXII:2 Summer 2005.
NYTJOHAN HÖGLUND, “Taking up the White Man’s Burden? American Empire and the Question of History”. European Journal of American Studies, 2, 2007.

MICHAEL IGNATIEFF, “The American Empire; The Burden”. The New York Times, January 5, 2003.

MARY A. JUNQUEIRA, “Os discursos de George W. Bush e o excepcionalismo norte-americano”. Margem, 17, Junio 2003, 163-171. American Quarterly

AMY KAPLAN, “Violent Belongings and the Question of Empire Today Presidential Address to the American Studies Association, October 17, 2003”, American Quarterly, 56:1, March 2004, 1-18.
harvard_magazineCHARLES S. MAIER,  “An American Empire?”, Harvard Magazine, 105:2, November/December 2002.

SEBASTIAN MALLABY, “The Reluctant Imperialist: Terrorism, Failed States, and the Case for American Empire”. Foreign Affairs, 81: 2, March/April 2002.foreign-affairs-cover1

DONALD PEASE, “Re-thinking “American Studies after US Exceptionalism””. American Literary History, 21:1, 2009, 19-27.

KENNETH POMERANZ, “Empire & ‘Civilizing Missions, Past & Present.” Daedalus, 134, no. 2, 2005.
FAREED ZAKARIA,  “The Future of American Power How America Can Survive the Rise of the Rest”, Foreign Affairs, May/June 2008.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 12 de junio de 2009

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La primera década del siglo XXI ha sido testigo de una producción impresionante de obras analizando la política exterior norteamericana desde una óptica imperialista. Decenas, sino cientos de libros, ensayos y artículos periodísticos  testimonían lo que ha sido un profundo debate intelectual y político.  La siguiente  bibliografía recoge  una muestra mínima, pero a mi parecer muy siginificativa de ese debate. Espero que les sea útil.

VirtousClaes G. Ryn, America the Virtuous: The Crisis of Democracy and the Quest for Empire. New Brunswick, U.S.A.: Transaction Publishers, 2003.

Michael Mann, Incoherent Empire. London & New York: Verso, (2003)

Michael Mann, El imperio incoherente: Estados Unidos y el Nuevo Orden Internacional. España, Ediciones Paidos Ibérica, S.A., Mann2004.

Melani McAlister, Epic Encounters: Culture, Media, and US Interests in the Middle East, 1945-2000. Berkeley: University of California Press, 2001.

new_imperialismDavid Harvey, The New Imperialism. Oxford & New York: Oxford University Press, 2003

Noam Chomsky, Hegemony or Survival: Americas Quest for Global Dominance. New York: Metropolitan Books, 2003.

Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia: la estrategia imperialista de Estados Unidos. Colombia: Editorial Norma,Chomsky_hegemonia2004.

Chalmers Johnson, Blowback: The Costs and Consequences of American Empire. New York: Metropolitan Books, 2000.

Chalmers Johnson, The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic. New York: Metropolitan Books, 2004.

empireChalmers Johnson, Nemesis: The Last Days of the American Republic. The American Empire Project. New York: Metropolitan Books, 2006.

Andrew J. Bacevich, American Empire: The Realities and Consequences of U.S. Diplomacy. Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 2002.

Andrew J. Bacevich, The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire. Chicago: Ivan R. Dee, 2003.

Andrew J. Bacevich, The New American Militarism: How Americans Are Seduced by War. New York: Oxford University Press, Andrew_Bacevich_The_New_American_Militarism_sm2005.

Andrew J. Bacevich, The Limits of Power: The End of American Exceptionalism. New York: Metropolitan Books, 2008.

William E. Odom  and Robert Dujarric. America’s Inadvertent Empire. New Haven & London: Yale University Press, 2004.

Wars of peaceMax Boot, The Savage Wars of Peace: Small Wars and the Rise of American Power.  New York: Basic Books, 2003.

Niall Ferguson, Colossus: The Price of America’s Empire. New York: Penguin Press, 2004.

Niall Ferguson, Coloso. Auge y decadencia del imperio americano. Barcelona: Debate, 2005.

Charles S. Maier,   Among Empires: American Ascendancy and Its Predecessors. Cambridge, MA: Harvard University Press, Among2006.

PoderRobert Kagan, Of Paradise and Power: America and Europe in the New World Order.  New York: Vintage Books, 2004.

Robert Kagan,  Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial. Madrid: Taurus , 2003

Fareed Zakaria, The Post-American World. New York: W.W. Norton, 2008

Fareed Zakaria, El mundo después de USA. Madrid, Espasa Calpe, 2009

Melvyn P. Leffler, and Jeffrey Legro, To Lead the World: American Strategy after the Bush Doctrine. New ZakariaYork: Oxford University Press, 2008.

FukuyamaFrancis Fukuyama, America at the Crossroads: Democracy, Power, and the Neoconservative Legacy.  New Haven: Yale University Press, 2007.

Francis Fukuyama, América en la encrucijada. Barcelona: Ediciones B, S. A., 2007

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2009

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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

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Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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