Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Argentina’

Tapa definitiva Vecinos en conflictoAcabo de leer un libro que me resultó, además de interesante, muy instructivo. Me refiero a Vecinos en conflicto: Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955). Escrito por Leandro Morgenfeld y publicado en 2011 por Ediciones Continente, Vecinos en conflicto es un estudio concienzudo del desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses desde las últimas décadas del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.  Morgenfeld no es un autor ajeno a esta bitácora, pues en octubre pasado compartimos sus comentarios sobre el cincuentenario de la Crisis de los misiles. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, Morgenfeld es, sin lugar a dudas, uno de los analistas latinoamericanos de las relaciones interamericanas más destacados en la actualidad.

Este libro, tesis doctoral de su autor, enfoca el desarrollo de las relaciones argentino-estadounidenses a través de un análisis profundo de la interacción entre ambas naciones en las diez conferencias panamericanas realizadas entre 1889 y 1954.  Según Morgenfeld, durante gran parte de ese periodo, Argentina saboteó o entorpeció los intentos norteamericanos de usar las conferencias panamericanas como herramienta para adelantar sus intereses económicos y geopolíticos en el hemisferio occidental. Este enfrentamiento argentino-norteamericano estuvo definido por varios factores: el carácter competitivo  de las economías argentina y estadounidense, las políticas arancelarias norteamericanas, la orientación europeísta de la Argentina –dada la dependencia de su oligarquía en el mercado británico–, el nacionalismo argentino y las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos.

La extensión y profundidad del análisis de este libro –unidos a la naturaleza de esta bitácora– me obligan a limitar mis comentarios a los puntos más significativos del trabajo de Morgenfeld. Comenzaré con su enfoque teórico.

Leandro-Morgenfeld

Leandro Morgenfeld

Morgenfeld parte de una visión materialista histórica en la que las relaciones internacionales se fundamentan en elementos de carácter económico-sociales comprendidos “en el marco de las relaciones políticas, económicas, sociales, estratégicas e ideológicas más generales.” (422) De ahí que afirme que las políticas externas de Argentina y Estados Unidos estuvieron “determinadas por los intereses económicos sociales que defendían las clases dirigentes de sus países”. (424) Morgenfeld, consciente de las limitaciones de este tipo de argumento, plantea que “esto no quiere decir que respondieran mecánica ni automáticamente  a las necesidades de las clases dominantes y de los capitales argentinos y estadounidenses, sino que la dirección de dichas políticas podía desplegarse, en el mediano y largo plazo, según los límites que imponían estas necesidades.” (424) El autor reconoce, además, la influencia de otros factores en este proceso: las coyunturas en que se desarrollaron cada una de las conferencias panamericanas, las luchas políticas internas, las disputas de carácter ideológico, los aspectos estratégicos, los aspectos culturales y los individuos (las ambiciones personales de los representantes poíticos y diplomáticos de cada país).  En otras palabras, Morgenfeld tiene claro que los factores económicos-sociales no se dan un vacío político, ideológico o cultural.  Este es un acercamiento que me parece valioso, ya que resalta la importancia de las clases sociales en el estudio de las relaciones internacionales sin caer en determinismos.

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Delegados de la Primera Conferencia Panamericana, Washington, 1889

Como parte de su enfoque materialista, el autor se muestra muy preocupado por ubicar las relaciones argentino-estadounidense en el contexto del desarrollo del capital y de las luchas inter-imperialistas. De ahí que preste atención al papel y evolución de Argentina como país dependiente y exportador, y el de Estados Unidos como potencia industrial y financiera ascendente. Esta evolución, y  el carácter competitivo de las economías de ambos países, determinó la participación de la delegación argentina en las conferencias panamericanas. En otras palabras, las disputas comerciales causadas por el efecto del proteccionismo estadounidense sobre los productos argentinos fue un factor determinante en la actitud que Argentina asumió frente a las propuestas norteamericanas. Durante el periodo analizado por el autor, los intereses agropecuarios norteamericanos fueron capaces de bloquear o limitar el acceso de los productos argentinos al mercado del vecino del norte, mientras que Argentina importaba cada vez más productos estadounidenses.  Los delegados argentinos en las conferencias buscaron, infructuosamente, revertir esta relación asimétrica. Esta situación unida al hecho de que hasta mediados del siglo XX la relación con Estados Unidos era mucho menor que la que los argentinos mantenían con Europa, llevaron a Argentina “a ser quizás el país más escéptico respecto al proyecto panamericano que impulsaba el país del Norte para consolidar su hegemonía en la región”. (428)

Para detener el avance norteamericano en América Latina, Argentina buscó “encolumnar tras de sí a los países latinoamericanos, con desigual éxito, según las coyunturas diversas.” (428) Argentina logró sabotear los planes estadounidenses  en la misma Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889. En los primeros años del siglo XX, Argentina mantuvo en jaque a los estadounidenses al cuestionar el intervencionismo norteamericano en el Caribe y América Central. Entre 1914 y 1929,Argentina mantuvo lo que el autor describe como un triángulo económico con Estados Unidos y Gran Bretaña. El vecino norteamericano pasó a ser su principal inversor  extranjero mientras se mantuvo una relación comercial especial con los británicos. Durante este periodo el gobierno argentino mantuvo sus críticas contra las intervenciones estadounidenses en América Central y contra el proteccionismo estadounidense. Durante los años de crisis iniciados en 1929, se mantuvo la relación triangular.

Pan-American Conference in Rio de Janeiro, 1906

Delegados de la Tercera Conferencia Panamericana, Rio de Janeiro, 1906

El principal conflicto en las relaciones argentino-estadounidenses se dio durante la segunda guerra mundial por la negativa de Argentina a romper relaciones diplomáticas con los países del Eje, por lo que quedo fuera del sistema interamericano. El gobierno argentino insistió en mantener su neutralidad por la “fuerza y presión de los sectores nacionalistas, neutralistas y antiestadounidenses.” (429)  Gran Bretaña, consciente de que Estados Unidos buscaba desplazarle, fue mucho más tolerante con la neutralidad argentina. Una vez acabado el conflicto mundial, las necesidades geopolíticas de la recién estrenada guerra fría jugaron a favor de la readmisión de Argentina en el sistema interamericano.

En el periodo de la posguerra, Argentina asumió una actitud mucho más cooperativa con Estados Unidos  por varias razones. Primero, porque la reciente dependencia en las importaciones estratégicas, préstamos e insumos militares estadounidenses debilitó la capacidad de resistencia argentina. Segundo, porque el fracaso de su proyecto de desarrollo, obligó a Perón a buscar un acercamiento con Estados Unidos, dulcificando las posiciones y actitudes argentinas. Perón buscaba ayuda económica y financiamiento estadounidenses y por ello adoptó una estrategia de negociación. Tercero, porque el poderío e influencia de Estados Unidos hacían más difícil a Argentina enfrentar a su vecino del Norte o influir sobre las demás naciones americanas. A pesar de todo ello, las relaciones bilaterales no siempre fueron buenas, especialmente, por la política “tercermundista” de Perón.

Morgenfeld concluye que la  “continuidad que se observa, en los 75 años analizados, es el enfrentamiento o bien la reticencia argentina a seguir las políticas estadounidenses en el continente”. (430) Es necesario subrayar que la actitud argentina frente a las aspiraciones hegemónicas norteamericanas no fue producto de visiones o actitudes anti-imperialistas o latinoamericanistas, sino mas bien consecuencia de la vinculación-dependencia de la oligarquía argentina con Europa. De acuerdo con el autor, Argentina fue incapaz de desarrollar una agenda propia o de promover la integración latinoamericana frente a Estados Unidos por su condición de nación dependiente y la actitud europeísta y racista de su oligarquía.

George Marshall se dirige a la Novena Conferencia Panamericana en Bogotá, 1948

No puedo terminar si hacer un varios cometarios finales. Comenzaré con el tema del panamericanismo, que por razones obvias es uno central en esta obra. Para el autor, el panamericanismo estadounidense respondía a  “necesidades geoestratégicas” y económicas. El gobierno estadounidense impulsó el panamericanismo como una herramienta para enfrentar la presencia de otras potencias capitalistas en la región americana y el América del Sur en particular. Es necesario recordar que los europeos –especialmente, los británicos– disfrutaron hasta la primera guerra mundial de una posición dominante en el comercio y las inversiones extranjeras en América del Sur.  El panamericanismo respondía, según el autor, a las necesidades de “los grandes exportadores estadounidenses” que querían ampliar sus mercados externos  y del interés de  los capitalistas financieros de ampliar su presencia en América del Sur.  En términos estratégicos, el panamericanismo buscaba “afirmar la unidad –bajo la hegemonía estadounidense­– del continente americano, que incluyera formas de resolver los litigios, de llegar acuerdos de paz, de establecer la defensa continental y de repeler potenciales ataques extracontinentales. Era la puesta en práctica, en algún sentido, de la vieja doctrina Monroe.” (423) En conclusión, los estadounidenses usaron  el panamericanismo como una herramienta para expansión de su capital y para “horadar” la presencia hegemónica británica en América del Sur.

Uno de los puntos que más me sorprendió de este libro es que su autor identifica la presencia de puertorriqueños como miembros de la delegación estadounidense a dos conferencias panamericanas: la Tercera Conferencia Panamericana (Rio de Janeiro, 1906) y la Octava Conferencia Panamericana (Lima, 1938). A la reunión de Rio acudió Tulio Larrinaga y a la conferencia de Lima Emilio del Toro, Juez Presidente de la Corte Suprema de Puerto Rico. Por razones obvias, Morgenfeld no le presta mayor atención a este punto que también ha pasado inadvertido para la historiografía puertorriqueña. ¿Quién decidió la presencia de estos puertorriqueños en la delegaciones estadounidenses? ¿Qué se buscaba con ello? ¿Qué papel jugaron ambos durante las reuniones panamericanas? Estas son peguntas que, a mi entender, merecen ser atendidas, ya que podrían aportar en el estudio de un tema más amplio: el papel jugado por la colonia más antigua del mundo en la diplomacia latinoamericana de su metrópoli.

Debo también destacar un elemento metodológico: Vecinos en conflictos es el resultado de un impresionante trabajo de investigación en  archivos argentinos y estadounidenses. Morgenfeld consultó las fuentes contenidas por el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (AMREC) y por la National Archives and Records Administration (NARA) en Washington D.C.. La combinación y análisis crítico de fuentes argentinas y estadounidenses le imprimen a este libro una gran profundidad y seriedad metodológica.

Relaciones Peligrosas. Argentina y EEUUPara terminar, este libro es una aportación muy valiosa al estudio no sólo de las relaciones argentino-estadounidenses, sino también de las relaciones interamericanas en general. Morgenfeld hace un excelente trabajo analizando la interacción argentino-estadounidense en las conferencias panamericanas en un marco regional amplio. Vecinos en conflicto subraya también  la importancia del estudio de Estados Unidos en América Latina. Es por todo ello que me genera gran expectativa la salida del próximo libro de Morgenfeld  Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos(Buenos Aires: Capital Intelectual, diciembre 2012), que, además, se da en una coyuntura muy interesante como consecuencia del embargo de la Fragata Libertad y del fallo del Juez Thomas Griesa, ordenándole a Argentina pagar $1450 millones a los fondos buitre.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 1ro de diciembre de 2012

Read Full Post »

Gracias a la generosidad de la amiga Lourdes García, he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Emilio Ocampo sobre la figura de Carlos María de Alvear, embajador de la Argentina en los Estados Unidos entre 1838 y 1852, titulado De La Doctrina Monroe al Destino Manifiesto: Alvear en Estados Unidos, 1835-1852 (Buenos Aires: Claridad, 2009).  Ocampo es un economista y banquero argentino convertido en historiador y autor de  varios libros,  entre ellos una obra titulada La última campaña del Emperador: Napoleón y la independencia de América (Buenos Aires, Argentina: Claridad, 2007), traducido al inglés por la University of Alabama Press bajo el título The Emperor’s Last Campaign: A Napoleonic Empire in America. Ocampo es también el creador de un interesante blog sobre historia argentina.

Carlos María de Alvear (1789-1852) fue un militar y político rioplatense que tuvo una participación destacada en el proceso de independencia  argentino. Una vez alcanzada la soberanía, Alvear jugó un papel importante en el desarrollo político de la Argentina, especialmente, en la guerra contra el Imperio Brasileño (1825-1828). Figura controversial por su relación con el caudillo Juan Manuel de Rosas, Alvear fue el primer embajador argentino en los Estados Unidos, posición que ocupó hasta su muerte en 1852. Como tal,  Alvear fue testigo de uno de los periodos más importantes de la historia norteamericana, lo que Ocampo llama el nacimiento de la “república imperial”. En otras palabras, Alvear vivió el desarrollo de un fuerte nacionalismo expansionista en la sociedad estadounidense, definido por la famosa frase “Destino Manifiesto”, y  que provocó la anexión de Texas y la guerra contra México. Gran admirador de los Estados Unidos, Alvear sufrió una profunda decepción que le llevó a criticar el expansionismo norteamericano como una amenaza para América Latina.

Emilio Ocampo

El objetivo de Ocampo es analizar la evolución de las opiniones y observaciones de Alvear  sobre los Estados Unidos a través del estudio de la  correspondencia y los despachos oficiales del embajador.  El producto de este interesante análisis es un valioso testimonio no sólo sobre un momento de gran importancia en el desarrollo del imperialismo estadounidense, sino también de la historia latinoamericana. Veamos algunos de los elementos más destacados de este libro.

En primer lugar, el autor ve el expansionismo norteamericano de mediados del siglo XIX como parte de un proceso de agresión neo-colonial contra América Latina. Según Ocampo, durante la gestión de Alvear como embajador, las repúblicas latinoamericanas enfrentaron la mayor amenaza desde su nacimiento a manos de “las tres grandes potencias marítimas de la época”: los EEUU, Francia y Gran Bretaña. Independientemente de que se puede cuestionar que los EEUU era una de las grandes potencias marítimas de ese periodo, el planteamiento de Ocampo sugiere que la guerra con México fue parte de un proceso más amplio de agresiones extranjeras contra países latinoamericanos en los años 1840 y 1850, producto de las “ambiciones expansionistas” francesas, británicas y norteamericanas. Los estadounidenses concentraron sus acciones contra el territorio mexicano, mientras que ingleses y franceses contra Argentina y el Uruguay. Debo reconocer que el carácter hemisférico de este planteamiento me sorprendió, pero no me convenció del todo.

La visión de Alvear de la Doctrina Monroe es otro tema muy interesante. Para el embajador,   la agresividad norteamericana contra México y la falta de interés estadounidense en ayudar a Argentina contra la agresividad anglo-francesa por el tema del Uruguay,  comprobaban que “los Estados Unidos había abandonado el principio fundamental en el que estaba basada la Doctrina Monroe”. (81) Para el embajador, la nueva versión de la Doctrina Monroe “no tenía como objetivos librar a las nuevas repúblicas americanas de la opresión colonial europea, sino dejar libre a los Estados Unidos para realizar sus sueños expansionistas en América del Norte”. (81) En otras palabras, para asegurar su hegemonía en el norte, los norteamericanos tenían que “neutralizar la ingerencia de las potencias europeas en su área de influencia”, dejándoles mano libre el América del Sur. Este planteamiento de Alvear me provoca dos comentarios. Primero, todo parece indicar que Alvear entendió la Doctrina Monroe como  un compromiso verdadero del gobierno norteamericano de mantener a los europeos fuera del continente americana y que esperaba que los Estados Unidos hicieran buena su promesa. ¿Vieron sus contemporáneos latinoamericanas la famosa doctrina del presidente Monroe desde el mismo prisma optimista de Alvear? Segundo, no me puedo dejar de preguntar,  ¿hasta qué punto podía EEUU hacer cumplir la Doctrina Monroe en la década de 1840? Creo que la respuesta es un rotundo no.

La llegada de miles de inmigrantes y el aumento poblacional  que ello provocaba era, según Alvear, una de las causas el expansionismo estadounidense. A este factor demográfico era necesario añadir un elemento cultural: el carácter emprendedor que impulsaba a los norteamericanos a expandirse. La esclavitud era otro elemento tomado en cuenta por Alvear a la hora de explicar el expansionismo de los Estados Unidos. Éste tenía claro que de Texas convertirse en estado de la Unión habría sido un estado esclavista , dándole más votos   a los defensores de la esclavitud  y, por ende, fortaleciendo esa institución.

Carlos María de Alvear

Como Gran Bretaña era incapaz de frenar a los Estados Unidos, era necesario, planteaba Alvear, que los países latinoamericanos adoptaran “los medios capaces para conservarse en posesión de la tierra que la Providencia les tiene acordada hasta ahora.” (78) Para ello, era necesario que los latinoamericanos tomaran conciencia del peligro que enfrentaban y copiaran la política migratoria estadounidense, fomentando la  llegada de inmigrantes europeos. Además, era necesario crear instituciones políticas –constituciones– que “permitieran una rápida generación de riqueza”. (93) Sólo así los latinoamericanos podrían contrarrestar la inminente hegemonía hemisférica norteamericana.

Dos temas son cruciales en este libro: la anexión de Texas y la guerra Mexicano-norteamericana. En 1836, colonos norteamericanos establecidos en el hasta entonces territorio mexicano de Texas, se rebelaron y ganaron su independencia. Los colonos habían llegado a Texas como parte de un suicida programa de colonización llevado a cabo por los mexicanos. Casi de forma inmediata la República de Texas solicitó su ingreso a la Unión norteamericana, pero le fue negado, ya que el ambiente en los Estados Unidos a mediados de la  década de 1830 no era el más propicio para la anexión de un territorio esclavista. No será hasta 1846 que la   anexión de Texas se haga realidad y provoque una desastrosa guerra para México. Alvear fue testigo del debate y proceso de anexión, como también del desarrollo de la guerra.  Sus comentarios y observaciones  son muy valiosos.

Alvear comienza sus observaciones sobre la anexión de Texas comentando el intento fallido del décimo presidente de los Estados Unidos, John Tyler. A pesar de que el intento de anexión de Tyler fue frenado por la oposición de  los abolicionistas, entre ellos John Quincy Adams, era claro para Alvear el desarrollo de una fuerte actitud anexionista y belicista en la opinión pública norteamericana. Según éste,

En comunicaciones anteriores he tenido el honor de instruir al Gobierno  de la tendencia ambiciosa que se  empezaba a desenvolver en el pueblo y   gobierno norteamericanos a adquirir nuevos territorios y posesiones a    costa de los nuevos Estados de Sudamérica, tendencia que crece y  aumenta  rápidamente siendo de notar que la moral de pública de este  país es tal, que el principio de la justicia o de fe guardada a los tratados  que los logan con México se mira con el más alto desprecio”. (99)

El crecimiento del chauvinismo en el pueblo norteamericano irritaba fuertemente a Alvear, en especial, por el creciente desprecio a las naciones latinoamericanas. El efecto de este proceso en el ánimo de Alvear es evidente, quien comenta con dureza,

Pero es preciso saber, aunque con dolor, que entre todos los pueblos cristianos que habitan el globo, el pueblo norteamericano es el que menos respeto tiene a la justicia y a la probidad y que sus costumbres se han alterado a tal punto y con tanta rapidez que han hecho poner en problema las alabanzas exageradas que hasta ahora se han dado a las formas democráticas.” (100)

La victoria del nacionalista James K. Polk en las elecciones de 1846 llevaría, según Alvear, a que la política expansionista norteamericana “se despliegue de un modo hipócrita  y pérfido caminando siempre a su objeto con precisión y tenaz perseverancia; tal es pues, la marcha y conducta de este pueblo cuya moral ha sido incauta y erróneamente preconizada como digno ejemplo y de imitación.” (102)

Alvear se pregunta que ha llevado a los estadounidenses a traicionar los principios sobre los que se creo su república anexando a Texas.  Para el que hasta entonces había sido un gran admirador de los Estados Unidos, esta debió ser una pregunta muy difícil. Según el embajador, el “rápido progreso” había alterado marcadamente “los hábitos y costumbres de este pueblo”, cambiando su moral y la de su gobierno. En otras palabras, los Estados Unidos habían  perdido su “compás moral” y por ello la justicia y la moral “han perdido toda fuerza en este país.” (105)

Tropas norteamericanas en el Zócalo

Sus observaciones sobre la guerra con México no son menos duras ni dolidas.  Sin embargo, El dolor que le provoca la actitud norteamericana no ciega su visión geopolítica, pues Alvear plantea que el objetivo de la guerra contra México no era Texas, sino California;  el acceso al océano Pacífico y a China. Además creía que la agresión contra México no era el fin, sino  el principio pues “el imperialismo se había instalado en la política exterior norteamericana y nada se podía hacerse al respecto. El embajador estaba convencido de que los Estados Unidos se lanzaría contra América Latina y, en especial, contra Panamá, Cuba, Chile, Perú y Ecuador.  De acuerdo con el embajador,

Un república americana considerada hasta ahora como la protectora de las demás se convierte de pronto en el enemigo más terrible supuesto que todos sus planes de engrandecimiento se fundan en todo el resto de la América como presa fácil de devorar”. (106)

Tal amenaza demandaba la reacción vigorosa de los países latinoamericanos que debían, entre otras cosas, conocer mejor a los Estados Unidos. Alvear es muy claro: los norteamericanos tenían agentes consulares en todos los países latinoamericanos, lo que demostraba su profundo interés en los asuntos de  las repúblicas latinoamericanas.  Desafortunadamente, sólo Argentina, Brasil y México tenían representación consular en los Estados Unidos, lo que debía ser corregido urgentemente.

Ocampo termina señalando que las observaciones de Alvear no eran producto de una reacción visceral contra el imperialismo norteamericano de mediados del siglo XIX, sino “el producto de más de un década de observador imparcial de la cultura y la sociedad norteamericanas”. (155) De igual nos señala que Alvear criticase duramente la política exterior de los Estados Unidos significase que rechazase o dejara de admirar “las instituciones políticas” y la “cultura cívica” norteamericanas. De ahí que recomendara en su testamento político que Argentina adoptase un sistema republicano  y federal. Propuestas que se vieron concretadas en la Constitución de 1853, un año después de su muerte en la ciudad víctima de una afección pulmonar.

El primer comentario que me provoca este libro tiene que ver con el  origen del imperialismo estadounidense. De acuerdo con el autor, “el imperialismo norteamericano nació cuando  [James K.] Polk le declaró la guerra a México” porque “hasta entonces los Estados Unidos nunca habían recurrido a las armas para engrandecer su territorio”. Aunque el propio Ocampo reconoce que su planteamiento deja fuera la violencia usada contra los pueblos aborígenes norteamericanos, es necesario subrayar que éste no deja de tener un gran valor, ya que reta la visión historiográfica tradicional de identificar como expansionismo, no como imperialismo, las adquisiciones territoriales estadounidenses previas a la guerra con España.  Concuerdo con Ocampo en que las prácticas imperiales estadounidenses no comenzaron con la adquisición del imperio insular (Filipinas, Guam y Puerto Rico) en 1898. Como el autor, creo que la guerra de agresión contra México constituyó un expresión imperialista que fue frenada no por eventos internacionales, sino por el conflicto doméstico provocado por el tema de la esclavitud entre 1848 y 1860. Contrario a Ocampo, incluyo la violencia contra las tribus indias como  parte de un proceso de agresión imperialista originado mucho antes de la independencia de los Estados Unidos.

En segundo lugar, es necesario destacar la gran importancia del análisis de las observaciones y comentarios de Alvear sobre una sociedad donde vivió los últimos catorce de años de su vida. Éstos constituyen un valiosísimo testimonio   un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos que reflejan una gran ojo geopolítico como al subrayar la importancia de la eventual construcción de un canal interoceánico en América Central o una total falta de visión política al descartar que el tema de la esclavitud podría provocar una guerra civil.

Por último, no puedo dejar de subrayar un tema muy afín a esta bitácora: el estudio y  conocimiento de los Estados Unidos. Para Alvear, era imprescindible que América Latina estudiara y conociera la sociedad y el sistema político estadounidenses para que estuviera en mejor posición de enfrentar lo que el embajador  veía como una amenaza inminente para la región: el imperialismo norteamericano.  Han trascurrido más  ciento cincuenta años de la muerte del Carlos María de Alvear y  este consejo sigue siendo valido y necesario.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2010

Read Full Post »