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Nuevamente comparto un trabajo del historiador Federico Mare, quien  esta vez analiza el significado histórico y político de los monumentos confederados que tanta polémica causaron en Estados Unidos durante el año 2020.  Estos momumentos son muestra material del discurso de la Lost Cause analizado por Mare en una entrada previa titulada “La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter.”


‘Black Lives Matter’ y la iconoclastia contra los monumentos confederados

Federico Mare

Sin Permiso   25 de junio de 2021

La fotografía que ilustra el presente ensayo fue tomada en el Stone Mountain Park, condado de DeKalb, estado de Georgia, en lo que se conoce como Deep South, el Sur Profundo de los Estados Unidos. Una bucólica tarde del verano de 2015, gran cantidad de familias blancas sureñas aguardan un show nocturno de luces láser al pie del memorial de Stone Mountain, en el corazón de los Apalaches meridionales. Mantas, reposeras, canastos, heladeras portátiles y otros bártulos típicos de un día de picnic manchan el verde esmeralda de la pradera. Más atrás, la lente del fotógrafo captura la presencia del tren turístico que ha traído hasta el parque al enjambre de espectadores.

Johnny Reb by owl65 on DeviantArtEl memorial de Stone Mountain rinde homenaje a los héroes de la vieja causa sudista, deidades tutelares de un panteón cívico-militar en clave revisionista, es decir, anti-Yankee, anti-unionista, anti-nordista. Pero no se trata de un monumento confederado más, no. Es el mayor de todo el país. Stone Mountain representa algo así como la versión sureña rebelde del Mount Rushmore. Constituye la plasmación más fatua, cursi, extravagante, de la megalomanía patriotera de Johnny Reb [i], con su regionalismo recalcitrante y propensiones xenofóbicas.

El bajorrelieve está hecho sobre un promontorio de roca adamelita, a 120 metros del suelo, y representa a los tres próceres más populares del Viejo Sur separatista: los generales Robert E. Lee y Thomas Stonewall Jackson, junto al presidente de los Estados Confederados de América Jefferson Davis, los tres a caballo. Este proyecto monumental se puso en marcha hacia 1916, pero recién concluyó en 1972, luego de varias interrupciones y reanudaciones. Diversos artistas trabajaron sucesivamente en la obra, a lo largo de varias décadas. Con sus 23 metros de alto y 48 de ancho, constituye el bajorrelieve más grande del mundo.

En la concepción, ejecución y financiación de semejante proyecto faraónico, que insumió millonadas y millonadas de dólares, trabajaron codo a codo las Hijas Unidas de la Confederación y el gobierno estadual de Georgia. Pero la injerencia y el mecenazgo del segundo Ku Klux Klan (el «imperio invisible», como le decían entonces) fue un secreto a voces desde el primer momento. No sorprende, por ende, que muchos reclamen hoy su eliminación por medio del arenado o chorreado abrasivo. Hubo manifestaciones en contra y a favor de su permanencia. Desde agosto del año pasado, el parque permanece cerrado.

El país del Tío Sam está lleno de monumentos confederados. El de Stone Mountain es el más grande de todos, sin duda, pero de ningún modo el único. Hay cientos y cientos. Y a muchxs estadounidenses no les resultan nada simpáticos, especialmente a quienes son afrodescendientes. Con justa razón, ven en ellos símbolos ultrajantes del antiguo Sur esclavista y secesionista.

Los monumentos confederados constituyen una de las expresiones más emblemáticas del mito romántico de la Lost Cause. Este mito racista –pseudohistoria al servicio de la white supremacy o «supremacía blanca»– lleva un siglo y medio envenenando la sociedad y la cultura estadounidenses (véase mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter).

Charlottesville: Cubren monumento confederado con tela negra

Desde los trágicos sucesos de 2017, cuando una joven que reclamaba el retiro de la estatua ecuestre del general Lee en el Emancipation Park de Charlottesville (Virginia) fue asesinada, gran número de monumentos confederados han sido removidos o vandalizados a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, de Massachusetts a Texas, y de Florida a California. Hubo no sólo retiros de monumentos confederados dispuestos por las autoridades (retiros hechos con grúas, camiones y cuadrillas de empleados municipales), como en Demopolis, San Antonio, Lexington, Helena, Lynchburg y Kansas City; sino también acciones populares iconoclastas por fuera de la ley. Muchas esculturas, memoriales y placas conmemorativas que honran al Viejo Sur separatista sufrieron vandalizaciones de diverso grado e índole en numerosas ciudades: Atlanta, Filadelfia, Houston, Tampa, Baltimore, West Palm Beach, etc. Estatuas baleadas o derribadas con sogas, monumentos intervenidos con grafitis, esculturas cubiertas con pintura, etc.

Incluso se registró un pintoresco episodio de tarring & feathering[ii]. Fue en la localidad rural de Gold Canyon, Arizona, el 16 de agosto de 2017, cuatro jornadas después de los incidentes de Charlottesville. Una placa de piedra a la vera de la Ruta Federal 80, en homenaje a Jefferson Davis –el único presidente que tuvieron los efímeros Estados Confederados de América (1861-65)–, apareció cubierta con alquitrán y plumas, en señal de repudio y agravio.

Pero hubo también vandalizaciones de signo ideológico opuesto. Por ejemplo, el busto de Lincoln en Chicago un día amaneció quemado. En Madison, Wisconsin, la estatua del abolicionista Hans Christian Heg fue derribada, decapitada y arrojada a un lago. En Boston, el Memorial del Holocausto de Nueva Inglaterra, hecho con paneles de vidrio, fue dañado a piedrazos por un activista neonazi. Estamos, pues, en presencia de una guerra simbólica por los espacios públicos entre el supremacismo blanco y el movimiento de derechos civiles. Cada bando defiende sus liex de mémoire o «lugares de memoria» (al decir de Pierre Nora), a la vez que ataca los del adversario.

jim crow

La mayoría de los monumentos confederados fueron levantados en los dos primeros decenios del siglo pasado, una época de fuertes tensiones raciales: endurecimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow, creación de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, retorno de un demócrata sureño de ideas racistas (Woodrow Wilson) a la presidencia de los EE.UU. luego de muchísimos años, refundación del Ku Klux Klan, estreno de la película El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, etc. El año pico de este revival sudista fue 1911, cuando se cumplió el cincuentenario del inicio de la guerra de Secesión (batalla de Fort Sumter, abril de 1861).

El otro momento de auge en el proceso de monumentalización de la Lost Cause –aunque de menor magnitud– fue el centenario de la guerra civil, en el primer lustro de la década del 60. Esta época coincidió –no casualmente, por cierto– con el recrudecimiento del conflicto racial (expansión del movimiento de derechos civiles con Martin Luther King y emergencia del tercer KKK).

Existen centenares de monumentos confederados desperdigados por todo el vasto país del Tío Sam: estatuas ecuestres, obeliscos, bustos, etc. Si a estos monumentos se les suman las placas conmemorativas, la cifra supera cómodamente el millar. No vaya a creerse que estas evocaciones nostálgicas a la «gesta» confederada –mayoritariamente localizadas en el Sur– son todas añejas. Algunas son relativamente nuevas, como el Monumento a los Veteranos Confederados de Arizona, en Phoenix, erigido hacia 1999 (aunque removido el año pasado).

Lo cierto es que, en reacción a la tragedia virginiana de Charlottesville, el proceso de desmonumentalización de la Lost Cause alcanzó una gran magnitud, una intensidad sorprendente. Sin embargo, la ola iconoclasta de 2017 fue casi un hecho menor al lado de la segunda ola –verdadero tsunami– del año pasado, tras el asesinato de George Floyd en Mineápolis, a manos de la policía de Minnesota. En 2017, hubo 36 monumentos removidos. En 2020, casi el triple: 94. La causa de este incremento prodigioso es obvia: la masificación del movimiento Black Lives Matter (BLM) contra la violencia racista. La oleada iconoclasta anticonfederada de 2017-2020 constituye, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos culturales, sociológicos, más llamativos de los Estados Unidos de la era Trump. Solamente en Texas se han removido 31 memoriales.

Una mirada a la tragedia de Charlottesville | Newsweek México

Una acalorada polémica, muy densa en sus implicaciones ideológicas y políticas, soliviantó al país del Tío Sam. La sociedad estadounidense se polarizó, se fracturó en dos; y también sus medios de comunicación, sus historiadores e intelectuales, sus legisladores y funcionarios. La memoria, una vez más, fue campo de batalla. El pasado, por enésima vez, dividió aguas y devino objeto de disputa. Dos paradigmas de la historia nacional, dos políticas de la memoria, se batieron a duelo. ¿Cuál fue la postura del expresidente Trump? Una «equidistancia salomónica» que claramente favorecía al supremacismo blanco: no apoyó explícitamente la violencia racista contra las minorías afroamericanas, pero condenó enérgicamente el «vandalismo» del BLM, porque ambos extremos eran –sostuvo– igualmente malos para el orden republicano (equiparación de las acciones iconoclastas con los crímenes de odio racial, de los monumentos dañados con las personas asesinadas). Sin embargo, a nadie se le escapó la tibieza o parquedad con que Trump se distanció del supremacismo blanco, y la vehemencia o énfasis que manifestó en su reprobación de la iconoclastia anticonfederada. Por lo demás, su polémica decisión de comenzar su campaña electoral de 2020 en la mismísima Tulsa, la ciudad sureña de Oklahoma donde ocurrió la peor masacre racista en la historia de Estados Unidos, eligiendo como fecha nada menos que el 19 de junio (efeméride afroamericana del Juneteenth o Día de la Emancipación)[iii], fue mayoritariamente interpretada como una provocación, que sus detractores denunciaron y sus admiradores festejaron.

Charleston aparece en el manifiesto racista difundido en Internet como  objetivo de un ataque | CNNEl proceso de desmonumentalización comenzó en junio de 2015, al calor de la ola de indignación que desató la matanza racista de Charleston (Carolina del Sur), que dejó un saldo aterrador de nueve muertos en una iglesia metodista. La circunstancia de que el asesino, el joven Dylann S. Roof, fuese un segregacionista fanático que había hecho ostentación de su identidad neoconfederada por Internet, exhibiendo fotos donde se lo veía sosteniendo con orgullo la rebel flag (la vieja bandera del Sur esclavista y secesionista), generó un gran debate en torno a la legitimidad de la presencia de dicho símbolo, y otros afines (placas conmemorativas, estatuas, obeliscos, memoriales, topónimos, etc.), en los espacios públicos.

A caballo de esta gran controversia nacional, en muchos puntos del país diversas organizaciones de derechos civiles –el Southern Poverty Law Center, entre otras– reclamaron la remoción de la simbología y la onomástica confederadas, en el marco más amplio del movimiento BLM, incoado en 2013 tras la absolución judicial del asesino de Trayvon Martin. A corto plazo, muy pocas de estas iniciativas tuvieron éxito. Sólo en un puñado de ciudades hubo logros tangibles (en Austin por ej., donde una estatua de Jefferson Davis fue retirada del campus de la Universidad de Texas en agosto de 2015).

Pero en 2017, la desmonumentalización dio un gran salto adelante cuando, entre abril y mayo, las autoridades de Nueva Orleáns –en el corazón mismo del Sur Profundo– tuvieron el coraje de remover cuatro monumentos confederados en un lapso de apenas 25 días, decisión histórica que el supremacismo blanco resistió con vehemencia. A partir de allí, las remociones se hicieron más frecuentes, en un clima de creciente crispación: St. Louis, Orlando…

James Alex Fields Jr., Who Murdered Heather Heyer in Charlottesville, Faces  Life in Prison Plus 419 Years | Vogue

Heather Heyer

Y se multiplicaron notablemente tras la tragedia de Charlottesville, donde una mujer de 32 años llamada Heather Heyer, que reclamaba pacíficamente por el retiro de la estatua ecuestre del general Lee del Emancipation Park,[iv] fue brutalmente asesinada por un manifestante ultraderechista, y donde cerca de cuarenta personas resultaron heridas. Sábado nefando, siniestro, cuya causa directa, ostensible, indubitable, es la vigencia del mito racista de la Lost Cause en el imaginario estadounidense; vigencia exacerbada, desde ya, por el fenómeno Trump.

¿El detonante de la tragedia? Un proyecto que planteó la remoción del antedicho monumento en la pequeña ciudad virginiana del condado de Albemarle, donde otrora viviera el prócer independentista Thomas Jefferson. Diversos grupos de extrema derecha (supremacistas blancos, neoconfederados, milicianos, bikers, neonazis, etc.) lanzaron una cruzada en defensa de la controvertida estatua. La expresión más conspicua y virulenta de esta reacción fue el movimiento Unite the Right, en cuyas movilizaciones callejeras se ha desplegado todo el rancio repertorio simbólico del Ku Klux Klan: consignas patrioteras y segregacionistas, banderas rebeldes con la cruz de San Andrés estrellada, capuchas blancas, la siniestra MIOAK (la insignia de los klansmen), y hasta antorchas tiki ardiendo en la oscuridad de la noche, al estilo Mississippi en llamas… El conflicto por la estatua ecuestre de Lee del Emancipation Park derivó en una larga querella judicial, que todavía sigue en curso. Al día de hoy, el monumento permanece en su sitio, aunque ha sufrido varias vandalizaciones.

Make It Right – Independent Media Institute

En 2018, la periodista Kali Holloway creó el proyecto Make It Right (MIR), destinado a crear conciencia en torno a la necesidad de desmonumentalizar el pasado esclavista y segregacionista del Sur. “Oficialmente, la guerra civil terminó con la derrota de la Confederación en 1865. Pero más de 150 años después del fin de la guerra, cerca de 1.700 monumentos a la Confederación cubren el paisaje de Estados Unidos, y no solo el de los estados sureños. Desde el año 2000, más de 30 nuevos monumentos han sido erigidos. Estas estatuas y placas romantizan la brutalidad de la esclavitud y glorifican a los traidores de los Estados Unidos”. El proyecto MIR trabaja “con múltiples grupos –activistas, artistas, historiadores y medios de comunicación– para remover los monumentos confederados y contar la verdad de la historia”. Su acción propagandística ha sido fecunda.

En la vereda opuesta no se quedaron de brazos cruzados… La legislatura de Alabama, por citar un ejemplo, sancionó en mayo de 2017 una ley prohibiendo a las autoridades municipales remover o renombrar monumentos con más de cuarenta años de antigüedad, sin autorización estadual. Esa restricción dificulta enormemente la desmonumentalización de la Lost Cause en Alabama, puesto que los memoriales sudistas datan, en su inmensa mayoría, de 1911-15 y 1961-65, el cincuentenario y el centenario de la guerra de Secesión. Alabama es uno de los estados más racistas de EE.UU., y uno de los que acumulan más monumentos confederados en sus espacios públicos. Diversas demandas se han interpuesto contra la Memorial Preservation Act. La judicialización del conflicto ameritaría otro escrito aparte.

Pero, ¿por qué esta disputa? ¿Cuál es el secreto de la importancia concedida a los monumentos confederados, tanto por sus valedores como por sus detractores? Nora, el historiador francés mencionado algunos párrafos más arriba, no investigó esos liex de mémoire en especial, sino los que, en su país, se hallan asociados a la Tercera República (1870-1940). No obstante, con cautela, algunas de sus ideas pueden ser extrapoladas a los memoriales y monumentos confederados.

La siguiente observación resulta particularmente pertinente y esclarecedora para el caso que aquí nos ocupa:

Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Por eso la defensa por parte de las minorías de una memoria refugiada en focos privilegiados y celosamente custodiados ilumina con mayor fuerza aún la verdad de todos los lugares de memoria. Sin vigilancia conmemorativa, la historia los aniquilaría rápidamente. Son bastiones sobre los cuales afianzarse. Pero si lo que defienden no estuviera amenazado, ya no habría necesidad de construirlos.[v]

No habría monumentos confederados como los del general Lee, no habría monumentos unionistas-abolicionistas como los del presidente Lincoln, si el pasado –o mejor dicho, cierta selección e interpretación del pasado– no fuese, como es, un anclaje identitario para determinados grupos antagónicos de la sociedad que no quieren, ni pueden, armonizar sus autopercepciones (sectores racistas de la población blanca, minorías negras orgullosas de su afrodescendencia, fuerzas de derecha, partidos de izquierda, etc.). Tampoco los habría si la espontaneidad de los recuerdos colectivos, fluida e inorgánica como es, bastase para contrarrestar el olvido. He aquí, pues, a mi modo de ver, la clave del asunto.

The state of the white supremacy and neo-Nazi groups in the US - ABC NewsLa querella de los monumentos confederados tiene como trasfondo, como sustrato, la persistencia del racismo –y de la lucha contra el racismo– en la sociedad estadounidense. Lxs supremacistas se aferran a dichos monumentos porque sienten que la white supremacy fue herida de muerte en los 60, mientras que lxs simpatizantes del BLM bregan por la desmonumentalización porque advierten que la utopía igualitaria, jamás concretada plenamente, zozobra más que nunca con la derechización que produjo Trump como presidente (uno de los mandatarios más reaccionarios que han pisado la Casa Blanca).

Sin embargo, subsiste un interrogante. Son muchas las facetas de la sociedad y la cultura estadounidenses que, directa o indirectamente, remiten al viejo conflicto irresuelto entre supremacistas e igualitaristas: los distintos niveles de ingreso e instrucción entre angloamericanxs y afroamericanxs, los prejuicios racistas (por ej., la creencia de que los negros son más propensos a cometer robos y violaciones sexuales que los blancos), los innumerables casos de violencia policial contra jóvenes afrodescendientes (golpizas, maltratos verbales y psicológicos, asesinatos), la animosidad racial de jurados y jueces en los procesos judiciales, la estratificación residencial, etc. Los monumentos confederados son una arista del problema, entre tantas otras. ¿Por qué razón, entonces, han sido estos, y no cualquiera de las otras iniquidades racistas, la mecha que detonó todo?

David Freedberg | Image Knowledge Gestaltung

David Freedberg

Parafraseando a historiador del arte David Freedberg, la respuesta sería: el poder de las imágenes. Las estatuas y otros monumentos constituyen imágenes, y como tales, no son nada inocuas. Tienen cierto poder sobre nosotros, cierta capacidad de sugestión. Nos provocan. Nos fascinan o enfurecen. Influyen en nuestra subjetividad, ya sea abiertamente en nuestro consciente, ya sea de modo sutil en nuestro inconsciente. Nos apasionan. Nos movilizan. Señala Freedberg al respecto:

Mucho se ha estudiado los grandes movimientos iconoclastas de Bizancio en los siglos VIII y IX, de la Europa de la Reforma, de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. Cualquiera puede aportar un ejemplo de alguna imagen atacada: todos sabemos cuando menos de algún período histórico durante el cual la iconoclasia era espontánea o estaba legalizada. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas; ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza; y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. Como es natural, los motivos de tales actos se han estudiado y continúan discutiéndose interminablemente; pero en todos los casos hemos de aceptar que es la imagen –en mayor o menor grado– la que lleva al iconoclasta a tales niveles de ira. Esto cuando menos podemos asentar como indiscutible, por más que sepamos que la imagen es un símbolo de otra cosa y que es esta cosa la que se ataca, rompe, arranca o destroza.[vi]

Aunque los monumentos confederados sean “un símbolo de otra cosa”, y que, en definitiva, es esa “otra cosa” (el Viejo Sur esclavista y secesionista, el segregacionismo de las leyes de Jim Crow, la cultura racista actual) “la que se ataca” y defiende, la que se quiere remover o vandalizar en señal de rechazo, o bien, preservar o reparar en señal de identificación, lo cierto es que no deja de haber cierto trasfondo de fetichismo en tales prácticas anicónicas e icónicas, por muy subterráneo e imperceptible que sea ese trasfondo. De todo el abanico de opciones susceptibles de generar una reacción en cadena –en contra y a favor–, han sido las estatuas, los obeliscos, las placas conmemorativas, los memoriales, etc., los que han concentrado mayor atención de ambos bandos.

El regodeo y la saña de la muchedumbre desmonumentalizadora es por demás sintomática, sugerente, igual que lo es la vehemencia de sus oponentes. Estos, por caso, han llegado a la violencia terrorista y el asesinato para demostrar su apego sentimental por la estatua ecuestre del general Lee en Charlottesville… Nada casual hay en ello. Es evidente que los monumentos confederados, en tanto íconos, resultan particularmente irritantes y ofensivos para unos, y seductores y admirables para otros.

Las imágenes son cosa seria, aunque los intelectuales solamos subestimarlas debido a nuestra deformación profesional (predominio excesivo de las palabras, del discurso). ¿Cuántas rebeliones y revoluciones del siglo XX hubiesen quedado grabadas a fuego en nuestra memoria sin la ayuda de fotografías o filmaciones de incidentes iconoclastas, o de muestras exultantes de iconismo popular como la exhibición de banderas?

Entre las muchas ciudades norteamericanas que, durante estos últimos cuatro años, retiraron monumentos confederados de sus espacios públicos, están Montgomery, Houston, Dallas, San Diego, Little Rock, Raleigh, Charleston, Lexington, Decatur, Clarksville, Charlotte… También la mítica Birmingham de Alabama, el reducto segregacionista que Martin Luther King, en el 63, eligió como prueba de fuego para el movimiento de derechos civiles, y donde resultó arrestado. En otras urbes, como Jacksonville, los proyectos de remoción aún no se han concretado, ora porque el proceso deliberativo sigue en curso, ora porque acciones judiciales los han dejado en suspenso. Pero es muy probable que a corto plazo varios de ellos se efectivicen. Por otra parte, no olvidemos que en muchos lugares se registraron acciones directas de tipo «vandálico», por fuera del orden legal, como en Indianápolis, Los Ángeles, Denver, Sacramento y Portland: derribos, grafitis, etc.

La estatua del general confederado Thomas Stonewall Jackson está colocada en el complejo del capitolio del estado de Virginia Occidental.

Estatua del General Stonewall Jackson.

Virginia, el estado con más monumentos confederados de todo el país, merece un párrafo aparte. En marzo del año pasado, al comienzo de la pandemia, una reforma legal habilitó la remoción de los mismos. La reforma entró en vigencia en julio, y desde entonces muchas esculturas y placas conmemorativas han sido retiradas: Appomattox, Norfolk, Fredericksburg, Leesburg, Farmville, Virginia Beach… También hubo derribos y vandalizaciones en el contexto de las protestas y revueltas del BLM, como en Portsmouth y Roanoke. La aristocrática Richmond, capital estadual y otrora capital del Sur secesionista, la ciudad con más memoriales confederados de la nación (algo así como la meca del urbanismo megalómano y nostálgico de la Lost Cause, especialmente en lo que concierne a su Monument Avenue), ha vivido situaciones de todo tipo: iconoclastia revoltosa de masas, remociones efectuadas por las autoridades y retiros frustrados o demorados por la oposición encarnizada de la derecha supremacista. Las estatuas de Jefferson Davis y Williams Carter Wickham fueron derribadas, igual que el Monumento Howitzer. Las esculturas en homenaje a Stonewall Jackson, J. E. B. Stuart y Matthew Fontaine Maury fueron retiradas por el gobierno local. El gigantesco monumento ecuestre de bronce del general Lee todavía sigue en su altísimo pedestal de mármol, pero hay planes oficiales para removerlo. El año pasado, durante las movilizaciones multitudinarias del BLM, la escultura fue intervenida con grafitis, aunque su colosal tamaño impidió que se la tirara abajo. Se trata del último monumento en pie de la Monument Avenue. Creada por el escultor francés Antonin Mercié, fue inaugurada pomposamente en 1890. El anuncio de su remoción por parte del gobernador Ralph Northam, en junio de 2020, soliviantó a los sectores supremacistas, que han plantado una desesperada batalla judicial por su conservación, una nueva Gettysburg en pleno siglo XXI…

El rey belga pide perdón por la cruel y violenta colonización del Congo

Leopoldo II

Cabe hacer una importante acotación. El cimbronazo iconoclasta del BLM de 2017-2020 trascendió las fronteras de Estados Unidos. El racismo y la lucha contra el racismo no son coto exclusivo del Tío Sam. En Gran Bretaña y Bélgica, diversos monumentos asociados a la trata de esclavos y la opresión colonial han sido removidos, derribados o intervenidos con grafitis: la estatua de Edward Colston en Bristol, las esculturas de Robert Milligan y John Cass en Londres, el monumento de Leopoldo II en Amberes, los bustos dedicados a este monarca europeo –déspota genocida del Congo Belga– en Gante y Lovaina… También se registraron episodios de iconoclastia antiimperialista-antirracista en las Antillas francesas y Barbados, protagonizados mayormente por las comunidades negras o afrodescendientes. En Sudáfrica, un busto del magnate minero Cecil Rhodes –jingoísta recalcitrante y adalid de la supremacía blanca– fue descabezado por manifestantes de Ciudad del Cabo, y una estatua de Martinus Theunis Steyn –último presidente de la república bóer separatista de Orange– fue desmantelada en Bloemfontein. La desmonumentalización de la Pax Britannica victoriana tuvo coletazos en India y Nueva Zelanda, donde hindúes y maoríes no han olvidado ni perdonado los crímenes y agravios del Reino Unido. Asimismo, tanto en Estados Unidos como en Canadá, Colombia y Chile hubo acciones iconoclastas indigenistas contra monumentos asociados al «descubrimiento», la conquista y colonización europeas de América: el de Colón en Boston y St. Paul, el de Macdonald en Montreal, el de Belalcázar en Popayán, el de Valdivia en Concepción… Un claro ejemplo de efecto dominó.

Decapitan en Sudáfrica una estatua del colonizador británico Cecil Rhodes

Estatua de Cecil Rhode decapitada, Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

“¿Por qué las personas destruyen las imágenes?”, se pregunta Freedberg en otro libro más reciente. Y prosigue su reflexión con más interrogantes incisivos:

¿Qué motiva estos actos individuales y colectivos de violencia contra algo que –al fin y al cabo– es una mera representación en madera, piedra, lienzo o papel? ¿Cómo podemos pensar la iconoclasia en el mundo contemporáneo? Para muchos, la extraordinaria ubicuidad y la repetición de las imágenes desvirtúa su aura pero, sin embargo, los ataques continúan. De hecho, los medios de comunicación tienden a visibilizarlos, haciéndolos cada vez más evidentes.[vii]

Al analizar el Beeldenstorm, el gran estallido iconoclasta de 1566 en la rebelión antiespañola y protestante de Flandes, Freedberg se interroga:

Pero, ¿por qué fueron atacadas las imágenes con tal ferocidad? Después de todo, éstas no eran en sí mismas los tiranos. ¿Hasta qué punto los actos de destrucción de los atacantes eran indiscriminados o selectivos? ¿Atacaban obras de arte reconocidas con mayor o menor vehemencia que otras imágenes, o los iconoclastas eran ciegos e indiferentes? ¿Fueron los ataques espontáneos u organizados? En un principio, los brotes parecían espontáneos, pero pronto surgieron evidencias que demostraban que muchos de los ataques, si no todos, habían sido organizados.

La mayoría de estas preguntas, y otras muchas, surgen también al abordar otros episodios iconoclastas. Al igual que en los Países Bajos, los ataques aparentemente espontáneos a menudo resultaron ser organizados y, en efecto, remarcaron eficazmente los resentimientos y las patologías individuales. Determinadas obras de arte fueron señaladas para su destrucción, puesto que ofrecían una mayor posibilidad de ganar publicidad para la causa. La ferocidad de los ataques fue seguramente atribuible, al menos en parte, a la frustración y la rabia ante la ausencia del tirano, dirigiéndose en cambio a su representación. Ciertamente era más fácil atacar a su imagen que a su prototipo viviente.[viii]

Podríamos afirmar algo similar en relación a la iconoclastia anticonfederada del BLM. Hubo monumentos que no podrían haber sido vandalizados sin un esfuerzo planificado y coordinado, como en el caso de varias estatuas de considerable tamaño y peso derribadas con sogas por grupos numerosos de manifestantes, que actuaron velozmente para no darle tiempo a la policía. La elección de ciertas esculturas especialmente significativas tampoco parece casual. Por lo demás, la vehemencia destructiva contra las mismas, el encarnizamiento con que fueron atacadas, sugiere que se dio un fenómeno psicológico de proyección: como los opresores de carne y hueso no están físicamente presentes, se descarga la ira vindicatoria contra aquellas imágenes que los representan, olvidando por un instante que se trata de un procedimiento de transferencia o sustitución.

“Las recurrencias son sorprendentes”, reflexiona Freedberg. “Incluso un estudio superficial deja claro con qué frecuencia la política se mezcla con la teología y cómo patologías individuales pueden cruzarse y a menudo exacerbar los contextos históricos específicos de determinados momentos y movimientos iconoclastas”. Y luego acota:

Amazon.com: La destruccion de la Estatua de Bel por Cornelis Cort: Home &  Kitchen

La destrucción de la estatua de Bel  por Maarten van Heemskerck, 1567

Tomemos, por ejemplo, el cupido que orina en la boca de una antigua estatua ya destruida en el grabado La destrucción de la estatua de Bel, una estampa de 1567 realizada por Maarten van Heemskerck. La acción es prácticamente idéntica a la de un joven que orina sobre el rostro de una estatua caída de Saddam Hussein en 2003. Queda claro que ya no se trata de dioses (de las personas o del arte), sino que simplemente se han derrumbado y ahora tan solo son falsos ídolos que pueden ser insultados de un modo impensable si siguiesen vivos o continuasen siendo deidades. Sin embargo, actos como estos sugieren que este tipo de insultos son percibidos y sentidos como algo verdaderamente importante debido a que transmiten la sensación de ser agresiones físicas a un prototipo viviente.

En esta combinación de religión, política y sensualidad de las imágenes la persistencia asombrosa de formas aparentemente similares de profanación y destrucción se hace aún más comprensible. Los actos iconoclastas y de censura adquieren formas estereotipadas. Esto es el resultado de una etiología común: el acto para eliminar lo viviente en una imagen o su profanación corporal, de modo que su estatus material descalifique su estatus sagrado o superior (ya sea estética o políticamente).

[…] Ver este tipo de imágenes agredidas y dañadas siempre provoca un shock. Los espectadores perciben que dichos ataques no solo se aplican sobre los cuerpos que ven, sino también, de forma inquietante, en cierto modo, sobre sus propios cuerpos. Este sentido de empatía con los objetos observados es lo que garantiza su efectividad. […] Precisamente esto último es lo que demuestra más poderosamente la vida de la imagen, ofreciendo la indicación más clara de la habilidad con la que fue hecha.

Todo esto nos obliga a pensar más detenidamente acerca de la visualización de la iconoclasia solamente en términos históricos o políticos. En ocasiones, los primeros resultan tan clamorosos que parecen anular las limitaciones de estos últimos. No es solo una cuestión relacionada con la persona concreta que representa la imagen. […] Nada de esto puede explicar adecuadamente la violencia con la que fueron eliminadas y las múltiples formas de destrucción de lo que parecía estar vivo aunque tan solo fuera, de hecho, una mera reproducción de lo real.

Siempre hay algo más. La voluntad de destruir una obra a menudo indica el empeño por negar que, en cierto modo, la imagen es algo viviente. Precisamente, es esta capacidad la que la convierte en algo peligroso, en objeto que precisa ser eliminado, mutilado y destruido. Los temas históricos no se pueden resolver al margen de los psicológicos.[ix]

The hashtag #BlackLivesMatter first appears, sparking a movement - HISTORY

Esto se aplica también a la iconoclastia del BLM. El intenso goce material o corporal –y no solo simbólico o metonímico– con que se destruyeron los monumentos confederados revela que hubo un componente psíquico más profundo en este accionar punitivo. Si por unos instantes no se sintiera inconscientemente que las estatuas del general Lee están vivas, el pasado y la política no serían suficientes para explicar tanta pasión y tanto celo iconoclastas. Llega un punto en que la psicología se vuelve irreductible a la historia y la sociología, por mucho que estas nos ayuden a comprender el comportamiento humano a la luz de factores económicos y culturales de carácter contextual.

Aunque la tormenta iconoclasta contra la Lost Cause amainó este año, con el demócrata y «progresista» Joe Biden de presidente, cabe esperar que recrudezca en cualquier momento, tan pronto como el BLM experimente un nuevo auge de protestas y revueltas. No hay de qué extrañarse: los lugares de memoria están saturados de ideología, y, por ende, de política. Cuando el consenso se diluye, cuando el conflicto social se agudiza y sale con ímpetu a la superficie, ¿cómo pretender que los monumentos confederados permanezcan al margen, a salvo? Menos aún si, en tanto obras de arte figurativas, calculadamente vívidas en su artilugio mimético, ejercen ese influjo irresistible de amor-odio que Freedberg llamó, con quirúrgica precisión semántica, the power of the images, el poder de las imágenes.

NOTAS

[i] Personaje imaginario que simboliza al Sur estadounidense en general, y a los antiguos Estados Confederados de América (1861-65) en particular. Se lo representa con chaqueta, pantalones y gorra de color gris –el uniforme que usaban los soldados sudistas–, y a menudo, sosteniendo un arma o la rebel flag. Su contraparte simétrica es Billy Yank, prosopopeya o personificación del Norte.

[ii] El tarring & feathering es una tradición de castigo popular, no oficial, típica de los países anglosajones, actualmente en desuso. Se lo practicaba con quienes transgredían los valores morales de la plebe: criminales, usureros, comerciantes especuladores, terratenientes abusivos, empresarios explotadores, rompehuelgas, adversarios políticos, funcionarios impopulares, policías o militares represores, recaudadores de impuestos, etc. Las víctimas eran inmovilizadas y desnudadas, rociadas con alquitrán de pino caliente y luego cubiertas con plumas, a modo de represalia y escarmiento, de humillación y escarnio públicos. Los orígenes de esta punición popular se remontan a la Inglaterra medieval. Fue muy utilizada por los rebeldes norteamericanos durante la revolución y guerra de Independencia, y también por los pioneros del Far West en el siglo XIX. Durante la centuria pasada fue perdiendo vigencia, hasta su virtual extinción.

[iii] La efeméride hace referencia a la abolición de la esclavitud en Texas, último baluarte esclavista del Sur en la guerra de Secesión. El 19 de junio de 1865, poco después de que el Ejército Confederado de Trans-Mississippi se rindiera, el general nordista Gordon Granger proclamó desde Galveston la liberación de toda la esclavatura texana, de por sí muy numerosa y recientemente acrecentada por la inmigración de plantadores sudistas exiliados desde el este: Alabama, Georgia, etc.

[iv] El monumento retrata al mítico general sudista montando a Traveller, su corcel más famoso. La escultura está hecha en bronce, y fue instalada en 1924, en pleno auge de la Lost Cause y del segundo Ku Klux Klan, cuando todo el Sur se llenó de monumentos confederados. Su autor es el artista plástico Henry Shrady, célebre por su estatua ecuestre del Gral. Grant frente al Capitolio, en Washington DC. Shrady murió prematuramente, y la obra debió ser concluida por otro escultor, el italiano Leo Lentelli.

[v] Nora, Pierre, Pierre Nora en Les liex de mémoire. Santiago de Chile, Trilce, 2009, pp. 24-25.

[vi] Freedberg, David, El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta. Madrid, Cátedra, 1992, p. 29.

[vii] Freedberg, Iconoclasia: historia y psicología de la violencia contra las imágenes. Bs. As., Sans Soleil, 2017, p. 15.

[viii] Ibid., p. 40.

[ix] Ibid., pp. 51-58.

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Comparto con mis lectores este interesante trabajo del historiador argentino Federico Mare sobre la llamada causa perdida (Lost Cause). Tras su derrota en la guerra civil, el Sur desarrolló una narrativa explicando su rebelión como una acto “autodeterminación”. Es  así como, el conflicto civil para a sser representado como una guerra de independencia en la que el Sur luchaba por su libertad frente a la agresión del Norte. De acuerdo con los antiguos confederados, su rebelión no había sido causado por su deseo de mantener la esclavitud como la base económica de su sociedad, sino por su deseo de salvar su forma de vida y su “libertad”.

Mare analiza muy bien el origen, desarrollo y significado del mito de la  Lost Cause, vinculándole con las actuales luchas raciales en Estados Unidos.


La causa perdida de la Confederación y la anatomía de un mito reaccionario en tiempos del Black Lives Matter

El 12 de agosto de 2017, una mujer murió asesinada en la ciudad sureña de Charlottesville, Virginia, a manos de un activista de extrema derecha, por reclamar la remoción de un monumento del general Robert Edward Lee. La noticia conmocionó a los Estados Unidos. Tras la tragedia, cobró impulso, en muchas partes del país, el movimiento anticonfederado de desmonumentalización. Numerosos memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas, etc., fueron retirados o vandalizados. Cuando parecía que la revuelta iconoclasta era cosa del pasado, el crimen de George Floyd en Mineápolis –perpetrado por la policía de Minnesota el 25 de mayo de 2020, en medio de la crisis pandémica– la revitalizó. Más aún: la potente caja de resonancia del Black Lives Matter (BLM), con sus protestas y puebladas masivas, le dio al movimiento desmonumentalizador una magnitud inédita, nunca antes alcanzada. El presente ensayo aborda un aspecto del imaginario cultural estadounidense que resulta clave para contextualizar y comprender estos sucesos.

No vaya a creerse que el revisionismo histórico de derecha es privativo de Argentina. Los Estados Unidos también tienen uno. Y goza, por cierto, de muy buena salud. Aquí, en estas latitudes australes desde donde escribo, el camino preferido de los historiadores revisionistas de derecha (Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta, Manuel Gálvez y epígonos) ha sido siempre la apología e idealización de Juan Manuel de Rosas y su época. Allá, en el país del Tío Sam, la senda predilecta de los revisionistas conservadores más recalcitrantes ha sido, tradicionalmente, la justificación ideológica y la evocación romántica del Viejo Sur, vale decir, el Sur del Antebellum (1783-1861) y de la guerra de Secesión (1861-65), así como del primer Ku Klux Klan y los redeemers en la era de la Reconstrucción (1865-77).

Historians to the Rescue! - Lawyers, Guns & Money

Esta tradición historiográfica recibe el nombre de Lost Cause of the Confederacy (causa perdida de la Confederación), o, más a menudo, simplemente Lost Cause. Sus fundadores fueron el periodista Edward Pollard (1832-1872), el general retirado Jubal Early (1816-1894) y el expresidente de los Estados Confederados Jefferson Davis (1808-1889). Luego vendrían muchos más, tanto a fines del siglo XIX y a lo largo del XX, como en lo que va del nuevo milenio. Pero Pollard, Early y Davis fueron los pioneros. Ellos sentaron las bases del revisionismo histórico sudista.

Su pathos es la nostalgia; su ethos, el panegírico. Hace gala de una retórica deslumbrante, pero el rigor científico no está entre sus mayores virtudes. Es un discurso plagado de tergiversaciones, omisiones y exageraciones tendenciosas, que nace y termina en la General Order No. 9, el discurso de despedida del general Lee a sus tropas, con motivo de la rendición del Sur. La sentimental General Order No. 9 es la musa inspiradora del relato de la Lost Cause, y también su lecho de Procusto.

Cuartel General, Ejército de Virginia del Norte, 10 de abril de 1865

Orden General

Nº 9

Después de cuatro años de arduo servicio marcado por un coraje y fortaleza insuperables, el Ejército de Virginia del Norte se ha visto obligado a rendirse ante las cifras y los recursos.

No necesito decir a los valientes supervivientes de tantas batallas combatidas, que han permanecido firmes hasta el final, que he consentido este resultado sin ninguna desconfianza hacia ellos, pero la sensación de que el valor y la devoción no podrían conseguir nada que pudiera compensar las pérdidas que supondría la continuación de la contienda, han hecho que decida evitar el inútil sacrificio de aquellos que prestaron servicios y se ganaron el afecto de sus compatriotas.

Según los términos del acuerdo, oficiales y hombres pueden regresar a sus hogares y permanecerán allí hasta el intercambio. Podéis estar satisfechos siendo conscientes del deber fielmente realizado; y yo sinceramente ruego que Dios misericordioso os bendiga y proteja.

Con una incesante admiración por vuestra constancia y devoción hacia vuestro país, y un recuerdo agradecido por vuestra consideración amable y generosa hacia mí, os saludo a todos con una cariñosa despedida.

R. E. Lee, General, Orden General nº 9.

La Lost Cause, la causa perdida de la Confederación, es la política de la memoria del supremacismo blanco sureño. La segregación racial institucionalizada (leyes de Jim Crow) que el movimiento de derechos civiles y el Black Power, en los 60, pusieron en crisis y lograron erradicar, lo mismo que la cultura racista de facto que ha pervivido hasta hoy en el Sur profundo (y no solo allí), reconocen, en aquella narrativa histórica mitologizada, un componente medular de su imaginario político y cultural. El relato es más o menos así:

Había una vez, en tiempos del Antebellum (antes de la guerra de Secesión), un Sur próspero, pacífico y feliz. Era una sociedad jerárquica, donde primaban el orden y la armonía. Un organismo sano donde cada órgano cumplía su función. Cada quien ocupaba su lugar en el viejo Dixie (Sur), y todos hacían lo que debían hacer, conforme a la ley natural y divina.

Archivo:1890s pre civil war scene.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

La cabeza, la élite blanca de los plantadores, gobernaba el cuerpo social con prudencia, sabiduría, probidad y todas las otras virtudes inherentes a la aristocracia. En justa recompensa por ello, la riqueza y el prestigio estaban en sus manos. Los gentlemen sureños eran hombres rectos y cultos, honorables y gallardos. Eran epítomes de la caballerosidad, y nada tenían que envidiarles a los nobles del Viejo Continente, aunque no detentaran títulos de nobleza. Poseían grandes plantaciones de algodón u otros cultivos, mansiones señoriales y muchos esclavos negros, a los que trataban paternalmente, con suma benignidad. Eran buenos patriotas y cristianos devotos (mayormente episcopales, es decir, anglicanos). Los más jóvenes, cortejaban a las Southern belles (bellezas sureñas) con su sofisticado arte de la galantería, cual cortesanos de Versalles en tiempos del Rey Sol.

Más abajo, la clase media: granjeros, artesanos, pequeños y medianos comerciantes, trabajadores de oficios, capataces, maestros de escuela, predicadores… Ciudadanos blancos de condición más modesta, gentes laboriosas y ahorrativas, de vida austera y sencilla. También eran –como los plantadores– buenos patriotas y cristianos devotos (bautistas sobre todo).

En la base de la pirámide social, la esclavatura, la gran masa de esclavos africanos y afrodescendientes. Negros fieles y obedientes, solícitos y diligentes, inocentes y felices, humildes y agradecidos. Y también ovejas mansas del Señor.

Es el Sur idílico, bucólico, que Dan Emmett, allá por 1859, inmortaliza en su canción Dixie, algo así como el canto del cisne de la cultura sureña del Antebellum; canción proesclavista compuesta en reacción a las críticas del abolicionismo Yankee, luego devenida, durante la guerra civil, en himno popular de la Confederación.

Me gustaría estar en la tierra del algodón

Los viejos tiempos allí no se olvidan […]

En Dixieland donde nací […]

Me gustaría estar en Dixie

Lejos, lejos

En Dixieland voy a tomar mi posición

Para vivir y morir en Dixie

Lejos, lejos, lejos hacia el sur, en Dixie.

Pero sigamos narrando el mito. Un día, el Norte tiránico, con sus abusos y agravios, con su prepotencia y agresividad, forzó al Sur a separarse de la Unión y declarar la guerra, en salvaguardia de sus derechos y modo de vida, de su libertad y dignidad (la defensa de la esclavitud fue una preocupación secundaria). La secesión era completamente legítima, pues no transgredía la letra y el espíritu de la Constitución estadounidense. Había que proteger a Dixie de Lincoln, el peor déspota populista que tuvo América en su historia.

Early, Jubal A. (1816–1894) – Encyclopedia Virginia

Los sureños eran mejores soldados. Combatían con más coraje y destreza que los Yankees. Sus generales, formados en West Point, eran los mejores estrategas de Norteamérica: Robert E. Lee, Albert Sidney Johnston, Thomas Stonewall Jackson… La mejor caballería era también la confederada. Pero los Yankees eran mucho más numerosos, y poseían más dinero, más tecnología, más industrias, más recursos. Sus generales (Grant, Sherman, Sheridan, etc.) eran desleales e inescrupulosos, ventajistas y crueles. El general Lee era infalible en sus decisiones estratégicas y tácticas, pero algunos de sus lugartenientes cometieron errores que se pagaron caro. Y así, la guerra civil la ganó finalmente el Norte.

El Sur quedó diezmado, devastado, empobrecido. Y durante largo tiempo, estuvo ocupado por las tropas federales, gobernado por interventores militares foráneos designados en Washington. Se anunció oficialmente, con bombos y platillos, que vendrían años de reparación y reconciliación para el Sur. Fue una cínica mentira. La llamada Reconstrucción resultó ser una época aún más funesta que la guerra civil, una época de opresión y corrupción, de despojo y subversión, de maltratos y humillaciones.

Los negros, desmadrados por la abolición de la esclavitud, pervertidos y soliviantados por la demagogia del ala radical del Partido Republicano (derogación de los Black Codes, otorgamiento de derechos civiles y políticos, promesas o iniciativas de reforma agraria como la forty acres and a mule, asistencialismo del Freedmen’s Bureau, farsa electoral, etc.), se entregaron a la vagancia, al alcoholismo y el libertinaje sexual, al robo y las usurpaciones de tierras, a la venganza y el crimen, a la politiquería sórdida del clientelismo y el fraude. Al volverse freedmen (libertos), los negros se depravaron por completo; y los antiguos amos, desamparados, quedaron expuestos a su revanchismo feroz, a menudo sangriento.

Dixie, además, se llenó de carpetbaggers, blancos norteños que venían a hacer su agosto: funcionarios demagógicos del Partido Republicano, oficiales sedientos de promoción rápida, maestros y médicos de ideas extremistas, ministros religiosos abolicionistas, periodistas y reformadores radicalizados, mercachifles oportunistas, leguleyos deshonestos y otros forasteros advenedizos… Todos ellos tenían un mismo modus operandi: caían de repente y con vehemencia, como una plaga de langostas, como una invasión de harpías; lucraban con rapacidad, devorándolo todo; y cuando nada más quedaba por engullir, desaparecían en un abrir y cerrar de ojos, con sus inmundas carpet bags (maletas de viaje ordinarias hechas con alfombra reciclada) repletas de dólares mal habidos.

El infortunio, para colmo, se vio agravado por blancos sureños traidores que, movidos por el interés y la codicia, se incorporaron al Partido Republicano y prestaron su activa colaboración a los intrusos Yankees, obteniendo una buena tajada por su defección: los scalawags. Con su proceder digno de Judas, se ganaron el desprecio y el odio de la gente sureña de bien.

Hasta que un día, Dixie se puso de pie. Muchos ciudadanos blancos, disconformes con la Reconstrucción, añorando los tiempos del Antebellum, empezaron a unirse y organizarse. Eran los redeemers, los redentores del Sur. Hombres principistas, abnegados, lucharon con denuedo por su tierra natal. Sus objetivos eran nobles: restituir a los estados sureños su autonomía política perdida, y restaurar la paz social implantando un nuevo régimen de supremacía blanca. No pocos redeemers tomaron las armas, y nucleados en una hermandad secreta llamada Ku Klux Klan –digna emulación de los templarios, los cruzados y los caballeros del Rey Arturo– combatieron con heroísmo a los enemigos de Dixie: negros bellacos, carpetbaggers execrables y scalawags predestinados al noveno círculo del infierno dantesco.

La lucha pronto dio sus frutos. Las odiosas tropas Yankees fueron evacuadas. Los republicanos radicales acabaron siendo desalojados del poder por los demócratas borbónicos (conservadores). Los estados sureños volvieron a autogobernarse. Las leyes de Jim Crow, sin restablecer el esclavismo clásico del Antebellum (la transformación de la esclavatura en mano de obra asalariada no tuvo marcha atrás), garantizaron al menos la vigencia de un orden jerárquico aggiornado, basado en la diferenciación y separación de las razas. Y así, por fin, Dixie volvió a ser una sociedad armónica y feliz.

Thomas Nast: His Period and His Pictures (1904) Part 7 — DonkeyHotey

Esta tradición historiográfica tan alejada de la realidad, tan cercana al mito, empezó a formarse no bien concluyó la guerra civil, con el discurso de despedida del general Lee en Appomattox. Fue creciendo, poco a poco, con la efeméride del Confederate Memorial Day, cada 26 de abril; con la aparición de artículos y libros revisionistas, como la obra señera de Pollard The Lost Cause (1866); con la proliferación de asociaciones conmemorativas (Veteranos Confederados Unidos e Hijas Unidas de la Confederación, entre otras); con la construcción de monumentos a los próceres militares y civiles del Sur separatista, como Lee, Stonewall Jackson y Davis (especialmente los de la Monument Avenue, en Richmond); con la inauguración, en 1896, del Museo de la Guerra Civil Estadounidense. Hacia principios del siglo XX, la tradición de la Lost Cause ya había alcanzado su madurez, y estaba firmemente arraigada en el imaginario blanco sureño. Las artes de la época (literatura, teatro, música, pintura, etc.), con su nostalgia omnipresente del viejo Dixie, con su épica marcial del uniforme gris y la rebel flag, así lo evidencian.

Lost Cause of the Confederacy - Wikipedia

El 3 de junio de 1907, con motivo del 99º aniversario del natalicio de Jefferson Davis (el único presidente que tuvieron los Estados Confederados de América en su corta existencia de cuatro años), se realizó un desfile a caballo por las calles de Richmond, Virginia, la antigua capital del Sur secesionista. Fue un acto multitudinario, cuidadosamente organizado, de gran colorido y solemnidad. Miles de añosos veteranos de la Confederación, pulcramente ataviados con sus uniformes de gala y condecoraciones de guerra, cabalgaron hasta el Jefferson Davis Monument enarbolando un sinnúmero de banderas rebeldes, con sus trece estrellas blancas y su cruz azul de San Andrés recortada sobre fondo rojo. Muchas esposas, viudas e hijas de soldados confederados participaron del homenaje. Desafiando el paso del tiempo, el general retirado George Washington Custis Lee, hijo mayor de Robert E. Lee, encabezó el desfile. Tenía a la sazón 74 años de edad. Asumió complacido, orgulloso, el rol que todos esperaban de él: ser una reliquia viviente del Viejo Sur en pleno siglo XX. Una periodista virginiana, Edyth Gertrude Carter Beveridge, capturó con su cámara, para la posteridad, esta conmemoración patriotera rayana en lo grotesco.

The end of the South's Religion of the Lost Cause (COMMENTARY)El relato de la Lost Cause vino a cumplir, en los Estados Unidos de la posguerra civil, una doble función ideológica de importancia capital. Por un lado, religó al Nuevo Sur con el Viejo, exorcizando los sentimientos de culpa, vergüenza y desánimo de muchos sureños blancos. Por otro, reconcilió al Nuevo Sur con el resto del país, y al resto del país con el Nuevo Sur. Recapitulemos sus premisas: 1) la esclavitud no había sido tan mala después de todo, debido a su carácter paternalista; 2) fue la defensa de las autonomías estaduales, más que los intereses creados de los plantadores, lo que condujo a la secesión y la guerra civil; 3) los sureños se escindieron de la Unión no por gusto, sino obligados por las circunstancias; 4) la victoria del Norte fue más demográfica, tecnológica y económica que propiamente militar; 5) el Gral. Lee nunca cometió un error, aunque sí algunos de sus subalternos; 6) los soldados y oficiales confederados merecen el respeto y la admiración de todos –incluso de sus antiguos enemigos– por su valentía, eficiencia, honorabilidad y patriotismo; 7) la política republicana de Reconstrucción, presa del radicalismo, incurrió en demasiados excesos e injusticias; 8) finalizada la ocupación militar, los redeemers pusieron las cosas en su lugar; 9) la violencia del KKK fue en legítima defensa; 10) el nuevo orden sureño del separate but equal (separados pero iguales) consiguió pacificar y armonizar la convivencia de razas, sin transgredir la Enmienda XIV de la Constitución. Pocas veces la historiografía moderna ha estado tan saturada de mitopoiesis, tan abocada a la idealización y falsificación del pasado, como en las narrativas de la Lost Cause.

Muere el último galán que quedaba vivo de 'Lo que el viento se llevó' |  Cultura | Cadena SEREl romanticismo de la Lost Cause dejó una huella indeleble en la literatura y el cine estadounidenses del siglo XX. Lo encontramos, tempranamente, en la trilogía novelística de Thomas Dixon sobre la Reconstrucción, publicada entre 1902 y 1907: The Leopard’s SpotsThe ClansmanThe Traitor. Y más tarde, en la saga que Faulkner le dedicó a los Sartoris, igual que en Lo que el viento se llevó (1936), la obra cumbre de Margaret Mitchell. Lo hallamos también en películas emblemáticas de Hollywood como El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, basada en la precitada trilogía de Dixon, donde los clansmen, los encapuchados del KKK, idealizados cual paladines de un cantar de gesta medieval, realizan épicas cabalgatas al son del Walkürenritt de Wagner, y ajustician a un negro facineroso que trató de violar a una joven blanca de angelical inocencia. Y lo encontramos, desde luego, en la célebre adaptación cinematográfica que Victor Fleming hizo del bestseller de Mitchell, estrenada en el 39. No podemos olvidarnos, tampoco, de Gods & Generals, tanto en su versión novelística original de Jeff Shaara, que data de 1993, como en su versión fílmica ulterior de Ronald F. Maxwell, que vio la luz en 2003.

Añadamos a la lista los innumerables westerns revisionistas cuyos héroes son veteranos del Ejército confederado, o bushwhackers (guerrilleros sudistas) prófugos, que emigran al Lejano Oeste en busca de supervivencia, libertad o aventuras: vaqueros, pistoleros, bandoleros, justicieros, etc., siempre envueltos en un seductor halo romántico asociado a su «sureñidad» rebelde. Un buen ejemplo es el film El fugitivo Josey Wales (1976), dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, basado en la novela de Forrest Carter The Rebel Outlaw: Josey Wales (1972). Al inicio de la película, Josey, un apacible granjero de Misuri, decide unirse a la bushwhacking (guerrilla confederada) luego de que una banda de rufianes jayhawkers (partisanos nordistas) incendia su granja y mata a su familia.

Norte y Sur”, para todos los públicos. | DessjuestLa TV estadounidense también rindió tributo a la Lost Cause, y no pocas veces. Mencionemos, como botón de muestra, la serie Norte y Sur de David L. Wolper, exhibida por primera vez a mediados de los 80 en la pantalla de la ABC. La tira, basada en la trilogía novelística de John Jakes, se hace eco, a través de Orry Main (Patrick Swayze) y otros personajes, de muchos de los mitologemas y estereotipos más arraigados acerca del viejo Dixie: la caballerosidad sureña, las Southern belles, la magnificencia aristocrática de la plantación, el esclavismo benévolo, el heroísmo sobrehumano de los soldados confederados, la abnegación patriota de las ladies sureñas, el extremismo de los abolicionistas norteños, etc. A decir verdad, Norte y Sur no es rabiosamente sudista y confrontativa, sino salomónicamente equidistante y conciliatoria. Muestra también que había plantadores crueles, esclavos infelices, blancos sureños insatisfechos con la esclavitud y muchos Yankees de buen corazón. Norte y Sur retrata la guerra de Secesión como un inexorable choque de civilizaciones muy distintas, en más de un aspecto diametralmente opuestas. Pero en el fondo, hermanadas por una misma nacionalidad: la estadounidense. Civilizaciones que, por lo demás, con sus luces y sombras, resultan ambas entrañables, queribles por igual, si nos esforzamos en comprender sus cosmovisiones y modos de vida, sin caer en los extremos de los esclavistas más obtusos y los abolicionistas más fanáticos… La serie de Wolper es un ejemplo paradigmático de cómo las narrativas de la Lost Cause consiguieron reconciliar al Nuevo Sur con el resto de los Estados Unidos, y viceversa.

Ni siquiera la ciencia ficción más fantasiosa logró sustraerse a los cantos de sirena de la Lost Cause. John Carter, el personaje de la serie marciana de Edgar Rice Burroughs (uno de los héroes pulp fiction más populares, probablemente el más emblemático del subgénero sword & planet), es un caballero sureño de pura cepa, orgulloso de su patria chica y de su veteranía como oficial de caballería del general Lee. En sus andanzas por el planeta Barsoom (Marte), a muchos millones de kilómetros de la Tierra, insiste en presentarse ante los marcianos como el capitán (confederado) John Carter de Virginia, sin hacer alusión a su condición terrícola y humana, ni a su nacionalidad estadounidense, obviando el hecho de que su rango militar es sólo una remembranza (la guerra de Secesión había terminado, los Estados Confederados de América ya no existían más y el Ejército de Virginia del Norte tampoco). Rice Burroughs creó este personaje hacia 1911, en pleno revival de la «sureñidad» neoconfederada, cuando –por caso– la educadora e historiadora Miss Millie Rutherford, integrante conspicua de las Hijas Unidas de la Confederación, lideraba una cruzada que propugnaba la reescritura –en clave sudista– de los manuales escolares de historia. El apego tozudo, casi petulante, del capitán Carter a la identidad virginiana, a la mística confederada, está reflejado, asimismo, en la adaptación cinematográfica de Andrew Stanton, lanzada por Disney en 2012.

Todas las obras mencionadas en los párrafos precedentes, amén de reflejar en sus tramas el imaginario de la Lost Cause, han contribuido decisivamente a masificarlo y naturalizarlo, sobre todo la superproducción de Fleming, acaso el largometraje más famoso en la historia del cine. Resulta difícil exagerar el daño político que este arte nostálgico del viejo Dixie, independientemente de sus méritos o deméritos estéticos, le ocasionó al movimiento afroamericano de derechos civiles con su retahíla de mitos y estereotipos racistas.

El film Lo que el viento se llevó es elocuente en su adhesión al supremacismo blanco sureño, aun cuando dicho supremacismo esté sensiblemente atemperado –por razones oportunistas de marketing– respecto al libro de Mitchell, carente por completo de corrección política. Aparecen house negroes (negros domésticos) bonachones y joviales que no necesitan –ni quieren– ser emancipados de la esclavitud, Yankees invasores más malvados que Satanás, carpetbaggers scalawags corruptos, freedmen pervertidos por la demagogia radical, etc. etc.

Carpetbagger - Wikipedia, la enciclopedia libre

Caricatura donde el KKK amenaza con linchar a los Carpetbaggers, en Tuscaloosa, Alabama, Independent Monitor, 1868. Wikipedia

No sólo eso: la segunda parte del largometraje contiene referencias subrepticias al Ku Klux Klan que distan mucho de ser negativas. Frank Kennedy (Carroll Nye), Ashley Wilkes (Leslie Howard) y otros caballeros sureños de Georgia, hombres de bien que están hartos de los atropellos de la Reconstrucción, asisten a «misteriosos» conciliábulos… David Selznick, el productor de la película, les pidió a los guionistas que evitaran hacer mención expresa al KKK, una organización clandestina y terrorista que, no obstante hallarse en declive a fines de la década del 30, seguía existiendo y generando polémica. Pero la escena está, y a nadie se le escapó su significado, pues la novela de Mitchell –galardonada con un Pulitzer– era un éxito colosal de ventas desde hacía más de tres años; y en ella, la participación de Frank, Ashley y los demás gentlemen de Atlanta en la sociedad secreta de los encapuchados está no sólo explicitada, sino también narrada con tintes románticos.

De modo que, como dice el refrán, a buen entendedor, pocas palabras. El film Lo que el viento se llevó despliega, durante sus casi cuatro horas de duración, un racismo insidioso por demás eficaz en su interpelación ideológica.

La vitalidad que el movimiento neoconfederado de la Liga del Sur exhibe actualmente en Alabama y otros estados meridionales, lo mismo que la contumaz persistencia del KKK, demuestran cuánto éxito tuvieron los narradores de la Lost Cause a la hora de modelar la subjetividad de su público. También lo demuestran, por supuesto, la tragedia de Charlottesville, protagonizada por la coalición de ultraderecha Unite The Right, y la virulenta resistencia al movimiento de desmonumentalización del pasado confederado, que tantos logros y repercusión ha cosechado estos últimos años, con la oleada de remociones y vandalizaciones de memoriales, estatuas, obeliscos, placas conmemorativas y otros símbolos del rancio Dixie separatista. La ideología sureña del supremacismo blanco no hubiese llegado tan lejos sin el concurso de la Lost Cause; mito reaccionario que ya tiene a sus espaldas un siglo y medio de historia.

La tarde del jueves 4 de abril de 1968, en el Lorraine Motel de Memphis, Tennessee, un francotirador segregacionista apostado en el baño gatilló su Remington 760. La bala dio en el blanco, a 60 metros de distancia: un afroamericano de mediana edad que tomaba aire en el balcón del segundo piso, muy cerca de la habitación 306 donde estaba hospedado. La víctima, impactada de lleno en la cabeza, se desplomó en el suelo. Fue un magnicidio. El afroamericano en cuestión era nada menos que un nobel de la paz, el máximo referente del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos: Martin Luther King. Ya no haría más giras, ni pronunciaría más discursos.

El arma que le arrebató la vida a Martin Luther King en centésimas de segundo fue cargada con odio racial durante más de 150 años. Ese odio sería ininteligible, imposible de comprender, sin el ideologema de la causa perdida de la Confederación. Hay que tener esto presente cada vez que nuestra cinefilia, por inercia o placer, nos haga volver a ver Lo que el viento se llevó. Si este ensayo ha servido para comprender por qué el BLM ha dedicado tanto tiempo y energía, tanta pasión, a remover o destruir los monumentos confederados del Sur, entonces ha cumplido con su misión. La saña iconoclasta, por muy excéntrica e inexplicable que nos parezca, siempre esconde un por qué.

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Spectators and re-enactors gathered at Appomattox Court House to commemorate the 150th anniversary of Robert E. Lee’s surrender. CreditTravis Dove for The New York Times

ON April 9, 1865 — Palm Sunday — Lt. Gen. Ulysses S. Grant and Gen. Robert E. Lee negotiated their famous “Gentlemen’s Agreement” of surrender. In the ensuing celebration, a relieved Grant told his men, “The war is over.”

But Grant soon discovered he was wrong. Not only did fighting continue in pockets for weeks, but in other ways the United States extended the war for more than five years after Appomattox. Using its war powers to create freedom and civil rights in the South, the federal government fought against a white Southern insurgency that relied on murder and intimidation to undo the gains of the war.

And yet the “Appomattox myth” persisted, and continues today. By severing the war’s conflict from the Reconstruction that followed, it drains meaning from the Civil War and turns it into a family feud, a fight that ended with regional reconciliation. It also fosters a national amnesia about what wars are and how they end, a lacuna that has undermined American postwar efforts ever since.

Appomattox, like the Civil War more broadly, retains its hold on the American imagination. More than 330,000 people visited the site in 2013. In Steven Spielberg’s “Lincoln,” as in many other popular portrayals, the meeting between Lee and Grant suggests that, in the words of one United States general at the surrender, “We are all Americans.”

Although those words were allegedly spoken by Ely Parker, a Tonawanda Seneca Indian, and although hundreds of thousands of African-Americans fought for the nation, the “we” in the Appomattox myth all too often is limited to white Americans. In fanciful stories of Grant’s returning a ceremonial sword to Lee, or of the United States Army’s saluting its defeated foes at the laying-down-of-arms ceremony, white Americans fashioned a story of prodigal sons returning for a happy family portrait.

civil-war-sumter75-popupGrant himself recognized that he had celebrated the war’s end far too soon. Even as he met Lee, Grant rejected the rebel general’s plea for “peace” and insisted that only politicians, not officers, could end the war. Then Grant skipped the fabled laying-down-of-arms ceremony to plan the Army’s occupation of the South.

To enforce its might over a largely rural population, the Army marched across the South after Appomattox, occupying more than 750 towns and proclaiming emancipation by military order. This little-known occupation by tens of thousands of federal troops remade the South in ways that Washington proclamations alone could not.

And yet as late as 1869, President Grant’s attorney general argued that some rebel states remained in the “grasp of war.” When white Georgia politicians expelled every black member of the State Legislature and began a murderous campaign of intimidation, Congress and Grant extended military rule there until 1871.

Meanwhile, Southern soldiers continued to fight as insurgents, terrorizing blacks across the region. One congressman estimated that 50,000 African-Americans were murdered by white Southerners in the first quarter-century after emancipation. “It is a fatal mistake, nay a wicked misery to talk of peace or the institutions of peace,” a federal attorney wrote almost two years after Appomattox. “We are in the very vortex of war.”

Against this insurgency, even President Andrew Johnson, an opponent of Reconstruction, continued the state of war for a year after Appomattox. When Johnson tried to end the war in the summer of 1866, Congress seized control of his war powers; from 1867 to 1870, generals in the South regulated state officials and oversaw voter registration, ensuring that freedmen could claim the franchise they had lobbied for. With the guidance of military overseers, new biracial governments transformed the Constitution itself, passing the 13th, 14th and 15th Amendments.

The military occupation created pockets of stability and moments of order. Excluded from politics before the war, black men won more than 1,500 offices during Reconstruction. By 1880, 20 percent of black families owned farms.

But the occupation that helped support these gains could not be sustained. Anxious politicians reduced the Army’s size even as they assigned it more tasks. After Grant used the military to put down the Ku Klux Klan in the Carolinas in 1871, Congress and the public lost the will to pay the human and financial costs of Reconstruction.

Once white Southern Democrats overthrew Reconstruction between the 1870s and 1890s, they utilized the Appomattox myth to erase the connection between the popular, neatly concluded Civil War and the continuing battles of Reconstruction. By the 20th century, history textbooks and popular films like “The Birth of a Nation” made the Civil War an honorable conflict among white Americans, and Reconstruction a corrupt racial tyranny of black over white (a judgment since overturned by historians like W. E. B. DuBois and Eric Foner).

Beyond the problem of historical accuracy, separating the war and the military from Reconstruction contributes to an enduring American amnesia about the Army’s role in remaking postwar societies. Many of the nation’s wars have followed the trajectory established at Appomattox: Cheers at the end of fighting are replaced by bafflement at the enduring conflict as the military struggles to fill the defeated government’s role, even as the American public moves on. After defeating Spain in the Spanish-American War, the Army undertook bloody campaigns to suppress rebellions and exert control over the Philippines, Cuba and Puerto Rico. After World War II, a state of war endured into the 1950s in the occupation of Japan and Germany. And in the recent wars in Afghanistan and Iraq, the United States military’s work had barely begun when the fighting stopped — and the work continues, in the hands of American-backed locals, today.

While it is tempting to blame the George W. Bush administration for these recent wars without end, the problem lies deep within Americans’ understanding of what wars are. We wish that wars, like sports, had carefully organized rules that would steer them to a satisfying end. But wars are often political efforts to remake international or domestic orders. They create problems of governance that battles alone cannot resolve.

Years after the 1865 surrender, the novelist and veteran Albion Tourgée said that the South “surrendered at Appomattox, and the North has been surrendering ever since.” In so many wars since, the United States won the battlefield fighting but lost ground afterward.

With the benefit of hindsight, we can learn, as Grant did, the dangers of celebrating too soon. Although a nation has a right to decide what conflicts are worth fighting, it does not have the right to forget its history, and in the process to repeat it.

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Could the South Have Won the War?

disunion45By March 1865, it was obvious to all but the most die-hard Confederates that the South was going to lose the war. Whether that loss was inevitable is an unanswerable question, but considering various “what if” scenarios has long been a popular exercise among historians, novelists and Civil War buffs

To explore that question, historians often use a concept known as contingency: During the war, one action led to a particular outcome, but if a different action had been taken it would have led to a different outcome. The problem with each scenario, though, is that although superficially persuasive, it collapses under the weight of contradictory facts.

Perhaps the most common scenario centers on the actions of Gen. Robert E. Lee. Some modern historians have attributed the Confederate defeat to Lee’s aggressiveness, implying that, if he had adopted a more defensive strategy, or even carried out guerrilla warfare after Appomattox, perhaps Lee could have held the North at bay until it tired of the conflict and sought a negotiated settlement.

But was this really possible considering the expectations of the Confederate people? Southerners were convinced they were superior soldiers and expected their armies to defeat the enemy on the battlefield. Politically, Lee could not have adopted a purely defensive strategy because the people would not have stood for it. Nor was guerrilla warfare an option. Events in Missouri, Tennessee and other areas where guerrillas operated during the war clearly showed how such brutal warfare devastated entire regions and broke down morale. There simply would not have been enough popular support to sustain such a strategy for long.

Some argue that the Confederates could have won if they had held Atlanta, Mobile, Ala., and the Shenandoah Valley beyond the 1864 election. Northern voters, dispirited by the stalemate, would have elected George B. McClellan president, and he would have bowed to the Democratic Party’s peace faction and opened negotiations with the Confederates.

Such speculation, however, is not supported by historical fact. In his letter accepting the Democratic nomination, McClellan clearly rejected the peace plank. There seems little doubt McClellan would have continued to fight if he became president, and the Union would still have eventually won. Also, a defeated Lincoln would have had four months left in office to achieve victory by launching winter campaigns. As it turned out, Gen. Ulysses S. Grant forced Lee to surrender just over one month after the inauguration. If a lame-duck Lincoln had adopted a more aggressive policy, Grant probably would have forced an Appomattox-like surrender before McClellan ever took office.

Gen. Robert E. Lee surrendering to Lt. Gen. Ulysses S. Grant at Appomattox Courthouse, April 9, 1865.

Gen. Robert E. Lee surrendering to Lt. Gen. Ulysses S. Grant at Appomattox Courthouse, April 9, 1865.Credit Library of Congress


Confederate defeat has also been blamed on King Cotton diplomacy. If the Confederates had sent as much cotton as possible to Europe before the blockade became effective instead of hording it to create a shortage, they could have established lines of credit to purchase war material. This argument is true, but it misses the point. While the Confederates did suffer severe shortages by mid-war, they never lost a battle because of a lack of guns, ammunition or other supplies. They did lose battles because of a lack of men, and a broken-down railway system made it difficult to move troops and materials to critical points. Cotton diplomacy would not have increased the size of the rebel armies, and an increasingly effective Union blockade would have prevented the importation of railroad iron and other supplies no matter how much credit the Confederates accumulated overseas.

Another diplomatic “what if” concerns European intervention. In the fall of 1862, Britain and France were prepared to extend diplomatic recognition to the Confederacy and offer to mediate a peace, but they backed away when the Union won the Battle of Antietam. In this scenario, if Lee had won the battle, Britain and France would have recognized the Confederacy and secured a peace ensuring Southern independence.

In reality, there is little likelihood the Europeans would have become involved in the war. They had already extended belligerent status to the Confederacy, which allowed it to purchase supplies and use European ports. Diplomatic recognition would have enhanced the Southerners’ prestige — but it would not have materially affected their ability to wage war.

And if the British had offered to mediate a peace, Lincoln certainly would have rebuffed them. Then what? It’s unlikely Britain would have rushed to the Confederates’ aid by breaking the blockade and provoking a war with the Union. By late 1862, emancipation had become a Union goal, and the abolitionist British people would never have supported their government becoming militarily involved to defend slavery. British officials also had not forgotten that American privateers devastated their merchant fleet in the War of 1812. And there was no economic incentive for Britain to become a Confederate ally, because the cotton shortage created by the blockade was soon alleviated by cotton from Egypt and India — and the trade Britain conducted with the Union far outweighed the value of Southern cotton.

Some historians have blamed the Confederate defeat on its strict adherence to states’ rights and a failure to develop a strong sense of nationalism. If the Southern people had been more successful in forming a national identity, Jefferson Davis could have nationalized the railroads and industry, and the governors would have cooperated more with Richmond. A powerful central government and a stronger sense of national identity would also have helped sustain morale when the war began to go badly. Instead, the Southerners’ belief in states’ rights kept the governors at odds with the central government, and the breakdown in civilian morale weakened the army by causing more soldiers to desert.

But that assessment underestimates what the South managed to accomplish. Rather than blaming the Confederates’ defeat on a lack of nationalism, one should marvel that they maintained their government as long as they did. From scratch, Southerners created a functioning constitutional government and a formidable military that included 80 percent of the eligible white males. The Confederates quickly developed a sense of nationalism in the first year of war because they believed they had no choice but either to form a separate nation or to face complete ruin. The string of victories in Virginia in 1861 and 1862 only increased this national pride. Even when the war began to go badly and the enemy occupied large sections of the Confederacy, most Southern whites were determined to fight on because they knew their homes would be the next to feel the invaders’ wrath if they did not.

civil-war-sumter75-popupSlavery and racial views also played an important role in Confederate nationalism. When the Emancipation Proclamation was issued, Southern whites’ resolve strengthened because they realized if they lost the war, the very cornerstone of their society would be destroyed. The sight of black soldiers deep in the Confederate heartland outraged Southern whites, but in the war’s last year those same Southerners were willing to enlist slaves to fight on their side. Confederate emancipation would have been unthinkable earlier in the conflict, but by 1865 many Southerners supported recruiting slaves as a way to strengthen the army and win European recognition. To achieve independence, they were willing to sacrifice the very thing they went to war to protect

There are notable examples in history where a weaker people defeated a stronger one. The American Revolution and the Vietnam War immediately come to mind, but the Americans and North Vietnamese had the military backing of the superpowers France and the Soviet Union, respectively. In virtually all cases where a weaker people have prevailed, they had a greater determination to win and were willing to fight for years and suffer horrendous casualties to wear down the enemy.

The Confederacy had no such backing, and a credible argument can be made that its defeat was inevitable from the beginning. What many fail to recognize is that Northerners were just as committed to winning as the Southerners. Some saw it as a war to free the slaves, while others fought to ensure that their republican form of government survived. Northerners believed that America was the world’s last great hope for democracy, and if the South destroyed the Union by force, that light of liberty might be extinguished forever. Lincoln once said the North must prove “that popular government is not an absurdity. We must settle this question now, whether in a free government the minority have the right to break up the government whenever they choose. If we fail it will go far to prove the incapability of the people to govern themselves.”

The South may have been fighting to preserve a way of life and to protect its perceived constitutional rights, but so was the North. If the Southern people kept fighting even after the devastating defeats at Gettysburg, Vicksburg and Chattanooga, why should we not believe the North would have kept on fighting even if the Confederates had won Gettysburg, Vicksburg and Chattanooga? The fact is that both sides were equally brave and equally dedicated to their cause. Commitment and morale being the same, the stronger side prevailed.


Sources: Terry L. Jones, “The American Civil War.”

 Terry L. Jones

Terry L. Jones is a professor of history at the University of Louisiana, Monroe and the author of several books on the Civil War

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The Political War

Allen C. Guelzo

The New York Times  June 5, 2014

A Union artillery battery at Cold Harbor. Library of <Congress

A Union artillery battery at Cold Harbor. Library of <Congress

Pity Abraham Lincoln. Everything that should have gone right for the Union cause in the spring of 1864 had, in just a few weeks, gone defiantly and disastrously wrong.

For two years, the 16th president had toiled uphill against the secession of the Confederate states, against the incompetence of his luckless generals and against his howling critics from both sides of the congressional aisle. Finally, in the summer and fall of 1863, the course of the war had begun to turn his way. Two great victories at Gettysburg and Vicksburg staggered the Confederates, and those were followed by a knockdown blow delivered at Chattanooga by the man who was fast becoming Lincoln’s favorite general, Ulysses S. Grant. “The signs look better,” Lincoln rejoiced, “Peace does not appear so distant as it did.”

Peace was not the only thing that would be brought closer by victory. The presidential election of 1864 was looming, and if Lincoln had any desire for a second term, a victorious end to the war was the surest way to secure it. He had never seriously considered taking what appeared to some people as an obvious shortcut to remaining in office – declaring the war to be a national emergency and suspending elections for the duration, though two Union governors, in Indiana and Illinois, had done what amounted to that on the state level. That only made the need for military victory all the more urgent, and so Lincoln installed Grant as general in chief of all the Union armies in March 1864, and Grant obliged him with a comprehensive strategic plan that united Union assaults in Georgia, Alabama and, under his own direct command, in Virginia.

None of it worked, and the place where it seemed to work the least was under Grant’s own nose. Crossing the Rapidan River on May 4, 1864, Grant’s army entered at once into a series of head-to-head contests with Robert E. Lee’s fabled Army of Northern Virginia. Fighting three pitched battles – at the Wilderness, Spotsylvania Court House and the North Anna River – and enduring numerous smaller collisions, Grant worked his way down toward the Confederate capital at Richmond, which he got within 10 miles of by the end of the month. But the fighting had cost a colossal total of 40,000 dead, wounded and missing, and Lincoln gloomily understood that the Northern public “hold me responsible.”

They weren’t the only ones. Radicals within Lincoln’s own Republican Party in Congress had long been convinced that Lincoln’s preference for a soft postwar Reconstruction was dis-heartening the Republican base. They were further angered when the Republican national committee, headed by Lincoln’s ally Edwin D. Morgan, met in late February 1864 and announced that the party would hold its presidential nominating convention in Baltimore in June, not as “Republicans,” but as the “National Union Convention.” As Grant’s campaign in Virginia ground agonizingly forward, the most vehement of the Radicals – led by Frederick Douglass, Wendell Phillips and Horace Greeley – staged a protest convention in Cleveland’s Cosmopolitan Hall, and on June 4 nominated the Radical darling, John Charles Fremont.

If ever there was a moment when Lincoln needed good news from the battlefield, it was now, and Grant wanted to deliver it. The staggering blows he had dealt the rebels convinced him a little too easily that the Confederates were “really whipped,” that “our men feel they have gained morale over the enemy and attack with confidence,” and that with one more blow, “success over Lee’s army is already assured.” On June 1, Grant launched a hasty strike at Cold Harbor, before the bulk of his army could get into action. Even so, the attack cracked the Confederate defenses on the Cold Harbor road and forced them to fall back. With another good push, Grant might just be able “crush Lee’s army on the north side of the James, with the prospect in case of success of driving him into Richmond, capturing the city perhaps without a siege, and putting the Confederate government to flight” – not to mention providing a rousing military endorsement for Lincoln’s renomination.

But Grant, in his eagerness, had badly misread the Confederates, and when he launched a full-dress attack at Cold Harbor on June 3, it resembled (as one Confederate general put it) “not war but murder.” Well-prepared Confederate infantrymen mowed down federal at-tackers. Grant’s army sustained 3,500 casualties in the main attack and another 2,500 in related actions that day, and the armies settled into a miserable standoff.

Yet Grant carefully limited his report of the Cold Harbor debacle to four terse sentences, including the claim that “our loss was not severe.” And in the official report of the campaign he filed after the war, Cold Harbor consumed just three sentences in 51 pages. For years afterward, Grant’s doubters wondered whether he had deliberately soft-pedaled the failure at Cold Harbor in order to limit political damage to Lincoln on the eve of the Baltimore convention. There is no direct evidence of such collusion; still, Grant’s dismissal of his losses as “not severe” is peculiar.

Even more peculiar, newspaper reporting from the field was shut down by the War Department because of “a violent storm.” The New York Times (whose editor, Henry Raymond, was the new chairman of the National Union Party’s national Committee) did not publish an ac-count of the June 3 attack for three more days, and even then, merely observed that “losses were inconsiderable.”

Strangest of all, however, was Grant’s refusal to propose a truce to recover the wounded from the battlefield until June 7. Military tradition dictated that only the loser of an engagement asked for such a truce. Even though there could not have been much debate about who had won and who had lost at Cold Harbor, Grant delayed the truce agreement (and any public admission of defeat) for four days, while men suffered and died from thirst, blood loss and exposure.

By June 7, however, any anxiety that bad news from Cold Harbor would endanger Lincoln’s nomination was past. That same day, the Union National Convention opened at the Front Street Theater in Baltimore, with Robert J. Breckinridge asking triumphantly, “Does any one doubt that this convention intends to say that Abraham Lincoln shall be the nominee?” They did not, and the next day, undisturbed by any news of Cold Harbor, Lincoln – described by one state delegation as “the second savior of the world” – was unanimously renominated by the convention.

Given how diligently the National Union Party’s staff had worked to ensure Lincoln’s renomination in the months before the Baltimore assembly, even the freshest news from Cold Harbor might not have made much difference. But keeping the ill wind at bay certainly did not hurt. Nor was it uncommon in this war for the impact of bad military news to be blunted by creative hesitation. One of Grant’s corps commanders was overheard telling a staffer not to report actual casualty figures: “It will never do, Locke, to make a showing of such heavy losses.” After that, wrote the officer who overheard him, “I always doubted reports of casualties.” It irked one Philadelphia newspaper on June 9 to admit that “we can scarcely find out that there was fought one of the bloodiest battles of the war, yet, until yesterday, no one knew its result.” This was, in the end, a highly political war, in which military decisions frequently turned before the winds of politics. And in the coming months, Lincoln would find far greater political challenges in the path of re-election than the ones presented by Cold Harbor.

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Sources: R.P. Basler, ed., “Collected Works of Abraham Lincoln”; Larry T. Balsamo, “’We Cannot Have Free Government without Elections’: Abraham Lincoln and the Election of 1864,” Journal of the Illinois State Historical Society 94 (Summer 2001); Gordon C. Rhea, “Cold Harbor: Grant and Lee, May 26-June 3, 1864”; Ralph Morris Goldman, “The National Party Chairmen and Committees: Factionalism at the Top”; Andrew F. Rolle, “John Charles Fremont: Character As Destiny”; The War of the Rebellion: A Compilation of the Official Records of the Union and Confederate Armies, Series One, 37 (pt 1); Gordon C. Rhea, “The Overland Campaign,” Hallowed Ground 15 (Spring 2014); The New York Times, June 6 and 8, 1864; Ernest B. Furgurson, “Not War But Murder: Cold Harbor, 1864”; D.F. Murphy, “Proceedings of the National Union Convention Held in Baltimore, Md., June 7th and 8th, 1864”; Morris Schaff, “The Battle of the Wilderness”; David E. Long, “Cover-up at Cold Harbor,” Civil War Times Illustrated 36 (June 1997).


Allen C. Guelzo, professor of the Civil War era at Gettysburg College, is the author, most recently, of “Gettysburg: The Last Invasion.”

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