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En términos generales, la segunda guerra mundial debilitó las barreras que limitaban a los grupos minoritarios y a las mujeres en los Estados Unidos. La demanda de soldados y trabajadores,   unida a la movilidad que provocó la guerra, posibilitaron un relajamiento de las limitaciones raciales y de género. Sin embargo, esto no significó el fin del racismo ni del machismo. De ahí que una vez finalizada la guerra se fortalecieran algunas de las barreras debilitadas por ésta. Es necesario concluir que, para las mujeres y las minorías étnicas, la guerra fue un periodo de considerable progreso no sólo económico, sino también social. Sólo para los japoneses-americanos la guerra fue un periodo trágico.

La demanda de mano de obra provocó un aumento en la emigración de afro-americanos de las áreas sureñas a las ciudades industriales.  Este proceso mejoró las condiciones de vida de miles de afro-americanos, pero también generó tensiones raciales, en ocasiones violentas. Por ejemplo, en 1943 se registraron motines raciales en Detroit que costaron la vida de 35 personas, 24 de ellas negras. Las organizaciones afro-americanas redoblaron sus esfuerzos en sus lucha contra la segregación racial. La segregación en las  fuerzas armadas fue tema muy delicado. A los afro-americanos se les cerró el acceso a la fuerza aérea y la marina de guerra, y se les asignó a unidades exclusivamente de negros. Para finales de la guerra, algunos campos de entrenamiento habían sido integrados  parcialmente y a los afro-americanos se les permitía servir en barcos de guerra junto a marinos blancos. Estos cambios no fueron fáciles, pero sí significativos.

Comparto un artículo de Carlos Hernández-Echevarría analizando las experiencias de los afroestadounidenses, peleando por la «libertad» y la «democracia» en un ejército segregado.


Miembros del escuadrón Tuskegee en Ramitelli, Italia, marzo de 1945.
 Dominio público

Segregados: soldados afroamericanos en la II Guerra Mundial

CARLOS HERNÁNDEZ-ECHEVARRÍA

La Vanguardia   6 de agosto de 2020

En la célebre imagen de los seis soldados estadounidenses plantando su bandera en Iwo Jima no hay ningún negro. Tampoco entre las famosas once fotos que tomó Robert Capa durante la primera oleada del desembarco de Normandía. Y no es que no hubiera ningún afroamericano en la lucha: más de un millón sirvieron en el ejército de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial, pero lo hicieron en un ejército en el que la segregación por razas era tan estricta como en el sur del país.

A la inmensa mayoría de los negros se les destinó a labores esenciales, pero menores: enterraban cadáveres, conducían camiones, reparaban tanques, cocinaban, limpiaban… y los pocos que sí tuvieron la oportunidad de entrar en combate, lo hicieron en unidades donde solo había negros. Del puñado de afroamericanos que alcanzó el grado de oficial, a ninguno se le permitió mandar sobre un blanco, aunque fuera un simple recluta.

Soldados negros almacenando munición en una isla de las Vanuatu, en el Pacífico sur, c. 1941-45.

Soldados negros almacenando munición en una isla de las Vanuatu, en el Pacífico sur, c. 1941-45.
 Dominio público

EE.UU. luchó una guerra contra los peores regímenes racistas con unas fuerzas armadas en las que el racismo era rampante, y, cuando vencieron, los victoriosos soldados negros que habían devuelto a medio mundo la libertad, regresaron a un país donde seguían siendo ciudadanos de segunda. Y fueron ellos, los veteranos negros de la Segunda Guerra Mundial, los que en buena parte levantaron el movimiento por los derechos civiles que puso fin a la segregación un par de décadas más tarde.

Un ejército blanco antes de Pearl Harbor

Empezando por la misma guerra de Independencia, los afroamericanos han luchado en todas las contiendas en las que ha participado EE.UU. Sin embargo, cuando estalló el conflicto en Europa en 1939, las fuerzas armadas del país eran casi enteramente blancas: apenas el 1% de los militares, unos 4.000, eran negros y solamente 12 habían alcanzado el rango de oficial. El Ejército solo los aceptaba en cuatro de sus unidades, la Armada solo les permitía trabajar en las cocinas y los Marines no tenían un solo soldado negro.

Todo esto empezó a cambiar, como casi siempre, por una mezcla de presión y necesidad. Un año antes del ataque japonés en Pearl Harbor, el gobierno de EE.UU. empezó a organizar un sistema nacional de reclutamiento ante el temor a una guerra. Aunque su propio ministro de Defensa había dicho que “el alistamiento de negros desmoralizará a las unidades y debilitará su efectividad mezclando a blancos y negros”, la presión de las organizaciones a favor de los derechos civiles obligó al presidente Roosevelt a llegar a una solución de compromiso.

A principios de 1940 decidió eliminar los límites al número de militares negros y, ante la amenaza de una manifestación masiva en Washington, prohibió por decreto la discriminación racial en la industria de defensa. Sin embargo, las desigualdades más profundas persistían: la segregación se mantenía intacta, con negros y blancos sirviendo en unidades separadas, y los oficiales afroamericanos no podían mandar salvo a otros negros. Cuando se anunció la medida, se especificó que los cambios no pretendían en ningún caso “que se entremezclen reclutas negros y blancos en los mismos regimientos”.

Un policía militar en moto ante la entrada para negros de este cuerpo en Columbus, EE.UU., 1942.

Un policía militar en moto ante la entrada para negros de este cuerpo en Columbus, EE.UU., 1942.
 Dominio público

Como ha sucedido siempre en la historia de la segregación racial, “separados” es en realidad un eufemismo para decir “discriminados”. La gran mayoría de los centros militares de entrenamiento estaban en el Sur, donde se exigía a los reclutas que cumplieran las leyes segregacionistas, pero la discriminación estaba también muy presente en el interior de las propias bases.

Por poner un ejemplo, el sargento afroamericano Henry Jones denunciaba en 1943 que, de las mil butacas del teatro de su base, se permitía a los negros ocupar 20 en la última fila. Tampoco podían usar otros espacios segregados y apenas podían sentarse en un puñado de asientos en el autobús, lo que les obligaba a ir caminando a todos sitios.

Ese racismo tan asentado tenía consecuencias mucho más allá del entrenamiento. Un estudio de la Escuela de Guerra del Ejército de EE. UU. había declarado en 1925 que los soldados afroamericanos eran “descuidados, inestables, irresponsables” y también “inmorales y mentirosos”. Con ese pretexto, se les destinaba en la inmensa mayoría de los casos no a unidades de combate, sino a tareas manuales. El mismo informe defendía que los negros “se consideran de forma natural inferiores”, y, por tanto, ni siquiera los que alcanzaran el rango de oficial podrían mandar a blancos.

Los héroes negros de la Segunda Guerra Mundial

La realidad se iba a encargar de desmentir todas esas falsedades. Incluso esa gran mayoría que servía en unidades de mucho trabajo y poco prestigio demostró su valía. Los conductores negros de los camiones que formaban el llamado “Expreso de la bola roja” fueron fundamentales para mantener en lucha a los tanques del general Patton a través de Europa. Durante más de ochenta días y en viajes de ida y vuelta de más de cincuenta horas, cruzaron Francia una y otra vez, conduciendo sin faros durante la noche para no dar pistas a los aviones nazis y sorteando las minas como podían.

Los pocos que sí pudieron servir en unidades de combate 100% negras también mostraron lo equivocados que estaban los expertos de la Escuela de Guerra. Los aviadores de Tuskegee, el primer “experimento” militar en que los militares permitieron la formación de pilotos negros, volaron en más de 15.000 misiones escoltando bombarderos y su pericia les valió más de 150 condecoraciones.

Lo mismo se puede decir del Batallón de Tanques 161, que liberó más de treinta ciudades europeas, o del Batallón de Globos Antiaéreos 320, que no salió en las fotos de Robert Capa, pero que sí desembarcó en Normandía y salvó muchas vidas protegiendo de los aviones nazis a las unidades blancas.

Instantánea del escuadrón Tuskegee después de la II Guerra Mundial.

Instantánea del escuadrón Tuskegee después de la II Guerra Mundial.
 Denisevosburgh1 / CC BY-SA 4.0

A pesar de la férrea segregación que vivieron las Fuerzas Armadas de EE.UU. durante toda la guerra, el alto mando no tuvo más remedio que hacer una pequeña excepción durante unas semanas en 1944. Era un helador 16 de diciembre cuando las tropas nazis aparecieron donde no se las esperaba, en el bosque de las Ardenas, y solo en los primeros 17 días de batalla provocaron más de 40.000 bajas estadounidenses. Ante esa situación de extrema necesidad, Eisenhower y los otros generales decidieron que negros y blancos podían luchar mano a mano.

La “desmoralización” que pronosticaba el ministro de Defensa cuatro años antes no se dio, más bien lo contrario. Los refuerzos afroamericanos fueron fundamentales para alcanzar la victoria, y cuando el alto mando solicitó voluntarios negros para aceptar misiones en combate, más de 4.500 se ofrecieron.

Aunque la famosa serie Hermanos de sangre se centra en la gesta de la 101 Aerotransportada en las Ardenas, fue el general en jefe de esa división el que recomendó que se condecorara al batallón negro 969, que se convirtió en la primera unidad afroamericana de combate en recibir una distinción.

La posguerra y el amargo regreso

Tras la victoria, muchas unidades negras participaron en la ocupación de Alemania. Era toda una ironía que esos soldados tuvieran que ayudar a eliminar los restos del nazismo cuando ellos mismos eran víctimas del racismo institucional tanto fuera como dentro del Ejército. Las autoridades militares estadounidenses las situaron lejos de las grandes ciudades y, según algunos autores, desconfiaban de situarlos en posiciones de poder frente a alemanes, que a fin de cuentas eran blancos.

Esos soldados, sin embargo, estaban objetivamente a gusto en Alemania, o tal vez más a gusto que de vuelta en EE.UU. Un año después de la victoria ante los nazis, los militares negros elegían reengancharse y seguir en el Ejército el triple que los blancos, y el 85% de los reclutas negros solicitaba servir en Europa, la mayoría en Alemania. Los testimonios de muchos de ellos hablan de su buena relación con la población local y del enfado de sus compañeros blancos ante ello.

Soldados blancos y negros asisten a una actuación del músico Lionel Hampton en Francfort, Alemania, 1946.

Soldados blancos y negros asisten a una actuación del músico Lionel Hampton en Francfort, Alemania, 1946.
 Bettmann / Getty Images

La realidad es que cuando regresaron, algunos convertidos en auténticos héroes de guerra, se encontraron la misma situación de discriminación que tenían antes de marchar. Muchos de ellos sufrieron palizas y humillaciones incluso llevando el uniforme. La “doble victoria” que propugnaban las organizaciones de derechos civiles, vencer al fascismo en el extranjero y al racismo en EE.UU., solo se había logrado a medias. Los elevados ideales que había prometido Roosevelt para el mundo no se habían hecho realidad en su propia casa.

Fue el presidente Truman quien decidió en 1948 desegregar las Fuerzas Armadas estadounidenses, iniciando un proceso que tardaría varios años en completarse. Sin embargo, para muchos de los soldados negros que habían contribuido decisivamente a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, el mundo no podía seguir igual. Muchos abandonaron el Sur gracias las ayudas educativas para veteranos de guerra o con los oficios que había aprendido durante su servicio militar. Otros dieron un impulso decisivo al movimiento por los derechos civiles que acabó con la segregación en los años sesenta. Después de lo vivido, no podían seguir siendo ciudadanos de segunda.

8d858-huellasLa revista digital Huellas de Estados Unidos cumple diez años de vida. Durante este periodo ha desarrollado una labor importantísima promoviendo el estudio de la historia estadounidense en América Latina. Huellas se ha convertido en unos de los pocos medios académicos dedicados  a la publicación de trabajos analizando en castellano la historia del vecino del Norte.

Para celebrar estos diez años, Huellas publica su número veinte, en gran parte dedicado al análisis del ascenso de la derecha radical y su más reciente y preocupante expresión: el ataque al Capitolio del pasado 6 de enero. Asimismo, destaca la traducción de un ensayo de dos destacados académicos afroestadounidenses, Ibram X. Kendi y Keisha Blain.  Completan este número trabajos sobre el desarrollo de Hollywood en los últimos años del siglo XX, el poder financiero en los años 1970, el tema migratorio y el significado para América Latina de la administración Biden.

Felicitamos a los colegas Valeria Carbone y Fabio Nigra por estos diez años de arduo trabajo.

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The Atlantic es una de las revistas más antiguas en Estados Unidos, pues se viene publicando desde 1857. A lo largo de los últimos 165 años, The Atlantic le ha dedicado sus páginas a temas que podríamos considerar liberales como la abolición de la esclavitud y la lucha por los derechos civiles, así como también a temas literarios. En sus páginas han han publicado escritores como James Russell Lowell, Mark Twain, Ernest Hemingway, Julia Ward Howe y Ta-Nehisi Coates.

Siguiendo su tradición de enfocar criticamente a la sociedad estadounidense, The Atlantic acaba de lanzar un proyecto «sobre la historia estadounidense, la vida de los afroamericanos y la resiliencia de la memoria»  llamado Inheritance. Su obejtivo es rescatar el conocimiento, las historias y los personajes olvidados del pasado estadounidense y, en especial, de los afroestadounidenses. Sus creadores quieren enfatizar en el papel que la capacidad de sobrevivir de los afroamericanos ha jugado en en la historia estadounidense.

Este proyecto consiste de una serie de artículos muy bien diagramados e ilustrados, escritos por periodistas y colaboradores del Atlantic. Quienes estén interesados pueden ir a aquí.

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Los días 30 de abril y 1 de mayo de 2021, la Universidad de Massachussets-Amherst celebró una conferencia virtual para conmemorar los cincuenta años de la publicación de los famosos Pentagon Papers (Papeles del Pentágono). Esta colección de documentos sobre la intervención de Estados Unidos en Indochina entre 1945 y 1967, fue creada a instancias del entonces Secretario de Defensa Robert McNamara. Filtrados por un funcionario del Pentágono llamado Daniel Ellsberg al New York Times en 1971, los documentos dejaban claro cómo el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente sobre el desarrollo de la guerra en Vietnam tanto al público como al Congreso de Estados Unidos. Tan controversial era el contenido de estos documentos que Richard M. Nixon buscó bloquear su publicación, lo que fue evitado por una decisión histórica de la Corte Suprema en junio de 1972, reafirmando la libertad de prensa en Estados Unidos.

La conferencia celebrada por UMASS-Armherts, titulada Truth, Dissent, & the Legacy of Daniel Ellsberg,  reunió a un grupo de historiadores, periodistas, activistas y «whistleblowers», quienes exploraron temas que han ocupado una parte importante en la vida Ellsberg: la guerra de Vietnam, las armas nucleares, la resistencia antibélica, los Papeles del Pentágono, Watergate, el «whistleblowing» y las guerras del siglo XXI.

En el panel plenario participaron Ellsberg y Edward Snowden, y fue moderado por la periodista Amy Goodman.

Todas las conferencias están disponlbles de forma gratuita en la página del Ellsberg Archive Project.

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El sistema electoral estadounidense puede resultar difícil de comprender por ser uno donde obtener la mayoría de los votos no garantiza ganar la presidencia.  Una de sus piezas claves y más difíciles de entender es el colegio electoral, pues es este  quien elige al presidente. Para aquellos interesados en  el origen de esta institución, el 2 de mayo el Book Break del Gilder Lehrman Instutite contará con la participación del Dr. Alexander Keyssar, quien comentará su libro Why do We Still Have the Electoral College? (Harvard University Press, 2020).  El Dr. Keyssar es profesor de Historia y Sociología en la John F. Kennedy School of Government en Harvard University.

Quienes estén interesados en esta actvidad pueden registrarse aquí.

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Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and Faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como «a Cold War watershed» (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro «inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.» (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

Comparto con mis lectores  las  reseñas de dos películas  y un documental publicadas en el seminario puertorriqueño Claridad, que recogen, como bien señala su autora, el papel que han jugado las instituciones policiacas del gobierno estadounidense en la persecución de las minorías raciales en los Estados Unidos. El primero de los largos metraje, Judas and the Black Messiah, enfoca el asesinato por la policia de Chicago -en contubernio con el FBI- del joven líder de las Panteras Negras Fred Hampton. La segunda película, titulada The United States vs. Billie Holiday, es una producción  del servicio de suscripción  de vídeo Hulu. Dirigida por Lee Daniels, este largo metraje recoje la historia de la gran cantante afroamericana Billie Holiday y de los problemas que enfrentó con el Buró Antinarcóticos. El documental reseñado (MLK/FBI) retrata la persución   del FBI  contra el Dr. Martín Luther King. Para quienes gustamos del cine, y en particular del cine histórico, estas reseñas no podrán menos que despertar nuestra curiosidad por estas películas que parecen estar destinadas a convertirse en clásicos y documentos de una era muy difícil en la historia de Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 16 de abril de 2021


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La persecución continua del F.B.I.: Judas and the Black Messiah, MLK/FBI, The United States vs. Billie Holiday

María Cristina

Claridad    16 de abril de 2021

A pesar de que creo que Mississippi Burning (Alan Parker 1988) es un excelente filme que catalogo como político por centrarse en la irracional segregación sureña de los Estados Unidos, entiendo que la manera de presentar el FBI es lo más alejado de la verdad en ese tiempo y antes y después. Aunque Judas and the Black MessiahMLK/FBI  The United States vs. Billie Holiday enfocan en la persecución de la población afroamericana, el historial de esta agencia se extiende a cualquier grupo que ellos consideren ser una amenaza contra el gobierno de los Estados Unidos y a cualquier persona que exprese ideas “comunistas” según definido por ellos. A pesar del secreteo que siempre ha caracterizado al FBI, poco a poco han circulado documentos oficiales que revelan la intensidad de su carpeteo y acciones para poner fin, de una manera (desprestigiando) u otra (asesinato). Estos tres filmes son ejemplos de ello.

Judas and the Black Messiah 

Director: Shaka King; guionistas: Will Berson y Shaka King; cinematógrafo: Sean Bobbitt

Uno de los muchos aciertos de este filme—aparte de su temática—es que la recreación de época se presenta dentro de una realidad que capta la efervescencia de la década de los 1960 con toda su normalidad que puede ser agrupaciones de jóvenes entusiasmados por cambiar sus circunstancias, pero especialmente el mundo heredado y la sociedad que los reprime. Señalo esto porque a pesar de ser un proyecto muy prometedor, los cinco filmes del británico-caribeño Steve McQueen agrupados bajo el título Small Axe, intentan, pero no logran, ese sentido de urgencia de la época de turbulencia de la generación Windrushen el Reino Unido. Judas and the Black Messiahnos permite ser parte del momento, ver las maquinaciones del FBI, la utilización de un infiltrado (Bill O’Neal) para desprestigiar y, cuando esto no funciona, asesinar al joven Fred Hampton (1948-1969), líder de los Black Panthers en Chicago.

Daniel Kaluuya, obtiene el Bafta a mejor actor de reparto, por su  interpretación en 'Judas and the Black Messiah' - AlbertoNews - Periodismo  sin censura

Shaka King, director, coguionista y coproductor, muy astutamente enfoca en una sola etapa de la muy corta vida de Hampton (excelentemente interpretado por el británico Daniel Kaluuya): su ascenso a presidir la seccional de los Black Panthers en Illinois, la intensidad de su persecución de parte del FBI y su asesinato. Se dan tres episodios simultáneamente: el reclutamiento e infiltración de O’Neal (LaKeith Stanfield) y sus constantes dudas de si el dinero y la protección que recibe de la agencia valida su traición; el centralismo de Hampton en la lucha por una unidad de grupos y una línea de acción conjunta; el montaje del FBI para poner fin a lo que ellos mismos han fabricado como amenaza al gobierno establecido. Aunque conocemos lo sucedido (además de lo que recientemente se ha descubierto de las acciones del FBI), la historia personal y colectiva nos ofrece una esperanza de que la posibilidad del cambio existe. Por eso lo que queda en nuestra memoria son los esfuerzos de Hampton por crear el Rainbow Coalition y unir organizaciones políticas multiculturales como Black Panthers, Young Patriots y los Young Lords junto al apoyo de gangas rivales de Chicago para trabajar por cambios sociales dentro de las comunidades pobres y marginadas.

MLK/FBI

Director: Sam Pollard 2020

Edgar Hoover ha sido a través de los años una figura casi mítica por su malicia, astucia y persistencia en perseguir a cualquier persona o grupo que concibiera como enemigo de los Estados Unidos. Esa lista incluye a cualquier disidente de su propia definición de la ley y el orden. Además, parece obsesivo con sostener su versión de los que es la fibra moral—una versión fundamentalista de la sexualidad que no aplica a él—de los Estados Unidos que hace a este país mejor que cualquiera. Es su acumulación de poder lo que le permite violar precisamente los derechos humanos en los que se basa la Constitución de este país. Para él los derechos y la justicia sólo aplican a los “true Americans” lo que excluye a todos los que no provengan de la Europa blanca. Y si dentro de comunidades de descendencia italiana, irlandesa, judía y otros grupos étnicos favorecidos se desarrollan grupos activistas cuyo fin sea cambiar/alterar el gobierno actual, serán perseguidos de igual manera. Los estudiantes universitarios en contra de la Guerra de Vietnam, los grupos urbanos de jóvenes que abogaban por igual trato y derechos, los grupos religiosos y laicos que marchaban por la igualdad de derechos fueron fichados y perseguidos por unidades creadas específicamente para sabotear todas sus acciones. Martin Luther King se convirtió en un obsesivo objetivo para Hoover como demuestra este documental.

MLK/FBI, el documental que rastrea el ataque del FBI a Martin Luther King Jr.  – Luis Guillermo Digital

La historia que se presenta cubre de 1955 a 1968 y traza el inicio y el ascenso de Martin Luther King como activista de los derechos civiles y uno de los líderes más carismáticos, conocedores y determinados de conseguir la igualdad para toda la población de los Estados Unidos. Lo que Hoover consideraba sublevación, MLK y los integrantes de estos movimientos lo entendían como libertad y justicia para todxs. Nadie estaba exento de ser vigilado, acusado y encarcelado tanto por la policía local como por los agentes federales. Todxs tenían conocimiento de esto, aunque no supieran la extensión de esa persecución. Con excelente pietaje que cubre estos años, con archivos que ahora son públicos, con entrevistas con allegados a MLK y ex agentes del FBI, el documental cuestiona la veracidad de los documentos expuestos y, especialmente, los todavía protegidos bajo “Archivos privados de J. Edgar Hoover” y la gran pregunta de ¿cómo fue posible que con la vigilancia extrema que le tenían a MLK, no supieran de antemano que esa persona lo iba a asesinar en el balcón de la habitación del motel Lorraine en Memphis, Tennessee el 4 de abril de 1968? Con su muerte, el FBI cierra su archivo y toda la supuesta evidencia que tenían, para en algún momento utilizar en su contra, queda en ese infame archivo privado de Hoover.

The United States vs. Billie Holiday

Director: Lee Daniels; guionista: Suzan-Lori Parks; autora: Johann Hari; cinematógrafo: Andrew Dunn.

La recreación de época y la maravillosa voz de Andra Day interpretando las canciones que Billie Holiday hizo famosas son los puntos excepcionales de este filme. Es una pena que la historia sobre esta etapa de la vida de Holiday, especialmente desde finales de la década de 1940 hasta su muerte por cirrosis entre otros desgastes de salud, no tenga una narrativa coherente y compleja como debe ser la presentación de personajes en literatura o cine. Holiday aparece como una mujer con una voz única en el mundo musical del momento, pero lo que se enfatiza es cómo su alcoholismo, adicción a drogas y su impotencia de alejarse de relaciones destructivas y abusivas la convierten en una víctima. Su grupo de amigos la cuidan, complacen, aconsejan cuando ella se los permite, pero a fin de cuenta Holiday los echa a un lado para seguir a los hombres que se enriquecerán de su talento sin importarle el daño que le puedan hacer.

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Desarrollar la historia a través de un romance al principio imaginario y luego dañino entre Holiday y el agente del FBI (encubierto y descubierto), Jimmy Fletcher (Trevante Rhodes), es bastante dudoso porque requiere entrampar a la mujer que supuestamente admira tanto. Además, Fletcher se presenta como un tipo que quiere hacer bien su trabajo, que cree que ser parte del FBI es una forma de ser parte del centro de poder, pero que supuestamente deplora a tipos como Harry Anslinger (Garrett Hedlund), el encargado de entrampar y arruinar la vida de Holiday. Por su parte, se presenta a Holiday con poca información de su pasado y de cómo llega a ser tan admirada y a tener tantos seguidores que logra llenar la sala de espectáculos más importante de Nueva York, Carnegie Hall. Lo que lxs espectadores vemos es una mujer talentosa, pero determinada a acabar con su vida con relaciones tan dañinas que no hay marcha atrás. A pesar de las fallas del filme Lady Sings the Blues (Sidney Furie 1972) por enfocar primordialmente en su adicción a drogas, protagonizado por Diana Ross, aquí sí hay un desarrollo de personaje que capta todas sus contradicciones.

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La revista Tribuna Norteamericana  del Instituto Franklin en la Universidad de Alcalá de Henares, acaba de publicar su número 34, dedicado a la administración de Donald J. Trump. Tres ensayos componen está edición. El primero de ellos, escrito por Fernando Vallespín, enfoca la polarización de las pasadas elecciones presidenciales estadounidenses. El segundo, escrito por Cristina Manzano, enfoca la misoginía del expresidente. El tercero y último artículo, escrito por Pedro Rodriguez  Martín, analiza el papel protagónico de la mentira como arma política durante los cuatro años que Trump ocupó la Casa Blanca. En su conjunto, estos trabajos constituyen importantes aportaciones al necesario análisis del gobierno del cuadragésimo quinto  presidente de los Estados Unidos. Quienes estén interesados pueden acceder a la revista aquí.

Norberto Barreto Velázquez, Lima, Perú

15 de abril de 2021

Como parte de su serie de conferencias virtuales, la Franklin D. Roosevelt Library invita a una charla de la Dra. Sally Wagner titulada «Sisters In Spirit: Native Women and the Women’s Suffrage Movement». La Dra Wagner es una destacada historiadora del moviento sufragista estadounidense. En la actualidad trabaja en el Syracuse University Renée Crown University Honors Program y es, además, fundadora y directora ejecutiva de la   Matilda Joslyn Gage Foundation and Center for Social Justice Dialogue  (Fayetteville, New York).

La Dra. Wagner analizará el papel que jugaron las nativo americanas en el desarollo del movimiebto sufragista en Estados Unidos. Debo reconocer que este es un tema para mí desconocido. La conferencia se llevará a cabo el 14 de abril, 2:00PM hora del este a través de Facebook y Youtube. Quienes estén interasados deben visitar el sitio en Facebook de la Franklin D. Roosevelt Library.

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Captura de Pantalla 2021-04-08 a la(s) 18.22.15La colega Valeria L. Carbone dictará un seminario virtual como parte del programa doctoral del Instituto de Relaciones internacionales de la Universidad de la Plata en Argentina. El curso, titulado Política, economía y sociedad en los Estados Unidos de América desde la segunda posguerra, comienza el 5 de mayo. Los interesados pueden ir aquí por más información.