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Archive for the ‘Excepcionalismo’ Category

Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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El Pew Research Center acaba de publicar un estudio titulado American Exceptionalism Subsides The American-Western European Values Gap que hace pensar que la idea del excepcionalismo norteamericano atraviesa –como la nación estadounidense misma– por un periodo de crisis. El Pew Research Center es un “fact tank” no partidista, sin fines de lucro, concentrado en siete proyectos de investigación: el Project for Excellence in Journalism, el Pew Internet & American Life Project, el Pew Forum on Religion & Public Life, el Pew Hispanic Center, el Pew Global Attitudes Project, y el Social & Demographic Trends. Estos proyectos buscan proveer información sobre temas y tendencias que afecten tanto a Estados Unidos como al resto del Mundo para generar un diálogo informado a nivel nacional en los Estados Unidos.

De acuerdo con la encuesta del Pew, el 49% de los estadounidenses está de acuerdo con el siguiente planteamiento: “Our people are not perfect, but our culture is superior to others” (“Nuestro pueblo no es perfecto, pero nuestra cultura es superior a la de otros.”), mientras que el 46% la rechazó. En otras palabras, casi el 50% de los encuestados avalaron la alegada excepcionalidad –superioridad– norteamericana. Lo interesante es que las cifras de apoyo a la excepcionalidad cultural norteamericana han descendido de 55% en 2007 y 60% en 2002.

El escepticismo sobre el excepcionalismo norteamericano es menos fuerte entre los norteamericanos mayores de 50 años, pues según la encuesta, el 60% de ellos cree que la cultura estadounidense es superior. Sólo el 37% de los menores de 30 años comparten esa visión y el excepcionalismo como credo es menos popular entre quienes poseen un título universitario. No debe sorprender a nadie que el 63% de los conservadores afirme la superioridad norteamericana, mientras que el 66% de los liberales la rechaza.

Esta encuesta se da en el contexto de la campaña republicana para nominación presidencial, en la que un buen número de candidatos (Mitt Romney, Michelle Bachman, Michael Cain, Jon Hutsman, Ron Paul, Rick Perry, New Gringrich y Rick Santorum) luchan por ser el opositor de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012. El excepcionalismo norteamericano ha sido un tema de debate en esta campaña, ya que varios precandidatos republicanos han lanzados duro ataques contra Obama, acusándole de no creer en la excepcionalidad de la nación norteamericana. Estas acusaciones contra el Presidente forman parte de la tendencia republicana a cuestionar no sólo la americanidad de Obama, sino su condición misma de ciudadano norteamericano, poniendo duda que éste naciera en territorio estadounidense. Además, son una reacción a la respuesta de Obama a una pregunta que le hizo un periodista en abril del 2009 sobre si creía en el excepcionalismo norteamericano:

“I believe in American exceptionalism, just as I suspect that the Brits believe in British exceptionalism and the Greeks believe in Greek exceptionalism. I’m enormously proud of my country and its role and history in the world. If you think about the site of this summit and what it means, I don’t think America should be embarrassed to see evidence of the sacrifices of our troops, the enormous amount of resources that were put into Europe postwar, and our leadership in crafting an Alliance that ultimately led to the unification of Europe. We should take great pride in that. And if you think of our current situation, the United States remains the largest economy in the world. We have unmatched military capability. And I think that we have a core set of values that are enshrined in our Constitution, in our body of law, in our democratic practices, in our belief in free speech and equality, that, though imperfect, are exceptional. Now, the fact that I am very proud of my country and I think that we’ve got a whole lot to offer the world does not lessen my interest in recognizing the value and wonderful qualities of other countries, or recognizing that we’re not always going to be right, or that other people may have good ideas, or that in order for us to work collectively, all parties have to compromise and that includes us. And so I see no contradiction between believing that America has a continued extraordinary role in leading the world towards peace and prosperity and recognizing that that leadership is incumbent, depends on, our ability to create partnerships because we create partnerships because we can’t solve these problems alone.”

Los comentarios de Obama fueron interpretados por la derecha como una rechazo a la sagrada idea de que los Estados Unidos son una nación excepcional, “a city upon the hill,” “a God chosen people”. Aunque en los últimos dos años Obama ha rectificado su posición con relación a este concepto –una de las piedras angulares de la identidad nacional norteamericana– sus opositores siguen haciendo muy buen uso de sus comentarios del 2009.

La encuesta del Pew Research Center me parece muy interesante y reveladora del impacto de la crisis económica en la idea que tienen norteamericanos de sí mismo y del papel de su país en el mundo, pero no estoy del todo seguro de que identifique un patrón hacia al abandono de un elemento que ha sido esencial en la creación de un consenso nacional por más de doscientos años.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima, 19 de noviembre de 2011

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La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título «Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece«]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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No soy dado al autobombo, pero hay momentos en que es necesario compartir las buenas noticias con los amigos: acaba de ser publicado mi segundo libro, La amenaza colonial: El imperialismo norteamericano y las Filipinas, 1900-1934 (Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2010).

Comparto con ustedes la descripción que aparece en la contraportada del libro y que fue redactada por uno de los protagonistas principales del proceso de creación de esta obra, mi  querida esposa Magally Alegre Henderson.

“En 1898, los Estados Unidos libraron una corta pero muy exitosa guerra contra España, conocida como la guerra hispanocubano-norteamericana, que les concedió control sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. De todas estas posesiones, ninguna se encontraba más distante del imaginario norteamericano como las Filipinas, ni generó tan intenso debate político, ideológico y cultural en la sociedad estadounidense. La Amenaza Colonial analiza el impresionante cuerpo de ideas e imágenes sobre las islas y sus habitantes, creado por escritores, militares, funcionarios coloniales, periodistas, misioneros y viajeros norteamericanos; y cómo ésta producción cultural fue a su vez creada y recreada por los miembros del Congreso de los Estados Unidos en sus discusiones sobre el futuro político de las Filipinas.

La Amenaza Colonial resalta el papel protagónico que el Congreso norteamericano ha tenido en el desarrollo de prácticas, instituciones y políticas imperialistas de los Estados Unidos, desde una perspectiva que combina enfoques culturales, políticos, ideológicos y estratégicos.”

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú,  27 de noviembre de 2010

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La edición de julio de la revista paleo-conservadora norteamericana The American Conservative contiene un corto artículo del historiador norteamericano Andrew J. Bacevich que llamó mi atención. En su escrito titulado “Will Iraq Be  Forgotten Like Vietnam?”, Bacevich utiliza el tema de los más de 2,500 norteamericanos prisioneros de guerra  (Prissioners of War, POW) o perdidos en acción (Missing in Action, MIA) durante el conflicto de Vietnam para reflexionar en torno al tema de la memoria histórica en los Estados Unidos.

El autor comienza describiendo un cuadro que podría resultar familiar para quienes hayan vivido en un suburbio norteamericano: en el centro de Walpole (Massachussets) se encuentra, junto al asta de la bandera estadounidense, un estandarte negro con la siglas POW-MIA y la inscripción “You are not forgotten” (“No los hemos olvidado”). Esta bandera fue designada por el Congreso de los EEUU, en agosto de 1990, como “símbolo de la preocupación y compromiso de la nación norteamericana de resolver tanto como sea posible el destino de los norteamericanos que aún permanecen encancelados, perdidos o desaparecidos en el sudeste asiático” (U. S. Public Law 101-355, 10 de agosto de 1990).

Aunque la inscripción “You are not forgotten” enuncia un compromiso nacional de no olvidar a los perdidos en Vietnam, Bacevich reconoce que la realidad es otra, pues la mayoría de los estadounidenses –él incluído– hace tiempo que olvidó a quienes quedaron atrás en la junglas vietnamitas. Sólo los familiares de los POW-MIA mantienen vivo su recuerdo, pero este grupo está compuesto por un número muy limitado de personas.

A pesar de esta dura realidad, Bacevich plantea, no sin razón, que si la bandera ondeando en el centro de Walpole fuese removida, los habitantes de ese pueblo a 18 millas de Boston, levantarían su protesta e indignación.   ¿Por qué esta aparente contradicción? Para Bacevich la respuesta es sencilla: remover la bandera provocaría un “psychic void” (un vacío síquico) que los habitantes de Walpole no podrían tolerar porque, a pesar de los más de treinta años trascurridos desde su fin,  la guerra de Vietnam es un episodio inacabado de la historia estadounidense. Para el autor, desplegar la bandera de los POW-MIA es un testimonio de que Vietnam es “una parte del pasado que aún no ha sido totalmente relegada al pasado”. Esta acción conlleva, por un lado, el reconocimiento de un pérdida  como también de una gran falla nacional. Por el otro lado, también conlleva, nos dice Bacevich, la falsa pretensión de un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra de Vietnam en particular. En otras palabras, los perdidos en acción merecen volver a casa y el pueblo norteamericano merece saber por qué esos soldados fueron enviados al sudeste asiático.

Según Bacevich, esa reflexión histórica es prácticamente imposible porque  reexaminar lo ocurrido en Vietnam obligaría  a los norteamericanos a enfrentar “una plétora de verdades incómodas” no sólo sobre aquellos que  involucraron a la nación estadounidense en el conflicto indochino, sino también sobre la  forma de vida norteamericana y las premisas sobre las que ésta está basada. Muy pocos norteamericanos están dispuestos a enfrentar las duras realidades que abrir la puerta del tema vietnamita dejaría al descubierto porque ello les obligaría a revisar su forma de vida. Es por ello que, según Bacevich, prefieren calmar su conciencia con banderas, pretendiendo que les importa cuando en la realidad están desesperados por olvidar.

Para Bacevich, en la actualidad los norteamericanos continúan reproduciendo  el proceso de olvidar cuando pretenden recordar, pero no con relación a Vietnam. Hoy día es Irak la guerra que es necesario olvidar, dejar atrás para salvaguardar su forma de vida (yo añadiría, sus mitos nacionales, su comunidad imaginaria, su idea de nación cuyas acciones están siempre motivadas por objetivos nobles, su excepcionalismo y, sobre todo, su inocencia). De acuerdo con el autor, ya la administración Obama lo hizo al hacer causa común con los revisionistas de derecha que pretenden declarar la guerra en Irak un “gran triunfo” basados en el alegado éxito del “surge”, olvidando el costo humano de esa guerra antes y después del aumento de tropas norteamericanas a partir de 2007. La administración Obama está concentrado en su guerra en AfPak (Afganistán-Pakistán) y, convenientemente, ha dejado a Irak en el pasado.

Monumento a los Veteranos de Vietnam, Washington, D.C.

Bacevich cierra su escrito lanzando una interesante pregunta: ¿Se conocerá algún día la verdad sobre la guerra de Irak? Su respuesta es un categórico NO. Es muy probable que llegue el día que el Congreso estadounidense apruebe la construcción de un monumento a la guerra de Irak en la zona del Mall en la capital de los Estados Unidos, pero  según él, nunca investigará a fondo el fracaso norteamericano en tierras iraquíes porque “la verdad seguirá siendo inoportuna”. Desafortunadamente, la preferencia de los estadounidenses por una historia desinfectada y esterilizada continuará.

Norberto Barreto Velázquez.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad.

SOBRE EL PALEO CONSERVADURISMO PUEDEN SER CONSULTADOS LOS SIGUIENTES:

http://www.moral-politics.com/xpolitics.aspx?menu=Political_Ideologies&action=Draw&choice=PoliticalIdeologies.PaleoConservatism

http://usconservatives.about.com/od/typesofconservatives/a/PaleoCons.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paleoconservadurismo

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Los Doctores Pablo Pozzi y Fabio Nigra de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de la Universidad de  Buenos Aires, nos obsequian otra interesante y, sobre todo, valiosa compilación de ensayos de historia estadounidense. Titulado Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos (Argentina: Editorial Maipue, 2009, ISBN: 978-987-9493-49-6), el nuevo libro de Pozzi y Nigra reacciona ante la guerra de Irak y en especial,  al “desconocimiento  que campea sobre el tema” de la historia de los Estados Unidos.

A modo de introducción, los compiladores nos brindan un corto  prefacio donde comparten reflexiones muy importantes. Es claro que a Pozzi y Nigra les preocupa que  el desconocimiento  de la historia de los Estados Unidos lleve a la reproducción acrítica del discurso imperial norteamericano porque ello  promueve la aceptación del “status quo de dominación” y la promoción del “excepcionalismo, el racismo y el patrioterismo”. De ahí que lancen varias preguntas fundamentales: “¿Quiénes son los bárbaros? ¿Los que no tienen como lengua madre el discurso imperial? ¿O los que matan, violan, mutilan, torturan o fuerzan desapariciones de personas?”. Los ensayos que componen esta obra buscan responder a estas preguntas con una visión crítica de la historia norteamericana.

Los compiladores enfocan un tema que me resulta fundamental: la necesidad del  conocimiento de la historia norteamericana en América del Sur.  Según Pozzi y Nigra, los analistas suramericanos  basan su análisis en obras históricas producidas por los estadounidenses. Algunas de estas obras son críticas con la historia estadounidense, pero otras “presentan a las culturas  y a las sociedades anglosajonas como superiores y “civilizadas”, mientras que los luso-hispanos, eslavos, asiáticos o africanos  son tratados, en el mejor de los casos, como  en “vías de desarrollo”; o sea, en camino a ser norteamericanos”.  En otras palabras, reproducen el punto vista hegemónico norteamericano. Para Pozzi y Nigra, es fundamental que las sociedades sudamericanas –latinoamericanas, añadiría yo– rompan con esa dependencia construyendo “un conocimiento  sobre los Estados Unidos que parta de las preguntas que generan nuestras necesidades”.  Tal declaración de independencia académica e ideológica  es no sólo necesario  –¿útil?– para quienes como los compiladores se declaran anti-imperialistas, sino también para las burguesías latinoamericanas.  De forma muy atinada los compiladores señalan:

Para las burguesías sudamericanas, la carencia de conocimiento implica que sus   políticas  se establecen en base de pautas  y  prioridades establecidas en    Washington, lo que refuerza su carácter de lumpenburguesía, al decir de André   Gunder Frank.”

El objetivo de Invasiones bárbaras “es revertir esta situación” promoviendo el conocimiento de la historia norteamericana, pero de una historia que no sea “un espejo opositor de la dominante», sino que explique “desde nuestra perspectiva, esa historia, para ir estableciendo las bases políticas que defiendan nuestros intereses”.  No se trata de hacer “la otra historia” de los Estados Unidos, sino de hacer “nuestra”  historia de la nación norteamericana.

Este libro me resulta doblemente importante. Primero, por que recoge dieciséis ensayos cortos de la pluma de historiadores estadounidenses y latinoamericanos analizando el desarrollo del imperialismo norteamericano desde la guerra con México hasta la guerra de Vietnam. Estos trabajos constituyen un gran recurso pedagógico en la enseñanza de un historia amena y ágil. En segundo lugar, este libro es un llamado de atención   sobre la necesidad-utilidad del estudio de la historia norteamericana  en América del Sur. Pozzi y Nigra promueven el estudio de la historia norteamericana desde una perspectiva muy práctica, pues proponen la construcción una historia de los Estados Unidos que refleje los intereses de América del Sur. Ni la izquierda ni la derecha latinoamericana deben perder de vista que la influencia e importancia de los Estados Unidos hacen necesario y útil el estudio de la historia del imperio.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 20 de marzo, 2010

Nota: Agradezco a la amiga Cristina Hinojosa de la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú su diligencia en la adquisición de esta obra.

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Crucible 2La Editorial de la Universidad de Wisconsin acaba de publicar un libro que está destinado a convertirse en lectura obligatoria de todos aquellos interesados en el estudio del imperialismo norteamericano,  su  título: Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State (University of Wisconsin Press, 2009, ISBN: 978-029923104-0). Editado por el estudioso del sudeste asiático Alfred W. McCoy y el historiador puertorriqueño Francisco Scarano, Colonial Crucible es una obra de más de seiscientas páginas que recoge unos cuarenta ensayos escritos por académicos filipinos, puertorriqueños, españoles, norteamericanos y australianos. Los escritos de este  grupo amplio de investigadores  siguen un línea común: examinar cómo el imperio insular obtenido por los Estados Unidos en 1898 influyó el desarrollo del Estado norteamericano. En ese sentido buscan superar el estudio unidimensional del imperialismo estadounidense, analizando cómo las colonias o posesiones insulares han influido en el desarrollo político de los Estados Unidos.

Dada la magnitud de esta obra, me es imposible reseñarle toda. Lo que sí me propongo es reseñar algunos de los ensayos que me parezcan más interesantes y pertinentes, comenzando con uno de los dos trabajos que sirven de introducción a esta obra. Se trata del  ensayo “On the Tropic of Cancer: Transition and Transformation in the U. S. Imperialism” escrito por McCoy, Scarano y Courtney Johnson, profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Wisconsin.

Moro School Zamboanga, Mindanao

Escuela pública, Mindanao

Este ensayo comienza con tres planteamientos muy importantes. Primero, que el imperialismo norteamericano no fue excepcional, pero sí  diferente del resto de los imperialismos que le fueron contemporáneos. Según los autores, los Estados Unidos fueron un poder colonial paradójico que sólo poseyó una cadena de islas localizadas a lo largo del Trópico de Cáncer. Contrario a sus contrapartes europeos, los norteamericanos  controlaron sus principales posesiones por sólo unas décadas y gobernaron a un grupo reducido de personas (“few million people”). Segundo, que a pesar de su corta duración y del número reducido de seres humanos bajo su custodia, ese imperio tuvo un severo impacto sobre los Estados Unidos. Tercero, a pesar de su enorme importancia, el imperialismo estadounidense es el menos entendido de los imperialismos modernos. Según los autores, llenar ese vacío es el objetivo de este libro.

Estos tres planteamientos me parecen fundamentales. Primero que nada,  reconozco la necesidad de negar la excepcionalidad del imperialismo norteamericano, pero reconociendo que éste fue muy diferente a su homólogo inglés, francés u holandés. Diferenciar al imperialismo norteamericano es un factor fundamental para integrarle al estudio del imperialismo con mayúscula. Además, concuerdo totalmente con los autores en el impacto del imperialismo sobre la sociedad y el gobierno norteamericanos. Por último, me llena de enorme alegría y satisfacción que Scarano, McCoy y Johnson subrayen lo poco estudiado que es el imperialismo estadounidense, a pesar de  su inmensa importancia no sólo para los Estados Unidos, sino también para el resto de mundo y América Latina, en particular.  Ayudar a llenar ese vacío es la razón de ser de esta bitácora.

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Alfred McCoy

Uno de los puntos más  importantes de este ensayo es la representación que hacen sus autores del imperialismo como una vía en dos sentidos que afecta tanto  a las colonias  como  a sus metrópolis.  Citando trabajos del gran historiador  Charles S. Maier, los autores reconocen al imperialismo como un sistema que transforma tanto al centro como a la periferia.  El caso norteamericano no fue la excepción, pues el imperio insular adquirido en 1898 representó serios retos que terminaron transformando al Estado norteamericano. Siguiendo esa línea, los ensayos que componen Colonial Crucible buscan explorar los efectos  del imperialismo norteamericano de principios del siglo XX no sólo sobre las colonias, sino también sobre la geopolítica de los Estados Unidos y, especialmente, sobre el arte norteamericana de gobernar (“statecraft”).  Para los autores,   los cambios causados por el control  de las posesiones insulares en el mar Caribe y el océano Pacífico “radiaron gradualmente” hasta filtrarse en lo que ellos denominan como “los capilares de imperio norteamericano”, transformando a la sociedad y al estado metropolitano norteamericanos.

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Francisco Scarano

El tema de la invisibilidad es un asunto inevitable al hablar del imperialismo norteamericano. Según Scarano, McCoy y Johnson, el imperialismo fue uno de los factores que dio forma al estado norteamericano moderno, pero su papel ha permanecido oculto (“obscured”) por el énfasis dado por la historiografía estadounidense a factores endógenos.  De ahí que el objetivo principal de este libro sea rescatar el impacto del imperialismo analizando el estado que se desarrolla en Washington a partir de la adquisición de las islas arrebatadas a España. En otras palabras, el libro busca superar “la insularidad de la historiografía norteamericana colocando la cuestión imperial en el centro de la historiografía metropolitana”. De esta forma se une el estudio de los colonos y de los colonizados, presentándoles como entes interdependientes.

Los ensayos recogidos  en Colonial Crucible argumentan que la expansión de 1898 dio vida a un estado imperial único (“unique”) que gobernó las colonias por medio de una burocracia reducida, pero muy poderosa. Los oficiales coloniales estadounidense estaban libres de la supervisión de Washington por lo que pudieron desarrollar experimentos sociales que hubiesen sido difíciles de llevar a cabo en los Estados Unidos, pero que una vez realizados en las colonias encontraron su camino hacia la metrópoli. En el proceso se  fortaleció a un gobierno federal que históricamente se había mostrado débil.

En áreas como la educación pública y la reforma carcelaria, los Estados Unidos habían desarrollado importantes cambios que luego aplicaron en sus colonias. Sin embargo, en áreas como la policía, la prohibición del consumo de drogas, la inteligencia policíaca y militar, la salud pública y el manejo ambiental, los norteamericanos innovaron en sus colonias y luego aplicaron sus innovaciones en la metrópoli.  Los autores subrayan que de  todos los

Native Guard

Miembros del Philippine Constabulary, pieza clave del aparato policiaco colonial en las Filipinas

programas aplicadas por el gobierno colonial el más efectivo fue el policíaco, pues permitió el desarrollo de un sistema de vigilancia que sirvió de modelo para crear un aparato de seguridad nacional durante la primera guerra mundial (McCoy acaba de publicar un libro sobre este tema titulado Policing America’s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State [The University of Wisconsin Press, 2009, ISBN 978-0-299-23414-0]). Otro buen ejemplo es el de las drogas, pues los autores subrayan que los norteamericanos prohibieron el consumo de opio en las Filipinas primero que en los Estados Unidos (Anne L. Foster aborda este tema en un brillante ensayo titulado “Prohibiting Opium in the Philippines  and the United States: The Creation of an Interventionist State” que  forma parte de este libro y que espero poder reseñar pronto).

Este ensayo es una excelente introducción a un libro que, sin lugar a dudas, hará por el estudio del imperialismo norteamericano lo que a finales de la década de 1990 hizo el libro Close Encounter of Empire (Duke University Press, 1998) por el estudio de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Colonial Crucible es como una regalo de Navidad largamente esperado.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 16 de noviembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías. Alfred W. McCoy acaba de publicar un ensayo en TomDispatch.com  («Welcome Home, War! How America´s Wars Are Sistematically Destroying Our Liberties«) abordando el tema de la construcción de una aparato represivo colonial en las Filipinas y sus implicancias en la historia reciente de los EEUU..

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Teodoro Roosevelt

Teodoro Roosevelt

La revista Diplomacy & Statecraft le dedica su último número del año 2008 a la figura de Teodoro Roosevelt.  Uno de los principales artífices de la expansión norteamericana de fines del siglo XIX, Roosevelt es, además, una de las figuras claves de la historia estadounidense. Hijo de una prestigiosa y antigua familia neoyorquina, Roosevelt encarna el compromiso de algunos miembros de la elite estadounidense con los valores de la Era Progresista. Una niñez enfermiza a causa del asma que lo agobiaba le hizo un fanático de la vida intensa  (“strenuous life” ) y del ejercicio físico. Educado en Harvard, Roosevelt se destaca desde muy joven en el servicio público al ser electo congresista estatal. Una desagracia familiar –la muerte de su madre y esposa el mismo día– le alejan de la vida pública. Busca entonces refugio en un granja en Dakota del Norte donde se dedicó a criar ganado. Tras su regreso a la política su ascenso fue meteórico: Jefe de la Policía de Nueva York, Subsecretario de Marina de Guerra, Coronel de Caballería durante la guerra hispanoamericana, Gobernador de Nueva York, Vicepresidente y Presidente de los Estados Unidos. Historiador, cazador, soldado, vaquero, boxeador y político, Roosevelt hizo de  la “strenuous life” su filosofía de vida.

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt no sólo vivió de forma intensa, sino que también gobernó intensamente  enfrentando a los famosos “trusts” (monopolios), promoviendo la conservación del medio ambiente, defendiendo los intereses de los consumidores y promoviendo los intereses internacionales de su país. Este presidente imperial fortaleció la Marina de guerra, le arrancó Panamá a los colombianos para construir el famoso canal, defendió la retención de las Filipinas, intervino en la guerra ruso-japonesa por lo que  ganó un Premio Nobel de la Paz, redefinió la Doctrina Monroe,  llegó a un acuerdo de caballeros con Japón para controlar  la inmigración japonesa, etc. Hijo de su momento histórico, Roosevelt compartió gran parte de los prejuicios e ideas raciales que predominaban en  la sociedad norteamericana.

Complejo por demás, Roosevelt es una figura fascinante.

De los nueve ensayos que Diplomacy & Statecraft dedica a la figura de Roosevelt, hay dos que llamaron mi atención: ““Under the Influence of Diplomacy & Statecraft 1Mahan”: Theodore and Franklin Roosevelt and their Understanding of American National Interest” de J. Simon Rofe y “Nation-Building in the Philippines: Rooseveltian Statecraft for Imperial Modernization in an Emergent Transatlantic World Order”  de  Annick Cizel.

El Dr. J. Simon  Rofe es profesor del Department of Politics and International Relations de la University of Leicester (Gran Bretaña).  Su área de especialidad son las relaciones exteriores de los Estados Unidos en el siglo XX. Es autor de Franklin Roosevelt’s Foreign Policy and the Welles Mission (Palgrave: New York, 2007).  En su ensayo, el Dr. Rofe analiza la influencia de la obra del Amirante Alfred T. Mahan en el pensamiento geopolítico de Teodoro y Franklin D. Roosevelt.  Mahan fue un historiador naval norteamericano que en 1890 publicó un libro destinado a convertirse en un clásico de los estudios estratégicos: The Influence of Sea Power Upon History.  Este libro influyó a toda una generación de políticos, legisladores, militares e intelectuales norteamericanos (entre ellos Henry Cabot Lodge, Henry Brooks Adams y Richard P. Hobson),  y constituye una de las principales influencias  de la expansión imperialistas de fines del siglo XIX. Es pertinente subrayar que el impacto de la ideas de Mahan no se limitó a los Estados Unidos.  Por ejemplo, el Kaiser Gulliermo II alabó The Influence of Sea Power Upon History y reconoció la influencia de su autor.
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Uno de los aciertos del ensayo de Rofe es su análisis de los argumentos de Mahan. El autor comienza cuestionando la interpretación tradicional  de la obra de Mahan –la fuerza de un Estado se deriva de su poder naval. Siguiendo los argumentos de Jon Tetsuro Sumida (University of Maryland), Rofe plantea que el pensamiento de Mahan era más complicado de lo que generalmente se cree. Según Rofe,  Mahan veía el poder naval como “an essential component of military deterrence” (“como un  elemento esencial de disuasión militar” ).   De ahí que considerara el poderío naval  como  una herramienta diplomática y que insistiera en que los temas navales fueran vistos como parte de una política exterior integrada. El tamaño de la Marina de Guerra de los Estados Unidos era para Mahan un asunto de interés nacional y así debía ser tratado por el gobierno estadounidense. Según Rofe, Mahan realizó un análisis sistemático de la posición geopolítica de los Estados Unidos a nivel global no en términos moralistas, sino extremadamente realistas. Su visión integra bases navales, colonias,  mercados y acorazados en una cosmovisión claramente imperial.

Tras analizar el pensamiento de Mahan, el autor busca determinar cuál fue su influencia sobre los Roosevelts. Para ello analiza la correspondencia que desarrolló Franklin D. Roosevelt en su primer año como  Secretario Adjunto de la Marina de Guerra (1913-1914) con su famoso primo y con el propio Almirante Mahan. Rofe  concluye que:

“Ambos hombres, conciente o inconcientemente, integraron los conceptos de Mahan en sus visiones de cómo los Estados Unidos debían operar mundialmente”.

Alfred-Thayer-Mahan

Alfred T. Mahan

Teodoro y Franklin incorporaron como presidentes la  filosofía geopolítica de Mahan. Fue  Mahan quien les hizo ver con claridad la relación entre imperio y poderío naval, de ahí que ambos fueran  grandes benefactores de la Marina de Guerra de los  Estados Unidos. En otras palabras, Mahan les hizo entender  que imperio (es decir, la defensa y proyección de los intereses económicos y estratégicos  estadounidenses) y el tamaño y poderío de la Marina estaban inevitablemente unidos.

Por otro lado, Annick Cizel es Profesor Asociado en la Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris 3), donde forma parte del equipo del Center for Research on the English Speaking World. Su especialidad es la historia de los Estados Unidos, principalmente,  la política exterior norteamericana en África durante la guerra fría.

En su ensayo, el Dr. Cizel examina el papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Según el autor,  Roosevelt veía la presencia norteamericana en   las islas en términos muy personales, pues se sentía muy orgulloso del   llamado experimento filipino –es decir, del control colonial de las Filipinas justificado como una empresa civilizadora y de creación nacional  (“nation-making process”). Cizel plantea que el experimento filipino ejemplificaba las dotes de hombre de Estado (“statecraft”) de Roosevelt –de presidente imperial, añadiría yo– pues le permitía proyectar a los Estados Unidos como un poder asiático (y de paso, mundial), como una potencia naval   y como un modelo de imperio benevolente.  Las Filipinas eran, por ende, una pieza clave en la visión geopolítica de Roosevelt, no sólo por su importancia estratégica, sino también simbólica. El control de las islas era un instrumento muy útil para proyectar al mundo el poder y la superioridad (material y moral) de los Estados Unidos.
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El ensayo de Rofe  es novedoso por la fuentes primarias que trabaja y por la aplicación de una interpretación amplia de las ideas de Mahan.  Además, el autor recoge de manera sucinta y relativamente clara los rasgos más sobresalientes del pensamiento de uno de los personajes más influyente en la transformación de la política exterior norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Rofe demuestra  que Mahan es el hilo que une la visión geopolítica de dos de los presidentes más importantes en la historia estadounidense.   De paso deja claro la pertinencia y la fuerza del pensamiento de Mahan más allá de su muerte en 1914.

El trabajo de Cizel deja claro el importante papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Para Roosevelt, las Filipinas cumplían un rol doble. Por un lado,  el control de las islas era el pase de membresía al exclusivo grupo de potencias  imperiales. Las Filipinas eran  posesión estratégica que  permitían la proyección y defensa de los intereses estadounidenses en Asia. En otras palabras, el control de las Filipinas permitía a Roosevelt participar en el juego político internacional desde un posición estratégica privilegiada. Por el otro lado, el alegado altruismo (el colonialismo ilustrado) de los estadounidenses en las islas diferenciaba  a los Estados Unidos del restos de  las potencias coloniales. El alegar que  los Estados Unidos poseían una colonia no para su beneficio, sino para beneficio exclusivo de los colonizados permitía mantener la superioridad moral sobre las demás potencias coloniales.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 13 de agosto de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías.

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Continúo con la selección de escritos relacionados al debate sobre la naturaleza del imperialismo norteamericano desarrollado en la primera década de siglo  XXI. En esta ocasión recojo una lista mínima de artículos y ensayos sobre el tema publicados en diversas revistas y periódicos. Espero sea de interés y ayuda.

daedalusCARLOS DA FONSECA, “Deus Está do Nosso Lado: Excepcionalismo e Religião nos EUA”. Contexto Internacional, 29:1, Janeiro/junho 2007, 149-185.

NIALL FERGUSON, “The Unsconscious Colussus: Limits of (& Alternatives to) American Empire”. Daedalus, 134, 2005, 18-33.

SUSAN GILLMAN, “The New, Newest Thing: Have American Studies Gone Imperial?”. American Literary History, 17:1, 2005, 196-214.iplomatic History
MARY ANN HEISS, “The Evolution of the Imperial idea and U. S. National Indentity”. Diplomatic History, 26:4, Fall 2002, 511-540.
DAVID C. HENDRICKSON, “The Curious Case of American Hegemony Imperial Aspirations and National Decline.” World Policy Journal, XXII:2 Summer 2005.
NYTJOHAN HÖGLUND, “Taking up the White Man’s Burden? American Empire and the Question of History”. European Journal of American Studies, 2, 2007.

MICHAEL IGNATIEFF, “The American Empire; The Burden”. The New York Times, January 5, 2003.

MARY A. JUNQUEIRA, “Os discursos de George W. Bush e o excepcionalismo norte-americano”. Margem, 17, Junio 2003, 163-171. American Quarterly

AMY KAPLAN, “Violent Belongings and the Question of Empire Today Presidential Address to the American Studies Association, October 17, 2003”, American Quarterly, 56:1, March 2004, 1-18.
harvard_magazineCHARLES S. MAIER,  “An American Empire?”, Harvard Magazine, 105:2, November/December 2002.

SEBASTIAN MALLABY, “The Reluctant Imperialist: Terrorism, Failed States, and the Case for American Empire”. Foreign Affairs, 81: 2, March/April 2002.foreign-affairs-cover1

DONALD PEASE, “Re-thinking “American Studies after US Exceptionalism””. American Literary History, 21:1, 2009, 19-27.

KENNETH POMERANZ, “Empire & ‘Civilizing Missions, Past & Present.” Daedalus, 134, no. 2, 2005.
FAREED ZAKARIA,  “The Future of American Power How America Can Survive the Rise of the Rest”, Foreign Affairs, May/June 2008.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 12 de junio de 2009

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En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

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