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 De la frontera y el conservacionismo progresista

José Anazagasty Rodríguez

80grados   5 de setiembre de 2014

La democracia estadounidense germinó en el inhóspito, inhabitado y agreste yermo, el wilderness. Esa era al menos la idea básica detrás de la popular “tesis de la frontera” del historiador estadounidense Frederick Jason Turner. Con ella el historiador rechazaba el supuesto de la “germ theory of politics” que situaba la germinación de las instituciones políticas en Europa, convirtiendo las instituciones estadounidenses en un copia de estas. Para Turner las instituciones estadounidenses eran diferentes de las europeas porque los estadounidenses enfrentaron y dominaron un medioambiente formidable y distinto del europeo, una enorme extensión de tierra “gratis” que llamaron la frontera. Según Turner, fue en el contexto de la conquista de ese confín, conocido también como wilderness, y su transformación en un lugar espléndido, habitado y cultivado, que los estadounidenses formaron sus instituciones.

Turner propuso un relato histórico que tornó aquel confín donde se topaban lo salvaje y lo civilizado en el germen primordial de la historia estadounidense. Para el afamado historiador de la frontera fue precisamente sobre ella, y gracias a las acciones de los colonos que en su lucha la transformaron, que se instauró el orden social estadounidense, incluyendo sus instituciones políticas. De acuerdo con el relato de Turner el wilderness dominó inicialmente al colono pero este, ya adaptado, eventual y paulatinamente, lo conformó a sus necesidades. Es por ello que para Turner la frontera era el lugar de la más rápida y efectiva americanización. Allí los colonos y la frontera misma se hacían americanos mientras se efectuaba la historia estadounidense y se desertaba lo europeo. Como explicaba el propio Turner: “Thus the advance of the frontier has meant a steady movement away from the influence of Europe, a steady growth of independence on American lines. And to study this advance, the men who grew up under these conditions, and the political, economic, and social results of it, is to study the really American part of our history.”

Desde una óptica lamarckista, Turner propuso básicamente que el desarrollo de las instituciones estadounidenses era fruto de las interacciones humanas con la frontera, con las fuerzas naturales allí. Ese lamarckismo, muy popular entre los científicos sociales de la época, explica en parte la buena recepción que tuvo la tesis de Turner entre los intelectuales estadounidenses, popularidad que se extendió hasta los años treinta. Como expresó el historiador Ray A. Bellington, la tesis de Turner fue uno de los conceptos más usados para dilucidar la historia estadounidense, aunque también uno de los más controversiales. Poco después que Turner la presentara ante la American Historical Association en 1893 la tesis generó mucho entusiasmo entre los historiadores. El entusiasmo no se limitó a los historiadores, pues la misma fue adoptada, adaptada y reforzada por diversos intelectuales en varias disciplinas, incluyendo varios “antropólogos lineales” como William John McGee, un importante ideólogo del conservacionismo rooseveltiano, y hasta por el propio presidente.

El Presidente Theodore Roosevelt, para quien la frontera era sagrada, un recinto para la comunión con Dios, recurrió al mito de la frontera para así suministrarle a sus políticas ambientales no solo de aires morales sino además de “sueño americano.” Para él, la fortaleza moral y espiritual de la nación requería la conservación de la naturaleza. Pero el conservacionismo rooselveltiano era también progresista y apoyaba como tal la intervención estatal para garantizar la explotación racional de los recursos naturales. Desde la perspectiva de Roosevelt, la fortaleza material de la nación así lo requería. La ciencia garantizaría la racionalidad necesaria, por lo que Rooselvelt recurrió a intelectuales como McGee, quien articuló un discurso conservacionista basado en principios lamarckistas y el “espíritu progresista” del pueblo estadounidense. Los paralelos entre la propuesta de este y la tesis turneriana son innegables.

McGee fue, aparte de antropólogo, geólogo, inventor, etnólogo, y conservacionista. Fue partícipe del desarrollo de las políticas conservacionistas de Roosevelt y colaboró inclusive en la redacción de los discursos del célebre presidente. De hecho, Roosevelt le debía a McGee su construcción de un público conservacionista al que su administración invocaba para legitimar sus políticas ambientales. McGee fue también Vicepresidente y Secretario del Inland Waterway Commision, líder del Bureau of Ethnology, y Presidente y Vicepresidente del National Geographic Society.

Para McGee el conservacionismo era la fase culminante del movimiento evolucionario Lamarckista. Desde esa perspectiva la naturaleza humana se constituía en la interacción histórica de los humanos con las fuerzas ambientales, una lucha que podía y debía proporcionar progreso moral y espiritual. Pero si el imaginario pastoril estadounidense, inspirado en Thomas Jefferson, recurría al pequeño y solitario terrateniente conquistando la frontera, McGee lo socializaba. Para él, el héroe fronterizo era, más que un individuo, el representante de un “espíritu colectivo” que constituía y manipulaba su entorno en colaboración con otros sujetos. Al registrar esa cooperación McGee destacaba la importancia de la organización social, la que para él garantizaba la mejor adaptación al ambiente, así como su conquista, como confirmaba la experiencia estadounidense.

Para McGee la historia de Estados Unidos era la de un pueblo forjado en su lucha con la naturaleza, uno que además de adaptarse a las condiciones ambientales podía alterar esas condiciones a su favor, tomando, como se desprende de la propuesta evolucionista de Lamarck, una participación activa en la transformación del ambiente y consecuentemente de su propia especie. Y esa transformación era para McGee, como para muchos otros conservacionistas de la Era Progresista, tan espiritual y moral como material. En la lucha con la naturaleza, y como otro derivado del proceso, se construían la sociedad estadounidense y su identidad nacional.

Si en fases previas a la conservacionista el dominio de la naturaleza había resultado en el deterioro ambiental y la sobreexplotación de los recursos naturales, el paso a la fase conservacionista significaba para McGee la normalización e institucionalización del uso racional y planificado de esos recursos. Para él, los estadounidenses ya se movían en esa dirección y esa movida era un producto normal de su evolución. Y como en otras fases, la intervención de las instituciones era inevitable y deseable. Ante los retos ambientales, estas debían establecer los medios para concretar el proyecto conservacionista. Para el ideólogo conservacionista, el pueblo estadounidense, la más avanzada variación de la especie humana, consumaría la fase culminante del proceso evolutivo. Y ejecutarlo era no solo natural sino además el deber patriótico y moral de los estadounidenses.

El conservacionismo de McGee, como el de muchos otros conservacionistas progresistas, era utilitarista. Estos progresistas promovían un manejo científico —racional, metódico, juicioso, y planificado— de la explotación capitalista de los recursos naturales. En su imaginario la naturaleza era una reserva de recursos necesaria para el crecimiento económico. Lo que McGee y estos rechazaban no era el usufructo capitalista sino la explotación ineficiente, depredadora, y descomedida de los recursos naturales a manos de algunos capitalistas glotones. Se trataba de un llamado a la prudencia en el uso y manejo de recursos naturales. Para muchos conservacionistas del “momento progresista” conservar las reservas naturales era apremiante dada la clausura de la frontera a finales del siglo 19. El fin de la misma significó para ellos la potencial liquidación de la abundancia natural que para muchos había hasta entonces sostenido el exitoso crecimiento económico de la nación. La situación requería una política abarcadora de conservación, lo que se convirtió en uno de los proyectos medulares de la administración Roosevelt.

Fue precisamente durante los primeros años de la Era Progresista que Estados Unidos se inició como fuerza imperialista tras adquirir un imperio directo transcontinental. El nuevo imperio representó recursos naturales adicionales así como nuevas oportunidades para el proyecto conservacionista. Las nuevas colonias sirvieron como laboratorios para la puesta en práctica de varios programas y políticas conservacionistas, particularmente en el campo de la silvicultura, que más tarde serían aplicadas en Estados Unidos. De hecho, fue en Filipinas que Glifford Pinchot implantó algunos de sus políticas y programas, las que inspirarían la silvicultura estadounidense desde entonces. Sin embargo, se la ha dado muy poca atención a la articulación ideológica y discursiva del imperio en el movimiento conservacionista-progresista.

Me propongo, en una columna subsecuente, una lectura de un escrito de McGee publicado en National Geographic Magazine de 1898, antes de que sirviera como oficial gubernamental bajo Roosevelt, para develar algunos aspectos de esa construcción.

José Anazagasty Rodríguez es Catedrático Asociado en el programa de Sociología del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Es especialista en sociología ambiental, estudios americanos y teoría social, y ha realizado investigaciones en la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico. Es co-editor, con Mario R. Cancel, de los libros “We the people: la representación americana de los puertorriqueños 1898-1926 (2008)” y “Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011)”.

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En un corto, pero interesantísimo ensayo que recoge la revista cibernética Rebelión en su edición del 21 de marzo de 2009, el diplomático venezolano Alfredo Toro Hardy nos lanza una pregunta muy relevante: “¿Se encuentra Estados Unidos volcado hacia el futuro o hacia el pasado?”. Independientemente de que su poder mundial se encuentre o no en un proceso de decadencia, nadie puede negar que  los Estados Unidos son un país fundamental para enfrentar los enormes retos que agobian a la humanidad. La actitud que asuman los norteamericanos ante temas como el calentamiento global, la pobreza o la proliferación de armas nucleares puede resultar determinante porque, inevitablemente, influirá en la posición que asuman otras naciones del planeta. Además, los Estados Unidos se encuentran en un momento muy difícil de su historia, caracterizado por una profunda crisis económica (además, de quiebra moral), cuya solución requerirá que se dejen atrás prácticas e ideas del pasado. En consecuencia, determinar hacia dónde miran los norteamericanos –si al pasado o al futuro– es un asunto fundamental.

Alfredo Toro Hardy

Alfredo Toro Hardy

Toro Hardy es actualmente embajador de Venezuela en España, posición que ha ocupado en países como el Reino Unido, Estados Unidos, Brasil, Chile, Irlanda y Bahamas. También ha representado a Venezuela en la CEPAL y ha servido como  Director del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos del Ministerio de Relaciones Exteriores de su país. Toro es autor de dieciséis  libros y co-autor de otros diez en materia de relaciones internacionales. Entre sus obras destacan: Hegemonía e imperio (Bogotá, Villegas Editores, 2007), La guerra en Irak: sus causas, riesgos y consecuencias (Caracas, Editorial Panapo, 2003) y The Age of Villages: The Small Village vs. The Global Village. (Bogotá, Villegas Editores, 2002). Además de su carrera diplomática, Toro Hardy ha destacado como profesor visitante  de varias universidades (Universidad de Princeton y Universidad de Brasilia) y como director del Centro de Estudios Norteamericanos de la Universidad Simón Bolívar.

Para responder a la pregunta que le inquieta, Toro desarrolla un valiosísimo análisis de los rasgos de la cultura política e idiosincrasia nacional norteamericana. Su análisis repasa elementos que ya hemos visto en autores ya reseñados, pero también incluye elementos novedosos y un balanceado enfoque crítico que llamó poderosamente mi atención.

El primer tema que toca el autor es el religioso y lo hace de una forma directa, sin ambigüedades: para Toro, los “excesos de religiosidad” convierten a los norteamericanos en “un pueblo más cercano a los fundamentalista del Medio Oriente, que  a sus congéneres de Occidente”. Palabras muy duras, pero sustentadas con hechos: según Toro Hardy, el 39% de los estadounidenses “interpreta literalmente” el contenido de la Biblia, el 46% de los cristianos  (71% de los evangélicos) creen en el Armagedón y el 31% de los norteamericanos cree “en un Dios bravo vengativo que castiga al no creyente”. Para rematar, el autor afirma que sólo uno de cada cuatro estadounidenses cree en la teoría de la selección natural. ¡Pobre Darwin!

De la religión Toro pasa al análisis lo que él identifica como el puritanismo social, es decir,  la tendencia norteamericana a “penalizar, regular, legislar o asignarle  un carácter patológico a las más insignificantes amenazas sociales”. Este un tema que no hemos tratado anteriormente, pues apunta más la esfera doméstica que a las relaciones internacionales de los Estados Unidos.  Herencia del pasado puritano estadounidense, esta noción cultural es la que lleva al 70% de los norteamericanos a respaldar la pena de muerte. Toro Hardy es dolorosamente claro: “Ningún otro país occidental visualiza la retribución a los delitos con igual dureza ni evidencia tal predilección por la pena de muerte”.

La  próxima característica analizada por Toro es una que ya hemos discutido en varias ocasiones, lo que no le resta vital importancia: el excepcionalismo. Los norteamericanos, señala el autor, se consideran un pueblo escogido por Dios, excepcional, moralmente superior. Esto les lleva a vivir lo que Toro identifica como una religión seglar basada en “la convicción de disponer de un modelo societario superior y de constituir la expresión de una historia excepcional en los anales humanos.”  Esta es un pieza clave para entender las historia de los Estados Unidos, pues ha estado presente –conciente o inconcientemente– en la mayoría de las acciones norteamericanas a nivel internacional, desde la guerra hispano-cubano-norteamericana hasta el desastre iraquí.

ToroDel excepcionalismo el autor pasa a un tema de la mitología nacional norteamericana que no habíamos tocada anteriormente: el espíritu de la frontera. La frontera es un concepto fundamental en el desarrollo histórico de los Estados Unidos, que se origina en el momento mismo de la fundación de los primeros asentamientos coloniales ingleses en la costa este a principios del siglo XVII. Citando a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies, Toro aclara que la frontera no era solamente un espacio geográfico, sino también una “expresión de ideas acerca del significado de la historia. Un genuino espacio mítico”. El espíritu de la frontera  responde a la creencia de “ser un pueblo que se ha forjado a sí mismo enfrentando peligros y amenazas”. Los norteamericanos viven con temor a la “hostilidad circundante”, de ahí su necesidad a estar armados a nivel individual y nacional. De los pieles rojas a los talibanes, siempre habido un enemigo que enfrentar, una amenaza que frenar. En otras palabras, los estadounidenses viven en un “paranoia extrema”, pues el peligro no desaparece no importa cuán armados estén los ciudadanos o el país. Ello explica dos cosas: que el derecho a portar armas sea sagrado en la sociedad norteamericana y que en 2007 los norteamericanos poseían 240 millones de armas de fuego.

Toro concluye de forma muy atinada que los Estados Unidos son una sociedad aplastada por la carga del pasado”. La sociedad norteamericana vive con el ropaje de la tradición, la inmovilidad y la rigidez social. En palabras del autor,

“La suya es una cultura de la ‘virtud’ asentada en valores inmanentes definidos por los padres fundadores en la que Dios y la protección divina constituyen referencias cotidianas. Una sociedad proclive a los fundamentalismos por la fijación en sus raíces y por la percepción de su sentido de ‘misión’”.

Todo ello contrasta con Europa, pues los Estados Unidos son una sociedad joven que “luce aferrada a su pasado”, mientras los europeos no temen “reinventarse y reconfigurarse”. La vieja Europa no le tema a la innovación, a la experimentación ni a los retos, los norteamericanos sí.

Lo curioso y contradictorio, según Toro, es que a nivel de la industria, la ciencia, tecnología, el entretenimiento y la academia, los Estados Unidos son un país vigoroso, no una nación envejecida.

“Así las cosas no encontramos con la curiosa paradoja de un país que a pesar de liderar al mundo en tantos sectores, sigue hablando y pensando de manera extrañamente arcaica. La suya es una incomprensible amalgama entre  factores extremos de tradicionalismo y modernidad”.

Toro Hardy concluye que los Estados Unidos se encuentran simultáneamente a la vanguardia del mundo moderno “y rebelión en contra del mundo moderno”, lo que explica lo complicado que es entender a los estadounidenses.

Concuerdo con la apreciación de Toro y admiro sus capacidad para sintetizar y presentar de forma balanceada y honesta un tema tan importante. Su mirada es muy certera y refleja una observación cuidadosa de la sociedad estadounidense. A pesar de ello, sospecho lo  que deben estar pensando algunos optimistas: la victoria de Barack Obama marcó el triunfo del futuro sobre el pasado, así que para qué perder el tiempo preguntándonos hacía donde van los Estados Unidos. No tan rápido, por favor. Aunque la Casa Blanca la ocupe un afro-americano inteligente y en busca de respuestas para los grandes retos que enfrenta su país, la vocación al pasado de los norteamericanos sigue viva y a la espera de una oportunidad para  sabotear la necesaria transformación de los Estados Unidos. Los patrones culturales y las mentalidades no mueren súbitamente, ni se suicidan. De no ser el caso, cómo explicar entonces la resistencia, por ejemplo, que las propuestas para un  plan médico universal ha generado en diversos sectores de la sociedad norteamericana. Invito a quienes aún no estén convencidos a escuchar los comentarios del  locutor radial y comentarista político conservador Rush Limbaugh. Me atrevo a concluir que la batalla entre el pasado y el futuro continúa, y que su desenlace será crucial para el destino de los Estados Unidos y el mundo.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 31 de marzo de 2009

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