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Las Abejeras del Capital en Porto Rico

Jose Anazagasty Rodríguez

80 grados    13 de junio de 2014

 

NYT PR July 27 1898

Después de la guerra hispanoamericana varias casas publicadoras, revistas, y periódicos divulgaron numerosos textos que recogían las experiencias y observaciones de las visitas de diversos viajeros estadounidenses a Puerto Rico. Estos viajeros articularon a través de sus narrativas el discurso colonial de la era inicial del imperialismo transcontinental estadounidense. Son por ello un objeto de estudio imprescindible de la “historia de lo imaginario” propuesta por Arcadio Díaz. Fue Díaz quien precisamente afirmó la necesidad de examinar diversas “zonas oscuras” del ’98, entre las que incluyo las relaciones con el espacio, y por supuesto, con la naturaleza.

La inspección y descripción absoluta y detallada de la colonia y su gente, incluyendo el paisaje, fue el propósito fundamental de esas narrativas de viaje. Sus descripciones, aunque enmarcadas en el realismo descriptivo, produjeron una visión estética de la naturaleza isleña articulada a través de varios significados que puntualizaron su riqueza simbólica y material. Puesto que esas representaciones iban dirigidas a la audiencia estadounidense requirieron que sus autores integraran el paisaje tropical de Puerto Rico, raro y confuso para muchos estadounidenses, al ámbito de su cultura. Para ello los autores movilizaron tropos conocidos por sus lectores en Estados Unidos, entre ellos la figura retórica del Edén. Muchos de esos escritores representaron la Isla como un jardín edénico, recurriendo a lo que Carolyn Merchant llamó la “narrativa de la restauración del Edén,” una narrativa familiar a los estadounidenses.

Aparte de convertir el paisaje de la recién adquirida colonia en un objeto familiar el tropo justificó, apelando a la jardinería, la colonización de la naturaleza isleña y sus habitantes. Efectivamente, la etimología de la palabra colonizar traza una conexión a las palabras colonus y colere, labrador y cultivar, respectivamente. La jardinería representaba para el nuevo colonus, los estadounidenses, el conjunto de técnicas necesarias para el control y manejo de los recursos naturales de la nueva colonia. Era la alegoría ajustada a la práctica de cultivar, de culturar la naturaleza apropiada y expropiada, es decir, colonizada.

La jardinería incluye la construcción de un espacio, de un jardín. La narrativa edénica de los textos estadounidenses produjo, en efecto, y a través de varias “geografías imaginativas,” espacios, el ordenamiento territorial y colonial del paisaje puertorriqueño. Pero se trataba ya en el 98 de lo que Henri Lefebvre llamó la producción capitalista del espacio. Pero, la producción del espacio es siempre corolario de la producción de la naturaleza. Y como he planteado en otros contextos existe una conexión entre la narrativa de la recuperación del Edén y lo que Neil Smith llamó la producción capitalista de la naturaleza. En los textos americanos, la conversión de la naturaleza isleña en recursos, el inventario textual y prospección económica de los mismos, así como su valuación monetaria, todo presente en varios textos estadounidenses, contribuyeron a instituir las formas en que la naturaleza sería alterada, capitalizada, circulada, intercambiada y consumida, material e ideológicamente, como bien material en términos de la lógica abstracta de su valor de intercambio en el mercado capitalista. En otras palabras la alegoría edénica movilizada por varios textos estadounidenses animó y justificó la intervención y ordenación capitalista-colonialista de la explotación y manejo de los recursos naturales de la Isla.

La producción capitalista de la naturaleza envuelve la subsunción formal y real de la naturaleza a las redes del capitalismo. Los textos estadounidenses que de una forma u otra escribieron sobre la naturaleza en Puerto Rico contribuyeron a ello, principalmente a la subsunción formal de la misma, aparte de sentar las bases para su prevista subsunción real a las abarcadoras redes del capital. Esto apunta a que la problemática de los estadounidenses, en adición a la delineación de la administración política a seguir en Puerto Rico, ya expuesto en detalle por Lanny Thompson, incluía además prescribir e instituir las formas de explotar y administrar los recursos naturales de la nueva colonia. Sus descripciones del entorno natural puertorriqueño participaron de la apropiación y la organización de su explotación comercial. Contribuyeron así a la ampliación de la subsunción formal, funcionando, naturalmente, como una estrategia primaria del capital para la apropiación y subordinación expresa, precisa y determinada de los recursos naturales.

Los estudiosos del tema, entre ellos Manuel Valdés Pizzini, Mario R. Cancel, José Anazagasty, José E. Martínez y Carlos I Hernández, entre otros, ya han conectado las prácticas de significación de varios de los textos estadounidenses con las prácticas económicas del capitalismo colonial, incluyendo su manejo de los recursos naturales de la isla.Estos textos, más allá de delinear la forma de administración política de lo que muchos llamaron Porto Rico también mostraron, proyectaron y justificaron la expansión económica del capital estadounidense en la Isla. Para ello detallaron el potencial económico de la colonia, incluyendo las posibilidades de invertir capital allí, la disponibilidad de materia prima y recursos naturales, la infraestructura adecuada y la reserva de trabajadores, entre otras cosas. Uno de los propósitos de muchos de estos textos y sus proyecciones económicas fue seducir a los inversionistas y comerciantes potenciales, interesarlos en las posibilidades agrícolas, comerciales e industriales de la isla.

La prospección de la isla también fue científica; Puerto Rico fue objeto de las observaciones y prácticas científicas estadounidenses realizadas por varios científicos de ese país alrededor de la Isla. Muchos de estos científicos, a través de diversos textos, también participaron de la producción capitalista de la naturaleza. Se esperaba que los científicos, particularmente aquellos al servicio del Estado, ayudaran a manejar el ambiente y sus recursos de forma racional. Por ejemplo, y como demostró Manuel Valdés Pizzini, diversos procesos ideológicos y discursivos ligados a la ciencia participaron del diseño de estrategias para el manejo estadounidense de los bosques después de la Guerra Hispanoamericana. Los estadounidenses, a la vez que devaluaron el manejo español de los bosques, recurrieron a discursos particulares de la dasonomía y la silvicultura—la racionalidad científica—para legitimar su ordenamiento y manejo particular—colonial—de los bosques puertorriqueños.

Pero en la mayoría de los casos la problemática, ahora científica, no era únicamente determinar la forma racional de manejar los recursos naturales de la colonia caribeña sino también detectar los recursos rentables y prescribir su explotación lucrativa, lo que requirió, como explica J.R. Mcneill en Colonial Crucible, la institucionalización de una ciencia ambiental. Esa ciencia, también ideológica y discursiva, participó de la producción capitalista de la naturaleza y el manejo de los recursos naturales.

La Estación Experimental de Puerto Rico, ubicada en Mayagüez, fue una importante manifestación de la institucionalización del manejo científico y racional de los recursos naturales, particularmente en el ámbito de la agricultura. Los investigadores afiliados a esa estación dirigieron muchas de sus investigaciones no solo al estudio de fenómenos naturales sino además a la “mejor” explotación y comercialización de diversos recursos naturales y agrícolas. Muchos de los hallazgos y recomendaciones económicas de esas investigaciones fueron publicados en diversas revistas y periódicos, incluyendo Porto Rico Progress. Un buen ejemplo es el artículo “Bees in Porto Rico,” publicado en 1910 justamente en esa revista. Este fue escrito por W.V. Tower, un entomólogo especialista en abejas afiliado a la mencionada estación y fue publicado tanto en inglés como en español.

Tower comenzó su artículo con algunos detalles sobre la introducción de las abejas a Puerto Rico, indicando que las mismas fueron introducidas posiblemente por un tal Mr. Filippi, quien ubicó colmenas de abejas italianas en la finca Juanita en Las Marías. También señaló que la mayoría de esas colmenas fueron destruidas por un huracán en 1899 pero que las abejas sobrevivientes produjeron colmenas silvestres en Las Marías. Tower afirmó esto último fundamentado en las anécdotas de los “vecinos” de Las Marías, quienes le comentaron haberse topado varias veces con colmenas de abejas silvestres. Para el entomólogo la descripción de aquellas abejas silvestres por parte de los vecinos apuntaba a que se trataba de abejas italianas, las sobrevivientes de las colmenas de Filippi.

Tower, desde la Estación Experimental de Puerto Rico, promovía el avance de “apiarios comerciales.” Destacaba en su ensayo que en apenas dos años desde que comenzó el proyecto ya habían enviado abejas a unas cincuenta personas. El entomólogo procedió entonces a confirmar el potencial lucrativo de los apiarios: “Desde que me encargue de esta obra, he estado siempre en busca de plantas apropiadas para abejas, y soy de opinión que Puerto Rico tiene gran cantidad de plantas melíferas, y dudo que exista una localidad en donde las abejas no resulten un buen negocio.”

abejas

Caja de abejas. Foto en “Rearing Queen Bees in Porto Rico”, publicado en 1918.

Su apoyo a la producción comercial de miel fue seguido por una serie de recomendaciones dirigidas a maximizar la productividad y potencial comercial de los apiarios, de la producción comercial de miel. Primero, recomendó localizar los apiarios en las faldas de los cerros y en las tierras dedicadas al cultivo del café, y aquellos lugares con varias plantas melíferas. Segundo, ofreció un inventario cabal de plantas melíferas: guamá, palma real, cocotero, moca, jobo, palo blanco, grosellas, higüerillo, y guara. Tercero, subrayó la importancia de las abejas en la fertilización de flores, como las de naranjo, lo que aumentaría las cosechas de frutas. De hecho, señaló que la presencia de más abejas hubiese evitado la escasez de flores de naranjo ese año, 1910, lo que pudo haber garantizado una mejor cosecha de naranjas. Cuarto, Tower recomendó aglutinar los esfuerzos hacia la producción de miel de extracción, objetando la producción de los panales y las secciones de a libra, los que según explicaba eran difíciles de embarcar y distribuir en los mercados, aunque la miel puertorriqueña solo se exportaba a Estados Unidos y en ocasiones a Alemania.

Tower, aunque afirmaba que la producción de los panales y las secciones de a libra podían explotarse para el consumo local, favorecía que los principiantes recurrieran la producción de miel de extracción, por ser este un método más fácil de manejar. Además, la producción de miel de extracción era, afirmaba el entomólogo, menos trabajosa para las abejas, pues evitaba que estas tuvieran que producir panales nuevos constantemente. Añadió también que la producción de miel de extracción facilitaba dominar las abejas porque reducía la tendencia de estas a formar enjambres, lo que no sucedía con los otros modos de producción de miel. Para él, la producción de enjambres disminuía la “fuerza productora de la colmena,” y con ello el potencial comercial de la apicultura. Finalmente, ese modo de producción de miel de extracción, el “método artificial,” permitía producir cera con menos miel, lo que se traducía, explicaba él, en ganancias monetarias, dependiendo claro está del precio de la miel vis-a-vis la cera en los mercados. Finalmente, recomendó seguir usando abejas italianas, porque aunque estas eran las más difíciles de subyugar eran muy buenas defendiéndose de las polillas de cera.

Tower, vaticinaba, si se seguían sus recomendaciones, y gracias a las favorables condiciones ambientales de la Isla, como la presencia de diversas plantas melíferas y la presencia de abejas italianas saludables, un buen éxito económico para la apicultura comercial en Puerto Rico: “El porvenir de los apicultores puertorriqueños es brillantísimo. No se conocen enfermedades que molesten a las abejas. La putrefacción de la cría—terrible enfermedad que puede estudiarse en una de las islas vecinas así como en los Estados Unidos—no ha sido introducida en Puerto Rico.”

Tower, y muchos científicos como él, participando de la subsunción formal de la naturaleza, de las abejeras y su miel en su caso, contribuyeron a la marcha de la naturaleza como estrategia de acumulación capitalista en Puerto Rico. Los científicos asistieron el “imperialismo ecológico”, el control capitalista-estadounidense del flujo de recursos naturales procedentes de la isla. Los estadounidenses, claro está, no fueron los únicos en proyectar y explotar los recursos naturales de la Isla o de convertirlos en bienes lucrativos formal y realmente. Los españoles y los puertorriqueños mismos hicieron lo suyo. Además, la Estación Experimental de Puerto Rico promovió la participación de apicultores locales, inclusive enviándoles abejas y entrenándolos. No promovió, como ocurrió con otros recursos, el control absoluto del capital estadounidense sobre la producción de miel. Pero el proyecto colonial-capitalista de los estadounidenses extendió e intensificó la producción capitalista de la naturaleza, particularmente de su integración formal, como nunca antes, y con la racionalidad científica de su parte.

 

José Anazagasty Rodríguez

José Anazagasty Rodríguez  es Catedrático Asociado en el programa de Sociología del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Es especialista en sociología ambiental, estudios americanos y teoría social, y ha realizado investigaciones en la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico. Es co-editor, con Mario R. Cancel, de los libros “We the people: la representación americana de los puertorriqueños 1898-1926 (2008)” y “Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011)”.

 

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