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Archive for the ‘Expansionismo’ Category

Comparto esta nota de Jacinto Antón publicada en el diario español El país, reseñando varios libros recién publicados y traducidos al castellano, dedicados al tema de los nativo americanos y las guerras de conquista y exterminio llevada a cabo en su contra en Estados Unidos. Entre los libros que reseña Antón destacan: Tecumseh y el Profeta, los hermanos shawnees que desafiaron a Estados Unidos (Desperta Ferro, 2021) de Peter Cozzens y El camino a Rainy Mountain (Nórdica, 2022) del ganador del premio Pulitzer Navarre Scott Momaday.

Antón es un periodista y dramaturgo español, autor de varios artículos sobre temas de arqueología, teatro e historia.


Reseña de "Tecumseh y el profeta, de Peter Cozzens

El noble y valiente jefe shawnee Tecumseh lidera la nueva incursión de libros sobre los indios norteamericanos

JACINTO ANTÓN

El País 10 de julio de 2022

¿Quién ha sido el más grande líder indio? ¿Toro Sentado? ¿Caballo Loco? ¿Nube Roja? ¿Cochise? ¿Jerónimo? ¿Quanah Parker? ¿Pontiac? En EE. UU. mucha gente dará una respuesta que puede sorprender en otros países: Tecumseh. El jefe shawnee fue un personaje crucial de la resistencia de las tribus de nativos norteamericanos contra la agresiva expansión de la recién nacida república estadounidense a inicios del siglo XIX. Guerrero legendario y gallardo caudillo admirado hasta por sus enemigos, Tecumseh formó una insólita e irresistible pareja político-religioso-militar con su hermano, un turbio chamán tuerto llamado Tenskwatawa y conocido como El Profeta. Juntos  tuvieron en jaque a las autoridades estadounidenses creando la más poderosa confederación india de la historia y reuniendo el doble de guerreros de los que Toro Sentado y Caballo Loco desplegaron tres generaciones más tarde en Little Bighorn. Su biógrafo Peter Cozzens (Wheaton, Illinois, 65 años), autor de Tecumseh y el Profeta, los hermanos shawnees que desafiaron a Estados Unidos (Desperta Ferro, 2021), recalca en una entrevista con EL PAÍS que el líder incluso pudo haber cambiado la historia de Norteamérica de no haber caído en combate en 1813 durante una batalla en la denominada Guerra Angloestadounidense de 1812, en la que apoyaba con su contingente indio a los británicos.

Tecumseh y el Profeta. Los hermanos shawnee que desafiaron a Estados  UnidosDesperta Ferro Ediciones - Editorial Tirant Lo Blanch

Nacido en 1768 en Piqua, un poblado shawnee cerca de lo que hoy es Springfield (Ohio), y que fue arrasado por la milicia de Kentucky, Tecumseh era hijo de un gran guerrero y fue un arrojado combatiente él mismo desde los 12 años, sí como hábil cazador. Su nombre se relaciona con una estrella fugaz y un puma totémico, significando algo así como “puma celestial que se cruza en el camino”. Cozzens resigue su vida marcada por la inquietud de los indios de los bosques al avance de los colonos y las continuas batallas entre unos y otros, ante la duplicidad de los británicos y el oportunismo de algunas tribus como los potawatomis. Por ahí aparecen personajes apasionantes como Daniel Boone, un joven Halcón Negro, el naturalista Audubon o el jefe hechicero Main Poc, Mano marchita, que llevaba un cinto de cabelleras humanas. Pese a que los shawnee, famosos por su ethos militar, practicaban de las maneras más imaginativas la tortura ritual (en cambio tenían prohibida por religión las violaciones), Tecumseh fue siempre contrario a maltratar a los prisioneros, aunque a veces se le desmadraban los guerreros.

El ensayo de Cozzens, una inmersión pormenorizada y apasionante por un mundo de tribus, cinturones wampum, pinturas de guerra, mosquetes y tomahawks (como en El último mohicano o Fort Wheeling pero un poco más tarde), de enfrentamientos sangrientos en bosques interminables, y sobre todo una crónica del choque de dos culturas y dos formas de vida, es una de las obras más notables de toda una serie de libros dedicados a los indios que nos están llegando en los últimos años y que manifiestan un nuevo interés por el tema. Entre esos libros, la considerada la gran obra sobre los kiowas (otro pueblo tradicionalmente denostado y al que llega su hora de reivindicación, como sucedió hace unos años con sus grandes aliados los comanches): El camino a Rainy Mountain (Nórdica, 2022), de Navarre Scott Momaday, nativo kiowa y ganador del Pulitzer de ficción en 1969. El libro, que su autor abre y cierra con la peregrinación a la tumba de su abuela india, es una emotiva inmersión personal en el mundo y la cosmogonía kiowa, con fragmentos de la historia y de los mitos y leyendas de un pueblo de guerreros que llegó a las Grandes Llanuras meridionales de Norteamérica desde el norte cargando con su ídolo sagrado de la danza del sol y adoptando por el camino el caballo, Preciosa crónica poética de la gran aventura vital de los kiowas, El camino a Rainy Mountain tiene momentos de alto lirismo (“La lengua kiowa es difícil de entender, pero el espíritu de la tormenta la entiende”, la mañana de primavera era honda y hermosa y nuestros corazones latían acelerados, y en ese momento supimos lo que era estar vivo”). Y también impagables datos prácticos como que la forma de saber si una flecha está bien hecha (los kiowas las hacían excepcionales, más de una de sus víctimas daría fe de ello, si pudiera) es porque tiene marcas de dientes: las enderezaban con ellos. Entre las historias hermosas, la del caballo que murió de vergüenza por la cobardía de su jinete.El camino a Rainy Mountain - Libro - nordicalibros.com

En otro registro, el narrativo, que ha dado en los últimos tiempos títulos como Ni aquí ni allá —alabado por Colm Toibín y Margaret Atwood—, del miembro activo de las tribus cheyene y arapajó Tommy Orange, sobre las vidas de doce nativos que acuden a un gran powpow, cada uno con su razón personal, un poco a lo Thornton Wilder, o Días sin final, de Sebastian Barry, sobre dos soldados de caballería en las guerras sioux (ambas de 2018 y en las dos en AdN Alianza de Novelas), saludar con entusiasmo Los cazarrecompensas (2022), una arrebatadora historia a lo La venganza de Ulzana de búsqueda de un turbulento apache (Soldado), obra de Elmore Leonard y publicada por Alfredo Lara en su colección Frontera de Valdemar.

Reseñar también el inolvidable Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue (Anagrama, 2018), probablemente la mejor novela literaria sobre los apaches que se ha escrito, y aprovechar para recordar que la mejor historia de esas gentes adustas es el magnífico Las guerras apaches, de David Roberts (Edhasa, 2005), convertido en un gran clásico como ya lo es, con referencia a otra tribu vilipendiada, El imperio de la luna de agosto, auge y caída de los comanches (Turner, 2011), de S. C. Gwynne. En 2019 Capitán Swing publicó La historia indígena de EE UU, de Roxane Dunbar-Ortiz, un recorrido desde el punto de vista del activismo indio. Con perspectiva de género, es muy interesante Prisioneras salvajes, relatos y confesiones de mujeres cautivas de los indios de Norteamérica (Universidad de Valencia, 2012), de Elena Ortells.

LA TIERRA LLORA | LA AMARGA HISTORIA DE LAS GUERRAS INDIAS POR LA CONQUISTA  DEL OESTE Traficantes de SueñosPor supuesto, si un libro sobre los indios destaca por su alcance e influencia en los últimos años es el extraordinario La tierra llora, la amarga historia de las guerras indias por la conquista del oeste (Desperta Ferro, 2017), del propio Cozzens, un libro capaz de revitalizar o despertar el interés por los nativos norteamericanos y su historia de la manera que lo hizo hace la friolera de 46 años Enterrad mi corazón en Woundek Knee, de Dee Brown. Tengo mi ejemplar de 1976 ante los ojos (Bruguera Libro Amigo), de páginas amarillentas como si hubiera pasado todo este tiempo con el teniente Dunbar en el remoto Fort Sedgwick (sólo le falta una flecha pawnee clavada en la cubierta). En todo caso, a Cozzens, que nunca conoció personalmente a Dee Brown, fallecido en 2002 con 94 años, sorprendentemente no le gusta demasiado la comparación entre sus libros. “Enterrad mi corazón en Wounded Knee no hizo intento alguno de una visión histórica equilibrada, que es un objetivo clave de La tierra llora”, justifica. “Dee Brown estableció como propósito de su libro la presentación de ‘la conquista del Oeste americano como las víctimas la experimentaron’, de ahí el subtítulo, Una historia india del Oeste americano. La definición de Brown de víctimas fue severamente circunscrita. Muchas tribus, notablemente los crows, shoshones y pawnees unieron su destino a los blancos. Enterrad mi corazón en Wounded Knee descartó a eses tribus como ‘mercenarios’ sin ningún intento de entenderlas o explicar sus motivos. Semejante enfoque unilateral en el estudio de la historia al final no sirve para nada bueno; es imposible juzgar honestamente la verdadera injusticia hecha a los indios sin una comprensión profunda y matizada de la perspectiva blanca, así como la de todas las tribus indias”.

Del renovado interés por los indios y el suyo propio, el estudioso señala: “Hace mucho tiempo que siento que ningún otro periodo de la historia de EE UU ha estado tan empapado de mito o mal caracterizado como la conquista de las tierras nativas por la república estadounidense que marchaba hacia el oeste en los siglo XVIII y XIX. He tratado de hacer mi mejor esfuerzo para presentar la historia en todos sus complejos matices y tragedia”.

Volviendo a Tecumseh, al que los diarios estadounidenses pintaban como un Robin Hood rojo, Cozzens recuerda que los shawnees eran una de las más de doce pequeñas tribus que ocupaban lo que hoy es el medio oeste americano y la región de los Grandes Lagos. “Todas eran culturalmente similares, pero los shawnees son únicos en que produjeron a dos de los líderes más influyentes en la historia de los indios norteamericanos, que resultó que eran hermanos. Tecumseh y Tenskwatawa deben ser considerados dos de los más destacados hermanos en la historia de EE UU considerada en toda su extensión”.

¿Podía Tecumseh haber cambiado la historia de EE UU? “Absolutamente, la alianza intertribal que él y su hermano crearon fue la más formidable a la que tuvieron nunca que enfrentarse los EE UU. De no haber estado los británicos preocupados luchando contra Napoleón al mismo tiempo que libraban la guerra de 1812 contra los estadounidenses hubieran podido enviar más tropas al Canadá, suficientes sin duda para haber inclinado la balanza en favor de los británicos y sus aliados, los hermanos shawnee. Si británicos e indios hubieran prevalecido, los modernos Estados de Wisconsin y Michigan probablemente se habrían convertido en tierra india, cambiando la cara de los EE UU y el curso del asentamiento en el Oeste”.

A la cuestión de si Tecumseh era realmente un personaje tan noble (en lo público, en lo privado parece que era mal marido de sus varias esposas y mal padre), responde categóricamente: “Si, lo fue, con cualquier criterio que se mire. Se opuso a la práctica de los indios del bosque de torturar a los prisioneros, no hacía la guerra contra mujeres y niños, y rescató de la masacre a varios centenares de prisioneros estadounidenses que sus guerreros habían capturado en batalla en la Guerra de 1812. Encarnó para EE UU todo cuanto había de grande y noble en el carácter indio”. ¿Qué nos hubiera sorprendido más de Tecumseh de haberlo podido conocer? “Creo que su gran sentido del humor. Su habilidad para superar injusticias pasadas cometidas contra él y su pueblo hasta que lo empujaban al límite. Él y su gente aguantaron grandes provocaciones y la pérdida de mucha de la tierra que era su hogar antes de ir a la guerra”.

Peter Cozzens - Wikipedia

Peter Cozzens

Al preguntarle a Cozzens qué queda por reconocer y qué reparaciones por hacer en relación con el genocidio de los nativos norteamericanos, responde: “Haría falta un libro para responder. Sin embargo, quiero matizar que no considero la palabra genocidio una etiqueta apropiada cuando tratamos con los muchos errores cometidos con los indios. El Gobierno estadounidense nunca persiguió una política de genocidio físico; incluso los más ardientes partidarios de los derechos indios, sin embargo, no creían que la cultura o la sociedad indias merecieran ser preservadas. En ese sentido podríamos hablar de genocidio cultural”.

 

Si eras indio, ¿quiénes eran peores, los estadounidenses, los británicos, los franceses, los españoles…? “Depende de la época. Sin duda, no hubiese querido yo ser azteca o inca enfrentado a los españoles. Por otro lado, los gobernadores españoles de Florida trataron bien a los indios dos siglos después. Los británicos formaron repetidas alianzas con las tribus de los bosques contra los estadounidenses sólo para acabar traicionándolos. Los estadounidenses se contuvieron muy poco para arrancar a los indios sus tierras, pero al menos el Gobierno nunca toleró el genocidio físico”.

De todos los hechos y personajes de la historia de los indios, ¿cuáles le parecen más relevantes o le conmueven en mayor medida? “Encuentro la revitalización cultural y religiosa de las doctrinas del profeta shawnee, Tenskwatawa, particularmente interesantes, junto con su transformación personal de inadaptado alcohólico a poderoso orador y líder espiritual, demonizado por sus enemigos al revés que su hermano. También encuentro muy fascinante y dramático el fracaso de las tribus del Oeste norteamericano por unirse de manera significativa (con la excepción de sioux y cheyenes) contra la expansión estadounidense”.

Por interés personal, ¿hay novedades de Little Bighorn? “Me parece que la historia está bastante explicada. Los hechos, hasta el punto que pueden ser conocidos, han sido repetidamente regurgitados. Es en gran medida una cuestión de decidir cada uno si Custer actuó juiciosamente o no”.

 

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En este artículo del historiador Peter Cole publicado en el revista Jacobin, se nos recuerda lo que ocurrió en Wounded Knee, precisamente, el 29 de diciembre de 1890. Ese día soldados estadounidenses masacraron a unos 300 hombres mujeres y niños miembros de la tribu Lakota. Una muestra clara de la violencia, sobre todo racial, que ha caracterizado a la historia estadounidense desde sus comienzos.

Cole es profesor de historia en  la Western Illinois University y autor de Wobblies on the Waterfront and Dockworker Power: Race and Activism in Durban and the San Francisco Bay Area.


Masacre de Wounded Knee - Wikipedia, la enciclopedia libre

Recordando la masacre de Wounded Knee

PETER COLE

Jacobin  29 de dicieimbre de 2021

Al amanecer del 29 de diciembre de 1890, unos 350 amerindios Lakota se despertaron, después de haber sido obligados por el Ejército de los Estados Unidos a acampar la noche anterior junto al Wounded Knee Creek en Dakota del Sur. El 7º Regimiento de Caballería de los Estados Unidos los había “escoltado” allí el día anterior y, ahora, rodeó a los indios con la intención de arrestar al Jefe Big Foot (también llamado Spotted Elk) y desarmar a los guerreros.

Cuando estalló un desacuerdo, los soldados del ejército abrieron fuego, incluso con ametralladoras Hotchkiss. En cuestión de minutos, cientos de niños, hombres y mujeres fueron derribados. Tal vez hasta trescientos muertos y decenas de heridos esa mañana.

Pocos estadounidenses saben ahora que los tiroteos más mortíferos en la historia de Estados Unidos fueron masacres de pueblos nativos. Hoy es el aniversario de la mayor masacre de este tipo.

El nombre común del evento, “La batalla de Wounded Knee”, oscurece los verdaderos horrores de ese día. Porque esto no fue una “batalla”, fue una masacre.

El sueño de un pueblo

Los pueblos indígenas fueron los primeros en experimentar la ira de los conquistadores europeos. Si bien nadie sabe cuántas personas vivían en lo que ahora es Estados Unidos, las estimaciones oscilan entre dos y ocho millones antes de la llegada de los europeos. Para 1900, quedaban alrededor de doscientos mil, casi todos consignados a remotos páramos en el interior del oeste que las élites consideraban inútiles.

Los Lakota, compuestos por siete bandas, eran los más grandes y poderosos de un grupo más grande de amerindios que vivían en las llanuras del norte y son conocidos como los Sioux. Durante la mayor parte del siglo XIX, resistieron ferozmente la invasión de la autoridad y el pueblo estadounidense en su tierra natal.

Pocos ciudadanos estadounidenses o inmigrantes europeos vivieron en el vasto interior hasta después de la Guerra Civil. Luego, gracias en gran parte al gobierno de los Estados Unidos, millones de personas fluyeron hacia el oeste a bordo de las líneas ferroviarias transcontinentales financiadas por el gobierno. Las inmensas tierras, arrebatadas a las naciones indias, y los abundantes recursos naturales atrajeron a personas blancas que querían cultivar, criar ganado y explotar los recursos mineros. Esperaban vivir vidas independientes y, tal vez, enriquecerse.

La conquista del Oeste

El gobierno de los Estados Unidos también envió al Ejército para proteger a los “colonos” de los indios cada vez más enojados.

El gobierno y la ciudadanía consideraban que las tierras en las que los indios habían vivido durante milenios eran propiedad de los Estados Unidos. En consecuencia, los nativos fueron asesinados, desplazados o forzados a “reservas”. Estados Unidos obligó a las naciones indias a firmar tratados, sacrificando sus tierras tradicionales por otras parcelas mucho más pequeñas, a menudo lejos de casa.

En general, estas “negociaciones” eran de la variedad “o bien”, como en: firmar el tratado o ser asesinado. A los indios de las llanuras también se les prometió algo de dinero y raciones de comida para reemplazar su caza de búfalos y estilos de vida semi-nómadas, en los que se basaba toda su cultura.

La mayoría de los indios despreciaban estos tratados y sólo los aceptaban bajo la amenaza de un exterminio violento. El jefe sioux Spotted Tail, por ejemplo, declaró: “No queremos vivir como el hombre blanco… El Gran Espíritu nos dio cotos de caza, nos dio el búfalo, el alce, el ciervo y el antílope. Nuestros padres nos han enseñado a cazar y vivir en las llanuras, y estamos contentos”.

Después de la Guerra Civil, docenas de naciones indias se encontraron atrapadas entre las políticas destructivas del gobierno y la invasión de colonos en curso. No es sorprendente que muchos indios se resistieran. Así que a lo largo de las décadas de 1860, 1870 y 1880, los Estados Unidos se involucraron en docenas de guerras contra los Arapaho, Kiowa, Comanche, Nez Perce, Bannock, Apache, Ute, Blackfoot, Navajo y otros.

Las Tribus Nativas De América Del Norte: Tratado De Fort LaramieLa guerra más conocida tuvo lugar entre los Estados Unidos y Los Lakota Sioux (con aliados Cheyenne y Arapaho del Norte) en los territorios de Dakota, Montana y Wyoming. En 1868, el Tratado de Fort Laramie había puesto fin a la Guerra del Río Powder y había dejado de lado una “Gran Reserva Sioux a perpetuidad”. Sin embargo, muchas bandas sioux no habían firmado, incluyendo Hunkpapa Sioux de Chief Sitting Bull, Oglala de Chief Red Cloud y Brulé de Spotted Tail. En respuesta a las incursiones de los colonos y para defender su tierra y estilo de vida, los sioux asaltaron asentamientos blancos, intimidaron a agentes federales y acosaron a mineros, colonos y ferrocarriles.

A medida que la guerra renovada arreciaba, el coronel George Custer del 7º Regimiento de Caballería dirigió una fuerza a las Colinas Negras, el sagrado corazón de los Sioux, en el suroeste de Dakota del Sur. Custer lo hizo en contra del Tratado de Fort Laramie, que garantizaba que las Colinas Negras permanecerían “fuera de los límites” de los asentamientos blancos. Cuando Custer reportó enormes depósitos de oro, una estampida de buscadores blancos inundó, seguidos por el Ejército para “protección”.

El New York Herald, uno de los principales periódicos de la nación, resumió el sentimiento general de los estadounidenses blancos:

Es inconsistente con nuestra civilización y con el sentido común permitir que el indio deambule por un país tan fino como el que rodea las Colinas Negras, impidiendo su desarrollo para poder disparar y descuartizar a sus vecinos. Eso nunca puede ser. Esta región debe ser tomada de la india.

(En 1980, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó en Estados Unidos contra la Nación Sioux de Indios  que la toma de las Black Hills, de hecho, había roto el Tratado de Fort Laramie y otorgó a los Sioux una compensación. Aunque debido al interés compuesto el total ha aumentado a casi $ 1.5 mil millones, los Sioux  se niegan a aceptar este dinero, viéndolo como un soborno. En cambio, todavía quieren que les devuelvan su tierra).

Los tratados no fueron cumplidos, el Ejército exigió que todos los indios se presentaran a las reservaciones antes del 31 de enero de 1876, o serían perseguidos. Cuando la mayoría se negó, el Ejército envió tropas a la cuenca del río Little Bighorn en el centro sur de Montana.

Poco después, Custer subestimó a su enemigo Sioux y Cheyenne, dividió a sus muy pocas tropas y atacó un enorme campamento de varios miles de guerreros. Famosamente, sus tropas fueron rodeadas y aniquiladas en lo que se conoce como el “Custer’s Last Stand”, que en realidad fue más una batalla itinerante.

Aturdido por esta derrota, el Ejército redobló sus esfuerzos para derrotar a los Lakota, comprometiendo miles de tropas más a esta guerra. Una por una, bandas de indios se vieron obligadas a rendirse y se limitaron a las reservas. Toro Sentado, hábilmente, se trasladó con su pueblo a Canadá, en 1877, donde el Ejército de los Estados Unidos no pudo seguirlo.

Sin embargo, en 1881, después de años de hambre debido al exterminio constante de bisontes, Toro Sentado y su gente regresaron a los Estados Unidos y se rindieron, la última banda Lakota en hacerlo. La estrategia del Ejército de matar de hambre a los indios, matando a su principal fuente de alimento, había funcionado a la perfección tal como el coronel Richard Dodge predijo en 1867: “Cada búfalo muerto es un indio desaparecido”.

Amazon.com: Black Hills Gold Rush Towns (Images of America): 9780738577494:  Cerney, Jan, Sago, Roberta, Minnilusa Historical Association: BooksMientras tanto, las Colinas Negras se convirtieron en la región minera de oro más rentable de la nación, produciendo una enorme riqueza para los mineros blancos, incluido un hombre llamado George Hearst, que se convirtió en uno de los hombres más ricos de la nación. Su hijo, William Randolph Hearts, convirtió esa fortuna en el imperio periodístico más poderoso de la nación.

Los Sioux terminaron en Pine Ridge y otras cuatro reservas dispersas por Dakota del Sur, Dakota del Norte y Nebraska.

Los tratados no valían nada, a fines de la década de 1880 el gobierno redujo las raciones de carne sioux, mientras que muchos de sus ganados murieron de enfermedades. Los sioux estaban cada vez más desesperados: sus tierras tomadas, los bisontes, que en algún momento se contaban por muchos millones, solo quedaban unos pocos miles, toda su forma de vida diezmada. Y, ahora, se morían de hambre.

Muchos indios de las llanuras restantes, incluidos los sioux, buscaron consuelo y respuestas en la religión. Wovoka, un profeta de los indios de la Gran Cuenca (Paiute), prometió a los Sioux que volverían a la prominencia y que los blancos serían aniquilados, si abrazaban la Danza de los Fantasmas, no muy diferente de las visiones que los cristianos podrían experimentar con el ayuno y la soledad.

Wikipedia:Featured picture candidates/Sitting Bull - Wikipedia

Toro Sentado

A medida que la Danza de los Fantasmas se extendía como un reguero de pólvora, a los oficiales del Ejército les preocupaba que este renacimiento religioso pudiera conducir a un levantamiento sioux. Para aplastar esta posibilidad, el Ejército ordenó el arresto de Toro Sentado, un punto de reunión de la Danza Fantasma, donde vivía en la Reserva Standing Rock. (Por supuesto, este lugar y la gente recientemente se hicieron famosos debido a la heroica posición de Standing Rock Sioux al resistirse al oleoducto Dakota Access de cruzar algunas de sus tierras sagradas y poner en peligro sus suministros de agua). Pero Toro Sentado se negó a ir en silencio, se resistió al arresto, por lo que fue asesinado a tiros.

Con Toro Sentado eliminado, el Ejército buscó a Big Foot y sus seguidores, que pronto se dirigieron a la Reserva Pine Ridge, donde esperaban estar a salvo junto a la banda de Red Cloud.

El 28 de diciembre de 1890, los soldados del 7º de Caballería, la misma unidad que había sufrido una derrota ignominiosa con Custer, interceptaron a 350 indios cerca de Pine Ridge. El Ejército acorraló a los nativos hambrientos y congelados, con el Jefe Big Foot sufriendo de neumonía, y los hizo acampar en Wounded Knee.

Los soldados estadounidenses, que sumaban quizás quinientos, comenzaron a desarmar a los indios a la mañana siguiente. Uno puede imaginar la tensión, la Danza fantasma que ha provocado un renovado sentido de orgullo y empoderamiento entre los Sioux derrotados. El Ejército tenía la tarea de mantener a los sioux pacificados y confinados a las reservas. Toro Sentado había sido asesinado dos semanas antes; ahora, el Ejército trató de arrestar y desarmar a otra banda de guerreros sioux.

Black Coyote, sin embargo, se resistió a renunciar a su arma, tal vez porque era sordo y no podía entender inglés. En la refriega que siguió, sonó un disparo.

Al instante, los soldados estadounidenses abrieron fuego con sus armas, incluidas las cuatro ametralladoras Hotchkiss. Entre las armas más poderosas de la época, el Ejército las había utilizado contra los indios anteriormente.

Los ametralladores no solo apuntaron a los guerreros que luchaban por las armas que podían encontrar, sino que también rastrillaron tipis llenos de niños y mujeres. Los que corrían hacia un barranco cercano también fueron cortados.

Aunque los indios en su mayoría habían sido desarmados, algunos todavía poseían armas o se apoderaban de algunas de las ya confiscadas. Mientras las ametralladoras cortaban a los indefensos, la gente se dispersaba en todas direcciones. Los soldados, que ya no seguían órdenes ni disciplinaban, perseguían y mataban a cualquier indio, armado o no.

Wounded Knee Massacre,\ 130th anniversary De | IMAGO

El general del ejército Nelson Miles visitó este campo de exterminio unos días después. Expresó su sorpresa de que las mujeres con bebés en sus brazos habían sido derribadas, a varias millas del sitio inicial de la “batalla”, lo que indica que los soldados persiguieron sistemáticamente a todos los que huyeron.

Dee Brown, autor de la popular historia Bury My Heart at Wounded Knee, sitúa el número de indios muertos en unos trescientos, incluyendo al menos un centenar de niños y mujeres, así como Big Foot. Todos fueron enterrados en fosas comunes. Veinticinco soldados estadounidenses también murieron, muchos muy posiblemente por fuego amigo.

Según Black Elk, hecho famoso en Black Elk Speaks: Being the Life Story of a Holy Man of the Oglala Sioux de John Neihardt, publicado en 1961,  y quien sobrevivió a Wounded Knee:

No sabía entonces cuánto se había terminado. Cuando miro hacia atrás ahora desde esta alta colina de mi vejez, todavía puedo ver a las mujeres y niños masacrados que yacen amontonados y dispersos a lo largo del barranco torcido tan llano como cuando los vi con los ojos jóvenes. Y puedo ver que algo más murió allí en el barro sangriento, y fue enterrado en la ventisca. El sueño de un pueblo murió allí. Fue un hermoso sueño… el aro de la nación está roto y disperso. Ya no hay centro y el árbol sagrado está muerto.

Uno de muchos

Wounded Knee se describe comúnmente como la última “batalla” en las guerras entre Estados Unidos e India. Podría ser visto como el tiroteo masivo más mortífero en la historia de Estados Unidos. Ciertamente no fue el único.

El ejército estadounidense mató a unos 250 shoshone durante la masacre del río Bear en el sureste de Idaho en 1863. Como se discutió recientemente en  Smithsonian, “200 soldados bajo el mando del coronel Patrick Connor mataron a 250 o más Shoshone, incluyendo al menos noventa mujeres, niños y bebés. Los shoshone fueron fusilados, apuñalados y golpeados hasta la muerte. Algunos fueron conducidos al río helado para ahogarse o congelarse”.

Pilgrimage Reflections - Collegeville Institute

En el este de Colorado en 1864, ocurrió la masacre de Sand Creek.  Allí, soldados estadounidenses atacaron a los pacíficos indios Cheyenne y Arapaho “con carabinas y cañones”, matando al menos a 150 indios, la mayoría de ellos mujeres, niños y ancianos. Antes de partir, las tropas quemaron la aldea y mutilaron a los muertos, llevándose partes del cuerpo como trofeos”.

En 1870, el ejército estadounidense mató accidentalmente al grupo “equivocado” de indios, en la masacre de Baker o Marías. En el centro-norte de Montana, a lo largo del río Marías, el mayor Eugene Baker ordenó a sus soldados atacar una aldea de pacíficos Pies Negros. Cuando un subordinado le informó que este grupo no era el que buscaban las tropas, Baker respondió: “Eso no hace ninguna diferencia, una banda u otra de ellos; todos son Piegans [Pies Negros] y los atacaremos”. Alrededor de 175 pies negros desarmados fueron asesinados, la gran mayoría niños y mujeres.

Innumerables asesinatos de un número menor de indios ocurrieron a lo largo de la historia de los Estados Unidos, incluido un número incalculable debido a la recompensa de 1755  puesta en las “cabezas” de los indios Wabanaki en Maine y la matanza de veinte indios Conestoga  por los “Paxton Boys” en 1763 en Pensilvania.

Estos y otros asesinatos masivos de indios siguen siendo desconocidos para la gran mayoría de los estadounidenses. Wounded Knee (y Bear River, Sand Creek y Marías) simplemente no existen en la memoria colectiva de los no nativos. Las vidas nativas todavía no encajan en la narrativa más amplia de la historia de los Estados Unidos.

Por supuesto, los indios no lo han olvidado. En 1973, doscientos miembros del Movimiento Indio Americano (AIM), una organización militante de derechos civiles parcialmente inspirada en los Panteras Negras, regresaron a Wounded Knee para exigir que el gobierno federal cumpliera con las obligaciones del tratado del siglo XIX. Rápidamente rodeados por la policía y agentes federales, los partidarios de AIM se involucraron en un enfrentamiento de setenta y un días que dejó dos nativos muertos y un agente federal paralizado, la llamada Segunda Batalla de Wounded Knee.

Dos años más tarde, otro enfrentamiento entre AIM y la policía federal en la reserva de Pine Ridge dejó dos agentes del FBI muertos y Leonard Peltier declarado culpable de asesinato en primer grado, aunque siempre ha mantenido su inocencia. Actualmente, sus partidarios, incluida Amnistía Internacional, que afirma que su juicio fue injusto, esperaban clemencia del presidente Obama durante sus últimos días en el cargo.

En los últimos años, los miembros de los Arapaho del Norte de Wyoming y cheyenne del norte de Montana, junto con las tribus Arapaho y Cheyenne del Sur de Oklahoma y sus aliados, conmemoran la Masacre de Sand Creek con una marcha de cuatro días. Caminan o corren casi doscientas millas, desde la ubicación de los asesinatos, ahora un Sitio Histórico Nacional, hasta el edificio del capitolio estatal en Denver.

On the anniversary of Wounded Knee, a reading list | MPR NewsDesafortunadamente, muchos estadounidenses no saben de Wounded Knee y otras masacres indígenas. El trágico tiroteo en Orlando a principios de este año pone de relieve esta invisibilidad cuando esa tragedia, que dejó cuarenta y nueve muertos, fue repetidamente etiquetada como el “peor tiroteo en la historia de Estados Unidos”. De hecho, como nos recuerda Roxanne Dunbar-Ortiz, los nativos americanos no han desaparecido aunque se olvide su papel en la historia de Estados Unidos.

Durante los últimos meses, las acciones inspiradas e inspiradoras de los sioux de Standing Rock han obligado a todos los estadounidenses a reconocer la existencia y la resistencia de los indios. También demuestran cómo puede ser un movimiento social multiétnico liderado por  indígenas. Toro Sentado estaría orgulloso de estos defensores del agua, sus descendientes.

Pasados y presentes, los sioux y otros indios americanos han trazado un camino de desafío e independencia a pesar de los esfuerzos genocidas de los conquistadores europeos y los colonos estadounidenses. Hoy, recordamos un capítulo particularmente brutal en el esfuerzo violento para acabar con los primeros pueblos de Estados Unidos.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

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En este corto texto, el historiador Thomas Blake Earle analiza los vínculos entre el imperialismo estadounidense y la expansión y desarrollo del surf hasta convertirse, justo este año, en deporte olímpico.  El Dr. Blake es profesor asistente en la Universidad de Texas A&M, Galveston, y coeditor de Atlantic Environments and the American South.


El Surf ya es Deporte Olímpico! - TODOSURF

Siglos de imperialismo estadounidense hicieron del surf un deporte olímpico

Thomas Blake Earle

The Washington Post   25 de julio de 2021

Por primera vez, el surf será un deporte olímpico. A partir del domingo, 40 surfistas de 17 naciones montarán las olas en la playa de Shidashita como parte de los Juegos de Tokio. Mientras que las potencias tradicionales del surf como Estados Unidos, Australia y Sudáfrica están bien representadas entre los competidores, países como Marruecos, Perú y Alemania también han enviado surfistas.

El surf puede ser emocionante de ver. Pero el deporte ha ganado una presencia global no sólo debido a los placeres de la conducción de olas.

El surf se convirtió en un deporte global debido al ejercicio del poder estadounidense en el escenario mundial. Desde misioneros del siglo 19 hasta guerreros fríos del siglo 20, los estadounidenses han utilizado el surf para lograr los objetivos diplomáticos de la nación. El hecho de que el surf solo ahora se una a las filas de los eventos olímpicos desmiente la historia internacional de siglos del deporte.

Cuando una expedición dirigida por el capitán británico James Cook llegó a Hawái a finales del siglo 18, sus miembros quedaron asombrados por los jinetes hawaianos. Para entonces, la gente polinesia había practicado la equitación de olas de alguna forma durante milenios. Después de ver el espectáculo acuático, un cirujano a bordo del barco de Cook, el Resolution, escribió que «no podía evitar concluir que este hombre sintió el placer más supremo mientras era conducido tan rápido y tan suavemente por el mar». Dentro de unas pocas décadas, sin embargo, los misioneros estadounidenses que llegaban a Hawái verían este «placer supremo» como un impedimento para su impulso de cristianizar el mundo.

The History Of Surfing: Beyond The Board | ISLE | Blog

Los misioneros constituyeron uno de los grupos más grandes de estadounidenses que viajaron al extranjero en el siglo 19. Los misioneros protestantes se establecieron en África, Asia y las islas del Pacífico para difundir el cristianismo junto con el poder y la influencia estadounidenses. A menudo, los misioneros sirvieron como precursores de la penetración económica y política estadounidense.

Los misioneros estadounidenses llegaron por primera vez a las islas hawaianas en la década de 1820. Buscaban imponer su moralidad y valores mientras erradicaban las prácticas consideradas pecaminosas y licenciosas. Los misioneros ayudaron a aprobar leyes que prohibían el baile de hula y desalentaba el uso de leis. Si bien el surf seguía siendo legal, las prácticas asociadas con el deporte, incluida la desnudez y los juegos de azar, no lo eran. Como concluyó el historiador del surf Matt Warshaw, «quita el sexo y las apuestas y, de repente, todo era mucho menos atractivo».

Amazon.com: Hawaiian Missionary 1823 Na Missionary Preaching In Hawaii In  1823 Line Engraving American 1832 Poster Print by (18 x 24): Posters &  Prints

El énfasis misionero en la ética calvinista de trabajo duro y  empresa, dejó poco tiempo para el surf. El misionero Hiram Bingham señaló esta relación: «El declive y la interrupción del uso de la tabla de surf, a medida que avanza la civilización, puede explicarse por el aumento de la modestia, la industria y la religión».

A comienzos del siglo 20, sin embargo, algunos estadounidenses comenzaron a ver el surf no como una actividad pecaminosa a ser restringido, sino una herramienta para extender el poder estadounidense en el Pacífico. Durante la segunda mitad del siglo 19, Hawái se convirtió en un destino para la inversión estadounidense en la floreciente industria azucarera de la isla. Aunque aparentemente una monarquía bajo el control de líderes nativos, Hawái quedó bajo el control indirecto de ejecutivos de negocios estadounidenses, muchos de los cuales eran hijos de misioneros. Este grupo de poderosos estadounidenses orquestó un golpe de Estado con la ayuda de los marines y presionó para la anexión a los Estados Unidos en 1898.

Algunos ciudadanos blancos de Hawái, principalmente Alexander Hume Ford, se volcaron al surf para asegurar Hawái como un puesto avanzado del imperio estadounidense. Como argumenta el historiador Scott Laderman, «cuando [Ford] encontró el surf y la emoción incomparable que representaba, Ford encontró un señuelo para atraer inmigrantes blancos a Hawai’i»  para fortalecer el dominio imperial de Estados Unidos.

Para atraer a sus compatriotas blancos americanos a las islas, Ford publicó docenas de artículos ensalzando el placer y el valor del surf. En la revista Collier’s, por ejemplo, observó que «hay una emoción como ninguna otra en todo el mundo mientras te paras sobre la cresta [de una ola]». Ford se convirtió en uno de los impulsores más prominentes del deporte, enseñando a Jack London a surfear y fundando el selecto Outrigger Canoe Club en Honolulu. Todo esto se hizo no sólo en la búsqueda del placer, sino para mejorar el poder estadounidense en el extranjero.

A medida que Ford promovía el surf a los estadounidenses blancos, los nativos hawaianos llevaron el deporte directamente a las audiencias internacionales. George Freeth viajó a California para realizar demostraciones de surf para audiencias de San Francisco a San Diego como parte del plan de Ford de usar el surf para vender Hawái. Durante la primera mitad del siglo 20, el surfista más famoso del mundo fue Duke Kahanamoku, quien promovió el desarrollo del surf en Australia y Nueva Zelanda después de una gira de exhibición en 1914 y 1915. También un consumado nadador, Kahanamoku representó a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1912 en Estocolmo, los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, los Juegos Olímpicos de 1924 en París y los Juegos Olímpicos de 1932 en Los Ángeles, sumando cinco medallas en total.

California Retrospective: Duke Kahanamoku: The heroic moment that became  part of his legend - Los Angeles Times

Duke Kahanamoku.

La Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría cambiaron drásticamente la posición de los Estados Unidos en el mundo. A medida que el ejército estadounidense se abanicaba en todo el mundo durante las décadas de 1940 y 1950 para luchar en la guerra y, como Washington lo veía, defender la paz, trajeron el surf con ellos. El surf y la participación militar de Estados Unidos fueron de la mano, llevando la equitación de olas a lugares como Japón, Vietnam y América Central.

Los turistas estadounidenses, también, hicieron mucho para llevar el surf al mundo en general a través de los viajes. De Francia a Perú, de Sudáfrica a Indonesia, los surfistas difundieron lo que se estaba alimentando. Los surfistas viajeros también participaron en el tipo de diplomacia a pequeña escala, de persona a persona, que se convirtió en una parte central del uso del poder blando por parte de Estados Unidos para ganar corazones y mentes durante la Guerra Fría.

Ilustrativo del lugar del surf en el arsenal de poder blando de la Guerra Fría de Estados Unidos fue el documental de viajes de surf de 1966 «The Endless Summer». Dirigida por Bruce Brown, la película siguió a dos adolescentes blancos all-American del sur de California mientras perseguían las olas desde Ghana hasta Sudáfrica y Tahití. El Departamento de Estado incluso planeó proyectar la película en el Festival de Cine de Moscú en 1967 para, como argumenta Laderman, ilustrar «el estilo de vida placentero prometido por el sistema capitalista que hizo posible tal ocio … [y] pintó un retrato de los Estados Unidos como una potencia benevolente y comprensiva».

The Endless Summer (1966) - Rotten Tomatoes

El poder blando estadounidense volvió a estar en exhibición en la Exposición Universal de Japón en Osaka en 1970. Los organizadores del pabellón estadounidense en la exposición trataron el evento como una competencia de facto con la Unión Soviética. Recurrieron al surf para mostrar lo mejor de los Estados Unidos. Más allá de las exhibiciones de naves espaciales y una roca lunar, los exhibicionistas estadounidenses presentaron 13 tablas hechas en Estados Unidos e imágenes de surfistas donadas por Bruce Brown. Tras la conclusión de la exposición, un club de surf japonés compró con entusiasmo 10 de las tablas para seguir difundiendo el deporte en ese país.

Unos 50 años después, el surf volverá a formar parte de una competición internacional en Japón. Los eventos deportivos internacionales a menudo se promocionan como unificadores del mundo. Pero los Juegos Olímpicos también muestran desigualdades internacionales. Y el movimiento olímpico ha enfrentado críticas por corrupción, escándalos y el respaldo tácito de gobiernos que violan regularmente los derechos humanos de sus ciudadanos.

La historia del surf muestra de manera similar que el deporte está incrustado en una historia de imperialismo. El surf, al igual que los Juegos Olímpicos en sí, no existiría como lo hace independientemente de cómo las naciones utilizan el deporte como una herramienta de las relaciones internacionales. Los estadounidenses trajeron el surf al mundo, haciéndolo de una manera que apuntaló el poder estadounidense en todo el mundo, y aunque podemos maravillarnos con los atletas que montan olas en los Juegos, esta historia también estará en exhibición.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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Continuando con los textos que analizan el actual debate sobre  la enseñanza de la historia estadounidense, comparto un corto artículo de la historiadora mexicano-estadounidense  Gabriela Soto Laveaga. Profesora en el Departamento de Historia de la Ciencia de Harvard, la Dra. Laveaga reflexiona sobre el impacto que podría tener en la sociedad estadounidense que se enseñara historia de México en sus escuelas. Su argumento es fascinante.


Cada estadounidense necesita tomar una clase de historia de México

Gabriela Soto Laveaga

The Washington Post   22 de julio 2021

Examining The Real Story of The Alamo And Why The Myths Persist – Houston  Public MediaLa reciente reacción violenta sobre la publicación de un nuevo libro sobre la historia de El Álamo no tiene que ver con el partidismo ni la con teoría crítica de la raza mal aplicada. Se trata, mas bien,  de negar quiénes somos como nación. Más que un borrado de hechos históricos, es otro ejemplo de la peligrosa práctica en curso de seleccionar partes de nuestro pasado  para ajustarlas a mitos nacionales preenvasados. No se trata de una práctica nueva ni nuestra sociedad es la única que reescribe la historia para adaptarse a los vientos políticos actuales. Sin embargo, negar un análisis serio y fáctico de nuestro pasado sabotea la capacidad de lograr una sociedad más justa e igualitaria. Si comenzamos nuestra historia de orígenes nacionales con falsedades históricas, seguiremos repitiendo y ampliando estas ficciones para que la mentira inicial tenga sentido.

Una forma de corregir esta tendencia es estudiando el papel de México y los mexicanos en la creación de una identidad estadounidense. No resolverá un esfuerzo concertado para rechazar las verdades históricas, pero puede ayudarnos a desarrollar habilidades críticas para identificar los problemas con la enseñanza de una sola historia de la historia estadounidense. ¿Por qué México? Entre otras razones, México perdió más del 50 por ciento de su territorio a favor de Estados Unidos. Dicho con crudeza, gran parte de nuestro país fue una vez México. Analizar los orígenes de esta ganancia territorial coloca los debates actuales sobre la inmigración, la frontera e incluso qué idiomas se pueden enseñar en las escuelas en una perspectiva más amplia.

El ensayista y premio Nobel Octavio Paz entendió el valor de esto hace décadas cuando escribió: “al conocer México, los estadounidenses pueden aprender a entender una parte no reconocida de sí mismos”. Esa parte no reconocida es complicada. Usemos solo un ejemplo, la guerra mexicano-estadounidense o la invasión de los Estados Unidos, como se la conoce en México, para ilustrar cómo este evento crucial podría enseñarse en las aulas estadounidenses para expandir la forma en que estudiamos las acciones de nuestra entonces todavía incipiente nación.

Si bien la historia del Álamo no es tan consecuente para México, los escolares mexicanos aprenden que cuando su país concedió permiso a los angloamericanos para establecerse en el territorio escasamente poblado de Tejas,  estos colonos aceptaron acatar las leyes de México y se les animó a aprender español, convertirse al catolicismo, casarse con mexicanos y, finalmente, renunciar a la esclavitud.

En cambio, los angloamericanos desafiaron todas estas expectativas. Empezaron por superar el tope del número de angloamericanos que podían asentarse en México. Eso les permitió superar en número a los mexicanos en su territorio norteño. Los estadounidenses se negaron entonces a seguir las leyes de la tierra; en respuesta, México envió tropas para patrullar sus fronteras, entendiendo que una facción de tejanos estaba decidida a fomentar la secesión de México.

Ese es el telón de fondo del asedio de Álamo en 1836: un país decidido a sofocar una rebelión de extranjeros sin ley que se habían quedado más tiempo de lo que debían en México.

Sin embargo, el destino de Texas no se decidiría en el campo de batalla, sino en Washington, D.C. En 1837 los Estados Unidos reconocieron a Texas como un estado independiente, alimentando la ira de su vecino del sur. Unos años más tarde, en 1844, James K. Polk llevó a cabo su campaña presidencial sobre la anexión de Texas, que muchos en México todavía consideraban un territorio rebelde que era parte de su nación.

Parte de la disputa fue que Texas definió su frontera en las Nueces o el Río Grande, lo que le daba 150 millas adicionales de territorio.

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Ejército estadounidense en el Zócalo, Ciudad del México, 1848.

Este detalle geográfico es importante. Polk, decidido a presionar por la guerra, afirmó que una escaramuza fronteriza que involucró a tropas mexicanas y estadounidenses derramó “sangre estadounidense en el suelo de Estados Unidos”. Pero esta afirmación era falsa; la batalla ocurrió en este territorio en disputa. Un joven congresista de Illinois, el futuro presidente Abraham Lincoln, objetando la mentira de Polk, presentó la  Resolución de 1847, con evidencia que probaba que escaramuza no había ocurrido en suelo estadounidense.

¿Qué pasaría si los escolares aprendieron a examinar la resolución de Lincoln y las protestas contra lo que él pensaba que era una guerra injusta? Este contexto más amplio mostraría a los estudiantes que las historias nacionales no son ordenadas, son desordenadas y a veces llenas de actos ilegales, o al menos problemáticos. También enseñaría a los estudiantes a interrogar las acciones y afirmaciones presidenciales, no simplemente a aceptarlas como un hecho.

En los últimos meses, diversas batallas sobre lo que se enseñará en nuestras aulas tienen un denominador común: el rechazo contra una narrativa triunfalista, que glorifica las acciones de un grupo sobre otro. Estudiar la guerra mexicano-estadounidense también puede enseñarnos sobre los roles cambiantes de la raza en nuestro país. Específicamente, cómo algunos grupos étnicos que gozan de una amplia aceptación hoy en día fueron vilipendiados, como, por ejemplo, los irlandeses.

Index of /Efemerides/9Uno de los eventos simbólicamente más poderosos de la guerra está mayormente olvidado en los Estados Unidos hoy en día. Pero los mexicanos ven la ejecución por Estados Unidos de un regimiento predominantemente irlandés —el Batallón de San Patricio—  por traición, como un evento clave en la guerra.

 

En la década de 1840, los irlandeses, huyendo de la hambruna, llegaron indigentes, hambrientos y, como muestran las caricaturas políticas de la época, en masa a los Estados Unidos. Relegados a trabajos de la clase más baja de la sociedad,  y viviendo hacinados en guetos étnicos, los irlandeses fueron retratados como inmigrantes indeseables con una inteligencia inferior a la media, que eran propensos a la delincuencia.

Sin embargo, cuando se hizo el llamado para que 50,000 soldados adicionales invadieran México, los inmigrantes — muchos de ellos irlandeses — respondieron a la llamada con la esperanza de lograr la aceptación en los Estados Unidos. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que muchos irlandeses se dieran cuenta de que estaban librando una guerra injusta iniciada con falsos pretextos. Como católicos, también simpatizaban con los mexicanos que estaban horrorizados por la profanación de iglesias por el ejército invasor estadounidense. Cambiando de lealtad, un batallón de irlandeses desertó y luchó en el lado mexicano. Si bien la mayoría fueron capturados y colgados por traición, hoy en Día en México se pueden encontrar monumentos a los irlandeses, considerados héroes de la guerra. No todos los escolares mexicanos sabrán sobre El Álamo, pero conocen de la existencia del Batallón de San Patricio, compuesto por un grupo de inmigrantes no deseados que e levantó contra una falsedad. En otras palabras, las preguntas que hacemos sobre el pasado importan.

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Al final de la guerra, los Estados Unidos ganaron los futuros estados de California, Texas, Nevada, Nuevo México, Arizona, Utah y partes de Oklahoma, Colorado, Wyoming y Montana de México. Para llevar a cabo la creencia de que era un derecho dado por Dios expandirse de “mar a mar”, los mexicanos se transformaron en extraños en su propia tierra. Los nuevos tribunales y leyes ayudaron a quitarle sus derechos a los mexicanos, sentando un precedente legal para convertirlos en ciudadanos de segunda clase, penalizados por hablar español o simplemente  reunirse en grupos.

Sin duda, exigir una clase de historia de México para una comprensión más completa de nuestra sociedad actual implica que tendremos maestros capacitados y dispuestos a enseñar un pasado fáctico. Hasta ahora, hemos tenido resultados mixtos en ese ámbito.

A pesar de estos desafíos, la expansión de nuestro plan de estudios enriquecerá la comprensión de las próximas generaciones de estadounidenses. La académica de Gloria Anzaldua describió la frontera entre Estados Unidos y México, producto de la guerra mexicana-estadounidense, como una herida abierta, el marcador de una historia colectiva y traumática que continúa teniendo un impacto en las vidas actuales de las comunidades y los individuos. Los problemas, ya sean los derechos de los trabajadores, la migración, la disminución de las aguas subterráneas en la frontera, el desarrollo económico o el tráfico de drogas afectan a ambos países y no pueden resolverse con decisiones unilaterales. Las historias unilaterales tampoco funcionan.

Los últimos años nos han demostrado que permanecer deliberadamente ignorantes de la historia es peligroso para la democracia. Si nos movemos para borrar pasados incómodos,  entonces permanecemos atados a las ficciones.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

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imagesPaco Ignacio Taibo II es un prolifero escritor mexicano que combina muy bien la ficción (especialmente, la novela negra) y la narrativa histórica. Creador del genial investigador Belascoarán Shayne, Taibo II es autor  de un número impresionante de libros donde aborda temas de historia mexicana y latinoamericana en general. Destacan dos obras biográficas monumentales: Ernesto Guevara, también conocido como el Che (1996) y  Pancho Villa: una biografía narrativa (2006), donde enfoca dos figuras claves de la historia latinoamericana del siglo XX. Con una fuerte tendencia antisistema, no debe sorprender que Taibo II haya dedicado tiempo al rescate y análisis del movimiento anarco sindicalismo español con obras como Asturias 1934 (1980), Arcángeles: doce historias de revolucionarios herejes del siglo XX (1998) y Que sean fuego las estrellas (2015).

Me acabo de leer una de sus obras de narrativa histórica: El Álamo: una historia no apta para

Taibo

Paco Ignacio Taibo II

Hollywood ( 2011) y comparto aquí mis impresiones con mis lectores. En este corto y muy bien escrito libro, Taibo II desarrolla un efectivo trabajo  de desmitificación de la batalla del Álamo. Este enfrentamiento entre fuerzas rebeldes texanas y efectivos del ejército mexicano fue uno de los principales episodios de la llamada revolución texana de 1836. Como bien documenta Taibo II, la  derrota de los rebeldes en el Álamo se convirtió en uno de los principales mitos fundacionales estadounidenses. A los que murieron en el Álamo se les convirtió en símbolos del excepcionalismo estadounidense; en «mártires» de la libertad y la democracia. Taibo deja claro que uno de los elementos claves de la rebelión texana era la defensa de la esclavitud, no de la democracia. La especulación de tierras también jugó una papel importante en la rebelión texana. El autor baja del Olimpo al que han sido ensalzados, especialmente por Hollywood y Disney, los principales personajes estadounidenses de la batalla del Álamo: William Barret Travis, Dadid Crockett y James Bowie. Los presenta tal como lo que eran: aventureros, esclavistas, malos padres, borrachos, mentirosos, etc. Taibo  II no es menos duro con sus compatriotas, describiendo la  falta de visión y de liderato que reinó entre las tropas mexicanas, especialmente, las deficiencias de su máximo líder el General Antonio López de Santa Anna.

Aquellos interesados en la rebelión texana y en especial de la batalla del Álamo, encontrarán en este libro una visión crítica y profundamente desmitificadora de tales eventos. Quienes estén interesados en investigar estos temas, encontrarán una impresionante bibliografía que incluye fuentes tanto estadounidenses como mexicanas.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 13 de abril de 2018

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The Invasion of America  

Este  mapa interactivo del desarrollo del expansionismo continental estadounidense,  examina la adquisisicón de territorios a través de los tratados y órdenes ejecutivas relacionadas con las llamadas naciones indias. En otras palabras, ilustra el proceso de despojo de las tierras de los pobladores norteamericanos originales por parte del gobierno federal norteamericano entre 1776 y 1876. También contiene vínculos a los textos de los tratados en cuestión  y un video, los que podrían resultar herramientas muy útiles para educadores.

El mapa esta accesible aquí.

Imagen

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Sacajawea guiding the expedition from Mandan through the Rocky Mountains. Painting by Alfred Russell. (© Bettmann/CORBIS)

Sacajawea guiding the expedition from Mandan through the Rocky Mountains. Painting by Alfred Russell. (© Bettmann/CORBIS)

Lewis and Clark Only Became Popular 50 Years Ago

Smithsonian.com   June 5, 2014

The legend of Lewis and Clark is today so deeply ingrained in our national memory, as the predecessors to the age of Davy Crockett and his wild frontier and to dying of dysentery on the Oregon Trail, that it’s difficult to imagine a student of history not knowing about their historic journey. But our modern image of Lewis and Clark—exalted heroes of American exploration—is a fairly recent phenomenon. For nearly 150 years after their expedition, the nation almost forgot about Meriwether Lewis and William Clark completely.

«It really is an interesting rollercoaster, from the invisible to the iconic,» explains James Ronda, the H. G. Barnard Chair in Western American History, emeritus at the University of Tulsa. «If you look all through the 19th century, they might be mentioned in a single line, even in to the 1920s and 30s, they end up getting wrapped up with the Louisiana Purchase, which is not what they were initially involved with.»

Lewis and Clark were sent on their journey by President Thomas Jefferson, a man whose reputation spanned more than being the author of the Declaration of Independence: he was also a scholar of philosophy, language, science and innovation—interests that fueled his desire to learn more about the country in his charge. Jefferson had long dreamed of sending an expedition to the West—an idea that began, for him, around the end of the Revolutionary War. He attempted to send explorers West, across the Mississippi and Missouri Rivers, but none of these expeditions (one of which included George Roger Clark, William Clark’s brother) came to fruition. Nonetheless, by the time he became president, Jefferson had amassed one of the largest libraries concerning the American West at his Monticello estate. Many of these books focused on North American geography, from The American Atlas: or, A Geographical Description of the Whole Continent of America by Thomas Jefferys to The Great or American Voyages by Theodor de Bry. All told, Jefferson had over 180 titles in his library on the subject of North American geography.

From his studies, one word came to define the West for Jefferson: symmetry. Jefferson viewed the West not as a wildly different place, but as an area dictated by the same geographical rules that reigned over the eastern United States—a kind of continental symmetry. His belief in such a symmetry contributed to the expedition’s central assumption—the discovery of the Northwest Passage, a route that would connect the Missouri River with the Pacific Ocean. Because on the East Coast, the Appalachian Mountains are relatively close to the Atlantic, and the Mississippi connects with rivers like the Ohio, whose headwaters in turn mingle closely with the headwaters of the Potomac, providing a path to the Atlantic Ocean. Discovering such a passage to the Pacific was Lewis and Clark’s primary objective; even as the two prepared for the journey by studying flora and fauna, Jefferson instructed Lewis to focus on finding «the most direct & practicable water communication across this continent for the purposes of commerce.»

But the geography of the West turned out to be nothing like the geography of the East, and Lewis and Clark returned in September of 1806 without finding Jefferson’s prized route. The mission—for these intents and purposes—was a failure. But Jefferson moved quickly to make sure that it wasn’t viewed as such by the general public.

«What Jefferson did, very creatively, was to shift the meaning of the expedition away from the passage to the questions about science, about knowledge,» Ronda explains. This was to be accomplished through Lewis’ writings about the expedition, which were to be published in three volumes. But Lewis, for some reason, couldn’t bring himself to write. At the time of Lewis’ death, he hadn’t managed to compose a single word of the volumes—and public interest in the expedition was quickly fading. Clark took the information gathered on the expedition and gave it to Nicholas Biddle, who eventually penned a report of the expedition in 1814. A mere 1,417 sets were published—essentially nothing, Ronda notes.

By the time Biddle’s report was published, the country’s attention had shifted to the War of 1812. In that war, they found a new hero: Andrew Jackson. Lewis and Clark sank further into obscurity, eventually replaced by John Charles Fremont, who explored much of the West (including what is now California and Oregon) throughout the 1840s and ’50s, and ran for president in 1856. Materials that spoke to Lewis and Clark’s accomplishments simply didn’t exist, and the most useful resource of all—the expedition’s original journals—were tucked away at the American Philosophical Society in Philadelphia. It’s possible that, at that time, nobody even knew the journals existed. In American history books written for the country’s centennial in 1876, Lewis and Clark have all but disappeared from the narrative.

Scholarly interest in the expedition begins to increase near the end of the 1890s, when Elliot Coues, a naturalist and army officer who knew about Lewis and Clark, used the expedition’s only journals to create an annotated version of Biddle’s 1814 report. At the beginning of the 20th century, with the expedition’s centennial celebration in Portland, Oregon, public interest in Lewis and Clark begins to grow. «Now Lewis and Clark are beginning to reappear, but they’re beginning to reappear as heroes,» Ronda says.

In 1904 and 1905, Reuben G. Thwaites, one of the most distinguished historical writers of his time, decided to publish a full edition of the Lewis and Clark journals on the occasion of the centennial celebration of their trip. He thought that if more information was available about the expedition, public interest in the figures would increase. He was wrong. «It’s like dropping a stone in a pond and there are no ripples. Nothing happens,» Ronda explains. Americans—historians and the public—weren’t very interested in Lewis and Clark because they were still focused on understanding the Civil War. In the 1940s, Bernard DeVoto, another distinguished literary figure and historian, tried to do what Thwaites couldn’t, by publishing the Pulitzer Prize-winning book Course of Empire. Again, no one read it—the public was overwhelmed by World War II instead.

It wasn’t until the 1960s that the public and scholarly spheres connected to make Lewis and Clark the American icons they are today. In the academic world, the work of Donald Jackson changed the way the Lewis and Clark narrative was told. In the 1962 edition of the Lewis and Clark letters, Jackson wrote in his introduction that the Lewis and Clark expedition was more than the story of two men—it was the story of many people and cultures.

«What Donald did is to give us the bigger story,» Ronda explains. «And now, there’s an audience.»

Two events helped pique public interest in the Lewis and Clark story: the marking of the Western Trails by the federal government, which brought new attention to the country’s history of Western exploration, and the founding of the Lewis and Clark Trail Heritage Foundation in 1969, whose stated mission is to honor and preserve the legacy of Lewis and Clark through education, research and preservation. «The 1960s were a tumultuous time. It was also a time of intense introspection about who we are as a people. One of those moments of introspection is wondering what is our history like?» Ronda explains.

In 1996, American historian Stephen Ambrose released Undaunted Courage, a nearly 600-page-long history of the expedition. The book was a New York Times #1 best-seller, and won both the Spur Award for Best Nonfiction Historical and the Ambassador Book Award for American Studies. Taking advantage of the wealth of new research uncovered by Lewis and Clark historians (especially Donald Jackson) since the 1960s, Ambrose’s book was called a «a swiftly moving, full-dress treatment of the expedition» in its New York Times review (ironically, the same review touts Lewis and Clark as explorers who «for almost 200 years…have stood among the first ranks in the pantheon of American heroes»). The following year, Lewis and Clark’s expedition was brought to life by the famed film maker Ken Burns in his four-hour PBS documentary Lewis & Clark: The Journey of the Corps of Discovery

In terms of public interest in the Lewis and Clark expedition, Ronda feels that the 2006 bicentennial was the high-water mark—Americans celebrated all over the country with a three-year, 15-state pageant announced by President Bush. The Smithsonian’s National Museum of Natural History ran a massive exhibit in 2003, featuring more than 400 artifacts from the expedition, the first time many had been in the same place since 1806. «Still, a lot of people still think about Lewis and Clark going out there all alone and there’s nobody else there. They don’t go into an empty place, they go into a place filled with native people, and the real story here is the encounter of peoples and cultures,» he says. «You can understand the complexity of American life by using Lewis and Clark as a way to understand us as a complex people.»

 

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H-Diplo Review Essay on Michael Scott Van Wagenen. Remembering the Forgotten War: The Enduring Legacies of the U.S.–Mexican War. Amherst and Boston: University of Massachusetts Press, 2012. 330 pp., 30 b&w illus. ISBN 978-1-55849-930-0.

Reviewed for H-Diplo by Douglas Murphy, National Park Service

9781558499294The fact that there are distinct differences in the way that citizens of the United States and Mexico recall the conflict between their two countries has long been a sort of elephant in the room. Observers seem eager to point out that it is there but rarely appear motivated to explain how it managed to squeeze through the doorway. Over the past thirty years, it has become a tradition for authors to point out that Americans “generally give scant attention to the sordid but successful adventure” 1 that transferred half of Mexico’s territory to the United States while at the same time noting that “the bitterness of the loss has not been erased from Mexican memory.”2 The cause of this divergence is generally left unstated, though readers are frequently left with the vague impressions that Mexicans have nurtured a grudge for decades and Americans have simply elected to sweep an unseemly chapter in their history under the rug.
Michael Van Wagenen has dared to venture into this room and finally asks how the elephant got there. He reviews more than 160 years of United States and Mexican history and a diversity of source materials in an effort to determine how memories of that war have evolved since 1846 and the implications of those recollections for each nation and in terms of the relations between the countries.
He reveals two very different approaches to memory. Mexico carefully crafted an official memory of the conflict, not as an expression of anger against the United States, but as part of an effort to set aside the shame of defeat and create national unity and support of the central state.    At the heart of this effort the “Niños Heroes”—six young military cadets who died in defense of their country— evolved into martyrs who «inspired pride in the indomitable Mexican spirit and forwarded …domestic and international goals» (138). By contrast, recollection of the war in the United States has always been a much more diffuse enterprise, with communities and individuals taking the lead in devising memorials and monuments to local heroes or connections. Many of the initial efforts to mark the war were swept away by the Civil War, which had a much larger and more direct impact on American lives. Many Mexican War veterans also served the Confederacy, and when the Union was restored, there was little effort to honor the men who had later turned against their country. By the twentieth century, only a few staunch descendants of the players in the grand drama of 1846-1848 continued to develop monuments and memorials, often to glorify themselves at the exclusion of others.
The author finds pitfalls in both routes to memory. In the United States, where the federal government has generally avoided the memory-making business, heritage groups and Chicano groups often find themselves at odds over interpretations of the war while the mass of population cares little at all. In Mexico, the effort to establish an official memory has been equally problematic. Efforts to wean generations of citizens on the legend of the Niños Heroes, for example, have occasionally backfired, with protesters co-opting the story to justify resistance to the government and its policies. The mythology of the Boy Heroes also occasionally conflicts with relations with the United States. In one of the more interesting themes of the book Van Wagenen describes how the Mexican government has struggled, occasionally in vain, to use the war to promote nationalist rather than anti-Yanqui sentiment. Likewise he recounts the complex dance that U.S. officials must undertake in order to respond to Mexico’s memory of the war and the complex array of memories on the home front.
The book delves into broad array of topics from U.S. town names and the Mexican national anthem in the nineteenth century to efforts to develop bi-national cooperation on documentaries and historic sites in the late twentieth century. Other topics include veteran’s pensions, Santa Anna’s captured leg, living history programs and battle reenactments, and even films about deserters and cannibalism. The reader comes away with a clear impression that the war has never been forgotten at all, but molded, misinterpreted, and distorted to serve many different ideologies and causes.
Despite this extensive coverage, the book also occasionally leaves the reader wanting more. In several instances, the author describes how certain groups recalled the war, sets forth a handful of examples, then suggests that this sentiment was shared by a much larger segment of the population. The conclusions are likely true, but because of the dearth of surveys or polls that would provide statistical support, it would be helpful to see additional citations and demonstrations that corroborate these assertions. Also absent is a discussion of formal education in the United States. While there is an interesting analysis of the ways in which Mexican authorities have utilized textbooks to portray the North American intervention and to inculcate children, there is no equivalent look at the United States. Anyone who has ever interacted with the American general public on the topic of the war with Mexico has frequently heard the lament, ‘they never taught that in school.’ Van Wagenen states with conviction that many Americans draw their limited, often-erroneous knowledge of the U.S.-

Mexican War from television programs like Davy Crockett and The Simpsons. Unfortunately he does not delve into the U.S. education system or explain why the conflict continues to receive scant attention in elementary and high school classrooms.
These omissions do not undermine the overall value of this work. The book still provides an important explanation of how two societies developed very different memories of a shared conflict. Although other readers will have differing ideas on what should have been added or left out, they will at least come away with an understanding of how the elephant entered the room and even gain some insight about where it might go from here.

1. Lester Langley, Mexamerica: Two Countries, One Future (New York: Crown Publishers, 1988), 281.

2. Jeffrey Davidow, The Bear and the Porcupine: The U.S. and Mexico (Princeton, N.J.: Markus Wiener Publishing, 2007), 14.

Douglas Murphy is Chief of Operations at Palo Alto Battlefield National Historical Park. He received his Ph.D. from the University of North Carolina at Chapel Hill. His publications on the U.S.-Mexican War include “The March to Monterrey (Tennessee) and the View From Chapultepec (Wisconsin), The Mexican War and U.S. Town Names,” Military History of the West, Fall 2010, and «Dogs of Destiny, Hounds From Hell, American Soldiers and Canines in the Mexican War,» Military History of the West, Spring 1996.  His book War Comes to the Rio Grande: The Opening Campaign of the Mexican War will be published by Texas A&M University Press in 2014.

URL: http://www.h-net.org/~diplo/essays/PDF/Murphy-Wagenen.pdf

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An Isolationist United States? If Only That Were True
Tim Reuter

Forbes, October 10, 2013

“Peace, commerce, and honest friendship with all nations, entangling alliances with none.”  Thomas Jefferson, First Inaugural Address.

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on.  (Photo credit: Wikipedia)

This image depicts the Territorial acquisitions of the United States, such as the Thirteen Colonies, the Louisiana Purchase, British and Spanish Cession, and so on. (Photo credit: Wikipedia)

George Orwell once wrote that if “thought corrupts language, language can also corrupt thought.”  He derided his contemporaries for how their use and abuse of the term fascism emptied the word of any meaning.  The subsequent inability to define fascism degraded it “to the level of a swearword,” and a slur for use against anyone or anything deemed undesirable.

The same holds true for the word isolationism, and its use in American foreign policy discussions.  Proponents of American empire hurl the words isolationism and isolationist at their critics to tar them as ignoramuses and kooks.  The neoconservative movement’s scion, super hawk Bill Kristol, has dismissed, the non-interventionist and possible 2016 presidential candidate, Senator Rand Paul as a “neo-isolationist.”

Charles Krauthammer was more explicit in a Washington Post op-ed on August 1:

“The Paulites, pining for the splendid isolation of the 19th century, want to leave the world alone on the assumption that it will then leave us alone.  Which rests on the further assumption that international stability — open sea lanes, free commerce, relative tranquility — comes naturally, like the air we breathe.  If only that were true. Unfortunately, stability is not a matter of grace.  It comes about only by Great Power exertion… World order is maintained by American power and American will.  Take that away and you don’t get tranquility.  You get chaos.”

The specter of renewed intervention in the Middle East (attacking Syria) may have passed, but the slur remains.  Neoconservative intellectuals, obsessed with American military might, have stamped non-interventionists and the war weary public alike as isolationists.

But in the history of American foreign affairs, isolation has never meant a lonely existence.  Instead, it implied security.  The “splendid isolation” phrase mocked by Krauthammer comes from late Nineteenth Century British statesman who viewed Britain’s interests as distinct from continental Europe’s.  The English Channel separated British security concerns from the continent’s power politics and wars.  This geographic isolation helped demarcate differences between colonial security interests, which Britain routinely acted on, and homeland security.

Something similar was true for the United States.  German Chancellor Otto von Bismarck put the matter well: “The Americans are truly a lucky people.  They are bordered to the north and south by weak neighbors and to the east and west by fish.”  The Founding Fathers agreed.

Americans had the geographic luck of distance from Europe and its conflicts.  Out of this ability to avoid unnecessary wars that jeopardized life and liberty, came the Founders’ caution.  Before Jefferson’s aforementioned quip, George Washington stated the matter bluntly in his Farewell Address.  “It is our true policy to steer clear of permanent alliances with any portion of the foreign world.”

Such counsel contained a powerful strain of realism.  Strict neutrality was the infant nation’s best hope for survival amid international turmoil.  The global nature of the French Revolutionary and Napoleonic Wars threatened to ensnare and destroy the republic with one misstep or ill-fated alliance.  President James Madison nearly did just that in the War of 1812 when British forces burned Washington D.C.

In the republic’s harrowing early years, one should note the impossibility of isolation or having no foreign contact.  The world war meant the U.S. needed diplomatic relations and readiness for conflict.  Sometimes the two overlapped, such as when hostilities began in 1812 over the repeated impressment of American sailors into the Royal Navy.  But, the key for the Founders was to comprehend foreign threats and respond appropriately.

Prescribed aloofness from European power politics never concerned diplomacy or trade.  The Founders encouraged the latter, while the former became easier after Napoleon’s fall in 1815.  Indeed, diplomacy was critical to bolstering U.S. security.

The Louisiana Purchase of 1803 did more than add land.  It reduced the presence of France, and then Spain, in North America and secured American control of the Mississippi River.  The Adams-Onís Treaty of 1819 built off of Jefferson’s work.  It exchanged vague boundary claims in present-day Texas for Spanish Florida, and consolidated American control of land east of the Mississippi River.  Moreover, New Spain (Mexico and Central America) became independent soon thereafter.

In 1823, President James Monroe warned European nations against re-colonizing Latin America.  Such efforts would constitute a serious threat to U.S. security.  Despite America’s inability to enforce the Monroe Doctrine, and whether by design or accident, Britain tacitly approved.  Spanish re-conquest likely meant a reestablished mercantilist system.  If the Royal Navy kept prospective colonizers out, those new markets would likely stay open.  This overlap of British economic interests and American geopolitical interests benefited the United States immensely.

As Europe settled into peace, foreign crises abated and the market revolution began.  Over the succeeding years, U.S. economic growth exploded, the restraints of weakness fell away, and politicians’ desire to exercise power grew.  From 1815 to the Civil War, Americans made plenty of mischief abroad.  The U.S. declared one war (against Mexico 1846-1848), threatened another with Britain over border disputes regarding Canada out west (1845-1847), and issued ultimatums to Spain about freeing Cuba (the 1854 Ostend Manifesto).

The justification for this belligerency may sound familiar, freedom.  In July 1845, a young writer named John L. O’Sullivan published an editorial entitled “Annexation” in The United States Democratic Review.  This piece mixed freedom with foreign policy, and turned a famous phrase.  O’Sullivan opined about America’s “manifest destiny” to “overspread the continent allotted by Providence for the free development of our yearly multiplying millions.”

O’Sullivan did not mean territorial acquisition by force.  Instead, the spread of free peoples and success of free institutions would exercise a gravitational pull.  American energy and productivity would inexorably draw North America’s foreign territories into the Union.  California, then part of Mexico, was a case in point.

“Already the advance guard of the irresistible army of Anglo-Saxon emigration has begun to pour down upon it, armed with the plough and the rifle, and marking its trail with schools and colleges, courts and representative halls, mills and meeting-houses.  A population will soon be in actual occupation of California, over which it will be idle for Mexico to dream of dominion.”

Stated succinctly, freedom’s power lay internally.  Americans’ success as free people marked them as chosen by God to show the way to a better future.  Moreover, once the U.S. conquered North America, no European power would equal its strength.  O’Sullivan concluded:

“Away, then, with all idle French talk of balances of power on the American continent [emphasis in the original]… And whosoever may hold the balance, though they should cast into the opposite scale all the bayonets and cannon, not only of France and England, but of Europe entire, how would it kick the beam against the simple solid weight of two hundred and fifty, or three hundred millions-and American millions-destined to gather beneath the flutter of the stripes and stars, in the fast hastening year of the Lord 1945!”

Others shared such sentiments, including the new president.  In his first annual message to Congress in December 1845, President James Polk stated, “the expansion of free principles and our rising greatness as a nation are attracting the attention of the powers of Europe.”  That attention brought about the threat of a “ ‘balance of power’ ” system imposed “on this continent to check our advancement.”

The solution was territorial acquisition.  A trans-continental United States would, excluding British Canada, end European intrigue and mischief making in North America.  If it came at the expense of others, then so be it.  Such thinking was not confined to the younger generation.  President Andrew Jackson said of Mexico’s breakaway Texas province in 1844: it was “the key to our safety” and would “lock the door against future danger.”  Texas was duly annexed in February 1845, while the Oregon territory and California followed soon thereafter.

But ultimately, America’s exaltation of freedom did not stop with continental conquest.  It turned outward after Reconstruction and the beginning of the Industrial Revolution.  While not inevitable, the transition from Jefferson’s “empire of liberty,” to an imperial power built off early expansionist impulses.

As European nations carved up Africa, Americans watched a horror show closer to home.  In February of 1895, Cuba’s Spanish masters brutally suppressed an insurrection.  Mass arrests, concentration camps, and destruction of property continually wracked the island.  Such carnage, inflamed by mass media, attracted renewed American interest in obtaining Cuba.  However, the reasons for annexation had changed with the times.

Early interest fit into O’Sullivan’s model of gravitational pull.  As Monroe’s Secretary of State (1817-1825), John Quincy Adams labeled Puerto Rico and Cuba “natural appendages of the North American continent.”  Once free, both could “gravitate only towards the North American Union.”  His contemporaries and successors agreed: Madison tried to buy the island in 1810 and annexationists eagerly awaited its freedom in 1848 as revolution gripped Europe.  Yet, Cuba stayed Spanish real estate.

With wealth and power by the end of the Nineteenth Century, American opinions on imperialism had changed.  Given its proximity, Cuba was a logical target.  Some, such as Senator Henry Cabot Lodge of Massachusetts, appealed to security concerns.  He called Cuba a “necessity” to the defense of the Panama Canal upon its completion.  Others, namely Senator Morgan of Alabama, thought the prior generations’ wisdom was obsolete.  He unabashedly stated, “Cuba should become an American colony.”

While Cuba burned, jingoists kept agitating for colonialism on newer, and more expansive, grounds.  In April 1898, with war declared on Spain, freedom’s forceful expansion reached its supreme perversion in a speech by Senator Albert Beveridge of Indiana.  “The progress of a mighty people and their free institutions” begun at the Nineteenth Century’s start was nearing its apex.  “Fate has written our policy for us; the trade of the world must and shall be ours.”  This quest for an empire of trade wrested Cuba, Puerto Rico, Guam, and the Philippines from Spain in three months.

The turn from the past finished four years later in a faraway land.  On July 4, 1902 President Theodore Roosevelt extended pardons to all those involved in the Filipino insurrection.  This gesture came after roughly a million Filipinos died in a guerilla war against U.S. forces.  Upwards of 75,000 American soldiers suppressed the rebellion, captured Aguinaldo (the rebellion’s leader), and solidified American control over the nation’s new Pacific trade post.  All that remained was to “civilize and Christianize” the “little brown brothers.”  While it might take a while, Governor-General William Howard Taft estimated “fifty or one hundred years,” the empire would endure.

The neocons’ chest thumping about American power relies on alleged international benefits, open seas, outweighing the negatives of expense or quagmires.  They seemingly do not consider, or care about, domestic consequences; centralized power, distorted perceptions of the military’s role in protecting society, and intellectuals playing social engineers.

Some statesmen, in their humility, knew better.  Eighty-one years before Roosevelt’s pivot to imperialism, John Quincy Adams channeled his father’s generation.  On July 4, 1821, he issued as sublime a statement of U.S. foreign policy ever written.

“But she [America] goes not abroad, in search of monsters to destroy.  She is the well-wisher to the freedom and independence of all. She is the champion and vindicator only of her own… She well knows that by once enlisting under other banners than her own, were they even the banners of foreign independence, she would involve herself beyond the power of extrication, in all the wars of interest and intrigue, of individual avarice, envy, and ambition, which assume the colors and usurp the standard of freedom.  The fundamental maxims of her policy would insensibly change from liberty to force [emphasis added].”

How prophetic.  Yet, it seems the era of intervention that climaxed under President George W. Bush is at its end.  Its foundational ideas are in retreat despite the bellowing of its loudest spokesmen.   The next, and final, step for such bankrupt ideas and the isolationist slur is residence in the dustbin of history.

This article is available online at:
http://www.forbes.com/sites/timreuter/2013/10/10/an-isolationist-united-states-if-only-that-were-true/

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