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Archive for the ‘Puerto Rico’ Category

Pocos son los historiadores puertorriqueños que estudian a Estados Unidos. Este es un hecho imperdonable para un país que es colonia estadounidense desde 1898. El impacto de la historia de la metrópoli norteamericana sobre su colonia caribeña ha sido directo y en ocasiones severo. Sin embargo, los historiadores puertorriqueños miran muy poco hacia el norte. Una clara excepción es el trabajo de José Anazagasty Rodríguez, profesor del Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. En lo que va del siglo XXI, el Dr. Anazagasty Rodríguez ha desarrollado una interesante producción académica centrada en cómo lo estadounidense han visto y representado a Puerto Rico. Entre sus trabajos podemos mencionar “We the People” La representación americana de los puertorriqueños, 1989-1926 (coeditado con Mario R. Cancel en 2008), “1898”, McGee y el imperialismo progresista” (80 grados, octubre 2014),  “Las Abejeras del Capital en Porto Rico  (80 grados, junio 2014), “Golightly en Porto Rico” (80 grados, diciembre 2017).

El profesor Anazagasty Rodríguez acaba de publicar en el periódico digital 80 grados, la primera parte de un artículo donde continua su análisis de los vínculos del Partido Comunista de Estados Unidos y Puerto Rico, iniciado en su trabajo “El Fanguito y los Comunistas” (80 grados, enero 2014).  Artículo que comparto a continuación.


80 grados

1930: El pensamiento comunista-estadounidense sobre Puerto Rico

80 grados   4 de mayo de 2018

El Partido Comunista de los Estados Unidos (PCEU) ha denunciado y condenado la colonización de Puerto Rico a lo largo de toda su historia, solidarizándose con los trabajadores y los independentistas puertorriqueños. Apenas unos meses atrás, Carol Ramos, una activista puertorriqueña vinculada al PCEU, aseveró que apoyar a los puertorriqueños era parte del movimiento de resistencia, lo que los comunistas debían expresar con su obra política. Ciertamente, varios líderes del PCEU, como William Z. Foster y Gus Hall, así lo han expresado a lo largo de la historia del partido.

En dos artículos previos para 80grados examiné los escritos de esos dos dirigentes comunistas sobre Puerto Rico. En “El Fanguito y los Comunistas” detallé cómo William Z. Foster, Secretario General del partido entre 1945 y 1957, describió su experiencia en el arrabal puertorriqueño. En “Unbelievable Slums” examiné cómo Gus Hall, que dirigió el PCEU por más de 40 años, representó la pobreza y los arrabales puertorriqueños en los primeros años de la década de los setenta, en su artículo para Political Affairs, “The Colonial Plunder of Puerto Rico”. En ambos casos los arrabales puertorriqueños fueron el signo de la condición colonial puertorriqueña, así como de la pobreza, la explotación de los trabajadores y lo que Foster y Hall relataron como el latrocinio estadounidense en la Isla. Los arrabales eran para ambos un ejemplo lamentable de las consecuencias del colonialismo, uno que revelaba también la opresión y explotación colonialista-capitalista que vivían los puertorriqueños. La denuncia de esas condiciones de explotación y pobreza fueron además una exhortación a la movilización comunista en apoyo a la lucha independentista puertorriqueña. Pero, la denuncia de los comunistas estadounidenses antecedió los años cuarenta.

En la década de los treinta los comunistas se expresaron sobre Puerto Rico en varias ocasiones, publicando panfletos y ensayos sobre la situación en la Isla. En 1930, Harry Gannes publicó Yankee Colonies, panfleto en el que discutió varios aspectos sobre la condición colonial de Puerto Rico. The Communist, revista del PCEU, publicó cinco artículos sobre Puerto Rico en los treinta: A “Model” Colony of Yankee Imperialism de D.R.D., publicado en tres partes en 1931; The Struggle for Puerto Rican Independence de Harry Robinson en 1936; y Bring the New Deal to Puerto Rico de James F. Ford en 1939. Para propósitos de este artículo me concentraré únicamente en Yankee Colonies y discutiré los restantes, los publicados en The Communist, más adelante.  The Communist fue una revista del PCEU, que con posterioridad se convirtió en Political Affairs, en la que Gus Hall publicó “The Colonial Plunder of Puerto Rico.”

Yankee Colonies de Harry Gannes fue publicado por International Pamphlets y dirigido por Labor Research Association, una oficina de estadísticas sobre el trabajo y los trabajadores vinculada al PCEU. Gannes fue uno de los fundadores de la Young Workers League, predecesora de la Young Communist League. Fue además uno de los editores en asuntos internacionales del The Daily Worker, periódico del PCEU. Este prominente comunista estadounidense escribió los libros When China Unites: An Interpretive History of the Chinese Revolution (1937) y Spain in Revolt (1936). Aparte de Yankee Colonies publicó varios panfletos: Graft and Gangsters (1931), Kentucky Miners Fight (1932), The Economic Crisis (1932), Soviets in Spain (1935), War in Africa (1935), Spain Defends Democracy (1936), How the Soviet Union Helps Spain (1936) y The Munich Betrayal (1938). Gannes viajó a China y Europa usando el nombre de Henry George Jacobs, por lo que las autoridades estadounidenses lo acusaron de fraude en 1939. Alrededor de esa misma fecha enfermó gravemente como consecuencia de un tumor cerebral. Gannes falleció el 3 de enero de 1941.

Gannes comenzó el panfleto Yankee Colonies augurando otra guerra mundial, una con Estados Unidos e Inglaterra como enemigos. Una eventual guerra entre esas potencias inquietó a muchos en aquella época. En ambas naciones se consideraron los diversos escenarios de esa posible guerra. Este teatro de la guerra comenzó en la década de los veinte. Las fuerzas armadas estadounidenses evaluaron los escenarios posibles de esa guerra después de la Conferencia Naval de Ginebra en 1927, elaborando el designado War Plan Red, aprobado en 1930. Aunque los británicos también consideraron una posible guerra con su antigua colonia estos no desarrollaron un plan similar. Canadá, todavía un “dominio” británico, y previo al Estatuto de Westminster de 1931, ya lo había hecho en 1921, antes que Estados Unidos. Su Defense Scheme No. 1, contemplaba inclusive invadir los Estados Unidos después de un ataque estadounidense. Para Gannes, la rivalidad inter-imperialista entre Inglaterra y Estados Unidos, particularmente en Norte y Sur América, estimulaba la guerra en ambos países:

There is a drive for markets now going on among all the imperialist powers. During the first seven months of 1930, American exports dropped 30 per cent. The home market in the United States is rapidly shrinking. The United States and the British Empire battle for control of the markets in all Latin-American countries, particularly in Argentina, Brazil and Chile. Hand in hand with the struggle for world markets goes the tremendous rise in armaments.

Para él, esa competencia, y los eventos “revolucionarios” en India, China y Egipto, requerían prestarle más atención al “imperio de Wall Street.” En efecto, su panfleto tenía como objeto el análisis del imperialismo estadounidense, que se inició con la Guerra Hispanoamericana de 1898. En Yankee Colonialism, Gannes subrayó las actividades colonialistas de Estados Unidos en Filipinas, Puerto Rico e Islas Vírgenes.

Su análisis del imperialismo estaba evidentemente fundamentado en el marxismo-leninismo. Desde esa perspectiva, y como ilustra la figura, la necesidad de nuevos mercados estimulaba el imperialismo y el colonialismo estadounidense, así como la rivalidad inter-imperialista. El creciente armamentismo era para Gannes un indicador de esa tendencia. En ese contexto las colonias estadounidenses no solo representaban mercados cautivos, sino también puestos de avanzada militar, lo que coincide con la postura de Alfred T. Mahan con respecto a las colonias y el poder naval, que todavía inspiraba el imaginario naval estadounidense. Según Gannes, el Imperialismo estadounidense produjo tanto colonias directas como semi-colonias:

There are two main types of colonies which imperialism chains to its chariot wheels. Especially in considering American imperialism is this important. Its colonial empire within the so-called independent countries, such as Cuba, Nicaragua, Haiti, Santo Domingo, Panama and Mexico, is of far vaster extent than its outright colonies. In these semi-colonial countries the struggle for domination and control is keener, as conflicting imperialist interests are represented.

Para Gannes, si los conflictos inter-imperialistas eran más agudos en las semi-colonias las posesiones consumadas, las colonias directas como Puerto Rico y Filipinas, representaban las vigas de acero sobre las que descansaba el expansionismo estadounidense.  Allí estaban ubicadas las bases navales más importantes, las que además salvaguardaban importantes rutas comerciales. Para Gannes, esas colonias estaban en medio de las escenas de guerras venideras.

Las consecuencias de la Guerra Hispanoamericana de 1898 le abrieron puertas a Estados Unidos, ahora una nueva fuerza imperial, en Asia y América Latina. Como explicó Gannes, las colonias que ahora poseía le facilitaban a Estados Unidos la expansión geopolítica y comercial en esas regiones, con el Canal de Panamá como enlace entre estas: “It now became the aim of the imperialist masters, not only to make of the Caribbean Sea an American lake, but to let the waters of this lake flow through the Isthmus of Panama, via a Wall Street owned canal, and to bridge the Pacific Ocean with Yankee-controlled islands.”

A finales del siglo 19, la guerra contra España era el único medio disponible para que Estados Unidos adquiriera colonias directas, pues los otros centros imperiales ya se habían repartido casi todo el planeta. Como explicó Gannes: “War was the only way open for the acquisition of new territories. Colonies had to be wrested from other powers. Spain owned the colonies most desired by the United States business class. War against Spain was declared. Flimsy pretexts were invented and forgotten in the scramble for greater prizes.” Después de la guerra con España, como ilustra la tabla, Estados Unidos adquirió como colonias a Filipinas, Hawái, Puerto Rico y Guam. En 1898 esa nación también ocupó la isla Wake y las islas Midway y en el próximo año adquirió a Samoa. Finalmente, le compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917.  En total, Estados Unidos adquirió entre 1898 y 1917 unas 125,328 millas cuadradas de nuevo territorio, con una población en 1930 de más de 14 millones de habitantes.

Según Gannes, el Caribe era para los Estados Unidos y su capital nacional una entrada importante a los mercados latinoamericanos, pero también una senda abierta a su materia prima. La inversión de capital estadounidense allí ya era considerable. Para Gannes, si bien Estados Unidos contaba con diversas colonias en el Caribe, el capital las trataba como una unidad, haciendo pocas distinciones entre colonias directas o indirectas. Pero, para el gobierno y capital estadounidense el Caribe era mucho más importante por su valor estratégico-militar y porque les facilitaba su ingreso a mercados mucho más importantes. Para Gannes, Puerto Rico e Islas Vírgenes eran desde la perspectiva militar estadounidense, eslabones significativos en su “cadena de hierro” en el Caribe.

Gannes le consagró la mayor parte de Yankee Colonies a Filipinas, dedicándole menos espacio a Puerto Rico e Islas Vírgenes. Con respecto a Puerto Rico ofreció una breve descripción de la isla, la que llamó “Porto Rico.” Repitió, al hacerlo, algunas de las convenciones estadounidenses para referirse a la colonia.  La describió como una isla comparativamente pequeña y sobrepoblada. Gannes, reduciendo la diversidad racial de los puertorriqueños, describió la población como una predominantemente caucásica, con el 73% de la población blanca y un 27% negra.

Gannes luego comentó las políticas coloniales estadounidenses en la isla, destacando la Ley Foraker de 1900 y la Ley Jones de 1917. Describió la primera como una ley más reaccionaria que la legislación española con respecto a la Isla previo a la Guerra Hispanoamericana, lo que también han argumentado varios puertorriqueños, que usualmente se refieren a la Carta Autonómica de 1897. Gannes criticó también la Ley Jones por haberle conferido a los puertorriqueños una ciudadanía estadounidense de “tercera clase,” una por debajo de la ciudadanía de segunda clase, que es la que usualmente se asocia con ciudadanos discriminados constantemente, como los negros en Estados Unidos.  Rosendo Matienzo Cintrón se expresó de forma similar con respecto a la ciudadanía estadounidense en “La guachafita fá,” un artículo para La Correspondencia de Puerto Rico en 1911.  Gannes también acusó a los Estados Unidos de usar el puesto de gobernador como premio a los protegidos del ejecutivo federal:

The Governor-Generalship of Porto Rico is a particularly juicy plum for the political protégés of the capitalist party that happens to be in power in Washington. In addition to a yearly salary of $ 10,000, paid by the U. S. Government, he receives from the Porto Rican legislature an annuity of $25,000 to cover “incidental expenses.” Besides, he is furnished, rent free, a magnificent palace and grounds; and the legislature chips in for the payment of whatever servants are needed to maintain him in his accustomed standards of luxury. An automobile is also provided for his “excellency” at the expense of the starving masses.

En adición, Gannes acentuó el empobrecimiento y la desposesión sufrida por los puertorriqueños, la precariedad producto de las actividades del capital estadounidense en la isla-colonia, particularmente en los sectores tabacaleros y azucareros. Para Gannes, la situación de la mayoría de los puertorriqueños era frágil, afectados grandemente por la desnutrición, la hambruna y diversas enfermedades. El comunista citó números de la Cruz Roja para indicar el creciente empobrecimiento de la mayoría de los puertorriqueños, de paso rechazando que la causa de ese empobrecimiento fuese el paso del huracán San Felipe II por Puerto Rico en 1928:

American imperialists like to blame the hurricane of September 1928, for the inescapable fact that the conditions of the Porto Rican workers and peasants are constantly sinking to lower depths. This is the best excuse they can find. But no greater hurricane ever hit Porto Rico than when the imperialist forces landed, and were followed by the long reach of the big banks.

Finalmente, Gannes denunció la creciente dependencia puertorriqueña en los productos importados, y el que los puertorriqueños tuvieran que exportar casi todos sus productos agrícolas. Para Gannes, Puerto Rico estaba totalmente atrapado en las garras del imperialismo estadounidense, tanto en términos políticos como económicos.

Gannes aprovechó sus comentarios sobre Puerto Rico para criticar a Santiago Iglesias Pantín, el Partido Socialista y la Pan-American Federation of Labor. Según Gannes, el Partido Socialista, como el Partido Laboral Británico, colaboraba constantemente con las fuerzas imperialistas.  También lo criticó por apoyar el estadoísmo y por aliarse con el Partido Republicano, un partido para Gannes controlado por hacendados y banqueros, explotadores de los trabajadores puertorriqueños. Gannes inclusive criticó al Partido Nacionalista por llevar a cabo una lucha “half-hearted” por la independencia de Puerto Rico. Por supuesto, tampoco tuvo nada bueno que decir de los unionistas y los republicanos. Gannes anunció la formación de un partido comunista en la colonia:

A Communist Party is being formed in Porto Rico, to carry on a relentless struggle for the absolute, immediate and complete independence of Porto Rico from American imperialism. One of the main tasks of the Communists is to fight against the traitorous role of Iglesias and the Socialist Party who, through the instrumentality of the Pan-American Federation of Labor, help American imperialism not only in Porto Rico, but throughout Latin America.

En Puerto Rico, el Partido Comunista se fundó en 1934, cuatro años después de la publicación del panfleto de Gannes. Es difícil establecer si él se refería a la formación de ese partido o a alguna división dentro del Partido Socialista de entonces, a alguna facción comunista del partido que no favoreciera el estadoísmo. Es posible además que Gannes tuviera contactos con algunos puertorriqueños en Nueva York o que hubiese adquirido información sobre el comunismo puertorriqueño de la Liga Antiimperialista, a la que se refirió en su panfleto. Se refería a la All-America Anti-Imperialist League, también conocida como la Anti-Imperialist League of the Americas. Esta se fundó en 1925 y estuvo activa hasta 1933. Se convirtió entonces en la American League Against War and Fascism. Según Gannes, esta ya estaba operando en Puerto Rico, Filipinas, América Latina y Estados Unidos. Hasta el momento no he conseguido información sobre las actividades de la Liga, si alguna, en Puerto Rico. Juan Antonio Corretjer se integró a la Liga Anti-imperialista de Las Américas mientras estuvo en Nueva York a finales de la década de los veinte.

Gannes terminó su panfleto convocando a los trabajadores, tanto en Estados Unidos como en las colonias, a la acción política a favor de la independencia de las colonias. Para él, Estados Unidos nunca les concedería la independencia, por lo que la que la única opción era arrebatárselas a los imperialistas. Para él, eso requería un frente unido que aglutinara a los trabajadores no solo en Estados Unidos, sino en Filipinas, Puerto Rico y Hawái.

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¿Por qué mirar una vez más el 1898?

Mario Cancel Sepúlveda

80 grados   24 de octubre de 2014
americanizacionescuela¿Por qué volver a mirar hacia el 1898? Después de 116 años de relaciones económico-políticas, intercambio cultural intenso y tras una conmemoración crítica de un centenario, la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos debería estar bien digerida. La impresión que produce una mirada a ese largo periodo de tiempo es que Estados Unidos llegó para quedarse y que habrá que esperar, yo no lo veré, otro imperio invasor en el futuro para que Puerto Rico deje de ser americano. Me imagino que recordar el 1898 en un incierto año 2414, será lo mismo que pensar en el 1493: el hecho se reducirá al desembarco de un puñado de gente y una confrontación con una población de nativos agrestes. Es probable que la invasión de 1898 se reduzca a una nota al calce o un relato folclórico como ha sucedido con el 1595 o el 1797. Muy pocos le reconocerán relevancia a un asunto consumado y distante.Mirar hacia el 1898 fue casi un “deber moral” durante el siglo 20. La posibilidad de un centenario era atemorizante para algunos. La historiografía positivista crítica, la reflexión modernista y nacionalista, la ensayística de la década del 1930 y la reflexión académica de 1950, atravesaron ese Rubicón hace tiempo. La nueva historia social y la historiografía geopolítica de aliento caribeñista de las década de 1970 al 1990, ofrecieron unos contextos microscópicos y macroscópicos que habían sido pasado por alto por sus predecesores. La producción de la historiografía post-social, la que casualmente se denominó “novísima”, intentó con relativo éxito aproximaciones desde lugares inéditos como la cotidianidad y la discursividad, concentrando su indagación en las lógicas culturales de los invadidos y los invasores. Pero a fines de la década de 1990 y principios de este insípido siglo 21, el debate teórico y ¿generacional? resultó más atractivo que cualquier otra cosa. Los temas historiográficos se convirtieron en pretexto de discusiones teóricas. Y el asunto de “cómo se conoce el pasado” resultaba más relevante que “qué cosas se conocen del pasado”.Aquella anomalía propició una situación, desde mi punto de vista, extravagante y enriquecedora. Las tradiciones interpretativas modernistas y postmodernistas se vieron obligadas a coexistir. Hasta hace algunos años podía desayunar con un viejo intelectual de la “generación” del 1950, y tomar una carbonatada en un restaurante de comida rápida con un postmodernista.

En un curso general de historia de Puerto Rico en el Recinto Universitario de Mayagüez, luego de discutir con reserva las corrientes culturales que convergen en la noción de lo puertorriqueño (la problemática teoría de las “tres fuentes”) sugerí un asunto polémico. Pregunté si la presencia etnocultural anglosajona en Puerto Rico (antes y) después de 1898 debía ser considerada un componente (i)legítimo de la cultura puertorriqueña. Lo cierto es que lo sucedido alrededor del 1898 guarda, cierta correspondencia con lo que pasó después de1508. El 1898 fue un proceso de recolonización cultural y reconstrucción política. La anglosajonización y/o americanización, se constituyó en una promesa y un problema. Tanto en 1508 como en 1898, se desarrolló una relación asimétrica.

Una diferencia visible y vulgar entre el pos 1508 y el pos 1898, había sido la ausencia del mestizaje biológico masivo que caracterizó al primero: la separación racial, ineficaz en el siglo 16, funcionó en el siglo 20. A pesar del contraste entre el proceso de colonización y el de recolonización, hacia 1930 se aceptaba que la cultura anglosajona era un componente de relevancia del puertorriqueño común. Desde 1950 a esta parte, me parece innegable, la integración de modelos culturales estadounidenses ha avanzado sin cesar en el escenario del mercado y el consumo. La revolución de los medios masivos de comunicación y la revolución de la Internet, han servido para acelerar un proceso que no termina. La pregunta sobre el elemento anglosajón como una “cuarta fuente”, quedó, como era de esperarse, sin respuesta.

Mis lecturas de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses que produjeron materiales intelectuales sobre “our new possession” entre 1898 y 1926, tarea que elaboré con el Dr. José Anazagasty Rodríguez en dos volúmenes publicados en 2008 y 2011, me habían demostrado que la conciencia de la anglosajonidad en aquellos escritores era enorme. El imperialismo sajón y el 1898 eran la expresión del cumplimiento de un deber providencial. Aquel discurso de la anglosajonidad sirvió para articular una imagen despreciativa de la hispanidad que se dejaba “atrás” (en el pasado) con el propósito de legitimar una “ruptura” en nombre de la “modernización”. Convencer a los colonos de la validez de ese argumento no parecía complicado: los “nativos”, seres simples e ineducados, metáfora del “buen salvaje”, eran pura tabula rasa, naturalmente dóciles y fieles. A lo sumo, el puertorriqueño, identificado con el jíbaro y el indio, no era visto sino como la víctima de una hispanidad descuidada, inhumana y cruel, por lo que no podía señalarse como responsable de su pusilanimidad.

El problema de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses estaría en otra parte. Con las elites educadas locales la situación sería distinta. Los ideólogos separatistas anexionistas vinculados al 1898 en el estilo de Julio Henna y Roberto Todd, no tuvieron ningún problema en hacer suyo aquel discurso propenso a la anti-hispanidad del imperialismo benévolo. De igual manera, la imagen agresivamente antiespañola que dominaba los textos estadounidenses, convergía con la que poseían los ideólogos del separatismo independentista antes de 1898: Ramón E. Betances y Segundo Ruiz Belvis. Aquel conjunto de pensadores siempre han sido difíciles de convocar como modelos de hispanofilia, inclusive en el momento más feroz de aquella fiebre. La devaluación de la hispanidad también rindió un valioso servicio para las elites intelectuales liberales y autonomistas que, aunque esperaban mucho de España, miraban con asombro hacia Estados Unidos cuando se trataba de asuntos como la abolición, la economía y la educación. Salvador Brau Asencio y Francisco del valle Atiles son quizá el mejor modelo de ello.

Sin embargo, para quienes resintieron la invasión de 1898 y no llegaron a ver en la anglosajonidad un aliado en la ruta de la modernización, el desprecio anglosajón por la hispanidad acabó por transformarse en una injuria. La versión de la identidad nacional que aquellos sectores asumieron acabó en ver en la hispanidad, con sus virtudes y sus defectos, una condición sine qua non de la puertorriqueñidad. El nacionalismo político del momento de José De Diego (1914), José Coll y Cuchí (1923) y Pedro Albizu Campos (1930) representó un contrapunto interesante. Su análisis cultural y su revisión del pasado español a la luz de la modernización con la que se sueña, significó un contrapunto para la propuesta de los comentaristas, cronistas e historiadores estadounidenses.

Ante aquella glosa de la modernización que miraba con reticencia hacia el pasado, elaboraron otro relato de la modernización que miraba con reverencia hacia el pasado. Un elemento en común en ambos proyectos utópicos es que ninguno quería regresar al pasado. El progresismo y el liberalismo de ambas es evidente: lo que difiere es la función que se le adjudica a la hispanidad en el futuro imaginado.

Ambas utopías se apoyaban, debo reconocerlo, en una versión parcial y nebulosa del periodo ante bellum 1898. Frederick A. Ober (1899) y R. A. Van Middeldyk (1903), producen una imagen tan ilusoria y frágil como la de Brau Asencio (1903). El pasado que se vivió al lado del hispano (la nostalgia que producía el malo conocido), y el futuro que se aguardaba al lado del sajón (el optimismo que generaba el bueno por conocer), no diferían en un asunto. Al momento de precisar su tema central -la “nación”-, ambos la concebían como un apéndice o dependencia de otro. Bajo aquellas circunstancias, a nadie debe sorprender que el 1898 hubiese sido apropiado como una “frontera confusa”. En el caso de los estadounidenses, servía para completar el sueño de elaborar un imperio ultramarino donde cebarse materialmente y completar su obra civilizadora. En el caso de los puertorriqueños, significaría un tipo de año cero o un renacimiento que marcaba un antes y un después reconocibles. Las soluciones ideológicas a la “confusión” no fueron eficaces. El planteamiento de un problema de esa naturaleza siempre ameritará nuevas revisiones.

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Las Abejeras del Capital en Porto Rico

Jose Anazagasty Rodríguez

80 grados    13 de junio de 2014

 

NYT PR July 27 1898

Después de la guerra hispanoamericana varias casas publicadoras, revistas, y periódicos divulgaron numerosos textos que recogían las experiencias y observaciones de las visitas de diversos viajeros estadounidenses a Puerto Rico. Estos viajeros articularon a través de sus narrativas el discurso colonial de la era inicial del imperialismo transcontinental estadounidense. Son por ello un objeto de estudio imprescindible de la “historia de lo imaginario” propuesta por Arcadio Díaz. Fue Díaz quien precisamente afirmó la necesidad de examinar diversas “zonas oscuras” del ’98, entre las que incluyo las relaciones con el espacio, y por supuesto, con la naturaleza.

La inspección y descripción absoluta y detallada de la colonia y su gente, incluyendo el paisaje, fue el propósito fundamental de esas narrativas de viaje. Sus descripciones, aunque enmarcadas en el realismo descriptivo, produjeron una visión estética de la naturaleza isleña articulada a través de varios significados que puntualizaron su riqueza simbólica y material. Puesto que esas representaciones iban dirigidas a la audiencia estadounidense requirieron que sus autores integraran el paisaje tropical de Puerto Rico, raro y confuso para muchos estadounidenses, al ámbito de su cultura. Para ello los autores movilizaron tropos conocidos por sus lectores en Estados Unidos, entre ellos la figura retórica del Edén. Muchos de esos escritores representaron la Isla como un jardín edénico, recurriendo a lo que Carolyn Merchant llamó la “narrativa de la restauración del Edén,” una narrativa familiar a los estadounidenses.

Aparte de convertir el paisaje de la recién adquirida colonia en un objeto familiar el tropo justificó, apelando a la jardinería, la colonización de la naturaleza isleña y sus habitantes. Efectivamente, la etimología de la palabra colonizar traza una conexión a las palabras colonus y colere, labrador y cultivar, respectivamente. La jardinería representaba para el nuevo colonus, los estadounidenses, el conjunto de técnicas necesarias para el control y manejo de los recursos naturales de la nueva colonia. Era la alegoría ajustada a la práctica de cultivar, de culturar la naturaleza apropiada y expropiada, es decir, colonizada.

La jardinería incluye la construcción de un espacio, de un jardín. La narrativa edénica de los textos estadounidenses produjo, en efecto, y a través de varias “geografías imaginativas,” espacios, el ordenamiento territorial y colonial del paisaje puertorriqueño. Pero se trataba ya en el 98 de lo que Henri Lefebvre llamó la producción capitalista del espacio. Pero, la producción del espacio es siempre corolario de la producción de la naturaleza. Y como he planteado en otros contextos existe una conexión entre la narrativa de la recuperación del Edén y lo que Neil Smith llamó la producción capitalista de la naturaleza. En los textos americanos, la conversión de la naturaleza isleña en recursos, el inventario textual y prospección económica de los mismos, así como su valuación monetaria, todo presente en varios textos estadounidenses, contribuyeron a instituir las formas en que la naturaleza sería alterada, capitalizada, circulada, intercambiada y consumida, material e ideológicamente, como bien material en términos de la lógica abstracta de su valor de intercambio en el mercado capitalista. En otras palabras la alegoría edénica movilizada por varios textos estadounidenses animó y justificó la intervención y ordenación capitalista-colonialista de la explotación y manejo de los recursos naturales de la Isla.

La producción capitalista de la naturaleza envuelve la subsunción formal y real de la naturaleza a las redes del capitalismo. Los textos estadounidenses que de una forma u otra escribieron sobre la naturaleza en Puerto Rico contribuyeron a ello, principalmente a la subsunción formal de la misma, aparte de sentar las bases para su prevista subsunción real a las abarcadoras redes del capital. Esto apunta a que la problemática de los estadounidenses, en adición a la delineación de la administración política a seguir en Puerto Rico, ya expuesto en detalle por Lanny Thompson, incluía además prescribir e instituir las formas de explotar y administrar los recursos naturales de la nueva colonia. Sus descripciones del entorno natural puertorriqueño participaron de la apropiación y la organización de su explotación comercial. Contribuyeron así a la ampliación de la subsunción formal, funcionando, naturalmente, como una estrategia primaria del capital para la apropiación y subordinación expresa, precisa y determinada de los recursos naturales.

Los estudiosos del tema, entre ellos Manuel Valdés Pizzini, Mario R. Cancel, José Anazagasty, José E. Martínez y Carlos I Hernández, entre otros, ya han conectado las prácticas de significación de varios de los textos estadounidenses con las prácticas económicas del capitalismo colonial, incluyendo su manejo de los recursos naturales de la isla.Estos textos, más allá de delinear la forma de administración política de lo que muchos llamaron Porto Rico también mostraron, proyectaron y justificaron la expansión económica del capital estadounidense en la Isla. Para ello detallaron el potencial económico de la colonia, incluyendo las posibilidades de invertir capital allí, la disponibilidad de materia prima y recursos naturales, la infraestructura adecuada y la reserva de trabajadores, entre otras cosas. Uno de los propósitos de muchos de estos textos y sus proyecciones económicas fue seducir a los inversionistas y comerciantes potenciales, interesarlos en las posibilidades agrícolas, comerciales e industriales de la isla.

La prospección de la isla también fue científica; Puerto Rico fue objeto de las observaciones y prácticas científicas estadounidenses realizadas por varios científicos de ese país alrededor de la Isla. Muchos de estos científicos, a través de diversos textos, también participaron de la producción capitalista de la naturaleza. Se esperaba que los científicos, particularmente aquellos al servicio del Estado, ayudaran a manejar el ambiente y sus recursos de forma racional. Por ejemplo, y como demostró Manuel Valdés Pizzini, diversos procesos ideológicos y discursivos ligados a la ciencia participaron del diseño de estrategias para el manejo estadounidense de los bosques después de la Guerra Hispanoamericana. Los estadounidenses, a la vez que devaluaron el manejo español de los bosques, recurrieron a discursos particulares de la dasonomía y la silvicultura—la racionalidad científica—para legitimar su ordenamiento y manejo particular—colonial—de los bosques puertorriqueños.

Pero en la mayoría de los casos la problemática, ahora científica, no era únicamente determinar la forma racional de manejar los recursos naturales de la colonia caribeña sino también detectar los recursos rentables y prescribir su explotación lucrativa, lo que requirió, como explica J.R. Mcneill en Colonial Crucible, la institucionalización de una ciencia ambiental. Esa ciencia, también ideológica y discursiva, participó de la producción capitalista de la naturaleza y el manejo de los recursos naturales.

La Estación Experimental de Puerto Rico, ubicada en Mayagüez, fue una importante manifestación de la institucionalización del manejo científico y racional de los recursos naturales, particularmente en el ámbito de la agricultura. Los investigadores afiliados a esa estación dirigieron muchas de sus investigaciones no solo al estudio de fenómenos naturales sino además a la “mejor” explotación y comercialización de diversos recursos naturales y agrícolas. Muchos de los hallazgos y recomendaciones económicas de esas investigaciones fueron publicados en diversas revistas y periódicos, incluyendo Porto Rico Progress. Un buen ejemplo es el artículo “Bees in Porto Rico,” publicado en 1910 justamente en esa revista. Este fue escrito por W.V. Tower, un entomólogo especialista en abejas afiliado a la mencionada estación y fue publicado tanto en inglés como en español.

Tower comenzó su artículo con algunos detalles sobre la introducción de las abejas a Puerto Rico, indicando que las mismas fueron introducidas posiblemente por un tal Mr. Filippi, quien ubicó colmenas de abejas italianas en la finca Juanita en Las Marías. También señaló que la mayoría de esas colmenas fueron destruidas por un huracán en 1899 pero que las abejas sobrevivientes produjeron colmenas silvestres en Las Marías. Tower afirmó esto último fundamentado en las anécdotas de los “vecinos” de Las Marías, quienes le comentaron haberse topado varias veces con colmenas de abejas silvestres. Para el entomólogo la descripción de aquellas abejas silvestres por parte de los vecinos apuntaba a que se trataba de abejas italianas, las sobrevivientes de las colmenas de Filippi.

Tower, desde la Estación Experimental de Puerto Rico, promovía el avance de “apiarios comerciales.” Destacaba en su ensayo que en apenas dos años desde que comenzó el proyecto ya habían enviado abejas a unas cincuenta personas. El entomólogo procedió entonces a confirmar el potencial lucrativo de los apiarios: “Desde que me encargue de esta obra, he estado siempre en busca de plantas apropiadas para abejas, y soy de opinión que Puerto Rico tiene gran cantidad de plantas melíferas, y dudo que exista una localidad en donde las abejas no resulten un buen negocio.”

abejas

Caja de abejas. Foto en “Rearing Queen Bees in Porto Rico”, publicado en 1918.

Su apoyo a la producción comercial de miel fue seguido por una serie de recomendaciones dirigidas a maximizar la productividad y potencial comercial de los apiarios, de la producción comercial de miel. Primero, recomendó localizar los apiarios en las faldas de los cerros y en las tierras dedicadas al cultivo del café, y aquellos lugares con varias plantas melíferas. Segundo, ofreció un inventario cabal de plantas melíferas: guamá, palma real, cocotero, moca, jobo, palo blanco, grosellas, higüerillo, y guara. Tercero, subrayó la importancia de las abejas en la fertilización de flores, como las de naranjo, lo que aumentaría las cosechas de frutas. De hecho, señaló que la presencia de más abejas hubiese evitado la escasez de flores de naranjo ese año, 1910, lo que pudo haber garantizado una mejor cosecha de naranjas. Cuarto, Tower recomendó aglutinar los esfuerzos hacia la producción de miel de extracción, objetando la producción de los panales y las secciones de a libra, los que según explicaba eran difíciles de embarcar y distribuir en los mercados, aunque la miel puertorriqueña solo se exportaba a Estados Unidos y en ocasiones a Alemania.

Tower, aunque afirmaba que la producción de los panales y las secciones de a libra podían explotarse para el consumo local, favorecía que los principiantes recurrieran la producción de miel de extracción, por ser este un método más fácil de manejar. Además, la producción de miel de extracción era, afirmaba el entomólogo, menos trabajosa para las abejas, pues evitaba que estas tuvieran que producir panales nuevos constantemente. Añadió también que la producción de miel de extracción facilitaba dominar las abejas porque reducía la tendencia de estas a formar enjambres, lo que no sucedía con los otros modos de producción de miel. Para él, la producción de enjambres disminuía la “fuerza productora de la colmena,” y con ello el potencial comercial de la apicultura. Finalmente, ese modo de producción de miel de extracción, el “método artificial,” permitía producir cera con menos miel, lo que se traducía, explicaba él, en ganancias monetarias, dependiendo claro está del precio de la miel vis-a-vis la cera en los mercados. Finalmente, recomendó seguir usando abejas italianas, porque aunque estas eran las más difíciles de subyugar eran muy buenas defendiéndose de las polillas de cera.

Tower, vaticinaba, si se seguían sus recomendaciones, y gracias a las favorables condiciones ambientales de la Isla, como la presencia de diversas plantas melíferas y la presencia de abejas italianas saludables, un buen éxito económico para la apicultura comercial en Puerto Rico: “El porvenir de los apicultores puertorriqueños es brillantísimo. No se conocen enfermedades que molesten a las abejas. La putrefacción de la cría—terrible enfermedad que puede estudiarse en una de las islas vecinas así como en los Estados Unidos—no ha sido introducida en Puerto Rico.”

Tower, y muchos científicos como él, participando de la subsunción formal de la naturaleza, de las abejeras y su miel en su caso, contribuyeron a la marcha de la naturaleza como estrategia de acumulación capitalista en Puerto Rico. Los científicos asistieron el “imperialismo ecológico”, el control capitalista-estadounidense del flujo de recursos naturales procedentes de la isla. Los estadounidenses, claro está, no fueron los únicos en proyectar y explotar los recursos naturales de la Isla o de convertirlos en bienes lucrativos formal y realmente. Los españoles y los puertorriqueños mismos hicieron lo suyo. Además, la Estación Experimental de Puerto Rico promovió la participación de apicultores locales, inclusive enviándoles abejas y entrenándolos. No promovió, como ocurrió con otros recursos, el control absoluto del capital estadounidense sobre la producción de miel. Pero el proyecto colonial-capitalista de los estadounidenses extendió e intensificó la producción capitalista de la naturaleza, particularmente de su integración formal, como nunca antes, y con la racionalidad científica de su parte.

 

José Anazagasty Rodríguez

José Anazagasty Rodríguez  es Catedrático Asociado en el programa de Sociología del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez. Es especialista en sociología ambiental, estudios americanos y teoría social, y ha realizado investigaciones en la retórica imperialista estadounidense y la producción capitalista de la naturaleza en Puerto Rico. Es co-editor, con Mario R. Cancel, de los libros “We the people: la representación americana de los puertorriqueños 1898-1926 (2008)” y “Porto Rico: hecho en Estados Unidos (2011)”.

 

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