Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Desigualdad económica’ Category

En este breve ensayo, Robert Reich hace una comparación muy atinada entre  las actitudes e ideas que predominan entre  la oligarquía y la clase política estadounidenses actuales, con la de sus homólogos de un periodo de la historia estadounidenses conocida como la Gilded Age.

Finalizadas la guerra civil  y la reconstrucción del Sur, la sociedad estadounidense experimentó importantes cambios económicos y sociales. Este periodo que se extendió hasta las primeras décadas del siglo Siglo XX, fue bautizado por el escritor Mark Twain como la Gilded Age. Durante este etapa, la agricultura se mecanizó convirtiendo a los Estados Unidos en una potencia agrícola mundial. Sin embargo, los granjeros terminaron siendo víctimas de su éxito, afectados severamente por la caída de los precios de sus productos, sus deudas y su dependencia en los ferrocarriles. Su respuesta fue organizarse en alianzas regionales y fundar un partido político. La manufactura creció hasta convertir al país en una potencia industrial. Con la industrialización surgió una un clase media pujante y una numerosa clase trabajadora, que se organizó sindicalmente para reclamar mejores salarios y condiciones de trabajo.

El crecimiento económico dio vida a una fuerte e influyente oligarquía. Los empresarios   explicaron su éxito personal como el resultado del trabajo duro y la persistencia, y convirtieron esas características en los principios de una nueva religiosidad basada en la búsqueda de riqueza.  El llamado “evangelio de la riqueza” fue usado para justificar los excesos de los empresarios norteamericanos que la industrialización dio vida: corrupción, individualismo, materialismo, superficialidad, egoísmo, etc.  Como bien señala Reich, las ideas de Charles Darwin sobre la evolución de las especies sirvieron para justificar  la acumulación de la riqueza, la desigualdad y la explotación. Es así como surge el llamado darwinismo social, asociado a la figura del pensador inglés Herbert Spencer, quien aplicó de forma casi mecánica las ideas expuestas por Darwin en su clásico libro On the Origin of the Species (1859). Según los defensores del darwinismo social, las relaciones entre los seres humanos estaban determinadas por la competencia y la “supervivencia del más apto”.

El profeta del darwinismo social en Estados Unidos fue el profesor William Graham Sumner de la Universidad de Harvard, quien en 1883 escribió un libro titulado What Social Classes Owe Each Other, alegando que sólo un pequeño grupo de seres humanos era capaz de superar los placeres personales y producir el capital necesario para movilizar la economía. Por lo tanto, las riquezas que estos acumulaban eran producto de su superioridad, no de la corrupción o de la explotación de sus trabajadores. Para Sumner, la inferioridad del resto de la población los condenaba a vivir en  la pobreza. Pretender alterar este orden “natural” con programas de ayuda a los pobres o de redistribución de la riqueza  era para Sumner,  no solo un error, sino también un peligro para la sociedad.

De manera muy atinada, Reich identifica los fuertes componentes del darwinismo social que caracterizan el pensamiento y el accionar de quienes hoy gobiernan y controlan la riqueza en Estados Unidos. La continuidades son impresionantes. Está por verse si como hizo a principios del Siglo XX la sociedad estadounidense actual podrá derrotar a lo que Reich llama el segundo Gilded Age.

Robert Reich es un economista estadounidense con una larga carrera universitaria y de servicio público. Fue Secretario de Transportación durante la primera administración de Bill Clinton y formó parte del consejo asesor de Barack Obama. Ha sido profesor en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad de Harvard.


On the Metaphor of Social Darwinism Inherent to the American Progress Narrative - Mike Hilbig

El resurgimiento del darwinismo social

Robert Reich 29 de mayo de 2025

Amigos,

Recortar Medicaid para dar a los multimillonarios un enorme recorte de impuestos. Pero, ¿por qué?

Dicen que quieren un gobierno más pequeño, pero no puede ser.

La mayoría busca una defensa nacional más grande y una seguridad nacional más fuerte. Casi todos quieren ampliar los poderes del gobierno de búsqueda y vigilancia dentro de los Estados Unidos, expurgando a los inmigrantes indocumentados, “asegurando” las fronteras de la nación. Quieren sentencias penales más severas. Muchos también quieren que el gobierno se entrometa en los aspectos más íntimos de la vida privada.

Muchos se llaman a sí mismos conservadores, pero tampoco es así.

No quieren conservar lo que ahora tenemos. Preferirían hacer retroceder al país: antes de la Environmental Protection Act, antes de Medicare y Medicaid, antes del New Deal y su provisión para la Seguridad Social, el seguro de desempleo, la semana laboral de 40 horas, antes del reconocimiento oficial de los sindicatos, incluso antes del primer impuesto nacional sobre la renta, las leyes antimonopolio y la Reserva Federal.

Algunos dicen que quieren que a la clase trabajadora estadounidense le vaya mejor. Pero eso tampoco puede ser, porque están recortando Medicaid y otras redes de seguridad de las que depende la clase trabajadora para financiar un enorme recorte de impuestos para los súper ricos. Y apoyan los aranceles que aumentarán los costos de casi todo lo que compra la clase trabajadora.

La América que realmente buscan es la última que tuvimos el Gilded Age  de finales del siglo XIX.

The Social Darwinism of International Law

“Estuvimos en nuestro punto más rico desde 1870 hasta 1913. Eso fue cuando éramos un país arancelario. Y luego pasaron a un concepto de impuesto sobre la renta”, dijo Trump en enero.

Sí, tuvimos aranceles durante lasa Gilded Age. También fue una época en la que la nación estaba hipnotizada por la doctrina de la libre empresa, aunque pocos estadounidenses disfrutaban realmente de mucha libertad.

Los barones ladrones como el financiero Jay Gould, el magnate ferroviario Cornelius Vanderbilt y el magnate del petróleo John D. Rockefeller controlaban gran parte de la industria estadounidense.

Corrompieron la política estadounidense. Sus lacayos literalmente depositaban sacos de dinero en los escritorios de los dóciles legisladores.

La brecha entre ricos y pobres se convirtió en un abismo. Los barrios marginales urbanos se enconaron. Las mujeres no podían votar. Los afroamericanos estaban sujetos a la segregación racial del sistema Jim Crow.

William Graham Sumner - Wikipedia

William Graham Sumner,

Lo más revelador es que era una época en la que las ideas de William Graham Sumner, profesor de ciencias políticas y sociales en Yale, dominaban el pensamiento social estadounidense.

Sumner trajo las ideas de  Charles Darwin a Estados Unidos y las deformó, convirtiéndoles  en una teoría que se ajustaba a su tiempo.

Pocos de los estadounidenses que viven hoy en día han leído alguno de los escritos de Sumner, pero durante las últimas tres décadas del siglo XIX tuvieron un efecto electrizante en Estados Unidos.

Para Sumner y sus seguidores, la vida era una lucha competitiva en la que solo los más aptos podían sobrevivir, y a través de esta lucha, las sociedades se fortalecieron con el tiempo.

Un correlato de este principio era que el gobierno debía hacer poco o nada para ayudar a los necesitados, porque eso interferiría con la selección natural.

Escuchen los debates republicanos de hoy y escucharán una regurgitación continua de Sumner. Como escribió Sumner en la década de 1880:

“La civilización tiene una elección simple [de] libertad, desigualdad, supervivencia del más apto [o] no libertad, igualdad, supervivencia del menos apto. El primero lleva adelante a la sociedad y favorece a todos sus mejores miembros; lo último arrastra a la sociedad hacia abajo y favorece a todos sus peores miembros”.

¿Te suena familiar?

Trump y sus republicanos en el Capitolio no solo se hacen eco de los pensamientos de Sumner, sino que imitan la supuesta arrogancia de Sumner. Dicen que debemos recompensar a los “empresarios” (con lo que se refieren a cualquiera que haya ganado un montón de dinero) y nos advierten que no “mimemos” a las personas necesitadas (por ejemplo, quieren poner requisitos de trabajo en Medicaid).

Se oponen a extender el seguro de desempleo porque, dicen, no deberíamos “darle dinero a la gente por no hacer nada”.

Sumner, del mismo modo, advirtió contra las dádivas a personas a las que calificó de “negligentes, ineficientes, tontas e imprudentes”.

Trump y otros legisladores republicanos están totalmente en contra de aumentar los impuestos a los multimillonarios, basándose en la lógica estándar republicana de que los multimillonarios crean empleos.

Aquí está Sumner, hace más de un siglo:

“Los millonarios son el producto de la selección natural, que actúa sobre todo el cuerpo de los hombres para seleccionar a aquellos que pueden cumplir con el requisito de cierto trabajo a realizar. … Es porque son así seleccionados que la riqueza se acumula bajo sus manos, tanto la suya propia como la que se les confía. Pueden ser considerados con justicia como los agentes naturalmente seleccionados de la sociedad”. Aunque viven en el lujo, “el negocio es bueno para la sociedad”.

El darwinismo social ofrecía una justificación moral para las salvajes desigualdades y crueldades sociales de finales del siglo XIX, la época en la que, según Trump, “éramos los más ricos”.

El darwinismo social permitió a John D. Rockefeller afirmar que la fortuna que acumuló a través de su gigantesco Standard Oil Trust era “simplemente una supervivencia del más apto”. Era, insistía, “la realización de una ley de la naturaleza y de Dios”.

El darwinismo social también socavó todos los esfuerzos de la época para construir una nación de prosperidad de amplia base y rescatar nuestra democracia del férreo control de unos pocos en la cima. Fue utilizado por los privilegiados y poderosos para convencer a todos los demás de que el gobierno no debía hacer mucho de nada.

Unit 3: 1865 - 1898 - The Gilded Age - TAYLOREDTEACHINGS

No fue hasta el siglo XX que Estados Unidos rechazó el darwinismo social. En lugar de darwinismo social, creamos una sociedad inclusiva. Creamos la clase media más grande de la historia del mundo, que se convirtió en el núcleo de nuestra economía y democracia.

Construimos redes de seguridad para atrapar a los estadounidenses que cayeron por causas ajenas a su voluntad. Diseñamos regulaciones para proteger contra los inevitables excesos de la codicia del libre mercado.

Gravamos a los ricos e invertimos en bienes públicos —escuelas públicas, universidades públicas, transporte público, parques públicos, salud pública— que nos mejoraron la situación de todos.

En resumen, rechazamos la noción de que cada uno de nosotros está solo en una competencia competitiva por la supervivencia. Dependíamos los unos de los otros.

Pero ahora Estados Unidos está en su segunda Gilded Age, y sus nuevos barones ladrones han encontrado la misma lógica que en la Primera.

Con Trump y sus perros falderos en la Cámara de Representantes y el Senado, el darwinismo social está de regreso.


Traducido por Norberto Barreto Velázquez

Read Full Post »

En este breve ensayo el historiador Elliott J. Gorn analiza la reacción que generó en Estados Unidos el asesinato del director ejecutivo de una de las principales  compañías de seguro médico como parte de una tendencia histórica estadounidense: convertir en héroes a quienes en momentos particulares enfrentaron de forma violenta  a los “malos”. Luigi Magione, el alegado asesino del ejecutivo de United Healthcare, se une a otros héroes populares que enfrentaron violentamente la esclavitud en el siglo XIX (Nat Turner, John Brown) o los bancos en medio de la Gran Depresión (John Dillinger, Bonnie y Clyde, Machine Gun Kelly).

Gorn presta especial atención al caso de John Dillinger y cómo su violencia horrorizó y cautivó a los estadounidenses. El gran ladrón de bancos era visto por muchos como un héroe que robaba a los verdaderos ladrones y causantes de la crisis económica de los años 1930: la banca estadounidense. El autor cita cartas enviadas por ciudadanos estadounidenses a Franklin D. Roosevelt justificando y alabando a Dillinger. Pidiéndole al Presidente que el FBI persiguiera y encarcelara a “los verdaderos mafiosos” a los “ladrones legalizados” que habían robado y estafado “al amparo de la ley”.

En esta lógica se ve al “héroe” como un vengador, como un Robin Hood que hace justicia. En palabras del autor:

“Con la misma frecuencia, el héroe de estas historias no es particularmente altruista, simplemente se agravia, como muchos de sus compatriotas, contra sus “superiores sociales” o instituciones altivas. En ese sentido, los tiradores CEO, como los John Dillinger del mundo, se convierten en figuras legendarias, no necesariamente virtuosas, pero sí vengadoras sociales. Lo mismo, por cierto, ocurría con Nat Turner y John Brown, monstruos sedientos de sangre para algunos, ángeles vengadores para otros”.

En los 1930 se defendía a Dillinger por el odio que producían los bancos en una sociedad con un 25% de desempleo. En el caso de Mangione, la reacción de muchos reflejó una sociedad víctima de una enorme concentración de la riqueza, cuyos ciudadanos viven preocupados por el acceso y los costos de la atención médica, el costo de la educación, el sueño americano de la casa propia y la precariedad de los empleos.

Gorn concluye señalando que la reacción al asesinato del ejecutivo de United Healthcare no es ni será el último evento de violencia que revele una profunda rabia reprimida.

Elliott J. Gorn es profesor en la Universidad Loyola de Chicago. Es el autor de Dillinger’s Wild Ride: The Year That Made America’s Public Enemy Number One, Mother Jones: America’s Most Dangerous Woman y un libro de ensayos de próxima publicación titulado Violent men.


Luigi Mangione comparece ante un tribunal federal en Nueva York | CNN

El último icono Cómo Luigi Mangione se unió al panteón de los héroes populares estadounidenses

Elliott Gorn

Slate 18 de diciembre de 2024

Lo más notable del tiroteo contra el director ejecutivo de United Healthcare, Brian Thompson, en una calle de Nueva York a principios de diciembre, fue la reacción que generó. La mayoría de los comentarios en las redes sociales pasaron por alto el horror del asesinato para expresar su indignación por nuestro sistema de seguro médico. Al parecer, todo el mundo tenía una historia de un miembro de la familia al que se le negaba la cobertura por problemas graves. Estas reacciones fueron doblemente sorprendentes, ya que acabábamos de pasar por unas elecciones en las que el tema apenas se planteó. Sí, se habló vagamente —recuerden los “conceptos de un plan” de Trump— sobre expandir o recortar Medicare, Medicaid y Obamacare, pero la ira dirigida contra compañías como United Healthcare no se había visto por ninguna parte. Sin Baby No Son ç

Como historiador que ha escrito sobre héroes populares, puedo ver cómo Luigi Mangione, quien fue arrestado la semana pasada y acusado el martes de cargos que incluyen asesinato en primer grado, ha personalizado un tema grande y amorfo, cristalizándolo en una clara parábola moral. De repente, ya no era el lenguaje de dentro de la red, fuera de la red, deducibles anuales. Era el lenguaje de los héroes y los villanos, el tirador como asesino a sangre fría o guerrero de la cultura, Thompson como el director ejecutivo codicioso que desangraba a los estadounidenses o el buen hombre de familia que se desangraba en la calle. De la noche a la mañana, una corporación sin rostro, invisibilizada por las leyes arcanas y la jerga corporativa, quedó expuesta, desnuda en su codicia.

Nat Turner Birthday

Nat Turner

Nos gusta pensar en la historia de Estados Unidos como ordenada, democrática y justa. En realidad, los episodios violentos a menudo arrastran temas que la gente preferiría evitar al foro público. Durante décadas, los políticos idearon compromisos para evitar que el problema de la esclavitud explotara, pero la sangrienta rebelión de Nat Turner en 1831 sacudió a los sureños para que se dieran cuenta de que los esclavos podrían querer degollarse. Siguió una ola de represión. Unos 30 años después, el sangriento complot de John Brown para fomentar una revuelta de esclavos despertó la ira de muchos norteños contra los esclavistas”, aumentando el impulso hacia la guerra civil. O, para tomar un tema diferente, los derechos de los trabajadores: una huelga que se había cocinado a fuego lento en los yacimientos de carbón de Colorado durante un año explotó en abril de 1914 con “Bloody Ludlow”, cuando los guardias estatales incendiaron una colonia de tiendas de campaña de mineros, matando a 11 mujeres y niños. La furia pública, las investigaciones del Congreso y la intervención presidencial siguieron.

Pero el ejemplo de la historia que me golpea con más fuerza proviene de la Gran Depresión. A diferencia de Mangione, John Dillinger no era descendiente de una familia adinerada. No asistió a una universidad de la Ivy League ni siquiera terminó la escuela secundaria, y ciertamente nunca escribió un manifiesto ni tuvo la intención de hacer una declaración política. Pero entre el otoño de 1933 y el verano de 1934, se embarcó en una serie de robos a bancos que ayudaron a galvanizar el odio de los estadounidenses hacia las instituciones financieras. Así como el tirador de Thompson ha llamado la atención sobre las depredaciones de las compañías de seguros, Dillinger fue un pararrayos para el odio del público hacia los bancos.

Dillinger había pasado la mayor parte de su vida adulta tras las rejas por un puñetazo fallido, y cuando salió de la prisión estatal de Indiana, pocos meses después de que Franklin Roosevelt asumiera el cargo, tenía 30 años y no tenía perspectivas de trabajo. Pero había aprendido mucho sobre el robo de sus compañeros de prisión, y pronto sacó a varios de ellos de la cárcel y comenzó una ola de crímenes que duró un año, primero robando armerías de la policía en busca de armas, luego eliminando una veintena de bancos de pueblos pequeños en todo el Medio Oeste. En el camino, una docena de ciudadanos perdieron la vida.

La “pandilla de Dillinger”, como llamaban los periódicos al grupo, incluía una banda rotativa de media docena de delincuentes y sus novias. Se dieron a la fuga a Chicago, Florida y Arizona, y puntos intermedios. A principios de 1934, toda la tripulación fue arrestada en Tucson, y Dillinger fue extraditado a Crown Point, Indiana, para ser juzgado por el asesinato de un oficial de policía. Hay una famosa foto de Dillinger, sonriente, guapo, del brazo del sheriff local y del fiscal de distrito. Un mes después, escapó de la cárcel de Crown Point con una pistola de madera. En la primavera, más titulares detallaron su milagrosa fuga del FBI en el norte de Wisconsin, y un periodista lo apodó “el Houdini de los ladrones de bancos”.

Bonnie and clyde car Banque de photographies et d'images à haute résolution - Alamy

Bonnie and Clyde

Dillinger fue uno de los pocos criminales famosos de esta época: Bonnie y Clyde, Machine Gun Kelly, la pandilla de Ma Barker. Los estadounidenses estaban horrorizados por su anarquía y violencia. Ellos también estaban hipnotizados por ello. Y les molestó especialmente que los bancos fueran el blanco de sus depredaciones. Cuando Dillinger murió a manos del FBI en las calles de Chicago el 22 de julio de 1934, aproximadamente 10.000 bancos estadounidenses habían cerrado sus puertas, habían quebrado, los ahorros de millones de ciudadanos y empresas se habían evaporado. A menudo se culpó a los bancos y banqueros por el cataclismo económico de la Gran Depresión, cuando, durante el año salvaje de Dillinger, más del 25 por ciento de los estadounidenses estaban desempleados.

“Si roba un banco, ¿qué hay de eso?”, escribió la señora W.B. Grant, de Butler, Tennessee, sobre Dillinger a la primera dama Eleanor Roosevelt. ¿No han sido estafados la mayoría de los banqueros, y así es como se hicieron ricos, engañando al hombre honrado? Este tema se repitió una y otra vez en las evaluaciones públicas de Dillinger. Joseph Edwards escribió al presidente Franklin Roosevelt para afirmar que Dillinger robaba bancos simplemente desde el exterior; Los propios banqueros les robaban desde dentro. W. Guyer Fisher escribió acerca de los hombres de negocios que “desplumaron a las bases de… su dinero duramente ganado”, llamándolos “ladrones al por mayor que usan un lápiz afilado” para robar un banco o robar un servicio público. Otro ciudadano le preguntó al presidente cuándo el gobierno perseguiría a “los verdaderos mafiosos”, y otro instó a los federales a perseguir a los “ladrones legalizados” que llevaron a cabo sus atracos “al amparo de la ley”.

A missing brain? The bizarre burial of John Dillinger

John Dillinger

En el imaginario público, la concepción de Dillinger y del tirador de Thompson, ya impregnada de violencia explosiva, adquiere fácilmente elementos libidinales. El deseo desatado de cosas como la venganza se filtra fácilmente en otras fantasías del ello. Las publicaciones en las redes sociales han llamado repetidamente a Mangione “sexy”, se han detenido en su rostro y cuerpo, lo han transformado en un objeto de deseo sexual. Lo mismo ocurría con Dillinger. Los americanos susurraban historias de su potencia sexual y de sus relaciones libidinosas, menos con condena que con fascinación. Él y el tirador de Thompson actuaron por impulsos violentos que otros sintieron pero que no se atrevieron a replicar; No fue un gran salto imaginarlos como liberados sexualmente también.

Hay una larga tradición de leyendas de “bandidos sociales” en Inglaterra, Estados Unidos y otros países. A veces se representa al forajido como una figura de Robin Hood, que toma de los ricos y da a los pobres. Con la misma frecuencia, el héroe de estas historias no es particularmente altruista, simplemente se agravia, como muchos de sus compatriotas, contra sus “superiores sociales” o instituciones altivas. En ese sentido, los tiradores CEO, como los John Dillinger del mundo, se convierten en figuras legendarias, no necesariamente virtuosas, pero sí vengadoras sociales. Lo mismo, por cierto, ocurría con Nat Turner y John Brown, monstruos sedientos de sangre para algunos, ángeles vengadores para otros.

Supongo que la rabia provocada por el asesinato de Thompson es emblemática de algo más grande. Escuchamos una y otra vez durante las elecciones que la mayor preocupación de los votantes era la economía. Pero tal vez los expertos interpretaron eso de manera demasiado estrecha para referirse a la inflación, simplemente al costo de los huevos. Tal vez la economía y  la inflación eran el cajón de sastre de ansiedades más profundas, apenas articuladas: los costos de la atención médica, el precio desde el preescolar hasta la educación universitaria, la muerte, para tantos, del sueño americano de la propiedad de la vivienda, la precariedad de los empleos en una era de trabajo por encargo, trabajos secundarios e inteligencia artificial; todo esto en contraste con la creciente concentración de la riqueza.

El rodaje de Brian Thompson tocó algo profundo. Esta no es la primera vez en la historia de Estados Unidos, ni será la última, que un acto de violencia aparentemente aleatorio ha revelado una rabia reprimida.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

Read Full Post »


  Lyndon B. Johnson (LBJ)  es uno de los presidentes más contradictorios de la historia de Estados Unidos.  Le toca el triste honor de ser uno de los principales responsables de que  la guerra de Vietnam se convirtiera en una tragedia que dividió y enfrentó a los estadounidenses. Su insistencia en pelear una guerra que no podía ganar costó la vida de miles de sus conciudadanos y de millones de vietnamitas. Además, abonó al fin de la hegemonía económica global que la nación norteamericana había disfrutado desde mediados de los años 1940.  Sin embargo, el LBJ puede ser considerado el último gran novotratista; el gran heredero de Franklin D. Roosevelt. Bajo su dirección e inspiración se iniciaron importantísimos programas que buscaban extirpar la injusticia racial,  combatir la pobreza y reducir la desigualdad, ampliando el apoyo del gobierno federal a las minorías étnicas y los sectores más vulnerables de la sociedad. Desafortunadamente, por lo que se le recuerda es por el famoso estribillo de una canción de quienes en los años 1960 marchaban y protestaban contra la guerra de Vietnam: “Hey, Hey, LBJ; How many kids did you kill today? “ (Oye, oye, LBJ; ¿Cuántos niños mataste hoy?).

Comparto este breve escrito de la gran historiadora estadounidense Heather Cox Richardson  sobre los logros del que debió ser un programa para rehacer a Estados Unidos sobre bases más justas e igualitarias.  La Dra. Cox es experta en la guerra civil y profesora en Boston College.

 
  Johnson, el sucesor de Kennedy que soñó la gran sociedad21 de mayo de 2022
Heather Cox Richardson

22 de mayo de 2022

 

El 22 de mayo de 1964, en un discurso de graduación en la Universidad de Michigan, el presidente Lyndon B. Johnson puso nombre a una nueva visión para los Estados Unidos. La llamó “la Gran Sociedad” y expuso la visión de un país que no se limitó a ganar dinero, sino que utilizó su prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial para” enriquecer y elevar nuestra vida nacional”. Esa Gran Sociedad exigiría el fin de la pobreza y la injusticia racial.

Pero haría más que eso, prometió: permitiría a cada niño aprender y crecer, y crearía una sociedad donde las personas usarían su tiempo libre para construir y reflexionar, donde las ciudades no solo responderían a las necesidades físicas y las demandas del comercio, sino que también servirían “al deseo de belleza y al hambre de comunidad”. Protegería el mundo natural y sería “un lugar donde los hombres están más preocupados por la calidad de sus objetivos que por la cantidad de sus bienes”.

“Pero sobre todo”, dijo, miraría hacia adelante. “La Gran Sociedad no es un puerto seguro, un lugar de descanso, un objetivo final, una obra terminada. Es un desafío constantemente renovado, que nos llama hacia un destino donde el significado de nuestras vidas coincida con los maravillosos productos de nuestro trabajo”.

Johnson propuso reconstruir las ciudades, proteger el campo e invertir en educación para establecer “cada mente joven … libre para escanear los confines más lejanos del pensamiento y la imaginación”. Admitió que el gobierno no tenía las respuestas para abordar los problemas en el país, “si lo prometo”, dijo. “Vamos a reunir el mejor pensamiento y el conocimiento más amplio de todo el mundo para encontrar esas respuestas para Estados Unidos. Tengo la intención de establecer grupos de trabajo para preparar una serie de conferencias y reuniones de la Casa Blanca: sobre las ciudades, sobre la belleza natural, sobre la calidad de la educación y sobre otros desafíos emergentes. Y a partir de estas reuniones y de esta inspiración y de estos estudios comenzaremos a establecer nuestro rumbo hacia la Gran Sociedad”.

La visión de Johnson de una Gran Sociedad vino de un lugar muy diferente a la reelaboración de la sociedad lanzada por su predecesor, Franklin D. Roosevelt, en la década de 1930. El New Deal de Roosevelt había utilizado al gobierno federal para abordar la mayor crisis económica en la historia de los Estados Unidos, nivelando el campo de juego entre trabajadores y empleadores para permitir que los trabajadores mantuvieran a sus familias. Johnson, por el contrario, operaba en un país que disfrutaba de un crecimiento récord. Lejos de simplemente salvar al país, podía darse el lujo de dirigirlo hacia cosas más grandes.

Inmediatamente, la administración se dedicó a abordar cuestiones de derechos civiles y pobreza. Bajo la presión de Johnson, el Congreso aprobó la Ley de Derechos Civiles de 1964 que prohíbe el voto, el empleo o la discriminación educativa por motivos de raza, religión, sexo u origen nacional. Johnson también ganó la aprobación de la Ley de Oportunidades Económicas de 1964, que creó una Oficina de Oportunidades Económicas que supervisaría toda una serie de programas contra la pobreza, y de la Ley de Cupones para Alimentos, que ayudó a las personas que no ganaban mucho dinero a comprar alimentos.

The Great Society - Two Americas & The Great Society: 1960's

Caída de la pobreza en Estados Unidos gracias a la Gran Sociedad

Cuando los republicanos postularon al senador de Arizona Barry Goldwater para presidente en 1964, pidiendo que se revirtiera la regulación empresarial y los derechos civiles a los años anteriores al New Deal, los votantes a los que les gustaba bastante el nuevo sistema dieron a los demócratas una mayoría tan fuerte en el Congreso que Johnson y los demócratas pudieron aprobar 84 nuevas leyes para poner en marcha la Gran Sociedad.

Consolidaron los derechos civiles con la Ley de Derechos Electorales de 1965 que protegía el voto de las minorías, crearon empleos en los Apalaches y establecieron programas de capacitación laboral y desarrollo comunitario. La Ley de Educación Primaria y Secundaria de 1965 otorgó ayuda federal a las escuelas públicas y estableció el programa Head Start para proporcionar educación temprana integral para niños de bajos ingresos. La Ley de Educación Superior de 1965 aumentó la inversión federal en universidades y proporcionó becas y préstamos a bajo interés a los estudiantes.

La Ley del Seguro Social de 1965 creó Medicare, que proporcionó seguro de salud para los estadounidenses mayores de 65 años, y Medicaid, que ayudó a cubrir los costos de atención médica para las personas con ingresos limitados. El Congreso avanzó en la guerra contra la pobreza al aumentar los pagos de asistencia social y subsidiar el alquiler para las familias de bajos ingresos.

El Congreso asumió los derechos de los consumidores con una nueva legislación protectora que requería que los cigarrillos y otros productos peligrosos llevaran etiquetas de advertencia, requería que los productos llevaran etiquetas que identificaran al fabricante y requería que los prestamistas revelaran el costo total de los cargos financieros en los préstamos. El Congreso también aprobó legislación que protege el medio ambiente, incluida la Ley de Calidad del Agua de 1965 que estableció estándares federales para la calidad del agua.

Antiwar Songs (AWS) - Hey, Hey, LBJ

Pero el gobierno no se limitó a abordar la pobreza. El Congreso también habló de las aspiraciones de Belleza y Propósito de Johnson cuando creó la Fundación Nacional de Artes y Humanidades. Esta ley creó tanto el Fondo Nacional para las Artes como el Fondo Nacional para las Humanidades para asegurarse de que el énfasis de la época en la ciencia no pusiera en peligro las humanidades. En 1967 también establecería la Corporación para la Radiodifusión Pública, seguida en 1969 por la Radio Pública Nacional.

Los opositores a este amplio programa obtuvieron 47 escaños en la Cámara de Representantes y tres escaños en el Senado en las elecciones de mitad de período de 1966, y U.S. News and World Report escribió que “la gran fiesta” había terminado.

Y, sin embargo, gran parte de la Gran Sociedad todavía vive, aunque ahora está bajo desafíos más significativos cada día por parte de aquellos que rechazan la idea de que el gobierno federal tiene un papel que desempeñar en la configuración de nuestra sociedad.

“Para bien o para mal”, dijo Johnson a los graduados de la Universidad de Michigan en 1964, “su generación ha sido designada por la historia para lidiar con esos problemas y llevar a Estados Unidos hacia una nueva era. Usted tiene la oportunidad nunca antes ofrecida a ninguna persona en cualquier edad. Usted puede ayudar a construir una sociedad donde las demandas de la moralidad, y las necesidades del espíritu, se puedan realizar en la vida de la Nación.

“Entonces, ¿se unirá a la batalla para dar a cada ciudadano la plena igualdad que Dios ordena y la ley requiere, cualquiera que sea su creencia, raza o el color de su piel?”, Preguntó.

“¿Te unirás a la batalla para dar a cada ciudadano un escape del peso aplastante de la pobreza?…”

“Hay almas tímidas que dicen que esta batalla no se puede ganar; que estamos condenados a una riqueza sin alma. No estoy de acuerdo. Tenemos el poder de dar forma a la civilización que queremos. Pero necesitamos su voluntad, su trabajo, sus corazones, si queremos construir ese tipo de sociedad”.

Notas:

https://www.presidency.ucsb.edu/documents/remarks-the-university-michigan

La cita de U.S. News and World Report está en Mary C. Brennan, Turning Right in the Sixties: The Conservative Capture of the GOP, p. 119.

 

Read Full Post »

Me acabo de leer un libro fascinante, Ten Days in Harlem. Fidel Castro and the Making of the 1960s (Faber and Faber, 2020). Su autor, Simon Hall, enfoca la visita de Fidel Castro a Nueva York en setiembre de 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas de ese año. Durante los diez días que el jefe supremo de la Revolución Cubana estuvo en la Gran Manzana, hospedado en un hotel en Harlem,  provocó más de un dolor de cabeza a las autoridades estadounidenses.

Hall, quien es profesor en la School of History de la University of Leeds, hace un trabajo excelente en este libro, que además está muy bien escrito. Citando a la historiadora afroestadounidense Brenda Gayle Plummer, Hall cataloga la visita de Castro como «a Cold War watershed» (un momento decisivo de la guerra fría). Su viaje colocó al cubano en la escena mundial, convirtiéndole en líder y símbolo del  antimperialismo. En los díez días que estuvo en Nueva York, Castro se reunió con Nehru, Nkrumah, Nasser, Kruschev y Malcom X, y recibió, además,  las simpatías de miles de niuyorquinos. Su visita fue un éxito de relaciones públicas. Su estadía sirvió también para consolidar una relación más estrecha con la Unión Soviética. Fue claro para todos los que lo observaron la camaradería y respeto mutuo  entre Castro y Khruschev.  Su estadía en un hotel de Harlem, barrio de población mayoritariamente negra y pobre, expusó el problema del racismo en Estados Unidos. Según Hall, la visita de Castro «inspiró la adulación de una Nueva Izquierda emergente y ayudó a iniciar una nueva década de tumulto político, social y cultural de una manera apropiadamente irreverente, rebelde y anárquica.» (Mi traducción.) 

49639352. sy475 Para las autoridades estadounidenses, quienes hubieran preferido no tener de visita a Castro, la estadía del líder cubano acabó de convencerles de que era necesaria su remoción, lo que aceitó la maquinaria burocrática que llevaría al fiasco de Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Para quienes analicen los años 1960,  el llamado Global South, la revolución cubana y las relaciones de Estados Unidos y América Latina, este libro debe ser lectura obligada. El trabajo de Hall sirve también de llamada de atención a una interesante historiografía sobre Estados Unidos desarrollada por académico británicos.

Comparto con mis lectores este ensayo escrito por el historiador Francisco Martínez Hoyos analizando las visitas que realizó Castro a Estados Unidos en 1959 y 1960.

Quienes estén interesado en el libro de Hall pueden escuchar una entrevista suya publicada en la New Books Network en setiembre de 2020.


Desde su independencia de España en 1898, Cuba vivió sometida a una humillante dependencia de los “gringos”, hasta el punto de ser considerada su patio trasero. La película El Padrino II refleja bien cómo, en la década de 1950, los gángsters estadounidenses tenían en la isla su propio paraíso. Gracias a sus conexiones con el poder, la mafia realizaba suculentos negocios en la hostelería, el juego y la prostitución. Miles de turistas llegaban dispuestos a vaciar sus bolsillos a cambio de sol, sexo y otras emociones fuertes en los casinos y los clubes que se multiplicaban sin control por La Habana.

El historiador Arthur M. Schlesinger Jr., futuro asesor del gobierno de Kennedy, se llevó una penosa impresión de la capital caribeña durante una estancia en 1950. Los hombres de negocios habían transformado la ciudad en un inmenso burdel, humillando a los cubanos con sus fajos de billetes y su actitud prepotente.

Cuba estaba por entonces en manos del dictador Fulgencio Batista, un hombre de escasos escrúpulos al que no le importaba robar ni dejar robar. Una compañía de telecomunicaciones estadounidense, la AT&T, le sobornó con un teléfono de plata bañado en oro. A cambio obtuvo el monopolio de las llamadas a larga distancia.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.

Barrio marginal de La Habana en 1954, junto al estadio de béisbol y a un cartel de un casino de juego.
 Dominio público

Para acabar con la corrupción generalizada y el autoritarismo, el Movimiento 26 de Julio protagonizó una rebelión que el régimen, pese a la brutalidad de su política represiva, fue incapaz de sofocar. Tenía en su contra a los sectores progresistas de las ciudades, en alianza con los guerrilleros de Sierra Maestra, dirigidos por líderes como Fidel Castro o el argentino Ernesto “Che” Guevara.

Se ha tendido en muchas ocasiones a presentar la revolución antibatistiana como el fruto de una intolerable opresión económica. En realidad, el país era uno de los más avanzados de América Latina en términos de renta per cápita o nivel educativo, aunque los indicadores globales ocultaban las fuertes desigualdades entre la ciudad y el campo o entre blancos y negros. Las verdaderas causas del descontento hay que buscarlas más bien en el orden político. Entre los guerrilleros predominaba una clase media que aspiraba a un gobierno democrático, modernizador y nacionalista.

Entre la opinión pública norteamericana, Fidel disfrutó en un principio del estatus de héroe, en gran parte gracias a Herbert Matthews, antiguo corresponsal en la Guerra Civil española, que en 1957 consiguió entrevistarle. Matthews, según el historiador Hugh Thomas, transformó al jefe de los “barbudos” en una figura mítica, al presentarlo como un hombre generoso que luchaba por la democracia. De sus textos se desprendía una clara conclusión: Batista era el pasado y Fidel, el futuro.

Happy New Year

A principios de 1959, la multitud que celebraba la llegada del año nuevo en Times Square, Nueva York, acogió con alegría la victoria de los guerrilleros cubanos. El periodista televisivo Ed Sullivan se apresuró a viajar a La Habana, donde consiguió entrevistar al nuevo hombre fuerte. Había comenzado el breve idilio entre la opinión pública norteamericana y el castrismo.

Poco después, en abril, el líder revolucionario realizó una visita a Estados Unidos, invitado por la Asociación Americana de Editores de Periódicos. Ello creó un problema protocolario, ya que la Casa Blanca daba por sentado que ningún jefe de gobierno extranjero iba a visitar el país sin invitación oficial. Molesto, el presidente Eisenhower se negó a efectuar ningún recibimiento y se marchó a jugar al golf.

Fidel Castro firma como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959.

Fidel Castro firma su nombramiento como primer ministro de Cuba el 16 de febrero de 1959. Dominio público

En esos momentos, sus consejeros estaban divididos respecto a la política a seguir con Cuba. Unos defendían el reconocimiento del nuevo gobierno; otros preferían aguardar a que se definiese la situación. ¿Qué intenciones tenía Castro? ¿No sería, tal vez, un comunista infiltrado?

Parte de la opinión pública norteamericana, sin embargo, permanecía ajena a esos temores. Algunos periódicos trataron con cordialidad al recién llegado, lo mismo que las principales revistas. Look y Reader’s Digest, por ejemplo, le presentaron como un moderno Robin Hood.

El senador demócrata John F. Kennedy, futuro presidente, le consideraba el continuador de Simón Bolívar por encarnar un movimiento antiimperialista, reconociendo así que su país se había equivocado con los cubanos al apoyar la sangrienta dictadura batistiana. Entre los intelectuales existía un sentimiento de fascinación similar.

Muchos norteamericanos supusieron que el líder latinoamericano buscaba ayuda económica. Fidel, sin embargo, proclamó en público su voluntad de no mendigar a la superpotencia capitalista: “Estamos orgullosos de ser independientes y no tenemos la intención de pedir nada a nadie”. Sus declaraciones no podían interpretarse al pie de la letra. Sabía sencillamente que no era el momento de hablar de dinero, pero había previsto que un enviado suyo, quince días después, presentara a la Casa Blanca su demanda de inversiones.

En su opinión, ese era el camino para promover el desarrollo industrial, algo totalmente imposible sin el entendimiento con el coloso norteamericano. De ahí que insistiera, una y otra vez, en que no era partidario de las soluciones extremas: “He dicho de forma clara y definitiva que no somos comunistas”.

Ofensiva de encanto

Allí donde iba, Fidel generaba la máxima expectación. En las universidades de Princeton y Harvard sus discursos le permitieron meterse en el bolsillo a los estudiantes. En el Central Park de Nueva York, cerca de cuarenta mil personas siguieron atentamente sus palabras. No hablaba un buen inglés, pero supo ganarse al público con algunas bromas en ese idioma. De hecho, todo su viaje puede ser entendido como una “ofensiva de encanto”, en palabras de Jim Rasenberger, autor de un estudio sobre las relaciones cubano-estadounidenses. Castro, a lo largo de su visita, no dejó de repartir abrazos entre hombres, mujeres y niños.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.

Fidel Castro en la asamblea de la ONU en 1960.
 Dominio público

El entonces vicepresidente, Richard Nixon, se encargó de sondear sus intenciones en una entrevista de dos horas y media, en la que predicó al jefe guerrillero sobre las virtudes de la democracia y le urgió a que convocara pronto elecciones. Fidel escuchó con receptividad, disimulando el malestar que le producía la insistencia en si era o no comunista. ¿No era libre Cuba de escoger su camino? Parecía que a los norteamericanos solo les importara una cosa de la isla, que se mantuviera alejada del radicalismo de izquierdas.

Según el informe de Nixon acerca del encuentro, justificó su negativa a convocar comicios con el argumento de que su pueblo no los deseaba, desengañado por los malos gobernantes que en el pasado habían salido de las urnas. A Nixon Castro le pareció sincero, pero increíblemente ingenuo acerca del comunismo, si es que no estaba ya bajo su égida. Creía, además, que no tenía ni idea de economía. No obstante, estaba seguro de que iba a ser una figura importante en Cuba y posiblemente en el conjunto de América Latina. A la Casa Blanca solo le quedaba una vía: intentar orientarle “en la buena dirección”.

Desde entonces se ha discutido mucho sobre quién provocó el desencuentro entre Washington y La Habana. ¿Los norteamericanos, con su política de acoso a la revolución? ¿Los cubanos, al implantar un régimen comunista, intolerable para la Casa Blanca en plena Guerra Fría?

El envenenamiento

La “perla de las Antillas” constituía un desafío ideológico para Estados Unidos, pero también una amenaza económica. Al gobierno cubano no le había temblado el pulso a la hora de intervenir empresas como Shell, Esso y Texaco, tras la negativa de estas a refinar petróleo soviético. Los norteamericanos acabarían despojados de todos sus intereses agrícolas, industriales y financieros. Las pérdidas fueron especialmente graves en el caso de los jefes del crimen organizado, que vieron desaparecer propiedades por un valor de cien millones de dólares.

Como represalia, Eisenhower canceló la cuota de azúcar cubano que adquiría Estados Unidos. Fue una medida inútil, porque enseguida los soviéticos acordaron comprar un millón de toneladas en los siguientes cuatro años, además de apoyar a la revolución con créditos y suministros de petróleo y otras materias primas.

En septiembre de 1960, Fidel Castro regresó a Estados Unidos para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue otra visita memorable. Tras marcharse de su hotel por el aumento astronómico de las tarifas, decidió alojarse en el barrio negro de Harlem, donde disfrutó de un recibimiento entusiasta.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol.

Fidel Castro y el revolucionario Camilo Cienfuegos antes de disputar un partido de béisbol. Dominio público.

Los periódicos norteamericanos aseguraban que los cubanos utilizaban su alojamiento para realizar orgías sexuales, pero Castro aprovechaba para recibir visitas importantes, como la del líder negro Malcolm X, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru o Nikita Jruschov, mandatario de la Unión Soviética.

Desde la perspectiva del gobierno norteamericano, estaba claro que la isla había ido a peor. Batista podía ser un tirano, pero al menos era un aliado. Castro, en cambio, se había convertido en un enemigo peligroso. Lo cierto es que la Casa Blanca alentó desde el mismo triunfo de la revolución operaciones clandestinas para forzar un cambio de gobierno en La Habana, sin dar oportunidad a que fructificara la vía diplomática.

Por orden de Eisenhower, la CIA se encargó de organizar y entrenar militarmente a los exiliados cubanos. Era el primer paso que conduciría, en 1961, al desastroso episodio de Bahía de Cochinos, ya bajo mandato de Kennedy, en el que un contingente anticastrista fracasó estrepitosamente en su intento de invasión de la isla. Alejado entonces de cualquier simpatía por Fidel Castro, JFK le acusaba de traicionar los nobles principios democráticos de la revolución para instaurar una dictadura.

Read Full Post »

BlackLivesMatter: El racismo es histórico, es cultural y todos ...En este corto ensayo, el profesor Pedro J. Rodríguez Martin (Universidad Pontificia Comillas-ICADE), identifica seis elementos claves para entender las reacciones al asesinato del George Floyd por la policía de Mianneapolis.  Estos son: la esclavitud, la desigualdad, las condiciones socioeconomicos de los negros en Estados Unidos, la brutalidad policíaca, Donald J. Trump y lo que Rodríguez Martin llama el regreso a 1968, en relación al año más violento en la segunda mitad del siglo XX estadounidense.

Comparto con mi lectores este interesante escrito.

Norberto Barreto Velázquez


Black Lives Matter

Seis claves para entender el peor estallido racial de Estados Unidos en cincuenta años

Pedro J. Rodríguez Martin

Diálogo Atlántico     4 de junio de 2020

Los disturbios raciales registrados en más de un centenar de ciudades de EE. UU. no se explican únicamente por la muerte del afroamericano George Floyd después de que un agente blanco, al detenerle el pasado 25 de mayo en Minneapolis por supuestamente utilizar un billete falso de 20 dólares para comprar cigarrillos, le aplastase el cuello durante 8 minutos y 46 segundos. El peor estallido racial sufrido por el gigante americano en 50 años debe entenderse también como la consecuencia inevitable de una profunda y dolorosa crisis de desigualdad.

  1. El pecado original

La esclavitud es conocida como el pecado original de EE. UU. en una saga de sufrimiento que comenzó hace 400 años. En agosto de 1619, un barco holandés desembarcó en la colonia inglesa de Virginia a más de veinte africanos cautivos y esclavizados. América todavía no era América pero no se puede entender a EE. UU. sin los 250 años de esclavitud que siguieron a ese primer desembarco en Jamestown.

El profesor Eric Foner, en su elocuente manual de historia americana Give me Liberty, explica que entre 1492 y 1820 más de diez millones de hombres, mujeres y niños procedentes de África cruzaron el Atlántico con destino al Nuevo Mundo, la gran mayoría como esclavos. En EE. UU. donde la esclavitud marcaría las diferencias entre el norte y el sur, esta mano de obra cautiva fue empleada sobre todo en el especulativo cultivo de algodón. Para 1860, en vísperas de la guerra civil americana, el valor de todos los esclavos era superior al valor combinado de todos los ferrocarriles, factorías y bancos de la joven nación.

  1. La dolorosa desigualdad americana

Una de las imágenes más sobrecogedoras de la pandemia se registró el pasado mes de abril en la ciudad de Nueva York. Se trataba de una fosa común excavada en la isla de Hart, un enclave del Bronx, para dar sepultura a los cuerpos que nadie reclamaba en las desbordadas morgues de la Gran Manzana. Estas tareas son tradicionalmente realizan presos de la cercana prisión de Rikers. Y estadísticamente, los afroamericanos tienen muchas más probabilidades terminar como enterradores o enterrados.

El estallido racial en EE. UU. debe entenderse como parte de la corrosiva crisis de desigualdad agravada por la pandemia de coronavirus. Los afroamericanos –y también los hispanos– son los que de forma desproporcionada están sufriendo la pandemia de la COVID-19. Ya sea en su condición de víctimas del virus o damnificados de la subsecuente crisis económica. De acuerdo a The Economistaunque los guetos contra los que luchaba Martin Luther King en los sesenta ya no existen como tales, EE. UU. se mantiene profundamente segregada tanto por la clase como por la raza a pesar de ser un país fundado con las mejores intenciones igualitarias.

apple-mlk-2019-800x499

  1. La peor parte

No hay indicador social –desde fracaso escolar hasta desempleo– en el que los negros de EE. UU. no salgan claramente perdiendo. De todos los enfrentes de esta desigualdad, el económico es el más doloroso y fácil de cuantificar. Según ha recalculado The Financial Timesen la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, los niveles de desempleo de los afroamericanos han sido típicamente el doble de los niveles de los americanos blancos. Con todo, en los últimos 10 años se han hecho algunos progresos en la reducción de la brecha gracias al casi pleno empleo que precedió al estallido del coronavirus.

El gran problema de los afroamericanos es que la crisis del coronavirus ha fraccionado la fuerza laboral de EE. UU. y de otras economías avanzadas tres grupos: los que han perdido sus trabajos o al menos alguna parte de sus ingresos; los que son considerados trabajadores “esenciales” que deben seguir trabajando durante la crisis –con riesgo para su propia salud–; o los que son teletrabajadores del conocimiento virtual cuyas vidas apenas se han visto afectadas. Los afroamericanos han caído desproporcionadamente entre los dos primeros grupos.

  1. Brutalidad policial

Durante los disturbios contagiados a más de un centenar de ciudades americanas, además del grito “I can’t breathe”, la otra consigna más repetida es “Hands up, don’t shoot”. De esta forma se intenta llamar la atención sobre el número anormalmente elevado de asesinatos cometidos por la policía en EE. UU. (1099 personas el año pasado), en particular de afroamericanos, que tienen tres veces más probabilidades que los blancos de morir a causa de acciones policiales. Cuando se consiguen formalizar cargos contra los agentes implicados en estos casos, los procesamientos que terminan en veredictos de culpabilidad y condenas son excepcionales.

En el capítulo de las muertes por disparos de policías, información que el Washington Post rastrea cuidadosamente desde 2015, 235 personas negras fueron disparadas hasta la muerte el año pasado por agentes de la autoridad en EE. UU. Cifra que representa un 23,5 por ciento de todas las muertes a manos de policías, o casi el doble del porcentaje de la población estadounidense que es negra.How The Civil Rights Movement Was Covered In Birmingham : Code ...

  1. La gran diferencia: Trump

En sus tres años como presidente, Donald Trump ha confirmado con creces su vocación de agitador-en-jefe. Dentro de esa interesada espiral de tensiones, Trump ha jugado con fuego apelando a los peores instintos e instrumentalizando de forma implícita y explicita el problema racial americano. Al demostrar que no hacía falta ser inclusivo para ganar la Casa Blanca, su ganadora estrategia del Make America White Again que tanto sintoniza con el “nacionalismo blanco” ha terminado por contar con la silenciosa complicidad del Partido Republicano.

En política, el caos suele llevar al fracaso. Sin embargo, en la Casa Blanca de Trump la anarquía ha formado parte desde el primer minuto de su forma de hacer política. Dentro de un tono permanente de tensión, y con la excusa del ajuste de cuentas contra las élites del nacional-populismo, Trump ha alimentado constantemente provocaciones más propias de un pirómano político que del presidente de una de las naciones más diversas del mundo.

  1. El retorno a 1968

Descrédito internacional, violencia extrema, sobredosis de miedo e incertidumbre, retroceso económico, polarización política, protestas raciales y populismo desatado. Por el principio de que la historia no se repite pero a veces rima bastante, la misma descripción a brocha gorda de EE. UU. en 2020 se puede aplicar a 1968, el año que realmente nunca ha terminado para el gigante americano y que se ha convertido en la última fuente de inspiración electoral para Donald Trump. En su último paroxismo populista, ante la intensidad del estallido racial sin comparación desde el asesinato de Martin Luther King, no ha dudado en autoproclamarse como el candidato de la ley y el orden, amenazando literalmente con la Biblia y el despliegue de tropas federales.

Para disimular su demencial gestión de la pandemia, el Trump pirómano-y-bombero-a-la-vez ha copiado a Richard Nixon en su victoriosa campaña de 1968. Durante aquel memorable pulso presidencial, que transformó y fracturó para siempre la política americana, Nixon entendió que cuanto más violentos fueran los enfrentamientos raciales en EE. UU., y peores las noticias provenientes de Vietnam, mayores serían sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

Además de inventarse y jugar con “mayorías silenciosas” y “estrategias sureñas”, Richard Nixon también contó con la maléfica perspicacia de un joven asesor llamado Kevin Philipps que le hizo saber que “el gran secreto” de la política americana no era otro que identificar quién odia a quién. Con toda la zafiedad de la que es capaz para cortejar una minoría más bien vociferante pero suficiente para ganar un segundo mandato, Trump también intenta utilizar el mismo secreto odioso que hizo posible Nixonlandia.

Read Full Post »

Huellas2

Acaba de ser publicado un nuevo número de la revista Huellas de Estados Unidos. Este excelente proyecto de los colegas de la Cátedra de Estados Unidos  (UBA) ya suma catorce números, todos dedicados a promover un análisis latinoamericano de la historia estadounidense. Este número incluye ensayos sobre temas muy variados: la Guerra contra la Pobreza de Lyndon B. Johnson y el movimiento negro, los afiches (posters) del famoso Wild West de Buffalo Bill  y el asesinato «moral, intelectual e ideológico» de Martin Luther King. Este número también contiene ensayos sobre temas de gran actualidad, como el endeudamiento de los  estudiantes universitarios y la recién aprobada reforma tributaria impulsada por Donald Trump. Además de una sección de reseñas y ensayos bibliográficos, este número también incluye una conferencia dictada por el gran historiador estadounidense Eric Foner titulada La historia de la libertad en el “Siglo Estadounidense” (Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo, Buenos Aires, Argentina. 28 de septiembre de 2017).  Vayan, nuevamente, nuestras felicitaciones y agradecimientos al equipo editorial de Huellas de Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez

29 de abril de 2018

Huellas.jpg

Read Full Post »

mlkHoy, 4 de abril de 2018, se conmemoran los cincuenta años del asesinato del Reverendo Martin Luther King, Jr. en Memphis, Tennessee. El Dr. King  se encontraba en Memphis apoyando la histórica huelga de los recogedores de basura, que en su mayoría eran afroamericanos. Su asesinato desató una ola de violencia urbana y apagó una de las voces más críticas de la sociedad estadounidense de la década de 1960.

Creo que la mejor forma de recordar al Dr. King en un día como hoy, es compartiendo su análisis de tres problemas fundamentales de su era y de total actualidad: el militarismo, el racismo y la pobreza. El 31 de agosto de 1967, el Dr. King pronunció uno de sus  más importantes discursos ante la National Conference on New Politics. Conocido como The Three Evils of Society Address, este discurso formó parte de su People´s Poor Campaign, dirigida a combatir la injusticia económica más de allá de límites raciales.

Para oir este importante discurso ir aquí.

 

Read Full Post »

Foto

Martin Luther King durante su histórico discurso I have a dream, el 28 de agosto de 1963 Foto AP

La feroz urgencia del ahora

David Brooks

La Jornada, 2 de setiembre de 2013

Cuentan que el 28 de agosto de 1963 fue un día de verano soleado y caluroso, y que aun antes de iniciar la Marcha sobre Washington por Empleos y Libertad asustó no sólo a Washington, sino a gran parte de Estados Unidos. El sueño que estaba por proclamarse era subversivo y quien ofrecería ese mensaje era considerado el hombre desarmado más peligroso de Estados Unidos.

El gobierno de John F. Kennedy intentó persuadir a los organizadores de suspender su acto y ese día colocó 4 mil elementos antimotines en los suburbios y 15 mil en alerta; los hospitales se prepararon para recibir víctimas de la violencia potencial, y los tribunales para procesar a miles de detenidos, cuenta el historiador Taylor Branch. Colocaron agentes con instrucciones de apagar el sistema de sonido si los discursos incitaban a la sublevación. La idea de que la capital sería sitiada por oleadas masivas de afroestadunidenses provocó alarma entre la cúpula política y los medios tradicionales.

El orador principal, el reverendo Martin Luther King, era considerado un radical peligroso y estaba bajo vigilancia de la FBI de J. Edgar Hoover. El jefe de inteligencia doméstica de la FBI calificó al reverendo que encabezaba esa marcha de el negro más peligroso para el futuro de esta nación desde la perspectiva del comunismo, el negro y la seguridad nacional. Todos esperaban desorden masivo. Pero ese día cientos de miles –un tercio de ellos blancos, algo nunca visto– llegaron pacíficamente a participar en un momento que muchos dicen cambió a Estados Unidos.

“King no era peligroso para el país, sino para el statu quo… King era peligroso porque no aceptaba en silencio –ni permitía que un pueblo cansado aceptara silenciosamente ya– las cosas como estaban. Insistió en que todos nos imagináramos –soñáramos– lo que podría y debería ser”, escribió Charles Blow, columnista del New York Times.

Es allí, dicen muchos, donde se inauguró lo que se recuerda como los 60, uno de los auges democráticos (en su sentido real) más importantes de la historia estadunidense.

Hace unos días la cúpula política, la intelectualidad acomodada y los principales medios festejaron el 50 aniversario del acto con la versión oficial pulida y patriótica de la marcha que King ofreció uno de los discursos más famosos de la historia de este país, Yo tengo un sueño.

Al festejar el aniversario, se ha debatido sobre el significado de esa marcha y el discurso de King, tanto en su momento como hoy día. Algunos concluyen que el sueño de King está expresado en el hecho de que el primer presidente afroestadunidense, Barack Obama, ofreció un discurso para celebrar el aniversario en el Monumento a Lincoln, el mismo lugar donde King ofreció históricas palabras hace cinco décadas. Ahí habló de los cambios que King promovió, también reconoció que esa lucha no ha concluido.

Aunque nadie disputa los cambios dramáticos y los logros en cuanto a la lucha frontal contra la segregación institucional, tampoco se puede disputar que mucho de lo que dijo King en 1963 tendría que repetirlo 50 años después.

Hoy día hay más hombres negros encarcelados que esclavos en 1850 (según el trabajo de la extraordinaria académica Michelle Alexander); varios estados han promovido nuevas medidas para obstaculizar el acceso de las minorías a las urnas; el desempleo entre afroestadunidenses es casi el doble que entre blancos, casi igual que en 1963; el número de afroestadunidenses menores de edad que viven en la pobreza es casi el triple que el de los blancos en la misma condición; uno de cada tres niños afroestadunidenses nacidos en 2001 enfrentan el riesgo de acabar en la cárcel.

A la vez, la desigualdad económica entre pobres y ricos ha llegado a su nivel más alto desde la gran depresión. Mientras las empresas reportan ganancias récord, los ingresos de los trabajadores continúan a la baja. Más aún, una de las demandas de la marcha de 1963 fue un incremento al salario mínimo federal, que hoy se ubica en 7.25 dólares la hora, lo que es, en términos reales, inferior al que prevalecía hace 50 años, según el Instituto de Política Económica. Ejemplo de ello fue la protesta de trabajadores de restaurantes de comida rápida en más de 50 ciudades que exigieron el doble de dicho salario, la semana pasada.

Al conmemorar el aniversario, Obama destacó la brecha económica entre pobres y ricos, pero no asumió la responsabilidad de que durante su presidencia se sigue ampliando, y evitó mencionar otras políticas que ha promovido o tolerado con consecuencias terribles para comunidades minoritarias y/o pobres como las deportaciones sin precedente de inmigrantes latinoamericanos, y el sistema penal más grande y tal vez más racista del mundo.

Muchos opinan que no es justo comparar a King con Obama, ya que uno era profeta y el otro es sólo un político.

Pero la omisión más notable durante los elogios al profeta por los políticos en estos días –justo cuando la cúpula política estadunidense contempla abiertamente otro ataque militar contra otro país (Siria)– fue cualquier referencia a las guerras.

King vinculó cada vez más la lucha de los derechos civiles con la injusticia económica y, peor, con las políticas bélicas de su país. Advirtió en 1967 que la democracia estadunidense estaba amenazada por el terno gigantesco del racismo, el materialismo extremo y el militarismo. Y declaró que no podría seguir llamando a sus seguidores a emplear la no violencia si no condenaba las políticas de guerra de Washington: Sabía que nunca más podría elevar la voz contra la violencia por los oprimidos en los guetos sin primero hablar claramente ante el más grande proveedor de violencia en el mundo hoy día, mi propio gobierno.

King, en su discurso del sueño en 1963, insistió en que las injusticias se tenían que abordar en lo que llamó la feroz urgencia del ahora. Cincuenta años después, ese ahora es más urgente que nunca.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/09/02/opinion/026o1mun

Read Full Post »