Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Expansión económica’ Category

El historiador Nelson Lichtenstein (@NelsonLichtens1) -profesor en la University of California, Santa Barbara- reacciona en este artículo, a la orden ejecutiva firmada por Joe Biden el 9 de julio de 2021, buscando promover la competencia y combatir los monopolios. Lichtenstein nos brinda un conciso pero muy interesante análisis del desarrollo de lo que él denomina  “la gran tradición antimonopolística” estadounidense. El Dr. Lichtenstein es director del Center for the Study of Work, Labor, and Democracy.


Trust Busting the Two-Party System

Biden está restaurando la tradición de Estados Unidos de luchar contra las grandes empresas

Nelson Lichtenstein

The New York Times   July 13, 2021

El viernes, el presidente Biden firmó una amplia orden ejecutiva destinada a frenar el dominio corporativo, mejorar la competencia empresarial y dar a los consumidores y trabajadores más opciones y poder. La orden cuenta con 72 iniciativas que varían ampliamente en el tema: neutralidad de la red y ayuda auditivas más baratas, mayor  escrutinio de la big tech y una ofensiva contra las altas tarifas que cobran los transportistas marítimos.

El presidente calificó su orden como un regreso a las “tradiciones antimonopolísticas” de las presidencias de Roosevelt a principios del siglo pasado. Esto puede haber sorprendido a algunos oyentes, ya que la orden no ofrece una llamada inmediata para la ruptura de Facebook o Amazon, que es la idea distintiva del antimonopolio.

Pero la orden ejecutiva del Sr. Biden hace algo aún más importante que el abuso de confianza. Devuelve a Estados Unidos a la gran tradición antimonopolística que ha animado la reforma social y económica casi desde la fundación de la nación. Esta tradición se preocupa menos por cuestiones tecnocráticas como si las concentraciones de poder corporativo conducirán a precios al consumidor más bajos y más por preocupaciones sociales y políticas más amplias sobre los efectos destructivos que las grandes empresas pueden tener en nuestra nación.

Boston_tea_party

Boston Tea Party

En 1773, cuando los patriotas estadounidenses arrojaron té de la Compañía Británica de las Indias Orientales al puerto de Boston, estaban protestando no sólo por un impuesto injusto, sino también por la concesión de un monopolio por parte de la corona británica a un favorito de la corte. Ese sentimiento floreció en el siglo 19, cuando los estadounidenses de todas las tendencias vieron concentraciones de poder económico que corrompían tanto la democracia como el libre mercado. Los abolicionistas se basaron en el espíritu antimonopolio cuando denunciaron el poder esclavista, y Andrew Jackson trató de desmantelar el Segundo Banco de los Estados Unidos porque sostenía los privilegios de una élite comercial y financiera del este.

Las amenazas a la democracia se volvieron aún más apremiantes con el surgimiento de corporaciones gigantes, a menudo llamadas trusts. Cuando el Congreso aprobó la Ley Antimonopolio Sherman en 1890, su autor, el senador John Sherman de Ohio, declaró: “Si no soportamos a un rey como poder político, no debemos soportar a un rey por la producción, el transporte y la venta de cualquiera de las necesidades de la vida”. Cuarenta y cinco años después, el presidente Franklin Roosevelt se hizo eco de ese sentimiento cuando denunció a la realeza “económica” que había  “creado un nuevo despotismo”. Veía el poder industrial y financiero concentrado como una “dictadura industrial” que amenazaba la democracia.

File:Standard oil octopus loc color.jpg

La Standard Oil y otros trusts se convirtieron en el blanco de demandas antimonopolísticas no solo porque aplastaron a los competidores y aumentaron los precios al consumidor, sino también porque corrompieron la política y explotaron a sus empleados. Dividir estas compañías gigantes en unidades más pequeñas podría ayudar, pero pocos reformadores pensaron que las iniciativas antimonopolio del gobierno ofrecían la solución principal al desequilibrio de poder tan cada vez más frecuente en el capitalismo moderno. Lo que se necesitaba era una mayor regulación gubernamental y sindicatos poderosos.

En la era progresista, los tribunales dictaminaron que una amplia variedad de corporaciones e industrias “de interés público” podrían estar sujetas a las regulaciones gubernamental — que cubre precios, productos e incluso normas laborales — que en los últimos años se ha restringido en gran medida a las compañías eléctricas y de transporte. Dos décadas más tarde, los partidarios del Nuevo Trato trataron de desafiar el poder monopólico no sólo mediante una renovación de los litigios antimonopolio, sino también alentando el crecimiento del sindicalismo con el fin de crear una democracia industrial dentro del corazón mismo de la propia corporación.

Esa tradición antimonopolio se desvaneció después de la Segunda Guerra Mundial, colapsando en un discurso árido que no hacía más que una pregunta: ¿La prevención de una fusión o la desintegración de una empresa reduciría los precios al consumidor? El profesor de derecho conservador Robert Bork y una generación de abogados y economistas de ideas afines convencieron a la administración Reagan, así como a los tribunales, de que la antimonopolio bloqueaba la creación de formas de negocio eficientes y amigables para el consumidor. Incluso liberales como Lester Thurow y Robert Reich consideraron que la antimonopolio era irrelevante si las empresas estadounidenses competían en el extranjero. En 1992, por primera vez en un siglo, ningún punto antimonopolio apareció en la plataforma del Partido Demócrata.

How Biden Executive Order Affects Big Tech on Antitrust, Net Neutrality |  News Logic

Biden firmando la orden ejecutiva

El Sr. Biden ha declarado correctamente que este “experimento” de 40 años ha fracasado. “Capitalismo sin competencia no es capitalismo”, proclamó en la firma de la orden ejecutiva. “Es explotación¨.

Tal vez la parte más progresista de la orden ejecutiva es su denuncia de la forma en que las grandes corporaciones suprimen los salarios. Lo hacen monopolizando su mercado laboral —piensen en las presiones salariales ejercidas por Walmart en una pequeña ciudad— y obligando a millones de sus empleados a firmar acuerdos de no competencia que les impiden aceptar un mejor trabajo en la misma ocupación o industria.

El presidente y su gabinete antimonopolio han volteado de cabeza a un aspecto importante de la competencia empresarial tradicional. Durante demasiado tiempo, aquellos que abogan por una mayor competencia entre las empresas han ofrecido a los empleadores una orden judicial por recortar los salarios y las prestaciones, así como por subcontratar los servicios y la producción. Pero el Sr. Biden imagina un mundo en el que las empresas compitan por los trabajadores. “Si su empleador quiere mantenerlo, él o ella debería hacer que valga la pena quedarse”, dijo el Sr. Biden el viernes. “Ese es el tipo de competencia que conduce a mejores salarios y mayor dignidad en el trabajo”.

La tradición antimonopolio de la nación surge una vez más.

Traducido por Norberto Barreto Velázquez

 

 

 

Read Full Post »

In How to Hide an Empire, Daniel Immerwahr pulls back the curtain on  American imperialism. | History | Chicago Reader

Para quienes han sido víctimas directas o indirectas del imperialismo estadounidense, hablar de su insivibilidad podría ser un chiste de mal gusto. Demasiados muertos, demasiada sangre. Sin embargo, es necesario reconocer que durante gran parte de su historia, el imperialismo estadounidense ha sido invisible -no existente- para la mayoría de los estadounidenses y sus líderes. La amnesia imperial estadounidense es una enfermedad crónica. Muchos son los ejemplos, por lo que solo mencionaré uno. Tras completar la invasión de Iraq, el entonces Secretario de Defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld, realizó una especie de gira triunfal por varios países del Golfo Pérsico.  El 28 de abril de 2003, Rumsfeld y el comandante en jefe de las fuerzas estadounidense en la región el General Tommy Frank, llevaron a cabo una conferencia de prensa en la ciudad de Doha, Qatar. Durante esa conferencia de prensa un periodista de la cadena noticiosa Al Jazeera preguntó a Rumsfeld si el gobierno estadounidense estaba inclinado a la creación de un imperio en la zona. Visiblemente molesto el secretario respondió: “No buscamos un imperio. No somos imperialistas. Nunca los hemos sido. Ni siquiera puedo imaginar por qué me hace esa pregunta.”* Rumsfeld, uno de los principales responsables del peor error en la historia de la política exterior en la historia de Estados Unidos y quien se ofendía ante la insinuación de un imperio estadounidense, era entonces el “administrador” de las más de 600 bases militares estadounidenses alrededor del globo.

How to Hide an Empire' Shines Light on America's Expansionist Side - The  New York Times

Daniel Immerwahr

En los últimos veinte años, la historiografía estadounidense se ha encargado en visibilizar al imperialismo estadounidense. Me refiero a los trabajos de Amy Kaplan (QEPD), Alfred W. McCoy,  Donald Pease,  Lany Thompson,  Courtney Johnson, Anne L. Foster, Paul A. Kramer,  Kristin Hoganson, Jeremi Suri, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Scarano y Mariola Espinosa,  entre otros. Acabo de leerme un libro que sigue esta línea historiográfica enfocando al imperialismo estadounidense a niveles que no había visto en otras obras. Se trata de la obra de Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2019). El Dr. Immerwhar es profesor en el Departamento de Historia de Northwestern University en el estado de Illinois. Immerwhar es también autor de Thinking Small: The United States and the Lure of Community Development (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2015).

Debo reconocer que me acerque a este texto con dudas, pues me preguntaba qué más se podía añadir a la historiografía del imperialismo estadounidense, y, en especial, de su “invisivilidad”.  Mayor fue mi sorpresa a encontrarme con una obra  que además de hilvanar una historia fascinante, hace una aportación sustantiva a lo que sabemos sobre las prácticas, ideas e instituciones del imperialismo yanqui.  No por nada ha ganado múltiples premios, entre ellos, el Robert H. Ferrell Book Prize,  de la Society for Historians of American Foreign Relations, el Publishers Weekly, Best Books of 2019  y el National Public Radio, Best Books of 2019.

Por  la naturaleza de esta bitácora y el tañamo de este libro, me limitaré a hacer algunos comentarios generales. Lo primero que quiero comentar es cómo esta escrito este libro, pues me parece uno de sus principales activos. Immerwahr hilvana una historia fascinante, muy bien escrita y documentada, superando las limitaciones típicas de los trabajos tradicionales sobre la política exterior estadounidense.

El autor construye una historia integral  del imperio estadounidense a través del análisis cronológico de su evolución con énfasis en cómo éste ha sido escondido accidental e intencionalmente. Comienza en el periodo colonial y termina en el siglo actual. Entre los eventos que destaca no necesariamente enfocados por otros autores destacan la adquisición de islas guaneras, el desarrollo de una arquitectura colonial en las Filipinas producto del trabajo de Juan Arellano, la imposición de un gobierno militar y opresivo en Hawai durante la segunda guerra mundial y los abusos cometidos contra los pobladores de la islas aleutianas durante ese conflcito.

File:US claimed atlantic guano islands.jpg - Wikimedia Commons

Islas guaneras “estadounidenses”

La segunda parte del libro -a partir del fin de la segunda guerra mundial- es la que me resulta más innovadora por cuatro puntos. El primero, la idea de que el desarrollo de toda una industria de productos sintéticos durante el conflicto contra los Nazis liberó a Estados Unidos de la dependencia en ciertas materias primas como el caucho, la quinina, etc. Esto liberó a los estadounidenses de poseer un imperio territorial, a pesar de que al termino del conflicto, controlaban una gran extensión de territorios en Asia y Europa.

Otra idea interesante tiene que ver con el siginificado imperial que el autor le asigna al desarrollo después de la guerra a la estandarización económica dominada por los estadounidense. Tras la guerra el poderío económico estadounidense hizo imposible -a países ricos y pobres- retar o rechazar los estandares definidos por Estados Unidos, lo que constituyó otra herramienta imperial.

El tercer punto que subraya el autor es el predominio del idioma inglés en la segunda mitad del siglo XX. Immerwahr analiza cómo una lengua minoritaría como el inglés se impuso como el idioma dominante a nivel académico, técnico, científico, diplomático y hasta cibernético.

Bases militares de Estados Unidos.

El cuarto y último punto tiene que ver con lo que Immerwahr denomina como “Baselandia”. Tras acabada la segunda guerra mundial, los Estados Unidos no renunciaron ni abandonaron su proyecto imperial, sino que lo rehicieron a través de la estableciemiento de unas 800 bases militares a nivel global. Según el autor, éstas son, además de herramientas imperiales, el imperio estadounidense. Las bases han servido para ejercer el poder imperial de diversas formas, desde bombardear Vietnam o Irak, hasta impulsar costumbres, modos de consumo, valores, estilos musicales, etc.

Termina el autor comentando cómo diversos países lograron dominar la estandirazación, el idioma y la zona de contacto que significaban las bases, para alcanzar e inclusive superar a Estados Unidos.

Debo terminar señalando que este libro es lectura obligada para aquellos interesados en el desarrollo del imperialismo estadounidense y, en especial, para quienes combatimos su “invisibilidad”.


*Eric Schmitt, Aftereffects: Military Presence; Rumsfeld Says US Will Cut Forces in the Gulf”, New York Times, April 30, 2003. Disponible en: http://query.nytimes. com/gst/fullpage.html?res=9A01EEDE103DF93AA15757C0A9659C8B63&sec=&s pon =& pagewanted=2. eeerrtyip

Read Full Post »

El enfoque histórico-cultural de Emely Rosenberg y la política expansionista estadounidense

por Pablo L. Crespo Vargas

Spreading the american dreamUno de los problemas, más significativos, que confrontaron los estudiosos de la historia diplomática estadounidense hasta comenzada la segunda mitad del siglo XX fue la falta de un acercamiento o una explicación cultural donde se analizaran los distintos aspectos del desarrollo de las relaciones internacionales de este país. Los cambios producidos en el pensamiento académico luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, donde se presentaron una serie de factores que incluyen mayores oportunidades de estudio gracias a los beneficios educativos a veteranos, el aumento de instituciones universitarias estatales, y los movimientos de derechos humanos, feministas e indigenistas, que motivaron a muchos a realizar estudios postsecundarios, sin importar la clase social de la que provenían, también se sintieron en la historiografía estadounidense.[1]
Los recién formados historiadores comenzaron a ver la historia desde una perspectiva fuera del punto de vista elitista que se había caracterizado hasta ese momento.[2] Uno de los mejores ejemplos de esta situación lo encontramos en la obra de Emily S. Rosenberg. Esta historiadora busca presentarnos como la cultura estadounidense jugó un papel trascendental en el desenvolvimiento de la política exterior de los Estados Unidos. Es importante señalar, que la autora, establece los límites a su trabajo en “examine the process by which some Americans, guided and justified by the faiths of liberal-developmentalism, sought to extend their technology-based economy and mass culture to nearly every part of the world.” En otras palabras, Rosenberg no trabaja el efecto de la americanización en otros países o culturas, aunque estos son estudiados con mayor detenimiento por otros investigadores, sino que se enfoca en cómo se dio este proceso desde la perspectiva estadounidense.
La tesis de la autora se centra en el desarrollo de una ideología llamada liberalismo-desarrollista [liberal-developmentalism], el cual tenía cinco puntos o ideas de gran importancia. El primero es la creencia de que todos los países debían copiar el desarrollo económico estadounidense. El segundo punto es la fe existente en el desarrollo de la economía a base de una iniciativa privada. Le seguía la creencia de mantener acceso libre al comercio y a las inversiones. La cuarta idea es el fomento del flujo continuo de la información y la cultura. Por último, se promovía la creencia de que el gobierno tenía la función de proteger la empresa privada, a la vez que se estimulaba y regulaba la participación estadounidense en la economía mundial y el intercambio cultural. Estas ideas se fueron desarrollando y utilizando para poder crear un ambiente favorable a los inversionistas estadounidenses que se aventuraran en el extranjero, teniendo el consentimiento del sistema gubernamental para ello.
En la obra se va presentando la evolución de estas ideas, que Rosenberg divide en tres periodos significativos. Primero, el estado promocional [Promotional State], desarrollado entre 1890 y 1912. En este periodo, el gobierno federal buscaba facilitar el desarrollo económico de las empresas privadas que se desarrollaron en el mercado internacional. Segundo, el estado cooperativista [Cooperative State], promovido después de la Primera Guerra Mundial. En él, el gobierno se inmiscuyó en el desarrollo de las inversiones estadounidenses en el extranjero, buscando posiciones ventajosas en el ámbito internacional; y a su vez, manteniendo la posición política que los Estados Unidos obtuvo al terminar este conflicto. Por último, se desarrolló el estado regulador [Regulatory State], que a partir de la década del 30 buscaba integrar las relaciones entre empresarios y gobierno federal para facilitan los objetivos de ambos.
Los dos puntos que la autora recalca son: (1) la estrecha relación entre la expansión económica estadounidense y los aspectos culturales que se desarrollaban en este país y (2) la correlación existente entre el grado de intromisión del gobierno de los Estados Unidos en los intereses económico y la proyección hegemónica desarrollada ante el resto del planeta. No ha de extrañarnos, que a mayor proyección mundial como potencia de primer orden, mayor era el grado de relación entre el gobierno y los intereses económicos. Sobre este último punto podemos observar dos hipótesis. En la primera, que el gobierno estadounidense utilizó la expansión económica desarrollada por los inversionistas para crear una plataforma que sirvió para promover y proyectar a los Estados Unidos como una potencia de primer orden. Segundo, que el gobierno fue empujado por los intereses económicos para desarrollar una hegemonía que los protegiera en el extranjero. Aunque podemos estar tentados a escoger solamente una explicación, la obra nos demuestra que en un principio los inversionistas y empresarios estadounidenses [los grupos misioneros también aprovecharon el momento] lograron atraer el interés gubernamental; pero, que al pasar el tiempo y los Estados Unidos transformarse en una nación de primer orden su interés por mantener un predominio económico era más latente y la proyección de la cultura estadounidense era vital para tales fines.
Dentro de los aspectos culturales se puede apreciar el surgimiento de ideas progresistas que son propagadas y asimiladas por la población en general. Algunas de estas ideas fueron vistas como precondiciones a una sociedad moderna y de avanzada de una nación destinada a ser modelo universal. Estas incluyen la supuesta superioridad de la sociedad cristiana protestante, la prepotencia anglosajona y el desarrollo económico de la sociedad estadounidense. Estas ideas crearon una mentalidad de superioridad que puede ser apreciada en las campañas misioneras, que buscaban expandir sus creencias religiosas en el extranjero, de la misma forma que los inversionistas buscaban prosperidad en los mercados internacionales.
Otro aspecto cultural que no podríamos dejar a un lado es la importancia que tuvo el llamado sueño americano [American Dream], el cual estaba relacionado con el desarrollo de alta tecnología y el consumo en masa. Si la proyección de este ideal anterior al periodo de la Segunda Guerra Mundial fue realizado por misioneros, misiones diplomáticas e intereses económicos; el desarrollo de los medios de comunicación masivos fue toda una innovación que se encargó de llevar a cada rincón del mundo el pensamiento y estilo de vida estadounidense luego de finalizada esta guerra. La intención, según nos indica la autora, era crear cierto grado de empatía hacia el estilo de vida democrático, de sabiduría e integración social estadounidense. Se puede pensar que la expansión cultural era parte importante en la creación de mercados económicos e intelectuales donde el pensamiento estadounidense predominaba.
Los planteamientos de la autora podrían estar presentando una fuerte influencia revisionista. De hecho, la presentación de una serie de problemas o contradicciones entre el ideal liberal desarrollista y lo practicado en realidad nos hace pensar en la obra del historiador William A. Williams: The Tragedy of American Diplomacy. Entre los puntos trágicos que presenta Rosenberg está la política de dos varas que el gobierno estadounidense utilizó para promover los intereses económicos y diplomáticos propios. El mejor ejemplo fue la política dirigida a condenar y demonizar los monopolios extranjeros; mientras que se promovía el que empresas estadounidenses monopolizaran en países de economía débil y con gobiernos de fácil corrupción.
Según la autora, las justificaciones que cada generación de estadounidenses presentó para el desarrollo de una conducta no liberal dentro del liberalismo-desarrollista son otro ejemplo de la importancia del aspecto cultural dentro de la historia diplomática. Estas son tres: “Doctrines of racial superiority and evangelical mission […], a faith in granting prerogatives to new middle-class professionals […] and a fervent anti-Communism”. Dos de ellas son de corte ideológico: la superioridad racial junto a la evangelización y el desarrollo del anti comunismo; pero su contenido está arraigado al desarrollo cultural de una nación que evolucionó en un marco anglosajón, de creencias religiosas protestantes y con una economía esencialmente capitalista donde el individuo era responsable de su prosperidad tanto terrenal como espiritual. A su vez, la responsabilidad del individuo al progreso llevó al desarrollo de una clase media profesional que promoviera cambios en la tecnología y en la calidad de vida que presentaba el llamado American Dream.
Los planteamientos de corte liberal que Rosenberg expone al presentar un punto de vista cultural pudieran molestar a historiadores conservadores que solo ven intereses estratégicos y económicos en sus señalamientos. Sin embargo, no podemos dejar a un lado, el desarrollo de una política exterior que no se basó únicamente en las pretensiones de grandeza que puede tener una élite, o en los deseos de riqueza que los empresarios vieron en los mercados internacionales, sino, que dentro de todo esto existe un intercambio de ideas, una proyección de lo que es el país y sus pobladores y cómo estos pueden interactuar con otras cultura, aunque en este caso se buscaba que otras culturas asimilaran la de ellos para así poder crear un cierto grado de identificación del cual se suponía que ambos lados se beneficiaran.
Obra principal:
Emily S. Rosenberg: Spreading the American Dream: American Economic and Cultural Expansion, 1890-1945 [1982], New York: Hill and Wang, 1999
Obras citadas:
Appleby, Joyce, Lynn Hunt & Margaret Jacob: Telling the Truth About History, New York, Norton, 1994
William, David: A Peoples History of the Civil War: Struggles for the Meaning of Freedom, New York, New Press, 2006
Williams, William A.: The Tragedy of American Diplomacy, New York, Delta Books, 1962
Otras obras de referencia sobre el tema:
Hogan, Michael J. & Thomas Paterson (eds.), Explaining the History of American Foreign Relations, 2nd ed., New York, Cambridge University Press, 2004
Joseph, Gilbert M, Catherine C. Legrand & Ricardo D. Salvatore (eds.): Close Encounters of Empire: Writing the Cultural History of U.S.-Latin American Relations, Duke University Press, 1998.
Kaplan, Amy & Donald E. Pease (eds.): Cultures of United States Imperialism, Duke University Press, 1999.

[1] David William: A Peoples History of the Civil War: Struggles for the Meaning of Freedom, 2006, pág. 11.
[2] Véase a Joyce Appleby, Lynn Hunt & Margaret Jacob: Telling the Truth About History, 1994, págs. 146-151.

Read Full Post »