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Posts Tagged ‘Política exterior norteamericana’

Gracias a la generosidad de la amiga Lourdes García, he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Emilio Ocampo sobre la figura de Carlos María de Alvear, embajador de la Argentina en los Estados Unidos entre 1838 y 1852, titulado De La Doctrina Monroe al Destino Manifiesto: Alvear en Estados Unidos, 1835-1852 (Buenos Aires: Claridad, 2009).  Ocampo es un economista y banquero argentino convertido en historiador y autor de  varios libros,  entre ellos una obra titulada La última campaña del Emperador: Napoleón y la independencia de América (Buenos Aires, Argentina: Claridad, 2007), traducido al inglés por la University of Alabama Press bajo el título The Emperor’s Last Campaign: A Napoleonic Empire in America. Ocampo es también el creador de un interesante blog sobre historia argentina.

Carlos María de Alvear (1789-1852) fue un militar y político rioplatense que tuvo una participación destacada en el proceso de independencia  argentino. Una vez alcanzada la soberanía, Alvear jugó un papel importante en el desarrollo político de la Argentina, especialmente, en la guerra contra el Imperio Brasileño (1825-1828). Figura controversial por su relación con el caudillo Juan Manuel de Rosas, Alvear fue el primer embajador argentino en los Estados Unidos, posición que ocupó hasta su muerte en 1852. Como tal,  Alvear fue testigo de uno de los periodos más importantes de la historia norteamericana, lo que Ocampo llama el nacimiento de la “república imperial”. En otras palabras, Alvear vivió el desarrollo de un fuerte nacionalismo expansionista en la sociedad estadounidense, definido por la famosa frase “Destino Manifiesto”, y  que provocó la anexión de Texas y la guerra contra México. Gran admirador de los Estados Unidos, Alvear sufrió una profunda decepción que le llevó a criticar el expansionismo norteamericano como una amenaza para América Latina.

Emilio Ocampo

El objetivo de Ocampo es analizar la evolución de las opiniones y observaciones de Alvear  sobre los Estados Unidos a través del estudio de la  correspondencia y los despachos oficiales del embajador.  El producto de este interesante análisis es un valioso testimonio no sólo sobre un momento de gran importancia en el desarrollo del imperialismo estadounidense, sino también de la historia latinoamericana. Veamos algunos de los elementos más destacados de este libro.

En primer lugar, el autor ve el expansionismo norteamericano de mediados del siglo XIX como parte de un proceso de agresión neo-colonial contra América Latina. Según Ocampo, durante la gestión de Alvear como embajador, las repúblicas latinoamericanas enfrentaron la mayor amenaza desde su nacimiento a manos de “las tres grandes potencias marítimas de la época”: los EEUU, Francia y Gran Bretaña. Independientemente de que se puede cuestionar que los EEUU era una de las grandes potencias marítimas de ese periodo, el planteamiento de Ocampo sugiere que la guerra con México fue parte de un proceso más amplio de agresiones extranjeras contra países latinoamericanos en los años 1840 y 1850, producto de las “ambiciones expansionistas” francesas, británicas y norteamericanas. Los estadounidenses concentraron sus acciones contra el territorio mexicano, mientras que ingleses y franceses contra Argentina y el Uruguay. Debo reconocer que el carácter hemisférico de este planteamiento me sorprendió, pero no me convenció del todo.

La visión de Alvear de la Doctrina Monroe es otro tema muy interesante. Para el embajador,   la agresividad norteamericana contra México y la falta de interés estadounidense en ayudar a Argentina contra la agresividad anglo-francesa por el tema del Uruguay,  comprobaban que “los Estados Unidos había abandonado el principio fundamental en el que estaba basada la Doctrina Monroe”. (81) Para el embajador, la nueva versión de la Doctrina Monroe “no tenía como objetivos librar a las nuevas repúblicas americanas de la opresión colonial europea, sino dejar libre a los Estados Unidos para realizar sus sueños expansionistas en América del Norte”. (81) En otras palabras, para asegurar su hegemonía en el norte, los norteamericanos tenían que “neutralizar la ingerencia de las potencias europeas en su área de influencia”, dejándoles mano libre el América del Sur. Este planteamiento de Alvear me provoca dos comentarios. Primero, todo parece indicar que Alvear entendió la Doctrina Monroe como  un compromiso verdadero del gobierno norteamericano de mantener a los europeos fuera del continente americana y que esperaba que los Estados Unidos hicieran buena su promesa. ¿Vieron sus contemporáneos latinoamericanas la famosa doctrina del presidente Monroe desde el mismo prisma optimista de Alvear? Segundo, no me puedo dejar de preguntar,  ¿hasta qué punto podía EEUU hacer cumplir la Doctrina Monroe en la década de 1840? Creo que la respuesta es un rotundo no.

La llegada de miles de inmigrantes y el aumento poblacional  que ello provocaba era, según Alvear, una de las causas el expansionismo estadounidense. A este factor demográfico era necesario añadir un elemento cultural: el carácter emprendedor que impulsaba a los norteamericanos a expandirse. La esclavitud era otro elemento tomado en cuenta por Alvear a la hora de explicar el expansionismo de los Estados Unidos. Éste tenía claro que de Texas convertirse en estado de la Unión habría sido un estado esclavista , dándole más votos   a los defensores de la esclavitud  y, por ende, fortaleciendo esa institución.

Carlos María de Alvear

Como Gran Bretaña era incapaz de frenar a los Estados Unidos, era necesario, planteaba Alvear, que los países latinoamericanos adoptaran “los medios capaces para conservarse en posesión de la tierra que la Providencia les tiene acordada hasta ahora.” (78) Para ello, era necesario que los latinoamericanos tomaran conciencia del peligro que enfrentaban y copiaran la política migratoria estadounidense, fomentando la  llegada de inmigrantes europeos. Además, era necesario crear instituciones políticas –constituciones– que “permitieran una rápida generación de riqueza”. (93) Sólo así los latinoamericanos podrían contrarrestar la inminente hegemonía hemisférica norteamericana.

Dos temas son cruciales en este libro: la anexión de Texas y la guerra Mexicano-norteamericana. En 1836, colonos norteamericanos establecidos en el hasta entonces territorio mexicano de Texas, se rebelaron y ganaron su independencia. Los colonos habían llegado a Texas como parte de un suicida programa de colonización llevado a cabo por los mexicanos. Casi de forma inmediata la República de Texas solicitó su ingreso a la Unión norteamericana, pero le fue negado, ya que el ambiente en los Estados Unidos a mediados de la  década de 1830 no era el más propicio para la anexión de un territorio esclavista. No será hasta 1846 que la   anexión de Texas se haga realidad y provoque una desastrosa guerra para México. Alvear fue testigo del debate y proceso de anexión, como también del desarrollo de la guerra.  Sus comentarios y observaciones  son muy valiosos.

Alvear comienza sus observaciones sobre la anexión de Texas comentando el intento fallido del décimo presidente de los Estados Unidos, John Tyler. A pesar de que el intento de anexión de Tyler fue frenado por la oposición de  los abolicionistas, entre ellos John Quincy Adams, era claro para Alvear el desarrollo de una fuerte actitud anexionista y belicista en la opinión pública norteamericana. Según éste,

En comunicaciones anteriores he tenido el honor de instruir al Gobierno  de la tendencia ambiciosa que se  empezaba a desenvolver en el pueblo y   gobierno norteamericanos a adquirir nuevos territorios y posesiones a    costa de los nuevos Estados de Sudamérica, tendencia que crece y  aumenta  rápidamente siendo de notar que la moral de pública de este  país es tal, que el principio de la justicia o de fe guardada a los tratados  que los logan con México se mira con el más alto desprecio”. (99)

El crecimiento del chauvinismo en el pueblo norteamericano irritaba fuertemente a Alvear, en especial, por el creciente desprecio a las naciones latinoamericanas. El efecto de este proceso en el ánimo de Alvear es evidente, quien comenta con dureza,

Pero es preciso saber, aunque con dolor, que entre todos los pueblos cristianos que habitan el globo, el pueblo norteamericano es el que menos respeto tiene a la justicia y a la probidad y que sus costumbres se han alterado a tal punto y con tanta rapidez que han hecho poner en problema las alabanzas exageradas que hasta ahora se han dado a las formas democráticas.” (100)

La victoria del nacionalista James K. Polk en las elecciones de 1846 llevaría, según Alvear, a que la política expansionista norteamericana “se despliegue de un modo hipócrita  y pérfido caminando siempre a su objeto con precisión y tenaz perseverancia; tal es pues, la marcha y conducta de este pueblo cuya moral ha sido incauta y erróneamente preconizada como digno ejemplo y de imitación.” (102)

Alvear se pregunta que ha llevado a los estadounidenses a traicionar los principios sobre los que se creo su república anexando a Texas.  Para el que hasta entonces había sido un gran admirador de los Estados Unidos, esta debió ser una pregunta muy difícil. Según el embajador, el “rápido progreso” había alterado marcadamente “los hábitos y costumbres de este pueblo”, cambiando su moral y la de su gobierno. En otras palabras, los Estados Unidos habían  perdido su “compás moral” y por ello la justicia y la moral “han perdido toda fuerza en este país.” (105)

Tropas norteamericanas en el Zócalo

Sus observaciones sobre la guerra con México no son menos duras ni dolidas.  Sin embargo, El dolor que le provoca la actitud norteamericana no ciega su visión geopolítica, pues Alvear plantea que el objetivo de la guerra contra México no era Texas, sino California;  el acceso al océano Pacífico y a China. Además creía que la agresión contra México no era el fin, sino  el principio pues “el imperialismo se había instalado en la política exterior norteamericana y nada se podía hacerse al respecto. El embajador estaba convencido de que los Estados Unidos se lanzaría contra América Latina y, en especial, contra Panamá, Cuba, Chile, Perú y Ecuador.  De acuerdo con el embajador,

Un república americana considerada hasta ahora como la protectora de las demás se convierte de pronto en el enemigo más terrible supuesto que todos sus planes de engrandecimiento se fundan en todo el resto de la América como presa fácil de devorar”. (106)

Tal amenaza demandaba la reacción vigorosa de los países latinoamericanos que debían, entre otras cosas, conocer mejor a los Estados Unidos. Alvear es muy claro: los norteamericanos tenían agentes consulares en todos los países latinoamericanos, lo que demostraba su profundo interés en los asuntos de  las repúblicas latinoamericanas.  Desafortunadamente, sólo Argentina, Brasil y México tenían representación consular en los Estados Unidos, lo que debía ser corregido urgentemente.

Ocampo termina señalando que las observaciones de Alvear no eran producto de una reacción visceral contra el imperialismo norteamericano de mediados del siglo XIX, sino “el producto de más de un década de observador imparcial de la cultura y la sociedad norteamericanas”. (155) De igual nos señala que Alvear criticase duramente la política exterior de los Estados Unidos significase que rechazase o dejara de admirar “las instituciones políticas” y la “cultura cívica” norteamericanas. De ahí que recomendara en su testamento político que Argentina adoptase un sistema republicano  y federal. Propuestas que se vieron concretadas en la Constitución de 1853, un año después de su muerte en la ciudad víctima de una afección pulmonar.

El primer comentario que me provoca este libro tiene que ver con el  origen del imperialismo estadounidense. De acuerdo con el autor, “el imperialismo norteamericano nació cuando  [James K.] Polk le declaró la guerra a México” porque “hasta entonces los Estados Unidos nunca habían recurrido a las armas para engrandecer su territorio”. Aunque el propio Ocampo reconoce que su planteamiento deja fuera la violencia usada contra los pueblos aborígenes norteamericanos, es necesario subrayar que éste no deja de tener un gran valor, ya que reta la visión historiográfica tradicional de identificar como expansionismo, no como imperialismo, las adquisiciones territoriales estadounidenses previas a la guerra con España.  Concuerdo con Ocampo en que las prácticas imperiales estadounidenses no comenzaron con la adquisición del imperio insular (Filipinas, Guam y Puerto Rico) en 1898. Como el autor, creo que la guerra de agresión contra México constituyó un expresión imperialista que fue frenada no por eventos internacionales, sino por el conflicto doméstico provocado por el tema de la esclavitud entre 1848 y 1860. Contrario a Ocampo, incluyo la violencia contra las tribus indias como  parte de un proceso de agresión imperialista originado mucho antes de la independencia de los Estados Unidos.

En segundo lugar, es necesario destacar la gran importancia del análisis de las observaciones y comentarios de Alvear sobre una sociedad donde vivió los últimos catorce de años de su vida. Éstos constituyen un valiosísimo testimonio   un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos que reflejan una gran ojo geopolítico como al subrayar la importancia de la eventual construcción de un canal interoceánico en América Central o una total falta de visión política al descartar que el tema de la esclavitud podría provocar una guerra civil.

Por último, no puedo dejar de subrayar un tema muy afín a esta bitácora: el estudio y  conocimiento de los Estados Unidos. Para Alvear, era imprescindible que América Latina estudiara y conociera la sociedad y el sistema político estadounidenses para que estuviera en mejor posición de enfrentar lo que el embajador  veía como una amenaza inminente para la región: el imperialismo norteamericano.  Han trascurrido más  ciento cincuenta años de la muerte del Carlos María de Alvear y  este consejo sigue siendo valido y necesario.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2010

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En 1971 fue fundado el equipo Cosmos de Nueva York con el objetivo de promover el fútbol en los Estados Unidos.  Con el apoyo económico de la Warner Bros,   los directivos del Cosmos buscaron contratar estrellas del fútbol internacional.  Una de esas figuras fue el astro brasileño Pelé, quien en 1975 rechazó una oferta del Cosmos de $4 millones por considerarla insuficiente y porque estaba preocupado por la posible  reacción de sus compatriotas.  En este momento entró en escena un personaje muy particular: Henry Kissinger. El entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos  –un fanático de fútbol– le pidió al Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Antônio Francisco Azeredo da Silveira,  que interviniera a favor del equipo norteamericano. Kissinger fue claro con los brasileños: la presencia de Pelé en el Cosmos   sería “un activo enorme para Brasil” que adelantaría las relaciones entre ambas naciones. Los funcionarios brasileños llevaron el mensaje de Kissinger  a Pelé, quien terminó firmando con el Cosmos, donde permaneció hasta 1977.

Este episodio de diplomacia futbolística forma parte del excelente libro Kissinger e o Brasil (Rio de Janeiro, Zahar) publicado por Matias Spektor en el año 2009.  Spektor posee un Doctorado en Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford y se desempeña como Coordinador del Centro  de Estudios sobre Relações Internacionais da Fundação Getulio Vargas (Rio de Janeiro).

El libro de Spektor examina el desarrollo, a partir de 1969, de un proceso de acercamiento entre los Estados Unidos y Brasil que buscaba “construir una sociedad diplomática”. De acuerdo con el autor, este acercamiento no funcionó, pues tomó diez años superar las diferencias profundas que separaban a norteamericanos y brasileños.

Los dos artífices de este proceso lo fueron Kissinger y  Silveira. El estadounidense buscaba socios  que tomaran parte de la carga y de la responsabilidad internacional de los Estados Unidos en el marco de la guerra fría. La idea de Kissinger partía de su visión realista de la política internacional y de sus cálculos del costo para su país de mantener el orden internacional. Entre los países que Kissinger consideraba potenciales socios regionales de los Estados Unidos estaban Irán, Indonesia, África del Sur y el Brasil. Estos socios regionales deberían ayudar a los norteamericanos a mantener el orden y limitar así el intervencionismo estadounidense en el Tercer Mundo. Claro está, ello no significaba que Kissinger renunciara al “derecho” de su país a defender sus intereses. Se trataba de un gesto simbólico, gestual, psicológico y semántico que no pretendía ni aspiraba a alterar el balance geopolítico.

Silveira y Kissinger

Los brasileños aceptaron con recelo la propuesta norteamericana de “parceria” y ello no significó un alineamiento con la política exterior estadounidense como el que, según Spektor, ocurrió después del golpe de 1964. Éstos querían aprovechar  la oferta de Kissinger para “fortalecer el régimen, acelerar el proyecto conservador de modernización y conseguir concesiones comerciales”. Sin embargo, el gobierno militar brasileño no dejo de desconfiar de la intenciones norteamericanas y buscó mantener su independencia  diplomática a toda costa.  A partir de 1974, los militares brasileños buscaron utilizar la retórica de los norteamericanos para “mitigar el poder norteamericano sobre el Brasil y convencer a las grandes potencias de que Brasil merecía  un estatus especial en las relaciones internacionales”. En otras palabras, los brasileños tenían su propia agenda y no estaban dispuesto a “representar los intereses americanos”. De esta forma quedan claros los límites del poder estadounidense y la capacidad  de negociación de algunos países periféricos. Países como Brasil, Indonesia e Irán estaban dispuestos a aceptar la sociedad que les fue propuesta sólo si los Estados Unidos aceptaban limitar sus ambiciones, concretaban alianzas estratégicas y, sobre todo, enfatizaban la igualdad y el respeto entre los socios. Según Spektor, Kissinger estuvo dispuesto a ello, pero chocó con otros sectores del “establishment” diplomático norteamericano y, en especial, con el Departamento de Estado.

Spektor comienza enfocando a los  padres del programa de asociación: Kissinger y Silveira, enfatizando sus grandes diferencias. Kissinger era un hombre importante, famoso, poderoso  y responsable de la política exterior de la principal potencia mundial. Durante su gestión como Asesor de Seguridad Nacional y luego como Secretario de Estado, Kissinger fue protagonista de las negociaciones que permitieron el “fin” de la guerra de Vietnam, del acercamiento histórico a China, de la aproximación a la Unión Soviética  que facilitó el detente, de la expulsión de los soviéticos del Medio Oriente y de la preeminencia norteamericana en esa zona, del apoyo a sangrientas dictaduras anticomunistas en América Latina, África y Asia, etc.

Silveira era un diplomático de carrera sin la fama y el glamour de Kissinger que como los demás miembros de su generación, buscaba una mayor participación de su país en el escenario mundial. Un admirador de los Estados Unidos, donde había vivido por una temporada, Silveira creía que el papel principal de la diplomacia  brasileña debía ser preservar su autonomía frente al poderos vecino del norte. Éste veía a los posibles designios estadounidense como una amenaza para la soberanía económica y política de Brasil.

Silveira llevó a cabo una diplomacia agresiva alterando la posición brasileña en varios asuntos: acabó con el apoyo a Israel para apoyar a los países árabes y reconoció gobiernos marxistas en el Tercer Mundo, a pesar de formar parte de un gobierno controlado por militares anticomunistas.

Matias Spektor

Spektor es muy claro: lo que permitió el acercamiento norteamericano-brasileño de la década de 1970 fue la relación que desarrollaron Kissinger y Silveira. Ellos  moldearon exitosamente la actitud de sus respectivos presidentes en temas de relaciones exteriores. Fueron ellos quienes en tiempos de crisis salieron al rescate del proyecto de acercamiento bilateral. El objetivo del libro es explicar por qué éstos escogieron ese camino, dejando claro que contrario a lo que se ha pensado, los años 1970 no fueron un periodo  “de distanciamiento natural y progresivo entre Brasil y los Estados Unidos.”

El libro también busca llenar un vacío historiográfico. Para Spektor, es claro que en la primera mitad de la década de 1970 hubo un “ambicioso proyecto de aproximación” que la historiografía brasileña ha ignorado.  Además, el autor está convencido de que el fin de ese proyecto no fue no natural, ni inevitable. Su estudio, definitivamente, arroja luz sobre el desarrollo de las relaciones brasileño-norteamericana en un periodo en que éstas se han visto afectadas por eventos como el golpe de estado en Honduras y el tema de la energía nuclear en Irán.

Dos comentarios finales. En primer lugar, destaca el trabajo de archivo realizado por Spektor. Su investigación es realmente impresionante, pues combina fuentes brasileñas y norteamericanas de forma magistral. Entre sus fuentes destacan: el Arquivo Histórico do Ministerio das Relações Exteriores, el General Records of the Deapratment of State, los National Archives and Record Administration (NARA), Foreign Relations of the United States (FRUS), el Arquivo Azeredo da Silveira, el Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil da Fundação Getulio Vargas, etc. Es necesario destacar que el autor no se limitó a consultar fuentes escritas, sino que también recurrió a la historia oral, entrevistando a personajes relacionados a su investigación, entre ellos, al propio Kissinger.

En segundo lugar, el trabajo de Spektor rescata la importancia del individuo en el estudios de las relaciones diplomáticas. Ante la importante influencia de nuevas corrientes como la historia cultural sobre los estudios diplomáticos, se tiende a pasar por alto el papel crucial que juegan los individuos en el juego de la diplomacia.  Si algo queda claro en el libro de Spektor es que el acercamiento brasileño-norteamericano de los años 1970 fue posible por la presencia de Kissinger en la Casa Blanca y de Silveira en el Palacio de Itamaraty. La relación directa y personal entre  ambos, su interés y apoyo, fue lo que posibilitó la “parceria”.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 25 de julio de 2010

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Retomo el análisis del libro Crucible of Empire que inicié a mediados de noviembre pasado. En esta ocasión enfocaré un corto, pero muy interesante ensayo de la historiadora norteamericana Anne L. Foster, titulado “Prohibiting Opium in the Philippines and the United States. The Creation of an Interventionist State”. La Dra. Foster es profesora asociada en el Departamento de Historia de la  Indiana State University. Ésta es autora de numerosos ensayos en diversas revistas  profesionales y coeditora, junto al sociólogo Julian Go, de una colección de ensayos titulada The American State in the Philippines: Global Perspectives (Duke University Press, 2003, ISBN: 0-8223-3099-7, publicado en las Filipinas por Anvil Press en 2005). Las áreas de especialidad de la profesora Foster son la historia de las relaciones exteriores de los Estados Unidos y del sudeste asiático.

En “Prohibiting Opium”, Foster examina la política norteamericana contra el consumo de opio en las Filipinas como parte de la orientación temática del libro que forma parte, es decir, como un mecanismo para examinar cómo las colonias estadounidenses influyeron en el desarrollo político de su metrópoli. Según la autora, el desarrollo de una política prohibiendo el consumo de opio en las Filipinas ha sido poco atendida, a pesar de su innegable importancia para entender el origen de las políticas anti-drogas en los Estados Unidos. Los norteamericanos prohibieron el opio en las Filipinas en 1908, seis años antes que en el territorio continental estadounidense, lo que le permite a Foster alegar que  el proceso filipino influyó de forma decisiva en la decisión en contra de los opiáceos en los Estados Unidos. Tal decisión conllevó la aprobación de la primera ley anti-narcóticos en la historia norteamericana.

Fumadero de opio, Manila, 1924.

Según Foster, la campaña en contra del opio en las Filipinas estuvo liderada por misioneros norteamericanos llegados a las islas después de 1898 y procedentes, en su mayoría, de la China. Estos misioneros vieron en la adquisición de las Filipinas una oportunidad para promover la prohibición del consumo de opio en los Estados Unidos. En otras palabras, la autora nos da un gran ejemplo de cómo se entrecruzan las esferas domésticas e imperial dentro de una relación colonial, pues los misioneros utilizan  la colonia como base para iniciar una política que se pretende exportar hacia la metrópoli.  De esta forma, la colonia deja de ser un mero receptor de las políticas e influencias procedentes de la metrópoli  y se convierte en un campo de experimentación social, legal y policial. Los frutos de tal experimentación  trascienden la sociedad colonial y terminan siendo implantados en la metrópoli.

Manila a principios del siglo XX.

Los objetivos de los misioneros chocaron con la actitud poco cooperadora de los oficiales coloniales norteamericanos, quienes no vieron con simpatía la prohibición del consumo de opio en las Filipinas. De acuerdo con Foster, el interés económico influyó  de manera decisiva en  la actitud de los oficiales coloniales porque el comercio de opio representaba una “fuente estable de ingresos” para el gobierno de las islas. Además, los oficiales coloniales se preguntaban, no sin alguna razón, por qué prohibir el opio en las Filipinas si su consumo era legal en la metrópoli.

La  estrategia de los misioneros en su lucha contra el opio en las Filipinas fue   asociar  su consumo con China y lo chino. Según Foster, ello respondió a una razón muy sencilla: la mayoría de ellos habían vivido en territorio chino, donde el  uso de la droga estaba muy extendido. Los misioneros estadounidenses habían sido testigos presenciales del efecto del uso del opio entre los chinos y usaron esas experiencias como argumento para conseguir su ilegalización en las Filipinas como un primer paso hacia su prohibición en los Estados Unidos. La presencia de chinos opiómanos en las Filipinas facilitó su labor, dándoles una justificación adicional.  Los  misioneros estadounidenses no eran los únicos en asociar el opio como un vicio chino, pues en los países del sudeste asiático era común la creencia de que los  chinos eran más propensos a su uso que los locales. En el caso filipino, el gobierno colonial español había limitado legalmente el consumo de opiáceos a los habitantes chinos de las islas, lo que unido al costo de este vicio, limitó el consumo de la droga entre los filipinos.

Los opositores del consumo de opio usaron la asociación de éste con los chinos para promover su prohibición tanto en los Estados Unidos como en las Filipinas. Sus argumentos eran muy sencillos. Primero, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos los chinos eran representados como extranjeros, es decir, como entes que no pertenecían a la “nación”. Si sólo los chinos fumaban opio, entonces, su ilegalización no afectaría a quienes sí eran considerados parte de  la “nación”. De esta forma, la prohibición de lo opiáceos  sólo afectaría no sólo a un sector minoritario, sino racial y culturalmente ajeno, foráneo, extraño.  Segundo, la obsesión de los chinos con el opio era presentada como evidencia de cómo éstos rechazaban la integración en la cultura norteamericana. El consumo de opio entre los chinos residentes en los Estados Unidos era visto como una práctica anti-norteamericana que reflejaba un claro rechazo de la cultura y la forma de vida estadounidenses; como una prueba de que los chinos no querían incorporarse a la cultura. Tercero, los fumaderos de opios eran presentados como centros de perdición,  donde jóvenes mujeres blancas eran corrompidas y convertidas en drogadictas, y en esclavas sexuales de hombres chinos. En conclusión, los estadounidenses usaron la imagen del opio como un vicio chino para marcar diferencias raciales, nacionales, culturales y hasta morales. De ahí que se alegara que la prohibición del consumo de opio sólo afectaría a un grupo minoritario y extranjero, que, además, rechazaba integrarse culturalmente y que corrompía con su vició a la sociedad estadounidense. Con ello se obviaba la amplitud y el carácter multiétnico del consumo de opio en los Estados Unidos.

De acuerdo con la autora, detrás de la oposición al consumo de opio se escondía un claro rechazo a la presencia china, tanto en las Filipinas como en los Estados Unidos. Los activistas anti-opio creían (¿albergaban la esperanza?)  que la ilegalización de los opiáceos llevaría a los chinos a regresar a su país, lo que facilitaría su implementación tanto en las Filipinas como en los Estados unidos.  No todos los observadores y analistas del tema del consumo de opio pensaban que la prohibición de éste fomentaría el regreso de miles de chinos a China. Un grupo de pesimistas alegaba que los opiómanos permanecerían tanto en los Estados Unidos  como en las Filipinas y que se convertirían en criminales, y en un serio problema social y criminal. De ahí que plantearan el tratamiento médico como solución al problema de la adicción al opio.

Tras la ilegalización del opio en 1914, los norteamericanos adoptaron el sistema de tratamiento existente en las Filipinas desde 1905.  En el sistema filipino, los adictos –de forma voluntaria o tras ser acusados por posesión de la droga– tenían la opción de recibir tratamiento médico gratuito. Los oficiales coloniales estaban muy orgullosos de este sistema porque creían que simbolizaba la dedicación y el compromiso del gobierno colonial con el bienestar de los filipinos, además, de su afán de ayudar a los adictos  a “volver a ser miembros productivos de la sociedad”. Este planteamiento me lleva a preguntarme si  el programa de tratamiento era visto como un elemento más de la representación del colonialismo norteamericano en las Filipinas como  un proceso de civilización e ilustración de sus habitantes. ¿Hasta qué  punto quienes aceptaban el  tratamiento ­­–es decir, la ley impuesta por el gobierno colonial– eran dignos de ser salvados, como los que habían aceptado el control norteamericano de las islas –también impuesto– habían sido dignos de ser civilizados por sus amos coloniales?  En otras palabras, ¿hasta qué punto este elemento se inserta en el  discurso colonial estadounidense en las Filipinas?

La ilegalización del opio en los Estados Unidos vino acompañado de un cambio  en la imagen del opiómano. Algunos médicos y oficiales de salud pública siguieron viéndole como a un enfermo que necesitaba asistencia médica y que no debía ser juzgado.  Sin embargo, otros galenos, oficiales sanitarios y, sobre todo, oficiales judiciales veían la adicción al opio como un vicio que debía ser castigado. Para ellos, el adicto era un criminal que debía ser encarcelado, no un enfermo. En este esquema represivo, el tratamiento estaba reservado para los prisioneros.  Según Foster, la distinción que se hacía entre quienes debían recibir tratamiento y quienes debían ir a la cárcel estaba enmarcada en las ideas de la época en torno a quien merecía ser salvado. En otras palabras, el gobierno estadounidense estaba más dispuesto a invertir dinero tratando a adictos de clase media,  “blancos y educados”  que en hacer los mismo con las minorías o los miembros de la clase trabajadora. Éstos últimos eran vistos como “una amenaza que debía ser removida de la sociedad en vez de  ayudarles a reintegrarse a ésta”.

Hamilton Wirght

Foster hace un recuento del proceso que llevó a la prohibición de la importación de opio a las Filipinas en 1905 (efectivo en 1908). De esta forma los Estados Unidos se convirtieron en la primera potencia colonial en el sudeste asiático que prohíbe el opio en su colonia, pero ello no alteró la legalidad de esa droga  en territorio metropolitano. Los misioneros y reformistas, especialmente el Obispo Episcopal de las Filipinas Charles H. Brent, iniciaron una campaña para prohibir el opio en las colonias cercanas y convencieron al Presidente Teodoro Roosevelt a convocar una  conferencia internacional en 1909. Las potencias coloniales europeas aceptaron la invitación norteamericana  y en preparación para tal reunión se acordó que todos los países participantes investigarían el tema del consumo de narcóticos tanto en la metrópoli como sus colonias. El Departamento de Estados de los Estados Unidos contrató a Hamilton Wright, un claro enemigo del opio, para que realizara tal investigación. Wright encontró que en los Estados Unidos existían miles de opiómanos. Además,  criticó que  la nación norteamericana promoviera la prohibición del opio en Asia cuando esa droga era legal en los Estados Unidos. Los medios noticiosos difundieron esta vergonzosa contradicción, lo que forzó la intervención del Congreso federal. En 1909, los legisladores estadounidenses aprobaron una ley prohibiendo la importación de opio listo para ser fumado. Según Foster, esta ley preparó el caminó para la aprobación, en 1914, de la Ley Harrison regulando la importancia, distribución y consumo de opiáceos en los Estados Unidos (la cocaína también fue incluida en esta ley).

Foster también enfoca el tema del tráfico de opio.  Como era de esperar, tras la prohibición de la droga ni los chinos regresaron a su país ni el consumo de opiáceos acabó. Por el contrario, la ilegalización del opio  abrió las puertas al negocio del contrabando de la droga. Las autoridades coloniales norteamericanas tomaron una serie de fuertes medidas para enfrentar el problema del contrabando. Para ello, recurrieron a tres instituciones coloniales policíaco-represivas:  la policía  municipal de la ciudad de Manila, el  Philippines Constabulary –un cuerpo  paramilitar creado por los norteamericanos que estaba compuesto por locales, pero comandado por estadounidenses– y el Servicio de Aduanas federal.  La autora presta especial atención a la presión que el gobierno norteamericano ejerció sobre los británicos para que éstos controlaran el contrabando de  opio desde sus colonas hacia las Filipinas.

La autora cierra su ensayo con una observación muy relevante. Según ella, se puede trazar parte de los orígenes de la llamada guerra contra las drogas en el desarrollo de un campaña largamente olvidada contra el trafico de opio en las Filipinas, que fue justificada como una mecanismo para proteger a los filipinos. De acuerdo con Foster, para combatir el contrabando de opio, los Estados Unidos promovieron  la prohibición regional y mundial de la droga. Además tuvieron que adoptar  acciones represivas en las islas y en los Estados Unidos que cambiaron las leyes y políticas estadounidenses. El gobierno norteamericano se embarcó en una campaña firme contra la prohibición de opio que se hizo cumplir a través de medidas represivas y policíacas contra los traficantes. Para Foster, tales medidas constituyen un importante antecedente de las políticas antidrogas estadounidenses adoptadas en las últimas décadas del siglo XX.

Este es un trabajo muy valioso, que enfoca el colonialismo como un proceso que se desarrolla en dos sentido, dejando claro cómo la colonia  fue usada  como campo de experimentación de políticas de control social, médico y legal, que luego fueron adoptadas por la metrópoli. La colonia deja así de ser un mero recipiente o víctima de las acciones y/o políticas metropolitanas para convertirse en protagonista del drama colonial. Para ello, Foster analiza, de forma clara y directa, un tema poco estudiado por la historiografía del imperialismo estadounidense, pero de gran relevancia y actualidad dado el papel que juegan los Estados Unidos en el consumo actual de drogas ilegales.  Foster también deja claro el impacto del control del opio en las Filipinas sobre las prácticas legales y policíacas norteamericanas, es decir, sobre el desarrollo del Estado en la sociedad estadounidense.

Antes de finalizar sólo me queda hacer un último comentario. Al concentrarse en la labor de los misioneros norteamericanos, la autora no atiende una pregunta que me resulta medular: ¿qué  papel jugaron los filipinos (políticos, religiosos, médicos, etc.) en este proceso? La ausencia de los sujetos coloniales en el ensayo de Foster me intriga y me lleva a preguntare si éste es más bien un problema de acceso a fuentes. Espero que este corto ensayo sea una pieza de un trabajo de mayor envergadura que le permita a Foster contestar esta pregunta y otras preguntas, además de seguir examinando las complejidades de la relación colonial de Estados Unidos y las Filipinas, la más controversial de sus colonias.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 18 de diciembre de 2009

Nota: Las traducciones del inglés son todas mías. Los interesados en el tema del opio podrían consultar los siguientes trabajos del Dr. Dale Geringer: “Prohibiting Opium in the Philippines –May 3rd 1905-2005” en Drugsense.com y “The Opium Exclusion Act of 1909” en Counterpunch.com

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Crucible 2La Editorial de la Universidad de Wisconsin acaba de publicar un libro que está destinado a convertirse en lectura obligatoria de todos aquellos interesados en el estudio del imperialismo norteamericano,  su  título: Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State (University of Wisconsin Press, 2009, ISBN: 978-029923104-0). Editado por el estudioso del sudeste asiático Alfred W. McCoy y el historiador puertorriqueño Francisco Scarano, Colonial Crucible es una obra de más de seiscientas páginas que recoge unos cuarenta ensayos escritos por académicos filipinos, puertorriqueños, españoles, norteamericanos y australianos. Los escritos de este  grupo amplio de investigadores  siguen un línea común: examinar cómo el imperio insular obtenido por los Estados Unidos en 1898 influyó el desarrollo del Estado norteamericano. En ese sentido buscan superar el estudio unidimensional del imperialismo estadounidense, analizando cómo las colonias o posesiones insulares han influido en el desarrollo político de los Estados Unidos.

Dada la magnitud de esta obra, me es imposible reseñarle toda. Lo que sí me propongo es reseñar algunos de los ensayos que me parezcan más interesantes y pertinentes, comenzando con uno de los dos trabajos que sirven de introducción a esta obra. Se trata del  ensayo “On the Tropic of Cancer: Transition and Transformation in the U. S. Imperialism” escrito por McCoy, Scarano y Courtney Johnson, profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Wisconsin.

Moro School Zamboanga, Mindanao

Escuela pública, Mindanao

Este ensayo comienza con tres planteamientos muy importantes. Primero, que el imperialismo norteamericano no fue excepcional, pero sí  diferente del resto de los imperialismos que le fueron contemporáneos. Según los autores, los Estados Unidos fueron un poder colonial paradójico que sólo poseyó una cadena de islas localizadas a lo largo del Trópico de Cáncer. Contrario a sus contrapartes europeos, los norteamericanos  controlaron sus principales posesiones por sólo unas décadas y gobernaron a un grupo reducido de personas (“few million people”). Segundo, que a pesar de su corta duración y del número reducido de seres humanos bajo su custodia, ese imperio tuvo un severo impacto sobre los Estados Unidos. Tercero, a pesar de su enorme importancia, el imperialismo estadounidense es el menos entendido de los imperialismos modernos. Según los autores, llenar ese vacío es el objetivo de este libro.

Estos tres planteamientos me parecen fundamentales. Primero que nada,  reconozco la necesidad de negar la excepcionalidad del imperialismo norteamericano, pero reconociendo que éste fue muy diferente a su homólogo inglés, francés u holandés. Diferenciar al imperialismo norteamericano es un factor fundamental para integrarle al estudio del imperialismo con mayúscula. Además, concuerdo totalmente con los autores en el impacto del imperialismo sobre la sociedad y el gobierno norteamericanos. Por último, me llena de enorme alegría y satisfacción que Scarano, McCoy y Johnson subrayen lo poco estudiado que es el imperialismo estadounidense, a pesar de  su inmensa importancia no sólo para los Estados Unidos, sino también para el resto de mundo y América Latina, en particular.  Ayudar a llenar ese vacío es la razón de ser de esta bitácora.

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Alfred McCoy

Uno de los puntos más  importantes de este ensayo es la representación que hacen sus autores del imperialismo como una vía en dos sentidos que afecta tanto  a las colonias  como  a sus metrópolis.  Citando trabajos del gran historiador  Charles S. Maier, los autores reconocen al imperialismo como un sistema que transforma tanto al centro como a la periferia.  El caso norteamericano no fue la excepción, pues el imperio insular adquirido en 1898 representó serios retos que terminaron transformando al Estado norteamericano. Siguiendo esa línea, los ensayos que componen Colonial Crucible buscan explorar los efectos  del imperialismo norteamericano de principios del siglo XX no sólo sobre las colonias, sino también sobre la geopolítica de los Estados Unidos y, especialmente, sobre el arte norteamericana de gobernar (“statecraft”).  Para los autores,   los cambios causados por el control  de las posesiones insulares en el mar Caribe y el océano Pacífico “radiaron gradualmente” hasta filtrarse en lo que ellos denominan como “los capilares de imperio norteamericano”, transformando a la sociedad y al estado metropolitano norteamericanos.

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Francisco Scarano

El tema de la invisibilidad es un asunto inevitable al hablar del imperialismo norteamericano. Según Scarano, McCoy y Johnson, el imperialismo fue uno de los factores que dio forma al estado norteamericano moderno, pero su papel ha permanecido oculto (“obscured”) por el énfasis dado por la historiografía estadounidense a factores endógenos.  De ahí que el objetivo principal de este libro sea rescatar el impacto del imperialismo analizando el estado que se desarrolla en Washington a partir de la adquisición de las islas arrebatadas a España. En otras palabras, el libro busca superar “la insularidad de la historiografía norteamericana colocando la cuestión imperial en el centro de la historiografía metropolitana”. De esta forma se une el estudio de los colonos y de los colonizados, presentándoles como entes interdependientes.

Los ensayos recogidos  en Colonial Crucible argumentan que la expansión de 1898 dio vida a un estado imperial único (“unique”) que gobernó las colonias por medio de una burocracia reducida, pero muy poderosa. Los oficiales coloniales estadounidense estaban libres de la supervisión de Washington por lo que pudieron desarrollar experimentos sociales que hubiesen sido difíciles de llevar a cabo en los Estados Unidos, pero que una vez realizados en las colonias encontraron su camino hacia la metrópoli. En el proceso se  fortaleció a un gobierno federal que históricamente se había mostrado débil.

En áreas como la educación pública y la reforma carcelaria, los Estados Unidos habían desarrollado importantes cambios que luego aplicaron en sus colonias. Sin embargo, en áreas como la policía, la prohibición del consumo de drogas, la inteligencia policíaca y militar, la salud pública y el manejo ambiental, los norteamericanos innovaron en sus colonias y luego aplicaron sus innovaciones en la metrópoli.  Los autores subrayan que de  todos los

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Miembros del Philippine Constabulary, pieza clave del aparato policiaco colonial en las Filipinas

programas aplicadas por el gobierno colonial el más efectivo fue el policíaco, pues permitió el desarrollo de un sistema de vigilancia que sirvió de modelo para crear un aparato de seguridad nacional durante la primera guerra mundial (McCoy acaba de publicar un libro sobre este tema titulado Policing America’s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State [The University of Wisconsin Press, 2009, ISBN 978-0-299-23414-0]). Otro buen ejemplo es el de las drogas, pues los autores subrayan que los norteamericanos prohibieron el consumo de opio en las Filipinas primero que en los Estados Unidos (Anne L. Foster aborda este tema en un brillante ensayo titulado “Prohibiting Opium in the Philippines  and the United States: The Creation of an Interventionist State” que  forma parte de este libro y que espero poder reseñar pronto).

Este ensayo es una excelente introducción a un libro que, sin lugar a dudas, hará por el estudio del imperialismo norteamericano lo que a finales de la década de 1990 hizo el libro Close Encounter of Empire (Duke University Press, 1998) por el estudio de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Colonial Crucible es como una regalo de Navidad largamente esperado.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 16 de noviembre de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías. Alfred W. McCoy acaba de publicar un ensayo en TomDispatch.com  (“Welcome Home, War! How America´s Wars Are Sistematically Destroying Our Liberties“) abordando el tema de la construcción de una aparato represivo colonial en las Filipinas y sus implicancias en la historia reciente de los EEUU..

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Hoy tengo el gusto de reseñar el trabajo de un compañero bloguero, Oscar Segura  Heros, titulado ¿El fin de la era americana?, que  aparece publicado en la edición de julio-septiembre de 2009 de la revista peruana Qué hacer. Segura Heros, padre de la bitácora  Real Policy, es periodista y analista de temas de seguridad, derechos humanos y relaciones internacionales.

El ensayo de Segura gira en torno a una pregunta fundamental: ¿son los Estados Unidos tan influyentes como hace veinte años? La respuesta del autor es un claro y rotundo no. Para llegar a esta conclusión el autor se embarca en una análisis directo de los rasgos de la decadencia del poderío de los Estados Unidos.

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El primer tema que toca  Segura Heros es el militar, subrayando el costo que conlleva el mantenimiento de cientos de bases y miles de soldados alrededor del mundo –tema que examinamos al reseñar el ensayo de Immanuel Wallerstein. Mantener su imperio de bases militares le cuesta a los norteamericanos miles de millones de dólares en momentos que su economía está “exhausta”.  Los fracasos en Irak y Afganistán también son una muestra clara de los límites crecientes del poderío norteamericano. A pesar  de su vasta capacidad militar y los  miles de soldados desplegados en ambos países, los Estados Unidos no han podido imponerse en sus dos intervenciones más costosas.  Pero no sólo no han podido imponerse, sino que en el caso afgano parecen avocados a una derrota.

Al tema militar, Segura añade el económico, subrayando la crisis por la que atraviesan los Estados Unidos en la actualidad, la peor desde 1929. Según el autor, la quiebra de General Motors es el símbolo más patente de la caída del poderío económico estadounidense y una prueba de que “el lugar de Estados Unidos como potencia económica es más una interrogante que una certeza”.  Además, la extensión mundial de la crisis económica ha llevado a una revaluación internacional del neoliberalismo defendido por Wall Street casi como una credo. Como resultado, la percepción mundial de la economía norteamericana ha sufrido daños severos,  generando desconfianza en el capitalismo estadounidense como modelo económico. Todo ello, a su vez, socavó, la legitimidad que tradicionalmente había disfrutado Washington para definir la agenda económica mundial.

Los Estados Unidos también parecen estar perdiendo la batalla “del conocimiento  y la innovación científica”, dos de los pilares de su superioridad económica y militar. De forma muy atinada el autor identifica una de las causas más importantes, pero menos mencionadas, de este problema: la paranoia post 11/9  llevó a la aplicación de restricciones migratorias que cortaron el flujo de cerebros procedentes de otras regiones del planeta. Sin los ingenieros, químicos, físicos, matemáticos o biólogos procedentes de América Latina, Pakistán, India, China o Europa del Este que no pudieron o dejaron de emigrar a los Estados Unidos, la nación norteamericana perdió importantísimos recursos que no pueden ser sustituidos por los egresados estadounidenses de un sistema educativo fragmentado, desigual e incapaz de llenar las necesidades de profesionales cualificados de la economía norteamericana. (Sobre los problemas de la educación, en los Estados Unidos puede ser consultado el artículo de Paul Krugman que aparece en la  edición de la revisa Sin permiso del 11 de octubre de 2009.)

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Seguras también da en el blanco al señalar que uno de los problemas actuales de los Estados Unidos es su tendencia al encierro. En el pasado no tan remoto, el gobierno estadounidense buscaba que otros países se abrieran comercial, cultural y tecnológicamente. Hoy, víctimas de un creciente conservadurismo,  los Estados Unidos optan por cerrarse. Yo añadiría,   y a excluirse, pues se han mantenido al margen de esfuerzos y mecanismos internacionales con un amplio apoyo mundial. En otras palabras, en temas ambientales, armamentistas y de derecho internacional los Estados Unidos ha tendido a ir contra la corriente en un unilateralismo que ha ayudado muy poco a cambiar la imagen que millones de seres humanos tienen  del país.

Segura lanza una crítica que me parece muy pertinente: el poco apoyo que la política exterior estadounidense da a temas sociales. Según el autor, los Estados Unidos no asumen “la lucha contra la pobreza y los temas sociales como una prioridad de su política exterior”. Este “error”  ha permitido que opciones radicales, autoritarias y antinorteamericanas “ganen espacio y que el discurso democratizador pierda sustento.” Concuerdo con Segura, pero igual me pregunto si la lucha contra la pobreza ha sido una prioridad de la política doméstica del gobierno estadounidense. Los ecos liberales de los años 1960 con la Gran Sociedad a la cabeza dejaron de ser hace mucho una prioridad nacional, por qué tendría que ser internacional.

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Segura concluye que el futuro de un mundo unipolar con los Estados Unidos a la cabeza es cada vez más remoto. Según él, los norteamericanos seguirán ejerciendo un papel importante  dado su poderío militar y su influencia política, pero que “intervenir permanentemente fuera de sus fronteras ya no será una prioridad”.  En otras palabras, que el aislacionismo regresará con fuerza a definir la política exterior de los Estados Unidos.

El autor cierra su interesante ensayo advirtiendo a quienes celebran el eventual fin de la hegemonía estadounidense  que ésta no producirá necesariamente “un mundo multipolar armonioso”. Por el contrario, un mundo libre de la hegemonía estadounidense podría estar dominado por la anarquía, el individualismo estatal y la violencia.

Este corto ensayo analiza de manera clara y directa lo que parece cada vez más evidente: la decadencia del poderío norteamericano. Su lectura puede resultar de gran utilidad para aquellos interesados en entender las causas y los rasgos de este proceso histórico, cuyas consecuencias están aún por verse.

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Immanuel Wallerstein

Immanuel Wallerstein

El pasado 26 de setiembre, el diario mexicano La Jornada publicó un corto, pero muy interesante artículo de Immanuel Wallerstein titulado “La política estadounidense y las intervenciones militares”. En su ensayo, Wallerstein hace un análisis de la influencia de la política partidista sobre la política exterior norteamericana que me resultó muy interesante. Pero antes de analizar el contenido del ensayo de Wallerstein, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor. Wallerstein  es un sociólogo e historiador norteamericano considerado  uno de los  científicos sociales  más  importantes de la segunda mitad del siglo XX. Su trabajo ha dado vida a influyentes teorías sobre el desarrollo de la economía capitalista global. En su obra más importante, The modern world-system (El moderno sistema mundial), Wallerstein aporta un nuevo modelo teórico y de interpretación histórica, cultural y social. Wallerstein es hoy en día uno de los más famosos críticos anti-sistema y uno de los analistas más severos de la política exterior de los Estados Unidos.ModernWordII

En “La política estadounidense y las intervenciones militares”, Wallerstein reacciona al debate de las últimas semanas sobre cuál debe ser la estrategia que  la administración Obama debe seguir en Afganistán. Al autor le preocupa que el Presidente acepte las sugerencias de su Secretario de Defensa y de miembros del alto mando militar y opte por incrementar el número de soldados estadounidenses en territorio afgano. Es claro que Wallerstein considera tal posibilidad un grave error.

Al indagar cuál será la dirección que la administración Obama adoptará en una situación tan peligrosa como la de Afganistán, Wallerstein nos lanza un pregunta que me parece medular: “¿Por qué es  tan difícil para Estados Unidos zafarse de intervenciones militares que patentemente están perdiendo?”. En otras palabras, Wallerstein quiere saber qué mueve al gobierno de los Estados Unidos a insistir en intervenciones militares poco exitosas y sumamente peligrosas. El autor reconoce que para los analistas de izquierda la respuestas es muy sencilla: porque los Estados Unidos son una nación imperialista que interviene militarmente “con el fin de mantener su poder económico y político en el mundo”. A Wallerstein no le satisface esta respuesta porque, según él, la realidad histórica es que desde 1945 los norteamericanos no han ganado una sola confrontación militar de importancia. Si como alegan los izquierdistas, Estados Unidos interviene  para adelantar sus intereses hegemónicos, por qué sus intervenciones han sido tan incompetentes. Para demostrar su punto Wallerstein pasa revista a las principales intervenciones militares estadounidense de los últimos sesenta años. Según él, los norteamericanos fueron derrotados en  Vietnam, en Corea y la primera guerra del Golfo lograron un empate, es claro que están perdiendo en Afganistán y la invasión de Irak de seguro será juzgada como un fracaso por los historiadores. En otras palabras,  el autor se pregunta qué clase de imperio es éste que no gana una guerra. O en palabras de Wallerstein: “¿Qué impulsa a Estados Unidos a involucrarse en acciones de tal derrota política propia, especialmente si uno piensa en Estados Unidos como una potencia hegemónica que intenta controlar al mundo entero para sacarle ventaja?”

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Para el autor, la explicación está en la política interna de los Estados Unidos. Como toda gran potencia, los Estados Unidos son un país intensamente nacionalista. Según Wallerstein, todas las potencias –y en especial las hegemónicas–  “creen en sí mismas y en su derecho moral y político de afirmar sus (así llamados) intereses nacionales”.  Los Estados Unidos no son ni han sido la excepción. Es por ello que la inmensa mayoría de la población norteamericana es  y ha sido partidaria, desde un punto de vista patriótico, de que su país se afirme a nivel mundial “si es necesario militarmente”.   De ahí, que según el autor, el número de estadounidenses que ha mantenido una posición anti-imperialista desde 1945 sea una porción “políticamente insignificante” de la población. En otras palabras, desde la segunda guerra mundial, la mayoría de los norteamericanos han apoyado la afirmación imperialista de los Estados Unidos, motivados por un fuerte sentimiento patriótico.

Para Wallerstein, la política estadounidense no se divide entre opositores y simpatizantes del imperialismo, sino entre quienes son “fuertemente intervencionistas” y quienes favorecen el llamado aislacionismo. Sin embargo, estos últimos no son anti-militaristas, pues apoyan la inversión y el gasto militar, pero sí “son escépticos en cuanto a utilizar estas fuerzas en lugares ajenos”. El autor reconoce que tras esta división existe lo que él denomina como una “gama de posiciones intermedias”.

Intervencionistas o aislacionistas, la mayoría de los políticos norteamericanos no están dispuestos a buscar o proponer una reducción en el gasto militar por razones de política partidista. El aislacionismo tuvo una fuerte presencia en el Partido Republicano en el periodo previo a la segunda guerra mundial, pero a partir de 1945 se redujo y perdió fuerza.  Desde  el fin de la guerra, los republicanos han adoptado una actitud a favor de la inversión en el gasto militar y han criticado la supuesta debilidad o suavidad de la política exterior de los demócratas. La realidad histórica es que los republicanos no siempre han sido consistentes con su discurso y se han opuesto al envío de tropas estadounidenses a lugares como los Balcanes en la década de 1990. A pesar de estas incongruencias,   el público norteamericana tiende a ver a los republicanos como  halcones (“hawks”) patriotas.

Obama y Afganistán

Según Wallerstein, esta idea generalizad choca con la realidad histórica porque desde la segunda guerra mundial, los demócratas han sido más propensos a llevar a cabo intervenciones militares que sus opositores republicanos. A pesar de ello, los republicanos han acusado  sistemáticamente a los demócratas de ser palomas (“doves”), es decir, de faltarles valor, empuje y decisión en su política exterior. Esta acusación ha tenido un gran peso sobre la actitud de las administraciones demócratas de los últimos sesenta años. En palabras del autor, los demócratas han estado atrapados “en  la etiqueta de ser menos machos que los republicanos”, acusación ésta  muy costosa, políticamente hablando.

5_afganistan_tanquesWallerstein cree –podríamos decir, teme–  que la presión de este paradigma político puede terminar haciendo que el Presidente Obama opté por aumentar el número de soldados estadounidenses en Afganistán para no lucir ni débil, ni suave en su política exterior, ni hacerle daño a su partido.  Ello colocaría al joven presidente “en el sendero de la guerra de Vietnam”.

El autor cierra su ensayo señalando que es hora de que los norteamericanos “entiendan que las intervenciones militares estadounidenses en el extranjero son gastos militares increíblemente grandes en casa y no son la solución a sus problemas, sino el mayor impedimento para la supervivencia y el bienestar nacional estadounidense”.

Coincido plenamente con los planteamientos de Wallerstein. Es claro que la política partidista estadounidense juega –y siempre ha jugado– un papel muy importante en la formulación de la política exterior norteamericana. El autor identifica y explica muy bien la dinámica establecida entre los dos partidos principales norteamericanos desde  el inicio de la guerra fría: por un lado los republicanos con su patriotismo exagerado fomentando el militarismo y atacando a unos demócratas preocupados de ser acusados de débiles o de perder países ante el comunismo (China en 1949) o el terrorismo (Pakistán 20??).  Para entender la política exterior estadounidense no basta con enfocar sus intereses geopolíticos o económicos. Es también necesario atender el juego político doméstico en el que inciden elementos como el nacionalismo, el patriotismo, el excepcionalismo, el regionalismo, la religiosidad, el complejo industrial-militar, etc.

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Me llamó poderosamente  la atención la visión que tiene Wallerstein de los ciudadanos estadounidenses, pues es claro que considera que la mayoría de éstos han adoptado actitudes imperialistas en los últimos sesenta años. Guiados por un fuerte nacionalismo y patriotismo, los estadounidenses no lucen en el ensayo de Wallerstein como el pueblo inocente y manipulable por el gobierno y los medios que algunos analistas han señalado. Todo lo contrario, para Wallerstein, sólo una minoría del pueblo norteamericano ha adoptado una actitud crítica ante las intervenciones militares de su gobierno. La mayoría ha apoyado la proyección y la defensa de los intereses norteamericanos con el uso de la fuerza. La perenne inocencia del pueblo norteamericano queda de esta forma terriblemente comprometida.

Esperemos que los temores de Immanuel Wallerstein no se concreten y que por el bien de su país Obama evite caer en la trampa de enviar más tropas a ese matadero de imperios llamado Afganistán.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 29 de setiembre de 2009

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Chalmers Johnson

Chalmers Johnson

En un ensayo titulado “There Good Reasons to Liquidate Our Empire and Ten Steps to Take to Do So” (TomDispatch.com, 30 de julio de 2009), el historiador norteamericano Chalmers Johnson enfoca uno de los elementos más característicos del imperialismo norteamericano: la extensión de sus bases militares alrededor del mundo.  Johnson es profesor emérito de la Universidad de California (San Diego) y uno de los críticos más filosos de la política exterior norteamericana. Este antiguo asesor de CIA es  autor de un trilogía clave  en el desarrollo de la historiografía reciente del imperialismo norteamericano: Blowback: The Costs and Consequences of American Empire (New York: Metropolitan Books, 2000), The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic (New York: Metropolitan Books, 2004) y Nemesis: The Last Days of the American Republic (Metropolitan Books, 2006).

A Johnson le preocupa el efecto que pueda tener el imperio de bases militares sobre el programa reformista del Presidente Barack Obama. Para el autor, las bases militares ­–y el militarismo del que son una expresión– podrían tener tres consecuencias devastadoras para los Estados Unidos: sobre extender (“over-stretch”) militarmente a los Estados Unidos, provocar un estado perpetuo de guerra y/o llevar a la nación norteamericana a la ruina económica. Todo ello podría provocar un colapso similar al que sufrió la Unión Soviética. Palabras fuertes de un historiador sin pelos en la lengua.  Veamos a que se refiere Johnson.

Citando un inventario realizado por el Pentágono en 2008, Johnson alega que los Estados Unidos poseen 865 bases militares en 46 países y territorios estadounidenses. Según ese mismo inventario, los Estados Unidos tenían desplegados 196,000 soldados en sus bases. Por ejemplo, en Japón hay 46,364 miembros de las fuerzas armadas estadounidenses, acompañados por 45,753 familiares y apoyados por 4,178 empleados civiles norteamericanos.  Sólo en la pequeña isla de Okinawa hay 13,975 soldados norteamericanos.

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Para Johnson, tal despliegue de poder militar no sólo es innecesario para garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos, sino que también excesivamente costoso. Citando un artículo de Anita Dancs, analista del “think tank” Foreign Policy in Focus, Johnson arguye que los Estados Unidos gastan $250 mil millones anuales en el mantenimiento de sus bases militares con un solo objetivo: garantizar su control de un imperio que nunca necesitaron y que “no pueden sostener”.

El autor identifica tres razones que, según él, hacen necesaria la eliminación de ese imperio de bases como un paso inevitable para el bienestar de los Estados Unidos:

  1. Los Estados Unidos ya no son capaces de mantener su hegemonía global  sin convocar a un desastre nacional. Según Johnson, los Estados Unidos no pueden mantener su rol hegemónico por razones económicas, pues son un país al borde de la bancarrota y en franca decadencia económica. Obviar esas realidades insistiendo en retener sus bases mundiales podría llevar al gobierno norteamericano a la insolvencia. Para justificar sus argumentos el autor recurre a cifras muy impresionantes, pues según él, para el 2010 el déficit presupuestario norteamericano será de $1.75 trillones, cifra que no incluye el presupuesto militar para el 2009 ascendente a $640 mil millones,  ni el costo de las guerras en Irak y Afganistán.  Johnson concluye que el pago de tal deuda tomara generaciones.
  2. Los Estados Unidos están destinados a ser derrotados en Afganistán. Según Johnson, las autoridades norteamericanos no han sido capaces de reconocer que tanto ingleses como soviéticos fracasaron en sus empresas militares en Afganistán empleando las mismas estrategias usadas por los Estados Unidos hoy en día. Esto constituye “uno de nuestros  más grandes errores estratégicos”.  Johnson critica que las acciones estadounidenses en Afganistán no estén basadas en el reconocimiento de la historia de una región que históricamente ha resistido con éxito la presencia de fuerzas foráneas. Éste crítica las tácticas estadounidenses, en especial, el uso de aviones a control remotos o “drones”, porque éstos provocan la muerte de civiles afganos inocentes,  enajenando el apoyo de quienes supuestamente los estadounidenses están “salvando para la democracia”. Además, las operaciones militares estadounidenses en Afganistán y Pakistán carecen de una inteligencia precisa sobre ambos países  y reflejan, por ende, una visión miope de la realidad política de la región.  Johnson cree que los Estados Unidos deben reconocer que la guerra en Afganistán está ya perdida y no desperdiciar más tiempo, vidas humanas y dinero en un conflicto que no pueden ganar.
  3. Es necesario que los Estados Unidos pongan fin a la vergüenza que acompaña su imperio de bases. El autor visualiza las bases militares como una especie de campo de juego sexual (“sexual playground”) donde los soldados norteamericanos comprometen con su conducta la imagen de los Estados Unidos. Según Johnson, miles de soldados norteamericanos son destinados a países cuya cultura no entienden y que, además, han sido enseñados a ver a sus habitantes como entes inferiores, lo que provoca serios problemas en su comportamiento, sobre todo, sexual. Para probar este punto el autor nos brinda cifras muy interesantes y reveladoras sobre la violencia sexual de que son objetos los residentes de las zonas aledañas a las bases militares norteamericanas ­–además de las mujeres que forman parte de las fuerzas armadas estadounidenses– y de cómo las autoridades militares norteamericanas no hacen, prácticamente, nada para frenar y castigar los delitos sexuales que comenten sus soldados. Para Johnson la solución está en reducir el tamaño de las fuerzas armadas trayendo de vuelta a los Estados Unidos a miles de soldados estadounidenses, desmantelando las bases donde éstos están desplegados.

Johnson no sólo identifica las razones que hacen necesario que los Estados Unidos desmantelen su imperio de bases, sino que también nos brinda diez medidas que él considera necesarias para ello. Entre ellas destacan: poner fin al mito creado por el complejo militar-industrial de que el establecimiento militar norteamericano es valioso en términos económicos, pues produce empleos e investigación científica. Johnson recomienda poner fin al uso de la fuerza como “el principal medio para alcanzar los objetivos de la política exterior” estadounidense.  El autor también sugiere reducir el tamaño del ejército, darle más ayuda médica a los veteranos afectados física o mentalmente, eliminar el ROTC, dejar de ser el principal exportador mundial de armas y restaurar la disciplina y la responsabilidad por sus acciones entre las tropas estadounidenses. NS_Rota

Johnson cierra su ensayo reconociendo que a lo largo de la historia pocos imperios han renunciado a “sus dominios” para salvar sus instituciones políticas. Es necesario, según el autor, que los Estados Unidos aprendan de dos ejemplos recientes (Gran Bretaña y la Unión Soviética) y tomen las medidas necesarias para frenar los efectos del imperialismo. El autor concluye su trabajo pronosticando que si los estadounidenses no aprenden de los errores  de los imperios que le antecedieron, será imposible evitar la “caída y decadencia” de los Estados Unidos de América.

Este corto ensayo nos brinda información valiosa sobre la extensión del militarismo norteamericano a nivel mundial y de sus consecuencias. Es claro que Johnson ve el mantenimiento de las  cientos  de bases militares norteamericanas como una rémora que compromete valiosos recursos económicos que podrían ser usados para enfrentar algunos de los serios problemas que enfrenta la nación estadounidense. Su enfoque es claramente aislacionista y moralista. Para él, los Estados Unidos deben reconocer que ya no son lo ricos y poderosos que solían ser, y concentrarse en sí mismos. Su tono refleja una visión muy pesimista del futuro de los Estados Unidos. Para Johnson, la nación norteamericana es un país en franca decadencia gracias a su obsesión belicista.  Es curioso que a principios del siglo XX analistas y críticos de la política exterior norteamericana, especialmente de la retención de las Filipinas como colonia y de la expansión de la marina de guerra, pronosticaron exactamente lo que hoy Johnson denuncia de forma tan severa.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 10 de septiembre de 2009

Nota: todas las traducciones del inglés son mías.

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Teodoro Roosevelt

Teodoro Roosevelt

La revista Diplomacy & Statecraft le dedica su último número del año 2008 a la figura de Teodoro Roosevelt.  Uno de los principales artífices de la expansión norteamericana de fines del siglo XIX, Roosevelt es, además, una de las figuras claves de la historia estadounidense. Hijo de una prestigiosa y antigua familia neoyorquina, Roosevelt encarna el compromiso de algunos miembros de la elite estadounidense con los valores de la Era Progresista. Una niñez enfermiza a causa del asma que lo agobiaba le hizo un fanático de la vida intensa  (“strenuous life” ) y del ejercicio físico. Educado en Harvard, Roosevelt se destaca desde muy joven en el servicio público al ser electo congresista estatal. Una desagracia familiar –la muerte de su madre y esposa el mismo día– le alejan de la vida pública. Busca entonces refugio en un granja en Dakota del Norte donde se dedicó a criar ganado. Tras su regreso a la política su ascenso fue meteórico: Jefe de la Policía de Nueva York, Subsecretario de Marina de Guerra, Coronel de Caballería durante la guerra hispanoamericana, Gobernador de Nueva York, Vicepresidente y Presidente de los Estados Unidos. Historiador, cazador, soldado, vaquero, boxeador y político, Roosevelt hizo de  la “strenuous life” su filosofía de vida.

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt luchando con los monopolios ferrocarrileros

Roosevelt no sólo vivió de forma intensa, sino que también gobernó intensamente  enfrentando a los famosos “trusts” (monopolios), promoviendo la conservación del medio ambiente, defendiendo los intereses de los consumidores y promoviendo los intereses internacionales de su país. Este presidente imperial fortaleció la Marina de guerra, le arrancó Panamá a los colombianos para construir el famoso canal, defendió la retención de las Filipinas, intervino en la guerra ruso-japonesa por lo que  ganó un Premio Nobel de la Paz, redefinió la Doctrina Monroe,  llegó a un acuerdo de caballeros con Japón para controlar  la inmigración japonesa, etc. Hijo de su momento histórico, Roosevelt compartió gran parte de los prejuicios e ideas raciales que predominaban en  la sociedad norteamericana.

Complejo por demás, Roosevelt es una figura fascinante.

De los nueve ensayos que Diplomacy & Statecraft dedica a la figura de Roosevelt, hay dos que llamaron mi atención: ““Under the Influence of Diplomacy & Statecraft 1Mahan”: Theodore and Franklin Roosevelt and their Understanding of American National Interest” de J. Simon Rofe y “Nation-Building in the Philippines: Rooseveltian Statecraft for Imperial Modernization in an Emergent Transatlantic World Order”  de  Annick Cizel.

El Dr. J. Simon  Rofe es profesor del Department of Politics and International Relations de la University of Leicester (Gran Bretaña).  Su área de especialidad son las relaciones exteriores de los Estados Unidos en el siglo XX. Es autor de Franklin Roosevelt’s Foreign Policy and the Welles Mission (Palgrave: New York, 2007).  En su ensayo, el Dr. Rofe analiza la influencia de la obra del Amirante Alfred T. Mahan en el pensamiento geopolítico de Teodoro y Franklin D. Roosevelt.  Mahan fue un historiador naval norteamericano que en 1890 publicó un libro destinado a convertirse en un clásico de los estudios estratégicos: The Influence of Sea Power Upon History.  Este libro influyó a toda una generación de políticos, legisladores, militares e intelectuales norteamericanos (entre ellos Henry Cabot Lodge, Henry Brooks Adams y Richard P. Hobson),  y constituye una de las principales influencias  de la expansión imperialistas de fines del siglo XIX. Es pertinente subrayar que el impacto de la ideas de Mahan no se limitó a los Estados Unidos.  Por ejemplo, el Kaiser Gulliermo II alabó The Influence of Sea Power Upon History y reconoció la influencia de su autor.
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Uno de los aciertos del ensayo de Rofe es su análisis de los argumentos de Mahan. El autor comienza cuestionando la interpretación tradicional  de la obra de Mahan –la fuerza de un Estado se deriva de su poder naval. Siguiendo los argumentos de Jon Tetsuro Sumida (University of Maryland), Rofe plantea que el pensamiento de Mahan era más complicado de lo que generalmente se cree. Según Rofe,  Mahan veía el poder naval como “an essential component of military deterrence” (“como un  elemento esencial de disuasión militar” ).   De ahí que considerara el poderío naval  como  una herramienta diplomática y que insistiera en que los temas navales fueran vistos como parte de una política exterior integrada. El tamaño de la Marina de Guerra de los Estados Unidos era para Mahan un asunto de interés nacional y así debía ser tratado por el gobierno estadounidense. Según Rofe, Mahan realizó un análisis sistemático de la posición geopolítica de los Estados Unidos a nivel global no en términos moralistas, sino extremadamente realistas. Su visión integra bases navales, colonias,  mercados y acorazados en una cosmovisión claramente imperial.

Tras analizar el pensamiento de Mahan, el autor busca determinar cuál fue su influencia sobre los Roosevelts. Para ello analiza la correspondencia que desarrolló Franklin D. Roosevelt en su primer año como  Secretario Adjunto de la Marina de Guerra (1913-1914) con su famoso primo y con el propio Almirante Mahan. Rofe  concluye que:

“Ambos hombres, conciente o inconcientemente, integraron los conceptos de Mahan en sus visiones de cómo los Estados Unidos debían operar mundialmente”.

Alfred-Thayer-Mahan

Alfred T. Mahan

Teodoro y Franklin incorporaron como presidentes la  filosofía geopolítica de Mahan. Fue  Mahan quien les hizo ver con claridad la relación entre imperio y poderío naval, de ahí que ambos fueran  grandes benefactores de la Marina de Guerra de los  Estados Unidos. En otras palabras, Mahan les hizo entender  que imperio (es decir, la defensa y proyección de los intereses económicos y estratégicos  estadounidenses) y el tamaño y poderío de la Marina estaban inevitablemente unidos.

Por otro lado, Annick Cizel es Profesor Asociado en la Université de la Sorbonne Nouvelle (Paris 3), donde forma parte del equipo del Center for Research on the English Speaking World. Su especialidad es la historia de los Estados Unidos, principalmente,  la política exterior norteamericana en África durante la guerra fría.

En su ensayo, el Dr. Cizel examina el papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Según el autor,  Roosevelt veía la presencia norteamericana en   las islas en términos muy personales, pues se sentía muy orgulloso del   llamado experimento filipino –es decir, del control colonial de las Filipinas justificado como una empresa civilizadora y de creación nacional  (“nation-making process”). Cizel plantea que el experimento filipino ejemplificaba las dotes de hombre de Estado (“statecraft”) de Roosevelt –de presidente imperial, añadiría yo– pues le permitía proyectar a los Estados Unidos como un poder asiático (y de paso, mundial), como una potencia naval   y como un modelo de imperio benevolente.  Las Filipinas eran, por ende, una pieza clave en la visión geopolítica de Roosevelt, no sólo por su importancia estratégica, sino también simbólica. El control de las islas era un instrumento muy útil para proyectar al mundo el poder y la superioridad (material y moral) de los Estados Unidos.
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El ensayo de Rofe  es novedoso por la fuentes primarias que trabaja y por la aplicación de una interpretación amplia de las ideas de Mahan.  Además, el autor recoge de manera sucinta y relativamente clara los rasgos más sobresalientes del pensamiento de uno de los personajes más influyente en la transformación de la política exterior norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Rofe demuestra  que Mahan es el hilo que une la visión geopolítica de dos de los presidentes más importantes en la historia estadounidense.   De paso deja claro la pertinencia y la fuerza del pensamiento de Mahan más allá de su muerte en 1914.

El trabajo de Cizel deja claro el importante papel que jugaron las Filipinas en la presidencia de Teodoro Roosevelt. Para Roosevelt, las Filipinas cumplían un rol doble. Por un lado,  el control de las islas era el pase de membresía al exclusivo grupo de potencias  imperiales. Las Filipinas eran  posesión estratégica que  permitían la proyección y defensa de los intereses estadounidenses en Asia. En otras palabras, el control de las Filipinas permitía a Roosevelt participar en el juego político internacional desde un posición estratégica privilegiada. Por el otro lado, el alegado altruismo (el colonialismo ilustrado) de los estadounidenses en las islas diferenciaba  a los Estados Unidos del restos de  las potencias coloniales. El alegar que  los Estados Unidos poseían una colonia no para su beneficio, sino para beneficio exclusivo de los colonizados permitía mantener la superioridad moral sobre las demás potencias coloniales.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 13 de agosto de 2009

Nota: Todas las traducciones del inglés son mías.

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He tropezado con una interesantísima selección de fotos de la Guerra hispanoamericana procedentes  de la Photographic Collection de la State Library and Archives of Florida. El estado de Florida, y en especial la ciudad de Tampa, jugaron un papel muy importante durante la guerra. Tampa sirvió de base de entrenamiento y operaciones para la campaña del Caribe. En esa ciudad se congregaron miles de soldados y toneladas de equipo bélico para la invasión de Cuba y Puerto Rico. La llegada de unos 30,000 soldados cambió la vida de lo que hasta ese entonces había sido una pequeña ciudad en la costa oriental de la Florida. Estas fotos   nos presentan el lado norteamericano del conflicto, de ahí su gran valor histórico. Espero que las disfruten.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 3 de agosto de 2009

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler,  Capellán Henry A. Brown,  Coronel Leonard Wood, y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt. (later 26th U.S. President).

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler, Capellán Henry A. Brown, Coronel Leonard Wood y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt.

Voluntarios cubanos.

Voluntarios cubanos.

Soldados marchando por la calles de Tampa

Soldados marchando por la calles de Tampa

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Acabo de descubrir la existencia de una organización que agrupa a descendientes de veteranos de la Guerra Hispanoamericana llamada Sons of Spanish American War Veterans. De acuerdo con su página web, esta organización nació en 1927 y congrega no  sólo a veteranos de la guerra con España, sino también de la “insurrección” filipina y de la expedición en contra de los “boxers”.  Organizada en capítulos denominados “camps”, los Sons of the Spanish American War Veterans están presentes en varios estados de la Unión norteamericana: Nueva York, Illinois, Florida, Ohio, Colorado, Carolina del Sur, Pennsylvania, Virgina, Kentucky y California. Además descubrí, que el “Cuba Libre Camp #172” en la Florida posee un blog con información y comentarios sobre el conflicto hispano-cubano-norteamericano que podría resultar de interés y utilidad. Aquí incluyo un corto programa de radio creado por el Cuba Libre Camp #172, que busca dar a conocer y promocionar a los Sons of Spanish American War Veterans.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 31 de julio de 2009

Sons of Spanish American War Veteran’s, Cuba Libre Camp #172

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