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Posts Tagged ‘Historia de Estados Unidos’

Este año se conmemora el bicentenario de la guerra de 1812, que podría ser considerada como una segunda guerra de independencia norteamericana. Para entender el origen de este conflicto es necesario comenzar señalando que a principios del siglo XIX Estados Unidos no era la gran potencia militar que es hoy en día. Por el contrario,  Estados Unidos era una nación joven y vulnerable, y que, además, surgió en un contexto internacional tenso, violento y peligroso. La revolución francesa y sus secuelas en el mundo atlántico, trajeron consigo años de violentos enfrentamientos entre las grandes potencias europeas. Uno de los grandes peligros que enfrentó la nueva nación era verse atrapada en las luchas revolucionarias o hegemónicas europeas. Los líderes estadounidenses tuvieron que navegar por aguas tormentosas para garantizar la supervivencia de su novel federación de estados.

Thomas Jefferson

Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, fue uno de eso líderes. La presidencia de Jefferson se vio seriamente afectada por la situación reinante en Europa. Entre 1802 y 1815, la Francia napoleónica y el Imperio Británico se enfrentaron en un duelo a muerte por la supremacía europea. Los británicos recurrieron a su marina de guerra –su arma más poderosa– para bloquear a Francia. El objetivo británico era acabar económicamente con Napoleón, aislándole del resto del mundo. En respuesta, el Emperador desarrolló un bloqueo continental, es decir, cerró todos los puertos europeos bajo su control a los barcos ingleses. A pesar de que comercialmente los estadounidenses se beneficiaron de esta lucha, también surgieron serios problemas. Como parte de su esfuerzo bélico, los británicos procedieron a interceptar barcos norteamericanos en alta mar y secuestrar su tripulación para llenar las necesidades de personal de la armada británica dado alto nivel de deserciones que sufría. Los británicos registraban los barcos norteamericanos en busca  de desertores –algunos de ellos ciudadanos norteamericanos– a quienes retenían y obligaban a servir en la marina británica. Se calcula que unos 6,000 marinos norteamericanos fueron secuestrados por los ingleses entre los años1803 y 1812.

Jefferson enfrentó un serio dilema, pues quería hacer valer la soberanía norteamericana y a la vez evitar una guerra con Gran Bretaña, temeroso de sus posibles consecuencias. El Presidente trató sin éxito de detener las acciones inglesas por medio de un embargo. En 1807, el Congreso de lo Estados Unidos aprobó una ley prohibiéndole a los barcos norteamericanos salir de sus puertos hasta tanto Gran Bretaña y Francia pusieran fin a las restricciones al comercio estadounidense. Esta medida fue un total fracaso porque Jefferson sobrestimó la dependencia anglo-francesa en el comercio con los Estados Unidos y por que le significó grandes perdidas a los comerciantes norteamericanos. Las exportaciones que en 1806 habían totalizado $108 millones, se redujeron a $22 millones en 1808.

James Madison

En 1808, James Madison se convirtió en el cuarto presidente de los Estados Unidos.  Madison, uno de los principales artífices de la constitución norteamericana, heredó de Jefferson una situación muy difícil. El nuevo presidente reconoció el fracaso del embargo y creó una serie de restricciones económicas que buscaban persuadir a ingleses y franceses a respetar el comercio norteamericano.  Las medidas de Madison fueron un fracaso, quien presionado por un grupo de legisladores belicistas conocidos como los Halcones (“War Hawks”) –liderados por Henry Clay y John C. Calhoun– pidió  al Congreso en junio de 1812 que le declarara la guerra a Gran Bretaña. De esta forma,  los Estados Unidos se embarcaron en su segunda guerra contra la nación más poderosa del mundo.

Tras dos años de combates que incluyeron la invasión de Canadá, la quema de la ciudad de Washington por tropas británicas y valientes combates navales, la guerra llegó a un  punto muerto que obligó a las partes beligerantes a negociar.  En diciembre de 1814, delegados norteamericanos y británicos reunidos en la ciudad belga de Ghent firmaron un  tratado poniendo fin al conflicto. Es necesario señalar que uno de los eventos más importantes de esta guerra –la batalla de Nueva Orleans– ocurrió en enero de 1815, luego de que  el tratado de paz había sido firmado, cosa que los norteamericanos desconocían. En la batalla de Nueva Orleans las tropas norteamericanas bajo el liderato del General Andrew Jackson aplastaron a los británicos, quienes  tuvieron  unos 700 soldados muertos y 2,000 heridos. Por el contrario, las fuerzas de Jackson sólo tuvieron 35 muertos y 58 heridos. Esta enorme victoria pudo haber cambiado el desenlace final de la guerra, pero llegó muy tarde.

La ciudad de Washington en llamas, 1814

A nivel doméstico, la guerra de 1812  despertó entre los norteamericanos un fuerte sentimiento nacionalista y un profundo orgullo nacional. Para éstos, la guerra había sido una gran victoria y una muestra del valor estadounidense, ya que habían enfrentado solos a la nación más poderosa del mundo. La guerra también provocó el crecimiento de la manufactura norteamericana, pues durante el conflicto fue necesario producir artículos que antes se les compraban a los británicos.

A nivel político, la guerra tuvo consecuencias de importancia, pues conllevó el fin del Partido Federalistas, uno de los dos partidos nacionales estadounidenses. Los fracasos sufridos en el primer año de la guerra generaron críticas y oposición popular, especialmente, en los estados de la zona de Nueva Inglaterra. Esta oposición estuvo dirigida por los federalistas porque eran la mayor fuerza política de esa región. En diciembre de 1814, un grupo de delegados de los estados de Nueva Inglaterra se reunieron en  la ciudad de Hartford en el estado de Connecticut, para discutir las quejas contra el gobierno de Madison. Como parte de las  debates de la convención se discutió la posibilidad de que la región se independizara y formara un nuevo país. Es necesario aclarar que aunque los seguidores de esta idea eran una minoría, la gran euforia provocada por la gran victoria de Jackson hizo que los participantes de la Convención de Hartford fueron considerados antipatrióticos y traidores, lo que condenó a muerte al Partido Federalista.

Por último,  el fin de  la guerra de 1812 dio paso a un periodo de paz que permitió a los norteamericanos concentrarse en sus asuntos internos. Este periodo es conocido como la Era de los buenos sentimientos.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

San Juan, Puerto Rico, 7 de febrero de 2012

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Noam Chomsky y el editor Anthony Arnove rinden un merecido homenaje al gran historiador, dramaturgo  y activista norteamericano Howard Zinn (1922-2010), autor del clásico The People´s History of the United States (La otra historia de los Estados Unidos, 1980).

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Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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El acorazado West Virgina arde en Pearl Harbor

Un día como hoy hace setenta años, los japoneses atacaron por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor en la isla de Oahu en Hawái. El ataque japonés fue la culminación de años de tensión y competencia entre ambos países por la hegemonía asiática.  La invasión japonesa de Manchuria (1931), el militarismo japonés y el  acercamiento del gobierno nipón a la Alemania nazi acabaron de envenenar las relaciones entre los Estados Unidos y Japón. Ante las crecientes tensiones diplomáticas con Japón, en mayo de 1940, el Presidente Franklin D. Roosevelt (FDR) envío la flota norteamericana del Pacífico a Hawái. En septiembre de 1940, Japón acordó una alianza con las Potencias del Eje, es decir, Alemania e Italia. Los Estados Unidos respondieron restringiendo el comercio con Japón y embargando la venta de gasolina de alto octanaje para aviones. Cada vez era más claro y peligroso el distanciamiento entre ambas potencias. Aprovechando el avance arrollador de las tropas alemanas en Europa, Japón ocupó la Indochina Francesa en julio de 1941, y en respuesta Roosevelt congeló los bienes económicos japoneses en los Estados Unidos además de cortar el suministro de combustible al Imperio Japonés. El embargo petrolero tenía repercusiones muy serias para los japoneses, pues el 80% de su combustible procedía de los Estados Unidos.

Vista de Pearl Harbor desde un avión aponés

Para finales de 1941, una confrontación nipona-norteamericana parecía cuestión de tiempo. La inteligencia militar estadounidense sospechaba que los japoneses atacarían en algún punto del océano Pacífico, pero no sabían dónde.  Para noviembre todas las fuerzas militares norteamericanas estaban en alerta, pero ello no pudo evitar que temprano en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941 aviones japoneses bombardearan la base naval de Pearl Harbor. Los aviones nipones habían despegado de un grupo de portaviones japoneses que había navegado miles de millas sin ser detectados. El ataque japonés fue muy efectivo, pues fueron hundidos 14 barcos de guerra (entre ellos ocho acorazados) casi doscientos aviones fueron destruidos y resultaron muertos 2,400 militares y 68 civiles estadounidenses. Afortunadamente para los Estados Unidos, ninguno de sus portaviones se encontraba en Pearl Harbor al momento del ataque, lo que será un factor determinante en el curso de la guerra.

El ataque a Pearl Harbor  estremeció a la nación norteamericana. El 8 de diciembre el Presidente Roosevelt denunció ante el Congreso el ataque japonés  y solicitó una declaración formal de guerra. Con sólo un voto en contra –el de la pacifista Jeannette Rankin– el Congreso aprobó la declaración de guerra contra Japón. En respuesta, Alemania e Italia , aliados de Japón, le declararon la guerra a los Estados Unidos. De esta forma los Estados Unidos entraron oficialmente a la segunda guerra mundial.

A propósito de esta fecha, el blog de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos ­­–Prologue: Pieces of History– publica una interesantísima nota sobre el proceso creativo del discurso pronunciado por FDR ante el Congreso el día 8 de diciembre. Según el autor de esta nota, identificado solamente como Jim, FDR recibió la noticia de lo ocurrido en Hawái pasada la 1P.M. (hora de Washington) y dedicó el resto de esa tarde a estudiar, junto con sus asesores, la información disponible sobre el ataque.

El Presidente decidió hablar ante el Congreso al día siguiente para informarle y pedirle una declaración de guerra contra Japón. Esa tarde FDR le dictó a su secretaria, Grace Tully,   un corto mensaje que estaba destinado a convertirse en uno de los más famosos en la historia de los Estados Unidos. Al momento de esta crisis, los escritores de discursos del Presidente (Samuel Rosenman y Robert Sherwood) no se encontraban en Washington por lo que Roosevelt tuvo que dedicar tiempo de uno de los días más agitados de su vida a preparar su mensaje. La Señora Tully mecanografió las palabras de Roosevelt y éste luego hizo importantes cambios al texto original, especialmente en la introducción.  El texto comenzaba: “Yesterday, December seventh, 1941, a date which will live in world history,” lo que Roosevelt cambió por “a date which will live in infamy,” proveyendo la fase más poderosa y recordada de su mensaje.

El texto fue sujeto de otros cambios tanto por FDR como por su amigo Harry Hopkins. Además, al pronunciar sus palabras ante el Congreso Roosevelt incorporó algunos cambios, actualizando la información disponible sobre el alcance de los ataques japoneses contra instalaciones militares norteamericanas en el Pacífico.

Roosevelt se dirige al Congreso

Los Archivos Nacionales poseen copias mecanografiadas de los borradores finales del discurso, pero no el documento que  Roosevelt leyó ante el Congreso y cuyo paradero es un misterio sin resolver.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 7 de diciembre de 2011

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Escudo de la Confederación

No puede el terminar el año 2011 sin que le preste atención al sesquicentenario de la guerra civil estadounidense.  En 1860, la Unión norteamericana se quebró ante el peso de  la esclavitud. Tras décadas de tensiones regionales, los estados sureños decidieron separarse de los Estados Unidos y formar un país independiente y esclavista. El gobierno federal –el Norte– y su presidente, Abraham Lincoln, no aceptaron la decisión sureña. Tras intentos fallidos de negociación, la guerra civil fue inevitable. En abril de 1861 los sureños atacaron a las tropas federales acuarteladas en el Fuerte Sumter en la bahía de Charleston (Carolina del Sur), dando inicio a una carnicería que se extendió hasta 1865. Este fue el más terrible de los conflictos en que los norteamericanos se han visto involucrados no sólo por las 600,000 vidas que costó, sino también por la profunda cicatriz que dejó en la sociedad norteamericana. Tras cuatro años de combates fratricidas, los Estados Unidos permanecieron unidos y los esclavos alcanzaron su libertad. La guerra civil norteamericana es uno de los momentos más críticos de la historia de los Estados Unidos, pues estuvo en juego la supervivencia misma del país.

Como parte de las actividades celebradas en los Estados Unidos para conmemorar tan significativa fecha, el periódico New York Times ha desarrollado una bitácora titulada Desunion. En este interesante blog, historiadores, periodistas y escritores han publicado, a lo largo de todo este año,  artículos cortos dedicados a diversos temas relacionados con la guerra civil norteamericana.

Van Gosse

El pasado 29 de noviembre, el historiador estadounidense Van Gosse publicó en Desunion una corta nota titulada Beyond ‘Glory’.  Gosse, profesor de historia en el Franklin and Marshal College en Pensilvania, enfoca el papel jugado por los negros en la guerra civil partiendo de un señalamiento que me resultó particularmente interesante: la mayoría de los estadounidenses asocian la participación de los negros en la guerra con la película Glory (1989). Este largometraje protagonizado por Denzel Washington, Matthew Broderick y Morgan Freeman, enfoca la historia del famoso  54th Massachusetts Volunteer Infantry Regiment compuesto por soldados negros. Comandado por oficiales blancos, entre ellos el Coronel Robert Gould Shaw, el Regimiento 54tuvo una participación destacada en la guerra y, en especial, en los intentos suicidas para tomar el Fuerte Wagner (Charleston) en julio de 1863.

Para Gosse, el principal problema con esta película es que da la impresión de que la participación militar de los negros era una idea nueva y radical. Nada más lejos de la realidad porque los negros habían combatido en todas guerras previas de los Estados Unidos.  No sólo habían participado, sino que estaban consientes de su papel histórico y lo usaban como argumento para reclamar derechos e igualdad en una sociedad esclavista y, por ende, racista.

Según Goose, los negros habían luchado en la guerra de independencia, en la guerra de 1812 y en la guerra con México. Tal fue su desempeño en la guerra de 1812 que el General Andrew Jackson lo reconoció públicamente.  En el periodo previo  a la guerra civil los negros  organizaron milicias en ciudades del norte (Cincinnati y New Bedford), a pesar de que no contaban con  el reconocimiento  ni  apoyo económico de los gobiernos estatales. Aunque tenían que tenían pagar por sus gastos y hasta comprar sus armas, los negros mostraron un claro interés de demostrar su patriotismo.

Cuando estalló la guerra civil, las milicias de negros se ofrecieron de voluntarios para combatir a los estados secesionistas, pero fueron rechazadas. Según el autor,  los negros no habían peleado sólo a favor de las causas estadounidenses. Miles de ellos apoyaron a los británicos en sus dos conflictos contra los norteamericanos.  Tal fue el apoyo de los negros a los británicos durante la guerra de independencia, que tras la victoria norteamericana 20,000 antiguos esclavos salieron del país con las tropas derrotadas. En el periodo previo a la guerra civil –lo que en la historiografía estadounidense se conoce como el antebellum– los esclavistas sureños explotaron la supuesta deslealtad de los negros, sentimientos que fueron compartidos por muchos norteños. Para Gosse, las dudas sobre su lealtad fue un factor clave para entender el rechazo a la participación de los negros en la guerra civil. Este argumento me parece interesante, pero me pregunto si el factor racial no fue más decisivo, ya que no se debe olvidar que aunque la esclavitud era menos importante en el Norte, esta región  no estaba libre de las mentalidades propias de una sociedad esclavista.

Soldados negros y blancos, 1861

A pesar de la resistencia oficial, algunos negros pudieron unirse a las fuerzas del Norte y participar en los combates. Prueba de ello es la correspondencia de dos soldados negros citada por Gosse: William H. Johnson y George E. Stewart. Sus cartas describen sus experiencias como soldados en los primeros años de la guerra y, por ende,  previa a la declaración de 1863 del presidente Lincoln autorizando el reclutamiento de soldados negro en el ejército de la Unión.

Gosse concluye que la participación de estos y otros negros entre las fuerzas del Norte sirvió para adelantar la causa de la abolición y para combatir la propaganda de la Confederación.

En  este interesante artículo, Gosse rescata la valiosa participación de los negros americanos en un conflicto que les era particularmente importante, pues entra las cosas que estaban en juego destacaba el futuro de  la esclavitud en Norteamérica.

No quiero terminar si hacer unos comentarios generales sobre la participación de los negros en la guerra civil. Cerca de 200,000 afroamericanos sirvieron en el ejército o en la marina de la Unión, y 37,000 de ellos murieron peleando. Éstos sufrieron los prejuicios raciales de sus comandantes y tuvieron que probar su valía en el campo de batalla. El valor de los soldados negros ayudó a cambiar la actitud de muchos oficiales de la Unión.

Los confederados odiaban y temían a los soldados negros por lo que les consideraban esclavos fugitivos sujetos a ser ejecutados de ser capturados. Sin embargo, los casos de fusilamientos de soldados negros a manos de los confederados fueron raros.

En el sur, los soldados negros fueron recibidos como héroes por la población esclava, impresionada de ver negros en uniforme militar. Es necesario señalar que los soldados negros no fueron tratados con equidad por el ejército de los Estados Unidos, pues éstos recibían una pagar menor que sus homólogos blancos y se les segregaba en campamentos militares separados de la tropas blancas.  Esto motivó protestas e inclusive el famoso Regimiento 54 de Massachussets se negó a recibir una paga menor que la de los soldados blancos. Su protesta surtió efecto y en junio de 1864 el Departamento de Guerra igualó el salario de los soldados blancos y negros.

El servicio militar de los afroamericanos cambio su estatus en la sociedad del norte. En algunas ciudades se abolió al segregación racial en los tranvías y se permitió que afroamericanos testificaran en corte o formaran parte de jurados en los tribunales de justicia. El haber peleado por la unión les garantizó a los negros su derecho a ser ciudadanos de los Estados Unidos.

            Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 4 de diciembre de 2011

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Recibo con gran alegría y entusiasmo la aparición del primer número de la revista electrónica Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina. Publicación conjunta de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos y de la Cátedra de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Huellas de Estados Unidos es una revista dedicada al estudio critico de los Estados Unidos y de su relación con América Latina. En palabras de sus creadores:

 “En la revista “Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” nos proponemos un acercamiento a los estudios sobre los Estados Unidos de tipo realpolitik, lo que implica la idea de desarmar la construcción ideológica que el excepcionalismo ha fundado y que la literatura ortodoxa tradicional se ha encargado de difundir. Consideramos que vale la pena discutir con la historiografía clásica norteamericana centrada en las buenas intenciones de los padres de la patria – y como extensión posterior de ellos las generaciones políticas que han gobernado el país – ; para introducir una perspectiva capaz de problematizar a los Estados Unidos, reorientando su estudio a un nivel de análisis más profundo, y que da más acabada cuenta de los sucesos históricos.”

 Los creadores de esta revista reconocen la importancia del excepcionalismo como elemento ideológico fundacional en la Historia de los Estados Unidos y se proponen analizarle.

¿Por qué estudiar a los Estados Unidos? Esta es una pregunta que los creadores de esta revista se plantean de forma directa. Su respuesta es clara: para entender cómo los estadounidenses se piensan a sí mismo y su efecto en la formulación de la política exterior norteamericana. En otras palabras, los padres de este gran proyecto tienen claro la indudable influencia de la esfera doméstica –y de elementos discursivos y culturales– en el desarrollo de la política exterior estadounidense, y reconocen la necesidad imperiosa de estudiarles. Además, proponen el estudio de la historia de los Estados Unidos como una herramienta necesaria para enfrentarnos académicamente  a un elemento crucial de la historia mundial:  la hegemonía norteamericana. En otras palabras, dado el papel hegemónico e imperial desempeñado por los Estados Unidos, estudiar su historia resulta imprescindible para entender el mundo actual. Por último, plantean que conocer a los Estados Unidos, y en particular su historia, permite una mejor comprensión de uno de los elementos más importantes de la “Era Contemporánea”: el imperialismo. Elemento en el que los Estados Unidos han jugado un papel fundamental.

El primer número Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina está compuesto por cinco ensayos y  tres reseñas que pueden ser descargados en formato PDF:

  1. Márgara Averbach,  “Comunidad y solución en la narración de origen indio en los Estados Unidos».
  2. Malena López Palmero, “Los ecos visuales de la incipiente colonización de Virginia: John White y Theodoro De Bry (1585-1590)”.
  3. Mariana Mastrángelo, “Releyendo a Carlos Pereyra y el mito de Monroe”.
  4. George Lipsitz, “Comprar y comprar: La cultura del consumismo y los estudios sobre Estados Unidos.”
  5. Costas Lapavitsas, “Capitalismo financiarizado: Crisis y expropiación”.
  6. Reseña: Thomas McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema Interamericano, 1880-1914«.
  7. Reseña: Hernán Comastri, “George Reisch y la Guerra Fría como debate intelectual”.
  8. Reseña: Raymon Gavins et al., “Remembering Jim Crow: African Americans tell About Life in the Segregated South

No tengo la menor duda de que  Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina ayudará a la promoción del estudio de la historia estadounidense en el mundo hispanoparlante, por lo que agradezco y felicito efusivamente a sus creadores, y en especial, a su Director Fabio Nigra y a su Secretaria de Redacción Valeria R. Carbone.

Norberto Barreto Velazquez, PhD

Lima, Perú, 7 de junio de 2011

Nota: El énfasis en la cita añadido por mí.

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Acabo de leer uno de libros más fascinantes de historia de los Estados Unidos publicados recientemente. Su título,  A Renegade History of the United States (New York: Free Press, 2010, ISBN: 9781416571063), anuncia el carácter revisionista de esta obra. Escrito por el Dr. Thaddeus RussellA Renegade History enfoca la lucha entre quienes han querido mantener el orden social en los Estados Unidos y aquellos renegados que decidieron seguir sus impulsos y deseos. En otras palabras, Russell supera los enfoques tradicionales de la historia estadounidense (abolicionistas vs.  esclavistas, liberales vs. conservadores, capitalistas vs. trabajadores, hombres vs. mujeres, etc.) para presentarnos la historia de los Estados Unidos como un conflicto de más de doscientos entre los ciudadanos “decentes y respetables” en contra de la indecencia y la degeneración de quienes no renunciaron a su libertad individual ni se disciplinaron.  Russell examina a aquellos  que se mantuvieron fuera o se enfrentaron al orden moral y económico establecido en defensa  de los “illicit pleasures”, considerados por los norteamericanos “decentes” amenazas al sistema republicano y capitalista de los Estados Unidos.

Lo verdaderamente interesante y controversial de este libro es que  su autor alega que esos “malos ciudadanos” (esclavos, libertos, mafiosos, borrachos, prostitutas, piratas, hippies, vagos, delincuentes juveniles, homosexuales, etc.) jugaron un papel decisivo en la promoción y defensa de las libertades en los Estados Unidos. Además, desempeñaron un rol crucial en el desarrollo cultural y social de la nación norteamericano, ya que según Russell, es gracias a los renegados que existe el jazz, Hollywood y Las Vegas, que los homosexuales y afro-americanos disfrutan de derechos civiles y que el control de la natalidad sobrevivió las campañas y leyes creadas en su contra.

Dr. Thaddeus Russell

Antes de examinar con más detalle el contenido de esta extraordinaria obra, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor y la controversia que ha generado su trabajo académico. En la actualidad el Dr. Russell es profesor en el Occidental College  (California) donde enseña historia de los Estados Unidos en el siglo XX, con énfasis en temas laborales (su primer libro analiza el papel que jugó Jimmy Hoffa en el desarrollo de la clase obrera estadounidense), raciales y de ciudadanía.  En el año 2005 Russell fue despedido del Barnard College de la Universidad de Columbia, donde se desempañaba como profesor. La razón de su salida de la prestigiosa universidad neoyorquina fue su controversial enfoque de la historia estadounidense, considerado por algunos de sus críticos como poco académico, prejuiciado y políticamente orientado. Aquellos interesados en la versión de Russell sobre los eventos que llevaron a su salida de Columbia  pueden leer un artículo publicado por el autor en The Huffington Post en el año 2010, titulado Why I Got Fired From Teaching American History.”

La salida de Russell de la Universidad de Columbia formó parte de la campaña de represión académica llevada a cabo en los Estados Unidos en la primera década del siglo XXI contra intelectuales que asumieron posiciones políticas, cuestionaron la política exterior del gobierno de George W. Bush hijo y/o plantearon acercamientos novedosos y críticos en la enseñanza de la historia estadounidense. La víctima más reciente de esta campaña lo ha sido el gran historiador norteamericano William Cronon de la Universidad de Wisconsin-Madison, atacado por el Partido Republicano. El crimen cometido por el Dr. Cronon fue comenzar a escribir una bitácora  Scholar as Citizen analizando críticamente la política de Wisconsin. Quienes estén interesados en este caso pueden leer la excelente columna del economista Paul Krugman “American Thought Police” publicada en el New York Times el 27 de marzo de este año.

Volviendo al libro que comentamos, veamos algunos de los renegados que analiza  Russell y su aportación a la historia norteamericana.

Uno de los elementos más interesantes de esta obra es cómo su autor enfoca el tema de la esclavitud. Debo reconocer que Russell hizo que me replanteara algunas de mis ideas a cerca de la esclavitud como institución en la historia de los Estados Unidos. Según el autor, los esclavos disfrutaban de mayor libertad que los blancos libres porque no estaban sujetos a las mismas leyes y limitaciones morales. Los negros esclavos no eran ciudadanos y, por ende, estaban libres de las obligaciones y limitaciones asociadas a la ciudadanía. Los esclavos no tenían obligaciones militares ni estaban sujetos a la ética laboral de los blancos y, por ende, no tenían vergüenza de no trabajar o de trabajar menos o con menor intensidad. Tampoco tenían que pagar por su comida, vivienda, cuidado médico, etc. Además disfrutaban de una mayor libertad sexual  que los blancos, quienes “during the late eighteen and nineteen century were waging a war against their bodily desires” (64). Los esclavos estaban  sujetos a castigos corporales, pero según el autor ésta era una práctica común y frecuente en los hogares y las escuelas de los norteamericanos libres. Los libres estaban, además, sujetos a la violencia del Estado que les juzgaba por la violación de leyes que no aplicaban a los esclavos, encarcelaba y hasta ejecutaba. Según Russell, los esclavitas se vieron limitados a reducir el castigo físico  porque su abuso “worked against the master because it pushed the slave away from obligation to work  and toward rebellion”. (61) Es necesario subrayar que Russell no idealiza la esclavitud, pero  si rompe con la imagen tradicional de los esclavos como entes totalmente dependientes y sometidos brutalmente por sus amos. Para ello se sustenta en el trabajo de investigadores como Sharon Block, Stephanie M. H. Camp, Elizabeth H. Pleck y Catherine Clinton.

Esclavos tocando música y bailando, década de 1780.

Russell le dedica un capítulo al periodo posterior a la guerra civil norteamericana –la llamada Reconstrucción– y su objetivo es demostrar que la abolición de la esclavitud y la concesión de la ciudadanía norteamericana a los libertos conllevó la perdida de la libertad que éstos habían disfrutado bajo la esclavitud. La abolición llevó a que los negros estuvieran sujetos de la ética ciudadana estadounidense basada en el trabajo y el autocontrol. El autor nos brinda una imagen del Freedman Bureau –una agencia del gobierno federal creada tras la guerra civil para atender el tema de los libertos– como una institución creada para entrenar a los libertos y ayudarles a convertirse en ciudadanos con derechos, pero también con responsabilidades. La base de ese entrenamiento era la idea del trabajo como una virtud, inculcando la culpa como sustituto del látigo. El mensaje era claro: ahora  que eran libres los afroamericanos debían comportarse como ciudadanos decentes y trabajar.
La libertad sexual de los libertos fue blanco de ataques por parte de los oficiales del Freedmen Bureau, quienes impusieron el matrimonio como requisito para la convivencia de una pareja. También fueron aprobadas leyes castigando a quienes reñían hijos fuera del matrimonio. Las víctimas de estas leyes fueron las mujeres negras, solteras y con hijos, ya que se les podía arrestar, enjuiciar y condenar por ello. En el proceso perdían a sus hijos, pues eran enviados a orfelinatos.

Certificado de matrimonio emitido por el Freddmen Bureau, 1866.

No todos los libertos aceptaron ser convertidos en buenos ciudadanos. Algunos de ellos rechazaron  las responsabilidades y limitaciones personales que esto conllevaba y prefirieron seguir la senda del renegado. Éstos rechazaron el trabajo, el matrimonio, la frugalidad y la disciplina que sus libertadores blancos trataron de imponerles. En otras palabras, no renunciaron a sus libertades individuales. Su resistencia mantuvo viva la cultura que la libertad de la esclavitud les permitió desarrollar a los afroamericanos. Esa cultura es una de sus grandes aportaciones –el autor le llama regalo–  a la cultura norteamericana.   En palabras del autor,

“… slavery kept African Americans out of the culture repression that whites created,     and because of this, slaves created a uniquely liberated culture  that valued pleasure     over work and freedom over conformity.” (99)

El autor concluye, que gracias a que no todos libertos no fueron transformado en ciudadanos, hoy disfrutamos del jazz.

Banda de jazz, 1921.

El autor le dedica varios capítulos a explorar el papel jugado por otros renegados. En Capítulo 4, Russell examina las libertades y placeres que disfrutaban las prostitutas en la segunda mitad del siglo XIX (sexo interracial, sexo oral, uso de contraceptivos, independencia económica, uso de maquillaje, fumar, etc.) que luego se hicieron elementos  legítimos en la cultura estadounidense. En el Capítulo 5 hace un interesantísimo análisis de la demonización del baile. En el Capítulo 7 presenta la labor renegada de los judíos como suplidores de alcohol durante la Prohibición, como distribuidores de pornografía, como pioneros en la producción clandestina de anticonceptivos y como dueños de burdeles y “jazz-factories”.  En el Capítulo 9, plantea que para que los Estados Unidos  se convirtiera en una sociedad consumista fue necesario un cambio radical en cómo los estadounidenses   pensaban cerca sobre el deseo, el placer, la diversión y el gasto. Tal cambio no habría sido posible sin los renegados.

Motines en el Stonewall Inn, 1969.

Russell también examina el aporte del crimen organizado, alegando que sin la labor renegada de los mafiosos no habría jazz, el alcohol sería ilegal, no habría Broadway, Las Vegas ni Hollywood y los homosexuales estarían todavía en el closet.  No pretendo reseñar este punto en detalle, pero no puedo dejar de mencionar que según el autor, por razones económicas (ganancias) y personales (preferencia sexual), algunos mafiosos poseyeron y administraron bares gays en la ciudad de Nueva York. Éstos pagaban protección a la policía, proveyendo así de espacios seguros para la comunidad homosexual neoyorquina.  Curiosamente, uno de esos bares propiedad de la mafia es el famoso Stonewall Inn donde en setiembre de 1969 se desarrollaron una serie de motines importantísimos en el desarrollo del movimiento gay en los Estados Unidos.

Otro elemento interesante de este libro es cómo Russell enfoca el movimiento de  los derechos  civiles de la década de 1960.  Lo primero que llamó mi atención es que según el autor, los estudiosos de Martin Luther King no dan importancia a su faceta como moralizador. Russell señala que Luther King desarrolló tres proyectos entrelazados: la creación de la Southern Christian Leadership Conference para organizar la lucha por los derechos civiles, “the launching of a voting rights effort called Campaign for Citizenship” y una cruzada evangélica y moralizante entre los afroamericanos para librarles de sus hábitos anticristianos y antiamericanos. King quería integrar a los afroamericanos convirtiéndoles en ciudadanos y para ello era necesario que éstos dejaran de beber y apostar, y controlaran sus deseos materiales y sexuales. King creía que los afroamericanos debían disciplinarse y trabajar si querían acabar con el crimen y  la pobreza  que les azotaba. En conclusión, King se integró a la lucha por la histórica lucha por la decencia buscando transformar a los afroamericanos en ciudadanos decentes.

El autor hace un trabajo muy interesante mostrando el lado no pacifista de la lucha de los afroamericanos en los años 1960. Russell usó como ejemplo la ciudad de Birmingham (Alabama) donde en 1963 se desarrollaron famosos actos de violencia policiaca, muy importantes el desarrollo del movimiento de derechos civiles.  De acuerdo con el autor, los afroamericanos residentes de la ciudad no eran, como alegaba King,  víctimas pasivas del racismo y la violencia del Estado. Por el contrario, éstos resistieron la segregación con violencia y prueba de ellos es el número de incidentes violentos registrados por la policía en que estuvieron involucrados los afroamericanos. En los años previos a los terribles eventos de mayo de 1968, los negros residentes de Birmingham atacaron  a la policía, dieron palizas a ciudadanos blancos, etc. Para Russell, esa violencia fue crucial en la lucha por los derechos civiles. Las imágenes de la policía de la ciudad atacando con perros y chorros de agua registran un momento importante en la historia norteamericana. Sin embargo, dan una versión incompleta de los eventos de ese día.  Russell alega que las acciones policiacas no fueron gratuitas, sino una reacción a las agresiones y provocaciones que fueron objeto los policías por parte de la población afro-americana.  El autor concluye que la violencia de los afroamericanos dio a King la posibilidad de vender la integración racial y el fin de la segregación a los blancos de  Birmingham como el medio para acabar con la violencia y frenar su efecto económico.

Birmingham, mayo 1963.

Este es un libro extraordinario por varias razones. Primero, porque el autor enfatiza la existencia de muchas culturas norteamericanas enfrentadas, mostrando así la complejidad de la historia de los Estados Unidos. Segundo, porque es una interpretación novedosa y, sobre todo valiente, de la historia de los Estados Unidos. Tercero, porque está escrito de forma amena e interesante. Esta es una obra académica que no arrastra con los problemas tradicionales de las obras académicas. Russell quiere ser entendido, no lucirse con teorías complicadas y estilos rebuscados. Pero eso no quiere decir que no sea un libro serio y profundo. Además de estar muy bien escrito, este libro no nos agobia con cientos de notas al calce ya que se autor recogió sus fuentes en  una interesante bibliografía dividida por capítulos localizada al final de su obra.

Quienes busquen una interpretación novedosa de la historia de los Estados Unidos que rescate y enfatice la importancia histórica de  sus  ciudadanos renegados encontrarán en este libro una obra de gran valor.

Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima, Perú,  6 de junio de 2011

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El Dr. Richard J. Walter, profesor de historia latinoamericana en la Washington University (St. Louis), acaba de publicar un interesante libro titulado Peru and the United States, 1960-1975: How Theirs Ambassadors Managed Foreign Relations in a Turbulent Era (University Park, Pennsylvania State University Press, 2010, ISBN: 9780271036311). La obra de Walter examina el desarrollo de las relaciones peruano-norteamericanas de forma novedosa, ya que no se limita al tradicional examen de las acciones de los “policy-makers”, enfatizando el papel jugado por los embajadores, tanto del Perú como de los Estados Unidos.El objetivo del autor es presentar una imagen más balanceada de las relaciones peruano-estadounidenses durante lo que él denomina como un periodo turbulento.

El análisis de Walter parte de un planteamiento categórico: “Peru has rarely been a top priority or concern for the United States in formulating its overall policies toward Latin America.” (“Perú rara vez ha sido una prioridad o una gran preocupación en la formulación de la política latinoamericana de los Estados Unidos”. Página 2.) A pesar de la dureza de su planteamiento inicial, el autor reconoce que los años 1960 a 1975 son una excepción porque durante ese periodo Perú captó la atención de los Estados Unidos por varios factores: el golpe de estado de 1962 contra el Presidente Manuel Prado, la campaña anti-guerrillera de 1965-1966, el periodo de gobierno militar (1968-1975) y el tema de la expropiación de la International Petroleum Company (IPC). Estos factores se combinaron para convertir este periodo en uno muy especial en las relaciones del Perú y los Estados Unidos.

El objetivo principal de Walter es examinar el papel que jugaron los embajadores de ambos países durante esos veinticinco años dentro de un amplio contexto económico, político y diplomático. Para ello examina documentación contenida por diversos archivos y bibliotecas presidenciales en los Estados Unidos, así como también la correspondencia y despachos de los embajadores peruanos depositada en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.

Entre 1963 y 1975, la embajada de los Estados Unidos en el Perú estuvo ocupada por John Wesley Jones (1963-1968), Taylor G. Belcher (1969-1974) y Robert W. Dean (1977-1977). En general, Walter les presenta como oficiales bien intencionados e interesados en mejorar las relaciones de su país y la república peruana. Sus comentarios y sugerencias no siempre fueron atendidos por presidentes y oficiales diplomáticos más preocupados en proteger los intereses de corporaciones norteamericanas que entender las aspiraciones nacionalistas peruanas. Un buen ejemplo es el trabajo de John Wesley Jones buscando llegar a compromisos entre el gobierno de Fernando Belaúnde Terry y la administración Johnson sobre el tema de la IPC. Jones desarrolló una muy buen relación con Belaúnde y buscó que Washington le apoyara, pero no pudo combatir la imagen negativa que los funcionarios norteamericanos –incluyendo al propio Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ)– tenían del presidente peruano, a quien consideraban un soñador poco comprometido con la lucha anticomunista.

Fernando Berckemeyer

En este mismo periodo la embajada peruana en Washington estuvo ocupada por Fernando Berckemeyer (1960-1963 y 1968-1974), Celso Pastor de la Torre (1963-1968) y el Almirante José Arce Larco (1974).Los embajadores peruanos no tenían el poder ni el acceso directo a las fuentes de poder en Washington como el que disfrutaban sus homólogos estadounidenses en Lima. Eso no significó que no hicieran una gran esfuerzo por adelantar y defender los intereses y reivindicaciones de su país.

Al analizar el papel histórico de los embajadores norteamericanos y peruanos, Walter hace planteamientos muy interesantes sobre el desarrollo de la política exterior de los Estados Unidos para el Perú desde el golpe de estado de 1962 hasta el gobierno militar. Algunas de sus observaciones merecen ser comentadas.

El tema de la IPC es uno omnipresente a largo de casi todo el libro. El poder y arrogancia de esta corporación norteamericana era causa de un fuerte nacionalismo entre los peruanos que los estadounidenses fueron incapaces de entender o valorar. Preocupados por defender los intereses de una corporación norteamericana, los oficiales estadounidenses enfrentaron las aspiraciones nacionalistas del gobierno peruano, adoptando lo que podríamos denominar como una guerra económica no declarada. Esta guerra estuvo caracterizada por el cese de la ayuda económica que recibía el gobierno peruano de parte de los Estados Unidos y del bloqueo de préstamos internacionales. En otras palabras, el gobierno estadounidense hizo uso de la llamada diplomacia del dólar, pero escondida en una retórica de conciliación.

De acuerdo con el autor, la presidencia de Belaúnde estuvo marcada desde sus comienzos por los problemas con la administración Johnson

Fernando Belaúnde Terry

provocados por el tema de la IPC. Según Walter, este asunto “would burden Belaúnde throughout his term, finally contributing significantly to break the back of his presidency.” (38) El presidente Johnson quería el éxito de Belaúnde, pero si la actitud peruana con relación a la IPC prevalecía no habría otra alternativa que aplicar la famosa enmienda Hickenlooper que cortaba la ayuda económica estadounidense a países que confiscaran de propiedades norteamericanas. Aunque con ello se radicalizara a los moderados y aumentara así el sentimiento nacionalista en el Perú. Los norteamericanos temían que el posible éxito peruano en la confiscación de la IPC provocara acciones similares en otros países latinoamericanos. La solución fue retener la ayuda económica –préstamos– para que el gobierno de Belaúnde que tomara acciones confiscatorias contra la IPC.

Walter plantea que las acciones de la administración Johnson contra Belaúnde fueron paradójicas y contradictorias porque el líder peruano era un reformista democrático inteligente, carismático y progresista, que encajaba muy bien dentro del ideal de la Alianza para el Progreso, creada por Washington para combatir los efectos de la Revolución Cubana. A pesar de que Belaúnde no era un radical, Washington se mostró más preocupado en defender los intereses de la IPC que en “support Belaúnde´s reform agenda.” (139) El bloqueo de la ayuda económica norteamericana le hizo mucho daño a Belaúnde y contribuyó al fracaso de sus planes reformistas. En palabras de Walter,

“One could argue that withholding of U.S. assistance was of little overall consequence in the larger scheme. However, while the amounts withheld might been relatively small, they could have gone to development projects with significant impact. Moreover, the perception was also important. The United States seemed to be singling out Peru for special punitive treatment over the IPC issue, a policy that not only exacerbated Peruvian resentment and nationalistic reaction but also made Belaúnde´s position ever more precarious.” (141)

Walter concluye que la política de los EEUU para Belaúnde fue “a colossal failure” que ayudó a debilitarle, promovió su caída y llevó al establecimiento de un gobierno militar que nacionalizó la IPC y asumió “a diplomatic posture that at least initially seemed to threaten a serious break in what traditionally had been a rather close relationship between the two nations.” (140) Aunque reconoce el peso de los EEUU en la caída de Belaúnde, Walter también plantea que las reformas del presidente peruano enfrentaban obstáculos internos que hubieran dificultado su ejecución independientemente de cuál fuese la política estadounidense.

Según el autor, el régimen militar que se estableció en Perú tras el derrocamiento de Belaúnde fue “a puzzle and a challenge” para el gobierno de los Estados Unidos. Para los oficiales estadounidenses, un gobierno militar que expropiaba compañías estadounidenses, iniciaba una reforma agraria y se acercaba a países como la Unión Soviética, China y Cuba no era algo fácil de asimilar ni de enfrentar. En situaciones normales, tales acciones habrían provocado la intervención de los EEUU para remover un gobierno poco amistoso. Para ello se habría recurrido a las fuerzas armadas locales y ahí estaba dilema peruano: en Perú eran las fuerzas armadas las que llevaban a cabo las políticas que los estadounidenses habrían querido poner fin.

Juan Velasco Alvarado

El gobierno de Juan Velasco Alvarado coincidió con el inicio de la presidencia de Richard M. Nixon, cuya política hacia el régimen militar no fue muy diferente a la de Johnson para con el gobierno Belaunde. El gobierno de Nixon reaccionó a las expropiaciones llevadas a cabo por Velasco reteniendo la ayuda económica que recibía el Perú de parte de los Estados Unidos y bloqueando la concesión de préstamos por organismos internacionales. Igual que la administración Johnson, Nixon puso en práctica sanciones económicas que eran negadas oficialmente.

A pesar de la provocaciones del gobierno de Velasco, la administración Nixon mostró su desagrado, “but usually reacted with relative restrain.” (309) El contexto regional benefició a los militares peruanos en su relación con los Estados Unidos, ya que la atención de Nixon y Henry Kissinger se enfocó en el Chile de Allende. Además, Perú se vio, hasta cierto punto, aislado entre dos regímenes de derecha (Chile y Brasil), “dampened any aspirations the Peruvian military regime might have to lead an anti-U.S.-Latin American bloc.” (309)

Walter concluye que, la gran falla de los “policy-makers” estadounidenses estuvo en subestimar el papel jugado por el nacionalismo peruano en la disputa sobre la IPC. Los embajadores estadounidenses (Jones y Belcher) buscaron, infructuosamente, hacer entender a Washington la fuerza del nacionalismo peruano y cómo podía complicar las relaciones entre ambos países. De ahí que sugirieran pragmatismo y flexibilidad, pero en el contexto de la guerra fría “nationalism was too often conjoined with communism, ignoring the broad appeal of the former and the limited appeal of the latter.” (314)

El autor incluye en su conclusión con una interesante reflexión sobre la dimensión real de las relaciones peruano-estadounidense. Walter plantea que además de los conflictos y las diferencias, se desarrolló una relación “less official and perhaps more lasting and more influential” (“menos oficial y tal vez más duradera e influyente” 315) a nivel cultural. El autor enumera los factores que le hacen llegar a tal conclusión

  1. Las abundantes referencias a la vida de celebridades estadounidenses en publicaciones como Caretas, El comercio y La prensa.
  2. La presencia dominante de las películas de Hollywood en el mercado peruano, a pesar del “comeback” del cine europeo de la posguerra.
  3. La influencia de los programas de televisión norteamericanos “added to cultural mix and helped create or perpetuate visions, both good and bad, of life north of the Rio Grande.” (315)
  4. La influencia del rock and roll y de la música popular estadounidense, especialmente, el jazz.
  5. El hecho de que el 50% de los libros, revistas y periódicos importados al Perú provenían de los EEUU.
  6. La circulación en Perú de traducciones al español de autores estadounidenses como John Steinbeck, Ernest Hemingway y William Faulkner.
  7. La circulación de la edición traducida de revistas estadounidenses como Time.
  8. El hecho de que el inglés era el idioma extranjero de mayor estudio en el Perú. Prueba de ello la presencia del Peruvian-North American Cultural Institute en el centro de Lima, donde se ofrecían cursos de inglés y se contaba una biblioteca de libros en inglés. Walter también menciona que la United States Information Agency (USIA) estableció una biblioteca en Lima y también ofrecía cursos de inglés.
  9. La cantidad creciente de peruanos –de clase media– que visitaban los Estados Unidos, y viceversa.
  10. La presencia de los Cuerpos de Paz en el Perú antes de su expulsión en 1974.
  11. La presencia creciente de grupos misioneros estadounidenses en la Amazonía peruana.
  12. La visita al Perú de “distinguished U. S. citizens” como Robert Kennedy, Earl Warren, Richard Lindbergh, los astronautas de las misiones Apollo y la esposa del Presidente Nixon. (317 11. La existencia de programas de intercambio como el del American Institute for Free Labor Development (AIFLD).
  13. El aumento el número de estudiantes peruanos estudiando en universidades norteamericanas (464 en 1963, 1,474 en 1975).
  14. El hecho de que el “boom” en los estudios latinoamericanos que provocó la Revolución Cubana en los EEUU significó un creciente interés en el estudio del Perú.
  15. El aumento en el número de peruanos residentes en los EEUU; primero, miembros de las clases alta y media huyendo del gobierno de Velasco; luego, miembros de las clases huyendo del deterioro económico del Perú. Creció de 7,201 en 1960 a 55,496 en 1980.

Debo confesar que esta lista me causó una gran impresión, ya que cada uno de estos temas podría ser material de investigación académica. La lista de Walter deja claro que es posible desarrollar una escuela historiográfica peruana de estudios de las relaciones de Perú y los Estados Unidos. Espero estar equivocado, pero mi impresión tras tres años de residencia en el Perú, es que estos temas no son atendidos por mis colegas peruanos, a pesar de su innegable importancia.

Walter cierra su libro planteando que a pesar de los factores culturales antes mencionados, el mayor vínculo entre los Estados Unidos y Perú seguía siendo económico. A pesar de los problemas con las expropiaciones y de la búsqueda peruana por nuevos mercados, los Estados Unidos se mantuvieron como el principal socio comercial del Perú, ya que controlaban un tercio de sus importaciones y exportaciones. Además, la presencia del capital estadounidense ascendió de $446 millones en 1960 a $1.2 mil millones en 1975, más de la mitad de ese capital estaba invertido en el sector minero. Otro factor de importancia era la influencia de la comunidad de hombres de negocios norteamericanos residentes en Lima, quienes tenían su propio periódico, el Andean Times. Por último, este periodo fue testigo de la aumento de la influencia “of American-made products on the growing mass consumer-oriented market”. (320)

Este es un libro muy valioso por cuatro razones. Primero, porque Walter evita un enfoque tradicional al integrar en su libro los puntos de vistas peruano y norteamericano. Su objetivo es claro: mostrarnos los dos lados de esta historia, y lo logra. Segundo, porque el autor rescata del olvido el importante papel que jugaron los embajadores norteamericanos y peruanos durante uno de los periodos más escabrosos en las relaciones del Perú y los Estados Unidos. Tercero, porque Walter hace uso de un impresionante conjunto de fuentes primarias tanto peruanas como norteamericanas. Cuarto, porque esta obra subraya la necesidad de que la historiografía peruana preste más atención al desarrollo de las relaciones del Perú con los Estados Unidos, país de una innegable influencia e importancia política, económica y cultural en la historia peruana.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 21 de mayo de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título «Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece«]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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Gracias a la generosidad de la amiga Lourdes García, he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Emilio Ocampo sobre la figura de Carlos María de Alvear, embajador de la Argentina en los Estados Unidos entre 1838 y 1852, titulado De La Doctrina Monroe al Destino Manifiesto: Alvear en Estados Unidos, 1835-1852 (Buenos Aires: Claridad, 2009).  Ocampo es un economista y banquero argentino convertido en historiador y autor de  varios libros,  entre ellos una obra titulada La última campaña del Emperador: Napoleón y la independencia de América (Buenos Aires, Argentina: Claridad, 2007), traducido al inglés por la University of Alabama Press bajo el título The Emperor’s Last Campaign: A Napoleonic Empire in America. Ocampo es también el creador de un interesante blog sobre historia argentina.

Carlos María de Alvear (1789-1852) fue un militar y político rioplatense que tuvo una participación destacada en el proceso de independencia  argentino. Una vez alcanzada la soberanía, Alvear jugó un papel importante en el desarrollo político de la Argentina, especialmente, en la guerra contra el Imperio Brasileño (1825-1828). Figura controversial por su relación con el caudillo Juan Manuel de Rosas, Alvear fue el primer embajador argentino en los Estados Unidos, posición que ocupó hasta su muerte en 1852. Como tal,  Alvear fue testigo de uno de los periodos más importantes de la historia norteamericana, lo que Ocampo llama el nacimiento de la “república imperial”. En otras palabras, Alvear vivió el desarrollo de un fuerte nacionalismo expansionista en la sociedad estadounidense, definido por la famosa frase “Destino Manifiesto”, y  que provocó la anexión de Texas y la guerra contra México. Gran admirador de los Estados Unidos, Alvear sufrió una profunda decepción que le llevó a criticar el expansionismo norteamericano como una amenaza para América Latina.

Emilio Ocampo

El objetivo de Ocampo es analizar la evolución de las opiniones y observaciones de Alvear  sobre los Estados Unidos a través del estudio de la  correspondencia y los despachos oficiales del embajador.  El producto de este interesante análisis es un valioso testimonio no sólo sobre un momento de gran importancia en el desarrollo del imperialismo estadounidense, sino también de la historia latinoamericana. Veamos algunos de los elementos más destacados de este libro.

En primer lugar, el autor ve el expansionismo norteamericano de mediados del siglo XIX como parte de un proceso de agresión neo-colonial contra América Latina. Según Ocampo, durante la gestión de Alvear como embajador, las repúblicas latinoamericanas enfrentaron la mayor amenaza desde su nacimiento a manos de “las tres grandes potencias marítimas de la época”: los EEUU, Francia y Gran Bretaña. Independientemente de que se puede cuestionar que los EEUU era una de las grandes potencias marítimas de ese periodo, el planteamiento de Ocampo sugiere que la guerra con México fue parte de un proceso más amplio de agresiones extranjeras contra países latinoamericanos en los años 1840 y 1850, producto de las “ambiciones expansionistas” francesas, británicas y norteamericanas. Los estadounidenses concentraron sus acciones contra el territorio mexicano, mientras que ingleses y franceses contra Argentina y el Uruguay. Debo reconocer que el carácter hemisférico de este planteamiento me sorprendió, pero no me convenció del todo.

La visión de Alvear de la Doctrina Monroe es otro tema muy interesante. Para el embajador,   la agresividad norteamericana contra México y la falta de interés estadounidense en ayudar a Argentina contra la agresividad anglo-francesa por el tema del Uruguay,  comprobaban que “los Estados Unidos había abandonado el principio fundamental en el que estaba basada la Doctrina Monroe”. (81) Para el embajador, la nueva versión de la Doctrina Monroe “no tenía como objetivos librar a las nuevas repúblicas americanas de la opresión colonial europea, sino dejar libre a los Estados Unidos para realizar sus sueños expansionistas en América del Norte”. (81) En otras palabras, para asegurar su hegemonía en el norte, los norteamericanos tenían que “neutralizar la ingerencia de las potencias europeas en su área de influencia”, dejándoles mano libre el América del Sur. Este planteamiento de Alvear me provoca dos comentarios. Primero, todo parece indicar que Alvear entendió la Doctrina Monroe como  un compromiso verdadero del gobierno norteamericano de mantener a los europeos fuera del continente americana y que esperaba que los Estados Unidos hicieran buena su promesa. ¿Vieron sus contemporáneos latinoamericanas la famosa doctrina del presidente Monroe desde el mismo prisma optimista de Alvear? Segundo, no me puedo dejar de preguntar,  ¿hasta qué punto podía EEUU hacer cumplir la Doctrina Monroe en la década de 1840? Creo que la respuesta es un rotundo no.

La llegada de miles de inmigrantes y el aumento poblacional  que ello provocaba era, según Alvear, una de las causas el expansionismo estadounidense. A este factor demográfico era necesario añadir un elemento cultural: el carácter emprendedor que impulsaba a los norteamericanos a expandirse. La esclavitud era otro elemento tomado en cuenta por Alvear a la hora de explicar el expansionismo de los Estados Unidos. Éste tenía claro que de Texas convertirse en estado de la Unión habría sido un estado esclavista , dándole más votos   a los defensores de la esclavitud  y, por ende, fortaleciendo esa institución.

Carlos María de Alvear

Como Gran Bretaña era incapaz de frenar a los Estados Unidos, era necesario, planteaba Alvear, que los países latinoamericanos adoptaran “los medios capaces para conservarse en posesión de la tierra que la Providencia les tiene acordada hasta ahora.” (78) Para ello, era necesario que los latinoamericanos tomaran conciencia del peligro que enfrentaban y copiaran la política migratoria estadounidense, fomentando la  llegada de inmigrantes europeos. Además, era necesario crear instituciones políticas –constituciones– que “permitieran una rápida generación de riqueza”. (93) Sólo así los latinoamericanos podrían contrarrestar la inminente hegemonía hemisférica norteamericana.

Dos temas son cruciales en este libro: la anexión de Texas y la guerra Mexicano-norteamericana. En 1836, colonos norteamericanos establecidos en el hasta entonces territorio mexicano de Texas, se rebelaron y ganaron su independencia. Los colonos habían llegado a Texas como parte de un suicida programa de colonización llevado a cabo por los mexicanos. Casi de forma inmediata la República de Texas solicitó su ingreso a la Unión norteamericana, pero le fue negado, ya que el ambiente en los Estados Unidos a mediados de la  década de 1830 no era el más propicio para la anexión de un territorio esclavista. No será hasta 1846 que la   anexión de Texas se haga realidad y provoque una desastrosa guerra para México. Alvear fue testigo del debate y proceso de anexión, como también del desarrollo de la guerra.  Sus comentarios y observaciones  son muy valiosos.

Alvear comienza sus observaciones sobre la anexión de Texas comentando el intento fallido del décimo presidente de los Estados Unidos, John Tyler. A pesar de que el intento de anexión de Tyler fue frenado por la oposición de  los abolicionistas, entre ellos John Quincy Adams, era claro para Alvear el desarrollo de una fuerte actitud anexionista y belicista en la opinión pública norteamericana. Según éste,

En comunicaciones anteriores he tenido el honor de instruir al Gobierno  de la tendencia ambiciosa que se  empezaba a desenvolver en el pueblo y   gobierno norteamericanos a adquirir nuevos territorios y posesiones a    costa de los nuevos Estados de Sudamérica, tendencia que crece y  aumenta  rápidamente siendo de notar que la moral de pública de este  país es tal, que el principio de la justicia o de fe guardada a los tratados  que los logan con México se mira con el más alto desprecio”. (99)

El crecimiento del chauvinismo en el pueblo norteamericano irritaba fuertemente a Alvear, en especial, por el creciente desprecio a las naciones latinoamericanas. El efecto de este proceso en el ánimo de Alvear es evidente, quien comenta con dureza,

Pero es preciso saber, aunque con dolor, que entre todos los pueblos cristianos que habitan el globo, el pueblo norteamericano es el que menos respeto tiene a la justicia y a la probidad y que sus costumbres se han alterado a tal punto y con tanta rapidez que han hecho poner en problema las alabanzas exageradas que hasta ahora se han dado a las formas democráticas.” (100)

La victoria del nacionalista James K. Polk en las elecciones de 1846 llevaría, según Alvear, a que la política expansionista norteamericana “se despliegue de un modo hipócrita  y pérfido caminando siempre a su objeto con precisión y tenaz perseverancia; tal es pues, la marcha y conducta de este pueblo cuya moral ha sido incauta y erróneamente preconizada como digno ejemplo y de imitación.” (102)

Alvear se pregunta que ha llevado a los estadounidenses a traicionar los principios sobre los que se creo su república anexando a Texas.  Para el que hasta entonces había sido un gran admirador de los Estados Unidos, esta debió ser una pregunta muy difícil. Según el embajador, el “rápido progreso” había alterado marcadamente “los hábitos y costumbres de este pueblo”, cambiando su moral y la de su gobierno. En otras palabras, los Estados Unidos habían  perdido su “compás moral” y por ello la justicia y la moral “han perdido toda fuerza en este país.” (105)

Tropas norteamericanas en el Zócalo

Sus observaciones sobre la guerra con México no son menos duras ni dolidas.  Sin embargo, El dolor que le provoca la actitud norteamericana no ciega su visión geopolítica, pues Alvear plantea que el objetivo de la guerra contra México no era Texas, sino California;  el acceso al océano Pacífico y a China. Además creía que la agresión contra México no era el fin, sino  el principio pues “el imperialismo se había instalado en la política exterior norteamericana y nada se podía hacerse al respecto. El embajador estaba convencido de que los Estados Unidos se lanzaría contra América Latina y, en especial, contra Panamá, Cuba, Chile, Perú y Ecuador.  De acuerdo con el embajador,

Un república americana considerada hasta ahora como la protectora de las demás se convierte de pronto en el enemigo más terrible supuesto que todos sus planes de engrandecimiento se fundan en todo el resto de la América como presa fácil de devorar”. (106)

Tal amenaza demandaba la reacción vigorosa de los países latinoamericanos que debían, entre otras cosas, conocer mejor a los Estados Unidos. Alvear es muy claro: los norteamericanos tenían agentes consulares en todos los países latinoamericanos, lo que demostraba su profundo interés en los asuntos de  las repúblicas latinoamericanas.  Desafortunadamente, sólo Argentina, Brasil y México tenían representación consular en los Estados Unidos, lo que debía ser corregido urgentemente.

Ocampo termina señalando que las observaciones de Alvear no eran producto de una reacción visceral contra el imperialismo norteamericano de mediados del siglo XIX, sino “el producto de más de un década de observador imparcial de la cultura y la sociedad norteamericanas”. (155) De igual nos señala que Alvear criticase duramente la política exterior de los Estados Unidos significase que rechazase o dejara de admirar “las instituciones políticas” y la “cultura cívica” norteamericanas. De ahí que recomendara en su testamento político que Argentina adoptase un sistema republicano  y federal. Propuestas que se vieron concretadas en la Constitución de 1853, un año después de su muerte en la ciudad víctima de una afección pulmonar.

El primer comentario que me provoca este libro tiene que ver con el  origen del imperialismo estadounidense. De acuerdo con el autor, “el imperialismo norteamericano nació cuando  [James K.] Polk le declaró la guerra a México” porque “hasta entonces los Estados Unidos nunca habían recurrido a las armas para engrandecer su territorio”. Aunque el propio Ocampo reconoce que su planteamiento deja fuera la violencia usada contra los pueblos aborígenes norteamericanos, es necesario subrayar que éste no deja de tener un gran valor, ya que reta la visión historiográfica tradicional de identificar como expansionismo, no como imperialismo, las adquisiciones territoriales estadounidenses previas a la guerra con España.  Concuerdo con Ocampo en que las prácticas imperiales estadounidenses no comenzaron con la adquisición del imperio insular (Filipinas, Guam y Puerto Rico) en 1898. Como el autor, creo que la guerra de agresión contra México constituyó un expresión imperialista que fue frenada no por eventos internacionales, sino por el conflicto doméstico provocado por el tema de la esclavitud entre 1848 y 1860. Contrario a Ocampo, incluyo la violencia contra las tribus indias como  parte de un proceso de agresión imperialista originado mucho antes de la independencia de los Estados Unidos.

En segundo lugar, es necesario destacar la gran importancia del análisis de las observaciones y comentarios de Alvear sobre una sociedad donde vivió los últimos catorce de años de su vida. Éstos constituyen un valiosísimo testimonio   un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos que reflejan una gran ojo geopolítico como al subrayar la importancia de la eventual construcción de un canal interoceánico en América Central o una total falta de visión política al descartar que el tema de la esclavitud podría provocar una guerra civil.

Por último, no puedo dejar de subrayar un tema muy afín a esta bitácora: el estudio y  conocimiento de los Estados Unidos. Para Alvear, era imprescindible que América Latina estudiara y conociera la sociedad y el sistema político estadounidenses para que estuviera en mejor posición de enfrentar lo que el embajador  veía como una amenaza inminente para la región: el imperialismo norteamericano.  Han trascurrido más  ciento cincuenta años de la muerte del Carlos María de Alvear y  este consejo sigue siendo valido y necesario.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2010

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