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El Dr. Richard J. Walter, profesor de historia latinoamericana en la Washington University (St. Louis), acaba de publicar un interesante libro titulado Peru and the United States, 1960-1975: How Theirs Ambassadors Managed Foreign Relations in a Turbulent Era (University Park, Pennsylvania State University Press, 2010, ISBN: 9780271036311). La obra de Walter examina el desarrollo de las relaciones peruano-norteamericanas de forma novedosa, ya que no se limita al tradicional examen de las acciones de los “policy-makers”, enfatizando el papel jugado por los embajadores, tanto del Perú como de los Estados Unidos.El objetivo del autor es presentar una imagen más balanceada de las relaciones peruano-estadounidenses durante lo que él denomina como un periodo turbulento.

El análisis de Walter parte de un planteamiento categórico: “Peru has rarely been a top priority or concern for the United States in formulating its overall policies toward Latin America.” (“Perú rara vez ha sido una prioridad o una gran preocupación en la formulación de la política latinoamericana de los Estados Unidos”. Página 2.) A pesar de la dureza de su planteamiento inicial, el autor reconoce que los años 1960 a 1975 son una excepción porque durante ese periodo Perú captó la atención de los Estados Unidos por varios factores: el golpe de estado de 1962 contra el Presidente Manuel Prado, la campaña anti-guerrillera de 1965-1966, el periodo de gobierno militar (1968-1975) y el tema de la expropiación de la International Petroleum Company (IPC). Estos factores se combinaron para convertir este periodo en uno muy especial en las relaciones del Perú y los Estados Unidos.

El objetivo principal de Walter es examinar el papel que jugaron los embajadores de ambos países durante esos veinticinco años dentro de un amplio contexto económico, político y diplomático. Para ello examina documentación contenida por diversos archivos y bibliotecas presidenciales en los Estados Unidos, así como también la correspondencia y despachos de los embajadores peruanos depositada en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.

Entre 1963 y 1975, la embajada de los Estados Unidos en el Perú estuvo ocupada por John Wesley Jones (1963-1968), Taylor G. Belcher (1969-1974) y Robert W. Dean (1977-1977). En general, Walter les presenta como oficiales bien intencionados e interesados en mejorar las relaciones de su país y la república peruana. Sus comentarios y sugerencias no siempre fueron atendidos por presidentes y oficiales diplomáticos más preocupados en proteger los intereses de corporaciones norteamericanas que entender las aspiraciones nacionalistas peruanas. Un buen ejemplo es el trabajo de John Wesley Jones buscando llegar a compromisos entre el gobierno de Fernando Belaúnde Terry y la administración Johnson sobre el tema de la IPC. Jones desarrolló una muy buen relación con Belaúnde y buscó que Washington le apoyara, pero no pudo combatir la imagen negativa que los funcionarios norteamericanos –incluyendo al propio Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ)– tenían del presidente peruano, a quien consideraban un soñador poco comprometido con la lucha anticomunista.

Fernando Berckemeyer

En este mismo periodo la embajada peruana en Washington estuvo ocupada por Fernando Berckemeyer (1960-1963 y 1968-1974), Celso Pastor de la Torre (1963-1968) y el Almirante José Arce Larco (1974).Los embajadores peruanos no tenían el poder ni el acceso directo a las fuentes de poder en Washington como el que disfrutaban sus homólogos estadounidenses en Lima. Eso no significó que no hicieran una gran esfuerzo por adelantar y defender los intereses y reivindicaciones de su país.

Al analizar el papel histórico de los embajadores norteamericanos y peruanos, Walter hace planteamientos muy interesantes sobre el desarrollo de la política exterior de los Estados Unidos para el Perú desde el golpe de estado de 1962 hasta el gobierno militar. Algunas de sus observaciones merecen ser comentadas.

El tema de la IPC es uno omnipresente a largo de casi todo el libro. El poder y arrogancia de esta corporación norteamericana era causa de un fuerte nacionalismo entre los peruanos que los estadounidenses fueron incapaces de entender o valorar. Preocupados por defender los intereses de una corporación norteamericana, los oficiales estadounidenses enfrentaron las aspiraciones nacionalistas del gobierno peruano, adoptando lo que podríamos denominar como una guerra económica no declarada. Esta guerra estuvo caracterizada por el cese de la ayuda económica que recibía el gobierno peruano de parte de los Estados Unidos y del bloqueo de préstamos internacionales. En otras palabras, el gobierno estadounidense hizo uso de la llamada diplomacia del dólar, pero escondida en una retórica de conciliación.

De acuerdo con el autor, la presidencia de Belaúnde estuvo marcada desde sus comienzos por los problemas con la administración Johnson

Fernando Belaúnde Terry

provocados por el tema de la IPC. Según Walter, este asunto “would burden Belaúnde throughout his term, finally contributing significantly to break the back of his presidency.” (38) El presidente Johnson quería el éxito de Belaúnde, pero si la actitud peruana con relación a la IPC prevalecía no habría otra alternativa que aplicar la famosa enmienda Hickenlooper que cortaba la ayuda económica estadounidense a países que confiscaran de propiedades norteamericanas. Aunque con ello se radicalizara a los moderados y aumentara así el sentimiento nacionalista en el Perú. Los norteamericanos temían que el posible éxito peruano en la confiscación de la IPC provocara acciones similares en otros países latinoamericanos. La solución fue retener la ayuda económica –préstamos– para que el gobierno de Belaúnde que tomara acciones confiscatorias contra la IPC.

Walter plantea que las acciones de la administración Johnson contra Belaúnde fueron paradójicas y contradictorias porque el líder peruano era un reformista democrático inteligente, carismático y progresista, que encajaba muy bien dentro del ideal de la Alianza para el Progreso, creada por Washington para combatir los efectos de la Revolución Cubana. A pesar de que Belaúnde no era un radical, Washington se mostró más preocupado en defender los intereses de la IPC que en “support Belaúnde´s reform agenda.” (139) El bloqueo de la ayuda económica norteamericana le hizo mucho daño a Belaúnde y contribuyó al fracaso de sus planes reformistas. En palabras de Walter,

“One could argue that withholding of U.S. assistance was of little overall consequence in the larger scheme. However, while the amounts withheld might been relatively small, they could have gone to development projects with significant impact. Moreover, the perception was also important. The United States seemed to be singling out Peru for special punitive treatment over the IPC issue, a policy that not only exacerbated Peruvian resentment and nationalistic reaction but also made Belaúnde´s position ever more precarious.” (141)

Walter concluye que la política de los EEUU para Belaúnde fue “a colossal failure” que ayudó a debilitarle, promovió su caída y llevó al establecimiento de un gobierno militar que nacionalizó la IPC y asumió “a diplomatic posture that at least initially seemed to threaten a serious break in what traditionally had been a rather close relationship between the two nations.” (140) Aunque reconoce el peso de los EEUU en la caída de Belaúnde, Walter también plantea que las reformas del presidente peruano enfrentaban obstáculos internos que hubieran dificultado su ejecución independientemente de cuál fuese la política estadounidense.

Según el autor, el régimen militar que se estableció en Perú tras el derrocamiento de Belaúnde fue “a puzzle and a challenge” para el gobierno de los Estados Unidos. Para los oficiales estadounidenses, un gobierno militar que expropiaba compañías estadounidenses, iniciaba una reforma agraria y se acercaba a países como la Unión Soviética, China y Cuba no era algo fácil de asimilar ni de enfrentar. En situaciones normales, tales acciones habrían provocado la intervención de los EEUU para remover un gobierno poco amistoso. Para ello se habría recurrido a las fuerzas armadas locales y ahí estaba dilema peruano: en Perú eran las fuerzas armadas las que llevaban a cabo las políticas que los estadounidenses habrían querido poner fin.

Juan Velasco Alvarado

El gobierno de Juan Velasco Alvarado coincidió con el inicio de la presidencia de Richard M. Nixon, cuya política hacia el régimen militar no fue muy diferente a la de Johnson para con el gobierno Belaunde. El gobierno de Nixon reaccionó a las expropiaciones llevadas a cabo por Velasco reteniendo la ayuda económica que recibía el Perú de parte de los Estados Unidos y bloqueando la concesión de préstamos por organismos internacionales. Igual que la administración Johnson, Nixon puso en práctica sanciones económicas que eran negadas oficialmente.

A pesar de la provocaciones del gobierno de Velasco, la administración Nixon mostró su desagrado, “but usually reacted with relative restrain.” (309) El contexto regional benefició a los militares peruanos en su relación con los Estados Unidos, ya que la atención de Nixon y Henry Kissinger se enfocó en el Chile de Allende. Además, Perú se vio, hasta cierto punto, aislado entre dos regímenes de derecha (Chile y Brasil), “dampened any aspirations the Peruvian military regime might have to lead an anti-U.S.-Latin American bloc.” (309)

Walter concluye que, la gran falla de los “policy-makers” estadounidenses estuvo en subestimar el papel jugado por el nacionalismo peruano en la disputa sobre la IPC. Los embajadores estadounidenses (Jones y Belcher) buscaron, infructuosamente, hacer entender a Washington la fuerza del nacionalismo peruano y cómo podía complicar las relaciones entre ambos países. De ahí que sugirieran pragmatismo y flexibilidad, pero en el contexto de la guerra fría “nationalism was too often conjoined with communism, ignoring the broad appeal of the former and the limited appeal of the latter.” (314)

El autor incluye en su conclusión con una interesante reflexión sobre la dimensión real de las relaciones peruano-estadounidense. Walter plantea que además de los conflictos y las diferencias, se desarrolló una relación “less official and perhaps more lasting and more influential” (“menos oficial y tal vez más duradera e influyente” 315) a nivel cultural. El autor enumera los factores que le hacen llegar a tal conclusión

  1. Las abundantes referencias a la vida de celebridades estadounidenses en publicaciones como Caretas, El comercio y La prensa.
  2. La presencia dominante de las películas de Hollywood en el mercado peruano, a pesar del “comeback” del cine europeo de la posguerra.
  3. La influencia de los programas de televisión norteamericanos “added to cultural mix and helped create or perpetuate visions, both good and bad, of life north of the Rio Grande.” (315)
  4. La influencia del rock and roll y de la música popular estadounidense, especialmente, el jazz.
  5. El hecho de que el 50% de los libros, revistas y periódicos importados al Perú provenían de los EEUU.
  6. La circulación en Perú de traducciones al español de autores estadounidenses como John Steinbeck, Ernest Hemingway y William Faulkner.
  7. La circulación de la edición traducida de revistas estadounidenses como Time.
  8. El hecho de que el inglés era el idioma extranjero de mayor estudio en el Perú. Prueba de ello la presencia del Peruvian-North American Cultural Institute en el centro de Lima, donde se ofrecían cursos de inglés y se contaba una biblioteca de libros en inglés. Walter también menciona que la United States Information Agency (USIA) estableció una biblioteca en Lima y también ofrecía cursos de inglés.
  9. La cantidad creciente de peruanos –de clase media– que visitaban los Estados Unidos, y viceversa.
  10. La presencia de los Cuerpos de Paz en el Perú antes de su expulsión en 1974.
  11. La presencia creciente de grupos misioneros estadounidenses en la Amazonía peruana.
  12. La visita al Perú de “distinguished U. S. citizens” como Robert Kennedy, Earl Warren, Richard Lindbergh, los astronautas de las misiones Apollo y la esposa del Presidente Nixon. (317 11. La existencia de programas de intercambio como el del American Institute for Free Labor Development (AIFLD).
  13. El aumento el número de estudiantes peruanos estudiando en universidades norteamericanas (464 en 1963, 1,474 en 1975).
  14. El hecho de que el “boom” en los estudios latinoamericanos que provocó la Revolución Cubana en los EEUU significó un creciente interés en el estudio del Perú.
  15. El aumento en el número de peruanos residentes en los EEUU; primero, miembros de las clases alta y media huyendo del gobierno de Velasco; luego, miembros de las clases huyendo del deterioro económico del Perú. Creció de 7,201 en 1960 a 55,496 en 1980.

Debo confesar que esta lista me causó una gran impresión, ya que cada uno de estos temas podría ser material de investigación académica. La lista de Walter deja claro que es posible desarrollar una escuela historiográfica peruana de estudios de las relaciones de Perú y los Estados Unidos. Espero estar equivocado, pero mi impresión tras tres años de residencia en el Perú, es que estos temas no son atendidos por mis colegas peruanos, a pesar de su innegable importancia.

Walter cierra su libro planteando que a pesar de los factores culturales antes mencionados, el mayor vínculo entre los Estados Unidos y Perú seguía siendo económico. A pesar de los problemas con las expropiaciones y de la búsqueda peruana por nuevos mercados, los Estados Unidos se mantuvieron como el principal socio comercial del Perú, ya que controlaban un tercio de sus importaciones y exportaciones. Además, la presencia del capital estadounidense ascendió de $446 millones en 1960 a $1.2 mil millones en 1975, más de la mitad de ese capital estaba invertido en el sector minero. Otro factor de importancia era la influencia de la comunidad de hombres de negocios norteamericanos residentes en Lima, quienes tenían su propio periódico, el Andean Times. Por último, este periodo fue testigo de la aumento de la influencia “of American-made products on the growing mass consumer-oriented market”. (320)

Este es un libro muy valioso por cuatro razones. Primero, porque Walter evita un enfoque tradicional al integrar en su libro los puntos de vistas peruano y norteamericano. Su objetivo es claro: mostrarnos los dos lados de esta historia, y lo logra. Segundo, porque el autor rescata del olvido el importante papel que jugaron los embajadores norteamericanos y peruanos durante uno de los periodos más escabrosos en las relaciones del Perú y los Estados Unidos. Tercero, porque Walter hace uso de un impresionante conjunto de fuentes primarias tanto peruanas como norteamericanas. Cuarto, porque esta obra subraya la necesidad de que la historiografía peruana preste más atención al desarrollo de las relaciones del Perú con los Estados Unidos, país de una innegable influencia e importancia política, económica y cultural en la historia peruana.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 21 de mayo de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

Julian Go.  American Empire and the Politics of Meaning: Elite Political Cultures in the Philippines and Puerto Rico during U.S. Colonialism. Durham and London: Duke University Press, 2008.

Julian Go

Es innegable que el estudio de las prácticas, instituciones y discursos imperialistas norteamericanos ha avanzado considerablemente en los últimos años. Autores como Alfred W. McCoy, Paul Kramer, Ann Laura Stoler, Andrew Bacevich,  Chalmers Johnson, Greg Grandin, Amy Kaplan, Donald Pease, Charles S. Maier y Niall Ferguson, entre otros, han producido obras novedosas por su enfoque crítico y acercamiento teórico. Sin embargo, el estudio comparativo del imperialismo estadounidense sigue siendo un terreno poco explorado, a pesar de su innegable importancia.

El objetivo de este libro es contribuir de forma directa a subsanar esa deficiencia, analizando comparativamente el efecto del proyecto colonial norteamericano sobre las culturas políticas de las Filipinas y Puerto Rico en la primera década del siglo XX.  De forma más concreta, el autor busca explicar la reacción de  la elite política de ambas colonias al tutelaje colonial de los norteamericanos.  Go se pregunta cómo filipinos y puertorriqueños interaccionaron con el proyecto colonial estadounidense y cuál fue la influencia de éste en el desarrollo de la cultura política de las Filipinas y Puerto Rico.

Como cualquier otro poder imperial, los Estados Unidos no se limitaron al uso de la fuerza para consolidar su control colonial.  Las autoridades norteamericanas también recurrieron a la cultura para cimentar su control de las Filipinas y Puerto Rico tras la adquisición de las islas en 1898.  En ambas colonias, los estadounidenses pusieron en práctica una imposición silenciosa de símbolos, imágenes, ideas, héroes, fiestas nacionales, tradiciones, concepciones políticas, formas y prácticas coloniales.  Este proyecto colonial buscaba elevar cultural y políticamente a filipinos y puertorriqueños, y fomentar consensos que avalaran el colonialismo estadounidense.  Este libro busca explicar comparativamente cómo este proceso simultáneo afectó la cultura política de filipinos y puertorriqueños.  Go está profundamente interesado en determinar el efecto de este proceso de manipulación cultural sobre las elites políticas filipina y puertorriqueña para determinar los límites del “nation-building”, pieza clave de los proyectos imperiales norteamericanos hasta principios del siglo XXI.

 

Go divide su estudio en dos periodos.  El primero transcurre desde la llegada de los norteamericanos a tierras filipinas y puertorriqueñas hasta 1903.  En este periodo, ambas elites recibieron la ocupación norteamericana y domesticaron el proyecto colonial.  En otras palabras, si bien los norteamericanos buscaron imponer sus conceptos, modelos y modos de democracia, libertad, autogobierno y elecciones, las elite los adoptaron en sus propios términos, frustrando el impacto de los modelos y métodos estadounidenses.  Esto en parte, debido al desarrollo, por parte de filipinos y puertorriqueños, previo a la llegada de los norteamericanos, de sus propios esquemas políticos bajo una fuerte influencia del clientelismo.  Así, ambas elites  adoptaron los esquemas políticos traídos por los estadounidenses desde los significantes previamente desarrollados, domesticando elementos del proyecto colonial norteamericano.  Go identifica un segundo periodo, que se extiende hasta 1912, en el que cambian las formas en que las elites reaccionaron al proyecto de tutelaje.  Mientras los puertorriqueños dejaron de domesticar el proyecto colonial y aprendieron a usar los significados culturales impuestos por los norteamericanos, marginando así sus significados culturales preexistentes; los filipinos siguieron domesticándolo, pero revaluaron sus significados culturales preexistentes.

¿Qué provocó los cambios de actitud de la elite puertorriqueña?  ¿Por qué los filipinos no registraron una evolución similar?  Según Go, la crisis económica de 1899 (el huracán San Ciriaco y la perdida de los mercados del café) debilitó el poder e influencia de la elite puertorriqueña.  La base socioeconómica de los esquemas culturales de la elite entró en crisis, lo que unido a la actitud contraria de las autoridades coloniales –en reacción a la corrupción partidista de la elite– provocaron que ésta perdiera poder e influencia social y política.  Esa crisis le obligó a revaluar los esquemas norteamericanos y adoptarlos para frenar su perdida de poder político y social.

Por el contrario, la elite filipina no tuvo que enfrentar una crisis económica, ya que la economía local no se vio afectada negativamente por el cambio de metrópoli.  De acuerdo a  Go, la economía filipina era más diversa que la puertorriqueña y vivió un periodo de bonanza en los primeros años de dominio estadounidense.  Por lo tanto, el poder e influencia de la elite quedó inalterado y ésta no tuvo que repensar sus esquemas políticos.

Hay varios elementos de este libro que son dignos de resaltar. En primer lugar, la explicación que elabora Go de la “lógica” detrás del proyecto de tutelaje colonial.  ¿Cómo explicar que un grupo considerable de estadounidenses promoviese, defendiera y pusiera en práctica un proyecto colonial que buscaba educar a filipinos y puertorriqueños en los misterios de la democracia y el autogobierno?  ¿Era un ardid para justificar el control colonial?  ¿Era un reflejo de la tradición política norteamericana y de los valores políticos anticoloniales estadounidenses?  ¿Era una variante de excepcionalismo norteamericano?  Para Go, el proyecto colonial era parte de un política concertada y determinada por lógicas culturales; en otras palabras, el proyecto colonial era un producto cultural.  Éste no era una expresión del excepcionalismo estadounidense, ni un ardid, sino un proyecto fundamentado en las experiencias culturales de sus defensores y ejecutores.

Otro elemento que debemos resaltar es el análisis que desarrolla Go de los justificantes del proyecto colonial. El autor identifica varios esquemas culturales y narraciones usadas por los norteamericanos que sirvieron de lógica del control colonial de las Filipinas y Puerto Rico.  En primer lugar, los oficiales coloniales y militares compartían una visión de superioridad y misión racial.  Entrenar a los filipinos y puertorriqueños en el ejercicio de la democracia y el autogobierno era una responsabilidad de los estadounidenses dada la inferioridad-incapacidad racial de sus sujetos coloniales.  En segundo lugar, los norteamericanos que defendieron, promovieron y pusieron en marcha el proyecto de tutelaje colonial estaban bajo la influencia de la idea europea de la misión civilizadora, es decir, estaban convencidos de que era responsabilidad de las razas superiores elevar (civilizar) a las razas inferiores.  En tercer lugar, los estadounidenses compartían la fe en el reformismo, la eficiencia administrativa y la ingeniería social como medios de cambio social y político típicos del movimiento progresista de finales del siglo XIX.  La insistencia de Go en analizar a los agentes coloniales como productos del Progresismo es muy atinada, ya que  subraya la importancia innegable del pensamiento progresista en el desarrollo del imperialismo estadounidense.  Por último, los estadounidenses llevaron a cabo un esfuerzo consiente de legitimación del colonialismo que ejercían a través de la apropiación o incorporación de las demandas locales al proyecto colonial.  Este conjunto de ideas no sólo hizo posible, palpable y práctico el tutelaje colonial, sino que también definió sus límites.  Los norteamericanos veían su presencia en las Filipinas y Puerto Rico como parte de un proyecto que buscaba ayudar a puertorriqueños y filipinos a superar sus limitaciones (raciales, políticas y culturales) y transformarse en pueblos capaces para la  democracia y el autogobierno.  Sin embargo, el significado de estos conceptos estaba determinado por las estructuras culturales preexistentes de las autoridades coloniales. En otras palabras, eran los  norteamericanos quienes definían y establecían los límites de la democracia y el autogobierno que los filipinos debían aprender. Tales definiciones y límites estaban basados en los esquemas culturales y raciales de los oficiales coloniales.

El análisis de periodo de gobierno militar en Puerto Rico es otro elemento valioso de este libro.  Durante los primeros años de control norteamericano, los puertorriqueños fueron gobernados por los militares estadounidenses.  Este fue un importante periodo de transición que Go analiza de forma novedosa, enfatizando las acciones de los puertorriqueños y, en especial, los errores cometidos en perjuicio de sus aspiraciones políticas frente a la metrópoli. El autor presta mucha atención a la corrupción, la violencia política y los abusos de poder cometidos por la elite puertorriqueña en los primeros meses de dominio estadounidense.  La elite puertorriqueña defendía la concesión de la estadidad para la isla, pero presa de sus esquemas políticos –especialmente el partidismo– cometió una especie de suicidio político al insistir en prácticas que rechazaban los nuevos amos coloniales.  El comportamiento de la elite, según Go, jugó un papel muy importante en la actitud de los norteamericanos para con las aspiraciones políticas de los puertorriqueños.

El enfoque y análisis de Go del gobierno militar rompe, definitivamente, con las explicaciones tradicionales que enfatizan las acciones de los norteamericanos.  Por el contrario, Go pone la mirada en las acciones de la elite puertorriqueña (Partido Federal) y su efecto sobre la actitud y acciones de los estadounidenses.  Estos últimos reaccionaron a la corrupción partidista del Partido Federal retomando control de los gobiernos municipales, derogando el Gabinete Autonómico, fomentando el bipartidismo por medio del Partido Republicano y reorganizando los distritos electorales.  Sin embargo, al reconocer tanta “agencialidad” (agency) en el sujeto colonial –cosa por demás meritoria–, se pierde de vista al poder colonial, encarnado en sus agentes políticos y militares.  Independientemente de lo que hicieran o dejaran de hacer los locales, los colonizadores tenían sus prejuicios raciales, políticos e ideológicos.  Además, los oficiales estadounidenses eran parte de un proyecto colonial –claramente delineado por Go.  Por último, a la luz de la historiografía existente se podría alegar que, contrario a lo que plantea Go, los puertorriqueños no habrían tenido mayor margen de negociación con la nueva metrópoli.

Proclama del General Nelson A. Miles

Otro problema con este libro es la poca atención que le brinda Go al desarrollo histórico de las relaciones de los Estados Unidos con su colonia más cercana y familiar: Puerto Rico.  Da la impresión de que éstas comenzaron justo en 1898, cuando la realidad histórica es que la isla y su nueva metrópoli mantuvieron una relación cada vez más estrecha a lo largo del siglo XIX.  ¿Cuánto impactó ese trasfondo histórico la actitud de la “elite” puertorriqueña ante los nuevos señores coloniales?

Finalmente, debemos confesar que este no es un libro de lectura y comprensión fácil. Por el contrario, es una obra compleja cuya principal falla es que su construcción está basada en un concepto que el autor no deja del todo claro: elite.  Go define elite como los más ricos, los más educados y aquellos con el mayor poder político y económico en sus respectivas sociedades, pero no profundiza en el tema, lo que constituye una gran falla.  ¿Quiénes componían estas elites coloniales?  ¿De dónde provenía su poder? ¿Qué mecanismos usaban en el mantenimiento de su hegemonía?  Estas son preguntas que Go no contesta o contesta a medias.  En el caso de Puerto Rico, Go iguala elite local con los hacendados cafetaleros agrupados alrededor del Partido Autonomista, primero, y luego del Partido Federal.  Pero, ¿cuán real era el poder político y, sobre todo, económico de la “elite” en la sociedad puertorriqueña de finales del siglo XIX?  ¿Qué papel jugaron los  importantes sectores azucareros y comerciales en los primeros años de dominio norteamericano?

En conclusión, este libro es un intento meritorio de análisis comparativo del impacto del colonialismo norteamericano en las Filipinas y Puerto Rico que a mi juicio podrá inspirar a historiadores de ambas regiones a profundizar en la sugerente propuesta teórica de su autor.

 Norberto Barreto Velázquez, Ph.D.

NOTA: Esta reseña fue publicada en H-LatAm, H-Net Reviews el 17 de abril de 2011.

La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título «Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece«]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

Gracias a la generosidad de la amiga Lourdes García, he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Emilio Ocampo sobre la figura de Carlos María de Alvear, embajador de la Argentina en los Estados Unidos entre 1838 y 1852, titulado De La Doctrina Monroe al Destino Manifiesto: Alvear en Estados Unidos, 1835-1852 (Buenos Aires: Claridad, 2009).  Ocampo es un economista y banquero argentino convertido en historiador y autor de  varios libros,  entre ellos una obra titulada La última campaña del Emperador: Napoleón y la independencia de América (Buenos Aires, Argentina: Claridad, 2007), traducido al inglés por la University of Alabama Press bajo el título The Emperor’s Last Campaign: A Napoleonic Empire in America. Ocampo es también el creador de un interesante blog sobre historia argentina.

Carlos María de Alvear (1789-1852) fue un militar y político rioplatense que tuvo una participación destacada en el proceso de independencia  argentino. Una vez alcanzada la soberanía, Alvear jugó un papel importante en el desarrollo político de la Argentina, especialmente, en la guerra contra el Imperio Brasileño (1825-1828). Figura controversial por su relación con el caudillo Juan Manuel de Rosas, Alvear fue el primer embajador argentino en los Estados Unidos, posición que ocupó hasta su muerte en 1852. Como tal,  Alvear fue testigo de uno de los periodos más importantes de la historia norteamericana, lo que Ocampo llama el nacimiento de la “república imperial”. En otras palabras, Alvear vivió el desarrollo de un fuerte nacionalismo expansionista en la sociedad estadounidense, definido por la famosa frase “Destino Manifiesto”, y  que provocó la anexión de Texas y la guerra contra México. Gran admirador de los Estados Unidos, Alvear sufrió una profunda decepción que le llevó a criticar el expansionismo norteamericano como una amenaza para América Latina.

Emilio Ocampo

El objetivo de Ocampo es analizar la evolución de las opiniones y observaciones de Alvear  sobre los Estados Unidos a través del estudio de la  correspondencia y los despachos oficiales del embajador.  El producto de este interesante análisis es un valioso testimonio no sólo sobre un momento de gran importancia en el desarrollo del imperialismo estadounidense, sino también de la historia latinoamericana. Veamos algunos de los elementos más destacados de este libro.

En primer lugar, el autor ve el expansionismo norteamericano de mediados del siglo XIX como parte de un proceso de agresión neo-colonial contra América Latina. Según Ocampo, durante la gestión de Alvear como embajador, las repúblicas latinoamericanas enfrentaron la mayor amenaza desde su nacimiento a manos de “las tres grandes potencias marítimas de la época”: los EEUU, Francia y Gran Bretaña. Independientemente de que se puede cuestionar que los EEUU era una de las grandes potencias marítimas de ese periodo, el planteamiento de Ocampo sugiere que la guerra con México fue parte de un proceso más amplio de agresiones extranjeras contra países latinoamericanos en los años 1840 y 1850, producto de las “ambiciones expansionistas” francesas, británicas y norteamericanas. Los estadounidenses concentraron sus acciones contra el territorio mexicano, mientras que ingleses y franceses contra Argentina y el Uruguay. Debo reconocer que el carácter hemisférico de este planteamiento me sorprendió, pero no me convenció del todo.

La visión de Alvear de la Doctrina Monroe es otro tema muy interesante. Para el embajador,   la agresividad norteamericana contra México y la falta de interés estadounidense en ayudar a Argentina contra la agresividad anglo-francesa por el tema del Uruguay,  comprobaban que “los Estados Unidos había abandonado el principio fundamental en el que estaba basada la Doctrina Monroe”. (81) Para el embajador, la nueva versión de la Doctrina Monroe “no tenía como objetivos librar a las nuevas repúblicas americanas de la opresión colonial europea, sino dejar libre a los Estados Unidos para realizar sus sueños expansionistas en América del Norte”. (81) En otras palabras, para asegurar su hegemonía en el norte, los norteamericanos tenían que “neutralizar la ingerencia de las potencias europeas en su área de influencia”, dejándoles mano libre el América del Sur. Este planteamiento de Alvear me provoca dos comentarios. Primero, todo parece indicar que Alvear entendió la Doctrina Monroe como  un compromiso verdadero del gobierno norteamericano de mantener a los europeos fuera del continente americana y que esperaba que los Estados Unidos hicieran buena su promesa. ¿Vieron sus contemporáneos latinoamericanas la famosa doctrina del presidente Monroe desde el mismo prisma optimista de Alvear? Segundo, no me puedo dejar de preguntar,  ¿hasta qué punto podía EEUU hacer cumplir la Doctrina Monroe en la década de 1840? Creo que la respuesta es un rotundo no.

La llegada de miles de inmigrantes y el aumento poblacional  que ello provocaba era, según Alvear, una de las causas el expansionismo estadounidense. A este factor demográfico era necesario añadir un elemento cultural: el carácter emprendedor que impulsaba a los norteamericanos a expandirse. La esclavitud era otro elemento tomado en cuenta por Alvear a la hora de explicar el expansionismo de los Estados Unidos. Éste tenía claro que de Texas convertirse en estado de la Unión habría sido un estado esclavista , dándole más votos   a los defensores de la esclavitud  y, por ende, fortaleciendo esa institución.

Carlos María de Alvear

Como Gran Bretaña era incapaz de frenar a los Estados Unidos, era necesario, planteaba Alvear, que los países latinoamericanos adoptaran “los medios capaces para conservarse en posesión de la tierra que la Providencia les tiene acordada hasta ahora.” (78) Para ello, era necesario que los latinoamericanos tomaran conciencia del peligro que enfrentaban y copiaran la política migratoria estadounidense, fomentando la  llegada de inmigrantes europeos. Además, era necesario crear instituciones políticas –constituciones– que “permitieran una rápida generación de riqueza”. (93) Sólo así los latinoamericanos podrían contrarrestar la inminente hegemonía hemisférica norteamericana.

Dos temas son cruciales en este libro: la anexión de Texas y la guerra Mexicano-norteamericana. En 1836, colonos norteamericanos establecidos en el hasta entonces territorio mexicano de Texas, se rebelaron y ganaron su independencia. Los colonos habían llegado a Texas como parte de un suicida programa de colonización llevado a cabo por los mexicanos. Casi de forma inmediata la República de Texas solicitó su ingreso a la Unión norteamericana, pero le fue negado, ya que el ambiente en los Estados Unidos a mediados de la  década de 1830 no era el más propicio para la anexión de un territorio esclavista. No será hasta 1846 que la   anexión de Texas se haga realidad y provoque una desastrosa guerra para México. Alvear fue testigo del debate y proceso de anexión, como también del desarrollo de la guerra.  Sus comentarios y observaciones  son muy valiosos.

Alvear comienza sus observaciones sobre la anexión de Texas comentando el intento fallido del décimo presidente de los Estados Unidos, John Tyler. A pesar de que el intento de anexión de Tyler fue frenado por la oposición de  los abolicionistas, entre ellos John Quincy Adams, era claro para Alvear el desarrollo de una fuerte actitud anexionista y belicista en la opinión pública norteamericana. Según éste,

En comunicaciones anteriores he tenido el honor de instruir al Gobierno  de la tendencia ambiciosa que se  empezaba a desenvolver en el pueblo y   gobierno norteamericanos a adquirir nuevos territorios y posesiones a    costa de los nuevos Estados de Sudamérica, tendencia que crece y  aumenta  rápidamente siendo de notar que la moral de pública de este  país es tal, que el principio de la justicia o de fe guardada a los tratados  que los logan con México se mira con el más alto desprecio”. (99)

El crecimiento del chauvinismo en el pueblo norteamericano irritaba fuertemente a Alvear, en especial, por el creciente desprecio a las naciones latinoamericanas. El efecto de este proceso en el ánimo de Alvear es evidente, quien comenta con dureza,

Pero es preciso saber, aunque con dolor, que entre todos los pueblos cristianos que habitan el globo, el pueblo norteamericano es el que menos respeto tiene a la justicia y a la probidad y que sus costumbres se han alterado a tal punto y con tanta rapidez que han hecho poner en problema las alabanzas exageradas que hasta ahora se han dado a las formas democráticas.” (100)

La victoria del nacionalista James K. Polk en las elecciones de 1846 llevaría, según Alvear, a que la política expansionista norteamericana “se despliegue de un modo hipócrita  y pérfido caminando siempre a su objeto con precisión y tenaz perseverancia; tal es pues, la marcha y conducta de este pueblo cuya moral ha sido incauta y erróneamente preconizada como digno ejemplo y de imitación.” (102)

Alvear se pregunta que ha llevado a los estadounidenses a traicionar los principios sobre los que se creo su república anexando a Texas.  Para el que hasta entonces había sido un gran admirador de los Estados Unidos, esta debió ser una pregunta muy difícil. Según el embajador, el “rápido progreso” había alterado marcadamente “los hábitos y costumbres de este pueblo”, cambiando su moral y la de su gobierno. En otras palabras, los Estados Unidos habían  perdido su “compás moral” y por ello la justicia y la moral “han perdido toda fuerza en este país.” (105)

Tropas norteamericanas en el Zócalo

Sus observaciones sobre la guerra con México no son menos duras ni dolidas.  Sin embargo, El dolor que le provoca la actitud norteamericana no ciega su visión geopolítica, pues Alvear plantea que el objetivo de la guerra contra México no era Texas, sino California;  el acceso al océano Pacífico y a China. Además creía que la agresión contra México no era el fin, sino  el principio pues “el imperialismo se había instalado en la política exterior norteamericana y nada se podía hacerse al respecto. El embajador estaba convencido de que los Estados Unidos se lanzaría contra América Latina y, en especial, contra Panamá, Cuba, Chile, Perú y Ecuador.  De acuerdo con el embajador,

Un república americana considerada hasta ahora como la protectora de las demás se convierte de pronto en el enemigo más terrible supuesto que todos sus planes de engrandecimiento se fundan en todo el resto de la América como presa fácil de devorar”. (106)

Tal amenaza demandaba la reacción vigorosa de los países latinoamericanos que debían, entre otras cosas, conocer mejor a los Estados Unidos. Alvear es muy claro: los norteamericanos tenían agentes consulares en todos los países latinoamericanos, lo que demostraba su profundo interés en los asuntos de  las repúblicas latinoamericanas.  Desafortunadamente, sólo Argentina, Brasil y México tenían representación consular en los Estados Unidos, lo que debía ser corregido urgentemente.

Ocampo termina señalando que las observaciones de Alvear no eran producto de una reacción visceral contra el imperialismo norteamericano de mediados del siglo XIX, sino “el producto de más de un década de observador imparcial de la cultura y la sociedad norteamericanas”. (155) De igual nos señala que Alvear criticase duramente la política exterior de los Estados Unidos significase que rechazase o dejara de admirar “las instituciones políticas” y la “cultura cívica” norteamericanas. De ahí que recomendara en su testamento político que Argentina adoptase un sistema republicano  y federal. Propuestas que se vieron concretadas en la Constitución de 1853, un año después de su muerte en la ciudad víctima de una afección pulmonar.

El primer comentario que me provoca este libro tiene que ver con el  origen del imperialismo estadounidense. De acuerdo con el autor, “el imperialismo norteamericano nació cuando  [James K.] Polk le declaró la guerra a México” porque “hasta entonces los Estados Unidos nunca habían recurrido a las armas para engrandecer su territorio”. Aunque el propio Ocampo reconoce que su planteamiento deja fuera la violencia usada contra los pueblos aborígenes norteamericanos, es necesario subrayar que éste no deja de tener un gran valor, ya que reta la visión historiográfica tradicional de identificar como expansionismo, no como imperialismo, las adquisiciones territoriales estadounidenses previas a la guerra con España.  Concuerdo con Ocampo en que las prácticas imperiales estadounidenses no comenzaron con la adquisición del imperio insular (Filipinas, Guam y Puerto Rico) en 1898. Como el autor, creo que la guerra de agresión contra México constituyó un expresión imperialista que fue frenada no por eventos internacionales, sino por el conflicto doméstico provocado por el tema de la esclavitud entre 1848 y 1860. Contrario a Ocampo, incluyo la violencia contra las tribus indias como  parte de un proceso de agresión imperialista originado mucho antes de la independencia de los Estados Unidos.

En segundo lugar, es necesario destacar la gran importancia del análisis de las observaciones y comentarios de Alvear sobre una sociedad donde vivió los últimos catorce de años de su vida. Éstos constituyen un valiosísimo testimonio   un periodo de gran importancia en la historia de los Estados Unidos que reflejan una gran ojo geopolítico como al subrayar la importancia de la eventual construcción de un canal interoceánico en América Central o una total falta de visión política al descartar que el tema de la esclavitud podría provocar una guerra civil.

Por último, no puedo dejar de subrayar un tema muy afín a esta bitácora: el estudio y  conocimiento de los Estados Unidos. Para Alvear, era imprescindible que América Latina estudiara y conociera la sociedad y el sistema político estadounidenses para que estuviera en mejor posición de enfrentar lo que el embajador  veía como una amenaza inminente para la región: el imperialismo norteamericano.  Han trascurrido más  ciento cincuenta años de la muerte del Carlos María de Alvear y  este consejo sigue siendo valido y necesario.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 29 de noviembre de 2010

No soy dado al autobombo, pero hay momentos en que es necesario compartir las buenas noticias con los amigos: acaba de ser publicado mi segundo libro, La amenaza colonial: El imperialismo norteamericano y las Filipinas, 1900-1934 (Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2010).

Comparto con ustedes la descripción que aparece en la contraportada del libro y que fue redactada por uno de los protagonistas principales del proceso de creación de esta obra, mi  querida esposa Magally Alegre Henderson.

“En 1898, los Estados Unidos libraron una corta pero muy exitosa guerra contra España, conocida como la guerra hispanocubano-norteamericana, que les concedió control sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. De todas estas posesiones, ninguna se encontraba más distante del imaginario norteamericano como las Filipinas, ni generó tan intenso debate político, ideológico y cultural en la sociedad estadounidense. La Amenaza Colonial analiza el impresionante cuerpo de ideas e imágenes sobre las islas y sus habitantes, creado por escritores, militares, funcionarios coloniales, periodistas, misioneros y viajeros norteamericanos; y cómo ésta producción cultural fue a su vez creada y recreada por los miembros del Congreso de los Estados Unidos en sus discusiones sobre el futuro político de las Filipinas.

La Amenaza Colonial resalta el papel protagónico que el Congreso norteamericano ha tenido en el desarrollo de prácticas, instituciones y políticas imperialistas de los Estados Unidos, desde una perspectiva que combina enfoques culturales, políticos, ideológicos y estratégicos.”

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú,  27 de noviembre de 2010

En 1971 fue fundado el equipo Cosmos de Nueva York con el objetivo de promover el fútbol en los Estados Unidos.  Con el apoyo económico de la Warner Bros,   los directivos del Cosmos buscaron contratar estrellas del fútbol internacional.  Una de esas figuras fue el astro brasileño Pelé, quien en 1975 rechazó una oferta del Cosmos de $4 millones por considerarla insuficiente y porque estaba preocupado por la posible  reacción de sus compatriotas.  En este momento entró en escena un personaje muy particular: Henry Kissinger. El entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos  –un fanático de fútbol– le pidió al Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Antônio Francisco Azeredo da Silveira,  que interviniera a favor del equipo norteamericano. Kissinger fue claro con los brasileños: la presencia de Pelé en el Cosmos   sería “un activo enorme para Brasil” que adelantaría las relaciones entre ambas naciones. Los funcionarios brasileños llevaron el mensaje de Kissinger  a Pelé, quien terminó firmando con el Cosmos, donde permaneció hasta 1977.

Este episodio de diplomacia futbolística forma parte del excelente libro Kissinger e o Brasil (Rio de Janeiro, Zahar) publicado por Matias Spektor en el año 2009.  Spektor posee un Doctorado en Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford y se desempeña como Coordinador del Centro  de Estudios sobre Relações Internacionais da Fundação Getulio Vargas (Rio de Janeiro).

El libro de Spektor examina el desarrollo, a partir de 1969, de un proceso de acercamiento entre los Estados Unidos y Brasil que buscaba “construir una sociedad diplomática”. De acuerdo con el autor, este acercamiento no funcionó, pues tomó diez años superar las diferencias profundas que separaban a norteamericanos y brasileños.

Los dos artífices de este proceso lo fueron Kissinger y  Silveira. El estadounidense buscaba socios  que tomaran parte de la carga y de la responsabilidad internacional de los Estados Unidos en el marco de la guerra fría. La idea de Kissinger partía de su visión realista de la política internacional y de sus cálculos del costo para su país de mantener el orden internacional. Entre los países que Kissinger consideraba potenciales socios regionales de los Estados Unidos estaban Irán, Indonesia, África del Sur y el Brasil. Estos socios regionales deberían ayudar a los norteamericanos a mantener el orden y limitar así el intervencionismo estadounidense en el Tercer Mundo. Claro está, ello no significaba que Kissinger renunciara al “derecho” de su país a defender sus intereses. Se trataba de un gesto simbólico, gestual, psicológico y semántico que no pretendía ni aspiraba a alterar el balance geopolítico.

Silveira y Kissinger

Los brasileños aceptaron con recelo la propuesta norteamericana de “parceria” y ello no significó un alineamiento con la política exterior estadounidense como el que, según Spektor, ocurrió después del golpe de 1964. Éstos querían aprovechar  la oferta de Kissinger para “fortalecer el régimen, acelerar el proyecto conservador de modernización y conseguir concesiones comerciales”. Sin embargo, el gobierno militar brasileño no dejo de desconfiar de la intenciones norteamericanas y buscó mantener su independencia  diplomática a toda costa.  A partir de 1974, los militares brasileños buscaron utilizar la retórica de los norteamericanos para “mitigar el poder norteamericano sobre el Brasil y convencer a las grandes potencias de que Brasil merecía  un estatus especial en las relaciones internacionales”. En otras palabras, los brasileños tenían su propia agenda y no estaban dispuesto a “representar los intereses americanos”. De esta forma quedan claros los límites del poder estadounidense y la capacidad  de negociación de algunos países periféricos. Países como Brasil, Indonesia e Irán estaban dispuestos a aceptar la sociedad que les fue propuesta sólo si los Estados Unidos aceptaban limitar sus ambiciones, concretaban alianzas estratégicas y, sobre todo, enfatizaban la igualdad y el respeto entre los socios. Según Spektor, Kissinger estuvo dispuesto a ello, pero chocó con otros sectores del “establishment” diplomático norteamericano y, en especial, con el Departamento de Estado.

Spektor comienza enfocando a los  padres del programa de asociación: Kissinger y Silveira, enfatizando sus grandes diferencias. Kissinger era un hombre importante, famoso, poderoso  y responsable de la política exterior de la principal potencia mundial. Durante su gestión como Asesor de Seguridad Nacional y luego como Secretario de Estado, Kissinger fue protagonista de las negociaciones que permitieron el “fin” de la guerra de Vietnam, del acercamiento histórico a China, de la aproximación a la Unión Soviética  que facilitó el detente, de la expulsión de los soviéticos del Medio Oriente y de la preeminencia norteamericana en esa zona, del apoyo a sangrientas dictaduras anticomunistas en América Latina, África y Asia, etc.

Silveira era un diplomático de carrera sin la fama y el glamour de Kissinger que como los demás miembros de su generación, buscaba una mayor participación de su país en el escenario mundial. Un admirador de los Estados Unidos, donde había vivido por una temporada, Silveira creía que el papel principal de la diplomacia  brasileña debía ser preservar su autonomía frente al poderos vecino del norte. Éste veía a los posibles designios estadounidense como una amenaza para la soberanía económica y política de Brasil.

Silveira llevó a cabo una diplomacia agresiva alterando la posición brasileña en varios asuntos: acabó con el apoyo a Israel para apoyar a los países árabes y reconoció gobiernos marxistas en el Tercer Mundo, a pesar de formar parte de un gobierno controlado por militares anticomunistas.

Matias Spektor

Spektor es muy claro: lo que permitió el acercamiento norteamericano-brasileño de la década de 1970 fue la relación que desarrollaron Kissinger y Silveira. Ellos  moldearon exitosamente la actitud de sus respectivos presidentes en temas de relaciones exteriores. Fueron ellos quienes en tiempos de crisis salieron al rescate del proyecto de acercamiento bilateral. El objetivo del libro es explicar por qué éstos escogieron ese camino, dejando claro que contrario a lo que se ha pensado, los años 1970 no fueron un periodo  “de distanciamiento natural y progresivo entre Brasil y los Estados Unidos.”

El libro también busca llenar un vacío historiográfico. Para Spektor, es claro que en la primera mitad de la década de 1970 hubo un “ambicioso proyecto de aproximación” que la historiografía brasileña ha ignorado.  Además, el autor está convencido de que el fin de ese proyecto no fue no natural, ni inevitable. Su estudio, definitivamente, arroja luz sobre el desarrollo de las relaciones brasileño-norteamericana en un periodo en que éstas se han visto afectadas por eventos como el golpe de estado en Honduras y el tema de la energía nuclear en Irán.

Dos comentarios finales. En primer lugar, destaca el trabajo de archivo realizado por Spektor. Su investigación es realmente impresionante, pues combina fuentes brasileñas y norteamericanas de forma magistral. Entre sus fuentes destacan: el Arquivo Histórico do Ministerio das Relações Exteriores, el General Records of the Deapratment of State, los National Archives and Record Administration (NARA), Foreign Relations of the United States (FRUS), el Arquivo Azeredo da Silveira, el Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil da Fundação Getulio Vargas, etc. Es necesario destacar que el autor no se limitó a consultar fuentes escritas, sino que también recurrió a la historia oral, entrevistando a personajes relacionados a su investigación, entre ellos, al propio Kissinger.

En segundo lugar, el trabajo de Spektor rescata la importancia del individuo en el estudios de las relaciones diplomáticas. Ante la importante influencia de nuevas corrientes como la historia cultural sobre los estudios diplomáticos, se tiende a pasar por alto el papel crucial que juegan los individuos en el juego de la diplomacia.  Si algo queda claro en el libro de Spektor es que el acercamiento brasileño-norteamericano de los años 1970 fue posible por la presencia de Kissinger en la Casa Blanca y de Silveira en el Palacio de Itamaraty. La relación directa y personal entre  ambos, su interés y apoyo, fue lo que posibilitó la “parceria”.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 25 de julio de 2010

Uno de los fenómenos más interesantes de la política estadounidense de principios del siglo XXI es el surgimiento del Tea Party (Partido del Te). Producto de las protestas populares en contra del rescate económico de la administración Bush (hijo) y de las políticas instauradas por Barack Obama a su llegada a la Casa Blanca, el  Tea Party toma su nombre de uno de los eventos más importantes en la etapa previa al inicio de la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sus miembros se oponen al incremento de los impuestos, la expansión del gobierno federal, la creación de un seguro de salud nacional, el déficit presupuestario, etc.

Dada su creciente popularidad, su naturaleza controversial y su fuerte conservadurismo, el Tea Party ha captado la atención de más de un analista estadounidense. Científicos políticos, sociólogos, economistas y politólogos han buscado entenderle y explicarle. Los historiadores no han estado ajenos a este fenómeno. Muestra de ello es el artículo publicado por TomDispatch el pasado mes de mayo bajo el título “History´s Mad Hatters: The Strange Career of the Tea Party Populism” (traducido al español y publicado por la revista SinPermiso con el título  “La tradición populista en Estados Unidos y la extravagante evolución del Tea Party”.) Escrito por los historiadores Steve Fraser (profesor visitante de la University of New York) y Joshua Freeman (profesor  de historia laboral en el Queens College de la City University of New York), este ensayo busca ubicar al Tea Party en el desarrollo del populismo estadounidense. Para ello, los autores elaboran un análisis general, pero muy valioso, de cuatro momentos en la evolución del populismo en los Estados Unidos: el movimiento Know Nothing de mediados del siglo XIX, el populismo agrario de los 1880 y 1890, la triada Long-Couhglin-Townsend de la era de la gran depresión y el populismo anti-segregacionista de los años 1960.

Pero antes de iniciar su análisis de la evolución del populismo,    Fraser y Freeman examinan el evento histórico de donde los seguidores del Tea Party han tomado el nombre de su movimiento.  El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos norteamericanos molestos con un nuevo impuesto del gobierno colonial británico abordaron el HMS Darmouth –un barco de la Compañía Británica de las Indias Orientales­– y arrojaron por la borda la carga de té que se encontraba en sus bodegas.  A este episodio se le conoce como el Boston Tea Party y constituye un antecedente de gran importancia en el proceso de independencia de las Trece Colonias norteamericanas. Los responsables de este reto a las autoridades británicas eran miembros de una organización secreta conocida como los Hijos de la Libertad. Un dato curioso es que quienes abordaron el Darmouth aquella mañana de diciembre de 1773 lo hicieron disfrazado de indios mohicanos y armados con tomahawks (hachas de guerras indias).

El Boston Tea Party provocó una dura reacción de parte de las autoridades británicas, quienes decidieron imponer su autoridad en Massachusetts cerrando el puerto de Boston y limitando severamente el gobierno propio de la colonia. La reacción británica fue  calificada por las demás colonias como intolerable  y llevó a la celebración del Primer Congreso Continental con representación de doce de las trece colonias.  Las diferencias entres colonos británicos fueron agrandándose hasta convertirse en una guerra.

Como quienes lanzaron el te a la bahía de Boston en 1773, los seguidores del Tea Party se rebelan  ante la injusticia a la que se sienten sometidos, y como aquéllos exclaman “No me pisotees”.  Según los autores, este sentimiento de víctima y el reclamo de justicia que le acompaña, son elementos constantes  del populismo norteamericano hasta su actual renacer en el Tea Party.  El populismo estadounidense también ha oscilado históricamente entre el deseo de crear algo nuevo y el deseo de restaurar un orden que sus seguidores han creído o imaginado perdido.

Los autores comienzan su análisis histórico del populismo estadounidense examinando el movimiento Know Nothing desarrollado en los Estados Unidos en las décadas de 1840 y 1850.  Lo primero que es necesario aclarar es el origen de nombre de esta primera manifestación del populismo norteamericano. De acuerdo con Fraser y Freeman, los seguidores de este movimiento comenzaron a reunirse en secreto y cuando alguien les preguntaba algo éstos respondía que no sabían nada (“know nothing”) y de ahí les quedo el calificativo. Con el apoyo de pequeños granjeros, “modestos hombres de negocios” y “gente trabajadora”, este movimiento llegó a convertirse en un partido político, el American Party.

Los “Know Nothings” poseían una rara combinación entre  nativismo y antiesclavismo, pues se oponían abiertamente a la inmigración de irlandeses y alemanes católicos (como también de los chinos) y su segmento norteño rechazaba la esclavitud. Éstos iniciaron una de las características más constantes del populismo en los Estados Unidos: el pensamiento conspirativo. Según los Know Nothings, “tanto el Papado como la elite de propietarios de plantaciones esclavistas del sur conspiraban para socavar la posibilidad de que existiera una sociedad democrática de hombres sin dueño al que servir.”  La llegada de miles de pobres inmigrantes católicos era parte de este complot que amenazaba la idea que tenían los “Know Nothings” de los Estados Unidos como una sociedad de “individuos independientes, libres e iguales.”

En las últimas décadas del siglo XIX se desarrollo lo que los autores denominan una “insurgencia económica y política” en las zonas agrícolas de los Estados Unidos. Esta insurgencia toma la forma de un partido político –el Partido Populista o Partido del Pueblo– que dio un vuelto interesante al escenario político estadounidense. El blanco de esta segunda etapa populista era el capitalismo corporativo y financiero que, según sus críticos,  estaba acabando con la libertad y la forma de vida de los granjeros. Para los populistas de fines del siglo XIX, las grandes empresas habían secuestrado al gobierno, convirtiéndole en un instrumento de la plutocracia. Además, de buscar rescatar al Estado de las garras de capital industrial y financiero, los populistas se adelantaron a su tiempo al proponer la elección directa de los senadores federales, la jornada de ocho horas, la creación de subsidios agrícolas y “la propiedad pública de los ferrocarriles e infraestructuras públicas”. Quienes apoyaban al Partido Populista también querían “restaurar una sociedad  de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales”.

Convención del Partido del Pueblo, 1890

La década de 1930 fue testigo de la tercera manifestación populista de importancia analizada por Fraser y Freeman. Ésta se desarrolló en el contexto de la peor crisis económica de la historia de los Estados Unidos, por lo que no debe ser una sorpresa su lucha contra el capitalismo corporativo. Según los autores, el populismo de los años 1930 aportó, además, un nuevo elemento al movimiento: la paranoia anticomunista.

Huey P. Long

El populismo de la era de gran depresión tuvo tres tendencias: el “Share Our Wealth” del Senador por Louisiana Huey P. Long, la “Union for Social Justice” del sacerdote católico Charles E. Coughlin y la campaña del Doctor Francis Townsend a favor de un sistema de pensiones para los ancianos. Aunque con orígenes y objetivos diferentes, estos tres movimientos se unieron para formar el Union Party, crítico de Franklin D. Roosevelt y del Nuevo Trato. El programa de Long incluía pensiones y educación gratuita para todos los ciudadanos, la creación de  un impuesto contra quienes tuvieran ingresos por encima del millón de dólares, el establecimiento de un salario mínimo y la construcción de proyectos públicos. Coughlin era una figura  de gran popularidad gracias a su programa de radio semanal que era transmitido desde Detroit a través de las ondas de CBS. Durante los cinco años que Coughlin mantuvo su programa radial, su voz  llegó a los hogares de millones de estadounidenses, convirtiéndole en la figura católica más influyente del país. Éste era una crítico acérrimo del capitalismo por considerarle contrario a los valores cristianos. Townsend lideró una cruzada a favor de los desempleados y los ancianos.  Este médico proponía la creación de una programa   que le garantizará una pensión de $200 a todos los ciudadanos mayores de 60 años. El programa de Townsend sería financiado por un “impuesto sobre la actividad empresarial”.

Charles E. Coughlin

Long y Coughlin tenían algo en común, su rechazo visceral al comunismo. El padre inclusive hablaba de una supuesta conspiración  entre bolcheviques y banqueros “para traicionar a Estados Unidos”. Coughling, además, dio claras muestras de simpatía por los nazis y manifestó un claro antisemitismo. Long y Coughlin también criticaron duramente a las grandes empresas y alegaban respaldar al “hombre olvidado” frente a los abusos del gobierno federal y de las corporaciones.  Como muestra del deseo populista de preservar un pasado idealizado, ambos se proclamaban defensores  de las “economías locales”, los “códigos morales tradicionales”  y “los estilos de vida establecidos”.

De acuerdo con Fraser y Freeman, a partir de la década de 1960, el populismo sufrió un giro “claramente hacia la derecha, tornándose cada vez más restauracionista y menos transformador, cada vez más anti-colectivista y menos anti-capitalista”.  Como parte de esta transformación, temas tradicionales, pero secundarios, como la ortodoxia religiosa, el chauvinismo, la xenofobia y la política de miedo y paranoia  pasaron a  un primer plano.

Para ilustrar este cambio, los autores enfocan dos figuras políticas sumamente importantes en los años sesenta:   Barry Goldwater y George Wallace. Goldwater era senador por el estado de Arizona y considerado uno de los políticos más conservadores de su época.  Candidato a la presidencia por el Partido Republicano en las elecciones de 1964, Goldwater se opuso a las leyes de derechos civiles en clara defensa de los derechos de los estados frente al gobierno federal. Éste era también enemigo  de cualquier tipo o forma de colectivismo, “entre las que obviamente incluía a los sindicatos y al Estado de bienestar”. El senador llegó a denunciar la existencia de una “una trama ‘roja’ para debilitar las mentes de los estadounidenses mediante un aumento de los niveles de flúor en el canal de suministro de agua potable”.

Wallace fue gobernador del estado de Alabama y un férreo defensor de la segregación racial. Los autores los denominan “el otro eslabón perdido entre el populismo económico de antaño y el populismo cultural de finales del siglo XX”. Este líder anti-elitista, chauvinista y racista, también asumió la defensa de los trabajadores, “favoreció la expansión del sector público”, aumentó los salarios de maestros de su estado e incrementó el gasto en salud y educación de Alabama (ofreciendo libros de textos gratuitos). Como candidato presidencial defendió la expansión de seguro social y del Medicare (un programa de seguro de salud del gobierno estadounidense para personas mayores de 65 años).

George Wallace

El impacto político de este claro ejemplo de las contradicciones que suelen caracterizar al populismo puede medirse en los resultados de las elecciones presidenciales de 1968. Ese año Wallace aspiró a la presidencia de los Estados Unidos como candidato por un tercer partido, enfrentando al tradicional bipartidismo norteamericano,  y obtuvo casi diez millones de votos (13.5% del voto popular y 46 voto electorales).

Fraser y Freeman cierran su ensayo preguntándose, “¿qué tiene que ver esta  narración episódica y accidentada del populismo estadounidense con el Tea Party?” Su respuesta es variada. En primer lugar, el Tea Party nos remite, según los autores, “a la pretensión de superioridad moral, sentido de desposesión, anti-elitismo, patriotismo revanchista, pureza racial y militancia del “No me pisotees” que siempre ha constituido, al menos en parte, la mixtura populista”.  En segundo lugar, el anti-capitalismo no juega “papel alguno” en el movimiento del Tea party. Aunque sus seguidores reaccionaron a los rescates financieros bancarios, esto no significa que manifiesten el sentimiento en contra de las grandes corporaciones típico de sus predecesores históricos.  Una posible explicación a este fenómeno podría estar en la composición social del Tea Party. Según los autores, la mayoría de los seguidores del movimiento tienen mejores ingresos que la media de la población norteamericana, un mayor nivel educativo  y, por ende, mejores posibilidades de conseguir trabajo.  En otras palabras, tienen menos razones para quejarse del capitalismo. En tercer lugar, para los seguidores del Tea Party la  posibilidad de un redistribución del ingreso constituye una amenaza a su bolsillo,  por lo que la  rechazan totalmente. En palabras de Frase y Freeman,

«El “No me pisotees”, que antaño había sido un grito de rebeldía, ahora se ha metamorfoseado en: “Esto es mío. No te atrevas
a gravarlo   con      impuestos”. Hoy el enemigo a abatir no es la empresa, sino el Estado”.

En cuarto lugar, los promotores de este populismo del siglo XXI son mayoritariamente blancos, hombres de edad avanzada reaccionando a la presencia de un negro en las Casa Blanca y de una mujer en la dirección de la Cámara de Representantes. Éstos parecen también reaccionar a la creciente percepción de la decadencia del poder de los Estados Unidos.   A lo que habría añadir el tradicional miedo populista a los inmigrantes y  el temor a ser desplazados por la minorías raciales.

Por último, los autores reconocen que el Tea Party es producto de la frustración de sectores de la sociedad estadounidense que siente, no sin razón, que han sido traicionados por el egoísmo de sus elites económica y política. Lo que está por verse es si esa indignación  moral y política dará paso a un movimiento de alcance nacional.

Este ensayo de  Freeman y Fraser me parece útil porque compendia muy bien el desarrollo histórico del populismo norteamericano. Sus comentarios pueden servir de base para aquellos interesados en profundizar en el estudio de uno de los movimientos políticos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos. En cuanto a su análisis del Tea Party, comparto sus observaciones, pero habría dado mayor énfasis al tema racial porque me parece que la presencia de un negro en Casa Blanca es el factor determinante detrás de las reacciones de muchos miembros del Tea Party.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 27 de junio de 2010

Nota: Todas las citas proceden de la versión en español del ensayo de Freeman y Fraser publicada por SinPermiso.

La edición de julio de la revista paleo-conservadora norteamericana The American Conservative contiene un corto artículo del historiador norteamericano Andrew J. Bacevich que llamó mi atención. En su escrito titulado “Will Iraq Be  Forgotten Like Vietnam?”, Bacevich utiliza el tema de los más de 2,500 norteamericanos prisioneros de guerra  (Prissioners of War, POW) o perdidos en acción (Missing in Action, MIA) durante el conflicto de Vietnam para reflexionar en torno al tema de la memoria histórica en los Estados Unidos.

El autor comienza describiendo un cuadro que podría resultar familiar para quienes hayan vivido en un suburbio norteamericano: en el centro de Walpole (Massachussets) se encuentra, junto al asta de la bandera estadounidense, un estandarte negro con la siglas POW-MIA y la inscripción “You are not forgotten” (“No los hemos olvidado”). Esta bandera fue designada por el Congreso de los EEUU, en agosto de 1990, como “símbolo de la preocupación y compromiso de la nación norteamericana de resolver tanto como sea posible el destino de los norteamericanos que aún permanecen encancelados, perdidos o desaparecidos en el sudeste asiático” (U. S. Public Law 101-355, 10 de agosto de 1990).

Aunque la inscripción “You are not forgotten” enuncia un compromiso nacional de no olvidar a los perdidos en Vietnam, Bacevich reconoce que la realidad es otra, pues la mayoría de los estadounidenses –él incluído– hace tiempo que olvidó a quienes quedaron atrás en la junglas vietnamitas. Sólo los familiares de los POW-MIA mantienen vivo su recuerdo, pero este grupo está compuesto por un número muy limitado de personas.

A pesar de esta dura realidad, Bacevich plantea, no sin razón, que si la bandera ondeando en el centro de Walpole fuese removida, los habitantes de ese pueblo a 18 millas de Boston, levantarían su protesta e indignación.   ¿Por qué esta aparente contradicción? Para Bacevich la respuesta es sencilla: remover la bandera provocaría un “psychic void” (un vacío síquico) que los habitantes de Walpole no podrían tolerar porque, a pesar de los más de treinta años trascurridos desde su fin,  la guerra de Vietnam es un episodio inacabado de la historia estadounidense. Para el autor, desplegar la bandera de los POW-MIA es un testimonio de que Vietnam es “una parte del pasado que aún no ha sido totalmente relegada al pasado”. Esta acción conlleva, por un lado, el reconocimiento de un pérdida  como también de una gran falla nacional. Por el otro lado, también conlleva, nos dice Bacevich, la falsa pretensión de un ajuste de cuentas con el pasado y con la guerra de Vietnam en particular. En otras palabras, los perdidos en acción merecen volver a casa y el pueblo norteamericano merece saber por qué esos soldados fueron enviados al sudeste asiático.

Según Bacevich, esa reflexión histórica es prácticamente imposible porque  reexaminar lo ocurrido en Vietnam obligaría  a los norteamericanos a enfrentar “una plétora de verdades incómodas” no sólo sobre aquellos que  involucraron a la nación estadounidense en el conflicto indochino, sino también sobre la  forma de vida norteamericana y las premisas sobre las que ésta está basada. Muy pocos norteamericanos están dispuestos a enfrentar las duras realidades que abrir la puerta del tema vietnamita dejaría al descubierto porque ello les obligaría a revisar su forma de vida. Es por ello que, según Bacevich, prefieren calmar su conciencia con banderas, pretendiendo que les importa cuando en la realidad están desesperados por olvidar.

Para Bacevich, en la actualidad los norteamericanos continúan reproduciendo  el proceso de olvidar cuando pretenden recordar, pero no con relación a Vietnam. Hoy día es Irak la guerra que es necesario olvidar, dejar atrás para salvaguardar su forma de vida (yo añadiría, sus mitos nacionales, su comunidad imaginaria, su idea de nación cuyas acciones están siempre motivadas por objetivos nobles, su excepcionalismo y, sobre todo, su inocencia). De acuerdo con el autor, ya la administración Obama lo hizo al hacer causa común con los revisionistas de derecha que pretenden declarar la guerra en Irak un “gran triunfo” basados en el alegado éxito del “surge”, olvidando el costo humano de esa guerra antes y después del aumento de tropas norteamericanas a partir de 2007. La administración Obama está concentrado en su guerra en AfPak (Afganistán-Pakistán) y, convenientemente, ha dejado a Irak en el pasado.

Monumento a los Veteranos de Vietnam, Washington, D.C.

Bacevich cierra su escrito lanzando una interesante pregunta: ¿Se conocerá algún día la verdad sobre la guerra de Irak? Su respuesta es un categórico NO. Es muy probable que llegue el día que el Congreso estadounidense apruebe la construcción de un monumento a la guerra de Irak en la zona del Mall en la capital de los Estados Unidos, pero  según él, nunca investigará a fondo el fracaso norteamericano en tierras iraquíes porque “la verdad seguirá siendo inoportuna”. Desafortunadamente, la preferencia de los estadounidenses por una historia desinfectada y esterilizada continuará.

Norberto Barreto Velázquez.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2010

Nota: Todas las traducciones del inglés son mi responsabilidad.

SOBRE EL PALEO CONSERVADURISMO PUEDEN SER CONSULTADOS LOS SIGUIENTES:

http://www.moral-politics.com/xpolitics.aspx?menu=Political_Ideologies&action=Draw&choice=PoliticalIdeologies.PaleoConservatism

http://usconservatives.about.com/od/typesofconservatives/a/PaleoCons.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Paleoconservadurismo

Según el servicio noticioso AFP, el gobierno de Cuba planea organizar excursiones a los restos sumergidos de seis barcos que fueron hundidos durante la guerra hispano-cubano-norteamericana.  Tres cruceros (Cristóbal Colón, Almirante Oquendo y Vizcaya) y dos destructores españoles (Plutón y Furor) fueron hundidos cuando intentaron romper el bloqueo del que eran objeto por parte de la marina de guerra de los Estados Unidos. El sexto barco –el vapor Merrimac– fue hundido por los españoles cuando sus tripulantes intentaban hundirle en la bahía de Santiago para bloquear la flota española allí atrapada. Esta movida cubana busca, sin lugar a dudas, incrementar los ingresos provenientes del turismo, una de las principales actividades económicas de la isla.

Restos del crucero Vizcaya

La batalla de Santiago fue librada a principios de julio de 1898 y constituye una de las muestras más claras del desigual combate que libraron españoles y norteamericanos. A fines de abril, la flota norteamericana del Atlántico al mando del Almirante William T. Sampson recibió órdenes de interceptar la flota española al mando del Almirante Pascual Cervera y Topete. Cervera había zarpado de España rumbo a Cuba para dar apoyo a las fuerzas españolas en la isla. A pesar de que la localización de los barcos españoles era incierta, los estadounidenses se lanzaron

Inglesia de San José bombardeada

en su búsqueda. El 12 de mayo, la flota norteamericana llegó a las costas de Puerto Rico pensando que Cervera se encontraba en San Juan. Desafortunadamente para los estadounidenses, los barcos españoles no se encontraban en aguas puertorriqueñas. Un intercambio con las defensas españoles provocó serios daños en la capital de la isla, que no había sido atacada desde finales del siglo XVIII.

William T. Sampson

Winfield Scott Schley

A fines de mayo, Cervera logró llegar sin ser detectado a la bahía de Santiago, donde quedó atrapado por las fuerzas navales norteamericanas que bloqueaban la isla.  Protegidos por las defensas de la ciudad, Cervera y sus hombres permanecieron en Santiago hasta la mañana del 3 de julio que intentaron escapar del bloqueo norteamericano. Superados abrumadoramente, los barcos españoles fueron destruidos por los norteamericanos comandados por el Comodoro Winfield Scott Schley, pues esa mañana Sampson había partido a reunirse con oficiales del ejército norteamericano en la zona de Siboney.    Todos los barcos españoles fueron hundidos o embarrancados por su tripulación. Cerca de 500 españoles murieron la mañana de 3 de julio, uno de los días más triste en la historia de la Marina española.

Norberto Barreto Velázquez,

Lima, Perú, 23 de mayo de 2010

Mapa de la campaña de Santiago, 1898

Los Doctores Pablo Pozzi y Fabio Nigra de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de la Universidad de  Buenos Aires, nos obsequian otra interesante y, sobre todo, valiosa compilación de ensayos de historia estadounidense. Titulado Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos (Argentina: Editorial Maipue, 2009, ISBN: 978-987-9493-49-6), el nuevo libro de Pozzi y Nigra reacciona ante la guerra de Irak y en especial,  al “desconocimiento  que campea sobre el tema” de la historia de los Estados Unidos.

A modo de introducción, los compiladores nos brindan un corto  prefacio donde comparten reflexiones muy importantes. Es claro que a Pozzi y Nigra les preocupa que  el desconocimiento  de la historia de los Estados Unidos lleve a la reproducción acrítica del discurso imperial norteamericano porque ello  promueve la aceptación del “status quo de dominación” y la promoción del “excepcionalismo, el racismo y el patrioterismo”. De ahí que lancen varias preguntas fundamentales: “¿Quiénes son los bárbaros? ¿Los que no tienen como lengua madre el discurso imperial? ¿O los que matan, violan, mutilan, torturan o fuerzan desapariciones de personas?”. Los ensayos que componen esta obra buscan responder a estas preguntas con una visión crítica de la historia norteamericana.

Los compiladores enfocan un tema que me resulta fundamental: la necesidad del  conocimiento de la historia norteamericana en América del Sur.  Según Pozzi y Nigra, los analistas suramericanos  basan su análisis en obras históricas producidas por los estadounidenses. Algunas de estas obras son críticas con la historia estadounidense, pero otras “presentan a las culturas  y a las sociedades anglosajonas como superiores y “civilizadas”, mientras que los luso-hispanos, eslavos, asiáticos o africanos  son tratados, en el mejor de los casos, como  en “vías de desarrollo”; o sea, en camino a ser norteamericanos”.  En otras palabras, reproducen el punto vista hegemónico norteamericano. Para Pozzi y Nigra, es fundamental que las sociedades sudamericanas –latinoamericanas, añadiría yo– rompan con esa dependencia construyendo “un conocimiento  sobre los Estados Unidos que parta de las preguntas que generan nuestras necesidades”.  Tal declaración de independencia académica e ideológica  es no sólo necesario  –¿útil?– para quienes como los compiladores se declaran anti-imperialistas, sino también para las burguesías latinoamericanas.  De forma muy atinada los compiladores señalan:

Para las burguesías sudamericanas, la carencia de conocimiento implica que sus   políticas  se establecen en base de pautas  y  prioridades establecidas en    Washington, lo que refuerza su carácter de lumpenburguesía, al decir de André   Gunder Frank.”

El objetivo de Invasiones bárbaras “es revertir esta situación” promoviendo el conocimiento de la historia norteamericana, pero de una historia que no sea “un espejo opositor de la dominante», sino que explique “desde nuestra perspectiva, esa historia, para ir estableciendo las bases políticas que defiendan nuestros intereses”.  No se trata de hacer “la otra historia” de los Estados Unidos, sino de hacer “nuestra”  historia de la nación norteamericana.

Este libro me resulta doblemente importante. Primero, por que recoge dieciséis ensayos cortos de la pluma de historiadores estadounidenses y latinoamericanos analizando el desarrollo del imperialismo norteamericano desde la guerra con México hasta la guerra de Vietnam. Estos trabajos constituyen un gran recurso pedagógico en la enseñanza de un historia amena y ágil. En segundo lugar, este libro es un llamado de atención   sobre la necesidad-utilidad del estudio de la historia norteamericana  en América del Sur. Pozzi y Nigra promueven el estudio de la historia norteamericana desde una perspectiva muy práctica, pues proponen la construcción una historia de los Estados Unidos que refleje los intereses de América del Sur. Ni la izquierda ni la derecha latinoamericana deben perder de vista que la influencia e importancia de los Estados Unidos hacen necesario y útil el estudio de la historia del imperio.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 20 de marzo, 2010

Nota: Agradezco a la amiga Cristina Hinojosa de la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú su diligencia en la adquisición de esta obra.