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Noam Chomsky y el editor Anthony Arnove rinden un merecido homenaje al gran historiador, dramaturgo  y activista norteamericano Howard Zinn (1922-2010), autor del clásico The People´s History of the United States (La otra historia de los Estados Unidos, 1980).

Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

El acorazado West Virgina arde en Pearl Harbor

Un día como hoy hace setenta años, los japoneses atacaron por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor en la isla de Oahu en Hawái. El ataque japonés fue la culminación de años de tensión y competencia entre ambos países por la hegemonía asiática.  La invasión japonesa de Manchuria (1931), el militarismo japonés y el  acercamiento del gobierno nipón a la Alemania nazi acabaron de envenenar las relaciones entre los Estados Unidos y Japón. Ante las crecientes tensiones diplomáticas con Japón, en mayo de 1940, el Presidente Franklin D. Roosevelt (FDR) envío la flota norteamericana del Pacífico a Hawái. En septiembre de 1940, Japón acordó una alianza con las Potencias del Eje, es decir, Alemania e Italia. Los Estados Unidos respondieron restringiendo el comercio con Japón y embargando la venta de gasolina de alto octanaje para aviones. Cada vez era más claro y peligroso el distanciamiento entre ambas potencias. Aprovechando el avance arrollador de las tropas alemanas en Europa, Japón ocupó la Indochina Francesa en julio de 1941, y en respuesta Roosevelt congeló los bienes económicos japoneses en los Estados Unidos además de cortar el suministro de combustible al Imperio Japonés. El embargo petrolero tenía repercusiones muy serias para los japoneses, pues el 80% de su combustible procedía de los Estados Unidos.

Vista de Pearl Harbor desde un avión aponés

Para finales de 1941, una confrontación nipona-norteamericana parecía cuestión de tiempo. La inteligencia militar estadounidense sospechaba que los japoneses atacarían en algún punto del océano Pacífico, pero no sabían dónde.  Para noviembre todas las fuerzas militares norteamericanas estaban en alerta, pero ello no pudo evitar que temprano en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941 aviones japoneses bombardearan la base naval de Pearl Harbor. Los aviones nipones habían despegado de un grupo de portaviones japoneses que había navegado miles de millas sin ser detectados. El ataque japonés fue muy efectivo, pues fueron hundidos 14 barcos de guerra (entre ellos ocho acorazados) casi doscientos aviones fueron destruidos y resultaron muertos 2,400 militares y 68 civiles estadounidenses. Afortunadamente para los Estados Unidos, ninguno de sus portaviones se encontraba en Pearl Harbor al momento del ataque, lo que será un factor determinante en el curso de la guerra.

El ataque a Pearl Harbor  estremeció a la nación norteamericana. El 8 de diciembre el Presidente Roosevelt denunció ante el Congreso el ataque japonés  y solicitó una declaración formal de guerra. Con sólo un voto en contra –el de la pacifista Jeannette Rankin– el Congreso aprobó la declaración de guerra contra Japón. En respuesta, Alemania e Italia , aliados de Japón, le declararon la guerra a los Estados Unidos. De esta forma los Estados Unidos entraron oficialmente a la segunda guerra mundial.

A propósito de esta fecha, el blog de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos ­­–Prologue: Pieces of History– publica una interesantísima nota sobre el proceso creativo del discurso pronunciado por FDR ante el Congreso el día 8 de diciembre. Según el autor de esta nota, identificado solamente como Jim, FDR recibió la noticia de lo ocurrido en Hawái pasada la 1P.M. (hora de Washington) y dedicó el resto de esa tarde a estudiar, junto con sus asesores, la información disponible sobre el ataque.

El Presidente decidió hablar ante el Congreso al día siguiente para informarle y pedirle una declaración de guerra contra Japón. Esa tarde FDR le dictó a su secretaria, Grace Tully,   un corto mensaje que estaba destinado a convertirse en uno de los más famosos en la historia de los Estados Unidos. Al momento de esta crisis, los escritores de discursos del Presidente (Samuel Rosenman y Robert Sherwood) no se encontraban en Washington por lo que Roosevelt tuvo que dedicar tiempo de uno de los días más agitados de su vida a preparar su mensaje. La Señora Tully mecanografió las palabras de Roosevelt y éste luego hizo importantes cambios al texto original, especialmente en la introducción.  El texto comenzaba: “Yesterday, December seventh, 1941, a date which will live in world history,” lo que Roosevelt cambió por “a date which will live in infamy,” proveyendo la fase más poderosa y recordada de su mensaje.

El texto fue sujeto de otros cambios tanto por FDR como por su amigo Harry Hopkins. Además, al pronunciar sus palabras ante el Congreso Roosevelt incorporó algunos cambios, actualizando la información disponible sobre el alcance de los ataques japoneses contra instalaciones militares norteamericanas en el Pacífico.

Roosevelt se dirige al Congreso

Los Archivos Nacionales poseen copias mecanografiadas de los borradores finales del discurso, pero no el documento que  Roosevelt leyó ante el Congreso y cuyo paradero es un misterio sin resolver.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 7 de diciembre de 2011

Escudo de la Confederación

No puede el terminar el año 2011 sin que le preste atención al sesquicentenario de la guerra civil estadounidense.  En 1860, la Unión norteamericana se quebró ante el peso de  la esclavitud. Tras décadas de tensiones regionales, los estados sureños decidieron separarse de los Estados Unidos y formar un país independiente y esclavista. El gobierno federal –el Norte– y su presidente, Abraham Lincoln, no aceptaron la decisión sureña. Tras intentos fallidos de negociación, la guerra civil fue inevitable. En abril de 1861 los sureños atacaron a las tropas federales acuarteladas en el Fuerte Sumter en la bahía de Charleston (Carolina del Sur), dando inicio a una carnicería que se extendió hasta 1865. Este fue el más terrible de los conflictos en que los norteamericanos se han visto involucrados no sólo por las 600,000 vidas que costó, sino también por la profunda cicatriz que dejó en la sociedad norteamericana. Tras cuatro años de combates fratricidas, los Estados Unidos permanecieron unidos y los esclavos alcanzaron su libertad. La guerra civil norteamericana es uno de los momentos más críticos de la historia de los Estados Unidos, pues estuvo en juego la supervivencia misma del país.

Como parte de las actividades celebradas en los Estados Unidos para conmemorar tan significativa fecha, el periódico New York Times ha desarrollado una bitácora titulada Desunion. En este interesante blog, historiadores, periodistas y escritores han publicado, a lo largo de todo este año,  artículos cortos dedicados a diversos temas relacionados con la guerra civil norteamericana.

Van Gosse

El pasado 29 de noviembre, el historiador estadounidense Van Gosse publicó en Desunion una corta nota titulada Beyond ‘Glory’.  Gosse, profesor de historia en el Franklin and Marshal College en Pensilvania, enfoca el papel jugado por los negros en la guerra civil partiendo de un señalamiento que me resultó particularmente interesante: la mayoría de los estadounidenses asocian la participación de los negros en la guerra con la película Glory (1989). Este largometraje protagonizado por Denzel Washington, Matthew Broderick y Morgan Freeman, enfoca la historia del famoso  54th Massachusetts Volunteer Infantry Regiment compuesto por soldados negros. Comandado por oficiales blancos, entre ellos el Coronel Robert Gould Shaw, el Regimiento 54tuvo una participación destacada en la guerra y, en especial, en los intentos suicidas para tomar el Fuerte Wagner (Charleston) en julio de 1863.

Para Gosse, el principal problema con esta película es que da la impresión de que la participación militar de los negros era una idea nueva y radical. Nada más lejos de la realidad porque los negros habían combatido en todas guerras previas de los Estados Unidos.  No sólo habían participado, sino que estaban consientes de su papel histórico y lo usaban como argumento para reclamar derechos e igualdad en una sociedad esclavista y, por ende, racista.

Según Goose, los negros habían luchado en la guerra de independencia, en la guerra de 1812 y en la guerra con México. Tal fue su desempeño en la guerra de 1812 que el General Andrew Jackson lo reconoció públicamente.  En el periodo previo  a la guerra civil los negros  organizaron milicias en ciudades del norte (Cincinnati y New Bedford), a pesar de que no contaban con  el reconocimiento  ni  apoyo económico de los gobiernos estatales. Aunque tenían que tenían pagar por sus gastos y hasta comprar sus armas, los negros mostraron un claro interés de demostrar su patriotismo.

Cuando estalló la guerra civil, las milicias de negros se ofrecieron de voluntarios para combatir a los estados secesionistas, pero fueron rechazadas. Según el autor,  los negros no habían peleado sólo a favor de las causas estadounidenses. Miles de ellos apoyaron a los británicos en sus dos conflictos contra los norteamericanos.  Tal fue el apoyo de los negros a los británicos durante la guerra de independencia, que tras la victoria norteamericana 20,000 antiguos esclavos salieron del país con las tropas derrotadas. En el periodo previo a la guerra civil –lo que en la historiografía estadounidense se conoce como el antebellum– los esclavistas sureños explotaron la supuesta deslealtad de los negros, sentimientos que fueron compartidos por muchos norteños. Para Gosse, las dudas sobre su lealtad fue un factor clave para entender el rechazo a la participación de los negros en la guerra civil. Este argumento me parece interesante, pero me pregunto si el factor racial no fue más decisivo, ya que no se debe olvidar que aunque la esclavitud era menos importante en el Norte, esta región  no estaba libre de las mentalidades propias de una sociedad esclavista.

Soldados negros y blancos, 1861

A pesar de la resistencia oficial, algunos negros pudieron unirse a las fuerzas del Norte y participar en los combates. Prueba de ello es la correspondencia de dos soldados negros citada por Gosse: William H. Johnson y George E. Stewart. Sus cartas describen sus experiencias como soldados en los primeros años de la guerra y, por ende,  previa a la declaración de 1863 del presidente Lincoln autorizando el reclutamiento de soldados negro en el ejército de la Unión.

Gosse concluye que la participación de estos y otros negros entre las fuerzas del Norte sirvió para adelantar la causa de la abolición y para combatir la propaganda de la Confederación.

En  este interesante artículo, Gosse rescata la valiosa participación de los negros americanos en un conflicto que les era particularmente importante, pues entra las cosas que estaban en juego destacaba el futuro de  la esclavitud en Norteamérica.

No quiero terminar si hacer unos comentarios generales sobre la participación de los negros en la guerra civil. Cerca de 200,000 afroamericanos sirvieron en el ejército o en la marina de la Unión, y 37,000 de ellos murieron peleando. Éstos sufrieron los prejuicios raciales de sus comandantes y tuvieron que probar su valía en el campo de batalla. El valor de los soldados negros ayudó a cambiar la actitud de muchos oficiales de la Unión.

Los confederados odiaban y temían a los soldados negros por lo que les consideraban esclavos fugitivos sujetos a ser ejecutados de ser capturados. Sin embargo, los casos de fusilamientos de soldados negros a manos de los confederados fueron raros.

En el sur, los soldados negros fueron recibidos como héroes por la población esclava, impresionada de ver negros en uniforme militar. Es necesario señalar que los soldados negros no fueron tratados con equidad por el ejército de los Estados Unidos, pues éstos recibían una pagar menor que sus homólogos blancos y se les segregaba en campamentos militares separados de la tropas blancas.  Esto motivó protestas e inclusive el famoso Regimiento 54 de Massachussets se negó a recibir una paga menor que la de los soldados blancos. Su protesta surtió efecto y en junio de 1864 el Departamento de Guerra igualó el salario de los soldados blancos y negros.

El servicio militar de los afroamericanos cambio su estatus en la sociedad del norte. En algunas ciudades se abolió al segregación racial en los tranvías y se permitió que afroamericanos testificaran en corte o formaran parte de jurados en los tribunales de justicia. El haber peleado por la unión les garantizó a los negros su derecho a ser ciudadanos de los Estados Unidos.

            Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 4 de diciembre de 2011

El Pew Research Center acaba de publicar un estudio titulado American Exceptionalism Subsides The American-Western European Values Gap que hace pensar que la idea del excepcionalismo norteamericano atraviesa –como la nación estadounidense misma– por un periodo de crisis. El Pew Research Center es un “fact tank” no partidista, sin fines de lucro, concentrado en siete proyectos de investigación: el Project for Excellence in Journalism, el Pew Internet & American Life Project, el Pew Forum on Religion & Public Life, el Pew Hispanic Center, el Pew Global Attitudes Project, y el Social & Demographic Trends. Estos proyectos buscan proveer información sobre temas y tendencias que afecten tanto a Estados Unidos como al resto del Mundo para generar un diálogo informado a nivel nacional en los Estados Unidos.

De acuerdo con la encuesta del Pew, el 49% de los estadounidenses está de acuerdo con el siguiente planteamiento: “Our people are not perfect, but our culture is superior to others” (“Nuestro pueblo no es perfecto, pero nuestra cultura es superior a la de otros.”), mientras que el 46% la rechazó. En otras palabras, casi el 50% de los encuestados avalaron la alegada excepcionalidad –superioridad– norteamericana. Lo interesante es que las cifras de apoyo a la excepcionalidad cultural norteamericana han descendido de 55% en 2007 y 60% en 2002.

El escepticismo sobre el excepcionalismo norteamericano es menos fuerte entre los norteamericanos mayores de 50 años, pues según la encuesta, el 60% de ellos cree que la cultura estadounidense es superior. Sólo el 37% de los menores de 30 años comparten esa visión y el excepcionalismo como credo es menos popular entre quienes poseen un título universitario. No debe sorprender a nadie que el 63% de los conservadores afirme la superioridad norteamericana, mientras que el 66% de los liberales la rechaza.

Esta encuesta se da en el contexto de la campaña republicana para nominación presidencial, en la que un buen número de candidatos (Mitt Romney, Michelle Bachman, Michael Cain, Jon Hutsman, Ron Paul, Rick Perry, New Gringrich y Rick Santorum) luchan por ser el opositor de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012. El excepcionalismo norteamericano ha sido un tema de debate en esta campaña, ya que varios precandidatos republicanos han lanzados duro ataques contra Obama, acusándole de no creer en la excepcionalidad de la nación norteamericana. Estas acusaciones contra el Presidente forman parte de la tendencia republicana a cuestionar no sólo la americanidad de Obama, sino su condición misma de ciudadano norteamericano, poniendo duda que éste naciera en territorio estadounidense. Además, son una reacción a la respuesta de Obama a una pregunta que le hizo un periodista en abril del 2009 sobre si creía en el excepcionalismo norteamericano:

“I believe in American exceptionalism, just as I suspect that the Brits believe in British exceptionalism and the Greeks believe in Greek exceptionalism. I’m enormously proud of my country and its role and history in the world. If you think about the site of this summit and what it means, I don’t think America should be embarrassed to see evidence of the sacrifices of our troops, the enormous amount of resources that were put into Europe postwar, and our leadership in crafting an Alliance that ultimately led to the unification of Europe. We should take great pride in that. And if you think of our current situation, the United States remains the largest economy in the world. We have unmatched military capability. And I think that we have a core set of values that are enshrined in our Constitution, in our body of law, in our democratic practices, in our belief in free speech and equality, that, though imperfect, are exceptional. Now, the fact that I am very proud of my country and I think that we’ve got a whole lot to offer the world does not lessen my interest in recognizing the value and wonderful qualities of other countries, or recognizing that we’re not always going to be right, or that other people may have good ideas, or that in order for us to work collectively, all parties have to compromise and that includes us. And so I see no contradiction between believing that America has a continued extraordinary role in leading the world towards peace and prosperity and recognizing that that leadership is incumbent, depends on, our ability to create partnerships because we create partnerships because we can’t solve these problems alone.”

Los comentarios de Obama fueron interpretados por la derecha como una rechazo a la sagrada idea de que los Estados Unidos son una nación excepcional, “a city upon the hill,” “a God chosen people”. Aunque en los últimos dos años Obama ha rectificado su posición con relación a este concepto –una de las piedras angulares de la identidad nacional norteamericana– sus opositores siguen haciendo muy buen uso de sus comentarios del 2009.

La encuesta del Pew Research Center me parece muy interesante y reveladora del impacto de la crisis económica en la idea que tienen norteamericanos de sí mismo y del papel de su país en el mundo, pero no estoy del todo seguro de que identifique un patrón hacia al abandono de un elemento que ha sido esencial en la creación de un consenso nacional por más de doscientos años.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima, 19 de noviembre de 2011

El Tea Party se ha convertido en uno de los fenómenos políticos más importantes de la historia de los Estados Unidos. De ahí la gran cantidad de artículos y ensayos tratando de entenderle y de precisar cuál será su influencia en las elecciones presidencias del 2012. La edición de17 de agosto de 2011 del New York Times publica un artículo que va precisamente en ese sentido y cuyos argumentos me parecieron muy valiosos. Escrito por David E. Campbell y Robert D. Putnam, “Crashing the Tea Party” analiza cuál podría ser el efecto político para el Partido Republicano de seguir atado al Tea Party.  Campbell es profesor de ciencias políticas en la Universidad Notre Dame y Putnam es profesor de política pública en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.

Los autores plantean que los norteamericanos muestran una clara tendencia hacia el conservadurismo fiscal, es decir, a favor de un gobierno más pequeño, opuestos a la redistribución del ingreso y en contra de que el gobierno ayude a los pobres (tarea que debía estar en manos de las “private charities”).  Aquí creo que Putnam y Campbell caen en el común error de la academia norteamericana de no reconocer que hay más de un tipo de norteamericano. ¿Quiénes son los norteamericanos que caen dentro del patrón señalado por los autores? ¿Los afroamericanos educados y de clase media? ¿Los afroamericanos pobres y golpeados severamente por la crisis económica? ¿Los cubanos de Florida? ¿Los chicanos de Arizona? ¿Los blancos pobres? ¿Blancos del sur? ¿Blancos del noreste? ¿Blancos del Midwest?

Lo interesante, según los autores, es que a pesar de esta tendencia conservadora de la sociedad estadounidense, la antipatía hacía el Tea Party ha aumentado notablemente. Para justificar este planteamiento, Campbell y Putnam recurren a dos encuestasdel New York Time y CBS News. En la primera encuesta, celebrada en abril del 2010, el 18% de los encustados tenía una opinión desfavorable del Tea Party, el 21% tenían una opinión favorable y el 46% no opinaba. Catorce meses más tarde la segunda encuesta  demuestra que la simpatía por el Tea Party bajó a 20% mientras el rechazo creció hasta alcanzar el 40%.  Explicar por qué ocurre esto es el objetivo principal de este corto ensayo.

En su búsqueda repuestas, Campbell y Putnam llevan a cabo una revaluación crítica del Tea Party que me resultó muy pertinente.  En primer lugar, es necesario señalar que los planteamientos de los autores están basados en una serie de entrevistas realizadas en el verano norteamericano a un grupo representativo de 3,000 personas.

Lo primero que cuestionan los autores es la alegada inocencia política  de los miembros del Tea Party. Contrario a lo que se no has hecho crear, los simpatizantes del Tea Party no son un grupo de neófitos apolíticos forzados a entrar a la política por las circunstancias socioeconómicas. Según los autores, los simpatizantes del Tea Party estaban políticamente activos muchos antes de que este movimiento naciera. Además, muchos de ellos eran miembros activos del Partido Republicano.

En segundo lugar, los autores niegan que el Tea Party sea un producto de la recesión económica. Según Campbell y Putnam, quienes apoyan al Tea Party no pertenecen a los grupos sociales que más han sufrido las consecuencias de la crisis económica que vive la nación estadounidense. Desafortunadamente, los autores no profundizan con relación a este importante tema.

Interesantemente, los autores también cuestionan que el tamaño del gobierno sea otra factor de importancia detrás de los seguidores del Tea Party.

Una vez desmitificado el Tea Party, Campbell y Putnam identifican las cosas en común que tienen sus simpatizantes. En primer lugar y para sorpresa de nadie, son mayoritariamente blancos. Éstos compartían una opinión muy mala tanto inmigrantes como de afroamericanos mucho antes de que Barack Obama llegara a la Casa Blanca, y la sigue teniendo. En este punto me parece que los autores son bastante cuidadosos de no acusar directamente a los miembros del Tea Party de algo que me parece evidente: racismo. Sin el tema racial es imposible entender a este movimiento que, en parte, fue activado por la elección de un negro a la Presidencia.

El conservadurismo es otro elemento común entre los simpatizantes del Tea Party. Los autores mencionan el rechazo del aborto como un elemento fundamental de este movimiento. Este tema lleva a Campbell y Putnam al punto que querían llegar: la religión. Si algo identifica a los miembros del Tea Party es su mezcla de religión y política. Éstos consideran imprescindible que la religión juegue un papel más importante en la política norteamericana.  En su visión, Estados Unidos es un país que se ha olvidado de Dios y está pagando por ello. De ahí los exabruptos religiosos de una Michele Bachman y los llamadas a la oración del Gobernador de Texas Rick Perry. Esto también explica los fuertes vínculos de este movimiento con la derecha cristiana de los Estados Unidos.

Según los autores, el tema religioso es fundamental para entender el aumento en la oposición al Tea Party. Putnam y Campbell alegan que la mayoría de los estadounidenses son cada vez más conservadores económicamente hablando, pero a la vez se han ido alejando de la idea de mezclar política y religión.  En otras palabras, el fanatismo religioso es el talón de Aquiles del Tea Party –y de los Republicanos por asociación.

Los autores cierran su ensayo con un planteamiento categórico: los Republicanos arriesgan mucho al unir su destino con el del Tea Party, pues les podría pasar lo que le ocurrió a George S. McGovern –candidato a la presidencia por el Partido Demócrata en 1972– a quien el apoyo estridente de los pacifistas que se oponían a la guerra de Vietnam le costó el apoyo de los moderados y, por ende, la elección.

Habrá que esperar para ver si, como plantean Campbell y Putnam, el Tea Party termina siendo víctima de su fanatismo religioso. Crucemos los dedos.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

17 de agosto de 2011

A mediados de abril de 1961, un grupo de exiliados cubanos armados y entrenados por el gobierno de los Estados Unidos desembarcaron en Cuba con la intención de derrocar el gobierno revolucionario cubano. La famosa invasión de Bahía de Cochinos es, sin lugar a dudas, uno de los más grandes fiascos de la  guerra fría. Mucho se ha escrito y comentado sobre este singular evento. Hoy, cincuenta años después, contamos con una nueva interpretación con una valor muy especial, ya que fue escrita por los historiadores de la oficina que tuvo en sus manos la planificación y ejecución de la invasión, la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

La Freedom of Information Act es una ley estadounidense que capacita a ciudadanos norteamericanos a requerir del gobierno de Estados Unidos la revelación total o parcial de documentos e información bajo su poder. Amparado en esta ley,  el National Security Archive –un instituto de investigación ubicado en la George Washington University– logró que la CIA hiciera público  la Official History of Bay of Pigs Operation.

Invasores capturados por las fuerzas revolucionarias cubanas

Esta historia –redactada por Jack Peiffer, historiador oficial de la CIA–  revela que la invasión fue un fracaso mayor de lo que hasta ahora sabíamos. Entre otras cosas, deja claro que incapaces de distinguir entre los aviones de la fuerza aérea  cubana y los de la CIA, los invasores dispararon contra su apoyo aéreo. Otro dato interesante es el uso de fondos destinados para la invasión para contratar sicarios profesionales para que asesinaran a Fidel Castro. La participación directa de estadounidenses en la invasión es otro tema relevante. Según esta historia, cuatro pilotos norteamericanos murieron en Bahía de Cochinos, pero no fue hasta 1976 que  recibieron medallas   póstumas por sus servicios.

Me parece indiscutible que esta versión oficial abonará al análisis de un momento cumbre de la guerra fría.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 15 de agosto de 2011

Llega a mis manos otra aportación de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de Universidad de Buenos Aires (UBA) al estudio de la historia estadounidense. En esta ocasión se trata de un pequeño, pero muy especial  libro:  Hollywood, ideología y consenso en la historia de Estados Unidos (Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires: Editorial Maipue, 2010). Editado por el Dr. Fabio Nigra, Hollywood, ideología y consenso es el producto de un proyecto de investigación titulado “Hollywood como historiador. La fórmula norteamericana para generar consenso  de a  través del cine” (7) en el que participaron investigadores relacionados, directa e indirectamente, con la Cátedra de  Historia de Estados Unidos de la UBA.

En la introducción de esta obra se nos informa que el objetivo de este proyecto era examinar películas relacionadas con la historia norteamericana, producidas por los grandes estudios de Hollywood para determinar su papel ideológico-cultural. De ahí que los ensayos que componen este libro partan de dos hipótesis comunes: primero, que los filmes examinados por los investigadores no tienen sólo una finalidad comercial, sino que también “transmiten un mensaje de fuerte impronta ideológica”; (7) segundo, que todas las películas analizadas  buscan construir o generar consenso a nivel doméstico en los Estados Unidos, para luego expórtale al exterior.

Los ensayos que componen esta obra –y el proyecto de investigación del que son resultado–  se colocan dentro de la corriente historiográfica  de la Historia contextual del cine. Esta corriente, asociada a figuras como Marc Ferro, Robert Rosenstone y Pierre Sorlin, plantea el uso de cine como herramienta para estudiar la historia. En otras palabras, las películas no sólo reflejan el pasado, sino que también pueden hablar sobre el pasado.  De acuerdo a los creadores de esta colección de ensayos,

 […] la Historia expresada a través del cine puede ser leída como un discurso que posee sus particularidades, pero también sostenemos que gracias a la fuerza de la imagen,  el género cinematográfico logra producir un registro profundo en el espectador. (8)

 Los filmes no son obras inocentes, sino productos culturales y discursivos que, por su influencia e impacto sobre el espectador, pueden ser usadas como herramientas ideológicas y políticas.

Los autores se concentran en el impacto de Hollywood en la creación de consensos en la sociedad norteamericana. Según éstos, el cine “logra, de alguna forma, altos niveles  de consenso en las particularidades ideológicas del mensaje que se encuentra detrás de la historia narrada en su capa más superficial.” (8) Lo que no se deja claro en esta introducción es por qué era necesaria la construcción del  consenso que tanto enfatiza. No se nos dice si jugaba un papel de cohesión nacional o de justificación de las acciones internacionales de Estados Unidos en el siglo XX. Preguntas que espero sean contestadas por los trabajos que componen esta libro.

Hollywood, ideología y consenso está compuesto por ocho ensayos. Los dos primeros son de la autoría del editor del libro, el Dr. Nigra, y en ellos se atiende los elementos teóricos que dan base a los demás ensayos que contiene el libro. El tercer ensayo, de Gilda Bevilacqua, trabaja el tema racial durante la guerra de civil estadounidense a través de examen de la película de Martin Scorsese Gangas de Nueva York (2002).  En el cuarto ensayo, Mariana Piccinelli enfoca el  Destino Manifiesto en el film El Álamo (2004). La película sobre el líder obrero Jimmy Hoffa dirigida por Danny DeVito  y protagonizada por Jack Nicholson (Hoffa, 1992) es estudiada por Anabella Forte en el quinto ensayo. El próximo trabajo, escrito por Leandro Della Molla, examina el tema racial  en la obra de Spike Lee Malcom X (1992). En el séptimo ensayo, Florencia Dadamo estudia la representación fílmica de la guerra de Vietnam a través de un clásico, Las Boinas Verdes (1968). El análisis de Charlie Wilson´s War (2007) le permite a  Valeria L. Carbone examinar el importantísimo tema de la invasión soviética de Afganistán. Por último, Augusto Fiamango le dedica el último trabajo de esta colección a uno de los grandes héroes norteamericanos y su lucha contra el “imperio del mal”: Rocky Balboa.  La selección de filmes y temas es muy amplia e interesante. Sin embargo, no pude dejar de echar de menos temas  cruciales como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Debo reconocer que este es un tema que me resulta muy interesante, pues también creó que las películas no son productos inocentes de la cultura del entretenimiento. Es por ello que reseñaré de forma individual  algunos de los ensayos que componen este trabajo. No por ello debo dejar de agradecer –nuevamente– a los integrantes y directivos de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos por otra aportación al estudio de la historia estadounidense.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 15 de agosto de 2011

Recibo con gran alegría y entusiasmo la aparición del primer número de la revista electrónica Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina. Publicación conjunta de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos y de la Cátedra de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Huellas de Estados Unidos es una revista dedicada al estudio critico de los Estados Unidos y de su relación con América Latina. En palabras de sus creadores:

 “En la revista “Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” nos proponemos un acercamiento a los estudios sobre los Estados Unidos de tipo realpolitik, lo que implica la idea de desarmar la construcción ideológica que el excepcionalismo ha fundado y que la literatura ortodoxa tradicional se ha encargado de difundir. Consideramos que vale la pena discutir con la historiografía clásica norteamericana centrada en las buenas intenciones de los padres de la patria – y como extensión posterior de ellos las generaciones políticas que han gobernado el país – ; para introducir una perspectiva capaz de problematizar a los Estados Unidos, reorientando su estudio a un nivel de análisis más profundo, y que da más acabada cuenta de los sucesos históricos.”

 Los creadores de esta revista reconocen la importancia del excepcionalismo como elemento ideológico fundacional en la Historia de los Estados Unidos y se proponen analizarle.

¿Por qué estudiar a los Estados Unidos? Esta es una pregunta que los creadores de esta revista se plantean de forma directa. Su respuesta es clara: para entender cómo los estadounidenses se piensan a sí mismo y su efecto en la formulación de la política exterior norteamericana. En otras palabras, los padres de este gran proyecto tienen claro la indudable influencia de la esfera doméstica –y de elementos discursivos y culturales– en el desarrollo de la política exterior estadounidense, y reconocen la necesidad imperiosa de estudiarles. Además, proponen el estudio de la historia de los Estados Unidos como una herramienta necesaria para enfrentarnos académicamente  a un elemento crucial de la historia mundial:  la hegemonía norteamericana. En otras palabras, dado el papel hegemónico e imperial desempeñado por los Estados Unidos, estudiar su historia resulta imprescindible para entender el mundo actual. Por último, plantean que conocer a los Estados Unidos, y en particular su historia, permite una mejor comprensión de uno de los elementos más importantes de la “Era Contemporánea”: el imperialismo. Elemento en el que los Estados Unidos han jugado un papel fundamental.

El primer número Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina está compuesto por cinco ensayos y  tres reseñas que pueden ser descargados en formato PDF:

  1. Márgara Averbach,  “Comunidad y solución en la narración de origen indio en los Estados Unidos».
  2. Malena López Palmero, “Los ecos visuales de la incipiente colonización de Virginia: John White y Theodoro De Bry (1585-1590)”.
  3. Mariana Mastrángelo, “Releyendo a Carlos Pereyra y el mito de Monroe”.
  4. George Lipsitz, “Comprar y comprar: La cultura del consumismo y los estudios sobre Estados Unidos.”
  5. Costas Lapavitsas, “Capitalismo financiarizado: Crisis y expropiación”.
  6. Reseña: Thomas McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema Interamericano, 1880-1914«.
  7. Reseña: Hernán Comastri, “George Reisch y la Guerra Fría como debate intelectual”.
  8. Reseña: Raymon Gavins et al., “Remembering Jim Crow: African Americans tell About Life in the Segregated South

No tengo la menor duda de que  Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina ayudará a la promoción del estudio de la historia estadounidense en el mundo hispanoparlante, por lo que agradezco y felicito efusivamente a sus creadores, y en especial, a su Director Fabio Nigra y a su Secretaria de Redacción Valeria R. Carbone.

Norberto Barreto Velazquez, PhD

Lima, Perú, 7 de junio de 2011

Nota: El énfasis en la cita añadido por mí.

Acabo de leer uno de libros más fascinantes de historia de los Estados Unidos publicados recientemente. Su título,  A Renegade History of the United States (New York: Free Press, 2010, ISBN: 9781416571063), anuncia el carácter revisionista de esta obra. Escrito por el Dr. Thaddeus RussellA Renegade History enfoca la lucha entre quienes han querido mantener el orden social en los Estados Unidos y aquellos renegados que decidieron seguir sus impulsos y deseos. En otras palabras, Russell supera los enfoques tradicionales de la historia estadounidense (abolicionistas vs.  esclavistas, liberales vs. conservadores, capitalistas vs. trabajadores, hombres vs. mujeres, etc.) para presentarnos la historia de los Estados Unidos como un conflicto de más de doscientos entre los ciudadanos “decentes y respetables” en contra de la indecencia y la degeneración de quienes no renunciaron a su libertad individual ni se disciplinaron.  Russell examina a aquellos  que se mantuvieron fuera o se enfrentaron al orden moral y económico establecido en defensa  de los “illicit pleasures”, considerados por los norteamericanos “decentes” amenazas al sistema republicano y capitalista de los Estados Unidos.

Lo verdaderamente interesante y controversial de este libro es que  su autor alega que esos “malos ciudadanos” (esclavos, libertos, mafiosos, borrachos, prostitutas, piratas, hippies, vagos, delincuentes juveniles, homosexuales, etc.) jugaron un papel decisivo en la promoción y defensa de las libertades en los Estados Unidos. Además, desempeñaron un rol crucial en el desarrollo cultural y social de la nación norteamericano, ya que según Russell, es gracias a los renegados que existe el jazz, Hollywood y Las Vegas, que los homosexuales y afro-americanos disfrutan de derechos civiles y que el control de la natalidad sobrevivió las campañas y leyes creadas en su contra.

Dr. Thaddeus Russell

Antes de examinar con más detalle el contenido de esta extraordinaria obra, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor y la controversia que ha generado su trabajo académico. En la actualidad el Dr. Russell es profesor en el Occidental College  (California) donde enseña historia de los Estados Unidos en el siglo XX, con énfasis en temas laborales (su primer libro analiza el papel que jugó Jimmy Hoffa en el desarrollo de la clase obrera estadounidense), raciales y de ciudadanía.  En el año 2005 Russell fue despedido del Barnard College de la Universidad de Columbia, donde se desempañaba como profesor. La razón de su salida de la prestigiosa universidad neoyorquina fue su controversial enfoque de la historia estadounidense, considerado por algunos de sus críticos como poco académico, prejuiciado y políticamente orientado. Aquellos interesados en la versión de Russell sobre los eventos que llevaron a su salida de Columbia  pueden leer un artículo publicado por el autor en The Huffington Post en el año 2010, titulado Why I Got Fired From Teaching American History.”

La salida de Russell de la Universidad de Columbia formó parte de la campaña de represión académica llevada a cabo en los Estados Unidos en la primera década del siglo XXI contra intelectuales que asumieron posiciones políticas, cuestionaron la política exterior del gobierno de George W. Bush hijo y/o plantearon acercamientos novedosos y críticos en la enseñanza de la historia estadounidense. La víctima más reciente de esta campaña lo ha sido el gran historiador norteamericano William Cronon de la Universidad de Wisconsin-Madison, atacado por el Partido Republicano. El crimen cometido por el Dr. Cronon fue comenzar a escribir una bitácora  Scholar as Citizen analizando críticamente la política de Wisconsin. Quienes estén interesados en este caso pueden leer la excelente columna del economista Paul Krugman “American Thought Police” publicada en el New York Times el 27 de marzo de este año.

Volviendo al libro que comentamos, veamos algunos de los renegados que analiza  Russell y su aportación a la historia norteamericana.

Uno de los elementos más interesantes de esta obra es cómo su autor enfoca el tema de la esclavitud. Debo reconocer que Russell hizo que me replanteara algunas de mis ideas a cerca de la esclavitud como institución en la historia de los Estados Unidos. Según el autor, los esclavos disfrutaban de mayor libertad que los blancos libres porque no estaban sujetos a las mismas leyes y limitaciones morales. Los negros esclavos no eran ciudadanos y, por ende, estaban libres de las obligaciones y limitaciones asociadas a la ciudadanía. Los esclavos no tenían obligaciones militares ni estaban sujetos a la ética laboral de los blancos y, por ende, no tenían vergüenza de no trabajar o de trabajar menos o con menor intensidad. Tampoco tenían que pagar por su comida, vivienda, cuidado médico, etc. Además disfrutaban de una mayor libertad sexual  que los blancos, quienes “during the late eighteen and nineteen century were waging a war against their bodily desires” (64). Los esclavos estaban  sujetos a castigos corporales, pero según el autor ésta era una práctica común y frecuente en los hogares y las escuelas de los norteamericanos libres. Los libres estaban, además, sujetos a la violencia del Estado que les juzgaba por la violación de leyes que no aplicaban a los esclavos, encarcelaba y hasta ejecutaba. Según Russell, los esclavitas se vieron limitados a reducir el castigo físico  porque su abuso “worked against the master because it pushed the slave away from obligation to work  and toward rebellion”. (61) Es necesario subrayar que Russell no idealiza la esclavitud, pero  si rompe con la imagen tradicional de los esclavos como entes totalmente dependientes y sometidos brutalmente por sus amos. Para ello se sustenta en el trabajo de investigadores como Sharon Block, Stephanie M. H. Camp, Elizabeth H. Pleck y Catherine Clinton.

Esclavos tocando música y bailando, década de 1780.

Russell le dedica un capítulo al periodo posterior a la guerra civil norteamericana –la llamada Reconstrucción– y su objetivo es demostrar que la abolición de la esclavitud y la concesión de la ciudadanía norteamericana a los libertos conllevó la perdida de la libertad que éstos habían disfrutado bajo la esclavitud. La abolición llevó a que los negros estuvieran sujetos de la ética ciudadana estadounidense basada en el trabajo y el autocontrol. El autor nos brinda una imagen del Freedman Bureau –una agencia del gobierno federal creada tras la guerra civil para atender el tema de los libertos– como una institución creada para entrenar a los libertos y ayudarles a convertirse en ciudadanos con derechos, pero también con responsabilidades. La base de ese entrenamiento era la idea del trabajo como una virtud, inculcando la culpa como sustituto del látigo. El mensaje era claro: ahora  que eran libres los afroamericanos debían comportarse como ciudadanos decentes y trabajar.
La libertad sexual de los libertos fue blanco de ataques por parte de los oficiales del Freedmen Bureau, quienes impusieron el matrimonio como requisito para la convivencia de una pareja. También fueron aprobadas leyes castigando a quienes reñían hijos fuera del matrimonio. Las víctimas de estas leyes fueron las mujeres negras, solteras y con hijos, ya que se les podía arrestar, enjuiciar y condenar por ello. En el proceso perdían a sus hijos, pues eran enviados a orfelinatos.

Certificado de matrimonio emitido por el Freddmen Bureau, 1866.

No todos los libertos aceptaron ser convertidos en buenos ciudadanos. Algunos de ellos rechazaron  las responsabilidades y limitaciones personales que esto conllevaba y prefirieron seguir la senda del renegado. Éstos rechazaron el trabajo, el matrimonio, la frugalidad y la disciplina que sus libertadores blancos trataron de imponerles. En otras palabras, no renunciaron a sus libertades individuales. Su resistencia mantuvo viva la cultura que la libertad de la esclavitud les permitió desarrollar a los afroamericanos. Esa cultura es una de sus grandes aportaciones –el autor le llama regalo–  a la cultura norteamericana.   En palabras del autor,

“… slavery kept African Americans out of the culture repression that whites created,     and because of this, slaves created a uniquely liberated culture  that valued pleasure     over work and freedom over conformity.” (99)

El autor concluye, que gracias a que no todos libertos no fueron transformado en ciudadanos, hoy disfrutamos del jazz.

Banda de jazz, 1921.

El autor le dedica varios capítulos a explorar el papel jugado por otros renegados. En Capítulo 4, Russell examina las libertades y placeres que disfrutaban las prostitutas en la segunda mitad del siglo XIX (sexo interracial, sexo oral, uso de contraceptivos, independencia económica, uso de maquillaje, fumar, etc.) que luego se hicieron elementos  legítimos en la cultura estadounidense. En el Capítulo 5 hace un interesantísimo análisis de la demonización del baile. En el Capítulo 7 presenta la labor renegada de los judíos como suplidores de alcohol durante la Prohibición, como distribuidores de pornografía, como pioneros en la producción clandestina de anticonceptivos y como dueños de burdeles y “jazz-factories”.  En el Capítulo 9, plantea que para que los Estados Unidos  se convirtiera en una sociedad consumista fue necesario un cambio radical en cómo los estadounidenses   pensaban cerca sobre el deseo, el placer, la diversión y el gasto. Tal cambio no habría sido posible sin los renegados.

Motines en el Stonewall Inn, 1969.

Russell también examina el aporte del crimen organizado, alegando que sin la labor renegada de los mafiosos no habría jazz, el alcohol sería ilegal, no habría Broadway, Las Vegas ni Hollywood y los homosexuales estarían todavía en el closet.  No pretendo reseñar este punto en detalle, pero no puedo dejar de mencionar que según el autor, por razones económicas (ganancias) y personales (preferencia sexual), algunos mafiosos poseyeron y administraron bares gays en la ciudad de Nueva York. Éstos pagaban protección a la policía, proveyendo así de espacios seguros para la comunidad homosexual neoyorquina.  Curiosamente, uno de esos bares propiedad de la mafia es el famoso Stonewall Inn donde en setiembre de 1969 se desarrollaron una serie de motines importantísimos en el desarrollo del movimiento gay en los Estados Unidos.

Otro elemento interesante de este libro es cómo Russell enfoca el movimiento de  los derechos  civiles de la década de 1960.  Lo primero que llamó mi atención es que según el autor, los estudiosos de Martin Luther King no dan importancia a su faceta como moralizador. Russell señala que Luther King desarrolló tres proyectos entrelazados: la creación de la Southern Christian Leadership Conference para organizar la lucha por los derechos civiles, “the launching of a voting rights effort called Campaign for Citizenship” y una cruzada evangélica y moralizante entre los afroamericanos para librarles de sus hábitos anticristianos y antiamericanos. King quería integrar a los afroamericanos convirtiéndoles en ciudadanos y para ello era necesario que éstos dejaran de beber y apostar, y controlaran sus deseos materiales y sexuales. King creía que los afroamericanos debían disciplinarse y trabajar si querían acabar con el crimen y  la pobreza  que les azotaba. En conclusión, King se integró a la lucha por la histórica lucha por la decencia buscando transformar a los afroamericanos en ciudadanos decentes.

El autor hace un trabajo muy interesante mostrando el lado no pacifista de la lucha de los afroamericanos en los años 1960. Russell usó como ejemplo la ciudad de Birmingham (Alabama) donde en 1963 se desarrollaron famosos actos de violencia policiaca, muy importantes el desarrollo del movimiento de derechos civiles.  De acuerdo con el autor, los afroamericanos residentes de la ciudad no eran, como alegaba King,  víctimas pasivas del racismo y la violencia del Estado. Por el contrario, éstos resistieron la segregación con violencia y prueba de ellos es el número de incidentes violentos registrados por la policía en que estuvieron involucrados los afroamericanos. En los años previos a los terribles eventos de mayo de 1968, los negros residentes de Birmingham atacaron  a la policía, dieron palizas a ciudadanos blancos, etc. Para Russell, esa violencia fue crucial en la lucha por los derechos civiles. Las imágenes de la policía de la ciudad atacando con perros y chorros de agua registran un momento importante en la historia norteamericana. Sin embargo, dan una versión incompleta de los eventos de ese día.  Russell alega que las acciones policiacas no fueron gratuitas, sino una reacción a las agresiones y provocaciones que fueron objeto los policías por parte de la población afro-americana.  El autor concluye que la violencia de los afroamericanos dio a King la posibilidad de vender la integración racial y el fin de la segregación a los blancos de  Birmingham como el medio para acabar con la violencia y frenar su efecto económico.

Birmingham, mayo 1963.

Este es un libro extraordinario por varias razones. Primero, porque el autor enfatiza la existencia de muchas culturas norteamericanas enfrentadas, mostrando así la complejidad de la historia de los Estados Unidos. Segundo, porque es una interpretación novedosa y, sobre todo valiente, de la historia de los Estados Unidos. Tercero, porque está escrito de forma amena e interesante. Esta es una obra académica que no arrastra con los problemas tradicionales de las obras académicas. Russell quiere ser entendido, no lucirse con teorías complicadas y estilos rebuscados. Pero eso no quiere decir que no sea un libro serio y profundo. Además de estar muy bien escrito, este libro no nos agobia con cientos de notas al calce ya que se autor recogió sus fuentes en  una interesante bibliografía dividida por capítulos localizada al final de su obra.

Quienes busquen una interpretación novedosa de la historia de los Estados Unidos que rescate y enfatice la importancia histórica de  sus  ciudadanos renegados encontrarán en este libro una obra de gran valor.

Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima, Perú,  6 de junio de 2011