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Revisando viejos archivos, encontré este ensayo sobre el expansionismo norteamericano que escribí hace ya varios años por encargo del Departamento de Educación del gobierno de Puerto Rico. Desafortunadamente,  el libro de ensayos del que debió formar parte nunca fue publicado. Lo comparto con mis lectores con la esperanza  que les sea interesante o útil.  

 La expansión territorial es una de las características más importantes del desarrollo histórico de los Estados Unidos. En sus primeros cien años de vida la nación norteamericana experimentó un impresionante crecimiento territorial. Las trece colonias originales se expandieron  hasta convertirse en  un país atrapado por dos océanos. Como veremos, este fue un proceso complejo que se dio a través de la anexión, compra y conquista de nuevos territorios

Es necesario aclarar que la expansión territorial norteamericana fue algo más que un simple proceso de crecimiento territorial, pues estuvo asociada a elementos de tipo cultural, político, ideológico, racial y estratégico. El expansionismo es un elemento vital en la historia de los Estados Unidos, presente desde el mismo momento de la fundación de las primeras colonias británicas en Norte América. Éste fue considerado un elemento esencial en los primeros cien años de historia de los Estados Unidos como nación independiente, ya que se veía no sólo como algo económica y geopolíticamente necesario, sino también como una expresión de  la esencia nacional norteamericana.

No debemos olvidar que la  fundación de las trece colonias que dieron vida a los Estados Unidos formó parte de un proceso histórico más amplio: la expansión europea  de los siglos XVI y XVII. Durante ese periodo las principales naciones de Europa occidental se lanzaron a explorar y conquistar  dando forma a vastos imperios en Asia y América. Una de esas naciones fue Inglaterra, metrópoli de las trece colonias norteamericanas. Es por ello que el expansionismo norteamericano puede ser considerado, hasta cierta forma, una extensión del imperialismo inglés.

Los Estados Unidos  experimentaron dos tipos de expansión en su historia: la continental y la extra-continental. La primera es la expansión territorial contigua, es decir, en territorios adyacentes  a los Estados Unidos.  Ésta fue  vista como algo natural y justificado pues se ocupaba terreno  que se consideraba “vacío” o habitado por pueblos “inferiores”. La llamada expansión extra-continental se dio a finales del siglo XIX y llevó a los norteamericanos a trascender los límites del continente americano para adquirir territorios alejados de los Estados Unidos (Hawai, Guam y Filipinas). Ésta  provocó una fuerte oposición y un intenso debate en torno a la naturaleza misma de la nación norteamericana, pues muchos le consideraron contraria a la tradición y las instituciones políticas de los Estados Unidos.

 El Tratado de París de 1783

El primer crecimiento territorial de los Estados Unidos se dio en el mismo momento de alcanzar su independencia. En 1783, norteamericanos y británicos llegaron a acuerdo por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de las  trece colonias y se fijaron los límites geográficos de la nueva nación. En el Tratado de París las fronteras de la joven república fueron definidas de la siguiente forma: al norte los Grandes Lagos, al oeste el Río Misisipí y al sur el paralelo 31. Con ello la joven república duplicó su territorio.

Los territorios adquiridos en 1783 fueron objeto de polémica,  pues surgió la pregunta de qué hacer con ellos. La solución a este problema fue la creación de las Ordenanzas del Noroeste (Northwest Ordinance, 1787). Con ésta ley se creó un sistema de territorios en preparación para convertirse en estados. Los nuevos estados entrarían a la unión norteamericana en igualdad de condiciones y derechos que los trece originales. De esta forma los líderes norteamericanos rechazaron el colonialismo y crearon un mecanismo para la incorporación política de nuevos territorios. Las Ordenanzas del Noroeste sentaron un precedente histórico que no sería roto hasta 1898: todos los territorios adquiridos por los Estados Unidos en su expansión continental serían incorporados como estados de la Unión cuando éstos cumpliesen los requisitos definidos para ello.

La compra de Luisiana

La república estadounidense nace en medio de un periodo muy convulso de la historia de la Humanidad: el periodo de las Revoluciones Atlánticas. Entre 1789 y 1824, el mundo atlántico vivió un etapa de gran violencia e inestabilidad política producida por el estallido de varias revoluciones socio-políticas (Revolución Francesa, Guerras napoleónicas, Revolución Haitiana, Guerras de independencia en Hispanoamérica). Estas revoluciones tuvieron un impacto severo en las relaciones exteriores de los Estados Unidos y en su proceso de expansión territorial.

Para el año 1801 Europa disfrutaba de un raro periodo de paz. Aprovechando esta situación   Napoleón Bonaparte obligó a España a cederle a Francia el territorio de Luisiana. Con ello el emperador francés buscaba crear un imperio americano usando como base la colonia francesa de Saint Domingue (Haití). Luisiana era una amplia extensión de tierra al oeste de los Estados Unidos en donde se encuentran ríos muy importantes para la transportación.

Esta transacción preocupó profundamente a los funcionarios del gobierno norteamericano por varias razones. Primero, ésta ponía en peligro del acceso norteamericano al río Misisipí y al puerto y la ciudad de Nueva Orleáns, amenazando así la salida al Golfo de México, y con ello al comercio del oeste norteamericano. Segundo, el control francés de Luisiana cortaba las posibilidades de expansión al Oeste. Tercero, la presencia de una potencia europea agresiva y poderosa como vecino de los Estados Unidos no era un escenario que agradaba al liderato estadounidense. En otras palabras, la adquisición de Luisiana por Napoleón amenazaba las posibilidades de expansión territorial y representaba una seria amenaza a la economía y la seguridad nacional de los Estados Unidos. Por ello no nos debe sorprender que algunos sectores políticos norteamericanos propusieran una guerra para evitar el control napoleónico sobre Luisiana. A pesar de la seriedad de este asunto, el liderato norteamericano optó por una solución diplomática. El presidente Thomas Jefferson ordenó al embajador norteamericano en Francia, Robert Livingston, comprarle Nueva Orleáns a Napoleón. Para sorpresa de Livingston, Napoleón aceptó vender toda la Luisiana porque el reinició de la guerra en Europa y el fracaso francés en Haití frenaron sus sueños de un imperio americano. En 1803, se llegó a un acuerdo por el cual los Estados Unidos adquirieron Luisiana por $15,000,000, lo que constituyó uno de los mejores negocios de bienes raíces de la historia.

La compra de Luisiana representó un problema moral y político para el Presidente Jefferson, pues éste era un defensor de una interpretación estricta de la constitución estadounidense. Jefferson pensaba que la constitución no autorizaba la adquisición de territorios, por lo que la compra de Luisiana podía ser inconstitucional. A pesar de sus reservas constitucionales, el presidente adoptó una posición pragmática y apoyó la compra de Luisiana. Para entender porque Jefferson hizo esto es necesario enfocar su visión de la política exterior y del expansionismo norteamericano. Jefferson era el más claro y ferviente defensor del expansionismo entre los fundadores de la nación norteamericana. Éste tenía un proyecto expansionista muy ambicioso que pretendía lograr de forma pacífica.  Según él, los Estados Unidos tenían el deber de ser ejemplo para los pueblos oprimidos expandiendo la libertad por el mundo. De esta forma Jefferson se convirtió en uno de los creadores de la idea de que los Estados Unidos eran una nación predestinada a guiar al mundo a una nueva era por medio del abandono de la razón de estado y la aplicación de las convicciones morales a la política exterior. Esta idea de Jefferson estaba asociada a la distinción entre  republicanismo y monarquía. Las monarquías respondían a los intereses de los reyes y las repúblicas como los Estados Unidos a los intereses del pueblo, por ende, las repúblicas eran pacíficas y las monarquías no. Jefferson rechazaba la idea de que las repúblicas debían de permanecer pequeñas para sobrevivir. Éste creía posible la expansión pacífica de los Estados Unidos, es decir, la transformación de la nación norteamericana en un imperio sin sacrificar la libertad y el republicanismo democrático.

Territorio adquirido en la compra de Luisiana

Para Jefferson, conservar el carácter agrario del país era imprescindible para salvaguardar la naturaleza republicana de los Estados Unidos, pues era necesario que el país continuara siendo una sociedad de ciudadanos libres e independientes. Sólo a través de la expansión se podía garantizar la abundancia de tierra y, por ende, la subsistencia de las instituciones republicanas norteamericanas. Al apoyar la compra de Luisiana, Jefferson superó sus escrúpulos con relación a la interpretación de la constitución para garantizar su principal razón de estado: la expansión.

La era de los buenos sentimientos

Años de controversias relacionadas a los derechos comerciales de los Estados Unidos culminaron en 1812 con el estallido de una guerra contra Gran Bretaña. El fin de la llamada Guerra de 1812 trajo consigo un periodo de estabilidad y consenso nacional conocido como la  Era de los buenos sentimientos. Sin embargo,  a nivel internacional la situación de los Estados Unidos era todavía complicada, pues era necesario resolver dos asuntos muy importantes: mejorar las relaciones con Gran Bretaña y definir la frontera sur. La solución de ambos asuntos estuvo relacionada con la expansión territorial.

Mejorar las relaciones con Gran Bretañas tras dos guerras resultó ser una tarea delicada que fue facilitada por realidades económicas: Gran Bretaña era el principal mercado de los Estados Unidos.En 1818, los británicos y norteamericanos resolvieron algunos de sus problemas a través de la negociación. Los reclamos anglo-norteamericanos sobre el territorio de  Oregon era  uno de ellos. Los británicos tenían una antigua relación  con la región gracias a sus intereses en el comercio de pieles en la costa noroeste del  Pacífico.  Por su parte, los norteamericanos basaban sus reclamos en los viajes del Capitán Robert Gray (1792) y en famosa la expedición de Lewis y Clark  (1804-1806). En 1818, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron una ocupación conjunta de Oregon.  De acuerdo a ésta, el territorio permanecería abierto por un periodo de diez años.

Una vez resuelto los problemas con Gran Bretaña los norteamericanos se enfocaron en las disputas con España con relación a Florida. El interés norteamericano en la Florida era viejo y basado en necesidades estratégicas: evitar que Florida cayera en manos de una potencia europea. En 1819, España y los Estados Unidos firmaron el Tratado Adams-Onís por el que Florida pasó a ser un territorio norteamericano a cambio de que los Estados Unidos pagaran los reclamos de los residentes de la península hasta un total de $5 millones. La adquisición de Florida también puso fin a los temores de los norteamericanos de un posible ataque por su frontera sur.

La Doctrina Monroe

El fin de la era de las revoluciones atlánticas a principios de la década de 1820 generó nuevas preocupaciones en los  Estados Unidos. Los líderes estadounidenses vieron con recelo los acontecimientos en Europa, donde las fuerzas más conservadoras controlaban las principales reinos e imperaba un ambiente represivo y extremadamente reaccionario.  El principal temor  de los norteamericanos era la posibilidad da una intervención europea para reestablecer el control español en sus excolonias americanas. A los británicos también les preocupaba tal contingencia  y tantearon la posibilidad de una alianza con los Estados Unidos. La propuesta británica provocó un gran debate entre los miembros de la administración del presidente James Monroe. El Secretario de Estado John Quincy Adams  desconfiaba de los británicos y temía que cualquier compromiso con éstos pudiese limitar las posibilidades de expansión norteamericana. Adams temía la posibilidad de una intervención europea en América, pero estaba seguro que  de darse  tal intervención Gran Bretaña se opondría de todas maneras para defender sus intereses, sobre todo, comerciales. Por ello concluía que los Estados Unidos no sacarían ningún beneficio aliándose con Gran Bretaña. Para él, la mejor opción para los Estados Unidos era mantenerse actuando solos.

Los argumentos de Adams influyeron la posición del presidente Monroe quien rechazó la alianza con los británicos. El 2 de diciembre de 1823, Monroe leyó un importante mensaje ante el Congreso. Parte del  contenido de este mensaje pasaría a ser conocido como la Doctrina Monroe. En su mensaje, Monroe enfatizó la singularidad (“uniqueness”) de los Estados Unidos y definió el llamado principio de la “noncolonization,” es decir, el rechazo norteamericano a la colonización, recolonización y/o transferencia de territorios americanos. Además, Adams estableció una política de exclusión de Europa de los asuntos americanos y definió  así las ideas principales de la Doctrina Monroe. Las palabras de Monroe constituyeron una declaración formal de que los Estados Unidos pretendían convertirse en el poder dominante en el hemisferio occidental.

Es necesario aclarar que la Doctrina Monroe fue una fanfarronada porque en 1823 los Estados Unidos no tenían el  poderío para hacerla cumplir. Sin embargo, esta doctrina será una de las piedras angulares de la política exterior norteamericana en América Latina hasta finales del siglo XX y una de las bases ideológicas del expansionismo norteamericano.

El Destino Manifiesto

John L. O’Sullivan

En 1839, el periodista norteamericano John L. O’Sullivan escribió un artículo periodístico justificando la expansión territorial de los Estados Unidos. Según O’Sullivan, los Estados Unidos eran un pueblo  escogido por Dios y destinado a expandirse a lo largo de América del Norte. Para O’Sullivan, la expansión no era una opción para los norteamericanos, sino un destino que éstos no podían renunciar ni evitar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. O’Sullivan también creía que los norteamericanos tenían una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores.  Las ideas de O’Sullivan no eran nuevas, pero llegaron en un momento de gran agitación nacionalista y expansionista en la historia de los Estados Unidos.  Éstas fueron adaptadas bajo una frase que el propio O’Sullivan acuñó, el destino manifiesto, y se convirtieron en la justificación básica del expansionismo norteamericano.

La idea del destino manifiesto estaba enraizada en la visión de los Estados Unidos como una nación excepcional destinada a civilizar a los pueblos atrasados y expandir la libertad por el mundo. Es decir, en una visión mesiánica y mística que veía en la expansión norteamericana la expresión de la voluntad de Dios. Ésta estaba también basada en un concepto claramente racista que dividía a los seres humanos en razas superiores e inferiores. De ahí que se pensara que era deber de las razas superiores “ayudar” a las inferiores. Como miembros de una “raza superior”, la anglosajona, los norteamericanos debían cumplir con su deber y misión.

La anexión de Oregon

Como sabemos, en 1819, los Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron ocupar de forma conjunta el territorio de Oregon. Ambos países reclamaban ese territorio como suyo y al no poder ponerse de acuerdo optaron por compartirlo.  Por los próximos veinte cinco años, miles de colonos norteamericanos emigraron y se establecieron en Oregon estimulados por el gobierno de los Estados Unidos.

Las elecciones presidenciales de 1844 estuvieron dominadas por el tema de la expansión. La candidatura de James K. Polk por los demócratas estuvo basada en la propuesta de “recuperar” Oregon y anexar Texas. Polk era un expansionista realista que presionó a los británicos dando la impresión de ser intransigente y estar dispuesto a una guerra, pero que en el momento apropiado fue capaz de negociar. En 1846, el Presidente Polk solicitó la retirada británica del territorio de Oregon aprovechando que complicada por problemas en su imperio, Gran Bretaña no estaba en condiciones para resistir tal pedido.  Tras una negociación se acordó establecer la frontera en el paralelo 49 y todo el territorio al sur de esa  frontera pasó a ser parte de los Estados Unidos.

American Progress, John Gast , 1872

Texas

En 1821, un ciudadano norteamericano llamado Moses Austin fue autorizado por el gobierno mexicano a establecer 300 familias estadounidenses en Texas, que para esa época era un territorio mexicano. La llegada de Austin y su grupo de emigrantes marcó el origen de una colonia norteamericana en Texas. El número de norteamericanos residentes en Texas creció considerablemente  hasta alcanzar un total de 20,000 en el año 1830. Las relaciones con el gobierno de México se afectaron negativamente cuando los mexicanos, preocupados por el gran número de norteamericanos residentes en Texas, buscaron reestablecer el control político del territorio. Para ello los mexicanos recurrieron a frenar la emigración de ciudadanos estadounidenses y a limitar el gobierno propio que disfrutaban los texanos (norteamericanos residentes en Texas). Todo ello llevó a los texanos a tomar acciones drásticas. En 1836, éstos se rebelaron contra el gobierno mexicano buscando su independencia.  Tras una derrota inicial en la Batalla del Álamo, los texanos derrotaron a los mexicanos en la Batalla de San Jacinto y con ello lograron su independencia.

Después de derrotar a los mexicanos y declararse independientes, los texanos solicitaron se admitiera a Texas como un estado de la unión norteamericana. Este pedido provocó un gran debate en los Estados Unidos, pues no todos los norteamericanos estaban contentos con la idea de que Texas, un territorio esclavista, se convirtiera en un estado de la unión. Los sureños eran los principales defensores de la concesión de la estadidad a Texas, pues sabían que con ello aumentaría la representación de los estados esclavistas en el Congreso (la asamblea legislativa estadounidense). Los norteños se  oponían a la concesión de la estadidad a Texas porque no quería fortalecer políticamente a la esclavitud dando vida a un nuevo estado esclavista. Además, algunos norteamericanos estaban temerosos de la posibilidad de un guerra innecesaria con México por causa de Texas, pues creían que el gobierno mexicano no toleraría que los Estados Unidos anexaran su antiguo territorio.

El tema de Texas sacó a flote las complejidades y contradicciones de la expansión norteamericana. La expansión podría traer consigo la semilla de la libertad como alegaban algunos, pero también de la esclavitud y la autodestrucción nacional. Cada nuevo territorio sacaba a relucir la pregunta sobre el futuro de la esclavitud en los Estados Unidos y esto provocaba intensos debates e inclusive la amenaza de la secesión de los estados sureños.

La guerra con México

La elección de Polk como presidente de los Estados Unidos aceleró el proceso de estadidad para Texas. Éste era un ferviente creyente de la idea del destino manifiesto y de la expansión territorial. Durante su campaña presidencial, Polk se comprometió con la anexión de Texas. En 1845, Texas fue no sólo anexada, sino también incorporada como un estado de la Unión. Ello obedeció a tres razones: la necesidad de asegurar la frontera sur, evitar intervenciones extranjeras en Texas y el peligro de una movida texana a favor de Gran Bretaña. Como habían planteado los opositores a la concesión de la estadidad a Texas, México no aceptó la anexión de Texas y  rompió sus relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Con la anexión de Texas, los Estados Unidos hicieron suyos los problemas fronterizos que existían entre los texanos y el gobierno de México, lo que eventualmente provocó una guerra con ese país. La superioridad militar de los norteamericanos sobre los mexicanos fue total. Las tropas estadounidenses llegaron inclusive a ocupar la ciudad capital del México.

Las fáciles victorias norteamericanos desataron un gran nacionalismo en los Estados Unidos y llevaron a algunos norteamericanos a favorecer la anexión de todo el territorio mexicano. Los sureños se opusieron a la posible anexión de todo México por razones raciales, pues consideraban a los mexicanos racialmente incapaces de incorporarse a los Estados Unidos.  Algunos estados del norte, bajo la influencia de un fuerte sentimiento expansionista, favorecieron la anexión de todo México. Tras grandes debates sólo fue anexado una parte del territorio mexicano.

Territorio arrebatado a México en 1848

En el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848)  que puso fin a la guerra, los Estados Unidos duplicaron su territorio al adquirir los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Utah, y Nevada; México perdió la mitad de su territorio; México reconoció la anexión de Texas y los Estados Unidos acordaron pagarle  a México una indemnización de  $15 millones. Con ello los Estados Unidos lograron expandirse del océano Atlántico hasta el océano Pacífico. La guerra aumentó del poder de los Estados Unidos, fortaleció la seguridad del país y se abrió posibilidades de comercio con Asia a través de los puertos californianos. Sin embargo, la expansión alcanzada también expuso las debilidades domésticas de los Estados Unidos, exacerbando el  debate en torno a la esclavitud en los nuevos territorios, lo que endureció el problema del seccionalismo y llevó a la guerra civil. La victoria sobre México también promovió la expansión en territorios en poder de los amerindios norteamericanos lo que desembocó en  las llamadas guerras indias y en la reubicación forzosa de miles de nativos americanos.

Expansionismo y esclavitud

La década de 1850 estuvo caracterizada por un profundo debate en torno al futuro de la esclavitud en los Estados Unidos. Los estados sureños vieron en la expansión territorial un mecanismo para fortalecer la esclavitud incorporando territorios esclavistas a la unión norteamericana. Con ello pretendían alterar el balance político de la nación a su favor creando una mayoría de estados esclavistas. Es necesario señalar que los esfuerzos de los estados sureños fueran bloqueados por el  Norte que se oponía  a la expansión de la esclavitud.

El principal objetivo de los expansionistas en este periodo fue la isla de Cuba por ser ésta una colonia esclavista de gran importancia económica y estratégica para los Estados Unidos. En 1854, los norteamericanos trataron, sin éxito, de comprarle Cuba a España por $130 millones de dólares. Los Estados Unidos tendrían que esperar más de cuarenta años para  conseguir por las armas lo que no lograron por la diplomacia.

La compra de Alaska

William H. Seward

En el periodo posterior a la guerra civil la política exterior norteamericana estuvo desorientada, lo que frenó el renacer de las ansias expansionistas. El resurgir del expansionismo estuvo asociado a la figura del Secretario de Estado William H. Seward (1801-1872). Seward era un ferviente expansionista que tenía interés en la creación de un imperio norteamericano que incluyera  Canadá, América Latina y Asia. Los planes imperialistas de Seward no pudieron concretarse y éste tuvo que conformarse con la adquisición de Alaska.

Alaska había sido explorada a lo largo de los siglos XVII y XVIII por británicos, franceses, españoles y rusos. Sin embargo, fueron estos últimos quienes iniciaron la colonización del territorio. En 1867, los Estados Unidos y Rusia entraron en conversaciones con relación al futuro de Alaska. Ambos países tenían interés en la compra-venta de Alaska por diferentes razones. Para Seward, la compra de Alaska era necesaria para garantizar la seguridad del noroeste norteamericano y expandir el comercio con Asia. Por sus parte, los rusos necesitaban dinero, Alaska era un carga económica y la colonización del territorio había sido muy difícil. Además, el costo de la defensa de Alaska era prohibitivo para Rusia. En marzo de 1867 se llegó a un acuerdo de compra-venta por $7.2 millones.

El problema de Seward no fue comprar Alaska, sino convencer a los norteamericanos de la necesidad de ello. La compra enfrentó fuerte oposición, pues se consideraba que Alaska era un territorio inservible. De ahí que se le describiera con frases como  “Seward´s Folly,” Seward´s Icebox,” o “Polar Bear Garden.” Tras mucho debate, la compra fue eventualmente aceptada y aprobada por el Congreso. Lo que en su momento pareció una locura resultó ser un gran negocio para los Estados Unidos, pues hoy en día Alaska produce el 25% del petróleo de los Estados Unidos y posee el 30% de las reservas de petróleo estadounidenses.

Hawai

Para comienzos de la década de 1840, Hawai se había convertido en una de las paradas más importantes para los barcos norteamericanos en un ruta a China. Esto generó el interés de ciertos sectores de la sociedad norteamericana.  Los primeros norteamericanos en establecerse en las islas fueron comerciantes y misioneros.  A éstos le siguieron inversionistas interesados en la producción de azúcar. Antes de 1890 el principal objetivo norteameamericano no era la anexión de Hawai, sino prevenir que otra potencia controlara el archipiélago. La actitud norteamericana hacia Hawai cambió gracias a la labor misionera, la creciente importancia de la producción azucarera como consecuencia de la reciprocidad comercial con los Estados Unidos y la importancia estratégica de las islas. El crecimiento de la población no hawaiana (norteamericanos, japoneses y chinos)  despertó la preocupación de los locales, quienes se sentían invadidos y temerosos de perder el control de su país ante la creciente influencia de los extranjeros.  La muerte en 1891  del rey Kalākaua y el ascenso al trono de  su hermana Liliuokalani provocó una fuerte reacción de parte de la comunidad norteamericana en la islas, pues la reina era una líder nacionalista que quería reafirmar la soberanía hawaiana. Los azucareros y misioneros norteamericanos la destronan en 1893 y solicitaron la anexión a los Estados Unidos. Contrario a los esperado por los norteamericanos residentes en Hawai, la estadidad no les fue concedida. Además, el Presidente Grover Cleveland encargó a James Blount investigar lo ocurrido en Hawai.  Blount viajó  a las islas y redactó un informa muy criticó de las acciones de los norteamericanos en Hawai, concluyendo que a mayoría de los hawaianos favorecían a la monarquía. Cleveland era un anti-imperialista convencido por lo que el informe de Blount lo colocó en un gran dilema: ¿restaurar por la fuerza a la reina o anexar Hawai?  Lo controversial de ambas posibles acciones llevó a Cleveland a no hacer nada.

Liliuokalani, última reina de Hawaii

Ante la imposibilidad de la estadidad, los norteamericanos en Hawai optaron por organizar un gobierno republicano. El estallido de la Guerra hispano-cubano-norteamericana en 1898 abrió las puertas a la anexión de  Hawai. Noventa  y cinco  años más tarde el Presidente William J. Clinton firmó una  disculpa oficial por el derrocamiento de la reina Liliuokalani.

La expansión extra-continental

Como hemos visto, a lo largo del siglo XIX los norteamericanos se expandieron ocupando territorios contiguos como Luisiana,  Texas y California. Sin embargo, para finales del siglo XIX la expansión territorial norteamericana entró en una nueva etapa caracterizada por la adquisición de territorios ubicados fuera  de los límites geográficos de América del Norte. La    adquisición  de Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawai dotó a los Estados Unidos de un imperio insular.

La expansión de finales del siglo XIX difería del expansionismo de años anteriores por varias razones. Primero, los  territorios adquiridos no sólo no eran contiguos, sino que algunos de ellos estaban ubicados muy lejos de los Estados Unidos. Segundo, estos territorios tenían una gran concentración poblacional. Por ejemplo, a la llegada de los norteamericanos a Puerto Rico la isla tenía casi un millón de habitantes. Tercero, los territorios estaban habitados por pueblos no blancos con culturas, idiomas y religiones muy diferentes a los Estados Unidos. En las Filipinas los norteamericanos encontraron católicos, musulmanes y cazadores de cabezas. Cuarto, los territorios estaban ubicados en zonas peligrosas o estratégicamente complicadas. Las Filipinas estaban rodeadas de colonias europeas y demasiado cerca de una potencia emergente y agresiva: Japón. Quinto, algunos de esos territorios resistieron violentamente la dominación norteamericana. Los filipinos no aceptaron pacíficamente el dominio norteamericano y se rebelaron. Pacificar las Filipinas les costó a los norteamericanos miles de vidas y millones de dólares. Sexto, contrario a lo que había sido la tradición norteamericana, los nuevos territorios no fueron incorporados, sino que fueron convertidos en colonias de los Estados Unidos. Todos estos factores explican porque algunos historiadores ven en las acciones norteamericanas de finales del siglo XIX un rompimiento con el pasado expansionistas de los Estados Unidos. Sin embargo, para otros historiadores –incluyendo quien escribe– la expansión de 1898 fue un episodio más de un proceso crecimiento imperialista iniciado a fines del siglo XVIII.

Para explicar la  expansión extra-continental se han usado varios argumentos. Algunos historiadores  han alegado que los norteamericanos se expandieron más allá de sus fronteras geográficas por causas económicas. Según éstos, el desarrollo industrial que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX hizo que los norteamericanos fabricaran más productos de los que podían consumir. Esto provocó excedentes que generaron serios problemas económicos como el desempleo, la inflación, etc. Para superar estos problemas los norteamericanos salieron a buscar nuevos mercados donde vender sus productos y fuentes de materias primas. Esa búsqueda provocó la adquisición de colonias y la expansión extra-continental.

Otros historiadores han favorecidos explicaciones de tipo ideológico. Según éstos, la idea de que la expansión era el destino de los Estados Unidos jugó, junto al sentido de misión, un papel destacado en el expansionismo norteamericanos de finales del siglo XIX. Los norteamericanos tenían un destino que cumplir y nada ni nadie podía detenerlos porque era la expresión de la voluntad divina.

La religión y la raza también ha jugado un papel importante en la explicación de las acciones imperialistas de los Estados Unidos. Según algunos historiadores, los norteamericanos fueron empujados por el afán misionero, es decir, por la idea de que la expansión del cristianismo era la voluntad de Dios. En otras palabras, para muchos norteamericanos la expansión era necesaria para llevar con ella la palabra de Dios a pueblos no cristianos.  Como miembros de una raza superior –la anglosajona– los estadounidenses debían cumplir un papel civilizador entre las razas inferiores y para ello era necesaria la expansión extra-continental.

Alfred T. Mahan

Los factores militares y estratégicos también han jugado un papel de importancia en la explicación del comportamiento imperialista de los norteamericanos. Según algunos historiadores, la necesidad de bases navales para la creciente marina de guerra de los Estados Unidos fue otra causa del expansionismo extra-continental. Éstos apuntan a la figura del Capitán Alfred T. Mahan como una fuerza influyente en el desarrollo del expansionismo extra-continental . En 1890, Mahan publicó un libro titulado The Influence of Sea Power upon History que influyó considerablemente a toda una generación de líderes norteamericanos. En su libro Mahan proponía la construcción de una marina de guerra poderosa que fuera capaz de promover y defender los intereses estratégicos y comerciales de los Estados Unidos. Según Mahan, el crecimiento de la Marina debía estar acompañado de la adquisición de colonias para la construcción de bases navales y carboneras.

Una de las explicaciones más novedosas del porque del expansionismo imperialista recurre al género. Según la historiadora norteamericana Kristin Hoganson, el impulso imperialista era una manifestación de la crisis de  la masculinidad norteamericana amenazada por el sufragismo femenino y las nuevas actitudes y posiciones femeninas. En otras palabras, algunos norteamericanos como Teodoro Roosevelt defendieron y promovieron el imperialismo como un mecanismo para reafirmar el dominio masculino sobre la sociedad norteamericana.

La expansión norteamericana de finales del siglo XIX fue un proceso muy complejo y, por ende, difícil de explicar con una sola causa. En otras palabras, es necesario prestar atención a todas las posibles explicaciones del imperialismo norteamericano para poder entenderle.

La Guerra hispano-cubano-norteamericana

En 1898, los Estados Unidos y España pelearon una corta, pero muy importante guerra. La principal causa de la llamada guerra hispanoamericana fue la isla de Cuba. Para finales del siglo XIX, el otrora poderoso imperio español estaba compuesto por las Filipinas, Cuba y Puerto Rico. De éstas la más importante era, sin lugar a dudas, Cuba porque esta isla era la principal productora de azúcar del mundo. La riqueza de Cuba era fundamental para el gobierno español, de ahí que los españoles mantuvieron un estricto control sobre la isla. Sin embargo, este control no pudo evitar el desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista entre los cubanos. Hartos del colonialismo español, en 1895 los cubanos se rebelaron provocando una sangrienta guerra de independencia.  Al comienzo de este conflicto el gobierno norteamericano buscó mantenerse neutral, pero el interés histórico en la isla, el desarrollo de la guerra, las inversiones norteamericanas en la isla (unos $50 millones) y la cercanía de Cuba (a sólo 90 millas de la Florida) hicieron imposible que los norteamericanos no intervinieran buscando acabar con la guerra. La situación se agravó cuando el 15 de febrero de 1898 un barco de guerra norteamericano, el USS Maine, anclado en la bahía de la Habana, explotó  matando a 266 marinos. La destrucción del Maine  generó un gran sentimiento anti-español en los Estados Unidos que obligó al gobierno norteamericano a declararle la guerra a España.

El Maine hundido en la bahía de la Habana

La guerra fue una conflicto corto que los Estados Unidos ganaron con mucha facilidad gracias a su enorme superioridad militar y económica. En el Tratado de París que puso fin a la guerra hispanoamericana, España renunció a Cuba, le cedió Puerto Rico a los norteamericanos como compensación por el costo de la guerra y entregó las Filipinas a los Estados Unidos a cambio $20,000,000. A pesar de lo corto de su duración, esta guerra tuvo consecuencias muy importantes. Primero, la guerra marcó la transformación de los Estados Unidos en una potencia mundial. El poderío que demostraron los norteamericanos al derrotar fácilmente a España dio a entender al resto del mundo que la nación norteamericana se había convertido en un país poderoso al que había que tomar en cuenta y respetar. Segundo, gracias a la guerra los Estados Unidos se convirtieron en una nación con colonias en Asia y el Caribe lo que cambió su situación geopolítica y estratégica. Tercero, la guerra cambió la historia de varios países: España se vio debilitada y en medio de una crisis; Cuba ganó su independencia, pero permaneció bajo la influencia y el control indirecto de los Estados Unidos; las Filipinas no sólo vieron desaparecer la oportunidad de independencia, sino que también fueron controladas por los norteamericanos por medio de una controversial guerra; Puerto Rico pasó a ser una colonia de los Estados Unidos.

Con la expansión extra-continental de finales del siglo XIX se cerró la expansión territorial de los Estados Unidos, pero no su crecimiento imperialista ni su transformación en la potencia dominante del siglo XX.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

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Próximos a conmemorar el cincuentenario de la peor crisis de la Guerra Fría, comparto con ustedes esta interesante nota de Leandro Morgenfeld sobre la Crisis de los misiles. Morgenfeld es docente  de la UBA y un estudioso  de las relaciones argentino-estadounidenses. Padre de la bitácora Vecinos en conflicto, Morgenfeld es un analista agudo de las relaciones de América Latina y Estados Unidos.

La crisis de los misiles y el sistema interamericano

La crisis de los misiles y el sistema interamericano
Por Leandro Morgenfeld (http://www.marcha.org.ar/1/)
A pocos días de cumplirse 50 años de la denominada “Crisis de los misiles” que puso al mundo al borde de una guerra nuclear un análisis de lo sucedido y el sistema interamericano, impulsado por EE.UU., que resultó de dicho acontecimiento.
En octubre de 1962 se temió, como nunca antes, el estallido de la tercera guerra mundial. El enfrentamiento Washington-Moscú llegó al punto de máxima tensión y se vivieron días dramáticos, hasta que finalmente se vislumbró una salida diplomática. Hoy, medio siglo más tarde, todavía se discuten los entretelones de las negociaciones entre Kennedy, Jruschov y Castro. Lo que no cabe duda es que la crisis permitió a Washington reposicionarse en América y evitar una mayor influencia del proceso revolucionario cubano.
La crisis desatada tras el descubrimiento estadounidense de misiles soviéticos con capacidad nuclear en Cuba no sólo llevó al mundo al borde de la guerra, sino que tuvo consecuencias importantes en el sistema interamericano. La tensión internacional se desató cuando aviones espía de Estados Unidos lograron fotografiar la instalación de misiles soviéticos en la isla caribeña, a pocas millas de Florida. La temida tercera conflagración mundial estuvo a punto de estallar en ese momento. La crisis efectivamente no se circunscribió a los dramáticos 13 días que transcurrieron entre el descubrimiento estadounidense de los misiles soviéticos emplazados en Cuba (15 de octubre) y el acuerdo entre la Casa Blanca y el Kremlin (28 de octubre). Es necesario analizar el contexto de la crisis, no circunscribiéndolo a ese momento específico de laguerra fría, sino ahondando en la relación Washington-La Habana desde una perspectiva histórica, incluyendo los procesos más cercanos al estallido de la misma, como la invasión de Bahía de Cochinos y la Operación Mangosta. Sólo así pueden entenderse las razones de la decisión soviética de desplegar misiles nucleares en Cuba (para evitar lo que se consideraba como un probable nuevo ataque estadounidense a la Isla), aunque también esa riesgosa jugada tenía que ver con el enfrentamiento global entre Washington y Moscú, y en particular con el conflicto por Berlín que se desarrollaba en ese momento.
El despliegue militar soviético, según muestran documentos recientemente desclasificados, fue superior al que entonces habían considerado las autoridades de la Administración Kennedy (el número de militares que Moscú envió a Cuba llegó casi a 50.000). La primera semana del conflicto, desde que se descubrieron los misiles -sin hacerse público- hasta el famoso discurso de Kennedy en el que dio cuenta del hallazgo a través de las fotografías de los aviones U-2 y se dispuso el bloqueo naval a Cuba, bajo el eufemismo de una «cuarentena», es clave para entender la posición estadounidense. A partir de documentación ahora desclasificada, puede entenderse cómo se llegó a tomar la decisión del bloqueo, aplazando otras alternativas más temerarias impulsadas por los halcones del Pentágono, como el ataque aéreo, que hubiera iniciado una escalada y un enfrentamiento nuclear de consecuencias imprevisibles. El haber contado con una semana, antes de que el hallazgo se hubiera filtrado, permitió a la Administración Kennedy barajar alternativas menos riesgosas que la del ataque a Cuba, que casi con seguridad hubiera provocado una escalada de consecuencias trágicas para la humanidad entera.
La segunda semana del conflicto, cuando ya era público, también es clave para comprender el desenlace final. Estados Unidos desplegó las estrategias de la «zanahoria» y el «garrote». Las acciones militares y las declaraciones guerreristas de los gobiernos de Washington y Moscú estuvieron acompañadas de negociaciones diplomáticas sigilosas, a través de canales informales. Las mismas llegaron a buen puerto: el Kremlin se comprometió a retirar los misiles y la Casa Blanca a no invadir Cuba. Además, aunque esto no se hizo público, Estados Unidos prometió retirar los misiles de la OTAN que había emplazado en Turquía para amenazar a la Unión Soviética. La crisis, de todas formas, no se cerró definitivamente el 28 de octubre, sino que siguió hasta que se concretaron los acuerdos. A partir de entonces, se estableció una línea de comunicación directa entre la Casa Blanca y el Kremlin para evitar en el futuro los cortocircuitos que en octubre de 1962 casi desembocaron en una guerra nuclear.
Más allá de las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la crisis provocó una movilización en todo el continente americano. Posibilitó a Washington reposicionarse en la región, luego de las dificultades que había tenido en enero de 1962 para excluir a Cuba del sistema interamericano (Argentina, Brasil, México, Chile, Bolivia y Ecuador se habían opuesto a expulsar a la isla de la OEA). La subordinación del continente tras los mandatos del Departamento de Estado, que se manifestó el 23 de octubre de 1962 (la OEA votó aplicar el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca para garantizar el bloqueo contra Cuba) fue posible, entre otras cuestiones, gracias al giro que se produjo en la relación entre Estados Unidos y Argentina tras el golpe contra Arturo Frondizi y la asunción de José María Guido. El canciller argentino Muñiz, en la OEA, dio impulso a la creación de una fuerza interamericana de intervención, que incluiría una “brigada argentina”, integrada por 10.000 efectivos militares, lista para interceder en cualquier lugar del continente. Además, Argentina participó en el bloqueo, enviando dos buques de guerra y aviones. Se produjo, en esos meses, un inédito alineamiento argentino tras las políticas del Departamento de Estado. Altos mandos de las fuerzas armadas visitaron frecuentemente el Pentágono, entre ellos el jefe del ejército, Onganía, quien adhirió en forma entusiasta a la Doctrina de Seguridad Nacional, impulsada por la Junta Interamericana de Defensa. Con este giro en la relación bilateral, se anticipaba la política de acercamiento a Washington que se profundizaría tras el golpe contra Illia, en 1966.
La crisis de los misiles, entonces, permitió a la Casa Blanca y al Pentágono avanzar en su política de aislar a Cuba del resto del continente y evitar que su influencia se expandiera. Ofreciendo ayuda financiera al gobierno de Guido, que zozobraba ante la aguda crisis económica y las presiones militares, Washington pudo profundizar su histórico objetivo estratégico de alentar la balcanización latinoamericana.

La revista Huellas de los Estados Unidos de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de la UBA acaba de publicar el número correspondiente al mes de setiembre de 2012. Como ya nos tiene acostumbrado esta revista, este número destaca por la calidad y variedad de sus artículos y reseñas. Entre éstos sobresale un ensayo del gran historiador estadounidense William Cronon titulado “Los usos de la historia ambiental”. Autor del ya un clásico Changes in the Land: Indians, Colonists, and the Ecology of New England (New York: Hill & Wang, 1983), Cronon es una de las principales autoridades en historia ambiental. Además del trabajo de Cronon, componen esta edición otros nueve ensayos, un editorial y una reseña crítica.  El editorial, a cargo del Dr. Fabio G. Nigra, Director de la revista, enfoca el tema de las lecciones presidenciales en los Estados Unidos. De los ensayos, me llamaron poderosamente la atención dos: el de Darío Marini analizando la guerra filipino-norteamericana principios del siglo XX, tal vez el conflicto más olvidado en la historia estadounidense; y el ensayo de Ignacio A. Pacce sobre el uso de muñecos animados –el Pato Donald en este caso específico– como herramienta de propaganda durante la segunda guerra mundial. La reseña crítica es de la autoría del amigo Leandro Morgenfeld, padre de la excelente bitácora Vecinos en conflicto, dedicada al análisis de las relaciones entre Estados Unidos, Argentina y América Latina. Morgenfeld reseña el libro The Cuban Missile Crisis. A Concise History (New York, Oxford University Press, 2012)  de Don Munton y David A. Welch.

Para aquellos interesados en someter trabajos para la publicación en este medio, el Comité Editorial de Huellas de Estados Unidos recibirá artículos para evaluación hasta el día 15 de enero de 2013. El próximo número, a ser publicado en marzo de 2013, estará dedicado al análisis de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.

Felicitamos al equipo de Huellas de Estados Unidos, y en particular a su Director y su Secretaria de Redacción, la Doctoranda Valeria L. Carbone, por su gran trabajo promoviendo el estudio de los Estados Unidos en América Latina.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 27 de setiembre de 2012

La Doctrina Monroe (DM) es uno de los componentes ideológicos más importantes en el desarrollo de la  política exterior de los Estados Unidos.  Por ello no debe sorprender la gran atención que ha recibido por parte de  numerosos y diversos investigadores. Una búsqueda sencilla en el catálogo cibernético de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos daría como resultado la existencia de más de 500 obras relacionadas con la famosa doctrina. La lista de autores es igualmente impresionante, pues entre quienes han dedicado tiempo a su estudio destacan Albert Bushnell Hart, Dexter Perkins, Arthur P. Whitaker, Samuel Flagg Bemis, Hiram Bingham, William Appleman Williams, Armin Rappaport, Ernest R. May, Edward P. Crapol, Gaddis Smith y Greg Grandin.

Sin embargo, es necesario reconocer que pesar de todo lo escrito, no todo está dicho sobre la Doctrina Monroe. El libro The Monroe Doctrine: Empire and Nation in Nineteenth-Century America (New York: Hill and Wang, 2011)del historiador Jay Sexton es una prueba de ello. Sexton, profesor en la Universidad de Oxford, utiliza la DM para examinar el desarrollo histórico de los Estados Unidos en el siglo XIX, transformando las palabras de Monroe en algo más que un pronunciamiento de política exterior. Para el autor, James Monroe no creó una doctrina; sus creadores fueron aquellos que a lo largo del siglo XIX  debatieron su significado, y la usaron para adelantar sus objetivos y causas. Sexton plantea, que la DM evolucionó en relación y/o respuesta a los cambios y dinámicas de  la política interna norteamericana, así como también al contexto geopolítico. Este proceso culminó a principios del siglo XX con su transformación en una pieza clave de la mitología nacional estadounidense. Sin embargo, este carácter icónico escondía, según el autor, la complejidad que caracterizó el desarrollo de la DM a lo largo del siglo XIX.

Jay Sexton

En su análisis de la DM Sexton enfoca tres procesos históricos del siglo XIX estadounidense: la lucha para apuntalar la independencia frente a Gran Bretaña, la consolidación de la unidad nacional y la expansión imperial.

El autor nos recuerda que la DM nace y se desarrolla en el contexto del ascenso hegemónico del imperio británico.  De forma muy convincente Sexton muestra que el británico fue el imperio  más poderoso del siglo XIX y subraya el carácter conflictivo de las relaciones de los Estados Unidos con su antigua metrópoli. El imperio británico proyectaba su sombra sobre los Estados Unidos, pues tras su independencia, la joven nación se mantuvo atrapada en las redes del sistema mundial británico. De acuerdo con el autor, era clara la subordinación-dependencia económica de los Estados Unidos frente a Gran Bretaña, pues entre ambas naciones existía una relación simbiótica en la que los ingleses eran los suplidores de capital, crédito y productos terminados, y mercado para las materias primas exportadas por los estadounidenses. Los beneficios que obtenían los norteamericanos de esta relación eran claros: además de capital de inversión, tenían acceso al mercado británico gracias a la reducción unilateral de las tarifas británicas, lo que dejaba a los estadounidenses en libertad de imponerles tarifas a los productos de su antigua metrópoli. A nivel diplomático, el poder de Gran Bretaña también significó problemas y beneficios para los Estados Unidos. Por ejemplo, tanto la compra de Luisiana  como el pago de la indemnizacion a México en 1848 fueron posibles gracias a préstamos de bancos  británicos. El reto para los norteamericanos era cómo aprovechar ese poder sin convertirse en un peón de los británicos.

A la dependencia en Gran Bretaña Sexton le suma la vulnerabilidad de la joven nación norteamericana. Sexton es muy claro, la Revolución no creó una nación. Esa nación se formó a lo largo del siglo XIX y conllevó compromisos políticos, cambios constitucionales, integración económica, despertares religiosos, el fin la esclavitud, expansión territorial, innovación tecnológica y el desarrollo de una ideología racista y nacionalista. Los Estados Unidos del siglo XIX eran una nación insegura por su debilidad externa frente a las potencias europeas y por su vulnerabilidad interna ante el peligro de la división y destrucción de la unión política entre los estados.

Según Sexton, el  mensaje de Monroe de 1823 recoge la inseguridad de los Estados Unidos y  la desconfianza tradicional hacia los británicos, pero también presagiaba la colaboración imperial anglo-norteamericana.  El Presidente y sus colaboradores actuaron con gran cuidado y aunque mostraron reservas de colaborar con sus primos europeos, también estaban preocupados de actuar sin el apoyo de éstos. Los miembros del gabinete de Monroe estaban de acuerdo en que una intervención exitosa de la Santa Alianza en el Hemisferio Occidental constituiría una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. ¿Por qué este temor? Según el autor, los artífices de la DM –James Monroe, John C. Calhoun, John Quincy Adams y William Wirt­– se veían inmersos en una lucha ideológica contra las monarquías europeas. Basados en una mentalidad que Sexton compara con la de  la Guerra Fría, éstos consideraban que era necesario contener la amenaza que representaban las potencias europeas. Para ellos, la colonización o intervención europea en el Hemisferio Occidental constituiría una amenaza directa para los Estados Unidos que  obligaría a la nación estadounidense a aumentar los impuestos, crear un fuerza militar permanente (“standing army”) y centralizar el poder político. Todo ello generaría protestas y problemas regionales, que pondrían en peligro a la Unión, promoviendo el separatismo. En otras palabras, el mensaje de Monroe vinculó de forma directa las percepciones de amenazas extranjeras y vulnerabilidades internas.

Monroe y su equipo llegaron a la conclusión  de que la seguridad de los Estados Unidos sólo estaría garantizada a través de la creación de un sistema hemisférico controlado por los norteamericanos. Para ello elaboraron una doctrina que mantenía la puerta abierta a la colaboración con Gran Bretaña sin aceptar las condiciones de la propuesta del Ministro George Canning, informaba a la Santa Alianza que los Estados Unidos verían cualquier intervención en Hispanoamérica como una amenaza y dejaba claro que el gobierno norteamericano no intervendría en Europa y, además, respetaría  las posesiones coloniales europeas. En otras palabras, la administración Monroe declaró unilateralmente que el anti-colonialismo y el no-intervencionismo regían en el Hemisferio Occidental, sentando así las bases de la DM: las clausulas de no-colonización y no-intervención. Esta declaración dejó claro lo que los europeos no podían hacer, pero evitó la pregunta de qué haría Estados Unidos, manteniendo la puerta abierta a la expansión territorial.

Las palabras pronunciadas por Monroe en 1823 perdieron importancia en la década de 1830 porque las razones que las hicieron importantes dejaron de ser relevantes. Según Sexton, la DM fue rescatada del olvido por los conflictos seccionales de la década de 1840, que generaron múltiples interpretaciones de ésta. En la década de 1860 se materializaron de forma simultánea dos antiguos temores de los líderes norteamericanos: la secesión de un grupo de estados –que además buscaron aliarse con poderes externos– y la intervención directa de un potencia europea en el Hemisferio Occidental. En respuesta, los norteamericanos construyeron una nueva DM  que se convirtió en un poderoso símbolo nacional reclamado como suyo por políticos de diverso origen. Según el autor, esta nueva DM sentó las bases del imperialismo norteamericano de finales del siglo XIX.

La invasión francesa de México y la creación de una monarquía marioneta gobernada por Maximiliano,  conllevó un gran reto para la DM y una amenaza ideológica a la visión republicana de los estadounidenses. Además, México era considerado vital por los norteamericanos para la seguridad nacional por las fronteras compartidas y las relaciones económicas. Complicado por la guerra civil, Abraham Lincoln asumió una actitud moderada ante la invasión francesa. De ahí que  entre 1861 y 1865, ni Lincoln ni su Secretario de Estado William H. Seward usaran en público la frase Doctrina Monroe.  Ante los problemas en casa, se evitó provocar a los franceses. Lincoln  no invocó la DM, pero sí buscó, como Monroe en 1823, usar el poder británico en beneficio de los Estados Unidos y le pidió a los británicos que presionaran a Francia sobre el tema de México.

La DM también jugó un papel importante durante la guerra civil. Tal como había intentado Stephen Douglas antes del inicio de las hostilidades, la DM fue usada durante el conflicto civil  como un mecanismo para buscar la reunificación de los estados. Según el autor, Seward le sugirió a Lincoln que le declarara la guerra a España o Francia por su intervencionismo en el Hemisferio Occidental, para cambiar así el foco de atención pública de la esclavitud. La DM también fue usada por los enemigos y opositores políticos de Lincoln en el norte,  quienes acusaron a Seward de debilidad en la defensa de la seguridad nacional de los Estados Unidos. Tanto demócratas como republicanos atacaron a la administración Lincoln por la no aplicación de la DM en el caso de México. Un grupo de senadores demócratas buscó introducir en el Congreso resoluciones pidiendo la aplicación estricta de DM en México. En 1864, el republicano por Maryland Henry Winter Davis logró que la Cámara de Representantes aprobara, de forma unánime, una resolución condenando la intervención francesa en México. La DM también formó parte de la campaña presidencial de 1864, ya que los oponentes de Lincoln –demócratas y republicanos– hicieron uso de ella para atacarle.

Maximiliano I

Según el autor, el resultado de todas estas movidas fue una discusión pública sin precedentes sobre la naturaleza de la DM, que definió como los norteamericanos entendían el papel de su país a nivel internacional.   Los políticos y los partidos competieron por ser los defensores más ardientes de la DM, y en el proceso defendieron la necesidad de la supremacía hemisférica estadounidense. Sexton es muy claro al señalar que sus acciones no estaban motivadas por  la defensa o solidaridad con América Latina, sino por el deseo de lucir como defensores de la seguridad nacional y promotores de los intereses nacionales, y con ello ganar votos. Además, tenían una visión negativa de América Latina ya que justificaban la aplicación de la DM basados en la alegada inferioridad racial de los latinoamericanos y la lealtad de éstos a la Iglesia Católica. Erróneamente explicaron la salida de Francia de México como un resultado exclusivo de la DM, ignorando la lucha de los mexicanos y la oposición que enfrentó la aventura napoleónica en la propia Francia. De acuerdo con Sexton, esta falsedad fue repetida por décadas por políticos y libros de textos. Sexton concluye que para finales de la guerra civil, la DM se había convertido en un importante símbolo nacionalista que apelaba a distintos sectores políticos. La DM pasó a representar una política exterior  más activa y asertiva.

El imperialismo es un elemento clave en este libro, ya que Sexton interpreta la llamada expansión continental norteamericana como una empresa imperial en la que DM jugó un papel  fundamental. Un elemento central en el análisis de Sexton es el concepto “imperial anticolonialism” (anti-colonialismo imperial), que el autor toma prestado a nada más y nada menos que al gran historiador estadounidense William Appleman Williams. Sexton habla de la simultaneidad e interdependencia del anticolonialismo y el imperialismo en el siglo XIX estadounidense, y les identifica como factores importantes para entender la evolución de la DM.  Según él, ambos conceptos se funden a nivel de las políticas internas y externas de los Estados Unidos en el período que estudia. El anti-colonialismo norteamericano se fundamenta, de acuerdo con el autor, en las luchas contra Gran Bretaña y quedó consignado en dos documentos de gran importancia histórica: la Constitución y las Ordenanzas del Noroeste. La nueva república también fue anticolonial en el sentido de que sus líderes se opusieron a la expansión colonial europea en el Hemisferio Occidental. Sin embargo, los principios anticoloniales de la república norteamericana estaban entrelazados con la creación de un imperio desde bien temprano en su historia republicana.

Este  proceso imperialista –así le llama el autor– conllevó: la expulsión de los indios de sus tierras, la emigración y colonización de los blancos, la expansión de la esclavitud y la conquista de territorio a otros países (guerra con México). Durante el siglo XIX, Estados Unidos también buscó proyectar su poder en otras regiones no anexadas como México y el Caribe. También  hubo quienes plantearon la transformación del mundo a imagen de los Estados Unidos, idea que, según el autor, ganó fuerza a lo largo del siglo XIX, fomentando una política intervencionista que a su vez hizo que muchos apoyaran la adquisición de colonias en 1898.

Como parte de su análisis del imperialismo estadounidense, el autor enfoca el papel que  la DM jugó en el expansionismo de mediados de la década de 1840. Una de las figuras claves de este periodo fue el Presidente James K. Polk. Además de un amigo del Sur y de la esclavitud, Polk fue también un nacionalista convencido de que la expansión territorial –la creación de un imperio transcontinental, le llama Sexton– beneficiaría a todos los estados de la Unión, uniéndoles en un fervor nacionalista que solucionaría el debate en torno a la esclavitud. Polk y otros nacionalistas de su época acogieron el destino imperial de los Estados Unidos revelado por la ideología del Destino Manifiesto, pero enfrentaron las limitaciones que imponía la tradición anticolonial norteamericana.  El problema de Polk era ganar apoyo popular para su política expansionista, ya que no todos los norteamericanos compartían sus ansias imperialistas.

Tropas norteamericanas en el Zócalo

La política exterior de Polk estuvo definida por una percepción exagerada de amenaza y por la transformación del mensaje de Monroe de 1823 en un llamado a la expansión. El objetivo de Polk era transformar a Estados Unidos en un imperio transcontinental a través de la adquisición de California. Para ello se inventó una supuesta conspiración británica para  tomar control de las ricas tierras y estratégicos puertos californianos. En su mensaje ante el Congreso en diciembre de 1845, el Presidente defendió el derecho de los Estados Unidos a expandirse como una acción defensiva y de reafirmación de la DM, evitando la colonización europea de territorio americano. En otras palabras, la guerra contra México no sería una agresión, sino una movida defensiva para evitar que Gran Bretaña tomara control de California.

Sexton reconoce que es común entre los historiadores preguntarse por qué los EEUU no formó un imperio colonial antes de 1898. Para el autor, quienes se hacen esta pregunta olvidan que tanto la expansión al Oeste como el sometimiento de las tribus amerindias fueron actos coloniales. Este proceso consumió gran parte de los recursos y la atención de los norteamericanos en el periodos posterior a la guerra civil, pero ello no conllevó que la nación se hiciera aislacionista. Todo lo contrario, después de la guerra civil los norteamericanos vivieron lo que Sexton denomina como un poderosos internacionalismo cultural. Durante el periodo de la globalización temprana –y las innovaciones tecnológicas y el aumento comercial que ésta conllevó– los estadounidenses se vieron a sí mismos como propagadores de la civilización.

En este contexto, la DM fue muy debatida, pero no desde la perspectiva que combinaba amenazas externas e internas  que predominó en el periodo previo  a la guerra civil. Sexton identifica tres grupos que participaron en este debate. El primero de ellos estaba compuesto por los conservadores aislacionistas, quienes veían a la DM como parte de una lucha irreconciliable entre el Viejo y el Nuevo Mundo. El segundo grupo –los liberales intervencionistas– planteaban que la DM tenía que ser actualizada para que reflejara la nueva situación internacional. El último grupo, dirigido por James Blaine, veía a la DM como un símbolo para una política exterior activa  y nacionalista.  Éstos querían que Estados Unidos tuviese el control comercial y estratégico sobre el Hemisferio Occidental e invocaban la DM para apoyar políticas  como la anexión de islas caribeñas, la construcción de una canal interoceánico y el establecimiento de la supremacía comercial estadounidense en América Latina, pero siempre escudándose detrás del anticolonialismo. Para la década de 1890, los defensores de una política activa y nacionalista se impusieron, pero ese no fue proceso libre de controversia y debate.

La crisis venezolana de 1895 marcó un momento muy importante en la evolución de la DM, ya que la actitud asumida por el Presidente Grover Cleveland y por el Secretario de Estado Richard Olney durante la crisis llevó la DM a donde nadie antes la había podido llevar. Éstos  declararon la soberanía norteamericana en el Hemisferio Occidental al lograr que los británicos acataran la DM. Cleveland y Olney  expandieron el alcance de la DM usándole como justificación para intervenir en la controversia británica-venezolana, pero también buscaban limitar su alcance para que no fuera usada para justificar intervenciones en América Latina.  Según ellos, Monroe  se limitó a condenar la colonización europea del Hemisferio Occidental y no propuso o justificó la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de los países de la región.

La crisis con España y la eventual guerra de 1898 abrió un periodo muy importante en el desarrollo de la DM. Quienes favorecían la intervención de Estados Unidos en Cuba ­–y luego la adquisición de ésta, las Filipinas, Guam y Puerto Rico– evitaron el uso de la DM. Imperialistas como Theodore Roosevelt,  Alfred T. Mahan y Henry Cabot Lodge no recurrieron a la DM porque ésta  estaba asociada a los demócratas conservadores como  Cleveland,  que querían evitar una intervención en Cuba. Éstos tampoco usaron la DM para justificar la adquisición de un imperio insular porque ésta encarnaba un excepcionalismo nacional que contradecía, según Sexton, la justificación de la expansión colonial. Los imperialistas apelaron a conceptos cosmopolitas como el deber civilizador y la responsabilidad racial.

Quienes sí usaron la DM fueron los opositores de la anexión de las colonias españolas, los anti-imperialistas. Éstos recurrieron a la tradición anticolonial, el realismo geopolítico y el racismo para rechazar el imperio insular. Los anti-imperialistas creían que la DM simbolizaba una tradición anticolonial que era violada por la  anexión de las Filipinas. De esta forma ignoraban el pasado imperial estadounidense, en especial, la guerra con México y la conquista del Oeste.

Los primeros años del siglo XX fueron testigos, de acuerdo con Sexton, del resurgir de la DM como el principal símbolo de la política exterior de los Estados Unidos. Tal renacer estuvo acompañado de nuevos significados que reflejaran la convergencia de las posiciones opuestas del debate 1898. En otras palabras, se dio una fusión entre la tradición realista y el  nuevo lenguaje que enfatizaba las responsabilidades y deberes civilizadores. Roosevelt es uno de los artífices de esta fusión, ya que presentó a la DM como un instrumento que promovía los intereses estadounidenses y de la civilización occidental. Según el autor, este casamiento entre el nacionalismo y el internacionalismo amplió el atractivo de la DM.  Los imperialistas no optaron por más anexiones coloniales y los anti-imperialistas siguieron siendo enemigos del colonialismo, pero no necesariamente de un imperialismo general.  Esto permitió crear un DM muchos más explícitamente intervencionista, pero que a la vez reflejaba dudas sobre la anexión de pueblos no blancos que habitaban territorios no continuos a los Estados Unidos.  Sexton usa la Enmienda Platt y la adquisición de la zona del canal de Panamá como ejemplos de esta conciliación entre anti-colonialismo y la promoción de intereses estratégicos y económicos estadounidenses. En ambas se camuflaron acciones imperialistas en términos anticoloniales (independencia de Cuba) y de la defensa de la auto-determinación (independencia de Panamá). Estas acciones generaron críticas, pero no un debate nacional como en 1898. En otras palabras, hubo muy poca oposición doméstica por la combinación de alegados elementos humanitarios y anticoloniales con una lógica estratégica y económica.

The Monroe Doctrine por William Allen Rogers

El último tema tocado por Sexton es el Corolario Roosevelt a la DM. Según el autor, en las primeras décadas del siglo XX la amenaza británica fue sustituida por la amenaza alemana, ya que los estadounidense percibieron, erróneamente, a Alemania como una amenaza para sus planes de hegemonía hemisférica. Las crisis con la deuda de Venezuela y de la República Dominicana y el peligro de posibles intervenciones europeas llevaron a Roosevelt a declarar su famoso Corolario. Roosevelt había favorecido una política exterior agresiva desde principios de la década de 1890 y usó la amenaza  europea como excusa y pretexto. Como no todos sus compatriotas compartían su visión de la política exterior, el Presidente se refugió en una tradición reverenciada: la DM. En vez de crear la Doctrina Roosevelt optó por usar un símbolo anticolonial para legitimar una política claramente intervencionista.  Según Sexton, Roosevelt temía enfrentar una oposición como la que se desató en 1898.

Theodore Roosevelt and his Big Stick in the Caribbean (1904) de William Allen Rogers

El corolario anunciaba de forma descarada la intención de los Estados Unidos de llevar a cabo una políica intervencionista, de convertirse en un gendarme internacional. Limitado por la oposición doméstica, Roosevelt no buscó la expansión territorial ni el colonialismo formal. Esto, sin embargo, no significó que renunciara  a la búsqueda de hegemonía hemisférica. Contrario a otros planteamientos anteriores –el  de Monroe en 1823 y el de Olney en  1895– el Corolario no mencionó la amenaza de una monarquía europea como medio de unión nacional ni buscaba aislara a los EEUU de las potencias europeas porque anunciaba el comienzo de un nuevo papel internacional para los Estados Unidos.

Este libro es uno muy valioso por varios factores. En primer lugar, porque su autor hace un análisis excelente de la evolución de la Doctrina Monroe a lo largo del siglo XIX. Sexton examina de forma magistral los diversos debates que se dieron en torno a la famosa doctrina demostrando su carácter controversial y reñido. No hubo una DM, sino varias que dependieron no solo de factores geopolíticos e internacionales, sino también domésticos. En esto último punto radica el segundo valor de este libro: su  autor no ve a la DM como un mero pronunciamiento de política exterior. Para él, la DM fue también un importante elemento en el desarrollo político de los Estados Unidos, especialmente vinculado a temas como la unidad nacional, la guerra civil, el expansionismo, etc. Es en estas dos esferas –la nacional y la internacional­– que la DM es construida y reconstruida a lo largo del siglo XIX hasta convertirse en un elemento  icónico de la historia norteamericana.

El tercer valor de este libro esta asociado al análisis que hace su autor del imperialismo norteamericano. Para Sexton, el imperialismo no fue una experiencia casi accidental que tuvieron los Estados Unidos a finales del siglo XIX como consecuencia de una corta e involuntaria, pero importantísima guerra contra España.  No, para el autor el imperialismo es un elemento constitutivo de la formación nacional estadounidense. Por ello cataloga sin tapujos a la conquista del Oeste y las guerras contra los indios como actos coloniales.  De esta forma se une a un número, afortunadamente en crecimiento, de historiadores que han superado la mitología del expansionismo continental y del imperialismo por accidente para enfrentar de forma  crítica las prácticas, instituciones y discursos del imperialismo estadounidense. Este valiente reconocimiento me parece un aportación singular, especialmente cuando se analiza una de los elementos más importantes de tal imperialismo, la Doctrina Monroe.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 23 de setiembre de 2012

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Gracias a la H-Net List for American Studies me enteró de la existencia de un gran recurso para la enseñanza de la guerra civil estadounidense: The Civil War in Art: Teaching & Learning through Chicago Collections. Esta página cibernética pone a nuestra disposición 130 obras de artes relacionadas con el tema de la guerra civil, procedentes de varias organizaciones culturales de la ciudad de Chicago (The Art Institute of Chicago, Chicago History Museum, Chicago Park District
, Chicago Public Library, The DuSable Museum of African American History, and The Newberry Library).

Desarrollada por un equipo compuesto por museólogos, bibliotecarios, historiadores y maestros, The Civil War in Art está  dirigida, principalmente, a estudiantes de escuela superior. Sin embargo, considero que su alcance puede y debe ser mayor, ya que además de la galería arte, contiene  una sección de ensayos sobre diversos temas de la guerra civil, un glosario y una sección de planes de estudios para maestros.

Este es un recurso completamente gratuito que será de gran utilidad e interés para todos aquellos interesados en la historia de los Estados Unidos.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 8 de junio de 2012

 

Aunque han existido más de dos partidos nacionales de manera simultánea, la historia política de los Estados Unidos ha estado caracterizada por la presencia dominante de dos partidos políticos. El nombre y la orientación política de estos dos partidos  ha variado a lo largo de la historia estadounidense.

El bipartidismo estadounidense nace en los primeros años de vida independiente de la nación norteamericana bajo la influencia de los eventos asociados a la Revolución Francesa. La crisis internacional provocada por los acontecimientos en Europa atrapó a los Estados Unidos entre las dos principales naciones en lucha: Francia y Gran Bretaña. La joven y aún vulnerable república norteamericana se vio amenazada por un conflicto del que no era responsable ni podía controlar.

En este contexto, la lucha entre dos grupos políticos provocó el desarrollo de los primeros partidos políticos norteamericanos: el Partido Federalista y el Partido Republicano. Los federalistas estaban liderados por Alexander Hamilton y se identificaban con los intereses de la región más urbana y comercial del país, el noreste. Éstos proponían el desarrollo de los Estados Unidos como un país manufacturero y comercial, por lo que defendían la creación de un banco nacional, el pago de la deuda nacional y el cobro de aranceles a los productos importados. A nivel internacional, los federalistas veían con recelo los eventos de la Revolución Francesa y no escondían sus simpatías por Gran Bretaña. Los republicanos estaban liderados por Thomas Jefferson y representaban los intereses del sur esclavista y agrario. Éstos favorecían el desarrollo de una economía agrícola de pequeños propietarios y se oponían a los aranceles y a la creación de un banco nacional porque creían que afectarían los intereses de los ciudadanos comunes. A nivel internacional, Jefferson y sus seguidores simpatizaban con la Francia revolucionaria y manifestaban una actitud claramente anti-británica.

Thomas Jefferson

Estos dos partidos se enfrentaron por primera vez en las elecciones de 1796. Los federalistas resultaron victoriosos, ganando la mayoría del Congreso y eligiendo a John Adams como el segundo presidente de los Estados Unidos. Éste mantuvo una política pro-británica, provocando serios problemas con Francia. En las elecciones de 1800 resultó electo Jefferson presidente, marcando el inicio de un dominio político republicano sobre el gobierno federal.

Ambos partidos mantuvieron una dura lucha hasta que la guerra de 1812 conllevó el fin del Partido Federalista. Los fracasos sufridos por las fuerzas norteamericanas durante la guerra –unida al costo económico del conflicto– provocaron críticas y una oposición popular, especialmente, donde los federalistas eran más poderosos: los estados de la zona de Nueva Inglaterra, al noreste del país. Dado que eran la principal fuerza política de la región, los federalistas lideraron la oposición a la guerra. En diciembre de 1814, un grupo de delegados de los estados de Nueva Inglaterra se reunieron en la ciudad de Hartford en el estado de Connecticut, para discutir las quejas contra la guerra y el gobierno del entonces Presidente James Madison, un republicano. Como parte de los debates de la convención se discutió la posibilidad de la secesión, es decir, de que la región se independizara y formara un nuevo país. Aunque los seguidores de esta idea eran una minoría, la euforia nacionalista provocada por la victoria de Andrew Jackson en la batalla de Nueva Orleans en 1814, hizo que los participantes de la Convención de Hartford fueron considerados unos traidores, lo que condenó a muerte al Partido Federalista.

La crisis y eventual desaparición del Partido Federalista llevó a los republicanos a dominar el escenario político nacional hasta 1824. Ese año las elecciones presidenciales fueron disputadas por cinco candidatos: John Quincy Adams, John C. Calhoun, William Crawford, Henry Clay y Andrew Jackson. Este último obtuvo la mayoría de votos populares, pero no la cantidad de votos electorales necesaria, por lo que la Cámara de Representantes tuvo que decidir entre los tres candidatos con más votos: Jackson, Adams y Crawford. Adams resultó electo con el apoyo de Clay, entonces Presidente de la Cámara, provocando las críticas de Jackson, quien fundó un nuevo partido político, el Demócrata.

En 1828 Jackson ganó las elecciones convirtiéndose en séptimo presidente de los Estados Unidos. El estilo personalista y enérgico de Jackson provocaron duras críticas entre sus opositores, que le acusaron de ser un dictador. En 1834, un grupo de legisladores se unieron para oponerse Jackson. Éstos se autodenominaron como los “whigs”, en alusión a los británicos que se opusieron a las arbitrariedades del rey Jorge III durante el periodo revolucionario. Los whigs alegaban que ellos se enfrentaban a un presidente que se comportaba como un rey tiránico y abusivo. Liderados por Calhoun, Clay y Daniel Webster, los whigs se convirtieron en una fuerza política coherente y organizada que defendía que el gobierno estuviese controlado por hombres capaces. En otras palabras, los whigs defendían un elitismo político basado en el talento: que los “mejores” gobernaran al país. A nivel económico, favorecían la libre empresa, la iniciativa privada, la expansión del gobierno federal y el estimulo al desarrollo industrial y comercial del país. Según ellos, Estados Unidos debía convertirse en una nación industrial con un comercio vigoroso El tema de la expansión al oeste era uno delicado para los whigs, pues temían que el crecimiento territorial produjera inestabilidad política. Rechazaban la lucha de clases, alegando que el crecimiento económico redundaría en beneficios para todos los norteamericanos, fuesen éstos agricultores, trabajadores o dueños de las fábricas.

Aunque los whigs tuvieron más simpatías entre los comerciantes y empresarios del noreste, también hubo whigs entre los sureños, quienes apoyaron el nuevo partido por razones muy especificas. Los whigs sureños no simpatizaban con el cobro de aranceles a las importaciones, pero sí tenían inversiones en bancos y ferrocarriles y, por ende, les atraía el programa económico del partido. Otros eran hacendados que querían acabar con el poder político que habían alcanzado los granjeros blancos libres durante la presidencia de Jackson. Algunos whigs sureños se había unido al partido en reacción a la actitud que asumió Jackson con relación a los derechos de los estados y el caso de Carolina del Sur y la teoría de la invalidación en 1828. En el oeste, los whigs fueron apoyados por una clase comercial emergente que favorecía el programa de mejoras internas y que estaba compuesta por inmigrantes.

Los seguidores de Jackson estaban agrupados bajo el Partido Demócrata. La filosofía de éstos estuvo influida por las políticas y acciones de Jackson. De ahí que éstos favorecieran limitar la intervención económica del gobierno federal, promovieran los derechos de los estados y se declararan defensores de los trabajadores, los granjeros y los “hombres honrados”, y enemigos de los monopolios, los aristócratas y los corruptos. Contrario a los whigs, los demócratas favorecían la expansión territorial porque creían que ésta aumentaría las oportunidades para los norteamericanos comunes. Los demócratas defendían la remoción y el traslado de los indios. Su base de apoyo político estaba entre los pequeños comerciantes y trabajadores del noreste y los agricultores sureños. Contrario a los líderes whigs, los líderes demócratas eran menos ricos y de origen popular.

Whigs y demócratas compitieron por el control del gobierno entre 1836 y 1852, alternándose en la presidencia. En 1836 fue electo presidente Martin Van Buren, un demócrata. Cuatro años más tarde fue electo William H. Harrison, un whig. En 1844, los demócratas volvieron a la Casa Blanca con la elección de James K. Polk, pero fueron derrotados en 1848 por Zachary Taylor, un whig veterano de la guerra con México. En el año 1852 se dio el último enfrentamiento entre estos dos partidos y los demócratas lograron la victoria con la elección de Franklin Pierce como décimo cuarto presidente de los Estados Unidos.

En la década de 1840 surgió un partido anti-inmigrante conocido como el Partido Americano, también conocido como el Partido Know Nothing. El origen de este nombre está en el hecho de cuando alguien les preguntaba algo a alguno sus miembros, éste respondía que no sabían nada (“know nothing”) y de ahí les quedo el calificativo. El nuevo partido contaba con el apoyo de pequeños granjeros, hombres de negocios modestos y gente trabajadora. Los “Know Nothings” poseían una rara combinación entre un fuerte nacionalismo anti-inmigrante conocido como “nativism” y anti-esclavismo, pues se oponían abiertamente a la inmigración de irlandeses y alemanes católicos (como también de los chinos) y su segmento norteño rechazaba la esclavitud. Su fuerte anti-catolicismo les llevaba a plantear la existencia de una conspiración entre el Papa y los propietarios de plantaciones esclavistas contra la democracia norteamericana. La llegada de miles de pobres inmigrantes católicos era, según ellos, parte de este complot, que amenazaba la idea que tenían los Know Nothings de los Estados Unidos como una sociedad protestante de individuos libres e iguales.

Aunque  logró algunas victorias electorales en ciudades de la zona de Nueva Inglaterra, el Partido Know Nothing entró en crisis como consecuencia de las divisiones internas, especialmente, sobre el tema de la esclavitud y eventualmente desapareció.

El tema de la esclavitud no afectó solamente a los Know Nothing. Los debates sobre el futuro de la esclavitud que caracterizaron la década de 1850 tuvieron serias consecuencias sobre otros partidos políticos. En 1854 fue aprobada por el Congreso la Ley Kansas-Nebraska revocando el Acuerdo de Missouri que prohibía la esclavitud al sur de paralelo 36º30´, permitiendo así que los territorios a sur de ese paralelo fuesen organizados sobre la base de la soberanía popular. Los residentes de los territorios de Kansas y Nebraska decidirían a través del voto si eran territorios, y por ende, estados esclavistas o no.

La ley Kansas-Nebraska tuvo consecuencias desastrosas para el sistema político norteamericano, pues destruyó al Partido Whig y dañó severamente al Demócrata. Los whigs y demócratas opuestos a la ley la denunciaron como un esfuerzo más para imponer la esclavitud en el país. Estos abandonaron sus respectivos partidos y se unieron a los “free-soilers” –un partido político opuesto a la expansión de la esclavitud fundado en 1848– y los grupos abolicionistas para fundar, en 1854, un nuevo partido político, el Republicano. Este partido estaba formado por grupos muy diferentes unidos por su rechazo de la esclavitud. Los miembros del Partido Republicano afirmaban los valores republicanos de libertad e individualismo, y consideraban que la esclavitud negaba ambos. La lucha entre republicanos y demócratas fue intensa en el periodo previo a la guerra civil.

El detonante de la guerra civil fue la victoria en las elecciones presidenciales de 1860 del Partido Republicano y de su candidato Abraham Lincoln. Estas elecciones jugaron un papel decisivo en la historia de los Estados Unidos. La victoria de Lincoln fue facilitada por la división del Partido Demócrata. La lucha por la candidatura presidencial llevó a los demócratas a una crisis interna y a la destrucción de ese partido. Como el Partido Demócrata agrupaba tanto a sureños como norteños, había jugado un importante papel como instrumento de conciliación durante las crisis regionales que vivió el país en la década de 1850. Su destrucción no sólo facilitó la victoria de Lincoln, sino que dejó a la nación sin una herramienta útil para enfrentar la crisis regional más severa de su historia: la secesión del Sur.

Los delegados del Partido Demócrata se reunieron en abril de 1860 en la ciudad de Charleston, Carolina del Sur, para elegir su candidato a la presidencia. El Senador Stephen Douglas contaba con una mayoría de votos, pero no tenía el apoyo necesario de dos terceras partes de los delegados. Para ello necesitaba el apoyo de los delegados sureños, que le exigieron garantizar la protección de la esclavitud en los territorios. Para Douglas, ello conllevaba violar su apoyo histórico a la doctrina de la soberanía popular, por lo que declinó la oferta de los sureños. Sin el apoyo de los sureños, la convención no pudo elegir un candidato. En junio de 1860, los delegados demócratas se reunieron nuevamente en la ciudad de Baltimore, Maryland, para intentar resolver las diferencias entre las facciones norteñas y sureñas y elegir un candidato a la presidencia. Esta segunda convención fue un total fracaso, pues los delegados sureños abandonaron la asamblea y luego nominaron John C. Breckinridge como su candidato presidencial. Sin la participación de los demócratas sureños, los norteños nominaron a Douglas su candidato presidencia, lo que selló la división y destrucción del Partido Demócrata.

Por su parte los republicanos nominaron a Abraham Lincoln como su candidato presidencial. Para complicar aún más la situación política, algunos whigs sureños se unieron a nativistas y crearon el Partido Unión Constitucional, con John Bell como su candidato a presidente.

Durante la campaña electoral, Breckinridge apoyó la extensión de la esclavitud en los territorios, mientras Lincoln se manifestó claramente a favor de su exclusión. Douglas buscó mantener un punto medio con su apoyo a la doctrina de la soberanía popular. Bell también buscó un compromiso, pero de forma más vaga que Douglas. Douglas fue el único candidato que alertó con insistencia sobre el peligro de la secesión.

Esta elección histórica produjo una enorme participación popular, pues votó el 81% de los electores. La división de los demócratas posibilitó la victoria de Lincoln, quien obtuvo 180 votos electorales y 1,865,593 votos populares. Breckinridge llegó en segundo lugar con 72 votos electorales y 848,356 votos populares. Bell llegó en tercer lugar con 592,906 votos populares y 39 votos electorales. Los 1,382,713 votos populares que obtuvo Douglas sólo le permitieron ganar dos estados y acumular 12 votos electorales. El resultado de la elección fue de un marcado regionalismo, pues todo el sur voto por Breckinridge, mientras Lincoln ganó en todos los estados libres de esclavos. Tan regionalista fue esta elección que en diez estados sureños el nombre de Lincoln ni siquiera apareció en la papeleta electoral.

Elecciones de 1860

El trauma de la guerra civil marcó el desarrollo de los partidos políticos en los años de la posguerra. El Partido Democrático resurgió con un claro control de los estados sureños, mientras que el Republicano controlaba el Norte. Entre 1860 y 1894, los republicanos ganaron 8 de las10 elecciones presidenciales que se celebraron. Sin embargo, no pudieron romper el dominio demócrata en el sur, y prueba de ello es que entre 1880 y 1924, ningún candidato republicano a la presidencia ganó ni uno solo de los estados que fueron parte de la Confederación.

Uno de los fenómenos políticos más importantes de la segunda mitad del siglo XIX fue el surgimiento de un partido de los granjeros norteamericanos. El nacimiento de este nuevo partido político estuvo directamente vinculado a los cambios económicos que experimentó la sociedad estadounidense en las últimas décadas de siglo XIX. Los granjeros norteamericanos comenzaron a organizarse a partir de la década de 1860 en respuesta a los problemas que enfrentaban, especialmente, con los precios de sus productos. El gran crecimiento de la agricultura a nivel mundial provocó la caída de los precios y, por ende, de los ingresos de los agricultores. Los agricultores tenían también problemas con los bancos por los altos intereses que pagaban por sus préstamos e hipotecas de sus fincas. En otras palabras, los granjeros vieron sus ingresos reducir, haciendo difícil el pago de sus hipotecas y poniendo en riesgo su supervivencia económica y, por ende, su forma de vida.

La dependencia en los ferrocarriles era otro serio problema que enfrentaban los agricultores, dado que la única forma rentable que tenían de enviar sus productos a los mercados era través de los trenes y las compañías ferrocarrileras se aprovechaban de esto cobrándoles tarifas abusivas.

La primera organización nacional de agricultores fue fundada en 1867 en la zona del medio oeste y fue conocida como los “Patrons of Husbandry”. También conocida como el “Grange” –otro palabra en inglés para granja– esta organización creció rápidamente entre los agricultores de las grandes planicies y entre agricultores al oeste y sur del río Misisipi, afectados todos por el descenso de los precios de sus productos. En poco tiempo el Grange llegó a tener 1,500,000 miembros.

El Grange concentró sus ataques contra los bancos, los ferrocarriles y los productores de maquinaria agrícola. A los bancos se les acusaba de cobrar intereses demasiado altos por sus préstamos. A los fabricantes de maquinaria, les acusaban de abusar de los agricultores vendiendo sus productos a precios más altos en los Estados Unidos que en Europa. A las compañías ferrocarrileras le acusaron de sobornar a legisladores estatales para cobrarle a los granjeros tarifas discriminatorias, ya que cobraban más caro por transportar productos agrícolas en rutas corta que en las largas. Gracias a la presión de los miembros del Grange varios estados del medio oeste aprobaron leyes estableciendo tarifas máximas de transporte ferroviario.

En la década de 1870 la economía estadounidense entró en una crisis económica que afectó severamente a los agricultores y acabó con el Grange. Para 1880, su membresía se había reducido a 100,000 personas. Además, el Tribunal Supremo llegó a varias decisiones que afectaron los logros legislativos alcanzados por el Grange a nivel estatal.

El fin del Grange no puso fin a los problemas de los agricultores y, por ende, a su necesidad de estar organizados. Por el contrario, la década de 1880 fue testigo del surgimiento de poderosas alianzas regionales de agricultores. En el sur, los agricultores se unieron para enfrentar el descenso en los precios del algodón y fundaron la Alianza Sureña de Granjeros en 1877. A los granjeros afroamericanos del Sur se les negó acceso a la Alianza Sureña por lo que se vieron obligados a fundar, en 1886, su propia organización, la Alianza de los Granjeros de Color (“Colored Farmer´s Alliance”). En el norte fue fundada la Alianza de Agricultores Norteños, que ganó mucha fuerza en estados como Nebraska, Iowa y Minnesota. Contrario a la Granger, las alianzas dieron más importancia a la participación política. Éstas desarrollaron una visión política que buscaba no sólo defender sus intereses, sino también crear un nuevo tipo de sociedad que dejase a un lado la competencia y estuviera basada en la cooperación.A finales de la década de 1880, las crecientes frustraciones convencieron al liderato de las alianzas de la necesidad de crear un partido nacional para defender sus intereses e iniciar una renovación nacional. En 1889, las alianzas del norte y el sur decidieron cooperar.

En diciembre de 1890, celebraron una convención nacional en la Ocala, Florida y aprobaron lo que se convertiría en la plataforma de un partido político, las llamadas Exigencias de Ocala. Los delegados decidieron seguir adelante con la fundación de un tercer partido nacional que atrajese no sólo a los granjeros, sino también a las organizaciones laborales y reformistas. En febrero de 1892, 1,300 delegados de las alianzas agrícolas (incluyendo a los afro-americanos) y de un sindicato nacional conocido como los Knights of Labor se reunieron en la ciudad de San Luis, y fundaron el Partido del Pueblo o Partido Populista.

Miembros del Partido Populista, Nebraska, 1892

El programa del nuevo partido era muy ambicioso, ya que proponía la nacionalización de la banca, los ferrocarriles y los telégrafos, la prohibición de latifundios de propiedad absentista, la elección directa de los senadores federales, la creación de un impuesto gradual a los ingresos, el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas y la restricción de la inmigración. Los populistas, como fueron llamados los seguidores de este nuevo partido político, querían que el gobierno federal construyera almacenes donde pudieron ser depositados las cosechas hasta que sus precios mejorasen y que concediera préstamos a muy bajo interés a los agricultores para que pudieran sobrevivir la espera de mejores precios.

Los populistas participaron en las elecciones de 1892, obteniendo victorias en Idaho, Nevada, Kansas y Dakota del Norte. A nivel nacional, eligieron tres gobernadores, diez representantes y cinco senadores. Su candidato a la presidencia, James B. Weaver, recibió 1,000,000 de votos y acumuló 22 votos electorales. Aunque Partido del Pueblo demostró muy poca fuerza en los centros urbanos del este, es incuestionable que hizo una gran demostración política, sobre todo, si tomamos en cuenta que era un partido de menos de un año de vida.

En las elecciones de 1896, los populistas se enfrentaron un gran dilema, pues el candidato del Partido Demócrata, William Jennings Bryan, tenía un discurso muy cercano al del Partido Populista y, por ende, se ganó el apoyo de un buen número de agricultores. Temerosos de que Bryan les debilitara, los populistas decidieron nominarle como su candidato a la presidencia, pero rechazaron una fusión o alianza con el Partido Demócrata. Por su parte, los republicanos nominaron a un veterano de la guerra civil llamado William McKinley. Éste recibió el apoyo de los grandes intereses económicos (la banca, la industria y los ferrocarriles) y ganó las elecciones con el 51% del voto popular y 271 votos electorales. Bryan obtuvo 6,492,449 votos populares y 176 votos electorales. La victoria del Partido Republicano desilusionó a los populistas y debilitó al partido, que comenzó a disolverse rápidamente.

A lo largo del siglo XX, y lo que va del XXI, el bipartidismo ha sido la norma, excepto por la aparición temporal de terceros partidos que trataron, sin éxito, retar el control tradicional de republicanos y demócratas. Veamos algunos de ellos.

  • Partido Socialista: En 1900 fue fundado el Partido Social Demócrata, mejor conocido por el Partido Socialista. Los socialistas proponían hacerle cambios a la estructura económica del país, pero estaban divididos en torno a cuáles debían ser esos cambios. Los más radicales planteaban la eliminación del capitalismo, otros proponían reformas para reducir el poder de las empresas privadas. Bajo el liderato de Eugene Debs, este partido se convirtió en una fuerza importante, pero no en una amenaza seria para los partidos principales. En las elecciones de 1912 Debs obtuvo cerca de un millón de votos procedentes de las zonas urbanas de inmigrantes, sobre todo, alemanes y judíos.
  • Partido Progresista: En 1912, diferencias políticas entre el entonces Presidente Willliam H. Taft y el ex Presidente Teodoro Roosevelt llevaron a este último a abandonar el Partido Republicano y fundar un nuevo partido, el Progresista. En su campaña presidencial Roosevelt prometió un Nuevo Nacionalismo para el pueblo estadounidense caracterizado por un aumento del poder del gobierno federal, con más planificación y regulación para defender al pueblo de los intereses privados. La división de los republicanos facilitó la victoria del candidato demócrata Woodrow Wilson.
  • Partido Verde: En agosto de 1984 un grupo de organizaciones ecologistas se reunieron en San Paul, Minnesota, y dieron vida a la primera organización nacional verde en los Estados Unidos, los Comités Verdes de Correspondencia. Con ello buscaban darle una carácter político a su lucha ecológica. A nivel estatal fueron organizados varios partidos ecologistas locales hasta que en 1996 se organizó un partido ecologista nacional, el Partido Verde. Este es una especie de confederación de partidos ecologistas locales que busca la protección del medioambiente y la creación de una sociedad más justa y democrática. Los verdes rechazan el control que, según ellos, las grandes corporaciones tienen de la política norteamericana y aspiran a una democracia popular. En el año 2000 el Partido Verde ganó notoriedad al nominar a Ralph Nader su candidato a la presidencia. Nader es un activista y abogado que por años se han enfrentado a las grandes corporaciones en defensa de los consumidores y el medio ambiente. En las elecciones del 2000 Nader no acumuló votos electorales, pero sí obtuvo 2,888,955 votos o el 2.74 de los votos a nivel nacional. Para algunos analistas, la candidatura de Nader pudo haber ayudado a la victoria del candidato republicano George W. Bush en la elección presidencial más cerrada de la historia estadounidense, ya que le restó votos a Albert Gore, candidato demócrata. Este fue un factor especialmente importante en Florida donde Bush y Gore terminaron empate, mientas Nader obtuvo 97,419 votos. En el año 2008, el Partido Verde hizo historia altener dos mujeres como candidatas a la presidencia y vicepresidencia de los Estados Unidos. La legisladora afroamericana Cynthia McKinney fue la candidata verde a la presidencia, mientras que la activista comunitaria de origen puertorriqueño Rosa Clemente fue la candidata a la vicepresidencia. McKinney sólo recibió unos 160,000 votos. o
  • Partido Reformista: En las elecciones de 1992 se presentaron tres candidatos a la presidencia: el entonces Presidente George H. W. Bush por el Partido Republicano, el gobernador del estado de Arkansas William J. Clinton por el Partido Demócrata y un multimillonario de Texas llamado Ross Perot. Este último se presentó como candidato del Partido Reformista, fundado por él en 1995, y gastó $60 millones de su fortuna en un esfuerzo para llegar a la Casa Blanca. La campaña electoral de Perot estuvo basada en su imagen de empresario exitoso. Según éste, su conocimiento del mundo de los negocios le capacitaba para resolver los problemas económicos del país. El día de la elección Clinton obtuvo 43,728,275 votos, Bush 38,167,416 y Perot un impresionante total de 19,237,247 votos.
  • Partido del Té: Uno de los fenómenos más interesantes de la política estadounidense de principios del siglo XXI es el surgimiento del Tea Party (Partido del Te). Producto de las protestas populares en contra del rescate económico de la administración de George W. Bush y de las políticas instauradas por Barack Obama a su llegada a la Casa Blanca, el Tea Party toma su nombre de uno de los eventos más importantes en la etapa previa al inicio de la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sus miembros se oponen al incremento de los impuestos, la expansión del gobierno federal, la creación de un seguro de salud nacional, el déficit presupuestario, etc.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 10 de mayo de 2012

El amigo Jorge Moreno me ha hecho el honor de publicar en su blog, El Reportero de la Historia, un video donde hago una corta exposición sobre el contenido de mi libro, La amenaza colonial el imperialismo norteamericano y las Filipinas, 1900-1934 (CSIC, 2010). Gracias Jorge.

Este año se conmemora el bicentenario de la guerra de 1812, que podría ser considerada como una segunda guerra de independencia norteamericana. Para entender el origen de este conflicto es necesario comenzar señalando que a principios del siglo XIX Estados Unidos no era la gran potencia militar que es hoy en día. Por el contrario,  Estados Unidos era una nación joven y vulnerable, y que, además, surgió en un contexto internacional tenso, violento y peligroso. La revolución francesa y sus secuelas en el mundo atlántico, trajeron consigo años de violentos enfrentamientos entre las grandes potencias europeas. Uno de los grandes peligros que enfrentó la nueva nación era verse atrapada en las luchas revolucionarias o hegemónicas europeas. Los líderes estadounidenses tuvieron que navegar por aguas tormentosas para garantizar la supervivencia de su novel federación de estados.

Thomas Jefferson

Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, fue uno de eso líderes. La presidencia de Jefferson se vio seriamente afectada por la situación reinante en Europa. Entre 1802 y 1815, la Francia napoleónica y el Imperio Británico se enfrentaron en un duelo a muerte por la supremacía europea. Los británicos recurrieron a su marina de guerra –su arma más poderosa– para bloquear a Francia. El objetivo británico era acabar económicamente con Napoleón, aislándole del resto del mundo. En respuesta, el Emperador desarrolló un bloqueo continental, es decir, cerró todos los puertos europeos bajo su control a los barcos ingleses. A pesar de que comercialmente los estadounidenses se beneficiaron de esta lucha, también surgieron serios problemas. Como parte de su esfuerzo bélico, los británicos procedieron a interceptar barcos norteamericanos en alta mar y secuestrar su tripulación para llenar las necesidades de personal de la armada británica dado alto nivel de deserciones que sufría. Los británicos registraban los barcos norteamericanos en busca  de desertores –algunos de ellos ciudadanos norteamericanos– a quienes retenían y obligaban a servir en la marina británica. Se calcula que unos 6,000 marinos norteamericanos fueron secuestrados por los ingleses entre los años1803 y 1812.

Jefferson enfrentó un serio dilema, pues quería hacer valer la soberanía norteamericana y a la vez evitar una guerra con Gran Bretaña, temeroso de sus posibles consecuencias. El Presidente trató sin éxito de detener las acciones inglesas por medio de un embargo. En 1807, el Congreso de lo Estados Unidos aprobó una ley prohibiéndole a los barcos norteamericanos salir de sus puertos hasta tanto Gran Bretaña y Francia pusieran fin a las restricciones al comercio estadounidense. Esta medida fue un total fracaso porque Jefferson sobrestimó la dependencia anglo-francesa en el comercio con los Estados Unidos y por que le significó grandes perdidas a los comerciantes norteamericanos. Las exportaciones que en 1806 habían totalizado $108 millones, se redujeron a $22 millones en 1808.

James Madison

En 1808, James Madison se convirtió en el cuarto presidente de los Estados Unidos.  Madison, uno de los principales artífices de la constitución norteamericana, heredó de Jefferson una situación muy difícil. El nuevo presidente reconoció el fracaso del embargo y creó una serie de restricciones económicas que buscaban persuadir a ingleses y franceses a respetar el comercio norteamericano.  Las medidas de Madison fueron un fracaso, quien presionado por un grupo de legisladores belicistas conocidos como los Halcones (“War Hawks”) –liderados por Henry Clay y John C. Calhoun– pidió  al Congreso en junio de 1812 que le declarara la guerra a Gran Bretaña. De esta forma,  los Estados Unidos se embarcaron en su segunda guerra contra la nación más poderosa del mundo.

Tras dos años de combates que incluyeron la invasión de Canadá, la quema de la ciudad de Washington por tropas británicas y valientes combates navales, la guerra llegó a un  punto muerto que obligó a las partes beligerantes a negociar.  En diciembre de 1814, delegados norteamericanos y británicos reunidos en la ciudad belga de Ghent firmaron un  tratado poniendo fin al conflicto. Es necesario señalar que uno de los eventos más importantes de esta guerra –la batalla de Nueva Orleans– ocurrió en enero de 1815, luego de que  el tratado de paz había sido firmado, cosa que los norteamericanos desconocían. En la batalla de Nueva Orleans las tropas norteamericanas bajo el liderato del General Andrew Jackson aplastaron a los británicos, quienes  tuvieron  unos 700 soldados muertos y 2,000 heridos. Por el contrario, las fuerzas de Jackson sólo tuvieron 35 muertos y 58 heridos. Esta enorme victoria pudo haber cambiado el desenlace final de la guerra, pero llegó muy tarde.

La ciudad de Washington en llamas, 1814

A nivel doméstico, la guerra de 1812  despertó entre los norteamericanos un fuerte sentimiento nacionalista y un profundo orgullo nacional. Para éstos, la guerra había sido una gran victoria y una muestra del valor estadounidense, ya que habían enfrentado solos a la nación más poderosa del mundo. La guerra también provocó el crecimiento de la manufactura norteamericana, pues durante el conflicto fue necesario producir artículos que antes se les compraban a los británicos.

A nivel político, la guerra tuvo consecuencias de importancia, pues conllevó el fin del Partido Federalistas, uno de los dos partidos nacionales estadounidenses. Los fracasos sufridos en el primer año de la guerra generaron críticas y oposición popular, especialmente, en los estados de la zona de Nueva Inglaterra. Esta oposición estuvo dirigida por los federalistas porque eran la mayor fuerza política de esa región. En diciembre de 1814, un grupo de delegados de los estados de Nueva Inglaterra se reunieron en  la ciudad de Hartford en el estado de Connecticut, para discutir las quejas contra el gobierno de Madison. Como parte de las  debates de la convención se discutió la posibilidad de que la región se independizara y formara un nuevo país. Es necesario aclarar que aunque los seguidores de esta idea eran una minoría, la gran euforia provocada por la gran victoria de Jackson hizo que los participantes de la Convención de Hartford fueron considerados antipatrióticos y traidores, lo que condenó a muerte al Partido Federalista.

Por último,  el fin de  la guerra de 1812 dio paso a un periodo de paz que permitió a los norteamericanos concentrarse en sus asuntos internos. Este periodo es conocido como la Era de los buenos sentimientos.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

San Juan, Puerto Rico, 7 de febrero de 2012

Acabo de leer un interesantísimo artículo escrito por el historiador Andrew J. Rotter y titulado “Empires of the Senses: How Seeing, Hearing, Smelling, and Touching Shaped Imperial Encounters” (Diplomatic History, 35:1, January 2011, p. 3-19). Rotter, profesor en Colgate University, es un estudioso de las relaciones internacionales de Estados Unidos con Asia y miembro de un grupo, afortunadamente en crecimiento, de historiadores que  han ido más allá de los enfoques tradicionales en el estudio de la historia de las relaciones exteriores norteamericanas. Éstos han incorporado la cultura como parte de su análisis de las relaciones internaciones, enfocando elementos como clase, género, raza y religión. En el caso específico del artículo que comentaré, el autor enfoca un tema completamente nuevo para mí: los sentidos.

Andrew J. Rotter

El autor comienza su ensayo con un planteamiento que comparto plenamente: el imperialismo es un fenómeno complejo de interacción, que conlleva negociación, vigilancia e imposición, resistencia y acomodo. El imperialismo no es un proceso sencillo, unilateral o limitado a la conquista y/o explotación de un territorio. Por el contrario, el imperialismo es muy proceso complejo, en donde hay espacios de encuentro e intercambio, con sombras y matices.

Que todas las relaciones humanas son moldeadas por los sentidos, incluido el imperialismo, es la idea guía que este ensayo. Según Rotter, el imperialismo conlleva interacciones indiscutiblemente personales, pero mediadas por la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto. A través del estudio comparativo del imperio inglés en India y del norteamericano en las Filipinas, el autor se propone mostrar cómo los sentidos ayudaron a colonizadores y sujetos coloniales a comprenderse y a conocerse.  Esto no quiere decir que no tuvieran diferencias en sus percepciones sensoriales, porque como bien señala el autor, los sentidos no son solo expresiones biológicas, sino también claras construcciones sociales.

El planteamiento central de Rotter es que tanto británicos como norteamericanos se veían como civilizadores y creían que parte de su labor civilizadora era establecer en sus colonias lo que el autor denomina como un orden sensorial.  En otras palabras, la misión civilizadora de los británicos en India y norteamericanos en las Filipinas  conllevó la imposición de un orden de los sentidos considerado por éstos como “civilizado”. Obviamente, tanto los indios como los filipinos tenían ideas diferentes a la de sus colonizadores sobre qué era considerado sensorialmente civilizado y, por ende, aceptable. Estas diferencias provocaron un enfrentamiento sensorial que produjo, según el autor,  choques pero también puntos de encuentro entre ingleses, indios, filipinos y norteamericanos.

Al comparar las experiencias británica y norteamericana el autor busca superar el provincialismo característico de las “narrativas nacionales” (bastante marcado en la historiografía norteamericana, subrayaría yo). El autor es muy claro al señalar que ninguna nación o imperio debe ser considerada única, lo que constituye un rechazo directo del excepcionalismo estadounidense. El estudio comparativo le permitirá al autor poner a prueba su hipótesis de “que el civilizar a otros re-ordenándoles sus sentidos era, de hecho, un proyecto occidental, o por lo menos anglosajón.” (7)  Además, el autor alega, con toda la razón, que el enfoque comparativo permite identificar diferencias y similitudes entre las prácticas imperialistas, ya que no hay un solo imperialismo.

Rotter le dedica el grueso de su ensayo al análisis del proceso de civilización al que fueron sometidos los sentidos en las Filipinas y la India. De éstos reseñaré tres: el oído, el gusto y el tacto.

De acuerdo con el autor, tanto británicos como norteamericanos buscaron civilizar los sonidos “salvajes” de sus colonias, reduciendo el volumen de sus sujetos coloniales. ¿Qué le molestaba a los colonizadores? Los gritos llamando al rezo en las mezquitas, la música a gran volumen en los templos hindúes, las bandas de músicas filipinas, la insistencia de las campanas de las iglesias católicas filipinas; en fin, las calles llenas de vida bulliciosa y de difícil comprensión para la mente anglosajona. Para los colonizadores, el bullicio de sus colonias además de intolerable e incivilizado, era producto de una seria indisciplina sónica que debía ser resuelta a través de la educación.   Británicos y estadounidenses buscaron a través de la enseñanza del inglés –un idioma civilizado– controlar el volumen de lo que los filipinos e indios hablaban en voz alta para que sonaran como pueblos civilizados.

La educación serviría también para inculcar modales entre los asiáticos. De ahí que  tanto británicos como  norteamericanos usaron las escuelas para combatir lo que consideraban un problema permanente de Asia: los pedos y los eructos en público. Los colonizadores inculcaron lo que el autor denomina como modales sónicos, clasificando y condenando como muestras de descortesía –de ausencia de civilización– ambas acciones, que parece que eran bastantes comunes entre  sus sujetos coloniales.

El sentido del gusto fue usado extensamente por británicos y norteamericanos para describir  a sus colonias como extrañas e indisciplinadas.  En general, los colonizadores rechazaron la comida de sus colonias. Aunque en el caso de los británicos,  hubo algunos que  regresaron a casa con  un cocinero indio, la mayoría rechazó la cocina india por el temor a ser contaminados. Los norteamericanos mostraron miedo y desprecio por la comida filipina, pues pensaban que la inferioridad filipina era contagiosa. Tanto británicos como estadounidenses tuvieron problemas con el uso que se hacía de las especies en sus colonias.

Una de las historias más ilustrativas de este ensayo tiene que ver con el tema gusto  y la comida. Según Rotter,  en 1913 una maestra filipina llamada Paz Marquez le escribió una carta a su prometido porque estaba preocupada por la visita del entonces gobernador de las Filipinas Francis Burton Harrison a su provincia. A la Señorita Marquez le preocupaba qué dar de comer al Gobernador Harrison:

“Alguien propuso un típico almuerzo filipino. Pero no, porque es una idea ridícula. Queremos convencer a los americanos de  que somos suficientemente civilizados para ser independientes y seremos rechazados si comemos en una hoja de plátano” (15)

De acuerdo al autor, la Señorita Márquez cerraba su misiva le preguntándole a su prometido si efectivamente era incivilizado comer en una hoja de plátano. Esta carta refleja varias cosas. En primer lugar, el deseo del sujeto colonial por mostrarse apto –civilizado– ante los ojos del colonizador y juez de su proceso civilizatorio, prerrequisito para alcanzar su independencia. La Señorita Marquez, como también buena parte de sus compatriotas, no se cuestiona ni el discurso ni la relación colonial. No, a ella lo que le preocupaba era quedar bien y lograr la aceptación del poder imperial representado por nada menos que el gobernador colonial. Sin embargo,  esta carta también refleja un proceso de acomodo, de juego. La Señorita Marquez sabe que el norteamericano no aprecia y, por ende, no come la comida filipina; entonces, ¿para qué cocinársela? Mejor recurrir al engaño, dándole al estadounidense lo que éste come y de paso “demostrar” lo logros de su proceso civilizador. Es una pena que no sepamos qué comió Harrison y si lo disfrutó.

El tacto, como los demás sentidos, fue “racializado” tanto por británicos como por estadounidenses, quienes temían contagiarse de alguna enfermedad si tocaban a los naturales de sus colonias. De acuerdo con  Rotter, el color oscuro de la piel de indios y filipinos fascinaba y repugnaba a británicos y norteamericanos. Éstos temían lo que creían escondía el color de la piel de sus sujetos coloniales: suciedad. El autor menciona una caricatura que ilustra de forma magistral su planteamiento.  Titulada “Cares of a Growing Family”, la caricatura muestra al Presidente William McKinley observando a un grupo de niños negros que representan al recién adquirido imperio insular –Puerto Rico, Cuba y las Filipinas. El Presidente está sentado sobre una caja de jabones que tiene una inscripción muy clara: “Soap, Haye you tried?” (“Jabón, ¿lo has probado?”).  Esta caricatura racista y paternalista refleja muy bien la preocupación sanitaria de los norteamericanos y su relación con el color de la piel de los nuevos miembros de la familia estadounidense. El jabón se convierte así, en otra aportación imperial y civilizadora.

Cares of a Growing Family, 1898

Para protegerse de la India y de los indios, los británicos se aislaron en sus cuarteles y recurrieron a los llamados “cholera belts”. Estos eran una pieza de ropa usada comúnmente por los soldados británicos en la India, que consistía de una cinturón o faja ancha de franela o seda que protegía al cuerpo de la humedad y frío, erróneamente asociados al cólera. Los estadounidenses recurrieron a los “stomach bandages” para evitar el vómito, la diarrea y el calambre abdominal.

El contacto sexual entre colonizadores y colonizados estuvo asociado al tema del tacto.  Este era  asunto  que preocupaba a las autoridades coloniales, especialmente, por el peligro de las enfermedades venéreas.  De ahí que tomaran medidas para controlar la prostitución como la Indian Contagious Diseases Act of 1868 que obligaba a las prostitutas a registrarse  y hacerse exámenes médicos. Los norteamericanos tomaron medidas similares en las Filipinas. En ambos casos se eximía del examen médico a los  soldados porque ello les hubiese sometido a un contacto físico inapropiado e indigno para hombres civilizados.

El autor concluye su ensayo señalando que ni británicos ni estadounidenses lograron imponer un nuevo régimen sensorial a indios filipinos. Sin embargo, sí lograron fomentar que sus sujetos coloniales se comportaran como seres “civilizados” en el uso de sus sentidos. Tanto los líderes del Partido del Congreso indio como los “ilustrados” filipinos –es decir, las clases dirigentes–  se convirtieron en promotores de la sanidad pública, insistiendo que sus pueblos adoptaran medidas sanitarias, aprendieron a comer con cuchillo y tenedor, y se vistieron con ropas occidentales. En palabras del autor: “Los subalternos se esforzaron en aprender los modales occidentales, esperando no ofender los sentidos.” (18).

Tanto en las Filipinas como en la India, la relación colonial conllevó resistencia y ajuste,  y el eventual desarrollo de acomodos y acuerdos no solo a nivel político, sino también a nivel sensorial. El esfuerzo occidental para imponer su cultural sensorial provocó una respuesta local. Según Rotter, este encuentro terminó cambiando las cuatro culturas sensoriales involucradas: el curry se convirtió en un plato nacional británico, se desarrolló un gusto por los textiles indios y filipinos, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos se hizo más común que los médicos tocaran a sus pacientes, los estadounidenses aprendieron a apreciar las frutas tropicales filipinas, etc.

Este es un interesantísimo ensayo y una gran aportación al estudio del imperialismo norteamericano, y del imperialismo en general. Rotter hace un estudio cultural y comparativo del colonialismo estadounidense en las Filipinas desde una óptica teórica y metodológicamente novedosa, examinando un tema que me resultó fascinante: los sentidos. El autor no estudia los acostumbrados temas políticos, sociales y/o económicos. Por el contrario, realiza un interesante análisis cultural de  la experiencia sensorial británica en la India y estadounidense en las Filipinas. Además, el autor desarrolla algo poco común en la historiografía norteamericana del imperialismo y las relaciones internacionales: un estudio comparativo. Este tampoco es un análisis tradicional del imperialismo, ya que el autor enfoca el intercambio cultural entre colonizado y colonizador, enfatizando los puntos de encuentro entre éstos: los intercambios, los acuerdos, los compromisos. El colonialismo es presentado como una proceso dinámico y de dos vías, en el que tanto colonia como metrópoli se ven afectados.

No puedo cerrar sin señalar que este ensayo es producto de una investigación que no ha finalizado, cosa que el autor reconoce. Esto explica que en algunos momentos la justificación de sus postulados –como el nivel comparativo– pueda resultar un tanto general y carente de contundencia, lo que  no le quita méritos a un trabajo que aporta una visión refrescante al análisis del imperialismo. Será cosa de esperar a que Rotter culmine su investigación y comparta sus hallazgos finales.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

23 de enero de 2012

NOTA: Todos los énfasis y las traducciones del inglés con mías.

A finales de septiembre de 2010,  la Oficina del Historiador del Departamento de Estado de los Estados Unidos llevó a cabo una conferencia titulada The American Experience in Southeast Asia, 1946–1975. Esta conferencia contó con la participación de la Secretaria de Estado Hillary Clinton, del Embajador John Negroponte,  de Henry Kissinger y de un grupo de investigadores norteamericanos y vietnamitas que examinaron el tema de la guerra de Vietnam.  Una de las mesas estuvo dedicada a analizar cómo ven  la guerra los historiadores vietnamitas. Presidida por Ronald Spector (George Washington University), esta mesa contó con la participación el Embajador Tran Van Tung, Director del Centro de Investigación Histórica del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Socialista de Vietnam, quien presentó una ponencia titulada  “Vietnam – US Relations during the Vietnam War with Special Reference to the Role of Diplomacy and the Insights of some Turning Points”. El tercer miembro de la mesa lo fue  el Dr. Nguyen Manh Ha, Vicedirector,  del Instituto de Historia Militar del Ministerio de Defensa de la República Socialista de Vietnam, quien presentó un ponencia titualda “Early Identification and Knowledge of the Opponent: An Important Advantage for Securing Victory in the Vietnam War”. Los comentarios estuvieron a cargo del profesor Lien-Hang Nguyen de la Universidad de Kentucky.

Me pareció muy valioso que esta conferencia diera voz a los vietnamitas en el análisis de un conflicto que les costó muy caro, y por ello comparto aquí el video de la misma. Los interesados en la transcripción de las ponencias pueden ir aquí.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 7 de enero de 2012