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Comparto otra interesante nota publicada en Diálogo Atlantico, blog del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares. En esta ocasión el Dr. Manuel Peinado enfoca un programa del Nuevo Trato que buscaba combatir las consecuencias del llamado Dust Bowl a través de un ambicioso proyecto de forestación.


Shelterbelt: El bosque protector de F.D. Roosevelt

Manuel Peinado

Diálogo Atlántico   16 de julio de 2020

Plains farms need trees LCCN98517930.jpgEl último Foro de Davos ha aprobado un proyecto para plantar un billón de árboles. Una iniciativa a la que, en una adhesión que es todo un oxímoron, también se ha sumado Donald Trump.

La preocupación por el estado de los bosques norteamericanos comenzó con James Madison, autor del primer discurso conservacionista de un presidente estadounidense. A Franklin Delano Roosevelt le cabe el honor de haber emprendido la primera plantación masiva de árboles en suelo estadounidense.

Cuando Roosevelt asumió por primera vez la presidencia en 1933, la nación estaba inmersa en una crisis económica, pero también ecológica. Desde 1930, una severa sequía azotaba las altas planicies, la región de las Grandes Llanuras a la que los primeros exploradores del ejército llamaron el Gran Desierto Americano. Durante los primeros treinta años del siglo XX esos inhóspitos páramos habían sido poblados por varias oleadas de colonos.

Millones de hectáreas de praderas naturales fueron transformadas en granjas y la tierra, que había permanecido compactada durante miles de años por las raíces de las hierbas y por el pisoteo de las manadas de bisontes, quedó abierta en canal por la reja del arado. Cuando la sequía golpeó, la tierra se secó rápidamente. Como unas cenizas sin llamas, se formaron ventiscas negras, unas tormentas de polvo y lodo tan potentes que llegaron a más de tres mil kilómetros de distancia, hasta el océano Atlántico, dejando a su paso una lluvia del limo fértil de la pradera. Como recogió Steinbeck en Las uvas de la ira, despojadas de suelo, las que una vez fueron granjas feraces se convirtieron en tierras sin valor, hundiendo a millones de colonos en la pobreza.

The Dust Bowl Black Sunday | Dust bowl

Una posible solución a esta catástrofe, que se conoció como el Dust Bowl, se le ocurrió a Roosevelt durante su campaña presidencial. Fue durante un día de calor abrasador cuando su comitiva se detuvo en las desoladas afueras de Butte, Montana. El candidato salió de su automóvil y observó una región desprovista de árboles por naturaleza. Roosevelt, que acababa de anunciar sus planes para crear el CCC, el Cuerpo Civil de Conservación, un programa federal de empleo masivo que estaría ligado las políticas del New Deal, tuvo una revelación: quizás la respuesta al Dust Bowl estaba en los árboles.

Poco después de su toma de posesión, Roosevelt pidió consejo al Servicio Forestal creado en 1905 por su primo Teddy. A finales de la primavera de 1934, el informe del Servicio Forestal llegó al Despacho Oval de la Casa Blanca en un momento que no podía haber sido más apropiado. La sequía sobrepasaba todo lo visto hasta entonces. Las ventiscas negras arrasaban todo el país desde las Rocosas hasta Chesapeake. Llovió polvo en Nueva York, en Washington e incluso en barcos que navegaban por el Atlántico. Los que vivían en las Grandes Llanuras sufrían desdichas insoportables.

Para enfrentarse a la terrible situación, Roosevelt finalmente anunció la propuesta que había estado madurando durante casi dos años. El 11 de julio, mientras estaba de vacaciones a bordo del USS Houston, emitió una orden ejecutiva que ordenaba «la plantación de franjas de protección forestal en la Región de las Llanuras como medio para mejorar las condiciones de sequía». La proclamación autorizaba el gasto de 15 millones de dólares, la primera partida de los 75 millones necesarios para construir una barrera contra el viento más desolador del mundo. Rápidamente, el proyecto se bautizó como el Shelterbelt, el cinturón protector.

La siembra comenzó en marzo de 1935. Las plantaciones continuaron durante toda la temporada de crecimiento de primavera. En total, el Servicio Forestal y los trabajadores federales contratados como apoyo lograron plantar ese año doscientos kilómetros de franjas forestales, que cubrían más de 15 000 hectáreas.

W. Scott Olsen – Trees – About Place Journal

Una vez que el programa se puso en marcha, muchos agricultores de las Grandes Llanuras lo abrazaron con entusiasmo. Con su colaboración, el Servicio Forestal había plantado en 1938 más de 34 millones de árboles en casi 50 000 hectáreas. Los interminables horizontes de las altiplanicies cerca del meridiano noventa y nueve empezaban a verse interrumpidos por las lejanas siluetas de los bosques.

Aunque muchos de sus últimos días los empleó agobiado por asuntos de Estado y por las emergencias de la guerra, hasta los últimos momentos Roosevelt todavía pensaba en su amado y políticamente atacado Shelterbelt. Tres días antes de su muerte, revisó un nuevo memorándum sobre el programa y envió una carta a su autor pidiéndole «un poco más de material sobre lo que está suponiendo la plantación de árboles para que las familias puedan mejorar el rendimiento de sus cultivos».

Al final, la gran visión de Roosevelt para transformar las Grandes Llanuras en un bosque se quedó corta, pero el proyecto dejó su huella en la región. Una evaluación de 1954 del Shelterbelt concluyó que se habían plantado más de 220 millones de árboles en treinta mil granjas. En total, el Servicio Forestal había plantado más de 18 600 millas lineales de franjas de árboles y la mayoría de ellas, más del 70 %, sobrevivió durante décadas.

Entre los campos y las granjas de las planicies altas por los que conduzco entre Omaha y South Pass, algunos rodales de álamos, fresnos y olmos siguen dando testimonio de la existencia de un programa planeado inicialmente como «el mayor trabajo técnico que el Servicio Forestal haya realizado jamás», pero que se convirtió, a los ojos de muchos, en «el proyecto más ridículo del New Deal».


Manuel Peinado / Sobre el autor

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en una cincuentena de artículos científicos.

Acabo de leer una fascinante nota sobre un episodio que desconocía y que confirma la profundidad de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. Se trata de un escrito de Deborah Tulani Salahu-Din publicado en la página del National Museum of African American History and Culture. Titulado   “Hidden Herstory: The Leesburg Stockade Girls“, el trabajo de la Sra. Salahu-Din relata la historia de quince niñas afroamericanas de entre 12 y 15 años que, en julio de 1963 fueron encarceladas en Atlanta por retar la segragación racial. Las llamadas Leesburg Stockade Girls se negaron a sentarse en los asientos de la parte posterior de un cine, como les “correspondía” según ley, y por ello fueron arrestadas.  Encarceladas por casi tres meses, las niñas fueron liberadas el 15 de setiembre de 1963. La valentía de estas chicas demuestra que la lucha a favor de los derechos civiles fue un movimiento amplio en el que los niños también hicieron su aportación.


Hidden Herstory: The Leesburg Stockade Girls

Tulani Salahu-Din

I never fully realized the monumental role that massive numbers of children played in civil rights protests. Law enforcement arrested and jailed children by the thousands for days, and sometimes months, and their involvement helped to enable one of the greatest legal and social assaults on racism in the 20th century—the Civil Rights Act of 1964. The Leesburg Stockade Girls are an incredible example of these courageous, young freedom fighters.

You may ask, “Who were the Leesburg Stockade Girls?” In July of 1963 in Americus, Georgia, fifteen girls were jailed for challenging segregation laws. Ages 12 to 15, these girls had marched from Friendship Baptist Church to the Martin Theater on Forsyth Street. Instead of forming a line to enter from the back alley as was customary, the marchers attempted to purchase tickets at the front entrance. Law enforcement soon arrived and viciously attacked and arrested the girls. Never formally charged, they were jailed in squalid conditions for forty-five days in the Leesburg Stockade, a Civil War era structure situated in the back woods of Leesburg, Georgia. Only twenty miles away, parents had no knowledge of where authorities were holding their children. Nor were parents aware of their inhumane treatment.

A month into their confinement, Danny Lyon, a twenty-one year old photographer for the Student Non-violent Coordinating Committee (SNCC), learned of the girls’ whereabouts and sneaked onto the stockade grounds to take pictures of the girls through barred windows. After SNCC published the photos in its newspaper The Student Voice, African American newspapers across the country printed the story, and the girls’ ordeal soon gained national attention.On August 28, 1963, as Martin Luther King Jr. gave his historic “I Have a Dream” speech in Washington, DC,  these children sat in their cell bolstering their courage with freedom songs in solidarity with the thousands of marchers listening to Dr. King’s indelible speech on the National Mall. Soon after the March on Washington, during the same week of the bombing of the five little girls at Sixteenth Street Baptist Church on September 15, 1963, law enforcement released the Leesburg Stockade Girls and returned them to their families.

Their story was part of the broader Civil Rights effort that engaged children in a variety of nonviolent, direct actions. In Alabama, for example, thousands of youth participated in the 1963 Children’s Crusade, a controversial liberation tactic initiated by James Bevel of the Southern Christian Leadership Conference (SCLC) and led by Dr. Martin Luther King, Jr. After careful deliberation about the merit of involving children in street protests and allowing them to be jailed, Dr. King decided that their participation would revive the waning desegregation campaign and would appeal to the moral conscience of the nation.

On May 2, 1963, in response to an invitation from Dr. King, roughly a thousand students—elementary through high school—gathered enthusiastically at Sixteenth Street Baptist Church and joined a civil rights march throughout the streets of Birmingham. By day’s end, law enforcement had jailed over 600 children.

The next day the number of children doubled. However, the training classes provided by SCLC leaders could not have prepared the children for the violence they would encounter. The Commissioner of Public Safety Eugene “Bull” Connor directed the use of fire hoses and attack dogs on the children, and people in America and around the world witnessed this brutality. Authorities arrested nearly 2,000 children—one as young as four years old.  These protests continued throughout the first week of May, with over 5,000 children being jailed.

Within days, SCLC and local officials reached an agreement, in which the city agreed to repeal the segregation ordinance and release all jailed protestors.  Ultimately, the activism of thousands of African American children in 1963, including the Leesburg Stockade Girls, provided the momentum for the March on Washington and contributed to the passage of the Civil Rights Act the following year.

The history of children’s Civil Rights activism continues to be important to tell. The Leesburg Stockade Girls realize this importance, and they are documenting their story. In 2015, as the keynote speaker at a commemorative event for the Leesburg Stockade Girls at Georgia Southwestern State University, I engaged with ten of the surviving women, who shared recollections about the day of their arrest. Remarkably, these women still possess a collective spirit of resistance to social injustice, and they are beginning to embrace their place in history.

As we reflect on their story and the broader history of youth activism, let us consider:  How might children today play an equally significant role in promoting racial equality in the United States?
Written by Tulani Salahu-Din, Museum Specialist, National Museum of African American History and Culture.

Comparto esta interesante nota del Dr. Raúl César Cancio Fernández, publicada en Diálogo Atlántico, blog del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares, analizando el papel histórico que ha jugado una pequeña isla en la ciudad de Nueva York. Desde el siglo XIX, esta isla conocida como Heart Island ha servido de “recurso escatólogico”, es decir, donde se han enterrado aquellos quen han muerto en la Gran Manzana de enfermedades  contagiosas y cuyos cuerpos no fueron reclamados por algún familiar.

Espero que sea de interés de mis lectores.


NY's Hart Island and coronavirus: ''A meaningful place in a dark ...

H(e)art Island, una historia descorazonadora

Dr. Raúl César Cancio Fernández

Diálogo Atlántico    9 de julio de 2020

La última tierra para los apestados a los que nadie quiere. Esa es la estremecedora realidad de las cincuenta hectáreas de roca en medio del ventoso Estrecho de Long Island y a menos de un kilómetro de los pintorescos restaurantes de langosta de City Island que, de nuevo, una epidemia ha sacado a la luz. Existen diferentes teorías sobre los orígenes del nombre de la isla; según una de ellas, los cartógrafos británicos la bautizaron Heart Island, la Isla del Corazón, en 1775 debido a su forma, diluyéndose la “e” con el paso del tiempo. Nunca un topónimo fue más inadecuado, y es que es terriblemente descorazonadora la historia de esta isla de los olvidados.

Mientras que en ciudades de todo el mundo se han tenido que habilitar morgues provisionales en todo tipo de instalaciones –pistas de hielo en Madrid– para hacer frente a la espantosa e inopinada mortalidad provocada por el SARS-CoV-2, la ciudad de Nueva York dispone, trágicamente y desde hace más de un siglo, de un recurso escatológico insular. Algunos de los más de 10 000 fallecidos en esa ciudad a causa del virus, aquellos a quienes nadie ha reclamado, descansan ya en las fosas comunes de Hart Island, como lo hiciera Louisa Van Slyke en 1869, la primera inhumación en la isla, una joven de veinticuatro años que murió a causa de la tuberculosis, la temida peste blanca. Al año siguiente, cuando un brote de fiebre amarilla arrasó la ciudad, las instalaciones existentes en la isla se emplearon también para colocar en cuarentena a las personas infectadas.

Poco más de un siglo después, en el año 1985, otra enfermedad mortal atrajo nueva y dramáticamente la atención del islote. El miedo y la incertidumbre acerca del sida generó que las funerarias de la ciudad cerraran sus puertas a quienes sucumbían ante el VIH, y en los primeros días de la epidemia, diecisiete víctimas de la nueva enfermedad fueron enterradas en el extremo sur de la isla. Después llegarían muchas más, convirtiendo Hart Island en el cementerio más grande del país para víctimas del sida.

A pesar de que hay más de un millón de personas enterradas en Hart Island, lo cierto es que antes que cementerio público, fue otras muchas cosas: lugar de acantonamiento para el 31st Infantry Regiment  (US Colored Troops) y campo para prisioneros confederados durante la Guerra de Secesión; en 1885 se construyó The Pavillion, una instalación que se usó como hospital psiquiátrico para mujeres, tuberculario, escuela industrial y reformatorio para menores. En los años veinte hubo incluso un proyecto inmobiliario frustrado impulsado por el especulador Salomon Riley, una suerte de Negro Coney Island, con salones de baile, ferias, hoteles y un vistoso boardwalk marítimo, llegando a adquirir sesenta vapores para la operación. Finalmente, el gobierno estatal expresó su preocupación por la proximidad a la zona recreativa diseñada tanto de la cárcel de Rikers como de un hospital, rechazando finalmente el proyecto e indemnizando a Riley con 144 000 dólares por la expropiación de los terrenos. Posteriormente se empleó la isla para instalar barracones disciplinarios durante la II Guerra Mundial; albergue para indigentes en la posguerra; centro de desintoxicación de drogodependientes adscrito a la vecina prisión de Rikers en los años sesenta y hasta un silo de misiles MIM-3 Nike Ajax en plena Guerra Fría.

Hart Island (Bronx) - Wikipedia

Actualmente, el acceso a la isla está restringido y controlado por el Departamento Correccional y Penitenciario de Nueva York, que opera un servicio de transbordadores con frecuencia discrecional, con severas y restringidas cuotas para las visitas, practicándose las inhumaciones por internos del centro penitenciario del propio Rikers.

Desde hace unos años, funciona en este ámbito el Proyecto Hart Island, una organización pública de naturaleza benéfica cuyo objeto es mejorar tanto la política de acceso a la isla, como la simplificación de los requisitos para consultar los registros mortuorios, de forma que sea más eficaz y transparente. Incluso ha habido diversas propuestas legislativas tendentes a transferir la jurisdicción de la isla desde el Departamento de Prisiones al de Parques, y así facilitar el acceso público a Hart Island. Iniciativas, en fin, todas ellas encaminadas a mantener el recuerdo de este damasiano millón de cadáveres. Desde Hart Island, los allí enterrados nos dicen lo mismo que el espíritu del rey Hamlet le pedía a su hijo: Adieu, adieu, adieu, Remember me…

La Editorial de la Universidad de Valencia acaba de publicar el libro de la colega Valeria L. Carbone, Una historia del movimiento negro estadounidense en la era post derechos civiles. La Dr. Carbone  (@Val_Carbone) es profesora en la Universidad de Buenos Aires y editora de la revista Huellas de Estados Unidos.

Comparto la descripción del libro que aparece en el portal de la editorial y felicito a su autora, pues su obra ayuda a llenar el vacio existente de trabajos monográficos en castellano sobre temas de historia estadounidense.


Una historia del movimiento negro estadounidense en la era post derechos civiles (1968-1988)La presente obra analiza la evolución de la lucha y la resistencia de los afro-norteamericanos a lo largo de las décadas de 1970 y 1980 desde una perspectiva que incorpora las categorías de racismo, raza y clase. Desde la centralidad de las elaboraciones discursivas e institucionales de las nociones de raza y racismo, así como desde el papel fundamental que ha adquirido la ideología de la supremacía de la raza blanca en el devenir histórico estadounidense, la población negra ha entendido su lucha desde la noción de raza como lugar de resistencia, lo que ha delimitado sus acciones a la hora de perfilar estrategias de lucha colectiva. El estudio de determinados movimientos significativos de cada región del territorio (centro-oeste, el sur profundo, noreste, este) evidencia cómo estos permiten establecer conexiones y continuidades en cuanto a problemas, tácticas y estrategias, formas de organización, retóricas discursivas y tipos de participación, que dieron forma a un complejo, heterogéneo y versátil proceso de incesante movilización nacional mediante el cual la comunidad negra desafió al racismo institucional estadounidense bajo las consignas de raza y clase.

Comparto este intetesante artículo sobre la criminalización de la música y los músicos afroamericanos. Su autora es la escritora Harmony Holiday, quien nos muestra como el racismo institucional de la sociedad estadounidense abarca básicamente todas las esferas, incluyendo la cultura popular. Holiday analiza como grandes estrellas de la música afroamericana como Billie Holiday, Thelonius Monk, Charles Mingus,  y Miles Davis sufrieron persecucióny violencia policiaca por ser negros. La imagen de Billie Holliday muriendo esposada a su cama de hospital resulta demoledora.  A otros como Abbey Licoln  se les cerraron las puertas a clubs y casas disqueras.


A Brief History of the Policing
of Black Music

Harmony Holiday Dreams of a Black Sound Unfettered
by White Desire

Harmony Holiday


Literary Hub     June 19, 2020

Billie Holiday died handcuffed to her hospital bed because her drug addiction had been criminalized. A Black FBI informant posed as a suitor, hunted her, fell in love with her even, and turned her in for heroin possession, not for hurting anyone, or violence, or for singing too beautiful and true a song but because she was self-medicating against the siege of being a famous Black woman in America, a woman who carried the weight of the nation’s entire soul in her music.

For as long as Black music has been popular, crossover, coveted by white listeners and dissected by white critics, it has also been criminalized by white police at all levels of law enforcement. A micro-archive of the criminalization of Black music and police presence within the music, focused on jazz music and improvised forms, shows why we now cry and chant unapologetically for abolition. Even when our life’s work is to bring more beauty into the world, to create new forms, we are brutalized, policed, jailed, and die in contractual or physical bondage. Or both.

Thelonius Monk’s composition In Walked Bud is dedicated to his friend, fellow pianist Bud Powell, a memento to the night when Bud protected Monk from police during a raid of the Savoy Ballroom in 1945. The Savoy was targeted as one of Black music’s epicenters in Harlem. Bud stepped between an officer and Monk and was struck in the head, incurring injuries that damaged his cognition, causing him to be institutionalized on and off for the rest of his life.

In 1951, Monk and Bud were sitting in a parked car when the NYPD narcotics division approached. Unbeknownst to Monk, Bud had a small stash of heroin and attempted to toss it out the window. It landed on Monk’s shoe instead—Monk was blamed, did not snitch on his friend, and was sent to Rikers Island for 60 days, held on $1,500 dollars bail. When released, Monk’s Cabaret Card, which granted him legal license to play in New York clubs, had been revoked. It would take years for the charges to be dropped and the license reinstated, years the Monk family and innovation in Black music suffered at the whims of the police. And the policing of Monk didn’t stop there.

In 1957, on a drive with Charlie Rouse and Nica, his rich white baroness friend, in Nica’s Bently, Monk asked to stop for a glass of water. Denied this simple request by the white waitress at the cafe they found, Monk just stood and stared at her, agape with disgust. The waitress called the police; when they arrived Monk walked right past them back into the car with Nica and Charlie. He would not get out when the police approached. Get out of the car you fucking nigger. Monk’s window was down and the officer started smashing his hands with a night stick: our genius Black pianist who gave us the break the space between Black thoughts and Black notes, getting his hands bashed and broken by police because he wanted a glass of water. Monk was cuffed, humming, his bloodied hands behind his back in chains.

Monk’s window was down and the officer started smashing his hands with a night stick: our genius Black pianist who gave us the break the space between Black thoughts and Black notes, getting his hands bashed and broken by police.

In 1959 Miles Davis was standing on the sidewalk outside of his own gig at Manhattan’s Birdland. He was with a white woman, smoking a cigarette between sets. A police officer pulled up and asked him what he was doing loitering—at that time a Black man just standing was criminalized, but especially one standing with a white woman. Miles pointed out his name on the marquee, explaining that he was between performances. This cavalier deference to the matter-of-fact seems to trigger the racism always-already seething in some cops.

Miles was beaten over the head with a nightstick, bloodied, cuffed, taken to jail. The incident was a legal nuisance and also altered his disposition, made him both more brooding and more volatile. In Miles’s case being policed in public life led to a rage he would only display in private, that he took out on his wives. His intimate relationships with Black women were overwhelmed by violence, he victimized them and beat into them deflected confessions of his feelings of powerlessness in the face of state violence. He could not be the father of “Cool” and a blatantly dejected Black man, so Black women became the symbols of a trouble he didn’t want to admit stemmed from white men, their policing, their scrutiny, and their over-familiar criticism.

Miles Davis in a New York courtroom, 1959.

 

Later in his life, when he lived in Malibu and drove expensive sports cars on its canyon roads, police would stop Miles routinely when he was on his way home, to interrogate him on the true owner of his car, had he stolen it, was he some white man’s driver, what was he doing in this white neighborhood with this expensive machine. Money, fame, all levels of success, were no exemption. Miles’s presence as a Black man was as policed by the state as his changing sound was by white music critics. Everyone wanted him as they saw him, in return he became so original that he could take his tone into almost any form, from painting to boxing, to screaming back at their prejudice on his horn, hexing detractors back into their formless obsessions with his immaculate Blackness.

 

Abbey Lincoln - It's Magic (1958, Vinyl) | Discogs

 

In 1961, when the “Freedom Now!” Suite debuted, written by Max Roach and Oscar Brown, Jr., performed most visibly by Abbey Lincoln as she moaned and screamed its depiction of the path Black Americans took from slavery to citizenship, the result was the blacklisting of Max, Abbey, and Oscar from many performance venues in the US. The hushed accusations that they were controversial for making true music policed their ability to share that music with American audiences. Abbey screaming on stage like a fugitive slave found and being branded and beaten was a vision the country was not ready to allow without backlash.

Club owners and record companies helped marginalize their music, interrupted the course of star-making, and tamed some of the candid militancy in all of their spirits. The state can police Black music directly, but it can also deploy its tacit muzzle, which is almost worse for the anxiety and psychic distress it invites. These artists knew they were being surveilled and penalized for their expression but had no single name or entity to hold accountable, ensuring that some part of them blamed themselves and one another. Oscar Brown, Jr. even expressed resentment toward Max Roach for performing and releasing the suite at all, turning his reputation from benign griot to troublemaker in the eyes of the overseer owners of venues.

The fact that record companies and clubs and recording studios are owned primarily by white men adds another trapdoor to the labyrinth that polices Black music at every level. The boundaries between rehearsal and performance are skewed—with white men always watching and keeping time and signing the paychecks, the code switch isn’t flipped as often as it otherwise would be. There is always a stilted professionalism constraining the freest Black music when it’s recorded in white-owned studios or clubs—the music is not completely ours in those spaces. No matter how good we get at tuning out the white gaze its pressure is always immanent.

Hip hop’s most famous liberation chant is fuck the police. It’s been repeated so often it means almost nothing, it’s almost a call of endearment…

We feel this today in the music that jazz helped make way for. Hip hop, which began in Black neighborhoods as entirely ours, was colonized and coopted and policed into a popular form whose translation to white venues often reduces the music to sound and fury. What is the point of yelling about Black liberation to a bunch of white middle class college students, or at festivals where Black people aren’t even really comfortable or in attendance? What is the point of producing all this music to make white record executives richer and give them what they believe is a hood pass to obsess over and imitate Black forms.

Jazz begat hip hop, and we learned that our most militant sound was also our most commodifiable. The militancy was quickly overshadowed by criminalization, open-secret wars between Black rappers, public awareness of their rap sheets, of the personal business, all of that given to listeners who felt entitled, still do. Criminality became the vogue and Black criminality a fetish within hip hop, the parading of the rap sheet increasing desirability among white audiences who conflated crime with authenticity and realness, trouble glamorized and traded for clout. (When jazz musicians were criminalized it was more devastating, costing them their right to play.)

Prison and bondage have been effectively woven into Black acoustic consciousness. Policing and the police have become the most familiar chorus. Hip hop’s most famous liberation chant is fuck the police. It’s been repeated so often it means almost nothing, it’s almost a call of endearment, a calling forth of the police, a fuck you to them that implies they are omnipresent and within earshot all the time, ready to strike out against any Black song or singer who threatens their lurking fixation on Black life and Black sound.

As the musicians are policed and incriminated so too are their forms, so too is that thought that leads to new Black musical temperaments. Musicians who seek to remain true to themselves often self-marginalize, police their own public presence, reject fame and affiliation in order to keep from being ruined by it or policed into oblivion from the outside—and so fewer Black people hear them. Even still, the police ambush these private sects, asking why they’re at their gig or in response to a noise complaint, escalating to yet another incident, always haunting their music with some threat of captivity.

Presents Charles Mingus - Jazz Messengers

In the late 1960s jazz bassist Charles Mingus tried to open a jazz school in Harlem. He wanted a Black-owned and Black-run place, outside of the university, the studios, and clubs all owned by whites, to teach and develop the music. The city of New York kicked him out of the space, not for any real legal issues but because his wish was a threat to their embedded policing. They removed all of his belongings and arrested him, he cried in the back of the cop car as sheets of his music were left on the street to be swept away by the wind. No such school has been attempted since and Black music is developed and studied in heavily policed white westernized institutions or not at all.

My own father, a Black musician, was getting arrested the last time I saw him. He went to jail, he died. He had spent his life as a kind of warrior: he carried guns, he was the quickest draw anywhere, he mangled studio engineers or lawyers he felt were trying to rip him off, he could not read, had never been taught that skill, but he could kill if he had to. He was avenging something all the time, his vengeance was finally policed and criminalized, never rehabilitated in any more tender way, just returned as bondage. He sang songs in jail, entertained his jailers with stories and songs. I’m still avenging him. I’m still imagining his alter-destiny in a world where his very existence had not been criminalized.

In his story, “Will the Circle Be Unbroken,” Henry Dumas, who himself was killed by police, invents a Blacks-only jazz club set in Harlem and an “afro-horn” that if heard by white people kills them. A group of white hipsters comes to the club one night, name drops, begs for entrance, and when they are denied repeatedly, they call on a police officer who forces the bouncer to let them in. They enter and start to absorb the music and before the first song is over they are dead, the frequency kills them. They were warned.

I dream of a Black music, a Black sound, free of the shackles of the white gaze, impossible for police to attack or scrutinize, ineffable to those forces, free even of white desire. Unbroken, lethal to detractors, wherein we can hear our unobstructed selves and get closer to them in other spheres of life, where the pleasure we derive from our music isn’t always fugitive, in escape from those forces that police it, and escaping us to reach or appease white audiences and white modes of consumption. I dream of the notes that only we can hear recovered, the ones multi-instrumentalist Rahsaan Roland Kirk called the missing Black notes that have been stolen and captured for years and years and years.

Harmony Holiday is a poet, dancer, archivist, mythscientist and the author of Negro League Baseball (Fence, 2011), Go Find Your Father/ A Famous Blues (Ricochet 2014) and Hollywood Forever (Fence, 2015). She was the winner of the 2013 Ruth Lily Fellowship and she curates the Afrosonics archive, a collection of rare and out-of print-lps highlighting work that joins jazz and literature through collective improvisation.

President Trump and the Irony of American Exceptionalism ...

Joseph Nye es un académico estadounidense que entre sus muchos haberes destaca ser el creador del concepto poder blando (soft power) para describir la capacidad de un país de incidir en el comportamiento de otro a través de medios no violentos, es decir, culturales y/o ideológicos. Profesor en la Universidad de Harvard desde 1964, Nye es uno de los más agudos analistas de la política internacional estadounidense.

En este corto artículo, Nye habla su sobre su más reciente obra Do Morals Matter Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump (Oxfiord University Press, 2020), analizando uno de los principales temas de esta bitácora: el excepcionalismo estadounidense.

Comparto con mis lectores este interesante trabajo.


El excepcionalismo de EE UU en la era Trump

Joseph Nye

El País   8 de junio de 2020

Do Morals Matter?: Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump ...En mi estudio reciente de 14 presidentes desde 1945, Do Morals Matter?llegué a la conclusión de que los estadounidenses quieren una política exterior moral, pero han estado divididos respecto de lo que eso significa. Los estadounidenses suelen creer que su país es excepcional porque definimos nuestra identidad no por la etnicidad, sino más bien por una visión liberal de la sociedad y un estilo de vida basado en la libertad política, económica y cultural. La Administración del presidente Donald Trump ha roto con esa tradición.

Por supuesto, el excepcionalismo estadounidense se enfrentó a contradicciones desde el principio. A pesar de la retórica liberal de los fundadores, el pecado original de la esclavitud quedó registrado en la Constitución de Estados Unidos en un acuerdo que permitió la unión de los Estados del norte y del sur.

Y los estadounidenses siempre han tenido discrepancias sobre cómo expresar valores liberales en la política exterior. Así que este excepcionalismo fue a veces una excusa para ignorar el derecho internacional, invadir otros países e imponer Gobiernos a sus pueblos.

Pero este excepcionalismo estadounidense también ha inspirado esfuerzos internacionales de tipo liberal para promover un mundo más libre y más pacífico a través de un sistema de derecho y organizaciones internacionales que protegen la libertad doméstica moderando las amenazas externas. Trump les ha dado la espalda a ambos aspectos de esta tradición.

En su discurso inaugural Trump declaró: “Estados Unidos primero… Buscaremos la amistad y la buena voluntad de las naciones del mundo, pero lo hacemos con la conciencia de que todas las naciones tienen el derecho de anteponer sus propios intereses”. También dijo: “No aspiramos a imponerle nuestro modo de vida a nadie, sino hacerlo brillar como un ejemplo”. Tuvo un buen argumento: cuando Estados Unidos resulta ejemplar, puede aumentar su capacidad de influir en los demás.

También hay una tradición intervencionista y de cruzada en la política exterior estadounidense. Woodrow Wilson perseguía una política exterior que diera en el mundo seguridad a la democracia. John F. Kennedy instaba a los estadounidenses a favorecer la diversidad en el mundo, pero mandó 16.000 tropas de su país a Vietnam, y ese número creció a 565.000 en la presidencia de su sucesor, Lyndon B. Johnson. De la misma manera, George W. Bush justificó la invasión y ocupación de Irak por parte de Estados Unidos con una Estrategia de Seguridad Nacional que promovía la libertad y la democracia.

Por cierto, desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos ha participado en siete guerras e intervenciones militares. Sin embargo, como dijo Ronald Reagan en 1982, “los regímenes plantados con bayonetas no echan raíces”.

En los años treinta, la opinión pública estadounidense creía que la intervención en Europa había sido un error y se volvió hacia dentro, hacia un aislacionismo estridente. Con la II Guerra Mundial, el presidente Franklin Roosevelt, su sucesor, Harry S. Truman, y otros aprendieron la lección de que Estados Unidos no podía permitirse replegarse hacia dentro una vez más. Tomaron conciencia de que el propio tamaño de Estados Unidos se había convertido en una segunda causa de excepcionalismo. Si el país con la economía más grande no tomaba la delantera en la producción de bienes públicos globales, nadie más lo haría.

Joseph Nye: “Millennials need to realize the power of democracy”

Joseph Nye

Los presidentes de posguerra crearon un sistema de alianzas de seguridad, instituciones multilaterales y políticas económicas relativamente abiertas. Hoy, este “orden internacional liberal” —el cimiento básico de la política exterior de Estados Unidos durante 70 años— está siendo cuestionado por el ascenso de nuevas potencias como China y por una nueva ola de populismo en el interior de las democracias.

Trump apeló con éxito a este estado de ánimo en 2016 cuando se convirtió en el primer candidato presidencial de un partido político importante en cuestionar el orden internacional que surgió después de 1945 liderado por Estados Unidos, y el desdén por sus alianzas e instituciones ha definido su presidencia. Sin embargo, una encuesta reciente del Consejo de Chicago sobre Asuntos Globales demuestra que más de las dos terceras partes de los estadounidenses quieren una política exterior con una mirada hacia fuera.

El sentimiento del pueblo de Estados Unidos está a favor de evitar las intervenciones militares, pero no de retirarse de alianzas o de una cooperación multilateral. El pueblo estadounidense no quiere regresar al aislacionismo de los años treinta.

El verdadero interrogante que enfrentan los norteamericanos es si Estados Unidos puede o no abordar exitosamente ambos aspectos de su excepcionalismo: la defensa de la democracia sin bayonetas y el respaldo de las instituciones internacionales. ¿Podemos aprender a defender los valores democráticos y los derechos humanos sin intervención militar y cruzadas, y al mismo tiempo ayudar a organizar las reglas e instituciones necesarias para un nuevo mundo de amenazas transnacionales como el cambio climático, las pandemias, los ciberataques, el terrorismo y la inestabilidad económica?

American-Exceptionalism

Ahora mismo, Estados Unidos fracasa en ambos frentes. En lugar de tomar la delantera en el fortalecimiento de la cooperación internacional en la lucha contra la covid-19, la Administración de Trump culpa a China por la pandemia y amenaza con retirarse de la Organización Mundial de la Salud.

China tiene muchas explicaciones que dar, pero convertir esto en una suerte de partido de fútbol político en la campaña electoral presidencial de Estados Unidos de este año es política doméstica, no política exterior. No hemos terminado aún con la pandemia, y la de la covid-19 no será la última.

Por otra parte, China y Estados Unidos producen el 40% de los gases de efecto invernadero que amenazan el futuro de la humanidad. Sin embargo, ninguno de los dos países puede resolver estas nuevas amenazas a la seguridad nacional por sí mismos. Por ser las dos economías más grandes del mundo, Estados Unidos y China están condenados a una relación que debe combinar competencia y cooperación. Para Estados Unidos, el excepcionalismo hoy incluye trabajar con los chinos para ayudar a producir bienes públicos globales, defendiendo al mismo tiempo valores como los derechos humanos.

Ésas son las cuestiones morales que los estadounidenses deberían discutir de cara a la elección presidencial de este año.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor en la Universidad de Harvard y autor de Do Morals Matter? Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump.

Gilder Lehrman Fellowship, A Short-Term Research in USA - World ...

El Gilder Lehrman Institute of American History anuncia el inicio de sus cursos en línea y gratuitos de historia de EEUU para estudiantes de escuela intermedia y superior: American History through Film: Civil War and Cinema,  American History through Song: Revolution to Depression, AP United States History, The History of the Voting Rights Struggle y The United States, 1492-1865.

Comparto estas imágenes para que los interesados tengan una idea más clara de este programa.

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BlackLivesMatter: El racismo es histórico, es cultural y todos ...En este corto ensayo, el profesor Pedro J. Rodríguez Martin (Universidad Pontificia Comillas-ICADE), identifica seis elementos claves para entender las reacciones al asesinato del George Floyd por la policía de Mianneapolis.  Estos son: la esclavitud, la desigualdad, las condiciones socioeconomicos de los negros en Estados Unidos, la brutalidad policíaca, Donald J. Trump y lo que Rodríguez Martin llama el regreso a 1968, en relación al año más violento en la segunda mitad del siglo XX estadounidense.

Comparto con mi lectores este interesante escrito.

Norberto Barreto Velázquez


Black Lives Matter

Seis claves para entender el peor estallido racial de Estados Unidos en cincuenta años

Pedro J. Rodríguez Martin

Diálogo Atlántico     4 de junio de 2020

Los disturbios raciales registrados en más de un centenar de ciudades de EE. UU. no se explican únicamente por la muerte del afroamericano George Floyd después de que un agente blanco, al detenerle el pasado 25 de mayo en Minneapolis por supuestamente utilizar un billete falso de 20 dólares para comprar cigarrillos, le aplastase el cuello durante 8 minutos y 46 segundos. El peor estallido racial sufrido por el gigante americano en 50 años debe entenderse también como la consecuencia inevitable de una profunda y dolorosa crisis de desigualdad.

  1. El pecado original

La esclavitud es conocida como el pecado original de EE. UU. en una saga de sufrimiento que comenzó hace 400 años. En agosto de 1619, un barco holandés desembarcó en la colonia inglesa de Virginia a más de veinte africanos cautivos y esclavizados. América todavía no era América pero no se puede entender a EE. UU. sin los 250 años de esclavitud que siguieron a ese primer desembarco en Jamestown.

El profesor Eric Foner, en su elocuente manual de historia americana Give me Liberty, explica que entre 1492 y 1820 más de diez millones de hombres, mujeres y niños procedentes de África cruzaron el Atlántico con destino al Nuevo Mundo, la gran mayoría como esclavos. En EE. UU. donde la esclavitud marcaría las diferencias entre el norte y el sur, esta mano de obra cautiva fue empleada sobre todo en el especulativo cultivo de algodón. Para 1860, en vísperas de la guerra civil americana, el valor de todos los esclavos era superior al valor combinado de todos los ferrocarriles, factorías y bancos de la joven nación.

  1. La dolorosa desigualdad americana

Una de las imágenes más sobrecogedoras de la pandemia se registró el pasado mes de abril en la ciudad de Nueva York. Se trataba de una fosa común excavada en la isla de Hart, un enclave del Bronx, para dar sepultura a los cuerpos que nadie reclamaba en las desbordadas morgues de la Gran Manzana. Estas tareas son tradicionalmente realizan presos de la cercana prisión de Rikers. Y estadísticamente, los afroamericanos tienen muchas más probabilidades terminar como enterradores o enterrados.

El estallido racial en EE. UU. debe entenderse como parte de la corrosiva crisis de desigualdad agravada por la pandemia de coronavirus. Los afroamericanos –y también los hispanos– son los que de forma desproporcionada están sufriendo la pandemia de la COVID-19. Ya sea en su condición de víctimas del virus o damnificados de la subsecuente crisis económica. De acuerdo a The Economistaunque los guetos contra los que luchaba Martin Luther King en los sesenta ya no existen como tales, EE. UU. se mantiene profundamente segregada tanto por la clase como por la raza a pesar de ser un país fundado con las mejores intenciones igualitarias.

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  1. La peor parte

No hay indicador social –desde fracaso escolar hasta desempleo– en el que los negros de EE. UU. no salgan claramente perdiendo. De todos los enfrentes de esta desigualdad, el económico es el más doloroso y fácil de cuantificar. Según ha recalculado The Financial Timesen la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, los niveles de desempleo de los afroamericanos han sido típicamente el doble de los niveles de los americanos blancos. Con todo, en los últimos 10 años se han hecho algunos progresos en la reducción de la brecha gracias al casi pleno empleo que precedió al estallido del coronavirus.

El gran problema de los afroamericanos es que la crisis del coronavirus ha fraccionado la fuerza laboral de EE. UU. y de otras economías avanzadas tres grupos: los que han perdido sus trabajos o al menos alguna parte de sus ingresos; los que son considerados trabajadores “esenciales” que deben seguir trabajando durante la crisis –con riesgo para su propia salud–; o los que son teletrabajadores del conocimiento virtual cuyas vidas apenas se han visto afectadas. Los afroamericanos han caído desproporcionadamente entre los dos primeros grupos.

  1. Brutalidad policial

Durante los disturbios contagiados a más de un centenar de ciudades americanas, además del grito “I can’t breathe”, la otra consigna más repetida es “Hands up, don’t shoot”. De esta forma se intenta llamar la atención sobre el número anormalmente elevado de asesinatos cometidos por la policía en EE. UU. (1099 personas el año pasado), en particular de afroamericanos, que tienen tres veces más probabilidades que los blancos de morir a causa de acciones policiales. Cuando se consiguen formalizar cargos contra los agentes implicados en estos casos, los procesamientos que terminan en veredictos de culpabilidad y condenas son excepcionales.

En el capítulo de las muertes por disparos de policías, información que el Washington Post rastrea cuidadosamente desde 2015, 235 personas negras fueron disparadas hasta la muerte el año pasado por agentes de la autoridad en EE. UU. Cifra que representa un 23,5 por ciento de todas las muertes a manos de policías, o casi el doble del porcentaje de la población estadounidense que es negra.How The Civil Rights Movement Was Covered In Birmingham : Code ...

  1. La gran diferencia: Trump

En sus tres años como presidente, Donald Trump ha confirmado con creces su vocación de agitador-en-jefe. Dentro de esa interesada espiral de tensiones, Trump ha jugado con fuego apelando a los peores instintos e instrumentalizando de forma implícita y explicita el problema racial americano. Al demostrar que no hacía falta ser inclusivo para ganar la Casa Blanca, su ganadora estrategia del Make America White Again que tanto sintoniza con el “nacionalismo blanco” ha terminado por contar con la silenciosa complicidad del Partido Republicano.

En política, el caos suele llevar al fracaso. Sin embargo, en la Casa Blanca de Trump la anarquía ha formado parte desde el primer minuto de su forma de hacer política. Dentro de un tono permanente de tensión, y con la excusa del ajuste de cuentas contra las élites del nacional-populismo, Trump ha alimentado constantemente provocaciones más propias de un pirómano político que del presidente de una de las naciones más diversas del mundo.

  1. El retorno a 1968

Descrédito internacional, violencia extrema, sobredosis de miedo e incertidumbre, retroceso económico, polarización política, protestas raciales y populismo desatado. Por el principio de que la historia no se repite pero a veces rima bastante, la misma descripción a brocha gorda de EE. UU. en 2020 se puede aplicar a 1968, el año que realmente nunca ha terminado para el gigante americano y que se ha convertido en la última fuente de inspiración electoral para Donald Trump. En su último paroxismo populista, ante la intensidad del estallido racial sin comparación desde el asesinato de Martin Luther King, no ha dudado en autoproclamarse como el candidato de la ley y el orden, amenazando literalmente con la Biblia y el despliegue de tropas federales.

Para disimular su demencial gestión de la pandemia, el Trump pirómano-y-bombero-a-la-vez ha copiado a Richard Nixon en su victoriosa campaña de 1968. Durante aquel memorable pulso presidencial, que transformó y fracturó para siempre la política americana, Nixon entendió que cuanto más violentos fueran los enfrentamientos raciales en EE. UU., y peores las noticias provenientes de Vietnam, mayores serían sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

Además de inventarse y jugar con “mayorías silenciosas” y “estrategias sureñas”, Richard Nixon también contó con la maléfica perspicacia de un joven asesor llamado Kevin Philipps que le hizo saber que “el gran secreto” de la política americana no era otro que identificar quién odia a quién. Con toda la zafiedad de la que es capaz para cortejar una minoría más bien vociferante pero suficiente para ganar un segundo mandato, Trump también intenta utilizar el mismo secreto odioso que hizo posible Nixonlandia.

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Ya es una tradición de esta bitácora dar la bienvenida a los nuevos números de la revista Huellas de los Estados Unidos. Estudios, Perspectivas y Debates desde América Latina.  Publicada por los colegas de la Cátedra de Historia de Estados Unidos de la UBA, Huellas es una de pocas publicaciones en castellano dedicadas al estudio de la historia estadounidense. Por lo tanto, considero, además de un honor, un compromiso ayudar en su difusión.

Con este ya son 18 los números publicados por Huellas, lo que es todo un logro y una muestra del tesón de quienes han desarrollado este proyecto hasta convertirlo en un referente para quienes estudiamos la historia de Estados Unidos en el mundo Iberoamericano. Vaya para ellos mi felicitación y agradecimiento.

Copio el índice de este número para que puedan acceder a sus artículos.

Dr. Norberto Barreto Velázquez

Lima, Perú


 

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We're History

We’re History es una bitácora dedicada a la historia de Estados Unidos cuya particularidad es que da espacio a analistas académicos y no académicos. Su objetivo es entender cómo Estados Unidos ha llegado a ser la nación que hoy es.

En su edición del 15 de abril de 2020, We´re History publica un trabajo de Peter H. Wood titulado “Infection Unperceiv’d, in Many a Place”: The London Plague of 1625, Viewed from Plymouth Rock“.  Wood analiza el impacto de la plaga de peste bubónica que mató a 40,000 londinenses en 1625, en el desarrollo de la colonia de Plymouth. Fundada por los Puritanos en 1620, Plymouth fue el segunda asemtamiento europeo exitoso en lo que hoy conocemos como Estados Unidos.

En nuestro contexto de pandemia global, el análisis de temas como este resulta màs que pertinente.

Dr. Wood es profesor emerito de Duke University

Plague in London. Title artwork from a 17th century pamphlet on the effects of the plague on London. This pamphlet, A Rod for Run-awayes, by Thomas Dekker, was published in 1625, one of the years in which a plague epidemic broke out. The plague (or Black Death) affected Europe from the 1340s to the 1700s. It is thought to have been bubonic plague, caused by the bacterium Yersinia pestis, and spread by fleas on rats.

 

“Infection Unperceiv’d, in Many a Place”: The London Plague of 1625, Viewed from Plymouth Rock

By 

The year of Covid-19 also marks the 400th anniversary of the Mayflower. Its famous voyage brought to New England a band of Protestant “separatists,” many of whom had migrated from England to Holland in 1608 for religious reasons. In 1620, a portion left Leiden with plans to settle in America. In September, at Plymouth, England, they crowded aboard a 160-ton vessel bound for Virginia. After a stormy two-month crossing, they landed near Cape Cod instead.

The Pilgrims’ faced a stark isolation. They “had now no friends to welcome them,” Governor William Bradford recalled. “Besides, what could they see but a hideous and desolate wilderness.” The striking scarcity of local inhabitants was as surprising as the harsh winter. Indian towns had been literally decimated when European ships introduced unfamiliar diseases. Between 1617 and 1619, one onslaught had killed nearly nine tenths of the coastal population. As Bradford put it, “skulls and bones were found in many places lying still above ground.”

Short on shelter and supplies, the new Plymouth Colony faced sickness of its own, losing half its members in the first winter. Still, by 1624 new arrivals had expanded their numbers to 180, housed in several dozen dwellings. With the Virginia Company seeking reimbursement for its investment, the colonists amassed stacks of beaver pelts and barrels of salt cod. That way, ships bringing expensive supplies would not be returning to England with empty cargo holds.

But in 1625, New England’s “hideous and desolate” isolation suddenly began to seem a God-given blessing in disguise. Captain Miles Standish had been sent back to England, aboard a ship laden with furs and fish, to negotiate with overbearing creditors for their “favour and help.” He went at “a very bad time,” Bradford related, for their home country was “full of trouble.” To his dismay, Standish found “the plague very hote in London, so no business could be done.”

Hot indeed. England’s plague had arrived, apparently from Holland, early in 1625, but it went undetected through most of March. George Wither, a poet who survived the epidemic, recalled how the stealthy sickness first approached London through the city’s “well-fill’d Suburbs” and spread there undetected for weeks:

Infection unperceiv’d, in many a place

Before the bleare-ey’d Searchers, knew her face.…

On March 25 the Privy Council, aware that the contagion had entered the city, rebuked London officials for squandering an opportunity to act quickly and failing to take preventive measures weeks earlier. With the benefit of hindsight, members argued that swift action might have “stayed” the outbreak. “You may be assured,” they threatened the Lord Mayor and his aldermen, that a full accounting for this critical failure “will be demanded at your hands.”

Two days later, an unrelated event complicated the situation. On March 27, King James I died of dysentery at his country estate in Hertfordshire. The fifty-six-year-old monarch had been seriously ill for some time. (Ironically, his predecessor, Elizabeth I, had also died of unrelated causes at the start of a major plague outbreak in 1603.) Despite the pending crisis, news of the king’s death prompted preparations for a state funeral and for the public coronation of Charles I.

London witnessed the royal burial, plus crowded church services, on May 7. Five weeks later, the new monarch arrived in the city with his French bride. Parliament convened three days after that, as the death toll continued to rise. “Though the sickness increase shrewdly upon us,” a prominent Londoner wrote on June 25, “yet we cannot find in our hearts to leave this town, so long as here is such doings, by reason of the queen’s arrival, and the sitting of the Parliament.”

The next two months told a different story, underscoring the deep-seated class divisions that almost always emerge in moments of mass contagion. As with the United States today, England in 1625 had experienced decades of growing inequality. One writer complained that as aspiring yeomen became gentry, rich gentry in turn became “knights, and so forth upward.” Meanwhile, “the poorest sort” were becoming “stark beggars” with no safety net beneath them.

Facing plague, the wealthy left the city in droves, and Parliament adjourned on July 11. The first week of the month saw 593 plague deaths in 57 local parishes, but during the last week of July official “searchers” recorded 2,471 victims in 103 parishes. By August 1, at the start of a month that would see the highpoint of the epidemic in London, Parliament reconvened in Oxford. Over the next four weeks, more than 16,000 inhabitants of the capital died of plague.

By the end of 1625, the contagion had claimed nearly 70,000 lives across England. More than half the deaths had been in London. There, the disease had killed well over 35,000, in a city of fewer than 330,000 people. Many more may have been undiagnosed victims. One Londoner wrote that “to this present Plague of Pestilence, all former Plagues were but pettie ones.” Another lamented that no prior chronicle had “ever mentioned the like” for “our famous citie.”

As for Standish, he found the English adventurers who supported the Plymouth Colony were fearful in the midst of an economic collapse and a public health disaster. When the New Englander sought a loan, they could only offer him money at a whopping 50% interest rate.  As Bradford later summarized: “though their wills were good, yet theyr power was litle. And ther dyed such multitude weekly of the plague, as all trade was dead, and litle money stirring.”

In early April 1626, the Plymouth colonists welcomed Standish home safely, but his mission had been unsuccessful, and “the news he brought was sad in many regards.” Numerous English allies had been struck down financially and physically, “much disabled from doing any further help, and some dead of the plague.” Faced with such news and given “the state of things,” Bradford observed of his colonists, “it is a marvell it did not wholy discourage them and sinck them.”

If the Mayflower colonists were “separatists” from the Church of England in religious terms, they were also saved by their geographical separation from London’s plague. According to Bradford, “they gathered up their spirits” from this low point and “begane to rise againe.” Nothing aided them more than their remoteness from European epidemics, and their relative immunity from the diseases killing Native Americans, including their Patuxet mentor, Squanto.

Thomas Dekker used this image on the title page when he published A Rod for Run-awayes in 1625. His pamphlet described that year’s memorable outbreak of plague in London. It is thought to have been bubonic plague, caused by the bacterium Yersinia pestis and spread by fleas on rats. During a typical outbreak, tens of thousands died in London alone. Death (shown here as a skeleton, with London in the background) stands on new coffins, casting arrows at the fleeing people and saying he will follow them. The lightning overhead represents God’s wrath.