Quienes me conocen saben que el cine es una de mis pasiones, especialmente, el cine histórico. Por ello no debe sorprender que comparta esta nota del periodista Luis Pablo Beauregard sobre una de las películas más importantes y controversiales en la historia del cine estadounidense: Gone with Wind. Estenada en 1939, Gone with the Wind obtuvo ocho premios Oscar, incluidos los de mejor película y mejor director. Pocas obras han sido tan influyentes en reproducir una visión endulcorada de la esclavitud en Estados Unidos.
En su artículo, Beauregard comenta el hallazgo de un libreto que permite reconstruir el intenso debate que se desarrolló con relación a la representación de la esclavitud durante la filmación de este largometarje.
Beauregard es corresponsal de El país en Estados Unidos, donde cubre noticias relacionadas a la migración, el cambio climático, la cultura y la política estadounidense.

La historia secreta de ‘Lo que el viento se llevó’: un guion documenta la tensión racial del rodaje
El país 3 de marzo de 2023
La plataforma de streaming HBO Max eliminó en junio de 2020 Lo que el viento se llevó durante unos días de su catálogo de Estados Unidos. El clásico de 1939 sucumbió entonces ante la corrección política y las tensiones raciales. El gigante del entretenimiento reconoció que la superproducción glorificaba el pasado esclavista de Estados Unidos y evitaba las críticas a la segregación que sufrió el sur del país. El filme dirigido por Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood ―estos dos últimos no aparecieron en los créditos― volvió a estar disponible días después con un mensaje introductorio que avisa del contexto histórico en el que se desarrolló la película y de la imagen romantizada que ofrece de la época de la esclavitud en el sur estadounidense. En la era digital, este tipo de mensajes acompañan ya muchas producciones del pasado.
Un ejemplar del guion utilizado durante la filmación arroja luz sobre los choques relacionados con el esclavismo que se vivieron dentro del equipo de producción, encabezado por el legendario David O. Selznick. Un historiador doctorando en Yale, David Vincent Kimel, asegura que el libreto, que incluye escenas que posteriormente fueron editadas, indica que se vivió una auténtica “guerra civil” entre el productor, una docena de guionistas (entre los que se encontraba F. Scott Fitzgerald), el elenco negro y organizaciones contra el racismo. Entre estos bloques hubo un tenso tira y afloja con dos posturas encontradas: por un lado, estaban los que consideraban necesario retratar con realismo la crudeza de la esclavitud, y por otro, los que preferían ceñirse a lo que la escritora Margaret Mitchell había plasmado en la novela que sirvió de base a la película, que ganó ocho premios Oscar —además de dos galadornes especiales—, entre estos el primero para una actriz afroamericana, Hattie McDaniel, que fue reconocida como mejor actriz de reparto.

Hattie McDonald
Kimel encontró casualmente el guion en una librería en internet y lo compró por 15.000 dólares (14.100 euros). Se trata de un raro libreto de 301 cuartillas de colores que se utilizó en el rodaje, que se extendió durante varios meses de 1939. Se usaron varios de ese tipo, bautizados como guiones arcoíris por las hojas de colores que marcaban al equipo técnico los cambios en las distintas versiones que se hicieron de la historia. Según Kimel, el que ha comprado él pertenecía al director de casting Fred Schuessler y ha sido autentificado por la casa de subastas Bonhams. Es un documento casi único. Milagrosamente, solo un puñado sobrevivió a la orden de Selznick de destruirlos.
“La visión errónea y romántica de la esclavitud, que se ha convertido en el legado central de la famosa película, se asoma en la producción desde el principio hasta el final, prevaleciendo en muchas de las escenas cortadas del guion arcoíris”, señala el historiador en un texto para The Ankler, una newsletter sobre la industria del cine.
Una de las escenas eliminadas muestra a Rhett Butler, el personaje interpretado por Clark Gable, sentado frente a una botella de whisky y acariciando un arma de fuego, considerando un posible suicidio. Alguien llama a la puerta de la habitación en la que está y lo distrae de sus pensamientos. Guarda la pistola en una de sus botas de montar y se detiene con dificultad, dejando ver que está bastante ebrio. Kimel asegura que algunas de las escenas borradas sí fueron filmadas, según consta en algunas fotografías tomadas durante el rodaje. Este material habría salido del metraje final en alguna de las ediciones posteriores.
En otra secuencia, que fue después cortada, se muestran los disturbios en Atlanta, la ciudad de Georgia donde se desarrolla la acción de la película, ambientada durante la guerra de Secesión. El movimiento de la cámara mostraba a Butler a caballo moviéndose por una ciudad destruida. El animal se frenaba violentamente en medio del caos. Había hombres y mujeres saqueando comercios y cargando los productos que habían sacado de los negocios. “Todo tiene un ambiente de desorden y embriaguez, una ciudad descendiendo en el caos mientras se aproxima su fin”, indica el guion, que también incluye a un hombre travestido corriendo frente a una carreta cargando vestidos.
La mayoría de los ajustes reflejados en el guion de Schuessler se hacen en la plantación propiedad de Escarlata O’Hara, el personaje femenino interpretado por Vivien Leigh. Selznick pidió cortar algunos detalles que podrían haber mostrado de una forma más cercana a la realidad cómo eran tratados los negros en el Sur esclavista. Esto hizo que quedaran fuera de la película referencias a brutales palizas, la amenaza de despedir a Mammy (Hattie McDaniel) por perezosa, además de otras muestras de violencia física y emocional.
Para comprender qué llevó a prescindir de este material al legendario productor, él mismo un judío que luchó contra el antisemitismo rampante en Los Ángeles, David Vincent Kimel acudió a revisar los documentos del cineasta que se encuentran en el centro Harry Ransom, ubicado en Texas. El archivo del centro refleja que Selznick no solo mostraba preocupación por el ritmo y la calidad del diálogo, sino también por apegarse lo más posible a la novela, publicada en 1936.
En una comunicación a uno de los escritores que participaron en el guion, Val Lewton, el productor se lamenta de no poder utilizar la palabra nigger (negrata), que es hoy impronunciable en Estados Unidos. “Quizá no es muy tarde para salvar su uso dos o tres veces”, dice Selznick a Lewton, a quien le pide que investigue si usar esa palabra, que aparece en la novela, les llevaría a violar alguna ley de censura. Lewton responde que es mejor evitarla porque crea demasiados problemas. Y añade: “Los negratas rechazan ser llamados negratas”.
El investigador señala, no obstante, que Selznick nunca quiso hacer una película racista y que siempre fue “muy cuidadoso” de que su equipo retratara a los afroamericanos de la mejor forma posible. A pesar de la fidelidad que mostró al material original, la producción nunca contó con mucha ayuda de la autora, Margaret Mitchell, quien ganó el Pulitzer con el libro.

El productor terminó en varias ocasiones eliminando diálogos, reescribiendo parlamentos o diluyendo el tono en algunas de las escenas. El libreto arcoíris muestra una versión rebajada respecto a versiones anteriores de una escena en la que la carismática Escarlata O’Hara amenaza con vender a Prissy, una de sus sirvientas. Selznick también borró una escena donde Prissy es pellizcada y se le pide callarse. Pero también omitió un arranque que hubiera glorificado al ejército esclavista del Sur y un primer cuadro que habría mostrado la bandera confederada.
Los documentos que se conservan en el centro Harry Ransom también abonan otra leyenda de Hollywood. La llegada de F. Scott Fitzgerald al caótico rodaje, marcado por el despido de dos directores antes que Fleming y de varios escritores. Fitzgerald llegó a Los Ángeles en 1937, cuando ya era lejana la fama que le generó la publicación de El gran Gatsby, que llegó a las librerías en 1925. Amargado y con problemas con el alcohol, Selznick lo contrató para suplir a dos guionistas, Sidney Howard (quien se quedó con el crédito final) y Oliver Garrett.
El escritor se encontró con que solo podía usar las palabras de Margaret Mitchell como material para esculpir. Una de sus escasas sugerencias fue un arranque que mostrara la vida en el viejo sur. Fue despedido y llegó después el legendario Ben Hecht, famoso en Hollywood por encauzar historias que no iban a ninguna parte. Fitzgerald murió en 1940 borracho en un gris apartamento de West Hollywood. Pero Lo que el viento se llevó sigue provocando debate 84 años después.

Después de algunos altibajos, a Trautman se le ocurrió la idea de las ASE con la ayuda de un artista gráfico y el Wartime Book Council (WBC), una organización sin fines de lucro formada por editores, bibliotecarios, libreros y otros profesionales de la industria. Para el WBC, la asociación ASE era la manera perfecta de cumplir su misión central de usar los libros como “armas en la guerra de ideas” que los nazis habían iniciado mucho antes de invadir Polonia.
El propio presidente Roosevelt amplificó este mensaje. “Los libros no pueden ser asesinados por el fuego. La gente muere, pero los libros nunca mueren”, dijo, las palabras más tarde salpicaron los carteles de propaganda popular. “Ningún hombre ni ninguna fuerza puede tomar del mundo los libros que encarnan la eterna lucha del hombre contra la tiranía. En esta guerra, sabemos, los libros son armas”.
Hace tiempo que aceptamos que los libros que leemos reflejan lo que queremos que sea nuestra identidad nacional. Eso fue cierto cuando los nazis estaban quemando el trabajo de Albert Einstein y fue cierto cuando Roosevelt intervino para levantar la prohibición de la oficina de correos de Strange Fruit. Fue cierto cuando los nazis decidieron erradicar las voces judías, las voces queer y las voces de sus oponentes políticos de la cultura alemana. Y fue cierto cuando Eisenhower se aseguró de que cada uno de sus hombres, que se dirigían hacia una muerte probable (si no muy segura), tuviera un libro para hacerle compañía en sus últimas horas.

Durante su breve estancia en Haití, entre 1889 y 1891, Douglass se percató de que su misión no era estimular el desarrollo de una nación habitada por sus congéneres, sino abrirle las puertas al capital estadounidense. Desde el inicio de su gestión, Douglass percibió que, lejos de la visión romántica de un embajador estadounidense negro en afinidad con un país de mayoría negra, el poder imperial estadounidense esperaba de él que utilizara su negritud para abrirle el camino a los intereses económicos de ese país, sobre todo el sector naviero que se expandía por la región.


Los comentarios de Baldwin son seguidos por una ovación de pie, y ganó el debate sobre Buckley en un deslizamiento de tierra, 544-164. Para ese momento, esos jóvenes blancos ingleses estaban despertando a su privilegio y al horror de la realidad negra. La mordaz acusación de Baldwin no solo de Estados Unidos sino también de la civilización occidental (de nuevo, ecos de Gandhi) sigue siendo hasta el día de hoy un testimonio memorable y poderoso del poder de los individuos y los movimientos de masas para luchar por un mundo mejor. Estoy inspirado, y enojado, porque el racismo todavía está muy presente con nosotros, cada vez que veo este discurso.

Desde de puesto de Gobernador General de Haití, el fundador de la nación Jean Jacques Dessalines dejó como legado su desconfianza en los europeos, firmando un decreto disponiendo que: «Los generales de división, al mando de los departamentos, ordenarán a los generales de brigada que erijan fortificaciones en la cima de las montañas más altas del interior, y los generales de brigada, de vez en cuando, informarán sobre el progreso de su trabajo».


Beard despreciaba a los nazis, pero pensaba que su derrota era sólo incidental al objetivo principal del gobierno de los Estados Unidos, establecer su hegemonía sobre la economía mundial. Al igual que con la Convención Constitucional y todas las guerras estadounidenses que comenzaron con la Revolución en 1775, entendió la Segunda Guerra Mundial en su nivel más profundo como un evento económico. El espectacular ascenso del poder del gobierno estadounidense que luego comenzó con la creación del complejo militar-industrial sería el principal legado de la guerra y convertiría a los Estados Unidos en un estado de guarnición permanente en eterna vigilancia para el bienestar y el aumento del orden capitalista corporativo. Beard no entendió todo bien sobre la Segunda Guerra Mundial, pero vio claramente la dirección en la que se dirigía el país.

Intrigado por el artículo de Taylor, Rickover inició su propia investigación que culminó en 1976 con la publicación del libro How the Battleship Maine was Destroyed (Washington: Naval History Division, U.S. Govertment Printing Office, 1976). Gracias a un trabajo de Dana Wegner


Después de más investigaciones de la industria, se afirmó que “los responsables de hacer It’s a Wonderful Life habían empleado dos trucos comunes utilizados por los comunistas para inyectar propaganda en la película”.
Recientemente, leí un artículo escrito por
Los estadounidenses negros, distinguiendo a los perpetradores de violencia de las víctimas, entendieron los pogromos solo arios de Alemania y su “solución” al “problema judío” no era menos la ideología de la supremacía blanca. ¡Rituales y ceremonias aparte! Si “un sureño blanco podía referirse con ligereza al ‘problema negro’ y culpar de los problemas del sur a la deficiencia negra”, como señala la historiadora Glenda Elizabeth Gilmore en
Hoy, cuando los representantes estatales y locales prohíben los libros de una estadounidense ganadora del Premio Nobel Toni Morrison en lugar de unirse a activistas locales en el desmantelamiento de estatuas de Robert E. Lee, ¿qué políticas y leyes están canalizando? ¿Qué época quieren ver regresar estos supuestos líderes del pueblo?
Goebbels ciertamente leyó las notas proverbiales de Hitler, si no la prensa negra. Los elogios del Führer por la “supremacía blanca estadounidense” y su práctica de linchamiento” hicieron que Goebbels imaginara una “revolución sangrienta en América del Norte”. Para Goebbels, aquí había un país, reconoció con “tantas tensiones sociales y raciales”. Estaría maduro para que el Reich “tocara con muchas cuerdas”. Y, como si estuviera justo en el momento justo, Hitler, señala Paxton, se refiere cada vez más a un Weltanscauung, una “visión del mundo”, en sus mítines.







