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Posts Tagged ‘Política exterior norteamericana’

He tropezado con una interesantísima selección de fotos de la Guerra hispanoamericana procedentes  de la Photographic Collection de la State Library and Archives of Florida. El estado de Florida, y en especial la ciudad de Tampa, jugaron un papel muy importante durante la guerra. Tampa sirvió de base de entrenamiento y operaciones para la campaña del Caribe. En esa ciudad se congregaron miles de soldados y toneladas de equipo bélico para la invasión de Cuba y Puerto Rico. La llegada de unos 30,000 soldados cambió la vida de lo que hasta ese entonces había sido una pequeña ciudad en la costa oriental de la Florida. Estas fotos   nos presentan el lado norteamericano del conflicto, de ahí su gran valor histórico. Espero que las disfruten.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 3 de agosto de 2009

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

Voluntarios del Tercer Regimiento de Voluntarios de Nebraska marchando en Pablo Beach, Florida

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler,  Capellán Henry A. Brown,  Coronel Leonard Wood, y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt. (later 26th U.S. President).

De izquierda a derecha: Mayor George Dunn, Mayor Alexander Brodie, Mayor General Joseph Wheeler, Capellán Henry A. Brown, Coronel Leonard Wood y Coronel Theodore "Teddy" Roosevelt.

Voluntarios cubanos.

Voluntarios cubanos.

Soldados marchando por la calles de Tampa

Soldados marchando por la calles de Tampa

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Acabo de descubrir la existencia de una organización que agrupa a descendientes de veteranos de la Guerra Hispanoamericana llamada Sons of Spanish American War Veterans. De acuerdo con su página web, esta organización nació en 1927 y congrega no  sólo a veteranos de la guerra con España, sino también de la «insurrección» filipina y de la expedición en contra de los “boxers”.  Organizada en capítulos denominados “camps”, los Sons of the Spanish American War Veterans están presentes en varios estados de la Unión norteamericana: Nueva York, Illinois, Florida, Ohio, Colorado, Carolina del Sur, Pennsylvania, Virgina, Kentucky y California. Además descubrí, que el “Cuba Libre Camp #172” en la Florida posee un blog con información y comentarios sobre el conflicto hispano-cubano-norteamericano que podría resultar de interés y utilidad. Aquí incluyo un corto programa de radio creado por el Cuba Libre Camp #172, que busca dar a conocer y promocionar a los Sons of Spanish American War Veterans.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 31 de julio de 2009

Sons of Spanish American War Veteran’s, Cuba Libre Camp #172

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Continúo con la selección de escritos relacionados al debate sobre la naturaleza del imperialismo norteamericano desarrollado en la primera década de siglo  XXI. En esta ocasión recojo una lista mínima de artículos y ensayos sobre el tema publicados en diversas revistas y periódicos. Espero sea de interés y ayuda.

daedalusCARLOS DA FONSECA, “Deus Está do Nosso Lado: Excepcionalismo e Religião nos EUA”. Contexto Internacional, 29:1, Janeiro/junho 2007, 149-185.

NIALL FERGUSON, “The Unsconscious Colussus: Limits of (& Alternatives to) American Empire”. Daedalus, 134, 2005, 18-33.

SUSAN GILLMAN, “The New, Newest Thing: Have American Studies Gone Imperial?”. American Literary History, 17:1, 2005, 196-214.iplomatic History
MARY ANN HEISS, “The Evolution of the Imperial idea and U. S. National Indentity”. Diplomatic History, 26:4, Fall 2002, 511-540.
DAVID C. HENDRICKSON, “The Curious Case of American Hegemony Imperial Aspirations and National Decline.” World Policy Journal, XXII:2 Summer 2005.
NYTJOHAN HÖGLUND, “Taking up the White Man’s Burden? American Empire and the Question of History”. European Journal of American Studies, 2, 2007.

MICHAEL IGNATIEFF, “The American Empire; The Burden”. The New York Times, January 5, 2003.

MARY A. JUNQUEIRA, “Os discursos de George W. Bush e o excepcionalismo norte-americano”. Margem, 17, Junio 2003, 163-171. American Quarterly

AMY KAPLAN, “Violent Belongings and the Question of Empire Today Presidential Address to the American Studies Association, October 17, 2003”, American Quarterly, 56:1, March 2004, 1-18.
harvard_magazineCHARLES S. MAIER,  “An American Empire?”, Harvard Magazine, 105:2, November/December 2002.

SEBASTIAN MALLABY, “The Reluctant Imperialist: Terrorism, Failed States, and the Case for American Empire”. Foreign Affairs, 81: 2, March/April 2002.foreign-affairs-cover1

DONALD PEASE, “Re-thinking “American Studies after US Exceptionalism””. American Literary History, 21:1, 2009, 19-27.

KENNETH POMERANZ, “Empire & ‘Civilizing Missions, Past & Present.” Daedalus, 134, no. 2, 2005.
FAREED ZAKARIA,  “The Future of American Power How America Can Survive the Rise of the Rest”, Foreign Affairs, May/June 2008.

Norberto Barreto Velázquez

Lima, 12 de junio de 2009

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La primera década del siglo XXI ha sido testigo de una producción impresionante de obras analizando la política exterior norteamericana desde una óptica imperialista. Decenas, sino cientos de libros, ensayos y artículos periodísticos  testimonían lo que ha sido un profundo debate intelectual y político.  La siguiente  bibliografía recoge  una muestra mínima, pero a mi parecer muy siginificativa de ese debate. Espero que les sea útil.

VirtousClaes G. Ryn, America the Virtuous: The Crisis of Democracy and the Quest for Empire. New Brunswick, U.S.A.: Transaction Publishers, 2003.

Michael Mann, Incoherent Empire. London & New York: Verso, (2003)

Michael Mann, El imperio incoherente: Estados Unidos y el Nuevo Orden Internacional. España, Ediciones Paidos Ibérica, S.A., Mann2004.

Melani McAlister, Epic Encounters: Culture, Media, and US Interests in the Middle East, 1945-2000. Berkeley: University of California Press, 2001.

new_imperialismDavid Harvey, The New Imperialism. Oxford & New York: Oxford University Press, 2003

Noam Chomsky, Hegemony or Survival: Americas Quest for Global Dominance. New York: Metropolitan Books, 2003.

Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia: la estrategia imperialista de Estados Unidos. Colombia: Editorial Norma,Chomsky_hegemonia2004.

Chalmers Johnson, Blowback: The Costs and Consequences of American Empire. New York: Metropolitan Books, 2000.

Chalmers Johnson, The Sorrows of Empire: Militarism, Secrecy, and the End of the Republic. New York: Metropolitan Books, 2004.

empireChalmers Johnson, Nemesis: The Last Days of the American Republic. The American Empire Project. New York: Metropolitan Books, 2006.

Andrew J. Bacevich, American Empire: The Realities and Consequences of U.S. Diplomacy. Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 2002.

Andrew J. Bacevich, The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire. Chicago: Ivan R. Dee, 2003.

Andrew J. Bacevich, The New American Militarism: How Americans Are Seduced by War. New York: Oxford University Press, Andrew_Bacevich_The_New_American_Militarism_sm2005.

Andrew J. Bacevich, The Limits of Power: The End of American Exceptionalism. New York: Metropolitan Books, 2008.

William E. Odom  and Robert Dujarric. America’s Inadvertent Empire. New Haven & London: Yale University Press, 2004.

Wars of peaceMax Boot, The Savage Wars of Peace: Small Wars and the Rise of American Power.  New York: Basic Books, 2003.

Niall Ferguson, Colossus: The Price of America’s Empire. New York: Penguin Press, 2004.

Niall Ferguson, Coloso. Auge y decadencia del imperio americano. Barcelona: Debate, 2005.

Charles S. Maier,   Among Empires: American Ascendancy and Its Predecessors. Cambridge, MA: Harvard University Press, Among2006.

PoderRobert Kagan, Of Paradise and Power: America and Europe in the New World Order.  New York: Vintage Books, 2004.

Robert Kagan,  Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial. Madrid: Taurus , 2003

Fareed Zakaria, The Post-American World. New York: W.W. Norton, 2008

Fareed Zakaria, El mundo después de USA. Madrid, Espasa Calpe, 2009

Melvyn P. Leffler, and Jeffrey Legro, To Lead the World: American Strategy after the Bush Doctrine. New ZakariaYork: Oxford University Press, 2008.

FukuyamaFrancis Fukuyama, America at the Crossroads: Democracy, Power, and the Neoconservative Legacy.  New Haven: Yale University Press, 2007.

Francis Fukuyama, América en la encrucijada. Barcelona: Ediciones B, S. A., 2007

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, Perú, 30 de mayo de 2009

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El unilateralismo abierto y franco, el militarismo agresivo y el fuerte tono ideológico de la  política exterior de la presidencia de George W. Bush, provocaron en los Estados Unidos un intenso e interesantísimo debate académico en torno a la naturaleza imperialista de la nación norteamericana. En los último ocho años, autores como Chalmers Johnson, Fareed Zakaria, Robert Kagan, Max Boot, Francis Fukuyama, Niall Ferguson, Amy Kaplan, Noam Chomsky, Charles S. Maier, Michael Ignatieff, Howard Zinn, James Petras y Patrick K. O’Brien  (entre otros) se embarcaron en una intensa producción académica  (decenas de libros, artículos, ensayos, reportajes noticiosos y documentales) que giró en torno a una pregunta básica: ¿Son o actúan los Estados Unidos como un imperio? Tal interrogante ha estado directamente asociada con temas como el de la hegemonía norteamericana, el unilateralismo, el  neoconservadurismo, la guerra contra el terrorismo, el uso de la tortura, el choque de civilizaciones y otros.

Como he señalado anteriormente, éste no es un debate nuevo y hasta se podría plantear que es un proceso cíclico que responde a periodos o eventos traumáticos en el desarrollo de las relaciones exteriores de los Estados Unidos (por ejemplo, la guerra hispano-cubano-norteamericana o la guerra de Vietnam).  Estos periodos o  eventos traumáticos forzaron en su momento un análisis crítico de la política exterior estadounidense que llevó  a algunos analistas norteamericanos reconocer el carácter imperialista de ésta.  Lo novedoso del debate desarrollado en la primera década del siglo XXI es no sólo la fuerza con que la naturaleza imperialista de las acciones estadounidense ha sido reconocida por historiadores, sociólogos, politólogos y otros analistas estadounidenses, sino también cómo algunos de éstos vieron esas acciones como un proceso necesario. En otras palabras, como  algunos de estos analistas justificaron la “transformación” de los Estados Unidos en un imperio como un paso necesario para el bienestar de la nación norteamericana y la estabilidad y paz mundial.  Es necesario subrayar que un grupo significativo de estudiosos condenó las acciones norteamericanas, especialmente en Irak, y subrayó sus terribles consecuencias a corto y a largo plazo.

bachevich

Andrew J. Bacevich

Uno de los participantes más importantes de este debate lo es el historiador conservador Andrew J. Bacevich. Bacevich es un exCoronel del Ejército de los Estados Unidos, graduado de la Academia Militar de West Point, veterano de la guerra de Vietnam, que posee un Doctorado de la Universidad de Princeton y que actualmente se desempeña como profesor de Historia en la Universidad de Boston.  Además, Bacevich tiene el triste honor de haber perdido a su hijo, el Teniente Primero Andrew J. Bacevich, en Irak en mayo del 2007. Escritor prolífico, Bacevich  es  autor de los siguientes libros: American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy (Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2002); The Imperial Tense: Prospects and Problems of American Empire (Chicago, Ivan R. Dee, 2003); The New American Militarism: How Americans are Seduced by War (New York, Oxford University Press, 2005); The Long War: A New History of U.S. National Security Policy since World War II (New York, Columbia University Press, 2007); y The Limits of Power: The End of American Exceptionalism (New York, Metropolitan Books, 2008).  A través de sus libros, artículos, ensayos y presentaciones públicas, Bacevich ha desarrollado una incisiva y sistemática crítica de las acciones y de las bases ideológicas y culturales de la política exterior estadounidense.  Ello resulta realmente admirable dada su orientación ideológica (pues se le considera un historiador conservador) y, sobre todo, por su transfondo personal y profesional.

En su edición del 28 de abril de 2009, TomDispatch.com incluyó un corto, pero valioso ensayo de Bacevich titulado “Farewell, the American Century Rewriting the Past by Adding In What’s Been Left Out” (publicado en español por Rebelión.org bajo el título “Adiós, siglo estadounidense”). En este trabajo, Bacevich reacciona a una columna de Robert Cohen titulada “Moralism on the Shelf”, que fue publicada en el Washington Post el 10 de marzo pasado. En su columna, Cohen reacciona a comentarios del presidente Barack Obama rechazando la  posibilidad de negociar con los talibanes moderados y propone que el llamado  “American Century”  (“siglo norteamericano”) ha llegado a su fin. Bacevich usa la columna de Cohen como excusa para hacer una reflexión crítica del significado (y limitaciones) de uno de los conceptos más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de paso hacer un examen crítico de la política exterior norteamericana de los últimos sesenta años.

Luce

Henry Luce

Mi objetivo es reseñar el ensayo de Bacevich, pero antes es necesario hacer un poco de historia. A principios de 1941, la segunda guerra mundial llevaba un poco más de un año de iniciada y Alemania parecía invencible.  Tras aplastar a Polonia y noquear a  Francia, Hitler logró en menos de un año lo que las tropas imperiales alemanas no alcanzaron durante toda la primera guerra mundial, la conquista de Europa occidental continental.  Con Francia fuera de la guerra, Gran Bretaña resistía, casi sola, las embestidas del expansionismo nazi. En los Estados Unidos, el Presidente Franklin D. Roosevelt hacía todo lo que estaba a su alcance para ayudar a los británicos, pero sus esfuerzos se veían seriamente limitados por la apatía y el aislacionismo reinante en el Congreso y en sectores de la opinión pública estadounidense.
En febrero de 1941, el publicista norteamericano Henry Luce publicó en la revista Time un  corto ensayo titulado “The American Century” que se convertiría en uno de los documentos más importantes de la historia de los Estados Unidos en el siglo XX. Henry Luce era hijo de misioneros presbiterianos,  lo que explica que naciera en China en 1898. Graduado de la Universidad de Yale, en 1923 Luce  funda la revista  Time,  que sería la base para la creación de un imperio publicitario que incluiría publicaciones como Fortune y Life. Preocupado por la situación mundial, Luce escribió “The American Century” para llamar la atención de sus compatriotas ante la amenaza nazi.  En su breve escrito, Luce resaltó la responsabilidad de los Estados Unidos ante los eventos mundiales, pues según él, eran “la nación más poderosa y vital del mundo”, y como tal, debían hacer sentir su influencia y poder. Para Luce, era necesario que los norteamericanos entendieran que los Estados Unidos ya estaban involucrados en la guerra mundial y que sólo la nación estadounidense podía “definir de forma efectiva los objetivos de esta guerra.” Hijo de su momento histórico, “The American Century” buscaba luchar contra el aislacionismo sacudiendo a quienes se negaban a aceptar que los Estados Unidos debían intervenir en la guerra mundial para dar vida al “primer gran siglo norteamericano”. De esta forma, Luce anunció la hegemonía norteamericana de la posguerra.

Bacevich reconoce que aunque el chauvinismo, la religiosidad y la grandilocuencia de los argumentos de Luce no caen bien hoy en día, “The American Century” caló hondo en la mentalidad norteamericana, pues promovió la idea de los Estados Unidos  como “la fuente de salvación” del mundo, como el guía espiritual de la humanidad que sirvió de justificante ideológico-cultural de las políticas norteamericanas de la segunda mitad del siglo XX.  En otras palabras, Luce capturó en un frase la esencia de un momento histórico y aportó así un nuevo elemento a lo que el crítico cultural estadounidense  John Carlos Rowe denomina el “repertorio de métodos de dominación” del imaginario imperialista de los Estados Unidos.

Para Bacevich, la idea –él le llama mito– del siglo norteamericano tiene dos problemas básicos: primero, exagera el papel de los Estados Unidos y, segundo, “ignora y trivializa  asuntos en conflicto con el relato  triunfal” en el que ésta está basada. Con ello se perpetúa lo que Bacevich llama una “serie de ilusiones” que no permiten a los norteamericanos tomar conciencia de sí mismos, y que obstaculizan “nuestros esfuerzos para navegar por las aguas traidoras en las que se encuentra actualmente el país”.  La idea  de un supuesto siglo norteamericano perpetúa, por ende, una versión mítica del pasado estadounidense que no le permite a los norteamericanos entender los retos y problemas actuales.

Bacevich no tienes dudas de que el siglo XXI no es el siglo norteamericano, pero está conciente de que el pueblo y, en especial el liderato estadounidense aún permanecen bajo la “esclavitud” de esta idea. Por ello le combate demostrando su falsedad. Lo primero que hace Bacevich es reconocer que los Estados Unidos no derrotaron a la Wehrmacht, sino lo soviéticos. Segundo, Bacevich niega que los norteamericanos ganasen la guerra fría, pues según él, el imperio soviético fue víctima de la ineptitud de su liderato, no de las acciones de los norteamericanos. Tercero, Bacevich examina varios “errores cometidos por los Estados Unidos” que, según él, permiten ver la verdadera naturaleza del llamado siglo norteamericano: Cuba en 1898, la bomba atómica de 1945, Irán en 1953 y Afganistán desde la década de 1980.  Veamos cada uno de estos errores:

•    Cuba: En 1898, los Estados Unidos pelearon una guerra con España para, supuestamente, liberar a Cuba, pero la isla terminó convertida en un protectorado norteamericano, preparando así el camino hacia Fidel Castro y la Revolución Cubana, el fiasco de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles y Gitmo.
•    La bomba nuclear: Bacevich enfatiza la responsabilidad de los Estados Unidos en la creación de uno de los principales peligros que amenazan a la Humanidad: la proliferación de armas nucleares. Los Estados Unidos  no sólo crearon y usaron la bomba, sino que también definieron su posesión como “el parámetro de poder en el mundo de la posguerra” mundial, dejando a las demás potencias mundiales en una posición desventajosa. En otras palabras, la ventaja nuclear estadounidense obligó a las demás potencias a desarrollar su propio armamento nuclear, fomentando así la proliferación de las armas nucleares.
•   Irán: Bacevich reconoce que los problemas actuales de los Estados Unidos e Irán no se originan en la Revolución Iraní de 1979, sino en el papel que jugó la CIA en el derrocamiento, en 1953, del primer ministro iraní Mohammed Mossadegh.  En otras palabras,  el pueblo iraní fue condenado a vivir bajo la dictadura del Shah para que los norteamericanos pudieran obetener petróleo. Bacevich llega inclusive a reconocer que el anti-norteamericanismo que llevó a la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 no “fue enteramente sin motivo.”
•    Afganistán: Bacevich considera necesario reconocer el rol que jugaron los norteamericanos en la creación de los talibanes. Los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan enviaron armas y dieron ayuda a los fundamentalistas afganos que libraran una guerra santa en contra de los soviéticos. En ese momento se creía que la política norteamericana era muy inteligente, pues les causaba serios problemas a la Unión Soviética. Sin embargo, el tiempo demostró que la política norteamericana en Afganistán  alimentó un  cáncer que terminó costándole muy caro a los Estados Unidos.

Bacevich reconoce que nadie puede asegurar que, por ejemplo, si a principios del siglo XX los Estados Unidos hubiesen enfocado el tema cubano de una forma diferente, Cuba no sería hoy un enemigo de los Estados Unidos. Lo que sí le parece indiscutible es que las acciones norteamericanas en Cuba, Irán y Afganistán lucen hoy en día como acciones y políticas erradas.  Además, demuestran la falsedad del mito del siglo norteamericano y subrayan la necesidad de reconocer los errores de la política exterior estadounidense. Según el autor, “sólo a través de la franqueza lograremos evitar repetir estos errores”.

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Pero no basta con reconocer los errores, los Estados Unidos deben pedir disculpas, deben hacer un acto de contrición.  Según Bacevich, los norteamericanos deben pedir perdón a los cubanos, japoneses, iraníes y  afganos (yo añadiría a los guatemaltecos, a los chilenos, a los vietnamitas, a los camboyanos, a los salvadoreños, a los palestinos, a los angoleños y a otros pueblos que sufrieron los efectos del “siglo norteamericano”) sin esperar ni pedir nada a cambio.  Bacevich es muy claro:

“No, les pedimos perdón, pero por nuestro propio bien –para liberarnos de los engreimientos acumulados del siglo norteamericano y para reconocer que Estados Unidos participó plenamente en la barbarie, locura y tragedia que definen nuestra época. Debemos responsabilizarnos por todos esos pecados.”

Bacevich concluyen que para resolver los problemas que enfrentan los Estados Unidos, los norteamericanos tienen que verse a sí mismos tal como son, y para ello es imprescindible dejar a un lado “las ilusiones encarnadas en el siglo norteamericano”.

Debo reconocer que la franqueza y dureza del análisis de Bacevich me dejo muy impresionado.  Su deconstrucción del mito del siglo norteamericano es muy efectiva, aunque no incluye elementos como la guerra filipino-norteamericana, la guerra de Vietnam, el conflicto árabe-israelí y las intervenciones en América Latina (Guatemala, Chile, Nicaragua, El Salvador, etc.) Concuerdo plenamente en que es necesario que el gobierno y el pueblo norteamericano hagan un examen crítico y honesto de su política exterior. Para ello necesario dejar atrás varios elementos  ideológicos que han servido de base y justificante moral, cultural y política para las acciones norteamericanas desde el siglo XIX. No se trata sólo de superar el mito del siglo norteamericano,  es también necesario examinar críticamente ideas como el excepcionalismo, el sentido de misión, la doctrina Monroe, el puritanismo social, la doctrina del pecado original, el espíritu de la frontera, etc. En otras palabras, no basta con reconocer el carácter mitológico del llamado siglo norteamericano, pero sería un paso importantísimo.  La mentalidad que ha predominado en la política exterior de los Estados Unidos en los últimos sesenta años (por lo menos) es muy compleja y responde a patrones culturales muy enraizados en la historia de los Estados Unidos.  Superarlos no será fácil, pero yo quiero pensar que es posible.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, 24 de mayo de 2009

Las  traducciones del inglés son mías

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democracynowDemocracy Now! (¡Democracia Ahora!) es un programa noticioso norteamericano transmitido diariamente a través de más de 750 estaciones de radio y televisión. Su principal conductora y directora ejecutiva, Amy Goodman, es una prestigiosa y galardonada periodista norteamericana, coautora de varios libros y respetada a nivel mundial. Democracy Now! es, sin lugar dudas, una prueba del valor e importancia del periodismo independiente como alternativa a la cobertura noticiosa de las principales cadenas radiales y televisivas del mundo. Diariamente, millones de personas en el mundo obtienen al escuchar o ver Democracy Now!, información y una perspectiva periodística muy diferente a la que encontrarían en noticiarios tradicionales.

El pasado 13 de mayo, Amy Goodman realizó una interesante entrevista al gran historiador norteamericano Howard Zinn. Autor del ya clásico libro A People´s History of the United States (publicado en español por Ediciones Siglo XXI  bajo el título La otra historia de los Estados Unidos), Zinn es uno de los analistas más lúcidos de la sociedad y la historia estadounidense. En su entrevista con Goodman, Zinn enfoca temas como la política exterior del Presidente Barack Obama y su visión de la historia de los Estados Unidos. Zinn también comenta sobre el estreno en el History Channel de un documental titulado The People Speak basado en la lectura de pasajes de su libro A People´s History of the United States por actores como Matt Damon, Josh Brolin, Viggo Mortensen, Danny Glover, Marisa Tomei y Don Cheadle.

Aquí incluyo la entrevista divida en tres partes:

Primera parte

Segunda Parte

Tercera parte

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En 1898, los Estados Unidos pelearon una breve, pero importante guerra con España. La llamada guerra hispanoamericana marcó la transformación de la nación norteamericana en una potencia mundial.  Gracias a esa guerra, los Estados Unidos se hicieron dueños de un imperio insular que incluía el control directo de Puerto Rico y las islas Filipinas, e indirecto de Cuba. En Puerto Rico, los norteamericanos fueron recibidos como libertadores. Los cubanos, debilitados por años de guerra, tuvieron que aceptar la infame enmienda Platt, convirtiendo a su país en un protectorado de los Estados Unidos. Los filipinos recibieron a los estadounidenses como aliados y les ayudaron a derrotar a las fuerzas españolas sitiadas en Manila. Sin embargo, una vez los nacionalistas filipinos comprobaron que los norteamericanos no llegaban como libertadores, sino como conquistadores, desataron una rebelión que le costó a los Estados Unidos más sangre y dinero que la guerra con España.

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La guerra filipino-norteamericana –la primera guerra de liberación nacional del siglo XX– fue un conflicto muy controversial que generó una gran oposición en los Estados Unidos, especialmente, entre los sectores anti-imperialistas. No todos los norteamericanos celebraron la adquisición de un imperio insular. Hubo un grupo de intelectuales, políticos y hombres de negocios que criticaron la política imperialista del entonces presidente William McKinley. El comportamiento de las tropas norteamericanos provocó la indignación de los anti-imperialistas, quienes abiertamente denunciaron la quema de iglesias, la profanación  de cementerios y la ejecución de prisioneros. Sin embargo, lo que más causó revuelo en la sociedad norteamericana fueron las denuncias del uso de tortura contra prisioneros filipinos,  especialmente, lo que a principios del siglo XX fue conocido como  la “water cure”,  y que hoy denominaríamos “waterboarding” o ahogamiento provocado.

En un interesante ensayo titulado «The Water Cure: Debating Torture and Counterinsurgency—a Century Ago» publicado por la revista New Yorker, el historiador norteamericano Paul A. Kramer enfoca  este episodio de la historia norteamericana. Me parece que el análisis de este corto ensayo cobra particular importancia en momentos en que la sociedad norteamericana “descubre” el alcance de las políticas de la administración de George W. Bush  con relación al uso de la tortura, y debate qué hacer al respecto.

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Paul A. Kramer

Kramer es profesor de historia en la Universidad de Iowa y según el History News Network, es uno de los historiadores jóvenes más destacados de los Estados Unidos. Kramer es autor de importantes trabajos analizando la guerra filipino-norteamericana y el colonialismo norteamericano en las Filipinas. Entre sus obras destacan: The Blood of Government: Race, Empire, the United States and the Philippines (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2006), “Race-Making and Colonial Violence in the U. S. Empire: The Philippine-American War as Race War”, (Diplomatic History, Vol. 30, No. 2, April 2006, 169-210), “The Darkness that Enters the Home: The Politics of Prostitution during the Philippine-American War” (en Ann Stoler, ed., Haunted by Empire: Geographies of Intimacy in North American History,  Durham: Duke University Press, 2006, 366-404) y “Empires, Exceptions and Anglo-Saxons: Race and Rule Between the British and U. S. Empires, 1880-1910” (Journal of American History, Vol. 88, March 2002, 1315-53).  Sus trabajos forman parte de una corriente historiográfica innovadora que en los últimos años ha venido refrescando el estudio de la relaciones exteriores de los Estados Unidos, y del imperialismo norteamericano en particular.

Kramer hace un recuento detallado de este periodo desafortunado de la historia norteamericana. Según éste, las primeras denuncias de torturas aparecieron en los periódicos norteamericanos un año después de comenzada la guerra.  Ello a pesar de la censura impuesta por las autoridades militares a la información procedente de las Filipinas. Curiosamente, quienes hicieron esas primeras denuncias fueron soldados norteamericanos en las Filipinas en cartas personales dirigidas a sus familiares en los Estados Unidos. En mayo de 1900, el periódico Omaha World-Herald publicó una carta del soldado A. F. Miller del Regimiento Voluntario de Infantería #32 (en ese entonces, el ejército norteamericano era uno pequeño por lo que fue necesario usar tropas voluntarias procedentes de varios estados de la Unión tanto en la guerra hispanoamericana como en la guerra filipino-norteamericana).  En su carta, el soldado Miller revelaba el uso de la tortura contra los prisioneros de guerra y en particular, el uso de la “water cure” como mecanismo para obtener información de los filipinos. Según el soldado Miller, los filipinos eran colocados de espaldas, sujetadas por varios soldados y se les colocaba un pedazo de madera redonda en la boca para obligarlos a mantenerla abierta. Una vez sometido el prisionero filipino, se procedía a verter grandes cantidades de agua en su boca y fosas nasales hasta provocarles asfixia. Este “tratamiento” se repetía hasta que los torturadores “conseguían” las información que estaban buscando. Miller era muy claro en su apreciación del efecto del “water cure”: “Puedo decirles que es una tortura terrible”.watercure

Según Kramer, la reacción inicial de los anti-imperialista ante estas denuncias fue muy cautelosa por dos razones básicas: primero, porque las acusaciones eran muy difíciles de sustentar y, segundo, porque el imperialismo se había convertido en un tema central en las elecciones presidenciales de 1900 y no querían perjudicar a su candidato –el demócrata William Jennings Bryan– provocando acusaciones de anti-norteamericanismo por cuestionar el comportamiento de los soldados estadounidenses en las Filipinas. Tras la derrota de Bryan, los antiimperialista  sintieron que ya no tenían nada que perder e hicieron suyas las denuncias de torturas y malos tratos en las Filipinas. Según Kramer, Herbert Welsh –un reformista antiimperialista radicado en la ciudad de Filadelfia– se convirtió en el  abanderado de “la exposición y castigo de las atrocidades” cometidas por soldados estadounidenses. Para Welsh, los Estados Unidos sólo recuperarían su posición entre las naciones civilizadas  si se hacía justicia en el caso de la torturas.

En el Congreso, el senador republicano George F. Hoar, un ferviente opositor a la guerra, propuso que se llevara a cabo una investigación especial sobre el comportamiento de las tropas  norteamericanas en las Filipinas.  La investigación, llevada a cabo por el Comité de las Filipinas presidido por el poderoso senador y ferviente imperialistas Henry Cabot Lodge, comenzó en enero de 1902. Durante diez semanas  testificaron  oficiales militares y civiles, y surgieron una serie de temas relacionados no sólo con el problema de la tortura, sino también con la ocupación norteamericana de las Filipinas. El testimonio de William H. Taft, gobernador de las Filipinas y futuro presidente de los Estados Unidos, resultó ser uno de los momentos cruciales.  Acosado por las preguntas del Senador Charles A. Culberson, Taft reconoció que en las Filipinas se habían cometido “cruelties” como la “water cure”, pero añadió que las autoridades militares habían condenado tales métodos e inclusive realizado varias cortes marciales para investigar y castigar a los culpables.

En representación de la administración Roosevelt (McKinley fue asesinado en setiembre de 1901 por un anarquista) testificó el Secretario de la Guerra Elihu Root. Este abogado corporativo es uno de los personajes más importantes en el desarrollo de las políticas imperialistas estadounidenses de principios del siglo XX, entre ellas, la enmienda Platt.  El Secretario tildó de exageradas las denuncias y comentarios referentes al uso de tortura en las Filipinas y acusó a los nacionalistas filipinos  de haber llevado a cabo una guerra cruel y bárbara.  Desafortunadamente para Root, paralelo con su testimonio dio inicio en Manila una corte marcial contra el Mayor Littleton Waller, acusado de haber ordenado el fusilamiento de once guías y portadores filipinos.  En octubre de 1901, un grupo de rebeldes filipinos le infligió una sorpresiva derrota al ejército norteamericano al matar a 48 soldados estadounidenses en la villa de Balangiga en la isla de Samar.  Los eventos de Balangiga provocaron una dura reacción de los militares norteamericanos y, sin lugar dudas, influyeron el ánimo del Mayor Waller. Éste se encontraba en Samar y al mando de una expedición que terminó trágicamente, pues “perdido, febril y paranoico”, Waller pensó que sus guías le conducían a una trampa y les asesinó. Durante la corte marcial, el Mayor Waller testificó que había recibido órdenes del General Jacob H. Smith de convertir la isla de Samar en un “páramo aullante” (“howling wilderness”). Según Waller, sus órdenes eran claras: “matar y quemar” con la mayor intensidad posible, matar a cualquier filipino mayor de diez años de edad. Las órdenes de Smith no sólo eran producto de los eventos en Balangiga, sino que salvaron al Mayor Waller, quien fue exculpado de las acusaciones de que era objeto.  [El General Smith fue juzgado en una corte marcial acusado no de asesinato, sino por conducta que “perjudicaba el buen orden y la disciplina militar”. Por recomendación del Secretario Root, Smith pasó a retiro y no se le sometió a mayor castigo.]

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El testimonio de Waller causó gran indignación y revuelo en la sociedad norteamericana. Para complicar aún más las cosas para la administración Roosevelt, un veterano de la guerra filipino-norteamericana llamado Charles S. Riley testificó ante el comité del Senado haber sido testigo presencial del uso de “water cure” en un prisionero filipino de nombre Tobeniano Ealdama. Las acusaciones de Riley fueron confirmadas por otros veteranos, forzando al gobierno a llevar a cabo una corte marcial contra el Capitán Edwin Glenn, oficial acusado de haber torturado a Ealdama. El juicio de Glenn duró una semana y contó con el testimonio de la alegada víctima, quien describió cómo había sido torturado. El testimonio del acusado es muy interesante porque sus argumentos resuenan hoy en día entre los defensores del “water boarding” y del “extreme rendition”. Según Glenn, la tortura de Ealdama estaba justificada por “razones militares”  y constituía “un uso legítimo de la fuerza justificado por las leyes de la guerra”. El acusado fue encontrado culpable y condenado a perder un mes de paga y a pagar un multa de cincuenta dólares.  Parece que la corte marcial no dañó la carrera militar del capitán, pues según Kramer, Glenn se retiró del ejército con el rango de Brigadier General.

Según Kramer, los testimonios de Waller, Glenn, Riley y otros veteranos llevaron al gobierno,  apoyado por periodista a favor de la guerra, a iniciar una intensa campaña en defensa del Ejército. Para ello recurrieron a argumentos patrióticos condenando a quienes se atrevían a criticar las acciones de soldados norteamericanos. También se recurrió al racismo al tildar a los filipinos de salvajes que no estaban cobijados por las leyes de la guerra entre naciones civilizadas. En otras palabras, no se podía dar un trato civilizado a un grupo de salvajes.

El 4 de julio de 1902, el presidente Teodoro Roosevelt dio fin oficial a la guerra filipino-norteamericana declarando la victoria de las fuerzas norteamericanas. Ello ayudó a que el tema de las atrocidades fueran quedando en el olvido. Aunque los antiimperialistas continuaron criticando la conducta de las fuerzas militares en las Filipinas, las noticias procedentes de la Filipinas  ya no causaban revuelo entre los norteamericanos.  Es así como la “water cure”, la quema de villas y el asesinato indiscriminado pasaron a formar parte de la amnesia imperialista norteamericana hasta ser rescatados por este ensayo de Paul A. Kramer.

En momentos en que los estadounidenses discuten qué hacer con los oficiales de la CIA y los funcionarios de la administración Bush hijo involucrados en la tortura de prisioneros de la llamada guerra contra el terrorismo, este pequeño ensayo debería servir para recordarles que aún están a tiempo para enmendar pecados del pasado, y de paso recuperar parte del respeto internacional perdido tras un periodo demasiado largo de una arrogante insensatez.

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.
Lima, Perú, 29 de abril de 2009

Nota: Todas las traducciónes del ensayo de Kramer son mías.

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La edición peruana del Le Monde Diplomatique correspondiente a abril del 2008 recoge un ensayo del analista francés Pierre Conesa titulado “EstadosLemonde Unidos, riesgo para Europa” que llamó poderosamente mi atención. ()Conesa, Director Gerente de la Compagnie Européenne d’Intelligence Stratégique en Paris, se pregunta si la política exterior de los Estados Unidos constituye una amenaza “para la seguridad internacional”. La preocupación del francés es un claro reflejo del impacto de la política exterior de la administración Bush (hijo) sobre la imagen internacional de la nación estadounidense. Según Conesa, nos encontramos en un periodo de transición de un “sistema de unilateralismo militarista” controlado por un superpotencia (los EEUU) a un sistema “multilateralista” de potencias emergentes (Brasil, China, India) y de países con armas nucleares (Corea del Norte, India, Pakistán). Todo ello enmarcado en una espiral de altos precios del petróleo y escasez de alimentos. El autor se pregunta hasta qué punto las acciones unilaterales norteamericanas podrían “tener un papel desestabilizador” en el contexto actual. Mas que nada, este autor está preocupado por el impacto que las acciones norteamericanas podrían tener sobre Europa.

Conesa se embarca en un interesante análisis del objeto de su desvelo –el unilateralismo norteamericano– ubicando su origen en 1991, pero sin especificar cómo ni por qué fue éste implementado ese año. El autor afirma que el unilateralismo estadounidense posee características “únicas” que se “amplificaron” tras los ataques del 11 se setiembre de 2001. En palabras de éste,

“El poder de Washington supera los límites habituales asociados a la soberanía clásica y se extiende al conjunto del planeta. Este unilateralismo es el de una potencia sin igual, que justifica su identidad con un “particularismo sacralizado” o un “mesianismo democrático radical”.”

Conesa

Piere Conesa

Tal unilateralismo mesiánico posee unos rasgos particulares. Primero, “el poder de rechazar las reglas de seguridad comunes,” como el convenio contra las minas personales. Segundo, el poder de decidir quién es “el enemigo” e imponerlo a la comunidad internacional, por ejemplo, la lucha contra el terrorismo. Tercero, “el poder de actuar militarmente por propia cuenta” gracias a su vasta superioridad militar. Cuarto, “el derecho que uno se otorga a sí mismo de volver a dibujar el mapa del mundo”. A estos cuatro factores Conesa añade un quinto y muy importante elemento: el excepcionalismo como filosofía nacional. En este punto el análisis de Conesa es claro y contundente:

“El individualismo, el moralismo y el excepcionalismo que impregnan tanto a las elites como a la opinión pública explican el sentimiento consensual de que nadie tiene derecho a cuestionar la pureza de sus intenciones. Ni la precisión de sus definiciones del Bien y del Mal. El deslizamiento estratégico de Washington desde la disuasión –una doctrina de preservación de la paz que funcionó durante toda la guerra fría– a la prevención, que es una lógica de desencadenamiento de la guerra, encuentra su origen en el excepcionalismo estadounidense. Éste postula que la seguridad del país no debe depender de nadie y que podría justificar por sí sola un ataque preventivo. El ataque directo y homicida sobre el territorio estadounidense del 11 de septiembre consolidó este tipo de “postulado””.

El respaldo incondicional a Israel, un gasto militar que es la suma del resto de los presupuestos militares del mundo y la predilección por el uso de la fuerza militar completan el cuadro que perturba a Conesa y le lleva a preguntarse, ¿son los Estados Unidos un riesgo para Europa?

¿Hubiese sido posible este planteamiento hace diez años? Creo que no, y no porque entonces no hubiese quien pensase que los Estados Unidos eran una amenaza, sino porque entonces la política exterior norteamericana se mantenía dentro de unos márgenes internacionales que la administración Bush (hijo) decidió transgredir. Al hacer eso, cayó un telón muy fino que reveló una imagen de la nación norteamericana difícil de reconocer para unos, pero muy familiar para otros. Sería bueno preguntar a millones de indochinos, indonesios, iraquíes, iraníes, guatemaltecos, chilenos, angoleños y afganos si los últimos cincuenta años de la política exterior norteamericana –unilateral o no– constituyeron una amenaza para sus vidas.

Me parece muy valido que Conesa mire hacia el futuro, pero yo por formación no puedo dejar de mirar al pasado y preguntarme, ¿desde cuándo la política exterior norteamericana es una amenaza?

Norberto Barreto Velázquez, Ph. D.

Lima, 13 de julio de 2008

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