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Stephen M. Walt

El excepcionalismo norteamericano sigue siendo un tema de discusión en los medios estadounidenses gracias a los ataques de los pre-candidatos republicanos a la presidencia contra Obama por su supuesto rechazo a la excepcionalidad norteamericana. Una de las aportaciones más interesantes a esta discusión es un artículo del Dr. Stephen M. Walt aparecido en  la edición de noviembre  del 2011 de la revista Foreign Policy.  El Dr. Walt es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y coautor junto a John Mearsheimer del controversial e importante libro The Israeli Lobby and the U. S. Foreign Policy (2007), analizando la influencia de los grupos de presión pro-israelíes sobre la política exterior norteamericana.

Titulado “The Myth of American Exceptionalism”, el artículo de Walt examina críticamente la alegada excepcionalidad de los Estados Unidos. Lo primero que hace el autor es reconocer el peso histórico y, especialmente político, de esta idea. Por más de doscientos años los líderes y políticos estadounidenses han  hecho uso de la idea del excepcionalismo. De ahí las críticas que recibe Obama por parte de los republicanos por su alegada abandono del credo de la excepcionalidad.

Esta pieza clave de la formación nacional norteamericana parte, según Walt, de la idea de que los valores, la historia  y el sistema político de los Estados Unidos no son sólo únicos, sino también universales. El autor reconoce que esta idea está asociada a la visión de los Estados Unidos como nación destinada a jugar un papel especial y positivo, recogida muy bien por la famosa frase de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, quien en 1998 dijo que Estados Unidos era la nación indispensable (“we are the indispensable nation”).

Para Walt, el principal problema con la idea del excepcionalismo es que es un mito, ya que el comportamiento internacional de los Estados Unidos no ha estado determinado por su alegada unicidad, sino por su poder y por lo que el autor denomina como la naturaleza inherentemente competitiva de la política internacional (Walt compara la política internacional con un deporte de contacto (“contact sport”). Además, la creencia en la  excepcionalidad no permite que los estadounidenses se vean como realmente son: muy similares a cualquier otra nación poderosa de la historia. El predominio de esta imagen falseada tampoco ayuda a los estadounidenses a entender  cómo son vistos por otros países ni a comprender las críticas a la hipocresía de los Estados Unidos en temas como las armas nucleares, la promoción de la democracia y otros. Todo ello le resta efectividad a la política exterior de la nación norteamericana.

Como parte de su análisis,  Walt identifica y examina cinco mitos del excepcionalismo norteamericano:

  1. No hay nada excepcional en el excepcionalismo norteamericano: Contrario a lo que piensan muchos estadounidenses, el comportamiento de  su país no ha sido muy diferente al de otras potencias mundiales. Según Walt, los Estados Unidos no ha enfrentado responsabilidades únicas  que le han obligado a asumir cargas y responsabilidades especiales. En otras palabras, Estados Unidos no ha sido una nación indispensable como alegaba la Sra. Albright. Además, los argumentos  de superioridad moral y de buenas intenciones tampoco han sido exclusivos  de los norteamericanos. Prueba de ello son el “white man´s burden” de los británicos, la “mission civilisatrice” de los franceses o la “missão civilizadora” de los portugueses. Todo ellos, añado yo, sirvieron para justificar el colonialismo como una empresa civilizadora.
  2. La superioridad moral: quienes creen en la excepcionalidad de los Estados Unidos alegan que ésta es una nación virtuosa, que promueve la libertad, amante de la paz, y respetuosa de la ley y de los derechos humanos. En otras palabras, moralmente superior y siempre regida por propósitos nobles y superiores. Walt platea que Estados Unidos tal vez no sea la nación más brutal de la historia, pero tampoco es el faro moral que imaginan algunos de sus conciudadanos. Para demostrar su punto enumera algunos de los  “pecados” cometidos por la nación estadounidense: el exterminio y sometimiento de los pueblos americanos originales como parte de su expansión continental, los miles de muertos de la guerra filipino-norteamericana de principios del siglo XX, los bombardeos que mataron miles de alemanes y japoneses durante la segunda guerra mundial, las más de 6 millones de toneladas de explosivos lanzadas en Indochina en los años 1960 y 1970, los más de 30,000 nicaragüenses muertos en los años 1980 en la campaña contra el Sandinismo y los miles de muertos causados por la invasión de Irak.  A esta lista el autor le añade la negativa a firmar tratados sobre derechos humanos, el rechazo a la Corte Internacional de Justicia, el apoyo a dictaduras violadores de derechos humanos en defensa de intereses geopolíticos, Abu Ghraib, el “waterboarding” y el “extraordinary rendition”.
  3. El genio especial de los norteamericanos: los creyentes de la excepcionalidad han explicado el desarrollo y poderío norteamericano como la confirmación de la superioridad y unicidad de los Estados Unidos. Según éstos, el éxito de su país se ha debido al genio especial de los norteamericanos. Para Walt, el poderío estadounidense ha sido producto de la suerte, no de su superioridad moral o genialidad. La suerte de poseer una territorio grande y con abundante recursos naturales. La suerte de estar ubicado lejos de los problemas y guerras de las potencias europeas. La suerte de que las potencias europeas estuvieran enfrentadas entre ellas y no frenaran la expansión continental de los Estados Unidos. La suerte de que dos guerras mundiales devastaran a sus competidores.
  4. EEUU como la fuente de “most of the good in the World”: los defensores de la excepcionalidad ven a Estados Unidos como una fuerza positiva mundial. Según Walt, es cierto que Estados Unidos ha contribuido a la paz y estabilidad mundial a través de acciones como el Plan Marshall, los acuerdos de Bretton Wood y su retórica a favor de los derechos humanos y la democracia. Pero no es correcto pensar que las acciones estadounidenses son buenas por defecto. El autor plantea que es necesario que los estadounidenses reconozcan el papel que otros países jugaron en el fin de la guerra fría, el avance d e los derechos civiles, la justicia criminal, la justicia económica, etc.  Es preciso que los norteamericanos reconozcan sus “weak spots” como el rol de su país como principal emisor de  gases de invernadero, el apoyo del gobierno norteamericano al régimen racista de Sudáfrica, el apoyo irrestricto a Israel, etc.
  5. “God is on our side”: un elemento crucial del excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un pueblo escogido por Dios, con una plan divino a seguir. Para el autor, creer que se tiene un mandato divino es muy peligroso porque lleva a creerse  infalible y caer en el riesgo de ser víctima de gobernantes incompetentes o sinvergüenzas como el caso de la Francia napoleónica y el Japón imperial. Además, un examen de la historia norteamericana en la última década deja claro sus debilidades y fracasos: un “ill-advised tax-cut”, dos guerras desastrosas y una crisis financiera producto de la corrupción y la avaricia. Para Walt, los norteamericanos deberían preguntarse, siguiendo a Lincoln, si su nación está del lado de Dios y no si éste está de su lado.

Walt concluye señalando que, dado los problemas que enfrenta Estados Unidos, no es sorprendente que se recurra al patriotismo del excepcionalismo con fervor. Tal patriotismo podría tener sus beneficios, pero lleva a un entendimiento incorrecto del papel internacional que juega la nación norteamericana y  a la toma de malas decisiones. En palabras de Walt,

  Ironically, U.S. foreign policy would probably be more effective if Americans were less convinced of their own unique virtues and less eager to proclaim them. What   we        need, in short, is a more realistic and critical assessment of America’s true  character and contributions.

Este análisis de los elementos que componen el discurso del excepcionalismo norteamericano es un esfuerzo valiente y sincero  que merece todas mis simpatías y respeto. En una sociedad tan ideologizada como la norteamericana, y en donde los niveles de ignorancia e insensatez son tal altos, se hacen imprescindibles  voces como las  Stephen M. Walt. Es indiscutible que los norteamericanos necesitan superar las gríngolas ideológicas que no les permiten verse tal como son y no como se imaginan. El mundo entero se beneficiaría de un proceso así.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 14 de diciembre de 2011

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El acorazado West Virgina arde en Pearl Harbor

Un día como hoy hace setenta años, los japoneses atacaron por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbor en la isla de Oahu en Hawái. El ataque japonés fue la culminación de años de tensión y competencia entre ambos países por la hegemonía asiática.  La invasión japonesa de Manchuria (1931), el militarismo japonés y el  acercamiento del gobierno nipón a la Alemania nazi acabaron de envenenar las relaciones entre los Estados Unidos y Japón. Ante las crecientes tensiones diplomáticas con Japón, en mayo de 1940, el Presidente Franklin D. Roosevelt (FDR) envío la flota norteamericana del Pacífico a Hawái. En septiembre de 1940, Japón acordó una alianza con las Potencias del Eje, es decir, Alemania e Italia. Los Estados Unidos respondieron restringiendo el comercio con Japón y embargando la venta de gasolina de alto octanaje para aviones. Cada vez era más claro y peligroso el distanciamiento entre ambas potencias. Aprovechando el avance arrollador de las tropas alemanas en Europa, Japón ocupó la Indochina Francesa en julio de 1941, y en respuesta Roosevelt congeló los bienes económicos japoneses en los Estados Unidos además de cortar el suministro de combustible al Imperio Japonés. El embargo petrolero tenía repercusiones muy serias para los japoneses, pues el 80% de su combustible procedía de los Estados Unidos.

Vista de Pearl Harbor desde un avión aponés

Para finales de 1941, una confrontación nipona-norteamericana parecía cuestión de tiempo. La inteligencia militar estadounidense sospechaba que los japoneses atacarían en algún punto del océano Pacífico, pero no sabían dónde.  Para noviembre todas las fuerzas militares norteamericanas estaban en alerta, pero ello no pudo evitar que temprano en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941 aviones japoneses bombardearan la base naval de Pearl Harbor. Los aviones nipones habían despegado de un grupo de portaviones japoneses que había navegado miles de millas sin ser detectados. El ataque japonés fue muy efectivo, pues fueron hundidos 14 barcos de guerra (entre ellos ocho acorazados) casi doscientos aviones fueron destruidos y resultaron muertos 2,400 militares y 68 civiles estadounidenses. Afortunadamente para los Estados Unidos, ninguno de sus portaviones se encontraba en Pearl Harbor al momento del ataque, lo que será un factor determinante en el curso de la guerra.

El ataque a Pearl Harbor  estremeció a la nación norteamericana. El 8 de diciembre el Presidente Roosevelt denunció ante el Congreso el ataque japonés  y solicitó una declaración formal de guerra. Con sólo un voto en contra –el de la pacifista Jeannette Rankin– el Congreso aprobó la declaración de guerra contra Japón. En respuesta, Alemania e Italia , aliados de Japón, le declararon la guerra a los Estados Unidos. De esta forma los Estados Unidos entraron oficialmente a la segunda guerra mundial.

A propósito de esta fecha, el blog de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos ­­–Prologue: Pieces of History– publica una interesantísima nota sobre el proceso creativo del discurso pronunciado por FDR ante el Congreso el día 8 de diciembre. Según el autor de esta nota, identificado solamente como Jim, FDR recibió la noticia de lo ocurrido en Hawái pasada la 1P.M. (hora de Washington) y dedicó el resto de esa tarde a estudiar, junto con sus asesores, la información disponible sobre el ataque.

El Presidente decidió hablar ante el Congreso al día siguiente para informarle y pedirle una declaración de guerra contra Japón. Esa tarde FDR le dictó a su secretaria, Grace Tully,   un corto mensaje que estaba destinado a convertirse en uno de los más famosos en la historia de los Estados Unidos. Al momento de esta crisis, los escritores de discursos del Presidente (Samuel Rosenman y Robert Sherwood) no se encontraban en Washington por lo que Roosevelt tuvo que dedicar tiempo de uno de los días más agitados de su vida a preparar su mensaje. La Señora Tully mecanografió las palabras de Roosevelt y éste luego hizo importantes cambios al texto original, especialmente en la introducción.  El texto comenzaba: “Yesterday, December seventh, 1941, a date which will live in world history,” lo que Roosevelt cambió por “a date which will live in infamy,” proveyendo la fase más poderosa y recordada de su mensaje.

El texto fue sujeto de otros cambios tanto por FDR como por su amigo Harry Hopkins. Además, al pronunciar sus palabras ante el Congreso Roosevelt incorporó algunos cambios, actualizando la información disponible sobre el alcance de los ataques japoneses contra instalaciones militares norteamericanas en el Pacífico.

Roosevelt se dirige al Congreso

Los Archivos Nacionales poseen copias mecanografiadas de los borradores finales del discurso, pero no el documento que  Roosevelt leyó ante el Congreso y cuyo paradero es un misterio sin resolver.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 7 de diciembre de 2011

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El Pew Research Center acaba de publicar un estudio titulado American Exceptionalism Subsides The American-Western European Values Gap que hace pensar que la idea del excepcionalismo norteamericano atraviesa –como la nación estadounidense misma– por un periodo de crisis. El Pew Research Center es un “fact tank” no partidista, sin fines de lucro, concentrado en siete proyectos de investigación: el Project for Excellence in Journalism, el Pew Internet & American Life Project, el Pew Forum on Religion & Public Life, el Pew Hispanic Center, el Pew Global Attitudes Project, y el Social & Demographic Trends. Estos proyectos buscan proveer información sobre temas y tendencias que afecten tanto a Estados Unidos como al resto del Mundo para generar un diálogo informado a nivel nacional en los Estados Unidos.

De acuerdo con la encuesta del Pew, el 49% de los estadounidenses está de acuerdo con el siguiente planteamiento: “Our people are not perfect, but our culture is superior to others” (“Nuestro pueblo no es perfecto, pero nuestra cultura es superior a la de otros.”), mientras que el 46% la rechazó. En otras palabras, casi el 50% de los encuestados avalaron la alegada excepcionalidad –superioridad– norteamericana. Lo interesante es que las cifras de apoyo a la excepcionalidad cultural norteamericana han descendido de 55% en 2007 y 60% en 2002.

El escepticismo sobre el excepcionalismo norteamericano es menos fuerte entre los norteamericanos mayores de 50 años, pues según la encuesta, el 60% de ellos cree que la cultura estadounidense es superior. Sólo el 37% de los menores de 30 años comparten esa visión y el excepcionalismo como credo es menos popular entre quienes poseen un título universitario. No debe sorprender a nadie que el 63% de los conservadores afirme la superioridad norteamericana, mientras que el 66% de los liberales la rechaza.

Esta encuesta se da en el contexto de la campaña republicana para nominación presidencial, en la que un buen número de candidatos (Mitt Romney, Michelle Bachman, Michael Cain, Jon Hutsman, Ron Paul, Rick Perry, New Gringrich y Rick Santorum) luchan por ser el opositor de Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012. El excepcionalismo norteamericano ha sido un tema de debate en esta campaña, ya que varios precandidatos republicanos han lanzados duro ataques contra Obama, acusándole de no creer en la excepcionalidad de la nación norteamericana. Estas acusaciones contra el Presidente forman parte de la tendencia republicana a cuestionar no sólo la americanidad de Obama, sino su condición misma de ciudadano norteamericano, poniendo duda que éste naciera en territorio estadounidense. Además, son una reacción a la respuesta de Obama a una pregunta que le hizo un periodista en abril del 2009 sobre si creía en el excepcionalismo norteamericano:

“I believe in American exceptionalism, just as I suspect that the Brits believe in British exceptionalism and the Greeks believe in Greek exceptionalism. I’m enormously proud of my country and its role and history in the world. If you think about the site of this summit and what it means, I don’t think America should be embarrassed to see evidence of the sacrifices of our troops, the enormous amount of resources that were put into Europe postwar, and our leadership in crafting an Alliance that ultimately led to the unification of Europe. We should take great pride in that. And if you think of our current situation, the United States remains the largest economy in the world. We have unmatched military capability. And I think that we have a core set of values that are enshrined in our Constitution, in our body of law, in our democratic practices, in our belief in free speech and equality, that, though imperfect, are exceptional. Now, the fact that I am very proud of my country and I think that we’ve got a whole lot to offer the world does not lessen my interest in recognizing the value and wonderful qualities of other countries, or recognizing that we’re not always going to be right, or that other people may have good ideas, or that in order for us to work collectively, all parties have to compromise and that includes us. And so I see no contradiction between believing that America has a continued extraordinary role in leading the world towards peace and prosperity and recognizing that that leadership is incumbent, depends on, our ability to create partnerships because we create partnerships because we can’t solve these problems alone.”

Los comentarios de Obama fueron interpretados por la derecha como una rechazo a la sagrada idea de que los Estados Unidos son una nación excepcional, “a city upon the hill,” “a God chosen people”. Aunque en los últimos dos años Obama ha rectificado su posición con relación a este concepto –una de las piedras angulares de la identidad nacional norteamericana– sus opositores siguen haciendo muy buen uso de sus comentarios del 2009.

La encuesta del Pew Research Center me parece muy interesante y reveladora del impacto de la crisis económica en la idea que tienen norteamericanos de sí mismo y del papel de su país en el mundo, pero no estoy del todo seguro de que identifique un patrón hacia al abandono de un elemento que ha sido esencial en la creación de un consenso nacional por más de doscientos años.

Norberto Barreto Velázquez,PhD

Lima, 19 de noviembre de 2011

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El Tea Party se ha convertido en uno de los fenómenos políticos más importantes de la historia de los Estados Unidos. De ahí la gran cantidad de artículos y ensayos tratando de entenderle y de precisar cuál será su influencia en las elecciones presidencias del 2012. La edición de17 de agosto de 2011 del New York Times publica un artículo que va precisamente en ese sentido y cuyos argumentos me parecieron muy valiosos. Escrito por David E. Campbell y Robert D. Putnam, “Crashing the Tea Party” analiza cuál podría ser el efecto político para el Partido Republicano de seguir atado al Tea Party.  Campbell es profesor de ciencias políticas en la Universidad Notre Dame y Putnam es profesor de política pública en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard.

Los autores plantean que los norteamericanos muestran una clara tendencia hacia el conservadurismo fiscal, es decir, a favor de un gobierno más pequeño, opuestos a la redistribución del ingreso y en contra de que el gobierno ayude a los pobres (tarea que debía estar en manos de las “private charities”).  Aquí creo que Putnam y Campbell caen en el común error de la academia norteamericana de no reconocer que hay más de un tipo de norteamericano. ¿Quiénes son los norteamericanos que caen dentro del patrón señalado por los autores? ¿Los afroamericanos educados y de clase media? ¿Los afroamericanos pobres y golpeados severamente por la crisis económica? ¿Los cubanos de Florida? ¿Los chicanos de Arizona? ¿Los blancos pobres? ¿Blancos del sur? ¿Blancos del noreste? ¿Blancos del Midwest?

Lo interesante, según los autores, es que a pesar de esta tendencia conservadora de la sociedad estadounidense, la antipatía hacía el Tea Party ha aumentado notablemente. Para justificar este planteamiento, Campbell y Putnam recurren a dos encuestasdel New York Time y CBS News. En la primera encuesta, celebrada en abril del 2010, el 18% de los encustados tenía una opinión desfavorable del Tea Party, el 21% tenían una opinión favorable y el 46% no opinaba. Catorce meses más tarde la segunda encuesta  demuestra que la simpatía por el Tea Party bajó a 20% mientras el rechazo creció hasta alcanzar el 40%.  Explicar por qué ocurre esto es el objetivo principal de este corto ensayo.

En su búsqueda repuestas, Campbell y Putnam llevan a cabo una revaluación crítica del Tea Party que me resultó muy pertinente.  En primer lugar, es necesario señalar que los planteamientos de los autores están basados en una serie de entrevistas realizadas en el verano norteamericano a un grupo representativo de 3,000 personas.

Lo primero que cuestionan los autores es la alegada inocencia política  de los miembros del Tea Party. Contrario a lo que se no has hecho crear, los simpatizantes del Tea Party no son un grupo de neófitos apolíticos forzados a entrar a la política por las circunstancias socioeconómicas. Según los autores, los simpatizantes del Tea Party estaban políticamente activos muchos antes de que este movimiento naciera. Además, muchos de ellos eran miembros activos del Partido Republicano.

En segundo lugar, los autores niegan que el Tea Party sea un producto de la recesión económica. Según Campbell y Putnam, quienes apoyan al Tea Party no pertenecen a los grupos sociales que más han sufrido las consecuencias de la crisis económica que vive la nación estadounidense. Desafortunadamente, los autores no profundizan con relación a este importante tema.

Interesantemente, los autores también cuestionan que el tamaño del gobierno sea otra factor de importancia detrás de los seguidores del Tea Party.

Una vez desmitificado el Tea Party, Campbell y Putnam identifican las cosas en común que tienen sus simpatizantes. En primer lugar y para sorpresa de nadie, son mayoritariamente blancos. Éstos compartían una opinión muy mala tanto inmigrantes como de afroamericanos mucho antes de que Barack Obama llegara a la Casa Blanca, y la sigue teniendo. En este punto me parece que los autores son bastante cuidadosos de no acusar directamente a los miembros del Tea Party de algo que me parece evidente: racismo. Sin el tema racial es imposible entender a este movimiento que, en parte, fue activado por la elección de un negro a la Presidencia.

El conservadurismo es otro elemento común entre los simpatizantes del Tea Party. Los autores mencionan el rechazo del aborto como un elemento fundamental de este movimiento. Este tema lleva a Campbell y Putnam al punto que querían llegar: la religión. Si algo identifica a los miembros del Tea Party es su mezcla de religión y política. Éstos consideran imprescindible que la religión juegue un papel más importante en la política norteamericana.  En su visión, Estados Unidos es un país que se ha olvidado de Dios y está pagando por ello. De ahí los exabruptos religiosos de una Michele Bachman y los llamadas a la oración del Gobernador de Texas Rick Perry. Esto también explica los fuertes vínculos de este movimiento con la derecha cristiana de los Estados Unidos.

Según los autores, el tema religioso es fundamental para entender el aumento en la oposición al Tea Party. Putnam y Campbell alegan que la mayoría de los estadounidenses son cada vez más conservadores económicamente hablando, pero a la vez se han ido alejando de la idea de mezclar política y religión.  En otras palabras, el fanatismo religioso es el talón de Aquiles del Tea Party –y de los Republicanos por asociación.

Los autores cierran su ensayo con un planteamiento categórico: los Republicanos arriesgan mucho al unir su destino con el del Tea Party, pues les podría pasar lo que le ocurrió a George S. McGovern –candidato a la presidencia por el Partido Demócrata en 1972– a quien el apoyo estridente de los pacifistas que se oponían a la guerra de Vietnam le costó el apoyo de los moderados y, por ende, la elección.

Habrá que esperar para ver si, como plantean Campbell y Putnam, el Tea Party termina siendo víctima de su fanatismo religioso. Crucemos los dedos.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

17 de agosto de 2011

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A mediados de abril de 1961, un grupo de exiliados cubanos armados y entrenados por el gobierno de los Estados Unidos desembarcaron en Cuba con la intención de derrocar el gobierno revolucionario cubano. La famosa invasión de Bahía de Cochinos es, sin lugar a dudas, uno de los más grandes fiascos de la  guerra fría. Mucho se ha escrito y comentado sobre este singular evento. Hoy, cincuenta años después, contamos con una nueva interpretación con una valor muy especial, ya que fue escrita por los historiadores de la oficina que tuvo en sus manos la planificación y ejecución de la invasión, la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

La Freedom of Information Act es una ley estadounidense que capacita a ciudadanos norteamericanos a requerir del gobierno de Estados Unidos la revelación total o parcial de documentos e información bajo su poder. Amparado en esta ley,  el National Security Archive –un instituto de investigación ubicado en la George Washington University– logró que la CIA hiciera público  la Official History of Bay of Pigs Operation.

Invasores capturados por las fuerzas revolucionarias cubanas

Esta historia –redactada por Jack Peiffer, historiador oficial de la CIA–  revela que la invasión fue un fracaso mayor de lo que hasta ahora sabíamos. Entre otras cosas, deja claro que incapaces de distinguir entre los aviones de la fuerza aérea  cubana y los de la CIA, los invasores dispararon contra su apoyo aéreo. Otro dato interesante es el uso de fondos destinados para la invasión para contratar sicarios profesionales para que asesinaran a Fidel Castro. La participación directa de estadounidenses en la invasión es otro tema relevante. Según esta historia, cuatro pilotos norteamericanos murieron en Bahía de Cochinos, pero no fue hasta 1976 que  recibieron medallas   póstumas por sus servicios.

Me parece indiscutible que esta versión oficial abonará al análisis de un momento cumbre de la guerra fría.

            Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 15 de agosto de 2011

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Recibo con gran alegría y entusiasmo la aparición del primer número de la revista electrónica Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina. Publicación conjunta de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos y de la Cátedra de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Huellas de Estados Unidos es una revista dedicada al estudio critico de los Estados Unidos y de su relación con América Latina. En palabras de sus creadores:

 “En la revista “Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina” nos proponemos un acercamiento a los estudios sobre los Estados Unidos de tipo realpolitik, lo que implica la idea de desarmar la construcción ideológica que el excepcionalismo ha fundado y que la literatura ortodoxa tradicional se ha encargado de difundir. Consideramos que vale la pena discutir con la historiografía clásica norteamericana centrada en las buenas intenciones de los padres de la patria – y como extensión posterior de ellos las generaciones políticas que han gobernado el país – ; para introducir una perspectiva capaz de problematizar a los Estados Unidos, reorientando su estudio a un nivel de análisis más profundo, y que da más acabada cuenta de los sucesos históricos.”

 Los creadores de esta revista reconocen la importancia del excepcionalismo como elemento ideológico fundacional en la Historia de los Estados Unidos y se proponen analizarle.

¿Por qué estudiar a los Estados Unidos? Esta es una pregunta que los creadores de esta revista se plantean de forma directa. Su respuesta es clara: para entender cómo los estadounidenses se piensan a sí mismo y su efecto en la formulación de la política exterior norteamericana. En otras palabras, los padres de este gran proyecto tienen claro la indudable influencia de la esfera doméstica –y de elementos discursivos y culturales– en el desarrollo de la política exterior estadounidense, y reconocen la necesidad imperiosa de estudiarles. Además, proponen el estudio de la historia de los Estados Unidos como una herramienta necesaria para enfrentarnos académicamente  a un elemento crucial de la historia mundial:  la hegemonía norteamericana. En otras palabras, dado el papel hegemónico e imperial desempeñado por los Estados Unidos, estudiar su historia resulta imprescindible para entender el mundo actual. Por último, plantean que conocer a los Estados Unidos, y en particular su historia, permite una mejor comprensión de uno de los elementos más importantes de la “Era Contemporánea”: el imperialismo. Elemento en el que los Estados Unidos han jugado un papel fundamental.

El primer número Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina está compuesto por cinco ensayos y  tres reseñas que pueden ser descargados en formato PDF:

  1. Márgara Averbach,  “Comunidad y solución en la narración de origen indio en los Estados Unidos».
  2. Malena López Palmero, “Los ecos visuales de la incipiente colonización de Virginia: John White y Theodoro De Bry (1585-1590)”.
  3. Mariana Mastrángelo, “Releyendo a Carlos Pereyra y el mito de Monroe”.
  4. George Lipsitz, “Comprar y comprar: La cultura del consumismo y los estudios sobre Estados Unidos.”
  5. Costas Lapavitsas, “Capitalismo financiarizado: Crisis y expropiación”.
  6. Reseña: Thomas McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema Interamericano, 1880-1914«.
  7. Reseña: Hernán Comastri, “George Reisch y la Guerra Fría como debate intelectual”.
  8. Reseña: Raymon Gavins et al., “Remembering Jim Crow: African Americans tell About Life in the Segregated South

No tengo la menor duda de que  Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina ayudará a la promoción del estudio de la historia estadounidense en el mundo hispanoparlante, por lo que agradezco y felicito efusivamente a sus creadores, y en especial, a su Director Fabio Nigra y a su Secretaria de Redacción Valeria R. Carbone.

Norberto Barreto Velazquez, PhD

Lima, Perú, 7 de junio de 2011

Nota: El énfasis en la cita añadido por mí.

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Acabo de leer uno de libros más fascinantes de historia de los Estados Unidos publicados recientemente. Su título,  A Renegade History of the United States (New York: Free Press, 2010, ISBN: 9781416571063), anuncia el carácter revisionista de esta obra. Escrito por el Dr. Thaddeus RussellA Renegade History enfoca la lucha entre quienes han querido mantener el orden social en los Estados Unidos y aquellos renegados que decidieron seguir sus impulsos y deseos. En otras palabras, Russell supera los enfoques tradicionales de la historia estadounidense (abolicionistas vs.  esclavistas, liberales vs. conservadores, capitalistas vs. trabajadores, hombres vs. mujeres, etc.) para presentarnos la historia de los Estados Unidos como un conflicto de más de doscientos entre los ciudadanos “decentes y respetables” en contra de la indecencia y la degeneración de quienes no renunciaron a su libertad individual ni se disciplinaron.  Russell examina a aquellos  que se mantuvieron fuera o se enfrentaron al orden moral y económico establecido en defensa  de los “illicit pleasures”, considerados por los norteamericanos “decentes” amenazas al sistema republicano y capitalista de los Estados Unidos.

Lo verdaderamente interesante y controversial de este libro es que  su autor alega que esos “malos ciudadanos” (esclavos, libertos, mafiosos, borrachos, prostitutas, piratas, hippies, vagos, delincuentes juveniles, homosexuales, etc.) jugaron un papel decisivo en la promoción y defensa de las libertades en los Estados Unidos. Además, desempeñaron un rol crucial en el desarrollo cultural y social de la nación norteamericano, ya que según Russell, es gracias a los renegados que existe el jazz, Hollywood y Las Vegas, que los homosexuales y afro-americanos disfrutan de derechos civiles y que el control de la natalidad sobrevivió las campañas y leyes creadas en su contra.

Dr. Thaddeus Russell

Antes de examinar con más detalle el contenido de esta extraordinaria obra, es necesario hacer algunos comentarios sobre su autor y la controversia que ha generado su trabajo académico. En la actualidad el Dr. Russell es profesor en el Occidental College  (California) donde enseña historia de los Estados Unidos en el siglo XX, con énfasis en temas laborales (su primer libro analiza el papel que jugó Jimmy Hoffa en el desarrollo de la clase obrera estadounidense), raciales y de ciudadanía.  En el año 2005 Russell fue despedido del Barnard College de la Universidad de Columbia, donde se desempañaba como profesor. La razón de su salida de la prestigiosa universidad neoyorquina fue su controversial enfoque de la historia estadounidense, considerado por algunos de sus críticos como poco académico, prejuiciado y políticamente orientado. Aquellos interesados en la versión de Russell sobre los eventos que llevaron a su salida de Columbia  pueden leer un artículo publicado por el autor en The Huffington Post en el año 2010, titulado Why I Got Fired From Teaching American History.”

La salida de Russell de la Universidad de Columbia formó parte de la campaña de represión académica llevada a cabo en los Estados Unidos en la primera década del siglo XXI contra intelectuales que asumieron posiciones políticas, cuestionaron la política exterior del gobierno de George W. Bush hijo y/o plantearon acercamientos novedosos y críticos en la enseñanza de la historia estadounidense. La víctima más reciente de esta campaña lo ha sido el gran historiador norteamericano William Cronon de la Universidad de Wisconsin-Madison, atacado por el Partido Republicano. El crimen cometido por el Dr. Cronon fue comenzar a escribir una bitácora  Scholar as Citizen analizando críticamente la política de Wisconsin. Quienes estén interesados en este caso pueden leer la excelente columna del economista Paul Krugman “American Thought Police” publicada en el New York Times el 27 de marzo de este año.

Volviendo al libro que comentamos, veamos algunos de los renegados que analiza  Russell y su aportación a la historia norteamericana.

Uno de los elementos más interesantes de esta obra es cómo su autor enfoca el tema de la esclavitud. Debo reconocer que Russell hizo que me replanteara algunas de mis ideas a cerca de la esclavitud como institución en la historia de los Estados Unidos. Según el autor, los esclavos disfrutaban de mayor libertad que los blancos libres porque no estaban sujetos a las mismas leyes y limitaciones morales. Los negros esclavos no eran ciudadanos y, por ende, estaban libres de las obligaciones y limitaciones asociadas a la ciudadanía. Los esclavos no tenían obligaciones militares ni estaban sujetos a la ética laboral de los blancos y, por ende, no tenían vergüenza de no trabajar o de trabajar menos o con menor intensidad. Tampoco tenían que pagar por su comida, vivienda, cuidado médico, etc. Además disfrutaban de una mayor libertad sexual  que los blancos, quienes “during the late eighteen and nineteen century were waging a war against their bodily desires” (64). Los esclavos estaban  sujetos a castigos corporales, pero según el autor ésta era una práctica común y frecuente en los hogares y las escuelas de los norteamericanos libres. Los libres estaban, además, sujetos a la violencia del Estado que les juzgaba por la violación de leyes que no aplicaban a los esclavos, encarcelaba y hasta ejecutaba. Según Russell, los esclavitas se vieron limitados a reducir el castigo físico  porque su abuso “worked against the master because it pushed the slave away from obligation to work  and toward rebellion”. (61) Es necesario subrayar que Russell no idealiza la esclavitud, pero  si rompe con la imagen tradicional de los esclavos como entes totalmente dependientes y sometidos brutalmente por sus amos. Para ello se sustenta en el trabajo de investigadores como Sharon Block, Stephanie M. H. Camp, Elizabeth H. Pleck y Catherine Clinton.

Esclavos tocando música y bailando, década de 1780.

Russell le dedica un capítulo al periodo posterior a la guerra civil norteamericana –la llamada Reconstrucción– y su objetivo es demostrar que la abolición de la esclavitud y la concesión de la ciudadanía norteamericana a los libertos conllevó la perdida de la libertad que éstos habían disfrutado bajo la esclavitud. La abolición llevó a que los negros estuvieran sujetos de la ética ciudadana estadounidense basada en el trabajo y el autocontrol. El autor nos brinda una imagen del Freedman Bureau –una agencia del gobierno federal creada tras la guerra civil para atender el tema de los libertos– como una institución creada para entrenar a los libertos y ayudarles a convertirse en ciudadanos con derechos, pero también con responsabilidades. La base de ese entrenamiento era la idea del trabajo como una virtud, inculcando la culpa como sustituto del látigo. El mensaje era claro: ahora  que eran libres los afroamericanos debían comportarse como ciudadanos decentes y trabajar.
La libertad sexual de los libertos fue blanco de ataques por parte de los oficiales del Freedmen Bureau, quienes impusieron el matrimonio como requisito para la convivencia de una pareja. También fueron aprobadas leyes castigando a quienes reñían hijos fuera del matrimonio. Las víctimas de estas leyes fueron las mujeres negras, solteras y con hijos, ya que se les podía arrestar, enjuiciar y condenar por ello. En el proceso perdían a sus hijos, pues eran enviados a orfelinatos.

Certificado de matrimonio emitido por el Freddmen Bureau, 1866.

No todos los libertos aceptaron ser convertidos en buenos ciudadanos. Algunos de ellos rechazaron  las responsabilidades y limitaciones personales que esto conllevaba y prefirieron seguir la senda del renegado. Éstos rechazaron el trabajo, el matrimonio, la frugalidad y la disciplina que sus libertadores blancos trataron de imponerles. En otras palabras, no renunciaron a sus libertades individuales. Su resistencia mantuvo viva la cultura que la libertad de la esclavitud les permitió desarrollar a los afroamericanos. Esa cultura es una de sus grandes aportaciones –el autor le llama regalo–  a la cultura norteamericana.   En palabras del autor,

“… slavery kept African Americans out of the culture repression that whites created,     and because of this, slaves created a uniquely liberated culture  that valued pleasure     over work and freedom over conformity.” (99)

El autor concluye, que gracias a que no todos libertos no fueron transformado en ciudadanos, hoy disfrutamos del jazz.

Banda de jazz, 1921.

El autor le dedica varios capítulos a explorar el papel jugado por otros renegados. En Capítulo 4, Russell examina las libertades y placeres que disfrutaban las prostitutas en la segunda mitad del siglo XIX (sexo interracial, sexo oral, uso de contraceptivos, independencia económica, uso de maquillaje, fumar, etc.) que luego se hicieron elementos  legítimos en la cultura estadounidense. En el Capítulo 5 hace un interesantísimo análisis de la demonización del baile. En el Capítulo 7 presenta la labor renegada de los judíos como suplidores de alcohol durante la Prohibición, como distribuidores de pornografía, como pioneros en la producción clandestina de anticonceptivos y como dueños de burdeles y “jazz-factories”.  En el Capítulo 9, plantea que para que los Estados Unidos  se convirtiera en una sociedad consumista fue necesario un cambio radical en cómo los estadounidenses   pensaban cerca sobre el deseo, el placer, la diversión y el gasto. Tal cambio no habría sido posible sin los renegados.

Motines en el Stonewall Inn, 1969.

Russell también examina el aporte del crimen organizado, alegando que sin la labor renegada de los mafiosos no habría jazz, el alcohol sería ilegal, no habría Broadway, Las Vegas ni Hollywood y los homosexuales estarían todavía en el closet.  No pretendo reseñar este punto en detalle, pero no puedo dejar de mencionar que según el autor, por razones económicas (ganancias) y personales (preferencia sexual), algunos mafiosos poseyeron y administraron bares gays en la ciudad de Nueva York. Éstos pagaban protección a la policía, proveyendo así de espacios seguros para la comunidad homosexual neoyorquina.  Curiosamente, uno de esos bares propiedad de la mafia es el famoso Stonewall Inn donde en setiembre de 1969 se desarrollaron una serie de motines importantísimos en el desarrollo del movimiento gay en los Estados Unidos.

Otro elemento interesante de este libro es cómo Russell enfoca el movimiento de  los derechos  civiles de la década de 1960.  Lo primero que llamó mi atención es que según el autor, los estudiosos de Martin Luther King no dan importancia a su faceta como moralizador. Russell señala que Luther King desarrolló tres proyectos entrelazados: la creación de la Southern Christian Leadership Conference para organizar la lucha por los derechos civiles, “the launching of a voting rights effort called Campaign for Citizenship” y una cruzada evangélica y moralizante entre los afroamericanos para librarles de sus hábitos anticristianos y antiamericanos. King quería integrar a los afroamericanos convirtiéndoles en ciudadanos y para ello era necesario que éstos dejaran de beber y apostar, y controlaran sus deseos materiales y sexuales. King creía que los afroamericanos debían disciplinarse y trabajar si querían acabar con el crimen y  la pobreza  que les azotaba. En conclusión, King se integró a la lucha por la histórica lucha por la decencia buscando transformar a los afroamericanos en ciudadanos decentes.

El autor hace un trabajo muy interesante mostrando el lado no pacifista de la lucha de los afroamericanos en los años 1960. Russell usó como ejemplo la ciudad de Birmingham (Alabama) donde en 1963 se desarrollaron famosos actos de violencia policiaca, muy importantes el desarrollo del movimiento de derechos civiles.  De acuerdo con el autor, los afroamericanos residentes de la ciudad no eran, como alegaba King,  víctimas pasivas del racismo y la violencia del Estado. Por el contrario, éstos resistieron la segregación con violencia y prueba de ellos es el número de incidentes violentos registrados por la policía en que estuvieron involucrados los afroamericanos. En los años previos a los terribles eventos de mayo de 1968, los negros residentes de Birmingham atacaron  a la policía, dieron palizas a ciudadanos blancos, etc. Para Russell, esa violencia fue crucial en la lucha por los derechos civiles. Las imágenes de la policía de la ciudad atacando con perros y chorros de agua registran un momento importante en la historia norteamericana. Sin embargo, dan una versión incompleta de los eventos de ese día.  Russell alega que las acciones policiacas no fueron gratuitas, sino una reacción a las agresiones y provocaciones que fueron objeto los policías por parte de la población afro-americana.  El autor concluye que la violencia de los afroamericanos dio a King la posibilidad de vender la integración racial y el fin de la segregación a los blancos de  Birmingham como el medio para acabar con la violencia y frenar su efecto económico.

Birmingham, mayo 1963.

Este es un libro extraordinario por varias razones. Primero, porque el autor enfatiza la existencia de muchas culturas norteamericanas enfrentadas, mostrando así la complejidad de la historia de los Estados Unidos. Segundo, porque es una interpretación novedosa y, sobre todo valiente, de la historia de los Estados Unidos. Tercero, porque está escrito de forma amena e interesante. Esta es una obra académica que no arrastra con los problemas tradicionales de las obras académicas. Russell quiere ser entendido, no lucirse con teorías complicadas y estilos rebuscados. Pero eso no quiere decir que no sea un libro serio y profundo. Además de estar muy bien escrito, este libro no nos agobia con cientos de notas al calce ya que se autor recogió sus fuentes en  una interesante bibliografía dividida por capítulos localizada al final de su obra.

Quienes busquen una interpretación novedosa de la historia de los Estados Unidos que rescate y enfatice la importancia histórica de  sus  ciudadanos renegados encontrarán en este libro una obra de gran valor.

Norberto Barreto Velázquez, PhD
Lima, Perú,  6 de junio de 2011

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El Dr. Richard J. Walter, profesor de historia latinoamericana en la Washington University (St. Louis), acaba de publicar un interesante libro titulado Peru and the United States, 1960-1975: How Theirs Ambassadors Managed Foreign Relations in a Turbulent Era (University Park, Pennsylvania State University Press, 2010, ISBN: 9780271036311). La obra de Walter examina el desarrollo de las relaciones peruano-norteamericanas de forma novedosa, ya que no se limita al tradicional examen de las acciones de los “policy-makers”, enfatizando el papel jugado por los embajadores, tanto del Perú como de los Estados Unidos.El objetivo del autor es presentar una imagen más balanceada de las relaciones peruano-estadounidenses durante lo que él denomina como un periodo turbulento.

El análisis de Walter parte de un planteamiento categórico: “Peru has rarely been a top priority or concern for the United States in formulating its overall policies toward Latin America.” (“Perú rara vez ha sido una prioridad o una gran preocupación en la formulación de la política latinoamericana de los Estados Unidos”. Página 2.) A pesar de la dureza de su planteamiento inicial, el autor reconoce que los años 1960 a 1975 son una excepción porque durante ese periodo Perú captó la atención de los Estados Unidos por varios factores: el golpe de estado de 1962 contra el Presidente Manuel Prado, la campaña anti-guerrillera de 1965-1966, el periodo de gobierno militar (1968-1975) y el tema de la expropiación de la International Petroleum Company (IPC). Estos factores se combinaron para convertir este periodo en uno muy especial en las relaciones del Perú y los Estados Unidos.

El objetivo principal de Walter es examinar el papel que jugaron los embajadores de ambos países durante esos veinticinco años dentro de un amplio contexto económico, político y diplomático. Para ello examina documentación contenida por diversos archivos y bibliotecas presidenciales en los Estados Unidos, así como también la correspondencia y despachos de los embajadores peruanos depositada en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.

Entre 1963 y 1975, la embajada de los Estados Unidos en el Perú estuvo ocupada por John Wesley Jones (1963-1968), Taylor G. Belcher (1969-1974) y Robert W. Dean (1977-1977). En general, Walter les presenta como oficiales bien intencionados e interesados en mejorar las relaciones de su país y la república peruana. Sus comentarios y sugerencias no siempre fueron atendidos por presidentes y oficiales diplomáticos más preocupados en proteger los intereses de corporaciones norteamericanas que entender las aspiraciones nacionalistas peruanas. Un buen ejemplo es el trabajo de John Wesley Jones buscando llegar a compromisos entre el gobierno de Fernando Belaúnde Terry y la administración Johnson sobre el tema de la IPC. Jones desarrolló una muy buen relación con Belaúnde y buscó que Washington le apoyara, pero no pudo combatir la imagen negativa que los funcionarios norteamericanos –incluyendo al propio Presidente Lyndon B. Johnson (LBJ)– tenían del presidente peruano, a quien consideraban un soñador poco comprometido con la lucha anticomunista.

Fernando Berckemeyer

En este mismo periodo la embajada peruana en Washington estuvo ocupada por Fernando Berckemeyer (1960-1963 y 1968-1974), Celso Pastor de la Torre (1963-1968) y el Almirante José Arce Larco (1974).Los embajadores peruanos no tenían el poder ni el acceso directo a las fuentes de poder en Washington como el que disfrutaban sus homólogos estadounidenses en Lima. Eso no significó que no hicieran una gran esfuerzo por adelantar y defender los intereses y reivindicaciones de su país.

Al analizar el papel histórico de los embajadores norteamericanos y peruanos, Walter hace planteamientos muy interesantes sobre el desarrollo de la política exterior de los Estados Unidos para el Perú desde el golpe de estado de 1962 hasta el gobierno militar. Algunas de sus observaciones merecen ser comentadas.

El tema de la IPC es uno omnipresente a largo de casi todo el libro. El poder y arrogancia de esta corporación norteamericana era causa de un fuerte nacionalismo entre los peruanos que los estadounidenses fueron incapaces de entender o valorar. Preocupados por defender los intereses de una corporación norteamericana, los oficiales estadounidenses enfrentaron las aspiraciones nacionalistas del gobierno peruano, adoptando lo que podríamos denominar como una guerra económica no declarada. Esta guerra estuvo caracterizada por el cese de la ayuda económica que recibía el gobierno peruano de parte de los Estados Unidos y del bloqueo de préstamos internacionales. En otras palabras, el gobierno estadounidense hizo uso de la llamada diplomacia del dólar, pero escondida en una retórica de conciliación.

De acuerdo con el autor, la presidencia de Belaúnde estuvo marcada desde sus comienzos por los problemas con la administración Johnson

Fernando Belaúnde Terry

provocados por el tema de la IPC. Según Walter, este asunto “would burden Belaúnde throughout his term, finally contributing significantly to break the back of his presidency.” (38) El presidente Johnson quería el éxito de Belaúnde, pero si la actitud peruana con relación a la IPC prevalecía no habría otra alternativa que aplicar la famosa enmienda Hickenlooper que cortaba la ayuda económica estadounidense a países que confiscaran de propiedades norteamericanas. Aunque con ello se radicalizara a los moderados y aumentara así el sentimiento nacionalista en el Perú. Los norteamericanos temían que el posible éxito peruano en la confiscación de la IPC provocara acciones similares en otros países latinoamericanos. La solución fue retener la ayuda económica –préstamos– para que el gobierno de Belaúnde que tomara acciones confiscatorias contra la IPC.

Walter plantea que las acciones de la administración Johnson contra Belaúnde fueron paradójicas y contradictorias porque el líder peruano era un reformista democrático inteligente, carismático y progresista, que encajaba muy bien dentro del ideal de la Alianza para el Progreso, creada por Washington para combatir los efectos de la Revolución Cubana. A pesar de que Belaúnde no era un radical, Washington se mostró más preocupado en defender los intereses de la IPC que en “support Belaúnde´s reform agenda.” (139) El bloqueo de la ayuda económica norteamericana le hizo mucho daño a Belaúnde y contribuyó al fracaso de sus planes reformistas. En palabras de Walter,

“One could argue that withholding of U.S. assistance was of little overall consequence in the larger scheme. However, while the amounts withheld might been relatively small, they could have gone to development projects with significant impact. Moreover, the perception was also important. The United States seemed to be singling out Peru for special punitive treatment over the IPC issue, a policy that not only exacerbated Peruvian resentment and nationalistic reaction but also made Belaúnde´s position ever more precarious.” (141)

Walter concluye que la política de los EEUU para Belaúnde fue “a colossal failure” que ayudó a debilitarle, promovió su caída y llevó al establecimiento de un gobierno militar que nacionalizó la IPC y asumió “a diplomatic posture that at least initially seemed to threaten a serious break in what traditionally had been a rather close relationship between the two nations.” (140) Aunque reconoce el peso de los EEUU en la caída de Belaúnde, Walter también plantea que las reformas del presidente peruano enfrentaban obstáculos internos que hubieran dificultado su ejecución independientemente de cuál fuese la política estadounidense.

Según el autor, el régimen militar que se estableció en Perú tras el derrocamiento de Belaúnde fue “a puzzle and a challenge” para el gobierno de los Estados Unidos. Para los oficiales estadounidenses, un gobierno militar que expropiaba compañías estadounidenses, iniciaba una reforma agraria y se acercaba a países como la Unión Soviética, China y Cuba no era algo fácil de asimilar ni de enfrentar. En situaciones normales, tales acciones habrían provocado la intervención de los EEUU para remover un gobierno poco amistoso. Para ello se habría recurrido a las fuerzas armadas locales y ahí estaba dilema peruano: en Perú eran las fuerzas armadas las que llevaban a cabo las políticas que los estadounidenses habrían querido poner fin.

Juan Velasco Alvarado

El gobierno de Juan Velasco Alvarado coincidió con el inicio de la presidencia de Richard M. Nixon, cuya política hacia el régimen militar no fue muy diferente a la de Johnson para con el gobierno Belaunde. El gobierno de Nixon reaccionó a las expropiaciones llevadas a cabo por Velasco reteniendo la ayuda económica que recibía el Perú de parte de los Estados Unidos y bloqueando la concesión de préstamos por organismos internacionales. Igual que la administración Johnson, Nixon puso en práctica sanciones económicas que eran negadas oficialmente.

A pesar de la provocaciones del gobierno de Velasco, la administración Nixon mostró su desagrado, “but usually reacted with relative restrain.” (309) El contexto regional benefició a los militares peruanos en su relación con los Estados Unidos, ya que la atención de Nixon y Henry Kissinger se enfocó en el Chile de Allende. Además, Perú se vio, hasta cierto punto, aislado entre dos regímenes de derecha (Chile y Brasil), “dampened any aspirations the Peruvian military regime might have to lead an anti-U.S.-Latin American bloc.” (309)

Walter concluye que, la gran falla de los “policy-makers” estadounidenses estuvo en subestimar el papel jugado por el nacionalismo peruano en la disputa sobre la IPC. Los embajadores estadounidenses (Jones y Belcher) buscaron, infructuosamente, hacer entender a Washington la fuerza del nacionalismo peruano y cómo podía complicar las relaciones entre ambos países. De ahí que sugirieran pragmatismo y flexibilidad, pero en el contexto de la guerra fría “nationalism was too often conjoined with communism, ignoring the broad appeal of the former and the limited appeal of the latter.” (314)

El autor incluye en su conclusión con una interesante reflexión sobre la dimensión real de las relaciones peruano-estadounidense. Walter plantea que además de los conflictos y las diferencias, se desarrolló una relación “less official and perhaps more lasting and more influential” (“menos oficial y tal vez más duradera e influyente” 315) a nivel cultural. El autor enumera los factores que le hacen llegar a tal conclusión

  1. Las abundantes referencias a la vida de celebridades estadounidenses en publicaciones como Caretas, El comercio y La prensa.
  2. La presencia dominante de las películas de Hollywood en el mercado peruano, a pesar del “comeback” del cine europeo de la posguerra.
  3. La influencia de los programas de televisión norteamericanos “added to cultural mix and helped create or perpetuate visions, both good and bad, of life north of the Rio Grande.” (315)
  4. La influencia del rock and roll y de la música popular estadounidense, especialmente, el jazz.
  5. El hecho de que el 50% de los libros, revistas y periódicos importados al Perú provenían de los EEUU.
  6. La circulación en Perú de traducciones al español de autores estadounidenses como John Steinbeck, Ernest Hemingway y William Faulkner.
  7. La circulación de la edición traducida de revistas estadounidenses como Time.
  8. El hecho de que el inglés era el idioma extranjero de mayor estudio en el Perú. Prueba de ello la presencia del Peruvian-North American Cultural Institute en el centro de Lima, donde se ofrecían cursos de inglés y se contaba una biblioteca de libros en inglés. Walter también menciona que la United States Information Agency (USIA) estableció una biblioteca en Lima y también ofrecía cursos de inglés.
  9. La cantidad creciente de peruanos –de clase media– que visitaban los Estados Unidos, y viceversa.
  10. La presencia de los Cuerpos de Paz en el Perú antes de su expulsión en 1974.
  11. La presencia creciente de grupos misioneros estadounidenses en la Amazonía peruana.
  12. La visita al Perú de “distinguished U. S. citizens” como Robert Kennedy, Earl Warren, Richard Lindbergh, los astronautas de las misiones Apollo y la esposa del Presidente Nixon. (317 11. La existencia de programas de intercambio como el del American Institute for Free Labor Development (AIFLD).
  13. El aumento el número de estudiantes peruanos estudiando en universidades norteamericanas (464 en 1963, 1,474 en 1975).
  14. El hecho de que el “boom” en los estudios latinoamericanos que provocó la Revolución Cubana en los EEUU significó un creciente interés en el estudio del Perú.
  15. El aumento en el número de peruanos residentes en los EEUU; primero, miembros de las clases alta y media huyendo del gobierno de Velasco; luego, miembros de las clases huyendo del deterioro económico del Perú. Creció de 7,201 en 1960 a 55,496 en 1980.

Debo confesar que esta lista me causó una gran impresión, ya que cada uno de estos temas podría ser material de investigación académica. La lista de Walter deja claro que es posible desarrollar una escuela historiográfica peruana de estudios de las relaciones de Perú y los Estados Unidos. Espero estar equivocado, pero mi impresión tras tres años de residencia en el Perú, es que estos temas no son atendidos por mis colegas peruanos, a pesar de su innegable importancia.

Walter cierra su libro planteando que a pesar de los factores culturales antes mencionados, el mayor vínculo entre los Estados Unidos y Perú seguía siendo económico. A pesar de los problemas con las expropiaciones y de la búsqueda peruana por nuevos mercados, los Estados Unidos se mantuvieron como el principal socio comercial del Perú, ya que controlaban un tercio de sus importaciones y exportaciones. Además, la presencia del capital estadounidense ascendió de $446 millones en 1960 a $1.2 mil millones en 1975, más de la mitad de ese capital estaba invertido en el sector minero. Otro factor de importancia era la influencia de la comunidad de hombres de negocios norteamericanos residentes en Lima, quienes tenían su propio periódico, el Andean Times. Por último, este periodo fue testigo de la aumento de la influencia “of American-made products on the growing mass consumer-oriented market”. (320)

Este es un libro muy valioso por cuatro razones. Primero, porque Walter evita un enfoque tradicional al integrar en su libro los puntos de vistas peruano y norteamericano. Su objetivo es claro: mostrarnos los dos lados de esta historia, y lo logra. Segundo, porque el autor rescata del olvido el importante papel que jugaron los embajadores norteamericanos y peruanos durante uno de los periodos más escabrosos en las relaciones del Perú y los Estados Unidos. Tercero, porque Walter hace uso de un impresionante conjunto de fuentes primarias tanto peruanas como norteamericanas. Cuarto, porque esta obra subraya la necesidad de que la historiografía peruana preste más atención al desarrollo de las relaciones del Perú con los Estados Unidos, país de una innegable influencia e importancia política, económica y cultural en la historia peruana.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, 21 de mayo de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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Julian Go.  American Empire and the Politics of Meaning: Elite Political Cultures in the Philippines and Puerto Rico during U.S. Colonialism. Durham and London: Duke University Press, 2008.

Julian Go

Es innegable que el estudio de las prácticas, instituciones y discursos imperialistas norteamericanos ha avanzado considerablemente en los últimos años. Autores como Alfred W. McCoy, Paul Kramer, Ann Laura Stoler, Andrew Bacevich,  Chalmers Johnson, Greg Grandin, Amy Kaplan, Donald Pease, Charles S. Maier y Niall Ferguson, entre otros, han producido obras novedosas por su enfoque crítico y acercamiento teórico. Sin embargo, el estudio comparativo del imperialismo estadounidense sigue siendo un terreno poco explorado, a pesar de su innegable importancia.

El objetivo de este libro es contribuir de forma directa a subsanar esa deficiencia, analizando comparativamente el efecto del proyecto colonial norteamericano sobre las culturas políticas de las Filipinas y Puerto Rico en la primera década del siglo XX.  De forma más concreta, el autor busca explicar la reacción de  la elite política de ambas colonias al tutelaje colonial de los norteamericanos.  Go se pregunta cómo filipinos y puertorriqueños interaccionaron con el proyecto colonial estadounidense y cuál fue la influencia de éste en el desarrollo de la cultura política de las Filipinas y Puerto Rico.

Como cualquier otro poder imperial, los Estados Unidos no se limitaron al uso de la fuerza para consolidar su control colonial.  Las autoridades norteamericanas también recurrieron a la cultura para cimentar su control de las Filipinas y Puerto Rico tras la adquisición de las islas en 1898.  En ambas colonias, los estadounidenses pusieron en práctica una imposición silenciosa de símbolos, imágenes, ideas, héroes, fiestas nacionales, tradiciones, concepciones políticas, formas y prácticas coloniales.  Este proyecto colonial buscaba elevar cultural y políticamente a filipinos y puertorriqueños, y fomentar consensos que avalaran el colonialismo estadounidense.  Este libro busca explicar comparativamente cómo este proceso simultáneo afectó la cultura política de filipinos y puertorriqueños.  Go está profundamente interesado en determinar el efecto de este proceso de manipulación cultural sobre las elites políticas filipina y puertorriqueña para determinar los límites del “nation-building”, pieza clave de los proyectos imperiales norteamericanos hasta principios del siglo XXI.

 

Go divide su estudio en dos periodos.  El primero transcurre desde la llegada de los norteamericanos a tierras filipinas y puertorriqueñas hasta 1903.  En este periodo, ambas elites recibieron la ocupación norteamericana y domesticaron el proyecto colonial.  En otras palabras, si bien los norteamericanos buscaron imponer sus conceptos, modelos y modos de democracia, libertad, autogobierno y elecciones, las elite los adoptaron en sus propios términos, frustrando el impacto de los modelos y métodos estadounidenses.  Esto en parte, debido al desarrollo, por parte de filipinos y puertorriqueños, previo a la llegada de los norteamericanos, de sus propios esquemas políticos bajo una fuerte influencia del clientelismo.  Así, ambas elites  adoptaron los esquemas políticos traídos por los estadounidenses desde los significantes previamente desarrollados, domesticando elementos del proyecto colonial norteamericano.  Go identifica un segundo periodo, que se extiende hasta 1912, en el que cambian las formas en que las elites reaccionaron al proyecto de tutelaje.  Mientras los puertorriqueños dejaron de domesticar el proyecto colonial y aprendieron a usar los significados culturales impuestos por los norteamericanos, marginando así sus significados culturales preexistentes; los filipinos siguieron domesticándolo, pero revaluaron sus significados culturales preexistentes.

¿Qué provocó los cambios de actitud de la elite puertorriqueña?  ¿Por qué los filipinos no registraron una evolución similar?  Según Go, la crisis económica de 1899 (el huracán San Ciriaco y la perdida de los mercados del café) debilitó el poder e influencia de la elite puertorriqueña.  La base socioeconómica de los esquemas culturales de la elite entró en crisis, lo que unido a la actitud contraria de las autoridades coloniales –en reacción a la corrupción partidista de la elite– provocaron que ésta perdiera poder e influencia social y política.  Esa crisis le obligó a revaluar los esquemas norteamericanos y adoptarlos para frenar su perdida de poder político y social.

Por el contrario, la elite filipina no tuvo que enfrentar una crisis económica, ya que la economía local no se vio afectada negativamente por el cambio de metrópoli.  De acuerdo a  Go, la economía filipina era más diversa que la puertorriqueña y vivió un periodo de bonanza en los primeros años de dominio estadounidense.  Por lo tanto, el poder e influencia de la elite quedó inalterado y ésta no tuvo que repensar sus esquemas políticos.

Hay varios elementos de este libro que son dignos de resaltar. En primer lugar, la explicación que elabora Go de la “lógica” detrás del proyecto de tutelaje colonial.  ¿Cómo explicar que un grupo considerable de estadounidenses promoviese, defendiera y pusiera en práctica un proyecto colonial que buscaba educar a filipinos y puertorriqueños en los misterios de la democracia y el autogobierno?  ¿Era un ardid para justificar el control colonial?  ¿Era un reflejo de la tradición política norteamericana y de los valores políticos anticoloniales estadounidenses?  ¿Era una variante de excepcionalismo norteamericano?  Para Go, el proyecto colonial era parte de un política concertada y determinada por lógicas culturales; en otras palabras, el proyecto colonial era un producto cultural.  Éste no era una expresión del excepcionalismo estadounidense, ni un ardid, sino un proyecto fundamentado en las experiencias culturales de sus defensores y ejecutores.

Otro elemento que debemos resaltar es el análisis que desarrolla Go de los justificantes del proyecto colonial. El autor identifica varios esquemas culturales y narraciones usadas por los norteamericanos que sirvieron de lógica del control colonial de las Filipinas y Puerto Rico.  En primer lugar, los oficiales coloniales y militares compartían una visión de superioridad y misión racial.  Entrenar a los filipinos y puertorriqueños en el ejercicio de la democracia y el autogobierno era una responsabilidad de los estadounidenses dada la inferioridad-incapacidad racial de sus sujetos coloniales.  En segundo lugar, los norteamericanos que defendieron, promovieron y pusieron en marcha el proyecto de tutelaje colonial estaban bajo la influencia de la idea europea de la misión civilizadora, es decir, estaban convencidos de que era responsabilidad de las razas superiores elevar (civilizar) a las razas inferiores.  En tercer lugar, los estadounidenses compartían la fe en el reformismo, la eficiencia administrativa y la ingeniería social como medios de cambio social y político típicos del movimiento progresista de finales del siglo XIX.  La insistencia de Go en analizar a los agentes coloniales como productos del Progresismo es muy atinada, ya que  subraya la importancia innegable del pensamiento progresista en el desarrollo del imperialismo estadounidense.  Por último, los estadounidenses llevaron a cabo un esfuerzo consiente de legitimación del colonialismo que ejercían a través de la apropiación o incorporación de las demandas locales al proyecto colonial.  Este conjunto de ideas no sólo hizo posible, palpable y práctico el tutelaje colonial, sino que también definió sus límites.  Los norteamericanos veían su presencia en las Filipinas y Puerto Rico como parte de un proyecto que buscaba ayudar a puertorriqueños y filipinos a superar sus limitaciones (raciales, políticas y culturales) y transformarse en pueblos capaces para la  democracia y el autogobierno.  Sin embargo, el significado de estos conceptos estaba determinado por las estructuras culturales preexistentes de las autoridades coloniales. En otras palabras, eran los  norteamericanos quienes definían y establecían los límites de la democracia y el autogobierno que los filipinos debían aprender. Tales definiciones y límites estaban basados en los esquemas culturales y raciales de los oficiales coloniales.

El análisis de periodo de gobierno militar en Puerto Rico es otro elemento valioso de este libro.  Durante los primeros años de control norteamericano, los puertorriqueños fueron gobernados por los militares estadounidenses.  Este fue un importante periodo de transición que Go analiza de forma novedosa, enfatizando las acciones de los puertorriqueños y, en especial, los errores cometidos en perjuicio de sus aspiraciones políticas frente a la metrópoli. El autor presta mucha atención a la corrupción, la violencia política y los abusos de poder cometidos por la elite puertorriqueña en los primeros meses de dominio estadounidense.  La elite puertorriqueña defendía la concesión de la estadidad para la isla, pero presa de sus esquemas políticos –especialmente el partidismo– cometió una especie de suicidio político al insistir en prácticas que rechazaban los nuevos amos coloniales.  El comportamiento de la elite, según Go, jugó un papel muy importante en la actitud de los norteamericanos para con las aspiraciones políticas de los puertorriqueños.

El enfoque y análisis de Go del gobierno militar rompe, definitivamente, con las explicaciones tradicionales que enfatizan las acciones de los norteamericanos.  Por el contrario, Go pone la mirada en las acciones de la elite puertorriqueña (Partido Federal) y su efecto sobre la actitud y acciones de los estadounidenses.  Estos últimos reaccionaron a la corrupción partidista del Partido Federal retomando control de los gobiernos municipales, derogando el Gabinete Autonómico, fomentando el bipartidismo por medio del Partido Republicano y reorganizando los distritos electorales.  Sin embargo, al reconocer tanta “agencialidad” (agency) en el sujeto colonial –cosa por demás meritoria–, se pierde de vista al poder colonial, encarnado en sus agentes políticos y militares.  Independientemente de lo que hicieran o dejaran de hacer los locales, los colonizadores tenían sus prejuicios raciales, políticos e ideológicos.  Además, los oficiales estadounidenses eran parte de un proyecto colonial –claramente delineado por Go.  Por último, a la luz de la historiografía existente se podría alegar que, contrario a lo que plantea Go, los puertorriqueños no habrían tenido mayor margen de negociación con la nueva metrópoli.

Proclama del General Nelson A. Miles

Otro problema con este libro es la poca atención que le brinda Go al desarrollo histórico de las relaciones de los Estados Unidos con su colonia más cercana y familiar: Puerto Rico.  Da la impresión de que éstas comenzaron justo en 1898, cuando la realidad histórica es que la isla y su nueva metrópoli mantuvieron una relación cada vez más estrecha a lo largo del siglo XIX.  ¿Cuánto impactó ese trasfondo histórico la actitud de la “elite” puertorriqueña ante los nuevos señores coloniales?

Finalmente, debemos confesar que este no es un libro de lectura y comprensión fácil. Por el contrario, es una obra compleja cuya principal falla es que su construcción está basada en un concepto que el autor no deja del todo claro: elite.  Go define elite como los más ricos, los más educados y aquellos con el mayor poder político y económico en sus respectivas sociedades, pero no profundiza en el tema, lo que constituye una gran falla.  ¿Quiénes componían estas elites coloniales?  ¿De dónde provenía su poder? ¿Qué mecanismos usaban en el mantenimiento de su hegemonía?  Estas son preguntas que Go no contesta o contesta a medias.  En el caso de Puerto Rico, Go iguala elite local con los hacendados cafetaleros agrupados alrededor del Partido Autonomista, primero, y luego del Partido Federal.  Pero, ¿cuán real era el poder político y, sobre todo, económico de la “elite” en la sociedad puertorriqueña de finales del siglo XIX?  ¿Qué papel jugaron los  importantes sectores azucareros y comerciales en los primeros años de dominio norteamericano?

En conclusión, este libro es un intento meritorio de análisis comparativo del impacto del colonialismo norteamericano en las Filipinas y Puerto Rico que a mi juicio podrá inspirar a historiadores de ambas regiones a profundizar en la sugerente propuesta teórica de su autor.

 Norberto Barreto Velázquez, Ph.D.

NOTA: Esta reseña fue publicada en H-LatAm, H-Net Reviews el 17 de abril de 2011.

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La excelente página cibernética TomDispatch publica un corto e interesante artículo del historiador norteamericano William J. Astore, titulado “Freedom Fighters for a Fading Empire”,  analizando la representación de las fuerzas armadas estadounidenses como un ente libertador. [Traducido al español por Rebelión.org bajo el título «Combatientes por la libertad de un imperio que se desvanece«]. Astore, un coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, se ha desempeñado como profesor en  la Naval Postgraduate School y en la USAF Academy. En la actualidad, Astore es catedrático en el Pennsylvania College of Technology.

Astore comienza su ensayo citando al Presidente Barack Obama, quien en una visita sorpresa a Afganistán a comienzos de diciembre de 2010, señaló que las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran “the finest fighting force that the world has ever known” (“la mejor fuerza de combate que el mundo haya conocido”). De esta forma Obama reprodujo lo que, según Astore, es una tendencia entre los líderes norteamericanos: la representación de las fuerzas militares estadounidenses no sólo como las más poderosas y eficientes de la Historia, sino también como  una fuerza de liberación y democratización. Esta hiperbólica, pero sincera representación es un reflejo, según Astore, de la idea del excepcionalismo norteamericano, a la que le hemos dedicado algo de tiempo en esta bitácora.

 

El autor reconoce que aunque el ex oficial de la Fuerza Aérea que hay en él se sintió alagado con las palabras de Obama, el historiador en que se ha convertido, no. El objetivo de este artículo es examinar las palabras del presidente –y lo que ellas encierran– de forma crítica. Dos preguntas guían los pasos de Astore: ¿Poseen los Estados Unidos las mejores fuerzas armadas de la Historia? ¿Qué dice esta “retórica triunfalista” del “narcisismo nacional” estadounidense?

Astore comienza con la primera pregunta y llega rápidamente a una conclusión: en términos de “sheer destructive power” (“poder destructivo absoluto”) las fuerzas armadas de los Estados Unidos son, sin lugar a dudas,  las más poderosas del mundo actual. Para justificar este planteamiento a Astore le basta con mencionar la superioridad nuclear, aérea y naval de los Estados Unidos. Sin embargo, esto no significa que las fuerzas armadas estadounidenses sean “the finest military force ever”.  Para justificar este argumento el autor recurre al tema de los resultados frente a los enemigos recientes de los Estados Unidos: los Talibanes en 2001 y Saddam Hussein en 2003.  En ambos casos, los estadounidenses se impusieron fácilmente porque enfrentaron a un enemigo muy inferior. Astore también recurre a la historia para cuestionar la alegada superioridad histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Según él, tras las victorias en las dos guerras mundiales, las cosas no marcharon bien para los militares norteamericanos: en Corea sufrieron un “empate frustrante”, en Vietnam una dolorosa derrota y la Operación Escudo del Desierto fue una “victoria defectuosa”. Además, acciones como la invasión de Granada y Panamá fueron, según Astore, meras refriegas. La mayor victoria de los Estados Unidos durante ese periodo, el fin de la Guerra Fría, tampoco fue responsabilidad de los militares, ya que los norteamericanos se impusieron gracias a su “poder económico y conocimiento tecnológico”. En otras palabras, el autor cuestiona el desempeño de las fuerzas armadas estadounidenses en la segunda mitad del siglo XX poniendo seriamente en duda su alegada superioridad histórica.

Una vez cuestionada la posición histórica de las fuerzas armadas estadounidenses, Astore enfoca su representación como una fuerza liberadora guiada por una misión: “spread democracy and freedom” (“difundir democracia y libertad”) . Citando al periodista Nir Rosen, Astore deja claro el significado de esta idea entre los estadounidenses:

“There’s… a deep sense among people in the [American] policy world, in the military, that we’re the good guys. It’s just taken for granted that what we’re doing must be right because we’re doing it. We’re the exceptional country, the essential nation, and our role, our intervention, our presence is a benign and beneficent thing.”

Astore rechaza de plano la supuesta bondad inherente de las acciones militares norteamericanas. Como bien han demostrado los eventos ocurridos en Iraq, el intervencionismo militar estadounidense  no liberó a los iraquíes, sino que les condenó a la guerra civil, al exilio, a la destrucción  y al miedo generalizado. En Afganistán, no le ha ido mejor a las fuerzas armadas, pues son vistas por el pueblo afgano como invasores aliados  de un gobierno corrupto y despreciado por su pueblo. En ambos países, la invasión y ocupación estadounidense vino acompaña de choques culturales, de malentendidos, de violencia indiscriminada (los “drones” que acaban con todos los asistentes a una boda afgana), de arrogancia y paternalismo. En este contexto es muy difícil sostener que los militares norteamericanos son los chicos buenos encargados de liberar y democratizar.

Por último, Astore es muy claro y convincente: esta narrativa basada en el autobombo no permite que los estadounidenses entiendan la magnitud, significado y costo humano y político de sus acciones militares a partir de los eventos de 9/11. La idea de que los soldados estadounidenses son una fuerza liberadora esconde la dura realidad imperial de la política exterior de los Estados Unidos en los últimos diez años.   Un grave error en un periodo de claro deterioro del poderío norteamericano. De acuerdo con el autor,

“Better not to contemplate such harsh realities. Better to praise our troops as so many Mahatma Gandhis, so many freedom fighters. Better to praise them as so many Genghis Khans, so many ultimate warriors.”

Este breve trabajo examina el lado militar del excepcionalismo norteamericano, dejando ver otra faceta del auto-engaño nacional que acompaña la cada vez más clara decadencia estadounidense. Concuerdo con Astore en su  acercamiento crítico de la representación altamente ideologizada de las fuerzas militares norteamericanos. Sin embargo, echo de menos el  matiz religioso que sectores más conservadores de la sociedad estadounidense le adjudican a sus soldados, marinos, pilotos, infantes de marina, etc. En otras palabras, Astore se concentra en la representación de las fuerzas armadas como defensores y promotores de la libertad y la democracia, dejando fuera su representación como cruzados; como defensores y promotores de la fe cristiana entre paganos y herejes.

Norberto Barreto Velázquez, PhD

Lima, Perú, 8 de enero de 2011

NOTA: Todas las traducciones son mías.

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